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Chuo Gil

El documento presenta una obra teatral con un elenco de personajes que incluye a Mocha, Juancho, Livia, Bega, Lalla y Anito, en un contexto de intriga y misterio en un pueblo. La acción se desarrolla en varios tiempos, comenzando con un preludio que enfatiza el poder de las palabras y su capacidad para crear realidades. A medida que avanza la trama, se revela la tensión entre los personajes y la incertidumbre sobre muertes recientes en la comunidad, lo que genera un ambiente de sospecha y rumores.

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Chuo Gil

El documento presenta una obra teatral con un elenco de personajes que incluye a Mocha, Juancho, Livia, Bega, Lalla y Anito, en un contexto de intriga y misterio en un pueblo. La acción se desarrolla en varios tiempos, comenzando con un preludio que enfatiza el poder de las palabras y su capacidad para crear realidades. A medida que avanza la trama, se revela la tensión entre los personajes y la incertidumbre sobre muertes recientes en la comunidad, lo que genera un ambiente de sospecha y rumores.

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•PERSONAJES

Por orden de aparición

Las voces.

Mocha: Criada Mayor

Juancho: Mozo. Hijo de Lalla. Sobrino de Bega

Livia: Moza. Hija de Bega

Bega: Señora mayor. Madre de Livia

Lalla: Señora. Mayor. Hermana de Bega y madre de


Juancho

Anito El Pavoso: Hombre del pueblo. Maduro

Hombres y mujeres del pueblo


TIEMPO DE LA ACCIÓN:

•Preludio: Fuera del tiempo

Primer tiempo: El anochecer del quinto día

Segundo tiempo: La mañana del primer día

Tercer tiempo: La tarde del primer día

Cuarto tiempo: La noche del segundo día

Quinto tiempo: La noche del tercer día

Sexto tiempo: La mañana del cuarto día

Séptimo tiempo: El anochecer del quinto día


•EL PRELUDIO

Se alza el telón sobre la escena a oscuras. Las voces


surgen de la oscuridad.

VOZ DE LA MUJER MADURA: Esta no es sino una voz

VOZ DE HOMBRE: Esta no es sino una voz

VOZ DE MUJER JOVEN: Esta no es sino una voz

Después las tres voces se combinan al unísono en un coro,


que debe recordar ciertas formas simples del canto llano
eclesiástico.

CORO DE VOCES: Estas no son sino unas voces. Voces


que llaman. Voces que nombran. Voces que evocan.
Voces que crean. Voces que al nombrar hacen de las
gentes y de las cosas, otras gentes y otras cosas. Cuando
una voz dice “agua”, crea el agua. Cuando una voz dice
“te voy a matar”, crea la muerte. Cuando una voz dice “no
te quiero”, crea la desesperanza.
De las palabras surgen nuevos seres, que ocupan el lugar
de los seres que parecían existir antes de ellas. Héroes y
villanos, monstruos y semidioses. Con el solo hablar
creamos seres. Ya tú no serás tú sino lo que yo o el otro
hemos hecho de ti con nuestras palabras.

Con las palabras tejemos el destino. El nuestro y el de


todos. Cada uno va diciendo, va hilando, va tejiendo, y así
se crea la gran malla, la gran trama, de la que nuestras
vidas ya ni podrán escaparse.

VOZ DE HOMBRE: Esta no es sino una voz

VOZ DE MUJER MADURA: Esta no es sino una voz

CORO DE VOCES: Estas no son sino voces que tejen el


destino… (Más bajo) Que tejen el destino… (Más bajo)
Que tejen el destino…

(Se extinguen las voces. Hay una pausa, hasta que se


encienden las luces y comienza el Primer Tiempo).
•PRIMER TIEMPO

Una vasta y alta sala de casona de pueblo. Al fondo,


pesada puerta cerrada que da a la calle. Ventana de
barrotes con tupida celosía. Pocos muebles, arcaicos,
pesados y mal combinados. Las paredes, desnudas y
blancas. Es el anochecer del quinto día. Hay hombres y
mujeres del pueblo, en fila sobre la pared del fondo. Otros
van entrando.

UNA MUJER – Alabado sea Dios. ¿Quién se ha muerto?

(Todos la miran en silencio. Mientras ella entra, se


santigua y ocupa su puesto en la fila)

OTRA MUJER – (Entrando) ¿Es la pobre de misia Bega,


la que ha muerto? Tan buena que era, era un alma de Dios.
No hace ni dos días que hablé con ella.

OTRA MUJER – No, no es misia Bega.


OTRA VOZ – ¿Qué sabes tú? Nadie ha dicho quién se ha
muerto.

OTRA VOZ – Han dicho que es la niña.

OTRA VOZ – No. No es la niña sola. Son más. Me han


dicho que son más.

(Sisean para que se calle)

OTRA VOZ LEVANTÁNDOSE – Se habrán envenenado

OTRA VOZ – Oí decir que las habían matado.

OTRA VOZ – Alabado sea Dios. Nunca había pasado en


este pueblo una cosa igual. ¿Mataron a misia Lalla?

OTRA VOZ – ¿Qué sé yo? Alguien se ha muerto en esta


casa. No hablen tanto y vamos a rezar

OTRA VOZ – Vamos a rezar la oración de la muerte


repentina y de los que se encuentran en peligro de
naufragio
UNA VOZ GANGOSA ELEVÁNDOSE LENTAMENTE
– Primer misterio gozoso: el Angel del Señor anunció a
María…

OTRA VOZ – (Y un coro sordo de voces que la


acompañan) El poder del infierno no prevalecerá sobre
ellos…

… y la Luz Eterna…

… Luz Eterna…

… Poder del Infierno…

… Luz Eterna…

… el poder del infierno…

… Brillará para ellos…

… No prevalecerá sobre ellos…


UN HOMBRE – (Entra) ¿Es verdad que mataron a
Juancho? Mataron a Juancho. Cómo va a ser posible.

UNA VOZ – No, no es él

UNA VOZ – No es él solo

UNA VOZ – Son otras

UNA VOZ – No. Es otra.

(Una voz sisea mandando a callar. Vuelve a encenderse


lentamente el murmullo de los rezos. Sale la Mocha del
interior con una vela encendida y todo se corta en un
silencio brusco).

MOCHA – Todos quieren saber y averiguar. Para que el


cuento no termine, para que siga creciendo y enredando y
cogiendo gentes como la quebrada crecida. Para saber
ahora lo que pasó ya es tarde. Hubieran debido venir ayer,
o anteanoche, o mejor, hace una semana. Pero entonces,
quizás, uno de ustedes sería el muerto y el muerto estaría
en otra casa. Estaría en otra casa y yo estaría entrando por
la puerta, con mi pañolón, para preguntar: “¿Quién se
murió?”. Para preguntar: “¿Quién lo mató?”. Porque nadie
cree que nadie se muere buenamente en este pueblo. Hay
alguien que lo mata. Alguien lo tiene que matar. Y todos
queremos saber quién lo mató. Pero es difícil. Es ya
bastante difícil saber quién es el muerto o quienes son los
muertos, pero es mucho más difícil saber quién lo mató. A
veces se cree que es el hombre quien mató a la mujer, o el
hijo quien mató a la madre. Pero a veces resulta que no es
tan fácil. No se ve que hayan matado a nadie. No se ve
quién puede haber matado. No se sabe cuántos han matado
o están matando. Aquí, ahora, no se sabe tampoco quién o
quienes han matado. Ni si los que han matado están dentro
de la casa o vinieron de afuera. No sabemos siquiera
cuántos son los muertos. Es difícil que ustedes puedan
saber ahora. Hubieran tenido que estar aquí desde la
semana pasada. O desde el día en que vino misia Bega con
la niña Livia. O desde el día en que nació el niño Juancho.
O quizás desde el día… pero tampoco sabrían más que yo.
Empiecen ahora a averiguar y empiecen a tejer otra
historia que va a seguir envolviendo otras vidas, y yo iré
mañana, o el mes que viene, o el otro año, a la casa del
velorio y preguntaré: “¿Quién se murió?” “¿Quién fue el
que lo mató?”. Y uno de ustedes será el muerto y otros de
ustedes lo habrán matado. Y acaso yo misma tenga
entonces miedo y comprenda que yo también lo maté y
que empecé a matarlo hoy mismo, aquí… Pero esto
empezó hace mucho tiempo. Hace, por lo menos, cinco
días…

(Sopla y apaga la vela. Todo queda oscuro. Empiezan a


reencenderse lentamente los rezos hasta que suben como
un espeso rumor).
•SEGUNDO TIEMPO

La mañana del primer día. Entra Juancho. Avizora


inquieto el espacio. Se acerca a la ventana de celosía y
permanece por largo rato ávidamente observando hacia la
calle. Entra Livia y lo mira con sorpresa. A poco él siente
que lo observan y vuelve.

JUANCHO – Me estás espiando

LIVIA – No te estoy espiando. Acabo de entrar aquí y te


he encontrado.

JUANCHO – Me venías siguiendo por la casa. Me has


buscado. Has estado en mi cuarto, has estado en el cuarto
de mamá y de mamá Bega, le has preguntado a las
sirvientas, hasta que viniste a toparme aquí. Es como si
te hubiera visto hacerlo. Te conozco como la palma de mi
mano. No necesito verte para saber lo que estás haciendo

LIVIA – No es verdad. No te he estado buscando. Acabo


de tropezar contigo por pura casualidad, Juancho. ¿Es que
acaso he hecho mal en entrar a esta habitación? Ya sé lo
que no te ha gustado. Te fastidia que te haya sorprendido
fisgoneando por la celosía hacia la calle como una mujer.
Viendo pasar la gente. Oyendo los retazos de conversación
de los que pasan. Tratando de averiguar las vidas ajenas.
Como hacen mamá Lalla, la sirvienta y Anito el pavoso.

JUANCHO – Y tú, Livia, y también mamá Bega, tu


madre, que todo el día está averiguando las cosas ajenas y
tiene una lengua que no le cabe en el cuerpo.

LIVIA – Juancho, no hables así de mi madre

JUANCHO – Qué tiene ella de más que las otras para que
no pueda nombrarla. No seas tonta, Livia, ya me tienes
colmado con tus fastidios y tus tonterías, harto, ¿me oyes?,
harto. Date cuenta de que un hombre no puede vivir
encerrado entre cuatro paredes oyendo todo el día
tonterías.

(Sale la Mocha con su escoba y se para al oír la


conversación. Juancho interrumpe lo que decía)
JUANCHO – Me voy (Sale hacia la puerta)

LIVIA – ¿Vienes a almorzar?

JUANCHO – (Saliendo y antes de tirar estrepitosamente la


puerta) No sé.

(Hay un momento de silencio)

LIVIA – (Volviéndose hacia la criada) Ves, Mocha, se ha


ido furioso. ¿Qué culpa tengo yo?

MOCHA – Ninguna, niña, ninguna. Todos los novios


pelean. Y la mitad del gusto de ser novios esta en pelear
para contentarse y volver a pelear para volver a
contentarse. Ahora, más tarde, volverá hecho un caramelo,
y le dirá cosas bonitas y le hará cariños.

LIVIA – No se puede vivir así

MOCHA – Sí se puede, niña. Mientras sean novios viven


así. La niña Rita y don Pablito tuvieron treinta años de
amores. Yo los conocí mucho. Un día sí y un día no,
peleaban, y un día sí y un día no, se contentaban. Eso no
cambió nunca, no ve que no se casaron, él se iba poniendo
viejo y ella se iba poniendo vieja. Pero el día del pleito era
el día del pleito, y el día de contentarse, era el día de
contentarse. Así hasta que se murió don Pablito.

LIVIA – Y si se hubieran casado hubieran seguido


peleando.

MOCHA – No, niña, no. Los casados pelean menos. Los


que pelean son los que se quieren

LIVIA – Mocha, que disparates dices.

(Volviéndose hacia la Mocha con súbita angustia)

•LIVIA – Yo no quiero que mamá Lalla se entere de nada


de esto. Cuidado con decir nada,

Mocha.

MOCHA – Descuide, niña Livia. Yo no diré nada. Yo


nunca digo nada. Veo mucho y sé mucho, pero nunca digo
nada. Por eso he podido durar en esta casa tantos años. Si
yo me hubiera puesto a contar todo lo que he visto y todo
lo que sé, me habría tenido que ir de aquí hace mucho
tiempo. Yo no voy a decir nada de los amores escondidos
de su primo y de usted, niña Livia, pero, misia Lalla lo va
a saber…

LIVIA – ¿Cómo lo va a saber, si tú no se lo dices?

