Os voy a poner algunos ejemplos de dificultades con las que se
encuentran todos los sujetos, especialmente los sujetos psicóticos, cuando
con lo imaginario no tenemos suficiente y tenemos que tirar de
herramientas simbólicas, son momentos en los que las personas son más
vulnerables, todas las personas, sólo que en el caso de las psicosis hay
riesgo de recaídas o de desencadenamiento cada vez que tienen que
echar mano del registro simbólico:
La sexualidad, este un ejemplo que el año pasado causó
estragos en la fundación cuando se planteó en un curso que
enfrentar a los sujetos psicóticos con la sexualidad puede
traer aparejado un desencadenamiento. En el espejo donde
nos miramos y nos devuelve una imagen bella y completa de
nosotros no hay diferencia sexual, es decir, la diferencia
sexual como toda diferencia es de orden simbólico.
Tendremos una diferencia sexual marcada por el registro
imaginario, por la imagen…como la tienen los niños, para los
niños ser niña o niño es una cuestión de cómo van vestidos,
peinados, de tener o no el pelo largo, pendientes, etc.
Así vamos a ver que la diferencia simbólica y no imaginaria
falla en la psicosis si no hay constituido algo del orden simbólico que
la inscriba, que en la neurosis va a ser el NP y que en la psicosis va a
ser otra cosa.
Así que enfrentar a alguien con la diferencia siempre va a ser
problemático porque lo obliga a pensar, a cambiar de registro y a
dar un sentido a esa diferencia y puede ser un sentido compartido
por la cultura como sería el caso de la cultura y puede no ser un
sentido compartido por la cultura como sería en el caso de las
psicosis
La paternidad o la maternidad
Cambios de trabajo, o cualquier situación que a priori
suponga que una persona tiene que cambiar de registro, o
sea de lo imaginario a lo simbólico. (ejemplo personas
inmigrantes)
De entrada, no sabemos cuánto aguanta el imaginario, es decir, no
sabemos hasta qué punto las situaciones ponen en riesgo el campo
1
imaginario, pero siempre que aparece una descompensación tiene sin
duda que ver con que el orden del mundo imaginario se ha alterado.
lo simbólico es un ordenamiento de reglas del lenguaje que están antes
de que el sujeto naciera y que organizan la posibilidad de estar en cultura.
Y si estamos hablando de algo que ordena, de algo que crea una serie
esta serie tiene que tener un principio, es decir, algo que inaugure lo
simbólico, esto que inicia la serie de lo simbólico y que ordena todo lo
demás es el NP, es decir, todo el discurso humano estará referido en
última estancia al Nombre del padre.
Pero entonces, ¿qué es el Nombre del Padre?
Para Lacan el padre es una metáfora, es decir, viene a dar respuesta a
una incógnita que se plantea el bebé que es la ausencia de la madre. Hacia
los ocho o nueve primeros meses el bebé empieza a percibir la ausencia
de la madre, hasta ese momento, el momento de la angustia ante el
extraño no había diferenciación entre la mamá y el bebé, el bebé colmaba
por completo a la mamá y es lo que los psicoanalistas llamamos el falo
(algo que colma todo lo que una quiere y que evidentemente no existe) y
no necesitaba nada más, pero cuando la ausencia se le hace presente al
bebé cuando empieza a darse cuenta de qué él no es su falo, aparece una
pregunta que es:”¿Qué quiere esa que ya no soy yo?”, es decir, empieza la
pregunta por el deseo de la madre, qué desea mi madre que no soy yo y
se responde diciendo lo que desea mi madre es el padre (el padre
entendido cómo otra cosa que no es el bebé, no un señor que se llame
Pepe Pérez)ñ
Así el padre viene a sustituir al deseo de la madre que es una incógnita
que para el niño es una x, y a esta sustitución, a esta metáfora que cambia
el deseo x de la madre por el padre se le llama Nombre del Padre.
El padre simbólico es, por tanto, una metáfora, y esto va a ser capital,
porque a partir de esta metáfora que coloca al padre en el lugar del Deseo
de la madre, es decir que la repuesta de ¿Qué quiere mi madre? Se
responde con el padre, con el padre que tiene el falo (es decir que tiene
aquello que la colma), es decir, mi mamá quiere el falo y lo tiene mi papá.
Esto coloca las cosas en las neurosis porque el NP es el significante que va
a organizar el resto de los significantes, es decir, el NP actúa como
referente de todos los demás.
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Tenemos millones de ejemplos, de cómo nos estamos preguntando
siempre qué quieren los otros de mí, y efectivamente hay siempre otro
que lo tiene, lo que esperan de mí, un ejemplo es esa pregunta que todas
nos hemos hecho: ¿qué tiene esa que no tengo yo?, eso es la esencia de
nuestra relación con el otro, más allá del registro de lo imaginario.
