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La Espera

Elena espera nerviosa a Aníbal en un lugar público, temerosa de ser vista por conocidos. A medida que pasan tiempo juntos, discuten sobre su relación y la posibilidad de tener un hijo, lo que provoca en Elena una mezcla de emociones que culmina en llanto. La historia explora la complejidad de su conexión emocional y los miedos que surgen en su relación romántica.

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La Espera

Elena espera nerviosa a Aníbal en un lugar público, temerosa de ser vista por conocidos. A medida que pasan tiempo juntos, discuten sobre su relación y la posibilidad de tener un hijo, lo que provoca en Elena una mezcla de emociones que culmina en llanto. La historia explora la complejidad de su conexión emocional y los miedos que surgen en su relación romántica.

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LA ESPERA

Elena caminaba a lo largo de la banqueta, jugueteando con unos libros. Veía las casas
rectangulares de ventanas pequeñas, con cortinas o persianas. Veía la gente, los coches, el
movimiento. Aunque era precavida, a ratos se atemorizaba; alguien podría verla, algún
amigo de su hermano. Cuando se acercaba el momento en que Anibal pasaría por ella, la
tensión llegaba al máximo: cualquier cosa la sobresaltaba, un claxon parecido al coche de él,
una figura lejana que le parecía conocida. Atravesó la calle para tomar un refresco. En la
tienda unos muchachos – suéters de grescas, melenas – la miraban, decían algo. Se mordía
los labios, se acomodaba el cabello. Sí, podrían verla, su casa quedaba a tres cuadras, había
sido una estúpida citándolo en ese lugar. La vez anterior una amiga de su mamá estuvo
apunto de verla entrando en el coche. Y los amigos de su hermano siempre pasaban por esa
calle. Enfrente, varias personas esperaban alrededor de una caseta telefónica. Entre ellas,
Elena creyó reconocer una amiga; sintió su mirada fija. Caminó con pasos rápidos hasta la
esquina, viendo para todos lados. Cruzó la calle hasta llegar a la caseta. No, no era su
amiga, pero la mirada de la muchacha la hizo sentirse descubierta. Se estremeció levemente.
Regresó al lugar de la cita. El coche de Anibal se acercaba, se detuvo frente a ella. Anibal
abrió la portezuela. Elena titubeó, sintiéndose aliviada por la llegada de él, y ligeramente
agobiada por un temor incierto. Anibal le hacía señas. Vio que la muchacha de la caseta la
seguía mirando. Subió casi de un salto. Las llantas del coche patinaron.

Ev´rybody need somebody,


Somebody to love, somebody to kiss…

Con los Rolling Stones en el radio. El sol resplandecía en la avenida, en los coches, en los
árboles, como gotas de rocío entre las ramas. La tarde tibia. Las montañas lejanas. Atrás el
principio de un cielo claro que cubría a la ciudad como una vasta concha. Los edificios
multicolores. Anibal encendió un cigarro.
- Creí que estabas enojada – dijo después de pensarlo un rato, tratando de que sus miradas
suavizarán el enojo que creía ver en Elena.
- ¿Yo, por qué?
- No sé... Porque no te había hablado.
- No, no estaba enojada.
- Es que he tenido exámenes – dijo disculpándose, temeroso. Y agregó - : ¿Me crees?
_ Sí, te creo.
Elena sonrió. Anibal se alegró; Elena le creía, su sonrisa de ternura se lo aseguraba, rompía
su temor.

Someone to hold, someone to love,


All night long, all night long…
El coche corría veloz. Terrenos baldíos. Trozos de tierra. Una iglesia: Elena se persignó
automáticamente. Unas nubes detrás de los cerros parecían deshacerse al ser atravesadas
por los rayos del sol.
..- Anibal...- la voz sonó rasposa, obstruida por una incertidumbre latente.
..- ¿Qué, Elena?
..-¿Crees que nos queremos mucho?
..- Mucho, mucho – dijo él tras una pausa; fumó; echó el humo en volutas, pasó
suavemente la mano por los cabellos de Elena; decir algo que explicara la respuesta,
definiera su cariño, alguna clave para los dos -: ...Si no, no lo haríamos.

