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FEMINISMO

El movimiento feminista en México ha ganado fuerza a través de protestas y ciberactivismo, destacando la violencia de género en la agenda pública y transformando la percepción de las mujeres como sujetos políticos activos. La cuarta ola del feminismo, caracterizada por la organización en redes sociales, ha permitido visibilizar la indignación colectiva frente a la violencia institucional y la falta de respuesta de las autoridades. Este fenómeno global refleja un hartazgo generalizado que impulsa a las mujeres a exigir dignidad y derechos, desafiando la cultura del simulacro en la política de género.
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FEMINISMO

El movimiento feminista en México ha ganado fuerza a través de protestas y ciberactivismo, destacando la violencia de género en la agenda pública y transformando la percepción de las mujeres como sujetos políticos activos. La cuarta ola del feminismo, caracterizada por la organización en redes sociales, ha permitido visibilizar la indignación colectiva frente a la violencia institucional y la falta de respuesta de las autoridades. Este fenómeno global refleja un hartazgo generalizado que impulsa a las mujeres a exigir dignidad y derechos, desafiando la cultura del simulacro en la política de género.
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INTRODUCCIÓN

Reflexionar sobre el movimiento feminista en México toca mi propia experiencia, así


como la de miles de mujeres que han visto cómo la irrupción de grupos y colectivos de
mujeres, a través de la protesta social, han posicionado el tema de la violencia contra
las mujeres en la agenda pública mexicana. Somos testigo y parte de un fenómeno que
nos anuncia que el movimiento feminista es un movimiento de masas, que tiene una
resonancia e influencia global y que está transformando la forma como se debaten los
problemas relativos a la desigualdad y discriminación hacia las mujeres en el mundo. En
el caso mexicano, en los últimos años la presencia de mujeres protestando -
especialmente jóvenes- ha sido parte central de la agenda de los medios de
comunicación, de las redes sociales y de cuestionamiento al papel del gobierno en la
atención a la violencia contra las mujeres.

Mi experiencia de investigación con las colectivas feministas universitarias, las que


transitan más allá de los espacios educativos, es que la protesta feminista debe ser
analizada desde el lenguaje de la autonomía de sus prácticas y la construcción de sus
propios repertorios de acción, los que se escenifican tanto en la calle como en las redes
digitales.

En este marco, es importante hablar de una toma de conciencia feminista que ha


ocasionado que mujeres jóvenes se piensen de otra manera, es decir, la propia práctica
de organizarse para interpelar a las autoridades sobre la violencia e inseguridad de las
que son objeto tiene un efecto emancipador y amplificador, y esto las constituye en
sujetas políticas activas, generando múltiples voces que protestan frente a la impunidad
y simulación por parte del poder formal.

Si hacemos un repaso histórico, el conflicto que presenta el movimiento feminista dentro


de la escena política no ha variado mucho en términos de contenido. La propuesta de la
agenda feminista sigue siendo subversiva porque coloca en el centro del debate esa otra
parte que no se quiere ver, que está normalizada y que afecta principalmente a las
mujeres. Me refiero a cuestionar el orden social de género con todas sus brechas, sesgos,
rezagos, discriminaciones y sobre todo la violencia que no cesa.

El feminismo, como teoría y práctica política, implica un planteamiento revolucionario de


redefinición del mundo, y con ello no sólo hablamos de relaciones más igualitarias entre
hombres y mujeres; cuestionar cómo la política tiene que poner al centro a la persona
en toda su complejidad, la importancia mayúscula del tema de los cuidados en un
contexto donde el ciudadano ya no puede ser visto como un individuo abstracto. Es éste
el escenario que invita a analizar cómo se expresa actualmente el feminismo como
movimiento social, su impronta pública, las reacciones que provoca de parte del discurso
institucional y a través de las redes sociodigitales.

En función de lo anterior, este trabajo se propone analizar cómo se entreteje el sentido


emancipador que la organización feminista representa a través de la protesta y el
ciberactivismo, junto con la exacerbación de la misoginia y el despliegue de
contraargumentos, de parte de la autoridad y en redes sociales, que se esfuerzan en
desacreditar, menospreciar, infantilizar y sobre todo negar la realidad de discriminación
y violencia que sufren las mujeres hoy en día en México.
Para ello, inicio con la revisión de lo que se denomina la cuarta ola del feminismo,
relacionada con el espacio virtual y el ciberactivismo, enfatizando las reacciones
antifeministas expresadas en mensajes en las redes sociales, el descrédito y las
amenazas que reciben cientos de mujeres que se identifican con la causa feminista,
precisamente cuando lo que se denuncia es la violencia de la que son objeto. Vinculado
a lo expresado, se integra el análisis de algunos discursos institucionales frente a las
protestas feministas y sus efectos en la construcción de los sentidos sobre su legitimidad.
Se intenta poner en evidencia la reacción negativa de las autoridades gubernamentales,
quienes interpretan los reclamos como una estrategia oportunista de desestabilización
del proyecto político sexenal.

En términos metodológicos, se incluye la información que se desprende de catorce


entrevistas realizadas durante 2019 a colectivas feministas en México, principalmente
en torno a su vinculación con el espacio virtual, así como el seguimiento etnográfico,
mediático y en redes sociales a dos coyunturas específicas de protesta social
desplegadas principalmente en la Ciudad de México en agosto de 2019 y febrero de
2020.

El feminismo de la cuarta ola y su impronta global

Para Amelia Valcárcel (2019) y Nuria Varela (2017, 2020), un elemento que caracteriza al feminismo
actual es que las mujeres han logrado romper con el silencio que el mandato patriarcal
imponía sobre la normalización de la violencia de género. Dejar de tener miedo ha hecho
que las mujeres hablen -principalmente- a través de las redes sociales vigorizando un
fuerte sentimiento de pertenencia a una lucha emancipatoria de carácter global. Esta
nueva práctica feminista se nutre, a su vez, del amplio bagaje histórico del feminismo
que se transmite a millones, siendo protagonistas centrales la generación de mujeres
jóvenes que se enfrentan a la cultura del simulacro y al velo de la igualdad, dos
conceptos que las autoras desarrollan ampliamente para explicar las ficciones y
encubrimientos de un sistema que hace creer que la igualdad se ha logrado, al tiempo
que reacciona contra ella.

Para Nuria Varela (2020), estaríamos en presencia de un tsunami feminista como fenómeno
global que representa el hartazgo de millones de mujeres en el mundo que han
reaccionado de manera impresionante frente a la violencia, la opresión y la
discriminación.

