“LOS RIOS PROFUNDOS”
INTRODUCCIÒN:
José María Arguedas nació en Andahuaylas, en la sierra sur del Perú.
Proveniente de una familia mestiza y acomodada, quedó huérfano de
madre a los dos años. Debido a la escasa presencia de su padre —un
abogado litigante y viajero—, y a la conflictiva relación con su madrastra y
hermanastros, Arguedas encontró refugio en el cariño de los sirvientes
indígenas. Esta cercanía con el mundo andino le permitió adentrarse
profundamente en sus lenguas, costumbres, ritos y formas de ver la vida,
elementos que marcaron profundamente su personalidad y su obra
literaria. Cursó sus estudios primarios en San Juan de Lucanas, Puquio y
Abancay; y los secundarios en Ica, Huancayo y Lima. Ingresó a la Facultad
de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1931, donde
se licenció en Literatura. Posteriormente, estudió Etnología, obteniendo el
grado de bachiller en 1957 y el doctorado en 1963. Entre 1937 y 1938, fue
encarcelado por participar en una protesta contra un enviado del dictador
italiano Benito Mussolini. Además de su labor literaria, se desempeñó
como funcionario del Ministerio de Educación, desde donde promovió
intensamente la cultura peruana, especialmente la música y las danzas
andinas.
La obra de Arguedas posee hondas raíces autobiográficas. En Los ríos
profundos, su protagonista Ernesto —hijo de blancos, pero criado en una
comunidad indígena— revive, desde la primera persona, ese mundo
mágico, profundo y primitivo del que proviene. El título de la novela no
solo alude a los ríos que nacen en la cordillera de los Andes, sino también
a las raíces sólidas y ancestrales de la cultura andina, que para Arguedas
representan la verdadera identidad nacional del Perú.
Según la crítica especializada, esta novela marcó el inicio de la corriente
neoindigenista, al presentar por primera vez la problemática del indígena
desde una perspectiva íntima y comprensiva, sin exotismos ni
paternalismos. A través de un lenguaje poético y cargado de simbolismo,
Arguedas nos invita a ver más allá de la superficie de la realidad y a
sumergirnos en la profundidad espiritual del mundo andino.
Su obra comprende textos fundamentales que conmovieron a
generaciones de lectores: Agua (1935), Yawar Fiesta (1941), Diamantes y
pedernales (1954), Los ríos profundos (1958), El sexto (1961), La agonía de
Rasu Ñiti (1962), Todas las sangres (1964), El sueño del pongo (1965), y El
zorro de arriba y el zorro de abajo (1971). Además, realizó importantes
recopilaciones y antologías de poesía y cuentos quechuas. Sin embargo,
sus trabajos de antropología y etnología —que constituyen el núcleo de su
producción intelectual— aún no han sido revalorados con justicia.
Por todo esto, hablaremos aquí de Los ríos profundos, una de sus novelas
más inspiradoras, profundas y conmovedoras, que nos permite mirar más
allá de la realidad inmediata y nos conecta con lo más hondo del alma
andina y de la identidad peruana.
DESARROLLO:
Los ríos profundos son, para muchos, la síntesis más lograda de la
compleja relación entre el mundo andino y el hispánico. Su autor, el
escritor y antropólogo peruano José María Arguedas, concibió toda su
producción literaria como parte de un proyecto ético y cultural: retratar un
país dividido entre dos culturas —la indígena andina, de raíces quechuas, y
la urbana occidental, de herencia europea— y buscar, mediante la
literatura, una forma de integración armónica que dé origen a una
identidad mestiza, profunda y liberadora. Esta novela representa la mejor
expresión de ese ideal, al plasmar con extraordinaria fuerza poética y
simbólica los grandes dilemas, angustias y esperanzas que atraviesan su
proyecto. La obra tiene un fuerte contenido autobiográfico y está
ambientada en la década de 1920, durante el régimen de Augusto B.
Leguía. Más específicamente, los hechos ocurren en 1924, año en el que
Arguedas cursó el quinto año de primaria en el colegio de Abancay,
dirigido por los padres mercedarios. Esta experiencia escolar, traumática y
reveladora, sirve como base de la ficción, que Arguedas transforma en una
novela de formación —o Bildungsroman— estructurada sobre dos pilares
de larga tradición literaria: el motivo del viaje y el paso de la infancia a la
adultez. Ambos motivos han sido centrales en la literatura universal,
desde la Biblia y la épica clásica hasta la picaresca y la narrativa moderna
del siglo XX. En este caso, la historia sigue el proceso de maduración de
Ernesto, un adolescente de 14 años que, enfrentado a las injusticias del
mundo adulto, debe elegir un camino moral. La novela se inicia en Cusco,
ciudad a la que llegan Ernesto y su padre Gabriel —abogado errante— en
busca de apoyo económico de un familiar, "el Viejo", quien les niega
ayuda. Así empieza un peregrinaje por diversas ciudades del sur andino
peruano, hasta que finalmente Ernesto es internado en un colegio
religioso en Abancay, mientras su padre continúa viajando.
