Seguro, Reticencia, Preexistencia, Mala Fe
Seguro, Reticencia, Preexistencia, Mala Fe
Corte Constitucional. Sala Novena de Revisión. M. P. Luis Ernesto Vargas Silva. Sentencia
T-222 del 2 de abril de 2014. Expedientes: T-4143382, T-4148791 y T-4143384
«(…)
Sentencia T-222/14
Magistrado Ponente:
LUIS ERNESTO VARGAS SILVA
La Sala Novena de Revisión de la Corte Constitucional, integrada por los Magistrados Luis
Ernesto Vargas Silva y Mauricio González Cuervo y la Magistrada María Victoria Calle
Correa, en ejercicio de sus competencias constitucionales y legales, específicamente las
previstas en los artículos 86 y 241 numeral 9 de la Constitución Política y en el Decreto
Ley 2591 de 1997, profiere la siguiente
SENTENCIA
Dentro del proceso de revisión de los fallos adoptados por los correspondientes juzgados de
instancia que resolvieron las acciones de tutela promovidas por José de Jesús Contreras
1. La Corte Constitucional mediante auto del veintiocho (28) de noviembre de dos mil
trece (2013) expedido por la Sala de Selección Número Once, decidió acumular los
siguientes expedientes: T-4143382, T-4148791, T-4143384, por analogía fáctica y jurídica.
4. Fue así como el peticionario, el veintisiete (27) de enero de dos mil once (2011),
contrajo un contrato de seguro individual grupo de deudores con la empresa Seguros de
Vida Suramericana S.A. Esta póliza operaría por muerte o incapacidad total y permanente
del asegurado. En caso de ocurrir dichos eventos, la aseguradora pagaría el saldo insoluto
de la obligación.
6. Tras esta valoración, el nueve (09) de noviembre de dos mil doce (2012), el actor
presentó reclamación a la aseguradora para hacer valer la póliza. Solicitó la indemnización
por un valor de diecinueve millones doscientos siete mil novecientos ochenta y cinco pesos
($19.207.985). Sin embargo, el treinta (30) de noviembre de dos mil doce (2012) la
compañía de seguros se negó a la petición del tutelante, pues, dijo, al momento de adquirir
la póliza el señor Arzuaga ya se encontraba enfermo.
8. Así mismo, en el escrito de tutela, señaló que se encuentra en una condición precaria
pues al no poder trabajar, carece de recursos para continuar con el pago de las cuotas
mensuales del crédito, mantenerse a él y a su núcleo familiar que se compone de tres hijos
menores y esposa. Por estos motivos, solicita se protejan sus derechos fundamentales a la
vida en condiciones dignas, salud, igualdad, derecho al debido proceso y derecho al mínimo
vital.
Bancolombia S.A.
El señor Juan Carlos Candil Hernández, actuando como representante legal judicial de
Bancolombia S.A., contestó la acción de tutela oponiéndose a las pretensiones del señor
Arzuaga. Luego de hacer un recuento de los hechos, sostuvo que Bancolombia S.A. no es la
entidad encargada de verificar o no el cumplimiento del contrato de seguro. Así, no es ella
quien debe “realizar el pago derivado de la ocurrencia del siniestro cubierto por la póliza
de vida ya descrita, por el contrario, Bancolombia S.A. es el tomador y beneficiario de la
póliza”.
Decisiones de instancia
Primera instancia
El Juzgado Segundo Civil Municipal de Valledupar, mediante providencia proferida el
nueve (09) de julio de dos mil trece (2013), negó el amparo constitucional. En criterio de
este juzgado, el presunto afectado tiene a su alcance otros medios de defensa judicial para
ventilar estas discusiones. Ello hace improcedente el amparo pues además, no se probó
ningún perjuicio irremediable. Por ello, negó las pretensiones del señor Arzuaga.
Impugnación
El accionante manifestó que la impugnación sería sustentada en segunda instancia, sin que
se encuentre en el expediente escrito alguno en el que se señalen sus argumentos.
Segunda instancia
10. Para amparar dicho préstamo, ese mismo día, el señor Núñez suscribió un contrato
de seguro1 con la aseguradora BBVA Seguros de Vida Colombia S.A. La respectiva póliza
operaría por muerte, incapacidad total y permanente, desmembración o inutilización e
incapacidad total temporal. En caso de que ocurriera alguno de estos eventos, la
aseguradora pagaría el saldo insoluto de la obligación adquirida con el banco BBVA.
13. Tras haberse declarado su incapacidad total y permanente, dijo, acudió al banco
acreedor con el fin de que, como beneficiario, solicitara a la aseguradora el pago insoluto
de la deuda. El tres (03) de abril de dos mil trece (2013), BBVA Seguros de Vida negó el
pago de la respectiva póliza argumentando que el actor, al momento de suscribir la póliza,
no informó que padecía varias patologías. Así, de acuerdo con la historia clínica de la
Fundación Médico Preventiva de enero veinticuatro (24) de mil novecientos noventa y dos
(1992), el peticionario “tiene diagnóstico de HTA (Hipertensión arterial), en junio de
2004m hiperplasia prostática y en marzo de 2010 disfonía”.
15. Finalmente, expresó además que es padre cabeza de familia y tiene a su cargo la
alimentación y educación de sus hijos Álvaro José Núñez González de 17 años, estudiante
de ingeniería civil, y Aura Patricia y José Fernando quienes cursan octavo y sexto de
bachillerato. Por estas razones solicita que se le protejan sus derechos fundamentales a la
dignidad humana, debido proceso y debilidad manifiesta.
Finalmente, en tercer lugar, considera que en el caso concreto no existió ningún tipo de
siniestro pues la obligación de cubrir el saldo de la deuda nace en el momento en que este
ocurre y en el presente caso el contrato nació a la vida jurídica viciado.
Decisiones de instancia
Primera instancia
El Juzgado Segundo Civil Municipal de Valledupar, mediante providencia del diez (10) de
julio de dos mil trece (2013), negó el amparo constitucional. En criterio de este juez, la
acción de tutela no es el mecanismo apropiado para discutir asuntos de naturaleza
contractual. Para el reseñado fallador, el afectado cuenta con otros medios de defensa
judicial lo cual hace improcedente el trámite de tutela. Adicionalmente, no vislumbra un
perjuicio irremediable que justifique estudiar el fondo del asunto.
Impugnación
Segunda instancia
17. Para respaldar dicha obligación, suscribió un contrato de seguro con la empresa
Seguros Bolívar S.A. Esta póliza operaría por muerte o pérdida de capacidad laboral
superior al 50 %. El accionante suscribió la declaración de asegurabilidad el día quince (15)
de febrero de dos mil doce (2012). El primero (01) de septiembre de dos mil doce (2012), el
médico laboral Miguel Ángel Vertel Camacho de FOSCAL Fundación Avanzar FOS,
entregó concepto sobre su pérdida de capacidad laboral, el cual le calificaba con una
disminución del 95.3% por enfermedad común. De acuerdo con el expediente, la fecha de
estructuración corresponde a la misma fecha del dictamen. Esto es, primero (01) de
septiembre de dos mil doce (2012).
18. Por este motivo, el peticionario solicitó a la compañía Seguros Bolívar el pago de la
póliza por haber acaecido el riesgo amparado. No obstante, la aseguradora negó el
reconocimiento de la respectiva indemnización, según el accionante, porque no estaba
impedido para desempeñar un trabajo remunerado y la enfermedad causante de la
disminución laboral fue adquirida antes de celebrar el contrato. Según el dictamen de
pérdida de capacidad laboral, el señor Martínez padece de “traumatismo craneoencefálico
y complicaciones derivadas con la presencia de movimientos extrapiramidales mas
disartria desencadenados por la presencia e higroma subdural mas artrofia cerebral
reportados en TAC cerebral”.
20. Adicionalmente, manifestó que las entidades accionadas no realizaron ningún tipo
de examen médico ni le exigieron que lo aportara, a fin de determinar su verdadero estado
de salud. Por tanto, sostuvo que con el actuar de la aseguradora se le vulneran sus derechos
fundamentales.
Banco Davivienda
Olga Lucía Cordero Portilla, representante legal para efectos judiciales, contestó la acción
de tutela oponiéndose a las pretensiones del accionante. En criterio de dicha entidad actúa
como un simple intermediario entre sus clientes y la compañía de seguros. Así, el Banco
Davivienda efectuó todos los trámites correspondientes para solicitar el amparo e
indemnización a la compañía de seguros, remitiendo todos los documentos que para estos
efectos se exigen. Sin embargo, dijo, la aseguradora “generó una comunicación en donde
informó que no es procedente el pago indemnizatorio de las obligaciones del” peticionario,
pues no manifestó con exactitud su estado de salud al momento de suscribir el contrato.
Así, para el Banco, las declaraciones del actor no correspondían con su verdadero estado de
salud, razón por la cual, genera la nulidad del contrato.
Por otra parte, manifestó que la acción de tutela no es procedente pues es claro que no
existe un perjuicio irremediable que deba ser subsanado por vía de acción de tutela.
Especialmente, porque existen controversias de tipo económico y contractual que deben ser
resueltas en instancias ordinarias o a través de mecanismos alternativos para la solución de
controversias y no mediante este trámite constitucional. Por ello, solicita se declare la
improcedencia de la acción.
