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Bolivia

En Bolivia, las movilizaciones campesinas comenzaron en 1936 con la creación de sindicatos para negociar mejores condiciones laborales, pero enfrentaron represión por parte de terratenientes. A pesar de la resistencia y levantamientos, la reforma agraria de 1953 permitió a 200,000 familias obtener tierras, aunque la antigua clase terrateniente se adaptó y continuó influyendo en la economía. En el noreste de Brasil, la impunidad de los coroneles disminuyó, pero las condiciones laborales de los trabajadores agrícolas siguieron siendo precarias, lo que llevó al surgimiento de ligas campesinas en busca de mejores derechos y condiciones.
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Temas abordados

  • identidad indígena,
  • sindicatos prohibidos,
  • derechos de propiedad,
  • descontento social,
  • Central Obrera Boliviana,
  • movimientos sociales,
  • revolución boliviana,
  • reforma agraria,
  • ligas campesinas,
  • cambio estructural
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Bolivia

En Bolivia, las movilizaciones campesinas comenzaron en 1936 con la creación de sindicatos para negociar mejores condiciones laborales, pero enfrentaron represión por parte de terratenientes. A pesar de la resistencia y levantamientos, la reforma agraria de 1953 permitió a 200,000 familias obtener tierras, aunque la antigua clase terrateniente se adaptó y continuó influyendo en la economía. En el noreste de Brasil, la impunidad de los coroneles disminuyó, pero las condiciones laborales de los trabajadores agrícolas siguieron siendo precarias, lo que llevó al surgimiento de ligas campesinas en busca de mejores derechos y condiciones.
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  • revolución boliviana,
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LAS MOVILIZACIONES RURALES DESDE C.

1920 231

Bolivia

Ya en 1936 —un año después de terminar la guerra del Chaco— se creó un


sindicato campesino en la provincia de Cliza, en el valle de Cochabamba, donde
la comercialización agrícola, las comunicaciones y luego el reclutamiento militar
habían dado lugar a la aparición de una conciencia de clase y cívica entre el cam-
pesinado. El objetivo del sindicato era negociar mejores condiciones para los
colonos y los pegujaleros, que en la práctica seguían sometidos a obligaciones
laborales de tipo feudal con los terratenientes. El sindicato, que era aconsejado
por maestros rurales, tuvo un éxito moderado y se extendió a otras provincias,
pero en 1939 una coalición de terratenientes compró las haciendas donde el ac-
tivismo era más fuerte y procedió a desahuciar a los colonos y los pegujaleros.
La medida desencadenó una reacción violenta de las bases, aunquefinalmentefue
derrotada. En los mismos años y durante todo el decenio de 1940 en la vecina
sierra de Ayopaya hubo numerosos incidentes violentos entre, por un lado, cam-
pesinos propietarios de su tierra y colonos y, por otro lado, las haciendas. Cier-
tos líderes sindicales se pusieron en comunicación con kurakas del Altiplano que
también habían capitaneado huelgas contra los terratenientes.
El coronel Gualberto Villarroel, que se hizo con el poder en diciembre de 1943,
no sólo contaba con el apoyo de oficiales descontentos, sino que también atrajo
al Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), que pretendía ser un movi-
miento nacionalista, multiclasista y pluralista. Los líderes del MNR eran intelec-
tuales socialistas moderados y el movimiento acabó aliándose con la Federación
de Sindicatos de Mineros Bolivianos, que tenía 50.000 afiliados y estaba domi-
nada por los trabajadores de las minas de estaño, en los que a su vez influía la
izquierda trotskista (es decir, el Partido Obrero Revolucionario o POR). Villarroel,
que era natural de Cochabamba y hablaba quechua, animó a los grupos emer-
gentes en el campo a organizar congresos regionales indígenas y luego un con-
greso indígena nacional en 1945.a*
En los congresos la conciencia étnica transcomunal creada en decenios ante-
riores —a diferencia de México, Guatemala y Perú, donde los indios seguían mani-
festando un fuerte «etnocentrismo comunitario», como ha dicho Gonzalo Aguirre
Beltrán—70 se expresó por medio de resoluciones contra las leyes, regulaciones
y usos discriminatorios antiindios (los servicios laborales forzosos todavía se
consideraban naturales, lo mismo que la exclusión de los indios de los lugares
públicos en las ciudades). Pero era el poder simbólico de las multitudes indias
marchando por el centro de las ciudades, especialmente en La Paz, lo que asus-
taba a las fuerzas antirreformistas, a lo que se llamaba «la rosca»: los parasita-
rios terratenientes y barones del estaño y sus aliados en los altos círculos militares.
En el congreso nacional, que fue inaugurado personalmente por el presidente
Villarroel, se propusieron varios proyectos de cambio agrario que oscilaban en-