“Digo exactamente- el padre es un significante que sustituye a otro
significante. Aquí está el mecanismo, el mecanismo esencial, el único
mecanismo de la intervención del padre en el Complejo de Edipo. Y si no
es en este nivel donde buscan ustedes las carencias paternas, no las
encontrarán en ninguna otra parte.
La función del padre en el complejo de Edipo es la de ser un
significante que sustituye al primer significante introducido en la
simbolización el significante materno. De acuerdo con la fórmula que,
como les expliqué un día, es la de la metáfora, el padre ocupa el lugar de
la madre.
Padre .Madre
Madre x
La cuestión es- ¿cuál es el significado?, ¿Qué es lo que quiere, ésa? Me
encantaría ser yo lo que quiere, pero está claro que no sólo me quiere a
mí. Le da vueltas a alguna otra. A lo que le da vueltas es a la x, el
significado. Y el significado de las idas y venidas de la madre es el falo.
Así el Nombre del Padre es el significante del significante, y el falo es el
significante de la significación, es el significante que va a dar cuenta de la
significación. En la neurosis toda significación va a ser fálica.
Tanto el significante del Nombre del Padre como el significante fálico,
son diferentes a los demás significantes. El del Nombre del Padre porque
es el que de algún modo funciona como referente de todo el conjunto de
significantes, y el significante fálico porque es el que funciona como
referente de todos los efectos de significación.
Es decir que, si uno quiere depurar totalmente la metáfora paterna y
reducirla a su mínima expresión, podríamos señalar que consiste
finalmente en esa operación en la que se trata por un lado del significante
Nombre del Padre en tanto significante del significante, y por otro del falo
en un significante de la significación.
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El significante Nombre del Padre que viene a suplir al significante que
viene a suplir al significante Deseo de la Madre, instala el significante
fálico como el significante que daría cuenta de los efectos de sentido, de
los efectos de la significación. La metáfora paterna es una operación
absolutamente simbólica para Lacan, o en todo caso, simbólico-
imaginaria, ya que el Nombre del Padre es un significante de lo simbólico y
el significante fálico es un significante de lo imaginario
Esa es la función que cumple el Nombre del Padre como carretera
principal, aquella que ordena a todos los significantes a su alrededor.
Pongamos algunos ejemplos para que se entienda mejor las
repercusiones de la Metáfora paterna, es decir, todo el tiempo queremos
volver a ese momento mítico donde nosotros lo éramos todo para nuestra
mamá, éramos el falo, éramos todo para el otro, en estas estamos cuando
estamos enamorados, queremos serlo todo para el otro, muchas mujeres
no toleran que el otro se divierta sin ellas, ejemplo del fútbol. Bien
estamos en este momento a vueltas con el ser o no ser el falo para otro, y
ahí está toda la problemática de la exclusión, con no estar presentes, etc.
O por otro lado si no podemos ser el falo del otro, lo que queremos es
tenerlo, trataremos de tenerlo todo, de estar completos.
Hasta aquí estamos en la neurosis, cualquier diferencia que aparezca y
que nos conmocione en el registro del imaginario, trataremos de
solucionarla con el registro simbólico, es decir, tratando de resolverla
siendo el falo para el otro, o teniendo el falo. Es decir, lo vamos a
solucionar todo con la lógica del Nombre del Padre y la significación fálica.
Pero en la Psicosis el Nombre del Padre no se inscribió, no puso orden
en el orden simbólico, los significantes no encuentran uno que arme la
serie, que los ordene a todos, y la x, del deseo de la madre se presenta
como una x sin respuesta, así cualquier diferencia que rompa la unidad
imaginaria va a llevar al psicótico al riesgo de tener que inventar o crear
una solución para la x, que no es el NP, y que pueden ser varias
soluciones, aunque la más común es la metáfora delirante.
Entonces cada vez que en la vida aparezca algo que viene a
conmocionar esa imagen ideal y estática que marca el espejo, eso va a
requerir tirar del Np y acomodar, pero cuando el psicótico trata de tirar
del NP se encuentra con que ese es un lugar vacío, y tendrá que inventar
una solución para esa x que es el deseo de la madre.
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Por seguir con el mismo ejemplo anterior cuando el sujeto se enfrenta
a las relaciones sexuales, el ser humano tiene que tirar del NP, y
reacomodar la diferencia, que siempre va a ser dificultosa de ahí todas las
movidas derivadas de la sexualidad. Pero cuando se presenta la diferencia
en las relaciones sexuales y el psicótico va a tratar de usar el nombre del
padre, resulta que se encuentra con un vacío y esa imagen perfecta se
desmorona y da paso al desencadenamiento de la psicosis.
