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De Crucero ecuatorial (1981)
VIII
Nunca olvidaré a la Antonia
parada en medio del camino,
con su manta guajira negra
su silencio y aquella forma
en que me miraba.
En el pueblo de Uribia
con todos hablé, menos con ella,
a quien más deseaba.
Antes de partir hacia Cabo de la Vela
me dió por saludo, a mí,
pequeña vagabunda americana,
estas palabras:
—Yo no me saco mi manta.
No te la sacás Antonia,
me repetía, entre los barquinazos del camión,
las latas de gasolina, las cabras;
no te la sacás,
no te vas de tu tierra, ni de tu raza.
IX
Cuando me quedé sin plata y sin amigos
deambulando por la ciudad de Lima
fui a parar a un hotel de citas.
Esos con fachadas mugrientas
y piecitas oscuras
que parecen flotar en neblinas
de orín y diarios arrastrados por el viento.
Había gritos a veces, y jadeos.
Una tarde abrí la puerta
sobre un largo, angosto corredor,
y encontré colgando del picaporte
la bombachita raída
que alguna joven prostituta
abandonara.
La recuerdo,
vívidamente, como a una cara.
XXII
Anabella era una muchacha
que en su ataúd de vidrio
yacía con las serpientes,
rubia, pálida.
Fue, carromato de mercachifles,
mi bella durmiente ecuatoriana.
De la mulata nunca supe el nombre.
Me invitó a ir con ella una tarde,
cruzando un barrio de prostitutas
mientras caía en su belleza y
su miseria la ciudad de Cali.
La tercera fue una mujer de México,
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mestiza, lavandera, a quien su propio marido
públicamente apaleaba.
A las tres las tuve en mi memoria,
les di la mano,
para atravesar juntas
una vasta, interminable galería
de retratos.
XXVI
¿Fue en Honduras, en El Salvador
en Guatemala?
¿Dónde compré aquella guitarra?
Era en una plaza. El viejo las hacía
enteras.
Clavijero de madera y encordada con alambre;
cómo tocaba.
Vuelvo a sacarte, con un rasguido popular,
imperfecta, sensiblera, mi guitarra.
De Tributo del mudo (1982)
Escribir poesía era algo esencial en la educación y la vida social de cualquier hombre
culto en la antigua China, pero no era así para una mujer. Con pocas excepciones
en la historia de China, las examinaciones imperiales, objetivo de toda educación
superior y que permitían ascender de posición en la sociedad de la época,
estuvieron prohibidas a las mujeres.
Yü Hsüan-Chi, concubina abandonada a su suerte, se convirtió en sacerdotisa del
Tao. Así viajó por toda China y tuvo numerosos amantes, hasta que la ejecutaron
acusándola de asesinato.
Sus hermosos poemas reposan
en la sombra del verano.
En una visita al templo taoista de Ch’ung Chen, veo
en la sala sur la lista de los candidatos triunfadores
en las examinaciones imperiales
Picos coronados de nubes llenan los ojos
en la luz de primavera.
Sus nombres están escritos en hermosos caracteres
y colocados por orden de mérito.
Levanto mi cabeza y leo sus nombres
con envidia impotente.
Cómo odio este vestido de seda
que oculta a un poeta.
Yü Hsüan-Chi
(Kenneth Rexroth, The Orchid Boat)
EN UNA HOJA PÚRPURA
Espejo sin fin las aguas de la noche.
Escucho el canto
del primer pato sirirí
migrando desde el sur.
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Embriagan las azucenas en el aire inmóvil.
Una hoja
de púrpura ha caído y flota sobre el río.
¿Será aquella donde Han T’sui-p-’in,
prisionera en los aposentos del harén,
escribiera su poema?
Liberado al azar del río,
para que alguien en el mundo de los hombres
lo recogiera.
A WU TSAO
I
Húmeda y fresca la noche.
Un suave viento del este
trae y disipa bancos de niebla.
Sueño que veo tu rostro
frente a las lámparas.
Me sonríe tras el leve maquillaje,
mientras tu mano reposa en mi mano.
Amiga mía,
millones de años a través de los cuales el Universo
asciende y declina,
y vos allí,
en tu vestido transparente de seda
viendo caer
las flores de ciruelo sobre la hierba.
