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Modulo 1

El Diplomado en Implementación de la Rehabilitación Basada en la Comunidad en Salud Mental busca describir el contexto epidemiológico y la historia de las estrategias de salud mental, enfatizando la importancia de un enfoque comunitario. Se presentan datos sobre la carga de los trastornos mentales y la escasez de recursos destinados a su atención, destacando la necesidad de priorizar la rehabilitación comunitaria para mejorar la salud mental. El módulo también aborda las inequidades en el acceso a servicios de salud mental y la relación entre el gasto en salud mental y el desarrollo económico.

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Modulo 1

El Diplomado en Implementación de la Rehabilitación Basada en la Comunidad en Salud Mental busca describir el contexto epidemiológico y la historia de las estrategias de salud mental, enfatizando la importancia de un enfoque comunitario. Se presentan datos sobre la carga de los trastornos mentales y la escasez de recursos destinados a su atención, destacando la necesidad de priorizar la rehabilitación comunitaria para mejorar la salud mental. El módulo también aborda las inequidades en el acceso a servicios de salud mental y la relación entre el gasto en salud mental y el desarrollo económico.

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DIPLOMADO

IMPLEMENTACIÓN DE LA
REHABILITACIÓN BASADA EN LA
COMUNIDAD EN SALUD MENTAL
“LA URGENCIA DE DECIR NOSOTROS”
En alianza con el Programa Comunidades Saludables de USAID y el Ministerio de Salud y Protección
Social

1
MÓDULO 1:
CONTEXTO EPIDEMIOLÓGICO E
HISTÓRICO

Datos de identificación

Nombre diplomado: Diplomado implementación de la Rehabilitación Basada en la Comunidad en


Salud Mental.

Nombre del módulo: Contexto epidemiológico e histórico.

Autores del módulo: (1) Felipe Agudelo Hernández, médico psiquiatra, especialista en Psiquiatría de
Infancia y Adolescencia y PhD(c) en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud; (2) Rodrigo Rojas Andrade,
psicólogo, magíster en Psicología Comunitaria y PhD en Psicología, y (3) Ana Belén Giraldo Álvarez, médica
epidemióloga y residente de Psiquiatría.
OBJETIVOS
● Describir en un contexto temporal y espacial las condiciones actuales de la salud mental y de la
Rehabilitación Basada en la Comunidad.

● Caracterizar el contexto epidemiológico en salud mental y la historia de las estrategias de la


Rehabilitación Basada en la Comunidad que se han enmarcado en la búsqueda de herramientas viables
para intervenir en la problemática en salud mental.

PRESENTACIÓN
Este módulo se centra en los elementos que explican la construcción tanto espacial como temporal de las
estrategias de Rehabilitación Basada en la Comunidad -RBC- y que dan lugar a la solidez estructural actual
con la que cuenta, su razón de ser y sus retos, como plataforma que busca el crecimiento de las
comunidades a partir de la autonomía y la vinculación de fortalezas individuales y colectivas para la
transformación de la salud y el bienestar de los territorios. Por una parte, se revisarán datos nacionales y
mundiales que sustentan la necesidad de hablar de RBC y de su adecuada implementación, se presentará
un marco global, local y la interacción entre estos. De otro lado, se reconocerá un panorama histórico
referente a la implementación de la RBC y de la ayuda mutua como componente fundamental de la
rehabilitación. Con dichos insumos será posible acercarse a la importancia que tiene priorizar las
estrategias que ofrece la RBC para su implementación a partir de su valor histórico de reivindicación social
y las posibilidades de optimización de recursos de diferentes tipos.

