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El documento presenta enlaces para descargar varios libros electrónicos, incluyendo 'The Perfect People' de Blake Pierce y otros títulos relacionados con la fotografía y la cultura. También se menciona 'El libro rojo, 1520-1867, Tomo I', que es un texto histórico en español sobre el Imperio Azteca y su caída. El contenido incluye descripciones de eventos históricos y personajes relevantes de la época.

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rojo, 1520-1867, Tomo I
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Title: El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Author: Vicente Riva Palacio


Rafael Martinez de la Torre
Juan A. Mateos
Manuel Payno

Release date: August 13, 2016 [eBook #52795]


Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed


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produced from images available at The Internet Archive)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL LIBRO ROJO,


1520-1867, TOMO I ***
EL LIBRO ROJO
AL ÍNDICE.

DE VENTA

CORRESPONDENCIA DE JUÁREZ Y MONTLUC,

Antiguo Cónsul General de México

Acompañada de numerosas cartas de personajes políticos,


relativas á la Expedición de México
Resumen: Prefacio histórico.—Autobiografía.—Capítulo I. (1858-
1860).—I. Elsesser, cuñado de Jecker.—II. El Presidente Juárez.—III.
Morny y las minas de Sonora.—Capítulo II. (1861).—I. Almonte é
Hidalgo.—II. Los bonos de Jecker.—III. Saligny.—IV. Cámara Sindical de
exportación.—Capítulo III. (1862).—I. El príncipe austriaco.—II.
Lorencez y Zaragoza.—III. Cartas al Emperador.—IV. El general Forey.—
V. Sus proclamas.—VI. Jecker protegido del ministro de Prusia.—VII. El
Congreso Mexicano.—VIII. Drouyn de Lhuys.—Capítulo IV. (1863).—I.
El Gobierno Mexicano aprueba los pasos conciliatorios de su Cónsul
General en París.—II. Nuevas proclamas del general Forey.—III. Una
consecuencia del negocio Jecker.—IV. Proceso de los Cónsules.—V.
Entrada de las tropas en México.—VI. El Marqués de Montholon.—
Capítulo V. (1864-1866).—I. El Imperio en México.—II. 1867 ¡la
catástrofe!—Capítulo VI. (1867-1872).—I. Juárez entra en México.—II.
México se levanta.—III. Guerra de Prusia.—IV. Conclusión.—V. Ultima
carta de Juárez.—Documentos justificativos, etc., etc.

Ejemplar, rústica $1 50

Para pedidos: ANGEL POLA


México, calle de Tacuba núm. 25
Advertencia.—Ningún pedido será servido sin el pago anticipado de su
importe. El pago en timbres postales tiene un recargo de 15 por ciento.

EL LIBRO ROJO

1520-1867

POR

VICENTE RIVA PALACIO, MANUEL PAYNO,


JUAN A. MATEOS
Y RAFAEL MARTÍNEZ DE LA TORRE

——
TOMO I
——

MEXICO
A. Pola, Editor, calle de Tacuba, Núm. 25

1905

Asegurada la propiedad de esta obra conforme á la ley


MOCTEZUMA.[1]

I
Era la media noche. Un profundo silencio reinaba en la gran capital del
Imperio Azteca, y las estrellas de un cielo limpio y despejado se retrataban
en las tranquilas aguas de los lagos y en los canales de la ciudad.
Un gallardo mancebo que hacía veces de una divinidad, y que por esto le
llamaban Izocoztli, velaba silencioso y reverente en lo alto del templo del
dios de la guerra.
Repentinamente sus ojos se cierran, su cabeza se inclina, y recostándose
en una piedra labrada misteriosa y simbólicamente, tiene un sueño siniestro.
Abre los ojos, procura recordar alguna cosa, y no puede ni aún explicarse
confusamente lo que le ha pasado. Sale á la plataforma del templo, levanta
la vista á los cielos, y observa asombrado en el Oriente una grande estrella
roja con una inmensa cauda blanca que cubría al parecer toda la extensión
del Imperio. Apenas ha mirado este fenómeno terrible en el firmamento,
cuando cae con la faz contra la tierra, y así, casi sin vida, permaneció hasta
que los primeros rayos del sol doraron las torres del templo. Alzó entonces
el Izocoztli la vista á los cielos, y la estrella había desaparecido[2].