Este internado se convierte en un microcosmos de la sociedad peruana,
donde imperan normas crueles, jerarquías injustas y relaciones de poder
violentas. Ernesto, ajeno a estas lógicas, intenta adaptarse sin traicionar su
sensibilidad formada entre los indígenas. A lo largo de su estancia en
Abancay, experimenta dos momentos claves que lo transforman: la
rebelión de las chicheras que exigen el reparto equitativo de la sal, y la
llegada masiva de campesinos quechuas que buscan una misa para honrar
a las víctimas de una epidemia. Ambos episodios provocan en Ernesto una
profunda toma de conciencia: decide rechazar la seguridad económica y
optar por los valores de justicia, solidaridad y liberación. Con ello culmina
una etapa crucial de su aprendizaje.
El relato finaliza con la partida de Ernesto hacia una hacienda del "Viejo",
situada en el valle del Apurímac, mientras espera el regreso de su padre. Si
bien la mayor parte de la novela transcurre en Abancay, también se
mencionan otras ciudades, como Cusco, así como zonas de la costa y la
sierra sur del Perú. Abancay es descrita con gran detalle: una ciudad
limitada por la hacienda Patibamba, cuyos dueños no permitían su
expansión, dividida en barrios separados por huertas de moreras y
cañaverales que se extienden hasta el río Pachachaca. Un árbol
emblemático es el pisonay, que en primavera se llena de flores rojas. Otros
espacios clave son el internado religioso con su enorme patio polvoriento,
el barrio de Guanapata —poblado de chicherías y mujeres marginalizadas
—, la plaza de armas, la avenida Condebamba y el puente colonial de
Pachachaca, símbolo de la conquista española, hecho de calicanto, firme
ante el paso del tiempo y del río que corre bajo su arco.
El viaje de Ernesto se divide en tres etapas simbólicas. La primera se da en
el Cusco, ciudad sagrada, eje entre el cielo y la tierra, punto de partida del
viaje iniciático. La segunda etapa es el deambular junto a su padre por el
sur andino, búsqueda exterior que refleja su inquietud interior. La tercera
es la estancia en Abancay, donde Ernesto experimenta el mal, la injusticia,
la deshumanización; ahí se rompe su visión ideal del mundo indígena. Sin
embargo, su destino final será retornar hacia la sierra, los ríos y el pasado
ancestral, pues en ellos se halla su verdadero futuro, su camino espiritual.
Desde el punto de vista narrativo, Los ríos profundos combina dos voces:
la del narrador-protagonista, que relata su vivencia interior desde una
mirada subjetiva, y un narrador en tercera persona con omnisciencia
limitada, que solo revela lo que Ernesto podría saber. Esta alternancia
narrativa, lejos de ser un defecto, enriquece la obra con múltiples niveles
de lectura. Aunque algunos críticos han señalado fallas estructurales,
muchos otros elogian precisamente su forma libre y simbólica, en la que se
intercalan planos temporales, históricos, emocionales y míticos.
Uno de esos planos es el autobiográfico. José María Arguedas, al igual que
su personaje Ernesto, fue hijo de un abogado cusqueño, Víctor Manuel
Arguedas Arellano, y quedó huérfano de madre a muy temprana edad.
Tras el segundo matrimonio de su padre, sufrió el rechazo de su
madrastra, por lo que encontró refugio en la compañía de los sirvientes
indígenas. Esta experiencia marcó profundamente su visión del mundo. En
la comunidad de Utek, vivió lo que él llamaría los años más felices de su
vida, donde forjó un lazo profundo con la naturaleza, la música, la lengua
quechua y la solidaridad comunal. Estas vivencias son reelaboradas en la
novela, tanto en su temática como en su estilo narrativo.
Otro plano simbólico fundamental es el mítico-mágico. El universo que
Arguedas representa es animista y panteísta, una cosmovisión en la que
todo está interrelacionado: los ríos, las piedras, las plantas, los animales,
los hombres y los espíritus. La magia no es superstición, sino una forma de
conocimiento sensible, emocional y ancestral que solo algunos —como
Ernesto y los indígenas— logran comprender. Así, el muro inca, las piedras
vírgenes, el río Pachachaca y el zumbayllu (trompo mágico) son elementos
cargados de memoria, historia y espiritualidad. Tocarlos, oírlos o verlos es
entrar en contacto con el alma colectiva de un pueblo.
La dimensión mágica también se manifiesta en el lenguaje. Aunque escrita
en castellano, Los ríos profundos es, en espíritu, una novela pensada en
quechua: el ritmo, las imágenes, los silencios, las repeticiones y los cantos
reproducen la oralidad andina, su visión circular del tiempo y su poética
particular. El zumbayllu, por ejemplo, no es un simple juguete, sino un
objeto sagrado que conecta a Ernesto con sus recuerdos, con la naturaleza
y con los muertos. Es un símbolo de unidad, de armonía, de la capacidad
de sanar los espacios rotos.
