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Apítulo Lasificación Legal de Los Contratos

El documento aborda la interpretación y clasificación de contratos en el ámbito jurídico, destacando la importancia de integrar omisiones en los actos jurídicos mediante normas supletorias. Se presentan diversas clasificaciones de contratos según el Código Civil y Comercial, como unilaterales y bilaterales, así como onerosos y gratuitos, entre otros. Además, se discuten las características de contratos formales y no formales, enfatizando la relevancia de la forma en la validez de los mismos.

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Apítulo Lasificación Legal de Los Contratos

El documento aborda la interpretación y clasificación de contratos en el ámbito jurídico, destacando la importancia de integrar omisiones en los actos jurídicos mediante normas supletorias. Se presentan diversas clasificaciones de contratos según el Código Civil y Comercial, como unilaterales y bilaterales, así como onerosos y gratuitos, entre otros. Además, se discuten las características de contratos formales y no formales, enfatizando la relevancia de la forma en la validez de los mismos.

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recurrir a la actividad integradora. Cabe hacer la salvedad que ello será así en tanto la omisión comprobada
no implique la falta de un elemento esencial, lo cual significaría la nulidad del acto.

La tarea interpretativa no concluye con la averiguación del sentido y alcance de lo expresamente declarado
por las partes, sino que es necesario determinar aquello que los sujetos tuvieron en miras al constituir el
negocio jurídico.

En cada caso en concreto, es el juez quien debe interpretar el acto jurídico para establecer sus efectos.

Es por ello que, impulsada la actividad jurisdiccional y en el deber de resolver la cuestión, el magistrado no
puede ampararse en lagunas u omisiones de las partes, sino que necesariamente tiene el deber de recurrir a
normas supletorias, dispuestas por el ordenamiento legal, para así integrar el contenido de las cláusulas
pactadas y disponer aquello que no fue previsto por las partes.

Es decir que, el fin de esta operación consiste en precisar las consecuencias jurídicas de la relación
existente.

Por lo tanto, cabe aclarar que si bien la interpretación finaliza al fijar el alcance y sentido de un negocio
jurídico, en muchos casos esto no resulta suficiente para determinar las consecuencias del mismo, siendo
necesario integrar sustituyendo con normas supletorias las omisiones de los sujetos parte del acto.

Tanto la integración como la eventual interpretación integradora son consecuencia en última instancia de
disposición de la ley. De allí que tales actividades acrecientan la complejidad del conjunto de la labor en
análisis.

CAPÍTULO III - CLASIFICACIÓN LEGAL DE LOS CONTRATOS

1. CLASIFICACIÓN. UTILIDAD PRÁCTICA

De acuerdo a un criterio estricto en cuanto a la técnica legislativa, las cuestiones puramente doctrinales
resultan impropias en un cuerpo de leyes. En un trabajo legislativo sólo pueden admitirse aquellas
definiciones, que estrictamente contengan una regla de conducta, o por la inmediata aplicación de sus
vocablos, o por su influencia en las disposiciones de una materia especial.

Nosotros sostenemos que la división por clases de los contratos (que, a su vez, impone una definición de
cada una) no sólo resulta de fundamental utilidad para una mejor comprensión de la materia, sino que también
—como veremos— se traduce en concretas consecuencias jurídicas al momento de analizar sus efectos, por
lo que dichas normas no son meramente doctrinarias.

2. CLASIFICACIONES LEGALES EN PARTICULAR

El Código Civil y Comercial suministra varias clasificaciones legales de los contratos —arts. 966 a 970—,
adoptando el criterio de las divisiones "pareadas", es decir, de dos en dos oponiendo una a otra, de modo de
establecer una comparación que permita distinguirlas claramente. Cada una de estas clasificaciones abarcan
a la totalidad de los contratos.
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2.1. Bilaterales y unilaterales

Dentro de las clasificaciones jurídicas, la primera que nos ofrece el Código Civil y Comercial es la del art.
966 y es de la que seguidamente vamos a ocuparnos.