II
Izocoztli al medio día se dirigió al palacio del Emperador. «Señor
temible y poderoso, le dijo, anoche he visto una grande estrella de fuego en
los cielos.»
Moctezuma dudó, pero quedó pensativo todo el día. En la noche él
mismo permaneció en observación en la azotea de su palacio, y á cosa de
las once vió aparecer repentinamente la fatal estrella roja.
Al día siguiente mandó llamar á todos los adivinos y hechiceros de la
ciudad. Ninguno había visto nada. Nadie se atrevía á interpretar la aparición
misteriosa de los cielos.
Moctezuma mandó llamar á los justicias. «Encerrad, les dijo, á todos
estos adivinos y astrólogos en unas jaulas, y no les dareis de comer ni de
beber. Es mi voluntad que mueran de hambre y de sed.
«Marchad después por todos los lugares de mi reino y haced que las
casas de los hechiceros y adivinos sean saqueadas y quemadas, y traedme
arrastrando del cuello por las calles á todos los que teniendo la obligación
de observar los cielos y de interpretar las señales de los dioses, nada han
visto, ni nada han dicho á su Rey.»
La orden se ejecutó. Los hechiceros de México murieron rabiosos de
hambre y de sed en las jaulas, y á los pocos días los muchachos de las
escuelas arrastraban de unas sogas amarradas al cuello á los adivinos de las
provincias, que dejaban contra las esquinas de la ciudad los pedazos
sangrientos de sus miembros. Así se cumplió la voluntad del muy grande y
poderoso Señor Moctezuma II[3].

