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A Buen Fin

A buen fin es una comedia en dos partes escrita por Héctor Mendoza, basada en 'All’s well that ends well' de Shakespeare y en 'El Decamerón' de Boccaccio. La obra se desarrolla en una supuesta Baja Edad Media y presenta personajes como Elena, Beltrán y la condesa de Rosellón, en escenarios como El Rosellón, París y Florencia. Estrenada en 2003, la obra explora las interacciones y conflictos entre sus personajes en un tono humorístico.

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A Buen Fin

A buen fin es una comedia en dos partes escrita por Héctor Mendoza, basada en 'All’s well that ends well' de Shakespeare y en 'El Decamerón' de Boccaccio. La obra se desarrolla en una supuesta Baja Edad Media y presenta personajes como Elena, Beltrán y la condesa de Rosellón, en escenarios como El Rosellón, París y Florencia. Estrenada en 2003, la obra explora las interacciones y conflictos entre sus personajes en un tono humorístico.

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A buen fin.

Comedia en dos partes de


Héctor Mendoza,
basada en “All’s well that ends well” de
William Shakespeare,
que a su vez estuvo basada en la narración novena
de la jornada tercera de “El Decamerón” de
Giovanni Boccaccio
y así sucesivamente.

GENTE: Elena,
Beltrán,
la condesa de Rosellón,
el rey de Francia,
Parolles,
Lafeu,
Garaux,
Ducasse,
Diana,
Lavache y
Gilles.

TIEMPO: Una supuesta Baja Edad Media.

LUGARES: El Rosellón, París y Florencia.


a buen fin primera parte, 4

A buen fin se estrenó en 2003 en el Teatro Carlos Lazo de la


Ciudad Universitaria, bajo la dirección de Horacio Almada y el
siguiente reparto (Alumnos de la Universidad Iberoamericana):

El Rey de Francia: Manuel Cisneros Leyva


La Condesa del Rosellón: Andrea González Rubio o
Megan McGee
Elena: Alejandra Ambrosi Cortés
o Cecilia Noreña Celis
Beltrán: Heriberto Méndez Garza
Parolles: José Antonio Catrip Torres
Lafeu: Jesús Gutiérrez Navarrete
Garaux: David J. Vázquez Díaz
Ducasse: Héctor Sánchez Calderón
Lavache: María José Torreblanca
Diana: Liliana García Guadarrama
Giles: Cecilia Noreña Celis o
Alejandra Ambrosi Cortés

Asistente de dirección y entrenamiento: Leopoldo Arias


Diseño de escenografía y vestuario: Mauricio Trápaga Delfín
Realización del vestuario: Ignacio Aranda
Realización de escenografía: Mauricio Trápaga y Alejandro
Almada
Iluminación y musicalización: Horacio Almada

Primera parte.

I.1
El rey de Francia y la condesa de Rosellón se
adelantan hacia el público.

E L R E Y : Este… ¿Qué tal están ustedes? La historia que


estamos por contarles es… (Busca cómo seguir
y, no encontrando, mira a la condesa en
a buen fin primera parte, 5

demanda de ayuda.)

L A C O N D E S A : (Lo mira.) ¿Qué?

E L R E Y : Estaba diciendo que la historia que vamos a


contar es…

L A C O N D E S A : (Que no entiende.) Vas muy bien; prosigue.

E L R E Y : No estoy pidiendo tu aprobación; te estoy


pidiendo la sugerencia de un adjetivo.

L A C O N D E S A : (Sonríe, amable.) ¿Qué clase de adjetivo?

E L R E Y : (Ríe, ocultando impaciencia.) El más


conveniente, claro.

L A C O N D E S A : ¿Para quién?

E L R E Y : (Explota.) ¡Dios de los Cielos Santos! ¡Para la


historia que se supone que venimos aquí a
contar!

L A C O N D E S A : (Ofuscada.) No sé; ¿qué se te ocurre?

E L R E Y : (Se vuelve al público.) En fin; da igual; un


adjetivo más o menos…; ¿no les parece? Se
trata esta historia, a fin de cuentas, de una
mujer que… (Se vuelve a atorar.) Ay…

L A C O N D E S A : ¿Y ahora qué?

E L R E Y : (Mortificado.) Sigue tú.

L A C O N D E S A : ¿Qué cosa?

E L R E Y : ¡Hazme favor, Josefina!; ¡sigue contando!

L A C O N D E S A : ¿Que siga? ¿Cómo que siga?; tú no has


empezado nada.
a buen fin primera parte, 6

E L R E Y : (Molesto.) ¡Entonces empieza! Haz el favor.


Después de todo Elena era tu… (Tímido intento.)
¿pupila?

L A C O N D E S A : (Molesta a su vez.) ¿Pupila? ¿Cómo pupila?

E L R E Y : No sé cómo se dice. ¿Cómo se dice?

L A C O N D E S A : Pupila no. ¡Es como si… hubiera estado yo


regenteando una casa de mala nota!

E L R E Y : (Impaciente.) ¡¿Qué era entonces?!

L A C O N D E S A : ¿Mío? Nada. No éramos parientes. Elena era la


hija de Gerardo de Narbona. (Al público.)
Nuestro médico. Era el médico de la familia.
Nuestro “médico de cabecera”, como se dice por
ahí… (Después de pensarlo un segundo,
crítica.), como si se le sentara a uno en la
cabeza. (Al Rey.) ¿Que de plano ya no te
acuerdas de nada, Tu Majestad?

E L R E Y : Me acuerdo perfectamente de todo. De lo que


no me acuerdo es de la palabreja ésa. Era tu…
tu…, ¿qué? (Se acuerda de pronto.) ¡Tu
protegida! ¡Ahí está!

L A C O N D E S A : ¡Ah, eso es otra cosa! Sí; me hice cargo de ella


cuando murió su padre porque… (Al público.)
por lástima, ¿saben? Aunque ella ya era
mayorcita, pues… No se había casado quién
sabe por qué. (Al Rey, antes de que proteste.)
Bueno, luego supimos por qué; pero entonces
no. (Al público nuevamente.) Es que la pobre no
tenía a nadie. Ni tíos, ni primos, ni parientes
a buen fin primera parte, 7

de ningún tipo. Absolutamente nadie. Y


entonces me dije: ¿por qué no traerla a vivir al
castillo, con nosotros?; después de todo es la
hija de nuestro muy querido y eminente
-¡eminentísimo, ¿eh?!- “médico de cabecera”.
Era tan bueno en el arte de curar, que a mi
pobre marido le alargó la vida
innecesariamente durante cuatro larguísimos
años. Pero bueno, es que eso es lo que se
supone que tienen que hacer los médicos. Por
más que mi marido le pedía a gritos: “¡Ya
déjeme morir, doctor!, ¡ya déjeme morir!”
Finalmente se decidió -yo creo que ya estaba
harto- y eso fue exactamente lo que hizo. Mi
marido le quedó tan agradecido por ese final
rasgo suyo de generosidad, que en sus últimos
momentos me dijo: “Josefina, hazte cargo de
este buen hombre y de su hija”. (Un suspiro de
fastidio.) Y también me recomendó me hiciera
cargo del hijo de su bufón, lo cual fue una
terrible necedad porque el mocoso es igualito al
padre. Sin embargo a los moribundos, ustedes
saben, no se le puede negar nada. Pero una vez
enterrados… Pues no, la tonta de mí fui y me
hice cargo también…

E L R E Y : ¿No te estás apartando un poco del asunto?

L A C O N D E S A : (Ofendida.) ¿No querías que contara yo la


historia? Cada quién tiene su estilo.

E L R E Y : (Al público.) Si ustedes recuerdan, comenzamos


a buen fin primera parte, 8

a hablar de Elena, la protegée de esta mujer.


De lo que se le ocurrió hacer y finalmente hizo,
contando con todo el apoyo de… esta mujer
aquí presente.

L A C O N D E S A : (Sonríe.) Este hombre aquí presente se refiere a


mí como esta mujer aquí presente, porque me
tiene coraje.

E L R E Y : (Por lo bajo.) Josefina, estos amables señores


no tienen por qué enterarse…

L A C O N D E S A : (Continúa, impertérrita.) Pero a pesar de que


nos tratemos como si lleváramos largos años de
matrimonio, no estamos casados. No somos
nada de nada.

E L R E Y : (Suplicante.) Josefina…

L A C O N D E S A : (Imparable.) Antes, cuando jóvenes, él


pretendió tener relaciones conmigo así nada
más. Pero yo le dije que no; que de esa forma
no; que sería muy mono y me caería muy bien y
todo lo que quisiera; pero que no. Y él que sí y
yo que no. Y bueno, ¿saben qué hice de pura
mohina? Fui y me casé con su mejor amigo
delante de sus narices. Y déjenme decirles que
fui muy feliz. Porque mi marido era tan guapo
como pazguato; un verdadero encanto. Y eso es
lo que a éste le sigue dando rabia.

E L R E Y : (Bonachón.) Pero, Josefina, ¿cómo crees que me


va a dar rabia que hayas sido tan feliz con el
bueno de Beltrán? ¿No seguí siendo amigo de
a buen fin primera parte, 9

los dos? ¿No seguí siendo amigo tuyo cuando él


murió?

L A C O N D E S A : Bueno, dejemos de lado las cosas personales.


¿Qué estábamos diciendo?

E L R E Y : Nada. Aunque deberíamos estar hablando de


Elena. De Elena, a la que hemos querido tanto
y seguimos queriendo… los dos. (Mira a la
condesa, que hace un gesto afirmativo. Al
público nuevamente.) A la asombrosa, a la…
terrible Elena.

L A C O N D E S A : Valiente. Valiosa mujer; sí.

E L R E Y : Y, en resumidas cuentas, esta historia que


vamos a contar, es su historia. (Hace
movimiento tentativo de retirada; se detiene al
ver que la condesa, distraída, mira sonriente al
público.) Vámonos.

L A C O N D E S A : (Asombrada.) ¿Ya? ¿No ibas a presentarnos?

E L R E Y : (Risa nerviosa.) ¿No crees que con todo lo que


has dicho, no hemos quedado ya sobrada,
malintencionadamente presentados? Vámonos
de aquí.

L A C O N D E S A : No; a mí no me parece que tengan cara de tener


ni la menor idea de quiénes somos. (Al público.)
Él es el Rey de Francia, Su Majestad el Rey de
Francia; sólo que yo, como le hablo de tú, le
digo Tu Majestad. Se molesta con eso; pero no
tiene razón…, él a mí me dice Josefina. (Lo mira
como con ganas de renovar la discusión.) ¿No?
a buen fin primera parte, 10

E L R E Y : ¿Y cómo querías que te dijera?; así te llamas.

L A C O N D E S A : Condesa. Señora condesa de Rosellón.

E L R E Y : ¡Pero si nos hablamos de tú, ¿cómo te voy a


decir Señora condesa?!

L A C O N D E S A : Por eso yo te digo ‘Tu majestad’. Ahora sí ya


vámonos.

La condesa inicia la retirada. El rey, después


de hacer un gesto de impotencia al público, la
sigue. Salen.

I.2

El Rosellón. Un patio del castillo.

Beltrán y Parolles. A cierta distancia, Elena


los mira acariciando un gato.

P A R O L L E S : ¿Todo listo?

B E L T R Á N : (Un tanto inquieto.) Me parece que sí, pero…


¿No estaré olvidando nada importante,
Parolles?

P A R O L L E S : ¿Qué podría ser más importante que el simple


hecho de alejarse de aquí?

B E L T R Á N : (Igual.) No sé.

P A R O L L E S : ¿Te estás echando atrás?

B E L T R Á N : No podría; ¿o sí?

P A R O L L E S : ¿Querrías?
a buen fin primera parte, 11

B E L T R Á N : No; realmente no. ¿Y luego, qué iba a decirle al


señor Lafeu?; ¿siempre no quiero irme de aquí?
¿Por qué?, me va a preguntar.

P A R O L L E S : ¿Y qué le contestarías?

B E L T R Á N : No sabría qué contestarle.

P A R O L L E S : (Impaciente.) ¡Olvídate del señor Lafeu! Dame a


mí una razón por la cual no te irías de aquí.
¡Dame una sola…!

B E L T R Á N : (Perfectamente serio.) Mi mamá.

P A R O L L E S : (Aterrado.) ¡¿Qué?!

B E L T R Á N : (Ríe.) ¿Qué tienes contra mi pobre madre,


Parolles?

P A R O L L E S : Contra tu pobre madre, absolutamente nada.


La condesa es una mujer encantadora; la más
encantadora de las condesas que he conocido;
pero…

B E L T R Á N : (Divertido.) ¿Has conocido muchas?

P A R O L L E S : No; es la única. Por eso es la más encantadora.

B E L T R Á N : ¿Qué tienes en su contra?

P A R O L L E S : Que es tu madre. ¡Y no me hagas repetirte lo


que pienso de los estúpidos niños que van por
el mundo cosidos a las enaguas de sus madres!

B E L T R Á N : (Suspira.) No; no, Parolles, no me lo repitas.


Estoy de acuerdo contigo. Nada más bromeaba.

P A R O L L E S : (Alarmado.) ¿Bromeabas?
a buen fin primera parte, 12

B E L T R Á N : (Molesto.) Perdóname, ¿sí? Bromeaba.

P A R O L L E S : Bromeabas… ¿Y por qué demonios bromeabas?

B E L T R Á N : Por estúpido, ¿por qué otra cosa?

P A R O L L E S : (Circunspecto.) Ah… ¿Sabes qué es lo que a ti


te haría falta realmente?

B E L T R Á N : El ejército.

P A R O L L E S : ¿Ya te lo había dicho? Pues para que veas.

B E L T R Á N : No vuelvas la cabeza.

P A R O L L E S : (Al tiempo que vuelve la cabeza.) ¿Qué? (Ve a


Elena que aparta inmediatamente la mirada.)
¡Ah…!

B E L T R Á N : Te dije que no volvieras la cabeza.

P A R O L L E S : Nunca le digas a nadie que no vuelva la cabeza,


cuando no quieres que la vuelva, ¡demonios!

B E L T R Á N : ¿Por qué no?

P A R O L L E S : Porque va a ser lo primero que haga.

B E L T R Á N : Ahora ya se dio cuenta que nos dimos cuenta


que nos veía. Ya se va. (Elena, efectivamente,
da media vuelta y se aleja.)

P A R O L L E S : (Suspicaz.) ¿Y qué importa?

B E L T R Á N : Nada.

P A R O L L E S : No me digas que es por ella que no te quieres ir


de aquí…

B E L T R Á N : (Enérgico.) No he dicho que no quiera irme de


aquí.
a buen fin primera parte, 13

P A R O L L E S : (Sin poder creerlo.) ¿Entonces es por ella que


quieres irte?

B E L T R Á N : (Incómodo y algo molesto.) ¿Qué quieres decir


con eso?

P A R O L L E S : Lo que dije.

B E L T R Á N : Ah. ¿Qué dijiste?

P A R O L L E S : ¿Es por ella?

B E L T R Á N : ¿Que quiera irme o que quiera quedarme?

P A R O L L E S : Es igual.

B E L T R Á N : ¿Cómo va a ser igual?

P A R O L L E S : Es igual, si es por ella. ¿Es por ella?

B E L T R Á N : (Exasperado.) ¡No es por ella! ¡Es por ti…, para


que dejes de estar fastidiando! ¡Es por alejarme
de mi madre! Ahí viene. ¡No te vuelvas!

P A R O L L E S : (Se vuelve.) ¿Quién?… Ah; tu madre.

B E L T R Á N : Te dije que no te volvieras.

P A R O L L E S : Y yo te dije que no le digas a nadie que no se


vuelva, cuando no quieras que se vuelva.
(Habla rápido, bajando la voz para no ser
escuchado por los que vienen.) ¡Esa mujer está
enamorada de ti!

B E L T R Á N : (Igual; aterrado.) ¿Quién?, ¿mi madre?

P A R O L L E S : (Igual.) ¿Cómo tu madre? ¡Elena, idiota! ¡Elena


está enamorada de ti!

B E L T R Á N : (Igual; furioso de que se lo digan.) ¡Ya lo sé!


a buen fin primera parte, 14

P A R O L L E S : (Igual; tomado por sorpresa.) ¿Ya lo sabes?

B E L T R Á N : (Igual.) ¡Ya lo sé!

P A R O L L E S : (Igual.) Y tú, ¿qué?

B E L T R Á N : (Igual; furioso.) Yo no.

P A R O L L E S : (Igual.) Qué alivio. Es una solterona… más


vieja que tú. Y es pobre y no es noble. ¡Qué
horror!

B E L T R Á N : (Cada vez más rápido, más bajo y más furioso, a


medida que su madre se acerca.) ¡Ya cállate!;
¡ya te dije que yo no!

P A R O L L E S : (Rapidísimo y bajísimo.) Le encantan los gatos y


a ti te enferman. ¿No te enferman?

B E L T R Á N : (Pierde el control y dice un poco más alto.) ¡Sí,


sí, me enferman!

L A C O N D E S A : (Se aproxima, acompañada de Lafeu.) ¿Qué


cosas te enferman?

B E L T R Á N : (Ofuscado.) ¿Qué cosas?

L A C O N D E S A : Le estabas diciendo a éste que s í te


enfermaban. ¿Qué cosas son las que sí te
enferman?

B E L T R Á N : Este…

P A R O L L E S : Me decía que le enferman los pepinos con


crema agria.

L A C O N D E S A : No sólo no lo enferman, lo vuelven loco. Es a ti


al que lo enferman. (A Beltrán.) ¿Me estás
ocultando algo?
a buen fin primera parte, 15

B E L T R Á N : (Impaciente.) ¡Los gatos, los gatos!; ¡son los


gatos los que me enferman!

L A C O N D E S A : ¿Sabe usted, Lafeu?, desde que mi hijo se junta


con este pillastre de Parolles, le ha dado por
ocultarme cosas. No sé qué hacer. Por más que
he tratado de alejar a esta mala peste de mi
casa, no se deja. Empecé por poner discretas
escobas detrás de cada puerta del castillo, ¡y él
se ponía a barrer con ellas cuando yo pasaba!
Hasta que finalmente le dije: Parolles, lárgate
de mi casa.

L A F E U : ¿Y no se largó? (A Parolles.) ¿Por qué no se


largó usted? Cuando una dama le pide a uno
que se largue, uno, generalmente, se larga. Es
de buena educación.

P A R O L L E S : Yo no tengo buena educación: yo soy un


soldado.

L A C O N D E S A : Me contestó el muy tunante que no estaba en


mi casa, sino en la del conde, mi hijo. Y
cuando yo le dije: ¡pero es la misma, Parolles!;
él me contestó: ¿y yo qué culpa tengo?

P A R O L L E S : (Encantador.) Ya se va usted a desembarazar de


mí, querida condesa. Y a pesar de toda su
animosidad, la voy a extrañar muy de veras.

L A C O N D E S A : Yo no; ¿qué le vamos a hacer?

L A F E U : (A Parolles, amable.) ¿Y a dónde va usted, si no


es indiscreción?

P A R O L L E S : A donde usted vaya.


a buen fin primera parte, 16

L A F E U : (Alarmado.) ¿Cómo? (A la condesa.) ¿Quiere


decir que ahora se va a ir a meter a mi casa?

P A R O L L E S : Quiero decir que voy con usted, porque viajo en


compañía de Beltrán. Por tanto los tres,
quiéralo usted o no, nos haremos recíproca
compañía hasta París.

L A F E U : (A Beltrán.) ¿Este individuo es tu criado?

P A R O L L E S : No, no; el criado es usted… del rey. ¿No es así?


Yo, en cambio, acompaño a Beltrán por mi
propia cuenta y riesgo. Hay diferencia, ¿no?

L A C O N D E S A : Sopórtelo usted con paciencia, querido Lafeu;


hágame ese gran favor. Imagínese que es una
penitencia a crédito por futuros y muy gordos
pecados.

L A F E U : Por usted, señora, cualquier sacrificio resulta


insignificante.

L A C O N D E S A : Ésa será una galantería de su parte que tendré


en muchísimo aprecio. Y ahora adiós (Da a
besar su mano a Lafeu.), no quiero que se les
haga demasiado tarde por el camino. ¿Me darás
un abrazo de despedida, Beltrán?

B E L T R Á N : (Explota.) ¡Lo que me enferma, mamá…, lo que


decía que me enferma son las despedidas! (Da
media vuelta y se aleja.)

L A C O N D E S A : Está bien, no te despidas. Salúdame al rey.


¡Salúdame al rey, ¿me oíste?!

B E L T R Á N : (Sin volverse.) Sí. (Sale.)


a buen fin primera parte, 17

L A C O N D E S A : (A Lafeu.) Hay una edad en que los hijos… En


fin, ya sabe usted, señor Lafeu.

L A F E U : No, señora condesa; no lo sé.

L A C O N D E S A : Ay, es verdad que usted no tiene hijos.

L A F E U : Ninguno, ninguno.

L A C O N D E S A : Espero que, a pesar de ello, sepa ser un padre


para el mío.

L A F E U : Quien hará las funciones de padre con Beltrán


no seré yo, señora, sino el rey.

L A C O N D E S A : Ya lo sé; pero usted, como primer consejero


real, hará que el rey decida lo que más
convenga a los intereses de ese muchacho.

L A F E U : Haré lo que esté dentro de mis escasas


posibilidades.

L A C O N D E S A : Que no son en absoluto escasas.

L A F E U : Hasta otra vez, señora condesa. (Vuelve a besar


su mano.)

L A C O N D E S A : Que espero sea muy pronto, Lafeu.

Lafeu se aleja y sale.

L A C O N D E S A : Y tú, bribón, ¿qué haces ahí parado?

P A R O L L E S : ¿Me permitirá la condesa que bese su mano por


primera y última vez?

L A C O N D E S A : No sé qué vas a sacar con ello; pero en fin, ahí


está. (Le extiende la mano y Parolles la besa.)
No sigas malaconsejando a mi hijo, Parolles.
a buen fin primera parte, 18

P A R O L L E S : (Humilde.) No, señora condesa.

L A C O N D E S A : Vete ya.

P A R O L L E S : La echaré menos, señora condesa.

L A C O N D E S A : Adiós, Parolles.

P A R O L L E S : Adiós. (Se va.)

L A C O N D E S A : (Se vuelve en sentido contrario y llama.)


¡Lavache!; ¿dónde te escondes bufón maldito?
¡Lavache!… (Sale.)

I.3

París. El palacio real.

El rey, muy débil, camina sosteniéndose del


brazo de Beltrán.

E L R E Y : … los corrí a todos por inútiles. Al último lo


hice azotar. Pero comprendí, demasiado tarde,
que era una injusticia, ya que debí haber
mandado azotar a todo aquel que ejerce la
profesión médica en Francia. Así pues, le
mandé pedir perdón junto con una buena bolsa
de dinero… y la amenaza de muerte si
permanecía un minuto más en París.

B E L T R Á N : ¿Y qué va a hacer ahora, señor?

E L R E Y : ¿Qué otra cosa sino esperar la muerte,


muchacho? Aquí me tienes ya preparado;
a buen fin primera parte, 19

dispuesto a recibirla del mejor grado posible.


Voy a morir tranquilo. Mi sucesor en el trono,
el mayor de mis hijos, es un muchacho serio.
Soso; pero serio. No tendrás muchas ocasiones
de saludarlo, me temo, porque se pasa la vida
organizando interminables partidas de caza. A
menos que a ti también te apasione ese
deporte.

B E L T R Á N : Sólo me gusta moderadamente, Señor.

E L R E Y : No te aconsejo, sin embargo, que aceptes sus


invitaciones, si no quieres que te aburra hasta
las lágrimas con su plática insulsa, como me
aburre a mí el día o día y medio que permanece
en París entre una y otra cacerías. ¡Qué alivio
cuando vuelve a irse! Pero por lo demás es un
muchacho serio…; sin otros vicios quiero decir.
(Suspira.) Espero que mi pueblo no me
reproche los años de justicia y aburrimiento
que le esperan. ¿Cómo dejaste a tu madre?

B E L T R Á N : Pues, Señor…

E L R E Y : (Que no lo deja continuar.) ¿Sabes una cosa? Lo


único que me duele no haber logrado en la
vida, es acostarme con tu madre. La habría
seguido al fin del mundo para lograr mi
propósito, de no ser que la muy taimada se me
adelantó casándose con tu padre. El mejor
amigo que tuve nunca, ya sabes. ¿Cómo podía
traicionarlo a él? Era tan bruto que no habría
vacilado en matarme. Josefina, tu madre, era
a buen fin primera parte, 20

la mujer más inquietantemente exquisita… (Se


inmoviliza.)

B E L T R Á N : Lo estoy escuchando, Señor. (No hay


respuesta.) De verdad no me importa oír esas
cosas; ya no soy ningún niño, Señor; de
hecho… (El rey produce un estertor.) ¿Cómo?
(Otro estertor. Beltrán se aterra.) Se muere.
(Grita.) ¡Gente! ¡Gente! ¡El rey se muere!

E L R E Y : (Vuelve a la movilidad.) Todavía no; todavía no.


Habrá sido el recuerdo de tu madre. (Siguen
caminando.)