Decisiones de instancia
Primera instancia
Impugnación
Segunda instancia
El Juzgado Tercero Penal del Circuito de Barrancabermeja, en decisión del veintiocho (28)
de agosto de dos mil trece (2013), confirmó la sentencia proferida por el juez de primera
instancia. En criterio del fallador, la acción de tutela no está llamada a prosperar “toda vez
que en el presente caso, surge un conflicto relacionado con un derecho pecuniario y
contractual, pues la accionante solicita se le condone la deuda a pagar con el Banco
Davivienda”. En consecuencia, no es deber del juez constitucional dirimir este tipo de
controversias pues existiría una usurpación de competencia. Por tanto, el amparo es
improcedente.
Competencia
Esta Corte es competente para conocer de los fallos materia de revisión, de conformidad
con lo dispuesto en los artículos 86 y 241-9 de la Constitución Política, 31 a 36 del Decreto
2591 de 1997 y en cumplimiento del auto expedido (28) de noviembre de dos mil trece
(2013) expedido por la Sala de Selección Número Once.
Para resolver este interrogante, la Sala (i) reiterará su jurisprudencia sobre la procedencia
de la acción de tutela en contra de entidades bancarias y/o aseguradoras (ii) examinará las
reglas sobre el requisito de subsidiariedad; (iii) hará referencia a los casos en los que se ha
debatido, en sede constitucional, la negativa del pago de pólizas de seguros, especialmente
en aquellos eventos en que se presenta una tensión entre la aplicación estricta de cláusulas
contractuales y los derechos al mínimo vital y la vivienda de personas vulnerables; (iv)
abordará el estudio del caso concreto.
Así las cosas, bajo esta visión, el Constituyente entendió que la supremacía de los derechos
fundamentales no se agota con un mecanismo que únicamente proteja a los ciudadanos de
las agresiones estatales. Por el contrario, las dinámicas sociales, culturales, económicas y
políticas, hacen que muchas veces se necesiten herramientas de defensa frente a conductas
de particulares. Mucho más cuando en esas relaciones se sitúan ciertos individuos en
condición de inferioridad. En esos eventos, la acción de tutela funge como una garantía
para la eficacia de los derechos fundamentales. Si no fuera de esa forma, los derechos
fundamentales solo serían exigibles frente al Estado, pese a que pueden ser lesionados por
los mismos particulares.
Pues bien, a partir de estas previsiones la Corte ha sostenido en reiteradas decisiones que la
acción de tutela es procedente frente a particulares que ejercen actividades bancarias. Esto
por al menos por dos razones. En primer lugar, porque las labores que ejercen se enmarcan
dentro del concepto de servicio público y, en segundo lugar, porque entre aquellas y las
personas existe una verdadera situación de indefensión o subordinación. Este Tribunal
Constitucional ha entendido que por la naturaleza y magnitud de las actividades de las
entidades financieras, no es posible que el ciudadano carezca de mecanismos eficaces para
la defensa de sus derechos. En este contexto el amparo constitucional funciona, además,
como una forma de control de las actividades financieras.
En este orden de ideas, en relación con el concepto de servicio público, por ejemplo, en la
Sentencia T-738 de 2011, esta Corporación sostuvo que “las razones para hacer
procedente la acción de tutela contra estas entidades ha tenido en cuenta, en general, que
las actividades financieras – dentro de las que se encuentran la bancaria y aseguradora-,
en tanto relacionadas con el manejo, aprovechamiento e inversión de recursos captados del
público es una manifestación de servicio público o que al menos involucra una actividad de
interés público3 de acuerdo con el artículo 355 Constitucional”. Es decir, la actividad
financiera involucra no solo un interés particular, sino también un interés público. En
efecto, el mal funcionamiento de este sector puede causar efectos de proporciones
insospechadas. Cuando los ciudadanos acuden a estas entidades para tomar sus servicios,
están otorgándoles un voto de confianza “cuyo quebrantamiento puede generar
consecuencias catastróficas para la economía de un país”4.
Por otra parte, la actividad financiera no solo comporta un servicio público sino que por sus
mismas características, sitúan al ciudadano en estado de indefensión 6; situación que
refuerza la procedencia de la acción de tutela. Ello se explica en buena medida por la
relación asimétrica que existe entre las partes. Evidentemente, el banco como particular
tiene muchas más prerrogativas que el ciudadano “al tener (…) atribuciones que los
colocan en una posición de preeminencia desde la cual pueden con sus acciones y
omisiones desconocer o amenazar derechos fundamentales de las personas” 7. Este tipo de
relaciones no se dan entre iguales; las entidades financieras tienen más prerrogativas y
posibilidades. Por ejemplo, son ellos quienes fijan, normalmente, las cláusulas de los
contratos, establecen unilateralmente las condiciones de sus servicios, e incluso en algunos
casos tienen la posibilidad de variar las estipulaciones contratadas con los ciudadanos. En
ese mismo sentido, en la Sentencia T-136 de 2013 esta Corporación manifestó que el
“cliente o usuario del sistema financiero se encuentra, por regla general, en una posición
de indefensión ante las entidades del sector”.
Ahora bien, esta posición de indefensión no se presenta en todos los casos. Dependerá del
juez constitucional verificar las circunstancias de cada caso concreto, pues en muchas
En síntesis, las entidades financieras, como los bancos y aseguradoras, prestan un servicio
público y sus usuarios se encuentran en posición de indefensión. En consecuencia, la acción
de tutela, dependiendo del caso concreto, puede ser utilizada en algunos eventos para
defender los derechos fundamentales de las personas.
En los argumentos señalados por las partes y por los jueces de instancia, se resalta que la
controversia que se plantea en el asunto estudiado debe ser tramitada por vías distintas a la
tutela. En consecuencia, dicen, este amparo se torna improcedente al no cumplirse con el
requisito de subsidiariedad. Por tal motivo, esta Sala estima necesario hacer algunas
precisiones sobre este aspecto, a fin de, en el caso concreto, verificar la procedencia o no de
la acción de tutela.
De acuerdo con la Constitución, específicamente con el artículo 86, la acción de tutela solo
procede cuando la persona carezca de otro recurso judicial para defender sus derechos. Así,
la mencionada disposición, establece que toda persona podrá reclamar ante los jueces “la
protección inmediata de sus derechos constitucionales fundamentales, cuando quiera que
éstos resulten vulnerados o amenazados por la acción o la omisión” de autoridades
públicas o particulares, siempre que el peticionario “no disponga de otro medio de defensa
judicial”. Lo anterior, sin perjuicio de que aquella se utilice como mecanismo transitorio
para evitar un perjuicio irremediable. Esta regla se conoce como el requisito de
subsidiariedad de la acción de tutela.
Pues bien, siguiendo esta misma lógica, una de las primeras sentencias en pronunciarse
sobre el tema fue la C-543 de 1993. En esta providencia, la Corte sostuvo que “la tutela fue
concebida para dar solución eficiente a situaciones de hecho causadas por acciones u
omisiones que lesionaran derechos fundamentales, respecto de las cuales el sistema
jurídico no contara con algún mecanismo de protección” 8. Es decir, “la tutela no fue
diseñada para remplazar a la justicia ordinaria. Es un trámite excepcional que solo
procede ante la carencia de otro recurso”9. Si la tutela procediera en todos los casos, el
trámite constitucional dejaría sin contenido los demás procesos judiciales. Las demás
jurisdicciones carecerían de eficacia práctica. Por ello, el constituyente previó que la acción
de tutela cumpliera con algunos requisitos de procedibilidad a fin de evitar estos efectos.
En relación con la idoneidad, la Corte ha establecido que el medio de defensa lo es, siempre
y cuando sea “materialmente apto para producir el efecto protector de los derechos
fundamentales”10. En otras palabras, que el recurso esté diseñado para ese preciso fin y no
para otro. Si la persona, en un caso hipotético, cuenta con recursos para debatir la
vulneración de sus derechos, la idoneidad se verifica si ellos efectivamente producirán el
efecto esperado. Por ejemplo, no sería idóneo un recurso que una vez decidido, así sea
resuelto favorablemente, no proteja los derechos del ciudadano. El mecanismo no sirve para
lo que el ciudadano necesita. Por su parte, eficacia significa que el medio de defensa debe
“estar diseñado de forma tal que brinde oportunamente una protección al derecho”11. Es
decir, que una vez resuelto por la autoridad competente, tenga la virtualidad de garantizar
oportunamente, a tiempo, el derecho. De poco o nada sirve que el ciudadano cuente con
medios de defensa si una vez se deciden, el derecho ya se ha lesionado. Ello tiene que ver
con la eficacia de los derechos fundamentales.
Ahora bien, este análisis de subsidiariedad debe hacerse caso a caso. Según las
circunstancias particulares del asunto, la tutela se resolverá de fondo. Para esta Corte “las
herramientas procesales no son adecuadas y/o eficaces en abstracto (…). Si fuera de otra
manera, el amparo constitucional perdería eficacia pues las personas, hipotéticamente,
siempre contarían con mecanismos de defensa idóneos y/o eficaces”. No puede predicarse
idoneidad y eficacia de un recurso sin hacerse un análisis concreto. Ello implica que el juez
constitucional despliegue una carga argumentativa a fin de determinar la procedencia de la
tutela. No es dable en un Estado Social de Derecho que un juez constitucional niegue por
improcedente un amparo constitucional sin si quiera analizar, paso a paso, el requisito de
subsidiariedad. Con estas actitudes lo que se obtiene es una pérdida de eficacia de la acción
de tutela. A pesar de que muchos asuntos cuenten con vías ordinarias o regulares para
tramitarse, esta no es razón suficiente para negar el mencionado trámite constitucional.