III
Una tarde, quizá con la intención de ir á la corte de Texcoco, el
Emperador se dirigió al lago; pero en el mismo momento espesas nubes
cubrieron el cielo, los rayos atravesaron el horizonte, iluminándolo de una
luz siniestra, y las aguas del lago comenzaron á agitarse y á hervir, como si
tuviesen una gran caldera de fuego en el fondo.
Moctezuma se retiró á su palacio más triste y abatido. Imaginó aplacar la
cólera de los dioses y mandó traer una gran piedra de sacrificios que había
ordenado antes se labrase con mucho esmero. Al pasar la piedra por el
puente de Xoloco, construído de intento con fuertes maderos, crujió
repentinamente, y la enorme piedra se hundió en las aguas, llevándose
consigo al sumo sacerdote y á la mayor parte de los que la conducían.
En ese día un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un árbol
el templo mayor, y un gran pájaro de forma extraña atravesó por encima de
la ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad
descargó sobre la ciudad. Un rayo incendió el templo.
Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mandó
llamar al sabio Rey de Texcoco.
Los poderosos y magníficos reyes de México y de Texcoco tuvieron una
entrevista solemne.
Netzahualpilli era un Rey anciano, lleno de justicia, de bondad y de
sabiduría, é interpretaba los sueños y los fenómenos de la naturaleza, y
tenía el don de la profecía. Llegó ante Moctezuma, tomó asiento frente de
él, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.
—Señor, dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio, ¿has visto la
grande estrella roja con una inmensa ráfaga de luz blanca?
—La he visto, contestó el Rey de Texcoco.
—¿Anuncia hambre, peste, ó nuevas guerras?
—Otra cosa todavía más terrible, dijo gravemente el Rey texcocano.
Moctezuma, pálido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una
palabra.
—Esa señal de los cielos ya es vieja, continuó con voz solemne el Rey
de Texcoco, y es extraño que los astrólogos nada te hayan dicho. Antes de
que apareciera la estrella, una liebre corrió largas horas por los campos
hasta que se entró en el salón de mi palacio. Esta señal era precursora de la
otra más funesta.
—¿Qué anuncia, pues, la estrella?—preguntó Moctezuma con una voz
que apenas le salía de la garganta.
—«Habrá en nuestras tierras y señoríos, continuó el de Texcoco, grandes
calamidades y desventuras; no quedará piedra sobre piedra; habrá muertos
innumerables y se perderán nuestros señoríos, y todo será por permisión del
Señor de las alturas, del Señor del día y de la noche, del Señor del aire y del
fuego.»
Moctezuma no pudo ya contener su emoción, y se echó á llorar diciendo:
«¡Oh, Señor de lo criado! ¡oh, dioses poderosos, que dais y quitais la vida!
¿cómo habeis permitido que habiendo pasado tantos Reyes y Señores
poderosos, me quepa en suerte la desdichada destrucción de México, y vea
yo la muerte de mis mujeres y de mis hijos? Adónde huir? adónde
esconderme?»
—En vano el hombre quiere escapar, contestó tristemente el Rey de
Texcoco, de la voluntad de los dioses. Todo esto ha de suceder en tu tiempo,
y lo has de ver. En cuanto á mí, será la postrera vez que nos hablaremos en
esta vida, porque en cuanto vaya á mi reino moriré.
Los dos Reyes estuvieron encerrados todo el día conversando sobre
cosas graves, y á la noche se separaron con gran tristeza[4]. Netzahualpilli
murió en efecto el año siguiente[5].
IV
El 8 de noviembre de 1519 fué un día de sorpresa, de admiración y de
extraños sucesos en la gran ciudad de México.
A eso de las dos de la tarde, una tropa de europeos, á caballo los unos, á
pie los otros, y todos revestidos de brillantes armaduras y cascos de acero, y
armados de una manera formidable, hacían resonar las piedras y baldosas
de la calzada principal con las herraduras de sus corceles, y el son de sus
cornetas y atabales se prolongaba de calle en calle. En el viento ondeaban
los pendones con las armas de Castilla, y á la cabeza de esta tropa, seguida
de un ejército tlaxcalteca, venía el muy poderoso y terrible capitán D.
Hernando Cortés.
Las azoteas de todas las casas estaban cubiertas de gente, las canoas y
barquillas chocaban en los canales, y en las calles se agolpaba la multitud,
estrujándose y aún exponiendo su vida por mirar de cerca á los hijos del sol
y tocar sus armaduras y caballos.
Moctezuma, vestido con sus ropas reales adornadas de esmeraldas y de
oro, acompañado de sus nobles, salió á recibir al capitán Hernando Cortés y
le alojó en un edificio de un solo piso, con un patio espacioso, varios
torreones y un baluarte ó piso alto en el centro. Era el palacio de su padre
Axayacatl. Moctezuma, después de haber cumplimentado á su huésped, se
retiró á su palacio. Al día siguiente, mandó que se hiciese en la montaña un
sacrificio á los dioses Tlaloques. Se sacrificaron algunos prisioneros, que
estaban siempre reservados para estas ocasiones; pero los dioses se
mostraron más irritados. Se estremeció la Mujer Blanca, y desde la azotea
de su palacio pudo contemplar asustado el Emperador azteca los penachos
de nubes negras y fantásticas que cubrían la alta cima de los gigantes del
Anáhuac.

V
A los ocho días de estar Hernando Cortés en México, los aztecas,
irritados con la presencia y orgullo de sus enemigos los tlaxcaltecas y con
las demasías que cometían los soldados españoles, dieron muestras visibles
de hostilidad y de disgusto. Cortés no sabía si permanecer, si abandonar la
capital ó situarse en las calzadas. Dos días estuvo sombrío y pensativo, y al
tercer día llamó á sus capitanes. «He resuelto prender al Emperador
Moctezuma, les dijo, y traerle á este palacio. Su vida responde de la
nuestra; lo demás que siga, está encomendado á la guarda de Dios y de
Santiago.»
A la mañana siguiente, después de oir toda la tropa española una misa,
de rodillas y con ejemplar devoción, Cortés tomó la palabra y dijo: «Vamos
á acometer hoy una de nuestras mayores hazañas, y es prender al monarca
en medio de todo su pueblo y de sus guerreros. Los españoles somos un
puñado que con el soplo de los indios podemos desaparecer; pero están
Dios y la Virgen con nosotros. He escogido á vuesas mercedes para que me
ayudeis á dar cima á esta arriesgada aventura.» Esto diciendo, señaló á
Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Lujo, Velázquez de
León y Alonso de Avila, y estos caballeros, seguidos de algunos soldados,
cubiertos todos de armaduras completas, se dirigieron al palacio del
Emperador de México.

