Tema N°10 Historia Reflexiva.
Tema N°10 Historia Reflexiva.
CAPACIDAD N° 10
INFORMACIÓN N° 10
Leer el material educativo en forma minuciosa para hacer uso del modelo crítico en la ciencia
histórica.
Es destacable que en la baja Edad Media y claramente marcado en los tiempos modernos que
el centro del interés de un historiador era moverse de la narración misma a los fundamentos de
esa narración. El resultado fue un enorme desarrollo de las técnicas y críticas del historiador. La
presión cada vez mayor de las técnicas es el signum specificum “signo especial” del buen trabajo
de un historiador, y las mismas son consideradas por algunos historiadores interesados en la
metodología como el historiador León Ernest Halkin que en su obra “Introducción a la crítica de
la historia”, este historiador belga analiza en forma meticulosa y didáctica las tareas del
investigador de historia, termina en una mecánica de precisión para tener una gran dosis de
paciencia que busca enriquece el espíritu de aptitud intelectiva y su sentido crítico de la
conciencia histórica. Dice que la historia estudia el pasado de los hombres. La historia es la
memoria de la humanidad. Memoria de las personas. Busca conocer los propios orígenes para
comprender su evolución. Busca asegurar la identidad de los hombres a pesar de la diversidad
es el nexo de toda personalidad. La naturaleza científica de la investigación histórica, incluso
hoy, que los modelos de investigación histórica están en un nivel más alto y la calidad de las
técnicas de investigación está garantizada, por la atracción sentimental de los relatos, leyendas,
como síntesis lo vemos como la tercera dimensión de la historia: Explica el proceso, suceder o
accionar de los sujetos, la segunda dimensión: El tiempo ¿Cuándo? La primera dimensión: El
espacio ¿Dónde? Este criterio, que minimizaba la cuestión de los hechos pasados, fue
enriquecido “a la luz del modelo crítico de la investigación” por la exigencia de que las
narraciones históricas fueran no sólo ciertas, sino también acomodadas a la teoría de la historia.
Esta exigencia fue mantenida principalmente por filósofos y teóricos de la ciencia, aunque los
historiadores destacados coincidían en las consideraciones generales de la misma.
varias obras previamente escritas por historiadores. Tal fue el espíritu que inspiró la primera
historia moderna y general de la historiografía, escrita por Guillaume Apollinaire (1880.1918).
Las muchas e interesantes propuestas que se encuentran en esa obra “que proponía la idea de
historia acabada”, incluyen la condena de las narraciones que atribuyen a sus héroes monólogos
y diálogos inventados por los historiadores. Apollinaire se opone a la excesiva emisión de
veredictos sobre el pasado, y compara a los historiadores que lo hacen con los estudiantes que
dejan la sala de lectura y tratan de “cambiar” las Leyes de Licurgo o Solón. Subraya que la historia
no debe escribirse para beneficio de nadie. La narración debe ser verdadera y tener la intención
de derrumbar las leyes y los mitos. Su naturaleza científica debe ser establecida por el esfuerzo
en descubrir las “causas naturales” de los sucesos históricos. Así, la obra de Apollinaire podría
considerarse como la manifestación de un nuevo modelo de investigación histórica. Cabría la
posibilidad de apuntar muchas obras que propagaron ese modelo de investigación.
Su equivalente filosófico se encontraba en las obras de Francis Bacon (1561-1626), que llama la
atención hacia el cuidado de la formulación de opiniones y quería reformar la ciencia señalando
el papel dominante de la inducción. En el caso de la historia significa la recomendación de seguir
estrictamente las fuentes. Pero no postula una renuncia total a las hipótesis que no estuvieran
basadas en fuentes. Su intento de sistematizar aquellas ideas que acechan a las mentes humanas
y estorban, por tanto, al historiador en su reconstrucción crítica del pasado, se hizo célebre. Esas
ideas son la que llama “aceptación a ciegas” de la doctrina, tomar las palabras como cosas,
creencias individuales o mitos de un grupo. Pero el induccionismo de Bacon no iba a encontrar
plena confirmación hasta el positivismo del siglo XIX.
Es evidente que, en comparación con la crítica moderna de las fuentes, ese tipo de crítica
promovida y practicada con referencia a los testimonios del pasado tenía todavía un alcance
limitado y, más aún, tenía sus orígenes, especialmente durante el Renacimiento, no en los
esfuerzos independientes para lograr la verdad del historiador, sino en fines prácticos. La
referencia a los ejemplos históricos como argumentos para dirimir conflictos se hizo cada vez
más popular. Y esto fue estimulado por la escalada sin precedentes de conflictos religiosos en el
período de la Reforma. Los promotores de la Reforma buscaban apoyos en el pasado e
intentaban demostrar (en un terreno determinado), la falsedad del cuadro del pasado dibujado
por la vieja historiografía de la Iglesia y por su literatura histórica papal contemporánea. Estos
intentos comenzaron en el siglo XV y se intensificaron en el siglo XVI. En conexión con esto, el
análisis de fuentes iría muchas veces más allá de la crítica externa, formando así el núcleo de la
hermenéutica. Pero los resultados del interés analítico con las fuentes se iban a manifestar de
forma más amplia sólo en el siglo XVII. El Renacimiento exigió un examen crítico de las fuentes,
pero “si consideramos la cuestión desde el punto de vista del desarrollo de la reflexión sobre la
historia” dio lugar a la extensión de la filosofía social y política (la primera podría llamarse
también sociología histórica), de enorme importancia para la evolución, entonces en sus
principios de las opiniones sobre la materia de la investigación histórica. En Nicolás Maquiavelo
(1469-1527), Francesco Guicciardini (1483-1540), Juan Bodin (1530-1596) intelectual francés y
otros, esa filosofía, que hasta el momento había sido deductiva y teológica, entro en contacto
con la historia. Sin embargo, el punto de partida no era una búsqueda estudiosa de la verdad
que fuera de naturaleza puramente cognoscitiva, no, más bien las necesidades de conocimiento
social y político, para lo cual se buscaba apoyo en el pasado, incluso aunque los autores en
cuestión estuvieran apartados de una intensión moralizadora.
La aparición del concepto de “progreso”, no muy claramente comprendido aun en aquel tiempo
atestigua también una evolución general de las opiniones del Renacimiento. El progreso se ha
convertido desde entonces en una categoría permanente del tiempo histórico y puede
considerarse como el principal logro de los escritores renacentistas en ese terreno. El Estado
inicial de esa evolución lo marcaron las obras de Francis Bacon y Juan Bodin, el último de los
cuales trato además de tener en cuenta hasta cierto punto de la historiografía anterior. Aquel
intento tuvo un continuador destacado en la persona de la Alexandre de la Poupliniére (1693-
1762) el Rico, mecenas francés, era recaudador de impuestos.
