FACULTAD DE DERECHO DE LA
UNIVERSIDAD AUTONOMA DE
YUCATÁN
TALLER DE REDACCIÓN JURÍDICA
ADA 2. Estilos en la redacción jurídica
ALUMNO:
MARÍA FERNANDA REYES TEJADA
ABOGADA:
XOCHITL ALINE MEZQUITA LEANA
MÉRIDA YUCATÁN A 19 DE JUNIO DEL 2025
Estilos en la redacción jurídica
Escribir bien en el ámbito legal es mucho más importante de lo que la mayoría de la gente
piensa. No se trata solo de sonar elegante o usar palabras complicadas, sino de lograr que las
leyes y documentos jurídicos realmente cumplan su función. Cuando un abogado o legislador
redacta mal un texto legal, las consecuencias pueden ser graves: desde confusiones en los
tribunales hasta leyes que simplemente no se pueden aplicar en la práctica.
El problema es que muchas veces no nos damos cuenta de que el derecho existe únicamente
a través de las palabras que utilizamos para expresarlo. Como dice Juan Ramón Capella, si
las palabras no son claras, el derecho tampoco lo será. Esto significa que cada vez que
escribimos un documento legal, estamos construyendo parte del sistema jurídico, y si lo
hacemos mal, estamos creando problemas que después otros tendrán que resolver.
Para entender mejor este tema, es útil saber cómo funciona el lenguaje jurídico. Según
Riccardo Guastini, cualquier texto legal tiene dos tipos de palabras: las que se refieren a cosas
concretas del mundo real (como "juez", "contrato" o "multa") y las que conectan ideas (como
"si", "entonces", "todos" o "algunos"). Cuando las primeras no están bien definidas, aparece
la confusión sobre qué significa exactamente la ley. Cuando las segundas están mal usadas,
no entendemos cómo se relacionan las ideas entre sí. Ambos problemas pueden hacer que
una ley sea imposible de aplicar.
Lo que hace especial al lenguaje jurídico es que no solo describe cosas, sino que ordena,
prohíbe o permite comportamientos. Una ley no es como un artículo de periódico que solo
informa; es un conjunto de órdenes que nos dicen qué podemos o no podemos hacer. Por eso
cada palabra importa tanto, porque de ella depende que las normas realmente regulen la
conducta de las personas, hay que distinguir entre el lenguaje que encontramos en las leyes
y el que usan los abogados para hablar sobre derecho. El primero es el que está en las
constituciones, códigos y reglamentos, y tiene el poder de crear obligaciones y derechos. El
segundo es el que usan los profesores y doctores para explicar y analizar las leyes, pero no
puede crear nuevas obligaciones por sí mismo.
Una cosa curiosa del lenguaje jurídico es que usa muchas palabras comunes, pero les da
significados especiales. Palabras como "auto", "oficio" o "sala" significan cosas muy
específicas en el derecho que pueden ser completamente diferentes de lo que significan en la
vida diaria. También conserva muchos términos en latín como "usufructo" o "interdicto", no
porque los abogados quieran complicar las cosas, sino porque estos términos expresan
conceptos jurídicos que no tienen equivalente exacto en español moderno.
Pero el lenguaje jurídico no se queda estancado en el pasado. Constantemente aparecen
nuevas palabras que reflejan los cambios en la sociedad. Términos como "internet", "delitos
informáticos" o "bioética" han entrado al vocabulario legal porque el derecho necesita regular
situaciones que antes no existían. Con la globalización, también hemos adoptado palabras de
otros idiomas como "ombudsman", "dumping" o "leasing" porque describen situaciones que
se presentan en el mundo moderno.
Para que un texto jurídico funcione bien, debe seguir tres reglas básicas: ser claro, ser preciso
y ser coherente. Estas no son solo sugerencias de estilo, sino requisitos técnicos necesarios
para que el derecho funcione correctamente.
La claridad significa que el texto debe ser comprensible para quien lo va a usar. Esto no
quiere decir que hay que escribir de manera simple o evitar términos técnicos, sino que cada
concepto debe expresarse de la forma más directa posible. Un texto claro es el que transmite
su mensaje sin crear dudas sobre lo que quiere decir.
La precisión significa usar exactamente las palabras correctas para cada concepto jurídico.
En derecho, las palabras tienen consecuencias reales: un término mal usado puede cambiar
completamente el sentido de una norma. Por eso es fundamental conocer la diferencia entre
conceptos similares pero distintos. Por ejemplo, "legalidad" se refiere a que algo está
conforme a la ley, mientras que "legitimidad" se refiere a que algo es justo. "Abrogar"
significa cancelar completamente una ley, mientras que "derogar" significa cambiar solo
algunas partes.
La coherencia exige que todo el texto mantenga consistencia en el uso de términos. Si
decidimos llamar algo de una manera en una parte del documento, debemos usar el mismo
término en todas las demás partes. Las inconsistencias no solo confunden al lector, sino que
pueden crear contradicciones que hagan imposible aplicar la norma.
Para redactar bien, también es necesario entender cómo están construidas las normas
jurídicas. Toda norma tiene tres partes básicas: menciona a las personas que están sujetas a
ella, describe una situación específica, y establece qué debe, puede o no puede hacerse en esa
situación. Por ejemplo, en "los conductores deben respetar los límites de velocidad", las
personas son los conductores, la situación es manejar un vehículo, y la consecuencia es la
obligación de respetar límites de velocidad, no todas las normas son iguales, y esto afecta
cómo deben escribirse. Algunas crean instituciones o establecen competencias, como "se crea
la Secretaría de Educación". Otras establecen procedimientos que hay que seguir para obtener
algo, como "para obtener pasaporte hay que presentar estos documentos". Y otras
directamente ordenan, prohíben o permiten comportamientos, como "está prohibido fumar
en lugares públicos".