Sumado a lo anterior, en el análisis que el juez haga, debe estudiar, además, que el probable
mecanismo de defensa tenga el mismo nivel de protección que el amparo constitucional. En
la Sentencia T-662 de 2013 la Corte, reiterando los argumentos de las sentencias T-414 de
1992 y SU-961 de 1999, resaltó el valor de esta regla. En esa ocasión señaló que “de no ser
así, se estaría simplemente frente a una burda y mecánica exégesis de la norma, en abierta
contradicción con los principios vigentes en materia de efectividad de los derechos y con
desconocimiento absoluto del querer expreso del Constituyente”. Así, el otro medio “(…)
ha de tener una efectividad igual o superior a la de la acción de tutela para lograr efectiva
y concretamente que la protección sea inmediata. No basta, pues, con la existencia en
abstracto de otro medio de defensa judicial si su eficacia es inferior a la de la acción de
tutela.”12 Estas razones han hecho que la Corte establezca que “el otro medio de defensa
judicial debe ser siempre analizado por el juez constitucional, a efectos de determinar su
eficacia en relación con el amparo que él, en ejercicio de su atribución constitucional,
podría otorgar”13.
“[L]a labor del juez de tutela no es simple. Debe realizar un examen de cada caso y
poder establecer “(i) si la utilización del medio o recurso de defensa judicial existente tiene
por virtud ofrecer la misma protección que se lograría a través de la acción de tutela 14; (ii)
si es posible hallar circunstancias que excusen o justifiquen que el interesado no haya
promovido los mecanismos ordinarios que tiene a su alcance 15; (iii) si la persona que
solicita el amparo es un sujeto de especial protección constitucional, y por lo tanto su
situación requiere de particular consideración1617”18
Así las cosas, esta Sala debe precisar que cuando del examen de procedibilidad se concluya
que el recurso no es idóneo o eficaz, el amparo debe ser definitivo. Es decir, el juez de
tutela debe resolver de fondo el asunto. Por el contrario, la decisión constitucional será
transitoria siempre que exista inminencia de un perjuicio irremediable. En esos casos, se
protegerán los derechos del accionante transitoriamente hasta tanto acuda a las vías
regulares u ordinarias para discutir su asunto.
Por otra parte, dado que el requisito de subsidiariedad debe analizarse de manera particular,
la Corte ha considerado que lo mismo sucede con los sujetos de especial protección
constitucional. Respecto de estas personas, es claro que no se pueden aplicar las mismas
reglas que al común de la sociedad. Lo que para una persona sin ningún grado de
vulnerabilidad puede ser eficaz o idóneo, para un sujeto de especial protección, en las
mismas circunstancias fácticas, no. Para esta Corporación “el artículo 86 Superior debe
interpretarse en concordancia con los artículos 13 y 47 constitucionales, pues no debe
olvidarse que existen personas que por sus condiciones requieren una especial protección
por parte del Estado19”20. Frente a estas personas, no es posible hacer el análisis con la
misma rigurosidad. El juez debe prever los aspectos subjetivos del asunto estudiado.
“No puede olvidarse que las reglas que para la sociedad son razonables, para
sujetos de especial protección “pueden tener repercusiones de mayor trascendencia que
justifican un “tratamiento diferencial positivo”21, y que amplía a su vez el ámbito de los
derechos fundamentales susceptibles de protección por vía de tutela. Así, en el caso de los
niños, la recreación o la alimentación balanceada, por ejemplo, cobran una particular
importancia que generalmente no es la misma para el caso de los adultos (C.P. artículo
44). De igual forma, la protección a la maternidad en sus primeros meses adquiere una
Así las cosas, este sistema de precedente será utilizado en esta providencia. Para tal fin, la
Corte abordará los principales pronunciamientos que existen sobre el caso estudiado, pero
con un enfoque especial: conflictos por el no pago de la póliza del seguro que pone en
riesgo los derechos fundamentales de las personas, especialmente, su derecho al mínimo
vital. Lo anterior, con el objeto de verificar cuáles han sido los principales criterios que esta
Corporación ha tenido en cuenta para considerar que una aseguradora vulnera los derechos
de sus asegurados tras esta negativa.
En este orden de ideas, una de las primeras sentencias en estudiar el tema fue la T-1091 de
2005. En aquella oportunidad, la Corte estudió el caso de una persona que había adquirido
con un banco un apartamento. Para ello, suscribieron un contrato de mutuo y constituyeron
una garantía real hipotecaria sobre el mencionado inmueble. Para otorgar el mencionado
crédito, como efectivamente sucedió, el banco exigió la firma de un contrato de seguro que
respaldara la obligación, en caso de muerte o invalidez del tomador. En este contexto, la
tomadora efectivamente sufrió una grave afección de salud, pues le fue diagnosticado
cáncer de seno y tuvo una lesión en su columna vertebral con compromiso del brazo
izquierdo y la muñeca derecha. Como era apenas lógico, la tomadora del seguro no pudo
continuar trabajando e incurrió en mora en varias cuotas del crédito hipotecario. Por tal
motivo, al haber acaecido el siniestro (fue valorado con 50.93% de invalidez), solicitó a la
aseguradora el pago insoluto de la obligación. Pese a ello, aquella entidad negó el pago de
la póliza argumentando que la parte asegurada se encontraba en mora en el pago de la
prima mensual a pesar de no contar con los recursos económicos para sufragar las cuotas.
En esta ocasión, la Corte, al estudiar el caso, sostuvo que si bien la acción de tutela en
principio no era el mecanismo adecuado para ventilar asuntos de naturaleza contractual, en
ese preciso evento se alertaba la presencia de un perjuicio irremediable. Ello, debido a que
el banco, al existir mora en el pago de las cuotas del crédito, había iniciado un proceso
ejecutivo para exigir el pago de la deuda. En esta providencia la Corte consideró que si bien
la persona asegurada se encontraba en mora, era desproporcional, por parte del acreedor,
iniciar un proceso ejecutivo conociendo las circunstancias de debilidad de la deudora.
Igualmente, respecto de la aseguradora, le reprochó no hacerse cargo de la deuda28.
Mediante Sentencia T-152 de 2006, esta Corte estudió, en uno de sus primeros fallos, el
tema de las preexistencias y la reticencia en los contratos de seguros. En aquella
oportunidad, la Corte analizó un caso de una persona de muy bajos recursos, que había
adquirido un seguro familiar de salud con las coberturas y exclusiones que figuraban en el
contrato. Su médico tratante le solicitó a la aseguradora una orden para la cirugía de
“Varicocele Izquierdo”, la cual estaba cubierta por la póliza. No obstante, la demandada
respondió que el procedimiento no sería autorizado, por tanto esa enfermedad era
preexistente al ingreso del asegurado y que en consecuencia, se encontraba excluido de la
cobertura del seguro. Sin embargo, la Corte sostuvo que no era posible que una aseguradora
alegara preexistencias en este tipo de contrato, pues es ella quien tiene la posibilidad de
conocer el verdadero estado de salud del asegurado.
A pesar de que los supuestos de hecho pueden variar un poco, lo importante de esta
providencia es que de ella se pueden extraer algunas reglas aplicables a los casos concretos.
En efecto, la principal diferencia entre estos contratos es el “riesgo asegurado” y la
“prestación de la aseguradora”, pues los dos contratos persiguen un mismo propósito el cual
es cubrir los posibles siniestros pactados entre las partes. Adicionalmente, comparten los
elementos esenciales de los contratos de seguro 29. Así, aunque parezcan dos escenarios
diferentes, el objetivo de esta clase de seguros es el mismo.
En aquella ocasión, esta Corporación resaltó dos puntos muy importantes en los contratos
de seguro. El primero de ellos (i), el relativo a la buena fe contractual, y el segundo (ii),
relacionado con la carga de probar las preexistencias médicas. En cuanto al primer punto,
sostuvo que la buena fe en los contratos de seguros adquiere mayor importancia y se
predica de ambas partes. No solo del asegurado sino también de la aseguradora. Así, “aún
cuando en principio la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia enfatiza la buena fe
en las cargas que debe asumir el asegurado, en realidad dicho principio se predica de las
dos partes, es decir, tanto del tomador como del asegurador, teniendo en cuenta que se
trata de un contrato de adhesión. En suma, si en los contratos en general se exige la buena
fe, en el contrato de seguro la exigencia es máxima: tanto en el solicitante como en el
asegurador debe campear la pulcritud moral e intelectual” 30. Es decir, la carga de la buena
fe corresponde a las dos partes, no solo al tomador del seguro. Respecto al segundo punto,
“no es posible interpretar los términos del contrato en perjuicio de los intereses del
beneficiario o asegurado, a partir de dictámenes médicos posteriores donde se afirme que
una enfermedad o dolencia detectada durante la ejecución del convenio se había venido
gestando, madurando o desarrollando desde antes de su celebración.(…) No es, en
consecuencia, constitucionalmente admisible la inclusión de una preexistencia o la
29 Sentencia T-152 de 2006. “Se observa que por su naturaleza se trata de un contrato sometido a las reglas
del derecho privado. Es consensual porque se perfecciona por el mero consentimiento de las partes y produce
sus efectos desde que se ha realizado la convención; es bilateral puesto que origina derechos y obligaciones
entre asegurador y asegurado; es oneroso, en cuanto, compromete al primero a pagar el siniestro y al segundo
a reconocer el valor de la prima y es aleatorio porque se refiere a la indemnización de una pérdida o de un
daño producido por un acontecimiento o un hecho incierto, pues no se sabe si se va a producir y en el caso
contrario – como ocurre con la muerte- no se sabe cuándo ello ha de acontecer”.
