CAMBACERES EUGENIO - Sin Rumbo
CAMBACERES EUGENIO - Sin Rumbo
Cambaceres, Eugenio
Sin rumbo
(Estudio)
Eugenio Cambaceres
Primera parte
-I-
En dos hileras, los animales hacían calle a una mesa llena de lana que varios hombres se
ocupaban en atar.
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Los vellones, asentados sobre el plato de una enorme balanza que una correa de cuero crudo
suspendía del maderamen del techo, eran arrojados después al fondo del galpón y allí estivados
en altas pilas semejantes a la falda de una montaña en deshielo.
Las ovejas, brutalmente maneadas de las patas, echadas de costado unas junto a otras, las
caras vueltas hacia el lado del corral, entrecerraban los ojos con una expresión inconsciente de
cansancio y de dolor, jadeaban sofocadas.
La vincha, sujetando la cerda negra y dura de los criollos, la alpargata, las bombachas, la
boina, el chiripá, el pantalón, la bota de potro, al lado de la zaraza harapienta de las hembras, se
veían confundidos en un conjunto mugriento.
En medio del silencio que reinaba, entrecortado a ratos por balidos quejumbrosos o por las
compadradas de la chusma que esquilaba, las tijeras sonaban como cuerdas tirantes de violín,
cortaban, corrían, se hundían entre el vellón como bichos asustados buscando un escondite y,
de trecho en trecho, pellizcando el cuero, lonjas enteras se desprendían pegadas a la lana. Las
carnes, cruelmente cortajeadas, se mostraban en heridas anchas, desangrando.
Por tres portones soplaba el viento Norte: era como los tufos abrasados de un fogón:
La de un chino fornido, retacón, de pómulos salientes, ojos chicos, sumidos y mirada torva.
Uno de esos tipos gauchos, retobados, falsos como el zorro, bravos como el tigre.
El médico -un vasco viejo de pito- se había acercado munido de un tarro de alquitrán y de
un pincel con el cual se preparaba a embadurnar la boca de un puntazo que el animal recibiera
en la barriga, cuando, de pie, junto a este, en tono áspero y rudo:
-¿Dónde has aprendido a pelar ovejas, tú? -dijo un hombre al chino esquilador.
-¡Ni que fuera mi tata!... -soltó el chino y, sacando un pucho de la oreja lo encendió con
toda calma, mientras, cruzado de piernas sobre el animal que acababa de lastimar, miraba de
reojo al que lo había retado, silbando entre dientes un cielito.
La burla y las risas contenidas de los otros festejando el dicho, como un lazazo agolparon la
sangre al rostro de este:
Entonces, con la rabia impotente de la fiera que muerde un fierro caldeado al través de los
barrotes de su jaula, el chino amainó de pronto, envainó el arma cabizbajo y, dejando caer
sueltas las manos:
-¿Por qué me pega, patrón? -exclamó con humildad, haciéndose el manso y el pobrecito,
mientras el temblor de sus labios lívidos acusaba todo el salvaje despecho de su alma.
-Para que aprendas a tratar con la gente y a ser hombre... Villalba, recíbale las latas al tipo
este, páguele y que no vuelva a verlo ni pintado.
-Si alguno de vds. tuviera algo que observar, puede ir abriendo la boca; por la puerta caben
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todos.
El viento entró en remolino. En medio de la densa nube de tierra que arrastraba, se oyó el
ruido repicado de las tijeras hundiéndose entre la lana, sonando como cuerdas tirantes de
violín.
- II -
En la planta baja, sobre la entrada a la que seis gradas conducían, una marquesa tendía el
vuelo elegante de su techo.
Más arriba, en el alero, piezas para criados, dando al resto de la casa hasta la cocina y
dependencias del sótano, por otra escalera chica de servicio.
Desde lo alto y sin que alcanzaran a estorbar la vista, al frente, la bóveda viva de una calle
de paraísos abriéndose en ancho semicírculo de tullas alrededor de la casa; atrás, hacia las otras
dependencias de la estancia y, cuesta abajo, un patio sombreado por parrales y, a los lados, los
montes de duraznos y de sauces partidos en cruz por largos caminos de álamos, se divisaba la
tabla infinita de la pampa, reflejo verde del cielo azul, desamparada, sola, desnuda, espléndida,
sacando su belleza, como la mujer, de su misma desnudez.
El sol ardiente de Noviembre bajaba por el cielo como una garza sedienta cayendo a beber
en la laguna.
Acá y allá, sembradas por el bañado, puntas de vacas arrojando la nota alegre de sus colores
vivos.
Las perdices silbaban su canto triste, melancólico. Los jilgueros y benteveos, cansados, se
ganaban a hacer noche en la espesura del monte, los teros, de a dos, bichaban cuidando el nido
y, azorados ante el vuelo de un chimango o la proximidad de un hombre cruzando el campo, se
alzaban en volidos cortos, se asentaban ahí no más, corrían, se paraban, se agachaban y,
aleteando, soltaban su grito austero.
Al vaivén tumultuoso de la hacienda, a los ruidos del tendal, al humear de los fogones, al
hacinamiento de bestias y de gente, de perros, de gatos, de hombres y mujeres viviendo y
durmiendo juntos, echados en montón, al sereno, en la cocina, en los galpones, a toda esa
confusión, esa vida, ese bullicio de las estancias en la esquila, un silencio de desierto había
seguido.
- III -
Era la serie de cuadros del pasado, desvanecidos, viejos unos, borrados por el tiempo como
borra la distancia los colores, los otros frescos, vivos, palpitantes.
Las reminiscencias de la primera infancia, los seis años, la escuela de mujeres, la maestra -
Misia Petronita- de palmeta y pañuelo de tartán, la cartilla, Astete y, luego, las grandes, hoy
marchitas, madres, abuelas muchas de ellas.
Una escena violenta se siguió. Fastidiado, declaró el viejo que cerraba los cordones de su
bolsa.
Empezaron entonces los manejos de la madre, las tácitas contrariedades, los enojos, los
obstinados silencios de días, de semanas, esa muerte a alfilerazos, esa guerra sorda y sin cuartel
de las mujeres que acaba por convertir el hogar en un infierno.
A poco andar, llegaba a manos del hijo una carta escrita así:
«Si no te bastan quince mil pesos por mes, toma treinta mil, pero vuelve».
»El Club, el mundo, los placeres, la savia de la pubertad arrojada a manos llenas, perdidos
los buenos tiempos, árido por falta de cultivo y de labor, baldío, seco el espíritu que tiene en la
vida -se decía-, como las hembras en el año, su primavera de fecundación y de brama.
»Vanos los esfuerzos, la reacción intentada, los proyectos, los cambios vislumbrados a la
luz de la razón pasajero rayo de sol entre dos nubes.
»Vanos los propósitos de enmienda, el estudio del derecho un instante abrazado con calor y
abandonado luego merced al golpe de maza del fastidio. El repentino entusiasmo por la carrera
del médico, la camaradería con los estudiantes pobres de San Telmo, el amor al anfiteatro,
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muerto de asco en la primera autopsia.
»Vanas más tarde las veleidades artísticas, las fugaces aspiraciones a lo grande y a lo bello,
las escuelas de Roma y de París, el Vaticano, el Louvre, Los Oficios, los talleres de los
maestros Meissonier, Monteverde, Madrazo, Carrier-Beleuse, entrevistos y dejados por otra
escuela mejor: el juego y las mujeres; la orgía.
»Seco, estragado, sin fe, muerto el corazón, yerta el alma, harto de la ciencia de la vida de
ese agregado de bajezas: el hombre, con el arsenal de un inmenso desprecio por los otros, por
él mismo, en qué habría venido a parar, ¿qué era al fin?
»Nada, nadie...
No haber llegado a tirar por falta de tiempo, antes que lo ganara el hastío, los restos de lo
que supo ahorrar su padre:
-¡Ah! sí -exclamó de pronto Andrés con un gesto de profundo desaliento, arrojando la punta
de su cigarro que le quemaba los labios-, ¡chingado, miserablemente chingado!...
El cielo, cuajado de estrellas, parecía la sábana de una cascada inmensa derramándose sobre
el suelo y levantando, al caer, la polvareda de su agua hecha añicos en el choque.
Andrés, recostado contra la reja del balcón, miró un momento: «¡Uff!...» hizo cruzando los
brazos en la nuca y dando un largo bostezo, «¡qué remedio!... mañana iré a ver a la china esa».
Media hora después cerraba los ojos sobre estas palabras de Schopenhauer su maestro
predilecto: «el fastidio da la noción del tiempo, la distracción la quita; luego, si la vida es tanto
más feliz cuanto menos se la siente, lo mejor sería verse uno libre de ella».
-IV -
Los pastos marchitos habían dejado caer sus puntas, como inclinando la cabeza agobiados
por el calor.
Echados entre las pajas, entre el junco, en los cardales, al reparo, ni pájaros se veían.
Solo un hombre, envuelta la cabeza en un ancho pañuelo de seda, iba cruzando al galope.
Después de largo rato de andar, junto a la huella, halló a su paso rodeada una majada.
Las ovejas, gachas, inmóviles, apiñadas en densos pelotones, parecían haber querido
meterse unas en otras buscando sombra.
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A corta distancia estaba el puesto: dos piezas blanqueadas, de pared de barro y techo de
paja.
En frente, entre altos de viznaga, un pozo con brocal de adobe y tres palos de acacio en
horca sujetando la roldana y la huasca del balde.
Bajo el alero del rancho, colgando de la última lata del techo, unas bolas de potro se veían.
Tiradas por el suelo acá y allá, contra la pared, prendas viejas: un freno con cabezada, una
bajera, una cincha surcida arrastrando su correa:
-¡Ave María purísima! -gritó el que acababa de llegar, sin bajarse de su caballo.
Un perro bayo, grande, pronto como volido de perdiz, se fue sobre él:
-¡Ave María purísima! -repitió dominando la voz furiosa del animal que, con los pelos
parados, le estaba ladrando al estribo:
-¡Sin pecado concebida! -contestaron entonces desde adentro-, ¡fuera, Gaucho... fuera...
fuera!...
-Apéese, patrón, y pase adelante -exclamó por la puerta entreabierta una mujer, mientras
asomando con esquivez la cara, una mano en la hoja de la puerta, se alzaba con la otra el ruedo
de la enagua para taparse los senos:
-Tome asiento D. Andrés y dispense, ya voy -prosiguió desde la pieza contigua así que
Andrés hubo entrado.
Seis sillas negras de asiento de madera, una mesa y un estante de pino queriendo imitar
caoba, eran los muebles.
A lo largo de la pared, clavadas con tachuelas, se veía una serie de caricaturas del
«Mosquito», regalo del mayoral de la galera: el General Sarmiento vestido de mariscal, el
Doctor Avellaneda, enano sobre tacos de gigante, el brigadier D. Bartolo Mitre, en la azotea de
su casa, el Doctor Tejedor, de mula, rompiendo a coces los platos en un almacén de loza, ¡la
sombra de Adolfo Alsina llorando las miserias de la patria!...
-Sesteando, D. Andrés.
-¿Solita?
Luego, apagando el ruido de sus pasos, caminó hasta la abertura de comunicación entre
ambas habitaciones, mal cerrada con ayuda de una jerga pampa, y allí, por una rendija, echó
los ojos.
Dos cujas altas y viejas, separadas una de otra por un cortinado de zaraza, varias sillas de
palo y paja torcida, una caja grande para ropa, una mesa con floreros, una imagen sagrada en la
pared y en un rincón, un lavatorio de fierro con espejo, completaban el ajuar del dormitorio
común.
El óvalo de almendra de sus ojos negros y calientes, de esos ojos que brillan siendo un
misterio la fuente de su luz, las líneas de su nariz ñata y graciosa, el dibujo tosco, pero
provocante y lascivo de su boca mordiendo nerviosa el labio inferior y mostrando una doble
fila de dientes blancos como granos de mazamorra, las facciones todas de su rostro parecían
adquirir mayor prestigio en el tono de su tez de china, lisa, lustrosa y suave como un bronce de
Barbedienne.
Andrés, inmóvil, sin respirar siquiera, la miraba. Sentía una extraña agitación en sus
adentros, como la sorda crepitación de un fuego interno, como si repentinamente, a la vista de
aquella mujer medio desnuda, le hubiesen derramado en las venas todo el extinguido torrente
de sangre de sus veinte años.
Ella, sin sospechar que dos ojos hambrientos la devoraban, proseguía descuidada su tarea
mientras, deseosa de evitar a Andrés el fastidio de la espera, de cuando en cuando le hablaba:
Al cruzar una sobre otra las piernas, alzándose la pollera, mostró el pie, un pie corto, alto de
empeine, lleno de carne, el delicado dibujo del tobillo, la pantorrilla alta y gruesa, el rasgo
amplio de los muslos y, al inclinarse, por entre los pliegues sueltos de su camisa sin corsé, las
puntas duras de sus pechos chicos y redondos.
Y en la actitud avarienta del que teme que se le escape la presa, arqueado el cuerpo, baja la
cabeza, las manos crispadas, un instante se detuvo a contemplarla.
Después, fuera de sí, sin poder dominarse ya, en el brutal arrebato de la bestia que está en
todo hombre, corrió y se arrojó sobre Donata:
-¡Don Andrés, que hace por Dios! -dijo esta asustada, fula, pudiendo apenas pararse.
A brazo partido la había agarrado de la cintura. Luego, alzándola en peso como quien alza
una paja, largo a largo la dejó caer sobre la cama.
Ella, pasmada, absorta, sin atinar siquiera a defenderse, acaso obedeciendo a la voz
misteriosa del instinto, subyugada a pesar suyo por el ciego ascendiente de la carne, en el
contacto de ese otro cuerpo de hombre, como una masa inerte se entregaba.
Breves instantes después, con el gesto de glacial indiferencia del hombre que no quiere,
Andrés tranquilamente se bajaba de la cama, daba unos pasos por el cuarto y volvía a apoyarse
sobre el borde del colchón.
-Pero, ¡qué tienes, qué te pasa, por qué estás ahí llorando, zonza! -dijo a Donata inclinado,
moviéndola con suavidad del brazo-, ¿qué te sucede, di, ni tampoco un poquito me quieres, que
tanto te cuesta ser mía?
-Bueno, ingrata -exclamó por fin Andrés deseoso de acabar cuanto antes, violento de
encontrarse allí, con ganas de irse-, ¡ya que tan mal me tratas, me retiraré, qué más!
-Después, cuando se te haya pasado el enojo volveré -agregó levantando con toda calma la
cortina de jerga y saliendo a montar a caballo, entre risueño y arrepentido de lo que había
hecho, como harto ya.
-V-
Entregado Andrés a su negro pesimismo, minada el alma por la zapa de los grandes
demoledores modernos, abismado el espíritu en el glacial y terrible «nada» de las doctrinas
nuevas, prestigiadas a sus ojos por el triste caudal de su experiencia, penosamente arrastraba su
vida en la soledad y el aislamiento.
Insensible y como muerto, encerrado dentro de las paredes mudas de su casa, días enteros se
pasaba sin querer hablar ni ver a nadie, arrebatado en la corriente destructora de su siglo,
pensando en él, en los otros, en la miseria de vivir, en el amor -un torpe llamado de los
sentidos-, la amistad -una ruin explotación-, el patriotismo -un oficio o un rezago de barbarie-,
la generosidad, la abnegación, el sacrificio -una quimera o un desamor monstruoso de sí
mismo-, en el cálculo de la honradez, en la falta de ocasión de la virtud; y nada ni nadie hallaba
gracia ante el fuero inexorable de su amargo escepticismo. Ni aun el afecto de la madre, hijo
tan solo del propio sufrimiento al ver sufrir a los hijos; ni aun Dios, un absurdo espantapájaros
inventado por la collonería de los hombres.
Durante las lentas y abrumadoras horas de la siesta, en la escasa media luz de sus postigos
entornados, repentinamente solía tirarse de la cama y abrir su balcón de par en par.
A la vista de la tierra reseca y partida en grietas por el sol, de los pastos abatidos y
marchitos, en presencia del viento exhalando el monótono gemido de su voz al desgarrarse en
su choque contra las copas de los árboles, o levantando a lo lejos la espiral de negros remolinos
como humaredas del campo en combustión, un fastidio inaguantable, un odio, una saciedad de
aquel cuadro mil veces contemplado lo invadía.
Daba un golpe rabioso a la ventana, echaba aldaba a los postigos y en las densas tinieblas de
su casa convertida en un sepulcro, se arrojaba de espaldas a la cama y fumaba, fumaba
incesantemente, unos tras otros paquetes enteros de cigarrillos turcos, su tabaco favorito, o en
un rincón, sentado, los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos, permanecía
ensimismado e inmóvil largo tiempo.
Los altos de aves, de patos, de batitúes, de perdices, eran arrojados después a los perros y a
los cerdos. Su paladar no podía soportar esas comidas.
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Otras veces, en sus horas de calma y de quietud, como si su mal compadecido, de tarde en
tarde, hubiese querido hacerle la limosna de una tregua, tendido sobre su hamaca a la sombra
de los paraísos de la quinta, una pequeñez, una nada lo atraía; cualquier ínfimo detalle de la
vida animal en sus manifestaciones infinitas.
Eran, ya las largas filas de hormigas yendo y viniendo por la cinta gris de sus caminos,
deteniéndose, cruzando las patas, como dándose la mano al encontrarse y prosiguiendo luego,
atareadas, unas con carga, otras de vacío su trabajo paciente y previsor.
Ya el hábil manejo, la cábula astuta de los sapos, en su guerra sin cuartel contra las moscas,
tirándoles a traición, en un descuido, la certera estocada a fondo de sus lengüetazos.
Ya, algún hornero arruinado por la maldad de los hombres o la inclemencia del tiempo,
caída y rota su casa, obligado a levantarla de nuevo, trabajando acá y allá, contra el pozo, en el
borde de los charcos y, una vez hecha la mezcla, preparado el material, volando a emplearlo en
el edificio admirable de su nido con la ayuda de su pico, como un albañil con la de su cuchara.
Una tarde, después de comer, había salido Andrés, fumaba frente a su casa.
De pronto, sintió un tumulto, dio vuelta y vio a Bernardo, su gato, su bestia preferida, el
único ser entre los seres que lo rodeaban, para el cual, por una aberración acaso lógica del
estado mórbido de su alma, tenía siempre un mimo, una caricia, perseguido de cerca por el
perro del capataz.
Como una pelota de goma, el animal acosado, loco, saltó, se subió a la copa de un árbol,
junto a un nido de benteveos.
La hembra, entonces, alarmada, creyendo en una agresión, encrespó furiosa las plumas;
gritaba, se agitaba, golpeaba desesperadamente el pico contra un gajo.
El gato, por su parte, haciendo caso omiso de aquella vana hojarasca y todo estremecido por
la inminencia del peligro, clavaba las uñas en el árbol y los ojos en el suelo donde, lamiéndose
el hocico y sacudiendo la cola con un movimiento nervioso de culebra, su terrible adversario lo
acechaba.
