"época del vapor.
" También para las antiguas burguesías mercantiles -sobre todo las vinculadas
al comercio colonial- y financieras, los cambios implicaron sólidos beneficios. Ya se
encontraban sólidamente instaladas en la poderosa y extensa red mercantil, y las
transformaciones económicas les posibilitaron ampliar su radio de acción. A estas antiguas
burguesías, el éxito podía incluso permitirles ingresar en las filas de la nobleza. La posibilidad
de asimilación en las clases más altas también se dio para los primeros industriales textiles del
siglo XVIII: para algunos millonarios del algodón, el ascenso social corría paralelo al
económico.
Sin embargo, el proceso de industrialización generaba a muchos "hombres de negocios" que,
aunque habían acumulado fortuna, eran demasiados para ser absorbidos por las clases más
altas. Muchos habían salido de modestos orígenes -aunque nunca de la más estricta pobreza-,
habían consolidado sus posiciones, y a partir de 1812, comenzaron a definirse a sí mismos
como "clase media". Como tal reclamaban derechos y poder. Eran hombres que se habían
hecho "a sí mismos", que debían muy poco a su nacimiento, a su familia o a su educación.
Estaban imbuidos del orgullo del triunfo y dispuestos a batallar contra los obstáculos que se
pusieran en su camino. Estaban dispuestos a derribar los privilegios que aún mantenían los
"inútiles" aristócratas -por los que esta "clase media" sentía un profundo desprecio- y, sobre
todo, a combatir contra las demandas de los trabajadores que, en su opinión, no se esforzaban lo
necesario ni estaban dispuestos totalmente a acatar su dirección.
Para estos hombres, la vida se había transformado radicalmente. Pero el cambio no los
desorganizó. Contaban con las normas que les proporcionaban los principios de la economía
liberal -difundida por periódicos y folletos- y la guía de la religión. Sus fortunas crecían día a
día, y para ellos era la prueba más contundente de que la Providencia los premiaba por sus
vidas austeras y laboriosas. Indudablemente eran hombres que trabajaban duro. Vestidos
siempre de levitas negras, vivían en casas confortables distantes de sus fábricas en las que
ingresaban a muy temprano y permanecían hasta la noche controlando y dirigiendo los procesos
productivos. Su austeridad -que les impedía pensar en el derroche o en tiempos improductivos
dedicados al ocio- era resultado de la ética religiosa, pero también constituía un elemento
funcional para la primera época de la industrialización, donde las ganancias debían reinvertirse.
Sólo el temor frente a un futuro incierto los atormentaba: la pesadilla de las deudas y de la
bancarrota que dejaron a muchos en el camino. Pero estas amenazas no impidieron que estos
nuevos hombres de negocios, esta nueva burguesía industrial fuera la clase triunfante de la
Revolución Industrial.
Los nuevos métodos de producción modificaron profundamente al mundo de los
trabajadores. Evidentemente, para lograr esas transformaciones en la estructura y el ritmo de
la producción