¿Pero esto es siempre así?, ¿es tan peligrosa la sexualidad? No
necesariamente, será peligroso si el sujeto cuando se encuentra en la
cama con la diferencia no puede dar una explicación, un sentido, no tiene
un significante que responda a las diferencias, es decir se encuentra frente
a la x de la madre, así quedaría expuesto al peligro de la perplejidad y de
la indeterminación de sentidos, nada significaría nada, pero si el psicótico
ha podido construir algo que no siendo el NP le permita tener un
significante equivalente que actúe como él, que le permita dar respuesta a
las cuestiones de la vida entre ellas las relaciones sexuales y que estas no
se presenten como algo terrorífico, como una x sin sentido.
(Contar Helena.
Paciente joven que cando va a iniciar una relación sexual ve en el otro
un hombre lobo, un vampiro, etc. Todo esto le ocurre desde su primer
novio que la hizo daño y que ella llama psicópata.
Le pregunto si esas caras sólo las ve en hombres o en mujeres,
podemos llegar a la conclusión que cada vez que va a tener una relación
sexual aparece algo como esto y es que es fruto de un trauma. No
desencadena la psicosis. Construye una poesía como respuesta ante la
diferencia de la sexualidad, no un delirio
Un mal día
Me encontré con un psicópata,
Mala suerte la mía
Que aun no siendo mala ahora
Hoy veo monstruos en amores
……al menos ya no Amores en monstruos)
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(Gema; es María Magdalena delirio, aquí se tiene que hacer pasar por
Gema, tiene que tener un marido, unos hijos, etc. Así que podrá criar a sus
hijos en espera de poner en marcha su misión)
Concluyamos pues que donde hay una metáfora paterna, en la psicosis
tiene que haber otra cosa, que funcione como ella o parecida a ella que
sirva para reacomodar todos los sentidos, y si no todos por lo menos la
mayoría de estos, claramente pueden ser muchas cosas, pero lo más
frecuente es que sea la metáfora delirante
EL PADRE EN LOS TRES REGISTROS: PADRE REAL, SIMBÓLICO E
IMAGINARIO
En esta ocasión, veremos la función del padre en los tres registros
propuesta por Lacan: padre simbólico, imaginario y real, conceptos
fundamentales de ubicar en la clínica. Tempranamente Lacan, le dio
importancia a la función del padre en la estructura psíquica. En su época,
los kleinianos le daban mucha importancia a la relación madre-niño en la
teoría de las relaciones objetales.
Anteriormente, Freud se había preguntado qué era un padre se basó
en el valor de la muerte de un padre en el inconsciente. A raíz de estos
puntos, podemos pensar la función del padre.
Registros diferentes bajo los cuales se presenta la paternidad, en la
medida en que remite a su compleja función.
Si el complejo de Edipo, planteado por S. Freud como constitutivo para
el sujeto humano, parece ordenarse en primer lugar como una
triangulación, donde el niño toma como objeto de amor al progenitor del
sexo opuesto y rivaliza con el progenitor del mismo sexo, también es
cierto que las posiciones de la madre y el padre no son equivalentes.
¿Cómo concebir en efecto lo que sucede con el padre? Objeto de una
identificación primaria, tomado de entrada como ideal, aparece al mismo
tiempo, al menos en el varón, como rival, cuando el niño intenta
apropiarse del primer objeto de amor, la madre. En la niña, las cosas se
complican más por el hecho de que en un primer momento este objeto de
amor es el mismo, y que, al menos para Freud, el padre sólo puede ser
elegido como objeto al término de una historia.
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Pero sobre todo no se puede dejar de percibir que hay una distancia
importante entre la figura del padre en el mito edípico y la personalidad
del padre tal como aparece en la realidad familiar.
Esto no quiere decir que uno de estos dos términos deba ser
descalificado en provecho del otro, sino que obliga a distinguir los niveles
y las funciones de nuestras referencias al padre, tanto más cuanto que
estas distinciones son esenciales en la experiencia de la cura.