Era eso el orden, la decantada armonía del universo; ¡era Dios aquello, revelándose en sus
obras!...
Pero, bruscamente, tomando parte él también en la querella, entró a la casa, sacó su revólver
y dejó tendido al perro de un balazo.
Luego, trepado al árbol con el auxilio de una escalera de podar que había allí cerca:
-¡Pobrecito Bernardo, casi me lo han muerto! -dijo alargando a éste la mano suavemente.
-¡Canalla! -exclamó Andrés-, esas son las gracias que me das, es así como me pagas...
¡Pareces hombre tú!
- VI -
Un viejo rico, ladrón de vacas, creyendo liquidar sus cuentas con el diablo y pagar las
hechas y por hacer con andar metido en las iglesias y dar su plata a los frailes, generosamente
acababa de donar un flamante y relumbroso altar mayor.
El hecho se celebraba.
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En su calidad de vecino importante del partido, Andrés naturalmente fue invitado.
Así como en otra situación, habría agarrado la misiva y héchola pedazos sin más vuelta, ese
día en un revuelo antojadizo de su espíritu, porque sí:
-Iré -se dijo y mandó echar la tropilla y atar a cuatro caballos su carruaje.
- VII -
La plaza, un alfalfal cruzado por filas de paraísos entre los que, de trecho en trecho, grandes
claros se veían como afrentas de la seca y las hormigas al rostro de la estética, ostentaba
multitud de tiras de coco blanco y celeste flameando al tope de astas de tacuara.
Los caballos atados a los postes de las veredas, asustados, se sentaban, reventaban los
cabestros y las riendas.
De vez en cuando, un carricoche pasaba sonando con un ruido de matraca. Lo envolvía una
nube de polvo.
Un poco más allá, pisando un poco más abajo, el gremio de dependientes rodeando al
empleado telegrafista.
Las mujeres, hechas un cuero de escuerzo enojado, de a dos, de a tres, iban entrando.
Todo en ellas juraba, blasfemeaba de verse junto, desde el terciopelo y la seda hasta el
percal. Cajones enteros de pacotilla alemana, salidos de los registros de la calle de Rivadavia,
habían hallado allí su debouché.
Los brindis no tardaron en dejarse oír, brindis de cerveza y de asti spumante disfrazado de
champagne.
-«Señores:
»Designado por mis honorables colegas y a nombre de la corporación que presido, cábeme
el honor, a mí, modesto y humilde obrero, de dirigiros la palabra en este memorable día que
jamás se borrará de nuestros recuerdos.
»Con el corazón henchido de cristiano gozo, habéis asistido señores, como buenos católicos
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que sois, al grandioso espectáculo de la ceremonia en que nuestro digno prelado (el cura aquí
presente), acaba de inaugurar solemnemente el magnífico altar que un ilustre patriota y
venerable anciano (aquí presente también), en un acto de generoso desprendimiento, tuvo a
bien donar a la Iglesia de este pueblo.
»Es, a no dudarlo señores, un gran paso el que hemos dado en el sentido del adelanto de la
localidad.
»Tenemos altar, señores, es cierto pero yo pregunto, ¿qué ganamos con eso si carecemos de
templo?
»El local que hoy sirve a ese importante objeto, indigno de la pompa y augusta majestad del
culto de nuestros padres, reducido e incapaz, por otra parte, para contener a los innumerables
fieles que en alas de la fe, se congregan fervorosos a encomendar sus almas a la divina
Providencia del Creador, es de todo punto inadecuado a los fines a que se halla consagrado.
»Otra necesidad no menos sentida e imperiosa, señores, es la de una casa apropiada para
escuela.
»Más de las tres cuartas partes de los niños del partido (sensible y doloroso me es decirlo),
más de las tres cuartas partes de esos niños que hoy son una esperanza risueña de la patria y
que mañana serán una hermosa realidad, viven sumidos en la ignorancia y la abyección que
ella engendra, debido solo a la falta de un edificio espacioso y cómodo donde sus tiernos
corazones (y es así señores, como las pequeñas causas producen los grandes efectos), donde
sus tiernos corazones puedan concurrir a recibir la semilla fecunda de la educación común que,
arrojada en tierra argentina, produce, señores, el árbol generoso de la libertad.
»Sí, señores, lo digo sin vueltas ni rodeos, con la franqueza brutal de un pecho republicano,
la inercia nos mata, nos consume, es necesario que la iniciativa individual, esa iniciativa
progresista y salvadora, se haga sentir de una vez si queremos llegar a ser grandes y a que se
nos trate con respeto, si anhelamos realizar en nuestra esfera, el gran programa del self
government (o gobierno de lo propio), merced al cual las naves de la orgullosa Albión surcan
hoy con sus aceradas proas los mares de polo a polo.
»Ese concurso, señores, abrigo la convicción firme y profunda, no nos ha de ser rehusado.
»Abonan mis palabras las nobles prendas de carácter del Exmo. Señor Gobernador de la
Provincia, de ese ciudadano ilustre y preclaro, exaltado a las altas regiones del poder por el
potente soplo de las auras populares y que, con aplauso universal, rige hoy los destinos de esta
benemérita provincia, inspirándose en las fuentes del más puro y acrisolado patriotismo, faro
de eterna luz a cuya sombra marchan los pueblos por la senda del progreso y de la civilización,
hacia su prosperidad y futuro engrandecimiento en los siglos venideros.
»He dicho».
Luego, sin demora y por general asentimiento, se procedió a dar forma a la idea.
A título de ser Andrés, según se aseguró, condiscípulo y amigo del Gobernador, alguien
propuso que fuera aclamado el nombre del primero en calidad de miembro de la diputación.
Pero aquí, como volcando un chorro de agua fría sobre aquel loco entusiasmo:
-¿Me van vds. a permitir señores, que les dé sencillamente un consejo? -dijo Andrés con un
gesto de impaciencia disimulado apenas en la corrección y cultura de sus modales.
»Saber es sufrir, ignorar, comer, dormir y no pensar, la solución exacta del problema, la
única dicha de vivir.
»En vez de estar pensando en hacer de cada muchacho un hombre, hagan un bestia... no
pueden prestar a la humanidad mayor servicio».
Luego, como aligerado del peso de la carga de bilis que acababa de arrojar, impasible sacó
el reloj.
-Las cuatro de la tarde y ocho leguas de camino por delante. Señores, ¡queden vds. con
Dios!»
- VIII -
Apenas sus amores, si es que amor podía llamarse su comercio con Donata, bastaban a
llenar algunos instantes de su vida.
De vez en cuando iba al rancho, la veía, pasaba una hora con ella si la hallaba sola. Buscaba
una escusa y se volvía si daba con el padre, ño Regino, un servidor antiguo de la casa, asistente
del padre de Andrés en las patriadas de antaño contra la tiranía, uno de esos paisanos viejos
cerrados, de los pocos que aún se encuentran en la pampa y cuyo tipo va perdiéndose a medida
que el elemento civilizador la invade.
Había visto niño a Andrés, le llamaba el patrón chico y tenía con él idolatría; era un culto,
una pasión.
Donata, por su parte, como esas flores salvajes de campo que dan todo su aroma, sin oponer
siquiera a la mano que las arranca la resistencia de espinas que no tienen, en cuerpo y alma se
había entregado a su querido.
Huérfana de madre, criada sola al lado de su padre, sin la desenvoltura precoz, sin la ciencia
prematura que el roce con las otras lleva en los grandes centros al corazón de la mujer,
ignorante de las cosas de la vida, conociendo solo del amor lo que, en las revelaciones oscuras
de su instinto, el espectáculo de la naturaleza le enseñaba, confundía la brama de la bestia con
el amor del hombre.
Viva, graciosa, con la gracia ligera y la natural viveza de movimientos de una gama,
cariñosa, ardiente, linda, pura, su posesión, algo como el sabor acre y fresco de la savia, habría
podido hacer la delicia de su dueño en esas horas tempranas de la vida en que el falso prisma
de las ilusiones circuye de una aureola a la mujer.
Una cosa, carne, ni alguien siquiera. Menos aún que Bernardo, el gato, el animal mimado de
su amante.
En épocas, sin embargo, solía Andrés repetir con más frecuencia sus visitas; se informaba
de las salidas de ño Regino al campo o al pueblito, él mismo lo alejaba, le creaba ocupaciones,
le ordenaba trabajos en la hacienda de que era el viejo capataz; mandaba parar rodeo, hacer
recuentos, galopar la novillada, inventaba mil pretextos para poder estar solo con Donata,
mostrándole así un apego, un interés que la infeliz en su ignorancia, aceptaba como pruebas de
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cariño y que eran solo en Andrés otras tantas caprichosas alternativas de la fiebre del deseo.
- IX -
Una vez tuvo un antojo, un refinamiento de estragado: verla desnuda en sus brazos, dormir
con ella:
-Mande patrón.
-He comprado afuera una punta de vacas, previa vista, y quiero que vd. me las revise antes
de cerrar el trato.
-Galopiaré patrón.
-¿Cuándo se va?
-¿Y Donata?
-¿Sola?
-¡Oh, y si no, quién se la va a comer en las casas! Ahí también le dejo al pioncito pa un
apuro.
-Es que el muchacho ese es medio hombrecito ya, y vd. sabe que el diablo las carga...
-¡Buen gaucho pa un desempeño! -dijo soltando la risa ño Regino-. ¡Qué va a ser eso señor,
si es como rejusiléo en tiempo de seca! Ni tampoco vaya a creerla tan de una vez amarga a mi
hija, patrón -agregó con el ciego engreimiento de los padres-, que sea capaz de abrirle el pingo
así no más a cualquiera. Dende chica la he enseñao que viva sobre la palabra como animal de
trabajar en el rodeo y no es por alabarla, señor, pero me ha salido medio halaja la moza.
-Bueno, ño Regino -dijo Andrés sonriéndose él también-, vaya con Dios, alístese y vuelva
por la carta orden.
-X-
A eso de las diez de la noche, Andrés se apeaba en un bajo y ataba su caballo a unos troncos
de duraznillos.
Gaucho había salido al trote, a recibirlo. Pero Gaucho no le ladraba ya; era su amigo ahora.
Medio arrastrándose por entre el pasto, agachando la cabeza y meneando la cola de alegría,
le lamía las manos, lo olfateaba.
Donata, prudentemente, solo había dejado abierta la ventana que miraba al lado opuesto.
Andrés pasó por esta y entró.
Bajo la imagen santa y entre los dos floreros adornados con las flores del jardín, ardía una
vela de sebo:
-Por tata -contestó ella acurrucada entre las sábanas-, siempre que se ausenta prendo una
para que la virgen lo ampare.
-¿La virgen? Hombre no me parece mala la idea... Quiere decir que si le prendieras dos, te
vendería su protección, por partida doble... A no ser que tu virgen sea una virgen tramposa,
capaz de robarte la plata. Voy a ponerle otra más.
Y diciendo y haciendo, pasó a la pieza contigua, encendió un fósforo y volvió poco después
acercando repentinamente al rostro de Donata la vela que traía en la mano.
-¡Apague eso D. Andrés, basta con una! -exclamó ella llena de vergüenza, tapándose hasta
la cabeza y dando vuelta hacia el lado de la pared, mientras un ligero temblor, una emoción,
alteraba el timbre puro y cristalino de su voz:
-A la oración.
-¿Y se habrá ido de veras ché? -siguió en tono de broma, haciéndose el que no las tenía
todas consigo- ¡no sea el diablo que se nos aparezca de pronto!
Pero alzándose luego de hombros, con un gesto de forzada indiferencia, como queriendo
sacudir pensamientos enojosos:
........................................
-Mi hijita yo nunca duermo con luz. Creo que tu virgen puede darse ya por satisfecha. Con
tu permiso, voy a apagar las dos velas esas que me están cargando.
Las sábanas, unas sábanas de hilo grueso y duro, impresionaban desagradablemente su piel
habituada a la batista.
La atmósfera encerrada de la pieza, el aroma capitoso de las flores, alterado por un hedor
penetrante a paveza, lo mareaba, le sublevaba en ansias el estómago.
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Repentinos tufos de calor le abrazaban la cara, la cabeza. La vecindad de Donata, sus carnes
frescas y mojadas de sudor, ya un brazo, el seno, una pierna, el pie que Andrés, en su
desasosiego constante alcanzaba a rozarle por acaso, bruscamente lo hacían apartarse de ella
como erizado al contacto de un bicho asqueroso y repugnante.
Sentía una picazón, un insoportable escozor en todo el cuerpo. Un instante llegó a creer que
las chinches lo estaban devorando; encendió luz y miró: no encontró nada.
Excitado, sin embargo, inquieto, febriciente, se movía, sin cesar de un lado otro, se revolvía
desesperado sin poder pegar los ojos, se acostaba de espaldas, sobre el flanco, se quitaba las
sábanas de encima, sacaba las piernas fuera del colchón.
Bien merecido lo tenía; ¡qué demonios le había dado por meterse en un rancho miserable a
dormir con una china!...
Al fin, no pudiendo aguantar más aquel infierno, de un salto se levantó, fue y abrió la
ventana.
Después, en la penumbra, miró a Donata. Las sábanas colgaban de la cama. Estaba desnuda
toda; dormía profundamente, como un tronco.
¡¡Uff!! -hizo Andrés, y agarrando en montón el bulto de su ropa, huyó de allí, salió a
vestirse fuera.
- XI -
Una de esas noches de Abril diáfanas y serenas, en que el cielo alumbra acribillado de
estrellas como si el globo de la luna, hecho pedazos, se hubiese desparramado por las tinieblas.
De vez en cuando, se oía el ruido de las tropillas, el cencerro de las yeguas maneadas junto
al corral.
Los peones, en la cocina, alrededor del fogón, tomaban mate, en cuclillas unos, otros
cruzados de piernas, los demás sentados sobre un tronco de sauce, sobre una cabeza de vaca.
Hablaban de sus cosas, de sus prendas, de sus caballos perdidos cuyas marcas pintaban en el
suelo con la punta del cuchillo, de alguien que andaba a monte «juyendo» de la justicia por
haberse desgraciado, bastante bebido el pobre, matando a otro en una jugada grande.
No faltaba alguno entre ellos, medio morado para el rumbo en una noche escura o muy
enteramente hacienda para un pial de volcado o para abrir las piernas en toda la furia, que
costeara la risa y la diversión de los otros.
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-Qué le hemos de hacer al dolor, amigo, los hombres pobres necesitamos de los ricos.
Era el chino de la esquila; se había presentado a Andrés en la tarde del día anterior:
-Sé que está con miras de herrar patrón, y vengo a que me dé trabajo.
-No has de andar con buenas intenciones tú -se dijo aquel fijándolo con desconfianza;
luego:
-El mayordomo -insistió el otro-, me había informado de que faltaba un peón de a caballo...
Por una de las ventanas de la capilla, como, entre ellos, llamaban los peones de la estancia
al pabellón de Andrés, acababa de verse luz.
-Vaya, pues; ya está despierto el patrón, ¡a ver si suben a caballo y salen de una vez! -dijo
dirigiéndose a los peones los que pocos minutos después se perdían en rumbos diferentes.
La hacienda, hilada, disparaba, semejante entre las sombras mal disipadas aún, a una
bandada de enormes cuervos volando a ras del suelo.
A eso de las seis, los animales paraban en el rodeo. Algunos caminaban, iban y venían; las
madres mugían en busca de sus hijos; los extraviados de las mismas puntas se juntaban; los
más pesados se habían echado.
Sobre la extensa faja multicolor que dibujaban, solía alzarse la maciza corpulencia de algún
toro trabajando, mientras de trecho en trecho, los peones escalonados, inmóviles, parecían
como los postes de un corral.
El señuelo, cincuenta colorados con un madrino negro de cencerro, pastaba a pocas cuadras.
-Puede ir principiando Villalba -mandó Andrés que en ese momento llegaba de galope.
Cuatro hombres entraron a caballo y ocho a pie, cerrando estos la tranquera junto a la que
varias marcas se enrojecían al calor de una enorme fogata de osamentas.
Los cuatro de a caballo sacaban de entre la hacienda, recostada contra la palizada del corral,
otros tantos terneros enlazados.
Los de a pie, echando berija, los pialaban y, cuando del cimbronazo no alcanzaban a darlos
contra el suelo, prendidos de la cola los volteaban a tirones.
A los más grandes un viejo los castraba; y había de ser viejo, sus años garantían la
operación.
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El calor, el encierro, los golpes que llevaban, la vecindad de los hombres, el tumulto,
provocaban el enojo de algún toro o de alguna vaca vieja que, solos se cortaban del montón,
agachaban la cabeza, olfateaban la tierra, la escarbaban, sacudían las astas y atropellaban
bufando.
Al grito de «¡guarda!» los peones azorados daban vuelta, cuerpeaban al animal, corrían,
gambeteaban. Muy apurados, ganaban los postes o se echaban de barriga, chuleándolo por fin
en medio de una algazara salvaje, infernal, así que lograban salvar el bulto.
Un toro hosco, morrudo y bien armado, se mostraba, sobre todos, emperrado, recalcitrante.
-Pónganle el lazo a ese y métanle cuchillo en la berija a ver si se le quitan las cosquillas -
ordenó Andrés caliente con el animal-. Para mejor -agregó dejándose caer al corral-, ¡es más
criollo que un zapallo y más feo que un viento de cara!
No bien oyó la orden de Andrés, sin hacérselo decir dos veces, Contreras castigó, cerró las
piernas, revoleó y enlazó al toro de las astas.
Este, furioso, se le fue encima, llegando a peinar de un bote la cola del caballo.
Con toda intención el chino hizo pie echado sobre el pescuezo de su montura. El lazo, roto
en el tirón, azotó el aire, pasó silbando como una bala:
-¡Guarda, patrón! -se apuraron todos a gritar cuando el toro, sobre Andrés, humillaba ya
para envasarlo, pudiendo apenas éste trepar a los palos del corral, no sin antes tener partido el
pantalón de una cornada:
-¿Por qué no le has dado lazo? Es esta la segunda vez que tratas de madrugarme, canalla...
¡no te mato de asco!... -exclamó Andrés trémulo de rabia.
Nada contestó el gaucho. Se le vieron solo blanquear los ojos en una mirada de soslayo,
traidora y falsa como un puñal.
- XII -
Parecía ser hora de sol alto, cuando rápidamente oscurecía y la noche llegaba sola, triste,
negra, eterna hasta la mañana siguiente.
En un último esfuerzo del calor, el pasto, regado por los aguaceros de otoño, empezaba a
querer brotar. En vano; las primeras heladas lo mataban chiquito; el campo, cubierto por el
manto de vidrio de la escarcha, como envuelto en un sudario amanecía blanqueando, mientras
los árboles en la quinta perdían sus hojas una a una y mostraban el enredado laberinto de sus
gajos secos, sobre el que las altas siluetas de los álamos se destacaban como esqueletos de
gigantes.
Se volvía.