El intenso sentido crítico manifestado en la literatura histórica del Renacimiento dio lugar a las
ciencias históricas auxiliares, en primer lugar, la Diplomática, en el sentido amplio de este
término. Este fue acompañado por grandes avances en la cronología, a partir de las
controversias motivadas por la reforma del papa Gregorio XII (Joseph Scalinger) (1540-1609),
erudito francés conoció la historia de Grecia, Roma, Persia, Egipto, etc. y el trabajo Thesaurus
Temporum es un conjunto de términos empleados para representar conceptos; Denis Petavius,
(1583-1652) jesuita francés fue bibliotecario real de doctrina, Temporum, 1627). Scalinger
propuso la división del tiempo de la literatura histórica, según principios matemáticos y
astronómicos, mientras que Denis Petavius fue el primero que consiguió fechar sucesos
dividiéndolos entre los que tuvieron lugar antes o después del nacimiento de Cristo. Este sistema
de datación se hizo común durante el siglo XVII. Igual que el estudio de la cronología, también
la Diplomática se desarrolló en el ambiente monástico de las abadías de St. Germain des-Pres y
St. Denis, pero no nació hasta 1681 con la aparición del libro I de De re diplomática libri VI, de
Jean Mabillon. El mismo período vio también la publicación del diccionario de latín medieval de
Du Cange, historiador francés que ha conservado su valor hasta la actualidad.
El siglo XVII, que se caracterizó sobre todo por el progreso en la técnica de establecer los hechos,
vio la publicación de las primeras colecciones de fuentes, a veces muy amplias, en las que los
principios críticos iban siendo gradualmente aplicados. En 1623, Garrit Johan Vossius erudito
clásico holandés publicó en Leyden su Ars historia, “Arte de la gramática” que fue el núcleo de
los tratados futuros sobre la literatura histórica. No encontramos en él ningún análisis
metodológico riguroso, sino simplemente una lista de reglas de la técnica de la literatura
histórica, en relación con la que Vossius llamaba la capacidad de distinguir la falsedad de la
verdad. La capacidad de escribir historia es llamada aquí “arte histórico”, un arte crítico. La
opinión, subrayada por F. Bacon, de que es necesario liberarse del pragmatismo y escribir
narraciones objetivas sobre los hechos pasados, iba ganando terreno entre los estudiosos. Las
discusiones sobre el tema se intensificaron, lo que dio ímpetu a las tendencias críticas de una
parte de los estudiosos que disponían de técnicas cada vez mejores.
Los sucesos que tuvieron lugar en el siglo XVII, y en parte también en el siglo XVI, en la esfera de
la literatura histórica, merecen atención especial. Fue en aquel tiempo cuando se formó por
primera vez, sobre todo en Francia, un círculo de historiadores y estudiosos en general
conscientes de su identidad y concentrados en una reconstrucción objetiva de los hechos
pasados. Querían considerar a la historia como una ciencia, y se oponían por tanto a las
tendencias pragmáticas, especialmente las inspiradas por la Iglesia y los grupos dirigentes. En
este sentido, rechazaban totalmente las especulaciones, comunes anteriormente, sobre los
A pesar de estos intentos críticos, la literatura histórica continuó siendo un arte que no
profundizaba en la crítica, sino que intentaba jugar, juntos con la filosofía, y a veces incluso por
sí sola, en el papel de magistra vitae. Así puede entenderse que no logrará ganar la aprobación
del riguroso y escéptico Descartes (1596-1650), como antes no había logrado la aprobación de
Aristóteles. Descartes, que postulaba un modelo deductivo de conocimiento, reprochaba a la
historia su escasa crítica, demasiada imaginación, e incapacidad de seleccionar los hechos. Al
hacerlo tenía bastante razón, y esta situación de la historia, junto con el hecho de que la ciencia
natural, anteriormente rechazaba, se iban haciendo cada vez más científica, podía agrandar la
distancia entre los estudios sobre la naturaleza, amplios y rigurosos, y los estudios sobre la
sociedad.
pueden ser abarcadas por la razón. El carácter inmutable de estas leyes iba unido, obviamente,
a la afirmación de que la naturaleza humana es también inmutable. En esta interpretación el
progreso suponía la posibilidad de averiguar las leyes que lo que lo rige, como principios a priori
que son independientes del curso real de los acontecimientos. Hasta la época de la Ilustración
no llegaron a buscarse dichas leyes en serio.
El desarrollo posterior de los instrumentos de crítica histórica en el siglo XVIII y el peligro de una
desproporción entre el desarrollo de la investigación histórica y el de la ciencia natural fue
evitado por el desarrollo posterior de las ideas políticas y sociales anti feudales, nacidas durante
el Renacimiento y unidas a la decadencia del feudalismo y el crecimiento de la ideología
correspondiente a las necesidades de la burguesía, que iba ganado fuerza. Esto ocurría porque
estos hechos daban a la historia la oportunidad de convertirse, a su debido tiempo, en la ciencia
que investiga el origen y desarrollo de la sociedad humana, y explica la formación de las
instituciones sociales, sobre todo la institución del Estado. Esto fue demostrado primero por las
reflexiones de Hugo Grocio, James, Harrington, Thomas Hobbes, John Locke (entre otras cosas,
en relación con el problema del contrato social), y más tarde por el basto panorama del
pensamiento filosófico, social y político del siglo XVII. Esto, sin embargo, requería un inmenso
trabajo paralelo sobre la metodología de la investigación histórica. Pero esta última no logró ir
a la velocidad de los logros en la explicación del proceso histórico, logros relacionados con el
progreso en la conversión de la investigación histórica en “filosofía”, es decir, con la gran
irrupción de las ideas sociales.
El interés por la explicación causal, o sea, por explicar sobre todo las diferencias entre las
situaciones reales de los diversos pueblos, indujo a los estudiosos a desarrollar el método
comparativo y las aproximaciones genéticas. Mientras que la heurística y la crítica de fuentes, y
por tanto el establecimiento de los hechos pasados, se desarrollan cada vez más, la época de la
Ilustración ejerció una mayor influencia sobre la definición de la materia de la investigación
histórica, sobre el análisis de los factores que ayudaban a explicar los hechos pasados, y sobre
las leyes del progreso en la historia. En la reflexión sobre la naturaleza de la narración histórica,
la historia comenzó a aparecer, de forma incierta al principio, como una disciplina científica que
describe los sucesos pasados (interpretados a partir del Renacimiento de forma cada vez más
amplia) con cierta actitud crítica, explica los hechos, e intenta predecir “por medio de
generalizaciones” las posibles conexiones mutuas de los sucesos. Como resultado de todo esto,
las importantes lagunas de los tiempos antiguos en la reflexión metodológica sobre la historia
iban cubriéndose, a veces de forma superficial, pero esto no significaban que hubieran
desaparecido las desproporciones en la reflexión metodológica.