VI
Moctezuma procuraba aparecer tranquilo y afable ante sus súbditos, pero
no pensaba sino en los medios de que quedasen contentos los españoles, y
de que saliesen prontamente de la ciudad.
El salón en que estaba era espacioso, tapizado con mantas finas de
algodón, bordadas de colores variados y con dibujos exquisitos. El suelo
estaba cubierto de finas esteras de palma. En el fondo el monarca estaba
reclinado entre cojines, y á su derredor había algunos nobles y una
muchacha como de 16 años, de ojos y cabellos negros, de tez morena, y
sonreía alegremente dejando ver entre sus labios rojos dos blancas y parejas
hileras de dientes.
Los españoles se presentaron en ese momento.
Las pisadas recias de los capitanes que hacían resonar sus espuelas en el
pavimento, el aire feroz é imponente que tenían, y el verlos seguidos de
algunos soldados, inspiró temor á Moctezuma; se puso algo pálido, pero
dominó su emoción y saludó á Cortés y á sus capitanes con la sonrisa en los
labios. «Voy á ensayar el último arbitrio,» pensó entre sí; y dirigiéndose á
Cortés, le dijo:
—«Malinche, tenía gran deseo de que tú y tus capitanes me visitaran, y
pensaba en ello, porque tenía preparadas algunas joyas y preciosidades de
mi reino para ofrecértelas.»
Los ministros y magnates que estaban cerca, presentaron á Cortés en
unas bandejas pintadas de colores, muchas figuras de oro, como sapos,
serpientes y conejos, primorosamente labradas, y además, esmeraldas,
conchas, mosaicos de pluma de colibrí y otras maravillas del arte indígena.
Cortés, preocupado, apenas miró los objetos é inclinó la cabeza
maquinalmente.
Moctezuma, que observaba la fisonomía del capitán español, cada vez
estaba más alarmado.
Olid, Sandoval y Alonso de Avila examinaron con más atención los
presentes; los demás guardaban silencio, y al disimulo requerían el puño de
sus espadas.
El monarca dominó su orgullo.
—«Malinche, dijo, tengo para tí reservada una joya de más valor que el
oro de todo mi reino. La joya que te voy á dar es mi corazón,» y al decir
esto se levantó, tomó por la mano á la linda muchacha y la presentó á
Cortés. «Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han hecho hermosa, y
que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una prenda de mi fe y de
mi cariño.»
Los ojos de Cortés se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la
ternura que le inspiraron las palabras del Rey, pero reflexionó un momento
y cambió de resolución.
—«Señor y Rey, dijo el capitán inclinándose respetuosamente, mi
religión me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en
Cuba. Os doy gracias y os devuelvo á vuestra hermosa hija.»
Moctezuma quedó triste y corrido; la niña se cubrió de rubor al verse
rechazada, y Cortés, después de un momento, hizo un esfuerzo y cambió
bruscamente de tono.
—«He venido, señor, le dijo con semblante torvo, á deciros que mis
soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitán Escalante herido de
muerte, y todo por la traición de Cuauhpopoca, que es vuestro súbdito, y así
he resuelto que entretanto viene este traidor y se le impone el castigo que
merece, os llevaré á mis cuarteles, donde permanecereis bajo mi guarda.»
Moctezuma se puso pálido; pero á poco, acordándose que era Rey,
encendido de cólera se levantó y exclamó con energía:
—«¿Desde cuándo se ha oído que un príncipe como yo, abandone su
palacio para rendirse prisionero en manos de extranjeros?»
Cortés se dominó y trató con suavidad de persuadir al monarca de que no
iba en calidad de prisionero, y que sería tratado respetuosamente; pero
Velázquez de León, impaciente de tanta tardanza, dijo:
«¿Para qué perdemos tiempo en discusiones con este bárbaro? Hemos
avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste le
traspasaremos el pecho con nuestros aceros.» Todos entonces pusieron
mano á la espada ó al pomo del puñal[6].
Cortés los contuvo.
Moctezuma bajó los ojos, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus
mejillas.
«Vamos,» dijo á Marina que le había explicado, aunque suavemente, las
amenazas de los españoles.
Al día siguiente el monarca mexicano era prisionero de Cortés.

