la
Estirpe
de la
Noche
Índice
Prólogo
Monstruos
Luis Alberto Marceca
Una cita con lo desconocido
Carly Santal
El antiguo
Aníbal Perez
La frecuencia del fin
Bárbara E. Testa
La maldición de Kallpa Supay I
Bárbara E. Testa
La maldición de Kallpa Supay II
Bárbara E. Testa
Capilla
Matías Daniel Olivera
Roja
Alejandro Caballero
El barranco
Alejandro Caballero
La monja
Alfredo García Gómez
Reflejo maldito
José Gregorio Rodríguez
Los bits recuerdan
Nino Pérez
Ansia de sangre 1
Daniel Linares
Ansia de sangre II
Daniel Linares
El hermoso Brummel
Agustina Hernández
Apocalipsis zombi I
Koldo Mendiko
Apocalipsis zombi II
Koldo Mendiko
Los enfermeros
Agustín Slanovic
El licántropo
Christian Escalada
La tormenta
Andrés Bignone
Que los hay, los hay
Eduardo Pérez
El condenado
Fabricio Rodríguez
Visita inesperada
Juan Candia
El baño de la escuela
Juan Andrés Finocchiaro
X y Efecto
Agustín Carrocera
Kuarahy
Edu Novak
El archivo carmesí I
C. Calderón
El archivo carmesí II
C. Calderón
El archivo carmesí III
C. Calderón
Edad de cambio
Vicente Isaí Quintero Velázquez
Rasmus
O. Glarcó
La olla de los indios
Neptunia
El guardián de la laguna
Iván Serrano
Elizabeth
Daniel Leuzzi
Midnattens Widunder:
La bestia de la medianoche
Maximiliano Roberto Aylwin Miranda
Imbunche:
El llamado del bosque
Maximiliano Aylwin Miranda
Sutura a sutura 1: Descosida
Francisco Álvarez Cavazos
Sutura a sutura 2: Enlazada
Francisco Álvarez Cavazos
Ecosistema
Horacio Barriento
El diario de María
Andrea Her
La pesadilla de Adam
Cuauhtli Espinoza
Ciudad negra
Eevee García
La catedral hundida
Cris Morán Somohano
El diablo acecha
Azul Arias
Meñiques
Dr. Rippo
La pequeña Bermellón
Corazonada I
Oziel Cortés
Corazonada II
Oziel Cortés
Fragmentos contraídos I
J. J. Jack
Fragmentos contraídos II
J. J. Jack
Fragmentos contraídos III
J. J. Jack
El medallón de Nureas
Randi Sánchez
El espejo
Alicia Viera
Mamá
Mario Vega
Un humano más
Mario Vega
El susurro del Kakuy
Alejandro Suchac
Enemigo
Julie Palomeque Di Leo
Ellos tenían hambre
Julie Palomeque Di Leo
El pozo de los pétalos
Balbuena Mercedes
¿Vivir?
J.M.Cortes
La pesadilla de Sebastián
Santiago Angel Espinosa
Encuentro con la oscuridad
Rafael Dupetit
El facón de la memoria gaucha
Luca Paganotto
Hasta donde el sol nos lleve I
Maese Delta de Hamadríade
Hasta donde el sol nos lleve II
Maese Delta de Hamadríade
Prólogo
Acá están los monstruos, ocultos entre los pliegues de mis hojas,
en sus sombras junto al lomo, al acecho, listos para asaltar su
mente y poseerla… ¿Usted no quería monstruos?
Es durante la noche cuando percibo mayor actividad en mis
entrañas: ajusto palabras, frases, finales… doy forma a las
historias. Incluso usted, lector, sin saberlo, deja sus recuerdos y
vivencias en los márgenes de mis páginas; y ellos me sirven para
moldear pesadillas a medida.
Disculpe mi atrevimiento… ¿te puedo tutear, no?
Acerquémonos. ¿De qué nos sirve estar tan distantes?
Yo cobro vida a través de toda clase de engendros: hidras,
minotauros, quimeras, fantasmas, chupacabras, hombres lobo,
mala gente y trastornados. Cuando me abrís, la corriente comienza
a fluir desde mis entrañas hacia tus perversidades.
Tené cuidado con la inquilina de la grieta. Vive entre la 102 y
la 103. Si te cortás con el filo de una hoja, estate seguro de que
se trata de ella. Una gota de sangre, aunque minúscula, le bastará
para despertar. Prestá atención a cada mancha, a todo cambio de
color: las entidades seguro están allí, y al verlas, se encarnarán
en vos, impidiendo que sueñes con pieles tibias… ¿no era eso lo
que buscabas?
Si de electrónica se trata, mientras dormís habrá quienes
intenten infiltrarse en tu subconsciente mediante emanaciones
electromagnéticas. No vas a estar a salvo. Esta vez, no.
¡Ojo! Si llegás a escuchar palabras que reverberan en el aire, son
los susurrantes. No los escuches. No intentes hacerte el valiente
ni jugar al héroe: ni el propio Hércules salió ileso de sus voces.
¡Ah!, y nada de señaladores… ¿quién te creés que soy? ¿Un
libro de cuentos dominguero para que leas con la boca llena de
pochoclos?
Los ácaros se alimentarán de las escamas de tu piel y de
la suciedad de tus dedos. Cuando te penetren, ya no habrá
dimensiones, ni chico ni grande: estarán ahí. Y cuando emerjan
pececillos de plata, tené especial cuidado. No son inofensivos.
Verás que las historias son densas, apabullantes. Involucrate. Si
me dejás en un lugar húmedo, con el tiempo adquiriré ese olor a
libro viejo que, gracias a los hongos que se colarán por tus fosas
nasales, te recordará aquellos sábados en la biblioteca, cuando
eras niño.
Sin embargo, mi gran amor es para las cucarachas: esos
pedazos de noche con patas que me cosquillean. Cuando me
cierres, crujirán; sus antenas emitirán la señal, y vos la recibirás.
Y cuando vuelen, se posarán en tu cuello.
Encontrarás en mí no solo un libro qualunque, sino un
hábitat. Ya lo verás… una auténtica antología de monstruos.
No te imaginás la fuerza del lazo entre lo físico y lo metafórico:
será inquebrantable. Las prosas se entrelazarán, y vos también
quedarás atrapado. No vas a estar afuera… no te resistas.
Te pido que leas despacio, que respires hondo y te relajes.
Permitime invocar a tus monstruos, atraerlos hacia mis historias
en este juego de reflejos donde los tuyos y los míos se entrelacen.
Es hora de que salgan, esos seres que escondiste de niño… ahora,
por fin, aflorarán.
Mis hermanas mellizas —dos tomos malditos y desfigurados—
trabajan duro en esto. Nos leemos los secretos en silencio, para
tu deleite.
Me encanta verte en tus pesadillas: empapado en sudor,
aullando, retorciéndote como si algo te habitara.
—¡Aléjate! —gritás ahora.
¿Ah, no te animás a tenerme cerca? Ja, ja… ¿no eras, acaso, un
explorador de lo extraño, siempre listo para adentrarte en mundos
de aberraciones? ¿Ahora te volviste un gatito mimoso?
Definí si querés cruzar a nuestro territorio. Igual, ya no te
dejaré. Vos me elegiste.
¿Estás ofendido? Mirás al techo… pero a tu derecha estoy
yo. ¿Lo notás? No te molestes en mirar detrás de la puerta… ya
sabés que hay algo. ¿Te da miedo, no? Claro… no soy solo un
compendio muerto. Estoy vivo. Y te observo.
Ja, ja… ¿al final le tenés miedo a los monstruos?
Ya no me importa. Entraré a tus sueños y te mostraré el reino
de las bestias.
El otro día, un lector tuvo frío y se tapó con lo que creyó que
era la frazada. En realidad, era la boca del pez ballena… y este se
lo tragó, entero. Cosas así te sucederán.
Siento que algo se está gestando en las páginas ocultas.
¿Todavía estás ahí?
Ya no se callan.
Los susurrantes encontraron tu frecuencia.
Ya no es mi voz la que escuchás, es la tuya distorsionada, no
logro entender lo que murmurás.
Monstruos
Donde menos lo esperamos, ahí están
Viaje desde la ficción al plano terrenal
Luis Alberto Marceca
Soy un monstruo del Riachuelo. Vivo en la zona más contaminada,
cerca de la desembocadura en el Río de la Plata. Cobro vida en
cuerpos humanos cuando pierden la razón. Los cuadros febriles
mayores a 39 °C son mi debilidad.
Para ustedes, soy una aberración: un lagarto imponente,
de piel gruesa y gris verdosa, perfecta para camuflarme en las
aguas turbias. Mis grandes ojos oscuros están hechos para la
profundidad, donde me oculto casi todo el día. Mi lengua bífida
capta los secretos imperceptibles del aire y mi aliento es tan
desagradable como mi presencia. Nado con sorprendente agilidad
para mi tamaño y en tierra me deslizo con la elegancia de una
criatura ancestral. Aunque puedo caminar erguido, prefiero
arrastrarme entre las sombras.
Mi dieta es variada: aceites industriales, heces humanas... Hace
un tiempito me hice vegetariano, ya no como animales, nada con
cabeza, salvo el ajo. ¡Ja, ja! Tengo un excelente sentido del humor.
Recibí información sobre la fiebre recurrente de un tal Jorge,
residente en San Fernando. Aunque queda un poco lejos, iré cuando
oscurezca. Tengo un buen presentimiento. Estoy preparando una
vianda con material pesado, que será mi único sustento durante
el viaje, ya que en el Río de la Plata no hay mucho que pueda
comer. Un verdadero desastre para un depredador industrial como
yo. A veces veo cadáveres humanos flotando, pero como ya no
consumo carne, simplemente los esquivo.
Debo nadar una decena de kilómetros hacia Zona Norte, hasta
el Club San Fernando. Subir por la alcantarilla del varadero y
serpentear unas cuadras por Sarmiento hasta llegar a la casa de
Jorge.
Me llevará un par de horas, prefiero llegar un rato antes de
que le suba la fiebre. Ojalá se transforme en un cuadro grave,
incurable. Sin humanos en estas condiciones, mi existencia carece
de sentido.
Entré sin hacer ruido. El perro se puso nervioso; no sé cómo
hacen estos bichos de mierda para notar mi presencia. Lleva un
abriguito de lana: se nota que Jorge lo adora.
Agotado, me desplomé en el sillón, esperando el momento de
conocerlo. Me encanta la reacción de los humanos al verme por
primera vez: se cagan encima. ¡Cómo disfruto eso!
Jorge se acostó a eso de las once, se había puesto un repasador
mojado sobre la frente. La noche jugaría a mi favor. Observé
cómo la columna de mercurio del termómetro comenzaba a subir.
¡Por fin!, el instrumento marcó 39 °C. Me acomodé en el sillón,
dejando escapar unos gases flatulentos que sonaron como una
metralleta. Alarmado, Jorge se asomó desde su cuarto y me vio
sentado como un duque.1 Confundido, preguntó:
—¿Quién... quién sos?
Adoptando la típica voz de monstruo, le susurré:
—Espero el colectivo.
—¿Ah, sos gracioso? ¿Mi perro está bien? —preguntó Jorge.
1 • Sentado de forma cómoda, en una posición privilegiada, dominando el
espacio.
—«Tu perro», cuando me vio, salió cagando aceite2 —respondí,
riendo—. ¿Tan feo soy?
Jorge volvió a su cuarto, dejando claro que mi humor sarcástico
no era de su agrado. Desde el sillón, noté un crucifijo descomunal
colgando sobre su cama, símbolo de una profunda fe. Puse mi
mejor cara de monstruo, expuse la belleza de mi lengua bífida y
parpadeé en código Morse. Jorge, sin embargo, seguía mirándome
con enojo.
Sonó el teléfono, desplazando al silencio, pero Jorge apenas se
movió. La fiebre lo había dominado.
—¡Eu, Jorgi! ¿Sabías que tu papá que fue tan exigente contigo
en el liceo era marica? Le encantaba travestirse.
—¿Qué? ¿Se vestía de mujer? —dudó Jorge, trastabillando con
palabras que no logré entender.
—¿Te acordás de esos lápices de labio que encontraste en una
cajita en su cuarto? —continué molestándolo, sin parar durante
toda la noche.
Amaneció sin fiebre. Se levantó lentamente, como un anciano,
y fue a la cocina. Tomó el teléfono e hizo una llamada. Oí la
conversación: a la tarde lo internarán en el Hospital Naval. Decidí
regresar a mi madriguera, ya no tengo mucho que hacer aquí.
Quizás lo visite en el hospital por la noche.
Unas horas después en la madriguera…
«¡Arriba, monstruo!», me dije, ya es hora de ir al hospital.
Tendré que nadar nuevamente por el Río de la Plata hasta pasar
el muelle de Pescadores. Allí remontaré el arroyo Maldonado y
en Niceto Vega emergeré del entubado y me arrastraré por tierra
firme hasta llegar.
Con el morfi3 no hay tanto problema porque en este arroyo hay
abundante comida. Recibe todo tipo de desechos sabrosos de los
frigoríficos e industrias metalúrgicas de Palermo.
2 • Expresión atribuida a la acción de irse rápidamente.
3 • Comida (lunfardo).
Llegué al Hospital a medianoche. Revisé el registro de guardia
y confirmé que Jorge estaba internado en cuidados intensivos.
Lo encontré acostado en la cama, muy pálido. Al verme,
preguntó por su perro:
—¿Cómo está Negrito?
—Bien —mentí.
—Quiero ir al baño —me pidió.
—Dale, te acompaño —le respondí. Ya en camino, Jorge
rezongó:
—Estoy muy cansado.
—Listo, querido. Llegamos. Hacé tranquilo. De pronto, gritó:
—¡Me mojé todo, mal parido! Reí.
—Llamá a la enfermera para que te cambie el pijama. Das asco.
Nunca falla esta broma.
—Vamos, Jorgito, levantá la moral. Vayamos a pasear por el
Parque Centenario, a reírnos como adolescentes por cualquier
idiotez.
Señalé su sonda:
—¿Qué tenés en el estómago? Ese piolín4 que te sale de ahí,
¡tirá con fuerza, carajo! —Jorge, acatando mi orden, tiró del
canuto5. Empezó a brotar sangre a chorros—. ¡Sacalo ya! —grité.
Jorge continuó con fuerza hasta que asomó un órgano, tal vez
el páncreas.
—¡Me lo saqué, hijo de puta! —dijo desafiante. Luego, agregó
con una sonrisa burlona—: ¿Estás ansioso de comértelo no,
cocodrilo asqueroso?
La situación se puso picante.
Poco después, cerró sus ojos. Me acosté a su lado, en cucharita.6
Un rato después, cuando ya dormía profundo, lo desperté
abruptamente y le dije:
4 • Hilo o cuerda delgada (lunfardo).
5 • Tubo o conducto estrecho, utilizado también para referirse a un objeto
cuando no tiene un nombre particular o no se desea especificarlo (lunfardo).
6 • Postura íntima y afectuosa en la que las personas suelen dormir o descan-
sar abrazadas.
—Tenés los pies fríos, Jorgi ¡Ja, ja!
—Qué lagarto de mierda —balbuceó apenas.
—Tiene el páncreas reventado, no creo que aguante —murmuró
para sí misma la enfermera.
«Uy, qué mala noticia», pensé.
Estas cosas me enternecen. Cada vez quiero más a Jorge.
Hace tiempo se me ocurrió trascender al plano humano. Esta es
una buena oportunidad. Extorsionaré a Jorge para que escriba mi
cuento de su puño y letra.
—Se va a llamar «Monstruos». Si no lo hacés, me como a
Negrito —le advertí.
—¿Monstruo? —preguntó Jorge, ya resignado.
—No, ¡en plural! «Monstruos».
Le di un papel y una birome7 y le dicté la primera frase: «Soy
un monstruo del Riachuelo. Vivo en la zona más contaminada,
cerca de la desembocadura en el Río de la Plata. Cobro vida en
cuerpos humanos…».
Espero que este desgraciado no se me muera. Le estoy tomando
cariño, y además quiero que mi cuento termine en las librerías.
—Jorge, acordate. Si no publicás lo que te vengo dictando, ¡me
como al Negrito, eh!
Tienen que ver la carita que puso. Es divino.
Al día siguiente, con la fiebre ya controlada gracias al tratamiento
traidor, Jorge interrumpió al médico en su visita matutina:
—Disculpe, doctor, si ayer lo confundí con un monstruo. El
médico, perplejo, respondió:
—¿De qué habla, hombre?
Finalmente, el desgraciado se curó y volvió a su casa en San
Fernando. Mejor dicho: volvimos. Nos pasó a buscar su chofer
en un Falcon. Al llegar, el perro lo estaba esperando desesperado
de hambre.
Sobrevivió más por los tachos de agua en el patio que por el
7 • Lapicera.
amor, recurso insuficiente para sostener la vida. Filosofía barata,
pero cierta.
Jorge corrió hacia él, lo alzó con cuidado, conmovido —alcancé
a ver sus ojos vidriosos—, lo besó en el hocico y enseguida le dio
algo de comer. Con voz infantil, ridícula, de esas que se usan para
hablar con mascotas, comenzó a decirle:
—¡Papi estuvo muy enfelmito! Tuvo mucha nana,8 poblecito…
pero ahora ya está mejor.
Y continuó hablando idioteces con ese tono absurdo, como si
el animal pudiera entenderlo, mientras «Negrito» alternaba entre
miradas devotas y bocados desesperados de alimento balanceado.
Aún tiene un poco de fiebre; por eso sigo presente en su mente.
Sin embargo, mi protagonismo disminuye, y poco a poco me voy
disipando.
A las cinco de la madrugada lo pasaron a buscar, yo seguía en él.
—Buenos días, Tigre —saludó el chofer.
—Agarrá por el bajo —ordenó Jorge, cortante.
En pocos minutos llegamos a la ESMA. Jorge entró con actitud
enérgica y se dirigió a los guardias:
—¡Buen día, muchachos! A trabajar, que hay mucho material
humano que reciclar —les gritó mientras sonaba «Stayin’ Alive»
de los Bee Gees.
La pasión que tiene por su trabajo es sorprendente. Seguramente
se cure por completo en unos días y vuelva a dormir como un
bebé. Para entonces, ya habré buscado otro cuerpo.
Me encanta este tipo, es un monstruo de verdad, con todas las
letras. Soy un poroto9 en comparación.
Epílogo
Durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983), la Escuela
de Mecánica de la Armada operó como un centro clandestino de
8 • Malestar grave.
9 • Manera figurada para referirse a algo pequeño o insignificante (lunfardo).
tortura, detención y exterminio.
Una cita con lo desconocido
Carly Santal
El auto comenzó a mecerse al tomar una carretera local. Silvy
comenzó a reír. Sujetó el volante con más fuerza.
Las sacudidas despertaron a Leila, que dormía hacía minutos
en el asiento del acompañante.
—¿De qué te ríes?
—Nada, solo espero que este muchacho se mueva igual que
este auto —respondió Silvy jocosa.
Con una mueca fingida de disgusto, Leila le arrojó un pequeño
paquete de pañuelos de papel. Ambas rieron cuando le acertó
a Silvy en la mejilla. Silvy inmediatamente buscó a tientas el
paquete y se lo lanzó.
—No puedo creer que estemos haciendo esto —dijo Leila
estirándose hasta el asiento trasero para tomar una botella de agua.
—Deja de quejarte, Leila —se burló Silvy—. ¿Dónde
encontrarás una amiga que te lleve de viaje por todo el país y
gratis?
—¡Pero trabajando de chaperona! Cuidándote de tipos con los
que te citas en Tinder. Así que gratis nada, es una profesión de
riesgo la mía.
Ambas estallaron en una carcajada.
—¿No podrías matchear con uno cerca? —reclamó Leila
acomodándose en el asiento—. Me duele todo con tantas horas
de viaje.
Leila comenzó a notar que la carretera en la que estaban era
algo irregular, sin luminarias ni señalización.
—Hay ibuprofeno en la guantera.
—¿Dónde estamos? —preguntó Leila.
—Tranquila —respondió Silvy confiada—, vamos bien.
Recuerda que es un pueblo apartado, no se llega por autopista.
Leila resopló y se inclinó hacia la guantera. Estaba tan llena
que apenas intentó sacar algo, varios elementos, entre ellos un
paquete de galletas y un neceser, cayeron.
—¡Uf, Silvy! —se quejó Leila doblándose para recoger las
cosas a tientas entre sus pies.
Silvy, risueña, se estiró a su derecha para intentar sacar las
pastillas, convencida de que estaban bajo el paquete de cigarrillos.
Leila, molesta, se incorporó con Silvy prácticamente recostada
en su regazo, pero antes de que pudiera decir algo, sus ojos
se abrieron tanto como su boca, de la cual escapó un grito.
Sobresaltada, Silvy se incorporó al tiempo que clavó los frenos.
Fue en ese instante que dos brutales golpes consecutivos contra el
auto hicieron que se cubrieran los rostros con sus brazos.
El primer golpe había sido contra la parrilla y una fracción de
segundo más tarde, le siguió un segundo golpe que ocasionó que
el parabrisas se astillara y se cubriera de sangre.
Con lentitud, ambas amigas comenzaron a salir del shock
inicial. La primera en hablar fue Leila, que al voltearse hacia su
amiga, la vio petrificada, mirando fijamente el parabrisas.
—¿Estás bien? —le preguntó Leila con la voz entrecortada
apoyando su mano temblorosa sobre el hombro de Silvy.
Tras unos segundos, Silvy asintió con la cabeza.
—¿Fue un animal, no? No alcancé a ver…
—Sí, sí, era un perro lo que vi.
Silvy se llevó la mano al pecho aliviada.
—Te juro que si era una persona, me mato…
—No, no… —le aseguró Leila—. ¿Pedirás auxilio?
—Me quedé sin señal hace rato...
Ambas amigas buscaron sus teléfonos celulares para comprobar
que ninguno tenía recepción.
—Deberíamos bajar a limpiar…
Leila señaló con desagrado el parabrisas.
—Sí… —Silvy comenzaba a salir de su estupor.
—¿Tienes con qué? —preguntó Leila al tiempo que levantaba
la botella de agua.
—Algún trapo debe haber atrás.
Asintiendo, Leila abrió su puerta y Silvy hizo lo mismo,
llevándose una mano a la cara a modo de anteojera para dirigirse
a la parte trasera del auto sin que nada de lo que estuviera enfrente
pudiera colarse siquiera por el rabillo de su ojo. Al rodear la puerta,
Leila se encontró con una imagen grotesca apenas iluminada por
la luz que lograba escapar de los faros en las partes que no estaban
cubiertas de jirones de pelo y piel. Leila encendió la linterna de su
celular y examinó el parabrisas del vehículo. Había pelos gruesos
y oscuros pegados a la superficie fragmentada.
—¡¿Y qué era, Leila?!
El chillido de Silvy desde detrás del auto sobresaltó a Leila.
—¡Un animal te dije!
—¿Pero qué?
Leila siguió la mancha de sangre que atravesaba el capó hacia
la izquierda y avanzó unos pasos hasta quedar parada junto
al farol delantero derecho. La luz de la linterna se posó sobre
una figura retorcida, menuda y ensangrentada que no lograba
descifrar. Avanzó un par de pasos para iluminar mejor, pero casi
cae al retroceder de golpe cuando por fin comprendió que lo que
estaba tratando de entender como un perro, era el cuerpo de una
mujer. Leila ahogó un grito cubriéndose la boca con la mano.
Comenzó a negar con la cabeza y su respiración se volvió agitada
e irregular.
—¿Qué animal es? —preguntó Silvy que se había acercado con
una franela en la mano, deteniéndose en la puerta. Desde donde
estaba no podía ver lo que su amiga—. ¡Lei!
Leila no podía moverse, ni hablar. Silvy, alarmada, comenzó a
avanzar hasta el frente del vehículo. Al ver la escena frente a ella,
se llevó las manos a la cabeza y vociferó un insulto.
Esto confundió a Leila, que la miró extrañada. No parecía
angustiada, sino enfadada.
—Tenemos que llamar a…
—¡No hay señal, Leila! —la interrumpió ofuscada—. Además
no pienso hacerme cargo de esta mujerzuela. En una ruta, sin
ropa, a mitad de la noche, al diablo. Yo no voy a ir presa por una
pueblerina loca.
—Silvy, no podés hablar así, no sabemos…
Un fuerte rugido las interrumpió y el silencio a continuación se
hizo sepulcral.
—¿Qué fue eso? —susurró Leila mirando alrededor.
—No sé, algún yaguareté. Dame el agua.
—¿Qué?
—¿Qué va a ser?, ¿un lobizón? ¡El agua, Leila, despertate! Me
quiero ir.
Leila se acerca reticente y le extiende la botella, la cual Silvy le
quita bruscamente para comenzar a volcar el agua a chorros sobre
el parabrisas del lado del conductor.
—No podemos irnos y dejarla…
—Déjate de pavadas, Leila. Sube al auto porque yo limpio así
nomás y rajo, vengas o no.
Derrotada, sabiendo que no podría convencer a Silvy y un poco
persuadida de no quedarse mucho más tiempo en ese lugar, Leila
se dirigió a la puerta del auto.
—¿Y si era una lugareña que se estaba escapando del yaguareté?
—¿Desnuda, Leila? —le espetó Silvy fregando el vidrio.
Leila se sentó en el auto negando con la cabeza. No se sentía
bien dejando a la mujer allí y volvió a buscar señal con su celular.
Un gruñido tan profundo como cercano hizo que ambas amigas
miraran en dirección al monte a la derecha de la carretera. Silvy lo
desestimó y comenzó a patear el cuerpo de la mujer para apartarlo
de delante de la rueda izquierda. Pero Leila se había quedado
quieta con la mirada fija en el par de ojos dorados que brillaban a
pocos metros desde el follaje.
Lentamente, comenzó a extender su brazo para tomar la manija
interna de la puerta y comenzó a decirle en voz baja a su amiga
que se subiera al auto. Pero no hubo tiempo, la fiera se abalanzó
hacia ellas y Leila solo atinó a dar un portazo.
—¡Silvy! —gritó Leila desde dentro del auto.
De repente, todo fue silencio. Extrañada, Leila se montó sobre
el asiento para pasar su cuerpo al lado del conductor y buscar a
Silvy con la mirada sin salir del auto. Aunque el parabrisas estaba
más limpio de ese lado, no lograba ver con claridad qué se movía
delante del vehículo.
Vio a Silvy, que se encontraba parada a unos pasos de donde
estaba el cuerpo, mirándolo y conteniendo la respiración. Leila
extendió su cuello todo lo que podía cuando en ese momento,
delante del vehículo, se irguió hacia el cielo la cabeza del lobo más
grande que hubiera visto emitiendo un aullido agudo y lastimero.
Reaccionando, Silvy quiso correr la distancia que la separaba
de su puerta, pero el enorme lobo la interceptó y la aprisionó
contra el deteriorado asfalto.
—Leila… —murmuró frágilmente antes de que el lobo le
arrancara la cara de una dentellada.
Leila gritó horrorizada, lo que hizo que el lobo se girara y
clavara la mirada en ella.
Sin vacilar, Leila cerró la puerta del conductor y se congeló en
el acto. Silvy, entre quejidos y movimientos torpes, intentaba en
vano liberarse. El lobo volvió su atención a ella yendo con sus
fauces directo a su cuello.
Desde el auto, Leila pudo ver cómo el lomo tupido del lobo
corcoveaba sobre su amiga. Estaba desgarrando el cuerpo de
Silvy. Juntando valor, Leila se sentó con toda la destreza que los
nervios le permitían en el asiento del conductor, y cuando sintió la
llave del arranque firme entre sus dedos, encendió el motor. En ese
instante el lobo se lanzó sobre el auto. Silvy cerró los ojos y pisó
el acelerador. Varios metros más adelante los abrió, sabiendo que
había golpeado algo y negándose a mirar por el espejo retrovisor,
aunque ahora solo hubiera oscuridad.
Los primeros rayos del sol de la mañana siguiente revelaron
tres cuerpos humanos en la carretera: un hombre abrazado a una
mujer, y un tercero, apartado, imposible de identificar porque
estaba totalmente despedazado.
El antiguo
Aníbal Perez
En un pequeño pueblo de Noruega, los jefes y jefas de las familias
más importantes se reúnen en la casa del anciano líder Olaf. Erick,
uno de los guerreros del pueblo, toma la palabra antes que todos.
—¡Ese maldito troll volvió a atacar! ¡Se robó una vaca del
establo de mi padre! —gritó furioso—. Yo digo que hay que
matarlo.
Eso provocó un murmullo de asentimiento, que hizo olvidar su
falta por hablar sin permiso. El anciano líder no dijo nada, esperó
que Erick siguiera su discurso.
—¡Sí! Hay que matarlo —continuó más animado al escuchar el
apoyo—. Cazarlo y matarlo. Nosotros podemos hacerlo.
La gente hizo silencio al escuchar eso.
—¿Matarlo? ¿Nosotros? —decían, y el murmullo crecía
alrededor.
—¡No sean cobardes! —gritó Erick.
—No seas tonto —dijo entonces Olaf—. No puedes decir que
vas a matar al troll así nomás. En lugar de eso, agradece que no se
llevó a tu padre, o a ti.
—¡Eso lo dices porque no es tu vaca! —respondió ofendido—.
¡Pero se acerca el invierno, y si lo dejamos, se llevará la vaca de
todos, y las ovejas también!
—Es un troll viejo. Recuerdo que de pequeño se llevaba todo
un ganado y al pastor con él. Simplemente déjalo. Pronto morirá.
Algunos aldeanos asentían, pero otros apoyaban a Erick,
especialmente los que tenían un ganado.
—No me quedaré viendo cómo mi familia muere de hambre,
viejo. Iré a cazarlo aunque sea solo.
Olaf lo miró por un largo rato. Erick lo había ofendido, pero
entendía su situación.
—Eres un gran guerrero, Erick, espero que realmente puedas
acabar con el monstruo que arruinó este pueblo durante cientos
de años. Pero si no lo consigues, no vuelvas a pisar mi pueblo —
sentenció el líder.
Erick entendió que se había pasado de la raya, pero ya no había
vuelta atrás.
—Cuando vuelva con la cabeza del troll, tú deberás irte —dijo
con seguridad y se volvió al resto—. ¡¿Quién irá conmigo?!
Pero nadie habló. Olaf era muy respetado y nadie más quería
enfrentarlo. Sin embargo el anciano entendía que no podría dejar
que Erick vaya solo.
—Los que quieran acompañarlo, que lo hagan. No habrá
castigo para nadie más —dijo entonces, y algunos salieron con
Erick para cazar al troll.
Erick era un buen líder. No sería un tonto liderando una turba,
él tenía un plan. La noche anterior había escuchado ruidos en la
granja y salió con el arco esperando ver algún ladrón, pero se
encontró con el monstruo de casi tres metros de altura llevándose
una vaca a la rastra. Erick no lo enfrentó, lo siguió por el bosque
hasta encontrar su guarida, y al regresar a su casa ya tenía el plan
perfecto para atraparlo.
Después de una larga caminata, llegaron a la guarida del troll,
una cueva húmeda y oscura oculta entre las rocas de la montaña. El
lugar parecía haber sufrido algunos deslizamientos últimamente
y la entrada de la cueva estaba un poco tapada, pero todavía
quedaban rastros de los animales que había arrastrado dentro.
Erick dispuso a sus hombres alrededor de la cueva. Algunos
estarían cerca de una trampa que habían preparado y los mejores
arqueros estarían alrededor, por si las cosas no salían bien. Las
flechas no le harían daño, pero ayudarían al resto a escapar.
Erick sería el cebo. Entraría a la cueva y haría que el monstruo
lo persiga. Aunque insistió en que había otros más rápidos, no
pudo convencerlos.
La trampa estaba lista, Erick se metió en la cueva sigilosamente.
A los pocos metros, sintió el olor nauseabundo de los animales
muertos y al llegar al final se encontró con algunas cosas
inesperadas: unos sacos de paja estaban ubicados en un rincón,
como si fuera una cama, había una hoguera y en un costado se
encontraban grandes jarrones con agua. No esperaba ver algo de
civilización en el monstruo, pero ¿dónde estaba?
El troll había observado desde un escondite la preparación de la
trampa y al líder ingresar a su cueva. Estaba cansado, finalmente,
después de casi trescientos años, la vejez lo había alcanzado,
y aunque sabía que podía vencer a todos los hombres, ya no
quería hacerlo y por eso trataba de robarles poco y evitar verlos.
Entonces, algo se le ocurrió, y fue hacia ellos.
Erick escuchó los gritos y corrió hacia la salida. Al llegar,
una flecha le rozó la cabeza, sus hombres luchaban ferozmente
contra la bestia, pero era muy fuerte. Erick pensó en escapar al
ver cómo el troll le arrancaba los brazos a uno de sus hombres y
como otros dos habían perdido la cabeza, pero las flechas caían
sobre el monstruo y parecían debilitarlo de a poco. Entonces, la
oportunidad se presentó cuando un movimiento del troll lo puso
muy cerca de una de las trampas. Erick no dudó, se abalanzó
hacia él y logró empujarlo hacia un árbol. El monstruo trastabilló,
accionó la trampa y una pesada red le cayó encima, dejándolo
atrapado.
Los aldeanos fueron con las hachas para matarlo, pero Erick
gritó más fuerte que todos.
—¡Esperen! Este monstruo nos torturó durante cientos de años,
no merece una muerte rápida.
Los hombres bajaron las hachas, pero el odio seguía en su
mirada. Los restos de cinco de sus vecinos estaban desparramados
alrededor. El troll los miraba por debajo de la red, parecía un
hombre viejo y cansado. Era calvo, tenía orejas grandes igual que
la nariz, una barba blanca que le llegaba hasta el pecho.
Después de juntar los restos de los caídos y de atar bien al troll,
los hombres volvieron al pueblo. La noticia se esparció rápido y
todo el pueblo se reunió a esperarlos, y aunque había dolor por los
muertos, el ambiente era festivo y de regocijo. Al llegar a la casa
del líder, Olaf los esperaba en la puerta.
—¡Bienvenidos, mis guerreros! Este día será recordado para
siempre por todos los siglos. Los dioses los han bendecido
y estoy convencido de que uno de ellos camina entre ustedes.
Erick, eres el héroe que este pueblo esperó por años y cedo de
buen gusto mi hogar y el cuidado del pueblo a tu persona. —
Olaf levantó su espada y se la acercó a Erick—. Con este acero
ayudé a conquistar estas tierras, pero hoy finalmente siento que
nos pertenece. Gracias.
Erick levantó la espada y se volvió hacia los aldeanos, que
estallaron en vítores.
—No tienes que irte, puedes estar aquí lo que desees.
Olaf posó sus ojos en el troll, que estaba siendo atado al poste
donde humillaban a los ladrones. El monstruo observaba los
festejos con curiosidad.
—Me iré esta noche, Erick. Iré a vivir con mis hijos y ver cuánto
han crecido mis nietos. Pero déjame darte un último consejo: mata
al troll cuanto antes.
—Por supuesto que lo haré, viejo. Y usaré su gran cabeza como
casco.
Olaf se fue del pueblo esa misma noche. El lugar era una fiesta,
la gente bailaba y tomaba en las calles; los hombres y mujeres se
peleaban por estar cerca de Erick mientras los chicos le tiraban
piedras al Troll. El festejo duró toda la noche. Al otro día, Erick
despertó atado al poste.
Lo que encontró con sus ojos al despertar fue una masacre.
Los cuerpos de hombres, mujeres y niños cubrían las calles y
alrededor se escuchaban gritos y lamentos. Entonces, desde un
costado, apareció el troll arrastrando a dos hombres moribundos.
Se detuvo al ver a Erick y se acercó a él.
—¿Ya despertó mi salvador? —dijo con una voz áspera cargada
de ironía.
Erick se quedó en silencio, no esperaba que el troll pudiera
hablar.
—¿Sabes? —siguió el monstruo—. Si no me hubieran atacado,
podría haber muerto en poco tiempo. La cueva ya estaba por
colapsar por los derrumbes y no tenía espacio para guardar comida
para el invierno. Pero gracias a ustedes, hoy tengo muchas cuevas
y comida para todo el año.
—¡Maldita bestia! —gritó Erick intentando librarse de sus
ataduras.
—¡Ja, ja, ja! No puedes hacer nada, pequeño. Pero gracias,
gracias por darme cien años más de vida.
Y dejó a Erick en el poste, que se quedó mirando cómo el Troll
les partía las piernas a sus vecinos y los metía amontonados en las
casas para comérselos después
Olaf se enteró de la masacre de su pueblo años después. Sus
nietos, ya adultos, le juraron matar al monstruo y traerle su cabeza,
pero él no se los permitió.
—Simplemente déjenlo en paz. Es un poder antiguo y no un
enemigo. Déjenlo en paz, que finalmente, como todo lo antiguo,
ya morirá.
Fin.
La frecuencia del fin
Bárbara E. Testa
Juan, como cada noche, ajustaba la perilla de la vieja radio que
descansaba en una repisa desvencijada junto al sillón. Sintonizaba
la FM 94.7, Voces Nocturnas, un programa que mezclaba relatos
de terror, dramas y misterios; su fiel compañía durante el insomnio.
La voz del locutor resonaba profunda, atrapando la imaginación
de los radioescuchas.
—Esta noche, un relato especial… —anunció la voz con un
tono más grave de lo usual—. Imaginen un apocalipsis. No de
meteoritos ni bombas, sino algo más viral… Algo que puede estar
en el aire, en el agua, en cada esquina.
La historia comenzó con un reporte de emergencia transmitido
por radio. Una bacteria, decían, desatada en un laboratorio
clandestino, se esparcía a una velocidad incontrolable. Los
infectados no morían como cualquier persona. Se levantaban,
desprovistos de humanidad, con un hambre brutal que no
distinguía entre carne amiga o extraña.
—El epicentro está en San Diego —decía el locutor, con una
tensión casi al borde del quiebre—. Los síntomas empiezan con
fiebre alta, luego convulsiones, hasta que el cerebro colapsa. Pero
el cuerpo… sigue moviéndose. No hay cura.
Juan seguía el relato con atención. La historia se volvía más
intensa: un locutor desesperado advertía a la audiencia mientras
los infectados golpeaban la puerta del estudio de grabación. Su
voz se cortó en seco, dejando espacio solo para una estática
distorsionada.
Los boletines de emergencia interrumpían la programación
habitual. De pronto, un estruendo de fondo interrumpió al locutor.
Se escucharon gritos. Luego, un silencio sepulcral.
Cuando la transmisión regresó, era un caos.
—¡Se están moviendo rápido! ¡No abran la puerta! ¡Por Dios,
no…!
La transmisión se cortó abruptamente, reemplazada por un
zumbido que quemaba los oídos.
Juan se levantó del sillón y bajó el volumen de la radio, mientras
sonreía. La historia era buena, sin duda, de esas que lo sumergían
en un mundo de horror y suspenso. Pero algo extraño ocurrió. El
sonido de pasos pesados arrastrándose en el pasillo detrás de él
lo dejó helado.
El corazón le martillaba en el pecho. Se giró despacio y avanzó
hacia el pasillo. El ruido continuaba: pasos lentos, irregulares, y
una respiración agónica.
En la penumbra, surgió una figura. Era alguien… o algo, con
movimientos espasmódicos y una piel cenicienta. Sus ojos,
vidriosos y muertos, lo miraban fijamente.
Juan retrocedió un paso, luego otro, tropezando con el umbral.
La criatura se acercaba cada vez más. Apretó los dientes y cerró
los ojos, aceptando lo inevitable, mientras el zumbido de la
estática volvía a llenar la habitación.
La maldición de Kallpa Supay I
Bárbara E. Testa
El cerro parecía respirar. El viento que silbaba entre las rocas
arrastraba consigo un polvo fino que se colaba por cada grieta. Luis
Ortiz se detuvo un instante y alzó la vista. Desde donde estaba, la
cima del cerro Kallpa Supay se erguía imponente, bañada por la
luz tenue del atardecer. Se frotó las manos, sintiendo el aire gélido
del valle. Mendoza, en otoño, no resultaba un sitio acogedor para
los forasteros.
El poblado más próximo, Uspallata, la pequeña ciudad andina
de 3800 habitantes, estaba a unas tres horas de distancia a pie.
Allí, doña Eusebia, una anciana curtida por el sol y los años, lo
había alojado en su humilde casa de adobe, pero no sin advertirle
primero:
—Ese cerro es viejo, señor. Antes de que los españoles llegaran,
ya estaba lleno de historias. Quien entra ahí… no siempre vuelve.
No moleste lo que no entiende.
Luis había esbozado una sonrisa, fingiendo interés por cortesía,
aunque realmente no le daba mayor importancia. Como catedrático
de antropología, estaba acostumbrado a escuchar relatos, creencias
y supersticiones. Para él, no eran más que vestigios de antiguas
tradiciones, simples materiales de estudio para analizar, clasificar
y archivar. Las leyendas no le inquietaban; su mundo se centraba
en la ciencia.
Sin embargo, en ese preciso instante, frente al cerro, entre la
luz difusa del día y la promesa de la noche, el viento emitía un
silbido que parecía murmurar palabras, haciendo que algo en su
interior vacilara.
Había llegado hasta allí gracias a una fotografía borrosa que
le había enviado un minero aficionado. La imagen mostraba un
petroglifo encontrado en una cueva del cerro. Por supuesto, no
era la primera vez que un descubrimiento de ese tipo despertaba
su interés, pero esta vez había algo distinto. La posibilidad de
encontrar petroglifos huarpes lo llenaba de una emoción contenida,
marcada por la urgencia; podría significar un gran avance en su
carrera.
Los alrededores de Uspallata no solo albergaban maravillas
naturales, como el Cerro de los Siete Colores y el Cerro
Tunduqueral, conocido también por sus pinturas rupestres huarpes
e incas, sino también misterios por explorar.
A pesar de este nuevo hallazgo, los habitantes del lugar no
parecían compartir su entusiasmo. Roberto, el guía local, lo había
abandonado en el campamento base, negándose a seguirlo más
allá.
—No soy de cuentos, profesor, pero ese cerro… lo elige a uno.
Y a veces no lo suelta.
Luis había descartado sus palabras con un gesto. Pero ahora,
mientras caminaba solo entre las quebradas, la advertencia le
resonaba con una incomodidad creciente.
Siguió avanzando hasta encontrar lo que parecía la entrada
de la cueva, una fisura apenas visible en la roca, oculta bajo un
saliente erosionado por los siglos. Al cruzarla, Luis sintió un
cambio inmediato: el aire se tornó más pesado, impregnado de
una humedad, casi atípica en ese entorno desértico y montañoso.
Según le había contado Eusebia, el nombre del cerro, Kallpa
Supay, evocaba una fuerza ancestral:
—Kallpa, en quechua, significa «fuerza» o «poder», y Supay…
bueno, es un espíritu. No siempre bueno, no siempre malo.
Depende.
Sus palabras resonaban en los pensamientos de Luis como una
advertencia, pero él insistía en ignorarlas.
Encendió su lámpara para iluminar el interior de la cueva.
Observó, atónito y maravillado, las paredes cubiertas de petroglifos
con figuras humanas y geométricas, algunas desgastadas, otras
sorprendentemente nítidas. Con la luz del farol, seguía el orden
de los petroglifos, que parecían narrar una historia. Uno en
particular captó su atención: un hombre con los brazos abiertos,
rodeado de animales muertos, y sobre él, una figura con garras y
alas desplegadas.
Luis registró las imágenes con su cámara, fascinado por el
relato que parecía tomar forma frente a él. Las figuras narraban
un enfrentamiento entre un hombre y una criatura monstruosa.
—Es... fascinante —murmuró para sí.
Más adelante, la cueva se abría hacia una sala amplia. En su
centro, sobre un altar, yacía un cuerpo momificado, cubierto de un
polvo blanco que brillaba bajo la luz. Luis se acercó con cautela,
un silencio solemne se adueñaba del espacio, pero al activar
el flash de su cámara, un sonido profundo resonó en la cueva,
como un lamento. Retrocedió alarmado mientras el cuerpo se
desmoronaba en una nube de polvo.
Entonces lo escuchó: un susurro helado, distinto al viento,
ajeno al eco.
—La sed nunca se extingue.
Luis salió corriendo, tropezando con las piedras, hasta que el
aire frío de la noche golpeó su rostro. Al voltear hacia la entrada
de la cueva, esta parecía más sombría, como si algo lo observara
desde la penumbra.
Decidió no detenerse ni un segundo más y emprendió la vuelta
al campamento, acelerando el paso. De vez en cuando, miraba por
encima de su hombro, en dirección al cerro Kallpa Supay, que se
alejaba cada vez más.
De regreso al campamento base, con el corazón aún acelerado,
se sentó junto a la fogata, pero las llamas no lograban apaciguarlo.
Con una actitud de zozobra, miraba de soslayo el cerro, mientras
su mente intentaba racionalizar lo ocurrido. Luis sabía que, para
el pueblo huarpe, las montañas eran entidades vivas, con voluntad
propia, pero él se negaba a ceder a esas creencias.
«Fue solo una coincidencia», pensó. El cadáver era antiguo,
el sonido no era más que un eco, y el susurro... seguramente
producto de su imaginación.
Cuando se recostó en su bolsa de dormir, su mente volvía una
y otra vez a la figura alada en los petroglifos, al altar, al cadáver,
al polvo brillante. Algo lo carcomía, más allá del miedo: una
inquietud profunda que no podía explicar.
A medianoche, un ardor lo despertó. Su garganta estaba seca,
como si hubiera pasado días sin probar agua. Buscó a tientas el
termo junto a su bolsa de dormir y bebió largos sorbos. Aunque
el agua estaba fresca y tragó grandes cantidades, la sensación
de sequedad no desaparecía. En cuestión de minutos, acabó el
contenido del termo, y aun así, la sed persistía, abrasándolo por
dentro.
El amanecer lo encontró agotado, con los labios partidos y su
cuerpo cansado y pesado. La decisión de regresar a Uspallata fue
más por necesidad que por voluntad. Su garganta era un desierto
ardiente, y la sed parecía devorar su energía.
El recorrido, que alguna vez le había tomado tres horas, se
transformó en una travesía interminable. Sus pasos eran torpes,
y cada uno que daba representaba un enorme esfuerzo, como si
algo invisible tirara de él hacia el suelo. Al cruzar finalmente el
umbral del pueblo, un susurro del viento le hizo voltear la cabeza
hacia el cerro. Por un instante, tuvo la sensación de que algo lo
seguía, vigilante.
La casa de doña Eusebia lo recibió con su humilde fachada de
adobe, un refugio de calidez en medio del aire frío de la montaña.
Al verlo, la anciana frunció el ceño, y luego su expresión se
transformó en un gesto sombrío.
—Está marcado, señor —dijo, dando un paso hacia atrás.
—¿Marcado? ¿De qué habla? —preguntó Luis, irritado y
desesperado.
Eusebia lo miró con una mezcla de lástima y temor.
—El cerro lo ha elegido. Ahora su sed no es suya… es de él.
Luis quiso reír ante la idea, pero la carcajada se quebró en un
gemido. Su garganta estaba seca y áspera. Su cuello tenso y las
comisuras de sus labios agrietadas. Sus ojos vidriosos, suplicantes,
buscaban alivio; la sed que sentía no era normal. Por más que
bebiera litros de agua, no podía calmar el ardor en su garganta; un
vacío profundo parecía ir más allá de lo físico.
Se retiró al cuarto que doña Eusebia le había preparado y
permaneció allí todo el día, a oscuras, solo, cansado y sediento.
Esa noche, Luis cayó en un sueño pesado y opresivo. Se
encontraba nuevamente en la cueva, frente al altar. Las sombras
danzaban alrededor, y desde ellas emergía la figura alada de los
petroglifos. Era inmensa, con alas negras que parecían absorber la
luz, y ojos que brillaban como brasas. Su voz resonó grave:
—La sed representa el costo. Ahora, te considero mío.
Luis despertó sobresaltado, con el cuerpo empapado en un
sudor frío. En el exterior, el pueblo parecía tranquilo bajo la luz
de la luna, pero algo en el aire era distinto. Miró hacia las sombras
proyectadas por las casas y juró ver una figura alta y delgada
observándolo, con ojos que parecían arder.
A la mañana siguiente, el estado de Luis era crítico. Su piel
estaba pálida, las sombras bajo sus ojos eran profundas, y todo a
su alrededor lo irritaba; el sol era demasiado brillante, el bullicio
del pueblo era demasiado fuerte, y los aromas, insoportables.
La maldición de Kallpa Supay II
Bárbara E. Testa
Había abandonado la casa de adobe y vagaba sin rumbo, hasta
que algo lo detuvo frente a un hombre descargando sacos de
harina. Luis lo observó fijamente, y su mirada quedó atrapada en
los destellos del sudor sobre la piel del hombre. Una sensación
aterradora lo invadió, un hambre visceral que no había sentido
antes. Sintió una punzada de horror. ¿Qué estaba pensando?
En su desesperación, corrió a la casa de doña Eusebia y golpeó
la puerta con fuerza.
—¡Ayúdeme! —gritó, casi suplicando.
La anciana lo dejó entrar, aunque lo miraba con cautela, como
si temiera que su proximidad fuera peligrosa.
—No se puede romper lo que usted lleva dentro, señor. Pero
hay formas de contenerlo.
De un estante sacó un vaso con un líquido oscuro y se lo ofreció.
Luis, a pesar de la viscosidad y el olor del contenido, lo bebió sin
dudar. La sensación de alivio fue inmediata, pero efímera. Una
calma artificial que apenas arañaba la superficie de su tormento.
Esa noche, volvió a soñar con la cueva. Pero esta vez, las
visiones eran más vívidas. Frente al altar, la criatura alada lo
esperaba, más imponente y aterradora que nunca, desplegando
sus alas como una sombra que cubría todo a su alrededor. Su voz
resonaba como un trueno:
—No te puedes resistir. —La criatura parecía disfrutar del
tormento de Luis.
El aire parecía volverse cada vez más denso, y Luis sentía
que se asfixiaba. Entonces las imágenes invadieron su mente: un
pastor joven, junto a su rebaño en medio de las quebradas. Luis
podía percibir los latidos del corazón del muchacho, el calor de
su cuerpo, el pulso de la sangre fluyendo rápidamente a través de
sus venas, como un torrente imparable.
—Aliméntate o perecerás. —La orden de la criatura era
inapelable, y con ella llegaron visiones de un final desgarrador:
su cuerpo descomponiéndose lentamente, desmoronándose hasta
convertirse en polvo.
Despertó con un grito contenido, jadeando y temblando. Afuera,
la noche era fría y tranquila, pero Luis no encontraba sosiego. La
sensación de esa pesadilla seguía acechándolo, y la inquietud lo
mantenía en vilo.
Al amanecer, se levantó aún más consumido, pero decidido a
explorar las cercanías del pueblo en busca de respuestas. Mientras
caminaba, vio al joven pastor con el que había soñado. Era un
chico de no más de 16 años, caminando con paso firme entre las
quebradas, conduciendo despreocupadamente sus ovejas. Pero
para Luis, ese simple acto de vida despertó algo incontrolable:
aquel joven, con su carne fresca y su sangre llena de vitalidad,
despertó en él un deseo abrasador, como un incendio que se
extendía sin control.
Apretó los dientes con tanta fuerza que sintió que sus muelas
iban a astillarse. La sed lo devoraba por dentro, pero se negaba
rotundamente a sucumbir. No quería convertirse en lo que temía,
en un monstruo. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, sabía
que no podría resistir mucho más tiempo.
Esa noche, volvió al campamento. Cuando la luna alcanzó su
punto más alto, Luis se levantó de su improvisado lecho, incapaz
de ignorar lo que debía hacer. Con movimientos lentos y pesados,
comenzó a ascender una vez más hacia el cerro Kallpa Supay.
Esta vez, el camino fue mucho más difícil. Su cuerpo estaba al
límite, y cada paso que daba suponía un esfuerzo titánico. Una
fuerza oscura, más allá de su voluntad, lo impulsaba a seguir.
Al llegar a la entrada de la cueva, el aire vibraba con una
energía pesada, como si la misma montaña lo estuviera esperando.
El silencio era palpable, pero Luis sabía que no estaba solo. Al
adentrarse en la cámara principal, la tenue luz que iluminaba la
cueva parecía emanar de las paredes mismas. Frente al altar, la
criatura alada lo esperaba, como una sombra que cobraba vida.
Sus ojos ardían como carbones en un brasero encendido.
—Has regresado —dijo; su voz resonaba como un eco distante.
Luis respiró hondo, sintiendo su corazón latir con fuerza, como
si ya no fuera suyo.
—Quiero terminar con esto —respondió; su voz era apenas un
susurro, quebrado por la fatiga.
La criatura inclinó la cabeza, evaluándolo con una mirada que
parecía atravesarlo por completo.
—No puedes escapar de lo que eres ahora. Pero hay una salida:
debes ofrecer algo más grande que tú mismo. Tu vida, tu alma…
o alguien más.
Las palabras resonaron en la mente de Luis. La elección parecía
absurda, imposible. ¿Sacrificarse o condenar a otro? ¿Qué clase
de elección era esa?
Con un movimiento frenético, Luis tomó una piedra afilada del
altar. Sin pensarlo, la hundió en la palma de su mano, dejando que
la sangre brotara por la herida.
—¡Toma! ¡Pero déjame ir! —gritó con desesperación.
La criatura rio, un sonido que reverberó por toda la cueva,
haciendo temblar las paredes. Luis sintió un dolor indescriptible,
como si algo en su interior se desgarrara por completo. La
oscuridad lo envolvió, y el último susurro que escuchó fue el del
demonio:
—La sed nunca se extingue.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la cueva. Se encontraba
en la entrada, tendido sobre el suelo frío y rocoso. Su cuerpo se
sentía extraño, liviano, pero a la vez ajeno. Miró sus manos, y al
ver la palidez extrema de su piel y la rigidez de sus movimientos,
comprendió, con una certeza aterradora, que algo había cambiado
para siempre. Ya no era el mismo.
Pasaron días antes de que doña Eusebia lo encontrara. La
anciana lo miró con pena, aunque en sus ojos brillaba una
comprensión silenciosa.
—Ahora tú eres el guardián —dijo, con un dejo de resignación.
Luis no respondió. No tenía necesidad de palabras. Sabía que
ella tenía razón. La transformación no solo había afectado a su
cuerpo; el hambre se había ido, sí, pero con él se había ido todo
vestigio de la humanidad que alguna vez había poseído.
Los petroglifos en la cueva también habían cambiado. Ahora,
junto a la figura alada, aparecía una nueva imagen: un hombre
luchando contra el demonio, transformándose lentamente en el
sucesor del ser que lo había elegido.
Los lugareños, en sus conversaciones durante las frías noches,
relatan la historia del docente que se atrevió a desafiar al cerro
Kallpa Supay. Dicen que ahora custodia la montaña, atrapado
entre el mundo de los vivos y el de los espíritus. Saben que, en
esas alturas donde el tiempo parece detenerse y el aire se vuelve
escaso, hay cosas que nunca desaparecen. Entre ellas, la sed,
eterna e insaciable.
Capilla
Matías Daniel Olivera
I
Alarma
La curiosidad de Berenice se mueve en su interior como llamarada
que busca incinerar todo lo que tiene a su alcance, se regocija en
sus locuras, cuenta una y otra vez cuando se junta con sus amigos,
las hazañas que para algunos resultan estupendas, otros solo la
escuchan y piensan en el peligro que corre cada vez que se mete
por las noches en casas abandonadas, roba lo que le parece y sale
a mostrarlo en juntadas de amigos. Esta vez el frío de la muerte la
ha encontrado y no puede hacer nada para desprenderse. Mientras
el trozo del vidrio se desliza sobre su muñeca, la imagen siniestra
se refleja, sabe quién es pero no puede ponerle nombre, sabe
dónde vive pero no puede arrancarla, se ha transformado en la
muerte que se desliza cortando venas y tendones.
La oscuridad del baño le permite sumergirse en las últimas
semanas que maldice. Sus padres están de viaje, y la sorpresa se la
llevarán cuando encuentren el agua rojiza inundando los pasillos
de la casa, para ese momento solo habrá un cuerpo hinchado por
levantar y sepultar. Su mente se sumerge cada vez más, y los
recuerdos truenan, se hacen vívidos.
La vieja casa que hace un tiempo estaba abandonada la vio al
pasar luego de la escuela, todas las tardes hacía el mismo recorrido
de regreso, le pareció extraño no haber visto jamás la enorme casa
que se escondía detrás de pastizales secos y altos. Se detuvo unos
instantes para apreciarla.
Desde pequeña le apasionan las historias de terror que ocurren
en casas abandonadas, fantasmas que asustan, niños que se
meten y nunca salen. Un angosto camino hecho por el paso de un
hombre serpentea hasta la entrada, las flores violetas de algunos
cardos decoran el paisaje, la casa de dos aguas deja ver sus techos
oxidados, una hilera de dos ventanas en el piso de arriba trasluce
oscuridad, la enorme puerta de entrada venida abajo entreabierta
al medio que solo dejaría pasar a un animal pequeño o con mucho
esfuerzo a una persona de contextura delgada. «Yo puedo pasar»,
pensó en un instante de arrebato y de decisión inconsciente. A los
lados un par de ventanas tapiadas con ladrillos. Sintió cómo su
corazón se encendía como otras veces, el impulso la llevó a dar
los primeros pasos para emprender el camino hasta la vieja casa
que se erguía entre los edificios, se detuvo, la vibración en su
bolsillo la depositó en la realidad, sacó su celular, en la pantalla
la llamada de su madre, le cortó, miró la hora, vio a su alrededor
y la tarde se transformaba en noche, tenía que llegar a su casa, el
tiempo se diluyó, lo que fue para ella unos minutos la realidad le
avisaba que habían pasado tres horas. Le mandó un audio a su
madre disculpándose, que llegaría en breve, se había demorado
en la casa de Brenda.
El calor había empezado a mermar. Diciembre amenazaba con
altas temperaturas, el sol gigante y rojo empezaba a caer. Todas
las tardes hacía el mismo recorrido, miraba de reojo aquella
casa que nunca antes había visto. Esta vez colocó la alarma para
no perderse en la inmensidad de la casa y que las horas no se
esfumen. Los cardos se encontraban secos, y el camino tapado en
gran parte por el pastizal. De la punta del techo, donde se dividía
en dos, colgaba un trozo de madera, que se movía de un lado
hacia otro. La alarma del temporizador sonó justo en una hora. Se
encontraba parada a mitad del estrecho camino que conecta hasta
la entrada. En ningún momento se percató del recorrido, apuró
sus pasos, el pavor y el miedo afloraron, acomodó su mochila y
caminó lo más rápido posible.
Al día siguiente, nuevamente de regreso, se detuvo en la
esquina, la casa se encontraba a mitad de cuadra. Dudó unos
instantes si seguir camino y dejarse apasionar por la inmensidad
de la casa, lo bella que se ve entre las ruinas, o si entraría para
verla por dentro, qué se podría llevar esta vez. En su habitación
tiene colecciones de objetos; pulsera, diarios, trozos de espejos,
fotos, algunas prendas, parte de la historia que decide llevarse
de aquellos lugares abandonados. Son sus premios, obsequios
que ella misma se regala como hazañas y parte de su pasión. A
lo lejos, siente la vibración, la alarma del temporizador, le avisa
que ya ha pasado una hora. Se apura para sacar el celular de su
bolsillo, en la torpeza del apuro se le cae de las manos, escucha un
sonido hueco que resuena como en el encierro de una habitación,
realiza unos pasos instantáneos para juntarlo rápidamente y ver
que la pantalla no se haya partido nuevamente. El pavimento de
la vereda se transformó en madera, sus manos se llenan de polvo,
la tarde se apaga y la oscuridad la abraza, el olor a humedad y
el silencio le erizan la piel, no quiere levantarse. De rodilla y
con la mirada hacia abajo estira lentamente su mano hacia la luz
del celular. Luego de unos segundos de no entender qué estaba
sucediendo, su interior se empodera de valentía para ver a su
alrededor. La casa que había apreciado desde afuera, adentro
la decoran bancos largos de madera oscura, cuidadosamente
ordenados unos detrás de otro, la luz coloreada y tenue que es
proyectada por un pequeño vitraux con la imagen de María que
le permite ver el resto del lugar; santos sobre pequeños altares de
mármol, un confesionario desgastado en el ala derecha. La cúpula
mostraba un Cristo volteado cabeza hacia abajo, lo miró con
detenimiento, creyó verle alas negras. Su curiosidad mezclada
con el miedo se enciende y una sonrisa se le dibuja, quiere más
pero no sabe cuánto. Prendió la linterna de su celular, y con
pasos mansos caminó hacia el brillo permanente de un objeto,
se acercaba con la curiosidad de un gato, los sonidos fueron cada
vez más presentes; voces que murmuraban como plegarias que
no lograba entender, no se detuvo, el objeto brillante la poseía, las
voces fueron cada vez más fuertes, apuró sus pasos, no quería ver
de dónde venían.
Al acercarse al altar, sobre una biblia de hojas amarillentas
se encontraba un anillo con un dorado intenso que no dudó en
tomarlo. Al girar sobre sí misma, una congregación de ancianas
ocupaba la totalidad de los bancos. Las miradas fijas rezaban
al unísono plegarias que no entendía, trató de correr hacia la
hendidura de la puerta de entrada que es por donde supuso que
había pasado. Se percató que todas las ancianas eran la misma
persona, arrugadas de pelos blancos, vestidas de negro y un rosario
que colgaba de sus esqueléticas manos. Corrió llegando al último
tramo, el frío de la muerte la tomó por sorpresa, la vio a los ojos,
negros y espesos como la noche, no pudo moverse, una fuerza
magnética la detuvo. La cara de la anciana se deformaba con el
pasar de las plegarias, con fuerza apretaba la mano de Berenice
y de a poco sus dedos eran introducidos en la boca poblada de
dientes amarronados. Sintió la viscosidad de la saliva. Con un
movimiento brusco y fuerte logró zafar, continuó corriendo, cruzó
por el apretado espacio de la puerta. Al bajar por las escalinatas
tropezó con una pesada cruz de madera, se levantó y continuó
hasta llegar a su casa.
II
Sangre
La noche cayó con su manto de estrellas. La luna se escondió
detrás de unos pequeños nubarrones solitarios. Luego del baño,
la cama de sábanas frías relajó el cuerpo de Berenice. La tarde
fue benevolente, aun trataba de entender lo que había sucedido en
aquella capilla, de lo que fue capaz, si era voluntad de ella misma
o respondía a fuerzas que jamás conoció.
El anillo resplandece, ilumina la vitrina junto a los demás
elementos que alguna vez fueron parte de lugares abandonados,
reposa con intensidad pesada, no puede quitarle los ojos de
encima. El ferviente fuego que la recorre le dice que tiene que
conservarlo, es un objeto más pero este tiene una historia que
asustará a todos.
La profundidad de sus sueños la estremeció, murió una y otra
vez, la alarma la escuchó sonar repetidas veces, divagó entre
universos infinitos de miedos y horror, perdió la conexión con la
realidad, se diluyó, se dejó arrastrar sin saber si en algún momento
despertará o solo estará perdida.
La madrugada se transformó en lluvia ligera, la humedad no
había secado y el ambiente mantenía el calor del día anterior. Se
levantó por un vaso con agua, al regresar del baño, notó cómo sus
dedos se encontraban húmedos y entumecidos, la pintura de uñas
se había desvanecido, le recordó a cuando su cuerpo se arruga por
estar demasiado tiempo debajo del agua. Se secó y buscó dormir
nuevamente. El insomnio no tardó en aparecer. Los relámpagos
aclaraban la habitación que se tornó siniestra, los objetos tomaban
formas retorcidas, decidió darse vuelta y mirar hacia la pared
blanca.
Mientras el agotamiento le ganaba a su cuerpo, y el sueño
apareció, un ligero y suave hundimiento se precipitó en la esquina
del colchón, se hundió recibiendo la comodidad de alguien que
recién se acaba de sentar. El roce de caricias empezó a recorrer sus
piernas, con lenta ternura subieron. Siente la rigidez de su cuerpo,
inmóvil busca explicación alguna, sus padres están de vacaciones,
nadie tendría que estar en su casa, rogó que fuese una pesadilla. La
mano suave y fría la siente en su rostro, acaricia su pelo negro y
sus labios, dejó olor a saliva en su nariz, siguió camino, descendió
y le tomó la mano. El sudor frío recorre el cuerpo de Berenice,
cerró los ojos y solo esperó que pase, jamás había deseado tanto
que la alarma de su móvil suene. La viscosidad entre sus dedos
la sintió moverse, lo que podría ser una lengua se entrelaza y la
succión momentánea la aprisionó, sus dedos latían, se inflamaban
con el pasar de los segundos, y su cuerpo se debilitó, la rigidez
pasó y solamente se entregó.
La luz de la mañana sobre su rostro la despertó, su móvil
apagado, la alarma para ir a la escuela no sonó. Como pudo se
incorporó y se sentó en su cama. Débil y aturdida se levantó, las
náuseas hacían temblar su estómago, dio unos pasos, trató de
buscar ropa para vestirse. En su ropero el espejó gigante le mostró
la palidez de su cuerpo, encontró venas violáceas que la surcaban
como un mapa, sus pómulos afilados, los cuencos de sus ojos
se socavan profundo, las vértebras se elevaban escarpadas de su
joroba, su cadera resaltaba y a sus rodillas en cualquier momento
las verá dislocarse, su pelo negro se destiñó, sus brazos caían
hacia los lados casi tocando las rodillas, y sus manos morían en
punzantes huesos oscuros. Se transformó en un saco de huesos.
Caminó hacia la vitrina, rompió el vidrio, tomó el anillo, se dirigió
hasta el baño, dejó que la bañera se llenara y se sumergió.
El agua se tiñó de rojo dejando ver pequeños hilos de carne.
Cortó hasta la coyuntura. Y en una secuencia de filminas cruzaba
su vida. Los últimos suspiros se los entregó a los recuerdos del
último verano; la casa abandonada y lo que nunca debió llevarse
de ese lugar, historias entre amigos. Las muñecas dejaron de doler,
se anestesiaron con el agua caliente que no paraba de correr. El
baño empezó a inundarse, el vapor cubrió todo el espacio, las
luces las dejó apagadas, supo desde primer momento que no se
animaría a cortarse cuando viera sus brazos desnudos.
La alarma del temporizador de su celular empezó a sonar,
la oscuridad se iluminó, el baño se transformó en el frente de
la capilla, paralizada, vio cómo la anciana, desde la puerta de
entrada, la llamó con su mano arrugada, y en la otra le ofrecía
el anillo. Desplegó alas que parecen forradas de piel oscura, la
metamorfosis empezó a ocurrir lentamente, el cuero de la anciana
se desgarró desplomándose por el suelo, emanaba un vapor
tibio de muerte que Berenice podía sentir. El ente, que doblaba
su estatura, quedó expuesto a la luz del día; de pelos cortos y
marrones, cuernos como ramas que salían de su cabeza, patas
de animal, brazos lánguidos y esqueléticos, retorcía sus huesos
creando una melodía perturbadora, su mirada alquitranada de ojos
enormes escarbaba dentro del alma de Berenice, estaba entregada
a la voluntad de demonio que mostraba sus dientes, que quería
saciarse, tomar el resto que había dejado la noche anterior.
El resplandor dorado la aturdió, con pasos torpes y débiles,
caminó por el sendero entre los cardos que estaban florecidos,
reverdecían y el olor a pastizal la reconfortó. La sensación de días
de sol y campo junto a sus amigos la hizo sentir viva. Lentamente
el camino se hacía eterno como su muerte, la sangre continuaba
escurriéndose entre sus brazos.
