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Resumen Fundamento

Chantal Mouffe argumenta que el conflicto es inherente a la política y que la democracia debe permitir la lucha entre proyectos alternativos a través del agonismo, donde los adversarios se reconocen como legítimos. La distinción entre 'la política' y 'lo político' es fundamental para entender la naturaleza conflictual de la sociedad, y la propuesta de Mouffe busca domesticar el antagonismo en lugar de eliminarlo. Además, critica la 'pospolítica' por desestimar la importancia de las identidades colectivas y las relaciones de poder, lo que lleva a una resignación ante el neoliberalismo en la socialdemocracia.
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Resumen Fundamento

Chantal Mouffe argumenta que el conflicto es inherente a la política y que la democracia debe permitir la lucha entre proyectos alternativos a través del agonismo, donde los adversarios se reconocen como legítimos. La distinción entre 'la política' y 'lo político' es fundamental para entender la naturaleza conflictual de la sociedad, y la propuesta de Mouffe busca domesticar el antagonismo en lugar de eliminarlo. Además, critica la 'pospolítica' por desestimar la importancia de las identidades colectivas y las relaciones de poder, lo que lleva a una resignación ante el neoliberalismo en la socialdemocracia.
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Señala Mouffe, si se desea el fin del conflicto y que la gente sea libre, siempre se debe tener en cuenta la

