RINKE, AMÉRICA LATINA Y ESTADOS UNIDOS.
UNA HISTORIA ENTRE ESPACIOS
DESDE LA ÉPOCA COLONIAL HASTA HOY.
CAPÍTULO VIII: DEFENSA DEL HEMISFERIO, 1933-1945
Fase de retorno a la solidaridad continental, eslogan de la buena vecindad por Hoover.
La buena vecindad hasta 1939
Roosevelt y la crítica al intervencionismo. Nueva política “the good neighbor”. Alcance de
prosperidad a partir del crecimiento en conjunto, no a costa de otros. Roosevelt se alejaba
del intervencionismo y apelaba al libre comercio como medio y meta.
Desde 1933, iniciativas panamericanistas. El panamericanismo ofrecía una oportunidad
frente a las deserciones de la Sociedad de las Naciones.
Conferencia panamericana de Buenos Aires. Se discute sobre amenaza del imperio alemán,
se vota por la defensa conjunta, apelando a la interdependencia en el continente. La
defensa de la democracia contra el fascismo como primera acción conjunta, enemigo
común. Por desconfianza, se rechaza la insitucionalización del trabajo en conjunto.
Dirección a la multilateralización de la doctrina monroe y la solidaridad interamericana.
Prohibicón del intervencionismo.
En la conferencia de Lima, 1938. Argentina reacia a negociar por su vínculo con europa,
amenaza en un sistema dominado por EEUU. Llamado a la solidaridad, defensa conjunta.
Argentina y Chile escépticos en la retórica de la buena vecindad, pese al retiro de tropas en
Nicaragua y Haití. En Cuba, la crisis económica generó crisi política, y EEUU envió barcos
de guerra, se destituye a Machado, y en 1934 asume Batista que mantuvo bajo control la
situación política. De ahí interviene de manea positiva EEUU. Base naval de Guantánamo.
Acercamiento con Panamá. Se complica por el tratado hull-alfaro, con el cese del derecho
de intervención de EEUU fuera del canal, alza de impuestos en arriendos.
Situación problemática con México. Protestas en el gobierno de Cárdenas por parte de
inversionistas estadounidenses, por la nacionalización del petróleo. No hubo intervención
por la amenaza de Alemania y Japón. Indemnización.
Dimensión económica de la buena vecindad. Se buscaba el libre comercio, ventaja de
EEUU. Libre omercio y libertad empresarial para hacer frente a los totalitarismos. Reciprocal
trade agreement act para cerrar tratados comerciales sin aprobación del congreso. Objetivo
de la liberalización del comercio a nivel mundial con base en una política de puertas
abiertas. Para latinoamérica era doble filo, ya que acrecentaba las desigualdades de las
estructuras de comercio y de la monoproducción, haciendo difícil una futura
industrialización.
Concesión de créditos, clave ue el Banco de exportación e importación, créditos que
también reforzaban la defensa, fortalecer relaciones con las economías. Nuevo concepto de
política de desarrollo, importancia del bienestar de latam.
La América neutral
A pesar de las condenas por las élites políticas hacia la invasión de Polonia, se mantuvo la
neutralidad.
La entrada en la guerra
El camino a la paz
CAPÍTULO IX: CENTRO Y PERIFERIA EN LA GUERRA FRÍA, 1945-1970
Esperanzas desilusionadas
Protestas desde la periferia
La revolución cubana
Focos de crisis a finales de los años 60
CAPÍTULO X: EL TERCER MUNDO, 1970-1990
El 11 de septiembre chileno
El descubrimiento de los derechos humanos
Los catastróficos años ochenta
CAPÍTULO XI: TRANSAMÉRICA A PARTIR DE 1990
Vínculos económicos
Vínculos políticos
Vínculos socioculturales
EDUARDO ARAYA, TRANSICIÓN Y TRANSICIONES A LA DEMOCRACIA. SOBRE EL
SENTIDO E HISTORIA DEL CONCEPTO.
El concepto de transición hace referencia a procesos de cambio de régimen, cambios en el
conjunto de normas, prácticas, valores y procedimientos que regulan el funcionamiento real
de un sistema político.
De la transición a la transitología en el contexto de las democratizaciones.
Estudios politológicos sobre procesos de democratización estaban sujetos a la
modernización, vinculando desarrollo económico y modernización con la estabilidad
democrática. La modernización y capitalismo industrial traían democracias estables. Versión
optimista.
Lo anterior contrasta con casos en América Latina, por ejemplo Argentina, paradoja
democrática, alta modernización y desarrollo pero sin estabilidad democrática.
Surgen preguntas sobre las relaciones entre democratización y modernización. Versión
pesimista de la teoría de la modernización. La estabilidad de los sistemas políticos depende
de su nivel de institucionalización. La modernización alteraba relaciones entre
institucionalización y movilización social, por lo que cuando es largo el proceso, dificultaba
la estabilidad democrática.
Sobre los autoritarismos. En la teoría de la modernización, la falta de democracia era
carencia. Linz propone que el autoritarismo no es una anomalía sin un tipo de sistema
político y alternativa para producir modernidad. Nuevos autoritarismos, colapso dramático
de democracias estables (Chile y Uruguay). O’Donnell propone el concepto de Estado
burocrático-autoritario para los casos latinoamericanos.
Luego, con las transiciones, la gran mayoría se había resuelto hacia 1980, la única
excepción fue Chile. En Europa y la URSS, los cambios implicaban una doble transición,
democracia y a economías de mercados, así como también el estado nacional. Dentro de
esto es que aparece la transitología, criticada por su tendencia a generalizar en cuanto a lo
que se compara, referida más a Europa.
Liberalizaciones y Transiciones.
¿Cómo entra en crisis una dictadura? Para responder aquello, se recuperó el tema de la
autonomía de lo político, en el análisis del comportamiento de las elites, sus modalidades de
competencia y pactos, y se recuperaba la historicidad de procesos políticos, mientras se
rechazaban condiciones comunes desde el estructuralismo y enfoque sistémico.
Contrapunto entre liberalización y transición. Liberalización como proceso de cambio dentro
del régimen caracterizado por disminuir las pautas autoritarias, así como una precondición
para la fase de transición.
Las relaciones entre liberalización y transición. Diversidad sobre la liberalización, si bien no
hay condiciones específicas, la extensión temporal de ésta puede variar y se trata de un
proceso fluctuante.
En el caso brasileño, hubo un proceso muy largo de liberalización, pero el régimen amplió y
restringió libertades individuales, modificando normas electorales. El régimen tenía control
sobre la apertura, decisión del régimen.
En Chile, contrastando, como consecuencia de la crisis financiera, se produjo una primera
crisis en uno de los mecanismos de legitimación, la eficiencia económica. Esto derivó en
movilización social y repolitización. En 1988, la oposición al pasar de movilización social a
electoral, logró derrotar la dictadura apelando a su marco normativo.
En Argentina, el proceso de transición se produjo por el colapso del régimen, no por pacto.
La liberalización puede ser tan breve que es discutible si se explica el proceso como una
secuencia liberalización-transición.
Transición se entiende como intervalo entre un régimen político y otro, en el que la
democracia es una alternativa pero no la única. O’Donnel y Schmitter señalan las
características:
1. El líder autoritario modifica sus propias reglas para proveer más garantías en cuanto
a derechos.
2. Durante el proceso de transición las reglas no están bien definidas, son cambiantes.
3. Lucha entre actores políticos para redefinir las reglas, beneficio inmediato y futuro.
Esto destaca indicadores de la transformación interna del régimen previo a la transición a la
democracia, la fluidez e incertidumbre del proceso, modificación de patrones, y la
importancia del proceso para los procesos ulteriores, afectando la futura democracia.