El feminismo de la cuarta ola (Aránguez, 2019; Cobo, 2019; Pérez y Ricoldi, 2018; Varela, 2020) es el
activismo que se da en las redes sociales pero que a su vez convive con las protestas
transnacionales en las calles; varias de las manifestaciones a nivel mundial se han dado
a la par de su divulgación en distintas redes sociodigitales. En efecto, a nivel global
desde 2010 se registra una presencia masiva de manifestaciones feministas en las calles
y en el ciberespacio. No obstante, desde 2017, y más precisamente desde la marcha del
21 de enero de 2017 en el contexto de la toma de posesión del presidente
estadounidense Donald Trump -quien mantuvo un discurso sumamente misógino hacia
las mujeres durante su campaña-, las convocatorias y la movilización han sido cada vez
más multitudinarias. De igual forma, en las redes sociales es innegable el impacto que
tuvo el #MeToo1 en México y en todo el mundo.

Rosa Cobo (2019) sostiene que las movilizaciones y acciones políticas feministas han
irrumpido de manera inesperada y masiva en varios lugares del mundo por lo que
podríamos hablar de que el feminismo hoy en día es un movimiento global. La magnitud
de algunas de estas movilizaciones y el hecho de que se hayan producido en distintos
continentes casi al mismo tiempo han convertido al feminismo en un movimiento de
masas (Cobo, 2019: 134). En muchos países, el feminismo está viviendo un momento de éxito
político, en el cual las mujeres se organizan para promover la despenalización del aborto
o la multiplicidad de manifestaciones contra la violencia sexual. Sin dudas, se vive un
momento histórico donde el feminismo interpela y cuestiona el lugar del patriarcado en
distintas instituciones y prácticas sociales para poner fin a la impunidad. De esta forma,
el profundo cansancio y el hartazgo de las mujeres se han convertido en un gran capital
político, que en el contexto de la sociedad en red ( Castells, 2012) despliega nuevas formas
de organización social.

Puede resultar paradójico que siendo innegable el avance de las acciones a favor de las
mujeres, el feminismo irrumpa cuestionando la efectividad de las medidas de política;
esto quiere decir que, pese a la existencia de una institucionalidad de género en varios
de los países donde se han producido estas redes de protesta feminista, con estudios,
informes y propuestas de política pública, para el movimiento estas políticas no tienen
el impacto que se espera. Ésta es la principal variable que explica la impotencia, el
agotamiento y el malestar por parte de las mujeres, que como ciudadanas exigen a sus
autoridades ser tratadas con dignidad y derecho. La “cultura del simulacro”, es lo
que Varela (2017) señala como una constante en varias regiones donde se ha avanzado
considerablemente en legislar a favor de las mujeres; tal es el caso de México, que
además de contar con leyes para la igualdad y contra la violencia, incluyó la paridad
política desde 2015.

Este fenómeno se inscribe, a mi juicio, en lo que se denomina violencia institucional


(Bodelón, 2014), dimensión que va íntimamente asociada a la impunidad en el tratamiento
de la violencia contra las mujeres. Sostengo que, para el caso de México, la protesta
feminista se conecta con un sentir global, pero de manera específica se dirige a
cuestionar la falta de respuesta por parte de las autoridades y las constantes situaciones
de revictimización y violencia institucional, 2 también presente en los medios de
comunicación y su extensión en las redes sociales. Este fenómeno produce una doble
indignación y ésta sería el motor de las protestas que se han desatado en los últimos
meses en México.

Espacio virtual y doble indignación

El papel de la Internet y de las redes sociales como Twitter y Facebook, entre otras, ha
sido muy importante para visibilizar la acción feminista en los últimos años. Mediante
esta práctica de apropiación del ciberespacio se han desarrollado acciones colectivas que
vinculan a multitudes de mujeres que de forma anónima o en conexión real se organizan
con una agenda clara y común. La inmediatez y rapidez que permite esta comunicación
consolida conexiones virtuales que, si bien pueden surgir de manera espontánea, tiene
la capacidad de permanecer en el tiempo. Como lo señala Nuria Varela (2020), la constitución
de redes ha conectado a distintos grupos feministas a través del mundo y ha permitido
la circulación de ideas recursos y formas de comportamiento solidario. Esta presencia
feminista ha tenido la doble virtud de visibilizar internacionalmente su protagonismo y
sus propuestas y, al mismo tiempo, irradiar hacia sus sociedades el reconocimiento
obtenido en estos espacios globales y de esta manera presionar sobre los límites
culturales y políticos que las sociedades nacionales imponen al desarrollo de las agendas
políticas de los movimientos sociales (Varela, 2020: 104).
Por su parte, Tasia Aránguez (2019) vincula este tipo de manifestaciones con el desarrollo
histórico del feminismo a partir de la noción de “toma de conciencia feminista”.
Revisando la experiencia de las norteamericanas en los años setenta, quienes
conformaron grupos de reflexión en torno al cuerpo, la maternidad y la sexualidad, se
dio un impulso central para consolidar la idea de mujeres como clases sexuales y, a la
vez, el germen de la acción colectiva.

A diferencia de estas formas de organización que requerían una presencia física, hoy en
día las redes favorecen la autonomía y la comunidad horizontal entre mujeres,
vinculando lo local con lo global. Es decir, hoy en día esta conciencia se va alimentando
de la información que circula a través de las redes de comunicación y las tecnologías
virtuales. A este análisis hay que agregar, dada la experiencia de las colectivas
mexicanas, que las redes dan resguardo y protección a través del anonimato, sin que
ello impida compartir información, artículos e incluso la comunicación virtual como
estrategia para convocar a la movilización en las calles, es decir, la organización
feminista tiene un costo importante en términos de seguridad para sus integrantes, lo
que es el reflejo de la situación en general del país en torno a la persecución de quien
protesta (Rovira-Sancho, 2013).

La reconstrucción crítica y colectiva del significado de la experiencia social de ser mujer,


principalmente en torno a la violencia, contribuye a comprender cómo lo personal es
político, es decir, cómo los problemas que se creen como “asuntos personales” son en
realidad colectivos porque involucran a la mitad de la población y por tanto se exigen
soluciones colectivas. De las narraciones que se desprenden de las entrevistas a las
colectivas que han sido parte de mi investigación, y coincidiendo con los argumentos
de Aránguez (2019), las redes sociales permiten a las mujeres asociarse con otras mujeres
para compartir sus experiencias de marginación o discriminación social e institucional.

Observando el feminismo que hoy día se expresa en las redes y en las calles en nuestro
país, es posible advertir que las mexicanas, más que identificarse con el feminismo como
movimiento social y político, comparten una situación de indignación frente a la violencia
y la falta de atención institucional; el resultado de esa apreciación colectiva es la toma
de una conciencia sobre la necesidad de protestar; éste es el germen de la acción
colectiva feminista hoy en día en México, y su despliegue corresponde a lo que denomino
“la doble indignación”, esto es, frente a un acontecimiento de violencia -feminicidio,
violencia sexual, desapariciones de mujeres-, la protesta emerge no sólo por el hecho
en sí mismo, que en lo sustantivo se constituye en el primer agravio. El reclamo se
extiende y profundiza a partir de un segundo momento de malestar colectivo que se
produce por la forma en que las autoridades responden al primer agravio.