B E L T R Á N : Señor, hay amores que matan.

E L R E Y : ¿Tú crees? La cacería de mujeres es la mejor


cacería del mundo, muchacho. Pero mi hijo es
soso…; es soso, prefiere… (Salen.)

I.4

El Rosellón. Aposento en el castillo.

La condesa y Lavache.

L A C O N D E S A : (Suspicaz.) ¿Qué te pasa, bufón?

L A V A C H E : Estoy molesto.

L A C O N D E S A : ¿Qué te pasa?

L A V A C H E : Que estoy molesto.

L A C O N D E S A : ¡Ay, no me hagas hacerte la misma pregunta


a buen fin primera parte, 21

treinta veces antes de contestar!

L A V A C H E : Pues pregunta bien, tonta.

L A C O N D E S A : (Le da un manazo.) No me digas tonta.

L A V A C H E : (Toma distancia.) Tonta, tontísima.

L A C O N D E S A : Ven acá, descarado, grosero, mal bufón,


insoportable.

L A V A C H E : No voy, tontota.

L A C O N D E S A : ¿Pero qué te ha dado ahora por decirme tonta,


a ver?

L A V A C H E : Te digo tonta porque eres una mujer tonta y las


mujeres tontas se les dice tontas, como a los
hombres tontos se les dice tontos. Y la prueba
de lo tontas que son estas mujeres tontas, es
que se enojan cuando se les dice lo tontas que
son. ¿Ya ves, tonta? Síguete enojando, tonta,
para que seas más y más tonta.

L A C O N D E S A : Mira, Lavache, si no me dices en este momento


lo que te traes entre manos, me voy a enojar de
veras contigo…, ¡tonto!

L A V A C H E : Yo no soy tonto. Y, a ver, te desafío a que me


preguntes por qué.

L A C O N D E S A : No te voy a preguntar nada, ¿qué te has


creído?

L A V A C H E : Te lo voy a decir aunque no me lo preguntes.

L A C O N D E S A : ¿Por qué no aposté contigo a que eso iba a


suceder? He de ser tonta, efectivamente.
a buen fin primera parte, 22

L A V A C H E : Pues sí, y yo, en cambio, no lo soy, porque los


tontos no se dan cuenta de lo que pasa a su
alrededor y yo sí me doy cuenta.

L A C O N D E S A : ¿Y de qué crees darte cuenta, cretino?

L A V A C H E : Me doy cuenta de lo que tú no, vieja decrépita.

L A C O N D E S A : ¡Ay, Dios mío, pero qué bufón tan horroroso


eres! Tu padre era ya bastante malo; pero lo
que es tú… (Suspira.) Dios mío, dame
paciencia. (Dulquérrima.) Queridísimo
muchacho, ¿quieres decirle, por favor, a esta
vieja decrépita de qué no se da cuenta y tú,
perceptivo cual ninguno, sí? (Cambia el tono.)
¡Y contesta sin más rodeos, maldito!

L A V A C H E : (Inocente.) Eso iba a hacer sin necesidad de


amenazas.

L A C O N D E S A : (Dulce nuevamente.) ¿Entonces?

L A V A C H E : No te has dado cuenta de lo que le pasa a


Elena. Ahí tienes.

L A C O N D E S A : (Asombrada.) ¿Le pasa algo a Elena?

L A V A C H E : ¿No te digo que eres tonta?

L A C O N D E S A : (Pierde la paciencia.) ¡Dime ya lo que le pasa a


Elena, por amor de Dios!

Elena aparece en este momento con su gato en


brazos y escucha, alarmada.

L A V A C H E : ¡Por el amor de Dios, Elena está enamorada!

Elena grita. Lavache se da cuenta de su


presencia y grita a su vez.
a buen fin primera parte, 23

E L E N A : ¡Te voy a matar, Lavache!

L A V A C H E : (Se echa a correr.) ¡Lo creo, lo creo! ¡Auxilio!


(Sale.)

E L E N A : (Oculta la cara.) ¡Qué horror!

L A C O N D E S A : ¿Qué horror? ¿Por qué, Elena?

E L E N A : (Mira para otro lado.) Porque no es verdad.

L A C O N D E S A : (Maternal.) Pero s í es verdad. Ven acá.

E L E N A : (Acongojada.) ¡Dios mío!

L A C O N D E S A : (Con autoridad.) Ven acá. (Renuente, Elena se


acerca.) ¿De quién te habrás ido a enamorar,
que te da tanta vergüenza confesarlo? ¿Eh?

E L E N A : (Sufre.) No; por favor.

L A C O N D E S A : Alguien muy inferior a ti en calidad,


seguramente. ¡Qué tontas, pero qué tontas
somos a veces las mujeres!

E L E N A : ¡Ay!

L A C O N D E S A : ¿Quién es?

E L E N A : ¡No voy a pronunciar su nombre! ¡No lo voy a


pronunciar aunque me pongan en el potro del
tormento!

L A C O N D E S A : No exageres. ¿Quién es?

E L E N A : (Obstinada.) Ya dije que…

L A C O N D E S A : Sí, sí; lo del potro; sí, ya lo entendí. Como si yo


coleccionara potros en este castillo. No hay
a buen fin primera parte, 24

potro, Elena, por lo tanto me vas a tener que


decir de quién se trata, así por las buenas.

L A V A C H E : (Cruza corriendo y gritando.) ¡De Beltrán! ¡De


Beltrán! ¡De Beltrán! (Sale.)

E L E N A : (Le grita, furiosa.) ¡Date por muerto, Lavache!


(Aprieta tanto al gato que lo hace maullar.)

L A C O N D E S A : Deja en paz a ese animal; ¿él qué culpa tiene?

E L E N A : (Contrita.) ¡No, no; pobrecito! (Lo acaricia, lo


besa.)

L A C O N D E S A : Bueno, basta de asquerosidades zoofílicas. Ese


gato no es Beltrán, ¿sabes?

E L E N A : (Llorosa.) Perdóneme, señora condesa.

L A C O N D E S A : ¡Pero qué mujer tan idiota!; ¿y de qué, según


tú, te tendría que perdonar?

E L E N A : (En pucheros.) De haber abusado de su


confianza, de su hospitalidad, de su… no sé
qué más… ¡Ay!

L A C O N D E S A : ¡Basta! Estar enamorada de mi hijo, no te


autoriza a ese repugnante despliegue de
cursilería. ¡Basta!

E L E N A : ¿Estoy siendo cursi?

L A C O N D E S A : Hasta el vómito.

E L E N A : Ay, no quise… No, no; qué feo.

L A C O N D E S A : ¿Y él está enamorado de ti?

E L E N A : ¿La verdad, la verdad?


a buen fin primera parte, 25

L A C O N D E S A : Y si no, que te pudras eternamente en el


infierno.

E L E N A : Cuando era chiquito, me miraba con cierta


ternura…

L A C O N D E S A : ¿Qué tan chiquito?

E L E N A : Chiquito, chiquito; cuando era un niño.

L A C O N D E S A : Entonces no cuenta.

E L E N A : Y más tarde, cuando ya dejó de ser niño, me


miraba con algo más que ternura.

L A C O N D E S A : ¿Y te dejaste tentalear por él?

E L E N A : ¡No, no, ¿cómo cree?!

L A C O N D E S A : ¿Y por qué no?; ¿no lo intentaba?

E L E N A : Sí lo intentaba… persistentemente.

L A C O N D E S A : ¿Y entonces?

E L E N A : (Angustiada.) ¡Señora condesa…! (Nuevo


apretón al gato, nuevo maullido.)

L A C O N D E S A : Suelta a ese gato, lo vas a matar. Señora


condesa, ¿qué?

E L E N A : Yo soy tanto mayor que él y luego… ¿qué tengo


que ofrecerle? Ni posición, ni fortuna, ni nada.
¡Nada!

L A C O N D E S A : Ahí estás apuntando otra vez a la cursilería.


¡Pero qué proclividad, muchacha!

E L E N A : (Horrorizada.) ¡No, no!

L A C O N D E S A : Vamos a ver si estoy entendiendo


a buen fin primera parte, 26

correctamente: Tú estás enamorada de mi hijo


Beltrán; pero no quieres ser su querida.

E L E N A : (Baja la cabeza.) Así es.

L A C O N D E S A : Vieja; pero modosa.

E L E N A : (Se echa a llorar a gritos.) ¡La educación puede


más que el deseo!

L A C O N D E S A : (La mira con severidad un momento, hasta que


el llanto decrece.) La ambición, ¿no es eso?

E L E N A : (Otra vez el llanto a gritos.) ¡El amor! ¡El amor


verdadero y eterno!

L A C O N D E S A : ¡Tch, tch, tch, tch!

E L E N A : (Ante la advertencia corta el llanto de golpe.) Sí;


la ambición.

L A C O N D E S A : (Sonríe.) Ya nos vamos entendiendo. Y luego


apareció Parolles y…

E L E N A : (Suspira con pesadumbre.) Y cesaron los


intentos, en efecto. ¡Es usted de una
sabiduría…!

L A C O N D E S A : Consentí la amistad de mi hijo con el canalla


de Parolles, porque me pareció que una poca de
mala influencia no le iba a venir mal. Beltrán
se estaba pareciendo demasiado a su padre en
lo crédulo, en lo íntegro, en lo poco adaptado al
mundo y quise que Parolles contrarrestara esa
tendencia… peligrosa. Sin embargo creo que se
me pasó la mano. (La mira de frente.) ¿Eres
valiente, Elena?
a buen fin primera parte, 27

E L E N A : (Duda un momento antes de contestar.) Creo que


no; no mucho. Pero estoy dispuesta a hacer lo
que sea necesario.

L A C O N D E S A : Vete a París por él. Arrebátaselo a ese canallita


de las manos.

E L E N A : (Asombrada.) ¿Quiere decir que cuento con su


consentimiento? ¡Dios mío, nunca…!

L A C O N D E S A : (Empieza a enojarse.) ¡¿Para qué demonios


necesitas mi consentimiento?!

E L E N A : No soy valiente.

L A C O N D E S A : ¡Ay, bueno, entonces cuentas con mi


consentimiento, pues! ¡Vete! ¡Manos a la obra!

E L E N A : (La besa con efusión.) ¡Es usted maravillosa! (El


gato vuelve a chillar.)

L A C O N D E S A : Suelta ese gato.

E L E N A : ¡No, no! (Contentísima, sale corriendo,


abrazando y besando al gato, que chilla como
loco.)

L A C O N D E S A : (Ya sola.) Estarás satisfecho de tu obra, ¿eh,


zafio?

L A V A C H E : (Aparece.) ¿Y no estás satisfecha tú?

L A C O N D E S A : ¡Jm! Ya veremos. (Sale.)

L A V A C H E : Ya veremos. (Sale.)
a buen fin primera parte, 28

I.5

París. El palacio real.

Elena y Lafeu.

L A F E U : ¿No encuentras… eh, digamos… un tanto


impropio venir a ver al rey llevando un gato en
brazos?

E L E N A : (Asombrada.) ¿Al rey no le gustan los gatos?

L A F E U : (Con desconcierto.) No sé; no me he percatado.


Por cierto que, ahora que lo mencionas, los
gatos pululan por aquí en palacio. Lo que no
sabría decir es si el rey les presta o no su real
atención. Pero no era a eso exactamente a lo
que me refería, sino a cuestión de protocolo, de
buena educación…

E L E N A : El viejecito que viene por ahí ¿es acaso…?

L A F E U : (Que se vuelve a ver.) Sí, se trata de Su


Majestad el rey, en efecto. Demasiado tarde
para discutir ese asunto del gato, me temo.

E L R E Y : (Que entra, apoyado del brazo de Garaux. Tono


quejumbroso.) No sé por qué te hago caso en
este dudoso asunto, Lafeu. Te juro por mi
difunta madre que no lo sé.

L A F E U : ¿No cree Su Majestad que ha de ser porque no


ha desechado del todo la idea de seguir
viviendo, como se empeña en asegurar?

E L R E Y : ¿Esta es la joven de que me hablaste? (Fija la


vista en Elena.) Mhm…; no es tan joven. ¿El
a buen fin primera parte, 29

gato desempeña alguna función en este


asunto?

L A F E U : En realidad, Su Majestad, estábamos aquí


discutiendo…

E L R E Y : Recurso un tanto novedoso, aunque no por


ello, estoy seguro, más efectivo. ¿Cuál es tu
nombre, mujer?

E L E N A : Elena de Narbona, Su Majestad.

E L R E Y : Ah, sí; ya me había dicho Lafeu que eres hija


de aquel famoso médico, que mató a mi buen
amigo el conde de Rosellón.

E L E N A : No; no lo mató. Es decir, sí, lo mató; pero lo


hizo obedeciendo a la persistencia del conde
mismo, Su Majestad. Lo cual es distinto.

E L R E Y : Es igual; lo mató. Las causas… ¿Y tú,


amablemente, vienes a prestarme a mí el
mismo servicio? (Se vuelve a Garaux.) ¿No te
parece que es guapa esta mujer, Garaux?

G A R A U X : Ciertamente, Su Majestad; muy guapa. (Sonríe


galantemente a Elena, que no le hace el menor
caso.)

E L R E Y : ¿Te dejarías matar por ella gustoso?

G A R A U X : Si Su Majestad insiste…

E L R E Y : No; no te preocupes, hijo, no pienso insistir. (A


Lafeu.) Se acabaron aquellos tiempos heroicos
en que éramos capaces de morir por una mujer
hermosa, Lafeu.
a buen fin primera parte, 30

L A F E U : Ni Su Majestad, ni yo, morimos nunca por


ninguna mujer hermosa, Señor.

E L R E Y : Ya lo sé, Lafeu; pero eso es lo que se supone


que los viejos debemos decirle siempre a los
jóvenes. No sé para qué demonios; pero así es.
(A Garaux.) Tómalo o déjalo, Garaux.

G A R A U X : Sí, Su Majestad.

E L R E Y : (A Elena.) ¿Y tú por qué no te has casado,


criatura? ¿No sería mejor criar una familia, que
andar por ahí matando reyes desahuciados?

E L E N A : Mi propósito no es matar a Su Majestad, sino


curarlo.

E L R E Y : ¿El gatito, entonces, no está envenenado?

E L E N A : (Ríe.) Paco es para mí una especie de…


amuleto.

E L R E Y : (Mira con interés al gato.) ¿Le pusiste Paco


porque es un gato español?

E L E N A : Su anterior dueño, el Marqués de Villaespesa,


se lo dio a mi padre en su lecho de muerte…

E L R E Y : ¿También el marqués fue víctima de tu padre?

E L E N A : No…, este; bueno, sí. También el marqués


padecía un mal incurable y…

E L R E Y : Ya voy viendo la profesión que heredaste,


muchacha.

E L E N A : ¡No, no!; yo no…, ¿cómo cree? En todo caso, Su


Majestad no padece ningún mal incurable. Una
a buen fin primera parte, 31

fístula no es…, al menos para mí no es… no


constituye ningún mal incurable.

E L R E Y : Claro que no; no tienes más que matarme y se


acaba.

L A F E U : Elena no sabe expresarse, Su Majestad; pero


tengo una fe tan absoluta en ella, como el
mundo entero la tuvo en su padre.

E L R E Y : (Como distraído.) ¿Ah, sí? (Está viendo de nuevo


al gato. A Elena.) ¿Puedo tocarlo?

E L E N A : Puede. (El rey lo toca apenas y el gato maúlla.)


Es que todavía no sabe que Su Majestad es el
Rey de Francia… (Sonríe, conciliatoria.)

E L R E Y : Es que debe saber perfectamente que soy el


Rey de Francia; está visto que entre los
españoles y yo no existe el mejor de los
entendimientos. ¿Va a doler mucho?

E L E N A : No va a doler para nada.

E L R E Y : Esa es una buena promoción. Te mandaré


llamar en cuanto esté dispuesto a morir.
Vámonos, Garaux; sé buen muchacho y
condúceme de nuevo a mis aposentos. Estoy
agotado.

E L E N A : ¡Deténgase, Su Majestad!… Perdón. Concédame


todavía un segundo, se lo ruego. Si
comenzamos el tratamiento el día de hoy,
mañana mismo habrá de experimentar una
mejoría notable, se lo garantizo. De no ser así,
estoy dispuesta a perder la vida de la peor
a buen fin primera parte, 32

manera…, Su Majestad.

E L R E Y : (Asombrado.) ¿Tanta confianza tienes en la


medicina de tu padre?

E L E N A : La tengo.

E L R E Y : ¿Tú que dices, Garaux?

G A R A U X : Yo, Señor, digo que nada se pierde con probar


una vez más.

E L R E Y : Excepto mi vida. Que, por lo demás, ya no le es


útil a nadie en estas circunstancias, ni me
resulta un placer vivirla ya. (A Elena.) Está
convenido que si no me curas, mueres en forma
por demás lenta y penosa; pero si logras
curarme, ¿qué es lo que vas a exigir de mí?

E L E N A : Marido, Señor. El que yo escoja.

E L R E Y : ¿Te refieres a mí, acaso?

E L E N A : (Sonríe.) No, Su Majestad; no tema. Creo, con


toda seguridad, que sería el mejor de los
maridos; pero yo, a Su Majestad, prefiero
tenerlo como el mejor de los amigos.

E L R E Y : (Suspiro pesaroso.) En eso acaba uno a mi


edad, Garaux. Vámonos.

L A F E U : Si Su Majestad me permite, ya que prefiere no


intentar su curación una vez más por usted
mismo, hágalo por Francia. Tiene la obligación
de intentar su curación por el reino de Francia.

E L R E Y : (Lo mira con severidad un momento y luego,


dirigiéndose a Elena, dice.) ¿Tienes los ojos
a buen fin primera parte, 33

puestos en mi consejero, mujer?

E L E N A : (Ríe.) No, Su Majestad.

E L R E Y : ¡Qué alivio! Conque tampoco los tengas puestos


en alguno de mis hijos… Y no por otra cosa,
sino porque te morirías de aburrimiento; en
cuyo caso vendría yo a ser un paciente muy
poco agradecido.

E L E N A : Aunque mi aspiración es mucha, no es tanta,


Señor; no es tanta.

E L R E Y : Siendo así y como un acto obligado de heroico


patriotismo, me someto. Te odio, Lafeu. Elena,
si realizas este milagro, te prometo darte el
marido que quieras.

E L E N A : ¿Lo promete usted porque está seguro que no


lo voy a curar?

E L R E Y : Lo prometo, porque quiero convencerme de lo


contrario.

G A R A U X : ¡Bravo!

L A F E U : He aquí a un digno Rey de Francia.

E L R E Y : Déjate de demagogias, Lafeu; aquí estamos en


confianza. (A Elena.) Comenzamos el
tratamiento en el momento que digas.

E L E N A : Gracias, Su Majestad. ¿Le parece bien esta


tarde?

E L R E Y : Ponte de acuerdo con Lafeu. (A Garaux.)


Vamos, muchacho.

El rey y Garaux se retiran.


a buen fin primera parte, 34

E L E N A : (Contentísima, a Lafeu.) Si no estuviera tan


enamorada de otro hombre, Lafeu, le pediría al
rey casarme con usted.

L A F E U : Yo, niña, te agradezco la deferencia; pero a mí


me gustan los muchachos.

E L E N A : (Ríe y le da un beso en la mejilla.) Lo adoro,


Lafeu.

I.6

El Rosellón. Palacio condal.

La condesa con un pliego en la mano y


Lavache.

L A C O N D E S A : (Termina de leer.) ¡Cielo Santo, qué carta!


(Mira a Lavache, que la mira expectante.)
¿Qué?

L A V A C H E : ¿Nadie te ha dicho todo lo engreída y


antipática que eres?

L A C O N D E S A : (Divertida.) Más bien se me ha dicho todo lo


contrario. ¿Por qué?

L A V A C H E : Bola de hipócritas todos.

L A C O N D E S A : (Se hace la inocente.) ¿Querías echarle una


miradita a la carta de Elena?

L A V A C H E : (Mohíno.) Ya se la eché antes de entregártela.


a buen fin primera parte, 35

L A C O N D E S A : (Dobla el pliego.) Entonces ya estás enterado.

L A V A C H E : (Aplaude.) Mala bufona, mala bufona.

L A C O N D E S A : (Se hace la que no comprende.) ¿Qué?

L A V A C H E : Te ordeno, lacaya, que me leas esa carta


ahora mismo.

L A C O N D E S A : (Escandalizada.) ¡¿Todavía no has aprendido a


leer, bufón?!

L A V A C H E : Mira, malvada vieja, te voy a meter un palo


así de grueso por el culo, hasta que se te
asome por la oreja derecha…; no, por la
izquierda.

L A C O N D E S A : (Los ojos muy abiertos.) ¡Dios mío, qué


amenaza tan e s p a n t o s a ! Creo que mejor te
digo lo que dice la carta. (Echa un nuevo
vistazo al pliego. Se interrumpe.) ¿Por qué
cambiaste de oreja?

L A V A C H E : (Sonríe, malvado.) Porque si en lugar de


sacarte el palo por la oreja derecha, te lo saco
por la izquierda, te trituro el corazón de paso.

L A C O N D E S A : ¡Ah!; eso me saco por andarte preguntando a


ti nada. (Vuelve al pliego.) Bueno, pues en
resumidas cuentas, dice que logró curar al
rey. Que, en pública demostración de tal
verdad, bailaron juntos una zarabanda ante la
corte reunida y que al final todos aplaudieron
y lanzaron vítores. ¡Y eso es todo!

L A V A C H E : (Suspicaz.) ¿Y de Beltrán no dice nada?


a buen fin primera parte, 36

L A C O N D E S A : Absolutamente nada. (Ante la expresión


escéptica de Lavache.) Te lo juro.

L A V A C H E : (Sonríe, satisfecho.) Ya no te voy a empalar.

L A C O N D E S A : ¿Ah, no? Pues yo a ti sí, sinvergüenza,


irrespetuoso. ¡Ven acá!

La condesa corretea a Lavache. Salen.

I.7

París. Palacio real.


El rey da unos saltitos ante un atribulado
Beltrán.

E L R E Y : ¿Lo ves? Me ha hecho rejuvenecer veinte años.


¡Ahora me siento tan joven como… como tú!

B E L T R Á N : ¿Y entonces por qué no es Su Majestad quien


se casa con ella?

E L R E Y : (Sonríe.) Porque ella con quien quiere casarse


es contigo.

B E L T R Á N : ¡¿Y por qué conmigo?! ¡¿Por qué conmigo?!


¡¿No hay más de cuarenta hombres solteros en
la corte?!

E L R E Y : Elena no quiere a más de cuarenta hombres


solteros en su cama; te quiere a ti. Mira: lo
cierto es que deberías sentirte halagado…

B E L T R Á N : (Enfurruñado.) ¡Pues no!


a buen fin primera parte, 37

E L R E Y : ¡No me interrumpas!

B E L T R Á N : Perdón.

E L R E Y : Ella pudo haber escogido a cualquiera,


absolutamente a cualquiera, porque yo me
comprometí, ¿me entiendes? Pudo haber
escogido a… mi sobrino el duque de Siena que
es tan guapo, tan… tan guapo.

B E L T R Á N : Es un retrasado mental.

E L R E Y : ¡No permito que hagas esas observaciones


acerca de los miembros de mi familia, ¿oíste?!
¡Es el heredero al trono de Siena y basta! ¿Lo
ves?; pudo perfectamente haberlo escogido a
él; ¿y a quién escoge? ¡A ti!

Elena aparece sin que los otros se percaten


de su presencia. Está por retirarse; pero lo que
escucha la retiene a pesar de ella misma.

B E L T R Á N : (Casi al borde de las lágrimas.) ¡Pues yo… yo


declino el honor!

E L R E Y : (Un tanto amoscado.) Mira, muchacho, no seas


tonto; ¿qué razón puedes aducir para no
desear por esposa a una mujer tan magnífica?
Porque Elena es bella; no me negarás que
Elena es una mujer muy bella.

B E L T R Á N : (Después de un momento de vacilación.) Es


vieja.

E L R E Y : (Molesto.) ¿Qué quieres decir con eso?


Cualquiera es viejo; el término es
perfectamente relativo. Tú, para una
a buen fin primera parte, 38

muchacha de dieciséis años, eres viejo, y esa


misma muchacha para uno de nueve es vieja a
su vez y así sucesivamente. ¡Así que tanto tú
como Elena son un par de viejos, y no me
hagas enojar! ¿Qué otro defecto inaceptable le
encuentras, vamos a ver?

B E L T R Á N : Ninguno.

E L R E Y : (Esperanzado.) ¿Entonces?

B E L T R Á N : Todos los demás defectos que le encuentro son


medianamente aceptables.

E L R E Y : (Otra vez enojado.) Dime uno.

B E L T R Á N : ¿Nada más uno?

