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Inhibición, Síntoma y Angustia

El documento aborda la obra de Freud 'Inhibición, síntoma y angustia', destacando su enfoque en la angustia como tema central y su evolución conceptual a lo largo del tiempo. Freud inicialmente relacionó la angustia con la libido trasmudada, pero posteriormente la definió como una reacción a situaciones de peligro y trauma. Se discuten las complejidades de la angustia, incluyendo su relación con la represión y los diferentes tipos de situaciones que pueden desencadenarla.

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Inhibición, Síntoma y Angustia

El documento aborda la obra de Freud 'Inhibición, síntoma y angustia', destacando su enfoque en la angustia como tema central y su evolución conceptual a lo largo del tiempo. Freud inicialmente relacionó la angustia con la libido trasmudada, pero posteriormente la definió como una reacción a situaciones de peligro y trauma. Se discuten las complejidades de la angustia, incluyendo su relación con la represión y los diferentes tipos de situaciones que pueden desencadenarla.

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Inhibición, síntoma y angustia

(1926 [1925])


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Introducción indicios de que Freud tuvo inusuales dificultades para con-
ferir a la obra un carácter unitario. Esto se aprecia, por
ejemplo, en el repetido examen de la misma cuestión en
diversos puntos del trabajo, con una terminología muy
semejante; en la necesidad que sintió Freud de reunir en la
«Addenda» cierto número de materias separadas; e incluso
Hemmung, Symptom und Angst en el propio título del libro. Pero aun cuando en este se
tratan importantes problemas colaterales, como las diferen-
tes clases de resistencia, el distingo entre represión y defen-
Ediciones en alemán sa, y las relaciones entre la angustia, el dolor y el duelo, lo
cierto es que su tema principal es la angustia. Si se echa una
1926 Leipzig, Viena y Zurich: Internationaler Psycho- mirada a la lista de escritos que damos en el «Apéndice B»
analvtischer Verlag, 136 págs. (pág. 164), se advertirá hasta qué punto esta cuestión es-
1928 G 5 , ' l l , págs. 23-115. tuvo continuamente presente en Freud desde el comienzo
1931 Netirosenlehre und Technik, págs. 205-99. hasta el fin de sus estudios psicológicos. Aunque en algunos
1948 GW, 14, págs. 113-205. aspectos del problema sus opiniones sufrieron pocas varian-
1972 SA, 6, págs. 227-308. tes, en otros (como nos dice en estas páginas) las modificó
considerablemente. Tal vez sea interesante esbozar, siquiera,
la historia de estos cambios en lo referente a las dos o tres


Traducciones en castellano" cuestiones principales.
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1934 Inhibición, síntoma y angustia. BN (17 vols.), 11,
págs. 5-111. Traducción de Luis López-Ballesteros.
1943 Igual título. EA, 11, págs, 7-103. El mismo traduc- A. La angustia como libido trasmudada
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tor.
1948 Igual título. BN (2 vols.), 1, págs. 1235-75. El mis- Freud abordó por primera vez el problema de la angustia
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mo traductor. en el curso de sus investigaciones sobre las neurosis «actua-
1953 Igual título. SR, 11, págs. 9-82. El mismo traductor. les»; sus más tempranos exámenes de este asunto se hallan
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1967 Igual título. BN (3 vols.), 2, págs. 31-71. El mis- en su primer trabajo sobre la neurosis de angustia (1895¿)
mo traductor. y en la comunicación que le envió a Fliess poco tiempo
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1974 Igual título. BN (9 vols.), 8, págs. 2833-83. El mis- antes, probablemente en junio de 1894 (Freud, 1950a, Ma-
mo traductor. nuscrito E ) , AE, 1, págs. 228 y sigs. En ese momento se
hallaba influido en gran medida por sus estudios neuro-
lógicos y profundizaba su intento de expresar los datos
Un fragmento del capítulo I del manuscrito original apa- psicológicos en términos de la fisiología. En particular, si-
reció en el periódico vienes Neue Freie Presse el 21 de fe- guiendo a Fechner, había adoptado como postulado funda-
brero de 1926. mental el «principio de constancia», según el cual era inhe-
rente al sistema nervioso la tendencia a reducir, o al menos
a mantener constante, el monto de excitación presente en
Sabemos por Ernest Jones (1957) que este libro fue
él. Por consiguiente, cuando hizo el hallazgo clínico de que
escrito en julio de 1925, revisado en diciembre de ese año
en los casos de neurosis de angustia era siempre posible
y publicado en la tercera semana de febrero de 1926.
comprobar cierta interferencia de la descarga de la tensión
Los temas aquí tratados abarcan un vasto ámbito, y hay
sexual, estableció, como es natural, la conclusión de que la
* {Cf. la «Advertencia sobre la edición en castellano», supra, pág. excitación acumulada buscaba la vía de salida trasformán-
xi y n. 6.} dose en angustia. Según consideraba Freud, se trataba de

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un proceso puramente físico, sin ninguna determinación ble que en el caso de la neurosis de angustia «sea el exceso de
psíquica. libido no aplicada el que encuentre su descarga en el desarro-
La angustia sobrevenida en las fobias o en las neurosis llo de angustia» (infra, pág. 133). Este último remanente de
obsesivas plantearon desde el comienzo una complicación, la antigua teoría sería abandonado pocos años más tarde. Al
pues aquí era imposible descartar la presencia de fenómenos examinar el problema de la angustia en la 32? de sus Nuevas
psíquicos; pero en lo tocante al surgimiento de la angustia, conferencias de introducción al psicoanálisis {1933a), escri-
la explicación siguió siendo la misma. En estos casos (las bió que también en la neurosis de angustia el desarrollo de
psiconeurosis), la razón de que se acumulase excitación no angustia era una reacción ante una situación traumática:
descargada era de índole psíquica: la represión; no obstante, «Ya no afirmaremos que sea la libido misma la que se muda
en todo lo demás ocurría como en las neurosis «actuales»: entonces en angustia» {AE, 22, pág. 87).
la excitación acumulada (o libido) se trasmudaba directa-
mente en angustia.
Algunas citas mostrarán cuan fiel se mantuvo Freud a
este punto de vista. En el citado «Manuscrito E» (circa B. Angustia realista y angustia neurótica
1894) escribió; «La angustia ha surgido por mudanza desde
la tensión sexual acumulada» {AE, 1, pág. 231). En La in- Pese a su teoría de que la angustia neurótica era libido
terpretación de los sueños (1900^): «La angustia es un im- trasmudada, Freud insistió desde el comienzo en la íntima
pulso libidinoso que parte de lo inconciente y es inhibido por relación existente entre la angustia debida a peligros exter-
lo preconciente» (AE, 4, pág. 342). En su trabajo sobre la nos y la provocada por amenazas pulsionales. En su primer


Gradiva de Jensen ( 1 9 0 7 Í J ) : «La angustia de los sueños de trabajo sobre la neurosis de angustia (1895¿) leemos: «La
angustia, como en general toda angustia neurótica, [. • . ] psique cae en el afecto de la angustia cuando se siente inca-
proviene de la libido en virtud del proceso de la represión»
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paz para tramitar, mediante la reacción correspondiente, una
{AE, 9, pág. 51). En su escrito metapsicológico sobre «La tarea (un peligro) que se avecina desde afuera; cae en la
represión» (I3\5d): «Después de la represión, [ . . . ] la neurosis de angustia cuando se nota incapaz para reequili-
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parte cuantitativa [de la moción pulsional, o sea, su energía] brar la excitación (sexual) endógenamente generada. Se
no ha desaparecido, sino que se ha traspuesto en angustia» comporta entonces como si ella proyectara la excitación ha-
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(AE, 14, pág. 150). Finalmente, en 1920 agregó todavía, cia afuera. El afecto, y la neurosis a él correspondiente, se
en una nota al pie de la cuarta edición de los Tres ensayos sitúan en un estrecho vínculo recíproco; el primero es la
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de teoría sexual (I905d): «El hecho de que la angustia reacción ante una excitación exógena, y la segunda, ante
neurótica nace de la libido, es un producto de la trasmu- una excitación endógena análoga» {AE, 3, pág. 112).
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dación de esta y mantiene con ella la relación del vinagre Esta posición, sobre todo en lo referente a las fobias, fue
con el vino es uno de los resultados más significativos de elaborada luego en muchos escritos de Freud; por ejemplo,
la investigación psicoanalítica» (AE, 7, pág. 205). en «La represión» (1915¿/) y «Lo inconciente» (1915e),
Sin embargo, es interesante notar que ya en una época AE, 14, págs. 149-51 y 179-80, respectivamente, así como en
temprana parece haberlo asaltado la duda respecto de esta la 25? de la« Conferencias de introducción al psicoanálisis
cuestión. En una carta a Fliess del 14 de noviembre de 1897 (1916-17). Pero, si se seguía pensando que en las neurosis
(Freud, 1950^2, Carta 75) comenta, sin relación aparente «actuales» la angustia derivaba directamente de la libido, era
con el resto de lo que venía diciendo: «De acuerdo con ello, difícil sostener que en ambos casos se trataba de una misma
he resuelto considerar en lo sucesivo como factores separa- clase de angustia. Con el abandono de este punto de vista
dos lo que produce libido y lo que produce angustia» (AE, y la nueva distinción entre angustia automática y angustia-
1, pág. 313). En ningún lugar hay otra evidencia de esta señal se aclaró todo, y ya no hubo motivo para ver una dife-
retractación aislada. En la obra que aquí prologamos, Freud rencia de género entre la angustia neurótica y la realista.
dejó de lado la teoría que había sostenido durante tanto
tiempo: ya no concibe a la angustia como libido trasmudada,
sino como una reacción frente a situaciones de peligro regida
por un modelo particular. Pero aun afirma como muy posi-

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C. La situación traumática y las situaciones cología» de 1895 (1950a), Freud enumera, entre las nece-
de peligro sidades principales que originan estímulos endógenos pron-
tos a la descarga, el hambre, la respiración y la sexualidad
Una de las dificultades adicionales de la presente obra es (AE, 1, pág. 341), y en un pasaje posterior indica que esa
que el distingo entre la angustia como reacción directa y descarga «exige una alteración en el mundo exterior (pro-
automática frente a un trauma, y la angustia como señal visión de alimento, acercamiento del objeto sexual)», alte-
de peligro que anuncia la inminencia de ese trauma, aunque ración que «el organismo humano es al comienzo incapaz de
mencionado al pasar en diversos puntos, sólo se reafirma en llevar a cabo» (ibid., pág. 362). Para lograrlo se precisa un
el último capítulo. (Quizá sean de más fácil comprensión «auxilio ajeno», que el niño convoca con sus gritos. Y aquí
las formulaciones, más breves, contenidas en la 32? de las Freud menciona «el inicial desvalimiento del ser humano».
Nuevas conferencias.'^ En la parte III del «Proyecto de psicología» hay una re-
ferencia similar a la necesidad que tiene el niño de llamar
El factor determinante de la angustia automática es una la atención «del individuo auxiliador (por lo común, el
situación traumática, y esta es, esencialmente, una vivencia objeto-deseo mismo) sobre [su] estado anhelante y me-
de desvalimiento del yo frente a una acumulación de exci- nesteroso» (ibid., pág. 414).
tación, sea de origen externo o interno, que aquel no puede Todos estos fragmentos parecen constituir un preanuncio
tramitar {infra, págs. 130 y 156). La «angustia-señal» es la de la descripción del estado de desvalimiento, en el cual
respuesta del yo a la amenaza de una situación traumática, el niño echa de menos a su madre, en la presente obra
amenaza que constituye una situación de peligro. Aunque (infra, págs. 129-31). Ya lo había formulado claramente en


los peligros internos cambian en las distintas etapas de la la nota al pie de los Tres ensayos (1905ii) a que hicimos
vida (pág. 138), tienen coaio carácter común el implicar referencia antes (AE, 7, págs. 204-5), donde dice que el
la separación o pérdida de un objeto amado, o la pérdida miedo del niño a la oscuridad obedece a que echa de me-
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de su amor (pág. 142); esta separación o pérdida puede, nos a una persona querida.
por diversas vías, conducir a una acumulación de deseos Pero esto nos lleva al problema de los diversos peligros
insatisfechos y, por ende, a una situación de desvalimiento.
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específicos capaces de precipitar una situación traumática en
Freud nunca había reunido antes todos estos factores, pero distintas épocas de la vida. Sucintamente, son ellos: el naci-
cada uno de ellos tiene una larga historia.
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miento, la pérdida de la madre como objeto, la pérdida del
La situación traumática en sí es, a todas luces, descen- pene, la pérdida del amor del objeto, la pérdida del amor
diente directa del estado de tensión acumulada y no descar- del superyó. Sobre el nacimiento trataremos en la sección E;
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gada del que hablaba Freud en sus primeros escritos sobre acabamos de mencionar algunas referencias tempranas a la
la angustia. Algunas de las descripciones que aquí se hacen
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importancia de la separación de la madre. La amenaza de
de ese estado podrían ser citas textuales de pasajes de 1894 castración, con sus devastadores efectos, es sin duda el más
o 1895. Verbigracia, leemos infra, pág. 157: «Sea que el yo conocido de todos estos peligros; pero vale la pena recordar
vivencie en un caso un dolor que no cesa, en otro una estasis que en una nota al pie agregada en 1923 al historial clíni-
de necesidad que no puede hallar satisfacción. . .». Compá- co del pequeño Hans (1909¿), Freud desaprueba que se
rese esto con el siguiente fragmento del «Manuscrito E» aplique el rótulo de «complejo de castración» a las otras
(1950a): « . . . u n a acumulación de tensión sexual física clases de separación que el niño debe sufrir inevitablemente
[ . . . ] consecuencia de una descarga estorbada» (,AE, 1, (AE, 10, págs. 9-10). Tal vez deba verse en ese pasaje una
pág. 230). Cierto es que en este temprano período las exci- primera alusión al concepto de la angustia causada por la
taciones acumuladas eran casi siempre consideradas libidi- separación, que aquí cobra prominencia. El hincapié en el
nosas, pero no siempre. En otra oración del «Manuscrito E» peligro de perder el amor del objeto amado es relacionado
se señala que la angustia puede ser «una sensación produ- expresamente en esta obra (infra, pág. 135) con las carac-
cida por la acumulación de un estímulo endógeno diverso, terísticas de la sexualidad femenina, de la que Freud había
el estímulo de respirar [ . . . ] , que es entonces susceptible comenzado a ocuparse muy poco tiempo atrás.-' Por último,
de aplicación para una tensión física acumulada en gene-
ral» (ibid., pág. 234). Asimismo, en el «Proyecto de psi- 1 En sus trabajos «El sepultamiento del complejo de Edipo»
(1924¿) y «Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica

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el peligro de perder el amor del superyó nos remite a las E. Angustia y nacimiento
controversias con respecto al sentimiento de culpa, tal co-
mo había sido reformulado también poco antes en El yo y Queda en pie esta cuestión: ¿Qué determina la forma en
el ello {1923b). que se exterioriza la angustia? También esto fue examinado
por Freud en sus primeros escritos. Al principio, en armo-
nía con su concepción de la angustia como libido trasmu-
dada, consideró que sus síntomas más notorios —la falta de
D . La angustia-señal aliento y las palpitaciones— eran elementos propios del acto
del coito, que, a falta de una vía de descarga normal para
En lo que atañe al displacer en general, era esta una la excitación, aparecían aislados y exagerados. Esta descrip-
noción de antigua data en Freud. En el «Proyecto de psico- ción figura en el citado «Manuscrito E», que probablemente
logía» de 1895 (Freud, 1950ÍZ) se describe así el mecanismo data de junio de 1894, así como en su primer trabajo sobre
mediante el cual el yo restringe el desarrollo de vivencias la neurosis de angustia (1895¿), AE, 3, pág. 111; y se la
penosas: «Por ese medio se habría limitado cuantitativa- repite en el historial clínico de «Dora» (1905e [1901]),
mente el desprendimiento de displacer; su comienzo, en donde leemos: «Hace ya años he puntualizado que la disnea
efecto, sería para el yo la señal de emprender una defensa y las palpitaciones de la histeria y de la neurosis de angustia
normal» {AE, 1, pág. 405). Y en La interpretación de son sólo unos fragmentos desprendidos de la acción del
los sueños (1900a) se sostiene que «el pensar tiene que coito» {AE, 7, pág. 70). No resulta claro cómo se compa-
decía todo esto con las concepciones de Freud sobre la ex-


tender [. . . ] a restringir el desarrollo del afecto por el tra-
bajo de pensamiento a un mínimo que aún sea utilizable presión de las emociones en general, que por cierto parecen
como señal» {AE, 5, pág. 592). Y en «Lo inconciente» derivar en última instancia de Darwin. En los Estudios sobre
la histeria (1895i¿), Freud citó en dos oportunidades el libro
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{I9l5e), esta misma idea es aplicada ya a la angustia; refi-
riéndose a la aparición en las fobias de «representaciones que aquel dedicó al problema (Darwin, 1872), apuntando
sustitutivas» y al entorno a ellas asociado, que recibe una en la segunda de ellas que, conforme a las enseñanzas del
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intensa investidura, Freud escribe: «Una excitación en cual- naturalista inglés, la expresión de las emociones «consiste
quier lugar de este parapeto dará, a consecuencia del enlace en operaciones originariamente provistas de sentido y acor-
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con la representación sustitutiva, el envión para un pequeño des a un fin» {AE, 2, pág. 193). Jones (1955, pág. 494)
desarrollo de angustia que ahora es aprovechado como señal informa que en un debate de la Sociedad Psicoanalítica de
Viena, llevado a cabo en 1909, Freud había dicho que «todo
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a fin de inhibir el ulterior avance de este último. . .» [AE,
14, pág. 180). De igual manera, en la 25^ de las Conferen- afecto [. . . ] es sólo una reminiscencia de un suceso». Mu-
cho después, en la 25^ de sus Conferencias de introducción
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cias de introducción (1916-17) se nos dice en uno o dos
lugares que el estado de «apronte angustiado» brinda una (1916-17), retomó este punto manifestando su creencia de
«señal» para impedir el estallido de una grave angustia. De que el «núcleo» de un afecto «es la repetición de determi-
ahí no había más que un paso hasta la esclarecedora expo- nada vivencia significativa» {AE, 16, pág. 360). Recordó
sición de las páginas que aquí siguen. Puede observarse que allí, asimismo, la explicación que antes había dado de los
también en la presente obra el concepto se introduce primero ataques histéricos como revivencias de sucesos infantiles
como señal de «displacer» {infra, pág. 88) y sólo luego co- (1909a; AE, 9, pág. 210), y añadió como conclusión que
mo señal de «angustia». «el ataque histérico es comparable a un afecto individual
neoformado, y el afecto normal, a la expresión de una histe-
ria general que se ha hecho hereditaria». Esta teoría es repe-
tida en términos casi iguales en la presente obra {infra,
entre los sexos» (1925/), Freud había comenzado a destacar la dife- págs. 89 y 126).
rencia en el desarrollo sexual de los varones y las niñas, insistiendo Sea cual fuere el papel cumplido por esta teoría de los
a la vez en e! hecho de que para ambos sexos la madre es el primer
objeto de amor. En mi «Nota introductoria» al segundo de los trabajos afectos en la anterior explicación de Freud sobre la forma
mencionados trazo la historia de este cambio en sus puntos de vista. de la angustia, fue esencial en su nueva explicación, que
(Cf. AE, 19, págs. 261 y sigs.) salió a la luz, en apariencia sin antecedentes, en una nota

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al pie agregada en la segunda edición de La interpretación hecho por algunos años, hasta reaparecer repentinamente
de los sueños (1900ÍZ).^ Al término de un examen de las en El yo y el ello (1923¿), donde se dice que el nacimiento
fantasías sobre la vida en el vientre materno, dice (desta- es «el primer gran estado de angustia» {AE, 19, pág. 59).
cando la frase con bastardillas): «El acto del nacimiento es, Con esto llegamos a la época en que Rank publicó Das Trau-
por lo demás, la primera vivencia de angustia y, en conse- ma der Geburt {El trauma del nacimiento}. El nexo crono-
cuencia, la fuente y el modelo del afecto de angustia» [AE, lógico entre esa afirmación de Freud y la obra de Rank no
5, pág. 403). Esa edición se publicó en 1909, pero el pró- está del todo claro. El yo y el ello vio la luz en abril de
logo está fechado en el «verano de 1908». Una posible 1923; la portada del libro de Rank lleva como fecha «1924»,
pista sobre la súbita aparición en ese momento de esta idea pero en su última página se lee: «escrito en abril de 1923»,,
revolucionaria la da el prólogo que muy poco tiempo atrás y en la dedicatoria se declara que le fue «obsequiado» a
(está fechado en «marzo de 1908») escribiera para el libro Freud el 6 de mayo de 1923 (día de su cumpleaños). Si
de Stekel sobre los estados de angustia (Freud, 1908/). bien Jones (1957, pág. 60) sostiene expresamente que
Cierto es que en ese prólogo no hay el mínimo indicio de Freud no lo leyó antes de su publicación en diciembre de ese
la nueva teoría, y que en su obra Stekel parece aceptar año, ya en setiembre de 1922 este se hallaba al tanto de
explícitamente la teoría anterior sobre el vínculo entre an- las ideas generales de Rank (ibid., pág. 61), y sin duda eso
gustia y coito; pero es indudable que Freud había vuelto basta para justificar la referencia al nacimiento en FJ yo \
a dirigir su interés hacia el problema, y fue tal ve2 entonces el ello.^
cuando revivió en él un antiguo recuerdo de un suceso que En su obra, Rank iba mucho más allá de la mera adopción
narró más tarde, al examinar la angustia en las Conferencias de las elucidaciones de Freud sobre la forma de la angustia.


de introducción (1916-17). Me refiero a la historia que, Argumentaba que todos los posteriores ataques de angustia
como anécdota cómica, contara en una reunión de médicos son intentos de «descargar por abreacción» el trauma del
uno de los jóvenes asistentes: una partera, al preguntársele nacimiento. Con similares argumentos explicaba todas las
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en el examen qué significaba la aparición de meconio en el neurosis —destronando así, dicho sea de paso, el complejo
agua del nacimiento, respondió: «Que el niño está angus- de Edipo—, y proponía una nueva técnica terapéutica ba-
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tiado». «Se rieron de ella y la reprobaron», continúa Freud, sada en la superación de ese trauma. Los comentarios publi-
«pero yo [. . . ] empecé a sospechar que esa pobre mujer cados de Freud sobre el libro de Rank fueron aparentemente
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del pueblo había puesto certeramente en descubierto un favorables en un comienzo;"* pero en Inhibición, síntoma y
nexo importante» {AE, 16, págs. 361-2), Este recuerdo de- angustia se puso de manifiesto un cambio radical y defini-
bía remontarse a 1884, pero al parecer Freud no lo mencio- tivo en esas opiniones. El rechazo de las concepciones de
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nó nunca hasta esa conferencia de 1917; es posible que su Rank estimuló a Freud para reconsiderar las suyas propias,
lectura del libro de Stekel lo reavivara, dando lugar al surgi- y la presente obra es el resultado de ello.
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miento en 1908 de la nueva teoría, que en adelante ya no
sería abandonada por él. Le confirió un sitio de especial James Strachey
prominencia en «Sobre un tipo particular de elección de
objeto en el hombre» (1910/?), AE, 11, pág. 166, trabajo
cuyo contenido esencial ya había sido expuesto ante la
Sociedad Psicoanalítica de Viena en mayo de 1909; y las
actas de la Sociedad correspondientes a noviembre de ese
año, citadas por Jones (1955, pág. 494), nos lo presentan 3 Señalemos de paso que en esa misma oración de El yo y el ello
señalando que el niño tiene su primera vivencia de angustia hay un anticipo de la importancia que aquí se atribuye (págs. 129-31)
a la angustia provocada por la separación de la madre, y que ya había
en el propio acto de su nacimiento. sido destacada en la 25- de las Conferencias de introducción (1916-17),
Tras esa conferencia de 1917, el problema quedó en bar- AE, 16, pág. 371.
* Véanse, por ejemplo, las notas agregadas al análisis del pequeño
2 Aparentemente, la Sociedad Psicoanah'tica de Viena tuvo conoci- Hans en 1923 (AE, 10, pág. 95) y a los Tres ensayos más o menos
miento de esta hipótesis de Freud unos dos años antes de que él la poi la misma fecha (AE, 7, págs. 206-7). En Jones (1957, págs. 61 y
diera a publicidad. Véase una nota al pie agregada por mí a las Confe- sigs.) se informa ampliamente sobre esta fluctuación en la actitud de
rencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), 4E, 16, pág. 362. Freud.

