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Reporte 7

Porfirio Díaz, líder del Porfiriato, es descrito como un 'místico de la autoridad' que promovió la modernización y estabilidad en México, pero a costa de la represión y la exclusión social. Su régimen, marcado por la centralización del poder y la inversión extranjera, culminó en una crisis política que llevó a su renuncia y exilio tras la Revolución Mexicana. El legado de Díaz es ambivalente, siendo visto tanto como un artífice del progreso material como un responsable de profundas injusticias sociales.

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Reporte 7

Porfirio Díaz, líder del Porfiriato, es descrito como un 'místico de la autoridad' que promovió la modernización y estabilidad en México, pero a costa de la represión y la exclusión social. Su régimen, marcado por la centralización del poder y la inversión extranjera, culminó en una crisis política que llevó a su renuncia y exilio tras la Revolución Mexicana. El legado de Díaz es ambivalente, siendo visto tanto como un artífice del progreso material como un responsable de profundas injusticias sociales.

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Reporte 7: Porfirio Díaz, místico de la autoridad

( basado en “Biografía del poder” de Enrique Krauze)

Introducción

Porfirio Díaz (1830–1915) encarna, según Enrique Krauze, la idea del “místico de la
autoridad”: un líder convencido de que su permanencia al frente de México era indispensable
para garantizar orden y progreso. Su régimen, conocido como el Porfiriato (1876–1911),
marcó una era de modernización y estabilidad política sin precedentes, pero también de
exclusión social, represión y concentración de poder. Este reporte sintetiza los hitos más
importantes de su vida, su ascenso al poder, la característica esencial de su gobierno, su crisis
final y su legado ambivalente.

Orígenes y formación

Nacido el 15 de septiembre de 1830 en Oaxaca, Díaz provenía de una familia mestiza de


clase media modesta. En sus primeros años estudió en el seminario diocesano de su ciudad,
pero la Guerra de Reforma (1857–1861) y la invasión francesa (1862–1867) lo impulsaron a
ingresar al ejército republicano. Su formación combinó la disciplina religiosa con la lectura
de ideas liberales (Juárez, Ocampo), forjando en él una concepción del poder como
instrumento para imponer el orden. Ya joven, demostró valor en la Batalla de Puebla (1862)
y ascendió rápidamente de rango, consolidándose como militar destacado.

Ascenso al poder (Plan de Tuxtepec y primeros mandatos)


Durante la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada (1872–1876), Díaz, invocando el
principio de “no reelección”, se sumó al Plan de la Noria (1871) y luego al Plan de Tuxtepec
(enero 1876), que desconocía la reelección de Lerdo. Tras derrotar al ejército federal en la
batalla de Tecoac (noviembre 1876), Díaz asumió la presidencia el 17 de febrero de 1877. En
este primer periodo (1877–1880) prometió no reelegirse, reestructuró el ejército, garantizó
libertades formales y promovió inversiones en ferrocarriles y minas. Sin embargo, en 1880
cedió la presidencia a su colaborador Manuel González y viajó a Europa, estableciendo un
precedente: Díaz podría “retirarse” momentáneamente sin perder su influencia sobre la
nación.

Consolidación del régimen (1884–1900)


Reelecto en 1884, Díaz inició la fase más intensa de centralización y modernización.
Reformó la Constitución para permitir su reelección indefinida, proclamando que el pueblo
podía “nombrar a quien quisiera”. Bajo el lema extraoficial “Orden y Progreso”, su gobierno
favoreció la inversión extranjera (británica y estadounidense) en ferrocarriles, minería,
agricultura y telecomunicaciones. Entre 1884 y 1900 se tendieron más de 19 000 km de vías
férreas, se modernizó el puerto de Veracruz y se amplió la red telegráfica y telefónica en la
capital. Estas obras dinamizaron la economía, pero concentraron la riqueza en grandes
hacendados, compañías extranjeras y una élite urbana emergente.

La estructura política se basó en un equilibrio entre fuerza y cooptación: Díaz depuró al


ejército, creó la gendarmería rural para “pacificar” el campo y estableció redes clientelares
en todo el país. Gobernadores estatales, jefes políticos y caciques locales recibían empleos,
concesiones mineras o privilegios a cambio de lealtad. Al mismo tiempo, se implementaron
leyes represivas (Ley de Vagos y Maleantes, reformas al Código Penal) y censura a la prensa,
de modo que cualquier disidencia real o potencial era silenciada. La figura de Díaz –con
uniformes militares, medallas y retratos oficiales– se erigió en el eje de un culto a la
personalidad, transmitiendo la imagen de un jefe providencial y paternal.

