FEMINISMO
FEMINISMO
Para Amelia Valcárcel (2019) y Nuria Varela (2017, 2020), un elemento que caracteriza al feminismo
actual es que las mujeres han logrado romper con el silencio que el mandato patriarcal
imponía sobre la normalización de la violencia de género. Dejar de tener miedo ha hecho
que las mujeres hablen -principalmente- a través de las redes sociales vigorizando un
fuerte sentimiento de pertenencia a una lucha emancipatoria de carácter global. Esta
nueva práctica feminista se nutre, a su vez, del amplio bagaje histórico del feminismo
que se transmite a millones, siendo protagonistas centrales la generación de mujeres
jóvenes que se enfrentan a la cultura del simulacro y al velo de la igualdad, dos
conceptos que las autoras desarrollan ampliamente para explicar las ficciones y
encubrimientos de un sistema que hace creer que la igualdad se ha logrado, al tiempo
que reacciona contra ella.
Para Nuria Varela (2020), estaríamos en presencia de un tsunami feminista como fenómeno
global que representa el hartazgo de millones de mujeres en el mundo que han
reaccionado de manera impresionante frente a la violencia, la opresión y la
discriminación.
El feminismo de la cuarta ola (Aránguez, 2019; Cobo, 2019; Pérez y Ricoldi, 2018; Varela, 2020) es el
activismo que se da en las redes sociales pero que a su vez convive con las protestas
transnacionales en las calles; varias de las manifestaciones a nivel mundial se han dado
a la par de su divulgación en distintas redes sociodigitales. En efecto, a nivel global
desde 2010 se registra una presencia masiva de manifestaciones feministas en las calles
y en el ciberespacio. No obstante, desde 2017, y más precisamente desde la marcha del
21 de enero de 2017 en el contexto de la toma de posesión del presidente
estadounidense Donald Trump -quien mantuvo un discurso sumamente misógino hacia
las mujeres durante su campaña-, las convocatorias y la movilización han sido cada vez
más multitudinarias. De igual forma, en las redes sociales es innegable el impacto que
tuvo el #MeToo1 en México y en todo el mundo.
Rosa Cobo (2019) sostiene que las movilizaciones y acciones políticas feministas han
irrumpido de manera inesperada y masiva en varios lugares del mundo por lo que
podríamos hablar de que el feminismo hoy en día es un movimiento global. La magnitud
de algunas de estas movilizaciones y el hecho de que se hayan producido en distintos
continentes casi al mismo tiempo han convertido al feminismo en un movimiento de
masas (Cobo, 2019: 134). En muchos países, el feminismo está viviendo un momento de éxito
político, en el cual las mujeres se organizan para promover la despenalización del aborto
o la multiplicidad de manifestaciones contra la violencia sexual. Sin dudas, se vive un
momento histórico donde el feminismo interpela y cuestiona el lugar del patriarcado en
distintas instituciones y prácticas sociales para poner fin a la impunidad. De esta forma,
el profundo cansancio y el hartazgo de las mujeres se han convertido en un gran capital
político, que en el contexto de la sociedad en red ( Castells, 2012) despliega nuevas formas
de organización social.
Puede resultar paradójico que siendo innegable el avance de las acciones a favor de las
mujeres, el feminismo irrumpa cuestionando la efectividad de las medidas de política;
esto quiere decir que, pese a la existencia de una institucionalidad de género en varios
de los países donde se han producido estas redes de protesta feminista, con estudios,
informes y propuestas de política pública, para el movimiento estas políticas no tienen
el impacto que se espera. Ésta es la principal variable que explica la impotencia, el
agotamiento y el malestar por parte de las mujeres, que como ciudadanas exigen a sus
autoridades ser tratadas con dignidad y derecho. La “cultura del simulacro”, es lo
que Varela (2017) señala como una constante en varias regiones donde se ha avanzado
considerablemente en legislar a favor de las mujeres; tal es el caso de México, que
además de contar con leyes para la igualdad y contra la violencia, incluyó la paridad
política desde 2015.