Llamemos, en un primer momento, padre real al padre concreto, el de
la realidad familiar, que tiene sus particularidades, sus elecciones, pero
también sus dificultades propias. Su sitio efectivo en la familia varía en
función de la cultura, que no siempre parece dejarle las manos libres, pero
también, al mismo tiempo, de su historia singular, que no deja de tener
impasses o inhibiciones. De este padre, parece, se espera mucho: que
haga valer la ley simbólica, que es ante todo prohibición del incesto, que
disponga un acceso atemperado al goce sexual. En este sentido, «haría
falta –nos indica J. Lacan (El mito individual del neurótico, 1953)– que el
padre (…) representara en toda su plenitud el valor simbólico cristalizado
en su función». Ahora bien, dice, «este recubrimiento de lo simbólico y de
lo real es absolutamente inasible. Al menos en una estructura social como
la nuestra, el padre es siempre, por algún lado, un padre discordante
respecto de su función, un padre carente, un padre humillado.
Esta discordancia tiene consecuencias esenciales. Sin embargo, no es
satisfactorio presentar la cuestión de la carencia del padre como si
pudiese ser representada sobre una única escala de valores, donde el
padre real se viera obligado a ponerse a la altura exigible del padre
simbólico. La función paterna no puede ser expuesta en su complejidad a
menos que se especifique lo que depende de lo simbólico, de lo
imaginario y de lo real, como tres órdenes diferenciados.
PADRE SIMBÓLICO.
Respecto al padre simbólico Lacan nos enseña dos cuestiones:
1. Que es un nombre, un significante.
2. Instaurado por la madre.
Todo lo que hemos visto hasta ahora es el padre simbólico, el que
sustituye el deseo de la madre por la metáfora paterna y coloca el falo
como objeto de deseo.
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Lacan lee el padre simbólico en Freud en Moisés y el monoteísmo,
no coincide lo que para Freud era el padre simbólico que es el del
asesinato al padre de Tótem y tabú, y para Lacan va a ser el de Moisés y el
monoteísmo, donde claramente habla, y queda asentado el padre en su
función simbólica, y no en su función sensible.
No hay certeza de la paternidad, que la paternidad implica para un
hombre un acto de fe, es decir, la atribución al padre de la paternidad no
puede hacerse sino por efecto del significante mismo. Es decir, es un
reconocimiento que no pasa por lo sensible, sino que pasa por el
funcionamiento del nombre del padre, del significante del nombre del
padre. Es decir, la certidumbre de paternidad para un hombre está
asentada sobre un significante, y no sobre la certeza corporal.
El Edipo freudiano, podría decirse, con relación a la formalización
propuesta por Lacan implica al significante del Nombre del Padre en tanto
significante que opera en la transmisión de la Ley y ordena el mundo
simbólico del sujeto, poniéndose esto en juego, en las coordenadas
subjetivas que serán consideradas en la clínica psicoanalítica. Se trata
entonces del padre simbólico, al respecto Liliana Szapiro dice: Es
importante recordar que la función fundante de la cadena significante que
posibilita la operación del sujeto es la función paterna”.
Padre simbólico que impone la ley y regula el deseo, ley en el plano
simbólico. Formalización del Edipo propuesta por Lacan en su desarrollo
de la Metáfora Paterna, función del padre en tanto significante que limita
el deseo de la madre. En "De una Cuestión Preliminar ", se trata del
significante del nombre del padre en tanto significante que, en el Otro
como lugar del lenguaje, es el Otro como función de la ley. Habrá
entonces normalización de la sexuación, un goce acotado, goce que se
faliciza, es enmarcado, limitado por este significante, produciéndose un
efecto de anclaje a una significación central común: la significación fálica.
El padre simbólico es aquel al que remite la ley, ya que la
prohibición [interdicción], en la estructura, siempre está proferida en el
Nombre-del-Padre. Se puede agregar que se trata del padre muerto: si
Freud, en Tótem y tabú (1912-13), funda la prohibición en la culpabilidad
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de los hijos después de la muerte del padre de la horda primitiva, es sin
duda porque en el inconsciente de cada uno la Ley está referida ante todo
a una instancia idealizada o, mejor aún, a un puro significante. Es en tanto
hay un significante del Nombre-del-Padre como puede haber castración,
es decir, esa operación que limita y ordena el deseo del sujeto. Esta
castración, por supuesto, no es una mutilación real. No se confunde
tampoco con las representaciones fantasmáticas de desmembramiento,
de eviración o de eventración. Sin embargo, este imaginario está presente
en el sujeto y es tanto más embarazoso cuanto peor haya funcionado la
castración simbólica
El padre a nivel simbólico no es un ser real, sino una función, una
posición, que puede realizar un sujeto que ejerza la función paterna. El
padre simbólico es un significante, una operación simbólica tiene que ver
con la ley, con el Edipo, con la prohibición del incesto. Sin la categoría de
significante, no podríamos pensar al padre simbólico. La posición del
padre como simbólico no depende del hecho de que haya habido un coito
y un nacimiento.