Conforme dispone esa norma "[l]os contratos son unilaterales cuando una de las partes se obliga hacia la
otra sin que ésta quede obligada. Son bilaterales cuando las partes se obligan recíprocamente la una hacia la
otra. Las normas de los contratos bilaterales se aplican supletoriamente a los contratos plurilaterales".

Como claramente se desprende del texto de ese artículo, esta clasificación asienta su diferenciación a
partir de la caracterización del contrato como fuente de obligaciones; así, si ellas surgen para una sola de las
partes, será unilateral (por ejemplo, donación simple, mandato gratuito, renta vitalicia, fianza, mutuo,
comodato, depósito gratuito), o bien, si las obligaciones son recíprocas, se tratará de un contrato bilateral o
sinalagmático, como también se lo llama (La expresión "synalagma" es griega y deriva de Aristóteles; utilizada
en el sentido de "justo correctivo" vino a significar la necesidad de producir una cierta conmutación o
intercambio de bienes para alcanzar un equilibrio (DESPOTOPOULOS, CONSTANTIN). Los ejemplos abundan:
compra y venta, permuta, cesión onerosa, locación en sus diversos tipos, mandato oneroso, etc.

El concepto que emana del artículo centra el criterio de clasificación en la existencia de una o dos partes
obligadas, pero debe destacarse que no basta que en el contrato bilateral cada una de las partes resulte
obligada con una prestación (es decir, que existan obligaciones contrapuestas), sino que es necesario que
entre ambas exista un vínculo de reciprocidad, de interdependencia, por lo que cada parte no está obligada a
su propia prestación, sin que sea debida la de la contraria; una resulta así presupuesto de la otra.

En el contrato bilateral también puede decirse que ambas partes se constituyen recíprocamente en
deudores y acreedores, debiendo surgir (y, consecuentemente, coexistir) sus obligaciones en el momento
mismo del nacimiento del acuerdo.

Por otra parte, de acuerdo a la definición que da el codificador en el art. 1138 del Código Civil (ley 340), se
llaman contratos unilaterales aquellos en los cuales una sola de las partes resulta obligada (como ocurre, por
ejemplo y en principio, en la donación, o en el comodato, mutuo, etc.).

2.1.1. Contratos bilaterales imperfectos

Se admite en alguna doctrina también la subclasificación de los contratos bilaterales o sinalagmáticos en


perfectos e imperfectos.

Serían los primeros aquellos que desde su nacimiento engendran obligaciones recíprocas y los segundos
aquellos que, al momento de perfeccionarse el contrato, hacen nacer obligaciones para una sola de las partes
—es decir, son genéticamente unilaterales—, pero que, en la etapa de ejecución, pueden también hacer surgir
para la otra, convirtiéndose de esta manera en funcionalmente bilaterales.

Los denominados bilaterales imperfectos son, en realidad, unilaterales, pues las obligaciones nacen en
momentos diferentes y no se encuentran en el nexo lógico de interdependencia a que hemos aludido como
distintivo en esta categoría de contratos.

En otra posición, cierta doctrina centra la distinción en el hecho de que en el contrato sinalagmático
imperfecto, a diferencia de lo que sucede en el propiamente bilateral, una de las obligaciones no constituye en
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realidad la contraprestación de la otra, clasificando los contratos en rigurosamente unilaterales (en los cuales
sólo una parte se obliga frente a la otra) y los no rigurosamente unilaterales (en los que, no obstante que
normalmente uno sólo de los contratantes es el que, principalmente, tiene derechos, puede surgir una
obligación a su cargo que no representa —en rigor— la contrapartida o retribución de su derecho), por
ejemplo, la obligación de reembolsar los gastos extraordinarios que hubiere tenido que realizar el comodatario
(art. 1540 inc. d, CCC).