El papel de la Internet y de las redes sociales como Twitter y Facebook, entre otras, ha
sido muy importante para visibilizar la acción feminista en los últimos años. Mediante
esta práctica de apropiación del ciberespacio se han desarrollado acciones colectivas que
vinculan a multitudes de mujeres que de forma anónima o en conexión real se organizan
con una agenda clara y común. La inmediatez y rapidez que permite esta comunicación
consolida conexiones virtuales que, si bien pueden surgir de manera espontánea, tiene
la capacidad de permanecer en el tiempo. Como lo señala Nuria Varela (2020), la constitución
de redes ha conectado a distintos grupos feministas a través del mundo y ha permitido
la circulación de ideas recursos y formas de comportamiento solidario. Esta presencia
feminista ha tenido la doble virtud de visibilizar internacionalmente su protagonismo y
sus propuestas y, al mismo tiempo, irradiar hacia sus sociedades el reconocimiento
obtenido en estos espacios globales y de esta manera presionar sobre los límites
culturales y políticos que las sociedades nacionales imponen al desarrollo de las agendas
políticas de los movimientos sociales (Varela, 2020: 104).
Por su parte, Tasia Aránguez (2019) vincula este tipo de manifestaciones con el desarrollo
histórico del feminismo a partir de la noción de “toma de conciencia feminista”.
Revisando la experiencia de las norteamericanas en los años setenta, quienes
conformaron grupos de reflexión en torno al cuerpo, la maternidad y la sexualidad, se
dio un impulso central para consolidar la idea de mujeres como clases sexuales y, a la
vez, el germen de la acción colectiva.
A diferencia de estas formas de organización que requerían una presencia física, hoy en
día las redes favorecen la autonomía y la comunidad horizontal entre mujeres,
vinculando lo local con lo global. Es decir, hoy en día esta conciencia se va alimentando
de la información que circula a través de las redes de comunicación y las tecnologías
virtuales. A este análisis hay que agregar, dada la experiencia de las colectivas
mexicanas, que las redes dan resguardo y protección a través del anonimato, sin que
ello impida compartir información, artículos e incluso la comunicación virtual como
estrategia para convocar a la movilización en las calles, es decir, la organización
feminista tiene un costo importante en términos de seguridad para sus integrantes, lo
que es el reflejo de la situación en general del país en torno a la persecución de quien
protesta (Rovira-Sancho, 2013).
Observando el feminismo que hoy día se expresa en las redes y en las calles en nuestro
país, es posible advertir que las mexicanas, más que identificarse con el feminismo como
movimiento social y político, comparten una situación de indignación frente a la violencia
y la falta de atención institucional; el resultado de esa apreciación colectiva es la toma
de una conciencia sobre la necesidad de protestar; éste es el germen de la acción
colectiva feminista hoy en día en México, y su despliegue corresponde a lo que denomino
“la doble indignación”, esto es, frente a un acontecimiento de violencia -feminicidio,
violencia sexual, desapariciones de mujeres-, la protesta emerge no sólo por el hecho
en sí mismo, que en lo sustantivo se constituye en el primer agravio. El reclamo se
extiende y profundiza a partir de un segundo momento de malestar colectivo que se
produce por la forma en que las autoridades responden al primer agravio.
A mi juicio, el movimiento feminista hoy en día quiere romper el silencio sobre algo que
se nombra desde hace mucho tiempo: la violencia contra las mujeres. Con un promedio
de 10 feminicidios diarios, se intenta señalar que la violencia institucional del Estado, los
gobernantes y las autoridades en general son una variable que explica que, pese a contar
con leyes y mecanismos institucionales (Vela, 2019), la violencia hacia las mujeres en
México no cesa; porque, en rigor, la indignación también se dirige a este conjunto de
conductas institucionales que son persistentes en torno a la negación y minimización del
problema.
Dejen de estar lucrando con nuestro dolor. Y si me ves de negro y muy radical, y si
quemo y rompo y hago un pinche despadre en esta ciudad, ¿cuál es su pinche problema?
