En lo alto de una colina solitaria, rodeada de árboles secos y viento helado, se encontraba
una casa abandonada desde hacía más de 50 años. Los lugareños decían que estaba
maldita, que por las noches se veían luces encendidas y se escuchaban susurros, aunque
nadie vivía allí.
Un día, tres amigos —Laura, Julián y Mateo— decidieron entrar. Querían probar que todo
era solo una leyenda.
Con linternas en mano, empujaron la puerta de madera, que crujió como si se quejara.
Adentro, el polvo cubría todo, y el aire olía a humedad y a algo más... como a velas
apagadas y flores marchitas.
Subieron al segundo piso y encontraron un cuarto con un espejo antiguo. Laura, curiosa, lo
tocó. El espejo tembló, y de pronto, una figura apareció reflejada detrás de ellos, aunque
no había nadie.
Asustados, corrieron escaleras abajo, pero la puerta de salida ya no estaba. Solo una
pared.
La casa los había atrapado.
Desde entonces, los vecinos aseguran que por las noches se oyen pasos, risas nerviosas... y
a veces, gritos.
Y en el espejo de la vieja casa, si te atreves a mirarlo, puedes verlos a ellos... pidiendo que
alguien los saque.