Capítulo 1
Ultimo día en la casa del terror
Un grito que provenía por fuera de la habitación junto con un
intenso ring ring hiso despertar a Carla de su sueño romántico.
Al abrir los ojos divisó frente a ella un almanaque indicando una
fecha con un color intenso, alado un reloj despertador vibrando
con ferocidad, y la voz ronca e incesante de su madre gritando a
todo pulmón que llegaría tarde a la entrevista. Agarró el celular
de la mesa de luz, y al darse cuenta de la hora salió de un salto
de la cama y se dirigió sin más al baño, esquivando a su madre
que se encontraba yendo a su habitación. Carla siguió con su
trote por el pasillo hasta llegar al baño y refugiarse en la ducha.
- Faltan quince minutos para las diez Carla-. Le decía su madre
del otro lado de la puerta.
- Saldré en cinco minutos-. Durante la ducha organizaba en su
cabeza todos los lugares y personas a las que iba a visitar. Un
almuerzo en la pizzería The Pizz con su mejor amigo Noa al
medio día. Visitar luego a su abuela por su cumpleaños y
después salir directo a la universidad, para sus últimas clases
antes del verano. Pero antes de todo lo anterior, tenía que
presentarse en una entrevista de trabajo para el museo
´´Sciences of the past´´, para formar parte de los estudios y
presentaciones de los objetos arqueológicos que se trabajaban a
diario. Como estudiante avanzada en arqueología era un sueño
para ella y un objetivo por cumplir. Mientras se vestía con
velocidad recordaba también que por la noche debía ver a
Natali, una amiga a la que ama como hermana y que pronto se
casaría con su novio Luca. Y que por supuesto siendo la dama
de onor no podía perderse de las organizaciones de la boda.
Bajaba las escaleras casi volado y buscando a la distancia sus
zapatos de cuero blanco con agujetas negras.
- Si buscas tus zapatos están junto a la silla donde en la mesa te
espera una taza de café caliente -. Una forma de corazón en las
manos fue la respuesta de Carla a su madre.
¿Tostadas con o sin mantequilla? -, le preguntaba a medida que
su hija se sentaba y disfrutaba de su café caliente.
- Gracias mami, pero esta vez prefiero sin mantequilla, hace
unos días que no voy al gimnasio y ya siento que los kilos
vienen a mi-.
- Por favor, Carla, tienes un cuerpo de modelo. Pareces una de
esas chicas que modelan para las revistas de fitness -.
Carla se observó dos segundos al espejo, observando su cabello
castaño oscuro cubriéndole los hombros y parte del busto. Acto
seguido observó su cintura esbelta, con su ancha cadera y sus
piernas cubiertas por unos gens hasta por debajo de la rodilla.
Pensando dos veces observó la tostada que su madre le había
dejado en frente y sin más prosiguió a comérsela.
- Tal vez tengas razón mami, tal vez -, le decía mientras
disfrutaba de cada bocado que daba y pensaba en todo el
sacrificio que había echo para terminar con un cuerpazo divino y
no poder disfrutar de uno de sus clásicos desayunos.
De reojo observó la hora que ilustraba el reloj en la pared,
convirtiendo el momento romántico en uno lleno de adrenalina y
caos.
- Puta madre, las diez -. Tomó con velocidad un último trago de
café antes de dirigirse a la puerta, tomar su bolso, abrigo y
luego de gritarle a su madre que la amaba partió a toda marcha
hacia el museo por la ciudad.
Siendo un Lunes en la mañana no era de esperarse que la
ciudad hubiese de todo menos paz. El tráfico comenzaba desde
las 7 am hasta que el sol llegaba a su punto máximo,
volviéndose el medio día. El olor a carritos de comida, junto con
las melodías de las bocinas y los gritos desesperado de los niños
en la escuela, reflejaban un día cualquiera en la ciudad de
Filadelfia. Para Carla eso era su hogar. Pero más allá de todo eso,
el sueño de ella era vivir cerca de las costas playeras, o en un
campo, lejos de la ciudad donde el caos reinaba a todas horas.
Quería poder tener una casa, donde tuviese una terraza donde
tomar su café matutino y leer uno de sus libros favoritos El
amanecer.
Se hacían las diez y cinco mientras Carla terminaba de
recorrer a toda velocidad el camino que la llevaba hasta la
parada de autobuses, el cual se supone que pasaría en dos
minutos exactamente. Observó a lo lejos un taxi detenido en la
misma vereda donde ella estaba recorriendo, recordando que
tenía suficiente dinero para llegar al museo, más rápido que el
autobús. Divisó al chofer dentro del coche y sin dudarlo abrió la
puerta, ignorando que el taxi era para el joven que se acercaba
con una maleta hacia él.
- Buen día, ¿podría llevarme hasta el museo Sciences of the past
sobre la calle beach? -. El taxista se dio cuenta, por la cara rojiza
de la Carla que tenía más prisa por llegar a su destino que el
joven que cargaba su valija con lentitud y parecía moverse en
cámara lenta.
- Claro linda, vamos allá -. Una sonrisa grande se dibujó en el
rostro de carla mientras el mercedes aceleraba, quemando las
llantas y envolviendo al muchacho en una nube de polvo.
Tomando el camino corto y evitando el tránsito, el taxista llegó
a su destino en cinco minutos. Carla le dio cinco dólares de más
a los diez que le costó el viaje, agradeciéndole por a verla
llevado hasta allí tan rápido. Al bajarse y caminar a la entrada se
cruzó con Maximiliano Montéz, quien conoció hace unos días y
que también tendría la entrevista. Éste la saludo y le pregunto
por qué andaba tan agitada, por lo que ella solo le respondió con
un suspiro.
- Tranquila amiga, te daré una buena noticia, la mujer que nos
entrevistaría para el trabajo enfermó, por lo que tuvieron que
llamar al mismo director del museo para que tomara su lugar -.
Se rio y prosiguió a observar su reloj. – Se supone que ahora en
un minuto nos vienen a buscar para guiarnos a la sala de
entrevista -.
Carla no podía estar más feliz, ya que se imaginaba perder la
entrevista y su oportunidad de trabajar allí.
- Esas palabras son música para mis oídos -, prosiguió a decir
ella mientras se reía y agradecía la enorme suerte con la que se
encontraba.
Tal como dijo el joven, en segundos apareció una mujer
veterana, con un libro entre las manos para guiar a ambos hacia
la entrevista.
Carla ya había entrado al museo en diferentes ocasiones, pero
esta vez lo vio diferente. El camino era estrecho, con una
alfombra roja con machas azules, que daban la impresión de
estar caminando sobre una superficie de agua sangrienta. En
frente se encontraban las figuras arqueológicas más antiguas
del museo, cubiertas por una caja de vidrio que las protegía y su
correspondiente libro de explicación sobre la historia.