UNIDAD 1. DESCRIPCIÓN EPIDEMIOLÓGICA A NIVEL MUNDIAL,


REGIONAL Y NACIONAL EN SALUD MENTAL.
En términos generales, los trastornos y los problemas mentales representan una problemática de salud
pública. Los trastornos mentales -TM- se posicionan como la principal causa de años perdidos por
discapacidad. Por otra parte, las personas que presentan algún trastorno mental tienen más riesgo de
presentar comorbilidades no psiquiátricas que quienes no tienen diagnósticos en salud mental. Incluso se
ha calculado que aquellos con TM pueden morir 10 a 20 años antes que aquellos que no presentan un
diagnóstico. El impacto de los trastornos mentales en el individuo, la familia, las comunidades y los países
es muy significativo y las consecuencias económicas son evidentes en relación con los costos directos, la
pérdida de productividad y los demás costos indirectos (OMS, 2022). Por su parte, la depresión ocupa la
principal posición entre los trastornos mentales, y la conducta suicida se sigue considerando la principal
causa de muerte en jóvenes. Como factor agravante de lo anterior, los recursos designados para atender
la salud mental equivale a menos del 2% de los recursos designados a salud y, de este mínimo recurso,
más de la mitad es asignado a hospitales psiquiátricos (OMS, 2022). Los datos evidencian que el enfoque
se encuentra centrado en lo asistencial y que existe una gran ausencia de un enfoque comunitario el cual
es fundamental para el abordaje integral de la salud mental y el bienestar.
1.1. Hacia la comunidad como eje de recuperación
Emil Kraepelin ha investigado los síntomas psiquiátricos en todas las culturas, si bien algunas enfermedades
mentales se manifiestan de manera similar en todas las personas, varían según la cultura y el contexto, lo
que da paso al concepto denominado ‘Salud Mental Global’, que comprende la complementariedad entre
el conocimiento científico y las visiones de las personas (Cohen et al., 2014). Se puede entender la salud
global como un término que abarca todas las esferas y las partes de la vida, sea esta privada, pública o
social (Lolas, 2013). Para lograr una participación social sana y alcanzar la construcción de la salud mental
desde su propio entorno, las personas con problemas mentales o trastornos mentales recorren un arduo
camino en el que se ven obligados a luchar por vivir con dignidad. Durante la mayor parte del siglo XIX
se planteó que la terapia realizada en las instituciones era muy beneficiosa, sin embargo, en 1857, la revista
científica The Lancet publicó las primeras críticas a esta forma de terapia, mostrando que su efectividad no
era tan alta como se pensaba (Cohen et al., 2012). A partir de estos momentos, junto con el psicoanálisis
como técnica de terapia psiquiátrica, la enfermería en la consejería médica se convirtió en la modalidad
principal para el tratamiento de los problemas y trastornos mentales, pero solo una pequeña parte de las
personas podía acceder a esta forma de terapia, a estas dificultades para recibir tratamiento se le llama
‘brechas de acceso al tratamiento’.

En 1942, Inglaterra desarrolló un sistema similar a lo que actualmente se le entiende como un ‘sistema de
seguridad social’, el cual está diseñado para abordar los riesgos para la salud y esto incluye factores como
los ingresos económicos necesarios para subsistir. Después de la Segunda Guerra Mundial se enfatizó es
la ineficacia de la atención en los asilos mentales (institucionalización) para mejorar las condiciones de
salud mental y se reforzó el enfoque de ‘gestión de riesgos de salud mental’, que se relaciona con procesos
comunitarios a partir de la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad. Este cambio de
enfoque se debe a varios factores como mayor eficacia de las atenciones comunitarias, un énfasis en las
violaciones a los derechos humanos generadas en los asilos, aumento de costos en la institucionalización
con baja recuperación de la independencia, aparición de tratamientos farmacológicos (la clopromazina en
1954), una reivindicación de los derechos humanos de las personas con trastornos mentales (Cohen et
al., 2014). A partir de 1970 se inició un proceso de colaboración interdisciplinar para evaluar e
implementar nuevos enfoques biomédicos, comunitarios y psicológicos, dando lugar al surgimiento de la
Organización Mundial de la Salud (OMS) que convocó un comité de expertos sobre la organización de
servicios de salud mental en países de bajos y medianos ingresos (OMS, 2004) y alertó sobre la escasez
de profesionales de salud mental capacitados. En 1990 se publicó la Declaración de Caracas, en la que la
Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Asociación
Mundial de Psiquiatría, la Asociación Mundial de Rehabilitación Psicosocial, la Asociación Mundial de
Psiquiatría de América Latina y otros instaron a los entes gubernamentales a “apoyar la reestructuración
de la atención psiquiátrica a fin de garantizar su desarrollo exitoso para el beneficio de las personas de la
región”. (OMS & OPS, 1990, p. 3).