Distinción entre factores genéticos en el origen del proceso y las características del proceso
de transición. En el inicio siempre está la crisis del régimen,
La crisis siempre es multicausal. Carácter de excepcionalidad, pues surgen de la crisis de
otro régimen, por ende su permanencia está sujeta a su capacidad de adaptación. Se
olvidan las percepciones de amenaza que lo fundan. Divergencias entre partidarios sobre el
proyecto futuro. Transformaciones estructurales en la sociedad.
Factores estructurales, se debe considerar crisis económicas, tensionan la estabilidad. La
precariedad de mecanismos de legitimación los hace dependientes de recursos como el
éxito económico. Situaciones de guerra, como en Argentina con las malvinas, donde se
derrota la dictadura, y fracciones militares creyeron imposible la victoria.
Las oposiciones, no son decisivas en un inicio, que sean efectivas tiene que ver con
acciones acordes, pero su existencia es clave para que el proceso de transición pueda
completarse.
Colapso de régimen. Aquí la transición ocurre por el colapso, ejemplo Argentina en 1982.
Transición por pacto. Aquí las fracciones de las élites acuerdan mecanismos para la
transferencia del control del Estado, que permite que aquellas ligadas al régimen conserven
cuotas de poder, dando así garantía sobre la estabilidad futura. En la mayoría, la transición
es producto de una sucesión de pactos, primero de pactos donde facciones opositoras
deciden avanzar por vía pacto, segundo cuando son pactos de gobernabilidad futura.
Importancia de consenso amplio sobre el tipo de régimen a futuro.
La estabilidad democrática depende de la capacidad de las elites de generar acuerdos en
torno a temas básicos de transición.
Críticas, consolidación democrática y democratizaciones.
La fase de consolidación democrática se define como el momento en que los actores
relevantes del sistema ajustan su propio comportamiento a las normas democráticas, y
cuando ya no hay riesgos de regresiones autoritarias. Este es el problema de las
transiciones, saber si llevan a un sistema de valores en donde las fuerzas políticas someten
intereses al juego incierto de las instituciones democráticas y aceptan los resultados del
proceso democrático. La democracia se consolida cuando nadie peude controlar los
resultados, saberlo desde antes y se evoca la obediencia de las fuerzas políticas relevantes.
En la transición por pacto, esto se considera minimalista, reduce la democracia a cuestiones
procedimentales y acuerdos intraelites.
La crítica surge desde el énfasis en explicar el problema de cambio de régimen como
problema de competencias y ajustes entre elites, donde la teoría de elección racional
parece ser omnipresente. Esto se hace en toro a lo que se excluye y que es clave de la
democracia: la ciudadanía.
Los procesos vía pacto son acuerdos intraelites, independiente del rol de la sociedad civil y
procesos de movilización social previos. Se comprende la política como unn ambito
tributario de eventos económicos y cuestiones ideológicos.
Ciudadanía como individuos o sujetos, portadores de derechos cívicos, que de forma
personal y autoactiva participan en la construcción de decisiones colectivas. Con el
concepto de ciudadanía inclusiva se ha ampliado hacia la idea de igualdad de derechos
cívicos, políticos y sociales, esto a partir de sociedades insertas en procesos de
globalización.
La democracia se puede extender a la inclusión de su dimensión societaria, no sólo régimen
político sino una forma de vivir en sociedad, su análisis debe ser el de las nuevas demandas
ciudadanas, sus discursos y expectativas a futuro.
ALAN KNIGHT, EL ESTADO EN AMÉRICA LATINA DESDE LA INDEPENDENCIA
1. El concepto de Estado
Los Estados latinoamericanos fueron estados nación, toda nación mereció su estado y todo
estado estaba basado en su nación.
Los estados promovieron el nacionalismo, aumento de recursos discursivos. En México,
aparecen sentimientos proto patrióticos, que explican la caída del imperio y la formación de
nuevas naciones en latam.
Han habido muchos estados sin base nacional, como los imperios, y viceversa, como los
mapuches.
El estado invoca soberanía sobre un territorio, con Weber trata de ejercer un monopolio de
la coerción legítima, incluyendo dos conceptos: monopolio de la coerción legítima.
Al desplegar su poder, ejerce facultades diagnósticas, fuerzas coercitivas, burocracia, una
capital, moneda, constitución y leyes. La durabilidad sugiere legitimidad, aceptación del
estado como fuente de autoridad.
A veces el Estado deja de existir, caso mexicano en 1914. También ha ocurrido la implosión
del Estado, ahuecamiento interior, ejemplo Argentina y México con caudillos. Los estados se
recuperan y se fortalecen.
Los cambios de gobierno. La legitimidad puede ser un rasgo del Estado o régimen, el
ejemplo de México con Porfirio y Machado en Cuba son evidencia de la falta de legitimidad,
que provocaron revoluciones populares. Legitimidad como concepto clave paa la función del
Estado y los regímenes, est involucra exigir obediencia de los ciudadanos, así como en
situaciones en que el Estado sea el actor principal, este se enfrente a otras autoridades o
colectividades.
Por otro lado, los caudillos dependen de intereses e identidades regionales,los movimientos
revolucionarios de agravios históricos y promesas futuras, y los carteles ofrecen puestos,
sueldos, etc.
Otro actor colectivo que se puede enfrentar al Estado es la Iglesia. La legitimidad del Estado
fue en parte función de la contra legitimidad de la Iglesia, y la relación Estado-Iglesia. La
alianza de ambos pudo limitar la libertad del Estado, pero afianzó la estabilidad política. En
Argentina, siglo XX los gobiernos de Yrigoyen y radicales mantuvieron buena relación con
ella.
La Iglesia es el rival más antiguo del Estado. A principios del siglo XX el anarquismo puso
un reto al Estado,sobre todo en el cono sur. Asi, también la revolución rusa, y el desarrollo
de estados reformistas e inclusivos, el movimiento obrero se hizo más moderado, socialista
y dispuesto a hacer alianzas con el Estado. Ejemplos: confederación regional obrera
mexicana, perón en argentina. El reto del radicalismo, socialista, comunista, ha sido más
cíclico.
Función del Estado en cuando a su relación con la sociedad civil, que determina en gran
parte el nivel de legitimidad.
En cuanto teorías del Estado, una de ellas entiende el estado como arena neutral donde
individuos e intereses compiten, y el estado mantiene las reglas del juego, es un árbitro, no
jugador. En América Latina, el Estado vigilante es un mito, este también ha escrito las reglas
del juego.
Un segundo enfoque es el modelo marxista del Estado, como comité ejecutivo de la clase
dominante. Se presume que la clase dominante es homogénea, pero en América Latina esa
clase ostentó diferencias. Hay que preguntarse si esta clase dirige el estado o delegaba. En
México, por ejemplo, la división del trabajo entre élites económicas y una clase política se
vio en el PRI (coexistió la burguesía con el PR) o en el cono sur, donde la burguesía cedió
el poder a los militares.
De ello, los políticos alcanzan harta autonomía, e incluso perjudican a quienes sirven.
Ejemplo de ello es el caso de México, donde la alianza tácita del partido revolucionario
institucional burguesía rompió con las políticas del presidente Echeverría y López Portillo,
1970-1980.
El Estado dejó de funcionar como el comité ejecutivo de la clase dominante, adquirió poder
autónomo. Se mencionan las formas de la autonomía relativa del Estado.