E L R E Y : ¡No me digas ninguno, porque todos han de


ser igualmente infundados! Ya te demostré
que eso de ser más o menos viejo, no cuenta.
Y en todo caso, contaría como ventaja a tu
favor. Mayor experiencia de la vida, sensatez,
sentido de responsabilidad, una que otra
maravillosa arruguita que se le comienza a
insinuar aquí y allá… ¡En fin! ¿Qué otra cosa
podrías achacarle a Elena que valiera algo?
¿Que es pobre? Yo la haré rica. ¡La haré la
mujer soltera más rica de la tierra! ¿Que no es
noble? La haré noble; como rey tengo tal
facultad. ¿Qué más? Es bella, es inteligente,
sabe mucho de medicina…, ¡nunca te va a
dejar morir! ¡¿Eh?! ¡Casi me estoy
arrepintiendo de ofrecértela! ¡No te la
a buen fin primera parte, 39

mereces! ¡Simplemente no te la mereces!

B E L T R Á N : (Calmado.) Entonces no me la…

E L R E Y : (No lo deja seguir.) ¡Pero si no aceptas casarte


con ella, te hago azotar y te encierro en la
más inmunda de mis mazmorras y dejo que te
pudras y te mueras de hambre lentamente! ¡Y
en este momento no se me ocurre ninguna
otra cosa horrible qué hacerte, pero a medida
que se me vaya ocurriendo, te la hago!
(Pequeña pausa.) ¿Entonces?

B E L T R Á N : Acepto casarme con ella.

E L E N A : (Que está llorando.) ¡Pero yo no!

E L R E Y : (Se vuelve a verla.) ¿Qué?

E L E N A : (Menos firme.) Pero yo… este… no. ¡Ay, no sé!


(Al rey, suplicando consejo.) No quisiera ser
cursi; pero ¡¿qué hago?!

E L R E Y : (Irritable.) ¿Cómo que qué? ¿No que tanto


querías casarte con él?

E L E N A : (Vacila.) Sí, muchísimo; pero…

E L R E Y : (Igual.) Pero ¿qué?

E L E N A : Pero así no…

E L R E Y : Así ¿cómo? no.

E L E N A : Pues así… obligado, pues.

E L R E Y : (Ríe.) ¿Quién lo está obligando? (Mira con


severidad a Beltrán.) ¿Alguien aquí te está
obligando, querido Beltrán?
a buen fin primera parte, 40

B E L T R Á N : (Que no advierte la mirada del rey.) Sí.

E L R E Y : (Se controla para no estallar.) ¿Cómo? ¿Cómo


es eso? ¿Oí correctamente? ¡Piensa bien lo que
dices, Beltrán! ¿Acabas de emitir verbalmente
lo que realmente te proponías? A que no.

B E L T R Á N : (Atemorizado.) No; no sé. No sé lo que dije…

E L R E Y : (Se encima.) No, no; claro que no. Claro que


no. (A Elena, sonriente.) ¿Lo ves? ¡Es que el
muchacho está emocionado con la noticia! La
felicidad lo embarga. (A Beltrán.) La felicidad
te embarga, ¿no es cierto? (Rápidamente y sin
darle tiempo a contestar, se vuelve a Elena.)
¿No te lo dije? Y así, queridísima Elena,
salvadora mía, médica prodigiosa, maga,
cumplo, ¿ya lo ves?, con la palabra empeñada.
Y para finalizar con el asunto, ven conmigo a
que ultimemos los detalles de tu boda, que
pretendo se realice esta misma noche y antes
de que otra cosa suceda. Quiero decir, como
una guerra, un terremoto, o que el sol se
apague repentinamente; uno nunca sabe…; en
fin. (Empieza a caminar hacia la salida,
llevándose a una Elena por demás aturdida.)
Supongo que ya no habrá objeción por tu
parte, al haber constatado que por parte de
Beltrán no la hay en absoluto, al contrario…
(A Lafeu que entra, cruzándose con ellos.)
Cuídame a ése, que no se nos vaya.
(Nuevamente a Elena.) Te decía, querida…
a buen fin primera parte, 41

(Salen ambos.)

L A F E U : (Se encima.) Sí, Señor. (A Beltrán.) ¿Qué delito


cometiste, bárbaro?

B E L T R Á N : (Anonadado.) ¿Eh?

L A F E U : ¡Por el amor de Dios, ¿qué es lo que te pasa,


muchacho?! Me miras como si estuvieras
viendo un fantasma.

B E L T R Á N : ¡No, no!; el fantasma soy yo. (Intenta irse.)

L A F E U : (Lo sujeta.) ¿A dónde vas…, fantasma?

B E L T R Á N : (Abatido.) No lo sé; a… a reintegrarme a las


tinieblas.

P A R O L L E S : (Que entra a escena en este momento.) ¿Cómo?


¿De qué tinieblas se trata?

B E L T R Á N : (Lo ve.) Ah…, eres tú. ¡Estoy perdido, Parolles,


amigo mío!

P A R O L L E S : (Bromea.) ¿Y apenas ahora te enteras,


bergante?

B E L T R Á N : ¡No bromees! ¡Por favor, no bromees!

P A R O L L E S : ¿Qué pasa?

B E L T R Á N : El rey acaba de decidir mi suerte, casándome


contra mi voluntad.

P A R O L L E S Y (Al unísono.) ¡¿Cómo?! ¡Ah, era eso!


LAFEU:

B E L T R Á N : (A Parolles.) Lo que oyes.

P A R O L L E S : ¡Estás perdido, amigo mío!


a buen fin primera parte, 42

B E L T R Á N : Eso yo ya lo había dicho.

L A F E U : ¡Un momento, un momento! ¿Qué clase de


caballeros son ustedes, que se permiten
hablar con tal ligereza del más sagrado de los
sacramentos? ¡Yo, en cambio, te felicito muy
de veras, Beltrán! ¡Qué dicha! (A Parolles.)
Debería usted imitarme, caballero, felicitando
a su amigo, en lugar de…

P A R O L L E S : (A Beltrán, por Lafeu.) ¡Éste debe estar loco!

L A F E U : (Ríe.) ¿Cómo? El loco llama loco al cuerdo; eso


es típico. Beltrán, déjame decirte que te llevas
la esposa más digna a que mortal alguno
pueda aspirar.

P A R O L L E S : (Entra en sospechas.) ¿Con quién te casan?

B E L T R Á N : Con Elena.

P A R O L L E S : ¡¿Con esa… ?!

L A F E U : ¡Si dice una sola palabra en contra de la


salvadora y protegida del rey, el que va a estar
irremisiblemente perdido es usted, caballero!

P A R O L L E S : (Lo ve, sin entender.) ¿Eh? (A Beltrán.) ¡Por


todos los diablos, ¿y qué vas a hacer?!

B E L T R Á N : No sé.

P A R O L L E S : Una, dos…

L A F E U : (Alarmado.) ¡¿Cómo, cómo?!

Beltrán y Parolles echan a correr.


a buen fin primera parte, 43

L A F E U : (Los sigue.) ¡Guardias! ¡Guardias, detengan a


ésos!

Salen.

I.8

París. El palacio real.

Garaux y Ducasse vienen cuchicheando.

G A R A U X : (Abre mucho los ojos.) ¿Cómo? ¡¿Qué pasó?!

D U C A S S E : (Asombrado.) ¿No estuviste en la ceremonia?

G A R A U X : No tuve tiempo de decirte; pero un encargo del


rey, que no permitía demora…

D U C A S S E : ¡¿No estuviste en el matrimonio de tu amigo?!

G A R A U X : (Molesto.) ¡Que no! ¿Pasó algo?

D U C A S S E : Fíjate. Antes de pronunciar el sí, a Beltrán se


le comenzaron a doblar las rodillas y ahí,
delante de todos, ¡se desmayó! ¡Fue un
alboroto…!

G A R A U X : ¡¿Qué?! Entonces todavía no están casados.

D U C A S S E : Claro que sí: casadísimos.

G A R A U X : ¿Cómo?

D U C A S S E : El rey le ordenó al desconcertado obispo que


continuara. Entre Lafeu y yo apuntalamos al
desmayado novio, para que la ceremonia
a buen fin primera parte, 44

pudiera concluir.

G A R A U X : (Impaciente.) ¿Y entonces?

D U C A S S E : (De pronto preocupado.) Yo, Garaux, ¿sabes?,


tengo una inquietud terrible.

G A R A U X : ¿Qué hiciste ahora, Ducasse?

D U C A S S E : Fíjate. Como dije, entre Lafeu y yo teníamos a


Beltrán firmemente apuntalado. El obispo, sin
saber qué hacer, preguntó por segunda vez al
inanimado cuerpo de Beltrán si aceptaba por
esposa a la novia. Yo tampoco sabía muy bien
qué hacer, cuando el rey salvó la situación,
viniendo a tomar la cara de Beltrán entre sus
manos y moviéndola afirmativamente. El
obispo no se atrevió a protestar por tan
irregular procedimiento y siguió adelante con
la ceremonia hasta terminar.

G A R A U X : (Desconcertado.) ¿Y entonces qué es lo que te


preocupa?

D U C A S S E : (Muy afligido.) Me parece que en la confusión


general nadie se dio cuenta; pero a mí, sin
pensarlo, se me salió un sí.

G A R A U X : ¿Qué?

D U C A S S E : ¿Tú crees que yo también estoy casado?

G A R A U X : (Después de una pequeña pausa.) Claro que sí.


Naturalmente. No cabe la menor duda.

D U C A S S E : (Muy angustiado.) ¿Con quién de los dos?

G A R A U X : ¿Eh?… Con los dos.


a buen fin primera parte, 45

D U C A S S E : (Casi llora.) ¡¿Con los dos?!

G A R A U X : Irremediablemente.

D U C A S S E : En este momento los dos están en la cámara


nupcial, ¿tú crees que yo debería…?

G A R A U X : (Alarmado.) No, no; sería terrible. ¿Dices que


nadie se dio cuenta?

D U C A S S E : Nadie. Al menos... yo vi para todos lados y no,


nadie.

G A R A U X : Pues entonces nadie tiene por qué saberlo,


Ducasse. Yo vengo de hablar con el duque de
Florencia, primo del rey nuestro Señor, que
pide lo apoyemos en la guerra que le acaba de
declarar el de Siena, que es a su vez sobrino
de Su Majestad…

D U C A S S E : (Con el rostro iluminado.) ¿Tendremos guerra?

G A R A U X : Parece que sí.

D U C A S S E : ¡Entonces estoy salvado!

G A R A U X : ¿Ya ves? Todo tiene remedio en esta vida,


Ducasse.

D U C A S S E : Y tú me guardarás el secreto, ¿no, amigo?

G A R A U X : ¿Para qué son los amigos, si no, amigo?

D U C A S S E : (Totalmente aliviado.) Gracias, amigo.


(Extasiado.) ¡La guerra! (Y se van.)
a buen fin primera parte, 46

I.9

París. En palacio. La cámara nupcial.


Elena y Beltrán, se sientan en sillas aparte.
Elena mira a Beltrán, al tiempo que acaricia su
gato. Beltrán esquiva la mirada.

E L E N A : ¿Te sientes mejor? (No obtiene respuesta.


Pequeña pausa.) ¿Qué es lo que realmente te
ocurre, Beltrán? ¿Por qué este cambio? Antes
éramos amigos y… estoy segura que un poco
más que amigos…; ¿qué pasó?

B E L T R Á N : (Que persiste en no devolverle la mirada.) ¿Qué


importa lo que haya pasado? Ya estamos
casados, ¿no? Eso era lo que querías, ¿no?

E L E N A : Casados sí estamos, ante Dios y ante los


hombres; pero henos aquí a los dos, solos, en
la cámara nupcial sin… sin consumar el
matrimonio. ¿Por qué no quieres tocarme?
(Beltrán aprieta las mandíbulas y no contesta.)
Antes me tocabas… y te gustaba… Se veía, era
evidente que te gustaba. ¿Me guardas rencor
porque entonces me negaba a complacerte…
hasta el final? (Pausa.) Te lo dije. Te dije por
qué no quería: soy virgen.

B E L T R Á N : (Despectivo.) Una virgen vieja.

E L E N A : (No se ofende.) Eso me decías, sí; pero una


virgen es una virgen a la edad que sea. Y sólo
hacías mención de mi edad cuando estabas
enojado porque te rechazaba. Cuando tratabas
a buen fin primera parte, 47

de seducirme, en cambio, decías que mi edad


no sólo no te importaba, sino que te atraía…
¿No? Y por otra parte, no es cierto que sea
vieja. El que sea mayor que tú algunos años,
no me hace ninguna vieja. La diferencia de
edad, en todo caso, te haría a ti demasiado
joven, ¡y ya! Y eso a ti te resulta enormemente
excitante. ¿No es cierto? (No hay contestación.)
¿Vale la pena estar hablando de eso una y
otra vez, si nos queremos? (Pausa.) Y ahora
aquí estamos los dos, sin el menor
impedimento ya… y tú no quieres. ¿Por qué?

B E L T R Á N : (Mohíno.) No te me antojas.

E L E N A : Eso no es cierto. Hace un momento, para que


volvieras del desmayo, te di fricción… y me di
cuenta que sí te me antojaba. ¿Crees que no
tengo ojos para ver?

B E L T R Á N : Te lo imaginaste.

E L E N A : No; lo vi y lo palpé.

B E L T R Á N : ¿Lo…? No me importa; era un simple acto


reflejo.

E L E N A : (Después de una pequeña pausa.) ¿Estás


enamorado de otra… o de otro?

B E L T R Á N : (Finalmente la mira.) ¿De otro?

E L E N A : (Se atreve.) De Parolles.

B E L T R Á N : (Ríe de buena gana.) ¡Qué bárbara! (Ríe más.)


¡Qué bárbara!…, ¡de Parolles nada menos!
a buen fin primera parte, 48

E L E N A : (Un tanto amoscada.) ¿Qué tendría de


particular? Andan juntos por todas partes. Le
haces caso en todo.

B E L T R Á N : (Ha terminado de reír.) Si te sirve de consuelo


pensar que me niego a tocarte porque estoy
enamorado de Parolles, adelante; piénsalo.
Piensa lo que se te dé la gana.

E L E N A : (Un tanto arrepentida de su exabrupto.) No; no


es eso lo que realmente pienso. Es que estoy
furiosa. Desde que ha aparecido Parolles por
ahí, tú te has ido apartando de mi lado. ¿Qué
son ustedes dos, eh? ¿La liga de los hombres
inmaculados? ¿Huyen del contacto con las
mujeres para no contaminarse…, o qué?
(Beltrán mira furioso en otra dirección y no
contesta.) ¿Me vas a negar que ha sido idea de
Parolles todo esto? (Sigue sin haber
contestación.) Ahora te ha metido en la cabeza
que no corresponde a ninguna mujer… a
ninguna… elegir marido. Porque al hombre que
es hombre, y precisamente por serlo, le toca
elegir a la que ha de ser su mujer; no se deja
elegir por ella en ningún caso. ¿No es eso? (No
hay respuesta.) Pues déjame que te diga una
cosa, Beltrán: pensar así es de una tontería
rayana en cretinismo. Una tontería, por otra
parte, perfectamente acorde a la personalidad
de tu amigo Parolles; pero indigna de ti.
Cuando dos personas se atraen como nos
a buen fin primera parte, 49

atraemos tú y yo, ¿qué importa quién de los


dos dé el primer paso para lograr la unión?
¿Eh? ¡¿Qué importa?!

B E L T R Á N : (Se levanta y la mira con ira helada.) Sólo una


cosa te voy a decir: no podrás llamarme
marido tuyo, mientras no hayas conseguido
quitarme este anillo (Lo muestra.) y hayas
quedado embarazada con un hijo mío. Ambas
cosas igualmente imposibles. Por lo tanto:
nunca.

E L E N A : ¿Qué? ¿Qué charada ridícula me acabas de


lanzar?

B E L T R Á N : Ya lo oíste. (Se dispone a salir.)

E L E N A : ¡Oye, ven acá, ¿a dónde vas?! ¡Está bien, no


pienso violarte… esta noche, pero ven acá!…
¡Beltrán! (Beltrán ha salido. Elena,
contrariada, le da un manazo al gato, que
chilla.) ¡Ay, Dios mío!

I.10

París. Un jardín de palacio.

Garaux y Ducasse, inquietos.

G A R A U X : Me parece, Ducasse, que nos han dejado


plantados.

D U C A S S E : Esperemos todavía un poco. Beltrán me pidió


a buen fin primera parte, 50

este encuentro con tal vehemencia…

G A R A U X : Supongo que decidió regresar a la cámara


nupcial, después de todo. Y estará ocupado en
más dulces menesteres, que venir a cumplir
con una cita concertada con demasiada
precipitación. Así es el amor, Ducasse.

D U C A S S E : Nada me daría más gusto que eso, créeme.

G A R A U X : Te lo creo perfectamente. Ahí viene ahora


nuestra Eminencia Gris.

D U C A S S E : Habrá hablado ya con el rey acerca de lo que


me contaste.

L A F E U : (Entra.) Caballeros, me alegra encontrarlos.

G A R A U X : ¿Habló usted con el rey, Lafeu?

L A F E U : En efecto, vengo de celebrar acuerdo con Su


Majestad y con los duques de Gragny y Vaux-
Lapeine.

G A R A U X : ¿Y qué?

L A F E U : Su Majestad el rey de Francia opinó que no


podemos involucrarnos oficialmente en esta
guerra. Todos estuvimos, naturalmente, de
acuerdo con él. Y por otra parte tiene razón:
Tanto el de Florencia como el de Siena son
parientes suyos muy próximos. ¿Cómo tomar
partido y por quién?

D U C A S S E : (Apesadumbrado.) A los jóvenes sin embargo,


estoy seguro, nos habría gustado participar.
El ocio prolongado aquí en París parece
a buen fin primera parte, 51

estarnos consumiendo.

L A F E U : Esa consideración, Ducasse, se ha tenido en


cuenta en nuestras deliberaciones y Su
Majestad el rey me ha ordenado que haga
saber a todos los jóvenes cortesanos que,
aunque el trono de Francia haya decidido no
tomar partido en esta guerra, verá con buenos
ojos que nuestra juventud se entrene en el
ejercicio de las armas, participando en ella en
forma no oficial y a título perfectamente
personal, sumándose al ejército de su
preferencia. (Para escuchar las últimas
palabras de Lafeu, han entrado Beltrán y
Parolles, que se unen al grupo.) Así que
ustedes deciden, caballeros.

B E L T R Á N : (Evidenciando su interés.) ¿Qué estoy oyendo?


¿Hay permiso del rey para participar en una
guerra?

L A F E U : Así es, señor; pero siento decirle que el


permiso se otorga sólo a los solteros.

P A R O L L E S : ¡Qué arbitrariedad tan grande! Habría que


elevar inmediatamente una protesta conjunta.

L A F E U : (Que prefiere no hacer caso de Parolles, se


dirige a Beltrán.) Por cierto, ¿qué es lo que
está haciendo usted a estas horas de la noche
fuera de la cámara nupcial?, si se me permite
la indiscreción.

P A R O L L E S : (Se anticipa a Beltrán.) No se le permite. Y


sería todavía más indiscreto de parte del
a buen fin primera parte, 52

señor conde de Rosellón contestar a tal


pregunta. (A Beltrán.) ¿O no?

B E L T R Á N : (Vacilante.) Pues…, sí.

L A F E U : (Ignora nuevamente a Parolles.) Espero que no


esté usted huyendo del lecho conyugal,
jovencito; nada indignaría más a Su Majestad
que enterarse de deserción tal.

P A R O L L E S : ¡Pues vaya usted a decirle a Su Ilustrísima…!

B E L T R Á N : (Lo ataja.) Le agradezco su preocupación,


Lafeu.

L A F E U : (No queriendo sentirse desairado, se dirige a


los otros dos caballeros.) Les ruego, señores,
que hagan circular la noticia. (A Beltrán,
nuevamente.) Voy en este momento a enviar
un despacho a la señora condesa, su madre,
por órdenes de Su Majestad el rey, con el
objeto de enterarla del reciente y muy feliz
matrimonio de su hijo. (A los demás y tratando
pasar por alto a Parolles.) Que tengan ustedes
muy buenas noches.

Todos corean las buenas noches, al tiempo


que Lafeu se retira.

P A R O L L E S : El que matara a esa sabandija, no se daría


cuenta del grandísimo beneficio que le estaría
haciendo a la humanidad.

G A R A U X : (Preocupado.) ¿Qué pasa, Beltrán?

B E L T R Á N : Nada. (Sonríe sarcásticamente.) ¿Que todo el


a buen fin primera parte, 53

mundo se ha propuesto sermonearme el día de


hoy?

G A R A U X : No, ¡por Dios!; de ninguna manera.


Simplemente estamos preocupados. (A
Ducasse.) ¿No?

D U C A S S E : Estamos preocupados.

B E L T R Á N : Sí; perdonen. Debo estar en extremo


susceptible.

P A R O L L E S : ¿Y cómo se sentirían ustedes de estar en


circunstancias parecidas, eh? ¿Se puede tener
tranquilidad de espíritu ante semejante
atropello a la dignidad masculina? No; no se
puede. No es posible tolerar una cosa así. ¿A
dónde vamos a ir a parar de seguir así las
cosas? ¡No quiero ni pensarlo! Pero, Beltrán,
ya lo has oído, está la guerra. (A Garaux.) ¿De
qué guerra se trata, compañero?

G A R A U X : (Contesta a su pesar.) Entre Florencia y Siena.

P A R O L L E S : (Nuevamente a Beltrán.) ¡Qué oportunidad,


muchacho! ¡Qué oportunidad dorada, ¿te das
cuenta?! ¡En la guerra es donde se hacen los
hombres, donde se forjan los valientes! ¡En la
guerra!, y no aquí en los lechos complacientes
de las damas.

G A R A U X : (Ríe.) Precisamente acabas de mencionar dos


formas de hacer a un hombre, Parolles. ¿Por
qué preferir una en detrimento de la otra?
¿Qué te han hecho las damas a ti, Parolles?
a buen fin primera parte, 54

P A R O L L E S : ¿Qué quieres decir?; ¿estás loco? ¡Que qué


tengo contra las damas, dice! ¿Qué voy a
tener?: ¡Las adoro! Por ellas he sido capaz en
la vida de… ¡tantas cosas! Pero la guerra,
queridos compañeros, reúne las dos formas de
hacer a un hombre, con las que estoy
perfectamente de acuerdo, que Garaux acaba
de mencionar: las acciones destacadas en las
armas, tanto como las fugaces e innumerables
aventuras con toda clase de mujeres. Y es que
la peor parte de una mujer, Garaux, sale a
flote con la permanencia. No hay que quedarse
con ellas ni un minuto más allá de lo
absolutamente indispensable.

D U C A S S E : (Ríe, a Garaux.) Este hombre es un cínico.

P A R O L L E S : Acabas de aplicarme un apelativo del que sólo


se valen los pobres de espíritu, compañero. A
quien se atreve a decir las cosas tal y como
son, los asustadizos lo llaman cínico.

D U C A S S E : (Ríe, en ocultamiento de incomodidad.) ¿Y cómo


son las cosas “tal y como son”, según tú?

P A R O L L E S : Así: “Obra según tu mejor conveniencia”.

D U C A S S E : (Irónico.) Caiga quien caiga.

P A R O L L E S : Me has entendido perfectamente, compañero.

G A R A U X : ¿Y, según tú, la mejor conveniencia para


Beltrán es alejarse de su mujer y partir a la
guerra? ¿De qué le va a servir eso?
a buen fin primera parte, 55

P A R O L L E S : Eso… le enseñará a ella que una mujer no


puede andarse adelantando a los deseos de un
hombre, ni ir por ahí tomando decisiones que
sólo a él corresponde tomar. La pondrá en su
lugar de una vez y para siempre. (A Beltrán.)
¿Estás o no estás de acuerdo?

B E L T R Á N : Estoy de acuerdo.

P A R O L L E S : Bravo. (Silencio.)

B E L T R Á N : (Preocupado.) ¿Pero cómo partir a la guerra


sin contar con el permiso real?

P A R O L L E S : ¿El rey te ha prohibido algo? (A los otros.)


¿Ustedes han escuchado que el rey le haya
prohibido algo a éste? Yo sólo escuché al
pobre infeliz de Lafeu sacándose de la manga
una supuesta cláusula que el permiso para
partir a la guerra era aplicable sólo a los
solteros. ¡¿Habráse visto tamaña ridiculez?!

G A R A U X : La cláusula, aunque fuera mentira, proviene


de alguien que es considerado Eminencia Gris
de la monarquía francesa. Es decir que puede
convertirse en verdad en cualquier momento.

P A R O L L E S : (A Beltrán.) Pues partamos antes de que la tal


cláusula entre oficialmente en vigor. Partamos
sin pérdida de tiempo.

B E L T R Á N : (A los otros.) ¿A qué ejército prestarán ustedes


sus armas?

G A R A U X : Al de Florencia, naturalmente.
a buen fin primera parte, 56

D U C A S S E : Naturalmente. El otro es un idiota.

B E L T R Á N : En ese caso (En este momento aparece Elena.),


yo también ofreceré mis armas al duque de
Florencia.

E L E N A : (Aterrada.) ¿Cómo?

P A R O L L E S : ¡Ah! Aquí está la curandera.