A mí me mataron a mi hija. No soy una colectiva, ni necesito un tambor, ni necesito un
pinche partido político que me represente. Yo me represento sola y sin micrófono. Yo
soy una madre que me mataron a mi hija, soy una madre empoderada y feminista. Si
estoy que me carga la chingada, tengo todo el derecho a quemar y a romper. No le voy
a pedir permiso a nadie porque yo estoy rompiendo por mi hija, y la que quiera romper
que rompa, la que quiera quemar que queme y la que no, que no nos estorbe. Porque
antes de que asesinaran a mi hija han asesinado a muchas, a un chingo. ¿Y cómo
estábamos todas? Bien a gusto en nuestra casa, llorando y bordando, ya no señores, se
acabó. Ya rompimos el silencio y no les vamos a permitir que hagan un maldito circo ya
de nuestro dolor. (Rodríguez, 2020)
Este discurso se hizo viral en redes sociales y su sentido pone en escena la forma en que
las narraciones de las experiencias de vulnerabilidad y sufrimiento de las mujeres siguen
constituyendo el núcleo de una reflexión colectiva que se amplifica en la Internet. Como
señala Aránguez (2019), a veces este tipo de manifestaciones adopta la apariencia de un
simple desahogo, pero el carácter estructural de los problemas de las mujeres ayuda a
revalorizar su palabra sobre
aquellas vivencias de subordinación que no nos atrevemos a contar por temor a que
sean convertidas por el patriarcado en causas de estigma, constituyen en el interior de
las redes de mujeres un vínculo común de hermandad. Los sentimientos solitarios de
vulnerabilidad e impotencia, cuando nos unimos se transforman en una apasionada
indignación y en un férreo afán de transformación con un poderoso alcance viral. (Aránguez,
2019: 252
)
Las feministas, especialmente las más jóvenes, utilizan un entorno de creatividad para
generan espacios de poder femenino. En el ciberespacio y en las redes han construido
una voz colectiva y han mostrado una verdadera capacidad de acción a través de
campañas, generación de proyectos, apoyo mutuo, seguimiento de casos, denuncias,
etcétera. Como sostiene Bertomeu Martínez (2019), las redes se convierten en los nuevos
escenarios, las convocatorias crecen al ser éste un espacio de inmediatez, donde
Así lo constata el estudio de Molpeceres y Filardo (2020) sobre las protestas contra la sentencia a
“la manada” y la convocatoria masiva a la marcha del 8 de marzo de 2018 en España.
Ambas autoras señalan que las redes sociales resultan ser el reflejo y a la vez medio de
construcción de percepciones y evocaciones sociales, produciéndose nuevos mecanismos
de transmisión de la información, caracterizados por su “capacidad para realizar distintas
funciones sociales y comunicativas, a la vez, entre las que se encuentran la creación y
visibilización de diversos discursos, así como la creación de comunidades públicas en las
que se discuten múltiples temas” (Molpeceres y Filardo, 2020: 57).
Ahora bien, para el caso de las manifestaciones feministas en México, el conflicto que se
plantea en las redes sociales no está centrado en posicionar políticamente al movimiento
feminista. La comunicación va en el sentido de compartir la indignación frente a la falta
de atención a los casos de violencia contra las mujeres en el país -violencia institucional
y doble indignación.
Las redes sociales se utilizan como un medio para crear una comunidad que transmite
este mensaje de indignación, incluso estos discursos pueden llegar a materializarse
mediante la convocatoria a protestas, demostraciones públicas u otro tipo de actos
sociopolíticos en el espacio público. 5 Varias colectivas -ya sean estudiantiles como de
otra adscripción feminista- construyen y reconstruyen su identidad a partir de una
práctica de tecnopolítica feminista (Pedraza y Rodríguez, 2019). Mediante el uso de las redes
afianzan un sentido de pertenencia a través de la utilización de determinados símbolos,
valores y narraciones que fácilmente se perciben en sus páginas de Facebook, Twitter e
Instagram, entre otras.