El Estado pudo avanzar en el interés nacional e incluso su expansión, autonomía prusiana.
Conexión entre estado y guerra, uno hace al otro. Esto se ve poco en América Latina, pero
las guerras no civiles fueron claves en la formación del estado decimonónico, como en
Chile.
En el enfoque hacia adentro, o sea la relación entre Estado y sociedad civil, hay tres formas
de autonomía relativa. Primero, formas positivas que promueven la estabilidad política y
desarrollo económico. El Estado se legitima a sí mismo y al sistema socioeconómico,
fomentando la educación, cultura y el consenso. Tendencia clave en el estado
latinoamericano en el siglo XX fue su penetración social, como educador, benefactor y
árbitro. Ejemplo, Estado mexicano. Tambien influyó la cuestión social. Se promovió la
cultura alta y baja, usando medios masivos. El objetivo era legitimar al Estado y también al
orden social.
El Estado asume un papel autónomo económico, promoviendo la inversión, obras públicas,
regulación de mercado e intervención keynesiana para contrarrestar la recesión. Suministra
las externalidades necesarias, construcción o subvención de ferrocarriles, bancos de
fomento, liquidez en la economía. Quejas de las elites haci el dirigismo y comunismo del
gobierno.
Hay casos donde esta autonomía sirve a intereses particulares. Quejas contra la corrupción
y los busca-rentas, como contra el PRI. Estado capturado por intereses regionales, como
los Oaxaqueños Juárez y Díaz, Sonorenses en los 20 en México.
No se puede calificar la intervención estatal como positiva o negativa.
MANUEL ANTONIO GARRETÓN, REVISANDO LAS TRANSICIONES DEMOCRÁTICAS
EN AMÉRICA LATINA
Sentido de las democratizaciones políticas
Primer tipo de democratización política: fenómeno de fundación democrática, producto de
luchas contra dictaduras oligárquicas o tradicionales, donde la transición sucede a momento
revolucionario. Centroamérica.
Segundo tipo: transición, paso de régimen autoritario moderno militar, a formulas
democráticas sin modelo revolucionario. Esto aplica a países donde había nuevo
autoritarismo, burocrático autoritario. Países del cono sur.
¿En qué consisten las transiciones democráticas?
La transformación de los actores políticos y sociales
¿Qué democracia?
RESÚMENES CHAT GPT
RINKE, AMÉRICA LATINA Y ESTADOS UNIDOS. UNA HISTORIA ENTRE ESPACIOS
DESDE LA ÉPOCA COLONIAL HASTA HOY.
CAPÍTULO VIII: Defensa del Hemisferio, 1933–1945
Fase de retorno a la solidaridad continental / Eslogan de la buena vecindad por Hoover
Tras años marcados por intervenciones militares y dominación directa, el presidente Herbert
Hoover propuso un cambio de enfoque en la política exterior estadounidense hacia América
Latina. Su lema de “buena vecindad” planteaba un retorno a la solidaridad hemisférica,
apelando a una relación de respeto mutuo y no intervención. Esta política fue luego
desarrollada por Franklin D. Roosevelt, quien la institucionalizó como principio rector de la
diplomacia regional. El objetivo era mejorar la imagen de Estados Unidos en América
Latina, fortalecer las relaciones diplomáticas y mantener la influencia estadounidense
mediante mecanismos más sutiles, en un contexto en el que las tensiones internacionales
comenzaban a aumentar.
La buena vecindad hasta 1939
Durante la primera etapa de esta política (1933-1939), se produjeron acciones concretas
que marcaron un giro en las relaciones hemisféricas. Estados Unidos retiró sus tropas de
países como Nicaragua y Haití, firmó acuerdos que reconocían la soberanía de los estados
latinoamericanos, y abandonó su tradicional actitud intervencionista. Se promovieron
además iniciativas culturales y económicas para fomentar una imagen positiva de Estados
Unidos. Esta etapa se caracterizó por un clima de cooperación y confianza creciente,
aunque siempre dentro de una estructura desigual en la que EE.UU. mantenía su
preeminencia económica y militar.
La América neutral
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, los países latinoamericanos
adoptaron en su mayoría una postura neutral. Esta neutralidad se explicaba por la distancia
geográfica, la ausencia de amenazas directas, y también por el deseo de evitar ser
arrastrados a un conflicto ajeno. Sin embargo, Estados Unidos comenzó a ejercer presión
diplomática para que los países del hemisferio rompieran relaciones con las potencias del
Eje, utilizando el argumento de la defensa continental. Las conferencias panamericanas,
como las de Lima (1938) y La Habana (1940), buscaron consolidar un frente común ante la
amenaza global, al tiempo que reforzaban el liderazgo estadounidense.
La entrada en la guerra
El ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941 cambió radicalmente la situación.
Estados Unidos entró de lleno en la guerra y solicitó el apoyo activo de América Latina. La
mayoría de los países rompieron relaciones con las potencias del Eje, y algunos incluso les
declararon la guerra, como Brasil, que llegó a enviar tropas a Europa. Además, se
establecieron bases militares estadounidenses en territorios estratégicos, se intensificó el
control sobre el comercio y la producción de materias primas, y se promovió una economía
hemisférica orientada al esfuerzo bélico. Esto reforzó la dependencia económica de los
países latinoamericanos respecto a EE.UU., aunque también les otorgó nuevos espacios de
protagonismo diplomático.
El camino a la paz
Al finalizar la guerra, se vivió una etapa de grandes expectativas. Muchos países
latinoamericanos esperaban que el sacrificio y la lealtad demostrados durante el conflicto se
tradujeran en una mayor participación en la construcción del orden mundial. La creación de
la ONU y la fundación de nuevas instituciones multilaterales ofrecían esperanzas de una
cooperación más justa. Sin embargo, pronto se hizo evidente que Estados Unidos emergía
como la potencia hegemónica, con capacidad para condicionar las decisiones
internacionales. La asimetría en las relaciones hemisféricas se mantuvo, y la “buena
vecindad” fue dejando paso a una política más marcada por el control ideológico,
especialmente con la inminente llegada de la Guerra Fría.
CAPÍTULO IX: Centro y Periferia en la Guerra Fría, 1945–1970
Esperanzas desilusionadas
Terminada la Segunda Guerra Mundial, América Latina albergaba esperanzas de un nuevo
orden internacional basado en la equidad, la cooperación y el desarrollo. Sin embargo,
pronto quedó claro que el escenario global se organizaba en función del conflicto entre
Estados Unidos y la Unión Soviética. América Latina fue relegada a un papel secundario,
percibida por EE.UU. no como una región con autonomía y potencial propio, sino como un
espacio estratégico que debía mantenerse dentro de su esfera de influencia. La política
estadounidense se concentró en contener cualquier posible avance del comunismo,
sacrificando muchas veces los principios democráticos y las demandas de justicia social
que emergían desde la región.
Protestas desde la periferia
Ante esta situación, crecieron las voces críticas desde América Latina. Intelectuales,
movimientos sociales e incluso algunos gobiernos comenzaron a denunciar la dependencia
estructural de la región, evidenciada en su papel de proveedor de materias primas y
mercado de consumo, sin posibilidades reales de desarrollo autónomo. Estas protestas se
expresaron en distintos frentes: críticas al imperialismo económico, denuncias contra la
injerencia política de EE.UU., y demandas de un nuevo orden internacional más equitativo.
La idea de centro (EE.UU.) y periferia (América Latina) se consolidó como un esquema que
explicaba las desigualdades persistentes.