El padre simbólico, en tanto metáfora, es un significante que
sustituye al primer significante introducido en la simbolización, el deseo
de la madre. En la neurosis, la posibilidad de la metáfora paterna es
fundamental: la palabra del padre sustituye el deseo materno y de esta
forma, el niño no queda tomado, aprisionado o tragado por ese deseo
materno que lo invade. Poner al padre en lugar de la madre, entonces, es
lo fundamental del progreso en la relación al Edipo.
En la psicosis, la ausencia de padre simbólico es lo que determina a
esta estructura: aquí el Nombre del Padre se encuentra forcluido.
Cuando se dice que el padre simbólico no está en ninguna parte o
que se trata del padre muerto, lo quiere decir que se trata de un nombre,
de un significante, un significante que viene al lugar de otro significante
(metáfora). Esto es lo esencial de su posición en el complejo de Edipo:
padre como procreador de lo simbólico. Lacan dijo que el único que
podría responder absolutamente de la función del padre como padre
simbólico, sería alguien que pudiera decir, como el Dios del monoteísmo,
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“yo soy el que soy”. Esta frase, que encontramos en el texto sagrado, no
puede pronunciarla nadie literalmente.
La función del padre simbólico es intervenir; en primer lugar, el
nombre del padre como único significante del padre. En segundo lugar, la
palabra articulada del padre y en tercer lugar, la ley, en tanto que el padre
está en una relación más o menos íntima con ella. Lo esencial de estos tres
momentos es que la madre se advenga al lugar del padre como mediador
de lo que está más allá de su propia ley (la ley de su capricho, según
Lacan) y que de esta manera el niño no debe quedar aplastado por el
capricho materno. El nombre del padre unido a la ley significa que el
nombre del padre quede vinculado a la enunciación de la ley.
El padre simbólico, impensable sin la categoría de significante, no
está en ninguna parte, Lacan nos manda a leer “Tótem y Tabú”. Tótem y
tabú es el gran mito freudiano, porque del padre de la horda no hay
ningún indicio, aunque Freud sostenía en que era real. ¿Qué es un mito?
El mito se presenta como un relato atemporal y tiene carácter de ficción.
El padre simbólico no está representado en ninguna parte. Aparece como
un mito estructural.
Lacan ubicó que para que subsista algún padre, el único padre que
tuvo que haber estado antes de la historia es el padre muerto. Más aún,
un padre asesinado. esto tiene un valor mítico y Lacan se pregunta para
qué será que los hijos habrán tenido que adelantar su muerte… Para
prohibirse ellos mismos lo que trataban de arrebatarle: sus mujeres. Este
es el nacimiento de la exogamia, porque a partir de la muerte del padre,
ellos mismos se prohíben y van a buscar las mujeres afuera del clan. Lo
mataron para demostrar que era imposible matarlo, ya que una vez
muerto, su poder y su figura, para sus hijos, se sobredimensiona. Es la
eternización de un solo padre en el origen, con la característica de haber
sido asesinado, para conservarlo. El padre mítico nos enseña lo que Freud
apunta con la función de padre. El padre simbólico es una necesidad de la
construcción simbólica, porque solo se alcanza con una construcción
mítica.
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Puesto que el Padre simbólico tiene por todo estatuto una
existencia significante, este significante Nombre del Padre siempre puede
resultar potencialmente presentificado como instancia mediadora en
ausencia del Padre real. Basta que lo sea en el discurso de la madre en
forma tal que el niño pueda oír que el propio deseo de la madre está
referido a él; o en última instancia, que lo estuvo al menos durante cierto
tiempo.
Es verdad que basta con que el significante Nombre del Padre sea
convocado en el discurso materno para que la función mediadora del
Padre Simbólico resulte estructurante. Pero además es preciso que este
significante Nombre del Padre sea referido explícitamente y sin
ambigüedades a la existencia de un tercero señalado en su diferencia
sexual con respecto al protagonista que se representa como madre
(tener en cuenta en el caso de parejas homosexuales). Sólo con
este carácter, en su ausencia de Padre real, el significante Nombre del
Padre puede exhibir todo su alcance simbólico. Por esta razón está claro
que no podría existir función materna en el sentido de una equivalencia
simétrica sustituible a la función paterna
El padre simbólico es una posición, una función; dicho de otra
manera, es precisamente la “función paterna”. ¿Y cuál es esa función?
Imponer la Ley y regular el deseo en el complejo de Edipo, interviniendo
en la relación dual imaginaria entre la madre y el niño, para introducir
entre ellos la necesaria “distancia simbólica”: “La verdadera función del
padre es fundamentalmente unir (y no poner en oposición) un deseo y la
Ley”.