B E L T R Á N : (La mira con frialdad.) Mejor que lo hayas


oído; así sabes a qué tendrás que atenerte. (A
Garaux y Ducasse.) ¿Me harán el favor,
amigos, de desviar un poco sus pasos, en su
camino a Florencia, para llevarle a la condesa,
mi madre, de mi parte, esta mujer al
Rosellón?

G A R A U X : (Incómodo.) Si tú quieres; per…

B E L T R Á N : (Tajante.) Lo quiero. Gracias. Ni una palabra


más. Voy a escribir una nota explicatoria a mi
madre. En seguida vuelvo. Ven conmigo,
Parolles.

E L E N A : (Estupefacta.) ¿Me estás repudiando?

B E L T R Á N : No. Sólo se puede repudiar a la esposa que no


ha cumplido con sus deberes. Yo aquí soy el
que no ha querido ser tu esposo. Lo soy y lo
seré sólo de nombre y por obediencia al rey de
Francia.

E L E N A : También eres mi esposo ante Dios.

B E L T R Á N : Seré tu esposo de hecho… ya sabes cuándo.


(Sale, seguido de Parolles.)
a buen fin primera parte, 57

Elena llora a gritos, ante la perplejidad de


Garaux y Ducasse que se miran uno al otro.
Finalmente Ducasse se decide a aproximarse a
Elena.

D U C A S S E : ¿Podemos hacer algo por ti?

E L E N A : Sí; ¡muéranse!

D U C A S S E : (Comprensivo.) Está bien.

E L E N A : (Deja de llorar y lo mira, asombrada.) ¿Cómo


va a estar bien? No; no está bien de ninguna
manera; es que… ¡yo estoy tan mal…! Ahora
que si se empeñan en morir, ya es cosa suya.
Pero antes, háganme favor, acompáñenme
hasta el Rosellón.

G A R A U X : Estamos a tus órdenes. (Salen los tres.)

I.11

Rumbo a Florencia.

Beltrán y Parolles hacen un alto en el camino


para orinar.

P A R O L L E S : (Después de una exclamación de profundo


alivio.) Uno no se da cuenta qué tantas ganas
tiene de orinar, hasta que se baja del caballo.
(Se vuelve a mirar a Beltrán que orina en
silencio.) ¿Qué te pasa? Has estado más
callado que una tumba. Que una tumba muda,
a buen fin primera parte, 58

quiero decir. (Después de tres segundos, se ríe


de su propio chiste. Beltrán no reacciona.) ¿No
te pareció chistoso lo que dije?

B E L T R Á N : (Lo mira por primera vez.) ¿Qué dijiste?

P A R O L L E S : (Malhumorado.) Eres un compañero de viaje


pésimo.

B E L T R Á N : Supongo que sí.

P A R O L L E S : ¿Estás echando de menos a esa mujer?

B E L T R Á N : Supongo que sí.

P A R O L L E S : (Enojado.) ¿Y entonces por qué no das media


vuelta y regresas a París, eh, afeminado?

B E L T R Á N : Porque Elena ya no ha de estar en París.


Estará camino al Rosellón.

P A R O L L E S : Entonces encamínate al Rosellón. Ve a pedirle


perdón. Arrodíllate. Pero no vuelvas llorando
conmigo cuando te dé la primera patada en el
trasero, porque no me vas a encontrar.

B E L T R Á N : ¿A dónde piensas ir?

P A R O L L E S : A la guerra, naturalmente. ¿A dónde más?


Pero ahí tú no te vas a querer acercar, no sea
que te pase algo. ¿No? Así es que aquí nos
despedimos tú y yo. Finalmente parece que me
equivoqué contigo. Nunca has dejado de ser el
niñito de mamá y nunca dejarás de serlo. ¡Qué
lástima! Adiós.

B E L T R Á N : No. Voy contigo.


a buen fin primera parte, 59

P A R O L L E S : ¿Estás seguro?

B E L T R Á N : Sí. (Comienzan a salir.)

P A R O L L E S : Lo que a ti te pasa es que estás urgido de


hembra. Está bien. Está perfectamente. Pero
consíguete una mujer que no te amarre. Eso
es lo que todos los hombres que somos
hombres necesitamos; una mujer que no nos
coarte; que nos deje hacer lo que tenemos que
hacer. Y eso, amigo mío, es una verdad
indiscutible, ¿eh? Todos los filósofos lo han
dicho. Al menos los que son sensatos. En
Florencia hay mujeres magníficas, ¿sabes?
Pero ten cuidado: si te exigen matrimonio
antes de entregársete, tú diles que sí. A todo
diles que sí. Todo mundo sabe que el prometer
jamás ha empobrecido a nadie… ¡y mucho
menos en tiempos de guerra!… (Y han salido
del escenario.)

I.12

El Rosellón. Aposento en el castillo.

Elena, seguida a discreta distancia por


Garaux y Ducasse, y llevando en sus brazos al
gato, se arrodilla, llorando, ante la condesa.

L A C O N D E S A : ¿Qué esto, niña?, ¿qué tonterías son éstas?


¡Levántate inmediatamente!
a buen fin primera parte, 60

Garaux y Ducasse se apresuran a ayudar a


levantar a Elena; pero Garaux grita y casi deja
caer a Elena.

G A R A U X : ¡Ay! ¡Este gato!

E L E N A : ¿Te volvió a arañar? (Le da un manacito al


gato.) ¡Minino grosero!, ¿no te he dicho que no
hay que arañar?

D U C A S S E : (Ríe.) A mí no me araña. (Acaricia al gato.)


¿Verdad, minino? (Grita.) ¡Ay!

G A R A U X : Siempre hay una primera vez.

E L E N A : (A Ducasse.) Ay, perdón.

L A C O N D E S A : ¿Estos guapos mozos…?

E L E N A : Son los nobles caballeros Garaux y Ducasse,


que se han hecho grandes amigos de Beltrán
en la corte. La condesa, muchachos, como se
habrán supuesto, es la madre de Beltrán.

L A C O N D E S A : (Les da a besar la mano.) ¿Y ustedes dos están


tan locos como mi hijo, a pesar del aspecto
saludable que tienen? (Garaux y Ducasse ríen
sin saber qué contestar.) Espero sinceramente
que no.

E L E N A : (Asombrada.) ¿Entonces ya sabe usted…?

L A C O N D E S A : Todo.

E L E N A : (Apabullada.) ¿Cómo se enteró?

L A C O N D E S A : Tenemos que hablar, Elena, si estos guapos


caballeros tienen la gentileza de
a buen fin primera parte, 61

permitírnoslo.

D U C A S S E : En realidad, nosotros deberíamos partir…

G A R A U X : Nos hemos desviado hasta acá con el único


objeto de escoltar a… este…

D U C A S S E : (Ayuda.) …a la señora condesa.

G A R A U X : (Termina.) Por encargo expreso de Beltrán. (Se


corrige.) Del señor duque de Rosellón.

E L E N A : No voy a dejar que se vayan todavía. Tienen


que refrescarse del viaje, (Pide aprobación de
la condesa.) ¿no es verdad?

L A C O N D E S A : Yo de ninguna manera pretendía correrlos del


castillo, señores, simplemente he de hablar
unos momentos en privado con mi nuera. ¿No
querrían…? (Elena llora.) ¿Y ahora qué te
pasa?

G A R A U X : Ha estado así todo el camino.

E L E N A : (Entre el llanto.) ¡Me dijo nuera!

L A C O N D E S A : ¿Y no lo eres?

E L E N A : (Llora más.) ¡No!

L A C O N D E S A : ¡Qué tontería más grande! (A los caballeros.)


No se vayan; den una vuelta por ahí. El
castillo tiene rincones hermosos.

D U C A S S E : Es que no…

G A R A U X : (Lo interrumpe.) Andaremos por ahí. (Se lleva a


Ducasse.)

L A C O N D E S A : Gracias. (Ya a solas con Elena.) Así pues, ya


a buen fin primera parte, 62

es del dominio común que el cretino de


Beltrán no ha querido tocarte, ¿eh?

E L E N A : (Entre lágrimas.) ¿Qué voy a hacer? En el


camino quise matarme; pero ese par de nobles
y bien intencionados muchachos… (Se
corrige.) No; de tontos, ¡de tontísimos
muchachos!, no me lo permitió. ¡Par de
babosos!

L A C O N D E S A : Pues no; imagínate qué cuentas habrían


entregado los pobres. ¡Ya deja de llorar,
Elena!; ¡así no se puede entablar conversación
alguna!

Elena, no encontrando dónde limpiarse, se


limpia en el gato, que maúlla, ofendido.

E L E N A : Ya.

L A C O N D E S A : Bueno. Y ahora contéstame unas preguntas.


¿Te expuso Beltrán la razón de por qué no
quiso tocarte?

E L E N A : ¡Ay, no! No, sí; ¡sí, sí! No sé.

L A C O N D E S A : ¿Por fin?

E L E N A : En realidad creo que no le entendí.

L A C O N D E S A : Algo habrás entendido.

E L E N A : Algo.

L A C O N D E S A : Nada terriblemente vergonzoso..., espero.

E L E N A : Depende.

L A C O N D E S A : ¿De qué?
a buen fin primera parte, 63

E L E N A : Del lado que se lo mire. Como todo.

L A C O N D E S A : (Impaciente.) ¡No es momento de filosofías,


Elena! ¿Te da o no te da vergüenza la razón
expuesta por Beltrán?

E L E N A : (Lo piensa un poco.) Más bien me da coraje.

L A C O N D E S A : ¡Excelente reacción! Entonces dime de qué se


trata.

E L E N A : A mí me parece…, me parece…, que se está


vengando porque fui yo la que lo escogí a él y
no él el que me escogió a mí. ¡Y eso me da
tanto coraje, que quisiera matarme!

L A C O N D E S A : (Tomada por sorpresa.) ¡¿Matarte tú?! ¿No a él?

E L E N A : (Aterrada.) ¡Ay, no!

L A C O N D E S A : (Desconcertada.) ¿Por qué no? Me parece que


sería un sentimiento bastante más explicable.

E L E N A : ¡¿Cómo iba a pensar en matarlo, si lo quiero


tanto?!

L A C O N D E S A : ¡Ay, Dios mío, no tomes las cosas tan


literalmente, mujer! Contigo siempre tengo que
cuidar lo que digo. Ustedes, los que se dedican
a la ciencia, son tan literales… No quería
sugerirte, de ninguna manera, que asesinaras a
mi hijo; lo que quise decir es que sería más
conveniente que hicieras coincidir tus
sentimientos con tus propósitos. Si lo que
Beltrán te está haciendo te da coraje, el enojo
que sientes no puede ser contra ti misma, sino
a buen fin primera parte, 64

contra quien te lo está haciendo. ¿Me explico?

E L E N A : (Entiende.) ¡Ah, sí, claro! ¡Qué ganas de matar


a ese infeliz!

L A C O N D E S A : (No del todo segura de la buena reacción de


Elena.) Eso es. Pero sólo recuerda que una cosa
son las intenciones y otra, muy otra, las
acciones. ¿Comprendido?

E L E N A : (Ríe de la inocencia de la condesa.) Pero es que


yo para eso poseo las invaluables enseñanzas
de mi padre, acerca del profundo conocimiento
de la anatomía y el funcionamiento del cuerpo
humano y la correcta aplicación de la
herbolaria.

L A C O N D E S A : (Cauta.) ¿Qué quieres decir?

E L E N A : (Sonríe encantadoramente.) Que si se me pasara


la mano y lo matara efectivamente, lo podría
resucitar.

L A C O N D E S A : (Impresionada.) ¿Podrías hacer eso?

E L E N A : Con la mano en la cintura.

L A C O N D E S A : Bueno; pero es mejor que no intentes matar a


Beltrán, ¿eh?

E L E N A : (Presta a la obediencia.) ¿Ah, no? ¿Entonces


qué le hago?

L A C O N D E S A : (Puesta en aprietos.) Entonces… (Algo se le


ocurre de pronto.) Oye, ¿y que no se te ocurrió
darle una tizanita de algo?

E L E N A : (Ingenua.) ¿Como de qué?


a buen fin primera parte, 65

L A C O N D E S A : Tú sabes…, hay yerbas para todo. He sabido de


unas, maravillosas, que hacen que los hombres
nos amen con pasión irreprimible.

E L E N A : (La mira con asombro.) ¿Brujería, quiere decir?

L A C O N D E S A : ¿Que no es igual a lo que decías?

E L E N A : (Profundamente ofendida.) ¡Naturalmente que


no! La brujería y la medicina son…

L A C O N D E S A : ¡Ah, bueno, bueno!; no me hagas caso. Fue algo


que se me ocurrió de pronto. Pero ya veo que tú
prefieres procedimientos más legítimos, más
este… ¡Ay, ya no sé qué es lo que prefieres!

E L E N A : ¡No; es que ése ni siquiera es el problema!


Beltrán me ama tanto como lo amo ya a él.

L A C O N D E S A : (Desconcertada.) ¿Ah, sí? ¿Entonces?

E L E N A : Lo que no soporta es que y o lo haya escogido a


é l . ¿No lo entiende?

L A C O N D E S A : Y de no haberlo escogido tú a él, ¿te habría


escogido él a ti?

E L E N A : ¡Pues no!

L A C O N D E S A : ¡Ay, Dios mío, creo que he de haberme perdido


en algún giro de nuestra conversación, porque
ya no estoy entendiendo absolutamente nada!

E L E N A : (No hace caso del comentario.) ¡No, no, qué va!;


¡no me habría escogido nunca! ¡Y eso es lo que
me da coraje, ¿ve?!

L A C O N D E S A : (Anonadada.) Ah…; sí… Clarísimo.


a buen fin primera parte, 66

E L E N A : (Hace pucheros.) ¿Qué voy a hacer ante esta


desventura cuando no se me permite acabar
con esta vida astrosa y sin sentido que voy
arrastrando por el mundo? ¡¿Qué?!

L A C O N D E S A : (Rápida.) Desde luego no ponerse a llorar, ni


decir cursilerías.

E L E N A : (Aterrada.) ¿Dije una cursilería? Pensé que era


poético. ¿No era?

L A C O N D E S A : No, chula, no. Sé que por ahí se confunden


ambas cosas; pero no. Las mujeres de hoy
resolvemos las cosas de otra manera. Ni nos
suicidamos, ni lloramos. Sobre todo, no
lloramos. Y ya que te rehúsas a recurrir a esos
filtros infalibles y maravillosos… (Espera
inútilmente un cambio de opinión en Elena.) No,
ya lo sé. Una pregunta, sólo como dato curioso:
¿no quieres valerte de ellos porque no sabes
cuáles son, o porque una mal entendida ética
profesional te impide aplicarlos?

E L E N A : (Firme.) Beltrán me ama.

L A C O N D E S A : Sí, sí, claro. Olvídalo entonces. (Un suspiro de


resignación.) Entonces nos decidimos por los
medios llamados legítimos para lograr nuestros
propósitos. Muy bien.

E L E N A : (Desconfiada.) ¿Y cuales son esos… medios?

L A C O N D E S A : ¡Ay, mi amor, los tradicionales engaños y


artimañas femeninos! ¿Qué otros?
a buen fin primera parte, 67

E L E N A : (Tranquilizada.) ¡Ah, eso sí! (Súbita duda.)


¿Cuáles son?

L A C O N D E S A : ¿Estás dispuesta a emprender un nuevo viaje


inmediatamente?

E L E N A : ¿A dónde vamos?

L A C O N D E S A : Tú sólo di sí o no.

E L E N A : (Un gran suspiro.) De acuerdo.

L A C O N D E S A : De acuerdo entonces. (Llama.) ¡Monstruo!

L A V A C H E : (Asoma inmediatamente.) ¿Alguien me necesita?

L A C O N D E S A : Como ya escuchaste lo que estuvimos diciendo


Elena y yo, no te lo tengo que repetir.

L A V A C H E : ¿Por qué me calumnias? No escuché


absolutamente nada. Pero, en fin, no necesito
que me lo digas; soy tan listo que lo adivino: A
que nos vamos de viaje.

L A C O N D E S A : ¿Nos vamos?

L A V A C H E : No tienes más remedio que llevarme; ya sabes


que a mí, aquí solo, me entran ideas
incendiarias. Es algo que no puedo reprimir.
¿No querrás encontrarte el Rosellón reducido a
cenizas a tu regreso, verdad? Me lo imaginaba.
¿A dónde vamos?

L A C O N D E S A : (A Elena.) ¿Ves qué castigo del cielo me ha


tocado?

L A V A C H E : (A Elena.) ¿Y ves qué castigo del cielo me ha


tocado a mí con ella?
a buen fin primera parte, 68

L A C O N D E S A : En fin, sigámonos martirizando el uno al otro,


como Dios manda, por los siglos de los siglos.
Ve a preparar nuestro equipaje.

Sale Lavache, echando besos a ambas.

L A C O N D E S A : (Sin hacer caso, a Elena.) Mientras yo voy a ver


que todo esté bien dispuesto, tú despide a los
dos caballeros amigos de mi hijo y no les digas
nada de nuestros propósitos. (Sale.)

E L E N A : (Llama.) ¡Eh, Garaux!… ¡Ducasse, eh!

G A R A U X : (Fuera, como un eco.) ¡Ducasse, eh!

D U C A S S E : (Más lejos.) ¡Eh, Garaux!

G A R A U X : (Fuera.) ¡Parece que nos llaman!

E L E N A : Mira, minino, partimos de viaje nuevamente


por esos caminos de Dios. Prométeme que en
esta ocasión te portarás como el lindo gatito
decente que eres y no como el horrible patán
que generalmente pareces. (Pequeña pausa.)
¿No oíste? Dije que me prometieras… (Suspira.)
¡Ay, bueno, da lo mismo!

G A R A U X : (Que entra con Ducasse.) ¿Nos llamabas?

E L E N A : Sí; si quieren ya se pueden ir, siento haberlos


hecho esperar. Les agradezco mucho todo.
Adiós.

D U C A S S E : ¿Ningún mensaje para ese ingrato marido tuyo?

E L E N A : Ninguno. (Intenta irse; se vuelve.) ¡Ah! Para


ustedes dos, un favor.
a buen fin primera parte, 69

G A R A U X : Cuantos quieras.

E L E N A : Procuren desprestigiar a ese terrible hombre


Parolles ante los ojos de mi marido. Estoy
segura que, cuando Beltrán deje de escucharlo,
aceptará con gusto nuestro matrimonio.

G A R A U X : ¿Desprestigiar a Parolles? Eso lo haremos


encantados, ¿no, Ducasse?

D U C A S S E : Encantados. ¿No prefieres que lo matemos?

E L E N A : No, no; aunque la tentación sea fuerte; no.


Simplemente busquen la forma de
desacreditarlo. Por favor.

D U C A S S E : A tus órdenes.

G A R A U X : Lo haremos. ¿Nada más?

E L E N A : Cuídense. Cuiden a su amigo en esa dichosa


guerra. Hasta otra ocasión, amigos míos.

G A R A U X Y D U C A S S E : Hasta muy pronto. (Le sonríen y se van.)

E L E N A : ¡Ay, minino, mininito, ¿qué nos deparará el


destino?! (Preocupada.) ¿Acabo de decir una
cursilería? (Da un suspiro de resignación y
sale.)

I N T E R M E D I O .
a buen fin primera parte, 70

Segunda parte.

II.1

El rey y la condesa, dirigiéndose el uno al


otro, cantan en proscenio.

L O S D O S : (Cantan al unísono.)
Cual si fuera un suspiro,
muchos años se han ido,
sin mediar otro vínculo,
entre tú y yo, cariño,
que un pasado regido
por un (Dirá la condesa.) amor ridículo.
(Dirá el rey.) pudor ridículo.

EL REY: ¡Ay, bien mío, condesa…


LA CONDESA: ¡Ay, querido, Tu Alteza…

LOS DOS: cómo has envejecido!


Pues viejo (a) y todo, digo:
¡Cómo me he divertido
(Al unísono.)
(Dirá el rey.) con tu pudor, condesa!
(Dirá la condesa.) con ese ardor, Alteza!

LA CONDESA: Y ahora viejo, querido,

EL REY: Y ahora vieja, querida,


a buen fin primera parte, 71

L O S D O S : (Al unísono.)
observas el camino
que toman otras vidas,
pues no te satisfizo
tu propia vida íntima.

LA CONDESA: ¿O te inquieta, querido,


EL REY: ¿O te inquieta, querida,
LA CONDESA: el difícil destino…

EL REY: la posible caída


de tu hijo engreído?
LA CONDESA: de nuestra protegida?

L O S D O S : (Al unísono.)
¡Qué cosa más ridícula!

E L R E Y : (Hablado en adelante.) ¿A qué cosa


exactamente llamas ridícula?

L A C O N D E S A : (Hablado en adelante.) A tu actitud, claro.

E L R E Y : ¿Al hacer qué?

L A C O N D E S A : Al preocuparte, claro.

E L R E Y : No era preocupación; era… curiosidad, más


bien. Tú, en cambio, sí estabas preocupada.

L A C O N D E S A : Naturalmente: se trataba a fin de cuentas, de


un problema provocado por la conducta…
incalificable de mi hijo. Pero tú también
estabas preocupado por Elena. Te sentías, en
gran medida, responsable de lo que le pasara.

E L R E Y : (Protesta.) ¿Por qué? Ella fue la quiso casarse


con el idiota de tu hijo.
a buen fin primera parte, 72

L A C O N D E S A : Pero tú a mi hijo le habías torcido el brazo


para que consintiera y te librara de la promesa
que le habías hecho a Elena. Te sentías
responsable, naturalmente. Y te preocupaba el
asunto. ¿Para qué, si no, me habrías escrito
esa larga carta que me ponía al tanto de lo
sucedido?, y ¿para qué, si no, la enviaste con
un correo que se adelantara a la llegada de mi
nuera al Rosellón?

E L R E Y : (Accede.) Estaba… ligeramente preocupado. ¿La


recibiste a tiempo?

L A C O N D E S A : Déjame que les cuente. (Se vuelve al público y


sonríe. De nuevo al rey.) Tú vete de aquí. Tú no
estabas presente cuando me trajeron a esa
pobre.

E L R E Y : ¿No me dejarías echar una miradita? Escondido


por ahí…; como si no estuviera…

L A C O N D E S A : (Severa.) No.

E L R E Y : (Entre dientes, al tiempo que comienza a


retirarse.) Egoísta.

L A C O N D E S A : ¿Qué?

E L R E Y : (No se detiene.) Tú sabrás. (Sale.)

L A C O N D E S A : (Al público.) Chocheces.

II.2
a buen fin primera parte, 73

Campo de batalla cercano a Florencia.

Un receso en la lucha.

Parolles entra con un cubo de agua, lo deja en


el suelo y, con ayuda de un trapo, se practica un
somero aseo en cara, pecho, brazos y sobacos.
Entra Beltrán con propósitos similares, llevando
otro cubo.

B E L T R Á N : (Bromea.) ¿Para qué te limpias tanto? Tú al mal


olor lo llevas dentro, Parolles. (Parolles
continúa su aseo sin el menor comentario.
Beltrán inicia su propio aseo y luego mira a
Parolles.) ¿Qué te pasa?

P A R O L L E S : (Con renuencia.) Nada. (Beltrán ríe.) No veo qué


tenga de chistoso. (Beltrán ríe todavía más.)
Eres un niñito engreído; eso es lo que eres.
¿Qué? Porque condujiste la partida de manera
que pareció que tu movimiento había decidido
la victoria final, ya te crees ¿qué?

B E L T R Á N : (Sin poder evitar sonreír.) ¡Estás furioso!

P A R O L L E S : Vamos a suponer que sí, que tu movimiento


decidió la victoria. ¿Qué mérito puede haber?
Tú ni siquiera te diste cuenta de lo que hacías,
porque no sabes ni media palabra de lo que es
estrategia militar. Suerte de principiante y
nada más. ¡Nada más!

B E L T R Á N : (No lo puede creer.) ¿Y por eso estás tan


enojado conmigo?

P A R O L L E S : (No lo escucha al principio.) Un soldado de toda


a buen fin primera parte, 74

la vida como yo, se da cuenta de esas cosas.


No; tú sabes muy bien por qué estoy molesto
contigo; no te hagas.

B E L T R Á N : ¿Por qué? (Sonríe a su pesar.) ¿Porque te


dejaste sorprender por el enemigo y te quitaron
el tambor?

P A R O L L E S : Al mejor cazador se le va la liebre. Pero no es


por eso y lo sabes más que bien. Tu actitud
prepotente y ridícula al impedirme…

B E L T R Á N : (Lo interrumpe, bromeando.) “Verás cómo animo


a la tropa con mi redoble de tambor. Yo sé el
efecto que hace un tambor en el ánimo de un
soldado”. Te mantuviste en la retaguardia para
ganar la batalla a base de redobles, ¡y nadie
pudo oír nada porque te dejaste quitar el
tambor a las primeras de cambio, Parolles!

P A R O L L E S : Si no fueras mi superior en rango militar,


rango que debes a tu nacimiento y sólo a tu
nacimiento…

B E L T R Á N : (Completa la frase.) …vería yo quién eras tú. Ya


lo sé, Parolles, estoy bromeando contigo.

