Las wayúu
Por Natalia Borrero
“Ser mujer wayuu es saber tejer… Somos las hijas de la araña… Somos
la columna vertebral de nuestro pueblo… Somos nosotras las que
estamos dispuestas a decir no a la guerra, queremos la paz… Esas
somos las mujeres wayuu” Conchita Ospina Ipuana
Sopla el viento con fuerza. Levanta la arena, amarilla como el sol que
ilumina la península de la Guajira, el hogar de la gente de arena, sol y
viento: los wayuu. Su nombre viene del arhuaco y significa “hombres y
mujeres poderosos”.
Caminantes por naturaleza, atraviesan a diario el desierto. Esa tierra
árida de marrones rojizos contrasta con el azul turquesa de un mar
bravo que golpea la costa en el Cabo de la Vela. En este corregimiento
de Uribia se han asentado algunos clanes de esta etnia, la más poblada
de Colombia.
Casas hechas con yotojoro, el corazón de los cactus. Madera fina pero
resistente al agua y al viento. Se levantan a lo largo y ancho del
territorio. Forman rancherías que se confunden con el color del polvo.
Nublan la vista y descolocan más de una vez la retina generando
espejismos: ya no se sabe si es arena o agua. Líquido escaso allí, donde
puede pasar un año sin que caiga una gota de lluvia.
Ni la sequía amenaza lo majestuoso del Cabo de la Vela, o “Jepira” en
wayuunaiki, lengua oficial de este pueblo. Quiere decir “la tierra de los
guajiros muertos”. Un lugar sagrado al que vuelven todos los wayuu
cuando mueren. El último recorrido que hacen sus almas hacia el fondo
del mar. Uno de los tantos mitos que envuelve a esta cultura, en la que
la palabra es un tesoro, y la mujer, su columna vertebral.
Engalanan el desierto con sus mantas largas, coloridas y anchas, que
apenas dejan entrever la silueta de sus cuerpos morenos, grandes y
fuertes. A pesar de la inclemencia del sol, las wayuu andan altivas por la
arena. Se cubren con pañuelos y pintan su rostro con “pai’pai”, esa
mezcla entre el polvillo del hongo pai’pai –que brota en temporadas de
lluvia– y sebo de chivo. Todas con su susu (mochila) de diario colgada al
hombro. Otras con el susuainiakajatu (mochila tradicional) en su cabeza,
tejida con hilos torcidos y de apariencia elástica, que se ajusta a la
medida de la calabaza, o bidón, donde transportan agua desde los
jagüeyes hasta sus casas durante horas.
La impactante presencia de las mujeres wayuu ha sido retratada desde
miradas distintas. Entre las más recientes se cuentan el libro La arena y
los sueños, de Jorge Mario Múnera, que reúne fotos tomadas a lo largo
de más de treinta años, y Pájaros de verano, la película de Cristina
Gallego y Ciro Guerra, que se enfoca en la época de la bonanza
marimbera. Sin embargo, el acercamiento de Ana González y Ruven
Afanador aporta una mirada inédita, en cuyos profundos contrastes
puede sentirse intensamente el sol y el viento, al igual que la severidad
de mujeres, como Conchita, que miran desafiantes el lente, con ojos
enmarcados por el polvo y el sebo de chivo.
“En el territorio wayuu la mujer es la base... Madre de casa, madre del
territorio permanente, madre trabajadora” Saired Tatiana Jinnú Uriana
Saired tiene 18 años, cursa grado once en la Institución Etnoeducativa
Internado Indígena Kamusuchiawo’u. Habla con elocuencia y propiedad
sobre su pueblo. Lleva una manta blanca hecha en peyón de burro, cuyo
bordado da cuenta de los clanes autóctonos, las nubes, el cielo, las
montañas, las enramadas, los cactus, las tunas, el sol, y la demostración
de la mujer wayuu en el territorio, de los animales y otros elementos
parientes de su etnia.
Ellos no tejían. Solo iban a mirar. Luego en la casa les quitaban la plata
de las ventas. Algunos retiraron a sus esposas porque les preocupaba lo
que estaban aprendiendo. Muchas nunca volvieron.
Fue el regalo de su abuela paterna, al término de su encierro. Cuando las
niñas tienen su primera menstruación –según la tradición indígena–
deben ser recluidas y aisladas del resto de personas. En el ritual, las
jóvenes son acostadas en un chinchorro, tan alto como sea posible. Tres
días sin comer, sin hablar, sin bañarse y sin bajarse del piso. Para los
wayuu es el momento en que la niña se convierte en mujer.
Cuando una estrella grande y amarilla se posa en la mitad del cielo,
justo a la medianoche, las jóvenes son bajadas del chinchorro y
expuestas a la intemperie. Las mujeres de la familia la bañan con wüin
(agua), y Kashi (la luna) hace lo suyo, cubrirla con su luz. Las mayores le
darán un consejo. En adelante podrá comer una dieta especial a base de
“jaguapi”, vegetales entre los que está el maíz. Es el momento, también,
para que abuelas, madre y tías transmitan su sabiduría y conocimientos
a través de juegos tradicionales como la wayunquerra o muñeca de
barro, a la que le hacen mantas, chinchorros y mochilas.
El encierro, que puede prolongarse un mes o un par de años, sirve para
pasar de una generación a otra la sabiduría ancestral a través del tejido,
como lo hizo la araña a la primera mujer wayuu, según el mito de
Wale’keru.
“... Cuentan los abuelos que la araña Wale’keru fue quien enseñó a tejer.
