Conversión de San Pablo
Pablo tenía 28 años de edad. Poseía poder y prestigio en nombre del Sanedrín, pues dirigía la
persecución contra los cristianos. Pidió licencia para perseguirlos hasta Damasco de Siria, a más de 200
Km. de distancia. ¡Siete días de viaje! Mientras iba hacia allá, de repente, aparece una luz, Pablo cae y
oye una voz: “Saulo, Saulo, por qué me persigues?. Pablo estaba persiguiendo a la comunidad de los
cristianos. Pero Jesús pregunta: “¿Por qué ‘me’ persigues?” ¡Jesús se identifica en la comunidad!
Colocándose al lado del perseguido, desaprueba al perseguidor.
Inesperadamente, se encontró solo, sin rumbo, perdido en medio del camino, cerca de Damasco.
La vida de Pablo se divide en “antes” y “después”de este hecho. La entrada de Jesús no fue pacífica,
sino una tempestad violenta.
Dios no pidió permiso, entró sin más y lo derribó. Como “Jeremías”, Pablo podía decir: “Me sedujiste,
Señor y me dejé seducir; me dominaste y me derribaste”. Caído en el suelo, él se entrega. El cazador
fue alcanzado, ¡vencido por la caza!
Luego una luz lo envolvió, luz tan fuerte que quedó ciego. Y ciego quedó tres días, sin comer ni beber.
¡Son los tres días de obscuridad y de muerte que anteceden a la resurrección! Se invirtieron los papeles.
El líder tuvo que ser conducido por la mano de sus dirigidos. Pablo sólo empezó a ver cuando Ananías
le impuso las manos y dijo: “¡Saulo, ‘hermano’ mío!”. Resucitó en el exacto momento en que fue
acogido en la comunidad como “hermano”¡Murió el perseguidor, resucitó el profeta!
Su nacimiento para Cristo no fue normal. Dios lo hizo nacer de manera forzada. Pablo fue arrancado de
dentro de su mundo, como se arranca a un niño del seno de su madre, como un aborto.
Es como si Dios estuviera detrás de Pablo con un lazo en la mano y, de repente, lo agarrara y lo derriba
en el suelo.
Caída, ceguera, aborto, lazo. Estas imágenes sugieren la ruptura que hubo. Revelan el fracaso del
sistema en que vivía. ¡Apareció la “nada” de Pablo, de donde iba a nacer el “todo” de Dios!
La primera impresión fue de ruptura. Se quebró todo: el ideal que alimentaba su vida, la observancia
que tenía de la Ley: su esfuerzo por conquistar la justicia y llegar hasta Dios. Todo lo que había
aprendido y vivido desde pequeño. Se le desmoronó el mundo en el que vivía. Pero en el exacto
momento de la ruptura, reapareció el rostro de Dios que le dirigía la palabra
Allá en el camino de Damasco, de repente, sin esfuerzo alguno de su parte, Pablo recibió, gratis,
aquello que todo su esfuerzo de 28 años no había conseguido alcanzar: la certeza de que Dios le acogía
y le ‘justificaba’. Dios le mostró su amor, cuando él, Pablo, era un “blasfemo, perseguidor e insolente”.
La gracia fue mayor que el pecado.
Ahora, Pablo, ya no consigue confiar en lo que él hace por Dios, sino en lo que Dios hace por él. Ya no
coloca su seguridad en la observancia de la Ley, sino en el amor de Dios por él. ¡Gratuidad! Esta fue la
marca de la experiencia de Pablo, en el camino de Damasco, que renovó por dentro toda su forma de
relacionarse con Dios.
En adelante, aquella experiencia de la gratuidad del amor de Dios va a orientar la vida de Pablo. Ella es
la nueva fuente de su espiritualidad, que hace brotar en su interior una ‘poderosa energía’ mucho más
fuerte y mucho más exigente que su voluntad anterior de practicar la Ley y de conquistar la
justificación. “Antes”, Pablo miraba hacia Dios, allá distante, y procuraba alcanzarlo a través de la
observancia de la Ley de la tradición de los antiguos; pensaba sólo en sí mismo y en su propia
justificación. “Ahora”, al sentirse acogido y justificado por Dios, ya podía olvidarse de sí y de su propia
justificación para pensar sólo en los demás y servirles a través de la práctica del amor “que es la
plenitud de la Ley”
La conversión a Cristo significó un cambio profundo en la vida de Pablo, pero no significó una un
cambio de Dios. Pablo continuó fiel a su Dios. Continuó también fiel a su pueblo. Al volverse cristiano
no estaba dejando de ser judío. Al contrario. Se volvía más judío que antes. Pues fue la voluntad de ser
fiel a las esperanzas de su pueblo lo que le llevó a aceptar a Jesús como Mesías. Reconoció en Jesús el
‘SI’ de Dios a las promesas hechas a su pueblo en el pasado.
Así, a los 28 años de edad, se inicia en Pablo un proceso de lenta maduración. La conversión se
ahonda.
