El Cementerio - AA VV
El Cementerio - AA VV
Lorraine Warren lo voraces que pueden llegar a ser. Durante años, este
matrimonio de parapsicológos se ha dedicado a viajar por el mundo tratando
de desentrañar la verdad oculta detrás de los casos sobrenaturales más
aterradores. Además de ayudar a numerosas familias, su actividad les ha
permitido recopilar sorprendentes pruebas de sus encuentros con lo
paranormal. Desde la famosa casa inmortalizada en La morada del miedo
hasta los aterradores acontecimientos que inspiraron el éxito de taquilla
Expediente Warren: The Conjuring, los Warren han investigado sin descanso
la oscuridad del más allá, documentando auténticas posesiones demoníacas,
manifestaciones de muertos vengativos que continúan merodeando el mundo
de los vivos…
El cementerio presenta casos reales de apariciones de fantasmas y acoso
demoníaco, conmovedores encuentros sobrenaturales e historias de venganzas
de ultratumba. Si no crees en nada de todo esto, terminarás creyendo.
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AA. VV.
El cementerio
Apariciones reales en un antiguo cementerio de Nueva
Inglaterra
Ed & Lorraine Warren: 1
ePub r1.0
Titivillus 30.06.2025
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Título original: The Graveyard
AA. VV., 1992
Retoque de cubierta: Titivillus
Traductor: Daniel Aldea
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NOTA AUTOR
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INTRODUCCIÓN
Ed Warren
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Y después están las brujas. Ninguna otra región de EE. UU. ha demostrado
una obsesión tal por las brujas y la brujería como la que vivió Nueva
Inglaterra durante la etapa inicial desde su fundación.
Una bruja es una persona que, aparentemente, recibe poderes mágicos de
espíritus malignos.
En la antigua Nueva Inglaterra, las brujas eran temidas por varias razones.
Se creía, por ejemplo, que una bruja podía maldecir a una persona y a su
familia, pero también arruinar la cosecha o dejar a las vacas sin una gota de
leche.
Algunas parteras perjuraban haber visto a brujas dando luz a monstruos.
En esa época, eran muchas las personas que creían que las brujas surcaban el
aire montadas en escobas. Sólo tenías que esperar a la medianoche para ver la
silueta de una bruja pasando por delante de la luna.
En la actualidad, consideramos que todas estas creencias no son más que
tonterías. Pese a la existencia real de espíritus malignos y posesiones
demoníacas, la mayoría de la gente no siente demasiado interés por las
antiguas representaciones de las brujas.
Tal vez nos darían más miedo si supiéramos cómo eran tratadas las
personas sospechosas de brujería.
En Europa, se juzgaron y ejecutaron a miles de brujas. En algunos de los
juicios más famosos, los hijos testificaron en contra de sus propios padres; y
después asistían a la ejecución desde un lugar de honor. En uno de los casos,
un hombre influyente que anhelaba a una mujer imposible de conseguir,
denunció al marido de ésta ante el tribunal acusándolo de hechicero o brujo.
Poco después el marido fue juzgado y quemado en la hoguera.
Las cosas no eran mucho mejores en Nueva Inglaterra. La gente espiaba a
sus vecinos en busca de «marcas del diablo». Éstas podían ser simples lunares
que no dolían cuando se los pinchaba con un alfiler o una marca de
nacimiento con una forma extraña. Algunas personas llegaron a acusar de
brujería a sus vecinos basándose en «evidencias» como éstas.
En un solo año, 1692, se ejecutaron a diecinueve brujas solamente en el
estado de Massachusetts.
A principios del siglo XVIII se ideó una nueva prueba para la detección de
brujas. Si se lanzaba a una mujer sospechosa a las rápidas aguas del río
Connecticut y se ahogaba, quedaba demostrado sin sombra de duda que no
era una bruja. Si sobrevivía, es decir, si sabía nadar, entonces era una bruja.
♦♦♦
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Desde un primer momento, los habitantes de Nueva Inglaterra han sentido
una fascinación especial por lo paranormal.
Reunidos alrededor del hogar en las noches de tormenta, les encanta
contar historias de fantasmas y meter el miedo en el cuerpo de sus amigos. Y
continúan haciéndolo incluso cuando las sombras se alargan y el fuego se
reduce a rescoldos.
Pastores puritanos, como el popular Cotton Mather, se enfurecían ante
semejante fascinación, considerándola «inspirada por el diablo», una
costumbre que estaba seguro de que los llevaría a «la mayor pérdida de todas,
la pérdida de la propia alma». Posteriormente, Mather desempeñó un papel
determinante en los juicios por brujería que se celebrarían en EE. UU.
No obstante, a pesar de todas las admoniciones, la gente de los estados de
Nueva Inglaterra jamás perdió las ganas de adentrarse en los misterios de lo
prohibido y lo desconocido.
♦♦♦
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Los colonos se preguntaron si la tierra sería habitable debido a las
manadas de lobos que merodeaban los bosques y que mataban a numerosos
animales de granja.
Aunque los lobos no suelen atacar a los humanos, aquellos lobos acosaban
a los hombres que intentaban cultivar la tierra.
Coffey escribió: «Ni siquiera un hombre estaba a salvo. En una ocasión,
Joseph Curtiss, de Stratford, acompañó a unos cuantos hombres hasta Newton
para recoger el cereal. De regreso a casa, al pasar por el norte, fueron atacados
tan violentamente por los lobos que tuvieron que soltar los sacos de cereal y
cabalgar a todo trapo para salvar sus vidas y las de sus monturas».
Posteriormente, investigadores de lo oculto se preguntaron sobre la
naturaleza de estos lobos, por los motivos de su comportamiento tan feroz, tan
distinto del de los lobos «normales».
Según Coffey, la antigua Monroe tuvo incluso su propia hechicera, una
«bruja» llamada Hannah Cranna (aunque parece ser que su auténtico apellido
era Hovey).
Aunque Coffey no cargó demasiado las tintas en sus habilidades
sobrenaturales, sí lo hicieron muchos de sus vecinos.
Éstos creían que su destartalada y vieja casa estaba protegida por
«serpientes de todo tipo y tamaño». Eran pocos los que se acercaban a ella. A
pesar de que Hannah no tenía ninguna fuente de ingresos conocida, tampoco
tenía que preocuparse mucho. Sus conciudadanos tenían tanto miedo de sus
maleficios que le regalaban de buena gana comida, leña y cualquier otra cosa
que pidiera.
Un grupo de granjeros que la habían importunado encontraron sus
cosechas completamente secas, y la acusaron de haberlos maldecido.
Un pescador que siempre volvía a casa con varias truchas en la cesta
descubrió que se había quedado sin suerte después de que Hannah lo
maldijera.
Una mujer a quien se le daba muy bien hacer pasteles perdió sus dotes
después de que, curiosamente, Hannah decidiera maldecirla.
Hannah tuvo un extraño final.
Así es como Coffey lo describe: «Una mañana del mes de enero, después
de una de las mayores nevadas del invierno, un vecino oyó un llanto
amortiguado procedente del interior de la casa de la bruja. Llegó a la puerta
abriéndose paso con dificultad a través de la copiosa nieve acumulada. El
ruido cesó y la puerta se abrió. Al otro lado se encontraba Hannah con el
rostro lívido. Lo invitó a entrar y le dijo “Los espíritus me han llamado y
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dentro de poco estaré en el más allá. Tengo una última voluntad que debe
llevarse a cabo. Mi entierro debe realizarse después del atardecer y mi ataúd
debe ser transportado por varios portadores desde mi casa hasta la tumba”.
Hannah terminó de forma ominosa: “Obedece mi última voluntad si deseas
evitar problemas y aflicciones”».
Tras su muerte recibió la misma atención que había recibido en vida y sus
vecinos la enterraron exactamente como había pedido.
Algunos de los que acompañaron el ataúd en la carreta aseguraron que la
caja de madera se sacudió de tal modo que acabaron cayendo al suelo.
Después del funeral, la casa de Hannah ardió hasta los cimientos sin causa
aparente.
Hasta el día de hoy algunos habitantes de Monroe aseguran que por la
noche se oyen gemidos y lamentos procedentes del lugar donde se había
levantado la casa de Hannah.
♦♦♦
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Nosotros llevamos cámaras y grabadoras normales a los cementerios. No
utilizamos ningún aparato especial. Y solemos trabajar a plena luz del día por
una razón fundamental. Es mucho más fácil.
Cuando observas viejas tumbas, a menudo ves cómo el liquen y la
decoloración le han dado a la superficie de la piedra una apariencia moteada.
Cuando te fijas más detenidamente en las motas, a veces descubres patrones,
del mismo modo en que a veces reconocemos patrones o formas en el cielo
cuando observamos las nubes. O al observar detenidamente manchas de tinta.
De hecho, al revelar las fotografías, a menudo descubres que los
«patrones» en la tumba en realidad son la cara y la ropa de las personas que
están enterradas en ella. A lo largo de los años hemos descubierto que los
espíritus proyectan sus imágenes en las tumbas, lo que nos permite
fotografiarlos. Son muchos los espíritus que desean comunicarse con los
vivos.
Ésta es una de las formas de la fotografía psíquica. La otra es mucho más
aleatoria e impredecible.
En 1893, un fotógrafo californiano estaba revelando unas fotografías
cuando reparó en algo extraño en el negativo. La imagen de la rechoncha
dama de la alta sociedad que había contratado sus servicios estaba allí, pero
también había otra imagen, una muy borrosa de una hermosa joven. El
fotógrafo no tenía la menor idea de quién era aquella joven.
Llevado por la curiosidad, el hombre reveló el resto de las fotografías. En
todas ellas aparecía la imagen de la dama, y también la de la joven.
Aquella misma noche, el fotógrafo fue a cenar con unos amigos bohemios
y una de sus amistades sentía un interés especial por lo sobrenatural. La
amiga le pidió si podía ver las fotografías con la imagen «fantasmagórica» de
la joven. Al fotógrafo la sugerencia le pareció divertida. Aunque no creía en
ese tipo de fenómenos, le fascinaba pensar en ellos.
Tras observar las fotografías, la amiga le aseguró que, de hecho, la joven
era el fantasma de una persona que había sufrido una muerte violenta en aquel
lugar.
Al día siguiente, mientras el fotógrafo pasaba el tiempo con las damas de
la alta sociedad que esperaban que las retratara más esbeltas y atractivas, la
mujer se dedicó a investigar la historia del edificio donde se habían tomado
las fotografías.
Aquella noche, mientas cenaban, la mujer le contó la curiosa historia de
una chica de quince años que había sido violada y asesinada por su primo de
veinte. El joven había acabado confesando su crimen y en ese momento
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cumplía condena. La mujer había conseguido una fotografía de la joven poco
antes de su muerte. Se la mostró al fotógrafo. La chica de ambas fotografías
era la misma.
Éste fue uno de los primeros ejemplos de la presencia de un fantasma en
un negativo fotográfico.
Hace unos años, sólo para demostrar que en la actualidad sucede lo
mismo, un famoso actor hizo público en un programa de televisión que,
durante el rodaje de una película, una mujer aparecía continuamente en la
cinta revelada; una mujer que nadie había visto mientras se rodaba la película.
En otras palabras, un fantasma.
Y lo mismo ocurre con las grabaciones de audio.
En muchas ocasiones hemos llevado grabadoras a los cementerios y las
hemos dejado grabando durante horas. Al marcharnos, creíamos que no
habíamos conseguido grabar nada. Sin embargo, al llegar a casa y reproducir
la cinta, oíamos las voces de los espíritus que habitaban el cementerio.
Llevamos a cabo gran parte de nuestras investigaciones con otros
miembros de la Sociedad de Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra, de la
cual he sido director desde hace años. La sociedad suele reunirse en el
Hawley Manor Inn de New Town.
En un reciente programa de televisión, un espectador le preguntó con
suficiencia a Lorraine si la sociedad estaba compuesta por «raritos».
La mujer pareció sorprendida cuando Lorraine le contestó: «En absoluto.
A no ser que considere “raritos” a agentes de policía, psicólogos clínicos,
profesores y curas católicos».
El público quedó impresionado por la respuesta de Lorraine y aplaudió
con entusiasmo.
Evidentemente, Lorraine no mentía. A lo largo de los años, nuestro grupo,
que siempre ha estado muy unido, ha contado con todo tipo de profesionales.
Incluso hemos tenido lo que denomino «escépticos profesionales», gente
que no cree en nada a menos que se lo demuestres varias veces, como el
agente inmobiliario al que en una ocasión llevé a una casa infestada de
demonios. No sólo ponía en entredicho la existencia de los demonios, sino
que ni siquiera creía una palabra de lo que había dicho el agitado hombre que
nos había llamado. «Sólo busca publicidad», comentó mi escéptico amigo de
la sociedad.
En realidad, su escepticismo duró hasta que empezaron a volar platos,
vasos y cubiertos por la cocina y estuvo a punto de perder una oreja en el
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proceso. Salió a toda prisa por la puerta trasera de la casa y no dejó de correr
hasta llegar al coche. Cuando subió a él, cerró todas las puertas.
La sociedad ha atraído a muchos tipos distintos de personas, desde
médicos a amas de casa.
Y las primeras personas en oír rumores acerca del cementerio Unión eran
miembros de la sociedad.
Como Lorraine y yo solemos comentar en nuestras conferencias, muchos
de los cementerios de Nueva Inglaterra están «encantados». Con esto
queremos decir que hemos encontrado en ellos la presencia de muchos
espíritus.
Por extraño que resulte, nunca habíamos prestado demasiada atención al
cementerio Unión, pese a encontrarse a escasos minutos de nuestra casa, en
Monroe.
El cementerio Unión está situado en un hermoso y ondulado paraje junto
al cual discurre una carretera rural. Aunque habíamos pasado por delante de él
en numerosas ocasiones, nunca nos habíamos detenido a estudiar su historia.
Sin embargo, varios miembros de la sociedad empezaron a recopilar las
historias que oían acerca de él. Poco después, prácticamente todos los
miembros de la sociedad se pusieron a investigar la historia del cementerio.
Hoy en día estamos muy satisfechos por el hecho de haber dedicado
tantos días y tantas noches a trabajar en el proyecto del cementerio. Gracias a
él, aprendimos muchísimas cosas sobre el mundo paranormal y ratificó
nuestro convencimiento de que el estudio de los cementerios es una disciplina
fascinante en sí misma…, especialmente si estás interesado en los fenómenos
sobrenaturales.
Lorraine Warren
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Uno de mis libros favoritos sobre el estado es el clásico de Odell Shepard
Connecticut, Past and Present, en el cual se dice: «No debe olvidarse que los
primeros colonos blancos llegaron aquí para huir precisamente de los árboles.
Para ellos el bosque era un enemigo que debía ser derrotado a toda costa. Para
los recién llegados, armados con hachas de limonita, el bosque debía de
parecerles invencible, inagotable; no obstante, al considerarlo el refugio de
bestias, hombres salvajes y cohortes del demonio, sentían la necesidad de
conquistarlo si no querían verse empujados de vuelta al mar… Más adelante,
desde el interior del bosque construyeron sus granjas y trazaron sus carreteras;
desde más allá del bosque llegaba su comida, sus muebles, sus cunas y sus
ataúdes».
Y como señala Odell en el mismo libro, esta misma gente desarrolló una
fascinación por las tumbas y los cementerios: «Evidentemente, la aseveración,
muy extendida en el pasado, según la cual los puritanos de Nueva Inglaterra
no tenían sentido de la belleza resulta absurda a la luz de lo que sabemos
actualmente sobre sus iglesias, casas, muebles e incluso su tosca música; pero
la refutación más enfática a dicha acusación aún no ha sido realizada. Se
encuentra en el trabajo de los escultores que tallaron las emblemáticas figuras
que forman parte de prácticamente todas las tumbas erigidas en Nueva
Inglaterra durante los dos primeros siglos de su existencia».
La sociedad comparte el interés de Odell por los cementerios. Aparte de
su atractivo estético (el terreno ondulante, las vallas metálicas y los
monumentos de piedra blanca resplandecientes bajo el sol otoñal), los
cementerios también nos permiten, a las personas como nosotros, entrever su
historia oculta.
Uno de los miembros de la sociedad la descubrió, varios meses después de
hablarnos por primera vez del cementerio Unión, al recibir una llamada
telefónica para informarle acerca de dos hermanos que deseaban hablar con él
tras haber visto a la famosa «Dama Blanca» sobre la que tantos vecinos
habían oído hablar desde que eran niños.
Ésta fue la primera pista real para descifrar la historia del cementerio
Unión.
Poco tiempo después, Ed y yo empezamos a escuchar historias acerca de
diversos sucesos trágicos que habían tenido como protagonistas a personas
que vivían cerca del cementerio.
Durante los siguientes meses, la sociedad descubrió que el cementerio
Unión encajaba en la categoría de los «aspectos negativos del terreno» que
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habíamos encontrado en otras partes del mundo, es decir, una zona del país en
la que el índice de tragedias desafía la probabilidad estadística.
Actualmente, creemos que el cementerio Unión ha ejercido desde hace
tiempo una influencia oscura en las vidas de numerosas personas que han
vivido en un radio de diez kilómetros de él.
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UN CASO DE LUJURIA Y ASESINATO
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feliz, a una esposa joven y vital, dos niños adorables y un marido… que era el
mismo joven que tenía frente a ella aquella noche.
Las imágenes cambiaron y vio a la joven y vital esposa en los brazos de
otro hombre, a punto de hacer el amor. A continuación, vio la imagen del
joven esposo tirándose de un puente de piedra a última hora de una gélida
noche del mes de febrero. Lo vio atravesar el hielo y sumergirse en las aguas
frías y oscuras donde, pocos minutos después, moría ahogado.
Y ahora, vagando eternamente por los bosques donde su mujer le había
traicionado, el espíritu del hombre lloraba por la vida que había tenido antes
de que su joven esposa la destruyera.
La mujer, escarmentada y sabedora de que nada podía hacer por consolar
al espíritu, se marchó a casa y nunca más volvió a serle infiel a su marido,
pues ahora comprendía cuán destructivas pueden llegar a ser las
consecuencias del adulterio.
♦♦♦
En los archivos del cementerio Unión hay un cuento que trata, hasta cierto
punto, del adulterio. Más bien deberíamos llamarlo adulterio fallido, porque
cuenta la historia de un hombre que anhelaba a la esposa de otro hombre y
que, como consecuencia de ello, terminó destruyendo tres vidas, la suya
incluida.
Hace unas cuantas décadas, el otoño registró unas temperaturas más
propias del verano y el calor se alargó hasta bien entrado el mes de
noviembre.
La mujer, que se llamaba Janet, era muy atractiva. Formaba parte del coro
de la iglesia y muchos de los hombres que acudían a los servicios se sentían
intensamente atraídos por ella.
Para desgracia de los aspirantes a pretendiente, Janet estaba felizmente
casada con un hombre llamado Sam Headley. Sam trabajaba casi todo el día
en una fábrica de las proximidades y, el fin de semana, puesto que era un gran
amante de la naturaleza, se dedicaba a hacer senderismo.
En aquella época, un hombre llamado Bryan Walsh también vivía cerca
de Monroe y veía a Janet con regularidad cuando ésta paseaba por la
localidad. Janet solía pasar por delante del cementerio Unión, sobre todo los
días que hacía buen tiempo. En sus paseos, los perros y los gatos la seguían
allí adonde iba. Janet parecía despertar en estos la misma fascinación que
sentían los aspirantes a pretendiente.
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A Walsh le envolvía un aura de misterio. Pese a hacer sólo unos meses
que residía en aquella zona y no tener ninguna ocupación conocida, parecía
vivir razonablemente bien. Tenía alquilado un pequeño apartamento en una
casa de huéspedes antigua y lujosa y se pasaba el día congraciándose con los
habitantes de mayor edad, con los cuales se relacionaba durante el día cuando
las personas de su edad estaban trabajando o en casa con los niños.
Aunque nadie pudo demostrar nunca su pasado circense, se rumoreaba
que Walsh había trabajado durante su juventud en una feria ambulante como
ayudante de un mentalista conocido con el poco probable nombre de Swami
Ortiz. Según cuenta la historia, una primavera Swami Ortiz vio en su bola de
cristal algo que lo perturbó profundamente: a Walsh llevando por la fuerza a
Sophia, la trapecista, al Túnel del Amor, donde intentaba estrangularla por
haberle sido infiel. Sin embargo, Walsh no hizo caso de las advertencias de
Swami para que no llevara a Sophia al túnel. En la oscuridad, a bordo de la
barca que recorría la atracción sobre el agua, Walsh se sintió invadido por una
furia desconocida hasta entonces. Acusó a Sophia de haberle traicionado y se
abalanzó sobre ella para estrangularla, pero Swami Ortiz llegó a tiempo para
salvar a la joven. Deshonrado, Walsh abandonó la feria ambulante y estuvo
varios días deambulando por el campo hasta llegar a la zona donde se
encuentra el cementerio Unión.
Aquel mismo otoño, Bryan Walsh se obsesionó con Janet Headley. La
seguía a todas partes, intentaba llevarla a determinados lugares con él y la
telefoneaba cuando su marido no estaba en casa.
Las personas que le conocieron en aquella época aseguran que Walsh
parecía haber perdido literalmente la cabeza por ella.
En dos o tres ocasiones le hizo fotografías y, al parecer, las llevaba
siempre encima. Se detenía para mirarlas y, a continuación, iba en su
búsqueda, como en la actualidad suelen hacer los «acosadores».
Más tarde su casera refirió a la policía un curioso incidente que tuvo lugar
una noche tormentosa poco después de que Walsh se mudara a la casa de
huéspedes. Mientras se preparaba un té antes de irse a la cama, oyó un
estrépito repentino sobre su cabeza, justo donde se encontraba el apartamento
de Walsh. Subió para comprobar qué estaba ocurriendo.
Al llegar a la puerta, vio el suelo cubierto de tazas, platillos y platos
hechos añicos.
Pero eso no era todo; justo detrás de Walsh había un plato suspendido en
el aire que giraba lentamente por la habitación.
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La casera, una lectora habitual de la revista Fate, estaba perfectamente
informada acerca de la actividad poltergeist. Sabía que, aunque la mayor parte
de dicha actividad se centra alrededor de los niños, también habían habido
casos en los que mentes adultas profundamente perturbadas —mentes que
podían considerarse psicóticas— también son capaces de generar fenómenos
poltergeist tan espectaculares.
¡Y no le cupo duda de que eso es lo que se estaba produciendo allí!
En los días siguientes al incidente, la casera intentó colarse en el
apartamento de Walsh para comprobar si éste disponía de algún tipo de
parafernalia ocultista. Pero Walsh, contraviniendo las normas de la casa,
había instalado un candado para bloquear la puerta. Y ella no se atrevía a
pedirle la llave.
Walsh seguía a Janet un día sí y el otro también, completamente
convencido de que algún día sería suya en todos los sentidos de la palabra. No
sólo abandonaría por propia voluntad a su marido, sino que se entregaría a
Walsh en cuerpo y alma. Terminaría estando bajo su control absoluto. ¡Y a
ella le encantaría!
Con el tiempo, Sam Headley descubrió que Bryan Walsh estaba acosando
a su mujer.
De hecho, algunas personas incluso aseguran que Sam fue a ver a Walsh
en varias ocasiones para advertirle acaloradamente de que se mantuviera
alejado de ella.
Entonces, la fantasía que consumía a Walsh, es decir, que algún día Janet
se convertiría en su esposa, tomó un derrotero aún más peligroso.
Walsh se convenció a sí mismo, lo que demuestra claramente su estado de
enajenación, que si Sam Headley moría, Janet se casaría con él.
Bryan Walsh lo planeó todo durante el mes siguiente.
Asesinaría a Sam Headley y enterraría el cuerpo en un sumidero próximo
al cementerio, detrás de la iglesia baptista. Le pondría una plomada y hundiría
el cuerpo en lo más profundo del sumidero para que nadie lo encontrara
jamás.
Le dio a Janet una semana de respiro. Ésta, creyendo que finalmente
Walsh había renunciado a sus tentativas, pasó una semana relajada y feliz en
su casa.
Hasta que, una noche, Sam no regresó a casa después del trabajo. Como a
veces hacía horas extra, al principio creyó que la llamaría para decirle dónde
estaba y a qué hora iba a llegar.
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Cuando llegó la medianoche, a Janet le embargó el pánico. Sam era un
marido muy fiable. No importa lo que ocurriera, siempre la llamaba para
avisarla.
Por la mañana, Janet Headley llamó a la policía, quien comprobó que Sam
se había marchado del trabajo a la hora habitual y había emprendido el
camino de regreso a casa. No obstante, en algún punto a lo largo de la ruta
que solía tomar, se había desviado y había desaparecido.
♦♦♦
Como más tarde recordaría, Bryan Walsh estaba delante del lavabo,
afeitándose y observando en el espejo el arco que trazaba la cuchilla, cuando
notó cómo bajaba la temperatura del baño, como mínimo, unos diez grados.
En un primer instante pensó que se había abierto una ventana, pero en aquel
baño no había ninguna.
Y, entonces, un terrible hedor inundó la habitación; un hedor que le hizo
pensar en la matanza del cerdo un caluroso día de verano en el pequeño
pueblo donde había crecido.
Walsh se dio cuenta repentinamente de que había alguien detrás de él.
Apartó un instante los ojos del espejo y, cuando volvió a mirarlo, vio una
oscura figura humana en el cristal.
Se quedó petrificado. Quería gritar. Se sentía tan indefenso como un niño
de seis años.
Entonces, la figura cruzó el cuarto de baño en dirección a la pared. Dudó
un instante y, después, la atravesó y desapareció.
Con la espuma de afeitar aún en la cara, Walsh volvió rápidamente a su
habitación y se sentó en el borde de la cama, donde empezó a recordar lo
ocurrido la noche anterior. Había seguido a Sam Headley hasta su coche…, le
había dejado inconsciente…, le había destrozado la cabeza con un martillo…
y después había llevado el cuerpo hasta el sumidero, donde lo había
asegurado con una plomada antes de empujarlo para que se sumergiera a gran
profundidad. Así nadie lo encontraría nunca.
Todo saldría bien, se había dicho a sí mismo Walsh la noche anterior. Con
el tiempo, Janet pensaría que su marido la había abandonado y recurriría al
hombre que la amaba desde hacía tiempo en busca de consuelo y solaz…
Walsh permaneció sentado en su habitación. Seguía temblando debido al
súbito descenso de la temperatura.
Intentó convencerse a sí mismo de que lo que había visto en el cuarto de
baño no había sido más que una alucinación. Estaba cansado, nervioso e
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imaginaba cosas.
Entonces, al oír cómo crujían las tablas del suelo de madera, levantó la
cabeza y volvió a ver emerger de la pared junto al escritorio la oscura figura
con forma humana.