81 82
punto de él. Las estaciones principales de la inhibición son,
en el varón: el extrañamiento de la libido en el inicio del
proceso (displacer psíquico), la falta de la preparación física
(ausencia de erección), la abreviación del acto {ejaculatio
praecox) —que igualmente puede describirse como síntoma
positivo—, la detención del acto antes del desenlace natural
(falta de eyaculación), la no consumación del efecto psí-
quico (ausencia de sensación de placer del orgasmo). Otras
perturbaciones resultan del enlace de la función a condicio-
En la descripción de fenómenos patológicos, nuestra ter- nes particulares de naturaleza perversa o fetichista.
minología nos permite diferenciar entre síntomas e inhibi- No puede escapársenos por mucho tiempo la existencia
ciones, pero no atribuye gran valor a ese distingo. Si no se de un nexo entre la inhibición y la angustia. Muchas inhibi-
nos presentaran casos de enfermedad acerca de los cuales ciones son, evidentemente, una renuncia a cierta función
es preciso decir que muestran sólo inhibiciones y ningún porque a raíz de su ejercicio se desarrollaría angustia. En la
síntoma, y si no quisiéramos averiguar la condición a que mujer es frecuente una angustia directa frente a la función
esto responde, difícilmente habría despertado en nosotros el sexual; la incluimos en la histeria, lo mismo que al síntoma
interés por deslindar entre sí los conceptos de inhibición y defensivo del asco, que originariamente se instala como una
de síntoma. reacción, sobrevenida con posterioridad {nachtraglkh}, fren-
No han crecido los dos en el mismo suelo. «Inhibición» te al acto sexual vivenciado de manera pasiva, y luego emerge


tiene un nexo particular con la función y no necesariamente a raíz de la representación de este. También un número
designa algo patológico: se puede dar ese nombre a una considerable de acciones obsesivas resultan ser precauciones
limitación normal de una función. En cambio, «síntoma» y aseguramientos contra un vivenciar sexual, y por tanto son
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eciuivale a indicio de un proceso patológico. Entonces, tam- de naturaleza fóbica.
bién una inhibición puede ser un síntoma. La terminología Con esto no avanzamos mucho en materia de compren-
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procede, pues, del siguiente modo: habla de inhibición donde sión; anotamos, solamente, que se emplean muy diversos
está presente una simple rebaja de la función, y de síntoma, procedimientos para perturbar la función: 1) el mero extra-
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donde se trata de una desacostumbrada variación de ella ñamiento de la libido, que parece producir a lo sumo lo
o de una nueva operación. En muchos casos parece librado que llamamos una inhibición pura; 2) el menoscabo en la
al albedrío que se prefiera destacar el aspecto positivo o el ejecución de la función; 3) su obstaculización mediante con-
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negativo del proceso patológico, designar su resultado como diciones particulares, y su modificación por desvío hacia otras
síntoma o como inhibición. Nada de esto es muy interesante,
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metas; 4) su prevención por medidas de aseguramiento; 5)
en verdad, y nuestro planteo inicial del problema demuestra su interrupción mediante un desarrollo de angustia toda vez
ser poco fecundo. que no se pudo impedir su planteo, y por último, 6) una
Dado que la inhibición se liga conceptualmente de manera reacción con posterioridad que protesta contra ella y quiere
tan estrecha a la función, uno puede dar en la idea de indagar deshacer {rückgdngig machen} lo acontecido cuando la fun-
las diferentes funciones del yo a fin de averiguar las formas ción se ejecutó a pesar de todo.
en que se exterioriza su perturbación a raíz de cada una
de las afecciones neuróticas. Para ese estudio comparativo b. La perturbación más frecuente de la función nutricia
escogemos: la función sexual, la alimentación, la locomoción es el displacer frente al alimento por quite de la libido.
j el trabajo profesional. Tampoco es raro un incremento del placer de comer; se ha
investigado poco una compulsión a comer que tuviera por
a. La función sexual sufre muy diversas perturbaciones, motivo la angustia de morirse de hambre. Como defensa
la mayoría de las cuales presentan el carácter de inhibiciones histérica frente al acto de comer conocemos el síntoma del
simples. Son resumidas como impotencia psíquica. El logro vómito. El rehusamiento de la comida a consecuencia de
de la operación sexual normal presupone un decurso muy angustia es propio de algunos estados psicóticos (delirio
complicado, y la perturbación puede intervenir en cualquier de envenenamiento).

83 84
c. La locomoción es inhibida en muchos estados neuróti- ejecutase la acción sexual prohibida. El yo renuncia a estas
cos por un displacer y una flojera en la marcha; la traba funciones que le competen a fin de no verse precisado a
histérica se sirve de la paralización del aparato del movi- emprender una nueva represión, a fin de evitar un conflicto
miento o le produce una cancelación especializada de esa con el ello.
sola función (abasia). Particularmente característicos son Otras inhibiciones se producen manifiestamente al servi-
los obstáculos puestos a la locomoción interpolando deter- d o de la autopunición; no es raro que así suceda en las acti-
minadas condiciones, cuyo incumplimiento provoca angus- vidades profesionales. El yo no tiene permitido hacer esas
tia (fobia). cosas porque le proporcionarían provecho y éxito, que el
severo superyó le ha denegado. Entonces el yo renuncia a
d. La inhibición del trabajo, que tan a menudo se vuelve esas operaciones a fin de no entrar en conflicto con el
motivo de tratamiento en calidad de síntoma aislado, nos superyó.
muestra un placer disminuido, torpeza en la ejecución, o Las inhibiciones más generales del yo obedecen a otro
manifestaciones reactivas como fatiga (vértigos, vómitos) mecanismo, simple. Si el yo es requerido por una tarea psí-
cuando se es compelido a proseguir el trabajo. La histeria quica particularmente gravosa, verbigracia un duelo, una
fuerza la interrupción de] trabajo produciendo parálisis de enorme sofocación de afectos o la necesidad de sofrenar
órgano y funcionales, cuya presencia es inconciliable con la fantasías sexuales que afloran de continuo, se empobrece
ejecución de aquel. La neurosis obsesiva lo perturba me- tanto en su energía disponible que se ve obligado a limitar
diante una distracción continua y la pérdida de tiempo que su gasto de manera simultánea en muchos sitios, como un
suponen las demoras y repeticiones interpoladas. especulador que tuviera inmovilizado su dinero en sus em-


presas. Un instructivo ejemplo de este tipo de inhibición
Podríamos extender este panorama a otras funciones, pero general intensiva, de corta duración, pude observarlo en un
sin esperanza alguna de obtener mejores resultados. No sal- enfermo obsesivo que caía en una fatiga paralizante, de uno
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dríamos de la superficie de los fenómenos. Nos decidimos, a varios días, a raíz de ocasiones que habrían debido pro-
entonces, por una concepción que ya no deja subsistir gran- vocarle, evidentemente, un estallido de ira. A partir de aquí
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des enigmas en el concepto de inhibición. Esta última expresa ha de abrírsenos un camino que nos lleve a comprender la
una limitación ¡uncional del yo, que a su vez puede tener inhibición general característica de los estados depresivos y
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muy diversas causas. Conocemos bien muchos de los meca- del más grave de ellos, la melancolía.
nismos de esta renuncia a la función, así como una tendencia Acerca de las inhibiciones, podemos decir entonces, a
general de ellos. modo de conclusión, que son limitaciones de las funciones
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En el caso de las inhibiciones especializadas, esa tendencia yoicas, sea por precaución o a consecuencia de un empobre-
cimiento de energía. Ahora es fácil discernir la diferencia
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es más fácil de discernir. Cuando se padece de inhibiciones
neuróticas para tocar el piano, escribir o aun caminar, el entre la inhibición y el síntoma. Este último ya no puede
análisis nos muestra que la razón de ello es una erotización describirse como un proceso que suceda dentro del yo o
hiperintensa de los órganos requeridos para esas funciones: que le suceda al yo.
los dedos de la mano, o los pies. Hemos obtenido esta inte-
lección, de validez universal: la función yoica de un órgano
se deteriora cuando aumenta su erogenidad, su significación
se.xual. En tal caso se comporta, si se nos permite la com-
paración un poco torpe, como una cocinera que no quisiera
trabajar más en la cocina porque el dueño de casa trabó rela-
ciones amorosas con ella. Si el acto de escribir, que consiste
en hacer fluir algo líquido de un tubo sobre un papel blanco,
ha cobrado la significación simbólica del coito, o si la marcha
se ha convertido en sustituto simbólico de pisar el vientre
de la Madre Tierra, ambas acciones, la de escribir y la de
caminar, se omitirán porque sería como si de hecho se

85 86
yo la posibilidad de exteriorizar una vastísima influencia
II sobre los procesos del ello, y debemos averiguar cuál es la
vía que le permite alcanzar este sorprendente despliegue
de poder.
Creo que el yo adquiere este influjo a consecuencia de sus
íntimos vínculos con el sistema percepción, vínculos que
constituyen su esencia y han devenido el fundamento de su
diferenciación respecto del ello. La función de este sistema,
que hemos llamado P-Cc, se conecta con el fenómeno de la
Los rasgos básicos de la formación de síntoma están estu- conciencia;* recibe excitaciones no sólo de afuera, sino de
diados desde hace mucho tiempo, y —lo esperamos— ex- adentro, y, por medio de las sensaciones de placer y displa-
presados de una manera inatacable.^ Según eso, el síntoma cer, que le llegan desde ahí, intenta guiar todos los decursos
es indicio y sustituto de una satisfacción pulsional intercep- del acontecer anímico en el sentido del principio de placer.
tada, es un resultado del proceso represivo. La represión par- Tendemos a representarnos al yo como impotente frente al
te del yo, quien, eventualmente por encargo del superyó, no ello, pero, cuando se revuelve contra un proceso pulsional
quiere acatar una investidura pulsional incitada en el ello. del ello, no le hace falta más que emitir una señal de displa-
Mediante la represión, el yo consigue coartar el devenir- cer^ para alcanzar su propósito con ayuda de la instancia
conciente de la representación que era la portadora de la casi omnipotente del principio de placer. Si por un instante
moción desagradable. El análisis demuestra a menudo cjue consideramos aislaba esta situación, podemos ilustrarla por


esta se ha conservado como formación inconciente. Hasta medio de un ejemplo lomado de otra esfera. Supongamos
ahí todo estaría claro; pero enseguida empiezan las dificul- que en un Estado cierta camarilla quisiera defenderse de una
tades no resueltas. medida cuya adopción respondiera a las inclinaciones de la
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Nuestras descripciones del proceso que sobreviene a raíz masa. Entonces esa minoría se apodera de la ptvinsa y por
de la represión han destacado hasta hoy de manera expresa medio de ella trabaja la soberana «opinión pública» hasta
el éxito en la coartación de la conciencia," pero en otros
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conseguir que se intercepte la decisión planeada.
puntos han dejado subsistir dudas. Surge esta pregunta: Y bien; aquella respuesta plantea otros problemas. ¿De
¿cuál es el destino de la moción pulsional activada en el ello,
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dónde proviene la energía empleada para producir la señal de
cuya meta es la satisfacción? Dábamos una respuesta indi- displacer? Aquí nos orienta la idea de que la defensa frente
recta, a saber: por obra del proceso represivo, el placer de a un proceso indeseado del interior acaso acontezca siguiendo
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satisfacción que sería de esperar se muda en displacer; y el patrón de la defensa frente a un estímulo exterior, y
entonces se planteaba otro problema: ¿cómo una satisfac-
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que el yo emprenda el mismo camino para preservarse tanto
ción pulsional tendría por resultado un displacer? Esperamos del peligro interior como del exterior. A raíz de un peligro
aclarar ese estado de la cuestión mediante este preciso enun- externo, el ser orgánico inicia un intento de huida: primero
ciado: A consecuencia de la represión, el decurso excitatorio quita la investidura a la percepción de lo peligroso; luego
intentado en el ello no se produce; el yo consigue inhibirlo discierne que el medio más eficaz es lealizar acciones muscu-
o desviarlo. Con esto se disipa el enigma de la «mudanza de lares tales que vuelvan imposible la percepción del peligro,
afecto» a raíz de la represión.* Pero así hemos concedido al aun no rehusándose a ella, vale decir: sustraerse del campo
' [Cf., por ejemplo, Tres ensayos de teoría sexual (1905rf), AE, 7, de acción del peligro. Pues bien; la represión equivale a un
pág. 149.] tal intento de huida. El yo quita la investidura (precon-
- [Cf. «La represión» (1915¿), AE, 14, pág. 142.] ciente) de la agencia representante de pulsión^ que es preciso
•* [Es este un problema de antigua data. Véanse, verbigracia, las reprimir {desalojar}, y la emplea para el desprendimiento
cartas a Fliess del 6 de diciembre de 1896 y del 14 de noviembre de
1897 (Freud, 1950a, Cartas 52 y 75), AE, 1, págs. 276 y 313. La
cuestión fue abordada por Freud en su historial clínico de «Dora» -t [Cf. Más allá del principio de placer (1920g), AE, 18, pág. 24.]
(!905e), AE, 7, pág. 27, donde ofrezco otras referencias en una no- ^ [Cf. mi «Introducción», supra, pág. 79.]
ta al pie. La solución a que arriba aquí ya había sido indicada por * [Se hallará un amplio examen de esta expresión en mi «Nota
él en una breve nota que agregó en 1925 a Más allá del principio de introductoria» a «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915c), AE, 14,
placer (1920g), AE, 18, pág. 11.] págs. 107 y sigs,]

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de displacer (de angustia). Puede que no sea nada simple el ricos, que en su origen son unas reproducciones traumáticas
problema del modo en que se engendra la angustia a raíz de de esa índole, conserven de manera duradera ese carácter.
la represión; empero, se tiene el derecho a retener la idea En otro escrito he puntualizado que la mayoría de las
de que el yo es el genuino almacigo de la angustia, y a re- represiones con que debemos habérnoslas en el trabajo tera-
chazar la concepción anterior, según la cual la energía de péutico son casos de «esfuerzo de dar caza» {«Nachdran-
investidura de la moción reprimida se mudaba automática- gen»}.^ Presuponen represiones primordiales {Urverdran-
mente en angustia. Al expresarme así anteriormente, pro- gungen) producidas con anterioridad, y que ejercen su influjo
porcioné una descripción fenomenológica, no una exposición de atracción sobre la situación reciente. Es aún demasiado
metapsicológica. poco lo que se sabe acerca de esos trasfondos y grados pre-
De lo dicho deriva un nuevo problema: ¿cómo es posible, vios de la represión. Se corre fácilmente el peligro de so-
desde el punto de vista económico, que un mero proceso brestimar el papel del superyó en la represión. Por ahora
de débito y descarga, como lo es el retiro de la investidura no es posible decidir si la emergencia del superyó crea,
yoica preconciente, produzca un displacer o una angustia acaso, el deslinde entre «esfuerzo primordial de desalojo»
que, de acuerdo con nuestras premisas, sólo podrían ser {«Urverdrangung»} y «esfuerzo de dar caza». Comoquiera
consecuencia de una investidura acrecentada? Respondo que que fuese, los primeros —muy intensos— estallidos de an-
esa causación no está destinada a recibir explicación econó- gustia se producen antes de la diferenciación del superyó.
mica, pues la angustia no es producida como algo nuevo a Es enteramente verosímil que factores cuantitativos como
raíz de la represión, sino que es reproducida como estado la intensidad hipertrófica de la excitación y la ruptura de la
afectivo siguiendo una imagen mnémica preexistente. Pero protección antiestímulo constituyan las ocasiones inmediatas


si ahora preguntamos por el origen de esa angustia —así de las represiones primordiales.^"
como de los afectos en general—, abandonamos el indiscu- La mención de la protección antiestímulo nos recuerda, a
tido terreno psicológico para ingresar en el campo de la fisio- modo de una consigna, que las represiones emergen en dos
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logía. Los estados afectivos están incorporados {einverleiben] diversas situaciones, a saber: cuando una percepción externa
en la vida anímica como unas sedimentaciones de antiquísi- evoca una moción pulsional desagradable, y cuando esta
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mas vivencias traumáticas y, en situaciones parecidas, des- emerge en lo interior sin mediar una provocación así. Más
piertan como unos símbolos mnémicos.' Opino que no anda- tarde volveremos sobre esa diversidad [pág. 146]. Ahora
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ría descaminado equiparándolos a los ataques histéricos, bien, protección antiestímulo la hay sólo frente a estímulos
adquiridos tardía e individualmente, y considerándolos sus externos, no frente a exigencias pulsionales internas.
arquetipos normales.* En el hombre y en las criaturas em- Mientras nos atenemos al estudio del intento de huida
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parentadas con él, el acto dfel nacimiento, en su calidad de del yo, permanecemos alejados de la formación de síntoma.
Este se engendra a partir de la moción pulsional afectada
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primera vivencia individual de angustia, parece haber pres-
tado rasgos característicos a la expresión del afecto de an- por la represión. Cuando el yo, recurriendo a la señal de
gustia. Pero no debemos sobrestimar este nexo ni olvidar, displacer, consigue su propósito de sofocar por entero la
admitiéndolo, que un símbolo de afecto para la situación moción pulsional, no nos enteramos de nada de lo aconte-
del peligro constituye una necesidad biológica y se lo habría cido. Sólo nos enseñan algo los casos que pueden caracteri-
creado en cualquier caso. Además, considero injustificado zarse como represiones fracasadas en mayor o menor medida.
suponer que en todo estallido de angustia ocurra en la vida De estos últimos obtenemos una exposición general: a
anímica algo equivalente a una reproducción de la situación pesar de la represión, la moción pulsional ha encontrado,
del nacimiento. Ni siquiera es seguro que los ataques histé- por cierto, un sustituto, pero uno harto mutilado, desplazado
{descentrado}, inhibido. Ya no es reconocible como satis-
' [Freud recurrió a esta frase en varios lugares de Estudios sobre facción. Y si ese sustituto llega a consumarse, no se produce
la histeria (1895¿) para dar cuenta de los síntomas histéricos; cf., ninguna sensación de placer; en cambio de ello, tal consu-
por ejemplo, AE, 2, pág. 302. El concepto es muy claramente expli- mación ha cobrado el carácter de la compulsión. Pero en
citado en la primera de las Cinco conferencias sobre psicoanálisis
(1910a), AE, 11, págs. 13-4.] " [Cf. «La represión» {19\5d), AE, 14, pág. 143.]
* [Cf. mi «Introducción», supra, pág. 80; cf. también infra, pág. '" [Cf. Más allá del principio de placer (1920g), AE, 18, págs. 27
126.] y sigs.]