II
Beben el vino
y se recitan una a otra sus poemas.
Si supieran aquellos versos de Safo,
los dirían,
mientras se pintan una a otra las cejas
y extensas nieblas cubren el río:
Qué pequeños,
qué hermosos los pies.
A WANG WEI, VIAJANDO POR UN RÍO DE CHINA CENTRAL
Transparente viajera.
Conociste los amores de palacio
y el goce esquivo
de un refugio nupcial.
Tu bote navega
entre nubes de niebla
y el vaho de humo que emerge solitario
desde alguna cabaña
en la ribera.
El río,
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el río avanza
sin volver a remontar sus aguas,
como vos,
señora fugitiva,
los hombros apoyados
en el respaldar de madera,
y un libro de pinturas
sobre el regazo.
A proa de tu bajel,
aldea tras aldea
ves lavar a las mujeres
la pesada ropa
que el otoño prepara.
Cae una hoja
y es infinito su caer.
Polvo leve de los años,
disperso en el vaivén
de una cuna en el agua.
MIRANDO A FELICITA LAVAR LA ROPA
Flamea un aro de golondrinas en el cielo,
y el azul,
el púrpura delicado
anuncian un día de fiesta
para mañana.
Sobre las escaleras del muelle,
como ramos de caña de ámbar,
reposa la ropa lavada.
PRIMAVERA
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Un pato biguá
deja su estela de plata.
Ramón cruza a remo
como oficiando misa en el agua.
Él es el símbolo, la clave.
De espuma que se borra,
de espuma la canoa
donde el Mudo
despliega su canción.
CACERÍA
Cruza un aguilucho
en lento vuelo preciso,
y una pareja de torcazas
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lo sigue
con dementes gritos.
Se ha movido Orión hacia el oeste
y las Pléyades cayeron.
Se sacia el hambre de la noche, la zarpa silenciosa,
el pico,
y el día inicia su conquista.
Devora
la hormiga grande
a la chica.
Acosa al mundo.
Cruza un aguilucho
con lento vuelo preciso. Lleva el coro
demente de la madre, y un pichón,
o dos, en el pico.
De Eroica (1988)
Negro arrebato
los murciélagos golpean
contra el techo
Un instante
polarizado quiebra
al tiempo su secuencia
En ojo inmóvil la lechuza
tanta quietud porta
–frente a la presa se apresta
el pico violento
línea de ébano
corre y refleja–
Si rebelión es el destino humano
su preciso fulgor
que estalla
en el reposo de un fondo melancólico,
heme aquí,
bizarra,
conciliada con toda
perversión que rompa
la entropía cruel
de una ley que no acato
Delicada y fuerte mano
en cuya contemplación
descanso
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Entra en mí
Violentos y rítmicos
pujan los dedos
el brazo entero
y esté
en impulso
o en viva cavidad
que viva te recibe
recupero
la gracia pura del abrazo
Bizarra
Niña perdida
en hilados del tiempo
sucia trama
brindo tributo
a la perversa obsesión de tu batalla
ganada.
Las varas de agapanto
se abren en diciembre
Su azul ofrece
una cara terrestre
azogando el cielo
Caer sobre ellas
no es caer
sobre el campo abierto
–¿de margaritas?–
del deseo
—Amar a una mujer, dijiste,
lo sé, por memoria
del amor primero
Como aquel
ninguno más involuntario
ni más fiel
Grácil
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el gusano quemador apoya
sus seudópodos y sigue
¿ciega travesía
del instinto?
¿del tejido vivo
asegurando
perduración y muerte
de la muerte?
Amar a una mujer, dijiste,
vuelve a ser
niña y madre para siempre
para ambas
la ciudad de donde fuimos desterradas
y es, sin embargo
la vez primera
en perfecta polaridad
o semejanza
donde emerge la persona
y la madre se aleja
Sé lo que te ofrezco
No las flores de agapanto, no
un mundo de materia cruel
y más fina
Tus aros tintinean
mientras sales
¿del sueño o la vigilia?
gitana dormida en el desierto
dame de tu seda
de tu cántaro de vino
Cartago arderá mañana
qué importa
si te ciñe mi abrazo
y tus nalgas se tensan
bajo mis manos
Te amo, Dido
Es a vos
y es a Eneas a quien amo
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Tus ojos no esconden
el destello:
Resigno
Vuelvo a signar
que es tu cuerpo el que deseo
aunque acabe
nuestra puesta en escena
y tenga que caer
sobre agapantos
como sobre la espada de Eneas
cuando las naves
partan en el mar
Cuando digo la palabra
nuca
¿te chupo suavemente
hasta hundir
el diente aquí?