Walsh corrió hacia la puerta, la abrió de un tirón y llamó a gritos a la
casera para que subiera rápidamente.
Era consciente de lo embarazoso que resultaba que un hombre adulto se
dejara llevar por semejante histerismo pero… «En la habitación —le dijo a la
casera cuando esta llegó al segundo piso—. ¡Hay alguien dentro!».
La mujer le miró con semblante extraño, sacudió la cabeza y entró en la
habitación.
Tiempo atrás, la casera había visto a muchos hombres con delirium
tremens. Beber en exceso inhibe el proceso de los sueños y, por tanto, al ser
incapaces de soñar mientras duermen, los alcohólicos empiezan a soñar
despiertos. O a tener pesadillas.
Y eso es lo que la casera pensó que estaba ocurriendo. Era evidente que a
Walsh le gustaba empinar el codo. La falta de sueño y el exceso de alcohol
podían hacer que un hombre se asustara por cualquier motivo.
La mujer inspeccionó el dormitorio y el cuarto de baño. Como había
supuesto, no encontró nada fuera de lo normal.
Por entonces, otros huéspedes se habían congregado en el vestíbulo para
averiguar qué estaba ocurriendo. Las miradas que dirigían a Walsh eran
reveladoras: ni les caía bien ni confiaban en él. Ninguno de ellos se
sorprendió al descubrir que había sufrido algún tipo de ataque nervioso.
La casera salió de la habitación y declaró que en ella no ocurría nada
malo. Acompañó sus palabras con un guiño y una media sonrisa dirigida a los
otros huéspedes.
Asustado, Walsh regresó a su habitación con paso vacilante. En cuanto
cerró la puerta, los huéspedes allí congregados rompieron a reír.
Maldito hijo de puta. Lo tiene bien merecido por beber como bebe.
♦♦♦
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Al principio no supo dónde estaba.
Pero entonces lo recordó.
Y recordó lo que había hecho.
Headley. Muerto. Sumidero.
Pero nadie encontraría nunca el cuerpo.
Nunca. No con las plomadas de hierro que Walsh había atado al cuerpo.
No en aquel sumidero tan profundo.
No. Nadie lo encontraría jamás…
♦♦♦
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Pasado un tiempo, la policía dejó de buscar el cuerpo. Sam Headley había
desaparecido y era imposible encontrarle.
La gente reanudó sus actividades habituales. Ciertamente, seguían
especulando sobre la naturaleza exacta del crimen mientras tomaban un café,
y los niños aún soñaban con el hombre del saco oculto en sus oscuros
armarios, pero Sam Headley estaba en paradero desconocido.
Bryan Walsh pasaba varias veces al día por delante de la iglesia blanca
detrás de la cual estaba el sumidero.
En sus profundidades estaba el cuerpo de Sam Headley. Walsh no sentía
remordimiento alguno por el crimen que había cometido. De hecho, sentía
una especie de orgullo perverso. Había hundido el cuerpo introduciendo en
todos los bolsillos plomadas de hierro de unos dos kilos de peso.
Headley se había ido para siempre.
♦♦♦
Hacía poco que Walsh se había metido en la cama cuando oyó los gritos en la
calle.
En un primer momento creyó que estaba teniendo una pesadilla.
Era tarde…, hora de dormir… ¿quién estaría gritando a aquellas horas? Se
levantó y fue hasta la ventana. Descorrió las cortinas y miró afuera.
Era una medianoche otoñal y la calle estaba oscura. En la esquina, la luz
de una farola solitaria iluminó a un pequeño grupo de hombres subidos en la
parte trasera de una camioneta.
De ahí es de donde procedían los gritos.
¿Qué estaría pasando?
Bryan Walsh se quedó paralizado de pánico. Durante los siguientes
minutos lo único que pudo hacer fue permanecer de pie en ropa interior en
mitad de la habitación mientras emitía sonidos quejumbrosos y lloriqueos,
como suelen hacer los animales cuando se sienten frustrados.
Todo parecía indicar que habían encontrado el cuerpo.
Pero ¿cómo?
Lo había asegurado con las plomadas…, lo había hundido en lo más
profundo del sumidero…, no había dejado rastro alguno de sangre ni de ropa.
¿Cómo lo habían descubierto?
Walsh no pudo resistir la tentación de acercarse a la iglesia para
comprobarlo.
Cuando llegó allí, el terreno que rodeaba a la iglesia estaba iluminado.
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Alrededor del sumidero debía de haber unos veinte hombres, entre ellos
algunos policías.
Walsh lo observó todo desde la calzada.
—Ha subido a la superficie —le dijo un hombre que se había acercado
para pedirle una cerilla—. Aunque tenía plomadas atadas al cuerpo y todo
eso, al final ha salido a la superficie. Es como si quisiera asegurarse de que
supiéramos que estaba ahí abajo. ¿No le parece extraño?
El médico forense se acuclilló junto al cuerpo tendido sobre el césped de
la iglesia.
—Nunca había visto algo así. Es como si la tierra lo hubiera escupido de
vuelta o algo parecido…, como si alguien quisiera que lo encontráramos.
—Y todas esas plomadas —comentó uno de los hombres congregados allí
—. ¿Cómo es posible que haya flotado hasta la superficie con todo eso
encima?
El médico forense meneó la cabeza.
—Creo que eso es algo que no sabremos nunca. La verdad es que no
resulta fácil encontrarle una explicación. Supongo que… simplemente ha
subido.
♦♦♦
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apareció el jefe de policía con un gran revólver en la mano.
El jefe era casi tan voluminoso como la propia puerta.
—Creo que lo mejor será que me acompañe a la comisaría para mantener
una pequeña conversación, señor Walsh.
♦♦♦
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EL SACRISTÁN SOLITARIO
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La mujer del verdugo se sentó en el borde de la cama y se preguntó con
quién estaba hablando su marido en la oscuridad del dormitorio. La mujer no
veía al visitante.
Por la mañana, la ejecución se llevó a cabo como estaba previsto. El
cuello del prisionero se partió al primer intento.
Durante el mes siguiente, el verdugo no salió mucho de casa. La aparición
le había metido el miedo en el cuerpo. Su mujer se dio cuenta de que, por
primera vez en su vida, su marido deambulaba por la casa hablando solo.
Al cabo de unos días, se despertó en mitad de la noche y vio que su
marido no estaba en la cama. Asustada, fue en busca de la linterna de
queroseno, la encendió y recorrió toda la casa en busca de su marido.
Lo encontró en el sótano. Su marido había atado el extremo de una cuerda
a una viga, había hecho un nudo corredizo con el otro extremo y se había
colgado.
La mujer salió de la casa a toda prisa mientras no dejaba de chillar.
Un vecino se encargó de bajar al sótano y cortar la soga. Por entonces el
hombre ya estaba muerto.
En el segundo piso, la mujer encontró una nota: «No me he suicidado. Me
ha colgado Howard Pratt».
Nadie pudo descifrar nunca el significado de la nota. Howard Pratt era el
nombre del prisionero que el verdugo había ejecutado un mes atrás.
♦♦♦
En los archivos del cementerio Unión hay también una historia de aparición y
obsesión…
A mucha gente le cuesta entender la historia de Neil Holten, un físico con
mucho talento de cuarenta años de edad que había sobrevivido a una terrible
experiencia con el cáncer. Debido a todo su bagaje, Neil debería de haber sido
un buen padre de familia y un miembro comprometido de la comunidad.
Sin embargo, Neil dedicaba su tiempo libre a hacer de sacristán en el
cementerio, asegurándose de que no se cometieran actos vandálicos contra las
lápidas, ayudando a mantenerlo en buen estado y, a veces, incluso realizando
todo tipo de trabajos durante horas.
A Neil también le encantaba hacer senderismo. A sus escasos amigos les
confesó que nada le hacía más feliz que coger los esquís e ir a pescar y cazar a
las montañas de Adirondack en pleno invierno. Era evidente que sentía una
especial atracción por la blanca belleza de las montañas.
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Y cuando no tenía tiempo de viajar, se ponía las botas de nieve y se
dedicaba a recorrer los alrededores del cementerio.
El día que vio a la persona que más tarde describiría como el «hombre
oscuro» estaba haciendo precisamente eso.
El sol brillaba con fuerza y el viento de poniente, que levantaba la nieve y
formaba nubes doradas, le cegaba mientras avanzaba pesadamente por las
colinas con sus esquís de montaña.
Cuando descendía por la pendiente que lleva al cementerio, vio a un
hombre enfundado en la negra indumentaria típica de los pastores de la
iglesia; aunque aquella indumentaria parecía tener más de dos siglos.
«¡Hola!», gritó Neil para hacerse oír por encima del viento. Sin embargo,
el pastor no dio muestras de haberle oído, pues continuó subiendo por la
colina.
Neil aumentó el ritmo para intentar alcanzar al hombre y hablar con él.
Mientras lo hacía, no dejaba de preguntarse por qué alguien se vestiría de
aquel modo para caminar por la montaña, especialmente tres días antes de la
Navidad y con aquel frío.
Pero no logró alcanzarlo. La escurridiza figura vestida de negro aparecía y
desaparecía en mitad del torbellino de nieve.
Neil se detuvo y vio cómo la figura alcanzaba la cumbre de la colina y
desaparecía definitivamente.
No había otro modo de describirlo. El hombre oscuro estaba allí y, un
segundo después, ya no lo estaba.
Se había evaporado.
A lo largo de las semanas siguientes, Neil fue perdiendo el interés en todo
salvo en la oscura figura que había visto aquella soleada tarde de invierno.
Finalmente, le confesó su experiencia a su amigo Paul. E incluso le
convenció para que le acompañara a las colinas que rodean el cementerio en
busca del hombre oscuro.
Neil y Paul dedicaron gran parte de su tiempo libre a la búsqueda del
hombre oscuro.
Sin embargo, todos sus intentos resultaron infructuosos.
No vieron nada.
Obviamente, Paul empezó a preguntarse si Neil no habría sido víctima de
una alucinación, si el hombre oscuro no sería más que una creación de la
perturbada mente de su amigo. La lucha contra el cáncer le había consumido
muchas energías…, y quizá en un estado de debilitamiento…, bueno, tal vez
Neil estaba imaginando cosas.
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No obstante, un viernes a última hora de la tarde, después de una larga
caminata por las montañas, todas las dudas de Paul se disiparon.
Cuando regresaban nuevamente camino del cementerio, frustrados como
siempre por no haber visto nada, Neil exclamó: «¡Mira!».
Al principio la mente de Paul se negó a creer lo que veían sus ojos.
A unos veinte metros del perímetro del cementerio había un hombre joven
vestido con las pieles de ciervo y el gorro de mapache típicos de los
tramperos del siglo XVII. Las pieles estaban mugrientas y usadas. El hombre
parecía tan sorprendido de verlos como ellos lo estaban de verle a él. No
dejaba de observar la ropa de Paul y Neil.
«¿Adónde va?», le preguntó Neil.
Cuando habló, el hombre lo hizo en una lengua que guardaba un remoto
parecido al inglés actual.
El hombre les dijo que debía cruzar aquel campo para reunirse con unos
amigos.
Neil se dio cuenta enseguida de que allí ocurría algo muy raro.
Para empezar, el nombre de los «amigos» que el joven había mencionado
le resultaban familiares, aunque no estaba seguro del motivo.
En segundo lugar, la ruta que el joven pretendía tomar era imposible
porque pasaba directamente a través del pantano de Easton. Un hombre que
hubiera nacido hace un siglo no sabría de la existencia del pantano…
El joven empezó a alejarse.
Neil y Paul le conminaron a detenerse.
Sin embargo, como ya había ocurrido con la figura oscura, el joven se
desvaneció antes de que pudieran detenerle y hacerle más preguntas.
♦♦♦
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♦♦♦
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Algunos creen que, durante aquel tiempo, Neil recibía las visitas de un
«desencarnado», un espíritu cuya personalidad terrenal ha sobrevivido
íntegramente a la muerte. Al contrario que los fantasmas, los cuales raramente
se comunican, o los espíritus, quienes a menudo se comunican pero
únicamente para advertir a los vivos de algún peligro inminente, los
desencarnados son espíritus «integrales», si se me permite la expresión,
capaces de expresar muchas de las emociones humanas: placer, dolor, tristeza,
incluso celos. En los años treinta se pusieron de moda las novelas de ficción
popular en las que hombres jóvenes y solitarios se enamoran de hermosas
mujeres desencarnadas. Thorne Smith, el creador de Topper, escribió varias
novelas con dicha temática.
Es probable que el desencarnado que habría visitado a Neil llegara a
través de un portal creado por el interés que sentía éste por lo oculto…,
aunque también por la ansiedad que le provocaba su propia muerte. Nunca
pudo olvidar del todo el cáncer que había padecido.
Algunos aseguran que el desencarnado que se comunicó con él tenía un
buen corazón e hizo todo lo posible por convencer a Neil de que existía un
mundo mejor en la otra vida.
No sabemos qué pensamientos ocupaban la mente de Neil durante aquel
tiempo, pero lo que sí sabemos es que cierto día decidió descubrir por sí
mismo ese «mundo mejor».
Unas semanas más tarde, se suicidó.
El día de su entierro, un guarda forestal informó de la presencia de una
misteriosa figura: un hombre vestido con la indumentaria de un trampero, de
pie en la colina que bordea el cementerio.
Observando.
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EL MONASTERIO EMBRUJADO
♦♦♦
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En los archivos del cementerio Unión hay un ejemplo de nigromancia, el
extraño caso del monasterio embrujado.
Hace algunas décadas, un grupo de monjes devotos llegó a la zona para
construir un monasterio. Su intención era la de erigir un hermoso y noble
monumento en honor a Dios, y para ello utilizarían la piedra y la madera de la
región. Levantarían el monasterio en lo alto de una colina, para vivir en
comunión con las estrellas en la vasta noche de Nueva Inglaterra.
La historia nos cuenta que, durante la Edad Media, hubo algunos
monasterios en el corazón de Europa dedicados a las prácticas satánicas.
Más de un sacerdote, buscando refugio de la tormenta, terminó sentado a
una triste mesa de madera situada en una habitación con aspecto de mazmorra
frente a un monje cuyos ojos oscuros reflejaban la locura de su pacto con
Satanás.
Estos monjes renegados eran nigromantes. ¡Pobre del viajero que cayera
en sus manos! Uno de estos sacerdotes santos más tarde relató que había sido
testigo de una ceremonia que tuvo lugar a medianoche en un profundo sótano
donde una joven virgen de quince años oriunda de un pueblo cercano había
sido primero violada y después descuartizada con unos largos cuchillos que
brillaban a la luz de las velas. El cadáver se utilizó como sacrificio para
invocar a los muertos. El sacerdote consiguió huir y, al llegar a París, advirtió
al gran arzobispo sobre aquella repugnante secta. Éste envió a tres de sus
mejores guerreros-sacerdotes para que se ocuparan de los infieles. No
obstante, cuando llegaron al lugar que les habían indicado, encontraron el
monasterio vacío. Los monjes hacía tiempo que se habían ido.
Algunos años después, el arzobispo decidió volver a consagrar el
monasterio y entregárselo a los frailes dominicos. Sin embargo, después de
que diversos grupos de monjes y frailes intentaran vivir allí sin demasiado
éxito, el arzobispo llegó a la conclusión de que el terreno donde se asentaba el
monasterio era inhabitable. La cosecha no crecía, el agua del pozo era tan
amarga que no podía beberse y los gritos y gemidos de los muertos
demoníacos se oían a través del suelo.
El terreno estaba maldito y, por tanto, no era adecuado para aquellos que
seguían los caminos del Señor.
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cimientos, éstos nunca estaban bien. Por mucho esfuerzo que pusieran en la
construcción del tejado, la estructura siempre terminaba desplomándose.
Por si eso no fuera poco, también hubo incendios provocados por llamas
que aparecían súbitamente sin motivo aparente y que destruían gran parte del
trabajo ya terminado.
En la actualidad, al subir por la colina que lleva al monasterio, lo único
visible son unas cuantas piedras desperdigadas y escombros. Aún puede
distinguirse el lugar donde tenían previsto construir los cimientos, imaginar
las ventanas que habrían permitido a los monjes observar las estrellas por la
noche y el terreno donde pensaban emplazar un amplio jardín.
Sin embargo, hoy en día sólo quedan unas cuantas piedras y escombros.
Desde lo alto de la colina se oye el prolongado silbido del viento agitando la
hierba y las plantas que cubren todo el esfuerzo que los monjes pusieron en
este lugar.
Es la misma sensación que te invade al visitar las ruinas de un templo
inca, la de un pasado majestuoso sobrepasado por el tiempo y el capricho de
los dioses.
La sociedad dedicó toda una primavera a investigar el terreno sobre el que
debía construirse el monasterio.
Y llegó a la conclusión de que el terreno está maldito.
A finales del siglo XIX, un grupo de personas que viajaba a través de la
región acampó aquí durante casi un mes en condiciones muy primitivas.
Tuvieron altercados con algunos habitantes de la zona y problemas con la ley.
Según algunos rumores, por la noche realizaban extrañas actividades. Una vez
que se hubieron marchado, se encontraron los huesos limpios de distintos
animales en una fosa de arena y, más tarde, se descubrieron símbolos
satánicos tallados en los troncos de diversos árboles. Muchas de estas
personas acamparon en el lugar donde, tiempo después, debía construirse el
monasterio.
Aunque no existe ninguna evidencia del paso de aquellas personas por la
zona —a veces este tipo de «personas» son sólo el producto de rumores y
chismorreos—, la sociedad cree que existieron, que se detuvieron aquí, que
realizaron ritos nigrománticos… y que ése es el motivo por el cual el terreno
está maldito.
El edificio sigue en pie hoy en día…, su majestuosidad pasto de las malas
hierbas y las plantas. Cuando lo visitas, como Ed y yo hicimos recientemente,
no puedes evitar pensar qué se siente al caminar entre las ruinas de una
civilización desaparecida.
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El lugar aún se utiliza para realizar actividades satánicas.
En un viaje reciente para realizar labores de campo, algunos miembros de
la sociedad se acercaron a las inmediaciones del viejo monasterio y
encontraron velas negras y demás parafernalia relacionada con la magia
negra. Al parecer, los seguidores del culto satánico han regresado a este viejo
emplazamiento y vuelven a utilizarlo.
No es de extrañar que los devotos monjes cejaran en su empeño de
construir el monasterio… y huyeran de ese terreno maldito.
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EL QUEMADO
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Rápidamente levantó la otra mano para compararlas. Una de ellas no era
suya.
Entonces levantó la vista para mirarse la cara. Tampoco era la suya.
Durante un breve instante vio el rostro de otro hombre, uno mayor,
enfadado y malicioso, dentro de su cara.
Abrió la boca para hablar y una voz que no era la suya pronunció estas
palabras: «¡La ramera debe ser castigada!».
Al parecer, avergonzado y temeroso de que la gente creyera que estaba
loco, Darrell sólo habló de lo que le ocurría después de los sucesos que le
provocaron la ruina.
Sin embargo, al no pedir ayuda…
♦♦♦
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En la comisaría, Darrell se mostró extrañamente reservado. No le contó a
la policía prácticamente nada, ni sobre sí mismo, ni sobre el móvil del caso ni
sobre la razón que le había llevado a elegir un emplazamiento justo delante
del cementerio Unión para cometer el crimen.
No obstante, durante y después del juicio hubo muchas especulaciones
sobre la relación que le unía al cementerio Unión. Según algunos, incluidos
miembros de su propia familia, mucho antes del asesinato Darrell se había
sentido especialmente atraído por el viejo camposanto, al que solía ir a
menudo en su coche para observar las lápidas y el rústico paisaje de Nueva
Inglaterra.
Incluso hoy en día siguen insistiendo en que, aunque Darrell era una
persona conflictiva, no era un asesino…, al menos no lo era antes de que sus
visitas al cementerio Unión le pasaran factura.
Nunca le habían oído hablar con una voz distinta a la suya ni con alguien
que nadie más veía.
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LA DAMA BLANCA
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produjo), es razonable suponer que la Dama Blanca era una vecina de la zona
que sufrió alguna terrible desgracia.
En las últimas décadas han sido muchas las personas, tanto en Monroe
como en sus alrededores, que han visto a la Dama Blanca.
De hecho, cuando Ed y Lorraine publicaron un anuncio en la prensa para
entrevistar a aquellos que la hubieran visto, recibieron numerosas llamadas y
cartas de personas deseosas de contar su historia.
Los hermanos Vosper, Tony y Ryan, fueron algunos de los que
compartieron su historia con los Warren.
En la actualidad, Tony es un bombero jubilado de Connecticut y Ryan
vive en el sur.
—Vivíamos en una casa que estaba encima del cementerio Unión —
comenta Tony—. Una noche de primavera, cuando éramos niños, estábamos
jugando en el cementerio cuando vimos una luz muy brillante. En el centro de
la luz había una mujer muy atractiva.
»Estaba muy cerca…, a unos doscientos metros de distancia. Dejamos de
jugar y nos quedamos mirando a la mujer mientras flotaba a través del
cementerio.
—No estaba sola —añade Ryan—. Había unas figuras oscuras a su
alrededor que parecían estar discutiendo con ella. Llevaba un vestido de boda
y un velo pasado de moda.
Los chicos se asustaron y subieron la colina corriendo para decirles a sus
padres que bajaran al cementerio para ver a la Dama.
Su padre se limitó a encogerse de hombros. Creyó que los chicos estaban
demasiado exaltados y que se estaban imaginando cosas.
La madre, que tenía un gran corazón, les acompañó al cementerio, pero
cuando llegó allí, la Dama ya no estaba.
Cuando la madre vio los faros de un vehículo iluminar una parte del
cementerio, les dijo a los chicos que probablemente era eso lo que habían
visto. Los faros de un coche. Nada más.
♦♦♦
Desde aquel día, los chicos se sentaban frente a la ventana de su cuarto todas
las noches con la esperanza de volver a ver a la Dama Blanca. Aunque la
experiencia había sido espeluznante, deseaban volver a experimentarla.
Años más tarde, cuando ya era un hombre adulto, Ryan volvió a ver a la
Dama. De hecho, la vio dos veces.
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«Una noche estaba sentado en un saliente elevado al otro lado del
cementerio. Iba allí muchas veces para avistar ciervos y dispararles. Cuando
miré hacia el cementerio, vi a la Dama Blanca.
»Esa vez no parecía haber nadie con ella, ninguna figura oscura ni nada, y
tampoco parecía estar discutiendo con nadie.
»Se encaminó por el sendero hacia la entrada del cementerio, la vi con
total claridad, y después desapareció… como si estuviera hecha de humo».
En otra ocasión, una noche que volvía tarde de trabajar, Ryan volvió a ver
desde su coche a la Dama Blanca en el cementerio. Tampoco hubo voces
aquella vez, sólo la resplandeciente luz blanca envolviéndola.
♦♦♦
Hay muchas historias acerca de la Dama Blanca. Tal vez la más extraña sea la
de un hombre que fue al cementerio en plena noche para hablar con su esposa,
la cual había recibido sepultura hacía poco. En cuanto el hombre se
arrodillaba junto a la tumba de su esposa, tenía la sensación de que volvía a
estar con ella.
Sin embargo, una fría noche de otoño en que las hojas muertas arañaban
las lápidas a su alrededor, en cuanto el hombre se agachó donde siempre lo
hacía, lo embargó una gran tristeza. Al levantar la vista de la tumba de su
esposa, vio a la Dama Blanca delante de él, observándolo.
«Ojalá mi marido me hubiera amado tanto como ama usted a su esposa»,
le dijo la dama.
Y se fue, dejándolo solo en el sombrío cementerio, abandonado a su
tristeza y a su pérdida.
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EL EXTRAÑO PASAJERO
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Les haces un gesto para que continúen adelante.
Pasan por tu lado quemando neumático y la música rock se pierde en la
noche.
No sabes qué hacer salvo quedarte de pie en mitad de la maldita carretera.
¿Quién era el hombre del coche? ¿Cómo ha llegado allí?
Entonces ves algo que no puedes creer.
Tu propio coche.
Acercándose lentamente hacia ti.
Con el espíritu maligno al volante.
Se detiene a tu lado.
Te sonríe y ves sus dientes negros, podridos.
—Puede que no me creas, pero algún día serás como yo.
Y después…
Se esfuma.
Desaparece.
Y tú te quedas allí, en la desierta carretera a medianoche, mirando tu
propio coche, con el motor encendido y los faros clavados en la oscuridad.
Subes y conduces hasta tu casa.
Y jamás olvidas lo que acaba de ocurrirte.
♦♦♦
Éste es sólo uno de los muchos incidentes ocurridos en la carretera que bordea
el cementerio Unión. El hombre implicado en el que acabamos de describir
nos pidió que no reveláramos su nombre.
Sin embargo, otro hombre no tiene ningún problema en dar un paso al
frente y hablar sobre su encuentro con un fantasma.
♦♦♦
♦♦♦
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Siempre me ha gustado el turno de noche en la empresa de transportes. En
primer lugar, el sueldo es un poco mejor, y la gente, un poco más amable.
Hay algo en el turno de noche que parece unir un poco más a todos los
trabajadores, algo así como un sentimiento familiar.
Esto ocurrió en el verano de 1991.
Terminada la jornada, normalmente alrededor de la medianoche, me
quedaba un rato con los chicos en el aparcamiento para fumar un cigarrillo.
Después nos dábamos las buenas noches, tirábamos la fiambrera vacía de la
cena al interior del coche y cada uno se marchaba por su lado.
Aquella noche en particular había caído el típico aguacero veraniego
después de un día de calor, de modo que la humedad era muy alta. Una niebla
que llegaba a la altura de las rodillas cubría el aparcamiento. Recuerdo que
tenía una textura densa, irreal, como la que suele verse en las películas.
Aquella noche tomé una ruta distinta para llegar a casa, una más larga,
pero que me permitiría conducir un poco más en mi nuevo Chevrolet.
De hecho, en cuanto te acostumbrabas a la humedad, hacía una noche
preciosa de finales de junio. Había luna llena y los bosques de fresnos, hayas
y abedules brillaban con una luz plateada.
El locutor le estaba rindiendo un homenaje a Bruce Springsteen, uno de
mis músicos favoritos, de modo que subí el volumen de la radio y disfruté del
momento mientras avanzaba por la Ruta 59, con el cementerio Unión a mi
izquierda. Lo único que me molestaba era la niebla baja. Finalmente encendí
los faros antiniebla amarillos.
Entonces, repentinamente, tuve la terrible sensación de que ya no estaba
solo.
¿No has tenido nunca la impresión de que alguien se ha subido a tu coche
y se esconde en el asiento trasero?