2.1.2. Contratos plurilaterales

Suele denominarse de esta forma a aquellos contratos en los cuales pueden participar —ab initio o
después de su formación— varias (en el sentido de dos o más) partes (MESSINEO), por ejemplo, el contrato
constitutivo de una sociedad comercial unipersonal. En este sentido, puede advertirse que el llamado contrato
plurilateral se asemeja al acto plurilateral, pues aquél concepto, como éste, apuntan a la cantidad de partes y
no a las obligadas. A estos contratos se le aplican supletoriamente las normas de los bilaterales, tal cual lo
dispone la norma legal.

2.2. Onerosos y gratuitos

Conforme lo dispuesto por el art. 967 del CCC, "[l]os contratos son a título oneroso cuando las ventajas que
procuran a una de las partes les son concedidas por una prestación que ella ha hecho o se obliga a hacer a la
otra. Son a título gratuito cuando aseguran a uno o a otro de los contratantes alguna ventaja,
independientemente de toda prestación a su cargo".

Sostenemos que la ventaja o provecho tiene que ser material, quedando excluidas las satisfacciones
puramente morales o de conciencia.

Cabe destacar la opinión de BETTI, quien enseña que el negocio tendrá carácter oneroso cuando
represente la compensación de un sacrificio patrimonial impuesto en vista de él, o tenga por contrapeso la
compensación de un sacrificio patrimonial ajeno (para el caso, según este autor, de la gestión de negocios
ajenos).

2.3. Conmutativos y aleatorios

El codificador consagra la clasificación objeto de este punto en el art. 968 del CCC al disponer: "Los
contratos a título oneroso son conmutativos cuando las ventajas para todos los contratantes son ciertas. Son
aleatorios, cuando las ventajas o las pérdidas, para uno de ellos o para todos, dependen de un acontecimiento
incierto".

Precisando más el concepto, podemos decir que será conmutativo cuando verse sobre prestaciones ciertas
y determinadas y, por lo tanto, no esté sujeto a riesgo, aunque el resultado económico no quede asegurado o
sea incierto. Es decir, conmutativos son aquéllos contratos en los cuales las ventajas o pérdidas son
conocidas por las partes al momento de la celebración del negocio.
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2.3.1. Contratos aleatorios por naturaleza o por voluntad de las partes

Los contratos aleatorios pueden serlo por su propia naturaleza (como el contrato oneroso de renta vitalicia,
los contratos de juego y de apuesta, de rifa, de seguro, de préstamo a la gruesa, etc.), o bien por voluntad de
las partes.

Por su parte, existen otros que, siendo naturalmente conmutativos, pueden dejar de serlo en caso de que,
refiriendo su objeto a una cosa futura, una de las partes tome el riesgo de que la misma llegue o no a existir o
de que exista en mayor o menor cantidad.

2.3.2. Contratos aleatorios y contratos sujetos a condición

No debe confundirse el concepto de contrato aleatorio con el de aquel sometido a condición; se entiende
suspensiva. La característica distintiva del primero radica en que, sobre la base de un negocio vigente, las
ventajas o pérdidas que de él dimanan, para una o ambas partes, dependen de un acontecimiento incierto
(son inciertas). Por ello, la posibilidad de ganancia o de pérdida, que en rigor implica incertidumbre en cuanto
a su acaecimiento en el futuro, hace a la configuración del contrato aleatorio y, por ende, no puede ser
eliminada por las partes que deciden celebrar un acto que integra esta categoría.

En el contrato sujeto a condición por su parte, la eventualidad del hecho incierto gravita sobre la existencia
misma del vínculo, pudiendo determinar su nacimiento (si es suspensiva) o su resolución (si es resolutoria).
Ello, permite advertir que resulta independiente de las ventajas o pérdidas que pudieren emanar de dicho
negocio.