En el 2001, la OMS publicó un informe de salud global, el cual llamó Mental Health: New Understandings,
New Hope, que revisó las necesidades de salud mental relacionadas con las políticas públicas, la salud
pública y los servicios de salud mental (OMS, 2004). De esta manera, la Organización Mundial de la Salud
(2004), buscó:

● Promover el desarrollo de políticas, programas y leyes nacionales de salud mental.


● Integrar los trastornos neuropsiquiátricos en el tratamiento de atención primaria.

● Integrar los hospitales psiquiátricos en los hospitales generales.

● Educar a las comunidades para reducir el estigma de los trastornos mentales.

● La salud mental de las mujeres, los servicios de salud mental y la investigación preventiva, y
fortalecer el monitoreo de datos. (p.20)

Las premisas están respaldadas por un diseño de herramienta de investigación validado transculturalmente,
y se refuerzan con elementos como la Declaración de Montevideo, en 2005, que invita a reforzar la
Atención Primaria en Salud y la multisectorialidad (OPS, 2005), o por los Principios de Brasilia, los cuales
reafirman la Declaración de Caracas y promueven servicios comunitarios que aporten. La Organización
Mundial de la Salud -OMS (2008) afirma que:

La provisión de adecuada atención integral y multidisciplinaria de las personas con trastornos psiquiátricos
y en situaciones de crisis, incluyendo, cuando sea necesario, la admisión en hospitales generales; la
formulación de respuestas que prevengan el surgimiento de nuevas generaciones de personas enfermas
afectadas por trastornos psiquiátricos de larga evolución y discapacidad psicosocial; la participación de
usuarios y familiares en la planificación y desarrollo de los programas y servicios de salud mental; y la
concertación de acciones con los diferentes actores sociales a fin de mejorar el estado de salud mental de
la población. (p.3)

En el 2010 este esfuerzo multisectorial, al que se refiere la Declaración de Montevideo, se amplió con la
Declaración de Adelaida sobre salud en todas las políticas y tenía como lema “Hacia una gobernanza
compartida en pro de la salud y el bienestar”, e insistió en que las causas de la salud y el bienestar se
extienden más allá del sector salud y se derivan también de los determinantes sociales construyendo
formas nuevas de gobernanza que se enmarquen en políticas públicas y se construyan alianzas entre la
sociedad civil y el sector privado (OMS, 2010). La Asamblea General de las Naciones Unidas, en el 2006,
adoptó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que brinda un marco legal
para la garantía de derechos de las personas con discapacidad psicosocial y la cual identifica las barreras
sociales como generadoras de discapacidad social (United Nations, 2006). Un año después, la Comisión
Lancet sobre salud mental en países de bajos y medianos ingresos resalta la alarmante carga de los
trastornos mentales, los recursos disponibles, las brechas en la atención en la salud mental, la disponibilidad
de los tratamientos con la mejor evidencia científica y las barreras en los sistemas de salud (The Lancet
Global Mental, 2007). Esta comisión, actualizada en el 2018, reevaluó la agenda global de salud mental en
el contexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), concluyendo que no hay desarrollo
sostenible sin salud mental, y que salvar la salud mental está vinculado a lograr la agenda propuesta para
2030, como se muestra en la Figura 1, especialmente con el objetivo 3.4 en el que se indica: “para 2030,
reducir en un tercio la mortalidad prematura por enfermedades no transmisibles mediante la prevención
y el tratamiento, y promover la salud mental y el bienestar” (Patel et al., 2018, p.35), en el cual el indicador
es la mortalidad por suicidio. Además de articular las barreras que enfrentan las personas, el documento
resalta la falta de comprensión de la naturaleza de estas entidades, su tratamiento y el riesgo de violaciones
de derechos humanos. Este grupo de expertos de distintas disciplinas y regiones destacan las causas de
las entidades neuropsiquiátricas a partir de un modelo agregado en el que interactúan factores
psicosociales, ambientales, biológicos y genéticos a lo largo de la vida, especialmente en periodos sensibles
del desarrollo de la infancia y de la etapa adolescente.
Figura 1.