Cuando un sujeto real ocupa esa posición, realiza o ejerce la
“función paterna”; pero nadie puede ocupar completamente esa posición.
De hecho, en realidad el padre simbólico no interviene porque alguien
encarne esa función, sino al ser mediado por el discurso de la madre
(“detrás” de la madre simbólica, siempre está el padre simbólico).
El padre simbólico (también designado como nombre-del-Padre) es
fundamental en la estructura del orden simbólico porque, precisamente,
distingue la cultura respecto del orden (imaginario) de la naturaleza. La
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“patrilinealidad” introduce un orden “cuya estructura es diferente del
orden natural”.
PADRE IMAGINARIO.
El padre imaginario se ubica, justamente, en la relación imaginaria:
es el padre a nivel del semejante y del que el paciente nos habla. Las
identificaciones, la idealización y la dialéctica de la agresividad se ubican
en este registro del padre, incluso lo terrorífico, que es el que se imagina y
que no necesariamente tiene que tener relación alguna con ese que es el
padre del niño.
El padre imaginario está construido imaginariamente, es una imago.
Es una construcción imaginaria subjetiva que muchas veces no tiene que
ver como el padre es en realidad. Puede tratarse de un padre ideal o "un
padre que ha jodido al chico". A la forma de las religiones, puede ser un
protector omnipotente o el terrorífico padre de la horda primitiva que
impone el tabú a sus hijos.
El padre imaginario es agente de la privación, pues, al considerarlo
la hija como omnipotente, lo culpa por haberla privado del falo simbólico
o su equivalente: un niño.
En la psicosis y en la perversión encontramos una reducción del
padre simbólico al padre imaginario.
Para Lacan, el padre imaginario en Freud es el padre de la horda
primitiva. Aquí Freud y Lacan no coinciden. Porque Freud ubica en el
padre de la horda primitiva al padre simbólico. Y Lacan dice que no. Un
padre que prohíbe a todas las mujeres, porque ése es el padre de la
horda, es un padre que es un orangután. Es un animal, dice, no es alguien
que está bajo la ley, sino alguien que la hace. Que la hace en su estatuto
de amo. Y además, agrega Lacan, no sólo eso, sino alguien que prohíbe a
todas las mujeres, hace que todas sean imposibles. Lo que produce
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neuróticos obsesivos. El estatuto de la neurosis obsesiva, el estatuto
específico del deseo es el deseo imposible. Entonces ese padre que es
nombrado animal, como orangután y como amo, hace la ley, y no está
bajo ella. Entonces no es un padre simbólico. Es un amo, hace la ley, y no
está bajo ella. Entonces dice que éste es el padre al que se quiere matar.
Al padre como amo es al que se quiere matar.
El padre imaginario, la función del padre imaginario, que por
supuesto tiene una función en la estructura, según Lacan es el que priva a
la madre de lo que no tiene, el falo. Lacan dice que es el padre de la
tradición judeocristiana. Y dice que en el Edipo es absolutamente
necesaria la función del padre imaginario, porque en el momento en que
el niño toma contacto con la privación de la madre, con esta madre que
no tiene pene, para tolerar la privación en la madre, necesita apoyarse en
un padre fuerte, imaginario, un padre como amo.
El padre imaginario, ya sea que aparezca como terrible o
bondadoso, lo que se le atribuye es la castración o, mejor dicho, la
privación de la madre, el hecho de que ella no posea el falo simbólico con
el que el niño se ha identificado al principio. En la lógica de la teoría
freudiana, porque choca con la falta de la madre el niño se introduce a la
cuestión de su propia castración.
Podríamos decir que, en los análisis, los avatares del análisis de la
relación con el padre son avatares del análisis en su estatuto imaginario.
Es con ése el amor y el odio. Ese es el padre sostén del narcisismo,
también podríamos decirlo así. También podríamos decir que ése es el
padre que proviene del niño, el que crea el niño.
PADRE REAL
Las definiciones de Lacan sobre el padre real no son tan claras en
comparación a las definiciones que dio sobre el padre imaginario y el
padre simbólico. Una de sus formulaciones inequívocas es que se trata del
padre agente de la castración simbólica en el sujeto. Interviene en el
tercer tiempo del Edipo, como aquel que produce la castración en el niño.
Aclaremos lo que el padre real NO es:
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- El espermatozoide (como dijo Lacan en 1970)
- El padre biológico del niño, no tiene que ver con lo real de la biología.
El padre real, curiosamente (o no), es una figura más ambigua.
Lacan dice que es el agente de la operación de castración simbólica. Lo
describe como aquel que “efectivamente ocupa” a la madre.