-¿Es cierto lo que me ha dicho Tata, D. Andrés? -preguntó desde el umbral, tímidamente,
bajando la vista, mientras en un movimiento nervioso y maquinal, retorcía el pañuelo entre sus
manos, un pañuelo blanco de algodón.
-¿Qué te ha dicho?
-Es cierto.
-¿Qué va a ser de ti? Nada, pues, hija; vas a quedarte aquí tranquilamente con tu padre hasta
que vuelva yo.
-¡Ah! D. Andrés, pobre de mí, vd. me ha hecho desgraciada, ¡qué va a decir tatita!...
-¡Zas! -soltó Andrés, medio queriendo inmutarse-. ¡Sería la primera vez! -agregó como
hablando solo, mientras una ligera alteración en el eco de su voz parecía acusar la impresión
extraña y nueva que le habían producido las palabras de Donata-. Mi hijita, te equivocas... no
puede ser... o por lo menos, es muy difícil -siguió visiblemente preocupado, a pesar de la
tranquila seguridad que afectaba-. De todos modos -acabó por exclamar resueltamente, después
de un momento de silencio-, lo que sea será... ¡no te aflijas, aquí estoy yo!...
-Pronto, dentro de un mes, antes acaso. Entretanto, te lo repito, puedes estar tranquila, que
yo no te he de dejar desamparada. Ahora, véte, retírate, no ha de faltar quien ande hablando, si
ven que te quedas mucho tiempo aquí conmigo -pretextó, y, sintiendo la necesidad de quedarse
solo, la despidió con dulzura acompañándola hasta la puerta.
-¡Bien podría el diablo haber metido la mano!... Pero... ¿y las otras, entonces, las mil
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otras?... ¡Bah!... otra cosa es con guitarra... -pensó-, ¡muy baqueteadas, las otras!...
- XIII -
Reñido a muerte con la sociedad cuyas puertas él mismo se había cerrado, con la sociedad
de las mujeres llamadas decentes, decía, por rutina o porque sí, con una fe más que dudosa en
la virtud, negando la posibilidad de la dicha en el hogar y mirando el matrimonio con horror,
buscaba un refugio, un lleno al vacío de su amarga misantropía, en los halagos de la vida ligera
del soltero, en los clubs, en el juego, en los teatros, en los amores fáciles de entretelones, en el
comercio de ese mundo aparte, heteróclito, mezcla de escorias humanas, donde el oficio se
incrusta en la costumbre y donde la farsa vivida no es otra cosa que una repetición grosera de
la farsa representada.
- XIV -
Pocos días después de su llegada a Buenos Aires, se hacía en Colón un ensayo general de
«Aida», ópera de estreno de la gran compañía lírica italiana contratada por el maestro Solari.
Andrés, a título de viejo camarada del empresario, tenía acceso libre, vara alta en el teatro.
Ocupaba cada año uno de los palcos de la escena.
A lo ancho del negro pasadizo que del vestíbulo llevaba a bastidores, un tabique portátil de
madera había sido atravesado.
Los profanos, apeñuzcados, porfiaban por entrar, apuraban el recurso de sus cábulas:
-¿Está Solari adentro? yo soy su amigo, hágalo llamar, dígale que fulano lo busca...
Tiempo perdido.
El portero, sordo, inexorable, con cara de rabia obstinadamente les cerraba el paso:
-Tengo órdine del siñor impresario para non decar entrar a naidie.
El italiano se hizo a un lado al verlo, se sacó el sombrero y solícito, obsequioso, con gesto
zalamero y mirada derretida:
La luz de tres brazos dobles de gas encendidos sobre la orquesta, al flotar indecisa por las
tinieblas desiertas del edificio imprimía a este un sello extraño, fantástico imponente.
Por entre los últimos lienzos empezaban a asomar las cabezas mugrientas de los comparsas.
Un hombre, el avisador, distribuía los cuadernos en los atriles de la orquesta, mientras largo
a largo por el tablado, preocupado y solo, el empresario esperando la hora se paseaba:
-Cómo está, mi querido maestro -preguntóle Andrés con acento cariñoso, abriendo la rejilla
de su palco.
-Sí, pero no veo figurar en él, ni a Gayarre, ni a Masini, de quien vd. nos hablaba, ¿creo?
-Y qué valen, ni Masini, ni Gayarre confronto de Guadagno... esta es la cosa... dos enanos y
un coloso.
-Qué diablo de maestro este -murmuró Andrés y se sonrió- Pero... y la Patti -agregó-, o en
su defecto, la Albani o la Van Zandt, ¿no era que alguna de las tres iba a venir?
-La Patti, la Patti... pide cincuenta mil francos por noche, la Patti... ¡esta es la cosa!
-¿Y la Albani?
-¡Andata!...
-¡Un mosquito!...
-Artista joven, magari, pero una celebridad, órgano estupendo, talento inmenso. Acaba de
hacer un fanatismo, pero, un fanatismo loco en la Scala... esta es la cosa.
-Roba fina, ¡un bombón!... Pero, ¡honesta, sabe!... ¡Oh! por esto, yo le garanto, una señora...
Viene con el marido, el conde Gorrini, de Florencia.
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-¿Y?...
-No hay tampoco qué pensar. Es hija de familia ella, la mama la acompaña.
-Bueno, bueno, bueno... ¿como quien dice dos Lucrezias? Pero... ¿me presentará, supongo?
Entretanto, al ruido de una campana que el butafuori acababa de hacer oír entre telones, los
músicos iban ocupando sus lugares, sacaban sus instrumentos, los afinaban en un desconcierto
agrio, irritante.
Las masas, coristas y comparsas, relegadas al fondo del escenario, hablaban bajo.
Los artistas de sombrero a un lado y bastón de puño de marfil, se ensayaban a media voz,
examinaban el teatro como por encima del hombro, iban y venían afectando darse un aire de
importancia.
De pronto, se oyó un murmullo, un cuchicheo; los grupos se abrieron con curiosidad y con
respeto, la atención general quedó un momento en suspenso.
Era la prima donna, la célebre Amorini que triunfalmente hacía su entrada envuelta en
pieles y terciopelo.
Ella, sonriente y majestuosa, con esa majestad postiza de las reinas de teatro, en la que
asoma siempre una punta de oropel, distribuía graciosos saludos de mano y de cabeza a sus
compañeros, entre los que descollaba la gigantesca corpulencia de Guadagno.
Alta, morena, esbelta, linda, sus ojos hoscos y como engarzados en el fondo de las órbitas,
despedían un brillo intenso y sombrío; el surco de dos ojeras profundas los bordeaba revelando
todo el fuego de su sangre de romana.
Andrés, mientras los otros se acercaban a saludarla, la envolvió en una larga mirada
escudriñadora y codiciosa.
-Señora Amorini -dijo el empresario-, vd. me va a permitir... este caballero desea hacer la
relación de vd.
Y después de presentarlo:
-No era vd. señora, una extraña para mí -empezó Andrés-. He tenido antes ocasión de
admirar todo su hermoso talento.
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-Caro quel Cremona!... Fue un continuo triunfo para mí. El público me adoraba... Pero
entonces, señor -prosiguió-, ¿somos dos viejos conocidos nosotros?... ¿Podría atreverme a
esperar que, de hoy en más, quiera vd. ser un amigo para mí?
-Señora...
-Vivo en el «Hotel de la Paz» Mi marido y yo, tendremos muchísimo placer en que vd. se
digne honrarnos con sus visitas -agregó designando a un hombre que en ese momento se
acercaba.
Era joven, blanco, fresco, bonito, de bigotito negro retorcido; fumaba cavours, usaba
cuellos escotados y cuernos de coral en la cadena.
-He dicho que no quiero yo que nadie me pise el teatro durante los ensayos.
-Sí, pero es que van a echar la puerta abajo: son más de doscientos...
-Echarme la puerta abajo, a mí... Sangue della Madonna! -rugió Solari y, furioso, corrió
hacia afuera.
-¡Eh!... déjelos, hombre -exclamó con aire resignado y manso-. Qué le vamos a hacer... no
los puedo echar, esta es la cosa... han de ser amigos... ¡precisa tener paciencia!...
En un instante los de afuera, como muchachos que salen de clase, pataleando, invadieron
los palcos y la platea.
El maestro Director caballero Grassi, como rodando por entre los atriles, no sin esfuerzo
había conseguido izarse hasta su asiento.
Con la delicadeza con que un pintor de miniaturas maneja su pincel, empuñaba la batuta,
dibujaba los últimos compases de la romanza: Celeste Aida, mientras la Amorini abandonaba
su silla y Andrés, en tetê-a-tetê, quedaba conversando con el marido:
-Hermosa ciudad Buenos Aires, señor, me ha dejado sorprendido. Nunca me figuré que en
América hubiera nada igual.
-¿Vd. cree?
-«La belleza de sus edificios, el ruido, el vaivén, el comercio que se observa en sus calles,
esa multitud de trenvías cruzándose sin cesar al ruido de sus cornetines, producen en el
extranjero una impresión extraña y curiosa, un efecto nuevo de que no tenemos idea en
nuestras antiguas ciudades italianas.
»Por eso, con grave perjuicio de nuestros intereses, nos ve vd. en América, habiendo
rehusado del empresario Gie doscientos cincuenta mil francos por la escritura que nos ofrecía
para la gran estación en Covent-Garden.
»Aquí también, según me ha informado el amigo Solari, la gente es muy alegre, ¿tienen vds.
numerosos centros sociales?»
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-Sí señor, es cierto, hay varios clubs.
-El del Progreso, creo, es el más aristocrático, ¿se dan en él bailes suntuosos?
-Tendría vd. algún inconveniente en presentarme como socio? -preguntó el italiano muy
suelto de cuerpo, con la facilidad con que habría podido pedir a Andrés el fuego de su cigarro.
-¿Presentarlo? -dijo este como no oyendo bien -y después de vacilar un segundo-: con
muchísimo gusto, señor -exclamó resueltamente-, es lo más fácil.
-Otra de mis grandes pasiones ha sido siempre la caza. En el Cairo, donde mi señora y yo,
pasamos un año contratados, organizábamos magnificas partidas entre amigos. Vd. sabe que el
gibier, patos, perdices, becasinas, abunda de una manera extraordinaria a orillas del Nilo.
-Pues lo que es aquí tampoco falta, podrá vd. cazar hasta cansarse, dar pábulo a su pasión.
-No señor. Y, desde luego, me permito poner a la disposición de vd. una propiedad que
poseo a pocas horas de Buenos Aires, donde esos bichos pupulan por millares.
-¡Bravo, bravo! -exclamó Gorrini apoderándose con entusiasmo de las manos de Andrés.
Y, efusivamente:
-Es vd. una persona muy simpática: ¡El corazón me dice que vamos a ser los dos grandes y
buenos amigos!...
-Yo te he de dar amigo, a ti y Club, y bailes y patos... -murmuró Andrés entre dientes,
levantándose a fumar un cigarro en el antepalco y a conversar con Solari que en ese momento
acababa de golpear la puerta.
Fastidiado, harto de las repeticiones del ensayo y no obstante las expresivas miradas de la
primadonna, la corriente de simpatía, la tácita inteligencia que parecía querer iniciarse entre los
dos, Andrés, después de pasar una parte de la noche en el teatro, tomó su sombrero y salió con
intención de ir al Club.
Mientras por el largo zaguán y lejos ya de la escena, se dirigía a la calle, entre una
espantosa, atroz, infernal explosión de ruidos, confusamente alcanzó a distinguir a voz de
Grassi que se desgañitaba gritando:
- XV -
En el Club, los hombres serios, los pavos, lectores de diarios de la tarde y jugadores de
guerra y de chaquete, poco a poco habían ido desapareciendo.
Los muchachos, los nuevos, de vuelta a sus corridas, el ánimo ligero, el apetito azuzado, de
a cuatro trepaban los escalones, iban a parar al comedor.
Acá y allá, por las salas de juego, la guardia vieja, media docena de recalcitrantes
emperrados -de los del tiempo de la otra casa- entre bocanadas de humo y tragos de cerveza,
mecánicamente echaban su sempiterna partida de Chinois, cantaban sus quinientas.
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En un rincón, a media luz, una mesa redonda y una carpeta verde esperaban.
Eran las doce; una hora más, y «se iba a armar la gorda».
Andrés, en vena esa noche, por excepción solo alcanzó a perder diez mil pesos.
- XVI -
El teatro lleno, bañado por la luz cruda del gas, sobre un empedrado de cabezas levantaba su
triple fila de palcos, como fajas de guirnaldas superpuestas, donde el rosado mate de la carne se
fundía desvanecido entre las tintas claras de los vestidos de baile.
Encima, la cazuela, inquieta, movediza, bullanguera, sugiriendo la idea de una gran jaula de
urracas. Más arriba, la raya sucia del paraíso.
Tras el telón, en la escena, los egipcios y los negros de Amonasro, confundidos, hablaban,
se paseaban.
De pronto, sin reparo, eran llevados por delante; dos maquinistas cruzaban al trote con un
trasto a cuestas, deshacían los grupos a empujones.
Al golpe de un martillazo se agregaba una blasfemia, el crujir de la madera alternaba con las
risotadas y los gritos.
-Vea, mire como tiemblo -dijo la Amorini a Andrés, sola con éste en su salita; y le alargó la
mano, una mano cargada de sortijas, afilada, carnosa, blanda, suave.
Y, retirando con suavidad la mano que Andrés, lejos de soltar, mantenía oprimida entre las
suyas, fue y se sentó en frente, a pocos pasos.
Andrés la analizaba con el golpe de vista seguro y rápido de los maestros, curiosa y
encendida la mirada, y el pie, y los dedos del pie sobre todo, así ceñidos, a pesar suyo lo
atraían, secretamente provocaban su lascivia en un refinamiento de extravío sensual.
Pero ella:
-¡Oh! el público... el público no me importa... el público no es nadie por lo mismo que son
todos. Sola aquí con vd., es otra cosa... no puedo... me da vergüenza... hizo la artista
mimosamente, con una graciosa mueca de infantil coquetería.
-Marietta, Marietta mía -entró diciendo muy afligido Gorrini-, van a alzar el telón, ¿estás ya
pronta?
-Sí, estoy pronta ya, di que pueden empezar, voy al instante -repuso aquella despidiendo
con un gesto al «primodonno».
Luego, mientras delante del espejo, emocionada y nerviosa, daba el último toque a los
detalles de su toilette:
-¿Va a su palco?
-¡Cómo no!
-Sí, sí, vaya, lo miraré, su presencia me dará valor... Aunque, no -cambió después
bruscamente-, quédese, voy a cantar muy mal, lo siento, no vaya le suplico, si me silban no
quiero que esté vd.
-¡Loca linda!... -pensó Andrés viéndola alejarse-. Bueno... que más... le haremos el gusto!...
Me iré a conversar con Solari.
Era una pieza a la que el pasadizo de salida daba acceso y que había sido amueblada con
trastos viejos del teatro.
Sentado en un sillón monumental de yeso blanco con filetes amarillos, el tradicional sillón
de los Alfonsos y de los Silva de antaño, encendía un cigarrillo negro, lo fumaba, lo mascaba,
se le apagaba, lo volvía a encender, lo tiraba y sobre ese, empezaba otros.
Los aplausos de unos pocos saludándola, habían sido sofocados por un «¡pst!...» imponente,
universal que sonó en el ámbito de la sala como si abriéndose las puertas, la hubiese cruzado
de pronto una gran ráfaga de viento.
-«¡Hum! -empezó Andrés con un gesto de mal augurio-, parece que el aumento de precios
va haciendo su efecto...
-¿Quieren que me arruine, entonces, que yo no viva? ¡Quieren que les dé la crema de los
artistas y no los quieren pagar!...
-También tiene razón vd. en lo que dice... Pero vaya a hacerle entender razones al público...
No le entran ni a garrote; lo sangran y se enoja.
-Natural...
-Ahí van a concluir... -siguió Andrés, llamando la atención del empresario y aplicando el
oído a los ecos perdidos de la escena-, aguarde... a ver si aplauden.
-Francamente, ¡yo soy furioso! -exclamó Solari clavando los ojos en el techo y tirando con
rabia el pucho de su negro.
-Deje de estarse afligiendo antes de tiempo, hombre... mire que es maula vd... Ahora viene
la romanza, espérese, puede que estalle la bomba.
En efecto, al terminar Aida su frase: «numi pietá del mio martir!» el teatro entero, como
sacudido por la descarga de una pila, rompió en aplausos estruendosos, prolongados, repetidos.
-¡No le dije! si el público suele ser como mancarrón bichoco; lo que necesita es que se le
calienten las macetas.
Durante los pasajes de efecto, se mostraba muy ufano. Mientras se cantó el tercer acto, fue y
ocupó la silla del medio.
- XVII -
En la sala de uno de los departamentos del primer piso, ocupado por la diva en el Hotel de
la Paz, una mesa largamente servida había sido preparada.
La caoba de los muebles y la pana mordoré, las cortinas ajadas de un blanco sospechoso, las
cenefas polvorientas, la luna turbia de los espejos, el reloj y los candelabros de zinc, los paños
de crochet, la alfombra sucia y escupida, todo ese tren inconexo y charro de ajuar de hotel,
hasta el papel desteñido, desprendiéndose de las paredes por las esquinas, arriba, parecían
afectar un aire alegre de fiesta en la profusa iluminación de la vasta pieza.
Venían después, pêle-mêle, Grassi, los demás artistas de la compañía y algunos italianos
amigos de Solari.
El obsequio ofrecido por Andrés a la Amorini, expuesto en una de las cabeceras del salón,
monopolizaba las miradas, fue, durante los primeros momentos, el tema obligado de la
conversación.
Sobre un simple pie de boj, una cinta volante de violetas. En medio, las iniciales de la
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artista. Las letras eran de camelias blancas; los puntos, dos enormes solitarios de brillantes.
Gorrini, placentero, explicaba, insistía en alta voz sobre los detalles, elogiaba el exquisito
gusto de la idea; los hombres y las mujeres contemplaban atraídos.
El fuego de su mirada negra se velaba por momentos, su boca, malamente contraída en una
tiesura de los labios, en vano se esforzaba por mostrarse risueña y complacida.
Y las piedras brillaban como dos pedazos del sol entrando por el agujero de una llave...
Andrés, sin detenerse en aquella muda escena, sin que se le ocurriese sospechar siquiera las
impresiones que agitaban a su vis-a-vis, tranquilamente había empezado a tomar unas
cucharadas de caldo.
De pronto, sintió que un pie tocaba el suyo, como solicitando su atención. La Amorini,
inclinada, murmuraba disimulando sus palabras:
-¿Sufre?... ¿por qué? -preguntó Andrés ingenuamente, del todo ajeno a las pequeñas
miserias de aquella guerra entre mujeres.
-¿Por qué? Nada más que porque Vd. ha tenido la fineza de ser galante conmigo y ella, ¡la
pobre! no ha recibido ni una flor. Porque es así no más, porque es mala y porque me odia.
Se habló, naturalmente, de teatros y de artistas. Todos eran malos, detestables, infames, con
excepción de los presentes.