P A R O L L E S : Pues déjame decirte que a mí tus bromitas me


parecen del peor gusto… Ni chistosas son.

B E L T R Á N : (Se traga la risa.) Ya perdóname, ¿no?

Entran Garaux y Ducasse con sendos baldes,


con el propósito de seguir el ejemplo de los otros
dos.

P A R O L L E S : Entonces déjame ir a recuperar ese tambor.


a buen fin primera parte, 75

B E L T R Á N : ¿Tú solo? ¿Estás loco o qué te pasa?

P A R O L L E S : No necesito a nadie. Yo solo me dejé quitar ese


maldito tambor; yo sólo debo recuperarlo.

B E L T R Á N : No. Ya se recuperará en la próxima batalla y si


no se recupera, ¿a quién le importa?

P A R O L L E S : ¡A mí! ¡A mí me importa!

D U C A S S E : (Con seriedad.) ¿Por qué no dejas que vaya a


recuperar su tambor, Beltrán? ¡Déjalo!

G A R A U X : ¿No ves lo que le importa? Déjalo que intente


recuperar el honor perdido. Está en su
derecho.

P A R O L L E S : (Agrio.) No necesito que nadie tome mi defensa.


Gracias. (A Beltrán.) ¿Entonces?

B E L T R Á N : (Resuelto.) Dije que no.

P A R O L L E S : (Toma su cubo y va saliendo, muy visiblemente


airado.) ¡Tiranuelo!

G A R A U X : Ven acá, Parolles, ¿a dónde vas?

P A R O L L E S : A terminar mi aseo entre la tropa…, donde


está, por lo visto, mi lugar. (Sale.)

D U C A S S E : (A Beltrán.) Está realmente molesto, ¿eh?

B E L T R Á N : Déjalo; ya se le pasará.

G A R A U X : ¿Sabes? Eso es lo malo de hacer amistades con


gente de distinto nivel. Y no es que sea yo un
esnob, realmente, porque nunca me ha
importado alternar con quien sea; pero la
diferencia de educación en la amistad…
a buen fin primera parte, 76

B E L T R Á N : (Lo interrumpe.) No quiero que se hable mal de


Parolles. Es mi amigo y una magnífica persona.
Sé que daría gustoso su vida por mí. Le debo
mucho.

G A R A U X : (Oculta su verdadera intención.) ¿Por qué no lo


pones a prueba?

B E L T R Á N : (Que no entiende.) ¿A prueba de qué?

G A R A U X : Se la pasa alardeando de su pericia en la


guerra, de su enorme valentía…, de su
fidelidad soldadesca y no sé qué tantas cosas
más. ¡Déjalo que vaya por su estúpido tambor y
nos demuestre de qué es capaz!

B E L T R Á N : Yo sé muy bien de lo que es capaz. Ir por ese


tambor sería un riesgo innecesario, absurdo.
No estoy dispuesto a exponer a un peligro
seguro a un buen soldado, sólo por respetar un
sentido del honor tan mal entendido. De
ninguna manera.

G A R A U X : Vamos a hacer una cosa. Te propongo que


hagamos una cosa, Beltrán, sin necesidad de
exponer en absoluto la seguridad de Parolles.

D U C A S S E : (Se hace el ignorante.) ¿De qué se trata?

G A R A U X : (A Beltrán.) Déjalo que vaya por su tambor una


vez que haya anochecido. Ahora casi no hay luz
de luna. Por lo tanto nosotros mismos,
haciéndonos pasar por el enemigo, le tendemos
una emboscada…
a buen fin primera parte, 77

B E L T R Á N : ¿Con qué objeto?

G A R A U X : Es que de esa manera, y sin exponerlo al


menor riesgo, le damos la oportunidad que nos
demuestre su pericia en las batidas de rescate
de que tanto se precia. Una vez convencidos de
su comportamiento heroico y sus grandes
conocimientos tácticos, le descubrimos el
engaño, nos reímos juntos, lo felicitamos y
todos contentos.

D U C A S S E : (Entusiasmado.) Sería además un juego muy


divertido, Beltrán. Quiero decir, además de ser
benéfico para el mismo Parolles; para la
restauración de su orgullo bélico.

G A R A U X : (Apremiante.) ¿Eh? ¿Qué dices?

B E L T R Á N : (Después de un momento.) No. Un juego


demasiado cruel.

G A R A U X : ¿Por qué? ¿Temes que pueda comportarse como


un cobarde?

B E L T R Á N : No, no; en absoluto. Toda broma resulta…


humillante.

D U C A S S E : Él siempre les está jugando bromas a los


demás; no veo por qué te opones…

B E L T R Á N : (Severo.) Ya dije que no.

Una pausa tensa en que los tres se lavan en


silencio. Mirada de inteligencia entre Garaux y
Ducasse.

G A R A U X : No te hemos felicitado por la victoria de hoy,


a buen fin primera parte, 78

Beltrán.

D U C A S S E : ¡Un comienzo magnífico y que nadie te venga a


decir que fue suerte de principiante! ¡Lo tuyo
es instinto, lo llevas en la sangre! ¡Nos
sentimos orgullosos de ser tus amigos, Beltrán!

G A R A U X : ¡Y por lo tanto, recibe este bautizo de


iniciación!

Ambos vacían sus baldes sobre Beltrán que


queda bañado y estupefacto. Los otros ríen.

L O S D O S : ¡Bravo, bravo! ¡Comandante! ¡Vítor!

B E L T R Á N : (Ríe finalmente.) ¡Qué desgraciados!

Vacía su propio balde sobre ellos y, no


contento con eso, los ataca a trapazos. Los otros
se defienden con sus propios trapos, usando los
cubos vacíos como escudos. Ríen. Juegan. Salen
jugando.

II.3

Florencia. Albergue de peregrinos.

El rey y la Condesa bajan a proscenio,


mientras Elena, Lafeu y Lavache se mantienen
al fondo.

E L R E Y : (Al público, fingiéndose molesto.) ¡Es que esta


mujer se cree que a un rey se lo puede hacer ir
de un lado para otro, como si fuera paloma
mensajera! ¿Tengo aspecto de paloma
a buen fin primera parte, 79

mensajera yo? ¡Francamente!

L A C O N D E S A : (Lo disculpa ante el público.) Está de malas


porque acaba de llegar a Florencia y el viaje ha
de haber sido pesado. (Al rey.) ¿Fue muy
pesado el viaje?

E L R E Y : (Al público.) ¡Que si fue pesado el viaje,


pregunta! (A la condesa.) ¡Haces que venga
aquí, de incógnito, al ducado de mi pariente el
de Florencia, cuando he estado queriendo
mantenerme al margen de esta guerra estúpida!

L A C O N D E S A : (Al rey.) Ay; no te mandé llamar para que


participaras en la guerra. Fue precisamente por
eso que te recomendé venir de incógnito, ¿no?

E L R E Y : ¡Y ahí vengo arrastrando a todo un séquito


–porque no quisieron dejarme venir solo–, todos
vestidos de peregrinos! ¡Es vergonzoso! ¡Nos
dieron limosna en el camino! ¿Cuánto juntamos
de limosnas entre todos, Lafeu?

L A F E U : No he hecho bien el cálculo, porque algunos se


esconden el dinero entre las ropas y no lo
entregan a la corona; pero yo diría que
andamos cerca de las treinta libras efectivas,
Su Majestad.

E L R E Y : (A la condesa.) Ahí tienes.

L A C O N D E S A : ¡Deja más que la recaudación tributaria, ¿no?!;


yo que tú…

E L R E Y : Mira, Josefina, no me hagas enojar más. Dime


inmediatamente de qué se trata todo este
a buen fin primera parte, 80

asunto.

L A C O N D E S A : Bueno; escucha bien el plan que tengo para


consolidar el matrimonio del necio de mi hijo
con la necia de tu ahijada.

E L R E Y : (Redobla el fingido enojo.) ¿Así que s ó l o se


trataba de esa tontería? No lo puedo creer.
(Elena se echa a llorar estrepitosamente. El rey,
asombrado, se vuelve a verla.) ¿Qué?

E L E N A : (A gritos.) ¡Nada más causo problemas! ¡Me


quiero morir!

L A C O N D E S A : ¿Lo ves, torpe?; ya la hiciste llorar.

E L R E Y : ¿Nunca le has explicado a esta tonta la forma


en que nos hablamos tú y yo? (A Elena.) Ven
acá, niña.

E L E N A : ¡No! ¡Me quiero morir!

E L R E Y : ¡Si no vienes acá en este momento, voy a hacer


que se cumpla tu deseo!

Elena se acerca con reticencia.

E L R E Y : Hasta ahí; hasta ahí. No quiero que ese


horrible gato tuyo me arañe como suele. Vamos
a ver: ¿De veras crees que me tomé la molestia
de venir hasta acá, sin saber a lo que venía?
¿No sabes que tú para mí eres como una hija?
¡Qué digo una hija!; ¡más que una hija! ¡Me
devolviste la vida! ¡Eres mi madre! ¡¿Y qué no
haría un hijo por su madre, quieres hacer el
favor de decirme?! (Elena vuelve a llorar
a buen fin primera parte, 81

estrepitosamente. A la condesa.) ¿Dije algo


inadecuado? ¿Tomó a mal su ascenso al rango
de reina madre?

L A C O N D E S A : (Se alza de hombros.) ¿Qué la ofendería? No


pudo haber conocido a tu madre, ¿o sí?

E L E N A : (Llora.) ¡Nadie se había tomado nunca tantas


molestias por esta pobre huérfana! ¡Nunca,
nunca, nunca!

E L R E Y : (A la condesa.) Esta muchacha lee mala


literatura, ¿verdad?

L A C O N D E S A : Te dije que era cursi.

E L E N A : (Horrorizada, deja de llorar en el acto.) ¡Ay, no,


no!

E L R E Y : (Incómodo.) Bueno, bueno. (A la condesa.)


¿Podríamos irnos tú y yo a otra parte para
hablar sin interrupciones de nuestros asuntos?

L A C O N D E S A : Ven. (Se lo lleva.) Lo primero que hay que hacer


es convencer a la muchacha… a la otra, para
que se decida…

Salen de escena el rey y la condesa.

L A F E U : ¿Querría alguien tener la amabilidad de


explicarme de qué se trata todo esto, por favor?

E L E N A : ¡Ay, el asunto se complica cada vez más y más,


Lafeu! Todo está hecho unas bolas terribles. (A
Lavache.) ¿O me estoy haciendo bolas yo sola?
¿Tú que crees? (De nuevo a Lafeu.) Es que la
vida sentimental es un problema
a buen fin primera parte, 82

espantosamente complejo. Tan sencillas que


son la medicina, la anatomía, la herbolaria…
¿Por qué no puede ser así todo?

L A F E U : Niña, si la vida fuera como todo eso que tú


sabes, yo ya me habría tirado desde un
precipicio. Pero todavía no me entero de nada…

L A V A C H E : Pongamos las cosas de esta manera: Al marido


de esta bruja…

E L E N A : (Le da un manazo.) ¡No me digas así!

L A V A C H E : ¡Ay! ¿Por qué no? ¿Cuál es la diferencia entre


médica y bruja? (Elena, azorada, lo piensa.) ¿Lo
ves?

E L E N A : (Vencida.) Bueno, dime como se te dé la gana,


mientras lo pienso.

L A V A C H E : (A Lafeu.) Al marido de esta bruja le ha dado


por pretender a Diana, que es la hija de la
dueña del albergue en que paramos. Cuando no
está de campaña, la sigue por todas partes
como si fuera su sombra…

E L E N A : Sombra vergonzante.

Los tres se vuelven a mirar la siguiente


escena.

II.4

Florencia. Una calle.


a buen fin primera parte, 83

Entra Diana caminando rápidamente, seguida


muy de cerca por Beltrán. Diana se detiene de
pronto y Beltrán choca con ella.

B E L T R Á N : ¡Ay! ¿Está usted bien?

D IA N A : Las sombras no derriban a quienes las


proyectan.

B E L T R Á N : (Desconcertado.) ¿Qué?

D IA N A : Usted me sigue a todas partes como si fuera mi


sombra. Al menos eso es lo que dicen aquellos.
(Señala al grupo formado por Elena, Lafeu y
Lavache, que se sienten descubiertos y se miran
entre sí, alarmados.)

B E L T R Á N : (Igualmente desconcertado.) ¿Y ustedes qué


hacen ahí?

L A V A C H E : No se supone que ustedes nos puedan ver ni


oír. Yo, en este momento, cuento parte de la
historia. Los personajes no se pueden hacer
conscientes de su narrador.

D IA N A : Ah, ¿no?

L A V A C H E : ¡No!

D IA N A : (A Beltrán.) Entonces no. (Sigue con la situación


primera.) ¡Tenga usted más cuidado, señor
conde del Rosellón, casi me tira!

B E L T R Á N : ¡Es que usted se detuvo sin previo aviso…!

D IA N A : Me detuve porque quiero que hablemos.

B E L T R Á N : ¡Al fin!
a buen fin primera parte, 84

Cuando los otros interrumpen, Beltrán y Diana


se vuelven a mirarlos.

L A V A C H E : (A Lafeu.) Y es que Beltrán le había dicho aquí


a la bruja…

E L E N A : ¿La bruja sigo siendo yo?

L A V A C H E : ¿Quién otra?

E L E N A : ¡Qué fastidio!; sigue sin ocurrírseme la


diferencia. Ni modo.

L A V A C H E : (Retoma.) Beltrán le había dicho a la bruja…

E L E N A : (A Lafeu.) …que no sería el marido de la bruja


de hecho, hasta que la bruja obtuviera la
sortija ésa de familia (Beltrán la muestra a
Lafeu.) que no le sale del dedo… (Iluminada de
pronto.) ¡Ahí está!

T O D O S : (Un tanto sorprendidos.) ¿Qué?

E L E N A : (Entusiasmada.) La diferencia entre ser bruja y


médica. La bruja obtendría la sortija muy
fácilmente…

L A F E U : ¿Cómo, niña? ¿Por arte de magia?

E L E N A : ¡No!; cortándole el dedo. Las brujas cortan


dedos como si nada y las médicas los vuelven a
pegar… como si nada. (A Lavache.) No me
vuelvas a decir bruja.

L A V A C H E : (Frustrado.) Maldición. (A Lafeu.) El padre de


Beltrán le dio la sortija en el lecho de muerte.
Beltrán tenía entonces sólo catorce años.
a buen fin primera parte, 85

Entonces le venía; pero después le siguió


creciendo la mano y ya no sale.

L A F E U : ¡Qué infamia!

L A V A C H E : Así les crecen las manos a algunos.

L A F E U : ¡Tonto! Quiero decir que es una infamia poner


una condición como ésa. Sobre todo sabiendo
perfectamente que a quien se la pone no es una
bruja, sino una médica.

E L E N A : Gracias. Y es por eso que se le ocurrió al


bufón… lo que se le ocurrió.

D IA N A : (Impaciente.) ¡Ay, ¿ya?!

E L E N A : Ya; perdón.

B E L T R Á N : (Malhumorado.) Ya era hora.

D IA N A : (Se vuelve a Beltrán.) ¿Qué, en resumidas


cuentas, pretende usted de mí? Tenga en
cuenta que aunque pobre, soy de familia noble.
No estoy dispuesta a entregarme a nadie que
no me busque honestamente. ¿Se piensa casar
conmigo?

B E L T R Á N : Bellísima Diana, por ti estaría dispuesto a


morir, desde luego…

D IA N A : Yo no le he pedido la vida, señor; su vida no


me sirve absolutamente de nada. Lo que le
estoy pidiendo es un simple compromiso
matrimonial.

B E L T R Á N : Considérame ya tu marido.
a buen fin primera parte, 86

L A V A C H E : (Que se ha ido a colocar detrás de Diana.) Dile


que no lo vas a considerar nada hasta que te
dé una buena garantía.

D IA N A : Sí. (A Beltrán.) ¿Qué obtengo en prenda?

B E L T R Á N : Mi palabra.

D IA N A : Bueno.

L A V A C H E : (Salta.) ¡No, ¿cómo bueno?!

D IA N A : (Desconcertada, a Lavache.) ¿Entonces?

L A V A C H E : ¿En qué habíamos quedado?

D IA N A : ¡Ah, sí! (A Beltrán.) No, bueno; no. La palabra


de un capitán de paso, por muy conde que sea,
no vale nada. Nada de nada. Lo siento mucho.

B E L T R Á N : (Molesto.) ¿Qué quieres? (A Lavache, antes de


que hable.) ¡Y tú deja de estarte metiendo,
¿eh?! ¡Tú no estás aquí! (Lavache hace seña
muda que no abrirá la boca. Beltrán nuevamente
a Diana.) ¿Qué quieres?

D IA N A : (Señala.) Ese anillo.

L A V A C H E : ¡Bravo!

B E L T R Á N : (Socarrón.) Es tuyo.

D IA N A : (Desconcertada.) ¿Cómo?

L A V A C H E : (A Diana.) Desconfía. Los condes son ladinos,


ya te lo advertí.

B E L T R Á N : (A Lavache, enojado.) ¡¿No te dije que no te


metieras, bufón inmundo?!
a buen fin primera parte, 87

L A V A C H E : (A Beltrán.) ¡Me meto porque te has vuelto un


ladino! ¡Y a ladino, ladino y medio! (Por lo
bajo.) ¡Güey!

B E L T R Á N : (A los otros.) ¡Que éste no se esté metiendo,


porque lo voy a agarrar a patadas, ¿eh?!

E L E N A : (A Lavache.) Que te quites, porque te van a


agarrar a patadas, ¿eh?

L A V A C H E : Tú del lado de quién estás, ¿eh? (Se aleja un


par de pasos.)

E L E N A : Yo nada más te decía. ¡Qué carácter!

L A V A C H E : Me decías algo que yo ya había oído, babosa.

B E L T R Á N : (A Lavache.) ¡Vete más lejos! (Lavache se retira


un paso más. Beltrán ve a Lavache con ira, al
tiempo que repite.) El anillo es tuyo.

D IA N A : (Extiende la mano.) Venga, pues. (Lavache


aplaude mímicamente.)

B E L T R Á N : (Le extiende la mano.) Tómalo.

Lavache, ante esto, hace inadvertidas señas a


Diana para que no lo haga. Diana, crédula, toma
la mano de Beltrán y trata inútilmente de sacar
el anillo. Beltrán intenta besarla. Ella se
escabulle.

D IA N A : (Enojada.) ¿Era una trampa?

B E L T R Á N : Ninguna trampa; el anillo es tuyo; con todo y


mi mano, con toda mi persona. Soy tuyo.

D IA N A : Es que yo, de momento, sólo quería el anillo…


¡Es una prenda, ¿que no lo entiende?!
a buen fin primera parte, 88

B E L T R Á N : (Aparenta contrición.) Hermosa Diana, no es


culpa mía que el anillo no salga…; pero te voy
a mandar hacer el anillo más hermoso, más
caro…

D IA N A : (Ambiciosa.) ¿Qué tan caro?

L A V A C H E : (Desesperado grita.) ¡No!

D IA N A : (Automáticamente.) No.

B E L T R Á N : (A Lavache, furioso.) ¡¿En qué quedamos, bufón


maldito?! (Lavache baja la cabeza, arrepentido y
sumiso. Beltrán a Diana, todavía enojado.)
¿Entonces?

D IA N A : (Resuelta.) O ése, o ninguno.

B E L T R Á N : ¡¿Pero que no ves que no sale?! ¡¿Que no ves


que no sale?!

D IA N A : Pues tampoco mi virtud sale. Hágase a un lado.


(Pasa.)

B E L T R Á N : (Desesperado.) ¡¿Cuándo puedo volver a verte?!

D IA N A : (Sin volverse.) Cuando el anillo haya salido,


señor tramposo. (Se va.)

Lavache, sonriente, ve salir a Diana y mira


triunfal a Beltrán, que lo mira con odio antes de
salir de escena, moviendo la boca en la palabra:
¡Pendejo!

II.5
a buen fin primera parte, 89

La acción se continúa de la escena anterior.


Lavache, sonriente, vuelve a reunirse con Elena
y Lafeu.

L A F E U : (A Lavache.) ¡Qué muchacho tan listo eres!

L A V A C H E : Gracias, Lafeu; tú eres igualmente listo al


notar lo listo que soy.

L A F E U : (Desconcertado.) Gracias. (A Elena.) ¿Y éste por


qué me tutea?

E L E N A : (Hace signo de impotencia.) Es un bufón.

L A F E U : (A Lavache.) ¿A ti te parece que es muy


chistoso eso de tutear a tus superiores en
rango y jerarquía?

L A V A C H E : ¿Y a ti te parece muy chistoso eso de tutear a


tus inferiores en rango y jerarquía?

L A F E U : Me parece que es muy distinto… Pero ya sé lo


que me vas a contestar; y a eso yo te contesto…
Ay, bueno, ¡qué más da!; tutéame todo lo que
se te de la gana. (A Elena.) ¿Y qué pasó, por
fin, con el malhadado anillo?

E L E N A : (Lo muestra atado a una cadena que lleva al


cuello.) Salió. Aunque venía un poco manchado
de sangre, ya se la limpié y está como nuevo.
Bonito, ¿no le parece?

L A F E U : Regular. ¿Y ahora qué sigue?

E L E N A : Ah; es que se me olvidó decirle que Beltrán, en


aquella ocasión terrible, añadió a la del anillo
otra condición. Dijo que no me consideraría
a buen fin primera parte, 90

realmente su mujer –es decir, una esposa a la


que él estuviera dispuesto a aceptar de buen
grado–, si antes no me veía preñada con un
hijo suyo. Lo cual le pareció una condición
imposible de cumplir, (Sonrisa despectiva.) ya
que pensó que el asunto dependía de él
exclusivamente.

L A F E U : Y así es en efecto. (A Lavache, alarmado.) ¿O


no? Porque estoy viendo que dentro de esa
terrible mente tuya, ha dejado de funcionar la
palabra imposible.

L A V A C H E : Pues no; en eso te equivocas de medio a medio.


El asunto se le ocurrió un poco a la condesa y
otro tanto a la hipócrita ésta que tienes delante
de ti.

L A F E U : (Asombrado, a Elena.) ¿Es eso verdad?

E L E N A : (Se alza de hombros y dice por toda explicación.)


Amor es más laberinto. Y para que se oriente
en él, le diré lo que planeamos. Una vez
obtenido el anillo, que significa compromiso
matrimonial, Diana, de noche, debía conducir a
Beltrán a su aposento.

L A F E U : (Escandalizado.) ¡¿Y tú misma sugeriste


semejante…?! ¿O sí fuiste tú? (Elena asiente
con la cabeza.) Me parece que ahora sí estoy
verdaderamente perdido en ese laberinto que
mencionas…

E L E N A : Es que sólo de esa forma se podría efectuar la


a buen fin primera parte, 91

sustitución. ¿Se da cuenta?

L A F E U : No; no me doy cuenta. ¿Qué sustitución?

E L E N A : De noche, ya se sabe, todos los gatos son


pardos. Y con la pasión de por medio, ¡más
pardos todavía!

L A V A C H E : Son pardísimos, en efecto. Pardos a más no


poder.

L A F E U : (En el colmo de la sorpresa.) ¿Quieren decir…


realmente pardos?

L A V A C H E : (Asiente.) Pardos, pardos. ¿Comprendes?

L A F E U : ¡Qué barbaridad!

E L E N A : (Desesperada.) Pero después de conseguir el


anillo, Diana se niega a seguir adelante con el
plan trazado. ¡A última hora le entran los
escrúpulos! ¡¿Habráse visto mujer más tonta?!

L A F E U : (Con los ojos muy abiertos.) ¡Qué estratagema


caligulesca! Doy gracias a Dios por haberme
librado de las mujeres.

Entran nuevamente el rey y la condesa,


escoltando a una obstinada Diana.

E L R E Y : Te colmaría de riquezas, muchacha; ¿tú sabes


lo que es eso? No, no; qué pregunta tan
estúpida; cómo lo vas a saber. La riqueza es…
la solución a la mayor parte de nuestros
problemas, querida y pobre niña.

D IA N A : Y la reputación, ¿qué?
a buen fin primera parte, 92

E L R E Y : ¿Y qué con la reputación? (A la condesa.) ¿Será


posible que haya alguien que no esté enterado
que todo, la reputación incluida, tiene precio
en este mundo? ¡Estoy horrorizado!

L A C O N D E S A : Hija, considera que te lo está pidiendo el


mismísimo rey de Francia… ¡como un favor!

E L R E Y : (Muy dulce.) ¿O preferirías perder la cabeza?

D IA N A : (Ingenua.) Yo nunca pierdo la cabeza, señor, y


es por eso que, habiendo medido debidamente
las circunstancias que rodean el caso…

E L R E Y : (Ahora brutal.) Perderla cortada. De un tajo.

L A V A C H E : O de varios, según la pericia del verdugo que te


toque.

D IA N A : (Estupefacta.) Ah…; perderla de esa manera,


quería decir.

L A C O N D E S A : En cambio si aceptas, ¡imagínate! ¿Con dinero?


¡Uf!… Te puedes casar con quien tú quieras.