30 Sentencia T-152 de 2006
negación de un servicio médico que no haya sido enunciado como tal en el contrato, ya que
se presume la buena fe de las partes al momento de obligarse31”32.
Posteriormente, mediante Sentencia T-490 de 2009, este Tribunal nuevamente analizó este
asunto. De acuerdo con los hechos del caso, una persona de cuarenta y cuatro (44) años de
edad trabajó toda su vida como independiente en el oficio de fumigador. Sus ingresos
siempre habían sido limitados y los utilizaba para mantener a su familia. Tras severas
dificultades en su salud, tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en una operación de
remplazo total de rodilla derecha. Desafortunadamente, la operación no tuvo éxito y el
accionante necesitó muletas por toda su vida. Por tal motivo, fue valorado por la junta de
Calificación de Invalidez con un grado de discapacidad del 59.31%. Al haber trabajado
como independiente toda su vida, queriendo garantizar su “pensión”, había suscrito un
contrato de seguro con una compañía por determinada suma de dinero, el cual operaría por
muerte o invalidez. Efectivamente acudió a la aseguradora quien le negó el pago del dinero
argumentando que el señor aun podía continuar teniendo “trabajos remunerados”. En
dicha Sentencia, la Corte encontró que efectivamente la aseguradora había vulnerado los
derechos del actor, pues no existía ninguna razón suficiente que le permitiera negar el pago
de la póliza. Por el contrario, lo que ello generaba era un perjuicio desproporcionado en el
peticionario y en su familia.
“Al referirse a las compañías de seguros esta Corte ha destacado que, si bien en
principio las diferencias que con ellas surjan deben tramitarse ante los jueces ordinarios
dado su carácter contractual, cuando están de por medio derechos fundamentales como la
vida, la salud y el mínimo vital, por su propia actividad y por el objeto de protección que
ofrece en caso de siniestro, resulta viable el amparo constitucional. Por ende, si de tal
objeto asegurado se deriva que la prestación correspondiente es puramente económica, no
tendría cabida la tutela, en cuanto se dirimiría el conflicto ante la jurisdicción ordinaria,
pero si el objeto de la gestión específicamente considerado tiene efecto en la vida y en el
mínimo vital de una persona por razón de la materia de la cobertura, puede ser viable la
acción de tutela para el fin constitucional de amparar tales derechos fundamentales ante la
falta de idoneidad y agilidad del medio ordinario de defensa judicial”
En el año 2010, la Corte fijó unas reglas muy importantes en materia de preexistencias y
reticencia en los contratos de seguro. Así, mediante Sentencia T-832 de 2010, la Corte
estableció dos asuntos de suma trascendencia y que pueden ser extraídos de su lectura. En
primera medida, (i) que la carga de la prueba en materia de preexistencias radicaba en
Como se mencionó, la Corte en esta providencia dijo que “en el caso objeto de estudio, la
Sala de Revisión encuentra que Colseguros S. A. fue negligente al omitir realizar los
respectivos exámenes médicos o exigir la entrega de unos recientes, para así determinar el
estado de salud de la peticionaria. Por ese motivo, no es posible que ante la ocurrencia del
riesgo asegurado, alegue que la enfermedad que lo ocasionó es anterior al ingreso de la
señora Gloria Margoth Turriago Rojas a la póliza de vida grupo deudores”. Con base en
ello, es posible concluir, entonces, que esta Corporación estableció que quienes deben
probar la preexistencia son las aseguradoras y que actúan negligentemente si no realizan
exámenes médicos o exigen la entrega de unos recientes para así verificar el verdadero
estado de salud del asegurado. Así, esta Sentencia evidencia que para la Corte existen
algunos casos donde, a pesar de existir enfermedades previas a la celebración del contrato,
de ello no se sigue reticencia pues el deber de buena fe estaría en cabeza, más intensamente,
de la compañía de seguros. Por tales motivos, concedió el amparo.
En ese mismo año, la Corte expidió la Sentencia T-1018 de 2010. En este fallo reiteró la
anterior regla, aunque a la vez decretó un hecho superado al encontrar que el banco
acreedor ya había condonado la deuda. Los hechos del caso muestran a una persona a quien
su médico tratante le había diagnosticado cáncer gástrico a nivel del estómago nodular. El
peticionario vivía con una pensión de aproximadamente un millón de pesos y de allí
subsistían sus tres hijos menores y esposa. Como consecuencia de su enfermedad, fue
calificado con una pérdida de capacidad laboral del 58.12%. Por esta razón, al haber
suscrito un crédito con un banco, que a su vez había sido respaldado por una póliza de
seguro de vida grupo de deudores que operaría por invalidez o muerte, solicitó el pago
insoluto de la deuda. No obstante, la aseguradora rechazó su solicitud por considerar que el
actor no había informado sobre su enfermedad al momento de tomar el seguro.
En dicha providencia, si bien la Corte encontró probado un hecho superado, sostuvo que
“[b]ajo los anteriores supuestos y la realidad fáctica que ha quedado dilucidada, es claro
que la tutela pedida ha debido concederse, por la realidad de la afectación del derecho del
actor al mínimo vital, quebrantado al tener que seguir abonando a una obligación
crediticia, no obstante está cubierto con un seguro de vida grupo de deudores, siendo un
anciano pensionado con menos de un millón de pesos de mesada, calificado “con 58.12%
de pérdida de capacidad laboral de origen común, con fecha de estructuración enero 5/06,
día del reporte de biopsia con adenocarcinoma recurrente". En otros términos, esta
Corporación no encontró suficiente el argumento de la aseguradora que indica que por el
hecho de no informar a la aseguradora una enfermedad, es suficiente para que una persona
en condición de discapacidad deba continuar pagando el crédito por sí misma.
Más recientemente, la Sentencia T-086 de 2012 volvió a fallar un caso con similares
características. Muestran los hechos de la providencia varios casos de personas a las que
sus aseguradoras les había negado el pago de la póliza del seguro de vida grupo de
deudores, bajo el argumento que la enfermedad causa de la discapacidad, había ocurrido
previamente a la celebración del contrato. En efecto, las personas padecían de una
enfermedad que les había disminuido su capacidad laboral en más de un 50%. Pese a ello,
la Corte no concedió el amparo tras considerar que no quedaba demostrada la existencia de
un perjuicio irremediable. Por ello, al tener otras vías más adecuadas, la tutela se tornaba
improcedente. Pese a ello, vale resaltar, los sujetos contaban con rentas adicionales como
pensiones por invalidez, entre otras. Igualmente, no se probó sumariamente la incapacidad
económica de los actores.
Un precedente muy importante para el caso que nos ocupa, es el contenido en la Sentencia
T-751 de 2012. Además de reiterar algunas sentencias mencionadas en este capítulo, fijó
algunas reglas relacionadas con cargas que deben cumplir las aseguradoras cuando alegan
preexistencias. En dicha providencia, la Corte estudió varios casos de personas que habían
adquirido créditos con diferentes bancos, los cuales estaban amparados con pólizas de
seguro de vida grupo de deudores. Como ya se ha mencionado en varias oportunidades,
tales seguros obligarían a la aseguradora a pagar el saldo insoluto del crédito, siempre que
los tomadores perdieran más del 50% de capacidad laboral y/o por muerte. Los actores
carecían de recursos económicos.
Finalmente, en el año 2013, mediante Sentencia T-342, esta Corporación volvió a estudiar
un tema de preexistencias y reticencia. En aquella ocasión, la Corte definió un caso de una
persona de 56 años de edad a quien se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica,
imposibilitado para realizar sus funciones de manera regular. El actor había adquirido
distintos créditos de consumo respaldados mediante pólizas de seguro, las cuales fueron
negadas a cancelar por la aseguradora, argumentando que la enfermedad causante de la
invalidez fue adquirida con anterioridad a la vigencia del contrato. En esa oportunidad, la
corte, nuevamente, decidió a favor de los intereses del asegurado, pues en ese preciso
evento la aseguradora no realizó exámenes previos a la celebración del contrato. Por tal
motivo, no podía oponerse al pago de la póliza, dado que no cumplió con dicha carga.
En segundo lugar (ii), que la familia del asegurado dependa económicamente de él. Si bien
esta Corporación ha fallado a favor de personas que no responden económicamente por su
familia, este parece ser un criterio muy importante a la hora de tomar la decisión. En efecto,
el no pago de la póliza, en estos eventos, puede incluir la lesión y/o vulneración de los
derechos fundamentales de todo un núcleo familiar. Si una persona no puede pagar la cuota
de un crédito, muy probablemente esto tendrá efectos en su familia por los posibles cobros
del banco.