89 90
esta degradación a síntoma del decurso de la satisfacción, tentos de sustituir el viejo catecismo, tan cómodo y tan
la represión demuestra su poder también en otro punto. El perfecto. Bien sabemos cuan poca luz ha podido arrojar
proceso sustitutivo es mantenido lejos, en todo lo posible, hasta ahora la ciencia sobre los enigmas de este mundo;
de su descarga por la motilidad; y si esto no se logra, se ve pero todo el barullo de los filósofos no modificará un ápice
forzado a agotarse en la alteración del cuerpo propio y no ese estado de cosas; sólo la paciente prosecución del trabajo
se le permite desbordar sobre el mundo exterior; le está que todo lo subordina a una sola exigencia, la certeza, puede
prohibido {vcrivehren} trasponerse en acción. Lo compren- producir poco a poco un cambio. Cuando el caminante canta
demos; en la represión el yo trabaja bajo la influencia de la en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, mas no
realidad externa, y por eso segrega de ella al resultado del por ello ve más claro.
proceso sustitutivo.
El yo gobierna el acceso a la conciencia, así como el paso
a la acción sobre el mundo exterior; en la represión, afirma
su poder en ambas direcciones. La agencia representante de
pulsión tiene que experimentar un aspecto de su exteriori-
zación de fuerza, y la moción pulsional misma, el otro. En-
tonces es atinado preguntar cómo se compadece este reco-
nocimiento de la potencialidad del yo con la descripción
que esbozamos, en el estudio El yo y el ello, acerca de la
posición de ese mismo yo. Describimos ahí los vasallajes del


yo respecto del ello, así como respecto del superyó, su im-
potencia y su apronte angustiado hacia ambos, desenmasca-
ramos su arrogancia trabajosamente mantenida.^' Desde en-
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tonces, ese juicio ha hallado fuerte eco en la bibliografía
psicoanalítica. Innumerables voces destacan con insistencia
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la endeblez del yo frente al ello, de lo acorde a la ratio frente
a lo demoníaco en nosotros, prestas a hacer de esa tesis el
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pilar básico de una «cosmovisión» psicoanalítica. ¿La inte-
lección de la manera en que la represión demuestra su efi-
cacia no debería mover a los analistas, justamente a ellos, a
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abstenerse de una toma de partido tan extrema?
Yo no soy en modo alguno partidario de fabricar cosmo-
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visiones.'" Dejémoslas para los filósofos, quienes, según pro-
pia confesión, hallan irrealizable el viaje de la vida sin un
Baedeker" así, que dé razón de todo. Aceptemos humilde-
mente el desprecio que ellos, desde sus empinados afanes,
arrojarán sobre nosotros. Pero como tampoco podemos des-
mentir nuestro orgullo narcisista, busquemos consuelo en la
reflexión de que todas esas «guías de vida» envejecen con
rapidez y es justamente nuestro pequeño trabajo, limitado
en su miopía, el que hace necesarias sus reediciones; y que,
además, aun los más modernos de esos Baedeker son in-

11 [El yo y el ello (1923¿), capítulo V.]


1- [Esto es objeto de un detenido examen en la última de las
Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933<3).]
'• {Nombre de una serie de guías turísticas publicadas por primera
vez en Alemania por Karl Baedeker.)

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la posibilidad de que los atraigan y, con esta ganancia, se
Ill extiendan a expensas del yo. Una comparación que nos es
familiar desde hace mucho tiempo considera al síntoma como
un cuerpo extraño que alimenta sin cesar fenómenos de estí-
mulo y de reacción dentro del tejido en que está inserto."
Sin duda, la lucha defensiva contra la moción pulsional desa-
gradable se termina a veces mediante la formación de sín-
toma; hasta donde podemos verlo, es lo que ocurre sobre
todo en la conversión histérica. Pero por regla general la
Para volver al problema del yo:^ La apariencia de contra- trayectoria es otra: al primer acto de la represión sigue un
dicción se debe a que tomamos demasiado rígidamente unas epílogo escénico {Nachspiel] prolongado, o que no se ter-
abstracciones y destacamos, de lo que es en sí un estado de mina nunca; la lucha contra la moción pulsional encuentra
cosas complejo, ora un aspecto, ora sólo el otro. La separa- su continuación en la lucha contra el síntoma. '
ción del yo respecto del ello parece justificada; determinadas Esta lucha defensiva secundaria nos muestra dos rostros
constelaciones nos la imponen. Pero, por otra parte, el yo de expresión contradictoria. Por una parte, el yo es constre-
es idéntico al ello, no es más que un sector del ello diferen- ñido por su naturaleza a emprender algo que tenemos que
ciado en particular. Si conceptualmente contraponemos ese apreciar como intento de restablecimiento o de reconcilia-
fragmento al todo, o si se ha producido una efectiva bipar- ción. El yo es una organización, se basa en el libre comercio
tición entre ambos, se nos hará manifiesta la endeblez del y en la posibilidad de influjo recíproco entre todos sus


yo. Pero si el yo permanece ligado con el ello, no es separa- componentes; su energía desexualizada revela todavía su
ble del ello, entonces muestra su fortaleza. Parecido es el origen en su aspiración a la ligazón y la unificación, y esta
nexo del yo con el superyó; en muchas situaciones se nos compulsión a la síntesis aumenta a medida que el yo se
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confunden, las más de las veces sólo podemos distinguirlos desarrolla más vigoroso. Así se comprendé^que el yo intente,
cuando se ha producido una tensión, un conflicto entre am- además, cancelar la ajenidad y el aislamiento del síntoma,
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bos. Y en el caso de la represión se vuelve decisivo el hecho aprovechando toda oportunidad para ligarlo de algún modo
de que el yo es una organización, pero el ello no lo es; el a sí e incorporarlo a su organización mediante tales lazos,.
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yo es justamente el sector organizado del ello.- Sería por Sabemos que un afán de ese tipo influye ya sobre el acto
completo injustificado representarse al yo y al ello como dos de la formación de síntoma. Ejemplo clásico son aquellos
ejércitos diferentes, en que el yo procurara sofocar una parte síntomas histéricos que se nos han vuelto trasparentes como
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del ello mediante la represión {desalojo}, y el resto del ello un compromiso entre necesidad de satisfacción y necesidad
acudiera en socorro de la parte atacada y midiera sus fuerzas de castigo.^ En cuanto cumplimientos de una exigencia del
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con las del yo. Puede que así suceda a menudo, pero cierta- superyó, tales síntomas participan por principio del yo,
mente no constituye la situación inicial de la represión; como mientras que por otra parte tienen la significatividad de unas
regla general, la moción pulsional por reprimir permanece posiciones {Fositionen} de lo reprimido y unos puntos de
aislada. Si el acto de la represión nos ha mostrado la forta- intrusión de lo reprimido en la organización yoica; son, por
leza del yo, al mismo tiempo atestigua su impotencia y el así decir, estaciones fronterizas con investidura* mezclada.
carácter no influible de la moción pulsional singular del ello. Merecería una cuidadosa indagación averiguar si todos los
En efecto, el proceso que por obra de la represión ha deve- síntomas histéricos primarios están edificados así. En la ul-
nido síntoma afirma ahora su existencia fuera de la organi- terior trayectoria, el yo se comporta como si se guiara por
zación yoica y con independencia de ella. Y no sólo él: tam-
bién todos sus retoños gozan del mismo privilegio, se diría - [Esta analogía es criticada en la contribución de Freud a Estudios
sobre la histeria (1895ÍÍ), AE, 2, págs, 295-6. Había sido propuesta
que de «extraterritorialidad»; cada vez que se encuentren originalmente en la «Comunicación preliminar» (1893ÍJ), ibid., pág. 32.]
por vía asociativa con sectores de la organización yoica cabe <* [Un anticipo de esta idea se halla en el segundo de los trabajos
de Freud sobre las neuropsicosis de defensa (1896¿'), AE, 3, págs.
170-2.]
1 [Se refiere a la aparente contradicción entre la fuerza y la debi- * {«Besetzung»; significa también «ocupación», «movilización», en
lidad que presenta respecto del ello; cf. supra, págs. 87-8.] sentido militar.}

93 94
esta consideración: el síntoma ya está ahí y no puede ser otro procedimiento tiene un carácter menos amistoso, pro-
eliminado; ahora se impone avenirse a esta situación y sa- sigue la línea de la represión. Pero parece que no sería lícito
carle la máxima ventaja posible. Sobreviene una adaptación reprochar inconsecuencia al yo. El está dispuesto a la paz y
al fragmento del mundo interior que es ajeno al yo y está querría incorporarse el síntoma, acogerlo dentro del conjunto
representado {reprasentieren} por el síntoma, adaptación {Ensemble} que él constituye. La perturbación parte del
como la que el yo suele llevar a cabo normalmente respecto síntoma, que sigue escenificando su papel de correcto sus-
del mundo exterior objetivo [real). Nunca faltan ocasiones tituto y retoño de la moció.n reprimida, cuya exigencia de
para ello. Puede ocurrir que la existencia del síntoma estorbe satisfacción renueva una y otra vez, constriñendo a! yo a dar
en alguna medida la capacidad de rendimiento, y así permita en cada caso la señal de displacer y a ponerse a la defensiva.
apaciguar una demanda del superyó o rechazar una exigencia La lucha defensiva secundaria contra el síntoma es variada
del mundo exterior. Así el síntoma es encargado poco a en sus formas, se despliega en diferentes escenarios y se vale
poco de subrogar importantes intereses, cobra un valor para de múltiples medios.<í^o podremos enunciar gran cosa acer-
la afirmación de sí, se fusiona cada vez más con el yo, se ca de ella sin tomar como asunto de indagación los casos
vuelve cada ve^ más indispensable para este. Sólo en casos singulares de formación de síntoma. Ello nos dará ocasión de
muy raros el proceso [físico] de enquistamiento de un cuer- entrar en el problema de la angustia, que hace tiempo sen-
po extraño puede repetir algo semejante. Podría exagerarse timos como si acechara en el trasfondo. Es recomendable
también el valor de esta adaptación secundaria al síntoma partir de los síntomas creados por la neurosis histérica; aún
mediante el enunciado de que el yo se lo ha procurado no estamos preparados para abordar la formación de sín-
únicamente para gozar de sus ventajas. Ello es tan correcto toma en el caso de la neurosis obsesiva, la paranoia y otras


o tan falso como lo sería la opinión de que el mutilado de neurosis.
guerra se ha hecho cortar la pierna sólo para quedar exento
de trabajar y para vivir de su pensión de invalidez.
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• Otras configuraciones de síntoma, las de la neurosis obse-
siva y la paranoia, cobran un elevado valor para el yo, mas
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no por ofrecerle una ventaja, sino porque le deparan una
satisfacción narcisista de que estaba -privado. Las formacio-
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nes de sistemas de los neuróticos obsesivos halagan su amor
propio con el espejismo de que ellos, como unos hombres
particularmente puros o escrupulosos, serían mejores que
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otros; las formaciones delirantes de la paranoia abren al
ingenio y a la fantasía de estos enfermos un campo de
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acción que no es fácil sustituirles.
De todos los nexos mencionados resulta lo que nos es
familiar como ganancia (secundaria) de la enfermedad en el
caso de la neurosis.^ Viene en auxilio del afán del yo por
incorporarse el síntoma, y refuerza la fijación de este último.
Y cuando después intentamos prestar asistencia analítica al
yo en su lucha contra el síntoma, nos encontramos con que
estas ligazones de reconciliación entre el yo y el síntoma
actúan en el bando de las resistencias. No nos resulta fácil
soltarlas.
Los dos procedimientos que el yo aplica contra el síntoma
se encuentran efectivamente en contradicción recíproca. El

* [Este tema se trata ampliamente en la 24- de las Conferencias


de introducción al psicoanálisis (1916-17).]

95 96
IV se nos reveló en el curso del trabajo analítico. Se encuentra
en la actitud edípica de celos y hostilidad hacia su padre, a
quien, empero, ama de corazón toda vez que no entre en
cuenta la madre como causa de la desavenencia. Por tanto,
un conflicto de ambivalencia, un amor bien fundado y un
odio no menos justificado, ambos dirigidos a una misma
persona. Su fobia tiene que ser un intento de solucionar ese
conflicto. Tales conflictos de ambivalencia son harto frecuen-
tes, y conocemos otro desenlace típico de ellos. En este, una
Como primer caso, consideremos el de una zoofobia histé- de las dos mociones en pugna, por regla general la tierna, se
rica infantil; sea, por ejemplo, el de la fobia del pequeño refuerza enormemente, mientras que la otra desaparece. Sólo
Hans a los caballos [1909¿], indudablemente típico en que el carácter desmesurado y compulsivo de la ternura nos
todos sus rasgos principales. Ya la primera mirada nos per- revela que esa actitud no es la única presente, sino que se
mite discernir que las constelaciones de un caso real de mantiene en continuo alerta para tener sofocada a su contra-
neurosis son mucho más complejas de lo que imaginábamos ria, y nos permite construir un proceso que describimos
mientras trabajábamos con abstracciones. Hace falta algún como represión por formación reactiva (en el interior del
trabajo para orientarse y reconocer la moción reprimida, su yo). Casos como el del pequeño Hans no presentan nada
sustituto-síntoma, y el motivo de la represión. parecido a una formación reactiva; es evidente que hay
El pequeño Hans se rehusa a andar por la calle porque diversos caminos para salir de un conflicto de ambivalencia.


tiene angustia ante el caballo. Esta es nuestra materia en Entretanto, hemos discernido con certeza algo más. La
bruto. Ahora bien, ¿cuál es ahí el síntoma: el desarrollo de moción pulsional que sufre la represión es un impulso hostil
angustia, la elección del objeto de la angustia, la renuncia a hacia el padre. -El análisis nos brindó la prueba de ello
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la libre movilidad, o varias de estas cosas al mismo tiempo? mientras se empeñaba en pesquisar el origen de la ¡dea del
¿Dónde está la satisfacción que él se deniega? ¿Por qué caballo mordedor. Hans ha visto rodar a un caballo, y caer
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tiene que denegársela? y lastimarse a un compañerito de juegos con quien había
Se estará tentado de responder que yendo al caso mismo jugado al «caballito».^ Así nos dio derecho a construir en
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las cosas no son tan enigmáticas. La incomprensible angustia Hans una moción de deseo, la de que ojalá el padre se ca-
frente al caballo es el síntoma; la incapacidad para andar yese, se hiciera daño como el caballo y el camarada. Refe-
por la calle, un fenómeno de inhibición, una limitación que rencias a una partida de viaje observada** permiten conjetu-
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el yo se impone para no provocar el síntoma-angustia. Se rar que el deseo de hacer a un lado al padre halló también
intelige sin más que la explicación del segundo punto es expresión menos tímida. Ahora bien, un deseo así tiene el
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correcta, y esa inhibición se dejará fuera de examen para lo mismo valor que el propósito de eliminarlo a él mismo: equi-
que sigue. Pero el primer conocimiento fugitivo que toma- vale a la moción asesina del complejo de Edipo.
mos del caso ni siquiera nos enseña cuál es la expresión Pero hasta ahora no hay camino alguno que lleve desde
efectiva del supuesto síntoma. Se trata, como lo averiguamos esa moción pulsional reprimida hasta su sustituto, que con-
tras escuchar más detenidamente, no de una angustia inde- jeturamos en la fobia al caballo. Simplifiquemos la situación
terminada frente al caballo, sino de una determinada expec- psíquica del pequeño Hans, removiendo el factor infantil y
tativa angustiada: el caballo lo morderá.^ Ocurre que este la ambivalencia; sea, por ejemplo, un sirviente joven ena-
contenido procura sustraerse de la conciencia y sustituirse morado de la dueña de casa y que goza de ciertas muestras
mediante la fobia indeterminada, en la que ya no aparecen de favor de parte de ella. Va de suyo que odia al amo de la
más que la angustia y su objeto. ¿Será este contenido el casa, más fuerte que él, y le gustaría verlo eliminado; en
núcleo del síntoma? un caso así, la consecuencia más natural es que tema la ven-
No avanzamos un solo paso mientras no nos decidimos ganza de su amo, que su actitud frente a él sea la de un
a considerar toda la situación psíquica del pequeño, tal como estado de angustia —semejante en todo a la fobia del pe-

1 [AE, 10, pág, 22.] 3 Ubid., págs, 43 y 69.]


3 Ubid., pág. 26,]

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queño Hans frente al caballo—. Vale decir que no podemos luego: Si el pequeño Hans hubiera mostrado de hecho una
designar como síntoma la angustia de esta fobia; si el pe- conducta así hacia los caballos, el carácter de la moción pui-
queño Hans, que está enamorado de su madre, mostrara an- sional agresiva, chocante, no habría sido alterado en nada
gustia frente al padre, no tendríamos derecho alguno a atri- por la represión; sólo habría mudado de objeto.
buirle una neurosis, una fobia. Nos encontraríamos con una ^Está comprobado que hay casos de represión cuyo único
reacción afectiva enteramente comprensible. Lo que la con- resultado es ese; en la génesis de la fobia del pequeño Hans,
vierte en neurosis es, única y exclusivamente, otro rasgo: la empero, ha ocurrido algo más. Colegimos ese tanto en más
sustitución del padre por el caballo. Es, pues, este desplaza- a partir de otro fragmento de análisis.
miento ¡descentramiento) lo que se hace acreedor al nombre Ya dijimos que el pequeño Hans indicaba como el con-
de síntoma. Es aquel otro mecanismo que permite tramitar tenido de su fobia la representación de ser mordido por el
el conflicto de ambivalencia sin la ayuda de la formación caballo. Ahora bien, después hemos podido echar una mirada
reactiva. Tal desplazamiento es posibilitado o facilitado por a la génesis de otro caso de zoofobia, en que era el lobo el
la circunstancia de que a esa tierna edad todavía están pron- animal objeto de angustia, pero al mismo tiempo tenía el
tas a reanimarse las huellas innatas del pensamiento tote- significado de un sustituto del padre.' A raíz de un sueño
mista. Aún no se ha admitido el abismo entre ser humano que el análisis pudo volver trasparente, se desarrolló en este
y animal; al menos, no se lo destaca tanto como se hará muchacho la angustia de ser devorado por el lobo como uno
después,* El varón adulto, admirado pero también temido, de los siete cabritos del cuento. El hecho de que el padre,
se sitúa en la misma serie cjue el animal grande a quien se como pudo demostrarse, hubiera jugado al «caballito» con
envidia por tantas \cosas, pero ante el cual uno se ha puesto el pequeño Hans^ fue sin duda decisivo para la elección del


en guardia porque puede volverse peligroso. El conflicto animal angustiante; de igual modo, se pudo establecer al
de ambivalencia no se tramita entonces en la persona mis- menos con mucha probabilidad que el padre de mi paciente
ma; se lo esquiva, por así decir, deslizando una de sus mo- ruso, a quien analicé sólo en la tercera década de su vida,
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ciones hacia otra persona como objeto sustitutivo. había imitado al lobo en los Juegos con el pequeño, amena-
Hasta aquí lo vemos claro, pero en otros puntos el análisis zándolo en broma con devorarlo.^ Después me he topado
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de la fobia del pequeño Hans nos ha traído un total desen- con un tercer caso, el de un joven norteamericano que, es
gaño. La desfiguración en que consiste el síntoma no se cierto, no había plasmado zoofobia alguna, pero justamente
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emprende en la agencia representante [Reprasentanz] (el por esa ausencia ayuda a comprender los otros casos. Su
contenido de representación) de la moción pulsional por excitación sexual se había encendido a raíz de una historia
reprimir, sino en otra por entero diversa, que corresponde infantil fantástica que le leyeron; se refería a un jeque árabe
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sólo a una reacción frente a lo genuinamente desagradable. que daba caza, para devorarla, a una persona que consistía
Nuestra expectativa se satisfaría mejor si el pequeño Hans en una sustancia comestible (el Gingerbreadman). * El mis-
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hubiera desarrollado, en lugar de su angustia frente al ca- mo se identificó con este hombre comestible; en el jeque se
ballo, una inclinación a maltratarlos, golpearlos, o hubiera reconocía fácilmente un sustituto del padre, y esta fantasía
dejado traslucir de manera nítida su deseo de verlos caer, pasó a ser el primer sustrato de su actividad autoerótica.
hacerse daño y, llegado el caso, reventar dando respingos Ahora bien, la representación de ser devorado por el padre
(el hacer barullo con las patas).® Es verdad que algo de esa es un patrimonio infantil arcaico y típico; las analogías pro-
índole surgió efectivamente durante el análisis, pero no ocu- venientes de la mitología (Cronos) y de la vida animal son
paba un lugar muy destacado en la neurosis, y, cosa rara, universalmente conocidas. A pesar de tales hechos concu-
si de hecho él hubiera desarrollado como síntoma principal rrentes, este contenido de representación nos resulta tan
una hostiHdad así, dirigida sólo al caballo en lugar del
padre, no habríamos formulado el juicio de que padecía de ^ «De la historia de una neurosis infantil» (1918^). [Se reñere al
una neurosis. Por lo tanto, hay algo que no está en orden, «Hombre de los Lobos», un joven ruso que comenzó a analizarse con
Freud a los 23 años; cf, AE, 17, págs. 29 y sigs.]
ya sea en nuestro modo de concebir la represión o en nuestra 7 [AE, 10, pág. 102.]
definición de síntoma. Una cosa nos salta a la vista desde » [AE, 17, pág. 32.]
* {Literalmente, «hombre del pan de jengibre»; la misma expresión
t [Cf. «Una dificultad del psicoanálisis» (1917a), AE, 17, pág. 132,] se emplea en inglés («ginger-bread man-») para designar a un hombre
•• [AE, 10, pág. 43.] de cabello color arena.}