Se enamoró de un wayuu y cuando este la llevó donde su familia, la
madre le dio el algodón para que ella hiciese las fajas. Wale’keru se
comía el material y de su boca salía el hilo trenzado y preparado, con él
y de a poco iba haciendo caminos y generando dibujos. Los wayuu
observaron y fueron aprendiendo” Artesana wayuu
Justo fue la telaraña en hilo de plata sobre una manta wayuu. propia del
baile de la yonna, lo primero que llamó la atención cuando las mujeres
del Cabo de la Vela abrieron el sobre con las fotos enviadas por Ana
González y Ruven Afanador. Esa imágen era la representación del
vínculo entre dos facetas centrales de su herencia y la afirmación de su
identidad como mujeres.
Mochilas, mantas, manillas, chinchorros… La sabiduría ancestral de las
mujeres impregna todos los tejidos. Desde que el sol se asoma, hasta
que se oculta, horas entre hilos y agujas tejiendo historias, trenzando, en
cada puntada, su propia vida con la de un pueblo que se niega a perder
su cultura, su tradición.
Hilos rojos y amarillos, azules, verdes y negros tomados de su entorno.
Todos se entrelazan, una y otra vez, en figuras geométricas que
representan la cotidianidad del ser wayuu. Ribetes y cenefas que
adornan las mochilas: son los kanaas o diseños propios de este pueblo.
“Jalianaya es la madre de los kanaas, las niñas comienzan con este
dibujo para luego ir creando otros como Pulikerüüya o vulva de la burra,
o Molokonoutaya, como el caparazón del morrocoy, un poco más
complejos, pero que hablan de territorio wayuu, de lo que hay en
él” Conchita Ospina Ipuana
El tejido es para los wayuu más que una práctica cultural o la herencia
de sus ancestros. Es una forma de concebir y expresar la vida como la
sienten y la desean. Un arte en el que piensan, pero también gozan. Les
permite leer el espíritu que guía su acción y pensamiento.
270.413 personas –según el Censo de 2005– se reconocían como wayuu.
49% hombres, 51% mujeres. Los wayuu representan el 19,4% de la
población indígena de Colombia. De 37% que reportan tener algún tipo
de estudio, la mayoría, son mujeres.
El pueblo wayuu es matrilineal. Todo se hereda por la línea de la madre.
Ellas transmiten el conocimiento y la sabiduría, también la propiedad de
la tierra. Una ley que siempre ha buscado preservar a la sociedad
wayuu. Se permite la poligamia, por lo que los hombres pueden tener
hijos con diferentes mujeres.
El rol más importante, en la crianza y composición social, lo tiene la
familia de la madre. El padre y los hermanos son los encargados de
enseñar tradiciones y legados. Llegado el momento, también servirán de
mediadores para solucionar conflictos, y hasta negociar la dote, una a
una, de las mujeres de la casa.
“Las artesanas, las tejedoras somos las portadoras de la sabiduría
ancestral del pueblo wayuu, y queremos reafirmar esa parte de la
cultura y que se siga manteniendo de generación en
generación” Conchita Ospina Ipuana
Conchita Ospina Ipuana es una maestra artesana. “Abuela”, le dicen
Saired, sus hermanas, primas y otras niñas wayuu. “Señora Conchita”, la
llaman las más viejas del Cabo de la Vela, en señal de respeto. Se ha
dado a la tarea de buscar caminos para mantener viva la cultura de su
pueblo, amenazada por los avances tecnológicos y el turismo
desbordado.
Las niñas ya no quieren tejer, desconocen el significado de los kanaas.
Muchas ya no tienen encierro, las que sí, lo están por un tiempo muy
corto, porque estudian fuera de los resguardos. Se casan con ‘arijunas’ –
como llaman a los occidentales–, tienen la posibilidad de elegir al
hombre con el que pasarán el resto de su vida. Las más jóvenes
agradecen no ser vendidas, pero reconocen que sus valores y la
tradición wayuu se desvanecen con el tiempo, como arena que se lleva
el viento.
Como Wale’Keru, Conchita transmite su saber a las Hijas de la Araña. Las
“Suchonni waleket”, en wayuunaiki. No solo comparten la técnica del
tejido, también exploran conocimientos de otras culturas, como una
forma para mantener viva la suya. Madres e hijas, guiadas por la abuela,
continúan tejiendo la telaraña que sus ancestras comenzaron a trenzar
hace miles de años.
Ya no lo hacen solas. Ahora, hasta los hombres tejen. Ayudan a sus
mujeres a hacer cordones y a paletear. Acuden a la casa de la señora
Conchita y piden hilos. También quieren urdir el futuro de su etnia. Como
lo hicieron sus antepasados, esos hombres y mujeres poderosos que
hace milenios –cuenta la leyenda– llegaron desde la Amazonia, por
Venezuela, desplazaron a otras comunidades, como los arhuacos, y se
asentaron sobre la aridez de la tierra guajira.
Las puntadas en sus mochilas y chinchorros mantendrán viva la esencia
más profunda de su pueblo. Pero no serán suficientes para existir. Los
wayuu viven en una constante paradoja: con la majestuosidad de un
mar cristalino ante sus ojos, pero con la garganta seca. Sin una gota de
agua dulce en su suelo, sin una gota de agua dulce caída desde el cielo.
Claman por Juya, la lluvia que permita llenar sus reservorios. Para calmar
su sed, y la de sus animales, considerados parientes cercanos, pues no
solo son fuente de riqueza, también su alimento.
“Somos las hijas del agua, porque somos las encargadas de ir a buscarla
y de cuidar los reservorios del líquido o jagüeyes, de enseñarle a propios
y extraños a ser responsables y a conservar este recurso vital para
todos” Conchita Ospina Ipuana