MOCHA – Se lo están diciendo ustedes mismos todos los


días con sus escondites, con sus miradas, con sus
cuchicheos

LIVIA – ¿Tú crees que ya lo sepa?

MOCHA – Qué sé yo.

LIVIA – Tu sabes y no me lo quieres decir

MOCHA – Yo no sé nada. Yo solamente miro.

LIVIA – Si mamá Lalla hubiera sabido algo, se habría


puesto furiosa.
MOCHA – Cuídense ustedes para que no se entere, pero
va a ser difícil que no se entere.

LIVIA – Descuida, Mocha, que ya no va a haber mucho


que esconder.

MOCHA – ¿Qué quieres decir, niña?

LIVIA – Nada, cosas que una dice sin pensar…

MOCHA – Yo lo que le digo es que si misia Lalla lo


averigua, se va a poner furiosa. ¿Quién sabe lo que va a
pasar?

LIVIA – Yo sé que no le gustaría que Juancho se enamore


de mí. Soy muy poca cosa para el hijo de ella

MOCHA – Quién sabe, niña… A Misia Lalla no le gustan


los enamorados. Los huele desde lejos, como los perros
huelen a los venados y se eriza y se le ponen los ojos
malos.
LIVIA – ¿Y por qué? ¿No fue ella joven también? ¿No se
enamoró nunca? ¿No se casó con mi tío?

MOCHA – Psst. (Hace gesto de detenerla con la mano)


No diga nada de eso que puede oírnos. Tenga mucho
cuidado con todo eso.

(Se mete Livia con disgusto al interior)

MOCHA – (Barriendo y limpiando) Estos novios pelean


más que todos los que he visto. Pelean y se apurruñan con
demasiada brusquedad. Como los gatos. Como los amores
de los gatos en los tejados de la noche. Maullidos,
carreras, sofocones. Un sobresalto que no deja dormir.
Como si estrangularan a alguien. Misia Lalla va a
descubrirlo, y va a temblar la tierra, y lo vamos a pagar
todos, Juancho y Livia y misia Bega y yo. Y hasta la
misma misia Lalla. Porque cuando la desgracia entra en
una casa nada queda en su puesto y nadie se salva. Ave
María Purísima.
(Tocan discretamente en la celosía. La Mocha no parece
oír. Tocan más fuertes y la Mocha pregunta)

MOCHA – ¿Quién es?

VOZ DE AFUERA – Soy yo.

MOCHA – ¿Tú? Vete, que aquí no quieren que entres.

VOZ – Déjame entrar, Mocha, que traigo noticias muy


importantes

MOCHA – Qué noticias vas a traer tú. Siempre traes las


mismas, y después van y me regañan a mí. Vete.

VOZ – Tengo noticias que cuando misia Lalla se entere de


que no me has dejado decírselas te va a sacar los ojos

MOCHA – Vete, embustero.

VOZ – Mocha, mira que tengo noticias.

(Aparece Bega)
BEGA ¿Qué pasa, Mocha?

MOCHA – Qué allí está Anito el pavoso, empeñado en


que lo deje entrar y después entra y se quiebra un plato o
se derrama la sopa o se escapa el canario y misia Lalla va
a pagarla conmigo porque dirá que yo tengo la culpa de
dejarlo entrar.

ANITO – (Desde afuera) ¿Es misia Bega? Misia Bega,


déjeme entrar. Traigo noticias increíbles. Misia Lalla, su
hermana las querrá saber. Déjeme entrar, misia Bega, que
no tengo tiempo.

(Bega y la Mocha se miran perplejas, sin saber que


decidir. Aparece Livia)

LIVIA – ¿Qué pasa?

LA VOZ – Misia Bega, le va a pesar cuando misia Lalla


se entere de que no me dejaron decirle una cosa tan
importante.
LIVIA – No lo dejen entrar. Donde quiera que entra pasa
algo malo. No lo dejen entrar. Ya el día de hoy no ha
empezado bien.

BEGA – ¿Y si Lalla se molesta porque no lo dejamos


entrar?

MOCHA – ¿ Y si lo dejamos entrar y pasa algo malo?

LIVIA – (Hablando hacia la celosía) Anito, no podemos


dejarlo entrar ahora. Díganos por la celosía lo que quiere.

ANITO – (Con ira) No digo nada. No me da la gana. Yo


sé por qué no me quieren dejar entrar, yo lo sé, y me la
van a pagar. Yo no soy pavoso, eso es mentira. Pavoso era
el difunto de misia Bega, que echaba mala sombra en
todas partes. Pavosa es misia Bega, que ha vivido
arrimada toda su vida y todo le sale mal. Pavosa es la
Mocha, que malparió todas las veces… y que nunca ha
podido echar una gallina porque se le viran los huevos.
Pavosos…
(Entra misia Lalla)

LIVIA – (Con angustia) Cállate, Anito, que aquí está


mamá Lalla.

ANITO – (Con más fuerza) Misia Lalla, déjeme entrar que


le traigo una noticia increíble. Por vida suya, misia Lalla

(Todos permanecen un momento en silencio)

LALLA – (A la Mocha) Abra la puerta, Mocha.

MOCHA – (Con duda) ¿A Anito el pavoso, misia Lalla?

LALLA – Sí, ábrasela.

MOCHA – (Con angustia) ¿A Anito, misia Bega?

LALLA – Ábrale la puerta, Mocha

(La Mocha abre la puerta con trabajo, separando la tranca


y dejando rechinar los goznes. Entra Anito)
ANITO – Gracias, misia Lalla, es usted la única persona
que me aprecia en esta casa. Ojalá pudiera yo de verdad
dar mala sombra, para dársela a todos los que me quieren
mal.

LALLA – ¿Qué es lo que traes, Anito? Habla

(Anito mira a los otros con hostilidad y calla)

LALLA – No seas tonto. Habla de todos modos.

ANITO – (Con condescendencia) Bueno. Si usted lo


quiere hablaré delante de ellas (Pausa)

ANITO – Ha llegado gente a la Gilera.

(Espera satisfecho el efecto de sus palabras)

BEGA – Dios mío, a la Gilera, Gente en la Gilera

MOCHA – Si esa casa está cerrada desde antes de la peste.


El último que allí quedó fue Boca de Sapo, el que la
cuidaba y se murió solo dentro de la casa. Y por los
zamuros la gente vino a descubrirlo como diez días
después. ¿Se acuerda, misia Lalla? No se aguantaba el
hedor

ANITO – Llegaron a la Gilera un señor y una señora.

LALLA – ¿Quiénes son?

ANITO – Un señor maduro, fuerte, que parece un


americano.

LIVIA – ¿Y la mujer?

ANITO – La mujer es joven y muy linda. Tiene el pelo


rubio como una cocuiza y los ojos como dos cuentas de
rosario de vidrio, azulitos.

MOCHA – ¿Cómo la pudiste ver con tantos detalles,


Anito?

(Anito no le responde)

LALLA – ¿No sabes quiénes son?


ANITO – Todavía no lo he podido saber, pero lo voy a
averiguar pronto.

LALLA – Averígualo y avísame

ANITO – (Con rencor) Pero cuando lo sepa no se lo voy a


decir sino a usted, misia Lalla, a usted sola.

MOCHA – (Acompaña a Anito hasta la puerta) Déjate de


repugnancias, Anito.

(Sale Anito. Se sienta misia Lalla, luego misia Bega,


después Livia. La Mocha se queda de pie simulando que
limpia. Todos quedan en silencio)

MOCHA – La Gilera ha sido siempre una casa de mala


suerte. Todos los que en ella han vivido han terminado en
desgracia ¿Se acuerda de la niña Luz? El día entes de
casarse la encontraron muerta. Estaba la cocina llena de
pasteles, caramelos y tortas. Toda la noche estuvieron
batiendo los caramelos y las sangrías. La cola del vestido
llegaba a media cuadra. Y van y encuentran a la niña Luz
muerta, por la mañana.

LALLA – Cállate, Mocha

MOCHA – Está bien, me callaré. Los pobres no podemos


decir nada

BEGA – La mala sombra no era la de la casa. Lalla, la


mala sombre era de los Gil. Todos tuvieron historias feas y
todos terminaron mal. Don Ataurico Gil dejó morir de
mengua a un hijo en el último cuarto, porque le había
faltado. Y acuérdate de Juan Pedro, y de Víctor José y de
Pedro Mártir.

LALLA – Pedro Mártir deshonró a su sobrina. La recogió


de niña cuando huérfana, la encerró en la casa y abusó de
ella.

BEGA – Dicen que se casó con ella, Lalla.


LALLA – No es verdad, no tenía dispensa; la tuvo de
manceba y podía ser su padre.

MOCHA – No tuvieron hijos. Estaban malditos. Del


primer parto nacieron murciélagos, del segundo una danta
con tres patas, del tercero un cochino sin ojos. Todos los
enterraron en el solar.

LIVIA – Qué horror, Mocha. ¿Cómo pueden pasar esas


cosas?

MOCHA – Esas cosas las traen los sacrilegios y los


crímenes contra la sangre. Yo he visto…

LALLA – Cállate, Mocha, te digo

LIVIA – Desde que yo me conozco no he visto a nadie


vivir en esa casa, siempre ha estado cerrada, con aquella
enorme puerta de clavos que nadie se atreve a abrir.

BEGA – ¿Quién podría ser el que regresó a la Gilera? Ya


no debe quedar ninguno de los Gil. ¿Será…?
(Todas la miraron con temor)

LALLA – (Con dureza) Acaba de decirlo, Chúo Gil. ¿No


era ése el que ibas a nombrar?

BEGA – (Compungida) Perdóname

LALLA – ¿Por qué no se puede hablar de Chúo Gil? ¿Por


qué no pueden nombrarlo? ¿Es que acaso no se le puede
nombrar delante de mí?

(Todas callan temerosas)

LALLA – Digo que se puede hablar aquí de ese mal


hombre. Que se debe hablar

(Todas callan)

LALLA – Habla tú, Bega

BEGA – Yo lo conocí muy poco, Lalla, tú lo sabes. Y


hace tantos años que no lo veo, más de veinte años que se
fue del pueblo, tal vez treinta. Era un hombre malo y
medio loco. Se creía superior a todos los demás. No le
gustaban sino los extranjeros. ¿Te acuerdas que siempre
andaba metido en el monte con unos ingenieros
extranjeros?

LALLA – Me acuerdo. Decía que había encontrado una


mina y que iba a ser el hombre más rico del pueblo, el
hombre más rico del país, un hombre rico de verdad en
cualquier parte del mundo. ¡Insensato!

MOCHA – Lo que buscaba era un entierro. Era espiritista.

LALLA – Cállate, Mocha, digo.

MOCHA – Me callaré, pero era espiritista. Yo lo sé. De


noche se encerraba en la casa con otros iguales a él y
llamaba a los espíritus de los muertos, para preguntarles
las cosas que no se debe preguntar. Cuando una pasaba
tarde oía quejidos por rendijas de las puertas. Dicen que
una noche se les apareció el diablo.

LIVIA – ¡El diablo, santo Dios!


LALLA – Cállate, Mocha, o te vas para dentro

MOCHA – Me callaré, misia Lalla, pero yo preferiría que


no hubiera vuelto nadie a la Gilera, y que si alguien ha
vuelto no sea Chúo Gil.

LALLA – Si es él, que ha vuelto después de tantos años,


es porque viene buscando algo. Viene a quitarle algo a
alguien. Viene para algo malo.

BEGA – Yo no puedo creer que sea él. Ya hasta se habrá


muerto. Sin embargo, si no es él ¿quién se habría atrevido
a llegar a esa casa?

(La Mocha se ha acercado a la celosía y avizora la calle)

MOCHA – (Casi a gritos) Allí están. Allí vienen.

(Todas se acercan a la ventana. Lalla se asoma en primer


término)

LALLA – No hay nadie en la calle. ¿Qué has visto?


(Bega se asoma a su vez)

BEGA – Nada, la calle esta tan sola como siempre. No se


ve sino la sombra del campanario acostada sobre la casa
amarilla. Deben ser las once.

MOCHA (Confundida) Los vi. Pueden creérmelo… Era


un hombre alto, fuerte, vestido de kaki amarillo, y una
mujer rubia con un traje blanco. Se asomaron a la puerta.
Se habrán vuelto a meter para dentro. Yo los vi.

(La Mocha vuelve a celosía y todas regresan a sus puestos.


De pronto nuevas voces altas de la Mocha).

MOCHA – Corran, corran, vean. Digan ahora que es


mentira lo que he visto. El niño Juancho se acerca a la
casa. Corran. El niño Juancho se para en la puerta y mira
hacia adentro. Vengan ligero. El niño Juancho se metió
para adentro.

