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Las Etapas

El documento narra el viaje emocional de Sara Charris a través de diversas etapas de dolor y sanación, donde cada fase representa una parte de su proceso personal. A lo largo de su relato, destaca la importancia de reconocer y expresar el sufrimiento, así como el valor de aceptarse y volver a empezar desde uno mismo. Este texto es un mapa de emociones que invita al lector a reflexionar sobre sus propias experiencias y a encontrar su voz en medio del dolor.
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Las Etapas

El documento narra el viaje emocional de Sara Charris a través de diversas etapas de dolor y sanación, donde cada fase representa una parte de su proceso personal. A lo largo de su relato, destaca la importancia de reconocer y expresar el sufrimiento, así como el valor de aceptarse y volver a empezar desde uno mismo. Este texto es un mapa de emociones que invita al lector a reflexionar sobre sus propias experiencias y a encontrar su voz en medio del dolor.
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LA MEJOR HISTORIA

las etapas
ESTAS SON LAS PARTES QUE ME
FORMARON, INCLUSO CUANDO
SENTÍ QUE ME DESTRUÍAN."

Sara Charris
prólogo
No todo duele igual.
Y no todo se sana de la misma forma.
A veces me rompí despacio.
Otras veces… sin aviso.
Pasé por momentos donde fingí estar bien,
por días en los que ni yo sabía cómo seguía.
Y en cada etapa,
fui una versión distinta de mí misma.
La que calla.
La que huye.
La que grita por dentro.
La que abraza a pesar del miedo.
No supe en qué momento dejé de ser quien era,
ni cuándo empecé a buscarme en todo lo que dolía.
Solo sé que cada parte,
incluso las que quise olvidar,
me trajo hasta aquí.
Este no es un libro de respuestas.
Es un mapa de emociones.
De esas que no se dicen en voz alta,
pero que viven dentro…
esperando ser reconocidas.
Estas son mis etapas.
Tal vez también sean las tuyas.
índice
Etapa 1 – Negar lo que dolía
Etapa 2 – Aceptar lo que no quería
Etapa 3 – Hundirme sin aviso
Etapa 4 – Romper sin hacer ruido
Etapa 5 – Fingir que todo estaba bien
Etapa 6 – Gritar en silencio
Etapa 7 – Hablar por primera vez
Etapa 8 – Sanar sin que se note
Etapa 9 – Reconocerme en el espejo
Etapa 10 – Volver a empezar desde mí
Negar lo que
dolía
Negaba que me dolía.
Lo decía con palabras firmes,
con sonrisas ensayadas,
con frases como “ya estoy acostumbrada.”
Pero no era verdad.
Lo ocultaba porque admitirlo dolía más.
Porque si lo decía, se volvía real.
Y yo… no quería que fuera real.
Fingí tanto que casi me lo creí.
Que no me afectaba.
Que ya lo había superado.
Que no me importaba.
Pero era mentira.
Me dolía.
Me dolía más de lo que podía explicar.
Y lo peor era eso:
que aunque lo negara,
el dolor no se iba.
Vivía en mi cuerpo.
En mi forma de hablar.
En cómo reaccionaba sin entender por qué.
Negarlo no lo hizo desaparecer.
Solo lo silenció…
y el silencio a veces pesa más que el dolor.
Hoy sé que sí dolía.
Y que negarlo no fue cobardía,
fue defensa.
Porque admitir que algo te duele
es también reconocer
que no lo merecías.
Aceptar lo que
no quería
Me tocaba aceptar cosas que no merecía.
Ser utilizada,
ser segunda opción,
ser invisible.
Aprendí a callarme cuando me humillaban.
A sonreír cuando me hacían a un lado.
A fingir que no dolía cuando me excluían de todo.
No era porque no me diera cuenta.
Me daba cuenta de todo.
Solo que aprendí a soportarlo.
Como si eso fuera lo normal.
Como si no tuviera derecho a exigir algo diferente.
Me tocaba aceptar lo que no quería,
porque en el fondo,
sentía que no tenía otra opción.
