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DDV

Aniko Villalba es una escritora argentina que ha viajado por más de 30 países desde 2008, publicando sus experiencias en su blog y en medios de comunicación. Su libro 'Días de viaje' es una obra independiente que refleja sus relatos de viaje y se distribuye bajo una licencia de Creative Commons. A través de sus escritos, Aniko busca compartir la diversidad cultural y la hospitalidad que ha encontrado en sus aventuras por el mundo.

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Aniko Villalba es una escritora argentina que ha viajado por más de 30 países desde 2008, publicando sus experiencias en su blog y en medios de comunicación. Su libro 'Días de viaje' es una obra independiente que refleja sus relatos de viaje y se distribuye bajo una licencia de Creative Commons. A través de sus escritos, Aniko busca compartir la diversidad cultural y la hospitalidad que ha encontrado en sus aventuras por el mundo.

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Aniko Villalba

(Buenos Aires, Argentina, 1985)

De chica, Aniko soñaba con viajar por el mundo y escribir libros. En el 2008,
cuando terminó la carrera de Comunicación Social, se compró un pasaje de ida a
Bolivia, armó la mochila y se fue por América latina con el plan de probar suerte
como escritora de viajes. Desde que salió de Buenos Aires hasta hoy pasó más
de 1500 días de viaje y recorrió más de treinta países de América, Asia, Europa
y África. Publica sus textos y fotografías en medios impresos y digitales de
Argentina y en su blog Viajando por ahí.
Aniko hace viajes largos y de bajo presupuesto. Se aloja en casas de familia,
come en puestos callejeros y trabaja desde cualquier lugar del mundo a través de
internet. Confía en la hospitalidad del ser humano y cree que la mejor manera de
conocer un lugar es caminándolo.
Días de viaje es su primer libro.
Días de viaje.
Relatos en primera persona

Días de viaje. Relatos en primera persona es una publicación


independiente, producida por fuera del circuito editorial tradicional. Cada libro
que comprás me ayuda a seguir viajando. ¡Gracias!

La obra se distribuye bajo una licencia de Creative Commons atribución -


no comercial, es decir que se permite la generación de obras derivadas siempre
que no se haga con fines comerciales y que se reconozca la autoría original. Si
querés publicar alguno de estos textos, por favor comunicate conmigo a través
de aniko@[Link]

e-book, primera edición: octubre de 2013


segunda edición: diciembre de 2016
© Aniko Villalba

Textos y fotografías: Aniko Villalba


Tapa e ilustraciones: Vero Gatti
Edición: Andrea del Río
Corrección: José Sainz
Armado del ebook: Aniko Villalba

Para adquirir la versión impresa (que además de ser lindísima, se puede


oler, tocar, subrayar, abrazar y llevar de viaje): tienda@[Link] o
[Link]/tienda
Itinerario

Prólogo: Papelitos de colores (la rutina de la no-rutina)


Mapa de viajes (2008 - 2013)
Primera parte: Bocetos de América Latina
Un tren en Bolivia (por qué decidí empezar a viajar)
Principiante (mi iniciación en la vida viajera)
Máscaras y tormentas (cada uno viaja como es)
Gracias al dengue (fragmentos de una internación)
Desetiquetar (el factor humano)
Despertar en Buenos Aires (depresión post viaje)
Segunda parte: Asia en ascensor (acerca de cómo caí de la nada a un
continente que nunca dejó de sorprenderme)
En paracaídas a Bangkok
Historias minimalistas de Malasia
Una “bule” en Indonesia
Apuntes de un road-trip por Filipinas
Deconstrucción de Hong Kong
China sin hablar
Naipes laosianos
Buenos Aires con ojos de jet-lag
Tercera parte: Piñata (popurrí de días de viaje por Europa, África y
América Latina)
Lotería (días familiares)
Carcelona (días bohemios)
Otra realidad (días coloridos)
Viajar (días acelerados)
Nómada (días lentos)
Cartas desde Laponia (días surrealistas)
Vecinos (días mágicos)
Viajes oníricos (días duplicados)
Epílogo: Una vidente brasilera
Bis (si querés viajar, viajá)
Prólogo:
Papelitos de colores
(la rutina de la no-rutina)

De chica imaginaba que tenía una bolsita llena de papelitos de colores. En


cada uno tenía escrito un sueño, una situación, una ciudad, un país, una comida,
un personaje, un juego, un sonido, un paisaje, una aventura, un transporte, una
historia. Mi vida ideal —imaginaba en aquel momento— sería una en la que
cada día pudiese sacar un papelito de esa bolsa y hacerlo realidad.
Siempre soñé con viajar. Me intrigaba saber cómo vivirían las personas en
otras geografías, cuáles serían sus pensamientos, qué comerían, cómo se
vestirían, qué colores usarían, cómo entenderían el mundo. Algo me decía que
más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, color o religión todos éramos,
en esencia, iguales. Me fascinaba pensar en la diversidad de culturas que existían
y soñaba con conocerlas y escribir acerca de ellas. A muchos, sin embargo, no
les parecía un trabajo posible.
Durante años me dijeron que viajar era algo que podía hacer solamente
quince días al año, como un descanso por el trabajo realizado durante los otros
350. Pero eso no me convencía: yo quería usar cada uno de mis 365 días para
viajar y para, a la vez, trabajar. Si me iba quince días al año, con suerte podría
tener unos mil días de viaje en toda mi vida (suponiendo que me tomara
vacaciones de los dieciocho a los ochenta y ocho años). Si, en cambio, usaba los
365 días de cada uno de mis años para viajar, lograría dedicar por lo menos 25
000 días de mi vida a conocer el mundo. Así que apenas terminé la carrera de
Comunicación, cuando sentía que ya no tenía obligaciones sociales que cumplir
en Buenos Aires, me fui de viaje sola por ahí.
Al vivir viajando, cada uno de mis días empezó a ser distinto al anterior. Mi
rutina pasó a ser la falta de rutina: nunca sabía en casa de quién iba a dormir, qué
paisaje iba a conocer, qué comida iba a probar, qué persona iba a encontrarme,
qué situación iba a ocurrir. A partir de ese momento, mi calendario dejó de estar
marcado por etiquetas como ‘lunes’, ‘sábado’ o ‘agosto’ y pasó a estar
conformado por nombres de países, de personas y de historias. Mi vida se
convirtió en un gran viaje y, a la vez, en una colección de días alegres, días
tristes, días absurdos, días bizarros, días oníricos, días lentos, días acelerados,
días confusos, días sorprendentes, días mágicos, días sin sentido, días de todo
tipo. Comencé a recordar las fechas como “el día que me fui de viaje sola”, “el
día que me invitaron a un casamiento en China”, “la semana que tuve dengue”,
“el año que hice viajes cortos”, “el día que conocí a mi amiga Journey”, “el día
que vi la aurora boreal” y “el año que viajé a Marruecos”.
Durante mis viajes comencé a escribir mis historias en cuadernos y, más
tarde, en blogs y revistas. Al releerme, siento que mucho de lo que viví le pasó a
otra persona, me ocurrió en otra vida o fue parte de un sueño. Es que viajar se
parece mucho a estar soñando. Atravesar un país desconocido es, para mí, como
estar dentro de un sueño: de repente estoy inmersa en un escenario nuevo y todo
a mi alrededor está funcionando de manera supuestamente normal, pero como no
conozco las reglas sé que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. En
un viaje, al igual que en un sueño, todo es impredecible, mágico, surrealista y
posible. Por eso en un viaje, al igual que en un sueño, sé que lo mejor es
entregarse al momento y dejar que el camino y las circunstancias nos lleven.
Durante los últimos cinco años (de mis veintidós a mis veintisiete) pasé más
de 1500 días fuera de Buenos Aires: es decir que condensé setenta años de
vacaciones en cinco. Hoy tengo una colección de miles de días de viaje distintos.
Logré sacar mil papelitos con situaciones, historias, personas, comidas, juegos,
sentimientos, lugares y paisajes de esa bolsita que inventé cuando todavía era
chica y podía soñar lo que quisiera.
Aniko Villalba
Buenos Aires, 14 de julio de 2013
(El día que terminé de escribir mi primer libro)
Mapa de viajes
(2008 - 2013)
Primera parte:
Bocetos de América Latina
(fragmentos del cuaderno de una chica que se fue de viaje
sola por primera vez)
Un tren en Bolivia
(por qué decidí empezar a viajar)

Lo único que necesitamos para convertirnos en buenos filósofos es la


capacidad de asombro
(Jostein Gaarder)

En algún momento del trayecto logré quedarme dormida. El tren estaba


cruzando el Altiplano y yo iba en un asiento de la clase más económica, pegada
a la ventana y sin demasiado espacio para estirarme. Lo único que recuerdo de
esa noche es que hacía muchísimo frío y que la ropa no me alcanzaba. Era
febrero, tenía veintiún años y era la primera vez que viajaba de mochilera y sola.
Ese no era un viaje en sí, sino un viaje dentro de otro: me había ido al norte
argentino y a Bolivia con un grupo de amigos y cuando estábamos en La Paz, a
punto de tomar el bus de vuelta a Jujuy (Argentina), decidí separarme de ellos
por dos días y visitar el salar de Uyuni (en el sur del país, cerca de la frontera).
No sabía cuándo volvería a Bolivia y quería conocer ese paisaje antes de
regresar a Buenos Aires. Como nadie quiso acompañarme, me fui sola. Y fue
una de las mejores decisiones que tomé en mi vida.
Cuando me desperté, el tren seguía su ruta rumbo a Villazón (la frontera entre
Bolivia y Argentina) y el sol ya había salido. Unos minutos después me di cuenta
de que, en algún momento de la noche, alguien me había puesto una manta sobre
las piernas. Miré a mi alrededor con curiosidad y me choqué con la sonrisa de la
chica boliviana que estaba sentada enfrente. Viajaba con su bebé recién nacido
en brazos y su hija de cinco años. Me explicó, con simpleza: “Temblabas de frío
y te tapé”. Y recién ahí me di cuenta de que me había cubierto con la misma
manta con la que estaba arropando a su bebé. Durante el resto del viaje
charlamos: teníamos la misma edad pero vivíamos en realidades distintas. Jugué
un rato con Helen, su hija, y le saqué la primera foto de su vida al bebé. Unas
horas después me bajé en Villazón y nunca más las volví a ver.
Aquella chica ni debe imaginarlo, pero tras ese viaje en tren se convirtió en
una de las personas más importantes que me crucé en mi vida. Con ese gesto
desinteresado y humano, con su declaración tan simple y obvia, me convenció:
el mundo estaba repleto de gente como ella, la hospitalidad era algo que ocurría
todos los días en todas partes. Ese día sentí que tenía que usar todos mis ingresos
y mi tiempo para viajar, que tenía que ir en busca de más muestras de bondad del
ser humano. Estaba cansada de escuchar que el mundo era un lugar malo, que
viajar era un peligro, que la hospitalidad era una utopía. Estaba harta de que me
dijeran que era demasiado idealista y que no era posible vivir viajando. Aquella
chica me había inspirado a cumplir lo que sentía como mi misión y me había
demostrado que el acto de viajar iba mucho más allá de ver un paisaje, visitar un
lugar o irse de vacaciones. Viajar era, ante todo, salir a encontrarse con la gente
que habitaba el mundo y conectar con personas de otras culturas desde nuestro
lado más humano.
Aquel encuentro marcó un quiebre en mi vida: si bien me faltaba un año para
terminar la universidad, desde ese día no pude dejar de verme viajando por el
mundo. Sentía un llamado interno, tenía una necesidad de salir que no podía
ignorar. No paraba de pensar en los caminos que se me abrían, en los trenes y
personas que me esperaban, en todas las historias que aguardaban en fila a que
las escribiera. Y no podía dejar de pensar en una idea, muy simple y muy grande
a la vez: hacer de los viajes mi estilo de vida y subsistir gracias a la escritura.
Quería convertir mis días en un viaje interminable.

Lado A: la viajera

La primera vez que me fui tenía seis meses. Mi mamá me llevó en auto de
Buenos Aires a Chapadmalal (una localidad de la costa atlántica argentina) y ahí,
sospecho, empezó mi historia de amor con los viajes y con el mar. Durante mi
infancia viajamos bastante y, si bien no recuerdo cada travesía con detalle, sé que
cada uno de esos días fui feliz. Como nací en julio, época de vacaciones de
invierno, pasé varios cumpleaños fuera de casa, entre olas y peces de colores.
Mi mamá, mi papá y yo viajábamos de manera independiente, aunque en ese
entonces yo no tenía idea de todas las maneras de viajar que existían. Nos
íbamos por nuestra cuenta, buscábamos un lugar donde hacer base, alquilábamos
un auto (o llevábamos el nuestro) y salíamos a recorrer. Esa manera de viajar,
para mí, era la normal. Con ellos conocí el mar, las ciudades, el río, los
atardeceres. Nunca me llevaron a la nieve ni a Europa. África era demasiado
exótico, Asia demasiado lejano y Oceanía no figuraba en nuestro mapa de
destinos posibles.
Viajamos por el continente americano —a veces en auto, a veces en avión, a
veces en barco— y nos hicimos amigos de familias locales en casi todas partes.
Tuve una amiga por carta de Ohio, vi por primera vez una estrella de mar con
Miguel y su familia dominicana en Santo Domingo, conocí Cabo Polonio a los
tres años con una familia uruguaya, pasé varios años nuevos en las playas de
Brasil. Nos íbamos una semana, quince días, a veces un mes; cuando no
estábamos de viaje pasábamos los fines de semana en el Delta del Paraná, un
conjunto de islas a una hora de la Ciudad de Buenos Aires. Mi infancia estuvo
atravesada por esos viajes y por mis días en el río, y eso despertó mi interés por
lo lejano, lo exótico y lo distinto.
Lo de viajar por el mundo fue algo que comencé a soñar en la adolescencia.
Al principio era un secreto: me parecía el sueño más común y, a la vez, el más
imposible. ¿Quién no soñaba con dejar todo y salir a dar la vuelta al mundo cual
explorador? Pero con el tiempo me lo fui tomando más en serio. Cuando alguien
me preguntaba qué quería ser de grande, respondía que quería dedicarme a viajar
y a escribir. La reacción casi siempre era la misma: “Para eso vas a tener que
trabajar mucho durante toda tu vida. Cuando te jubiles vas a poder viajar todo lo
que quieras”. Pero esa idea no me convencía.
Cuando terminé el secundario llegó el momento de elegir qué carrera
universitaria seguir: me inclinaba por Filosofía, Letras o Diseño Gráfico, pero
ninguna me enamoraba del todo. Tenía interés por lo artístico y humanista y no
quería encerrarme en una sola disciplina, así que me metí en un curso de
orientación vocacional para ver si encontraba respuestas. Entre pruebas, tests de
dibujos y entrevistas me hicieron una pregunta decisiva: “¿Qué harías si tuvieses
muchísimo dinero y no tuvieses que preocuparte por eso?”. Y yo respondí, sin
dudarlo: “Lo usaría para viajar por el mundo”. ¿El resultado del curso? Me
mandaron a estudiar Comunicación Social. Esa carrera no me enseñó a viajar ni
a vivir sin preocupaciones monetarias, pero me permitió desarrollar herramientas
y capacidades que luego utilizaría para trabajar en el camino.
Una noche me reuní con amigas y, en algún momento de la charla, hablamos
acerca de cómo imaginábamos nuestra vida antes de los treinta. Todavía
estábamos en los primeros años de la universidad y, según los parámetros de la
sociedad, nuestra licencia para soñar aún no había expirado. Yo les confesé:
“Quiero viajar y ver cómo vive la gente en otras partes del mundo, quiero
conocer culturas y que me paguen por escribir acerca de eso”. La palabra
‘culturas’ era un término que me fascinaba. ¿Qué me respondieron? Lo de
siempre: “Es muy caro” y “obvio, ¿quién no quiere viajar por el mundo?”. Y
pasaron a otro tema.
A mediados de la carrera empecé a escribir artículos periodísticos y a diseñar
sitios web. Tuve trabajos independientes y otros con horario y oficina. Ambas
experiencias fueron positivas, pero la rutina del trabajo fijo se me hizo
insostenible: no necesité mucho tiempo para darme cuenta de que no iba a poder
soportar toda una vida así. Quería ver con mis propios ojos la realidad acerca de
la que iba a escribir después. Quería salir a la calle, al mundo, hacer el trabajo de
investigación afuera y contar todo desde mi experiencia. No quería que el resto
de mis días estuviese cortado por el mismo molde. Pero, ¿cómo iba a hacer para
salir de un sistema que estaba tan consolidado? ¿Cómo iba a hacer para
adaptarme a un proyecto de vida que no me hacía feliz? Durante aquella época
abrí mi primer blog y usé ese espacio virtual anónimo como zona de catarsis.
Quería viajar y no podía pensar en otra cosa.
Un año después, a principios de 2007, tuve la experiencia del tren en Bolivia
y todo ese tablero de supuesta estabilidad que había estado sosteniendo se
derrumbó. La experiencia me había dado empuje, esperanza, claridad. ¿Cómo
iba a quedarme toda la vida en un solo lugar, con tanto mundo para conocer?
¿Cómo seguir creyendo en las malas noticias que circulaban en los medios,
cuando había vivido la hospitalidad en primera persona? Fue un año de cambios,
de planteos, de preguntas y de tristeza: sentía que no encajaba en ningún lado,
que mis intereses eran otros, que buscaba algo que para muchos era una utopía,
que anhelaba un estilo de vida irreal e inaccesible.
Anuncié mi decisión durante el cuarto y último año de mi carrera: apenas
terminara de rendir los exámenes finales me iría a recorrer América Latina.
Quería viajar de mochilera, por tiempo indefinido, por tierra, sin una ruta
planificada y con mis pocos ahorros. Me gustaba la idea de viajar liviana, a un
ritmo lento y sin excursiones prearmadas de por medio, y América Latina era un
continente que me llamaba a gritos. Sentía que el fin de la universidad marcaba
también el de las obligaciones sociales que había tenido que cumplir durante
veintidós años: después de rendir el último final sería libre de decidir cómo
seguir, y no encontraba mejor opción que viajar. Tenía ahorros, tenía ganas, tenía
tiempo. Si me iba mal, estaba a tiempo de volver a Buenos Aires y hacer una
“vida normal”. El único problema —para el resto de la gente, no para mí— era
que no tenía con quién irme. Así que decidí irme sola.
“¡¿Sola?! ¡Estás loca! ¡Te va a pasar de todo! ¡Es un peligro! ¡Te van a
secuestrar, robar y matar!”, me dijeron las personas que me conocían. Supongo
que si hubiese dicho que cuando terminara la universidad iba a buscarme un
trabajo fijo con horario de oficina y un sueldo a fin de mes nadie hubiese
opinado demasiado, pero ante la decisión de viajar todos parecían tener algo para
acotar. “No podés irte sola: sos mujer. No podés irte por América Latina: es
peligroso, la gente en otros países es mala. Sos demasiado joven para viajar: sos
muy ingenua y te van a engañar en todos lados. No podés irte sin rumbo: tenés
que tener un plan. No podés irte sin límite de tiempo: seguro que volvés a los
diez días. Hay que tener mucha plata para viajar por el mundo: seguro que tu
familia te va a mantener. Cuando vuelvas ninguna empresa te va a contratar:
estás desperdiciando tu tiempo y tu talento. La bohemia terminó en los años
sesenta: no podés vivir como una nómada”. Y las preguntas nunca se agotaban:
“¿Pero vos no ves en las noticias lo mal que está el mundo? ¿No te da miedo
mezclarte entre toda esa gente mala? ¿Y si te enfermás allá qué vas a hacer? ¿Y
de dónde vas a sacar la plata? ¿Te vas a tomar un año sabático y después te vas a
buscar un trabajo de verdad? ¿Y qué vas a hacer cuando vuelvas? ¿Por qué no te
conformás con los quince días de vacaciones que nos tocan a todos y te dedicás a
viajar cuando ya no tengas que trabajar?”.
La crítica, en el fondo, era la misma: todos los que me conocían querían que
tomara el camino socialmente esperado, ese que nos señalizan desde que
nacemos y que consiste en: (1) estudiar una carrera, (2) conseguir un trabajo
estable para (a) pagar las cuentas, (b) comprarse un auto, (c) comprarse una casa,
(d) irse de vacaciones, (3) buscar pareja para (a) casarse y (b) tener hijos y (4)
jubilarse y empezar a disfrutar. Ese camino que dice, en conclusión, que viajar es
lo mismo que irse de vacaciones y que eso es algo que podemos hacer durante
quince míseros días al año. Pero esos, por más que fuesen los sueños de la
sociedad, no eran los míos. Ese camino no me llevaba a la felicidad.
Así que una tarde de diciembre, después de rendir el último final de mi
carrera, me fui a Retiro (la terminal de buses de Buenos Aires) y me compré un
pasaje de ida a La Quiaca (la frontera entre Argentina y Bolivia). Pocos días
antes de irme caí en la cuenta de lo que estaba por hacer y lloré durante horas.
Tenía miedo. ¿Y si todo lo que me decían era cierto? ¿Si tenía que volverme a
casa a los pocos días de haber salido? ¿Si me pasaba algo terrible? ¿Y si el
mundo era un lugar horrible?
La mañana del veintiocho de enero de 2008 partí rumbo a La Quiaca. Fue tan
simple como eso: armé la mochila y salí de mi casa. Sabía que si no tomaba la
iniciativa nadie iba a hacerlo por mí. Así que después de veintidós años de
soñarlo, di el primer paso. Y todo lo que ocurrió en mi vida desde aquel
momento me demostró que había elegido el camino correcto. No el más fácil ni
el mejor señalizado, pero sí el que me hacía feliz.

Lado B: la escritora

Cuando tenía cuatro años, mi papá me enseñó a leer y a escribir, dos


actividades que en poco tiempo se convirtieron en mis preferidas y moldearon
mi modo introspectivo de ser. Crecer como hija única me ayudó a vivir la
soledad como algo normal: yo jugaba sola, leía sola, dibujaba sola, imaginaba
sola, escribía sola y pasaba horas en mi mundito sola. Y para mí, disponer de esa
soledad para crear mundos en mi cabeza y en el papel era una de las mejores
cosas de la vida. Estar sola y escribir son las dos características que me definen
desde siempre, por eso lo de viajar sola siempre me pareció una decisión muy
acorde a mi personalidad.
Mi relación con los libros y con el papel también comenzó de chica. Para los
cumpleaños, los días del padre y de la madre y cualquier otra ocasión especial,
regalaba cartas y cuentitos. A veces escribía los textos a mano con tintas de
colores, a veces los pasaba a máquina, casi siempre los decoraba con recortes de
revistas, fotos y calcomanías, los encuadernaba artesanalmente y se los regalaba
a las personas que quería. En la época del colegio primario, mi entretenimiento
durante las tardes era escribirle cartas a chicos que contactaba a través de
revistas infantiles. En la adolescencia cambié las cartas por los diarios íntimos y
durante más de ocho años escribí con detalle lo que me ocurría cada día. En la
época de la universidad empecé a acercarme a los cuadernos: dejé de escribir
hechos y empecé a plasmar reflexiones. Le asigné un tema a cada cuaderno y los
llené de pensamientos, dudas, preguntas, broncas, desilusiones, angustias,
sentimientos y certezas. Me convertí en la chica que jamás salía de su casa sin un
papel y una lapicera y, a falta de cuadernos, llegué a llenar servilletas, boletos y
mis manos de anotaciones. Gran parte de mi existencia está plasmada en mis
más de treinta cuadernos.
La escritura se convirtió, al principio sin darme cuenta, en la única actividad
constante en mi vida. Era algo que hacía con tanta normalidad que no lo
consideraba un arte ni mucho menos una vocación. Vivía a través de las
palabras, me construía a través de las palabras y sufría a través de las palabras.
Mis épocas más prolíficas eran las de enojo, tristeza y desilusión. En vez de
llorar, escribía. En vez de ir a un psicólogo, escribía. Sabía que amaba escribir y,
sin embargo, seguía en busca de mi vocación como si la respuesta estuviese en
otra parte. El día que me di cuenta, todo me cerró: esa vocación que tanto había
buscado era, justamente, ese arte que amaba y hacía con placer.
Empecé a reconocerme escritora durante la universidad. Sin embargo, había
algo de mis textos que me confundía: no podía encontrar a qué genero
pertenecían. ¿Era ficción? No, estaban basados en la realidad. ¿Era periodismo
entonces? Tampoco, yo no respetaba los datos duros ni la supuesta objetividad
de la profesión. La única palabra que se me venía a la mente era “subjetiva”: era
algo que salía muy de adentro mío. Y así como sabía que mi escritura era muy
personal, también tenía la certeza de que quería dedicarme a escribir libros. No
quería publicar en revistas, ni en blogs, ni en periódicos, sino en libros. ¿Pero a
quién le interesaría leer los pensamientos de una desconocida?
Durante el último año de la universidad descubrí que el género en el que me
sentía más cómoda era el que formalmente se llamaba creativo (que, para mí, era
lo mismo que decir subjetivo, ya que cualquier tipo de creación siempre
proviene del sujeto). Comencé, muy de a poco, a dedicarme profesionalmente a
la escritura, aunque no a la que más me gustaba sino a la que se hacía en tercera
persona. Escribía artículos para revistas y para internet y cada vez que los veía
publicados me preguntaba: ¿llegará el día en el que pueda mostrarme a través de
mis textos en vez de esconderme detrás de una supuesta pared de objetividad?
Yo, como autora, quería aparecer entre mis palabras, saludar al lector y decirle
que estaba ahí, del otro lado, en vez de tener que esconderme y hacer de cuenta
que no existía. Quería usar la cercanía de la primera persona y no la lejanía de la
tercera. Quería humanizar la escritura y tratarla como un arte, más que como un
medio.
La primera vez que leí un libro de relatos de viaje supe que ese era el tipo de
escritura que quería. Era un género que tenía permitido mezclar todo: lo
periodístico, lo personal, el diálogo, las metáforas, la entrevista, los ensayos, la
opinión, la reflexión, la ficción. Todo. Y, como si fuera poco, el uso de la
primera persona era inseparable de su existencia. Para hacer escritura de viajes
había que ser viajero y mostrarse ante el lector como tal: el autor tenía que
demostrar que realmente había estado ahí. Para hacer ese tipo de literatura,
entonces, no quedaba otra que viajar. Era un género imposible de aprender de
antemano, estando quieta, y la idea de aprender viajando fue algo que me
fascinó.
Así que el día que anuncié que me iba por América Latina también fue el día
que anuncié que quería dedicarme a la escritura de viajes. La mayor parte de la
gente reaccionó frente a la idea del viaje en sí y los pocos que le dieron
importancia al detalle de la escritura me hicieron entender que el sueño de ser
cronista también era algo poco serio. Las frases del momento (además del “estás
loca, no podés viajar sola”) fueron: “No se puede vivir de la escritura”, “hay que
ser best-seller para poder vivir de los libros”, “los autores tienen que dedicarse a
otra cosa y escribir libros como hobby, porque sino no comen” y “la escritura de
viajes es un género que no tiene muchos lectores, nadie te va a publicar nada”.
Una vez más, esas afirmaciones no me convencían. No era la primera persona en
el mundo que anhelaba ser escritora de viajes y si otros ya lo habían logrado,
¿por qué yo no iba a poder? Y si realmente era tan imposible como la gente
decía, entonces prefería intentarlo y fracasar antes que no animarme a salir a
causa de prejuicios ajenos.
Una semana antes de tomarme el bus a La Quiaca hice dos cosas: abrí un
blog personal —que finalmente nunca usé— y mandé mails a algunos conocidos
que tenía en distintos periódicos argentinos. Les conté que me iba de viaje por
unos meses —en aquel momento no pensé que serían más de tres— y me ofrecí
como cronista para cubrir algún evento que pudiera surgir. No esperaba
respuesta, pero a uno de ellos le interesó y me citó en la redacción para charlar.
Al parecer mi mail había caído en el momento justo: estaban buscando gente
joven que pudiera generar contenido para la web, así que me propusieron
escribir un blog de viajes por el tiempo que durara mi travesía. Dije que sí
sabiendo que estaba aceptando un desafío enorme y salí de la redacción con
miedo. Estaba a punto de cruzar una puerta que me quedaba demasiado grande.
Mi escritura era muy inexperta y, de repente, iba a tener muchísima visibilidad.
Iba a hacer aquello que tanto soñaba, pero no sabía si iba a estar a la altura de
mis propias expectativas.
Mi viaje por América Latina duró nueve meses y durante nueve meses escribí
aquel blog. Fue un primer acercamiento a la escritura de viajes, aunque mucho
menos personal de lo que me hubiese gustado. No sentía que el blog fuera del
todo mío y no sabía qué contar y qué no. Gracias a él, sin embargo, se me
abrieron muchas puertas que me permitieron seguir viajando. Un año después de
volver a Buenos Aires me fui a Asia —gracias a la ayuda de alguien que había
leído aquel blog— y abrí Viajando por ahí, el blog que escribo hace ya más de
tres años. ¿Por qué Viajando por ahí? Porque eran tres palabras que siempre
aparecían en mis conversaciones. “¿Dónde estás?”, me preguntaba algún amigo
por chat. “Viajando por ahí…”, le respondía. Lo que me importaba era estar
viajando, por dónde era lo de menos.
Recién en Asia —mi segundo gran viaje, de dieciséis meses— pude empezar
a vivir de la escritura y de la fotografía. Mi blog comenzó a crecer y, de repente,
algunas revistas quisieron publicar mi historia. Primero me hicieron entrevistas y
después me pidieron que escribiera artículos. A pesar de eso, era difícil
explicarle a mis amigos asiáticos o a otros viajeros a qué me dedicaba, ya que
cada vez que decía que era travel writer automáticamente me respondían: “¡Ah!
¡Escribís guías de viaje!”. Y ahí tenía que contarles que justamente eso era lo
que no hacía, que era medio vaga para armar guías, que lo que me gustaba era
relatar mis experiencias y compartir las historias que me iba encontrando en el
camino.
La escritura de viajes es una de las más personales. Y no me refiero a la
confección de guías ni folletos turísticos, sino a la transmisión de las
experiencias, sentimientos y vivencias del viaje en sí. Viajar es algo que nos
involucra de pies a cabeza y así como cada uno lo vive a su manera, cada cual lo
relata de forma distinta. Es imposible hacer escritura de viajes sin hablar de uno
mismo, ya que es imposible separar al sujeto que viaja del viaje en sí: al escribir
no se habla solamente acerca de un lugar, sino acerca de lo que ese lugar le
genera a quien lo transita. Por eso en este libro van a encontrar lugares pero, ante
todo, me van a encontrar a mí, la chica que los transitó.
Desde enero de 2008 hasta hoy recorrí treinta países en cuatro continentes,
escribí decenas de cuadernos, compartí más de cuatrocientos textos y miles de
fotografías en dos blogs, encontré más de cincuenta naipes abandonados en
distintas ciudades del mundo y sufrí varios regresos a Buenos Aires. Viajé sola y
acompañada, hice viajes largos (de hasta un año y cuatro meses) y cortos (de un
día o pocas horas); me hospedé en casas de familia, en carpa, en hostales, en
hoteles; viajé en bus, en 4x4, en barco, en balsa, en dromedario, en auto, en
avión y a dedo; visité pueblitos, islas, desiertos, selvas y ciudades. La escritura
—e internet— me permitió convertirme en una nómada digital y hacer de
cualquier paisaje mi espacio de trabajo.
Viajando aprendí que mis necesidades reales son pocas y que para cubrirlas
necesito mucho menos dinero del que necesito para vivir de manera fija en
Buenos Aires. Viajando me di cuenta de que así como encontré a la escritura
como aliada, otros lograron combinar otro tipo de artes o profesiones con la vida
nómada. Viajando comprobé que el mundo es un lugar muy hospitalario y que
todos somos mucho más parecidos de lo que pensamos, sin importar nuestro
color, creencia, edad o sexo. Y viajando descubrí que la realidad está llena de
magia y que los viajes parecen fragmentos salidos de algún sueño, porque el
mundo es un lugar asombroso.
Las historias de este libro me pasaron viajando por ahí y ahora, vistas desde
Argentina, me parecen fantásticas, absurdas, oníricas. A veces me pregunto si
todo esto no es el sueño de una chica que una vez, a los veintiún años, se quedó
dormida en un tren en algún lugar de Bolivia y nunca más se despertó.
Principiante
(mi iniciación en la vida viajera)

Mi primer viaje fue como mi primer amor: cuando pienso en él me acuerdo


perfectamente del principio y del final de nuestra historia, tengo algunas
memorias de lo que pasó en el medio, sé exactamente cuántos meses duró y,
cuando lo comparo con mi situación actual, me doy cuenta de lo inexperta que
era. Cuando pienso en América Latina siento que la que viajó fue otra: una
Aniko principiante, una Aniko ingenua. Con esto no quiero decir que ahora sea
una experta —espero no serlo nunca—, pero en estos cinco años crecí y fui
evolucionando en mi manera de viajar. Como le dije a una amiga viajera: “No
podés pretender salir por primera vez de tu casa, comprarte un camello y
atravesar el Sahara”. La vida se vive día a día y a viajar también se aprende.
Mi memoria es muy mala. Creo que por eso escribo: para no olvidarme de mi
vida. Desde que empecé a viajar me cuesta recordar las fechas con exactitud y
mi calendario mental está marcado por “el día que hice tal cosa”, “el mes que
viajé a tal país” y “el año en el que fui a tal y tal lugar”. Cuando pienso en
América Latina, entonces, no se me vienen historias completas a la mente, sino
fragmentos. Recuerdo, por ejemplo, lo siguiente: yo cruzando el mar Caribe en
velero, yo hospedándome por primera vez en una casa de familia, yo haciendo
vida de hostel y conociendo a otros viajeros, yo escribiendo en un cuaderno
frente a algún mar, yo transportando una bolsa con sobras de comida de un
pueblo a otro, yo festejando mi cumpleaños frente a un volcán en Costa Rica, yo
haciendo lo posible por ahorrar para poder seguir viajando, yo viajando sola.
Todo yo, yo, yo. Es que mi primer viaje fue eso: un descubrimiento de mi propia
persona. Me fui con la excusa de conocer el continente pero volví habiéndome
conocido más a mí misma que a cualquier cultura.
A veces pienso en cómo desaproveché aquel viaje. Si bien conocí lugares
fuera del mapa, casi siempre me mantuve dentro del circuito mochilero. Si bien
me enamoré de la gastronomía peruana, no indagué en otras cocinas por falta de
presupuesto o interés. Si bien encontré la felicidad en un barco con rumbo a
Panamá, no tuve la valentía de quedarme a vivir en una isla. Si bien trabajé de
manera virtual, no busqué trabajos locales. Siento que aquel fue un viaje fácil, un
viaje que no tuvo nada fuera de lo normal, un viaje replicable: fue largo pero no
me dediqué tanto a bucear en la realidad del lugar sino a sumergirme en mi
propio ser. Mi prioridad, me doy cuenta ahora, fui yo misma, fue mi
autodescubrimiento, fue conocer mis capacidades y limitaciones como viajera.
Pero a la vez siento que si soy capaz de sacar estas conclusiones es porque no
tomé aquel viaje como un paréntesis sino como un primer paso. América Latina
fue la introducción a un estilo de vida que anhelaba pero desconocía. Durante
esos nueve meses conmigo misma descubrí que era posible vivir viajando y que
viajar no era tan caro como todos mis conocidos suponían. Descubrí también que
había miles de personas viajando por el mundo y otras miles que habían logrado
combinar el movimiento con trabajo. Descubrí que el mundo era tan hospitalario
como yo pensaba (incluso más) y que recorrerlo sola no era peligroso como
tantos me habían dicho. Entendí también que vivir viajando no era tan idílico
como parecía y que demandaba mucha fortaleza. Más que un viaje en sí, mi paso
por América Latina fue una introducción a la vida viajera (así como mi primer
noviazgo fue una introducción al amor).
Durante aquellos nueve meses, además, me descubrí más escritora que
nunca. Llené cuadernos de textos y de pensamientos, desarrollé y practiqué un
tipo de escritura que jamás había hecho antes. Sin embargo, cuando intento
escribir acerca de América Latina ahora, cuatro años y medio después de haber
vuelto, no logro plasmar nada que me guste. Es como si no tuviese recuerdos
concretos, como si no tuviese historias fuertes que contar. Releo mis cuadernos y
me encuentro con los textos de una principiante, de una chica que recién
empezaba a explorar, y siento una mezcla de aburrimiento y pudor.
Dudé en incluir esta parte en el libro. Escribir acerca de mi primer viaje es
como hacerlo sobre mi primer amor y siento que no soy capaz de relatarlos sin
juzgarme: “Era tan chica, era tan ingenua, no sabía viajar, no supe aprovechar un
viaje”, pienso con sorna. ¿Y cuando relea este libro en cinco años?
Probablemente sienta la mismo: “Era tan chica, tan ingenua, no sabía escribir, no
supe aprovechar un libro”. Y sin embargo estoy yendo contra esa Aniko cinco
años más grande y estoy escribiendo, así como hace cinco años fui contra la que
soy hoy y viajé igual. No me importaba qué diría yo misma de mis textos:
solamente escribía. Tampoco me importaba qué pensaría de mis viajes:
solamente viajaba, aprendía a viajar, sabiendo que era una principiante.
Los textos de esta sección son fragmentados. Algunos son bocetos escritos
durante el viaje, otros los hice estando en Buenos Aires. Casi todos están
retocados, corregidos, adornados, pero mantienen mi ingenuidad de aquel
momento. Supongo que si hoy volviese a hacer ese mismo viaje, mi mirada sería
distinta. Sé que perdí parte de mi ingenuidad, espero nunca perder la sorpresa, la
curiosidad y la capacidad de asombro ante el mundo.

Cita a ciegas con Lima (la primera ciudad en la que estuve


realmente sola)

Viajar a una ciudad desconocida es como asistir a una cita a ciegas. Por más
que veamos fotos de antemano, que nuestros amigos y conocidos nos cuenten
todo al respecto, que nos sepamos su historia, que alguien nos asegure que nos
va a encantar o que es muy agradable, el momento de la verdad ocurre cuando el
viajero y la ciudad se encuentran cara a cara. No hay suposiciones, promesas ni
afirmaciones previas que valgan: la química solamente se puede dar en vivo y en
directo.
Mi viaje por América Latina empezó oficialmente en Lima, al mes y medio
de haberme ido de Buenos Aires, cuando quedé sola con mi alma, mi mochila y
todo el continente por delante. Había salido de Argentina con mi amiga Vicky y
habíamos recorrido los pueblos del Altiplano, las yungas de Bolivia y algunas
ciudades del sur de Perú. Empezar el viaje con ella hizo que la aventura fuese
más fácil y menos solitaria. Una mañana, mientras subíamos los escalones del
Wayna Picchu (el cerro que se ve de fondo en todas las postales de Machu
Picchu), la chica que iba caminando adelante frenó y me dijo: “Pasá, pasá, yo
necesito descansar”. Era argentina. Como yo también estaba cansada me quedé
con ella y nos pusimos a charlar: así pasa en los viajes, esa enseñanza materna de
“no hables con extraños” parece mutar en “hablá con todos los extraños que
puedas”. Seguimos subiendo juntas y en la cima me presentó a su hermana Pau y
a su amiga Vero —la misma que ilustró este libro—. En pocos días nos hicimos
amigas y decidimos seguir camino juntas hasta Lima: casualmente, Vicky y ellas
tres volaban de la capital peruana a Buenos Aires el mismo día.
Antes de viajar me habían dicho muchas cosas acerca de Lima, pero la
opinión generalizada parecía ser que la ciudad no me iba a gustar y que no valía
la pena quedarse más de dos noches. Era mi primer viaje y yo tomaba como
ciertas las opiniones ajenas; después entendí que cada cual habla desde su
experiencia y que no todos los lugares interpelan a las personas de la misma
manera. Viajar por un lugar es como conocer a alguien: el viajero (con toda su
personalidad, su carga emotiva, su historia, sus gustos, sus expectativas)
atraviesa un lugar que también tiene su personalidad, su carga emotiva y sus
historias. Por eso es imposible que existan dos experiencias iguales.
Yo amé Lima y, entre los tres viajes que hice a Perú, pasé más de tres meses
de mi vida en ella (o con ella, ya que la ciudad fue como una amiga que me
acompañó). Lima fue el punto de partida y de retorno de mi primer gran viaje.
Fue en Lima donde me fui a dormir como viajera grupal y me desperté como
viajera solitaria, cuando mis cuatro compañeras de viaje se volvieron a
Argentina. Fue en Lima donde sentí vértigo al mirar el mapa de América y ver
que me esperaba tanto continente por delante para recorrer sola. Fue Lima la que
me cobijó durante aquel momento de soledad e inseguridad y me impulsó a
seguir caminando un mes después, cuando me vio lista para hacerlo. Fue Lima la
que volvió a recibirme medio año después, cuando ya había recorrido nueve
países y sentía que era momento de volver a Buenos Aires.
De Lima recuerdo, ante todo, sus ventanas. Me recuerdo a mí misma mirando
la ciudad a través de distintos vidrios. La primera vez que llegué, la inspeccioné
desde la ventana del bus y pasé tardes sentada a una mesa de madera del hostal,
mirando hacia Miraflores y escribiendo textos repletos de alegría, emoción y
ansiedad. Cuando volví, antes de regresar a Buenos Aires, me senté frente a la
misma ventana del mismo hostal, sentí que todo era gris y me pregunté dónde
estaba el sol en aquella ciudad. Su cielo color panza de burro me hizo darme
cuenta de que ya no se me abrían cientos de caminos hacia el norte, sino que me
esperaba uno, el más difícil: el de vuelta a mi país.
Dos años después, a mi regreso de Asia, volví a viajar a Perú. Lima me dio la
bienvenida y me demostró que, al igual que entre buenas amigas, el tiempo entre
nosotras no había pasado. Y me enseñó, también, que la mirada se transforma
según nuestro momento emocional. En ese tercer viaje descubrí dónde se
escondía el sol en la capital peruana: estaba arriba de las nubes, en un lugar que
solamente podía ver si volaba muy alto y cambiaba de perspectiva.

*
Mirando por la misma ventana, seis meses después, siento cómo cambió
una ciudad, o tal vez la que cambió fui yo. Ahora todo es gris, ya no sale el
sol, ya estoy de vuelta y no de ida, ya no se me abre un laberinto de
posibilidades, ahora solamente me queda seguir una línea recta que me
devolverá al inicio de todo.
(escrito en mi cuaderno en Lima, días antes de volver a Argentina)

Chica pies de princesa (el Quilotoa y otras vidas)

Mientras subíamos por el cráter del volcán descubrimos que el camino seguía
un patrón. Primero teníamos que esquivar las ovejas, después caminar por la
arena, acto seguido atravesar un pasadizo de rocas gigantes con caras y por
último trepar por escalones de barro. Una vez en la cima, la niebla volvía a
cubrir todo, dando la impresión de que abajo no había nada. Desde allá arriba, la
laguna del Quilotoa no era más que un espejismo oculto en algún rincón de
Ecuador. Pero nosotros, que la habíamos visto de cerca, sabíamos que era real.
Viajé a Quilotoa con Mark, un estadounidense que estaba viviendo en
Guayaquil, y Pepe, un ecuatoriano que lo estaba alojando. Había conocido a
Mark en un hostel en Cuenca y él me había dicho que su familia ecuatoriana
podría recibirme en Guayaquil. Acepté: no era la primera vez que me invitaban a
quedarme en una casa de familia. Estaba al tanto de la existencia de
Couchsurfing, sabía que era una red social de hospitalidad en la que la gente
local ofrecía alojamiento gratuito a los viajeros, pero me parecía un sistema tan
idílico que nunca me había animado a enviar una solicitud para que me
recibieran. Sin embargo, hice couchsurfing no oficial en casi todos los países.
Un fin de semana, Mark nos propuso ir a Quilotoa, un lugar minúsculo que
casi no aparecía en los mapas, y yo acepté sin hacer demasiadas preguntas.
Tomamos dos buses e hicimos el final del trayecto a dedo en un camión lechero.
Cuando llegamos al pequeñísimo pueblo, todo lo que se veía era un camino de
tierra con pocas casitas dispersas a los costados. Los hombres caminaban
despacio con sus caballos, las mujeres iban cargando a sus bebés en la espalda y
el silencio cubría todo. Avanzamos por ese camino y llegamos hasta una escalera
que descendía hacia un paisaje tapado por la niebla.
Mientras bajábamos, las nubes se disiparon y el misterio se develó:
estábamos descendiendo por el cráter del volcán Quilotoa, ya extinto, hacia una
laguna verdeazul que se había formado en su interior. Caminamos durante media
hora en bajada constante y llegamos a la orilla. Pasamos toda la tarde
escuchando el silencio y sintiéndonos ínfimos ante la inmensidad de la
naturaleza. Si bien compartíamos la misma vista, cada uno de nosotros hizo su
visita personal a aquel paisaje. Lo más difícil fue volver a subir. Tardamos una
hora y media: los casi 4000 metros de altura, el frío y la falta de oxígeno se
sentían a cada paso. Al día siguiente, sin embargo, no dudamos en volver a bajar.
Los días que pasamos en Quilotoa fueron acordes al lugar: mágicos. Ahí
sentí, por primera vez, que conocía a alguien de otra vida. Lo supe, sin ningún
misticismo de por medio: Pepe y yo ya nos conocíamos. Punto. Esa seguridad no
tenía ninguna connotación religiosa, esotérica ni sexual. Por alguna razón nos
habíamos vuelto a encontrar después de mucho tiempo, aunque ninguno de los
dos sabía por qué ni para qué. Ese día hablamos acerca de las cadenas de causa y
efecto, de cómo cada acto y cada decisión nos llevaba hacia cierta dirección, de
cómo todo lo que hacíamos sería la causa de un hecho futuro. Nuestro
reencuentro iba a tener algún efecto en los dos, aunque nos daríamos cuenta en
los meses o años siguientes.
Unos días después, mientras volvíamos en bus desde Quilotoa a Lacatunga,
Pepe me agarró la mano izquierda y pasó las dos horas del trayecto así, con los
ojos cerrados y sin hablarme. En algún momento del viaje sentí algo muy raro,
como si mi mano izquierda y su mano derecha fuesen una sola cosa, como si
alguien las hubiese atado y ajustado con hilos invisibles. A la vez sentí una
fuerza que me subía por el brazo izquierdo, avanzaba por mis venas y, al llegar al
hombro, se me desparramaba por todo el cuerpo. Abrí los ojos pensando que
alguien me estaba pasando las uñas por el brazo, pero cuando miré vi que Pepe
seguía inmóvil y que nadie se nos había acercado. Concluí que estaba
imaginando cosas y volví a cerrar los ojos. Más tarde, cuando íbamos en otro
bus, de Lacatunga a Ambato, Pepe me explicó sin que le pregunte: “En el viaje
anterior, cuando íbamos de la mano, te estuve pasando energía”.
En alguna de nuestras tantas charlas, Pepe —a quien hoy considero uno de
mis amigos más sabios— me contó que cada alma, al morir el cuerpo, se divide
en mil y se dispersa por el mundo. Cuando dos partecitas de esa alma se
encuentran lo saben porque sienten que se conocen desde siempre. Y yo quiero
agregar a eso que cada alma, al viajar, también se divide en miles de almas que
quedan dispersas en distintos rincones del mundo. Y cuando esas partecitas de
alma de viajero se encuentran, ocurre eso que pasa cada vez que nos hacemos un
buen amigo viajando: sentimos que nos conocemos de toda la vida. O, tal vez, de
otra.
*
Afuera llueve, adentro nadie parece notarlo. Escucho música sentada en
un rincón, paso desapercibida, pienso en cómo cada ciudad tiene su
personalidad, cómo los paisajes pueden alterar nuestro estado de ánimo,
aunque tal vez no sean más que escenografía. ¿Y qué función cumplen?
¿Cómo sería el mundo si todos los fondos fuesen iguales, si todo fuese un
gran bosque, un gran desierto, una gran playa? ¿Seríamos todos más
parecidos entre nosotros? ¿Existirían las divisiones políticas? ¿O seríamos
todos un gran país? ¿Cómo nos comunicaríamos? ¿Habría un idioma
universal? Quiero inventar un nuevo lenguaje: desde ahora, “blanco” quiere
decir “negro” y “hombre” se dice “mujer”, “guerra” se pronuncia “paz” y
“odio” se cambia por “amor”. Todos los opuestos cambian de lugar. El
lenguaje es tan fuerte que puede generar guerras y destrucción, yo quiero
que mi lenguaje construya paz. ¿Cuándo vamos a dejar las armas y darnos
cuenta de que no sirve de nada matarnos entre todos? Una bala no va a
borrar el egoísmo, un tanque no puede asesinar la codicia, una granada no
hará que la corrupción vuele en pedazos. La sangre derramada solamente
aumenta los males. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cuándo dejamos de
considerarnos hermanos? Si al fin y al cabo todos somos hijos de la
naturaleza. ¿Cuándo pasamos a ser extraños, a no considerar a quien está
del otro lado de una frontera como uno más de nosotros? Quiero luchar
contra los prejuicios, mostrar que somos más parecidos de lo que pensamos,
que a pesar de pertenecer a distintos países, tenemos más similitudes que nos
unen que diferencias que nos separan.
(Escrito en mi cuaderno, un domingo lluvioso en Ecuador)
*

El día que me perdí en el desierto (la primera de tantas situaciones


bizarras que vendrían después)

“No puedo creer que me hayas convencido de hacer esto”, me dijo Mirla, mi
amiga peruana, mientras subíamos con esfuerzo una de las dunas que envolvían
al oasis de Huacachina. “Ya falta poco”, le respondí, intentando consolarla tanto
como a mí. Pero no faltaba poco. Los pies se me hundían hasta los tobillos, el
corazón me latía aceleradísimo y sentía que los músculos de las piernas me iban
a explotar. Cada vez que frenábamos para recuperar la respiración, contaba las
huellas que habíamos dejado en la arena: como mucho, habíamos dado siete
pasos.
No es nada fácil caminar por la arena, mucho menos si esa arena pertenece a
una duna, mucho menos si esa duna forma parte de un desierto y mucho menos
si tu estado físico —como el mío de aquel entonces— no es de lo mejor.
Caminábamos diez pasos y frenábamos, caminábamos otros diez y volvíamos a
frenar. Miré hacia arriba y me dio envidia ver que había gente que ya estaba
sentada en la cima de la montaña de arena, lista para contemplar el atardecer
sobre el desierto. Hice el último tramo corriendo, no quería darle tiempo de
descanso a mis piernas, no quería ni pensar en que estaba cansada.
Llegué y me tiré boca arriba en la arena. Recuperé de a poco la respiración y
miré a nuestro alrededor. Desde ahí podíamos ver la ciudad de Ica de un lado y
el oasis del otro. Había extranjeros haciendo sandboard en la duna de enfrente,
algunos buggies repletos de turistas dando vueltas, parejas sentadas en la arena y
gente que seguía subiendo. Pasó un peruano empujando su bicicleta, cruzó frente
a nosotras y siguió hacia otra duna más alta; más tarde lo vimos bajar: hizo todo
el camino de vuelta en su bici a toda velocidad, con las ruedas semihundidas en
la arena, como si se estuviese deslizando por una barra gigante de manteca.
Mientras Mirla y yo mirábamos el desierto, decidí contarle la historia de uno de
los días más surrealistas de mi vida.
Había sido en el 2008, tres años atrás, durante mi primer viaje a Perú, cuando
Huacachina era un lugar más vacío, menos turístico. Estaba con Vicky y con las
tres argentinas, y un chico que vivía en el oasis nos contó que a cuarenta minutos
de ahí existía otro oasis mucho más chiquito e inhabitado. Huacachina tenía
hostales, bares y bastantes mochileros, y el otro oasis, según él, tenía una laguna
y árboles con frutas exóticas, pero ni una sola casa. Nos creímos las grandes
exploradoras y decidimos ir a buscarlo.
Nos paramos en la esquina de donde salían los buggies turísticos a dar
vueltas por las dunas e hicimos dedo. Le pedimos al conductor que nos levantó
que nos dejara lo más cerca posible del otro oasis. Unos quince minutos después
frenó en medio del desierto, nos dijo que cruzáramos la duna más cercana, nos
aseguró que el oasis iba a estar del otro lado y se fue. Quedamos solas en medio
de la nada. No se veía Ica ni Huacachina, solamente arena por todos lados.
Empezamos a caminar, logramos cruzar la duna y nos encontramos con más
arena. No había ningún oasis a la vista. No había más que kilómetros de nada a
la vista. Nos empezamos a preocupar. ¿Cómo íbamos a salir de ahí? Estábamos
perdidas en el desierto, sin agua, sin comida, sin abrigo. Y se venía la noche.
Caminamos durante un rato más —ni recuerdo cuánto, en el desierto se
pierde la noción del tiempo— pero seguíamos en medio de la nada. Una de mis
amigas se desesperó y se largó a llorar. Vimos un buggy que se acercaba a lo
lejos y le hicimos señas para que frenara. Tenía capacidad para cuatro personas y
tres de sus asientos estaban ocupados. Le pedimos al conductor que por favor
nos acercara a Huacachina o a Ica. “Bueno, las llevo pero son treinta soles (diez
dólares) cada una”, nos dijo. Y nos salió de adentro: “¡Ah no! ¡Treinta soles ni
locas!”. Estábamos perdidas en medio del desierto, pero íbamos a regatear
nuestro rescate. Finalmente nos hizo precio y nos alcanzó hasta una de las dunas
que rodeaba a Huacachina.
Agotadas tras la aventura, nos acostamos en la arena a descansar. Una de las
chicas dijo: “Lo único que falta para que este día sea aún más irreal es que haya
fuegos artificiales”. Claro, fuegos artificiales en medio del desierto. Nos
quedamos semi dormidas, era de noche pero no hacía tanto frío. Cuarenta
minutos después escuchamos, a lo lejos, un “PUM”. Ninguna se movió. Yo
pensé que alguien había disparado un arma, hasta que volvimos a escuchar el
sonido y una de mis amigas dijo: “¡No lo puedo creer! ¡Miren!”. Miramos hacia
arriba y sí: fuegos artificiales de todos los colores envolvían el oasis.
¿Estaríamos teniendo una alucinación colectiva? ¿O era que nuestro día había
sido coronado por luces de colores? Más tarde nos enteramos de que las luces
provenían de una feria callejera de Ica.
Terminé de contarle la historia a Mirla y le dije que Huacachina me había
decepcionado un poco: habían pasado tres años desde aquella primera visita y el
oasis se había convertido en un lugar más turístico y menos oculto. Como estaba
empezando a refrescar, decidimos volver al hostel. El camino de vuelta fue
rapidísimo: bajamos las dunas corriendo, dando saltos enormes. La arena era
blandita, no ofrecía resistencia y no lastimaba. Yo sentía que estaba caminando
sobre nubes y en mi cabeza sonaba el tema Walking on the moon de The Police.
“Las dunas cambiaron de forma, ya no son las mismas”, pensé. Y me di cuenta
de que después de haber vivido aquel día bizarro ya no había nada de
Huacachina que pudiera sorprenderme. Ni siquiera el hecho de que fuera un
oasis oculto en medio del desierto.