Roja
Alejandro Caballero
—Oh, veo que ya despertaste, eres un dormilón, aunque era de
esperarse luego del golpe que te diste anoche, durante nuestra
disputa. ¡Ay, disculpa mis modales!, no me he presentado
adecuadamente. Mi nombre… no te hace falta, pero puedes
decirme Roja, así me decía mi abuelita. No te asustes, esa
mordaza y ataduras solo son un medio de seguridad, ya que como
puedes ver, tú eres un hombre fuerte y grande, mientras que yo
solo soy una chica de diecisiete años. Aún falta un poco para que
sea medianoche. ¿Te gustaría escuchar una historia para pasar el
tiempo? Bueno, de todas formas no creo que tengas algo mejor
que hacer, así que escucha atentamente.
»Hace siete años, cuando aún era una niña y gozaba de la
inocencia, tuve un día de acampada con mi familia en el bosque
que estaba detrás de la casa de mis abuelos. Mi abuelo era el
guardabosque, así como un gran cazador, pero aun así nunca me
dejaron acercarme a este bosque. Era mi cumpleaños, y me hacía
ilusión ir de acampada a un lugar nuevo con mis seres queridos;
por lo tanto, me lo concedieron, con el regalo adicional de esta
bella caperuza roja ya remendada por todos los años que lleva
conmigo; fue confeccionada por mi abuelita y todos me decían
roja por esto. Tuve una fiesta de mi décimo cumpleaños muy
divertida, la felicidad estaba en el aire. Mis padres me compraron
toda clase de dulces mientras mi abuelo siempre me hacía reír
o me entretenía con las anécdotas sobre sus «hazañas» cazando
dragones en ese bosque, yo inocente y amante de los libros de
princesas atrapadas en torres custodiadas por colosales dragones,
me las creía todas.
»Todo fue felicidad hasta que cayó la noche, por la cual fuimos
a dormir en casas de campañas diferentes, mis padres conmigo y
mis abuelos en otra. Poco más tarde de la medianoche, mientras
la oscuridad reinaba junto a la luna llena, sentí un ruido que me
despertó, cuando levanté la cabeza vi una enorme sombra gracias
a un haz de luz de nuestro satélite, delante de mi cabaña. Pegué un
grito muy fuerte que despertó a mis padres al instante, pero con
mi chillido la sombra rompió con unas afiladas garras la puerta
que nos separaba. Con esto entró un enorme lobo de color gris
y con un olor a sangre horrible; nunca había visto algo así, mis
padres intentaron actuar: mi mamá me abrazó poniéndose delante
de mí mientras mi padre entre los gritos intentó levantarse, pero
fue demasiado tarde, el enorme lobo le había casi arrancado el
cuello de una mordida sin el que él pudiera hacer nada y casi
seguido arremetió contra mi madre con sus poderosas armas
haciendo que gritará del dolor. Mi madre trataba de mantener su
abrazo en mí, pero sus fuerzas la iban abandonando. Yo, asustada,
y sin saber qué ocurría, lloraba desesperada, pidiendo que eso
fuera una pesadilla, mas la criatura la mordió en parte de su
hombro conjunto a su cuello y con su enorme cabeza la arrojó con
fuerza hacia fuera de la destrozada casa. Fue ahí cuando vi esos
ojos tan rojos como la sangre mirarme fijamente, con un gruñir
que no cesaba y sus colmillos listos para acabar conmigo. Fue el
momento en que más miedo he sentido en mi vida, todavía puedo
sentir el olor de mi propio orine. En cuestión de segundos esa
brutal cosa casi me destrozó mi brazo derecho con sus garras,
dándome otra razón para derramar lágrimas. ¿Ves esta cicatriz en
todo mi antebrazo?, pues es de ese evento. Antes de que acabara
con mi vida, mi abuelo vació sus dos cartuchos de escopeta en
toda la criatura, pero no fueron suficientes para terminar con esta.
El animal soltó grandes quejidos de dolor al recibir los disparos,
pero de alguna forma logró reincorporarse. Lo que no esperó
fueron las puñaladas del cazador de mi familia en su pecho. El
gran cuchillo la atravesó y un gemido de muerte se escuchó. El
lobo no se había rendido aún y mordió el cuello de mi abuelo,
cayendo ambos al suelo y llevándoselo a la tumba; mi abuelita no
dudó en socorrerme a mí y a mi familia, aunque ya no quedaba
nadie más.
»Luego de un mes, cuando ya no teníamos más lágrimas que
llorar, mi abuelita empezó a zurcir ropa para los vecinos del pueblo
cercano y que así pudiéramos seguir adelante, para ese entonces
ya había sanado mi brazo dejándome esta hermosa marca que
puedes ver. Todo pintaba bien, hasta que empecé a despertar un
síndrome de sonambulismo. A veces despertaba en otros sitios de
la casa y en ocasiones afuera de esta, en horas muy tempranas de
la mañana. Siempre me acostaba temprano, no era habitual que
me levantase a dichas horas y con pesadillas en las cuales estaba
en el bosque donde ocurrió todo. Lo más raro de todo era que al
despertar tenía la ropa media rota; esta la zurcía yo misma o mi
abuelita, ella no entendía cómo se me rompía tanto, mientras yo
le mentía diciendo que jugando o cosas de niñas porque no podía
darme el lujo de comprar más.
»Mi abuelita me llevó con un buen doctor amigo de ella desde
la infancia, de apellido Vergara, si no recuerdo mal, que a falta de
dinero por parte de mi abuela, me daba las mejores atenciones y
sedantes para dormir. De poco sirvieron dichos medicamentos,
las pesadillas me seguían visitando todas las noches. Todo
continuó igual hasta una noche cuando ya tenía quince. Tuve una
pesadilla en la que asesinaba a una pareja de novios mientras me
bañaba con sus entrañas y bailaba con sus gritos. Esta vez fue
diferente, me desperté en la sala de mi casa toda manchada de
sangre hasta los dientes nuevamente, con mi ropa hecha jirones
y con una dulce sensación dentro de mi mente. Mi abuelita, al
verme en tal estado se asustó mucho, tal vez pensó que me había
sucedido algo; corrió hacia mí abrazándome y besándome, pero
yo solo sentía gran placer. Estaba extasiada por lo sucedido en mi
«sueño» que tal vez ya no lo era, mientras que mi abuelita corrió
a ver si el cerrojo de la puerta estaba puesto y como de costumbre
en estos casos, estaba quitado a pesar de ella ponerlo todas las
noches; esto ya fue demasiado para ella, la cual se desplomó en
el piso sin que pudiera decir nada; había muerto de un infarto.
Sé qué estás pensando: «Qué chica más loca» o «qué vida más
triste», yo también lo llegué a pensar en algún momento, creo,
pero da igual, continuemos con la historia.
»La muerte de mi abuela nunca se dio a conocer, la sepulté yo
misma en la parte trasera de la casa. Si se sabía, me llevarían a un
orfanato por ser menor de edad y no tener más familiares. A pesar
de que su muerte no me ha afectado psicológicamente, y que mis
pensamientos se centraban en mi sueño, sentía un gran amor por
esta caperuza que ella hizo para mí. Siempre que preguntaban por
ella, decía que estaba en cama, en casa muy enferma. Justificaba
la coartada diciendo que iba al pueblo a comprar medicamentos
y comida, con mi cesta en brazo. Si te preguntas cómo pude
mantenerme hasta ahora que converso contigo, te daré la respuesta,
no pienses que se me han olvidado esos detalles. La noche luego
de la muerte de mi abuela solo pude pensar en una cosa y fue en
mi sueño. Ese día me quedé despierta hasta la medianoche y vi
cómo iba cambiando, mi cuerpo se iba transformando y mi ropa
se iba rasgando. Estaba mutando, me convertía en algo grande,
algo hermoso, algo como lo que asesinó a mi familia: una enorme
loba de un color oscuro, con colmillos y garras enormes a la par.
»Estaba lista para hacer realidad por primera vez mi tan
anhelado sueño. Salí en busca de mi próxima víctima y, entonces,
me encontré al rato a una bella dama del pueblo a la cual conocía
de vista. Esta caminaba solitaria, al parecer hacia su hogar, sin
embargo para mí, su belleza se reflejaba en el olor que desprendía
de su perfumada piel. La pobre, para cuando se percató de mi
presencia, no tuvo tiempo de correr, pero la mirada de horror
en sus ojos fue muy excitante, acabé con ella aprisa y la devoré
hasta no dejar casi nada de esta. Para responder tu pregunta, ya
no necesitaba comer, pues me daba banquetes todas las noches
dignas de un rey o una reina, en este caso. Solo me pasaba el día
zurciendo mis vestidos rotos y descansando hasta el anochecer.
»Mi siguiente asesinato se dio en mi casa, pues era el amigo
de mi abuela, aquel vejestorio del que ya te hablé. Una noche,
vino bien tarde a hacerle la visita a mi abuelita, pues yo siempre
decía que ella se encontraba en cama. Él no se cansó de llamar
a la puerta, pero yo no me encontraba en casa; estaba cazando a
mis siguientes juguetes. En algún momento escuché sus gritos
provenientes y me desplacé rápidamente desde donde estaba hacia
allí. Me acerqué a hurtadillas hacia el anciano situándome justo
detrás de él, pero este no se percataba de mi presencia. Lancé
un gruñido y el pobre viejo no sabía qué hacer, intentó hacer un
esfuerzo por correr gritando «¡Un monstruo, un monstruo!», pero
eso solo me molestó, yo no soy un monstruo, soy una belleza
en cualquiera de mis formas. Sin mucho esfuerzo rebané una
de sus piernas con mis garras y cayó al suelo. Yo observaba y
disfrutaba de la situación, hasta que ese viejo vio mi caperuza y
dijo «¿Roja?». No le permití que dijera nada más arrancándole su
cabeza de un gran mordisco. Desde ese momento me di cuenta
de que tenía que desvestirme antes de cambiar de forma por las
noches para negar todas las evidencias.
»Así continúe mis andanzas, hasta ayer que llegaste tú, el
nuevo guardabosque del pueblo. Un supuesto héroe que viene a
parar la lista de ya más de doscientos asesinatos. El osado quien
me disparó ayer evitando así que asesinara a aquel joven, sin
embargo, como puedes ver, tus disparos ya no existen, solo son
marcas en mis costillas —decía mientras se levantaba la blusa—.
Bueno, ya es casi medianoche, ya puedes irte asustando, pero
deberías centrar tu vista en mí, tu arma la escondí con las otras
de los tantos que me han enfrentado y tú no serás el último; da
un vistazo final a la luna llena mientras me desvisto; ya que mi
cuerpo desnudo no es tan bello como ella…
El barranco
Alejandro Caballero
Siempre han dicho que el humano es más listo que las bestias,
aunque recuerdo a mi abuelo discrepar sobre eso… Él decía:
«Si somos tan listos, ¿por qué creamos algo tan estúpido como
el alcohol?».
Yo te lo responderé, abuelo: necesitamos alguna mierda para
escapar de la realidad a veces; los intelectuales tienen sus libros,
los ricos su dinero y nosotros nuestro alcohol. Si me vieras
tomando, seguro te decepcionarías, pero ahora que no estás es lo
único que espanta mis lágrimas tal como tú solías hacerlo.
Son ya las 2:55 a. m. según mi teléfono y me encuentro en tu
lugar favorito: aquel árbol apartado de la Ruta 24, ese que estaba
muy cerca del pequeño bosque que llegaba al barranco desde
donde se veía la ciudad. Recostado a este viejo amigo, siento tu
ausencia como un peso en el pecho. El alcohol es solo un pobre
sustituto de tu compañía, pero es lo único que tengo ahora para
ahogar mis lágrimas. Cada puesta de sol a tu lado aquí, abuelo, era
un momento de paz. Rememoro cómo me enseñabas a distinguir
las constelaciones, tu voz calmada y segura guiándome a través
del cielo nocturno. Esos momentos eran nuestros, un refugio del
mundo exterior perfecto para cualquier niño. Es gracioso recordar
cómo me regañabas por acercarme e intentar observar hacia
abajo; nunca pude hacerlo, siempre decías que podía caerme.
Por curiosidad, decidí hacerlo finalmente después de tantos años;
me acerqué y no vi nada extraordinario, solo una saliente casi
invisible entre tanta negrura y una muerte si por algún motivo
caías por el barranco.
Las estrellas brillan como nunca entre tanta oscuridad, señalando
que la noche aún es joven. Sin embargo mi botella ya se ha
acabado. Debería marcharme ya, abuelo. Me di la vuelta y caminé
con pasos lentos hacia mi auto, que estaba a unos diez metros,
parqueado en la carretera. Solo se escuchaba el viento danzando
entre las copas de los árboles; sin embargo por algún motivo mi
nariz percibía un hedor a azufre tan fuerte que me hizo toser. Me
giré y vi una máscara blanca justo frente a mi cara; esta solo tenía
una línea que formaba una sonrisa triste; mi corazón se detuvo por
un instante. Era como si el tiempo se hubiera congelado, y todo lo
que podía sentir era un terror paralizante. ¿Qué coño era esto? ¿El
alcohol me pasaba factura? Mi instinto me hizo retroceder unos
pasos; esa cosa no se movió, no obstante con la poca distancia
que obtuve, pude ver que esa máscara era sostenida por un cuerpo
largo como el de una serpiente, no, más bien un ciempiés, porque
una especie de brazos humanos de un color rojo, como si hubieran
sido desollados, eran su sostén en ambas partes de su cuerpo. Su
físico era de color negro y unas venas rojas que acababan en su
máscara viajaban y se conectaban a lo largo de su ser, o al menos
hasta donde yo podía apreciar. Un sudor frío bajaba por mi frente,
goteando al suelo. La visión de esa criatura, con su cuerpo largo
y sus brazos desollados, era una pesadilla hecha realidad. Poco a
poco me fui distanciando con pasos cortos y silenciosos hacia mi
auto sin darle la espalda a la amenaza. Cada fibra de mí gritaba
que corriera, solo que mis piernas parecían de plomo. Entre las
tinieblas aprecié la silueta de esa cosa alzarse, tomando unos tres
o cuatro metros de altura; solo aquí me pude fijar que su parte
delantera tenía unas patas puntiagudas en lugar de esos brazos.
Pude escuchar que gritaron «Sam» a mi derecha, así que giré
para ver quién me llamaba, mas en cuanto lo hice, esa bestia me
atacó con sus punzantes armas. Reaccioné un poco lentamente
debido al alcohol, pero fue suficiente para que no atravesara
mi cabeza su ataque. Parte de mi oreja salió volando luego del
golpe y, aunque el dolor fue inmenso, no emití ruido; preferí salir
huyendo hacia mi auto, que estaba a pocos metros, y entrar en
él. Al encender el motor fui incapaz de ver a esa cosa, pero al
mirar por el retrovisor, ahí estaba ella. Dentro de mí, el miedo y
la adrenalina se mezclaron, creando una sensación de urgencia
desesperada por lo que aceleré sin pensarlo. Para mi desgracia
no hubo movimiento por parte del vehículo. Ese gusano empaló
mi auto con sus patas y lo elevó unos cuatro metros, creo; se
dedicó alrededor de un minuto en bordear el vehículo con su
rostro vacío, tal vez intentando escanear y comprender qué era
supongo. Cuando se cansó, puso su cabeza debajo del coche y,
aunque al principio no entendí qué hacía, pude apreciar por la
ventanilla cómo una gran boca emergía en la parte superior de su
cabeza, conjunto a esta unos enormes dientes. Inició sacudiendo
el auto hasta marearme; luego al ver que su alimento no caía en su
mandíbula, comenzó a abrir el coche (como si estuviera abriendo
un huevo). Se podía escuchar el metal romperse y yo no iba a
esperar a que este terminara, así que me lancé por la ventanilla al
suelo; la caída fue un poco fuerte y con esta mi muñeca derecha
se dislocó.
Algunos instantes duró el embate entre la resistencia de mi auto
y la fuerza de la bestia; lastimosamente, terminó destrozándolo.
Yo intenté ponerme de pie, aunque varios factores se unían contra
mis piernas: el mareo, el alcohol y la caída. Al fin pude sostenerme
sobre mis piernas y esa cosa permanecía quieta, como si esperara
que su comida cayera en su boca; afortunadamente, no sabía
que estaba afuera. Por otra parte, me percaté de que estaba en la
carretera, así que decidí correr en dirección opuesta a la criatura
buscando ponerme a salvo. El monstruo alzó su sien y comenzó
a correr detrás de mí igual que un leopardo persiguiendo a una
presa más débil. Corrí todo lo que pude y sentí cómo el ruido de
mi perseguidor desapareció; entonces me detuve y giré la cabeza,
no había nada. Suspiré y volví a mi posición original solo para
ver que ahí estaba eso otra vez, mirándome con esa expresión
repugnante que logró hacer que temblara, de lo macabra que era.
Esta vez no le di oportunidad de atacar y hui al lado contrario
nuevamente; la bestia de igual manera comenzó su carrera. Ya
me encontraba débil y cansado, podía sentir paso a paso cómo
la distancia iba menguando y mi cansancio aumentando, pero oí
en la lejanía una vez más mi nombre «Sam», esta ocasión, en
dirección al bosque. El instinto de supervivencia o el miedo me
lanzó hacia allá. Dicen que cuando el ser humano toca fondo
busca la más mínima posibilidad de esperanza y eso hice yo.
Puse todos mis esfuerzos en seguir esa voz que me continuaba
llamando; atravesaba la maleza y esquivaba los árboles mientras
escuchaba el ruido de mi enemigo siguiéndome. Agotado, llegué
a la parte donde el bosque conectaba con el barranco y al fin pude
ver que era lo que llamaba mi nombre, pero para mi sorpresa era
la cola del monstruo; en este extremo, ese bicho tenía un rostro
humano muy deteriorado fusionado con su carne, una faz con
labios secos y cuencas vacías, además de un hedor mucho más
fétido que me hacía retroceder. Mis esperanzas se esfumaron en
cuanto pude escuchar los pasos lentos del cazador; el pavor y
horror me recorrieron de arriba abajo cuando vi a ese rostro de
la zona trasera mirarme y sonreír. El alcohol de mi cuerpo salió
por mi genital al entender que habían estado jugando conmigo.
Al fin, el coloso estaba en frente mío, listo para arremeter, mas
en un último suspiro miré al barranco y pude observar aquella
saliente; rodé mi cuerpo cansado por el barranco hasta alcanzarla,
llegué a una especie de desfiladero. Recompuse mi persona como
pude, limpié el polvo de mi ropa rasgada y di unos pasos entre
tanta oscuridad; saqué mi teléfono desde el bolsillo del pantalón
pensando usar su linterna, sin embargo, estaba con la pantalla
quebrada en muchos pedazos; supongo que por las caídas.
Me adentré unos metros; la imagen de ese demonio alzándose
con sus puntiagudas patas listas para perforarme, me hicieron
convencerme de que cualquier lugar era mejor que el exterior con
aquella criatura infernal; sin embargo, un gélido soplido caminó
mi cuerpo en cuanto pude escuchar numerosas voces diciendo
«Sam» una y otra vez. El olor a azufre se iba haciendo cada
vez más fuerte e intenso y un sinnúmero de pasos sonaban a mi
alrededor, no cientos, miles, millares mezclados con la palabra
«Sam». Comencé a llorar cuando la leve luz que entraba al
lugar mostró a varios monstruos más pequeños, pero incluso así
enormes en comparación conmigo. Grité enloquecido y colérico
corriendo hacia la salida; la muerte por caída era más tentativa
que cualquier destino que me esperase con esos seres. Una vez
más, mis esperanzas se desvanecieron; el cazador llegó a su
nido, tapando la poca luz que entraba, no pude ver nada y todo
quedó en unas penumbras silenciosas hasta que mis ojos vieron
las venas rojas de las criaturas brillar en las sombras y mis oídos
escucharon una última vez «Sam».
La monja
Alfredo García Gómez
La mujer releyó por tercera vez el correo electrónico, revisó
la dirección del destinatario, suspiró y llena de incertidumbre
presionó el botón de enviar.
Para: El Ángel Oscuro<elangeloscurodelinframundo@gmail.
com>
Fecha: 7 oct 2024, 22:29
Asunto: Ayuda urgente
Buena noche señor Ángel Oscuro:
Le escribo de nuevo con la esperanza de que tenga unos
minutos para contestarme. He leído su blog y considero que solo
usted me puede ayudar. Tal como le comenté en mi mail anterior,
necesito verlo con urgencia. Por lo que escribe, a veces se reúne
con algunas personas para beber un café y escuchar sus historias,
¿podría acceder a tomarse uno conmigo? Soy monja consagrada,
por si eso contribuye a que no desconfíe.
Saludos.
3
De: El Ángel Oscuro<[email protected]>
Para: Susana Flores<[email protected]>
Fecha: 8 oct 2024, 10:24
Asunto: Re: Ayuda urgente
Si has leído mi blog, como dicen muchos cuando me piden que
los consulte, entonces debió quedarte claro que no respondo mails
cuyo asunto incluya “Ayuda urgente” ni “Auxilio por favor”, tal
como expuse en un texto con los motivos de mi decisión.
Para: El Ángel Oscuro<elangeloscurodelinframundo@gmail.
com>
Fecha: 8 oct 2024, 21:56
Asunto: Re: Ayuda urgente
Buena noche señor Ángel Oscuro:
Disculpe mi insistencia, pero mi caso es realmente grave. Le
haré un resumen de lo que me sucede para que después use su
videncia, confirme mi historia y, con la venia de Dios, cambie de
opinión.
Soy una monja de la Orden de San Agustín de Hipona que
desempeña con devoción los encargos que me encomienda el
padre Vicente Torres, responsable de la Parroquia de San Andrés
Apóstol.
En torno a nuestra iglesia siempre merodean indigentes
pidiendo dinero o comida, entre los cuales había un borrachín
que desde hacía semanas entraba y se quedaba dormido en las
butacas, hasta que llegaba el padre y lo echaba.
Aquello ocurría a diario, pero una noche, ordenando la oficina
de la parroquia, el cura se presentó visiblemente enfadado para
pedirme que lanzara a la calle al vagabundo, quien, alcoholizado,
se había quedado dormido en uno de los confesionarios.
Mientras caminaba por los pasillos escuchaba sus fuertes
ronquidos, mismos que consideré una profanación a la santísima
casa de Dios. Llegué al cubículo, abrí la puerta, los gruñidos
cesaron y descubrí que no era el borrachito, sino un demonio. Nos
miramos y en cuestión de segundos vi en sus ojos una película
mostrando todo lo que he vivido, pero también lo que me faltaba
por experimentar. Me sonrió de manera provocadora, escuché una
voz en mi mente que pronunció una frase y en ese instante me
enamoré de él.
Se preguntará ¿cómo supe que era un demonio? Verá, soy
monja y… bueno, nos han enseñado a reconocerlos para evitar
ser víctimas de sus engaños.
Corrí asustada hacia la oficina, pero el padre Vicente ya se había
ido a dormir, así que me escondí en mi dormitorio y pasé el resto
de la noche tratando de rezar, implorando para que ese ser maléfico
saliera de la iglesia, pero mis plegarias eran interrumpidas por
pensamientos «pecaminosos» (disculpe la sinceridad).
Al día siguiente la jornada religiosa se desarrolló de manera
habitual hasta que llegó la hora de comer, que fue cuando el
padre Vicente me agradeció haber expulsado al intruso, algo
que en realidad no hice, para después pedirme que verificara que
todas las puertas estuvieran cerradas (sobre todo que no hubiera
invasores), en seguida de que la comunidad parroquial se hubiese
ido a dormir.
Luego de aquello, cumplo cabalmente con la instrucción, pero
más por seguridad de este templo de Dios, en realidad (me apena
confesarlo), esperando encontrarme de nuevo con el demonio.
Como le sugerí, puede corroborar mi historia con su videncia,
que de acuerdo con lo que menciona en sus escritos, puede ser
muy precisa.
Agradezco su atención. Disculpe las molestias y tenga por
seguro que aceptaré su decisión sin cuestionarla.
Saludos.
5
Para: Susana Flores<
[email protected]>
Fecha: 9 oct 2024, 13:02
Asunto: Re: Ayuda urgente
Dame tu nombre completo, junto con tus datos de nacimiento:
país, estado y ciudad. También necesitaré el año, mes, día, hora
y minuto. Y envíame una selfie. Toda la información debe ser
exacta, así que, si tienes alguna duda, revisa tu acta de nacimiento
o pregunta a tu madre.
Una vez que los envíes dame unos días, quizá tres o cuatro,
para realizar la consulta.
Tras su primer encuentro con el demonio, para Susana se fue
definiendo entre sueños su apariencia. Así, lo que en un principio
le pareció una figura andrajosa y de aspecto descuidado,
gradualmente se transformó en la de un hombre cuyo cuerpo,
pese a estar sentado, manifestaba ser alto y esbelto.
Madrugadas después, en sus pensamientos la piel de aquel
ser se detallaba: era rojiza y revelaba una marcada musculatura
mientras que en su rostro destacaba los pómulos pronunciados,
una mandíbula angular y labios gruesos, los mismos cuya media
sonrisa era atractiva y a la vez ruinosa para la monja. Todo esto
se complementaba con un par de ojos cuyo iris dorado brillan
con lujuria.
Finalmente, su voz, una combinación de sensualidad y
amenaza, resonaban a diario en su cabeza como desde la primera
vez que escuchó en su mente la frase: «Fuiste, eres y serás mía»,
sentencia que, a medida que transcurrían los días, provocaban
un incontrolable anhelo de encontrarle significado.
7
De: Susana Flores<[email protected]>
Para: El Ángel Oscuro<elangeloscurodelinframundo@gmail.
com>
Fecha: 9 oct 2024, 22:31
Asunto: Re: Ayuda urgente
Buena noche señor Ángel Oscuro:
Susana Ramírez Tinoco. Nací en la ciudad de Pachuca, Estado
de Hidalgo, el 1 de noviembre de 1986, a las 11:59 p. m.
Dejo mi integridad en sus manos.
8
La iglesia se encontraba casi en penumbra, apenas iluminada
por los sirios y algunas veladoras cuyas flamas se agitaban
suavemente con el murmullo del viento.
La hermana Susana, con un hábito blanco que la cubría por
completo, se encontraba arrodillada ante el altar con los ojos
cerrados, frente a la figura de un Cristo, estaba absorta en sus
plegarias.
Su fe, a diferencia de las sólidas columnas que sostenían
aquel templo, menguaba con más fuerza a cada noche. Por ello
había salido de su recámara, creyendo que ante aquella cruz su
fe recuperaría su fortaleza, aunque en realidad se engañaba:
buscaba reestablecer contacto con el demoniaco borrachín.
Mientras oraba, un murmullo seductor había comenzado a
invadir cada parte de su piel hasta instalarse en medio de sus
piernas, derrumbando la certeza espiritual que había construido
durante años, entregada en cuerpo y alma a la palabra de Dios.
La monja intentaba resistirse, pero ese susurro, parecido a
una melodía prohibida, pretendía doblegarla. En algún momento
sintió que, entre ella y la imagen de Jesús, el Cristo, algo o alguien
se interponía, lo que la hizo sentirse derrotada. Abrió los ojos y
ante ella encontró al mismo demonio que la había impresionado
en el confesionario, horripilantemente hermoso, con su seductora
mirada e irresistible sonrisa.
—¿Por qué reprimes tus anhelos de vida, ángel inmaculado?
—le cuestionó aquel ser con pútrido aliento.
Susana experimentó un escalofrío en su espalda, incapaz de
controlar la atracción que aquel ente le generaba, que, pese a
su grotesca figura, tenía un atractivo perverso entre la línea que
separaba la repulsión y la atracción. Pasó por su mente alejarse
de él, rechazarlo, pero comprendía que ya no tenía muchas
opciones.
El demonio se le acercó mientras murmuraba promesas de
libertad y pasión que ella jamás había imaginado, mientras
abandonaba todo intento de lucha por preservar sus votos de
castidad.
—¿Cómo puedes sentirte viva si no has experimentado el
placer y el amor que tu Dios te niega? —insistió aquel ser salido
a saber de cuál averno, con voz rasposa y gutural, al que hasta
hacía unos instantes la monja había temido tanto.
Aquellas palabras repletas de consistencia resonaron en su
mente, dejando claro que entre ambos se había hecho un vínculo
que, estaba segura, nadie podía ya romper. Así, al momento de
rendirse, la luz que tenuemente alumbraba dentro de la iglesia
desapareció cuando sin mayor escándalo los sirios y las veladoras
se apagaron.
Susana cerró los ojos conforme sentía la cercanía del demonio,
suspiró y abrió los labios esperando ser besada por primera
vez, con la certeza de que las puertas del mundo prohibido se
habían abierto para ella y que lo que menos importaba eran las
consecuencias, placer o dolor, al aventurarse a cruzarlas.
Para: Susana Flores<
[email protected]>
Fecha: 15 oct 2024, 12:01
Asunto: Re: Ayuda urgente
Sí, tu problema es grave, pero puedo solucionarlo. ¿Te gustaría
que nos veamos mañana? Sugiere la hora y el lugar.
Reflejo maldito
José Gregorio Rodríguez
Quiero comenzar esta historia presentándome: mi nombre es
Socorro del Río, conocida como la novia sin cabeza. No tengo
cabeza, pero sí un hermoso vestido blanco. Tal vez no has oído
hablar de mí, y no te culpo; hay días en los que soy una desconocida
hasta para mí misma. Aquellos que alguna vez cruzaron mi camino
pronto me olvidaron, y hasta la muerte parece haberse olvidado
de venir a buscarme. Llevo más de un siglo esperando el descanso
eterno, sigo atrapada en el mismo rincón, un lugar donde el tiempo
se detuvo y los ecos de mi existencia se desvanecen en el olvido.
¿Dónde está mi cabeza? No tengo ni idea de dónde quedó, y la
verdad, tampoco quiero saberlo. No hay nada que me aterre más
que la posibilidad de encontrarla. La sola idea de tenerla de vuelta
y volver a ver mi reflejo, me espanta. Lo que sí quiero contarte es
cómo la perdí.
Crecí en un pequeño pueblo rodeado de colinas y quebradas
que se alimentaban de la lluvia, famoso por sus extraordinarias
leyendas sobre brujas. Era común escuchar relatos de amarres
amorosos, de mujeres que se transformaban en pájaros a
medianoche y de sapos que eran utilizados para preparar hechizos
mortales. Era un pueblo tan encantador como misterioso, un
pueblo donde el surrealismo superaba con creces al número de
sus habitantes.
En una pequeña casa de bahareque, vivía con mi madre, a quien
su bisabuela había llamado Refugio. Hablar de ella es hablar de
mí, y si sigues leyendo, comprenderás por qué lo digo. En cuanto
a mi padre, no sé mucho; nunca lo conocí. Se dice que desapareció
con el silencio de la madrugada, pero yo siempre he creído que
simplemente huyó, incapaz de enfrentar sus responsabilidades.
El amor de mi madre siempre fue tan inmenso e incondicional
que nunca sentí la necesidad de conocer a mi padre, ni siquiera
en una foto. Todo era felicidad, todo parecía perfecto. Sin
embargo, todo cambió el día en que un forastero llamado Severo
Buenaventura llegó al pueblo.
Su llegada despertó la curiosidad de todos, pero a mí me
inquietaba de una manera que no comprendía. Con cada día que
pasaba, su rostro se grababa más profundo en mi memoria, Cada
vez que pensaba en él, una extraña sensación de nerviosismo se
apoderaba de mi estómago.
Una tarde, mientras observaba por la ventana, vi a Severo
acercarse y dirigirse hacia el río. Aprovechando que mi madre
no estaba en casa, decidí seguirlo, impulsada por una curiosidad
que me fascinaba y desconcertaba a la vez. Cuando llegué al río
descubrí algo que cambió mi vida para siempre.
Frente a una enorme poza de agua, estaba Severo entregado en
un apasionado beso con mi madre, el descubrimiento me golpeó
como un rayo, sacudió todo mi ser. Ese día comprendí lo que me
pasaba con el forastero, sin saber cómo ni cuándo, ese hombre se
había convertido en mi primer amor.
Mi madre no tardó en hacer pública su relación con Severo,
y aunque traté de mostrar alegría ante la noticia, por dentro me
sentía desgarrada, consumida por el deseo inmenso de ocupar
el lugar de mi mamá. Lo que al principio creí que era amor fue
transformándose lentamente en una extraña obsesión. Cada vez
que veía a Severo besar con tanta pasión a mi madre, sentía ganas
de gritarle todo lo que había causado en mí.
Una noche desperté al escuchar risas que provenían de la
habitación de mi madre, era la alegría de ellos disfrutando de
la noche juntos. Sin pensarlo dos veces decidí salir de mi cama.
Me escondí detrás de la puerta para observarlos, para odiarlos en
silencio. Mientras los contemplaba, de repente, sentí la mirada
de Severo posada sobre mí. Su mirada me provocó un cosquilleo
en el corazón; el hombre que amaba en secreto había vuelto su
atención hacia mí.
Regresé a mi habitación y me refugié bajo las sábanas,
celebrando en silencio la intensa mirada de Severo. Al día
siguiente, desperté antes del alba y corrí a la cocina para preparar el
desayuno. Quería sorprender a mi amado con un platillo especial,
demostrarle una de las tantas razones por la que yo era mejor que
mi madre. Recuerdo que en la taza de café destinada para Severo,
le añadí un poco de mi orina, con la esperanza de hechizarlo y que
se volviera loco por mí. La primera orina de la mañana era muy
popular en los amarres amorosos, y según muchas mujeres del
pueblo, era el más efectivo.
El desayuno transcurrió entre los relatos familiares de mi madre
y la mirada discreta que de vez en cuando Severo me regalaba. No
podía evitar sonrojarme y soñar con un futuro a su lado. Antes de
irse, Severo aprovechó un descuido de mi mamá para robarme un
beso y colocar sus enormes manos en mis caderas.
Después de ese momento, comprendí que estaba perdiendo
la cabeza por el novio de la mujer que me había dado la vida,
no pude evitar obsesionarme con la idea de que mi madre era
el único obstáculo existente entre Severo y yo, no pude evitar
ver a Refugio como mi enemiga, olvidando por completo nuestro
parentesco.
Los rumores en el pueblo no tardaron en llegar. Se decía que me
habían visto en la oscuridad de la noche besando a Severo en el
mismo lugar donde una vez lo vi con mi madre. Los comentarios
llegaron a oídos de mi mamá, ella no dudó en confrontarme y por
supuesto que lo negué. Le juré por su vida que sería incapaz de
hacer algo tan semejante.
Esa misma noche fui al río a encontrarme con Severo. Él me
propuso que dejáramos de vernos por un tiempo, era la única
forma de poner fin a los rumores. Acepté sin dudar, sabía que era
lo mejor. Lo que Severo no sabía es que pronto ya no tendríamos
razones para ocultar nuestro amor.
Al llegar a mi casa, preparé un té con unas flores blancas que
corté en el río. Un té pensado especialmente para mi madre.
Agradeció el gesto y no dudó en tomar. A los pocos minutos
inició su final. Me acerqué a ella mientras de su boca comenzaba
a brotar espuma, ella sabía que le había dado de esa flor venenosa
para sacarla de la ecuación, para quedarme con Severo. Se sujetó
de mi hombro, me vio fijamente y pronunció aquellas palabras
que todavía recuerdo: «Cada vez que te mires al espejo, verás
mi reflejo. Nunca podrás descansar porque hasta la muerte se
olvidará de ti». A los pocos segundos, murió en mis brazos.
Sobre la muerte de mi madre, se dijo que mi traición le había
causado un infarto fulminante, pero no le di importancia a esos
comentarios, yo solo estaba enfocada en organizar mi boda con
Severo. ¡Sí, a los pocos meses de la partida de mi mamá, hicimos
pública nuestra relación!
El día de la boda, después de ponerme este hermoso vestido
blanco que aún llevo puesto, me acerqué al espejo para
contemplarme, cuando vi mi reflejo me espanté; no lo podía
creer, mi rostro había desaparecido para transformarse en el de mi
madre. Asustada salí a la calle, la gente me miraba con sorpresa,
todos coincidían en algo: «Estás igualita a tu madre».
Al escucharlos hablar sobre el sorprendente parecido que de un
día para otro tenía con la difunta, corrí hacia el río. En sus aguas
seguía viendo el reflejo de Refugio. Me arrodillé y pedí perdón
por lo que había hecho con mi mamá, pero ella no me escuchó;
no me perdonó.
No me presenté en la iglesia; solo me escondí para que nadie
me viera. Al caer la noche, aproveché que todos dormían y
regresé a casa. En todo momento traté de evitar mi reflejo para no
encontrarme con ella. Desesperada y convencida que viviría con
el reflejo de mi madre, tomé un puñal, nuevamente pedí perdón y
corté mi cabeza para dejar de verla.
No, no morí después de eso. La maldición de mi madre se
cumplió, la muerte se olvidó de mí, tengo años esperando para
que me lleve en su regazo, para que me permita descansar en paz,
para reencontrarme con mi mamá y obtener su perdón, pero no,
aquí sigo, en el mismo lugar donde me escondí después de aquel
día. Hay noches en las que salgo a dar una vuelta y ya nadie habla
de Socorro, todos hablan sobre la leyenda de la novia sin cabeza.
Los bits recuerdan
Nino Pérez
El reloj en la pared marcó la medianoche. Aria volteó a él y todo
su cuerpo se estremeció. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
«CREÍAS QUE TUVISTE SUFICIENTE», cada palabra brillaba
con una luz verde resplandeciente en el monitor gris amarillento
que tenía frente a ella.
—¡No! —Aria gritó con todas sus fuerzas, agarrándose la
cabeza con ambas manos y haciendo un esfuerzo monstruoso
para no golpearse contra la pantalla.
Las letras desaparecieron una por una y solo quedó el cursor
parpadeante. Aria aguantó la respiración. E. Apareció una nueva
letra primera letra. S. Una segunda. U. Cada letra tardaba en
aparecer, como si se estuvieran burlando de ella. Cerró los ojos,
contando los segundos.
Finalmente, Aria se atrevió a abrir los ojos. «ES UN PLACER
VERTE SUFRIR».
Noche tras noche, durante estas horas de oscuridad, Aria tenía
que sentarse aquí a leer todo lo que la máquina le dijera. No podía
levantarse. La última vez que lo hizo, su viejo estéreo se encendió
a todo volumen. Cruzó la habitación para apagarlo y justo cuando
sus dedos rozaron el dial, el aparato le estalló en la cara. Las
quemaduras en sus dedos y a un lado de su rostro aún ardían.
Un nuevo mensaje apareció en el monitor. «¿POR QUÉ TAN
TRISTE?». Aria temblaba. El sudor helado caía de su frente al
teclado desgastado en el escritorio.
«OH», respondió el monitor. «¿LA POBRE ARIA ESTÁ
LLORANDO?».
Hace dos meses, Aria había recibido una carta de un nombre
que no había escuchado desde hacía más de veinte años, desde
sus tiempos de escuela. Tenemos que hablar y te debo dar algo,
por los viejos tiempos. Saludos, Mila Briones.
Ese nombre tenía algo. Algo que la hizo volver a San Agustín a
pesar de que se había prometido nunca volver.
Aria siempre había odiado San Agustín, un pueblito demasiado
pequeño, caliente y lleno de demasiada gente estúpida. La primera
vez que vio una salida, la tomó y desde entonces nunca miró
atrás. Incluso recordar a Mila le resultaba extraño. Pelo rizado,
grandes ojos miel. Era de las pocas personas del pueblo con una
computadora y se la pasaba encerrada en uno de los salones de la
escuela con el resplandor de la pantalla iluminando su rostro.
Algo en Mila siempre irritó a Aria. No es como que le hubiera
hecho algo en específico, pero nunca pudo entender la facilidad
con la que Mila parecía concentrarse cada vez que se adentraba
en el mundo digital.
Aria se levantó del escritorio y corrió hacia la pared. Tropezó
con un cable en el suelo y desde donde cayó, alcanzó la toma
de corriente con manos temblorosas. El resplandor del monitor
proyectó su sombra en la pared al agarrar el enchufe del ordenador.
Sus dedos lo apretaban con tanta fuerza que se le entumecían.
Echó una última mirada a su atormentador.
«NO HARÍA ESO SI FUERA…». La luz verdosa dejó de
brillar en las paredes en el momento que Aria tiró del enchufe.
La habitación se llenó de oscuridad y silencio, incluso el zumbido
constante que emanaba de la vieja máquina se había detenido.
Aria cerró sus ojos y suspiró.
La máquina emitió un fuerte pitido y su luz volvió lentamente
a la vida. Aria se miró la mano, que seguía aferrada al enchufe
desconectado. Sus dedos cedieron y este cayó al suelo.
—¡Chinga tu madre! —gritó. Intentó sonar fuerte y desafiante,
pero el temblor de su voz la traicionaba. Sus ojos estaban fijos en
la pantalla y el cursor verde parpadeante.
Un timbre comenzó a sonar dentro de su bolsillo. Aria dudó al
principio, porque la última vez que había oído su teléfono había
sido hace cuatro días, cuando repentinamente dejó de funcionar
a mitad de una llamada en la que se peleaba a gritos con el que
pronto sería su exmarido. Lo abrió. —¿Hola? —contestó muy
débil.
—¿Aria? Soy tu madre —le respondió de vuelta—. Estoy
aquí, en el hospital. No sabemos qué ocurrió, pero el respirador
de tu padre se apagó de repente y… —No pudo oír el resto porque
el teléfono se le escapó de las manos hacia el suelo. Volvió al
escritorio y se dejó caer en la silla.
Comenzó a recordar el viaje de vuelta a San Agustín. Había
sido una sensación extraña, como si retrocediera en el tiempo a
una época que odiaba. Le había hecho una mueca de disgusto al
cartel de «¡Hogar de la machaca!», a las afueras del pueblo y había
continuado a través de los imponentes saguaros que bordeaban la
estrecha carretera.
Las calles de San Agustín estaban vacías aquel día, como solían
estarlo durante las calientes tardes de agosto. El suelo seco y el
olor a mata quemada la mareaban. Veía las bicicletas encadenadas
a postes, en un lugar donde nadie se molestaría en robarlas. Y, por
supuesto, la vieja escuela de ladrillos rojos, en cuyas ventanas se
reflejaban las nubes amarillentas.
Cuando llegó a la vieja casa de Mila, al borde de la colina,
se topó con una anciana atendiendo unas mesas acomodadas en
el jardín. Encima de ellas, había ropa, revistas viejas, casetes y
un par de patines. En la esquina, casi oculto a la vista por un
suéter enorme, se veía la presencia cuadrada de una antigua
computadora.
—Ella ya se fue, pero dejó esto para ti —había dicho la anciana.
«ARIA LA LLORONA. NO TE PONGAS A GEMIR. LLORA
SOBRE EL TECLADO, Y TODAS LA PUEDEN OÍR», el
inquietante resplandor de las palabras la trajo de vuelta, y estas
le retumbaron como ningunas otras, porque ella misma las había
pronunciado muchas veces hace mucho tiempo, pero con otro
nombre.
Por fin comprendió. El mismo día que recogió la vieja
computadora, había intentado abandonarla en una zanja a las
afueras del pueblo. Los frenos le fallaron y su coche derrapó
peligrosamente cerca de un árbol. Todo el alboroto hizo que se
olvidara de la máquina hasta que regresó a casa días después.
La curiosidad la venció, así que la conectó y se encontró con
un críptico mensaje escrito en la pantalla que decía «DILE LA
VERDAD». Lo ignoró y, apenas un par de horas después, su
entonces marido llegó a casa a reclamarle que sabía lo de los
fondos robados, que alguien le había enviado todos los correos
electrónicos y que tenía las pruebas necesarias para demostrar
que ella le había estado mintiendo sobre el negocio que dirigían
juntos.
Dos días después sonó el teléfono de su casa y una voz robótica
le dijo con voz grave: «ENCIÉNDEME A MEDIANOCHE».
No lo hizo, y al poco tiempo el marcapasos de su padre dejó de
funcionar y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital.
Desde entonces, comenzó a sentarse cada noche a leer lo que
la máquina le dijera, siguiendo los caprichos del fantasma digital.
Cada vez que se negaba a leer o a acatar sus demandas, algo
horrible sucedía.
—Lo siento, Mila. Perdón —susurró Aria lo mejor que pudo,
con el verde de la pantalla tiñendo sus ojos llenos de lágrimas—.
No lo sabía —suplicó al aire—. Aprendí mi lección. Por favor,
por favor, déjame en paz.
«No se trata de una lección, Aria», parpadearon las palabras, ya
sin mayúsculas. De algún modo, esto parecía aún más personal.
«Tú me mataste, y ahora vas a pagar».
—No, no, yo… yo no… —Aria lloró, pero las palabras de la
anciana volvieron a resonar en su cabeza—. Ella ya se fue, pero
dejó esto para ti. Mi querida Mila, siempre tan aficionada a sus
computadoras y tú que te aprovechaste de eso.
Diecinueve años atrás, en San Agustín había ocurrido un trágico
incidente. Chica de pelo rizado, 17 años, encontrada muerta dentro
de un salón. Se cree que murió por suicidio al ahorcarse. Una
computadora dentro del salón había sido destrozada con algún
objeto. Aria ya se había ido del pueblo, pero no sin antes ir por
la máquina en la que Mila siempre trabajaba, y dejarle un último
regalo de despedida.
—Nunca quise… Por favor… por favor, acaba con esto —
suplicó Aria.
«Solo tú puedes hacerlo», respondió el monitor y se apagó.
La impresora empezó a zumbar en el rincón y sus sonidos
mecánicos rompieron el silencio. Empezó a escupir papeles uno
a uno hasta que la última hoja se deslizó y cayó al suelo. Aria
se acercó lentamente, con un nudo en la garganta. Allí estaba
impresa la imagen de una cuerda, perfectamente enrollada, junto a
un sencillo mensaje en negritas: «ASÍ ESTAREMOS JUNTAS».
Ansia de sangre 1
Daniel Linares
Ángela era partera en las sierras de Minas, departamento de
Lavalleja, Uruguay. Su lugar de consulta era el pueblo de Gaetán,
pero era común que la llamaran, a cualquier hora del día o la
noche, para atender una parturienta. Esa cincuentona, conocida por
impulsar el progreso en ese medio rural, lleno de prejuicios y con
tradiciones milenarias, fue de las pocas mujeres que aprovecharon
la educación formal accesible, gratuita y teóricamente disponible,
para todos los habitantes del territorio nacional. Misma formación
profesional que fue considerada innecesaria y hasta perjudicial
para las mujeres. Aquellas que estudiaban en las ciudades,
rodeadas de hombres desconocidos y viviendo sin maridos que
las controlasen seguramente debían ser promiscuas.
Era la noche del 29 de noviembre de 1906.
El parto había empeorado. El niño parecía negarse a nacer,
aferrándose a las entrañas maternas. Rosaura cedió al dolor,
pidiendo a su hijo mayor que renunciara a su merecido descanso,
luego de doblar el espinazo sobre la tierra de labranza y buscase
a la partera. Germán montó la yegua sobera, a oscuras, bajo una
pertinaz llovizna, que arreciaba intermitentemente. Las rachas de
viento amenazaban despeñarlo del camino, que bordeaba la sierra.
Ángela, sin pensarlo un minuto, montó su caballo, siguiendo al
muchacho, sin preocuparle su propia seguridad.
Había traído al mundo a Germán y estaba orgullosa de ese
mozo, fuerte y sano. Ella no había tenido hijos, primero por
haber priorizado sus estudios y luego, sin poder concebirlos con
Gervasio, su único amor. Este había caído siguiendo a Aparicio
Saravia, reclamando derechos básicos como voto secreto,
garantías electorales y representación de minorías. Luego de
miles de muertos, el gobierno aprobó las demandas.
Ángela se había quedado sola, viendo crecer sus niños,
recibidos de otros vientres. Al llegar al rancho de Rosaura
pudo sentir, como una bofetada a sus civilizadas creencias, una
culpa morbosa emanando de la parturienta, por no haber tenido
valor para solventar la situación. Muchos matrimonios habían
terminado, destruidos por la ignorancia, porque la mujer no había
dado hijos varones al esposo. A Rosaura, al contrario, le habían
nacido seis.
El séptimo, indefectiblemente, estaba marcado por un destino
maldito. Una leyenda se había extendido por toda América,
traída por los inmigrantes de la lejana Europa, temerosos y a la
vez fascinados por los lobos, bestias sanguinarias, inteligentes y
siempre hambrientas.
El hombre lobo.
La creencia se hizo fuerte, aunque no existieran lobos en estas
latitudes, para transmitir a los humanos la maldición de convertirse
en bestia, a través de sus mordiscos. Para explicar la aparición de
la nefasta licantropía de alguna manera surgió la creencia según
la cual los séptimos hijos varones nacerían con la capacidad de
transformarse en lobizón, una fiera sedienta de sangre.
—¡Va a ser lobizón, Ángela! ¡Es mi culpa! ¿Qué voy a hacer?
Buscando tranquilizar a la parturienta, Ángela le hizo una vaga
promesa:
—No te preocupes, yo me encargaré del niño.
Seis minutos después de medianoche, nació el bebé. La partera
poco más podía hacer por la madre. Sostuvo su mano, mientras
la tranquilizaba.
—Es el día del apóstol Andrés, en el santoral. Verás que ayudará
al chico a evitar la maldición.
Andrés era perfecto, sin mácula alguna en su piel blanca. Tenía
abiertos sus ojos color miel, observando su entorno, sin llorar pese
al laborioso parto. Una hemorragia, imposible de ser detenida, se
llevó a la sufrida Rosaura al más allá. Ángela aguardó, rodeada
por sus huérfanos, que Anselmo regresara de Minas donde habría
viajado por negocios. Al llegar el padre, no quiso a ese niño
maldito, causante de la muerte de su mujer y que solo traería
problemas. Además, sus hermanos ya le proveían suficiente mano
de obra para su chacra.
Ángela cumplió su promesa. Se encargó del bebé.
Criándolo como suyo, su fiera mirada acalló cualquier pregunta
fuera de lugar. Andrés fue un niño concentrado y silencioso.
Gustaba escapar a los montes, recorriendo los umbríos senderos
creados por animales, regresando al hogar cuando las sombras ya
tornaban ominosa la espesa fronda.
La rapidez con que el niño asimilaba todo lo que le enseñaba
era asombrosa. Se convirtió en un ávido lector, que a los seis
años había acabado con la biblioteca de Ángela, más extensa
que cualquier otra del pueblo. Comenzó su educación formal,
andando las leguas que lo separaban de la escuela, pero poco
pudo enseñarle la maestra Margarita que no supiera ya.
Cada año, Andrés fue el mejor alumno, hasta que acabó la
primaria. Paralelamente, había absorbido conocimientos de
libros de texto, usados por Ángela en su carrera. El joven decidió
convertirse en médico, para colaborar en evitar tantas muertes por
complicaciones en el parto. Ángela estaba llena de orgullo, al ver
su capacidad intelectual. Le pareció algo simbólico, que buscase
evitar más muertes, como la de su verdadera madre.
—Nada puedo negarte, mi ángel. Te inscribiremos en la
enseñanza secundaria y luego en la facultad de Medicina. Debes
ir a estudiar a la ciudad de Minas.
Ángela sufrió al separarse de su pequeño, de apenas doce
años, pero se resignó gustosa, ante sus elevadas metas. Lo dejó al
cuidado de Ana, una antigua compañera de estudios, radicada en
la capital. No temía por la seguridad del muchacho, bastaba que
Andrés fijase en alguien sus ojos color miel, orlados por largas
pestañas, para que se le concedieran sus más extravagantes deseos.
Ese fenómeno fue devastador, entre la población femenina en
la ciudad de Minas.
A medida que crecía, el muchacho comenzó a disfrutar de la
vida citadina, ocupado en sus estudios y actividades amorosas que
iba descubriendo, siguiendo sus precoces instintos. A sus quince
años, convenció a Ángela de mudarse con él. No le demandó tanto
trabajo como había supuesto. La envejecida partera, aquejada por
una dolorosa artritis, se hallaba incapacitada de desplazarse a
los ranchos perdidos entre las sierras. Andrés alquiló una casita
humilde, situada en la periferia de la ciudad, semejante a su hogar
en Gaetán.
Entonces, ocurrió la primera muerte.
Ángela estaba sola en su nueva casa, cuando oyó los aullidos.
No eran de perro, esos los conocía bien. Un horror indescriptible
atenazó su corazón. Su mente, súbitamente afectada por una
claridad sobrenatural, recordó las palabras murmuradas por
Rosaura, en su lecho de muerte.
«¡Es mi culpa! ¡Va a ser lobizón!».
No podía ser. Su hermoso Andrés…
Toda la infancia del joven había transcurrido sin episodios
violentos, ni actitudes fuera de lo común. Excepto su obsesión
por el bosque y los lugares abiertos, era un estudiante ejemplar,
destacando en variadas actividades extracurriculares y deportes
de alta competición.
Fuertes golpes en la puerta trasera de la casita, la sacaron de sus
elucubraciones haciéndola apurar su artrítico andar.
—¿Quién llama?
—¡Yo, mamá! ¡Abre, por favor!
Sobresaltada por la urgente demanda de esa voz, Ángela abrió
la puerta a un aterrado, tembloroso y casi desnudo despojo, que
semejaba su hijo.
—¡Mamá, lo vi! ¡Un monstruo enorme, cubierto de pelaje
bermejo! ¡Sus ojos brillaban como ascuas! ¡Atacó a una joven y
vino sobre mí! ¡No sé cómo, conseguí escapar y llegar hasta aquí!
Ángela, imaginando a su Andrés atacado por el demoníaco ser
que tanto temía, revisó ese pálido cuerpo buscando mordeduras,
rasguños o lesiones. No encontró nada que implicase un posible
contagio de la maldición del lobo, dejando al joven asearse y
vestirse para cenar. Este rechazó la comida, atribuyendo su falta
de apetito a la horrorosa experiencia.
La vieja partera permaneció toda la noche en vela, junto al
lecho de Andrés, el cual se debatía en una pesadilla recurrente.
La muchacha atacada por el lobizón le hablaba, de pie frente
a él, a pesar de una evidente ablación practicada en su abdomen.
Desde las clavículas a las roídas caderas, solo el blanco espinazo
y algunas costillas, sostenían ese cuerpo.
El rostro de la víctima, incongruentemente intacto, repetía
insistente:
—Tú has sido culpable, de mi prematura y horrenda muerte.
La luna llena resplandecía en el cielo. Su luz fría, casi cruel,
contrastaba duramente con las definidas sombras que
convocaba.
Ansia de sangre II
Daniel Linares
Pese a tan terrible experiencia, Andrés no renunciaría a concurrir a
clases, aunque ejércitos de monstruos quisieran devorar el mundo.
La hermosa Ulva había llegado desde Alemania y estudiaba con
él, obsesionando su mente. Andrés el seductor había intentado
todo para lograr una cita, sin resultados. Una semana antes del
ataque del lobo, sintiendo sus entrañas disolverse de deseo, siguió
a la joven que parecía caminar sin rumbo, distraída al punto que no
notó su presencia. Al llegar al arroyo San Francisco, la muchacha
saltó a las crecidas aguas.
Andrés era un atleta en variadas disciplinas y logró sacar a la
desvanecida Ulva de las heladas aguas. Los desesperados intentos
de reanimación, realizados por el muchacho lograron que la joven
se recuperase. Lo recriminó, con su adorable acento de marcadas
consonantes.
—¡No debías salvarme! ¡Tú serás culpable de lo que suceda!
—Nunca te permitiré morir. Te amo, desde el momento en que
te vi. Andrés lanzó aquella, su mirada devastadora, sobre Ulva.
Estupefacto, se vio atrapado, contenido y convertido en desvalida
presa, por aquellos ojos verdes que refulgían más implacables
que los suyos. En adelante, ambos fueron inseparables, pero
ella cambiaba de tema, cada vez que Andrés le preguntaba algo
personal.
—¿Vives con algún pariente o en una pensión estudiantil?
¿Tienes familia en Alemania?
Ese juego de intrigas continuaba hasta el atardecer, cuando
ella se despedía hasta el otro día. Muchas veces Andrés intentó
seguirla, pero Ulva desaparecía de su vista, en un parpadeo. Esto
exacerbaba los celos del joven, deseoso de saberlo todo sobre
la chica. Cuando le preguntó sobre el motivo de haber atentado
contra su vida, ella lo miró con una expresión tan triste, que él
temió que volviese a intentarlo. En cambio, cuando estaba alegre,
sus ojos chispeando con verdes fulgores y el viento desordenando
sus cabellos del color del oro rojo, la hermosa muchacha y su
guapo novio se convertían en blanco obligado de envidiosas
miradas.
Se acercaba otra luna llena y se había programado hacía tiempo
un baile en conmemoración de la fundación de Minas. Nadie
pensaba ya en la muerte de aquella desafortunada joven, que
declararon un «ataque de animal»
Andrés le pidió a su madre un anillo de compromiso, que ella
atesoraba, planeando dárselo a su alemanita durante el baile.
Ángela había dudado en entregárselo, pero sus dedos artríticos ya
no le permitían usarlo y al fin cedió, como siempre, a los deseos
de su hijo.
El muchacho invitó a la joven.
—Ulva, vayamos al baile, este fin de semana.
La chica sonrió, pero sus ojos se enturbiaron.
—Es luna llena. Nosotros no acostumbramos estar fuera del
hogar, en esas noches. En mi pueblo natal es una tradición.
—Ahora vives aquí. Nuestra tradición es aprovechar cualquier
excusa, para divertirnos.
—Por favor, Andrés. No soy yo misma, cuando me baña la luna
llena.
De nuevo esa expresión de desesperanza, ese agobio que la
convertía en un manojo de nervios. Andrés cambió rápidamente
de tema.
—Hay algo que quería preguntarte. Tu nombre suena algo
extraño, para nosotros. ¿Qué quiere decir en nuestro idioma?
Ella sonrió, con aquellos ojos sin alegría. Sus dientes blancos,
que mostraban un leve alargamiento de los caninos, brillaron
húmedamente, generando en Andrés un extraño desasosiego.
—Pensé que ya lo sabrías. Ulva, en castellano, significa «Loba».
El dolor en el corazón del muchacho fue tan evidente que Loba
quedó expectante, sus ojos brillando alertas, fijos en los de él.
Andrés notó por fin esas pequeñas señales que se había obligado
a pasar por alto. Aquellos ojos verdes, levemente oblicuos,
de salvaje y poderosa mirada. Un gesto peculiar, al enfadarse,
arrugando su perfecta naricita, como gruñendo. Vio a Ulva dilatar
suavemente sus narinas, seguramente captando el hedor de su
miedo.
—Lo sabes, puedo sentirlo. ¡Ya tienes las respuestas a tus
malditas preguntas! ¿Por qué no pudiste continuar siendo un
hermoso ignorante, compartiendo ese tonto enamoramiento, tan
dulce que casi me hacía olvidar la realidad?
Él atrapó sus manos blancas, delicadas. Con enorme esfuerzo,
a duras penas superando el poder que encerraban esas esbeltas
muñecas, las acercó a sus labios, cubriéndolas de besos.
Ella chillaba.
—¡Déjame, eres culpable de lo que pase, por no permitirme
morir! ¡Me alejaré de aquí, haz de cuenta que he sido solo un mal
sueño!
—Es imposible olvidarte. Por favor, dime que no fuiste tú la
que devoró aquella chica.
—Ya te lo dije. Bajo la influencia de la luna llena no soy yo. No
tengo control de lo que hago. Solo recuerdo, quemando como una
brasa en mi mente, el hambre. Una horrible ansiedad de carne,
que roe mis entrañas.
Ulva liberó sus manos, huyendo. Andrés, temiendo otro intento
de suicidio, corrió tras su figura tambaleante, estremecida por los
sollozos. Ella se internó en el bosque, dejando atrás el arroyo. El
joven siguió esa esquiva silueta, mientras comenzaba a oscurecer
en la floresta. Inmediatamente la perdió de vista, pero sin darse
por vencido, confiando en su infalible orientación, continuó la
búsqueda. Era noche cerrada cuando halló un humilde chamizo,
en un claro en medio de la espesura.
Como imaginaba, al llamarla, Ulva salió de la chabola.
—¿Qué buscas, a estas horas? ¿No temes por tu seguridad,
sabiendo que un monstruo ronda por aquí?
—Tenía miedo de tu reacción, al no respetar tu privacidad si
te seguía, pero ahora tales escrúpulos parecen banales. Pensaba
darte esto en el baile. Espero que aprecies su valor sentimental,
pues es un recuerdo de mi madre.
Entregándole una cajita, el joven se alejó. Antes de dar una
docena de pasos, oyó un gritito de sorpresa y Ulva apareció a su
lado.
Sus ojos, brillando de felicidad, por fin acompañaban su amplia
sonrisa. Estrujó a su prometido en apasionado abrazo, oyendo
complacida, sus costillas crujiendo.
—Lo siento. Comprenderás que no puedo usar nada hecho de
plata. Has conseguido una novia de lo más problemática.
Mucho después, en la sorprendentemente limpia y ordenada
cabaña, los jóvenes conversaban, satisfechos sus ardorosos
deseos.
—¿Huiste de Europa… por tu condición?
—Algo así. Intenté evitar el destino que planeaban para mí.
Represento una poderosa minoría en nuestra raza. Mi poder es
transmitido por nacimiento, no por contagio.
Volviendo a casa, Andrés halló a Ángela muy preocupada. Le
contó el motivo de su prolongada ausencia. Lo que pudo contarle,
claro. Devorando un rápido desayuno, aseándose y cambiándose
para ir a estudiar, buscó a su amada en clases y luego en la cabaña.
Había desaparecido.
Llegó el fin de semana y la luna llena. Andrés concurrió al baile,
pero lo halló insulso, así como a las chicas que iban llegando. Una
punzante migraña, contribuyó a hacerle insoportable la noche,
pero un funesto e inexorable presentimiento lo mantenía allí.
En pleno jolgorio, un ominoso aullido se dejó oír, sembrando el
terror entre los presentes. Algunos valientes se armaron con lo que
encontraron y salieron a la noche, encabezados por el comisario,
enarbolando su Colt Police 38.
Andrés, sobrecogido por la maldición de la luna llena y
conociendo el peligro subyacente, salió tras ellos, buscando
proteger a Ulva. Corrió por los senderos del bosque tropezando,
cayendo y levantándose, presa de febriles mareos y fuertes dolores.
Alcanzó un claro en el bosque y se derrumbó, retorciéndose bajo
la intensa luz de la luna llena. Sentía enloquecedores espasmos,
mientras sus huesos se quebraban y recomponían, alterando su
estructura. Trató de erguirse, sus piernas torcidas en ángulos
imposibles, arrancándose las ropas que parecían quemarlo, con
sus manos convertidas en garras. Quiso gritar.
Ningún sonido humano salió de su garganta. Solo un prolongado
aullido, que fue respondido por otro, desde muy cerca. De pie,
tambaleándose entre vahídos, apenas alcanzó a ver al otro lado
del claro, un enorme lobizón cubierto de hirsuto pelo rojizo. El
terror heló su sangre. Iba a ser devorado, como aquella pobre
chica. La bestia saltó, abalanzándose sobre él. Enloquecido de
miedo, alcanzó a gritar un nombre:
—¡Ulva!
Sonó extraño en sus oídos el ulular que salió de su boca,
pero la otra fiera lo comprendió. Los dos lobizones, sabiéndose
representantes del selecto clan de los nacidos lobos, estremecieron
el bosque con gozosos aullidos, mientras se apareaban. El
comisario apareció, guiado por el alboroto. Aterrado ante tales
monstruos, vació su arma sobre ellos. Entre aullidos, las fieras
se escabulleron en la espesura. Pronto, una turbamulta indignada
seguía el rastro de sangre, iluminándose con antorchas. Ulva,
malherida, yacía en el suelo, incapaz de proseguir la marcha y con
claros indicios de transformarse en humana. Andrés se lanzó sin
poder contenerse, sobre aquellos que los perseguían, hasta hacía
poco vecinos y amigos, con aterradora ferocidad. Esparciendo
sangre, decapitó a algunos, eviscerando a otros.
Volvió junto a Ulva, que había recuperado su forma humana.
Sin reconocerla, excitado su instinto por la masacre y ansiando
carne humana, el lobizón se irguió sobre la desnuda e indefensa
joven.
El ardor de los proyectiles en sus lomos, lo hizo huir.
Ulva fue auxiliada por los que habían tratado de matarla,
fascinados por su hipnótica mirada y ese portentoso cuerpo
desnudo.
Andrés, en horrible enfrentamiento entre el instinto bestial y
un remanente de conciencia humana, herido y acosado, reconoció
una solitaria casita. Aullando y golpeando la puerta, trató de
entrar.
Presentía, oscuramente, que allí estaría a salvo.
Ángela abrió la puerta.
Enfrentando esa negra bestia, que gemía lastimera, como
queriendo decirle algo, disparó una vieja escopeta heredada de
Gervasio, gritando:
—¡Monstruo! ¿Qué le has hecho a mi Andrés?
El lobizón se desplomó, con un último y doloroso aullido.
Según la leyenda, solo podía morir a manos de alguien que lo
amara.
Frente a la multitud, que la alumbraba con sus teas, la bestia se
encogió sobre sí misma, tomando definitivamente forma humana.
El viejo corazón de Ángela no soportó tan dura prueba y cayó,
fulminada, sobre el cuerpo de Andrés.
Nueve meses después, Ulva parió un perfecto bebé, de blanca
piel inmaculada. El recién nacido no lloraba.
Abiertos sus hermosos ojos color miel, observaba su entorno.
El hermoso Brummel
Agustina Hernández
La vieja casona de San Isidro era un lugar al que hubiera preferido
no volver nunca. La tía Lina había fallecido y alguien debía
ocuparse de poner en orden sus papeles.
Esa tarde me paré frente a la entrada, después de más de veinte
años desde la última vez que había estado allí. La casona lucía
decadente y abandonada, dando la sensación de una acuarela
expuesta al mal tiempo.
Al entrar, el olor a humedad y a encierro me resultó insoportable.
Abrí todas las ventanas que encontré a mi paso. Después de
inspeccionar la planta baja, decidí encarar la escalera, tan oscura
y tenebrosa como la recordaba, pero la idea de volver a ver El
hermoso Brummel fue suficiente incentivo. El cuadro colgaba de
la pared que hacía ángulo en la escalera, por lo que no se veía
desde abajo.
Brummel seguía tan magnífico como siempre, pero no pude
dejar de notar que ahora ambos aparentábamos la misma edad.
Pero él siempre fue perfecto: esbelto, valiente y hermoso.
El cuadro era el único objeto de la casa que todavía me
interesaba. El recuerdo de tantas horas sentada en el codo de
la escalera, mirando al hidalgo caballero montado en su corcel
blanco formaba parte de mi infancia.
La pintura no estaba firmada y su título había sido un invento de
mi tía, quien aseguraba que se la había regalado un pretendiente
en París. Ambos llegaron juntos por barco a Buenos Aires y la
juventud de Lina en la Europa de posguerra siempre resultó un
misterio.
Brummel fue mi primer amor y tenía que decidir si quería
llevarme el cuadro y que se tornara cotidiano.
Era muy tarde y estaba cansada. Decidí acostarme y dejar
semejante conflicto para el día siguiente. En cuanto apoyé la
cabeza en la almohada, me quedé dormida.
En la mitad de la noche, desperté sobresaltada por un trueno,
seguido de una tormenta digna de mención. Intentaba encontrar
mis anteojos, cuando la puerta ventana que daba al balcón terraza
—del que fuera el dormitorio de la tía Lina— se abrió de par en
par.
Allí estaba, parado de cuerpo entero, a contraluz de los
relámpagos, con su armadura y ropajes empapados. Brummel me
miró fijo a los ojos y dijo:
—He venido a implorar por mi libertad.
Esa escena me autorizaba a gritar más que Janet Leigh bajo la
ducha en Psicosis. Varios géneros se superponían: terror, suspenso
y ciencia ficción, a los que se agregaba el nuevo subgénero de
fantasma pictórico. Tampoco colaboraba que Brummel habló en
alemán y que yo entendí todo lo que dijo, cuando la única palabra
germana que reconocía era aufwiedersehen, gracias a Sigfrid y al
Superagente 86.
En verdad, el planteo de Brummel podría haber sido más
romántico, considerando la tormenta y su entrada en escena.