La conformación de estas colectivas y su impronta pública son una respuesta al fracaso
o simulación de los discursos institucionales que defienden el statu quo en torno a
relaciones de género desiguales. Asimismo, la realidad del contexto de violencia
sistémica en general y contra las mujeres en particular en México es lo que define su
lucha e identidad colectiva, poniendo al centro de sus demandas la necesidad de
seguridad y justicia. Esto se expresa de diversas formas, a través de
Este último aspecto es central en el estudio de los movimientos sociales, es decir, lo que
sustenta la construcción de la identidad colectiva del movimiento ( Melucci, 1999). Una
premisa fundamental sostiene que el sentimiento de agravio frente a una situación no
deseada produce integración y reconocimiento mutuo; en este sentido, hay una
dimensión cognitiva sobre un fenómeno, en este caso la violencia, que a su vez está
ligada con aspectos afectivos y de valoración que influyen en la visión recíproca que
tienen sobre sí mismas como grupo y sobre el entorno sobre el cual se quiere intervenir.
Hoy en día, en México, la movilización feminista está siendo liderada por una juventud
indignada, que no presenta protagonismos visibles o formas de organización tradicional.
Las mujeres desconfían del Estado, de sus autoridades, de la eficacia de políticas públicas
que atiendan la violencia en manos de estructuras sumamente patriarcales. Tal vez no
lo argumentan de esta manera, pero es claro que operan bajo una subjetividad colectiva
que confronta a quien se supone debe protegerlas.
Frente a la impronta global del feminismo, varias estudiosas del movimiento coinciden
en señalar que es importante también visibilizar las reacciones patriarcales que surgen
ante cada progreso feminista. Estas expresiones suelen tildarse de machistas y
misóginas. Ahora bien, mientras que el machismo consiste en un conjunto de ideas,
actitudes y comportamientos sexistas que tienen por objeto establecer o mantener el
predominio de los hombres sobre las mujeres, tanto en el ámbito público como en el
privado, la misoginia (término que procede del griego miseo: “odiar” y gyne: “mujer”)
se define como las actitudes de odio y menosprecio hacia las mujeres, a las que se las
considera como inferiores y merecedoras de desprecio ( Mujeres en Red, 2007).
La misoginia es definida por Marcela Lagarde (2012) como la creencia en la inferioridad de las
mujeres en comparación con los hombres, y como consecuencia de ello se utiliza, agrede
y se somete a las mujeres, haciendo uso de la legitimidad patriarcal. La misoginia es
certera cuando ni siquiera nos preguntamos si la dominación genérica de las mujeres es
injusta, dañina y éticamente reprobable. Está presente cuando se piensa y actúa como
si fuese natural que se dañe, se margine, se maltrate y se promuevan acciones y formas
de comportamiento hostiles, agresivas y machistas hacia las mujeres y sus obras, y
hacia lo femenino; es, en definitiva, un recurso de poder que justifica la opresión de las
mujeres.
La misoginia tiene sus raíces en la construcción social del género, y si bien sus diversas
manifestaciones han ido cediendo en intensidad dados los avances en los derechos de
las mujeres, aún es sumamente visible en los imaginarios presentes en los discursos
públicos y privados. Tal es el caso de las representaciones sobre el feminismo como
movimiento político y en específico, su manifestación como movimiento de protesta. La
presencia femenina en las calles, sus métodos de acción directa -pintas, destrozos de
obra pública y monumentos, sus cánticos, gritos, vestimenta-, son estrategias que
tienen como finalidad mostrar rabia y enfado; y ello, a su vez, fractura la idealización
que se tiene acerca de cómo las mujeres no deben presentarse en el espacio público. Es
decir, todos estos símbolos son imágenes disruptivas para un orden social que asume
que la política es cuestión de varones.
Para el caso mexicano, cada uno de estos criterios puede ser aplicado minuciosamente
al análisis de los discursos oficiales y los comentarios machistas en redes sociales.
Ejemplo de ello son algunas de las declaraciones del titular del ejecutivo federal, que
van desde afirmar que las manifestaciones feministas esconden otros intereses y por
tanto su expresión pública es una forma de desestabilización de su gobierno -a partir del
influjo de grupos de derecha antagónicos a su movimiento- hasta el cuestionamiento de
las cifras sobre el incremento de las denuncias de violencia doméstica en el contexto del
confinamiento por la pandemia covid-19.
