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Kierkegaard

Søren Kierkegaard, filósofo danés del siglo XIX, es clave en el existencialismo, enfatizando la experiencia individual y la fe frente a la razón moderna. Su teoría de los tres estadios de la existencia humana (estético, ético y religioso) destaca la importancia de la elección personal y la autenticidad, argumentando que la fe trasciende la lógica y es esencial para enfrentar la angustia existencial. Kierkegaard critica la filosofía sistemática, proponiendo que la verdadera comprensión de la vida humana requiere un reconocimiento de la relación con lo divino y la aceptación de la fe como un modo de ser.
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Søren Kierkegaard, filósofo danés del siglo XIX, es clave en el existencialismo, enfatizando la experiencia individual y la fe frente a la razón moderna. Su teoría de los tres estadios de la existencia humana (estético, ético y religioso) destaca la importancia de la elección personal y la autenticidad, argumentando que la fe trasciende la lógica y es esencial para enfrentar la angustia existencial. Kierkegaard critica la filosofía sistemática, proponiendo que la verdadera comprensión de la vida humana requiere un reconocimiento de la relación con lo divino y la aceptación de la fe como un modo de ser.
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La Existencia como Decisión: Una

Exploración de la Filosofía de Søren


Kierkegaard
Søren Kierkegaard (1813-1855), el influyente filósofo danés, es ampliamente reconocido
como una figura seminal en el desarrollo del existencialismo. Su obra, caracterizada por
una profunda introspección y una crítica mordaz a las corrientes filosóficas de su
tiempo, se centra en la experiencia individual, la subjetividad y la relación del ser
humano con la fe. En un período dominado por el racionalismo hegeliano y la confianza
ilimitada en la razón, Kierkegaard emergió como una voz disonante, argumentando que
la razón moderna, en su afán por sistematizar y objetivar la existencia, había perdido de
vista la esencia de la individualidad y la profundidad de la fe. Este texto explorará las
ideas centrales de Kierkegaard, desde su crítica a los límites de la razón moderna y su
defensa de la fe, hasta su influyente teoría de los estadios de la existencia humana y su
concepción del ser como espíritu en relación con lo divino. Se buscará ofrecer una
claridad conceptual sobre estos temas, destacando la relevancia perdurable de su
pensamiento en la comprensión de la condición humana.

Límites de la Razón Moderna y el Lugar de la Fe


Kierkegaard observó con preocupación cómo la razón moderna, imbuida de un espíritu
de duda ilimitada, tendía a menospreciar y, en última instancia, a anular la fe. Para él, la
época contemporánea se jactaba de una capacidad de dudar que no se detenía ante
nada, ni siquiera ante las verdades más fundamentales de la existencia humana. Esta
razón moderna, a menudo aliada con la filosofía sistemática, como la encarnada por
Georg Wilhelm Friedrich Hegel, buscaba subsumir toda la realidad en un sistema lógico y
coherente. Sin embargo, al hacerlo, Kierkegaard argumentaba que se perdía la riqueza y
la singularidad de la existencia humana individual, concreta y situada. La fe, y en
particular la fe cristiana, era relegada a un segundo plano, considerada una reliquia de
tiempos pasados o una etapa superada en el desarrollo del pensamiento.

El filósofo danés contrastó esta actitud con la de figuras históricas como René Descartes.
Aunque Descartes es famoso por su método de la duda radical, Kierkegaard señaló que
el pensador francés no absolutizó la duda racional ni la impuso en materia de fe. La
duda cartesiana era un instrumento metodológico para alcanzar la certeza, no un fin en
sí mismo que buscara socavar la creencia religiosa. De manera similar, los antiguos
griegos concebían la duda no como un ejercicio intelectual ilimitado, sino como una
práctica de toda una vida, un "equilibrio de la duda" que conducía a la sabiduría y a una
comprensión más profunda de la existencia. En contraste, la razón moderna, según
Kierkegaard, se había vuelto arrogante en su capacidad de dudar, perdiendo la
humildad necesaria para reconocer los límites de su propio alcance.

Para Kierkegaard, la fe no era simplemente una creencia irracional o un consuelo para


aquellos que no podían enfrentar la incertidumbre. Por el contrario, la consideraba un
modo de existencia profundo, a menudo incomprendido e ignorado por la mentalidad
racionalista. Era un camino vital arduo, que exigía un compromiso personal y una pasión
que la razón por sí sola no podía proporcionar. La fe, en su visión, no era una
proposición teórica que pudiera ser demostrada o refutada lógicamente, sino una forma
de vivir, de ser en el mundo, que trascendía las categorías del entendimiento puramente
racional. En este sentido, la fe se presentaba como una respuesta a la angustia
existencial y a la finitud humana, ofreciendo una base para la vida que la razón, en su
búsqueda de la objetividad, no podía ofrecer.