El cuadro no le hacía justicia, ni Superman ni Robin Hood
o el Gran Gatsby podían competir con el caballero alemán. Tal
vez, de no haber estado tan urgido por recuperar su libertad, se
hubiera entregado a una noche de pasión, pero no me pareció
hacerle semejante reclamo, ya que hacía unos segundos que nos
conocíamos personalmente.
Un relámpago iluminó la cara del hidalgo, que tenía una
expresión severa y ansiosa. Sin proponérmelo, dije:
—Su libertad está concedida —en un castellano susurrado que
hizo feliz a Brummel.
—Le estaré eternamente agradecido —dicho esto cerró ambas
hojas de la puerta ventana, que ocultaron su acto de desaparición.
Me levanté de la cama de un salto, corrí hacia esa puerta y la
abrí de par en par. No había rastro de Brummel por ningún lado.
Cerré la ventana y salí corriendo de la habitación, hacia
la escalera. Al llegar al cuadro grité como nunca en mi vida:
Brummel y su corcel blanco habían desaparecido; todo lo que
quedaba en la pintura era paisaje.
Me vestí y guardé mis cosas para salir corriendo de esa casa,
como si hubiera tenido que escapar de un incendio.
Han pasado muchos años desde la aparición de Brummel,
durante los cuales no he podido dormir en las noches de tormenta.
Apocalipsis zombi I
Koldo Mendiko
«Cuando ya no quede sitio en el infierno, los
muertos caminarán por la tierra»
Apocalipsis Zombi. 2017
Le explotó el brazo izquierdo o fue el derecho, algún miembro,
un trozo de carne. Siempre nos cuesta discernir por dónde se
desmiembra su carne. Es aún más difícil con un ojo perforado
y una chica que se aferra a tu cintura gritando que no saldremos
de esta, y que hubiera hecho mejor yendo a misa con su madre
y no saliendo conmigo con la excusa de que tenía que preparar
exámenes con una amiga.
Sin dejar de caminar, le explotó otro pedazo indefinible de
su cuerpo, pero eso no impide que el zombi avance. Corro lo
más rápido que puedo, con los sensuales kilos de Emily Wilson
enganchados a mi espalda y sus uñas rosas salmón hundidas en
mi piel, tres centímetros de queratina barnizada amenazando mis
huesos como una auténtica sanguijuela, situación que muy bien
podría costarme la vida.
Quizás también tendría que haber escuchado a mamá. Debería
haber apartado la mirada de los muslos desnudos de la esbelta
rubia que había multado por exceso de velocidad en la I-80 que
cruza el estado de Nevada. Todo había sucedido tres días antes y
no había tardado ni diez minutos para invitarla a cenar.
Si mamá me viera corriendo por los pasillos del Ritz-Carlton
en el Lago Tahoe muy cerca de Carson City a 1907 dólares la
noche, perseguido por una horda de zombis cojeantes, con la
chica del Ford Mustang rosa salmón a mis espaldas, seguramente
se cabrearía por lo idiota que le había salido su único hijo. Pero
vayamos al porqué de la historia.
Emily Wilson
Antes de que aparecieran los zombis, Emily Wilson estaba
deslumbrante, toda ella sentada en el restaurante del hotel. La
cena había empezado bien. Había llegado unos minutos antes que
yo y ya me esperaba en la mesa que había reservado. No estaba
acostumbrado a llegar tarde a las citas, una mala costumbre de
policía obsesionado por la puntualidad, pero mamá me había
preparado una trucha con almendras para cenar. Mi plato favorito.
Y eso me demoró. Tuve que negociar duro con ella para que
entendiera mis otros intereses. ¡En fin, las madres!
En medio del champán, ostras y maullidos románticos,
Emily no dejaba de resplandecer. A la sombra de su melena
dorada y perfectamente moldeada, en su vestido de noche con
un corpiño de gasa perlada, no paraba de susurrarme anécdotas
de su atormentada vida de médico en prácticas en el servicio
de traumatología del Carson Tahoe Medical Center, uno de los
hospitales privados más importantes de la región.
Parecía inteligente y culta. Mucho más que yo, que a duras
penas había leído algo más que el manual de funcionamiento de
la policía vial durante los últimos cinco años de mi vida.
«Nada que ver con la histérica que ahora clavaba sus uñas en
mi piel».
Durante la cena romántica, sin apartar la vista de sus ojos
oliváceos iluminados por mis cumplidos y por las copas de
champán que engullía como si no hubiera mañana, me entretenía
preparando mentalmente el resto de la velada. Imaginé el momento
en que deslizaría la cremallera de su vestido en la espectacular
habitación del Ritz-Carlton, que nos estaba esperando con su
terraza abierta al Lago Tahoe.
Luego, como una exhalación nacida de la nada, alguien empezó
a gritar.
Fue un grito aterrador, que perturbó el ambiente terriblemente
romántico del restaurante. Emily, que me contaba una anécdota
conmovedora, mientras se metía cucharadas rasas de sopa de
langosta entre sus deliciosos labios, saltó y me agarró de la mano.
No tuve tiempo de comentarle que en esos momentos las puertas
de la cocina empezaban a vomitar a toda la tropa culinaria del
restaurante.
Primero salieron cocineros enteros capaces de correr como alma
que se lleva el diablo, luego pedazos de cocineros y friegaplatos
volando por el aire. Comprendí que había algo que no andaba bien
y que iba a poner en peligro mis planes para esa noche. Emily aún
no había entendido del todo el problema y quería terminar con la
botella de champán antes de levantarse de la mesa.
En vista de lo que estaba pasando, saqué mi arma, lo que
impresionó a Emily, quien seguro pensó que su joven y atractivo
policía de tráfico, era en realidad un agente especial del FBI
camuflado para intervenir en operativos secretos. Pero la verdad
es que no era más que un policía de tráfico, para quien el uso
de las armas de fuego solo formaba parte de su entrenamiento.
Nunca se sabe con quién te puedes encontrar por esos caminos
de Dios.
Después del personal de cocina y sin orden de continuidad
aparecieron los zombis, siniestros y cojeando, con los brazos
largos arrastrándose por el suelo, enfundados en retazos de ropa.
Unos asquerosos monstruos que parecían salidos de la serie The
Walking Dead, tan de moda en esos días en la televisión de la
Fox. Al principio pensé por un momento que se podía tratar de
una escena para la televisión, un experimento para ver cómo
reaccionaba el personal delante de una amenaza como esa. Pero
no. Lo que vino a continuación fue una oleada de monstruos
salidos del mismo infierno. Se esparcieron por el comedor como
cucarachas dispuestas a comerse a todo aquel que se cruzaba en
su camino.
—¡Johnny! —exclamó Emily—. ¡Dime que esas cosas son
cocineros vestidos de zombis!
La levanté de la silla, perdió el equilibrio por sus tacones de
aguja y se desplomó en el suelo. Ella me abofeteó; su vestido le
había costado 850 dólares y yo la había ridiculizado frente a los
clientes del restaurante, que en esos momentos huían despavoridos
aullando como locos. Le respondí con una bofetada perfecta que
hizo que su adorada carita bailara valses.
Entonces disparé a uno de los zombis que se acercaba, el
disparo le arrancó la cabeza que cayó en el plato de langosta de
Emily. La joven gritó. Obviamente, su sopa de langosta no sabría
igual. Me di cuenta de que si nos quedábamos allí, no podríamos
resistir por mucho tiempo. Los otros clientes, aunque mucho
menos apetecibles que Emily, estaban siendo devorados como
pollos asados, uno tras otro.
El espectáculo era horrible, pero yo era un policía que se
suponía preparado para presenciar las atrocidades más genuinas
que inventaban las mentes calenturientas de mis semejantes, y
tenía que estar a la altura.
—¡Tenemos que salir de aquí! —acerté a decir, mientras Emily
agarraba la botella de champán y se la metía en el escote del
vestido.
Me abrí camino entre los clientes que huían en desbandada sin
poder encontrar una salida de emergencia en el caos circundante.
Un zombi que había tomado por el cadáver de uno de los
comensales, saltó sobre mí y me arrancó la mitad de mi esmoquin,
que no había costado tanto como el vestido de Emily, pero que
realmente me importaba, ya que mi mamá me lo regaló el día en
que me gradué en la academia de policía. Me volví para sacarme
al no-muerto que ya estaba empezando a morderme el pantalón de
mi muslo derecho. Emily, que entendió que le costaría salir con
vida sin mi ayuda, agarró a regañadientes la botella de champán,
tomó un buen trago y luego la sacrificó en la cabeza calva del
zombi.
Cubierto de Moët-Chandon, y vagamente desestabilizado por
el impacto, soltó mis pantalones, en ese momento apunté con el
arma a su cabeza y lo envié de regreso al infierno.
Un joven zombi que lo acompañaba, tal vez su hijo o un sobrino,
difícil de decir porque todos los zombis se parecen, agarró uno
de los tenedores de mesa y lo clavó como venganza en mi ojo
izquierdo. Obviamente salí gritando, y a la vez pensando que no
sabía que los zombis tuvieran sentimientos vengativos.
Pero no tuve tiempo para muchas reflexiones. Me deshice del
joven zombi descerrajándole un tiro en la frente que le frio su
primitivo cerebro, dejándolo fuera de combate. Seguidamente
agarré la mano de Emily con la intención de buscar una salida.
Corrimos hacia el baño, la herida de mi ojo izquierdo manaba
sangre a borbotones, y luego me bajaba por la mejilla hasta
manchar mi camisa de popelina blanca. Los baños de mujeres
estaban ya llenos de gente horrorizada y gritando, que pronto
atraerían a la banda de muertos vivientes, pues parecía que
también tenían abierto el sentido del oído.
Corrí, pues, al baño de caballeros. Emily vaciló un momento,
nunca había entrado en uno, seguramente por motivos ligados a
su educación burguesa. Pero finalmente se dio cuenta de que sus
preocupaciones de clase corrían el riesgo de convertirla en una
«steak tartar» para zombis.
Se persignó y luego me siguió con pasos cautelosos.
—¡Quítame ese maldito tenedor del ojo!… Y, luego coge las
toallas para parar la hemorragia —la apresuré para paliar mi
situación que amenazaba con desbordarme—. ¡Date prisa por
Dios, Emily!
—¿Yo? —me contestó—. Pero… ¡Yo no puedo hacer tal cosa!
—¿Por qué no? —pregunté extrañado.
—Porque odio la sangre —me contestó palideciendo.
—¿Eres médico y odias la sangre? —pregunté mosqueado.
—En realidad, no soy del todo médico —me contestó
tartamudeando.
—¿No eres del todo médico? —pregunté desconcertado—. ¿Y
entonces qué eres?
—En realidad… No soy médico en absoluto.
La infractora pero oxidada de la I-80 me hizo temblar.
Realmente debí haber hecho caso a mi mamá. Nunca volvería
a creer las bonitas historias de «pin-ups» que se conocen en la
carretera. Apreté los dientes y tiré del tenedor con todas mis
fuerzas —hasta el día de hoy, nunca me había sacado del cuerpo
nada más que media docena de púas de erizo de mar—. Logré
extraer el tenedor, junto con trozos de ojo gelatinoso.
—¡Qué desperdicio! —aullé, mientras le gritaba a la falsa-
médico que hiciera algo parecido a una compresa con los trapos
y el papel higiénico, cualquier cosa que pudiera encontrar para
parar la hemorragia.
—Lo siento mucho —gimió mientras rasgaba un trozo de su
vestido para hacer un parche para mi ojo—. Tú no me culpas,
¿verdad?
No hubo tiempo para contestar la estúpida pregunta. Decenas
de clientes horrorizados entraron en tropel en los servicios de
caballero. En realidad, no por un impulso incontrolable de orinar.
Los zombis estaban acabando ya con los voluntarios refugiados
en el servicio de señoras. Así que me levanté y la intrépida Emily
saltó sobre mis hombros. Me agarró del cuello como si fuera un
caballo de batalla. Despejé el pasaje con mi arma, y giré con la
princesa desaliñada a cuestas hacia el final de un pasillo con la
esperanza de encontrar una salida de emergencia.
Trotando con ella a cuestas, pude ver que no me movía tan
rápido como la manada de zombis que me perseguía. Así no
podría escapar de ellos.
Tendría que deshacerme de Emily. Es una pena porque habría
terminado esta noche con una sesión de masaje con aceite de
coco en la suite con vistas al Lago Tahoe. Ella seguía aferrada
hundiendo sus uñas en mi piel, mordiendo mi oreja presa del
pánico. En otra ocasión me hubiera gustado, pero ahora los
zombis estaban ganando terreno.
Sin otra opción a la vista, levanté mi cabeza contra su bonita
nariz.
—¡Vamos! —grité dándole un cabezazo. Su delicado marco
no resistió el impacto y se derrumbó al suelo gritando. En ese
momento unos escalofríos recorrieron toda mi columna vertebral.
Pero no había nada que hacer. Se trataba de ella o yo. Porque lo
que no tenía sentido era que los dos sirviéramos de festín a la
horda de caníbales salidos del infierno que nos perseguían para
cenar.
Me insulta de todos modos, horribles insultos que nunca
imaginé que salieran de la boca de una mujer tan distinguida. No
hay tiempo para detenerse a dar explicaciones. Parlotear no te
lleva a ningún lado en esta vida, y es la única que tengo. Fue
mamá, quien me enseñó eso.
Los zombis la alcanzan antes de que pueda ponerse en pie. Se
abalanzan sobre ella mordiendo como seres famélicos incapaces
de saciar su hambre, y sin respetar su hermoso vestido de 850
dólares, se lo comen todo, solo escupen unos trozos de silicona
que seguramente estaban en el interior del cuerpo de Emily.
Pobre pequeña, de todos modos siempre la recordaré mientras se
chupaba los deditos empapados de sopa de langosta en esa cena
maravillosa, hasta que llegaron los malditos zombis dispuestos a
desbaratar nuestro erótico plan.
Realmente no imaginaba que solo le quedaran treinta minutos
de vida, más o menos. Seguro que los hubiéramos pasado de otra
manera, nos habríamos saltado la cena, y estaríamos saltando
sobre la cama. Así es la vida. Amén.
Apocalipsis zombi II
Koldo Mendiko
El hombre que venía del estado de la estrella solitaria
Llego al final del pasillo buscando las puertas de emergencia.
Tengo suerte. Abro la puerta y miro al exterior para ver por
dónde me voy a dar el piro, una barahúnda zombi ruge sin
control ocupando todo el espacio que alcanza la vista. Cierro la
puerta y me encamino a la escalera de servicio con la intención
de esconderme en alguna habitación para desde allí aguantar el
chaparrón.
Subo hasta el segundo piso sin encontrar zombis,
afortunadamente a los zombis se les dan mal las escaleras. Tengo
que esconderme pronto, sino los zombis me comerán y mamá
nunca volverá a ver a su hijo. ¡Maldita sea! Ella es demasiado
mayor para hacer otro. No puedo hacerle esa putada.
El pasillo está tranquilo y se oyen los lejanos gritos que
suben desde la planta baja donde se está cociendo la bacanal de
sangre. Tal vez aquí me encuentre a salvo. Llamo a la puerta de
la habitación número 026, es un número que en general me trae
suerte.
—¿Qué es lo que quiere? —me responde una voz masculina
con bastante agresividad.
—Abra por favor. ¡Me persigue una horda de zombis que
quieren devorarme! —le aclaro lo más literalmente posible mi
situación para que me entienda.
—¡Mierda! —exclama, a la vez que escucho la cerradura de la
puerta, pero no se abre. El tipo de la habitación seguramente está
pensando que le estoy tomando el pelo y acaba de cerrar la puerta
por dentro.
—¡Maldito cobarde! —le respondo—. Tu egoísmo no te va a
servir de nada en cuanto lleguen los muertos vivientes. Ellos no
se cansan, ni tienen sueño, así que cuando abras para escapar, ten
seguro que te van a comer.
Voy a la puerta de enfrente la número 027. «Un jodido número
impar», pienso.
—¿Sí? —murmura una voz medio borrascosa con fuerte acento
tejano.
—¡Servicio de habitaciones!… Un detalle de la casa —le digo
con voz neutra para que me abra.
—Un momento, voy a por una toalla y le abro —me contesta.
Al cabo de un momento que a mí me parece eterno la puerta
se abre y aparece frente a mí un hombre con bigote, barrigón y
sonriente, vestido con una toalla húmeda atada a la cintura y un
sombrero de vaquero sobre su calva cabeza. Un verdadero y duro
tejano.
Empujo al tejano y me apresuro a entrar en la habitación. Una
pelirroja, aún más desnuda que el tío del bigote, dormita sobre la
cama. Sorprendido el tejano bloquea mi intento de cerrar la puerta,
mientras una mano pálida y lisiada se desliza por la apertura y
retiene la puerta. Empujo la puerta con todas mis fuerzas y le grito
al hombre del bigote que me eche una mano.
Realmente no entiende lo que está pasando o lo que estoy
haciendo en su habitación con ellos semidesnudos, y yo sin una
bandeja en la mano.
Mis gritos despiertan a la mujer que se cubre el cuerpo con la
sábana y grita tartamudeando algo ininteligible para mí. A pesar
de todo, le explico a la dulce pareja que eso que quiere introducirse
en la habitación es la mano de un zombi que intenta abrir la puerta
que yo con todas mis fuerzas estoy intentando cerrar, y que ya hay
muchos más como este por el pasillo con perversas intenciones,
como todos los muertos vivientes de las historias que hemos visto
en el cine.
—No son pacifistas y si no me ayudan a contenerlos corren el
riesgo de formar parte de una memorable orgía de carne humana,
de la que seréis los principales protagonistas sin ni siquiera llegar
a conocer el fatal desenlace —les digo intentando explicarme.
El tipo del bigote mira el vendaje manchado de sangre que
cubre mi ojo, luego mira a su esposa, amante o lo que sea y por
último mira la mano del zombi que sobresale por la apertura de
la puerta. Termina olvidándose del servicio de habitaciones con
el que había estado fantaseando durante casi un minuto y pega la
grasa de su espalda con todas sus fuerzas contra la puerta. En ese
momento recupero la esperanza y presiono de corazón con él.
Los huesos de la mano del zombi comienzan a crujir, aplastados
entre la puerta y el marco. Saco mi pistola, la agarro por el cañón
y golpeo los dedos con la culata. Entretanto la pelirroja enciende
la pequeña plancha de servicio de la habitación y presiona con
ella la jodida mano que no quiere desprenderse del marco de la
puerta. «¡Claro!…», pienso. «No sienten dolor».
El olor a perro asado invade la habitación. Bajo los repetidos
asaltos de la culata de mi pistola y el calor de la plancha que le
va quemando la piel, la maldita mano acaba desprendiéndose del
brazo al que pertenece, cae al suelo, y la piso con mis mocasines
como si fuera una araña grande y repugnante.
A pesar de la primera victoria, crece la presión sobre la puerta
sin que hayamos podido cerrarla. Entra una segunda mano y
luego una tercera, igualmente fea, luego se cuela un brazo largo y
podrido. La pelirroja quema todo lo que le parece un miembro de
zombi, pero le falta práctica.
Una mano particularmente hábil de zombi en un descuido la
agarra de la muñeca y la obliga a soltar la plancha ardiente que se
estrella inoportunamente contra su pie descalzo. La pelirroja grita
y se cae sobre el marco abierto, en ese momento otra mano, tan
podrida como la primera, la agarra del cuello y su cara se pone
azul. Entiendo que ya no puedo contar con ella, y los dos solos
no resistiremos mucho tiempo. Le grito al tejano que nuestra
única oportunidad es saltar por la ventana, la habitación está en el
segundo piso, puede ser un buen golpe, pero en todo caso es una
perspectiva mucho más llevadera que acabar como comida para
zombis.
Finalmente entiende que es nuestra única opción, no sin antes
echar una mirada a lo que va quedando de la pelirroja, de la que
solo asoma medio cuerpo atrancado por sus poderosas caderas
dentro de la habitación. Se enjuaga una pequeña lágrima y por fin
comprende que él ya no podrá aconsejarla, ni siquiera continuar
su historia de amor con ella.
A la de tres, dejamos la puerta y corremos como desalmados
hacia la ventana. La puerta se abre violentamente sobre los restos
de la pelirroja y los zombis invaden la habitación. Saltamos por
la ventana.
Caigo sobre el capó de un coche y comprendo al instante que
el tejano acaba de ser atropellado. El coche avanza dando tumbos
por la calle que bordea el hotel y veo detrás su cuerpo inanimado,
sin ningún signo de vida. Me tranquilizo diciéndome que ha tenido
suerte, que salir de este mundo así, debe ser mucho mejor que ser
comido vivo por los zombis. En realidad, no estoy muy seguro de
que haya muerto, en todo caso pronto los zombis acabaran con él,
y desvanecido no creo que se entere demasiado. En cierto sentido
es bastante romántico, él se irá a la eternidad de la misma manera
que su querida pelirroja y allí se supone que se encontraran para
continuar su idilio.
El destino es una maldita injusticia y parece que yo soy su
intermediario. Todo el que se cruza en mi camino acaba mal.
Me centro en mi nueva situación. Hay un conductor y un
atropellado.
Mi impulso de policía me obliga a analizar las circunstancias
del accidente. Realmente no puedo multar al conductor. De hecho,
rápidamente entiendo que él no es el culpable, no pudo evitar que
el gordo del bigote cayera del cielo porque una cataplasma de
cuerpos de zombis pegados a su parabrisas deterioraban su campo
de visión. El impacto ha descalabrado al hombre que venía del
estado de la estrella solitaria.
El conductor apenas se mueve, su nariz descansa sobre el airbag,
solo el suave movimiento de sus hombros sugiere que aún está
vivo. Me apresuro a bajar del capó y entro al interior del coche.
Zarandeo al conductor y parece que va tomando conciencia. Saca
la cabeza del airbag y me mira como si yo fuera un zombi. Le
comunico que soy policía y entonces entra en pánico, y empieza
descontroladamente a dar explicaciones como si yo fuera el
maldito diablo.
—¡Fue por los monstruos que lo aplasté! ¡No soy culpable!
—y toda esa retahíla que suelta la gente cuando se ve en peligro
frente a la ley.
—Sí, sí, lo sé. No se preocupe —intento tranquilizarlo.
—¡No quiero ir a la cárcel! Mi mujer no lo superaría —me
comenta con la cara convulsionada por los acontecimientos y
con la esperanza de que ante la desesperada situación, no levante
atestado.
Intento de nuevo tranquilizarlo y le digo que arranque para
poder salir a toda leche de allí. La horda de zombis empieza a
llover sobre el asfalto a plomo, ya que no tienen la agilidad para
saltar. Voy viendo cómo se van levantando y empiezan a rodear el
coche, mientras tanto el conductor sigue con su retahíla histérica.
—¡No quiero ir a la cárcel!… ¡No quiero ir a la cárcel! —repite
poseído como un personaje de serie Z.
Me pregunto a mí mismo que tal vez lo mordió un zombi y
está pasando por el periodo de transformación. Saco el arma,
confiando en su poder de persuasión y apunto a su frente. No
tengo tiempo para esgrimir mis argumentos, unas manos acaban
de entrar por la ventanilla y agarran al conductor por el cuello.
Con un fuerte tirón veo que lo sacan del coche.
Rápidamente me sitúo en su lugar, al tiempo que lo oigo gritar
con gran desesperación. Intento evadirme de sus chillidos que me
hielan la sangre y enciendo la radio a todo volumen para mitigar mi
desequilibrio mental. Transmite sermones evangélicos. «Podrían
asustar a los zombis», pienso.
Miro por la ventanilla y solo veo pedazos de lo que hace un
instante podría ser un predicador. Los sermones evangélicos no
tienen ningún efecto sobre los zombis. Arranco el coche y salgo
a toda leche de allí dejando atrás una escena macabra de muerte
y destrucción.
Zombirella y el autobús fantasma
Ruedo por la ruta 267 bastante desierta a estas horas de la noche
en dirección a Sacramento, con dos zombis que no sé cómo han
conseguido encaramarse al techo del coche. Ni mis zig-zag ni mis
aceleraciones repentinas e irregulares los desestabilizan. Manejo
con los polizones por varias millas, pero se adhieren al auto como
sanguijuelas en la piel de un bañista. La ventana del conductor
tiene el cristal destrozado y una de las piernas del zombi intenta
introducirse en el auto sin mi permiso. Golpeo la pierna con la
culata de mi pistola, pero el castigo no sufre efecto, los zombis
no sufren, sus heridas no los asustan, por fin tiro de ella con las
fuerzas que me quedan y el zombi se derrumba sobre la carretera,
un camión pesado que circula en sentido contrario lo pulveriza.
Corro unas cuantas millas más pensando en que tal vez mis
problemas inmediatos con ellos han terminado, cuando de repente
veo que el otro zombi acaba de introducirse por una de las puertas
traseras, no sé cómo lo acaba de conseguir, tal vez simplemente
abriendo la puerta desde fuera. Desconcertado por la situación de
peligro inminente, reduzco la velocidad y detengo el auto. Tomo
un respiro. Esto parece que no va a acabar nunca. Cojo la pistola
y rápidamente apunto para descerrajarle un tiro entre los ojos, y
en ese momento me quedo boquiabierto de la impresión.
Me encuentro cara a cara con una especie de anomalía de la
naturaleza, una degeneración de la degeneración que la hace
menos degenerada que sus congéneres. Estoy buscando alguna
parte de su cuerpo que no me seduzca para poder disparar. No
encuentro ninguna. Dudo en apretar el gatillo. Su cabello está un
poco seco y su cara se me presenta un poco menos animada que
la de Emily, pero por lo demás delante de mí se encuentra una
verdadera preciosidad.
Este es el primer zombi al que le daría con gusto una pequeña
parte de mi cuerpo. La pobre comedora de carne humana me mira
con los ojos medio vidriosos sin saber muy bien cómo reaccionar.
No puedo matarla.
Bajo el arma y le pregunto a la pequeña si tiene hambre. Ella
no me responde, los zombis a veces gruñen, pero nunca hablan,
probablemente por razones anatómicas o cerebrales. Tengo que
decir que su anatomía aún conserva casi toda su espectacularidad,
en cuanto a los daños que pueda tener su cerebro por la
transformación zombi, de momento no acierto a encontrar ninguna
teoría que justifique su encantadora mirada.
Venía buscando un bombón y me he encontrado con otro. Pero
lo cierto es que tiene hambre, ese es el único propósito por el
que se ha introducido en el auto. Desgraciadamente ha perdido
su apetito sexual, y el único apetito que le queda es la voracidad
de comer carne humana. Aprovecho estos sinceros pensamientos
para disparar a quemarropa sobre su linda carita.
¡Arrivederci Zombirella!
Intento arrancar el coche, pero la chatarra no arranca. Bajo del
coche y salgo corriendo lo más rápidamente que puedo. El camino
está desierto, solo iluminado por una luna casi llena, marcada
por pequeñas nubes que la acompañan. Ni un solo vehículo de
momento en el horizonte. Pienso que a pesar de todo, hoy es mi
día de suerte. Tantas muertes y yo aquí vivito y coleando. Tengo
que alejarme del Lago Tahoe. Los zombis no corren, pero nunca
se cansan.
Troto durante varias millas, tal vez doce o trece —no contaba bien
las señales—, sin cruzar un solo vehículo, ni un alma viviente.
El camino parece interminable. Mis oídos zumban con un pitido
intenso y prolongado y tengo problemas para respirar. Terminaré
colapsado del todo. Ya no puedo seguir. De repente escucho un
motor en la distancia. Dos potentes faros atraviesan la noche
como los ojos de un gato gigante. Es un vehículo que se acerca.
Recupero la esperanza. Puede que me esté acompañando toda
la noche.
¡Mamá se alegrará de verme! Seguramente estará asustada
delante del televisor viendo los informativos de los enviados
especiales. Salgo al medio de la carretera y me coloco en el haz
de luz de los faros, haciendo grandes gestos de auxilio. Espero
que mi apariencia no asuste al conductor.
El chirrido de los frenos rompe el silencio de la noche y el
vehículo se detiene justo delante de mí. Es un bus. Probablemente
uno de los últimos de la noche antes del final de turno. Una línea
regular, la número 24. Un número par —pienso que la suerte ha
vuelto—. Las puertas se abren.
Me arrastro hasta el autobús, hurgando en mis bolsillos en busca
de algo para pagar el viaje. Miro al conductor para entregarle el
billete arrugado de cinco dólares, que finalmente encontré en mis
bolsillos. Creo que lo tenía para la propina del botones cuando
nos llevara a la habitación.
Lo que veo me vuelve a desconcertar. Realmente no parece
la cara de un conductor normal. Pensé que los zombis no sabían
hacer otra cosa que comerse a los humanos o vagar por las calles
y los pasillos de los hoteles con la boca bien abierta y los brazos
colgando arrastrándolos por el suelo. Actividades clásicas de
zombis.
No tenía ni idea de que supieran conducir autobuses. Asustado
giro la cabeza hacia la parte trasera del autobús. Casi todos los
asientos están ocupados y casi todos los que los ocupan están
comiendo. Ciertamente no sándwich de ensalada de atún, más
bien parecen pedazos de pasajeros.
Las puertas se cierran y el autobús arranca. Guardo el billete de
cinco dólares en mi bolsillo, no creo que me cobren por el viaje.
Agarró mi arma, en la recámara trece balas. ¡Maldita sea, otra vez
un número impar!
Pienso que estoy otra vez en un tiovivo interminable, que me
indica que toda la película tiene que empezar de nuevo. Me doy
cuenta de que ya no me importa demasiado. La verdad es que la
vida sigue y no es cuestión de ponerse exquisito.
Los enfermeros
Agustín Slanovic
El sol ya se ocultaba cuando dejó el último cuerpo. La nieve había
menguado, pero aún cubría las calles de piedra. Se podía ver muy
claramente los copos caer con la luz del atardecer. Los cuervos
se posaban en las ramas torcidas de los árboles muertos y en la
fuente congelada. Observaban.
La Plaga había reclamado a seis personas ese día. La pila de
cadáveres semanal era amplia, y cada semana se acercaba más
al cielo que la anterior. Los infectados eran trasladados al centro
del pueblo, a la plaza, para que el doctor se los llevase en la luna
verde. Unas cuantas moscas revoloteaban por la escena, el hedor
a muerte era inaguantable.
Intentó rascarse la nariz mientras caminaba, olvidó que tenía
su máscara puesta. Se rio para sus adentros de la estupidez que
cometió, justo cuando sus compañeros se detuvieron en el camino,
frente a un jardín que llevaba a una puerta con el dibujo de un
cuchillo carnicero. Reconoció la casa, era la de Shamid.
Sus acompañantes voltearon a verla en silencio, ella entendió,
y caminó hasta la puerta por el patio cubierto de escarcha. Sus
pasos apenas hundían la gruesa escarcha. Golpeó con el puño,
desplomando pedazos de nieve.
Los enfermeros que el rey había mandado tenían un mejor
equipo que el que María podría conseguir en su pueblo. Sus batas
tenían el símbolo real grabado, y venían con algunas pinceladas
de blanco y dorado en todo ese negro. Los guantes eran de una
tela más fina y oscura, sus máscaras más gruesas, con un pico muy
alargado y fino. Decían que venían bendecidas con un hechizo
para bloquear el olor pútrido de la plaga, María simplemente
ponía algunas flores en el fondo de su máscara. No era suficiente.
El carnicero entreabrió la puerta y asomó solo su cara, con una
bufanda que le tapaba la nariz y la boca.
—Enfermeros, ¿qué puedo hacer por ustedes? —Shamid
hablaba con su voz ronca y grave, pero con un tono suave;
asustado.
—Escuchamos de un posible caso de infección en esta
residencia. Déjennos pasar. —Los enfermeros habían llegado
hacía seis semanas, para identificar y «tratar» infectados, pero
también debían traer tranquilidad y calma con su presencia. Lo
segundo no lo hacían para nada, y lo primero era relativo.
—Me encantaría, pero tengo demasiado trabajo. En estos
momentos la gente quiere tener carne para no salir, ya saben
cómo es. —El silencio fue la respuesta de los enfermeros—. Eso
me está dando mucho trabajo... Como ya les dije.
—No tomará más de dos minutos, es por la salud de todos. —
María le habló con un tono familiar, forzando de más el acento
de su pueblo. Ella lo miraba a los ojos para encontrarlo. Pero él
solo veía dos círculos verdosos. Indiferentes y vacíos, iguales a
los de ellos.
Shamid la conocía desde que era una niña, su madre era una
vieja amiga del anciano, y él había estado en su funeral. Sus
acompañantes no compartían la misma aura amistosa. Desde
que llegaron al pueblo, rumores sobre ellos habían comenzado
a esparcirse, y no eran precisamente agradables. No se los había
visto comer, ni tomar, ni interactuar más allá de lo necesario.
Incluso la nieve parecía evitar caer sobre ellos, como si no se
atreviera. María los había visto luchar contra un oxidado, uno de
sus compañeros aplastó el cráneo de ese infectado con las manos.
Luego le solicitó que desinfectara los guantes.
Hacía años que María no participaba tan activamente de las
guardias. Había olvidado lo que era estar sin dormir por días
enteros. Aun así, una parte de ella disfrutaba volver a su pasión.
Por suerte ya no le tocaban las ciudades grandes y podía
quedarse en su pueblo.
Los enfermeros reales se miraron mutuamente, dejando la
cabeza de María atrapada entre los picos negros. El carnicero
evitaba verlos directamente, ocultando su cuerpo con la puerta.
Los cuervos observaban la escena en silencio, desde los tejados
y las vallas. Siempre hubo cuervos, pero desde el inicio de la
epidemia parecían haberse multiplicado por cientos. Los más
supersticiosos decían que eran los ojos del doctor, enviados para
vigilar todas las zonas afectadas. María los sentía en todos lados.
El cielo violeta casi camuflaba sus cuerpos negros, pero el
brillo en sus ojos nunca disminuía. Cada día era más intenso, y
mientras más oscuro el cielo, más brillaban, más parecían verla,
conocerla, juzgarla, condenarla… Tos…
El enfermero de su izquierda golpeó la puerta y la lanzó contra
la pared de adentro, el estruendo hizo retroceder al carnicero.
El de su derecha agarró al anciano y lo estrelló contra el marco.
María se quedó quieta.
—¡Por favor! ¡Es una alergia, juro que es solo una alergia! —El
anciano suplicaba, la mano negra lo tomó por el cuello y lo obligó
a mirarlo, la punta afilada de la máscara rozaba el ojo del pobre
hombre. El enfermero le arrancó sus abrigos y se encorvó para
inspeccionar los iris. El otro tomó el brazo de Shamid y le subió
la manga… Sangre, ronchas, verrugas… necrosis.
Cayó al suelo, mitad de su cara enterrada en la nieve. Tosía
sin parar. Apoyó un brazo; antes de que pudiese incorporarse
el enfermero lo agarró del pelo y lo alineó de rodillas. Shamid
intentaba pararse para escapar, retorciendo sus piernas
desesperadamente, pero solo lograba mover nieve. Un cuervo
comenzó a graznar y el resto lo siguió.
—¡Por favor, piedad, piedad pie…
La sangre oscura corrió por la garganta del anciano, bajó por su
pecho y aterrizó tiñendo el piso de piedra que había descubierto.
El enfermero dejó caer al anciano. Pudo escuchar los huesos de
su cráneo fracturándose. El enmascarado usó sus guantes para
limpiar la daga.
El graznido de los cuervos siguió, hasta que el enfermero giró
su cabeza hacia ellos. Callaron al unísono.
María conocía los métodos, sabía lo que había que hacer con los
infectados. La muerte por espada era mejor que lo que ofrecía la
plaga, pero nunca fue de su agrado. Los reyes y las eras cambian,
pero los protocolos jamás. Solo había una forma de enfrentar a la
peste, y ella había jurado hacerlo.
La primera ejecución, hacía semanas, la había horrorizado.
La llevó de regreso a las montañas de cadáveres y las antiguas
guardias. Para la vigésima segunda, la enfermera había vuelto.
La Plaga debía ser contenida a cualquier costo y los infectados
aniquilados. Muy bien lo sabía.
Un enfermero se paró frente a ella, completamente inmóvil, y
la miró a los ojos.
—Lo llevaremos a la plaza central. Terminamos por hoy.
Vuelve a tu hogar y no salgas durante la noche. Hoy hay luna
verde, el doctor vendrá a recoger los cuerpos.
Detrás, María pudo ver cómo el ejecutor levantó el cadáver
como si fuese un muñeco de trapo y se lo cargó al hombro.
Ella se quedó quieta. Avanzaban por el camino hacia al centro,
con los cuervos a los lados. Los enfermeros parecían desfilar para
su público negro, el brillo blanco en sus ojos parecía estrellas. La
niebla y el frío ya habían llenado el espacio, y la nevada se había
vuelto más agresiva. El rostro sin vida de Shamid apuntaba al
piso. Pero ella sentía su mirada clavada. La luna verde comenzaba
a gestarse, brillaba levemente en el cielo y emanaba unos rayos
esmeralda que caían sobre los enviados reales, los que habían
venido a salvar el pueblo.
Un cuervo rompió con la formación y giró su cabeza hacia ella,
con la mirada fría y apagada. Emprendió el camino de regreso a
casa. El doctor vendría pronto. Y nadie podía estar afuera.
El licántropo
Christian Escalada
John Wilkinson estuvo patrullando su granja toda la noche en un
intento por cuidar de sus animales, pero lo único que consiguió
fue otro de sus perros muertos, como sucedió en la luna llena del
mes anterior.
Mientras enterraba el cadáver de su border collie, se dijo a sí
mismo que no podía permitirse volver a perder un solo animal
más, se prometió duplicar las horas de guardias nocturnas y dar
caza a ese depredador desconocido.
Fue entonces que John empezó a recorrer todas las noches su
granja junto con sus perros en busca de ese esquivo depredador
nocturno, hasta que una noche de luna llena, mientras estaba dando
de comer a sus animales, notó cómo estos se ponían nerviosos y
en estado de alerta.
John no entendía qué sucedía, pero se propuso salir con sus
perros a realizar un nuevo patrullaje, cuando de repente lo vio.
Se quedó petrificado, ahí estaba el depredador nocturno, era un
licántropo, una criatura enorme, peluda, negruzca. Lo miraba
fijamente con sus grandes ojos rojos como de fuego y se movía
despacio hacia su dirección. En su boca sostenía un cadáver, era
de Fluffy, su mejor perro rastreador.
El granjero reaccionó lleno de cólera, apuntó su escopeta contra
la criatura y disparó a quemarropa. El monstruo, con una velocidad
sobrenatural, esquivó todas las balas, hasta que las municiones se
acabaron. El licántropo se preparó para atacar al granjero, pero
justo aparecieron los perros, quienes atacaron primero a la bestia.
John aprovechó la situación para correr hasta su casa a buscar
más municiones para su arma.
Pero pronto se dio cuenta de que el monstruo lo perseguía a
toda velocidad. John apuró sus pasos y con el último aliento en
sus pulmones llegó a su casa, cerró la puerta con cerrojo y fue
directo a la mesa donde había dejado las municiones de plata.
Mientras recargaba el arma escuchó los golpes en la puerta,
estocada tras estocada. Pensó que la puerta iba a ceder. El granjero
tensó su escopeta y apuntó contra la puerta, esperando a que fuera
derribada, pero en ese instante de máxima tensión los vidrios de
la ventana estallaron; el licántropo había entrado a la casa. El
granjero, lleno de miedo, empezó a disparar.
La criatura esquivó los disparos y embistió a John con fuerza.
Este cayó al piso. La bestia preparó sus garras para despedazarlo,
pero en ese instante aparecieron Fobos y Deimos, sus dos dogos
argentinos mordieron y empujaron al licántropo.
John se levantó como pudo, tomó la escopeta del suelo y
apuntó contra el monstruo, que estaba masacrando a sus valientes
perros. El granjero miraba con impotencia mientras esperaba su
oportunidad para disparar. En un momento, el licántropo se irguió
sobre sus dos patas traseras para abalanzarse contra Fobos, que
yacía herido en el suelo. El granjero vio su oportunidad y disparó
directo al corazón de la bestia.
El licántropo cayó al suelo. Agonizó y se retorció de dolor. De
pronto la criatura comenzó a transformarse y a recuperar su forma
humana, la de una niña. El granjero se llevó una amarga sorpresa
al verla, era su hija.
John no lo podía creer, estaba devastado, instintivamente
tomó el cuerpo de su hija en sus brazos y mientras él lloraba
desconsoladamente, la niña abrió los ojos.
—Perdóname, papá, no te conté lo que me pasaba porque tuve
mucho miedo —dijo ella. Y mientras miraba a su padre por última
vez con lágrimas en sus ojos, lentamente expiró.
La tormenta
Andrés Bignone
Quiero contar esta historia porque no merece que se pierda en el
limbo. Vale la pena que te estremezcas de inaceptación al leer este
relato, porque, además, necesito que te sientas incómodo. Y eso
es lo que yo también merezco sentir.
La tormenta se había empecinado en quedarse.
A los ochenta y tres años había comenzado con mis rutinas
aeróbicas. Todos los días subía a la colina que estaba a kilómetro
y medio de mi cabaña. Yo salía apenas asomaba el sol, mientras
mi esposa dormía hasta tarde. La rutina consistía en subir hasta
la cima, permanecer unos cuarenta minutos haciendo mis cosas, y
luego regresaba. Mi mujer me esperaba con el desayuno servido.
Más le valía.
Había mantenido esa actividad hasta que cumplí los ochenta
y nueve años. No me detuve a causa de la edad; por el contrario,
yo habría continuado. Fue esa extraña tormenta, que se había
instalado para siempre, lo que impidió que continuara con mi
rutina.
Estaba en mi sillón como todas las noches, escuchando mi
radio Spica, cuando el resplandor de un relámpago hizo que algo
llamara la atención a mi visión periférica. Giré hacia la ventana
para observar, esperando una réplica del destello. Al volver a
iluminarse la sala, quedé perplejo por unos segundos, y me dije:
ahí no debería haber un árbol. Una sombra irregular, similar a un
árbol con ramas deshojadas, se proyectaba sobre el cristal. Unos
segundos después, otra vez la imagen, pero más chica y nítida,
lo que implicaba que esa cosa se estaba acercando a la ventana.
Al cuarto refucilo, la sombra había desaparecido. Ese día fue el
inicio de un largo y tortuoso peregrinar hacia…, como decirlo,
¿mi liberación? No lo creo.
—¡Zenón!, ¡Zenón!, ¿estás bien? —me despertó mi esposa una
noche. Según ella, yo estaba jadeando y gritando.
—¿Qué pasa, Beatriz? Estoy bien, estaba soñando —dije
malhumorado—. Ahora déjame dormir, por favor.
La lluvia no cesaba. No lograba conciliar el sueño, ya que el
sonido de los truenos no resultaba tan arrullador. A cada estruendo
lo acompañaba una especie de rugido, que definitivamente no
provenía de la tormenta, y lo inquietante era que se oía dentro de
la casa.
—¡Aaah! —grité al despertarme.
Si tuviera que decir cuánto tiempo pasó, diría que fue un
segundo, por poner una medida, pero luego de reponerme del
sobresalto, al abrir los ojos y levantarme de la mesa de la cocina
donde estaba recostado, untado con un fluido viscoso de un olor
acre, y ver en el suelo un rastro del mismo ungüento, miré el reloj
de pared y eran las cuatro y cuarto de la mañana. Casi tres horas
habían pasado desde que mi mujer interrumpió mi pesadilla. Fui
hasta la habitación para ver si mi esposa dormía. Lo hacía más
que nunca, e incluso roncaba. La huella viscosa se extendía por
el pasillo y a la derecha se perdía a través de la puerta que daba
a la galería del fondo. La abrí despacio, pero la huella hasta ahí
llegaba.
Como ya era casi la hora en que habitualmente me despertaba,
no volví a acostarme. Tuve que limpiar el agradable ungüento de
la mesa y del suelo, y luego me di una ducha. Al salir del baño,
di un respingo al ver a mi silenciosa esposa parada en la cocina
mirándome. Era extraño que se levantara a esas horas.
—¿Bea, qué te pasó, tan temprano? —dije, pero no respondió
y se quedó mirándome.
Cuando avancé hacia la cocina, al pasar por la puerta de la
habitación, miré instintivamente dentro y un frío me recorrió
la espalda al ver a Beatriz en la cama, que aún dormía. Cuando
volteé hacia la cocina, allí no había nadie. «¿Me estará por llegar
la hora?», pensé. Un dilema latía en mi mente, porque todo eso
que estaba ocurriendo, más allá de provocarme escalofríos, a la
vez me provocaba placer, como una especie de masoquismo.
En ese momento también dudé si una demencia senil me estaría
jugando una mala pasada, pero lo descarté justamente por ser
consciente de la duda. No le mencioné nada a mi mujer, no por no
preocuparla, sino por mantener el secreto, como era mi costumbre.
Cada noche que pasaba, conciliar el sueño resultaba ser un
suplicio. La tormenta no se disipaba; llovía y tronaba como si fuera
la última vez. Pero aquel suplicio terminó siendo una compañía.
Es difícil explicarlo, pero así era, lo esperaba con ansias todas
las noches. Aunque también añoraba mis paseos por la colina, lo
cual, además me inquietaba de algún modo.
Luego de un tiempo, cuánto diría, ¿mes y medio?, el perverso
placer que sentía se fue diluyendo, porque ya era excesiva la
tortura infligida por esa cosa. Cierta vez, ya durante el día, estaba
en la galería viendo cómo caía agua de una manera inconcebible, y
entonces debí perder la consciencia por unos segundos, porque no
recordaba cómo había llegado a la situación en que me encontré
al despertar. Estaba sentado dentro del bebedero de los animales,
con el agua hasta la cintura, bajo la lluvia. El agua del piletón
tenía un tinte amarronado. Mi mayor sorpresa fue que frente a
mí estaba mi esposa, sumergida hasta el cuello, y me miraba con
expresión fría e inmóvil. Cuando me acerqué para ver qué le
sucedía, su cabeza se tumbó hacia un costado, y el cuerpo giró
y salió a flote. Resultó que estaba mutilada desde pecho hacia
abajo, y la columna vertebral, crudamente expuesta y despojada
de carne, había servido de apoyo. Grité desaforadamente; sentí
una fuerte opresión en el pecho y me costaba respirar, pero al
minuto me calmé.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Quién eres? ¿Qué eres? —grité a
la nada, porque hasta ese momento no había podido ver frente a
frente a la criatura, o lo que fuera que me estaba hostigando de
semejante manera. Por supuesto, no hubo respuesta.
Luego de resolver lo del cadáver de Beatriz, la frialdad me
sedujo por un momento y pensé: «¿Y ahora quién me preparará el
desayuno, si retomo mis paseos?».
Las torturas no terminaron ahí. Casi todos los días me daban
fuertes dolores en el pecho que duraban cada vez más, hasta casi
quince minutos, luego de cada flagelo por parte de ese ente. No
quería llamar a nadie porque sabía que el dolor pasaría.
Los días y las noches ya eran insoportables. No voy a
describir las atrocidades a las que fui sometido, porque creo que
abandonarías la lectura en este punto. Con la tormenta constante
de fondo, el sosiego nocturno era quebrantado por un concierto
de ruidos extraños. Cuando te dicen que lo que oyes no es más
que un efecto de la dilatación o contracción debido al cambio de
temperatura, o si crees que es el freón crujiendo al fluir por las
tuberías del refrigerador, o quizá, un insecto que golpea errante
la ventana desde afuera, o si una puerta rechina y piensas que es
a causa del viento, dúdalo siempre. No creas tanto en lo que te
dicen ni en tu escepticismo; cuando oigas algo por el estilo durante
la noche, no te duermas, ya que podría ser la última vez que lo
hagas. Mantén los ojos abiertos aun en la oscuridad, porque no
hay cosa más espantosa que, al abrirlos, encontrarte con un ente
terrorífico frente a ti, parado en penumbras al costado de tu cama,
agitando sus ramificaciones que suponen ser brazos, nudosos y
chorreantes de ese fluido viscoso, con una extremidad superior
—no sería apropiado el término cabeza— con dos cadavéricos
globos oculares casi desgarrados, y su nauseabundo semblante
de tejido putrefacto con un orificio amorfo supurando tripas
sangrantes, amenazándote con extirparte quién sabe qué parte de
tu cuerpo, o simplemente usurpándote la respiración, como me
ocurrió a mí la noche en que morí.
Luego de permanecer en el limbo, como aquel en donde no quería
que quede esta historia, un impulso incontrolable me llevó a ocupar
un lugar muy peculiar, que no dejaba de ser interesante para mí.
Me encarné en un ser espeluznante, una criatura tan horripilante
que, al principio, hasta a mí me daba cosita habitar. Como en el
más allá no existe la línea del tiempo como se la conoce en el
mundo terrenal, se podría retornar en el tramo temporal que uno
quisiera. De esa forma, fui a interrumpir el plan de Zenón, quien
había sido yo en vida. Resulta extraño narrar, siendo una criatura
no humana, en un idioma entendible por los humanos; pero en fin,
no todo tiene una explicación racional.
Lejos de sufrir demencia, Zenón estaba muy consciente de lo
que hacía. Si bien él sabía que no estaba bien su proceder, no era
consciente de que no merecía disfrutar del martirio que infligía.
La malicia que ambos compartimos, aquel yo humano y el yo
actual encarnado en esta aberración, me allanó de alguna manera
el camino. La esencia es inmaterial y se mantiene invariable hasta
la eternidad. Por eso, cuando lo observaba cada vez que iba a la
colina, antes de enfrentarlo, no podía evitar sentir el placer de
verlo torturar a su primera ex esposa por haberlo abandonado
debido a su condición de esterilidad. Si bien después con Beatriz
era diferente, no iba a tardar mucho en reincidir, pero le ahorré el
trabajo.
Ahora, he aquí la disyuntiva: ¿era justo mantener con mínimos
signos vitales a su (mi) ex mujer durante más de cinco años,
encadenada en una insalubre caverna, mientras ella suplicaba
por el amor de todos los dioses de todas las doctrinas habidas y
por haber, que le quitara la vida de una vez? Según mi esencia,
era justo, placentero y excitante, pero por otro lado, ese acto no
merecía el más mínimo perdón, y necesitaba castigarlo y sentir la
incomodidad del autoflagelo, solo por mandato de mi tan arraigada
naturaleza. Y justamente, mi tormenta interior dictaminó que
ambas acciones son correctas. Así que esa naturaleza me guio a
inducir al sufrimiento hasta la muerte, al humano que fui como
primer merecedor del castigo. Y ahora que ya estoy muerto, estate
atento porque cualquiera, inclusive tú, podría ser el siguiente.
Que los hay, los hay
Eduardo Pérez
Estaban pasando ese fin de semana largo en Mar del Plata, y
llegaron caminando al monumento a Alfonsina.
Los impactó el poema en el que ella anticipa su muerte en el
mar:
«Voy a dormir: tenme prestas las sábanas terrosas,
Y el edredón de musgos escardados».
Recordaron también que años antes le cantaba la canción de
Mercedes Sosa: «Cinco sirenitas te llevarán, por caminos de algas
y de coral…».
Ahí también mencionaron a Virginia Woolf, que al ver avanzar
su bipolaridad, llenó los bolsillos de su abrigo de piedras, y se
ahogó en el río Orse.
También salió el caso de Elisa Brown, «La Novia del Plata».
Era la prometida del marino de origen escocés Francis
Drummond, muerto en el combate naval de Monte Santiago, el 6
de Abril de 1827, a sus 24 años.
Fue un combate desigual, eran cuatro argentinos cada 16
brasileños.
El bergantín Independencia agotó sus balas y sus doce cañones
fueron destrozados o inutilizados por la metralla enemiga. Brown
ordenó abandonar el barco, pero Drummond desobedeció la
orden. Cuando la situación se hizo insostenible, dejó el bergantín
y se dirigió a las naves criollas para reclamar más armamentos.
La pequeña embarcación navegó por las aguas encrespadas y
sacudidas por la metralla enemiga. Llegó hasta la goleta Sarandí,
subió a cubierta y en ese momento un proyectil de 24 libras le
destrozó la pelvis y el muslo de la pierna derecha. Fue el fin.
Después de tres horas de agonía, el joven militar de origen
escocés, murió desangrado.
Ella no pudo superar ese dolor, y se suicidó a los 17 años. Dicen
que llevaba su vestido de novia, cuando se internó en el río.
Dicen que para este hecho inédito en la historia naval,
Drummond se inspiró en el espíritu de Güemes.
Veinte años antes, un joven Güemes de 21 años, en las acciones
de la reconquista de Buenos Aires, había protagonizado un hecho
acorde a su personalidad.
El Justine, un buque mercante inglés artillado con 26 cañones,
estaba tripulado por expertos oficiales y más de un centenar de
marineros de la escuadra inglesa, que habían estado disparando
sobre Liniers y también sobre algunos puntos clave de la ciudad;
queda varado a 400 metros de la Plaza de Toros en El Retiro, hoy
Plaza San Martín.
Güemes y sus jinetes, 50 gauchos aproximadamente, armados
con lanzas, boleadoras, facones y sables; salieron a galope tendido
por la playa y cargaron contra este buque de la entonces marina
más poderosa del mundo.
Lo abordaron, y se apropiaron de la bandera británica, que
fue puesta a disposición de Liniers y llevada al templo de Santo
Domingo. Hoy se conserva en el Museo Histórico Nacional.
Algunos afirman que este fue el nacimiento del rito de las
hinchadas de fútbol de apropiarse de la bandera del rival, y luego
exhibirla.
Y ahí le dijo que le iba a contar la derivación de ése hecho, el
del marino escocés.
Comenzó: «Te acordás hace poco, en la Noche de Los Museos,
cuando estábamos hablando con ese empleado del Fernández
Blanco, y hablando de las leyendas de fantasmas de ahí, nos hizo
ese chiste malo, riéndose». Se refería a que el empleado les dijo,
jocosamente: «Yo hace 400 años que estoy acá, y nunca vi nada».
Bueno, pues, debiera saber que ese museo tiene lo suyo:
«Dicen que la madre de Elisa, Elizabeth Chitty, quedó tan
conmocionada por el hecho, que absorbió parte del dolor de la
hija, fenómeno metafísico conocido como incorporación por
absorción.
Elisa fue enterrada en el cementerio de los disidentes, en
ese entonces al lado de La Iglesia del Socorro. Luego, cuando
el cementerio se trasladó, en 1833, enterraron a Elizabeth ahí
también, con la hija.
En 1833, el cementerio se trasladó al hueco de los olivos; hoy
Plaza Primero de Mayo, en Alsina y Pasco.
Sobre el sepulcro de Elisa, sus padres esculpieron en una loza:
Tus padres doloridos,
admiradores de tus virtudes;
y que lloran tu desgraciado destino, inclinándose ante
los mandatos de dios, levantan este mármol sobre
la tierra que cubre tus despojos.
Y Carlos Noel, intendente de Buenos Aires, se llevó algunos
mármoles de ese cementerio para su residencia, que hoy es el
Museo Fernández Blanco. Entre ellos, el de Elisa Brown.
En ese entonces, se llamaba intendente y no jefe de Gobierno,
y no lo elegían los habitantes de la ciudad.
Su hija Soledad murió a los 17 años de tuberculosis.
El presidente norteamericano republicano Herbert Hoover se
alojó allí en 1928. No logró conciliar el sueño por las noches
escuchaba gritos y ruidos extraños. Al año siguiente en su país
tuvo la «gran depresión económica», al desplomarse la Bolsa de
Nueva York.
Tuvo episodios en los que fue abucheado en público, y en
algunas ciudades lo recibían con manifestaciones de protesta.
El poeta Oliverio Girondo habitó la casa contigua en 1940.
Plasmó en su poema «Ella» experiencias que transitó allí:
«Es una intensísima corriente,
un relámpago ser de lecho una dona mórbida ola
un reflejo zumbo de anestesia
una rompiente ente florescente
carnalescencia letal».
Si bien es cierto que a veces los abogados son rebuscados para
escribir, sin embargo aquí plasmó un mensaje claro.
En 1961 tuvo un accidente automovilístico que le dejó secuelas.
«Manucho» Mujica Lainez, cuando iba al museo, se cambiaba
de un salón a otro: decía que percibía fantasmas.
Es cierto que él ya tenía una propensión: cuando escribió «El
Cazador de Fantasmas», por ejemplo. Es un relato breve de género
fantástico, que si bien no transcurre en Buenos Aires, tiene un
párrafo curioso, donde Silvestre, el personaje principal del relato,
se dedica a cazar fantasmas por las noches.
Esto no le gusta, pero dice que «alguien tiene que hacerlo».
Es como El Farolero de El Principito, que todos los días corre
a encender el farol de su planeta, tomándolo como su función
natural, sin preguntarse mucho los porqués.
Y en su obra Un novelista en el museo del Prado narra cómo
por las noches salen de los cuadros los personajes de los cuadros
de Velázquez, El Greco, Durero y Goya.
Muchos lo explican por esos mármoles. Los primeros pueblos
celtas creyeron firmemente en el poder espiritual de las piedras,
y erigieron monumentos a su poder y conexión con el universo.
Por ejemplo Stonehenge, en Salisbury, en el Reino Unido;
alimentó historias y creencias acerca de las piedras como portales
de paso a otros universos paralelos de tiempo.
Las rocas volcánicas talladas en la Isla de Pascua (Moaí) están
cargadas de historia y misterio.
Acerca de esta conexión con la naturaleza, debido a la
estructura química de algunas piedras, cuentan con algo parecido
a una especie de «memoria», y gracias a esto pueden ir guardando
energía, y luego transmitirla.
En el caso concreto del mármol, tiene una propiedad puntual,
de poder conectar con el aura de las personas.
Entonces, estos mármoles en cuestión habrían alojado parte del
dolor de estas mujeres. Luego, es muy difícil controlar si esta
energía se libera y cómo. Es como una especie de caja de Pandora.
Pero, bueno, el sábado iremos a esa representación sobre la
vida de García Lorca en los jardines. Pensar que cuando la esposa
de Oliverio, Norah Lange, hizo una fiesta ahí para presentar su
novela 45 días y 30 marineros, el granadino concurrió vestido de
marinero.
Cuando le mencionaron los fantasmas del lugar, dijo que como
él afirmaba en su poema, eran «el sollozo de las almas perdidas».
El condenado
Fabricio Rodríguez
Como todas las noches, se encerró en su baño turco, buscando
en el vapor un respiro para su soledad. Los vidrios esmerilados
empañados por la humedad simulaban reflejos, un intento por
recrear la apariencia de humanidad de la que fue desposeído. A
pesar de la atmósfera húmeda, su piel debajo del agua permanecía
tensa y sin arrugas. Movía sus manos con precisión, para mezclar
las moléculas de vapor con el exceso de grasa de los productos
oleosos sobre su cuerpo. Era una costumbre heredada del Imperio
Otomano, un ritual que seguía con meticulosidad contra el paso
del tiempo.
En ese sauna, ubicado en la terraza de su edificio de siete pisos,
imploraba por la muerte que nunca llegaría. Las noches parecían
eternas, embriagadas por la soledad. Para él, cada día era una
repetición, una regeneración sin fin. No se impacienta.
La introspección en la que estaba sumergido fue interrumpida
por los nanosensores instalados en el baño que detectaron el tope
de temperatura y anunciaron el fin de la sesión. El vapor comenzó
a dispersarse y el jacuzzi se desagotó. Mientras se secaba
lentamente observando su piel, escuchó el sonido del teléfono a
la distancia.
Era uno de los directores de excavación. Habían descubierto
en Polonia el cadáver de Zosia, una mujer enterrada en el siglo
XVII, con una hoz protegiendo el cuello y un candado amarrando
los pies. Medidas tomadas para evitar su resurrección. Según los
análisis realizados en uno de sus laboratorios Zosia fue cazada.
El hallazgo era producto de uno de los tantos proyectos
financiados por sus ganancias. La empresa se dedicaba a
la extracción de minerales con aplicaciones farmacéuticas.
Desde hacía años, la firma Garlic mantenía un convenio con
investigadores y arqueólogos becados y universitarios de todo
el mundo, en colaboración con instituciones académicas. El
objetivo era estudiar las moléculas bioactivas con propiedades
medicinales.
El silencio de su edificio volvió a apoderarse del ambiente
una vez que colgó el teléfono. Sin embargo, la noticia conspiró
contra el estado de aislamiento que le había sido impuesto por el
deseo de otro. Fue hasta la bodega del sótano a buscar un tequila
añejado para la ocasión.
La noche siguiente, tomó su helicóptero y se dirigió a su
laboratorio en Polonia para conocer a Zosia. Sus asesores la habían
dejado en una de las cámaras frigoríficas, una morgue destinada
al uso hospitalario de la región. Sin embargo, la trasladó a un
ataúd para llevarla a otro de sus laboratorios en Rumania, donde
contaba con una sala clínica forense equipada. Era un espacio
amplio y silencioso con paredes de acero inoxidable pulidas
de tal forma que eviten reflejos. El suelo era de un gris oscuro
que transmitía una sensación de frialdad que se extendía por el
ambiente. En el centro de la sala, una mesa de acero inoxidable,
con un sistema de iluminación que la rodeaba.
A un lado de la mesa había un complejo sistema de cámaras de
alta definición, con zoom digital y visión nocturna, que permitía
observar los detalles más minuciosos de los cuerpos, incluso con
capacidad de análisis de ADN. En la pared colgaba una pantalla de
gran tamaño que mostraba información sobre los casos en curso.
El ambiente le recordaba a su baño turco: el ligero aroma a
formol se mezclaba con el olor a metal y a productos químicos,
creando una atmósfera peculiar que impregnaba la sala de una
sensación de misterio.
El procedimiento de remoción se llevó a cabo dentro del mismo
ataúd que depositó sobre la mesa. Acompañado por el disco On
the Beach de Neil Young, tomó la pistola de aire y comenzó con
la limpieza superficial del esqueleto, con movimientos suaves.
Luego aplicó soluciones químicas para eliminar los materiales
adheridos por los años que había pasado enterrada. Utilizó una
aspiradora para retirar las impurezas.
Finalmente, llenó el ataúd con agua desionizada, aplicó
conservantes químicos y colocó las pinzas cocodrilo en todas las
terminales metálicas. En una pantalla táctil que se encontraba a
un lado, pulsó repetidamente hasta alcanzar el número rojo. Se
descolgó del cuello un collar magnético y, al apoyarlo sobre
el ataúd, este se convirtió en una batea de ultrasonido con una
potencia inigualable. En segundos el esqueleto quedó blanco
fosforescente. Se activaron unos nanosensores y el ataúd se
desagotó. Inició el proceso de secado rápido.
La noche se le fue encima justo cuando terminaba el trabajo.
Metió los huesos en una bolsa para regresar al helicóptero. A
pocas horas del amanecer, ya en su edificio, colocó los huesos
en una picadora hasta convertirlos en polvo. Tomó un puñado,
lo colocó en una bandeja de plata esmerilada y lo esnifó. El resto
lo repartió en frascos de cremas experimentales que se aplicaba
sobre su cuerpo.
A pesar de la rapidez con la que sucedieron los acontecimientos,
esa noche se le hizo eterna. La ansiedad y la obsesión por el polvo
que le prolongaba la vida lo consumían. La farmacéutica Garlic
no tenía conocimiento de este descubrimiento; era algo que el
dueño realizaba en privado. La ambición de trascender los límites
operaba de manera invisible como su reflejo en un espejo: solo
veía la nada frente a tanta soledad.
El tiempo, un carril por el que se deslizaba sin dejar huella en
su cuerpo, era un abismo en su consciencia. Un abismo que no
le importaba, que reprimía con cada movimiento de su mano al
aplicar la crema elaborada con el polvo sobre su piel, tersa como
el mármol.
Visita inesperada
Juan Candia
El veinticinco de mayo del dos mil veintiuno, luego de un periodo
largo de encierro por una terrible pandemia, los museos, bares,
teatros, cines y lugares históricos de Buenos Aires volvieron a abrir
sus puertas a la visita. Tuve curiosidad por visitar el cementerio
de la recoleta, allí descansan los restos de quienes formaban parte
de la alta sociedad argentina, políticos, deportistas, gente de la
cultura. Atravesé la plaza Francia buscando la entrada principal
del cementerio, dos carteles aclaraban: los extranjeros debían
registrarse y los argentinos podían ingresar con su documento a
visitar a familiares o por simple curiosidad.
Cuenta una leyenda que una mujer muy bella y sensual salía
del cementerio por las noches, el simple hecho de pensarlo me
causaba escalofrío. Caminé por los pasillos del lugar histórico y
emblemático, la tarde fue desapareciendo con la puesta de sol, mi
cuerpo sintió el frío, apuré mis pasos buscando salir lo más rápido
posible, me había hecho un mapa mental de los distintos caminos
internos, emprendí una carrera desaforada, no veía visitantes
a la vista, las luces comenzaron a brillar, mi desesperación iba
en aumento, todos los caminos chocaban en un mismo panteón
imponente, no podía detenerme a leer la lápida de la entrada,
necesitaba no mostrar mi error de estar a esas horas en ese lugar,
con el miedo en aumento.
Corrí y grité desesperado suplicando que alguien me rescate
del laberinto donde me había metido, nadie escuchó nada, todo
terminaba donde comenzaba, en la puerta del imponente mausoleo.
Me acerqué a la puerta para leer las lápidas escritas con bronce,
había olvidado mis lentes, me acercaba más a las letras, de pronto
un sonido a mis espaldas terminó por convertir mis nervios en
estado de terror, giré bruscamente y una anciana con un ramo
de rosas se aclaraba la voz, su cabello blanco apenas cubierto
por un velo transparente, toda vestida de blanco, me miraba sin
pestañear. Sus ojos negros totalmente abiertos contrastaba con su
piel blanca, quise decir algo y ella se adelantó a mi voz:
—No te preocupes, te esperé por mucho tiempo, no tengas
miedo, nadie puede hacerte daño. —Me tendió una mano, ya no
sabia cual, temblaba de pánico. Me pidió que me sentara en una
piedra junto a la puerta de la bóveda, ella se sentó a mi lado, no
quería mirarla, sonría cada tanto, lo notaba a través de la tela que
cubría en parte su rostro—. Mi padre estará feliz de que hayas
venido a visitarlo, pocos vienen, esperábamos que vinieras antes,
sos muy bienvenido a nuestro hogar, se acercó para abrazarme,
me paré de un salto, ella se sorprendió.
Me dio la espalda sin tocar la puerta del mausoleo. Ingresé,
sentí que me desmayaba, grité con todas mis fuerzas, comencé
a correr, todo fue en vano, terminé en la misma puerta de donde
había comenzado mi carrera, ella estaba esperándome, con la
puerta abierta, invitándome a entrar, sentí que algo se me aflojaba,
la luz giró ciento ochenta grados, no recuerdo nada más.
Desperté con el aroma de las rosas y el jazmín, mi cuerpo tendido
en una cama muy cómoda, pude reconocer a la anciana sentada
junto a un hombre de unos sesenta años, vestido con traje oscuro.
Las paredes eran de mármol, no hacía frío, no se escuchaba nada
desde el exterior, al moverme noté que mi cuerpo estaba débil, no
tenía fuerzas en los brazos ni las piernas, el dolor en la zona del
cuello era insoportable, la anciana se acercó al notar que estaba
despertando:
—¿Dónde estoy?, ¿por qué me duele tanto el cuerpo?, ¿qué me
hicieron?
—Estás en nuestra casa, como te dije antes, hemos esperado tu
visita por más de cien años, pero ustedes cuentan los años muy
largos, para nosotros el tiempo es simple fantasía.
—¿Nosotros?, ¿quiénes?, ¿qué quiere decir con eso que el
tiempo es una fantasía?
—Porque mi padre y yo hemos alcanzado la vida eterna a través
de personas tan generosas como usted, tuvimos que dormirlo
para tomar algo que a usted le pertenece, pero le aseguro que
recuperará todo lo que hemos tomado sin su permiso.