La negligencia, la falta de atención a los casos, la revictimización y la forma en que opera


el diálogo con quien tiene la atribución de darle atención al problema son todos
elementos que han promovido la salida masiva de las mexicanas a las calles, con una
amplia convocatoria en redes sociales. En este sentido, la segunda indignación pone en
tela de juicio el procedimiento que se utiliza para procesar las quejas ante la violencia
contra las mujeres, que se describe como ineficiente, simulado e insensible a las víctimas
y sus familiares.3

A mi juicio, el movimiento feminista hoy en día quiere romper el silencio sobre algo que
se nombra desde hace mucho tiempo: la violencia contra las mujeres. Con un promedio
de 10 feminicidios diarios, se intenta señalar que la violencia institucional del Estado, los
gobernantes y las autoridades en general son una variable que explica que, pese a contar
con leyes y mecanismos institucionales (Vela, 2019), la violencia hacia las mujeres en
México no cesa; porque, en rigor, la indignación también se dirige a este conjunto de
conductas institucionales que son persistentes en torno a la negación y minimización del
problema.

Para adentrarnos en el sentido de lo anteriormente expuesto, me parece oportuno


compartir el conmovedor discurso contra el feminicidio que realiza Yesenia Zamudio,
madre de una joven asesinada en 2016, en el contexto de las masivas protestas
producidas en febrero de 2020 en México:4

Dejen de estar lucrando con nuestro dolor. Y si me ves de negro y muy radical, y si
quemo y rompo y hago un pinche despadre en esta ciudad, ¿cuál es su pinche problema?
A mí me mataron a mi hija. No soy una colectiva, ni necesito un tambor, ni necesito un
pinche partido político que me represente. Yo me represento sola y sin micrófono. Yo
soy una madre que me mataron a mi hija, soy una madre empoderada y feminista. Si
estoy que me carga la chingada, tengo todo el derecho a quemar y a romper. No le voy
a pedir permiso a nadie porque yo estoy rompiendo por mi hija, y la que quiera romper
que rompa, la que quiera quemar que queme y la que no, que no nos estorbe. Porque
antes de que asesinaran a mi hija han asesinado a muchas, a un chingo. ¿Y cómo
estábamos todas? Bien a gusto en nuestra casa, llorando y bordando, ya no señores, se
acabó. Ya rompimos el silencio y no les vamos a permitir que hagan un maldito circo ya
de nuestro dolor. (Rodríguez, 2020)

Este discurso se hizo viral en redes sociales y su sentido pone en escena la forma en que
las narraciones de las experiencias de vulnerabilidad y sufrimiento de las mujeres siguen
constituyendo el núcleo de una reflexión colectiva que se amplifica en la Internet. Como
señala Aránguez (2019), a veces este tipo de manifestaciones adopta la apariencia de un
simple desahogo, pero el carácter estructural de los problemas de las mujeres ayuda a
revalorizar su palabra sobre

aquellas vivencias de subordinación que no nos atrevemos a contar por temor a que
sean convertidas por el patriarcado en causas de estigma, constituyen en el interior de
las redes de mujeres un vínculo común de hermandad. Los sentimientos solitarios de
vulnerabilidad e impotencia, cuando nos unimos se transforman en una apasionada
indignación y en un férreo afán de transformación con un poderoso alcance viral. (Aránguez,
2019: 252
)

Otro elemento que es importante resaltar en este discurso se relaciona con la


criminalización de la protesta. Como lo describiré más adelante al abordar las
expresiones negativas y de crítica que surgen en las redes sociales y de parte de
autoridades en torno a las manifestaciones contra los feminicidios, la indignación de las
mujeres es comúnmente interpretada como una forma no racional de expresión de los
conflictos, mediante emociones desbordadas, no controladas. Esta estrategia quiere
debilitar la imagen de un sujeto social, restarle fuerza política al asociarlo con
irracionalidad, subjetividad y, sobre todo, con un estado emocional.

Lo paradójico es que, precisamente desde el estudio de los movimientos sociales, se ha


puesto recientemente un énfasis central en el abordaje de las emociones: las emociones
aparecen como un elemento explicativo de la emergencia de la acción colectiva; su
manifestación contribuye a que el mundo tenga significado y permite formular acciones
que respondan a los acontecimientos. Como lo sostiene James Jasper (1998, 2011, 2012), las
emociones acompañan a toda acción social, proporcionándole motivación y objetivos,
así como sentimientos recíprocos de lealtad y lazos afectivos. En definitiva, las
emociones son parte y sostén de la identidad colectiva de los movimientos sociales.

Organización en las redes: ciberfeminismo

Es muy difícil entender el fenómeno de las manifestaciones feministas de los últimos


años en México sin incluir en el análisis la forma en que el espacio virtual de las redes y
el espacio físico de las calles interactúan y se retroalimentan mutuamente, generando
una movilización social que pone al centro del conflicto el problema de la violencia. Para
Angustias Bertomeu Martínez (2019) hay un debate abierto sobre qué es el ciberfeminismo; sin
embargo, a grandes rasgos podemos señalar que como acción colectiva refiere a quién
individual o colectivamente traslada su activismo con una posición feminista a los
espacios digitales.

Las feministas, especialmente las más jóvenes, utilizan un entorno de creatividad para
generan espacios de poder femenino. En el ciberespacio y en las redes han construido
una voz colectiva y han mostrado una verdadera capacidad de acción a través de
campañas, generación de proyectos, apoyo mutuo, seguimiento de casos, denuncias,
etcétera. Como sostiene Bertomeu Martínez (2019), las redes se convierten en los nuevos
escenarios, las convocatorias crecen al ser éste un espacio de inmediatez, donde

la erupción de las redes sociales en nuestras vidas personales y asociativas ha cambiado


el panorama de relaciones y la capacidad de influencia de las personas y las
organizaciones. Estas redes son plataformas políticas que alimentan nuevos liderazgos
y rompe las jerarquías tradicionales. (Bertomeu, 2019: 81)

Así lo constata el estudio de Molpeceres y Filardo (2020) sobre las protestas contra la sentencia a
“la manada” y la convocatoria masiva a la marcha del 8 de marzo de 2018 en España.
Ambas autoras señalan que las redes sociales resultan ser el reflejo y a la vez medio de
construcción de percepciones y evocaciones sociales, produciéndose nuevos mecanismos
de transmisión de la información, caracterizados por su “capacidad para realizar distintas
funciones sociales y comunicativas, a la vez, entre las que se encuentran la creación y
visibilización de diversos discursos, así como la creación de comunidades públicas en las
que se discuten múltiples temas” (Molpeceres y Filardo, 2020: 57).

Ahora bien, para el caso de las manifestaciones feministas en México, el conflicto que se
plantea en las redes sociales no está centrado en posicionar políticamente al movimiento
feminista. La comunicación va en el sentido de compartir la indignación frente a la falta
de atención a los casos de violencia contra las mujeres en el país -violencia institucional
y doble indignación.