Fuente: Patel et al., 2018.

Video sobre ODS: [Link]

1.2. De lo global a lo local


Se pretende identificar los avances teóricos para impactar de forma positiva en la calidad de vida de las
personas con problemas mentales. Por esto, se propone la integración de los servicios de salud en la
comunidad para una rehabilitación basada en la comunidad eficaz y asequible. También se pretende
mejorar el acceso a la atención de la salud mental basada en la evidencia para niños en países de ingresos
bajos y medianos (Collins et al., 2011). Lo global se trata de una visión que busca un abordaje a partir de
los determinantes sociales en el que se debe tener en cuenta al individuo y su grupo, partiendo de las
desigualdades sociales que se manifiestan en diferentes aspectos de la vida en sociedad, como la clase
social, la educación, el género, la etnia, la discapacidad, la ubicación geográfica, entre otras (OPS, 2019).
Los determinantes sociales de la salud mental están influenciados por las condiciones de vida de cada
individuo y de su entorno. En Iberoamérica se requiere pensar la salud global en el contexto propio para
que las intervenciones sean altamente contextualizadas en las comunidades desde la salud pública. Existen
algunas inequidades y disparidades en la recuperación de la salud mental de las personas, especialmente
en países de bajos y medianos ingresos. Entre estas disparidades se encuentran las dificultades en el acceso
a la atención oportuna (Navarro-Guerrero, 2021), estigma desde lo social, lo familiar y lo personal frente
a la enfermedad mental, y las barreras geográficas y las diferencias en la calidad de los servicios. Estas
inequidades crean una situación específica que no solo afecta la recuperación de la enfermedad mental,
sino que también limita la construcción de la salud mental y el bienestar.

1.2.1 Gastos en salud mental


En cuanto al gasto en salud mental como porcentaje del gasto público en salud, en el análisis realizado por
la Organización Panamericana de la Salud en el documento ‘La carga de los trastornos mentales en la
Región de las Américas’ (2018), se encontró que la mediana del gasto global en servicios de salud mental
fue del 2,8% del gasto total, como se observa en la Figura 2. Además, los países de ingresos bajos gastan
alrededor del 0,5% de su presupuesto sanitario en servicios de salud mental, en comparación con el 5,1%
en los países de ingresos altos. Específicamente, en la región de las Américas, el gasto osciló entre el 0,2%
en Bolivia y el 8,6% informado en Suriname.

Figura 2
Gasto en salud mental versus Producto Interno Bruto per Cápita.

Fuente: OPS (2018).

Existe una relación lineal directa significativa entre el ingreso nacional y el gasto público en salud mental
como proporción del presupuesto total de salud, mientras que el gasto en hospitalización psiquiátrica,
como se muestra en la Figura 3, es mayor en países con menos recursos de salud mental (OPS, 2018). Lo
anterior, sugiere que con mayor inversión en servicios comunitarios, mayor recuperación en el entorno
propio y menor hospitalización psiquiátrica, finalmente habrá un impacto positivo, no solo en la capacidad
y el funcionamiento de las personas y sus familias, sino también en los niveles económicos y sociales de
los sistemas de salud. Los costos directos e indirectos de una deficiente salud mental empeoran las
condiciones económicas, creando un círculo vicioso de pobreza y trastornos mentales (Jamison et al.,
2017).

Figura 3
Gasto en salud mental versus Producto Interno Bruto per Cápita.

Fuente: OPS (2018).