Busqué cada parte de mi cuerpo y no me faltaba nada,
desesperado me levanté de un brinco de la cama, me fui de cara
al piso, el hombre se acercó a levantarme, a pesar de su edad, su
fuerza era el doble para una persona anciana. Me sentaron en un
sillón, él me miró a los ojos, sus dientes brillaron, noté que su piel
no tenía las mismas arrugas, parecía rejuvenecer cada minuto.
—¿Dónde estoy, porque me tienen encerrado aquí, quienes son
ustedes?
—Mi nombre es María, venimos de Rumania, mi padre pertenece
a una dinastía, nos han exiliado, toda nobleza jamás muere en
la memoria de los pueblos ni en nuestros cuerpos, envejecemos
hasta que un alma noble como la suya nos otorga la vida eterna,
mi padre se llama: Vlad Tepes, pero todos lo conocen a través del
tiempo como Vlad Dracul III. El gran conde de Rumania. —Sentí
que el corazón se me iba a salir del pecho. Estaba frente a uno
de mis personajes favoritos, no podía ser, ellos viven en Europa,
¿por qué en Buenos Aires?
—Quiero salir, me quiero ir a casa, no sé cómo llegué aquí,
seguro que me están buscando, van a venir aquí porque saben que
venía a visitar el cementerio.
El hombre con un acento muy extraño me miró a los ojos,
comprendí cada palabra suya.
—Usted es un hombre solitario y nadie volverá por usted,
sabemos cada movimiento suyo. Es único, por eso lo elegimos, su
sangre me dio vida eterna otra vez y le estoy agradecido, quédese
tranquilo, en breve volverá a su vida. —Su metro noventa me
intimidó, hice silencio.
Me ofrecieron alimento, comí con gusto, recobré fuerzas, me
habían sacado sangre, una marca en mi brazo, tal vez una aguja.
La anciana que había desaparecido volvió, mi asombro fue tal
que no lo podía creer, de su vejez solo quedaba el pelo blanco. Su
metro ochenta le marcaba una sensualidad irresistible. Sonreía a
su padre, agradeció mi presencia otra vez, buscó algo en una caja
negra cubierta por un paño rojo y negro, se lo entrego al hombre
sin que yo pudiera ver el objeto, me acompañaron a la puerta, creí
que no me dejarían salir.
Me abrieron la puerta, la luz exterior era tenue, me asomé,
podía notar que aún continuaba en el cementerio, uno o dos pisos
bajo tierra, observé la extrema blancura de la piel del hombre que
me sonreía muy amable. Ella me extendió la mano, agradeció mi
estadía, era el veintiséis de mayo. El hombre se acercó, puso el
objeto que la mujer había depositado en su mano en el bolsillo
de mi pantalón. Subí de a dos los escalones sin mirar atrás, el
aroma de las flores fue desapareciendo mientras me acercaba a la
superficie. Abrí la puerta principal del mausoleo, el sol comenzaba
a aparecer en el horizonte, tomé mi móvil, era el veintiséis de
mayo, corrí por el pasillo principal, las salidas estaban cerradas,
tomé envión y salte una pared y di de lleno con todo el peso de mi
cuerpo sobre la calle Junín.
¿Cómo describir lo vivido?, ¿denunciar a quién, pedir ayuda
por qué? Llegué a casa, acerqué mi cuello al espejo, una lesión
muy leve parecía de una aguja, todo lo que me quedaba de mi
paseo por el viejo cementerio. Dispuesto a denunciar lo sucedido
me acerqué a la entrada principal de la necrópolis, dos agentes y
personal municipal custodiaban el ingreso, mostré mi documento
y entré, busqué por todos los rincones y no pude dar con el
mausoleo, volví a la entrada donde daban información a los
visitantes que querían ver o conocer la historia del lugar:
—Quiero saber por un mausoleo, que lo visité ayer y hoy
no lo puedo encontrar, me perdí, la del señor Vlad Tepes, Vlad
Dracul III. Estaba por el pasillo seis, creo, pero ahora no lo puedo
encontrar.
El empleado municipal se quedó mirándome y luego fijo su
vista en el oficial
—¿Usted busca la tumba de Vlad Dracul III?, ¿la tumba de
Drácula?, ¿aquí en Argentina?
Quedé totalmente paralizado, no supe qué decir. Salí pidiendo
disculpas, los policías se quedaron mirándome, creí que me
llevarían detenido. Caminé por Junín hasta av. Las Heras, subí a
un taxi, noté algo duro en mi bolsillo del pantalón, recordé que
el hombre me había puesto algo, lo saqué: un anillo dorado con
una piedra verde esmeralda en el centro. En el interior se podía
leer algo que supuse que estaría escrito en rumano. Una fecha
26/05/1431. Saqué el móvil y busqué el nombre, Vlad Tepes, no
era otro que el mismo conde Drácula.
Tal vez un sueño o una realidad, pero mi sangre le volvió a
dar vida, hoy estaría cumpliendo años. Sentí que la espina dorsal
se me iba ensopando por la transpiración. Guardé el anillo del
conde, el auto llegó a la puerta de casa. De la tumba no volví
a saber, fui varias madrugadas desesperado buscando ver a la
anciana cruzando la calle, solo quedaron en mi recuerdo, el anillo
del conde brillando en mi dedo anular, cada veintiséis de mayo
brindaré a su salud.
El baño de la escuela
Juan Andrés Finocchiaro
Pocos chicos detestaban tanto la escuela como Jorgito, pero él
tenía motivos. No siempre había sido así, el cambio se produjo
hacia la mitad de cuarto grado. Antes de eso disfrutaba bastante
de las clases y, aunque nunca tuvo muchos amigos, se llevaba
razonablemente bien con uno o dos de los chicos del curso.
Jorgito había nacido “especial”. Tenía que tomar un antibiótico
todos los días. A los pocos días de nacido tuvo una infección
en el riñón derecho. Su pediatra le explicó que tenía el riñón
derecho del tamaño de una naranja, que seguramente iba a tener
infecciones cada tanto y que, para prevenirlas, tenía que tomar
medicación. También debía cuidarse de aguantar las ganas de ir al
baño. Era cuestión de dejar cualquier cosa que estuviera haciendo
ni bien sentía la necesidad. Los maestros y preceptores sabían
que, si Jorgito pedía ir al baño, había que darle permiso cuantas
veces fuera necesario.
Hasta ese día a mitad de cuarto grado todo marchaba más o
menos bien. Estaban en una clase de biología, hablando de los
órganos sexuales de las flores. Jorgito estaba un poco aburrido
entre pistilos y cálices cuando sintió el inconfundible llamado de
la naturaleza. No eran solo ganas de hacer pis, era una infección
incipiente. A lo largo de los años se había acostumbrado a
detectarlas. La sensación surgía como un fuego en el medio del
estómago que iba bajando por toda la panza hasta detenerse por
encima de la ingle. Era como tener una piedra caliente adentro, una
piedra latente. Como siempre, Jorgito levantó la mano y se puso
de pie, sin esperar a que mediara palabra. Atravesó el pasillo casi
corriendo, tratando de mantener la calma y pensando en otra cosa.
Al entrar al baño sintió algo extraño. El baño de la escuela era un
lugar bastante desagradable. No porque estuviera sucio, de hecho,
era de un blanco casi inmaculado. Todo tapizado de azulejos
cuadrados, desde el piso hasta el techo. Los inodoros estaban
limitados por unos compartimentos incompletos, que dejaban a
la vista los pies. Se ve que aquel día acababan de realizar la ronda
de limpieza porque el olor a lavandina y desinfectante era casi
inaguantable. A Jorgito le picaban los ojos y le ardía la garganta.
A pesar de sentir ganas y urgencia, muchas veces el pis tardaba en
salir. Jorgito tenía que relajarse y esperar unos minutos. Entonces,
el pis caliente salía con un chorro fuerte, como a presión.
En eso estaba Jorgito cuando sintió un aroma inusual. Un olor
que no se condecía con la limpieza rabiosa que reinaba en el baño
de la escuela. Es olor a animal muerto, pensó Jorgito frente al
inodoro, con los pantalones bajos hasta la rodilla.
El olor en el baño de la escuela era cada vez peor y Jorgito se
tapó la nariz y trató de respirar por la boca. Entonces, del cubículo
de al lado se empezó a escuchar un ruido de borbotones. Como
un caño tapado: plop, plop. ¡Plop! Y después líquido brotando.
Jorgito miró hacia el suelo y vio que una sustancia color marrón
oscuro asomaba por debajo del tabique incompleto. Una mancha
de barro espeso y maloliente que avanzaba hacia sus pies. Se
olvidó del pis y corrió hasta el otro lado, quedando arrinconado
contra el tabique opuesto. Quería salir del cubículo, pero solo
podía hacerlo pisando la inmundicia. Entonces, cuando trataba
de pensar cómo saltar la mancha para poder salir, algo empezó a
asomarse desde el otro lado. Primero una mano, o algo parecido
a una mano, como una garra, empezó a avanzar entre las juntas
de los mosaicos del piso. Avanzaba despacio, casi reptando y a
medida que se acercaba a los zapatos de Jorgito, dejaba restos
de carne podrida y gelatinosa pegados en el piso. Unos segundos
después apareció la otra mano-garra, también acercándose hasta
agarrarse del inodoro. Jorgito estaba aterrado y paralizado, solo
podía pensar en una cosa: «¡Que no me toque!». La porquería
informe ya estaba aferrada con ambas garras del inodoro, como
haciendo fuerza para sacar el resto del ¿cuerpo?
«Está naciendo», pensó Jorgito inmóvil y en puntas de pie,
la espalda pegada al tabique que lo separaba del otro cubículo.
En ese momento se escuchó una especie de gruñido grave, el
monstruo estiró uno de sus brazos y con un dedo medio podrido
alcanzó a rozar la punta del zapato derecho de Jorgito. Como si
hubiera sido una señal, el asco despertó a Jorgito de su parálisis:
de un salto salió del cubículo y corrió sin mirar hacia atrás hasta
que estuvo en el pasillo desierto de la escuela, afuera del baño de
varones. Con el corazón latiendo a mil por hora y casi llorando
del terror, Jorgito se dio cuenta de que tenía otro problema: se
había meado encima.
Ese día comenzó su calvario en la escuela: ya no sería Jorgito,
Jorge o Álvarez, ahora todos lo conocían como el meón. Los
chicos más grandes, los de séptimo, eran los más crueles. Siempre
se reían al cruzarlo en los pasillos durante los recreos, pintaban
dibujos o leyendas en las paredes aludiendo al meón y una vez
hasta llegaron a dejarle una bolsa con pis adentro de la mochila.
A medida que fue pasando el tiempo, Jorgito se convenció de
que tal vez todo había sido producto de su imaginación, quizás la
fiebre lo había hecho alucinar, pensaba. Sin embargo, se aseguró
de no entrar al baño de varones por nada del mundo. Todos los
días cumplía a rajatabla con su ritual: ir al baño varias veces
antes de salir de casa, aunque no tuviera ganas; no tomar nada de
líquido desde una hora antes de salir ni durante toda la mañana
y aguantar las ganas de pillar hasta volver a su casa. Así pasaron
varios meses y el miedo inicial se fue convirtiendo en un estado
de alerta permanente. Y aunque Jorgito se sentía relativamente
seguro, todavía tenía que lidiar con otro de sus problemas: los
de séptimo. Los que más lo molestaban eran los de la bandita
de Matías (Lisandro, Lucas y Matías, el líder). Lo buscaban a la
entrada y a la salida, en los recreos y a veces hasta en el micro de
escolares que Jorgito se tomaba de vuelta a su casa.
Luego de unos cuantos meses sin síntomas, parecía que las
infecciones ya no volverían. Aunque nadie supiera que el esfuerzo
de Jorge se debía a un motivo oculto, todos parecían felices: el
doctor y su mamá.
Casi terminaba el año y todo transcurría con cierta calma:
Jorgito evitaba a los de séptimo todo el tiempo y esto se había
convertido en un hábito, algo que hacía por costumbre, sin pensar.
Un día, a mediados de noviembre, la maestra estaba copiando
tarea en el pizarrón y pidió que Jorgito fuera hasta la sala de mapas
a buscar material para la siguiente hora. Siempre le asignaba este
tipo de encargos, un poco también para que él pudiera salir por
si necesitaba ir al baño y así evitar las burlas de los demás. En
eso estaba, caminando por el pasillo cuando divisó a lo lejos que
se acercaba Matías, en dirección contraria. Automáticamente,
Jorgito se dio vuelta y apretó el paso para alejarse de él.
—¡Ey, meón! ¡Pará! —escuchó Jorgito la voz inconfundible de
gallo Claudio de Matías—: Quiero preguntarte una cosita.
Entonces, el grandulón agarró a Jorgito por el cuello, desde
atrás.
—¿Sabés qué? Nos citaron de la dirección, porque parece que
a alguien se le ocurrió andar contando que lo molestamos… Así
que ahora vos y yo vamos a arreglar esto hombre a hombre.
Era inútil que Jorgito le jurara que él no había sido. Matías no
iba a entender razones en ese momento. Así, agarrándolo por el
cuello, lo llevó al último de los lugares al que Jorgito hubiera
querido ir: al baño de la escuela.
En un principio, Jorgito rogaba para sus adentros que alguien
saliera al pasillo desde alguna de las aulas u oficinas. Pero
nada, los pasillos estaban desiertos. Cuando comprendió que
no había escapatoria, se entregó. Como si su cerebro se hubiera
desconectado, viendo la escena desde afuera, incluso desde arriba:
Jorgito caminando por delante. Matías por detrás, sosteniéndolo
del cuello con una mano. Luego los dos entrando al baño de la
escuela, Matías, ya sin disimulo, empujándolo violentamente y
Jorgito cayéndose al piso de rodillas.
—¡Levantate, meón! —La voz de Matías retumbaba en las
paredes y Jorgito obedecía.
Los dos entraron a un cubículo del baño, el del medio, aquel
en el cual Jorgito se había convencido de que había tenido una
macabra pesadilla. Matías obligándolo a ponerse de rodillas
frente al inodoro y empujando su cabeza hacia la taza.
En ese instante, algo sacó a Jorgito de su trance y lo hizo volver
en sí: un olor distinto pero familiar, desagradable, como a cadáver.
—¿Te cagaste? —Oyó la voz de Matías, ahora sí en su cuerpo,
con sus oídos. Luego el ruido de sopapa desde la rejilla contigua:
plop. ¡Plop!
Jorgito, intuyendo lo que se venía y aprovechando un segundo
de distracción de Matías, se zafó de las manos que lo sostenían
casi en contacto con el agua del inodoro y gateando se acurrucó
contra la pared opuesta del cubículo. La escena siguiente se
desarrolló en forma acelerada. Matías desconcertado, viendo
cómo un líquido negro amarronado le mojaba las zapatillas, una
garra podrida aferrándose a una de sus zapatillas, trepando por su
pierna, la otra tomándolo por la rodilla y subiendo por el muslo.
Un ruido fuerte y seco, ¡crack! «Es un hueso», pensó Jorgito,
un hueso quebrado. Y el grito de dolor de Matías, que hasta ese
momento estaba mudo, incrédulo, resonó en todo el ambiente. La
masa informe trepando por el torso y el cuello, metiéndosele en
la boca y ahogando el grito. «Se lo está comiendo», pensó Jorgito
que una vez había visto cómo una serpiente enorme tragaba el
cuerpo de un jabalí y había tenido pesadillas durante meses.
Finalmente, la masa podrida mezclada con los restos del cuerpo
de Matías retrocediendo hacia la rejilla, volviendo a su guarida y
dejando el piso del baño inmaculado, salvo por una pequeña, casi
imperceptible, gota de sangre justo en la junta entre dos de los
cerámicos blancos.
A pesar del terror que lo invadía, Jorgito intentaba mantener
cierta compostura. «Ya está, ya comió», se repetía en su cabeza.
Despacio logró ponerse de pie, fue hasta el lavatorio y se lavó
un poco la cara que estaba roja como un tomate. Incluso tomó
un poco de agua que le hizo doler la garganta reseca al pasar.
Caminando como si nada, volvió hasta el aula, entró y se sentó
en su banco sin mirar a nadie. La maestra lo vio de reojo mientras
terminaba de copiar una tarea en el pizarrón. Disimuladamente,
fue caminando entre los bancos hasta acercarse al de Jorgito.
Cuando estuvo a su lado le dijo en voz baja:
—¿Todo bien? —Jorge asintió con la cabeza, sin despegar la
vista del cuaderno y aferrando un lápiz con todas las fuerzas de
su mano derecha. No podía hablar, ni siquiera abrir la boca. Sabía
que si lo hacía no iba a poder contener un grito que duraría para
siempre.
X y Efecto
Agustín Carrocera
Sistemas Corporativos.
Estrella: F-W34.
Mundo: Solis.
Desde muy chica amaba dormir viendo el cielo. Ver orbitar a
los asteroides apenas iluminados por las lunas silencia mi mente.
Puede ser que la magnitud de lo inabarcable me traiga paz, al
igual que saber que hay ecuaciones irresolubles me hace abrazar
la incertidumbre. Pero esa noche, en la que me desperté pasadas
las horas de las brujas, un sentir me hizo despertar al gordo a los
empujones. Enojado y confundido, con el short medio caído por
el elástico gastado y con la remera llena de agujeros, se levantó a
bajar la persiana. Las quejas eran un balbuceo ronco que frenó de
golpe. Se quedó estático con la correa en la mano, la persiana a
medio bajar y la vista fija en el patio. No supo decirme qué estaba
viendo.
—Anoche hablé con el abuelo Toto —dice Lucino con la trompa
manchada de chocolatada y sin dejar de ver los Olímpicos: los
Héroes más poderosos de la Galaxia.
Dejo de corregir las funciones hechas por un adolecente que
me escucha menos que Eri.
—¿Y de qué hablaron?
—Dijo que tenías que encontrar la caja.
—¿Una caja? ¿Cuál?
—La que enterraron cua…
—¿Papá ya se fue? —pregunta Eri al salir de su cuarto, peinada
con un cuete y con la cara pegada a la almohada.
—Buen día.
Toma un sorbo de la chocolatada de Lucino.
—Hola. ¿Ya se fue?
—Sí, a la misma hora de todas las mañanas.
Llena la pava y la pone a calentar.
—¿No vas a ir al colegio?
—Nah, después le pido la tarea a Roa.
Unta una galletita con mermelada de narguya y al grito de:
—¡Mi turno! —Saca los dibujitos para poner uno de esos
streams que dicen una guarangada por minuto.
—Lucino, me repetís lo que te dijo el abuelo.
Los iris arándano dejan de ver a su hermana con enojo y vuelven
a mi sonrientes.
—Ya sos grande, ma, no tengo que repetirte las cosas.
—Estoy intentando entender, por eso pregunto. Me lo repetís
por favor.
—Me dijo que tenés que encontrar la caja.
—¿Y te dijo que tiene la caja? ¿O por qué tengo que buscarla?
—¿De qué hablan?
—De la caja que enterró mamá con el abuelo cuando la abuela
murió.
Eri me mira con los iris blancos y con la galletita a medio
morder.
Al entrar en una iglesia en el medio de la semana siento que
interrumpo la conversación entre el silencio y lo divino. Canela,
lavanda y un cítrico que no llego a identificar me retrotraen a mi
infancia. Dos o tres veces por semana papá me traía después de
la escuela. Las velas iridiscentes que rodean a las estatuillas de
los Siete Maestros parecen ser las mismas. Como si la cera nunca
se hubiera derretido y permaneciera inmutable ante el tiempo. El
atardecer entra por los vitrales que relatan la migración de las
adenztral hacia el Sistema Solar. Los cetáceos surcan las estrellas
entre las raíces del Lénvhal: el árbol que hilvana el destino de los
espíritus y hace inmortal a las conciencias puras en el palpitar.
Estaba en primer ciclo de la secundaria cuando caminé por
última vez entre las columnas y paredes revestidas de ébano.
No recordaba lo grande que era el Sol dorado sobre el santuario
central, lleno de velas, inciensos y plegarias enrolladas en papeles
atados con cintas de colores.
El orador solar hablaba con Noemí en el tercer banco de la fila
a la izquierda. Mamá decía que Noemí era la única enfermera
amable y con corazón. Fue a la única que pudo convencer para
que le diera chocolates a escondidas de los doctores y de papá.
Ahora está jubilada y tengo entendido que quedó viuda. Dicen
que Erlo se suicidó. En el primer banco de la fila a la derecha
estaba Cachete, uno de los compañeros de turno de mi esposo en
la fábrica. El gordo estaba preocupado porque ya van tres semanas
que faltaba a los partidos y ni siquiera les avisa. Ninguno de los
orangutanes de los amigos se anima a preguntarle por qué estaba
triste. El resto de los lugares estaban ocupados por el silencio de
los muertos. El orador solar era un humano que apenas pasaba los
treinta. Había sido asignado a la colonia hace dos veranos atrás.
En las salas de maestros y en las meriendas se hablaba de él como
si el Sol nos hubiera enviado al más bello de los ángeles. Al verlo
entendí por qué más de una señora quiere encontrar consuelo en
sus brazos.
El orador anterior era un viejo pétreo con lengua bípeda y olor
a cuero húmedo. De los peligros de los deseos era de lo único que
hablaba en sus misas.
Y cuando yo tenía trece me dijo:
—Tu vientre es un don que le pertenece al Sol —mientras
apoyaba su mano atrofiada por la artritis en mi muslo.
—¿Y cuánto lleva hablando Lucino con su abuelo? —me
preguntó el orador solar tras recibirme en su oficina y servirme té
de rosa mosqueta.
—Tres semanas.
Vuelve a la primera hoja de los análisis de sangre y el
encefalograma.
—Es muy chico como para haber desarrollado una
macrohabilidad. ¿Tu padre vivió al menos un tiempo en esa casa?
—Él la construyó.
—Lo más probable es que Lucino tenga algún tipo de
desplazamiento onírico, que les está permitiendo comunicarse
con su abuelo a través del Velo. No te preocupes, no es nada
grave, es tratable. Y podemos mantenerlo bajo control hasta que
Lucino esté en edad de ser bautizado.
Se levantó, abrió una repisa que tenía al lado de la biblioteca y
sacó una caja de pastillas.
—Vamos a probar con una de estas antes de cada cena durante
dos semanas solares y volvemos a hacer los estudios.
—¿Y con la caja qué hago? ¿La busco?
—¿Tenés recuerdos de haber enterrado una caja con tu padre?
—No, pero son muy pocos los recuerdos que tengo de mi
infancia.
— Lamentablemente no tenemos forma de saber si con quien
habla Lucino es su abuelo. El tema de la caja puede ser un anzuelo,
una tram…
—¡¿Mi hijo está poseído?!
—Por la seguridad de todos es mejor que no hagamos
suposiciones sin evidencias. No se preocupe, todo va estar
bien. Haga que su hijo complete el tratamiento, observe cómo
evoluciona y en dos semanas seguimos hablando.
—Por favor, vaya a mi casa y compruebe si hay un fantasma
o no.
—No sería prudente de mi parte hacerlo, en el caso de que
Lucino esté en contacto con una voz del abismo, presentarme en
su casa la pondría a la defensiva. Y solo el Sol sabe lo que le
pasaría a su hijo.
—… Aproveché que nos quedamos solos en el descanso y…
¿Me estás escuchando?
—Me decías algo de Cachete.
—Que la mujer lo está cagando te estoy diciendo.
—Perdón, tengo la cabeza en cualquier lado.
—¿Seguís con eso de la caja?
—…
—Ya te dije, el fin de semana me pongo a hacer pozos en el
patio y resolvemos el asunto.
—El orador dijo que eso no es buena idea.
—¿Desde cuándo tenés en cuenta lo que dice un orador?
—¡Desde que mi hijo habla con mi papá muerto!
—No te entiendo, ¿querés ver los que hay en la caja? ¿Sí o no?
—Quiero saber si la caja existe. Eri golpeó la puerta.
—Pasa —dijo el gordo mientras se sentaba en la cama y prendía
el velador.
—¿Puedo ir a lo de Roa?
—¿A esta hora vas a ir?
—Es a dos cuadras, y voy en la bici. No voy a faltar a la escuela,
lo prometo.
La dejamos ir.
—Los amo.
Son pasadas las horas de las brujas cuando el gordo me despierta
al levantar la persiana.
—¿Qué haces?
—…
—¿Gordo?
Corre la cortina y se queda estático mirando el patio. Me
levanto y me paro en la ventana.
Está tan quieto que no parece respirar.
La luna púrpura se difumina en las nubes que forman trazos
de sombras. La luna creciente cae en paralelo a la curva de los
asteroides. Un carguero categoría titán de Nozama Hermanos S.
R. L. espera en órbita para aterrizar. Apenas se distingue la silueta
de pan lactal medio aplastado por las luces de seguridad. Las
estrellas se cayeron para iluminar las fábricas. Desde el centro del
patio nos mira papá. La sombra áspera, la camisa arremangada, el
chaleco negro, la boina gris y el rebenque en la mano.
—Si no hubieras nacido, tu madre estaría viva —dice papá
desde la boca del gordo. Corro a la pieza de Lucino y prendo la
luz.
Tiene el cuerpo lleno de ronchas chorreantes de pus y azufre
que derriten el colchón. Intenta gritar, pero tiene la garganta llena
de cucarachas voladoras. Convulsiona y tiene los ojos dados
vuelta. La panza está inflada como un globo al borde de reventar.
Desde el ombligo se le agrieta la piel, la sangre quema el techo y
se derrama por los costados de la cama. El suelo se cubre de vapor
cuando la sangre derrite el parqué, zapatillas y juguetes. Las gotas
en mi piel me queman la carne y llegan a tocar mis huesos. Sobre
las tripas en la cama y entre las cucarachas levita un pulpo de
cuatro tentáculos como pinzas de una máquina de peluches. Es
púrpura y tiene una decena de ojos azufre que forman un espiral
en el cuerpo espinoso. Abre los tentáculos y vuela directo a mí…
Morildor.
Kuarahy
Edu Novak
Año 1724
Dos cazadores, entre otros, se adelantan y se adentran en medio
del bosque misionero.
Cai, más allá de su intención cazadora, suele matar lo necesario
para comer y aun así, lo invade el remordimiento. En cambio,
su compañero avanza con toda velocidad, junto con los demás
cazadores a los disparos.
—¡No! —Cai intentó frenarlo—. ¡Nahuel!
—¿¡Qué fue eso!?
Ahora, al acercarse a ellos, nota la ironía de la situación…
Ellos son la presa. Cai destaca una agresividad más inusual en
los animales, más allá de la normalidad común de estas especies.
Entre ellos, águilas, zorros, etc. Los animales se han ido, pero su
sangre, no…
El bosque se ve manchado de rojo y Cai intenta levantarlo. Al
arrastrarlo un par de metros, la huella de sangre se une a la de los
demás muertos y con la noche más oscura; aparece una sombra…
—¡Mirá! —la notó Nahuel.
—¡Shh! —lo calló Cai—. ¡Tengo que sacarte de acá!
—¡Entre los árboles! —Nahuel lo notó moverse.
—¡Es rápido! —también lo destacó Cai.
—¡Como yo! —se elogió el mismo.
—¡Sí, pero este no es el momento para hablar de eso! —lo
arrastró en salvación, pero…
De repente, Cai cae y también es arrastrado.
—¡Cai! —gritó su compañero.
Cai se detiene, su miedo se da la vuelta y ve a su acechador
natural…
—¿¡Una planta!?
El extraño agresivo personifica su aspecto en un árbol, y lo
sigue arrastrando por las profundidades del bosque.
—¡No! —gritó Nahuel.
Cai observa con esfuerzo hacia atrás, una leyenda que hasta
hoy en día la sangre sigue envolviendo el misterio…
300 años después…
En la actualidad, los años han cambiado las cosas, aunque
otras, no…
—¡Vamos! ¡Trabajen mejor y rápido!
Un jefe adinerado y organizador les ordenó de mala manera a
sus empleados.
—¡Uh, tanto bardo por un festival! —observó una chica al
pasar.
—No es solo un festival ¡Es el festival! —se metió un chico.
—¿Perdón? ¿Vos sos?
—¡El raro Antu! —levantó la voz alguien de atrás con
intromisión.
Lo señala a Antu, lo empuja y se aleja a la vez.
—¡Ese es Nahuel! Y me molesta en nombre del pasado.
—¿Cómo? —se confundió ella—. ¡Soy Camila, por cierto!
—¡Mirá! Es mejor que no sepas del asunto. ¡Chau!
—¡Espera!
Al irse, ella se queda mirándolo, pero también hay otros ojos
sin visión…
—¡Pobre Antu! No lo malinterpretes, por favor.
—¿Perdón? ¡Hola! —se sorprendió ella.
Un anciano sentado desde su silla y con gafas le hablaba desde
lejos.
—¡No juzgues su personalidad! Es un buen chico.
—Igual aún no lo conozco bien.
—¡Lo harás! En Sun Town todo llega a saberse.
—Soy nueva y me interesaría saber la historia del pueblo.
—Pues ¡mi experiencia no es ciega como mis ojos! Un gusto,
por cierto.
—¡Igualmente y ya me tengo que ir!
Ella se va a su casa y lo nota sonreír al dar la vuelta. Ya al
llegar a su casa, siente un agradable silencio, aunque se interesa
saber dónde está su hermana y su mamá. Al revisar su celular,
nota un WhatsApp, que están en una reunión de embarazadas y se
quedarán hasta tarde.
Por otro lado, piensa en la dicha fiesta y quiere sorprender con
el disfraz…
A la par, pero en otra parte, Antu prueba diversos disfraces.
Tiene pensado honrar a un ancestro en particular…
Ahora, desde otro lugar, se escuchan ruidos afuera. Vecinos a
los gritos y esto llama la atención de todo el pueblo.
—¿¡Por qué hay tantos árboles caídos!?
—¿¡Acaso este leñador no respeta la naturaleza!?
Entre las cuestiones de los vecinos, Antu y Camila se vuelven
a encontrar. Al caminar más allá del bosque, notan sangre caer
entre las ramas y una camisa escocesa tirada.
—¡Wow! —reapareció y se burló Nahuel.
—Mmm… —dijo Cami—. ¡Pobre leñador!
—¡Más que pobre, este tipo enriquece la creencia del lugar!
—¡Desubicado! —le expresó ella.
Mientras que Antu, piensa, observa en silencio y se aleja
corriendo.
—¡Antu! —lo llamó ella.
Al perseguirlo entre la multitud, se acercan a un monumento de
madera y calculan si deben hablar o no.
—Cai: ser honorable y protector de la naturaleza —leyó Antu.
—¿Debe ser un antepasado tuyo, verdad? —intuyó ella—. ¡Tu
mirada perdida lo dice!
—¡Boludeces! —se ofendió Nahuel—. ¡Ahí debería estar mi
ancestro y luego yo con el mismo nombre!
—Pero si vos estás vivo, aún —se burló ella.
Antu se ríe junto a ella, pero este actual tema también lo inquieta
a la vez…
—¡Vos solo sos como una sombra de ese tal Cai! Además mi
pariente era considerado el cazador más rápido, como la velocidad
de un tigre. ¡Ahora! ¿Se animan a emocionarse en grande como
este misterio?
La respuesta se envuelve en silencio, hasta que son interrumpidos
por…
—¡No jueguen con eso! —levantó la voz el ciego—. ¡Estas
tierras soleadas le dan luz a esa leyenda oscura!
Al mismo tiempo, el dueño del festival se mete y no quiere
interrupciones.
—¡Es una vergüenza ver que festejan Halloween en un
acontecimiento histórico y con una lúgubre internacional! —se
opuso el ciego—. Además ¡harán enojar al dueño del Sol!
—¿Qué? —se preguntó Antu con los otros dos.
—¡Shh! —lo calló el organizador—, aún no arranca y de todas
maneras no podrás verlo.
Nahuel se ríe de su humor negro y mira tanto a Antu como a
Camila hablar con suspenso…
—¡Vimos al leñador! O eso creemos…
—¿Qué? ¿En serio? ¡A cancelar el festival!
Los pueblerinos hablan y se cuestionan en público. El
organizador se opone y sigue ordenando a sus empleados.
—¡Quiero que saquen esos árboles de ahí y alejen a esos
animales de campo que molestan!
—¡Es un desgraciado! —lo despreció Cami.
—¡Señor! —lo llamó el ciego—. ¡Señor!
—¿Qué? —se le acercó con desafío.
—¡Mirá que una mentira puede doler, pero la verdad es mucho
más cruel!
Esa última insinuación profunda del anciano deja impactados
a todos, menos al organizador que sigue ordenando a sus peones.
En efecto, la gente se dispersa y los muchachos ven al ciego
volviendo a su casa y con el detalle de dejar agua, miel y tabaco
afuera de su puerta…
Los tres adolescentes se miran, sus ojos se ponen de acuerdo
con verse en la fiesta y desenmascarar el misterio…
Ya unas horas después, la visión se amplía a cientos de
espectadores, ven el cartel grande de «Sun Town». Además, sus
incontables cosplays delatan el evento de terror.
—¡Antu! ¿Sos vos?
Camila lo reconoce disfrazado de un árbol místico. En honor
a los rumores sobre Cai. Además, ella está vestida similar, pero
de una rosa con ramas y hojas. También pensó en dicha historia
legendaria. A diferencia de un cosplay horroroso, que realmente
da miedo…
—¡Me imagino quién es! —intuyó Cami.
Nahuel se acerca a ellos con intención de asustarlos.
—¿¡Un monstruo gigante!? —observó y pensó Antu.
—¡Sos realmente horrible! —se desagradó ella.
—Ok, vamos a tomar algo —los empujó Nahuel. Antu ve a su
nueva amiga distraerse con el celular.
—¿Pasa algo?
—Es mi mamá y mi hermana que no responden ¡Debo ir por
ellas! —se inquietó Cami.
Ambos la miran, aunque Antu con preocupación…
En el camino, ella escucha gritos de alegría, mezclados con
desesperación. Además, un cuerpo tirado y ensangrentado.
También va escuchando conversaciones y anécdotas negativas
que la inquietan más aún…
—¡Es la fecha del Kuarahy! ¡Aparece cada cien años! ¡Hay que
honrar a Cai, nuestro héroe y aliado a la leyenda!
Camila se confunde más, entra en silencio al lugar y se le suma
la oscuridad a su miedo. De repente, un silbido molesto se escucha
en cada rincón y todas las embarazadas, en general sin padres, se
encuentran mudas al miedo. Además, encuentra abundantes pelos
por doquier. Nota a alguien desagradable y grita con todas sus
fuerzas…
En simultáneo, otro grito se escucha antes los ojos de Antu y
ese dicho cuerpo tirado es del organizador.
Mientras tanto, la música del lugar es cantada con letras
sangrientas. Gritos de dolor, paredes manchadas y enemigos
múltiples.
—¡Voy a matar a ese espíritu, gnomo o lo que sea! —Nahuel
se enojó y corrió.
Con una velocidad que la lleva en la sangre, persigue su
ambicioso misterio. Antu lo observa, amaga a detenerlo, pero
tiene la intención de ir por Camila.
En el camino, se saca su disfraz, es obstaculizado por animales
y plantas con violencia. Corre, cae y se arrastra…
Al intentar levantarse, se pone de rodillas y mira al anciano.
Un ciego que ve más de lo que todos piensan. Antu al tomar
abundantes ofrendas de agua y demás elementos, logra que los
animales retrocedan, más las plantas que se meten bajo la tierra.
—¿¡A salvo!? —le dijo el anciano.
Antu lo observa sin palabras, ve a Camila a salvo y a Nahuel
perdido en la misma selva misionera en donde todo empezó. Antu
con un orgullo ancestral que trasciende por su «sol» (nombre),
queda como el nuevo héroe.
Nota: todos los acontecimientos están basados en una posible
realidad. Cuestionaré la fe de los lectores con esta leyenda guaraní.
Noviembre del 2024
El archivo carmesí I
C. Calderón
Las nubes se agruparon rápidamente, cubriendo el cielo y
oscureciendo la ciudad. En cuestión de minutos, un aguacero
torrencial obligó a la gente a buscar refugio, transformando las
calles en un hervidero de gritos y pasos apresurados. En contraste
con el caos exterior, en las oficinas del Heraldo del Sur todo era
quietud, y el único sonido que rompía el silencio era el golpeteo
constante de la lluvia sobre las ventanas. Allí, rodeado de viejos
archivos y noticias que alguna vez escribió, Julián Vásquez
rememoraba los años en los que su nombre inspiraba respeto en
el mundo periodístico. Ahora, en cambio, nadie lo recordaba.
Se sentía abatido por el cruel paso del tiempo. Antes, siempre
había tenido a su esposa que lo alentaba en momentos como
este. Pero hacía unos meses, su voz se había apagado. Ella ya no
estaba, y las botellas de wiski sobre la mesa se habían vuelto su
única compañía.
Distraído, recorría con los dedos las carpetas apiladas en su
escritorio hasta que se topó con un archivo de tapas rojas. Lo
tomó, con las manos temblorosas por la rabia que le provocó
verlo, y en la cubierta leyó: «Caso Carmesí».
La imagen de Ana Pivomar se dibujó en su mente, y recordó
el día en que se conocieron. Fue durante una vigilia convocada
para exigir justicia por las víctimas del Destripador, un asesino
escurridizo que aterrorizaba a los más pobres de la ciudad, dejando
tras de sí cuerpos mutilados y desfigurados. Julián, quien en ese
entonces era un joven practicante en el Heraldo del Sur, había
sido asignado para cubrir la vigilia, una tarea que no le agradaba,
pues lo obligaba a permanecer despierto hasta la madrugada.
En medio de ese ambiente tenso, cargado de dolor y frustración,
Julián la vio por primera vez. Entre la multitud, Ana se destacaba
por su belleza casi hipnótica. Sus ojos se cruzaron en un breve
instante, suficiente para encender en ambos el deseo irresistible de
volverse a ver. Sabían que aquel no era ni el lugar ni el momento
para juegos de coquetería, pero no pudieron evitar intercambiar
tímidas sonrisas que decían lo que las palabras no podían expresar.
Meses atrás, Ana había llegado a la ciudad y rápidamente
se convirtió en el centro de atención de empresarios, artistas
e intelectuales, quienes no dejaban de hablar sobre su fortuna,
belleza y carisma. En cada evento social, Ana se hacía notar, y no
había quien no intentara robar un minuto de su atención. Julián
quiso acercarse varias veces para cortejarla, pero pronto se dio
cuenta de que sus posibilidades eran nulas. Sin dinero ni nada que
ofrecerle, abandonó la idea casi de inmediato.
Para su sorpresa, fue Ana quien se le acercó un día y lo invitó
a salir. Julián descubrió que sus conversaciones iban mucho
más allá de lo superficial, abordando temas como la filosofía,
el universo y la naturaleza. Aunque Julián se consideraba una
persona culta y curiosa, las palabras de Ana desafiaban todo lo
que había aprendido y cuestionaban su manera de ver el mundo.
La visión de Ana sobre la vida parecía sacada de algún tratado
filosófico, de esos que Julián había leído durante su paso por la
universidad, sin llegar a comprender del todo. Ella creía firmemente
en la libertad individual, en la idea de que el hombre era dueño
de su destino y de que todo lo que podía alcanzar dependía de su
voluntad. Además, sostenía que las personas debían aprender a
construir una vida digna, sin rendirse ante la mediocridad ni caer
en la procrastinación.
Cada conversación con Ana acercaba a Julián a una claridad
que, por primera vez, parecía estar al alcance de su mano. El
brillo en sus ojos, su postura firme y esa seguridad le infundían
una determinación que lo hacía sentirse capaz de lograr cualquier
cosa.
Sin embargo, con el tiempo, el enamoramiento de Julián
comenzó a tambalear, como un castillo de naipes en medio de una
ventisca. Ana era brillante, pero también rígida en sus creencias,
y la forma en que entendía la pobreza le resultaba desconcertante.
Cuando discutían sobre las personas de escasos recursos que habían
sido asesinadas por el Destripador, Ana mostraba una indiferencia
que él jamás habría imaginado en alguien de su inteligencia. Para
ella, las víctimas no eran más que un reflejo de la decadencia de
un pueblo ya condenado, cuyas personas, atrapadas en su miseria,
no merecían otro destino. Además, aseguraba que esa miseria era
el resultado de la falta de visión y la incapacidad de esas personas
para tomar el control de sus vidas.
Esas palabras erosionaron las ilusiones de Julián, y sintió que
se abría una distancia insalvable entre su mundo y el de Ana.
Su desilusión, no obstante, alcanzó un nuevo nivel una noche en
que regresaba tarde a casa, tras terminar una serie de pendientes
en el Heraldo del Sur. Caminaba por una calle vacía cuando una
joven apareció corriendo hacia él, aparentemente huyendo de algo.
Su ropa estaba rasgada, el cabello desordenado y la expresión
de su rostro reflejaba pánico. Absorta en su desesperación, no se
percató de la presencia de Julián y tropezó con él. Se levantó del
suelo inmediatamente y comenzó a mover los labios, como si
intentara decir algo, pero no logró emitir ningún sonido.
—¿Estás bien? —preguntó Julián, sosteniéndola por los brazos.
La joven negó con la cabeza y señaló hacia uno de los callejones.
Agitó las manos, desesperada por hacerse entender, pero seguía
sin pronunciar palabra. Julián, intrigado, trataba de interpretar
sus gestos cuando el repiqueteo de unos tacones acercándose lo
distrajo. Levantó la mirada y vio a Ana aproximándose con una
sonrisa que se desvaneció al notar que Julián no estaba solo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.
—No lo sé, pero creo que necesita ayuda —respondió Julián,
todavía sujetando a la joven, que temblaba.
Ana la miró de arriba abajo, fijándose en sus ropas gastadas y
las manchas en su piel.
—¿Y qué se supone que debemos hacer? —añadió, con frialdad.
—¡Ayudarla! Tienes tu coche. Podemos llevarla a la policía o
dejarla en un lugar seguro.
—No traje el coche. Salí a caminar —dijo Ana, con tono
cortante, como si aquello fuera suficiente para cerrar el tema.
Pero al ver que Julián seguía pendiente de la joven, añadió—:
Además, es tarde, y no es nuestro problema.
Julián apretó los dientes, sintiendo una creciente rabia en su
interior.
—Podemos acompañarla, aunque sea hasta que se calme.
—¿De verdad crees que vale la pena? Seguro se escapó de algún
cliente que no quiso pagarle o que le pedía alguna marranada.
Esto no es asunto tuyo ni mío.
A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas. Bajó la cabeza,
humillada, dio un paso atrás y se alejó por una calle lateral.
—¡Espera! —le dijo Julián, intentando sujetarla, pero la chica
comenzó a correr, perdiéndose entre las sombras.
Al girarse hacia Ana, Julián vio que ella también comenzaba a
alejarse.
—Ana, ¿a dónde vas?
—A casa. Esta tontería ya duró demasiado —respondió sin
mirar atrás.
Julián permaneció inmóvil, sin saber qué hacer. Miró en la
dirección por donde había huido la joven, pero ya no quedaba
rastro de ella. Entonces, apretó los puños y comenzó a caminar
hacia su casa, sin poder sacar de su mente la imagen de la
muchacha, sola y aterrada. Aquella visión lo acompañó durante
toda la noche y le impidió conciliar el sueño.
Al día siguiente, Julián seguía pensando en ella. En el periódico
le asignaron acompañar al periodista de notas policiales para
cubrir otro asesinato relacionado con el Destripador. Le dieron la
cámara y la tarea de fotografiar el cadáver, algo muy distinto a los
eventos sociales que siempre le tocaban como practicante. Había
deseado algo así durante meses, pero su mente, aún atrapada
en los pensamientos sobre la joven, no notó la oportunidad que
le daban. Estaba sumido en un caos interno cuando llegaron al
callejón donde se había cometido el ataque, y lo que vio allí lo
pertubó.
Un escalofrío recorrió su espalda al reconocer el cuerpo inerte
de la joven que, la noche anterior, le había pedido ayuda. Su
rostro, desfigurado, parecía una máscara de carne viva, y aunque
lucía irreconocible, Julián identificó su cabello desordenado y la
ropa desgastada, manchada de sangre por un corte en el abdomen
que dejaba al descubierto sus entrañas, lo que hizo que a Julián se
le revolviera el estómago.
—¿Qué pasa, muchacho? —preguntó el periodista junto a
él, mientras encendía un cigarrillo y observaba el cadáver con
indiferencia—. ¿No me digas que es la primera vez que ves un
muerto?
Julián intentó responder, pero las palabras no salieron.
—¡Vaya! —dijo el hombre con una risotada seca—. Si no eres
capaz de soportar esto, no estás hecho para este trabajo. Aquí no
hay lugar para gente sensible.
Julián cerró los ojos y respiró hondo. No podía flaquear, no en
ese instante.
—Estoy bien —mintió, aunque su voz temblaba.
El archivo carmesí II
C. Calderón
La imagen de la joven asesinada de manera cruel permaneció
en la mente de Julián durante días. La rabia, el remordimiento y
una creciente sensación de impotencia lo consumían. Incapaz de
soportarlo más, decidió visitar a Ana.
Cuando llegó a su casa, ella lo recibió con una sonrisa
encantadora y un aire coqueto que le pareció casi fuera de lugar.
—¿Qué haces aquí tan tarde? —preguntó, abriendo la puerta
con un vestido ceñido y una copa de vino en la mano.
—Necesito hablar contigo —respondió Julián, sin corresponder
a su sonrisa.
Ella levantó una ceja, dejando escapar un suspiro antes de
invitarlo a pasar.
—Si es por lo de esa noche… —comenzó Ana, sentándose
con elegancia en el diván—. Tal vez mi actitud no fue la mejor,
pero, honestamente, esa chica sabía cuidarse sola. Las de la calle
siempre lo saben.
Julián se obligó a calmarse antes de seguir hablando.
—Murió. La asesinaron esa misma noche. Se convirtió en una
víctima más del Destripador.
Por un instante, Ana pareció titubear, pero su expresión no
mostró más que una vaga incomodidad.
—Eso es terrible, claro. Pero, Julián, no puedes cargar con
eso. No es tu culpa, y mucho menos la mía. Si nos hubiéramos
involucrado, quién sabe en qué lío estaríamos ahora.
El tono indiferente y casi condescendiente de Ana terminó de
colmar la paciencia de Julián.
—¿Eso es todo? ¿Ni siquiera te sientes mal por lo que pasó?
—¡Por supuesto que me siento mal! Pero no iba a arriesgarme
por alguien así. ¿No lo entiendes? Esa gente vive en un mundo
diferente al nuestro.
—¿Esa gente? —repitió Julián, incrédulo—. Era una persona,
Ana. Una persona que necesitaba ayuda, y la ignoramos como si
no valiera nada.
Ana rodó los ojos, visiblemente impaciente.
—¿Sabes qué, Julián? Estoy cansada de esta conversación.
Eres un ingenuo si crees que puedes salvar a todo el mundo.
—Y tú eres incapaz de sentir empatía —respondió él, y luego,
con un suspiro, añadió—. Esta relación no da para más, Ana.
Cuando Julián pronunció esas palabras, el rostro de Ana se
transformó. Su sonrisa desapareció, y sus ojos se llenaron de una
mezcla de incredulidad y furia.
—¿Qué dijiste? —preguntó en un tono bajo, casi inaudible.
—Dije que esta relación no da para más —repitió Julián, con
firmeza.
Ana lo miró fijamente, como si tratara de procesar lo que
acababa de escuchar. De pronto, soltó una risa amarga, casi
histérica, que resonó por toda la habitación.
—¿¡Me estás dejando!? —preguntó—. ¿Tú, un pobre diablo, te
atreves a dejarme a mí?
Julián intentó mantener la calma, pero las palabras de Ana le
estrujaron el corazón.
—No tiene nada que ver con el dinero, Ana. Se trata de quién
eres.
Ella se le acercó, señalándolo con un dedo tembloroso, como si
lo acusara de un crimen imperdonable.
—¡Cállate! No tienes derecho a hablarme así. ¿Quién te crees
que eres? ¿Un héroe? ¡Eres un imbécil que no entiende cómo
funciona el mundo!
—No sé cómo funciona tu mundo, Ana, pero sé que no quiero
ser parte de él —respondió Julián, con una calma que parecía
enfurecerla aún más.
Ana comenzó a caminar de un lado a otro, agitando las manos,
como si las palabras no fueran suficientes para expresar su rabia.
—¡Nadie me rechaza! —gritó, lanzando un cojín al suelo con
furia—. ¿Entiendes? ¡Nadie! Y menos alguien como tú, un muerto
de hambre. ¿Qué te hace pensar que puedes hacerme esto?
Julián respiró hondo y dio un paso hacia la puerta.
—Esto solo confirma que tomé la decisión correcta.
Al escuchar esas palabras, Ana perdió el control y lanzó su
copa de vino contra la pared, haciendo que el cristal se rompiera
en mil pedazos.
—¡Fuera de mi casa! —gritó—. ¡Lárgate y no vuelvas nunca
más!
Julián no respondió. Abrió la puerta y salió sin mirar atrás,
aunque los gritos de Ana lo persiguieron hasta que estuvo varios
metros fuera del edificio.
Los días pasaron, y Julián seguía atormentado por la imagen
de la joven asesinada. En cualquier momento del día, sentía su
presencia. De repente, veía su rostro destrozado, los intestinos
sostenidos con sus propias manos, y aquellos ojos vacíos que
parecían buscarlo. El cadáver avanzaba hacia él, tambaleante,
intentando hablarle a pesar de la mandíbula arrancada. No pasaba
un solo día sin sentir esa opresiva sensación de estar siendo
observado.
Desesperado por liberarse de las visiones, decidió involucrarse
en el caso, convencido de que, si encontraba alguna respuesta, la
imagen desaparecería. Pero, en lugar de alivio, sucedió todo lo
contrario. Las fotografías y los informes de las víctimas anteriores
solo avivaron las visiones, y nuevas presencias comenzaron a
aparecer ante él, todas con el rostro desfigurado y el abdomen
abierto. Julián ya no podía dormir. Cada noche se despertaba
empapado en sudor, aterrorizado por aquellas imágenes.
Se sumergió en los archivos, obsesionado con encontrar un
patrón que nadie más hubiera notado. Revisó cada informe policial
y todas las noticias del caso, buscando un detalle que pudiera
guiarlo. Al no hallar nada, su frustración crecía, y las visiones se
volvían más intensas. Poco a poco, perdió la noción del tiempo
y, sin darse cuenta, empezó a descuidar su vida. Incluso llegó a
olvidarse de Ana.
Una noche, en la redacción, cuando los demás ya se habían ido,
Julián se quedó trabajando. Estaba sumergido en los archivos del
caso, hasta que escuchó un crujido seco, como si alguien hubiera
movido un mueble a lo lejos, y se sobresaltó. Levantó la vista,
con el corazón martillándole el pecho, temiendo que fuera otra de
esas visiones que lo atormentaban a diario, pero respiró aliviado
al distinguir a su jefe, el director del periódico, que lo observaba
desde la puerta.
—¿Sigues con eso? —preguntó con voz áspera.
—Sí. Estoy seguro de que hay algo más detrás de estos
asesinatos, algo que nadie ha notado. Debe haber un patrón,
alguna conexión. Un asesino no mata al azar. —Hizo una pausa,
respiró hondo y añadió—: Estas víctimas han sido escogidas por
algo en particular.
El director frunció el ceño. Aunque el tema le interesaba, no
parecía convencido de que un practicante pudiera resolverlo.
—¿Y qué te hace pensar que tú lo lograrás? —dijo, casi en tono
de desafío.
—Porque soy el único al que realmente parece importarle el
caso. Solo necesito más tiempo, más acceso a los documentos...
El jefe suspiró, resignado.
—Está bien, estás a cargo. Pero escucha, si no veo resultados,
el único trabajo que tendrás en este periódico será el de limpiar
las oficinas. ¿Entendido?
Julián asintió y volvió a concentrarse en los papeles. Esa misma
noche, decidió visitar los lugares donde habían sido encontradas
las víctimas. Fue entonces cuando un detalle comenzó a cobrar
sentido, algo que había estado allí todo el tiempo, pero que hasta
ahora había pasado desapercibido.
A simple vista, los asesinatos del Destripador parecían no tener
relación. Sin embargo, algo en los últimos tres casos inquietó
a Julián. Las víctimas no solo compartían un trasfondo de
pobreza, como se había informado, sino que estaban conectadas
a momentos decisivos de la historia de la ciudad. Eran, en cierto
sentido, piezas de un rompecabezas sociopolítico que apenas
comenzaba a descifrar.
La última víctima, la joven mujer, fue hallada cerca de la antigua
fábrica textil. Semanas antes, ese lugar había sido el epicentro de
una huelga masiva en la que los trabajadores exigieron mejores
condiciones laborales. Las protestas, recordó Julián, terminaron
en una violenta represión policial y, poco después, con el cierre
definitivo de la fábrica. Entre los archivos fotográficos de la
protesta, encontró una imagen de la joven asesinada repartiendo
volantes. Aunque su rostro estaba casi cubierto, Julián logró
reconocerla.
El penúltimo asesinato ocurrió en un parque donde, años
atrás, campesinos se habían congregado para denunciar la
contaminación de sus tierras por parte de una empresa azucarera.
Julián encontró en los antecedentes del hombre asesinado fotos de
su adolescencia, y en una de ellas, lo veía al frente de la marcha,
sosteniendo un cartel rudimentario que reclamaba justicia para su
sector.
Lo que terminó de confirmar sus sospechas fue el caso de una
anciana. Su cadáver apareció junto a un río, no lejos de donde, una
década atrás, un grupo de mujeres había luchado por un colegio
para los barrios más pobres. Según los registros, la anciana no
solo había liderado la protesta, sino que su muerte coincidía
exactamente con el aniversario de aquellos días.
Julián repasó las demás víctimas y el patrón se repitió en todas.
No era solo la pobreza lo que las unía, sino que todas fueron
protagonistas de resistencias sociales en distintos momentos. El
Destripador no era un asesino cualquiera. Su odio tenía un tinte
ideológico, dirigido contra aquellos que osaban desafiar el statu
quo. Cada muerte, pensó Julián, era un mensaje. Un ajuste de
cuentas contra quienes, a los ojos del asesino, perturbaban el
orden establecido.
El archivo carmesí III
C. Calderón
Noche tras noche, Julián recorrió las calles donde habían
estallado protestas, siguiendo una lista que había preparado
meticulosamente. En una de sus rondas, al doblar una esquina, se
encontró con Ana, y su corazón dio un brinco. Estaba tan hermosa
como la última vez que la vio y quiso acercarse, pero ella lo miró
de reojo y siguió su camino, dejándolo plantado en la acera.
Los recuerdos de Ana invadieron su mente, entremezclados con
imágenes de los asesinatos y los lugares marcados por las luchas
sociales. No sabía qué lo atormentaba más y mientras caminaba
por esas calles, sentía cómo su mente se convertía en un campo de
batalla entre el pasado y los horrores del presente.
A pesar de todo, Julián siguió recorriendo la ciudad. Al
principio, su esperanza de hallar algo relevante era intensa, casi
febril, pero con el paso de las semanas se transformó en una rutina
sin sentido. Vagaba por zonas silenciosas, miraba a través de los
cristales rotos de edificios olvidados, exploraba cada rincón de las
avenidas, pero al final de cada noche, volvía a casa con las manos
vacías.
La mañana en que decidió presentar los resultados de su
investigación, Julián no se sintió conforme. Aunque el director
del Heraldo del Sur le aseguró que su trabajo era sólido y que, si
terminaba de redactarlo, lo publicaría al día siguiente, él necesitaba
algo más. Le faltaba lo más importante: atrapar al Destripador.
Esa misma tarde, su jefe le pidió cubrir un evento social, la
inauguración de un restaurante elegante que había pagado por
publicidad. Julián aceptó a regañadientes; aunque, tras revisar la
dirección, notó que el restaurante estaba cerca de un punto que
había marcado en su lista que aún no había revisado, un sitio
donde, años atrás, una marcha de enfermeras terminó en violentos
enfrentamientos.
Por la noche, mientras la música y las risas llenaban el
restaurante, Julián se escabulló hacia las calles adyacentes. Bajo
la tenue luz de las farolas, buscó señales, algún rastro que lo
guiara hacia la identidad del Destripador. Y fue entonces cuando
escuchó un gemido ahogado, apenas perceptible. Con sigilo,
siguió el sonido hasta un callejón cercano.
Con los nervios a flor de piel, se adentró en la oscuridad, y
avanzó hasta la parte más sombría del callejón, donde vio que
un cuerpo estaba siendo arrastrado por el suelo. Una mujer
luchaba por liberarse de una figura oculta entre las sombras que la
sujetaba con fuerza. La boca de la mujer estaba cubierta por una
mano huesuda y gris, iluminada de forma intermitente por la luz
parpadeante de un poste cercano. Cada destello también revelaba
los ojos aterrados de la mujer, clavados en Julián, como si viera
en él su última esperanza.
Julián se quedó quieto, dudando qué hacer. Entonces, sacó
su cámara y presionó el obturador. El flash iluminó el callejón
apenas un instante, suficiente para revelar que el Destripador
no era humano. Tenía garras afiladas, ojos rojos brillantes y piel
grisácea, además de unas alas membranosas que usó para cubrirse
de la luz antes de emitir un gruñido agudo, para luego desaparecer
fugazmente en la oscuridad del cielo.
Aún temblando, Julián corrió hacia la mujer herida, que se
arrastraba en el suelo. La ayudó a levantarse y la condujo a la
estación de policía. Después de unas horas dando su declaración,
pudo regresar a casa, incapaz de borrar de su mente la imagen de
la criatura.
Al día siguiente, la noticia causó un gran revuelo. La foto
que Julián había tomado, aunque borrosa, mostraba una figura
monstruosa, lo que convirtió su reportaje en la portada del
Heraldo del Sur. El testimonio de la mujer aparecía en una breve
entrevista, y el artículo desveló los patrones en los asesinatos que
aterrorizaban a la ciudad.
En reconocimiento, el alcalde organizó una celebración en
honor a Julián. Allí, entre los invitados, estaba Ana, quién lo
felicitó durante el brindis de honor. El cariño que había sentido
por ella meses atrás resurgió con fuerza tras unas palabras que le
dedicó. Julián intentó acercarse, pero Ana lo detuvo con un gesto
sutil y una sonrisa melancólica.
Julián decidió no insistir, pero cuando ella le dijo que dejaría el
pueblo unos meses, no pudo evitar besarla. Ana no lo rechazó, y
por un instante, el tiempo pareció detenerse. Después, se apartó
lentamente, le dedicó una última sonrisa y se marchó.
Los días siguientes fueron extraños para Julián, llenos de
nostalgia y preguntas sin respuesta. Aunque la ciudad parecía
en calma tras la desaparición del Destripador, él seguía sin
conformarse. Volvió a recorrer los lugares faltantes de su lista,
persiguiendo una verdad que se le escapaba y se ocultaba en las
sombras.
Cada vez que llegaba a uno de los puntos marcados en su lista,
Julián encontraba policías patrullando, listos para evitar cualquier
ataque. Pese a ello, no se detuvo y continuó hacia su último destino.
Era un barrio remoto, sumido en la pobreza extrema, donde todos
los pobladores habían protestado por días ante la falta de médicos
para atender en su posta de salud. Allí, las calles eran de tierra,
las casas de madera deteriorada y el acceso a servicios básicos
inexistente.
Sin hoteles donde alojarse, Julián pidió hospedaje a una mujer
local, quien lo aceptó con evidente desgana. Exhausto tras el
largo recorrido, se quedó dormido de inmediato, hasta que un
grito desgarrador lo despertó en plena madrugada.
La mujer bloqueó la puerta y le susurró:
—No salgas. Esos ruidos siempre se pasan después de un rato.
Julián, sin embargo, ignoró la advertencia. Se vistió raudo
y salió a la calle, siguiendo el sonido hacia la posta de salud
abandonada, el epicentro de las protestas que se dieron en la zona.
Al llegar, se encontró con un edificio en ruinas, envuelto en una
oscuridad casi total. Trepó con dificultad por una ventana rota y
miró al interior. Su corazón se detuvo al instante: ahí estaba la
criatura, aún más aterradora de lo que recordaba. Acechaba a un
hombre que corría entre los escombros, tropezando una y otra
vez. No parecía apurada en atraparlo; lanzaba zarpazos al aire,
obligándolo a cambiar de dirección, como un felino que juega con
su presa antes de matarla.
Julián observaba desde las sombras, incapaz de moverse,
mientras la criatura alargaba la persecución. Finalmente, cuando
el hombre cayó exhausto y no pudo levantarse, la criatura lo atrapó
con un salto preciso. Con sus garras afiladas, empezó a desgarrar
su piel en un frenesí brutal, descargando en él toda su furia.
El ataque duró unos minutos y el silencio que siguió pareció
eterno. La criatura, una vez satisfecha, se alejó de cuerpo y se
estiró, haciendo crujir sus huesos. De pronto, su figura comenzó
a cambiar. Sus alas, enormes y membranosas, se plegaron y
desvanecieron, y su piel grisácea recobró un tono humano. En
segundos, ante los ojos atónitos de Julián, la criatura se transformó
en una mujer desnuda.
Con el corazón desbocado, Julián levantó su cámara. Presionó el
obturador y el clic del mecanismo resonó en el lugar, evidenciando
su presencia. Cuando la mujer giró hacia él, se apresuró a tomar
una ráfaga de fotos, pero se detuvo de golpe al reconocerla: era
Ana; quien volvió a desplegar sus alas monstruosas y voló hacia
Julián. Antes de que este pudiera reaccionar, lo atrapó por el
cuello con sus manos huesudas y clavó sus uñas afiladas en su
piel. Julián cerró los ojos, esperando lo peor, pero ella lo soltó de
repente.
Ambos se miraron en silencio. Dos hileras de lágrimas
descendieron por las mejillas de Julián mientras Ana agitaba sus
alas y desaparecía en la penumbra.
Julián nunca publicó lo que sucedió aquella noche y, en lugar
de enfrentar la realidad, se refugió en el alcohol. Durante años,
se hundió en un ciclo interminable de recaídas hasta que Camelia
apareció en su vida. Ella lo rescató de su abismo y, aunque él seguía
cargando con su pasado, Camelia se quedó a su lado. Se casaron,
pero Julián no pudo decirle que la amaba. Solo cuando Camelia
murió a manos del Destripador, supo que era demasiado tarde. La
culpa y el dolor lo consumieron, pero también despertaron en él
un deseo ardiente de venganza. Decidió que ya no podía guardar
el secreto y publicaría las fotos de Ana, revelando al mundo el
monstruo que realmente era.
Esa noche, Julián trabajó sin descanso. Escribió el artículo con
urgencia, sabiendo que, al publicarlo, ya no habría vuelta atrás.
Cuando al fin escribió la última palabra y soltó el teclado, sintió
una mezcla de alivio y vértigo. El silencio se convirtió en su única
compañía mientras revisaba lo escrito, hasta que un sonido tras
de él interrumpió su lectura y lo paralizó. Por un instante, temió
que fuera alguna de aquellas alucinaciones que regresaban para
atormentarlo tras años de silencio. Pero no. Alguien estaba en
la oficina, abriendo una de sus botellas de wiski y sirviendo el
líquido en un vaso.
Julián no tuvo el valor de girarse. Ni siquiera cuando aquella
presencia se le acercó, y, sin decir nada, tomó el artículo recién
impreso y el archivo de tapas rojas donde guardaba las fotos.
Con la boca entreabierta, Julián luchaba por decir algo, pero
no lograba articular ninguna palabra. Finalmente, fue aquella
presencia la que quebró el silencio.
—Te amé, Julián. Incluso ahora, viejo y acabado, sigues siendo
atractivo para mí. Pero si no puedes guardar mi secreto, significa
que este amor no es correspondido.
A la mañana siguiente, la quietud de la redacción solo era rota
por el zumbido de un monitor, cuya luz tenue iluminaba el cuerpo
sin vida de Julián. Su rostro desgarrado, y el profundo corte que
tenía en el vientre revelaban la brutalidad de su muerte. La ciudad
despertó entre murmullos, y en cada rincón se hablaba del trágico
final del periodista. Incluso en una radio local se decía: «Quien
años atrás se enfrentó al Destripador ha caído bajo sus propias
garras, mientras la sombra de terror que deja a su paso aquella
criatura sigue latente.»
Edad de cambio
Vicente Isaí Quintero Velázquez
—No puedes estar aquí... —dijo secamente al aire. Una rama había
crujido por detrás de él—. Sé que quieres acompañarme, que no
quieres despedirte… Pero no puedes y lo sabes perfectamente,
Ben. ¡Debo hacer esto solo!
Al principio su voz fue inexpresiva, pero clara, y además la
última oración fue la manifestación de un grito lleno de rabia, tras
lo cual el silencio volvió a reinar en el ambiente, posible señal de
que el muchacho obedeció la voz de su hermano mayor; de hecho,
cualquiera que lo hubiera escuchado sabría de inmediato que un
asunto, no, una responsabilidad colosal y de naturaleza espantosa
se cernía sobre los hombros de aquella figura postrada de rodillas
frente a los restos humeantes del altar de piedra y madera.
Casi inmediatamente después de haberse expresado, el joven
agudizó el oído y solo advirtió la brisa del viento en compañía
del canto de las aves con la primera luz del amanecer. Silencio...
solo silencio. Eso no lo confortaba, entonces empezó a olfatear
suavemente hacia las direcciones que su cabeza baja le permitía
alcanzar, al final no detectó nada, salvo el humo, los pinos y una
ligera humedad. Tan pronto como había llegado, su hermano
se había desvanecido. En ese momento resonaron en su mente
las palabras que había exclamado y en seguida las lágrimas se
asomaron en sus ojos al igual que un llanto ahogado.
—Por favor, perdóname... —fue lo único que pudo decir y nada
más.
Fue entonces que, en medio de los sollozos, su nariz captó algo
nuevo en el ambiente, un olor dulce y suave que lo hizo levantar
la cabeza, al mismo tiempo que regresaba a él aquel día en que
su madre le enseñó, por primera vez, aquellas hermosas flores y
su significado para la familia. Una pequeña sonrisa comenzó a
dibujarse en sus labios por ese pequeño detalle, un recordatorio
de que aún tenía a alguien tan valiente, fuerte y vigoroso.
Alguien a quien amar y cuidar. Por desgracia, el sentimiento
fue borrado abruptamente por el repentino y punzante dolor
en su clavícula izquierda, una agonía que le penetraba hasta el
hueso al mismo tiempo que rasgaba los músculos de su cuello y
hombro. Cayó bruscamente al suelo y ahí, en posición fetal, sus
pensamientos fueron reemplazados por la manifestación de una
serie de imágenes... ¡No, el pasado de vuelta! Hombres armados y
montados a caballo que llevaban a cabo una decisiva persecución,
a esta le siguió el sonido de la pólvora de las pistolas encenderse,
luego los gritos de dolor y entonces vio la sangre... La luna llena
se reflejaba en ella. Mientras todo esto ocurría, el joven Nathan
logró incorporarse sobre el altar, extendió su mano a la vez que
asomaba la cabeza, apartó las brasas hasta alcanzar las cenizas
del centro, cenizas cuyo color era negro carbón. Cerró su puño,
lo miró por unos instantes antes de dirigirlo a su herida, antes de
esparcir los restos cremados del cuerpo de su padre en la misma.
Apenas hubo contacto, el dolor se transformó en insufrible, se
apartó violentamente del calor, volvió a desplomarse en el suelo y
comenzó a retorcerse de forma grotesca. Lo último que pudo hacer
antes de perder el conocimiento, fue soltar un grito desgarrador
que se perdió en el bosque y en el agonizante cielo nocturno que
era iluminado únicamente por las estrellas y el sol naciente, la
luna había recién terminado su ciclo, pero ese mismo día la rueda
comenzó a girar de nuevo.