La revolución cubana
La Revolución Cubana de 1959 representó un hito disruptivo en este contexto. Fue la
primera vez que un país latinoamericano rompía abiertamente con el modelo capitalista
dependiente y se alineaba con la Unión Soviética. Para EE.UU., esto fue visto como una
grave amenaza, y su reacción fue inmediata: intentó derrocar al nuevo régimen (invasión de
Bahía de Cochinos en 1961), impuso un bloqueo económico y buscó aislar
diplomáticamente a Cuba. Al mismo tiempo, lanzó programas como la Alianza para el
Progreso, con el fin de contener la expansión de las ideas revolucionarias en otros países
de la región. Cuba, por su parte, se convirtió en inspiración para movimientos guerrilleros y
de izquierda en toda América Latina.
Focos de crisis a finales de los años 60
Hacia finales de la década, la región vivía una creciente efervescencia social y política. Los
movimientos estudiantiles, sindicales y populares exigían reformas profundas, mientras que
grupos armados buscaban replicar el modelo cubano. En respuesta, muchos gobiernos
recurrieron a la represión, y Estados Unidos apoyó o toleró golpes de Estado y regímenes
autoritarios bajo la justificación de la “seguridad nacional”. La militarización se volvió una
constante, y la represión a menudo incluyó graves violaciones a los derechos humanos.
Esta dinámica profundizó la polarización social y alimentó un clima de desconfianza y miedo
en toda la región.
CAPÍTULO X: El Tercer Mundo, 1970–1990
El 11 de septiembre chileno
El golpe militar del 11 de septiembre de 1973 en Chile, que derrocó al presidente socialista
Salvador Allende, fue apoyado directa o indirectamente por Estados Unidos, a través de la
CIA y otras vías de presión económica y diplomática. Este hecho marcó el inicio de una
nueva etapa de intervención estadounidense en América Latina, caracterizada por su
respaldo a dictaduras militares dispuestas a aplicar políticas neoliberales y a reprimir
cualquier intento de transformación social. Chile se convirtió en laboratorio del
neoliberalismo, con reformas económicas radicales impuestas por los “Chicago Boys” y con
altos costos sociales. El caso chileno fue replicado en otros países del Cono Sur.
El descubrimiento de los derechos humanos
La brutalidad de las dictaduras latinoamericanas llevó a que el tema de los derechos
humanos comenzara a adquirir un peso creciente en el plano internacional. Organismos
como Amnistía Internacional, y sectores del Congreso de EE.UU., empezaron a denunciar
los crímenes de Estado cometidos en países como Argentina, Chile y El Salvador. La
presión internacional y las denuncias desde el exilio forzaron a Washington a revisar
parcialmente su apoyo a ciertos regímenes. A partir de entonces, los derechos humanos
comenzaron a formar parte del discurso oficial, aunque con un uso muchas veces selectivo
y condicionado por los intereses geopolíticos estadounidenses.
Los catastróficos años ochenta
La década de 1980 estuvo marcada por una profunda crisis económica que afectó a casi
toda América Latina. El sobreendeudamiento externo, la caída de los precios de las
materias primas y las políticas de ajuste estructural impuestas por el FMI provocaron
desempleo, inflación y aumento de la pobreza. A esto se sumaron guerras civiles en países
como Nicaragua, El Salvador y Guatemala, en las que Estados Unidos tuvo un papel activo
financiando y armando a gobiernos y grupos paramilitares contrainsurgentes. Esta década
fue conocida como la “década perdida” por el estancamiento económico, el retroceso en
indicadores sociales y la perpetuación de regímenes represivos en nombre de la lucha
anticomunista.
CAPÍTULO XI: Transamérica a partir de 1990
Vínculos económicos
Con el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos promovió una política de integración
económica basada en el libre mercado. La firma del Tratado de Libre Comercio de América
del Norte (TLCAN) con México y Canadá fue el primer paso de un modelo que buscaba
extenderse al resto del continente. Se promovieron reformas neoliberales: privatización de
empresas estatales, reducción del gasto público y apertura de mercados. América Latina
pasó a formar parte de una red de economías orientadas a la exportación, pero con alta
vulnerabilidad frente a los mercados internacionales. Esta dependencia económica
consolidó el papel de EE.UU. como socio dominante en las relaciones comerciales.
Vínculos políticos
En el plano político, la década de los 90 estuvo marcada por la consolidación de
democracias formales, pero con estructuras frágiles. EE.UU. promovió reformas
institucionales, transparencia y lucha contra la corrupción, aunque mantuvo una postura
ambivalente frente a gobiernos que cuestionaban su hegemonía. La lucha contra el
narcotráfico se convirtió en un eje central de la relación bilateral, especialmente con países
andinos y México. A pesar de los discursos de cooperación, muchos países comenzaron a
buscar alternativas regionales para equilibrar la influencia estadounidense, como el
fortalecimiento del Mercosur o la creación de foros sudamericanos sin presencia de EE.UU.
Vínculos socioculturales
A nivel sociocultural, la globalización intensificó los flujos migratorios, culturales y
comunicacionales entre América Latina y EE.UU. Millones de latinoamericanos emigraron al
norte en busca de mejores condiciones de vida, estableciendo comunidades que influyen
tanto en sus países de origen como en la política y cultura estadounidense. La música, el
cine, la televisión y el idioma español se expandieron como parte del paisaje cultural
estadounidense. A su vez, esta creciente presencia latina generó tensiones identitarias y
políticas, pero también nuevas formas de conexión entre ambas regiones, que ya no se
basan solo en relaciones estatales, sino en redes transnacionales de personas, ideas y
símbolos.
KNIGHT, EL ESTADO EN AMÉRICA LATINA DESDE LA INDEPENDENCIA
Tesis
Alan Knight sostiene que el Estado en América Latina ha sido un actor históricamente
central —aunque no siempre fuerte ni legítimo— cuya trayectoria debe analizarse con
atención tanto conceptual como histórica. El autor afirma que aunque el discurso neoliberal
lo ha “adelgazado” en las últimas décadas, el Estado ha sido persistente, se ha reinventado,
y sigue siendo clave para entender los procesos políticos y económicos de la región. En
lugar de omitir al Estado en los análisis, Knight argumenta que es necesario analizar su
evolución, funciones y legitimidad, sin caer en determinismos ideológicos.
Definición del Estado y relación con la nación
● Distingue Estado y nación, conceptos a menudo entrelazados pero diferentes.
● Subraya que muchos Estados latinoamericanos surgieron sin una identidad nacional
consolidada. La idea de “Estado-nación” fue más un proyecto que una realidad.
● Debate entre enfoques:
○ Modernista-instrumentalista (naciones construidas desde el Estado).
○ Primordialista (existencia previa de proto-naciones).
● Cita a México y Chile como posibles ejemplos de proto-nacionalismo antes de la
independencia.
Soberanía y legitimidad
● Usa la definición de Max Weber: el Estado tiene el monopolio legítimo de la coerción
en un territorio.
● La legitimidad del Estado no se basa sólo en coerción, sino en aceptación social y
continuidad institucional.
● Explora casos de:
○ Colapso estatal (México 1914).
○ Implosión parcial (por caudillos, carteles, grupos insurgentes).
○ Recuperación del Estado como tendencia predominante.
Competencia por la legitimidad
● El Estado compite con otras instituciones legítimas: Iglesia, movimientos
revolucionarios, grupos criminales.