Solari, muy formal, aseguró que él había tenido el talento de reunir la flor y nata de los
cantores.
La Scala y Colón eran hoy las dos primeras escenas líricas del orbe; Buenos Aires, el
Petersburgo del arte musical.
Se insistió acerca del éxito soberbio del estreno, bebiéndose a él muchas copas de
Champagne.
La interpretación del papel de Aida fue objeto, por parte de los amigos italianos, de
felicitaciones ardientes y entusiastas, que la Amorini, indolentemente apoyada al respaldar de
su silla, se dignaba acoger con una benévola sonrisa de satisfacción en los labios.
Su boca entreabierta, mostrando el esmalte blanco y húmedo de los dientes, era una
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irresistible tentación de besos, sus ojos cansados, ojerosos, un manantial de lujuria.
Algo como el acre y capitoso perfume de las flores manoseadas se desprendía de toda su
persona.
Pero Andrés, para quien las palabras de la prima donna habían sido una especie de alerta,
halagado en su amor propio, a la vez que estimulado por la belleza tosca y vulgar de la
contralto, directamente había empezado a responder a las marcadas insinuaciones de que se
veía objeto, diciéndose que no era en suma de despreciar aquel macizo pedazo de carne.
Sin amor, sin querer, sin poder tenerlo, apenas movido por un débil interés carnal, esa y la
otra y todas eran lo mismo.
Buscaba solo en el favor de las mujeres, de cualquiera mujer, una mera distracción, una
tregua, siquiera fuese pasajera, al negro cortejo de sus ideas, al tormento de su obsesión moral.
Avezado, por lo demás, hecho a ese género de empresas, iniciado en todos los secretos
resortes del amor ligero, llevaba a tambor batiente su campaña.
Mientras, dueño del campo por un lado, enredaba entre las suyas las piernas de la soprano,
arrojaba a la contralto el dardo agudo de sus miradas, derramaba sobre ella como un fluido
misterioso, el irresistible hechizo de sus ojos, cuya elocuencia muda encerraba un mundo de
promesas.
-D'uno spergiuro non ti macchiar, prode t'amai; non t'amerei spergiuro! -lanzó la primera
de aquellas dos mujeres modulando rabiosamente la frase del maestro, haciendo vibrar en su
voz todo el profundo acento de despecho de que en ese instante se sentía dominada:
-Brava, brava! -exclamaron los otros en coro, extraños a la causa de aquella insólita
explosión, y creyendo en una reminiscencia de artista orgullosa de su triunfo-, magníficamente,
prosiga Vd. señora Amorini.
-¡Cómo es eso de prosiga Vd.! -intervino Solari con viveza, haciendo pesar sus derechos de
empresario-, niente affatto! mañana hay función.
-Ya que el señor Solari se opone a que yo cante, toque Vd. señorita Machi, Vd. que es una
completa profesora en todo -dijo entonces la prima donna apoyando con marcada intención
sobre la última palabra.
Luego, mientras los invitados dejaban sus asientos y, en grupos, rodeaban el piano, donde la
contralto correctamente había empezado a preludiar, estrechando a Andrés bajo el arco de una
ventana:
-No quiero -dijo la Amorini con voz precipitada y seca-, que vuelva Vd. a mirar a la Machi
como lo acaba de estar haciendo.
-¡Yo, señora!
-Y bien, suponiendo que así sea -repuso Andrés sin rodeos, decidido a tomar la plaza por
asalto, a sacar partido del estado de nerviosa exaltación en que se hallaba la artista-, si accedo a
lo que me pide, ¿qué me va a dar Vd. en cambio?
-¿Y mi marido?
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-Despídalo con un pretexto cualquiera.
-¿Adónde?
-Mire, tenga confianza en mí. Mañana, a la hora que Vd. me indique, un carruaje la va a
aguardar allí, a la vuelta, frente a la pared del convento -dijo Andrés designando la calle de
Reconquista.
-Pasado mañana, sea -exclamó ella como resolviéndose de pronto, después de un momento
de vacilación y de duda.
-Pero, ¿me promete, no es verdad, me jura ser mío, exclusivamente mío? -insistió
apretándole la mano con pasión.
-Se lo juro.
- XVIII -
En la calle de Caseros, frente al zanjeado de una quinta, había un casucho de tejas medio en
ruina.
Sobre la madera apolillada de sus ventanas toscas y chicas, se distinguían aún los restos
solapados de la pintura colorada del tiempo de Rosas.
Sin salida a la calle, un portón contiguo daba acceso al terreno cercado todo de pared y
comunicando con el cual tenía la casa una puerta sola.
Por ella, se entraba a una de las dos únicas habitaciones del frente, cuyo interior hacía
contraste con el aspecto miserable que de afuera el edificio presentaba.
Era una sala cuadrada grande, de un lujo fantástico, opulento, un lujo a la vez de mundano
refinado y de artista caprichoso.
Alrededor, contra las paredes, cubiertas de arriba abajo por viejas tapicerías de seda de la
China, varios divanes se veían de un antiguo tejido turco.
Acá y allá, sobre pies de ónix, otros mármoles, reproducciones de bronces obscenos de
Pompeya, almohadones orientales arrojados al azar, sin orden por el suelo, mientras en una
alcoba contigua, bajo los pesados pliegues de un cortinado de lampás vieil or, la cama se
perdía, una cama colchada de raso negro, ancha, baja, blanda.
Al lado, el cuarto de baño al que una puerta secreta practicada junto a la alcoba conducía,
era tapizado de negro todo, como para que resaltara más la blancura de la piel.
Sobre uno de los frentes, un gran tocador de ébano mostraba mil pequeños objetos de
toilette: tijeras, pinzas, peines, frascos, filas de cepillos de marfil.
Pero como la prima donna, que en él llegaba, recelosa ante el aspecto poco hospitalario de
aquel sitio, mirando con desconfianza titubeara:
Por fin, después de haber entornado los postigos al pasar cerca de la ventana, delicadamente
tomó aquel de la cintura a la Amorini y la sentó en un diván.
Entonces, con aire pesaroso, en un aparente tono de tristeza, como si arrepentida de lo que
había hecho, un remordimiento la asaltara:
-¿Qué va a pensar Vd. de mí -empezó ella desviándole la mano con dulzura-, qué va a
creer? Va a figurarse sin duda que yo soy como las otras, como una de tantas mujeres de
teatro...
Un beso audaz, traidor, uno de esos besos que se entran hasta lo hondo, sacuden y desarman
a las mujeres, cortó de pronto la palabra en los labios de la artista.
Andrés continuó besándola. Le besaba la cara, las orejas, la nuca, le chupaba los labios con
pasión, mientras poco a poco, sobrexcitándose él también, en el apuro de sus dedos torpes de
hombre, groseramente le desprendía el vestido, hacía saltar los broches rotos del corsé.
Débilmente entretanto se defendía, con la voluntad secreta de ceder, oponía apenas una
sombra de resistencia.
Sin violencia la prima donna se dejó arrastrar hasta la alcoba. Los dos rodaron sobre la
cama.
Él seguía despojándola del estorbo de sus ropas. Ella ahora le ayudaba. Enardecida,
inflamada, febriciente, arrojaba lejos al suelo la bata, la pollera, el corsé, se bajaba las enaguas.
Era un fuego.
Arqueada, tirante en la cama, encendido el rostro, los ojos enredados, afanoso y corto el
resuello, abandonaba a las caricias locas de su amante, su boca entreabierta y seca, la comba
erizada de su pecho, su cuerpo todo entero.
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-Más... -murmuraba agitada, palpitante, como palpitan las hojas sacudidas por el viento-,
más... -repetía con voz trémula y ahogada-, te amo, te adoro... más... -ávida, sedienta,
insaciable aun en los espasmos supremos del amor.
- XIX -
No era, como al principio, de tarde en tarde, si sus tareas del teatro llegaban a dejarla libre,
en las noches en que no le tocaba cantar, cuando los ensayos no reclamaban su presencia.
Era todos los días, durante horas enteras, siempre, sin descanso, una fiebre, un arrebato, una
delirante orgía, una eterna bacanal.
-¡Cuánto más fácil es hacerse de una mujer que deshacerse de ella! -pensaba un día,
mientras recostado sobre uno de sus codos, arrojando el humo de un cigarrillo, fríamente
contemplaba a la Amorini en una de sus entrevistas con él.
¡Qué lejos estaba el momento en que el cuerpo de su querida, ese cuerpo que hoy miraba
con glacial indiferencia, había tenido el lúbrico poder de despertar sus deseos adormecidos!
Y recordó la noche del debut, los detalles de la escena en el camarín de la cantora, las frases
tiernas, las miradas, los dulces y expresivos apretones de mano cambiados en los silencios
elocuentes del principio.
La veía sentada como ahora enfrente de él, envuelta entre los pliegues caprichosos de su
fantástico traje, mostrando el mórbido y provocante contorno de su pierna, su pie pequeño y
arqueado, cuyos dedos, como dedos desnudos de mulata, tan extrañadamente habían llegado a
conmoverlo.
¿Por qué, qué causa había podido determinar en él tan rápida transición?
¿Era el suyo uno de tantos tristes desengaños, la realidad brutal, repugnante a veces,
descorriendo el velo de la fantasía, disipando el misterioso encanto de lo desconocido?
No. Joven, linda, apasionada, ardiente, rodeada como de una aureola del prestigio de la
escena, qué más podía pedir un hombre como él a su querida.
En su ardor, en su loco afán por apurar los goces terrenales, todos los secretos resortes de su
ser se habían gastado como se gasta una máquina que tiene de continuo sus fuegos encendidos.
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Desalentado, rendido, postrado, andaba al azar, sin rumbo, en la noche negra y helada de su
vida...
Y la idea del suicidio, como una puerta que se abre de pronto entre tinieblas atrayente,
tentadora, por primera vez cruzó su mente enferma.
Matarse...
Sí, era una solución, una salida, un medio seguro y fácil de acabar...
La enorme masa de su cabellera desgreñada y suelta, había caído como una negra túnica de
pieles en derredor de su talle, se peinaba.
-¿Qué proyecto? -hizo Andrés maquinalmente arrancado a sus tristes reflexiones por la voz
de su querida.
Esa noche había función, era el 25 de Mayo y por primera vez en el año se cantaba «Los
Hugonotes».
Ella iría al teatro temprano: él por su lado iría también, entraría y, antes de que encendieran
las luces, se metería en su palco sin ser visto.
-¿Y?
-¿Y, no comprendes? Es bien sencillo, sin embargo, correré a darte mil besos, tendré la
inmensa dicha de ser tuya un instante más, en secreto, entre las sombras, como dos enamorados
que se aman por primera vez. ¡Qué buena farsa para los otros!... ¡Lástima, de veras, que no esté
el teatro lleno! -agregó soltando el alegre estallido de una carcajada-. ¿No te parece original y
tierno y poético a la vez?
-Un desatino... ¿y por qué? -se apresuró a protestar la artista volviendo de la pieza contigua
y sentándose sobre el borde de la cama, junto a Andrés.
-Porque pudiendo vernos aquí libre y tranquilamente, no sé por qué nos tomaríamos la
molestia de ir a hacerlo en el teatro u otra parte.
-Y bien, suponiendo que así sea...¿no puedo tener un capricho, por ventura, un antojo, y si
quiero yo...? ¡Qué te cuesta complacerme, complacer a tu mujercita que tanto te ama!... -
insistió con caricias en la voz, mimosamente, inclinada sobre Andrés, pasándole la mano por el
pelo y envolviéndolo en su aliento tibio.
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-¿Quién, si no hay nadie en el teatro a esa hora?
-¡Oh! mi marido... no te preocupes por tan poco: no estorba, ese. Está siempre muy ocupado
cuando yo voy al teatro; come a la seis.
-Qué, tendrías miedo, serías un cobarde tú... -prosiguió mirando de cerca a su querido,
fijamente, con la marcada intención de herirlo.
- XX -
Después de haber llovido todo el día, una de esas lluvias sordas, en uno de esos días sucios
de nordeste, el pampero, impetuosamente, como abre brecha una bala de cañón, había partido
en mil pedazos la inmensa bóveda gris.
Las nubes, como echadas a empujones, corrían huyendo de su azote formidable, mientras
bajo un cielo turquí, reanimada por el aliento virgen de la pampa, la ciudad al caer la noche,
parecía envuelta en un alegre crepúsculo de aurora.
En masa, como las aguas negras de un canal, iba a derramarse a la plaza de la Victoria,
desfilaba a ver los fuegos.
Fiel a la tradición, el barrio del alto invadía las galerías de Cabildo, la Recoba, las veredas.
Abajo, entre el tumulto, los italianos de la Boca, encorbatados, arrastraban a sus mujeres,
cargaban a sus hijos.
Insensible al encanto de las fiestas populares, antipático al vulgo por instinto, enemigo nato
de las muchedumbres, Andrés penosamente iba cruzando por lo más espeso del montón.
No obstante su descreimiento, su manera de encarar las cosas y la vida, se decía que algo
más soñaron acaso merecerse los revolucionarios argentinos, que lo que, en la exacerbación
violenta de su espíritu, calificaba de indecente mamarracho.
Sin detenerse, siguió Andrés por el zaguán, desierto en aquel instante y negro, como una
cueva.
Allá, solamente, en el fondo, a media luz, un pico de gas pestañeaba en la corriente de aire.
Mientras iba avanzando y cerca ya de la escena, le pareció que un rumor llegaba hasta él.
Apurado, sin mirar, dio vuelta y entró a su palco donde poco después se le fue a reunir la
primadonna:
No hablaron más.
Y las escenas de la calle de Caseros, en el gran silencio del teatro despoblado, tornaron a
repetirse.
Era Gorrini que interpelaba a la sirviente, la que sin saber qué contestar, tartamudeaba.
-¿Busca vd. a su señora, señor Gorrini? -exclamó esta en un tono incisivo de ironía, con
inflexiones perversas en la voz. Y sin dar tiempo a que el otro contestara-. Me parece que la he
visto entrar allí -agregó saliendo al pasadizo y apuntando al palco de Andrés.
-¡Ah!.. -se limitó a hacer el marido y, comprendiendo, llevó el cuerpo hacia adelante con
ademán de retirarse.
Pero bruscamente se detuvo, pareció reflexionar y ante una sonrisa que fue un chuzazo en
boca de la contralto, estrechado, entre la espada y la pared, estalló al fin e hizo una escena.
Llamó, gritó, pateó, entró al camarín, volvió a salir, corrió por último a golpear la puerta del
palco:
-Dónde está mi mujer. Marietta... Marietta... abran, corpo della madonna!... ¿no hay nadie
aquí?...
Irritado a pesar suyo, sin querer estarlo, sin darse cuenta de que lo estaba, mareado,
entusiasmado como se entusiasman los cobardes, al eco guerrero de su propia voz, sacudía la
puerta con violencia.
-¿Mi mujer?...
-¡A mí me pregunta por ella! Explíqueme más bien con qué derecho se permite vd. venir a
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meter las narices donde nadie lo llama.
-Busco a mi mujer...
-¡Y qué tengo yo que hacer con su mujer! Vaya a buscarla a otra parte, si se le ha perdido.
Todo parecía, pues, concluir allí, el peligro haber sido conjurado, cuando en mala hora para
la primadonna, el marido, al volverse, alcanzó a verla cruzar corriendo el escenario.
Dominada por el miedo, confundida, había abierto la reja creyendo poder escapar por ese
lado:
-Salga -le dijo queriendo por lo menos evitar el escándalo en el teatro-, venga conmigo, nos
explicaremos afuera.
Tuvo entonces una idea: ir al Café de París donde sus amigos comían, y encargar a alguno
de ellos del asunto.
- XXI -
-Pues señor, esto si que está gracioso, le soplas un par de bravos cuernos y, como si no le
bastara al infeliz, ¡pretendes ahora agujerearle el cuero! -dijo uno de los de la rueda, el
conocido más viejo y más íntimo de Andrés, una antigua camaradería de colegio-. Háganme
vds. el favor -continuó dirigiéndose a los otros, afectando tomarlo a risa y a juguete-, bonito
papel iba a hacer su excelencia, lucido iba a quedar saliendo a romper lanzas en descomunal
combate, ¡nada menos que con todo un señor primodonno!... No te faltaba otra cosa para
acabar de acreditarte ante el respetable público... Hombre, hombre, si eso ni decente es, ni
serio, ni racional siquiera.
-¿Has comido?
-No.
-Claro, pues, estás hablando de hambre... Atempérese S. E. tome asiento, coma y déjeme
hacer. Ya verás cómo sin necesidad de que corra ni tampoco una sola gota de sangre, te arreglo
yo el negocio en tres por cuatro. Gorrini es mi grande y buen amigo; respondo de todo.
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-Aquí no hay más arreglo ni más nada que romperle el alma al tipo ese.
Él se obstinaba, rabioso, con una expresión arisca en la mirada, presa de una sorda
crispación nerviosa.
Al fin, de mala gana, obsedido, acabó por consentir. Pero era valor entendido que, no solo
no daba explicaciones, sino que por el contrario las exigía por haber tenido el otro la audacia y
la insolencia, decía, de ir a golpearle el palco.
- XXII -
Una hora más tarde, el oficioso interventor cruzaba la calle, subía las escaleras del «Hotel
de la Paz» y llamaba a la puerta de Gorrini:
-Conozco, señor -empezó por declarar a éste muy serio, después de un expresivo y
silencioso apretón de manos-, el desgraciado incidente de la tarde.
Debo agregar que Andrés, muy prevenido contra vd., ignora por completo el paso que me
he permitido dar.
Si aquí he venido, es tan solo obedeciendo a inspiraciones propias y en el deseo de evitar las
deplorables consecuencias a que, mal interpretado, podría arrastrar un acto de su señora,
impremeditado, indiscreto si se quiere, pero perfectamente correcto en sí mismo.
-¡Oh, señor! -hizo Gorrini muy digno, alzando el brazo en un elocuente gesto de protesta.
Sí, cierto, tenía mil veces razón, las apariencias condenaban a Andrés y a la Amorini y sin
embargo nada más natural, nada en el fondo más sencillo ni más fácil de explicar, que lo que
entre ambos había pasado.
La serenidad y la calma cuadraban bien en ciertas situaciones de la vida, la pasión solía ser
un pésimo consejero, las cosas más vulgares y más simples bastaban muchas veces a poner de
manifiesto lo que, en un primer momento, podía ofrecerse al espíritu ofuscado, afectando
caracteres y colores muy diversos...
-Pero, en fin, señor, ¿qué es lo que quiere vd. decir... podré saberlo? -interrumpió Gorrini
dando visibles muestras de impaciencia.
-Esto, sencillamente, y me consta, porque jamás tuvo Andrés secretos para mí y porque soy
su íntimo amigo. Si algo pues existiera entre la señora Amorini y él, yo sería el primero en
conocerlo.
Había dispuesto ciertos arreglos en su palco. Yendo a comer al café de París, de paso, se le
ocurrió ver lo que había hecho el tapicero y entró al teatro.