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extraño que sólo con incredulidad lo atribuiríamos al niño. todavía cierta degradación al estadio oral, que en Hans es
Tampoco sabemos si significa efectivamente lo que parece indicada por el ser-mordido y en mi paciente ruso, en cam-
enunciar, y no comprendemos cómo puede convertirse en bio, se escenifica flagrantemente en el ser-devorado. Pero,
tema de una fobia. Pero es el caso que la experiencia ana- aparte de ello, el análisis permite comprobar con certeza
lítica nos proporciona las informaciones requeridas. Nos indubitable que simultáneamente ha sucumbido a la repre-
enseña que la representación de ser devorado por el padre sión otra moción pulsional, de sentido contrario: una mo-
es la expresión, degradada en sentido regresivo, de una mo- ción pasiva tierna respecto del padre, que ya había alcanza-
ción tierna pasiva: es la que apetece ser amado por el padre, do el nivel de la organización libidinal genital (fálica). Y
como objeto, en el sentido del erotismo genital. Si rastrea- hasta parece que esta otra moción hubiera tenido mayor
mos la historia del caso," no subsistirá ninguna duda acerca peso para el resultado final del proceso represivo; es la que
de lo correcto de esta interpretación. Es verdad que la mo- experimenta la regresión más vasta, y cobra el influjo deter-
ción genital ya no deja traslucir nada de su propósito tierno minante sobre el contenido de la fobia. Por tanto, donde
cuando se la expresa en el lenguaje de la fase de transición, pesquisábamos sólo una represión de pulsión, tenemos que
ya superada, que va de la organización libidinal oral a la admitir el encuentro de dos procesos de esa índole; las dos
sádica. Y por otra parte, ¿se trata sólo de una sustitución mociones pulsionales afectadas —agresión sádica hacia el
de la agencia representante {Reprásentanz} por una expre- padre y actitud pasiva tierna frente a él— forman un par
sión regresiva, o de una efectiva y real degradación regresiva de opuestos; y más aún: si apreciamos correctamente la
de la moción orientada a lo genital en el interior del ello? historia del pequeño Hans, discernimos que mediante la for-
No parece fácil decidirlo. El historial clínico de mi paciente mación de su fobia se cancela también la investidura de


ruso, el «Hombre de los Lobos», se pronuncia terminante- objeto-madre tierna, de lo cual nada deja traslucir el conte-
mente en favor de la segunda posibilidad, más seria; en nido de la fobia. En Hans se trata —en mi paciente ruso es
efecto, a partir del sueño decisivo se comporta como un niño mucho menos nítido— de un proceso represivo que afecta
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«díscolo», martirizador, sádico, y poco después desarrolla a casi todos los componentes del complejo de Edipo, tanto a
una genuina neurosis obsesiva. De cualquier modo, obtene- la moción hostil como a la tierna hacia el padre, y a la moción
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mos la intelección de que la represión no es el único recurso tierna respecto de la madre.
de que dispone el yo para defenderse de una moción pul- He ahí unas complicaciones indeseadas para nosotros, que
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sional desagradable. Si el yo consigue llevar la pulsión a la sólo queríamos estudiar casos simples de formación de
regresión, en el fondo la daña de manera más enérgica de síntoma a consecuencia de una represión, y con este propó-
lo que sería posible mediante la represión. Es verdad que, en sito nos habíamos dirigido a las más tempranas, y en apa-
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muchos casos, tras forzar la regresión la hace seguir por una riencia más trasparentes, neurosis de la infancia. En lugar
represión. de una única represión, nos encontramos con una acumu-
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lación de ellas, y además nos topamos con la regresión. Acaso
El estado de las cosas en el «Hombre de los Lobos», que
contribuimos a aumentar la confusión pretendiendo liquidar
era algo más simple en el pequeño Hans, da lugar todavía
de un solo golpe los dos análisis de zoofobias disponibles
a muy diversas reflexiones. Pero desde ahora obtenemos
—el del pequeño Hans y el del «Hombre de los Lobos»—.
dos intelecciones inesperadas. No cabe duda de que la mo-
Ahora bien, nos saltan a la vista ciertas diferencias entre
ción pulsional reprimida en estas fobias es una moción
ambos; sólo acerca del pequeño Hans puede enunciarse con
hostil hacia el padre. Puede decirse que es reprimida por
exactitud que tramitó mediante su fobia las dos mociones
el proceso de la mudanza hacia la parte contraria {Verwand-
principales del complejo de Edipo, la agresiva hacia el padre
lung ins Gegenteil};'^'' en lugar de la agresión hacia el padre
y la hipertierna hacia la madre; es cierto que también estuvo
se presenta la agresión —la venganza— hacia la persona
presente la moción tierna hacia el padre: desempeña su papel
propia. Puesto que de todos modos una agresión de esa
en la represión de su opuesta, pero ni puede demostrarse
índole arraiga en la fase libidinal sádica, sólo le hace falta
que fue lo bastante intensa como para provocar una repre-
sión, ni que resultó cancelada en lo sucesivo. Hans parece
o [Del paciente ruso.]
1* [Cf. «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915<:), AE, 14, págs. haber sido un muchachito normal con el llamado complejo
122 y sigs.] de Edipo «positivo». Es posible que los factores que echa-

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mes de menos hayan cooperado también en su caso, pero verdad este último contenido el que experimentó la repre-
no podemos ponerlos en descubierto; aun en los análisis sión. En el ruso, era expresión de un deseo que no pudo
más ahondados el material es siempre lagunoso y nuestra subsistir tras la revuelta de la masculinidad; en Hans, ex-
documentación queda incompleta. En el caso del ruso, la presaba una reacción que trasmudó la agresión hacia su par-
falta se sitúa en otro lugar; su vínculo con el objeto feme- te contraria [die Aggression in ihr Gegenteil mnwandelte}.
nino fue perturbado por una seducción prematura,"-^^ el Pero el afecto-angustia de la fobia, que constituye la esencia
aspecto pasivo, femenino, se plasmó en él con intensidad, y de esta última, no proviene del proceso represivo, de las
el análisis de su sueño de los lobos no revela gran cosa de investiduras libidinosas de las mociones reprimidas, sino de
una agresión deliberada hacia el padre; a cambio de ello, lo represor mismo; la angustia de la zoofobia es la angustia
aporta las más indubitables pruebas de que la represión de castración inmutada, vale decir, una angustia realista,
afecta a la actitud pasiva, tierna, hacia el padre. También angustia frente a un peligro que amenaza efectivamente o
en su caso pueden haber participado los otros factores, pero es considerado real. Aquí la angustia crea a la represión y
no se presentan en escena. Y si a pesar de estas diferencias no —como yo opinaba antes— la represión a la angustia.
entre los dos casos, que llegan a estar casi en una relación No es grato reparar en esto, pero de nada vale desmen-
de oposición, el resultado final de la fobia es aproximada- tirlo: a menudo he sustentado la tesis de que por obra de
mente el mismo, la explicación de ello tiene que venirnos de la represión la agencia representante de pulsión es desfigu-
otro lado; y nos viene de la segunda conclusión a que arri- rada, desplazada, etc., en tanto que la libido de la moción
bamos en nuestra pequeña indagación comparativa. Cree- pulsional es mudada en angustia.'- Ahora bien, la indaga-
mos conocer el motor de la represión en ambos casos, y ción de las fobias, que serían las llamadas por excelencia


vemos corroborado su papel por el curso que siguió el desa- a demostrar esa tesis, no la corrobora y aun parece contra-
rrollo de los dos niños. Es, en los dos, el mismo: la angustia decirla directamente. La angustia de las zoofobias es la an-
frente a una castración inminente. Por angustia de castra- gustia de castración del yo; la de la agorafobia, estudiada
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ción resigna el pequeño Hans la agresión hacia el padre; su con menor profundidad, parece ser angustia de tentación,
angustia de que el caballo lo muerda puede completarse, sin que genéticamente ha de entramarse sin duda con la angustia
de castración. La mayoría de las fobias, hasta donde pode-
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forzar las cosas: que el caballo le arranque de un mordisco
los genitales, lo castre. Pero también el pequeño ruso renun- mos abarcarlas hoy, se remontan a una angustia del yo,
como la indicada, frente a exigencias de la libido. En ellas,
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cia por angustia de castración al deseo de ser amado por
el padre como objeto sexual, pues ha comprendido que una la actitud angustiada del yo es siempre lo primario, y es la
relación así tendría por premisa que él sacrificara sus geni- impulsión para la represión. La angustia nunca proviene
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tales, a saber, lo que lo diferencia de la mujer. Ambas plas- de la libido reprimida. Si antes me hubiera conformado con
maciones del complejo de Edipo, la normal, activa, así como decir que tras la represión aparece cierto grado de angustia
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la invertida, se estrellan, en efecto, contra el complejo de en lugar de la exteriorización de libido que sería de esperar,
castración. Es verdad que la idea angustiante del ruso —ser hoy no tendría que retractarme de nada. Esa descripción es
devorado por el lobo— no contiene alusión alguna a la cas- correcta, y en efecto se da la correspondencia aseverada entre
tración; es que se ha distanciado demasiado de la fase fálica el vigor de la moción por reprimir y la intensidad de la an-
por vía de regresión oral. Pero el análisis de su sueño vuelve gustia resultante. Pero confieso que creía estar proporcio-
superfina cualquier otra prueba. El hecho de que el texto nando algo más que una mera descripción; suponía haber
de la fobia ya no contenga referencia alguna a la castración discernido el proceso metapsicológico de una trasposición
se debe por cierto a un acabado triunfo de la represión. directa de la libido en angustia; hoy no puedo seguir soste-
Y ahora, la inesperada conclusión: En ambos casos, el mo- niéndolo. Por lo demás, no pude indicar entonces el modo
tor de la represión es la angustia frente a la castración; los en que se consumaría una trasmudación así.
contenidos angustiantes —ser mordido por el caballo y ser
devorado por el lobo— son sustitutos desfigurados {dislo- '- [Cf., por ejemplo, «La represión» (1915¿), AE, 14, págs. 149-50,
cados} del contenido «ser castrado por el padre». Fue en 150, donde también se analiza el caso del «Hombre de los Lobos». Se
hallarán otras puntualizaciones sobre esto en el apartado «Angustia
por trasmudación de libido», infra, págs. 150-2, así como en mi «In-
» [AE, 17, págs. 19 y sigs.] troducción», supra, págs. 74-6.]

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Pero, ¿de dónde extraje la idea de esa trasposición? Del
estudio de las neurosis actuales, en una época en que todavía
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estábamos muy lejos de distinguir entre procesos que ocurren
en el yo y procesos que ocurren en el ello.^^ Hallé que
determinadas prácticas sexuales —como el coitus intenup-
tus, la excitación frustránea, la abstinencia forzada— pro-
vocan estallidos de angustia y un apronte angustiado gene-
ral; ello sucede, pues, siempre que la excitación sexual es
inhibida, detenida o desviada en su decurso hacia la satis-
facción. Y puesto que la excitación sexual es la expresión Queríamos estudiar la formación de síntoma y la lucha
de mociones pulsionales libidinosas, no parecía osado supo- secundaria del yo contra el síntoma, pero es evidente que
ner que la libido se mudaba en angustia por la injerencia de nuestra elección de las fobias no fue un paso feliz. La angus-
esas perturbaciones. Ahora bien, esa observación sigue sien- tia que predomina en el cuadro de estas afecciones se nos
do válida hoy; por otra parte, no puede desecharse que la presenta ahora como una complicación que extiende un velo
libido de los procesos-ello experimente una perturbación sobre el estado de cosas. Son numerosas las neurosis en las
incitada por la represión; en consecuencia, puede seguir que no se presenta nada de angustia. La genuina histeria de
siendo correcto que a raíz de la represión se forme angustia conversión es de esa clase: sus síntomas más graves se en-
desde la investidura libidinal de las mociones pulsionales. cuentran sin contaminación de angustia. Ya este hecho de-
Pero, ¿cómo armonizar este resultado con el otro, a saber, bería alertarnos para no atar con demasiada firmeza los


que la angustia de las fobias es una angustia yoica, nace en vínculos entre angustia y formación de síntoma. Pero las
el yo, no es producida por la represión, sino que la provoca? fobias se hallan en lo demás tan próximas a las histerias
Parece una contradicción, y solucionarla no es cosa simple. de conversión que me he considerado autorizado a situarlas
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No es fácil reducir esos dos orígenes de la angustia a uno en una misma serie con estas, bajo el título de «histeria de
solo. Puede ensayarse con el supuesto de que el yo, en la angustia». Empero, hasta hoy nadie ha podido indicar la
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situación del coito perturbado, de la excitación suspendida, condición que decide si un caso ha de cobrar la forma de
de la abstinencia, husmea un peligro frente al cual reacciona una histeria de conversión o la de una fobia; y, por con-
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con angustia; pero no salimos adelante con ello. Por otra siguiente, nadie ha averiguado aún la condición del desarrollo
parte, el análisis de las fobias, tal como lo hemos empren- de angustia en la histeria.
dido, no parece admitir una enmienda. «Non liquet!».'" Los síntomas más frecuentes de la histeria de conversión
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(una parálisis motriz, una contractura, una acción o des-
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carga involuntarias, un dolor, una alucinación) son procesos
de investidura permanentes o intermitentes, lo cual depara
nuevas dificultades a la explicación. En verdad, no sabemos
decir mucho acerca de tales síntomas. Mediante el análisis
se puede averiguar el decurso excitatorio perturbado al cual
sustituyen. Las más de las veces se llega a la conclusión de
que ellos mismos participan de este último, y es como si toda
la energía del decurso excitatorio se hubiera concentrado en
este fragmento. El dolor estuvo presente en la situación
en que sobrevino la represión; la alucinación fue una per-
cepción en ese momento; la parálisis motriz es la defensa
frente a una acción que habría debido ejecutarse en aquella
situación, pero fue inhibida; la contractura suele ser un
!•* [Véase el primer trabajo de Freud sobre la neurosis de angus- desplazamiento hacia otro lugar de una inervación muscular
tia (1895^).]
* {«No está claro», antigua fórmula legal utilizada para expresar intentada entonces, y el ataque convulsivo, expresión de un
que las pruebas ofrecidas no han sido concluyentes.} estallido afectivo que se sustrajo del control normal del yo.

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La sensación de displacer que acompaña a la emergencia del mos nosotros la razón, desempeña un importantísimo papel
síntoma varía en medida muy llamativa. En los síntomas en la neurosis obsesiva. En el caso más grosero, el síntoma es
permanentes desplazados a la motilidad, como parálisis y de dos tiempos,' vale decir que a la acción que ejecuta cierto
contracturas, casi siempre falta por completo; el yo se com- precepto sigue inmediatamente una segunda, que lo cancela
porta frente a ellos como si no tuviera participación alguna. o lo deshace {rückgangig machen}, si bien todavía no osa
En el caso de los síntomas intermitentes y referidos a la ejecutar su contrario.
esfera sensorial, por regla general se registran nítidas sen- De este rápido panorama de los síntomas obsesivos se
saciones de displacer, que en el caso del síntoma doloroso obtienen enseguida dos impresiones. La primera es que se
pueden aumentar hasta un nivel excesivo. Dentro de esta asiste aquí a una lucha continuada contra lo reprimido, que
diversidad es muy difícil distinguir el factor que posibilita se va inclinando más y más en perjuicio de las fuerzas repre-
tales diferencias y que al mismo tiempo pudiera explicarlas soras; y la segunda, que el yo y el superyó participan muy
de manera unitaria. También de la lucha del yo contra el considerablemente en la formación de síntoma.
síntoma ya formado se recibe escasa noticia en la histeria La neurosis obsesiva es por cierto el objeto más intere-
de conversión. Sólo cuando la sensibilidad dolorosa de una sante y remunerativo de la indagación analítica, pero no se
parte del cuerpo se ha convertido en síntoma puede este la ha dominado todavía como problema. Si queremos pene-
desempeñar un papel doble. El síntoma de dolor emerge trar más a fondo en su esencia, tenemos que confesar que
con igual seguridad cuando ese lugar es tocado desde afuera nos resultan imprescindibles unos supuestos inseguros y unas
y cuando la situación patógena que ese lugar subroga es conjeturas indemostradas. La situación inicial de la neurosis
activada por vía asociativa desde adentro, y el yo recurre a obsesiva no es otra que la de la histeria, a saber, la necesaria


medidas precautorias para evitar el despertar del síntoma defensa contra las exigencias libidinosas del complejo de
por la percepción externa. No alcanzamos a colegir a qué Edipo. Y por cierto, toda neurosis obsesiva parece tener un
se debe la particular opacidad de la formación de síntoma estrato inferior de síntomas histéricos, formados muy tem-
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en la histeria de conversión, pero ella nos mueve a abandonar prano.^ Empero, la configuración ulterior es alterada deci-
enseguida este infecundo terreno. sivamente por un factor constitucional. La organización geni-
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tal de la libido demuestra ser endeble y muy poco resistente
[resistent]. Cuando el yo da comienzo a sus intentos defen-
sivos, el primer éxito que se propone como meta es rechazar
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Nos volvemos hacia la neurosis obsesiva en la expectativa
de averiguar en ella algo más acerca de la formación de en todo o en parte la organización genital (de la fase fálica)
síntoma. Los síntomas de la neurosis obsesiva son en gene- hacia el estadio anterior, sádico-anal. Este hecho de la regre-
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ral de dos clases, y de contrapuesta tendencia. O bien son sión continúa siendo determinante para todo lo que sigue.
prohibiciones, medidas precautorias, penitencias, vale decir Ahora bien, puede considerarse otra posibilidad todavía.
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de naturaleza negativa, o por el contrario son satisfacciones Acaso la regresión no sea la consecuencia de un factor cons-
sustitutivas, hartas veces con disfraz simbólico. De estos titucional, sino de uno temporal. No se hará posible porque
dos grupos, el más antiguo es el negativo, rechazador, puni- la organización genital de la libido haya resultado demasiado
torio; pero cuando la enfermedad se prolonga, prevalecen endeble, sino porque la renuencia del yo se inició demasiado
las satisfacciones, que burlan toda defensa. Constituye un temprano, todavía en pleno florecimiento de la fase sádica.
triunfo de la formación de síntoma que se logre enlazar la Tampoco en este punto me atrevo a adoptar una decisión
prohibición con la satisfacción, de suerte que el mandato cierta, pero la observación analítica no favorece ese supuesto.
o la prohibición originariamente rechazantes cobren también Muestra, más bien, que el estadio fálico ya se ha alcanzado
el significado de una satisfacción; es harto frecuente que en el momento del giro {Wendung} hacia la neurosis obse-
para ello se recurra a vías de conexión muy artificiosas. En
esta operación se evidencia la inclinación a la síntesis, que 1 [Cf. infra, pág, 114. Esta expresión había aparecido en la 19-
ya hemos reconocido al yo [pág. 9 4 ] . En casos extremos de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16,
pág. 275.]
el enfermo consigue que la mayoría de sus síntomas añadan '^ [Véase el segundo trabajo de Freud sobre las neuropsicosis de
a su significado originario el de su opuesto directo, testi- defensa (1896¿), AE, 3, pág. 169. Esto se ilustra en el análisis del
monio este del poder de la ambivalencia, que, sin que sepa- «Hombre de los Lobos» (1918¿), AE, 17, pág. 70.]