En suma, en el aleatorio quedan supeditadas al hecho incierto las ganancias o las pérdidas (en otras
palabras, los resultados económicos; es decir, la posibilidad de obtener una mayor o menor ventaja) y no la
existencia o inexistencia del contrato o de las obligaciones que de él emergen, como ocurre con la condición.

No obstante, median supuestos en los que puede aparecer una similitud entre el contrato aleatorio y el
condicional. Ello sucede cuando el azar depende, no de la extensión de lo que una parte debe abonar o
cumplir, sino del deber de hacerlo o no hacerlo; es decir, si hay o no obligación. Puede señalarse, a título
ejemplificativo, el caso del contrato de seguro contra incendio. En ese supuesto, la obligación de indemnizar
(así como también el quantum que deberá abonarse) recién nacerá cuando acaezca el siniestro (hecho futuro
e incierto).

A todo ello cabe añadir que el acontecimiento incierto puede constituir una condición de la prestación que
debe una de las partes, mientras la otra está obligada incondicionalmente a la suya (supuesto del seguro
contra daños y del préstamo a todo riesgo) o una condición recíprocamente inversa de las prestaciones
respectivas de ambas partes (como en el juego y la apuesta) o un elemento de determinación, en función del
tiempo, de la entidad de la prestación de una de las partes (como en el contrato de renta vitalicia), o también,
y al mismo tiempo, un plazo incierto (como es el caso más común del seguro sobre la vida).

Finalmente, cabe señalar que el contrato aleatorio existirá a la vida jurídica a partir del consentimiento o de
él y de la entrega de la cosa si fuere real (supuesto del contrato oneroso de renta vitalicia); mas el condicional
solo desde que la condición se cumpla.
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2.4. Formales y no formales

En primer lugar, para un desarrollo y análisis más completo de esta temática, cabe remitirse al capítulo
referido a la forma de los contratos.

Más allá de la materialización requerida —en tanto es preciso que todo acto jurídico presente algún modo
de exteriorización de la voluntad del sujeto respecto del objeto y en orden a la consecución del fin jurídico
propuesto— (conf. arts. 260 y 262 CCC), los contratos pueden clasificarse en relación a su forma, como:
formales y no formales.

Así, se consideran contratos no formales aquellos cuya validez no depende de la observancia de


solemnidades específicas establecidas en la ley, sino que basta para considerarlos válidos el acuerdo de
voluntades, sea cual fuere su modo de expresión. En suma, rige plenamente el principio de la libertad de
formas establecido por el art. 1015 CCC.

La categoría de los contratos no formales tiene incidencia, a su vez, en lo que respecta a la prueba de la
existencia del negocio. En efecto, toda vez que, salvo expresas excepciones, sólo los contratos que tengan
una forma determinada por las leyes no se juzgarán probados si no estuvieren en la forma prescrita (art. 1019
CCC), a contrario sensu, los que no la tuvieren, podrán ser probados por cualquiera de los medios
enumerados en el art. 1020 CCC.

2.4.1. Formales

La mayoría de la doctrina nacional distingue, entre los contratos formales, aquellos en los que la forma es
exigida ad solemnitatem (absolutos y relativos) y aquellos en los que ella es requerida ad probationem. Según
nuestro criterio, sin embargo, con sustento en lo dispuesto en el art. 969 CCC, los contratos formales admiten
la siguiente clasificación:

a) Solemnes (de forma constitutiva, visceral, sustantiva o ad solemnitatem) pudiendo dicha solemnidad, a
su vez, ser legal (por ej. el art. 1552 CCC) o convencional (art. 284 in fine CCC);

b) Relativos (supuestos de los arts. 285 y 1018 CCC), en cuyo caso su omisión no impide la existencia del
contrato sino que obligará al cumplimiento de la formalidad establecida;

c) Meramente probatorios (o ad probationem) y establecida a efectos de su comprobación (por ej. el art.