(Livia corre con ímpetu a mirar)


LIVIA – ¿Juancho, dices? ¿Juancho entró a la Gilera?

(Trata de ver con avidez)

LIVIA – (Con disgusto) No hay nadie en la calle. ¿Lo


viste de verdad, Mocha?

MOCHA- Lo vi niña, se lo puedo jurar.

LIVIA – (Volviéndose hacia las otras) ¿Qué iría a hacer


allí? ¿Tú lo viste, Mocha?

LALLA – (Con dureza) Niña, no me gustan esas cosas. Si


Juancho ha entrado en esa casa es porque tenía que hacer
algo en ella, o porque le dio la gana. ¿Qué tienes tú que
ver con eso Livia? No eres la novia, ni la mujer de mi hijo,
gracias a Dios, ni yo he de permitirlo. ¿Has visto esa
manera de comportarse, Bega? ¿Qué dices tú?

BEGA – (Tímidamente) Son cosas de niña, Lalla. Si


fuéramos a darle importancia a esas tonterías nos
volveríamos locas. (A Livia) Haces muy mal en ponerte
así, Livia. ¿Qué podrá pensar tu tía?

LALLA – Lo que yo pueda pensar no importa. Lo que


importa y quiero decirlo otra vez para que todos lo oigan y
lo sepan es esto. Óyelo bien, Bega. Óyelo bien, Livia. Se
empieza con juegos y se termina en matrimonio. Quiero
para mi hijo otra cosa que casarlo con mi sobrina recogida.
Ocúpate tú de eso, Bega, y págame siquiera así el bien que
te hago. Cuando tu marido te abandonó con tu hija, yo te
recogí en mi casa. Hace años y nunca he dicho nada. Pero
que ahora te las vayas a arreglar para casar a mi hijo con
tu hija, eso no.

BEGA – Lalla, qué cosas dices. Cómo puedes imaginar


eso.

LALLA – No imagino nada. Veo y oigo, si tú ni ves ni


oyes, allá tú.

(Livia rompe a llorar y se va corriendo hacia adentro)


LALLA – ¿Lo ves ahora, si no lo has visto antes? ¿Lo ves
claro? Esto no lo voy a tolerar. No voy a permitir que este
niño que está empezando a vivir se vaya a casar con tu hija
y se malogre. Si es así como me va a pagar el bien que te
hago, no te lo seguiré haciendo.

BEGA – Dios mío, ¿Qué va a ser de nosotras?

LALLA – Nada más que lo que se han buscado. No te


creía tan desfachatada. Quiero que mi hijo sea un hombre,
quiero que viva, quiero que cuando llegue el día, se case
bien, que haga el mejor matrimonio del pueblo, con la niña
más rica y linda del pueblo.

BEGA – Tienes razón, Lalla, tienes toda la razón, no te


preocupes, Yo…

LALLA – ¿Qué no me preocupe? Me preocupo y tan me


preocupo que voy a terminar esto ya. Óyelo, Bega, si
vuelvo a sorprender algo entre mi hijo y tu hija, saldrán
inmediatamente de esta casa.
BEGA – Lalla, no digas eso

LALLA – Lo digo y lo haré (Dirigiéndose a la Mocha)


Oiga usted, Mocha, si ve algo entre esos niños y no me
dice, la echaré también y se irá a morir de hambre a su
cueva. No lo olvide. Y avíseme cuando llegue Juancho,
que tengo que hablarle.
TERCER TIEMPO

La tarde del primer día. Se oye desde la celosía un tocar


de nudos y la voz apresurada de Anito el pavoso, que
llama

ANITO – Epa… Epa… Misia Lalla… Soy yo… Misia


Lalla… Soy yo… Tengo noticias

(Se asoma la Mocha. Lo oye sin contestar)

ANITO – Epa… Soy yo… Misia Lalla… Misia Lalla…


Ábrame pronto que me tengo que ir

(La Mocha permanece indecisa, sin contestar. Asoma


misia Bega)

BEGA – ¿Qué pasa? ¿Quién está llamando?

(La Mocha señala hacia la ventana y dice en voz baja y


temerosa)
MOCHA – Es Anito el pavoso, allí está otra vez llamando.
No le quiero abrir, misia Bega. Lo dejamos entrar esta
mañana y mire usted como se pusieron las cosas. Trae la
mala sombra.

BEGA – Es cierto, Mocha. Vino esta mañana y todo se


echó a perder. ¿Viste como se puso Lalla? ¡Santo Dios!

ANITO – Misia Lalla… (Alzando la voz) Misia Lalla…


Hágame abrir, que le traigo noticias.

(Asoma misia Lalla)

LALLA – ¿Por qué no le abren a ese hombre? Hace rato


que lo oigo llamando. Están ustedes sordas.

MOCHA – (En voz baja) Ojalá… Más valiera estar sordas


y estar ciegas que oír y ver a ese hombre de mala sombra.
(Alzando la voz) ¿Va usted a dejar entrar otra vez a Anito
el pavoso?

LALLA – Ábrele, mujer, no seas majadera


(La Mocha abre la puerta. Entra con aire molesto y
huraño Anito. Mira de reojo a Bega y la Mocha. Aparece
Livia)

ANITO – Misia Lalla, ya se lo he dicho, no quiero hablar


delante de estas gentes que no me quieren

LALLA – (Autoritaria) Déjate de tonterías, Anito, y suelta


lo que tienes que decir.

(Anito vuelve a mirar de reojo a las otras y habla en voz


baja, dirigiéndose a Lalla)

ANITO – Ya sé quiénes fueron los que llegaron a la Gilera

LALLA – ¿Quiénes son Anito?

ANITO – Es Chúo Gil

LALLA – ¿Chúo Gil?

BEGA – No puede ser


MOCHA – Chúo Gil se fue del pueblo el año en que a mí
me dieron las paperas. Se me puso el pescuezo ancho
como pescuezo de danta. Y mi mamá decía que nadie supo
cuándo se fue, sino que la casa apareció cerrada y más
nadie la volvió a abrir. Mi mamá me dijo una vez que se lo
había llevado el diablo. Ave María Purísima.

LALLA – ¿Cómo sabes, Anito, que es Chúo Gil, si tú no


lo conoces? Hace más de veinte años que desapareció del
pueblo.

ANITO – Es Chúo Gil, misia Lalla, Don Andrés, el


boticario, lo reconoció

LIVIA – (Con timidez) ¿Y quién es la mujer que lo


acompaña?

ANITO – ¿Quién va a ser? Su mujer. El se ve viejo, pero


templado y ella es muy joven.

LALLA – ¿No has podido averiguar cómo se llama ella?


ANITO – No, todavía, pero lo voy a saber y se lo vendré a
decir tan pronto lo sepa. Adiós, misia Lalla.

LALLA – Adiós, Anito.

(Sale Anito. La Mocha cierra. Las mujeres se ponen a tejer


amplias telas o redes burdas)

LALLA – Después de tanto tiempo, ¿qué vendrá a buscar


en el pueblo Chúo Gil?

BEGA – Nada bueno, Lalla, nunca hizo nada bueno en su


vida. Nada bueno vendrá a hacer ahora

MOCHA – Ese ha venido a sacar el entierro que hay en la


casa. Yo he oído contar mucho del entierro de la Gilera.
De noche se oyen gritos de dolor y se ve el ánima en pena
de don José Victorio, que era avaro y murió sin confesión.
Mi madrina me lo contó. Mi madrina que sirvió en la
Gilera hace muchos años y se tuvo que ir porque no
aguantaba el miedo de aquellos espantos.
LIVIA – ¿Quién era don José Victorio?

MOCHA – Un hombre muy malo, uno de los más malos


que vivió en la Gilera

BEGA – ¿Qué vendrá a hacer Chúo Gil ahora? Más nadie


ha sabido de él en tantos años que es difícil comprender
por qué ha vuelto a un pueblo donde ya no le queda nada,
sino ese caserón en ruinas. Donde ya casi no lo conoce
nadie. Debía vivir desde hace mucho tiempo en el
extranjero. En Nueva York, o más lejos todavía, en
Chicago, o allá de donde a veces vienen unas cartas
arrugadas con un rey con corona en la estampilla. ¿Cómo
se llama eso, Lalla?

LALLA – Liverpool, Bega

MOCHA – Dígame Liverpool. Todas esas son tierras de


herejes, ningún cristiano tiene que ir a buscar nada allí.
BEGA – Él tenía buenas relaciones con comerciantes
extranjeros. Decían que había encontrado una mina y la
quería vender.

MOCHA – Una mina no, un entierro

LALLA – Si es Chúo Gil, debe ser viejo. Debe tener tu


edad, Bega.

BEGA – No soy tan vieja, Lalla. Soy menos vieja que tú.

LALLA – Pero tampoco eres joven. Chúo Gil era de tu


edad. Ya estaría muy viejo para casarse con una mujer
joven

BEGA – Se necesita poca vergüenza para que una mujer


joven y bonita se case con un viejo.

LALLA – ¿Qué edad tenías tú cuando te casaste?

BEGA – (Suspirando) dieciséis y ya me parecía que me


iba a quedar para vestir santos. Qué estúpida es uno
cuando niña.
LALLA – ¿Y qué edad tenía tu marido?

BEGA – Debía tener más de cuarenta. Era todo un


hombre. Que bigotes más bellos y cuidados

LALLA – Ves como tú también te casaste con un viejo, y


no te pareció que tenías poca vergüenza.

BEGA – No era un viejo, era un hombre de experiencia,


que es otra cosa.

LALLA – Chúo Gil debe de tener cerca de sesenta, era


menor que Totoño, y Totoño murió hace más de
veinticinco años y no era joven.

MOCHA – Mientras más viejo, más jóvenes les gustan.


Don Ramón Nonato se sacaba muchachitas de las
haciendas hasta antes de morirse, cuando estaba mascando
el agua.

BEGA – Mocha, no hables de esas cosas delante de Livia.

MOCHA – ¿Y usted cree que ella no sabe?


LALLA – Cállate, Mocha.

LIVIA – Si quiere me retiro, mamá Lalla

LALLA – No, quédate. No eres tú la que estorbas.

MOCHA – Los hombres que viven en el extranjero, se


conservan más. Se les pone la piel prensada y colorada
como una manzana. Dicen que es el frío el que hace bien.

BEGA – ¿Habrá tenido la desvergüenza de casarse con


una mujer joven, haciéndole creer que no es viejo?

LIVIA – Sería tonta esa mujer para dejarse engañar así.

LALLA – Todas las jóvenes son tontas

MOCHA – Y las extranjeras creen que aquí todo es oro y


que todos somos ricos.

LIVIA – Qué sabes tú


MOCHA – Si lo sé. María la italiana me contaba que en su
tierra decían que aquí un peón ganaba más que un caporal
allá y un caporal de aquí más que un maestro de allá, y un
maestro de aquí, más que un dueño de allá, y un dueño de
aquí más que un general de allá y un general de aquí…

LALLA – No sigas, Mocha, que nos vas a marear con tu


cháchara

MOCHA – Me callaré, pero es verdad que los extranjeros


nos creen muy ricos y son muy tontos, y por eso es fácil
engatusarlos.

LALLA – Parece mentira, pero yo sabía que iba a regresar


tarde o temprano

BEGA – ¿Pero regresar ahora viejo y casado con una


extranjera?

LALLA – ¿Y si no es su mujer?

LIVIA – ¿Qué quieres decir, mamá Lalla?


BEGA – Si no es su mujer, ¿Qué va a ser?

LALLA – Puede ser su querida. Es su querida. ¿Te


acuerdas, Bega?

BEGA – ¿De qué, Lalla?

LALLA – Chúo Gil no era hombre para casarse

BEGA – Verdad es

MOCHA – Creía que un hombre no debía amarrarse a una


mujer, sino estar como el gallo en el corral, dueño de todas
las gallinas.

LALLA – Esta es la última y la peor afrenta que podía


hacer ese loco, venir al pueblo con una bandida. Si aquí
hubiera dignidad no se hubiera atrevido a venir. Si hubiera
dignidad deberíamos echarlos inmediatamente

BEGA – ¡Lalla!
LALLA – Pero no pasará nada. No tenemos dignidad y
por eso nos pisotean. Se establecerá con su manceba, hará
alarde de mostrarse con ella en todas partes, y si tiene
dinero la gente empezará a saludarlos, a buscarlos y a
mezclarse con ellos. Muy pronto esa barragana, que sale
de Dios sabe dónde, estará más considerada en el pueblo
que ninguna señora

BEGA – Le harán regalos y convites. Yo no dudo nada

LIVIA – ¿Se atreverán a tanto?