La enorme tarea de hacer de la historia una disciplina totalmente madura contó con la
colaboración de los filósofos (en el sentido que entonces se daba a este término) y de los
escritores de historia. El rasgo característico fue el vivo interés mostrado en la investigación
histórica práctica por los filósofos, incluidas las grandes mentes de aquella época (como David
Hume (1711-1776), obra más importante “Tratado de la naturaleza humana”, Francois, Marie
Orouet “Voltaire” (1694-1778) obra más importante “Candido” y otros), un hecho cuya
importancia para el desarrollo de la ciencia filosófica y de la reflexión sobre ella merece ser
destacada.
Las primeras reflexiones teóricas sobre el establecimiento de los hechos no lograron tampoco
ponerse a la altura de los avances en la práctica de la investigación. El progreso en ese campo,
en comparación con la obra de Fresnoy, fue mostrado sobre todo por los estudios de J. M.
Chladenius y de G. B. de Mably y después por numerosos libros de J. C. Gatterer y A. L. Scjhlözer.
La obra de Chladenius estaba dominada por la cuestión de la fiabilidad de las fuentes. El grado
de fiabilidad de una unidad de información basada en fuentes, o sea, su concordancia con los
hechos, lo indica la “calidad” del informador, el grado de universalidad del suceso en cuestión,
la confirmación por otras fuentes, las conclusiones que deben sacarse del análisis del estado real
de las cosas. Las otras obras, junto a los problemas de la crítica de fuentes, prestaban más
atención a las nuevas aproximaciones a los hechos sociales y políticos, tan característicos de la
época de la Ilustración; la tendencia a escribir historia universal; las reflexiones sobre la
clasificación, el esfuerzo para conseguir una interpretación integral de los sucesos pasados y de
los lazos entre la historia y las demás disciplinas. En Polonia, fueron brevemente expuestas en
Memorial wezgledem pisanía historii narodowej (Memorandum sobre cómo escribir historia
nacional) 1775, de A. Naruszewics (1733-1796). Este eminente historiador subrayo la
importancia de una técnica correcta para alcanzar la verdad. Escribió: “La técnica nos dice como
discernir lo bueno de lo malo, las apariencias de la verdad, cómo pesar los asuntos humanos en
la escala de la razón, cómo descubrir sus causas, analizar los métodos y valorar los efectos”,
aunque, preocupado por las ideas de la época de la Ilustración, presentó más el erudicionismo
naciente que la historia “filosofizante”. En su esfuerzo por “filosofar” la historia, ese
erudicionismo, marcado por el acento puesto en su exposición sistemática y académica de la
materia, fue propuesto por Schlözer (1735-1809), célebres autores de algunos esbozos de
historia general. Esta escuela se convirtió en el presente o precursor directo del modelo erudito
de investigación histórica, que se desarrolló en el siglo XIX, pero no debe confundirse con esta
última corriente. La lucha en favor del erudicionismo y de la crítica fue al principio muy limitada
(por ejemplo, Gatterer y Schlözer no sabían aún cómo separar la historia bíblica de la laica), y,
por otro lado, las relaciones con el giro volteriano eran demasiado estrechas.
Los cambios en las visiones sobre la materia de la investigación histórica estaban muy
relacionados con el progreso en la explicación causal. Junto al desarrollo de la aproximación
crítica a las fuentes históricas, éste fue el mayor logro de la reflexión metodológica moderna
sobre la historia. La influencia de los problemas sociales en el estudio de la historia, y, por tanto,
la extensión esencial de la materia de la investigación histórica “o el nacimiento de la ciencia
social dentro del estudio de la historia”, data sólo, como hemos dicho, del Renacimiento. Es
significativo que son los historiadores Adam Ferguson, autor de Historia de la sociedad civil
(1767) a quién se le puede mencionar como padre de la sociología. En sus obras históricas analiza
dinámicamente las diversas categorías sociológicas relacionadas con la vida de los grupos
sociales y con los cambios sociales. Junto a las obras pioneras de estos dos estudiosos y los
estudios anteriormente mencionados del Renacimiento, la evolución de las opiniones sobre la
materia de la historia fue estimulada por las obras de la época de la Ilustración: sobre todo las
de Voltaire, y además las de Montesquieu, Arnold Hermann Ludwig Heeren, Johannes Müller,
Edward Gibbon, y otros muchos. Voltaire afirmaba que el hacer una historia científica dependía
del desarrollo de las técnicas de la crítica y de la amplitud de los puntos de vista del historiador
sobre el pasado. El conocimiento creciente del pasado como un todo, en todas sus
manifestaciones, apoyado por la filosofía, iba a ayudar a conseguir un cuadro verdadero del
pasado “cosa que los historiadores de la época de la Ilustración vieron claramente. Edward
Gibbon (1737-18794) historiador inglés, escribió “La caída del Imperio Romano” sirve como un
ejemplo excelente de este tipo, unidas a la expansión intelectual del pensamiento laico
moderno, social, político, legal y económico, obras que además surgían a partir del conocimiento
geográfico cada vez mejores (por ejemplo, los descubrimientos de las nuevas tierras), la materia
de la narración histórica aparece claramente como el estudio de toda la cultura humana en sus
formas más variadas y evolucionadas; la historia abarcaba áreas cada vez mayores de las
actividades humanas, que aparecían en las formulaciones más dispares. Por otro lado, sin
embargo, sabemos que incluso las más consistentes formulaciones de un problema iban a seguir
siendo meras exigencias durante unos cincuenta años; era demasiado fuerte la inercia de las
viejas tradiciones en la literatura histórica. De cualquier modo, iba ganado terreno una
aproximación cada vez más integral a las áreas de la historiografía, lo cual dio lugar a un interés
por la historia universal, siempre en aumento. Este tipo de integracionismo se basaba en
fundamentos bastantes diferentes de los de la Iglesia Cristiana, cuyo universalismo se integraba
por la idea de Dios.
Hoy es difícil decir si esa introducción de factores cada vez más diversos en la busca de las causas
de las diferencias entre las situaciones de distintos países y pueblos dio lugar a una ampliación
de la materia de la investigación histórica, o si la relación fue la contraria. Pero no hay duda de
que estas dos tendencias fueron concomitantes, aunque ambas se veían obstaculizados por la
idea de la naturaleza humana inmutable, una idea que tenía bastante fuerza en la época de la
Ilustración. Entre los factores apuntados para explicar las diferencias y los cambios, el mundo
sobrenatural iba perdiendo su papel (obviamente, sólo en las mentes de los que seguían el
espíritu de su tiempo, e incluso no sin excepciones), mientras que factores tales como el entorno
geográfico y el clima, el nivel intelectual de los diversos pueblos y las características culturales
de los grupos sociales, e incluso los factores económicos (principalmente comerciales) iban
siendo analizados con mayor precisión, lo cual puede considerarse como el nacimiento de
muchas disciplinas especializadas, como geografía humana o antropogeografía, historia
económica, sociología, antropología. Esto dio mayor importancia a los factores dinámicos,
relacionados con las actividades humanas., pero las diferencias y los cambios en los factores
estáticos, independientes de las acciones humanas, como el clima, el entorno geográfico, y las
diferencias raciales, siguieron dominando por un tiempo la reflexión histórica.