Reduje la velocidad y miré hacia atrás esperando encontrar el asiento
vacío. Sin embargo, había un hombre allí sentado. ¡Pero era imposible que
hubiera subido mientras el coche circulaba!
Debía de ser una especie de vagabundo, porque el gastado sombrero
marrón, el arrugado traje también marrón y la barba de varios días indicaban
que era alguien a quien la suerte no le había sonreído en mucho tiempo. Giró
la cabeza y me miró fijamente.
Aunque su presencia me fascinaba, tuve que volverme para mirar hacia la
carretera.
Apagué la radio para poder concentrarme.
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La carretera que bordea el cementerio Unión se parece bastante a una vía
rural. Los árboles que la custodian le dan un aire de avenida que atraviesa un
parque. Ni siquiera la sinuosa niebla, por muy inquietante que fuera aquel día,
podía arruinar la hermosa escena de Connecticut.
O, al menos, eso creía yo.
A unos cincuenta metros, de pie en el centro exacto de la calzada, había
una mujer vestida con un viejo y raído camisón que en algunas partes era
poco más que harapos. Tenía el cabello moreno y largo, por debajo de los
hombros. Los ojos le relucían con un extraño fulgor azul que volvieron a
ponerme la carne de gallina.
La mujer levantó un brazo delgado y extendió la mano con la palma hacia
delante, indicándome que me detuviera.
Pisé el freno y noté cómo la parte posterior del vehículo derrapaba sobre
el asfalto, resbaladizo por culpa de la niebla. Miré hacia la derecha y ¡vi que
el hombre había desaparecido!
Entonces, a través de la ventanilla abierta, le grité a la mujer que se
apartara, pero ella no dio muestras de haberme escuchado.
La atravesé. No se me ocurre otra forma de describirlo. No tuve tiempo de
frenar. Cuando el coche pasó a través de su cuerpo, sentí el frío glacial de su
tacto en el hombro y la mejilla izquierdos.
Di un frenazo y logré detener el vehículo.
En un primer momento, me quedé allí sentado, temblando. Toda la pierna
derecha, desde el pie hasta la cadera, me temblaba de forma incontrolable. La
presioné con ambas manos pero no pude detener el temblor.
Miré a la mujer por el espejo retrovisor, a través de la espesa niebla.
Me di cuenta de que el estilo de su camisón era muy antiguo, debía de
tener más de cien años. Alrededor del cuello llevaba una cadena de oro de la
que colgaba un broche de la misma época.
Me dije a mí mismo que debía de estar sufriendo algún tipo de
alucinación. Primero, un hombre aparece de repente en el interior de mi coche
y, después, ¡una mujer que ni siquiera parpadea cuando la atravieso!
En aquel momento reparé en un olor extraño, no tanto a podrido sino más
bien a polvoriento, como de algo que ha estado mucho tiempo en el armario o
una pieza de ropa que lleva décadas en un pequeño desván.
Entonces la mujer se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la parte
delantera del coche.
Al cabo de unos instantes, se alejaba por la carretera, una figura solitaria
perdida en la niebla y la oscuridad de la noche.
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Le pedí a gritos que se detuviera, le dije que quería ayudarla.
Pero entonces desapareció.
Antes de desaparecer, vi como la mujer descendía por la colina en
dirección a la iglesia episcopal, el camisón colgando a jirones y revelando la
carne chamuscada.
En algún momento, el motor de mi coche se había detenido. Cuando llevé
la mano al contacto para volver a ponerlo en marcha, me embargó una gran
tristeza.
No puedo pensar en otra palabra para definirlo. Tristeza. Un dolor
inimaginable. Una melancolía tan profunda que me dejó literalmente
paralizado.
Me quedé sentado al volante, incapaz siquiera de girar la llave en el
contacto.
Lo único que podía hacer era entregarme a aquella terrible tristeza de la
que tan desesperadamente deseaba escapar.
No sé cuánto tiempo estuve allí sentado. Lo que sí sé es que un vehículo
se aproximó por detrás y me adelantó mientras hacía sonar el claxon
airadamente.
Me recompuse lo mejor que pude y emprendí el camino de regreso a casa.
Normalmente, mi mujer me espera despierta. Cuando llego a casa,
siempre me encuentro un bocadillo y una cerveza sobre la mesa de la cocina.
Sin embargo, aquella noche no me apetecía disfrutar de los placeres de la
comida ni de la bebida.
Sin mediar palabra, me fui directamente al dormitorio, me metí en la cama
y empecé a sollozar como un niño que acaba de perder a su padre.
Mi mujer hizo todo lo que pudo: me abrazó, me besó y escuchó
pacientemente mientras le relataba lo que me había sucedido aquella noche.
No obstante, no fue hasta dos semanas más tarde, cuando un amigo nos
sugirió que habláramos con Ed y Lorraine Warren, cuando comprendimos qué
había pasado exactamente en aquel tramo solitario de carretera junto al
cementerio Unión.
Había entrado en contacto con una persona fallecida y había sido incapaz
de lidiar con la experiencia, de ahí la tristeza que me había embargado.
Compartí el dolor que la mujer fallecida se había llevado con ella a la
eternidad.
Desde entonces mi vida no ha sido la misma. A pesar de algún que otro
golpe de suerte, no he podido olvidar lo que ocurrió aquella noche, ni
tampoco los sentimientos que me provocó.
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Como me dijo Lorraine Warren recientemente: «En ocasiones, una
experiencia paranormal nos muestra una parte de nosotros mismos con la que
nos cuesta trabajo lidiar».
Creo que tiene razón, al menos por lo que se refiere a mi caso.
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GRABAR EN VÍDEO A UN FANTASMA
¿ P ormucho
qué brillan los fantasmas? Ésta es una pregunta que nos hacen
a Lorraine y a mí. Creemos que los fantasmas absorben la
energía electromagnética de las plantas, árboles y arbustos y que dicha
energía es una de las razones por las que suelen proyectar una luz brillante.
En el interior de los edificios, los fantasmas obtienen la energía para brillar de
los humanos.
También suelen preguntarnos acerca de las «luces fantasma» parecidas a
diminutos globos blancos. Son muchas las personas que aseguran haberlas
visto en fotografías que han hecho en cementerios. Lo curioso es que las
«luces» sólo son visibles en fotografías o grabaciones y pasan inadvertidas
para el ojo humano. Tras haber estudiado cientos de fotografías de este tipo,
creemos que se trata de un fenómeno sobrenatural asociado a los cementerios
donde la actividad de los espíritus es constante.
Menciono todo esto porque viene a demostrar que la sociedad emplea,
siempre que es posible, procedimientos científicos.
A modo de ejemplo, antes de emprender una investigación seria en el
cementerio Unión, uno de nuestros investigadores se pasó allí muchas horas
pertrechado con una grabadora. Esta persona, un hombre con una buena
educación y que al principio se mostraba bastante escéptico respecto a las
cuestiones sobrenaturales, ha desarrollado un sistema propio para obtener
«sonidos» en los cementerios.
Esta persona hizo grabaciones en el cementerio Unión durante varios días.
Se arrodillaba junto a una tumba, decía una plegaria y después pronunciaba en
voz alta el nombre de la persona que estaba enterrada allí. Según él, pretendía
rezar por la persona fallecida y transmitir los posibles mensajes a sus
familiares.
Un día, mientras tenía la grabadora encendida, fue capaz de capturar el
sonido de un espíritu diciendo «23» una y otra vez. Los años que llevaba
muerta la persona enterrada en aquella tumba.
El trabajo previo que había realizado esta persona para la sociedad ayudó
a convencernos de que el cementerio Unión era un emplazamiento que valía
la pena estudiar.
De hecho, poco después de que el hombre tuviera la experiencia con el
número «23» que no dejaba de repetirse, empecé a ir al cementerio con la
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cámara de vídeo.
Y la noche del 1 de septiembre, a las 2:40 de la madrugada, mi paciencia
obtuvo su recompensa.
Las seis noches anteriores había conducido hasta el cementerio y había
aparcado el coche. Todas las noches seguía el mismo procedimiento. Llevaba
conmigo todo el equipo de grabación y, al llegar allí, montaba el trípode en el
cementerio y me quedaba dentro del vehículo con la cámara. Dado que el
trípode ya estaba instalado, podía colocar la cámara y empezar a grabar en
cuestión de segundos.
La noche del 1 de septiembre empezó como cualquier otra noche. Escuché
los habituales susurros que suelen producirse en todos los cementerios —hay
muchas más almas inquietas de lo que la gente imagina— y vi los destellos de
los fuegos fatuos. Ya tenía grabaciones de vídeo y de audio tanto de los
primeros como de los segundos. Aquella noche quería más, mucho más.
Sin embargo, debo admitir que hacia las 2:30 empecé a desanimarme.
Algunos proyectos nunca terminan de funcionar. Tal vez aquél sería uno de
ellos.
Quizá mi instinto se equivocaba y no iba a obtener ninguna evidencia
importante en el cementerio Unión.
Todo cambió de repente cuando los fuegos fatuos, unos extraños brillos
luminiscentes, se hicieron más intensos. Súbitamente, un silencio muy poco
habitual, sólo interrumpido por el incesante canto de los grillos, se extendió
por el cementerio.
Tuve la certeza de que estaba a punto de ocurrir algo.
Cogí la cámara, salí rápidamente del vehículo y corrí hacia el lugar donde
había instalado el trípode. Momentos después estaba grabando la luz justo
delante de mí, un resplandor que paulatinamente fue adoptando la forma de
una mujer.
Debía de tener unos treinta años. Tenía el pelo oscuro y llevaba puesto un
vaporoso camisón blanco.
La Dama Blanca no estaba sola. Unas figuras oscuras la rodeaban y
parecían estar saltando sobre ella. Comprendí que la gente llevaba más de
cincuenta años asegurando haber visto a aquella misma mujer y a los
fantasmas de los bosques que la envolvían y que parecían discutir con ella.
¡Y yo lo estaba grabando en vídeo!
La figura fantasmal cuya luz brillaba con intensidad en la penumbra del
cementerio, la legendaria Dama Blanca, avanzaba directamente hacia donde
me encontraba.
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Aunque avanzaba en mi dirección, cuando miré a través del objetivo de la
cámara, ¡no pude verla!
Los sonidos que emitían los fantasmas del bosque se volvieron más
iracundos y opresivos. Fuera cual fuese la discusión que mantenían con la
mujer, era evidente que ésta continuaba.
Me alejé de la cámara y empecé a avanzar hacia ella.
Aunque tenía miedo y no sabía qué debía hacer exactamente, continué
caminando en su dirección.
¡Y entonces desapareció!
La mujer se desvaneció, los fantasmas del bosque se desvanecieron y los
sonidos se interrumpieron.
Me encontraba otra vez solo en mitad del tenebroso cementerio. Un sudor
frío me cubría todo el cuerpo y el canto de los grillos me resultaba casi
cómicamente estridente.
Entonces recordé la cámara.
No había visto a la mujer a través del objetivo, pero ¿la habría podido
grabar?
Recogí todo el equipo rápidamente, lo metí en el coche y volví a casa.
♦♦♦
Cuando tuve la cinta lista para visionarla, recuerdo que pensé que aquello iba
a ser mi mayor éxito o mi peor locura.
¿Qué atesoraba aquella cinta?
Varios miembros de la sociedad me acompañaban en el primer visionado,
y a medida que la cinta avanzaba y las imágenes aparecían en la pantalla, el
entusiasmo empezó a extenderse por la habitación.
¡Porque en la cinta apareció la Dama y todo el mundo pudo verla!
Las imágenes grabadas tienen una calidad increíble y son una prueba
incontrovertible para cualquier escéptico de que el mundo de los espíritus está
en constante contacto con el nuestro.
No obstante, por muy satisfactorio que fuera mi encuentro con la Dama
Blanca, el cementerio Unión aún me guardaba otra aventura formidable…
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UNA VISITA DEL MÁS ALLÁ
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Yo seguía oyendo el eco de su voz en los oídos. Me resultaba muy
familiar…, como también, en cierto modo, su rostro. Pero llevaba puestas
unas grandes gafas de sol que le ocultaban la mayor parte del rostro. Entonces
me di cuenta de que se parecía mucho a Betty Chapman…, una mujer que
había muerto cuatro años atrás…, una mujer que había acudido a nuestra
Sociedad Psíquica hacía algunos años, coincidiendo con un evento que
habíamos realizado en un club de la localidad, y que aseguraba ser una
fotógrafa psíquica.
Se acercó a nosotros y nos enseñó una fotografía que le había hecho a su
marido mientras éste trabajaba en el garaje de casa. También salía su perro.
Era una casa nueva. No había más casas en la calle, y su marido era la única
persona en la fotografía. Sin embargo, cuando Betty reveló la película,
apareció la imagen transparente de una niña y un niño pequeños.
Era imposible que la cámara hubiera realizado una doble exposición. De
ninguna manera. Aun así, las imágenes de la niña y el niño pequeños eran
muy nítidas. La niña llevaba una blusa blanca, una chaqueta negra y una falda
corta que le llegaba a las rodillas. Su hermano estaba sentado en un triciclo
junto a ella.
Al mirar la fotografía sin examinarla detenidamente, se podría pensar que
se trataba de una doble exposición. Pero no lo era. De hecho, descubrimos
que aquellos dos niños habían muerto ahogados treinta años antes.
Lo descubrimos gracias a nuestras investigaciones y a la psicometría, es
decir, la capacidad de conocer instantáneamente un gran número de cosas
sobre otra persona sosteniendo en las manos una fotografía suya o un objeto
que le pertenezca.
Así es cómo supimos que Betty era una fotógrafa psíquica.
Después de esto, Betty nos acompañó a muchas casas para hacer
fotografías de fantasmas y apariciones. Pero, por desgracia, al cumplir los
setenta años le descubrieron un cáncer y murió.
Unas noches antes de su muerte, estuvo en coma. Aunque Lorraine la
visitó unas cuantas veces, casi siempre era incoherente, tanto que, una noche,
cuando Lorraine estaba estirando las sábanas, Betty le dijo: «Oh, no tienes por
qué hacerlo. Lorraine se ocupa de todo lo que necesito».
Lorraine y Betty eran muy buenas amigas. Y, por supuesto, Lorraine
también intentaba reconfortar a su marido. La enfermedad de su mujer le
había afectado muchísimo.
Todos los que la conocían lo estaban pasando muy mal con su enfermedad
porque Betty siempre había sido una persona extraordinaria. Nunca se
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olvidaba de tu cumpleaños, por ejemplo, y siempre te preparaba un pastel, con
tu nombre y todo.
Una tarde, alrededor de las 19:30, sonó el teléfono. Ahora recuerdo que
Betty llevaba dos semanas en coma…, pero ahí estaba, al otro lado de la línea,
tan alegre y racional como lo había sido cuando era joven y estaba sana.
—Hola, Ed, ¿cómo estás?
—¿Con quién hablo? —respondí.
—Soy Betty —dijo ella.
—¿Betty Chapman?
Lorraine: «Cogí el otro teléfono cuando oí a Ed decir esto porque estaba
anonadada. Había visto a Betty el día anterior y estaba en coma profundo.
Muy profundo. No podía ser ella la persona que estaba al teléfono. Pero lo
era».
—He debido de estar durmiendo las dos últimas semanas y ahora me
acabo de despertar —dijo Betty.
En cuanto colgamos, llamamos al marido de Betty para contarle lo que
había ocurrido. Él nos dijo que era imposible. Betty estaba próxima a la
muerte. Llamó al hospital y le dijeron que Betty seguía en coma y que lo
había estado todo el día y toda la noche.
Por supuesto, conocíamos experiencias similares en las que gente
moribunda que, en teoría, ni siquiera debería ser capaz de abrir los ojos había
llamado a un ser querido para despedirse de él.
En definitiva, todo esto me pasó por la cabeza aquella tarde en el
cementerio mientras miraba a la elegante y extraña mujer que tenía delante.
—¿Te gusta fotografiar tumbas y cementerios? —me preguntó mientras se
reía.
—Sé que no lo parezco, pero soy el director de la Sociedad para la
Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra.
La mujer se rio tímidamente.
—Pero, Ed, si siempre has tenido el mismo aspecto.
Entonces me dijo que a ella le interesaban los epitafios y las historias de
cementerios.
Mientras hablaba, pensé: «Dios mío, pero si es Betty Chapman». Aunque,
evidentemente, no podía decirle: «¿Eres Betty Chapman? ¿La mujer que
murió hace cuatro años?». No se pueden decir esas cosas así como así.
Entonces miró su reloj y dijo:
—Lo siento, querido, tengo que volver a casa para prepararle la cena a mi
marido.
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Betty siempre decía cosas como ésa porque siempre llegaba tarde a todas
partes. Era una de esas personas que se mueven llevadas por su reloj interno.
Dio media vuelta y, cuando empezó a alejarse, le dije:
—¿Te importaría que te hiciera una foto?
—No, no me importa —respondió ella.
Se dirigió hacia un grupo de árboles situados a unos treinta metros de
donde nos encontrábamos.
—¿Has aparcado allí? —le pregunté. No podía creerlo. Aunque en esa
dirección había una carretera, antes de llegar a ella tenías que cruzar una zona
llena de árboles, un barrizal e incluso una cerca de alambre de espinos.
Se giró completamente para que pudiera hacerle la foto.
—¿Te importaría quitarte las gafas? —le pedí, y se las quitó.
Cuando le vi los ojos, supe que era Betty Chapman. Aunque una persona
puede cambiar en muchos sentidos, los ojos siempre son los mismos. Y así
fue también en su caso. Ahora estaba seguro de que era Betty.
Entonces empezó a caminar hacia los árboles, los mismos que también
aparecen en la fotografía de otra aparición, la de la Dama Blanca del
cementerio Unión. De modo que me monté apresuradamente en la moto;
quería llegar a la carretera donde Betty había dicho que tenía el coche
aparcado.
Llegué muy rápido, sólo tardé unos cuarenta o cincuenta segundos.
Sin embargo, allí no había ningún coche, y tampoco Betty.
Se había desvanecido.
¿Era realmente ella?
Yo creo firmemente que sí.
Sí. Apareció a pleno día en forma física completa. Para mí fue la primera
vez que vivía una experiencia como aquella…, especialmente con una amiga
tan querida como Betty.
Ed y Lorraine Warren
Durante los últimos tres años, la Sociedad ha recopilado más de una veintena
de historias verificadas relativas a tragedias que se han producido en el
cementerio Unión y sus alrededores.
Dos chicas muy jóvenes murieron en un accidente de coche justo delante
del cementerio; un hombre se suicidó con dinamita; un niño de 11 años fue
víctima de una terrible posesión demoníaca; una mujer que intentó apuñalar a
su marido sin motivo aparente en mitad de la noche…
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Todos estos casos reflejan la curiosa influencia que ejerce el cementerio,
lo que los investigadores psíquicos denominan el «aura del desastre».
Es evidente que el cementerio Unión tiene esa aura, algo que es
especialmente evidente cuando uno escarba en su pasado.
La Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra continuará
indagando cada carta y llamada telefónica que reciba relativa al cementerio.
Esperamos que los violentos acontecimientos del pasado dejen de
cobrarse el mismo precio en vidas humanas sobre la población que vive en la
zona.
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En las películas de terror, las escenas más espeluznantes
suelen ocurrir en los cementerios.
Existen muy buenas razones por las que esto es así. Porque
hay espíritus vagando por los cementerios. Eso no significa que
sean monstruos terribles, aunque de vez en cuando se pueden
llegar a ver monstruos así en un cementerio. Nos referimos
simplemente a los espíritus de personas muertas que desean
volver a ponerse en contacto con personas vivas.
Nuestra sociedad recibe muchas llamadas telefónicas y
cartas de personas deseosas de compartir sus experiencias con
nosotros. Hemos seleccionado algunas de esas experiencias
para dar forma a la segunda parte del libro.
En una conferencia reciente nos preguntaron cómo era
posible que hubiera tantos cementerios encantados.
Nuestra respuesta fue la siguiente: «Para pasar el rato, la
gente a veces va a un cementerio cercano para llevar a cabo
todo tipo de ritos oscuros que han leído en un libro. Estas
personas se lo toman medio en broma. Pero lo que realmente
están haciendo es convocar a las fuerzas satánicas al
cementerio… y a sus vidas».
Por este motivo, instamos a todo el mundo a que no
experimente con ningún rito ocultista que haya descubierto a
través de un amigo o un libro.
Sólo hay que fijarse en la impactante cifra de asesinatos
satánicos cometidos en EE. UU. para darse cuenta de la
gravedad del problema… y varios de esos asesinatos tuvieron
lugar en un cementerio.
A continuación, presentamos otras experiencias acaecidas
en los cementerios de Nueva Inglaterra.
ED Y LORRAINE WARREN
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EL HOMBRE QUE LO SABÍA TODO
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que en una vida anterior había sido Espartaco y una mujer alertaba a todo el
mundo de que los inspectores de radón que la gente dejaba bajar a sus sótanos
en realidad eran agentes del Gobierno que instalaban micrófonos en las
paredes.
Ziegler se lo estaba pasando en grande con todos ellos.
Entonces llamó una niña.
Ziegler no estaba acostumbrado a escuchar una voz infantil a través de sus
auriculares.
La niña parecía tener unos seis o siete años y hablaba tan bajito que
apenas se la oía.
—Le estamos esperando, señor Ziegler.
Ziegler era consciente de que debía mostrarse cauteloso. No quedaría
demasiado bien si se dedicaba a acosar a una niña.
—¿Quién me está esperando, cielo?
—Nosotros.
—¿Y quiénes son exactamente esos «nosotros», querida?
—La gente del cementerio.
Ziegler se rio. No pudo evitarlo.
—¿Vives en un cementerio?
—Sí. Con mis amigos.
—¡Eso es mejor que ir a Venus en una nave espacial! —intervino Ziegler.
—La niña no está bromeando —dijo la voz de un anciano—. Vivimos en
el cementerio.
—¡Vaya, parece un grupo muy animado! —Ziegler volvió a reírse—.
Pero, recordad, las bromas como ésta terminan por hacerse pesadas. ¿Por qué
no colgáis ya? ¿De acuerdo, chicos?
—Queremos que venga a visitarnos —dijo una tercera voz, una de mujer
—. Queremos mostrarle que no debería burlarse de lo sobrenatural.
—¡Vale, vale, esta conversación es cada vez más odiosa! —dijo Ziegler
—. Vamos a hacer una pausa para los anuncios y, cuando volvamos, ¡os
prometo que se habrán ido!
En cuanto empezó el anuncio, y a Ziegler ya no podían oírle por antena,
dijo a través del teléfono:
—No sé quién narices eres, pero se me ha acabado la paciencia. Cuelga el
teléfono de una vez y deja participar al resto de los oyentes.
Esta vez volvió a hablar la niña:
—No queríamos llamarle, pero él nos lo ha pedido.
—Y ahora se supone que debo preguntar quién os lo ha pedido, ¿no?
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—Tu hijo. Jason. Esta noche estará esperándote en el cementerio de
Hillpointe.
Entonces se cortó la llamada.
Ziegler se quedó mirando el aparato. Nadie en la ciudad conocía a Jason.
Nadie.
♦♦♦
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Siento tener que decirte esto, pero creo que mereces saberlo: Jason murió ayer
ahogado en un accidente de barco.
Sinceramente,
Jane
♦♦♦
Aquella noche, antes de ir al cementerio, Ziegler fue a cenar con una mujer
muy agradable pero un poco aburrida con la que estaba saliendo. Aunque era
una de esas mujeres de las que quería enamorarse —en palabras de su madre,
una mujer «sensata»—, no había chispa entre ellos.
La llevó al mejor restaurante de la ciudad. Durante la cena, varias
personas se acercaron a su mesa para pedirle un autógrafo o para darle una
palmadita en el hombro y decirle lo divertido que era su programa.
Ziegler había esperado un reconocimiento como aquel toda su vida… y
para una emisora de radio donde la gerencia le tuviese miedo…, pero ahora
que lo tenía, se sentía vacío.
No podía dejar de pensar en la llamada telefónica de aquella tarde.
¿Qué le había dicho la niña? «Tu hijo, Jason. Estará en el cementerio de
Hillpointe esta noche, esperándote».
—¿Te encuentras bien, Calvin? —le preguntó su pareja de aquella noche,
devolviéndolo a la realidad.
Ziegler esbozó una apagada sonrisa.
—Demasiado trabajo y poco dinero. —Apagó el cigarrillo—. ¿Te importa
si esta noche te dejo en casa un poco más pronto?
La mujer le dio unas palmaditas en la mano. Siempre era de lo más
comprensiva. A veces incluso demasiado.
—Claro. No te sentaría mal dormir un poco.
—Gracias.
Ziegler la ayudó a ponerse el chal y luego la acompañó a su casa.
♦♦♦
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De modo que ahora estaba allí, en el cementerio de Hillpointe.
Una agreste colina cubierta de modestas lápidas blancas iluminadas por la
luz de la luna. Al otro lado de la colina estaba el depósito ferroviario; le llegó
el sonido de los vagones de carga chocando entre sí. También estaba cerca la
planta de tratamiento de aguas residuales; el olor le revolvió brevemente el
estómago. Incluso después de muertos, los habitantes de Hillpointe debían
soportar condiciones intolerables.
No sabía qué estaba buscando exactamente. El mero hecho de estar allí
hizo que se sintiera ridículo.
Jason estaba muerto, había sufrido un accidente de navegación…
Permaneció donde estaba los siguientes quince minutos, mientras se
fumaba tres cigarrillos, uno detrás de otro.
No vio nada, salvo el cementerio cubierto por la maleza y las lápidas
pintarrajeadas con grafitis.
Y entonces, al pie de la colina, cerca de las puertas de hierro,
completamente inmóvil bajo la pálida luz de la luna…
Vio a un niño vestido con una camiseta a rayas rojas y blancas, vaqueros y
zapatillas de tenis.
Aunque tenía el pelo rubio ceniza, como su madre, cuando Calvin Ziegler
lo observó detenidamente, reconoció su propio rostro en él…
Ziegler empezó a bajar la colina.
—¿Jason?
El niño continuaba mirándolo fijamente.
—¿Eres Jason?
El niño asintió.
Ahora que estaba más cerca, Ziegler se dio cuenta de que podía ver a
través del niño. Aparentemente, Jason era una aparición y no un niño de
verdad, como una imagen proyectada en una pantalla.
Un miedo repentino detuvo los pasos de Ziegler.
Echó un vistazo al cementerio para asegurarse de no estar atrapado en una
pesadilla.
Sintió cómo el miedo tensaba todo su cuerpo. De repente, el cementerio
pareció desvanecerse a su alrededor y se encontró en un plano que no
pertenecía a la tierra…
Cesaron los sonidos procedentes del depósito de vagones de carga. Dejó
de percibir el olor a aguas residuales.