LLLA – Se atreverán a todo, llenarán la casa de adornos y


de fiestas y las niñas empezarán a vestirse como ella.

BEGA – Mi hija, no. ¿Verdad, que tú no?

LIVIA – No, mamá

LALLA – Y los hombres se meterán en la casa,


abandonando sus mujeres, para buscar una sonrisa de esa
aventurera.
MOCHA – Para empezar, ya el niño Juancho se metió

LALLA – ¿De dónde has inventado eso?

MOCHA – Ya le dije esta mañana que lo había visto


entrar en la Gilera

LIVIA – Pero más nadie lo vio

MOCHA – Pero yo lo vi y es verdad

BEGA – ¿Será posible? Qué peligro tan grande

LALLA – Mi hijo es un hombre como los demás y puede


entrar en donde quiera, y no hay peligro para él. Si hay
peligro para alguien, será ese viejo de Chúo Gil.

LIVIA – ¿Qué quiere decir, mamá Lalla? ¿Crees que


Juancho se haya enamorado de esa extranjera? ¿No te da
miedo de lo que esa mujer le puede hacer?
LALLA – A mí no me da miedo, y mucho menos por mi
hijo que es un hombre y sabe lo que hace. ¿Por qué te da
miedo a ti? ¿Qué temes?

LIVIA – A mí no me importa, mamá Lalla. Es mi primo y


es natural que me preocupe por él. Nada más.

LALLA – Ojalá sea cierto que es eso y nada más

BEGA – La mujer joven con el hombre viejo es una gran


tentación

LALLA – ¿Y tú crees que Chúo Gil no lo sabe? ¿Y tú


crees que Chúo Gil no ha arreglado las cosas para traer y
aprovechar esa tentación? Ha traído esa mujer para
conseguir algo.

BEGA – ¿Crees que la ha traído para que los hombres se


enamoren de ella? No puede ser tan sucio.
LALLA – La ha traído para algo. Necesita algunas ayudas,
algunos favores, y trae esa mujer para conseguirlos. Ese ha
estado durante años preparando este golpe.

BEGA – Este va a ser el escándalo más grande del pueblo.

MOCHA – El escándalo más grande fue cuando Robertico


el seminarista ahorcó los hábitos y se sacó la hija de Don
Natalio y misia Carmen, ¿se acuerda misia Bega?

BEGA – Sí me acuerdo, mujer, pero esto es peor. Aquello


no le hizo mal sino a una familia, mientras que esto va a
hacerle mal a todo el pueblo. Cuántos hombres se van a
perder por la culpa de estos malvados.

(La Mocha se acerca a la celosía)

LALLA – Si lo que necesita son las tierras de los Charas,


buscará a los Charas. Los pondrá a rivalizar los unos con
los otros, para conseguir más del que dé más. Si lo que
necesita es dinero, invitará a don Gregorio y lo dejara solo
con la mujer, y don Gregorio que es tan duro se va a poner
blandito.

BEGA – Y hasta le ofrecerán asociarlos, para que así


tenga los dos intereses, el de la mujer y el del dinero.

LALLA – Y si necesitan apoyo de la autoridad, empezarán


las carantoñas con el Gobernador.

BEGA – Tienes razón, Lalla, ahora lo veo claro. Ese es un


plan diabólico que no se le podía ocurrir sino a un hombre
tan malo como Chúo Gil.

LIVIA – Y, ¿a Juancho para qué lo quieren? ¿Qué le van a


sacar a Juancho? Si no tiene nada que quitarle.

LALLA – (Con ira) No es mal parecido mi hijo. ¿O te


parece a ti que lo es?

LIVIA – No es por eso que lo digo, mamá Lalla, lo digo


por decir algo.
LALLA – Pues no digas tonterías, que no sabes por dónde
pueden reventar. Mi hijo es un hombre joven, está
empezando a vivir y le conviene sacudirse. Hacerse al
mundo, a las mujeres y a las luchas. Tiempo tendrá
después para asentarse y casarse con la mujer que le
convenga. Ahora no. Ahora está en el tiempo de
aprovechar y gozar.

MOCHA – (Que ha vuelto a la celosía) Está como el gallo


en el corral de las gallinas. Esa es la bendición de los
hombres y el orgullo de las madres de varones. Las que
tienen sus gallinas que las recojan y escondan, antes de
que sea tarde.

LALLA – Todo el pueblo es patio para él, y no soy yo


quien le va a amarrar una pata a una estaca.

BEGA – Así son los hombres, Lalla, y eso es lo primero


que deberíamos aprender las mujeres

MOCHA – Yo lo vi entrar esta mañana en la Gilera. Iba


caminando con el pecho sacado como un sabanero de los
toros del viento. Hubiera dado lo que no tengo por ver por
un agujerito la cara que pondría la mujer esa cuando lo
vio.

LIVIA – Esas mujeres no andan buscando los hombres


que son como Juancho

LALLA – No necesitan andarlos buscando, los hombres


como Juancho se presentan y desbaratan los planes de los
otros.

BEGA – Si le va a desbaratar los planes, no le va a gustar


mucho a Chúo Gil. No ha traído esa mujer desde tan lejos
para echársela a Juancho, a quién no le va a sacar nada.

LALLA – Pues le desbaratará los planes a Chúo Gil, la


mujer se enamorará de Juancho y no querrá ver a más
nadie

LIVIA – Pero, mamá Lalla, ¿no le da a usted horror que le


pueda pasar eso a su hijo?
BEGA – Cualquiera creería que quieres que se pierda con
esa mujer. ¿Te das cuenta de todo lo que puede pasar?

LIVIA – No debería usted desear eso, mamá Lalla. Dios la


puede castigar

LALLA – Cállate ¿Quién eres tú para opinar sobre mi hijo


o sobre lo que yo diga? Mi hijo no se va a perder ni por
esa, ni por ninguna mujer. Es hombre sobrado para zafarse
sin peligro. Los que se pierden son otros, los tontos, los
blandos, los que se casan con las leche en los labios, con
una prima recogida, dentro de una casa, sin ver el mundo,
los que se dejan dominar por las mujeres. Juancho es
altanero y libre y tiene la mano dura. ¿Sabes lo que va a
hacer Juancho?

LIVIA – (Temerosa) No, mamá Lalla

BEGA – (Intercediendo) No te violentes, Lalla

LALLA – No me violento. ¿Sabes lo que va a hacer


Juancho con esa mujer? Se la va a quitar a Chúo Gil
BEGA – ¿Te parece bueno que todo el pueblo lo vea con
esa extranjera, sirviendo de escándalo?

LALLA – Me parece bueno

BEGA – No parece cosas tuyas, Lalla. ¿Cómo puedes


decir semejante horror?

LALLA – Lo digo, y no es horror. Esa mujer se enamorará


de Juancho.

BEGA – Y perderás a tu hijo

LALLA – No lo perderé, la que se perderá será ella. O


mejor, serán ella y Chúo Gil.

BEGA – ¿Por qué?

LALLA – Porque la mujer se enamorará de Juancho, y


Chúo Gil no podrá realizar sus planes.
LIVIA – Se va a perder él. Eso es lo que va a ocurrir. Se
va a perder y es usted la primera que lo va a perder, mamá
Lalla.

(Se oye ruido en la ventana. Se acerca la Mocha)

MOCHA – Es Anito

LALLA – ¿Qué traes Anito?

ANITO – Misia Lalla, ya lo averigüé. No es Chúo Gil. Es


un extranjero que acaba de llegar. Es un extranjero y la
mujer es su hija.

(Silencio. Todas se miran a las caras)

LALLA – No sirves para nada, Anito, ni para averiguar


una tontería. No es un extranjero, es Chúo Gil. Averigua
bien y verás que tengo la razón. Es Chúo Gil que ha vuelto
al pueblo a lograr lo que no había logrado. Yo lo sé. Yo lo
sabía hace tiempo.

(Sale Lalla)
LIVIA – Qué rara se ha puesto, es como si esta noticia la
tocara muy directamente. ¿Qué le pasa a mamá Lalla?

BEGA – (Sigilosamente) Ten discreción, niña. No se le


puede nombrar ese hombre a Lalla. Fue su novio y la dejó
plantada cuando se fue.

LIVIA – ¿Eso fue antes de conocer a mi tío?

(Salen ambas)

MOCHA – Antes de conocer a su tío. Y las gentes dicen


que se casó con su tío por despecho. Y a pesar de todo, lo
que más le gusta en Juancho, es que Juancho haga cosas
que recuerden las de Chúo Gil.

(Con las palabras finales sale lentamente la Mocha


arrastrando las telas de tejer)
CUARTO TIEMPO

La noche del segundo día. Entra Juancho en la penumbra


cautelosamente. Livia lo aguarda semioculta

LIVIA – Juancho

JUANCHO – (Con sobresalto) ¿Qué haces tú aquí?

LIVIA – Necesito hablarte. En el día no puedo porque casi


no paras en la casa y además apenas me diriges la palabra.
He tenido que estar aquí esperándote, escondida, mientras
la noche se iba haciendo más callada y más grande en el
pueblo.

JUANCHO – ¿Estás loca? Cómo se te ocurre esperarme


aquí a estas horas. Si nos oye mamá y se levanta. ¿Te das
cuenta de lo que pasaría?

LIVIA – Tengo que hablarte y no puedo hacerlo de otra


manera. ¿Qué quieres que haga?
JUANCHO – Livia, vete a tu cuarto a dormir y déjame en
paz

LIVIA – Tan fácil que te resulta ahora decirme: “vete a tu


cuarto a dormir y déjame en paz”. Te estorbo, te canso,
pero antes eras tú quien me suplicaba que dejara abierta la
puerta para meterte de noche en la alcoba. Esa es mi gran
culpa, haberte oído, haberte hecho caso, haberte querido.

JUANCHO – ¿Qué quieres? Quieres que se amotine la


casa y que mamá y tía Bega salgan y se enteren de todo. Si
eso es lo que quieres, no me importa, estoy dispuesto a
complacerte. ¿Quieres que llame?

LIVIA – No quiero nada. Menos quiero escándalos. Si no


quieres oírme y hablarme me iré y te dejaré en paz. Puedes
estar seguro de que no te molestaré más.

JUANCHO – (Con impertinencia) Está bien, te oiré.


Habla.
LIVIA – Desde ayer, que llegaron, has estado
constantemente metido con esa gente en la Gilera. Ya casi
no estás en esta casa. ¿Qué es lo que tanto te interesa allí?

JUANCHO – Son gente simpática. Los ayudo en lo que


puedo, y además, no soy yo, son ellos los que no me dejan
irme y me están llamando y reteniendo constantemente

LIVIA – ¿El hombre o la mujer?

JUANCHO – Los dos. Les gusta hablar conmigo. Son


extranjeros pero hablan perfectamente nuestra lengua y
preguntan mucho. Están todo el tiempo preguntando cosas
del pueblo. Todo les parece raro y curioso

LIVIA – ¿No tiene celos ese hombre de que esa mujer se


interesa tanto por ti?

JUANCHO – ¿Por qué va a tener celos? Además es su


hija.

LIVIA – Tú también te has tragado eso de que es su hija


JUANCHO – No me he tragado nada. Es un señor
extranjero con su hija, eso es todo. Y conversan conmigo.
Y además, a mí me gusta conversar con ellos.

LIVIA – ¿Con ella?

JUANCHO – Con ellos. Son gente con las que se puede


hablar largo rato. Saben muchas cosas, conocen mundo y
saben hablar de un modo que no cansa.

LIVIA – ¿De qué te habla ella?

JUANCHO – Te he dicho ya que de muchas cosas

LIVIA – Te hablará seguramente mal de este pueblo y de


la gente sin interés que aquí vive

JUANCHO – Te equivocas. Les gusta el pueblo, lo


encuentran bonito y pintoresco. Esta tarde me dijo ella que
había empezado a comprender que debía haber cierto
encanto en pasar la vida en un lugar tan bello y tranquilo
como éste.
LIVIA – ¿Contigo o con el hombre que la trajo?

JUANCHO – No me dijo nada de eso, y si me lo hubiera


dicho yo tampoco te lo contaría a ti.

LIVIA – Juancho, ese hombre no es un extranjero, ni esa


mujer es su hija.

JUANCHO – ¿No? ¿Quiénes son entonces?

LIVIA – Él es Chúo Gil, que después de muchos años


vuelve al pueblo con malos propósitos y ella es su querida.

JUANCHO – (Interrumpiéndola) Sabes mucho más que


yo, entonces, ¿qué otro disparate me quieres decir?