*
El tiempo pasa, las agujas no esperan a nadie, la vida sigue, y ¿qué estoy
haciendo con la mía? Viajar... ¿y? ¿con eso qué? Escribir. Ah... pero tanta
gente hace lo mismo, ¿por qué voy a destacarme en lo que hago si miles
hacen lo mismo? Y mientras estoy acá, la vida de los demás avanza y yo me
voy quedando atrás, me pierdo de muchísimas cosas. ¿Cómo hago para
recuperar eso? ¿Cómo hago para estar en dos lugares al mismo tiempo?
¿Cómo hago para vivir dos vidas? Tal vez cuando vuelva ya nadie recuerde
mi nombre, tal vez esté irreconocible, tal vez ya no me importe nada, tal vez
el tiempo me haya envejecido más que al resto.
¿Qué busco con este viaje? Todos me preguntan lo mismo: el motivo de mi
viaje. Bueno, ¿cuál quieren saber? El superficial: escribo para un blog de un
diario bla bla bla. El profundo, el que pocos comprenden, el que no todos
saben:
viajo para conocer otras culturas, para conocer al ser humano, para
conocerme a mí misma;
viajo para huir de la rutina, para escaparme del sistema, para alejarme de
la gente falsa y nociva;
viajo porque no podría hacer otra cosa;
viajo para canalizar mis ansias de libertad, para fortalecer mi
independencia;
viajo para ganar perspectiva y poder ver las cosas con más distancia;
viajo para comprobar con mis propios ojos que existen otras formas de
vida, que es posible encontrar la felicidad y que no está en lo material;
viajo para conectarme con la naturaleza, para conocer a mis antepasados,
para fundirme con el todo;
viajo porque algo adentro mío me dice que no podría no estar viajando en
este momento de mi vida;
viajo porque tengo que hacerlo;
viajo porque estoy cumpliendo mi sueño;
viajo porque ya nada importa, sólo seguir caminando, sólo llegar hasta el
final.
(Escrito en mi cuaderno en Ecuador, en uno de esos días en los que mi viaje
parecía no tener sentido)
Máscaras y tormentas
(cada uno viaja como es)

Máscaras (Cartagena y sus dos caras)

Cada vez que pienso en Cartagena de Indias lo primero que se me viene a la


mente no es la Ciudad Amurallada, ni las palenqueras, ni las frutas tropicales, ni
el mar caribeño. Hay dos imágenes que me quedaron grabadas como postales.
Una, yo acurrucada en algún huequito de la muralla leyendo Cien años de
soledad con el mar Caribe de fondo. Dos, yo acostada en la cama de un
dormitorio compartido en un hostal de Getsemaní, con el ventilador tirándome
aire caliente en los pies, a la espera de un barco que saliera a Panamá en los
próximos días.
Siempre quise conocer Cartagena. No tengo un por qué: así como siempre
quise —y aún quiero— conocer Egipto, Grecia y Turquía —mi santísima
trinidad viajera—, siempre quise conocer Cartagena. Cuando empecé el viaje por
América tenía dos objetivos: el primero, llegar a Cartagena, el segundo, llegar a
México. Pero había algo que no podía entender: cada vez que decía, antes de
salir de Buenos Aires, que iba a viajar por Colombia, la gente —que jamás había
viajado a Colombia— me miraba con horror y miedo, pero cuando decía, en otra
conversación, que planeaba visitar Cartagena, esa misma gente me miraba con
admiración y envidia. ¿Cómo podía ser?
Hace no mucho me topé con un libro que contaba la siguiente historia: una
mujer anunciaba que se iba de viaje por Irán, sola. Cansada de que todos le
repitieran que estaba loca y que la iban a lapidar decidió cambiar una palabrita y
comenzó a decir que se iba de viaje por Persia (lo cual no era mentira, ya que la
antigua Persia es la actual Irán). A partir de ese momento, cada vez que decía la
palabra mágica —“Persia”— sus amigas la miraban con envidia: “¡Ay, Persia!
¡Qué afortunada, vas a conocer príncipes, bazares y castillos!”. Así me sentía yo:
si decía Colombia, “ay, qué horror”, si decía Cartagena, “ay, qué lindo”.
Pisé Cartagena el mismo día que cumplía cinco meses de viaje conmigo
misma. ¡Mi primer aniversario importante! Después, como pasa con los
noviazgos, empecé a festejar los años y ya no los meses. Llegué de noche, en
bus, y mi primera impresión estuvo muy alejada de las imágenes que había visto
en guías turísticas. Lo que veía por la ventana era una ciudad ruidosa, sucia y
oscura. ¿Dónde estaba la Cartagena que me habían vendido las revistas? ¿Estaba
en Cartagena o me había equivocado de lugar? Hasta que la vi, y todas mis
preguntas se derrumbaron: la muralla que rodeaba al Centro Histórico apareció
por mi ventana, iluminada, enorme, imponente. Sí, ya no tenía dudas, estaba en
la famosa Cartagena de Indias, pero el trayecto desde la terminal hasta el barrio
de Getsemaní —donde me alojé— me había demostrado que no estaba frente a
una sino dos ciudades distintas.
Un libro me enseñó que no tenemos que juzgar a nuestro yo del pasado, pero
a veces no puedo evitar ver con ternura a la Aniko que recién empezaba. Ciertas
cosas que hoy doy por sentadas, en aquel momento me parecían grandes
descubrimientos. Si hoy repitiera aquel viaje seguramente vería las cosas de otra
manera y actuaría de otra forma. Claro que Cartagena tenía dos realidades, al
igual que la mayoría de los destinos turísticos del mundo. Una cara es la
maquillada, la que se muestra al turista, y la otra es la cara lavada, la auténtica, la
que muchos nunca llegan a ver.
La Cartagena mágica, la que se conoce como uno de los destinos soñados de
Sudamérica, es la que está contenida entre las murallas: el Centro Histórico.
Cartagena de Indias, fundada en 1533, fue uno de los puertos más importantes de
América durante la colonización española así como el mayor centro de comercio
de esclavos provenientes de África y el principal depósito de las riquezas
extraídas del continente. Fue asaltada varias veces por piratas y tropas inglesas,
francesas y holandesas; en 1586, tras el ataque de Francis Drake, el rey Felipe II
ordenó construir fuertes y una muralla de once kilómetros para aislar y proteger
la ciudad. Entre los siglos xvi y xvii Cartagena se convirtió en la ciudad mejor
fortificada de América. Declaró su independencia en 1811, y en 1815 se ganó el
título de Ciudad Heroica después de resistir a un nuevo intento de colonización.
Tengo que reconocer que caminar por un lugar con tanta historia y tan bien
preservado ya es de por sí mágico. Si no fuese por los autos —que deberían estar
prohibidos— y por el resto de los turistas, pasear por el interior de la Ciudad
Amurallada sería como viajar en el tiempo. Las callecitas de piedra, los
balconcitos, las paredes de colores pasteles, las carrozas, las placitas, todo me
ayudaba a potenciar la sensación de que en realidad, en la Ciudad Amurallada,
los siglos jamás habían pasado. Cada día que pasé en Cartagena me dediqué a
caminar sin rumbo por el Centro Histórico. Me perdí a propósito, me senté en las
veredas y miré a la gente pasar, investigué restaurantes y puestos callejeros,
espié a los artistas y a los lustrabotas, seguí el recorrido de las palenqueras en
silencio, comí frutas tropicales en plena calle y me senté a leer cada atardecer en
la muralla frente al mar. Si bien todo estaba muy preparado para el turismo, era
difícil no caer en el encanto.
Pero la Cartagena que considero auténtica, la que quedó en mi recuerdo de
manera imborrable, no fue la que vi detrás de las fachadas de colores, ni dentro
de las carrozas, ni a la sombra de esos árboles tan bien cuidados. La Cartagena
que sentí verdadera es la que fui descubriendo, casi sin buscarla, fuera de las
murallas, en Getsemaní (el barrio de artesanos, trabajadores y, antiguamente,
esclavos). Las paredes de Getsemaní estaban descascaradas, despintadas,
derruidas. Los edificios estaban venidos abajo. No había conservación ni
planeamiento. Parecía un Centro Histórico sin restaurar y por eso se me hacía tan
atractivo: era un barrio al que no le importaba quedar bien con nadie —mucho
menos conmigo—, que se mostraba tal como era, con su encanto y su
decadencia.
En aquel momento aún no había estado en Centroamérica, pero sentía que
Getsemaní era un barrio más parecido a los del Caribe que a los de Sudamérica.
Durante mis caminatas descubrí que la gente se sentaba a charlar en las veredas,
que las entradas de las casas estaban repletas de sillas y que los vendedores de
café deambulaban con sus termos y vasitos de plástico ofreciendo tintos. Vi a
una chica que caminaba descalza con su bebé en brazos, a señoras que charlaban
con las vecinas, a chicos que corrían y jugaban por el medio de la calle. Y, a
diferencia del Centro Histórico, en Getsemaní todos me saludaban.
Ese barrio fue mi primer contacto directo con lo que luego empecé a llamar
cultura callejera. Ese ser en las veredas, ese habitar el espacio público como si
fuese el privado es lo que me encanta de ciertos lugares del mundo. En
Cartagena la culpa la tenía, tal vez, el calor, que hacía que todos estuvieran
afuera, viviendo la rutina en las veredas. De noche, los que ocupaban el espacio
público eran los borrachos, y eso me hacía pensar en que si la Ciudad
Amurallada era un hombre vestido de traje que paseaba en carroza por las
callecitas empedradas, Getsemaní era un borracho sentado en una esquina,
sosteniendo una botella en la mano y escupiendo en el suelo. Aquel era un
descubrimiento que me hacía sentir orgullosa. Lo que más feliz me ponía era
haberme dado cuenta de que Cartagena de Indias tenía dos caras: la que
mostraba a los turistas y la que quedaba reservada para los locales y los curiosos.
Así fui descubriendo que hay muchas maneras de viajar. La separación entre
turista y viajero es muy tajante e incapaz de englobar todos los estilos de viaje
que existen, pero me parece una manera válida de contraponer dos formas
distintas de relacionarse con un lugar. La diferencia entre turista y viajero, para
mí, no está en los tours ni en la categoría de los hoteles ni en el equipaje, sino en
los objetivos, en la mirada, en el vínculo que se establece con lo local y en la
velocidad o lentitud del viaje.
El turista se va por poco tiempo y considera el viaje como algo extra-
ordinario, por fuera de su rutina laboral: generalmente se moviliza para tomarse
vacaciones de su trabajo y descansar en un lugar distinto a su ciudad o pueblo.
Suele privilegiar lo organizado —por comodidad, por escasez de tiempo, por
miedo a perderse, por desconocimiento del idioma local, por temor a que le
cobren de más— e irse con cada día planificado de antemano. Por eso no deja
mucho lugar para lo espontáneo, para la sorpresa y para la interacción
desinteresada. La industria turística, a su vez, se encarga de llevarlo por un
circuito prearmado, de ponerlo frente a monumentos, paisajes, platos de comida
y tiendas de souvenirs, de hacerle sentir miedo en ciertos lugares o hacia cierta
gente y de mostrarle “lo mejor” del país. El turista busca relajarse, descansar,
huir de la rutina y entretenerse con los atractivos que un país tiene para ofrecer.
Es común, además, que el turista recorra de forma acelerada, con un afán de ver
mucho en poco tiempo. Su lema, probablemente, sea “yo estuve ahí”.
El viajero recorre el mundo (que puede ser su propia ciudad, su país o el
destino más exótico) con el objetivo de salir a conocer otras realidades y de
entrar en contacto con otros modos de vida. Intenta huir del circuito turístico
prearmado y busca una interacción más profunda y sincera con lo local. Prefiere
no tener planes, seguir su intuición y dejar que el camino lo lleve; privilegia lo
espontáneo y auténtico por sobre lo cómodo y organizado —aunque, si se va por
poco tiempo, es válido que planee de antemano para aprovechar bien los días—.
El viajero va en busca de personas y de cultura y no tanto de atractivos o
excursiones: le interesa ver cómo viven en distintas partes del mundo, qué
comen, cómo se visten, qué sienten, cómo piensan, e intenta establecer vínculos
que no estén mediados por lo económico. Lo importante para él no es la cantidad
de lugares visitados sino la profundidad del descubrimiento. El viajero busca
sumergirse en otra realidad y vivir en ella por un rato, le interesa conocer a la
gente que da personalidad al país. Su lema (o por lo menos el mío) es “yo fui
atravesado por ese lugar”.
En su libro El cielo protector, Paul Bowles escribe: “No se consideraba un
turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el
tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo
de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al
siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. Y
le hubiera sido difícil decir en cuál de los muchos lugares donde había vivido se
había sentido más a sus anchas (...) Porque, como pretendía él, otra importante
diferencia entre el turista y el viajero es que el primero acepta su propia
civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y
rechaza los aspectos que no le gustan”. El turista busca desconectarse de su
rutina y el viajero busca conectarse con el mundo.
En la distinción entre turista y viajero hay muchas áreas grises: un turista
puede comportarse como viajero (cuando se sube al transporte local para no
pagar de más, cuando va a comer esquivando el circuito de restaurantes
turísticos, cuando entabla una relación de amistad con una persona del lugar) y
un viajero puede comportarse como turista (cuando se saca fotos delante de un
monumento famoso, cuando realiza alguna excursión donde todo está pautado de
antemano, cuando sigue a rajatabla los consejos y rutas de una guía de viajes).
Ser viajero no implica estar fuera del sistema y ser turista no implica estar
dentro. Ser viajero no implica ir con mochila y ser turista no implica ir con valija
(aunque, en mi opinión, el equipaje liviano es la opción más adecuada para aquel
que quiera trasladarse constantemente).
Creo que existen tantas razones y tantas maneras de viajar como personas.
Cada uno viaja como es, acorde a su forma de ser y su personalidad, por eso
todas las maneras son válidas. Lo que importa es mantener los ojos abiertos e
intentar ver un poco más allá de lo que se muestra. Uno puede pasar por un lugar
y creerse la imagen que le venden o puede ser atravesado por la realidad y ver
que el espectáculo, a veces, no es más que eso. Los lugares, como las personas,
tienen dos caras que no son opuestas sino complementarias. La que más llama la
atención es la cara que se muestra, la embellecida, la que busca agradar y
cautivar. La otra, la cara más real y profunda, es la que se oculta por miedo al
rechazo, la que se guarda solamente para aquellos que se animen a bucear un
poco más. Por eso creo que también hay que conocer el lado turístico de un
lugar: es interesante ver qué se busca mostrarle al que viene de afuera, ya que
ese maquillaje seguramente surja de algo profundo y tenga su razón de ser.
Cartagena me dejó mirarla embellecida, como a punto de irse a una fiesta, y
al natural, como si recién acabara de levantarse de la cama. Y me hizo pensar en
que si yo pudiese elegir dónde haber nacido, hoy sería una mujer afro-caribeña y
viviría en algún pueblito frente al mar, donde la gente saca las sillas a la calle y
se dedica a pasar la vida en las veredas.

Tormenta (bitácora de un cruce por el Caribe)


Cuando me desperté seguía sentada en el sillón. Durante los primeros
minutos, esos en los que la somnolencia sigue dándole un tinte onírico a la
realidad, me costó darme cuenta de dónde estaba. Miré a mi alrededor: cinco
caras con expresiones de pánico y malestar me devolvieron la mirada. Afuera
estaba oscuro y seguía lloviendo. Sentí el movimiento y ahí recordé que estaba
en un velero en medio del mar Caribe, cruzando de Colombia a Panamá en plena
tormenta eléctrica.
Si bien Colombia y Panamá están unidas por tierra no existen rutas terrestres
entre un país y otro. En esa porción en la que América del Sur y Centroamérica
se dan la mano se extiende la selva del Darién, una zona habitada, según dicen,
por la guerrilla y por todas las enfermedades tropicales de la zona. Quien decida
cruzar por tierra deberá hacerlo a su propio riesgo en una 4x4, a través de
caminos sin trazar y sabiendo que puede no volver con vida de la expedición. Yo
decidí cruzar en barco, por si acaso. Podría haber ido en avión, pero me gusta
enterarme de lo que pasa entre el punto A y el punto B y, como amo el mar y la
navegación, un velero me pareció la opción más atractiva.
Conocí a Wilson, un colombiano de mi edad y capitán de un velero, pocos
días después de llegar a Cartagena, recomendado por uno de los chicos del hostal
de Getsemaní. Me habían dicho que tuviera cuidado con los capitanes: algunos
eran muy profesionales pero había otros que no compraban comida suficiente y
se pasaban los cinco días de navegación borrachos y maltratando a sus pasajeros.
No sabía si sería otro de los tantos mitos mochileros, así que decidí guiarme por
mi intuición, —sentido que desarrollé a través de los viajes—y como Wilson me
pareció confiable, decidí hacer el cruce con él.
El velero zarpó del puerto de Cartagena diez días después. Unas horas antes
de embarcar salí en busca de una pastilla para el mareo: no suelo tener
problemas en los barcos, pero el mismo viajero hondureño que me había
convencido de que navegara de Colombia a Panamá —“fue la mejor experiencia
de mi vida”— también me había hecho prometerle que iba a tomarme una
pastilla mágica que me ayudara a no marearme —“el barco se mueve mucho y es
muy difícil no descomponerse”—. Cuando por fin encontré la bendita pastilla en
una farmacia me di cuenta de que ya no me quedaban pesos colombianos y que
no tenía cómo pagar. Cuando le conté al farmacéutico que estaba por hacer el
cruce en velero me sonrió y me regaló dos pastillas: “Que tenga buen viaje y
ojalá vuelva pronto a mi país”.
Zarpamos esa misma tarde. El velero tenía quince metros de largo y
capacidad para diez personas. Tripulación: una pareja israelí, un polaco, dos
belgas, tres alemanes, Wilson y yo. No había marineros. Cartagena nos despidió
con un cielo negro y una promesa de tormenta. Una hora después pasó lo que
nadie deseaba: se largó el diluvio. Ya no había vuelta atrás: todos querían seguir
así que no quedó otra que salir a mar abierto con lluvia. Nunca estuve en un
barco que se moviera tanto: el mástil se inclinaba de un lado a otro y las olas
parecían lomos de burro gigantes. Varios se descompusieron y se abrazaron
durante un rato a las barandas que daban hacia el mar. Yo, por las dudas, me
tomé la pastilla.
Dicen que lo mejor para el mareo es quedarse en cubierta, respirar aire fresco
y mirar el horizonte, pero llovía tan fuerte que tuvimos que bajar al interior,
refugiarnos en la sala y cerrar todas las ventanas para que no entrara agua. Nos
sentamos en los sillones en ronda y, mientras nos mirábamos con cara de pánico,
nos fuimos quedando dormidos. Me desperté varias veces en el transcurso de la
noche y si bien no sé qué fue lo que soñé y qué fue lo que viví, estoy segura de
dos cosas. Una, que estábamos navegando en plena tormenta eléctrica. Espié por
la ventana y vi que los rayos caían muy cerca del barco. ¿Y si uno pegaba en el
mástil, qué? Mejor no pensarlo. Y dos, que en medio de ese escenario
desesperante el capitán había dejado al polaco a cargo del timón y se había ido a
dormir.
¿Cómo podía ser? Estábamos en medio del océano, sin tierra a la vista, sin
nada a la vista, bañados por la tormenta y el capitán estaba durmiendo en la
cama de la proa. Al otro día, Wilson me explicaría que no podía aguantar las 48
horas de navegación despierto y que alguien tenía que ayudarlo con el timón
mientras él descansaba, hubiera tormenta o no. Pero esa noche, cuando vi que
unos pies asomaban por la puerta del camarote y descubrí que quien estaba en
posición horizontal (mientras el barco estaba por darse vuelta) era nuestro
capitán, me preocupé. Salí a cubierta y me encontré con el polaco emponchado,
conduciendo bajo la lluvia y alternando el timón con un balde en el que
vomitaba. Parecía una pesadilla. Le llevé agua, conduje un rato —nunca había
timoneado un velero, pero tras dos explicaciones me puse al mando— y rogué
que la tormenta pasara rápido.
A la mañana siguiente volví a despertarme en el sillón, junto al resto de los
chicos. Eran las siete y la lluvia había parado. No hay cielo más lindo que el que
aparece después de una tormenta de esa magnitud, es un cielo que dice: “Ya está,
ya pasó, la vida sigue”. Me senté en la cubierta a mirar el paisaje y caí en la
cuenta de que estábamos en el medio de la nada: el mar traspasaba los límites del
horizonte. No había tierra a la vista. La angustia de “si nos pasa algo nadie se va
a enterar jamás” se me mezclaba con una sensación de libertad total. Navegar me
parece una de las experiencias más liberadoras del mundo: en un barco todos los
caminos son posibles.
A las diez de la mañana recibimos visitas: diez delfines nadaron durante
veinte minutos al lado de la proa. Pueden intentar venderme lo que quieran, pero
creo que no hay mayor espectáculo que el de la naturaleza en estado puro.
Navegamos con el motor porque el viento no era favorable; íbamos siguiendo el
rumbo del sol, siempre hacia el oeste. Esa noche no llovió. Vimos, en cambio, el
cielo más impactante de nuestras vidas (o por lo menos de la mía, aunque años
después lo vería desde el desierto de Marruecos y quedaría aún más impactada).
Las estrellas ocupaban tanto cielo que parecían cosidas a un telón que se hundía
en el mar.
El tercer día de navegación entramos a aguas panameñas y vimos, por fin,
tierra (aunque no del todo firme). Eran islas de arena. Habíamos llegado al
archipiélago de San Blas: 365 islas (una para cada día) habitadas por los guna
yala, un grupo indígena americano. San Blas era, según todos los que habían
hecho el cruce en velero, la gran recompensa y lo que hacía que cualquier
tormenta eléctrica valiera la pena. A pesar de pertenecer geográficamente a
Panamá, San Blas tiene autonomía política y económica. Los guna —llamados,
hasta hace poco, kuna— mantienen sus tradiciones y su modo de vida casi
intacto. Tienen un presidente y se reúnen en congreso para tratar los asuntos de
la comarca; no permiten inversiones extranjeras en sus islas y ellos mismos
proveen los servicios turísticos. Se comunican en su lengua y las mujeres siguen
usando su ropa tradicional, a diferencia de los hombres, que se occidentalizaron.
Después de sellar la entrada a Panamá fuimos hacia Chichimé, una de las
islas, y tiramos el ancla a pocos metros de la costa y nos quedamos ahí los dos
días siguientes. La comarca de los guna tiene una población de 36 000
habitantes: de las 365 islas, solamente 36 están habitadas. Las hay de todos los
tamaños: algunas, como Chichimé, albergan tres o cuatro casitas, otras están
conformadas por pequeñas aldeas, algunas tienen espacio para una sola palmera
y otras no son más que parches de arena sobre el mar. Los guna se trasladan de
una isla a otra en sus cayucos o canoas de madera y viven de la pesca, de la
venta de molas —el tejido tradicional— y del ecoturismo. Muchos de ellos
jamás salieron de San Blas.
Es casi un pecado estar tan cerca de otra realidad y no dedicarse a hablar con
esa gente que se sacó la lotería paisajística y tuvo la suerte de nacer en uno de
los rincones más lindos del mundo. ¿De qué manera afecta la geografía a sus
habitantes? Si una misma persona pudiera vivir tres vidas —una en una isla, otra
en la selva, otra en la ciudad—, ¿seguiría siendo igual en cada escenario?, ¿o la
geografía moldearía su carácter hasta convertirla en tres personas distintas? En
esencia todos somos humanos, pero estoy segura de que la geografía —no como
único factor, sino sumado a otros— tiene mucho que ver con nuestra
personalidad y con el modo de ser de nuestra sociedad.
Bajé del barco y fui nadando hasta la orilla de Chichimé para saludar a mis
vecinos. Sentí que entrar a esa isla —una pequeña aldea— desde el mar era
como entrar a una casa por el jardín, así que pedí permiso para pasar. La isla no
era muy grande, se podía caminar de punta a punta en menos de cinco minutos.
Había varias chozas fabricadas con troncos y hojas secas, molas secándose al sol
y muchas palmeras. Tres mujeres y un hombre trabajaban con sus tejidos y un
nene de unos cinco años jugaba en la arena.
Los guna se organizan de manera matriarcal y los roles están bien definidos:
los hombres salen temprano a pescar, a recolectar cocos y a vender o
intercambiar alimentos. Las mujeres se ocupan de la casa, cuidan a los niños y
confeccionan las molas; si bien tienen menos poder político, ellas son las
encargadas de administrar el dinero de la familia. Pero también hay hombres que
pasan los días confeccionando molas con las mujeres: su contextura física y su
modo de ser los hace más aptos para la costura que para la caza o recolección.
Era el caso de Víctor, el Master Mola Maker —así decía su tarjeta personal, que
aún conservo— que conocí aquel día en Chichimé.
Víctor hablaba guna como primer idioma y había aprendido español e inglés
gracias al contacto con los turistas. Si bien le hice varias preguntas, él terminó
entrevistándome a mí: me preguntó cómo me llamaba, cuántos años tenía, de
dónde era, a qué me dedicaba, cómo estaba compuesta mi familia, si sabía tejer,
hacía cuánto que viajaba y si prefería vivir en mi país o en Guna Yala. Mientras
yo respondía, él le traducía a las mujeres. Me mostró la mola que estaba
confeccionando: un tejido de seis telas superpuestas, con un diseño creado por su
abuela que había ido pasando de generación en generación. Una obra de arte,
como todos los tejidos de aquella comunidad.
En medio de la charla, Víctor atendió su celular y le encargó hilos de colores
a un conocido que estaba por viajar a Ciudad de Panamá. Víctor jamás había
salido de las islas y me dijo que no tenía intenciones de hacerlo. Los guna se
comunicaban por medio de sus celulares y, si bien esa modernidad inesperada
rompía un poco con la magia, a la vez me demostraba que tomaban los
elementos tecnológicos que les servían. En Chichimé, por ejemplo, no había
electricidad, ni luz, ni mucho menos televisión o internet. Tampoco había un
baño tal como lo conocemos. Y sin embargo se los veía tan bien que por primera
vez sentí algo que luego comenzaría a pasarme mucho más seguido: deseos de
haber nacido ahí o, por lo menos, de quedarme a vivir con ellos por un tiempo.
Después de charlar con Víctor me dediqué a hacerme amiga del nene.
Jugamos a las escondidas entre las palmeras, convertimos la arena en un
pizarrón y usamos un palito para dibujar. Por primera vez —en ese viaje tuve
muchas primeras veces— fui capaz de comunicarme con alguien sin hablar el
mismo idioma.
El de América Latina fue, más que un viaje por el continente, un viaje de
descubrimiento por los caminos de mi propio ser, y aquellos días en el velero
quedaron entre los más lindos de mi vida. La versión oficial de la historia dice
que mi paso por las islas terminó al día siguiente: me bajé del barco, me tomé un
jeep rumbo a Ciudad de Panamá y nunca más volví a San Blas. Pero la versión
no oficial dice que aún sigo allá, navegando en un velero entre 365 islas. Al
viajar me es imposible no dejar pedacitos de alma dispersos por ahí, viviendo las
vidas que yo, por algún motivo, decidí no vivir. Desde aquel día, libertad, para
mí, equivale a estar en la cubierta de un barco, con el aire de mar que me pega en
la cara, sin rumbo definido y con alguna que otra tormenta eléctrica cerca.
Gracias al dengue
(fragmentos de una internación)

1.

—Ya ve... ¡A Tikal! ¡Todos iban a Tikal y aquicito se quedaron!


La enfermera sonrió mientras me controlaba el suero.
—Uno que se rompió una pierna y ya no pudo ir, otro necesitó cirugía y se
quedó aquí internado varios días. ¡Todos se volvieron a su país, ninguno vio
Tikal!
Las dos nos reímos de la situación: graciosa, irónica, triste. Aquella vez, “la
maldición de Tikal” me había tocado a mí. Estaba en Guatemala, a muy pocos
kilómetros de las ruinas mayas más imponentes del país, y no iba a poder
visitarlas. Al menos no en aquel viaje. Lo único que me consolaba era saber que
las ruinas, a diferencia de las personas, no iban a moverse de donde estaban, al
menos por unos siglos más.

2.

Desapareció. De golpe, misteriosamente, sin ningún tipo de explicación: el


día que pisé Guatemala, el hambre se borró de mi organismo. “Será el calor”,
pensé. “Será hasta que me aclimate”, me dije. “Será la emoción del viaje”, me
convencí. Si aún me alimentaba era porque la razón me decía que el ser humano
necesita comida para sobrevivir, pero no porque sintiera deseos de hacerlo. El
hambre había dejado de formar parte de mi rutina.
El de Guatemala fue mi primer viaje laboral. Una agencia que había ofrecido
colaborar con mis viajes —después de leer mi blog de relatos de América Latina
— me había mandado a Guatemala a modo de viaje-piloto para que escriba un
blog acerca de mis experiencias. Como me iba por veinte días, tenía una ruta
más o menos prevista.
La primera semana pude conocer varios de los pueblos que había marcado en
el mapa: Antigua, esa pequeñísima ciudad colonial de paredes pasteles donde la
vida transcurría lenta y amable; el mercado indígena de Chichicastenango, donde
se vendían colores y cultura al aire libre; el lago de Atitlán, sus volcanes y sus
habitantes curiosos; y la ruta de atrás que llevaba, a través de montañas, del
Quiché a Cobán.
Una tarde, mientras leía sentada sobre la cama marinera de mi habitación en
una posada de Antigua, un grupo de mosquitos se hizo un festín con mis talones.

3.

Mi viaje había comenzado un domingo, y el miércoles siguiente ocurrió la


fatalidad que, para mí, explicaba mi condición: comí huevos dos veces en el día.
Una, de desayuno, ya que en Centroamérica es una sana costumbre alimentarse
bien por la mañana; la segunda, en la cena, porque no me quedó otra opción.
Estaba viajando de Chichicastenango a Cobán y tuve que hacer noche en
Uspantán, un pueblito en el que encontré un solo lugar donde cenar, y la única
comida que había en el menú incluía huevos. En mi cabeza escuché la voz de mi
mamá diciéndome: “Ani, no es bueno para el hígado comer tanto huevo”, pero
no me quedaba otra: era comerlos o no comer.
Al día siguiente, el hambre, desaparecida en acción, fue reemplazada por otro
personaje: las náuseas. Me dije: “Las madres siempre tienen razón”.

4.

El barro me llegaba por encima de las rodillas. Tuve que caminar descalza
por las piedras para no patinarme. Crucé sin comida en el estómago, sin energía
y con ganas de llorar. Como no tenía fuerzas para cargar las dos mochilas, se las
di a dos nenes que me ofrecieron ayuda. No sé cómo hubiese hecho sin ellos.
Había tenido la genial idea de ir de Chichicastenango a Cobán por la ruta de
atrás: no quería tomar la ruta vía Ciudad de Guatemala porque eso implicaba
hacer más kilómetros y gastar más dinero. En el mapa, la ruta de atrás parecía la
más directa, pero el camino fue largo, sucio y agotador. Un derrumbe impidió
que la combi en la que viajábamos pudiera seguir así que tuvimos que bajarnos,
atravesar un kilómetro de barro con el equipaje a cuestas y subirnos al bus que
nos esperaba en la otra orilla de ese lago marrón.
Llegué a Cobán, entré al primer hostal que encontré y me metí en la cama.
No tenía fuerzas para hacer otra cosa: dormir me tentaba más que la posibilidad
de salir a recorrer el pueblo.

5.

Me desperté en mitad de la noche, muerta de frío. Fui corriendo al baño, me


desplomé en el piso y me abracé al inodoro. No podía moverme: cada vez que
intentaba levantarme sentía náuseas. Lloré mientras mis compañeros de cuarto
dormían. Estaba completamente sola. Desde el piso vi un cartel que decía:
“Cuáles son los síntomas de la Gripe A”, dos puntos. Era la época de la famosa
gripe porcina y por un momento creí que me la había agarrado. Temblé aún más.
Por fin, lo que me pareció una eternidad después, logré combatir las náuseas y
me levanté. Volví a la cama, me tapé con tres frazadas y dormí hasta la
madrugada.
Aquel episodio me hizo odiar Cobán. Sé que Cobán no tuvo la culpa, pero al
fin y al cabo viajar implica relacionarse sentimentalmente con el lugar que se
visita: si las vivencias son positivas, el lugar quedará idealizado en nuestro
recuerdo, pero si pasamos momentos tristes o desagradables, será difícil desligar
los hechos del escenario donde ocurrieron. Así que en vez de quedarme en
Cobán, como tenía planeado, decidí irme a Flores a conocer las ruinas de Tikal y
borrar ese baño y esa noche de mi memoria.

6.

El viaje a Flores —en combi turística “VIP”— fue peor que el anterior. O tal
vez era que mi salud caía en picada. Fueron seis horas de calor aplastante en un
minibús desbordado de gente y sin ventilación. El sol selvático incineraba el
techo y la fiebre me quemaba la frente. Culpé al clima, a la ruta, a los pasajeros,
al conductor, a los árboles, al sol. No comí nada en todo el trayecto.
Lo primero que hice al llegar al hostal fue abalanzarme sobre la cama. Y ahí,
una semana después de haber llegado a Guatemala, decidí aceptarlo: mi salud no
estaba bien. Le pedí a la dueña del hostal que me recomendara una clínica, salí a
la calle y me subí al primer taxi que pasó. El viaje no duró ni cinco minutos.
“Aquí es”, me dijo el conductor. Bajé y se fue. Quedé sola frente a una casa de
paredes blancas. En letras negras, decía: Centro Médico Maya.

7.

La reja estaba abierta así que entré con timidez. Me quedé parada en la puerta
y me recibió Sandra, una chica joven que después se convertiría en mi
enfermera. Me hizo sentar mientras llamaba a la doctora. Miré el reloj: las siete
de la tarde. Era sábado.
Sonia, la doctora y dueña del establecimiento, me hizo pasar a su despacho y
me examinó. Diagnóstico inicial: 38.5 de fiebre, infección intestinal y
deshidratación. “Me parece que lo mejor es internarla y darle suero al menos por
veinticuatro horas para que no se me desmaye, no sé usted qué opina”, me
sugirió y me ordenó a la vez. Así que en pocos segundos pasé del consultorio a
la camilla, de la ropa de calle a la bata blanca, de ser viajera a ser paciente, de
recorrer Guatemala a tener que quedarme en reposo dentro de la pequeña
habitación de una clínica maya.

8.

“¡Enfermera! ¡Se me salió el suero! ¡Enfermera! ¡Tengo que ir al baño!


¡Enfermeraaaaa! ¡Me aburro!”. Todas mis cosas —computadora, cuaderno,
libros— habían quedado en el hostal: había salido con lo mínimo indispensable
pensando que la visita al médico iba a ser rápida. Así que en aquella situación —
internada en otro país, sola y aburrida— el suero se convirtió en mi nuevo mejor
amigo y en mi excusa para conversar con las enfermeras. Al principio lo
colgaron de un gancho que pendía del techo para que quedara justo por encima
de mi brazo izquierdo. Después, cuando ya podía levantarme para ir al baño, lo
sujetaron de un perchero con ruedas. Adonde iba yo, el suero me seguía.
Durante los primeros días de internación, mi rutina consistió en despertarme
a las siete de la mañana para desayunar (había recuperado el hambre, aunque
seguía con muchas náuseas), mirar el techo durante algunas horas hasta que me
llevaran el almuerzo, dormir un rato más, observar hipnotizada cómo giraba el
ventilador, escuchar las conversaciones de los pacientes y doctores que se
filtraban de afuera y ver cómo bajaba el líquido del suero. Jamás quise cerrar la
puerta de mi habitación para no quedar aislada del mundo. Como la clínica era
chiquita no había timbres ni teléfonos para llamar a las enfermeras, así que cada
vez que necesitaba algo tenía que gritar desde mi cama.
Mis días tenían momentos culminantes: cada vez que una de las enfermeras
entraba a mi cuarto para controlarme el suero y conversaba un ratito conmigo,
cada vez que escuchaba los aviones que sobrevolaban rumbo a Tikal, cada vez
que recibía una llamada desde Argentina y tenía que movilizarme hasta la
recepción —con el perchero— para atender el teléfono, cada vez que tenía que
darme una ducha de agua “al tiempo” (léase fría). Y justamente en eso
estábamos el suero y yo, disfrutando de una ducha de agua al tiempo, cuando la
enfermera entró al baño, me dijo que la doctora necesitaba hablar urgente
conmigo y me pasó el teléfono a través de la cortina. ¿Qué podía ser tan urgente
como para tener que hablar bajo la ducha? “¡Chica! Ya le hicimos el análisis de
sangre. Le dio positivo el dengue, fíjese usted”, me dijo la doctora con un tono
casi risueño.
9.

—¿Dengue? ¡Aquí todo el mundo tiene! A mí me dio a los diecisiete. La


gente viene al hospital y se va con su receta nomás. No se preocupe que no es
tan grave, en unos días se le va a ir, con los medicamentos y el reposo. Seguro
que iba para Tikal, ¿no?
Sandra era la más joven de las dos enfermeras que me cuidaron durante mis
cinco días en la clínica. Tal vez nuestra cercanía de edad —ella veinticinco, yo
veintitrés— hizo que siempre se mostrara simpática y curiosa conmigo. Me
preguntó de dónde era, si estaba casada, si tenía hijos, si vivía en Europa, si me
gustaba Guatemala y si pensaba volver a su país. Me contó las intimidades del
centro médico: que había tres recién nacidos y que uno pesaba cinco libras, que
un señor le había mandado flores a su mujer, que la noche anterior había llegado
una chica con un brote psicótico. Ella y la otra enfermera hacían turnos de
veinticuatro horas, así que me tocaba un día con cada una.
De mi enfermera número dos no supe casi nada. Sólo que era bajita, callada y
bastante mayor que Sandra. Ella entraba bien temprano con el desayuno, me
despertaba y me mandaba a lavarme los dientes antes de comer; cuando
terminaba de almorzar me obligaba a bañarme, retiraba mi bandeja y me decía
que había comido muy poco. Usaba la menor cantidad posible de palabras, pero
lo decía con una ternura que me resultaba adorable. Cada noche acercaba un sofá
a la puerta de mi habitación y se quedaba durmiendo ahí afuera, a pocos metros
de mi cama, por si necesitaba algo.
Una tarde, cuando la clínica estaba vacía y en silencio, se acercó al pie de mi
cama y, sin que le preguntara, me contó historias de su familia, de su hija, de su
nieto, de su vida, de sus miedos, de sus alegrías. Cuando terminó de hablar
desestimó todo, pensando que tal vez me aburría: “Perdone, es que me gusta
mucho platicar”, y se fue, tan silenciosa como siempre.

10.

Cuando me las nombraron me las imaginé como mini-medusas haciendo


acrobacias acuáticas en mi cuerpo y sentí escalofríos. La doctora me explicó que,
además del dengue, tenía amebas en el estómago. Ese parásito, típico de
Centroamérica y otras zonas tropicales, es muy fácil de contraer y puede ser muy
peligroso si no se lo detecta a tiempo. Las amebas, así de insignificantes como
parecen, no se van aunque uno las eche: si se las deja estar mucho tiempo son
capaces de provocarnos la muerte. A mí, por suerte, me las desalojaron a tiempo.
El dengue, al ser virósico, se me fue en una semana gracias al reposo y al
suero. Tuve suerte de que no fuera hemorrágico (que si no se agarra a tiempo
también provoca la muerte), pero mi estado general quedó bastante debilitado.
Como no tenía fuerzas ni para ponerme la mochila —por algo le dicen “la fiebre
rompehuesos”— decidí adelantar mi regreso y volar directo de Flores a Buenos
Aires.
Pero aún me quedaba un día más en el centro médico.

11.

Estoy en las afueras del lago de Atitlán, parada sobre una calle de tierra
con mi mochila en los hombros. Estiro la mano y lo freno. Acostumbrado a
parar sin aviso, el ‘chicken bus’ (mote cariñoso que se ganó el transporte
público en varios países de Centroamérica) se detiene a pocos metros. Subo
los tres escalones, atravieso la puerta —siempre abierta, porque los ‘chicken
bus’ siempre invitan a subir— y le pregunto al cobrador de boletos si van a
Chichicastenango. Van.
Como ya no hay asientos vacíos el conductor me indica que me siente al
lado de él, de espalda al parabrisas y de frente a los pasajeros. Dejo mi
mochila a un costado, me acomodo y miro hacia adelante. Me choco con
cincuenta pares de ojos que me miran de frente. Acabo de ingresar a un
micromundo, a una realidad en la que soy un elemento muy extraño. Mujeres
con sus bebés en brazos y en compañía de sus amigas, grupos de niños
recién salidos de la escuela, ancianos con sus sombreros de paja y
expresiones semi-dormidas. Todos me atraviesan con curiosidad y en
silencio. Están inmóviles, no hablan. Por más que estoy en una posición que
me permite mirar a todos los pasajeros a la vez, sus miradas combinadas son
mucho más fuertes que la mía. ¿Qué pensarán de mí? Que soy una loca que
anda sola con su mochila por ahí, que dónde estará mi marido, que si
hablaré español, inglés o algún otro idioma desconocido, que cómo es
posible que una mujer tan joven viaje sola por Guatemala.
Tras unos segundos de silencio e inmovilidad, la banda sonora y la vida se
reanudan: la cumbia parece encenderse de golpe, la bocina vuelve a sonar
cada vez que aparece otro bus de frente, los pasajeros siguen anunciando
con un grito que quieren bajarse en la siguiente esquina, las mujeres siguen
charlando, algunos hombres prosiguen con sus ronquidos. Una vez que mi
presencia deja de ser un elemento extraordinario en la rutina de aquel bus,
el viaje y la vida de cada pasajero siguen como si nada.
Aquel momento efímero ya pasó a formar parte del pasado, pero siento
que ese encuentro de cincuenta pares de ojos con los míos se seguirá
repitiendo infinitamente en algún bus que nunca más dejará de circular por
las calles de tierra de Guatemala…
De la nada, un “¡hola!” extraño me hizo volver a la habitación de la clínica.
Angélica, una guatemalteca de doce años, había entrado a mi cuarto sin pedir
permiso y me estaba mirando con curiosidad desde el pie de la cama.

12.

Agarraba su carterita con las dos manos y tenía un aire de mujer adulta y
preocupada. Caminaba de un lado a otro, se apoyaba en el borde de mi cama,
después se sentaba sobre la sábana, al rato se bajaba y espiaba hacia afuera por la
puerta. Finalmente me contó que su mamá estaba por dar a luz y que los médicos
habían dicho que la vida de su futura hermanita estaba en peligro. Angélica
había viajado con su mamá tres horas para llegar al centro médico, ella era la
única que la acompañaba: su papá estaba trabajando en Estados Unidos y sus
hermanitos se habían quedado en casa.
Durante media hora, Angélica, con sus doce años, me habló de la muerte.
“Aquí en Guatemala hay un río con lagartos que se lo comen vivo a uno”; y:
“Existe una araña que pica y lo deja seco a uno”; y también: “A mi tío lo pararon
en la ruta para robarle y casi lo matan, pero lo dejaron ir”; e incluso: “El otro día
violaron y mataron a tres niñas en una casa”. Sin que yo le pidiera, me contó
decenas de historias y probables mitos urbanos de su país, además de
preguntarme si en el mío pasaban las mismas cosas.
Casi cuarenta minutos después escuchamos, por fin, el llanto de su
hermanita. Angélica respiró, se tranquilizó y me dijo, sonriendo: “Qué bonita,
¡cómo chilla!”. Acto seguido me habló de embarazos, de nacimientos, de
bebés... En fin, de la vida. Un rato más tarde, Sandra entró con la recién nacida
en brazos y nos la presentó. Antes de irse de mi habitación, Angélica me
prometió que volvería a la mañana siguiente para despedirse. Le dije,
haciéndome la seria: “Mire que me voy al aeropuerto a las siete” (el trato entre
nosotras siempre fue formal), y ella me respondió: “No se preocupe, seis y
media estoy aquí”.

13.

A la mañana siguiente, tras despedirme de Angélica y de las enfermeras,


junté mis pocas pertenencias y atravesé por última vez la puerta de la habitación
del centro médico. La dejé abierta, igual que como había estado durante los
cinco días que la ocupé. La doctora me llevó hasta el aeropuerto, me invitó a
desayunar y me regaló una carterita para que me llevara a Argentina de recuerdo
(¿sería posible guardar a tantas personas e historias en una sola carterita?).
Mi estadía en aquella clínica fue una de las mejores experiencias de viaje que
tuve. Había estado sola y enferma lejos de casa, sí, pero mi cama había sido el
lugar perfecto para espiar la hospitalidad y el modo de ser de la gente de ese
país. No había visto los “atractivos turísticos” de Guatemala pero no me
importaba: había visto su lado más humano, había encontrado un rincón que no
existía en los mapas ni en las guías, había estado en un lugar despojado de
maquillaje.

14.

Cuando vi Buenos Aires desde la ventanilla del avión, lloré. El dengue había
hecho más que debilitarme: me había dejado una tristeza muy profunda, casi
existencial. En esa clínica me había dado cuenta de que no era inmortal y de que
los seres humanos nos necesitábamos los unos a los otros para sobrevivir. ¿Qué
hubiese sido de mí sin la doctora y las enfermeras? ¿Qué sería de nosotros sin
otras personas que se dedicaran a cuidarnos? Lloré, también, pensando que no
iba a poder volver a viajar. Creía que si me picaba otro mosquito sería mi fin y
sentía que no iba a tener fuerzas ni ganas de seguir viajando por ahí. El tiempo,
por suerte, me demostró lo contrario.

15.

Más de un año después, cuando el dengue ya no era más que una anécdota,
tuve este sueño:
No sé dónde estoy. Entro a un lugar cerrado, de techo alto, donde un
hombre (parece un profesor) está dando una clase de enfermedades
gastrointestinales de viajeros. Dice: “Levanten la mano los que hayan tenido
cólera”. Yo pienso: “Es ridículo, ¿quién va a tener cólera en esta época?”. Y
toda la clase levanta la mano. Después se pone a hablar acerca de la fiebre
tifoidea y dice que va a explicar cómo es su estructura molecular. Justo
aparece mi amiga Maru y me dice: “No me importa haber dormido poco y
no tener marido, yo me voy a caminar”. Le digo que no puedo acompañarla
porque no quiero perderme la clase. Se va. Yo quiero que el profesor
pregunte quién tuvo dengue así puedo levantar la mano.
Desetiquetar
(El factor humano)

Querido F.:
Si lo tuyo son los corazones en los asientos de los buses, lo mío, al
parecer, son las etiquetas.
Como te conté viajo con dos mochilas: una grande, roja, con capacidad de
sesenta litros, y una más chica, gris, de mano. El problema está en la
mochila de mano. No es que no sea funcional o que esté rota, para nada,
tiene el espacio perfecto para guardar mis cuadernos, mis libros, mi cámara
de fotos y algunas cosas más. El problema es algo más pequeño, un detalle
tal vez, una nimiedad: tiene una etiqueta escondida. Es tan chiquita y pasa
tan desapercibida que cada vez que la veo me sobresalto como si fuese la
primera vez que la descubro. La leí mil veces, pero siempre, siempre, me
hace pensar.
¿Sabés lo que dice? Es una sola palabra, siete letritas insignificantes que
nada tienen que ver con la marca, con el material o con las instrucciones de
lavado. En la maldita etiqueta dice CORDURA. Sólo eso, así, en mayúsculas.
Que yo sepa, cordura no es una marca, cordura no quiere decir algodón ni
plástico ni poliéster, cordura no es sinónimo de lávese a mano y con agua
fría. ¿Entonces qué función cumple esa mísera etiqueta ahí? Supongo que
solamente complicarme la vida, traerme a la cabeza todas las preguntas que
me vengo haciendo desde que salí de Argentina.
¿Estoy loca por no querer pertenecer al sistema? ¿Por intentar vivir de la
escritura mientras recorro el mundo? ¿Será que es necesaria una cuota de
cordura, incluso en casos perdidos como el mío? ¿No te parece que es más
absurdo aceptar la rutina que nos imponen y no hacer nada para ser felices?
¿Quiénes son los verdaderos locos?
A.
(desvelada, sentada bajo un ventilador de techo, escuchando cómo llueve
en Ciudad de Panamá)

El tiempo de viaje (o por qué todo pasa más rápido cuando uno se
va a dar vueltas por ahí)

Una de las cosas que más me llamó la atención durante mi viaje iniciático por
América Latina fue lo rápido que lograba relacionarme con las personas: me
hacía amiga de alguien y en pocos días sentía que nos conocíamos de toda la
vida. Establecía una conexión mucho más profunda, rápida y sincera que con
mis amigos de siempre, y eso no era algo normal para mí. De chica era tímida,
pero cuando empecé a viajar me sentí distinta: lograba abrir mi alma desde el
principio. ¿Por qué? ¿Qué era lo que se activaba adentro mío? Con el tiempo me
di cuenta de que esas relaciones rápidas e intensas eran propias de los viajes.
Creo que existe algo así como el tiempo de viaje, opuesto al tiempo de no-
viaje. Si bien es una diferencia mental —porque la realidad, al fin y al cabo,
sigue y seguirá avanzando al ritmo de siempre durante siglos—, los viajes hacen
que todo ocurra más rápido y que los días avancen a otro ritmo. La falta de
rutina (o esa rutina de la no-rutina, en la que los hechos no se repiten
mecánicamente sino que cada día viene con algo nuevo) hace que el viaje sea un
eterno presente donde todo ocurre ahora y donde las fechas y los nombres de los
días no sirven de nada. Durante un viaje no tenemos que esperar a que sea
viernes para ver a alguien, no necesitamos poner días de relleno entre un
encuentro y otro, no tenemos que seguir las pautas preestablecidas para
relacionarnos con alguien que acabamos de conocer. Todo ocurre aquí y ahora y
no hay tiempo que perder: mañana estaremos en otra latitud y todo esto quedará
atrás, por eso lo importante es vivir el presente lo más plenamente posible.
Cuando viajamos (o cuando hacemos lo que realmente nos apasiona) nos
involucramos con el lugar y en la situación desde la mente hasta el alma y eso
hace que nuestra esencia esté a flor de piel. Yo, por lo menos, me siento mucho
más yo cuando estoy en la ruta. Si bien en Buenos Aires sigo siendo la misma
persona, hay algo de ese yo que queda en pausa, a la espera de volver a salir a la
superficie. Cuando estoy viajando me entrego a lo que me rodea, me dejo llevar
por el camino y me siento más auténtica. El que me conoce viajando, entonces,
conoce lo mejor y lo peor de mí mucho más rápido que alguien que me conoce
en Buenos Aires o de toda la vida.
Viajar sola me ayudó muchísimo a generar amistades nuevas. Al ir sin
compañía no me quedó otra opción que darme a conocer al mundo y hablar con
extraños, y eso me permitió entrar en contacto con personas que hoy son
indispensables. Viajar en solitario hace que no tengamos nada estable más que
nuestra propia persona: todo a nuestro alrededor cambia (la comida, la ropa, el
idioma, la cultura, la organización, el paisaje) y no nos queda otra que
adaptarnos y descubrir cómo somos en cada uno de esos escenarios. No hay nada
más cierto que la frase que dice: “Si querés conocer a alguien, viajá con él”. Yo
agregaría: “Y si querés conocerte a vos mismo, viajá solo”.