Mientras abría el palco y desde la puerta de su camarín atinó a distinguirlo la Amorini que
en ese instante acababa de llegar.
Después, era tarde ya; volver sobre la imprudencia cometida habría sido declararse
delincuentes sin razón.
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¿Qué hacer, cómo salvarla, cuál era deber de Andrés?
Claro, negar que allí estuviera. No le quedaba otro camino y fue lo que hizo.
Los dos, perplejos, habían bajado la cabeza, evitaban el encuentro de sus miradas.
Luego, con paso agitado y seco, púsose a caminar largo a largo por el cuarto, empezó a
lamentarse en altavoz.
Todo era inútil, todo para él había concluido en el mundo, el terrible golpe que acababa de
sufrir lo dejaba postrado para siempre, la infame lo había hecho eternamente desdichado, en un
momento había echado por tierra sus mas gratas ilusiones, envenenado su existencia, cubierto
su nombre de ignominia, lo había traidoramente escarnecido, deshonrado, a él, un noble, un
conde, un hijo de ilustre raza, a él que todo le abandonara, porvenir, familia, patria, que todo
sacrificara por ella... y tanto y tanto que la había querido... ¡infame, infame, infame!...
- XXIII -
Que el buen nombre de su teatro, la reputación de sus artistas, sufría con todo aquello, que
la historia, corregida y aumentada, corría ya de boca en boca, que la compañía se desacreditaba
a los ojos del público, y que quien, en fin de cuentas, salía perdiendo, era el empresario.
Se preparaba a quebrar con Andrés, a recibirlo con una piedra en cada mano.
No quería saber más nada, tener tratos ni contratos con él; estaba cansado de que, de puro
bueno, lo explotaran.
Inquieto y movedizo como una fiera enjaulada, esperaba a Andrés en la sala de la Empresa.
Al ver que, una vez terminada la función, salía este con la prima donna, fue y se les puso
por delante:
-Quisiera decirle una palabra, Andrés, -prosiguió con reserva el empresario-, ¿vd. permite
señora Amorini?...
-Faccia pure...
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Se lo llevó aparte y en voz baja:
-Hace mal en andar con esta. He hablado con Gorrini, yo no respondo de nada si se
encuentran... Se lo aviso como amigo, no vaya a suceder alguna desgracia, sea prudente, el
hombre está furioso, ¡es una tigra!...
-¿Tigra dice? -exclamó Andrés soltando una carcajada-, ¡diga más bien un carnero!...
Y volviendo a tomar del brazo a la cantora, a la vista y paciencia de todos salió con ella y se
la llevó a dormir a su casa.
- XXIV -
Sin dotes, sin talento, sin esos arranques secretos y misteriosos del alma, sin esa exquisita
susceptibilidad nerviosa que enciende la chispa inspiradora, el fuego a cuyo calor brotan y se
abren bajo otro cielo las sensitivas sublimes del arte, cantaba como cantan los bachichas, por
oficio, porque sí, probablemente porque habiendo abierto la boca un día, descubrió que tenía
voz.
En «Lucrezia», se abocaba furiosa con Maffio y con los otros, al pronunciar la frase:
Nessuno in questa sala...
Repetía las cosas al revés, como lora, no le daba, no caía, no entendía, ¡era decididamente
una bruta!...
Y hasta era fea: tenía los ojos metidos en la nuca, la punta de la nariz medio de lado, las
orejas mal hechas, la boca grande, los brazos flacos y las piernas peludas, como piernas de
hombre.
Todo en ella había concluido por darle en cara, por cargarle, le chocaba, lo exasperaba.
Sus gestos, su figura, sus palabras, el eco de su voz, su modo de sentarse, de estar, de
caminar.
Además, era zurda y le daba por querer hablar en español, por llamar a Andrés anquel mío,
marrido mío, querrido mío y por preguntarle si él también la amava, de noche, en la cama.
¿Qué ganaba con vivir, para qué servía?... llegaba a exclamar acariciando más y más la idea
de acabar por pegarse un tiro, familiarizado ahora con ella.
Sí, desahogar su rabia por algún acto salvaje de violencia, vengarse de su suerte en su
querida...
Solari iría a abrir el teatro en Río Janeiro; tarde o temprano se vería libre de ella.
- XXV -
Buscaba entretanto mil pretextos para poder alejarse de su lado, le rehuía, mintiendo
ocupaciones y quehaceres, trataba de pasar sus días fuera del hotel.
Exclusivista intratable, nada admitía que no fuera de su escuela, para él, no había más Dios,
ni más santos que los suyos.
Quería que se cortara por lo sano, en carne cruda, verdad, realidad, vida.
Lo demás, era como asistir a una función de títeres, espectáculo bueno para idiotas y
muchachos.
Apenas, de tarde en tarde, le era dado saborear algún primor, la última novedad, el último
rasgo de alguno de los maestros.
Una vaga y misteriosa melancolía parecía flotar, en la atmósfera de aquella casa inhabitada
de soltero. Dominaba una impresión de soledad, de tumba, entre aquellos muros encerrados;
los muebles severos, viejos, lóbregas, oscuras las alfombras, las colgaduras sombrías, las
tapicerías antiguas de Beavais desvanecidas, sin color, como ostentando en sus tintas
desteñidas las canas de su edad.
Los altos de diarios, alineados sobre la larga mesa de la sala de lectura, solían tentarlo
alguna vez. Los abría, trataba de recorrerlos; pero bruscamente los hacía luego a un lado
arrugando el papel con un gesto de impaciencia; se ocupaban solo de política y la política -un
mercado de conciencias en la plaza de la República- le había inspirado siempre la repugnancia
más franca y más cordial.
Aquel ridículo etalaje, aquella rueda de gente en coche, yendo y viniendo, girando
apeñuzcada entre polvo, impensadamente despertaba en él la idea de un remolino de hacienda
resabiada.
Los cocheros de bigote eran su bestia negra, no los pasaba, no los podía sufrir...
Se volvía.
Durante la función, por verse libre de tener que mirar a la Amorini y por no oírla, se metía
en el escritorio de la Empresa; bebía cerveza y hasta fumaba negros con Solari.
Pero a Solari ahora, le había dado por burlarse de él, lo miraba con cara de risa y le
palmeaba familiarmente las espaldas, diciéndole: mi primodonno.
Irritado, exacerbado, salía entonces a la calle, iba a otros teatros, estaba diez minutos y se
mandaba mudar dado a los diablos, renegando contra las empresas, llamando perros a los
artistas.
Caía al Club después de media noche, al baccara su gran recurso. Pasaba horas enteras
sobre la carpeta viviendo la vida artificial del jugador, excitado, nervioso, febriciente,
perdiendo lo que no podía perder, pagando un olvido momentáneo al precio loco de los últimos
restos de su haber.
Se levantaba al fin, mareado, abrumada la cabeza, los ojos sumidos y vidriosos, seca la
garganta, oprimido el pecho, sediento de aire.
Eran, entonces, las largas caminatas, sin plan ni rumbo, al través de la ciudad
desenvolviendo el recto y monótono cordón de sus calles solitarias, la sucesión interminable de
sus casas saliéndole al encuentro, como mirándolo pasar en la muda indiferencia de sus
postigos cerrados.
Las mismas acerbas sugestiones de su mal, más negras, más dolorosas cada vez, como
recrudece el dolor en las crisis de las enfermedades sin cura a medida que la muerte avanza.
Y al respirar el aire fresco y puro de la noche, las ráfagas del viento de tierra con olor a
campo y con gusto a savia, se sentía de pronto poseído por un deseo apremiante y vivo:
volverse. Una brusca nostalgia de la Pampa lo invadía, su estancia, su libertad, su vida
soberana, fuera del ambiente corrompido de la ciudad, del contacto infectivo de los otros, lejos
del putrílago social.
Pero el recuerdo de Donata encinta de él, la idea de que un hijo, un hijo suyo iba a ser el
fruto de sus tratos con aquella desgraciada, penosamente entonces trabajaba su cabeza enferma,
lo afectaba.
¡Engendro del azar, obra de un capricho fugaz, de un antojo brutal en una hora de extravío,
por qué nacía, a qué venía trayendo en la frente la marca impura de su origen!
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Y un sentimiento complejo lo agitaba, hecho de dolor, de vergüenza, de pesar, donde se
mezclaba ese secreto orgullo de la generación, el grito de la naturaleza vencedora llenando
implacable y fatalmente su tarea, donde la voz ciega del cariño, de un cariño inmenso, infinito,
acababa por estallar en él venciendo la resistencia de humanas preocupaciones, acallando sus
alarmas, conmoviendo extrañamente todas las ocultas fibras de su ser.
Sobre todo, era hijo suyo, él lo impondría... El mundo, soberbio y cruel con los de abajo, era
servil y ruin con los de arriba.
Un nombre, una fortuna, oro, eso bastaba, eso abría de par en par todas las puertas, daba
todo: honra, talento, probidad, reputación, fama, respeto, todo lo allanaba, todo lo brindaba,
llevaba hasta la alcoba de la virgen.
Su orgullo luego se abatía, un desaliento lo postraba. ¿Quién era él para lanzar el anatema
de su desdén sobre los otros, de dónde sacaba su influencia, su prestigio?
¡Qué rumbos había seguido, qué rastros había dejado, qué cosa había hecho en toda su vida,
buena, digna, noble, útil, sensata siquiera!...
Y hablaba de su hijo, de formarlo y educarlo... ¡Infeliz! el hecho solo de tener por padre a
un bellaco como era él, bastaba para hacer la desesperación y la desgracia de cualquiera...
Su situación de fortuna, el estado más difícil cada vez de sus recursos, recargando el cuadro
de sombras negras, aumentaba la amargura de esas tristes horas de abstracción.
Él que no se había preocupado jamás de esas miserias, él que había vivido habituado a ver
en el dinero solo un dócil instrumento de placer, que lo había arrojado siempre a manos llenas,
sin contar, se sublevaba ahora ante la idea de la pobreza, se la reprochaba como un crimen...
Pocos días antes, por llenar sus compromisos haciendo honor a su palabra, cantidades
perdidas al juego, noche a noche, en el Club, se había visto en la necesidad de hipotecar su
estancia, lo único que de su herencia le quedaba.
Sus gastos, sus carruajes, sus caballos, su querida regiamente mantenida por él, todo ese
lujoso tren de vida, devoraba por otro lado fuertes sumas.
- XXVI -
«Marietta:
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»Aborrezco las despedidas.
»Las reputo un inútil sufrimiento, como un lujo de dolor, como enterrarse uno más una
espina, o un puñal.
»Condenada a vivir rodando por el mundo como bola sin manija, te conviene un hombre.
Aunque sea un hombre de paja como tu marido.
»Perdona los disgustos que te he causado; mis genialidades, mis arranques, mis rarezas, y si
algo te ha de quedar de mí en el corazón, trata de que sea un poco de lástima, antes que de
aversión o de despecho.
»¡Y a los infiernos abanico que se acabó el verano! -hizo Andrés como quitándose de
encima un peso enorme.
Firmó, metió el papel junto con veinte billetes de mil francos en un sobre y llamó al
sirviente:
Luego, sin perder un solo instante, atareado, con el nervioso apuro de un colegial en
vacaciones, empezó a hacer su maleta.
Agarraba lo primero que le caía a mano, las medias, las camisas, los calzoncillos, metía
todo al azar, lo arrugaba, lo estrujaba, lo empujaba, lo hacía caber como quien hace caber lana
en los buches de un colchón.
Y con la idea persistente y fija de su hijo, devorado por la fiebre del deseo, en el ardiente
anhelo de ver, de saber, sin poder esperar más, queriendo acercarse cuando menos, ya que lo
era imposible llegar el mismo día, cinco minutos después corría a tomar el tren sabiendo que
iba a tener que dormir en el camino.
- XXVII -
Pasó la noche sentado sobre una silla en una de esas piezas de hotel de pueblo de campo,
roñosas y pulguientas, mirando la cama con horror, hirviendo en chinches probablemente, sin
querer acostarse ni aun vestido.
Al través de los tabiques de lienzo, llegaba hasta él el áspero ronquido del sueño de sus
vecinos. Un olor acre a pucho de cigarrillo del país había filtrado por las grietas del papel,
apestaba el cuarto, mientras remolineando en tomo de su cabeza sin cesar, una nube
hambrienta de mosquitos dejaba oír su chirrido exasperante.
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Sin un relámpago, sin un trueno, en la tristeza gris de un cielo bajo y chato, las nubes
pasaban corriendo del sudeste; hacía frío.
Los peones, llegados desde el día antes del establecimiento de Andrés y levantados ya, se
ocupaban en enganchar el carruaje, una especie de silla de posta ancha con pescante, tirada a
cuatro caballos:
-¿Y, alcanzaremos a ponernos en el día? -dijo Andrés dirigiéndose al que hacía cabeza.
-¡Quién sabe patrón! Los caminos han de estar pesados y los arroyos crecidos. Ha llovido
fuerte toda la noche.
Repentinamente tuvo una idea: preguntar; ellos eran de la estancia, debían saber, podría
salir de dudas así.
Pero una secreta repugnancia lo detuvo, un inconfeso pudor de poner en boca de aquella
chusma lo que tan de cerca le tocaba.
Una sonrisa, una palabra de comentario osada o desmedida, lo habría herido como un ultraje
brutal, como una profanación de lo que en los trasportes de su soñado afecto, consideraba ya
sagrado para él:
-Aten de una vez y péguenle sin lástima... Aunque revienten los mancarrones y quede el
tendal por el camino, quiero llegar hoy a la estancia -se limitó a agregar entonces secamente,
volviendo a dar orden al sirviente que cargara su valija.
Por entre los cristales empañados, Andrés al salir a campo abierto, tendió la vista.
El campo era un mar, las lagunas desbordadas se juntaban; desde lo alto de la loma cuya
cima desenvolvía la cinta negra del camino semejante a un puente sin fin, solo las poblaciones,
los montes de las estancias alcanzábanse a distinguir como islas a lo lejos.
Ni un caballo, ni una vaca; ni un pájaro, tras de la inmensa cortina de agua sacudida por el
azote furioso del sudeste, descolgándose a torrentes, como empeñada en llenar el aire después
de haber cubierto el suelo:
-¡Día cochino, solo esto me faltaba! -murmuró Andrés hablando solo, exasperado y rabioso
ante la pérdida de tiempo que la lluvia le originaba, en presencia de ese nuevo obstáculo
opuesto como de intento al colmo de sus deseos.
Luego, bruscamente, acostándose a lo largo de los asientos, recogió las piernas y se echó
encima una manta de viaje.
Sentía el cuerpo dolorido, entumecido, por la noche sin descanso que había pasado en el
hotel.
- XXVIII -
43
Era grande su hijo, grande y poderoso.
Había vencido, había llegado, oprimía con orgullosa planta las alturas, las masas
subyugadas lo endiosaban, tenía en su mano el cetro de los genios.
Pero incoherente luego, informe, como se borran las imágenes en un teatro de sombras
chinescas, la luminosa visión se disipaba envuelta en las caprichosas redes de la fantasía, y de
la vaga y opaca nebulosa provocada por el sueño en el cerebro de Andrés, repentinamente un
monstruo se desprendía.
Los músculos tirantes, inyectadas las venas del pescuezo, como a extremo de reventar bajo
la piel amoratada y fofa, en el enorme esfuerzo, un sonido inarticulado atinaba solo a salir de
su garganta, estridente, agrio, semejante al grito avieso de la lechuza.
Luego, más allá, en un claro, aparecía de nuevo, saltaba, era un escuerzo ahora, se hinchaba,
se agrandaba; los otros se echaban sobre él, se empeñaban en aplastarlo a tacazos.
La impresión de aquella piel pustulosa y fría de reptil en contacto con su piel, todo entero lo
erizaba, la rechifla sangrienta, el grito atroz:
-¡Su hijo, su hijo, es su hijo! -como el cintarazo de una verga zurriaba en sus oídos.
Vacilaba, tropezaba, sin saber cómo se enredaba y caía debatiéndose en el suelo presa de
una angustia horrible...
Y la grita mientras tanto se acercaba, atronadora, infernal, semejante al rugido de una ráfaga
de borrasca.
Y todo, todo era mentira. Ni él tenía hijo, ni había existido tal monstruo; el enano, el
chancho, el escuerzo, eran quimeras, vanos delirios de su mente en una hora de pesadilla.
Y soñando al fin que había sido un sueño aquello, acababa por soñar que se encontraba en
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viaje, que se iba a Europa, que estaba a bordo, tranquilamente acostado en su camarote del
vapor.
De pronto, en un balance, creyó que el buque se tumbaba. Sobresaltado, se sentó y abrió los
ojos...
El carruaje acababa de ladearse, sumido hasta la maza en una encajadura vieja de carreta.
- XXIX -
Había escampado.
Una raya de luz partía en dos el horizonte, se divisaba al oeste como un arco iris acostado.
Las nubes, después de descargar su enorme peso de agua sobre el suelo, livianas, se
remontaban. Bajo el espacio ensanchado, la calma empezaba a renacer.
Los gallos, desde las casas, cantaban aleteando; se escuchaba a la distancia el balido de las
majadas; desconfiados, los teros observaban, se hacían chiquitos en lo seco, mientras agarrando
el campo por suyo, las manadas de yeguas, friolentas, con los pelos parados, retozaban entre el
agua.
Medio dormido aún, asomó Andrés el cuello por uno de los cristales:
-Que nos hemos encajado, señor; pero no ha de ser nada, vamos a prender las cuartas.
Y metiéndose los dedos en la boca, el cochero, de pie sobre el pescante, dio un silbido
agudo y prolongado llamando a los dos peones que arreaban la tropilla.
En medio día había andado apenas diez leguas y le faltaban otras diez.
-¡A ver, esas cuartas si se mueven, parecen napolitanos vds.!... -gritó a los de la tropilla que
en ese instante se acercaban.
Largo rato se perdió en sacar el coche. Uno de los caballos, redomón y pesado ya, no tiraba;
lo mudaron. La otra cuarta se cortó en un cimbronazo a destiempo; fue necesario echarle un
nudo, ponerla de dos.
Pronto todo en fin, el cochero desde arriba, revolcando el látigo, animó con la voz a sus dos
yuntas, se oyó el chasquido de unos cuantos rebencazos, los animales hicieron pie, y el
carruaje, en un crujido, como si lo arrancara el tirón un grito de dolor, empezó a moverse
despacio, pesadamente salió de su honda encajadura y el lento viaje pudo continuar.
Más tarde, frente a una pulpería, Andrés quiso dar un resuello a los caballos, dijo a sus
hombres que almorzaran.
Él mismo bajó, recordó que había pasado más de veinte y cuatro horas sin comer,
prefiriendo ese largo ayuno y el pan y el pedazo de queso criollo que le iban a vender, a los
guisos del hotel donde el día antes se había limitado a pedir una taza de café.
Y cerca, a la izquierda, junto a las eses de plata del arroyo, el rancho de Donata coronaba
una eminencia, quebraba en su blanco mojinete los últimos rayos de la luz crepuscular.