34 Ibíd.
35 Sentencia T-342 de 2013.
En tercer lugar (iii), la carga de declarar no puede convertirse en una carga excesiva para el
tomador del seguro, pues existen casos en los que las cláusulas son tan ambiguas que no es
posible, naturalmente, suministrar con toda certeza las calidades del asegurado.
Tal es la magnitud de esta declaración que, como se dijo, la legislación colombiana impone
cierto tipo de sanciones por incurrir en “reticencia o inexactitud” en el suministro de la
información. De acuerdo con ello, el artículo 1058 del Código de Comercio, en relación
con la reticencia, obliga al tomador informar al asegurador de todas aquellas circunstancias
que de conocerlas (i) o bien hagan más onerosa la relación o, sencillamente (ii), abstengan
al asegurador de celebrar el contrato. Incumplir con este deber de información, conlleva a
dos consecuencias negativas para el asegurado: La nulidad relativa del contrato de seguro, o
recibir tan solo una parte de la póliza. En términos textuales, la mencionada disposición
señala lo siguiente:
La Corte Suprema de Justicia también se ha pronunciado sobre este tema. Mediante fallo
del primero (01) de septiembre de dos mil diez (2010)38, aquella Corporación sostuvo que el
deber de informar con exactitud la información relevante para celebrar el contrato de
seguro, era una forma de materializar el principio de buena fe y en consecuencia, castigar a
los negociantes que actúen de manera deshonesta. En criterio de la Corte Suprema,
“dicha norma ha sido analizada como aplicación específica del principio de buena
fe inherente al contrato de seguros, pues esta modalidad negocial supone que el interesado
declare sinceramente cuál es el nivel de riesgo que asumirá la entidad aseguradora,
comoquiera que esa manifestación estructura la base del consentimiento acerca de la
concesión del amparo y no sólo eso, contribuye a establecer el valor de la póliza, en
función de la probabilidad estadística de que el riesgo asegurado acontezca”.
Sobre este mismo punto, la Jurisprudencia de la Corte Suprema ha sido enfática en señalar
que el artículo 1058 del Código de Comercio privilegia la buena fe de los contratantes y
castiga a quien no haya actuado de dicha manera. Así, “el legislador quiso arropar la falta
de sinceridad del contratante y su obrar contrario a la buena fe, bajo la sanción de la
nulidad relativa, con lo cual, en ejercicio de una actividad que le es propia y para la cual
se halla facultado, construyó un régimen particular que inclusive alcanza a superar en sus
efectos el ordenamiento común de los vicios del consentimiento, frente al que, tal como fue
instituido en el citado artículo 1058, no puede el intérprete hacer distingos, observándose
que el vicio se genera independientemente de que el siniestro finalmente no se produzca
como consecuencia de los hechos significativos, negados u ocultados por quien tomó el
seguro”39. Dicho de otra manera, las sanciones del Código de Comercio están dirigidas a
quienes, subjetivamente, hayan actuado de manera deshonesta. Ello no significa otra cosa
que la valoración de la mala y buena fe siempre, en todos los casos, será subjetiva.
En este orden de ideas, si el artículo 1058 del Código de Comercio obliga al asegurado a
declarar “sinceramente”, es claro que la preexistencia, no siempre, será sinónimo de
reticencia40. En efecto, como se mencionó, la reticencia implica mala fe en la conducta del
tomador del seguro. Eso es lo que se castiga. No simplemente un hecho previo celebración
del contrato. Por su parte, la preexistencia es un hecho objetivo. Se conoce con exactitud y
38 Corte Suprema De Justicia Sala De Casación Civil Magistrado Ponente Edgardo Villamil Portilla. Bogotá
D.C., primero de septiembre de dos mil diez Ref.: Exp. No. 05001-3103-001-2003-00400-01.
39 Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil. Bogotá D.C. Sent. Cas.
Civ. de 1º de junio de 2007, Exp. No. 00179-01.
40 Incluso, la Real Academia de la Lengua Española, las define de la siguiente manera: “Reticencia:
1. f. Efecto de no decir sino en parte, o de dar a entender claramente, y de ordinario con malicia, que se oculta
o se calla algo que debiera o pudiera decirse. 2. f. Reserva, desconfianza. 3. Figura que consiste en dejar
incompleta una frase o no acabar de aclarar una especie, dando, sin embargo, a entender el sentido de lo que
no se dice, y a veces más de lo que se calla”. Por su parte, “Preexistencia: Existencia anterior, con alguna de
las prioridades de naturaleza u origen”. Tomado de [Link] Consultado en marzo de 2014.
certeza que “antes” de la celebración del contrato ocurrió un hecho, pero de allí no se
sigue que haya sido de mala fe. La preexistencia siempre será previa, la reticencia no41.
Ahora bien, ¿quién debe probar la mala fe? En concepto de esta Corte, deberá ser la
aseguradora. Y es que no puede ser de otra manera, pues solo ella es la única que puede
decir con toda certeza (i) que por esos hechos el contrato se haría más oneroso y (ii), que
se abstendrá de celebrar el contrato. Precisamente, la Corte Suprema también ha entendido
que esta carga le corresponde a la aseguradora. Por ejemplo, en Sentencia del once (11) de
abril del 2002, sostuvo que “las inexactitudes u omisiones del asegurado en la declaración
del estado de riesgo, se deben sancionar con la nulidad relativa del contrato de seguro,
salvo que, como ha dicho la jurisprudencia, dichas circunstancias hubiesen sido conocidas
del asegurador o pudiesen haber sido conocidas por él de haber desplegado ese deber de
diligencia profesional inherente a su actividad” (subraya por fuera del texto)42. Lo anterior
significa que la reticencia solo existirá siempre que la aseguradora en su deber de
diligencia, no pueda conocer los hechos debatidos. Si fuera de otra manera podría, en la
práctica, firmar el contrato de seguro y solo cuando el tomador o beneficiario presenten la
reclamación, alegar la reticencia. En criterio de esta Sala, no es posible permitir esta
interpretación pues sería aceptar prácticas, ahora sí, de mala fe.
De acuerdo con las consideraciones realizadas a lo largo de esta providencia, esta Sala
resolverá los casos concretos. Para tal fin, se permite reiterar, entonces, que la Corte ha
considerado que se violan los derechos fundamentales de las y los asegurados,
41 Por ejemplo, indicios que pueden dar por ciertos hechos futuros.
42 Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil. Bogotá D.C. Sent. Cas.
Civ. de 11 de abril de 2002, Exp. No. 6815.
especialmente al mínimo vital, cuando: (i) la persona carezca de recursos económicos para
continuar con el pago de las cuotas del crédito; (ii) exista probabilidad de lesionar los
derechos de personas que dependan económicamente de él; (iii) en los casos de
preexistencias la obligación de declarar no puede ser absoluta, pues existen eventos donde
no es posible informar con certeza todas las condiciones del asegurado, especialmente,
cuando las clausulas del contrato son muy amplias o ambiguas; (iv) la carga de la prueba de
la preexistencia radica en cabeza de la aseguradora quien deberá solicitar exámenes
médicos previos a la celebración del contrato, so pena de no poderlos alegar en un futuro y,
finalmente; (v) preexistencia no es sinónimo de reticencia. En este último evento, se deberá
acreditar mala fe del asegurado. Cuando se acrediten tales condiciones, no excluyentes, las
aseguradoras tendrán que pagar el saldo insoluto de la obligación. A partir de dichas reglas,
se resolverán los casos concretos.
Antes de resolver el fondo del asunto, esta Sala estima necesario hacer una consideración
preliminar sobre la procedibilidad de la acción de tutela en los casos estudiados. Así las
cosas, tal y como lo ha sostenido la jurisprudencia de esta Corporación, la acción de tutela
en principio no es el mecanismo adecuado para discutir asuntos de naturaleza contractual.
No obstante, en algunas situaciones, de manera excepcional, puede ser la vía adecuada para
dirimir tales controversias. Ello sucede, principalmente, cuando (i) la persona no cuenta con
otros recursos judiciales, o teniéndolos (ii) no son idóneos y/o eficaces. En todo caso,
siempre procederá el amparo como mecanismo transitorio en presencia de un perjuicio
irremediable. En el presente caso, esta Corte encuentra que la acción de tutela sí cumple
con el requisito de subsidiariedad por cuanto los recursos con los que cuentan los
peticionarios, por sus condiciones de vulnerabilidad, no son eficaces.
Y no es eficaz por al menos dos razones. En primer lugar, los casos tienen en común que
los peticionarios son sujetos de especial protección constitucional. En estas circunstancias,
la Corte ha dicho que el requisito de subsidiariedad se flexibiliza pues lo que es eficaz para
el común de la sociedad, para aquellos sujetos, no. Efectivamente, los tutelantes padecen de
una discapacidad bastante grave. En los tres asuntos examinados han perdido, por distintas
causas, más del 50% de capacidad laboral. Es decir, están en estado de invalidez. Pero
adicionalmente, en segundo lugar, en la mayoría de los casos, presuntamente carecen de
recursos económicos. Revisado el expediente, casi todos los accionantes afirman que se
encuentran en problemas monetarios que les impide continuar con el pago de los créditos
adquiridos. Eso se explica en buena forma porque al perder gran parte de su capacidad
laboral, no pueden continuar trabajando. En ningún caso se controvirtió por parte de las
empresas accionadas que los peticionarios tengan rentas adicionales que les garantice algún
tipo de estabilidad económica.