Es inevitable traer a colación el trabajo pionero de Susan Faludi (1993) con relación a la
reacción de la masculinidad ofendida como la guerra no declarada contra las mujeres.
Utilizando la noción de backlash, describe cómo en cada fase de avance del movimiento
feminista se ha enfrentado con retrocesos, contragolpes o reacciones violentas porque
lo que está en juego es la existencia de las instituciones, prácticas y, en general, el orden
social sobre el cual descansa la dominación masculina tradicional.
Faludi
sostuvo que durante la década de 1980 se difundieron masivamente
(1993)
Discurso institucional
Insisto, estas ideas apuntan a construir una imagen del movimiento feminista como un
adversario público. Lo interesante es que no se desechan los contenidos de las
demandas, a saber, la falta de respuesta institucional hacia todas las formas de violencia
de género contra las mujeres. Pero en el discurso se desdibuja como centro del debate.
Lo que aparece en escena son los destrozos provocados por las jóvenes que marchan,
lo que sería un atentado contra toda la población.
Para Camacho Jiménez (2020) los pronunciamientos oficiales de López Obrador y Claudia
Sheinbaum expresan una suerte de gaslighting, esto es, un tipo de abuso emocional que
mediante la manipulación tiene como propósito hacer que la víctima dude de su propio
criterio, percepción, juicio o memoria de los hechos. Ejemplo de ello son los dichos de
Claudia Sheinbaum sobre la represión policial 6 a las manifestaciones feministas afuera
de las oficinas de la redacción de La Prensa por el feminicidio de Ingrid, señalando que
estaban imaginando el gas que rociaron las policías con equipo de granaderas. Que esa
sustancia que les irritó los ojos y la garganta a las manifestantes y a la prensa presente,
nunca existió. Que ese gas o polvo que se ve en decenas de videos de periodistas y que
les provocó ardor aun cuando regresaron a sus casas, no lo tenían las policías. Ese no-
gas por el que las policías traían, casualmente, cubrebocas. (Camacho, 2020)
Ahora bien, desde un análisis de la construcción social de los géneros, también hay
varios elementos implícitos de lo que se censura. En primer lugar, las mujeres que
protestan no cumplen con su papel de género, es decir, estar alejadas del conflicto y de
las manifestaciones públicas; se rechaza que sean ellas las que, abordando el espacio
público, pongan en el centro de la denuncia el cuestionamiento a la autoridad, con sus
cuerpos como arma desafiante. En segundo lugar, la estética anarquista, poco femenina
y guerrera que las jóvenes representan, estar encapuchadas y mostrar sus cuerpos
desnudos. De igual forma, hacer ruido y escándalo como una parte de sus repertorios
de acción choca con el estereotipo de género de sumisión y tranquilidad, que tanto los
medios como la socialización sexista imponen.
Se instaura un discurso que equipara las condiciones sociales negativas que la protesta
representa con la situación social de inseguridad de miles de mujeres en este país, es
decir que mientras se construye un discurso que visibiliza críticamente el actuar de las
manifestantes, por otro lado, se naturalizan las formas de violencia que el propio Estado
ejerce por no dar cumplimiento a las investigaciones y al tratamiento en términos de
justicia que se hace de los feminicidios.
Como bien lo señala Aleida Hernández (2020), todo lo que dice el presidente de un país está en
la mira de todos. Por ser el cargo público de mayor relevancia, las palabras que
conforman su discurso no pasan nunca inadvertidas, por el contrario, quedan como un
eco en el tiempo. Y si son frases contundentes, aún más. Sea o no partidaria de su
administración, gran parte de lo que exprese la autoridad tendrá un peso y una influencia
específica para conformar opinión en la población. Y precisamente en torno a las
mujeres, la administración de Andrés Manuel López Obrador ha tenido reiteradas
declaraciones fuertemente cuestionadas por su falta de conocimiento sobre la realidad
de discriminación y violencia, insensibilidad en el tratamiento de los familiares de las
víctimas, negación de las propias cifras oficiales sobre el problema de la violencia y la
reproducción de estereotipos con una fuerte carga de machismo que no abona a
transformar las relaciones de desigualdad entre los géneros.