VII
Un día con un sol resplandeciente y hermoso, en medio de las calles
llenas de tráfico y de bullicio, apareció una inmensa comitiva. Era un
cacique ricamente vestido, que traían en unas andas unos esclavos.
Seguíanle su hijo y quince nobles de la provincia. Este cacique era
Cuauhpopoca, el mismo que había matado á los soldados españoles y
derrotado á Juan de Escalante.
La comitiva se dirigió al palacio de Moctezuma, y á poco salió y entró
con la misma pompa al palacio de Axayacatl, donde Cortés tenía todavía
sus cuarteles.
Cortés y sus capitanes recibieron al cacique, que ya iba triste, cabizbajo
y vestido de una grosera túnica de henequén.
—Cacique, le dijo Cortés con voz terrible, ¿eres tú súbdito de
Moctezuma?
—¿A qué otro señor podía servir?—contestó el cacique.
—Basta con eso, contestó secamente Cortés; y dirigiéndose á los
soldados, les dijo: Atad á esos paganos y preparad las hogueras. Las flechas,
jabalinas y macanas depositadas en el templo mayor servirán de leña.
Los soldados ejecutaron prontamente las órdenes, y á poco diez y siete
hogueras estaban preparadas en el patio del palacio. Sobre cada hoguera
había uno de los nobles, amarrado de pies y manos. El cacique estaba
enfrente de su hijo.
Los indígenas, mudos de espanto, ni procuraron defenderse ni
profirieron una sola palabra. Con una resolución estoica se dejaron colocar
en el horrendo suplicio.
Cortés se dirigió entonces á la pieza donde estaba Moctezuma.
—Monarca, le dijo con acento feroz, mereces la muerte; pero quiero
castigar siempre tu crimen, pues eres el autor principal de la infamia
cometida con los españoles.—Soldado, ejecuta la orden que te he dado. Un
soldado que había seguido á Cortés, se acercó á Moctezuma y le puso
bruscamente un par de grillos en los pies.
Ahogados sollozos se escaparon del pecho del monarca. Sus sirvientes
derramaban lágrimas. Cortés volvió las espaldas al Rey y salió del
aposento.
Cuando llegó al patio, gruesas columnas de humo se levantaban de las
hogueras. Se oía el crugido de las carnes y de los huesos que se tostaban.
Algún lúgubre quejido salía del pecho de aquellos infelices.
Los españoles con la arma al brazo, y los artilleros con mecha en mano,
presenciaban el suplicio. Cuando el viento disipó las negras y hediondas
columnas de humo, se pudieron ver diez y siete esqueletos retorcidos,
deformes, negros, calcinados.