Por qué me es imposible planear (alma de veleta)

Cuando empecé a pensar en mi viaje por América Latina no tuve en cuenta


un factor fundamental. Mi idea era estar unas dos semanas por país y llegar a
México por tierra en seis meses. Visto desde mi rutina en Buenos Aires, medio
año me parecía un montón: nunca había viajado tanto tiempo (mucho menos
sola) y no sabía cuánto iba a aguantar. Mi itinerario nunca existió como tal: sabía
qué países quería visitar y cuáles iba a dejar para futuros viajes, pero si me
preguntaban a qué ciudades iba a ir o cuánto tiempo pensaba quedarme en cada
lugar, no tenía una respuesta concreta. Nueve meses después volví a Buenos
Aires habiendo conocido nueve países y sin haber pisado México. Si hubiese
seguido mi plan de dos semanas por país hubiese llegado, pero antes de salir ni
me imaginaba cuál sería el factor que más influiría en mi recorrido: la gente.
Mi viaje me demostró que un país no es solamente un conjunto de paisajes,
una página de historia en un libro, un pedazo de tierra o un nombre en un mapa:
también es arte, comida, tradiciones, cultura. Un país es su gente. Durante mi
recorrido conocí personas de todas las nacionalidades: muchos viajaban como
yo, otros estaban cumpliendo su sueño de llegar a Alaska en bici o moto, algunos
habían decidido cruzar el Atlántico para trabajar como voluntarios y otros habían
elegido quedarse y formar familia. Me crucé con investigadores, músicos,
artesanos, pintores, escritores, ingenieros, profesores, cada uno con sus motivos
para haberse ido de viaje. Gracias al idioma pude charlar con los locales,
escuchar sus historias, dejarme guiar para conocer sus ciudades, hablar acerca de
mi país y de mi familia e intercambiar relatos sobre nuestros estilos de vida y
sueños.
Conocí comunidades que vivían en armonía con la naturaleza, alejados del
caos de la ciudad; conocí citadinos que necesitaban la velocidad de sus ciudades
para sentirse energizados; conocí hombres que tenían amor pero no libertad;
conocí gente que había perdido a su familia y gente que tenía todo lo que
deseaba. Cada uno me contó su historia y me enseñó algo nuevo, y gracias a
ellos mi estadía en cada país fue mucho más especial. Al recordar a todas esas
personas me doy cuenta de que yo no fui la única que se acercó con curiosidad:
ellos nunca se cansaron de preguntarme de dónde era, por dónde había viajado,
qué lugar me había gustado más, qué me traía por su tierra, qué pensaba de su
país, si había tenido algún problema, a qué me dedicaba, cómo estaba
conformada mi familia, cuáles eran mis objetivos.
A lo largo de nueve meses fui formándome una idea de ciudades y países que
existían en mi mente como nombres en un mapa, como etiquetas sin sentido.
Descubrí que Bolivia tenía paisajes únicos en el mundo y que Ecuador, a pesar
de poseer uno de los territorios más pequeños, tenía una biodiversidad
inimaginable; entendí que en Perú habitaron otras civilizaciones además de los
incas, cada una con su estilo de vida y su arte, y que en Colombia había ciudades
cosmopolitas y regiones casi inexploradas. Tras pisar Cartagena de Indias me
embarqué hacia Panamá. En Costa Rica me deslumbré con el verde de sus
paisajes, Nicaragua me mostró de frente la historia reciente de su país y
Honduras me dejó espiar una pequeña parte del legado de los mayas. Pero más
allá de todo, en cada país descubrí personas.
Mi viaje, como me imaginé que pasaría, tuvo cambios repentinos. Cuando
estaba en Honduras, Sue (una prima de mi mamá) me invitó a Vancouver a
visitarla, así que me fui más al norte de lo que imaginé que iba a llegar. Al pasar
de América Latina a Canadá y cambiar de realidad fui capaz de comprender los
países que había visitado. Dicen que uno tiene que extraambientarse (salir de su
ambiente y mirarlo de afuera) para ser capaz de entender esa realidad que da por
sentada. Apenas pisé suelo canadiense sentí silencio: era la falta de ruido, de
música, del caos y de la calidez latina a la que me había acostumbrado y a la que
extrañaba. Después de casi nueve meses de vivir en verano llegué, por fin, al
otoño. Pasé dos lindísimas semanas en Vancouver y me di cuenta de que una
etapa se estaba cerrando. Sentía nostalgia y cansancio: no tenía energía para
recorrer lo que me faltaba de Centroamérica y México, así que decidí dejar esa
porción del continente para otro viaje y volver a casa.
No llegué a México pero gané mucho más de lo que había salido a buscar:
probé comidas, me nutrí del arte y la música de cada cultura, caminé por
ciudades y mercados, me paré en la calle a hablar con la gente y, sobre todo,
aprendí a viajar sin miedo y sin prejuicios. Pude ver la realidad de cada país con
mis propios ojos, sin intermediarios, y contar mi experiencia a través de
imágenes y palabras. Logré separar el término “latinoamericano” de ciertas ideas
que parecían estar arraigadas en el inconsciente colectivo y pude desprenderme
de nociones previas que tenía de cada nacionalidad.
Y en uno de mis cuadernos, escribí:
Así como no me gusta etiquetar a las personas por nacionalidad, tampoco
estoy de acuerdo con el estereotipo del mochilero. Mucha gente piensa que el
que viaja con mochila tiene que andar siempre sin dinero, comer en la calle,
dormir donde pueda y bañarse cuando la situación lo amerite. Creo que más
que el equipaje, lo que importa es la mirada que se tiene sobre el lugar. Sea
mochilera, sea viajera, sea turista, lo que me interesa es sumergirme en la
cultura de cada país, compartir un modo de vida distinto al mío, escuchar
las historias de personas que viven a miles de kilómetros de mi realidad,
sentir cercanía hacia seres humanos con otros idiomas o tradiciones. Viajar,
para mí, implica compartir la comida con los locales, subirme a sus medios
de transporte, celebrar sus festejos, intentar sentir de la misma forma que
ellos. Viajar es aprender a ver más allá de la escenografía, es vivir como un
local pero observar como un extraño, sin perder el asombro hacia las cosas
nuevas y distintas. Y por eso la mochila es lo de menos: bien podría estar
arrastrando una valija, un bolso, un container o solamente una cartera, y mi
equipaje jamás me haría cambiar mis vivencias ni mi forma de ver el mundo.

El viaje por América Latina me enseñó, ante todo, a desetiquetar.


Despertar en Buenos Aires
(depresión post viaje)

Si mi primer viaje fue como mi primer amor, mi primer regreso fue como mi
primera ruptura: dramático. Apenas volví a Buenos Aires creí que iba a morirme
de tristeza. O de inmovilidad. Sí, lo que iba a matarme por dentro iba a ser ese
paso abrupto a la quietud total. ¿Cómo iba a hacer para quedarme en un mismo
lugar después de haberme trasladado sin parar durante nueve meses? Y más
importante aún, ¿qué haría de ahora en más? ¿Ese gran viaje había sido el
principio de un estilo de vida o el paréntesis dentro de una rutina de la que no
podría escapar nunca?
Durante mis primeros días en Buenos Aires me sentí una zombi. Nadie, ni
mis amigos ni mi familia, entendía qué me pasaba. ¿Acaso no estaba feliz de
verlos después de tanto tiempo? ¿Acaso no había extrañado mi ciudad, mi cama,
mi baño? Era muy difícil confesarle a todas esas personas que me estaban
recibiendo con tanta alegría que, en el fondo, no me sentía feliz de haber vuelto.
Era más difícil aún explicarles por qué. Sentía que ni aunque me sentara a
relatarles el día a día y los pormenores de mi viaje iba a poder transmitirles todo
lo que me había ocurrido —externa e internamente— durante aquellos nueve
meses.
Pasé de dormir cada noche en un lugar distinto a despertarme en mi cama de
siempre, de conocer gente nueva todos los días a estar quieta en una ciudad que
ya no me sorprendía, de ser la extranjera a ser una porteña más, de ver un paisaje
distinto desde cada ventana a tener la misma vista de edificios todas las
mañanas, de ser la viajera a ser un enigma otra vez. Muchos etiquetaron mi viaje
como “un año sabático” (algo que seguía siendo aceptable dentro de los
parámetros de la sociedad) y me preguntaron cosas como: “Ahora que terminaste
de divertirte te vas a poner a trabajar, ¿no?”. Y yo pensaba: “¿Acaso viajar y
escribir no es un trabajo?”. O me dijeron: “Bienvenida a la realidad”, y yo
pensaba: “¿A la realidad de quién?”. Y mientras todos me preguntaban: “¿Y
ahora qué vas a hacer con tu vida?”, yo me preguntaba: “¿Y ahora qué puedo
hacer con todo este viaje? ¿En qué lo puedo convertir?”.
Mi cuerpo había vuelto pero mi alma seguía dando vueltas por otras latitudes.
Estaba sufriendo lo que después bauticé como depresión post viaje. Me castigaba
a mí misma por no haber llegado a México y no entendía por qué en algún
momento me había parecido buena idea volver a Argentina. Anhelaba seguir
dando vueltas por el mundo pero no tenía ahorros y no sabía cómo seguir con mi
vida. La incertidumbre de no saber si volvería a viajar me iba hundiendo de a
poco, así que por un tiempo opté por la inercia: decidí quedarme en Buenos
Aires y dejar que las cosas fluyan.
Empecé a soñar más de lo normal y, como cuando me despertaba recordaba
todo con mucha claridad, decidí guardar un cuaderno en mi mesa de luz y
escribir todas las mañanas. Era mi manera de seguir viajando a mundos
desconocidos sin moverme de mi cama. Con los meses, mi vida fue tomando
forma y se me empezaron a abrir ventanas: todo comenzaba a encajar. Gracias a
mi viaje por América empecé a publicar artículos en una revista argentina. A la
vez me dediqué por un tiempo al diseño web y trabajé en el área de
comunicación de un museo y de una institución. Comencé a tener trabajos
independientes y pude volver a ahorrar.
Una tarde de 2009 recibí un mail con una propuesta insólita: Sebastián, el
dueño de una agencia de viajes, me decía que había leído mi blog (el que había
escrito para el periódico argentino), que le gustaba mucho cómo escribía y que
quería “colaborar con mis viajes”. Al principio no pensé que fuera cierto, pero
como su propuesta me intrigó, le respondí. Me ofreció un pasaje aéreo para volar
al lugar del mundo que yo eligiera: me estaba diciendo, en otras palabras, que
quería ayudarme a seguir. La frase “si hacés lo que amás, el universo conspirará
a tu favor” me parecía cada vez más cierta. Cuando elegimos el camino que nos
hace felices (y que, por eso mismo, hará felices a otros) todo a nuestro alrededor
se va amoldando para facilitar nuestra travesía.
Cuando supe que disponía de un billete de avión a donde quisiera, el primer
continente que se me vino a la mente fue Asia. Toda mi vida había soñado con
viajar a Asia, pero me parecía un lugar tan lejano que jamás me lo había
propuesto seriamente. Sabía que iba a ser un viaje muy distinto al primero: no
tendría la ventaja del idioma, tampoco sabía si la comida me iba a gustar, no
conocía a nadie que viviera allá y que pudiera recibirme. Pero estaba convencida
de que así como América Latina me había llamado, ahora era Asia la que lo
hacía. Y apenas tomé la decisión de ir para allá, empezaron a ocurrirme cosas
que me demostraron que, otra vez, estaba yendo por el camino correcto.
Pocas semanas antes de viajar, Andrea, la editora de la revista para la que
había empezado a escribir, me propuso que entrevistara a Steve McCurry, el
fotógrafo de La niña afgana. McCurry iba a estar tres días en Buenos Aires para
inaugurar su muestra en el Centro Cultural Borges; Andrea sabía acerca de mi
viaje y sospechaba que me interesaría conocer a aquel fotógrafo especialista en
Asia. Acepté enseguida y pocos días después aparecí en la conferencia de prensa
con otros treinta periodistas. Cuando la parte ordenada de preguntas y respuestas
terminó, empezó el caos: todos se abalanzaron para entrevistar a McCurry en
privado y sacarle la mayor cantidad de fotos posible. Decidí ser paciente y no
acosarlo cual mujer desesperada. Pensé: “En algún momento el resto de los
periodistas se va a ir y ahí aprovecharé para hacerle la entrevista con
tranquilidad”. Entre varios se lo llevaron a la calle al pedido de “una foto al aire
libre, Estiv” y lo retrataron mirando al vacío, con la cámara acá, con la cámara
allá, de frente, de espaldas. Él, muy tranquilo, se dejó fotografiar.
Cuando las sesiones de fotos terminaron, Steve quedó solo. Por primera vez
en cuatro horas no había nadie intentando hacerle preguntas. Era mi oportunidad.
Volvimos a entrar al centro cultural y mientras subíamos por la escalera
mecánica decidí dejar mi rol de periodista entrevistadora de lado y hablarle de
ser humano a ser humano.
—Hi, Steve. ¿Todavía tenés energía como para una entrevista más? [Toda la
charla fue en inglés]
—Sí, claro.
—¿Es tu primera vez en Argentina?
—Sí.
—¿Y cuál es tu próximo destino?
—El sábado me voy a la India.
Y ahí, en pocos segundos, pensé: “Será muy ridículo si… qué hago… le digo
o no le digo, le digo o no le di…”.
—¡Qué bueno! Yo me voy de viaje a Asia dentro de un mes y probablemente
me quede un año por allá.
Por primera vez durante nuestra conversación me miró a los ojos y sonrió.
—¡¿En serio?!
—Sí, yo escribo e intento sacar fotos y quiero vivir de eso.
—Wow, impresionante.
Entramos a la sala de exposiciones y Steve me invitó a sentarnos entre medio
de sus fotos para hacer la entrevista. Saqué el grabador y empecé con las
preguntas.
—Comenzaste estudiando cine... ¿Qué te hizo elegir la fotografía como
profesión?
—Bueno…
Empezó a explicarme y se interrumpió a sí mismo: “Mejor contame acerca de
tu viaje. ¿Cuándo te vas? ¿Por dónde vas a estar? ¿Vas sola? ¿Viajás por placer?
¿Cuál es tu plan?”. No podía creerlo. Steve McCurry me estaba entrevistando a
mí. Le conté acerca de mi viaje anterior, del blog, de la escritura, de mis ganas
de seguir viajando, de mi atracción por Asia. Le pregunté cómo hacía para
sacarle fotos tan íntimas a la gente, para entrar a sus casas y retratarlos en
situaciones tan cotidianas. Me explicó que en Asia eso era muy normal, que la
gente veía a un extranjero y enseguida lo invitaba a pasar, y me aseguró, con
tono premonitorio: “Para vos va a ser mucho más fácil porque sos mujer. Todo el
mundo confía en las mujeres. Vas a ver”. Antes de despedirnos me pidió mi
contacto para, si coincidían las fechas, encontrarnos en Asia. No supe más de él,
pero haber compartido aquella charla fue más que suficiente para sentir que iba
por el buen camino. Si él había logrado vivir de lo que le apasionaba, ¿por qué
yo no iba a poder?
Unos días antes de volar a Asia decidí abrir un blog de viajes propio. En
aquel momento tenía una página de internet alojada en un servidor argentino,
pero el plan que estaba pagando no me permitía usar Wordpress (la plataforma
para crear un blog profesional), sino que me daba la opción de instalar un blog
mucho más básico en mi página. Sentí que para empezar estaría bien. Mientras
lo configuraba me conecté al servicio de chat de la empresa de hosting para que
me ayuden a cambiar la foto del encabezado. El chico que me respondió me
pidió el enlace a mi página (en aquel momento tenía una web personal con todas
mis notas y fotos de viajes subidas ahí) y mi número de teléfono. Cuando llamó
eran como las tres de la mañana. Habló con mi mamá: “El plan de hosting que
tienen ustedes no incluye Wordpress, pero estuve viendo las cosas que escribe
Aniko y decidí instalárselo igual, sin que tengan que cambiarse de plan. Me
parece muy humano lo que hace, se merece tener un buen blog”. Ese fue el
nacimiento (cuasi ilegal) de Viajando por ahí (meses después, cuando los del
hosting se enteraron del hecho quisieron darme de baja la página y me acusaron
de hacker).
Y el dos de abril de 2010, casi un año y medio después de haber vuelto de mi
primer viaje, me tomé un avión y aparecí del otro lado del mundo.
Segunda parte:
Asia en ascensor
(acerca de cómo caí de la nada
a un continente que nunca dejó de sorprenderme)
En paracaídas a Bangkok

Durante muchos años tuve el sueño recurrente de que viajaba en el ascensor


de mi edificio. Siempre viví en un piso dieciocho, pero había muchos pisos en
los que el ascensor jamás había abierto sus puertas conmigo adentro. En mi
sueño, el ascensor se abría en el dieciséis y me mostraba un mundo hecho
solamente de escaleras, se abría en el sesenta (mi edificio tiene veinticinco pisos)
y me hacía aparecer en medio de la cocina de alguien, se abría en el primer
subsuelo y me mostraba un universo paralelo igual a mi barrio pero habitado por
zombis. Durante mucho tiempo no fui capaz de descifrar aquella imagen, hasta
que empecé a frecuentar aeropuertos y a viajar en avión. Porque ahora que lo
pienso, un avión también es como un ascensor que se abre —aterriza— en
mundos desconocidos.
Los aeropuertos me parecen de los lugares más interesantes del mundo. Son
un reflejo del país al que pertenecen (basta con caminar por el patio de comidas
y las tiendas para saber cuáles son los platos y objetos típicos); son espacios muy
globalizados (reciben a gente de todas las nacionalidades, religiones y
pensamientos); y son micromundos atemporales (ahí adentro da lo mismo que
sea de día o de noche, los relojes solamente sirven para marcar el horario de
nuestro vuelo). Entrar a un aeropuerto es empezar a viajar, aun si a nuestro avión
le faltan horas para salir. Y, además de ser lugares de paso, son ideales para
observar y escuchar.
Las escalas entre vuelos deben ser lo más parecido al limbo: si bien nuestro
cuerpo está físicamente ubicado en una ciudad, no podemos decir que realmente
hayamos estado ahí. Yo hice escala en Frankfurt pero no conozco Frankfurt. Y
en ese limbo donde no queda otra opción que esperar, las reglas de
comportamiento parecen invertirse: algunos duermen de día, otros comen de
madrugada y los extraños entablan conversaciones (a veces más sinceras que las
que tendrían con personas que conocen) sin miedo a ser juzgados. Ese tal vez sea
uno de los acuerdos implícitos de los aeropuertos: contale tu vida a otro, total
después no volverás a verlo y no hay nada que perder. Así fue como durante mi
escala en el aeropuerto de Frankfurt, mientras esperaba mi vuelo a Bangkok,
recibí uno de los mejores souvenirs de mi viaje: una reflexión espontánea de un
desconocido.
“La vida es como un aeropuerto”, me dijo Mohamed, un canadiense-
marroquí que se sentó al lado mío en la sala de espera y me habló sin preludios.
“Gente de distintas partes del mundo se encuentra por un rato en el mismo lugar
y después cada cual toma un avión y sigue su camino”. Durante los pocos
minutos que nos cruzamos, hablamos acerca de su cultura, de nuestros países, de
los viajes, de Asia. Me dijo que no veía diferencia entre las personas, más allá de
su manera de vestirse, de hablar, de comer. Hablamos acerca de los prejuicios, de
los estereotipos, de los preconceptos. Y me dijo algo muy cierto: “Cuando
vuelvas de este viaje vas a conocer las diferencias entre tailandeses, malayos,
indonesios, filipinos…”. Sentía como si hubiese estado hablando con un espejo.
Ese era uno de los grandes objetivos de mi viaje: demostrar que los asiáticos no
son “todos chinos”, como se cree en Argentina.
Diez horas después de la escala en el invierno de Frankfurt y veintitrés horas
después de haber salido de Buenos Aires, aterricé en Asia por primera vez en mi
vida. Mientras el avión descendía sobre Bangkok pegué la cara a la ventanilla
como para ir dándome una idea de la lógica de la ciudad que me esperaba abajo.
Vi varios ríos y muchos autos fucsias, pero sentí el calor recién al salir del
aeropuerto. Los 35 grados del eterno verano tailandés se me estamparon uno a
uno en la ropa. Hacía un rato había estado en el invierno europeo, ¿cómo podía
ser que de repente estuviera en verano? ¿No era que había que dejar pasar unos
ocho meses para cambiar de invierno a verano? Ah, la magia de los ascensores…
Me tomé un colectivo y viajé hasta el hostel. Tenía reservada una cama ya
que sabía que el viaje sería largo y que estaría cansada. Dejé mis cosas y salí a
explorar la ciudad: era mediodía y yo no podía dormir con tanto Bangkok para
conocer. Durante esa primera caminata me di cuenta de que el mayor desafío de
mi estadía en la capital tailandesa iba a ser cruzar la calle: la marea de taxis y
motos no frenaba nunca y los semáforos eran casi inexistentes. La mejor opción,
decidí, sería no abandonar el perímetro de mi manzana. Total, ¿para qué
necesitaba cruzar la calle? Seguro que más allá no había nada interesante. Con el
tiempo me hice experta en el arte de cruzar la calle en las grandes ciudades
asiáticas: aprendí a caminar como la gente local —despacio y a un ritmo estable
— para que las motos y autos pudieran esquivarme. Pero tuvieron que pasar
varias semanas para lograrlo.
Mi hostal estaba en Silom, el distrito de negocios de Bangkok, zona que
había elegido por uno de sus espacios verdes: el Parque Lumphini. El parque fue
creado en 1920 por el rey Rama VI y nombrado así en honor al lugar donde
nació Buda en Nepal. Llegué caminando, entré y empecé a sacar fotos. Tardé
como cinco minutos en darme cuenta de que todos los tailandeses estaban
inmóviles: era como si alguien hubiese apretado pausa en un control remoto
gigante y el parque se hubiese llenado de estatuas. Empecé a caminar despacio y
recién ahí escuché la música que salía de los altoparlantes. En Tailandia el himno
nacional se pasa dos veces al día en lugares públicos y es de buena educación
quedarse quieto hasta que termine. Cuando el sonido se apagó, algunos hicieron
una pequeña reverencia y el movimiento se restableció con total naturalidad.
Era evidente: mi realidad se había vuelto loca. Estaba perdida en medio de la
normalidad de Bangkok, una normalidad que no correspondía con la que
conocía. Y todo había pasado tan de golpe y sin anestesia que sentía como si
hubiese viajado en el ascensor de mi sueño. La puerta se había abierto y yo había
caído, cual paracaidista, en un lugar cuya lógica no entendía. Lo más sensato,
supuse, sería dejarme llevar por esa dimensión desconocida. Así que después de
ese breve paseo por el parque acepté que estaba cansada, volví al hostel, me
desplomé en la cama, apagué mi cabeza y dormí quince horas seguidas. Cuando
me desperté no entendía dónde estaba ni cómo había llegado tan lejos. ¿En Asia?
¿Pero a quién se le ocurría irse sola a Asia?
Durante los primeros días fue difícil hallarme en esa ciudad. Bangkok —
siempre tan ocupada— ni se había inmutado ante mi llegada poco triunfal, así
que dependía de mí ir abriéndome paso en esa realidad desconocida. Me dediqué
a caminar y a comprender todos los estímulos que iban apareciendo, pero la
información era tanta y avanzaba tan rápido que no me daba tiempo a procesarla.
Todo lo que veía me parecían fragmentos inconexos: calor sofocante, aire
acondicionado, 7-Elevens (la cadena más popular de minimercados), mujeres
regias sin transpirar, mochileros chivados, carritos callejeros de comida, gente
desayunando pollo frito en las veredas, ruido de aceite, “Not spicy please”, tuk-
tuks (los taxis asiáticos típicos) estacionados, “Lady, where you go?”, Budas
acostados y sentados, monjes descalzos, protestas de los Red Shirts, himno
nacional, fotos del Rey al aire libre, gente rezando frente a pequeños altares,
nombres de calles y afiches en tailandés, el monorriel encima de mi cabeza,
marea de motos, más calor, más comida al paso, más aire acondicionado.
En Bangkok pagué el derecho de piso asiático: tuve varios bautismos de
bienvenida. El primero fue cuando me aventuré al mundo del transporte público
y me paré frente a la máquina expendedora de boletos del monorriel y vi que
todo estaba escrito en tailandés. Estaba, por primera vez, en un país en el que no
se hablaba ni castellano ni inglés como primer idioma. Superé el obstáculo con
ayuda de un guardia de seguridad y, tras el viaje, me acerqué a uno de los tantos
muelles con el plan de tomarme un barco que cruzara de orilla. Quería ver
algunos templos que estaban del otro lado del río pero no tenía idea qué barco
tomarme. Cuando le pregunté a un guardia cuál me llevaba a Khao San Road me
respondió, amablemente: “Olan fla”. ¿Cuál? “Olan, olan fla” y al rato, al ver mi
cara: “You know olan? The colol olan?”. Ah, haberlo dicho antes: el de bandera
naranja.
Khao San Road fue el primero de los tantos guetos occidentales que iría
descubriendo en el sudeste asiático: esos barrios prefabricados para el mochilero,
repletos de hostels, restaurantes turísticos, lavanderías, tuk-tuks y bares. Lugares
así me daban tranquilidad (sabía que si había turistas hablarían inglés) pero a la
vez me generaban rechazo por su falta de autenticidad. Como en aquel momento
todavía me daba un poco de miedo hacer couchsurfing (insólito, teniendo en
cuenta que en América Latina había dormido en casas de gente que conocí en la
calle), seguía metida en el mundo hostel.
El segundo bautismo ocurrió cuando un tailandés se me acercó en la calle y
me dijo, con seriedad y urgencia: “Estas chicas son estudiantes y necesitan tu
ayuda”. Yo no entendía qué rol debía cumplir para ayudar a cuatro chicas que me
miraban con sonrisas tímidas, así que me acerqué más por curiosidad que por
heroísmo. Me hicieron señas de que me sentara en una escalera, una se puso al
lado mío, otra sacó una filmadora y la tercera se paró a un costado con carteles
escritos en tai y en inglés. Me entrevistaron para un trabajo de la facultad: tuve
que decir cuál era mi nombre y nacionalidad, cómo había llegado al país, a
dónde iría después, dónde me estaba quedando y qué recomendaba ver en
Argentina. Cuando terminamos me saludaron con un wai, la reverencia típica de
Tailandia, nos sacamos una foto y me fui pensando en que próximamente aquel
video sería el hazmerreír de alguna clase universitaria de Bangkok.
El tercer bautismo me lo gané de ingenua: caí en uno de los tantos scams o
engaños de la capital tailandesa. Había estado tan atenta a que no me vendieran
diamantes falsos, a que no me llevaran a las tiendas de souvenirs del tío del
taxista, a que no me hicieran creer que el templo que quería ver estaba cerrado,
que me agarraron desprevenida. Estaba por entrar a Hua Lamphong, la estación
central de trenes de Bangkok, para comprar un pasaje al sur del país, cuando una
tailandesa muy bien vestida se me acercó y se presentó como una asistente de la
oficina de turismo de la ciudad. Me preguntó adónde quería viajar y cuando le
respondí que quería ir a Ko Phangan me dijo que todos los trenes estaban
sobrevendidos por vacaciones y ofreció acompañarme a una empresa de buses
para que comprara el pasaje ahí. Tuve mis leves sospechas, pero hacía tanto
calor que lo único que quería era comprar el boleto e irme a la playa lo antes
posible, así que la seguí. Entramos a una oficina muy chiquita, a la vuelta de la
estación de tren, el vendedor hizo una llamada “para corroborar que los boletos
de tren estuvieran agotados” y, tras la confirmación (dudosa), me ofreció un
pasaje de bus. Ya no recuerdo cuánto pagué, pero sé que fue mucho más de lo
necesario. Cuando le pregunté a otros viajeros me di cuenta de que no había sido
la única: “Ah, sí, el engaño de los buses”, me dijeron varios con bronca.
En Bangkok aprendí que el comienzo de un viaje siempre es poco fluido,
torpe, fragmentado, especialmente cuando se viaja tan de golpe a una realidad
tan distinta. Había caído a Asia de la nada y me sentía como los peces de
Buscando a Nemo: como ellos, había logrado escapar de la pecera en mi bolsita
de plástico y estaba flotando en ese mar que tanto había deseado conocer, pero
había una pregunta en la que no había pensado de antemano: “Bueno, ya estoy
en Bangkok… ¡¿Y ahora qué?!”.

Yo no vine para esto

Bangkok es un punto céntrico para iniciar un recorrido por Tailandia pero


también supone una gran dificultad para los que queremos ver todo: hace que sea
muy difícil decidir para qué lado ir. En aquel momento, me atrajo el sur. No
tanto por las playas paradisíacas sino por las ganas que tenía de ir, quién sabe por
qué, a Malasia. Así que después de unas doce horas de viaje en bus —el que me
había tomado “a la fuerza”— y en barco llegué a Ko Phangan, una de las tres
islas más visitadas del país.
En aquel momento todavía no me animaba a salir de la ruta establecida:
como mi guía de viajes de referencia aseguraba que Ko Phangan era un paraíso,
fui. Paraíso para quién, debí haberme preguntado. Buscaba un mar transparente y
días de playa, pero me encontré con una movida que no esperaba ni me
interesaba demasiado: las Fiestas de la Luna Llena y derivados (Fiestas de la
Luna Nueva, Fiestas de la Luna Cuarto Creciente, Fiestas de la Medialuna y
otras). Descubrí, estando allá, que en esa pequeñísima isla de Tailandia, en ese
lugar que a oídos argentinos sonaba a pedazo de tierra perdido en el borde del
planeta, 30 000 personas se reunían cada mes para celebrar la luna llena con
música electrónica, pintura fluorescente, baldes de alcohol y una borrachera para
cuatro días.
En aquel entonces no sabía que en el sudeste asiático existía el Banana
Pancake Trail —una ruta mochilera con paradas en los hostels que servían
panqueques de banana, un desayuno típico de algunos países de Occidente—,
que había sido creado e impulsado por las principales guías de viajes de bajo
presupuesto. Tampoco sabía que muchos occidentales se trasladaban hasta esa
parte del mundo para irse de fiesta en un lugar más exótico y barato que su país;
no sabía que, si quería, podía salirme de ese circuito y viajar por regiones de
Asia donde no había turistas y la gente local no hablaba inglés. Como no sabía
todo eso, simplemente me dejaba llevar por la ruta fácil. Tenía el control de mis
acciones, como en un sueño lúcido, pero no era capaz de controlar lo que ocurría
a mi alrededor: los escenarios aparecían y desaparecían solos, completos con su
gente y sus fiestas.
La inercia me llevó a Ko Phi Phi, isla mundialmente famosa por ser uno de
los lugares más golpeados durante el tsunami del 2004 y una de las locaciones de
la película La playa, del director británico Danny Boyle. Pensé que cruzar de
una costa del país a la otra sería rápido, pero el trayecto me llevó doce horas.
Viajé con un cartelito pegado en la ropa: las empresas de bus marcaban a sus
pasajeros occidentales para que el conductor supiera cuál era el destino final de
cada uno y no hubiese confusiones idiomáticas. Así que durante doce horas fui
pasada de mano en mano de una combi a un catamarán a un bus a un taxi a otro
taxi a otro bus y a un barco otra vez, con un cartelito escrito en tai que bien
podría haber dicho: “Busco marido tailandés”.
Una odisea que podría haber sido aburrida se convirtió en un paseo
memorable gracias a los festejos de Songkran, el año nuevo tailandés. Si bien
muchos lo toman como una celebración budista y se acercan a los templos a
limpiar las estatuas de Buda y a darle comida a los monjes, el resto de la
población festeja con una guerra de agua de tres días. Es un todos contra todos y
la artillería pesada incluye baldes y pistolas de agua: un gran alivio para los
cuarenta grados de abril. Obviamente, una farang (extranjera) como yo no pasó
desapercibida, así que en alguno de los trasbordos me pintaron la cara de
colores, me tiraron agua y me despidieron con un “sawatdee pee mai!” (“¡feliz
año nuevo!”) y una sonrisa. En Ko Phi Phi me recibieron mochileros borrachos
que se tiraban agua al grito de “wuuu-júuu”. Y yo no podía evitar preguntarme:
“¿Para esto vine?”.
El pueblito de la isla era mínimo, tenía dos calles principales, una de ellas
paralela a la costa, pero no hubo un día que no me perdiera. Si hay una persona
desorientada en este mundo, esa soy yo. Ninguna calle tenía nombre, todas eran
iguales, todos los puestitos me parecían el mismo, mi hostel no figuraba en
ningún mapa y nadie era capaz de dar una buena indicación. Cada vez que
preguntaba cómo llegar a Pipita’s Guesthouse me miraban y me decían: “Oh yes,
Oasis Bungalows, come with me”. Así que, como nunca logré orientarme
visualmente, desarrollé una capacidad auditiva interesante —producto de
combinar una situación límite con algo de creatividad—.
Descubrí que el camino del hostal a la bahía Tonsai (una de las dos playas de
la isla) estaba puntuado por voces: “Ticket, ticket, where you go, miss?”, me
decía el de la agencia de viajes de la esquina cada vez que pasaba por la puerta;
“Hello, beautiful lady, would you like to try some delicious indian food?”, me
preguntaba un indio cada vez que doblaba la esquina y me chocaba con su
restaurante; “Thai masaaash… come in”, me ofrecían las mujeres desde la puerta
de sus puestos de masajes —tengo que doblar a la izquierda, pensaba—; “Hey,
want a thai tattoo?”, intentaban convencerme los tailandeses tatuados y llenos de
aros —tengo que seguir derecho—; “Snorkeling tour, lady?” —me estoy
acercando al muelle—; “Kha kha” (“Sí, sí”), escuchaba decir a las tailandesas en
el mercado local —ya falta poco—; “Care to dive while you’re here, mate?”,
repetían incansablemente los australianos a cargo de una agencia de buceo —ya
casi estoy en la playa—; “Boat-boat, Long Beach, where to?”, me ofrecían los
pescadores. Ahh… llegué.
Y de noche alguien daba vuelta el cassette y los sonidos cambiaban con el
objetivo de guiar a la gente hacia la otra orilla. “Pi pi!”, decían los tailandeses
que andaban en bici (y no tenían bocina) para pedir permiso y pasar entre la
gente; “Hey ladies, if you come to our bar, free buckets at 10.30”, intentaban
reclutar los británicos para un bar; “Free drinks with this flyer, 2 for 1 all night,
guys”, “Ladies night and fire show at Carlito’s”, ofrecían acá y allá; “I can give
you real thai massage”, seducían los tailandeses; I gotta feeling, that tonight’s…
I’m coming out of my cage and I’ve been doing… My humps, my humps... la
música me indicaba que estaba cerca de la playa nocturna. Y cuando veía el aro
de fuego sabía que había llegado a la bahía Loh Dalum, donde estaba la acción.
Una tarde, mientras caminaba —perdida— por el pueblo, una chica se acercó
a preguntarme si sabía de algún alojamiento barato. “Sí, si estás dispuesta a
caminar hasta que encuentre mi hostel, te llevo”, le respondí sintiendo pena por
ella y creyendo que iba a decirme que no. Aceptó. Y en ese largo trayecto en el
que intenté disimular mi falta de orientación, nos hicimos amigas. Era china y
también viajaba sola.
—¿Tenés Facebook? —le pregunté.
—No, en China está prohibido.
—¿Usás You Tube?
—Tampoco, pero tenemos una web que es una copia exacta.
—¿Comiste rata alguna vez?
—¡No!
—¿Cómo te llamás?
—Journey.
Su nombre significa “travesía”. Nunca mejor puesto.
Ahora entiendo que viajé a Ko Phi Phi por razones que desconocía: una, para
cruzarme con Journey; otra, para darme cuenta de que existían muchas maneras
de viajar y que no todas coincidían con la que yo buscaba. Ahí aprendí, también,
que al viajar cada cual carga con sus pequeñas rutinas y su forma de ser: así
como no hay dos personas iguales, tampoco hay dos viajeros iguales. Por eso,
mientras otros estaban de fiesta en alguna de las playas, yo me quedaba
encerrada en el hostel escribiendo en mi cuaderno. Y eso para mí era un gran
plan.
Una noche, mientras escribía en soledad, me acordé de la vez que había
hecho lo mismo en un hostel de Ecuador, dos años atrás. También había sido un
sábado a la noche —ese momento de la semana en el que la sociedad decide que
quedarse adentro es sinónimo de ser un aburrido— y yo había escrito un texto
titulado “Que mi sábado sea tu lunes”:
Ojalá mis días nunca estén regidos por un almanaque. Que mi sábado sea
tu lunes, que mi domingo sea tu viernes. Que mi trabajo sea todos los días,
sin importar la hora, que sea a las tres de la mañana, que sea cuando tenga
inspiración. Que mi descanso sea constante (sin que implique vagancia), que
mi mente no sea prisionera del caos, que mi cuerpo no sufra el estrés de la
rutina. Que cada día sea distinto al anterior, sin importar si es lunes, jueves
o sábado. Que cada día haga lo que sienta y no lo que me impone una
costumbre social absurda. Que cada día me levante con optimismo y
curiosidad, que cada noche (o tarde o madrugada) me duerma con sabiduría
y alegría. Que mis días estén llenos de música, de arte, de escritura. Que
ningún día se parezca al anterior. Que cada nuevo día signifique veinticuatro
horas más de aprendizaje y de vivencias, y no veinticuatro horas menos de
vida.
En Asia me esperaban casi quinientos días, cada uno muy distinto al anterior.
Historias minimalistas de Malasia

“Esta es tu parada, te bajás acá”, me informó el conductor tailandés de la


combi en un inglés rústico mientras me abría la puerta y me invitaba a salir.
¿Ahí? ¿En plena tormenta, sobre una calle inundada, en una ciudad que no sabía
ni en qué país estaba, rodeada de gente que tal vez ni hablaba inglés, sin dinero
local y sin manera de comunicarme con la familia que supuestamente iba a
alojarme? ¡No señor, no me bajo nada! Si los planetas se habían alineado en mi
contra no era mi culpa, yo no pensaba abandonar mi refugio motorizado hasta no
tener certezas.
Así como mi viaje por América Latina había empezado en Lima, un mes y
medio después de haber salido de Buenos Aires, mi viaje por Asia comenzó una
noche de diluvio en Penang (Malasia), veinte días después de haber aterrizado en
Bangkok. Ahí confirmé que cuando uno entra en clima de viaje, todo se acelera.
Yo entré de golpe, sin aviso, sin saber que estaba ingresando en ese estado
eufórico de viajar-es-lo-mejor-que-hay, de quiero-seguir-viajando-toda-la-vida-
conocer-más-gente-más-lugares-probar-más-comidas y de no-quiero-volver-
hasta-haber-recorrido-el-mundo-entero.
Tailandia fue el prólogo de un viaje que empezó a fluir en el país siguiente.
Mis primeros días en Asia habían sido tranquilos y solitarios. Me había costado
bastante empezar: fue difícil pasar de los veinte grados de abril en Buenos Aires
a los cuarenta grados de abril en Bangkok, acordarme de pedir que cada comida
fuera “sin picante por favor”, pasar de hablar castellano a comunicarme y pensar
en inglés, tener que convertir mentalmente los precios a dólares y de ahí a pesos
para calcular mis gastos. Y fue difícil, sobre todo, tomar la decisión de hacer
couchsurfing por primera vez. Me daba un poco de miedo pero quería intentarlo:
estaba dispuesta a alojarme de manera gratuita en casas de familias desconocidas
para tener un contacto más directo con la gente local.
Había dejado Ko Phi Phi con el objetivo de cruzar a Malasia y llegar a
Penang, una isla ubicada en la costa oeste del país, a eso de las ocho de la noche.
Tenía todo calculado: apenas llegara llamaría a Chin, mi couch (anfitriona)
china-malaya, e iría a su casa. Mi plan incluía bajarme de la combi en la terminal
de Butterworth (la parte de Penang que es tierra firme), cruzar en ferry a la isla,
bajarme en el puerto de Georgetown (el centro histórico de Penang) y de ahí
tomarme el transporte público a lo de mi anfitriona en el barrio de Batu
Ferringhi. Entonces, cuando el conductor de la combi frenó en una ciudad
desconocida, frente a un local de comida china, en medio de la inundación
provocada por la lluvia, me abrió la puerta y me dijo en inglés-tailandés que me
bajara, sospeché que algo no andaba bien.
¿Acaso me había quedado dormida y habíamos cruzado en el ferry arriba de
la combi? ¿O habíamos atravesado un puente y no me había enterado? ¿Tendría
que hacer noche ahí y continuar al día siguiente hacia Penang? ¿Dónde
estábamos? ¿Eso era Malasia o habíamos tomado un desvío y caído en China?
Ese día confirmé que los viajeros tenemos un equipo de ángeles que nos cuida
desde algún rincón del universo. En la misma combi viajaba una familia
indonesia: un chico de mi edad, sus padres y sus abuelos. Habían viajado a
Malasia para que el abuelo recibiera atención médica, iban a pasar la noche en
Penang y al día siguiente volaban de regreso a Jakarta. Habían visto la situación
y, como hablaban inglés, me ofrecieron ayuda.
El padre me prestó su teléfono para que llamara a mi anfitriona: marqué el
número que tenía anotado y una operadora me dijo que era inexistente. Los
indonesios me confirmaron que estábamos en la isla de Penang —aunque no
sabían en qué parte— y me propusieron que bajara con ellos en su hotel para no
quedarme sola en medio de la lluvia. El chico indonesio me acompañó a un
shopping para que comprara ringgits (la moneda local), pero como era de noche
las casas de cambio estaban cerradas. Fuimos al cajero automático: me
rechazaba la tarjeta. Quería tomar un colectivo: no tenía monedas para pagar.
Quería tomar un taxi: tenía miedo de llegar a lo de Chin y que ella no estuviera
ahí. Al ver la situación, el indonesio sacó cincuenta ringgits (quince dólares) del
bolsillo y me los dio: “Mañana me vuelvo a Indonesia, esto ya no me sirve,
quedátelo”. “No, te los cambio por dólares”, le ofrecí. “No, por favor”, me dijo.
Y con ese gesto desinteresado, me salvó.
Mientras decidía mentalmente qué hacer de mi vida, la familia me invitó a
cenar al mercado local. Así que ahí fuimos, los indonesios y yo, esa loca que
andaba sola y con cara de perdida por algún lugar de Asia. Sin que les pidiera,
llamaron por teléfono a una amiga indonesia que vivía en Penang para que me
llevara en su auto a buscar algún alojamiento barato. Así que me despedí y nos
fuimos, la indonesia y yo, esa argentina que no tenía dónde quedarse una noche
de lluvia en una isla de Malasia y confió en una familia desconocida. Encontré
un lugar decente y barato atendido por un indio y me quedé. Chinos, indios,
indonesios… Estaba en Malasia, ¿no? Porque hasta el momento no había visto a
ningún malayo… O eso creía.
Entré a mi cuarto, me conecté a internet y en cinco minutos todo se
solucionó. Encontré el número que le faltaba al teléfono de mi anfitriona (lo
había anotado mal), la llamé para avisarle que iría a su casa el día siguiente y me
fui a dormir tranquila: estaba en el lugar del mapa en el que quería estar. A la
mañana siguiente pasó a buscarme Julio, un mexicano que también se estaba
quedando en lo de Chin, junto con Rizwan, un couchsurfer malayo que nos llevó
a recorrer la isla en auto, nos presentó a sus amigos chinos y malayos, nos invitó
a una reunión de musulmanes en su barrio, nos guió por el mercado local, nos
hizo probar todas las comidas típicas en un solo almuerzo, nos sugirió que nos
contactáramos con otro couchsurfer malayo-chino, quien a su vez nos presentó a
un indio-malayo que bailaba salsa cubana… Y así, de golpe, el viaje empezó a
fluir.
Lugares-cebolla

Estoy convencida de que, en un viaje, el orden de los factores —los países o


ciudades visitadas— sí altera el producto —la experiencia total de viaje—. No es
lo mismo ir primero a Tailandia y después a Malasia que ir primero a Malasia y
después a Tailandia. La mirada siempre va a ser distinta porque es imposible no
comparar el país del que acabamos de salir con el país al que acabamos de entrar.
Cuando salimos de un lugar por el que viajamos durante por lo menos unas
semanas, no nos vamos solamente con nuestro equipaje sino también con un
montón de reglas implícitas, códigos y maneras de ver la realidad que fuimos
adquiriendo por medio del contacto cultural. Y es muy difícil entrar a un lugar
nuevo sin que todo ese bagaje no afecte nuestra mirada. El sur de Tailandia, que
fue lo poco que conocí de ese país, me pareció muy turístico. Pero como era lo
único que había visto del sudeste asiático podría haber pensado que todo iba a
ser así. Por eso Penang —y después, Malasia en general— me gustó tanto: era
mucho menos turístico que su vecino.
¿Qué sabía de Malasia antes de viajar? Para ser sincera: nada. No tenía
ninguna imagen mental definida de ese país. Sabía que quedaba en el sudeste de
Asia, que estaba dividido en una península y en una isla (la misteriosa Borneo) y
que tenía población musulmana. Iba a ser mi primer contacto con la cultura
islámica y estaba muy intrigada. En Tailandia me habían dicho muchas cosas
acerca de Malasia: que era un país caro, que era un país fascinante, que era un
país aburrido, que era un país barato, que era un país así o asá… Pero yo ya
había aprendido a no guiarme por las opiniones ajenas: iba a dejarme llevar por
el feeling que sintiera hacia cada lugar.
Viajando conocí muchos lugares. Algunos me entretuvieron pero no me
generaron ningún sentimiento: fueron sitios en los que pasé cuatro días y sentí
que ya no me quedaba nada por descubrir. Otros, en cambio, me enamoraron a
primera vista. Fueron lugares en los que sentí que, por más que los visitara
veinte veces, siempre me quedaría algo para ver. Los llamé lugares-cebolla, por
eso de que tienen varias capas para ir pelando de a poco.
Penang debe ser uno de los lugares más húmedos, pegajosos y calurosos del
sudeste asiático. Cada mediodía, el asfalto de Georgetown quema y todos se
recluyen en sus casas. La isla está repleta de playas, pero sus aguas no son del
todo aptas para nadar (hay medusas y contaminación). Su encanto pasa por otro
lado: la isla es un cóctel cultural, religioso, gastronómico y arquitectónico.
Penang fue el primer lugar del mundo en el que vi una mezquita al lado de una
iglesia al lado de un templo chino al lado de un templo hindú. Fue el primer
lugar en el que probé la comida india, la comida china y la comida halal —y la
fusión de las tres anteriores— en un mismo día y en una misma calle. Fue el
primer lugar en el que escuché a la gente hablar inglés, chino mandarín, tamil y
malayo en una misma conversación. Y fue el primer lugar de Asia que me
cautivó sin piedad.
Su mezcla demográfica tiene mucho que ver con su historia. En el siglo xviii,
el Sultán de Kedah firmó un tratado y cedió Penang a la Compañía Británica de
las Indias Orientales a cambio de protección militar contra Siam (la actual
Tailandia). El capitán Francis Light la renombró Isla del Príncipe de Gales y
fundó la ciudad fortificada de Georgetown en honor al príncipe George. Se
convirtió en el primer asentamiento británico en el estrecho de Malaca y, gracias
a su ambiente liberal y estatus de puerto libre, enseguida atrajo a colonos y
comerciantes birmanos, filipinos, siameses, japoneses, árabes, armenios, judíos,
alemanes, chinos e indios.
Con el tiempo, muchas comunidades extranjeras se desintegraron y la
población quedó conformada por tres grandes grupos: los malays o bumi putrá
(“hijos de la tierra”) que son más del 65 por ciento y musulmanes por ley; los
chinos-malayos y los indios-malayos (ambos tercera y cuarta generación de
inmigrantes). Cada grupo cultural mantiene sus tradiciones, su religión, su
idioma, su comida, sus festejos, sus templos, sus construcciones y sus
costumbres. Los habitantes de las tres comunidades conviven en un mismo
territorio, en general todos hablan varios idiomas y dialectos, trabajan juntos,
comen en los mismos lugares, son amigos, socios, colegas, compañeros de
colegio o de universidad, pero raramente se casan entre grupos distintos. Por eso
es muy fácil identificar quién es descendiente de chinos, quién es indio y quién
es malay.
Penang, además, es el paraíso gastronómico de Malasia, y ganarse ese título
en un país en el que la comida está por todas partes y a toda hora es un verdadero
mérito. La causa también es histórica: los primeros inmigrantes chinos e indios y
los pequeños comerciantes que llegaron a la isla hace 250 años descubrieron que
una de las maneras más fáciles y rentables de sobrevivir era vendiendo comida.
Así nacieron los vendedores ambulantes: algunos iban de casa en casa cargando
los ingredientes y utensilios en canastas sobre la cabeza, otros los llevaban en
receptáculos integrados a sus bicicletas, triciclos y, más tarde, motocicletas.
Rápidamente se convirtieron en parte inseparable del paisaje y de la rutina. Para
los locales, las horas estaban marcadas por los vendedores: a las nueve de la
mañana pasaba el cocinero indio ofreciendo kuih (tortas o dulces), a las doce se
aproximaba el vendedor de laksa (sopa picante de noodles), seguido más tarde
por el ciclista que ofrecía wantan mee (sopa de noodles con ravioles chinos) y
por el hombre que cocinaba yong tau foo (sopa de noodles, vegetales y tofú) en
su carrito.
Con el tiempo, los comedores móviles se fueron haciendo fijos: algunos
quedaron frenados de manera permanente en una esquina, otros se convirtieron
en puestos con mesas, otros pasaron a ser bufés o restaurantes. No hubo
segregación por comunidad: en Penang, los kopitiam (cafeterías chinas-
malayas), los mamak stalls (puestos de comida tamil-musulmana), los puestos
halal (de comida malay-musulmana) y las casas de té chino comparten el mismo
barrio, la misma cuadra, el mismo pasaje angosto, la misma vereda o hasta el
mismo patio de comidas. Es común ver chinos-malayos sentados en puestos de
comida india o indios-malayos tomando café en los kopitiam. Y la venta de
comida jamás dejó de estar integrada a la vida callejera: aún estando bajo techo,
los pequeños restaurantes no tienen paredes ni puertas, sino que son abiertos e
invitan a quien pase por ahí a sentarse.
En Penang (y en el resto de Malasia) aprendí a disfrutar de la gastronomía
como en ningún otro lugar del mundo. “In Malaysia it’s all about food” (“En
Malasia todo tiene que ver con comida”), me repetían sus habitantes, orgullosos.
Y era cierto: cualquier excusa era buena para juntarse a comer, una reunión no
era una reunión si no había comida. Cada vez que salía a caminar me terminaba
atiborrando de snacks. Había tanta oferta gastronómica —tan variada y deliciosa
— que me costaba elegir. Quería todo y probaba todo. Descubrí que un país
también podía enamorarme a través de su cocina.
Durante los dieciséis meses que pasé en Asia, visité Malasia cinco veces.
Entre un viaje y otro, pasé casi noventa días en Penang, en la casa de mi amiga
Tippi, una china que conocí gracias a Journey. Y en alguno de esos regresos,
después de haber visto las Torres Petronas por vez número mil, decidí cambiar la
mirada y empezar a recorrer el país a través de sus detalles. Me propuse ser una
viajera minimalista en dos sentidos. Primero, hice el experimento de achicar mi
equipaje y, durante quince días, viajé solamente con una mochila de mano.
Nunca me sentí tan liberada. Segundo, decidí concentrarme en las pequeñas
historias, esas que podían parecer nimias o insignificantes pero que hablaban
mucho acerca del país y de mi experiencia en él.

Historias minimalistas de Malasia (1): la bolsa marrón

Me comí el primer bocadito en el monorriel.


Miré el fondo de la bolsa marrón con respeto. Desde abajo me miraban,
impasibles, dos alfajores, tres bocaditos de dulce de leche y una oblea. Tanto lo
pedí que al final se cumplió: después de catorce meses en Asia sin probar nada
que se pareciera ni remotamente a un alfajor, Marina, una argentina que vivía en
Kuala Lumpur, me preparó esa sorpresa. Tras nuestra cena de comida india en la
capital de Malasia, me subí al monorriel con la bolsa casi atada a los dedos: que
a nadie se le ocurriera arrebatármela. La bolsa o la vida. Espié: todo seguía ahí.
¿Por cuál empezar? Y agarré un bocadito. Lo abrí como si estuviese llevando a
cabo un ritual: con cuidado, con dedicación, con respeto. Me lo comí. Tenía
sabor a Argentina. Dejé el resto para más tarde, deseando que esa bolsa durara
para siempre.
Mientras el monorriel me llevaba de KL Sentral (la estación central de Kuala
Lumpur) hasta la estación Imbi (donde estaba mi hostal) miré a los pasajeros. Al
lado tenía un indio-malayo que giraba impaciente sobre el asiento; más allá, uno
de nacionalidad desconocida (para mí tenía cara de iraní) iba en musculosa, con
los pelos que se le escapaban por todos lados y una expresión de estar
recordando un chiste. En el asiento de enfrente, tres adolescentes: dos chinas-
malayas que hablaban inglés con el típico acento malayo y un chico rubio
(parecía australiano o tal vez estadounidense) que también hablaba inglés con el
típico acento malayo. ¿Hijo de expatriados tal vez? A mi costado, tres indios-
malayos pre-adolescentes iban vestidos muy punk (¿y tal vez muy cool?). Nadie
me prestó atención. En ese monorriel, en esa ciudad y en ese país los
occidentales no eran un elemento raro ni exótico. Había vuelto a ser una más.
De lejos, por la ventana, vi a las Torres Petronas iluminadas. Ah, sí, lindas las
Petronas. Y me di cuenta de que ya había ido tantas veces a Kuala Lumpur que
había empezado a mirar todo con otros ojos: los de la normalidad. En aquel
momento, Asia era mi realidad: las veredas llenas de puestitos, las motos, la
comida india servida sobre hojas de planta de banana, las torres gemelas más
altas del mundo, los templos y las mezquitas. Y era una realidad que me gustaba,
que me hacía sentir cómoda, en el contexto adecuado. Lo único que me
recordaba que yo no era de ahí era la bolsa marrón que llevaba entre las manos.
“Vengo de un lugar muy lejano donde se comen alfajores y bocaditos de
dulce de leche. Y no es lo mismo comer un bocadito en un monorriel en Kuala
Lumpur que comerlo en el subte porteño o en cualquier colectivo de Argentina.
Allá es algo tan normal que pasa desapercibido, nadie se plantea teorías acerca
de la inmortalidad del bocadito. Acá, en cambio, es un elemento que me
recuerda que vengo de otra realidad”, pensaba. Me bajé del monorriel, caminé la
cuadra y media hasta mi hostal tranquila, sabiendo que aunque fueran las once
de la noche era muy improbable que alguien quisiera robarme. Era viernes y
todos estaban sentados al aire libre en los kopitiam, tomando teh tarik (té con
leche), comiendo un roti canai (panqueque con curry) y charlando en manglish,
una simpática mezcla de inglés, malayo, mandarín, hokkien, cantonés y tamil,
lah.
Esa noche soñé que estaba en una mezquita y el embajador de Argentina en
Kuala Lumpur se comía mis alfajores sin permiso. Y yo le decía, casi llorando:
“No, por favor, dejáme algo, ¿sabés hace cuánto que no me como un alfajor?”.