La globalización presenta barreras o problemas mentales generalizados, a veces sin tomar en cuenta el
universo local, el mundo particular, el contexto de un individuo o la familia, y las ideas de justicia que
existen dentro de él. Esto crea otro tipo de brecha, conocida como brecha de conocimiento o known gap.
Respecto a lo anterior, Lolas (2013) menciona que cuanto más avanzada es la ciencia, más se conoce sobre
enfermedades, o más recursos se conocen para su diagnóstico y su tratamiento, sin embargo, estos nunca
podrán ser aplicados en algunas partes del mundo. Los estudios en países de ingresos bajos y medianos
atribuyen las altas tasas de trastornos mentales comunes a factores como la discriminación, el desempleo
y la experiencia de períodos de cambios sociales rápidos e impredecibles (Jamison et al., 2017). Estas
razones también serán explicadas a partir del concepto de interseccionalidad, en la cual lo rural, lo juvenil,
lo étnico y la pobreza se combinan con la enfermedad mental para aumentar el riesgo psicosocial (Caldas
de Almeida, 2013). Si bien en los últimos 20 años las reformas de los servicios de salud mental en América
Latina y el Caribe han llevado a cambios en los servicios de salud mental, estos avances son claramente
insuficientes para enfrentar el gran desafío de mejorar los servicios de salud mental. Esto se debe al
financiamiento insuficiente, la falta de un fuerte consenso (acuerdos) entre todos los actores, los vínculos
débiles en las asociaciones de usuarios y familiares, y la incapacidad técnica en la unidad coordinadora del
Ministerio de Salud, responsable de desarrollar los servicios, la resistencia profesional a los nuevos
modelos de atención y la falta de recursos humanos. En un informe sobre los sistemas de salud en América
Latina y el Caribe, la depresión fue mencionada como la principal causa de discapacidad en esta región,
representando el 7,8% de la discapacidad total, entre el 5,9% en Canadá y el 9,4% en Paraguay (OPS, 2018).
Según la OPS (2018):

Existe evidencia de un patrón subregional de mayor discapacidad en América del Sur, así: 1) Paraguay,
Brasil, Perú, Ecuador y Colombia son los cinco primeros países en la Clasificación de discapacidad por
depresión; y 2) la gran mayoría de los países de América del Sur están en el nivel o por encima del nivel
nacional (7,7%) y del nivel global regional (7,8%). (p.15)

Se piensa que lo anterior es más grave porque ocurre en los más jóvenes: el 60% de los casi 100.000
suicidios se dieron en personas entre los 15 y los 50 años, se perdieron 4.129.576 años de vidas, de las
cuales cerca del 75% son del mismo grupo de edad (OPS, 2018). En este sentido, Oschilewsky et al. (2010)
señalaron la importancia de la participación activa de todas las sociedades científicas iberoamericanas en
el desarrollo de políticas públicas basadas en la prevención ante la fragilidad de los derechos de los niños
y los adolescentes, sugiriendo un abordaje multidisciplinario de la salud.

UNIDAD 2. HISTORIA DE LA REHABILITACIÓN BASADA EN LA


COMUNIDAD
Los orígenes de la Rehabilitación Basada en la Comunidad -RBC- están relacionados con el trabajo
comunitario inicial en el continente africano y el asiático, que se presentó como respuesta a las necesidades
no consideradas por las entidades gubernamentales. Los principios formales de la RBC partieron del
supuesto de la atención primaria de salud reforzado por la Conferencia de Alma Ata de 1978 y dieron
paso al apoyo del derecho a la salud y la recuperación integral. En este sentido, especialmente en países
de bajos y medianos ingresos, se fortalece la idea de trabajo transversal para la comunidad, en el que se
fortalece la autonomía y el empoderamiento de las personas con discapacidad, sus familias y el entorno,
trabajando conjuntamente en un proceso de optimización de recursos, al mismo tiempo que han puesto
en marcha iniciativas encaminadas a promover la salud y la recuperación, y a prevenir las consecuencias
adversas de la enfermedad y la discapacidad (García Ruiz, 2019). De esta manera, los países comenzaron
a organizarse a nivel regional junto con la OMS y la OPS para adoptar y adaptar recomendaciones para la
acción de la RBC de acuerdo con las prioridades y las posibilidades regionales. Si bien se comenzaron a
implementar diversas estrategias, no fue sino hasta la primera década de los 2000 que se conformó un
documento que incluyó a las diversas entidades con poder de decisión: la Organización Mundial de la Salud
-OMS-, la Organización Internacional del Trabajo –OIT- y la Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura –UNESCO-, quienes tomaron como base las recomendaciones de un
grupo de expertos para la creación del producto conocido como la ‘Estrategia para la rehabilitación, la
igualdad de oportunidades, la reducción de la pobreza y la integración social de las personas con
discapacidad’, con el fin de proporcionar orientación a programas de apoyo y tutoría para reducir las
disparidades en la satisfacción de las necesidades de las personas con discapacidades en la comunidad.
(OIT/UNESCO/OMS, 2005). A raíz de este momento histórico se han emprendido nuevos flujos de
trabajo colaborativos para actualizar y enriquecer estas directrices, así como encuentros locales para
adaptarse a las características del entorno según los componentes definidos en la matriz de Rehabilitación
Basada en la Comunidad: salud, educación, social, sustento y empoderamiento. Por lo tanto, además de
ser una herramienta valiosa para reducir el estigma, los esfuerzos de RBC en salud mental han sido
identificados como una estrategia prioritaria para reducir la carga de morbilidad, mortalidad y discapacidad
(Fernandes, 2021).