D IA N A : Habiendo perdido la honra, el único con el que


yo querría casarme, no querrá casarse ya
conmigo. ¿Me comprenden?

E L R E Y : Mucho me temo que, sin cabeza, tampoco va a


querer casarse contigo.

D IA N A : Tampoco. ¡Qué problema, ¿eh?!

E L R E Y : Y a fin de cuentas, ¿quién es el mequetrefe ése


que está tan obsesionado con la honra? No te
merece. Yo te doy a cualquiera de mis
nobilísimos ahijados que son mucho más
a buen fin primera parte, 93

manga ancha… sobre todo cuando soy yo quien


se lo ordena. Podría darte, por ejemplo, a…

L A C O N D E S A : Ahí vas otra vez. ¿Que tú no escarmientas?

E L R E Y : Bueno, era una idea…

D IA N A : Gracias; pero yo sólo quiero pertenecerle a… a


quien yo sé.

E L R E Y : (Sin pensarlo.) ¿A quién?

D IA N A : No digo.

E L R E Y : (A la condesa.) ¿Lo ves? No es mi culpa. Es que


las mujeres de hoy se empeñan en ser ellas las
que escojan marido. Empieza a ser una
epidemia contagiosísima. ¿Qué quieres que yo
haga?

L A C O N D E S A : Prométele que tú personalmente le explicarás


todo al muchacho. (A Diana.) Es un muchacho,
¿no?

D IA N A : (Después de pensarlo un segundo.) Es un


muchacho ¡y no digo más!

L A C O N D E S A : (Da un pellizco al rey.) Prométeselo.

E L R E Y : (A Diana.) Sí.

D IA N A : (Lo piensa.) No lo va a creer.

E L R E Y : De mí, sí…, a menos que sea antimonárquico.


¿Lo es?

E L E N A : (Interviene.) Por favor, Diana, si nos dijeras con


quién intentas casarte, estoy segura que al
final todos saldríamos ganando… incluyéndote,
a buen fin primera parte, 94

naturalmente. Confía en una mujer enamorada.

D IA N A : (Repentinamente.) Se lo digo a usted sola al


oído si me promete no revelarlo.

E L E N A : A ver. (Diana susurra en el oído de Elena. Elena


se asombra muchísimo.) ¡¿Él?!

T O D O S : ¡¿Quién?!

D IA N A : (Alarmada.) ¡No lo diga! ¡¿Lo conoce?!

E L E N A : (Contentísima.) ¡Habérmelo dicho antes! Date


por casada con él, Diana.

E L R E Y : (Aprensivo.) ¿Pero no es…?

E L E N A : Es perfectamente monárquico, Su Majestad. Se


trata, nada menos, que de uno de sus
‘nobilísimos ahijados’.

E L R E Y : (A Diana.) ¡Ah, pues ten por seguro que si ése


no se casa contigo, es a él al que le voy a
cortar la cabeza!

E L E N A : Y si luego te repudia, yo te devuelvo el favor.

D IA N A : (Lo piensa un poco y luego le dice al rey.)


¿Cuánto decía que me iba a pagar?

L A C O N D E S A : Entonces vamos a prepararlo todo, sin más


pérdida de tiempo.

Se retiran todos, excepto Lafeu que se retrasa


para decir:

L A F E U : No creo lo que estoy oyendo. ¡Estas mujeres


son inefables! (Suspira y al salir dice:) ¡Gracias
una vez más, Dios mío, ¿eh?! ¡Gracias!
a buen fin primera parte, 95

II.6

Florencia. El campo.

Entran Garaux y Ducasse.

G A R A U X : ¿Qué tienes, eh? Has estado insoportablemente


contento todo el santo día. Me tienes al borde
del vómito. ¿Qué pasa?

D U C A S S E : (Se detiene y mira de frente a Garaux.) No; no te


lo voy a decir. Aunque me lo pidas de rodillas,
será inútil.

G A R A U X : ¿Qué?

D U C A S S E : Si te lo digo, te vas a morir de envidia y yo te


aprecio, Garaux.

G A R A U X : ¿De qué te voy a tener envidia yo?; no seas


absurdo. (De pronto, mortalmente envidioso.)
¡¿Has estado haciendo el amor, Ducasse?!

D U C A S S E : (Triunfal.) Te lo dije. (Garaux produce


estertores.) ¿Qué?

G A R A U X : (Entre estertores.) ¡Me muero!

D U C A S S E : (Alarmado.) ¿Qué tienes?

G A R A U X : ¡Es la envidia, idiota!, ¡Es la envidia! ¡Es


espantosa!

D U C A S S E : ¡Respira!, ¡respira!

G A R A U X : (Respira hondo y se repone.) ¿Cómo le hiciste?


a buen fin primera parte, 96

¡Tan antipático que eres, tan desabrido…!

D U C A S S E : Escúchame, Garaux. ¿Has hecho el amor con


una mujer a la que amas de veras?

G A R A U X : Muchas veces; pero no recientemente. ¡Cómo te


odio! (Recapitula.) ¿La amas, dices? ¿Cómo?
¡¿Totalmente?!

D U C A S S E : ¡Totalmente!; ¡hasta más no poder! (Garaux se


lo queda mirando, atónito.) ¿Qué?

G A R A U X : Se te está poniendo cara de marido.

D U C A S S E : (Sonríe.) Así es. No puedes imaginarte lo


maravillosa que es, Garaux. Casi no puedo
creerlo.

G A R A U X : (Que no puede reponerse.) Yo tampoco. (De


pronto sonríe con malevolencia.) Pero no
puedes.

D U C A S S E : (Desconcertado.) ¿Qué no puedo?

G A R A U X : Casarte. Tú no puedes casarte.

D U C A S S E : (Palidece al adivinar.) ¿Por qué no?

G A R A U X : Ya estás casado. Eres el marido de Elena, la


mujer de Beltrán.

D U C A S S E : (Incómodo.) No puedo ser el marido de Elena, si


es la mujer de Beltrán. ¡Por Dios!

G A R A U X : Es la mujer de Beltrán porque ella así lo cree…


y él también. Pero ante los ojos de Dios que es
lo que cuenta, Ducasse, fuiste tú quien dio el
“sí”. Lo siento mucho. Sorprendentemente, me
acaba de desaparecer la envidia que te tenía…
a buen fin primera parte, 97

Hasta tengo ganas de darte un abrazo. (Abraza


a Ducasse, que se deja abrazar con total
desgana.) ¿Y cómo se llama la dama engañada?

D U C A S S E : (Apabullado.) Diana. Eres un mal amigo,


Garaux, ¿sabes? ¡Eres un amigo pésimo!

G A R A U X : ¿Diana? ¿Dónde he oído recientemente ese


nombre? ¿No será la Diana de Beltrán?

D U C A S S E : ¿Qué Diana, de qué Beltrán?

G A R A U X : ¿O no se llama Diana la de Beltrán? Ya no sé.


Seguramente debo estar confundido.

D U C A S S E : (Seguro.) Seguramente. Oye, Garaux, no vas a


decir nada de esto a nadie, ¿verdad?

G A R A U X : (Ve por encima del hombro de Ducasse.) Ahí


vienen.

D U C A S S E : ¿Quiénes? (Se vuelve a ver.)

Entran Beltrán y Parolles, discutiendo.

B E L T R Á N : ¡Parolles! ¡Parolles, escúchame un momento,


caramba!

P A R O L L E S : (Muy resentido.) ¡Tú no juegas limpio conmigo,


Beltrán! ¡Y eso no sólo se llama ser un mal
amigo, se llama ser un traidor! Al que traiciona
a sus compañeros en la guerra, se le castiga
con la muerte. Sin embargo al que traiciona
una amistad se lo deja impune. Esta es una de
las tantas injusticias del mundo en que
vivimos. Tenlo muy en cuenta, Beltrán. Que
nosotros, a pesar de que nuestra amistad es
a buen fin primera parte, 98

reciente, me había parecido a mí que era de


toda la vida… (Se quiebra un tanto su voz.)

B E L T R Á N : (Protesta.) Y a mí también, Parolles…

P A R O L L E S : (No lo deja hablar.) Pero, mira –te lo digo aquí,


delante de testigos–: Nunca, nunca más te
vuelvo a pedir nada. Nunca me vuelvas a pedir
tú nada a mí tampoco. ¡Y ahora, haz el favor,
déjame en paz! (Se aleja a grandes zancadas
airadas y sale.)

G A R A U X : (A Beltrán.) ¿Y eso?

B E L T R Á N : Sigue el asunto de ese malhadado tambor.

G A R A U X Y D U C A S S E : Ah.

B E L T R Á N : ¿Es todo lo que tienen que decir?

G A R A U X Y D U C A S S E : Sí.

B E L T R Á N : Está bien; me rindo. Voy a dejar que vaya por


su tambor esta noche y ustedes le tienden la
fingida emboscada esa que planearon. (Va a
salir en seguimiento de Parolles; pero se vuelve
antes.) ¡Nada de ensañarse con la broma, ¿eh?!

G A R A U X Y D U C A S S E : (Hipócritas.) No.

B E L T R Á N : Recuerden que se trata de un querido amigo


mío…, aunque se haya vuelto ahora tan
insoportable con el asunto este del tambor.

Beltrán sale. Garaux y Ducasse se miran con


sonrisas triunfales y perversas.

G A R A U X : ¡Por fin!
a buen fin primera parte, 99

D U C A S S E : ¡Por fin!

G A R A U X : ¿Y a quiénes sugieres que utilicemos para esto?

D U C A S S E : A los de mayor confianza.

G A R A U X : Tratándose de jugarle una broma pesada a


Parolles, cualquiera es de mayor confianza.
Ven, vamos a disponer la jugarreta.

D U C A S S E : (Al tiempo que comienzan a salir.) Contamos con


Gilles, desde luego.

G A R A U X : Desde luego. Habrá que conseguir uniformes


sieneses.

D U C A S S E : Ya los tengo. (Se van.)

II.7

Florencia. Cuarto vestidor en la alcoba de


Elena.
Penumbra. Beltrán, que no ve nada, se deja
conducir por Diana. Elena, en camisón, espera
al centro del cuarto; lleva a su gato en brazos.

D IA N A : Por aquí, venga. No tenga miedo de tropezar, yo


lo conduzco.

B E L T R Á N : (Molesto.) ¡Esto es ridículo!; ¿por qué no


prender una luz?

D IA N A : ¡Scht! ¿Tengo que recordarle su firme promesa


de no decir ni una palabra una vez que pusiera
los pies dentro de mi alcoba? Pues ya estamos
a buen fin primera parte, 100

en mi alcoba, señor mío, así que a callar.

B E L T R Á N : Me callo; pero abrázame ya, que no puedo más.

D IA N A : Si vuelve usted a hablar, lo hago salir de aquí y


desaparezco de su vida para siempre.

B E L T R Á N : De acuerdo.

D IA N A : (Severa.) ¿En qué quedamos?

B E L T R Á N : Es que en esta oscuridad, si hago que sí con la


cabeza no me vas a ver.

D IA N A : Usted no tiene por qué hacer ni que sí ni que


no con la cabeza ni con parte alguna del
cuerpo. Usted sólo tiene que limitarse a estar
de acuerdo en todo lo que yo le ordene, como
dejamos convenido. ¿De acuerdo? ¡No conteste!
Ahora voy a soltarme de su mano para ir a
despojarme de la ropa. (Lo suelta. Beltrán hace
ruidos con la boca cerrada en señal de protesta.)
No proteste y haga lo propio, hasta que venga
por usted para conducirlo al lecho. (Se aleja de
él. Beltrán vuelve a hacer ruiditos tímidos con la
boca cerrada.) ¡Scht!

Beltrán, torpemente, comienza a quitarse la


ropa. Diana, que al principio lo mira conteniendo
la risa, vuelve luego púdicamente la cabeza en
otra dirección. Una pequeña pausa.

D IA N A : (Sin verlo.) ¿Ya está? (Beltrán hace ruiditos con


la boca cerrada.) ¿Qué? (Beltrán hace otros
ruiditos.) Puede contestar.

B E L T R Á N : Ya casi. ¿Y tú?
a buen fin primera parte, 101

D IA N A : (Severa.) Limítese a contestar escuetamente a


lo que se le pregunta, sin hacer preguntas
ociosas a su vez.

Beltrán se quita rápidamente los calzones,


habiéndose quedado con toda la ropa de arriba
puesta. Hace ruiditos con la boca cerrada.

D IA N A : (Sin mirarlo.) ¿Ya?

B E L T R Á N : Ya.

D IA N A : Ya era hora. Voy por usted.

Elena, quien obviamente tampoco puede ver


nada, entiende que éste es su pie para avanzar.
Camina a tientas; pero pasa de largo sin tocar a
Beltrán. Cuando entiende que está perdida en el
cuarto, hace a su vez ruidos con la boca cerrada
para avisarle a Diana.

B E L T R Á N : ¿Qué?

D IA N A : ¿Qué?

B E L T R Á N : (Desconcertado.) ¿De qué?

D IA N A : ¡Silencio!

Beltrán hace ruidos explicatorios a boca


cerrada. Mientras tanto Elena trata de encontrar
a Beltrán nuevamente; pero al no conseguirlo
vuelve a hacer ruidos desesperados con la boca.

D IA N A : (De espaldas a ellos para no advertir las


desnudeces de Beltrán, dice irritada.) ¡Ay,
¿qué?!

Ambos hacen ruidos desesperados ahora.


Diana no tiene más remedio que volverse y –por
lo visto es la única que ve en la oscuridad– se
da por fin cuenta de la situación. Va por Elena
a buen fin primera parte, 102

que, al otro extremo del aposento, ya busca a


gatas, totalmente perdida. Beltrán busca con los
brazos extendidos, temeroso de una caída al
vacío.
Diana hace que Elena se incorpore. Elena deja
de hacer ruiditos; pero Beltrán, en cambio, sigue
haciéndolos.
En su afán de no ver a Beltrán, Diana no se
da cuenta que ha llevado a Elena hasta donde
éste se encuentra y que Beltrán que tiene la
mano extendida, lo primero que toca es el gato.
Beltrán convierte su ruido en uno de éxtasis.

B E L T R Á N : (Bajito, extasiado.) Estás totalmente desnuda.


(Explora más.)

D IA N A : ¿Eh? (Tiene que ver lo que está ocurriendo.)

B E L T R Á N : (Horrorizado.) ¡¿Qué es esto?!

D IA N A : Ah…, es el gato.

B E L T R Á N : (Deja de tocar, aterrado.) ¡¿Gato?! ¡Odio a los


gatos! ¡No hay nada que me produzca más
horror en el mundo que los gatos!

Elena, sin pensarlo más, ahorca al gato, que


chilla espantosamente.

B E L T R Á N : (Horrorizado.) ¿Qué haces?

D IA N A : (Aterrada a su vez.) ¡Mató al gato!

B E L T R Á N : ¿Quién lo mató?

D IA N A : (Se da cuenta de su error.) ¡Yo, claro!; ¿quién


más?

B E L T R Á N : Bueno…, gracias; pero no era para tanto. Con


haberlo echado de aquí…
a buen fin primera parte, 103

Elena da finalmente con la mano de Beltrán y


la toma. Diana se da cuenta.

D IA N A : Ven, vamos al lecho.

Toma el cadáver del gato de la mano de Elena


y conduce a ambos.

B E L T R Á N : Eres una mujer rara, Diana. Pero, ¿sabes qué?:


me gustas. (Ríe.) ¡Mira que matar un gato por
mí…!

D IA N A : (Severa.) Y ahora ni una palabra más. (Salen.)

II.8

Florencia. Un aposento en el albergue.

Lafeu y Lavache se cruzan yendo de un lado


para otro del escenario.

L A F E U : Oye, ¿sabes dónde se encuentra la señora


condesa?

L A V A C H E : Acabo de oír algo que se dice de ti aquí en


Florencia.

L A F E U : No me interesa. ¿La señora condesa…?

L A V A C H E : Que eres un espía del enemigo disfrazado de


peregrino y me preguntaron mi opinión al
respecto…

L A F E U : ¿Qué hora es?


a buen fin primera parte, 104

L A V A C H E : … y yo les dije que era muy posible, porque tus


actitudes no son para nada las de un peregrino
penitente, porque echas miradas lujuriosas a…
y no les dije a quién. ¿Qué te parece lo discreto
que soy?

L A F E U : Ninguna de tus mentiras me interesa. Te


estaba preguntando por…

L A V A C H E : Entonces adiós. (Se va.)

Lafeu torna su expresión adusta en una de


regocijo al ver salir a Lavache. Luego sale él
mismo en dirección contraria.

II.9

Florencia. El campo.

Beltrán y Garaux.

G A R A U X : ¡Te juro que yo tampoco lo creí al principio! ¡Te


lo juro por lo más sagrado! Y es por eso que, ya
que fue imposible encontrarte durante las
primeras horas de la noche, Ducasse y yo nos
decidimos a no terminar con la broma, hasta
que tú mismo lo oyeras.

BELTRÁN: No sabes el disgusto que me causa esto que


me estás diciendo.

G A R A U X : Lo sé, Beltrán; perdona; sé lo mucho que lo


estimas. Tanto Ducasse como yo dudamos
a buen fin primera parte, 105

muchísimo entre decírtelo o guardar un


piadoso silencio; pero luego… ¿cómo dejar que
siguieras engañado?

B E L T R Á N : No, no; está bien; es que… En fin: me cuesta


creerlo.

G A R A U X : Ahí vienen ya con él. Decidimos que fuera


Gilles quien lo interrogara, ya que no conoce
su voz y bien ha podido tomarlo por uno de los
nuestros que escogieron unirse al ejército
sienés.

Garaux guarda silencio al ver que entran


Ducasse y Gilles conduciendo a Parolles, que
viene con los ojos vendados y temblando.

P A R O L L E S : (Lloriquea.) No puedo más de hambre. ¡Por


favor, tengan piedad!

G IL L E S : ¡Acabas de cenar, infeliz!

P A R O L L E S : ¡Pero ya te dije que volví el estómago! ¡Ya te


dije!

G IL L E S : ¡Pues mira nada más qué desperdicio! ¿No te


das cuenta acaso que en tiempos de guerra las
raciones escasean? Yo no tengo la culpa que el
miedo te haga volver el estómago.

P A R O L L E S : (Humilde, suplicante.) Tengo hambre.

G IL L E S : ¡Silencio, marrano!; te encuentras ante nuestro


comandante.

P A R O L L E S : (Lloriqueante.) Mi comandante… Mi
comandante, soy una bestia…, una bestia
inmunda y sin dignidad… que, sin embargo,
a buen fin primera parte, 106

tiene hambre…

G IL L E S : (Le da un manazo.) ¡Calla, necio!

P A R O L L E S : Sí; sí callo; callo todo lo que ustedes quieran;


pero antes de que calle para siempre…, ¡tengan
compasión de este pobre infeliz que muere de
hambre! ¡¿Acaso es un delito tener hambre, mi
comandante?! (Perdido.) ¿Dónde está?

G IL L E S : ¿Preferirías morir de otra manera, cerdo?

P A R O L L E S : Perdonen; pero… si no fuera mucha molestia,


preferiría no morir en absoluto.

G IL L E S : Si tus respuestas nos resultan satisfactorias,


te dejaremos vivir. Si no…

P A R O L L E S : ¿Me van a hacer más preguntas? ¿Qué más


puedo decirles? Mi comandante…

G IL L E S : Por ejemplo, quisiéramos que nos dijeras algo


más específico sobre ese que ha estado
conduciendo a la victoria al ejército florentino,
en forma tan reiterada y molesta. Pero
comienza por repetirnos su nombre.

P A R O L L E S : Beltrán. Se llama Beltrán, conde de Rosellón.


(Sonrisa sarcástica.) Pero aquí entre nos, la
tropa le llama “el falsario”. (Ríe.)

G IL L E S : ¿Y eso por qué?

P A R O L L E S : ¡¿Cómo?! ¿No lo saben?

G IL L E S : No.

P A R O L L E S : El mote le viene porque se hace pasar por


a buen fin primera parte, 107

quien no es.

G IL L E S : ¿Cómo es eso? ¿No es el verdadero conde de


Rosellón?

P A R O L L E S : No; en eso yo no me meto porque no me consta


nada, aunque… En fin, se dicen cosas al
respecto; pero… Pero de lo que sí estoy seguro
es de su falta de mérito militar. Ese hombre no
tiene la menor idea de lo que es dirigir un
ejército. No vale absolutamente nada, créanme.
Nada. Un cero a la izquierda.

G IL L E S : ¿Y entonces cómo, según tú, es que gana una


batalla tras otra? Para ser pura suerte, resulta
demasiado persistente, ¿no te parece?

P A R O L L E S : (Sonrisa despectiva.) ¿De veras quieren saber


qué es lo que realmente sucede? No está bien
que yo lo diga; pero si ustedes así lo ordenan…
Ha ganado todas esas batallas gracias a mí y a
mí exclusivamente. ¿Asombrados con la
revelación? Pues sí, señores, yo soy el
verdadero y único cerebro estratega del ejército
florentino. No él; ¡qué va!; él no; ¡tch, tch! Y si
quieren que les diga algo: ya me harté. Me
harté de estar siendo el soporte de una fama
tan engañosa. Todo en esta vida tiene un límite
y el mío ya se agotó. Señores, señor
comandante del ejército sienés, cuando fui
capturado por sus hombres, yo justamente me
dirigía de mi propia voluntad hacia acá. ¿Y
saben por qué? No; no, señores; no. Están
a buen fin primera parte, 108

equivocados. Yo no serviría como espía al falaz


ejército florentino, porque yo, señores, soy un
hombre de honor. ¿Entienden? Entienden,
porque ustedes son tan hombres de honor
como yo, aunque de momento persistan en
matarme de hambre. ¿Entonces por qué venía
yo aquí?, se preguntarán. Pues sí, lo
adivinaron, ¡claro que sí!: porque he venido a
ofrecerles a ustedes mis muy valiosos servicios.
¡Ya está! Un error lo comete cualquiera y yo,
señores, no soy un hombre rencoroso. Al no ser
yo, pues, un espía, sino un aliado voluntario
enormemente valioso…, aunque me esté mal el
decirlo, se acabaron las victorias florentinas,
señores, créanme. ¿Podría comer algo ahora?
La liebre al vino blanco me parece…

G IL L E S : ¿No le concedes, pues, el menor mérito al


conde de Rosellón?

P A R O L L E S : Ninguno, ya lo dije. Sin mí, ese despreciable


bueno para nada, no va a tener más remedio
que regresar al sitio de donde salió: las
enaguas de su madre la condesa… si es que
verdaderamente es su hijo. (Ríe con absoluta
delectación.) Pero escúchenme; escúchenme
bien: he dejado dispuestas ya las posiciones de
ataque del ejército florentino para la batalla
que habrá de realizarse el día de mañana, lo
cual me capacita para disponer adecuadamente
las del ejército sienés y al hacerlo así obtener
una victoria aplastante y definitiva. ¿Podemos
a buen fin primera parte, 109

pasar a la mesa, caballeros?

B E L T R Á N : (Mohíno.) Basta. Este hombre acaba de


traicionar los principios más elementales de la
guerra.

P A R O L L E S : (Lívido, al reconocer la voz.) ¿Beltrán? ¿Cómo,


qué haces por aquí? (Ríe.) No me digas,
muchacho, que tú también has cambiado de
bando. ¡No sabes cómo me alegro! ¡Esos
florentinos…!

G A R A U X : ¿Qué quieres que hagamos con este infeliz?

B E L T R Á N : Quítenle la venda de los ojos y déjenlo ir. Es


tan despreciable que no debe formársele corte
marcial que juzgue y exponga públicamente
actos que avergüencen al género humano.
(Quitan a Parolles la venda de los ojos.) Que
este individuo se vaya muy lejos de aquí,
porque si vuelve a vérsele por esta parte del
mundo, haré que se le ahorque sin el menor
trámite.

D U C A S S E : ¿Y si, ya libre, se pasara efectivamente al


enemigo?

P A R O L L E S : Mira, Beltrán…

B E L T R Á N : (No lo deja hablar.) Que lo haga; sería el mejor


favor que podría hacernos tal sabandija. En
este momento nos reuniremos a convenir
nuevas posiciones de ataque para el día de
mañana. (Da media vuelta y comienza a salir,
seguido de los otros. Por lo bajo, a Garaux.) ¿De
a buen fin primera parte, 110

veras me dicen “el falsario”?

G A R A U X : No, hombre; no. (Salen.)

P A R O L L E S : (Que se queda atrás.) Beltrán, no habrás


tomado en serio todo esto que dije, ¿no? ¿Crees
que no sabía que me estabas jugando una
broma? ¡Beltrán! ¡Qué poco sentido del humor
tienes, ¿eh?! (Ya solo, suspira, abatido.) Al
menos me libraré de ser colgado, poniendo
cuanto antes pies en polvorosa. ¡Con el hambre
que tengo!… Pero en fin, algo es algo. ¡Qué
bestialidad todo esto! (Se va en dirección
contraria a los demás y dice, volviendo la
cabeza.) ¡Adiós, adiós, bola de estúpidos!
¡Púdranse! (Sale.)