Una insólita impresión lo dominaba en presencia de aquel cuadro familiar a sus ojos sin
embargo. Una emoción desconocida y extraña inmutaba su semblante.
Pero, bruscamente, al oír a su lado la voz de uno de los peones, avergonzado dio la espalda.
-Nadaremos.
-¿Y para qué están los caballos? Bájese y présteme el suyo -exclamó Andrés vuelto ya de su
emoción, recobrando un completo dominio sobre él mismo.
- XXX -
Pero, ahí no más, el caballo perdió pie, sumido, arrebatado por la corriente, mientras
dejando Andrés resbalar el cuerpo por un lado, envuelta la mano izquierda en un mechón de
crin, porfiaba con la rienda en la derecha por dar dirección a su montura como prendido a la
caña de un timón.
Andrés sabía nadar, era robusto. Con las piernas, con el brazo que le quedaba libre, se
empeñaba en avanzar, hacía frente a la corriente, le metía hombro, empujaba a su caballo cuya
mole lo oprimía como si de intento el arroyo se lo echara encima.
El animal, medio ahogado, paradas las orejas, el hocico abierto, entrecortado el resuello, se
debatía aturdido, agitaba jadeante sus patas en un galope imposible, resoplando de sorpresa y
de terror al sentir que la tierra le faltaba.
Un instante, los peones que azorados seguían desde la orilla las angustiosas peripecias de
aquel drama, pudieron esperar que Andrés, suspendido y como anclado por una amarra
invisible en el mismo medio del torrente, iba a lograr vencer por fin la fuerza de éste.
Vueltos de una primera sensación de espanto, intentaron los peones socorrer a Andrés.
Menos feliz o menos hábil que el primero, al caer a lo hondo, soltó las riendas, fue llevado
por el agua, varias veces se le vio en la superficie, desapareció otras tantas, allá, lejos,
después... ¡nada!...
Una esperanza quedaba al otro: enlazar a Andrés, ver si podía sacarlo así a la orilla.
A la altura de un brusco recodo del arroyo sin embargo, y cuando aquel hombre desalentado
ya, tristemente se resignaba a ver morir ahogado a su patrón, arrojado éste fuera del cauce por
el empuje mismo de las aguas, fue a chocar contra la costa y allí, en las ansias de la agonía,
manoteando, acertó a enredar los dedos en una mata de juncos.
Largo rato permaneció así, desfalleciente, como muerto, adherido a la mata salvadora por la
simple acción mecánica de sus músculos crispados.
Luego, recobrando a medias el sentido, con la conciencia vaga y confusa aún del peligro
que corría, instintivamente y como a tientas, empezó a arrastrar el cuerpo entre los juncos, en
un esfuerzo supremo, llegó a izarse hasta lo seco.
La noche entretanto había caído; una de esas noches de pampero, diáfana como una chapa
de cristal en blanca y oscilante reverberación de las estrellas.
Chorreando el agua de sus ropas y duro hasta los tuétanos de frío, se encontró Andrés
separado de los otros por el arroyo, solo y a pie.
Pero el temor de que alguno de ellos pereciera lo contuvo, la idea de que iba acaso a
provocar la muerte estéril de un hombre, a sacrificar la vida de un semejante en aras de un
sentimiento de venganza egoísta y ruin.
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¿Qué auxilio podían prestarle, el carruaje, si es que conseguían pasarlo, un caballo?
¡Bah! tenía alientos todavía para irse a pie hasta la estancia, de nadie necesitaba, llegaría
antes así!...
Agachado, divisando, miró atentamente en torno suyo, trató de orientarse por el curso del
arroyo y, adivinando más bien el rumbo en que quedaba su casa, con ese tino admirable de los
criollos resueltamente cortó campo.
Por momentos, retorcido todo entero de dolor, incapaz de dar un paso más, era obligado a
detenerse.
Su ánimo no desmayaba sin embargo. Así que la violencia del espasmo había pasado y no
obstante las matas espinosas, la paja brava y el cardo que le hacían pedazos los pies,
redoblando sus esfuerzos, se volvía a poner en marcha.
De pronto, a corta distancia de él, oyó el ruido de un cencerro. Debía ser una tropilla. Iba a
poder hacerse de un caballo...
Guiado por el sonido se acercó. Era en efecto una de las tropillas de la estancia, habían
dejado maneada la madrina.
Fácilmente, habiendo parado a mano un animal embozalado, hizo riendas del cabestro y
montó en pelos.
Acaso sin ese azar providencial, desesperado y postrado al fin por la fatiga, habría
concluido Andrés por dejarse morir en medio del campo con una maldición en los labios...
- XXXI -
Al tumulto de los ladridos, de esos ladridos ensañados y furiosos de los perros de campo
cuando se acerca gente, los peones, desconfiando que algo extraordinario sucedía, se
levantaron.
Varios bultos salieron, se asomaron de los ranchos, silenciosamente, entre la sombra, a ver...
Y mientras en la puerta de la habitación del mayordomo una luz aparecía, Andrés, rodeado
de la jauría, como llevándose todo por delante, pasó de galope y fue a sujetar en la misma
entrada de su casa:
-Nada, qué me ha de pasar... que su gente es más amarga que los zapallos cimarrones, que
me he azotado al arroyo y que me he salvado gracias a ramas...
-¿Pero, cómo?
-Hágame encender luz arriba y, vd., tenga la bondad de esperarme -díjole Andrés al entrar.
Inquieto y agitado, en cinco minutos se cambió de ropa y bajó de nuevo al comedor donde
Villalba lo aguardaba.
La hora tanto y tan ardientemente anhelada por él había llegado. Le sería dado saber por fin.
Y sin embargo, allí, en aquel instante, pendiente de las palabras de aquel hombre, cuyos
labios iban a rasgar el velo de sus angustiosas dudas, una extraña cobardía, un miedo, una
aprensión ajena al duro temple de su alma, bruscamente lo acometió.
La parición de otoño en las ovejas dejaba algo que desear; tenía señalados unos ocho mil
corderos, apenas; pero había vuelto a echar los padres en Abril, estando en ese entonces el
carneraje alentado todo y con ganas de trabajar, lo que le hacía esperar un resultado mejor para
la primavera.
El frío del otro invierno los había atrasado muy mucho en Octubre.
Lo mismo la del vacuno, se anunciaba bien por hallarse los campos muy lindos y la
hacienda gorda.
Él creía que, salvo el caso de un temporal, Santa Rosa o San Francisco, con la ayuda de
Dios el año iba a ser bueno.
Paseándose intranquilo, parado por momentos frente a la chimenea, los ojos en las claras
llamaradas del fuego que acababa de encender Villalba, Andrés sumido en la preocupación
exclusiva y profunda de su espíritu, escuchaba al empleado sin atender, sin comprender lo que
éste le decía.
Las palabras llegaban hasta él en la acción puramente maquinal de sus sentidos. Iban a herir
su tímpano como un ruido indiferente y vago, como suena en el oído el tumulto confuso de una
calle durante las horas de agitación y de labor.
Y sabiendo que trataba Villalba de la estancia, que se ocupaba en hablar de los intereses
cuya guarda estaba a éste encomendada, mal habría podido decir en el estado de obsesión
moral que lo embargaba, si era favorable o adverso lo que su mayordomo le anunciaba.
Bruscamente, interrumpiéndolo:
-¿Y, nada nuevo entre su gente? -oyó con asombro que él mismo a pesar suyo preguntaba,
como si saliera su voz de lo profundo de un pozo, como si una fuerza prodigiosa, alguien en él
que no era él, ciega y fatalmente lo impulsara.
Mentalmente contó Andrés los meses, los días, recordó la hora de siesta de una de esas
tardes ardientes de Noviembre, el año anterior, en el puesto, cuando por primera vez tuvo a
Donata.
¿Le había mentido por ventura, se había fingido encinta de él, ella misma al anunciárselo se
equivocaba, como se equivocan las mujeres en presencia de ese eterno misterio de la
fecundación?
¿Alarmada, por temor al padre, algo insensato había ideado, alguna yerba, alguna droga,
algún brebaje, había tomado haciéndose abortar?
Una china vieja vivía allí cerca, fuera del alambrado, una especie de partera o curandera;
nada imposible que hubiese ido a verla Donata, que en su estúpida ignorancia, hubiese
cometido por consejo de aquella algún monstruoso atentado.
Perplejo, sin saber qué creer ni qué pensar, se extraviaban sus ideas, su cabeza se perdía en
un dédalo de conjeturas, y experimentando entonces la necesidad de quedarse solo, despidió a
su mayordomo.
Pero éste, al retirarse y cerca ya de la puerta, con el gesto de quien de pronto recuerda algo,
se volvió:
-¿Por qué? -tuvo apenas fuerza para articular Andrés estremecido, sintiendo que lo que aún
le quedaba de sangre en el cuerpo afluía como una oleada a su cerebro.
-Porque anda en la mala el pobre. La hija hizo una trastada; se la embarazaron, libró ahora
días y ha muerto de sobreparto.
Un golpe de maza asestado a traición no habría hecho en Andrés el efecto de estas palabras.
Estupefacto, fulo, inmóvil, toda corriente de vida pareció haberse agotado en su organismo.
-Desde entonces anda sin sombra, el viejo; vd. sabe señor que es hombre aseado en sus
cosas... El bochorno por un lado y por el otro, el mucho apego que le tenía a la muchacha...
Quiere salir del pago; dice que aquí no se resuelve a estar y que se va para afuera con la
nietita.
-¿Vive, entonces?
-¿La criatura? Sí, señor: Ña Felipa, la partera, es quien la tiene desde que murió la madre.
-No señor, creo que lo ignora, que nunca se lo quiso decir la hija. Algún cachafaz, algún
diablo, a la cuenta... No ha de andar lejos que sea el mismo peoncito que tenía.
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Y concluyendo de formular su pensamiento:
-Si éstas patrón son como hacienda -agregó Villalba con gesto de hombre convencido-,
conforme cualquiera las atropella, ahí no más se echan.
-¡El padre de esa criatura soy yo, sépalo vd., sépanlo todos, imbéciles! -vociferó Andrés
fuera de sí, diciendo a gritos su paternidad, como haciendo alarde de proclamarla a voz en
cuello y como si al desvanecer así las sombras acumuladas en torno de la cuna de su hija,
hubiese querido a la vez acallar de un golpe las murmuraciones de los otros, poner una
mordaza a aquella chusma.
-Mañana mismo, temprano, al amanecer, mande vd. atar mi carruaje y que inmediatamente
me traigan a mi hija en él.
Conmovido por el intenso sacudimiento que acababa de sufrir, vaga, extraviada la mirada,
los músculos contraídos, los labios tiesos, desencajado el semblante, con el gesto anonadado de
quien ha visto caer un rayo junto a él, largo rato se dejó estar Andrés de pié en el medio del
cuarto, una vez que hubo salido el mayordomo.
Tiritaba friolento, helado el cuerpo, mientras como al calor de una hoguera sentía que se le
abrazaba la cabeza.
Volvió los ojos hacia el lado de la estufa, se acercó, se agachó, en un ademán de autómata
dio fuego a la leña que en aquella había sido preparada y, de nuevo puesto en pie, empezó a
andar con paso desigual y vacilante por la pieza.
Iba y venía encogiéndose, doblado en dos, dando diente contra diente. Se tanteaba
nerviosamente el pecho, las espaldas, la cintura, paseaba sus dedos agitados y febricientes
sobre los brazos en cruz, se llevaba las manos a la frente, se la apretaba como queriendo
impedir que saltara en mil pedazos, hachada por el dolor.
Al fin, semejante a un hombre que, agobiado bajo el peso de la carga que sus espaldas no
pueden resistir, tropieza y rueda por el suelo, tambaleando, fue a dar contra la cama y cayó
abrumado sobre ella.
Incapaz ya de pensar, de sentir, de sufrir, inerte, un sueño de plomo cerró sus ojos.
Y como si la frágil corteza de la carne, pequeña para tanto, débil para resistir la violencia de
tamaños sacudimientos, se hubiera roto en él, como si la tremenda crisis por que acababa de
pasar Andrés, sus angustias, sus quebrantos, su zozobra, hubiesen determinado un desequilibrio
mortal en su organismo, la vida sensacional pareció abolida de aquel cuerpo; habríase dicho, en
las contracciones repentinas y fugaces de su musculatura, que apenas la otra, la vegetativa
persistía, tal cual persiste en el cadáver de los ajusticiados largo rato aun después de la
ejecución.
- XXXII -
El sol de la mañana siguiente, alto ya, al entrar por la ventana, dando de lleno sobre la cara
de Andrés, lo despertó.
51
Sobresaltado, incorporándose, volvió éste una vaga mirada en torno suyo.
¿Dónde estaba, qué hacía allí, cómo se encontraba entre aquellas cuatro paredes que
contemplaba sorprendido, cuyo interior desconocía en el vivo golpe de luz que lastimaba sus
ojos?
Oprimiéndose la sien con las dos manos, trató de recordar, de coordinar sus pensamientos,
de penetrar en un esfuerzo, en una brusca tensión intelectual, aquel enigma.
Pero un ruido extraño llegó hasta él; desapacible, displicente, semejante al rechino lejano de
un eje de carreta.
¡Eso era su hija, aquel paquete informe de carne hinchada, amoratada, la abertura que
miraba allí, en el medio, redonda, húmeda, encarnada como la boca de una llaga, era una boca,
unos ojos aquellas dos placas turbias, opacas, incoloras, sin expresión ni vida, una voz, un
llanto humano, aquel maullido!...
Hubo una lucha en él. Una curiosidad viva, irresistible, una invencible atracción lo
fascinaba, lo empujaba a mirar a pesar suyo, sin poder dejar de hacerlo, a tener clavados sus
dos ojos sobre aquel cuerpo de recién nacida, raquítico y miserable, mientras, instintiva mente,
una secreta repugnancia, un sentimiento de inconfesa repulsión lo retraía.
Quiso desde luego instalar a su hijita, darle su propio cuarto, su cama, rodearla de todo el
bienestar de que él gozaba, con un apuro, con una instancia aprensiva y solícita de padre
inquieto ya por la salud de sus hijos, temeroso de algún mal, de alguna enfermedad, de algún
peligro, de uno de esos mil diversos accidentes que amenazan de continuo la vida de los niños.
Él mismo encendió la chimenea, ¡pobrecita! el frío podía haberle hecho daño..., abrió los
armarios, puso a disposición de la partera toda la ropa.
Y le entraba un afán, una aflicción, y sentía un sordo despecho contra él mismo, como si
hubiese sido un delito su ignorancia.
Pero, muerta Donata, pensó, era indispensable un ama, tratar de encontrarla por allí, en
último caso, mandarla traer de Buenos Aires.
Se lo dijo a la partera:
-No se aflija, señor, pierda cuidao que no se ha de morir de la nesesidad -repuso ésta.
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-Ya voy viendo -agregó familiarmente, con un aire de majestuosa suficiencia-, que no es
muy prático usté... Si estos angelitos, patrón, de risién nasidos, son como los chingolos, con
una nada se mantienen... ¡Cuándo nunca es bueno, tampoco, en los prinsipios, darles otra cosa
que agüita tibia, hasta que se limpée bien la máquina! Y a chupón no más lo voy criando dende
que fayesió la finada, ¡ánima bendita, Dios la haiga perdonao!
Había acostado a la chiquita sobre el sofá; se ocupaba en acomodar el cuarto, mudó las
sábanas, echó mano de un alto de servilletas para pañales y, mientras atareada iba y venía, con
esa locuacidad criolla, peculiar a las comadres de campo, seguía hablando:
-Acordaron tarde en yamarme. Ño Regino no más tuvo la culpa; estaba como abombao el
hombre... Conforme me costié en la noche de mi casa, ya vide que íbamos a andar mal. La
criatura venía muy enteramente de morosa. Ahí mesmo sebé un mate de mansaniya, le di una
frotasión de asaite por el empaine a la enferma y un sahumerio de asúcar ardida en los bajos.
Pero, de ande, ¡ni por esas!... los pujos eran al ñudo, la finada, que en pas descanse, crujiendo
como arpa vieja, pedía a gritos, por la virgen, que le sacaran aqueyo. Maliseando que estuviese
la chica atravesada, porque a mi señor naides me va a enseñar lo que son estos trajines -¡no ve
que he lidiao tantísimo en mi vida!...- le acomodé a la paciente un poncho cruzao por las
caderas y comensé a sacudirla juerte, boca arriba en la cama. ¡Dejuro, eso había sido no más!
A los tirones, se enderesó el angelito y ya asomó la moyera y ya se refaló y ya lo resebí
también y le cabecié el ombligo...
Sobre sus dos manos abiertas la acostó de boca, empezó a hamacarla, a subirla y a bajarla
con el movimiento de quien tantea el peso de una cosa, sin por eso conseguir que la criatura se
aquietara:
-¿Qué tendrá? -interrogó Andrés alarmado, siguiendo con afán las manipulaciones de la
curandera-. ¿Estará enferma, le parece?
-¡Qué enferma va estar! Es flato. Vea, patrón, me ha de haser trair unas hojitas de hinojo, de
ahí de la quinta no más; un poco de leche y un calentador.
Así que tuvo todo a mano y que hubo preparado la bebida, tomó un frasco vacío de agua
florida y la echó en él.
Ávidamente la niñita, entonces, adhirió sus labios al rollo de trapo que, en la forma de un
pezón de mujer, cerraba la boca del frasco y, pocos momentos después, calmado su apetito, con
la inconsciencia de las flores cuando hartas de luz cierran su cáliz al declinar el sol, un sueño
profundo la embargaba:
-Pues, como le iba disiendo, señor -prosiguió ña Felipa reanudando el hilo de su narración-,
aparesía que con el favor de Dios y la Virgen íbamos a salir de transes al fin. Pero lo que
acontesió jue que la finada, de puro inorante la pobre, dende que no estaba güena toavía, se
apió descalsa una ocasión, con licencia de vd., para dir a haser del cuerpo una deligensia y
como que era consiguiente, ahí mesmo la agarró un pasmo. En balde fue que los dos con ño
Regino la acostásemos a ver de que sudara en la cama, en balde unos untos de asaite caliente
que le dimos, y hasta la mesma reis del quiebrarao, que no hay como eso patrón pa las
alsaduras de sangre. Todo, todito jue en balde; Dios no quiso que viviera y fenesió a los tres
días.
-¿Por qué no llamaron médico? No está tan lejos el pueblo, bien podía haberlo hecho ño
Regino, en lugar de dejar morir a su hija como un perro...
-¡Médico, dise, y pa qué, cuándo estábamos por remediar nada con que se ayegara un dotor!
-exclamó entonces ña Felipa, sensiblemente lastimada en su amor propio por la pregunta de
Andrés.
-Güenos alarifes son los médicos; pa saquiarlo al pobre y mandarlo más antes a la sepoltura
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es pa lo que sirven, ¡masones, condenaos!
Se la llevaría, se volvería con ella a Buenos Aires, donde había médicos siquiera, y donde
fácil le sería encontrar quien se encargara de cuidarla.