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siva. Además, esta neurosis estalla a edad más tardía que la inherente al modo normal de eliminación del complejo de
histeria (el segundo período infantil, luego de iniciada la Edipo. Toda desmesura lleva en sí el germen de su auto-
época de latencia), y en un caso de desarrollo muy tardío cancelación, lo cual se comprueba también en la neurosis
de esta afección, que pude estudiar [una paciente mujer], obsesiva, pues justamente el onanismo sofocado fuerza, en
se demostró con claridad que una desvalorización objetiva la forma de las acciones obsesivas, una aproximación cada
{real} de la vida genital hasta entonces intacta había creado vez mayor a su satisfacción.
la condición de la regresión y de la génesis de la neurosis Podemos admitir como un nuevo mecanismo de defensa,
obsesiva.^ junto a la regresión y a la represión, las formaciones reac-
Busco la explicación metapsicológica de la regresión en tivas que se producen dentro del yo del neurótico obsesivo
una «desmezcla de pulsiones», en la segregación de los com- y que discernimos como exageraciones de la formación nor-
ponentes eróticos que al comienzo de la fase genital se habían mal del carácter. Parecen faltar en la histeria, o ser en ella
sumado a las investiduras destructivas de la fase sádica.* mucho más débiles. En una ojeada retrospectiva obtenemos
El for2amiento de la regresión significa el primer éxito así una conjetura acerca de lo que caracteriza al proceso
del yo en la lucha defensiva contra la exigencia de la libido. defensivo de la histeria. Parece que se limita a la represión;
En este punto es ventajoso distinguir entre la tendencia en efecto, el yo se extraña de la moción pulsional desagra-
más general de la «defensa», y la «represión», que es sólo dable, la deja librada a su decurso dentro de lo inconciente
uno de los mecanismos de que se vale aquella. [Cf. págs. y no participa en sus ulteriores destinos. Por cierto que esto
152-4.] Quizás en la neurosis obsesiva se discierna con más no puede ser correcto así, de una manera tan exclusiva, pues
claridad que en los casos normales y en los histéricos que conocemos el caso en que el síntoma histérico significa al


el complejo de castración es el motor de la defensa, y mismo tiempo el cumplimiento de un reclamo punitorio del
que la defensa recae sobre las aspiraciones del complejo superyó; empero, quizá describa un carácter universal del
de Edipo. Ahora nos situamos en el comienzo del período comportamiento del yo en la histeria.
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de latencia, que se caracteriza por el sepultamiento {Unter- Puede aceptarse simplemente como un hecho que en la
gang} del complejo de Edipo, la creación o consolidación neurosis obsesiva se forme un superyó severísimo, o puede
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del superyó y la erección de las barreras éticas y estéticas pensarse que el rasgo fundamental de esta afección es la
en el interior del yo. En la neurosis obsesiva, estos procesos regresión libidinal e intentarse enlazar con ella también el ca-
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rebasan la medida normal; a la destrucción {Zerstorting} rácter del superyó. De hecho, el superyó, que proviene del
del complejo de Edipo se agrega la degradación regresiva de ello, no puede sustraerse de la regresión y la desmezcla de
la libido, el superyó se vuelve particularmente severo y pulsiones allí sobrevenida. No cabría asombrarse si a su vez
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desamorado, el yo desarrolla, en obediencia al superyó, ele- se volviera más duro, martirizador y desamorado que en el
vadas formaciones reactivas de la conciencia moral, la com- desarrollo normal.
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pasión, la limpieza. Con una severidad despiadada, y por eso En el curso del período de latencia, la defensa contra la
mismo no siempre exitosa, se proscribe la tentación a conti- tentación onanista parece ser considerada la tarea principal.
nuar con el onanismo de la primera infancia, que ahora se Esta lucha produce una serie de síntomas, que se repiten
apuntala en representaciones regresivas (sádico-anales), a de manera típica en las más diversas personas y presentan en
pesar de lo cual sigue representando {reprdsentieren} la general el carácter de un ceremonial. Es muy lamentable que
participación no sujetada de la organización fálica. Consti- todavía no hayan sido recopilados y analizados sistemática-
tuye una contradicción interna el que, precisamente en aras mente; en su calidad de primerísimas operaciones de la
de conservar la masculinidad (angustia de castración), se neurosis, serían lo más apto para difundir luz sobre el meca-
coarte todo quehacer de ella, pero aun esta contradicción nismo de formación de síntoma aquí empleado. Ya exhiben
sólo es exagerada en la neurosis obsesiva, puesto que es los rasgos que en caso de sobrevenir después una enferme-
dad grave resaltan como tan perniciosos: la colocación {de la
3 Véase mi trabajo «La predisposición a la neurosis obsesiva» libido; Vnterbringung) en los desempeños que más tarde
(1913¿) LAE, 12, pág. 339]. están destinados a ejecutarse como automáticamente, el irse
4 [En El yo y el ello (1923Í'), AE, 19, pág. i^i, Freud había sos-
tenido que el progreso desde la fase sádico-anal a la genital «tiene a dormir, lavarse, vestirse, la locomoción, la inclinación a la
por condición un suplemento de componentes eróticos».] repetición y al dispendio del tiempo. No comprendemos aún

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por qué razón ello acontece así; la sublimación de compo- Ocurre que el afecto ahorrado a raíz de la percepción de
nentes del erotismo anal desempeña ahí un nítido papel. la representación obsesiva sale a luz en otro lugar. El superyó
La pubertad introduce un corte tajante en el desarrollo se comporta como si no se hubiera producido represión algu-
de la neurosis obsesiva. La organización genital, interrum- na, como si la moción agresiva le fuera notoria en su verda-
pida en la infancia, se reinstala con gran fuerza. Empero, dero texto y con su pleno carácter de afecto, y trata al yo de
sabemos que el desarrollo sexual de la infancia prescribe la la manera condigna a esa premisa. El yo, que por una parte
orientación también al recomienzo de los años de pubertad. se sabe inocente, debe por la otra registrar un sentimiento
Por tanto, por una parte vuelven a despertar las mociones de culpa y asumir una responsabilidad que no puede expli-
agresivas iniciales, y por la otra, un sector más o menos carse. Ahora bien, el enigma que esto nos propone no es tan
grande de las nuevas mociones libidinosas —su totalidad, en grande como parece a primera vista. La conducta del superyó
los peores casos— se ve precisado a marchar por las vías es enteramente comprensible; la contradicción dentro del yo
que prefiguró la regresión, y a emerger en condición de pro- nos prueba, solamente, que por medio de la represión él se
pósitos agresivos y destructivos. A consecuencia de este dis- ha clausurado frente al ello, en tanto permanece accesible a
fraz de las aspiraciones eróticas y de las intensas formaciones los influjos que parten del superyó.* El problema que a con-
reactivas producidas dentro del yo, la lucha contra la sexua- tinuación se plantea, el de saber por qué el yo no busca sus-
lidad continúa en lo sucesivo bajo banderas éticas. El yo se traerse también de la crítica martirizadora del superyó, queda
revuelve, asombrado, contra invitaciones crueles y violentas eliminado con la información de que es eso efectivamente
que le son enviadas desde el ello a la conciencia, y ni sos- lo que sucede en una gran serie de casos. De hecho, hay
pecha que en verdad está luchando contra unos deseos eróti- neurosis obsesivas sin ninguna conciencia de culpa; hasta


cos, algunos de los cuales se habrían sustraído en otro caso donde lo comprendemos, el yo se ahorra percibirla mediante
de su veto. El superyó hipersevero se afirma con energía una nueva serie de síntomas, acciones de penitencia, limita-
tanto mayor en la sofocación de la sexualidad cuanto que ella ciones de autopunición. Ahora bien, tales síntomas signi-
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ha adoptado unas formas tan repelentes. Así, en la neurosis fican al mismo tiempo satisfacciones de mociones pulsionales
obsesiva el conflicto se refuerza en dos direcciones: lo que masoquistas, que también recibieron un refuerzo desde la
regresión.
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defiende ha devenido más intolerante, y aquello de lo cual
se defiende, más insoportable; y ambas cosas por influjo de Es tan enorme la diversidad de los fenómenos que ofrece
un factor: la regresión libidinal.
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la neurosis obsesiva que ningún empeño ha conseguido toda-
Podría hallarse pie para contradecir muchos de nuestros vía proporcionar una síntesis coherente de todas sus varia-
supuestos en la circunstancia de que la representación obse- ciones. Uno se afana por distinguir nexos típicos, pero siem-
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siva desagradable deviene en general conciente. Empero, no pre con el temor de pasar por alto otras regularidades no
hay duda alguna de que antes ha atravesado por el proceso
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menos importantes.
de la represión. En la mayoría de los casos, el texto genui- Ya he descrito la tendencia general de la formación de
no de la moción pulsional agresiva no se ha vuelto notorio síntoma en el caso de la neurosis obsesiva. Consiste en pro-
para el yo. Hace falta un buen tramo de trabajo analítico pa- curar cada vez mayor espacio para la satisfacción sustitutiva
ra hacérselo conciente. Lo que ha irrumpido hasta la con- a expensas de la denegación {frustración}. Estos mismos
ciencia es, por regla general, sólo un sustituto desfigurado síntomas que originariamente significaban limitaciones del
{dislocado}, de una imprecisión onírica y nebulosa o vuelto yo cobran más tarde, merced a la inclinación del yo por la
irreconocible mediante un absurdo disfraz. Si la represión síntesis, el carácter de unas satisfacciones, y es innegable
no ha roído el contenido de la moción pulsional agresiva, que esta última significación deviene poco a poco la más
ha eliminado en cambio el carácter afectivo que la acompa- eficaz. Así, el resultado de este proceso, que se aproxima
ñaba. Así, la agresión ya no aparece al yo como un impulso, cada vez más al total fracaso del afán defensivo inicial, es
sino, según dicen los enfermos, como un mero «contenido un yo extremadamente limitado que se ve obligado a buscar
de pensamiento» que los deja fríos. ^ Lo más asombroso, sus satisfacciones en los síntomas. El desplazamiento de la
empero, es que no es ese el caso. relación de fuerzas en favor de la satisfacción puede llevar
s [Véase para todo esto el historial clínico del «Hombre de las
Ratas» (1909¿), AE, 10, págs. 173 y sigs., y 133tt.] e Cf. Theodot Reik, 1925, pág. 51.

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112
a un temido resultado final: la parálisis de la voluntad del
yo, quien, para cada decisión, se encuentra con impulsiones
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de pareja intensidad de un lado y del otro. El conflicto hiper-
intensificado entre ello y superyó, que gobierna esta afección
desde el comienzo mismo, puede extenderse tanto que nin-
guno de los desempeños del yo, que se ha vuelto incapaz
para la mediación, se sustraiga de ser englobado en él.

En el curso de estas luchas pueden observarse dos acti-


vidades del yo en la formación de síntoma; merecen particu-
lar interés porque son claramente siibrogadí)s de la repre-
sión y por eso mismo son aptos para ilustrar su tendencia y
su técnica. Y acaso, cuando estas técnicas auxiliares y susti-
tutivas salen a un primer plano, tengamos derecho a ver
en ello una prueba de que la ejecución de la represión regu-
lar tropezó con dificultades. Si consideramos que en la
neurosis obsesiva el yo es mucho más que en la histeria el
escenario de la formación de síntoma; que ese yo se atiene


con firmeza a su vínculo con la realidad y la conciencia, y
para ello emplea todos sus recursos intelectuales; y más
atan, que la actividad de pensamiento aparece sobreinvestida,
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erotizada, tales variaciones de la represión quizá nos parez-
can más comprensibles.
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Las dos técnicas a que nos referimos son el anular lo acon-
tecido {Ungeschchenmacheti} y el aislar {¡solieren).' La
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primera tiene un gran campo de aplicación y llega hasta muy
atrás. Es, por así decir, magia negativa; mediante un simbo-
lismo motor quiere «hacer desaparecer» no las consecuencias
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de un suceso (impresión, vivencia), sino a este misino. Al
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elegir esa expresión indicamos el papel que desempeña esta
técnica, no sólo en la neurosis, sino en las prácticas de en-
cantamiento, en los usos de los pueblos y en el ceremonial
religioso. En la neurosis obsesiva, nos encontramos con la
anulación de lo acontecido sobre todo en los síntomas de
dos tiempos [pág. 1 0 8 ] , donde el segundo acto cancela al
primero como si nada hubiera acontecido, cuando en la rea-
lidad efectiva acontecieron ambos. El ceremonial de la neu-
rosis obsesiva tiene en el propósito de anular lo acontecido
una segunda raíz. La primera es prevenir, tomar precau-
ciones para que no acontezca, no se repita, algo deter-
minado. La diferencia es fácil de aprehender; las medidas
precautorias son acordes a la ratio, mientras que las «can-

1 [Se hace referencia a estas dos técnicas en el historial clínico del


«Hombre de las Ratas» (1909cí), AE, 10, págs. 184 y 189.]

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celaciones» mediante anulación de lo acontecido son desa- mágico. Lo que así se mantiene separado es algo que asocia-
cordes a la ratio {irrationell), de naturaleza mágica. Debe tivamente se copertenece; el aislamiento motriz está desti-
conjeturarse, desde luego, que esta segunda raíz es la más nado a garantizar la suspensión de ese nexo en el pensa-
antigua, desciende de la actitud animista hacia el mundo miento. El proceso normal de la concentración ofrece un
circundante. El afán de anulación de lo acontecido halla su pretexto a este proceder de la neurosis. Lo que nos parece
debilitamiento como proceso normal en la decisión de tratar sustantivo como impresión o como tarea no debe ser pertur-
cierto suceso como «non arrive», pero en tal caso no se bado por los simultáneos reclamos de otros desempeños o
emprende acción alguna en contrario, no se hace caso ni actividades de pensamiento. Pero ya en la persona normal
del suceso ni de sus consecuencias, mientras que en la neu- la concentración no sólo se emplea para mantener alejado lo
rosis se cancela al pasado mismo, se procura reprimirlo {su- indiferente, lo que no viene al caso, sino, sobre todo, lo
plantarlo} por vía motriz. Esta misma tendencia puede ex- opuesto inadecuado. Será sentido como lo más perturbador
plicar también la compulsión de repetición, tan frecuente aquello que originariamente estuvo en copertenencía y fue
en la neurosis, en cuya ejecución concurren luego muchas desgarrado luego por el progreso del desarrollo, por ejemplo,
clases de propósitos que se contrarían unos a otros. Lo que las exteriorizaciones de la ambivalencia del complejo paterno
no ha acontecido de la manera en que habría debido de en la relación con Dios o las mociones de los órganos excre-
acuerdo con el deseo es anulado repitiéndolo de un modo torios en las excitaciones amorosas. Así, el yo tiene que des-
diverso de aquel en que aconteció, a lo cual vienen a agre- plegar normalmente un considerable trabajo de aislamiento
garse todos los motivos para demorarse en tales repeticiones. para guiar el decurso del pensar, y sabemos que en el ejer-
En la trayectoria ulterior de la neurosis la tendencia a anular cicio de la técnica analítica nos vemos precisados a educar


el acaecimiento de una vivencia traumática se revela a me- al yo para que renuncie de manera temporaria a esa función,
nudo como una de las principales fuerzas motrices de la por completo justificada de ordinario.
formación de síntoma. Así obtenemos una inesperada visión Según toda nuestra experiencia, el neurótico obsesivo halla
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de una nueva técnica, una técnica motriz de la defensa o, particular dificultad en obedecer a la regla psicoanalítica fun-
como podríamos decir aquí con menor inexactitud, de la damental. Su yo es más vigilante y son más tajantes los aisla-
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represión {esfuerzo de suplantación}. mientos que emprende, probablemente a consecuencia de la
La otra de estas técnicas que estamos describiendo es la elevada tensión de conflicto entre su superyó y su ello. En el
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del aislamiento, peculiar de la neurosis obsesiva. Recae tam- curso de su trabajo de pensamiento tiene demasiadas cosas
bién sobre la esfera motriz, y consiste en que tras un suceso de las cuales defenderse: la injerencia de fantasías incon-
desagradable, así como tras una actividad significativa rea- cientes, la exteriorización de las aspiraciones ambivalentes.
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lizada por el propio enfermo en el sentido de la neurosis, se No le está permitido dejarse ir; se encuentra en un perma-
interpola una pausa en la que no está permitido que acon-
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nente apronte de lucha. Luego apoya esta compulsión a con-
tezca nada, no se hace ninguna percepción ni se ejecuta centrarse y a aislar: lo hace mediante las acciones mágicas
acción alguna.^ Esta conducta a primera vista rara nos revela de aislamiento que se vuelven tan llamativas como síntomas
pronto su nexo con la represión. Sabemos que en la histeria y que tanta gravitación práctica adquieren; desde luego, en
es posible relegar a la amnesia una impresión traumática; es sí mismas son inútiles, y presentan el carácter del ceremonial.
frecuente que no se lo consiga así en la neurosis obsesiva: Ahora bien, en tanto procura impedir asociaciones, cone-
la vivencia no es olvidada, pero se la despoja de su afecto, xiones de pensamientos, ese yo obedece a uno de los más
y sus vínculos asociativos son sofocados o suspendidos, de antiguos y fundamentales mandamientos de la neurosis obse-
suerte que permanece ahí como aislada y ni siquiera se la siva, el tabú del contacto. Si uno se pregunta por qué la
reproduce en el circuito de la actividad de pensamiento. evitación del contacto, del tacto, del contagio, desempeña
Ahora bien, el efecto de ese aislamiento es el mismo que un papel tan importante en la neurosis y se convierte en
sobreviene a raíz de la represión con amnesia. Es esta técnica, contenido de sistemas tan complicados, halla esta respuesta:
pues, la que reproducen los aislamientos de la neurosis obse- el contacto físico es la meta inmediata tanto de la investidura
siva, pero reforzándola por vía motriz con un propósito de objeto tierna como de la agresiva.^ Bros quiere el con-
^ [Cf. ibid., pág, 192,] •! C£. Tótem y tabú (1912-13), AE, 13, págs. 35 y sigs. y 77.]

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tacto pues pugna por alcanzar la unión, la cancelación de los
límites espaciales entre el yo y el objeto amado. Pero tam-
VII
bién la destrucción, que antes del invento de las armas de
acción a distancia sólo podía lograrse desde cerca, tiene como
premisa el contacto corporal, el poner las manos encima.
Tener contacto con una mujer es en el lenguaje usual un
eufemismo para decir que se la aprovechó como objeto
sexual. No tocar el miembro es el texto de la prohibición
de la satisfacción autoerótica. Puesto que la neurosis obse-
siva persiguió al comienzo el contacto erótico y, tras la regre- Si volvemos a las zoofobias infantiles, comprenderemos,
sión, el contacto enmascarado como agresión, nada puede empero, estos casos mejor que todos los otros. El yo debe
estarle vedado en medida mayor ni ser más apto para con- proceder aquí contra una investidura de objeto libidinosa
vertirse en el centro de un sistema de prohibiciones. Ahora del ello (ya sea la del complejo de Edipo positivo o nega-
bien, el aislamiento es una cancelación de la posibilidad de tivo), porque ha comprendido que ceder a ella aparejaría el
contacto, un recurso para sustraer a una cosa del mundo peligro de la castración. Ya hemos elucidado esto, y ahora
de todo contacto; y cuando el neurótico aisla también una hallamos la ocasión de aclararnos una duda que nos quedó
impresión o una actividad mediante una pausa, nos da a pendiente de aquel primer examen. En el caso del pequeño
entender simbólicamente que no quiere dejar que los pen- Hans (vale decir, el del complejo de Edipo positivo), ¿debe-
samientos referidos a ellas entren en contacto asociativo mos suponer que la defensa del yo fue provocada por la


con otros. moción tierna hacia la madre, o por la agresiva hacia el pa-
dre? En la práctica parecería indiferente, en particular por-
que las dos mociones se condicionan entre sí; pero esta cues-
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Hasta ahí llegan nuestras indagaciones sobre la formación tión presenta interés teórico porque sólo la corriente tierna
de síntoma. No vale la pena resumirlas; han dado escaso hacia la madre puede considerarse erótica pura. La agresiva
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fruto y quedaron incompletas, y además aportaron muy poco depende esencialmente de la pulsión de destrucción, y siem-
que ya no supiéramos desde antes. Sería infructuoso consi- pre hemos creído que en la neurosis el yo se defiende de
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derar la formación de síntoma en otras afecciones, aparte de exigencias de la libido, no de las otras pulsiones. De hecho
las fobias, la histeria de conversión y la neurosis obsesiva; vemos que tras la formación de la fobia la ligazón-madre
se sabe demasiado poco sobre esto. Pero ya del cotejo de es- tierna ha como desaparecido, ha sido radicalmente tramitada
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tas tres neurosis resulta un muy serio problema, cuyo trata- por la represión, mientras que la formación sintomática
miento no puede posponerse. El punto de arranque de las (formación sustitutiva) se ha consumado en torno de la
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tres es la destrucción del complejo de Edipo, y en todas, moción agresiva. En el caso del «Hombre de los Lobos», las
según suponemos, el motor de la renuencia del yo es la cosas son más simples; la moción reprimida es en efecto
angustia de castración. Pero sólo en las fobias sale a la luz una moción erótica, la actitud femenina frente al padre, y en
esa angustia, sólo en ellas es confesada. ¿Qué se ha hecho torno de ella se consuma también la formación de síntoma.
de la angustia en las otras dos formas, cómo se la ha ahorrado Es casi humillante que luego de un trabajo tan prolongado
el yo? Él problema se agudiza aún si atendemos a la posi- sigamos tropezando con dificultades para concebir hasta las
bilidad, ya citada, de que la angustia misma brote por una constelaciones más fundamentales, pero nos hemos propues-
suerte de fermentación a partir de la investidura libidinal to no simplificar ni callar nada. Si no podemos ver claro,
perturbada en su decurso; y además: ¿es seguro que la an- al menos veamos mejor las oscuridades. Lo que aquí nos
gustia de castración constituye el único motor de la represión obstruye el camino es, evidentemente, una desigualdad en
(o de la defensa) ? Si se piensa en las neurosis de las muje- el desarrollo de nuestra doctrina de las pulsiones. Primero
res no se puede menos que dudar, pues si bien se comprueba habíamos seguido las organizaciones de la libido desde el
en ellas la presencia del complejo de castración, no puede estadio oral, pasando por el sádico-anal, hasta el genital, y
hablarse, en este caso en que la castración ya está consu- al hacerlo equiparábamos entre sí todos los componentes
mada, de vT)í> angustia de castración en el sentido propio. de la pulsión sexual. Después el sadismo se nos apareció