2.1. Orígenes de la Rehabilitación Basada en la Comunidad


A lo largo de la historia de la sociedad, la marginación de las personas con discapacidad en general ha sido
sistemática. Uno de los factores más importantes para comenzar a apreciar la discapacidad y sus
consecuencias es el impacto en el desarrollo económico de las comunidades y los países. El valor de la
humanidad para la fuerza laboral que representa es la premisa de este momento histórico. Este efecto
comenzó a acentuarse durante la industrialización y la posguerra, cuando se hizo evidente que las personas
con discapacidad regresaban a entornos no aptos para recibirlas. La falta de recursos para acogerlas, de
establecimientos adecuados de atención integrada, la posibilidad de superación de la atención en salud,
entre otros, ha llevado a la percepción de que las necesidades de las personas con discapacidad requieren
alternativas más allá de los hospitales y los organismos interinstitucionales. Cambiar el modelo de
rehabilitación, visto solo como una responsabilidad del cuidado de la salud, requiere una
reconceptualización de la forma de entenderla, pasando del antiguo significado de mejorar el acceso a la
salud de las personas con discapacidad a producir un desarrollo comunitario para promover igualdad de
oportunidades, reducción de la pobreza e inclusión social de las personas con discapacidad, sus familias y
sus cuidadores. Así, ha evolucionado el concepto de Rehabilitación Basada en la Comunidad -RBC- con
referencia a algunas iniciativas organizadas para acompañar a las personas con discapacidad en África y
Asia, donde la rehabilitación ya no se considera el último eslabón en la atención de la salud y comienza a
ser parte integral del proceso de salud y bienestar de la comunidad. También se reconoce generalmente
que, en gran medida, la comunidad debe ser el entorno en el que se generen ideas para problemas y
acciones, y el apoyo profesional debe orientarse principalmente hacia la posibilidad de adaptar tales
necesidades a la comunidad. Los contextos y la planificación parten de la factibilidad para que puedan
desarrollarse plenamente según las particularidades de cada contexto (Lurie & Shulman, 1983). En
Iberoamérica, la atención primaria de salud jugó un papel central en la propuesta de un abordaje integrado
de las necesidades de salud comunitaria relacionadas con un concepto amplio de bienestar, acompañando
las propuestas de la Declaración de Alma-Ata de 1978. En ese momento, la RBC estaba siendo promovida
como estrategia por la OMS.

La primera propuesta de RBC se basa en la estructura básica de llegar a las personas con discapacidad, a
través del acceso de sus familiares a los servicios de salud, brindando la posibilidad de acompañamiento a
otras instituciones y sistemas en un escenario comunitario que puedan acompañar las necesidades a
atender. En 1983, luego de que diferentes países sistematizaran la estrategia, se presentó un compendio
de 10 módulos, incluyendo estrategias y métodos para su implementación (OIT et al., 2005). Luego, la
OPS capacita a los profesionales que promueven la estrategia a través de las adaptaciones necesarias para
cada situación y, de acuerdo con el uso que este organismo le asigna a estas estrategias, acompañando su
implementación en las regiones. Es claro que la historia de las iniciativas de base comunitaria como
estrategias para responder a necesidades más allá de las posibilidades de los servicios de salud es larga y
prolífica, lo que dificulta establecer una cronología lineal u organización de eventos que conduzcan a etapas
posteriores. Comprender el significado de manera heterogénea y dinámica también crea dificultades, sin
embargo, la necesidad de unir fuerzas, razón y lucha siempre ha sido parte de la existencia humana, y sigue
respondiendo a la necesidad de hacer visible lo invisible.