¿Es, entonces, el padre biológico del sujeto? En cierto sentido sí,
pero teniendo en cuenta que siempre hay cierta incertidumbre en cuanto
a quién es realmente el padre biológico. Sería, por ello, aquel que es el
supuesto padre biológico; por lo tanto, otro efecto del lenguaje (sería lo
real del lenguaje, y no lo real de la biología).
Al parecer, el padre real tiene un rol muy importante en el “tercer
tiempo” del complejo de Edipo; es él quien castra al niño y, así, lo salva de
la angustia anterior; si esto no ocurriera, el niño necesitaría un objeto
fóbico como sustituto simbólico del padre real ausente.
Pero la intervención del padre real no equivale sencillamente a su
presencia física en la familia; así como el padre real puede estar
físicamente presente y no intervenir como agente de la castración, el niño
puede experimentar la intervención del padre real aunque este esté
ausente físicamente.
Es quien efectiviza la castración, es quien encarna la función
simbólica. Es el que realiza la función de transmisión de la propia relación
a la falta. Es decir, la propia relación al hecho de que no hay objeto capaz
de satisfacer al ser parlante.
Digamos que en el Edipo freudiano Lacan ubica que hay un pasaje
del padre imaginario al padre real. Y recordemos que identifica al padre
real como aquel que toma a la madre del niño como mujer. Ojo, una
mujer no es una madre. Toma a la madre del niño a su cargo como mujer.
O a una mujer. Puede no coincidir con la madre del niño. El padre real, es
“aquel que ha sabido hacer de una mujer la causa de su deseo”. En
términos lacanianos es un a para él. Pero el padre real tiene que ser
alguien.
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Es importante dejar claro que no son tres padres, sino tres
funciones que le da Freud al padre, ubica una necesariedad lógica. Por eso
es que ubica al padre simbólico como metáfora, como hecho que
acontece por la estructura. Y ubica en algún momento esa necesariedad
de llamar a un padre como amo fuerte para tolerar la privación de la
madre, y luego ubica, en un tercer lugar, en el sentido lógico, al padre real,
es decir, quien efectiviza la función.
También dice en relación al padre real, que lo pone en relación a la
instalación de la ley. Una ley que no es otra cosa que el estatuto de la
ética en psicoanálisis. Una ley que ordena la estructura, y que no es el
superyó. Podríamos decir que lo que no pasa como ley se restituye como
superyó. Que es lo mismo que decir que lo que no se instala como ética,
se restituye como moral.
(A mayor falta de la función paterna, superyó más severo. Hay una
relación inversamente proporcional. Decimos que no que no se instala de
un lado, se restituye de otro, con hay que, hay que, hay que. Como si
dijéramos una restitución, lo que se restituye, lo que va al lugar de, lo que
no pudo instalarse como ley, se restituye como hay que. Esto tiene mucha
importancia como instrumento en la clínica. Porque lo que queda del lado
de la ética, es con lo que el sujeto decide. Decide y no tiene que analizar,
porque con eso decide, y se acabó. Se le presenta una cuestión resuelve,
decide, cuenta con ese instrumento. Cuando empieza a pensar que tiene
que decidir, ya estamos en otro terreno, díganos).
El padre real no es autor de la ley, es representante de la ley, y la
transmite. El padre real es el que transmite la castración, y que la
castración es la única herencia conceptualizada en psicoanálisis. Donde la
transmisión de castración implica transmisión de la ley, de una ley que no
tiene una función coercitiva, sino una ley que tienen el estatuto de ser un
apoyo para el sujeto.
La función del padre real no es proferir la prohibición, que resulta
finalmente de la captación que hace el lenguaje del sujeto humano, y que
se organiza alrededor del Nombre-del-Padre. El padre real es el que le
permite al niño tener acceso al deseo sexual, el que le permite
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especialmente al varón tener una posición viril. Para ello, conviene que el
padre real pueda dar prueba de que posee la carta de triunfo maestra, el
pene real: la interdicción sólo puede hacer pasar al sujeto a una posición
sexuada a condición de que la madre, interdicta para él, esté interdicta
porque el padre la posee, no porque la sexualidad sea en general una
actividad vulgar o inconveniente. Si el padre de la realidad puede ser
llamado carente, es en tanto no sostiene la función del padre real, así
como la hemos descrito. Debemos cuidarnos sin embargo de tomar todos
estos enunciados como otras tantas normas propuestas al hombre
contemporáneo: así como no aboga por la ley (por ejemplo, en las
instituciones psiquiátricas, donde se ha confundido demasiado el
reglamento con la ley simbólica), el psicoanálisis tampoco prescribe al
padre real un comportamiento determinado respecto de lo que sería su
rol viril. Se limita a demostrar las consecuencias de la estructura.