En una reciente investigación para el caso mexicano, Vega Montiel (2019) advierte que, en la
actualidad, uno de los problemas de máxima preocupación a nivel internacional es que
junto con el desarrollo de los medios digitales también se ha potenciado un problema de
graves consecuencias: el discurso de odio sexista en línea que promueve el odio basado
en el sexo. Este discurso de odio es el vehículo para la perpetración de distintos tipos y
modalidades de violencia de género, en particular de violencia sexual, psicológica y
feminicida, cuando incluye amenazas de muerte a la víctima (Vega, 2019: 22).
De igual forma, para Angustias Bertomeu (2019) las redes sociales -especialmente Twitter, a
partir del anonimato que caracteriza a la plataforma- pueden constituirse en una
herramienta global de insultos, difamaciones y ataques especialmente a las feministas y
en general a las mujeres por el hecho de serlo. 7 Grupos conservadores, la extrema
derecha o agrupaciones de varones antifeministas también utilizan las redes sociales
implementando estrategias muy activas y organizadas, con perfiles falsos, actúan como
hackers para difundir noticias falsas y extender mensajes de negación de los derechos
de las mujeres.
Estos ataques no sólo crean un ambiente hostil que persigue desincentivar la presencia
feminista en las redes; en rigor, logran instalar el miedo porque no siempre es posible
distinguir cuando una amenaza es real y pone en peligro la seguridad de las mujeres.
En el caso de las colectivas feministas mexicanas es muy importante la conciencia que
se ha desarrollado del efecto de los trolls8 en las redes. Es común encontrar un sujeto o
grupo de hombres que emiten mensajes provocadores, irrelevantes, que cuestiona la
legitimidad de las mujeres organizadas, con la principal intención de molestar o provocar
una respuesta emocional negativa en quienes comparten el espacio de discusión.
Verónica Engler (2017) denomina a este fenómeno “antifeminismo online”: esto significa que
hoy en día en las redes sociales las situaciones de acoso y violencia contra el feminismo
no son una excepción, sino más bien la norma. Para Engler (2017), lo anterior puede parecer
una obviedad, es decir, existe antifeminismo porque ello es la expresión del machismo
y la misoginia que hay en todas las sociedades; sin embargo, su manifestación en las
redes sociales merece una atención particular.
Por lo anterior, una variable explicativa de este antifeminismo se asocia con la fuerza
que ha tomado en los últimos años la derecha xenófoba, sexista y racista en todo el
mundo. Engler (2017) cita el trabajo de Matthew Lyons, It’s Going Down, K. Kersplebedeb y
Bromma, Ctrl-Alt-Delete, quienes consideran que la línea dura de odio hacia las mujeres
se vincula con una subcultura antifeminista online que creció rápidamente en los últimos
años, y que proclama que los hombres han sido oprimidos y desempoderados por el
feminismo y que reclaman también sufrir discriminación. A ello
denominan manosphere (esfera de hombres).
Las mujeres de hoy tienen todas las herramientas para estar a la par con los hombres,
incluso tienen más privilegios que nosotros no tenemos, y no por eso salimos desnudos
a protestar.
¿No a la violencia contra la mujer?, mejor decir no a la violencia contra nadie.
Coincidiendo con el análisis que desarrolla Vega Montiel (2019) para el caso mexicano, un punto
muy importante que destacan las autoras es que trasladar el debate social al espacio
virtual sobre el tema de la violencia de género permite relaciones más flexibles y
ambivalentes con los posibles límites a la libertad de expresión de las audiencias, a
través del anonimato. Es decir, en el espacio virtual la vinculación entre discurso de odio
y comunicación digital está mediada por la posibilidad de anonimato de los agresores,
quienes pueden actuar con impunidad, a sabiendas de que no serán objeto de sanción
alguna (Vega, 2019: 23).