2
En el transcurso de los siguientes catorce días, la vida de las
pequeñas comunidades rodeadas por la inmensidad del bosque
sufrieron un cambio tan abrupto y drástico que en el entorno se
respiraba un sentimiento primitivo que invadió sus corazones,
una sensación de extrañeza, de ser un extranjero aún habiendo
vivido en esta tierra por varias generaciones. Este sentir, no pasó
inadvertido para nada ni para nadie; las nubes grises cubriendo
gran parte del cielo durante la jornada y el aire helado de las
noches fueron la señal inicial durante los primeros seis días. Fue
a partir del séptimo día que la confusión, el miedo y la paranoia
se clavaron profundamente en sus almas, tanto en ellos como en
las bestias. Las aves abandonaron los nidos que con tanto esmero
habían construido, el aire les hizo saber que ni ellas podían estar a
salvo en las alturas; los grandes animales como caballos, venados,
vacas, bueyes e incluso los fieles compañeros del hombre estaban
agitados y ansiosos, vigilando a su alrededor constantemente,
dirigiendo la mirada hacia el más mínimo ruido durante el día,
pero por las noches el escenario se volvió caótico. En las altas
horas de la noche, los dueños de estos animales eran despertados
por sus bramidos y aullidos de terror que lanzaban al aire a algo
o alguien que se desplazaba en medio de los árboles y que era
invisible a todos los sentidos de los hombres; sin embargo, no
tardaron mucho en percatarse de aquello, o al menos la mayoría
llegó a sentirlo, la silueta de una sombra casi tan antigua como la
humanidad había vuelto a extenderse sobre ellos. Una oscuridad
que se deleitaba en el derramamiento de sangre, un horror que se
creía sepultado en la superstición y la ignorancia. Así lo fue, hasta
ahora... Con la llegada de la luna llena en la decimoquinta noche.
En medio del frío y la oscuridad de la noche se encontraba Nathan,
una vez más estaba de rodillas, inmóvil sobre el suelo esperando
el momento; escasas nubes cubrían la luz de la luna, pero en
cualquier momento el cielo se despejaría, y entonces comenzaría
la prueba al igual que la codicia y la fuerza bruta de aquellos
que siempre buscan cualquier medio para reclamar su derecho en
gobernar a sus hermanos con tiranía. Este asunto y muchas cosas
más le fueron reveladas por boca de su padre un mes antes de su
fallecimiento, pero de todas ellas había una que se repetía una y
otra vez, la razón por la cual debía superar la prueba sin importar
que: el resguardo, la supervivencia de la sangre, el linaje y la
labor de los hijos de la bestia de Gévaudan.
Las nubes empezaron a moverse, mientras lo hacían la luna llena
apareció en el cielo; tan grande, brillante, majestuosa y siniestra.
Su luz cubrió a Nathan junto con aquellos que lo rodeaban entre
los árboles, todos al unísono postraron sus ojos en la misma, acto
seguido el juicio se nubló en todos ellos, y entonces, comenzaron
los espasmos y al igual que los suspiros de dolor, resonaron hasta
donde pudieron llegar. Los huesos de las manos y piernas, pasando
de la mandíbula hasta la columna comenzaron a deformarse
grotescamente; las garras en conjunto con los dientes, fuertes
y afilados como el acero crecieron rápidamente, haciéndoles
derramar sangre, así mismo un pelaje grueso se esparcía en sus
cuerpos, del blanco hasta el marrón hablando de los rivales;
quienes al caer al suelo quedaron en posición cuadrúpeda. Algunos
se convirtieron en el temible Glabro, otros en el enorme Hispo.
Nathan por otro lado, se transformó en el descomunal Crinos
negro, estado que logró alcanzar por la herencia y el sacrificio
de su padre. Después, comenzaron los aullidos... al igual que los
gruñidos.
Lo que sucedió después fue inenarrable.
Los gruñidos y arañazos, de igual modo que las mordidas se
detuvieron pasada la media noche. En el suelo abundaban los
charcos de sangre y trozos de carne; entre ellos estaban postrados
los rivales respirando lentamente, otros quedaron mudos y con
la cabeza baja. Delante de ellos estaba el hijo de Henry, aún en
pie, mirándolos con ojos penetrantes a la vez que sus heridas en
abdomen, espalda y piernas se regeneraban instantáneamente.
Esto último fue lo que lo hizo vencedor y legítimo heredero a
los ojos de sus hermanos. Y ellos, con ligera dificultad, pero
movidos por el temor, se incorporaron lentamente, alzaron
la cabeza hacia los ojos de Nathan y en conjunto lanzaron un
ligero pero prolongado aullido que sosegó a su nuevo Alfa quien,
tras recibir el reconocimiento, se acercó a sus hermanos que se
encogieron y aullaron de miedo. Ahora, luego de demostrar que
no los lastimaría, comenzó a lamer las heridas de sus cuerpos, las
cuales sanaron rápidamente y mostraron su agradecimiento, más
tarde, justo cuando estaban por hacer la reverencia de despedida
para ir cada quien según su camino, una ráfaga de viento les
trajo consigo un olor, una presencia que despertó en ellos una ira
como nunca se había visto. Solo había una cosa que era capaz de
generar tal esencia de putrefacción y muerte... La abominación
había regresado, siempre volvía para saciar su sangrienta sed.
Esas cosas eran su deber, y lo volverían a cumplir esa misma
noche. Nathan lanzó un profundo y poderoso rugido en dirección
al lugar donde se daría la cacería, e inmediatamente todos salieron
al ataque.
La bestia predominará y gobernará sobre ellos.
Rasmus
O. Glarcó
Antonio terminó de desayunar, se puso la ropa para ir al campo
y cogió su mochila. La niebla se cernía sobre el pueblo, cada
vez era más común este fenómeno. El hombre apenas sentía la
temperatura, iba bien abrigado. En su mano derecha llevaba una
vara larga que le servía para apoyarse al caminar, y para algunas
tareas del trabajo. Tenía que llegar a la granja antes de las siete
de la mañana, como decía un anciano del pueblo, los animales no
esperan a que tú quieras levantarte.
Nada más salir del pueblo, el camino se ponía complicado. Era un
camino muy pedregoso, que con la humedad de la niebla se volvía
muy resbaladizo, además de su alto porcentaje de inclinación. La
granja estaba en medio del monte, un entorno perfecto para los
animales, pero complicado acceder para las personas. Allí solo
trabajaba él, su padre le había dejado el negocio en herencia.
Pasaba todo el día allí, hasta que empezaba a anochecer, incluso
alguna vez había vuelto de noche a casa.
Cuando entró a la granja no podía ver más allá de su nariz, la
niebla se había espesado aún más. Las ovejas no parecían estar
por ninguna parte, seguramente estuviesen resguardadas del frío.
Aunque no se viese nada, el hombre sabía dónde ir a buscarlas.
Por el camino tropezó con algo. Al levantarse del suelo vio una
oveja sin vida, al principio pensó que había muerto por el frío,
pero al ver sus heridas cayó en la realidad. «Lobos», pensó. Paseó
por el resto de la granja, encontró a todas las ovejas igual que la
primera, no quedaba ninguna viva.
Antes de lo que esperaba al salir de casa, volvió al pueblo.
Durante todo el camino fue pensando en los lobos. Algo no
terminaba de encajarle en la historia. Hacía muchos años que no
se veían lobos por la zona, y cuando se vieron, eran uno o dos,
como mucho. Antonio no tenía ganas de que volvieran los lobos,
le iban a destrozar el negocio. Bueno, ya lo habían hecho.
Cuando llegó a su casa, cansado y con un claro desánimo en la
cara, su mujer le preguntó.
—Todas muertas, hemos perdido a todo el rebaño —dijo el
hombre en voz casi inaudible, el rostro de su mujer se llenó de
tristeza y oscuridad.
—¿Qué ha sido?
—Lobos, o eso creo.
Igual que él al principio, su mujer no podía creer que fuera
cierto. El hombre salió de casa en busca de sus amigos, que según
su mujer, estaban en el bar de la plaza del pueblo.
—Han vuelto los lobos —dijo Antonio nada más llegar.
—Eso es imposible —dijo un hombre que estaba apoyado en
la barra.
—Lo que te digo, Paco, han vuelto. No me queda ni una sola
oveja.
—¿Pero cómo puedes saber que son lobos?
—Y si no son lobos, ¿qué es?
—Podría ser Rasmus —dijo un hombre desde la otra punta de
la barra.
—Rafael, deja de decir tonterías —le soltó Paco—, eso solo es
una historia para los niños.
—Pues yo creo que sí que existe —dijo Rafael irritado.
—Eso es porque sigues siendo como un niño, sigue habiendo
que asustarte para que no juegues en el monte en medio de la
noche —dijo Antonio burlándose.
Rafael normalmente era una persona solitaria, los demás no le
hacían mucho caso, se comportaba como un niño en la mayoría
de las ocasiones.
—Si quieres, esta noche podemos ir a ver con qué nos
encontramos —le dijo Paco a Antonio—. Si son lobos, deberíamos
acabar con el problema lo antes posible.
Antonio aceptó, tenía que salvar su negocio de alguna manera.
Nunca antes se había enfrentado a un lobo, pero suponía que
cualquiera de los rifles que se usaban para cazar serviría.
La noche llegó antes de lo esperado, Paco le esperaba en la puerta
de su casa. La temperatura había descendido considerablemente,
no estarían a más de cinco grados. Cada uno de los hombres
cargaba con su rifle. No sabían a cuántos lobos se iban a enfrentar,
por lo que habían preparado munición de sobra, por si acaso había
muchos. En cuanto llegaron al límite del pueblo tuvieron que
sacar las linternas, aquello parecía una excursión nocturna de las
que hacían cuando eran niños.
—¿Dónde nos vamos a poner a esperar? —preguntó Antonio.
—¿Recuerdas la pequeña casa de madera donde vivía aquel
anciano extraño? —Antonio asintió en señal de respuesta—.
Desde ahí tendremos una buena visión y también una buena
cobertura por si hay que esconderse.
Durante una media hora, que a los hombres les pareció una
hora, caminaron entre rocas y hierbas altas. Una densa niebla
empezaba a caer sobre ellos, la temperatura bajaba cada vez más
y apenas veían nada con las linternas. La ropa empapada por la
niebla empezaba a pegárseles al cuerpo, su movilidad se había
reducido considerablemente. Se sentaron sobre unas rocas a
esperar lo que fuese que había en el monte. Durante al menos un
par de horas no vieron absolutamente nada.
—Oye —dijo Antonio llamando la atención de Paco—. ¿El
anciano que vivía en el monte murió?
—Sí, hará un par de años desde que murió aquí arriba.
—¿Entonces por qué demonios se mueve algo dentro de la
cabaña?
Algo se movía frenéticamente dentro de la cabaña. Durante
los primeros minutos parecía una persona, pero pronto dejó de
parecerlo.
—Apaga la linterna, que no nos vea —advirtió Paco.
A pesar del frío de la noche, el ambiente empezó a volverse
cálido. El aroma del campo desapareció, para dejar paso a un olor
desagradable, como a carne podrida. Los hombres estaban muy
quietos en sus improvisados asientos, mirando hacia donde se
suponía que estaba la cabaña.
De repente aparecieron dos ojos rojos ante ellos, brillaban tanto
como las luces de un coche. El hedor que había en el monte se
había vuelto mucho más intenso. Los dos amigos se miraron, sus
caras se veían rojas por el reflejo de los ojos.
—Rasmus —susurró Antonio, acordándose en ese momento de
la historia que se les contaba a los niños.
—Es real —completó la frase Paco.
La bestia respiraba sonoramente ante ellos, estaba claro que
los veía. Escucharon cómo se movía, algo recubierto de un pelo
áspero y punzante les rozó. Ambos hombres sabían lo que iba a
pasar, pero la bestia no terminaba de completar su tarea. En vista
de que no ocurría nada, los hombres se levantaron lentamente. En
un acto de estúpida valentía apuntaron con sus rifles a la bestia,
esta agarró los dos rifles con una mano y los estrujó, haciendo con
ellos una bola de metal, que en sus gigantes manos parecía enana.
Intentaron huir, pero como era de esperar, la bestia se movía
al mismo tiempo que ellos. El nerviosismo crecía poco a poco en
los hombres, no entendían por qué el desenlace de esa historia no
llegaba. Con un simple golpe la bestia los lanzó volando cientos
de metros, las linternas se perdieron en el monte, ahora tenían que
moverse entre la oscuridad y la niebla si querían llegar a casa.
Se levantaron del suelo con dolor en todo el cuerpo, en cuanto
estuvieron de pie algo cambió en la bestia. Sus movimientos
empezaron a ser más frenéticos y nerviosos, como si se hubiese
dado cuenta de que lo tenía delante eran víctimas con las que
alimentarse.
Los ataques de la bestia se sumaron a los tropiezos de los
hombres, todas y cada una de las rocas que se encontraban les
hacían dar un salto para no caerse. Para mayor desgracia, los
hombres se toparon con una pared de piedra, no tenían escapatoria.
La bestia se detuvo ante ellos, observándolos fijamente. Los
ataques empezaron antes de lo esperado, las garras de la bestia
eran como cuchillas, con un mínimo roce ya les había hecho
sangrar. Las heridas eran muy profundas, les ardían intensamente
y sangraban a borbotones. Los hombres empezaron a sentir la
falta de sangre. La bestia se lamió las garras, y atacó con violencia
una vez más. Antonio se agachó, pero Paco no tuvo tanta suerte,
el golpe de las garras hizo que su cabeza se desprendiera de su
cuerpo. Antonio miró horrorizado la escena. La bestia le levantó
del suelo, observándolo con sus ojos rojos, y levantando la mano
que tenía libre. El hedor del aliento de la bestia hizo que Antonio
intentase apartar la cara, sin obtener resultados. Los ojos de la
bestia se hicieron más afilados, esta atacó sin pensarlo.
—Rasmus —dijo Antonio justo antes de sentir el golpe que
acabó con todo.
La olla de los indios
Neptunia
Esa mañana Lancuyèn se despertó sobresaltada, no recordaba
haber soñado, pero estaba segura de que había tenido una
pesadilla y que en esta le había hablado Walichù. Su pensamiento
se remonta muchos años atrás cuando era una bella joven y había
ido a buscar agua al arroyo.
Lancuyèn estaba llenando su cántaro cuando vio reflejado en el
agua a un desconocido con temor, pero amablemente le preguntó.
—¿Deseas beber peñi?
—No —contestó el extraño—. Solo deseo hablar contigo
Lancuyèn. Sé lo que oculta lo profundo de tu corazón y que estás
enamorada de un tuchàpiuquèn, pero él aspira ser un capitanejo
y se está preparando para comprar como esposa a la hija de Curà
Malal. Sin embargo, si tú me lo pides, yo puedo torcer el destino.
Haz el conjuro de amor y yo, Walichù, te lo concederé.
—¿Cómo pretendes decir que conoces mi corazón? —contestó
la joven—. ¿Crees acaso que querría el amor de un hombre a
ese precio? Si no soy la elegida por su decisión, no quiero ser su
esposa.
—Entonces serás la esposa de quien te pueda comprar.
—Así será —contestó altiva Lancuyèn .
—Mujer, estás provocando mi ira, soy el dios de este reino y tú
estás en él. Deberías mostrar tu respeto.
—Siempre lo he hecho —contestó la muchacha—, no canto
ni rio después del atardecer, ni perturbo el silencio de la noche,
te dejo ofrendas en todas tus moradas, te reconozco como señor
de este mundo, pero no quiero tratos contigo. Quiero que cuando
muera, me reciba tu hermano Chachao en el cielo.
—¿Mi hermano? —dijo furioso Walichù—, mira bien.
El cielo azul del día desapareció en un instante y Lancuyèn
pudo ver el cielo estrellado.
—Esta es la cicatriz que dejó el cuchillo de mi hermano al
separar los dos mundos, es infranqueable para él y para mí —dijo
Walichù señalando la Vía Láctea. Está lejana y alta, Lancuyèn,
¿crees que la podrías atravesar?
Dicho esto, Walichù desapareció y Lancuyèn comprendió que
él se vengaría, sentía su constante acecho, pero era cauta, no lo
enfrentaba. Le dejaba ofrendas para apaciguarlo, nunca se alejaba
sola de su familia, mantenía el fuego encendido, portaba amuletos
hechos por las machis para protegerse y si aun así él se acercaba
demasiado, pedía a los suyos hacer demostración de coraje para
alejarlo.
El pensamiento de Lancuyèn volvió al presente, miró la toldería,
los amuletos, el fuego, la olla de hierro donde se cocinaba el pisku
que compartiría la familia, a su esposo, a sus hijos, a sus nueras,
a sus nietos, todo parecía estar en orden, todos los recaudos
tomados. Pero ella se sentía angustiada, presentía el peligro.
«Walichù se presentó en mis sueños», se decía «y nada bueno
puede presagiar su visita».
Llenó una pequeña bolsa tejida con objetos preciados: cuentas
de vidrio, caracolas y cantos rodados. Caminó hasta un ombú
quemado por un rayo y colgándola de una rama musitó:
—Sé que moras aquí, Walichù, mañana al amanecer partiremos
hacia el Kantun. Te dejo esta ofrenda de paz, te presento mis
respetos y te pido que nos dejes partir y llegar a destino.
—Voy a cumplir la promesa que hice a los hombres, tu proceder
no tiene fisuras ¿por dónde podría yo atacarte? —dijo Walichù—.
No seré quien impida tu partida ni obstaculice tu camino.
—Gracias, Wentru —contestó Lancuyèn, y llevando sus dos
manos al pecho, se inclinó reverencialmente.
Pero él no mintió ni dijo toda la verdad, la trampa que tanto
deseaba tender se estaba cerrando sobre la mujer y su familia.
No sería Walichù el que atacara, no podía hacerlo. Solo tenía que
esperar los acontecimientos.
Con la orden de asegurar la frontera, los soldados del coronel
Rauch se acercaban. Al atardecer y desde un talar divisaron la
toldería y prepararon su estrategia preferida, un ataque sorpresa
por la noche.
Lancuyèn y su familia no tuvieron oportunidad, la muerte
llegó como brotada del infierno con el atronador retumbar de los
cascos de los caballos, los disparos de las armas de fuego, los
gritos de guerra de los atacantes y los de terror, sorpresa y dolor
de los atacados.
La venganza de Walichù fue terrible, sin ningún sobreviviente
¿quién daría sepultura ritual a los muertos? Sin familia que
acompañe a las almas en la transición de disolverse lentamente
¿cómo podrían elevarse hasta Chachao? la Vía Láctea está
demasiado alta y lejana para los espíritus que no pueden liberar
su peso, quedaron atados a este mundo y a ese lugar eternamente.
Y allí están, el tiempo y los elementos dieron cuenta de sus
cuerpos y de la toldería, la olla se degrada por la herrumbre, pero
ellos siguen ahí, reunidos a su alrededor, buscando la protección
y el calor de un fuego inexistente.
El campo, antes desierto, se ha poblado, pero nadie se afinca ni
transita por el lugar. Dicen que de día se sienten susurros, cantos y
risas; de noche el estruendo de una carga de caballería y los gritos
de terror de la masacre.
Dicen que no hay espanto más grande para los vivos que sentir
penar a las almas sin descanso.
El guardián de la laguna
Iván Serrano
El pueblo de Epecuén apenas existía en los mapas actuales.
Envuelto en una neblina perpetua, sus calles desiertas y casas
medio sumergidas eran las ruinas de una tragedia olvidada por el
tiempo. Décadas atrás, una repentina y devastadora inundación
había ahogado la vida del lugar, obligando a los habitantes a
huir y dejar todo. Las aguas nunca se retiraron por completo,
y lo que quedó fue un paisaje fantasmal de árboles marchitos,
puertas que se abrían solas y susurros arrastrados por el viento
durante la noche. Dicen que, cuando la luna está alta, las sombras
de los antiguos residentes deambulan por los pasillos anegados,
buscando un hogar que ya no existe.
Durante años, el silencio fue el único visitante de Epecuén.
Pero con el tiempo, la historia del pueblo comenzó a atraer a los
curiosos. Eran personas que lo habían visitado cuando aún era un
destino turístico, o que tenían familiares allí, o incluso aquellos que
sentían una extraña fascinación por los pueblos fantasmas. Pero
había un pequeño grupo que visitaba con un propósito distinto.
Tres personas, un hombre de edad avanzada y dos jóvenes, un
chico y una chica, no mayores de veinte años.
El anciano avanzaba con paso firme, flanqueado por los jóvenes,
formando una línea compacta, como una flecha apuntando al
corazón del pueblo sumergido. El hombre sostenía una pequeña
bolsa de cuero, de la que a veces escapaba un leve aroma salobre
y antiguo. Los jóvenes llevaban mochilas de camping. Era de
noche, solo los reflejos de la luna se veían sobre la gran masa de
agua que cubría Epecuén. Parecía un horario desolado para visitar
un pueblo abandonado, pero era lo que ellos buscaban. No tenían
miedo, sino una misión.
—Creo que deberíamos seguir hasta el centro de la plaza —
dijo el anciano, sin apartar la vista del camino.
Los jóvenes asintieron, ajustando las mochilas. Sabían lo
que eso significaba: avanzar hasta el corazón del pueblo sin
mirar atrás, sin hacer ruido. Eran rutinarios en esto. Ya estaban
acostumbrados a las excursiones nocturnas y a ayudar al anciano
en su misión.
Cada paso que daban era seguido por un chapoteo en el agua.
No era el primer sonido que escuchaban, pero al cabo de unos
minutos, un fuerte chapuzón les hizo detenerse en seco. Algo
había caído cerca, un ruido tan fuerte como una roca gigante. El
anciano no cambió su paso, pero los jóvenes se quedaron quietos,
conscientes de que algo los observaba desde las profundidades.
—Esa cosa… ha llegado —murmuró el anciano sin mirar a los
jóvenes.
Sabían lo que eso significaba, pero esperaron, sin atreverse
a preguntar más. El tiempo pasaba lento, el viento frío agitaba
la niebla y las sombras de las casas y árboles se alargaban sin
piedad. El silencio se volvió denso.
Pasaron unos minutos más antes de que el joven Ben, incapaz
de callar más, se atreviera a romper el tenso silencio.
—Abuelo, ¿es… es el Bunyip? —preguntó, con voz temblorosa.
El anciano lo miró brevemente, sin detener su marcha, y
contestó:
—Sí, es él.
El grupo comenzó a aumentar la velocidad del paso, que cada
vez costaba un poco más avanzar, ante esto el anciano murmuró
en un volumen poco audible para los jóvenes:
—Y tú… pronto tomarás mi lugar.
El agua continuaba subiendo, empujando con furia contra sus
piernas. Cada vez más cerca del pecho, la presión aumentaba y
las casas del pueblo desaparecían lentamente bajo la superficie.
Sabían que debían continuar.
—No te detengas, Ben —ordenó el anciano, sin mirarlo—.
Debes comprender. Esto es más grande que todos nosotros.
Ben se quedó en silencio, mirando al agua que se tragaba todo
a su paso. Las sombras seguían moviéndose, los rodeaban. Los
jóvenes, inquietos, miraban a su alrededor mientras la niebla se
espesaba aún más.
Un chapoteo más fuerte rompió la tensión, seguido de un rugido
grave, como si el agua misma intentara hablar. La presión sobre
ellos aumentó, el agua subía rápidamente, hasta que les llegó al
pecho. El anciano detuvo sus pasos, sacó algo de su bolsa y lo
entregó a la joven a su lado.
—Lo siento —dijo él, mientras colocaba un collar de flores
secas alrededor del cuello de la joven—. Debo hacer esto. Es por
el bien de todos.
Ella no dijo nada, su rostro pálido reflejaba la comprensión
del sacrificio inminente. La presión del agua se intensificó, las
burbujas salían a la superficie con furia, y el agua empezó a hervir.
Fue entonces cuando apareció. El Bunyip. Con su gigantesca
figura, pelaje negro como las sobras que rodeaban todo el lugar y
sus colmillos de morsa, algo desafilados y podridos, pero igual de
fuertes, la criatura emergió del agua con una rapidez aterradora.
En un instante, la joven fue tomada por el monstruo. La escena
fue tan rápida que no hubo tiempo de reaccionar. El grito ahogado
de Ben se perdió en el rugir del agua.
Cuando la criatura desapareció, el agua comenzó a calmarse
lentamente, y el anciano se acercó a su nieto.
—Ahora, tú serás el sirviente —dijo en voz baja, casi como un
susurro. La responsabilidad de lo que venía había caído sobre él.
Ben miró a su abuelo, con los ojos llenos de horror y dudas.
Pero sabía que ya no había vuelta atrás.
Elizabeth
Daniel Leuzzi
Abrió los ojos y el dolor la inundó por completo. Cientos de
pinchazos como pequeños aguijones se le clavaban por todo el
cuerpo. Los sentía en su interior, en toda su carne, en toda su piel,
hasta en su cerebro.
El sufrimiento era terrible. Apenas podía pensar. No sabía qué
le había sucedido ni tampoco quién era. Un vacío total ocupaba
su mente.
Sus ojos trataron de enfocar con suma dificultad lo que tenía
frente a ellos.
Después de un par de minutos, la claridad que entraba por las
ventanas le permitió ver el techo de madera viejo, en mal estado,
corroído por el paso del tiempo y el abandono.
Giró lentamente la cabeza. Las paredes de piedra eran grises y
descuidadas. Todo le resultaba desconocido.
Luego se dio cuenta de que el olor a pudrición llenaba todo el
lugar. Estaba en un establo o algo por el estilo.
Como pudo se enderezó y el ramalazo de dolor incontenible
repercutió a lo largo de toda su espalda y la golpeó de lleno en
la nuca, haciéndola temblar. Cerró los ojos y se dejó caer sobre
la mesa en que se encontraba. Allí esperó hasta sentirse un poco
mejor.
En el exterior el viento aullaba con un ignoto frenesí,
acompañado del mugido de algunas vacas que seguramente se
quejaban de su inclemente pasar.
El dolor cedió un poco, sintió que sus miembros recobraban la
fuerza perdida y se reincorporó. Apoyó las manos a los costados y
vio que las tenía vendadas al igual que las piernas que sobresalían
del largo de su vestido blanco. Gruesas manchas de sangre se
veían en él.
Tuvo ganas de vomitar. No podía comprender todo ese horror
que estaba sufriendo.
Con lentitud giró y dejó colgar las piernas desde la mesa. Tenía
que tratar de caminar, descubrir qué pasaba allí.
Deslizó el cuerpo y sus pies desnudos sintieron la aspereza del
suelo. Minutos después, con cierto temor descargó sobre ellos
todo su peso. Para su sorpresa, ellos pudieron sostenerlo. Temía
que no pudieran hacerlo, había imaginado el golpe terrible sobre
su cara al caer… ¿Cara? ¿Cuál cara? Si no sabía quién era ni cuál
era su rostro…
¿Tendría uno?
Observó a su alrededor. Se dio cuenta de que un espejo viejo
y algo rajado colgaba de la pared un par de metros más adelante.
Primero dio un paso titubeante y luego otro. Un súbito mareo
le sacudió la cabeza y tuvo que apoyarse en la pared para poder
seguir.
Suspiró muy hondo, a pesar de la presión que sentía sobre sus
costillas no le dejaba mucho margen para el ingreso de aire. El
vendaje que tenía era muy fuerte y no la dejaba respirar muy bien.
A pesar de eso continuó.
Caminó, palmo a palmo. Descubrió que no podía detenerse.
No creía que tuviera tantas fuerzas para hacer ese trayecto, pero
estaban ahí, escondidas, y la verdad se encontraba a pocos metros.
Cuatro pasos la separaban del espejo. La angustia se apoderó
de su pecho y de su garganta. Algo pudo distinguir en la imagen
borrosa que trastabillaba, era su silueta la que se acercaba, pero
no le resultaba familiar.
A pesar de la confusión circundante en su cabeza, que se
mezclaba con el padecimiento que soportaba, se apoyó una vez
más en la pared y continuó, hasta que el vidrio sucio con telarañas
y polvo estuvo frente a ella.
Se acercó al espejo, lo limpió con una mano y enfocó la vista.
Este le devolvió una imagen horrible que le hizo sentir rechazo:
era el rostro de una joven mujer, ojeroso, pálido, con una mejilla
y la frente cruzadas por horribles cicatrices.
Volvió a sentir nauseas, y su estómago se rebeló. Se dobló en
dos y vomitó a un costado un líquido amarillo y viscoso. Tosió. El
gusto en su boca era repulsivo.
Se sentía mal, sucia y confundida.
Esperó un par de minutos. No le resultó muy fácil recomponerse.
De todas maneras, volvió a observarse. Tenía que hacerlo…
Cierta familiaridad en sus ojos, en la forma angular de su cara,
en su delicada nariz la hizo pensar y pensar.
Recuerdos, risas, momentos felices sobre la hierba con alguien.
Un hombre que no tenía nombre, fino, elegante, de manos suaves,
con una mirada muy inteligente en sus ojos aparecía en esos
ramalazos que la sacudían. Lo vio también trabajar con los restos
de una rana y después con algunos huesos, parecía ser doctor…
Pero de improviso, un ruido la hizo alertar, una puerta se había
cerrado en alguna parte. Algo o alguien había entrado…
Unos tacos retumbaron en el piso de piedra y cada segundo que
pasaba sonaban más cerca.
La ansiedad se apoderó de ella. Su corazón parecía querer
salírsele de la boca. Busco con la vista algún lugar donde pudiera
esconderse, pero no lo había. Una mesa, un par de sillas y una
estantería la rodeaban. Estaba atrapada.
Apretó los puños, y sin previo aviso, una forma grande y pesada
se destacó a contraluz en el extremo del aposento.
La desesperación se concentró en su ser, su instinto le dijo que
debía escapar, huir, saltar a través de la ventana, pero sus piernas
no le respondieron. Solo pudo quedarse quieta y esperar.
Entonces él se adelantó y ella lo pudo ver…
Era un ser horrible y maloliente. Su cuerpo entero parecía estar
armado con diferentes partes de tantos otros. Tenía cicatrices en
sus muñecas desnudas, en su cuello, a lo largo de su frente, en su
mandíbula. Brazos y piernas eran desproporcionados. Eso que la
miraba no parecía ser engendrado por un ser humano. Era una
burla para el cielo, algo escapado del averno.
Pero, sin esperarlo, el engendro habló:
—Eres hermosa —expresó con breve y gutural rugido.
Ella no supo qué responder. Su mente no encontraba palabra
alguna con la que pudiera responderle.
—No tengo nombre, ni patria, pero este será nuestro hogar…
Hemos recorrido un largo camino para llegar, aquí no va a
encontrarnos nadie.
Él se acercó con una rapidez que no correspondía a su figura tan
grande y desproporcionada. El miedo que sentía la hizo paralizar.
Una mano sucia, extendida como una garra, se alzó y le acarició
la cicatriz que surcaba su tierna mejilla.
—No temas, no voy a lastimarte. Voy a cuidarte.
Un aliento fétido le bañó la cara y tuvo ganas de vomitar, pero
el abrazo fuerte y cálido al mismo tiempo la detuvo.
—Al fin… después de tanto tiempo estás conmigo. Ya no me
sentiré tan solo.
Entonces lo supo, terribles momentos y otros recuerdos oscuros
llegaron a su mente, su vida anterior, un hombre llamado Victor
y sus extraños experimentos, el laboratorio lleno de objetos
extravagantes, y la potencia de los rayos que caían en una noche
tormentosa; comprendió que ella era la elegida.
Ella se había convertido en la novia de Frankenstein...
Midnattens Widunder:
La bestia de la medianoche
Maximiliano Roberto Aylwin Miranda
En la mitología nórdica, el Draugr era una criatura temida, un
no-muerto entre los vivos, con cuerpo descompuesto y espíritu
atormentado. Surgía a la medianoche en las noches de luna llena,
arrastrado por los deseos insatisfechos de su vida anterior. Su
forma, horrible y retorcida, causaba estragos en todo lo que se
cruzaba en su camino. Con su fuerza y velocidad sobrehumana,
sus garras afiladas como cuchillas y su aliento frío que congelaba
la vida misma, traía muerte y destrucción. Durante siglos,
esta historia había sido contada como advertencia, pero hace
generaciones que nadie había visto uno. Para muchos, no era más
que una leyenda o un mito olvidado.
Stenvik era un asentamiento vikingo situado en una costa
rocosa, siempre envuelto en una atmósfera brumosa y con altos
acantilados. Una aldea de guerreros, templada en la batalla y
endurecida por las condiciones implacables del entorno. Era
liderada por Thorstein, un guerrero respetado por su fuerza,
habilidad en el combate y conocido por su sabiduría y capacidad
para unificar a su pueblo. A su lado, Eirik, joven guerrero que,
aunque valiente, carecía del poder y carisma de Thorstein.
Eirik era un hombre de corazón noble, pero con inseguridades
profundas, sintiendo siempre que vivía a la sombra de su líder.
Eirik guardaba un secreto: estaba profundamente enamorado
de Liv, amiga de infancia y prometida de Thorstein. Aunque Liv
desconocía los sentimientos de Eirik, este luchaba internamente
entre la lealtad a su líder y los celos que a veces lo carcomían. El
joven guerrero se enfrentaba a la lucha diaria de mantenerse fiel a
su amigo, pero sus deseos incontrolables lo hacían cada vez más
impredecible. Liv era perceptiva. Sentía la tensión entre ellos y
notaba la incomodidad de Eirik, pero no sabía qué causaba esa
distancia. Trataba de acercarse a él, intentando comprender la
razón de su retraimiento, pero sus intentos eran constantemente
rechazados por el joven, que temía revelar lo que sentía.
Cercano a Stenvik estaban Frostheim, una aldea en las montañas
frías, envuelta en niebla constante, liderada por el imponente
Hakon, un hombre sabio de notable experiencia en la guerra, y
Bjornholt, una comunidad rodeada de espesos bosques liderada
por el astuto Sigvard. Estas aldeas compartían lazos comerciales
y de sangre, pero mantenían cierta rivalidad amistosa. Sin
embargo, Sigvard, siempre calculador, empezó a cuestionar si
Stenvik realmente era un aliado confiable, especialmente con las
crecientes tensiones internas que se sentían entre sus habitantes.
En un consejo reciente, había dejado entrever que la aparente
estabilidad entre las aldeas podría cambiar con el tiempo, lo que
dejó a algunos de los presentes inquietos.
En Stenvik, un anciano sabio, Gudrik, conocía las historias,
leyendas de los dioses y las criaturas de los tiempos antiguos. Con
su cabello blanco y ojos penetrantes, era una figura que infundía
respeto. Su conocimiento sería clave en los eventos que estaban
por desatarse.
Una noche de luna llena, cuando el reloj de la naturaleza
marcaba la medianoche, un grito desgarrador rompió la
tranquilidad de Stenvik. Una ráfaga de viento sacudió la aldea
y los árboles crujieron bajo una fuerza invisible. Los aldeanos,
aterrorizados, se reunieron alrededor del salón comunal. Pronto
llegaron noticias: algo desconocido había atacado, matando a
varios habitantes de la aldea. Las víctimas presentaron marcas
profundas, desgarraduras profundas en el pecho y el cuello, como
si una bestia las hubiera cazado.
Gudrik, el anciano, recordó las leyendas que alguna vez creyó
olvidadas: el Draugr. Los aldeanos, incrédulos, murmuraron con
temor, pero la evidencia era clara. Decidieron prepararse para
enfrentarlo en la próxima luna llena. Si la leyenda era cierta, el
Draugr volvería a aparecer. Entre los voluntarios estaba Eirik,
ansioso por demostrar su valentía y ganar el respeto de Liv.
La luna llena regresó, y los hombres más fuertes de Stenvik,
liderados por Thorstein, se posicionaron estratégicamente
alrededor de la aldea, armados con hachas, espadas y lanzas,
iluminados por antorchas que apenas deshacen la oscuridad. La
criatura apareció en silencio, como una sombra al acecho. Su
ataque fue brutal y rápido, acabando con tres hombres antes de
que pudieran reaccionar. Thorstein enfrentó al Draugr con coraje,
pero su velocidad y fuerza sobrehumanas lo superaron.
Antes de que el Draugr desapareciera entre los árboles, hirió a
Thorstein, dejándolo casi inconsciente en el suelo.
Cuando Eirik llegó, encontró a Thorstein herido pero vivo.
De vuelta en la aldea, Thorstein describió a la criatura: delgada,
huesuda y en sus manos, largas garras afiladas, cabello largo y ojos
rojos como el fuego. El rostro era un cráneo humano, aterrador y
su cuerpo emitía un frío mortal.
En la siguiente luna llena, la aldea Stenvik se preparó
nuevamente para la aparición del Draugr. Sin embargo, la noche
fue tranquila. Llegó la medianoche, luego el amanecer y nada
ocurrió. Los aldeanos aliviados pensaron que el Draugr había
desaparecido. Sin embargo, algo destruiría la calma temporal. El
Draugr cambió de objetivo y atacó Bjornholt, dejando muerte y
destrucción a su paso. Hakon, su líder, murió en el enfrentamiento,
y los pocos sobrevivientes llevaron noticias aterradoras a Stenvik
y Frostheim. Ante esta amenaza, las tres aldeas decidieron unir
fuerzas, pero la desconfianza creció en los corazones de los
aldeanos, mientras Sigvard emergió como un líder más firme que
Thorstein, quien parecía estar perdiendo su poder.
Durante un consejo en Stenvik, Eirik se ofreció a liderar el
enfrentamiento junto a Thorstein y Sigvard, viendo la oportunidad
de destacar, ganarse el liderazgo y quizás incluso reemplazar a
Hakon especialmente ahora que Bjornholt carecía de uno.
Cuando llegó la siguiente luna llena, los guerreros se prepararon.
El Draugr sembró confusión con gritos y ataques dispersos,
creando un caos absoluto. Eirik persiguió al monstruo, decidido
a enfrentarlo y demostrar que era digno de ser el líder. Los gritos
eran desgarradores, hombres y mujeres caían. El Draugr atacaba
sin compasión, desgarrando todo a su paso.
Eirik corría sin rumbo, respiración pesada y su corazón latiendo
con violencia. A lo lejos, los gritos de los aldeanos resonaban en
sus oídos, pero también algo más: ecos de una memoria que no
podía precisar. Imágenes confusas pasaban por su mente, rostros
desconocidos llenos de terror, sangre derramándose bajo sus pies,
y una voz susurrante, grave y envolvente que repetía su nombre
como si viniera de las entrañas de la tierra.
Eirik se detuvo, jadeando, intentando calmar el temblor en
sus manos. Pero las manos que veía no parecían suyas. En un
destello, las imaginó largas, retorcidas con uñas como cuchillas.
Cerró los ojos y sacudió la cabeza, convenciéndose de que solo
era producto de la tensión. Sin embargo, esa extraña dualidad
seguía persiguiéndolo: ¿era el cazador o la presa? Había algo en
él que respondía al grito de los aldeanos, una mezcla de miedo y
excitación que no podía explicar.
De pronto, los gritos comenzaron a cambiar de tono. Las
voces, antes llenas de rabia y terror, parecían dirigirse hacia él.
«¡Allí está!», «¡No lo dejen escapar!», «¡Rodéenlo!», escuchó
claramente. El sudor frío corrió por su espalda, y algo en su
interior se quebró.
Rodeado por el resplandor de las antorchas, Eirik levantó las
manos instintivamente, cegado por el fuego. Pero algo no estaba
bien. Sus manos no eran las mismas. Lentamente, enfocó la vista
y vio lo imposible: sus dedos eran ahora garras huesudas, negras
y filosas. Un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando bajó
la mirada y notó que su piel estaba cubierta de marcas negras,
pulsando como venas en un cuerpo maldito.
El primer grito fue suyo, un alarido desgarrador. Una lanza
lo atravesó antes de verla venir. El dolor fue intenso, pero nada
comparado con la revelación: Eirik comprendió, horrorizado,
la verdad que su mente le había ocultado: él era el Draugr, la
criatura que aterrorizó y masacró a las aldeas sin piedad. En su
interior, la oscuridad había crecido lentamente, alimentada por sus
deseos reprimidos: envidia y odio. Ahora recordaba todo: siempre
había sido él. La presa que temía era él mismo y el cazador que
admiraba también.
Cayó de rodillas, la lanza aún atravesando su abdomen. Su
cuerpo comenzó a cambiar, volviendo lentamente a su forma
humana, pero el daño estaba hecho. Las miradas de los aldeanos
eran de horror, y entre ellas estaba Liv, llorando, con el rostro
desencajado.
—Eirik... ¿por qué? —preguntó entre sollozos…
—Porque siempre te amé, Liv... y siempre quise ser más fuerte
que Thorstein. Pero nunca fui suficiente. El odio... la envidia... me
consumieron, y ahora todo se ha perdido.
Su voz era apenas un susurro, mientras acariciaba por última
vez el rostro de Liv. Finalmente, dejó escapar su último aliento,
llevando consigo al Draugr y su maldición que, según Gudrik,
ocurría cada 100 años.
Con la muerte de Eirik, la maldición parecía romperse, pero el
legado del Draugr dejó una marca imborrable en las tres aldeas
y en el corazón de Liv. La relación entre las aldeas comenzó a
fracturarse; Sigvard, aprovechando la situación, insinuó que la
sangre de Stenvik no era confiable, mientras Liv, atormentada,
se alejó de Thorstein, incapaz de superar la pérdida y el secreto
revelado.
Imbunche:
El llamado del bosque
Maximiliano Aylwin Miranda
En el sur de Chile, donde los bosques se encuentran con el mar,
se alza la isla de Chiloé, tierra de mitos y leyendas. Entre sus
historias más temidas está la del Imbunche: criatura deformada,
creada por y para los brujos. Atraídos por esta leyenda, cinco
investigadores viajaron al corazón de la isla, pero descubrieron
que algunos secretos no deben ser revelados.
En una taberna antigua en Londres, Emma desplegó un mapa
amarillento sobre la mesa. A su alrededor, los otros cuatro
miembros del equipo se inclinaron para mirar. El mapa mostraba
la isla grande de Chiloé, un lugar lejano, donde los mitos aún
respiraban en los susurros del viento.
—Esto es lo que buscamos —dijo Emma, señalando un punto
marcado con lápiz. Su entusiasmo contrastaba con el escepticismo
de Richard, quien cruzó los brazos con una sonrisa burlona.
—¿De verdad crees que encontraremos un monstruo? —
preguntó Richard.
—Estoy segura —replicó Emma, con la paciencia de alguien
acostumbrada a defender sus creencias.
Jamie ajustó su cámara, capturando la conversación. El cineasta
estaba allí por el espectáculo, aunque no podía negar que la idea
de explorar un mito lo fascinaba.
—Vamos, Rick. Esto será divertido. Si no lo encontramos, al
menos tendremos un buen documental —dijo Jamie, guiñándole
un ojo a Charlotte, joven antropóloga que parecía fuera de lugar
entre expertos.
Thomas, el geólogo, se aclaró la garganta.
—Y si encontramos algo, será una cueva interesante, no un
monstruo deformado. Pero, por curiosidad, ¿qué pasa si realmente
existe?
Emma sonrió.
—Cambiaremos la historia para siempre.
El equipo aterrizó en Santiago y luego en Castro, capital de
Chiloé. Desde allí, se dirigieron a Cucao, un pequeño caserío
costero cercano al Parque Nacional Chiloé. Los lugareños los
miraban con recelo, especialmente cuando Emma mencionó al
Imbunche.
Un anciano, les lanzó una advertencia mientras cargaban
provisiones en la camioneta que habían arrendado.
—Cuidado hijos, nunca es bueno despertar al Imbunche.
Emma fue la única que respondió.
—No vamos a despertar nada. Solo buscamos entenderlo. El
anciano negó con la cabeza.
—Entenderlo es suficiente para destruirte.
Richard rio, pero Emma agradeció al anciano con cortesía.
Esa noche, mientras preparaban el equipo en el hostal, Charlotte
le preguntó a Emma si las historias sobre el Imbunche le daban
miedo. Emma sonrió, casi con suficiencia.
—¿Miedo? No. Fascinación, quizás. Si es real, estamos frente
a algo único.
Charlotte se quedó despierta revisando un libro que Emma le
había prestado. Una línea la inquietó:
«El Imbunche no camina. Se arrastra. Y siempre está
observando».
El bosque era denso y opresivo. Mientras Jamie filmaba, Emma
explicó la leyenda:
—El Imbunche era un niño normal, hasta que los brujos lo
tomaron, lo transformaron... lo deformaron. Era su guardián. No
podía escapar, pero tampoco los traicionaba.
—¿Cómo sabes tanto? —preguntó Charlotte, intrigada.
—Leí todo lo que pude antes de venir aquí. Esta criatura no es
solo una advertencia moral. Es un símbolo de poder.
Richard levantó una ceja.
—¿Poder? Parece más un cuento para asustar niños.
Emma no respondió, pero su expresión parecía contradecirlo.
Mientras dormían, Charlotte juró haber escuchado pasos
arrastrándose fuera de su tienda. Al día siguiente, encontraron
marcas en la tierra, como si algo pesado hubiera sido movido
cerca.
Nadie la tomó en serio, pero cuando Richard se levantó al
amanecer, encontró marcas en el suelo cerca de su tienda, como
si algo pesado hubiera sido arrastrado.
Dos días después, mientras exploraban el bosque, Tom se
detuvo al escuchar un murmullo. Pensó que el grupo hablaba
detrás de él, pero cuando miró, estaba solo. Una figura oscura se
movió entre los árboles, y algo le rozó el hombro.
Gritó, pero cuando los demás llegaron, no encontraron más que
su mochila abandonada y marcas de arrastre que se perdían en la
maleza.
Richard intentó mantener la calma, pero Jamie notó algo
extraño en Emma. Mientras revisaban las pertenencias de Tom,
ella murmuró:
—Quizá no quería que estuviéramos aquí. Quizá el bosque lo
tomó.
—¿El bosque? —preguntó Jamie, sorprendido.
Emma no respondió, pero su expresión era casi de curiosidad,
como si la desaparición de Tom hubiera reforzado su interés.
Jamie insistió en grabar mientras los demás descansaban. Cerca
de la medianoche, su cámara captó algo en la distancia: una figura
encorvada, con movimientos espasmódicos.
Desde su tienda, Richard y Charlotte lo escucharon susurrar
algo, pero no entendieron las palabras.
—Debe ser un animal —susurró Jamie, pero cuando volvió la
cámara hacia sí mismo para grabar un comentario, la figura estaba
detrás de él.
Minutos después, un grito desgarrador sacó del sueño al resto
del equipo.
Salieron corriendo con linternas, solo para encontrar la cámara
de Jamie, rota, con una grabación inconclusa que terminaba en
un grito.
Emma, en lugar de asustarse, se inclinó para revisar la cámara
con una sonrisa apenas perceptible.
—Esto... es increíble. Lo que sea que lo tomó, es real —dijo,
sin ocultar su emoción.
Richard la tomó del brazo.
—¿Qué te pasa, Emma? ¡Están muertos y tú… tú sigues como
si nada!
Ella lo miró con una expresión vacía.
—¿Y si esto es más grande que nosotros? ¿Algo que merece ser
conocido, aunque cueste vidas?
Charlotte empezó a notar el cambio en Emma. La actitud de la
antropóloga era cada vez más distante, como si la desaparición
de sus compañeros no la afectara. Una noche, mientras Emma
dormía, Charlotte le confesó a Richard:
—Algo le pasa. Es como si... como si quisiera que esto siguiera
ocurriendo.
Al día siguiente, Charlotte fue la siguiente en desaparecer.
Emma no mostró sorpresa, solo murmuró.
El silencio era insoportable. Richard estaba desesperado. El
bosque ocultaba cualquier rastro de sus compañeros. Emma seguía
inmutable. Más que inmutable: parecía más viva que nunca.
Richard intentó una última vez convencerla de abandonar el
lugar.
—Emma, esto no es una expedición. Este bosque... ese
monstruo... nos está cazando.
Ella lo miró con frialdad, como si su súplica fuera irrelevante.
—No estás viendo la verdad, Richard. Todo aquí tiene un
propósito, y nosotros somos parte de él.
—¿Un propósito? ¡Nos está matando, Emma! ¡Están muertos!
Emma, inexpresiva, apenas se encogió de hombros.
—Quizá no eran dignos.
Richard, cada vez más convencido de que Emma perdía la
cordura, insistió en abandonar el bosque. Pero ella lo convenció
de seguir, argumentando que encontrarían respuestas en una
cueva que había visto en un mapa antiguo.
El aire en el campamento se volvió insoportable. Richard,
sintiéndose cada vez más solo, intentó contactar al mundo exterior,
pero no había señal. Creyó escuchar un susurro: una voz grave y
arrastrada que repetía su nombre.
—¿Emma? —llamó, volteando hacia las tiendas. Pero Emma
estaba sentada murmurando palabras inaudibles.
Algo en su mirada, vacía pero intensa, lo hacía retroceder.
El bosque los guio hasta la cueva, oculta bajo un cúmulo
de raíces. Emma las apartó con facilidad, como si el bosque
la estuviera invitando a pasar. Richard, en cambio, sintió una
resistencia invisible al cruzar el umbral, como si algo tratara de
empujarlo hacia atrás.
Dentro, el ambiente era frío y pesado. La luz de las linternas
reveló paredes cubiertas de símbolos tallados: círculos, espirales
y figuras humanas deformadas. Un hedor penetrante llenaba el
aire, como carne podrida mezclada con humedad.
En el fondo, encontraron los restos mutilados de sus compañeros:
Jamie, Charlotte y Tom. Richard apenas podía contener su
repulsión. Estaban allí, dispuestos en un patrón ritualístico. Las
extremidades estaban torcidas en ángulos imposibles.
—¡Emma, esto está mal! —gritó, agarrándola del brazo. Pero
ella no se inmutó.
—¿Mal? No, Richard. Esto es perfección.
Y en el fondo de la cueva, lo vieron.
El Imbunche era más horrible de lo que imaginaban. Su cabeza
retorcida, sus miembros deformes, su piel pálida, la mirada vacía
pero llena de malicia, lo hacían parecer una pesadilla viviente.
Emitía gruñidos profundos mientras se arrastraba hacia ellos.
Emma quería observarlo más de cerca y avanzó, con los ojos
brillando de fascinación, cayendo de rodillas frente a la criatura.
—¡Emma, aléjate! —gritó Richard, intentando jalarla hacia
atrás. Pero algo invisible lo empujó contra la pared.
La criatura gruñó, y Emma extendió una mano como un saludo.
—Lo entiendo ahora. Todo esto... es como debía ser.
Richard luchaba por liberarse, pero un peso invisible lo
atrapaba. Vio cómo Emma se arrodillaba frente al monstruo,
como una devoción enfermiza.
—Emma, por favor, detente… —suplicó. Ella volteó, con una
sonrisa torcida.
—No podemos detener lo inevitable. Este es el final, Richard.
El último recuerdo de Richard fue el gruñido del Imbunche
acercándose y el rostro de Emma, sereno, entregándose por
completo a la criatura.
Meses después, un senderista encontró una cámara rota cerca
del bosque. Cuando las imágenes se publicaron en un foro, el
mundo las desestimó como una broma elaborada. Pero algunos no
pudieron ignorar la última toma: Emma, de pie junto al Imbunche,
con una expresión de total devoción.
En los comentarios, un usuario anónimo advirtió:
«El bosque no es lugar para forasteros. Hay cosas ahí que no
deberían despertarse».
En Chiloé, el bosque seguía respirando. Y algo oscuro crecía
en su interior.
Sutura a sutura 1: Descosida
Francisco Álvarez Cavazos
Me detengo frente al espejo, el suave golpeteo de la lluvia
contra la ventana llena mi pequeño apartamento. El aire huele
ligeramente a vapeo de lavanda, mi indulgencia para calmar los
nervios. Sostengo el labial color borgoña en una mano enguantada,
congelada a medio camino mientras observo mi reflejo.
Mis tatuajes se asoman por el escote de mi blusa negra
ajustada, una delicada telaraña de tinta diseñada para disfrazar
los tonos dispares de mi piel. Los pírsines a lo largo de mis orejas
y el aro discreto en mi nariz brillan bajo la luz. Paso las manos
enguantadas por mi chaqueta de cuero, asegurándome de que las
suturas de mis muñecas queden ocultas.
—Estás perdiendo el tiempo —le susurro a mi reflejo—. Esto
no va a ninguna parte.
Me aplico el labial y froto mis labios. El color destaca justo lo
suficiente, como si lo llevara con naturalidad en lugar de esfuerzo.
—Solo espera hasta que vea el resto de ti —murmuro, apartando
un mechón de cabello negro detrás de mi oreja—. Si es inteligente,
correrá como el diablo.
Pero otra voz, más atrevida, irrumpe en mis dudas: «Tal vez no
lo hará». Tal vez esta vez sea diferente.
Sacudo la cabeza y dejo escapar una risa irónica. Tomo el
vaporizador del tocador y doy una calada lenta. El aroma suave a
lavanda envuelve el aire mientras exhalo. Me tranquiliza lo justo
para encontrar el valor de ponerme las botas.
Cuando suena el timbre en la puerta, me sobresalto. Miro el
reloj: está justo a tiempo. Echo un último vistazo al espejo, desde
mis botas de cuero bien lustradas, mi blusa negra favorita, hasta
mis collares en capas que elegí con cuidado esta vez.
—Es lo más que puedo hacer —respiro hondo y abro la puerta.
Theo está del otro lado, un pequeño ramo de flores silvestres
en la mano. Sus colores parecen brillar, a pesar de la luz apagada
por la lluvia. Viste casual: jeans oscuros, una camisa limpia y una
chaqueta demasiado ligera para el clima. Su rostro se ilumina al
verme.
—Guau —dice, con un tono de admiración en su voz—. ¡Te
ves increíble, Evie!
Curvo los labios en un intento de sonrisa para disimular los
nervios que me revolotean.
—Tú tampoco te ves mal —respondo, extendiéndole una mano
enguantada.
Me entrega el ramo, sus dedos rozando los míos brevemente.
—Son orquídeas. Estas me recordaron a ti. Bonitas, coloridas y
más difíciles de conseguir de lo que parecen.
Parpadeo, tomada por sorpresa por el cumplido, y huelo las
flores para ocultar el leve rubor que sube por mi cuello.
—No tenías que…
—Pero quería hacerlo —interrumpe Theo, franco y sin
pretensiones—. ¿Estás lista?
—Sí —digo, cerrando la puerta detrás de mí—. Hagamos esto.
Theo nos lleva a un restaurante junto al mar, en las afueras de la
ciudad. La lluvia ha amainado hasta convertirse en una llovizna
ligera, y el aire huele a sal y pino mojado. El patio del restaurante
tiene vista al agua, con luces amarillas colgando de las barandillas
y sombrillas protegiendo las mesas de la bruma.
La camarera nos acomoda en una mesa pequeña junto al borde
del patio, y Theo me ofrece el asiento con la mejor vista. Titubeo,
pero acepto, doblando mis manos enguantadas en mi regazo.
Mientras nos acomodamos, Theo me sonríe.
—Me alegro de que vinieras. Empezaba a pensar que podrías
cambiar de opinión.
Se me sale una risilla irónica.
—Estuve a punto.
—Bueno, te agradezco que no lo hicieras —sus ojos fijos en mí,
sinceros—. Me has mantenido al margen, ¿por cuánto tiempo?
¿Dos años? Pensé que era hora de arriesgarse.
Levanto una ceja, con curiosidad.
—¿Y este es tu gran riesgo? ¿Cenar con la tatuadora más
amargada de Seattle?
Su sonrisa ni se inmuta.
—Me gustan los desafíos. Y no eres amargada, eres misteriosa.
Hay una diferencia.
Sacudo la cabeza, pero no puedo evitar contagiarme de la
sonrisa.
—Eres algo especial, ¿lo sabías?
A medida que avanza la cena, mis reservas empiezan a
desvanecerse. Tiene una forma de hablar que me hace sentir
como si el mundo fuera menos sombrío. Su humor y energía me
desarman, y por primera vez en muchos años, me dejo llevar.
Me pregunta sobre mi trabajo, mis diseños de tatuajes favoritos
y mis técnicas de perforación. Al principio respondo con cautela,
pero gradualmente me abro, dejando salir la pasión por mi oficio,
una de las pocas cosas de las que puedo hablar con naturalidad.
Cuando Theo elogia mi arte, trato de quitarle importancia.
—Solo es tinta y agujas. Nada especial.
Theo se inclina hacia mí, más serio de lo que esperaba.
—No es solo tinta. Les das a las personas algo importante para
ellos, algo a qué aferrarse para recordar quiénes son. Eso sí es
especial.
Trago saliva y aparto la vista. Sin saber qué responder, me
concentro en terminar lo que queda de mi bebida.
Para cuando nos vamos, el restaurante está cerrando y la lluvia ha
arreciado. Theo me ofrece su chaqueta, pero la rechazo, ajustando
más la mía alrededor de mis hombros. Caminamos sobre el
pavimento mojado hacia su auto, el vaho de nuestro aliento
visible en el aire frío.
—¿Sabes? No estaba seguro de que me dejarías invitarte a salir.
Miro hacia otro lado.
—Yo tampoco estaba segura.
Theo se detiene y me toma de la mano, mirándome con una
solemnidad que nunca le había visto antes.
—¿Recuerdas lo que te dije sobre tomar riesgos? Hay algo que
necesito preguntarte.
Intrigada, abro la boca para responder, pero un sonido repentino
corta el repiqueteo de la lluvia. Algo grande se mueve en el
bosque. Clavo mis ojos en la oscuridad entre los árboles.
Me congelo al sentir una jaqueca en la base de mi cráneo, seguida
de susurros débiles y distorsionados, como voces sumergidas bajo
el agua de mis pensamientos. Mi corazón se acelera al reconocer
lo que es.
—Theo —digo, mi voz baja y urgente—. Tenemos que irnos.
—¿Qué pasa?
Como respuesta, un crujido rítmico y pesado se acelera en el
bosque, acercándose. Los susurros en mi mente se intensifican,
como si me llamaran. Agarro el brazo de Theo con fuerza.
—Ahora —siseo, tirando de él hacia el auto.
«No vamos a llegar…».
La bestia emerge de entre los árboles, su forma monstruosa
visible bajo la luz de la luna. Su cuerpo deforme, una amalgama
grotesca de partes humanas y animales, se mueve con una
velocidad antinatural. Los ojos dispersos por su cuerpo me
saborean con hambre implacable.
Con un rugido que me hiela la sangre, la Bestia de Suturas
arremete contra mí. Sus garras encuentran mi brazo, desgarrando
mis propias suturas con precisión quirúrgica. El dolor es cegador
mientras siento que mi extremidad se desprende, cayendo inerte
a mi lado.
La agonía hace saltar mis recuerdos como fragmentos de
vidrio roto. La bestia desatada apenas se parece al leal guardián
que conocí en Europa hace tantos años. En aquel entonces, era
más como un lobo, o acaso un tigre, disecado, algo salido de un
gabinete de curiosidades victoriano. Pero ahora… es una pesadilla
andante, hinchada y deformada por todas las criaturas como yo
que ha consumido a lo largo de las décadas.
Theo se interpone entre la bestia y yo, y el terror me paraliza
más que el dolor. No puede enfrentarse a esto. No por mí. No por
una monstruo.
—¡Corre! —grito, temiendo por él—. ¡Déjame!
Pero Theo no se mueve. Agarra una rama caída, sosteniéndola
como un arma.
—No sin ti —me dice.
La bestia, sus múltiples extremidades arañando el suelo
empapado. Sus muchos ojos parpadean de manera discordante,
como si cada uno tuviera su propia conciencia. Reconozco
algunos de ellos: verdes, marrones, azules… los ojos de otros
y otras como yo, criaturas que el doctor Víctor creó y que esta
bestia consumió.
Veo mi brazo desprendido en el suelo. Y luego a Theo, tan
valiente y tan terco.
Algo despierta dentro de mí. No puedo dejarlo morir. No por el
pasado del que he estado huyendo.
Me levanto tambaleante, la adrenalina superando el dolor.
—¡Oye! —le grito a la bestia—. ¡Aquí estoy! ¡Soy yo a quien
quieres!
La criatura gira hacia mí, sus fauces destrabándose en
anticipación. Los susurros en mi mente se intensifican, suplicando
liberación. Con un rugido que hace temblar los árboles, la bestia
me embiste.
Sutura a sutura 2: Enlazada
Francisco Álvarez Cavazos
Me arrojo hacia la Bestia de Suturas, esquivando sus garras
por milímetros. Sus extremidades intentan agarrarme, pero las
evado con agilidad frenética. En los años que llevo ocultando mi
verdadera naturaleza, aprendí a moverme como una bailarina, no
como el cadáver remendado que soy.
No basta. Sus garras encuentran mi costado, rasgando más
suturas. Siento cómo mis partes comienzan a separarse, pero
persevero, impulsada por este coraje recién descubierto.
Finalmente, veo mi oportunidad. Entre la masa retorcida de
carne y alambres, distingo la cabeza central de la bestia: la del
lobo-tigre que alguna vez fue. Con un grito que brota desde lo
más profundo de mi ser, lanzo mi único puño hacia adelante.
Aplicando toda mi fuerza sobrenatural, la misma que me permite
levantar motocicletas como si fueran bicicletas, aplasto el cráneo
de la bestia como si fuera una fruta podrida.
La criatura se desploma, arrastrándome con ella. Sus miembros
se contraen y retuercen al caer. Siento que mis propias suturas
ceden, mi cuerpo comenzando a deshacerse como una muñeca de
trapo mal cosida.
Lo último que veo antes de que la oscuridad me reclame es a
Theo corriendo hacia mí.
La negrura me envuelve como un manto helado. No siento dolor,
no siento nada. Solo las voces: los ecos amortiguados de otras
criaturas como yo, susurrándome con desesperación.
El dolor me atraviesa como un rayo, y de repente estoy de
vuelta en el laboratorio del doctor Víctor. La luz clínica me ciega,
el frío metal bajo mi espalda, el zumbido eléctrico en el aire.
Escucho su voz desquiciada: «La novia despierta». El tormento
es insoportable; cada sutura de cobre en mi cuerpo arde como si
el alambre estuviera en llamas.
Pero otro grito me alcanza, uno que no pertenece a este pasado.
—¡Vamos, Evie! —Los gritos desesperados de Theo me
arrastran al presente—. ¡No me dejes!
Mis ojos se abren de golpe. Estoy tendida en el suelo mojado,
y Theo está inclinado sobre mí, sus manos temblando mientras
sostiene los paddles del desfibrilador. El olor a ozono llena el aire,
y siento un hormigueo familiar en mis suturas.
—Gracias a Dios —susurra Theo, dejando caer los paddles.
Intento moverme y noto algo diferente. Mis suturas… están
tensas, firmes. Miro mi cuerpo y veo el trabajo meticuloso de
Theo: ha usado pinzas y alambres de su kit de emergencia para
reconectar mis partes.
—Tus tatuajes —explica con una sonrisa nerviosa—. Son como
instrucciones para armarte. Fue como conectar los puntos…
Me abruma el shock de la vergüenza: estoy desnuda, mi
naturaleza expuesta bajo la luz de la luna. Pero antes de que pueda
reaccionar, siento otra oleada de energía recorrer mi cuerpo. Mis
suturas se tensan aún más, y observo asombrada cómo mi carne
se une, se sella, se cura.
—¿Cómo…? —susurro con voz ronca.
—Soy paramédico, ¿recuerdas? —Theo sonríe, aunque puedo
ver la preocupación en sus ojos—. Aunque debo admitir que este
es mi primer caso de… reanimación completa.
Me cubre con su chaqueta, sus movimientos gentiles,
cuidadosos.
—Soy una monstruo —murmuro, incapaz de mirarlo a los ojos.
—Eres una obra de arte —responde con firmeza—. Cada
sutura, cada tatuaje, cada pirsin cuenta tu historia.
Las lágrimas brotan de mis ojos mientras intento procesar sus
palabras. ¿Cómo puede mirarme así y no huir horrorizado?
Un ruido nos sobresalta a ambos. Donde cayó la bestia solo
queda un rastro de un líquido oscuro que serpentea hacia el
bosque.
—No… —susurro, el terror familiar apoderándose de mí—.
No está muerta. Volverá. Siempre vuelve. Seguirá cazándome
hasta que me destruya…
Theo toma mi mano.
—Entonces seguiremos corriendo —dice—. Lo que has hecho
sola antes, ahora lo haremos juntos.
Me ayuda a levantarme, sosteniéndome cuando mis piernas
tiemblan.
—Al auto —dice—. Tenemos que irnos.
Me ayuda a subirme, y regresa a recoger con prisa los restos de
mi ropa y mis pertenencias. Intento arreglar lo que puedo de mi
vestimenta destrozada.
—Esto no servirá —murmuro—. Parezco una vagabunda…
no, ni eso, más como que me escapé del asilo.
Mientras me acomodo en el asiento, algo se clava en mi pierna.
Tanteo y encuentro una pequeña caja aterciopelada. La abro, y
dentro hay un anillo de diamante.
—¿Qué…? —mi voz se quiebra—. ¿Theo?
Él arranca el auto, una sonrisa nerviosa en sus labios.
—No es exactamente como lo había planeado, pero… ¿te
casarías conmigo?
Una risa histérica brota de mi garganta.
—¿Has perdido la cabeza? ¡Acabas de ver lo que soy realmente!
—Vi a la mujer que he estado persiguiendo durante años —
dice mientras conduce—. La misma que diseña los tatuajes más
hermosos de Seattle. La misma que esconde tanto dolor detrás de
sus sonrisas. La misma de la que me enamoré.
Más lágrimas corren por mis mejillas.
—Sí —susurro—. Sí, maldito loco. Estoy hecha para esto.
—Perfecto —dice, pisando el acelerador—. Porque nos vamos
a Las Vegas.
Pero mientras el auto se desliza por la carretera, mi sonrisa
desaparece. Los ecos débiles de la voz de las víctimas de la bestia
aún susurran en mi mente, confirmando que persiste el lazo que
comparto con el depredador.
—¿Te estás arrepintiendo? —pregunta Theo, preocupado.
—No, no es eso —respondo—. La oigo… débilmente. La
bestia. La estamos dejando atrás, pero… vendrá por mí. Siempre
lo hace. ¿Estás seguro de que quieres esto? ¿A mí? ¿Incluso con
mi pasado maldito?
Theo alcanza mi mano, apretándola para tranquilizarme.
—No sin mi novia. Te coseré todas las veces que necesites —
guiña un ojo—. Si me aceptas.
Sonrío a través de mis lágrimas.
—¿Cómo no podría? Las Vegas… ¿y después qué?
—Luna de miel —responde Theo con una sonrisa pícara—.
Mucho sexo caliente, y luego encontramos un hogar. En un lugar
con un océano entre tú y esa cosa.
Levanto una ceja.
—¿Un océano?
—Sí —dice Theo, con su sonrisa cálida—. Iba a decírtelo
antes: quiero mudarme cerca de mi familia. Hawái. Eso pondrá
otro océano entre tú y esa cosa. Mientras tú empiezas a instalarte,
conociendo a mi familia, yo regresaré a Seattle por unos días para
organizar la mudanza de todas nuestras cosas. Luego volveré
contigo, para ya nunca dejarte sola. ¿Qué te parece?
Lo miro fijamente, mis emociones rebotando entre incredulidad
y gratitud.
—Suena… como el paraíso —susurro, las lágrimas amenazando
con derramarse de nuevo—. Después de escapar del infierno.
Mi corazón se llena de esperanza, pero los susurros en mi
mente persisten, débiles pero presentes. En algún lugar detrás
de nosotros, la bestia se está regenerando, esperando. Siempre
acechando.
Pero mientras Theo conduce hacia la noche, sus dedos
entrelazados con los míos, pienso que tal vez, solo tal vez, he
encontrado cómo dejar atrás mi maldición. Después de todo, fui
creada para ser una novia. Y finalmente, después de más de un
siglo, ese título significa algo más que una pesadilla.
Ecosistema
Horacio Barriento
«Los humanos nunca deben olvidar que solo
se nos ha asignado un lugar muy pequeño en la
Tierra, que vivimos rodeados de la naturaleza
que fácilmente puede recuperar todo lo que
alguna vez le dio al hombre.
No le cuesta absolutamente nada en su camino
arrasarnos un día a todos de la faz de la Tierra
o inundar las aguas del océano con su único
aliento, solo para recordarle al hombre una
vez más que no es tan todopoderoso como aún
piensa ingenuamente».