Así, obligar a los accionantes acudir a un proceso ordinario, es condicionar la protección de
su derecho a un trámite que no se sabe con certeza cuál será su resultado. Ello quiere decir
que, independientemente tengan o no tengan razón, que por la gravedad del asunto y las
condiciones de las personas, la acción de tutela se convierte en el mecanismo apropiado. Ir
a jurisdicciones ordinarias es obligar a la accionante a asumir cargas desproporcionadas que
si bien son soportables para el común de la sociedad, para ella no lo son. Esta clase de
procesos “lleva consigo una serie de trámites (demanda, notificaciones, diligencias
judiciales, práctica de pruebas, etc.) que [los accionantes no están] en capacidad de
cumplir en condiciones de igualdad. El solo hecho de tener que movilizarse ya es una
situación tortuosa para ella y sus familiares” 43. Por tales motivos, la Corte conocerá el
fondo del asunto.
Pese a ello, esta Sala estima hacer un análisis de subsidiariedad más detallado en el caso del
Señor José del Carmen Martínez en contra de del banco Davivienda y Compañía de
Seguros Bolívar S.A., pues encuentra que existen elementos especiales que hacen necesaria
una consideración particular.
Una vez analizados los hechos del caso y las pruebas que reposan en el expediente, esta
Sala tutelará los derechos fundamentales a la vida digna, dignidad humana y mínimo vital
del señor Argemiro Arzuaga Manjarrez. En criterio de esta Corte, las razones por las cuales
la aseguradora decide negar el pago de la póliza son injustificadas y generan efectos
En primer lugar, está demostrado que el peticionario padece de una enfermedad bastante
grave, razón por la cual, no puede continuar trabajando. En efecto, una vez realizada la
valoración médica, le fue diagnosticado lupus eritematoso sistemático, necrosis idiopática
ósea en cadera, secuelas funcionales definitivas de artrosis de cadera derecha, neuropatía
lúpica, complicaciones y trastornos neuromusculares, cambios artrósicos degenerativa de
cadera derecha, motivo por el cual tuvo una pérdida de capacidad laboral del 50.07 %. Ello
quiere decir que de acuerdo con las condiciones del contrato, había operado el siniestro
pues efectivamente padecía de invalidez total y permanente. Esa situación, no solo obligaría
a la aseguradora a pagar la póliza y cumplir con sus obligaciones, sino también sitúa al
asegurado en condición de vulnerabilidad pues por sus problemas de salud, se encuentra en
una condición de discapacidad que le impide desarrollar su vida como lo venía haciendo.
Lo anterior, no solo tiene consecuencias en su diario vivir, sino que para efectos del caso,
implica que esta Sala le brinde una protección particular al convertirse en un sujeto de
especial protección constitucional. En este contexto, el caso adquiere relevancia
constitucional, pues esta Sala no puede ignorar que un fallo desfavorable a los intereses del
actor, ocasionaría serias cargas que muy probablemente el peticionario no podría soportar.
Por ejemplo, a pesar de haber operado el siniestro, tener que pagar el crédito respaldado por
la póliza que la aseguradora no quiere cancelar y sin, al parecer, ingresos para hacerlo por
no poder continuar trabajando.
No obstante, a pesar de la relevancia constitucional que adquiere este caso, como se dijo en
la parte motiva de esta providencia, la Corte también ha entendido que la condición de
discapacidad no es necesariamente suficiente para obligar a una aseguradora a pagar el
saldo insoluto de la obligación. La razón para que ello sea así es que si se adoptara esta
regla sin ningún tipo de condiciones, la acción de tutela dejaría sin contenido a las demás
vías ordinarias. Todas las personas que se encuentren en esa situación, acudirían al amparo
constitucional para reclamar el pago de la póliza y la tutela, al igual que la justicia
ordinaria, perdería todo sentido. Más aún, la esencia misma del contrato de seguro dejaría
de existir, si la tutela sirviera como el mecanismo para desconocer las cláusulas de un
contrato. Por ejemplo, si se llegase a demostrar reticencia por parte del tomador del seguro,
la condición de discapacidad no sería suficiente argumento para obligar a la aseguradora
(en ejercicio de su autonomía de voluntad contractual) a pagar la póliza. Es por ese motivo
que la Corte haya exigido que al menos sumariamente, por parte del tomador, se demuestre
que la persona carece de los recursos económicos suficientes para continuar con el pago de
la deuda. Así, si cuenta con capacidad económica, deberá ventilar esa controversia por la
vía ordinaria, ya que su afectación al mínimo vital no será tan cierta.
Así las cosas, aterrizando al caso concreto, los hechos y pruebas revisadas por esta Sala,
llevan a considerar que el peticionario no cuenta con recursos económicos para pagar el
saldo insoluto de la deuda que adquirió con el banco beneficiario del seguro. Y se llega a
esta conclusión por dos vías. En primer lugar, el actor no cuenta con ningún tipo de renta
adicional. Tal y como obra en el expediente, los activos percibidos por su trabajo previo a la
pérdida de capacidad laboral, era su única fuente de ingresos. El señor Manjarrez no tiene
ningún tipo de pensión, ni tampoco negocios paralelos. Al contrario, es responsable por
toda su familia la cual se compone de tres menores de edad y su esposa. Este hecho lleva a
pensar a esta Corte que los gastos que debe asumir por toda su familia son bastante
elevados, mucho más teniendo en cuenta que no puede trabajar. Así mismo, revisado el
expediente, esta Sala encuentra que este hecho no fue controvertido por la aseguradora. Por
tal motivo, se darán como ciertas estas afirmaciones. En síntesis, existen indicios muy
fuertes que conllevan a esta Corte a pensar que efectivamente el señor Manjarrez no cuenta
con los recursos necesarios para mantenerse a sí mismo y a su familia.
Por otra parte, existe un dilema probatorio pues el peticionario afirma que al momento de
celebrar el contrato, no firmó ninguna declaración de asegurabilidad. No obstante, la
aseguradora sostiene que el 31 de enero de 2011, el señor Arzuaga firmó el debatido
documento. Revisadas las pruebas, esta Sala encuentra que la defensa de la aseguradora no
tiene la virtualidad de desvirtuar las afirmaciones del declarante. Tal y como se observa en
la contestación de la acción de tutela44, la aseguradora sostiene que si existe una declaración
en la que, cuando se le pregunta al peticionario si “¿sufre o ha sufrido enfermedades
mentales, cerebro vasculares, renales, cáncer, pulmonares, gastrointestinales, hipertensión
arterial, diabetes, alcoholismo, tabaquismo, drogadicción, SIDA, y en general cualquier
otro tipo de enfermedad o patología preexistente a la fecha de otorgamiento de cada
crédito?”, este sostiene que no. No obstante, revisado minuciosamente el expediente, la
aseguradora no aporta en ninguna parte constancia en la que el peticionario firme o acepte
expresamente no padecer ninguna enfermedad previa a la celebración del contrato. Tan
solo, sin prueba alguna, copia parte de una supuesta declaración que nunca fue aportada al
proceso.
Ahora bien, a pesar de lo anterior, esta Sala se permite hacer una anotación adicional sobre
este punto. Tal y como se dijo en la parte considerativa de esta Sentencia, el deber de
declarar de los asegurados no es absoluto pues existen situaciones en las que el tomador del
seguro no conoce sus enfermedades porque o bien son silenciosas, o son de imposible
conocimiento del asegurado. Igualmente, este deber se restringe mucho más cuando quiera
que el contrato de seguro disponga clausulas etéreas, abstractas o ambiguas. Como se
aprecia en este caso, el señor Arzuaga manifiesta que él no conocía todas las enfermedades
que padecía y la aseguradora sostiene que desde antes de celebrar el contrato el peticionario
ya sufría de problemas en la cadera derecha y antecedentes de LES. Sin embargo, estas
enfermedades son tan solo una causa de la pérdida de capacidad laboral. En ese evento, el
señor Arzuaga solo podía conocer aquellas enfermedades respecto de las cuales hubiera
tenido tratamiento. Las otras, no tenía posibilidad de conocerlas.
En todo caso, revisadas las cláusulas del contrato, la supuesta declaración de asegurabilidad
preguntaba si conocía “cualquier otro tipo de enfermedad o patología preexistente a la
fecha de otorgamiento de cada crédito?”. Estima esta Corte que esta pregunta es
excesivamente ambigua, etérea y abstracta, pues esto sería entregarle al tomador una carga
que jamás podría cumplir. Es un exceso eximir a las aseguradoras del pago de una póliza,
admitiendo reticencia, cuando estas preguntas llevan a que los asegurados jamás puedan
suministrar la información exacta para tomar el seguro. Esta clase de condiciones ambiguas
y abstractas en el contrato demuestran mala fe en las aseguradoras pues no exigen
información exacta e inducen a que los tomadores de los seguros incurran en error. Estos
cuestionamientos, al ser tan generales, siempre llevarían a los usuarios del sistema
asegurador a incurrir en inexactitudes y por ello a ser sancionados con reticencia, lo cual no
puede admitir esta Corporación ni nuestro orden constitucional.