De pronto, recordó Andrés a la tía Pepa, una parienta suya, una hermana de la madre, que
había manifestado siempre tener por él el más profundo cariño; ese cariño de la mujer vieja y
soltera que no pudiendo derramarse sobre la cabeza del hijo, cae de rechazo en los sobrinos.
Sin rumbo
Cambaceres, Eugenio
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Sin rumbo
Cambaceres, Eugenio
Segunda parte
- XXXIII -
Dos años después próximamente, en uno de esos días blancos de primavera, cuando la luz
del sol se derrama como un inmenso riego y la savia fermenta en las fibras de las plantas, y en
ese otro parto, al fin de esa otra gestación, revientan las yemas de los brotes, Andrés, recostado
en el jardín de su estancia, junto a la entrada de la casa, acababa de cerrar el libro cuyas hojas
recorría.
Sus grandes ojos azules no mostraban ya el resplandor triste y sombrío que, cual un reflejo
fiel del estado de su alma, los cruzara en otro tiempo alterando la ingénita expresión de su
mirada y, como al través de un agua muerta se ve el fondo, en la serena trasparencia de
aquellos ojos habría podido penetrarse el misterio encerrado en aquella alma.
En su carita trigueña de higo de tuna, perfecta como un perfil de Meissonnier, sus ojos
brillaban encendidos por la cólera, unos ojos grandes y azules también, de un azul de zafiro en
la engarzadura negra de las pestañas:
Mariquita -su juguete predilecto, su muñeca- tenía frío; ella la había acostado en la cama;
estaba haciendo «nono» y no estaba sucia, era mentira, estaba limpia; pero Tiyita decía que
estaba sucia, y era «mu» mala Tiyita, y la quería lavar con jabón a la pobre Mariquita, y ella no
quería y Tiyita sí quería, ¡y ella se había enojado y le había dicho a Tiyita que no y no y no!... y
venía a contarle a Papá para que también Papá se enojara y le hiciera «nana» a Tiyita con el
látigo del caballo de Papá...
Todo un cuadro, una escena, una parodia de humanas tribulaciones, una trágica explosión
de precoz maternidad, un proceso intentado contra la tía Pepa por sevicias y malos tratamientos
a la menor de cautchuc.
Su hija, su Andrea en quien todo lo cifraba, su hija, cuya sola aparición, cuyo solo
nacimiento había bastado a revelarle, a él viejo y descreído, a él cansado de vivir, el secreto de
otra vida, de otra existencia desconocida y nueva: esa en la que también se sufre porque el
destino es sufrir, pero se hace y se deja sufriendo y se goza dejando.
Ella, la dulce criatura que le había enseñado a amar y a perdonar, a no ver sino lo bueno en
los demás, a buscar solo lo honrado y lo puro de los otros, como buscan los pulmones el
oxígeno del aire.
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¡Ella, en fin, su genio bienhechor, la hechicera cuyo mágico poder de encantamiento había
tenido el prodigioso don de trasformarlo, de convertir sus odios en un amor infinito, amor a los
hombres, a los animales, a las cosas, a él, al mundo, a todo!
-Venga mi ricura -exclamó por fin levantándose al ver que Andrea, llenos los ojos de
lágrimas y la boca de pucheros, esperaba acongojada y ansiosa el fallo reparador de la justicia.
-Tiene muchísima razón vd.; es una pícara su tía, venga ¡vamos a ponernos furiosos con
ella!
En vano alegaba la tía Pepa el deplorable y lastimoso estado en que yacía Mariquita, overa
de hollín por habérsele ocurrido a su dueña meterla en el caño de la chimenea, al jugar con ella
a las escondidas; en vano exhortaba al padre a no ceder, redoblaba sus esfuerzos en encarecer
las negras consecuencias de un acto de criminal debilidad; en vano, convertido a la razón por
la sana dialéctica de la tía, intentó Andrés revestirse de energía y amonestar a la niñita.
Fue necesario, al fin, que humillara la cerviz ante el poder soberano, que afectara reñir a la
culpable, que fingiese castigar la, que solemnemente jurara esta no atentar en lo futuro contra
la persona sagrada de la muñeca, protestando renunciar a su proyecto, el más bárbaro suplicio
en el sentir de Andrea, el refinamiento más perverso de crueldad que pudiera concebir la mente
humana. ¡Si lo sabría ella, infeliz!... ¡todas las mañanas la lavaban!
-Mal hecho, Andrés, muy mal hecho -insistía la tía Pepa, con esa rara sensatez de las
mujeres para las cosas pequeñas de la vida-, ¡ya te pesará después, cuando sea grande!
Acuérdate de lo que te digo: esta criatura va a ser víctima de su carácter, desgraciada por su
genio, y tú y nadie más que tú será el culpable...
-¿Qué, quiere que la rete, que la maltrate, que sea un tirano con ella?
-¡Dios me libre, angelito! no digo eso, sino que por el bien mismo de tu hijita, haces mal en
prestarte ciegamente a todos sus caprichos y en consentirla así.
-¡Mire qué noticia, como si no lo supiera uno!... ¡Sabe que es magnífica vd. tía!
Asegúremela contra incendios, garántame que no se me va a morir y ya verá como la enderezo
yo, como hasta capaz soy de bajarle los calzones y de pegarle una soba en el culito... Pero
mientras eso no suceda y mi hija sea mortal y me vea expuesto yo a perderla, se lo he dicho
muchas veces y se lo repito ahora: pedirme que use de rigor con ella es pedirme algo
imposible. ¡Déjela que haga y deshaga, mi tía vieja, no sea mala! -decía mimosamente Andrés,
buscando atraerse a la tía Pepa-, que tire y rompa, y tizne a la muñeca y a vd. y a mí también, si
se le antoja, que todo eso poco importa. ¡Déjela que haga su gusto en vida mientras pueda,
déjela gozar que para sufrir le sobra tiempo!... -acababa por exclamar con una expresión de
dolorosa y honda melancolía en el semblante.
- XXXIV -
Y era eso, en medio de la felicidad de que gozaba, una alarma, una sorda aprensión, un
miedo extraño, un vago y confuso terror al afrontar con la mente el porvenir, las mil vicisitudes
del destino.
56
Y los viejos oráculos de Andrés, sus grandes maestros, Voltaire, Rousseau, Buchner,
Schopenhauer, llegaban de nuevo a posesionarse de su espíritu, a reaccionar en él bajo la
influencia de su antiguo escepticismo, del que no le había sido dado emanciparse por completo,
del que algo había quedado en el fondo de su ser, como algo, algún vestigio queda siempre de
todas las dolencias que labran profundamente el organismo.
¿Qué suerte correría su pobre Andrea, pagaría su deuda sufriendo ella también?
Su pureza, su gracia, su hermosura, todos esos pasajeros bienes de la edad florida, con que
la naturaleza parece complacerse en enriquecer a la mujer a expensas de todo el resto de su
vida, ¿de qué le servirían?
¿Algún ser digno, acreedor a poseerlos, algún hombre leal, honrado, bueno, iría a cruzarse
por acaso en mitad de su camino?
La larga y pesada cadena de padecimientos que constituyen la herencia de las madres, los
dolores salvajes del parto, los azarosos cuidados de la infancia, ¿tendrían un premio por
ventura, una justa y merecida recompensa en la consideración y el afecto del marido, en el
cariño y el respeto de los hijos?
Y sí, movida por el genio egoísta y avaro de la especie, dispuesto siempre a posponer el
bien del individuo al logro de sus fines, ciega y fatalmente se dejara arrebatar por la pasión,
llegara a darse toda entera sin condiciones ni reservas, ¿qué sería de ella después, qué quedaría
de su grande, de su noble y sublime sacrificio, tarde o temprano desamparada y sola,
condenada a apurar la hiel de los desengaños, abandonada por esa fuerza inexorable y cruel?
No. Antes que los intereses aislados y transitorios de sus miembros, estaba el interés
absoluto de la especie, su derecho primordial a conservarse, su voluntad inquebrantable de
existir, netamente acusada en el móvil inconsciente y secreto de las pasiones humanas, en el
ascendiente irresistible de la juventud y la belleza, armas supremas, de defensa en la
sempiterna lucha de la naturaleza por la vida.
¿De dónde, pues, esas teorías estúpidas y monstruosas, esa titulada moral del libre arbitrio,
esa pretendida traición de la mujer a una fe que no había debido, que no había podido jurar,
cómo, con qué sombra o apariencia de razón declararla responsable de culpas que no eran tales
y que, aun cuando lo fuesen, no eran suyas, por qué hacerla igual al hombre, por qué atribuirle
derechos que no era apta a ejercitar, por qué imponerle obligaciones cuya carga la agobiaban?
Y, sinceramente, llegaba Andrés hasta hacer con Schopenhauer una calorosa apología, una
defensa ardiente de la poligamia como institución humana, a encarecer su bondad, a suprimir
con su auxilio una inmensa parte de los males inveterados en el organismo de las naciones
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cristianas.
La prostitución, esa asquerosa llaga del cuerpo social; la ilegitimidad de los hijos, esa
irritante injusticia; el celibato de la mujer, esa absurda esterilización de fuerzas en las clases
superiores, esa inhumana condena al más bárbaro de los presidios en las clases proletarias:
cientos de miles de infelices desheredadas de la suerte, obligadas a arrastrar, para ellas y sus
bastardos, una vida miserable de privaciones y trabajos.
De pronto, oyó un rumor sordo y confuso, un prolongado frou frou de vestidos de mujer.
Dio vuelta y, entre las sombras de una pila de palos enrejados, creyó ver como grupos de
espectros blancos que se agitaban.
La curiosidad lo llevó naturalmente a dirigir el anteojo hacia ese lado, alcanzando distinguir
entonces en el primer avant-scêne de la derecha, cerca de él, las formas de una espléndida
mujer.
Era joven, alta, blanca, de ojos negros, grandes; en el pelo, en el cuello, en las orejas,
llevaba gruesas piedras de brillantes, y de la majestad serena y suave de su rostro parecía
irradiar como una luz de luna...
¡Quién sabe si no habría valido más para su Andrea ver la luz en ese suelo, bajo la
influencia de esas costumbres, al amparo de esas leyes!...
¡Quién sabe!...
El vano empeño del hombre por descifrar la incógnita de su existencia, ese escollo
inconmovible y mudo ante el cual está escrito que ha de estrellarse la inteligencia humana; su
estéril, su eterna lucha contra lo imposible, se renovaba entonces en Andrés, y, en el inmenso y
prolongado esfuerzo, enardecido, afanoso por saber, desesperado de ignorar, su cabeza se
perturbaba, sus ideas, como las ideas de un loco, se agitaban sin orden ni hilación, se
entrecruzaban dolorosas como chuzas que le clavaran en la sien.
Por él, obligado ahora a vivir en obsequio de su hija, reatado a la existencia por ese nuevo
vínculo de hierro, sin ni siquiera ser dueño de su bulto, libre de acabar por agujerearse el
cráneo...
¡Extraña, curiosa aberración! y temblaba, sin embargo, en presencia del más remoto asomo
de peligro para la vida de su hija, y se estremecía por ella, horrorizado a la idea sola de la
muerte, ese enemigo implacable y traidor que no se ve, emboscado entre las sombras del
futuro, pero cuya presencia se siente y se adivina, como se siente el abismo al atravesar el mar,
como se adivina el precipicio al cruzar de noche el camino de la montaña.
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- XXXV -
Una palabra, una gracia, una caricia de su hijita, no tardaba en llevar de nuevo la
tranquilidad y la calma al espíritu de Andrés, desvaneciendo como por encanto esas nubes
pasajeras, tristes vestigios de una época sombría y dolorosa.
Se sentía como purificado en presencia de la niñita, capaz de todas las virtudes, accesible a
la bondad, inclinado a la indulgencia.
Una inconsciente necesidad emanaba del fondo de su alma, como un deseo imperioso,
imprescindible de personificar en alguien, de encarnar en una entidad extraña y superior la
causa de todo el bienestar de que gozaba.
¿Bastaba acaso buscarla, conformarse con tener su explicación en las alternativas, en los
azares de la vida, en el destino, en la suerte?
Lo que el azar hacía hoy, podía deshacerlo mañana... ¡Ay de él! ¡de su hija, ay! ¡de su
felicidad entonces!
Contra todo, a pesar de todo y porque sí, se esforzaba por remontarse en alas de una fe
ficticia hasta la noción de Dios.
- XXXVI -
Su situación cada día era más propicia; los quebrantos sufridos en su fortuna, el vacío
dejado en ella por los gastos insensatos de una vida de desorden, poco a poco se colmaba.
Con el aumento de las haciendas en ese año y el producto de las lanas que estaba
almacenando ya, esperaba poder dejar asegurada la fortuna de su Andrea y, libre de
preocupaciones enojosas, consagrarse por completo a la educación y felicidad de la chiquita.
¡Quién sabe...! después, más tarde, se iría a Europa... se establecería en París, la pondría en
el Sacré-coeur.
Pero como si entre las leyes ocultas que gobiernan el universo existiera una, bárbara,
monstruosa, exclusivamente destinada a castigar por el delito de haber gozado alguna vez, el
sueño acariciado por Andrés no debía tardar en disiparse convertido en una ironía sangrienta
del destino.
- XXXVII -
Al ocultarse el sol y mientras soltaban del tendal las últimas ovejas esquiladas, se vio
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parecer allá, en el horizonte, una mole enorme de sombras.
Cambiaba de color. Era oscura primero, casi negra; luego azul, luego gris, de un gris sucio y
terroso al acercarse.
De pronto, silbó el viento, los árboles crujieron, se sacudieron, una nube de hojas voló entre
una nube de polvo; gruesas gotas salpicaron el suelo, sonaron como tiros en el techo de hierro
del galpón, acribillado un momento después por la descarga incesante y furiosa de la lluvia.
Poniéndose los ponchos, tapándose con mantas, con jergas, con cueros de carnero, los
peones, interesados y mensuales, a un grito de Andrés corrieron al palenque y subieron a
caballo.
Él mismo montó dando el ejemplo y salió a escape, hecho ahora a esa vida, a esas fatigas,
habituado a no excusar el contingente de su persona, a ser el primero siempre en los trabajos,
ávido de lucro, dominado por la idea del oro, por una ciega ambición de acumular, de aumentar
indefinidamente su caudal.
Corrió a los puestos, a las haciendas, abandonadas durante la esquila al cuidado de mujeres
y muchachos, expuestas a que el azote del viento las dispersara, a que el frío matara las ovejas
despojadas de su manto protector.
Empleó la tarde entera en dirigir a los peones, acudiendo él personalmente de un lado a otro,
juntando puntas de animales extraviados, arreando las majadas, haciéndolas rodear entre las
pajas y dándoles así un abrigo para el caso de que el viento se llamara al Sud y la tormenta se
trocara en temporal.
Por fin, después de haber impartido las órdenes que su experiencia y su práctica le sugerían,
de noche ya, con el caballo rendido y fatigado él mismo, llegó de vuelta a la estancia.
- XXXVIII -
Fue, de parte de ésta, un coro de lamentos, de exclamaciones y preguntas, al verlo entrar así,
todo mojado:
Se agitaba, se empeñaba en traer la ropa, los botines, todo el ajuar de sus muñecas para que
su padre se cambiara.
En la mesa, quiso por fuerza sentarse sobre las rodillas de Andrés, comer en su mismo
plato, darle ella misma los bocados, volviéndose a cada instante, pasándole las manitas por la
cara, por la barba, besándole los ojos, llenándolo de caricias con esa gracia exquisita y suave,
con esa delicadeza encantadora inherente a la mujer en los primeros años de la infancia.
Nunca se había mostrado Andrea tan extremosa con su padre, nunca su afecto instintivo de
criatura había tenido mayores ni más francas efusiones.
Y, tomando entre sus manos la cabeza de la niñita después que hubo cargado a ésta la tía
Pepa y besándola en la frente con inefable fruición:
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-Buenas noches mi angelito querido, mi tesoro, Dios me escuche y te conserve -exclamó
Andrés enternecido, suspirando.
Retirado al escritorio, del que había hecho su aposento desde el nacimiento de Andrea, largo
rato, a pesar del cansancio que sentía, revolviéndose en la cama, desasosegado, calenturiento,
en vano trató de conciliar el sueño.
¿Era un triste presagio lo que así lo conmovía, una de esas intuiciones misteriosas, la voz
del corazón que no engaña anunciándole alguna desgracia, alguna horrible desgracia?
Pero... ¿qué... qué le podía suceder a él... qué motivos tenía para alarmarse, para recelar del
porvenir?
¿No vivía feliz, rico, a cubierto de la miseria por lo menos, tranquilo y contento al lado de
su hija, gozando al verla crecer sana, fuerte, linda, ufano de sus encantos, soberbio, orgulloso
de decirse padre de aquel ángel?
Sí, cierto... era cierto todo eso... pero... ¡pero podía dejar de serlo!...
Y, en el estado de eretismo nervioso que había llegado a apoderarse de él, el mismo sordo
malestar, su temor, sus aprensiones de siempre lo asaltaron, el vago y confuso terror latente en
él, que llegaba por momentos a amargarle hasta los besos y las caricias de su hijita.
En un esfuerzo sin embargo, trató de reaccionar contra esas locas ideas, se las reprochaba
como una vergonzosa cobardía, se decía que era nimio, absurdo lo que pensaba, como se dice a
los niños que no es nadie el cuco que los asusta.
¿Cuándo era que había visto él más allá de sus narices, cuándo había atinado a prever nada?
Bastaba que en las mil vicisitudes en las mil alternativas de la existencia se hubiera
anticipado a los sucesos, predicho algo, un acontecimiento, un hecho cualquiera del dominio
físico o moral, para que saliesen erradas sus conjeturas, y resultase lo contrario precisamente
de lo que había pensado o calculado.
No podía adquirir indicio más seguro de que iba a vivir sana largos años...
En medio de la oscuridad y del silencio de la noche, oía el golpe sordo de la lluvia chocando
contra los vidrios, el silbido triste del viento al deslizarse rozando las paredes de la casa y las
altas aristas del techo de pizarra.
Miles de ovejas podían quedar tendidas en el campo, podían ser enormes los perjuicios.
Era eso, a no dudarlo, lo que lo tenía afectado y mal dispuesto... esa y no otra en el fondo la
razón de su desvelo.
Una pérdida, una contrariedad cualquiera en sus negocios lo impresionaba ahora como si se
tratase de una cuestión de vida o muerte...
¡Bah! unos cuantos miles de pesos más o menos... no sería por eso ni más, ni menos feliz su
Andrea.
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- XXXIX -
-¡Andrés, Andrés!
Pálida, turbada, demudado el semblante, se había acercado con una luz en la mano:
-¿La chiquita... cómo... qué dice... explíquese, hable señora... qué hay?
De un salto, sin dejarla continuar, se tiró Andrés de la cama, arrebató la luz de manos de la
señora y fuera de sí, aturdido, enajenado, sin comprender, sin discernir otra cosa sino que su
hija estaba enferma, subió de a cuatro los escalones.