¿Dónde estaba?
¿Dónde estaba el mundo real?
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El niño aumentó de tamaño. Aunque Ziegler tuvo la sensación de que el
niño estaba más cerca, en realidad no se había movido ni un centímetro.
—Eres mi padre.
Ziegler asintió.
—Sí, supongo que sí.
—Y tienes miedo.
—Sí. Sí, sí, tengo miedo.
—Pero no tienes miedo de mí ni del más allá.
—Ah, ¿no?
—No. Tienes miedo de ti mismo, de tu propia soledad. Por eso te burlas
de la gente que te llama. Ellos tienen una vida y tú no.
El niño extendió una mano. Aunque Ziegler tenía miedo de lo que podía
ocurrir si le tocaba, terminó haciéndolo.
Tuvo la sensación de que sumergía los dedos en miel tibia; una sensación
de paz y bienestar se extendió por todo su cuerpo.
La sensación le resultó tan placentera que cerró los ojos y se dejó llevar
por el amor que sentía por un hijo al que nunca había conocido.
—Te quiero, Jason —le dijo.
—Yo también te quiero, papá. Y quiero que seas feliz.
Ziegler mantuvo el contacto durante algunos minutos más. Jamás había
experimentado aquella sensación de estar cuidando de alguien que te profesa
un amor como el que su hijo le profesaba. Por primera vez en su vida sintió
que su existencia tenía propósito, sentido y dignidad.
Y entonces, la sensación de bienestar desapareció.
La noche en la tierra regresó poco a poco.
Primero, el sonido de los vagones de carga.
Después, el olor de la planta de aguas residuales.
A continuación, la espinosa maleza aferrada a sus piernas en el sendero
que conduce a las puertas de hierro.
Estaba otra vez solo; solo en un universo inmenso que le asustaba y
deprimía.
Pero entonces pensó en Jason. No cabía duda de que le había visto. Estaba
completamente seguro.
Y Jason le había dado algunas claves sobre su vida…, sobre cómo debía
empezar a cambiarla.
De pie en el cementerio iluminado por la luna, Ziegler supo que su vida
nunca volvería a ser la misma.
Ahora era otro hombre.
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Ed Warren
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DEMONIOS SEXUALES
♦♦♦
Diez años antes, Brandon O’Connor había recibido los cuidados de una niñera
llamada Devorah Lemieux. Los padres de Brandon no descubrieron hasta
mucho más tarde que Lemieux había falsificado todas sus «credenciales».
Para su vigésimo aniversario de boda, Sean O’Connor decidió llevar a su
esposa de viaje por Europa durante un mes y dejar a Brandon al cuidado de su
nueva niñera, Devorah. Si tenía algún problema o pregunta, podía recurrir a
los otros miembros del personal de la mansión: una sirvienta, un mayordomo
y un empleado. Cualquiera de ellos podría ayudarla. Y Sean tenía previsto
llamar tres o cuatro veces por semana. Todo iría bien.
En aquel punto de su joven vida, Brandon O’Connor era un chico activo y
extrovertido. Pasaba los días soleados de verano jugando al béisbol,
montando en bicicleta por las hermosas colinas de Connecticut y jugando con
amigos menos afortunados que él a los que invitaba a bañarse en su piscina.
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Al menos, eso es lo que hacía cuando sus padres estaban en la mansión.
Sin embargo, Devorah Lemieux tenía otros planes. Con frecuencia lo
obligaba a acompañarla a la ciudad para ir de compras. Por las tardes, también
lo arrastraba hasta un centro comercial cercano para ver alguna película que a
ella le interesaba. Y, por las noches, después de la cena y de que el personal
se hubiera retirado a descansar, le hacía irse temprano a la cama, donde le leía
pasajes de un libro muy peculiar, uno que trataba fundamentalmente de
demonios, diablos y de una fuerza de la oscuridad llamada Lucifer.
Pero eso no era lo único que hacía Devorah.
Mientras leía, cogía la mano del joven y se la llevaba a los pechos. O la
llevaba aún más abajo para que los dedos de Brandon notaran el calor de sus
muslos. O le cogía los dedos y se acariciaba suavemente con ellos la mejilla.
Devorah era una joven muy guapa, de pelo moreno y bien proporcionada, y al
principio Brandon se había sentido atraído por ella.
No obstante, menos de una semana después de que sus padres se hubieran
marchado, Brandon se sentía amenazado por la actitud tan intensa de la joven.
Una noche lluviosa oyó cómo se abría la puerta de su dormitorio con un
leve crujido. Empezó a incorporarse en la cama, pero entonces vio a Devorah
en el umbral de la puerta.
Estaba desnuda y llevaba una vela en una mano y una pintura de Lucifer
realizando infames actos sexuales con varias personas en la otra.
Creyendo que Brandon dormía, Devorah se acercó hasta el borde de la
cama y, sosteniendo la vela sobre la cabeza del chico, pronunció las
siguientes palabras como si se tratase de una oración:
—Oh, todopoderoso Satanás, consagro a tu voluntad la vida de este joven.
Brandon mantuvo los ojos cerrados con fuerza por dos razones. En primer
lugar, no estaba seguro de si debía mirar a una mujer desnuda. Y segundo,
sabía que si Devorah veía que estaba despierto, su vida correría peligro.
La temperatura bajó repentinamente y un hedor fétido y nauseabundo se
extendió por la habitación mientras Devorah, de pie junto a su cama, hablaba
en una lengua que no entendía.
—¡Toma a este niño, Satanás! ¡Conviértelo en tu hijo!
A aquellas alturas, Brandon estaba aterrorizado tanto de Devorah como de
su extraño comportamiento. Permaneció inmóvil.
Entonces, Devorah se marchó.
La habitación volvió a quedar sumida en la oscuridad.
La luz de la luna se filtraba por la ventana y una brisa suave y cálida hacía
revolotear la fina cortina. Era como si Devorah nunca hubiera estado allí.
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Cuatro noches después, cuando regresaban a casa después de ir al cine,
Devorah tomó un camino diferente del habitual.
—¿Te he contado alguna vez que crecí muy cerca de aquí?
—No —respondió Brandon.
—Pues así es. ¿Y sabes cuál era mi lugar favorito para jugar?
—No.
—Ahí.
Brandon se dio la vuelta y se quedó sorprendido. Devorah había señalado
el cementerio, cubierto por una pátina plateada y sombría bajo la luz de la
luna.
—¿Jugabas en el cementerio?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque yo… —Devorah hizo una pausa. Era obvio que estaba buscando
las palabras con esmero—. ¿Estás cansado?
—No mucho.
—Bien. Aparquemos ahí.
Devorah aparcó el coche, bajaron de él y ascendieron por la inclinada
pendiente cubierta de hierba que llevaba al cementerio.
—¿Tienes miedo?
—Un poco —reconoció Brandon.
—Dame la mano.
Brandon le agarró la mano y recorrieron así el resto del camino hasta el
cementerio.
Se detuvieron delante de una lápida, una enorme piedra tallada con más de
dos siglos de antigüedad, y Devorah le dijo:
—¿Quieres saber un secreto, Brandon?
—Supongo que sí. —En realidad, no estaba muy seguro. Devorah aún le
producía bastante pavor.
—Toca la lápida.
—Tengo miedo.
—No hay nada que temer, Brandon.
—Pero no quiero.
Aunque no podía verle muy bien el rostro en la oscuridad, notó su
irritación.
—Haz lo que te digo, Brandon.
Sin embargo, ella no esperó a que Brandon lo hiciera. Le agarró la mano y
le obligó a tocar la lápida con la punta de los dedos.
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—¡Ay! —gritó Brandon. La lápida estaba caliente al tacto.
—Los sientes, ¿verdad?
—¿A quién?
—A los muertos bajo tierra. Por la noche, cuando están inquietos y vagan
por la tierra, a veces las lápidas se calientan.
—Te lo estás inventando.
—No, en absoluto. Así fue como descubrí… ciertas cosas, Brandon. Una
noche, cuando tenía tu edad, me escabullí de casa y vine aquí a jugar. Cuando
mi padre vino a buscarme, me escondí detrás de una lápida. Y cuando la
toqué, estaba caliente. Más tarde, aquella misma noche, regresé al cementerio.
—¿Y sólo tenías siete años?
—Sí. Tuve que escabullirme, pero regresé porque sabía que aprendería
algo.
—¿El qué?
—A hablar con los muertos.
Brandon se quedó mudo.
—Crees que me lo estoy inventando, ¿verdad?
—Ajá.
—¿Te gustaría hablar con los muertos?
—Quiero volver a casa, Devorah. Ahora sí estoy cansado.
—No, no es verdad. Lo que te pasa es que tienes miedo. Yo también tenía
miedo, Brandon. Hasta que descubrí la verdad. Venga, vuelve a poner la
mano sobre la lápida.
—¡No!
El bofetón que le propinó fue tan fuerte que Brandon se quedó
momentáneamente ciego. Le ardían las mejillas y tenía los ojos llenos de
lágrimas.
Devorah volvió a cogerle la mano y le obligó a extenderla hacia la lápida.
El joven jamás olvidaría lo que sintió a continuación: el suelo empezó a
sacudirse como si el epicentro de un terremoto estuviera localizado justo
debajo de la lápida, y desde las profundas entrañas de la tierra le llegó el
rumor de unas voces que gritaban su nombre: «¡Brandon! ¡Brandon!
¡Brandon!».
—Quieren ser tus amigos —le gritó Devorah por encima del sonido de las
voces y el temblor de la tierra.
Brandon nunca pudo recordar mucho más de lo que ocurrió aquella
noche…, al menos, nada específico. Más tarde, recordó que se había
desmayado y que había caído inconsciente al suelo. También recordó la
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sensación de estar congelándose y, luego, las voces que brotaban del suelo,
cada vez más profundas, extrañas y aterradoras.
Unas horas después, se agitó, abrió los ojos y vio que se encontraba en su
habitación, tumbado en su cama.
Y entonces vio a Devorah, su silueta delineada por la luz de la luna que se
filtraba a través de la ventana de la habitación. Volvía a estar desnuda, y en la
mano sostenía un cuchillo de carnicero.
En el suelo había una pieza metálica que representaba la cabeza con
cuernos de Lucifer. Sobre la pieza metálica brillaba una pequeña vela.
Devorah deslizó el filo del cuchillo por su antebrazo. Dejó escapar un
gemido, pero uno de placer, no de dolor, y luego se llevó el antebrazo hasta
sus pechos desnudos y se frotó la herida abierta contra ellos, alimentándolos
con su propia sangre.
Entonces se inclinó y dejó caer varias gotas de sangre sobre la llama de la
vela.
La vela se apagó, pero unos instantes después volvió a relucir con una
misteriosa llama verde que iluminó toda la habitación con un desagradable
tono lima.
Brandon se preguntó si estaba soñando, pero entonces vio cómo Devorah
empezaba a bailar lentamente alrededor de la vela al son de algún tipo de
música primitiva que sólo ella podía oír.
Aunque Brandon era muy joven, comprendió que los movimientos de su
cuerpo sugerían algo pecaminoso.
En mitad del baile, Devorah levantó el cuchillo y se hizo un corte en el
otro brazo. Volvió a frotarse la herida contra los pechos y continuó bailando,
echando la cabeza hacia atrás como si estuviera en una especie de éxtasis
demente.
Brandon nunca pudo determinar el momento exacto en que Devorah se
marchó de su habitación. Sólo supo que el amanecer trajo una lluvia fría y un
cansancio extenuante.
Cuando estaba en el baño cepillándose los dientes, la criada llamó a la
puerta y le preguntó:
—Brandon, ¿has visto a Devorah esta mañana?
—No, señora.
—Gracias.
Durante el resto del día, la criada y el mayordomo registraron la casa y los
terrenos circundantes en busca de Devorah, pero todo parecía indicar que la
joven se había ido.
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El estudio totalmente equipado encima del garaje donde vivía estaba
impoluto y no había ni rastro de sus pertenencias. Era como si nunca hubiera
estado allí.
La criada lo notificó a la policía y se inició una investigación. Dos
semanas más tarde, justo cuando los padres de Brandon regresaron de su
viaje, el jefe de la policía local llegó a la conclusión de que no se había
producido ningún delito. Fuera cual fuese el motivo, Devorah Lemieux se
había cansado de su trabajo y había abandonado la zona.
Lorraine Warren
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EL AMIGO INVISIBLE
♦♦♦
Página 72
Después del trabajo, Claire se fue a su apartamento de Winnetka, un
suburbio de Chicago, y se pasó la noche leyendo sola. Hacía poco que había
puesto fin a una relación de seis años con su novio después de que éste
admitiera haber cometido diversas infidelidades. Claire todavía estaba
tratando de reconstruir su vida.
Después de dejar el libro, después de intentar ver una vieja película en
blanco y negro en la televisión, después de lavar la ropa interior, después de
prepararse un bocadillo de jamón que no se comió, se sentó a la mesa de la
cocina y empezó a escribir una carta a una vieja amiga de la universidad. La
mujer le había escrito hacía siete meses y Claire decidía ahora responder a su
carta.
Llevaba escritas unas cuantas líneas —básicamente, una larga disculpa
por no haber respondido antes—, cuando sintió que su mano empezaba a
moverse sola, como si los impulsos de su cerebro hubieran dejado de
controlarla.
Daniel estaba enamorado de otra persona.
♦♦♦
Página 73
Algunas noches después, Claire volvía a estar sentada a la mesa de la cocina,
escribiendo una carta a otra amiga, cuando su mano empezó otra vez a
escribir algo por voluntad propia.
Daniel me traicionó. Por eso me suicidé. Vio a su antigua novia el día de nuestra
boda. Sé que tú lo entenderás. El otro día contacté contigo en el cementerio. Sé que
tu novio también te traicionó.
♦♦♦
♦♦♦
Página 74
Su amistad continuó. Una noche de verano, Claire decidió reunir todas las
cartas que había escrito Jackie y llevarlas a casa de unos amigos.
El amigo trabajaba en la Facultad de Psicología en la Universidad de
Purdue y era un antiguo profesor de Claire.
Esta le contó todo lo que había ocurrido y le enseñó las cartas.
El hombre las inspeccionó concienzudamente. Como siempre, su
semblante reflejaba interés, aunque también algo de escepticismo.
Finalmente, dijo:
—Últimamente te has sentido muy sola, ¿verdad, Claire?
—¿Sola?
—Las cartas. Querida, ¿no ves lo que está pasando?
—Supongo que no. —Claire le había contado que lo había consultado con
un médium, pero el profesor se limitó a sonreír.
—Te has inventado a Jackie. Es la amiga perfecta. Os han traicionado a
las dos. Las dos tenéis la misma idea trágica sobre la vida. Las dos tenéis la
sensación de que nadie os entiende ni aprecia.
El hombre sonrió, aunque no era el tipo de sonrisa que Claire esperaba
ver. Aquélla era la típica sonrisa que dirige un adulto a un niño que no deja de
hablar sobre un compañero de juegos imaginario.
—Entonces, ¿no crees que Jackie exista realmente?
—Creo que ya sabes la respuesta a esa pregunta, Claire.
—Pero yo no soy la que escribo; lo hace Jackie. A través de mí.
—Claire, quiero ayudarte. De verdad. Pero si me limitara a alimentar tus
delirios, no te estaría haciendo ningún favor.
—¿Delirios?
—Has sufrido un gran estrés, Claire. El fin de tu relación, la muerte de tu
tía… Ahora mismo te sientes sola y asustada.
—¿De modo que me la inventé?
Claire quería creer lo que el profesor le estaba diciendo. En cierto modo,
haría que las cosas fuesen más fáciles.
Pero sabía que su amigo se equivocaba.
Jackie existía realmente.
Y se comunicaban mediante la escritura automática.
—Tal vez podrías visitarme —dijo entonces el profesor.
—¿Visitarte?
—Quizá una vez por semana. Sólo de manera informal. No te cobraría
nada, por supuesto.
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—Dios mío —exclamó Claire—, ¿estás sugiriendo que necesito ir al
psicólogo?
—Sólo por una temporada, Claire. Hasta que puedas lidiar sola con tus
delirios.
Claire no era el tipo de persona que suele expresar su enojo por la
condescendencia con la que la había tratado el profesor. Se limitó a encontrar
una excusa para marcharse del pequeño y sofocante apartamento, no sin antes
prometerle que le llamaría, por supuesto, y después subió a su coche y se
dirigió a casa.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue sentarse a la mesa de la cocina y
coger papel y boli.
No te ha creído, ¿verdad? Yo ya lo sabía, Claire. Nuestra amistad tiene que seguir
siendo nuestro secreto… Los demás simplemente lo arruinarán todo con sus burlas.
Ed Warren
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aceptaba con naturalidad el mundo sobrenatural, si lo consideraba una parte
de la vida cotidiana, serían mucho más felices y estarían mucho más
relajados.
Claire es un buen ejemplo de ello. Según aseguraba en su carta, no le
interesa especialmente el ocultismo, pero confía en su amistad con el espíritu
de su amiga Jackie. Tanto su marido como sus hijos saben de la existencia de
Jackie y no tienen ningún problema en aceptar su relación con Claire.
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LA ADVERTENCIA DE UNA BANSHEE
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consideraban que utilizaba su buena apariencia para obtener privilegios
especiales del director de la escuela, a quien creían embelesado por ella.
No todo el mundo se entristecía al ver su habitual rostro sonriente
convertido en una máscara sombría. Ni al enterarse de que se había puesto a
llorar sin motivo aparente durante una de sus clases.
En primavera, a pesar de que la administración de la escuela estaba más
que dispuesta a que siguiera trabajando allí, Molly no quiso renovar el
contrato. Sentía que había llegado el momento de cambiar de vida. Rompió
con el hombre con el que había estado saliendo los últimos tres años, una
ruptura que resultó muy dolorosa para ambos, vendió la pequeña casa que
había heredado de su padre y empezó a enviar solicitudes de empleo a
distritos escolares donde nadie la conociera.
♦♦♦
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conclusión de que no lo producía el viento.
Entonces pensó en un pequeño animal herido y agonizante en algún lugar
próximo a la casa.
Se levantó, se puso la bata, cogió una linterna del armario donde guardaba
los utensilios y salió al exterior.
La noche era fría y caía una suave llovizna. Se le puso la piel de gallina
inmediatamente y se arrepintió de no haberse abrigado más.
Recorrió el pequeño patio, inspeccionó los bajos de la casa con ayuda de
la linterna y, después, miró entre los arbustos y plantas que rodeaban el patio.
No encontró nada.
Ni tampoco volvió a oír el sonido.
Fuera lo que fuese, había cesado.
Dos noches más tarde, cuando ya se sentía lo suficientemente bien como
para quedarse a ver la película de la noche, fue a la cocina a por un vaso de
leche fría y volvió a oír el sonido.
Una vez más, su primer instinto le dijo que era el viento. Entonces pensó
de nuevo en un animal herido y moribundo.
Cogió la linterna del armario, se calzó las zapatillas y salió de la casa.
Había una niebla baja, casi luminosa. El haz de la linterna apenas lograba
penetrarla.
Estuvo cinco minutos inspeccionando los aledaños de la casa. El sonido se
había vuelto a desvanecer. No encontró nada.
Aquella noche durmió muy bien.
El 6 de mayo de 1974, Molly fue a comprar antigüedades con una amiga
de la escuela y descubrieron una pequeña tienda llena de muebles estilo Reina
Ana.
Más tarde, tomaron una pizza y una cerveza en un pequeño restaurante
donde los profesores solían quedar.
Molly, que no bebía asiduamente, se acostó a las once de la noche.
Según su reloj digital, se despertó a la 1:27 de la madrugada.
Aunque el sonido agudo era el mismo de siempre, había algo distinto en
él, quizá una mayor intensidad.
Y esa vez parecía provenir de un lugar muy cercano.
Molly se levantó de la cama, fue hasta la ventana del dormitorio y vio a la
joven por primera vez. La mujer parecía estar hecha de niebla y vaho en lugar
de carne y hueso…, y, sin embargo, era una mujer muy hermosa… y parecía
estar sufriendo mucho.
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Con sólo ver a la aparición en forma de figura humana de pie en el límite
del bosque, llamándola, Molly supo inmediatamente que la joven había
sufrido una terrible tragedia y que estaba tratando de comunicarse con ella.
Molly corrió hasta la mecedora donde siempre dejaba la bata. En poco
tiempo estuvo lista para salir al exterior. Sin embargo, al mirar de nuevo por
la ventana, la joven había desaparecido. Sólo vio el bosque, los árboles negros
y húmedos después de la lluvia; el oscuro bosque que siempre le había
producido una sensación de vaga inquietud.
Volvió a meterse en la cama, pero esa vez no pudo volver a conciliar el
sueño.
♦♦♦
♦♦♦
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Después del trabajo, Molly se fue a casa y se echó una siesta. Tuvo un sueño
oscuro y extraño: estaba en mitad de un espeso bosque, el típico bosque que
siempre imaginaba cuando leía a los hermanos Grimm. Estaba corriendo para
reunirse con alguien…, una mujer pedía ayuda a gritos…
Molly se despertó lentamente. Al principio no supo dónde estaba… ni
quién era.
Se sentía igual que cuando despertaba después de una de sus resacas
ocasionales…, temblando y ligeramente asustada.
Se levantó, fue al cuarto de baño y se aseó.
Se preparó un bocadillo de rosbif, abrió una pequeña bolsa de patatas
fritas Lay’s y cogió una Pepsi del frigorífico. Comió delante del televisor,
viendo las noticias.
Entonces se sentía mucho mejor.
Recordó haberle dicho a Lisa que quizá la llamaría por la noche. Ya eran
más de las 20:30.
Se sentó a oscuras en la sala de estar para hablar con Lisa; la única luz era
la de la pantalla de la televisión.
Cuando llevaban unos diez minutos hablando de chismorreos, Molly se
dio cuenta de que desde hacía un rato había empezado a soplar un fuerte
viento.
Levantó la cabeza para mirar y oyó el sonido de las hojas muertas
golpeando contra la ventana.
¿Qué estaba pasando en ese momento? ¿Había habido alguna vez un
tornado en Nueva Inglaterra?
—¿Estás bien, cielo?
—Es sólo el viento. Es un poco raro.
—Ya —repuso Lisa—. A mí esas cosas también me asustan mucho.
Y entonces Molly la vio.
La misma figura espectral que había visto la otra noche…, la hermosa
aunque trágica mujer que había tratado de llamar su atención.
Observaba a Molly a través de los amplios ventanales.
La joven aún parecía estar hecha de niebla y vaho. Y seguía transmitiendo
una gran tristeza.
Entonces empezaron los gemidos, los agudos lamentos que la habían
despertado por la noche unos días atrás.
La joven levantó su delgado brazo y, de nuevo, empezó a hacerle gestos.
Era obvio que quería que Molly la acompañara a algún lugar. ¿Pero
adónde? ¿Y por qué motivo?
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—¿Molly? ¿Te pasa algo?
Molly había olvidado que Lisa estaba aún al teléfono.
—Tengo que colgar.
—Algo va mal, ¿verdad?
—No, Lisa, todo va bien.
—¿Seguro que no quieres que llame a la policía?
—Seguro. Agradezco tu preocupación, pero todo va bien. Eres una buena
amiga, Lisa. Te lo agradezco de verdad. Buenas noches.
♦♦♦
Molly fue hasta el dormitorio y se puso unos zapatos y una chaqueta gruesa
de invierno.
Poco después, ya en el exterior de la casa, se dio cuenta de que el viento
sólo soplaba en una pequeña área, la que ocupaba la joven.
—Necesito ayuda.
Aunque no podía decirse exactamente que la mujer hablara, había logrado
comunicarse con palabras.
Molly tardó unos segundos en reconocer el método que había utilizado:
telepatía, una mente hablando directamente con otra.
—Necesito ayuda.
—¿Para qué? —pensó Molly.
—Ella tiene problemas.
—¿Quién tiene problemas?
—Deprisa —pensó la joven—. Deprisa.
La joven condujo a Molly hasta la parte trasera de la casa, donde estaba
aparcado su Ford de cinco años.
—Deprisa. Sube al coche. Yo te guiaré.
Molly percibió la urgencia en la joven. Algo terrible estaba a punto de
suceder.
Molly subió al vehículo, salió marcha atrás del estrecho sendero y siguió a
la aparición por la sinuosa carretera que llevaba a la ciudad.
¿Adónde se dirigía? ¿Qué encontraría al llegar?
♦♦♦
Dos meses antes, un hombre llamado Kinkade había salido de la prisión tras
cumplir una condena por violación de seis años. Fueron muchos los que
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pensaron que el castigo no se adecuaba al crimen, dado que, además de violar
a la mujer, Kinkade le había propinado una terrible paliza.
Aquella noche, Kinkade estaba oculto entre los árboles del espeso bosque
que bordeaba el cementerio de Tutwiler, esperando que cierta joven pasara
por allí a pie. La joven era camarera, y Kinkade llevaba dos semanas
siguiéndola a todas partes, por lo que conocía perfectamente su horario.
Protegido por un árbol húmedo por la lluvia, Kinkade sintió cómo todo su
cuerpo se tensaba. El hombre anhelaba sentir el exquisito placer de golpear
con los puños el frágil cuerpo de una mujer.
En una curva de la carretera, unos faros iluminaron la figura de una mujer
menuda que avanzaba colina arriba enfundada en un impermeable y un gorro
para la lluvia.
Kinkade esbozó una sonrisa.
La muy puta. Iba a mostrarle el auténtico significado de la palabra dolor.
Había visto cómo sonreía a los hombres en el restaurante. Era una mujer
silenciosa, y aunque parecía amable y tímida, él sabía lo que era en realidad:
una ramera.
Y esa noche iba a tratarla como todas las rameras merecen ser tratadas.
Kinkade esperó, su respiración cada vez más pesada.
Pronto, pronto…
♦♦♦
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directamente hacia la mujer.
—¡Deténlo, Molly! ¡Detenlo!
Sin pensar en lo que estaba haciendo, Molly dio un brusco golpe de
volante y encaró el vehículo hacia el hombre.
Bajo la luz de los faros, Molly vio cómo el hombre levantaba las manos
para protegerse la cara. Su rostro se descompuso con un grito.
A pocos centímetros de él, Molly pisó el freno.
Alargó un brazo para abrir la puerta del pasajero y le gritó a la joven:
—¡Sube! ¡Deprisa!
La joven, que se había quedado inmóvil con semblante asustado y
confundido mientras asistía primero a la aparición repentina del hombre y,
luego, de un vehículo que había estado a punto de atropellarlo, se inclinó para
mirar por la puerta abierta y dijo:
—¿Quién eres tú?