La Fe Cristiana y los Límites de la Razón Moderna


La crítica de Kierkegaard a la razón moderna se intensifica cuando aborda el tema de la
fe cristiana. Para él, los Evangelios no pueden ser abordados meramente desde una
lectura filosófica o intelectual. La revelación cristiana, en su esencia, no es una
proposición teórica o un conjunto de dogmas abstractos que puedan ser analizados y
comprendidos por la razón. Más bien, es una narración de cómo Dios, a través de un
misterio de amor, se manifiesta y aparece en la historia humana. Este evento, la
encarnación de lo divino en lo temporal, sobrepasa radicalmente las coordenadas
intelectuales y las categorías de pensamiento que la razón humana ha construido.

Kierkegaard enfatiza que el cristianismo no es una doctrina que requiera ser enseñada
por profesores o entendida a través de la erudición académica. En una de sus citas más
célebres, que encapsula esta idea, afirma: “El cristianismo… no es una doctrina sino
una existencia; no necesita profesores sino testigos;… Cristo no necesitó sabios, sino
que se contentó con pescadores”. Esta declaración subraya la naturaleza experiencial y
existencial de la fe cristiana. No se trata de acumular conocimiento o de desarrollar una
comprensión intelectual exhaustiva, sino de vivir una vida que dé testimonio de la
verdad de la revelación. Los pescadores, en su simplicidad y disposición a seguir,
encarnan la actitud de entrega y compromiso que la fe demanda, en contraste con la
autosuficiencia intelectual que a menudo acompaña a los sabios.

La fe, en este contexto, es un salto, una decisión personal que no puede ser mediada por
la razón. Es un encuentro con lo paradójico, con aquello que desafía la lógica y la
comprensión humana. La idea de un Dios que se hace hombre, que sufre y muere, es un
escándalo para la razón, una "locura" que solo puede ser abrazada a través de la fe. Este
acto de fe no es un abandono de la razón, sino un reconocimiento de sus límites y una
apertura a una dimensión de la realidad que va más allá de lo que puede ser
aprehendido por el intelecto. Es en esta tensión entre la razón y la fe donde Kierkegaard
encuentra la verdadera profundidad de la existencia humana y la posibilidad de una
relación auténtica con lo divino.

Los Tres Estadios de la Existencia Humana


Una de las contribuciones más originales y perdurables de Kierkegaard a la filosofía es
su teoría de los tres estadios de la existencia humana: el estético, el ético y el religioso.
Estos estadios no deben entenderse como etapas cronológicas o evolutivas por las que
todo individuo debe pasar, sino como modos de ser, posibilidades existenciales que el
ser humano puede elegir o en las que puede permanecer. Cada estadio representa una
forma particular de relacionarse con uno mismo, con los demás y con el mundo, y cada
uno tiene sus propias características, sus propias alegrías y sus propias formas de
desesperación.

El Estadio Estético

El estadio estético se caracteriza por una vida discontinua, fragmentada, donde el


individuo vive para el instante y la satisfacción inmediata del deseo. El esteta busca el
placer, la novedad, la emoción, y se mueve de una experiencia a otra sin un compromiso
duradero. Su vida es una sucesión de momentos, sin una finalidad o un propósito
unificador. El esteta elige una cosa u otra en un momento u otro, sin una verdadera
elección que implique responsabilidad o continuidad. Goza la vida, satisface el deseo,
pero esta búsqueda constante de lo placentero conduce a una vida dispersa y
discontinua, tan volátil como el deseo mismo.

Aunque el esteta puede experimentar momentos de intensa alegría, esta forma de


existencia lleva inherentemente a una cierta incompletitud, a una sensación de que algo
no está acabado o no realizado en la vida humana. La falta de compromiso y la
constante búsqueda de lo nuevo impiden la construcción de una identidad sólida. Esto,
a su vez, conduce a la desesperación, una "desesperación de espíritu siempre fuera de sí
mismo", donde el individuo carece de memoria de su propia vida, ya que no hay un hilo
conductor que una sus experiencias. La vida estética, en su superficialidad, es incapaz
de proporcionar un significado profundo y duradero, dejando al individuo en un estado
de vacío y aburrimiento existencial.
El Estadio Ético

El estadio ético emerge como una respuesta a la desesperación del estadio estético.
Comienza con una elección fundamental, una elección entre "lo uno o lo otro" que no es
trivial, sino que implica una toma de posición radical. Esta elección es entre la salvación
y la perdición, entre la verdad, la justicia y la santidad, o las propias inclinaciones y
pasiones. Es la elección entre el bien y el mal. A diferencia de las elecciones superficiales
del esteta, la elección ética es una elección de sí mismo, una afirmación de la propia
voluntad y un compromiso con principios universales.