Respiraba difícil, fatigosamente, como si el aire pasara al través de un velo por su garganta.
La atacaban accesos bruscos de tos, de una tos dura y seca que parecía desgarrarle el pecho.
-¡Qué es eso, mi hijita! -exclamó Andrés precipitándose sobre ella-, díme dónde te duele
¿dónde tienes nana?
-¡Nana!...
-Pero, ¿dónde es la nana, mi hija, díme dónde? -insistía arrodillado delante de la cama,
palpando nerviosamente la cabeza, la frente, las manos de la niñita.
-Nana, nana -repetía ésta con voz alterada y ronca, percibiéndose apenas sus palabras.
Como si una espantosa visión hiriera sus sentidos, como si hubiese visto escrita en aquel
instante la sentencia de muerte de su hija, un grito desgarrador salió de boca del padre.
¡Qué otra cosa significaba esa ronquera, esa tos, ese embarazo de la respiración, todo ese
cuadro de síntomas declarándose así, traidoramente en medio de la noche!...
-Vaya tía, vaya corriendo, despierte al mayordomo, dígale que se levante, que lo necesito,
que venga ahora... ya, ya... -exclamó Andrés empujando a la señora hacia la puerta.
Él mismo corrió a su cuarto, registró los bolsillos de su pantalón que había dejado sobre una
silla al desnudarse, sacó sus llaves, abrió la alacena del botiquín, revolvió un momento con
mano incierta y trémula los frascos, los cajones, hasta dar al fin con unos envoltorios de papel
que sacó y llevó consigo.
Sí, era eso lo que le habían dicho, lo que mandaban los médicos... un vomitivo, un vomitivo
de hemético... darlo inmediatamente, sin perder un solo instante...
-Tome mi hijita, beba lo que le da Papá -dijo con palabra suplicante, acercando el
medicamento a la boca de la niñita, así que lo hubo preparado en una copa.
-No, no quiero...
-No, no, caca -hizo ella después de haber humedecido sus labios en el líquido-, caca... pu...,
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no quiero -repetía retorciéndose deshecha en llanto, con la voz más apagada cada vez,
multiplicando sus esfuerzos en aspirar el aire que le faltaba.
Sin esperar más, el padre la acostó de espaldas; resueltamente la agarró de los dos brazos y
manteniéndola así con una mano, inmóvil, a pesar de la viva resistencia que oponía, la obligó
con la otra a tragar el vomitivo, derramándoselo por fuerza en la boca.
-Haga atar -dijo a este Andrés-, vaya vd. mismo al pueblito y traiga un médico. Lleve si es
necesario a toda su gente, mate la caballada, pero no me salga diciendo después que se ha
perdido... Quiero que corra, que vuele, que vaya y vuelva a rajacincha... Oiga -agregó llamando
al otro que había salido ya a cumplir la orden-, adelante un chasque para ganar tiempo, diga al
médico que mi hija se me muere, que creo que es crup lo que tiene, que cobre lo que quiera por
su viaje, pero que venga... que venga inmediatamente... ¡que se lo pido por Dios!
- XL -
No, no había remedio, toda esperanza era vana, el crup no perdonaba, nadie escapaba de sus
garras...
¡Ah! si era cierto que había un Dios y si así castigaba Dios a los buenos, ¡qué derecho tenía
él, Andrés, para atreverse a esperar la protección del cielo!
A la luz vacilante del velador, en aquella pieza que horas antes encerraba para Andrés toda
la dicha de la vida, como una sombra delante de la cama de la niñita iba y venía.
Villalba debía haber pasado ya el arroyo, seguido la huella, dejado a tras mano la pulpería...
¡Como no fuese a errar el rumbo con aquella noche infame!...
La violencia del dolor lo embargaba por momentos, se llevaba las manos al cuello como
queriendo arrancarse la opresión que anudaba su garganta, los ojos se le llenaban de lágrimas,
tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para contenerse, para reprimir un deseo loco de
estallar, de ponerse a llorar a gritos, como una mujer, como una criatura.
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Lentas, interminables, las horas sin embargo se sucedían; daban las nueve en el reloj del
comedor y el médico no llegaba.
Vanamente, desde una de las ventanas altas, clavaba Andrés los ojos en el camino, esperaba
alcanzar a distinguir el carruaje a la distancia.
Pero nada... nadie... siempre nadie en el horizonte incierto, y nebuloso, velado por la caída
incesante de la lluvia.
En esa muda actitud que acaban por provocar los grandes males cuando se está en la
impotencia de remediarlos, contemplaba Andrés a su hijita.
Habría querido que eso que le mataba a su Andrea, la enfermedad cobarde, y traidora
revistiese una forma humana, material, fuese un hombre, una fiera, alguien, en fin, contra quien
le quedara por lo menos el derecho, el recurso supremo de la defensa, a quien poder herir,
matar, él a su vez.
Pero nada le era dado hacer... nada... se encontraba desarmado, vencido de antemano en
aquella lucha terrible y desigual... Solo un milagro, solo Dios podía salvarla.
Dios... pero, ¡dónde estaba ese Dios, el Dios de misericordia y de bondad, el Dios
omnipotente que miraba impasible tamañas iniquidades!
Él... ¡oh! ¡él había sido un bellaco, un miserable, que purgara sus culpas, que el cielo lo
castigara, era justicia!
Pero ella la pobrecita, qué había hecho... ella la inocente, ¡que ni tiempo de vivir había
tenido!
No... imposible... algo debía haber... algo... algún remedio se conocía que curara, que
calmara por lo menos; ¡la ciencia en suma no era una palabra hueca, una ironía!...
Corrió a su cuarto, abrió la biblioteca, sacó un libro de medicina: Bouchut, maladies des
enfants, recorrió el índice, buscó el artículo: Crup, y ávidamente empezó a leer.
Leía una, dos, tres veces el mismo párrafo, sin saber, sin entender lo que leía, sin que una
sola idea se fijara en su cabeza.
Las letras, las palabras, los renglones, pasaban en confusa procesión por delante de sus ojos,
sin dejar rastro en él, como pasa la luz por los ojos de los ciegos.
En una enorme tensión intelectual trataba de aplicar sus facultades, concentraba sus
esfuerzos de atención, se empeñaba en penetrar el sentido de términos nuevos para él, voces
técnicas que hallaba a cada paso y que eran como manchas de tinta que le hubiesen derramado
sobre el papel.
Ofuscado, loco, iba a tirar el libro lejos de sí, cuando, bruscamente, la palabra trementina
allí escrita, despertó en él una reminiscencia.
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Sí, estaba seguro, recordaba perfectamente, era una receta contra el crup, había guardado el
recorte del diario, debía tenerlo.
Registró, revolvió largo rato los cajones del escritorio; en uno de ellos halló por fin lo que
buscaba.
Habríase dicho que algún horrible y misterioso atentado se consumaba dentro de las paredes
de aquel cuarto.
Pero Andrés y la tía Pepa que, sobrecogidos y mudos de dolor, esperaban tras de la puerta
entornada, oyeron de pronto como si en las ansias mortales de la asfixia, el pecho de la
desgraciada criatura estallara hecho pedazos.
Hinchadas las facciones, lívida, los ojos fijos y vidriosos, sin el sudor que brotaba a gotas de
su frente y el agitado ritmo de su aliento superficial y corto, se habría creído que en efecto la
criatura era un cadáver:
-No, no te asustes... ¡Por Dios! ¡Andrés! ten calma... no está muerta... ¡vive, respira!...
Andrés, de pie, frente a la cama, había clavado la mirada sobre su hija, una mirada dura,
siniestra, inmóvil, los ojos desmesuradamente abiertos, las pupilas enormemente dilatadas; una
mirada de loco.
- XLI -
El médico llegó por fin: un muchacho provinciano, pobre, de esos que, recién salidos de la
Facultad de Buenos Aires, sin relaciones en la capital, se resignan a buscar en los pueblos de
campo un refugio pasajero contra el hambre, a principiar por ahí.
-Necesito que Vd. me ayude, señor; vamos a hacerle una pequeña curación.
-¿Es crup?
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-Mucho me lo temo -dijo echando mano de un paquete que había llevado consigo. Pero
notando luego la impresión que sus palabras acababan de producir sobre el ánimo del padre y
queriendo cambiar, atenuar, cuando menos, el alcance que tenían-: ¡Oh! no lo afirmo de una
manera absoluta... bien puedo equivocarme. El crup, por otra parte, no siempre es mortal; se
sana de eso como de cualquier otra enfermedad... Vea señor, me la va a tener de la cabecita;
fuerte, que no se mueva -agregó, concluyendo de poner los remedios sobre la mesa de luz.
Así que Andrés hubo hecho lo que el médico le decía, manteniendo éste abierta la boca de
la niñita y apretándole la lengua con el índice de la mano izquierda, empezó con la derecha a
revolverle un pincel en la garganta.
Varias veces lo metió dentro de uno de los frascos, repitió otras tantas la operación,
agachado, mirando, con pulso sereno y fijo, sin lástima, brutal, cruelmente.
Terminada la curación cuyo efecto inmediato fue una aparente tregua del mal, quiso el
médico conocer lo que desde un principio había sucedido, el precedente estado de salud de la
chiquita, los síntomas que había experimentado, si se le había hecho algún remedio; y, una vez
en posesión de estos datos, determinó el tratamiento, dio sus instrucciones a la tía, llegando a
constituirse él mismo en enfermero.
- XLII -
La niñita lloraba, hablaba, se quejaba; nada se percibía, ningún sonido hería el oído.
Pero estos accidentes se modificaban en los golpes de tos. La voz volvía, la respiración se
despejaba, un alivio coincidía con la remoción de las secreciones catarrales que Andrea tragaba
o arrojaba por la boca.
Pálido, abatido, desfigurado, acusando haber sufrido en pocas horas lo que solo es posible
sufrir en largos años, permanecía Andrés al lado de su hija, sin apartarse de ella un solo
instante, sin querer salir del cuarto, rehusando alimentarse, reposar, dormir.
Él mismo podía enfermarse y sería mil veces peor. Por ella, pues, ya que no en obsequio
propio, debía mostrarse razonable.
Invocaba la opinión del médico, apelaba a su testimonio. Las criaturas no se criaban sin
tener enfermedades, sin sufrir ellas también.
¡Cómo había de ser!... alguna vez había de tocarle a la pobrecita, quién no pasaba trabajos
en la vida. Dios los mandaba, ¡no había más que conformarse!
Al fin, ante las repetidas instancias de la señora, consintió Andrés en beber un poco de
caldo.
Salió luego por pedido del médico, a tomar un momento el aire con éste, a fumar juntos un
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cigarro.
El cielo había empezado a despejarse; el pampero soplaba fresco y seco; las nubes,
apuradas, se cortaban, corrían unas tras otras como queriendo alcanzarse; iban al este, a las
sombras, a la noche, mientras el sol, brillando en el ocaso, parecía mirarlas soberbio de su
triunfo.
Era una pregunta del padre, del padre que poseído de la idea de un desenlace fatal, ¡extraña
contradicción! buscaba sin embargo pábulo a su esperanza, a una esperanza que no tenía,
como, aun al pie del cadalso, mira el condenado a muerte si le llega su perdón.
Duraba mucho el crup, en cuánto tiempo mataba, y ese alivio, esos desahogos repentinos
que se observaban en la respiración, ¿debía ser bueno, eso?... ¿qué significaban, denotaban una
disminución del mal, podían ser considerados como un síntoma propicio, o eran otras tantas
engañosas alternativas durante el curso de la cruel enfermedad?
Sin ocultar el estado grave de la niñita, afirmaba que no era un caso desesperado, que podía
ésta sanar, la fiebre declinar de un momento a otro, que esas bruscas remisiones de la
sofocación eran provocadas a veces por la expulsión total de las falsas membranas, de la
laringe y de la traquea, y que una creciente y franca mejoría solía desde entonces declararse.
El silencio caía de nuevo, pesado y triste. Ambos continuaban caminando, haciendo crujir
bajo sus pies la tosquilla de los caminos:
-¡No ha de querer Dios! ¿Sabe que hemos andado medio mal, patrón, causa de la tormenta?
-agregó al cabo de un momento con gesto embarazado y zurdo, revolviendo el sombrero entre
sus manos-, han sido con demasía las pérdidas; el tendal de ovejas muertas ha quedado por el
campo... el agua tan por demás fría y los pobres animales recién pelados, por fuerza tenían que
engarrotarse...
Para peor, una punta grande de vacas ha enderezado a los alambres y se ha azotado al
arroyo, ahogándose muchas de ellas.
-Y eso, ¿a mí qué me importa, qué me lo viene a decir? ¡a ver cómo no se mueren todas!...
- XLIII -
La fiebre, sin embargo, había cedido; sucediéndose a intervalos más distantes cada vez,
habían cesado los accesos de la tos.
No era ya, al respirar, el silbido largo y ronco que se dejaba oír, así a la entrada, como a la
salida del aire, y si bien en el movimiento inspiratorio un ligero ruido persistía, la espiración se
hacía en silencio. En la nueva faz que revestía la enfermedad, la niñita parecía descansar
profundamente dormida.
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Pero esos síntomas, halagadores para el padre, lejos de tranquilizar al médico, fueron a sus
ojos el triste pronóstico de un fin cercano; esa calma, esa quietud, la postración, la modorra que
precede en ciertos casos a la muerte.
Y cuando, poco después, vio que la enferma con dificultad era arrancada a la especie de
letargo en que yacía, que una insensibilidad completa se operaba en determinadas partes de su
cuerpo y que, abultadas y duras las venas del pescuezo, una rojez lívida coloreaba su rostro,
como si la presión del aire le faltara, como si el vacío se operara en torno suyo, sin perder un
minuto, llamó al padre:
-Es de todo punto necesario, indispensable, señor -le dijo-, que su hijita sufra una operación.
La única salvación posible para ella depende del éxito de este recurso extremo. Vd. es hombre,
pero vd. es padre... vaya, retírese y mándeme a alguien que me ayude, será mejor, creámelo...
por vd., por mí mismo se lo aconsejo, se lo pido.
-¡Dejarla a mi hija, yo! No doctor, no me pida eso, no puedo, ¡es imposible! -repuso Andrés
sacudiendo tristemente la cabeza, mientras en las frías inflexiones de su voz, una voluntad
inquebrantable, una estoica resolución se descubría:
-Esté tranquilo, por lo demás... no me ha de faltar valor -agregó- vd. lo ha dicho: soy
hombre...
Comprendiendo el médico que habría sido vano empeñarse en disuadirlo, pero temiendo, no
obstante la entereza de que se mostraba animado, que en aquella dura prueba flaqueara su
corazón de padre:
-Convendría que viniese otra persona más, que hiciese vd. llamar a su encargado. Con las
señoras no debe uno contar en estos casos.
- XLIV -
Fue acostada Andrea sobre una mesa, boca arriba, volviendo la espalda a la luz de la
ventana.
El médico le había apoyado la cabecita sobre una almohada, tanteando la altura, apretando
la lana, esponjándola luego un poco más.
Inclinado sobre Andrea, con los dedos de la mano izquierda empezó a palparle el pescuezo,
como buscando algo, como queriendo fijarlo, asegurarlo; los detuvo, y delicadamente entonces,
en medio del índice y del pulgar, pegó un tajo.
Unas cuantas gotas de sangre brotaron, de sangre espesa y subida de color, casi negra.
Abiertos los labios de la herida y por entre los tejidos blancos de los tendones que se
descubrían en el fondo, iba el médico a seguir cortando, cuando una conmoción violenta de la
criatura, algo una postrera tentativa de su naturaleza en busca de aire, toda entera la sacudió:
Fue como cuando el agua se sume, un ruido áspero y gordo al penetrar el aire por entre
sangre y cuajarones de flemas... Fue a la vez como un prodigio sobrehumano, como un milagro
de resurrección.
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Debatiéndose en las convulsiones de la asfixia, la niñita se moría...
Pocos segundos después la tirantez de las venas, la hinchazón de los miembros, el tinte
azulado de la piel, todos los síntomas de una segura y próxima agonía habían cesado; un soplo
nuevo de vida entraba por aquella boca artificial.
A duras penas pudo soportar Andrés hasta el fin la vista de aquel horrible espectáculo. La
desgraciada criatura le hacía el efecto de un cordero degollado.
-Sálvala, sálvala -exclamó caído de rodillas, entrecruzando los dedos de las manos sobre el
pecho, alzando suplicante la mirada, corriendo a chorros el llanto de sus ojos-, Dios, Dios mío,
Dios eterno... sí, creo en ti, creo en todo, con tal de que me la salves!...
- XLV -
Y Dios no se la salvó.
Y todo fue en vano; los recursos, los remedios, los paliativos supremos de la ciencia, el
ardiente empeño del médico, el amoroso anhelo del padre, el fervor religioso de la tía, todo el
arsenal humano, todo fue a estrellarse contra el escollo de lo desconocido, de lo imposible...
tres días después de haber caído enferma, Andrea dejó de sufrir.
Como si se hubiesen secado en Andrés las fuentes del sentimiento, como si el dolor lo
hubiese vuelto de piedra, ni una lágrima lloraron sus ojos, ni una queja salió de sus labios, ni
una contracción arrugó su frente; impasible y mudo la vio morir, la veía muerta.
Se rehusó secamente. Quiso que lo dejaran solo, lo pidió, lo exigió y junto al lecho de su
Andrea, que la tía Pepa bañada en llanto había sembrado de flores, se dejó quedar sobre una
silla, inmóvil, abrumado, anonadado...
Con el frío y sereno aplomo que comunican las grandes, las supremas resoluciones, había
dado algunos pasos en dirección al otro extremo de la pieza, cuando un brusco resplandor
penetró por la ventana, rojo, siniestro, contrastando extrañamente con la luz blanca de la luna.
Se detuvo Andrés y miró: el galpón de la lana estaba ardiendo. Anchas bocas de fuego
reventaban por el techo, por las puertas; las llamas, serpenteando, lamían el exterior de los
muros como azotados de intento con un líquido inflamable.
Poco a poco el edificio entero se abrasaba, era una enorme hoguera, y a su luz, allá, detrás
del monte, por las abras de los caminos, habría podido alcanzarse a distinguir un bulto, como la
sombra de un hombre que se venga y huye.
Andrés, él, nada vio, ni un músculo de su rostro se contrajo en presencia de aquella escena
de ruina y destrucción.
Pero los segundos, los minutos se sucedían y la muerte así mismo no llegaba. Parecía mirar
con asco esa otra presa, harta, satisfecha de su presa.
Un chorro de sangre y de excrementos saltó, le ensució la cara, la ropa, fue a salpicar sobre
la cama el cadáver de su hija, mientras él, boqueando, rodaba por el suelo...
El tumulto, abajo, se dejaba oír, los gritos de la peonada por apagar el incendio.
La negra espiral de humo, llevada por la brisa, se desplegaba en el cielo como un inmenso
crespón.
FIN
Sin rumbo
Cambaceres, Eugenio
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