El asunto del goce del padre no explicitado en el Edipo se revela en
Tótem y Tabú. Es la única referencia que encontramos en Freud sobre la
excepción de un padre cuyo goce escapa a toda ley y a toda prohibición. El
padre de la horda primitiva es dueño y señor del goce: está exceptuado de
la castración, tiene un goce exclusivo. En el mito, el padre es asesinado
pero nunca sufrió la castración. Este es el padre real, padre muerto y
padre del goce es presentado por Lacan como el operador estructural más
allá del Edipo y que introduce lo imposible en el centro de lo que Freud
enunció. El goce del padre es la verdad (campo de lo real) del contenido
latente en los mitos freudianos.
Hay un sueño de un hombre en duelo que aparece en el texto La
interpretación de los sueños de Freud, en el apartado de Los sueños
absurdos. El sueño se trataba de un hijo que veía al padre tal y como
estaba, con vida, y no sabía que estaba muerto. Freud toma este punto
del absurdo, en que parecía como que estaba y no sabía que estaba
muerto. Freud agrega una partícula, que esto es y ubica 2 cuestiones: una
tenía que ver con su anhelo consciente, de que su padre dejara de sufrir. Y
la otra, según su deseo edípico, por colocar al padre como rival. Pero
Lacan le da una vuelta más y coloca allí también la cuestión de estos
excesos del padre, como también los excesos del padre estuvieron
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tomados en otro sueño, el de “Padre, no ves que estoy ardiendo”, donde
podemos ubicar el lugar de los excesos de un padre. Pertenece a lo
reprimido primordial, a lo que toca a un padre real y el mito en juego en
eso.
En el texto La interpretación de los sueños, también Freud cita un
recuerdo que muestra lo necesario, en la constitución del síntoma, de un
padre exceptuado de la castración, que supliera a un padre inconsistente.
El padre de Freud le había contado que caminaba por la vereda y un
hombre le quitó de un manotazo el sombrero que llevaba puesto mientras
le gritaba “judío, bájate de la acera”. Freud le pregunta qué hizo él y el
padre le responde que bajó a la calle y recogió el sombrero. Freud
reconoció que eso no le pareció heroico por parte del hombre que lo
llevaba de pequeño de la mano. Dice que contrapuso a esta situación, que
no lo contentaba para nada, otra que respondía mejor a sus sentimientos:
la escena que el padre de Aníbal Barca hace jurar a su hijo ante el altar
doméstico que se vengará de los romanos. Desde entonces, tuvo Aníbal
un lugar importante en sus fantasías.
Cuando el padre real falla, el niño puede buscar un sustituto
simbólico del padre real ausente: un objeto fóbico. En el caso Juanito,
aunque el padre está físicamente en la familia, el padre real falla y no
interviene como agente de la castración simbólica en Juanito.
Finalmente, debemos tener en cuenta que la función del padre es
siempre fallida, nunca es toda. A pesar de que sea un búsqueda para cada
hombre que quiera acceder a la posición paterna, nadie ha padre sido por
entero.
Podemos resumir de la siguiente manera:
El padre real lo hace el hombre de una mujer. Por eso, no es
necesario que diga nada. Es el hombre que ama como mujer. Con lo cual,
no necesariamente tiene que ser el genitor del hijo, su esposo o su
amante.
El padre Simbólico o padre como Nombre lo funda una mujer,
cuando canta al hijo su melodía de padre. Quizás, un "ya vas a ver con tu
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padre", si ella puede salir de yo-moi. Si puede reconocer Otro que ella
misma, capaz de nombrar. Ella nombra para la fatalidad o la suerte del
material pulsional. Falta saber aún, si el nombre así fundado se autoriza a
tomar la palabra, cuando sea llamado como hombre a ese lugar padre. Si
el hombre designado, desea suponer-se allí.
Al padre como imagen lo hace el hijo en su decir. Es ese que cree
tener, maravilloso o bestial. Ese al que le ruega "Padre, decidme qué...".
En su seminario sobre La relación de objeto y las estructuras
freudianas (1956-57), Lacan hadado una ilustración cautivante de la
«detriplicación» del padre, a propósito del caso del pequeño Hans
[Juanito], El padre real, amable, buen hijo él mismo, pero esposo discreto,
es carente a pesar de su presencia constante junto a Hans. Freud
interviene entonces como padre imaginario, casi como divinidad,
profiriendo la prohibición del incesto «desde el Sinaí». Los que adquieren
valor simbólico a partir de esta intervención son los «mitos», los
fantasmas que Hans va a forjar poco a poco y que van a permitir
finalmente al niño ahorrarse su síntoma fóbico.
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