● La Iglesia fue una autoridad poderosa; su alianza o enfrentamiento con el Estado
marcó la estabilidad o el conflicto (ej. México, Colombia, Ecuador, Brasil).
● A partir del siglo XX, el movimiento obrero fue otro actor clave: a veces cooptado por
el Estado (Perón, Cárdenas), otras veces radicalizado.
● Destaca el papel cambiante del anarquismo, comunismo y movimientos insurgentes
como Sendero Luminoso o la Revolución Cubana.
Funciones del Estado: ¿árbitro o actor?
● Contrapone visiones:
○ El Estado como árbitro neutral (modelo estadounidense).
○ El Estado como actor principal y constructor de reglas (más realista en
América Latina).
● Critica:
○ Modelo corporativo-tomista (Estado paternalista).
○ Modelo marxista clásico del Estado como instrumento de la clase dominante.
● Propone un enfoque de autonomía relativa del Estado, que puede tomar distintas
formas:
○ Autonomía prusiana: formación estatal vía conflicto (Chile, Brasil).
○ Autonomía positiva: educación, cultura, arbitraje social.
○ Autonomía económica: inversión pública, planificación, ISI.
○ Autonomía pervertida: corrupción, patrimonialismo, cleptocracia (Trujillo,
Somoza, Batista).
Periodización histórica
1. 1820–1870: Estados débiles y fragmentación
Características:
● Estados surgidos tras la Independencia eran débiles, pobres, y políticamente
inestables.
● Ingresos limitados, guerras frecuentes, legitimidad escasa.
● Persistencia de estructuras coloniales, especialmente el ejército.
● División entre modelos republicanos y centralistas.
Casos:
● México y Perú: inestabilidad extrema.
● Chile y Brasil: mayor estabilidad gracias a exportaciones y continuidad institucional
(monarquía en Brasil, centralismo en Chile).
● Reacción conservadora a los fracasos iniciales (reintroducción de impuestos
coloniales, restricción del sufragio).
2. 1870–1930: Liberalismo autoritario y crecimiento estatal
Características:
● “Liberalismo” económico y autoritarismo político.
● Círculo virtuoso: crecimiento exportador → ingresos fiscales → fortalecimiento
estatal.
● Expansión estatal: infraestructura, censos, ejército, educación.
Contradicciones:
● El liberalismo era más retórico que real; existía alta coerción, racismo, y represión de
la mano de obra.
Distinciones regionales:
● México, Centroamérica, Andes: liberalismo autoritario y represivo.
● Cono Sur (Argentina, Uruguay): liberalismo más genuino, con inmigración europea y
menos coerción laboral.
● Costa Rica: modelo civil-oligárquico más pluralista.
3. 1930–1980: ISI, populismo y autoritarismo
Contexto:
● Grandes crisis externas (Guerras Mundiales, Gran Depresión).
● Declive del modelo exportador; auge del mercado interno e ISI.
● Aumento del gasto público y papel regulador del Estado.
Populismo:
● Emergencia en países sin gran ISI (Cuba, Nicaragua, Perú, Ecuador).
● No todos los países con ISI fueron populistas (ej. Chile).
● Depende más del sistema político que de la economía.
Pretorianismo militar:
● Golpes por ejércitos modernos con visión desarrollista.
● Relación con la Guerra Fría, polarización ideológica y apoyo de EE. UU.
● ISI incentivó la lucha por controlar al Estado.
Casos:
● México: estabilidad gracias a reformas tempranas.
● Brasil y Chile: reformas agrarias → polarización → golpes militares.
4. 1980–2012: Neoliberalismo y democracia
Cambios:
● Apertura económica, privatización, fin del nacionalismo económico.
● “Adelgazamiento” del Estado: menos redistribución y clientelismo.
● El impacto fue parcial: persistencia estatal en Brasil, Venezuela, PEMEX en México.
Democratización:
● Tercera ola democrática (Huntington).
● A pesar de sus defectos, la región nunca fue tan democrática.
● Debilidades: Estado de derecho frágil, influencia mediática, concentración de poder
en elites mediáticas.
Reflexión final:
● Un Estado más pequeño no es necesariamente menos legítimo; la clave es su
eficacia y honestidad.
● Democracia y neoliberalismo no siempre van juntos (modelo escandinavo como
alternativa).
● La democracia actual, aunque imperfecta, ha surgido más de procesos históricos
internos que de imposiciones ideológicas externas.
Conclusión
Alan Knight nos ofrece una visión crítica, matizada y profundamente histórica del Estado
latinoamericano. Destaca su persistencia, transformación y ambigüedad funcional: puede
ser vehículo de desarrollo y justicia, o bien de corrupción y exclusión. El análisis evita
posturas ideológicas simplistas y ofrece herramientas útiles para entender los desafíos
actuales del Estado en América Latina.
GARRETÓN, REVISANDO LAS TRANSICIONES DEMOCRÁTICAS EN AMÉRICA
LATINA
Tesis
Garretón sostiene que, aunque los procesos de transición y consolidación democrática en
América Latina han sido importantes, los principales desafíos actuales para la
democracia radican en su profundización, relevancia y calidad. En lugar de analizar
sólo el paso desde regímenes autoritarios a democráticos, es crucial observar cómo se
articulan o desarticulan las relaciones entre Estado, sociedad civil y sistema político.
El autor propone que las transiciones han sido procesos complejos, determinados no solo
por actores políticos, sino por transformaciones estructurales más amplias, como la crisis
del modelo nacional-popular y los efectos de la globalización y el neoliberalismo.
Ideas principales y conceptos clave
1. Tres tipos de democratización:
○ Fundacional: ruptura con dictaduras tradicionales, a veces con guerra civil
(ej. Centroamérica).
○ Transicional: paso de regímenes militares modernos a democracias
negociadas (ej. Cono Sur).
○ Extensión o profundización: desde democracias restringidas hacia
sistemas más abiertos (ej. México, Colombia).
2. Transiciones incompletas:
○ Muchos regímenes democráticos mantienen enclaves autoritarios:
instituciones heredadas, prácticas políticas antidemocráticas, impunidad por
violaciones de DD.HH.
3. Democracia y cambio societal:
○ La democratización no ocurre en un vacío: está vinculada a un cambio más
amplio, al fin del modelo nacional-popular, caracterizado por desarrollo
estatal, industrialización, clases medias movilizadas y centralidad de la
política.
4. Movimientos sociales:
○ Dejan de ser revolucionarios/globales y se vuelven democráticos y
sectoriales. Pasan de la movilización a la negociación, perdiendo cohesión e
impacto estratégico.
5. Problemas actuales de la democracia:
○ Profundización: expansión de valores democráticos a toda la sociedad.
○ Relevancia: que la democracia resuelva problemas reales.
○ Calidad: participación efectiva, representación, y satisfacción ciudadana.
6. Matriz sociopolítica:
○ Concepto clave que describe el modo en que se articulan actores sociales,
sistema político y Estado. En crisis desde los años 70. No se ha creado aún
una nueva matriz que reemplace la anterior.
Introducción
Garretón presenta el problema central: tras las transiciones en América Latina, el foco ya no
debe estar sólo en el cambio de régimen, sino en cómo se construye una democracia
profunda, relevante y de calidad. Aunque se trate de procesos en curso, el análisis debe
incorporar una perspectiva más estructural.
Tipos de democratización
1. Fundacional: transiciones posteriores a conflictos violentos (guerra civil o
revolución); típicamente en Centroamérica.
2. Transicional: transición desde regímenes autoritarios modernos (militares), sin
revolución ni colapso total (ej. Cono Sur).