VIII
A este fúnebre acontecimiento siguieron otros; pero el más grave de
todos fue la llegada de Pánfilo de Narvaez á Veracruz.
Cortés, como en todas ocasiones, tomó una resolución extrema; dejó la
guarda de Moctezuma y de la ciudad á Pedro de Alvarado, Tonatiut (el sol),
como le llamaban los indios, y marchó violentamente al encuentro de su
rival.
En el mes de mayo los aztecas acostumbraban hacer una solemne fiesta,
que llamaban Texcalt, en memoria de la traslación del dios de la guerra al
templo mayor. Se dirigieron á Tonatiut, quien les dió licencia, con la
condición de que no llevasen armas ni hiciesen sacrificios humanos.
Cosa de 600 nobles concurrieron á la ceremonia, ataviados con sus más
ricas vestiduras cubiertas de oro y esmeraldas. Bailaban sus danzas y
areitos, como les llamaban los españoles, y se entregaban descuidados á la
alegría, cuando entró Alvarado al templo, seguido de cincuenta soldados
armados.
¡¡Tonatiut cae sobre nosotros; Tonatiut nos mata!! exclamaron varias
voces. Todos echaban á huir y querían salir; pero eran recibidos por las
picas de los soldados que guardaban las puertas. Alvarado y los suyos
mataban á diestra y siniestra, hasta que no quedó ninguno. La sangre corría,
y bajaba como una cascada roja por las escaleras del templo. Los españoles
arrancaban las joyas de los miembros destrozados y sangrientos de la
nobleza azteca. Alvarado se retiró con trabajo á sus cuarteles. Toda la
población se levantó en masa, furiosa y desesperada, resuelta á acabar con
sus asesinos.

IX
Hernando Cortés, después de haber vencido á Narvaez, hécholo
prisionero é incorporado sus tropas, regresó á México y salvó á Alvarado,
que estaba ya á punto de sucumbir.
Los combates siguieron sin interrupción. Los españoles hacian salidas,
barrían con la artillería las masas compactas de indígenas, que volvían á
cerrarse y á cargar con hondas, maderos y piedras, cada vez con más furor.
Los cadáveres amontonados interrumpían el paso de las calles, los heridos
daban lastimosos gemidos, y las mismas mujeres corrían frenéticas
ayudando al ataque. Al cabo de algunos días los españoles volvieron á
encontrarse en la última extremidad. No podían salir de la ciudad, ni
capitular, ni rendirse, porque hubieran sido sacrificados á los ídolos, y sus
esfuerzos para pelear se agotaban. Todos comenzaban á desconfiar, á
murmurar contra su capitán.
Cortés requirió á Moctezuma para que se interpusiera con sus súbditos y
cesara la guerra.
—¿Qué tengo que hacer ya con el Malinche?—respondió despechado,
dejándose caer sobre sus almohadones.
Marina, Peña y Orteguilla, que eran sus favoritos, el padre Olmedo y
Olid interpusieron su influjo y le persuadieron á que se mostrase y hablase á
su pueblo. Moctezuma accedió, revistióse de su más rico traje real, y subió
al baluarte ó piso principal del palacio, y se dejó ver en la parte más
saliente. Apenas la multitud notó la presencia de su monarca, cuando cesó
el ruido y la gritería; los guerreros suspendieron el ataque, y muchos se
prosternaron y cayeron con el rostro en tierra. Hubo un silencio profundo.
Moctezuma habló, pero tuvo que disculparse, que manifestarse el amigo de
los españoles, que interceder por ellos. Esto cambió súbitamente al pueblo;
su furor redobló, y le gritaron con rabia:
«Vil mujer, monarca indigno, azteca degradado, vergüenza de tus
antepasados, no queremos ya que nos mandes, ni siquiera verte un solo
momento.»
Un noble azteca, vestido fantásticamente como una ave de rapiña, se
acercó al baluarte, blandió airadamente su arco, y disparó una flecha al Rey.
Esa fué la señal del nuevo combate. Un alarido aterrador salió como por
una sola boca de todo el pueblo; una nube de flechas, de piedras y de dardos
nublaron por un momento el aire, y Moctezuma, herido en la nuca por una
piedra, cayó desmayado en la azotea.