II.10

Florencia. Albergue de peregrinos y distintas


calles.

El rey de Francia y la condesa de Rosellón se


adelantan a proscenio.

E L R E Y : (Al público.) En fin; así iban las cosas. Iban


muy bien y a punto de concluir. (A la condesa.)
¿O no?

L A C O N D E S A : Desde luego no iban mal hasta aquí; pero tanto


como bien…
a buen fin primera parte, 111

E L R E Y : (En guardia.) ¿Qué quieres decir?

L A C O N D E S A : Nada; que en algunos problemillas que


surgieron, se estaba necesitando tu
intervención y…

E L R E Y : (Interrumpiendo, se dirige al público.) Y


supuestamente fue por eso que no me dejaba
regresar a París. ¿Por qué será que las mujeres
se piensan que sus pequeños asuntos
sentimentales, importan más que los asuntos
de Estado?

L A C O N D E S A : (Al público.) ¿Y por qué será que los hombres


piensan que los negocios en que ellos están
metidos son prioritarios a los nuestros? No es
una postura justa, me parece. Y era verdad que
en esta ocasión se habían presentado
complicaciones que requerían una intervención
directa y enérgica. Fíjense, por una parte…

Ambos se vuelven a presenciar el encuentro


nocturno entre Elena y Lavache. Estos llevan
palmatorias con velas encendidas y están en
camisón.

E L E N A : (Furiosa.) ¡Es el colmo! ¡Es el colmo! (Lavache


la mira estupefacto.) Si estás enamorado de mí
grandísimo cretino, ¿por qué callas tan
cobardemente? ¡¿Por qué?!

L A V A C H E : (Aterrado.) ¿Eh?

E L E N A : (No hace caso.) ¿Por qué, si resulta evidente lo


mucho que gozas en la cama conmigo, guardas
silencio? ¿Por qué, después, te vistes en
a buen fin primera parte, 112

silencio y te vas, así como si nada… cada vez?

L A V A C H E : (Igual.) ¡Ay, Dios!

E L E N A : (Igual.) ¡Te odio!

L A V A C H E : (Igual.) ¿Es a mí?

E L E N A : (Vuelve en sí.) ¿Qué?

LAVACHE: Eso de gozar en la cama y… y… ¿Es conmigo?

E L E N A : (Le da un empellón.) ¿Cómo crees? ¡¿Cómo te


atreves?! ¡Estaba hablando con Beltrán!

L A V A C H E : ¿Y por qué me lo dices a mí?

E L E N A : (Enojada.) ¡¿Cómo por qué?! ¡Si se lo dijera a


Beltrán, el engaño quedaría descubierto y todo
el plan se vendría abajo! ¿Eres tonto o que te
pasa?

L A V A C H E : ¿Y cómo esperas que te diga lo que quieres, si


le tienes prohibido hablar, ratona sin seso?

E L E N A : ¡¿Y cómo crees que lo voy a dejar hablar,


cretino estúpido, mongoloide vergonzante…,
imberbe?!

L A V A C H E : (Se toca, extrañado.) ¿Imberbe? ¿Y por qué no


lo vas a dejar hablar, bicho reptador come
caca?

E L E N A : ¡Porque me preguntaría cosas que no podría


contestar, querido!

L A V A C H E : (Tomado por sorpresa.) ¿Querido?

E L E N A : Es que ya no se me ocurrió qué otra cosa


horrible decirte. ¡Y es que si le contestara,
a buen fin primera parte, 113

reconocería mi voz y si reconoce mi voz, todo se


echa a perder! ¡Tú sí que no piensas nada,
¿eh?! ¡Pero nada de nada! (Murmura.) ¡Bicho
reptador come caca…! Eso sí que es horrible,
¿eh? (Suspira, frustrada y empieza a salir.) ¡Ya
no quiero seguir con estos engaños, ya no! ¡Me
estoy volviendo loca!

Sale cruzándose con Lafeu, que entra en


camisón y palmatoria encendida, sin verlo.
Lafeu le hace paso, desconcertado.

L A V A C H E : (Por Elena.) ¡Dios mío!

L A F E U : (Lo mira.) ¿Me hablabas?

L A V A C H E : (Que no le ha prestado atención.) ¿Qué?

L A F E U : ¿Qué le pasa a Elena?

L A V A C H E : Se está volviendo loca.

L A F E U : ¡Qué maravilla!

L A V A C H E : (Extrañado.) ¿Por qué?

L A F E U : Es la primera vez que me contestas


directamente a una pregunta.

L A V A C H E : (Sonríe.) Me tomaste por descuido.

L A F E U : (Tierno.) Eres un buen muchacho.

L A V A C H E : ¿Te parece?

L A F E U : Me parece.

L A V A C H E : (Con picardía.) Ven, te quiero enseñar una


cosa. (Se dirige a la salida.)
a buen fin primera parte, 114

L A F E U : (Sonríe.) ¿Sí? (Lo sigue. Salen.)

E L R E Y : (A la condesa.) ¿Y para qué me estás contando


esto último?

L A C O N D E S A : Para que te vayas haciendo a la idea de tener a


mi bufón en palacio, Tu Majestad.

E L R E Y : (Resignado.) En fin. ¿Y en lo relativo a Elena,


qué quieres que yo haga?

L A C O N D E S A : Nada, en realidad; eso me lo puedes dejar a mí.


Pero hay algo en lo que tu intervención sí
resulta indispensable…

Se vuelven a ver a Diana que avanza a ellos.

D IA N A : (Indignada, al público.) Ustedes habrán de


perdonar; pero yo no voy a seguir adelante con
esta estúpida comedia.

E L R E Y : (Consternado.) ¿Eh?

D IA N A : (Se echa a llorar y se dirige al rey.) ¡No voy a


seguir! ¡No voy a seguir, así me maten!

E L R E Y : ¡Bueno, pero que tendencia más necrófila la


tuya, muchacha! ¿No te cansas?

L A C O N D E S A : ¿Qué cosas estás ahí diciendo, Diana? (Al


público.) Y nos explicó. (Se vuelve a ver la
escena.)

Entra Ducasse, seguido de Garaux.

G A R A U X : ¡Tranquilo, Ducasse, no vayas a precipitarte!


Primero cuenta hasta diez; eso es infalible.

D U C A S S E : (Lo mira con mirada enloquecida.) ¿Hasta diez?


a buen fin primera parte, 115

G A R A U X : Hasta diez.

D U C A S S E : (Obediente, cuenta mentalmente hasta diez,


ayudándose con los dedos de las manos.) ¿Y
ahora qué?

G A R A U X : Y ahora ya no quieres matar a Diana, ¿te das


cuenta? ¡Es infalible! (Mira la expresión hosca
de Ducasse.) ¿Qué?

D U C A S S E : Sí la quiero matar.

G A R A U X : (Molesto.) ¡No puede ser! ¡¿Contaste bien hasta


diez?! ¿No te saltaste el cuatro, por ejemplo, o
el siete que es tan raro?

D U C A S S E : No me salté ninguno.

G A R A U X : (Desconcertado.) Tal vez había que haber hecho


la cuenta en forma regresiva, no sé…

D IA N A : (Llorosa, al rey y a la condesa.) ¿Lo ven? Mi


novio me busca por todos lados para matarme,
porque dice que el conde de Rosellón anda
presumiendo ante el ejército entero el haber
hecho mi conquista.

E L R E Y : ¡Pero no fue así! ¿O sí fue así?

D IA N A : (Ofendida.) ¡Claro que no! Pero él cree que sí. Y


mi novio también. ¡Y yo ya no sé ni qué hacer,
ni nada! (Llora.)

L A C O N D E S A : (Al rey.) Pues ahora sí que ése es tu


departamento, Tu Alteza.

E L R E Y : (Se vuelve hacia Garaux.) Garaux, ven acá.


a buen fin primera parte, 116

G A R A U X : (Lo mira, alterado.) ¿Quién se permite conmigo


tales familiaridades?

E L R E Y : (Se descubre y dice en voz baja.) Soy yo, tonto.

G A R A U X : (En el colmo del asombro.) ¡¿Qué?! ¡¿Qué está


haciendo Su Majestad en Florencia?! ¿Cayó
preso?

E L R E Y : No, torpe; sabes perfectamente que el trono de


Francia no está participando en esta guerra.
Estoy aquí en misión privada y sumamente
secreta… y este… y delicada…, para la
consecución de la cual requiero tu pronto y
competente concurso, Garaux. (Le habla al
oído.)

L A C O N D E S A : (A Diana.) ¿Qué son esas lágrimas tan feas? Te


van a salir arrugas prematuras, niña. Piensa
que el rey de Francia lo puede todo. Todo. No
hay que desesperar.

D IA N A : (Se consuela a duras penas.) Sí, como a usted


no la va a matar su novio, ¿verdad?…

L A C O N D E S A : No tengo.

D IA N A : Con razón…

Diana lloriquea. Garaux regresa con Ducasse.

G A R A U X : ¿Ya hiciste tu cuenta regresiva?

D U C A S S E : La estoy haciendo; pero no sé qué sigue del


seis.

G A R A U X : El siete.
a buen fin primera parte, 117

D U C A S S E : (Incierto.) ¿El siete tanto para atrás como para


adelante?

G A R A U X : (Seguro.) ¿Ya ves qué raro es ese número?

E L R E Y : (Que regresa con Diana y la condesa.) Todo


arreglado, hija mía.

D IA N A : (Se calma.) Gracias, señor.

E L R E Y : De nada.

G A R A U X : (A Ducasse.) ¿Ya?

D U C A S S E : (Asombrado.) ¡Volví a llegar a diez!

G A R A U X : Da igual. ¿Cómo te sientes?

D U C A S S E : Con ganas de matarla.

D IA N A : (Grita y llora.)

E L R E Y : (La ve, alarmado.) ¿Qué? ¿Me perdí de algo?

D IA N A : ¡Todavía me quiere matar!

E L R E Y : (Se vuelve a Garaux, enojado.) ¡¿Qué pasó,


Garaux?!

G A R A U X : (Compungido.) ¡No se deja, Majestad!

E L R E Y : (A la condesa.) Estoy rodeado de ineptos. (Va


hacia Ducasse.)

L A C O N D E S A : (Filosófica.) Machos ineptos todos.

E L R E Y : Ven acá, Ducasse.

D U C A S S E : ¡Su Majestad!; ¿lo tomaron prisionero?

E L R E Y : ¿Otra vez? Ven acá, Ducasse. (Se lo lleva


aparte, diciéndole cosas al oído que se advierten
a buen fin primera parte, 118

severas.)

L A C O N D E S A : (Al público.) Sin embargo ése no era el peor de


los problemas. Porque aunque para este
momento, ya estábamos seguras de que Elena
había quedado embarazada de Beltrán…

G A R A U X : (Sin poder reprimir el entusiasmo.) ¡¿Ya?!


¡¿Elena ya está embarazada?! ¡Felicidades!

L A C O N D E S A : (A Garaux, molesta.) Oye, caballerete, no se


supone que tú puedas escuchar lo que yo, en
confidencia, le digo al público.

G A R A U X : (Avergonzado.) Perdón. (Sin embargo dice en


susurro a Gilles que entra en este momento.)
¡Elena ya está embarazada!

G IL L E S : (Gratamente sorprendido.) ¡¿Ya?! (Vuelve a salir,


susurrando.) ¡Elena ya está embarazada!
(Garaux se junta al rey y a Ducasse.)

L A C O N D E S A : (Suspiro de resignación.) Machos ineptos todos.


(Al público, nuevamente.) Les estaba diciendo
que el problema grave con que nos enfrentamos
ahora es el de revelarle a Beltrán la verdad de
todo este asunto. No es cosa fácil de por sí y
mucho menos teniendo en cuenta lo que les voy
a contar… después, porque ya regresa el rey.

E L R E Y : Te responsabilizo, Garaux.

G A R A U X : Sí, Su Majestad. (Comienza a decir a Ducasse.)


Cuidadito con… (Y perdemos el resto de la
advertencia para oír al rey.)

E L R E Y : (Al tiempo que regresa junto a Diana y la


a buen fin primera parte, 119

condesa.) Todo arreglado.

D IA N A : Gracias nuevamente, Señor.

E L R E Y : De nada, de nada. Así soy yo.

D U C A S S E : (Grita desde su lugar.) ¡Diana, ven acá que te


voy a matar!

D IA N A : (Al rey.) ¡Mírelo, Señor!

E L R E Y : (Amenazante.) ¿Qué dije, Garaux?

G A R A U X : Sí, Su Majestad. (A Ducasse, a media voz.) ¿O


quieres que todo mundo se entere que estás
casado con Elena que, por cierto, ya está
embarazada de Beltrán? ¿Eh?

D U C A S S E : (Demudado.) ¿Serías capaz?

G A R A U X : De todo.

D U C A S S E : (Mohíno.) Está bien.

G A R A U X : (En voz alta.) Ya está, Su Majestad.

E L R E Y : (A Diana.) Bueno, niña, no le hagas caso;


estaba bromeando. Ve.

D U C A S S E : (A Garaux, por lo bajo.) Mal amigo.

Diana, confiada, se ha acercado a Ducasse,


que ahora la toma por el cuello y empieza a
ahorcarla.

D IA N A : (Grita.) ¡Señor! ¡Auxilio!

E L R E Y : (Grita.) ¡Garaux!

G A R A U X : (Amenazante.) ¡Ducasse…!

D U C A S S E : (La suelta y Diana cae al suelo.) Perdón,


a buen fin primera parte, 120

perdón, es que… se me ha convertido en idea


fija y las ideas fijas son… ideas fijas.

E L R E Y : ¡Basta de idioteces, Ducasse! Recoge a tu novia


del suelo y trátala bien, que sabes, puesto que
yo te lo aseguro, que es una doncella pura y
perfectamente inocente.

D U C A S S E : (Al tiempo que ayuda a Diana a incorporarse,


dice a Garaux por lo bajo.) ¿Lo sé?

G A R A U X : (En voz alta.) Es que, ¿sabe usted, Su


Majestad? Ducasse…

D U C A S S E : (Rabioso, por lo bajo.) ¡Está bien, está bien!

E L R E Y : ¿Qué cosa?

G A R A U X : (Por lo bajo a Ducasse.) ¡Bésala! (Ducasse besa


a Diana como si le diera de bofetadas. Garaux
contesta al rey.) … quería, en realidad, besarla
en prueba de reconciliación. (A Ducasse, por lo
bajo.) Con suavidad, Ducasse, con suavidad…

D IA N A : ¡Ay, no, me encanta! (Le devuelve los besos.)

L A C O N D E S A : (Murmura.) Machos ineptos todos.

Mientras esto sucede, aparece Lafeu que


ahora dice al rey:

L A F E U : Perdone que lo interrumpa, Su Majestad; pero


me parece que le gustaría enterarse cuanto
antes que la guerra ha terminado.

L A C O N D E S A : (Impaciente.) Todavía no, Lafeu.

L A F E U : (Confundido.) ¿No era aquí? ¡Ay! (Desaparece.)


a buen fin primera parte, 121

E L R E Y : (Bajo, a la condesa.) ¿Quién ganó?

L A C O N D E S A : (Bajo.) ¿Quién crees?

D U C A S S E : (Entre beso y beso, dice a Diana.) ¡Puta!

D IA N A : ¡Señor!

G A R A U X : (Empuja a la pareja fuera de escena, al tiempo


que dice al rey.) No es nada, no es nada. (Sale
con ellos.)

E L R E Y : (Grita.) ¡Ya te oí, Ducasse! ¡Ten mucho cuidado!


Sí, sí; de nada, de nada. (A la condesa.) Como
niños.

L A C O N D E S A : Machos… Bueno, no; ya lo dije muchas veces.


(Al público.) Pero en fin; déjenme que les
cuente lo que les iba a contar. Por un lado, las
cosas parecían empezar a solucionarse,
porque…

En penumbra, Elena, todavía en camisón,


acompaña a Beltrán hasta la salida de la
alcoba.

B E L T R Á N : (Se detiene, pesaroso.) ¿Puedo decir algo?


(Elena calla, pero se detiene.) ¿Puedo?

E L E N A : Mjm.

B E L T R Á N : Quiero confesarte algo, Diana.

E L E N A : Mjm.

B E L T R Á N : No sé cómo decirlo; me da…, no sé, vergüenza;


pero es que últimamente me ha dado por
fantasear con otra cuando estoy contigo. No te
a buen fin primera parte, 122

enfades, por favor, se trata de algo


perfectamente involuntario por mi parte, ¡te lo
juro! Y es que debe ser que hay algo en ti que
me recuerda muy vivamente a… otra persona.
(Elena, furiosa, lo golpea con los puños y a
empellones lo saca de escena. Beltrán sale,
diciendo:) Perdóname. Perdóname…

E L E N A : (Cuando ya Beltrán se encuentra fuera.) ¡Lo


odio! ¡Lo odio! (De pronto se detiene y se vuelve
a la condesa.) ¿O se estaba refiriendo a mí?

L A C O N D E S A : Naturalmente, tonta. ¿Quién otra si no?

E L E N A : (Gustosísima, sale dando saltitos.) ¡Lo adoro!


¡Lo adoro! ¡Ay, cómo lo adoro!…

L A C O N D E S A : (Alarmada, grita.) ¡Ten cuidado! (Al público.)


¡Con el trabajo que nos ha costado ese
embarazo!… (Suspira con resignación.) Pero en
fin. Y todo parecía resuelto, ¿no es verdad?
Pues no. Porque sucede que, después de
aquello, Beltrán no regresó. Se dedicó por
completo a ganar las últimas batallas y no
regresó. ¡Era terrible! ¿Cómo hacerle creer
nada de lo que había pasado, de no ser
descubriendo todo ahí justamente en la cama
con Elena? ¡Nuestro plan se estaba viniendo
abajo y el tiempo, de pronto, se nos echaba
encima en forma incontestable!

E L R E Y : Pero ¿no estuvimos precisamente tú y yo


metidos en ese cuarto, ocultos por la
oscuridad, con el objeto de testificar
a buen fin primera parte, 123

posteriormente? ¿O qué?

L A C O N D E S A : Aún así.

E L R E Y : ¡¿Quieres decir que eso no va a servir de


nada?!

L A C O N D E S A : No que no vaya a servir de nada, sino que dudo


que tal cosa sea suficiente para Beltrán, dadas
las imposibilidades de pescarlo in fraganti.

E L R E Y : (Fuera de sí.) ¡Dios mío, y lo nervioso que me


he puesto cada vez, teniéndote ahí junto, en
esa atmósfera de… lubricidad!

L A C O N D E S A : Lo noté, Tu Majestad; lo noté. (Pero


evidentemente sigue preocupada por el problema
otro.)

E L R E Y : (Súbitamente tierno.) ¿Por qué eres tan mala


conmigo, Josefina?

L A C O N D E S A : ¿Mala contigo?; de ninguna manera. Pero


prosiguiendo con el asunto que nos ocupa…

E L R E Y : ¿Cómo que no eres mala conmigo? Cada vez


que, entusiasmado por los suspiros de aquellos
dos, he intentado emularlos contigo en el
oscuro rincón de aquella incitante alcoba, tú te
me has alejado.

L A C O N D E S A : ¿Y querías que nosotros también nos


pusiéramos a suspirar y a jadear ahí mismo,
delatando nuestra indiscreta presencia para
arruinarlo todo? De verdad que estás loco.

E L R E Y : Incontables veces te supliqué con posterioridad


a buen fin primera parte, 124

que me acompañaras a mis aposentos para


concluir debida y discretamente nuestro propio
asunto, Josefina, y tú…

L A C O N D E S A : Bueno, bueno, ya se hablará de eso en el lugar


adecuado y a su debido momento… ¡Estate
quieto!

E L R E Y : (Ansioso.) Josefina…

L A C O N D E S A : Ni un paso más o te descalabro, malandrín.


(Suspiro resignado del rey.) Me parece que a tu
edad y condición, ya deberías haber aprendido
a tener un poco de… continencia.

E L R E Y : Pues no, pues no.

L A C O N D E S A : (Como si nada.) Te iba a contar que ayer Lafeu


se topó impensadamente con Parolles –¿te
acuerdas de Parolles? ¿Un feo inmenso que
seguía a Beltrán, mi hijo, a todas partes? ¿No
te acuerdas?

E L R E Y : ¿Y qué tiene que ver…?

L A C O N D E S A : Todavía no lo sé bien; pero presiento que la


solución a nuestros problemas puede estar…
¡Ah!; pero antes…

El rey y la condesa se vuelven a mirar a


Lafeu, quien se encuentra ya en pie al centro del
escenario, al momento en que un astroso
Parolles lo cruza en su errático camino. Parolles
se detiene y vuelve sobre sus pasos, dudando
de su vista; pero se ve obligado a detenerse
ante la súbita intervención de la condesa.

L A C O N D E S A : Ahora sí, Lafeu.


a buen fin primera parte, 125

L A F E U : (La mira, desconcertado.) ¿Qué?

L A C O N D E S A : Aquí sí viene ya el anuncio del término de la


guerra.

L A F E U : Pero si eso ya lo dije.

L A C O N D E S A : (Impaciente.) Pero entonces no era el momento


adecuado dentro de la historia, querido Lafeu;
no era el momento. (Al rey.) Ahora sí te puedo
decir ya que la guerra acaba de terminar con
una gloriosa, brillantísima victoria obtenida
por mi Beltrán.

E L R E Y : (Concede.) Buen muchacho, buen muchacho.

L A C O N D E S A : (Orgullosa.) ¿No es cierto? En este momento se


sostienen ya las negociaciones de paz entre tus
parientes.

E L R E Y : Así es.

L A C O N D E S A : (Desilusionada.) ¿Ya lo sabías? (El rey la mira,


impertérrito.) Cuando menos por cortesía te
hubieras hecho el sorprendido.

E L R E Y : (Exagerada cara de sorpresa.) ¿De veras están


negociando ya la paz mis estúpidos parientes?

L A C O N D E S A : (Contenta.) Ya.

P A R O L L E S : (Impaciente, a la condesa.) ¿Ya?

L A C O N D E S A : (Satisfecha.) Ya.

Parolles retoma el abandonado movimiento de


regresar a ver a Lafeu, sin poder dar crédito a
sus ojos.
a buen fin primera parte, 126

P A R O L L E S : (Asombrado.) ¿Señor Lafeu?

L A F E U : (Que estaba distraído, ahora lo mira.) ¿Quién…?


¡Ah!, ¿es usted, Parolles?

P A R O L L E S : ¿Va de peregrinaje a algún lado?

L A F E U : (Desconcertado.) Estoy dudoso entre Santiago


de Compostela y La Meca. ¿Qué me
recomendaría usted? (No le da tiempo a
contestar.) ¿No me parecía que el conde de
Rosellón lo había expulsado de Florencia,
Parolles?

P A R O L L E S : Así fue en efecto, señor Lafeu. Pero habiendo


tratado de encontrar fortuna en otras partes y
no habiendo obtenido fortuna al respecto, heme
aquí nuevamente, señor Lafeu. Míreme usted,
mi aspecto habla de mi falta de fortuna con
lenguaje más elocuente que cualquier discurso.
¿No tendrá usted una moneda que le…? ¡Pero
no, no!; no voy a malgastar su caridad
pidiéndole una moneda.

L A F E U : ¿Y por qué no? Se ve usted hambriento. ¿No


quiere que le ayude a satisfacer sus
necesidades más inmediatas?

P A R O L L E S : Sí; pero ahora, raro en mí, tengo una necesidad


más urgente que la del estómago: la de la
conciencia, señor Lafeu. Es mi conciencia la
que muere de inanición en estos momentos.

L A F E U : No le comprendo, Parolles; ¿usted tiene


conciencia?
a buen fin primera parte, 127

P A R O L L E S : Aunque le parezca increíble, necesito…, de


verdad necesito ser perdonado por Beltrán,
Señor. Hágame usted el inmenso, impagable
favor de conseguirme una entrevista con él.

L A C O N D E S A : (Al rey.) Como es natural, Lafeu no quiso


revelarle que se encuentra de incógnito en
Florencia.

L A F E U : Ese hombre es tan canalla, Su Majestad, que


uno no sabe lo que sería capaz de hacer con
una información de ese tipo.

E L R E Y : Naturalmente, Lafeu. (A la condesa.) ¿De modo


que a tu mente intrigosa se le ha ocurrido que
podría valerse de este canalla para…? Claro. ¿Y
entonces?

L A F E U : (Al rey.) Le dije: (A Parolles.) Haré lo posible


por complacerlo, Parolles, créame; pero no le
prometo nada. Si me quiere indicar dónde se
hospeda…

P A R O L L E S : (Ríe.) ¿Hospedarme? En ninguna parte, mi


querido señor Lafeu.

L A F E U : ¡Claro, claro! Claro está; me distraje. (Le da


una bolsa.) Aquí tiene un poco de dinero para
solventar sus gastos más urgentes. Vaya a
hospedarse en la casa de Antonio Baldazzaro y
espere allí noticias mías. Buen día.

P A R O L L E S : Es usted un hombre verdaderamente noble,


señor Lafeu.