3. Extensión/profundización: reformas internas que amplían una democracia previa
restringida (ej. México, Colombia).
Nota clave: estos tipos no son excluyentes. Muchos países combinan elementos de cada
uno. Chile es transición + profundización; México es transición + extensión; Argentina
mezcla transición y fundación.
La autonomía de la política y la parcialidad de las transiciones
● Las transiciones latinoamericanas modernas no implican cambios estructurales
globales, a diferencia de revoluciones clásicas.
● Se restringen a la esfera política, dejando intactas estructuras económicas y
sociales.
● Esta limitación genera frustración popular, ya que la democracia no ha mejorado
sustancialmente las condiciones de vida.
● Sin embargo, forman parte de un proceso más amplio: el fin de la matriz
sociopolítica nacional-popular.
Cambio de época y crisis del modelo nacional-popular
● Regímenes militares buscaron desmantelar la matriz estatalista y movilizadora
del siglo XX, sin reemplazarla con otra articulación societal.
● A esto se suma la globalización, el neoliberalismo y la desarticulación de actores
sociales tradicionales.
● Resultado: las democratizaciones no sólo fueron una lucha contra dictaduras, sino
parte de un tránsito hacia un nuevo tipo de sociedad aún no definido.
Caracterización de las transiciones (tipo Cono Sur)
1. Transiciones desde regímenes burocrático-autoritarios, donde las FF.AA. eran el
actor político principal.
2. Estos regímenes desmovilizaron a sectores populares pero no lograron construir un
nuevo orden político legitimado.
3. Las transiciones se dieron sin colapso ni derrocamiento total; implicaron
negociaciones desde arriba y presión desde abajo.
4. Las formas institucionales heredadas del autoritarismo (constituciones, leyes,
poderes paralelos) siguen presentes en las nuevas democracias.
5. Surgen los llamados “enclaves autoritarios”: estructuras, símbolos y actores que
mantienen rasgos antidemocráticos dentro del nuevo régimen.
Desafíos de los gobiernos postransición
1. Completar la transición: remover enclaves autoritarios, avanzar en DD.HH.
2. Consolidar el régimen democrático: institucionalizar la participación, reformar el
Estado, afrontar demandas sociales.
3. Esto provoca divisiones dentro del bloque democrático, por diferencias
ideológicas, sociales y económicas (ej. políticas de ajuste).
4. El caso chileno se presenta como paradójico: transición altamente
institucionalizada pero con fuerte impronta autoritaria.
Fundaciones y extensiones democráticas
● Fundaciones (como Nicaragua) requieren:
○ Mediación externa.
○ Reconversión de actores revolucionarios en partidos políticos.
○ Procesos largos y conflictivos.
● Extensiones (como México):
○ Se realizan desde el poder.
○ Mantienen continuidad institucional pero sin capacidades para responder a
transformaciones estructurales.
Transformación de actores sociales y políticos
Movimientos sociales:
● Bajo dictadura: protagonismo simbólico (ej. DD.HH.), tejido social, movilización.
● En transición: se subordinan a la lógica política; pierden centralidad estratégica.
● En democracia: desactivación, dispersión, falta de articulación común.
Partidos políticos:
● Reviven durante la transición.
● Aprenden a negociar, conviven con adversarios.
● En países con menor renovación, se vuelven irrelevantes o fragmentados (caso
Perú).
Fuerzas Armadas:
● Retiro conflictivo.
● Buscan conservar prerrogativas pero quedan deslegitimadas y aisladas.
¿Qué democracia?
● Democracias latinoamericanas son:
○ Incompletas.
○ Preservan enclaves autoritarios.
○ Tienen problemas éticos no resueltos (ej. verdad y justicia).
Los tres desafíos principales:
1. Profundización: valores democráticos se expanden a toda la sociedad.
2. Relevancia: el régimen debe resolver conflictos dentro del marco democrático.
3. Calidad: participación real, representación, legitimidad.
La matriz sociopolítica y el futuro
● Garretón introduce el concepto de “matriz sociopolítica”:
○ Articulación entre Estado, sistema político y sociedad civil.
○ En crisis desde los 70, no se ha configurado aún una nueva.
Posibles escenarios:
1. Descomposición sin recomposición.
2. Retorno al viejo modelo nacional-popular.
3. Construcción de una nueva matriz, más autónoma y democrática.
4. Coexistencia fragmentada de todos los anteriores.
Garretón concluye que la democracia latinoamericana está lejos de consolidarse
plenamente. La región enfrenta una tensión entre el avance democrático formal y la
persistencia de poderes fácticos, desigualdades y estructuras heredadas del
autoritarismo. La clave para su destino radica en profundizar, hacer relevante y mejorar
la calidad de la democracia, lo cual exige una nueva articulación entre Estado, actores
sociales y sistema político. Aún no hay claridad sobre el modelo societal emergente.
Resumen
Manuel Antonio Garretón propone un enfoque comprensivo sobre las transiciones
democráticas en América Latina, desplazando el eje interpretativo desde una mera
descripción del paso de regímenes autoritarios a democráticos hacia una reflexión más
estructural y de largo plazo. A su juicio, los verdaderos desafíos de las democracias
latinoamericanas no se limitan ya a los aspectos de transición o consolidación, sino que se
ubican en los planos de la profundización, relevancia y calidad de los regímenes
democráticos. En otras palabras, el destino democrático de la región se juega menos en la
existencia formal de instituciones electorales y más en su capacidad de transformación
social, inclusión ciudadana y eficiencia en la resolución de conflictos.
Para iniciar su análisis, Garretón distingue tres tipos ideales de democratización política
que han coexistido y se han entrelazado en las últimas décadas. El primero es el tipo
fundacional, típico de países centroamericanos, que emerge tras guerras civiles o
procesos revolucionarios que destruyen estructuras autoritarias oligárquicas y buscan
construir desde cero una institucionalidad democrática. El segundo es la transición
propiamente dicha, característica del Cono Sur y de regímenes autoritarios modernos,
como los "burocrático-autoritarios" o "de seguridad nacional", que no colapsan
violentamente sino que se transforman gradualmente, mediante negociación y presión
social, en regímenes democráticos. El tercer tipo es el de extensión o profundización,
donde no se parte de una dictadura sino de una democracia restringida o semiautoritaria
(como en México o Colombia), que mediante reformas busca ampliar la participación
política, el pluralismo y la representación efectiva. Garretón aclara que estos modelos no
son excluyentes ni puros, sino que cada caso nacional es una combinación de ellos. Por
ejemplo, el caso chileno, aunque típicamente transicional, incluye elementos de extensión
democrática post-transición, mientras que el mexicano representa una mezcla singular de
transición y extensión con fuerte continuidad institucional.
Una de las tesis centrales del autor es que las transiciones políticas latinoamericanas,
especialmente las del segundo tipo, fueron procesos eminentemente políticos, en los
que no se transformaron las estructuras económicas ni sociales en la misma medida. Esta
autonomía de la esfera política respecto de lo social y económico constituye un cambio
relevante respecto a la tradición histórica de la región, donde las confrontaciones
ideológicas eran globales y los cambios políticos iban acompañados de proyectos de
transformación estructural de la sociedad. En las transiciones recientes, sin embargo, la
política ha sido parcial y negociada, lo que ha generado frustración en amplios sectores
sociales, que perciben que la democracia no ha transformado su vida cotidiana, aun
cuando se reconozcan avances en libertades y derechos. Esto se agrava por el hecho de
que muchas de las transiciones se produjeron en el contexto de la "década perdida" de
los años 80, lo que hizo que las expectativas sobre las democracias fueran particularmente
altas en términos de justicia social y desarrollo.