—Una amiga. —Molly hizo un gesto con la cabeza en dirección al
hombre que entonces volvía a adentrarse en el bosque—. Quería hacerte daño.
La mujer subió al coche.
Hasta que hubieron recorrido aproximadamente medio kilómetro, ninguna
de las dos mujeres dijo nada.
—¿Cómo sabías que estaba allí? —preguntó entonces la mujer.
—Digamos que lo sabía y ya está. —Molly no quería darle muchas
explicaciones. De todos modos, era probable que la mujer tampoco la creyera.
—¿Vuelves caminando a casa todas las noches?
—Supongo que podría coger el autobús —respondió la mujer.
—Entonces hazlo.
La mujer se la quedó mirando fijamente.
—Viene cada día al restaurante donde trabajo. Siempre me está mirando.
Me pone de los nervios.
—Acaba de salir de la cárcel. Ha estado encerrado por violar a una mujer.
Y por pegarle una paliza. —Aunque Molly no tenía la menor idea de cómo
sabía aquello, de algún modo las palabras le parecieron correctas y ciertas a
medida que las decía—. Esta noche tenía previsto hacer lo mismo contigo.
—No entiendo cómo puedes saber todo esto.
Molly le dirigió una sonrisa triste.
—En realidad, yo tampoco lo sé. Pero lo que te estoy diciendo es
absolutamente cierto. Y ahora, ¿qué tal si me dices dónde vives?
La mujer se lo dijo.
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Molly siguió conduciendo hasta una zona destartalada de la ciudad, la
cual tenía un aspecto aún más destartalado y solitario aquella noche por culpa
de la lluvia.
—Te estoy muy agradecida —le dijo la mujer.
—Me alegro de que estés bien —respondió Molly negando con la cabeza.
La mujer sonrió.
—Seguro que le has metido un susto de muerte.
—Se lo merece.
—Si alguna vez pasas por delante del restaurante, entra y te invitaré a un
café.
—Eso estaría bien. Gracias.
La mujer bajó del coche y caminó rápidamente por el irregular camino
hasta una pequeña casa que más parecía una cabaña.
Molly volvió a su casa. Tras servirse una copa, se sentó delante de la
chimenea con una manta sobre las piernas y reconstruyó lo que había
sucedido aquella noche.
Probablemente, la camarera pensara que estaba chiflada.
Pero Molly sabía lo que hacía.
Oh, sí, con sólo una mirada a los ojos oscuros del hombre, Molly lo había
visto todo: todo el odio hacia las mujeres que movía a aquel tipo de
hombres…, que había movido a sus agresores.
Alrededor de la medianoche, agradablemente intoxicada, se le cayó la
cabeza y se quedó dormida.
Dos horas después, unos golpes la despertaron.
Se desperezó y sintió que estaba bastante más sobria pero confundida por
el origen de los golpes.
¿Quién estaría llamando a su puerta a aquellas horas?
Se levantó de la mecedora y fue hasta la puerta para averiguarlo. El fuego
en la chimenea ya se había apagado y la habitación estaba llena de sombras
alargadas.
—¿Quién es? —dijo al tiempo que comprobaba el picaporte. Quería
asegurarse de que la puerta estaba cerrada con llave. Lo estaba.
No obtuvo respuesta. Sólo la del viento.
De repente, se produjeron más golpes. Molly se dio la vuelta para
observar el salón.
Estaba vacío. No había nadie allí que pudiera haberlo hecho.
Y, sin embargo, los golpes se reanudaron inmediatamente.
Dirigió la mirada hacia el techo.
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Los sonidos parecían venir de arriba.
Pero era imposible. En aquella pequeña casa no había piso superior.
—¿Quién está ahí? —gritó.
Pero, inmediatamente, se dio cuenta de lo absurda que era la situación.
¿Habría alguien en el tejado, golpeando las tejas con los puños?
¡Por supuesto no!
Y entonces sintió cómo la temperatura descendía repentinamente varios
grados.
Temblando, fue hasta la mecedora, cogió la colcha y se envolvió bien con
ella.
Más golpes. En esa ocasión eran tan furiosos que parecían provenir de
diversos sitios al mismo tiempo.
El frío se hizo aún más intenso.
Y, entonces, justo delante de ella, la joven empezó a tomar forma a partir
de un remolino de niebla en un rincón sombrío del salón.
—Me llamo Lily. No quiero asustarte. Estoy aquí como amiga, porque lo
que te pasó a ti también me pasó a mí. Una noche, hace mucho tiempo, me
violaron en el cementerio… y después el hombre me arrastró hasta lo más
profundo del bosque y me asesinó. Por eso esta noche he querido advertir a
esa mujer. Todas somos hermanas.
Entonces la figura de la mujer empezó a destellar de forma intermitente:
luz y oscuridad, luz y oscuridad.
La niebla se arremolinó nuevamente y los rasgos de Lily empezaron a
desvanecerse.
—Somos iguales, Molly. Las dos buscamos venganza por lo que nos
hicieron, aunque no es probable que ninguna de las dos la obtenga.
Esto último fue simplemente una voz en la cabeza de Molly. Lily había
desaparecido completamente.
Y entonces incluso su voz empezó también a desvanecerse, como si
estuviera alejándose por un largo pasillo… y Molly apenas pudiera oír lo que
estaba diciendo.
—Lo has hecho bien, Molly. Y algún día serás recompensada por tu
bondad.
En aquel momento ni siquiera pudo seguir oyendo la voz.
El espíritu llamado Lily se había marchado… Para siempre.
♦♦♦
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Dos años después, Molly conoció a un joven médico, se casó con él y se
mudó a Boston, donde él deseaba abrir la consulta.
Antes de irse, sin embargo, Molly le contó la historia de Lily a su amiga
Lisa. Afortunadamente, Lisa había crecido en el seno de una familia en la que
discutían abierta y racionalmente de los fenómenos paranormales.
De hecho, en lugar de burlarse de la historia de Molly, Lisa se mostró
profundamente conmovida. La historia tenía una carga melancólica muy
considerable.
Ed Warren
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Situado entre colinas ondulantes y lleno de antiguas lápidas, el cementerio Unión muestra la típica
estampa de los pintorescos pueblos de Nueva Inglaterra que se fundaron durante el período colonial.
Además, está encantado. (Fotografía de Jason Butler).
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El lugar donde el fantasma de una vieja amiga y miembro de la Sociedad de Investigación Psíquica de
Nueva Inglaterra se le apareció a Ed Warren.
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La Dama Blanca es uno de los fantasmas más famosos del cementerio, una huella del pasado gótico de
Nueva Inglaterra que en la actualidad continúa apareciéndose de forma ocasional. En este espacio
desolado fue donde se grabó la aparición caminando hacia los árboles. (Fotografías de Jason Butler).
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Ésta es la histórica casa de campo detrás del cementerio Unión donde vivieron los hermanos Vosper.
Está cerca del lugar donde vieron por primera vez a la Dama Blanca. (Fotografía de Jason Butler).
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En los primeros años de la América prerrevolucionaria, las iglesias desempeñaron un papel fundamental
en la vida comunitaria. Incluso hoy en día, la mayoría de los avistamientos de fantasmas se producen en
las proximidades de las iglesias. (Fotografía de Jason Butler).
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Detrás de la iglesia bautista, junto al cementerio Unión, hay un sumidero donde se arrojó un cuerpo que
más tarde afloró misteriosamente a la superficie. El juicio se convirtió en uno de los más famosos de
Nueva Inglaterra.
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Cerca de esta lápida, el fantasma de Betty Chapman le habló a su viejo amigo Ed Warren. (Fotografías
de Jason Butler).
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Éste es un extraño caso de energía espiritual capturada en una fotografía en el cementerio Unión
(Cortesía de Richard Jackson).
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La energía de los espíritus a veces aparece en las fotografías en forma esférica. Esta instantánea fue
tomada en el cementerio Unión. (Cortesía de Richard Jackson).
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CONVERSANDO CON LOS MUERTOS
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cedros y arces perfectamente alineados junto a las impolutas vallas blancas
que bordeaban la carretera.
La casa de la tía Pat era un edificio Tudor que, según algunos, se
remontaba a la guerra civil americana.
Avancé por el camino de entrada, aparqué el coche y entré en la casa
acarreando tres maletas. La tía Pat me había dado una llave hacía mucho
tiempo.
A pesar de la calidez de la chimenea de piedra y las hermosas
antigüedades que llenaban todas las habitaciones, la casa parecía fría y vacía.
No me costó mucho entender el motivo. La tía Pat, a pesar de la dolorosa
artritis que padecía y su personalidad olvidadiza, siempre había sido una
persona alegre y habladora. Ahora sólo había silencio.
Recorrí toda la casa, deteniéndome a observar los objetos que me traían
tan buenos recuerdos de mi tía: el telar del que estaba tan orgullosa y que me
había mostrado cómo funcionaba tantas veces; los platos de peltre en el
armario de la porcelana; el mosquete británico que había sido el orgullo y la
alegría de mi tío; los pesados edredones hechos a mano con esmero sobre su
cama con dosel y también sobre las dos camas de la habitación de invitados
(en cierto momento de su vida, la tía Pat incluso había contemplado la idea de
convertir su histórica casa en un bed and breakfast).
En el estudio de la planta baja encontré el teléfono, un viejo modelo negro
de baquelita. No había vuelto a ver uno desde que era niño. Recordé las
visitas de los veranos con mis padres. Por entonces, mis tíos solían hacer
todas las llamadas con un teléfono muy parecido a aquél. Si bien aquel tipo de
teléfonos no se usaban en las grandes ciudades desde los años treinta, en las
zonas rurales de Connecticut fueron habituales hasta bien entrados los años
sesenta.
El teléfono negro estaba sobre una mesita auxiliar cubierta con un enorme
tapete blanco hecho a mano. Apoyado contra el teléfono había un sobre de
grandes dimensiones con mi nombre —Peter Glendenen[1]— escrito con la
cuidadosa letra de mi tía en su parte frontal.
Cuando cogí el sobre, vi que el teléfono no tenía cable. No había línea.
Me metí el sobre en el interior de la chaqueta y salí de la casa. Agradecí la
cálida luz del sol sobre mi rostro. La casa estaba demasiado fría, algo que me
sorprendió.
Ya en la ciudad, me encaminé a la funeraria y elegí un ataúd para mi tía.
La tía Pat había sido una persona muy práctica, de modo que me decidí por un
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ataúd no mucho más sofisticado que la venerable caja de pino. El hombre de
la funeraria no se mostró especialmente satisfecho.
Después visité el periódico, la iglesia católica, donde dispuse todo lo
relacionado con el servicio religioso y, finalmente, la consulta del doctor
Wells.
El médico era un anciano de pelo blanco y mirada tenue. Llevaba unas
gruesas gafas detrás de las cuales unos ojos de un azul intenso parecían peces
atrapados en un acuario.
Me ofreció café, que acepté gustoso. Dedicamos unos veinte minutos a
hablar sobre los recuerdos que teníamos sobre mi tía. El doctor Wells había
ido tanto a la escuela primaria como a la secundaria con ella y admitió haber
estado enamorado de ella durante años. Sin embargo, terminaron por casarse
con otras personas y cada uno tuvo su propia familia. Por desgracia para ella,
los hijos de la tía Pat eran unos trotamundos. Tenía tres hijos, todos ya en la
edad adulta, pero sólo dos pudieron llegar al funeral. El tercero se quedó
atrapado en Bangkok por culpa del mal tiempo.
—La conocías muy bien, ¿verdad? —me preguntó el doctor Wells.
—Sí, muy bien. O al menos eso creo.
—Entonces ¿tú también la creías?
—¿Qué creía?
El doctor Wells se inclinó hacia delante y apoyó los codos en el escritorio.
—Que estaba en contacto con el mundo de los espíritus.
Me reí.
—Siempre he pensado que eso no era más que un disparate inofensivo.
Aunque nunca he estado seguro de si la tía Pat se lo tomaba realmente en
serio.
—Muy en serio —repuso el anciano médico—. Mucho.
Tuve la sensación de que iba a añadir algo más, pero el teléfono lo
interrumpió. Por la forma en que hablaba, supe que uno de sus pacientes tenía
un hijo gravemente enfermo. Cuando colgó, se puso de pie, cogió una
pequeña cartera de piel del suelo y la dejó sobre el escritorio.
De camino al exterior de la consulta, balanceando la cartera con la mano
izquierda y apoyándose en un nudoso bastón de madera con la derecha, me
recordó a una versión de Nueva Inglaterra del fiel compañero de Sherlock
Holmes: el doctor Watson.
Subió a una vieja camioneta y puso en marcha el motor. Antes de
marcharse, miró por la ventanilla hacia donde yo me encontraba, de pie junto
a mi coche, y me dijo:
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—¿Te dijo algo sobre el teléfono?
—¿El teléfono?
—Sí. Un teléfono pasado de moda que guardaba en el estudio.
—No, nunca mencionó nada al respecto. Pero si se refiere al viejo
teléfono negro, lo llevo viendo desde hace muchos años.
—Según ella, el teléfono estaba maldito. Siempre me contaba historias
sobre él. Historias estrafalarias. —Frunció el ceño y sus carillos se asentaron
—. Mejor que no lo toques. No me creo una palabra de todo ese galimatías,
pero supongo que no podemos estar completamente seguros.
Se despidió con un gesto de la cabeza y se alejó entre una nube de humo
de motor. Confié en que el viejo médico cuidara mejor su cuerpo que su
coche.
En el camino de regreso a casa de la tía Pat, vi todo tipo de animales:
zorros, conejos, mofetas, ratones almizcleros. Para una persona de ciudad
como yo, era algo realmente emocionante.
También pasé junto al cementerio de la Roca Eterna. En un día tan bonito
como aquél, incluso un cementerio era un hermoso espectáculo. Pero
entonces recordé que la tía Pat siempre hablaba de aquel lugar en términos
sombríos y melodramáticos. «Nunca te acerques a ese lugar», solía
advertirme. Y no sólo de niño…, sino también cuando ya era un hombre
hecho y derecho.
El refrigerador estaba bien surtido, de modo que me preparé una cena de
beicon, huevos y gruesas tostadas de pan de trigo con mermelada.
Cené sobre una mesita de sofá delante del enorme televisor en blanco y
negro de la tía Pat. De hecho, lo que era enorme era el mueble en sí; la
pantalla sólo tenía 17 pulgadas.
Después de la cena, caí en un sueño profundo. Cuando desperté, era noche
cerrada y el campo ya no resultaba tan agradable. Caía una lluvia otoñal
acompañada de rayos intermitentes que desgarraban el cielo e iluminaban las
ventanas con una luz pálida. En algunas ocasiones, la lluvia es una
experiencia agradable, renovadora y relajante. En otras, como aquella noche,
está cargada de ira y furia.
Llevé los platos a la cocina, los lavé y sequé, y después me preparé para
subir al piso de arriba. Eran cerca de las nueve de la noche.
Diez minutos más tarde, tras cepillarme los dientes y ponerme un pijama
limpio, me tapé hasta el cuello con los pesados edredones estilo Yankee que
cubrían la vieja cama doble en la que tantas veces había dormido de niño.
Encendí la lamparita y me puse a leer.
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No recuerdo exactamente cuándo oí el primer telefonazo. Sólo recuerdo
que me produjo una gran irritación. Entonces que estaba cómodo y calentito
en la cama con mi libro…
La perspectiva de tener que bajar a la planta baja era muy desagradable,
especialmente con la lluvia fría golpeando el tejado y los truenos retumbando
en el cielo.
Pero los timbrazos del teléfono eran implacables.
Se detenían momentáneamente para volver a sonar de nuevo.
¿Quién podía estar llamando a aquellas horas?, me pregunté.
Al cabo de un rato, decidí que no me quedaba otra alternativa. Aparté la
colcha, me enfundé las zapatillas, cogí la bata y empecé a bajar la escalera.
Cuando me encontraba a mitad de camino, me di cuenta de lo oscuro que
estaba el piso principal. Hasta donde recordaba, era la primera vez que tenía
auténtico miedo de estar en aquella casa tan vieja y sobria. No obstante, me
deshice del miedo con una risotada.
Mi intento de encontrar el interruptor de la luz se convirtió en un
homenaje a los Tres Chiflados: tropecé con un cable de extensión enrollado
como una serpiente bajo una alfombra, me di un doloroso golpe en la rodilla
con una mesita auxiliar y otro en la cabeza con el marco de una puerta. Mi
Chiflado favorito siempre ha sido Shemp. Se habría sentido muy orgulloso de
mí.
Finalmente, encontré el interruptor y entré en el comedor donde la tía Pat
tenía el pequeño teléfono Princess de color rosa sobre una pequeña y antigua
cómoda de caoba con tiradores de latón y escudetes.
El teléfono había dejado de sonar.
Claro, vengo hasta aquí y la persona que llama decide que ya es momento
de dejarlo estar.
Frustrado, me di la vuelta para salir de la habitación. El teléfono volvió a
sonar.
Me volví hacia el teléfono. Al menos descubriría quién estaba llamando a
aquellas horas y por qué.
Estaba a medio camino del teléfono cuando me di cuenta de que el sonido
no provenía de aquella habitación sino de la contigua.
Pero la habitación contigua era la sala de estar donde se encontraba el
viejo teléfono de baquelita…, un teléfono que no estaba conectado a la línea.
Se apoderó de mí un terror muy real.
¿Qué estaba pasando allí?
Lentamente, a regañadientes, me obligué a ir hasta la habitación contigua.
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Me quedé en la puerta, observando el teléfono negro…
… que sonaba y sonaba y sonaba en el silencio de la noche.
¿Qué opción tenía? Debía descolgarlo y descubrir cómo podía estar
sonando un teléfono desconectado.
Mi mente barajó todo tipo de fantasiosas explicaciones. Tal vez, con la
tormenta, el teléfono, pese a estar desconectado, había recibido impulsos
eléctricos de la línea telefónica que pasaba por el exterior de la casa y…
Agarré el diminuto auricular y me lo llevé a la oreja.
—¿Diga? —dije.
Jamás he escuchado un silencio como aquél. Era como si estuviera
escuchando el silencio del espacio exterior… vasto…, oscuro…, infinito.
—¿Hola? —intenté de nuevo.
De repente, me sentí muy vulnerable allí de pie, en bata y zapatillas, sin
ningún tipo de arma para protegerme.
Si alguien o algo estaba escondido en la casa…
—Hola.
No hubo respuesta.
Y entonces:
—Ella me mató.
—¿Cómo?
—Ella me mató. Me asesinó.
Era la voz de una niña muy pequeña, y parecía provenir de un lugar
inimaginable lejano.
—Ella me mató, y hace dos noches me aparecí ante ella y después murió.
Me alegro de que esté muerta.
—¿Quién eres? —le pregunté.
Pero el vasto e incesante silencio se había vuelto a imponer una vez más.
Noté cómo se me erizaba el vello en los brazos y la espalda.
Y entonces aquel silencio tan peculiar se desvaneció.
Me sentí como un hombre muy estúpido sosteniendo en la mano un
teléfono desconectado.
Eché un vistazo a mi chaqueta deportiva que estaba colgada en el respaldo
de una de las sillas de la cocina. Había olvidado por completo la carta que me
había dejado la tía Pat.
La cogí y volví a la salita. Encendí una lámpara Tiffany de bronce por la
que la tía Pat sentía un especial cariño.
Y después leí su carta.
Querido Peter,
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Eres el único miembro de la familia, incluidos mis propios
hijos, que ha demostrado sentir por mí un cariño especial. Ni
siquiera tu madre se preocupó nunca por mí, su propia
hermana, como lo has hecho tú.
Así que esta historia va dirigida a ti. Puedes decidir
creerme o no.
A los dieciocho años tuve un bebé sin estar casada. Dado
que en ningún momento se me notó el embarazo, nadie supo
nunca que lo estaba.
La misma fría y lluviosa noche en la que nació el bebé, en
el granero de mi padre, llevé a la niña recién nacida al
cementerio de la Roca Eterna y la maté. La enterré en una
tumba poco profunda junto a las lápidas de cinco generaciones
de nuestra familia.
Un año después, conocí a un joven respetable y me casé
con él. Tu tío era un hombre maravilloso: generoso, atento,
sensible… Se merecía una mujer mejor que yo, pues, por
entonces, yo ya había entregado mi vida al ocultismo y no me
importaba nada más.
¿Por qué el ocultismo?
Durante un tiempo logré aceptar lo que le había hecho a la
niña. Pero, una noche, justo el día en que cumplía veintiocho
años, el teléfono de la planta baja sonó en mitad de la noche…,
el mismo teléfono que está ahora en la salita.
Tu tío tenía un sueño muy profundo, de modo que bajé y
contesté al teléfono… y oí por primera vez la voz de la niña que
había matado.
¿O no era ella realmente?
Alguien podría haberlo descubierto y deseaba burlarse de
mí…
Pero no. Sabía en lo más profundo de mi corazón que la
niña estaba contactando conmigo desde más allá de la tumba.
Me odiaba… y yo entendía muy bien el motivo.
El resto de mi vida pasó demasiado rápido. Recorrí medio
mundo tratando de aprender más sobre lo sobrenatural. Quería
encontrar la forma de conseguir que mi hijita me perdonara.
Durante todos estos años ha seguido llamando de vez en
cuando, cuando lo consideraba necesario.
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He contemplado cómo mis hijos crecían y se convertían en
hombres y mujeres fuertes e independientes… y cómo los
estragos de un corazón débil se llevaban a tu tío.
Me quedé viuda muy joven…, sola en esta vieja casa… a
merced de las llamadas telefónicas.
Hace un mes, me dijo que una noche se aparecería ante
mí… para mostrarme el aspecto que tenía después de haberle
clavado un cuchillo de cocina en su pecho infantil.
No me cabe ninguna duda de que dice la verdad, Peter.
Una noche de estas miraré hacia el jardín y la veré y…
Sé que me matará. Moriré de un infarto, como mi marido.
Pero ¿acaso merezco otro castigo, Peter? Después de lo
que hice, ¿podrá perdonarme algún día?
Con amor,
Tía Pat
Lorraine Warren
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En Rusia, personajes como el doctor Nikolai Semyonov, quien había
ganado el Premio Nobel de Química, y el doctor Gleb Frank, un brillante
pedagogo, también expresaron un interés similar por el tema.
Se iniciaron investigaciones de gran alcance. Se empezó a hablar
abiertamente de temas que hasta entonces habían sido tabú; no sólo de la
telepatía, sino también de otros temas relacionados con el ocultismo, como la
comunicación con los muertos.
No cabe duda de que el hombre que nos escribió vivió la experiencia que
relata en su carta. Realmente se comunicó con la niña fallecida. Estamos ante
otro ejemplo de un espíritu agitado que necesita compartir sus sentimientos
con un ser vivo.
En la actualidad, el protagonista de la historia vive en Florida y trabaja
como gerente de una organización sin fines de lucro. Ha vuelto a casarse.
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LOS MUERTOS REGRESAN A LA TIERRA
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En el funeral, la madre de Laura pasó junto a Audrey y sus padres sin
dirigirles la palabra. Audrey le había contado a la maestra todo lo que había
ocurrido, incluso lo del empujón. Era evidente que la madre de Laura hacía
responsable a Audrey de la muerte de su hija.
La mujer nunca volvió a dirigirle la palabra. Seis meses después del
funeral, la familia de Laura se marchó a vivir a otro lugar y no regresó nunca
más a aquella zona.
A los doce años, Audrey era una auténtica belleza. Con un precioso
cabello moreno, los ojos azules y un cuerpo atlético, era el modelo a imitar
por el resto de las chicas. En su lugar, otra chica hubiera utilizado su
apariencia en provecho propio. Pero Audrey no era así. Era una chica tímida y
distante, lo que le dio una reputación de estirada; además, era una estudiante
excelente, lo que le dio una reputación de sentirse superior a sus amigos.
Sin embargo, Audrey no era ninguna de las dos cosas, como demostraban
los cheques que sus padres enviaban cada mes a un psicólogo de la localidad
donde residían. Audrey nunca había superado la culpa por su implicación en
la muerte de Laura. Debía acudir al psicólogo regularmente… si no quería
caer en uno de sus aterradores períodos de aislamiento. Durante uno de esos
períodos, no había salido de su habitación en tres semanas, negándose a
hablar y comer. Aunque era una chica delgada por naturaleza, después de tres
semanas de ayuno, su aspecto recordaba al de una persona gravemente
enferma.
Audrey visitó al psicólogo durante más de siete años. Para una familia de
clase trabajadora como la suya, semejante gasto resultaba toda una carga.
Pero su padre insistió en que siguiera yendo al psicólogo. Tenía miedo de lo
que podría ocurrirle a su hija si dejaba de hacerlo.
Aparte del doctor Shulz, lo único que parecía levantarle el ánimo eran los
paseos. Algunos días, se levantaba al amanecer y se pasaba todo el día
caminando. Le encantaba el paisaje campestre de Rhode Island. Cuando leía
un artículo o un libro sobre determinado lugar, iba a visitarlo.
Durante la mayor parte de su vida había sido consciente de la existencia
del cementerio de Telfair. En los días soleados, le parecía que el lugar tenía
una belleza extraña. Los días lluviosos o cuando nevaba, transmitía cierta
dignidad.
Así era la vida y el estado de ánimo de Audrey dos meses antes del baile
de graduación. El día en cuestión, casi por casualidad, se detuvo en la
droguería porque necesitaba una barra de labios, pidió un refresco de cereza y
se sentó frente al puesto de revistas.
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La revista sobre ocultismo destacaba sobre las demás. A pesar del
desorden en la que se encontraban, fue aquélla la que atrajo su atención.
Se levantó y la cogió, con la única intención de hojearla mientras se
terminaba el refresco.
No obstante, en cuanto pasó la primera página, se sintió inmediatamente
fascinada por lo que veía.
Desde la muerte de Laura, Audrey había estado buscando el modo de
volver a darle un sentido a su vida.
Necesitaba obtener el perdón de Laura.
¿Y qué mejor modo de conseguirlo que hablando directamente con ella?
Sin pensárselo dos veces, pagó la revista y salió apresuradamente de la
tienda, donde la recibió el calor de aquel día del mes de otoño.
Aunque al caminar por la calle tropezaba con otras personas, apenas
reparaba en ello.
Audrey seguía inmersa en la lectura de la revista, estudiando atentamente
el texto.
Estaba leyendo un artículo sobre una joven de Nueva Jersey que había
visitado el cementerio a diario…, lo que le había permitido contactar con el
espíritu de su hermana pequeña.
¡Así es cómo podría hablar con Laura!
¡Era perfecto!