I don´t need to hug you or hold you tigh;


I just want to dance with you all night.

-Creía que te habías enojado...


- ¿Por qué?
- No sé, eso creía.
- No... Te amo... Te quiero... ¿y tú?
- Ya te dije, mucho.
Un silencio ente dos. Rumor de motores. Rumor ligero de viento. La avenida entre
terrenos desiertos.
- ¿No tuviste problemas para salir de la casa?
- No. Dije que iba a estudiar – Elena le mostró los libros -. Soy buena niña, me creen
todo... Anibal, ¿crees que hacemos bien?
..- Sí, claro... ¿por qué había de estar mal?
- No sé, lo pensé.
- Lo hemos hecho, ¿no? – dijo con seguridad, y luego preocupado, después de reflexionar,
agregó -: ¿Estás arrepentida?
- No, estoy contenta... te quiero.
..- Y yo a ti – dijo cuando una sensación de alivio sustituyó al temor -. Y yo a ti.
Las hojas secas volaban en el viento. El sol parecía deshacerse en un lugar del cielo
suavemente rojizo.
..- ¿Y si tenemos un hijo? – preguntó Elena.
- ¿Qué? – dijo él, rápido.
Elena repitió la pregunta con voz tranquila. Sus ojos fijos en los de él. Una mirada astuta.
- ¿Por qué lo piensas?
- Pues no sé, puede suceder – la mirada de Elena se dirigió a la avenida.
- Pues que nos queda, nos casamos, ¿no? – dijo él después de una breve pausa, como
haciendo un chiste.
..- ¿No te gustaría tener un hijo?
..- ¿A mí? – preguntó extrañado, doblándose sobre el volante, las manos flojas, un poco
paralizadas. Desconcertado agregó, casi sin aliento -:Un hijo... para qué.
- Los niños son bonitos.
- Pero para qué piensas en eso.
- A lo mejor tenemos un hijo.
La respuesta firme de Elena, la posibilidad de que eso ocurriera lo estremeció. En
realidad nunca lo había pensado: ¿y si tuviera un hijo?
- Pues sí, a lo mejor... – su voz sonó débil, como si hubiera dicho la frase para sí mismo.
Elena ya no respondió. Seguía mirando a través de la ventanilla: gente caminando, la
vista en el suelo. A lo lejos, un parque: maraña verdosa y brillante.
Cuando Anibal dio vuelta, apareció el motel. Primero el letrero, luego la fachada con
enredadera, las hojas gastadas y opacas. Elena se encogió, mordiéndose los labios; las
manos sobre el vientre. Un coche entró antes.
Elena, tendida, ocultaba la cara entre el respaldo y el asiento. Anibal bajó: los pasos
huecos, lentos. Luego a la voz: las palabras sueltas. Los pasos volvieron. La portezuela
abierta. Anibal subió.
- No hay cuarto, tenemos que esperar. ¿Quiénes?
Elena no dijo nada. Al rato se enderezó. Quiso mirarlo con ternura.
- Ya que estamos aquí – dijo con voz entrecortada, algo temblorosa.
Lentamente se tendió. Su cabeza en los muslos de Anibal. Sentía que algo extraño, más
desconocido que extraño oprimía su corazón. La presión la sofocaba, la asfixiaba. El
corazón palpitando con violencia, como unos segundos antes, cuando tuvo ganas de decirle
que no entraran, que no sentía bien; pero venció su temor, lo desvaneció en un instante.
Las manos le saludaban, la garganta parecía contraerse, cerrarse.
- Pase a aquel cuarto – dijo una voz.
El coche arrancó para detenerse pronto. Ella sintió las manos de Anibal en su espalda.
- ¿Entramos? – preguntó él.
Se levantó con brusquedad y no esperó, como las otras veces a que Anibal bajara
primero y le abriera la puerta para que entraran caminando despacio, abrazados. Bajó.
Pasos apresurados. Un coche moviéndose frente a ella. En el cuarto, una mujer – mandil