La vida ética se caracteriza por la continuidad. La elección de una finalidad orienta la


vida del individuo, quien asume deberes y responsabilidades. Al elegirse a sí mismo de
esta manera, el "sí mismo" va creando su identidad de forma activa y consciente. La
memoria de sí está sobre el instante, ya que las acciones y decisiones éticas construyen
una narrativa coherente de la vida. La elección ética dignifica al individuo, infundiéndole
energía, seriedad y pasión. Kierkegaard argumenta que si el ser humano no pasa a la
consideración ética y del deber, permanece incompleto y mediocre. La vida ética,
aunque exigente, ofrece una base sólida para la existencia, proporcionando un sentido
de propósito y una identidad forjada a través del compromiso y la responsabilidad.

El Estadio Religioso

El estadio religioso es el más elevado de los tres y resalta sobre el fondo del estadio
ético, trascendiéndolo sin anularlo. En este estadio, la relación del individuo no es solo
con principios universales o con la sociedad, sino con Dios. Kierkegaard introduce la
figura del "caballero de la fe" para ilustrar este estadio, contrastándolo con el "héroe". El
héroe es aquel que ha realizado grandes hazañas, ha amado y se ha dado a otros; sus
obras serán recordadas y contadas por el poeta. Su grandeza reside en su acción visible
y en su reconocimiento por parte de la comunidad.

Sin embargo, el caballero de la fe es aún más grande. "El más grande de todos es quien
amó a Dios, combatiendo por Él y esperando aun lo imposible". Este es el caso de
Abraham, a quien Kierkegaard llama el "padre de la fe". Por fe, Abraham dejó su tierra, se
hizo extranjero en una tierra prometida, y, a pesar de todas las evidencias en contra,
creyó firmemente en la promesa de Dios de que tendría un hijo en su vejez y que de él
nacería una gran nación. El acto de fe de Abraham es un "movimiento de la fe" que
implica una "suspensión teleológica de lo ético", es decir, una acción que, desde una
perspectiva puramente ética, podría parecer irracional o inmoral (como el sacrificio de
Isaac), pero que se justifica por una relación directa y absoluta con Dios.

El caballero de la fe cree para este mundo, para ganar íntegramente el mundo finito. No
renuncia a lo terrenal en pos de una trascendencia abstracta, sino que, a través de la fe,
recupera el mundo en su totalidad, transformándolo y dándole un nuevo significado. El
acto heroico es admirable, pero el acto de fe de Abraham es una "luz salvadora frente a
la angustia". La fe proporciona una certeza que va más allá de la razón y de la ética, una
certeza que permite al individuo enfrentar la incertidumbre y la desesperación de la
existencia con una confianza inquebrantable en lo divino. Es en este estadio donde el
individuo alcanza la verdadera autenticidad y la plenitud de su ser.

El Ser Humano como Espíritu y Síntesis


Para Kierkegaard, la mayoría de las vidas humanas transcurren en un estado de
"desperdicio" porque los individuos no son conscientes de su verdadera naturaleza
como espíritu. El ser humano no puede liberarse de lo eterno, ya que es una parte
intrínseca de su constitución. El yo, en la filosofía kierkegaardiana, es espíritu y consiste
en una relación consigo mismo. Pero esta relación no es autónoma; es, más
precisamente, una relación entre lo temporal y lo eterno, entre la infinitud y la finitud. El
ser humano es una síntesis de estos opuestos, y es en esta tensión donde reside su
existencia.

La existencia del ser humano es, por lo tanto, derivada. No es auto-originada, sino que
se relaciona con "Quien ha puesto toda relación", es decir, con Dios. Esta dependencia
fundamental es crucial para la comprensión de la condición humana. Para que el
espíritu humano pueda salir de la desesperación –que Kierkegaard considera la única
"enfermedad mortal"– es absolutamente necesario que se abra a apoyarse en ese Poder
que le ha creado. La desesperación surge cuando el yo intenta ser autosuficiente,
cuando se niega a reconocer su dependencia de lo divino. Solo al reconocer y abrazar
esta relación fundamental, el individuo puede encontrar la verdadera paz y la
superación de la angustia existencial. La fe, en este sentido, no es solo una creencia, sino
una forma de ser, una apertura radical a la fuente de la propia existencia.