Durante las cinco semanas siguientes, mientras toda la familia se dedicaba
a comentar lo bonito que sería que Audrey y Jill tuvieran una cita doble en el
baile de graduación (algo casi tan cursi como una película de gemelas
idénticas protagonizada por Hailey Mills), mientras todo el mundo se lo
pasaba genial preparando el baile de graduación, Audrey se estaba
convirtiendo en una alumna obsesionada por el ocultismo.
Se pasaba horas en la biblioteca y en polvorientas librerías de segunda
mano intentando encontrar libros que trataran sobre el tema de la
comunicación con los muertos.
Sus padres conocían la nueva pasión de su hija, y aunque no la aprobaban,
¿qué podían hacer al respecto? A pesar de su belleza e inteligencia, Audrey
siempre había sido una niña rara… y no era probable que fuera a cambiar.
Entonces, cuando Audrey salía a caminar, siempre se dirigía directamente
al cementerio de Telfair. Se habían terminado las caminatas por el campo y
las visitas a pintorescos puentes cubiertos.
Se pasaba horas en el cementerio, utilizando todos los métodos que había
aprendido en los libros para contactar con la niña muerta. A pesar de que
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Laura estaba enterrada en otro lugar, Audrey sabía que podía contactar con
ella desde aquél. Sólo necesitaba un poco de paciencia.
Sin embargo, la suerte le fue esquiva hasta la noche del baile de
graduación.
Por desgracia, lo que descubrió no podría considerarse buena suerte en
absoluto…
♦♦♦
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Una vez, había salido con un chico que había logrado deslizar la mano por
debajo de su blusa mientras se besaban. Audrey le había propinado una
bofetada y había insistido en volver caminando a casa desde el cine al aire
libre adonde la había llevado.
Durante el camino a casa, sólo había podido pensar en que no tenía
derecho a divertirse…, no cuando Laura tampoco podía hacerlo.
Cuando pasaron por delante del cementerio de Telfair, Audrey vio a la
niña.
Y soltó un grito.
Craig, su cita de aquella noche, pisó el freno.
—¿Qué pasa, Au? —preguntó Jill desde el asiento trasero.
—La niña —repuso Audrey.
—¿Qué niña?
—La que acabo de ver en la carretera. ¿No la has visto, Craig?
—No, lo siento.
—Pero si estaba a plena vista, justo al borde de la carretera.
Craig se encogió de hombros.
—No he visto nada, Audrey. De verdad.
Jill sabía perfectamente qué significaba «la niña» para Audrey. Como
mínimo dos o tres veces al mes, Audrey aseguraba haber visto a su amiga
Laura. Ésa era una de las razones por las que Audrey seguía yendo al
psicólogo.
Craig reemprendió la marcha.
Audrey tenía la vista clavada en la noche oscura y fría y en las lápidas del
cementerio.
Había visto a una niña pequeña, la misma niña que veía de vez en cuando.
Y sabía quién era aquella niña. Laura, por supuesto.
Todo el esfuerzo había dado sus frutos. Finalmente había contactado con
la joven amiga a la que había matado.
Hablaría con ella, y Laura la perdonaría.
♦♦♦
En la puerta de casa, Craig besó a Audrey dos veces. Jill y Bob seguían
besándose en el interior del coche.
—Supongo que sabes que me gustas mucho, ¿verdad? —le dijo Craig.
A pesar de su popularidad, su rol en el equipo de fútbol y su magnífica
voz, Craig era un chico increíblemente tímido.
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Audrey sintió lástima de él. Le habría gustado sentir algo más por él, darle
ánimos.
—Me gustaría salir contigo otro día —dijo Craig.
Por suerte, antes de que Audrey tuviera tiempo de pensar en una excusa,
la puerta se abrió y apareció su padre.
—¿Os lo habéis pasado bien, chicos?
—Lo hemos pasado genial, señor Greenlund —dijo Craig antes de
despedirse y bajar los escalones hacia el coche.
—¿Y tu hermana? —dijo su padre—. ¿Tiene previsto volver a casa esta
noche?
Audrey sonrió. Le gustaba cuando su padre, que a veces podía ser
bastante arisco, se burlaba de ellas.
—¿Te lo has pasado bien esta noche, pequeña?
—Sí, Craig es un buen chico.
—Es evidente que está coladito por ti.
Audrey se echó a reír, avergonzada.
—También ha pasado otra cosa —dijo Audrey.
—¿En serio?
—Cuando pasábamos por delante del cementerio…
Vio cómo su padre se tensaba, preparándose para lo que venía.
—He visto a Laura.
Allí, delante de la puerta de entrada, su padre la rodeó con los brazos y le
dio un fuerte abrazo. Audrey supo que su padre estaba a punto de echarse a
llorar, como lo había hecho la primera vez que le contó que iba al cementerio
para intentar hablar con su amiga.
—Cielo —le dijo—, ¿no puedes olvidarte de ella? ¿Cuántas veces tengo
que decirte que lo que sucedió no fue culpa tuya? Fue un accidente, un
terrible accidente.
—Pero la empujé, papá. No estaría muerta si yo no la hubiera empujado.
Su padre continuó abrazándola con fuerza.
—Estabais jugando, Audrey. Eso es todo. Jugando.
♦♦♦
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Estaba despierta… y pensando en la niña que había visto en la carretera,
junto al cementerio de Telfair.
¿Por qué no la había visto Craig? ¿Estaría perdiendo la cabeza? Hacía
poco había leído un artículo sobre la psicosis y sabía que algunas personas
creían ver monstruos y extraterrestres del espacio exterior.
¿Y qué pasaba con las niñas que llevaban muertas varios años?
¿Era sólo un producto de su imaginación?
♦♦♦
La casa estaba silenciosa y oscura cuando salió de ella cuarenta y tres minutos
después.
La noche era fría y la carretera que llevaba al cementerio estaba vacía.
Se ciñó bien su largo abrigo de invierno, agachó la cabeza y caminó tan
rápido como le fue posible.
Cuando llegó al cementerio, estaba emocionada. Sabía que iba a ver a su
vieja amiga aquella noche.
Se acercó a una de las grandes lápidas situada a un extremo del
camposanto y empezó a llamar a Laura por su nombre.
Al principio lo único que oyó fueron los típicos sonidos de la noche: el
gemido del viento, el golpeteo de la lluvia ligera sobre el suelo empapado, el
rugido lejano del tráfico.
—Laura, por favor, háblame. Te he visto antes. Sé que eras tú.
Nada.
Cerró los ojos, como si estuviera recitando una oración. Pensó en todos
los conjuros sobre los que había leído, todas las extrañas palabras para
invocar a los muertos que había memorizado en los últimos meses.
Y entonces una voz dijo:
—Audrey. Me mataste, Audrey.
Cuando abrió los ojos, vio a pocos metros de donde se encontraba la
brillante figura de una niña vestida con unos vaqueros y una blusa, el pelo
recogido en dos trenzas, como siempre lo llevaba Laura. Una extraña luz
amarilla rodeaba a la niña, una luz que parecía originarse en algún lugar de su
cuerpo y que la envolvía completamente.
Entonces Audrey reparó en el rostro de la niña.
Tenía la piel desfigurada, como si hubiera sido afectada por algún tipo de
enfermedad. En algunas partes de la cara ni siquiera tenía carne. Audrey
pensó en los leprosos y la lepra, un tema que había estudiado en clase.
La niña alargó una mano para que Audrey la tocara.
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Tenía unas grandes llagas en la piel.
Audrey se negó a tocar aquella mano.
—¿Quién eres? —consiguió decir.
La joven sonrió. Pero la expresión no era amistosa. Estaba llena odio.
—Soy tu amiga Laura. La amiga a la que mataste, ¿recuerdas?
—Tú no eres Laura. No te pareces a ella.
La niña se abalanzó sobre Audrey, la agarró por la manga del abrigo y se
la arrancó de un tirón.
Audrey gritó.
La niña empezó a dar vueltas a su alrededor.
Cada vez que Audrey hacía ademán de moverse en una dirección, la niña
hacía lo mismo, bloqueándole el paso.
La niña volvió a abalanzarse sobre ella y la agarró de la otra manga,
arrancándosela de otro tirón.
—¡Dentro de poco estarás como yo! —gritó la niña de repente.
Audrey miró desesperadamente en todas direcciones en busca de alguna
vía de escape.
Comprendió que su única esperanza era echar a correr entre dos grandes
lápidas que había detrás de ella e intentar alcanzar la carretera.
A medida que la niña se acercaba más a ella, seguía irradiando aquella
extraña luz amarilla.
—Me has convocado, Audrey —dijo la niña—. Y ahora vas a ser mi
amiga.
La voz de la niña se había vuelto más profunda, como si un adulto
estuviera encerrado dentro de su cuerpo.
Audrey se dio la vuelta y echó a correr.
Alcanzó las dos grandes lápidas rápidamente y giró a la derecha para
encaminarse hacia la carretera.
Y entonces la niña saltó sobre su espalda y la tiró al suelo.
Audrey intentó desembarazarse de la niña pero le resultó imposible.
Con la cara pegada al suelo, Audrey pateó y agitó los brazos con todas sus
fuerzas, incluso trató de zafarse de la niña sacudiéndose. Audrey notó cómo
su abrigo se empapaba con algún tipo de sustancia caliente similar al pus que
rezumaba del cuerpo de la niña. Nunca antes se había sentido tan sucia.
La niña tiró del pelo de Audrey con tanta fuerza que esta empezó a gritar.
Entonces la niña se levantó, liberando a Audrey, y corrió para situarse
delante de ella.
—¡Mataste a Laura! ¡Mataste a tu mejor amiga!
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Cuando Audrey se esforzaba por ponerse de pie, la niña brillante saltó
sobre ella, la agarró por la garganta y empezó a estrangularla.
El hedor era insoportable. De cerca, la niña era aún más horrible, las
llagas leprosas rezumaban fluidos verdes y tenía los ojos color carmesí.
La niña aumentó la presión sobre su garganta…, cada vez apretaba con
más fuerza…, hasta que Audrey sintió que empezaba a hundirse en una
oscuridad absoluta…
Oyó sus propios gritos…
Sintió cómo apretaba y aflojaba los puños…
Y entonces oyó cómo alguien gritaba su nombre desde muy lejos.
—¡Audrey! ¡Audrey!
Y la oscuridad se impuso…
♦♦♦
Seis horas después, Audrey abrió los ojos y vio a sus padres y a su hermana
de pie a su lado. Todos estaban sonriendo.
—Ya ha pasado todo, cariño —le dijo su madre.
—Gracias a tu hermana —dijo su padre.
Jill sonrió.
—Anoche oí cómo te levantabas y me preocupé. Cuando te oí salir por la
puerta, me puse el abrigo sobre el pijama y te seguí. Imaginé que te dirigías al
cementerio y allí es donde te encontré.
Audrey recordó lo que había ocurrido la noche anterior. La caminata hasta
el cementerio. La niña. El extraño resplandor. El olor insoportable. El
estrangulamiento.
—¿La viste? —preguntó Audrey.
Jill miró a sus padres antes de responder.
—¿Si vi a quién, Audrey?
—A la niña pequeña.
—¿A Laura?
—No, no era Laura. Era… otra niña.
Jill volvió a mirar a sus padres. Las sonrisas habían desaparecido. Todos
estaban preocupados.
—Me temo que a la única persona que vi allí fue a ti, Audrey.
—Pero había una niña pequeña. Envuelta en un resplandor. Me estaba
estrangulando y…
Se detuvo al comprender lo absurdo que debía de sonar todo aquello.
Niñas brillantes en cementerios a medianoche…
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—El doctor Shulz viene de camino —le dijo su madre.
—¿Aquí?
Su madre sonrió.
—Me ha dicho que necesitaba un descanso de la rutina de la consulta y
que había pensado en pasarse por aquí para comprobar cómo te encontrabas.
Era la primera vez que oía que un psicólogo hacía una visita
domiciliaria…
Entonces se rascó la parte inferior del antebrazo derecho. Desde que había
despertado había notado un picor en aquella zona.
Se arremangó el pijama y descubrió una pequeña marca ovalada de color
verde varios centímetros por debajo del codo.
La marca era áspera al tacto. Le recordó a la piel de los lagartos, y estaba
ligeramente caliente.
—¿Qué es eso? —le preguntó su padre.
Audrey negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Déjame verlo más de cerca —dijo su madre.
Sus padres dedicaron los siguientes veinte minutos a examinar la marca
ovalada. Nunca habían visto nada igual.
—¿Te duele, cielo? —le preguntó su madre.
—Sí.
—¿Te escuece?
—No mucho.
—¿Y no la has notado hasta esta mañana?
—Me la hizo la niña. Ya sé que no creéis que la haya visto realmente,
pero la vi. Esta marca me la hizo ella.
Su padre miró a su madre. Audrey supo que empezaban a creer en ella,
aunque sólo fuera un poco.
El doctor Shulz estuvo hablando con Audrey unos veinte minutos.
—Descríbeme a la niña.
Y Audrey se la describió.
—¿Y crees que pretendía matarte?
—Estoy segura de ello. Lo habría hecho si Jill no hubiera aparecido para
ayudarme.
—Pero Jill no la vio.
—No.
—Y antes Craig tampoco la vio.
—No. —Audrey hizo una pausa—. No me cree, ¿verdad?
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—Creo que tú sí crees todo lo que me estás contando.
—Eso no es lo mismo que creerme, ¿no?
—Supongo que no, ¿verdad, Audrey?
—Quiero enseñarle una cosa.
—De acuerdo.
Por entonces, Audrey ya se había vestido, con unos pantalones vaqueros y
un suéter. Se subió la manga del suéter y le mostró al buen doctor la extraña
marca verde.
O al menos lo intentó.
Porque la marca había desaparecido.
La piel volvía a estar blanca y completamente normal.
Ni el más mínimo rastro de la extraña marca ovalada, verde y de tacto
rugoso.
—Estaba aquí. Justo aquí.
—Cuéntame cómo era.
Audrey lo hizo.
—Mis padres y Jill la vieron.
—¿En serio? —El doctor parecía realmente sorprendido.
♦♦♦
El psicólogo pasó los últimos veinte minutos con los padres de Audrey. Se
marchó de la casa completamente desconcertado. Estaba convencido de que la
niña imaginaba cosas…, pero, entonces, ¿qué explicación tenía la marca
verde en la piel? ¿De qué iba todo aquello?
Durante las seis semanas siguientes, los padres de Audrey empezaron a
tomarse la historia mucho más en serio. Habían visto la marca verde, sabían
que su origen no era natural y necesitaban encontrar a alguien que les ayudara
a entender qué le pasaba a su hija mayor.
A través de un párroco, los padres de Audrey conocieron a una mujer
experta en ocultismo y la invitaron para que hablara con Audrey.
La mujer identificó de inmediato el problema y se dispuso a darle a
Audrey los consejos que necesitaba.
Ed Warren
La otra noche, Lorraine y yo estábamos viendo una serie cómica que nos
gusta mucho. No obstante, aquel episodio en particular nos produjo cierta
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inquietud.
Una de las protagonistas habituales de la serie, una chica adolescente,
encontraba una vieja tabla de güija en el desván de la casa, bajaba al salón y
empezaba a jugar con ella.
La trama consistía en que la niña debía convencer a su hermano pequeño
para que la ayudara a «contactar con el mundo de los espíritus».
El capítulo degeneraba rápidamente en las típicas situaciones absurdas de
las comedias (vemos este tipo de programas para relajarnos después de un
largo y duro día de trabajo, como hacen tantos otros millones de
telespectadores). La niña no podía dormir, estaba hasta altas horas de la noche
jugando con la tabla en su habitación… y su hermano salía del armario para
asustarla.
Las tablas de ouija son tan peligrosas como las drogas. No se debe jugar
con ellas.
Cuando descubrimos el caso de las hermanas Greenlund, comprendimos
que se trataba de otro ejemplo en que, literalmente, un adolescente atraía a su
vida problemas sobrenaturales.
Así como los padres son responsables de otros aspectos de la vida de sus
hijos, también deberían mostrar el mismo interés por mantenerlos alejados de
las herramientas del diablo…, especialmente en una época en la que están
aumentando los cultos satánicos.
Recuerda que las tablas de güija y de espiritismo, así como otra
parafernalia ocultista, son muy peligrosas porque los espíritus malignos a
menudo adoptan la forma de nuestros seres queridos para apoderarse de
nuestra vida.
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EL HOMBRE DUPLICADO
♦♦♦
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—Intenta ponerle un poco de mermelada a la tostada —sugirió Sarah
delicadamente.
—El viejo truco del azúcar, ¿eh? —Aunque Steve hizo un esfuerzo por
mostrarse alegre, estaba demasiado tenso para resultar convincente.
—¿Por qué no me dejas llamar al doctor Geller? —dijo Sarah.
—¿Y si dice que estoy loco? ¿Esquizofrénico o algo así?
—No estás loco, cariño. El sueño te lo provoca el estrés. Estoy
convencida. Tienes muchas más responsabilidades en el trabajo y una
hipoteca más grande que pagar todos los meses. Ése es el motivo, te sientes
atrapado por todas tus obligaciones. —Sarah alargó una mano y la posó sobre
la de Steve—. Por favor, déjame llamar al doctor Geller. Por favor.
Sarah llevaba los últimos ocho días pidiéndole lo mismo.
Aquella mañana Steve no pudo seguir negándose.
♦♦♦
—Volvamos una vez más al sueño —dijo el doctor Geller. Corpulento y con
el pelo canoso, el doctor James Geller era un célebre psicoterapeuta, director
de la Asociación de Psicoterapeutas del estado de Nueva York y un hombre
que aparecía con frecuencia en programas de televisión de alcance nacional.
Durante los primeros años de matrimonio, Sarah y Steve habían tenido
algunos problemas. Steve se sentía confinado. En otro tiempo y a su modo,
había sido un donjuán, por lo que la vida matrimonial le resultaba un tanto
agobiante.
Después de ver al doctor Geller en la televisión, Sarah había llamado a su
consulta. El doctor Geller comenzó a tratar a la pareja. Después de seis
sesiones, el matrimonio Dunlap iba sobre ruedas.
—¿Quiere que se lo cuente todo?
—Si no te importa, Steve.
Las sombras de la tarde se acumulaban en los rincones de una consulta
llena de helechos, una pared cubierta de libros, un ordenado escritorio de
grandes dimensiones y dos sillones de cuero, uno frente al otro, donde estaban
sentados el médico y su paciente.
—Bueno —empezó Steve—, es bien entrada la noche. Algo me despierta,
pero no estoy seguro del qué. Me levanto de la cama y empiezo a caminar por
el pasillo. Bajo las escaleras hasta el piso principal y luego me dirijo a la
cocina. Me acerco a la encimera, abro un cajón y saco un enorme cuchillo de
carnicero. Entonces vuelvo a subir las escaleras. El dormitorio está muy
oscuro. Y hace mucho calor. Cada vez hace más calor, como si el termostato
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se hubiera estropeado y estuviéramos a más de cuarenta grados. Estoy
sudando mucho, aunque es un sudor frío. Muy frío. Miro hacia la cama y veo
a Sarah, durmiendo plácidamente. Oigo su respiración… regular y suave.
Duerme tranquilamente. Y, de repente, como dominado por un impulso, me
precipito hacia la cama, me arrodillo y levanto el cuchillo para apuñalarla en
el pecho y…
Steve se detuvo.
—Y entonces siempre me despierto.
—¿De modo que nunca la apuñalas?
—No. Aunque no cabe duda de que estoy dispuesto a hacerlo.
El doctor Geller, con su pelo canoso, sus gafas negras con montura de
carey y su elegante chaqueta de tweed estilo Brooks Brothers con parches de
cuero en los codos, asiente.
—Tienes razón, Steve. Es un sueño realmente perturbador.
—¿Significa eso que quiero matar a Sarah?
—No, en absoluto. Pero sí significa que estás frustrado o asustado.
Cuando os traté a los dos, me di cuenta de que te dan miedo los compromisos.
Te costó decidir si querías lo suficiente a Sarah como para seguir casado con
ella. Y ahora, con el nuevo trabajo y la casa, estás empezando a sentirte otra
vez agobiado. De eso trata tu sueño; de la asfixia que todos sentimos cuando
creemos que hemos asumido demasiados compromisos.
Steve sonrió.
—Podría haberme quedado en casa. Eso es exactamente lo que me dijo
Sarah el otro día mientras desayunábamos.
—Sarah es muy perspicaz.
—Entonces, ¿no cree que en el fondo quiera matarla?
—No, no lo creo.
Steve se sintió enardecido. Volvería a casa, abrazaría a su mujer con
fuerza y luego la llevaría a cenar a algún restaurante de lujo.
—Sin embargo, me gustaría seguir hablando contigo sobre el tema de
asumir compromisos, Steve.
—De acuerdo —dijo Steve sonriendo—. Hablemos.
♦♦♦
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habían querido ver. Sus gustos culinarios se internacionalizaron al cenar en
restaurantes italianos, chinos, griegos e indios.
La octava noche regresó el sueño. Pero esta vez ya no era un sueño…
♦♦♦
Página 122
♦♦♦
Dos semanas más tarde, la mañana del 6 de mayo de 1988, el doctor Geller
abrió la puerta de su consulta y le dijo a Steve Dunlap:
—Entra, Steve. Quiero presentarte a Katie Dodd.
Dodd era una atractiva mujer de unos cuarenta años. Llevaba un vestido
verde de punto que pegaba muy bien con su cabello pelirrojo y sus ojos
verdes.
Steve le estrechó la mano a Katie, el doctor Geller trajo otra silla y los tres
se acomodaron.
—¿Está familiarizado con el término «parapsicólogo», Steve?
—Es una persona que investiga actividades paranormales, ¿me equivoco?
—No, no te equivocas —dijo Geller—. Después de todos los problemas
has tenido últimamente, he pensado que estaría bien invitar a Katie para que
nos diera su opinión sobre lo que está pasando en tu casa.
—Me sorprende que crea en esas cosas —dijo Steve.
—Bueno, puede que no sea tan escéptico como aparento —dijo el doctor
Geller sonriendo—. Y Katie me ha ayudado con otros pacientes.
Geller se puso de pie.
—Os dejaré solos. Voy a la esquina a tomar un café. Volveré dentro de
una hora, más o menos.
Katie y Steve se despidieron.
♦♦♦
Página 123
Steve se quedó un momento pensativo.
—Me impulsa a matar a Sarah.
—¿Como en el sueño?
—Sí. Me obliga a bajar a la cocina, coger el cuchillo de carnicero y volver
a subir las escaleras para apuñalarla mientras duerme.
—¿Oíste la voz la otra noche, cuando te despertaste en la cocina?
—Sí, o al menos eso creo. Pero sólo un momento.
—¿La voz dice algo más?
—A veces menciona a una mujer.
—¿Dice algún nombre?
—Erica.
—¿Algún apellido?
—No que yo recuerde.
—¿Alguna vez dice algo sobre esa tal Erica? —le preguntó Katie.
—Una vez dijo: «Te traicionará como Erica me traicionó a mí».
—¿Estás seguro?
—Sí. Me asusté mucho al ver lo enojada que estaba la voz.
—¿Algo más?
Steve se encogió de hombros.
—No deja de decirme que debo matar a Sarah. —Miró a Katie fijamente
—. No quiero que Sarah descubra que oigo la voz. Por eso ni siquiera se lo he
contado al doctor Geller.
—¿Tienes miedo de que crean que estás loco?
—Sí.
—Necesitaré unos cuantos días, Steve.
—¿Unos cuantos días?
—Para investigarlo.
—¿Realmente cree que puede ayudarme?
—Digamos que me gustaría poder hacerlo —respondió Katie sonriendo.
♦♦♦
Página 124
Sarah había preparado una cena a la luz de las velas, confiando en que el
ambiente romántico ayudara a calmarlo.
—Si quieres, esta noche puedes dormir en nuestra cama —le dijo Sarah
con tiento.
—Aún no. Todavía necesito que duermas sola y que cierres la puerta por
dentro.
—Pero, Steve…
—Aún no confío en mí, Sarah. Después de lo de la otra noche…
Sarah suspiró.
—Te quiero, Steve. Espero que lo sepas.
—Lo sé, Sarah, y te lo agradezco. En este momento es lo único que me
permite seguir adelante.
Bebieron más vino y hablaron de otros temas más agradables.
♦♦♦
♦♦♦
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Erica. ¿Le resulta familiar ese nombre?
—Mucho.
—Eso pensaba. Bueno, después de matarla y envolver el cuerpo con una
lona, a Barner le entró el pánico. ¿Qué podía hacer? Como era el propietario
de una empresa de construcción, pensó que podía esconder el cuerpo en los
cimientos de una de sus casas. La idea le pareció genial porque, antes de
empezar a edificar en él, el terreno había sido un cementerio.
»Transportó hasta allí el cuerpo, cavó una tumba poco profunda en el
lugar donde se construirían los cimientos y regresó a su casa. Esperó hasta la
mañana siguiente para llamar a la policía e informar de que su esposa había
desaparecido.
»Lo cierto es que Barner era un hombre muy violento. Lo habían detenido
varias veces por intoxicación etílica y desórdenes públicos, de modo que,
cuando informó de que su esposa había desaparecido, la policía se mostró
recelosa.
»Vigilaron la casa y empezaron a seguirle a todas partes.
»Y el lugar que no podía evitar visitar era, precisamente, el solar en
construcción donde había enterrado a su esposa.
»Iba en coche hasta allí unas seis o siete veces al día, y otras tantas
durante la noche. Los viajes se prolongaron durante prácticamente una
semana. Al final, la policía empezó a sospechar. ¿Por qué siempre pasaba por
el mismo solar en construcción?
»Hasta que una noche, Barner bajó del vehículo, fue hasta el lugar donde
había enterrado a su esposa y empezó a hablar con ella, del mismo modo en
que algunas personas hablan delante de una tumba en los cementerios.
»Le dijo cosas atroces. También le dijo que se alegraba de haberla
matado.
»Bueno, un oficial de policía se acercó sigilosamente por la espalda y le
dijo que pusiera las manos en alto. No obstante, como Barner era un hombre
muy violento, sacó una pistola del bolsillo de la chaqueta y disparó al policía
en el pecho.
»Pero antes de desplomase, el policía logró disparar tres veces a Barner,
quien cayó justo encima de la tumba que había cavado para su esposa, y
murió.
»Irónicamente, el policía sobrevivió. Les contó a los investigadores todo
lo que había descubierto y se cerró el caso.
—Entonces, ¿quién está intentando que mate a Sarah es el espíritu de
Barner?
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—Exacto.
—¿Y qué podemos hacer?
—Un exorcismo.
—¿En serio?
—Sí.
—Pensaba que eso sólo pasaba en las películas.
Katie se rio.
—Ya no.
♦♦♦
♦♦♦
Lorraine Warren
Varios años después de los sucesos anteriormente narrados, Katie nos informó
de que Steve Dunlap se había convertido en un adepto de la parapsicología y
que le contaba su experiencia a todo aquél dispuesto a escucharle.