X
Moctezuma fué recogido por dos soldados del terrado del cuartel y
conducido á su habitación, donde permaneció sin conocimiento algunas
horas. Cuando volvió en sí, su desesperación y despecho no conocieron
límites. Las afrentas que había recibido de los españoles eran poca cosa
cuando pensaba en la que le había hecho su pueblo, desconociéndole como
su Señor y volviendo contra él sus armas. Arrancóse de la cabeza una venda
que le habían puesto, y buscó una arma con que acabar con sus días; pero
los nobles que le acompañaban trataron de calmar los dolores físicos y
morales que le atormentaban, y á poco cayó en un abatimiento sombrío; sus
ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las tristes fisonomías de
los que le acompañaban; cerró después sus labios, que se habian abierto
para pedir únicamente la muerte á los dioses, y no volvió á proferir una
palabra, rechazando resueltamente los alimentos que le presentaban y las
insinuaciones que le hacía el padre Olmedo para que recibiese el bautismo.
En cuanto pasó el primer impulso del furor del pueblo azteca y vió llevar
en brazos, muerto al parecer, al Rey, su rabia cambió en pavor. Los oficiales
que habian tirado sobre él arrojaron las armas, otros se prosternaron contra
la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida, se fué dispersando
lentamente por las calles.
Cortés se dirigió á Olid. «La muerte de Moctezuma, le dijo, ha llenado
de miedo á estos bárbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y
salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra.»
Olid convocó á todos los oficiales, y mientras quedaban unos á la guarda
de la fortaleza, otros entraron en el salón que habitaba Cortés.
El consejo fué tumultuoso, como el que tiene una tripulación en una
nave que va á naufragar. Se discutió con calor si la retirada sería de día ó de
noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en el
puño de las espadas. Cortés tuvo que imponer silencio y que dirigir una
mirada fiera á los más insolentes oficiales.
En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el astrólogo,
levantó la voz:—Señor capitán, dijo, os anuncio que os vereis reducido al
último extremo de miseria; pero después tendreis grandes honores y
fortuna. En cuanto al ejército español, digo que es necesario que salga
cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deberá ser de noche.
La disputa cesó desde el momento que se oyó la opinión del astrólogo, y
aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeció la voluntad del simple
soldado.
—Saldremos esta noche precisamente, dijo Cortés. Haced, pues,
vuestros preparativos, y armaos de la resolución que siempre habeis tenido
para acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais;
pero cuidado, que podreis ser víctimas del mismo peso del oro que cargueis.
Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al
tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron á llenar
sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.

XI
En la tarde, el horizonte se fué nublando gradualmente, y una masa de
nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de
los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba más
el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en la
tierra. Así llegó la noche imponente y sombría. Los pechos de los españoles,
fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin embargo. Todos
pensaron que quizá no verían el sol del nuevo día.
Moctezuma, mudo, silencioso, moría entre sus cojines, más del
despecho, más del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que
de la herida que tenía en la cabeza. Los nobles que le acompañaban de pie á
su derredor, observaban los preparativos de los españoles, y casi adivinaban
la suerte que les estaba reservada. Cortés, que creía que Moctezuma había
causado realmente la situación tremenda en que se hallaba, había cambiado
la afección que concibió al principio, en un odio profundo.
La tempestad que se cernía hacía ya algunas horas sobre la ciudad,
descargó por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron á caer en
los terrados. Los relámpagos con su azufrosa y blanca luz, herían las
armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomías terribles, y entraban
instantáneamente por una ventana estrecha á dar un lívido color al triste
cuadro que presentaban el Emperador y sus caciques, esperando silenciosos
que se cumpliese su inexorable destino.
El padre Olmedo dijo una misa, á la que asistieron todos los capitanes y
soldados; acabada, Cortés organizó la marcha, y á las doce de la noche del
1.º de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se abrieron las
puertas de la fortaleza y abandonaron los españoles aquellas murallas,
testigos de sus horribles padecimientos y de su indómito valor[7].