Las redes sociales se utilizan como un medio para crear una comunidad que transmite
este mensaje de indignación, incluso estos discursos pueden llegar a materializarse
mediante la convocatoria a protestas, demostraciones públicas u otro tipo de actos
sociopolíticos en el espacio público. 5 Varias colectivas -ya sean estudiantiles como de
otra adscripción feminista- construyen y reconstruyen su identidad a partir de una
práctica de tecnopolítica feminista (Pedraza y Rodríguez, 2019). Mediante el uso de las redes
afianzan un sentido de pertenencia a través de la utilización de determinados símbolos,
valores y narraciones que fácilmente se perciben en sus páginas de Facebook, Twitter e
Instagram, entre otras.
La conformación de estas colectivas y su impronta pública son una respuesta al fracaso
o simulación de los discursos institucionales que defienden el statu quo en torno a
relaciones de género desiguales. Asimismo, la realidad del contexto de violencia
sistémica en general y contra las mujeres en particular en México es lo que define su
lucha e identidad colectiva, poniendo al centro de sus demandas la necesidad de
seguridad y justicia. Esto se expresa de diversas formas, a través de

blogs, medios digitales, performances, instalaciones, producciones audiovisuales,


consignas en hashtags que se vinculan con protestas, paros de labores, tomas de
planteles universitarios, marchas, intervenciones arquitectónicas y un largo etcétera. En
suma: acciones conectadas dentro y fuera del entorno digital, que han generado una
narración pública y colectiva desde la experiencia de las mujeres. ( Pedraza y Rodríguez, 2019:
198
)

Este último aspecto es central en el estudio de los movimientos sociales, es decir, lo que
sustenta la construcción de la identidad colectiva del movimiento ( Melucci, 1999). Una
premisa fundamental sostiene que el sentimiento de agravio frente a una situación no
deseada produce integración y reconocimiento mutuo; en este sentido, hay una
dimensión cognitiva sobre un fenómeno, en este caso la violencia, que a su vez está
ligada con aspectos afectivos y de valoración que influyen en la visión recíproca que
tienen sobre sí mismas como grupo y sobre el entorno sobre el cual se quiere intervenir.

Hoy en día, en México, la movilización feminista está siendo liderada por una juventud
indignada, que no presenta protagonismos visibles o formas de organización tradicional.
Las mujeres desconfían del Estado, de sus autoridades, de la eficacia de políticas públicas
que atiendan la violencia en manos de estructuras sumamente patriarcales. Tal vez no
lo argumentan de esta manera, pero es claro que operan bajo una subjetividad colectiva
que confronta a quien se supone debe protegerlas.

Expresiones de la misoginia: discurso institucional y redes sociales

Frente a la impronta global del feminismo, varias estudiosas del movimiento coinciden
en señalar que es importante también visibilizar las reacciones patriarcales que surgen
ante cada progreso feminista. Estas expresiones suelen tildarse de machistas y
misóginas. Ahora bien, mientras que el machismo consiste en un conjunto de ideas,
actitudes y comportamientos sexistas que tienen por objeto establecer o mantener el
predominio de los hombres sobre las mujeres, tanto en el ámbito público como en el
privado, la misoginia (término que procede del griego miseo: “odiar” y gyne: “mujer”)
se define como las actitudes de odio y menosprecio hacia las mujeres, a las que se las
considera como inferiores y merecedoras de desprecio ( Mujeres en Red, 2007).

La misoginia es definida por Marcela Lagarde (2012) como la creencia en la inferioridad de las
mujeres en comparación con los hombres, y como consecuencia de ello se utiliza, agrede
y se somete a las mujeres, haciendo uso de la legitimidad patriarcal. La misoginia es
certera cuando ni siquiera nos preguntamos si la dominación genérica de las mujeres es
injusta, dañina y éticamente reprobable. Está presente cuando se piensa y actúa como
si fuese natural que se dañe, se margine, se maltrate y se promuevan acciones y formas
de comportamiento hostiles, agresivas y machistas hacia las mujeres y sus obras, y
hacia lo femenino; es, en definitiva, un recurso de poder que justifica la opresión de las
mujeres.
La misoginia tiene sus raíces en la construcción social del género, y si bien sus diversas
manifestaciones han ido cediendo en intensidad dados los avances en los derechos de
las mujeres, aún es sumamente visible en los imaginarios presentes en los discursos
públicos y privados. Tal es el caso de las representaciones sobre el feminismo como
movimiento político y en específico, su manifestación como movimiento de protesta. La
presencia femenina en las calles, sus métodos de acción directa -pintas, destrozos de
obra pública y monumentos, sus cánticos, gritos, vestimenta-, son estrategias que
tienen como finalidad mostrar rabia y enfado; y ello, a su vez, fractura la idealización
que se tiene acerca de cómo las mujeres no deben presentarse en el espacio público. Es
decir, todos estos símbolos son imágenes disruptivas para un orden social que asume
que la política es cuestión de varones.

Ampliamente he trabajado el tema de la participación política de las mujeres y sin lugar


a dudas han sido las reformas legales -y no de manera expedita- el mecanismo que ha
generado mayor presencia de mujeres en los espacios públicos-institucionales. Sin
embargo, es importante señalar que esta presencia se ha dado acatando un molde ya
dispuesto; es decir, las mujeres en política asumen las lógicas organizativas de sus
partidos y las dinámicas que envuelven la cultura política mexicana; en cambio, la
protesta feminista que vemos hoy en día en las calles no es parte de los imaginarios
colectivos y, por tanto, es susceptible de generar una respuesta altamente negativa.

Una forma de codificar la misoginia frente al avance del feminismo es mediante la


metáfora de la existencia de “neomitos posmachistas” que Martínez y Zurbano (2019) nos
proponen:

• La exageración y manipulación en la conceptualización y desarrollo de la violencia


de género. Es decir, se extiende la idea de que, en aras de difundir la
criminalización de la violencia contra las mujeres, todo sería objeto de
cuestionamiento, cualquier cosa que los varones hagan puede ser sujeto a
cuestionamiento, cualquier acto puede ser denunciado como tal o, incluso, no va
a requerir de denuncia previa para ser reconocido como violencia de género.
• El carácter utilitarista del feminismo que presenta estadísticas infladas de
violencia de género y prácticas perversas como incitar a las mujeres a denunciar
a toda costa.
• La castración de los varones como metáfora del agravio comparativo del cual son
víctimas, indefensos ante la criminalización y la amenaza de las denuncias falsas
a las cuales les somete el feminismo (Martínez y Zurbano, 2019: 220).

Para el caso mexicano, cada uno de estos criterios puede ser aplicado minuciosamente
al análisis de los discursos oficiales y los comentarios machistas en redes sociales.
Ejemplo de ello son algunas de las declaraciones del titular del ejecutivo federal, que
van desde afirmar que las manifestaciones feministas esconden otros intereses y por
tanto su expresión pública es una forma de desestabilización de su gobierno -a partir del
influjo de grupos de derecha antagónicos a su movimiento- hasta el cuestionamiento de
las cifras sobre el incremento de las denuncias de violencia doméstica en el contexto del
confinamiento por la pandemia covid-19.