La novela, por tanto, se construye sobre una gran antítesis: la oposición
entre el bien y el mal, entre lo humano y lo inhumano, entre la violencia y
la esperanza. Esta oposición es visible tanto en la caracterización de los
personajes como en los espacios simbólicos. Gladys Martín ha propuesto
una lectura en la que los personajes del internado representan esta lucha
interna y social. Algunos —como Antero, Palacitos, o el propio padre
Linares— son figuras de autoridad cruel, mientras que otros —como los
campesinos, las chicheras, y Ernesto mismo— encarnan los valores de la
resistencia, la memoria y la ternura. En última instancia, Los ríos profundos
es una novela de transformación espiritual: Ernesto deja de ser un niño
que sufre pasivamente, para convertirse en alguien capaz de elegir su
destino, guiado por una ética solidaria.
La misión de Ernesto no es solo recordar el pasado, sino reinterpretarlo
desde el presente y proyectarlo hacia el futuro. La novela no se detiene en
la nostalgia, sino que apunta a la posibilidad de una reconciliación
nacional, basada en la memoria, la dignidad y el respeto por las raíces
andinas. Por ello, Los ríos profundos es una obra profundamente política,
espiritual y estética: nos muestra que la verdadera identidad peruana solo
podrá construirse si es capaz de escuchar la voz profunda de sus ríos, de su
historia y de sus pueblos originarios.
CONCLUSIÒN:
Los ríos profundos, más allá de ser una novela de formación individual, es
también una obra de denuncia y reflexión política. Arguedas no solo
retrata las tensiones emocionales de un joven en tránsito hacia la
madurez, sino que utiliza el internado de Abancay como una
microestructura de poder que refleja, en pequeña escala, las dinámicas
sociales, económicas y políticas del Perú de los años veinte. La conducción
del colegio por parte del obispo de la ciudad representa un modelo
autoritario, jerárquico y disciplinario, donde la represión sustituye al
diálogo y la moral se impone desde el castigo. Esta lógica no es ajena a la
realidad nacional. El Perú de aquel tiempo, bajo el régimen de Augusto B.
Leguía, mantenía intactas muchas de las estructuras del feudalismo
colonial. Los grandes hacendados —los llamados gamonales—
continuaban controlando vastas extensiones de tierra y dominaban la vida
económica y social de las regiones andinas, mientras los campesinos
indígenas trabajaban esas tierras sin derechos de propiedad ni ciudadanía
plena. Esta situación perpetuaba un sistema de servidumbre disfrazado de
legalidad, con la complicidad del Estado y de la Iglesia.
Arguedas logra mostrar, con sensibilidad y lucidez, estas profundas
desigualdades sociales. La novela retrata también la heterogeneidad del
sistema educativo religioso, evidenciada en la convivencia forzada de
estudiantes de distinta procedencia: por un lado, los alumnos internos,
muchos de ellos humildes y marcados por la exclusión; por otro, los
llamados "estudiantes de casa", hijos de familias acomodadas que vivían
en la ciudad. Esta disparidad genera un ambiente tenso y violento, en el
que las jerarquías sociales se reproducen dentro de las aulas, como reflejo
del país real. Pero quizás uno de los aspectos más potentes de la novela es
la representación de la protesta social desde abajo. La rebelión de las
chicheras —mujeres comerciantes de origen popular— ante el
desabastecimiento repentino de la sal, producto del acaparamiento
ejercido por autoridades y empresarios, constituye una escena clave de la
narrativa. Esta huelga, protagonizada por mujeres marginadas, pone en
evidencia los mecanismos de especulación y abuso que enriquecen a unos
pocos a costa de la necesidad de muchos. Arguedas, lejos de idealizar esta
revuelta, la describe como una expresión legítima de dignidad y resistencia
colectiva frente a la injusticia. En este sentido, Los ríos profundos
trasciende su dimensión literaria para convertirse en un documento
histórico, ético y simbólico. A través de la mirada de Ernesto, el lector es
testigo del despertar de una conciencia social que se rebela contra el
orden establecido. La novela no solo revela los males de una sociedad
dividida, sino que propone, en su lirismo profundo, una esperanza de
cambio basada en la comunión entre culturas, el respeto por lo ancestral y
la lucha por una justicia verdadera. Así, Arguedas nos entrega una obra
monumental, donde lo personal y lo colectivo, lo poético y lo político, se
entrelazan en un canto inolvidable al alma del Perú.
BIBLIOGRAFIA:
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heterogeneidad de la literatura peruana. Lima: Horizonte. Sustenta el
concepto de heterogeneidad cultural y lingüística en la obra de Arguedas.
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plantea una identidad mestiza desde la literatura.
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Arguedas. Revista Andina, 39(1), 145–163. Explica la función del mito, la
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Rowe, W. (1985). La literatura peruana y la crítica cultural. Lima: Mosca
Azul Editores. Fundamenta el papel del conflicto entre cultura andina y
occidental en la narrativa peruana.
Rama, A. (1982). La transculturación narrativa en América Latina. Revista
Casa de las Américas, 127, 3–26. Apoya la idea de cómo Arguedas integra
formas culturales indígenas en la estructura novelística occidental.