Parolles sale.
a buen fin primera parte, 128

L A F E U : (Se aproxima al rey y a la condesa.) Les aseguro


que de haberse prolongado un momento más la
conversación con ese hombre, habría
conseguido, con el debido respeto, hacerme
volver el pingüe desayuno de esa mañana. Su
olor era peor que el de la carroña más
inmunda, cuando los gordos gusanos
comienzan a pulular…

E L R E Y : No tienes por qué abundar en detalles, Lafeu.


La condesa y yo hemos comprendido
perfectamente.

L A C O N D E S A : (A Lafeu, con un interés científico.) ¿Gordos dijo


usted?

E L R E Y : Ya, Josefina. Es suficiente.

L A F E U : Perdón.

L A C O N D E S A : Debo confesar que sigo sin saber a ciencia


cierta cómo valerme de este providencial
elemento que es el reencuentro con Parolles,
para conseguir nuestros propósitos…

E L R E Y : Los tuyos, querida.

L A C O N D E S A : Que son también los tuyos, querido. ¿No es por


ti y como pago a tu salud restaurada, que nos
encontramos en este enredo?

E L R E Y : (A Lafeu.) Encárgate de todo lo necesario y


sigue al pie de la letra las indicaciones de la
condesa, Lafeu, cualesquiera que ellas sean. ¡Y
que Dios nos asista!
a buen fin primera parte, 129

L A F E U : Sí, su majestad. (Salen los tres.)

II.11

Florencia. Una calle.

Vienen caminando, matando tiempo, Beltrán,


Garaux y Ducasse.

G A R A U X : ¿Ustedes no se sienten mal de que la guerra


haya terminado?

B E L T R Á N : ¿Por qué? La ganamos.

G A R A U X : Por eso mismo.

B E L T R Á N : (Sin entender.) ¿Habrías preferido que la


perdiéramos?

G A R A U X : Me refiero a que el haberla ganado, la hizo una


buena guerra. Y las buenas cosas se echan
menos cuando se acaban.

B E L T R Á N : Algunas no.

G A R A U X : ¿Por ejemplo?

B E L T R Á N : Las aventuras amorosas. (Ducasse, ocultando


su rabia, se aparta.)

G A R A U X : ¿Me vas a salir ahora con que no te duele


despedirte de Diana?

B E L T R Á N : Es que no voy a despedirme de ella.

G A R A U X : (Alarmado.) ¿Y qué vas a hacer?; ¿llevártela al


a buen fin primera parte, 130

Rosellón?

B E L T R Á N : ¡No, claro que no!; ¿cómo podría? Soy un


hombre casado, ¿recuerdas?

G A R A U X : (Se atreve.) ¿Insistes en… repudiar a tu mujer?

B E L T R Á N : Digo que no me despediré de Diana porque,


para obtenerla, le prometí matrimonio. ¿Cómo
decirle… que prometí en vano, arrastrado por
mis más bajas pasiones? No estoy muy
contento conmigo mismo por haberla engañado.
Creo que ése no es, realmente, mi estilo.

G A R A U X : … sino el de Parolles.

B E L T R Á N : No es mi estilo; nada más.

G A R A U X : ¿La amas?

B E L T R Á N : No sé. Ni quiero averiguarlo.

G A R A U X : Entonces la amas. Y por tanto, la vas a echar


menos cuando, mañana, nos alejemos de aquí.
Igual, exactamente igual que yo extrañaré la
guerra.

B E L T R Á N : No; te equivocas. Yo a Diana no la voy a


extrañar, porque me he sentido demasiado
culpable amándola. Y uno no extraña la culpa.

G A R A U X : ¿Te casarías con ella si pudieras?

B E L T R Á N : No insistas; no se puede siquiera considerar tal


posibilidad. ¿Para qué hacer suposiciones
ociosas? ¿Para qué? (Por cambiar el tema, se
dirige a Ducasse, que se mantiene alejado.) ¿Y
tú vas a dejar un amor en Florencia, Ducasse?
a buen fin primera parte, 131

Te ves melancólico.

D U C A S S E : (Se vuelve a él, sin poder soportar más.) ¡Mira,


Beltrán…!

Ducasse es interrumpido por la súbita


aparición de Parolles.

P A R O L L E S : (En tono desafiante.) Escucha, Beltrán. Por mi


conducto, el conde de La Motte-Férrier, te
manda decir lo siguiente: Que se considera
personalmente agraviado por la tramposa
victoria que obtuviste sobre el ejército sienés,
que operaba bajo su mando directo. Que las
heridas que recibió, muy a su pesar lo obligan
a guardar diez días de cama en Siena; pero que
a la conclusión de tal plazo, sin dejar pasar un
día, te emplaza a singular combate. Que afirma
nuevamente que la victoria que obtuviste no ha
sido mérito militar, sino la más vil argucia.
Pone pues públicamente en duda tu valentía y
pericia personales. Que si eres hombre
suficiente, habrás de aguardar los diez días del
emplazamiento sin abandonar Florencia, donde
habrá de tener lugar el singular encuentro.
Decide tú lo que habrás de hacer; pero ten en
cuenta que, de abandonar esta ciudad antes
del plazo fijado, el conde habrá de tomarlo, con
el derecho de honor que lo asiste, por
vergonzosa huída y así lo proclamará por toda
Francia, para tu mayor desprestigio. He dicho.

Parolles sale por donde entró, dejando


estupefactos a los tres amigos.
a buen fin primera parte, 132

G A R A U X : (El primero en recobrar el habla.) Estaba seguro


que el traidorzuelo ése se iba a pasar al bando
contrario.

D U C A S S E : (Olvidado del supuesto agravio personal.) ¡Qué


situación tan irregular! ¡Los agravios de guerra
no pueden convertirse nunca en agravios
personales! ¡¿Cuándo se ha visto?!

G A R A U X : ¿Qué hacer en un caso como éste?

B E L T R Á N : (Pálido.) Enfrentarse al conde, ¿qué otra cosa?

G A R A U X : Permaneceremos contigo en Florencia, ¿no es


cierto, Ducasse?

D U C A S S E : (Que baja la cabeza.) Naturalmente.

B E L T R Á N : Gracias. (Salen, preocupados.)

II.12

Florencia. Alcoba de Elena.

Oscurecimiento. Entran, iluminados por


sendas palmatorias, el rey y la condesa, que
bajan hasta proscenio. El rey mira todo el tiempo
a la condesa, mientras ésta mira al público.

L A C O N D E S A : Ya sé que se estarán diciendo que la


estratagema empleada no fue del todo limpia.
Pero bueno, ¿qué estratagema lo es, en
resumidas cuentas? Sin embargo, como diría
a buen fin primera parte, 133

mi padre, si el fin es bueno, cualquier medio


del que uno se valga para lograrlo lo será
igualmente. No sé qué tan de acuerdo estarán
ustedes con el lema de mi querido padre; pero
a mí siempre me ha parecido que contiene un
principio sólido y realista. Si el fin no
justificara los medios, no podría ocurrir
absolutamente nada en este mundo. La especie
humana se extinguiría… de puro aburrimiento.
(Al rey.) ¿No te parece?

E L R E Y : (Que ha estado distraído mirando a la condesa.)


¿Cómo?

L A C O N D E S A : (Ríe y se vuelve nuevamente al público.) Sí le


parece. Porque, miren ustedes: Cualquiera sabe
que el amor propio cuestionado hace del
hombre un ser maleable. ¿Por qué entonces no
aprovechar esa ventajosa condición humana en
beneficio de una buena causa? Así pues,
Beltrán no tuvo más remedio que permanecer
en Florencia diez días más. Y ¿a qué les llevó
eso?, se preguntarán ustedes. Señores,
señoras: una vez que la castidad se ha perdido,
el proceso es perfectamente irreversible.
Beltrán, que es un muchacho joven y
saludable, no era, no podía ser la excepción.
Antes de que el plazo fijado para su supuesto
encuentro hubiera transcurrido, mi pobre
muchacho no tuvo más remedio que volver a
buscar los brazos de aquella que le había
proporcionado ya tanto placer ilegítimo; ya que
a buen fin primera parte, 134

todavía, ¡ay!, ignoraba lo muy legítimo que era


aquel placer.

E L R E Y : (Intempestivo.) Josefina, no aguanto más.

L A C O N D E S A : (Alarmada.) ¿De qué?

E L R E Y : ¿Tú te crees que soy un rey insensible?

L A C O N D E S A : (Sin saber de qué habla.) N… no; no


necesariamente. ¿A qué te refieres?

E L R E Y : ¡Tres meses! ¡Tres!

L A C O N D E S A : (Que sigue sin entender.) Tres meses.

E L R E Y : ¡Tres meses de estar escuchando noche a


noche…, o casi, los estrepitosos gritos de
placer de esos dos, mientras tú persistes en
esquivarme! ¡¿De veras piensas que hacerme
eso es justo?! ¡¿A mí, al rey de Francia?! ¡Me
están saliendo pústulas de… ganas!

L A C O N D E S A : Oye, Tu Majestad, te recuerdo que estamos…


este… delante del público.

E L R E Y : ¡No me importa yo soy el rey de Francia!

L A C O N D E S A : (Conciliadora.) ¿Qué sugieres? (Al público.) Hay


que tener en cuenta que es, en efecto, el rey de
Francia; ustedes habrán de perdonar sus reales
impudicias. (De nuevo al rey.) ¿Eh?

E L R E Y : Huyamos de aquí en este momento.

L A C O N D E S A : (Asombrada.) ¿Cuándo decidiste casarte


conmigo?

E L R E Y : ¡No he decidido tal cosa! ¡¿Por qué tienes que


a buen fin primera parte, 135

echarlo a perder todo siempre?!

L A C O N D E S A : (Con mucha calma.) ¿Crees que porque los años


pasan, una se vuelve una mujer fácil…, o qué?

E L R E Y : (Temperante.) Sabes perfectamente que no


puedo casarme contigo.

L A C O N D E S A : ¿Lo sé? Recuérdamelo.

E L R E Y : ¡Ningún rey tiene la libertad de efectuar


alianza matrimonial alguna por amor! ¡Un rey
se casa por estrictas razones de Estado! ¡¿Ya?!

L A C O N D E S A : No tiene sentido. ¿Entonces de qué te sirve ser


el rey?

E L R E Y : ¡De nada en estos casos, caramba!

L A C O N D E S A : Pues qué triste y cuánto lo siento. (Al público.)


Prosigamos con nuestro asunto…

E L R E Y : Espera, Josefina. ¿Te conformarías con agregar


a tu título el de condesa de Ru-entre-mers?

L A C O N D E S A : ¿Te refieres a las tierras de mi antipático


vecino?

E L R E Y : Tu antipático vecino ha dejado de serlo.

L A C O N D E S A : (Confundida.) ¿Qué?, ¿antipático o vecino?

E L R E Y : Ambas cosas. Murió hace dos días sin dejar


descendencia reconocida. El condado, por
tanto, regresa a la corona de Francia. Puedo
disponer de él.

L A C O N D E S A : (Después de brevísima pausa.) Me conformaría.

E L R E Y : Vámonos, entonces.
a buen fin primera parte, 136

L A C O N D E S A : Mucho me temo que tus ansias adolescentes


tendrán que esperar todavía un poco, querido
mío. ¿Nos perdonaríamos el abandonar nuestro
plan, cuando está tan a punto su conclusión?
(Ve hacia foro.) Me parece que ya empezaron.
Silencio. (Apaga su vela y la del rey.)

En la penumbra escuchamos la voz de Beltrán.

B E L T R Á N : Perdona, hoy… No sé qué me pasa. (Elena


truena los dedos.) ¿Qué? ¿Qué fue eso?

Adivinamos, más que vemos, el


desplazamiento apresurado de dos cuerpos,
hacia el lecho en que se encuentran Beltrán y
Elena: son Diana y Ducasse tomados de la
mano.

B E L T R Á N : Alguien anda por aquí.

D IA N A : ¿Quien quiere que ande por aquí en esta


alcoba? Soy yo.

B E L T R Á N : (Extrañado.) ¿Habías salido de la cama? No te


sentí.

D IA N A : No, no; ¡qué va!

B E L T R Á N : Siento tu voz agitada. ¿Qué pasa?

D IA N A : ¿Qué pasa? No pasa nada. A mí no me pasa


nada. ¿Le pasa algo a su señoría?

B E L T R Á N : ¡Claro que me pasa!

D IA N A : ¿Ah, sí? Le ruego que se tranquilice.

B E L T R Á N : ¡Qué rara eres! ¿Podríamos seguir


conversando?
a buen fin primera parte, 137

D IA N A : Aunque eso se opone a mis reglas, si cree que


eso lo va a calmar…, está bien.

B E L T R Á N : Sé que no resulta prudente revelarle a las


mujeres ciertas cosas; pero… (A Elena se le
escapa una interjección de enfado.) ¿Qué? ¿En
dónde estás? Me parece que te mueves con
extraordinaria rapidez en la oscuridad.

D IA N A : Aquí estoy.

B E L T R Á N : (Desconcertado.) ¿No te digo? ¿Te podrías


quedar quieta un rato? Me mareas.

D IA N A : Está bien. Aquí me quedo. ¿Qué me decía?

B E L T R Á N : No; es que son cosas de hombres; pero tú has


estado tan cerca de mí que… Y hemos tenido
tan pocas oportunidades de conversar…; no sé.

D IA N A : Puede decirme lo que le pasa con toda


confianza; estamos solos.

B E L T R Á N : Sin embargo, no sé por qué hoy tengo la


sensación de que el mundo entero se nos metió
en la alcoba.

D IA N A : Serán fantasmas.

B E L T R Á N : (Un tanto amedrentado.) ¿Aquí hay fantasmas?

D IA N A : Dígame qué le pasa.

B E L T R Á N : Mañana habré de enfrentarme en singular


combate al conde de la Motte-Férrier.

D IA N A : Sí; ya lo sé.

B E L T R Á N : ¿Cómo sabes? ¿Lo sabe ya toda Florencia?


a buen fin primera parte, 138

D IA N A : No se agite. Tome mi mano. Cálmese.

B E L T R Á N : Y no es precisamente que le tema…, aunque sí


le temo. (Un suspiro de alivio al tomar la mano
de Elena entre las suyas.) Ahhh; tu mano. Tu
mano que ha llegado a serme tan inconfundible
al tacto. ¡Tu hermosa…, tu inconfundible y
querida mano! (La llena de besos.)

D IA N A : (A Elena que le hace una seña.) ¿Qué?

B E L T R Á N : ¿De qué?

D IA N A : (Comprende.) Ah, sí. (A Beltrán.) Yo también


tengo una confesión que hacer.

B E L T R Á N : ¿Qué cosa?

E L E N A : Un hijo tuyo me está creciendo en el vientre,


Beltrán.

B E L T R Á N : ¿Qué?… Esa voz. ¿Diana?

D IA N A : (Alejada ahora.) Dígame, señor conde.

B E L T R Á N : ¿Dónde estás? ¡¿A quién estoy tocando?!


(Suelta la mano de Elena, aterrado.)
¡Fantasmas!

En este momento rasga la oscuridad la


palmatoria de Parolles, que entra
intempestivamente.

P A R O L L E S : (Llama con prisa angustiosa.) ¡Beltrán! ¡¿Estás


ahí, Beltrán?!

B E L T R Á N : (Asustado, se cubre instintivamente con las


mantas, cubriendo a Elena.) ¡Dios sea loado!
a buen fin primera parte, 139

P A R O L L E S : Soy yo, Parolles.

B E L T R Á N : (Asoma la cabeza.) ¿Quién…? ¡¿Parolles?!


(Furioso.) ¡¿Cómo te atreves a entrar aquí?!

Con la entrada de Parolles, hemos podido ver


ya con claridad, por un lado a Diana y a
Ducasse, que se juntan más de lo que estaban, y
por otro al rey y a la condesa que se separan.
Ahora entran con velas Lafeu, Garaux, Lavache
y Gilles. Voces encimadas:

P A R O L L E S : (Sobresale de entre las demás voces.) ¡Te mentí,


Beltrán! ¡Te traicioné ruinmente por dinero,
como Judas! ¡Y como Judas, me voy a colgar de
un árbol en este momento!

B E L T R Á N : ¡¿Qué dices?!

P A R O L L E S : (Amargo.) Te vendí por treinta míseros


denarios, amigo. Te mentí: no hay tal reto de la
Motte-Férrier! ¡Enredos de mujeres! ¡Adiós para
siempre! (Sale rápidamente sin que nadie se
anime a detenerlo.)

Sobre el primer parlamento de Parolles,


escucharemos, al mismo tiempo que el griterío de
las mujeres:

L A V A C H E : ¡La víbora se coló en la madriguera de la


marmota! ¡Al arma! ¡Al arma!

L A F E U : (Al rey.) ¡Nos tomó descuidados, señor! ¡No se


pudo impedir!; ¿qué hacemos?

E L R E Y : (En contestación.) ¡Magnífico, Lafeu! ¡Justo a


tiempo!

L A C O N D E S A : (Corrobora.) ¡Magnífico, magnífico!


a buen fin primera parte, 140

D U C A S S E : (A los demás.) ¡Ese hombre está loco! (A


Parolles.) ¿Qué pretendes entrando así en la
alcoba de una dama? ¡¿Eh, eh, eh?!

G A R A U X : ¿Lo matamos? ¿Qué?

G IL L E S : ¡Matémoslo!

El segundo parlamento de Parolles, en cambio,


lo han escuchado todos con atención
estupefacta.
Una vez que Parolles se ha marchado:

B E L T R Á N : (Aterrado, mira a los demás, cubriéndose con las


mantas hasta la barbilla.) ¡¿Qué sucede?!

E L R E Y : Ni habiéndolas ensayado, habrían salido mejor


las cosas. Este momento ha tenido la
perfección del arte.

L A C O N D E S A : (Va hacia Beltrán.) La condición de nosotras,


las mujeres, Beltrán, nos obliga a recurrir al
uso de ciertos subterfugios, malamente
considerados ilegítimos, para vencer la natural
repulsión del hombre a aceptarnos con todas
nuestras consecuencias. (Lo besa.) Perdona,
hijo mío, y felicidades: me has hecho una
madre orgullosa con tus victorias en el campo
de batalla y una abuela feliz por tu mejor
victoria en el lecho conyugal.

B E L T R Á N : (Con ojos muy abiertos ve a Diana y luego toca


el bulto cubierto a su lado.) ¿A quién tengo
aquí? (Con enorme cuidado y alarma va
descubriendo a Elena, que no permite ser
a buen fin primera parte, 141

descubierta más allá de la cabeza.) ¡¿Eh?!

E L E N A : (Le sonríe.) ¡Hola!

Beltrán trata de echar a Elena del lecho.

B E L T R Á N : ¡Sácate!

E L E N A : (Resiste.) ¡Estoy desnuda, Beltrán!

B E L T R Á N : ¡Yo más!

E L E N A : ¡No querrás exponerme aquí, delante de todos!


¡Soy tu mujer!

B E L T R Á N : ¡Tú no eres mi mujer! ¡Sácate!

E L E N A : ¿Cómo que no soy tu mujer?

B E L T R Á N : Quiero decir no… consumadamente.

E L E N A : Pues sí lo soy. ¿Recuerdas? Dijiste que cuando


poseyera este anillo (Lo muestra.) y tuviera un
hijo tuyo, serías consumadamente mi marido.
Voy a tener un hijo tuyo, Beltrán.

B E L T R Á N : (Confundido, acorralado.) ¿Y… y… y… cómo sé


yo que…? ¡¿Cómo sé?!

E L E N A : (Mira sonriente a la concurrencia.) Hay testigos.

B E L T R Á N : (Horrorizado.) ¡¿Todo el tiempo?!

E L E N A : Todo.

B E L T R Á N : (Abatido.) ¿No eran fantasmas? (Su mirada


errática cae sobre Diana y Ducasse.) ¡¿Y tú qué
haces abrazando a Diana?! ¡Me voy a volver
loco!

D U C A S S E : La amo, Beltrán. Me voy a casar con ella.


a buen fin primera parte, 142

B E L T R Á N : (Fuera de sí.) ¡¿Te vas a atrever a casarte con


ella después de que yo…?!

D IA N A : Para su información, su señoría no me ha


tocado nunca. Sólo ha tocado a su propia
mujer.

B E L T R Á N : (Perdido.) ¿Y cómo sé yo que a quien he tocado


es a una y no a la otra? ¡¿Eh?! ¡¿A ver,
contéstenme a eso?! ¡¿A ver?!

E L E N A : ¿No acabas de decir que reconocías la mano


con sólo tocarla en la oscuridad? Bueno, pues
aquí la tienes. (Le da la mano por debajo de las
mantas.) ¿Y? ¿Es o no es la misma mano?

B E L T R Á N : (Atónito.) ¡Dios mío, sí!

Todos aplauden.
Entra Parolles, arrastrando una soga que lleva
al cuello.

B E L T R Á N : (Lo ve.) ¿Tú otra vez?

P A R O L L E S : (Muy deprimido.) No pude. ¡No pude, soy un


cobarde! ¡Perdóname, Beltrán! ¡Permíteme ser
el último de tus criados!

B E L T R Á N : (Después de una pequeña pausa.) Está bien; te


permito ser el último de mis criados.

E L E N A : (Horrorizada.) ¡Ay, no!

B E L T R Á N : (A Elena.) ¿Por qué?

E L E N A : ¡Tanto trabajo que costó deshacerse de él!…


No, Beltrán, no; ahora, date cuenta, eres un
hombre casado; vas a tener un hijo… Hay que
a buen fin primera parte, 143

responsabilizarse. (Aquí Beltrán encima su


siguiente parlamento.) Hay que crecer algún
día, Beltrán, por más que nos disguste. Ser
héroe y todas esas cosas, está muy bien
cuando eres soltero; pero ¿cómo crees que se
pueda vivir así toda una vida? No.

B E L T R Á N : (Que se encima al parlamento anterior de Elena.)


Dice mi mujer que no, Parolles, que ¿cómo
crees? (A Elena, que ha seguido hablando.) ¡Ya,
ya! ¡Scht! (Elena se calla.)

P A R O L L E S : (Furioso.) ¡¿Y vas a ceder así nada más a la


voluntad de una mujer?! ¡Te desconozco!

B E L T R Á N : Escúchame un momento. Ya no soy un niño y


tú tampoco. Elena tiene razón, Parolles.

P A R O L L E S : Ahora sí me voy a ir a colgar. (Inicia salida.)

E L E N A : (Abraza a Beltrán.) ¡Te adoro! Y te juro que te


voy a curar todas las enfermedades que puedas
tener. Desde la más grave hasta la más
insignificante.

B E L T R Á N : Te lo agradezco; pero no padezco ninguna de


las dos. Soy un hombre perfectamente sano.

E L E N A : ¡Ay, qué frustración! Sin embargo uno nunca


sabe lo que puede suceder el día de mañana.
Pero no te preocupes, yo estaré ahí para
cualquier eventualidad, mi amor. (Encantada
consigo misma.) Acabo de descubrir que soy el
primer seguro médico gratuito de la historia.

P A R O L L E S : (Que se ha quedado detenido antes de salir,


a buen fin primera parte, 144

ahora se vuelve a los demás, más furioso que


nunca.) ¡¿Que nadie piensa decirme que no me
mate?! (Todos lo miran, impasibles y
silenciosos. Parolles, al borde de las lágrimas
por tanta rabia que tiene.) ¡Odio a la
humanidad! ¡Ojalá se pudran todos…
lentamente y con terribles dolores!

L A C O N D E S A : Eso que acabas de decir, me sugiere una idea


magnífica, Parolles. ¿No quieres ser mi bufón?
(Parolles la mira, atónito.) Me mudo al castillo
de Ru-entre-mers, para dejarle el Rosellón a los
recién casados y al mismo tiempo me quedo sin
Lavache, situación incómoda.

P A R O L L E S : ¿Cómo?

L A C O N D E S A : Es mejor bufón vivo, que soldado muerto, ¿no


te parece?

P A R O L L E S : (Sonríe.) Está bien. (Imita a Lavache.) ¡Ven acá,


mujer asquerosa, inmunda…!

L A C O N D E S A : (Se esconde tras el rey.) ¡Ay, no, no, Parolles!;


todavía no. Todavía no.

E L R E Y : Vamos a celebrar, entonces. Suene la música.

La música suena. Todos bailan.


Durante el baile, Elena mirará sonriente,
invitante a Beltrán que, no pudiendo resistirse,
se mete bajo las mantas y le hace el amor.
El rey y la condesa se han adelantado a
proscenio y ahora cantan.

EL REY: Estas mujeres podrán conseguir,


mucho mejor que los hombres del mar,
a buen fin primera parte, 145

que una goleta sin rumbo a seguir,


llegue no obstante a su puerto final.

LA CONDESA: Hemos venido con esto a decir:


“Para salvar el ideal conyugal,
el medio empleado, por bajo, por ruin,
se purifica al lograr buen final”.

Bailan. Al final del baile, Elena abandona el


lecho luciendo un descomunal embarazo de
nueve meses y dice, dirigiéndose al público:

ELENA: A buen fin hemos llegado

y lo pasado, pasado.

T E L Ó N .

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