Historias minimalistas de Malasia (2): el Diablo

La azafata me preguntó si quería alguna bebida. Le pedí un vaso de jugo de


naranja, ilusa yo, creyendo que era gratis. Me mostró la botella y me dijo:
“Nueve rinngits” (tres dólares). Le pedí un vaso de agua, pensando que seguro
que ese sí era gratis. Agarró una botellita, me miró y repitió: “Nueve ringgits”.
Le agradecí y seguí mirando por la ventana, sin jugo ni agua. Pocos minutos
después escuché que mi compañero de asiento, un malayo, le decía a la azafata:
“Espere, deme dos jugos de naranja”, y pensé: “Por favor que no sea para mí, me
daría demasiada vergüenza”. Pagó con cincuenta ringgits y me ofreció uno:
“Para vos, no te preocupes, yo invito”. Acepté el jugo, le agradecí y vi que
estaba listo para entablar conversación.
Me dijo que era de Borneo (Malasia del Este), que acababa de escribir una
canción y que quería que yo la leyera. Me alcanzó su cuadernito y me señaló un
texto escrito en lápiz. Leí tratando de entenderlo pero no logré captar el
concepto, así que le dije “¡qué lindo!” y le pregunté qué género de música hacía.
Me miró, como si la respuesta fuese obvia: “Heavy metal”. Y yo que pensaba
que era una canción de amor...
Me preguntó de qué trataba la canción para mí, quería saber qué había
interpretado. La volví a leer, poniendo todas mis energías en no decir cualquier
estupidez. La última frase decía algo así: “And when you come, morning star,
mankind will die” (cuando “él” viniera se terminaría la humanidad). Lo miré y le
pregunté, tímidamente, lo obvio: “¿Habla del fin del mundo?” (estuve a punto de
preguntarle si era acerca de la segunda venida de Jesús). Me respondió: “Es
acerca del Diablo, él es la estrella de la mañana”. ¡Ahhh...!
Me pareció muy peculiar que un cantante de heavy metal de Borneo me
hiciera leer una canción acerca del diablo en pleno vuelo de Indonesia a Malasia.
Pero así fue. Y sí, ahora que lo pienso, era obvio que hablaba del Diablo. Cómo
no me di cuenta. Tengo que estar mejor preparada para estas cosas.

Historias minimalistas de Malasia (3): naranjas caras

Si tuviese estadísticas de mis viajes, sé que en el apartado de Asia una de


ellas sería: “Cantidad de minutos (promedio) que pasaron hasta que alguien se
acercara a preguntarme de dónde era, adónde iba y qué hacía de mi vida: 5”.
Cuando uno viaja solo se tiene que acostumbrar a los cuestionamientos curiosos
de la gente local. Estando de viaje, el concepto de normalidad cambia: si en
nuestra ciudad un desconocido se acercara y nos preguntara quiénes somos, de
dónde venimos y hacia dónde vamos, el interrogatorio nos parecería raro y hasta
sospechoso; pero en un viaje es una situación normal y esperable. Si bien a veces
resulta cansador estar respondiendo a las mismas preguntas todos los días, uno
nunca sabe qué rumbo pueden tomar las conversaciones. Y esa es la parte
divertida.
Como en Malasia había empezado a hacer couchsurfing, hacía tiempo que no
me alojaba en hostales, así que en una de mis tantas revisitas a Kuala Lumpur
decidí quedarme en uno, más que nada por falta de planificación y para estar un
poco sola.
La noche de la bolsa marrón volví al hostal dispuesta a irme a dormir, pero
me interceptó un chino-malayo que también se estaba quedando ahí y me hizo el
interrogatorio de rigor. Cuando le dije que era de Argentina se puso feliz: “¡Sos
la primera argentina que conozco en mi vida!”. Y por unos segundos me vi
convertida en calcomanía, completando el álbum de nacionalidades de un
desconocido. Me preguntó de todo: qué se podía ver en mi país, qué nos gustaba
comer, cuánto costaba viajar, cuáles eran los lugares más lindos. Después se
despidió y se fue a dormir.
A la mañana siguiente me lo crucé rumbo al baño. Me dijo que había estado
hablando con un estadounidense y que aquel viajero le había asegurado que lo
mejor de Argentina “eran las mujeres”. Al rato me buscó y, antes de despedirse,
me regaló una naranja: “Es para tu viaje, que la disfrutes, mirá que es una
naranja muy cara”. En la cultura china se regalan naranjas entre amigos y
parientes para demostrar respeto y desear buena suerte, especialmente durante el
Año Nuevo Chino. Así que la acepté como un lindo gesto. Guardé la naranja
cara dentro de la bolsa marrón (que todavía tenía los bocaditos y alfajores) y me
fui a tomar el bus a Penang.
Durante las seis horas de trayecto pensé en que tal vez en unos días ya no
recordaría las caras ni los nombres de todas esas personas que me cruzaba en el
camino, pero que todas quedarían como parte del paisaje humano de mis viajes.
Mi mirada del lugar había cambiado: me estaba dedicando a observar a (y a ser
observada por) la gente, y ahí entendí que mirar a las personas también era una
forma de mirar a un país. Y pensar que me di cuenta de todo eso gracias a una
naranja cara que me regaló un chino-malayo en la soledad de un hostal de Kuala
Lumpur.

Historias minimalistas de Malasia (4): dentista

Afuera hacía tanto calor que decidí volver al hostal y refugiarme sin culpa.
No me gustaba caminar a la una del mediodía bajo el sol asiático ecuatorial y la
luz no era buena para sacar fotos, así que me pareció un momento ideal para
descansar sin remordimiento. Me senté en una de las diez camas del dormitorio
compartido y me puse a trabajar en la computadora como si el mundo exterior no
existiera (tengo ese problema: cuando me pongo a escribir, todo a mi alrededor
desaparece). Estaba sumergida en lo mío cuando alguien rompió la burbuja con
el clásico “where are you from?” (“¿de dónde sos?”), la pregunta que, al viajar,
es necesaria, inevitable y perfecta para iniciar cualquier tipo de conversación
entre dos desconocidos que, claramente, son extranjeros.
Era una mochilera suiza que estaba viajando con su novio por Asia por
primera vez. Cuando le dije que era argentina vi que me miró con cara de “¿qué
hacés frente a la computadora en este lugar del mundo y a esta hora del día?”,
pero no dijo nada y yo tampoco me justifiqué. Y así empezó el interrogatorio
simpático de cada día: “¿Hace mucho que estás viajando? ¿A qué te dedicás en
Argentina? ¿Viajás sola? ¿Y cuándo volvés a tu país? ¿Y qué vas a hacer cuando
vuelvas? ¡Ah! Sos escritora de viajes, ¡qué buen trabajo!”. Las preguntas eran
casi siempre las mismas y eran fáciles de responder, pero en el fondo eran armas
de doble filo. La persona que preguntaba se iba feliz con su colección de
respuestas y con la versión simplificada que se llevaba de la persona a la que
acababa de conocer, pero la que era preguntada (en ese caso, yo) podía sentirse
un poco confundida durante el resto del día. Ese “¿y qué hacés de tu vida?”, una
pregunta disfrazada de simpleza, era mucho más compleja de lo que parecía, y si
me la hacían en uno de esos días en los que me planteaba mi objetivo en este
mundo, chau: cuestionamiento interno, dudas y miedos por una semana, mínimo.
Cuando el sol empezó a bajar salí a caminar por ahí. Los fines de semana,
Melaka se llena de gente: es una ciudad colonial a menos de dos horas de Kuala
Lumpur, se puede recorrer a pie en el día, tiene un mercado nocturno interesante,
la comida es rica y barata y los conductores de rickshaw esperan en cada esquina
en sus bicicletas cubiertas de flores para llevarte a pasear entre iglesias y ríos.
Un pueblito de esos que llaman pintorescos.
Me alejé un poco de la calle principal y no vi ningún turista. Encontré, en
cambio, una ciudad vacía, adormecida y repleta de detalles. Me hice amiga de un
gato callejero que se me colgó de las zapatillas y me suplicó que jugara con él;
me crucé con un chino que iba en bicicleta y que me preguntó de dónde era
(cuando le respondí me dijo, muy seguro de sí mismo: “No, you American, you
have American accent”); espié a un señor que se quedó dormido frente a su
negocio y a una mujer india que estaba cocinando en la entrada de su casa.
Encontré altares silenciosos en las esquinas, observé rituales religiosos en los
templos y mezquitas y vi cómo un chino apretaba los noodles con una mano
antes de cocinarlos. Caminé, anónima, entre gente a la que jamás volvería a ver.
Esa noche, mientras leía El Gran Bazar del Ferrocarril, de Paul Theroux, me
encontré con el siguiente fragmento: “Rashid, el conductor del coche-cama, me
ayudó a encontrar mi compartimento y tras dudar unos segundos, me pidió que
revisara su diente. Le estaba causando mucho dolor, dijo. La solicitud no era
impertinente. Yo le había dicho que era dentista. Me estaba cansando de la
inquisición asiática: ¿De dónde vienes? ¿Qué haces? ¿Casado o soltero?
¿Hijos?”. Y sentí, como muchas veces nos pasa a los lectores, que Theroux había
escrito esas palabras para que yo las leyera casi cuarenta años después, sentada
sobre la cama en un hostal de Malasia, tras cuestionar mi identidad, mi misión y
el sentido de mi vida. Y pensé: “Theroux estuvo bien. De ahora en más voy a
decir que soy dentista y me estoy tomando un año sabático en Asia. ¿Alguien
necesita que le revise la muela?”.

Historias minimalistas de Malasia (5): diferencias al hervir un huevo


en verano o en invierno

Después de mi quinta y última vez en Malasia me despedí del país con un


roti canai y me subí al bus que me llevaría al aeropuerto de Kuala Lumpur para
tomar el vuelo de vuelta a Indonesia. Me senté contra una ventana e
inmediatamente una mujer china-malaya se sentó al lado mío. Se llamaba Jo
Ann y tendría unos sesenta años. Me miró, me sonrió y me preguntó a qué país
me iba. Nos pusimos a charlar: le conté que había vuelto a Malasia porque se me
había vencido la visa indonesia, que era de Argentina, que me dedicaba a escribir
y que me gustaba viajar.
En algún momento empezamos a hablar de comida. En Malasia todos hablan
de comida. Le dije que nunca había visto semejante variedad: “Acá tienen
comida malay, comida china, comida india, comida india-malaya, comida china-
malaya, comida ‘occidental’, comida de Medio Oriente, carne de Australia y
Nueva Zelanda, pescado de Japón, postres italianos, panaderías francesas. En
fin. Para todos los gustos”. Casi me daba envidia.
Jo Ann me confesó que todo lo que conocía de mi país era el fútbol, la
canción No llores por mí, Argentina, el vino y el asado. Quiso saber qué clima
había en Argentina y le conté acerca de las cuatro estaciones (especialmente de
la primavera y el otoño, las dos que tanta falta me hacían en aquel clima tropical
inmutable). Le pregunté si ellos sentían la necesidad del frío o si estaban
acostumbrados al calor constante. “Acá no estamos muy acostumbrados:
tenemos aire acondicionado en todos lados, en las casas, en las oficinas, en los
transportes públicos... Tratamos de no salir mucho. Y cuando necesitamos
invierno, nos vamos a Cameron Highlands”, me explicó. Cameron Highlands es
la zona montañosa y “fría” de Malasia, un lugar que conocí la primera vez que
estuve en el país y que me pareció fresco pero no frío. Mientras ella me hablaba
acerca de la comida que cocinaba cada vez que iba con su familia, yo pensaba en
eso de las cuatro estaciones versus una estación constante.
Estoy acostumbrada a que el año esté dividido en cuatro. El cambio de
estaciones es algo que me gusta mucho, tal vez por su sentido metafórico: me
demuestra que todo en esta vida son ciclos, como la naturaleza. Me da cierta
esperanza saber que todo lo malo va a desaparecer una vez que empiece la
primavera, que después del frío siempre nacen flores y sale el sol. Me pregunto
qué sentirá la gente que nació en zonas del mundo donde hay un clima constante
a lo largo del año y de la vida. ¿Necesitarán un cambio? ¿O esa inmovilidad
climática los hará creer, a la vez, que la realidad es inmutable y que el estado de
las cosas siempre será el mismo?
Mientras me hacía esos cuestionamientos, Jo Ann afirmó: “Porque no es lo
mismo hervir un huevo en Cameron Highlands que hervir un huevo en Kuala
Lumpur: acá, si querés cocinar un huevo semi duro, lo ponés seis minutos en
agua hirviendo y gracias al calor que hace queda perfecto; pero en Cameron
Highlands el frío hace que el huevo se cocine de otra manera. A mis hijos no les
gusta, dicen que queda raro. Probalo: tratá de hervir un huevo en verano y otro
en invierno y vas a ver”.
Tal vez esa sea la respuesta a todos mis planteos.
Una “bule” en Indonesia

Bule: término de la jerga indonesia usado para referirse a los extranjeros


occidentales. Los bule, por alguna razón inexplicable, generan un fanatismo
descontrolado entre los indonesios.
Llegar a Indonesia fue como caer en el país de las maravillas. Me sentí
Alicia. Bule-Alicia. Tendría que haberlo sospechado en Singapur, cuando mandé
las solicitudes de Couchsurfing para alojarme en Jakarta y mis cinco potenciales
anfitriones me dijeron que podía quedarme con ellos. Es raro que todas las
solicitudes tengan respuesta positiva: es raro, directamente, que todos respondan.
Casi siempre hay que mandar diez o más para tener éxito. Pero en Indonesia fue
distinto: todos querían recibirme. Uno de ellos, incluso, intentó sobornarme:
“¡Por favor quedáte con nosotros! ¡Toda mi familia quiere conocerte! ¡Mi mamá
es la mejor cocinera del barrio!”. Y lo logró. Algo —más allá de las palabras
mágicas “mejor cocinera del barrio”— me decía que sí, que tenía que quedarme
con él, así que le hice caso a mi intuición. Y hoy creo que si no hubiese elegido a
Rheden como anfitrión, mi relación con Indonesia habría sido distinta.
Mi primer viaje a Indonesia no empezó bien. En realidad, estuvo a punto de
no empezar. Cuando llegué al aeropuerto de Singapur para tomar el vuelo a
Jakarta no me dejaron subir al avión. Como no tenía un pasaje de salida de
Indonesia, me dieron dos opciones: comprar uno ahí mismo o no viajar. Opté por
la opción A pero decidí hacerlo por internet y no en el mostrador del aeropuerto
(donde cobraban cinco veces más). Como el check-in de mi vuelo cerraba en
diez minutos, entré al sitio web de una aerolínea de bajo costo y busqué el pasaje
más barato a donde fuera. Prefiero viajar sin una ruta prefijada, pero en Asia
muchas veces estuve obligada a planificar de antemano a causa de las visas. Y
entonces, como quien hace ta-te-tí, me compré un pasaje de Jakarta a Manila,
capital de Filipinas, para dentro de un mes. Cuando volví al mostrador, el check-
in ya había cerrado y el avión estaba por despegar. Por suerte me dejaron subir
igual y pude volar, aunque de bastante mal humor.
Apenas aterricé en Jakarta me olvidé de todo lo que había pasado. Supe, con
sólo pisar su aeropuerto, que Indonesia iba a ser un país que quedaría muy
dentro de mi alma. Me recibió ese calor húmedo y pegajoso típico del sudeste
asiático, me recibieron los taxistas alborotados —“Hello mister! Taxi! Taxi!”—,
me recibieron los vendedores de comida —que querían cobrarme el triple por ser
extranjera—, me recibió el célebre traffic-jam —el embotellamiento de tránsito
presente a cualquier hora del día—, me recibieron las sonrisas cálidas de la
gente. Y yo sentí que ya amaba a Indonesia. Sabía que éramos el uno para el otro
pero no podía entender cómo sentía tanto amor por un país del que no sabía casi
nada y con el que no había soñado jamás.
Rheden fue a buscarme al aeropuerto y me llevó a su casa. Tardamos dos
horas en llegar: él vivía en las afueras de la ciudad, así que para abaratar costos
tuvimos que tomar varios transportes. En el primer bus charlamos como si nos
conociésemos de toda la vida. Ya éramos amigos. En el segundo transporte
entendí que no pasaría desapercibida entre los indonesios —que parecían tener
cierto fanatismo por mí, solamente por mi aspecto de bule—. En el tercer
transporte aprendí algunas expresiones típicas en bahasa indonesio como “kiri,
bang!” (“izquierda, hermano”, frase usada para indicarle al conductor que nos
queríamos bajar) y “satu dua tiga” (“uno dos tres”). Cuando llegamos, yo ya
estaba perdidamente enamorada de Indonesia.
Rheden (que era profesor de matemática y tenía mi edad) vivía con su familia
en un barrio humilde en medio de plantaciones, palmeras, riachuelos y caminos
de tierra. Eran ocho y estaban repartidos en dos casas, cada una con un
dormitorio común, cocina y baño. A veces siento que es un cliché decir que
quienes menos tienen son los que más dan, pero tampoco lo puedo negar:
siempre sentí, sin importar el país, que los menos ricos (en términos puramente
monetarios) fueron los más generosos, ya que nunca me dieron lo que les
sobraba sino que compartieron conmigo lo que tenían. Rheden y su familia no
solamente me recibieron, sino que me obligaron a usar una de sus casas mientras
ellos se repartían en las casas de sus amigos.
Los vecinos, especialmente los niños, estaban alborotados: ¡una bule en el
barrio! La voz se corrió rápido y a la mañana siguiente todos se asomaron a la
puerta para inspeccionarme. Me espiaban, supongo, para ver cómo se
comportaba un ejemplar tan raro de ser humano. Enseguida nos hicimos amigos
y pasamos horas haciendo sesiones de fotos. Nunca vi gente tan fotogénica —y
tan amante de posar— como los indonesios. Rheden me lo había dicho apenas
nos conocimos: “¡Los indonesios amamos ser fotografiados!”. Cuando salí a
caminar por el barrio, una mujer embarazada me llamó a los gritos y me hizo
señas de que pasara a su casa. Entré con timidez y ella se me acercó, me tocó la
nariz, se tocó la panza y se rió: me estaba diciendo que quería que su bebé
naciera con mi nariz. Pobre bebé.
Durante nuestro primer paseo por los mercados de Jakarta me sentí una
estrella de cine: todos, desde el verdulero hasta el policía, querían sacarse fotos
conmigo. Indonesia es un país de calles repletas: las personas siempre están
afuera y es muy común entablar conversaciones con extraños. La gente me veía
caminando con Rheden y me saludaba, me sonreía, me daba la mano. En el
Monas, uno de los puntos turísticos de Jakarta, veinte enfermeras musulmanas,
todas vestidas de blanco, me sacaron fotos con sus teléfonos, me abrazaron para
una imagen grupal y me dieron la mano una por una mientras me decían:
“Terima kasih, miss!” (“¡Gracias!”). Más tarde fui objeto de admiración de un
grupo de chicas adolescentes. Una incluso gritó, victoriosa: “¡Me miró a mí!”. Y
todas se rieron.
Salir a la calle en Indonesia era recibir mil y un veces la misma pregunta
—“¡Hola miss, bienvenida a Indonesia! ¿De dónde sos?”— seguida de una risa
grupal y un saludo con las manos. De a ratos me sentía una celebridad (¿acaso
era famosa en Indonesia y nunca me había enterado?), de a ratos sospechaba que
Rheden había arreglado ese recibimiento. Pero mis teorías se derrumbaron
cuando seguí camino sola y entendí dos cosas: que la gente se me acercaba con
alegría y curiosidad y me sacaba fotos en cualquier lugar y que todos los bule
recibían el mismo trato. Había llegado a un país maravillosamente distinto de
todos los que había conocido antes.
Nunca fui tan fotografiada y nunca fui el centro de situaciones tan cómicas y
bizarras. En Borobudur, el monumento budista más grande del mundo, ubicado
en las afueras de Yogyakarta, me declararon amiga íntima de Maradona. Un
hombre se me acercó y me preguntó de dónde era; cuando respondí, enloqueció:
“Ohhh! Argentina! Maradona!”. Pegó un grito: “She is a friend of Maradona!”
(“¡Es amiga de Maradona!”), sus cinco amigos se acercaron corriendo y, cual
barrabravas festejando una victoria, formaron una ronda a mi alrededor y me
hicieron saltar con ellos al grito de “¡Ma-ra-dona! ¡Ma-ra-dona!”. Después me
dieron un abrazo grupal y me sacaron fotos de todos los ángulos posibles.
En Prambanan, un templo hinduista cerca de Yogyakarta, se me acercó un
grupo de boy-scouts adolescentes y, tras órdenes del profesor, cada uno me hizo
una pregunta, desde “¿a dónde vas a ir después de Indonesia?” hasta “¿tenés
Facebook?”. El profesor me dijo que era un honor para ellos poder practicar su
inglés conmigo y, tras foto grupal con veinte cámaras distintas, me pidió mi
correo electrónico “por si necesitaban hacerme más preguntas”. Al día siguiente
tenía una declaración de amor en mi bandeja de entrada.
Los indo-paparazzi me encontraron hasta en las playas más recónditas. Una
vez fui con dos amigas indonesias a un pueblito de esos que no aparecen en los
mapas turísticos, con el plan de meternos al mar. Los indonesios (y muchos
asiáticos) nadan con ropa y yo me acostumbré a imitarlos. Aquella vez, sin
embargo, estábamos alejadas de todo, así que les pregunté si no les molestaba
que me quedara en bikini. Me aseguraron que no había problema, así que nos
quedamos las tres chapoteando en la orilla. De repente escuché, a lo lejos, risas y
grititos y vi que cinco chicos venían corriendo hacía mí, agitando sus cámaras en
el aire. ¿De dónde habían salido? ¿Cómo me habían visto? ¿Estaban a la espera
con largavistas? ¿O se había corrido la voz de que había una bule en la playa?
Entraron al mar vestidos, se pararon al lado mío y me rogaron que les dejara
sacarme una foto. Les dije que sí, pero que primero iba a vestirme. Demasiado
tarde: apenas me levanté del agua se pusieron a disparar fotos como locos. Por
suerte nunca supe dónde aparecieron esas imágenes. Tiempo más tarde, un
amigo me contó que muchos chicos que vivían en aldeas iban a los atractivos
turísticos especialmente para conocer bules: nunca habían visto un extranjero de
cerca más que en la tele, y para ellos todos éramos salidos de una película. Les
daba prestigio, entre sus compañeritos, tener una foto con un bule.
Después de más de medio año de estadía en Indonesia terminé
acostumbrándome a ser una bule y a ser considerada diferente por eso, pero así
como a veces me parecía divertido, otras me resultaba exasperante. ¿Por qué me
veían tan distinta? ¿No se daban cuenta de que, más allá de mi color de piel y de
pelo, éramos igual de humanos? Siempre, quisiera o no, había una separación
entre ellos y yo. A veces me veían como alguien “superior” solamente por ser
extranjera y blanca. Otras veces me trataban de turista tonta e intentaban
aprovecharse inflando los precios. Nunca pude salir a la calle y pasar
desapercibida: siempre recibía algún silbido, un “I love you”, un pedido de foto,
una mirada curiosa. Siempre me señalaban con el dedo. Era divertido y cansador
a la vez.
Hubo dos situaciones, sin embargo, en las que ser bule hizo toda la
diferencia. Las historias —que me tuvieron a mí de protagonista estelar— no
hubiesen tenido ese final (ni ese nudo, ni ese desenlace) si yo no hubiese sido
bule. Una fue cuando viajé a las islas Karimunjawa con un grupo de mochileros
indonesios y la otra, cuando me robaron la cámara y la computadora en el tren de
Jakarta a Yogyakarta.

Por ser bule (1): amor en Karimunjawa

Fue Rheden el que me convenció de viajar a Karimunjawa con él y con un


grupo de cuarenta indonesios desconocidos. No hizo falta que me insista
demasiado: cuando vi las fotos de las islas —remotas, paradisíacas— y el precio
del viaje —muy barato— dije que sí enseguida. La visa turística me permitía
quedarme un mes, pero como no tenía una ruta planeada podía ir a donde
quisiera. Quedé en reencontrarme con él una semana después en el puerto de
Jepara para tomar juntos el barco y pasar cuatro días en las islas con mochileros
de todas partes de Indonesia. Parecía un plan normal y predecible. Pero yo era
una bule y ya había aprendido que en Indonesia nada era normal ni predecible.
La mañana que llegué al muelle de Jepara me encontré con mi amigo y con
un grupo de gente que no se conocía entre sí. El viaje a Karimunjawa estaba
organizado por una agencia que se dedicaba a llevar mochileros locales a hacer
ecoturismo por las islas. Sentía que me estaba yendo de viaje de egresados.
Cuando me dieron el itinerario impreso tendría que haberme imaginado que no
iba a servirme de mucho. El plan del día 1 era el siguiente:
8.30 - Encuentro en el puerto de Jepara
9.00 - Salida del barco hacia las islas
15.00 - Llegada a Karimunjawa
16.00 - Tiempo libre
21.00 - Cena
El itinerario bule, sin embargo, fue muy distinto y quedó plasmado en uno de
mis cuadernos más o menos así:

Día 1. Itinerario ‘bule’. El viaje a Karimunjawa.

8.30 - Llego al puerto de Jepara y me reencuentro con Rheden y su amiga


Sitta, una couchsurfer de Jakarta. El organizador del viaje nos pide nuestros
nombres para tacharlos de la lista. Me doy cuenta de que voy a recibir un trato
distinto al resto del grupo cuando veo que mi nombre aparece escrito a mano al
lado de la palabra bule (escrita a máquina y tachada posteriormente).
9.00 - Sale el barco hacia Karimunjawa. Miro a mi alrededor e intento hacer
un estudio demográfico de los tripulantes: hay unos cincuenta viajeros, edad
promedio veinticuatro años; cantidad de bules: dos (conmigo incluida). Veo que
algunas personas me sacan fotos disimuladamente.
11.00 - ¿Falta mucho? Tengo sueño. Nos quedan por lo menos cuatro horas
más. El barco va muy despacio y viajamos en la cubierta, con un calor de
morirse. Algunos improvisan un techo con un pedazo de lona y todos (los
cincuenta) nos amontonamos debajo para disfrutar un cuadradito de sombra.
Rheden (mi traductor cultural) me explica que nadie quiere que su piel se vuelva
más oscura por el sol y por eso muchos (él incluido) usan ropa de manga larga
en pleno verano (en Indonesia siempre es verano) y crema blanqueadora.
13.00 - Tengo hambre: ataco la reserva de snacks que me preparó Susy, la
indonesia que me alojó en Jepara la noche anterior. Me lleno de onde-onde
(bollitos rellenos de pasta de lenteja negra, cubiertos de semillas de sésamo),
lemper (arroz pegajoso relleno de pollo y envuelto en hojas de banana), pan
relleno de banana y torta de pandan (verde y con hojas). Después, una siestita
para olvidar el calor.
15.00 - Llegamos a la isla principal del archipiélago de Karimunjawa y nos
reunimos con el resto del grupo para ir todos juntos hacia la casa donde
viviremos. Nos pasa a buscar el Trencito de la Alegría, el mismo que en Buenos
Aires usamos para hacer la previa de las fiestas de egresados. Tiene un Mickey
dibujado en el frente, luces de colores, bocina y música. No puedo creerlo. Le
cuento a Rheden para qué usamos ese trencito en Buenos Aires y él tampoco
puede creerlo.
17.00 – Tiempo libre. Quiero nadar: hace mucho calor. Rheden, Sitta y yo
vamos en busca de un pedacito de playa pero lo único que encontramos cerca de
nuestra casa es el puerto, que de paradisíaco no tiene nada. Decido nadar ahí
igual: el calor es insoportable. Al parecer se corre la voz de que hay una bule
acercándose al muelle porque de repente soy observada por unos treinta
pescadores, marineros y capitanes que sacan la cabeza de sus barcos y se sientan
en la cubierta a mirar el show. Decido meterme al agua al estilo asiático-
musulmán: con ropa (pantalón y remera de manga corta). En parte por respeto y
en gran parte porque me da mucha vergüenza nadar en bikini frente a un montón
de hombres que probablemente no estén acostumbrados a ver bules nadando en
bikini. Cuando entro al mar, se amontonan rápidamente en la rambla, me
señalan, me sacan fotos con sus celulares, me dicen piropos. Parecen
espectadores frente a una pantalla de cine y yo me siento la orca de Liberen a
Willy. Cuando salgo del agua, el grupo de hombres se divide en dos y forma una
pasarela para que yo camine por el medio. En Argentina estas cosas no pasan. O
pasarían si una se tirase al mar desnuda y saliera regalando botellas de cerveza.
Volvemos a la casa.
20.00 – Salgo a caminar con varias personas y nos sentamos a mirar la luna.
Ahí conozco a Mel, una indonesia con la que siento buena onda desde el
principio. Sacamos fotos con la luna de fondo (cómo le gustan las fotos a esta
gente). Estoy tan agotada que nunca llego a la cena: muero en la cama antes.
Día 2. Itinerario oficial

04.30 - Rezo matutino


07.00 - Desayuno
08.00 - Recorrido en barco y snorkeling por las islas
16.00 - Regreso a Karimunjawa
17.00 - Rezo y tiempo libre

Día 2. Itinerario ‘bule’. Hechizos e interrogatorios.

04.30 - Escucho el llamado a rezo de la mezquita vecina. Me doy vuelta y


sigo durmiendo.
05.30 - Escucho el canto del gallo adentro de la casa. Me quejo un poco y
sigo durmiendo.
06.30 - No soporto más el calor. Me levanto.
07.00 - Me encuentro con el desayuno: nasi goreng ikan (arroz frito con
pescado, extra picante). Paso. No me siento muy bien, estoy descompuesta por el
calor. La dueña de la casa se siente un poco ofendida porque no como lo que
cocinó y piensa que su comida me parece fea. ¿Cómo le explico en bahasa que
no puedo comer pescado tan temprano? Le pido a Rheden que le explique. La
mujer aparece unos minutos después, sonriente, con un desayuno especial para
bules como yo: mie telur rebus (sopa de fideos con huevo). Eso sí me gusta.
Adentro.
07.30 - Antes de venir a Karimunjawa me olvidé de un pequeño detalle: acá
todos nadan con ropa, hombres y mujeres. Tendré que hacer lo mismo, pero no
tengo un pantalón de tela que se seque rápido, el de ayer todavía está medio
húmedo, así que voy a tener que usar la ropa de dormir. Voy en busca de un
negocio como para comprar algún pantalón así nomás, pero no encuentro nada
que me sirva.
07.45 - Caminamos hacia el muelle y empiezo a sentirme muy mal, tengo
ganas de vomitar. Sitta me hace masajes con aceite de eucaliptus. Es una genia,
creo me hace algún tipo de hechizo porque a los pocos minutos ya me siento
mejor.
08.00 - Sale el barco y me quedo dormida en la cubierta. Por suerte no sufro
mareos en el mar, al contrario, el movimiento del agua me relaja.
09.00 - Llegamos a la primera isla. Nado un rato en bikini con el salvavidas
puesto para disimular, pero me siento muy incómoda y salgo del agua. Todos
nadan con ropa y velos.
11.00 - Volvemos al barco y vamos hacia otra isla. Duermo en el barco.
12.00 - Nos bajamos para almorzar en un muelle. Como un poco de arroz.
Duermo en el muelle.
13.00 - Me despierto y no entiendo dónde estoy ni dónde está la gente. Estoy
sola. ¿Me dejaron acá? No, Rheden me explica que se fueron del muelle para no
perturbar mi sueño. Camino hacia la playa donde están todos. Me duermo en la
arena. Hoy no es mi día.
14.00 - Todos nadan y se sacan fotos. Una chica ve que me siento mal y me
trae un remedio natural hecho de plantas para sacar el masuk angin (“viento
malo”) de mi cuerpo. En Indonesia se cree que muchas enfermedades son
causadas por el viento frío. Me tomo el remedio y sigo durmiendo.
15.00 - Navegamos hacia la última isla. El paisaje es paradisíaco: mar
turquesa y, a lo lejos, un pedacito de arena perdido sobre el agua. Esta vez nado
con ropa, nos sacamos fotos grupales y volvemos al barco. Me siento incómoda,
me molesta tener la ropa mojada, pesada y pegada al cuerpo.
16.00 - Volvemos a la isla principal. Le pregunto a Rheden si conoce a los
Muppets y le digo que él me hace acordar a la rana René porque está todo
vestido de verde. La comparación le causa gracia. Nos reímos. Empiezo a
sentirme mejor.
17.00 - De vuelta en la casa me pongo a charlar con Mel, la chica que conocí
anoche. Mientras le estoy mostrando fotos de mis viajes y de Argentina escucho
que los chicos de la isla leen el Corán en árabe al unísono. Muchos de los
indonesios que están en la casa con nosotras sacan su alfombra, se ponen un
sarong y rezan en dirección a la Meca.
21.00 - Después de cenar, Mel entra a mi cuarto y me informa que hay un
grupo de chicos que quiere hablar conmigo pero que ninguno se anima a
buscarme. Dice, además, que hay uno que está “especialmente interesado” en
conocerme. Me da intriga así que voy al living y los saludo. Nos sentamos en
ronda y ellos se presentan uno por uno. Hay uno que me llama la atención, pero
me hago la tonta y no digo nada. Le pregunto a Mel cómo se llama el chico del
sarong azul (evito decirle que me parece lindo), me dice el nombre pero a los
cinco minutos me lo olvido y eso genera la confusión posterior. Le pregunto cuál
es el que está interesado en mí, me dice un nombre y no sé si es el mismo que
me dijo antes o no, y tampoco me animo a preguntar, así que me quedo con la
duda. ¿Cuál será el que quería conocerme?
21.10 - Rheden, que también está presente, me traduce las preguntas de los
chicos: “¿Tenés Facebook? ¿Tenés celular? ¿Tenés hijos? ¿Estás casada? ¿Tenés
novio? ¿Qué pensás de los hombres indonesios?”. La situación me causa mucha
gracia.
21.30 - Termina el interrogatorio, jugamos a un juego de cartas llamado
cangkulan. Es bastante fácil y el que gana le tiene que pintar la cara de negro
con madera quemada al que pierde. Si hay empate, hacemos piedra-papel-o-
tijera versión indonesia.
22.30 - Anuncio que me voy a dormir. El juego se termina en el acto, el
grupo se desarma, todos se van a dormir.

Día 3. Itinerario oficial

04.30 - Rezo matutino


07.00 - Desayuno
08.00 - Recorrido en barco y snorkeling por las islas
16.00 - Regreso a Karimunjawa

Día 3. Itinerario ‘bule’. Chismes y confesiones.

07.30 - Me despierto renovada, me siento yo otra vez. La dueña de casa


volvió a prepararme comida especial para mí. Huevo frito con noodles. Me lo
devoro.
07.40 - Mientras esperamos a que salga el barco, Mel me cuenta que los
chicos con los que jugué a las cartas anoche me apodaron Onde-Onde Girl
(porque les dije que me gustaba comer onde-onde). También me informa que hay
dos (no uno) que “se enamoraron” de mí y que están compitiendo por mi amor.
¡¿Eh?! Y que “nunca vieron a una bule como yo”: “Para nosotros sos como
Barbie”, me asegura. Es peligroso halagar tanto a una leonina: es sabido que nos
inflamos con este tipo de comentarios.
07.55 - Me cruzo con los cinco chicos de ayer a la noche y les saco una foto
para tener de recuerdo. Mentira: en realidad les saco una foto para tener un
recuerdo del chico que me parecía lindo, pero obviamente no digo nada.
08.00 a 17.00 - Subimos al barco y nos vamos todo el día a hacer snorkeling
por uno de los mares más transparentes que vi en mi vida. Vamos a varias islas y
nos pasamos el día nadando entre peces de colores y corales. Esta vez me
sumerjo con short y una remera, me siento mucho más cómoda que ayer.
Mientras almorzamos, Mel me cuenta los chismes del día: todo lo referido a
“mis dos pretendientes indonesios” y yo. Descubro que los indonesios son muy
chismosos, más aún cuando hay bule de por medio. Ella me informa: “Al parecer
ya no están compitiendo, hay uno que se dio por vencido. El otro sigue muy
interesado y se cambió su nombre por ‘Alex’ para que suene más occidental”.
Veo que los chicos me miran de lejos y hacen risitas. Me siento en el colegio
secundario de alguna película yanqui. Sigo intrigada por saber cuál es el chico,
pero no me animo a preguntar. ¿Será el mismo que me parece lindo?
18.30 - Ceno gado-gado (verduras con salsa de maní) con Mel y Rheden.
Como es la última noche, decido hacerles una confesión. “Uno de los chicos me
gusta”, les digo, sabiendo que se acerca la debacle. “¡¿Cuál, cuál?!”, me
preguntan ansiosos. “¡Qué romántico!”, dice Rheden. Hacemos un trato: yo les
muestro la foto del chico en cuestión pero ellos no pueden decir nada. Aceptan.
Busco la foto que les saqué a los chicos esa mañana y hago zoom en la cara del
chico lindo (del cual ni sé el nombre). “¡¡Es él!!”, me gritan ambos
emocionados. “¡Él es el que está enamorado de vos!”. Y se van corriendo a
contarle al resto del grupo. ¿Cómo fue que pasó de estar “interesado” a estar
“enamorado”? Los indonesios son muy cómicos.
19.00 - Vuelvo a reunirme con los chicos en ronda como anoche, excepto que
esta vez todos saben que a mí me gusta uno y nos quieren hacer hablar. Horror.
Nos obligan a sentarnos en medio de la ronda y Mel oficia de chaperona en
nuestra primera cita pública. Cada vez que Alex me habla, los chicos pegan
grititos, silban y se parten de risa. Es una situación incómoda y graciosa.
21.00 - Cuando el intento de cita termina, Mel y yo charlamos acerca de las
reglas de las relaciones de pareja en Indonesia y en Argentina. Son dos mundos
distintos. En Indonesia, según me cuenta, el primer paso es casarse. Si no, nada
de convivencia, nada de afecto en público, nada de nada.
Día 4. Itinerario oficial

04.30 - Rezo matutino


06.00 - Desayuno
07.00 - Regreso a Jepara

Día 4. Itinerario ‘bule’. Regreso y despedida.

7.00 - Sale el barco de vuelta a Jepara. Volvemos todos juntos, ya somos re


amigos. En algún momento de las seis horas de viaje, el chico lindo se sienta al
lado mío y me pregunta cuál es mi próximo destino. Sabe que soy viajera y que
no voy a quedarme quieta. Le digo que voy a ir a Bali y me invita a pasar unos
días con su familia en Solo, una ciudad de Java Central. Nos intercambiamos
mails y prometemos quedar en contacto.
13.00 - Me despido de todos mis nuevos amigos sin imaginar que unas
semanas después volvería a ver al chico lindo, pasaría varios días con él y su
familia, me convertiría en su novia, haría base en Yogyakarta y volvería cinco
veces a Indonesia para verlo. Tampoco me imagino que un año después me iría
de vuelta a Argentina y la relación se terminaría, entre otras cosas, a causa de la
distancia.

Por ser bule (2): el policial más bizarro de mi vida

Escena 1: en el tren, minutos después del robo (4 am)

Me desperté de golpe y con una sensación de urgencia. Miré a mi alrededor:


seguía en el vagón número dos del tren que iba de Jakarta a Yogyakarta (a diez
horas de distancia). Había logrado quedarme toda la noche despierta, pero en
algún momento, sin darme cuenta, me había dormido unos minutos. Como
estaba viajando en el sector ejecutivo del tren me descuidé e hice algo que jamás
hubiese hecho en ningún vehículo del mundo: dejé mi mochila de mano y el
bolsito con la cámara a un costado, en el piso. Lo hice en un estado de semi-
ensoñación: había estado usando el equipaje de almohada, pero como me sentía
incómoda dejé todo abajo y me estiré en dos asientos. Pensé, para justificarme:
“Estoy en Indonesia, no pasa nada”. Cuando me desperté, supe que algo malo
había ocurrido.
Lo primero que hice fue buscar mi equipaje con la mirada. Todo estaba ahí:
la mochila grande (donde llevaba la ropa), la mochila de mano (donde tenía la
computadora) y el bolsito (donde guardaba la cámara y la plata). Volví a mirar el
bolsito y me di cuenta enseguida: me habían robado la cámara. Ni siquiera tuve
que abrirlo, a simple vista se notaba que estaba demasiado chato (mi cámara es
una réflex que hace bastante bulto) y, cuando lo agarré, comprobé que estaba
muy liviano. Como todavía seguía medio dormida, rogué que todo fuera un
sueño. No entendía cómo había podido dormirme tan profundamente durante tan
pocos minutos: me habían robado delante de mi cara y ni me había enterado.
Recién en ese momento se me ocurrió pensar en mi computadora: cuando
levanté la mochila, supe que también se la habían llevado. El tren estaba frenado
en una estación, así que era obvio que el ladrón ya había desaparecido.
Empecé a temblar de angustia y me puse a gritar en inglés: “¡Alguien se robó
mis cosas, por favor ayúdenme!”. Todo el vagón se despertó y el guardia de
seguridad del tren, un indonesio muy flaquito, apareció enseguida y me preguntó
qué había pasado. Le expliqué, con ayuda de una pareja indonesia que traducía.
El recuento de objetos robados era el siguiente: una cámara de fotos, una
computadora portátil, un millón de rupias indonesias (cien dólares) y veinte
dólares. Lo que más me dolía era que alguien se hubiese llevado mis
herramientas de trabajo, los textos y fotos de todo un año, mis borradores, mis
proyectos, mis ideas. ¿Y para qué? Para, en pocas horas, mandar todo ese
contenido al vacío y venderle los objetos a otro. Me angustiaba pensar que mi
trabajo todavía estaba vivo pero en manos de un extraño. Por eso, mientras
hablaba con el de seguridad, gritaba, en inglés: “Por favor, si alguno de ustedes
tiene mis cosas le doy plata a cambio, pero por favor devuélvanme la
computadora, tengo todo mi trabajo ahí”.
Varios pasajeros afirmaron haber visto a un hombre que caminaba
sospechosamente por el vagón. El guardia se comunicó con sus compañeros y
me dijo que iban a buscar al culpable afuera del tren, ya que sospechaban que ya
se había bajado. El tren seguía detenido desde que yo me había despertado,
dándole tiempo al tipo para que huyera tranquilamente con mis cosas. Como el
ladrón había sido amable y me había dejado el celular, llamé a Alex (que me
estaba esperando en la estación de Yogyakarta) para avisarle lo que había
pasado. Cuando el tren arrancó perdí las esperanzas. Era obvio que el ladrón ya
se había bajado y, como yo no sabía exactamente a qué hora había sido el robo,
lo más probable era que ya estuviera lejos de la escena. Además, ¿cómo iban a
saber quién era, entre tanta gente? Y si lo encontraban, yo ya iba a estar en otra
estación, ¿cómo iban a avisarme? Sentí que todo iba a quedar en la nada, que me
habían dicho que iban a buscar al culpable sólo para complacerme, pero que una
vez que el tren llegara a la siguiente estación, todo quedaría en el olvido. No se
me cayó ni una lágrima pero me sentí muy estúpida por no haber cuidado mejor
mis cosas.
En algún momento del trayecto sentí un dolor en el dedo índice derecho y me
miré la mano por primera vez: tenía una mancha de sangre debajo de la uña.
¿Qué era eso? ¿Por qué tenía sangre ahí? ¿Me habrían dormido pinchándome el
dedo? Le dije a mi inconsciente: “Esta es una oportunidad perfecta para que me
hagas ese truco en el que creo confundir sueños con realidad. Dale, seguro que
sigo dormida en el asiento y esto nunca pasó”. Pero no: estaba muy despierta, me
habían robado mis cosas y el tren seguía avanzando.

Escena 2: llegada a Yogyakarta y persecución (de 5 a 7 am)

Cuando, 45 minutos después, el tren llegó a su destino final —Yogyakarta—


ya daba todo por perdido. Alex me recibió en el andén con un amigo, con otro
guardia de seguridad y con una noticia: “Encontraron al sospechoso en la
estación anterior y lo tienen detenido en la comisaría del pueblo. Tiene un bolso
y creen que tus cosas están ahí. Vamos ya para allá”. Así que Alex, su amigo, el
guardia de seguridad y yo nos fuimos en auto a Purworejo, el pueblo de la
estación donde había ocurrido el robo. No sé cuánto tardamos en llegar pero
fueron los kilómetros más largos de mi vida. No podía parar de pensar: “¿Será
él? ¿Estarán mis cosas?”. A mitad de camino nos avisaron que, efectivamente,
habían encontrado una computadora, una cámara y dinero en el bolso del
detenido. Al parecer, uno de los guardias del tren ya lo tenía visto y, cuando se
enteró de que había habido un robo, sospechó de él. Así que salió de la estación
en moto y lo alcanzó en la parada de autobuses. El ladrón estaba esperando el
transporte que lo ayudaría a fugarse con mis cosas para siempre. El guardia de
seguridad (que para mí siempre será El Héroe) siguió su instinto y acertó.
Una eternidad después llegamos a Purworejo y entramos a la comisaría
donde, en teoría, estaban el ladrón y mis cosas.

Escena 3: llanto en la comisaría (de 7 am a 1 pm)

En la comisaría había cinco policías desayunando. Se levantaron


parsimoniosamente, se presentaron uno por uno, me pidieron el pasaporte y me
dijeron que denunciara exactamente lo que me habían robado. Repetí lo mismo
de antes: cámara, computadora, efectivo. Un rato después —cada movimiento
llevaba larguísimos y tranquilísimos minutos— dos de ellos me acompañaron a
otro despacho y me mostraron un bolso. Lo abrieron: adentro estaba todo lo que
me habían robado.
De ahí me llevaron a otra oficina —sin mis cosas—, me hicieron sentar y me
informaron que necesitaban quedarse con los objetos robados para usarlos como
evidencia contra el ladrón (que estaba detenido, en ese mismo momento, en la
oficina de al lado). Como el proceso iba a llevar entre cuarenta y sesenta días,
recién podrían devolverme todo una vez que terminara el juicio. Les dije que en
cuarenta o sesenta días yo ya no iba a estar en Indonesia: la visa turística duraba
un mes y a mí me quedaban tres semanas. Era obvio que en cuarenta o sesenta
días las cosas se iban a perder. Pero no había caso: no iban a devolverme nada.
Como no sabía qué hacer, decidí apelar a una de las armas femeninas más
poderosas. Ni siquiera lo tuve que fingir: no pude contener la angustia y me
largué a llorar. Les dije que esas eran mis herramientas, que podía viajar gracias
a eso, que ahí estaba todo mi trabajo, que vivía de las fotos y de la escritura, que
por favor me ayudaran. No podía creer que mis cosas estaban ahí y que no me
las iba a poder llevar conmigo. Los policías aflojaron las expresiones y me
dijeron que, dadas las circunstancias, iban a ver qué podían hacer. Me sirvieron
un té y me pidieron que me tranquilizara.
Durante dos horas no hicimos más que esperar. Mandaron a llamar a un
oficial que hablaba algo de inglés para que me explicara nuevamente lo que ya
sabía: que mis cosas estaban ahí pero que iban a quedar como evidencia. Me juré
que no me iría de la comisaría sin ellas y que si era necesario apelaría a más
llanto, a la embajada argentina, al escándalo y, si nada de eso funcionaba, a la
coima. Mi plan era decirles que se quedaran con el dinero y me dieran mis cosas,
pero no sabía muy bien cómo funcionaban esos asuntos en Indonesia. ¿La
policía se dejaría coimear? ¿O me meterían presa junto con el ladrón? Alex me
recomendó que, por el momento, no les ofreciera nada y que llorara un poco
más, ya que eso parecía estar dando resultado. Él, mientras tanto, iba a charlar
con los policías para convencerlos de que me devolvieran todo.
No sé qué dijo ni cómo lo hizo, pero unas horas después uno de los policías
me informó que, “debido a las circunstancias extraordinarias de la situación”, iba
a poder llevarme mis cosas. Pero como necesitaban quedarse con algo de
evidencia para arrestar al ladrón, me preguntaron con qué billetes quería
quedarme: con las rupias (que equivalían a cien dólares) o con los veinte dólares.
Me guardé las rupias y les dejé el resto “como evidencia”. Me volvieron a tomar
declaración, me sacaron fotos con los objetos robados y con el ladrón (antes de
presentármelo, uno de los policías me pidió que por favor “no le pegara”) y me
prometieron que me devolverían el dinero una vez que terminara el juicio.
Diez horas después del robo salí de la comisaría de Purworejo con mis cosas.
Algo o alguien me estaba diciendo que iba por el buen camino y que tenía que
seguir viajando, escribiendo y fotografiando.

Mientras tanto: el elemento bule-bizarro

Hasta este punto la historia, si bien extraordinaria, es un policial dentro de


todo normal. Robo, ladrón, sospechoso, captura, comisaría, negociación,
devolución. Pero para una bule en Indonesia nada es normal y todo roza los
límites de lo bizarro, así que entre esas escenas ocurrieron situaciones que no
hubiesen pasado de no haber habido bule de por medio.
Apenas entramos a la comisaría, los policías creyeron que Alex era mi guía
turístico. Cuando él les dijo que era mi pareja, inmediatamente se olvidaron del
robo y se pusieron en el rol de indonesios curiosos: “¿Y cómo se conocieron?,
¿por Facebook? ¿Hace cuánto que están juntos? ¿Cuándo se casan?”. Uno de los
policías (el que supuestamente hablaba inglés) me mostró fotos de su mujer y de
su hija y se la pasó diciéndome, mediante señas cómicamente desubicadas, que
los indonesios eran “muy buenos amantes”. Más tarde, el comisario me preguntó
si no tenía alguna hermana para presentársela a dos de los policías. Todos se
sacaron fotos conmigo (y sospecho que no por necesidad oficial) y cuando nos
fuimos uno nos dijo: “¡Apoyo su relación! ¡A ver si se casan pronto!”.
Volvimos a Yogyakarta en una camioneta con siete de los policías que, en el
camino, repitieron el interrogatorio de rigor: “¿Y cómo se conocieron…?”.
Después almorzamos juntos —ellos invitaron— y de despedida nos sacamos una
foto grupal: aparezco rodeada de policías indonesios y uno de ellos me está
dando de comer una manzana. Al día siguiente, además, me llegó un mensaje
por Facebook de un indonesio desconocido: era un periodista y me estaba
mandando una foto del ladrón, ya que mi caso había salido en el diario local.
Nunca amé Indonesia tanto como aquel día.

Epílogo: el juicio final (dos meses y medio después del robo)

Unos setenta días después del robo, Alex recibió una carta de la comisaría
central de Purworejo citándolo a declarar ante el juez como testigo. Yo no recibí
ningún tipo de notificación: la policía debía pensar que ya no estaba en el país,
así que decidí ir con Alex para hacer presencia y dar mi declaración. Me
intrigaba saber qué había sido de la vida del dinero que había dejado “como
evidencia” y qué había pasado con el ladrón.
Mientras esperábamos nuestro turno en la comisaría, apareció “el jefe”, el
policía que supuestamente hablaba inglés, el mismo que se había sacado varias
autofotos conmigo —“para mostrarle a su mujer”— y que me había asegurado
que los indonesios eran grandes amantes. Cuando me vio sentada al lado de Alex
se quedó petrificado. Me asusté. ¿Qué habré hecho? ¿Rompí alguna ley por estar
de vuelta acá? ¿Me olvidé de extender alguna visa? ¿Qué le pasa a este hombre?
—¡¿Qué estás haciendo acá?!
—Volví...
—¡Me prometiste que te ibas a volver de inmediato a Argentina y que no ibas
a venir más a Indonesia!
“¿Eh? ¿Cuándo prometí semejante mentira?”, pensé.
—No, no, no tengo miedo por lo del robo, fue una vez, no me va a volver a
pasar.
Ahí aflojó la cara, sonrió y, casi con lujuria, me preguntó: —¿Y dónde está tu
hermana?
A las doce nos llamaron a la sala de declaración. Apenas entré y vi la
situación, deseé (más que nunca) tener una cámara instalada en cada ojo para
poder sacar fotos al parpadear y guardar esa escena en un disco duro mental para
siempre. Como jamás había presenciado un juicio no sabía qué era lo normal y
qué era de película, ya que todas las imágenes previas que tenía de una corte
provenían de Hollywood.
Atravesamos una puerta doble, caminamos por un pasillo formado por tres
filas de bancos a cada costado y nos sentamos adelante. En el frente, sobre una
tarima, había un escritorio de madera de cuatro metros de largo con tres sillas
vacías y una bandera a cada costado (la de Indonesia y la de Purworejo). A mi
izquierda había un hombre sentado en un escritorio y a mi derecha estaba el
ladrón —a quien ya había conocido en la comisaría el día del robo— vestido con
una camisa y un gorro blanco. Entraron tres jueces (dos hombres y una mujer) y
todos nos pusimos de pie: el juez principal se sentó en el medio e inauguró la
sesión con su martillo. Me puse un poco nerviosa.
Me llamaron a declarar, así que fui con Alex y el policía que supuestamente
hablaba inglés. Me preguntaron de qué religión era para hacer el juramento sobre
el libro correspondiente. ¿Cómo explicarles que fui bautizada católica pero que
no era practicante, que creía en “algo” pero que todavía estaba en busca de mi
religión? Para simplificar dije que era católica e inmediatamente entró un
indonesio con una Biblia y me hizo poner la mano izquierda encima y levantar la
mano derecha haciendo la doble ve con tres dedos. Uno de los jueces leyó el
juramento en indonesio y el policía me lo fue traduciendo para que yo lo
repitiera en inglés. Esa parte fue muy cómica. El policía, que además de
balbucear no hablaba buen inglés, me tradujo cualquier cosa: “I promise to tell
the truth… and, ehh, the truth… yes… all... ehh… the truth! (palabras
inentendibles, balbuceos), yes yes the truth”. Varias veces tuve que pedirle que
me repitiera porque no entendía qué estaba intentando decirme. A esa altura,
todas las personas que estaban dentro de la comisaría se habían amontonado en
las puertas y ventanas de la sala para ver la película del día: una bule en la corte
suprema.
El juez me pidió que relatara cómo había sido el robo. Mientras yo hablaba,
el policía traducía al indonesio, aunque Alex tuvo que interrumpirlo varias veces
para decirle que estaba traduciendo cualquier cosa. Después interrogaron al
ladrón, quien, al parecer, estaba preso desde el día del robo. Confesó todo: dijo
que me había estado observando en el tren desde temprano, que me había robado
a mí porque “los extranjeros tienen mucha plata”, que un amigo le había
enseñado a robar pero que aquella había sido su primera vez, que estaba
arrepentido y que necesitaba plata para su familia. Los jueces se enojaron:
“¿Cómo puede ser que necesites plata y viajes en la clase ejecutiva del tren?”.
Silencio. “Este caso hace quedar mal a la empresa de trenes y a nuestro país
frente a la Argentina”, le dijeron con rabia.
Para terminar, el juez me mostró la foto que me habían sacado aquella
mañana en la comisaría (con mis cosas y con el ladrón) y me preguntó si todo lo
que aparecía ahí me pertenecía. Le dije que sí y estuve a punto de agregar: “Pero
la que sale en la foto con cara de muerta no soy yo, es una que se me parece”,
aunque supuse que hubiese complicado el proceso judicial. Antes de cerrar la
sesión y golpear el martillo, el juez me aseguró que iban a devolverme la
evidencia antes de que me fuera de Indonesia. Un rato después, el policía que
(no) hablaba inglés me dio un sobre con mis veinte dólares. Jamás pensé que
volvería a verlos con vida. Nunca supe cuál fue la sentencia del ladrón. Y lo que
nunca voy a dejar de preguntarme es si esta historia hubiese tenido el mismo
desenlace si yo no hubiese sido una bule que andaba dando vueltas por ahí.
Apuntes de un road-trip por Filipinas

Alumna: Villalba, Aniko


Tema: Viaje de tres semanas por Filipinas
Consignas:

1. Enumerar los pasos necesarios para terminar de road trip con un grupo de
curas filipinos que hablan castellano.
2. Diferencias entre Filipinas y el resto del sudeste asiático.
3. Instrucciones para asistir a una inauguración presidencial.
4. Descripción de una ciudad colonial española en Filipinas.
5. Realizar una lista de todos los regalos que son capaces de hacer los
filipinos a una viajera durante tres semanas de estadía en su país. Sacar la
cuenta en kilos y en decilitros.
6. Analizar las letras de todos los hits de karaoke que cantan los filipinos en
las sobremesas. ¿Cuál es la canción más popular?
7. Texto breve con reflexión acerca de la importancia del arroz en las culturas
asiáticas.
8. Identificar las preguntas más frecuentes que suelen hacerle los filipinos a
una mujer que viaja sola.