2.2. Orígenes de la ayuda mutua


La cooperación como fundamento de la convivencia hunde sus raíces en la naturaleza misma de la vida: la
supervivencia depende en gran medida de la capacidad de sustituir las limitaciones propias por las
fortalezas de los demás y viceversa, lo que requiere la reciprocidad dinámica como fundamento de la
construcción colectiva y de la construcción individual. La ayuda mutua era parte de las interacciones
cotidianas entre especies y dentro de ellas mucho antes de que se teorizara (Nelson et al., 1998). Siguiendo
las sugerencias de Peter Kropotkin, el apoyo mutuo se basa en los postulados del evolucionismo
darwiniano, que entiende la lucha por la existencia como una expresión amplia que incluye también la
dependencia de un ser vivo hacia los demás, lo que explica que la colaboración también sea parte de la
lucha. Lo cual propone explicaciones desde aspectos biológicos, pero también a partir de procesos sociales
y filosóficos para comprender y practicar principios de solidaridad, esta constituye un principio
fundamental en las relaciones (Kropotkin, 1902). Ayudar y aceptar ayuda son aspectos históricamente
presentes en la interacción de los seres vivos: el apoyo mutuo visto como un problema evolutivo y como
un factor que permite una mejor adaptación a los ambientes y las condiciones. Sin cierto grado de
cooperación, la especie no podría sobrevivir. Otros conceptos surgen en relación con la ayuda mutua,
considerando que esta implica un beneficio para todas las partes, además de la 'descarga' como otro
aspecto fundamental de las contribuciones de ayuda mutua (Rodrigues & Kokko, 2016). Partiendo de la
base del concepto de ayuda mutua, de los principios más básicos de la supervivencia de las especies que
han evolucionado al mismo tiempo, la comunidad humana se da cuenta de la necesidad de construir redes
de apoyo que sean adecuadas para diferentes entornos, especialmente la facilitación de supervivencia y
actividades, además, de proporcionar un mayor desarrollo comunitario e individual. Es difícil precisar la
línea de tiempo exacta para el desarrollo de diferentes iniciativas en el contexto de la ayuda mutua, puesto
que se ha practicado en diversos contextos geográficos y temporales a lo largo de la historia, y en muchos
casos sus registros se remontan a mucho tiempo atrás, más tarde de lo que realmente comenzó:
comunidades indígenas, poblaciones carcelarias, grupos marginados y vulnerables. Además, la ayuda mutua
tiene diferentes significados en ciertos momentos históricos, incluyendo organizaciones políticas sin fines
de lucro, organizaciones benéficas y fondos de ahorro (Gammage, 2021). A partir de esta premisa, el
primer concepto formal de ayuda mutua data del siglo XVI, implicando la formación de cofradías y grupos
diocesanos con fines caritativos, en el que la benevolencia religiosa estaba en el centro de acción, y
comenzó a expandirse tan rápidamente como las asociaciones comerciales. Este último estaba formado
especialmente por artesanos de principios del siglo XII, un pequeño grupo de trabajadores, principalmente
para ayudarse unos a otros en las dificultades debido a la enfermedad y a la muerte.

También cabe señalar que la ayuda mutua se basa en conceptos ideológicos y prácticos revolucionarios
relacionados con la construcción social. Es así como las propuestas de grupos de ayuda mutua más
reconocidas surgen de iniciativas comunitarias y provienen de fundaciones sociales, no de organizaciones
gubernamentales. Si bien el punto de partida, ejemplificado por la biología, está orientado a la
supervivencia, los grupos de ayuda mutua comienzan a ir más allá de sus objetivos hacia la visibilidad, el
crecimiento y/o la prosperidad de sus miembros y sus comunidades, mejorando la autonomía y el
empoderamiento individual que conduce al cambio movilizado. En América Latina, especialmente en
Colombia, existe un registro de la expansión de los grupos de ayuda mutua con fines humanitarios, en los
que se crearon asociaciones de beneficencia y sociedades para este fin. Más tarde, los grupos de ayuda
fueron comprendidos por el sindicato y, posteriormente, por fuerza de otros trabajadores. Además del
propósito original de reunir a grupos de personas con condiciones similares, desde una perspectiva
psicosocial, los grupos de ayuda mutua ahora se entienden ampliados por una variedad de circunstancias:

● El compromiso de los estados y las agencias formalmente establecidas para brindar servicios de
atención social es profundamente defectuoso, en el cual la desconexión entre las respuestas
implementadas por los gobiernos, los organismos profesionales y las necesidades reales de las
comunidades es notoria.