Estas prácticas son sumamente frecuentes, y fueron parte de las narraciones expresadas
por todas las colectivas feministas entrevistadas. Es por ello que los temas de seguridad
son centrales como parte de su lógica organizativa, incluyendo estar atentas a los trolls y
el seguimiento que hacen de sus páginas y perfiles. Es muy común que sufran amenazas
por medio de las redes, desde ser violentadas sexualmente hasta amenazas de
asesinatos (ciberacoso-ciberviolencia). En efecto, el ciberactivismo de las colectivas no
sólo implica un gasto de energía y tiempo de parte de sus integrantes, significa también
sufrir este tipo de agresiones y amenazas. Este fenómeno ha sido ampliamente
documentado por la colectiva mexicana Luchadoras (2017), quienes hacen un recuento de las
manifestaciones de amenazas, que van desde leves, hasta explícitas y agresivas. 11 En
las redes sociales las agresiones machistas se diversifican y amplifican, buscan exponer
a las víctimas y viralizar contenidos agresivos.
De manera sintética se muestra en el siguiente cuadro la amplificación en las redes
sociales y los principales hashtags utilizados en las dos coyunturas de protesta antes
mencionadas.
El análisis de los datos permite afirmar que las expresiones de acoso, el aumento de
mensajes machistas y el antifeminismo se intensifican conforme aumentan las
movilizaciones feministas. Este es el caso de las dos coyunturas de protesta analizadas
en esta investigación.
Por una parte, las movilizaciones callejeras de agosto contra la violencia sexual imputada
a elementos policiacos, más las declaraciones de la titular del ejecutivo de la Ciudad de
México capturaron el foco noticioso en la prensa y redes digitales. Junto con las muestras
de apoyo masiva en la transmisión del mensaje de protesta, se despliega
simultáneamente -principalmente en Twitter y Facebook-
el hashtag #EllasNoMeRepresentan, con el fin de desacreditar y repudiar los actos de
destrozo, la presencia de mujeres encapuchadas, la quema de la estación de metrobús,
las pintas y, en general, la toma de las mujeres del espacio público con rabia y enojo.
En este tenor, la periodista Palmira Tapia Palacios (2019) advierte que lo ocurrido en las
protestas de la Ciudad de México refleja la complejidad de la acción colectiva y la
facilidad con la que provocadores o infiltrados pueden desviar la opinión pública de las
causas originarias de estas expresiones legítimas y necesarias. No obstante, la intención,
en términos pragmáticos, de desorientar el sentido de la emergencia de la acción
colectiva -liderada principalmente por jóvenes mujeres- y del éxito de la protesta, es
haber colocado el problema en la agenda pública obligando al gobierno a pronunciarse
sobre el tema.
llamado (del 9 de febrero al 12 de febrero) arrojó 178 501 tuits, y en otra descarga en
tiempo real (de las 11:58 del 12 de febrero, a las 13:33 horas del 13 de febrero), arrojó
un total de 179 201 tuits, permite mostrar la relación de los usuarios con el hashtag y
su crecimiento de forma orgánica (conversaciones espontáneas).
Ahora bien, el análisis que nos proporciona Signa_Lab coincide con el seguimiento
desarrollado en esta investigación: pese a que las muestras de indignación y rabia sobre
el feminicidio de Ingrid Escamilla se posicionaban en el debate en redes,
simultáneamente la normalización de la brutalidad se transformó en morbo, burla,
revictimización y la espectacularización del crimen.
La búsqueda de las imágenes del cuerpo desollado de Ingrid bajo la lógica del horror
como espectáculo, de la insensibilidad y naturalización del morbo (incluso en páginas
pornográficas) generó una conexión masiva de intervención en el espacio sociodigital
para construir una nueva narrativa visual en torno a Ingrid Escamilla; así las redes se
llenaron de imágenes hermosas con el hashtag #IngridEscamilla.
Este movimiento colectivo en las redes logró trasladar la gramática de la violencia hacia
una forma de comunicación en red que posicionara el recuerdo emotivo, el tributo y el
anhelo de justicia. La intención de modificar el algoritmo de Twitter y Google se presenta
como un recurso de protesta social, recurriendo a dibujos de Ingrid, imágenes de
paisajes y escenas hermosas con alguna reseña esperanzadora con el fin de
contrarrestar la difusión en Twitter de la fotografía del cuerpo de Ingrid. Lo mismo fue
realizado en el caso de Fátima, menor de siete años víctima de feminicidio tras ser
sustraída al salir de una institución educativa. Su cuerpo violentado fue abandonado
dentro de una bolsa de plástico. En las redes se posicionó
el hashtag #JusticiaParaFátima como tendencia nacional, vinculado con imágenes de la
principal sospechosa del rapto de la menor.