XII
—¿Qué haremos con los prisioneros?—preguntó uno de los oficiales á
Cortés.
—Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta
empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idólatras, ni
ninguno de los que se llaman nobles ó caciques[8].
Tonatiut con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba
Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y á intervalos por una
hoguera de ocote media apagada.
—Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y
echadlos por la azotea á la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que toda la
ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están muertos, no nos
estorben el paso.
Los indios se estremecieron y quisieron huir, ¿adónde? Se pusieron en
pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levantó la
cabeza.
Los soldados sacaron los estoques y comenzaron á herir á todos los que
allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas[9]. Concluida la
matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la gran
Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se incorporaron al resto
de la tropa que avanzaba lentamente entre la lluvia y las tinieblas,
resbalando en el lodo y en la sangre de las calles.
Manuel Payno
XICOTENCATL[10]
Atravesaba el pequeño ejército de Hernán Cortés la soberbia muralla de
Tlaxcala que defendía la frontera oriental de aquella indómita República.
Los soldados se detenían mirando con asombro aquel monumento
gigantesco, que según la expresión de Prescott «tan alta idea sugería del
poder y fuerza del pueblo que le había levantado.»
Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenían encargada los
othomís, estaba entonces desguarnecida. El general español se puso á la
cabeza de su caballería, é hizo atravesar por allí á sus soldados, exclamando
lleno de fe y entusiasmo: «Soldados, adelante, la Cruz es nuestra bandera, y
bajo esta señal venceremos:» y los guerreros españoles hollaron el suelo de
la libre República de Tlaxcalan.
*
* *
El ejército español y sus aliados los Zempoaltecas caminaban
ordenadamente; Cortés con sus jinetes llevaba la vanguardia; los
Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta
llanura, parecía una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida de
brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y vistosas
plumas.
Cortés caminaba pensativo: el tenaz fruncimiento de su entrecejo,
indicaba su profunda meditación: mil encontradas ideas y mil desacordes
pensamientos debían luchar en el alma de aquel osado capitán, que con un
puñado de hombres se lanzaba á acometer la empresa más grande que
registra la historia en sus anales.
Reinaba el silencio más profundo en la columna, y sólo se escuchaba el
ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos.
De cuando en cuando, Cortés se levantaba sobre los estribos y dirigía
ardientes miradas, como intentando descubrir algo á lo lejos: así permanecía
algunos momentos, nada alcanzaba á ver, y volvía silenciosamente á caer en
su meditación.
¿Qué esperaba, qué temía aquel hombre que procuraba así sondear los
dilatados horizontes?—Esperaba la vuelta de sus embajadores: temía la
resolución del gobierno de la República de Tlaxcala.
*
* *
Cuando Cortés determinó pasar con su ejército á la capital del imperio
de Moteuczoma, vaciló sobre el camino que debía llevar; era su intención
dejar á un lado la República de Tlaxcala y tomar el camino de Cholula, país
sometido al imperio de México y en donde esperaba encontrar favorable
acogida, por las relaciones de amistad que le unían yá con el emperador
Moteuczoma.
Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. Tlaxcala era
una República independiente y libre; sus hijos, belicosos é indomables, no
habían consentido nunca el yugo del imperio Azteca, vencedores en las
llanuras de Poyauhtlan: vencedores de Axayacatl, y vencedores después de
Moteuczoma, el amor á su patria les había hecho invencibles y les
constituía irreconciliables enemigos de los mexicanos: los Zempoaltecas
aconsejaron á Cortés que procurase hacer alianza con los de Tlaxcala,
abonando encarecidamente el valor y la lealtad de aquellos hombres.
Comprendió Cortés que sus aliados tenían razón, y tomó decididamente
el camino de Tlaxcala, enviando delante de sí como embajadores á cuatro
Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con un presente marcial
que consistía en un casco de género carmesí, una espada y una ballesta, y
portadores de una carta en la que encomiaba el valor de los Tlaxcaltecas, su
constancia y su amor á la patria, y concluía proponiéndoles una alianza con
objeto de humillar y castigar al soberbio emperador de México.
Los embajadores partieron; Cortés continuó su camino, atravesó la gran
muralla tlaxcalteca y penetró en el terreno de la República, sin que aquéllos
hubieran vuelto á dar noticia de su embajada.
*
* *
El ejército español avanzaba con rapidez; el general seguía cada
momento más inquieto: por fin no pudo contenerse, puso al galope su
caballo, y una partida de jinetes le imitó, y algunos peones aceleraron el
paso para acompañarle; así caminaron algún tiempo explorando el terreno:
de repente alcanzaron á ver una pequeña partida de indios armados que
echaban á huir cuando vieron acercarse á los españoles: los jinetes se
lanzaron en su persecución, y muy pronto alcanzaron á los fugitivos; pero
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