Como la mayoría de sus compañeros de trabajo y prácticamente todos sus
amigos eran científicos, tanto sus palabras como su entusiasmo le granjearon
una reputación de persona un tanto «excéntrica».
—Lo que en realidad quieren decir —le dijo Steve en una ocasión de
modo jocoso a Katie— es que estoy como una regadera.
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Entonces, cierto día, mientras leía la Introduction to Psychic Studies, de
Hal N. Banks, Steve encontró una cita del famoso científico William James
que decía lo siguiente:
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MI ABUELO, EL MONSTRUO
U n día gris y lluvioso de 1946, Frances Busby, de diez años de edad, subió
al desván de su casa y vio algo que cambió su vida para siempre.
La casa donde vivía Frances era grande, blanca y estaba atestada de
objetos. Debido al coste de la calefacción, los padres de Frances mantenían
cerrada la puerta del desván. Pero a veces Frances subía a leer uno de sus
libros de Nancy Drew. Le gustaba sentarse en la vieja y confortable mecedora
que había pertenecido a su bisabuela y contemplar el jardín a través de la
ventana polvorienta. A veces imaginaba que era una princesa y que toda la
tierra que se extendía ante sus ojos era su reino, el cual podía gobernar a su
antojo.
Frances abrió la puerta del desván y empezó a subir la escalera. Era tan
empinada que muchas veces se quedaba sin aliento antes de llegar arriba.
Incluso los días soleados, el desván era un lugar oscuro y lleno de
sombras. Se había asustado más de una vez al imaginar que oía abrirse con un
chirrido la tapa del enorme baúl y que de éste asomaba una mano esquelética
o que el muñeco de trapo sin cabeza se había acercado a ella varios
centímetros. Pero todo aquello era imposible.
Aquel día estaba lloviendo, de modo que el desván tenía un aspecto más
misterioso del habitual. El tejado quedaba directamente encima de ella, y
Frances oía cómo la lluvia golpeaba contra las tejas. Sin la luz del sol
colándose por la única ventana, tuvo la sensación de que ya estaba
anocheciendo.
Frances reparó en todo esto mientras permanecía de pie en la parte
superior de la escalera y contemplaba las cajas de distintos tamaños, los
baúles, los sacos y los montones de viejas revistas. El desván olía a moho, ese
olor acre que sueltan las revistas viejas cuando empiezan a amontonarse en un
sótano húmedo.
Sólo había una cosa que Frances no esperaba ver allí: a su abuelo frente a
la ventana. Como nunca le había visto antes allí arriba, se preguntó cuál sería
el motivo.
El abuelo estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia el exterior. Aún
de espaldas, le dijo:
—Vuelve a bajar y espérame, Frances.
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Se sobresaltó al oír su voz. No hablaba cómo solía hacerlo su abuelito. La
voz era demasiado grave, fría.
—¿No me has oído, Frances?
—Pero, abuelo…
—¡Haz lo que te digo!
Por muy dura que sonara su voz, no se giró para mirarla.
Frances observó el desgastado suéter azul con la línea blanca de la camisa
asomando por debajo; los pantalones de trabajo, grises y arrugados, y las
viejas zapatillas de franela que tanto le gustaban…, las mismas zapatillas
cuyo sonido escuchaba cada noche cuando el abuelo recorría el pasillo
camino de su habitación.
A veces Frances tenía la sensación de querer más al abuelo que a sus
propios padres.
Al menos, eso es lo que había creído hasta hace un par de semanas,
cuando el abuelo había experimentado un cambio. No era el mismo. O, como
mínimo, no lo era del todo.
—¿No puedo venir a saludarte? —preguntó Frances.
—No. Sal de aquí.
Además de impaciente, ahora el abuelo también parecía enojado.
—Pero, abuelo…
Entonces, antes incluso de ser consciente de lo que estaba haciendo,
Frances cruzó la tenebrosa habitación hasta donde estaba la alta y vieja figura
de su abuelo y le tocó la mano.
Frances soltó un grito de dolor.
La piel del abuelo le abrasó los dedos.
Y eso no era todo. Había entrevisto su rostro… y no pertenecía al de su
querido abuelo.
Aquel rostro estaba tan arrugado que parecía una máscara, los ojos de un
color azul brillante y la boca llena de una especie de espuma de color verde.
Frances sólo había necesitado un rápido vistazo para ver todo aquello.
—Abuelo, ¿podemos hablar?
—No quiero hacerte daño, Frances. Márchate ahora, mientras aún puedes.
Frances hizo ademán de volver a acercarse a él pero entonces recordó lo
caliente que tenía la mano. Y lo grotesco que era su rostro.
Aquél no era el abuelo.
No corrió. Ni siquiera caminó rápido.
Se dio la vuelta y, apesadumbrada, lentamente, bajó la escalera del desván
que llevaba al segundo piso.
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Entró en su habitación, se tumbó en la cama y enterró el rostro en las
manos. Permaneció de aquel modo, pensando en el anciano del desván que no
era su abuelo, hasta que se quedó dormida.
Tuvo un sueño terrible en el que subía por la escalera sinuosa y oscura de
un altísimo campanario. La escalera no se terminaba nunca y, aunque tenía
miedo de lo que podía encontrar al llegar arriba, se sentía impulsada a seguir
adelante.
Al llegar al último escalón, se detuvo. Escudriñó la oscuridad y descubrió
la enorme campana en el interior del campanario.
Y entonces un hombre salió de entre las sombras…
Tenía la piel tan vieja y arrugada como la de un cadáver enterrado bajo
tierra durante años.
Entonces empezó a gritar mientras el hombre avanzaba hacia ella…
Frances despertó al oír unos golpes en la puerta.
—¿Estás bien, Frances?
Sudando, sin saber muy bien dónde estaba, Frances miró a su alrededor.
Aunque estaba en su habitación, todo le resultaba muy poco familiar.
Su madre abrió la puerta y se asomó.
—¿Una pesadilla, cielo?
El rostro de su madre hizo que lo recordara todo: su casa, su habitación,
su cama…
Y al abuelo.
Su madre se acercó y se sentó al borde de la cama. Afuera, la lluvia seguía
cayendo, fría y plateada bajo la luz del atardecer. El viento hacía que las
ramas desnudas de noviembre arañaran la ventana.
Frances rodeó con los brazos la cintura de su madre y la abrazó.
—Ya no es el abuelo.
—¿Quién ya no es el abuelo?
—El abuelo.
Su madre cogió a Frances por los hombros y la miró fijamente.
—¿Has estado soñando con el abuelo?
—Sí.
—¿Y en el sueño no era el mismo?
—Era un monstruo. Tenía unos ojos muy extraños y le ardía la piel…
como en el desván.
La madre de Frances sonrió.
—Ya te dije que si subías allí arriba tendrías pesadillas. Incluso a mí me
pone los pelos de punta.
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—Pero, mamá, escúchame, por favor. Ya no es el abuelo.
—Entonces, ¿quién es, cariño?
—Un… monstruo. Es lo que estoy tratando de decirte.
Frances volvió a rodear con los brazos la cintura de su madre.
—Ya sé que no me crees.
—Cariño, creo que es posible que creas que el abuelo se ha convertido en
un monstruo. Pero, si así fuera, ¿no crees que me habría dado cuenta?
Después de todo, soy su hija desde hace treinta y cuatro años.
Frances empezó a decir algo más, pero su madre la interrumpió:
—Ahora ve a lavarte para la cena. Hay empanadillas de pollo y tarta de
chocolate. Y después puedes escuchar tus programas favoritos en la radio.
Empanadillas de pollo. Tarta de chocolate. Programas de radio. ¿Qué niña
podría resistirse ante semejante perspectiva?
—¿Te sientes mejor? —le preguntó su madre mientras la abrazaba con
fuerza.
—Sí —contestó. Era verdad. Al pensar entonces en ello, después de
hablar con su madre, estuvo segura de haberse equivocado.
¿Cómo iba a convertirse en un monstruo su adorable abuelo?
♦♦♦
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radio como Jack Benny, Bob Esperanza y una inquietante aventura en la tierra
de Inner Sanctum.
La conversación en la mesa giró alrededor de los temas habituales. Shawn
habló de la economía, concretamente, sobre las dificultades que tenían
muchos excombatientes para encontrar trabajo debido a la recesión.
Connie informó de unas grandes rebajas que empezaban a partir del día
siguiente en unos grandes almacenes del centro. Frances y su hermano
comentaron algunas cosas de la escuela. Y el abuelo…
El abuelo estaba extrañamente silencioso.
Normalmente, Richard disfrutaba contando a la familia historietas de los
«viejos tiempos», como siempre se refería a ellas: sobre estrellas del deporte
que había conocido, sobre los años que había pasado en Europa durante la
Primera Guerra Mundial, etc.
Pero aquella noche fue diferente.
Para empezar, no había tocado su plato.
Y, además, no había mostrado ni el más mínimo interés en ninguna de las
conversaciones que habían surgido.
Se limitó a quedarse sentado y mirar el plato. En un momento dado,
levantó la cabeza para mirar detenidamente a cada una de las personas
sentadas a la mesa, como si estuviera en compañía de desconocidos.
No dijo nada, ni una sola palabra.
—¿Te encuentras bien, papá? —le preguntó Connie.
El abuelo volvió la cabeza lentamente y la miró. Sus ojos azules no
transmitían ningún tipo de emoción.
—Sí —repuso.
Frances se preguntó si alguien más habría notado lo extraña que sonaba su
voz.
—¿Has trabajado esta mañana, abuelo? —le preguntó Shawn. Le
agradaba que un hombre de sesenta y ocho años quisiera seguir trabajando.
—Antes de que empezara a llover —dijo el abuelo con la misma voz
hueca.
Connie sonrió.
—Supongo que cavar tumbas bajo la lluvia no debe de ser muy divertido.
—Estamos orgullosos de ti, abuelo —dijo Shawn—. ¿Quién hubiera
pensado que alguien de tu edad encontraría un trabajo de media jornada en el
cementerio de Windmere?
Frances había evitado mirar al abuelo toda la noche, pues temía que se
convirtiera de repente en el monstruo que había visto en el desván. La
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conversación con su madre había dejado de surtir su efecto… y Frances
volvía a estar convencida de que el abuelo ya no era la misma persona que
había sido.
Sintió sus ojos clavados en ella. Cuando levantó la mirada, descubrió que
el abuelo la estaba mirando fijamente.
A Frances le pareció ver, en lo más profundo de sus ojos azules, el mismo
resplandor helado en las pupilas que había visto hacía unas horas.
El abuelo se levantó repentinamente.
—Disculpadme. Creo que me voy a descansar un poco.
Connie y Shawn cruzaron una mirada llena de preocupación. ¿Qué le
pasaba al abuelo?
Connie recordó un artículo que había leído recientemente. En él se
alertaba sobre un estado parecido a la gripe que precedía a ciertos tipos de
ataques cardíacos.
—Será mejor que vaya a ver cómo está —dijo.
Shawn asintió.
Unos minutos después, Shawn acompañó a los niños al salón. Éstos se
acomodaron en los sillones situados frente al gran aparato de radio Philco
mientras su padre sintonizaba la emisora.
Frances seguía pensando en el monstruo que, según sospechaba,
controlaba ahora al abuelo.
O, por lo menos, siguió pensando en eso durante algunos minutos más.
Sin embargo, en cuanto oyó la fanfarria de trompetas que precedía a un
nuevo capítulo de El llanero solitario, acompañada del aún más trepidante
sonido de los cascos del caballo conocido como Silver, Frances se olvidó del
abuelo y se quedó absorta escuchando la aventura de aquella noche.
♦♦♦
Dos días después, Frances llegó a casa mientras su madre estaba de compras y
su hermano, jugando con sus amigos en la calle.
Realizó todas las actividades habituales: colgó el abrigo en el armario de
la planta baja, cogió una galleta de avena y un pequeño vaso de leche para
merendar, subió al primer piso y se puso unos pantalones de pana y la
sudadera de Superman. Para conseguirla, su madre había enviado dinero junto
con una solapa de Pep, su marca de cereales favorita.
Se encaminó al estudio de la planta baja con el libro de Nancy Drew,
encendió la luz, abrió el libro por el capítulo ocho y se puso a leer. Nancy y
George avanzaban por el interior de una casa abandonada. La escena era
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bastante aterradora. Y justo en aquel momento el viento sacudió las ventanas
y Frances se estremeció.
Estuvo leyendo unos veinte minutos. Se detuvo al darse cuenta de que
algo no iba bien en la casa. Entonces lo comprendió; aún no había visto ni
oído al abuelo.
Como a veces se echaba una siesta sobre aquella hora, decidió ir hasta su
habitación, en el sótano, para comprobarlo. Su padre había reformado
completamente el nivel inferior de la casa con madera de pino, por lo que
ahora era tan bonito como el resto de la casa. El abuelo incluso tenía su propia
ducha y aseo.
Frances se encaminó hasta las escaleras que bajaban al sótano y abrió la
puerta.
—¿Abuelo? —le llamó.
El sótano estaba oscuro. Muy oscuro. Alargó una mano para encender la
luz. Accionó el interruptor varias veces pero la luz no se encendió. Supuso
que la bombilla estaría fundida.
—¿Abuelo? —lo intentó de nuevo.
Esperó un minuto antes de decidirse a bajar las escaleras.
Se agarraría al pasamanos y bajaría muy despacio, un escalón después del
otro. Probablemente el abuelo estuviera durmiendo.
Se sentía sola y necesitaba hablar con alguien. No le gusta volver a casa y
que no hubiera nadie.
Las escaleras eran muy empinadas. Cuando era más pequeña, siempre
tenía pesadillas en las que tropezaba y caía escaleras abajo.
Se agarró al pasamanos y empezó a bajar.
Lo hizo muy despacio, tal y como se lo había propuesto.
Cuanto más bajaba, más abrumador le resultaba el olor. Era una especie
de olor dulzón, marchito. Sólo podía compararlo con el del pájaro muerto que,
tiempo atrás, su padre había encontrado en el porche trasero. El pájaro estaba
muy hinchado y tenía un aspecto muy desagradable… y desprendía un olor
acre que la obligó a taparse la nariz y la boca con la mano y salir disparada
hacia la cocina.
El olor cada vez era más insoportable.
Bajó el último escalón y apoyó el pie en el suelo del sótano. La oscuridad
era total. A su izquierda distinguió la voluminosa caldera Lennox. A su
derecha, la forma imprecisa de la ducha metálica del abuelo y el reducido
espacio que conformaba su habitación, todo apiñado en un rincón: la cama
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individual, el perchero donde colgaba la ropa y la estantería con su querida
colección de libros del oeste de Zane Grey.
—¿Abuelo?
Y entonces oyó algo, el sonido de una respiración nasal, pesada.
La del abuelo.
Tenía que ser él.
—¿Abuelo? —probó de nuevo.
Al no obtener respuesta, decidió atravesar la profunda oscuridad para
acercarse a su cama.
Intentó no pensar en el monstruo que había visto en el desván unos días
antes. Tenía que haberlo imaginado… No había otra explicación. Era
imposible que el abuelo se convirtiera en un monstruo. Era el tipo de cosas
que los adultos les dicen a los niños pequeños para asustarlos.
Cuando Frances llegó junto a la cama individual, el olor era tan intenso
que los ojos le lloraban y estuvo segura de que iba a vomitar.
Estaba completamente envuelta por la oscuridad.
Sólo podía oír la ronca respiración que emitía la oscura forma tumbada en
la oscura cama.
—¿Abuelo?
Tuvo la sensación de estar caminando por el fondo de un océano muy
profundo.
—¿Abuelo?
Topó con las rodillas contra la cama.
La respiración era ahora muy intensa.
El olor, abrumador.
—¿Abuelo?
Entonces, en mitad de la oscuridad, justo cuando empezaba a distinguir la
silueta de su abuelo acostado en la cama, unos ojos se abrieron
repentinamente y se encontró mirando el mismo resplandor frío e inhumano
que ya viera en el desván.
Frances lanzó un grito.
El abuelo empezó a incorporarse sobre la cama. De su boca manaba una
sustancia verde. A la fría luz de sus ojos, Frances vio que tenía la piel
descompuesta y desgarrada.
El abuelo le agarró la muñeca.
Frances volvió a gritar e intentó zafarse de él.
Y entonces se dio cuenta de que los dedos del abuelo le estaban abrasando
la piel. Se levantó de la cama y dijo:
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—No me hiciste caso, Frances. Y ahora debes unirte a mí.
La voz era la misma que la del desván: distante, fría, hasta cierto punto,
muerta.
Sin saber muy bien qué hacer, Frances le dio una patada en la espinilla. Si
hubiera sido el abuelo, se habría sentido muy mal… Pero aquel no era el
abuelo…, era otra persona… u otra cosa.
La patada tuvo el efecto deseado.
Fuera quien fuese aquel ser, la patada le había hecho daño. Soltó la frágil
muñeca de Frances.
Y esta salió corriendo. Tropezó primero con un cojín, después con algo
más pero logró levantarse de nuevo y seguir corriendo hacia la tenue silueta
de la escalera.
El abuelo le pisaba los talones.
—Vuelve aquí, Frances. Vuelve de una vez.
Frances se agarró al pasamanos.
Empezó a subir la escalera.
Se tropezó y se golpeó la rodilla con tanta fuerza que esta le empezó a
sangrar.
Pero no se atrevió a detenerse.
Tenía que seguir subiendo… subiendo.
—Por favor, ven aquí, Frances. ¡Ven aquí!
Tenía… que… llegar… a la… cocina…, a la… puerta… lateral… para
escapar.
Aún en las escaleras, Frances volvió la vista una sola vez… y vio al
abuelo…, sus ojos desprendían un brillo aterrador… y le hacía señas con una
mano esquelética.
Entonces le vio poner un pie en la escalera.
Venía a por ella.
Debía darse prisa… tenía que hacerlo.
♦♦♦
Página 137
♦♦♦
Diez minutos después, su madre aún no había vuelto a salir. Frances empezó a
asustarse. ¿Habría atacado el abuelo a su propia hija?
Frances oyó una sirena acercándose a la casa y, antes de saber qué estaba
pasando, una ambulancia blanca y cuadrada se detenía delante de ella. Dos
hombres vestidos de blanco salieron a toda prisa del vehículo. Uno de ellos
llevaba una camilla portátil. Subieron los escalones que llevaban a la puerta
delantera. Connie les dejó entrar. Frances corrió hasta situarse frente a la
puerta para tener una mejor perspectiva.
Muchos vecinos salieron de sus casas para ver qué ocurría. Algunos se
quedaron en su jardín y otros en la acera. Algunos incluso recitaron oraciones
para que todo se arreglara.
Unos minutos después, sacaban cuidadosamente de la casa al abuelo en la
camilla y lo llevaron hasta la ambulancia.
Al pasar por su lado, Frances no se atrevió a mirarlo. No quería volver a
ver nunca más aquel rostro monstruoso.
Sin embargo, cuando los enfermeros llegaron a su altura, Frances no pudo
evitarlo. Abrió los ojos para mirar por última vez al abuelo.
Parecía el de siempre. Amable, paciente, cariñoso. Aunque ahora también
se le veía muy triste. Tenía los ojos azules abiertos, pero era evidente que
estaba confundido y asustado. Se estaba muriendo y no sabía qué podía hacer
al respecto.
Poco después, la ambulancia se alejó, los vecinos se marcharon a sus
casas y Connie se apresuró a ir al hospital para estar con su padre.
Alrededor de las nueve de aquella misma noche, el abuelo moría.
El funeral se celebró tres días después. Frances vio a muchas tías, tíos y
primos que llevaba mucho tiempo sin ver. Hubo una misa fúnebre, se
pronunciaron oraciones en el cementerio a pesar del frío intenso y, después,
hubo bocadillos de jamón, pasteles, dulces, leche y Pepsi en casa para todos
los familiares. Frances comió más de lo que le tocaba.
No volvió a hablarle nunca más a su madre de los dos incidentes con el
abuelo. Sabía de forma instintiva que sólo conseguiría enfadarla… y ponerla
en su contra. Era obvio que su madre no se había creído su historia…
Cuando Connie había encontrado a su padre en el sótano, volvía a ser el
abuelo que todos conocían.
Y así es como Connie quería recordarlo. Como a un abuelo adorable, no
un monstruo.
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Lorraine Warren
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UN ESPÍRITU AMISTOSO
E n 1968, Julie Fuller era un ama de casa con dos hijos en preescolar y un
marido en Vietnam. El sueldo de su marido era más que suficiente para
que Julie no tuviera la necesidad de trabajar fuera de casa.
El hecho de no tener que ir nunca a ningún sitio le estaba provocando un
problema. Julie, quien hasta entonces había sido una mujer delgada y
atractiva, estaba ganando peso rápidamente. Se pasaba el día viendo
telenovelas y picando entre horas. Y sin un marido para el que lucir un buen
aspecto, en poco tiempo Julie descubrió que pesaba diez kilos de más.
Una soleada mañana, Julie se plantó delante del espejo y no le gustó lo
que vio. El período de servicio de su marido terminaría dentro de siete
meses… y entonces tendría que empezar a adelgazar.
¿Por qué no empezar ya una dieta adecuada, en lugar de esperar hasta el
último momento?
Aunque continuó preparando a sus hijas todo lo que les gustaba más —
jamón, chuletas de cerdo y hamburguesas—, ella redujo sus porciones a la
mitad.
Y también salió a correr cinco días a la semana.
Su ruta la llevaba por escarpadas colinas… y por delante del cementerio
de Del Mar.
Una mañana, mientras pasaba corriendo por delante del cementerio, Julie
oyó una extraña voz en su cabeza. No era su propia voz…, de eso estaba
segura.
La voz era la de una mujer mayor.
Parecía estar hablando desde muy lejos.
Julie miró a su alrededor. ¿De dónde salía la voz?
Finalmente, tanto la voz como las susurrantes palabras se
desvanecieron… y Julie olvidó el incidente.
Dos días después, mientras corría por la misma zona, volvió a escuchar la
misma voz…, en esa ocasión más intensa y clara que la última vez.
Cuando Julie pasó por delante del cementerio, la voz empezó a hablarle
directamente.
—Me llamo Grace. Quiero ser tu amiga, Julie. Quiero ayudarte a superar
algunos problemas que vas a tener.
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A Julie le embargó el pánico. ¿Estaría perdiendo la cabeza? En su familia
había habido algunos casos de enfermedad mental. ¿Estaría ella sufriendo los
primeros síntomas?
No volvió a escuchar la voz durante el resto de la mañana.
Aquella noche, con las niñas ya en la cama, Julie se quedó hasta muy
tarde viendo el programa de Johnny Carson y pensando en la voz que había
escuchado por la mañana.
¿Qué había querido decir con aquello de «Quiero ayudarte a superar
algunos problemas que vas a tener»?
¿Qué problemas?
A pesar de que su marido estaba luchando en una guerra, muchas mujeres
menos afortunadas que ella le tendrían envidia por la vida que llevaba.
Aquella misma noche, muy tarde, sonó el teléfono.
Julie se sobresaltó al oírlo.
Una terrible sensación que nacía en su estómago se extendió hasta su
pecho.
Malas noticias. Nadie llamaba a aquellas horas a no ser que tuviera malas
noticias.
Y muy probablemente tuvieran relación con su marido.
—Diga.
—¿Julie Fuller?
—Sí.
—Soy un amigo de tu marido. Me llamo Eric Silva.
—¿Ah?
—Siento llamar tan tarde pero… Esta noche nuestro helicóptero se ha
estrellado y he querido llamarte antes de que lo hiciera el ejército. Estoy a las
afueras de Saigón.
—¿Está…?
Hubo una pausa.
—No he podido encontrarle. Cuando caímos llovía y había mucha niebla.
No nos han disparado. El helicóptero tuvo algún problema mecánico y de
repente perdimos el control. —Otra pausa—. Yo he conseguido salir sin
problemas, pero no he podido encontrar a Ray. La única posibilidad es que…
—¿Sí?
—Que lo hayan capturado. Que hubiera congs escondidos entre la maleza
cerca de la zona donde nos hemos estrellado y que, de algún modo, lo hayan
capturado. —Una nueva pausa—. Sólo quería decirte que esta misma noche
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nos ha vuelto a enseñar las fotos que os hicisteis con las niñas en el museo de
la ciencia. Estaba muy orgulloso.
Julie empezó a llorar.
—Puede que esté bien, Julie. Tal vez sólo esté… desaparecido en
combate.
Pero Julie no le creyó. Desde hacía meses había estado practicando lo que
su padre llamaba «pasar por el cementerio silbando», es decir, evitar pensar
que a Ray podía pasarle algo malo en Vietnam.
De ese modo creía poder mantenerlo a salvo.
Pero la llamada de aquella noche lo había cambiado todo.
—El capitán enviará una patrulla para buscarle, Julie. Te mantendré
informada. Ray es… mi mejor amigo. Es lo menos que puedo hacer. —Eric
Silva parecía estar al borde de las lágrimas.
Julie le dio las gracias y colgó sin añadir nada más. Pasó el resto de la
noche en vela.
♦♦♦
Página 142
Al acercarse al cementerio, pensó de nuevo en la voz que había escuchado
días atrás; la voz que le había advertido acerca de «algunos problemas que vas
a tener».
Julie estuvo a punto de dar media vuelta y regresar por donde había
venido, convencida de que se vendría abajo si volvía a escuchar la voz aquella
mañana.
Pero no se desmoronó.
De hecho, cuando la escuchó, le resultó tan cálida y tranquilizadora como
la de un viejo amigo.
—No está muerto, Julie. No importa lo que diga el ejército ni lo que
puedas pensar, tu marido está vivo.
Julie se dio cuenta entonces de que la voz provenía del cementerio. Se
detuvo y se acercó a las lápidas sobre la inclinada colina. Y se quedó allí,
entregada completamente a la experiencia.
—¿Quién eres? —preguntó Julie.
—Me llamo Grace. Nací en 1868 y fallecí en 1903. El Espíritu Divino me
utiliza a veces para consolar a la gente.
—¿Has dicho que mi marido no está muerto?
—Pronto conocerás la verdad, Julie.
Entonces, la presencia de Grace abandonó a Julie. Ésta se quedó sola en el
cementerio, súbitamente consciente de la presencia de los pájaros y el sonido
del tráfico en la distancia.
¿Debía creer lo que el espíritu le había dicho?
Julie continuó corriendo.
Aunque normalmente corría unos cinco kilómetros, aquel día corrió diez.
Y apenas fue consciente de ello, tan preocupada como estaba por las palabras
de Grace.
¿Sería verdad que Ray estaba vivo?