Es inevitable traer a colación el trabajo pionero de Susan Faludi (1993) con relación a la
reacción de la masculinidad ofendida como la guerra no declarada contra las mujeres.
Utilizando la noción de backlash, describe cómo en cada fase de avance del movimiento
feminista se ha enfrentado con retrocesos, contragolpes o reacciones violentas porque
lo que está en juego es la existencia de las instituciones, prácticas y, en general, el orden
social sobre el cual descansa la dominación masculina tradicional.

Faludi
sostuvo que durante la década de 1980 se difundieron masivamente
(1993)

estereotipos negativos sobre las mujeres independientes y trabajadoras, y, en suma, se


atacó fuertemente al movimiento de mujeres y al feminismo, debido a los avances
vividos en la década anterior en materia de igualdad y a la presencia de las mujeres en
la vida pública.

Discurso institucional

La criminalización de la protesta feminista se ha relacionado con todas las expresiones


que aparecen en la prensa, redes e incluso por parte de algunas autoridades que señalan
que la indignación de las mujeres es una forma no racional de solucionar los conflictos,
la manera de expresar sus demandas correspondería a estados emocionales no
controlados. Se transmite la idea de que quien protesta es un sujeto carente de una
fuerza política al asociarlo a la irracionalidad.

En términos estrictos, referirse a la criminalización de la protesta implica el uso de


mecanismos legales y judiciales contra alguna forma de organización o movimiento
social con el fin de controlarlo. Es importante destacar que cuando hablamos de
represión o control estatal-policiaco, por lo general, se relaciona con el uso de armas
letales. En el caso de la reacción ante las manifestaciones feministas, no se ha observado
el uso de este tipo de armas, pero sí de extinguidores y gases para disuadir a los
contingentes (Arteta, 2020). A mi juicio, ésta sigue siendo una forma de control de agresión
hacia quienes protestan, aun cuando difiere de los antiguos modelos de una represión
más directa con armas de fuego.

Ahora bien, el componente político de esta criminalización es el que se instaura


principalmente a través de la construcción discursiva de las autoridades y su
reproducción mediática, y ello funciona como un encuadre para la criminalización de la
protesta, es decir, se retoman los repertorios de acción de las manifestaciones y se le
da un tratamiento condenatorio, construyendo un conjunto de representaciones que
identifican negativamente a quienes participan en esas protestas. Desde mi punto de
vista, el control social de la protesta aparece más allá de la forma en que las fuerzas del
Estado intervienen en situaciones de manifestación social; la represión simbólica que se
establece en el discurso de la autoridad y en los medios de comunicación tiene un
impacto en la ciudadanía, minimizando el contenido de las demandas y
sobredimensionando la alteración del orden público, los daños y destrozos a la propiedad
pública.

A partir de la selección de dos coyunturas de protesta masiva -tanto en el espacio público


como en el virtual-, se exponen los discursos de las autoridades en torno a las
manifestaciones feministas. Es importante señalar que hay una relación directa entre lo
que motiva a las mujeres a salir a protestar (primera y segunda indignación), su
amplificación en las redes sociales y los discursos institucionales.

Analizando el contenido de los cuestionamientos a las protestas feministas podemos ver


la construcción discursiva de un feminismo bueno y un feminismo malo, dirigido a
desacreditar las demandas de las colectivas y sus protestas públicas. También se
propaga la idea de complot hacia la administración gubernamental, pese a los sentidos
reclamos de justicia frente a la violencia que se vive cotidianamente en el espacio público
y doméstico. Todas son expresiones de una intención explícita por estigmatizar al
movimiento feminista.

En este sentido, la disociación entre el contenido de la protesta y su manifestación es


algo que caracteriza a la forma en que el poder hegemónico intenta desacreditar las
luchas de los movimientos sociales. Creo que es sumamente peligroso la manera en que
se instalan, por parte de algunos sectores que detentan el poder -ya sea político,
mediático o como autoridad universitaria-, ciertos relatos hegemónicos acerca de la
violencia que estas colectivas están ejerciendo a partir de las formas “no adecuadas” de
protestar; ello abre la legitimidad para su criminalización.

El discurso adquiere un eco que incrementa la estigmatización de la protesta toda vez


que se erige, sin cuestionamientos, el valor supremo, casi sagrado, de los monumentos,
del inmobiliario público como referente de identitario nacional. Las protestas son
asociadas con vandalismo a lo que se suma las amenazas de persecución legal. Como
veremos más adelante, la reacción negativa en las redes sociales, principalmente en
Twitter deja ver el repudio y violencia hacia las colectivas feministas, aspectos
sumamente preocupantes porque incitan al odio.

Insisto, estas ideas apuntan a construir una imagen del movimiento feminista como un
adversario público. Lo interesante es que no se desechan los contenidos de las
demandas, a saber, la falta de respuesta institucional hacia todas las formas de violencia
de género contra las mujeres. Pero en el discurso se desdibuja como centro del debate.
Lo que aparece en escena son los destrozos provocados por las jóvenes que marchan,
lo que sería un atentado contra toda la población.

En este sentido, la construcción oficial de los hechos se concentra en los efectos de la


protesta, en los destrozos que se producen en las manifestaciones y no en la génesis de
su actuar. De esta manera, no es necesario que salga la policía a reprimir a las
manifestantes cuando el discurso del gobernante es lo suficientemente fuerte para
deslegitimar y penalizar la protesta. A esto lo denomino violencia institucional, es decir,
cuando la autoridad construye un contexto explicativo que, si bien no niega la violencia
machista, redirige la atención con el sentido de minimizarla.

Para Camacho Jiménez (2020) los pronunciamientos oficiales de López Obrador y Claudia
Sheinbaum expresan una suerte de gaslighting, esto es, un tipo de abuso emocional que
mediante la manipulación tiene como propósito hacer que la víctima dude de su propio
criterio, percepción, juicio o memoria de los hechos. Ejemplo de ello son los dichos de
Claudia Sheinbaum sobre la represión policial 6 a las manifestaciones feministas afuera
de las oficinas de la redacción de La Prensa por el feminicidio de Ingrid, señalando que

estaban imaginando el gas que rociaron las policías con equipo de granaderas. Que esa
sustancia que les irritó los ojos y la garganta a las manifestantes y a la prensa presente,
nunca existió. Que ese gas o polvo que se ve en decenas de videos de periodistas y que
les provocó ardor aun cuando regresaron a sus casas, no lo tenían las policías. Ese no-
gas por el que las policías traían, casualmente, cubrebocas. (Camacho, 2020)

Ahora bien, desde un análisis de la construcción social de los géneros, también hay
varios elementos implícitos de lo que se censura. En primer lugar, las mujeres que
protestan no cumplen con su papel de género, es decir, estar alejadas del conflicto y de
las manifestaciones públicas; se rechaza que sean ellas las que, abordando el espacio
público, pongan en el centro de la denuncia el cuestionamiento a la autoridad, con sus
cuerpos como arma desafiante. En segundo lugar, la estética anarquista, poco femenina
y guerrera que las jóvenes representan, estar encapuchadas y mostrar sus cuerpos
desnudos. De igual forma, hacer ruido y escándalo como una parte de sus repertorios
de acción choca con el estereotipo de género de sumisión y tranquilidad, que tanto los
medios como la socialización sexista imponen.