Sería difícil enumerar todos los historiadores importantes que tuvieron en cuenta los factores
mencionados. Se pueden ver en general en todas aquellas obras que intentaban considerar la
materia de la inscripción histórica de un modo más amplio, y que rompieron con la
interpretación teológica de la historia, que todavía tenía fuerza y cuyo modelo fue dado en el
siglo XVII por Bossuet. Pero algunas de las obras fueron de especial importancia para el
desarrollo de las reflexiones sobre la naturaleza y las relaciones internas en la historia.
Pertenecían a dos tendencias: una que prestaba más atención a los factores físicos y biológicos,
y la otra que buscaba la explicación del carácter nacional y de las situaciones de los grupos
sociales en los factores socio psicológicos. En este sentido, Montesquieu analiza sobre todo los
factores climáticos, que según él tenían la máxima importancia, y a continuación el comercio y
los contactos entre los pueblos, la densidad de población y el nivel intelectual. Gibbon veía las
causas de la caía del Imperio Romano en el desarrollo del cristianismo. David Hume, filósofo,
pero también el autor de Historia General de Inglaterra, en 19 volúmenes en 1754, llamado
determinista cultural por Harriet Backer y Harry Elmer Barnes, fue más allá en su análisis de las
diferencias y los cambios. Pensaba que antes de tener en cuenta los posibles efectos de los
factores climáticos y biológicos, debemos investigar ante todo los efectos de los factores
culturales. Entre éstos se pueden incluir los diversos procesos de congregación, imitación y
educación, contactos entre diversos grupos e intercambio de ideas, y una ruptura revolucionaria
de las relaciones estables en el área de las ideas, poder político y sociedad. Turgot siguió la
misma dirección. Pero, como en el caso de Montesquieu y Hume, la afirmación de que la
naturaleza humana no cambia (considerando al hombre ahistóricamente) privada de
profundidad histórica a sus intentos de explicación de las situaciones en las diversas
comunidades, convirtiéndolos en esquemas anónimos aplicables a cualquier período de la
historia. Creía que el hombre es siempre el mismo, en todas las épocas y en todos los lugares.
En su opinión, el cambio social nace sobre todo como resultado de las migraciones y de los
contactos culturales, especialmente por medio del comercio.
Los factores sociales, y en gran medida también los factores económicos, fueron tenidos en
cuenta por J. G. Herder, quién, aunque prestaba atención al papel del entorno geográfico, y al
clima, sobre todo, como un factor permanente, no sucumbió al determinismo geográfico,
evitando así los errores cometidos por Montesquieu. Si consideramos toda la historiografía de
la época de la Ilustración, Herder mostró probablemente la mejor comprensión de la interacción
de los diversos factores en la historia, pero la significación excepcional de esa mente consistió
en romper con la idea de una naturaleza humana inmutable, a pesar de la actitud diferente
Adoptada por Kant. Sí consideramos la actitud similar de Ferguson, y la de Condorcet, que al
hablar del progreso constante en la historia de la humanidad, pensaba que se debía a los
progresos de la mente humana y de la educación, podemos decir que los pensadores de la época
de la Ilustración desarrollaron una marcada corriente que consideraba la literatura histórica
como un reflejo del efecto dialéctico (esto, especialmente, en el caso de Herder) de factores
constantemente cambiantes del progreso del hombre, es decir, una corriente en la investigación
histórica que intentaba enlazar el estudio del progreso con el estudio del proceso real de los
sucesos históricos. En esta corriente se incluye también Arnold Lugwig Heeren (1760-1842), que
ponía el acento en fenómenos como el comercio, el transporte, las migraciones y los conflictos.
Todos estos autores, como no comprendían el concepto de progreso, pero querían averiguar los
elementos de las diferencias entre las situaciones humanas, tenían que referirse a datos de otros
campos, lo cual dio lugar al método comparativo en la investigación histórica.
Un interés creciente por el pasado y unos análisis históricos cada vez profundos contribuyeron
a la reflexión sobre la naturaleza metodológica de la ciencia histórica. Esto no se refería a la
literatura histórica tal como estaba en un período concreto, sino más bien al lugar que la historia
debería ocupar en el terreno de las ciencias. Hasta cierto punto esta reflexión era una variedad
concreta de la reacción anti cartesiana. Robin George Collingwood (1889-1943) historiador
británico, escribió que Hume, en su trabajo Naturaleza humana (1740) “puso a la historia en su
lugar”. En realidad, las contribuciones de Hume (como las de Locke y parcialmente lasa de
Berkeley) a las reflexiones sobre la historia como ciencia son grandes, pero el “poner a la historia
en su lugar”, es decir, el considerarla no sólo como una narración, sino como una ciencia de un
tipo concreto, fue la obra colectiva de una galaxia de mentes brillantes. La primera de ellas fue
la de Giovanttista Vico (1668-1744), precursor de obra la “Principios de una Ciencia Nueva”,
publicada por primera vez en 1725, y exhaustivamente revisada y publicada en una versión
En resumen, el período que hemos denominado de la reflexión crítica sobre la historia, y que
corresponde “al siglo XVIII” podría llamarse igualmente el período de la reflexión filosófica o de
la deducción, estuvo marcado por importantes cambios en la historiografía. Junto al gran
progreso hecho en la heurística y en la crítica, “en el campo del pensamiento metodológico”,
que dieron lugar a aproximaciones teóricas a estas ramas del procedimiento del historiador, la
narración histórica se vio imbuida de elementos de la teoría social, lo cual se debió a una
creciente demanda social para la literatura histórica. La estructura de las aproximaciones
históricas empezó a surgir de estos elementos. Nuevas partes de esa estructura, en forma de
categorías sociológicas, antropológicas, geográficas, económicas, fueron añadidas a las partes
antiguas, mientras tanto reforzadas por los intentos de periodización de los elementos temporal
y espacial que contribuyeron a organizar las descripciones históricas. Esto hizo surgir la
convicción de que era necesario un conocimiento teórico definido que guiara la investigación
histórica. Los cambios de opiniones sobre la investigación histórica cambiaron con una evolución
en las miradas hacia el pasado. La gente empezó a ver en el proceso histórico, la labor de ciertas
leyes universales, y no sólo “la mano de Dios”, aunque esas leyes se interpretan de modo
cartesiano. Esto permitió indicar, en relación con las leyes de la naturaleza, la posibilidad de que
la historia fuera un instrumento de predicción (sobre todo Condorcet). Todo esto por su puesto,
se refiere a los logros más importantes, que estaban cuantitativamente perdidos en un mar de
literatura histórica tradicional, no crítica y regida por las anécdotas, que era una continuación
de la historiografía pragmática tradicional.