Los textos jurídicos combinan diferentes tipos de lenguaje según lo que necesiten expresar.
Usan palabras técnicas del derecho que cualquier abogado debe conocer, incorporan términos
de otras ciencias cuando necesitan regular materias especializadas, y también usan lenguaje
común para hacer los textos más accesibles. El truco está en encontrar el equilibrio correcto
entre precisión técnica y comprensibilidad.
Ahora hablando de los errores, uno de los errores más comunes en la redacción jurídica es
confundir términos similares. Muchas veces se usan palabras como si fueran sinónimos
cuando en realidad tienen significados jurídicos diferentes. Por ejemplo, "permiso",
"licencia", "autorización" y "concesión" no son lo mismo, aunque parecido. Lo mismo pasa
con "jurisdicción" y "competencia", o "término" y "plazo"; otro error frecuente es usar
palabras complicadas cuando existen alternativas más sencillas. Algunos redactores creen
que usar vocabulario rebuscado hace que el texto suene más jurídico, pero en realidad solo
lo hace más difícil de entender. La regla debe ser siempre usar la palabra más simple que
exprese correctamente la idea.
También es común construir oraciones demasiado largas con muchas partes subordinadas.
Estas oraciones confunden al lector y hacen que se pierda la idea principal. Es mejor usar
oraciones más cortas y directas, aunque eso signifique repetir algunos términos. Otro
problema son las referencias imprecisas, como decir "la ley mencionada" sin especificar
exactamente cuál ley.
El lenguaje jurídico no puede quedarse congelado en el tiempo. La sociedad cambia, aparecen
nuevas tecnologías, surgen nuevas formas de relacionarse, y el derecho debe adaptarse para
regular estas nuevas realidades. Esto significa que constantemente van apareciendo nuevos
términos que deben integrarse al vocabulario jurídico.
Los avances tecnológicos han traído conceptos como "telemática", "ciberespacio" o "delitos
informáticos". La biotecnología nos ha dado términos como "genoma humano" o
"clonación". En derechos humanos, ahora hablamos de "ombudsman" o "habeas data". Quien
redacta textos legales debe estar al día con estos cambios y saber cómo usar los nuevos
términos correctamente.
También existe lo que podríamos llamar jerga jurídica, es decir, un lenguaje especial que
usan los abogados entre ellos, que no tiene significado jurídico formal pero sirve para
comunicar situaciones especiales. Ejemplos son términos como "chicanear" o usar el
lenguaje jurídico en sentido figurado en la vida cotidiana, como "litigar unos boletos" o
"empeñar mi palabra". Aunque estos usos forman parte de la cultura jurídica, deben evitarse
en la redacción formal de textos legales.
Como hemos visto, el lenguaje jurídico no es un conjunto de reglas fijas, sino algo que está
en constante cambio para adaptarse a las necesidades de regular las relaciones humanas. Es
un lenguaje que debe ser comprensible para todos, porque su propósito es regular la actividad
de las personas. Por más técnico que sea, no debe alejarse tanto del significado ordinario de
las palabras que la gente común no pueda entenderlo.
Cuando los legisladores redactan leyes, deben poner especial cuidado en cada término,
porque en las leyes, la claridad no solo consiste en que las palabras expresen con precisión
el concepto, sino también en que el texto se entienda sin esfuerzo. Esta doble exigencia de
precisión técnica y comprensibilidad general es el gran desafío de la redacción jurídica.
El estilo ideal en la redacción jurídica no es cuestión de elegancia literaria, sino de efectividad
comunicativa. Un texto jurídico bien redactado es el que logra transmitir con claridad y
precisión las normas que contiene, de manera que puedan ser entendidas y aplicadas
correctamente por quienes las van a usar.
Los elementos fundamentales de este estilo son: usar correctamente el lenguaje jurídico con
su terminología específica, aplicar los principios de claridad, precisión y coherencia, conocer
la estructura de las normas jurídicas, y saber adaptar el discurso al tipo de regla que se está
redactando.
La buena redacción jurídica requiere tanto conocimiento técnico como sentido común. Es
necesario dominar la terminología especializada, pero también saber cuándo es apropiado
usarla y cuándo es mejor optar por expresiones más sencillas. El objetivo siempre debe ser
comunicar de manera efectiva, no impresionar con vocabulario complicado.
La redacción jurídica efectiva es una habilidad que se desarrolla con la práctica y el estudio
constante. Requiere no solo conocer las reglas técnicas, sino también desarrollar la
sensibilidad para entender cuándo y cómo aplicarlas en cada situación específica. El resultado
de este esfuerzo es un derecho más accesible y efectivo para toda la sociedad.
En conclusión, escribir bien en el ámbito jurídico no es solo una cuestión de técnica, sino una
responsabilidad social. Cuando redactamos textos legales claros, precisos y coherentes,
estamos contribuyendo a que el sistema jurídico funcione mejor y sea más justo para todos.
Por el contrario, cuando redactamos mal, estamos creando obstáculos que pueden impedir
que las personas conozcan y ejerzan sus derechos. Por eso, mejorar nuestras habilidades de
redacción jurídica es una inversión en la calidad de la justicia y en el fortalecimiento del
estado de derecho.