La lectura de la Biblia le ayudó a Pablo a descubrir el significado de la muerte de Jesús. Descubrió que
Jesús es el pariente más próximo, el padrino, el siervo de Yavé, que se entregó a sí mismo por amor
como rescate para restablecer a Pablo y a todo el pueblo en la posesión de la justicia y de la libertad.
“El me amó y se entregó por mí”. ¡Esta “Buena Noticia” modificó por completo la vida de Pablo!
La experiencia del amor llevó a Pablo a decirle a Jesús: “Puedes entrar y vivir acá. Antes Pablo se
consideraba dueño de su vida. Ahora experimenta lo contrario: ¡“Otro” es quien manda en él, durante
las veinticuatro horas del día! El ciudadano romano, el hombre ‘libre’, se dice y se hace ‘esclavo’ de
Cristo”. Pablo ya no se pertenece a sí mismo. “Si vivimos, para el Señor vivimos y, si morimos,
morimos para el Señor”
su ideal cristiano es como Jesús. Quien muere como Jesús, dando su vida por los otros, también
participará con Jesús en la victoria sobre la muerte. Esto es lo que más desea Pablo. “Quiero ser
semejante a Jesús en su muerte, para ver si alcanzo la resurrección de los muertos” (Flp 3,10-11; 2Cor
4,10-11). Esta experiencia de muerte y resurrección hizo de Pablo un hombre libre; venció su miedo a
la muerte (Rm 6,3-7); dio sentido a su renuncia (Flp 3,7-8) y relativizó todo lo demás. Pablo ya vive el
futuro: murió y ya resucitó (Ef 2,6; Col 2,12). En adelante no le importa vivir en la riqueza o en la
pobreza (2Cor 6,10), tener o no tener (1Cor 7,29-31), la abundancia o las privaciones (Flp 4,11-13). Su
mayor deseo es “partir y estar con Cristo” (Flp 1,23). Lo que le hace permanecer en la tierra es el
servicio a los hermanos (Flp 1,24-26).
Pablo desea para los demás lo que Jesús fue para él, el Señor que entrega su vida por los hermanos,
Esta entrega es muy concreta: por amor a los hermanos y a las hermanas, Pablo se gloría de vivir del
propio trabajo (2Cor 11,7-11); está dispuesto a no comer carne nunca más (1Cor 8,13); se sacrifica a sí
mismo y soporta luchas y persecuciones, viajes y cansancios, el peso de cada día (2Cor 11,23-27); sufre
con los que sufren (2Cor 11,29)... ¡Mucho esfuerzo! ¡Mucho sufrimiento! Pero todo es vivido como
una continuación del servicio de Jesús al pueblo. “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de
Cristo”. Así el sufrimiento de Pablo, muchas veces trágico y sin sentido, se ilumina a partir del Mayor
Amor. Su lucha recibe una dimensión más profunda. La motivación no depende ya sólo de la coyuntura
del momento, sino que se mantiene cuando ésta cambia: ¿Cómo completar hoy lo que falta a la pasión
de Jesús?
Descubre que la clave está en el amor.
Pablo dice: “Puedo hablar todas las lenguas”, puedo tener gran poder de comunicación y hacer el
anuncio correcto de la Buena Nueva, ¡pero sin amor, nada soy! “Puedo tener el don de profecía”, hacer
grandes denuncias y animar al pueblo, ¡pero sin amor, nada soy! “Puedo tener el conocimiento de todas
las materias y de toda la ciencia” “Puedo tener una fe que transporte montañas”, poseer la doctrina
exacta, una fe milagrosa, ¡pero sin amor, nada soy! “Puedo distribuir mis bienes a los hambrientos”,
para los pobres y dárselo todo a ellos, ¡pero sin amor, nada soy! “Hasta puedo entregar mi cuerpo a las
llamas, ser preso y torturado, ¡pero sin amor, eso no me sirve de nada! El ‘amor’ es un dar y sobrepasa
todo esto. El amor es paciente No guarda rencor
El amor es servicial No se alegra de la injusticia
No es envidioso Pero se regocija con la verdad
No se exhibe Todo lo disculpa
No se llena de orgulloTodo lo cree
No hace nada inconveniente Todo lo espera
No busca su propio interés Todo lo soporta.
No se irrita El amor jamás pasará.
Esta experiencia que Pablo tuvo de Jesús le vino a través de la mediación de personas bien
concretas: Esteban (Hch 7,55-60), Ananías (Hch 9,17), Bernabé (Hch 9,27; 11,25; 13,2; 1Cor 9,6)
Eunice y Lois (2Tm 1,5) Timoteo (Rm 16,21; 1Tes 3,2-6; 1Cor 16,10; 1Tm 1,2), Pedro, Santiago y
Juan (Gál 2,9) Febe la diaconisa (Rm 16,1), el matrimonio Priscila y Aquila (Hch 18,2,18; Rm 16,3;
1Cor 16,19), Lidia (Hch 16,14-15.40) y otros muchos, amigos y amigas.
Tuvo una experiencia concreta de Dios y de Jesús en la comunidad y en la lucha del pueblo.