¿Estoy tocándote acaso?
Cuando digo pezón
¿la mano roza
las dilatadas rosas de los pechos tuyos?
¿te toco acaso?
¿Toca, lengua, la comisura
de mis labios y aprisiona
en la vasta cavidad el cuerpo
que desea ser tocado y ceñido
por tu lengua cuando nombra
mi boca la palabra lengua, acaso?
No me mandes al rincón
No hagás de mí el testigo
que se mira tocarte con palabras
Es la mano nombrada
no el nombre
quien desea aprisionar tus nalgas
—Hábleme
—¿Cómo será?
—¿Qué?
—Tu voz
¿fuego oculto en la madera
del fuego que se expande?
¿Así será?
El cuerpo de tu voz
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en el instante en que
no me mandes al rincón
fluye miel de las granadas
No quiero
tocar un fantasma
ni quiero
la fantasía cortés
del trovador a su dama
Es a vos, mi amada
áspero cuerpo de la amiga a quien deseo
Gesto
de mutua apropiación
instante
donde no se sabe
los límites del tú, del yo
El nombre y lo nombrado
en tersa conjunción que sabe
no durará
y sabe
es más eterno
que el filo de un diamante
Alegre
relámpago de zarpa
y de mordisco
animal
el más bello de todos
el instinto
impera aquí
Su voz no tiene traducción
Verbal moneda de intercambio
no
Sólo el audaz abrazo, amiga mía,
Responde aquí.
De El jardín (1993)
Un jardín proporciona más certidumbre
que cualquier sistema filosófico
Ernst Jünger
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Si todo orden
es aleatorio, me sujeto
a éste, aunque precario
eterno en mi mirada:
Belleza bárbara
del matorral salvaje
donde se asoman
las flores más pequeñas
y delicadas: capullos
espigas y florcitas
redondas como coronas
que a su centro
petalan. Belleza
disciplinada donde se abren
las rosas pálidas y moteadas
o alguna reina
aislada, alada. Fasto
perfumado de los ligustros
lo que viene a solas
o lo puesto, ahora
está despierto,
se orquesta para gloria
y una olvida, el horror
del vacío perfecto
Las cápsulas dehiscentes
de la rosa
de mayo estallan
y caen sus semillas mientras
la planta se prepara
a elaborar sus flores
acapulladas con que el
otoño se retira
Sí, estar en el concierto
y modificarlo
sin borrar la marca
del origen
“Ver los pájaros”
dijiste, “no es difícil,
requiere un gesto
de paciencia. Si metemos
la cabeza en el mato
ellos vendrán también,
son curiosos, a mirarnos”
En la hondura de las islas
los búhos rasgan
la masa delicada
de la música. Llaman. “Shektani”
se repite en bantu,
las guineas
do mato en las sabanas
de Mozambique. “Shektani”
de doble cara:
el diablo. He visto
en la verja de bambú
del porche de mi casa,
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una tacuarita
devorar las moscas
agonizantes que pendían
de la tela de una araña
Detalle,
y la gracia su media cara
Sí, lo que alcanza mi
mirada. Me sujeto a este
orden y acepto
lo que mi alma teme:
no visto por mi ojo,
aquel vacío perfecto
He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos –dejarse ir– para cuidarlo
y ser, el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega, a la orilla lejana de la muerte.
Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer, maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual, la operatoria carece
de sentido.
Tener un jardín es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado
disuelve la ecuación, descubre páramo.
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Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.
¿Más bella o más plena
esta rosa de mayo
última en el bastión
previo a las heladas?
