Pisar las aulas, de vez en cuando hay que pisar las aulas de un instituto.
Sentir el esfuerzo que ha
de poner todos los días un profesor para enfrentarse a la muchachada. Notar cómo ellos, los
alumnos, pueden derrochar una energía que les sobra y cómo el adulto la va perdiendo por el
mero contacto con ese pelotón revoltoso, inclemente, que pone a prueba la resistencia del
profesor. Hay que tener vocación para eso. Lo dicen los buenos profesores. Estos, por ejemplo,
que me han recibido en el instituto Albero de Alcalá de Guadaíra. Yo pregunto y pregunto, porque
creo que esto es el mundo real, fuera de tertulias y columnas, aquí es donde ese 31% que
abandona las aulas sin terminar la ESO tiene nombres y caras concretos, aquí es donde se sabe el
que se queda para estudiar o para incordiar. Los profesores son algo escépticos ante lo que dicen
las autoridades educativas y, sin embargo, tienen que ser optimistas a la hora de hacer su trabajo,
viven sometidos a un optimismo forzoso. Saben que el bachillerato ya no es lo que era; que la
democratización de la enseñanza secundaria ha traído consigo, paradójicamente, una desigualdad
social que aún no se sabe abordar; han sufrido el descoloque que supuso el desembarco de niños
tan chicos en los institutos; han visto cómo la clase media ha optado de nuevo por la privada; son
conscientes de que el problema no es sólo ese altísimo tanto por ciento que abandona la ESO, sino
que muchos la terminan escasamente preparados. No son derrotistas, como dirían las autoridades
educativas, que suelen enfurruñarse cuando se critica el sistema; su trabajo no se lo permite.
Algún día, dicen, la prensa sabrá que aquí es donde se decide el futuro del país y nos colocará en
primera página, al lado de los especuladores financieros. De momento, yo les dejo este rincón, en
la última.
Elvira Lindo. El País.
Los que abominan del "usted" por considerarlo carca no se acuerdan de aquella España
popular en la que el "usted" se usaba con gracia y respeto. En Madrid, ciudad en la que el
pueblo hablaba con cómica solemnidad, "señor" y "señora" se anteponían al nombre propio
con gran desparpajo para darle categoría a la portera o al panadero. "La señá Lupe", "el
señor Fidel". Ahora el "usted" parece tristemente perdido en la jerga zarzuelera. Hoy el
"usted" da miedo. Tanto miedo da que la Comunidad de Madrid, que ha anunciado el
propósito de elevar al profesorado al rango de autoridad pública, nos tranquiliza enseguida
diciéndonos que eso no significará la vuelta del "usted". Asombra que nos parezca normal
que vayan antes las medidas coercitivas que las de simple trato, que forman parte de esa
pedagogía cotidiana que previene contra la brutalidad.
El debate educativo en España padece el mismo envenenamiento que casi cualquier asunto
que precise un consenso social. Cada vez que se lee una columna o un editorial sobre la
educación el periodista se cura en salud y pierde tres líneas aclarando que defender la
autoridad no significa añorar el sistema represivo franquista. Qué pereza. El caso es que
basta con visitar los liceos franceses para comprobar cómo los escolares se dirigen a sus
maestros como Madame y Monsieur; en ese trato, contra lo que muchos españoles pudieran
pensar, no hay una distancia antipática, sino cordialidad y respeto.
Perderemos el usted, a pesar de la avalancha de latinoamericanos que a diario nos lo
regalan, lo perderán ellos para integrarse (como decía Rosa Montero), o, quién sabe, cabe la
posibilidad de que en el futuro se imponga una vuelta a la delicadeza en el trato, incluso en
el periodismo, donde yo lo echo de menos hasta en las entrevistas, que cada vez me parecen
más charletas entre coleguillas.
Elvira Lindo. El País