LIVIA – Han venido a engañar y tú has sido el primer


engañado

JUANCHO – Solamente a ti se te puede ocurrir semejante


absurdo. Ese señor ni es ningún Gil, ni nunca ha tenido
nada que ver con este pueblo, y ella es su hija, y además,
pronto se irán de aquí.
LIVIA – Te digo que es Chúo Gil

JUANCHO – ¿Lo conoces tú? ¿Lo has visto? ¿Has


hablado con él?

LIVIA – Lo conoce mamá Lalla.

JUANCHO – Que tienes que meter a mi madre en esto

LIVIA – ¿Puedes dudar de que tu madre conoce a Chúo


Gil?

JUANCHO – ¿Qué tiene que ver mi madre con esto?

LIVIA – Ella sabe que es Chúo Gil. El no la puede


engañar. Te puede engañar a ti y a los demás, pero no a
ella.

JUANCHO – ¿Qué quieres insinuar?

LIVIA – Hace más de veinte años Chúo Gil se fue de este


pueblo y dejó plantada a tu madre. Ella lo quería como yo
te quiero a ti, y él se portó con ella como tú te estás
portando conmigo

JUANCHO – No te compares con mi madre. ¿Qué tiene


ella que ver con ese hombre?

LIVIA – Lo mismo que tengo yo que ver contigo

JUANCHO – Te atreves a decir que mi madre no fue una


mujer honrada

LIVIA – Eres tú el que te atreves a decir que yo no soy


una mujer honrada

JUANCHO – No sigas hablando de mi madre

LIVIA – Ella quiso a ese hombre como yo te he querido a


ti. Y por eso la pudo engañar como tú me quieres engañar
a mí. ¿No me has engañado a mí?. El no la quiso y tú
tampoco me quisiste. No hiciste sino engañarme con tus
mentiras, para que te dejara entrar por la noche en mi
cuarto. Si tú pudieras saber lo que eso fue para mí, darme
a ti escondida, esperando que a cada momento alguien nos
iba a sorprender como dos ladrones. Pero eras tú quien lo
quería, quien me obligaba a aceptarlo. Ya no quiero ni
recordar las cosas que decías

(Juancho guarda silencio)

LIVIA – Decías, Juancho, acuérdate: “tienes que darme la


verdadera prueba de que me quieres. No con palabras, no
con miradas, sino con hechos valientes”. Decías. “Si eres
mía, no esperes más y date a mí”. Y yo te oía temblando.
Pensaba que un día me entregaría a ti, pero sin ocultarme.
Mi mano en tu mano, diciendo delante de la gente
y delante de Dios: “Este es mi hombre y a él me doy por la
vida”. Pero tú lo que querías era otra cosa, entrar como un
hurón en la noche en mi alcoba, para convertir el acto más
pleno de la vida humana en un crimen. Hacer conmigo lo
que Chúo Gil hizo con tu madre.

JUANCHO – (Se acerca violentamente a Livia y la coge


con furia de los brazos) No ofendas a mi madre
comparándola contigo. Ella no es así. Ella no ha sido
nunca así.

LIVIA – (Tratando de soltarse) Suéltame, que me haces


daño. Suéltame.

JUANCHO – (Soltándola)! Atrevida! He debido romperte


la boca

LIVIA – Yo no conocía a ese Chúo Gil que detesta tu


madre, pero él debe ser como tú.

JUANCHO – No te quiero. Nunca creí que hubiera tanta


maldad en ti.

LIVIA – Ahora, de repente, siento el pudor de estar ante


un desconocido. Un hombre al que no conozco, al que no
quiero conocer. Yo estaba aquí esperando ansiosamente al
hombre que quería y en lugar de él ha entrado una bestia
cruel. El hombre que yo quería era distinto. Era rudo, pero
bueno, brusco pero noble, violento pero tierno, pero este
repulsivo desconocido, que está ahora delante de mí
escupiendo injurias, no me inspira sino horror. ¿Qué me
importa Chúo Gil, ni la mujer que trajo? Ni el extranjero
ni su hija. Lo que me importaba era otra cosa. Estaba
esperando al hombre que quería para decirle a él lo que no
podía decirle sino a él

JUANCHO – (Sorprendido) ¡Para que me esperabas,


entonces?

LIVIA – Ahora no tengo a nadie a quien decírselo

JUANCHO – ¿Qué me quieres decir, Livia? (Pausa)

LIVIA – No importa que lo sepas. Se lo puedo decir a un


desconocido puesto que algún día todos los desconocidos
lo van a saber. Un día todos van a poder decir “Livia tuvo
un hijo” “El hijo de Livia no tiene padre” (Sale
sollozando)
QUINTO TIEMPO

La noche del tercer día. Penumbras. Aparece la Mocha


dormida en una mecedora.

MOCHA- (Hablando como en sueños)¿Por qué me han


traído a la Gilera? ¿Qué hago yo en esta casa
endiablada donde no quería entrar? Allí viene el espanto
de don José Victorio arrastrando una cadena de oro
tan grande como su avaricia. Don José Victorio, por la
vida suya, yo no busco su entierro. Yo no entré aquí para
buscarlo. Allá viene la niña Luz. La gran cola de su traje
de novia parece el camino de harina que camina la luna
llena. Yo no he venido a buscar los pasteles de la boda, ni
los caramelos, ni el carato. La niña de Luz camina con su
traje, que no cabía en la urna, ni en la casa, ni en la calle.
Yo no quiero sabe si te envenenaste, niña Luz. Yo no
quiero averiguar las vidas ajenas. Y allí está también don
Ataurico, ante la puerta del cuarto en que murió su hijo.
No quiere dejar entrar a nadie. Yo no voy a entrar, don
Ataurico. Yo no he querido entrar aquí. Yo lo que quiero
es irme. Allí está como un árbol frente a la puerta. Como
un árbol sin hojas frente a la puerta del cuarto donde su
hijo se muere de mengua. Yo no quiero entrar, don
Ataurico. ¿Quién soy yo para querer entrar? Yo no soy
sino la pobre Mocha, una pobre mujer que no tiene sino
los ojos para llorar y la boca para lamentarse. ¿Por qué me
mira de esa manera, don Pedro Mártir? Yo no he dicho
nada de que usted abusó de su sobrina. No he dicho que
ella pariera murciélagos. Yo no los he visto. Yo no puedo
decirlo. ¿Quién soltó todos estos muertos de la Gilera
sobre el pueblo, Dios mío? ¿Quién echó esta maldición
para que los muertos salieran a perseguirnos y no dejarnos
en paz?. Si es Anito el pavoso, el que toca la puerta, no
hay que abrirle. Yo sé que estás ahí, agazapado detrás de
la celosía, echando por tus ojos turbios esa agua de la mala
sombra que tuerce y marchita todo. Yo sé que estás ahí,
pero no te abriré. Le diré a don José Victorio que te
amarre con su cadena de oro y te lleve. Te pasará dos
vueltas por el pescuezo y sacarás la lengua tan larga y tan
gruesa que parecerá la lengua de un novillo muerto,
colgada del gancho de la pesa.

(Aparece la sombra de misia Lalla)

LALLA – ¿Quienes son todos estos que llenan la noche?.

MOCHA – Son los muertos de la Gilera que se han


soltado sobre el pueblo y quieren acabar con nosotros. ¿No
ve, misia Lalla, no ve a don Ataurico, parado en la puerta
cerrada del cuarto de su hijo, que la señala con la mano
como amenazándola?

LALLA – ¿Por qué me amenaza con Ataurico Gil? No, no


es verdad. No soy yo la que tengo encerrado a su hijo en el
cuarto y la que lo ha puesto a él frente a la puerta sin poder
moverse. ¿Qué dice, Mocha, que no oigo?

MOCHA – El que habla no es él. Es aquel otro que va


allá. ¿No lo ve? Es don Pedro Mártir apersogado con su
sobrina.
LALLA – No lo veo. No oigo. ¿Qué dice don Pedro
Mártir Gil?

MOCHA – Oiga, misia Lalla. Dice que es usted quien lo


tiene apersogado a su sobrina. Que cada vez que usted
habla y lo nombra el lazo que los une se aprieta más y no
le deja salir sino un hilo de respiro. Se está acercando a
usted.

LALLA – (Se repliega con miedo) Deténlo. No dejes que


me alcance, Pedro Mártir, no soy yo quien te amarra. Eres
tú quien te amarraste en vida. No soy yo quien te puede
soltar.

MOCHA – Don José Victorio dice que entre el pueblo de


los vivos y el pueblo de los muertos, hay otro pueblo
donde los muertos y lo vivos se reúnen sin verse. Y donde
nacen otros amores y otros odios y otros crímenes que no
terminan. Que en ese pueblo de entre los muertos y los
vivos ha cometido usted más crímenes que los que ha
cometido en el pueblo de los vivos. Que van a vengarse de
usted, misia Lalla. Que ellos llevan la cuenta de todos los
niños muertos sin nacer que usted ha matado, de todas las
que usted ha hecho viudas antes de casarse, de todas las
mujeres a quienes usted ha arrebatado sus maridos sin
atreverse a acostarse con ellos. Él dice…

LALLA – (Interrumpiéndola) Cállate, Mocha. Todo esto


no son los muertos que vienen al pueblo, sino el plan de
Chúo Gil para acabar con el pueblo. Él es el que ha vuelto.
Él es el que ha soltado sus odios y sus muertos, como
perros para acabar con nosotros. Él es el que ha venido
y sabe que yo lo he reconocido y lo he descubierto. No me
va a vencer con sus muertos ni con sus vivos. Tú eres el
que estás detrás de todo esto, Chúo Gil, y te conozco.

MOCHA – Don José Victorio dice que usted los


atormenta, misia Lalla, porque tiene celos de Chúo Gil.
Que usted tiene hambre y sed del hombre que se le fue.
Que usted esta llena de Chúo Gil sin haberlo tenido y lo
busca y lo tortura y lo persigue en los recuerdos de todos.
Que usted se turba cuando lo oye nombrar y se enardece y
se enciende y le sube arriba toda la sangre mala que le
brotó cuando él se fue sin decirle nada y la dejó esperando.

(Aparece Livia)

LIVIA: Todo está lleno de flores para anunciar el


nacimiento del niño. Todas estas amables personas han
venido a traer sus congratulaciones y sus parabienes. El
niño estará dormido en una cuna azul en medio del cuarto.
Todo el pueblo va a venir y todos dirán “No se ha visto un
niño más bello. Va a ser un hombre bueno y recto”. Todos
van a querer saber su nombre, pero yo no se los voy a
decir. Yo les voy a decir: “Es mi hijo, ¿Qué más quieren
saber?” Es mi hijo y no tiene nombre. Tampoco tiene
padre”. Si mi hijo no tiene padre, ¿a quien se irá a parecer?
¿Y de quién podrá conocer el camino de ser hombre?
Tendrá que quedarse para siempre en esa cuna que flota en
el aire y que nadie ve. Que nadie podrá ver. Que no podré
dejar ver de nadie.

(Aparece Bega)
BEGA: ¿Con quién hablas, hija? Veo tanta gente como si
se celebrara una boda o un nacimiento.

LIVIA – No, mamá, no habrá boda y tampoco habrá


nacimiento.

BEGA – ¿Y eso que se divisa allí en el medio, no es la


cuna de un niño?

LIVIA – No, te engañas. No se ve nada.

BEGA – ¿No ves esa cuna allí en el medio, Lalla?

LALLA – Veo muchas caras y muchas gentes pero no veo


la cuna.

LIVIA – No hay cuna, te engañas. No la va a haber. No la


podrá haber.

BEGA – Será entonces un catafalco que han levantado


para una misa de difuntos
MOCHA – Es muy pequeño para ser un catafalco. Y
demás, no es negro.

LALLA – No veo nada de lo que dices. Veo en cambio


otras cosas que tú no ves, pero no veo tampoco a Chúo
Gil, que es el que ha traído todo esto para torturarnos y
perdernos

(Aparece Juancho)

JUANCHO – ¿Para qué se han reunido todos aquí? ¿Para


acusarme? ¿Para obligarme a que me case contigo, Livia?
No me casaré. No me quedaré. No podrás hacer nada,
Livia, para obligarme a quedarme contigo. No creo en tu
niño. Ese niño me lo quieres poner como un grillete en los
pies, para que no pueda moverme, para que no pueda salir.
No me lo vas a poner. Voy a salir, voy a irme. Ya tú no me
puedes dar nada. Ella, en cambio, tiene todo lo que yo
deseo, lo que yo necesito. Puedes reunirlos a todos, los
muertos y los vivos, y no me detendrán. Ya no tengo nada
que hacer aquí. Ya no estoy aquí. Ya soy de ella y estoy
con ella en otra parte. ¿Me oyes Livia? ¿Me oyes, tía
Bega? ¿Me oyes, mamá?