Respuestas: a desarrollar.

Apenas aterricé en Manila, capital de Filipinas, sentí que me había caído del
continente asiático y había entrado a una realidad paralela ubicada en algún
rincón desconocido de América Latina. Ahí había algo raro: el aire no era tan
sofocante como el de Malasia o Indonesia, los taxistas no se me abalanzaban
para ofrecerme transporte, las calles no estaban abarrotadas de gente, nadie me
señalaba con entusiasmo, nadie me rogaba que le sacara fotos, nadie me trataba
como a una estrella de cine. Desde el auto vi calles como Juan Luna, José Abad
Santos y Andalucía. Divisé decenas de iglesias y ninguna mezquita ni templo.
Las primeras personas que conocí se llamaban Julio, Rogelio y Jaime. El
periódico y los carteles estaban en inglés, pero en las conversaciones de la gente
—en tagalog, idioma oficial de Filipinas— escuchaba palabras como ‘cuatro’,
‘visita’, ‘bienvenida’, ‘longaniza’. Y, para coronar esa sensación de confusión
latitudinaria, dos días después me fui a vivir al cuarto de huéspedes de una
parroquia habitada por curas que hablaban castellano.
El mapa indicaba que seguía estando en Asia, pero yo me sentía en algún
extraño país latino. ¿Qué estaba pasando? ¿En qué tipo de sueño estaba metida?
¿Cómo había hecho para terminar ahí? Gran parte de la culpa la había tenido
internet, esa herramienta que tanto nos facilita la vida a los viajeros modernos.
En primer lugar, la web nos permite viajar sin movernos de nuestra silla: en
pocos clics podemos leer blogs con historias de lugares lejanos y desconocidos,
podemos mirar videos de lugares lejanos y desconocidos, podemos ver fotos de
lugares lejanos y desconocidos… En segundo lugar, nos facilita el armado del
viaje: podemos descargar mapas e itinerarios sugeridos, comprar pasajes y
reservar alojamiento, entrar en contacto con familias que desean recibir viajeros,
buscar compañeros de viaje y, más importante aún, hacernos amigos extranjeros
incluso antes de haber viajado a su país. Eso fue lo que me pasó con Judy, el
cura filipino que me recibió en Manila.
La cadena había empezado dos años atrás gracias a Nico, un argentino que
conocí a través de mi primer blog. Cuando le conté que me iba a Filipinas,
enseguida me puso en contacto con Judy, un cura que había conocido durante
uno de sus viajes solidarios al Chaco (Argentina). Así que le escribí a Judy y nos
hicimos amigos por e-mail. El día que aterricé en Filipinas, casi cuatro meses
después de haber llegado a Asia, Judy se tomó un bus de cuatro horas de
Dagupán a Manila y me fue a recibir. Pasamos un día en Manila, nos fuimos a su
ciudad y me convertí en una habitante más de su parroquia, como si fuese lo más
normal del mundo.

Parada 1: Dagupán. De misa al karaoke sin escalas.

El road trip por Filipinas empezó ahí mismo, en Dagupán, una ciudad
ubicada en la península de Luzón, en el norte del país. El cartel que me esperaba
en la puerta de la que sería mi habitación por los días siguientes decía:
“¡Bienvenida, Ani!”. El día que llegué, Judy me invitó a presenciar su misa y le
contó a los asistentes que entre ellos había “una visitante muy especial de
Argentina”. Me dedicó la ceremonia y dijo unas palabras en castellano. Esa
misma tarde me di cuenta de que en Filipinas me esperaba una vida social
ajetreada: mi agenda de actividades había sido programada mucho antes de que
yo llegara, así que durante los veintiún días que pasé en Filipinas fui a
cumpleaños, velorios y varias misas, comí pizza y empanadas, tuve almuerzos y
cenas con nuevos amigos, hice picnics en la playa, visité colegios, fui a la
peluquería, asistí a la asunción del presidente del país y me fui de videoke todas
las noches. Todo aquello con road trip y sacerdotes de por medio.
Si bien fui bautizada católica, no soy practicante. La religión, para mí, es una
búsqueda muy personal, un camino que voy transitando de a poco. Me gusta
tomar elementos de cada creencia (que, a mi entender, son distintas respuestas a
las mismas preguntas esenciales) y aplicarlos a mi vida, pero no soy fiel a
ninguna religión en particular. Nunca estuvo entre mi lista de prioridades
alojarme en una parroquia o pasar tiempo con curas, siempre los vi como
personas muy alejadas de mi realidad cotidiana, de mi forma de pensar y de
vivir. Además, ¿de qué íbamos a hablar? Yo no sé nada de la Biblia y
seguramente tengo varios pecados mortales encima. Pero en Filipinas tuve que
tragarme mis palabras y aceptar que mi estadía fue memorable gracias a ellos,
los curas que me recibieron y me trataron como a una invitada de lujo. Pasar
tiempo en una parroquia me ayudó a entender un poco mejor la elección de ese
estilo de vida y a derribar algunos prejuicios que llevaba encima.
Con quienes más conecté fue con Judy y Edwin, los dos curas que hablaban
español: Judy había vivido dos años en Argentina y Edwin, doce años en Chile.
Nuestro lugar de encuentro siempre era la cocina, sitio donde compartíamos
desayuno, almuerzo y cena. Durante la sobremesa nos sentábamos en ronda —
cuatro o cinco curas y yo, la única mujer del lugar— y escuchaba sus historias.
Edwin me confesó que escribía poesía y que le gustaba mucho la música, Judy
me contó acerca de sus viajes por el Chaco y de una amiga argentina. Al
principio me generaba sorpresa verlos vestidos de civil (en bermuda y
musculosa) y tomando cerveza, pero cuando me explicaron que solamente tenían
que vestirse de curas para dar la misa, me pareció muy sensato.
Cada vez que salimos a comer a casas de amigos hicimos sobremesa a-la-
filipina: cantando. El videoke (versión filipina del karaoke) es uno de los
deportes nacionales del país junto con el básquet. Todas las reuniones
terminaban en una sesión y cualquier excusa era buena para juntarse a cantar.
Amigos y familiares se sentaban frente al televisor, encendían el aparato de
videoke (una mezcla de reproductor de dvd con videojuego) y elegían temas del
menú. My heart will go on, What a wonderful world, Top of the world, Don’t cry
for me Argentina, Bésame mucho, She bangs y La bamba eran algunos de los
grandes éxitos. Los filipinos aman la música y tienen una voz prodigiosa: no
escuché a uno que cantara mal. Tal vez por eso no me animé a demostrar mis
dotes de perro desafinado.
Durante los días siguientes Judy me llevó a pasear en jeepney, el transporte
icónico del país. Son colectivos enanos —si fuesen caballos, serían ponis—,
antiguos jeeps estadounidenses que quedaron en el país tras la Segunda Guerra
Mundial y que los pinoys (filipinos) reciclaron y convirtieron en transportes
públicos. Lo pintoresco, además de su tamaño pocket, son los colores y frases
con los que están intervenidos: tienen nombres como “Capricornio”, “The
Savior” o “Manuel Antonio” y en los costados despliegan retratos de las Spice
Girls, Jesús y la Virgen y personajes de animé. Adentro hay espacio para unas
quince personas y el sistema de pago es de mano en mano: las monedas van de
un pasajero a otro hasta que llegan al chofer, quien también oficia de cobrador.
Cuando un pasajero quiere bajarse da unos golpes en el techo para que el
conductor frene.
Unos días después, entremedio de sesiones de videoke, misas y jeepneys,
Judy tomó prestada la combi de la parroquia y decretó que nos íbamos a recorrer
la península de Luzón. Tripulación: nosotros dos y siete de las mujeres que
asistían cada fin de semana a la misa de la parroquia.

Parada 2: Bolinao. Nunca conocí gente tan atenta.

Los filipinos deben estar entre la gente más hospitalaria y preguntona del
sudeste asiático. Después de varias charlas con los amigos de Judy pude armar
un compendio de preguntas frecuentes filipinas. Estas eran, en orden de
aparición: (1) “¿Cuántos años tenés, Ani? Parecés tan joven, no te doy más de
dieciocho…”. En inglés, para saber la edad de alguien, la pregunta que se hace
es “How old are you?” (literalmente, ¿qué tan viejo sos?); en Filipinas, en
cambio, todos me preguntaban: “How young are you?” (¿Qué tan joven sos?).
Cada vez que les respondía que estaba por llegar a los veinticinco quedaban en
estado de shock y me hacían la siguiente pregunta: (2) “¿Y estás de vacaciones
por cuánto tiempo?”. Suponían, apenas me veían, que llevaba un estilo de vida
“normal” y que me había tomado unos días para veranear en Filipinas. Ahí era
cuando les respondía, con una sonrisa, que no estaba de vacaciones sino que era
escritora de viajes. (3) “¡Ah! ¡Periodista!”, me respondían felices, como si
hubiesen logrado encasillar mi vida bajo una etiqueta más o menos
comprensible. Les explicaba que no era periodista sino escritora, que no escribía
guías de viaje sino textos personales basados en mi experiencia. Para ir dando
por terminado el interrogatorio y poder pasar a la charla informal, me
preguntaban: (4) “¿Y cuándo volvés a tu país?”. Y yo siempre respondía lo
mismo: “Tal vez el año que viene, pero quién sabe, puede que me quede en Asia
para siempre…”. Para dar por cerrada la entrevista me decían: (5) “Wow, debés
ser millonaria...”. Sí, me hubiese gustado decirles, millonaria en historias, en
paisajes, en atardeceres, en encuentros, en momentos. Pero, en cambio, les
explicaba que con lo poco que gastaba en alojamiento, transporte y comida me
era más barato vivir viajando que en mi propio país. El bonus track, la pregunta
que nunca podía faltar, era: “¿Estás casada?”. El casamiento, un tema central en
varias culturas asiáticas, siempre hacía su aparición estelar. Una mujer, al
escuchar que tenía veinticuatro y aún no estaba casada, me aseguró: “¡Ah! ¡No te
preocupes! Yo me casé a los treinta”.
A las filipinas les preocupaba mucho que viajara sola. Tenían miedo de que
me pasara algo, de que me perdiera, de que alguien me lastimara. Yo les
expliqué, una y otra vez, que viajar sola siendo mujer podía parecer más
peligroso que viajar solo siendo hombre, pero que después de varios meses había
descubierto que era fácil y seguro. Las mujeres, por el solo hecho de ser mujeres
y de sentirnos más vulnerables y débiles, tendemos a cuidarnos entre nosotras.
Tenemos un instinto maternal que no se materializa únicamente con nuestros
hijos, sino también con las mujeres que nos rodean, sean amigas o no. Una mujer
que viaja sola es vista —por la gente local— como una persona más indefensa y
que, como tal, debe ser protegida. Generamos más confianza y somos ayudadas
por otras mujeres, cosa que no a muchos hombres les pasa. Por eso, cada vez que
viajé sola fui muy bien cuidada por mujeres desconocidas y madres sustitutas.
Las filipinas se encargaron de convertir mi mochila en el bolso de Papá Noel.
Me llenaron de regalos: buzos, carteras, collares, libros, postales, zapatos. Cada
vez que intentaban darme un regalo nuevo, les agradecía y les explicaba que
estaba viajando con poco equipaje y que no tenía espacio ni fuerza para cargar
con tantas cosas, pero no había caso. “Lleválo, por favor, para tu familia”,
“lleválo, así una parte de nosotras se va con vos”, “lleválo, así no te olvidás de
nosotros”, “lleválo, lo vas a necesitar en el próximo país”, “lleválo, es para vos”.
Así que me fui con la mochila cargadísima y en los países siguientes hice lo que
me pareció más apropiado: le di todos esos regalos tan llenos de buena energía a
otras personas que los necesitaban más que yo.
En Bolinao, una de las playas que visitamos durante nuestro road trip, los
filipinos me demostraron su hospitalidad a través de la comida. Cada mujer
cocinó algo en su casa y lo llevó para compartirlo en un picnic frente al mar.
Había camarones, fideos, pan, pescado, papas fritas, arroz, cangrejo, ensalada
agridulce (ananá, manzana, apio), banana e incluso mi tan adorado flan (postre
que había visto por última vez en Argentina). Ahí entendí que hospitalidad y
comida son dos caras de una misma moneda: comer juntos nos une, es una
actividad que se practica en todas partes del mundo y que hace sentir bienvenido
a cualquiera que venga de lejos. La comida es un idioma universal.
Pasamos el día frente a un mar turquesa. Todos nadaron con ropa, algo que
me sorprendió porque estábamos en un país católico. Cuando les pregunté por
qué se cubrían me dijeron que les daba vergüenza mostrarle su cuerpo a
cualquiera. No era tanto un tema de religión sino de pudor. Esa fue una de las
grandes diferencias que encontré entre Occidente y Oriente: la de mostrar versus
tapar. Una diferencia tan abismal que entendí por qué en cada sector del mundo
una de ambas caras era tomada como normal. En Argentina, por ejemplo, sería
muy raro ver a alguien nadando en jean y remera; en Filipinas, en cambio, es
impensable nadar en bikini. Por eso, más allá de juzgar, me parece importante
entender que en otras partes del mundo la normalidad puede ser justamente lo
opuesto de lo que conocemos y aceptamos bajo esa misma etiqueta.

Parada 3: Vigan. Acá también hay ciudades coloniales.

Nuestro road trip duró varios días pero fue fragmentado: volvíamos a la
parroquia a dormir y retomábamos al día siguiente. Las rutas de Luzón eran de
un verde espeso y me hacían acordar a los caminos de Nicaragua, Costa Rica o
Colombia. Los camiones que se nos adelantaban cargaban animales y tenían
carteles con publicidades de gaseosa o cerveza y afiches con mujeres en bikini
(algo que había dejado de ver en los países musulmanes). Para ser un país en el
que la mayoría de las mujeres nadaban vestidas, me parecía ver demasiadas fotos
de mujeres en bikini. Pero lo que más se repetía eran las iglesias: las había de
todas las formas, colores y tamaños.
La mañana que frenamos en Vigan, una ciudad colonial española, volví a
preguntarme por enésima vez: “¿Estaremos realmente en Asia? ¿O será que esta
camioneta tiene acceso directo a alguna ruta manejada por Dios y caímos al
continente católico sin que me diera cuenta?”. Jesús, por lo menos, parecía estar
en todas partes: vi su cara tallada en madera, vi su retrato en varias paredes, vi
una ilustración de Él jugando al tenis (“Jesus serves”, era el epígrafe). En Vigan
entramos a iglesias y tiendas de artículos religiosos para saludar a los amigos de
Judy. Unos días después asistí a una misa en Manila con una amiga de Judy y
concluí que se parecía más a un recital de rock que a una ceremonia religiosa: la
gente cantaba, había pantallas gigantes, la iglesia desbordaba de fieles y el cura
era ovacionado. Mirando hacia atrás, haber pasado mis días en Filipinas con un
grupo de curas me parece muy acertado (es como si hubiese pasado mis días en
Laos con monjes budistas).
Vigan me recordaba a todas las ciudades coloniales españolas que había
conocido en América Latina: paredes descascaradas, carretas tiradas por
caballos, nombres de calles en castellano, colores pasteles, farolitos y veredas
empedradas. La diferencia era que no veía ningún turista. ¿Tal vez no era la
época? ¿O era que la ciudad no tenía tanta fama? ¿O era que estábamos dentro
de una realidad paralela donde el resto de la gente era invisible para nosotros y
nosotros para ellos? Filipinas me generaba muchas preguntas. ¿Qué es lo que
moldea a una cultura? ¿Qué es lo que hace que un grupo de gente que vive en
determinada región del mundo sea como es? ¿Su historia, su geografía, sus
recursos naturales? ¿Por qué en ciertas culturas las personas prefieren cantar que
hablar? ¿Por qué deciden jugar a la pelota con las manos en vez de con los pies?
¿Por qué en un país formado por cientos de islas paradisíacas y mar transparente
la gente no se anima a mostrar su cuerpo y usa ropa para meterse al agua?
Vigan fue la última parada del road trip con el Padre Judy. De ahí en más
seguí camino por mi cuenta.

Parada 4: Banaue y Batad. Quiero vivir en un pueblito rodeado de


terrazas de arroz.

“Este es tu pasaje, el colectivo sale a las nueve y media. Es un colectivo


normal, eh: no tiene aire acondicionado”, me alertó Junie mientras me daba el
pasaje a cambio de los trescientos pesos filipinos (seis dólares) correspondientes.
“Si supiera que viajé en cada cacharro y que no me gusta el aire acondicionado.
¿Creerá que por ser extranjera vengo en busca de lujos?”, pensé. Junie y yo
acabábamos de conocernos en un centro comercial de Baguio, un pueblo en las
montañas a setenta kilómetros de Dagupán. Así pasa cuando uno viaja: a cada
momento conoce gente nueva amiga-de, conocida-de, pariente-de, socia-de.
Aquella vez fue Judy quien me puso en contacto con Junie, un chico que había
sido su alumno, para que lo conociera en las dos horas de espera que iba a tener
en Baguio antes de partir hacia Banaue.
Junie y yo nos mandamos mensajes de texto, pusimos un punto de encuentro
y, sin habernos visto las caras nunca, nos conocimos en un shopping. No creo
que le haya sido difícil ubicarme: no se veían muchas gringas en aquel pueblo,
los visitantes eran más que nada coreanos y chinos. Mientras nos estrechábamos
la mano pensé, casi con nostalgia, en lo lejos que estaba del beso argentino en la
mejilla. Caminamos un rato y a las nueve me llevó a la parada del colectivo, me
acompañó hasta mi asiento —en Filipinas siempre tenían miedo de que me
perdiera si iba sola— y me dijo que su familia me iba a estar esperando en
Banaue. Era sábado a la noche aunque, en aquella ocasión, el día de la semana
era lo de menos.
Después de once horas de viaje entre las montañas, una parada de dos horas
en medio de la ruta, los chillidos de un bebé que no paró de llorar en toda la
noche, un compañero de asiento que casi se duerme sobre mi hombro, todas las
luces del interior del bus prendidas y un chiflido de aire frío que me daba en la
nuca, llegamos a Banaue. Escuché que alguien me decía: “Good morning, Miss
Aniko?”, así que abrí los ojos, cerré la boca (estaba dormida en la clásica pose
con boca abierta) y pensé: “Este debe ser Uncle Dixon”. Dixon era padre de
Junie y amigo de Judy, un hombre que vivía con su mujer y algunos de sus siete
hijos en el pueblo de Banaue. Fuimos a su casa (en donde pasaría los dos días
siguientes) y conocí a su mujer y a Steve y Davidson, sus dos hijos, que serían
mis guías durante mi estadía.
La familia me estaba esperando con el desayuno. Eran las ocho de la mañana
y en la mesa había huevo frito, huevo revuelto, banana frita, pan, café, té,
verduras hervidas, salchichas, pescado, pollo y mucho arroz. Después de varios
meses en Asia ya me había acostumbrado a esos desayunos energéticos así que
comí con ganas; lo único que me costaba digerir tan temprano era cualquier tipo
de carne. Cuando terminamos, Steve, Davidson y yo nos subimos a una moto (yo
viajé en el carrito del costado) y nos fuimos a recorrer el pueblo. Eran chicos
callados, tímidos tal vez, o con personalidades acordes al silencio del lugar.
Igualmente me hicieron las preguntas de rigor: “¿Cuánto tiempo llevás en
Filipinas? ¿Cuándo volvés a tu país? ¿Cómo es el clima en Argentina? ¿Qué
países de Asia conociste? ¿A dónde vas después?”. Hablaban inglés, así que la
comunicación fue fácil.
Los caminos de Banaue eran de tierra y la motito iba dando saltos. Cada vez
que pasábamos frente a una casa, la gente que estaba sentada en la vereda me
miraba con curiosidad. “¿Qué hace esta chica por acá?”, se preguntarían. “¿De
dónde salió? ¿Y por qué viaja como si fuese una reina?”. Los niños jugaban en
medio de la calle, las mujeres realizaban trabajos artesanales mientras cuidaban a
sus bebés, los hombres mascaban moma (una mezcla de hojas de una planta
indígena, nueces de betel, lima y tabaco) y escupían un jugo rojo. Era un
ambiente muy tranquilo. Seguimos por el camino de ripio y después de algunas
subidas y bajadas aparecimos frente a las terrazas de arroz: fueron construidas
hace más de 2000 años y siguen intactas, como muestra de que si el hombre
quiere, es capaz de preservar la naturaleza.
Estacionamos la moto, descendimos por un sendero de cemento y entramos a
las plantaciones. Los nativos vivían en casitas en medio de los cultivos y
utilizaban sus días para sembrar y cosechar arroz. Nos cruzamos con cuatro
mujeres que estaban trabajando, les saqué una foto y una de ellas se enojó y me
gritó: “No picture, no picture”, mientras me sacudía el dedo y me decía cosas en
tagalog. Sonreí y le pedí disculpas. Aquellas mujeres existían en lo que para mí
era el medio de la nada y no querían que su imagen viajara más allá de los
límites de su pueblo. Tal vez no sentían ansias de mostrarse (como tanta gente de
las grandes ciudades) sino de preservarse. Y era más que respetable.
Al día siguiente hicimos un trekking de dos horas para llegar hasta Batad, un
pueblo de 1500 habitantes construido en medio de una terraza escalonada de
arroz y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Batad es un
pueblo al que no se puede acceder más que a pie y tal vez por eso sea tan
mágico. Ahí no existe la velocidad, ni la bocina, ni la prisa: el ritmo se rige por
el ciclo de la naturaleza. Miré el paisaje durante horas: la imagen era estática
pero no logré aburrirme. Es imposible cansarse de la naturaleza. Durante
aquellas horas de contemplación escribí, primero en mi cabeza y más tarde en mi
cuaderno, lo siguiente:
Hace más de dos mil años,
a falta de terreno llano para cosechar arroz,
las comunidades indígenas de Ifugao tallaron escalones de tierra y barro
en la ladera de las montañas.
No utilizaron máquinas.
Crearon un complejo sistema de irrigación para traer agua desde la cima
de las montañas y permitir que los cultivos crecieran.
Pasaron esa técnica de generación en generación y lograron que las
terrazas de cultivo sobrevivieran hasta hoy.
En China, el cincuenta por ciento de la población vive en áreas rurales y
trabaja en las plantaciones de arroz:
esto quiere decir que más de seiscientos millones de personas trabajan
para proveer a gran parte de Asia de uno de sus alimentos básicos.
Lo mismo en Indonesia,
en India,
en Bangladesh,
en Vietnam,
en Tailandia,
en Myanmar.
Por eso,
cada vez que como arroz en Asia,
no puedo evitar sentir
que más que un puñado de granos blancos,
lo que estoy comiendo es un plato de historia,
una porción de cultura,
y una ración del trabajo de otros seres humanos.

Parada 5: Manila. En medio de la marea de gente, él me miró a los


ojos.

Unos días antes de irme de Filipinas volví a Dagupán, me subí a una limusina
y me senté al lado de attourney (abogado) Gonzalo. Acabábamos de salir de una
reunión en el Rotary Club de Dagupán a la que había caído también gracias a esa
cadena de contactos que se formaba en cada lugar de Filipinas al que iba. El
eslabón había sido, una vez más, Judy. Todo había empezado cuando me llevó a
desayunar a un restaurante mexicano para que conociera a sus compañeros de
tenis. Entre ellos estaba el abogado —ex vicegobernador de Dagupán—, un
hombre al que le caí bien y a quien se me ocurrió comentarle que tenía ganas de
asistir a la asunción de Noynoy Aquino, el nuevo presidente de Filipinas, en
Manila. “Vamos a mandar al grupo oficial de Dagupán en transporte privado a la
inauguración, así que ya mismo te anoto para que viajes con ellos”, me prometió.
El martes siguiente aparecí dentro de la limusina —era la primera vez que me
subía a una— y Gonzalo me llevó al restaurante de donde saldría el colectivo a
Manila. Me despedí de Judy: también era su último día en Dagupán, en pocas
horas sería transferido a la parroquia de otro pueblo. El autobús salió a las cuatro
de la mañana del miércoles 30 de junio de 2010, el mismo día que Noynoy
asumiría la presidencia del país. En aquel caso, por más que estuviera viajando,
la fecha sí importaba.
En algún momento sentí que el colectivo frenó de golpe y me desperté.
“¡¿Qué?! ¿Ya llegamos a Manila? ¿Tan rápido? Pero si son como seis horas de
viaje y acabamos de salir”, pensé. Estaba hecha un bollito en dos asientos del
fondo, tapada hasta la cabeza para evitar que me diera el aire acondicionado. En
el bus estaban todos alborotados. La mayoría de los pasajeros tenía veinte años y,
al parecer, la consigna era usar algo amarillo, el color que representaba a
Noynoy. Todos tenían remeras amarillas con leyendas en tagalog, pañuelos
amarillos en la cabeza y anteojos de marco amarillo. A cada rato pegaban
calcomanías en las ventanas y le hacían la señal de la ele (con el dedo índice y
pulgar) a la gente que veían en la calle con banderas de Aquino.
Llegamos a la Luneta, el lugar donde se haría el cambio de mando, a las ocho
de la mañana. Bajamos del colectivo y nos sumamos a la marea de gente. Parecía
la entrada a un recital. Lourdes, una de las mujeres del grupo, se me acercó,
preocupada porque me vio sola, y me ofreció caminar con ella y su hija. Me hizo
las preguntas de rigor: “¿Venís como periodista de un medio argentino? ¿Vas a
entrevistar a Noynoy? ¿Sos embajadora de tu país?”. “No, no, soy una curiosa
nomás”, le respondí sonriendo. Nunca había ido a una asunción presidencial y
era un acto social que me intrigaba.
Caminamos juntas por la avenida que llevaba al predio. El lugar estaba
cerrado al tráfico y atestado de gente; había mujeres cocinando en la calle y
hombres vendiendo pulseras, prendedores, paraguas y todo tipo de memorabilia
amarilla con la cara de quien estaba a punto de convertirse en el decimoquinto
presidente de las islas. El calor era agobiante, como si estuviese a punto de
llover. Encontramos un hueco en el pasto, bastante lejos del escenario principal,
y nos sentamos a descansar. Mila, la hija de Lourdes, me propuso acercarnos al
escenario para ver mejor, así que nos abrimos paso entre la gente, esquivando
banderas, codazos y sombrillas.
En el camino vi personas de todas las edades: padres con sus hijas en
hombros, parejas sentadas en el pasto, mujeres comiendo de recipientes de
cartón, colegialas posando para las fotos, chicos sosteniendo banderas y
pancartas. Todos estaban vestidos de amarillo. En medio de la marea humana, un
grupo de hombres y mujeres me llamó la atención: tenían taparrabos y sostenían
instrumentos musicales. Mila me explicó que eran habitantes originarios de
Filipinas y me contó que muchos habían perdido sus hogares por las
inundaciones y habían tenido que mudarse a Manila. Apoyaban al nuevo
presidente porque sentían que los tenía en cuenta. Uno de esos hombres estaba
sosteniendo una guitarra de madera. Lo miré y me miró. Mantuvimos la
conexión durante unos segundos. Estábamos a pocos metros de distancia. Me
sonrió con tanta calidez que me dieron ganas de abrazarlo. Vio mi cámara,
levantó la mano, hizo la señal de la ele y se quedó quieto. Me estaba pidiendo,
en silencio, que le sacara una foto. Estaba en medio de una multitud y quería dar
a conocer su sonrisa (y tal vez su causa) al mundo. Le saqué la foto, le agradecí
con otra sonrisa y seguí caminando hacia el escenario.
Después de un rato, Mila y yo volvimos a donde estaba su mamá. Los
helicópteros sobrevolaban la zona, los músicos hacían sus shows y la gente
cantaba. Los presentadores anunciaron que los líderes de Dubai y de Timor
Oriental estaban en el predio. En la pantalla apareció Gloria, quien en pocos
minutos se convertiría en la expresidente de Filipinas, y los aplausos se
mezclaron con los abucheos. Todos estaban ansiosos por ver a su nuevo líder.
Finalmente apareció Noynoy y Manila se llenó de gritos de alegría. Hubo
discursos en tagalog, ovaciones y más números musicales.
Cuando sentí que había visto suficiente me despedí y me fui del predio.
Caminé entremedio de la marea amarilla, en dirección contraria al flujo de gente.
Me iba con muchas más preguntas que respuestas, pero sabía que todo lo que me
había ocurrido en Filipinas tenía su origen en un mismo punto de partida: una
mañana, en Buenos Aires, me había animado a salir de mi casa y había decretado
que, de aquel momento en adelante, dejaría que el camino me llevara hacia los
lugares y personas que se le antojara.
Deconstrucción de Hong Kong

Los viajes, al igual que los sueños, solamente pueden ser interpretados desde
la persona que los vive. Es imposible comprender (en el sentido más profundo de
la palabra) un sueño o un viaje si no sabemos nada acerca de quien lo soñó o de
quien lo realizó: los fragmentos oníricos y las impresiones de un lugar necesitan
ser puestas en un contexto muy personal para ser entendidas. Los viajes y los
sueños ocurren en ámbitos íntimos y hablar de ambos implica hablar acerca de
nosotros mismos, de nuestra historia, creencias, valores, alegrías y tristezas. Por
eso creo que no existen dos viajes iguales. Por más que copiemos la ruta que
transitó otro, jamás podremos realizar el mismo viaje. Las interacciones serán
otras. Los sentimientos serán otros. Las sensaciones serán distintas. Nuestros
ojos, ante todo, no serán los mismos. Nuestra mente nunca procesará la
información de la misma manera. Nuestra alma no se sacudirá de la misma
forma. Cada vez que realizamos un viaje creemos que somos nosotros los que
atravesamos una región del mundo, cuando en realidad es esa región la que viaja
por nosotros. Viajar es dejarse atravesar por un lugar, por su gente y su cultura.
Y aunque imitemos el recorrido de otro —o realicemos un mismo trayecto por
segunda vez—, ese viaje no será igual.
Hong Kong es uno de los tantos lugares de Asia que visité dos veces. La idea
de repetir un destino me genera contradicciones: por un lado, si es un lugar en el
que pasé momentos felices, siento muchas ganas de volver, y a la vez me
pregunto si debería hacerlo (“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de
volver”, canta Joaquín Sabina). Por otro lado, pienso, con cierta ansiedad: si
tengo tanto mundo por conocer y tan poco tiempo de vida para recorrerlo, ¿por
qué gastar mi tiempo en repetir lo que ya vi? ¿Por qué no usar mis días para
conocer lugares nuevos? Sin embargo, cada vez que repito un destino descubro
rincones nuevos —del lugar y de mi ser— y me doy cuenta de que cada re-visita
tiene sus razones.

La velocidad

La primera vez que viajé a Hong Kong era verano. Venía de una experiencia
cuasi religiosa en Filipinas y aterrizar en Hong Kong fue como llegar a la gran
ciudad por primera vez. Si bien crecí y viví mi etapa pre-viajera en Buenos Aires
—una de las capitales más grandes del mundo, bien apodada Ciudad de la Furia
—, cuando me enfrenté a las luces y edificios de Hong Kong me sentí una
principiante. Era como si hubiese pasado toda mi vida en un pueblo en medio de
la nada y estuviese visitando una metrópoli por primera vez. Nunca había visto
una ciudad tan acelerada, narcisista, pretenciosa y sofisticada como Hong Kong.
Nunca había encontrado tanto edificio y tanto movimiento en medio de tanta
naturaleza.
Haber crecido en una gran ciudad me moldeó: siento amor y odio hacia las
metrópolis, me atraen y a la vez me agobian. Ser urbana me generó una
necesidad constante de naturaleza y, a la vez, de vida cultural. Siento aversión
hacia los espacios repletos de gente pero también me encanta mirar toda esa vida
que transcurre en las veredas de los lugares más densamente poblados. Amo de
igual manera la naturaleza y el arte callejero, la quietud de los paisajes y la
movida de los centros culturales. A veces me pregunto si mis ganas de viajar no
existirán gracias a que crecí en Buenos Aires, ya que es ella la que me echa y a
la vez me retiene, la que me hace desear dejarla para siempre y la que me genera
esas ganas intermitentes de volver a verla. Soy la viajera que soy porque nací y
crecí en Buenos Aires.
Conozco a muchos viajeros que se saltean las grandes ciudades bajo la
justificación de que son todas iguales (léase: enormes, alienantes, peligrosas,
grises, vacías de contenido y de sentimiento) y de que la cultura y la hospitalidad
de un país nunca están ocultas en las junglas de cemento. En mi opinión,
perdérselas es como no ver el cincuenta por ciento del país. Las ciudades —y
sobre todo las capitales— condensan como ningún otro lugar la idiosincrasia del
país, con todo lo bueno y lo malo que lo caracteriza. Son la exacerbación del
modo de ser de una nación. Por eso me fascina visitarlas tanto como me encanta
llegar a pueblitos perdidos.
Hong Kong me impactó desde el avión. La sobrevolé de noche y puedo
afirmar que nunca volví a ver un paisaje urbano como ese. No sé qué me
sorprendía más: la vida que parecía haber a toda hora o el espacio natural
(demasiado natural) que la rodeaba. Millones de luces salían de cada uno de los
miles de rascacielos que convivían amontonados en esa pequeña isla en medio
de las montañas. Digo ‘pequeña’ porque la Isla de Hong Kong (la principal de
las 236 que conforman la Región Administrativa Especial de Hong Kong) tiene
la mitad de la superficie de Buenos Aires y es una de las regiones más
densamente pobladas del planeta: tiene 7650 rascacielos (36 de ellos están entre
los cien más altos del mundo) y 16 400 habitantes por kilómetro cuadrado. Esto
hace que sea la ciudad más vertical del mundo, con más personas viviendo o
trabajando por encima del piso catorce que en cualquier otro lugar.
Aterrizamos. Cuando logré atravesar el pasadizo aeroportuario de carteles,
cintas magnéticas y negocios, me encontré con Nora, una filipina (amiga de la
infancia de Judy) que me estaba esperando para llevarme a su casa. Cuando me
dijo que teníamos que tomar un colectivo para ‘subir’ hasta su ‘casa’ no fui
capaz de captar todos los significados que esas palabras —tan simples y
conocidas— escondían en aquel contexto. El trayecto desde el aeropuerto nos
llevó dos horas. Hicimos el tramo final (el ascenso a The Peak, la montaña más
alta de la Isla de Hong Kong) en un minibús hasta que llegamos, por fin, a una
casa de cuatro pisos ubicada en un barrio privado, sobre la ladera de la montaña.
Cuando me acompañó al cuarto de huéspedes, Nora me comentó, casi al
pasar, que ella no era la dueña de casa sino el ama de llaves: el dueño, gerente de
una multinacional, estaba de vacaciones en Suiza. Y de repente todo me cerró:
en Hong Kong, las palabras ‘subir’ y ‘casa’ eran sinónimo de estatus, de clase
alta, de dinero. Ningún hongkonés de clase media podía costearse una casa así,
en una isla donde todos vivían amontonados en departamentos minúsculos y
donde el espacio (el bien más codiciado) estaba entre los diez más caros del
mundo.
Me senté en la cama de mi habitación, abrí las cortinas del ventanal y apagué
las luces. Tenía Hong Kong a mis pies. Desde allá arriba podía ver, cual
maqueta, la extrañísima geografía del lugar: veía la cima de los miles de
edificios que brotaban como plantas de la Isla de Hong Kong, veía la bahía y la
actividad del puerto, veía las luces de la península de Kowloon (la segunda
región más grande del archipiélago) y más allá, lejos de mi vista, sabía que se
extendían los Nuevos Territorios y las 234 Islas Circundantes, el resto (casi
inhabitado) de la región. Los siete millones de habitantes de Hong Kong ocupan
el veinticinco por ciento del territorio: el resto son áreas naturales y protegidas.
Durante 150 años, Hong Kong perteneció a Inglaterra. Volvió a manos de
China en 1997 y, si bien depende del país asiático en asuntos de relaciones
exteriores y defensa militar, es una región políticamente autónoma y mantiene un
sistema económico capitalista. El 95 por ciento de la población es de
ascendencia china y el resto es de origen extranjero, pero Hong Kong es
considerada una ciudad alfa —a la altura de Londres, Nueva York, París y Tokio
— por su alto nivel de globalización y su importancia en el sistema económico
mundial. Sus bajas tasas impositivas y su libertad de comercio la hacen uno de
los centros financieros líderes del mundo. Y eso, en una ciudad, casi siempre es
sinónimo de apuro y velocidad.
Durante la semana que pasé en Hong Kong me dediqué a caminar, mi
actividad preferida para conocer las grandes ciudades. Los idiomas oficiales son
el cantonés y el inglés, así que no tuve dificultades para hacerme entender.
Descubrí, sin embargo, que en Hong Kong abundaban los lenguajes no verbales:
en la ciudad todo pasaba por la mirada. Más que calles, había pasarelas y la
gente desfilaba mientras realizaba su rutina. Entre los edificios se mezclaban
empresarios con trajes caros, mujeres vestidas según las tendencias de París y
Roma, adolescentes de look neoyorquino. Vi muchos sombreros, anteojos de
marco grueso, zapatillas de colores estridentes, remeras con frases y dibujos,
cortes de pelo modernos, tacos altos, hombres animándose al rosa. Me sentía
dentro de una revista de moda.
Fui tomando nota mental de los elementos que se repetían en todos los
barrios, y en mi lista siempre aparecían tres: tiendas con carteles que decían on
sale (“ofertas”), sitios en construcción y destrucción (siempre había un edificio a
punto de ser demolido y otro a punto de ser construido) y espejos. Encontré
cientos de espejos y superficies reflejantes desparramadas por la ciudad, y si
bien había una explicación lógica para ese exceso, yo tenía mi teoría. Hong
Kong es una ciudad que se rige por los preceptos del feng shui, una disciplina
que busca la armonía entre el hombre y la naturaleza: los edificios se orientan de
manera auspiciosa para bloquear las energías negativas o dañinas y los espejos
se utilizan para repeler a los espíritus malos. Estaba convencida, sin embargo, de
que en realidad estaban puestos para que la gente pudiera mirarse a toda hora y
en cualquier lugar.
Lo malo de caminar por Hong Kong en verano era que el calor me obligaba a
entrar a los centros comerciales, por lo menos una vez por hora, para usar el aire
acondicionado. Con los días me di cuenta de que por más que no tuviese calor,
no entrar a un shopping en Hong Kong era misión imposible. Por momentos me
preguntaba si en realidad no estaba dentro de un gran centro comercial
disfrazado de ciudad. Mi amiga Journey, que vivía a una hora de la isla y viajaba
seguido, me lo había anticipado: “En Hong Kong podés hacer compras en todos
lados”. La ciudad parecía estar diseñada para que hubiese que pasar
obligatoriamente por una tienda, cual peaje, para ir del punto A al punto B.
Así como ‘subir’ y ‘casa’ eran palabras que habían adquirido otro significado,
la palabra ‘caminar’ se convirtió en sinónimo de perderse. Así que cuando digo
que caminé en Hong Kong más bien quiero decir que me perdí en Hong Kong.
Mi sentido de la orientación es muy malo, tan malo que a veces no entiendo
cómo soy capaz de viajar sola por el mundo y no aparecer en el país equivocado.
Soy, además, extremadamente distraída y como todo me sorprende, lo más
normal es que me olvide del lugar al que estaba intentando ir y me deje llevar
por los estímulos de otras calles y por la magia de otros recovecos. Hong Kong,
entonces, fue el lugar ideal para mí: una ciudad-laberinto en la que uno no puede
encontrar lo que busca más que perdiéndose.
Para llegar de A a B, el trayecto más corto jamás era una línea recta. Las
líneas rectas no formaron parte del dibujo que trazaron mis pies al recorrer Hong
Kong. Para ir de un punto a otro había que subir una escalera mecánica,
atravesar un centro comercial, subir otra escalera, bajar por un ascensor,
preguntar y llegar a destino con compras que uno nunca había planeado hacer.
La manera correcta de cruzar la calle no era caminar de una vereda hacia la de
enfrente sino subir un puente, atravesarlo por encima del tráfico, doblar a la
derecha, pasar por un cajero automático, bajar la escalera y llegar al otro lado.
Las remeras de I’m lost in Hong Kong deben ser el souvenir más sincero que
encontré en esa gran ciudad.
Pasé siete días de exaltación constante. Todo lo que veía me asombraba: la
cantidad de gente, los sonidos, la sobrepoblación de carteles, la infinidad de
estímulos. Si miraba hacia arriba, me chocaba con un cielo tapado de
rascacielos; si miraba hacia abajo, descubría calzados de todas las formas; si
miraba las paredes, encontraba grafitis y colores. Cada vez que subía a un punto
alto de la Isla veía los edificios saliendo como un ramo de flores de una misma
base. Nunca había estado en Nueva York, pero Hong Kong aparecía en mi
imaginario como la Nueva York de Asia. Dos ojos no me alcanzaban para
apreciarla desde todos sus ángulos. Y una de las cosas que más me impactó
durante esa visita fue la velocidad de la gente: todos parecían estar llegando
tarde a algún lado.
Si bien estuve rodeada de personas, durante aquellos días me sentí
existencialmente sola. Viajé en subtes de última generación, con aire
acondicionado y una puntualidad envidiable, pero sin conductores humanos.
Durante los trayectos en transporte público casi no vi caras de frente: todos iban
con la vista pegada a las pantallas de sus teléfonos o tabletas. A pesar de que
todos hablaban inglés nadie me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar una
calle en ese laberinto de asfalto, nadie se ofreció a acompañarme cuando me
veían perdida con el mapa en la mano, nadie me alertó que cada estación de
subte tenía como diez salidas y que si me equivocaba tendría que dar la vuelta al
mundo para encontrar el lugar al que quería llegar, nadie me informó que en los
colectivos y minibuses había que pagar con cambio exacto porque ni el
conductor ni la máquina daban vuelto, nadie ofreció ayudarme con las monedas
que me faltaban para completar mi boleto.
En una de las ciudades más alocadas y narcisistas de Asia, fui una más de la
multitud. Mi presencia no afectó la vida de la gente en nada y la presencia de
ellos tampoco cambió en mucho la mía. Cada noche, después de un día
acelerado en la gran ciudad, volvía a mi habitación en el techo de Hong Kong y
miraba por la ventana. Me sentaba a oscuras y dejaba que las luces y el silencio
se proyectaran, como si aquel rectángulo de vidrio fuese una pantalla y yo la
única espectadora de una película muda. Ahí, desde lo alto, la miraba moverse
despacio y, a la vez, me miraba a mí misma. Y en ese momento me daba cuenta
de que estaba frente a una de las vistas más caras e impactantes de Hong Kong y
no tenía con quién compartirla.

La lentitud

La segunda vez que viajé a Hong Kong era invierno y habían pasado nueve
meses desde mi primera visita. En ese tiempo había recorrido otros países
asiáticos y había viajado durante un mes por el centro y el sur de China. Estaba
mentalmente agotada: viajar por China de manera independiente y sin saber una
palabra de mandarín había sido una experiencia tan gratificante como cansadora.
Tener que estar apelando a lenguajes no basados en la palabra para hacer todo —
desde pedir comida o indicaciones hasta intentar entablar una mínima
conversación— me había sacado muchísima energía. Estaba cansada y
necesitaba reactivar la comunicación verbal, necesitaba ser capaz de entender un
cartel y hablar con la gente. Así que llegar a Hong Kong fue un respiro: era un
lugar que conocía, se hablaba inglés y mi amiga Journey me esperaba para salir a
recorrer juntas.
Durante aquel segundo viaje cambié la mansión de la montaña por
Chungking Mansions, uno de los edificios más polémicos e injustamente
infames de Hong Kong. Ubicado en la península de Kowloon, está conformado
por cinco bloques de diecisiete pisos cada uno: en esa mole de cemento viven
más de 4000 personas de todas partes del mundo. Si Hong Kong es la ciudad
más globalizada del mundo, Chungking es el edificio más globalizado de Hong
Kong. Ahí, entre hostales baratos, restaurantes de comida étnica, casas de
cambio, puestos de ropa y ofertas de electrónica conviven todos los grupos
étnicos minoritarios del sur de Asia, Medio Oriente, África y América Latina.
Chungking, además, es famosa por tener las habitaciones de hotel más baratas y
diminutas de Hong Kong.
El cuartito en el que Journey y yo nos alojamos era tan grande como el baño
de huéspedes de la mansión de la montaña. Las camas individuales no eran de
media plaza sino de un cuarto de plaza y ocupaban todo el espacio libre de la
habitación, las paredes de azulejos blancos le daban aspecto de hospital, había
una mezcla de olor a viejo con olor a pescado y la única ventana de la habitación
—por la que pagamos extra— tenía vista a los edificios de enfrente. Pagamos
una módica suma de diez dólares cada una e hicimos de aquella caja de zapatos
nuestro hogar dulce hogar por una semana.
Como la vez anterior, Journey y yo nos dedicamos a caminar. Pero algo en
mí había cambiado: llevaba un año viajando por Asia y mi capacidad de
asombro había disminuido. Mi mente procesaba la información de la siguiente
manera: “Ah, otro Buda; ah, otro templo; ah mirá, otro río”. Creo que después de
unos meses o años ininterrumpidos en la ruta de un mismo país o continente es
normal que todo empiece a sorprendernos menos. Pero este mal —lo llamo el
cansancio de los viajes largos— tiene, por suerte, un antídoto altamente efectivo
y potente: basta con quedarse quieto en un lugar durante un tiempo o, en casos
extremos, regresar a casa para que el síndrome de abstinencia nos haga volver a
soñar con budas, templos y ríos.
Hong Kong seguía siendo la misma: la que había cambiado era yo. Mientras
intentaba redescubrir todos esos elementos que me habían fascinado durante mi
primera visita, sentía que la ciudad se había pintado de blanco y negro. ¿Dónde
estaba el color? ¿Dónde estaban la euforia y el encantamiento de la primera vez?
Le echaba la culpa al invierno, pero no: mi cansancio, mi melancolía y mi
situación emocional me habían teñido los ojos de gris. El color seguía estando
ahí, pero ya no podía encontrarlo.
Durante aquella visita, nos dedicamos a recorrer algunas de las islitas
olvidadas: todas esas que forman parte de la Región Administrativa Especial de
Hong Kong pero que no tienen ni el frenetismo, ni el acelere, ni el
abarrotamiento de la Isla de Hong Kong ni de la península de Kowloon. Fue tan
simple como tomarnos un barco (que ahí es un tipo de transporte público más) y
pasar de un mundo a otro. Cambiamos edificios por casas, asfalto por pasto,
restaurantes por comida callejera, ruido por silencio, velocidad por lentitud. Y
todo sin alejarnos más que unos kilómetros de nuestra habitación de Chungking.
No sé qué hubiese hecho sin Journey durante aquel cambio de realidad. Ella
fue mi traductora lingüística y, ante todo, mi traductora cultural, la que se
encargó de deconstruir todos esos elementos que para los chinos eran normales y
para nosotros, habitantes de las antípodas, eran muy extraños. Si bien Hong
Kong es una región muy occidentalizada, su alma sigue siendo asiática. Así que
mientras hay características que entran en nuestros parámetros occidentales, hay
otras que pueden resultarnos desconocidas.
En la isla Lantau, la más grande y la menos densamente poblada de Hong
Kong, conocimos a Buda. Caminamos hasta el monasterio Po Lin, subimos 240
escalones y nos encontramos con Tian Tan, una estatua de bronce de 36 metros
de altura y 250 toneladas: “el Buda sentado al aire libre más grande del mundo”
(porque lo que hacen los chinos es así: el más grande, el más alto, el más
poblado, el más…). Estaba, como todo atractivo que se denomina a sí mismo
turístico, lleno de gente, así que nos alejamos de la muchedumbre y nos fuimos
por el Camino de la Sabiduría, un sendero oculto entre las montañas, un lugar sin
pretensiones de grandeza que me pareció mucho más sorprendente que el
anterior. En el medio del sendero había un valle con 38 pilares de madera de tres
metros de altura clavados en la tierra. Vistos desde arriba formaban el símbolo
del infinito y vistos de frente tenían inscripciones talladas en caracteres chinos.
Journey me tradujo algunas y me explicó que eran fragmentos del Sutra del
Corazón, una escritura muy antigua, venerada por budistas, taoístas y
confucionistas. El sendero estaba casi vacío.
Después visitamos Tai O, una aldea de pescadores ubicada en otro sector de
la isla. Si bien el lugar también era turístico —muchos iban a ver las casas
sostenidas en zancos sobre el agua—, el tiempo fluía a otro ritmo. La realidad de
Tai O estaba muy alejada de los calendarios, las agendas, las reuniones y el
apuro de la isla de Hong Kong. Los movimientos se realizaban con paciencia y
lentitud: un hombre tendía pescados como ropa recién lavada para secarlos al
sol, una mujer cocinaba caracoles con salsa roja en un wok y asaba mariscos en
una parrilla sobre la vereda, una señora se abanicaba mientras esperaba que
alguien le comprara un pulpo seco, un señor cocinaba panqueques y los
anunciaba a través del aroma. La marea estaba baja y los botes estaban
encallados en el barro, pero a nadie parecía importarle: ahí, a diferencia de Hong
Kong, no había apuro por llegar a ningún lugar.
Durante toda la tarde caminamos entre casitas de madera y containers
cuadrados de chapa. Journey me explicó que aquellos cubos metálicos —que
parecían recipientes salidos de algún puerto— también oficiaban de vivienda. En
Tai O no había ninguna construcción de más de tres pisos y muchas familias
vivían en esos cubos de chapa. Me llamó la atención que todas las ventanas
estuvieran abiertas, así que no pude evitar asomarme y espiar cómo se disponían
los muebles en el interior de cada casa, cómo era la decoración, de qué color
eran las alfombras. Hice lo mismo en muchas ciudades de Asia: durante el
mediodía casi nunca me encontraba con nadie (hacía mucho calor como para
estar dentro de una vivienda de metal), pero en otros horarios me choqué con
ojos que miraban curiosamente hacia afuera.
Unos días después descubrimos una isla de Hong Kong donde los autos no
existían. Era difícil creerlo, sobre todo estando tan cerca de las redes de metro,
los taxis y el aceleradísimo transporte público de Hong Kong, pero en Cheung
Chau los habitantes circulaban a pie y en bicicleta. Y al igual que en la isla
anterior, nadie parecía tener apuro. El tráfico y los relojes, sospechaba, aún no
habían sido inventados. En esa aldea nos recibió un gato que dormía, inmutable,
encima de los frascos de semillas de un puesto de venta. Durante nuestra
caminata nos encontramos con dos hombres que barrían la arena en una de las
playas, una nena que corría detrás de las burbujas que soplaba su papá, una
pareja que miraba el mar desde una montaña y los barcos pesqueros de colores
que se mecían tranquilamente sobre el agua. Mientras tanto, en la isla de Hong
Kong, todos corrían una carrera desenfrenada para llegar a algún lugar.

