República Bolivariana de Venezuela
Ministerio del Poder Popular para la Educación Universitaria
Universidad Nacional Experimental de la Gran Caracas-UNEXCA
Programa Nacional de Formación en Distribución y Logística
Unidad Curricular: Fundamentos ético político
Trayecto III Modulo I
LA ETICA Y SU
EXPRESION EN LOS
MODELOS DE
DESARROLLO
Docente: Alumno:
Luis Chacón Fabian Balza
Introducción
La ética, entendida como la reflexión racional sobre la conducta humana en cuanto
al bien y al mal, constituye un pilar fundamental en la configuración de cualquier
modelo de desarrollo. A lo largo de la historia, los paradigmas del desarrollo
económico, social y político han estado inevitablemente influenciados por valores
morales, aunque esta relación no siempre ha sido reconocida de forma explícita.
En el mundo contemporáneo, marcado por profundas desigualdades y crisis
ambientales, la ética se ha convertido en una herramienta esencial para evaluar la
legitimidad y la sostenibilidad de los modelos de desarrollo.
Este ensayo tiene como propósito explorar cómo se expresa la ética en los
distintos modelos de desarrollo, desde los enfoques clásicos centrados en el
crecimiento económico hasta los actuales modelos que promueven la
sostenibilidad y la justicia social. Se argumentará que todo modelo de desarrollo
conlleva una concepción implícita de lo que es justo, deseable y necesario, y que
la ética debe ocupar un lugar central en su diseño e implementación.
La ética como fundamento del desarrollo
Desde sus orígenes filosóficos, el concepto de desarrollo ha estado vinculado a
nociones de progreso y perfeccionamiento humano. Sin embargo, el modo en que
estas nociones se traducen en políticas concretas depende, en gran medida, de la
ética que las sustenta. Por ejemplo, la ética utilitarista, que busca el mayor
bienestar para el mayor número de personas, ha influido en políticas públicas
orientadas al crecimiento económico agregado. En contraste, la ética deontológica
insiste en la importancia del respeto a la dignidad de cada individuo, sin importar
los beneficios globales.
Este fundamento ético condiciona las prioridades de los modelos de desarrollo. Si
se adopta una ética centrada en el individuo, se tenderá a promover políticas que
garanticen derechos humanos fundamentales, como la salud, la educación o la
participación política. En cambio, si se privilegia una ética más pragmática o
colectivista, podría aceptarse el sacrificio de ciertas libertades individuales en pos
del progreso económico general. Así, la ética no es un complemento opcional al
desarrollo, sino su columna vertebral.
Modelos tradicionales de desarrollo: crecimiento y omisión ética
Durante el siglo XX, el desarrollo fue generalmente concebido como sinónimo de
crecimiento económico. Este paradigma, impulsado por organismos
internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional,
promovía la industrialización, la inversión extranjera y el incremento del Producto
Interno Bruto (PIB) como indicadores centrales del bienestar. Sin embargo, este
modelo evidenció una significativa omisión de consideraciones éticas.
Uno de los principales cuestionamientos éticos a este enfoque es su indiferencia
hacia las desigualdades sociales. Mientras que algunos países o sectores
económicos prosperaban, otros quedaban rezagados, aumentando las brechas de
riqueza y acceso a oportunidades. Además, el crecimiento a cualquier costo
generó impactos ambientales irreversibles, lo que plantea dilemas éticos
intergeneracionales: ¿es legítimo comprometer el bienestar de futuras
generaciones para satisfacer las necesidades actuales?
Esta falta de perspectiva ética generó críticas desde diversas disciplinas, dando
lugar a nuevos enfoques que buscan integrar valores humanos en el concepto de
desarrollo.
Desarrollo humano: una ética centrada en la dignidad
Como respuesta al reduccionismo económico del modelo tradicional, surgió a
finales del siglo XX el enfoque de desarrollo humano, promovido por el Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y teóricos como Amartya Sen y
Martha Nussbaum. Este modelo parte de una concepción ética profundamente
humanista: el desarrollo debe consistir en ampliar las capacidades y libertades
reales de las personas para llevar la vida que valoran.
El Índice de Desarrollo Humano (IDH), que incluye indicadores de salud,
educación y nivel de vida, es una manifestación concreta de este enfoque. Su
trasfondo ético reside en la convicción de que la justicia y la equidad no pueden
reducirse a simples cifras económicas, sino que deben traducirse en
oportunidades reales para todos los individuos.