1579 del CCC) y

d) Informativos (o ad luciditatem); es decir, aquellos en los que debe cumplirse con los recaudos que
imponen los arts. 985 para los contratos celebrados por adhesión a condiciones generales; 1100, 1107 y 1111
del CCC, para los contratos de consumo; y la ley de Defensa del Consumidor (arts. 4º y 7º de la ley 24.240 —
texto según ley 26.361—) respecto de toda contratación alcanzada por ella.

Brevemente, los primeros son aquellos en los cuales la inobservancia de la forma legal establecida no sólo
provoca la nulidad del acto como tal, sino que también lo priva de cualquier otro efecto. Si no existe el
elemento propio esencial forma, se entiende que el consentimiento no ha sido prestado, siendo, a su vez,
incoercible. Si ella está establecida y no se cumple, aquél no nace, porque la solemnidad integra su sustancia;
sin la forma no hay acto (forma data esse rei).
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Así, se ha dicho que en estos contratos, la formalidad tiende a proteger a las partes, llamando la atención
sobre la importancia del acto que realizan, al tiempo que subsidiariamente protege la seguridad de terceros
(MESSINEO).

Dicha formalidad, cabe aclarar, puede encontrarse establecida legal o convencionalmente; esto último,
aunque la ley no lo establezca expresamente, acontece cuando la forma es voluntariamente solemnizada por
las partes. Es que, de esta manera, se respetan los principios de autonomía de la voluntad (art. 958 CCC) y
de libertad de formas (art. 1015 CCC). Finalmente, el art. 284 CCC in fine sí contempla que las partes puedan
convenir una forma más exigente que la impuesta por la ley.

En resumidas cuentas, convenida una forma ad solemnitatem, el contrato no quedará concluido como tal,
ni prestado el consentimiento, hasta que las partes cumplan con la forma que convinieron imponerse.

Se admite, por otra parte, la existencia de los denominados contratos formales relativos. Si bien en este
caso, al igual que en el supuesto anterior, la forma no hace a la validez del contrato, sí hace a la producción
de sus efectos (a diferencia de los primeros); prueba de lo apuntado es que resulta coaccionable por la vía
judicial la escrituración en caso de que una de las partes se negase a otorgarla. En efecto, la omisión de
cumplimiento de la forma exigida opera únicamente sobre la producción de los efectos, pero no incide sobre la
validez del contrato.

En esa dirección, cabe recordar en cuanto al art. 1017 CCC, que exige la forma de escritura pública, que se
entiende que los contratos que dicha disposición enumera no son nulos por incumplimiento de la forma que
legal, sino que, si debiendo ser hechos en escritura pública, fuesen hechos por instrumento particular en que
las partes se obligasen a reducirlo a escritura pública, no quedan concluidos como tales, mientras las escritura
pública no se halle firmada; pero quedarán concluidos como contratos en que las partes se han obligado a
hacer escritura pública (art. 1018 CCC). Es decir que las partes, e incluso un tercero, en función de esa
obligación de hacer que pesa sobre ambas, pueden exigir el cumplimiento de la forma, produciéndose
entonces la conversión del acto que no ha llegado a producir sus efectos propios por ausencia de la
formalidad prevista.

Es que, la escritura pública como forma no representa el consentimiento de las partes. El otorgamiento o
cumplimiento de la formalidad requerida constituye, en realidad, una obligación más a su cargo y no
precisamente personalísima puesto que, ante la negativa de una de ellas puede obtenerse judicialmente,
incluso mediante la intervención de un tercero (arts. 1018 CCC y 512 del Código Procesal Civil y Comercial de
la Nación). Concluimos pues que esta categoría —ubicada en un punto intermedio entre la división clásica
(contratos formales ad solemnitatem y ad probationem), con autonomía y previsión legislativa propias (arts.
969 y 1018 CCC)—, no afecta la validez de los contratos aún ante la ausencia de la forma requerida; y, al
mismo tiempo, el efecto particular "como contratos en los que las partes se obligaron a cumplir con la
expresada formalidad", derivándose de ello la posibilidad de solicitar judicialmente la ejecución de esa
obligación de hacer.