Yin y yang

Hay un concepto en la filosofía oriental que dice que todo lo que existe en el
universo está conformado por el yin y el yang, dos fuerzas aparentemente
opuestas que son, en realidad, complementarias. El yin es el principio femenino,
la tierra, la oscuridad, la pasividad, lo bajo, el invierno; el yang es el principio
masculino, el cielo, la luz, la actividad, lo alto, el verano. Ambos definen la
dualidad de todo y, a la vez, existen uno dentro del otro; la interacción entre esas
dos fuerzas produce los cambios que mantienen al mundo —y en este caso a
Hong Kong— en movimiento.
Si no hubiese visitado la región dos veces y si mi estado de ánimo no hubiese
sido distinto en cada visita, tal vez no me hubiese percatado de esa dualidad.
Hong Kong (al igual que todas las ciudades del mundo) vive dentro de un yin
yang porque nosotros, seres humanos, también vivimos dentro de una dualidad
constante. Hong Kong necesita de ambas realidades para definirse y formar el
todo que es: sin el caos de las islas principales, el silencio de las otras no tendría
tanto valor; sin la velocidad de la ciudad, no habría lentitud en la cual refugiarse.
Si nunca sintiéramos tristeza, tampoco sabríamos lo que es sentir alegría.
A la vez, todas estas dualidades no están separadas sino que conviven una
dentro de la otra. Todo está presente a todo momento: lo gris y el color, la
multitud y la soledad, el frío y el calor, la velocidad y la lentitud, la fascinación y
el aburrimiento. Pero ver una o la otra ya depende de cada viajero, de su mirada,
de su estado de ánimo. Por eso nunca habrá un acuerdo acerca de los espejos: lo
que para unos es un elemento para repeler las energías negativas, para otros es
una superficie puesta para mirar su propio reflejo. Y mientras algunos se pasarán
la vida corriendo para no llegar tarde a alguna parte, otros vivirán sin apuro y sin
necesidad de llegar a ningún lugar.
China sin hablar

Dicen que si uno cava un pozo en línea recta desde algún lugar de Argentina
en dirección hacia el centro de la Tierra, después de mucho cavar aparecerá en
algún rincón de China. Lo que no dicen es que antes de intentar semejante
hazaña no viene mal aprender algo de chino básico, como para hacerse entender
del otro lado. Yo cavé ese pozo hacia las antípodas sin planearlo, casi de
casualidad. Llevaba diez meses de viaje por Asia y mi plan original —por no
decir mi gran objetivo— era viajar a la India y quedarme varios meses allá. Pero
al no poder obtener la visa india desde Malasia decidí cambiar el destino e irme
a China. Tomé la decisión en una tarde: si la India no quería recibirme, probaría
suerte en el otro gran país de Asia. Apliqué para la visa y tres días después la
tenía en mi pasaporte.
Elegí el primer destino de China al azar. Compré el pasaje por internet desde
Penang (Malasia) con mi amiga Tippi (china) sentada al lado. Ella me sugirió —
y por sugirió digo: convenció— que viajara a Chengdú, una de las ciudades más
importantes de China Central, para que nos encontráramos una semana después
en Lijiang, en la provincia de al lado. Así que compré el pasaje sin tener mucha
idea del lugar en el que iba a aterrizar. Como China no había estado en mi mente
hasta hacía pocos días, no caía en que me estaba por ir de viaje al país gigante.
Días antes de tomar el vuelo me fui percatando de algunos datos y empecé a
darme cuenta de lo que implicaba viajar a China. Durante una charla con una
estadounidense que acababa de volver de Chengdú me enteré, por ejemplo, de
que la temperatura en aquel momento era de cinco grados. Después de un año
ininterrumpido de verano y humedad, un poco de frío no vendría mal, aunque
pasar de treinta a cinco grados en pocas horas iba a ser duro. También me dijo,
como si nada, que Chengdú era una ciudad de más de catorce millones de
habitantes, y ahí quedé muda. ¡¿Catorce millones?! ¿No será mucho? Tenía que
ir acostumbrándome: en China todo vendría en grandes cantidades.
Compartí las cuatro horas de avión con cuatrocientos chinos que hablaban
todos a la vez y se reían muy fuerte de cosas que no entendía. El viaje a China
había empezado. Cuando aterrizamos eran las doce de la noche, hacía cero
grados y tenía una única misión: llegar a la casa de Susie, la china que iba a
alojarme junto a su familia. Me subí a un taxi a la salida del aeropuerto y, al no
ser capaz de dar indicaciones habladas, busqué la dirección escrita en caracteres
chinos en mi teléfono, apoyé el aparato contra la reja que me separaba del
asiento del conductor y le señalé la pantalla. Él asintió entusiasmado, me hizo
una pregunta en mandarín, yo asentí sin tener ni idea a qué asentía y arrancamos.
Durante el trayecto observé China a través de la ventana por primera vez. Ya
era casi la una de la mañana y las calles estaban oscuras y desiertas. Los códigos
de esa ciudad de catorce millones de habitantes aún me eran desconocidos.
¿Sería peligroso andar sola de noche? ¿Las calles estaban vacías por el frío o por
miedo? ¿Cómo sería el ritmo de la ciudad de día? ¿El taxista me estaría
paseando? ¿Era seguro tomarse un taxi en China? ¿Lograría comunicarme con la
gente sin saber su idioma? La respuesta a esa última pregunta llegó unos minutos
después.
El conductor estacionó en la entrada principal de la Universidad Tecnológica
de Chengdú y me hizo un gesto de que habíamos llegado, pero no me quise
bajar. La situación era la siguiente: Susie y su familia vivían dentro de uno de los
tantos bloques de edificios del campus, pero como le había parecido complicado
darme las indicaciones por escrito me había pedido que la llamara cuando
estuviera en la puerta así me iba a buscar. Le hice señas al conductor de que
esperara, agarré mi teléfono e intenté llamarla usando mi número malayo. Una
operadora me informó, primero en mandarín y luego en inglés, que no tenía
saldo suficiente.
¿Cómo explicarle al conductor que necesitaba comprar una tarjeta SIM china
o ir al teléfono público más cercano? Y por más que me entendiera, ¿cómo se
usaría un teléfono chino? ¿con fichas, con tarjeta? Ni siquiera estaba segura de
que existieran. ¿Cómo decirle, entonces, que no pensaba bajarme del auto hasta
no haberme comunicado con mi anfitriona? ¿O cómo pedirle, sino, que me
llevara a un hostal? Señalé su celular y le dije, en inglés, que necesitaba “call my
friend”. Me miró. Si se lo hubiese dicho en castellano daba igual. Me di cuenta
de que se estaba poniendo impaciente y, en la desesperación, se me ocurrió algo.
Intenté hacer la llamada otra vez, puse mi teléfono en altavoz y le hice escuchar
la grabación que decía que no tenía saldo. Me entendió y enseguida me ofreció
su teléfono. Llamé a Susie y, diez minutos después, ya estaba con ella en su casa.
A la mañana siguiente, después de una noche fría (en China lo común es no
tener calefacción), Susie me presentó a su mamá y a su papá. Ella, como casi
todos los chinos de mi edad, era hija única. Sus padres no hablaban inglés pero
me recibieron con sonrisas y un desayuno típico de la región: pan al vapor
relleno de carne y ají, un huevo que parecía estar cocido y un bol con un líquido
que parecía ser leche. Me senté a la mesa sin saber muy bien qué hacer: estaba
en una casa tradicional y no quería cometer errores, pero mi shock cultural
culinario me confundía. ¿Tenía que meter el huevo en la leche? ¿Eso era leche,
no? ¿Sería de vaca o de cabra? ¿El huevo estaría duro? ¿Y si me ponía a pelarlo
y resultaba estar crudo? ¿Y si era de mala educación agarrar la comida con la
mano? ¿Y qué hacer con la leche, ponerle café? ¿Me animaba a pedir azúcar?
En China sentí, por primera vez en mi vida, que había llegado a un lugar en
el que todo lo que había aprendido acerca del mundo no me serviría de nada.
Supuse que si estábamos en las antípodas de Argentina lo más lógico era que
todo se hiciera de manera opuesta, aunque en aquella ocasión no fue tan así.
Esperé a que el padre de Susie se sentara a la mesa, observé cómo comía e imité
cada uno de sus movimientos. Así que le puse café a la leche, me comí el pan
con la mano, pelé el huevo duro y me lo comí. Más simple y parecido de lo que
pensaba.
Antes de irse a la universidad, Susie me escribió expresiones básicas en
caracteres chinos —“sí, no, ¿dónde queda?, ¿cómo llego?”— para que le
mostrase a la gente si necesitaba ayuda. Después me dejó a solas con su papá,
quien amablemente me dibujó un mapa de la ciudad con todos los lugares que
podía visitar y me escribió el número de bus que me llevaría de un sitio a otro.
De a ratos me decía cosas en mandarín y se reía, yo le respondía en castellano y
me reía de la situación. ¿A quién se le ocurría viajar de manera independiente
por China sin hablar ni un poquito de chino? Salimos del departamento y el
padre me depositó en la parada de bus correspondiente. A partir de ese momento
era yo contra China, y la aventura empezaba en una de las ciudades más
inmensas que pisé en mi vida.
En Chengdú todo era extra-large. Las cuadras tenían entre doscientos y
cuatrocientos metros de largo, las calles eran diez veces más anchas que en
cualquier otro lugar del mundo, las veredas eran amplias como salones de baile.
Los edificios no solamente eran altos, sino cuadrados y grandotes. Al igual que
en otras partes de Asia, las actividades se realizaban en las veredas: las mujeres
se sentaban a cocinar y a comer, los hombres se reunían a jugar a las cartas y a
fumar, los monjes budistas se sentaban a descansar y los vendedores circulaban
en bicicleta con sus productos. La ciudad me pareció gris y, a pesar de tanto
movimiento, silenciosa. Los espacios eran tan amplios que los sonidos se
perdían en la nada antes de chocar contra un edificio. Las motos —que en otras
partes de Asia eran las culpables del ruido— eran eléctricas y, por ende,
silenciosas (varias veces estuve a punto de ser atropellada por alguna). Los
templos me parecieron descomunales y las estatuas de Mao, gigantescas. Todo
tenía tamaños fuera de mis proporciones conocidas.
Los primeros días fueron difíciles: me sentía como en otra dimensión. Todo a
mi alrededor ocurría en un idioma que yo desconocía y que ni siquiera podía leer
o inferir. Los carteles, los horarios de los colectivos, los menús de los
restaurantes, los mapas y los nombres de las calles estaban en caracteres chinos.
Por más que hiciera una comparación minuciosa de dibujos, no era capaz de
encontrar el nombre que veía en el mapa replicado en un cartel de la calle. Todas
me parecían la misma calle infinita. Me perdí varias veces y nunca pude pedir
indicaciones ya que no encontré a nadie que hable inglés y tampoco fui capaz de
preguntar por señas qué bus tenía que tomarme para llegar a una dirección que
no podía ni pronunciar. Siempre tenía el último recurso de subirme a un taxi y
mostrar la dirección de Susie, pero había algo de estar perdida entre caracteres
que me divertía.
China era mi primer desafío real. Era el desafío de sumergirme en lo que
parecía ser una realidad paralela, de entrar en esa dimensión con reglas y sonidos
que yo desconocía y de comunicarme a través de un lenguaje que no fuesen las
palabras. China era un universo alternativo que no se asemejaba al mundo que
conocía. Y yo era una loca que había decidido ir sola y sin saber el idioma,
creyendo que sería fácil.

Un té con la familia minoritaria

Mi mochila y yo quedamos solas en la estación de Kangding. Miré el cartel


con los horarios de los buses y volví a sentir eso que definió gran parte de mi
viaje por China: frustración. Todo —los nombres de las ciudades, los horarios de
salida, los precios— estaba escrito en caracteres. No había oficina de
información turística ni nadie que pareciera hablar inglés. China es tan inmenso
que no existe una sola ruta y uno no puede pretender encontrarse con oficinas
turísticas en todos los pueblos en los que paran los buses.
Había viajado ocho horas por tierra de Chengdú a Kangding con el plan de
seguir camino hacia Dao Cheng la mañana siguiente. Quería ir acercándome de a
poco a Lijiang, ciudad en la que me encontraría con Tippi unos días después. Me
acerqué al mostrador y le pasé un papelito a través del vidrio a la mujer que
vendía los pasajes; cuando leyó el nombre de la ciudad me respondió —con un
tono que yo interpreté como exasperación— “no bus, no bus!” y me hizo señas
de que dejara pasar al siguiente. Un poco abrumada, decidí resolver lo del pasaje
más tarde y me fui a caminar en busca de un hostel que había visto en internet y
que, en teoría, estaba cerca de la estación.
Me perdí. Kangding es una ciudad que se puede recorrer a pie de punta a
punta, pero yo me perdí. Sabía que tenía que llegar al río Zhepuo, que fluye
paralelo a la avenida principal, y cruzar el tercer puente, pero ¿aquel arroyo sería
el río? ¿Y el tercer puente contando desde qué lado? Cuando uno llega a un lugar
nuevo es difícil adivinar qué es lo que sus habitantes consideran río o, incluso,
puente. ¿Y si del otro lado del río había otra terminal? Eso me obligaría a
interpretar las indicaciones a la inversa.
Caminé con el frío que me pegaba en la cara, abrigada por mis mochilas y
por una campera turquesa que me había regalado Susie. Lo primero que me
llamó la atención fueron los dibujos de colores en las laderas de las montañas:
después me enteré de que eran motivos tibetanos. Kangding es la capital de la
Prefectura Autónoma Tibetana de Ganzi, está ubicada a 2560 metros de altura y
casi el ochenta por ciento de sus 100 000 habitantes son tibetanos. En el pasado
perteneció a la antigua Kham, una región que quedó dividida entre la provincia
de Sichuan y el Tíbet.
Iba enojadísima conmigo misma. Hacía una hora que estaba caminando en
busca del hostal y no hacía más que dar vueltas en círculo. ¿Cómo podía ser que
no fuese capaz de leer un mapa ni de seguir una indicación? ¿Quién me había
mandado a viajar a Kangding? ¿Por qué se me había ocurrido ir a China sola?
Estaba perdida y ni siquiera tenía con quien quejarme. Pero como todavía era
temprano decidí tragarme la bronca, olvidarme del hostal durante un rato y
caminar hacia donde me lleve el instinto. No tenía nada que perder ni horarios
que cumplir.
Decidí bordear el río y, mientras caminaba al lado de una baranda, los vi:
naipes. Eran tres: un doce de trébol, un seis de diamantes y un siete de
corazones. Tomé el hallazgo como una señal de buen agüero; según mi
experiencia, cada vez que encontraba uno en plena calle, algo bueno pasaba
después. Seguí caminando y decidí sentarme a descansar. Una mujer con bastón
se me acercó con la mano extendida, me habló en un idioma que jamás sabré
cuál es y lo que en un principio interpreté erróneamente como un pedido de
limosna se convirtió en una mano que me acariciaba la cabeza y me consolaba.
Si bien no pude entender sus palabras, con sus gestos me estaba diciendo que
comiera y que descansara y que todo iba a estar bien. Me sonrió y se fue. Media
hora después me encontró otra vez. Yo estaba sentada en otra esquina, ella se
acercó y volvió a consolarme con la mano mientras me hablaba con ternura. Se
fue, volví a quedar sola y tuve muchas ganas de llorar. Me levanté dispuesta a
encontrar un lugar donde dormir y me acerqué a un grupo de hombres que
conversaba en la calle. Les mostré el nombre del hostal y, tras consultar varios
GPS, uno de ellos me guió y me dejó en la puerta. Estaba a tres cuadras.
A la mañana siguiente volví a la estación con la esperanza de poder conseguir
algún pasaje que me acercara unos kilómetros a Lijiang. Había modificado mi
ruta con la ayuda de un chino que había conocido en el hostal, así que fui con las
nuevas indicaciones escritas en un papel. Mientras hacía la fila, una china de mi
edad se me acercó y me preguntó en inglés si necesitaba ayuda. Se llamaba Eva.
Le expliqué adónde quería ir y ella averiguó los horarios y me compró el pasaje.
Le agradecí y salí sola de la estación. Pocos segundos después escuché una voz
que me gritaba: “Hello! Hello!”. Eva y su mamá venían corriendo detrás mío
para invitarme a desayunar con ellas.
Nos sentamos en un local a comer sopa de fideos y pan relleno. La mamá me
interrogó y Eva tradujo: “¿De dónde sos? ¿Cuántos años tenés? ¿Estás casada?
¿Viajás sola? ¡Qué peligro! ¡Tenés que viajar con alguien, no podés ir sola!”.
Quise invitarles el desayuno como agradecimiento por haberme ayudado pero no
me dejaron pagar. Caminamos un rato por la ciudad, nos despedimos y
quedamos en encontrarnos en la plaza central —una zona cuadrada de cemento,
ubicada en el medio de la ciudad— a las seis de la tarde.
A eso de las cuatro salí a caminar y llegué, de casualidad, a esa misma plaza.
Entremedio de los vendedores de comida, de los chicos que jugaban en el piso y
de las mujeres con sus vestimentas típicas, vi que dos señoras me hacían señas
mientras gritaban: “Ni hao! Ni hao!” (“¡Hola! ¡Hola!”). Las miré durante unos
segundos (porque además de desorientada soy medio miope) y me di cuenta de
que una de ellas era la mamá de Eva. Me acerqué y enseguida me invitaron a
sentarme. La madre me explicó por señas que Eva había ido a cortarse el pelo,
aunque eso fue todo lo que entendí de nuestra no-conversación. Después me
hicieron preguntas en mandarín, se rieron a carcajadas, gritaron, me tocaron el
hombro y se rieron un poco más. Varias veces escribieron cosas en mi cuaderno
y me las leyeron despacio, caracter por caracter, como si de esa manera fuese a
entenderlas. Yo repetía, con gracia y resignación, la única expresión china que
había logrado aprender: “Wo bù míngbai” (“No entiendo”). Unos minutos
después apareció Eva y me dijo que querían invitarme a cenar a la casa de la
amiga de su mamá, así que nos fuimos las cuatro para allá.
Caminamos tres cuadras y entramos a una residencia antigua, de madera. Nos
sentamos en los sillones de la sala de estar, alrededor de una mesita con una
hornalla. Ellas trajeron un plato lleno de caramelos y pusieron agua para el té. Al
lado mío se sentó una mujer de más de noventa años: era la abuela de Eva. De
tanto en tanto me agarraba la mano, me miraba con sus ojos azules y me hablaba
como si la entendiera. Eva, la única que sabía algo de inglés, me contó que
pertenecían a la etnia yí zú, uno de los 55 grupos minoritarios de China. Los yí
zú viven en áreas rurales y zonas montañosas del sur de China, Vietnam y
Tailandia; hablan su propio dialecto, un idioma tibetano-birmano, y son, en su
mayoría, pastores o cazadores nómadas. Tienen su propia religión animista y
muchos historiadores creen que son ancestros de los tibetanos.
No podía creerlo: estaba tomando el té —un ritual cultural y social milenario
— con un grupo de mujeres de una minoría étnica. En China el té se consume
como medicina y como bebida hace más de 4000 años: se utiliza para demostrar
respeto a los mayores, pedir perdón, dar gracias, compartir con familia y amigos
y acompañar cada comida. Y yo estaba teniendo el privilegio de compartirlo con
ellas. Cada vez que mi taza quedaba vacía, la mamá de Eva la llenaba sin
preguntarme y yo hacía dos golpecitos con el dedo índice sobre la mesa para
decir gracias, como es costumbre en China. Lo que más alegría me daba era
sentir que todo aquello estaba ocurriendo gracias a que me había perdido en un
país en el que no sabía ni hablar el idioma.
Charlamos durante horas como cinco amigas de la vida: ellas me hablaban
alegremente en su idioma, Eva traducía lo que podía y yo entendía menos de un
quinto. Pero por más que no pudiera decirles nada me sentía muy feliz. Quería
abrazarlas y darles las gracias, pero como iba a quedar como una loca desestimé
esa idea y le pedí permiso a Eva para sacar algunas fotos de recuerdo. Aceptaron
encantadas. Cuando la abuela vio mi cámara salió corriendo hacia otra
habitación; pensé que la había ofendido y que ya no volvería, pero no: había ido
a ponerse linda. Buscó su saco negro y azul, se arregló el gorro, se puso los
anillos y posó para mí con la vestimenta tradicional de su etnia.
Cuando la sesión de fotos terminó, nos dedicamos a comer. Me sirvieron un
plato tras otro de arroz con vegetales y, cuando se hizo de noche, nos
despedimos. Madre, amiga y abuela me saludaron desde la puerta con las dos
manos y me dijeron, a los gritos, que volviera a visitarlas cuando quisiera, que
siempre era bienvenida y que por favor no viajara sola. Eva me acompañó al
hostal y, en el camino, escuchamos una música instrumental que salía de la plaza
central. Seguimos el sonido y nos chocamos con cien personas que bailaban
lentamente, en perfecta coordinación, como si estuviesen ensayando una
coreografía. Eva me explicó que los habitantes de Kangding se reunían en el
cuadrado central todas las noches e improvisaban un baile: una persona guiaba y
el resto seguía sus pasos, sin necesidad de palabras.
Cuando llegamos al hostal me surgió el dilema de la despedida. Cada país
asiático es distinto a la hora de mostrar (o no) afecto en el saludo: en algunos
lugares las personas no se tocan sino que hacen un gesto de respeto manteniendo
un metro de distancia, en otros se dan abrazos efusivos cada vez que se ven, en
otros se saludan estrechándose una mano y tocándose el corazón con la otra. Yo
nací en un país donde hombres y mujeres se saludan con un beso en la mejilla y,
en muchos casos, un abrazo, pero viajando me di cuenta de que eso no era
normal en todas partes. En Asia, al ser visitante, siempre esperé que la persona
local empezara el ritual del saludo para ver de qué manera lo hacía y
comportarme acorde a las normas del lugar. Tenía ganas de abrazar a Eva y de
agradecerle por aquel encuentro, pero ella no se acercó sino que me sonrió,
movió la mano y se fue.

Desde el autobús

Viajando por tierra me di cuenta de lo inmensa e inabarcable que es China


para un viajero. Cada tramo de un pueblito a otro me llevaba, como mínimo,
ocho horas, pero cuando trazaba en un mapa el recorrido que acababa de hacer
me daba cuenta de que no había avanzado más que unos pocos milímetros. Pasar
el tiempo en los autobuses, sin embargo, era un viaje en sí mismo. Los paisajes
eran imponentes: estaba acostumbrada a ver imágenes así en los parques
nacionales, pero no tanto en la ruta. Atravesar China por tierra era como ver
documentales a través de la ventana. Cuando pasábamos al lado de un pueblito
me daban ganas de intercambiar roles con un habitante local y quedarme a vivir
entre el verde y amarillo de las plantaciones de arroz.
Cada vez que me subía a un colectivo —sola, occidental, con mochila, en una
zona poco turística del país— me pasaba lo mismo: todos los pasajeros me
miraban. La mirada de los asiáticos ya de por sí es penetrante, pero la de los
chinos me traspasaba. Los niños me miraban. Los ancianos me miraban.
Familias enteras me miraban fijo y no bajaban la vista. Yo les sonreía, ellos me
devolvían la sonrisa y me miraban un rato más. Fueron pocas las veces que
compartí un viaje con otro extranjero: al ser un país tan grande, los viajeros
estábamos dispersados. Así que, en general, yo era la única presencia extraña
dentro de los buses y estaba segura de que la mayoría de los pasajeros pensaba
que había caído de otra galaxia.
Los colectivos chinos de larga distancia —aunque cabe preguntarse qué se
considera larga distancia en China— no tenían baño, así que cada dos horas el
conductor hacía una parada obligada al costado de la ruta. Durante varios años,
en Argentina, tuve el mismo sueño recurrente: tenía muchas ganas de ir al baño
pero todos los inodoros que encontraba estaban en un lugar público, rodeados de
gente, sin paredes ni puertas que me dieran algún tipo de intimidad. Para mí, eso
era una pesadilla: tenía que hacer algo muy privado frente a cientos de
desconocidos que me miraban con curiosidad. El resultado del sueño era que
casi siempre me aguantaba las ganas. La primera vez que entré a un baño al
costado de una ruta en China me acordé de aquel sueño.
Poco antes de viajar a China, una china-malaya me había sugerido que
llevara paraguas. “¿Por qué? ¿Llueve mucho?”, había preguntado yo con
inocencia. “No, es que en las zonas rurales los baños que están al costado de la
ruta no tienen puertas, entonces el paraguas te sirve de escudo para taparte”.
Cuando entré por primera vez a un baño rutero vi lo siguiente: un pozo
rectangular que atravesaba el espacio de punta a punta y desagotaba en una
esquina, y paneles de un metro de altura (a un metro de distancia uno de otro)
que hacían de paredes. Ninguno de esos cubículos tenía puerta: cualquiera que
caminara hasta el baño del fondo podía ver todo lo que hacía el resto de las
mujeres. Respiré hondo, me metí en uno de los cubículos y me enfrenté a mi
pesadilla recurrente. Nadie me miró: esos baños, en China, eran algo normal.
Cuando salí de entre mis paneles me choqué con una imagen cómicamente
bizarra: dos mujeres, una frente a la otra, cagaban en cuclillas mientras fumaban
un cigarrillo y charlaban. Ese día perdí la vergüenza y nunca más volví a soñar
con baños sin paredes.
Fueron incontables las veces que alguien me ofreció comida al verme
viajando sola en autobús. Generalmente eran las mujeres las que me tomaban la
mano, me hacían poner la palma hacia arriba y me regalaban manzanas, naranjas
o maní. Desde el inicio de mi viaje por China sentí una conexión muy especial
con sus mujeres: fueran adultas, niñas o ancianas, todas me sonreían con calidez,
algunas me daban comida, otras me miraban con curiosidad y todas intentaban
ayudarme y protegerme. Ese fue, tal vez, el premio por viajar sola: que pude
lograr un vínculo inmediato con otras mujeres por el solo hecho de ser mujer y
de estar sola en un lugar muy distinto al mío.

Tres chinas y yo

Las tres chinas me adoptaron como amiga arriba del autobús. Después de
ocho horas de viaje habíamos llegado al lago Lugu, un conjunto de veinte aldeas
habitadas por los mosuo (otro de los 55 grupos étnicos minoritarios de China). El
conductor había decidido finalizar su recorrido en la entrada del lago y, por más
que intenté decirle (por señas) que necesitaba llegar al otro extremo, apagó el
motor y se bajó. Quedé sola y confundida entre los pasajeros, y tres chinas de mi
edad me agarraron del brazo y me hicieron señas de que me quedara con ellas.
Me habían adoptado de compañera justamente en una de las últimas
comunidades matrilineales del mundo.
En la cultura mosuo las mujeres son la cabeza de la familia y de la sociedad:
ellas son las dueñas del dinero, de la tierra y de las viviendas; el prestigio social,
las propiedades y el apellido se heredan por vía materna. El matrimonio no
existe como institución sino que se concibe como una unión libre que puede ser
finalizada en cualquier momento, sin división de bienes ni juicios de por medio.
El rol de padre y marido es inexistente: hombres y mujeres se enamoran y tienen
hijos pero no asumen compromisos legales, no comparten propiedades y
tampoco abandonan sus hogares para irse a vivir juntos. Los hijos son criados
por su madre, su abuela y sus tíos. La familia materna es el núcleo más
importante y los mosuo no conciben abandonar el hogar de la madre para formar
uno nuevo, ya que creen que eso causaría inestabilidad en la sociedad. Así que
en una misma casa conviven varias generaciones, con la mujer mayor como
cabeza de la familia. Hay antropólogos que afirman que la de los mosuo es una
de las sociedades más pacíficas del mundo.
El lago Lugu me pareció un lugar inmenso y silencioso. Ubicado a 2600
metros de altura, aquel valle se mantuvo aislado del mundo exterior durante
siglos, lo que le permitió a los mosuo desarrollar y mantener sus costumbres y
tradiciones ancestrales sin influencia de las sucesivas dinastías chinas ni de las
sociedades modernas. En 1982 se construyó la primera ruta de acceso al lago y
la región comenzó a abrirse al turismo nacional e internacional. Y así, parte de la
autenticidad del lago se perdió y el llamado Reino de las Mujeres pasó a ser otro
atractivo turístico de China.
En la entrada de la aldea principal nos esperaban mujeres vestidas de manera
tradicional y un peaje de diez dólares por persona. Viajar con las tres chinas, sin
embargo, le devolvió su toque de autenticidad al lugar. Jamás supe su edad, sus
nombres, ni de qué parte de China provenían. Eran tres, parecían tener entre
veinte y treinta años y estaban acompañadas por un hombre de unos cincuenta.
¿Quién era y qué hacía con ellas? ¿Sería el padre? ¿La pareja de una de ellas?
Nunca me enteré.
Durante tres días hicimos todo juntas, excepto hablar. Salimos a caminar del
brazo, nos sacamos fotos como amigas de la vida, nos colamos en un hotel para
ver una celebración, compartimos desayunos, almuerzos y cenas. Una mañana
alquilamos una combi y recorrimos el lago. En una de las paradas, dos de las
chicas y el hombre se subieron a un teleférico y yo me quedé abajo con la tercera
china, que me agarró del brazo y me llevó a caminar por la aldea. Charlamos,
cada una en su idioma: ella me señalaba un paisaje y me hablaba efusivamente
en mandarín, yo la miraba, me reía y le respondía en castellano. Era nuestra
forma de relacionarnos. La única expresión que fue capaz de traducirme fue piào
liàng, que significa beautiful, y que era lo que siempre me repetía frente a las
vistas del lago.
Caminando llegamos a una casa. En la entrada había un cerezo en flor y una
mujer que sacaba pescados de una red para secarlos al sol. La china la saludó y
la mujer nos hizo señas de que nos sentáramos con ella. Nos ofreció galletas de
cereal y un vasito de licor elaborado por las mujeres del pueblo. Como es mala
educación rechazar una ofrenda de comida, aceptamos. Después nos invitó a
conocer el interior de su casa. Las viviendas mosuo tienen una estructura fija: la
planta baja funciona de cocina, comedor, área de visita y área de descanso de los
animales. En el piso de arriba están los dormitorios y el depósito de comida: los
hombres duermen en espacios comunales, y las matriarcas —las mayores de la
familia— son las únicas que pueden tener una habitación privada.
Antes de irnos, la mujer me dio una bolsita con más galletas; yo miré a mi
amiga china como preguntándole si tenía que darle algo a cambio, ella agarró mi
celular —en el que tenía un traductor bastante básico de inglés/chino— y me
mostró la traducción de la palabra que había escrito: gift (regalo). Al día
siguiente viajamos juntas a Lijiang y nos despedimos al igual que con Eva: de
lejos y con la mano, como si nada de aquello hubiese merecido un abrazo.

Lijiang y el gran casamiento chino

Lo que más recuerdo de Lijiang es la comida. Viajando por China me di


cuenta de que lo que conocía como comida china no tenía nada que ver con la
gastronomía de aquel país. Cada región tiene sus especialidades y, para los
chinos, comer es un ritual social. Es raro ver a alguien comiendo solo: en las
mesas no se sirve un plato principal para cada comensal sino que se ponen varios
con distintos tipos de comida (tres o cuatro de vegetales, dos o tres tipos de
carne, una sopa) en el medio. Cada persona tiene un bol de arroz y se va
sirviendo de los platos aquello que quiera. La cuenta se divide en partes iguales.
Y el té es la bebida que acompaña antes, durante y después de cada comida.
Durante mis primeros días, una de las cosas que más me costó hacer fue
comer. Los menús estaban escritos en caracteres chinos y no tenían fotos, así que
pedir algo era como cerrar los ojos, poner el dedo sobre el papel y dejar que el
azar eligiera mi próximo plato. Después de varios días de frecuentar los
supermercados y de comprarme los baldes de noodles instantáneos, Tippi me dio
la solución vía Skype: tenía que señalar. Me explicó que en China era muy
común entrar a la cocina de los restaurantes para ver qué ingredientes frescos
había. Y como yo no podía hablar, tendría que señalar. Así que a partir de aquel
día entré a todas las cocinas y señalé lo que me parecía más tentador.
Por fin, después de dos semanas de estar viajando sola, me reencontré con
Tippi en Lijiang. Estando con ella todo era distinto: podía ir a donde quisiera,
comer lo que se me antojara y preguntar lo que se me diera la gana. Ella se
encargaba de traducir todo. Gracias a Tippi nos alojamos (y comimos) durante
una semana en una posada de la parte antigua de Lijiang de manera gratuita, ya
que la dueña era amiga suya. Esa posada fue mi paraíso gastronómico: la
cocinera era excelente, los ingredientes eran muy frescos y los platos muy
variados. Estando en Lijiang, además, nos invitaron a un casamiento naxi (otro
de los grupos étnicos minoritarios de China) en una aldea en las afueras. La
típica duda de toda mujer ante una inminente fiesta de casamiento —“¡¿pero qué
me voy a poner?!”— quedó opacada por un conjunto de preguntas mucho más
interesantes: “¿Cómo será un casamiento chino? ¿Se parecerá en algo a las
fiestas argentinas? ¿Qué música pasarán? ¿Cómo estarán vestidos? ¿Habrá
carnaval carioca?”.
La celebración fue un jueves y empezó a las nueve de la mañana en la casa
de la novia, en una aldea a veinte minutos de Lijiang. En la entrada del pueblo,
un grupo de mujeres naxi jugaba a las cartas en la vereda. Como estaban usando
un mazo distinto a cualquier otro que hubiese visto en mi vida, me acerqué para
observarlo mejor. Una de las mujeres nos invitó a sentarnos y, después de
mirarme, le dijo a Tippi que quería presentarme a su hijo para que me quedara a
vivir ahí con ellos. Me reí, le dije que por el momento no podía, nos despedimos
y seguimos la fila de autos estacionados que nos guió a la casa de la novia.
Entramos sin pedir permiso —las puertas estaban abiertas— y nos
encontramos con unas cien personas distribuidas en mesas, comiendo
desaforadas y hablando muy animadamente. No había música. Las mujeres
tenían puesta su vestimenta tradicional y los hombres estaban de jean, la novia
tenía un vestido blanco y el novio un traje gris. En las mesas había bandejas
repletas de comida y de cigarrillos, en el piso se veían restos de semillas de
girasol, mazos de cartas olvidados y vasos de plástico aplastados. Un grupo de
mujeres cocinaba al aire libre mientras otro lavaba los platos en la entrada de la
casa. En la terraza, los hombres apostaban sus yuanes al mahjong, el dominó
chino. Cuando Tippi y yo nos sentamos, un grupo de niños curiosos nos rodeó:
querían conocer a la única extranjera de la fiesta. Cuando vieron mi cámara
posaron para que les sacara fotos.
Más tarde, los amigos de la novia llevaron a cabo un ritual: ella entró a su
habitación de soltera con sus amigas y cerró la puerta, los hombres golpearon,
abrieron y la sacaron a la fuerza. Con eso simbolizaron que la chica dejaba la
casa de sus padres para irse a vivir a la de su marido. La segunda parte de la
celebración fue en la casa de los padres del novio, en otra aldea a quince minutos
de distancia. Ahí tampoco hubo música, ni mesas asignadas, ni carnaval carioca,
ni videos, ni vals, ni ramo, ni mesa de postres. Y sin embargo dos personas se
unieron en matrimonio, igual que en cualquier lugar del mundo. Cuando le
pregunté a Tippi si en un casamiento chino era normal poner música y bailar me
dijo que no. En un casamiento chino lo normal era hacer una sola cosa: comer.

Llueve en China

Cuando Tippi se volvió a Malasia fue difícil seguir camino sola. Tenía
planeado viajar dos meses por China pero me quedé uno: eso de no poder hablar
me había agotado. Además, cuando la lluvia empezó a perseguirme supe que era
una señal. El primer lugar donde me alcanzó fue en Kunming: en la llamada
Ciudad de la Eterna Primavera no sólo llovió, sino que nevó. Y Kunming era,
según investigué, un lugar en el que la nieve caía con la misma frecuencia que en
Buenos Aires: una vez al siglo. A partir de ese momento, lugar al que iba, lugar
en el que llovía. Si bien el agua en sí no era tan terrible, la lluvia invernal de
China traía dos acompañantes: frío y niebla.
Viajé, durante casi una semana, por pueblitos fuera del mapa turístico.
Cuando llegué a Guilín, uno de los destinos más visitados del sur de China, volví
a escuchar esa banda sonora callejera tan odiosa y reconfortante: “Hey, lady!
Motorbike! Lady, here, lady! Bamboo boat! Cheap tour, lady!”. Había llegado a
un lugar donde no tendría problemas de comunicación pero donde tampoco
tendría mucha oportunidad de hablar de temas que me interesaran. Volví a sentir,
como en gran parte de la Asia turística, que cada vez que salía a la calle había
alguien al acecho para venderme algo. Y empecé a sentirme cansada.
Visto de afuera, vivir viajando puede parecer una vida perfecta. Es ideal (por
lo menos para mí), pero está lejos de ser perfecta. A mí, personalmente, me
encantan los viajes largos (de varios meses o años) porque la relación con el
camino es otra: viajar sin pasaje de vuelta me permite dejarme llevar por rutas
inesperadas sin miedo a romper itinerarios o quedarme sin días. El tiempo parece
infinito: no hay apuro, no hay fechas de vencimiento, no hay angustia por la
vuelta inminente. Pero un viaje largo, a la vez, es como la vida misma: deja de
ser una suspensión de la rutina (como puede ser una vacación o una escapada)
para convertirse en la rutina de la no-rutina, pero rutina al fin: lo de “todos los
días algo nuevo” pasa a ser lo cotidiano. Y eso implica permitirnos sentimientos
que en una vacación no tienen tiempo de aparecer: nostalgia, tristeza, angustia,
indiferencia, depresión, cansancio. En un viaje largo, además, las opciones son
interminables: al no tener fechas ni planes fijos, cualquier camino es posible, y
eso también puede ser desesperante. ¿A dónde ir, con tanto mundo para ver?
Decidí pasar mis últimos días en Yangshuo, otro de los destinos más
visitados de China. Necesitaba una dosis de facilidad. Si bien Yangshuo estaba
repleto de turistas de todas partes del mundo, para mí seguíamos siendo China,
la lluvia y yo. Nadie más. El día que paró de llover me alquilé una bici y salí a
pedalear sin rumbo. Seguí el río, me metí entre plantaciones de arroz y llegué a
aldeas vacías. Me embarré y, por supuesto, me perdí. “Viajar es perderse por el
mundo”, decreté. Solamente al no preocuparnos demasiado por llegar a destino
somos capaces de fluir con el camino y de dar lugar al azar.
Estaba perdida en el campo chino —al igual que lo había estado en el país
durante un mes— pero no me preocupaba demasiado: sabía que alguien me
indicaría el camino. Buscando el río Yulong llegué a una bifurcación y me quedé
ahí parada sin saber qué ruta tomar. Unos minutos después apareció una mujer
en bicicleta con su bebé en la espalda. La frené y le mostré un papelito que decía
“río Yulong” en caracteres chinos. Me hizo señas de que la siguiera, así que
durante diez minutos pedaleé detrás de ella en silencio. Atravesamos paisajes
irreales, repletos de árboles otoñales, plantaciones amarillas de arroz y hojitas
secas en el piso. Me dejó a orillas del río, me sonrió y siguió su camino. Y ahí
comprendí que en ese instante, en esos diez minutos de trayecto en bicicleta, se
resumía mi viaje por China.
Naipes laosianos

Dos de trébol

Laos fue uno de los lugares más especiales que visité. Mi plan era entrar al
país desde Sapa (en el norte de Vietnam), atravesar Dien Bien Phu (la última
ciudad vietnamita antes de la frontera), cruzar por la frontera de Tay Trang y
llegar a Muang Khua (una aldea laosiana a orillas del río Nam Ou). Era un
trayecto que, con suerte, se hacía por tierra en dos días, pero que muchos
viajeros habían bautizado la “Ruta del Infierno” porque era un camino largo,
polvoriento y rocoso. La otra opción era tomarme el infame “Autobús de la
Muerte” que iba de Hanói (capital de Vietnam) a Vientiane (capital de Laos) en
veinticuatro horas sin frenar ni para ir al baño. Elegí la “Ruta del Infierno”.
¿Cuándo un viaje no había sido largo, polvoriento y rocoso? Era eso lo que más
me gustaba de ir por tierra.
La primera parte del trayecto fue en una combi repleta. Divisé, entre decenas
de vietnamitas, a cinco viajeros y enseguida me hice amiga. Supongo que eso
pasa cuando uno sabe que está a punto de compartir una experiencia larga y
cansadora: nada mejor que hacerlo en compañía. Doy fe que viajar solo no es lo
mismo que estar solo: uno nunca está más abierto a conocer gente que cuando
viaja por su cuenta. Y en Asia siempre había gente, local o visitante, dispuesta a
entablar conversación. Así que gracias a mis nuevos compañeros —una pareja
suiza, un alemán, dos ingleses—, la “Ruta del Infierno” se convirtió en la “Ruta
del Cielo”.
Pasamos la primera noche en Dien Bien Phu y cruzamos a Laos la mañana
siguiente. El cambio de paisaje y de aire fue rotundo. Si bien Laos y Vietnam
son vecinos y tienen una superficie similar, Vietnam tiene casi noventa millones
de habitantes y Laos poco más de seis millones. El ambiente rural, los pueblitos
con casas de madera, el silencio y la tranquilidad de Laos me enamoraron a
primera vista. Cuando llegamos a la orilla del Nam Ou cambiamos la combi por
una balsa muy angosta, cruzamos y bajamos en la aldea de Muang Khua. Como
ninguno de nosotros tenía planes, decidimos quedarnos unos días ahí.
Había un problema: no teníamos kips (la moneda local), era sábado y la casa
de cambio estaba cerrada hasta el lunes. El dueño de las cabañas donde nos
alojamos nos dejó quedarnos sin pagar por adelantado y ofreció llevarnos a la
ciudad más cercana para que sacáramos plata del cajero. Así que el día siguiente
viajamos tres horas en la parte de atrás de su camión, sobre bolsas de semillas,
para ir a un banco. Y en una de las tantas paradas que hicimos al costado de la
ruta, los vi: dos naipes.
Estaban tirados boca arriba sobre la tierra, olvidados. Después de mucho
tiempo de querer hacerlo y no animarme, decidí levantarlos. Los rescaté, los
limpié un poco y se los llevé a Paul, uno de los chicos con los que estaba
viajando. En alguna de nuestras charlas, Paul me había contado que
coleccionaba naipes abandonados y su comentario me había quedado dando
vueltas en la cabeza. Hacía tiempo que los veía por todas partes y, si bien tenía
ganas de llevármelos, algo me lo impedía: sentía que no era el momento, que
necesitaba un permiso (de quién, no sabía) para empezar a hacerlo. Pero ese día
los levanté sin pensarlo y se los di a Paul con complicidad, feliz de haber
contribuido a su baraja asiática. Y tras esa acción pensé: “El próximo naipe que
encuentre es mío”. Esa había sido la señal que buscaba: era el momento de armar
mi propia colección.
Levanté el primero de mi baraja unos días después en Luang Prabang, una de
las ciudades más visitadas y encantadoras de Laos. Estaba caminando y lo vi
boca abajo, al costado de una calle de tierra. Era un dos de trébol. Lo limpié y le
escribí los datos de su adopción en el frente: #1, Luang Prabang, Laos,
03/12/2010. Intenté imaginarme cómo había llegado hasta aquel sector de la
ciudad, cómo había pasado de formar parte indispensable de un grupo a
convertirse en un individuo solitario. Tal vez había sido el ganador de un partido
—tirado al suelo con fuerza para mostrar superioridad y luego olvidado sobre el
pasto cual monumento a la victoria— o, al contrario, el perdedor —pisoteado
con rencor para luego ser olvidado sobre el pasto cual tumba de la derrota—.
Aunque estando ahí, solo, su pasado daba igual. Esa es la gran cualidad de los
naipes: no existen ganadores ni perdedores natos. Todo depende de a qué juego
se esté jugando.
Lo que más me intrigaba de encontrar naipes solitarios era saber qué había
ocurrido con el resto del grupo. ¿Qué habría sido de su baraja? ¿Habrían
reemplazado el naipe faltante por uno nuevo? ¿O sería omitido en partidos
futuros? ¿Se inventarían nuevas reglas para que su falta no fuese perjudicial? ¿O
sus compañeros también estarían desparramados por ahí, en 52 rincones de la
ciudad, en 52 países del mundo, jugando un partido silencioso a miles de
kilómetros de distancia?
Decidí jugar conmigo misma. Delineé las reglas esa mañana, mientras
caminaba por Luang Prabang con mi dos de trébol en el bolsillo. Levantaría un
naipe por ciudad, sólo uno, sin importar cuántos encontrara en el mismo lugar; el
naipe tendría que estar abandonado en el piso, olvidado y separado del resto del
grupo; cada naipe tendría que ser encontrado por mí, no valdrían los regalos; y el
juego no terminaría hasta no haber encontrado una baraja entera, con comodines
incluidos. ¿Existirían los comodines en las barajas asiáticas? ¿Los jugadores los
tirarían al piso como al resto de los naipes? ¿Encontraría todos los naipes en
Asia o la búsqueda seguiría en otros continentes? ¿Y qué pasaría cuando
completara la baraja? ¿Empezaría otra? Y ahora que estaba dispuesta a
levantarlos, ¿los seguiría encontrando como antes? ¿O no volvería a ver
ninguno?
Reina de diamantes

Laos, uno de los países olvidados por quienes viajan al sudeste asiático, se
convirtió en pocos días en uno de mis preferidos. Cada vez que salía a la calle,
hombres y mujeres me saludaban y los niños me gritaban “sabaidee!” (“¡hola!”),
emocionados de ver a una fahlang (extranjera) caminando por su pueblo. Nunca
recibí tantas sonrisas desinteresadas como en aquel país. Y, si bien mis días no
estuvieron cargados de actividades, en Laos disfruté el silencio, visité templos
budistas, conversé en inglés con los monjes, saludé a las mujeres que pasaban en
bicicleta, miré atardeceres, probé comidas y sonreí mucho.
En Laos decidí volver a viajar a la manera local. Si bien había logrado
desviarme del circuito turístico tradicional, en ciertas partes del sudeste asiático
se me hizo difícil escapar de la ruta pre-armada y, por comodidad, varias veces
opté por el sistema hop-on hop-off (con paradas preestablecidas) de los buses
turísticos de larga distancia. Lo bueno de Laos era que había un circuito
incipiente pero las rutas de viaje no estaban tan marcadas: cada cual podía ir a
donde le diera la gana y en el orden que se le antojara. Así que después de visitar
Vientiane (que debe ser la capital más tranquila del mundo) decidí ir a Tha
Khaek, una ciudad de 60 000 habitantes que había sido colonia francesa y que no
recibía demasiados turistas por la misma razón que Laos, en sí, no recibía tanto
turismo como sus vecinos: porque ahí, según la opinión generalizada, “no había
nada para hacer”.
Cuando pregunté, en la posada en la que me estaba alojando, el precio de un
pasaje de bus a Tha Khaek me informaron que costaba 130 000 kip por un
servicio puerta a puerta, es decir dieciséis dólares por un viaje de cinco horas. En
casi todos los países del sudeste asiático parecía haber un acuerdo silencioso de
cobrar un dólar por cada hora de viaje en bus local de media o larga distancia, y
aquel era mi parámetro para saber si el precio era razonable. Así que cuando
saqué la cuenta y vi que querían cobrarme casi tres dólares la hora concluí que
ningún laosiano pagaría eso para hacer el mismo recorrido. Me propuse combatir
mi pereza, olvidarme de la comodidad del puerta a puerta y volver a viajar a la
antigua. Caminé las doce cuadras desde el guesthouse hasta la estación de
transporte público, tomé el colectivo que iba a la terminal sur por 2000 kip
(veinticinco centavos de dólar) y llegué justo a tiempo para subirme al autobús
local que iba hacia Tha Khaek. Precio total del boleto: 50 000 kip (seis dólares,
diez menos que el de la posada).
Cuando el bus arrancó volví a sentir esa adrenalina de estar en un medio de
transporte en el que nadie hablaba inglés. Eso de no saber dónde tenía que
bajarme ni a qué hora llegaría me hacía estar mucho más alerta y en sintonía con
la situación. Después de haber tomado cientos de transportes locales puedo
sentirme orgullosa de jamás haberme pasado de estación: tengo un radar que
funciona mejor en lugares donde no hablo el idioma y que siempre me avisa
cuándo me tengo que bajar. Durante el trayecto a Tha Khaek, además, pude
volver a interactuar con la gente local de formas cómicas e inesperadas. Un
laosiano de unos setenta años se me acercó y me preguntó, varias veces: “Fren?
Fren?”. Pensé que quería ser mi friend y me reí cuando me di cuenta de que me
estaba preguntando si era french y si hablaba francés. Le respondí: “No,
argentina”, y me respondió: “Biutiful, biutiful”.
Seis horas después salí caminando de la terminal de buses de Tha Khaek y
ningún conductor de tuk-tuk (el mototaxi típico del sudeste asiático) me
persiguió para ofrecerme sus servicios. Todos estaban demasiado ocupados
durmiendo la siesta o descansando como para mirarme (algo que en Indonesia,
Vietnam o Camboya jamás hubiese pasado). Tenía el nombre del alojamiento al
que quería ir pero ningún mapa o dirección. Entré a un restaurante y me encontré
con una mujer que miraba televisión acostada en un sillón. Le pregunté por el
guesthouse en cuestión y me respondió, con señas, que caminara por la calle
siguiente y doblara a la derecha. El movimiento de sus brazos fue amplio y su
mirada fue de preocupación, así que interpreté que era una distancia demasiado
larga como para ir caminando. Como me vio con cara de perdida me indicó que
esperara e hizo una llamada (de la cual entendí lo siguiente: “Bla bla bla fahlang
fahlang bla bla bla guesthouse”). Mientras esperábamos (a quién, no sabía), me
regaló una botella de agua y me charló en laosiano. Al rato apareció su amiga
con un holandés que hablaba español y que ofreció llevarme al famoso
guesthouse en su moto. Antes de irme, la mujer me dijo que me invitaba al
cumpleaños de su hijo aquella misma noche.
Más tarde salí a caminar por la calle principal y recibí los saludos “sabaidee”
y “hello” de rigor de los nenes que jugaban en la calle, algo que no pasaba con
tanta espontaneidad en los pueblos más acostumbrados a recibir turistas. De
repente, algo me impulsó a mirar hacia atrás y ahí la vi, boca abajo, llena de
tierra y de hormigas: la reina de diamantes, otra vez. La había encontrado hacía
unos días en Vientiane y de repente había vuelto a aparecer frente a mis pies.
Dos seguidas, demasiada casualidad. ¿Qué hacer? La tentación fue tan grande
que rompí una de mis propias reglas (no repetir naipes) y me la llevé igual. Y en
la misma caminata, en la misma calle, encontré dos (y un cuarto más): el rey de
picas, el dos de trébol (otra vez) y un pedacito de corazón. Me quedé con el rey y
con el corazón roto.
Esa noche no fui al cumpleaños del nene y lo lamenté, hasta el día de hoy me
pregunto si me habrán estado esperando.