69. Richard W. Patch, «Bolivia: U. S. assistance in a revolutionary setting», en Richard


N. Adams y otros, Social Change in Latín America Today, Nueva York, 1960, pp. 108-176;
Jorge Dandler, El sindicalismo campesino en Bolivia: los cambios estructurales en Ucureña
(1935-1952). México, D. R, 1969.
70. Gonzalo Aguirre Beltrán, El proceso de aculturación, México, D. F., 1957.
232 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA

tre uno moderado que presentó el MNR para colonizar las tierras improductivas
y el del Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR; grupo marxista prosoviético)
para desmembrar y redistribuir todas lasfincasrústicas de propiedad privada. Sin
embargo, al final la cuestión agraria no se resolvió. Y los terratenientes a menudo
se negaban a obedecer las disposiciones que abolían las obligaciones laborales de
los indios, lo cual provocó una oleada de huelgas en todo el país e incluso un le-
vantamiento (en Las Canchas, Potosí) que fue sofocado por el propio gobierno.
En julio de 1946 una muchedumbre urbana instigada por «la rosca» saqueó La
Paz y linchó al presidente; poco después la represión militar contra las moviliza-
ciones campesinas permitió restaurar el trabajo forzoso. El PIR, que había apoya-
do a la multitud contra Villarroel, perdió la simpatía de muchas organizaciones
campesinas, cuyos miembros lloraban al presidente linchado y ahora convertido en
héroe mítico. Seis meses después de su muerte, utilizaron su nombre como grito
de guerra los participantes en el gran levantamiento de Ayopaya (Cochabamba),
donde varios miles de indios, cuyos líderes tenían contactos con los sindicatos mi-
neros, atacaron haciendas durante una semana entera antes de que las autoridades
pudieran pararles los pies. El ejército incluso los bombardeó desde el aire. Des-
pués del de Ayopaya, hubo también levantamientos en el Altiplano y en el sur, que
a veces recibían apoyo de grupos obreros trotskistas y anarquistas de La Paz.71
Los candidatos del MNR, Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Zuazo, ob-
tuvieron una victoria aplastante en las elecciones nacionales de mayo de 1951.
Aunque un golpe militar impidió la transición pacífica de un gobierno a otro, las
divisiones en el seno del ejército finalmente permitieron que Paz Estenssoro
ocupara la presidencia en abril de 1952. Juan Lechín, el líder de los mineros del
estaño, fue nombrado ministro de Minas y Petróleo y dirigió un programa cuyo
objetivo era nacionalizar los grandes consorcios mineros. Sin embargo, entre los
miembros del nuevo gobierno había un grupo de militares que se oponían a la
reforma agraria y no se tomó ninguna medida para ponerla en práctica hasta que
el campesinado obligó a ello.
El punto central de la nueva movilización campesina era Ucureña, en Co-
chabamba, donde la antigua coalición de maestros y sindicatos campesinos exis-
tía desde 1936 y donde dos líderes locales, Sinforoso Rivas y José Rojas, tenían
larga experiencia en la lucha social y política. Es interesante observar que los
tipos tradicionales de instituciones comunales y sistemas de autoridad eran mu-
cho más débiles en Cochabamba que, por ejemplo, en el Altiplano o Potosí del
Norte. Así pues, los sindicatos no sustituyeron ni compitieron con ninguna orga-
nización popular que ya existiera, sino que vinieron a llenar un vacío. Rivas creó
una federación campesina e inició tratos con Lechín y su recién creada Central
Obrera Boliviana (COB), a la que empleó para encauzar peticiones y proponer
cambios jurídicos. Pero Rojas fundó una organización más independiente y com-
bativa, la Central Sindical Campesina del Valle, cuyos seguidores se convirtieron
en milicianos armados, se apoderaron de algunas haciendas y expulsaron a los
terratenientes. De hecho, los terratenientes se habían convencido de su derrota y
habían huido a las ciudades o incluso a otros países. Tanto Rivas como Rojas,