Se instaura un discurso que equipara las condiciones sociales negativas que la protesta
representa con la situación social de inseguridad de miles de mujeres en este país, es
decir que mientras se construye un discurso que visibiliza críticamente el actuar de las
manifestantes, por otro lado, se naturalizan las formas de violencia que el propio Estado
ejerce por no dar cumplimiento a las investigaciones y al tratamiento en términos de
justicia que se hace de los feminicidios.

Esto queda en evidencia principalmente en la segunda coyuntura de protesta, que se


desprende de los feminicidios de Ingrid Escamilla y la menor Fátima. El discurso del
titular del ejecutivo tiene como propósito generar un efecto sumamente disciplinador
hacia el resto de la sociedad; la violencia mala es la que surge en la protesta, en cambio
la que se rechaza cuestionar es la violencia institucional que se expresa en la falta de
atención y priorización del problema. El discurso institucional apuesta a la moralización
de la sociedad, al establecimiento de nuevos valores que se enmarcan en un proyecto
que transmite la idea que la causa de la violencia es producto de las políticas neoliberales
que dañaron durante décadas el tejido social y del papel que juegan los grupos
conservadores que buscan atacarlo y tergiversan la información ( Kitroeff, 2020).

Como bien lo señala Aleida Hernández (2020), todo lo que dice el presidente de un país está en
la mira de todos. Por ser el cargo público de mayor relevancia, las palabras que
conforman su discurso no pasan nunca inadvertidas, por el contrario, quedan como un
eco en el tiempo. Y si son frases contundentes, aún más. Sea o no partidaria de su
administración, gran parte de lo que exprese la autoridad tendrá un peso y una influencia
específica para conformar opinión en la población. Y precisamente en torno a las
mujeres, la administración de Andrés Manuel López Obrador ha tenido reiteradas
declaraciones fuertemente cuestionadas por su falta de conocimiento sobre la realidad
de discriminación y violencia, insensibilidad en el tratamiento de los familiares de las
víctimas, negación de las propias cifras oficiales sobre el problema de la violencia y la
reproducción de estereotipos con una fuerte carga de machismo que no abona a
transformar las relaciones de desigualdad entre los géneros.

Discurso en las redes sociodigitales

En una reciente investigación para el caso mexicano, Vega Montiel (2019) advierte que, en la
actualidad, uno de los problemas de máxima preocupación a nivel internacional es que
junto con el desarrollo de los medios digitales también se ha potenciado un problema de
graves consecuencias: el discurso de odio sexista en línea que promueve el odio basado
en el sexo. Este discurso de odio es el vehículo para la perpetración de distintos tipos y
modalidades de violencia de género, en particular de violencia sexual, psicológica y
feminicida, cuando incluye amenazas de muerte a la víctima (Vega, 2019: 22).

De igual forma, para Angustias Bertomeu (2019) las redes sociales -especialmente Twitter, a
partir del anonimato que caracteriza a la plataforma- pueden constituirse en una
herramienta global de insultos, difamaciones y ataques especialmente a las feministas y
en general a las mujeres por el hecho de serlo. 7 Grupos conservadores, la extrema
derecha o agrupaciones de varones antifeministas también utilizan las redes sociales
implementando estrategias muy activas y organizadas, con perfiles falsos, actúan como
hackers para difundir noticias falsas y extender mensajes de negación de los derechos
de las mujeres.

Estos ataques no sólo crean un ambiente hostil que persigue desincentivar la presencia
feminista en las redes; en rigor, logran instalar el miedo porque no siempre es posible
distinguir cuando una amenaza es real y pone en peligro la seguridad de las mujeres.
En el caso de las colectivas feministas mexicanas es muy importante la conciencia que
se ha desarrollado del efecto de los trolls8 en las redes. Es común encontrar un sujeto o
grupo de hombres que emiten mensajes provocadores, irrelevantes, que cuestiona la
legitimidad de las mujeres organizadas, con la principal intención de molestar o provocar
una respuesta emocional negativa en quienes comparten el espacio de discusión.
Verónica Engler (2017) denomina a este fenómeno “antifeminismo online”: esto significa que
hoy en día en las redes sociales las situaciones de acoso y violencia contra el feminismo
no son una excepción, sino más bien la norma. Para Engler (2017), lo anterior puede parecer
una obviedad, es decir, existe antifeminismo porque ello es la expresión del machismo
y la misoginia que hay en todas las sociedades; sin embargo, su manifestación en las
redes sociales merece una atención particular.

Este fenómeno, a mi juicio, va íntimamente ligado a la cuarta ola del feminismo; es


decir, la conciencia feminista que se traduce en romper el silencio pone en escena
precisamente a mujeres manifestándose desde un discurso feminista -aun cuando no
todas se definan como tal-; y, por tanto, el acoso y los mensajes de odio son, en primera
instancia, una reacción a la presencia de esas mujeres que protestan. En efecto, las
mujeres siempre deben pagar un costo más alto que los varones para expresarse. Por
ello, aunque el antifeminismo precede a las redes sociales, con la llegada de la Internet
emergieron nuevos repertorios de reacción contra las feministas:

La violencia online se materializa mediante diversas formas de acoso, hostigamiento y


abuso. El clima ideológico propiciado por la “derecha alternativa” -racista, xenófoba y
machista- alimenta buena parte de esta deriva. (Engler, 2017: 78)

Por lo anterior, una variable explicativa de este antifeminismo se asocia con la fuerza
que ha tomado en los últimos años la derecha xenófoba, sexista y racista en todo el
mundo. Engler (2017) cita el trabajo de Matthew Lyons, It’s Going Down, K. Kersplebedeb y
Bromma, Ctrl-Alt-Delete, quienes consideran que la línea dura de odio hacia las mujeres
se vincula con una subcultura antifeminista online que creció rápidamente en los últimos
años, y que proclama que los hombres han sido oprimidos y desempoderados por el
feminismo y que reclaman también sufrir discriminación. A ello
denominan manosphere (esfera de hombres).

señala que otra dimensión en la que se expresa el antifeminismo puede


Engler (2017)

resumirse en el neologismo mansplaining (hombres explicando cosas a las mujeres)


actitud que tiende a poner a los hombres en una situación de superioridad principalmente
a la hora de explicar lo que es el feminismo. La autora cita varias frases recogidas en los
medios,9 que incluso no son ajenas a las que revisaremos con relación a las protestas
feministas en México:

Las mujeres de hoy tienen todas las herramientas para estar a la par con los hombres,
incluso tienen más privilegios que nosotros no tenemos, y no por eso salimos desnudos
a protestar.
¿No a la violencia contra la mujer?, mejor decir no a la violencia contra nadie.