Diez de corazones

Amo viajar en autobús, cuanto más desvencijado esté y más lento vaya
mejor. Soy feliz yendo por tierra de un lugar a otro, con la ventana abierta y la
vida cotidiana que entra junto con el viento. No me gusta viajar en avión: cuando
vuelo lo único que veo es el lugar de salida, las nubes y el lugar de llegada.
Cuando voy por tierra (ya sea en bus o en tren, otro de mis transportes
preferidos) descubro todo lo que hay entremedio, veo cómo cambia el paisaje de
ciudad a pueblo, de mar a río, de verde a marrón, de gris a amarillo, de llano a
montañoso. Los trayectos en bus, además, son momentos perfectos para estar
conmigo misma en silencio, pensar en lo que viví, hablar con mi conciencia,
leer, escuchar música y escucharme. Muchas ideas se me ocurren mientras voy
en movimiento.
Viajé de Tha Khaek a Savannakhet en un bus local de esos que tanto me
gustan: con asientos descosidos e irreclinables, con ventanas abiertas, sin aire
acondicionado (odio el aire acondicionado), con laosianos que me miraban con
curiosidad y vacas que se cruzaban en la ruta. Iba leyendo cuando el bus frenó de
golpe y el conductor anunció, a los gritos: “¡Savannakhet!”. ¿Tan rápido? Creía
que faltaban varias horas… Fui la única extranjera que se bajó: los otros tres
occidentales con quienes compartí silenciosamente el trayecto siguieron su
camino.
Si bien el calendario marcaba invierno, en Laos seguía haciendo calor, así
que apenas me puse la mochila empecé a transpirar. Me quedé parada en la
estación, esperando a que algún taxista se me acercara, pero todos me hicieron
señas de que yo caminara hacia ellos. Ninguno quería interrumpir su relajación.
Le dije a uno que quería ir al centro de la ciudad y ofreció llevarme por tres
dólares. Nada de regateo. Como no quería pagar lo mismo que había pagado
para viajar tres horas, decidí irme caminando. Pregunté para qué lado estaba el
río Mekong y salí de la estación de mal humor. Tenía mucho calor, no tenía ni
idea qué tan lejos estaba del centro y me negaba a descontar tres dólares de mi
presupuesto por un viaje en taxi.
Mientras caminaba pensaba en eso que siento cada vez que llego a una
ciudad nueva. Mi primera impresión es que no tengo idea de cuál es la lógica del
lugar. Por más que tenga un mapa todavía no sé cómo se piensa, cómo se actúa,
cuáles son las reglas implícitas. Me da cierto vértigo pensar que las ciudades
tienen una rutina que desconozco, que ya existe desde mucho antes de que yo
llegara y que seguirá funcionando de la misma manera cuando me vaya.
Seguramente los locales, que me ven medio perdida, deben pensar que es muy
fácil orientarse: “Para allá está el río, para allá está el centro, acá a la vuelta hay
un restaurante muy bueno, mi casa queda a dos cuadras, el colegio está por allá”.
La desencajada en el paisaje siempre soy yo, no ellos. Para mí todo es nuevo y
desconocido, y mi aspecto enseguida indica que no pertenezco. Lo que más
impresión me da es cuando las miradas se chocan: yo —persona ajena, extraña
— miro a una persona local —pieza indispensable del lugar— a los ojos y por
un momento nuestros mundos se fusionan. Estamos en un aquí y ahora
compartido, en el mismo lugar al mismo tiempo, realizando la misma acción,
uniendo dos espacios remotos a través de una mirada, tendiendo un puente con
los ojos. ¿Le cambiará en algo mi presencia? ¿O seguirá inmutable como su
ciudad?
Caminé un kilómetro envuelta en esos pensamientos. Pedí indicaciones
varias veces pero nadie supo decirme qué calle tomar. ¿Dónde estaban los tuk-
tuk cuando uno los necesitaba? Era sábado, pero Laos parecía vivir en un
interminable domingo. El calor, el cansancio y la desorientación me hicieron
insultarme mentalmente, como cada vez que me perdía: quién me manda a viajar
acá, quién me manda a andar con poco presupuesto, quién me manda a nacer en
un país donde la moneda vale menos. Y de repente lo vi boca arriba: un diez de
corazones. Lo levanté, feliz de no haberme tomado un tuk-tuk de tres dólares,
feliz de haber caminado por aquella calle, feliz de ser una loca que se ponía feliz
cuando encontraba un naipe abandonado en Asia.
Cinco minutos después pasó un tuk-tuk que aceptó llevarme al centro por un
dólar. Fue como el último vaso de agua del desierto: lo hubiese tomado por el
precio que fuera. Mientras iba en la parte de atrás del vehículo vi, por fin, el
centro de Savannakhet y me enamoré de esa ciudad colonial venida abajo. Dejé
mis cosas en una posada y alquilé una bicicleta para salir a recorrer. Mientras
pedaleaba sentía que la ciudad era mía, que existía solamente para mí. No podía
creer que un lugar así fuese tan poco turístico; era como si hubiese descubierto
un secreto, un punto fuera del mapa. Savannakhet me recordaba a todas las
ciudades coloniales que había conocido antes, pero con mucha menos gente y no
muy bien preservada. Paredes descascaradas, ladrillos a la vista, pintura
empalidecida por el sol, techos rotos, ventanas cerradas con maderas… Era
perfecta.
¿Existe el amor entre una persona y una ciudad? Creo que sí. Pasa cuando
uno menos lo espera, en el lugar menos pensado, en el momento menos
predecible. Y también creo que pasa con esos lugares de los que la gente se
pregunta: “¿Pero qué le ve?”. Sin embargo, si bien sentía que Savannakhet
estaba hecha para mí y yo para ella, supe desde el principio que nuestro romance
sería fugaz: su encanto me atrapaba, pero sabía que tarde o temprano su
tranquilidad me aburriría. Es el karma que cargo por haber crecido en una ciudad
tan dinámica, alocada y llena de opciones.
Esa noche me fui a dormir, feliz de haber conversado con un monje que me
preguntó por qué me gustaba tanto Laos y al que le respondí que por las sonrisas
de su gente. “¿Pero en tu país la gente no sonríe?”, me había preguntado
extrañado. “Sí, pero a veces se olvidan y es difícil que te regalen una sonrisa
gratis en la calle”. Feliz de haber sido la única espectadora de dos nenas que
remontaban un barrilete mientras andaban en bicicleta, de seis nenes que
transformaron una callecita en cancha de fútbol y de tres nenas que convirtieron
la vereda en un salón de té. Feliz de haber presenciado la cultura callejera
asiática auténtica, sin tours ni agencias de viaje de por medio.
En Oriente, el espacio público se utiliza para realizar acciones que en
Occidente se hacen puertas para adentro: las personas cocinan, comen y
conversan en sillitas de plástico en las veredas; los chicos juegan afuera mientras
los vendedores deambulan por las calles; los ancianos se sientan en la entrada de
sus casas a mirar la vida pasar. Las casas asiáticas no tienen paredes frontales
sino que siempre están abiertas a la mirada de sus vecinos. En Asia la vida
cotidiana transcurre en las veredas, y eso fue lo que más me enamoró del
continente.
A la mañana siguiente salí en bicicleta otra vez, sin rumbo, a disfrutar de la
ciudad. Llegué al río y vi, a lo lejos, algo que revoloteaba a la altura del suelo.
Parecían mariposas. Me acerqué y me encontré con un as de corazones y un rey
de trébol y un dos y un ocho y una reina y un tres y un siete y… Una baraja
completa, desparramada frente al río. La ciudad me estaba regalando una
colección entera, pero yo decidí no levantarla: mi juego iba a terminar
demasiado rápido si lo hacía. Savannakhet, el lugar que más amé de uno de los
países que más amé, me estaba dando todo. Cerré los ojos, levanté el diez de
corazones al azar y dejé el resto de los naipes ahí.
Buenos Aires con ojos de jet-lag

“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes,


sino en adquirir nuevos ojos”
(Marcel Proust)

Durante mis dieciséis meses de viaje por Asia tuve una pesadilla recurrente.
Aparezco en Buenos Aires sin haberme despedido de mis amigos asiáticos;
pierdo el vuelo a Argentina y quedo atrapada para siempre en un aeropuerto;
vuelvo a Buenos Aires y la ciudad está gris, con caños rotos, niebla y charcos de
agua, parece Ciudad Gótica; vuelvo a Buenos Aires y no tengo conexión de
internet ni señal de celular, no puedo comunicarme con nadie. Me veía a mí
misma abriendo la puerta de casa y, en mi sueño, me preguntaba: “¿Pero cuándo
me tomé un avión? ¿Cómo fue que llegué hasta acá? ¡No tenía planeado volver
tan rápido!”. En algunos casos lo único que hacía era cambiarme de ropa y
volvía a aparecer en Asia, pero en otras ocasiones me desesperaba y no podía
salir: quedaba atrapada en Buenos Aires para siempre.
¿Por qué será que volver a casa nos genera tantos sentimientos? A mí, por lo
menos, me llena de contradicciones, me da alegría y tristeza a la vez. ¿Será que
todos los viajeros sienten lo mismo al volver a su lugar de origen? Mis regresos
siempre fueron y serán a Buenos Aires por una cuestión de azar: no elegí dónde
nacer, pero mi país de nacimiento determinó la ciudad a la que siempre volveré.
Dudo, sin embargo, que un viajero que visite Buenos Aires por primera vez se
sienta así: para él, viajar a la capital argentina significará llegar a un lugar nuevo,
con todas las expectativas, adrenalina, preguntas y deseos que eso conlleva. Lo
que me angustia, entonces, no es volver a Buenos Aires en sí, sino volver, a
secas. Volver a lo cotidiano, a lo que se conoce desde hace años, a lo que ya no
sorprende, al único lugar del mundo donde no soy extranjera y donde no necesito
aprender códigos desconocidos para sobrevivir.
Lo más paradójico es que, a lo largo de mis viajes, mis ganas de volver
llegaron a ser tan fuertes como las de viajar. La necesidad de un regreso es algo
que se siente y, cuando la idea de volver a casa empieza a tomar forma en
nuestra cabeza, ya no hay vuelta atrás. Cuando sentí que quería volver, mi
mirada cambió: todo me empezó a sorprender un poco menos y, de golpe, ansié
regresar a ese lugar que ya conocía bien. Los días previos fueron los peores: mi
cuerpo estaba en una parte del mundo pero mi cabeza, que no necesita pasajes ni
vuelos, ya estaba en otra. Mi ser, misteriosamente, se dividió en tres: el cuerpo
que seguía viajando, la cabeza que ya había vuelto y el alma que, como siempre,
tardó un poco más en enterarse de todo.
Cuando regresé de Asia a Buenos Aires experimenté, durante una semana,
una de las sensaciones más raras de mi vida: el jet-lag, síndrome que aparece
cuando se atraviesan tres husos horarios o más en avión. Los viajes de larga
distancia de este a oeste (y viceversa) producen un desequilibrio entre nuestro
reloj interno (el ciclo biológico que nos marca las horas de sueño y vigilia) y el
horario del país al que se arriba, y eso puede causar insomnio, problemas
digestivos, ansiedad, dolores de cabeza, deshidratación, confusión en la toma de
decisiones, problemas de coordinación, falta de memoria, irritabilidad y apatía.
Todo junto. Dicen que al cuerpo le lleva un día por huso horario adaptarse, es
decir que si atravesamos diez husos horarios en un día, nos llevará diez volver a
la normalidad. A mí me costó una semana volver a despertar.
La primera noche que pasé en Buenos Aires (después de haber estado casi
quinientas noches viviendo al ritmo de Asia) no pude dormir más de cuatro
horas seguidas: me desperté a las cinco de la mañana, me fui al sillón del living
y, mientras miraba el amanecer sobre la ciudad, pensé con tristeza que en Asia
ya era de día y que la vida seguía transcurriendo como siempre. Mi cuerpo
estaba en Buenos Aires pero mi alma seguía del otro lado del mundo.
Una tarde me acosté a dormir la siesta y me desperté con el cerebro
funcionando en inglés y con el impulso de hablar en ese idioma. Las palabras me
salían en castellano pero me sonaban raras, artificiales, como si no me
pertenecieran. Durante esa semana me costó tomar cualquier tipo de decisión y
cada vez que alguien me hablaba rápido o fuerte me sentía abrumada. Todo lo
que ocurría a mi alrededor parecía pasar en otro plano, en una realidad lejana,
como si mi cuerpo estuviese ahí pero mi mente se hubiese ido a volar por las
nubes. Estaba como dentro de un sueño.
La primera vez que salí a la calle para tomarme el colectivo me pasó algo que
aumentó ese estado de ensoñación y llevó la situación a un nivel bizarro y
existencial. Mientras caminaba por mi barrio, algo desorientada, en busca de la
parada del 39, un argentino de unos cuarenta años me frenó y me preguntó, en
inglés: “Where are you from?”. Lo miré en silencio durante unos largos
segundos, sin saber qué responder. Estoy muy acostumbrada a que me hagan esa
pregunta cuando viajo, pero recibir ese cuestionamiento de otro argentino —en
mi propia ciudad, en inglés y con jet-lag— me hizo sentir muy confundida. Le
respondí: “De Argentina”, y seguí caminando. Pero después pensé: “¿Será que
ya no pertenezco a Buenos Aires? ¿O será que mi cara de jet-lag me hace
parecer una turista perdida? ¿De dónde soy? ¿Pasé a ser ciudadana del mundo
más que de un país? ¿Dónde estoy?”.
Durante aquellos días jetlaguianos, caminar por Buenos Aires fue como
pasear por el escenario de algún sueño lejano. Todas esas cosas que, a lo largo de
mis veintidós años de vivir en mi ciudad, jamás me habían llamado demasiado la
atención (porque eran elementos intrínsecos del paisaje urbano porteño), me
sorprendían. Todo me parecía armado para mí: los paseadores con veinte perros
alborotados a su alrededor, los puestos de diarios y revistas con las tapas en
exposición, las florerías en todas las esquinas, los mozos que salían de los
restaurantes y caminaban por la vereda llevando tazas de café sobre bandejas
plateadas, las mujeres con sus perros vestidos con ropita de lana a medida, los
carteles verdes con afiches de los últimos estrenos de cine, el amarillo y negro de
los taxis, el ruido del subte al avanzar sobre las vías, los repartidores de pizza en
patines, los espacios públicos en refacción, las canchas de fútbol, los
estacionamientos encajados entre dos edificios en pleno Microcentro, el olor de
las facturas que emanaba de las panaderías, los maxikioscos desbordados de
golosinas, los supermercados chinos en cada cuadra, los baches en el asfalto, las
paradas de colectivo, la gente reunida en algún parque, el arte callejero, los
centros culturales, las librerías, el Obelisco.
La pregunta más frecuente que recibía era: “¿Buenos Aires está igual o
cambió?”. Y yo pensaba que si bien algunos lugares habían abierto, otros habían
cerrado y otros estaban en venta, la ciudad seguía siendo la misma. Ciertos
rincones podían haber mutado, pero su esencia era la de siempre (tal vez un poco
más loca y estresada que antes). La que se sentía distinta era yo: estaba
estrenando un par de ojos nuevos en la misma ciudad que creía conocer de toda
la vida. Había recuperado mi estatus de residente porteña, pero mi mirada viajera
seguía prendida y la ciudad, esa que había visto tantas veces, se me presentaba
bajo otra óptica.
Buenos Aires, de repente, me pareció un lugar gris, solitario y deprimente.
No entendía por qué las calles estaban tan vacías. ¿Siempre había sido así? Era
lógico que siendo invierno la gente no saliera tanto, ¿pero a nadie se le ocurría
vivir un poco puertas para afuera? ¿A nadie le daba ganas de estar más en las
veredas? ¿Por qué tanta reclusión? El vacío callejero era el mismo de siempre,
pero a mí me parecía exagerado en comparación con Asia, donde la vida
transcurría afuera. Salir a caminar por las calles de Asia era una promesa de
conocer gente, de entablar conversaciones espontáneas, de sacar fotos. Salir a
caminar por Buenos Aires, en cambio, no escondía promesas de nada.
Ese vacío porteño, sin embargo, estaba repleto de contenido, aunque no en
forma de personas, sino de palabras y símbolos. En Asia me había acostumbrado
a no entender ningún cartel y ninguna conversación que no fuera en inglés. Las
palabras en otros idiomas eran sonidos que podían resultarme lindos o feos pero
que no me decían nada. Leía los carteles porque me era imposible apagar la
vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi
imaginación. Durante casi un año y medio me acostumbré a no entender el
lenguaje escrito y eso me hizo tener menos información que procesar. Cuando
volví a Buenos Aires, en cambio, todas las palabras de todos los carteles
volvieron a tener sentido. Eso hizo que mi cerebro se reactivara y volviera a ser
capaz de comprender cada combinación de letras que veía. Esa sobreoferta de
información me abrumó. Mi cabeza, de repente, no podía filtrar: todo lo que leía
y escuchaba, lo procesaba. Era como una esponja que absorbía todos los
estímulos que me rodeaban. Me descubría escuchando —involuntariamente—
charlas en el colectivo, conversaciones de celular y diálogos entre vecinos como
una voyeur cualquiera.
Eso de que la palabra hablada y escrita volviese a tener sentido era algo que
no había experimentado nunca. Aquello me demostró que cuando viajé por Asia
utilicé sentidos y habilidades que en Buenos Aires jamás se habían activado. Mi
mente se había concentrado en lo no verbal y se había dedicado a interpretar
gestos, miradas, movimientos, tonos y sonrisas. En Argentina, en cambio, lo
verbal volvía a ser primordial. Mi cabeza, concluí, se comportaba de manera
muy distinta según el lugar del mundo en el que estuviera.
Y así, sin darme cuenta, los días comenzaron a acelerarse y volví a
sumergirme en la velocidad de la ciudad. Iba, venía, observaba, conversaba, me
reunía, caminaba, escribía, visitaba, me reencontraba. La tristeza de haber vuelto
comenzó a ser reemplazada por una euforia inexplicable: ese regreso sirvió para
que me amigara con Buenos Aires y para que la aceptara como un lugar
importante en mi vida. Menos de tres meses después, volví a viajar. No estaba en
mis planes, pero de repente todos los caminos parecían conducir a un continente
que conocía y desconocía: Europa. Así que me dejé llevar.
Tercera parte: Piñata
(popurrí de días de viaje por
Europa, África y América Latina)
Lotería
(días familiares)

Life is lived forwards but understood backwards


(La vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás)
Søren Kierkegaard
Soy de las que eligen el próximo destino de viaje a ciegas. Es como si me
pusiese un globo terráqueo enfrente, lo hiciese girar, cerrase los ojos y lo frenase
con un dedo. ¿Salió Samoa? Ahí vamos nomás. ¿Dice Antigua y Barbuda?
Perfecto, cualquier lugar me viene bien. Creo que, en realidad, lo que hago es
dejar que el destino me elija a mí, antes que yo a él. Me gusta ver cómo un lugar
me encuentra y me empieza a llamar de lejos. Me imagino a todos los países en
reunión, sacando papelitos de una bolsa: todos están en blanco menos uno, que
tiene mi nombre, y al que le toca ese después tendrá que encargarse de
hacérmelo saber con algunas señales. Algo así me pasó con España.
No estaba en mis planes —ni en mis prioridades— visitar Europa. Lo decidí
en una cena en Buenos Aires. Había vuelto de Asia hacía menos de tres meses y
estaba ansiosa por regresar a ese continente pero, por alguna razón, la vida no
me lo permitió y me puso otra opción sobre la mesa. Fue una pregunta al pasar
(“¿y por qué no vas a España?”) la que me convenció. Todo me cerraba: tenía
familia asturiana a la que aún no conocía y que me esperaba ansiosa, tenía a mi
hermana Dafne en Catalunya, tenía lectores y blogueros españoles a los que
quería conocer, tenía amigos argentinos que se habían ido a vivir allá y tenía la
ayuda de la agencia de viajes que estaba dispuesta a darme un pasaje de avión.
Así que un mes después de decirle que sí a España aparecí en el invierno de
Madrid con una sensación de déjà vu.
Si bien no conocí Europa hasta los veintiséis años, el Viejo Continente
siempre estuvo presente en mi vida. Mi existencia está marcada por dos grandes
viajes que ocurrieron antes de que yo naciera: el de mi mamá y su familia de
Hungría a Argentina, por un lado, y el de mis abuelos paternos de España a
Argentina, casi en la misma época. Si ellos no hubiesen decidido viajar yo no
estaría escribiendo estas líneas.
En el libro El misterio del solitario (de Jostein Gaarder), el protagonista dice:
“Aquella excursión por arándanos es lo más importante que ha sucedido en mi
vida. Puede parecer algo extraño que lo más importante de mi vida sucediera
más de treinta años antes de que yo naciera, pero si la abuela no hubiese
pinchado aquel domingo, mi viejo no habría nacido. Y si él no hubiera nacido,
yo tampoco hubiera tenido muchas posibilidades de existir”.
Desde chica me gustó unir los puntos hacia atrás e imaginar mi vida como
una cadena infinita de hechos casuales: si no hubiese conocido a tal persona, no
me hubiese pasado tal cosa, ni hubiese llegado a tal lugar, ni hubiese conocido
a… Esta ilación siempre me hizo pensar que nuestra existencia en este mundo
es, en realidad, una lotería. Estamos acá porque a alguien un día se le rompió la
bicicleta y tuvo que frenar bajo un árbol y porque a otro alguien se le ocurrió
caminar y frenar bajo ese mismo árbol a descansar y, en ese momento, un
eslabón se unió a otro.
Yo, por ejemplo, nací en Buenos Aires después de una larguísima cadena de
acontecimientos en la que estuvo involucrada hasta la Segunda Guerra Mundial.
Si aquella guerra, terrible como fue, no hubiese existido, supongo que a la
familia de mi mamá —oriunda de Hungría— no se le hubiese ocurrido exiliarse
a Argentina y yo no tendría muchas chances de existir. O tal vez existiría pero en
otro cuerpo, con otro nombre y otra nacionalidad. Y en ese caso, ¿sería la misma
que soy ahora? Digamos que hubiese nacido con el nombre Aniko pero en vez
de en Buenos Aires, en Budapest, ¿cómo vería el mundo? ¿Mi manera de pensar
y de sentir sería la misma que la de esta Aniko argentina? ¿También tendría
ganas de viajar? ¿O será que estas ganas existen porque soy hija de gente que
migró y porque vivo en un país que queda muy en el sur del mundo?
Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que esos dos grandes viajes forman
parte inseparable de mi vida y de mi definición como persona. Quiera o no,
cargo con algunas etiquetas que no elegí y que me moldearon: soy argentina, soy
hija de inmigrantes y llevo a Europa en la sangre. A pesar de esto, mi mamá
(nacida en Alemania, hija de húngaros) y mi papá (nacido en Argentina, hijo de
asturianos) nunca me llevaron a Europa. Por algún motivo prefirieron no cruzar
el Atlántico conmigo, tal vez para permitirme, algún día, descubrir mis raíces
por mi cuenta. De chica, sin embargo, crecí rodeada de símbolos, comidas y
palabras húngaras y asturianas. Llegar a España, entonces, fue reencontrarme
con todos esos elementos que ya formaban parte de mi realidad. Así me di
cuenta de que hay regiones del mundo que uno conoce de toda la vida sin
haberlas pisado jamás.
En viajes previos al de Europa, además, Asturias y Hungría se me hicieron
aún más cercanas a través de personas que conocí en el camino. ¿Qué
probabilidades hay de que una argentina se encuentre con un asturiano en Asia?
No lo sé, pero yo conocí a dos y por separado, y con ambos sentí una simpatía
especial desde el momento en que me dijeron de qué lugar del mundo eran. ¿Qué
hechos tuvieron que sucederse para que nos encontráramos del otro lado del
mundo? ¿Qué camino transitaron ellos para cruzarse con el mío? Cuando lo
pienso, siento que tuvieron que ocurrir tantas cosas que me parece casi irreal que
nos hayamos encontrado: si cualquiera de nosotros hubiese doblado a la derecha
y no a la izquierda, o tardado cinco minutos más en el baño, o salido un día
antes, no nos hubiésemos conocido. Los viajes —al igual que la vida— son
loterías: las decisiones son constantes y cada camino que tomamos nos lleva a
personas distintas. En un viaje la ruleta nunca para de girar.
Llegué a Madrid a las siete de la mañana de un día de diciembre. Tomé el
metro en el aeropuerto y me fui a la casa de Irene, una amiga argentina de mi
mamá que había ofrecido recibirme. Salí de la estación con urgencia: necesitaba
ver Madrid de frente, no desde el cielo ni desde el subsuelo. Subí las escaleras
corriendo, esperando encontrarme con la luz de la madrugada, pero aparecí en
una ciudad que aún estaba a oscuras. A pesar de la falta de luz natural, lo
primero que sentí al caminar por Madrid fue una sensación de familiaridad. “¡Es
Buenos Aires!”, pensaba mientras miraba la arquitectura de las casas, el ancho
de las veredas y la disposición de los elementos en el escenario. No era un lugar
desconocido como Asia sino que parecía una Buenos Aires de una dimensión
paralela, igual a primera vista pero con siete (mil) diferencias. Mientras
caminaba a lo de Irene se largó a llover: todavía no lo sabía, pero había entrado
en un invierno del que no saldría hasta dentro de un año y medio. El frío me
persiguió por España, por Marruecos, por Suecia, por Argentina, por Uruguay,
por República Checa y por Portugal hasta que, por fin, en Granada (España)
pude cerrar el ciclo y despedirme de él.
Llegué a la casa de Irene, descansé un rato y salí a caminar otra vez. El jet-
lag, ese síndrome desubicado que me había acosado durante mi último regreso a
Buenos Aires, volvió a aparecer. Todo me parecía irreal: el cansancio del vuelo
hacía que la realidad tomara un tinte surrealista y lejano, como si yo fuese la
protagonista de un reality show y, a la vez, me estuviese mirando por televisión.
Madrid era tal cual me la había contado Sabina en sus canciones: tenía su otoño
Velázquez, su Atleti, sus abuelitos al sol, su “aunque muera el verano y tenga
prisa el invierno”, su “yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”. Todo
estaba ahí: los bares de tapas, la arquitectura (que en otros países siempre llamé
colonial), las conversaciones escuchadas fuera de contexto (“¡es que estamos
como las cabras!”), el acento español (que tan simpático nos suena a los
argentinos), los palacios que aparecían de la nada, las iglesias, la Plaza Mayor y
sus personajes, la gente sacándose fotos con un Bob Esponja gigante, las
decoraciones y ofertas de Navidad, las cientos de personas haciendo fila para
comprar un billete de lotería… ¿Quién habrá ganado?
Cuando llegué a Asturias, unos días después, me enteré de que quienes
habían ganado la lotería —literalmente— habían sido mis parientes. Había
ocurrido unos siete años atrás. El panadero del pueblo —un pueblito rural de
menos de cien habitantes— se había acercado a las casas y había preguntado si a
alguien le interesaba comprar un billete de lotería de Navidad. Todo el pueblo
decidió unir fondos y comprar un número. Unos días después, ganaron. Para mi
familia, tal vez, la sorpresa no fue tan grande: uno de los primos de mi papá les
había prometido, poco antes de morir, que él los ayudaría desde arriba. Y, para
cumplir con su palabra, les mandó un billete ganador.
Uno podría imaginar, tal vez, que un pueblo que ganó la lotería es un lugar
repleto de palacios y autos de lujo donde nadie trabaja. Aquel pueblito asturiano
estaba muy lejos de eso. Era un lugar silencioso y verde, con veintiséis casitas de
campo habitadas por familias que seguían viviendo con trabajo y humildad. Para
mí, llegar ahí y poder ponerle una cara a cada uno de esos parientes que sólo
conocía por teléfono y por los relatos de mi papá fue como ganarme la lotería.
Mi familia asturiana me recibió con los brazos abiertos y me hizo experimentar
una hospitalidad distinta: la que está atravesada por las raíces, por un pasado
común, por un lazo afectivo previo. Conocí a hijas de, nietos de, maridos de,
hermanas de, primas de mi papá y los sentí muy cercanos a todos. Durante los
días que pasé en Asturias me reencontré con esos detalles típicos que había visto
en postales y con esas palabras que había escuchado en llamados telefónicos a lo
largo de mi vida. Fue como llenar un cartón de bingo: de a poco, las palabras
hórreo, fartura, santina, sidra y fabada aparecían en las conversaciones y se
llenaban de sentido.
En Oviedo, ciudad a la que llegué en bus desde Madrid, me sorprendí por el
tamaño de las medialunas que me sirvieron de desayuno en la estación. “¡Esto no
es nada!”, me aseguró Olga, prima segunda de mi papá, como un presagio de la
fartura que me esperaría unos días después en la cena de Navidad. En el pueblo,
el almuerzo de bienvenida fue una olla de fabada, el cocido (guiso) tradicional
de la cocina asturiana, elaborado con fabes (porotos blancos), embutidos (como
chorizo y morcilla) y cerdo, un plato que se come mucho en invierno.
Después del postre me preguntaron si quería salir al jardín a conocer el
hórreo. ¿Al jardín? El único hórreo que conocía estaba en la computadora de mi
papá y era el nombre de su disco duro (él lo había bautizado así alegando que en
un hórreo se podía guardar de todo). Afuera, sostenido por cuatro pilares, a
varios metros de altura del pasto escarchado, se alzaba un hórreo real. Estaba
hecho de madera, era cuadrado y parecía una casita de juguete. Era, me
explicaron, una construcción usada para almacenar y conservar los alimentos
lejos de la humedad y de los animales. Y ahí mismo pensé que si algún día
decidía recluirme del mundo, lo haría dentro de ese hórreo asturiano.
La fartura hizo su aparición cual vedette: con pompa y plumas. Los
madrileños me habían asegurado que en Asturias se comía mucho, pero yo no
sabía qué esperar porque en Madrid, para mí, ya se comía muchísimo. ¿Era
posible más? En la cena de Navidad descubrí que sí. Lo que para mí era un menú
completo, para mi familia asturiana no era más que una entrada. Por la mesa
desfilaron platos de camarones, picadas con todo tipo de quesos, papas
cocinadas de distintas maneras, filetes de pescado y, cuando creí que ya no
quedaba más, el plato principal: un cordero entero. Y después, claro, los postres,
a los que no me pude negar. Así conocí (y padecí) la fartura, esa sensación de
hartazgo que aparece después de haber comido demasiado.
Durante los días siguientes, para digerir la cena de Navidad, nos fuimos a
recorrer la región en auto. Creo que no exagero si digo que conocimos todo:
frenamos en todos los pueblos y ciudades que aparecían en el camino y fui capaz
de descubrir aún más detalles típicos de aquella tierra tan ligada a mi vida.
Asturias me pareció un lugar muy verde, con una naturaleza casi salvaje y
pueblitos idílicos. Era una zona silenciosa, de viento fresco y espacios amplios.
En Tarna, un pueblo ubicado a casi 1500 metros de altura, conocí un puerto de
montaña. Al no ver agua por ninguna parte caí en la cuenta de que eso que
llamaban puerto era lo que en Argentina se conoce como paso. Cudillero me
pareció uno de los pueblos pesqueros más tranquilos y mágicos que vi en mi
vida: ahí pude presenciar cómo se servía la sidra a la manera asturiana y cómo
las gaviotas descansaban en los techos rojos mientras bajaba el sol.
Una mañana helada subimos a los Picos de Europa para visitar a La Santina:
la Virgen de Covadonga, patrona de Asturias. Su imagen estuvo presente en mi
vida desde muy chica, ya que mi papá tenía estampitas por la casa y siempre la
mencionaba. Ahí arriba, mientras mirábamos las montañas, mi familia me dijo
ese lema que todos los asturianos repiten con orgullo: “Esta es la verdadera
España, el resto es tierra conquistada”. Asturias jamás fue tomada por los árabes
y ahí, según los asturianos, está el auténtico corazón del país.
Los días que pasé en Asturias fueron, según mi familia, raros: había mucho
sol y poca gente en las calles, y esa región de España se caracteriza por ser
lluviosa y estar repleta. ¿Qué probabilidades hay de que en Asturias sea invierno
y no llueva? Según me dijeron, muy pocas. Pero a mí me tocó un clima inaudito:
casi siete días seguidos de sol y ni una gota de agua. ¿Qué probabilidades hay de
que todas las ciudades, pueblos, playas y rutas de Asturias estén vacías en esos
días de sol invernal? Al parecer, casi nulas. Pero alguien habrá avisado que
llegué, porque todos los lugares que visitamos estaban vacíos, con puertas y
ventanas cerradas. La frase célebre durante mi estadía fue: “Aquí normalmente
hay tanta gente que no se puede ni caminar, no entiendo qué pasó…”. Los
lugares parecían sets abandonados. ¿Habrá sido la crisis? ¿Sería que durante
aquellos feriados nadie quiso salir de su casa? ¿O sería que nos habíamos
transportado a un universo asturiano paralelo donde no había nadie más que
nosotros? Los viajes tienen lógicas internas que desconocemos.
Al igual que ocurre con nuestra vida, muchas veces entendemos un viaje (y
sus porqués) tiempo después de haberlo vivido. Ahora entiendo que Asturias se
vació para nosotros: en ese viaje lo que importó fue que yo conociera a mi
familia y no tanto al lugar en sí. La gente, entonces, hubiese sido accesoria,
puesta de relleno como extras en una película. A veces me preguntan por qué no
aproveché y fui también a Hungría en aquel viaje. No era el momento, la patria
de mi mamá aún no me había llamado.
Desde que empecé a viajar comencé a unir los puntos de otra manera: hacia
adelante. Si bien soy consciente de todos los hechos y viajes que tuvieron que
encadenarse para que yo pueda nacer, ahora me pregunto cómo estaré marcando
la vida de mis futuros hijos con mis viajes. ¿Ellos sentirán esta misma pasión o,
al contrario, su rebeldía consistirá en autoproclamarse sedentarios? ¿En qué
lugar del mundo nacerán? ¿En qué afectará su existencia que yo haya viajado, a
los veintiséis años, a Asturias? Porque así como los viajes de mis padres tuvieron
efectos en mí, los míos también los tendrán en mi futura familia.
Y si bien irme de viaje fue el eslabón final de una cadena, también fue el
primero de otra. Gracias a que un día me fui de mi casa me empezaron a pasar
un montón de cosas que no me hubiesen ocurrido si me quedaba en Buenos
Aires. Así aprendí que si uno no deja las certezas de lado y no sale a buscar eso
que desea, jamás podrá ganar la lotería. Y si bien esa lotería tiene un premio
distinto para cada uno, la única manera de ganarlo es animándose a apostar.
Carcelona
(días bohemios)

La bauticé así en la Rambla del Raval. Había salido a caminar con mi amigo
Xavi, catalán, por el Raval (el barrio más multiétnico de Barcelona) y nos
habíamos sentado en un banco a descansar. Se nos acercó un chico, catalán
también, a pedirnos tabaco. Mi amigo le convidó del suyo —ahí todos andan con
su paquetito de tabaco para armar— y el catalán me preguntó hacía cuánto
estaba viviendo en Barcelona. Cuando le dije que estaba de paso por dos
semanas, me advirtió: “Si te quedas más de un mes no vas a poder dejarla nunca
más: la ciudad se va a convertir en tu Carcelona”. Cuánta razón que tuvo. Lo
mío con Barcelona fue como los mejores romances: inesperado, intenso y a
primera vista. No tenía planeado conocerla —así como tampoco tenía planeado
viajar a España—, pero me dejé llevar y pasó: me enamoré de una ciudad de la
que no sabía más que el nombre.
Nuestra historia empezó en diciembre de 2011. Estaba en Calella, una ciudad
catalana a 58 kilómetros de Barcelona, pasando días tranquilos con Dafne, mi
hermana. Estábamos felices de estar ahí: no crecimos juntas, así que esa era la
primera vez que nos encontrábamos en otro país y la primera vez que mirábamos
el Mediterráneo de frente. Una mañana, dos semanas antes de Año Nuevo, se me
ocurrió ir a Barcelona. Me habían hablado tanto de ella que sentía que no podía
no conocerla. “Después de Barcelona ya no te gusta más nada”, “Barcelona es
mi lugar en el mundo”, “Barcelona es una de las ciudades más lindas de
Europa”, había escuchado decir por ahí. Así que Dafne y yo nos subimos al tren,
ese medio de transporte que quedó tan ligado a mis recuerdos de España, y
viajamos bordeando el mar. Una hora después aparecimos en la estación Plaça
Catalunya, en el corazón subterráneo de Barcelona.
Hay algo de llegar a una ciudad desconocida en metro que me encanta: tal
vez sea eso de no saber qué me espera afuera de la estación, un piso más arriba,
eso de no haber tenido ninguna vista previa, ningún adelanto del lugar. Dafne y
yo estábamos en el primer subsuelo de Barcelona, en su playa de
estacionamiento, y nuestra puerta de entrada iba a ser una escalera mecánica. Mi
primera impresión no sería desde el cielo ni desde la ventana de un bus, sino
desde una escalera que iría emergiendo de a poco a la superficie. Subí con el
cuello estirado hacia atrás y ni siquiera tuve que terminar el recorrido para saber
que ya me había enamorado. Con sólo ver el color de sus fachadas, su sol de
invierno, sus terminaciones onduladas y su arte supe que había encontrado a mi
media ciudad. Ni tuvimos que hablar: Barcelona me miró y sentí que era ella a la
que había estado buscando todo ese tiempo. Era ella la que me había incitado a
viajar: todos mis caminos terminaban ahí, en una ciudad europea frente al mar.
Pasamos el día caminando y volvimos a Calella cuando se hizo de noche.
Unos días después, la noche del 31 de diciembre, volvimos a tomar el tren a
Barcelona. Faltaban pocos minutos para las doce y nosotras íbamos sin plan y
sin rumbo: nuestro único objetivo era dejarnos llevar por la ciudad, celebrar Año
Nuevo como a Barcelona le pareciera. Emergimos otra vez en Plaça Catalunya, y
nos sumamos a la marea de gente que caminaba hacia el mar. Era difícil
encontrar una calle que no estuviese repleta, un espacio vacío: si bien era
invierno, todos estaban festejando afuera. Como no teníamos mapa ni mucho
sentido de la ubicación, decidimos dejar que la ciudad nos guiara.
Caminamos —supe después— de Plaça Catalunya al puerto, del puerto a la
Barceloneta, de la Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval. Esa
Barcelona que celebraba el nuevo año parecía un circo repleto de personajes que
nos distraían en cada esquina. Nosotras íbamos tan en sintonía con la ciudad que
a cada paso se nos sumaba un nuevo integrante y nos acompañaba en parte del
trayecto. Yo sentía que había un director detrás de escena que nos iba mandando,
por turnos, personajes típicos de la ciudad: “A ver, tú, el marroquí, ¡sal ahora y
pregúntales algo!”, “Tú, estudiante de intercambio, espera unos minutos e
intercéptalas cuando estén en el puerto”, “Pakistaní, ofréceles una cerveza en
3… 2… 1….”, “Ustedes, los de la casa okupa, invítenlas a una fiesta”.
Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de
marroquíes que intentaron seducirnos en árabe, caminamos sin rumbo con dos
estudiantes de intercambio (un italiano y un japonés-brasilero), esquivamos a los
pakistaníes que constantemente se nos acercaban para intentar vendernos latas de
cerveza, nos unimos a las canciones que cantaban grupos de amigos mientras
caminaban, compartimos un kebab en un puesto de comida rápida, llegamos a
una fiesta en una casa okupa y bailamos hasta las seis de la mañana entre
paredes llenas de murales y gente con pelucas de colores.
Dos días después Dafne se volvió a Buenos Aires y yo me quedé en
Barcelona sin ella. No estaba en mis planes, pensaba seguir camino por España,
pero la ciudad me retuvo y terminé viviendo dos meses ahí. Nadie es capaz de
planear un enamoramiento: si ocurre y todo indica que el momento es adecuado,
no veo razones para huir. Así que decidí apostar por ese sentimiento y me quedé
hasta que algo me dijo que tenía que seguir camino. Durante esos sesenta días no
hubo uno en el que no practicara una de mis actividades preferidas: caminar.
Creo que las ciudades —y el mundo en general— se conocen mejor a pie.
Caminar nos permite desacelerar nuestro ritmo interno, frenar donde queramos,
observar detalles, escuchar conversaciones, entablar vínculos con la gente, sentir
los ruidos, absorber la atmósfera. Caminar, para mí, es casi como meditar, es
fluir con el mundo y con todo lo que pasa a mi alrededor y es la mejor manera
que encontré de sentirle el pulso a una ciudad.
Lo que más me llamó la atención de Barcelona, esa amante a la que iba
conociendo paso a paso, fueron sus palabras. La ciudad vivía en un diálogo
constante consigo misma, se la pasaba hablando a través de cada uno de sus
habitantes. Cada vez que escuchaba fragmentos de conversaciones, que alguien
me hablaba en la calle, que leía los mensajes pintados en las paredes o las
banderas colgadas en los balcones, sentía que todo formaba parte de una misma
obra colectiva, de un cadáver exquisito en el que participaba toda la ciudad y que
se iba construyendo a cada momento. Sentía que los diálogos empezaban por el
medio, que todos eran participantes de un juego, de una misma conversación en
la que los interlocutores rotaban, como si cada cual hubiese llegado a la charla
en un momento distinto.
Ninguna de las personas que conocí en Barcelona me hizo las preguntas
típicas: no hablamos acerca de qué había hecho ayer ni de qué haría mañana.
Aparecía un desconocido y en vez de decirme hola me decía que Barcelona iba a
ser mi cárcel y que nunca más iba a poder huir de ella; aparecía otro y me
hablaba acerca de esa necesidad que tenemos todos los seres humanos de
abrirnos y de conectar con las personas; aparecía otro y me hablaba de lo que
soñaba para su vida y de cómo quería alejarse de ciertos estereotipos; aparecía
otro y me decía que los argentinos pensábamos demasiado; aparecía otro y
proponía el juego como vínculo; aparecía otro y me hablaba de poesía, de
música, de cine, de escritura, de viajes. Compartíamos un rato de charla y
después cada cual se iba por su lado y encontraba a otra persona con la que
seguir esa conversación interminable.
Fue difícil que un lugar así no me hipnotizara. Durante aquellas semanas me
sentí como en París. No conozco París, pero las películas me hacen pensar que
existe una sensación de estar en París —con toda la bohemia, el romanticismo y
la vida nocturna que eso implica—, y eso era lo que sentía en Barcelona. Era mi
París. Era mi amor de película. Todo lo que me ocurría era poesía. Cada
sentimiento me parecía drama y literatura a la vez. Mi escritura brotaba en todas
las direcciones. Barcelona, por el solo hecho de existir, me [Link] en la
parte de atrás de una moto, recorriendo las calles de una ciudad europea de
noche mientras hablaba de cine y literatura, me parecía lo más bohemio que
podía pasarme en la vida. Observaba Barcelona desde el asiento trasero y
pensaba en las ciudades como casas:
La casa es el lugar más íntimo de una persona, uno de los espacios que
más hablan acerca del modo de ser de un sujeto. La casa es el lugar que
preparamos para refugiarnos del mundo, nuestra guarida ante la realidad,
ese espacio en el que nos sentimos cómodos. Ver el interior de la casa de
alguien es como ver el interior de esa persona. Qué colores le gustan. Cómo
los combina. Si le gustan los colores. Qué objetos tiene. Cuántos. Qué
relación tiene con ellos. Cómo ocupa los espacios vacíos. Cómo ordena los
muebles. Si utiliza el baño de baño y la cocina de cocina o tal vez el baño de
escritorio y la cocina de depósito. Si rompe con las reglas y con los
esquemas o si los sigue. Si tiene estilo propio o copia el de otro. Si fue
tomando algo de cada estilo y creó algo nuevo. Si es minimalista,
supersticioso, espiritual, despojado, barroco. Los objetos hablan de sus
dueños. Las casas y las ciudades también. Una ciudad, entonces, es como la
casa de una sociedad, es un lugar que refleja el modo de ser de todo un
grupo humano, aunque vaya mutando constantemente.
Barcelona era la casa que había construido en algún sueño y que ahora quería
habitar. Así que durante los sesenta días que viví en ella llené cada rincón de
historias, como quien completa un álbum de figuritas. Cada esquina pasó a tener
un recuerdo. Cambié el nombre de las calles por el de las personas con quienes
las caminé. Armé un mapa de diálogos, detalles y sensaciones. Empecé a
entender lo que significaba vivir en un lugar que sentía propio pero que no era el
mío. Sentí que Barcelona era el primer lugar, además de Buenos Aires, que
habitaba de verdad. Tuve días muertos, en los que no me salía escribir ni viajar,
y aprendí a aceptarlos como parte de los viajes largos y de la vida.
Tiempo después, durante un reencuentro con Barcelona, escribí en uno de
mis cuadernos:
Para decir que hemos habitado un lugar tenemos que haber sentido en él.
Las ciudades que nos recuerdan historias son las que más nos marcan, los
lugares que forman parte de mí son aquellos en los que sufrí y fui feliz. Ese
es el secreto de las ciudades oníricas: si aparecen como parte importante de
mis sueños o de mis recuerdos es porque fueron más que un mero escenario.

El amor y los viajes

Fue ahí, en Barcelona, donde me hicieron la misma pregunta por vez número
mil: “¿Y cómo hacés con el amor?”. Esa parecía ser una de las mayores
preocupaciones que tenía la gente al conocer mi estilo de vida. La pregunta
aparecía siempre, después de las clásicas: “¿Cómo te financiás una vida así?
¿Trabajás durante tus viajes? ¿Cuando tengas hijos qué vas a hacer?”. La
cuestión que los desvelaba era saber cómo lograba (si es que lograba) combinar
una vida nómada con la vida de pareja. ¿Planeaba ser una viajera soltera para
siempre o, al contrario, me gustaba la idea de tener un amor en cada puerto?
¿Dejaría de viajar cuando quisiera formar familia o me resignaría a no tener
hijos ni un vínculo estable? ¿Vivir viajando era sinónimo de estar sola para
siempre?
Cuando empecé a viajar, muchos me aseguraron que el día que quisiera
formar pareja iba a tener que frenar y establecerme en un lugar. Al igual que me
habían dicho de los viajes (“no se puede vivir viajando”) y de la escritura (“no se
puede vivir de la escritura”), las frases de cabecera con respecto al amor eran:
“Así nunca vas a poder tener pareja” y “olvidáte de formar familia”. ¿Por qué les
preocupaba tanto algo que, al fin y al cabo, era mi elección? ¿Y si no quería
tener familia, qué? ¿Y si quería estar sola, qué? ¿Estaba mal? ¿Acaso no era más
valioso apostar por mí misma, por un estilo de vida que me hacía feliz? Pero
vivimos en un mundo en el que el amor es central, así que esas preocupaciones,
además de predecibles, me parecían lógicas.
Nunca soñé con casarme pero siempre quise tener hijos. Cuando empecé a
viajar sentí que, tal vez, lo que me decían era cierto: tarde o temprano iba a tener
que elegir los viajes o el amor, un estilo de vida nómade o una familia
sedentaria. Me fui de Argentina resignada: como dejar de viajar no era una
opción, concluí que tendría que aprender a conformarme con ser una viajera
solitaria, vivir historias de amor efímeras y no formar familia. Pero a medida que
viajaba, esa idea comenzó a sonarme tan ridícula como la afirmación de que para
tener un trabajo de verdad tenía que estar en un lugar fijo.
A lo largo de mis viajes tuve historias de amor: algunas grandes, otras
chiquitas, historias como las de cualquier ser humano con sentimientos, porque
ser viajera no implica no enamorarse. Tuve amores que no pudieron ser porque
yo quería seguir viajando y ellos preferían una vida sin traslados. Tuve una
relación a distancia que se derrumbó por los kilómetros y las diferencias de
proyectos. Tuve historias que me rompieron el corazón y otras que me ayudaron
a crecer. Sentí tristeza y felicidad como cualquier persona. Cada vez que dije
chau y seguí mi camino sentí que, pasara lo que pasara, tener la ruta por delante
siempre me ayudaría a seguir. Cada historia que fallaba era la promesa de un
nuevo destino y nunca me importó estar sola porque sabía que siempre habría
mundo a la espera de ser viajado. Y si bien mis amores de viaje no perduraron,
quedarme en un lugar fijo no era la solución.
Lo bueno de dedicarse a lo que uno ama es que empieza a atraer a otras
personas que también hacen lo que aman. Así que cuanto más viajaba, más
viajeros conocía. Cuanto más escribía en mi blog, más mails de viajeros (activos,
potenciales) recibía. Al meterme en este estilo de vida me di cuenta de que en el
mundo hay muchísima gente que viaja y de que hay viajeros de todo tipo: los
que van solos, en pareja, en familia, con sus padres, con sus hermanos, con sus
primos, con amigos; los que van a dedo, en casa rodante, a pie, en barco, en
combi, en bus; los que viajan con proyectos solidarios a cuestas, con arte, con
oficios, con vocaciones de todo tipo. Me di cuenta de que somos muchos los que
compartimos el viaje como estilo de vida, más allá de que nuestros trabajos y
pensamientos sean distintos. Y gracias a todos los viajeros que conocí en la ruta
aprendí que viajar de a dos también es posible —siempre y cuando ambos
compartan el viajar como proyecto de vida— y que la pareja no es un freno sino
un incentivo para seguir camino. De todos los que me crucé, los que más me
inspiraron fueron los que iban en familia: gracias a ellos aprendí que también se
puede viajar con hijos, que existen métodos de educación alternativa y que los
niños tampoco son un freno para cumplir nuestros sueños. Así como en el
mundo existen miles de modos de vivir, también existen miles de modos de
viajar.
Gracias a que me fui de Buenos Aires, gracias a las historias que viví en el
camino y gracias a los viajeros que conocí aprendí algo valioso: eso de “los
viajes o el amor” es algo tan ficticio como el “viajás o trabajás”. Es otra excusa
más para no animarse a salir, para quedarse en la comodidad de un modo de vida
que ya está consolidado pero que no por eso es el único o el correcto. Así que,
cuando por fin entendí que podía tener ambas cosas, pude responder a esa
pregunta que tanto me hacía(n).

Despedidas

Viajar como estilo de vida también tiene su lado oscuro. O más que oscuro,
triste. Durante estos cinco años me hice amigos muy especiales en distintas
partes del mundo y tuve que aceptar que tal vez no volveré a verlos. Llegué a
pueblos y ciudades en los que deseé quedarme para siempre y tuve que aceptar
que quizá no volveré a pisarlos. Cada vez que me voy de algún sitio que me
gusta o me despido de alguien que quiero, un pedacito mío se queda ahí, en ese
lugar y con esa persona. Y a veces me pregunto: ¿y si de tanto dejar pedacitos de
alma termino perdiéndola por completo? En esos momentos, viajar me parece
una de las cosas más difíciles del mundo.
Viajando tuve que aprender a enfrentarme a algo tan doloroso como
inevitable: las despedidas. Al viajar logro conectar más con las personas que
conozco en el camino y me siento mucho más yo que estando quieta: eso me
ayuda a formar vínculos fuertes más rápido. En Barcelona me empezó a pesar,
como hacía tiempo no me pesaba, lo de tener que separarme de esas personas
que habían generado cambios profundos en mi vida. En esa ciudad sentí que no
iba a poder tolerarlo más, que eso sería lo que me haría dejar de viajar. Así que
no me quedó otra que cambiar la manera de ver las cosas.
Asumí que si uno quiere vivir viajando tiene que aceptar que el movimiento
siempre será parte de la rutina. Asumí que ser viajero implica establecer
relaciones (algunas más profundas que otras), aprender algo de cada vínculo,
saber despedirse y ser capaz de guardar cada momento como un buen recuerdo.
La vida misma está llena de despedidas, la única diferencia es que al viajar
ocurren con mucha más frecuencia. Y lo bueno de ser viajero es que las
despedidas son un reencuentro en potencia.
Me costó aceptarlo, pero cambiar la perspectiva me ayudó a fortalecerme y a
soportar tantas separaciones. Y fueron Barcelona y todas las personas que conocí
ahí las que me dieron esta certeza: no tenía que evitar conectar con alguien por
temor a perderlo después, tenía que estar dispuesta a poner el alma en cada
nuevo vínculo, sabiendo que ese pedacito mío quedaría en buenas manos.
Despedirme de Barcelona no fue fácil, pero si quería seguir viajando tenía que
aprender a decirle hasta pronto. Así que dos meses después de haberla conocido,
seguí camino hacia el sur de España y Marruecos.