Los contratos formales probatorios o ad probationem son aquellos en que la forma es simplemente un
requisito de prueba. La validez del contrato no está en juego, sino sólo su acreditación.

Es decir que, si no se observa la forma prevista, el acto no será nulo. El cumplimiento del recaudo exigido
por la ley sólo está previsto a los fines de acreditar la existencia del acto.

Por último, sostenemos la existencia de la forma informativa (ad luciditatem) que se caracteriza en el deber
de información que debe darse en una contratación de consumo.

En efecto, en el ámbito del derecho del consumo, existe la denominada forma ad luciditatem o informativa,
cuyo fin es garantizar al contratante más débil que llegará a sus manos la información suficiente sobre una
serie de extremos del contrato que celebra (DÍAZ ALABART). Dichos extremos, que se concretan
imperativamente en la regulación de cada contrato particular, tienen una recepción general, en nuestro
ordenamiento, en el art. 10 de la ley de Defensa del Consumidor.

Es que, esa información permite al consumidor, entre otras cosas, contrastar las condiciones de su contrato
con las que le ofrecen en el mercado otros comerciantes para similares productos o servicios; otorgar un
consentimiento lúcido, al saber con exactitud a qué se obliga y cuál es la contrapartida que obtiene;
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reequilibrar su posición contractual por medio del conocimiento de las disposiciones legales destinadas a
protegerlo, etc.

2.5. Nominados e innominados

El art. 970 CCC incorpora otra clasificación, cuyo origen se remonta al Derecho Romano: contratos
nominados e innominados, que en la moderna terminología, no seguida expresamente por el CCC, se
denominan típicos y atípicos. De acuerdo a dicha disposición, los contratos son nominados o innominados,
según que la ley los regule especialmente o no.

Un contrato innominado es tal porque no encaja en ninguno de los tipos contractuales contemplados por la
ley (ej.: locación, permuta, compraventa) y no porque no disponga de denominación.

De este modo, un contrato es típico cuando tiene una regulación expresa, completa y unitaria en la ley.
Expresa, por cuanto no sólo será típico cuando tenga una regulación propia, directa, sino también cuando la
tenga por remisión (ej.: en cuanto a la cesión gratuita, el CCC remite a la regulación del contrato de donación);
completa, dado que no basta que uno o alguno de los elementos de un contrato encajen en uno o en más de
una figura típica para considerarlo tal, sino que para ello la regulación del primero debe ser autosuficiente, sin
tomar elementos de varios contratos; unitaria, puesto que todos los elementos de un contrato típico deberán
estar comprendidos por una sola figura.

Frente a un contrato que suponemos atípico, será necesario desentrañar su esencia, sus elementos y, muy
especialmente, su finalidad (en su faz objetiva, es decir, aquélla que se repite en todos los contratos de la
misma naturaleza).

Asimismo, resulta de particular relevancia determinar, ante la falta de regulación que lo caracteriza, qué
normas le son aplicables; en esa dirección, el art. 970 CCC, segunda parte, establece que los contratos
innominados están regidos, en el siguiente orden por: a) la voluntad de las partes; b) las normas generales
sobre contratos y obligaciones; c) los usos y prácticas del lugar de celebración; d) las disposiciones
correspondientes a los contratos nominados afines que son compatibles y adecuan a su finalidad.

En definitiva, el tema en los contratos atípicos será un problema de desentrañar la voluntad presunta de las
partes en aquello que no previeron expresamente, por lo que en definitiva será nada más ni nada menos que
una cuestión de interpretación contractual.

CAPÍTULO IV - FORMACIÓN DEL CONSENTIMIENTO. CON LA COLABORACIÓN DE GERALDINE DRESDNER

1. CONSENTIMIENTO, OFERTA Y ACEPTACIÓN

1.1. El consentimiento

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