A efectos prácticos, tenemos que dudar si la historiografía del siglo XIX, tan abundante en
tendencias (las más descriptivas contra las más filosóficas, las menos comprometidas contra las
más vividas), cumplía las exigencias de algún modelo único. La cuestión es incluso más
complicada, ya que, desde que la búsqueda de la verdad se había convertido en la tarea principal
de la investigación histórica, la historiografía se iba desarrollando continuamente, en lo que
respecta a las técnicas de investigación. Desde ese punto de vista, la historiografía del siglo XIX
era una continuación de las tendencias anteriores, eruditas y filosóficas, especialmente si
tenemos en cuenta la escuela de Göttingen y la historiografía alemana posterior. Pero toda esta
literatura histórica anterior sólo estaba llegando laboriosamente a separar los hechos de los
mitos, las leyendas y las fábulas. Incluso Schlözer realiza el estudio crítico de la historia que inicia
la historia con Adán y lo terminaba con Noé. La historiografía consistía en una recolección de
hechos, era de carácter erudito, pero sobre todo tenía que hacer más sólidos el sentido crítico
que permite separar la verdad de la falsedad. En la historiografía pragmática, este sentido podía
encontrarse de forma nuclear, pero no podía desarrollarse, por las otras tareas que la
investigación histórica tenía ante sí.
En el siglo XVIII, era labor básica “por lo que respecta a establecer fundamentos para las
afirmaciones históricas” había sido completada. Ya no había una necesidad sistemática de
subrayar que en la literatura histórica se deben basar las propias afirmaciones en lo que las
fuentes testifican; ahora que los historiadores habían asumido ese hábito, podían proceder a
formular todas las afirmaciones posibles. La tarea principal, por supuesto absorbía las
anteriores, era aumentar el conocimiento del pasado, es decir, buscar la erudición. Sin embargo,
no hay que olvidar que esta corriente podía tener varias motivaciones, en particular las ideas
nacionales, en la época en la que la conciencia nacional había despertado y estaba
consolidándose. La erudición, interpretada bien como anticuarios o coleccionistas de arte, bien
como literatura sintética, bien como esteticismo, se convirtió en el patrón obligatorio y al mismo
tiempo en objeto de orgullo de los historiadores. Este patrón aunaba diversas corrientes,
algunas de ellas, incluso incompatibles en cuanto a las actitudes políticas y las opiniones sobre
las tareas de la historia. Otro rasgo de la historiografía del siglo XIX fue la configuración final de
la narrativa histórica. Junto a la exclusión de las afirmaciones no confirmadas fuera de las
narraciones (en teoría por su puesto), su principal logro fue el intento de descripción genética,
es decir, la exposición de la materia con la reconstrucción de secuencias cronológicas de hechos;
esto es, los sucesivos estadios de los procesos que se investigan. Los eruditos anteriores se
habían conformado con unas formas más simples de descripción. El punto de vista genético
estaba inspirado en primer lugar, por las distintas concepciones teleológicas, y además por la
idea positivista de progreso y evolución. Bastantes diferentes desde el punto de vista filosófico,
ambas tendencias estaban consolidando la reflexión diacrónica, es decir, regida por el tiempo.
Los avances científicos del modelo erudito de literatura histórica deben valorarse de dos formas.
La denominación de la historiografía erudita no significó la extinción de la tendencia filosófica
en la literatura histórica. El siglo XIX era demasiado complejo para que los historiadores pudieran
describir todos los fenómenos sobre la base de fórmulas no ambiguas. Ese siglo dio a la
historiografía puntos de vista fuertes y débiles que pueden verse actualmente. Como las
condiciones sociales estaban cambiando, a causa de la industrialización, las divergencias en la
interpretación del método histórico y en la concepción de la historia como una rama del
conocimiento humano, que ya existían en forma embrionaria, aumentaban cada vez más. Lo
que anteriormente se podía controlar como una tendencia, en concreto el intento de combinar
la literatura histórica con el deber de explicar el pasado, y sólo de describirlo, se convirtió ahora
en un variado mosaico de opiniones en conflicto. La moderación del siglo XVIII en el tratamiento
de los factores, descubiertos poco a poco, que explicaban las diferencias entre las situaciones
sociales, se convirtió, en el caso de muchos autores, en una tendencia hacia formulaciones
radicales que exageraban el papel de un factor determinado (entorno geográfico, factor
biológico, papel de los individuos, etc.). Ese conglomerado de opiniones, que solían ser miradas
con interés por la comunidad educada, un conglomerado cuya complejidad aumentaba
constantemente, proporcionó a los filósofos relacionados con los diversos grupos políticos y de
clase una buena cantidad de material para reflexionar sobre el pasado y sobre la forma de
reconstruirlo, al combinarse con un momento sin precedentes de la producción de obras
históricas, en forma de cientos y miles de publicaciones de muchos volúmenes, en su mayoría,
lo cual nos hace admirar las fuerzas de aquellos individuos. En el siglo XVIII el límite entre los
historiadores y los filósofos prácticamente no existía, pero más tarde, con el desarrollo de la
educación formal y el nacimiento de la enseñanza de historia en los seminarios universitarios
(primero en Alemania, después en otros países), e incluso el nacimiento de una escuela de crítica
de fuentes (Ecole de Chartes 1823, los historiadores profesionales, que confiaban en una serie
de reglas críticas, en el conocimiento filológico y en las disciplinas históricas auxiliares,
comenzaron a extenderse. A partir de ese momento, dejaron el pensamiento no basado en
fuentes a los filósofos, quienes, de acuerdo con la especialización cada vez mayor, no se
dedicaron a la investigación histórica, al contrario que en el pasado. Esto tenía que afectar a la
literatura histórica y a la reflexión sobre ella. El estudio de los pasados no podía sustituir al
estudio de las estructuras sociales. Esta laguna en la ciencia social, dejada por la historiografía
erudita fue llenada gradualmente por la sociología, que antes se había desarrollado dentro de
la historia, y ahora recibió un fuerte impulso de Augusto Comte.