LALLA – Te oigo y te miro. Y miro como todos tiemblan


al oírte. Eres tú el que va a salvarnos. Eres tú el que va a
hacer lo que hay que hacer. Eres tú el que va a
desbaratarlos y a vengarnos

JUANCHO – Allí está esperándome. La veo. Me llama.


Me voy con ella, porque no podría vivir sin ella. (Sale)

MOCHA – (Grita como despertando de una pesadilla)


¿Para dónde se ha ido el niño Juancho? ¿Para dónde se lo
han llevado todos los muertos y los vivos de la Gilera?
¿Dónde nos vamos a esconder para que no nos alcancen?
Vamos a rezar la oración del Justo Juez; y la del Ánima
Sola; y la de la Noche de Difuntos, y la del Santo Diácono,
y la del Niño Mártir; y la de la Medalla Milagrosa, y la del
Bendito Tránsito, y la de los Arcángeles Servidores, y la
del Conjuro de San Zacarías… (Mientras habla se va
quedando a oscuras la escena.)
SEXTO TIEMPO

La mañana del cuarto día. Juancho entra de la calle,


inquieto y apresurado. Cierra la puerta y se asoma a la
celosía con avidez. No ha notado a su madre, que está en
un sillón.

LALLA – ¿Qué quieres ver que acabas de entrar de la


calle y te pegas de la celosía para mirar?

JUANCHO – (Sorprendido) ¿Tú estabas aquí? No te vi al


entrar.

LALLA – ¿Qué miras con tanto interés, hijo?

JUANCHO – (Turbado) Nada, mamá, la calle. Me asomé


un momento sin saber por qué

LALLA – ¿Por qué mirabas del lado de la Gilera?

JUANCHO – No sé. Me asomé sin darme cuenta. A veces


uno está como distraído.
LALLA – No estás distraído, Juancho. Estás, por el
contrario, muy interesado en algo. Miras por esa ventana
como si buscaras a alguien que no puedes dejar de ver ni
un momento.

JUANCHO – (Cansadamente) Tal vez.

LALLA – ¿Vienes de la Gilera?

JUANCHO – Sí

LALLA – ¿Qué hacías allí?

JUANCHO – Conversar

LALLA – ¿Con quiénes?

JUANCHO – Con ellos

LALLA – Todo el día estás en esa casa. No sales de ella.


Mañana y tarde estás metido allí

JUANCHO – A veces, nada más


LALLA – Todo el tiempo. Ya no vas a ninguna otra parte.
¿De qué hablas tanto con ellos?

JUANCHO – Él es un hombre muy interesante, un


extranjero que ha viajado mucho y que sabe muchas cosas.
Se pone uno a oírlo hablar y se le pasan las horas sin darse
cuenta. Ha estado en todas las grandes ciudades. Ha
navegado en los trasatlánticos alrededor del mundo. Ha
atravesado los continentes en los grandes aviones de línea.
Ha vivido en Alemania, en África del Sur, en Bélgica, en
las Filipinas, en Nueva York. Habla de enormes
cantidades de dinero, de un modo curioso, como sin darle
importancia.

LALLA – ¿Y ella?

JUANCHO – (Turbado) ¿Ella? Es su hija.

LALLA – ¿Cómo lo sabes?

JUANCHO – (Con disgusto) Pues, porque me lo ha dicho.


LALLA – ¿Te gusta esa mujer?

JUANCHO – Es bonita y es distinta. No se parece a nadie.


Ni su voz, ni su manera de hablar, ni su modo de caminar,
ni su manera de vestirse, ni de sentarse, ni sus trajes, se
parecen a nada, ni a nadie que yo haya conocido.

LALLA – ¿No te ha dicho quien es su madre?

JUANCHO – Su madre ha muerto, hace mucho tiempo, y


ella acompaña a su padre a todas partes.

LALLA – ¿Te parece que se tratan como padre e hija?

JUANCHO – De qué otro modo se podrían tratar?

LALLA – Como hombre y mujer

JUANCHO – ¿Qué dices? No puede ser. Él es su padre

LALLA – Te engañas y te engañan, no es su hija, es su


querida. Es una mujer que trae para engañar incautos.
JUANCHO – Estás loca. ¿Para qué tendrían que fingir
todo eso? ¿Para engañarme a mí?

LALLA – Tal vez a ti, no, pero sí a otros a quienes les


interesa engañar

JUANCHO – Estas absolutamente equivocada

LALLA – Sé la verdad y te la digo. Ese hombre no es


ningún extranjero, es Chúo Gil que ha vuelto después de
muchos años, con una manceba, para conseguir algo aquí,
en este pueblo que nunca quiso, y que será, seguramente,
el mal de todos.

JUANCHO – Te digo que es un extranjero

LALLA – Tiene tantos años viviendo en el extranjero que


no le es difícil hacerse pasar por un extranjero.

JUANCHO – ¿Y qué interés tendría en venir aquí con toda


esa conspiración que tú imaginas?

LALLA – Conseguir algo que le interesa y nada más


JUANCHO – Te voy a probar que te equivocas. No vino
aquí sino a hacer una fijación astronómica para un estudio,
y ya ha terminado. No se va a quedar en el pueblo.

LALLA – Es Chúo Gil y te sigue engañando

JUANCHO – Se van a ir muy pronto. Y les doy la razón

LALLA – ¿Cómo que les das la razón? ¿Qué quieres decir


con eso?

JUANCHO – Que se van a ir de este espantoso pueblo,


donde no pasa nada, donde la gente día tras día madura
como los mangos en su rama, para caer al final en el hueco
del cementerio. Donde todos están fastidiados de todos.
Donde nunca ha habido una noche que no sea igual a las
otras, ni un día que no sea igual a los otros. Ellos, en
cambio, pertenecen a un mundo distinto. Al mundo
verdadero. Se van a ir para otros lugares, para otros seres,
donde van a encontrar a las gentes que valen y que
significan, las gentes que tienen vidas interesantes y
variadas. Los poderosos, los ricos, los sabios, los artistas y
las mujeres más hermosas y libres que no tienen temor de
los hombres, ni de la vida. Para encontrar a ese mundo,
hay que salir de este pueblo.

LALLA – Todas esas eran las ideas de Chúo Gil. Era lo


mismo que él decía hace muchos años cuando todavía
vivía en el pueblo. Es él quien te las ha metido.

JUANCHO – No es él, ni es nadie, es que todo el que no


quiere vegetar y morir como una raíz metida en una grieta
del suelo, tiene que asomarse un día a ese otro mundo
verdadero, que parece vislumbrar y oler desde lejos. Ya yo
me he asomado a ese mundo y no puedo resignarme a
vivir en éste.

LALLA – Este es tu verdadero mundo, Juancho. Esta es tu


casa. Esta es tu gente. Y con nosotros debes salvarte o
perderte.

JUANCHO – Perderme, querrás decir tú. Perder mi vida


en esta cueva, como la has perdido tú, como la ha perdido
mamá Bega. Como la han perdido todos.
LALLA – Esto te lo ha metido en la cabeza Chúo Gil. Me
parece oírlo. Estás hablando como él. Lo mismo que si
fueras él. ¿Te parece que la vida de Chúo Gil ha sido
mejor que la nuestra? ¿Te parece que rodar por el mundo
como una piedra sin nombre, dando tumbos, es una vida
envidiable? ¿Te parece que regresar a su pueblo, viejo y
desconocido, con una manceba escandalosa, para cometer
un último engaño, es la coronación de una vida deseable?

JUANCHO – ¿Qué tiene eso que ver con lo que estoy


hablando? ¿Qué tiene que ver ese Chúo Gil de los
demonios, que tienes metido en la cabeza, con estas
gentes, que han sido tan buenas conmigo?

LALLA – ¿Han sido buenas contigo?

JUANCHO – Mucho y muy amables. Si vieras las largas


conversaciones que tenemos. El padre y la hija me tratan
como un señor y se interesan por mí. Ellos dicen que yo
podría servir para muchas cosas, que tengo condiciones
para abrirme paso en otro medio, y que sería una lástima
que me quedara metido aquí para el resto de mi vida.

LALLA – Ellos dicen eso. Son amables. ¿Verdad?. Te


engañan y juegan contigo y tienes la tontería suficiente
para que te sigan pareciendo buenos.

JUANCHO – Se interesan por mí. ¿Qué tengo yo para que


se interesen por mí?. El señor quiere ayudarme, dice que
podría conseguirme colocación con sus asociados, que
podría irme con ellos, que tendrían mucho gusto en
llevarme en su compañía. Ella dice que, en poco tiempo yo
podría tener mucho éxito. Ella dice que para un hombre
joven como yo hay ahora magníficas oportunidades. Ella
dice que no debo dejar perder esta ocasión. Ella me ha
dicho…

LALLA – Ella te ha dicho todas las tonterías que se le


dicen a un tonto para engañarlo fácilmente… por que eres
un tonto. Ahora lo veo claro y me convenzo.

JUANCHO – ¿Por qué me dices eso?


LALLA – Te lo voy a decir. Tú eras el hombre de esta
casa. Tú eras el hombre de todas las mujeres de esta casa.
Yo te parí y te crié con un orgullo que no puedes imaginar.
Todos los que habían sido los hombres de la casa no eran
ya sino recuerdos. Murió tu padre, murieron tus tíos. Vino
Bega, viuda, a arrimarse con su hija. Tú eras el único
tronco de árbol que iba a crecer en la tierra abandonada de
esta casa. Tu ibas a recoger todo lo de ellos, a hacer todo
lo de ellos, a completar y mejorar todo lo que ellos fueron
y empezaron. Todo lo que en ti señalaba al hombre me
entusiasmaba y cegaba aunque fuera bárbaro, o brutal.
Cualquier delicadeza que te viera me parecía que te
frustraba. Quería que tuvieras servidores, pero no quería
que sirvieras. Quería que tuvieras mujeres, pero no quería
que te enamoraras. Me gustaba verte golpear y maltratar a
los demás, por que así era todo lo que yo soñaba que
fueras y que yo no podía ser, ni nadie en esta casa sin
hombre. El hombre de esta casa y el hombre de este
pueblo que se ha quedado sin hombre. Cuando volvió
Chúo Gil a la Gilera…
JUANCHO – Te digo que no es ningún Chúo Gil.

LALLA – Cuando volvió Chúo Gil a la Gilera, yo sentí


miedo por el pueblo, porque sentía miedo por ti. Era uno
malo que había vuelto a hacer maldades y era el momento
de tu prueba. El momento que yo tanto había esperado y
temido.

JUANCHO – De modo que si fuera ese Chúo Gil que


dices, mi deber consistía en buscarlo y matarlo, como un
gallo que se mata con el otro en la gallera, porque su
destino es matar al otro.

LALLA – Tú deber era no tener hombre por encima de ti.


Cuando llegó Chúo Gil con su manceba, pensé que venía
un gran peligro. Iba a realizar al fin su ambición de
dominio. Íbamos a tener a los Gil encima. Pero pensé que
tú eras el que le desbarataría sus planes. La mujer que traía
como una culebra armada para abrirle el camino, iba a
perderla. Se la ibas a arrebatar tú. Pero no ha sido así.
Estaba yo engañada. No eres tú quien lo ha vencido, sino,
por el contrario, el primero que ha caído en sus manos. Es
Chúo Gil quien te ha vencido, quien te ha tomado
prisionero, quien te ha puesto bajo su voluntad y a su
merced. Ha sido Chúo Gil quien me deshizo el hombre
que yo había hecho.

JUANCHO – Te digo que no es Chúo Gil, ni le importa un


bledo, es un extranjero que ha venido de paso y que se va,
y que se ha interesado por mí. Y si fuera tu Chúo Gil,
vamos a admitirlo, tampoco tendría yo ningún reparo en
mirarlo como un amigo que se interesa por mí. No eres tú
quien se interesa por mí como hombre, son ellos los que
me miran como un ser humano. Por ti me quedaría como
un chivato cerril encerrado en su corral, balando y
escarbando. Son ellos los que me consideran como un
hombre.

LALLA – Estás perdido. Te han perdido. Todo el odio y el


horror que he tenido en la sangre por esa casa y por esa
gente, me estaba dando como anuncio de esta gran
desgracia que hoy me llega. Ver a mi hijo desecho y
dominado. Vencido y dominado. Vencido y dominado por
ellos

JUANCHO – No estoy vencido por nadie. Hago lo que


quiero. Y lo que quiero no es otra cosa que vivir. Quien
me quiere dominar eres tú, quien me quiere vencer eres tú,
quien me quiere hacer un juguete de tus odios, de tus
caprichos, de tus delirios, eres tú y más nadie. Yo lo que
quiero es vivir verdaderamente. Salirme de este medio
estrecho. Ser un hombre que signifique algo. Ver el
mundo. Ganarme un lugar en el mundo. Y son ellos los
que quieren ayudarme a lograrlo.