Así me veo
Rojo aduraznado,
cuajada en el aire
como una dama que celebra
el final
De La edad dorada (2003)
PIQUETEROS
Sentada la vieja dama
sabia construyendo sus metáforas,
a tanto costo el perfil forjado
cuando todo se desarma
¿Quién empuja ahí? Quién dice
no, a la belleza casi bajo
control. Cómoda allí, yo no
Quién trae sin tregua los rostros
sufridos, sombreados rostros
bajo sudor y fuego de hogueras
encendidas en la cruz que corta
las carreteras. Nosotros
somos, dicen, aún seremos
las gemas brillantes de lo humano
alzadas en medio del deshecho
Nunca diremos sí, no
al lugar donde ahora
nos arrojan, rostros de lo humano
asaltando mi triste, casi cómodo
y suave corazón. ¡Ha
lugar!, yo soy tú, la música
gime y balbucea mas no encuentra
el metro, la imagen, las palabras
de aquello, de aquellos
que a la única noche
verdadera del alma atraviesan
El hombre que vino a la reunión
de los sin tierra, dormido
en un alero y al que
varios jovencitos prendieron fuego
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Fue, un juego, dijeron, y ya nada
se refleja en el espejo,
nada de lo humano ha
quedado frente a ellos y la lágrima
del alma dentro de ellos se ha secado,
se ha perdido del torrente
¿Qué hemos hecho? ¿Somos cosas?
¿Somos sombras que atraviesan
un ecran? Humanizar el mundo
se dijo, ¿era esto?
El adiós a todo aquello
que nos hace y acompaña
¿para esto?: cante, la despedida
Ellos dicen no, sí, se sabe ahora,
dicen no, también en mí
PIQUETEROS, 2
Desgreñados y bellos
moviéndose en grupos
por la larga hilera
No más de dieciocho
años, impera el negro,
remeras estampadas
y vaqueros, cabezas
rasuradas o largo
pelo salvaje o alzadas
las crestas por el gel
Larguiruchos, bajos
o gorditos, mochila
al hombro, zapatillas
y kepis desafiantes
o melancólicos siempre
nuevo el viejo rocanroll,
hermosura viva
negritos de extramuros,
metálica y erguida
siempre más, siempre así
tomando la vereda
con la birra o el tetra
entre las manos, risa,
desesperadas ganas
de vivir, tras la banda
ahora, tras los sueños
por la plata o por la patria
caerán desde el cordón
Todavía no, qué
bellos son mis valientes
de estampita, rojo
y negro va mi ruego:
que se cumpla el milagro y
lo prometo, seré
fiel: mis gauchitos Gil
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De Mate cocido (2002)
Así está hecha mi gente
Son de acero y son de ley
La Mona Jiménez, “Mate Cocido”
Segundo David Peralta, alias Mate Cosido
Resistió fuera de ley, resistió fuera de ley
Gieco-Chumbita, “Bandidos rurales”
LOVE STORY
Estábamos
tomando mate en su rancho
bajo un mediodía de oro
en las riberas, San Pedro
era y ella
doña Aurorita López
Iban y venían tramos
de vida con el amargo
Los vecinos,
la miseria, el que está
en el río come, dijo,
Dios y Evita y qué ojos tiene
m’ hijita
hasta que el relato ancló
en su hombre, escuchando manso
mientras hacía el estofado
Supe ser
buenamoza dijo y aquí
amarró su barco un hijo
del gringo Ford. Me propuso
matrimonio
Consulté a mi padre y él
que sabía yo esperaba
al que hoy es mi marido
sirviendo
de soldado allá en el sur,
me miró de frente y dijo:
“Sepa usted y para siempre,
el corazón es una achura
que no se vende”.
THE DRAG QUEEN
Moreno y grueso
recia la voz
de profesión
plomero, amable
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y servicial
a su manera
una segunda
mujer de aspecto
serio el Rubén
visita hoy
a sus amigos
Ayer clientes
hasta ese día
que para ir
al baño dijo
permiso, sí,
volvió vestido
en minifaldas
y remerita
color lavanda
tacos aguja
maquilladísimo
recién salido
de la república
del Once y dijo:
¿les cebo mate?