Por las anteriores consideraciones, esta Sala concederá el amparo a los derechos
fundamentales del señor Argemiro Arzuaga Manjarrez. En consecuencia, ordenará a la
Compañía Seguros de Vida Suramericana S.A. cancelar la póliza correspondiente y como
tal, pagar el saldo insoluto de la obligación adquirida con el Banco Bancolombia S.A. En
caso de haberse iniciado algún proceso judicial en contra del peticionario, se ordenará
levantarse y dar por terminado cualquier proceso en su contra.
Siguiendo los lineamientos del caso anterior, la Sala verificará que los hechos se
enmarquen dentro de las reglas fijadas por esta Corporación para tutelar los derechos
fundamentales al mínimo vital, vida digna y dignidad humana de los asegurados, por la
presunta violación causada por la negativa de las aseguradoras de pagar la póliza,
argumentando preexistencia.
Así entonces, el señor José de Jesús Núñez sostuvo en su escrito de tutela que recibió un
crédito del Banco BBVA por un valor de veinticinco millones de pesos ($25.000.000). Esta
obligación se pagaría en cuotas mensuales que se descontarían directamente de su salario, a
través de la modalidad de libranza. Para amparar dicho préstamo, ese mismo día, el
veintisiete (27) de mayo de dos mil once (2011), suscribió un contrato de seguro 45 con la
aseguradora BBVA Seguros de Vida Colombia S.A. La respectiva póliza operaría por
muerte, incapacidad total y permanente, desmembración o inutilización e incapacidad total
temporal. En desarrollo de su trabajo, sufrió quebrantes de salud, particularmente por
problemas en su voz. Luego de varios tratamientos sin efectiva recuperación, “fue valorado
por medicina especializada en Salud Ocupacional por la Doctora Indira Manotas Alvor,
adscrita a la UT Avanzar Médicos, Oriente Región Cinco” quien le diagnosticó una pérdida
El tres (03) de abril de dos mil trece (2013), BBVA Seguros de Vida negó el pago de la
póliza argumentando que el actor, al momento de suscribir la póliza, no informó que
padecía varias patologías. Así, de acuerdo con la historia clínica de la Fundación Médico
Preventiva de enero veinticuatro (24) de mil novecientos noventa y dos (1992), el
peticionario “tiene diagnóstico de HTA (Hipertensión arterial), en junio de 2004
hiperplasia prostática y en marzo de 2010 disfonía”. Por su parte, los jueces de instancia
declararon improcedente la acción de tutela, argumentando que este es un amparo residual
y que solamente es viable cuando se agotan los demás recursos de defensa con los que
cuenta el peticionario. Así, al tratarse de una controversia contractual, el petente pudo
acudir a la justicia ordinaria.
Así las cosas, una vez revisados los hechos que dieron lugar a la acción, esta Sala
concederá el amparo constitucional de los derechos fundamentales del señor Núñez. Esta
Corte estima, luego de analizar la respuesta de la aseguradora, que sus razones no son
suficientes para considerar que su negativa para el pago de la póliza, no es suficiente para
lesionar los derechos del asegurado. Al contrario, la Corte no entiende cómo, a pesar de
existir documentos que prueban que jamás existió preexistencia y sin haber firmado
declaración de asegurabilidad alguna, la aseguradora insiste en negarse a cumplir con sus
obligaciones. Estos errores en la formación del contrato no pueden trasladarse a los
asegurados, mucho menos teniendo en cuenta que son personas en condición de
discapacidad y se encuentran en condiciones de vulnerabilidad.
En este orden de ideas, como se dijo, la Corte tutelará los derechos del peticionario,
además, por las siguientes razones. En primer lugar, de las pruebas halladas en el
expediente, está demostrado plenamente que el señor Núñez padece de una pérdida bastante
alta; exactamente, del 95.45 %. Ello quiere decir, no solo que el riesgo asegurado debería
estar cubierto, sino que efectivamente el siniestro acaeció, según examen realizado por
“medicina especializada en Salud Ocupacional por la Doctora Indira Manotas Alvor,
adscrita a la UT Avanzar Médicos, Oriente Región Cinco”. Así, en el contrato aportado por
las partes, está claro que la póliza debería ser pagada siempre que el asegurado, en este caso
el petente, sufriera una pérdida de capacidad laboral igual o mayor al 50%. Por estos
motivos, en principio, la aseguradora, sin poderse oponer, debería pagar el saldo insoluto de
la obligación. No obstante, como se mencionó en la parte motiva de esta providencia, el
hecho de encontrarse en esta difícil situación de salud, no es suficiente para que el juez
constitucional ordene el pago del contrato de seguro. No obstante, si es razón para que el
caso adquiera relevancia constitucional, al encontrarse inmerso en la discusión un sujeto de
especial protección constitucional.
Así pues, en el estudio del caso concreto, esta Sala encuentra probada la ausencia de
capacidad económica por parte del petente. Y llega a esa conclusión, por las siguientes
razones. En primer lugar, es claro que la pérdida de capacidad laboral es casi del cien por
ciento (95.45%). Eso indica no solo que el señor Núñez es un sujeto de especial protección,
sino que su estabilidad económica se ve seriamente afectada. Debido a sus problemas de
salud, el peticionario no pudo continuar trabajando y al ser esa su única fuente de ingresos,
su derecho al mínimo vital se vio seriamente afectado. Adicionalmente, es importante
reiterar que su familia, compuesta por su esposa e hijos menores que se encuentran
estudiando en colegios, depende económicamente de él. Igualmente, el peticionario no
cuenta con rentas adicionales como pensiones, negocios, etc. que le permitan sobrellevar
esta situación. Igualmente, esta afirmación hecha por el accionante no fue controvertida por
la aseguradora, lo cual reafirma la conclusión de esta Corte. Bajo este contexto, esta Corte
concluye que el peticionario también cumple con este requisito.
Por otra parte, si bien la aseguradora, en principio, sostiene que existe una preexistencia, no
cumplió con las cargas adicionales fijadas por la jurisprudencia de esta Corporación para
poder negar el pago de la póliza. Así, la Corte ha establecido que además de que la carga de
la prueba de las preexistencias recae en cabeza de las aseguradoras, no podrán alegarlas si
(i) no solicitaron un examen de entrada y (ii) no demuestran mala fe en la omisión de
información del tomador del seguro. En el presente caso, es claro que la aseguradora a
pesar de tener los medios para hacerlo, se limitó a suscribir el contrato sin un mínimo de
diligencia para solicitar o practicar un examen previo de ingreso a la póliza.
Adicionalmente, tampoco logró demostrar la mala fe en el actuar del tomador.
Exclusivamente, sostuvo que el actor no informó que padecía la enfermedad causante de la
pérdida de capacidad laboral, sin aportar la declaración de asegurabilidad del seguro. Es
decir, no logró desvirtuar las afirmaciones hechas por el peticionario.
Por las anteriores consideraciones, esta Sala concederá el amparo a los derechos
fundamentales del señor José de Jesús Núñez. En consecuencia, ordenará a la Compañía
BBVA Seguros de Vida Colombia S.A. cancelar la póliza correspondiente y como tal, pagar
el saldo insoluto de la obligación adquirida por el petente, con el Banco BBVA. En caso de
haberse iniciado algún proceso judicial en contra del peticionario, se ordenará levantarse y
dar por terminado cualquier proceso en su contra.
EXPEDIENTE T-4148791. JOSÉ DEL CARMEN MARTÍNEZ MEJÍA EN CONTRA DEL
BANCO DAVIVIENDA Y COMPAÑÍA SEGUROS BOLÍVAR S.A.
En el caso concreto, el accionante sostuvo que trabajaba como maestro de la planta global
del Municipio de Barrancabermeja, cargo del cual fue retirado el siete (07) de septiembre
de dos mil doce (2012) mediante resolución 1410. Mientras ejercía esas funciones, adquirió
dos créditos con el Banco Davivienda. Para respaldar dichas obligaciones, suscribió un
contrato de seguro con la empresa Seguros Bolívar S.A. Esta póliza operaría por muerte o
pérdida de capacidad laboral superior al 50 %. El primero (01) de septiembre de dos mil
doce (2012), el médico laboral Miguel Ángel Vertel Camacho de FOSCAL Fundación
Avanzar FOS, entregó concepto sobre su pérdida de capacidad laboral, el cual le calificaba
con una disminución del 95.3% por enfermedad común, con fecha de estructuración igual a
la del dictamen; esto es, primero (01) de septiembre de dos mil doce (2012). Por este
motivo, el peticionario solicitó a la compañía Seguros Bolívar el pago de la póliza por
haber acaecido el riesgo amparado. No obstante, la aseguradora negó el reconocimiento de
la respectiva indemnización, según el accionante, porque la enfermedad causante de la
disminución laboral fue adquirida antes de celebrar el contrato. Los jueces de instancia
consideraron que el amparo se tornaba improcedente, en tanto el accionante contaba con
mecanismos de defensa diferentes a la acción de tutela. El señor Martínez, es beneficiario
de una pensión de invalidez.