LALLA – Estás engañado, no sabes lo que dices ni lo que


haces. Tu sitio está aquí. Es aquí donde debes llenar tu
vida.

JUANCHO – No. No es cierto. A través de ellos me he


dado cuenta de que el mundo es otra cosa de lo que aquí
había conocido. Es algo mucho más rico y refinado y
variado y bello y grato y deslumbrador que lo que hasta
ahora he visto y conocido. Una mujer como ella es otra
cosa distinta de las mujeres que hasta ahora he visto. Un
hombre como él no se parece a los hombres del pueblo.
Son otra cosa, mejor y más deseable.

LALLA – Chúo Gil y su mujer te han metido eso en la


cabeza.

JUANCHO – Ahora que sé que existe eso otro, quiero


conocerlo, y alcanzarlo. Me sentiría infeliz si tuviera que
quedarme aquí para siempre, entre todas estas gentes que
para mí no tienen ningún misterio, ni ninguna esperanza.

LALLA – Eres Chúo Gil, en persona, hablando. Es él


quien habla. Es horrible.

JUANCHO – Horrible es quedarse aquí clavado, a


podrirse. Yo quiero conocer el mundo, salir y ser un
hombre en el mundo.

LALLA – Es Chúo Gil el que habla por tu boca.


(Entra la Mocha atraída por las voces)

MOCHA – Benditas ánimas, ¿Qué pasa?

LALLA – Es Chúo Gil que nos odia, que quiere acabar


con nosotros, que ha venido a revolverlo y a destruirlo
todo y ha acabado con mi hijo y está ahora aquí diciendo
las mismas cosas horribles que dijo y que hizo cuando de
joven el pueblo tuvo la desgracia de albergarlo

MOCHA – Es Juancho, misia Lalla.

LALLA – No, es Chúo Gil. Es el espíritu de Chúo Gil, es


el habla de Chúo Gil, no es mi hijo, es él que se ha
atrevido a llegar hasta aquí

JUANCHO – Váyase, Mocha, y déjeme hablar con mi


madre.

LALLA – No se vaya. Quiero que vea, para que luego no


diga que es mentira, y que yo lo invento, cómo está
endemoniado por el espíritu de Chúo Gil; cómo es Chúo
Gil el que habla por su boca. ¿No es cierto que dices que
en este pueblo no se vive?.

JUANCHO – Sí lo digo y lo seguiré diciendo.

LALLA – ¿No es verdad que te parecería horrible pasarte


la vida entera entre las gentes que te han formado?

JUANCHO – Si me parece horrible. No quiero seguir


encerrado aquí. Esto ya no es vida para mí.

LALLA – ¿Lo oyes, Mocha? Es Chúo Gil el que habla.


Cuando supe que había vuelto al pueblo sabía que una
gran desgracia iba a ocurrir, pero esta es más grande que
todas las que podía yo esperar. Me ha quitado mi hijo. Lo
tiene apersogado a esa mujer.

MOCHA – Apersogado, como Don Pedro Mártir Gil


estuvo apersogado a su sobrina.

LALLA – Ya no es mi hijo, es otro hombre que se ha


parado frente a la puerta de la casa para no dejar que mi
hijo entre y que yo lo vea. Es un hombre parado entre
nosotros.

MOCHA – Parado, como Don Ataurico Gil en la puerta


del cuarto de su hijo agonizante para no dejar entrar a
nadie a socorrerlo.

LALLA – Ya no puedo socorrerlo, ni salvarlo, ya está


atado a ellos, pegado a ellos, arrastrado por ellos,
encadenado a ellos.

MOCHA – Encadenado con la cadena de oro que tiene a


Don José Victorio encadenado por la eternidad a su tesoro
enterrado.

JUANCHO – ¿Qué tengo yo que ver con todas esas


visiones y delirios? Son ustedes las que están encadenadas
y paradas y perdidas. Yo no. Yo quiero salvarme y voy a
salvarme.

LALLA – Más hubiera valido, Mocha, que lo hubiera


dejado enamoriscar a mi sobrina. Mejor hubiera sido que
me hubiera resignado a verlo casado con Livia y tenerlos
aquí, metidos en la casa, pariéndome nietos, sin ser
hombre sino para la hora de acostarse con la paridora.

JUANCHO – Eso no más faltaba, que ahora me arreglaras


un casorio con Livia, para que todo quedara dentro de las
cuatro paredes y nada cambiara en este orden que tú has
querido crear. Preferiría casarme con la Mocha y
llevármela al monte.

MOCHA – Jesús niño.

(Entra Bega llorosa y patética)

BEGA – Pobre de mí. Pobre de mi hija, que ya no le


quedan sino los ojos para llorar.

LALLA – ¿Qué dices?

BEGA – Mi hija ha oído todo lo que decían tú y Juancho y


se ha puesto a llorar como una desesperada.

LALLA – ¿Y qué tiene ella que ver con esto?.


BEGA – Es tan horrible, Lalla, que no me atrevo a
decírtelo. Yo misma no lo puedo creer.

LALLA – Acaba de decirlo, mujer.

BEGA – Me ha confesado que Juancho la enamoraba, que


ella lo quería y que Juancho la ha deshonrado.

JUANCHO – (Con ira) ¿Y qué?. Con alguien se iba a


acostar y se acostó conmigo. ¿No era eso lo que tú querías,
mamá, que fuera el macho que estabas formando?

LALLA – ¿Cómo puedes decir una cosa tan horrible?

BEGA – Mi pobre hija, tu sobrina, Lalla, está deshonrada.

LALLA – ¿Cómo te has atrevido a cometer una falta tan


grave bajo mi techo?

JUANCHO – Ahora si te parece una falta grave. Ahora si


gritas al unísono con mamá Bega y la Mocha, acusándome
de un crimen para pedirme que haga la reparación debida.
Has cambiado bastante. Tú y mamá Bega se han puesto de
acuerdo para cogerme en esta trampa. Era el último
recurso que les quedaba. Hacerme casar con Livia, que te
parecía un horror hasta ayer, pero que hoy te parece
bueno, con tal de que me clave y amarre aquí. Pero han
fracasado. No me voy a casar con Livia, no me voy a
quedar encerrado aquí. Voy a ser libre y voy a vivir mi
vida.

LALLA – Juancho, Juancho.

JUANCHO – ¿Por qué me llamas así? Si no soy Juancho,


tú lo sabes, soy Chúo Gil. Soy Chúo Gil que se va a seguir
su vida.

(Sale con rapidez a la calle y tira la puerta. Todos guardan


silencio. Bega lloriquea)

LALLA – Ya lo sabes, Mocha. Ni una palabra de lo que


ha pasado aquí. Ni una palabra. Que no se hable más de
esto.
(Se oye que llaman a la celosía. Lalla hace un gesto
imperioso de silencio a las demás. La mano que llama se
hace más insistente. Las mujeres se meten de puntillas
hacia el interior).

LA VOZ DE ANITO EL PAVOSO – (En la celosía) Soy


yo… Soy yo… traigo noticias, misia Lalla… Soy yo…
SÉPTIMO TIEMPO

El anochecer del quinto día. Livia y Juancho

LIVIA – Espera un momento. No te vayas todavía.

JUANCHO – Tengo que hacer. Me esperan y no puedo


quedarme aquí simplemente porque tú tienes el capricho
de que me quede.

LIVIA – No es un capricho, es que yo sé que hoy es el día


en que te vas a ir.

JUANCHO – ¿Quién te ha dicho eso?

LIVIA – No necesito que me lo diga nadie para saberlo.


Hace días que estoy esperando esta hora y sintiéndola
venir. Ha llegado. Hoy es el día en que te vas.

JUANCHO – No es cierto que me vaya.

LIVIA – Yo sé que te vas ¿Qué importa que tú lo niegues?


Tienes que negarlo y decir hasta el último minuto que no
es cierto que te vas para que nadie lo sepa hasta que sea
demasiado tarde para impedirlo.

JUANCHO – ¿Quién podría impedírmelo? Si me fuera no


tendría porque ocultarlo. Diría: “Me voy. Me voy, Livia.
Me voy, mamá. Me voy, mujeres de esta casa,
conversaciones de esta casa, fastidio de esta casa. Me voy,
pueblo aburrido”. Lo diría y ya está.

LIVIA – No te atreves a decirlo, pero yo sé que te vas hoy.


Te vas con la extranjera y el mal hombre y abandonas la
casa y los tuyos, como el que ha cometido un crimen. Ya
es inútil que trates de engañarme.

JUANCHO – Si todo lo sabes, ¿para qué me exasperas


con preguntas? Si sabes tan bien que me voy ya, ahora,
para qué te esfuerzas en detenerme.

LIVIA – Ves como lo estás confesando.

JUANCHO – Livia, me iría solamente por salir de esta


maraña de sospechas y de asechanzas en que me tienen
metido. No se puede vivir así. A la fuerza me tendré que ir
aunque no lo hubiera deseado. Tú y tu madre y mi madre y
la casa me echan y me obligan a irme.

(Sale bruscamente).

LIVIA – (Gritando) Se fue y no vuelve. Nos ha dejado.


Me ha dejado. Se fue Juancho. Se fue… (Aparece Mocha)

MOCHA – ¿Qué pasa, niña?

LIVIA – Se ha ido Juancho

MOCHA – Ya volverá

LIVIA – Esta vez no volverá

MOCHA – ¿Quién le ha dicho eso?

LIVIA – Me lo ha dicho él mismo. Hoy se va y me deja


para siempre. ¿Te das cuenta, Mocha? ¿Qué va a ser de
mí?
MOCHA – No digas eso, niña, todos la queremos. No va a
pasar nada. Todos estaremos con usted

LIVIA – Ya nadie puede salvarme. Ni que tú lo quisieras


con todo tu corazón podrías hacer nada por mí, ni mi
madre, ni siquiera mamá Lalla, ya nadie puede hacer nada
por mí. Yo sentía que esto iba a llegar, que esto iba a
ocurrir, pero pensaba que ese día estaba lejos todavía, y
ahora me doy cuenta, con horror, de que ha llegado, de
que ese día espantoso es hoy.

MOCHA – Cálmese, niña, que la van a oír. Tenga fe,


serénese, váyase tranquila a su cuarto. Dentro de un
momento yo iré a acompañarla. Ahora vienen las señoras,
váyase.

(Se va Livia, agitada, y se cruza con las señoras que


entran)

LALLA – ¿Qué le pasa a esta niña, que parece ir tan


agitada?
BEGA – Déjame ir a ver qué es.

LALLA – No, ahora no. Déjala quieta más bien. ¿Qué es


lo que le pasa, Mocha?

MOCHA – Está muy nerviosa la niña Livia, llora y suspira


y se encierra en su cuarto. Algo va a pasar. Algo malo va a
pasar.

BEGA – Si yo pudiera me llevaría ahora mismo a mi hija.


Si tuviera un lugar donde meternos…

LALLA – ¿Qué dices, mujer? ¿Por qué se van a ir? Están


bien en mi casa y de aquí nadie las va a echar. Tú eres mi
hermana y Livia es como mi hija. Es aquí donde deben
estar.

BEGA – Ya no tendremos paz en esta casa, lo mejor es


que nos marchemos de aquí. Ya todo el mal está hecho y
nada podremos evitar. Hubiera podido evitarlo cuando
resolvimos venir, pero ahora ya nada podemos hacer.
LALLA – ¿Qué es lo que no podemos hacer?

BEGA – Impedir lo que ya pasó. Eso no lo puede hacer


nadie. Ni tú, Lalla. Impedir que Livia se enamorara de
Juancho, impedir que Juancho abusara de Livia, impedir
que tú y tu hijo nos vieran con desprecio, impedir que tu
hijo y tú se llenaran la cabeza con visiones y deseos de
otras gentes. Lo que pasa es que yo tengo mi culpa y me
cuesta trabajo confesarla. Tenía el deseo de que mi hija
pudiera llegar a casarse con Juancho, y por eso no hice
nada para impedirlo, y también tenía miedo de tu disgusto
y de tu furia y de las consecuencias que iban a venir para
nosotros.

MOCHA – Los ojos de los pobres están llenos de ganas y


de miedo.