La difusión de estas imágenes, como una acción de búsqueda, tuvo como principal
objetivo denunciar la ineficacia policiaca y la forma en que opera la justicia en casos de
feminicidios en México. La crisis de seguridad y de violencia contra las mujeres es un
señalamiento directo al Gobierno.
A modo de cierre
Cuando se analiza el despliegue de los movimientos sociales es común abordar la tensión
que existe entre las formas que adquiere la protesta y el contenido de las demandas de
cambio. Ciertamente, hay un conflicto cuando los movimientos sociales no tienen lo
suficientemente claros sus objetivos y no logran articular el conflicto central ante su
adversario; sin embargo, en el caso de las demandas feministas, específicamente por la
atención a situaciones de violencia contra las mujeres, organizaciones de mujeres,
familiares de víctimas de feminicidio y desapariciones, académicas y estudiantes han
propuesto a través de diversos medios soluciones tangibles y concretas para prevenir,
atender y erradicar la violencia de género. Las mismas se han visto amplificadas a través
de las movilizaciones en las calles y por medio de las redes sociodigitales.
El espacio virtual ha sido central para la expresión de esta cuarta ola de feministas
jóvenes, sin embargo, no hay que olvidar que el poder de convocatoria sin fronteras que
ofrece la red convive con escenarios de acoso y violencia; ante el ciberactivismo
feminista, ha surgido una serie de hostigadores que tienen como fin desvirtuar el sentido
de las demandas feministas.
Uno de los grandes problemas que se aprecian en este conflicto, es que no hay una
salida política rápida y certera, que en lo sustantivo comprenda y legitime la lucha contra
las violencias hacia las mujeres. Después de 20 años de políticas de género en México,
es importante hacer una crítica de la forma y el fondo en que las soluciones
gubernamentales se han desarrollado. Y aun cuando el feminismo sigue apostando a la
importancia del ámbito normativo y de actuación estatal, un problema persistente es
que las políticas de género no han logrado cerrar la brecha entre la propuesta normativa
y el cambio de prácticas sociales.
Las protestas de las colectivas feministas son un medio que sirve para demostrar cómo
estas mujeres se sienten excluidas de un sistema político que se niega a poner como
prioridad el tema de la violencia, la seguridad y protección de las mujeres. Es por ello
que la indignación es el motor de la protesta, lo cual les permite organizarse y salir a las
calles, así como ocupar el ciberespacio. En este proceso la conciencia feminista cala las
subjetividades a la vez que trasciende a un colectivo que se hermana a través del
acompañamiento, apoyo, sororidad y alianza feminista.
Las dos coyunturas de protesta masiva que este trabajo analiza dan cuenta de la relación
directa que existe entre lo que motiva a las mujeres a salir a protestar -primera y
segunda indignación- y su amplificación en las redes sociales y los discursos
institucionales. Las mexicanas que han tomado las calles para protestar se han
organizado en las redes para imponer un alto a la revictimización -como fue el caso de
la intervención en el espacio virtual sobre las imágenes de Ingrid Escamilla- comparten
un sentimiento de indignación frente a la violencia y la falta de atención institucional, y
el resultado de esa apreciación colectiva es la toma de conciencia sobre la necesidad de
protestar. La doble indignación aflora cuando el discurso institucional es omiso,
negligente y condescendiente frente a la violencia feminicida.
Hoy más que nunca las mexicanas, principalmente las jóvenes, cuestionan la
normalización de la violencia de género presente en los discursos institucionales, como
la misoginia que se extiende en las redes sociodigitales. Han dejado de tener miedo y
han logrado organizarse para reaccionar con indignación. Éste es un proceso que sigue
su curso y difícilmente dará marcha atrás.