ACTIVIDAD # 2.
ORGANIZACIÓN Y GESTIÓN
ESTRATÉGICA DE INTITUCIONES
EDUCATIVAS
MAESTRANTE:
Lic. Deidamia Bósquez.
DOCENTE:
Dr. ISAAC AUGUSTO CAICEDO
Maestría en Dirección de Centros Educativos.
¿Cuáles son los desafíos personales y profesionales a los que se enfrenta la gestión del
centro como organización educativa?
Tras la crisis sanitaria provocada por la COVID-19, han emergido nuevas tendencias que
reflejan la complejidad y ambigüedad de la sociedad actual. Estas tendencias se explican a través
del modelo VUCA (Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo), que ha evolucionado hacia un
sistema aún más dinámico denominado BANI (Brittle, Anxious, Non-linear, Incomprehensible).
Este cambio ha traído consigo diversos desafíos, entre los cuales destacan la necesidad de
fomentar el aprendizaje ágil, contar con sistemas de información abiertos, fortalecer el trabajo
colaborativo, priorizar con flexibilidad y generar estrategias que incrementen la cercanía y la
conexión dentro de los equipos. En este contexto, la gestión educativa exige un liderazgo
renovado. Según Núñez y Díaz (2017), “las instituciones educativas consiguen resultados
óptimos en el aprendizaje cuando el director ejerce un liderazgo integrador y desempeña de
manera efectiva la gestión pedagógica, administrativa y comunitaria”. Esto subraya la
importancia de una gestión educativa que trascienda lo meramente administrativo, permitiendo el
desarrollo de políticas colaborativas alineadas con el Proyecto Educativo Institucional (PEI), así
como con la misión, visión y valores del centro educativo. De esta manera, se garantiza una
enseñanza de calidad, integral y adaptada a los desafíos contemporáneos.
Desde esta perspectiva, se sostiene que la gestión de un centro educativo no solo implica
el cumplimiento de normativas gubernamentales, sino también la gestión del cambio en diversas
dimensiones: pedagógica, curricular, operativa, financiera y comunitaria. Este enfoque es
particularmente relevante en la sociedad posterior a 2020. López-Paredes (2017) y el Ministerio
de Educación de Perú (2017) afirman que “la gestión es el eje central del proceso educativo en la
organización escolar”, ya que en ella los docentes y directivos despliegan sus actitudes y
habilidades profesionales para formar integralmente a los estudiantes, atendiendo a las demandas
de la sociedad desde una perspectiva humanista. Esto implica que la gestión educativa requiere la
integración de diversos insumos, tales como competencias, conocimientos previos, planes de
estudio, ambiente organizacional y cultura institucional (Mollins, 2020).
Lo expuesto anteriormente demuestra que este nivel de exigencia y compromiso conlleva
una serie de desafíos personales y profesionales. Por un lado, la presión constante para
mantenerse actualizado y alinear al equipo docente y administrativo genera altos niveles de
estrés. Por otro lado, a nivel profesional, el reto es aún mayor, pues implica la convicción en lo
que se hace y cómo se hace. Para lograrlo, es fundamental fomentar una cultura organizacional
sólida, desarrollar un liderazgo colaborativo, y establecer procesos de formación y evaluación
continua del aprendizaje colectivo. En este sentido, Ramírez Montoya y Valenzuela González
(2017) destacan que “esta transformación está llevando a los centros educativos a replantearse
todos sus aspectos: desde los tiempos y espacios, hasta los recursos materiales y humanos, así
como su distribución y las estructuras organizativas”. Esto evidencia que el desafío de la gestión
educativa va más allá de lo administrativo; requiere una mejora continua en todas sus
dimensiones. Para los gestores, esto implica encontrar un equilibrio entre su vida personal y
profesional, sin perder de vista su principal objetivo: la innovación sistemática, continua o
disruptiva orientada al valor institucional.
En conclusión, se puede afirmar que el verdadero liderazgo educativo se fundamenta en la
vocación, el compromiso y la capacidad de adaptación al cambio. Como lo expresó Howard G.
Hendricks (1924-2013), “la enseñanza que deja huella no es la que va de cabeza a cabeza, sino de
corazón a corazón”. Esto significa que el liderazgo en la educación debe basarse en la resiliencia,
la pasión y una perspectiva humanista. Cultivar la empatía, fomentar el trabajo colaborativo y
mantener una disposición abierta al cambio permitirá generar transformaciones significativas en
la comunidad educativa. Así, se logrará un impacto duradero en la formación de las futuras
generaciones, dejando verdaderas huellas.
Referencias bibliográficas
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