En general, la historiografía del siglo XIX no perdió ninguno de los rasgos principales del análisis
metodológico que había caracterizado en épocas anteriores. Siguió siendo crítica, y desarrollo
este rasgo de una manera notable. No olvidó la reflexión teórica, aunque este no era su punto
fuerte. Proclamaba su objetividad, pero era todavía pragmática, con la diferencia de que su
pragmatismo estaba a menudo hábilmente oculto (cripto pragmatismo). La tendencia erudita
que le atribuimos significaba solamente un acento algo más fuerte sobre la recogida y el examen
de información basado en fuentes. La debilidad teórica de la literatura histórica erudita la
mantenía en el nivel de las explicaciones genéticas, es decir, descripciones de secuencias de
hechos, que no señalaban ninguna causa más profunda de dichos sucesos ni las leyes del
desarrollo histórico, e incluso las explicaciones genéticas las hacía más fáciles el evolucionismo
Hegeliano, y más tarde el positivismo. Por eso se le ha denominado historiografía genética; a
menudo se llamaban así ellos mismos.
En el desarrollo de la reflexión metodológica sobre la literatura histórica del siglo XIX que Henri
Berr llamó, corrientemente, y según la convicción predominante entonces, “la era de la historia”
como Jacques Nicolás Thierry (1795-1856), vemos una línea divisoria clara de los años 1850-
1870, cuando la reacción contra la narración erudita esteticista y contra las implicaciones
nacionalistas del Romanticismo, y también contra las ideas democráticas, empezó a adoptar
diversas formas que imprimieron a las últimas décadas del siglo el rasgo característico de las
aproximaciones metodológicas estrechamente unidas a actitudes sociales y políticas específicas.
En ese momento la historia consolidó su posición como ciencia y consiguió tener un lugar
importante entre las disciplinas humanísticas. Los historiadores se convirtieron en las principales
figuras de las universidades de la época.
En la primera mitad del siglo XIX las observaciones metodológicas y las prescripciones que se
encontraban en las obras históricas podían derivar de dos principios hasta cierto punto
opuestos: la teología, idealista y evolucionista, que se consolidaba, y la creencia en la posibilidad
de reconstruir totalmente el pasado por medio de una enumeración cronológica de sucesos
establecidos a través de un análisis crítico de las fuentes. El primero de estos principios
contribuyo a la investigación histórica asimilara gradualmente la categoría de cambio y
progreso, una categoría que iba siendo comprendida de un modo cada vez mejor, mientras que
el segundo principio, que, como hemos dicho, era una continuación directa de las tendencias
críticas anteriores, desarrollaba las técnicas de investigación moderna de los historiadores, pero,
a causa de su enorme empirismo (inducción) les impedía asimilar categorías sociales teóricas
que guiaran sus observaciones basadas en fuentes. Sólo algunos historiadores, incluyendo al
polaco Joa-chim Lelewel (1726-1861), sus obras: Itinerario de brujas, Paralelo histórico de
España con Polonia y Bibliografía Polaca; consiguió basar su investigación en los últimos avances
del conocimiento y pensamiento filosófico de la época, avances que empujaban hacia adelante
la metodología de las ciencias (por ejemplo, los de Kant), y al mismo tiempo consiguieron usar
técnicas de investigación que aún hoy nos sorprenden por su precisión, y tuvieron en cuenta
categorías y directrices teóricas conscientemente adoptadas.
Estos principios se manifestaban en diversos grados, en las obras de los distintos historiadores.
Algunos historiadores ponían más empeño en mostrar el desarrollo de ciertas e ideas sociales o
ciertos principios políticos (por ejemplo, Jules Mechelet (1798-1874) obras: La mujer, Los
jesuitas, El mar, La revolución francesa, Juana de Arco, El estudiante. Thomas Macaulay (1800-
1859) sus obras: Historia de Inglaterra desde la caída de Jacobo II; Cantos populares de la historia
de roma; Ensayos críticos e históricos. Leopold Ranke, se preocupaban sobre todo de hacer un
pleno uso de todos los datos, y de establecer el mayor número posible de hechos. El primer
grupo hacía formulaciones sintéticas regidas en gran medida por las necesidades propias de las
aspiraciones y los conflictos políticos, y pretendían mostrar que el mundo, de acuerdo con una
cierta lógica de la historia, había estado yendo en una dirección determinada (por ejemplo, hacia
la implantación de las ideas de libertad y democracia), mientras que el segundo grupo realizaba
síntesis eruditas que enumeraban secuencias cronológicas de muchos sucesos. Los dos grupos
estaban lejos de hacer síntesis científicas, a pesar de que el primero representaba a los
historiadores que, sin distanciarse de las exigencias de la vida práctica y de las luchas ideológicas
y políticas, tenían un sentido más apropiado de las necesidades de la ciencia. Ambos grupos se
ocupaban mucho más de la belleza de la forma literaria de la narración histórica, hecho que,
junto con su desarrollo común de las técnicas modernas de la crítica de fuentes, era el principal
lazo de unión entre los dos grupos. Sus obras tienen psicología intuitiva y la capacidad de
reconstruir vivamente el pasado. Los historiadores de esa época recurrían a sus obras a las
técnicas de las belles lettres, y ese método cubría la laguna causada por la falta de categorías
teóricas que convirtieron las descripciones de los hechos pasados en síntesis históricas. Durante
muchas décadas no hubo necesidad de hacer accesibles sus libros: su propia habilidad literaria
les permitía ganarse al público y conformar actitudes concretas en sus lectores, de una forma
que probablemente no ha sido superada desde entonces. Henry Berr llama a Augustín Thierry
(1795-1856) obras: Ensayos sobre la historia de la formación y los progresos del Tercer Estado,
Relatos de los tiempos merovingios; Historia del establecimiento de los normandos en las Galias.
y a Jules Michelet poetas de su tiempo e indican las bases metodológicas de la historiografía de
su época, dijo: “La historiografía estatizada y nacionalista alemana había preparado el camino al
Nazismo suelen apuntar a Ranke, cuyas obras habían tenido un enorme efecto, en este sentido
adviértase que Ranke murió en 1886”.
Estos historiadores hicieron grandes méritos en el campo de la crítica erudita, lo cual estaba
relacionado con un rápido desarrollo de las disciplinas históricas auxiliares, cuyos conceptos se
han extendido desde aquella época. Las bases fueron puestas no sólo por las exigencias internas
de la investigación, sino también, en una medida equivalente, por los avances de otras
disciplinas como la filología (lingüística comparada, sobre todo), geografía, economía política,
etc. Es cierto que había una divergencia de opiniones considerable sobre el avance de las
disciplinas históricas auxiliares, pero ya empezaron a dividirse entre disciplinas auxiliares en el
sentido estricto del término (que ayudan a adquirir un conocimiento de las fuentes históricas) y
disciplinas relacionadas con la historia, clasificación que se sigue aceptando hoy. Los tratados
estaban llenos de reflexiones sobre el concepto y los tipos de fuentes históricas, y de
información casada de las disciplinas auxiliares, que más tarde se convertirán en materia de
compendios separados. Las cuestiones generales eran sobre todo las del concepto de historia y
la división interna de la disciplina.