La Fe en Cristo
Kierkegaard lleva su análisis de la fe un paso más allá al afirmar que el ser humano no
solo es espíritu, sino que existe "ante Cristo". Esta afirmación es central para su
pensamiento, ya que introduce una dimensión histórica y concreta a la relación del
individuo con lo divino. Para Kierkegaard, no es posible ser indiferente ante la figura de
Cristo; el individuo debe tomar una decisión fundamental: creer o no creer en su
divinidad y en todo lo que Él vivió y enseñó. Esta decisión no es una cuestión intelectual
o teológica abstracta, sino una elección existencial que define la totalidad de la vida de
una persona.
La existencia histórica de Cristo, y su continua presencia a través de la fe, es lo que
"decide de toda la existencia". Esto significa que la vida humana adquiere su verdadero
significado y seriedad en relación con Cristo. La seriedad de la vida, para Kierkegaard, se
manifiesta precisamente en la actitud radical que uno asume ante Dios y,
específicamente, ante Cristo. No hay una posición neutral; la vida exige una toma de
postura, un compromiso que va más allá de la mera especulación filosófica o la
observancia de normas éticas. Es en esta confrontación con la figura de Cristo donde el
individuo se ve obligado a enfrentar su propia finitud, su propia desesperación y la
necesidad de un fundamento trascendente para su existencia. La fe en Cristo, por lo
tanto, no es solo una opción entre otras, sino la vía para alcanzar la plenitud y la
autenticidad de la vida humana, superando los límites de la razón y las insuficiencias de
los estadios estético y ético.

Conclusión
La filosofía de Søren Kierkegaard, lejos de ser un mero ejercicio intelectual, se presenta
como una profunda invitación a la reflexión sobre la existencia humana, la fe y los
límites de la razón. A lo largo de su obra, Kierkegaard desafía las pretensiones de la
razón moderna de abarcar la totalidad de la realidad, argumentando que hay
dimensiones de la experiencia humana, particularmente la fe, que trascienden el
análisis puramente racional. Su crítica a la filosofía sistemática y su énfasis en la
existencia individual, concreta y situada, lo posicionan como un precursor fundamental
del pensamiento existencialista.

Los tres estadios de la existencia –el estético, el ético y el religioso– no son meras
categorías descriptivas, sino un llamado a la decisión personal y a la autenticidad. El
esteta, atrapado en la inmediatez del deseo y la discontinuidad, experimenta la
desesperación de una vida sin memoria ni propósito. El individuo ético, al elegir el deber
y la responsabilidad, construye una identidad y una continuidad, pero aún se encuentra
limitado por la universalidad de la ley. Es en el estadio religioso donde el individuo, a
través de un "salto de fe" paradójico, se relaciona directamente con lo divino, superando
la angustia y encontrando un fundamento inquebrantable para su existencia. La figura
de Abraham, el "caballero de la fe", encarna esta relación absoluta con Dios, que
trasciende incluso las exigencias de la ética.

La concepción del ser humano como espíritu y síntesis de lo temporal y lo eterno


subraya la dependencia fundamental del individuo de un Poder que lo fundamenta. La
desesperación, la "enfermedad mortal", surge de la negación de esta relación y de la
búsqueda de una autosuficiencia ilusoria. Solo al reconocer y abrazar esta dependencia,
al apoyarse en la fuente de su ser, el individuo puede encontrar la verdadera paz y
plenitud.
Finalmente, la centralidad de Cristo en la filosofía de Kierkegaard es ineludible. La
existencia ante Cristo no permite la indiferencia; exige una decisión radical que define la
totalidad de la vida. La seriedad de la vida se manifiesta en esta actitud ante lo divino,
en la elección de creer o no en la divinidad de Cristo y en todo lo que Él representa. En
un mundo que a menudo busca respuestas en la razón y la objetividad, Kierkegaard nos
recuerda la primacía de la subjetividad, la pasión y la decisión personal en la búsqueda
de significado y autenticidad. Su legado perdura como un recordatorio de que la vida, en
su esencia más profunda, es una cuestión de elección y de fe.

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