posibilidad de que el conflicto pueda aparecer y proporcionar una arena donde las diferencias puedan ser
enfrentadas, como parte del proceso democrático. El agonismo, entonces, parte de que no hay fines objetivos
y universales, evidentes y buenos para todos, sobre los cuales edificar la democracia, entendida como el
sistema que mejor pone de manifiesto la pluralidad de las sociedades contemporáneas. Para el agonismo, una
sociedad es más democrática cuando permite la lucha entre proyectos alternativos que, no obstante,
comparten determinadas reglas del juego.
La política tiene que ver con el conflicto y la democracia consiste en dar la posibilidad a los distintos puntos de
vista para que se expresen, disientan. El disenso se puede dar mediante el antagonismo amigo-enemigo,
cuando se trata al oponente como enemigo –en el extremo llevaría a una guerra civil– o a través de lo que
llamo agonismo: un adversario reconoce la legitimidad del oponente y el conflicto se conduce a través de las
instituciones. Es una lucha por la hegemonía.
2. La política y lo político. Hacia un modelo adversarial
La distinción entre “la política” y “lo político” propuesta por Chantal Mouffe nos proporciona la clave para
comprender el carácter conflictual que es propio de toda sociedad y será, además de uno de los elementos
teóricos sobre los que construye su propuesta de una democracia radical pluralista, uno de los temas
inspiradores de la crítica de Chantal Mouffe al liberalismo y al actual Zeitgeist postpolítico. Propone entender
por “la política” el conjunto de prácticas correspondientes a la actividad política tradicional, mientras que “lo
político” debería referirse al modo en que se instituye la sociedad. Expresada en términos heideggerianos, la
política correspondería al nivel “óntico”, mientras que lo político se situaría en el nivel “ontológico”. Esta
distinción —introducida en sus trabajos también por otros teóricos políticos— no ofrece, sin embargo, por sí
misma, unanimidad de interpretación de lo político. Algunos conciben lo político como un espacio de libertad
y deliberación pública, mientras otros lo consideran un espacio de poder, conflicto y antagonismo. Chantal
Mouffe se alineará con quienes defienden esta última perspectiva: “Concibo “lo político” como la dimensión
de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo a “la política”
como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden,
organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad derivada de lo político”.
El antagonismo es, pues, constitutivo de lo político, por lo que cualquier oposición, si alcanza la fuerza
suficiente para agrupar a los seres humanos, puede terminar expresándose en términos de amigo / enemigo,
adquiriendo entonces un carácter político. Para Chantal Mouffe el reconocimiento de la naturaleza conflictual
de la política, siempre posible mediante la distinción anterior, es el punto de partida para comprender los
objetivos de una política democrática: establecer la distinción nosotros / ellos de modo que sea compatible
con el pluralismo. Si lo político, así entendido, pertenece a nuestra condición ontológica, habremos de
reconocer su carácter inerradicable. Sin embargo, es posible “domesticar” el antagonismo de la relación amigo
/ enemigo y reducirlo a una forma que no destruya la asociación política. Pero esto sólo se puede conseguir
estableciendo un vínculo común entre las partes en conflicto, de modo que se reconozcan como oponentes
legítimos, como adversarios, y no como enemigos irreductibles. A esta forma de relación la denomina
“agonismo”.
Esta propuesta se apoya en el reconocimiento de que todo orden social es el resultado de la articulación de
relaciones de poder y no un “orden natural” que fuera la expresión de una objetividad ajena a las prácticas
contingentes que lo producen. De este modo, se puede constituir un orden “hegemónico” que puede ser
puesto en entredicho por otras prácticas que se le oponen (antihegemónicas) orientadas a la instauración de
una nueva forma de hegemonía. En este sentido, la noción de hegemonía resulta ser clave para comprender la
posibilidad de un pluralismo agonístico. No se trata de eliminar el antagonismo y sustituirlo por un consenso
racional (en el que los oponentes sean reducidos a meros “competidores”), ni de mantener el antagonismo
bajo la forma amigo / enemigo (en el que cada uno percibe las demandas del otro como amenazantes e
ilegítimas), sino de transformar el antagonismo en agonismo, de domesticarlo y reconducirlo a las formas del
modelo adversarial. “La dimensión antagónica está siempre presente, es una confrontación real, pero que se
desarrolla bajo condiciones reguladas por un con-junto de procedimientos democráticos aceptados por los
adversarios”.
Para Schmitt, el criterio de lo político, es la discriminación amigo/enemigo. Tiene que ver con la formación de
un “nosotros” como opuesto a un “ellos”, y se trata siempre de formas colectivas de identificación; tiene que
ver con el conflicto y el antagonismo, y constituye por lo tanto una esfera de decisión, no de libre discusión. Lo
político, según sus palabras, “puede entenderse sólo en el contexto de la agrupación amigo/enemigo, más allá
de los aspectos que esta posibilidad implica para la m oralidad, la estética y la economía”.3 Un punto clave en
el enfoque de Schmitt es que, al mostrar que todo consenso se basa en actos de exclusión, nos demuestra la
imposibilidad de un consenso “racional” totalmente inclusivo.
En este punto, por supuesto, debemos tomar distancia de Schmitt, quien era inflexible en su concepción de
que no hay lugar para el pluralismo dentro de una comunidad política democrática. La democracia, según la
entendía, requiere de la existencia de un demos homogéneo, y esto excluye toda posibilidad de pluralismo. Es
por esto que veía una contradicción insalvable entre el pluralismo liberal y la democracia. Para él, el único
pluralismo posible y legítimo es un pluralismo de Estados. Lo que propongo entonces es pensar “con Schmitt
contra Schmitt”, utilizando su crítica al individualismo y pluralismo liberales para proponer una nueva
interpretación de la política democrática liberal, en lugar de seguir a Schmitt en su rechazo de esta última.
Desde mi punto de vista, una de las ideas centrales de Schmitt es su tesis según la cual las identidades políticas
consisten en un cierto tipo de relación nosotros/ellos, la relación amigo/enemigo, que puede surgir a partir de
formas muy diversas de relaciones sociales.
Pos política: La autora sostiene que, una vez desaparecido el enemigo del capitalismo tras la caída del Muro,
la socialdemocracia se sintió llamada a aceptar la hegemonía del neoliberalismo. Este hecho ha reforzado la
perspectiva liberal de la democracia, fortaleciendo en torno a ella una forma universalizante de la política,
centrada en la armonía de intereses y en el consenso de los partidos. Como resultado, el movimiento
estratégico de este sector hacia el centro ha vuelto difusas las antiguas fronteras entre la izquierda y la
derecha, llevando a la sociedad civil a desinteresarse de la vida política y a perder identidad con los proyectos
políticos, los que, hasta entonces, no sólo lograban movilizar sus intereses sino también sus pasiones y deseos.
Es esta “desmovilización” de la política, precisamente, la cuestión sobre la que Mouffe llama la atención, pues
implica el abandono de la necesaria identificación política de la sociedad civil a discursos y prácticas que,
levantando pasiones, pueden poner en riesgo la institucionalidad democrática.
El segundo problema que desarrolla en torno a lo político es el de la particular lectura sociológica sobre la
política que emerge en el escenario de la globalización, a la que Mouffe llama “pospolítica”. Esta perspectiva,
que pretende la superación de la política tradicional y que ha influido fuertemente en los partidos
socialdemócratas, es abordada por la autora a partir del análisis de los planteamientos de Anthony Giddens y
Ulrich Beck. En términos generales, ambos coinciden en que la sociedad moderna ha entrado en una segunda
modernidad –a la que Beck llama “modernidad reflexiva” y Giddens “sociedad postradicional”–, en la que los
procesos de desarrollo son vistos desde los límites del progreso, y por tanto, desde la incertidumbre. La
palabra clave aquí es reflexividad, y refiere al cómo la sociedad se observa a sí misma, observa su accionar
concreto y lo “corrige” desde las prácticas concretas de la multiplicidad de realidades sociales. Ulrich Beck
propone el concepto de “subpolítica” para designar el nuevo rol que adquiere el individuo en la política y su
construcción “desde abajo”. Giddens habla de la “política de vida” para poner el acento en el proyecto
reflexivo del yo. Ambos autores enfatizan el individualismo como un desafío cierto a la política tradicional, y
de ahí la necesidad de superar las prácticas e instituciones de la política centradas en las grandes identidades.
Por lo mismo, proponen reformar el Estado y los gobiernos para permitir el diálogo con la sociedad civil.
En la visión de Mouffe, la pospolítica no logra comprender la política. Se desentiende del rol de las identidades
colectivas en ella, no logra ver las relaciones de poder y su estructuración social, y tampoco reconoce el papel
de la hegemonía. Para la autora, la influencia de esta perspectiva es una de las razones por las cuales la
socialdemocracia se resigna ante el capitalismo y rehúye de su análisis crítico. Pero el verdadero problema es
que la idea de modernización, que constituye el núcleo de la perspectiva teórica pospolítica, se convierte en la
justificación básica para la discriminación nosotros/ellos entre la nueva y la vieja política. Impone una frontera
supuestamente científica a los “tradicionalistas” y “fundamentalistas”, encubriendo con ello la naturaleza
propiamente política de una distinción de este tipo. En la afirmación de una postura de renovación de la
socialdemocracia, intenta legitimar científicamente una exclusión que no es construida sino con criterios
políticos, cuestión que no sólo invisibiliza el carácter conflictual de la política, sino que además impide (y le
exime de) la confrontación agonista y el cuestionamiento de la hegemonía neoliberal.

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