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como subrogado de otra pulsión, opuesta al Eros. La nueva de salir para no encontrarse con caballos. El pequeño ruso
concepción de los dos grupos de pulsiones parece hacer saltar se las arregla de manera aún más cómoda; apenas si consti-
la anterior construcción de fases sucesivas de la organización tuye una renuncia para él no tomar más entre sus manos
libidinal. Ahora bien, no tenemos necesidad de inventar el cierto libro de ilustraciones. Si no fuera porque su díscola
expediente que nos permita salir de esta dificultad. Hace hermana le ponía siempre ante los ojos la figura del lobo
mucho que se halla a nuestra disposición; helo aquí: casi erguido de ese libro, habría tenido derecho a sentirse ase-
nunca nos las habemos con mociones pulsionales puras, sino, gurado contra su angustia.^
todo el tiempo, con ligas de ambas pulsiones en diversas Ya una vez he adscrito a la fobia el carácter de una pro-
proporciones de mezcla. Por tanto, la investidura sádica de yección, pues sustituye un peligro pulsional interior por un
objeto se ha hecho también acreedora a que la tratemos peligro de percepción exterior. Esto trae la ventaja de que
como libidinosa, no nos vemos obligados a revisar las orga- uno puede protegerse del peligro exterior mediante la huida
nizaciones de la libido, y la moción agresiva hacia el padre y la evitación de percibirlo, mientras que la huida no vale
puede ser objeto de la represión a igual título que la moción de nada frente al peligro interior." Mi puntualización no
tierna hacia la madre. A pesar de ello, apartamos como era incorrecta, pero se quedaba en la superficie. La exigencia
tema de ulteriores reflexiones la posibilidad de que la repre- pulsional no es un peligro en sí misma; lo es sólo porque
sión sea un proceso que mantiene un vínculo particular con conlleva un auténtico peligro exterior, el de la castración.
la organización genital de la libido, y que el yo recurra a Por tanto, en la fobia, en el fondo sólo se ha sustituido un
otros métodos de defensa cuando se ve precisado a resguar- peligro exterior por otro. El hecho de que el yo pueda sus-
darse de la libido en otros estadios de la organización. Y traerse de la angustia por medio de una evitación o de un


continuamos: Un caso como el del pequeño Hans no nos síntoma-inhibición armoniza muy bien con la concepción de
permite decisión alguna; es verdad que en él se tramita me- que esa angustia es sólo una señal-afecto, y de que nada ha
diante represión una moción agresiva, pero después que la cambiado en la situación económica.
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organización genital ya se ha alcanzado. La angustia de las zoofobias es, entonces, una reacción
Esta vez no perdamos de vista el vínculo con la angustia. afectiva del yo frente al peligro; y el peligro frente al cual
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Dijimos que tan pronto como discierne el peligro de castra- se emite la señal es el de la castración. He aquí la única
ción, el yo da la señal de angustia e inhibe el proceso de diferencia respecto de la angustia realista que el yo exterio-
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investidura amenazador en el ello; lo hace de una manera riza normalmente en situaciones de peligro: el contenido de
que todavía no inteligimos, por medio de la instancia placer- la angustia permanece inconciente, y sólo deviene conciente
displacer. Al mismo tiempo se consuma la formación de la en una desfiguración.
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fobia. La angustia de castración recibe otro objeto y una Según creo, hallaremos que la misma concepción es válida
expresión desfigurada {dislocada}: ser mordido por el ca-
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también para las fobias de adultos, a pesar de que en ellas
ballo (ser devorado por el lobo), en vez de ser castrado el material que la neurosis procesa es mucho más rico y
por el padre. La formación sustitutiva tiene dos manifiestas añade algunos factores a la formación de síntoma. En el
ventajas; la primera, que esquiva un conflicto de ambivalen- fondo es lo mismo. El agorafóbico impone una limitación a
cia, pues el padre es simultáneamente un objeto amado; y su yo para sustraerse de un peligro pulsional. Este último es
la segunda, que permite al yo suspender el desarrollo de an- la tentación de ceder a sus concupiscencias eróticas, lo que le
gustia. En efecto, la angustia de la fobia es facultativa, sólo haría convocar, como en la infancia, el peligro de la castra-
emerge cuando su objeto es asunto {Gegenstand} de la per- ción o uno análogo. A guisa de ejemplo simple menciono el
cepción. Esto es enteramente correcto; en efecto, sólo en- caso de un joven que se volvió agorafóbico porque temía
tonces está presente la situación de peligro. Tampoco de un ceder a los atractivos de prostitutas y recibir como castigo
padre ausente se temería la castración. Sólo que no se puede la sífilis.
remover al padre: aparece siempre, toda vez que quiere.
Pero si se lo sustituye por el animal, no hace falta más que 1 [Véase el historial clínico del «Hombre de los Lobos» (1918é),
evitar la visión, vale decir la presencia de este, para quedar AE, 17, pág, 16.]
exento de peligro y de angustia. Por lo tanto, el pequeño 2 [Véanse las elucidaciones de Freud sobre las fobias en «Lo incon-
Hans impone a su yo una limitación, produce la inhibición ciente» (1915e), AE, 14, págs, 179-81; c£. también mi «Introducción»,
supra, pág, 76,]

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Bien sé que muchos casos presentan una estructura más el peligro está enteramente interiorizado. Pero si nos pre-
complicada y que en la fobia pueden confluir muchas otras guntamos por lo que el yo teme del superyó, se impone la
mociones pulsionales reprimidas, pero sólo tienen carácter concepción de que el castigo de este es un eco del castigo
auxiliar y las más de las veces se han puesto con posterioridad de castración. Así como el superyó es el padre que devino
[nachtrdglich] en conexión con el núcleo de la neurosis. La apersonal, la angustia frente a la castración con que este ame-
sintomatología de la agorafobia se complica por el hecho de naza se ha trasmudado en una angustia social indeterminada
que el yo no se conforma con una renuncia; hace algo más o en una angustia de la conciencia moral.* Pero esa angustia
para quitar a la situación su carácter peligroso. Este agregado está encubierta; el yo se sustrae de ella ejecutando, obediente,
suele ser una regresión temporaP a los años de la infancia los mandamientos, preceptos y acciones expiatorias que le
(en el caso extremo, hasta el seno materno, hasta épocas en son impuestos. Tan pronto como esto último le es impedido,
que uno estaba protegido de los peligros que hoy amenazan) emerge un malestar en extremo penoso, en el que nosotros
y emerge como la condición bajo la cual se puede omitir la podemos ver el equivalente de la angustia y que los enfermos
renuncia. Así, el agorafóbico puede andar por la calle si una mismos equiparan a ella. He aquí, entonces, nuestra conclu-
persona de su confianza lo acompaña como si fuera un niño sión: La angustia es la reacción frente a la situación de peli-
pequeño. Acaso idéntico miramiento le permita salir solo, gro; se la ahorra si el yo hace algo para evitar la situación o
siempre que no se aleje de su casa más allá de cierto radio, sustraerse de ella. Ahora se podría decir que los síntomas son
ni entre en zonas que no conoce bien y donde la gente no lo creados para evitar el desarrollo de angustia, pero ello no nos
conoce. En la elección de estas estipulaciones se evidencia procura una mirada muy honda. Es más correcto decir que
el influjo de los factores infantiles que lo gobiernan a través los síntomas son creados para evitar la situación de peligro


de su neurosis. Enteramente unívoca, aunque falte esa regre- que es señalada mediante el desarrollo de angustia. Pues
sión infantil, es la fobia a la soledad, que en el fondo quiere bien, en los casos considerados hasta ahora ese peligro era el
escapar a la tentación del onanismo solitario. La condición de de la castración o algo derivado de ella.
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esa regresión infantil es, desde luego, que se esté distanciado Si la angustia es la reacción del yo frente al peligro, parece
en el tiempo respecto de la infancia. evidente que la neurosis traumática, tan a menudo secuela
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La fobia se establece por regla general después que en cier- de un peligro mortal, ha de concebirse como una consecuencia
tas circunstancias —en la calle, en un viaje por ferrocarril, directa de la angustia de supervivencia o de muerte {Lehcns-
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en la soledad— se vivenció un primer ataque de angustia. Así oder Todesangst}, dejando de lado los vasallajes del yo [cf.
se proscribe la angustia, pero reaparece toda vez que no se pág. 91] y la castración. Es lo que han hecho la mayoría
de los observadores de las neurosis traumáticas de la última
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puede observar la condición protectora. El mecanismo de la
fobia presta buenos servicios como medio de defensa y exhibe guerra: ° se proclamó triunfalmente que se había aportado la
prueba de que una amenaza a la pulsión de autoconservación
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una gran inclinación a la estabilidad. A menudo, aunque no
necesariamente, sobreviene una continuación de la lucha de- podía producir una neurosis sin participación alguna de la
fensiva, que ahora se dirige contra el síntoma. sexualidad y sin miramiento por las complicadas hipótesis del
Lo que acabamos de averiguar acerca de la angustia en el psicoanálisis. De hecho es en extremo lamentable que no se
caso de las fobias es aplicable también a la neurosis obsesiva. haya presentado ni un solo análisis utilizable de neurosis
No es difícil reducir su situación a la de la fobia. El motor traumática.* Y ello no por una supuesta contradicción al va-
de toda la posterior formación de síntoma es aquí, evidente- lor etiológico de la sexualidad —pues hace ya tiempo la can-
mente, la angustia del yo frente a su superyó. La hostilidad celó la introducción del narcisismo, que puso en una misma
del superyó es la situación de peligro de la cual el yo se ve serie la investidura libidinosa del yo y las investiduras de ob-
precisado a sustraerse. Aquí falta todo asomo de proyección; jeto, y destacó la naturaleza libidinosa de la pulsión de auto-

•' [Sólo raras veces empleó Freud la frase «regresión temporal». * [El examen más completo de estas cuestiones por parte de
Aparece en las Cinco conferencias sobre psicoanálisis (1910fl), AE, Freud se hallará en los capítulos VII y VIII de El malestar en la
11, pág. 45, como también en un pasaje agregado en 1914 a La inter- cultura (1930fl).]
pretación de los sueños ( 190GÍJ), AE, 5, pág. 541, y en «Complemento ^ [La Primera Guerra Mundial.]
metapsicológico a la doctrina de los sueños» (1917¿), AE, 14, pág. * [Cf. la «Introducción» de Freud {1919¿) a Sobre el psicoanálisis
221.1 de las neurosis de guerra.']

121 122
conservación—, sino porque la falta de esos análisis nos ha satisfactorio que la angustia se repitiera como símbolo de
hecho perder la más preciosa oportunidad de obtener infor- una separación a raíz de cada separación posterior; pero algo
maciones decisivas acerca del nexo entre angustia y formación obsta, por desdicha, para sacar partido de esa concordancia:
de síntoma. Después de todo lo que sabemos acerca de la el nacimiento no es vivenciado subjetivamente como una
estructura de las neurosis más simples de la vida cotidiana, separación de la madre, pues esta es ignorada como objeto
es harto improbable que una neurosis sobrevenga sólo por el por el feto enteramente narcisista. He aquí otro reparo: las
hecho objetivo de un peligro mortal, sin que participen los reacciones afectivas frente a una separación nos resultan fa-
estratos inconcientes más profundos del aparato anímico. miliares y las sentimos como dolor y duelo, no como angus-
Ahora bien, en lo inconciente no hay nada que pueda dar tia. Por otra parte, recordemos que en nuestro examen del
contenido a nuestro concepto de la aniquilación de la vida. La duelo no pudimos llegar a comprender por qué es tan do-
castración se vuelve por así decir representable por medio de loroso."
la experiencia cotidiana de la separación respecto del conte-
nido de los intestinos y la pérdida del pecho materno viven-
ciada a raíz del destete;' empero, nunca se ha experimentado
nada semejante a la muerte, o bien, como es el caso del des-
mayo, no ha dejado tras sí ninguna huella registrable. Por
eso me atengo a la conjetura de que la angustia de muerte
debe concebirse como un análogo de la angustia de castración,
y que la situación frente a la cual el yo reacciona es la de


ser abandonado por el superyó protector —los poderes del
destino—, con lo que expiraría ese su seguro para todos los
peligros.*^ Además, cuenta el hecho de que a raíz de las
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vivencias que llevan a la neurosis traumática es quebrada la
protección contra los estímulos exteriores y en el aparato
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anímico ingresan volúmenes hipertróficos de excitación [cf.
pág. 90], de suerte que aquí estamos ante una segunda posi-
bilidad: la de que la angustia no se limite a ser una señal-
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afecto, sino que sea también producida como algo nuevo a
partir de las condiciones económicas de la situación.
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Mediante esta última puntualización, a saber, que el yo se
pondría sobre aviso de la castración a través de pérdidas de
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objeto repetidas con regularidad, hemos obtenido una nueva
concepción de la angustia. Si hasta ahora la considerábamos
una señal-afecto del peligro, nos parece que se trata tan a
menudo del peligro de la castración como de la reacción frente
a una pérdida, una separación. A pesar de lo mucho que
enseguida puede aducirse contra esta conclusión, tiene que
saltarnos a la vista una notabilísima concordancia. La pri-
mera vivencia de angustia, al menos del ser humano, es la
del nacimiento, y este objetivamente significa la separa-
ción de la madre, podría compararse a una castración de la
madre (de acuerdo con la ecuación hijo = pene). Sería muy
•^ [Véase una nota al pie agregada en 1923 al historial clínico del
pecjueño Hans (1909^), AE, 10, págs. 9-10.]
** [Véanse los párrafos finales de El yo y el ello (192}b), AE, 19, " [Cf. «Duelo y melancolía» (1917e), AE, 14, págs. 242-3. El tema
págs. 58-9, e infra, pág. 132.] es retomado infra, págs. 158 y sigs.]

123 124
carácter displacentero específico; 2) acciones de descarga, y
VIH 3) percepciones de estas.
Ya los puntos 2 y 3 nos proporcionan una diferencia res-
pecto de los estados semejantes, como el duelo y el dolor.
Las exteriorizaciones motrices no forman parte de esos esta-
dos; cuando se presentan, se separan de manera nítida, no
como componentes de la totalidad, sino como consecuencias
o reacciones frente a ella. Por tanto, la angustia es un estado
displacentero particular con acciones de descarga que siguen
Es tiempo de que nos detengamos a meditar. Desde luego, determinadas vías {Bahn}. De acuerdo con nuestras opinio-
buscamos una intelección que nos revele la esencia de la nes generales," tenderíamos a creer que en la base de la
angustia, un «o bien-o bien» que separe, en lo que sobre ella angustia hay un incremento de la excitación, incremento que
se dice, la verdad del error. Pero es difícil lograrlo; la angustia por una parte da lugar al carácter displacentero y por la otra
no es cosa simple de aprehender. Hasta aquí no hemos obte- es aligerado mediante las descargas mencionadas. Empero, es
nido nada más que unas contradicciones entre las cuales no difícil que nos conforme esta síntesis puramente fisiológica;
se podría elegir sin responder a un prejuicio. Ahora propongo estamos tentados de suponer que es un factor histórico el
otro procedimiento; reunamos, sin tomar partido, todo cuan- que ]¡ga con firmeza entre sí las sensaciones e inervaciones
to podemos enunciar acerca de la angustia, renunciando a de la angustia. Con otras palabras: que el estado de angustia
la expectativa de alcanzar una nueva síntesis. es la reproducción de una vivencia que reunió las condiciones


La angustia es, pues, en primer término, algo sentido. La para un incremento del estímulo como el señalado y para la
llamamos estado afectivo, si bien no sabemos qué es un descarga por determinadas vías, a raíz de lo cual, también,
afecto. Como sensación, tiene un carácter displacentero evi- el displacer de la angustia recibió su carácter específico.
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dentísimo, pero ello no agota su cualidad; no a todo displa- En el caso de los seres humanos, el nacimiento nos ofrece
cer podemos llamarlo angustia. Existen otras sensaciones de una vivencia arquetípica de tal índole, y por eso nos incli-
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carácter displacentero (tensiones, dolor, duelo); por tanto, namos a ver en el estado de angustia una reproducción del
la angustia ha de tener, además de esta cualidad displacen- trauma del nacimiento. [Cf. pág. 89.]
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tera, otras particularidades. Una pregunta: ¿Conseguiremos Pero con ello no hemos aseverado nada que pudiera otor-
llegar a comprender las diferencias entre estos diversos afec- gar a la angustia una posición excepcional entre los estados
tos displacenteros? afectivos. Opinamos que también los otros afectos son re-
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De cualquier modo, algo podremos sacar en limpio de la producciones de sucesos antiguos, de importancia vital, pre-
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sensación de la angustia. Su carácter displacentero parece individuales llegado el caso, y en calidad de ataques histéricos
tener una nota particular; esto resulta difícil de demostrar, universales, típicos, congénitos, los comparamos con los ata-
pero es probable; no sería nada llamativo. Pero además de ques de la neurosis histérica, que se adquieren tardía e indi-
ese carácter peculiar, difícil de aislar, percibimos en la an- vidualmente, ataques estos últimos cuya génesis y significado
gustia sensaciones corporales más determinadas que referimos de símbolos mnémicos nos fueron revelados con nitidez por
a ciertos órganos. Puesto que aquí no nos interesa la fisio- el análisis. Sería muy deseable, desde luego, que esta concep-
logía de la angustia, bástenos con destacar algunos represen- ción pudiera aplicarse de manera probatoria a una serie de
tantes {Reprásentant) de esas sensaciones: las más frecuentes otros afectos, de lo cual estamos muy distantes hoy.'''
y nítidas son las que sobrevienen en los órganos de la respi-
ración y en el corazón.^ Otras tantas pruebas, para nosotros, - [Tal como se expresaron, verbigracia, al comienzo de Más allá
de que en la angustia como totalidad participan inervaciones del principio de placer (1920g), AE, 18, págs. 7 y sigs,]
•' [Esta ¡dea fue tomada probablemente de Darwin, The Expression
motrices, vale decir, procesos de descarga. El análisis del of the Emotions (1872), obra citada por Freud, dentro de un contexto
estado de angustia nos permite distinguir entonces: 1) un análogo, en Estudios sobre la histeria (\%93d), AE, 2, pág, 193, Cf. mi
«Introducción», supra, pág. 80. La naturaleza de los afectos ya había
1 [Véase el primer trabajo de Freiid sobre la neurosis He angustia sido examinada en «Lo inconciente» (1915^), AE, 14, págs. 173-5, y
(1895¿), AE, 3, págs, 94-•5.1 también, con mayor claridad, en la 25' de las Conferencias de intro-
ducción cil psicoanálisis (1916-17), AE, 16, págs. 360-1,]

125 }26
La reconducción de la angustia al suceso del nacimiento ran dos posibilidades de emergencia de la angustia: una,
debe ser protegida contra unas obvias objeciones. La angustia desacorde con el fin, en una situación nueva de peligro; la
es una reacción probablemente inherente a todos los orga- otra, acorde con el fin, para señalarlo y prevenirlo.
nismos; al menos, lo es a todos los organismos superiores. Bien; pero, ¿qué es un «peligro»? En el acto del naci-
Ahora bien, sólo los mamíferos vivencian el nacimiento, y miento amenaza un peligro objetivo para la conservación de
es dudoso que en todos ellos alcance el valor de un trauma. la vida. Sabemos lo que ello significa en la realidad, pero
Por tanto, existe angustia sin el arquetipo del nacimiento. psicológicamente no nos dice nada. El peligro del nacimiento
Pero esta objeción salta la frontera entre biología y psicolo- carece aún de todo contenido psíquico. Por cierto que no
gía. Justamente porque la angustia tiene que llenar una fun- podemos presuponer en el feto nada que se aproxime de
ción indispensable desde el punto de vista biológico, como algún modo a un saber sobre la posibilidad de que el proceso
reacción frente al estado de peligro, puede haber sido mon- desemboque en un aniquilamiento vital. El feto no puede
tada {einrichíen} de manera diversa en los diferentes seres notar más que una enorme perturbación en la economía de su
vivos. Por otra parte, no sabemos si en los seres vivos más libido narcisista. Grandes sumas de excitación irrumpen has-
alejados del hombre tiene el mismo contenido de sensaciones ta él, producen novedosas sensaciones de displacer; muchos
e inervaciones que en este. En consecuencia, nada de esto órganos se conquistan elevadas investiduras, lo cual es una
obsta para cjue en el caso del hombre la angustia tome como suerte de preludio de la investidura de objeto que pronto se
arquetipo el proceso del nacimiento. iniciará; y de todo ello, ¿qué es lo que podría emplearse como
Si tales son la estructura y el origen de la angustia, se signo distintivo de una «situación de peligro»?
nos plantea esta otra pregunta: ¿Cuál es su función, y en Por desdicha, sabemos demasiado poco acerca de la con-


qué oportunidades es reproducida? La respuesta parece evi- formación anímica del neonato, lo cual nos impide dar una
dente y de fuerza probatoria. La angustia se generó como respuesta directa a esta pregunta. Ni siquiera puedo garan-
reacción frente a un estado de peligro; en lo sucesivo se la tizar la idoneidad de la descripción que acabo de dar. Es fácil
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reproducirá regularmente cuando un estado semejante vuelva decir que el neonato repetirá el afecto de angustia en todas
a presentarse. las situaciones que le recuerden el suceso del nacimiento. Pero
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Empero, hay que puntualizar algo sobre esto. Las inerva- el punto decisivo sigue siendo averiguar por intermedio de
ciones del estado de angustia originario probablemente tu- qué y debido a qué es recordado.
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vieron pleno sentido y fueron adecuadas al fin, en un todo Apenas nos queda otra cosa que estudiar las ocasiones a
como las acciones musculares del primer ataque histérico. Si raíz de las cuales el lactante o el niño de corta edad se mues-
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uno quiere explicar el ataque histérico, no tiene más que tra pronto al desarrollo de angustia. En su libro sobre el
buscar la situación en que los movimientos correspondientes trauma del nacimiento. Rank (1924) ha hecho un intento
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formaron parte de una acción justificada. Así, es probable muy enérgico por demostrar los vínculos de las fobias más
que en el curso del nacimiento la inervación dirigida a los tempranas del niño con la impresión del suceso del nacimien-
órganos de la respiración preparara la actividad de los pul- to. Pero yo no puedo considerar logrado ese intento. Cabe
mones, y la aceleración del ritmo cardíaco previniera el enve- reprocharle dos cosas: la primera, que descanse en la pre-
nenamiento de la sangre. Desde luego, este acuerdo a fines misa de que el niño recibió a raíz de su nacimiento determi-
falta en la posterior reproducción del estado de angustia en nadas impresiones sensoriales, en particular de naturaleza vi-
calidad de afecto, como también lo echamos de menos en el sual, cuya renovación sería capaz de provocar el recuerdo del
ataque histérico repetido. Por lo tanto, cuando un individuo trauma del nacimiento y, con él, la reacción de angustia. Esta
cae en una nueva situación de peligro, fácilmente puede vol- hipótesis carece de toda prueba y es harto improbable; no
verse inadecuado al fin que responda con el estado de an- es creíble que el niño haya guardado del proceso de su naci-
gustia, reacción frente a un peligro anterior, en vez de em- miento otras sensaciones excepto las táctiles y las de carácter
prender la reacción que sería la adecuada ahora. Empero, el general. Si más tarde muestra angustia frente a animales pe-
carácter acorde a fines vuelve a resaltar cuando la situación queños que desaparecen en agujeritos o salen de ellos. Rank
de peligro se discierne como inminente y es señalada mediante explica esta reacción por la percepción de una analogía; em-
el estallido de angustia. En tal caso, esta última puede ser pero, ella no puede ser manifiesta para el niño. En segundo
relevada enseguida por medidas más apropiadas. Así, se sepa- lugar, que en la apreciación de estas situaciones posteriores