De tanto en tanto
pasa el Rubén
con su bolsito
al hombro, vuelvo
dice y repite
su cotidiana
hazaña, esa
del deseo oculto
o desoculto
si bien se mira
querible cosa
dejar que sea
fineza drag
o rey por siempre
de corazones.
TRIBUTO
Ya nos volvemos viejos
el Mudito y yo. Alzo
la mano y me contesta,
alza la suya y
le respondo yo. Muelle
o río de por medio
y un dulce amor tan grande
como el tiempo en el medio,
Ramón y yo volviéndonos
viejos. Su gesto siempre
me ilumina, qué será
lo que nos une tanto
vientecito del norte
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en los veranos, ¿sabe
que soy su narradora
y mi héroe es él, gesto
iluminado y yo
palabras en la boca
traición que mal escucha,
un puente al fin tendido
al corazón? Parecen
tan precisos sus actos,
remar, puntear las zanjas,
cortar el pasto. Limpio
movimiento del cuerpo
grácil, sabe lo que hace
y yo no siempre, sólo
si lo miro. No obstante
no es eso, la sonrisa
abierta, la alegría
austera y precisión
de su frase en el gesto
con las manos. No tiene
labia de más, parece
su voz sagrada ¿eso
será? No..., te acordás,
también tuvimos charlas:
me mostraba un anillo
imaginario hablando
de amor, hijo tenía y
mujer que aquel verano
volvió con la amiga
que fue el amor de Juan
O aquella vez: estás
triste? preguntó con
su mano tocándose
el corazón. Lo supo
porque es sabio, y bueno
su mirar, este amigo
tan querido, los dos
poniéndonos ya viejos
Ramón, qué lindo, vos
y yo.
Sobre Mate cocido. Conversación con Jorge Monteleone, Buenos Aires, 2003 (en prólogo a
la poesía reunida)
Escuchar la canción de la Mona Jiménez, me evocó de inmediato el mate cocido de mi infancia
y una escena particular. Mis abuelos, que eran campesinos, contadini sin tierra que llegaron
de Le Marche, arrendaron un campito en Santa Fe para trabajarlo y allí vivieron, en una de
esas típicas casas chorizo, con sus hermanos, sus hijos, sus nueras, sus sobrinos, sus nietos, y
aquella población golondrina que llegaba para levantar la cosecha. Siguieron siendo
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contadini toda su vida. La gente que trabajaba en el campo, a media mañana y a media tarde,
recibía de las mujeres y los niños, en un alto de su tarea, el mate cocido. Yo, la gringuita, iba
con ellas cuando se lo llevaban a los hombres en unos tarritos de aluminio, con pan, queso y
mortadela, eso mismo que los muchachos beben y comen en la canción de la Mona Jiménez.
Me crié en medio de esa gente, escuchando el italiano, el español del litoral, el quechua, el
guaraní. Allí, en el centro de esas voces, había un caldero de historias. Todo el mundo venía a
tomar el mate cocido, era el momento del descanso, de la conversación, del aprendizaje y yo
escuchaba, escuchaba.... Y entre las historias maravillosas que se contaban, se incluían
algunas de aquel otro Mate Cosido, con "s", el bandolero rural que había atravesado esa zona
del Chaco y de Santa Fe. Por eso también incluí en el comienzo del libro, el epígrafe de León
Gieco y Hugo Chumbita: "Segundo David Peralta, alias Mate Cosido / resistió fuera de ley,
resistió fuera de ley". Era alguien del cual se hablaba con mucho cariño entre la paisanada y
se lo veía como un vengador, un "bandolero santificado" como escribió Hugo Chumbita en su
libro Jinetes rebeldes. Muchas veces lo protegían y le daban asilo. Mate Cosido fue mi Robin
Hood infantil. Toda esta gente fue llegando a mí, con sus ropas de domingo, con la sombra del
tiempo donde se alzaba su resonancia. Fueron llegando a mi memoria porque yo también me
voy volviendo "gente de antes". Cuando los recuerdo siento que ellos brillan en mí, y yo en
ellos. Aun en el humor bufonesco, brillan con la grandeza del noble. Si bien admiro las obras y
artefactos paródicos, ese tono me está vedado en la escritura. Llegan de otra forma y no
puedo desmentir lo que se me plantea con tal certeza.