Dimensión social y cultural


En lo educativo, Díaz impulsó la creación de la Escuela Normal de Maestros (1881) y la
reorganización de la Universidad Nacional de México (1883), con planes de estudio
inspirados en corrientes positivistas. Aumentó la tasa de alfabetización urbana (de
aproximadamente 22 % en 1870 a 30 % en 1910), pero dejó al campo mayoritariamente al
margen. Patrocinó el arte y la literatura nacionalista mediante concursos de pintura histórica,
el mecenazgo a la Academia de San Carlos y la construcción de edificios emblemáticos
(Palacio de Bellas Artes, aunque inaugurado años después). Sin embargo, el acceso a la
cultura fue elitista: las clases populares disfrutaban de una modernidad urbana con tranvías
eléctricos y parques ornamentales, mientras las comunidades indígenas padecían miseria,
despojo de tierras y falta de servicios básicos.

En el ámbito laboral emergieron movimientos obreros: la huelga de Cananea (1906) en


Sonora y la huelga de Río Blanco (1907) en Veracruz evidenciaron la explotación en minas
y fábricas textiles. La respuesta del gobierno fue brutal: desplegó rurales y ejército para
reprimir, provocando decenas de muertos y alimentando resentimiento obrero. Estas protestas
mostraron la profunda contradicción del Porfiriato: un discurso de “bienestar” nacional
acompañado de represión hacia quienes demandaban condiciones mínimas de trabajo.
La entrevista Creelman (1908) y el despertar del opositor

La pieza clave que resquebrajó el mito de autoridad invencible de Díaz fue la entrevista con
el periodista estadounidense James Creelman, publicada en marzo de 1908. Díaz afirmó que,
si el pueblo deseaba elecciones libres en 1910 y no lo escogía nuevamente, se retiraría. Este
gesto fue interpretado por líderes emergentes como Francisco I. Madero como una invitación
a reorganizar la oposición, inaugurando la era maderista. A partir de entonces, surgieron con
fuerza corrientes democráticas (maderistas) que fanatizaron a la clase media urbana y a
algunos hacendados menores, mientras pensadores más radicales (Flores Magón) agitaban
desde la clandestinidad.

Crisis final del Porfiriato (1908–1911)

Al calor de la entrevista Creelman, Madero publicó “La sucesión presidencial en 1910”


(1908), acusando a Díaz de perpetuarse y llamando al levantamiento si no se permitían
elecciones libres. A fines de 1909, Madero se inscribió como candidato y fue encarcelado
brevemente, pero recobró la libertad. Las elecciones de junio de 1910 se vieron manchadas
por fraudes sistemáticos: boletas inválidas, urnas rellenas y detenciones arbitrarias de
simpatizantes maderistas. Aun así, Madero ya contaba con respaldo en el norte (Chihuahua,
Sonora) y el centro (Ciudad de México).

El Plan de San Luis (20 de noviembre de 1910) llamó al pueblo a armas. En el norte,
Francisco Villa y Pascual Orozco tomaron Ciudad Juárez (noviembre 1910); en el sur,
Emiliano Zapata encabezó levantamientos en Morelos; en el centro, crecieron rebeliones
campesinas y obreras. La economía se resintió: fuga de capitales, devaluación del peso
después de la crisis de 1907 y parálisis de exportaciones. En mayo de 1911, a través del
Tratado de Ciudad Juárez, Díaz negoció su renuncia: abandonó la presidencia el 25 de mayo
y se exilió en Europa, poniendo fin a 35 años de dominio.

Exilio y muerte

Desterrado a Francia, Díaz vivió en París con relativa opulencia, pero entre recuerdos de su
“misión” incumplida y noticias de la Revolución que consumía a México. Murió el 2 de julio
de 1915, a los 84 años, a causa de un cáncer de próstata. En 1921, durante el gobierno de
Álvaro Obregón, se repatriaron sus restos a Oaxaca, donde reposan en el panteón familiar.
Legado y evaluación

El Porfiriato dejó un legado ambivalente: por un lado, consolidó la infraestructura moderna


de México (ferrocarriles, puertos, telégrafos, escuelas) y generó estabilidad política dentro
de un contexto internacional convulso; por otro, implantó un sistema autoritario que marginó
a campesinos, indígenas y obreros, concentró la tierra y el capital en pocas manos y anuló la
vida democrática. Krauze subraya que Díaz se veía a sí mismo como el guardián de la nación,
un rol casi místico que llevó al desprecio de las instituciones y al desenlace violento.

Historiográficamente, el Porfiriato ha sido revisado: quienes en un principio lo exaltaron


como cimiento del México moderno, luego criticaron su carácter despótico. En la memoria
colectiva persisten dos visiones: Díaz como el artífice del avance material y,
simultáneamente, como el causante de injusticias profundas que detonaron la Revolución
Mexicana. De este modo, el estudio de su figura invita a reflexionar sobre el delicado
equilibrio entre el orden y la libertad, esencial para cualquier proyecto de nación.

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