71. Jorge Dandler y Juan Torruco, «El Congreso Nacional Indígena de 1945 y la rebelión
campesina de Ayopaya (1947)», en Calderón y Dandler, eds., Bolivia: la fuerza histórica del
campesinado, pp. 133-200; Silvia Rivera Cusicanqui, «Oprimidos pero no vencidos», cap. IV.
LAS MOVILIZACIONES RURALES DESDE C. 1920 233
con el patronazgo del MNR, fomentaron la creación de sindicatos combativos en
otras regiones del país —por medio de los cuales establecieron redes clientela-
res— que también exigieron al gobierno el reparto de tierra y se apoderaron de
haciendas. Pero florecieron milicias campesinas paralelas en todas partes, con
frecuencia fundadas por estudiantes del MNR procedentes de La Paz, como
ocurrió en la provincia de Ñor Yungas, donde no se habían dado casos de movi-
lización espontánea.72 Finalmente, el 2 de agosto de 1953 Paz Estenssoro firmó
el decreto de Reforma Agraria en Ucureña, ante una asamblea de 100.000 cam-
pesinos llegados de todas partes de Bolivia.73
La estructura latifundista dejó de existir y los colonos pasaron a ser propieta-
rios legítimos de tierras de haciendas: 200.000 familias recibieron casi 10.000.000
hectáreas. Aunque la ley reconocía los tradicionales derechos de propiedad de
las comunidades, la mayoría de los que se beneficiaron del reparto de haciendas
tenían su tierra en régimen de propiedad privada. La productividad agrícola no se
resintió del reparto, toda vez que la mayor parte de la tierra continuó cultiván-
dose como antes. La palabra «indios» fue abolida del vocabulario oficial debido
a sus connotaciones coloniales: ahora sólo habría campesinos, ciudadanos con
todos los derechos como los demás. La educación rural experimentó una evolu-
ción prodigiosa. La prohibición de los servicios obligatorios estimuló el mercado
de trabajo, incrementó la movilidad social y contribuyó a aliviar la escasez de
mano de obra en las tierras bajas. En cambio, la mayoría de los campesinos aún
tenían muy poca tierra cultivable buena y —como sucedió en muchos ejidos mexi-
canos— sus posibilidades de acceder a créditos, tecnología y cauces de comer-
cialización seguían siendo muy restringidas. La antigua clase terrateniente reapa-
reció en las ciudades bajo la forma de prestamistas e intermediarios comerciales
y a menudo éstos reinstauraban las relaciones de patronazgo con «sus indios».
Pero una nueva red de patronazgo político y faccionalismo la estaba creando el
propio MNR, alrededor de líderes que en niveles diferentes competían encona-
damente por cargos políticos e influencia. Hombres como Lechín y Rojas —que
más adelante fue nombrado ministro de Asuntos Campesinos— eran ahora los
grandes líderes que creaban divisiones peligrosas, no sólo dentro de los cuadros
de mando del MNR, sino también entre la clase trabajadora y el campesinado en
general. Tales divisiones no hacían más que aumentar cuando los sindicatos cam-
pesinos se negaban a prestar apoyo a las protestas de los mineros contra el go-
bierno, que ahora era el propietario de una industria minera más bien decadente.
Al mismo tiempo, el Departamento de Estado norteamericano, tras decidir que la
revolución boliviana —a diferencia de la guatemalteca— no era «de orientación
comunista», permitió que Bolivia recibiera abundante ayuda estadounidense, con
la condición de que se mantuviese la política moderada.74 Al convertirse en pre-