Garretón advierte que no se puede comprender plenamente el sentido y los límites de estas
transiciones sin enmarcarlas en una transformación societal más amplia: el fin del
modelo nacional-popular que dominó América Latina entre los años 30 y 70. Este modelo se
caracterizaba por una articulación entre nacionalismo, desarrollismo económico con fuerte
rol estatal, movilización popular, predominio de clases medias y la centralidad de la política
como eje articulador de las demandas sociales. Bajo sus diversas formas —populistas,
tecnocráticas, revolucionarias o caudillistas— este modelo fue desafiado por los regímenes
militares de los 60 y 70, los cuales intentaron desmontarlo sin ofrecer una alternativa
coherente. En la mayoría de los países, estos regímenes fracasaron en generar un nuevo
orden, aunque lograron destruir las bases del anterior, lo cual dejó a las democracias
emergentes con el desafío de recomponer un orden social sin tener una matriz
alternativa consolidada.
Al caracterizar en profundidad las transiciones del Cono Sur, Garretón subraya que estos
procesos no fueron resultado de colapsos militares sino de una combinación entre la
incapacidad de los regímenes autoritarios para legitimarse como proyectos estables y la
presión social y política desde abajo. El resultado fue una transición negociada, en la cual
las Fuerzas Armadas conservaron prerrogativas significativas —especialmente en Chile— y
dejaron su impronta en las nuevas instituciones. Esta persistencia se expresa en lo que el
autor denomina “enclaves autoritarios”, que pueden ser institucionales (constituciones
impuestas, leyes restrictivas), simbólicos (ausencia de justicia por crímenes del pasado) o
actorales (núcleos de poder no democráticos). Así, muchas transiciones resultaron
incompletas, y las democracias nacientes enfrentaron una doble tarea: por un lado,
completar la transición removiendo esos enclaves; por otro, iniciar un proceso de
consolidación democrática que aborde las necesidades sociales, económicas y políticas
postergadas.
Estas tareas postransicionales, sin embargo, fracturaron rápidamente a los bloques
democráticos que se habían unificado en torno a la oposición a la dictadura. Una vez
alcanzado el régimen democrático, surgieron diferencias internas, especialmente ante
temas como la modernización económica, las políticas de ajuste estructural, la relación con
las Fuerzas Armadas y la reparación de las violaciones a los derechos humanos. En el caso
chileno, por ejemplo, Garretón observa una situación paradójica: la transición estuvo
fuertemente institucionalizada, sin crisis económica heredada y con un bloque opositor
convertido en coalición de gobierno; sin embargo, la presencia de enclaves autoritarios
fue especialmente profunda, lo que dio lugar a una democracia muy consolidada en lo
formal pero limitada en su contenido sustantivo.
En cuanto a los actores sociales, Garretón analiza la transformación profunda que
sufrieron durante las transiciones. Los movimientos sociales que antes estaban articulados
en torno a grandes proyectos colectivos —como el movimiento nacional-popular— dieron
paso a movilizaciones más fragmentadas, simbólicas y orientadas hacia la defensa de
derechos específicos (como los derechos humanos). Durante las dictaduras, la acción
colectiva tuvo como eje la resistencia y reconstrucción del tejido social, mientras que en
la transición, esta se subordinó al objetivo político de cambiar el régimen, lo que redujo la
autonomía de las demandas sociales. Una vez alcanzada la democracia, sin embargo,
muchos movimientos quedaron sin un eje articulador común, lo que generó dispersión
y desmovilización. Esto se agravó por las exigencias de estabilidad económica y
gobernabilidad que llevaron a los nuevos gobiernos a evitar la movilización social masiva.
Respecto de los partidos políticos, Garretón señala su resurgimiento durante la transición
como actores clave en las negociaciones con los regímenes autoritarios. Muchos partidos
experimentaron un proceso de aprendizaje democrático y de recomposición institucional,
aunque en algunos países (como Perú), la falta de adaptación generó una crisis de
representación. Las Fuerzas Armadas, por su parte, salieron del escenario político de
forma conflictiva, perdiendo legitimidad social y mostrando perplejidad ante el nuevo orden
democrático, aunque en algunos casos intentaron preservar su influencia a través de
instituciones paralelas o presiones simbólicas.
En las últimas secciones del texto, Garretón retoma la pregunta sobre qué tipo de
democracia se está construyendo en América Latina. Frente a diagnósticos que la
califican como “delegativa” o “de baja intensidad”, el autor propone evaluar la democracia no
sólo por su forma institucional, sino también por su capacidad de generar inclusión,
resolver conflictos y garantizar derechos efectivos. Desde esta perspectiva, distingue
tres dimensiones fundamentales: la profundización, entendida como la expansión de los
valores y prácticas democráticas a todos los ámbitos sociales; la relevancia, que se refiere
a que los problemas sociales sean resueltos dentro del marco democrático y no por poderes
fácticos o extrainstitucionales; y la calidad, que remite a la eficacia del sistema político para
representar, incluir y hacer partícipes a los ciudadanos.
Finalmente, Garretón plantea que la clave del momento actual reside en si estamos
simplemente en otro ciclo de alternancia entre autoritarismo y democracia, o si estamos
ante una transformación estructural más profunda, que implica la recomposición de la
matriz sociopolítica. Esta matriz, que articula Estado, sistema político y sociedad civil, se
encuentra actualmente en un proceso de descomposición sin que haya emergido un nuevo
patrón claramente definido. Según el autor, hay al menos cuatro posibles escenarios:
descomposición sin recomposición; regresión hacia el modelo clásico; creación de una
nueva matriz basada en la autonomía y complementariedad de los actores; o coexistencia
caótica de todos estos elementos. Lo más probable es que persista un marco institucional
democrático, pero con una alta incertidumbre sobre su efectividad y sobre la posibilidad de
que resurjan fuerzas autoritarias si la democracia no logra consolidarse como régimen
eficaz, justo y legítimo.
ARAYA, TRANSICIÓN Y TRANSICIONES A LA DEMOCRACIA. SOBRE EL SENTIDO E
HISTORIA DEL CONCEPTO
Tesis del autor
Eduardo Araya sostiene que el concepto de “transición a la democracia” no debe
entenderse como una categoría universal ni como un modelo homogéneo aplicable
mecánicamente a todos los casos. Por el contrario, argumenta que se trata de una
construcción conceptual históricamente situada, surgida del análisis de casos específicos
(especialmente la experiencia española), y que ha sido utilizada de forma excesiva y a
veces inapropiada para describir procesos muy diversos. Su tesis central es que el estudio
de las transiciones democráticas requiere un enfoque que combine análisis político,
histórico y comparado, con atención a las especificidades de cada caso, evitando
generalizaciones simplificadoras y reconociendo los límites y potencialidades del concepto
mismo de “transición”.
Ideas principales y conceptos clave
● Transición: paso de un régimen político a otro. En ciencia política, refiere al periodo
ambiguo en que se disuelven estructuras autoritarias y emergen instituciones
democráticas. No debe confundirse con liberalización ni con consolidación
democrática.
● Transitología: subdisciplina surgida en los años 80 y 90 centrada en el análisis de
procesos de transición democrática. Es criticada por su pretensión de universalizar
modelos (especialmente el español) y por su énfasis en el papel de las élites y
pactos políticos.
● Liberalización: apertura limitada dentro del régimen autoritario sin que se altere aún
su carácter básico. Puede preceder o no a una transición.