Lo que mejor nos ilustran son los tratados alemanes de historia (eran los más valorados), como
los de Johann Christopn Gatterer, “Compendio de historia universal”, K. T. G. Schönemann,
“Enciclopedia de historia universal”, Johann Ernest Fabri, “Enciclopedia de historia”, C. F. Rühs,
Los avances de la historiografía en la primera mitad del siglo XIX por lo que respecta a la crítica
permitieron que se desarrollara el método de un establecimiento indirecto de los hechos. El
estímulo fue el gran interés por la historia antigua y medieval, que exigía el establecimiento
indirecto de sucesos. Los datos para la inferencia indirecta empezaron a buscarse en las
disciplinas históricas auxiliares y en el conocimiento general proporcionado por el desarrollo de
la ciencia en ese período.
Romántico. El primer grupo se interesaba sobre todo por la historia antigua, que reinterpretaban
cada cierto tiempo, y por la historia medieval, incluyendo los siglos XVI y XVII. El último grupo
estaba inclinado también hacia estudios de interés más local.
Entre los historiadores que fueron los más representativos del período romántico en la primera
mitad del siglo XIX, el primero en publicar sus obras fue Jean Charles Leonard Simonde de
Sismondi (1774-1842), un economista a historiador progresista al que Lenin llamó más tarde
representante del Romanticismo económico. Empezó a publicar en 1807. Representaba los
intereses de la clase media baja, y en sus obras sobre historia política y le interesaba el desarrollo
de las ideas de libertad política, democracia y el sistema parlamentario. En la misma época
(1808) aparecieron las obras de Karl Friedrich Eichhorn (1787-1854), junto con las de Karl
Friedrich Savigny (1779-1861), el fundador de la escuela histórica en el estudio del derecho.
Savigny era un representante de la escuela que interpretaba la historia como la ciencia que
retrata el progreso constante de la humanidad. Este período vio también la publicación (1811-
1812) de los dos primeros volúmenes de la renombrada Historia de Roma de Barthold Georg
Niebuhr (1776-1831), quien junto con Leopold Ranke (1795-1886) se considera como el padre
de la Historiografía verdaderamente científica.
Después de todo, había estudiado teología, lo cual influyó en sus escritos, y especialmente en
su actitud hacia la explicación en la historia.
Entre los contemporáneos de Ranke había historiadores tan famosos como los franceses
Augustín Thierry (1795-1856), Jules Michelet (1798-1874); ingleses Thomas Carlyle (1798-1881)
y Thomas Macaulay (1800-1859), el holandés Guillaume van Prinsterer (1801-1876), el checo
Frantisek Palacky (1798-1876). Ente los que eran algo mayores están Joachim Lelewel (1786-
1861), Francois Guizot (1787-1874), y sobre todo Nikolái Karamzin (1765-1826), cuya Istoriya
gosudarstya Rossiyskogo (Historia del Estado Ruso”, que comenzó a aparecer en 1818. Todos
ellos dejaron en la historiografía de su época una impronta quizá más fuerte que la de Ranke.
Muchos de ellos (lo cual vale también para Carlyle, en el primer período de su actividad),
promovían las ideas democráticas o liberalismo. A pesar de sus intentos de una aproximación
universal, estaban todos marcados por un etnocentrismo de diversos tipos. Fue en este período
cuando el vocabulario de términos históricos empezó a incluir conceptos como nación, pueblo,
clase social, y lucha de clases. Michelet, que “hay que recordarlo” estaba hasta cierto punto
influido por las lecturas de Adam Mickiewicz en el College de France, alababa la Revolución
Francesa, pero alababa sobre todo a Francia. Su pre nacionalismo (dejemos el término de
nacionalismo para un período posterior) le hizo afirmar que la nación francesa era “la primera
nación de Europa”. Otros historiadores de esa época sostenían unas opiniones similares sobre
sus naciones respectivas: Thomas Macaulay llamaba al pueblo inglés “el más grande y más
civilizado”, y Ranke pensaba lo mismo sobre los alemanes. Estas opiniones eran de los más
peligroso cuando las propagaban historiadores cuyos países estaban oprimiendo a otras
naciones, especialmente si iban unidas (como era el caso de Ranke) a una afirmación consistente
de ese país concreto y de su poder. Nikolái Karamzin revivió el interés por la historia de Rusia.
Frantisek Palacky defendía el derecho de la nación checa a su independencia política. Sin
embargo, en tales intentos fue superado por Joachim Lelewel, que, más aún, sabía cuál debía
ser el camino real a la libertad política. Francois Guizot y Augustín Thierry justificaron el papel
histórico del tercer estado como la fuerza principal de la nación.
Joachim Lelewel combinaba una inmensa obra histórica con grandes intereses en la metodología
de la historia, que ya hemos descrito anteriormente. A pesar de su gran erudición, no era un
historiador del tipo erudito. Se oponía a la literatura histórica narrativa dominante entonces, y
luchaba por una aproximación filosófica a la historia, que debía basarse en los logros más
avanzados de la epistemología y en un sistema de categorías sociológicas (concebido por el
propio Lelewel), combinaba una inmensa obra histórica con grandes intereses en la metodología
de la historia, que ya hemos descrito anteriormente. A pesar de su gran erudición, no era un
historiador del tipo erudito. Se oponía a la literatura histórica narrativa dominante entonces, y
luchaba por una aproximación filosófica a la historia, que debería basarse en los logros más
avanzados de la epistemología y en un sistema de categorías sociológicas (concebido por el
propio Lelewel), un sistema que ofrecía una visión estructural de la materia de la investigación.
Esto no tenía nada que ver con una concepción teleológica del espíritu de una nación, que veía
con escepticismo y de la que incluso se distanciaba explícitamente, al margen de que viniera de
Condorcet, Kant, Fichte o los románticos polacos. Al igual que Michelet, Guizot y Thierry, Lelewel
veía el principal motor de los cambios históricos en la actividad de las masas, una idea
puramente laica y altamente democrática. Teniendo en cuenta las opiniones que prevalecían en
su época, Lelewel iba muy lejos.
Veía los hechos pasados de una forma integral, y subrayaba su “unidad y universalidad”, pero,
por supuesto, no podía aún analizar con mayor detalle los factores que contribuían al desarrollo,
de modo que pudiera señalar las causas de los cambios en esa universalidad. Era muy exigente
sobre la exactitud y precisión en la investigación, y muy puntilloso en ese aspecto. En su
acercamiento metodológico era, en muchas cuestiones, superior a los historiógrafos
posteriores, positivistas, que prolongaron la vida del idiografismo en la literatura histórica
rompiendo por completo con el concepto de una historiografía “filosófica”, guiada por
afirmaciones generales específicas.