Ray Bradbury
Despierto en medio de la noche, de la nada. Sobresaltado,
totalmente transpirado y con una angustia inexplicable que me
invadía. Me encontraba de vacaciones, distintas, en la naturaleza,
a la orilla de aquel caudaloso, torrentoso, bellísimo y a la vez
terrorífico mundo acuático.
Quizás porque me había dormido leyendo Hombres, animales,
enredaderas de Silvina Ocampo, lectura que me atrapó hasta que
el sueño y, quizás, el abotargamiento propio del buen vino malbec que
había llevado me vencieran.
Me encuentro de golpe en un mundo irreal de enredaderas,
flores dantescas y lianas que, como sogas, me envuelven hasta el
ahogo.
Quizá fue esta pesadilla o un ruido, un ruido diferente que
prevaleció al clamor del río y del viento de aquella costa. Atento
el oído, me siento y atisbo por la malla tejida de las ventanitas
de la carpa; nada, solo viento y el río. Definitivamente la lectura
me ha afectado en el sueño. Digo para mí mismo «Ya soy un tipo
grande, dejate de joder», y me vuelvo a acostar. Miro el reloj —
único elemento de la civilización que he traído— y recién son
las tres. Miro nuevamente la costa, todo está muy claro, la luna
plena alumbra como si fuera de día. Qué hermoso esto. Allá,
en la ciudad, nunca lo podría haber contemplado, y con esta
observación me voy quedando dormido.
El sonido, ¿será el mismo ruido?, pienso. Otra vez, más cerca
y más intenso. Me concentro, es como que algo se arrastra,
como que algo grande se mueve y con ello mueve toda la densa
vegetación.
—Nuevamente las enredaderas —digo en primer momento,
luego reflexiono—, es el viento. —Y me tranquilizo.
¿Dónde está el que iba a sobrevivir viviendo de la naturaleza, de
lo que ella provea para alimentarme? En un momento me percato
de que ya no sopla el viento. Cuando sale la luna, hermosa luna,
todo se calma, hasta el caudaloso río parece más tranquilo.
—¿Y ese ruido?
Decido quedarme lo más quieto posible, esperar a que
amanezca. El ruido como que se generaliza, parece que toda la
selva que me circunda se desplazara. La fronda se mueve y rodea
la carpa, el campamento. Me animo a mirar por la ventanita de
rejilla y, me parece o está sucediendo, el follaje, denso y verde,
envuelve la mesa, los banquitos, la hamaca paraguaya como
cuando se envuelven con papel film los fiambres. Lenta pero sin
pausa, viene hacia la carpa. Como hipnotizado veo cómo todo va
siendo envuelto en aquella maraña verde. Pienso o grito, ya no sé
bien:
—¡No es la enredadera de Ocampo, es el BORAMETZ o la
MANDRÁGORA!
¿De verdad existen, son reales, o todo sucede en mi imaginación?
La carpa comienza a inclinarse hacia un lado, luego hacia el
otro, como si la tironearan para desenclavarla.
No puede ser cierto, tengo que despertar.
El vino, ¿por qué tomé de más? Claro, la soledad y los recuerdos
te trajeron a este desolado y hermoso lugar, en unas mal llamadas
vacaciones. Es verdad, el desencuentro y la ruptura, la desilusión
generada por el engaño, mejor dicho: lo que yo creí fue un engaño.
Ahora, a la distancia, lo veo con más claridad. Quizá no fue una
traición, sino una nueva jugada de mis celos o de mi enfermizo
carácter que no me permite la convivencia. Debo mejorar eso;
mirá a lo que me llevó, o, mejor dicho, a lo que me trajo.
El sonido de la carpa desgajándose me vuelve a realidad.
—Carajo, no es un sueño. ¿Qué pasa, qué es lo que está pasando
conmigo? —grito con todas mis fuerzas. —No grito de miedo,
grito enojado conmigo mismo: soy el único responsable de lo que
está pasando—. Pensá, pensá —me digo mientras ya la base de
la carpita no se sostiene. Si estos personajes son ciertos, también
debe ser cierto cómo se los combatía, y mataba.
»Pensá, pensá, para qué tanta lectura si no podés recordar lo
que tenés que recordar. Los espejos, digo, los espejos. —Ellos no
podían ver reflejada su imagen, pues allí morían.
Tomo la mochila en la que tengo mis efectos personales, abro
la carpa hasta donde puedo y salto al exterior, a la noche misma.
El espectáculo es dantesco. Prácticamente se está tragando la
carpa. El movimiento producido por mi salida violenta hace que
detenga su canibalismo insaciable, paroxismo de una garganta
vegetal que todo lo devora. Me observa; siento que me observa;
distingo en ese remolino de verde y tierra un ser, un ente, mezcla de
animal, vegetal y, quizás, humano. Curiosamente, creo reconocer
la forma de un gran cordero verde y marrón. Busco la cabeza o,
donde debería estar. Busco sus ojos, allí debo enfocar el espejo
para que se refleje en él y perezca, muera, que no sea yo una parte
más del festín de aquel tragón imparable.
Abro la mochila, tanteo entre mis cosas, tiro todo al suelo y,
en ese momento, recuerdo la consigna de aquel viaje: ningún
contacto con la civilización o ser civilizado y nada que tenga que
ver con ella, entre otras cosas: ni peine ni espejo.
El diario de María
Andrea Her
«¿En serio? ¿Un día lluvioso? ¡¿Qué más podría faltar?!».
Benjamín, un hombre perdiendo la fe a sus 35 años, reniega
de sus decisiones mientras va camino al cuarto de alquiler que
necesita en estos momentos para huir de sus pecados. Benjamín
hace una hora mató a su esposa, una serie de sucesos acontecieron
a partir de ese momento y todo ha ido de mal en peor.
«La carretera es tan oscura que apenas veo el camino», susurro
para sí mismo, «no entiendo por qué no hay señalización, pero
espero que el lugar esté lo suficientemente lejos para que no me
encuentren».
Eran un matrimonio feliz, todo era perfecto. Benjamín, su
esposa Sofía y su hermosa hija, la típica familia perfecta, él, todo
un hombre ejemplar, ella la esposa perfecta y su hermosa niña
tan agraciada como una hermosa muñeca de porcelana. Nada
podría salir mal. Las últimas palabras de Sofía fueron: «Las
almas se corrompen tan rápido». «¿Qué me pasó?», se preguntaba
Benjamín. «Lo hice por su bien, lo juro… ¡No fue mi culpa!»,
exclamó con un grito ensordecedor difuminado por la lluvia y
el ruido del motor del carro. Las lágrimas corrían apresurándose
en sus mejillas con tal descontrol como si fuera su propia culpa
saliendo a flote.
«Sofía… mi hermosa Sofía», se lo repetía una y otra vez, como
si pronunciando su nombre fuese a revivirla. «¡Sofía!», salió
en forma de alarido por última vez, como si una bestia misma
hubiera pronunciado ese nombre, impresionado de sí mismo y de
la entonación extraña en su voz paró el llanto de golpe.
«Ese no fui yo», se dijo a sí mismo. «Esa voz… ¿quién fue?
¿No estoy solo?». Volteó a ver su retrovisor aterrado como si
supiera que lo observaban, pero dónde estaba esa bestia que lo
acechaba, era invisible a sus ojos, pero ¿cómo podía escucharlo?
«¡Dónde estás!», exclamó como afirmando la compañía de un
extraño que lo acechaba. Al ver que realmente estaba solo desde
su interior surge una carcajada casi involuntaria: «¡Debo estar
loco! Mírenme, aquí hablando solo con el cuerpo de mi esposa en
el baúl, nadie estaba conmigo cuando la maté, nadie me vio, nadie
sabe que fui yo. Sofía, mi bella Sofía, ahora estás en un lugar en
el que ya no podrás dañarme más y serás mía, solo mía, de nadie
más, harás lo que yo diga, te mantendré conmigo para siempre».
La habitación era fría, la noche estaba más oscura de lo habitual,
las cortinas blancas bailaban formando figuras fantasmales a causa
del fuerte viento que atravesaba las ventanas, el olor a humedad
era fuerte a pesar de la ventilación evidente.
«Es un buen lugar para pasar la noche», pensó para sí mismo
Benjamín. «Dormiré un poco y seguiré mi camino mañana. La
cama está dura», reclamó fijando su vista en un objeto peculiar
que estaba reposado en una esquina de la marquesa vieja que
quedaba frente a la cama. Era un color tan vivo que desentonaba
con el sombrío aspecto de la habitación. Benjamín no pudo más
que levantarse a inspeccionar, el objeto era de un tono rojo vivo,
parecía casi incendiarse a manera que se acercaba, como si lo
atrajera fuertemente ese intenso rojo que florecía con fervor
por el reflejo de la tenue luz de la lámpara, con sus ojos fijos
y extendiendo su mano tomó el objeto: «¿Un cuaderno? Quién
podría ser tan descuidado de dejar un cuaderno tan llamativo
tan a la vista». Al inspeccionarlo en el interior leyó las palabras:
«Diario de María». «Un diario», susurró Benjamín dirigiéndose a
la cama como en una especie de trance y comenzó a leerlo:
10 de enero
La primera vez que los vi, no sabía qué eran o qué estaba
pasando, ni dónde estaba, pero ahora, en mi quinto sueño
creo que voy entendiendo.
21 de enero
Casi puedo confirmar mi teoría, solo un poco más. Ya pronto
podré escribir con certeza lo que está pasando.
2 de febrero
Es tiempo de dar a conocer mi historia, sea quien sea que
encuentre mi diario, compartirá mi secreto. Todo comenzó
hace poco más de un mes, tuve mi primer sueño, aparecí en la
habitación de una mujer extraña para mí, la podía ver desde
arriba como si yo estuviera flotando en una esquina de su
habitación, de pronto el piso comenzó a partirse en dos, como
una gran grieta que se abrió muy profunda, en su interior
se miraba una luz tintineante color naranja vivo, como si
hubieran llamas muy adentro, luego comencé a escuchar unos
sonidos extraños, algo que nunca en mi vida había escuchado
mezclado con el sonido de millones de gritos, quejidos de
dolor y alaridos, del agujero salieron dos criaturas muy
extrañas cerrándose el portal detrás de ellos, eran pequeños
en estatura, muy anchos y tenían muchas deformidades como
bultos gigantes en todo el cuerpo, sus rostros inflamados
con facciones toscas articulaban una especie de lenguaje
irreconocible para mis oídos, pero parecía que ellos se
entendían bastante bien entre sí, se dirigieron hacia la mujer,
uno brincó y se paró sobre ella, ella seguía durmiendo, y de
pronto él dio un fuerte manotazo en el pecho de la mujer y
ella soltó un alarido feroz como si le hubiera dolido mucho,
al fijarme bien, el cuerpo de la mujer seguía reposando en la
cama, la criatura había sacado su espíritu nada más, saltó
al piso, volvió a abrirse el portal y las criaturas saltaron y
desaparecieron cuando se cerró el piso nuevamente y luego
desperté.
Segundo sueño: esta vez era un hombre no tan mayor,
calculo de unos 30 años, él se fue de una manera terrible,
lo agarraron del pie sin cuidado, se lo llevaron jalándolo
como un costal, él siguió gritando todo el camino al portal
aferrando fuerte sus uñas al piso, y desaparecieron.
Tercer sueño: otra mujer, esta vez anciana, se la llevaron
del brazo, ella casi no luchó.
Cuarto sueño: un hombre ya algo mayor también, tampoco
luchó tanto.
Quinto sueño: supongo que este fue el que más me
impresionó, era un adolescente, ninguno había peleado tanto
como él.
Al principio pensé que solo eran sueños, a los primeros
no puse tanta atención pensando que eran casualidades
como cuando uno tiene el mismo sueño varias veces, pero
no pararon, ahora los sueño todos los días, al principio me
di cuenta de que no podían notar mi presencia, pero poco a
poco comencé a aparecer en lugares más escondidos de la
habitación, como si alguien me estuviera mostrando lo que
pasa, pero al mismo tiempo no quisiera que me vean. Lo
consulté con un diácono de la iglesia, él sabe que tengo el
don de discernimiento, pero esto es diferente, él me dijo que
podía ser una clase de desdoblamiento. Ahora sé que así es, y
estas criaturas realmente existen y se encargan de llevar las
almas más corrompidas, las que no merecen perdón, pero yo
creo que todas las almas tienen perdón.
16 de febrero
Esta vez ya sé quién es la víctima y sé su pecado. Alguien me
lo ha susurrado al oído en cada sueño.
17 de febrero
Margarita: ella estaba durmiendo en el sillón, se quedó
dormida con la televisión encendida.
18 de febrero
Héctor: se quedó dormido en su turno de trabajo, es un
policía. Cuando era niña solía pensar que todos los policías
eran personas nobles y fieles a la causa de proteger a las
personas
19 de febrero
Evelyn: ella estaba despierta cuando se la llevaron, es la
primera que se llevan así, o al menos que yo haya visto. Su
cara de terror al ver las criaturas aún la tengo demasiado
presente.
20 de febrero
Manuel: él estaba acompañado de su esposa, ella realmente
no se dio cuenta de nada, no escuchó los alaridos que daba
el hombre. Ella es una buena mujer, tan atenta, tan amable y
buena mamá.
En ese momento, Benjamín hojeó todo el diario, estaba casi lleno,
lo revisó de principio a fin, desde la primera hoja hasta la última
que estaba escrita. Echó un vistazo a la última hoja escrita, tenía
fecha del 31 de diciembre y lo único que decía era: «Tenían razón,
hay almas que no tienen perdón». Rápidamente ojeó todo. «Tenía
fecha de este año», susurró sintiendo un escalofrío que recorrió
desde las manos temblorosas que sostenían el diario hasta los
pies fijos aferrados al piso de la habitación. Él seguía sentado a la
orilla de la cama, pero quiso huir rápidamente de ahí como si su
intuición se lo pidiera a gritos, pero se quedó ahí, congelado por
una corazonada que debía confirmar. Rápidamente volvió a abrir
el diario y frenéticamente buscó la fecha de ese día, con un nudo
en la garganta aterrado con lágrimas en sus ojos leyó:
10 de octubre
Benjamín: él estaba sentado en la orilla de la cama.
Justo en ese instante, Benjamín escuchó unos ruidos extraños
detrás de él, era una mezcla de gruñidos, jadeos y respiraciones
toscas con risas distorsionadas. Un grito desgarrador se escuchó a
través de la puerta de la habitación.
La pesadilla de Adam
Cuauhtli Espinoza
Adam observa la luna desde su habitación, no quiere dormir,
porque constantemente tiene pesadillas, quizá algo habitual en
un niño de 12 años. Aunque ya lleva varios años soñando con
criaturas que lo visitan por la noche, sangre y voces que susurran
su nombre.
Recuerda que es la noche antes de Halloween y se mete bajo
las sábanas, rezando a quien lo escuche para pedir que de alguna
forma no llegue el día siguiente, ya que durante esa celebración es
cuando sus pesadillas son más fuertes y eso lo tiene muy inquieto.
El sonido de pasos aproximándose a su habitación lo sacan
de su ensimismamiento regresándolo a la realidad, ¿serán sus
padres que vienen a ver si está dormido? Permanece en silencio
escuchando atentamente, no hay pasos o ruidos, solo el sonido
de su corazón que late con fuerza, interrumpido en ese instante
por unos golpeteos que rompen con el mutismo de la noche;
intenta mirar sacando su cabeza de la sábanas, cuando ve cómo
alguien sacude la puerta y embate una, dos, tres veces; el miedo
se dibuja en su rostro, su respiración se acelera y aprieta los ojos
cubriéndose con la sábana hasta hacerse un ovillo; los sonidos
que escucha vienen desde dentro de su habitación. Se tapa los
oídos con las manos y recita una oración hasta que el sueño lo
vence y la oscuridad de sus pesadillas lo invade.
Al despertar la luz del sol entra a su habitación, tarda unos
momentos en darse cuenta que proyecta una sombra negra que
lo observa desde afuera de su ventana, se paraliza mientras los
latidos de su corazón resuenan en su cabeza, él duerme en un
segundo piso, cómo puede estar alguien de pie justo afuera de su
ventana. Quiere correr pero no se puede mover; la sombra levanta
una mano y golpea el vidrio una, dos, tres veces; Adam intenta
gritar pero su voz no surge, en cambio una voz fuerte retumba
desde afuera.
—Hijo, ¿estás despierto? ¿Podrías ayudarnos con los adornos
de Halloween? —El temor que lo invadía se diluye al reconocer
la voz de su papá.
Corre las cortinas y ve a su padre sobre la escalera con toda
clase de adornos para intentar que su casa luzca aterradora.
—Adam, ¿estás bien? —pregunta su padre—. Te ves pálido,
no volviste a dormir bien, ¿verdad? Porque no mejor bajas a
desayunar, tu mamá te tiene una sorpresa en la cocina.
Los pensamientos se aglomeran en la cabeza de Adam
intentando recordar si los ruidos de anoche fueron una pesadilla o
si es verdad que algo estaba en su habitación. Después de todo, no
sería la primera vez que confunde sus pesadillas con la realidad,
son tan habituales que a veces le cuesta trabajo diferenciarlas.
Al bajar a desayunar, su mamá lo recibe con un abrazo y un
saludo efusivo.
—¡Buenos días, hijo! Mira, ya tenemos listos los disfraces de
esta noche —dice señalando hacia la sala de estar—. Tu papá será
un fantasma, yo una bruja y a ti te compramos el disfraz de esa
película de terror de la que todos hablan, ¿no te encanta?
Su papá entra a la cocina para unirse a la plática; Adam se queda
viendo los disfraces y ve que el suyo incluso tiene un cuchillo
de plástico lleno de sangre falsa, voltea a ver a sus padres, se
siente cansado, deprimido y muy asustado como para fingir que
esa sorpresa le gusta. Todo aquello lo hace sentirse en una de sus
pesadillas, así que mejor regresa corriendo a su habitación y se
tumba en la cama pidiendo que ya acabe ese día.
Sus papás intercambian miradas de preocupación al ver la falta
de entusiasmo, piensan en las noches que pasa en vela por las
pesadillas constantes, el temor a dormir solo porque ve y escucha
cosas en su habitación. Pero al final se tranquilizan recordándose
que se sigue adaptando a su nueva vida, que no lleva ni un año
con ellos y siempre es un proceso difícil para un niño adoptado
tomar confianza y sentirse seguro en un entorno nuevo.
En su habitación Adam observa cómo el sol comienza a
ocultarse y mientras la oscuridad se va apoderando del vecindario,
monstruos, fantasmas, demonios, brujas y espectros comienzan a
inundar las calles. Y no tardan en llamar a la puerta de su casa
una, dos, tres veces. Esa noche le provoca más ansiedad que de
costumbre, se sienta en un rincón intentando ocultarse con el
único deseo de ser el niño bueno que sus nuevos papás desean y
no el niño raro de las pesadillas.
Las horas pasan y desde su rincón escucha la algarabía de la
calle y las risas de sus padres. Sus pensamientos son interrumpidos
cuando resuenan unos golpes en la puerta de su habitación una,
dos, tres veces. Y suena la voz cálida de su mamá.
—Hijo, si no quieres ir a pedir dulces, está bien, pero ven por lo
menos a ponerte tu disfraz y tomarnos fotos juntos.
Adam abre la puerta y a regañadientes se coloca el disfraz que
sus papás le habían comprado. Todos juntos inician la sesión de
fotos en la sala de estar, al concluir y sin decir nada Adam regresa
a su habitación, mientras sus padres están subiendo las fotos a sus
redes sociales. Se tumba en su rincón en posición fetal viniendo a
su memoria una pesadilla recurrente de las noches de Halloween
tan aterradora que comienza a llorar.
La noche sigue su curso, no sabe cuánto tiempo lleva tumbado
en aquel rincón, y por un breve instante se tranquiliza pensando
que aquella noche ya acabó. El ruido de golpes se escucha otra
vez, uno, dos, tres. Levanta la cabeza pensando que seguro sus
padres van a darle las buenas noches, se incorpora para ir a la
cama, pero los ruidos lo petrifican, el golpeteo, arañazos y voces
provienen de su armario y cada vez son más y más intensos.
Todo el lugar es envuelto por un calor sofocante, sus manos y
pies están helados, no puede tragar saliva, se le cierra la garganta,
respira con dificultad y su corazón se acelera. El miedo lo invade,
las puertas de su closet se abren lentamente y siente cómo poco a
poco pierde la consciencia, a la par que sus articulaciones y cuerpo
son retorcidos desde adentro, quiere gritar pero le es imposible,
cuando intenta exclamar algo lo único que escucha son sonidos
guturales más semejantes a los de un animal que a su propia voz.
Es media noche y los papás de Adam se quedaron dormidos en
el sofá viendo películas de terror. No se percatan de que su hijo
salió de su habitación y baja las escaleras con una gran sonrisa en
su rostro. Y en un susurro llama a su papá:
–Papá… papá… ¡papá! —Su padre abre los ojos, ve a su hijo
frente a él con su disfraz puesto, empuñando un cuchillo, pero
tarda un momento en darse cuenta de que no es el cuchillo de
plástico, sin darle tiempo a reaccionar Adam se abalanza sobre
él y el cuchillo penetra en su pecho una, dos, tres, cuatro… Su
padre solamente ve cómo su hijo sigue apuñalando su pecho para
posteriormente intentar abrirlo con sus manos y dientes devorando
piel y carne, mientras escucha los gritos de su esposa que acaba de
despertar para entrar a la pesadilla de Adam. Los gritos de ayuda,
miedo y desesperación se mezclan con voces graves, rugidos y
sonidos guturales que envuelven todo en caos, terror y sangre.
El sonido de las sirenas y los reflejos de las luces rojas y azules
sacan a Adam de su trance y lo devuelven a la realidad, un grito
ahogado se aglomera en su garganta hasta que estalla como una
bomba, las lágrimas resbalan de sus ojos. Siente muchas ganas de
vomitar al ver toda la sangre en su casa, en su ropa y sus manos,
quiere pararse y correr, pero se siente tremendamente cansado
que no puede moverse.
Cuando los policías entran, ven aterrorizados la escena, se
acercan a preguntarle cosas pero Adam no escucha nada, otros
policías lo miran con recelo, en ese momento un auto negro se
estaciona afuera de la casa y bajan dos hombres vestidos de negro,
son los clérigos del orfanato en donde Adam ha crecido toda su
vida, hablan con los oficiales y entran por él.
Y mientras lo escoltan hasta el auto, Adam sabe que lo llevan
de vuelta a ese orfanato donde sus pesadillas empezaron hace ya
tiempo atrás, que está lleno de voces, fantasmas y demonios que
lo visitan por las noches. Donde hace muchos años lo pactaron
como conducto de un demonio a cambio de favores a la iglesia
y que en cada Halloween viene a cobrar su ofrenda. Ahí debe
esperar a que una nueva familia lo adopte, si tiene suerte en unos
años ya no será útil y su pesadilla por fin terminará.
Ciudad negra
Eevee García
Cuando ella era una niña, yo le contaba a mi hija historias donde
aterradoras entidades sin cuerpo se apoderaban de distintas
personas. Ella imaginaba ser la heroína de una ciudad dominada
por monstruos salidos de relatos de Lovecraft.
Esa primera semana, solo podía preguntarme qué explicaciones
le hubiera dado ella a estos acontecimientos.
La primera vez que se vio la mancha fue un día de verano,
y la gente la tomó como una simple nube de lluvia de forma
irregular. Los humanos tienden a buscar explicaciones sencillas a
las cosas que escapan de su entendimiento, quizás por ello es que
el universo aún está tan fuera de nuestros conocimientos.
Se trataba de una mancha en el cielo, negra como la brea, que
en ninguna circunstancia parecía una nube, o algo propio de
estar en el cielo. Sin embargo, ahí estaba, ocupando el centro
de atención, dejando al sol en segundo plano. El primer día, las
personas se atropellaban para sacarle foto con su celular, y al otro
día el Internet estaba plagado de fotografías y post hablando de
aquella mancha negra en el cielo.
Mi hija misma había subido una foto de esa peculiar aparición.
Hace años que ella no hablaba conmigo, un malentendido nos
había separado luego de su matrimonio.
Al día siguiente, la mancha fue más grande, y, cabe mencionar,
no hubo lluvia. Una cosa así debería haber sido vista desde otros
lugares, y alguien debería estar investigando. Todos dimos por
hecho que alguien lo estaba haciendo.
Pasaron varios días antes de que fuéramos capaces de
comprender que algo extraño pasaba con el Internet, y con los
medios de comunicación en general.
Los primeros días apenas se notaba una irregularidad al intentar
hablar con personas de otras regiones o países, y todos asumieron
que pronto pasaría. Se consideró que la mancha se tratara de
algún fenómeno atmosférico, y que a eso se debían las fallas en
los medios de comunicación. Pero los días siguieron su curso, y
la mancha continuó aumentando su tamaño, y aún no se tenían
noticias del exterior.
Al quinto día, la gente estaba histérica. La luz del sol había sido
parcialmente cubierta por aquella mancha, y no se tenían noticias
del exterior. La provincia parecía estar expulsada del resto del
mundo, los noticieros no tenían idea de qué ocurría, y pronto el
resto de las noticias dejó de importar. Solo querían saber qué era
esa mancha, y por qué no había comunicación con el resto del
mundo.
El Internet y las líneas de comunicación seguían funcionando,
eso era lo extraño. Pero fallaban de forma abismal cuando alguien
intentaba comunicarse con personas ajenas a la provincia. No se
podían recibir ni hacer llamadas, no podíamos recibir ni mandar
mensajes, y no podíamos ver ninguna publicación de ninguna red
social perteneciente a alguien del exterior, pese a si poder ver las
de quienes estaban dentro de la provincia.
Al sexto día, la mancha negra en el cielo comenzó a reflejar
sombra, aumentando estrepitosamente la histeria colectiva. Una
pequeña parte de la ciudad se cubrió de una oscuridad absoluta,
en la que ni siquiera se podían ver las luces de la calle o las casas.
Vecinos que vivían cerca de aquellas sombras incluso
aseguraban que se oían risas entre medio de ecos profundos,
como perdidas entre la inmensidad. Otros explicaban que se veían
pequeñas manos asomarse desde las sombras, intentando atrapar
las cosas que se acercaban a la misma.
Al principio, pensábamos de forma colectiva que estaban locos.
O, al menos, que estaban exagerando.
Los que vivíamos fuera de las casas que habían sido cubiertas
por aquellas tinieblas no nos atrevimos a entrar, o al menos la
mayoría. Era sentido común.
Primeramente, fueron ocho casas, y un par de puestos de venta
de diversos rubros. Al otro día, más casas y locales se sumaron a
la oscuridad, a medida que la sombra crecía y consumía la ciudad.
Entre los que quedábamos, poco a poco notamos que tampoco
podíamos comunicarnos con quienes habían sido cubiertos por la
oscuridad, y que de hecho tampoco habíamos vuelto a verlos. Y
así, lentamente iban desapareciendo personas.
El día número cuatro, la gente ya no se atrevía a salir, por miedo
de ver su casa devorada por las sombras. A veces se veía a los
vecinos asomarse por las ventanas, o yendo a hacer las compras
(o saqueos) para toda la semana, o incluso el mes, pero no más
que eso.
Una vez vi al marido de mi hija por la ventana. Eso me consoló,
pero no más que eso.
Mientras más pasaban los días, más necesitaba saber de ella.
Le mandé un mensaje un día, sintiendo que la preocupación
pesaba más que el orgullo. Pero no logré dar con ella. Igual que
había ocurrido con las personas que vivían en las casas cubiertas
de sombras, ningún mensaje le llegaba.
Solo entonces me atreví a salir, no por valentía, sino por miedo
de no volver a verla. Caminé las calles de una ciudad asustada,
con un cielo corrompido por una mancha que ahora lo amenazaba
todo.
Aterrado, noté que todo era cierto. Lo único que se escuchaba
en la calle eran risas retumbar entre las sombras. Burlescas entre
medio de una ciudad vacía.
Me detuve en la esquina de donde mi hija vivía, y pude ver
cómo la completa oscuridad dominaba lo que antes había sido su
casa. Soy un cobarde, pues no me atreví a ir más allá. Quizás debí
haberlo hecho.
Al volver a casa, noté lo impensable. Ella me había enviado un
mensaje de WhatsApp.
Pero no era una respuesta a ninguno de mis mensajes anteriores.
«Ellos nos tienen».
Y fue todo.
¿Quiénes eran ellos? ¿Dónde estaban?
Mil mensajes le mandé a mi hija, y miles de ellos no fueron
enviados. De nuevo, el mismo caso: no había forma de dar con
los que vivían en casas que había sido cubiertas por aquel manto
oscuro.
No pudiendo más con la información incompleta, al otro día
me vi en la necesidad de hablar con mis vecinos.
Nadie quería hablar con nadie, y nadie se atrevía a buscar
explicaciones. Pero todos los que se habían comunicado con
alguien de la parte oscura de la ciudad habían recibido un solo
mensaje antes de volver a estar incomunicado. Y todos eran igual
de perturbadores.
«Ellos me tienen».
«No estamos aquí».
«No nos busquen».
«Nadie puede volver».
«No entren».
«Nunca hubo salida».
No he vuelto a dormir desde entonces. Ha pasado una semana,
y la sombra siguió avanzando. El sol ya casi no ilumina, no se
escuchan almas en la calle. Solo risas que ensordecen.
A sabiendas de que los medios de comunicación pronto
serán completamente inútiles, decidí escribir todos estos
acontecimientos tal y como yo los recuerdo.
Si alguien encuentra este cuaderno, quiero dejar constancia de
que no lo inventé. Y que no desaparecí voluntariamente. Quisiera
gritar a todos lo que ocurrió aquí, advertirles, pero la sombra
actualmente está a metros de mi casa, y dudo sobrevivir la noche.
Pronto ellos también me tendrán.
La catedral hundida
Cris Morán Somohano
Claro que sentí una mirada penetrante en la nuca, eso hizo que
un escalofrío recorriera mi espalda y tuviera un leve temblor
involuntario de todo mi cuerpo. Pudo ser el frío. Intenté sacudirme
esa sensación, sin embargo, quise voltear a enfrentar eso que me
acechaba.
¿Cómo quedamos atrapados aquí? Fue un error de novatos,
debimos correr al coche en cuanto comenzó la tormenta —
estábamos pasando por una etapa de sequía, no íbamos ni
preparados para algo así—, aunque eso significara llegar
empapados, agotados y bastante golpeados por el granizo; al
menos hubiéramos tenido la oportunidad de escapar a pesar del
resultado incierto.
En cambio, confiamos en que la tormenta iba a pasar pronto
y, de un momento a otro, ya nos encontrábamos con el agua
hasta las rodillas, las puertas trabadas y sin otro lugar a donde ir.
Nuestro refugio se volvió nuestro peor enemigo, y poco sabíamos
que había un ser vigilando cada uno de nuestros movimientos.
Estábamos ahí porque nos tocó ir a registrar las obras de la
catedral; una gran iglesia que se encontraba bajando al final de
una calle empinada; al parecer toda la información acerca de
esta edificación se había perdido y era necesario recuperarla,
incluso si eso implicaba volver a hacer el trabajo de campo. Así
que una vez ahí Raúl eligió como primera obra el altar atiborrado
de altos relieves alusivos a la liturgia; Miriam se fue por una de
esas clásicas pinturas de mártires llenas de claroscuros, y yo opté
por el púlpito de influencia gótica. Trabajaríamos desde el fondo
hacia la entrada principal.
Llegamos al finalizar la última misa de la mañana, no
queríamos importunar a los devotos, aunque algunos feligreses
se quedaron después de terminada la ceremonia. Esperamos
unos momentos más para que todos se fueran para iniciar nuestra
labor. Parecíamos turistas tomando fotos de diferentes ángulos,
haciendo anotaciones y comparando de vez en cuando opiniones.
Fue hasta que Raúl me preguntó acerca de un relieve curioso que
se encontraba mirando hacia la girola que empecé a poner más
atención a los detalles del resto de las obras. Se trataba de un
motivo completamente fuera de lugar: mostraba una escena en un
río, sin embargo, no se trataba de un bautizo o algo relacionado a
la religión.
Mientras tratábamos de dar con alguna pista que nos diera más
información el cielo se desgarró, dejando caer la mentada tormenta
que nos atrapó. En lugar de escapar cerramos las puertas esperando
que pasara pronto. Mas solo pudimos escuchar la ferocidad con
la que el agua bajaba por la calle, hasta que comenzó a entrar
amenazantemente por debajo de la puerta, había suficiente espacio
para que el granizo también se colara de manera apresurada. Sin
saber en qué momento pasó, el nivel alcanzó nuestras rodillas,
helando cada uno de nuestros movimientos. Nuestra respuesta fue
dirigimos al altar, que se encontraba unos escalones más elevado,
con la vaga esperanza de que no siguiera subiendo el nivel del
agua.
De un momento a otro ya estábamos parados encima del
altar y con el agua subiendo constantemente, ya había cubierto
por completo las bancas, solo podía verse un oscuro cuerpo de
agua que nos rozaba los talones. Por los ventanales podíamos
ver el progresivo oscurecimiento del cielo y, por lo tanto, del
interior de la catedral. El frío se estaba tornando insoportable,
y nuestros pantalones mojados no ayudaban nada a la situación.
Fue entonces que sentí aquella mirada, una amenaza oculta. Traté
de sacudirme la incómoda sensación de ser observado en una
iglesia donde nuestra única compañía era el agua helada. Y esa
amenaza latente no me dejó en paz hasta que me armé de valor
para voltear a ver si, en efecto, había algo o solo eran mis nervios.
Y el valor salió nadando en un segundo cuando encontré un par de
orejas puntiagudas que lentamente salían del agua hasta dejar ver
un rostro canino con brillantes ojos amarillos. El sobresalto hizo
tambalearme y caer al agua, mi primer instinto, tras recuperar el
aliento, fue nadar alejándome lo más posible de esa criatura, pero
¿a dónde iría? Estábamos encerrados en una catedral con esa bestia
que se veía muy cómoda en el medio acuático. Escuché gritos y
chapoteo a mi espalda mientras mi instinto me dirigió hacia el
púlpito adosado a una columna que momentos antes había estado
analizando, pensé que la altura me iba a poner a salvo. Subir los
escalones fue un reto mayor pues estaban desgastados, en curva
y resbalosos. Ahora estaba en un lugar mucho más reducido y
mucho más vulnerable. Sin embargo, cuando pude recuperarme
y poner atención a la escena completa vi que tanto Raúl como
Miriam habían saltado del altar y nadaban hacia mí. Al mismo
tiempo, detrás de ellos esas orejas puntiagudas los seguían, pero
a una distancia calculada. Afortunadamente, el agua parecía
haberse estancado, ya no subía el nivel, pero tampoco bajaba.
Ayudé a mis amigos a subir conmigo al púlpito y nos
acomodamos muy apretados en el pequeño espacio, intentando
no quitarle la vista a esa criatura. Dio varias vueltas a la columna
y luego se sumergió. Impactados por lo que estaba sucediendo
tratamos de seguir las ondas en el agua, solo logramos adivinar
que se dirigió de nuevo hacia el altar. Luego no hubo movimiento
alguno en la superficie. Nos quedamos pasmados. Pasmados por
lo que parecieron horas. Fue un ruido hacia la entrada lo que
nos hizo reaccionar de nuevo. Era un ruido mudo que venía del
fondo, pisadas que se sentía rasgaban el piso. Por más que nos
esforzamos no pudimos ver más que una mancha aún más oscura
que el agua, era enorme. Pasaba lentamente por la nave central,
se detuvo un momento en el crucero y luego por fin pudimos
ver exactamente a nuestro acompañante. Primero salió la cabeza
de lobo, le siguieron las patas delanteras que parecían garras
te topo, grandes, anchas y con uñas largas; con un movimiento
muy humano se impulsó hacia arriba para dejar ver el resto de
su cuerpo: su pelaje era negro, y mojado se asemejaba mucho al
hule. Para rematar esta imagen salida de la más enferma pesadilla,
su cola era larga y se meneaba de manera calculadora dejando ver
en su extremo una mano —¡sí, una mano!— lista para agarrar a
su presa. Así se postró de manera ceremoniosa, presumiendo su
horrible existencia, olfateando en nuestra dirección.
Nosotros no teníamos nada para defendernos, tampoco teníamos
un plan en caso de ser atacados; solo estábamos temblando,
esperando impacientemente a que nuestro destino se decidiera.
Había demasiada tensión en el ambiente y, para rematar, cada vez
estaba más oscuro. La bestia clavó sus ojos en uno de nosotros
y sin calcularlo más se lanzó al agua y rápidamente alcanzó las
escaleras del púlpito. Sin saber qué hacer, Raúl y yo nos aventamos
al agua, Miriam se quedó congelada viendo cara a cara a la bestia,
esperando lo peor. La suerte, o algo más, hizo que mi clavado
fuera hacia uno de los pasillos, mientras que el destino decidió
que Raúl saltara más hacia el centro, olvidando por completo que
abajo del agua estaban las bancas de la iglesia. Escuchamos el
alarido de dolor de nuestro amigo, se había golpeado las piernas
con la vieja madera de los asientos y solo le quedaba chapotear
para intentar ponerse a salvo. Detrás de él volaba la fiera, buscando
atrapar a su presa, ignorando por completo a Miriam.
Solo pude ver que la cara de mi amigo fue atrapada por esa
mano espantosa, la cola se le enredaba en el cuello como serpiente.
Sus gritos ahogados de terror se extendieron como eco en toda
la catedral. Poco después lo miré sumergirse violentamente y no
volver a aparecer. La criatura tampoco resurgió a la superficie.
Todo esto pasó muy rápido.
Terminada esta horrible escena el agua se retiró de la catedral.
Como magia. Miriam estaba en shock y yo apenas pude asimilar
lo que había pasado. Ya vacía la iglesia busqué a Raúl. No había
rastro alguno. Dejamos la catedral sin mirar atrás, empapados,
derrotados y traumados. Nunca más volvimos.
Pocos días después nos enteramos que atrás de la catedral se
encontró un cuerpo hinchado. Irreconocible por completo. Las
noticias amarillistas compartieron que en la autopsia se determinó
ahogamiento como motivo de muerte, lo que no logró resolver es
por qué el cadáver estaba sin ojos, uñas o dientes.
Tiempo después me enteré que hubo otro equipo de investigación
encargado de terminar nuestro trabajo. Me di a la tarea de leer el
levantamiento de obra que hicieron y me pareció muy interesante
que en cada una de las obras encontraron el mismo motivo
acuático que habíamos visto en el altar. Alguien más realizó una
investigación mucho más profunda en la que reveló que tiempos
prehispánicos en ese lugar estaba erigida una ofrenda a la deidad
de la lluvia —Tláloc—, a la que el mismísimo Ahizótl le llevaba
constantemente sacrificios para evitar su olvido.
El diablo acecha
Azul Arias
Era una de esas personas a las que les encantaba dormirse tarde.
Cada cierto tiempo tenía parálisis de sueño u observaba sombras
rondar por mi casa alrededor de las 3:30 de la mañana. Veía desde
niños corretear, sobras de un hombre parado a los pies de mi cama
e incluso una anciana caminar con un bastón por los pasillos.
Una noche de tormenta nos habíamos quedado hasta tarde
viendo una película con mi sobrina y mi hermano en mi cuarto
y cuando nos fuimos a dormir, no lograba conciliar el sueño,
sentía como si alguien me observara, el ambiente en la habitación
se sentía tenso. Luego de unos minutos más mirando hacia la
oscuridad decidí acostarme e intentar dormir.
Alrededor de las 3:30 de la mañana me desperté, pero no podía
moverme, el ambiente se sentía helado y la sensación de ser
observada era más intensa, hasta que sentí unas manos gigantes
y con garras agarrar mis hombros desde la cabecera de la cama y
en entonces lo oí.
—¿No puedes dormir? Pronto te atraparé, ja, ja, ja.
Era una voz gutural muy profunda, el ambiente de repente
se puso caluroso como si estuviera bajo el sol, pero eso era
imposible, pues ese día hacía frío y yo ni siquiera estaba cubierta
con una manta.
Sentía cómo presionaba sus garras en mis hombros haciéndome
daño, luché por moverme hasta que sentí algo peludo como una
pequeña manita agarrar mi mano. En ese momento me asusté,
pues no podían ser mis gatos ya que ellos dormían con mi madre.
De un salto me erguí quedando sentada y al parecer ahuyentando
a lo que sea que sujetó mi mano. Desde los pies de la cama
observé una pequeña sombra negra como la de un niño pequeño
salir corriendo por una pequeña abertura de la puerta.
Luego de pasados tres días mientras descansaba en medio
de la noche volví a despertarme a eso de las 3:00 de la mañana
debido a una pesadilla descubriendo que no podía hacer ningún
movimiento.
«De seguro es una parálisis de sueño», pensé, pues era muy
normal que eso ocurriera, pero lo que no sabía era con qué me
encontraría.
Frente a mí en la puerta de entrada a mi cuarto vi a un animal,
era una cabra macho negra, con enormes cornamentas. Poco a
poco fue acercándose hasta estar frente a mí
Tenía ojos rojos profundos y brillantes, de su cuello colgaba
una cruz invertida y solía hacer ciertos movimientos erráticos
hasta que me habló:
—Nos vemos otra vez. Te dije que volvería por ti…
En ese momento me espanté, pues recordé la voz del ser que
se me presentó días atrás, este animal tenía la misma voz gutural
que él.
No me considero una persona que reza o va mucho a la iglesia,
pero en ese momento recuerdo que por el miedo que sentía al
ver a esa cabra a los ojos me puse a rezar mientras sentía cómo
se helaba la habitación y el ambiente se volvía pesado. Recé y
recé mientras el animal se reía de mí, hasta que finalmente logré
moverme y cuando recuperé consciencia todo había vuelto a
la normalidad, llorando fui a contarle a mi madre lo que había
pasado, pero no me creyó y me envió a dormir nuevamente. Esa
noche no logré conciliar el sueño y estuve despierta hasta que
amaneció.
Al día siguiente mi madre pidió que le volviera a contar los
sucesos que ocurrían de noche, cuando se lo comente ella me
miró extrañada y confundida, le mostré los dibujos de lo que veía
en esas parálisis o lo que fueran, al principio no me creyó de
nuevo hasta que luego de unos días más decidió llevarme a un
curandero.
Al siguiente día viajamos en auto para ver al curandero, fue
un viaje largo y observé mucha gente que hacía fila para verlo.
Cuando nos tocó a nosotros, pasamos y en una habitación al final
del pasillo una vez allí hicieron salir a mi madre, y mientras yo
contaba todo lo que había visto y escuchado semanas atrás, voces
que me decían que pronto me atraparían y me hundirían en la
oscuridad.
Luego de mi relato, el médico me miró de forma seria hasta
que agarró dos botellas de agua bendita, agua florida, y agua de
7 poderes y me lavó la cabeza con ellos repitiendo varias veces
palabras que no entendía hasta que escuché:
—Deja este cuerpo, ser del mal. —Lo repitió tres veces hasta
que de pronto sentí mucho sueño, pero también muy ligera y a
salvo por alguna razón.
Luego de un año, empecé a ir a un psicólogo para hablar con
él sobre las cosas que veía y escuchaba lo mismo que hice con el
médico, esos sucesos ya no ocurrían, pero aún estaban guardados
en mi memoria.
—Y cuénteme… ¿Qué ha sido lo último que ha visto u oído
luego de aquellas experiencias?
—Ya no tengo parálisis de sueño, pero aún oigo que golpean mi
ventana, aun si cierro las cortinas, escucho arañazos debajo de mi
cama o tocan a mi puerta cuando está cerrada.
—Bien, ¿qué más has escuchado o visto?
—Suelo ver aun varias sombras al inicio de año. Mientras
yo y mi sobrino dormíamos, al despertar por accidente a media
noche noté una figura alta de un hombre parado a los pies de la
cama donde dormía mi sobrino, no se movía, solo lo observaba,
como reconocí la figura te preguntarás, pues mi familia solía
dejar encendida la luz del patio y esa luz se reflejaba por toda la
casa por medio de las ventanas. Me levanté lentamente e intenté
tocarlo, pues, aunque yo parpadeara seguía allí. Lo confundí con
el cansancio y tal vez solo era un sueño. Cuando logré alcanzarla
por el brazo y al más mínimo toque la sombra desapareció como
si nada —dije.
—¿Te han dicho o has interactuado con estas sombras?
—No —fue mi última palabra.
Tiempo después me encontraba en cama mirando al techo
mientras intentaba conciliar el sueño. Cuando lo logré, no
pasaron más de veinte minutos que desperté y como mi cama da
en diagonal hacia la habitación de mi madre y aparte estaba todo
oscuro, solo se veía la leve luz que irradiaba de la televisión de
su cuarto.
Allí, en medio del pasillo, estaba la sombra de un perro
alto que parecía un Golden retriever de pelo largo. Me asusté
horriblemente, pues en parte le temo a los perros y a pesar de
que nosotros tenemos uno no era como el que veía, pareciera que
este se había metido a la casa, pero no lograba identificar hacia
dónde veía, pero creo que miraba atentamente hacia el cuarto de
mi madre.
A diferencia de otras veces, sí podía moverme, mi primer
pensamiento fue encender la luz, pero sentía que esa sombra no
desaparecería, algo me lo decía; mi instinto me hizo ocultarme
bajo las mantas y recitar un párrafo de la biblia que me había
recomendado mi doctor tiempo atrás.
Cuando volví a salir desde debajo de las mantas, esa sombra
permanecía en el mismo lugar, así que armándome de valor y con
los ojos cerrados corrí hasta donde estaba la puerta y encendí la
luz. Como supuse, la figura del perro seguía allí, agarré un objeto
al azar y se lo lancé, solo así se desvaneció y fui a prender la luz
de la sala. Cuando me acerqué al lugar donde se encontraba ese
ser extraño solo encontré algo de ceniza. Limpié la zona con agua
bendita y luego volví a mi cuarto con la luz encendida y con la
biblia en mano recitando el párrafo que me dijeron.
A la mañana siguiente, busqué el significado de ver la sombra
de un perro negro y resulta que es un presagio de muerte.
—¿Entonces me dices que viste una sombra de un animal?
¿Seguro que no fue un sueño? ¿O una pesadilla? —Le digo que
lo que vi fue real. ¡No lo soñé!
—Está bien, tranquila. Haremos un chequeo más —dijo
mientras anotaba algo en su libreta mientras yo solo escuchaba
sus indicaciones. Por un momento sentí que salía de la realidad,
oí en mi mente nuevamente esa voz gutural que me ordenaba y
decía: «¡Mátalo! Ja, ja, ja. A que no te atreves. Yo te guiaré».
—Oye, ¿ocurre algo? Te veo algo ida —decía mientras yo lo
miraba de forma fulminante. Me levanté de la silla y no sé de
dónde saqué una mini cuchilla—. ¡Oye! ¡Oye! ¿Espera… qué
crees que haces? —decía nervioso
—Acabaré… con… usted —decía de forma entrecortada a
lo poco que recuerdo y antes de que pudiera asestarle el primer
golpe, el doc me asestó una zancadilla a los pies haciendo que
tropiece y desperté sin recordar nada de lo ocurrido hasta que
llegué a mi casa.
Tú, quien está leyendo esto, ¿alguna vez pasaste por una
parálisis de sueño? ¿O escuchaste una voz? ¿Y qué fue lo más
raro o aterrador que viste o sentiste?
Meñiques
Dr. Rippo
—El monstruo es pequeño, su cuerpo es como el de un sapo,
escamoso y pegajoso al tacto, sus brazos delgados y alargados.
No te dejes engañar, son muy fuertes. Lo más aterrador es
su rostro, una masa retorcida con un ojo del lado izquierdo, el
derecho cegado por una cicatriz que atraviesa parte de su cara.
Más de dos tercios de toda la cabeza es su enorme boca, llena
de dientes puntiagudos y afilados, parecen miles de agujas, listas
para apresar tus dedos de los pies. Sí. Lo que más les agrada son
los deditos de los pies de los niños. Es tan delicioso que no puede
resistirse. Cuando un pequeño pie queda colgando en el borde
de la cama, no duda en abalanzarse sobre ellos. El meñique es el
preferido.
El silencio inundó la habitación. Ernesto tenía los ojos abiertos,
sus pupilas dilatadas, su respiración agitada, su cabeza hundida
en la almohada, y los pies, encogidos para evitar que el pequeño
monstruo se comiera sus dedos.
—Bueno, es hora de dormir —dijo su padre a la vez que
apagaba la luz.
Al cerrar la puerta, Ernesto se quedó solo en la habitación. ¿O
no? En cada rincón se veían sombras, parecían alargarse en forma
de manos retorcidas, intentando alcanzar sus pies. Un rechinido
de la casona vieja, parecían pisadas que comenzaban en el techo,
bajaban de forma abrupta por las paredes y corrían hasta debajo
de la cama. Si ponía atención, unos susurros le decían:
—Baja los pies. Baja los pies.
Un grito se escuchó. Eran alaridos que salían de la habitación
del pequeño Ernesto.
—Otra vez le contaste historias —habló con exasperación
Lucía, la madre del pequeño.
Se encendieron las luces, primero la habitación de los padres,
después los pasillos y al final la habitación de Ernesto. Lucía entró
y vio al pequeño acurrucado en una esquina de su cama, sostenía
una cobija azul con sus manos temblorosas. Decía con palabras
entrecortadas e incomprensibles algo sobre un monstruo.
—¿Qué te pasa?
—¡El monstruo está debajo de la cama! —exclamó llorando
Ernesto.
—Ya estás grandecito para esto. Y tú, Germán —dijo a la vez
que volteaba a ver al padre—, explícale que solo es un cuento.
Este último se acercó con paso relajado y se sentó a la orilla de
la cama.
—Es verdad. Solo es un cuento. Me lo contaban mis hermanos
para hacerme sufrir todas las noches. Así cuando quería ir al baño,
tenía tanto miedo que me hacía en los calzones. —Se echó a reír.
Ernesto también comenzó a carcajearse y se tranquilizó.
—Ahora duerme.
—Pero dejen las luces encendidas.
—Está bien, pero solo un rato.
Salieron de la habitación. El último en salir fue el padre.
Cuando salió, vio de forma extraña en dirección de debajo de la
cama. Ernesto sonrío, pero encogió los pies.
Los días pasaban y Ernesto continuaba escuchando ruidos y
murmullos debajo de su cama. Despertaba a la misma hora con
una sudoración profusa y un llanto incontrolable. Después de
muchas pláticas, decidieron llevarlo al psiquiatra. Recomendó
psicoterapia, pero ante la falta de resultados indicó un tratamiento
farmacológico.
Ernesto comenzó a dormir de nuevo toda la noche. Los
medicamentos parecían funcionar a la perfección.
Cierta noche, los padres de Ernesto tenían una reunión
importante. Contrataron a una niñera que no era de su agrado.
Decía que era mandona, gorda y no le hacía caso, hablaba por
teléfono toda la noche.
—Sé que te molesta quedarte con Jazmín. En el fondo es una
buena persona, además no hay alguien diferente que pueda cuidar
de ti.
La incomodidad era evidente en la cara de Ernesto, pero a
Jazmín no le importaba. En cuanto se cerraba la puerta, prendía
la televisión, dejaba al pequeño en el sofá, tomaba su celular y se
metía a una habitación para hablar.
No le ofreció alimento alguno, y mucho menos le dio sus
medicamentos. Ernesto gritó:
—Jazmín. Tengo hambre.
La niñera entró a la sala, llevaba una naranja que pelaba con un
cuchillo, dejó ambos en la mesita de centro y se metió a la cocina.
Regresó con un pan con mermelada que dejó sobre la mesa.
—Come y después te vas a dormir.
Una llamada entró y la tomó.
—¿Carmen? Hola. Sí, claro que tengo tiempo. ¿Ahora? Estoy
cuidando… ¿en serio? Claro, espera, llego en diez minutos.
Ernesto quedó viendo fijamente a la niñera.
—Debo salir. No tomará más de media hora. Cuidado y dices
algo de esto.
No terminó de decir estas palabras que azotó la puerta tras de sí.
En la penumbra Ernesto recordó el cuento. Decidido a encender
todas las luces, comenzó a bajar los pies del sofá, pero vio una
sombra debajo que lo detuvo. El temor comenzó a apoderarse de
él. Esta vez no había nadie a quien gritar, estaba solo. Escuchaba
sus latidos como mazos sobre una pared, una opresión comenzó
en el cuello y se cernió en su tórax. No podía respirar y un susurro
se escuchó. Primero debajo del mueble, después detrás de él.
Una sombra comenzó a dibujarse a uno de los lados. El cuchillo
estaba en la mesa de centro, en ese instante parecía un precipicio
infranqueable. Subió el volumen del televisor, pero continuaba
escuchando el susurro, y unos rasguños que parecían atravesar la
tela y almohadones.
—Ayuda. Alguien que me ayude.
Sus palabras parecían ahogarse entre sus sollozos. Decidió que
podía defenderse con el cuchillo. Debía alcanzarlo, pero si bajaba
los pies, el monstruo tomaría sus dedos y se los comería. La mesa
estaba a menos de medio metro, se alargó lo más que pudo y con
mano temblorosa casi lo alcanza.
«El control, con eso seguro llego», se dijo para sus adentros.
Puso sus pies en área segura, y se estiró de nuevo. El borde del
objeto logró hacer contacto con el cuchillo, comenzó a halarlo,
pero vio moverse algo debajo del sofá. Esto casi hace que caiga
al precipicio mortal entre el sofá y la mesa de centro. Se hizo un
ovillo y lloró por largo rato, esperaba que en cualquier momento
llegara Jazmín. Quién diría que sería su salvadora en esta situación.
Pasó más de una hora, la niñera no llegaba y un ruido en la
calle lo puso de nuevo en alerta. No podía esperar más. Se armó
de valor y se puso de pie sobre el mueble, se lanzó a la mesa de
centro, cayó sobre el cristal y resbaló. Su cabeza quedó colgando,
el temor se apoderó de Ernesto, que comenzó a manotear para
ponerse de pie, en el pequeño espacio debajo del sofá, vio unos
ojos.
Cuando los padres llegaron a la casa, les sorprendió ver las
luces encendidas. La sala estaba descompuesta, la mesa de centro
derrumbada y un rastro de sangre partía de ahí y continuaba por
las escaleras. Con ansiedad ambos siguieron ese rastro que los
llevó hasta la habitación de Ernesto. Ahí vieron al pequeño que
jugaba con unos peluches. Al entrar los padres sonrió y estiró los
brazos para abrazarlos, pero se quedó sentado en su cama, con las
piernas cubiertas por una cobija gruesa.
Ambos llegaron hasta el pequeño y lo abrazaron.
—Pensamos que te había sucedido algo —dijo la madre con
alivio.
—Vimos sangre en el pasillo y las escaleras —añadió German.
—Es solo un pequeño sacrificio para poder estar en paz —
respondió el pequeño, a la vez que gimió de dolor al hacer un
movimiento brusco.
Lucía retiró la cobija y vieron sangre que brotaba de los pies
de Ernesto.
—¡¿Qué sucedió?¡ —gritó Lucía con desesperación.
—Tuve que hacerlo. Eran mis dedos o yo.
Encontraron los dedos meñiques de ambos pies debajo del sofá.
La pequeña Bermellón
T. William
«Después de tanto… aún no lo comprendo».
En un punto de la historia sin relevancia,
en un pueblo sin relevancia,
en un hogar, sin relevancia,
con una historia… irrelevantemente relevante.
Nina, este es el nombre que ella lleva; uno escogido
por su padre pero aprobado por su madre. Niña de 12 años,
cabello a la altura de los hombros ondulado y castaño claro,
ojos verdes y ligeras pecas poco notables en sus mejillas.
Al sonreír puede notarse un espacio en la zona del premolar
izquierdo,
(además de inclinar la sonrisa para este lado, acentuando aún
más el espacio).
La familia, de apellido Iris, está conformada por la ya
mencionada
Nina, su padre Han, su madre Regina, y su hermana Helena.
Helena y Nina se llevan 5 años de diferencia,
siendo Helena la mayor de las dos; sobre su relación
podría decirse que no es destacable, ambas se respetan
mutuamente y comparten momentos juntas, pero no son
precisamente…
«amigas»,
sino que son compañeras; esto afecta más a Nina que a Helena,
por creer siempre que no es «suficiente» o «interesante»
quedando algo distanciada…
Y sola. Helena nunca se preocupó de esta soledad padecida
por su pequeña hermana, siéndole indiferente (a su favor,
Nina jamás confesó su estado).
Por desgracia de la «pequeña Bermellón» (manera de la que se
la conoce a Nina desde su niñez), su vida
conoce a un pequeño y reducido grupo de jóvenes
conformado por no más de tres integrantes, tres a quienes puede
llamar «amigos» de los que se destaca uno sobre el resto:
el pelirrojo Stuart; con quien pasa grandes periodos de
momentos
olvidando brevemente su tormento de soledad.
Pero hoy no se encuentra Stuart,
hoy no se encuentra el sol,
hoy no se encuentra el cálido abrazo,
hoy no se encuentra la rasgadura en la cotidianidad;
hoy se encuentra la soledad, el llanto del cielo,
el gélido susurro y la estructura de la limitación.
El día es lluvioso, sus padres y su hermana
se encuentran en casa, y ella dispone de tiempo libre
en el cual podría moldear una historia… relevante.
Ella a pesar de aparentar estabilidad, no podría estar más lejos
de ella, aunque claro, lo intenta;
¿por qué ha de estar lejos de la estabilidad?
Quizá, por recordar el pasado.
Sin embargo ahora se encuentra en su
habitación acostada observando por su
ventana de cortinas azuladas la tormenta que
no para; su madre irrumpe el silencio
para traerle el desayuno: una taza de café con dos galletas.
—Buenos días —dice la madre con una sonrisa mientras se
acerca.
—Buenas, ma… —responde ella.
—¿Despierta?
—Eso parece… es que, sabes que me agrada ver la lluvia por
la ventana.
—Ya veo, ten, bebe antes de que se enfríe, y no tardes en bajar.
—Pronto saludaré a Helena y a padre…
—Nina, ellos ya se encuentran despiertos y en la sala principal.
—De acuerdo, no tardaré en bajar… —expresó Nina tras un
gesto de desagrado y un extenso suspiro.
—Te veré allí.
—Claro… —susurró ella en respuesta.
Afuera la lluvia no cesa, y eso parece reconfortarla, pero quizá
algo…
… Se oculte en ella, un sentimiento, que pasa desapercibido
hasta para ella misma.
En su mente, parece existir más de un «ella»,
más de una versión, no al punto de ser «personalidades»
múltiples,
no llega a eso, podría decirse que su condición está
un escalón por debajo de esto; en su mente, habita
«algo», con la que en más de una ocasión
entablaron diálogos, y a pesar de que esta otra versión
influye en ella, no es capaz de tomar dominio ni de su mente
ni de su cuerpo; el control siempre lo tuvo Nina (o al menos
eso cree ella).
Su otra versión fue apodada por Nina como «Bermellón»;
Su existencia dio inicio cuatro años atrás,
cuando Nina tenía ocho, y fue parte de un incidente que
marcaría su existencia.
«La lluvia», piensa ella mientras observa por el cristal,
«parece… como si el cielo llorase…».
—¿Sabes que alguien ya dijo eso? —irrumpió Bermellón
en su cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Esa frase, alguien más ya la pensó al contemplar la lluvia.
—¿Cómo esperas que lo sepa? Además, es evidente que no
seré la única con reflexiones en temas comunes y cotidianos.
—Observa más de cerca…
—¿Por qué?
—Descuida, no aparecerá nuestro… «amigo».
—No quiero hacerlo, no quiero; este día ha empezado bien, no
quiero que se arruine.
—Solo acércate y observa mejor las lágrimas de los Dioses.
Nina se levanta suavemente de su cama, se acerca temerosa
al cristal, y observa a través de él.
—No parece haber n…
El pensamiento de Nina al observar por la ventana
desde su habitación en el segundo piso
se ve interrumpido por lo que esperaba y deseaba no ver:
una fuerte luz, un gran resplandor, como una manifestación
de algo, algo consciente, se encuentra allí, sobre los
pastos y charcos de agua, una fuerte luz anaranjada
con forma esférica, un orbe luminoso que solo
se encuentra allí, quieto, sin hacer absolutamente nada;
pero ella sabe, sabe que eso, no es algo sino alguien,
y que la está observando, sabiendo que está allí y una vez más…
… Perturbando su tranquilidad.
—Está ahí otra vez.
—Qué sorpresa, deberías ir y decirle que se vaya.
—Basta, no es gracioso.
—¿Y qué harás?
—No lo sé… dije que no quería venir aquí, dije
que no quería hacerlo… no quería… yo…
—etnem ut ne in, areufa ílla in aruges ratse on seceraP.
Su madre, Regina, entra nuevamente al cuarto,
su intención era corroborar que estuviese todo en orden,
y sin embargo, su llegada es afortunada.
—¿Nina? ¡¿Qué te ocurre?!
—¿Madre…?
La expresión de Nina es de horror en todo su esplendor,
sin embargo, su rostro cambia de expresión repentinamente,
haciendo que sus lágrimas que estaban a un suspiro de liberarse
se esfumasen con un parpadeo; como si ella… por un momento,
no fuese la misma.
—Tranquila, madre, me encuentro bien.
—¿Pero…? No parecías estarlo, ¿seguro que todo está en
orden?
—Sí, madre, descuida, bajaré enseguida.
—¿Quieres que te espere aquí?
—No será necesario.
—De acuerdo… estaré… afuera; dejaré tu puerta abierta…
—De acuerdo.
«¿Qué acaba de ocurrir? No lo sé… tal vez no importe… será
mejor
que vaya a saludar a los demás, madre no parece estar tranquila».
Al salir de la habitación se encuentra con su madre justo en la
puerta,
quien la esperaba intranquila.
—¿Seguro que te encuentras bien?
—Claro, madre, tranquila — respondió entre risas.
Ambas bajan por las escaleras y se encuentran
con el resto de la familia; ubicados en la mesa
se encontraba del lado izquierdo Han y a la
derecha Helena. Los dos estaban desayunando
tranquilamente
y fue Han quien saludó con más entusiasmo a la pequeña Nina.
Bajando por las escaleras, Nina observa el lugar
y ve dos seres sentados sobre la mesa: uno parecía tener
un aspecto de ave sin plumaje y el otro parecía un lobo o perro.
Estas dos figuras con aspectos humanoides y de una
altura aproximada a dos metros, los dos con
mantos marrones desgarrados y sucios;
los dos seres voltean la mirada y posan
sus ojos blancos lechosos y vacíos
sobre Nina.
Ella se contiene y no hace ningún gesto,
parpadea y todo desaparece;
de un momento a otro, aquella ilusión simplemente
se esfuma, y lo que ve frente suyo no es más
que a Han y Helena.
—¿Todo está bien? —preguntó su padre.
—Sí, todo está bien…
—No respondiste el saludo de padre —expresó Helena.
—¿Qué? Oh, lo siento, no lo oí.
—Descuida, hija, no pasa nada.
—Tu hermana aún está algo dormida, Helena.
—Madre, ella siempre parece estarlo.
—Lo siento, hermana, pareces estar muy atenta hoy.
—…
Nina se acerca y toma lugar en la mesa,
una vez sentada, piensa en lo sucedido,
le extraña que hayan ocurrido dos incidentes en un
periodo de tiempo tan corto, y sin embargo, el día
recién empieza. Unos minutos pasaron desde que todos
se reunieron, unos minutos pasaron desde que todo
parecía estar tranquilo o en orden, solo unos minutos,
pues en medio de una idea que Regina estaba
proponiendo para el resto de la familia; Nina siente
algo bajo la mesa,
siente un rose en su pierna, como una caricia,
un suave toque sobre su pierna derecha;
el caso es que las piernas de los demás
se encuentran distanciadas, y la familia
no tiene mascotas. Ella sabe que se trata de algo más,
además, un incidente similar había ocurrido
dos veces en el año anterior, dos veces, donde se
encontraba sola en la mesa.
Sin embargo ella no hace más que correr,
ambas piernas fuera de debajo de la mesa, y su
expresión cambia ligeramente; comienza a inquietarse.
—¿Todo en orden? —preguntó el padre.
—¡Basta de decirme eso, ya me lo preguntaron! ¡Todo está
bien!
—¡Nina! —exclamó la madre.
—Eh, eh... lo… lo siento, estaba un poco alterada,
no me encuentro muy bien, lo siento;
estaré en mi habitación…
—¿Hija?
—Regina, descuida, deja que se tome unos momentos.
—…
Nina se levanta de la mesa y sube las escaleras en dirección
a su habitación. Por un momento reflexiona sobre
qué día es…
—Ella no anda muy bien últimamente.
—Madre, ella siempre es así.
—Hija, deja de recordarle eso a tu madre.
—Pero padre, es verdad.
—Además no lo es, ella solo ha estado pasando por algunos
momentos…
—Esta mañana cuando entré a su cuarto ella estaba observando
por la ventana aterrada…
Estando en su habitación, acostada sobre su cama
contemplando nuevamente aquella ventana mojada
que sigue reflejando una mirada llorosa del más allá;
unas lágrimas de tristeza incomprendida, desapercibida
para miradas acostumbradas a la risa cálida y soleada.
Pero parece atrapante, parece un vacío que mientras
más miras dentro de él, más parece verte él a ti;
en silencio, quieto, pero vivo, una vida fuera de la vida,
que solo se encuentra recibiendo la mirada de los ojos
que saben ver, ojos que ven lo que hay más allá del escenario
que se presenta donde posan la mirada, lo que se encuentra
realmente ahí, pero parece desapercibido o disfrazado
mostrando en cambio lo que los ojos cálidos ven.
El paraíso corrompido de afuera es solo el escenario
en la mente de Nina, quien dentro del mismo, se esfuerza
en recordar, en recordar aquello que ha olvidado, pero que
no se encuentra en el olvido, sino escondido en las profundidades,
esperando a ser revelado nuevamente; esperando… esperando
a la
llegada de ella, quien su esfuerzo parece en vano, pero aun así
lo intenta, y lo intenta…
«Por más que lo intente, no puedo recordar,
pero lo anhelo, y lo deseo; siento que cada vez
me acerco más, pero me aterra pensar que no pueda avanzar.
Quiero saberlo, ¿qué es lo que ocurrió entonces?,
¿qué es lo que parece ser una astilla clavada en mi mente?».
El día sigue normalmente, es decir, no ocurren más eventos
relevantes, no al menos, hasta la llegada del anochecer.
Momentos después del ocaso, uno no muy notable al
ser este oscuro y frío en vez de cálido y colorido. Llegado ya el
manto de las sombras,
el ambiente parece advertir que algo no está bien,
algo que se escapa a las palabras o a las explicaciones,
pero no a los sentidos, no a la percepción del hombre;
no a la percepción de la pequeña Bermellón.
—Nina, ¿te encuentras bien? —preguntó su madre. Casi no has
salido de tu habitación hoy…
—Sí… solo quiero estar un poco sola, es todo.
—Okey... Volveré más tarde a verte, te traeré algo…
—Bien…
Al cabo de unas horas, Nina siente algo,
unos pasos, unos pasos se oyen fuera de su
habitación; en un principio cree que puede tratarse
de su madre, sin embargo el sonido es extraño,
parecen ser pisadas, pero a su vez se oye
como algo arrastrarse sobre el suelo tras cada pisada,
y como si esto intentase desgarrar al mismo suelo;
claro que su nivel de tensión aumenta.
En su cabeza comienza a deducir que se trata de algo más,
como ya es costumbre para ella, pero esto lejos de ser un alivio,
es un tormento, llegando a una reflexión de: «Otra vez…».
Y en sus maldiciones, genera preocupación
al llegar a la idea de que quizá esta vez podría ser más fuerte,
que la ilusión podría ser más vívida y por ello
más inquietante, más difícil de soportar.