Además, este modelo reconoce la diversidad cultural y promueve el respeto por
los contextos locales, desafiando la noción universalista de un único camino hacia
el desarrollo. En este sentido, la ética se expresa también como un compromiso
con la pluralidad y la autodeterminación de los pueblos.
Desarrollo sostenible: ética intergeneracional y ambiental
En las últimas décadas, la crisis ecológica ha evidenciado las limitaciones éticas
de los modelos de desarrollo centrados en el crecimiento material. El cambio
climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los recursos naturales
obligan a reconsiderar profundamente nuestras prácticas y objetivos.
El desarrollo sostenible surge como una respuesta ética que busca equilibrar las
necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones
futuras. Esta idea, consagrada en informes como “Nuestro Futuro Común” (1987),
introduce un principio ético clave: la responsabilidad intergeneracional. No se trata
solo de generar riqueza, sino de hacerlo de manera responsable, cuidando los
ecosistemas y promoviendo un modelo de producción y consumo respetuoso con
los límites planetarios.
Además, el desarrollo sostenible incorpora la justicia ambiental, reconociendo que
los efectos del deterioro ecológico no se distribuyen equitativamente: las
comunidades más vulnerables, especialmente en el Sur Global, son las que más
sufren las consecuencias. Así, la ética en este modelo no solo es ambiental, sino
también social.
Ética del cuidado y desarrollo con enfoque comunitario
Otra vertiente emergente en el debate sobre desarrollo es la ética del cuidado, que
destaca la importancia de las relaciones humanas, la empatía y la responsabilidad
mutua. Este enfoque, impulsado desde perspectivas feministas y comunitarias,
cuestiona la lógica individualista y competitiva que ha dominado los modelos de
desarrollo tradicionales.
Aplicada al ámbito del desarrollo, la ética del cuidado sugiere que las políticas
deben centrarse en la vida cotidiana, en la reproducción social y en las redes de
apoyo comunitarias. Esto implica revalorar el trabajo no remunerado, el rol de las
mujeres en el sostenimiento de la vida y la importancia de contextos locales para
la toma de decisiones.
Desde esta perspectiva, el desarrollo no puede medirse únicamente en términos
macroeconómicos, sino también a través de indicadores cualitativos como la
cohesión social, la confianza, la equidad de género y la seguridad afectiva. La
ética del cuidado plantea, por tanto, un giro radical en la forma de entender el
bienestar y el progreso.
Dilemas éticos contemporáneos en los modelos de desarrollo
A pesar de los avances conceptuales, los modelos de desarrollo actuales
enfrentan numerosos dilemas éticos. Uno de ellos es la tensión entre crecimiento
económico y sostenibilidad. ¿Es posible mantener un sistema basado en el
consumo continuo sin violar principios éticos de preservación ambiental y equidad
social?
Otro dilema importante se relaciona con el uso de tecnologías avanzadas en el
desarrollo. Si bien la digitalización y la inteligencia artificial ofrecen oportunidades,
también plantean riesgos éticos relacionados con la privacidad, la exclusión digital
y el desempleo tecnológico.
Además, persisten interrogantes sobre la universalidad de ciertos valores. ¿Es
ético imponer modelos de desarrollo considerados “correctos” desde una visión
occidental a comunidades con cosmovisiones distintas? Estas tensiones exigen
una ética del diálogo, del respeto intercultural y de la deliberación democrática.
Conclusión
La ética no es un adorno del desarrollo, sino su núcleo normativo y orientador. Los
modelos que han ignorado las dimensiones éticas han producido desigualdades,
injusticias y daños ambientales de difícil reversión. Por el contrario, aquellos
enfoques que integran valores como la equidad, la dignidad humana, la
sostenibilidad y el cuidado ofrecen caminos más justos y viables para construir
sociedades verdaderamente desarrolladas.
En este sentido, el desafío contemporáneo es desarrollar una ética plural, crítica y
comprometida, capaz de guiar decisiones políticas, económicas y sociales en
contextos diversos. Solo así podremos avanzar hacia modelos de desarrollo que
no solo generen riqueza, sino que también promuevan vidas buenas, justas y
sostenibles para todos y todas.