En las primeras décadas del siglo XIX vieron estudios exhaustivos en el terreno de la historia
económica, influido por los avances en la economía política, ocurrió en todos los países, pero
fue Gran Bretaña, donde el capitalismo había avanzado y se dieron una serie de estudios de
historia económica, adelantándose al nacimiento de la escuela histórica en economía. Aparecen
muchos nombres y cientos de publicaciones, los franceses León Gustave Reynier, publicó
“historia económica antigua”; Amans Alexis. Monteil, “Una historia socio-económica de Francia”
en varios volúmenes, los ingleses Guillermo Macpherson, escribió “Una historia del comercio, la
industria y la navegación inglesa”, Thomas Tooke y William Newmarch, escribieron “Los precios
y la moneda en Inglaterra”, George Porter “Una historia económica del Imperio Británico”, varios
tomos. Alemanes George Alexander Hansen “Historia Agraria”, G. L. Maurer, historiador de la
antigua marca alemana. La historia de la cultura y La historia política estuvieron inspirados por
la tendencia de justificar la necesidad de modificar la situación de los campesinos y trabajadores.
Los estudios reflejaron ideas de cambio y progreso como la libertad, hay influencia de la
revolución industrial. En esas épocas el progreso era interpretado por los historiadores como un
proceso continuo cuyo motor no eran las nuevas leyes de la naturaleza sino unas fuerzas
espirituales internas igualmente oscuras, más variables sin embargo que la naturaleza humana.
Esto significaba ampliación de tareas inductivas de una descripción histórica, y también ciertos
avances en el análisis del concepto de cambio. Sin embargo, ese concepto estaba todavía lejos
de las posibilidades cognoscitivas de la narración genética. Este tipo de historiografía no
adoptaba ni las sugerencias dialécticas hechas por Johann G. Herder ni la dialéctica ampliada y
el holismo de Hegel (1770-1831), el holismo buscaba acercamiento integral al pasado y ofrecía
alguna oportunidad de interpretar el progreso como proceso de desarrollo y de explicación
causalmente. Como la burguesía que primero se consolida y después empezó a sentir un
creciente peligro de las nuevas fuerzas sociales, este tipo de historiografía, relacionado con la
burguesía, perdió poco a poco sus posibilidades objetivas de formular interpretaciones que
diferían de sus intereses de clase.
Por tanto, la referencia a los motivos de acción de los individuos continuó siendo dominante en
el área de las explicaciones causales, por lo que se refiere a los hechos menores. Y el curso
general de los hechos no necesitaba ninguna explicación, porque, según las opiniones de Johnn
La separación entre ciencia natural y ciencia social, contribuyo a un más a la búsqueda del lugar
de la historia en el sistema de las ciencias. La reacción anti cartesiana de G. Vico un siglo antes
era una manifestación de que el historiador consideraba así mismo cada vez más, y mostraba
que su trabajo era tan científico como el de los científicos naturales, aunque de manera
diferente. En la primera mitad del siglo XIX la interpretación de la ciencia histórica caminó por
esta dirección, abandonando, por tanto, el acercamiento integral que caracterizó a D’Alembert,
Condorcet, Schelling y sobre todo a Hegel; haciendo una distinción muy estricta entre
fenómenos naturales y fenómenos históricos. El concepto de desarrollo no valía para los
primeros ya que los cambios de la naturaleza son cíclicos por tanto la investigación en la ciencia
natural y la investigación histórica pertenecen a mundo diferentes, regido, cada uno de ellos,
por principios propios.
La segunda mitad del siglo XIX, se dieron cambios en la reflexión metodológica sobre la historia
fruto del trabajo de muchos historiadores cuyas prácticas mostraban conocimientos más
avanzados; la historia como disciplina se convierte en fuente de reflexiones para los filósofos y
sociólogos sobre temas de la realidad. Se muestra influencia del positivismo en la historia como
disciplina exigiendo nuevos exámenes desapasionados de los hechos con predominio del
Las consignas reflejan los métodos nuevos publicados periódicamente en “La revista de historia”
que aparece en 1876 en Francia, se logra difundir las ideas de que la “Historia es solamente
documentos”, cuyo expositores eran Charles Víctor Langlois y Charles Seignobos, ambos
catedráticos de la Universidad de la Sorbona de Francia publican “La revista historia”, en donde
sustentan el fundamento epistemológico sobre el pensamiento histórico como especialistas en
historia medieval establecieron la “Escuela metódica”, como un instituto para enseñar y crear
las bases para la construcción de la ciencia histórica científica y deslindar con intelectuales de
otras ciencias y tener hegemonía en profesionalización de la historia como ciencia.
Con la metodología que se va imponiendo en siglo XX, es que los historiadores obtuvieron una
claridad mayor en el establecimiento de los hechos o sucesos que se interpreta como más
dinámicos como lo interpreta el historicismo dialéctico explicados por Marx y Engels, que es
posible alcanzar una imagen verdadera del pasado, porque el mundo es cognoscible, señala el
hecho de que los sistemas de valores no son ni totalmente absolutos (eternos inmutables) ni
totalmente relativos. La categoría básica del historicismo marxista en su versión ontológica es la
del desarrollo dialéctico. Interpretado de este modo, el desarrollo no se rige por ninguna fuerza
ACTIVIDADES:
1.- Qué busca la denominada historia reflexiva?
2.- Qué originó la obra de Alexander de la Popelinieri, para la historia reflexiva?
3.- En su obra Francis Bacon ¿Qué razonamiento señala como preponderante?
4.- Qué factores tomó Bodin con mucha atención en los distintos pueblos?
5.- Escritor que estableció la cronología histórica antes o después de Cristo?
6.- Reconoce al teórico que estableció como fundamental la autenticidad de las fuentes?
7.- Qué buscaban el erudicionismo en la historiografía?
8.- Qué planteaba el razonamiento de R. Descartes?
9.- Qué sostenía Descartes frente a las leyes de la naturaleza?
10.- Cómo explica la formación de las instituciones sociales del estado?
11.- Historiador árabe que escribió “Los prolegómenos”?
12.- Erudito francés que estudio y conoció la historia de las culturas antiguas?
13.- Erudito francés que llegó a ser bibliotecario real?
14.- Qué representa “Thesaurus Temporarum”?
15.- Erudito que fundo la ciencia historiográfica?
16.- Quién fue Hugo Grocio?
17.- A quién se le considera “padre del liberalismo clásico”?
18.- Obra que escribió David Hume?
19.- Obra más importante que escribió Voltaire?
20.- Escribe el nombre de 3 obras que escribió Jules Michelet?
NOTA: La sustentación de la práctica se realizará en la clase de práctica.