127 128
de angustia Ranic hace intervenir, según lo necesite, el re- como una reacción frente a la ausencia del objeto; en este
cuerdo de la existencia intrauterina dichosa o el de su per- punto se nos imponen unas analogías: en efecto, también la
turbación traumática; así abre de par en par las puertas a angustia de castración tiene por contenido la separación res-
la arbitrariedad en la interpretación. Ciertos casos de esa pecto de un objeto estimado en grado sumo, y la angustia
angustia infantil son directamente refractarios a la aplicación más originaria (la «angustia primordial» del nacimiento)
del principio de Rank. Si se deja al niño en la oscuridad y se engendró a partir de la separación de la madre.
soledad, deberíamos esperar que recibiera con satisfacción La. reflexión más somera nos lleva más allá de esa insis-
esta reproducción de la situación intrauterina, pero el hecho tencia en la pérdida de objeto. Cuando el niño añora la per-
es que, justamente en ese caso, reacciona con angustia; cuan- cepción de la madre, es sólo porque ya sabe, por experiencia,
do se reconduce ese hecho al recuerdo de la perturbación de que ella satisface sus necesidades sin dilación. Entonces, la
aquella dicha por el nacimiento, ya no podemos ignorar por situación que valora como «peligro» y de la cual quiere res-
más tiempo el carácter forzado de este intento de explicación.'' guardarse es la de la insatisfacción, el aumento de la tensión
Me veo precisado a concluir que las fobias más tempranas de necesidad, frente al cual es impotente. Opino que desde
de la infancia no admiten una reconducción directa a la este punto de vista todo se pone en orden; la situación de
impresión del acto del nacimiento, y que hasta ahora se han la insatisfacción, en que las magnitudes de estímulo alcanzan
sustraído de toda explicación. Es innegable la presencia de un nivel displacentero sin que se las domine por empleo
cierto apronte angustiado en el lactante. Pero no alcanza su psíquico y descarga, tiene que establecer para el lactante
máxima intensidad inmediatamente tras el nacimiento para la analogía con la vivencia del nacimiento, la repetición de la
decrecer poco a poco, sino que surge más tarde, con el pro- situación de peligro; lo común a ambas es la perturbación


greso del desarrollo anímico, y se mantiene durante cierto económica por el incremento de las magnitudes de estímulo
período de la infancia. Cuando esas fobias tempranas se ex- en espera de tramitación; este factor constituye, pues, el
tienden más allá de esa época, despiertan la sospecha de núcleo genuino del «peligro». En ambos casos sobreviene la
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perturbación neurótica, aunque en modo alguno nos resulta reacción de angustia, que en el lactante resulta ser todavía
inteligible su relación con las posteriores neurosis declaradas acorde al fin, pues la descarga orientada a la musculatura
respiratoria y vocal clama ahora por la madre, así como
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de la infancia.
Sólo pocos casos de la exteriorización infantil de angustia antes la actividad pulmonar movió a la remoción de los
estímulos internos. El niño no necesita guardar de su naci-
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nos resultan comprensibles; detengámonos en ellos. Se pro-
ducen: cuando el niño está solo, cuando está en la oscuri- miento nada más que esta caracterización del peligro.
dad '' y cuando halla a una persona ajena en lugar de la que Con la experiencia de que un objeto exterior, aprehensible
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le es familiar (la madre). Estos tres casos se reducen a una por vía de percepción, puede poner término a la situación
única condición, a saber, que se echa de menos a la persona peligrosa que recuerda al nacimiento, el contenido del peli-
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amada (añorada). Ahora bien, a partir de aquí queda expe- gro se desplaza de la situación económica a su condición, la
dito el camino hacia el entendimiento de la angustia y la pérdida del objeto. La ausencia de la madre deviene ahora
armonización de las contradicciones que parecen rodearla. el peligro; el lactante da la señal de angustia tan pronto
La imagen mnémica de la persona añorada es investida como se produce, aun antes que sobrevenga la situación eco-
sin duda intensivamente, y es probable que al comienzo lo nómica temida. Esta mudanza significa un primer gran pro-
sea de manera alucinatoria. Pero esto no produce resultado greso en el logro de ia autoconservación; simultáneamente
ninguno, y parece como si esta añoranza se trocara de pronto encierra el pasaje de la neoproducción involuntaria y auto-
en angustia. Se tiene directamente la impresión de que esa mática de la angustia a su reproducción deliberada como
angustia sería una expresión de desconcierto, como si este señal del peligro.
ser, muy poco desarrollado todavía, no supiese qué hacer En ambos aspectos, como fenómeno automático y como
con su investidura añorante. Así, la angustia se presenta señal de socorro, la angustia demuestra ser producto del
desvalimiento psíquico del lactante, que es el obvio corres-
' [Hay otras consideraciones sobre la teoría de Rank infra, págs. pondiente de su desvalimiento biológico. La llamativa coin-
141 y sigs.]
>"'' [Véase una nota al pie en Iras ensayos de teoría sexual (1905¿), cidencia de que tanto la angustia del nacimiento como la
AE, 7, págs. 204-5.] angustia del lactante reconozca por condición la separación

129 130
de la madre no ha menester de interpretación psicológica Los progresos del desarrollo del niño, el aumento de su
alguna; se explica harto simplemente, en términos biológi- independencia, la división más neta de su aparato anímico
cos, por el hecho de que la madre, que primero había cal- en varias instancias, la emergencia de nuevas necesidades, no
mado todas las necesidades del feto mediante los dispositivos pueden dejar de influir sobre el contenido de la situación
de su propio cuerpo, también tras el nacimiento prosigue de peligro. Hemos perseguido su mudanza desde la pérdida
esa misma función en parte con otros medios. Vida intra- del objeto-madre hasta la castración y vemos el paso siguien-
uterina y primera infancia constituyen un continuo, en me- te causado por el poder del superyó. Al despersonalizarse la
dida mucho mayor de lo que nos lo haría pensar la llamati- instancia parental, de la cual se temía la castración, el peligro
va cesura " del acto del nacimiento. El objeto-madre psíquico se vuelve más indeterminado. La angustia de castración se
sustituye para el niño la situación fetal biológica. Mas no desarrolla como angustia de la conciencia moral, como an-
por ello tenemos derecho a olvidar que en la vida intraute- gustia social. Ahora ya no es tan fácil indicar qué teme la
rina la madre no era objeto alguno, y que en esa época no angustia. La fórmula «separación, exclusión de la horda»
existía ningún objeto. sólo recubre aquel sector posterior del superyó que se ha
Se echa de ver fácilmente que en esta trama no queda desarrollado por apuntalamiento en arquetipos sociales, y
espacio alguno para una abreacción del trauma del naci- no al núcleo del superyó, que corresponde a la instancia pa-
miento, y que no se descubre otra función de la angustia rental introyectada. Expresado en términos generales: es la
que la de ser una señal para la evitación de la situación de ira, el castigo del superyó, la pérdida de amor de parte de
peligro. La pérdida del objeto como condición de la angustia él, aquello que el yo valora como peligro y a lo cual res-
persiste por todo un tramo. También la siguiente mudanza ponde con la señal de angustia. Me ha parecido que la última


de la angustia, la angustia de castración que sobreviene en mudanza de esta angustia frente al superyó es la angustia de
la fase fálica, es una angustia de separación y está ligada a muerte (de supervivencia), la angustia frente a la proyec-
idéntica condición. El peligro es aquí la separación de los ción del superyó en los poderes del destino. [Cf. pág. 123.]
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genitales. Una argumentación de Ferenczi [1925], que pa- En alguna ocasión anterior concedí cierto valor a la figu-
rece enteramente justificada, nos permite discernir en este ración de que es la investidura quitada {abziehen} a raíz
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punto la línea de conexión con los contenidos más tempra- de la represión {desalojo} la que se aplica como descarga
nos de la situación de peligro. La alta estima narcisista por de angustia.^ Esto hoy apenas me parece interesante. La
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el pene puede basarse en que la posesión de ese órgano con- diferencia está en que yo antes creía que la angustia se
tiene la garantía para una reunión con la madre (con el generaba de manera automática en todos los casos mediante
sustituto de la madre) en el acto del coito. La privación de
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un proceso económico, mientras que la concepción de la
ese miembro equivale a una nueva separación de la madre; angustia que ahora sustento, como una señal deliberada del
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vale decir: implica quedar expuesto de nuevo, sin valimiento yo hecha con el propósito de influir sobre la instancia placer-
alguno, a una tensión displacentera de la necesidad (como displacer, nos dispensa de esta compulsión económica. Des-
sucedió a raíz del nacimiento). Pero ahora la necesidad cuyo de luego, nada hay que decir en contra del supuesto de que
surgimiento se teme es una necesidad especializada, la de la el yo aplica, para despertar el afecto, justamente la energía
libido genital, y no ya una cualquiera como en la época de liberada por el débito {Abziehung} producido a raíz de la
lactancia. En este punto señalo que la fantasía de regreso al represión; pero ha perdido importancia saber con qué por-
seno materno es el sustituto del coito en el impotente (inhi- ción de energía esto acontece.^
bido por la amenaza de castración). En el sentido de Ferenc- Otra tesis que he formulado en algún momento pide ser
zi, puede decirse que un individuo que en el regreso al seno revisada ahora a la luz de nuestra nueva concepción. Es la
materno querría hacerse subrogar por su órgano genital, aseveración de que el yo es el genuino almacigo de la an-
sustituye ahora [en esta fantasía] regresivamente ese órgano gustia;^" opino que demostrará ser acertada. En efecto, no
por su persona toda.^ tenemos motivo alguno para atribuir al superyó una exte-
6 [«Caesur»; en la edición alemana de 1926 dice aquí, por error,
«Censur», «censura».] ** [Cf., por ejemplo, «Lo inconciente» {1915(?), AE, 14, pág, 179.]
"^ [Freud ya había analizado esta fantasía en el caso del «Hombre " [Cf. mi «Introducción», supra, págs. 75-6.]
de los Lobos» (1918/7), /IF, 17, págs. 92-3.1 10 [Cf. El yo y el ello (1923¿), AE, 19, pág. 57.]

131 132
riorización de angustia. Y si se habla de «angustia del ello», ner en suspenso por un lapso, y a ligarla mediante una for-
no es necesario contradecirlo, sino corregir una expresión mación de síntoma..El análisis de las neurosis traumáticas
torpe. La angustia es un estado afectivo que, desde luego, de guerra (designación que, por lo demás, abarca afeccio-
sólo puede ser registrado por el yo. El ello no puede tener nes de muy diversa índole) habría arrojado probablemente
angustia como el yo: no es una organización, no puede el resultado de que cierto número de ellas participa de los
apreciar situaciones de peligro. En cambio, es frecuentísimo caracteres de las neurosis actuales. [Cf. págs. 122-3.]
que en el ello se preparen o se consumen procesos que den Cuando exponíamos el desarrollo de las diferentes situa-
al yo ocasión para desarrollar angustia; de hecho, las repre- ciones de peligro a partir del arquetipo originario del naci-
siones probablemente más tempranas, así como la mayoría miento, lejos estábamos de afirmar que cada condición pos-
de las posteriores, son motivadas por esa angustia del yo terior de angustia destituyera simplemente a la anterior. Los
frente a procesos singulares sobrevenidos en el ello. Aquí progresos del desarrollo yoico, es cierto, contribuyen a des-
distinguimos de nuevo, con buen fundamento, entre dos valorizar y empujar a un lado la anterior situación de peli-
casos: que en el ello suceda algo que active una de las gro, de suerte que puede decirse que una determinada edad
situaciones de peligro para el yo y lo mueva a dar la señal del desarrollo recibe, como si fuera la adecuada, cierta condi-
de angustia a fin de inhibirlo, o que en el ello se produzca ción de angustia. El peligro del desvalimiento psíquico se
la situación análoga al traurrta del nacimiento, en que la adecúa al período de la inmadurez del yo, así como el peligro
reacción de angustia sobreviene de manera automática. Am- de la pérdida de objeto a la falta de autonomía de los pri-
bos casos pueden aproximarse si se pone de relieve, que el meros años de la niñez, el peligro de castración a la fase
segundo corresponde a la situación de peligro primera y fálica, y la angustia frente al superyó al período de latencia.


originaria, en tanto que el primero obedece a una de las Empero, todas estas situaciones de peligro y condiciones
condiciones de angustia que derivan después de aquella. O, de angustia pueden pervivir lado a lado, y mover al yo a
para atenernos a las afecciones que se presentan en la reali- cierta reacción de angustia aun en épocas posteriores a aque-
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dad: el segundo caso se realiza en la etiología de las neurosis llas en que habría sido adecuada; o varias de ellas pueden
actuales, en tanto que el primero sigue siendo característico ejercer simultáneamente una acción eficaz. Es posible que
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de las psiconeurosis. existan también vínculos más estrechos entre la situación
Vemos ahora que no necesitamos desvalorizar nuestras de peligro operante y la forma de la neurosis que subsigue.^''
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elucidaciones anteriores, sino meramente ponerlas en cone-
xión con las intelecciones más recientes. No es descartable 13 Después que distinguimos entre yo y ello, no podía menos que
recibir nuevo aliento nuestro interés por los problemas de la represión.
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que en caso de abstinencia, de perturbación abusiva del Hasta entonces nos habíamos conformado con estudiar el aspecto del
decurso de la excitación sexual, de desviación de esta de su proceso vuelto hacia el yo: el apartamiento de la conciencia y de
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procesamiento psíquico, ^^ se genere directamente angustia a la motilidad, y la formación sustitutiva (de síntoma); en cuanto a la
partir de libido, vale decir, se establezca aquel estado de moción reprimida como tal, suponíamos que permanecía en lo incon-
ciente, inmutada, durante un tiempo indefinidamente largo. Ahora el
desvalimiento del yo frente a una tensión hipertrófica de la interés se vuelve hacia los destinos de lo reprimido, y vislumbramos
necesidad, estado que, como en el nacimiento, desemboque que esa persistencia inmutada e inmutable no es algo evidente de
en un desarrollo de angustia; y en relación con esto, es de suyo, y quizá ni siquiera lo habitual. Sin duda la moción pulsional
originaria ha sido inhibida y apartada de su meta por la represión.
nuevo una posibilidad indiferente, pero que nos viene suge- Pero, ¿se ha conservado en lo inconciente su planteo, y ha probado
rida como naturalmente, que sea el exceso de libido no apli- este ser resistente a los influjos alteradores y desvalorizadores de la
cada el que encuentre su descarga en el desarrollo de angus- vida? ¿Subsisten, pues, los viejos deseos de cuya existencia anterior
tia.^" Vemos que sobre el terreno de estas neurosis actuales nos informa el análisis? La respuesta parece obvia y segura: Los viejos
deseos reprimidos han de pervivir en lo inconciente, ya que hallamos
se desarrollan con particular facilidad psiconeurosis, así: el que sus retoños, los síntomas, son todavía eficaces. Pero esa respuesta
yo intenta ahorrarse la angustia, que ha aprendido a mante- no basta, pues no permite decidir entre dos posibilidades: si el viejo
deseo sigue ejerciendo efectos ahora sólo a través de sus retoños, a
11 [Esta expresión ya había aparecido en el primer trabajo de Freud los que trasfirió toda su energía de investidura, o si además se con-
sobre la neurosis de angustia (1895^), AE, 3, pág. 109; el presente servó él mismo. Si su destino fuera agotarse en la investidura de sus
retoños, quedaría una tercera posibilidad: que en el circuito de la
pasaje es como un eco de la sección III de dicho trabajo.] neurosis fuera reanimado por regresión, por inactual que pudiera ser
1- [No obstante, véase infra, págs. 150-2, y mi «Introducción», en el presente. No hay que considerar ociosas estas reflexiones; en la
supra, págs. 75-6.]

133 134
Cuando en un pasaje anterior de estas indagaciones tro-
pezamos con la significatividad de la angustia de castración
IX
para más de una afección neurótica, nos habíamos advertido
a nosotros mismos no sobrestimar ese factor, puesto que en
el sexo femenino —sin duda, el más predispuesto a la neu-
rosis —no podría ser lo decisivo. [Cf. pág. 117.] Ahora
vemos que no corremos el peligro de declarar a la angustia
de castración como el único motor de los procesos defensivos
que llevan a la neurosis. En otro lugar" he puntualizado
cómo el desarrollo de la niña pequeña es guiado a través Lo que ahora nos resta es tratar sobre los vínculos entre
del complejo de castración hasta la investidura tierna de formación de síntoma y desarrollo de angustia.
objeto. Y precisamente, en el caso de la mujer parece que Dos diversas opiniones acerca de ellos parecen muy difun-
la situación de peligro de la pérdida de objeto siguiera didas. Una dice que la angustia misma es síntoma de la
siendo la más eficaz. Respecto de la condición de angustia neurosis, en tanto la otra cree en un nexo mucho más íntimo
válida para ella, tenemos derecho a introducir esta pequeña entre ambas. De acuerdo con esta última, toda formación
modificación: más que de la ausencia o de la pérdida real de síntoma se emprende sólo para escapar a la angustia; los
del objeto, se trata de la pérdida de amor de parte del síntomas ligan la energía psíquica que de otro modo se
objeto. Puesto que sabemos con certeza que la histeria tiene habría descargado como angustia; así, la angustia sería el fe-
mayor afinidad con la feminidad, así como la neurosis obse- nómeno fundamental y el principal problema de la neurosis.


siva con la masculinidad,^'' ello nos sugiere la conjetura de Por medio de algunos decisivos ejemplos se puede demos-
que la pérdida de amor como condición de angustia desem- trar la licitud al menos parcial de la segunda tesis. Si uno
peña en la histeria un papel semejante a la amenaza de deja librado a sí mismo a un agorafóbico a quien venía
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castración en las fobias, y a la angustia frente al superyó en acompañando por la calle, él produce un ataque de angustia;
la neurosis obsesiva. si se impide a un neurótico obsesivo lavarse las manos tras
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haber tocado algo, caerá presa de una angustia casi insopor-
table. Es claro, por consiguiente, que ambas condiciones (la
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de ser acompañado y la acción obsesiva de lavarse) tenían
el propósito, y también el resultado, de prevenir tales esta-
llidos de angustia. En este sentido, puede llamarse síntoma
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también toda inhibición que el yo se imponga.
Puesto que hemos reconducido el desarrollo de angustia a
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la situación de peligro, preferiremos decir que los síntomas
se crean para sustraer de ella al yo. Si se obstaculiza la
formación de síntoma, el peligro se presenta efectivamente,
o sea, se produce aquella situación análoga al nacimiento
en que el yo se encuentra desvalido frente a la exigencia
pulsional en continuo crecimiento: la primera y la más ori-
ginaria de las condiciones de angustia. En nuestra visión, los
vínculos entre angustia y síntoma demuestran ser menos
vida anímica tanto patológica como normal hay mucho que parece estrechos de lo que se había supuesto; ello se debe a que
reclamar este tipo de planteo. En mi estudio sobre el sepultamiento
del complejo de Edipo (1924i¿) me vi llevado a prestar atención a la hemos interpolado entre ambos el factor de la situación de
diferencia entre la mera represión y la efectiva cancelación de una peligro. A modo de complemento podemos decir que el
antigua moción de deseo. desarrollo de angustia introduce la formación de síntoma, y
1* [Cf. «Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica hasta es una premisa necesaria de esta, puesto que si el yo
entre los sexos» (1925;).]
15 [Esto ya había sido sostenido por Freud treinta años antes, en no hubiera alertado a la instancia placer-displacer, no adqui-
«La herencia y la etiología de las neurosis» (1896a), AE, 3, pág. 155.] riría el poder para atajar el proceso amenazador que se

