La desigualdad estructural de las mujeres según El segundo sexo de
Simone de Beauvoir
El segundo sexo, publicado por Simone de Beauvoir en 1949, constituye un hito en
la filosofía feminista contemporánea. La autora se propone explicar, más que
vindicar, la subordinación histórica de las mujeres. Su método no es apelativo, sino
analítico: en lugar de exigir la igualdad desde la moral ilustrada, busca desmontar
las estructuras simbólicas, ontológicas y materiales que han configurado a la mujer
como 'lo Otro'. Según Cristina Sánchez Muñoz, esta apuesta representa una ruptura
con la tradición vindicativa y una transición hacia la explicación filosófica de la
desigualdad (Sánchez Muñoz, 2016, p. 66). Beauvoir emplea herramientas del
existencialismo francés, particularmente el concepto de libertad como proyecto y la
idea de alienación, para formular una ontología situada: 'Existo, luego ¿soy mujer?',
se pregunta implícitamente al comenzar su obra (Beauvoir, 1949, p. 17). Esta
interrogante sugiere que la categoría 'mujer' no es una esencia, sino una
construcción que debe ser desentrañada.
Uno de los ejes centrales del análisis de Beauvoir es el cuerpo. Desde las primeras
páginas de El segundo sexo, sostiene que 'la mujer es una hembra, pero no toda
hembra es mujer' (Beauvoir, 1949, p. 11). Esta frase introduce una distinción crucial
entre sexo biológico y experiencia existencial. En la especie humana, el cuerpo no se
vive solo como biología, sino como situación. A lo largo de su desarrollo, la mujer es
atravesada por procesos fisiológicos como la menstruación, la ovulación, el
embarazo, el parto y la menopausia, que no son vividos como elecciones libres, sino
como imposiciones de la especie: 'la especie se instala en ella' (Beauvoir, 1949, p.
12). Este cuerpo, entonces, no le pertenece; se convierte en una fuente de
servidumbre. Cristina Sánchez amplía esta lectura al afirmar que el cuerpo femenino
es una 'situación existencial y cultural' que define límites sociales y subjetivos
(Sánchez Muñoz, 2016, pp. 84–85).
Beauvoir identifica otro eje estructural de la desigualdad en la noción de alteridad.
Desde la Introducción, afirma que 'el hombre es el Sujeto, lo Absoluto; la mujer es lo
Otro' (Beauvoir, 1949, p. 17). Esta frase sintetiza la estructura asimétrica de la
subjetividad humana según la tradición patriarcal. Inspirada en Hegel, Beauvoir
retoma la dialéctica del amo y el esclavo, pero con una modificación clave: mientras
que en Hegel existe una lucha por el reconocimiento entre conciencias simétricas, en
el caso de la mujer esta dialéctica es truncada. Cristina Sánchez interpreta esta
alteridad como 'ontológica', en la medida en que configura no solo las relaciones
sociales, sino la estructura misma del ser (Sánchez Muñoz, 2016, pp. 76–77).
Beauvoir critica la interpretación freudiana de la libido femenina como una forma
derivada o incompleta de la masculina. La niña, al descubrir la diferencia anatómica
de los sexos, no se siente necesariamente castrada, como postula Freud, sino que
esta sensación es inducida por una cultura que valora el pene como símbolo de
trascendencia (Beauvoir, 1949, pp. 15–18). Cristina Sánchez (2016, pp. 89–90)
retoma este argumento para señalar que el deseo femenino ha sido interpretado
desde la lógica de la falta, reproduciendo una pedagogía simbólica que relega a la
mujer a la pasividad. Esta construcción simbólica comienza en la infancia, se
institucionaliza en la familia y se proyecta en la cultura. La feminidad se convierte
así en una estructura de subordinación subjetiva.
Con la consolidación de la propiedad privada, la mujer fue despojada de su rol
productivo y recluida al hogar. “El trabajo masculino se volvió visible y valorado; el
femenino, invisible y accesorio” (Beauvoir, 1949, p. 21). Cristina Sánchez (2016, pp.
106–108) amplía esta crítica desde una perspectiva contemporánea. Argumenta que
la división sexual del trabajo ha sido naturalizada hasta tal punto que aún hoy
persiste la idea de que las mujeres están biológicamente más capacitadas para el
cuidado.
La naturalización de los roles sexuales ha sido uno de los pilares más eficaces para
sostener la desigualdad. Beauvoir critica esta estrategia ideológica como una falacia
naturalista. “El hecho de que la mujer tenga útero no implica que deba quedarse en
casa criando hijos” (Beauvoir, 1949, p. 22). Cristina Sánchez señala que “la biología
ha sido usada como coartada para legitimar una estructura social profundamente
desigual” (Sánchez Muñoz, 2016, p. 94).
Beauvoir advierte que muchas mujeres que se incorporan al trabajo asalariado
siguen siendo responsables principales del cuidado del hogar y los hijos. “El trabajo
no la ha liberado de su destino biológico, simplemente lo ha duplicado” (Beauvoir,
1949, p. 22). Cristina Sánchez (2016, pp. 108–109) se refiere a esta realidad como
una 'falsa emancipación'.
A lo largo de El segundo sexo, Simone de Beauvoir construye una crítica
multidimensional de la subordinación femenina. Cristina Sánchez Muñoz (2016, p.
109) destaca que esta crítica sigue vigente porque va más allá de las demandas
coyunturales. La igualdad, entendida no como homogeneidad, sino como
reconocimiento mutuo, sigue siendo una tarea pendiente.