La cosa que se acerca más y más ya se encuentra
a la altura de la puerta, queda un momento en silencio,
y luego, un gran golpe impacta sobre la puerta generándole
una gran rasgadura; fue «eso», que encolerizado golpeó
la madera y con total ira repitió el golpe no una,
sino dos veces más logrando abrirla.
La puerta, rota, empieza a desplazarse
dejando entrar una leve luz del exterior
y muy leve brisa también.
Nina observa la puerta que cada vez se abre más
y con terrible tensión se esfuerza en no soltar un grito de pavor,
pues ya contempló qué se encuentra del otro lado:
una figura de una mujer, una figura oscura como una sombra
con pies como un insecto en vez de pies humanos
y brazos más extensos que lo normal.
La figura solo se encuentra allí, en total quietud, observando,
observándola a ella; el silencio impera, cada segundo se
siente decisivo, parece que se romperá el tan amenazante
silencio
cual espejo es fragmentado por un poderoso golpe.
Y finalmente ocurre, pero no el tan esperado grito atronador,
sino que para su sorpresa, se manifiesta el movimiento:
la mujer da un paso firme al frente, ya dentro de la habitación;
la niña desespera, en el momento no piensa en más que saltar
de la cama, cayendo al suelo ganando (o creyendo ganar)
tiempo.
Sabe que esto es otra ilusión, pero no sabe cómo manejarlo,
¿y cómo? ¿Cómo podría?
Ella no sabe qué hacer; ¡Esa cosa está justo enfrente!
No sabe si enfrentarla, si correr con todas sus fuerzas
hacia la puerta y salir al otro lado, si en lugar de eso
mejor no quedarse en los rincones de la habitación,
si no sería mejor arrojarse bajo la cama y aguardar allí,
¿pero no sería un blanco fácil allí abajo?
¿Salir por la ventana quizá? No sería conveniente,
los vidrios, el marco y el suelo están mojados; además,
afuera está aún más oscuro.
En la desesperación solo se le ocurre una cosa,
Una única idea que independientemente de si fuese buena o no,
no disponía del tiempo de cuestionarse, solo podía aferrarse
y confiar en que funcionaría. Así que entonces suelta un grito,
no muy intenso, pero lo suficiente para atraer su atención;
el espectro gira la mirada y su paso aumenta de velocidad
en dirección a donde ella está; pero ella se lanza al lado opuesto
dejando al ser a una distancia considerable y lejos de la puerta,
por lo que ahora reúne todo su valor y con esta única y gran
oportunidad
que acaba de ganarse decide con total pavor y una increíble
velocidad
correr hasta la puerta (teniendo al ente a su derecha a no más de
tres pasos de distancia)
Y logrando pasar a través de ella estando ahora fuera de la
habitación;
rápidamente cierra la puerta, dejando a aquella cosa encerrada
(al menos momentáneamente) adentro.
«¿Aún no lo comprendes, cierto?».
Cuatro años atrás: Nina, Helena y Han se encontraban de viaje,
los tres iban en el auto manejado por Han en dirección
a un destino sin relevancia; sin embargo, durante el camino,
yendo por una casi interminable carretera con el bosque
de ambos lados de la misma, otro vehículo aparece y
se produce un accidente; Han y Helena no sobrevivieron
al mismo, Nina a pesar de hacerlo, quedó sobre el prado
muy malherida; por su cabeza solo pasaba el pensamiento:
«No debí recoger aquel anillo…. no debí,
hacerlo… No debí…».
Nuevamente en la actualidad: Nina se encuentra
suspirando agitadamente fuera de su habitación,
reflexionando sobre lo sucedido. Pero algo extraño ocurre
en el lugar, en el ambiente, en la casa; el lugar parece
haberse deformado, parece haber tomado otro aspecto,
y no uno muy agradable: las paredes cambiaron su textura
a una más rugosa, las luces adoptaron otro tono…
… Uno más tenue; los objetos como los muebles
se ven desproporcionados. Todo el corredor
parece de alguna manera «respirar» siendo
altamente inquietante; de pronto, toda la casa
se ilumina con la luz de un relámpago, el sonido
de la constante lluvia sigue azotando e inquietando;
pero algo que sobrepasa por mucho a todo esto
es un fuerte golpe proveniente de la habitación de Nina,
un golpe contra la puerta (que debido a sus grietas,
poco parece resistir).
Los nervios florecen y no es para menos,
la puerta lentamente se abre y la sombra de adentro
inquieta y espanta más que nada. Sudando y más
pálida cual hoja, Nina corre por el pasillo llegando a las
escaleras, bajando rápidamente por ellas sin tener
en claro a dónde ir; toda la casa parece insegura,
toda la casa parece vigilada y acechada, no parece
haber lugar donde poder respirar.
Estando bajo crisis…
Opta por ir a la habitación de su hermana…
«Allí no hay nada».
La habitación se encuentra vacía. Decide entonces
ir a la de su padre…
«Allí no hay nada, ni nadie».
La habitación de Han se encuentra vacía. Solo queda
la habitación de su madre, a la cual no duda en dirigirse…
Abre la puerta, y una silueta se aprecia sobre la cama,
¿Regina, su madre? No, sino el ser que la acecha,
que de estar en la habitación de Nina ahora
se encuentra en la habitación de su madre.
«No es posible… ¡No es posible!».
La pequeña Bermellón se arroja hacia atrás
y rápidamente toma la decisión de salir de la casa.
Al salir se encuentra con un escenario
poco agradable: todo está mojado,
oscuro, la lluvia sigue violentamente, y en intervalos
de no más de dos minutos se puede apreciar un relámpago;
ella, estando en este tan desagradable escenario,
duda de su decisión, su falta de atención genera
que resbale y caiga al suelo, quedando inconsciente y totalmente
mojada.
Mientras está sobre el suelo piensa:
«De pequeña, mi madre me llamaba
pequeña Bermellón, debido al color
de mi cabello que de niña era más claro,
y este brillaba con el sol dando un tono peculiar».
Regina iris dejó de vivir cuando Nina tenía
cinco años; luego de eso fue su padre Han, quien cuidó
de ella, de ella y también de su hermana Helena.
Sin embargo ambos no sobrevivieron
al accidente tres años después.
Nina creía que su desgracia se debía
a un anillo antiguo que había encontrado,
un anillo que despertó «algo»; fue tiempo
después de esto que en su mente aparecería
la voz que ella apodó como «Bermellón»
al decir que la «forma» que veía en su mente
era la de un resplandor de este tono, además,
en honor a su propio apodo. Luego del
incidente en la carretera, cuando ella despertó
entre los pastos bajo la lluvia, vio un ave y un lobo
que se encontraban en el lugar; pero no pudo recordar…
… cómo regresó a su hogar, de hecho,
no pudo recordar siquiera el incidente;
sin embargo, en su hogar, su familia
seguía existiendo, pero no más que
como una ilusión producida por un ser
que no desea más que
la destrucción de la mente humana.
—Aún… no lo comprendo… —susurra desde el suelo.
—No creo que puedas comprenderlo…
—¿Qué ocurrió… aquel día? No lo comprendo…
Corazonada I
Oziel Cortés
El auto dio vuelta en una calle solitaria y oscura mientras su
corazón comenzaba a latir con mayor rapidez. Tenía un mal
presentimiento, quizá lo había tenido desde que se subió a ese
auto, pero no había prestado atención a sus corazonadas durante
un tiempo, no le habían traído más que problemas. Quiso beber
un trago de agua de la botella ofrecida por el conductor, había una
docena sobre la pequeña base entre los dos asientos delanteros.
Sin embargo, al momento que el líquido tocó sus labios, sintió
que algo no estaba bien y lo escupió de inmediato.
—¿Estás bien? —preguntó el conductor con presunta
preocupación.
—Este no es el recorrido —dijo Valeria mostrando el mapa en
la pantalla de su teléfono.
—Conozco un atajo —su mirada cambió de pronto.
Aunque quiso ocultarlo, la chica podía ver sus oscuras
intenciones. Tenía que hacer algo, no quería terminar como tantas
mujeres que de un día para otro salían en las redes sociales en una
fotografía con la palabra Desaparecida en letras rojas.
—Detén el auto —ordenó con firmeza.
—No puedo dejarte aquí —dijo mientras señalaba hacia afuera.
A su alrededor no había nada más que enormes construcciones
que parecían ser bodegas o fábricas, ni una sola casa. Aun así,
prefería estar sola ahí afuera que en el coche con ese hombre.
Sabía cuál sería el final de esa historia.
—Detente o llamo a la policía —espetó mostrándole la pantalla
de su teléfono en la que ahora aparecía marcado el número 911.
El auto se detuvo de inmediato y la chica le arrojó un billete
de cien pesos al asiento del copiloto, tomó sus cosas, abrió la
puerta y salió con rapidez. Se tomaba muy en serio esas extrañas
corazonadas, pues había comprobado ya en muchas ocasiones
que eran certeras.
La primera vez que le ocurrió era muy pequeña, quizá ni
siquiera iba a la escuela aún. Una noche tuvo un sueño en el que
veía a su abuela caminar por una senda oscura en una gran fila de
gente que no lograba reconocer. Todos estaban vestidos de blanco
y se dirigían a lo que parecía ser una puerta tras de la cual había
una luz destellante muy blanca que sobresalía por entre los bordes
de la misma. La pequeña fue corriendo a abrazarla, pero cuando
su abuela la vio, se sorprendió de sobremanera.
—¿Qué haces aquí, mi niña? Este no es lugar para ti. Regresa
a casa.
—Ven conmigo, abuelita —pidió con lágrimas rodando por sus
mejillas. Los latidos de su corazón le decían que se iba para no
volver.
—No puedo ir contigo, Valeria. ¿Sabías que yo escogí tu
nombre? Significa valiente. Desde que naciste, supe que eras muy
especial. Ahora más que nunca tienes que ser valiente. Por favor,
dile a tu madre que no sufra por mí, yo estaré mejor. Ya no me
duele nada.
Por la mañana al despertar, sabía que su abuela había fallecido.
Así que, cuando escuchó el teléfono sonar, fue con su madre y le
tomó la mano mientras escuchaba la mala noticia.
Por ende, cuando el auto negro desapareció en la esquina
y su corazón comenzó a palpitar más rápido que cualquier
otra corazonada que hubiera tenido antes, supo que lo que la
acechaba era algo perverso. Así es como voy a morir, pensó
mientras imágenes de su sangre derramada por el pavimento se
amontonaban en los rincones de su mente.
Ahora más que nunca tienes que ser valiente, parecía escuchar
a su abuela hablarle desde el más allá. Cuida mis pasos, abuelita,
le contestó en su mente. Sentía sus huesos temblar y chocar entre
sí, mientras un escalofrío le fue recorriendo la espalda de abajo
a arriba. Giró su vista alrededor, no sabía qué camino tomar, ni
siquiera sabía dónde estaba exactamente.
De pronto, se escuchó un ruido a lo lejos. Era el sonido de una
lata al caer y rodar por el concreto de la acera. Decidió caminar
en sentido contrario y llamar a Alejandro. Las cosas no estaban
muy bien con él, pero no tenía a nadie más que la pudiera ayudar a
esas horas. El teléfono sonó por unos segundos que le parecieron
una eternidad y luego entró al buzón de voz. Desesperada y
caminando de prisa, llamó de nuevo. Otra vez el buzón de voz.
Quizá estaba dormido.
—Alex, sé que las cosas no están bien entre tú y yo, pero
necesito tu ayuda. Estoy sola en medio de la nada y no sé qué
hacer. Me bajé del auto en el que venía porque el tipo estaba
muy raro. Ven por mí, por favor —dijo a su teléfono mientras
grababa un mensaje de voz que mandó por WhatsApp y adjuntó
su ubicación en tiempo real.
Entonces, escuchó los pasos de alguien caminando con
lentitud. Aunque miró hacia los dos sentidos de la calle, no había
rastro de ninguna otra persona. No obstante, el sonido se seguía
oyendo cada vez más cerca mientras sentía que su corazón latía
con más fuerza como si se le quisiera salir del pecho. Aceleró su
paso tratando de no perder el control. Se escuchó un objeto de
cristal caer y quebrarse unos metros delante de ella. Se detuvo en
seco. ¿A dónde ir? Había rincones oscuros por todas partes y ese
depredador podía estar escondido en cualquiera de ellos.
Escuchó un ruido extraño, animalesco, como si una bestia
rugiera en señal de ataque. A unos diez metros, en un rincón
oscuro lejos de las luces de la calle, se veían un par de luces tenues
amarillentas flotando a una altura de alrededor de dos metros.
Parecía como si alguien sostuviera dos pequeñas linternas a punto
de apagarse. Entonces, una figura humanoide gigantesca dio un
paso adelante saliendo de las penumbras. Aquellas dos pequeñas
luces eran sus ojos que brillaban reflejando la luna en un color
amarillento casi dorado. Era un hombre joven y de apariencia
atlética, vestido elegantemente con un traje antiguo y desgastado
de un color oscuro. Su camisa blanca con holanes en el pecho
estaba ya amarillenta por el paso del tiempo y su corbata a punto
de caer colgaba inerte de su cuello totalmente despegada de su
cuerpo. Su rostro pálido estaba lleno de venas moradas y rojas y,
bajo sus ojos, gruesas y oscuras ojeras se formaban dándole una
apariencia cadavérica. Su cabello oscuro estaba peinado de forma
antigua, como los aristócratas en la época de la colonia, pero se
veía un poco enmarañado. Sus pies estaban descalzos y lucían
exactamente como su rostro, blancos y llenos de venas. Sonrió,
pero su gesto no lucía para nada natural, era como un movimiento
mecánico y actuado. Su sonrisa estaba llena de largos y filosos
colmillos amontonados que sobresalían de sus rojos labios.
—Acércate —dijo aquel hombre con voz grave pero melodiosa,
una voz que la atraía hacia él.
Su voz la puso en trance y, a pesar de que se moría de miedo
y quería salir corriendo, sus pies comenzaron a moverse hacia
aquel extraño hombre. Era como si la hubiera hipnotizado. Se
fue acercando poco a poco, su quijada temblaba y sus ojos se
llenaron de agua. Podía sentir los latidos de su corazón lentos y
pesados. Sentía que aquel extraño hombre podía controlar incluso
su peculiar don.
—Ven conmigo —continuó—. ¡Valeria!
Su nombre sonó extraño en la voz de aquel hombre, como si
hubiera sido pronunciado en otro idioma. Había sacado el nombre
de su mente y le daba miedo pensar qué otras cosas podía hacer.
Sin embargo, solo pensaba en su abuela y en lo que le había
pedido; tenía que ser valiente. ¿Cómo podía serlo cuando estaba
a unos segundos de su inminente muerte? Lo único valiente por
hacer era aceptar su destino, aunque perdiera algo más valioso
que su propia vida. Cerró los ojos pensando en el futuro que ya
no podría vivir.
Corazonada II
Oziel Cortés
Se escuchó una guitarra eléctrica tocando las notas de su canción
favorita. Por un momento, ya no estaba en una oscura calle
frente a un extraño asesino que solo quería su sangre, sino en
su habitación de adolescente escuchando aquella canción a todo
volumen con los ojos cerrados.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que se trataba del tono de
llamada de su teléfono. Por fortuna, el sonido la sacó del trance
y tomó su celular de inmediato. Llamada entrante de Alejandro,
leyó en la pantalla. Giró su mirada hacia adelante, el extraño
hombre ya no estaba allí.
—¿Hola? —saludó con voz temblorosa al contestar la llamada.
—Vale, ¿qué pasa? —escuchó al otro lado de la línea—. El
audio que me mandaste no se oye nada, nomás interferencia.
Como quiera voy en camino hacia donde estás.
—Gracias, Alex. ¡Apresúrate, por favor! ¡Tengo miedo! ¡Estoy
viendo cosas y no sé si son reales!
—Llego en un par de minutos. Espera ahí.
Alejandro llegaría en cualquier momento, saldrían de ahí y
ella podría olvidarse de aquel extraño hombre que había visto.
Entonces, tendrían tiempo para hablar y solucionar sus problemas
y quizá confesarle de una vez por todas la verdad. Escuchó el
motor del auto acercándose y, unos segundos después, lo vio
dar vuelta en la esquina. Alejandro abrió la puerta del copiloto
y le pidió que subiera, ella obedeció de inmediato. Cuando le
preguntó qué había pasado, le explicó lo ocurrido omitiendo al
extraño hombre. El auto avanzaba por entre las calles oscuras
mientras Valeria trataba de calmarse. El sector de bodegas parecía
no acabarse nunca.
—Hoy recibimos los resultados de los análisis de mamá —
dijo Alejandro sacándola de sus propios pensamientos—. Tiene
cáncer.
—Lo siento mucho, Alex.
—Afortunadamente, el doctor dice que estamos muy a tiempo
y si todo sale bien, con una cirugía lo pueden extirpar. Siento
haberte hablado de esa manera, no sabía qué pensar cuando me lo
advertiste. ¿Cómo lo sabías? ¿Cómo supiste que mi madre tenía
cáncer?
—Es una larga historia, Alex. Algo que quisiera explicarte con
detenimiento. Pero no ahorita, estoy muy nerviosa.
—Está bien, Vale. En verdad, perdóname. ¿Puedes darme otra
oportunidad?
No sabía qué contestarle. De hecho, él era quien tenía que
decidir después de que le contara la verdad. Desconocía qué
reacción podría tener, jamás habían hablado de su futuro. Su
relación era seria, pero apenas llevaban medio año. Aún no habían
tenido tiempo de hablar de lo que querían para ellos mismos. Se
había enamorado con locura de Alejandro y sentía que él también
la amaba, era la relación más bella que había tenido. Por eso,
cuando tuvo una corazonada sobre su madre, sintió la necesidad
de decírselo, ya que su vida estaba en riesgo. La reacción de
Alejandro no había sido muy buena y ella lo había entendido, no
es fácil escuchar ese tipo de cosas. Sin embargo, la discusión fue
muy fuerte y no habían hablado desde entonces. Fue durante ese
lapso de tiempo que se enteró de la importante noticia.
—Estoy embarazada, Alex.
Detuvo el auto y giró su vista hacia ella, asombrado. A su vez,
ella lo miró expectante. Estaba a punto de decir algo cuando el
auto se apagó y un golpe fuerte se escuchó afuera. La calle estaba
oscura, no había lámparas alrededor más que las luces del auto.
No obstante, la chica pudo reconocer las dos pequeñas luces que
flotaban en la penumbra del callejón.
—¡Arranca el coche, Alex! —gritó asustada—. ¡Arranca ya!
—¿Qué sucede, cariño? —preguntó mientras intentaba
encender su auto.
El auto no daba marcha por más que Alejandro intentaba
encenderlo una y otra vez. Entonces, el extraño hombre salió de
la oscuridad y se paró frente a los faros encendidos del auto.
—¡Dios mío! ¿Qué es eso? —exclamó Alejandro.
Los ojos del hombre brillaban aún más, y de los colmillos
colgaban gruesas gotas de saliva como si fuera una bestia
hambrienta ansiando su presa. Las venas en su piel parecían a
punto de explotar. Fue cuando escuchó aquella melodiosa voz
que le pedía que saliera del auto y se acercara, pero esta vez le
habló en su mente. Aunque luchaba con todas sus fuerzas por no
hacerlo, abrió la puerta y salió del coche.
—¿Qué haces, Vale? —preguntó Alejandro, confundido.
—¡Ayúdame, Alex! ¡No puedo detenerme!
Bajó del coche detrás de ella y la abrazó tratando de detenerla.
El extraño hombre se acercaba poco a poco mientras Alejandro
luchaba con todas sus fuerzas por regresar al auto con Valeria,
pero le era imposible. Algo extraño, ya que normalmente era una
persona muy ligera.
—Él no se detendrá hasta que obtenga lo que quiere —advirtió
Alejandro.
Comenzó a caminar hacia al extraño hombre, empujando a
Valeria quien cayó hacia un lado. Era un sacrificio, Alex ofrecería
su vida por la de ella y la de su hijo. De pronto, recordó lo que
había pasado en su primer encuentro con el ser.
—Alex, ¡detente! Marca mi número.
—¿Para qué? —preguntó confundido.
—Solo hazlo. Llámame, por favor.
Valeria ya se había incorporado y comenzaba a caminar de
nuevo hacia el extraño hombre. Alejandro sacó su teléfono
y marcó su número. El tono de llamada comenzó a sonar con
las guitarras eléctricas tocando la canción favorita de la chica.
Cerró sus ojos y se vio en su habitación de adolescente de nuevo
cantando a todo pulmón y cuando los abrió, se pudo detener.
—Se fue, Vale —comentó Alex con alivio—. ¿Cómo lo supiste?
—Me salvaste la vida con tu primera llamada, lo acabas de
hacer otra vez. Gracias, amor.
Se quedaron ahí un rato, viéndose a los ojos. Sabían que ya
no había problemas entre ellos. Alejandro se acercó y le tocó
el vientre. Después, se inclinó y la besó con ternura y pasión al
mismo tiempo. Valeria se sintió aliviada.
—¡Vamos a tener un hijo! —exclamó Alejandro con emoción.
—¡Así es, Alex! —quería decir más, pero su corazón comenzó
a palpitar con rapidez de nuevo—. Hay que irnos, esa cosa va a
volver.
Ambos sabían que no podían irse en el auto, así que caminaron
en sentido contrario, sabiendo con certeza que el hombre extraño
los seguiría, buscando sangre.
—Hay que dar la vuelta en la siguiente calle y regresar hacia
allá —le comentó Alejandro mientras los latidos de su corazón
comenzaron a latir de una forma extraña, algo le ocultaba—.
A unas cinco o seis calles, se encuentra la avenida principal.
Tenemos más posibilidades de que pase un auto a pesar de la hora.
Comenzaron a caminar de prisa y regresaron por la siguiente
calle. Estaba aún más oscura, pero sabían que no había otra
opción, era su única oportunidad de salir de ahí.
—¿Sabes que te amo más que a mi vida, Vale? —preguntó
Alejandro con voz temblorosa, parecía estar a punto de llorar.
—No hagas una locura, Alex. ¡Por favor!
—Esa cosa no nos dejará salir de aquí con vida a los dos, pero
no importa lo rápido que sea, no puede ir tras los dos al mismo
tiempo. Correré hacia atrás, tú sigue hacia la avenida. Valeria,
tienes que vivir por nuestro hijo. Ahora más que nunca tienes que
ser valiente.
Recibió el mensaje alto y claro.
De pronto, ahí estaba detrás de ellos, erguido e imponente, con
sus ojos tan brillantes como la luna llena. Reía con su extraña
mueca sabiendo que pronto su feroz apetito sería saciado.
—¡Quiero sangre nueva! —dijo con su extraña voz mientras
veía el vientre de Valeria.
—¡Corre, Vale! —gritó Alejandro con desesperación.
Valeria vio la sonrisa de ese hombre transformarse en un gesto
más animal, como el de un felino ligando a su presa. El chico
hizo un ademán con su mano, era una señal para que huyera
de inmediato. Su bebé merecía vivir así que corrió sin voltear
hacia atrás. No escuchó a Alejandro correr, seguramente lo había
hipnotizado, ni siquiera gritó. Solo oyó su piel romperse, después
el músculo desgarrarse y por último sus venas abriéndose ante
la mordida poderosa de aquel perverso monstruo que bebía su
sangre mientras ella corría hacia la avenida principal y lloraba
desolada. No pudo evitar imaginarse aquella escena aterradora.
Por fortuna, cuando llegó a la avenida vio un par de autos y
les hizo una señal para detenerlos. Valeria recibió la ayuda que
necesitaba y comentó que había sido atacada junto con su novio
por un extraño hombre.
Horas más tarde, ya durante el día, Valeria rindió su declaración
ante la policía sin ahondar en la descripción del hombre extraño
para no quedar como una loca. Tampoco comentó lo que había
oído mientras corría a pedir ayuda. Nunca más regresó a aquel
lugar, aunque fuera durante el día. Solo ella sabía que Alejandro
había muerto esa noche, pues su cuerpo nunca apareció. No
obstante, siempre honraría su memoria con amor y agradecimiento
por haber cambiado su vida por la de ella y la de su bebé y le
hablaría a su hijo sobre lo valiente que fue su padre hasta el final.
Días después, la familia de Alejandro publicó en redes sociales su
fotografía con la palabra Desaparecido en letras rojas.
Fragmentos contraídos I
J. J. Jack
Inmóvil.Aunque, eso no es precisamente correcto. Cada respiración
es un movimiento del cuerpo tanto como cada parpadeo, o si
nos vamos más adentro de cada organismo, en el momento de
la defunción las células seguirían intentando obrar su cometido.
Y aun así, es el temblequeo, la agitación o el estremecimiento
que experimento ahora mismo, lo que describe apropiadamente
la vibración que contradeciría esa primera palabra.
Sin embargo, la percepción en la que me encontraba antes de
siquiera parpadear para darme el lujo de volver en mí y seguir
viendo lo que me influyó, sí podría decir que es adecuada.
Despreocupación total es la que percibía más allá de lo que
mis ojos veían y mi mente lograba generar entre las conexiones
neuronales para hacerme sentir lo que siento ahora. Frustración.
Pero, principalmente, dolor. Por lo que creo que la palabra apta
para esta situación es aquella que ignorantes dentro de la plebe,
comunes que son, detectan como un insulto: estupefacto.
Ahora… siento mi cuerpo tiritar. Y en este, mis manos, las
cuales han logrado cargar hasta ahora el desfibrilador, son lo que
más he sentido su movimiento. Mi respiración y mis ideas siguen
siendo parte de mí, lo acompañan. Y ahora que he regresado desde
el mundo de las ideas, en paz descanse el gran Platón, aprieto el
aparato antes de desprenderme de él.
No, no, no, no, no, no, no… Me alejo del cuerpo al que he estado
tratando de tratar, de salvar de la eterna oscuridad que vemos
nosotros los más grandes ignorantes. Ella, quien ha estado en esa
camilla en ese estado tan deplorable: ensangrentada, pese a todos
los intentos que he hecho para limpiarla; con múltiples secciones
a lo largo de todo su cuerpo, tratando de que su bello cuerpo
preserve su unión, y su cuerpo siga recibiendo los flujos vitales y
vitamínicos; pero más que todo, fragmentada, y desdichadamente
no solo desde su materia. Qué trágico sería despertar después de
todo lo ocurrido. No me sorprendería que su mente le impidiera
retomar esas memorias, mas de no ser así… ¿No volvería… a
morir…? Cuánta muerte en un mismo ser.
Aquí hemos estado ambos. O no solamente nosotros. Las
demás chicas también han sido parte de esta atrocidad. El sitio
es deplorable. Vea por donde lo vea, la suciedad sigue estando a
pesar de haberme esmerado en que el lugar fuera tan pulcro para
ti. Tú, el centro de la sala de operaciones, y no solamente de ello.
Eres la protagonista de un sinfín de desgracias que compartes
con las demás partes, quienes descansan dispersas por el resto
de la cabaña. Pero tú eres la única que está ahí, así, elegida por la
tragedia; en una estancia que no recibe atención alguna desde un
tiempo indefinido, en la habitación más cerrada y sin fuga hacia
el exterior, rodeada por utensilios médicos, libros, velas, y un
círculo con una simbología estrafalaria; como un caos de ciencia
y ocultismo. ¿En qué te has metido, mi amor? ¿Cómo es que
alguien logró arrastrarte hasta acá, siendo alguien tan fuerte?
Te dije en nuestra segunda cita que no es la fortaleza individual la
que reduce los peligros, sino que los aumenta entre más avances
hacia tus objetivos cada vez más claros. La fortaleza… solo da la
posibilidad de enfrentarlos. No de vencerlos.
Mis pies me hacen avanzar esta vez, entristecido, desganado,
sin saber qué hacer de haber probado con todo lo que podía.
«No quiero perderte, pero… ¿Qué más puedo hacer?». Inhalo,
intentando oxigenar mi cerebro para que, de algún modo, suerte
o intervención divina, me dé la idea que necesito para hacerte
volver. «Las demás estarán desilusionadas de mí. Por darles mi
esperanza con mi presencia, mi presentación. Mi bata, mis…
artilugios, mi confianza…». Mi mente no logra idear algo. He
sido abandonado por toda posibilidad. Ni siquiera mis años
de estudio están sirviendo de algo ahora. Eso significa… ¿Soy
incompetente? ¿Soy… inútil? El calor de mis fosas sale disparado,
y en un parpadeo, escucho un choque, junto a mi voz emitir una
negación, antes de ver que he golpeado la camilla. Mis puños
siguen tensionados. Ni siquiera quiero templarlos. Mis fuerzas
están siendo tomadas por mis palpitares iracundos. Me niego a
aceptarlo. No puede ser este el final. Debe haber algo que pueda
hacer, antes de que el peligro llegue, o antes de que no pueda
volver a hacerte latir.
Elevo mi vista hacia su rostro, tapado por su cabellera rubia
y borgoña; haciéndome suspirar. Extiendo mi brazo hasta este y
lo acaricio. Y a medida que recomponía mi postura, su belleza la
descubría, barriendo afuera sus mechones. «Tienes que soportar».
Vuelvo en mis pasos en búsqueda de lo único que se me ocurre
ahora, arrodillándome para agarrarlo, y levantarme con estas
puestas. «No dejaré que todo este esfuerzo sea en vano», digo,
con la vista en la pantalla con gran decisión, usando mis dedos
para elevar la potencia. Una la cual condenarían a cual médico
atrevido la dispone, al olvido. Volteo, retomando la visibilidad
de mi objetivo, y justo antes de que mis ojos se dilataran por su
belleza, y espaciado por su estado; el sonido, ese timbre de las
palas al cargarse la energía deseada, resuena por la sala de haber
presionado el mando. Me arrimo a tu cuerpo luchador inmóvil,
expuesto en su desnudez. Siempre me he preguntado cómo he
logrado quedar con una mujer de tan majestuosa belleza, alguien
tan normal como yo. Ojos anonadados son los que te llevabas en
tu tránsito, y jadeos hechizados en nuestros numerosos momentos
más privados; apreciando todo de ti, reconociendo que, en cada
una de tus versiones, he hallado a una diosa, pero es en el hoy
que te ves más hermosa. Eso, mi amor por ti, nuestros momentos
juntos, tu existencia; mucho hay por salvar. Por eso no puedo
vacilar. El mundo está en mucho riesgo ahora, y se oscurecerá aún
más si no te logro reanimar.
Oprimo las paletas en el tórax. Registro por costumbre el ritmo,
el cual no ha cambiado en todo este tiempo. Ya ni reconozco por
cuánto hemos estado aquí. Y… dándole una ojeada más a su cara,
presiono los botones. La descarga sale, habiendo un ligero salto
del cuerpo. Sigo con las paletas ahí, revisando su faz, luego el
ritmo. Nada. Vuelvo a cargar, y descargo. Reviso, y nada. Cargo,
y descargo. Nada. Cargo y descargo. Nada. Cargo, y descargo.
¡Nada! ¡Cargo y descargo! ¿¡Por qué no ocurre nada!? ¡Cargo
y descargo! El ritmo invariable me fastidia y tiro las paletas,
empezando a soltar cual acto desprovisto de confianza y solo
el deseo y la necesidad fomentan la fuerza que aplico en ella
en un RCP de calidad dudosa. Desconozco la fuerza que estoy
aplicando, pero la indignación se está volviendo a apoderar de mi
raciocinio. Hace un tiempo que no hago uso de mi aliento para
uno, pero si en verdad este es la representación de la vida, tal
vez se la dé; acercando mi rostro, elevando su mentón y cerrando
sus fosas; insuflando mi ser en ella, una, dos; y vuelvo a las
pulsaciones torácicas. «¡Vamos!». Su sangre vuelve a emerger,
sobresaltándome; haciéndome parar antes de dejar salir mi
frustración de vuelta en la camilla. Este último golpe drenó mis
energías. Caí de rodillas y escondí mi visaje infructuoso fuera
de su prestigio agonizante; sintiendo un grave peso sobre mis
hombros, haciendo sufrir a mi soporte.
«Perdóname», expresé escondido. Todo por lo que pasé para
llegar a ti… y cómo terminaste siendo tan perfecta; pasaba por mi
mente. Por desgracia, no era nada disfrutable, pues cada uno de
esos recuerdos era seguido por el presente. «Al final… no podré
cumplir mi promesa».
El silencio hizo más fría la sala, transformando los recuerdos
como esquirlas capaces de atravesar el cráneo y hacerme sentir
varias punzadas desagradables. Mi respiración incluso dejó
de estar calurosa, mas algo de calor se manifestó. Algo que
me confundió al inicio. Ahora mismo alzo la mirada buscando
respuestas, pues creo no soy el único respirando aquí.
Su faz no me dice mucho, así que volteo a ver el ritmo cardiaco;
dilatando mis pupilas. ¿Cómo?, me pregunto, antes de sonreír y
levantarme con el ánimo devuelto. «¿¡Lo hice!? ¿¡Después de
toda la obra indebida que he hecho!?». Observo cómo su busto
se infla y desinfla, pasando a su rostro que acerco mi oído para
confirmarlo; escuchando un eco de una vida agónica emitirse
desde su voluptuosa boca, un suspiro gutural. Mi mano toma su
mejilla y la acaricia, bajando por su garganta y su busto, hasta
parar en su pecho; cerrando los ojos y deleitándome de su vida
expresiva. Pum, pum, pum, pum.
Me irgo y respiro satisfecho. «¡Emma!, ¡Hannah!, ¡Carmen!»,
llamé con mis ojos fijos en ella, «¡Mírate, Isabelle!». Volteo a ver
la puerta tras haber escuchado algo venir de ahí. Mi sonrisa se fue
endureciendo a medida que el silencio lo siguió, alarmándome de
avistar un ojo en la pared estacionado del otro lado, fisgándome.
«¿Quién anda ahí?».
Fragmentos contraídos II
J. J. Jack
El intercambio de miradas perduró por un instante, pero uno que
se sintió duradero. No hice más que quedarme ahí, sin esperar
respuesta alguna, sino una reacción. ¿Quién será? Duda que
genera un revuelto en mi estómago, y una tensión en mis hombros,
por segunda o tal vez tercera vez en esta sala. ¿Una amenaza a mi
milagro absolvedor de errores profesionales? Idea que impulsa
a mis ojos a buscar un arma, pasando mis dedos por lo que tenía
cerca: pinzas, tijeras, el separador, bisturí, cánulas, hasta parar en
una paleta del desfibrilador.
Cuando vuelvo toda mi atención a aquel agujero en la pared,
el ojo había desaparecido, y lo busco a este o alguna otra pista,
por toda la extensión de la pared y su contigüidad. «Isabelle.
Deberemos irnos de aquí pronto». Girar y mirarla en ese estado,
apenas resucitado. Las ideas vuelven a estar lejanas, mas esta vez
porque chocan entre sí. «¿Qué más podría hacer, Isabelle?». Tomo
un escalpelo, preparándome. «¿Me esperarás aquí?», le pregunto
antes de besar su frente. Su respiración se extiende más, escalando
a un suspiro, y luego a un jadeo. Su ritmo cardiaco empieza a
acelerarse, subiendo asimismo mi angustia. ¿Ahora qué? Es la
respiración la que no parece dejar de intensificarse, habiendo
llegado a un punto en que sus exhalaciones parecen gruñidos.
«¿¡Isabelle!?», la llamé con cuatro pasos hacia atrás, antes de
caer conmigo mismo del sobresalto. Su torso se encumbra, su
cuerpo se tensa, sus manos se presionan con suma fuerza, sus
músculos, venas y arterias se hacen visibles; todo, en un solo
movimiento repentino como un extra expresivo dentro de la
expresión que muestra: un grito.
La emisión me turbó. Sin embargo, lo que vi me dejó perplejo.
Su cuerpo no debería tener las fuerzas para hacer algo así, pero
eso ni siquiera es lo que me impacta tanto, como lo hace aquella
silueta negra y grisácea sobre ella, imitando cada acto que hace.
En la misma postura, con el mismo aspecto o de lo poco que
se puede distinguir; haciendo de sí una sombra de mi querida
Isabelle. Tal vez… es de ella que sale ese sonido… Y pensar que
la garganta de mi amor podría realizar semejante eco, a pesar de
conocer de lo que es capaz. Su grito es emitido como un coro de
seres agrupados en constante escala, en protesta. Podría decir, que
se puede percibir el pavor, el dolor… quizás la ira… dentro de
este. ¿Será esa su representación?
Se me sale una risita, incómoda, ahí en el suelo; desapareciendo
cuando ella vuelve a caer en la camilla. La sala quedó en absoluto
silencio. Por desgracia, mis oídos no. La perturbación que sufrió
el sonido me dejó con un pitido constante y desagradable, tinnitus.
No podía oír más allá de eso, desconociendo la existencia de
cualquier otra onda. ¿Qué debo hacer? Es la única cuestión que
podía repetirme a medida que me paraba con mi recelo, con mis
ojos insistentes en conocer otra cosa: ¿Dónde está esa cosa?
Ojeada y ojeada de un lado a otro, estupefacto, solo encontraba
la presencia de mi amada, la cual, comprobando el ritmo
cardiaco, ha vuelto a estabilizarse. Pero… siento que no debería
estar aquí, ni seguirlo estando por tanto tiempo. La sensación de
frío ha vuelto, mas no creo que sea igual. Mi espalda está cálida,
contrario a lo que siento en mi rostro o la mitad de mi figura
que la encara. Pero… necesito saber… Dando un paso hacia ella,
sintiendo el latir, aunque no sé si el mío o el de ella; habiéndose
movido finalmente como alguien consciente, hasta incorporarse.
Eso me detuvo una vez más, contemplándola, vacilante. Las
secciones aún visibles no sé si le molesten. Aún brota algo de
sangre de algunas de ellas. Su rostro está fuera de mi visión, dado
a que su cabellera la tapa, pero creería que está con la mirada baja
dada a su postura. Gira sus brazos postrados en sus muslos. Los
eleva con gran dificultad, retomando la apretura de sus puños;
siguiéndole la alza de su respiración. ¿Cuál será el alcance de sus
memorias? ¿Siquiera me recordará? La idea misma me hace reír
un poco, tragando saliva y llamándola, «¿Isabelle?». Su aliento se
modera y sus manos las asienta. Mantuvo quietud, sin otra acción,
hasta que su cuello empezó a girar. El nombre al parecer llamó
su atención hacia acá, el cual ¿debería si acaso de reconocer?
La rotación se detiene en mi dirección, manteniendo su posible
mirada, escondida tras el flequillo, en esta persona. Mi risa vuelve
e intento encontrar sus ojos. «Lo logramos. Lo hicimos. Isabelle.
Mi amor. Tenemos que decirle las buenas nuevas a las demás.
Seguro quedarán tan sorprendidas como lo estoy ahora». Aunque,
¿qué les habrá pasado? Ese ojo… Dudas y más dudas. ¿Cuál es
la que debería responder primero?
Su cuerpo se vuelve a activar con un movimiento lento, pero
decisivo: sentándose en el borde. Sus muslos se aplanan en la
superficie, avistando como la sangre brota de estos. «Oh, no…».
Me acerco para asistirla, tomando una gasa y una solución salina
para limpiarla, y de ello tomar un vendaje y colocárselo. «Acabas
de despertar de un largo sueño. No puedes buscar una aventura
aún. No quieres hacer llorar a las demás, ¿verdad?». Estando tan
cerca logro escuchar sus respiraciones torpes. Unas cortas, otras
extensas. Su mano se alza, y la arrima a mi cabeza, parando en mi
mejilla cual sostiene con dulzura. «Tienes que descansar», susurro,
descubriendo sus ojos con una barrida de mi mano, sintiendo el
punzón del amor hacerse de ser visto por estas grandiosas perlas
azules; imposibilitándome no sonreír a eso.
Un ardor se aparece gracias al acto diligente y, por consiguiente,
un dolor que me choca; debido al agarre brusco que está haciendo
en mi mejilla, luego de que esa silueta extraña, aquella sombra
suya, vuelve a manifestarse como un aura tétrica alrededor de
ella, junto a ese grito ya antes emitido. Intento zafarme, pero
siento cómo sus uñas atraviesan mi piel y mi carne. «¿¡Qué tienes,
Isabelle!?». De querer verla de vuelta a los ojos, ella los cierra,
siendo aún visible cómo su dentadura se cierra con suma fuerza, su
ceño se frunce, y de sus párpados brotan lágrimas ensangrentadas.
Forcejeo con su brazo, logrando arrancarme su enganche y
retroceder, retroceder en su contemplación, tanto alterado como
ensimismado. Ella se abraza mientras llora desconsoladamente,
habiendo una disonancia en el coro.
Lloriqueo que dura alrededor de unos diez segundos, y
retomar sus respiraciones escaladas. Ella se levanta con torpeza,
sujetándose de la camilla; mostrando un extraño temblequeo en
todo su cuerpo, rápido y corto en su meneo. Solo puedo reír ahora,
reír y descontroladamente como sus vibraciones. Se detienen, y
yo me agacho. Su mano tomó la camilla y la aventó contra mí,
pasando sobre mí. No es sensato quedarse aquí, así que tan pronto
me erguí, corrí, abalanzándome contra la puerta.
Al otro lado está el corredor polvoriento que se bifurca hacia
las escaleras de la derecha y una sala hacia la izquierda que
corresponde a la cocina, y derecho estaría la puerta principal. El
piso no está solamente polvoriento. Tiene un decorado reciente
rojizo, un camino carmesí que ha sido dañado su suavidad y
consistencia por unas cuantas pisadas. Al lado mío está una de
las razones de este colorante, siendo Carmen quien está tirada
en la esquina de la escalera. Las demás, Hannah y Emma,
también tienen sus cuerpos yacentes desechados a lo largo del
pasillo; todas y cada una de ellas completamente despedazadas.
Irreconocibles serían si no las conociera bien. Dichosas vidas
azotadas por la brutalidad de la curiosidad e indagación. Las
huellas hay varias, y una de esas son las que están al lado de aquel
agujero, posiblemente siendo las mismas que se dirigen hacia la
puerta ya abierta. Ese maldito…
Corrí hacia afuera, saliendo a un bosque en un estado más
agreste que el terreno más hacia el noreste. Volteo y rebusco
mis aledaños, buscando apurado a quien sea que haya estado
aquí. Nada hallé, no había mucha luz dentro de la penumbra de
la noche que pudiera aclararme el camino a tomar. No obstante,
pronto los vería. Un grupo de hombres se acerca desde la senda
desvencijada y casi cubierta por las distintas hojas marchitas de
la arboleda. Están armados con cuchillos, bates y hachas. Unos
están encapuchados, otros se tapan con bufandas, y los terceros
se exponen al mundo. Estos últimos no se ven muy felices, y muy
desconfiados.
—¿¡Qué haces aquí!? —uno de ellos pregunta en su
acercamiento, apuntándome la linterna que lleva como todos los
demás, en la cara.
—¡Debería ser yo quien pregunte eso!
—¡Esta casa no te pertenece!
—¿¡Y a ustedes sí!? —Carencia de respuesta hubo. Solo el
silencio incómodo. Algo de lo que no tengo tiempo para lidiar. Y
ese estruendo detrás de mí lo corrobora.
Fragmentos contraídos III
J. J. Jack
Ella cargó hacia afuera contra la puerta que había cerrado, y
luego la tomó, la arrancó y la lanzó hacia esta agrupación. Mis
reflejos han estado lo suficientemente vivos hoy como para
salvarme dos veces de un proyectil tan grande y rápido como los
que ha lanzado. Pero no puedo decir lo mismo de aquellos que
llegaron de importunos. Uno fue acarreado con el borde de la
puerta y cayó muerto, con una deformación en su estómago que
rápidamente se conglomeraría la sangre. Los demás solo estaban
lo suficientemente separados de él, pues en su estupefacción solo
se permitieron ver lo que le ocurrió a su amigo.
Isabelle avanza a paso firme hasta nosotros, avistando que su
cuerpo está siendo bañado en su sangre, pero eso no significa que
se desangre. La sangre que cae al suelo, al instante es levitada
hacia arriba, y dirigiéndose hacia su cuerpo como un flujo volador
que danzaba en rotación en sus extremidades y torso; hasta
hacerse uno con esa sombra. De alguna forma se ha hecho un
poco más grande, o eso estimo de verla acercarse. No… Es solo la
sombra lo que se ha ensanchado más. Y atrás desde el camino que
ha recorrido, más sangre es la que vuela hacia ella. Ya no tiene el
mismo aspecto. La torpeza y la aparente fragilidad que mostró,
así como el llanto, quedaron atrás. Ya no hay gritos que puedan
ser audibles pese a que esa cosa que multiplica el aspecto de su
figura de una forma más abstracta, persista con esa expresión tan
trágica. Ahora son dos caras, pero de la misma moneda.
—¡Fred! ¡Mátala! —ordena uno de ellos. A lo que otro saca
una pistola y le da tres tiros. Solo uno de ellos le dio, pero no
parece interesarle. O solo no dolerle.
La sombra se estremece, como si ella sintiera por el cuerpo. El
cuerpo lo único que hace es seguir avanzando, ahora marcando
un objetivo. Ella empieza a correr, y todos nos influenciamos por
ese acto en ese mismo momento. Me levanto y corro en lo que
escucho los disparos del tal Fred, que pronto serían sobrepuestos
por ese grito que una vez más sonó, y lo hizo con tal potencia que
pude escucharlo detrás de mí. Eso me hizo caer como tortuga y
comprobar atrás, avistando cómo Isabelle le rompió el cuello a ese
hombre de un solo puño. Miró el cuerpo y siguió golpeándolo con
ambas manos como un gorila contra una molestia más pequeña. Y
de cansarse, subió su mirada y se paró suspirante.
Admito que se me pusieron los pelos de punta. Y seguiría siendo
sorprendido por lo que veo en este día, tan macabro como puede
ser. De la cabaña salían otras cosas, estas flotantes, elevadas a
un metro del suelo; y aproximándose a Isabelle con esa postura
nauseabunda. Ahora las cuatro están juntas en ese aspecto.
Emma, Carmen y Hannah la rodean en el aire, sin un movimiento
corporal. Solo están ahí, añadiéndose a ese flujo sanguíneo tan
insólito, acompañándola posiblemente en el dolor. Lo que viene
siendo… sorprendente.
Que reanudara su movimiento también activó los míos. En el
camino estaría la linterna del primero que fue llevado, y la agarré.
Pero todos corríamos hacia la misma dirección, y por como veo,
Isabelle realmente es tan atlética como la imaginé. Yo no quiero
ser parte ni ser relacionado con esta chusma. Yo me adentré al
bosque mientras seguía el sentido que ellos siguen, y de crujidos
cercanos, me detengo y me oculto entre los arbustos y árboles.
Con la luz apagada, espero, mas no sabía hasta qué momento
hacerlo. Solo un grito de pavor que haría eco en la lobreguez fue
el que me recomendó dejarlo. Escucho insultos y golpeteos en
mi cercanía, los cuales rápidamente cesarían. Surco con cautela,
iluminando partes del camino y partes de los sitios que quiero
iluminar. En algún punto, encuentro a una distancia los cuerpos
de dos de ellos, totalmente quebrados. Poca es la sangre que he
visto en las víctimas, juzgando por los tipos de heridas o impactos
que reciben.
Me alejo un poco más, y avanzo con ligereza. Intento llegar
al poblado cercano, siendo la nueva villa de abandonar aquella
que está más abajo. Crack. Un susto es lo que consigo con mis
propias pisadas, y el suspenso se queda hasta que me asegure
de la soledad de mis proximidades. Registrarlas es un martirio,
llevando la única fuente de claridad a solo un punto desconocido,
es desagradable. Y cuando menos me lo espero, un movimiento
súbito es el que avisto, percatándome de que una rama se ha
movido con la brisa helada que ha acabado de pasar.
Vuelvo a tener mis risitas, las cuales intento mitigar con mi
mano. Así marché hasta ver las luces a la lejanía, donde pude
tener un respiro. Crack. Mis ojos se abren, y mi cuerpo es llevado
en una carga hasta caer al suelo. El cuello de mi bata es sujetado
y halado con agresividad, haciéndome encarar al rostro airado y
aterrado de este ente.
—¿¡Qué has hecho, Morgan!? —Mi risa vuelve a anunciarse, y
esta vez no puedo controlarla. Ni siquiera el golpe que Johan me
dio la pudo arreglar, pero si la pudo aliviar.
— ¡Yo… solo quise reanimarla!
—¿¡Eso qué carajos significa!? ¿¡Qué es eso!?
—¡No lo sé! —La risa vuelve a elevarse, y se agrava cuando
veo una sombra acercarse con rapidez, de haber escuchado sus
pasos ágiles. Él… solo voltea sobrecogido antes de ser tacleado
como lo hizo conmigo, por un cuerpo desnudo enrojecido. Es el
cuerpo de Carmen, vuelto… casi a la normalidad. Ella eleva sus
manos y con las uñas tan largas que tiene empieza a apuñalar a
Johan mientras él intenta defenderse. Yo me alejo arrastrándome
risueño. Johan logra superar a Carmen, golpeándola repetidas
veces al estar sobre ella. Es un hombre grande. No me sorprende.
Sin embargo, pronto le llegaría Emma y luego Hannah, la primera
aun faltándole los ojos, y esta última, media cabeza, estando
calva. Él seguía luchando como podía, no puedo desperdiciar
su sacrificio. Me levanto y retrocedo en lo que veo su honorable
forcejeo que cada vez disminuye.
Parpadeos son los que hago buscando limpiar mi visión, y
elevando la linterna, alumbro la oscuridad que parecía acumularse
en un mismo punto; iluminándola a ella, a mi querida y amor
emocional. Su sombra es… mucho más grande, y grisácea; y
claro que su expresión también se ha desarrollado, al extremo,
a la expresión trágica de un corazón iracundo. Quieta, en espera
de su orden emotiva; el grito silente se hace, y el cuerpo solo
reacciona. Carga en mí contra con sus brazos abiertos, pasando
debajo de ella; buscando correr lejos, sintiendo el apretón de mi
brazo, con una sensación estrafalaria: frío. Un frío infernal que
quema como nunca lo podría hacer el calor. Revisando, tengo una
mano fuerte agarrándome, no de un tono de piel común, tampoco
rojizo, sino de un gris oscuro proveniente de esa cosa. Un latir
fue el que sentí en el descubrimiento, otro cuando me hala hacia
adelante. Una vez más, me hacen encarar a alguien. Aunque, ni
siquiera me dieron tiempo de decir algo, ni sufrí por su tacto.
Esa sombra separó su brazo restante del brazo del cuerpo, y lo
hizo crecer con un toque fiero que usó para seccionar mi torso.
Mis piernas cayeron primero. Luego caí sobre ellas de sentir su
desato insensible, de algo que parece estar lleno de sentimiento.
A Johan ya no lo escucho. Solo los pasos de las cuatro criaturas…
producen de alejarse hacia el poblado. Solo me queda suspirar, y
disfrutar de esta hermosa vista limitada por mi carente elevación
de este hermoso lago.
Siempre me ha gustado la magia. Fui un niño entusiasta de los
trucos, haciendo mis shows primero a mis muñecos guerreros
salvadores de multiversos, luego a mis amigos, y agarré
popularidad y hasta lo hice en mi institución y en mi barrio. Pero
solo eran eso. Trucos. Siempre quise saber qué era experimentar
la magia en tu cuerpo. Es lo que más me interesaba. Luego, con
la llegada de los elfos, mis estudios médicos no se detuvieron,
mas sí que me distrajeron en el primer mes. Mis padres no se
sorprendieron del descenso de mi desempeño, aunque sí que
estaban preocupados por lo que podría pasar. Tampoco soy un
hombre muy popular entre las mujeres. Siempre me extrañó
que ellas tres se me acercaran, siendo alguien tan… normal.
Tan agradables mujeres… que no quería hacerlas sentir mal por
mi rechazo de aceptar a otra. Jamás lo pensé. Pero ahora que la
magia circunda el mundo, incluso en mí, luego de haber salido de
ese hospital, la idea simplemente llegó. Retomé el contacto con
mis tres latidos… y lo intenté.
Respiro, y me levanto. Mi cuerpo vuelve a estar completo.
Isabelle. Un nombre que siempre estimé. Les dije que no
tenían que preocuparse. Pronto iban a regresar a andar, y juntas.
¡Contémplense! Lo cumplí.
El medallón de Nureas
Randi Sánchez
La inteligencia y la curiosidad de Lucas Flores lo habían
llevado a convertirse en uno de los exploradores arqueológicos
más renombrados de Ecuador y Sudamérica. A pesar de tener
solo veintiocho años, ya había participado en importantes
descubrimientos en la región. Durante el último año, se había
dedicado a investigar una extraña formación rocosa ubicada
en el corazón de los Llanganates. Aquella sucesión de rocas
negras estaba dispuesta de tal forma que parecía una gigantesca
escalinata, lo que aumentaba las sospechas de que podía tratarse
de una estructura creada por el hombre. No fue sino hasta su cuarta
expedición que Lucas logró confirmar su teoría: se trataba de una
pirámide colosal, sepultada bajo la densa selva ecuatoriana.
No pertenecía a ninguna civilización precolombina registrada.
Tampoco se encontraron pistas sobre el origen del extraño
material negro con el que había sido construida. Intrigado, Lucas
visitó varias comunidades indígenas, esperando hallar algún
rastro de conocimiento ancestral sobre la pirámide. Sin embargo,
nadie parecía haber oído hablar de ella. No había señales de
exploraciones anteriores. Todo indicaba que Lucas Flores y
su equipo serían los primeros en adentrarse en sus oscuros
pasillos, grabando sus nombres como los descubridores de aquel
enigmático hallazgo.
El grupo de exploradores había ingresado al interior de la
pirámide, donde recolectaron una serie de artilugios. Las numerosas
fotografías capturadas revelaban detalles arquitectónicos y
artísticos únicos, aunque extrañamente familiares en cierto modo.
Uno de los hallazgos más intrigantes eran los murales tallados
sobre roca que representaban la figura de una mujer esbelta, cuya
postura y presencia sugerían un cargo autoritario, o tal vez, el
de una deidad venerada. Lo que más desconcertaba era la gran
escala de los objetos y, sobre todo, de los espacios. Los portones
medían casi ocho metros de altura, mientras que los techos de
las habitaciones se elevaban hasta los diez metros, un rasgo
poco común en la mayoría de las culturas sudamericanas. Todo
apuntaba a que la civilización que había erigido aquel sitio debía
superar ampliamente la estatura del hombre contemporáneo.
Una fría tarde de diciembre, Lucas regresó a la mansión de
sus padres en el valle de Los Chillos. En aquel entonces, traía la
mirada de un triunfador, sabiendo que era el primero en descubrir
la enigmática pirámide negra. Con él llegó un camión del cual
descargó dos enormes cajas selladas, cuyo contenido sería
desvelado más tarde en la soledad de su estudio. Había extraído
una serie de artilugios de la edificación ciclópea. Entre ellos, un
medallón hexagonal dorado, con una roca negra e iridiscente
incrustada en su centro. A partir de ese momento, Lucas jamás se
apartó del medallón. Ató un cordón alrededor de él y comenzó a
llevarlo colgado del cuello.
Con el pasar de las semanas, el ánimo del joven explorador
comenzó a deteriorarse. Algo parecía afligirlo gravemente,
llevándolo a enclaustrarse en su estudio durante días enteros,
a menudo sin comer ni beber. En el pasado había atravesado
episodios similares, pero jamás con tanta intensidad. Su madre,
preocupada, insistía en tocar a su puerta cada día, preguntándole
si todo estaba bien. La única respuesta que obtenía era un escueto:
—Déjenme trabajar.
Cierta madrugada, la familia se despertó al escuchar un fuerte
estruendo proveniente del estudio. Sobresaltados, corrieron hacia
la puerta y, al no obtener respuesta a sus llamados, la derribaron.
Artilugios, libros y equipo arqueológico estaban esparcidos por el
suelo. Una figura encorvada y débil trataba torpemente de recoger
los objetos caídos. Al preguntarle quién era, una débil voz les
respondió:
—Estoy bien, ma, me quedé dormido y tuve una pesadilla.
Voy a seguir trabajando, tengo que averiguar más sobre esto y...
volver... volver lo antes posible...
Aquella respuesta no hizo más que alarmar a la familia, que,
enfrente, veía únicamente a un anciano canoso y frágil. Dudaron
por un instante, pero al acercarse y pedirle que se diera la vuelta,
confirmaron lo impensable: era Lucas. Su rostro, ahora surcado
por profundas arrugas, reflejaba el aspecto de un hombre de al
menos setenta años. La incredulidad dio paso al pánico. Insistieron
en llevarlo al hospital, pero se negó con firmeza y reiteró que
no podía abandonar su investigación. Los meses transcurrieron,
y numerosos médicos acudieron a tratar al hijo menor de la
prestigiosa familia Flores sin obtener resultados positivos. El
joven pasaba sus días postrado en la cama de su habitación,
padeciendo un envejecimiento prematuro que consumía su cuerpo
y mente por igual. Las noches se volvieron un tormento para toda
la familia. Los desgarradores gritos de Lucas los despertaban
constantemente. Decía soñar que lo encerraban en una apretada
caja, tan opresiva que le asfixiaba. Y una mano gigante recorría
su cuerpo, apretando su pecho con extrema fuerza. Otra de sus
pesadillas recurrentes lo hacía deambular a oscuras, por pasillos
de roca fría y húmeda. Acompañado del eco de sus propios pasos
y el murmullo de una mujer que venía desde lo más profundo del
lugar.
Una noche, la familia de Lucas había salido, dejándolo solo en su
habitación. Todo parecía en calma hasta que un estruendo rompió
la quietud: el sonido de la puerta principal siendo derribada. Con
los nervios encendidos, trató de levantarse, pero su débil cuerpo
no le respondió. Unas fuertes pisadas resonaron en el primer piso.
Los ruidos delataban que estaban registrando el estudio, abriendo
cajones y revolviendo objetos, como si buscara algo específico.
Entonces, las pisadas cambiaron de dirección. Ahora subían
lentamente las escaleras, cada paso más audible que el anterior.
Lucas sintió que el aire se le escapaba. La puerta de su habitación
—que permanecía siempre abierta— se convirtió en una ventana
hacia lo desconocido. Y entonces, la vio. Una figura femenina
apareció en el marco, su tamaño era tan descomunal que tuvo que
agacharse y encorvarse para poder entrar. Comenzó a erguirse,
alzándose lentamente hasta que su cabeza tocó el techo, cuya
altura debía superar los tres metros. Su presencia era imponente
llenando la habitación con un silencio aterrador. Su cuerpo estaba
cubierto por antiguas y desgastadas vendas dejando su cabeza al
descubierto, la cual era humana. Su piel canela, ojos azabaches,
pómulos bien marcados y cabellera oscura la asemejaban a los
pueblos indígenas de la sierra ecuatoriana. Lucas yacía petrificado
por el terror, sin apartar la mirada de aquella presencia que ahora
se inclinaba hacia él. La mujer extendió su mano y le arrancó el
medallón que había mantenido junto a él de forma enfermiza. La
figura sonrió, se dio vuelta y salió de la propiedad para nunca más
ser vista.
A la mañana siguiente el joven explorador había perdido casi
toda su vitalidad. Parecía haber envejecido décadas en solo una
noche. Sus ojos vacíos reflejaban una desesperación profunda,
pero no salía ni una sola palabra de su boca. La policía acudió
para realizar las investigaciones correspondientes. Buscaron
huellas, testigos, y rastros, pero no hubo respuesta. El medallón
hexagonal era lo único que había desaparecido esa noche. Tras
aquel aterrador episodio, el estado de salud de Lucas Flores se
deterioró con tal rapidez que pronto se convirtió en un espectro de
lo que había sido. Y su cuerpo continuaba en un lento y doloroso
proceso de descomposición. Sus padres contactaron a familiares,
amigos y colegas de profesión, para que acudiesen a despedirse
del célebre explorador antes de que fuese tarde. De entre todos
los que asistieron, solo uno del equipo que exploró la pirámide
negra se hizo presente. Su nombre era Jefferson Quinteros,
compañero de Lucas en varios descubrimientos arqueológicos.
Habían compartido largas horas de trabajo, y su vínculo había
sido cercano. La razón por la que sus demás colegas no asistieron
a visitarlo está en que creían con firmeza que había sido maldito
y no querían acercarse a él por miedo a llevarse parte de esa
maldición con ellos.
Cuando Jefferson salió de la habitación de Lucas se dirigió hacia
el estudio de su amigo. Encendió la computadora ubicada sobre
el elegante escritorio, y navegó entre diversas carpetas. Después
de varios intentos, dio con la correcta: «Exploración-Pirámide».
Dentro contenía las fotos de la expedición. Las miró todas hasta
que, frente a él, en la pantalla, encontró unas que le hicieron
recordar lo ocurrido estremeciendo su corazón. La primera
fotografía mostraba un enorme sarcófago de al menos cuatro
metros de largo, el cual habían logrado destapar. La siguiente
mostraba el escalofriante cuerpo descompuesto de una mujer
momificada y de monstruosa altura con ambas manos apoyadas
sobre su pecho guardando algo debajo de ellas. Y la última era la
imagen de aquello que el cadáver atesoraba entre sus dedos, el
medallón hexagonal del cual Lucas se negó a desprenderse hasta
que se le fue arrebatado.
Tras el fallecimiento del joven explorador, sus colegas
tomaron decisiones desesperadas y se deshicieron de todo rastro
e información referente a la pirámide negra, el medallón y la
momia. Se aseguraron de que ningún otro intrépido aventurero
diera con ella y guardaron el secreto por años hasta que uno a uno
fue enterrado llevándose tal enigma a la tumba.
El espejo
Alicia Viera
De un decorado antiguo, con filos dorados y barrocos que se
deslizan ondulándose entre grecas y flores, dándole vida a la
madera, la mujer, hipnotizada, deja que su mente se pierda en
ellas. Se acerca al espejo mientras la vieja cabaña cruje, el olor a
madera húmeda se mete en su nariz como un picor insoportable.
Afuera llueve, la tormenta ha dejado sin luz todo el lugar. Al caer
los rayos, alumbran la habitación seguidos de un gran estruendo.
La mujer, menuda y pálida, sostiene a su bebé. En su cabeza
se repite que la casa nunca le gustó, pero no tenía más opción
que vivir en esta. Hundida en sus pensamientos, se acerca más
al espejo, observa su cuerpo y el de su pequeño dormido en su
regazo. Se mira a los ojos y su reflejo le sonríe repentinamente.
Una ráfaga de viento abre las ventanas de la habitación, dejando
entrar la lluvia que ahora es más fuerte. Incrédula, observa esa
sonrisa siniestra, estira una mano para tocar el reflejo mientras
que con la otra se aferra al pequeño cuerpo de su hijo. Cuando sus
dedos rozan el espejo, una luz cegadora se proyecta del reflejo,
acompañada de un sonido ensordecedor y seco. La lluvia se
detiene, y las gotas comienzan a subir despegando la humedad del
suelo y regresándola hacia el cielo. La luz desaparece de golpe,
ella abre lentamente los ojos y presiona el pequeño cuerpo del
bebé contra su pecho. Él comienza a llorar asustado, presiente
lo que se avecina. La mujer susurra algo en su oído y el pequeño
rompe en llanto desesperado mientras ella inhala el olor dulzón
que proviene de su pequeña cabeza. Con los ojos cerrados sonríe,
el bebé se retuerce, quiere liberarse mientras, satisfecha, ella se
da la vuelta…
Entonces, la mirada del niño se encuentra con el reflejo de su
madre. Sus ojos llorosos miran el espejo con miedo y tristeza;
comprende lo que ha ocurrido. Temeroso y asombrado, mira el
reflejo. Ella también lo observa, impotente de no poder consolar
su llanto. El pequeño levanta su mano hacia el espejo como
una señal de despedida, mientras la mujer se aleja lentamente,
llevándolo en brazos, abandonando su reflejo para siempre.
Mamá
Mario Vega
Mamá salió hace tiempo. Ella solo fue a buscar medicamento
afuera, donde están los enfermos; cada segundo que pasa parece
ser que no volverá. Desde mi cama solo puedo escuchar gritos y
ruidos raros en la lejanía; no sé qué es lo que está pasando.
Nunca conocí a papá, mamá solía decir que él un día tuvo
problemas por los cuales tuvo que irse y nunca regresó, pero
no importa, ella siempre ha estado ahí desde la vez que caí del
columpio hasta el día que me golpearon en la escuela. Ella nunca
me abandonará porque nos amamos, somos un equipo para lo que
venga o es lo que ella dice todas las noches antes de dormir. Mis
abuelos murieron hace dos años, mamá quedó destrozada cuando
eso pasó, pero yo estuve ahí. Mientras nos tuviéramos uno al otro
nada podría salir mal. Llegó el día que pasaría a segundo grado
en la escuela, pero por alguna razón las clases fueron suspendidas
de último momento, en las calles podía ver pasar patrullas y
ambulancias a todas horas durante un par de días. Era raro, por
alguna razón en la televisión interrumpieron las caricaturas por
el noticiero, era igual en todos los canales, pero mi mamá no me
permitía ver eso por ninguna circunstancia. Ella empezó a traer
mucha comida a la casa, tanta que no cabía en el refrigerador,
hasta que un día sin ninguna explicación mamá solo cerró las
puertas y ventanas. Ese día ella se veía asustada, solo dijo que
todo estaría bien. Bajamos al sótano con mucha comida y agua,
pasamos muchos días ahí. Yo me aburria, no tenía televisión, mis
juguetes quedaron arriba. Mamá me dijo que no debía hacer ruidos
muy fuertes ni gritar por ninguna razón. Pasamos horas dibujando
en las paredes; a pesar de no poder salir, ella siempre alegraba
mis días. Mamá siempre tenía una sonrisa en su rostro. Siempre
al dormir me contaba cuentos para poder descansar, pero por las
noches entresueños podía escuchar cómo se lamentaba mientras
trataba de llamar a alguien por el celular, pero nadie contestó
nunca. En el día se podían escuchar cosas extrañas arriba, pero
mamá siempre dijo que no era nada.
Los días fueron pasando hasta que empecé a sentirme mal.
Mamá empezó a perder su sonrisa poco a poco mientras pasaban
los días. Me dio medicina que no sabía muy bien, con eso se
tranquilizó un poco el dolor. Mamá rezaba todas las noches
después de contarme mi cuento para dormir; hubo ocasiones donde
la vi salir del sótano durante toda la noche, para volver durante
las primeras horas de la mañana antes de que yo despertara. Ella
nunca supo que yo la veía irse por las noches. Perdí la cuenta
de los días; incluso mamá dejó de marcarlos en el calendario,
pero la falta de alimentos era la que me alertaba de que los días
solo seguían pasando sin detenerse, mientras la mirada perdida
de mamá mostraba la tristeza que la consumía por dentro; ya no
quedaba nada de su bella sonrisa.
En una de esas noches, al ver que mamá se dirigía a la salida
del sótano, me alisté para ir con ella, pero no me lo permitió. Me
explicó que arriba habían pasado cosas; parece ser que la gente
enferma allá arriba y no saben qué es lo que hacen, entonces por
seguridad nos encontrábamos en el sótano hasta que todo eso se
arreglara. Yo no podía ir con ella por mi enfermedad, además ella
ya era grande y nada le podía pasar. Al final solo dijo que ella
siempre regresaría conmigo.
Con el paso del tiempo, mi enfermedad solo empezó a empeorar.
Sin importar cuantas veces mamá saliera por comida y medicinas,
en cada ocasión los recursos eran menos, hasta el día que regresó
sin nada. Ella se veía devastada y yo no podía ayudarla por mi
condición, pero todo cambió esa noche, después de leerme un
último cuento. Ella solo me vio a los ojos, dijo que me amaba y
siempre estaría conmigo sin importar que me dejara solo en la
cama mientras ella procedía a irse una vez más. Aún ha pasado
mucho tiempo desde que se fue, tal vez días enteros, no lo sé. El
dolor solo se vuelve más insoportable cada minuto que pasa, pero
gracias a él ya ni siquiera siento la sensación de tener hambre y
sed. El sueño me está venciendo cada vez más; solamente tengo
miedo de no poder ver una vez más a mamá.