blanco, cabello canoso – salía del baño, llevando sobre los brazos sábanas y toallas. Elena
bajó la vista. La mujer salió. Los pasos de Anibal. El cerrojo de la puerta.
- Mi amor, otra vez solos – dijo Anibal.
Elena se sentó en la cama. Él prendió la luz. La expresión de ella era torpemente tierna,
como si fuera fingida. Sus mejillas sonrojadas. Jugueteaba con las manos, limpiando el sudor
en la falda.
- Bueno, pues a lo que venimos – dijo él sonriendo, tratando de ocultar esa torpeza que
sentía antes del primer beso, antes que se desvistieran.
Una mirada de reprensión. Él se acercó. Ella escondió la cara.
- No lo dije en serio, era broma, perdóname.
- No me toques -. Su mirada sobre un trozo de alfombra: una colilla de cigarro, pintura de
labios en la boquilla blanca; luego en la ventana: unas ramas inmóviles.
- Perdóname, mi amor, te dije que era una broma; es que estoy contento... ¿no me crees?
– trató de sonreír. Tomó la cara de Elena: leves caricias. Sus miradas fijas, y en ellas toda la
ternura acumulada dentro de ellos, suavizando sus sensaciones, el temor mutuo -. Mi amor
– se inclinó – fue una broma, no pensé que... – en voz baja, tratando de que fuera
igualmente tierna que el momento -: no te enojes, mi amor, ¿si? – la besó, cerrando los ojos
-.Elena... mi vida.
El beso fue largo, rompió totalmente la inseguridad, la tensión, el miedo que los días de
separación había formado. Una vasta sensación de suficiencia se comunicó. Anibal empezó
a desabotonarle la blusa con cierta torpeza; las manos húmedas. Elena, inmóvil; los ojos
cerrados. Su corazón palpitando en calma.
- Apaga la luz – dijo entre leves suspiros.
Elena lloraba con la cara escondida en la almohada. Él trataba de consolarla. Ella parecía
no escucharlo. La incomodidad sentida por los primeros sollozos (fue tan brusco el cambio:
de una tierna calma al llanto) se transformó en un vago temor, que después se acentúo. No
le había hecho nada. ¿Por qué no respondía? ¿Le había hecho algún daño? Elena había
estado contenta, tranquila; todo había estado bien; pero de pronto, cuando descansaban,
Elena se soltó llorando.
¿Por arrepentimiento? ¿Él era el culpable? ¿Acaso Elena lloraba por él? ¿Él era el culpable?
¿Culpable? ¿De qué? La luz solar penetraba lentamente, tendida en tiras sobre la pared rosa.
Sobre los cristales unas sombras se movían. Cesó el llanto. De pronto, Elena se levantó
cubriéndose con la colcha.
- No me veas – dijo -; no me veas, no me veas.
- Elena... oye...
Elena entró al baño, cerrando con brusquedad.
Cuando Elena lloraba, una confusión de sensaciones y pensamientos lo cercó, lo aturdió
hasta llegar a la conclusión de que ella ocultaba algo y de que las lágrimas anunciaban la
confesión, exteriorizaban con vaguedad su secreto, desagradable...
Elena regresó, Aníbal esperaba – los ojos fijos en un punto, como si estuviera absorto en
sus propios pensamientos – sentado en la cama, el torso descubierto. Fumaba. Elena se
acercó a él, parecía calmada.
- ¿Qué te pasa? – preguntó Aníbal.
- Nada - se detuvo; el silencio la oprimió más; aspiró hondo -. Nada.
- ¿Entonces?
No quería escucharlo. Ya todo había pasado, se sentía bien, ya estaba bien.
- Nada – dijo secamente, con brusquedad, sin mirarlo _. Lloré porque tenía ganas de
llorar... y cuando tengo ganas de llorar, lloro. Me siento mejor.
- No te entiendo – sacudió varias veces la cabeza, luego, afligido, porque no quería decirle