● Colapso y pacto: formas de inicio de las transiciones. El colapso implica ruptura
abrupta del régimen autoritario; el pacto supone negociaciones entre sectores del
régimen y la oposición.
● Consolidación democrática: etapa posterior a la transición, cuando los actores
clave aceptan las reglas democráticas como el único juego posible y se reducen los
riesgos de regresión autoritaria.
● Ciudadanía: entendida no sólo como derecho al voto, sino como participación activa
e igualitaria en decisiones colectivas, incluyendo dimensiones sociales y
económicas.
● Democratización: concepto más amplio que la mera transición de régimen, que
remite a un proceso de expansión de derechos, profundización de la ciudadanía y
densificación de la democracia.
Resumen detallado por secciones
Origen y difusión del concepto de “transición”
El texto comienza con una revisión semántica e histórica del concepto de “transición”, cuya
raíz latina remite al acto de pasar de un estado a otro. En el lenguaje político, este término
se asocia a procesos de cambio de régimen, entendidos como transformaciones profundas
en las reglas, normas y estructuras que rigen un sistema político. La popularización
académica del término se remonta a la experiencia española de los años 70, que funcionó
como un modelo analítico y práctico para otros casos, especialmente en Europa del Sur y
América Latina. Esta experiencia dio lugar a una narrativa basada en nociones como
“ruptura pactada” o “transacción”, privilegiando el rol de las élites y el acuerdo como vía
para democratizar. El autor señala cómo este modelo se proyectó globalmente,
especialmente en los estudios sobre Europa del Este en los años 90, y cómo la ciencia
política ha tenido una vocación comparativa, muchas veces con propósitos normativos o
incluso instrumentales.
De la transición a la “transitología”
Araya explica que la transitología es una subdisciplina que emergió con fuerza desde los
trabajos fundacionales de O’Donnell, Schmitter y Whitehead en los años 80, junto con otros
autores como Przeworsky, Linz y Stepan. Sin embargo, advierte que esta corriente ha sido
criticada por pretender establecer leyes generales a partir de casos particulares,
especialmente el español. La transitología heredó y a la vez cuestionó la teoría de la
modernización, que proponía una relación lineal entre desarrollo económico,
industrialización y democracia. Mientras que los teóricos optimistas (como Lipset) sostenían
que la modernización producía democracias estables, otros (como Huntington) adoptaron
una visión pesimista, afirmando que la modernización podía generar inestabilidad si no iba
acompañada de una adecuada institucionalización. Este giro derivó en una preocupación
por los dilemas de estabilidad más que por la expansión democrática en sí misma.
Nuevas dictaduras y nuevas preguntas
El surgimiento de dictaduras modernas en América Latina (llamadas “nuevos autoritarismos”
o “Estados burocrático-autoritarios” por O’Donnell) evidenció la insuficiencia de la teoría de
la modernización para explicar por qué regímenes autoritarios podían generar
modernización sin democracia. La caída de algunas democracias supuestamente estables
(como la chilena o la uruguaya) y la emergencia de nuevas dictaduras de alto grado
institucional, disciplinadas, con proyectos de largo plazo y fuerte participación militar, llevó a
una nueva oleada de estudios sobre colapso democrático. Estas investigaciones propiciaron
el desarrollo de marcos analíticos que no veían a los autoritarismos como simples
desviaciones, sino como sistemas políticos alternativos con su propia lógica.
La liberalización como categoría previa
Araya explora la noción de liberalización como una etapa previa —pero no necesariamente
ligada— a la transición democrática. Es decir, un régimen autoritario puede ampliar ciertas
libertades sin abandonar su esencia. Presenta el caso de Brasil como un ejemplo de
liberalización prolongada y controlada desde arriba, sin crisis estructural, en la que los
militares ampliaban y reducían espacios de libertad según conveniencia. En contraste, en
Chile, la liberalización fue producto de una crisis económica y de una creciente movilización
social, aunque el régimen logró mantener el control y administrar el proceso hasta que se
vio obligado a aceptar una transición electoral. De estos ejemplos se desprende que no
existe una secuencia fija entre liberalización y transición, ni en términos cronológicos ni
funcionales.
Transición y actores en disputa
La sección siguiente se detiene en el análisis más clásico de la transición como intervalo
entre regímenes. O’Donnell y Schmitter identifican tres elementos clave: primero, la
transición comienza cuando las élites autoritarias modifican sus propias reglas; segundo, se
caracteriza por una gran fluidez institucional; y tercero, se libra una lucha intensa por definir
las nuevas reglas del juego. Araya coincide, pero matiza esta visión incorporando una
distinción entre los factores “genéticos” (causas del inicio del proceso, como crisis o
guerras) y los “procedimentales” (formas concretas que adopta el proceso de cambio).
Explica que los regímenes autoritarios son intrínsecamente frágiles porque suelen estar
justificados por una situación excepcional (crisis previa), y que su legitimidad depende a
menudo del éxito económico o del manejo del orden. Cuando esos pilares se tambalean,
surgen tensiones internas que pueden desembocar en liberalización, transición o colapso.
Pactos, colapsos y trayectorias distintas
El autor distingue dos grandes modelos de transición: por colapso (ej. Argentina 1982 o
Rumania) y por pacto (España, Chile, Polonia). El primero ocurre cuando el régimen pierde
totalmente el control, muchas veces tras una derrota militar, una guerra o una crisis interna
sin retorno. El segundo se basa en la negociación entre sectores moderados del régimen y
de la oposición. Esta vía permite una salida ordenada pero también supone limitaciones
importantes: puede implicar la mantención de cuotas de poder del régimen anterior,
impunidad ante crímenes pasados y legitimación parcial. Sin embargo, los estudios
comparados muestran que las transiciones por pacto tienden a ser más estables en el largo
plazo. La clave, sostiene Araya, es la capacidad de las élites para generar consensos
mínimos, especialmente sobre el modelo político y económico futuro.
Consolidación y críticas al enfoque transitológico
Una vez logrado el cambio de régimen, se abre la etapa de la consolidación democrática.
Esto ocurre cuando todos los actores relevantes aceptan las reglas del juego democrático
como únicas y no se perciben riesgos serios de retroceso autoritario. Pero el concepto
mismo de consolidación ha sido criticado por su visión reducida de la democracia, centrada
en procedimientos y en el comportamiento de las élites. Las críticas a la transitología
apuntan a que ignora o subestima el papel de la ciudadanía, los movimientos sociales y las
condiciones materiales de la vida democrática. Si bien estas críticas son válidas, Araya
recuerda que muchos procesos de transición implican necesariamente momentos de
desmovilización social, y que eso no invalida su sentido. Lo relevante es cuán duradera es
esa desmovilización y si el nuevo régimen logra generar densidad democrática.
Democracia, ciudadanía y densidad democrática
En la parte final del texto, el autor plantea que la democracia no puede definirse solo como
un conjunto de normas procedimentales. La democracia implica una forma de vida, una
práctica ciudadana densa y activa, una memoria compartida. La clave está en la densidad
de la ciudadanía, es decir, en cuántos y cuáles derechos tienen los ciudadanos, y en qué
medida participan efectivamente en la construcción de las decisiones colectivas. Esta
ciudadanía debe incluir dimensiones cívicas, políticas y sociales. La simple existencia de
elecciones no garantiza una democracia sustantiva. Así, el desafío no es solo consolidar
instituciones, sino expandir los derechos, reducir la desigualdad y garantizar
condiciones materiales que hagan posible la vida democrática.