LALLA – Aquí se hará lo que se debe y nada más. Livia y


tú no se van a marchar de esta casa. Yo sé más de lo que
los otros suponen y veo más de lo que parezco ver.
Juancho volverá y se casará con Livia, porque así debe ser.
BEGA – Y si no vuelve. Y si no quiere casarse con mi
hija, cómo puede nadie pensar en obligarlo.

LALLA – Si vuelve se casará. Y si no vuelve, Livia se


quedará en esta casa como mi hija y si le nace un hijo…

BEGA – ¿Qué dice, Lalla?

LALLA – Y si le nace un hijo será mi nieto y el heredero


de nuestro nombre

BEGA – Todo eso que dices es muy generoso, pero no va


a arreglar nada. Lo que ha pasado ya no tiene remedio. Se
fue tejiendo una malla que nos enredó a todos y de la
que no podemos zafarnos. Y estamos enredadas y
atrapadas.

MOCHA – Es como si todos se hubieran puesto de


acuerdo para hacer un mal. Todos los del pueblo, todos los
de la casa, todos los vivos y hasta todos los muertos.
Cuando eso pasa no hay manera de escapar. ¿Se acuerda
de Don Remigio?
LALLA – ¿Qué tiene eso que ver con esto?

MOCHA – Si tiene que ver. Se sacó la única hermana de


los Labanes y los Labanes juraron que lo iban a matar. Y
don Remigio se encerraba en la casa, rodeado de
espalderos y de perros bravos y se levantaba de noche
sobresaltado al oír el más pequeño ruido. Cada día se
encerraba en una habitación más retirada y más defendida.
Hasta que por fin una madrugada lo mataron, encerrado en
su cuarto, con todas las puertas cerradas. Lo mataron sus
propios espalderos, los mismos que debían cuidarlo,
comprados por los Labanes. Los que debían defenderlo lo
mataron, dentro de su propia casa.

BEGA – Ya esto no tiene remedio. Malhaya sea la hora en


que se me ocurrió acogerme a tu caridad y venirme a vivir
contigo.

LALLA – Has debido mirar más por tu hija. Has debido


tratar de ver lo que pasaba ante tus ojos ciegos y ante tus
oídos sordos. Otros, tal vez, lo vieron y no lo dijeron.
MOCHA – Si es por mí que lo dice, sepa que no me gusta
meterme en las vidas ajenas, de eso no vienen sino
sinsabores y males. Yo lo que quiero es quedarme en paz
en mi rincón. Si todo lo que viera fuera a decirlo, si todo
lo que sospecho y adivino fuera a soltarlo, tendría esta
casa prendida como un infierno. Por eso es mejor callar.
Veo cosas y hago como que no las veo. Veo el sobresalto
del niño Juancho y la niña Livia cuando los sorprendía
apurruñados en el pasadizo y hago como que no los veo.
Oigo de noche el cuchicheo de sus voces asustadas detrás
de la puerta cerrada del cuarto y me hago la que no oigo.
Porque si me pongo a decir todo, nada hubiera evitado y
me habría visto metida en un brollo más grande que todo
el pueblo

BEGA – Malhaya la hora…

MOCHA – Las mujeres tenemos la desgracia de llevar la


desgracia.
LALLA – No hay que lamentarse. Juancho volverá y se
casará con Livia

BEGA – Las madres de hijas deben estar todo el tiempo


prevenidas para el mal, al menor descuido pasa una
desgracia irreparable. Detrás de las hijas esta el diablo
escondido esperando su momento.

LALLA – Y detrás de los hijos también, y detrás de cada


uno de nosotros, porque todos estamos rodeados de
enemigos sin cuento y no puede cerrar los ojos un instante
sin estar entregado a los enemigos.

MOCHA – En lugar de hablar tanto deberían ponerse a


rezar como cristianas.

(Hay un silencio. Se oye llamar a la celosía)

VOZ DE ANITO – Soy yo… ¿Está ahí misia Lalla?

LALLA – Ábrele, Mocha


MOCHA – No le abra que ya ha traído bastantes
desgracias. ¿Quiere que traiga más a esta casa donde ya no
queda alma sin pena?

LALLA – Abre, te digo

(La Mocha abre la puerta. Entra Anito el pavoso, agitado,


mira a las demás con recelo y se dirige a Lalla. Livia se
asoma a oír sin que la vean)

ANITO – Es a usted, misia Lalla, a quien tengo que


decirle una cosa muy grande.

LALLA – (Con angustia) ¿Qué es? ¿Qué pasa? Habla, por


vida tuya, delante de todos.

ANITO – (Con prosopopeya trágica) Juancho se fue con


esa gente de la Gilera.

LALLA – Se fue Juancho. Se lo llevaron


ANITO – Yo no hablé con él, lo único que hice fue verlo
salir con ellos del pueblo. Se montaron en dos
automóviles a la puerta de la Gilera. Iban el hombre viejo,
la mujer, otro hombre y Juancho. (Pausa)

(Livia se mete al interior. Todos se interrumpen de pronto


y se vuelven hacia la puerta por donde salió Livia)

LALLA – Sigue, Anito

ANITO – La mujer llevaba un gran ramo de flores y todos


conversaban y reían. Sin embargo…

BEGA – Sin embargo, ¿qué?

ANTIO – Juancho parecía preocupado, no le quitaba los


ojos a la mujer. Unos ojos fijos y secos… De repente un
paquete que ella llevaba en la mano se le cayó, los dos se
inclinaron al mismo tiempo a recogerlo y toparon las
caras. El se quedó como asustado y ella se enderezó ligero
arreglándose el pelo. Después se montaron todos en un
automóvil y el otro los siguió vacío.
LALLA – ¿Nadie quedó en la casa?

ANITO – No. Cerraron el portón y todo quedó como antes


cuando la Gilera estaba vacía.

BEGA – ¿Ves, Lalla, como se fue? Pobrecita mi hija. Voy


a acompañar a Livia (Se levanta)

LALLA – Espera, no te vayas

MOCHA – Yo la iré a acompañar mientras usted llega.

LALLA – Cuidado con decirle nada de lo que has oído


aquí…

MOCHA – (saliendo) Todo lo que le pudiera decir ya ella


lo sabe…

ANITO – Cogieron por la calle del río, bajando. Yo los vi


hasta que se perdieron al cruzar en la esquina del Samán.
Y entonces fue cuando dije: “Vamos ligero, Anito, a casa
de misia Lalla, a decirle todo esto que ella tiene que saber
antes que nadie. Ve, Anito, para que lo sepa por boca de
gente amiga a quien le duele lo que le pase a ella, y no
después, cuando le llegue por boca de alguna mala persona
chismosa”. Yo los vi y dije: “Vamos ligero a casa de misia
Lalla…”

LALLA – Gracias, Anito

BEGA – Ves, Lalla, ya no hay nada que hacer…

(Simultáneamente con estas últimas palabras entra


desencajada y gritando la Mocha)

MOCHA – Qué desgracia tan grande. Que desgracia, Dios


mío

(Las mujeres se ponen en pie y se vuelven hacia ella.


Anito se calla asustado)

BEGA – Dime ¿qué pasa?… ¿Qué es?… !Mi hija… mi


hija… !

(Corre Bega hacia dentro gritando)


LALLA – ¿Qué fue?

MOCHA – (Con sollozo) La niña Livia está muerta… La


encontré tendida en la cama como

si estuviera dormida. Se había cerrado por dentro y me


costó trabajo abrir la puerta… Nadie hubiera creído que
estaba muerta… Se veía tan tranquila, tan bonita… La
llamé, la sacudí. “Niña Livia… Niña Livia… ¿Qué es esto,
Dios mío?… Pero está muerta, misia Lalla… Está muerta.

(Lalla sale rápido, la Mocha sigue, por un momento, como


en un soliloquio que no se dirige a nadie)

MOCHA – ¿Cómo se mató la niña Livia? Esto es un


misterio muy grande… Si se mató… ¿Cómo pudo matarse
de ese modo?… Yo nunca he visto una cosa igual, Dios
mío

(Mira a Anito un momento con mudo y concentrado odio.


Anito siente la mirada y corre hacia la calle. Desde
adentro se oyen las voces y los altos llantos de las mujeres.
Se oscurece la escena como en el Quinto Tiempo y queda
vacía. Surgen las tres voces unidas en coro, una de mujer
madura, una de mujer joven y una de hombre, en un tono
lento de salmodia o de rezo).

LAS VOCES – Se ha cortado el tiempo para se oigan los


aullidos de los perros que marcan la angustia y los cantos
de los gallos desvelados que señalan las distancias. La
niña está muerta en el último cuarto. En el más cerrado.
En el más solitario. Le han encendido ya su vela del alma
que parpadea junto a sus ojos cerrados. Toda la casa está
llena de presencias y toda la sombra está llena de
presencias. Las paredes tiemblan con el calofrío de la
muerte. Si pudiéramos oír lo que pasa en las mentes de los
que están presentes y ausentes oiríamos como una
monótona letanía en que apenas cambian los nombres,
pero las palabras no cambian:

Fui yo, Lalla, la que tuvo la culpa, porque no quise que las
cosas fueran como tenían que ser.
Fui yo, Bega, quien tuvo la culpa, porque no supe que las
cosas fueran como tenían que ser.

Fui yo, Juancho, quién tuvo la culpa, porque hice que las
cosas fueran como tenían que ser.

Fui yo, la Mocha, la que tuvo la culpa, porque no impedí


que las cosas fueran lo que tenían que ser

Las gentes dan vueltas como el sol y la luna, queriendo


iluminar las culpas. La luna ilumina las culpas de los
muertos y el sol ilumina las culpas de los vivos.

La niña está muerta en la última cámara. Ya nadie puede


hacer nada por ella. ¿Ya acaso nadie puede hacer nada por
ella? Pero en torno a su cuerpo tendido se mueven los
vivos y los muertos y se teje y se desteje la vida.

(Se callan las voces, se ilumina la escena. Entra la Mocha)

UNA VOZ EN LA VENTANA – ¿Qué pasa? ¿Quién se


ha muerto?>
MOCHA – Se murió la niña Livia

LA VOZ – Ave María. Voy a decírselo a los vecinos para


que vengan.

(Entra Lalla)

LALLA – Mientras Bega y yo arreglamos y amortajamos


a la niña, vete tú, Mocha, a la iglesia y a la jefatura para
preparar todo lo del entierro. Ya que no hay hombres en la
casa ocúpate tú de que le caven la fosa en mi terreno y
escoge la mejor urna. Que todo sea lo mejor…

(Se mete Lalla al interior. La Mocha se pone el pañolón


por la cabeza y sale a la calle dejando la puerta abierta. Al
rato aparecen algunas cabezas de curiosos que se asoman a
escudriñar por la puerta. Algo después, apresuradamente,
lleno de angustia, apartando a los curiosos entra Juancho,
busca con los ojos y penetra desordenadamente al
interior).
UN HOMBRE – Ya ves. No era el niño Juancho el que
había muerto.

UNA MUJER – No. No es él. Es la niña Livia

OTRA MUJER – Qué sabes tú.

UNA MUJER – Yo sé, porque me lo dijeron, que la niña


Livia se había matado porque el niño Juancho la había
abandonado y se iba con otra…

(Siseo que anuncia la entrada de Juancho y Lalla


abrazados, los hacen callar)

JUANCHO – Como es posible que haya pasado todo esto.


¿Quién ha hecho esto? Si yo no me iba a ir. Si yo no le he
dicho a nadie que me iba a ir. Como es posible que haya
pasado esta desgracia. Yo. No me iba. Todos ustedes
sabían que yo no me iba. Yo no pensaba irme. Los que se
iban eran ellos. Fui a despedirlos hasta el paso del río…
Sin pensar que pudiera pasar todo este horror.
(Siguen entrando vecinos y vecinas con aire de duelo y se
ponen en fila silenciosa como cariátides, sobre la pared del
fondo)

LALLA – Ten cuidado. Nos oyen

(Juancho se detiene y mira hacia la fila de vecinos. entra la


Mocha de regreso de la calle)

MOCHA – Volvió el niño Juancho. Yo sabía que iba a


volver. Todo está listo para el entierro. Será mañana por la
mañana. El carpintero va a venir a tomar las medidas.
¿Puedo coger la sábana de matrimonio para hacerle la
mortaja?

(Pasa la Mocha al interior)

LALLA – Todo ha terminado

JUANCHO – No ha terminado. No termina ni contigo, ni


conmigo, ni siquiera con la pobre Livia muerta. Seguirá y
se convertirá en otra cosa por obra de todos. (Viendo a los
vecinos) Sería necesario que todos callaran, que todos
dejaran de mirar y de hablar. !Deténganse! (Volviéndose
hacia el público, en voz muy alta) !Deténganse! !No sigan!

FIN

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