por qué había llorado, agregó -. ¿Por qué?
Elena seguía de pie. Lo miró con cierto resentimiento, como si la confusión que aún
persistía en parte de ella se debiera a la terquedad de él.
- Ya te dije; quería llorar y lloré.
- No es cierto... ¿Te herí en algo? Dime... por favor. El silencio se alargaba. Aníbal, algo
temeroso, algo preocupado.
- Aníbal... Te quiero, realmente te quiero. No lloré por nosotros. No sé, era algo que me...
no sé... ¿me perdonas? – sonrió, y cautelosamente se metió entre las sábanas; hizo un
mohín con los labios y dijo -: ¿Sí, mi amor?
El nuevo estado de ánimo de Elena fue un alivio confortante. Otra vez contento. Otra
vez contentos. Elena y él sonrientes, sin ninguna dificultad, jugueteando como si nada
hubiera pasado.
En realidad no entendía más que parcialmente su noviazgo, aún no se explicaba el
motivo – sí, uno solo y definitivo – por el cual aceptó acostarse con Aníbal. Había algo más
que deseos, algo que él había dado, por lo que ella se atrevió, cedió sin titubear. Nada
anunciaba la posibilidad, la determinación de ser amante. Se veían cada tercer día, iban los
sábados a las fiestas. Luego... sí, ahí estaba el principio: Aníbal la esperaba a la salida de la
escuela; iban a una nevería, o a un drive-inn, en la tarde se veían otra vez a solas, paseaban
en coche. Todo seguía siendo normal. Pero esa tarde, cuando regresaban al nuevo lago de
Chapultepec, después de un largo silencio, de pronto, como si no lo hubieran pensado, con
voz temblorosa y áspera, le dijo que quería que fuera suya, y sólo le dijo una vez, como si
después se hubiera arrepentido; y ella, en un impulso que por violento no se explicó, dijo
que sí. Como si pregunta y respuesta estuvieran latentes, y sólo fuera necesario preguntar
para que la respuesta viniera mecánicamente. Y fueron a un motel y esperaron media hora.
Ella más segura y tranquila que él. Aníbal fumaba, bajaba del coche, iba a hablar a la
administración. Y ni aquella vez ni las demás le había importado ir a un motel. Pero hoy,
pero ahora, algo constante le oprimía, como miedo, y por eso estaba triste. Y por eso había
llorado. ¿Por qué? Si ella quería mucho a Aníbal, si él la quería también. ¿Entonces?
Aníbal tenía las manos bajo la nuca. Elena parecía dormir, encogida a su lado. El sol
tenue llenaba el cuarto.
- Elena, pásame mis cigarros – Elena respiró como despertando, y se los dio -. Gracias,
reina. ¿Por qué no hablas?
- Estoy cansada... Estoy pensando...
- ¿En qué?
- En nosotros... ¿Me quieres, Aníbal?
- Mucho, mi amor – después de una pausa, de buscar una frase adecuada, exacta, agregó -:
Demasiado para explicármelo, ¿y tú?
- También – dijo tras una pausa -. ¿Verdad que nos vamos a querer siempre? – una tensión
interior cedió.
- Sí... siempre – el silencio, como una corriente de viento frío, lo paralizó un poco; luego
se hizo más suave. Entonces él dijo, despacio -: O cuando menos no te olvidaré.
Parménides García Saldaña
El Rey Criollo, SEP, Lecturas mexicanas 74, México, 1970.

Actividad:

1. Elabora una línea del tiempo

2. Identifica el conflicto de la historia

3. Qué tipo de relación buscan los dos protagonistas

4. Distingue los momentos donde Aníbal insulta a Elena

5. Qué tipo de sociedad está retratando la historia

6. Investiga el contexto cultural de los años 70

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