● En comparación con décadas anteriores, los grupos sociales como estrategia para buscar y estructurar
objetivos comunes y dinámicas asociativas han cambiado drásticamente. En términos de respuestas
estructurales a las necesidades de salud y bienestar, los servicios tradicionales no pueden satisfacer
las necesidades actuales de la comunidad. Este es el momento histórico clave de la segunda mitad del
siglo XX, cuando la suma de factores propició el surgimiento de poderosos grupos de ayuda mutua.

Luego surgieron tipos de grupos diversos, especialmente aquellos grupos vulnerables que eran
sistemáticamente ocultados y/o abusados: pacientes con VIH/SIDA, mujeres víctimas de abuso, madres
solteras, homosexuales, personas con diferentes diagnósticos de trastornos mentales (depresión, uso
problemático de sustancias, trastornos alimentarios, entre otros), familiares y cuidadores de personas con
estos trastornos. También, suelen estar formados por personas con enfermedades crónicas no
psiquiátricas como el cáncer, la diabetes, entre otros. Se hace especial mención al reciente surgimiento de
los grupos de ayuda mutua en salud, cuyos orígenes se remontan a la década de 1930-1940, cuando se
crea Alcohólicos Anónimos (AA). Junto a ellos, se intenta reunir elementos de apoyo entre individuos
para desarrollar herramientas de cambio relacionadas con enfermedades que impactan severamente en el
funcionamiento de los individuos y su entorno. Los objetivos comunes comenzaron a reunir a grupos de
personas con condiciones y/o problemas similares, lo que llevó a las asociaciones a buscar el cambio en
conjunto. La misma lógica comenzó a aplicarse al movimiento de mujeres en las décadas de 1950 a 1960
para promover y defender los roles sociales de la mujer, el movimiento por los derechos de las personas
con discapacidad y la defensa de los derechos de las personas con diferentes orientaciones sexuales. En
1974, el primer grupo de apoyo que documentó a las personas con trastornos alimentarios fue el grupo
‘Ayuda a la anorexia’ en Reino Unido, posteriormente, comenzaron a expandirse a diferentes regiones y
países, y aumentaron su cobertura de familias (Ferrari et al., 2000). Los grupos de ayuda mutua continúan
representando dispositivos autónomos que surgen en las comunidades como respuesta a las necesidades
identificadas por las personas que los integran. Trascienden los confines de los sistemas de salud porque
su razón de ser preeminente se centra en la autonomía y el empoderamiento, lo que los hace dinámicos
a escala global, y dificulta su seguimiento formal basado en la investigación. En salud mental, las
intervenciones grupales y comunitarias también han hecho de la visión del sistema de salud una de sus
señas de identidad como uno de los dispositivos que ejercen el control social, restringen la libertad y
violan los derechos humanos. La sobrevivencia y sus luchas son la defensa de la existencia autónoma y la
búsqueda de respuestas a intereses distintos a la salud como el trabajo y la educación (Nelson et al., 1998).

RECURSOS DE ESTUDIO
Ministerio de Salud y Protección Social. (2022). Orientaciones para el fortalecimiento de la de la RBC en Salud
Mental. Repositorio Minsalud.
[Link]
[Link]

Patel, V., Saxena, S., Lund, C., Thornicroft, G., Baingana, F., Bolton, P., Chisholm, D., Collins, P. Y., Cooper,
J. L., Eaton, J., Herrman, H., Herzallah, M. M., Huang, Y., Jordans, M., Kleinman, A., Medina Mora,
M. E., Morgan, E., Niaz, U., Omigbodun, O., Prince, M.,… UnÜtzer, J. (2018). The Lancet
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