Me acostumbré a quedarme en lugares que no me querían completa.
Me adapté a encajar solo a medias.
Y cada vez que me tragaba el dolor,
algo dentro de mí se apagaba un poco más.
Aceptar no es lo mismo que estar bien con eso.
Yo no estaba bien.
Solo me cansé de luchar por atención.
Pero hoy lo reconozco:
no era amor,
no era compañía,
no era respeto.
Era conformarme con migajas…
porque nunca me enseñaron a pedir lo que merezco.
Hundirme sin aviso
Me hundí.
No lo vi venir.
No hubo señal.
Solo un día desperté…
y todo me dolía.
Los pensamientos.
El cuerpo.
El silencio.
Me hundí por los problemas,
por lo que callé,
por lo que me tragaba a diario mientras decía “estoy bien.”
Me sentí débil.
Como si ya no pudiera sostener nada más.
No gritaba.
No pedía ayuda.
Pero por dentro…
era un derrumbe.
Todo era demasiado.
Y yo…
me sentía tan poco.
No era una tristeza pasajera.
Era una oscuridad constante.
Me hundí sin aviso,
porque ya llevaba demasiado tiempo fingiendo que flotaba.
Y cuando el alma no descansa,
el cuerpo se rinde.
Nadie lo notó.
Nadie lo supo.
Pero yo…
me estaba ahogando en mí.
Romper sin hacer ruido
Me quebré.
Pero nadie lo escuchó.
No hubo gritos,
ni crisis,
ni lágrimas visibles.
Solo un silencio profundo…
y yo, rompiéndome por dentro.
Me dolía todo,
y sin embargo, sonreía.
Caminaba como si nada,
pero por dentro no sabía dónde estaba.
Me sentí perdida.
Como si no perteneciera a ningún lugar,
ni siquiera a mí.
Nadie notó que me estaba desmoronando.
Porque aprendí a romperme en silencio,
a fingir que podía con todo,
a cargar el mundo sin hacer ruido.
Solo yo lo sabía.
Solo yo estaba ahí,
en ese momento donde ya no podía más.
Y duele.
No solo por lo que pasó,
sino porque nadie estuvo.
Nadie preguntó.
Nadie sospechó.
Y entendí que a veces,
lo más fuerte que hacemos…
es seguir rotos,
y que no se note.
Fingir que todo
estaba bien
Me tocaba decir que estaba bien.
Que no tenía nada.
Que no me pasaba nada.
Aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos.
Lo hacía para que no se preocuparan,
para no cargar a otros con mi dolor,
para no escuchar el típico “vas a estar bien”
que duele más que ayuda.
Me volví experta en sonreír sin sentirlo,
en cambiar de tema,
en hablar de los demás para no hablar de mí.
Fingí tantas veces,
que hasta yo llegué a creer que no dolía tanto.
Pero sí dolía.
Solo que lo guardaba donde nadie pudiera verlo.
Aprendí a ser la fuerte,
la que escucha,
la que ayuda,
mientras yo me desarmaba en silencio.
Y lo más triste es que muchos lo creyeron.
Porque a veces,
es más fácil creer en una sonrisa
que detenerse a mirar lo que hay detrás.
Fingir que todo estaba bien
fue mi forma de protegerlos.
Pero también fue
la forma en que me olvidé de mí.
Gritar en silencio
Grité.
No con la voz.
No con palabras.
Grité desde adentro.
Con mi forma de quedarme callada,
con mis ojos cansados,
con mi cuerpo cada vez más quieto.
Era un grito de “ayuda”,
disfrazado de “todo está bien.”
Nadie lo escuchó.
Porque no hacía ruido.
Porque no interrumpía.
Porque me enseñaron que mostrar dolor es ser débil.
Pero yo estaba sufriendo.
Me dolía estar en un lugar donde no podía ser yo.
Me dolía fingir, sostener, entender, cuidar, callar.
Cada día que pasaba sin que alguien lo notara,
sentía que mi voz se apagaba un poco más.
Pero dentro de mí,
seguía ese grito.
Un grito de desesperación,
de soledad,
de abandono.
No quería atención.
Quería presencia.
Quería alguien que se acercara,
sin que yo tuviera que explicarlo todo.
Ese grito aún existe.
A veces vuelve en forma de lágrimas,
otras en forma de silencio.
Pero ya no lo ignoro.
Porque si nadie más lo escucha…
yo sí.
Hablar por primera vez

Por fin hablé.