Ya es hora de dejar de victimizarse y buscar la verdadera igualdad de género, no


terminar como todas las feminazis que sólo buscan superioridad. (Engler, 2017: 84)

Otra estrategia de seguimiento del antifeminismo online y la ciberviolencia contra


mujeres es mediante el análisis de las dinámicas de opinión que resultan de los espacios
noticiosos. Laura Martínez y Belén Zurbano (2019) realizaron este ejercicio de investigación a partir
de la experiencia del sitio web eldiario.es, teniendo como premisa que en la era de la
digitalización de la esfera mediática, la producción informativa se ve fuertemente
afectada por la participación de las audiencias a través de los comentarios a pie de
noticia.10

En el caso español, pese a que la violencia de género está integrada en el discurso


público mediático de la “corrección política” -o lo políticamente correcto- continúa
generando controversia entre las audiencias especialmente con relación a su desarrollo
político-jurídico y a su vinculación con el activismo y la investigación feminista.

Coincidiendo con el análisis que desarrolla Vega Montiel (2019) para el caso mexicano, un punto
muy importante que destacan las autoras es que trasladar el debate social al espacio
virtual sobre el tema de la violencia de género permite relaciones más flexibles y
ambivalentes con los posibles límites a la libertad de expresión de las audiencias, a
través del anonimato. Es decir, en el espacio virtual la vinculación entre discurso de odio
y comunicación digital está mediada por la posibilidad de anonimato de los agresores,
quienes pueden actuar con impunidad, a sabiendas de que no serán objeto de sanción
alguna (Vega, 2019: 23).

Retomando varias investigaciones en el campo del antifeminismo en el espacio virtual


(Núñez y García, 2011; Nussbaum, 2010; Phillips, 2015; Poland, 2016), Martínez y Zurbano (2019) señalan que muchos
de estos debates reproducen e incluso refuerzan prácticas heteronormativas, machistas
y misóginas. Precisamente, la materialización de estas dinámicas perversas en la
discusión virtual sobre violencia de género puede acabar reproduciendo, a su vez,
violencia simbólica contra las mujeres. Esto es lo que se denomina gendertrolling,
expresión más virulenta e insidiosa de las prácticas de troleo habituales dirigidas
específicamente contra las mujeres. En internet, la violencia contra las mujeres se
materializa mediante acoso, hostigamiento, extorsión y amenazas, robo de
identidad, doxing (la revelación de datos personales como domicilio o teléfono) o
alteración y publicación de fotos sin consentimiento ( Engler, 2017: 79).

Estas prácticas son sumamente frecuentes, y fueron parte de las narraciones expresadas
por todas las colectivas feministas entrevistadas. Es por ello que los temas de seguridad
son centrales como parte de su lógica organizativa, incluyendo estar atentas a los trolls y
el seguimiento que hacen de sus páginas y perfiles. Es muy común que sufran amenazas
por medio de las redes, desde ser violentadas sexualmente hasta amenazas de
asesinatos (ciberacoso-ciberviolencia). En efecto, el ciberactivismo de las colectivas no
sólo implica un gasto de energía y tiempo de parte de sus integrantes, significa también
sufrir este tipo de agresiones y amenazas. Este fenómeno ha sido ampliamente
documentado por la colectiva mexicana Luchadoras (2017), quienes hacen un recuento de las
manifestaciones de amenazas, que van desde leves, hasta explícitas y agresivas. 11 En
las redes sociales las agresiones machistas se diversifican y amplifican, buscan exponer
a las víctimas y viralizar contenidos agresivos.
De manera sintética se muestra en el siguiente cuadro la amplificación en las redes
sociales y los principales hashtags utilizados en las dos coyunturas de protesta antes
mencionadas.

El análisis de los datos permite afirmar que las expresiones de acoso, el aumento de
mensajes machistas y el antifeminismo se intensifican conforme aumentan las
movilizaciones feministas. Este es el caso de las dos coyunturas de protesta analizadas
en esta investigación.

Por una parte, las movilizaciones callejeras de agosto contra la violencia sexual imputada
a elementos policiacos, más las declaraciones de la titular del ejecutivo de la Ciudad de
México capturaron el foco noticioso en la prensa y redes digitales. Junto con las muestras
de apoyo masiva en la transmisión del mensaje de protesta, se despliega
simultáneamente -principalmente en Twitter y Facebook-
el hashtag #EllasNoMeRepresentan, con el fin de desacreditar y repudiar los actos de
destrozo, la presencia de mujeres encapuchadas, la quema de la estación de metrobús,
las pintas y, en general, la toma de las mujeres del espacio público con rabia y enojo.

El antifeminismo online no sólo se dirigió a condenar las formas de protesta, también


surge una serie de imágenes negativas, de burla y de asunción de estereotipos en torno
a un feminismo que odia a los hombres, que está masculinizado, que es grotesco y poco
femenino. De igual forma el término “feminazi” se extiende en las redes sociodigitales.
Por otro lado, y en el contexto del escenario político mexicano, la protesta feminista es
vinculada a sectores que tienen por objetivo desestabilizar el proyecto de la actual
administración federal. Se comparte información sobre grupos infiltrados que estarían
operando bajo la dirección de la derecha y grupos conservadores. 12

En este tenor, la periodista Palmira Tapia Palacios (2019) advierte que lo ocurrido en las
protestas de la Ciudad de México refleja la complejidad de la acción colectiva y la
facilidad con la que provocadores o infiltrados pueden desviar la opinión pública de las
causas originarias de estas expresiones legítimas y necesarias. No obstante, la intención,
en términos pragmáticos, de desorientar el sentido de la emergencia de la acción
colectiva -liderada principalmente por jóvenes mujeres- y del éxito de la protesta, es
haber colocado el problema en la agenda pública obligando al gobierno a pronunciarse
sobre el tema.

En efecto, como lo analiza Signa_Lab (2019), a partir de la respuesta mediática en redes,


surgió una cadena de desacreditaciones al movimiento y a la acción directa, que fue
calificada como vandalismo y de violencia extrema, amplificando la reprobación de la
marcha, así como del sentido de la protesta. Lo anterior se enlazó con las declaraciones
de las autoridades capitalinas (Ver Cuadro 1), quienes posteriormente se retractaron de
sus dichos al ser cuestionados por criminalizar la protesta y la estigmatización de las
demandas de las mujeres ante la impunidad. En las redes, así como en los medios, se
puso especial énfasis en los daños que las manifestantes realizaron, sobre todo en los
monumentos nacionales, considerados patrimonio cultural. A partir de ello se posiciona
el pronunciamiento del colectivo Restauradoras con Glitter, 13 destacando su apoyo a las
pintas como un acto que pone en evidencia la necesidad de generar conciencia de la
grave situación de violencia contra las mujeres en el país.