Después de llegar a casa, ducharse y preparar la comida de las niñas, Julie
descolgó el teléfono y estuvo a punto de llamar a la madre de Ray para
hablarle de Grace.
Pero se lo pensó mejor.
Cindy, la madre de Ray, pensaría que se había vuelto loca. Aunque los
padres de Ray no eran completamente ateos, sí eran agnósticos. Julie era una
episcopaliana relativamente devota y había tenido más de una discusión con
Ray sobre la educación religiosa de las niñas. Finalmente, Ray había cedido y
había dejado que Julie las llevara a la iglesia los domingos.
Julie volvió a colgar el teléfono.
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No, si le contaba a Cindy que había hablado con un espíritu, incluso podía
tratar de quitarles a las niñas arguyendo que el dolor provocado por la
desaparición de Ray la había trastornado.
♦♦♦
Página 144
—¿Sí?
—Sé que te sonará extraño, pero no lo es. Me ha pasado de verdad.
El tono de voz de Cindy pasó de la tenue tristeza a la sincera aprehensión.
—¿El qué me sonará extraño, querida?
—He estado en contacto con un espíritu que me ha asegurado que Ray
está bien. Que no está muerto.
Se produjo un prolongado silencio al otro lado del teléfono.
—Querida, ¿quieres que Raymond se acerque a tu casa?
Julie no pudo evitarlo; se puso a reír.
—No, Cindy, estoy bien. De verdad. Sólo quiero que te sientas tan
esperanzada por tu hijo como lo estoy yo.
—¿Dices que has estado en contacto con un espíritu?
—Sí.
—Será mejor que se ponga Raymond, cielo.
Y le pasó el aparato a su marido.
—¿Estás bien, Julie? —se interesó Raymond—. ¿Qué demonios significa
eso del «espíritu»?
Julie se lo explicó.
Y no tardó mucho en arrepentirse de haberlo hecho.
—Ya sabes lo que pensamos de la religión —dijo Raymond, profesor de
Matemáticas en la universidad. Raymond senior sólo creía en lo que podía
ver, sentir, oler… A Julie siempre le había parecido una actitud muy curiosa,
sobre todo en alguien que trabajaba todos los días con números, algo como
mínimo tan abstracto como los espíritus, los duendes y los demonios.
—Sólo intentaba que se sintiera mejor. El espíritu me ha dicho que hoy
encontrarán a Ray.
—De modo que hoy, ¿eh? —dijo Raymond con escepticismo—. Bueno,
esperemos que el «espíritu» no se equivoque.
—Lo siento si la he importunado.
Julie oyó unos susurros al otro lado de la línea telefónica.
—Julie, Cindy cree que sería una buena idea si se acercara a tu casa para
haceros compañía a ti y a las niñas.
—De verdad, prefiero estar sola.
—Cindy sólo quiere asegurarse de que…
—… no estoy loca y de que no haré daño a las niñas y de que no voy a
hacer ningún ritual satánico en casa. —Se arrepintió inmediatamente de su
sarcasmo. Los padres de Ray eran personas decentes—. Estoy bien,
Raymond. Tranquiliza a Cindy. Estoy bien, y las niñas también.
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Raymond senior suspiró y dijo con calma:
—Cindy ha salido de la habitación, Julie. Por favor, no vuelvas a hablarle
de espíritus ni de nada parecido, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Es algo que la incomoda. Ya sé que sólo intentabas ayudarla.
♦♦♦
Alrededor de las dos de aquella tarde comenzó a llover. Julie miró por la
ventana mientras las gotas plateadas resbalaban por el cristal. Se sintió como
una niña pequeña que tenía que quedarse en casa a colorear y jugar con
muñecas porque su madre no la dejaba jugar bajo la lluvia.
Intentó leer un libro de misterio pero lo dejó estar tras unas cuantas
páginas. Trató de ver la televisión, pero los actores de la telenovela parecían
de madera y casi cómicos.
Sonó el teléfono.
Un hombre, que se identificó como un oficial del Ejército, le dio la
noticia.
—Su marido ha sido encontrado a treinta kilómetros al este de Saigón.
Parece ser que el accidente le provocó un shock y éste, amnesia. Estaba
vagando por la jungla. He de decirle que es un milagro que haya sobrevivido.
La zona donde le encontramos está atestada de enemigos. Aunque aún no ha
recuperado la memoria, los médicos dicen que la pérdida es sólo temporal. En
estos momentos le están haciendo una revisión médica. Dentro de unas horas
le permitiremos llamarle. Cuando hable con él, tenga presente que ahora
mismo no se encuentra en su mejor estado mental, pero pronto estará bien.
Después de colgar, Julie dijo una oración de agradecimiento e,
inmediatamente después, marcó el número de Cindy.
—Está vivo y en buenas condiciones, aunque tiene un poco de amnesia,
Cindy.
Cindy llamó a gritos a Raymond para que este cogiera el aparato de la sala
de estar.
—¿Sí?
—Está vivo y en buenas condiciones, Raymond —dijo Julie antes de
repetirle lo que le había dicho el oficial del Ejército.
—Entonces, ¿la amnesia es temporal? —preguntó Raymond senior.
—Eso es lo que me han dicho.
—Tengo ganas de… celebrarlo —dijo Cindy—. ¿Por qué no os vamos a
buscar con el coche y os llevamos a todas a cenar a un lugar agradable?
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Julie sonrió.
—Me parece genial, Cindy. Y para entonces podré contaros qué me ha
dicho Ray cuando llame.
Silencio.
—Lo siento si te he ofendido, Julie —dijo entonces Cindy.
—No me has ofendido. No te preocupes.
Raymond intervino:
—Supongo que tu «espíritu» tenía razón, después de todo.
A pesar de que se estaba burlando un poco de ella, Julie repuso:
—Supongo que vosotros tenéis vuestras creencias y yo tengo las mías.
—Bueno, pero no pretendíamos dar a entender que estabas…
—Lo sé —dijo Julie—. No pasa nada.
Ray llamó al cabo de unas horas. Al principio la conversación resultó
difícil, pero, tras unos minutos, Ray se relajó e incluso hizo una broma sobre
su estado.
—Tengo delante una fotografía tuya y de las niñas. Soy un tipo con
suerte, quienquiera que sea.
—El médico dijo que recuperarías la memoria en poco tiempo.
—¿Descubriré que soy millonario?
—No, pero descubrirás que tienes a cinco personas que te quieren
muchísimo. Yo, las niñas y tus padres.
♦♦♦
Sesenta días después, Ray regresaba a EE. UU. Para entonces ya había
recuperado la memoria.
Encontró trabajo como responsable en una ferretería. Él y Julie renovaron
los votos matrimoniales.
En la primavera de 1976, sintiendo aún curiosidad por la voz de Grace,
Julie le contó su historia a una amiga que había asistido recientemente a una
conferencia de los Warren. La amiga la convenció para que se pusiera en
contacto con ellos. Después de una semana de dudas, finalmente lo hizo.
Ed Warren
La mayoría de las personas les tienen miedo a los fantasmas, y no les faltan
motivos. A lo largo de los siglos, los fantasmas han sido representados como
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seres malvados empeñados en aterrorizar y, en algunos casos, incluso destruir
a la humanidad.
En un destacado artículo titulado «Nuestros amigos, los fantasmas», el
doctor Wylie Beaufort plantea una noción algo distinta.
«De hecho, al investigar las actividades de fantasmas durante los últimos
treinta años —escribe Beaufort—, he descubierto que éstos suelen ayudar a
los seres humanos con los que entran en contacto.
»En la mayoría de los casos, los fantasmas son almas solitarias o afligidas
que, por un motivo u otro, no han sido adecuadamente asimiladas en el
mundo de los espíritus. Al parecer disponen de modestos poderes
sobrehumanos…, especialmente, presciencia.
»Muchos fantasmas son capaces de advertir a sus amigos humanos de
problemas inminentes, o incluso de entregar mensajes del mundo de los
espíritus.
»He conocido personalmente a tres fantasmas que, de hecho, resultaron
ser espíritus profundamente amistosos».
Una de las cosas que Lorraine y yo hemos aprendido es que, cuando te
involucras de verdad en la investigación psíquica, terminas cosechando
múltiples recompensas.
Estamos seguros de que hay otra vida más allá de ésta, y sabemos que
algún día volveremos a ver a los seres queridos que nos han dejado.
Nuestra vida es emocionante, amena y cada día descubrimos una nueva
prueba de la presencia de Dios en el vasto universo… en todas sus
dimensiones.
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EL FANTASMA ACOSADOR
E n cierto modo, Corey Adam Porter era un niño precoz. A los cinco años,
atrapó a un petirrojo en una pequeña jaula y luego procedió a cortarle las
alas con el cuchillo de caza de su padre. A los seis, roció con gasolina de
encendedor al cachorro de un vecino y le prendió fuego. Posteriormente le
contaría a su madre que el cachorro hacía «sonidos extraños» cuando se
estaba quemando, sonidos que le resultaban agradables.
Más adelante, a los nueve años, se produjo un incidente con una niña de
siete años, su vecina, a quien Corey maniató en su garaje, le quitó la ropa y
hurgó en sus partes íntimas con un palo. Después la azotó con el cinturón.
Aunque la niña estaba amordazada y nadie podía oír sus gritos, Corey disfrutó
con el miedo oscuro y húmedo que vio en sus ojos. Afortunadamente para la
niña, la madre de Corey salió a colgar la ropa en el tendedero que había en el
exterior de la casa a última hora de la tarde. Al oír una especie de gemido,
miró por la ventana del garaje y vio a la niña.
Es posible que pienses que Corey era el típico niño raro o friki, uno de
esos chicos extraños, gorditos y silenciosos que, veinte años después,
aparecen en las noticias de la noche porque han ido a su antiguo lugar de
trabajo para matar a seis o siete excompañeros de trabajo.
Todo lo contrario. Corey tenía el pelo rubio y rizado, unos ojos azules
brillantes y descarados, una reluciente sonrisa estilo hollywoodiense y las
habilidades sociales necesarias para ser el presidente de su clase durante seis
años seguidos. Aunque no era un atleta especialmente dotado, se le daba lo
suficientemente bien como para formar parte de los equipos de baloncesto y
fútbol; y si bien no era un gran cantante, siempre tuvo un solo en todos los
musicales que organizó el coro del instituto de Erie, Pennsylvania, al que
asistió a finales de los años ochenta.
Todos los chicos lo querían tener como amigo y todas las chicas, debido a
su aspecto físico, querían salir con él.
Corey tenía catorce años cuando mató al primer ser humano.
Esto es lo que sucedió: el padre de Corey, director de una empresa que
formaba parte de la selecta lista de 500 empresas de la revista Fortune,
consideró que Corey ya era lo suficientemente mayor como para tener un
trabajo de verano. Envió a Corey a la oficina de desempleo, donde una mujer
le informó de que podía conseguirle un empleo descargando camiones en una
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distribuidora local de cerveza. El trabajo consistía en apilar cajas con los
envases vacíos, que posteriormente pasaban al interior de la planta de
embotellado, donde se lavaban las botellas con agua hirviendo.
A Corey le encantaba el trabajo físico. Le gustaba la sensación del sudor
resbalando por su musculoso cuerpo. El agotamiento después de un duro día
de trabajo. No se arrepentía de haber aceptado el trabajo.
Seis días después, sin embargo, Corey empezó a tener algunas dudas. A
través de la ventana del almacén donde Corey descargaba envases vacíos de
cerveza de grandes camiones, veía pasar a hermosas chicas montando en
bicicleta bajo el cálido y brillante sol del verano. Corey quería estar con ellas,
no atrapado en el interior de un almacén que olía a tubo de escape de
camiones y cerveza rancia.
Uno de sus compañeros era un mexicano-americano llamado Martínez, un
hombre de unos cincuenta años a quien la cansina arrogancia y el pelo rubio
de Corey le habían ganado su pronta animadversión. Técnicamente, Martínez
era su jefe, a pesar de que ambos recibían casi todas las órdenes de Howell, el
gran jefe. Martínez se pasaba el día recriminando a Corey que no trabajaba lo
suficientemente rápido y que no lo hacía bien.
—En el mismo tiempo en que tú descargas seis cajas, yo ya he descargado
el doble. Y fíjate en tus pilas. Son irregulares. Están a punto de desmoronarse.
Espera y verás. —Martínez se pasaba prácticamente las ocho horas de la
jornada laboral de esta guisa.
Un día Corey vio a Martínez en la pasarela. A Martínez le gustaba subir
allí, a muchos metros del suelo de cemento, para fumar un cigarrillo.
Aquel día Corey se unió a él, encendió también un cigarrillo y apoyó los
codos en la pasarela.
—¿A qué altura crees que estamos?
—A mucha, chaval.
—¿Seis metros?
—Más.
—¿Diez?
—Unos doce, chaval.
Corey siguió fumando mientras observaba el suelo.
—¿Crees que te matarías?
—¿Cómo?
—Si te cayeras desde aquí arriba.
—¿Estás loco? Pues claro que me mataría.
—Justo lo que imaginaba.
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Dos días después, Corey volvió a ver a Martínez en la pasarela y se unió a
él.
—Seguro que la cabeza se te abriría como un melón. Si cayeras desde
aquí, quiero decir.
—Por supuesto, chaval. Por supuesto.
Y como si quisiera ilustrar sus palabras, Martínez tiró el cigarrillo y siguió
con la mirada la colilla de color blanco.
Al impactar contra el suelo, el extremo encendido del cigarrillo estalló en
una docena de virutas incandescentes.
Martínez miró a Corey y sonrió.
—Exactamente así, chaval. Exactamente así.
Martínez se dio la vuelta y empezó a caminar por la pasarela. Cuando
terminaba su descanso, esperaba que Corey también terminara el suyo,
incluso si lo había empezado diez minutos después que él.
Corey miró a su alrededor.
Era una calurosa tarde de verano, por lo que el sombrío almacén estaba
vacío. En aquel momento, ni siquiera había camiones esperando a ser
descargados en el muelle de carga.
El momento era perfecto. Y también las circunstancias.
Sabía que debía actuar con rapidez. Y lo hizo.
Martínez era un hombre pequeño y corpulento, de modo que, cuando
Corey lo levantó, se preguntó si tendría la fuerza suficiente para poder superar
la barandilla de la pasarela y tirarlo al vacío.
Martínez no dejó de gritar obscenidades durante toda la caída.
Cuando su cabeza golpeó contra el suelo, se produjo un fuerte estallido.
Aunque Martínez seguía teniendo los ojos abiertos, la vida se había
extinguido de ellos.
Entonces, la sangre empezó a fluir desde la parte posterior del cráneo.
Corey pidió ayuda a gritos. Sabía que debía parecer asustado y triste.
Después de todo, como le dijo en el funeral a la señora Martínez, «Su
marido era mi mejor amigo, señora. Le tenía mucho respeto».
No se hicieron preguntas sobre la causa de la muerte. Había sido un
accidente. Como de costumbre, Martínez tenía alcohol en la sangre y, por
alguna desgraciada circunstancia, había tropezado y se había precipitado al
vacío de cabeza.
El pobre Corey había hecho todo lo posible por salvarle la vida.
♦♦♦
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A lo largo de los años siguientes, Corey desarrolló nuevos intereses como, por
ejemplo, trocear perros, gatos e incluso una gran serpiente ratonera, que cortó
en secciones con un cuchillo carnicero. Le fascinaba el modo en que cada
sección de la serpiente se mantenía animada incluso después de trocearla.
Y descubrió un nuevo hobby.
A fines de la década de los años sesenta, que fue cuando Corey se dedicó
a atacar a sus víctimas, hacer autoestop era un medio de transporte que estaba
de moda.
En los años cincuenta se habían producido varios asesinatos espeluznantes
de autoestopistas. Si recogías a la persona equivocada en la noche lluviosa
equivocada, podías terminar, como le pasó a un hombre de California, con las
cuencas oculares vacías, los brazos seccionados y el miembro al lado del
cadáver sobre el asiento lleno de sangre.
Sin embargo, con la aparición de los hippies, el amor libre y el
compromiso, real o imaginario, con la «hermandad», hacer autoestop volvió a
ponerse de moda.
A Corey le encantaba conducir el nuevo y reluciente Firebird que le había
regalado su padre por su decimosexto cumpleaños y meterles el miedo en el
cuerpo a los autoestopistas.
Actuaba del siguiente modo: recogía a un autoestopista, preferiblemente a
una mujer atractiva, y se aseguraba de pasar por delante del cementerio de
Harcourt, no sin antes ablandar un poco a la víctima con la horripilante
historia de «Don», un hombre que durante sus días como ser humano solía
recorrer el país matando a mujeres jóvenes. Corey describía con todo lujo de
detalles lo que «Don» le hacía a sus víctimas.
Para cuando llegaban al cementerio, generalmente las autoestopistas ya
estaban atemorizadas por las historias de Corey.
Entonces Corey fingía que el vehículo se estropeaba y las dejaba solas en
la carretera que pasa por delante del cementerio.
—Será mejor que compruebe qué le pasa al motor —decía Corey.
Y después bajaba del coche.
Iba hasta la parte frontal y levantaba el capó.
Y desaparecía.
Corey siempre detenía el vehículo lejos de la carretera; de ese modo podía
alejarse agachado cuando el capó estaba levantado y ocultarse detrás de una
lápida.
Ponte en el lugar de la chica. Estás haciendo autoestop en mitad del
campo. Estás en un lugar extraño y muy cansada. Y, de repente, el apuesto
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joven al volante baja del coche para averiguar por qué se ha detenido el
motor.
Y luego desaparece.
Te quedas allí sentada y, aunque le llamas, no obtienes respuesta.
Entonces te das cuenta de que está muy oscuro.
Y de que pasan muy pocos coches.
Miras hacia al cementerio y ves unas lápidas fantasmales bajo la pálida
luz de la luna.
Y aunque no quieres, empiezas a pensar en «Don», el asesino psicópata
del que Corey te ha hablado.
¿Y si el espíritu de «Don» realmente merodea el cementerio de noche,
como te ha asegurado Corey?
¿Y si necesita saciar una vez más su apetito por las mujeres jóvenes?
Todo está tan oscuro…
Te sientes tan sola…
Todo es tan espeluznante…
Y entonces, de la nada, ves cómo alguien surge repentinamente de la
oscuridad por la parte del vehículo donde estás sentada…
Un hombre con un rostro horrible…
Y un largo cuchillo de carnicero…
Empiezas a gritar y gritar y gritar.
En este punto, incluso a Corey le resultaba difícil seguir siendo sádico.
Se quitaba la máscara y revelaba su auténtico rostro.
Era un gran truco, y funcionó tal y como lo tenía previsto hasta que una
noche…
♦♦♦
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—¿Adónde vas? —le preguntó.
—A cualquier parte.
—¿De dónde eres?
—De por ahí.
—Eso es muy impreciso.
Ella se lo quedó mirando.
—De Chicago, si tanto interés tienes.
La chica le ponía nervioso. Y también le daba algo de miedo. No le
gustaba la desaprobación que veía en sus ojos.
—¿Crees en los fantasmas? —le preguntó él.
—No. ¿Tú sí?
—No estoy seguro. Pero sé que hay uno que ronda por estos lugares. Al
menos, eso dicen.
—¿Puedes subir un poco la radio? Me gusta esta canción.
Le iba a costar que aquella chica se tragara su historia.
«Zorra», pensó.
Tuvo que esperar a que terminara la canción para empezar a hablarle otra
vez de «Don».
—¿Lo ejecutaron? —preguntó la chica.
—Ajá. Pero regresó. O eso es lo que me contaron.
—Pues a mí me parece una chorrada.
—Regresar de la muerte, ¿quieres decir?
—Ajá.
—¿No te da miedo?
—No. Sé cómo defenderme.
De algún modo, Corey supo que lo decía en serio. Debía de medir un
metro cincuenta y cinco o metro sesenta, no debía de pesar más de unos
cuarenta y cinco kilos y tenía una belleza que resultaba casi aterradora. Y, a
pesar de eso, transmitía una dureza difícil de explicar. Como si,
efectivamente, hubiera recorrido mucho mundo y supiera cuidar de sí misma.
—¿Cómo es que no estás en Chicago y vas a la escuela? —le preguntó él.
—Ya te lo he dicho. Tengo dieciocho años.
—Ah, sí. Es verdad. —Corey hizo un esfuerzo por ocultar la sonrisa.
—Terminé el instituto la primavera pasada.
—Ajá.
En cierto modo, la mentira la hacía parecer más vulnerable. Ahora su voz
sonaba más joven y menos segura de sí misma.
Corey retomó las historias de «Don».
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Tomó la ruta más larga hasta el cementerio de Harcourt.
Quería ablandarla bien y que se pusiera nerviosa.
Quería que saliera corriendo aterrorizada, como uno de los enloquecidos
personajes de dibujos animados de la Warner Bros., que se alejara chillando
por la larga y oscura carretera.
Aquello iba a ser muy divertido.
♦♦♦
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Pero ¿de quién era aquella voz?
¿Y por qué provenía del cementerio?
Corey decidió averiguarlo.
Apoyó las manos y las rodillas en el suelo, como solía hacer siempre.
Comprobaría de dónde salía la voz y luego regresaría para asustar a la chica.
Con la áspera hierba rozándole las palmas de las manos, se deslizó
rápidamente hasta el cementerio.
Entonces, al otro extremo del camposanto, vio a una mujer joven y
voluptuosa, con el cabello rubio y suelto y una extraña sonrisa en unos ojos
azules como el hielo.
¿Quién era?
¿Qué quería de él?
Entonces que sabía que la chica no podía verlo desde el coche, Corey
recorrió el perímetro del cementerio. Poco después, llegaba al lugar donde
estaba la joven que le había estado llamando por su nombre.
Y se detuvo.
Algo no iba bien.
A la joven le pasaba… algo raro.
De cerca, vio que era poco más que un espejismo, una proyección visual
en el aire nocturno.
Y, a pesar de eso, se movía.
Y hablaba.
La mujer se aproximó a él.
Y lo rodeó con sus brazos.
Y le sonrió con un rostro desgarradoramente hermoso.
Y empezó a seducirlo.
Lo peor de todo era que Corey estaba disfrutando.
El corazón le latía con fuerza. Empezó a sudar profusamente. Sintió cómo
su ingle se agitaba con determinación.
La mujer empezó a tener relaciones sexuales con él allí mismo, de pie en
un rincón del cementerio.
Corey se encontraba tan consumido por el deseo que se entregó al acto sin
oponer resistencia. Hasta que percibió un olor extraño.
Un hedor que recordaba a los rancios gases que suben del alcantarillado.
Corey abrió los ojos.
Y, al hacerlo, vio por primera vez la verdadera naturaleza del ser que lo
estaba seduciendo: una anciana que parecía tener más de mil años de edad,
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con la nariz picuda y los ojos duros y oscuros, y unas llagas abiertas en las
mejillas y manos de las que supuraba pus.
Corey trató de zafarse de ella, pero al principio la anciana se resistió.
Continuó teniendo sexo con él hasta que el miembro de Corey lo permitió.
Entonces, la anciana se rio de él mientras se alejaba, tropezando con las
lápidas y monumentos. Corey jamás había oído una risa tan macabra y
espeluznante.
♦♦♦
Página 157
—¿Llagas? —dijo ella—. ¿Un fantasma con llagas? Tío, necesitas ayuda.
De la buena.
Y tras decir aquello, bajó del coche, cerró la puerta de un portazo y
empezó a caminar hacia la autopista.
Corey se quedó allí sentado durante un buen rato, mirando hacia el oscuro
cementerio en busca de algún rastro de la mujer que le había seducido.
Y entonces no tuvo que buscarla más.
Porque estaba allí.
Justo a su lado.
Dentro del coche.
La mujer se inclinó, su cuerpo resplandeciente e inmaterial irradiando el
mismo olor rancio que conocía, y le sonrió con una boca desdentada.
—Vamos a dar una vuelta, cariño. Ahora mismo.
Aunque no tenía intención de ir a ninguna parte, la orden de la mujer fue
demasiado imperiosa para resistirse a ella. Corey tuvo la sensación de que no
le quedaba fuerza de voluntad.
Puso en marcha el motor y regresó a la carretera.
Vio a la autoestopista en el arcén, sonriéndole como de costumbre.
Piso el acelerador y se dirigió hacia la autopista.
—Me encanta la velocidad, cariño —dijo la vieja bruja—. Muy rápido.
Corey reparó por vez primera que la anciana estaba desnuda, y que tenía
el cuerpo cubierto de llagas.
Alcanzó la autopista quince minutos después.
Para entonces iba a ciento diez kilómetros por hora.
Tenía miedo.
Y ella tenía el control.
—Písalo a fondo, Corey. Dale gas.
—No puedo ir más rápido.
—Claro que puedes, Corey. Claro que puedes.
Y, tras decir eso, la anciana puso el pie encima del suyo y presionó el
pedal hasta el fondo.
Mientras tanto, le había puesto la mano en la bragueta. En contra de su
voluntad, Corey se estaba volviendo a excitar.
El Firebird volaba a ciento treinta, ciento cuarenta, ciento cincuenta
kilómetros por hora.
Estaban circulando por una colina.
Corey gritó.
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Sabía que no podría frenar a tiempo para evitar chocar contra la parte
posterior del camión que circulaba lentamente delante de ellos.
Y había otros coches circulando por el carril contrario. No tenía forma de
adelantar al camión.
Corey volvió a gritar.
Y después todo fue cristal hecho trizas, metal chirriante y gasolina en
llamas.
Para entonces, Corey ni siquiera pudo seguir gritando. Las llamas le
devoraban el ochenta por ciento de su cuerpo.
Lorraine Warren
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EPÍLOGO
ED Y LORRAINE WARREN
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Ed y Lorraine Warren tuvieron experiencias sobrenaturales durante su
infancia y juventud en Connecticut. Se hicieron novios en el instituto y, el día
de su decimoséptimo cumpleaños, Ed se alistó en la Marina para luchar en la
Segunda Guerra Mundial. Unos meses después, su barco se hundió en el
Atlántico Norte y él fue uno de los pocos supervivientes. Ed y Lorraine se
casaron y tuvieron una hija. En 1952, crearon la Sociedad de Investigación
Psíquica de Nueva Inglaterra, el grupo de cazadores de fantasmas más antiguo
de Nueva Inglaterra. Desde Amityville hasta Tokio, han participado en miles
de investigaciones y exorcismos sancionados por la Iglesia en todo el mundo.
Han dedicado su vida y sus extraordinarios talentos a enseñar a otras personas
y a luchar contra las fuerzas diabólicas cuando se requieren sus servicios. Ed
y Lorraine Warren también han escrito El cementerio y Cazadores de
fantasmas.
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Notas
Página 162
[1] No es el nombre auténtico del senador. <<
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