Por fin dije lo que me pasaba.
No fue fácil.
La voz me temblaba,
el miedo me apretaba el pecho.
Pero lo hice.
Después de tanto tiempo tragándome palabras,
escondiendo lágrimas,
fingiendo fuerza…
me permití hablar.
No para dar explicaciones.
No para que me entendieran del todo.
Solo para soltar.
Dije lo que dolía.
Dije que no estaba bien.
Dije que ya no podía más con todo sola.
Y aunque nadie lo resolviera,
decirlo fue el primer paso.
Porque callar me estaba rompiendo más que el propio dolor.
Hablar fue un acto de valor.
De reconocerme vulnerable,
pero también viva.
Fue la primera vez que sentí que mi historia valía ser contada.
Y que lo que siento…
merece ser dicho.
Porque silenciarme nunca me salvó.
Pero hablar…
empezó a hacerlo.
Sanar sin que se
note
Sané.
No todo.
No de golpe.
Pero sané partes que nadie veía.
Heridas que no sangraban,
pero me dolían todos los días.
Cambié cosas que parecían invisibles:
la forma en que me hablaba,
la paciencia conmigo misma,
la manera en que dejé de culparme por todo.
Y eso…
fue impresionante.
No porque alguien lo notara.
Nadie lo hizo.
Pero yo sí.
Empecé a respirar distinto.
A caminar sin tanto peso.
A mirarme con un poco más de ternura.
Sanar no fue un espectáculo.
Fue íntimo, silencioso, personal.
No lo publiqué.
No lo compartí.
Pero lo viví.
Y aunque no hubo aplausos,
fue una de las victorias más grandes de mi vida.
Porque sanar sin que se note…
también cuenta.
Porque yo sé lo que me costó.
Reconocerme en
el espejo
Antes, no podía mirarme.
No reconocía el cuerpo que veía,
no sentía que me pertenecía.
Me dolía cada parte.
Cada reflejo.
Cada juicio que ya me sabía de memoria.
Sentía inseguridad por todo.
Por mi cuerpo.
Por mi voz.
Por cómo ocupaba espacio.
Por cómo me veían los demás.
Viví con anorexia.
Queriendo desaparecer,
creyendo que menos de mí sería más aceptable.
Viví con disforia.
En una guerra silenciosa entre lo que sentía y lo que me mostraba el espejo.
Nadie lo entendía del todo.
Algunos lo ignoraban.
Otros lo minimizaban.
Pero para mí,
era una batalla diaria.
Con los años,
no aprendí a amar mi reflejo de golpe.
Aprendí a tolerarlo.
Luego a aceptarlo.
Y poco a poco… a defenderlo.
Porque ese cuerpo que tanto rechacé,
también me sostuvo.
Ese rostro que no entendía,
también lloró por mí.
Hoy, cuando me miro,
no siempre me gusta lo que veo.
Pero ya no me escondo.
Porque por fin…
empiezo a reconocerme.
Volver a empezar desde mí

Empecé a ser yo.


No la versión que esperaban.
No la que se adaptaba para no incomodar.
Empecé a aceptarme,
incluso con dudas,
incluso con miedo.
Dejé de escuchar los comentarios sobre cómo debía ser,
sobre lo que estaba “bien” o “mal” en mí.
Ya no necesitaba la aprobación de los demás para existir.
Porque entendí que lo más importante…
era pensar en mí.
Cuidar lo que siento.
Defender lo que creo.
Sostener lo que soy.
Volver a empezar no fue fácil.
Tuve que dejar personas.
Tuve que romper ideas que me acompañaban desde niña.
Tuve que soltar muchas cosas para recuperar otras.
Pero esta vez…
no empecé desde cero.
Empecé desde mí.
Con lo que aprendí.
Con lo que sobreviví.
Con lo que elegí ser.
Y en ese comienzo,
por primera vez,
me sentí completa.

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