En el presente caso, es claro que el peticionario cuenta con una herramienta de defensa de
sus derechos fundamentales. Ha sido dicho en esta decisión que las controversias surgidas
por el cumplimiento de obligaciones emanadas de un contrato de seguro, cuentan con un
recurso idóneo, el cual es la vía declarativa civil. Así, “para ventilar sus inconformidades,
las partes tienen la posibilidad, por regla general 47, de acudir al juez civil para que declare
Por tanto, el señor Martínez, en el caso concreto, sí cuenta con un mecanismo idóneo y, en
principio, eficaz. Eficaz, por varias razones. En primer lugar, porque a pesar de que el
requisito de subsidiariedad se flexibiliza en los casos donde se encuentren involucrados
sujetos de especial protección constitucional, este mandato no es absoluto. Para casos de
seguros, debe además no contarse con recursos económicos que aumenten la probabilidad
de lesionar los derechos fundamentales de los actores. Por ejemplo, si una persona padece
una pérdida de capacidad laboral grave, pero tiene capacidad económica para continuar con
el pago de la deuda y no sufrir perjuicios en sus derechos, en ese caso es difusa la
afectación de su derecho al mínimo vital. El interés que le mueve al petente es netamente
patrimonial. En todo caso, es importante dejar claro que eso no significa que la condición
de discapacidad deje de tener relevancia en el análisis de subsidiariedad. Este punto la Sala
lo retomará más adelante.
Aterrizando al caso concreto y revisadas las pruebas que obran en el expediente, es claro
que la persona padece un alto grado de pérdida de capacidad laboral. De acuerdo con el
certificado de pérdida de capacidad laboral, al señor Martínez le fue dictaminada una
disminución del 95.3%. Es decir, el petente no puede continuar trabajando. Evidentemente,
está en una situación que merece una especial atención por parte de este fallador. No
obstante, siguiendo las reglas que esta misma Corporación, no es suficiente esta
circunstancia. Debe además, demostrarse que no se cuenta con capacidad económica, pues
ante esa situación, la afectación al mínimo vital se intensifica.
En ese orden de ideas, en este caso no encuentra la Corte razones suficientes para concluir
que el señor Martínez no tiene suficientes ingresos para que su derecho al mínimo vital se
vea lesionado. Pero tampoco para sostener que sus recursos son suficientes para no verlo
vulnerado. Y no logra esclarecerse este elemento, por lo siguiente:
En primer lugar, existen algunas pruebas que acreditan que el peticionario recibe rentas
adicionales, como una pensión por invalidez. En el expediente, específicamente en el
Cuaderno 1 Folio 19, se tiene que mediante Resolución 1410 de 2012, la Alcaldía
Por otra parte, si bien la aseguradora logró demostrar preexistencia en el contrato de seguro,
no cumplió con las cargas adicionales fijadas por la jurisprudencia de esta Corporación para
poder negar el pago de la póliza. Así, la Corte ha establecido que además de que la carga de
la prueba de las preexistencias recae en cabeza de las aseguradoras, no podrán alegarlas si
(i) no solicitaron un examen de entrada y (ii) no demuestran mala fe en la omisión de
información del tomador del seguro. En el presente caso, pese a tener los medios para
conocer su preexistencia, ni solicitó examen de entrada ni tampoco probó mala fe. Así, a
pesar de demostrar la existencia de una enfermedad previa a la celebración del contrato, no
pudo evidenciar que el accionante conocía de dicha enfermedad y que esta es exactamente
la causante del siniestro. Igualmente, no especificó en las condiciones del contrato las
exclusiones médicas no asegurables.
Ante estas dudas, no es posible que la Corte declare improcedente el trámite constitucional.
Sin embargo, encuentra que la persona aún puede acudir a otras vías para discutir este
asunto. Por esta razón, la Corte tutelará transitoriamente los derechos fundamentales del
actor, pues evidencia que existe un riesgo de causarse un perjuicio irremediable. En
concreto, el curso natural del crédito indicaría un proceso ejecutivo en contra del
peticionario, y ante esta situación, tratándose de una persona con un 95% de pérdida de
capacidad laboral, esta Sala tomará la mencionada decisión. Así las cosas, todos estos
interrogantes son asuntos que deben ser resueltos por el juez natural de la controversia,
siguiendo el principio de la inmediación probatoria. La autenticidad y alcance de las
pruebas recaudadas que den cuenta del incumplimiento de la aseguradora, son competencia
de la justicia ordinaria. A pesar de lo anterior, ello no es razón suficiente para que esta Sala
deje sin protección alguna a un sujeto que por sus condiciones debe recibir un trato especial
por parte de la justicia constitucional.
La Corte ha decantado los elementos que deben concurrir en el acaecimiento de un
perjuicio irremediable:
Así las cosas, en el presente caso existe una inminencia del perjuicio, al detallarse varios
elementos del caso. Así, ante la alta probabilidad que el peticionario no pueda continuar
pagando las cuotas, el curso natural del crédito es que el banco inicie un proceso ejecutivo
en contra del deudor. Este proceso, sin más, implica cargas procesales bastante altas que
incluso pueden llegar al remate de los bienes del petente. Bienes inmuebles, muebles, etc.
Eso, ante las condiciones del señor Martínez (95% de pérdida de capacidad laboral), sería
un perjuicio excesivo que podría poner vulnerar certeramente el derecho al mínimo vital,
vida digna y dignidad humana. Ello, además, conlleva a una gravedad del asunto. Una
persona que presuntamente no tiene familia, pero además sufre una discapacidad tan alta
como la que padece el señor Martínez, no tiene posibilidades reales de continuar su vida en
condiciones normales. No hace falta realizar cálculos aritméticos para dar cuenta de la
gravedad del asunto. Pero además, son impostergables estas medidas, pues de no aplazarse
la ejecución de la deuda, el perjuicio se habrá consumado. En consecuencia, se decretará la
existencia de un perjuicio irremediable.
Finalmente, la Corte advertirá al peticionario para que en el término de cuatro (4) meses
contados a partir de la notificación del presente fallo instaure acción ordinaria con el fin de
reclamar el pago de la póliza adquirida con la aseguradora accionada.
Por estos motivos, esta Sala concederá el amparo transitorio de los derechos fundamentales
del señor José del Carmen Martínez. Por tanto, ordenará a la Compañía Seguros Bolívar
S.A. suspender el cobre de la deuda, hasta tanto el juez civil no se pronuncie sobre su
posible incumplimiento. Igualmente, en caso de haberse iniciado algún proceso judicial en
contra del peticionario, se ordenará levantarse y dar por terminado cualquier proceso en su
contra.
DECISIÓN
RESUELVE:
PRIMERO: REVOCAR el fallo proferido el quince (15) de agosto de dos mil trece
(2013) por el Juzgado Tercero Civil del Circuito de Oralidad de Valledupar, que resolvió
negar la acción de tutela promovida por Argemiro Arzuaga Manjarrez en contra de Seguros
de Vida Suramericana S.A. y Bancolombia S.A. En su lugar CONCEDER la tutela de los
51 Sentencias T-107 de 2010 M.P. Jorge Iván Palacio Palacio, T-816 de 2006
M.P. Marco Gerardo Monroy Cabra y T-1309 de 2005 M.P. Rodrigo Escobar
Gil, entre otras.
derechos fundamentales al mínimo vital y vida digna del Señor Argemiro Arzuaga
Manjarrez.
CUARTO: REVOCAR el fallo proferido el veintidós (22) de agosto de dos mil trece por
el Juzgado Tercero Civil del Circuito de Oralidad de Valledupar, que resolvieron negar la
acción de tutela promovida por José de Jesús Núñez Contreras en contra de la Aseguradora
BBVA Seguros de Vida Colombia S.A. En su lugar CONCEDER la tutela de los derechos
fundamentales al mínimo vital y vida digna del Señor José de Jesús Núñez Contreras.
SEXTO: ORDENAR al Banco BBVA S.A. abstenerse de iniciar cualquier tipo de cobro
(judicial y/o extrajudicial) en contra del Señor José de Jesús Núñez Contreras por el crédito
o créditos del cual es deudor, el cual deberá cubrir la aseguradora condenada. En caso de
haber iniciado algún trámite judicial, se ordena al juez de conocimiento dar por terminado
inmediatamente cualquier tipo de proceso y levantar las medidas cautelares que se hayan
producido con ocasión del mismo, de conformidad con la parte considerativa de este fallo.
SÉPTIMO: REVOCAR el fallo proferido diecisiete (17) de julio de dos mil trece (2013)
por el Juzgado Tercero Penal Municipal de Barrancabermeja, que resolvió negar la acción
de tutela promovida por José del Carmen Mejía Martínez en contra de Seguros Bolívar S.A.
y el Banco Davivienda. En su lugar CONCEDER DE MANERA TRANSITORIA la
tutela de los derechos fundamentales al mínimo vital y vida digna del Señor José del
Carmen Mejía Martínez, que regirá hasta que la jurisdicción ordinaria resuelva la acción
que el actor debe formular o, si no la instaura, hasta que transcurran cuatro (4) meses
contados a partir de la notificación de esta sentencia.
OCTAVO: ORDENAR a Seguros Bolívar S.A. que en el término de cuarenta y ocho (48)
horas siguientes a la notificación de esta sentencia, suspenda la ejecución del crédito, de
conformidad con la parte motiva de esta providencia.
Por Secretaría General, líbrense las comunicaciones previstas en el artículo 36 del Decreto
Ley 2591 de 1997.
(…).»