La segunda coyuntura de protesta feminista que esta investigación ha seleccionado


refiere a los feminicidios de Ingrid Escamilla y la menor Fátima ocurridos en Ciudad de
México en febrero de 2020. El análisis de los debates en redes desarrollado por Signa_Lab
, a partir de los términos de búsqueda #IngridEscamilla e #Ingrid, que en un primer
(2020)

llamado (del 9 de febrero al 12 de febrero) arrojó 178 501 tuits, y en otra descarga en
tiempo real (de las 11:58 del 12 de febrero, a las 13:33 horas del 13 de febrero), arrojó
un total de 179 201 tuits, permite mostrar la relación de los usuarios con el hashtag y
su crecimiento de forma orgánica (conversaciones espontáneas).

Es importante remarcar que no sólo el feminicidio en sí mismo produce indignación; la


filtración, por parte de las propias autoridades de la Ciudad de México, de las fotos de la
escena del crimen abonó al estallido de las protestas tanto en las calles como en las
redes. En este escenario sociodigital se aprecia una fuerte articulación en torno a tres
ideas básicas: la justicia, el feminicidio y el recurrente #NiUnaMenos.

Ahora bien, el análisis que nos proporciona Signa_Lab coincide con el seguimiento
desarrollado en esta investigación: pese a que las muestras de indignación y rabia sobre
el feminicidio de Ingrid Escamilla se posicionaban en el debate en redes,
simultáneamente la normalización de la brutalidad se transformó en morbo, burla,
revictimización y la espectacularización del crimen.

La búsqueda de las imágenes del cuerpo desollado de Ingrid bajo la lógica del horror
como espectáculo, de la insensibilidad y naturalización del morbo (incluso en páginas
pornográficas) generó una conexión masiva de intervención en el espacio sociodigital
para construir una nueva narrativa visual en torno a Ingrid Escamilla; así las redes se
llenaron de imágenes hermosas con el hashtag #IngridEscamilla.

Este movimiento colectivo en las redes logró trasladar la gramática de la violencia hacia
una forma de comunicación en red que posicionara el recuerdo emotivo, el tributo y el
anhelo de justicia. La intención de modificar el algoritmo de Twitter y Google se presenta
como un recurso de protesta social, recurriendo a dibujos de Ingrid, imágenes de
paisajes y escenas hermosas con alguna reseña esperanzadora con el fin de
contrarrestar la difusión en Twitter de la fotografía del cuerpo de Ingrid. Lo mismo fue
realizado en el caso de Fátima, menor de siete años víctima de feminicidio tras ser
sustraída al salir de una institución educativa. Su cuerpo violentado fue abandonado
dentro de una bolsa de plástico. En las redes se posicionó
el hashtag #JusticiaParaFátima como tendencia nacional, vinculado con imágenes de la
principal sospechosa del rapto de la menor.

La difusión de estas imágenes, como una acción de búsqueda, tuvo como principal
objetivo denunciar la ineficacia policiaca y la forma en que opera la justicia en casos de
feminicidios en México. La crisis de seguridad y de violencia contra las mujeres es un
señalamiento directo al Gobierno.

Como reacción directa contra las autoridades, surge el hashtag #MisSeñasParticulares,


donde mujeres de todo el país comparten en Twitter sus características físicas
personales, como estatura, cicatrices, marcas, tatuajes para facilitar su identificación en
caso de que sean encontradas muertas. Ser mujer en México es de suyo estar expuesta
a una condición de vulnerabilidad y peligro, que exige la actuación contundente de la
autoridad. Esta actuación no sólo refiere a políticas de seguridad eficaces y de una
impartición de justicia con perspectiva de género; el tratamiento discursivo por parte de
las autoridades también perpetúa la revictimización y con ello la normalización de la
violencia.

A modo de cierre
Cuando se analiza el despliegue de los movimientos sociales es común abordar la tensión
que existe entre las formas que adquiere la protesta y el contenido de las demandas de
cambio. Ciertamente, hay un conflicto cuando los movimientos sociales no tienen lo
suficientemente claros sus objetivos y no logran articular el conflicto central ante su
adversario; sin embargo, en el caso de las demandas feministas, específicamente por la
atención a situaciones de violencia contra las mujeres, organizaciones de mujeres,
familiares de víctimas de feminicidio y desapariciones, académicas y estudiantes han
propuesto a través de diversos medios soluciones tangibles y concretas para prevenir,
atender y erradicar la violencia de género. Las mismas se han visto amplificadas a través
de las movilizaciones en las calles y por medio de las redes sociodigitales.

El espacio virtual ha sido central para la expresión de esta cuarta ola de feministas
jóvenes, sin embargo, no hay que olvidar que el poder de convocatoria sin fronteras que
ofrece la red convive con escenarios de acoso y violencia; ante el ciberactivismo
feminista, ha surgido una serie de hostigadores que tienen como fin desvirtuar el sentido
de las demandas feministas.

Uno de los grandes problemas que se aprecian en este conflicto, es que no hay una
salida política rápida y certera, que en lo sustantivo comprenda y legitime la lucha contra
las violencias hacia las mujeres. Después de 20 años de políticas de género en México,
es importante hacer una crítica de la forma y el fondo en que las soluciones
gubernamentales se han desarrollado. Y aun cuando el feminismo sigue apostando a la
importancia del ámbito normativo y de actuación estatal, un problema persistente es
que las políticas de género no han logrado cerrar la brecha entre la propuesta normativa
y el cambio de prácticas sociales.

Las protestas de las colectivas feministas son un medio que sirve para demostrar cómo
estas mujeres se sienten excluidas de un sistema político que se niega a poner como
prioridad el tema de la violencia, la seguridad y protección de las mujeres. Es por ello
que la indignación es el motor de la protesta, lo cual les permite organizarse y salir a las
calles, así como ocupar el ciberespacio. En este proceso la conciencia feminista cala las
subjetividades a la vez que trasciende a un colectivo que se hermana a través del
acompañamiento, apoyo, sororidad y alianza feminista.

Las dos coyunturas de protesta masiva que este trabajo analiza dan cuenta de la relación
directa que existe entre lo que motiva a las mujeres a salir a protestar -primera y
segunda indignación- y su amplificación en las redes sociales y los discursos
institucionales. Las mexicanas que han tomado las calles para protestar se han
organizado en las redes para imponer un alto a la revictimización -como fue el caso de
la intervención en el espacio virtual sobre las imágenes de Ingrid Escamilla- comparten
un sentimiento de indignación frente a la violencia y la falta de atención institucional, y
el resultado de esa apreciación colectiva es la toma de conciencia sobre la necesidad de
protestar. La doble indignación aflora cuando el discurso institucional es omiso,
negligente y condescendiente frente a la violencia feminicida.

Hoy más que nunca las mexicanas, principalmente las jóvenes, cuestionan la
normalización de la violencia de género presente en los discursos institucionales, como
la misoginia que se extiende en las redes sociodigitales. Han dejado de tener miedo y
han logrado organizarse para reaccionar con indignación. Éste es un proceso que sigue
su curso y difícilmente dará marcha atrás.

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