72. D. B. Heath, «Peasant syndicates among the Aymara of the Yungas — a view from
the grass roots», en Landsberger, ed., Latín American peasant movements, pp. 170-209.
73. Jorge Dandler, «Campesinado y reforma agraria en Cochabamba (1952-1953): Diná-
mica de un movimiento campesino en Bolivia», en Calderón y Dandler, Bolivia: la fuerza his-
tórica del campesinado, pp. 201-239.
74. Richard W. Pateh, «Bolivia: U. S. assistance in a revolutionary setting», pp. 124-137;
Jonathan Kelley y Herbert S. Klein, Revolution and the Rebirth of Inequality. A theory applied
to the national revolution in Bolivia, Berkeley, California, 1964; D. B. Heath, «Bolivia: peasant
syndicates among the Aymara of the Yungas».
234 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA

sidente en 1956, después de unas elecciones muy manipuladas, Hernán Siles


Zuazo se aplicó a la tarea de marginar al ala izquierda del MNR. En 1964, ape-
nas transcurrido un decenio desde la revolución, un golpe militar puso al general
Rene Barrientos en la presidencia; pero la reforma agraria continuó.

El noreste de Brasil
En el noreste de Brasil la impunidad con que los coronéis reclutaban ejérci-
tos privados disminuyó considerablemente durante el Estado Novo (1937-1945).
Pero tanto su dominio de la economía regional como la naturaleza de las rela-
ciones laborales en las regiones permanecieron virtualmente intactas. Las plan-
taciones de caña de azúcar y las de algodón seguían basándose en el trabajo de
moradores y foreiros (aparceros y terrazgueros), que estaban subordinados por
medio de instituciones tales como el cambáo (obligaciones laborales no remune-
radas) y el barracáo (especie de «economato de empresa»).75 Tras la segunda
guerra mundial empezó una transformación radical en la estructura de la econo-
mía del azúcar producida por la apertura y la expansión del mercado internacio-
nal. Los viejos senhores de engenho e incluso los relativamente modernizados
usineiros empezaron a especializarse en la producción de caña y dejaron gran
parte del proceso de industrialización en manos de las refinerías del centro-sur,
cuya tecnología era más avanzada. Con el fin de ampliar la zona dedicada al cul-
tivo de caña de azúcar e incrementar la productividad, era urgente poner fin al vie-
jo sistema de terrazgo y aparcería y proletarizar a los trabajadores. Pero la nueva
situación no resultó ventajosa para éstos: los salarios eran inferiores a la media na-
cional, los cortadores de caña carecían de cualquier clase de beneficios secunda-
rios, y los sindicatos estaban prácticamente prohibidos.76 A su vez, la agricultura
independiente de los campesinos propietarios de sus tierras dependía cada vez más,
y a menudo de forma desventajosa, de los mercados urbanos y los intermedia-
rios.77 La ascensión de las ligas campesinas en los decenios de 1950 y 1960 ex-
presó el descontento de una población desarticulada, así como la resistencia de
moradores y foreiros que luchaban contra el desahucio. De modo significativo,
un aspecto inicial de su emergente ideología colectiva fue la idealización del pa-
sado, la visión idílica de las relaciones paternalistas en las viejas plantaciones.78
La primera liga nació en 1955, entre foreiros del Engenho Galileia, en el es-
tado de Pernambuco, como sociedad de socorros mutuos: la Sociedade Agrícola
de Plantadores e Pecuaristas de Pernambuco (SAPPP). La SAPPP encontró a un
consejero en Francisco Juliao, abogado y diputado socialista de Recife al que
apoyaban tanto el Partido Socialista Brasileiro (PSB) como el semilegal Partido
Comunista. Juliao —que casualmente era vastago de una familia terrateniente
muy conocida— logró inscribir la Sociedade como asociación civil (una institu-

75. Véase Francisco JuliSo, Cambño: la cara oculta del Brasil, México, D. E, 1968.
76. Véase Femando Antonio Azevedo, As Ligas Camponesas, Río de Janeiro, 1982, cap. 2.
77. Véase D. E. Goodman, «Rural Structures, Surplus Mobilisation, and Modes of Pro-
duction m a Peripheral Región: the Brazilian North-east», Journal of Peasant Studies, 5, 1
(1977), pp. 3-32, para un resumen crítico de los debates en torno a la naturaleza de los cambios
agrícolas en la región.
78. Azevedo, As Ligas Camponesas, pp. 50-51.

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