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gesta en el ello. En todo esto hay una inequívoca tendencia He aquí una segunda objeción: en el intento de huida
a limitarse a la medida mínima de desarrollo de angustia, a frente a un peligro exterior amenazador no hacemos otra
emplear la angustia sólo como señal, pues de lo contrario no cosa que aumentar la distancia en el espacio entre nosotros
se haría sino sentir en otro lugar el displacer que amenaza y lo que nos amenaza. No nos ponemos en pie de guerra
por el proceso pulsional, lo cual no constituiría éxito alguno contra el peligro, no buscamos modificar nada en él, como
según el propósito del principio de placer; empero, esto es sí lo hacemos en el otro caso, cuando soltamos un garrotazo
lo que ocurre en las neurosis con harta frecuencia. al lobo o le disparamos con un arma. Ahora bien, el proceso
La formación de síntoma tiene por lo tanto el efectivo defensivo parece obrar más de lo que correspondería a un
resultado de cancelar la situación de peligro. Posee dos intento de huida. En efecto, interviene en el decurso pul-
caras; una, que permanece oculta para nosotros, produce sional amenazante, lo sofoca de algún modo, lo desvía de
en el ello aquella modificación por medio de la cual el yo se su meta, y por ese medio lo vuelve inocuo. Esta objeción
sustrae del peligro; la otra cara, vuelta hacia nosotros, nos parece irrefutable; debemos dar razón de ella. Opinamos
muestra lo que ella ha creado en remplazo del proceso que sin duda existen procesos defensivos que con buen de-
pulsional modificado: la formación sustitutiva. recho pueden ser comparados a un intento de huida, pero
Sin embargo, deberíamos expresarnos de manera más co- en otros el yo se pone en pie de guerra de manera mucho
rrecta, adscribiendo al proceso defensivo lo que acabamos más activa y emprende enérgicas acciones contrarias. Esto,
de enunciar acerca de la formación de síntoma, y empleando claro está, siempre que la comparación de la defensa con la
la expresión «formación de síntoma» como sinónima de «for- huida no se invalide por la circunstancia de que el yo y
mación sustitutiva». Parece claro, así, que el proceso defen- la pulsión del ello son partes de una misma organización,


sivo es análogo a la huida por la cual el yo se sustrae de un y no existencias separadas como el lobo y el niño, de suerte
peligro que le amenaza desde afuera, y que justamente consti- que cualquier conducta del yo forzosamente ejercerá un
tuye un intento de huida frente a un peligro pulsional. Los efecto modificador sobre el proceso pulsional.
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reparos que pueden dirigirse a esta comparación nos ayu- El estudio de las condiciones de angustia nos llevó a tras-
darán a obtener un esclarecimiento mayor. En primer lugar figurar de acuerdo con la ratio, por así decir, la conducta
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puede replicarse que la pérdida del objeto (la pérdida del del yo en el proceso de la defensa. Cada situación de peligro
amor del objeto) y la amenaza de castración son también corresponde a cierta época de la vida o fase de desarrollo del
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peligros que se ciernen desde afuera, como lo haría un ani- aparato anímico, y parece justificada para ella. En la pri-
mal carnicero, y por tanto no son peligros pulsionales. Ahora mera infancia, no se está de hecho pertrechado para dominar
bien, el caso no es el mismo. El lobo nos atacaría probable-
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psíquicamente grandes sumas de excitación que lleguen de
mente sin importarle nuestra conducta; pero la persona adentro o de afuera. En una cierta época, el interés más im-
amada no nos sustraería su amor, ni se nos amenazaría con
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portante consiste, en la realidad efectiva, en que las personas
la castración, si en nuestro interior no alimentáramos deter- de quienes uno depende no le retiren su cuidado tierno.
minados sentimientos y propósitos. Así, estas mociones pul- Cuando el varoncito siente a su poderoso padre como un
sionales pasan a ser condiciones del peligro exterior y peli- rival ante la madre y se percata de sus inclinaciones agresi-
grosas ellas mismas; ahora podemos combatir el peligro vas hacia él y sus propósitos sexuales hacia ella, está justi-
externo con medidas dirigidas contra peligros internos. En ficado para temer al padre y la angustia frente a su castigo
las zoofobias el peligro parece sentirse todavía enteramente puede exteriorizarse, por refuerzo filogenético, como angus-
como uno exterior, de igual modo que en el síntoma expe- tia de castración. Con la entrada en relaciones sociales, la
rimenta un desplazamiento hacia el exterior. En la neurosis angustia frente al superyó, la conciencia moral, adquiere un
obsesiva está mucho más interiorizado: la parte de la angus- carácter necesario, y la ausencia de este factor pasa a ser la
tia frente al superyó, que es angustia social, sigue represen- fuente de graves conflictos y peligros, etc. Pero en este
tando {reprasentiercn) todavía al sustituto interior de un punto, justamente, se plantea un nuevo problema.
peligro exterior, mientras que la otra parte, la angustia de Intentemos sustituir por un momento el afecto de angus-
la conciencia moral, es por entero endopsíquica.^
150, y en «Lo inconciente» (1915f), AE, 14, págs. 179-81. — Sobre la
1 [Lo que aquí se afirma es en buena medida una revisión de los «angustia de la conciencia moral», cf. supra, pág. 122,]
argumentos expuestos en «La repre.sión» (1915J), ylE, 14, págs. 148-

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tia por otro, el afecto de dolor. Consideramos enteramente saberse que la castración ya no se usa como castigo por
normal que la niñita de cuatro años llore dolida si se le ceder a los propios apetitos sexuales, pero en cambio ame-
rompe una muñeca; a los seis años, si su maestra la reprende; nazan graves enfermedades si uno se entrega a la libertad
a los dieciséis, si su amado no hace caso de ella, y a los pulsional. Entre las condiciones de angustia, hay otras que
veinticinco quizá, si entierra a un hijo. Cada una de estas en modo alguno están destinadas a ser sepultadas, sino
condiciones de dolor tiene su época y desaparece expirada que acompañarán a los seres humanos durante toda su vida;
esta; las condiciones últimas, definitivas, se conservan toda tal, por ejemplo, la angustia frente al superyó. El neurótico
la vida. Empero, sería llamativo que esta niña, ya esposa y se diferencia del hombre normal por sus desmedidas reac-
madre, llorara porque se le estropeó un bibelot. Ahora bien, ciones frente a estos peligros. Y, en definitiva, la condición
ss así como se comportan los neuróticos. Hace tiempo que de adulto no ofrece una protección suficiente contra el re-
en su aparato anímico están conformadas todas las instan- torno de la situación de angustia traumática y originaria;
cias para el dominio sobre los estímulos, y dentro de amplios acaso cada quien tenga cierto umbral más allá del cual su
límites; son lo bastante adultos para satisfacer por sí mismos aparato anímico fracase en el dominio sobre volúmenes de
la mayoría de sus necesidades; ha mucho saben que la cas- excitación que aguardan trámite.
tración ya no se practica como castigo, y no obstante se Es imposible que estas pequeñas rectificaciones estén des-
comportan como si todavía subsistieran las antiguas situa- tinadas a conmover el hecho aquí elucidado, a saber, que
ciones de peligro, siguen aferrados a todas las condiciones tantísimos seres humanos siguen teniendo una conducta
anteriores de angustia. infantil frente al peligro y no superan condiciones de angus-
La respuesta a este problema tiene que ser prolija. Ante tia periraidas; poner esto en tela de juicio equivaldría a


tcdo habrá que examinar el sumario de los hechos. En gran desconocer el hecho de la neurosis, pues justamente llama-
número de casos, las antiguas condiciones de angustia se mos neuróticas a estas personas. Ahora bien, ¿cómo es ello
abandonan efectivamente después que ya produjeron reac- posible? ¿Por qué no todas las neurosis se convierten en
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ciones neuróticas. Las fobias a la soledad, a la oscuridad y episodios del desarrollo, cerrados tan pronto se alcanza la
a los extraños, de los niños más pequeños, fobias que han fase siguiente? ¿A qué deben su permanencia estas reaccio-
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de llamarse casi normales, se disipan las más de las veces a nes frente al peligro? ¿De dónde le viene al afecto de angus-
poco que ellos crezcan; «pasan», como se dice de muchas tia el privilegio de que parece gozar sobre todos los otros
afectos, a saber, el de provocar sólo él unas reacciones que se
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perturbaciones infantiles. Las zoofobias, tan frecuentes, tie-
nen el mismo destino; muchas de las histerias de conver- distinguen de otras como anormales y se contraponen a la
sión de la infancia no hallan luego continuación alguna. En corriente de la vida como inadecuadas al fin? Con otras pa-
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el período de latencia es frecuentísimo el ceremonial, pero labras: sin advertirlo nos hemos vuelto a topar con el enig-
mático problema, tantas veces planteado, de saber de dónde
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sólo un mínimo porcentaje de esos casos se desarrolla des-
pués hasta la neurosis obsesiva cabal. Las neurosis de la viene la neurosis, cuál es su motivo último, particular. Tras
infancia son en general —hasta donde alcanzan nuestras décadas de empeño analítico vuelve a alzarse frente a noso-
experiencias con niños urbanos, de raza blanca, sometidos tros, incólume, como al comienzo.
a elevados requerimientos culturales— episodios regulares
del desarrollo, aunque se les siga prestando muy escasa aten-
ción. En ningún neurótico adulto se echan de menos los
signos de la neurosis infantil, pero ni con mucho todos
los niños que los presentan se vuelven después neuróticos.
Por tanto, en el curso de la maduración han de haberse
resignado condiciones de angustia, y ciertas situaciones de
peligro perdieron su significatividad. Por otra parte, algunas
de esas situaciones de peligro sobreviven en épocas más
tardías porque modificaron, de acuerdo con estas, su con-
dición de angustia. Por ejemplo, la angustia de castración se
conserva bajo la máscara de la fobia a la sífilis después de

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intensidad variable del peligro. El proceso del nacimiento
X es la primera situación de peligro, y la subversión económica
que produce se convierte en el arquetipo de la reacción de
angustia. En un pasaje anterior [págs. 129 y sigs.] perse-
guimos la línea de desarrollo que conecta esta primera situa-
ción de peligro y condición de angustia con las posteriores,
y vimos entonces que todas estas conservan algo en común,
pues en cierto sentido significan una separación de la madre:
primero sólo en el aspecto biológico, después en el sentido
La angustia es la reacción frente al peligro. Y por cierto de una directa pérdida de objeto y, luego, en el de una se-
que no cabe desechar la idea de que si el afecto de angustia paración mediada por caminos indirectos. El descubrimien-
ha podido conquistarse una posición excepcional dentro de to de este vasto nexo es un mérito indiscutible de la cons-
la economía anímica, ello tiene mucho que ver con la natu- trucción de Rank. Ahora bien, el trauma del nacimiento
raleza del peligro. Ahora bien, los peligros son comunes a afecta a los diversos individuos con intensidad variable, y
los seres humanos, los mismos para todos los individuos; lo junto con la intensidad del trauma varía la reacción de an-
que nos hace falta, y no tenemos, es un factor que nos per- gustia: en opinión de Rank, de estas magnitudes iniciales
mita entender cómo se seleccionan los individuos capaces del desarrollo de angustia depende que el individuo logre
de someter el afecto de angustia, a pesar de su particularidad, alguna vez dominarlo; depende, pues, que se vuelva neuró-
a la fábrica normal del alma, y quiénes están destinados a tico o normal.


fracasar en esa tarea. Veo frente a mí dos intentos por Nuestra tarea no consiste en emprender la crítica deta-
descubrir un factor de esa índole; es comprensible que cual- llada de las tesis de Rank, sino, meramente, en examinarlas
quiera que se emprenda en ese sentido encuentre una aco- para ver si son aplicables a la solución de nuestro problema.
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gida simpática, pues promete socorro en un trance peliagudo. La fórmula de Rank, a saber, que se vuelve neurótico quien
Esos dos intentos se complementan entre sí, pues abordan nunca logra abreaccionar por completo su trauma del naci-
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el problema por extremos contrapuestos. El primero fue miento a causa de la intensidad que tuvo, es en grado sumo
hecho hace más de diez años por Alfred Adler;^ reducido cuestionable desde el punto de vista teórico. No se sabe bien
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a su núcleo más íntimo, asevera que fracasan en la tarea qué se quiere significar con «abreacción» del trauma. Si se
planteada por el peligro aquellos seres humanos a quienes lo entiende al pie de la letra, se llega a la insostenible con-
la inferioridad de sus órganos depara dificultades demasiado clusión de que el neurótico se aproxima tanto más a su
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grandes. Si fuera cierto el apotegma «Simplex sigillum veri» curación cuanto mayores sean la frecuencia y la intensidad
{«La simplicidad es el sello de la verdad»), habría que salu- con que reproduzca el afecto de angustia. A causa de esta
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dar como salvadora tal solución. No obstante, la crítica del contradicción con la realidad, yo había resignado ya en su
decenio trascurrido demostró la total insuficiencia de esta tiempo la teoría de la abreacción, que desempeñaba un papel
explicación, que por lo demás pasa por alto toda la riqueza tan importante en la catarsis. La insistencia en la intensidad
de las circunstancias descubiertas por el psicoanálisis. variable del trauma del nacimiento no deja espacio alguno
El segundo intento fue emprendido por Otto Rank en a los justificados títulos etiológicos de la constitución here-
1923, en su libro El trauma del nacimiento. [Cf. págs. 82 ditaria. Esa intensidad es por cierto un factor orgánico que
y 128-9.] Sería injusto equipararlo con el ensayo de Adler respecto de la constitución se comporta como una contin-
en otro punto que el aquí destacado, puesto que se man- gencia, y a su vez depende de múltiples influjos, que han
tiene en el terreno del psicoanálisis, cuyas ilaciones de pen- de llamarse también contingentes (por ejemplo, el de la
samiento prosigue, y debe reconocérselo como un legítimo oportuna asistencia en el parto). La doctrina de Rank ha
empeño por solucionar problemas analíticos. Dentro de la dejado fuera de cuenta tanto factores constitucionales como
relación dada entre individuo y peligro, Rank quita el acento filogenéticos. Pero si se quisiera dar cabida a la significati-
a la endeblez de órgano del individuo para ponerlo sobre la vidad de la constitución, introduciendo, por ejemplo, la va-
riante de que interesaría más bien la amplitud con que el
1 [Véase, por ejemplo, Adler, 1907,] individuo reacciona frente a la intensidad variable del trau-

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ma del nacimiento, se quitaría a la teoría su valor y se limi- nerse de él un cultivo puro, y cuya inoculación en cualquier
taría a un papel colateral el factor que se acaba de introducir. individuo produciría idéntica afección. O algo menos fantás-
Por consiguiente, lo que decide sobre el desenlace en la tico: la presentación de sustancias químicas cuya administra-
neurosis se sitúa en otro ámbito, que sigue siendo descono- ción produjera o cancelara determinadas neurosis. Pero no
cido para nosotros. parece probable que puedan obtenerse tales soluciones del
El hecho de que el ser humano tenga en común con los problema.
otros mamíferos el proceso del nacimiento, mientras que El psicoanálisis lleva a expedientes menos simples, poco
parece corresponderle como privilegio sobre los animales satisfactorios. No tengo nada nuevo para agregar en este
una particular predisposición a la neurosis, difícilmente hable punto, sólo repetiré cosas hace mucho notorias. Cuando el
en favor de la doctrina de Rank. Empero, la principal obje- yo consigue defenderse de una moción pulsional peligrosa,
ción es que ella planea en el aire, en vez de apoyarse en una por ejemplo mediante el proceso de la represión, sin duda
observación cierta. No existen buenas indagaciones que prue- inhibe y daña esta parte del ello, pero simultáneamente le
ben si un parto difícil y prolongado coincide de manera concede una porción de independencia y renuncia a una
inequívoca con el desarrollo de una neurosis, o si al menos porción de su propia soberanía. Esto se desprende de la
los niños así nacidos presentan los fenómenos del estado de naturaleza de la represión, que en el fondo es un intento
angustia de la primera infancia durante más tiempo o con de huida. Ahora lo reprimido está «proscrito», excluido de
mayor intensidad que otros niños. Aun si se considera que la gran organización del yo, sólo sometido a las leyes que
partos precipitados y fáciles para la madre pueden significar gobiernan el reino de lo inconciente. Pero las consecuencias
para el hijo traumas graves, no puede negarse que en los de la limitación del yo se vuelven manifiestas si luego la


casos en que se producen comienzos de asfixia debieran situación de peligro se altera de suerte que el yo ya no tiene
poder discernirse con certeza las consecuencias aseveradas. motivo alguno para defenderse de una moción pulsional
Parece una ventaja de la etiología de Rank conceder priori- nueva, análoga a la reprimida. El nuevo decurso pulsional
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dad a un factor susceptible de examen en el material de la se consuma bajo el influjo del automatismo —preferiría
experiencia; mientras no se haya emprendido efectivamente decir de la compulsión de repetición—; recorre el mismo
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esa demostración, será imposible formular un juicio acerca camino que el decurso pulsional reprimido anteriormente,
de su valor. como si todavía persistiera la situación de peligro ya supe-
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En cambio, no puedo suscribir la opinión de que la doc- rada. Por lo tanto, el factor fijador a la represión es la
trina de Rank contradiría el valor etiológico de las pulsiones compulsión de repetición del ello inconciente, que en el caso
sexuales, admitido hasta ahora en el psicoanálisis; en efecto, normal sólo es cancelada por la función libremente móvil
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sólo se refiere a la relación del individuo con la situación de del yo. En ocasiones el yo logra echar abajo las barreras de la
peligro, y deja abierto este buen expediente: quien no pudo represión (desalojo} que él mismo había erigido, recuperar
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dominar los peligros iniciales, deberá fracasar también en las su influencia sobre la moción pulsional y guiar el nuevo
situaciones de peligro sexual que luego se le planteen y así decurso pulsional en el sentido de la situación de peligro
será esforzado a la neurosis. ahora alterada. Pero es un hecho que muy a menudo fracasa
Yo no creo, pues, que el intento de Rank nos haya pro- y no puede deshacer {rückgdngig machen} sus represiones.
porcionado la respuesta a la pregunta por el fundamento Para el desenlace de esta lucha acaso sean decisivas unas
de la neurosis, y opino que todavía no puede decidirse cuan relaciones cuantitativas. En muchos casos tenemos la impre-
grande es la contribución que, a pesar de todo, implica para sión de que se decide de una manera compulsiva: la atracción
su solución. Si las indagaciones sobre el influjo de un parto regresiva {regressive Anxiehung] de la moción reprimida y
difícil sobre la predisposición a contraer neurosis hubieran la intensidad de la represión son tan grandes que la moción
de arrojar un resultado negativo, esa contribución debería nueva ,no puede más que obedecer a la compulsión de repe-
considerarse escasa. Es muy de lamentar que siempre quede tición. En otros casos percibimos la contribución de un dife-
insatisfecha la necesidad de hallar una «causa última» uni- rente juego de fuerzas: la atracción del arquetipo reprimido
taria y aprehensible de la condición neurótica {Nervositat}. es reforzada por la repulsión {Abstossung\ ejercida por las
El caso ideal, que probablemente los médicos sigan añorando dificultades reales, que se contraponen a un diverso decurso
todavía hoy, sería el del bacilo, que puede ser aislado y obte- de la moción pulsional reciente.

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La prueba de que este es el modo en que se produce la mienza con la pubertad anudándose a los esbozos infantiles.
fijación a la represión y en que se conserva la sit'jación de Creemos que en las peripecias de la especie humana tiene
peligro que ha dejado de ser actual se encuentra en el hecho que haber ocurrido algo importante" que dejó como secuela,
de la terapia analítica, hecho modesto en sí mismo, pero de en calidad de precipitado histórico, esta interrupción del
una importancia teórica difícil de sobrestimar. Cuando en el desarrollo sexual. La signifícatividad patógena de este factor
análisis prestamos al yo el auxilio que le permite cancelar se debe a que la mayoría de las exigencias pulsionales de esa
sus represiones, él recupera su poder sobre el ello reprimido sexualidad infantil son tratadas como peligros por el yo,
y puede hacer que las mociones pulsionalés discurran como quien se defiende de ellas como si fueran tales, de modo que
si ya no existieran las antiguas situaciones de peligro. Lo las posteriores mociones sexuales de la pubertad, que debie-
que conseguimos entonces armoniza bien con el alcance ordi- ran ser acordes con el yo, corren el riesgo de sucumbir a
nario de nuestra operación médica. En efecto, por regla la atracción de los arquetipos infantiles y seguirlos a la re-
general nuestra terapia debe contentarse con producir de presión. Nos topamos aquí con la etiología más directa de
manera más rápida y confiable, y con menor gasto, el desen- las neurosis. Es notable que el temprano contacto con las
lace bueno que en circunstancias favorables se habría produ- exigencias de la sexualidad ejerza sobre el yo un efecto pare-
cido espontáneamente. cido al prematuro contacto con el mundo exterior.
Las consideraciones que llevamos hechas nos enseñan que El tercer factor, o factor psicológico, se encuentra en una
son relaciones cuantitativas, no pesquisables de manera di- imperfección de nuestro aparato anímico, estrechamente re-
recta, sino aprehensibles sólo por la vía de la inferencia re- lacionada con su diferenciación en un yo y un ello, vale decir
trospectiva, las que deciden si se retendrán las antiguas que en último análisis se remonta también al influjo del


situaciones de peligro, si se conservarán las represiones del mundo exterior. El miramiento por los peligros de la reali-
yo, si las neurosis de la infancia tendrán o no continuación. dad fuerza al yo a ponerse a la defensiva ante ciertas mo-
Entre los factores que han participado en la causación de las ciones pulsionales del ello, a tratarlas como peligros. Empe-
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neurosis, que han creado las condiciones bajo las cuales se ro, el yo no puede protegerse de peligros pulsionales inter-
miden entre sí las fuerzas psíquicas, hay tres que cobran nos de manera tan eficaz como de una porción de la realidad
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relieve para nuestro entendimiento: uno biológico, uno filo- que le es ajena. Conectado íntimamente con e. ello él mism.o,
genético y uno puramente psicológico. El biológico es el sólo puede defenderse del peligro pulsional limitando su
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prolongado desvalimiento y dependencia de la criatura hu- propia organización y aviniéndose a la formación de síntoma
mana. La existencia intrauterina del hombre se presenta como sustituto del daño que infirió a la pulsión. Y si después
abreviada con relación a la de la mayoría de los animales; es se renueva el esfuerzo de asalto {Andrang} de la moción
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dado a luz más inacabado que estos. Ello refuerza el influjo rechazada, surgen para el yo todas las dificultades que cono-
del mundo exterior real, promueve prematuramente la dife- cemos como padecimiento neurótico.
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renciación del yo respecto del ello, eleva la significatividad Provisionalmente, debo admitirlo, no hemos avanzado
de los peligros del mundo exterior e incrementa enorme- más en nuestra intelección de la esencia y la causación de las
mente el valor del único objeto que puede proteger de neurosis.
estos peligros y sustituir la vida intrauterina perdida. Así,
este factor biológico produce las primeras situaciones de
peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre
no se librará más.
El segundo factor, el filogenético, ha sido dilucidado sólo
por nosotros; un hecho muy notable del desarrollo libidinal
nos forzó a admitirlo como hipótesis. Hallamos que la vida
sexual del ser humano no experimenta un desarrollo con-
tinuo desde su comienzo hasta su maduración, como en la
mayoría de los animales que le son próximos, sino que tras
un primer florecimiento temprano, que llega hasta el quinto
año, sufre una interrupción enérgica, luego de la cual reco- - [De lo afirmado por Freud sobre esto mismo en El yo y el ello
(1923¿), AE, 19, pág. 37, se desprende que tiene en mente la era de
las glaciaciones. La idea había sido sugerida por Ferenczi (1913c).]

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