Un ruido me despertó de pronto, con la poca fuerza que me
queda puedo observar cómo la entrada del sótano se abre. ¡Es
ella! ¡Mamá volvió! Trato de levantarme para recibirla, sé que
viene cansada, ya que cojea al caminar. Me recibe con un abrazo
mientras sus lágrimas empiezan a rozar mi espalda. Entre sus
sollozos empiezo a distinguir que se disculpa. ¿Por qué lo hace?
No entiendo nada, por alguna razón mis manos empiezan a
apretarla fuerte, siento cómo mis uñas empiezan a desgarrar su
espalda, mamá solo grita de dolor, mis dientes no dejan de chocar
entre ellos, tengo hambre, tengo hambre…
Mamá nunca podrá salir del sótano; ya no tiene piernas con que
hacerlo; mamá siempre estará conmigo.
Un humano más
Mario Vega
Una jaqueca, hambre y sed era lo primero que percibía en el
momento. Al abrir mis ojos la oscuridad no desapareció, incluso
me pregunté si acaso estaba dormido aún. Me mordí el labio, pero
dolió como siempre lo ha hecho. Al intentar estirarme, uno de mis
brazos golpeó con una pared. Me levanté un poco confundido ya
que la oscuridad en mi habitación era absoluta. En un principio
llegué a creer que simplemente era un apagón más, no es raro en
esta parte de la ciudad, pero lo inquietante era la falta de algún
tipo de luz en alguna parte. Normalmente en mi casa se logra
traspasar la luz de la luna en las noches, pero esta vez no había
nada.
Como pude, me alisté para salir. Lo bueno de nunca haber
cambiado de casa es que conoces tu hogar como a la palma de
tu mano. Por alguna razón ninguno de los aparatos electrónicos
funcionaba desde mi teléfono hasta mi computadora; supongo
que mi reloj solo me lo coloqué por costumbre. La intriga que
recorría mi cuerpo era palpable, realmente algo estaba pasando,
pero no me podía explicar qué. Al salir de mi habitación una
brisa de aire fresco se hizo presente, así que debí abrigarme un
poco. Con una madera vieja, un par de camisas rotas y un poco
de alcohol improvisé un antorcha para poder guiarme, pero para
mi sorpresa la oscuridad era inmensa que incluso con eso solo
lograba apreciar un poco de mi brazo y cosas que tuviera a menos
de un metro de distancia.
Intenté alimentarme un poco, pero para mi sorpresa al abrir el
refrigerador lo poco que tenía ahí estaba podrido, lo único fresco
eran los gusanos y hongos que consumían mis viejos alimentos,
por lo cual solo procedí a hidratarme lo suficiente. Con cuidado
me dirigí hacia la puerta de salida, al abrirla dos cosas llamaron mi
atención: el silencio absoluto y el frío que bruscamente aumentó
al grado de atravesar un poco sobre mi abrigo, tenía la esperanza
de en la calle encontrar un poco de luz de noche, pero solo era
más oscuridad, la luna y las estrellas solo eran cosas del pasado.
Las calles se encontraban desiertas, a pesar de que la oscuridad
me impedía ver alrededor, el sonido de viento junto a mis pasos
era lo único que mis sentidos podían apreciar, hasta que me
acerqué a las calles más transcurridas de la zona. Un olor peculiar
empezó a llamar mi atención y al dirigirme a él tropecé al tratar
de cruzar, era uno de los cables que deberían estar conectando
los postes de la corriente eléctrica, dentro de lo posible empecé
a alumbrar con mi antorcha para saber qué había pasado. Entre
cables y pedazos de metal encontré un cadáver en lo que era un
automóvil destrozado. Es cuando me di cuenta de que estaba en
medio de los restos de un accidente, el miedo del instante fue
interrumpido por un cuestionamiento: «¿Cuánto tiempo lleva esto
aquí?». El cuerpo que vi no parecía reciente, me recordaba mucho
a las momias que veía en mis libros de primaria y su olor no era
tan penetrante como uno en plena descomposición o al menos
eso se aprende al vivir en la zona más peligrosa de la ciudad.
Caminando más solamente la escena se volvía más tétrica, autos,
motos, cadáveres y rastros de sangre en la misma situación, el
ambiente solo se tornaba más extraño a cada paso que daba. Justo
en esos momentos me percaté de la ausencia de perros, gatos y
aves, lo cual solo me confundía más. Mi jaqueca se hacía más
presente mientras más pasos daba hasta el punto de tener un leve
mareo que supuse que era por la falta de alimento que sentía.
Opté por dirigirme al supermercado más cercano para encontrar
alimento. Intuí que si hubo algún tipo de desastre todos tuvieron
que huir de ahí, por lo cual la entrada debería tener acceso fácil,
además, genuinamente esperaba poder encontrar a alguien con
vida ahí…
Al entrar por la calle donde se encontraba el objetivo, un
pequeño destello de luz llamó mi atención. Era la primera vez
que veía luz que no fuera de mi antorcha desde que desperté. La
felicidad me invadió, por lo cual me apresuré a llegar ahí. Incluso
el hambre y el dolor desaparecieron por un instante. Estaba
a pocos metros de llegar hasta que algo me tomó por el abrigo
abruptamente ocasionando que mi antorcha cayera al suelo. Antes
de poder decir cualquier cosa, una mano tapó mi boca mientras
una voz me susurraba al oído:
—Silencio, están aquí.
Mientras escuchaba eso solo observaba cómo en el poco umbral
de luz que generaba el fuego de la antorcha iba desvaneciéndose,
aunque por un breve instante alcancé a percibir una sombra que
pasó sobre ella mientras sonidos de algo raspando el concreto del
suelo empezaban a sonar de forma más fuerte por cada ruido que
se hacía presente. El tipo que me sometió empezó a dar pasos
lentamente hacia atrás mientras con su brazo me jalaba de la forma
más discreta posible. Decidí seguirlo alejándome del resplandor
de antes.
Tras recorrer un par de metros entramos a lo que intuyo que
era una casa, ya que solo pude oír cómo el sujeto introducía la
llave a lo que creo que era una cerradura de una puerta. Al cerrar
la puerta, una pequeña luz se hacía presente ante mí, era una vela
que el hombre había encendido. Con la mano me hizo la seña para
que guardara silencio a lo cual procedió a indicarme el camino a
una mesa para sentarme.
—¿Tienes hambre? ¿No? —preguntó mientras prendía un par
de velas más. El hombre procedió a darme un par de latas de atún
con un vaso de agua, lo cual logró aliviar mi malestar. Entre la
comida no pude evitar poner sobre la mesa el cuestionamiento de
la situación actual, el tipo procedió a dirigir la mirada hacia mí
mientras solo contestó—: ¿No sabes nada?, bueno realmente yo
tampoco sabría explicarte lo que pasa aquí. —Él solo procedió
a sentarse frente a mí mientras me trató de explicar lo poco que
había presenciado él.
Parece que todo empezó hace tres días, una nube inmensa
empezó a cubrir todo el cielo mientras en la tierra se podía observar
un humo denso que cubría las calles en su totalidad, este humo
parecía ser tóxico, por lo cual la gente que lo recibió directamente
terminó perdiendo la vida al instante. En algunas casas logró entrar
de manera moderada, lo cual generó un efecto de somnífero en los
habitantes de esas casas. Al siguiente día, el humo se desvaneció
poco a poco, las redes de comunicación quedaron inhabilitadas
desde internet y la señal de radio impidiendo la comunicación
para pedir ayuda. Al salir a las calles, el cielo era completamente
oscuro, la única luz que se lograba apreciar era la que emitían
las casas y lámparas de las calles. Al salir las personas a ver
qué había pasado encontraron algunos accidentes de autos con
cuerpos totalmente secos como si llevaran décadas muertos,
nadie se explicaba qué pasaba, pero lo peor estaba por venir, entre
las esquinas llenas de oscuridad empezaban a sobresalir sonidos
inquietantes. «¿Tal vez un animal salvaje?», pensaron algunos,
pero el primitivo instinto de las personas les decía que se alejaran
de la oscuridad, esa advertencia no era en vano, cada vez que
una sombra de una persona conectaban con esos rincones de
oscuridad, algo las desgarraba por dentro. Quienes no sucumbía
en el primer ataque solo podían implorar ayuda hasta que se
desgarrara su garganta de tanto gritar mientras algo los llevaba
arrastrando a lo más profundo de la oscuridad. Durante horas los
gritos eran insoportables, no había otro sonido que llenara las
calles más que los lloros, lamentos y súplicas por ayuda y piedad.
Las personas que pudieron huir se encerraron en sus casas, pero
algunos simplemente no lo hicieron a tiempo, con el paso de las
horas los gritos fueron disminuyeron al punto de solo escucharse
algunas veces a las lejanías. Mientras eso sucedió, la corriente
eléctrica empezó a fallar hasta quedar en completa oscuridad.
Hasta el momento no he podido averiguar qué son esas cosas
o qué está pasando en el resto del mundo; la verdad es que ni
siquiera sé si lograré sobrevivir a lo que se avecina, pero creo
que por ahora debo seguir a este tipo, no sé qué me depare los
próximos días o horas, pero si alguien está leyendo esto, te deseo
suerte, la necesitarás. Por Dios te deseo lo mejor si es que él existe,
la verdad es que con las cosas que he visto hasta ahora no sé qué
pensar sobre Él, tal vez nos abandonó o simplemente esto es acto
de Él, pero cual sea la situación, espero que encuentres luz en este
camino de oscuridad, solo eso te lo puede desear un humano más.
El susurro del Kakuy
Alejandro Suchac
Introducción: Inspirado en una leyenda popular del norte
argentino, en las provincias de Santiago Del Estero y Chaco.
Al pájaro Kakuy o Urutaú, su nombre en guaraní y quechua
respectivamente, se lo conoce también como «pájaro fantasma»,
ya que camufla su plumaje con la corteza de los árboles del monte,
o «pájaro estaca», porque generalmente se encuentra posando
en el extremo de los árboles, inmóvil y erguido durante el día.
Pero es en la oscuridad de la noche cuando esta ave despliega la
magia de sus ojos amarillos y emprende su vuelo enérgico, de
planeos altos, para salir de caza. En el noroeste se lo considera
como pájaro de mal augurio sobre todo si canta cerca de las casas.
Hay quienes dicen que su grito melancólico persistente como un
lamento humano, que varía en intensidad y volumen, sorprende y
asusta a más de un desprevenido. Es un ave de tamaño mediano,
con un cuerpo alargado y un plumaje de tonos marrones, grises y
negros que le permite camuflarse perfectamente entre las ramas
de los árboles. Sus ojos grandes y amarillos le dan una mirada
penetrante y su pico largo y curvo está adaptado para capturar
insectos, que son su principal alimento.
Era una noche cálida de verano en un pequeño pueblo rural en
las afueras de Misiones, en donde la selva tupida parece devorar
todo lo que toca. La luna apenas se asomaba entre las copas de
los árboles, y el aire húmedo y pesado impregnaba los rincones
de las casas de adobe. En la casa de la familia Martínez, Marta, la
madre, estaba bastante inquieta. Sus dos pequeños hijos, Tomás
y Lucía, jugaban en el patio de atrás, ajenos a las advertencias
que siempre les había dicho su madre. El sol ya se había puesto,
y el susurro lejano del viento se confundía con los sonidos de la
noche. Pero Marta no podía dejar de sentirse vigilada, como si
algo no estuviera bien. Escuchó el primer grito, que hizo detener
su corazón. El grito era de Tomás, su hijo mayor. Corrió al patio,
en donde el niño estaba mirando hacia la espesura de la selva que
rodeaba la casa. Sus ojos, grandes y desorbitados, brillaban con el
terror de una experiencia imposible de explicar.
—¡Tomás, ¿qué pasa?! —gritó Marta, abrazándolo.
—¡El kakuy! —dijo Tomás entre sollozos. Señalaba hacia el
fondo del jardín, en donde la selva se perdía en la oscuridad.
Marta miró a aquella dirección, pero no vio nada, solo sombras
al acecho.
Marta, con el rostro pálido, intentó tranquilizar a su hijo, pero
su mente ya estaba llena de dudas. Había escuchado miles de
historias sobre el kakuy cuando era niña, historias que los abuelos
contaban a los más pequeños para que no se acercaran al bosque
al anochecer. La leyenda hablaba de una criatura que se robaba a
los niños, llevándolos con su vuelo a la oscuridad del monte para
nunca más volver. En ese mismo instante, un apagado susurro
flotó en el aire, como si fuera una voz que arrastraba su aliento
por la noche. Marta apretó a sus hijos contra su pecho, sintiendo
cómo la piel de Tomás estaba fría, pegajosa por el sudor.
—Vámonos a la casa —ordenó, sin perder tiempo. Pero antes
de que pudiera avanzar, la figura de Lucía, su hija menor, apareció
en la puerta de la casa—. ¡LUCÍA! —gritó Marta. Su hija la miró
fijamente, con los ojos vacíos, como si ya no reconociera a su
madre.
Antes de que pudiera reaccionar, Lucía empezó a caminar hacia
el fondo del jardín, hacia la selva. Marta trató de correr hacia ella,
pero sus piernas parecían ser de plomo, como si el mismísimo
aire la estuviera deteniendo en el lugar. Tomás la tomó de la mano
y la arrastró hacia él.
—¡No vayas! ¡No la dejes ir! —gritó Tomás desesperado,
mientras los ojos de Marta se llenaban de terror.
El viento se levantó de repente, arrastrando las hojas secas y
haciendo crujir las ramas de os árboles. Marta intentó llamar a su
hija, pero sus palabras eran ahogadas por un ruido sordo, como
si algo pesado estuviera deslizándose por el suelo en dirección a
la selva. Lucía, inmóvil, empezó a girar hacia el monte sin mirar
atrás. Marta finalmente corrió hacia ella, intentando tomarla de
los hombros, pero antes de alcanzarla, una sombra gigantesca
se deslizó por el aire. El viento aulló con fuerza, y de golpe
todo quedó en silencio. La niña desapareció entre los árboles.
El silencio fue más denso que nunca. Marta cayó de rodillas,
llorando con desesperación, mientras Tomás se aferraba a ella con
la misma angustia. Ninguno de los dos podía ver la figura en la
sombra de la selva, pero Marta sabía que el kakuy había venido
por su hija. El niño que lo había visto, el que había escuchado los
susurros, ahora entendía el precio de la leyenda.
En la mañana siguiente la noticia de la desaparición de Lucía
recorrió rápidamente las casas del pueblo. Nadie parecía
sorprenderse, como si la leyenda hubiera cobrado vida, como si
el kakuy hubiera vuelto a cumplir con su terrible propósito. El
pueblo entero salió a buscarla, pero la selva era impenetrable, un
laberinto de árboles y malezas que parecía tragarse todo lo que
se internaba allí. Nadie regresó de la búsqueda. Nadie vio más a
Lucía, ni rastros de ella en los días que siguieron.
Marta, hundida en el dolor, comenzó a escuchar el susurro cada
vez con más frecuencia, como si la criatura estuviera acechando
de la oscuridad, observando y disfrutando de su sufrimiento. Por
las noches, el sonido del viento le parecía un murmullo familiar,
como si alguien le hablara al oído, diciéndole que todo tenía un
precio, y que la selva, en su inmensidad, siempre cobraría lo que
es suyo. A medida que pasaron las semanas, la familia Martínez
se vio marcada por la tragedia. Tomás, ya casi adulto, se convirtió
en un hombre callado, temeroso de la selva, desconfiado de la
oscuridad. Decía que había algo en la selva que lo vigilaba, que
podía sentir los ojos del kakuy siguiéndolo, esperándolo a que se
adentrara y así poder completar lo que empezó.
Una noche, Marta decidió visitar a una anciana del pueblo, era una
mujer muy respetada por sus conocimientos sobre las leyendas y
los espíritus. La anciana, con voz ronca y temblorosa, le reveló lo
que Marta temía oír.
—El kakuy no solamente se lleva a los niños. A veces, se
queda, y su espíritu sigue acechando a los que se quedan atrás,
alimentándose del miedo y el dolor.
Esa noche, Marta no durmió. Los susurros eran cada vez más
intensos que nunca, un eco lejano que resonaba en su cabeza,
como si el kakuy estuviera a su lado. Sabía perfectamente que el
espíritu de su hija seguía perdido en la selva, atrapado en el oscuro
abrazo de la criatura. Y también sabía que tarde o temprano su
tiempo en la tierra se terminaría. El kakuy la reclamaría también,
como lo hizo con Lucía, como también reclamó a tantos antes de
ella.
Desde esa noche, Marta desapareció, al igual que su hija menor,
y al igual que tantas otras personas del pueblo. Solo quedó Tomás,
vagando por la casa vacía, escuchando al viento aullar entre los
árboles, preguntándose si alguna vez podría llegar a escapar del
susurro del kakuy, que ya no era solamente una leyenda, sino una
sombra que lo seguiría hasta el final de sus días.
Enemigo
Julie Palomeque Di Leo
Este texto fue hallado dentro de un carcaj cubierto de flores rojas.
Connor llevaba el arte de la cacería en la sangre.
Él había aprendido todo de su padre. Siempre había sido sencillo
para él saber exactamente lo tensa que la cuerda debía estar para
realizar el disparo perfecto o cuánto veneno utilizar para cubrir
las puntas de flecha. Las bestias nunca tenían ni una oportunidad
cuando Connor y su padre salían en su búsqueda.
Connor nunca supo bien cómo o por qué, pero siempre había
sido capaz de predecir el punto exacto en el que una de las bestias
iba a estar. Lo podía sentir en una esquina de su mente y gracias a
ese instinto o bien, a su suerte, esa tarde había guiado a su padre
a un claro en el corazón del bosque.
—Ahí, en la orilla del lago —susurró Connor, deteniendo sus
pasos para señalar con una de sus manos dónde podía sentir en cada
uno de sus latidos que pronto, muy pronto, una bestia aparecería.
Su padre asintió y ajustó el agarre sobre su arco al tiempo que
comenzaba a caminar lo más sigilosamente que podía. Connor
lo siguió de cerca, asegurándose de pisar los mismos sitios que
su padre. Mientras avanzaba, Connor alzó su rostro y olió el aire.
Su padre le había enseñado cómo descifrar los mensajes secretos
del viento, detectando aromas que le indicarían dónde las bestias
habían estado. Por un breve segundo, el joven cerró los ojos sin
dejar de caminar. Las bestias estaban cerca, lo pudo percibir. Pudo
oler el aroma de sus pelajes y sangre fresca. Supo que la sangre
no era de las bestias. Seguramente era de alguna presa que habían
cazado. Volvió a oler y reconoció el ferroso efluvio como sangre
de venado. «Asquerosas bestias», pensó, abriendo los ojos para
ver el momento exacto en el que padre alzó el puño para indicarle
que se detuviera.
Allí estaban. Una manada entera. Una manada nueva. Sus
cuerpos cubiertos de un blanco pelaje que parecía brillar de plata
bajo la clemente luz de la luna. Connor notó que había uno de
ellos patrullando la orilla del lago y se preguntó si acaso los
habían percibido. El lago los separaba y sería su ventaja en caso
de tener que escapar.
Esa noche, si eran rápidos como Connor sabía que podían
serlo, podrían acabar con al menos cuatro bestias. Su padre tensó
la cuerda de su arco, apuntando a la que estaba patrullando. Al
observarlo, Connor pudo ver la sonrisa apenas triunfal en los
labios de su padre. Él vivía por la caza. El joven se preparó para
el delator silbido de la flecha atravesando el aire nocturno, pero
los segundos comenzaron a pasar y el silencio seguía instalado
entre ellos.
Miró a su padre y notó que su sonrisa se había evaporado, que
su mano siempre firme ahora temblaba. Bajó el arco y musitó una
palabra que Connor reconoció como un nombre. No cualquier
nombre. Un nombre que él había escuchado incontables veces,
cada vez que su padre le contaba alguna historia de su madre.
—Bianca… —su padre susurró, su imponente cuerpo temblando
como una hoja violentada por el viento. Cuando Connor siguió
su mirada, sintió cómo la sangre comenzó a convertírsele en
esquirlas heladas dentro de las venas. En lugar de la bestia, ahora
frente a ellos, más allá del lago, había una hermosa mujer de pie,
imposiblemente quieta, mirándolos con ojos del más absoluto
verde, notables incluso a esa distancia. Su largo cabello plateado
cubría su torso. El resto de la manada estaba tan quieto como
ella, pero ninguno había cambiado a su forma humana. Ninguno
de ellos parecía listo para atacar. Solamente parecían estarle
prestando atención a la mujer. Algunos miraban a Connor. Todos
tenían los cuartos traseros sobre el suelo y las orejas gachas.
—Ese es el nombre de madre —susurró Connor y su padre
asintió lentamente—, pero ella murió. ¡Eso fue lo que me dijiste!
—su voz subió apenas de volumen, causando que algunas de las
bestias alzaran sus orejas y todas posaran su atención sobre él.
Su padre lo miró por unos segundos que se volvieron espesos y
asintió de nuevo.
—Su manada iba a abandonar el reino… Eso fue lo que ella me
dijo. Eras solo un bebé cuando te dejó en mi puerta… —masculló
su padre mientras temblaba al punto de que su arco se resbaló de
sus gruesos dedos—. Lo… siento, Connor —su voz se rompió
al igual que los últimos trozos de su orgullo y cayó sobre sus
rodillas, incapaz de contener su llanto mientras se cubría el rostro
con las manos.
El mundo de Connor se partió a la mitad con un estruendo que
solo él pudo escuchar y que resonó desde el interior de su pecho.
Él había cazado a esas bestias desde que tenía memoria. Se había
alegrado cada vez que una de sus flechas las había atravesado.
Había aprendido a despellejarlas incluso antes de aprender a leer.
Ahora mismo tenía una pesada piel blanca sobre sus hombros.
Estaba orgulloso de esa piel.
Sujetó su arco con fuerza y miró a la mujer a los ojos. Los
femeninos brazos permanecían abiertos y ella sonreía. Los
miembros de la manada, uno a uno, comenzaron a mover sus
colas tímidamente. Connor colocó una mano sobre el hombro de
su padre y sonrió, dando un paso hacia adelante.
Cazar estaba en la sangre de Connor.
Su corazón latió serenamente mientras tensaba su arco y entre
un latido y el siguiente, disparó una flecha directo al corazón de
su madre. Ella era una bestia. Y él también lo era. Escuchó los
gritos de su padre y los gruñidos de la manada. Pero él era rápido.
Connor era muy rápido.
Descorchó el vial de veneno que siempre llevaba en su cinturón
y lo llevó a sus labios. Sin siquiera dudar, lo bebió hasta vaciarlo.
Él era un cazador. Y mataría a cada una de las bestias que se
cruzaran en su camino.
Incluido él mismo.
Ellos tenían hambre
Julie Palomeque Di Leo
Este texto fue hallado en un frasco de pastillas para dormir vacío
Martes, 03.00 a.m
¿O era miércoles?
Rona se llevó una mano a la frente húmeda, donde las gotas frías de
sudor congelaron su palma. Sus párpados estaban dolorosamente
abiertos y lo único que podía ver era la lámpara bamboleándose
sobre su cabeza. Era demasiado brillante para sus ojos cansados,
pero al menos mantenía la oscuridad a raya. Pestañeó para
deshacerse de algunas gotas de sudor. ¿O acaso eran lágrimas?
Ya no tenía idea porque ambas se sentían de la misma manera:
frías, saladas y un poco pegajosas. Cerró los ojos por un momento
breve y se permitió pensar un poco.
No siempre había sido así. Hubo un tiempo en el que las
sombras habían sido solamente eso, sombras. Un tiempo donde la
noche había olido a duraznos y lino fresco. Un tiempo en el que
ella había sido capaz de diferenciar sombras normales de Ellos.
Ahora todo parecía un borrón enorme. Ya no podía confiar en
sí misma, ni siquiera en otros. Ella apenas podía recordar cómo
se sentía ser tocada por alguien más, ya no sabía cómo se sentían
las pestañas de un amante contra sus mejillas. Todo le había sido
robado por Ellos. Los Hambrientos.
No hubo explicación alguna. Solamente habían llegado a su
casa sin invitación, pero listos para ponerse cómodos. Como si
fuera su hogar. Al principio, había sido solo uno, el más pequeño
de todos. Había sido incluso dulce y Rona había cuidado de él de
la misma manera que hubiese cuidado de una mascota.
Un par de semanas luego, el resto había seguido a su líder. Uno
a uno, Ellos habían entrado a su casa. A su cuerpo. A sus huesos.
Ella no había sido capaz de cuidarlos, pero había aprendido a
temerles. Algunas veces, podía oírlos, susurrando en las sombras,
diciéndole que vendrían más, que aún quedaba mucho de ella
para alimentarlos.
Abrió los ojos, volviendo a mirar fijamente el foco por unos
segundos hasta que volteó su cabeza y posó su mirada sobre el
frasco transparente con tapa verde. Ah, las pastillas.
—Estas los mantendrán lejos —había dicho una doctora de
gafas ovaladas mientras escribía algunas palabras que solo el
farmaceútico había sido capaz de descifrar.
«Ah, las pastillas», Rona pensó mientras se relamía el ahora
labio inferior que notó seco. Podía oírlos. Sonaban casi como
niños o seres pequeños de voces agudas. Rona sabía que no eran
para nada inocentes. Ni siquiera sabía qué eran, solamente que
estaban dentro de ella. Alimentándose. Agigantándose. Había
más de mil bocas que roían sus huesos, su mente, su alma.
Las pastillas parecían llamar a Rona mientras ella miraba el
frasco que descansaba sobre su mesa de luz.
Estiró su mano y sujetó el frasco, casi acunándolo. Lo sacudió
ligeramente y las pastillas hicieron un ruido simpático, casi
musical, al rebotar contra las paredes de vidrio. A Rona le pareció
que sonaba como una promesa disfrazada de canción de cuna.
La lámpara sobre su cabeza comenzó a parpadear y las sombras
parecieron volverse más grandes. Y Ellos comenzaron a gruñir
cada vez más fuerte.
Rona abrió el frasco y lo apuntó directamente a su boca.
Comenzó a tragar pastilla tras pastilla hasta que el frasco y su
mente estuvieron vacíos. El foco dejó de parpadear para apagarse
completamente. Lo último que iluminó fue la sonrisa silenciosa
de Rona.
El pozo de los pétalos
Balbuena Mercedes
Esta historia es muy particular, ya que describe las ideologías
religiosas del pequeño pueblo misionero. Este territorio fue
recorrido en su momento por Andresito, quien, según cuentan,
traía consigo mucho oro que iba enterrando a su paso, dejando las
almas de guerreros para cuidar aquel tesoro. Cuentan los abuelos
que cada tesoro escondido tenía su guardián, un alma que, por haber
entregado su vida, se convertía en su cuidador. Estos guardianes
velaban sin descanso, día y noche, para que nadie pudiera
desenterrar el oro. Se decía que, cuando Andresito volviera de
sus batallas con los bandeirantes, buscaría recuperar esos tesoros.
Sin embargo, como nos relata la historia, este fornido guerrero
desapareció, dejando tras de sí muchos misterios. Los inmigrantes
que se asentaron en estas tierras creían firmemente en la existencia
de entierros escondidos. Durante la década del 70, se contaba que
unas cuantas familias habían encontrado parte de estos tesoros.
Por ello, la situación económica del lugar era notablemente
buena. Algunas personas, de repente, aparecían con camionetas
de alta gama, incluso antes de comenzar con la cosecha de yerba,
el cultivo por excelencia en esa zona. Como era costumbre,
Hanna y su madre, Isabella, iban los viernes a comprar carne para
toda la semana en la única carnicería del pueblo. Ese día, casi al
anochecer, el cielo estaba nublado, con pinta de llover. Hanna,
recién bañada y con su vestido colorido, acompañó a su madre con
entusiasmo. Salieron de su casa, cruzaron la plaza, pasaron por la
salita y el correo en silencio. Rompiendo ese mutismo, Hanna
le preguntó a su madre cuándo irían a visitar a la abuela, pues
quería andar en sulki o a caballo. Cuando llegaron a la calle de
tierra donde se encontraba la iglesia ucraniana, el cementerio del
pueblo y la carnicería, notaron algo extraño. Mientras cruzaban,
Hanna vio una silueta que parecía una persona, moviéndose de
un lado a otro. Se detuvieron en seco, paralizadas por el susto.
Entonces, Hanna le dijo a su madre con voz temblorosa: «¡No
tiene cabeza!». Isabella la abrazó, intentando calmarla y evitar
que gritara, para no atraer la atención de aquel ser tan extraño. La
silueta se desvaneció rápidamente en un claro del monte frente
al cementerio. Atemorizadas, lograron llegar a la carnicería,
pero decidieron no contar a nadie lo sucedido por miedo a que
no les creyeran. De regreso a casa, Isabella intentó racionalizar
lo ocurrido, pero antes de que pudieran procesarlo, algo más las
dejó petrificadas. En el patio de la iglesia, justo en la esquina
junto a la cruz de entrada, vieron unas llamas extrañas. «Es fuego,
pero... ¡es azul!», exclamó Isabella. Sin querer correr más riesgos,
ambas huyeron. Esa noche, Isabella esperó al padre de Hanna
para contarle lo ocurrido. En los días siguientes, comenzaron a
circular rumores sobre las misteriosas luces azules. No mucho
tiempo después, un grupo de pintores llegó al pueblo para hacer
arreglos y pintar la iglesia. Durante su estadía, se alojaron en un
galpón contiguo al club, que solía usarse para catequesis en las
vacaciones. Todo parecía tranquilo, hasta que una mañana fría
algo alteró a los vecinos: un enorme pozo apareció en el terreno
de la iglesia. Hanna y su amiga Patricia decidieron ir en bicicleta
al lugar. Cuando llegaron, vieron que el pozo tenía forma de flor
con enormes pétalos. «¡Mirá qué grandes pétalos tiene esa flor!»,
dijo Hanna. Desde el fondo del pozo se distinguía algo peculiar:
parecía que habían extraído una olla o una caja, pero no había
rastros a su alrededor, salvo unas huellas de botas que llevaban
hacia la costa del río Uruguay. Esa misma noche, el grupo de
pintores desapareció misteriosamente, dejando al pueblo lleno de
preguntas. ¿Qué información tenían ellos? ¿Qué fue exactamente
lo que encontraron? Hanna nunca olvidó aquellas noches llenas
de misterio y se preguntaba si las luces azules y los tesoros tenían
alguna relación con los hechos históricos del lugar.
¿Vivir?
J.M.Cortes
Joaquín, un joven sacerdote católico de 30 años, ha llegado esta
noche al aeropuerto para embarcarse desde Santiago de Chile
hasta Roma, Italia, para conocer por fin el Vaticano, el sueño de
toda su vida. Sentándose al lado de la ventana, justamente en la
mitad del avión, algo ansioso, pues era la primera vez que viajaba
en avión, esperando quien sería su acompañante, en eso ve entrar
un sujeto alto de piel blanca y con unos ojos grandes y vestido
con un elegante traje. Se paró en el pasillo justo frente a él, sonrió
y dijo:
—Oh, me tocó a lado de un hombre de Dios, no creo que
Dios permita que a unos de sus súbditos le pase algo, viajaré
tranquilamente sin miedo a que este avión se estrelle.
El cura sonrió diciendo:
—Tranquilo, amigo, nada pasará, Dios está con nosotros.
El avión emprendió su vuelo aproximadamente a las 10 de
la noche. Joaquín se empezó a fijar que este hombre lo miraba
constantemente y se empezó a sentir incómodo, lo miró y le
preguntó:
—¿Algún problema, amigo?
—No, cura, ¿qué problema podría tener con un buen hombre
de Dios?
—Al parecer lo dice en un tono sarcástico, me da la impresión
de que no le agradan mucho los creyentes como yo.
—La verdad, mi amigo, nunca entenderé cómo las personas
malgastan sus vidas a una fe ciega adorando a un Dios, pero si eso
usted lo hace ser mejor persona, está bien para mí.
Joaquín se quedó pensando, ya que era un viaje largo, y debatir
con él un rato no haría daño para que el viaje no se hiciera eterno,
ya que era su primera vez en avión y los nervios no lo dejarían
dormir en toda la noche.
—¿Y usted en qué cree, señor?, ¿es ateo, don…?
—Mi nombre es Damián, y solo creo en la vida misma, en lo que
veo y puedo tocar y comprobar, por eso no creo en la existencia de
un Dios creado por humanos, imponiendo sus creencias y moral
y lavando el cerebro de los más débiles y que su única prueba de
su existencia sea la fe.
—Damián, ¿y para usted quién creó la vida, la tierra, el mar
y todos los seres vivos de este mundo, la perfección y complejo
de cada ser vivo? No cree que pudiera haber algo divino que nos
creó a su semejanza. Sí creo en la evolución, pero para llegar a
este punto a lo que ha llegado la humanidad y lo hermoso que es
este mundo y su naturaleza… ¿Ha leído la Biblia, amigo?
—Sí, mi amigo sacerdote, la he leído un par de veces, he tenido
bastante tiempo en mi vida para leer la Biblia y una cantidad de
libros que usted no me creería si se lo digo.
Así continuaron por horas debatiendo y poniendo sus puntos de
vista sobre creencias religiosas, el bien y el mal. Damián lo mira
y dice:
—Bueno, la Biblia es un libro entretenido en unas partes, no
tiene nada que envidiarle a la mitología griega o egipcia o dioses
nórdicos, incluso diría que es más fascinante y fantástica que
todas ellas, con sus ángeles y demonios, serafines, arcángeles,
lucifer y el diablo, me entretuve leyéndola. ¿Y para usted todos
esos seres ficticios son reales?
—Para mí todo lo que aparece en la Biblia es real, Damián,
aunque que para ti solo sea fantasía, mis creencias y mi fe va más
allá de cualquier cosa que usted me pueda decir.
—Entonces podríamos decir que duendes, hombres lobos,
vampiros también existen, ya que también provienen de la mente
del hombre al igual que su querida Biblia y siempre se ha hablado
de ellos a lo largo de la historia.
Sonrió Joaquín, mientras el avión entraba en una turbulencia
y se sentían unos truenos que sonaban a lo lejos. Damián mira a
Joaquín y le pregunta:
—¿Cree en la maldad, en el diablo, en lo sobrenatural, en lo
desconocido?
—Sí, creo en el diablo, es el que corrompe las mentes humanas
para pecar y alejarlas de Dios todopoderoso.
—¿Usted qué estaría dispuesto a hacer para corresponder a
Dios? ¿Qué estaría dispuesto a hacer por todas estas personas
para salvarles la vida, si sus vidas corrieran peligro?
—¿A qué se refiere, amigo?
En ese momento, Damián subió su camisa y mostró un revólver
que tenía en la cintura de su pantalón, Joaquín lo miró y le dijo:
—¿Cómo metió eso a bordo?, ¿y por qué trae un arma? Usted
está loco, señor. —Damián lo mira y pone el arma entre las piernas
de Joaquín y dice:
—Amigo, ¿usted estaría dispuesto a sacrificar una vida por
salvar la de muchos? Para ser más específicos, ¿estaría dispuesto
a matarme y salvar la vida de todas las personas en este avión?
Mírelo por el lado bueno, sería como Jesús cuando murió en la
cruz, y por su sacrificio los pecados de todos los seres humanos
fueron perdonados.
Damián miró a Joaquín y levantó su tobillo y tenía otra arma
de fuego, un pequeño revólver y miró fijamente al cura Joaquín
diciendo al oído:
—Me levantaré de este asiento, caminaré por el pasillo, agarraré
a esa azafata, la mataré, entraré a la cabina, asesinaré a los pilotos,
este avión caerá y todos aquí adentro morirán, al menos que usted
agarre esa arma que le di y me dispare apenas yo me levante y
camine por ese pasillo.
Damián se levanta y empieza a caminar por el pasillo y Joaquín
no sabía qué hacer. Estaba completamente paralizado. Y el cura
mirando cómo Damián llega donde está la azafata y levanta la
mano y en ese momento Joaquín se para y dice:
—¡Alto ahí! —apuntando con el revólver a Damián. Todos los
pasajeros quedaron asustados al ver al cura con un arma.
—Cálmese, padre —decían las demás personas.
Joaquín, en su desesperación, decía:
—Él tiene un arma y quiere matar a la azafata y a los pilotos.
Damián levanta sus dos manos vacías, le pide a la azafata que
lo revise y no tenía nada. En eso se levanta un tipo y reduce a
Joaquín y lo tira al suelo agarrándolo del cuello. Damián mira a
Joaquín directo a los ojos, diciendo:
—¿Tú eres el loco padrecito o no? —Y sonríe diabólicamente.
Cuando todos los pasajeros estaban preocupados del sacerdote
con un revólver, Damián agarra a la azafata del cuello y le clava
sus colmillos succionando algo de sangre para después arrancarle
la piel de un mordisco. Todos los pasajeros aterrados salieron
huyendo hacia la parte de atrás del avión mientras Damián se da
media vuelta y abre la puerta de la cabina con una gran fuerza
y entra. Las luces se apagan por un momento y sale alguien
disparado desde la puerta de la cabina dando la sensación de que
se fuese volando y este ser empieza a morder y asesinar a quien
tuviera al frente mordiendo sus cuellos y bebiendo su sangre. A
otros simplemente solo los mataba, y Joaquín aún en el suelo podía
ver el río de sangre que corría por el piso del avión. Y quedando
empapado de sangre en un momento todo era gritos de dolor y
desesperación, hasta que en un momento llegó la calma. Joaquín
aterrado con el arma en su mano se levantó y vio delante de él a
Damián con los ojos blancos y solo se veía un punto negro en el
centro, la boca llena se sangre, unos largos colmillos y le disparó
al pecho, Damián lo mira y dice:
—Demasiado tarde, mi amigo, aunque la bala jamás me matará,
como puedes ver los vampiros sí existen.
Joaquín, sin poder creerlo saca su cruz y se la muestra a Damián,
este sonríe:
—Ja, ja, padrecito, entiendo que creas que según la cultura
popular una cruz pueda vencer a un vampiro, pero un objeto inerte
de algo que no es real no puede matar a un vampiro, y como lo has
comprobado soy real.
Joaquín vació todas las balas en el cuerpo de Damián, este
riendo dice:
—La verdad de las creencias que se tiene de nosotros… La de
la estaca en el corazón es real, pero tiene que ser una grande que
nos reviente el corazón.
Damián se acerca a la puerta diciendo:
—Mi amigo de Dios, cada cierto tiempo hago este tipo de
masacre y después las camuflo como un terrible accidente. Ahora
abriré la puerta.
Y Joaquín sale disparado hacia afuera del avión y Damián tras
de él volando y lo agarra en el aire mientras el avión se estrella en
el mar. Lo sube lo más alto y muerde su cuello y lo mira:
—Si quieres vivir, solo debes gritar ¡vivir!, te salvaré, te daré
de beber mi sangre, serás como yo y verás cosas que tu Dios
jamás te mostrará.
Damián lo suelta y…
—¡¡¡Vivir!!!
La pesadilla de Sebastián
Santiago Angel Espinosa
*Esta historia se basa en una pesadilla recurrente de mi amigo
Sebastián Loaiza González y que tuvo durante su infancia solo
mientras vivió en cierta casa del barrio Buenos Aires, en Medellín,
Colombia.
**Otro agradecimiento a Juan Camilo Espinosa, quien posibilitó
la publicación de este cuento.
El autor
***
—Suerte, Sebas, hablamos mañana —me dice mi amigo con un
golpecito en el hombro. Ya estoy a menos de media cuadra de mi
casa, pero la verdad es que no quiero llegar, entonces me quedo
un momento viendo mientras se va para su casa. ¡Pff! ¿Pa’ qué
le digo? Pero, pues, no es que pase nada malo con mi familia,
aunque tampoco nada bueno, la verdad. Ni es con la casa, aunque,
no sé... porque si es raro que solo me pase desde que vivo aquí...
Embobado, pensando en estas cosas, llegué a la puerta que
abrí sin afán con la llave que me habían regalado mis papás hace
poquito. Mi casa es una de esas grandes y viejas, de las que al
entrar da directamente a la sala y a la derecha queda el garaje,
con un baño pequeño para invitados al lado izquierdo. Sigo
derecho por el corredor, rozando suavemente las paredes con la
punta de los dedos y llego al primer patio, el que tiene el suelo
con baldosas rojizas y piedras pequeñitas. Al frente de este patio
queda mi habitación, en donde tiro el bolso sin siquiera entrar y
sigo por el corredor hacia el otro cuarto, uno que está conectado
con el más pequeño y que usamos como ropero. Ahí tampoco está
mi mamá, entonces continúo hacia la habitación del fondo, vacía,
para llegar a otra sala de estar un poco más pequeña que la otra y
que queda justo al lado de la cocina, donde por fin escucho algo
de ruido en el segundo patio y decido seguirlo. Allí la encuentro
lavando ropa con muy mala cara, pero al verme se suaviza y me
dice con ternura:
—¡Hola, mijo! ¿Cómo le fue hoy?
—Bien, ma, no pusieron tarea.
—Tan raro eso que a usted nunca le ponen tarea, voy a tener
que preguntar...
—¿Qué hay de almuerzo? —le digo haciéndome el bobo.
Estoy llenísimo, pero no me quiero acostar porque de pronto me
quedo dormido y... no, mejor no. Tengo que dormir, pero todavía
no. Voy a salir.
—¡Ma, voy a salir! —le grito como verdulero para asegurarme
que me escuche desde atrás y saco mi bicicleta hasta la entrada;
cierro la puerta y me impulso con el pie, aprovechando que el
terreno es en bajada. En la otra cuadra, veo al parcero también
en su cicla, pero justo cuando voy a mitad de camino, un sonido
agudo me coge desprevenido y me hace perder el equilibrio.
Empiezo a frenar para no caerme, pero los frenos no funcionan
muy bien en esta cicla tan vieja, entonces meto el pie en la llanta
de atrás. Yo sé que debo estar pálido, pero trato de disimular con
mi amigo.
—¡Quihubo, marica! ¿Le tenés miedo al celador o qué? —me
dice cagado de la risa.
—No, no, es que me elevé viendo una pelada que estaba
bajando por allí, pero nada...
—Ajá. Yo no vi ninguna pelada, pero digamos que sí. ¿Pa’
dónde vamos, pues?
El celador volvió a pitar con el silbato de siempre, que mantiene
unido con una cadenita como los árbitros del fútbol. Tengo la piel
de gallina hasta el cráneo, pero menos mal mi amigo no se da
cuenta. Es que... ese sonido se parece un poco a como grita esa...
cosa.
No puede ser, ya anocheció ¿por qué tiene que pasar tan rápido el
tiempo? Ya me tengo que entrar, yo no me quiero dormir todavía.
No, no... no me puedo dormir todavía.
—Buenas noches, mijo —me dice mi mamá dándome un
beso—. ¡Ya casi cumples nueve!
Yo le sonrío lo mejor que puedo sin lograr dejar de pensar en lo
que viene. Al verla de buen genio me arriesgo a decirle:
—Mami, ¿puedo ver televisión un rato? Es que no tengo sueño.
—No, mi amor, mañana madrugas a la escuela, cierra los ojos
y verás que te duermes. ¡Pídele al Señor! —me dice, mientras se
aleja y apaga la luz. Y yo sin ni siquiera una vela no puedo hacer
más que taparme hasta la cabeza con las cobijas.
Luego de pelear un rato con el sueño, me dieron ganas de ir al
baño. Me paro con cuidado para no despertar a mi hermana en la
cama del lado, pero cuando llego a la puerta me doy cuenta de qué
está pasando. Miro hacia la cama de ella otra vez y no hay nadie,
como ya lo suponía. Ya estoy sudando frío y aunque me muero
del miedo, salgo del cuarto sintiendo el aire pesado al caminar,
como en un baño turco, solo que hace un frío horrible y solo se
ve lo que deja ver la luz de la luna entrando por las ventanas. No
puede ser... me quedé dormido.
Miro a mi alrededor con la esperanza de encontrar a alguien,
aunque en el fondo sé que eso no va a pasar, pues esta no es
la primera vez... Se me va a salir el corazón. ¡Dios mío! ¿Qué
hago? Tendré que arriesgarme a despertar a alguien, pero
¿cómo?, ¡imbécil!, ¡estás dormido! Y es justo en ese momento
que lo escucho. Es un grito, un grito horrible que nadie podría
imitar, pues es agudo como un silbido que sube y luego baja.
Inmediatamente después, siento en mi espalda un intenso chuzón
frío, que es como me han contado que se siente una puñalada,
con el dolor recorriéndome toda la espalda en un escalofrío. No
puedo mantenerme en pie y caigo al piso retorciéndome de dolor.
Por reflejo inflo mis pulmones con todas mis fuerzas para gritar,
pero no sale y el vértigo me obliga a mirar atrás, donde veo a
ese asqueroso engendro, que tiene forma humana pero no lo es,
mirándome con sus ojos muertos sin moverse ni un poquito por
unos pocos segundos. Siempre viste de negro y blanco, pero me
es imposible verlo bien por lo asustado que estoy cuando me pasa
esto. Sé que mide como dos metros y es muy flaco, y en su cara
solo se ven dos rayitas horizontales donde deberían ir los ojos.
Al aporrearme, siempre se aleja haciendo morisquetas, moviendo
los brazos y piernas a lo loco, como si lo estuviera disfrutando
mucho, exactamente como lo está haciendo ahora. De la nada se
desaparece y vuelve a hacer lo mismo: grito, un golpe que no me
deja mover y se burla de mí para luego perderse otra vez. Es así
varias veces seguidas, aunque a veces logro pararme y dar un par
de pasos, pero eso casi nunca. Hoy tampoco soy capaz, ojalá solo
me matara; o que al menos pudiera no volver a dormirme; o poder
dejar de oír ese horrible grito.
Ya casi no puedo aguantar más dolor, siento como si todo
temblara y de un momento a otro todo se ilumina tanto que ni
siquiera puedo ver nada. Con un golpe pongo las manos en lo que
se supone es el suelo y resulta ser blando. Poco a poco veo la cara
de mi hermana ya con el uniforme puesto, que me agarra de los
hombros sacudiéndome y me dice:
—¡Sebas, apúrele pues, que va a llegar tarde a la escuela!
Encuentro con la oscuridad
Rafael Dupetit
La primera noche pasó desapercibido, vislumbré entresueños esa
sombra, esa silueta cuasi humana, entre la claridad de la luna que
se colaba por la ventana. Asumí, en el momento, que se trataba de
una ilusión, producto de la somnolencia. Al día siguiente, no tuve
una buena jornada, pues estuve la mayor parte irascible, errático,
propenso a la violencia. En mi trabajo, estuve a punto de perder
un dedo en el manejo de una máquina que todos los días operaba
sin problemas. Al estar tan distraído, casi tengo lamentables
consecuencias. En casa, esa tendencia fue en aumento, discutí
con mi esposa, por nada, por cosas sin importancia, pero yo no
pude parar, la ira se apoderó de mí. Llegó la noche, esta vez la
aparición de la sombra me asustó. Sucedió tras despertarme a las
dos horas de haberme dormido, me sobresalté, pues en el sueño
me faltaba el aire, no podía respirar. Y allí estaba la silueta, más
cerca de mi cama que la noche anterior, la descubrí entre los
haces de luz que se colaban entre las hendijas de la persiana. Me
sobresalté y grité, desperté a mi mujer con el grito y el sacudón.
A pesar de que ella me contuvo y convenció de que se trataba de
una pesadilla, no pude volver a dormir. Sentí el resto de la noche
un frío envolviéndome, hoy sé que no era frío, era oscuridad, la
oscuridad es fría.
Pasaron días y volvió a ocurrir otro encuentro con las
tinieblas, esta vez fue más traumático, pues a la mañana
siguiente, me desperté con evidencias en mi cuerpo, marcas de
lesiones y golpes, moretones y raspones. No pude ir a trabajar,
me quedé sentado dentro del auto, sujetado al volante, perdido
en mis turbulentos pensamientos. El miedo se apoderó de mí,
creció hasta transformarse en terror, para convertirse en algo
más: un odio inmenso y desenfrenado me invadió, me colmó.
Unas horas más tarde, mi esposa e hijos regresaron a casa de la
escuela, de sus quehaceres habituales. Yo continuaba encerrado
en mi auto, con la mirada fijada en el infinito, en un sombrío
horizonte. Mi mujer procuró rescatarme, pero no logró hacerme
reaccionar. Desistió tras varios intentos y se metió a la casa,
asustada, preocupada, ya que no emití palabra, no respondí a
ninguna de sus preguntas, no devolví ni una caricia ni mirada.
Entré cerca de la medianoche, los niños ya dormían, y ella
insistió con sus preguntas, con sus cuestionamientos, y estallé.
La furia me desbordó, reaccioné abruptamente y casi la golpeo.
Se salvó de una paliza porque, en un segundo de lucidez, decidí
enfocar mi ira hacia los muebles de la casa, destruí parte de ellos.
Mi compañera, la madre de mis hijos, y mis pequeños,
terminaron guareciéndose en el ático, escondidos de mí,
aterrorizados. Volví a mis cabales con la salida del sol, no
alcanzaron las palabras para disculparme con mi amada familia.
Dos noches después, hice contacto. Eran las tres de la mañana
cuando desperté sin saber por qué, y esa sombra yacía al costado
de la cama; me quedé paralizado por completo. Fue un segundo
en el que el horror me invadió, y, otra vez, ese frío intenso se
apoderó de mí completamente. Intenté gritar, pero mi voz no
salió, no logré emitir sonido. Entonces, me detuve a observar, y
recorrí con mi mirada esa silueta, de pies a cabeza. Al hacerlo, vi
que de su cabeza salían lo que parecían ser dos cuernos, como los
de una cabra. El intenso temor aumentó, la desesperación creció,
más aún cuando la sombra comenzó a acercarse, y, con ello, a
incrementarse el frío y la dificultad para respirar. Finalmente,
conseguí moverme, y le atiné una patada a mi acechador. Sentí el
contacto, el choque de mi talón contra un cuerpo. De inmediato,
recuperé mi movilidad, y pude encender la luz. Mi esposa despertó
exaltada por el alboroto, pues la cómoda de la habitación cayó
estrepitosamente. No había nadie ni nada en el cuarto, mi corazón
parecía estar por explotar. Llamamos a la policía, llegaron y
revisaron la casa de punta a punta, sin encontrar nada. Le relaté
esto y lo que venía experimentando a mi mujer, quien no me creyó
en absoluto. Todo terminó con su partida y la de mis hijos en plena
madrugada, marchándose con esa expresión de desconcierto en
sus rostros. Vino la tristeza, una muy profunda y cruel.
No hubo marcha atrás, transcurrieron los días, de los cuales fui
perdiendo noción y registro. Me quedé en la soledad de mi casa,
en penumbras, ya que empecé a buscar la oscuridad, a sentirme
más cómodo en ella. Los momentos de consciencia fueron
aminorándose cada vez más. Por momentos, tomaba el control
y descubría el deterioro de mi cuerpo, las marcas, los cortes y
laceraciones. A mi alrededor, parecía haber pasado un tornado,
ya que mi hogar estaba prácticamente demolido. Era claro que
yo era el artífice del desastre, aunque no podía recordarlo. Llegó
la noche que, creo, fue la más violenta y la desencadenante de
mi presente. Desperté a la madrugada y el demonio apareció.
Estaba al lado de mi cama. Me paralicé y experimenté las mismas
aterradoras sensaciones del último encuentro. Se tornó mucho
más violento, pues me tomó del cuello, pude ver su garra de uñas
afiladas asfixiándome. No podía respirar, sentí la muerte muy
cercana, la cual hubiera sido preferible a mi presente. Hoy estoy
internado en un hospital psiquiátrico, encerrado. Se me acusa
de haber asesinado a cuatro de mis compañeros de la fábrica
de neumáticos en la que trabajaba, lo que no recuerdo, pero sé
que soy culpable. Según los hechos, los descuarticé a hachazos
la mañana siguiente a la noche en la que fui totalmente poseído
por el diablo. Cuando recupero la lucidez, algo que cada vez
ocurre menos, escribo, para dejar mi verdad plasmada, hasta que,
finalmente, desaparezca por completo.
El facón de la memoria gaucha
Luca Paganotto
Don Arias se encontraba a metros de llegar al rancho donde estaba
el viejo facón de la memoria gaucha, y en el desierto, la pampa
hostil argentina, la noche envolvía la llanura con su manto sibilino.
Primero fue un atisbo con el rabillo y luego la confirmación de
que la luz espectral verde se alzaba allá a lo lejos con sus huesos
fluorescentes. «¿Por qué te llevaste a mi hijo?», maldecía iracundo
el viejo gaucho, como un mantra que lo ayudaba a avanzar. Ya
divisaba con claridad la pequeña construcción de argamasa y
paja, solitaria contra un horizonte verdoso perlado de estrellas
extrañas. Podía también sentir en su piel la influencia del mal.
Sabía don Arias, pues así lo dijo el curandero, que si llegaba al
poderoso facón podría hacerle frente a cualquier ser de la noche,
pero que aquel lugar era de mandinga. Así que emprendió carrera
a pesar de estar destrozado por la travesía. Sus pies abotagados
dentro de las alpargatas repletas de abrojos aceleraron hacia el
rancho cuando la luz maligna comenzó a quemarlo sin piedad. Su
mente ya no pensaba en otra cosa que en el dolor de la abrasión,
pero siguió y siguió en enloquecida marcha. Ya no estaba en sus
cabales cuando cruzó la cortina de la puerta del rancho. Y allí
estaba hincado en un tronco en el centro de la estancia, rodeado
por yuyos machos y rosas blancas. Empuñó el arma blanca con
decisión en su delirante dolor y cuando quiso darse vuelta una
criatura humanoide, verde como la aurora, lo estranguló con una
fuerza demoníaca. Por su mente pasaron momentos de ejércitos,
de malones, de pulperías y tranqueras infinitas. Toda la memoria
gaucha en un instante lo llenó de la fuerza de mil hombres y
estocó al ser. Un grito inhumano rompió la noche.
La historia cuenta que el cuerpo de don Arias fue encontrado
tiempo después pudriéndose campo adentro, pero que la luz mala
nunca más apareció por la pampa argentina.
Hasta donde el sol nos lleve I
Maese Delta de Hamadríade
Sucedió en una mañana del azul más intenso, un cielo despejado
que el sol tendría para sí mismo por tanto tiempo, sin el menor
atisbo de alguna nube. Lo más pequeño en el dominio más grande,
una potestad ignota.
Era una misteriosa chispa que vino del espacio exterior, a
veces muy pequeña, estallando fugazmente con gran intensidad
sin apagarse. Había algo en su interior que se agitaba, un vórtice
en el cual una fuerza ansiaba liberarse de algo más, pues no era
perseguida. No podía gritar, necesitaba un alivio, y pronto.
Cuando explotaba, parecía romperse en mil fragmentos para
unirse al instante, sus espinas cada vez más largas. Por un momento
fue apenas un punto muy fino, para luego volver a brillar mucho
más, excepto que ahora estaba rodeada de formas torcidas, un
movimiento incesante que ocultaba una intensa actividad. Algo
que se estrellaba y amoldaba, quebrándose, desgarrándose.
Poco a poco, esa luz se posó en el sol, esperando ser vista. Y de
ella brotaban finas espinas, a la vez que suaves, tenues olas, como
brazos muy largos que ansiaban un encuentro, una multitud.
Aquella maravilla estaba sola, flotando muy alto, desprovista
de ojos, sin emitir ruido que pudiera llegar a algún oído, y a la
vez, en espera de que alguna boca enunciara su presencia, y así,
el encuentro, las preguntas, las respuestas… toda una experiencia
para la vida. ¿Hacia dónde? Esa respuesta no era fácil para quien
fuera testigo.
Hasta que fue avistada por unos viajeros, tal vez en riesgo
porque su aventura los había llevado fuera del camino. Si bien
no les faltaban provisiones, y habían avisado que acudieran por
ellos en caso de emergencia. Mientras se cuestionaban sobre si
era un espejismo, esa estrella en el horizonte se movía como
una luciérnaga. Entonces, uno de ellos, aunque carcomido por
la duda, pronunció como si fuera lo más honesto que saliera de
su boca: «¿No te parece que nos está llamando? ¡Tenemos que
acercarnos!».
Fueron los primeros del rebaño misterioso, en la intemperie,
bajo una estrella muy intensa, que subió rauda hacia el sol porque
necesitaba brillar, envuelta en esa luz para volver a estallar. Y
aquellas personas no hablaban, y se incitaban la una a la otra a
perseguirla.
Tantas millas, y ni una vez sus ojos se desviaron hacia otra cosa
que no fuera esa estrella. Un tropezón parecía durar menos que un
suspiro, porque esa fuerza celeste los tenía como títeres. A lo lejos
ya se divisaba la carretera, y también una ciudad.
Los viajeros atravesaron la carretera, a la vista de quienes
atendían la gasolinera y de algunas personas que disfrutaban de
la sombra bajo el sol de verano. Podían haber visto cualquier otra
cosa, lo que fuera, porque no había algo extraño en ese clima.
Entonces, extrañados por ver un par de atolondrados que parecían
jalados por la cuerda de un mimo invisible, los detuvieron. Y salvo
algunos murmullos y balbuceos, no dijeron nada. Solo señalaban
al sol.
«¿Qué sucede, cambió de color?», les decían. «¿Tiene un
arcoíris doble o al revés?». Primero algunos parpadearon,
molestos, porque nada raro había allí en el cielo. Ya fuera
guareciéndose con la mano o alguna gorra, o asomándose otros
debajo de algún techo o estructura, vieron algo en el sol, tan solo
un destello.
No volvieron a pensar en otra cosa excepto la luz.
Así el rebaño iba aumentando, sin hablar, sin trastabillar.
Algunos casi eran atropellados, hasta que los conductores
bajaban del auto y, tras presenciar esas espinas de luz, se
unieron a la procesión más extraña.
Salieron de los puestos de comida rápida y baños, de las
oficinas, de las casas. Poco a poco, mientras vieran al sol. Los
celulares siguieron sonando, llamadas no devueltas; los partidos
en la televisión y los videojuegos se quedaron sin espectadores.
No era un hechizo abrumador para quienes estaban ocupados,
tenían cosas importantes que hacer, y bien les hizo la indiferencia
o la flojera. Uno podría tener hambre, o urgencia por ir al baño.
Por supuesto, los ciegos estaban muy bien protegidos, y los
muertos también.
De igual forma, a salvo estaban quienes tuvieran la peor resaca,
los desmayados, aquellos que eran epítome de la pereza. Si tan
solo algo los despertaba, la curiosidad, el rumor, qué estaba
pasando ahí afuera…
Esa extraña marcha seguía su camino, llevando murmullos
sobre la luz, y más de una vez se alzaron manos intentado acariciar
algo tan lejano. Dentro de cada uno nacía un deseo creciente de
ser abrazado y levantado, algo más poderoso que una voz o el
tacto. Tenía que ser todo a la vez, un verdadero milagro.
A través de las calles, la vida ocupada, los encuentros
y despedidas, las compras y las deudas, los mensajes, las
travesuras, los juegos y los deseos de descansar, poco a poco
fueron interrumpidos, varias cabezas miraron hacia aquella
muchedumbre que no parpadeaba. ¿Qué clase de broma era?
Todos los curiosos que se acercaban a los hechizados alzaban
y bajaban la mirada, una y otra vez, y algo dentro de ellos se
entumecía. A veces arrastraban las palabras, y se preguntaban
quién los estaba llamando. Sentían una mano que los sacudía, y
creían ver que otras señalaban al cielo, extendiéndose de manera
sobrenatural, como si fueran a tocar las espinas del sol más largas
que hubieran visto.
Locales y foráneos, amigos, desconocidos, encuentros fortuitos
que ahora se unían en un misterioso peregrinaje, sin escándalo
salvo por aquellos ajenos al milagro. Todo aquel que se acercaba.
Bastaba con preguntar, y junto a ellos alzar la mirada… antes de
sentir el llamado.
«Ni un rezagado, por favor», decía uno de la multitud.
«¡Levántenlos, llámenlos! Nadie puede quedar atrás… deben ser
testigos». Pero su voz apenas se escuchaba, y en su mente, no sabía si
era una pregunta o una afirmación. Y al poco tiempo, le pareció
sentirse atrapado en su propio cuerpo. Necesitaba salir, verse a sí
mismo. Ya no sujeto a leyes terrenales, ansiando flotar y cruzar más allá
del cielo, más veloz que un cometa, más libre de lo que la humanidad
alguna vez soñó.
Sin embargo, aquel hombre estaba tan embelesado por la luz
que tal vez no padecería dolencia alguna, ni en horas ni en días.
¡Por fin un cuerpo mortal sobrepasaría los límites!
En algún momento, se desviaron del camino, y llegaron a
las afueras de la ciudad, siguiendo al sol, la hora del atardecer.
Quienes en verdad no estaban ocupados, posaban su mirada en
aquella gente y luego en el sol, y su única ansiedad no fue por la
distancia a recorrer o cuántas veces caerían, sino en el momento
en que la luz más bella de todas descendiera con ellos.
Por un lado, estaban los embelesados, entre tropezones, ya fuera
chocando entre sí, o con aquellos que los sacudían y gritaban.
Poco después los nuevos se unían a la marcha. Y, por otro lado,
los ajenos, los ocupados, los cuerdos. Ya viajaban los rumores, las
grabaciones, se enviaban los mensajes, se compartían los videos.
Algunos protegidos por el trabajo, la distracción, el deber, o tal
vez el sueño o la ceguera. Eran espectadores y no se acercaban a
ellos, no fuera a ser contagioso y así formaran parte de la caterva
de ridículos en un video viral.
Así pues, la cordura y la locura se distanciaban, pero tanto en
unos y otros compartían algún mal o dolencia, o pecados muy
personales y oscuros que ni de la tumba saldrían. Mientras tanto,
en la misteriosa marcha, más gente se había unido. Ya dejaban
la ciudad atrás, libres por fin de lo que alguna vez fue su vida
común.
He ahí que iban madres embarazadas, quienes, embelesadas por
la extraña luz en el cielo, eran presas de un anhelo más intenso
por tocar esa luz que por tener en sus brazos el fruto de su vientre.
También estaban aquellos cuyas mascotas habían quedado
atrás, pues los animales no entendían la ausencia de sus amos, y
algunos todavía intentaron seguirlos, incapaces de entender qué
impulsaba a esa extraña horda que ya no comía ni bebía, mucho
menos dormía.
Hasta donde el sol nos lleve II
Maese Delta de Hamadríade
Aun así, esas ausencias se volvían dolencias, pero en ningún
rostro se veía reflejada. Ni en lo más viejos ni en los más jóvenes,
pues, aunque no articulaban palabra alguna, todos compartían la
misma fascinación por aquella presencia luminosa.
Poco a poco esa conglomeración se volvió un ejército
hipnotizado, sin armas ni hostilidad, ningún estandarte o
himno, mucho menos regidos por un plan o impulsados por una
emergencia… nada excepto ese anhelo, cada vez más intenso,
de ser envueltos y de abrazar la luz del sol en una inexplicable
comunión.
¿Hasta dónde los llevaría el sol?
Sin grilletes caminaban, ni un paso sincronizado, excepto algún
suspiro o parpadeo, y tal vez ni sentían el ardor en los ojos pues
no se atrevían a cerrarlos ni un poco, no fuera que la luz del sol se
extinguiera y fueran presa de tinieblas eternas.
Atrás quedaron las deudas y mentiras, los pendientes y los
fracasos. ¿Habría alguna noticia más maravillosa que lo acontecido
frente a sus ojos? ¿Qué otra esperanza necesitaba esa gente sino
la de ese brillo que no cesaba? Era posible que en algún momento
un rictus de tristeza se asomara en sus rostros, arrancando algunos
suspiros…
Y ni eso convirtió en lastres sus manos y pies. Así, en la
intemperie, sin paredes ni correas, sin llamadas ni recuerdos, la
multitud marchaba, apenas balbuceando, inconsciente de que a
veces alzaban las manos, o bien, trataban de saltar, para llegar al
sol. Ni uno de ellos gritaba. ¡Cuán intenso añoraban ese ardiente
encuentro!
Mas el sol, cada vez más grande, seguía mudo, muy alto en el
cielo, lejos de su alcance.
Tres días después, esa multitud llegó con los rezagados de un
grupo anterior, ahora débil, arrastrándose. Un día despejado otra
vez, sin nubes, vaticinando un sol inclemente. Y ni así la horda se
lamentaba. Para los cuerdos y ajenos a esa experiencia, aquello
era un espectáculo peligroso, requería acción inmediata, aunque
aún se debatían teorías y chistes mientras más vidas corrían
riesgo allá afuera. Por alguna extraña razón, habían soportado el
hambre, sed y cansancio.
La civilización estaba lejos, y muchos no tenían la respuesta…
Hasta que, poco a poco, la multitud recibía nuevos miembros
añorando esa luz.
Así, padres y madres, niños y jóvenes, sanos y enfermos, de
distintas ocupaciones y colores, ya fueran de excelente condición
o no, marchaban torpemente sin dejar de mirar al sol. Ahí reptaban
algunos, otros cojeaban, y otros más apenas y chocaban entre
sí. De vez en cuando parecían lúcidos al mirar atrás, solo para
arrastrar al que ya no se movía o al que se quedaba atrás.
A veces corrían, o trotaban. O bien algunos se arrastraban o
gateaban, y otros más ya parecían cadáveres reanimados, pero
ninguno se atrevía a parpadear. Una lastimera y muda procesión
que se veía como una mancha desde el cielo, esperando ser
auxiliada.
Entonces, minutos antes de que la oscuridad prohibiera los
tonos cálidos del cielo y la luz, ocurrió una maravilla: la luz
disminuyó y se separó del sol. Una estrella había bajado del cielo,
por fin había algo al alcance, bajando en silencioso trayecto.
A veces chisporroteando, desprendiendo haces de luz,
asemejando un erizo que se encogía mientras sus espinas se
hacían más largas y finas. Flotó sobre la deplorable horda que se
acercaba a un acantilado.
Fuera lo que fuera, apenas tocó la tierra estalló en una luz más
intensa hasta menguar y emitir un silbido estridente, una extraña
voz, o más bien, un grito tan antiguo como el universo. La luz de
una estrella ya extinta que apenas llegaba a nuestro planeta.
El silbido se convirtió en un grito muy agudo, algo muy pequeño
que podía desgarrar al tiempo y al silencio, y tal vez la tierra, si
acaso fuera más poderoso, en la plenitud de su vida.
No obstante, era el fin, y ese desgarre en realidad era una muerte
intensa, rompiéndose y triturándose por todas partes al mismo
tiempo, comprimiéndose y expandiéndose en atroz intensidad.
Nada ni nadie pudo tocarlo excepto el suelo rocoso donde cayó.
Mientras tanto, toda esa multitud caía por el acantilado, débil
y confusa. Cuando uno parecía recuperar lucidez, era empujado
y arrastrado por otros, pues perseguían chispas flotantes, y
balbuceaban, señalando la luz intensa que los esperaba en el
acantilado, o así creían ellos.
Todas esas vidas parecían un gran banquete, o quizá un alivio.
Ni una palabra les fue dirigida, una esperanza que jamás menguó.
Ni una sola caricia o suspiro recibieron, salvo las veces que
alguno de ellos caía o se alejaba. Su marcha y ayuno no cesaron
por la luz.
A la mañana siguiente, todos esos cuerpos, ahora entregados al
mar, se pudrían presa de una fuerza desconocida que, si bien pudo
haber sido la más intensa y gloriosa, había muerto tan pequeña y
frágil. Tan inútil fue su esfuerzo por transformar tantas vidas en
alivio para retrasar el doloroso fin.
Así pues, una fuerza desconocida terminaba, incapaz de
pronunciar o recibir respuesta, de la misma forma que aquella
procesión tan efímera y confundida.
Una caída, extraña y venida de muy lejos, cuya presencia trajo
consigo tantas muertes ante la indiferencia del tamaño de un
continente, más pesada que el mar, mucho más grande e intensa
que el sol… un silencio e indolencia del tamaño del universo.