Reencuentros

Volví a Barcelona tres veces. Una, después de mi viaje de dos meses por
Marruecos. Otra, después de mi escapada de cinco días a Laponia. Y otra, ocho
meses después, con un regreso a Argentina de por medio.
Mi primer regreso fue raro. Volver a Barcelona fue como volver a casa.
¿Cómo lo supe? Porque todo me parecía gris. Había pasado casi dos meses en
Marruecos, un país a puro color y, en contraste, Barcelona me parecía tan gris
como Buenos Aires. Igual que cuando había vuelto de Asia a Argentina, las
calles me parecían vacías y sentía que nadie me miraba. El colectivo que me
llevó del aeropuerto a lo de mis amigos era demasiado predecible. No tenía que
regatear ningún precio. Nadie se subió a venderme nada. No había cabras
metidas en el baúl. Todo funcionaba bien. Demasiado bien. Y afuera había una
llovizna que no se terminaba de decidir: “¡Convertite en lluvia y listo!”. Pero no,
la llovizna quería ser llovizna y cubrir todo de melancolía.
Pasé un mes en la ciudad y, de a poco, volví a recorrerla como si fuese la
primera vez. Fue un reencuentro de amantes en el que nos recordamos y nos
redescubrimos, aunque fue imposible no sentir que todo era conocido. Yo la
caminaba y ella me hablaba a través de cada pared y de cada persona, con ansias
de reconquistarme del todo. Una noche, mientras bailaba música pop ochentosa
en un antro de la Plaza Real con mis amigas, me pareció ver al chico Carcelona.
Dispuesta a equivocarme y quedar como una loca me acerqué y le dije: “Creo
que te conozco, una vez le pediste tabaco a un amigo mío en la Rambla del
Raval y me dijiste que esta ciudad iba a convertirse en mi Carcelona”. Era él.
“Sólo quería decirte que tenías razón”.
Unos días después fui a la casa de un amigo y la ciudad volvió a mandarme
una señal. En una silla había un periódico de hacía más de un año y en la tapa
decía, en letras grandes, Carcelona. De fondo había un dibujo de un corazón
roto, y en el artículo el autor reflexionaba por qué amaba y odiaba Barcelona con
la misma intensidad. Un tiempo después, en una de mis tantas caminatas, lo vi:
un naipe. Hacía bastante que no encontraba uno. En la única ciudad de Europa
en la que había visto uno había sido en Madrid. El de Barcelona era un ocho de
trébol, carta que, según las lecturas poco fiables de internet, tenía que ver con los
celos. La que estaba celosa, me di cuenta después, era Buenos Aires. Celosa de
mi romance con Barcelona, me tentó con su canto de sirena y sus promesas. Y
así de fácil me volví a Argentina, aunque con el plan de algún día establecerme
en un pueblito catalán frente al mar, a un tren de distancia de mi Carcelona.
Mi segundo regreso a Barcelona no llegó a ser un regreso. Fue demasiado
breve, algo de una noche. Durante los cinco días que estuve ahí, sin embargo,
sentí que se me oprimía el pecho y se me estrujaba el alma. Era como si la
mezcla de emociones que sentía por estar de vuelta en mi ciudad en el mundo no
me dejase respirar. Ella estaba tan encantadora como siempre, la que estaba en
otra sintonía era yo. Sentía que volver a Barcelona era como reencontrarme con
el amor de mi vida sabiendo que no era el momento de estar juntos. Estar ahí era
familiar y desgarrador. A medida que caminaba por sus calles, los recuerdos
reaparecían como fantasmas. Cada esquina me contaba una historia, cada detalle
escondía un significado, cada calle me recordaba un sentimiento. Entendí por
qué estaba tan atada a Barcelona: porque en ella no solamente había sido feliz,
también había sentido tristeza.
Barcelona fue la primera ciudad que bauticé onírica. Aparecía, en mi cabeza,
mezclada con los recuerdos y con la fantasía. Cada vez que una esquina me
disparaba un recuerdo, me preguntaba: “¿Pero eso fue real? ¿Ocurrió o lo
soñé?”. No sabía cuánto de lo que había vivido diez meses atrás había sido cierto
y cuánto imaginado o deseado. Sentía que durante mi primera visita había estado
envuelta en un enamoramiento tal que, al reencontrarnos, todas aquellas
vivencias me parecían parte de un sueño lejano. Y ahí me di cuenta de lo
parecidos que eran los viajes y los sueños, de lo oníricas que eran mis
experiencias, de esa mezcla de lo real y lo mágico que convivía en mi cabeza y
en el mundo que me rodeaba. Y ahí, durante un viaje en metro, fui capaz de unir
puntos y de empezar a escribir las primeras frases sueltas de este libro.
Horas antes de irme por tercera vez, me reencontré con mi amigo Xavi y nos
sentamos en la Rambla de Catalunya a tomar un té de menta. Cuando le conté
acerca de mi futuro libro, me dijo: “Tienes que escribir acerca de las habilidades
sociales que necesitas como viajero para fluir por el mundo y explicar por qué
para ti hay puertas abiertas donde para otros hay muros, cómo logras que la
gente te lleve, te invite y te cuide…”. No sé si existen “habilidades sociales de
viajeros”, creo que, ante todo, hay que entregarse al lugar, a las personas y a las
circunstancias. Para mí hay puertas abiertas porque yo las veo así y no hay
muros porque intento no construirlos. Para poder fluir por el mundo hay que
caminar con seguridad, creyendo en la bondad del ser humano, y con
precaución, confiando en nuestro instinto e intuición. Y hay que ir, ante todo,
con el alma al aire, por más Alejandro Sanz que suene. Porque si uno no se
muestra como es ante las ciudades y personas que ama, ¿entonces ante quién va
a hacerlo?
Otra realidad
(días coloridos)

Apenas cruzamos por debajo de uno de los arcos de la muralla e ingresamos


a la medina —nombre que se le da a la parte antigua, generalmente fortificada,
de cualquier ciudad árabe— sentí que los cinco sentidos se me reactivaban de
golpe, como si un viento me hubiese pegado en la cara y me hubiese despertado
de un letargo. Me vi a mí misma de lejos, extranjera, con mochila, parada en
medio del movimiento, la gente y los colores. En Tánger. En Marruecos. En
África. Dos horas atrás habíamos estado en Tarifa, un pueblo portuario español
ubicado entre el Atlántico y el Mediterráneo, y de repente, una hora de barco de
por medio, habíamos caído en medio de una ciudad marroquí alocada. Dividí mi
mente en dos pantallas y comparé ambos lugares: Tarifa era silenciosa y
tranquila, con muchas construcciones blancas, calles empedradas y nadie que
nos mirara dos veces; Tánger, en cambio, estaba repleta de energía, gente,
colores y movimiento. ¿Cómo podía ser que dos mundos tan distintos estuviesen
a tan pocos kilómetros de distancia?
No creo en fronteras. Los límites impuestos por el hombre me parecen
absurdos. ¿Qué es lo que separamos, si todos compartimos nuestra condición de
humanos? Nací, sin embargo, dentro de un mapa lleno de líneas punteadas y me
tocó aceptar las divisiones políticas como algo normal. Las diferencias culturales
existen, pero la esencia humana es la misma en todos lados, y eso es lo que
siento que a veces olvidamos. Esto no quiere decir que no haya variedad: la
Tierra es una colección de maneras de vivir. Hay regiones que son más
homogéneas y otras que, por más cerca que estén, parecen mundos distintos. Por
eso, en muchos casos, cruzar de un país a otro puede ser parecido a subirse a un
cohete y descender en otro planeta. Eso fue lo que sentí el día que bajé del barco
y aparecí en Marruecos con Andi, mi compañero de viajes durante aquel
trayecto.
Marruecos es uno de esos países que, para quienes jamás lo pisaron, entra en
la categoría de polémicos. Antes de viajar, gente conocida me dijo frases como:
“Tené cuidado, mirá que eso no es Asia” o “no vayas sola, es peligroso”. A la
misma vez, los viajeros que ya habían estado me aseguraron, con miradas de
envidia y nostalgia: “¡Te va a encantar! Los marroquíes son muy hospitalarios y
simpáticos”. Y me alertaron, riéndose de su propia experiencia: “Te van a querer
vender lo que sea y como sea, así que preparate para el acoso”. Los marroquíes
que conocí en España me dibujaron rutas de viaje en servilletas, me dictaron
nombres de lugares a los que no podía dejar de ir y me aseguraron: “Mi país es
bellísimo, pero ten cuidado de que no te engañen, ya que hay muchos
marroquíes que buscan aprovecharse de los turistas”. ¿Por qué será que cuando
uno viaja a Europa muchos dicen “qué lindo” y cuando uno se va a África dicen
“tené cuidado”? Es verdad que las cosas malas ocurren en todas partes, pero las
buenas también, y con mucha mayor frecuencia. Creo que cuanto más distinta y
alejada de nuestra realidad nos parece una cultura, más nos genera esa sensación
de peligro y preocupación.
Salimos del puerto de Tánger con un objetivo: encontrar la medina y
quedarnos a dormir ahí. Enseguida se nos acercaron algunos taxistas y guías
(oficiales y no oficiales) para ofrecernos alojamiento y excursiones. Todos
hablaban español y un “no, gracias” fue suficiente para que se fueran a buscar
otros clientes. Como estábamos recién llegados y sin mapa, no sabíamos para
qué lado caminar, así que decidimos aceptar la propuesta de un marroquí: él nos
guiaría hasta la entrada de la medina y nosotros, a cambio, tendríamos que entrar
al hotel que él nos recomendaba, “sólo para mirar”. Llegamos, miramos, no nos
gustó y el marroquí nos ayudó a buscar una pensión barata. Tres euros cada uno
fue lo mejor que conseguimos por una habitación sin baño. Aprendimos algunas
expresiones básicas en árabe (la shokran, que significa “no, gracias”, y salam, el
saludo tradicional, que significa “paz”) y salimos a perdernos por la medina.
Los tangerinos deben estar cansados de ver tanto extranjero boquiabierto y
sacando fotos a lo loco. “Ahí viene otro que acaba de bajar del barco”, pensarán.
Pero durante aquella caminata me di cuenta de que iba a serme imposible no
sentir asombro, éxtasis y, a la vez, una sensación de familiaridad ante la vida
cotidiana de los marroquíes. Todo a nuestro alrededor era movimiento. La vida
estaba transcurriendo en ese mismo momento, frente a nosotros, en plena calle.
Descubrí colores que hacía tiempo no veía en las paredes de las casas: rosa,
turquesa, amarillo, salmón, verde manzana. Sentí olores y sonidos que me
transportaron de vuelta a Asia: el aroma de las especias, los bocinazos de las
motos, la música de las radios, los saludos efusivos, el llamado al rezo de las
mezquitas. Volví a presenciar esa costumbre de realizar los oficios en las calles:
vi peluqueros, zapateros, talladores trabajando a puertas abiertas. Volví a
encontrarme con los niños jugando afuera y con la cotidianidad transcurriendo
en las veredas.
Marruecos encerraba un montón de promesas. Otra vez los mercados y el
regateo. Otra vez la comunicación mediante la sonrisa y los gestos. Otra vez esa
facilidad para entablar conversaciones con desconocidos a cada paso. Otra vez
eso de sentir que todos estaban para la foto (con esos colores, Tánger era como
un set de fotografía). Otra vez esa cultura callejera que tanto extrañaba. Si bien
el mapa me decía que estaba en África, yo me sentía más cerca de Indonesia (por
la cultura musulmana), de Asia (por la vida callejera) y de Medio Oriente (por la
cultura árabe) que del continente africano.
Caminamos por la medina durante horas. Subimos y bajamos escaleras, nos
perdimos por el laberinto de callecitas angostas; nos cruzamos con gallos y
gatos, con chicos jugando al fútbol, con hombres vestidos con su djellaba (la
túnica típica con capucha), con mujeres con sus velos y vestimentas coloridas.
Las mujeres y las chicas me sonrieron. Los hombres me miraron con curiosidad
(algunos con demasiada curiosidad). Muchas personas aceptaron ser
fotografiadas con alegría y otras se negaron. Las reacciones eran extremas: o les
encantaba salir en las fotos o se enojaban apenas veían nuestras cámaras.
Muchos nos hablaron en la calle: “¡EEEh! ¡Españoles!”, “No, argentinos”,
“¡Ohh, argentinos! ¡Maradona, Che, Messi!”. Varios quisieron vendernos cosas
pero ninguno fue demasiado insistente.
Quesito apareció en la parte nueva de Tánger, en la zona que en las ciudades
marroquíes se conoce como Ville Nouvelle y está ubicada fuera de la medina. Su
nombre era Noreem y tendría unos treinta años. No recuerdo cómo empezó la
conversación, probablemente con el mismo intercambio de frases que habíamos
tenido durante todo el día con distintos marroquíes. Se nos acercó y nos
preguntó, con una gran sonrisa: “¿Españoles?”. Cuando le dijimos que éramos
argentinos demostró mucho interés: “¡Argentinos! ¿Hace cuánto están en
Marruecos? ¿Ya conocieron (tal y tal lugar)?”. Hablaba perfecto castellano
(hasta decía tío, ¡venga! y todas esas expresiones españolas que me resultan tan
simpáticas). Le preguntamos dónde quedaba el Palacio del Sultán y nos dijo que
él podía llevarnos, a lo que enseguida le respondimos que no necesitábamos
guía, muchas gracias. Ya nos habíamos dado cuenta de que cada vez que un
marroquí se ofrecía a acompañarnos o a brindarnos un servicio —como leernos
un cartel que no necesitaba traducción o aportar un dato de color acerca de la
pared contra la que estábamos apoyados— pedía algunos dirhams de propina
pocos minutos después. Noreem nos aseguró que él no quería cobrarnos sino que
lo hacía de amistad y nos invitó a seguirlo con la promesa de que nos mostraría
varios puntos interesantes de la ciudad.
Caminamos 45 minutos, vimos los lugares interesantes, charlamos de todo un
poco, nos sacamos fotos y le pedimos que nos indicara dónde había un
supermercado como para dar por terminada nuestra amistad callejera fugaz. Él
insistió en acompañarnos a hacer las compras por si necesitábamos ayuda con el
idioma, nosotros no estábamos muy convencidos pero permitimos que nos
siguiera, siempre dejándole en claro que no íbamos a darle propina por su
compañía. Cuando estábamos en la caja a punto de pagar nuestra compra de
papel higiénico, champú y jabón, Noreem nos dijo: “¿No me compran un quesito
para el niño?”, y sin esperar respuesta agregó tres cajas a nuestra compra y
triplicó el monto total. Lo había logrado: estaba pidiendo su propina. La
situación nos puso muy incómodos, así que le compramos una caja. Cuando
salimos del supermercado, ya había desaparecido. Quesito pasó a la historia
como nuestro primer bautismo marroquí.
Seguimos caminando un rato más hasta que el vientito fresco nos hizo volver
a la posada. Dicen que Marruecos es un país frío con un sol fuerte, y me parece
una descripción muy atinada. Habíamos viajado en invierno y, cuando el sol
desaparecía, las manos y los pies se me congelaban. Las medinas, que en verano
son muy frescas, en invierno son heladeras a cielo abierto. Ese día me ocurrió
algo que hacía tiempo no me pasaba: me quedé dormida a las ocho de la noche y
seguí de largo hasta las nueve de la mañana. Tenía una somnolencia muy fuerte.
Dormí más de doce horas, agotada de tantos estímulos, como si cada uno de mis
sentidos necesitara horas extra de descanso para recuperarse de todo lo que había
visto, olido, escuchado y vivido durante mi primer día en Marruecos.

Bienvenidos a nuestro mundo

Hay algo que ocurre, de vez en cuando, entre el viajero y la ciudad a la que
llega. Existe un momento —a veces efímero, a veces perdurable— en el que el
ritmo vital de ambos —opuesto, distinto, desincronizado— se funde, se combina
en un mismo fluir. El viajero —extraño— pasa a formar parte de esa nueva
realidad —extraña— y se sumerge tanto en lo que sucede a su alrededor que se
convierte en un elemento más del paisaje. Y cuando sucede, el viajero
experimenta eso que tanto ansía cada vez que entra en contacto con una cultura
nueva: la autenticidad.
Todo empezó cuando nos sentamos a descansar en un banco a unas diez
cuadras de la estación de buses de Tetuán y se nos acercó un tal Mohamed para
ofrecernos lo de siempre: alojamiento, comida, tours, kif (cannabis) o todo lo
anterior combinado. Después de una noche en Tánger habíamos decidido seguir
camino, así que nos tomamos el bus local y, una hora después, aparecimos en
una ciudad de la que sabíamos muy poco. La medina de Tetuán había sido
declarada Patrimonio de la Humanidad por su buena conservación y su mezcla
arquitectónica árabe y andaluza pero, a pesar de eso, recibía poco turismo.
Parecía interesante.
Mohamed se nos sentó al lado, nos ofreció galletitas y nos hizo el
cuestionamiento de siempre —“de dónde son, de qué parte de Argentina, hace
cuánto están en Marruecos, primera vez que vienen a Tetuán”—, seguido del
clásico: “Mi abuela tiene una pensión en la medina. Muy limpia, muy barata.
Los llevo. Cien dirhams por los dos”. Le dijimos que si nos la dejaba por
cuarenta dirhams (cuatro euros) cada uno, iríamos, pero dijo que no y nos hizo
una contraoferta: “Si se quedan en lo de mi abuela yo les hago un tour gratis por
la medina”. Repitió varias veces la palabra gratis para convencernos y, como no
teníamos alojamiento reservado y no sabíamos llegar a la medina, decidimos
seguirlo para ver “la pensión de su abuela”. Caminamos cuesta arriba hasta la
Plaza Real, cruzamos uno de los arcos de entrada a la medina y llegamos a una
típica casa árabe-andaluza del año 1600, con balcones en torno a un cuadrado
central. El lugar era limpio, tranquilo y agradable, así que nos quedamos.
Habíamos llegado justo a la hora de almorzar. Nordim (el dueño del lugar, a
quien luego apodaríamos Bravo por su efusividad y su repetición y elongación
de “bravooo” cada vez que hacíamos o decíamos algo) nos invitó a comer. Nos
sentamos en ronda y compartimos una fuente de cous cous de pollo con el resto
de los integrantes de la casa: Canario, un hombre de unos setenta años que había
dedicado su vida a preparar café y que era reconocido por su canto; Fátima, la
mujer y cocinera de la casa; y Jafar, el hijo de Fátima. Durante aquel almuerzo
aprendimos que, en Marruecos, comer es un acto comunitario y una muestra de
hospitalidad. El almuerzo terminó con un ritual que repetiríamos varias veces
durante los siguientes días: una ronda de té de hierbas preparado por Nordim.
A la tarde salimos con Mohamed a recorrer el laberinto blanco: la medina,
esa ciudad dentro de la ciudad. Para dos recién llegados con poca experiencia en
medinas, orientarse era casi imposible. Las calles formaban letras curvas y
sinuosas —eses, ces, jotas— que ayudaban a cualquiera a perderse; dentro del
laberinto había escaleras, arcos, pasadizos, cuadrados centrales, rincones y
recovecos que no aparecían en ningún mapa. Las calles, además de ser muy
angostas, nunca estaban despejadas: había puestos de venta, personas apoyadas
en las paredes, trabajadores sentados en el frente de sus locales, hombres
cortando madera o pintando cuero, mujeres vendiendo frutas, chicos jugando a la
pelota, musulmanes caminando hacia las mezquitas, gatos buscando comida,
gallos sueltos. Las fachadas de las casas estaban pintadas con tonos pasteles y
contrastaban con los colores estridentes de la ropa. La banda sonora era la
música que salía de los puestos, los gritos de los niños que jugaban, las
conversaciones entre vecinas, los anuncios de los vendedores, el llamado a rezar
de las mezquitas. El lugar rebalsaba de estímulos.
Según nos explicó Mohamed, la medina de Tetuán estaba subdividida en
barrios, cada cual con su propia mezquita, su fuente de agua, su madraza
(escuela coránica), su hammam (baño común), su panadería y sus mercados. Los
mercados, a su vez, estaban organizados por rubro y cada uno estaba en un
barrio distinto. Así que recorriendo la medina nos encontramos con el mercado
de cuero, el de productos de cocina, el de animales, el de frutas y verduras, el de
aperitivos y dulces, el de ropa y alfombras, el de especias… La disposición de
los mercados nos sirvió para aprender a orientarnos. Lo que me llamó la atención
fue que el ritmo de las personas parecía estar marcado por la vida callejera y por
el funcionamiento de los mercados. En esa medina sentí un ambiente
comunitario donde todos trabajaban para mantener a esa pequeña sociedad en
pie. Cada cual tenía su oficio y lo realizaba —hacía siglos— en beneficio de la
comunidad.
Cuando el sol empezó a bajar, Mohamed nos llevó cuesta arriba para tener
una vista panorámica de la ciudad. Frenamos cerca del cementerio, en una zona
donde había poca gente, y ahí fue cuando se puso pesado: “Amigos, ya que perdí
tres horas con ustedes, denme diez euros cada uno”. Como habíamos quedado en
que el paseo por la medina era gratis, la actitud nos molestó. Le dijimos que no y
seguimos caminando, tratando de alejarnos de él. Nos siguió: “Ya veo lo que
quieren hacer... Si no me dan nada los dejo acá, esta zona es peligrosa y ustedes
no saben cómo volver a la medina. Denme diez euros cada uno, yo les doy buen
hash a cambio”. Volvimos a decirle que no íbamos a darle nada y seguimos
caminando cuesta abajo. Pero no se rindió. Nos presionó tanto que le dimos
cinco euros entre los dos para que se fuera. Su presencia se había convertido en
algo desagradable e incómodo, y aquel suceso había empañado el día.
Pero los viajes siempre logran su equilibrio, y todo lo que ocurrió los días
siguientes borró el mal momento. Durante los tres días que pasamos en Tetuán
estuvimos más tiempo en la posada que recorriendo la medina. La culpa la tuvo
Nordim, que nos esperaba a toda hora con sus tés de hierbas, su sonrisa y sus
historias. Nos dio clases de homeopatía, su especialidad, y nos enseñó las
propiedades curativas de las ocho plantas con las que preparaba su té. Nos invitó
a comer tajine y cous cous con él, Fátima, Canario y Jafar, del mismo plato,
“como hermanos”. Nos transmitió enseñanzas acerca de la vida con frases como:
“Mi tierra es donde me siento bien”, “sin esperanza la vida será corta” y “si no
tienes nada que dar al pobre, dale una sonrisa”. Nos demostró lo arraigado que
estaba en su cultura la hospitalidad y el compartir (ya sea con la familia o con
extraños). Nos mostró fotos de su país y nos pidió ver imágenes de nuestros
viajes. Nos sorprendió con su conocimiento de varios idiomas (muchos de los
marroquíes que conocí hablaban árabe, español, francés e inglés) y de otras
culturas. Nos enseñó palabras y expresiones en árabe. Nos festejó todo lo que
decíamos con una sonrisa y un “¡bravooo!”. Me apodó Reina Ani y, cada vez que
tomamos un té, brindamos con un: “¡Larga vida a la Reina! ¡Bravooo!”.
Durante nuestra breve estadía en su casa, Nordim nos dio la bienvenida a su
mundo, uno muy distinto a cualquiera que hubiese conocido antes. Mirando
hacia atrás entiendo que caímos, de la nada, a una ciudad que tiene una misma
realidad hace siglos, a un lugar donde la vida incluye tés de hierba, platos que se
comen con la mano y entre todos, pipas que se fuman en cada esquina, mercados
que se arman y se desarman todos los días y Mohameds que buscan ganarse la
vida como sea. Y si aquel Mohamed me hizo preguntarme hasta qué punto
confiar en los marroquíes, Nordim me demostró que para muchas personas el
intercambio más ansiado con el viajero no es el monetario sino el humano, el de
la experiencia, el de la transmisión de conocimientos. Así como el viajero busca
entrar en contacto con la cultura a la que llega, el local también busca hacerlo
con el que viene de lejos. No siempre ocurre, pero cuando ambos mundos se
conectan de manera sincera, nace lo auténtico. Y yo, personalmente, no puedo
pedir nada más.
Viajar
(días acelerados)

Si en vez de un libro estuviese escribiendo un diccionario aprovecharía para


cambiar el significado tradicional de varias palabras. Como ‘viajar’. Yo
propongo estas acepciones:
Viajar (verbo):

1. Trasladarse de un punto a otro de la Tierra en el medio de transporte que


sea (pies incluidos).
2. Conocer otras realidades y aprender a respetar los diferentes modos de
vida.
3. Conocerse, descubrir talentos, capacidades y miedos.
4. Entender que lo que uno considera normal puede no serlo del otro lado del
mundo.
5. Tomar decisiones constantemente.
Viajar (sustantivo):
1. Deseo constante de movimiento.
2. Estado de la mente parecido al de los sueños.
3. Adicción incurable.
4. Felicidad.
Sinónimos:
adaptarse al entorno, entregarse al mundo, atravesar culturas, ser atravesado
por un lugar, disfrutar el presente.
Otras acepciones:
viajes intergalácticos, viajes mentales, viajes a través del aroma, viajes a través
de los sonidos, viajes a través de los sabores, viajes oníricos y viajes en el
tiempo.
Es posible viajar en el tiempo sin máquinas de por medio. A veces, en
nuestro afán de querer recorrer todas las geografías, nos olvidamos de que
también es posible recorrer épocas. Nuestro mundo está repleto de paisajes y de
tiempos distintos: hay culturas que idolatran la velocidad, otras que honran la
lentitud, hay sitios futuristas y otros detenidos en el pasado. Hay rincones donde
la modernidad aún no llegó y rincones que se rigen por la tecnología. Y hay
lugares como Fez, en Marruecos, en donde las temporalidades conviven: los días
están repletos de velocidad pero los siglos parecen no avanzar. Por eso Fez, para
mí, fue viajar en estado puro.
Llegamos a la estación de autobuses de noche: Andi, Laura y Cris (dos
catalanas que conocimos en el bus) y yo. Negociamos la tarifa con varios
taxistas y cerramos trato con uno que aceptó llevarnos por cinco dirhams
(cincuenta centavos de dólar) menos que el resto. Después de tomar esa primera
decisión (de muchas que vendrían después) partimos hacia la medina. Lo poco
que sabíamos de Fez —que es una de las cuatro ciudades imperiales de
Marruecos, que es la capital del islam del país, que tiene un millón de habitantes,
que es uno de las asentamientos medievales más grandes del mundo— no nos
servía para responder a las preguntas que nos parecían importantes: ¿sería seguro
andar solos de noche?, ¿el taxista nos pasearía y nos desvalijaría?,
¿encontraríamos un lugar bueno, bonito y barato donde dormir?, ¿sería fácil
ubicarse?
Los datos enciclopédicos son interesantes pero no sirven en el momento del
primer encuentro entre el viajero y la ciudad. Cuando uno recuerda su
experiencia en un lugar no dice: “Me encantó Fez porque tiene el espacio libre
de autos más grande del mundo”, dice: “Fez es una locura, no hay autos pero hay
gente, burros y carritos de comida por todas partes”. Tampoco dice: “Lo que me
fascina de Fez es su medina, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1981”,
dice: “Caminar por la ciudad amurallada es perderse en cada esquina, es conocer
personas a cada paso, es frustrarse y alegrarse a la vez, es dejarse llevar por un
mapa inentendible”. Según los libros, Fez está dividida en tres: Fes el-Bali (la
medina), Fes el-Jdid (la zona nueva y el barrio judío) y la Ville Nouvelle (la zona
francesa); pero según mi experiencia, Fez es un Elige tu propia aventura
constante, es uno de los pocos lugares del mundo donde estuve varias veces
frente a la misma intersección y tomé, en cada ocasión, una decisión distinta.
Bajamos del taxi en uno de los arcos de entrada a la medina y ahí nos
enteramos de que los vehículos tenían prohibido circular en su interior. Si bien
estábamos a punto de compartir aquel laberinto con 15 000 marroquíes, esa
noche vimos, como mucho, a diez. La medina estaba desierta. Caminamos por
una calle [calle de Fez el-Bali: espacio libre y angosto, de curvas sinuosas y sin
veredas, ubicado entre las casas y las tiendas; de día pertenece a los burros, las
bicicletas, los niños y los vendedores, de noche no pertenece a nadie] que
parecía ser la principal pero todo lo que vimos fueron puertas y ventanas
cerradas, gatos hurgando entre la basura y hombres —cinco de los 15 000—
asando carne en plena calle. ¿Normalidad o ambiente turbio? Dicen que el diez
por ciento de nuestra vida es lo que nos ocurre y el noventa por ciento es cómo
reaccionamos ante eso. Así que decidimos tomarnos la situación con calma y
hacer de cuenta que lo que veíamos era normal. Lo era.
Ahí, en medio de esa noche silenciosa, se nos acercó un chico y ofreció
llevarnos a un riad [riad marroquí: casa árabe tradicional devenida en hotel; a
veces muy barato, a veces muy lujoso]. Era tarde, estábamos cansados, hacía
frío, no teníamos mapa ni idea de cómo ubicarnos en la medina, no veíamos
ningún local abierto como para preguntar, sabíamos que el chico iba a cobrarnos
su comisión y que tal vez nos llevaría a un lugar no muy decente, pero también
sabíamos que era nuestra única salvación así que le agradecimos y le dijimos que
no. Pero nadie nos había avisado que “no” en Marruecos quería decir “te digo no
pero en realidad quiero decir sí, aunque vas a tener que convencerme”, así que
seguimos caminando y nos hicimos los difíciles.
Mientras avanzábamos por la oscuridad de la medina nos percatamos de
varias cosas: una, que el lugar era “del rollo medieval”, como había afirmado
una de las chicas; dos, que no parecía haber ningún hostel (mucho menos barato)
a la vista; tres, que no parecía haber ningún alojamiento a la vista; y cuatro, que
el amigo marroquí seguía caminando atrás nuestro, susurrando frases
subliminales como: “Los puedo llevar a un buen hotel, limpio, muy barato,
precio especial para ustedes, amigos”. Decidimos entregarnos del todo a la
situación y aceptar su ayuda. En Marruecos todos los caminos conducen a un
riad barato y todos los marroquíes conocen el atajo.
Lo miramos y nos hizo señas de que lo siguiéramos. Empezamos a caminar
por calles (más) oscuras. Doblamos por una esquina, atravesamos un pasadizo,
nos alejamos de lo que parecía ser la calle principal (porque, a esa altura, todos
los pensamientos iban acompañados de un “parecía ser”) y seguimos avanzando
por lo que parecía ser una zona abandonada. Llegamos a una puerta, el marroquí
golpeó, dijo una contraseña en árabe y entramos al riad que quedaría en nuestro
recuerdo como el más feo de nuestras vidas. Era barato pero estaba sobrecargado
de adornos (no sé cómo entraban las camas en un cuarto tan barroco) y no tenía
ni un huésped. Como nunca habíamos visto un riad ni siquiera estábamos
seguros de que lo fuese. Decidimos no quedarnos, con la excusa de que no había
wi-fi (aunque no era del todo una excusa, ya que tanto Andi como yo
necesitábamos internet para trabajar). El amigo ofreció llevarnos a otro riad y
aceptamos: era tarde, hacía mucho frío y no teníamos ni idea de en qué parte del
país estábamos parados. No nos quedaba otra.
El riad número dos era un sueño. Todo era perfecto: el patio interno, la
fuente de agua, el piso de piedra, las barandas de madera tallada, las camas de
verdad, la calefacción, el desayuno, la terraza, el wi-fi. Queríamos quedarnos a
vivir. El hechizo se rompió cuando preguntamos el precio: 100 dirhams (10
euros) cada uno la noche, demasiado para nuestro presupuesto de, como mucho,
50 dirhams per cápita. Acto seguido, comenzó el primer round del deporte
nacional marroquí: el regateo. En una esquina, los cuatro viajeros; en la otra,
Mohamed, uno de los dueños del riad. Dimos el primer golpe.
—100 es mucho, te podemos pagar 50 cada uno.
—Nooo, este lugar muy limpio, muy bueno, tú no consigues por 50 en Fez.
—Es que se nos va del presupuesto, estamos viajando hace meses y tenemos
que ahorrar.
—Este es lugar bueno, aquí somos familia, compartimos el té, pueden usar el
wi-fi gratis, comemos todos juntos, tienen ducha caliente.
—Sí, nos queremos quedar, pero hacenos precio. No podemos pagar 100.
—Bueno, precio especial: 95 cada uno.
—Jajaja, ¡es mucho! Dejá, vamos a buscar otro lugar.
—Espera, amigo, espera… 90 cada uno.
—No podemos, es muy caro. 200 por los cuatro.
—Nooo, aquí tienen buen precio, buen lugar, buena ubicación, no puedo
hacer 200 por los cuatro.
—Entonces nos vamos...
—Bueno, última oferta, 300 por los cuatro, es lo mejor que les puedo dar.
K.O. Aceptamos: estábamos demasiado cansados y la idea de dormir con
calefacción fue lo que nos terminó de convencer. Jamás me hubiese imaginado
que, días después, Mohamed, Andi y yo nos enfrentaríamos en un segundo
round de regateo en el que el premio mayor sería un enlace de texto. Después de
media hora de batalla, logramos un acuerdo: Andi y yo pagaríamos los siete días
de estadía (con desayuno y todo) con un enlace de texto al riad en nuestros
blogs. Fue una de las batallas más duras que peleé. El punto culminante fue
cuando nos clavamos en una cifra y no quisimos movernos de ahí: “Siete noches
de alojamiento por seis meses de enlace” vs. “Siete noches por dos meses de
enlace”. Ganamos. Era imposible estar en Marruecos y no hacer negocio de
algún tipo.
Pero esa primera noche, después de acordar el precio (que al final no
pagaríamos) nos sentamos a tomar té de menta con los huéspedes del riad. El
repertorio era variado: había un canadiense muy hippie que había viajado a
Marruecos en busca de unos músicos que había conocido por internet, un
italiano que estaba alojado hacía semanas y del que no se sabía mucho y un
bereber del desierto que trabajaba ahí. El canadiense tocó temas de Bob Marley
y habló de la paz en el mundo. Todos cantamos y enseguida nos olvidamos de la
caminata, del frío y de los trámites de regateo. Charlamos hasta tarde y sacamos
conclusiones, de esas que siempre aparecen en los momentos más simples y
felices de los viajes: “Qué lindo que es viajar, qué lindo que es Marruecos, qué
linda que es la vida, qué amigos que somos todos”. Y después, a dormir y hasta
mañana.
Nos despertamos dispuestos a conquistar la medina: queríamos ver todo.
Apenas salimos del riad nos interceptó un chico de catorce años y ofreció
acompañarnos. Nos aseguró que no quería cobrarnos sino practicar su español.
Dudamos. Sabíamos que el chico conocía muy bien el lugar y que podía
llevarnos a los rincones más ocultos, sabíamos que el mapa de la medina era
imposible de leer y que íbamos a perdernos, pero también sabíamos que la
generosidad marroquí casi siempre iba coronada por una propina final.
Aceptamos dejando en claro que nuestro presupuesto mochilero era escaso. Nos
sonrió: no había problema. Él sólo quería aprender de nosotros.
El chico tenía un conocimiento de idiomas que nos sorprendió: hablaba
inglés, castellano, árabe, italiano y francés. Pero lo que más nos impactó fue ver
que el espacio que de noche había estado desierto, de día estaba repleto: burros
tirando carretas, puestos de comida, nenes jugando, mujeres caminando,
hombres vendiendo zapatos, chicas lavando ropa en las fuentes, garrafas,
cajones, maderas desparramadas. El chico nos explicó lo que ya habíamos
aprendido en Tetuán: una medina, muchos barrios; cada barrio, cinco elementos
comunes: hammam, panadería, escuela coránica, fuente de agua, mezquita. Al no
ser musulmanes, no podíamos ingresar a las mezquitas pero sí al hammam, algo
que apunté para experimentar más tarde.
Durante nuestra caminata nos dimos cuenta de que, en Fez, ir en compañía de
un local tenía su lado positivo y negativo. Lado positivo: para el resto de los
marroquíes teníamos la banderita de ocupados (como un taxi), así que no se nos
acercaban con tanta frecuencia para ofrecernos cosas. Lado negativo: nos la
pasamos entrando, por obligación, a todos los puestos de venta de alfombras,
lámparas, zapatos y souvenirs de la medina. Empezaba con un “pase amigo, sólo
para mirar, sin compromiso”, y terminaba con un “diez alfombras al precio de
cinco, con envío en barco incluido y servicio puerta a puerta, precio especial
para ti”. Lado positivo: llegamos a lugares que hubiese sido difícil encontrar por
nuestra cuenta, como las curtiembres y las terrazas con vista panorámica. Lado
negativo: sabíamos que llegaría el momento de la propina y que la lucha sería
intensa. Pero ocurrió algo inesperado: aparecieron dos policías vestidos de civil
y se llevaron al chico del brazo. Al parecer era ilegal que los marroquíes hicieran
de guías no oficiales con los turistas, así que tuvimos que seguir por nuestra
cuenta. Quisimos decirle a los policías que no había problema pero fue
demasiado rápido y no pudimos hacer nada. Había llegado la hora de la verdad:
la medina y nosotros, cara a cara.
Durante la semana que estuvimos en Fez debimos haber recorrido la medina
unas diez veces, pero jamás aprendí a orientarme. Seguimos nuestro instinto y
nos dejamos llevar. Caminamos recto, doblamos a la derecha, atravesamos
callejones, llegamos a calles sin salida. Elegimos entre tres opciones en una
intersección creyendo que después podríamos deshacer nuestros pasos y elegir
otra, pero nunca fuimos capaces de reconocer el camino que acabábamos de
hacer. A cada paso, la orquesta sinfónica marroquí musicalizaba la experiencia
con sus cantos informativos: “La mezquita mayor es para allá, el barrio andaluz
es para acá, las curtiembres son para el otro lado, esa es calle sin salida, tengo
restaurante bueno, entra y mira sin compromiso, bienvenidos amigos, buena
gente”. Caminamos concluyendo que el mapa que teníamos en la mano
pertenecía a otra ciudad llamada Fez, ubicada en alguna galaxia paralela. Pero
eso era lo mejor del viaje: estar constantemente perdidos y confundidos. Al no
tener idea de dónde estábamos parados, no sabíamos hacia dónde —o hacia qué
— podía llevarnos cada calle.
El día que los policías se llevaron al chico (o tal vez otro, ya que los días en
Fez parecieron ser un solo día infinito) avanzamos por la calle que suponíamos
era la principal y llegamos a un mercado techado. Había puestos a ambos lados,
con vendedores de especias, de zapatos, de harira (sopa), de dulces, de pan. La
gente iba y venía, apurada. Los hombres vociferaban las ofertas del día. Las
mujeres se abrían paso con sus bebés en la espalda o en cochecitos. Los burros y
carretas avanzaban por el medio. Si dejábamos de caminar corríamos el riesgo
de ser arrastrados por la marea humana, pero si frenábamos frente a un puesto
enseguida suponían que queríamos comprar y volvían a anunciarnos las ofertas y
promociones del día.
Queríamos ir al barrio andaluz, pero cada vez que preguntábamos cómo
llegar, en vez de indicarnos nos decían que no valía la pena ir y que no había
nada para ver. Así que después de dos horas de caminar en círculos nos
rendimos. Volvimos, quién sabe cómo, a esa calle que suponíamos principal,
avanzamos unos metros y tomamos la primera callecita perpendicular que
encontramos. No parecía prometedora, pero después de unos minutos
aparecimos en una zona de oficios. En vez de puestos de venta, en aquel lugar
había gente trabajando en la calle. Dos hombres planchaban ropa, otros dos
lavaban cuero en agua hirviendo, otro afilaba cuchillos, uno arreglaba relojes. El
de los cuchillos nos saludó y nos invitó a acercarnos a su oficina, un cuartito en
el que convivían calendarios con fotos de equipos de fútbol y herramientas de
afilado. Un poco más allá nos chocamos con nuestra imagen multiplicada al
infinito: una tienda de espejos. Cincuenta superficies reflejantes nos permitieron
observar la vida en la medina de reojo, haciendo de cuenta que no estábamos
mirando más que cuadros en movimiento.
Cuando nos dio hambre buscamos un lugar barato donde comer. Lo lindo de
viajar es que los horarios no están marcados por la rutina del lugar sino por el
ritmo interno de cada uno: al viajar, como cuando tengo hambre y no cuando es
hora de comer (aunque eso hace que muchas veces encuentre todos los lugares
cerrados y tenga que irme a dormir soñando con el desayuno del día siguiente).
Seguimos nuestro olfato y aparecimos en la zona de restaurantes turísticos.
Como no habíamos visto ningún restaurante local, decidimos quedarnos ahí. Los
dueños, apenas nos vieron como potenciales comensales, se nos abalanzaron con
sus menús: “My friend, tenemos rico tajine, buen cous cous”. Como los precios
eran los mismos en todos los puestos, nos quedamos en el que nos dio mejor
descuento (en los restaurantes de Marruecos también se regatea). El dueño, en
agradecimiento y como muestra de hospitalidad, nos dio un plato de lentejas,
unas aceitunas y un poco de pan de cortesía. Bon apetit.
Después de una sobremesa visual y auditiva —es decir, de mirar a la gente
que pasaba y escuchar el murmullo de conversaciones, ofertas y regateos en
árabe, inglés y castellano— nos fuimos, listos para seguir eligiendo nuestra
propia aventura en ese laberinto. Para variar, decidimos salir de los límites de la
muralla y explorar los alrededores de la medina. Cruzamos la misma puerta azul
por la que habíamos entrado la primera noche, caminamos por una calle y
llegamos a una intersección. El camino se dividía en tres. Doblamos a la
derecha, no porque supiéramos adónde estábamos yendo sino para huir de un
marroquí que quería vendernos un aparato que hacía sonidos de pajarito, y
aparecimos en una zona tranquila, con muy poca gente. Vimos a una mujer
vestida de verde que caminaba con su hijo, de unos tres años, en la espalda; nos
acercamos y le pedimos permiso para fotografiarla. Aceptó encantada. Posó,
sonrió, nos habló en árabe y en francés. Como vio que no entendíamos mucho,
frenó al primer hombre que pasaba y le pidió que hiciera de traductor
simultáneo. Nos contó que ella y su familia eran del desierto y nos escribió, con
sus manos pintadas con henna, el número de teléfono de su hermano para que lo
contactáramos cuando fuéramos al Sahara. El nene, que nos había estado
observando desde la espalda de su mamá con curiosidad, se quedó dormido y se
olvidó de nuestra presencia. Nos despedimos felices: esos encuentros
espontáneos eran los que hacían que Marruecos fuese un país tan maravilloso.
Seguimos caminando y bordeamos lo que creíamos era la muralla, aunque en
realidad ya no sabíamos qué era muralla y qué no. Varias veces creímos estar
fuera de la medina y nos dimos cuenta de que en algún momento habíamos
vuelto a entrar. ¿Pero cómo? ¿Por dónde? ¿En qué momento? Concluimos que la
medina era un mundo al que se ingresaba por cientos de puertas invisibles.
Volvimos a salir de la medina —si es que realmente estábamos adentro, si es que
realmente estábamos en Fez, si es que realmente estábamos viajando por un país
llamado Marruecos— y nos fuimos en busca del Palacio Real. Ya habíamos
aprendido: la mejor manera de encontrar un sitio no era seguir el mapa sino
caminar sin rumbo. Así que hicimos lo mismo que durante todo el día:
caminamos un poco hacia allá, otro poco para acá, seguimos a la gente, miramos
en qué dirección soplaba el viento, intentamos guiarnos siguiendo el sol y voilá,
aparecimos frente a las puertas laterales del Palacio Real. Era imponente.
Sacamos la cámara y apuntamos al palacio, pero enseguida escuchamos un
“¡eh, eh, eh!” a lo lejos. Un guardia de seguridad agitó su arma y nos hizo señas
de que borrásemos la foto que acabábamos de sacar. Lo saludamos, hicimos de
cuenta que borrábamos la foto y empezamos a caminar rápido. Doblamos y
llegamos a la entrada principal: delante de las tres puertas doradas, decenas de
marroquíes se sacaban fotos haciendo poses graciosas. Tres chicas se me
acercaron y una me mostró su cámara: no me estaba pidiendo que les sacara una
foto, sino que posara con ellas. Acepté feliz: no me pasaba algo así desde Asia.
Una de ellas me agarró del brazo, las otras dos se rieron, todas sonreímos y click.
Foto para el recuerdo. A veces me pregunto en la foto de cuántos desconocidos
aparezco.
Cuando empezó a bajar el sol decidimos buscar la montaña con vista
panorámica a la medina de Fez. Todas las indicaciones que teníamos eran de ese
estilo: “la montaña con”, “la calle que”, “el mercado de”. Para encontrar la
dirección exacta había que usar dotes de vidente. Cuando pedimos indicaciones
alguien nos dijo que cruzáramos el arco (¿cuál?), camináramos por la calle
grande (¿cuál de todas?) y dobláramos a la derecha (¿en la primera intersección
o en la quinta?). Ahí estaría la montaña. Decidimos guiarnos por una de las
pocas certezas que teníamos: para mirar la medina de Fez desde arriba, primero
teníamos que salir de la medina y después subir, así que buscamos la salida más
cercana y nos encomendamos a Alá.
La montaña, efectivamente, estaba afuera, al lado del cementerio.
Caminamos directo hacia la base y como no vimos ningún sendero decidimos
crear nuestra propia ruta. Subimos por la ladera, a través del pasto y los arbustos,
llegamos a una roca empinada y, justo cuando estábamos por treparla, un
marroquí nos hizo señas de que a la vuelta había una escalera. Desistimos de
hacer el ridículo y la usamos. Subimos, pero cuando la escalera se terminó
tuvimos que trepar otra vez. Escuchamos un grito a lo lejos: el mismo marroquí
(que se había sentado en una roca a mirar qué hacíamos) nos hizo señas de que la
escalera seguía a la vuelta. Le agradecimos, la buscamos, subimos y llegamos a
un claro. Cuando nos dimos vuelta nos chocamos con una vista inmensa de toda
la medina de Fez. Todas las intersecciones, los mercados, las personas y las
aventuras de aquellos días (o de aquel gran y único día) estaban contenidas ahí,
entre las murallas de la medina medieval más grande del mundo.
Los siete días que pasamos en Fez formaron parte del mismo tablero de
juego, la diferencia era que cada vez elegíamos fichas distintas. Un mediodía,
por ejemplo, decidimos sacar la ficha del sándwich misterioso. Movidos por las
ganas de innovar en nuestra dieta y de gastar lo menos posible en el intento, nos
animamos a sentarnos en uno de los puestos callejeros de sándwiches que con
tanta alegría parecían frecuentar los marroquíes. Para elegir en cuál, seguimos
esa regla que había aprendido durante mis días asiáticos: “Si hay mucha gente
local esperando frente a un puesto es porque la comida es buena”. Así que
buscamos el más concurrido y nos sentamos en una de sus mesitas de plástico.
El lugar era un cubículo sin pared de frente, con dos mesas, una parrilla y una
vidriera con las carnes, verduras y condimentos que podíamos ponerle a nuestro
sándwich: pollo, hígado, carne misteriosa, huevo, tomate, cebolla, picante. Los
ingredientes seleccionados iban a la parrilla y luego todos juntos al interior de un
pan. Precio final: diez dirhams (un euro). Como nos volvimos habitués, el
cocinero nos presentó a su mujer y a su hijo, aunque nunca fuimos capaces de
comunicarnos más que usando algunas palabras en francés.
Una de las últimas noches decidí usar la ficha del hammam: me intrigaba
mucho conocer esos baños comunes, esos espacios sociales a los que la gente
acude para bañarse en grupo con sus amigos, familiares, vecinos y desconocidos.
Como muchas casas marroquíes no tenían —y aún no tienen— baño propio, en
cada barrio había —aún hay— un hammam para que las familias puedan
higienizarse. Además, son lugares de reunión social, con sus reglas y rituales.
Están separados por género y forman parte de la vida cotidiana. Creo que en
Argentina no se nos ocurriría decirle a nuestras amigas: “¿Quedamos mañana a
las cinco para bañarnos y charlar un rato?”. Porque, para nosotras, eso es algo
que se hace en la intimidad de nuestras casas y no frente a miradas ajenas. Me
intrigaba, entonces, ver si todas esas mujeres que andaban cubiertas de ropa por
la calle estaban acostumbradas a desnudarse sin pudor frente a otras.
Le pedí instrucciones a dos viajeras belgas que conocí en el riad y que habían
ido la noche anterior, porque al parecer ir a un hammam no era tan simple como
entrar, buscar una ducha, dejar la cortina abierta, bañarse y charlar. En los
hammam no había nada de eso: toda la construcción era puro baño. Las chicas
me dijeron que llevara una bolsita con champú, jabón, toalla y cincuenta dirhams
en billetes chicos. Me abrigué bien (guantes y bufanda incluidos) y una de ellas
me acompañó al hammam más cercano. Era de noche pero los vendedores
seguían tan despiertos como siempre: “Miss, take a look, hola, amiga, ¿te
acuerdas de mí?, ¡eh, argentina!”. Por suerte iba a un lugar donde no había
vendedores ni hombres. La belga me dejó en la puerta y antes de irse me avisó,
como si se hubiese olvidado de decírmelo antes: “Este es un hammam local y no
es tan glamoroso como uno se lo imagina. Te van a mirar mucho. Te vas a sentir
perdida, así que dejáte llevar: vas a saber qué hacer. ¡Que lo disfrutes!”. Gracias.
En la entrada había un señor: le pagué diez dirhams, me dio un recibo y me
indicó que atravesara una puerta doble. Aparecí en un cuarto de techo alto y piso
de cerámico: estaba repleto de mujeres de todas las edades que se vestían y se
desvestían. Las que estaban sin ropa caminaban con un balde en cada mano. Me
quedé paralizada, analizando la situación. Miré hacia dónde iban las mujeres,
como para imitarlas, aunque no comprendía muy bien el sistema. ¿Dónde estaba
el área para bañarse? No veía agua ni duchas y no sabía muy bien qué hacer. Por
unos segundos pensé en irme corriendo y olvidarme de mi capricho. Pero no.
¿Cuándo más iba a estar en un hammam de Fez? Así que decidí olvidarme de la
vergüenza y seguir el código de vestimenta del lugar: las mujeres se dejaban la
ropa interior y se sacaban el [Link] repente estaba en un mundo de mujeres
donde el pudor no existía y las reglas me resultaban desconocidas.
Me acerqué a una chica y le pregunté qué hacer. “Dejá tu ropa y toalla con
Fátima [Nota: en Marruecos el setenta por ciento de las mujeres parece llamarse
Fátima], agarrá dos baldes vacíos y entrá por la puerta de la derecha”. Le di
cinco dirhams a Fátima para que me cuide la ropa y, antes de cambiar de cuarto,
una señora muy gorda me interceptó y me preguntó si quería massage. Le dije
que sí, acordamos un precio, agarró dos baldes y me hizo señas de que la
siguiera. Aquel no era un hammam turístico como los que se promocionan con
pétalos de rosa, música suave y masajes hechos por hadas. Yo estaba en un
hammam local, repleto de marroquíes que charlaban en árabe, sin ninguna otra
extranjera a la vista y a punto de ser masajeada por una señora que tenía cuatro
veces mi tamaño.
Entramos al cuarto de al lado, una sala amplia como un gimnasio, y
enseguida sentí el vapor. Había unas treinta mujeres, sentadas en el piso o en
banquitos, enjabonándose, tirándose agua encima con baldecitos y haciendo
sociales como si estuviesen en el living de su casa. La señora gorda me indicó
que dejara el champú y el jabón en un rincón y que la siguiera a una tercera
habitación. Apenas entramos me di cuenta de que el vapor provenía de ahí. Nos
acercamos a las fuentes de agua limpia, la señora cargó los baldes, uno con agua
hirviendo y el otro con agua fría, me hizo sentarme en el piso y, sin aviso, me
tiró un baldazo de agua cuasi hirviendo encima. No me pude quejar, porque
enseguida me tiró un baldazo de agua fría y los fue alternando durante un rato.
Después me dejó sola para que me bañara —supuse—.
Hasta ese momento nadie me había mirado demasiado, excepto algunas
nenas que me habían dicho hello con una risita. Las dos mujeres que estaban
sentadas al lado mío, bañándose y charlando, me preguntaron de dónde era.
Cuando dije “Argentina”, enseguida dijeron “Maradona” y fue como si el Diego
se hubiese sentado ahí a bañarse con nosotras.
Nos pusimos a charlar como amigas en un café y, en ese momento, me sentí
parte de algo muy local: estaba en un lugar donde las mujeres se reunían sin sus
maridos, sin sus velos, sin sus pudores —reales o infundados— y se mostraban
tal cual eran, sin miedo a ser juzgadas. Y yo, por un rato, dejé de ser turista, dejé
de ser extranjera, dejé de ser de afuera y pasé a ser una mujer más que se bañaba
—esa actividad tan natural y cotidiana— en un enorme cuarto compartido. La
señora del masaje volvió un rato después y, fiel a nuestro acuerdo, me fregó
como a un plato sucio. Se puso una esponja exfoliante en la mano y me sacó la
suciedad de todo el cuerpo. Volví a ser una nena de tres años bañada con ímpetu
por su mamá. Nunca tuve la piel tan suave y el pelo tan sedoso.
Lo malo del hammam —en particular, eso de alternar agua caliente y fría tan
abruptamente, algo no apto para cardíacos— fue que al día siguiente me desperté
con los dedos de las manos hinchados y repletos de sabañones. Durante un mes
tuve las manos lastimadas y sentí dolor y desesperación cada vez que cerraba los
puños para agarrar la cámara o escribir. Fueron los souvenirs más legítimos y
dolorosos que me llevé de aquel viaje.
Me fui de Fez con las manos casi inhabilitadas y con la sensación de que
había vivido un día de 168 horas y no siete días de 24 horas, con la certeza de
que había viajado a otra época, con la sensación de que nos habían quedado
muchísimas intersecciones por tomar y con la sospecha de que estaba dejando a
una Aniko atrapada para siempre en ese laberinto medieval. Por eso, si hoy
estuviese escribiendo una enciclopedia subjetiva y tuviese que dar un significado
concreto de lo que para mí es viajar, en la entrada pondría algún relato de mi
paso por Fez.
Nómada
(días lentos)

Nómada:
1. Que va de un lugar a otro sin establecer una residencia fija
2. Que está en constante viaje o desplazamiento
Cuando lo conocí, Mohamed tenía veintidós años y vivía en Merzouga, un
pueblo en la entrada del desierto, en una casa de adobe construida por su familia.
Vestía un djellaba azul que le había hecho su abuela —y que había pertenecido a
su papá—, usaba un turbante —a veces negro, a veces azul, a veces blanco— de
siete metros de largo y hablaba castellano perfecto. Tan perfecto, que si se le
hubiese ocurrido decirme que en realidad era un español vestido de marroquí, le
hubiese creído. Pero no, Moha era bereber (una etnia autóctona del Magreb) y
había nacido en Erg Chebbi, uno de los erg (región arenosa) del Sahara en
Marruecos, una zona de dunas que ocupa veintidós kilómetros de norte a sur y
cinco kilómetros de este a oeste. Moha nació en el desierto y vivió como nómada
hasta los diez años, cuando su familia —madre, padre, abuela y dos hermanas—
decidió vender sus cien dromedarios y establecerse en Merzouga, sobre la tierra
marrón, a pocos metros de las montañas de arena que fueron de hogar durante la
infancia.
Moha trabaja con turistas desde los catorce años. Y es que Erg Chebbi es una
de las regiones más visitadas del país, y en Merzouga y Hassi Labiad —los dos
pueblitos más cercanos, donde están los lugares para alojarse— casi todos viven
de eso. En aquel entonces, Moha trabajaba en un albergue y tenía a su cargo el
cuidado de tres dromedarios. Cuando algún viajero quería aventurarse a las
dunas, él hacía de guía: no había sector del desierto que no conociera. Además
de bereber, árabe y español, hablaba francés e inglés y algunas palabras de
japonés, alemán e italiano. Mientras vivió en el desierto no fue a la escuela: todo
lo que necesitaba saber para sobrevivir se lo enseñaron en su casa. De niño
aprendió a cuidar a los dromedarios y a las cabras, aprendió dónde encontrar
agua, aprendió a orientarse mirando las formas de las dunas, aprendió todas las
constelaciones que se ven en el cielo, aprendió a predecir tormentas de arena y a
sobrevivir a ellas, aprendió a tocar los tambores y a hacer música. Luego, cuando
su familia dejó de ser nómada y se estableció en un lugar definitivo, fue cuatro
años al colegio, pero sintió que no le enseñaban nada y lo dejó.
Todos los idiomas los aprendió gracias a los turistas. No usó libros ni
audioguías: el contacto humano fue su mejor escuela. “Tú no sabes las ganas que
tenía de aprender español. Es un idioma que me gusta muchísimo. Cada vez que
conocía a alguien que hablara le pedía que me enseñara palabras y las
recordaba”, me contaba mientras yo sentía admiración por su facilidad. Empezó
a aprender español a los catorce y su memoria infalible lo ayudó mucho. Cada
vez que él me enseñaba una palabra en bereber —como por ejemplo tafuid, que
significa sol, o itran, que significa estrellas—, yo la escribía en mi cuaderno y
me la olvidaba a los pocos minutos. Cada vez que yo le enseñaba una palabra en
español, él la guardaba en su cabeza y la utilizaba pocos minutos después.
Andi (mi compañero de viaje por Marruecos) y yo pasamos once noches en
Merzouga y Hassi Labiad, dos de ellas en casa de Moha. Y por casa me refiero al
desierto. Él estaba feliz de ser nuestro guía: “Yo prefiero dormir en el desierto
que quedarme en el pueblo”, me dijo un domingo, mientras preparaba los
dromedarios para salir por la tarde. Partimos a las tres y media, cuando el sol
estaba alto y las dunas, a lo lejos, todavía se veían amarillas. Éramos seis: dos
viajeros eslovenos, Moha, otro Moha —el guía de los eslovenos, un bereber de
dieciocho años—, Andi y yo. Nos subimos uno a cada dromedario —que, a
diferencia del camello, solamente tiene una joroba y es oriundo del norte de
África — y formamos dos caravanas.
Durante dos horas los dromedarios caminaron despacio, como es regla en el
desierto. Mientras sus patas se hundían en la suavidad de la arena, me dedicaba a
leer todo lo que aparecía escrito en ella. Con observarla era posible saber quién
había estado antes por ahí: las huellas de zapatos con suelas enrevesadas
indicaban que un grupo de turistas había pasado caminando, las marcas de
llantas gritaban que una 4x4 había hecho su recorrido por esa zona, las patitas
pequeñas eran de los zorros del desierto y las rayitas las dejaban los escarabajos.
Nuestros guías caminaron siguiendo las huellas redondas de dromedarios que ya
habían marcado el sendero.
Unas horas después llegamos a un oasis, sin agua pero con vegetación,
refugiado entre las dunas. Ahí nos esperaban las jaimas (las carpas típicas de los
nómadas, construidas con maderas y telas) que serían nuestro hogar durante dos
noches. Aprovechamos los últimos minutos de luz, esos en los que las dunas
mutan de amarillo a naranja a rojo en pocos instantes, para sacar fotos y mirar el
atardecer en la inmensidad del desierto. A esa hora, por la posición del sol, el
desierto se convierte en una sábana arrugada, con pliegues y claroscuros, y uno
se da cuenta de que está en medio de uno de los paisajes más irreales del planeta.
Una montaña de arena de 150 metros de altura no es algo que se vea todos los
días. Cuando se hizo de noche repetimos el ritual más extendido de Marruecos:
tomamos el té (al que los marroquíes llaman con orgullo whisky bereber, si bien
no contiene alcohol). Después compartimos un tajine de verduras y nos
acostamos boca arriba en colchones a la intemperie a mirar, durante horas, la
televisión bereber: las estrellas.
El cielo nocturno del desierto es envolvente. No es que uno está abajo y el
cielo arriba. No: el horizonte está tan repleto de estrellas que el cielo también
está a los costados, como un domo que cubre la tierra. Nunca me sentí tan ínfima
como en ese colchón en medio de la arena. Mientras observaba las miles —
porque en el desierto son miles— de estrellas sentí que por primera vez estaba
mirando al universo cara a cara. Esas estrellas —las fugaces, las rojas, las más
brillantes, las más débiles, las que formaban cruces y carretas— me estaban
diciendo: “Acá afuera hay mucho más, el mundo no termina en la Tierra”. En la
Tierra, más que terminar, el universo recién empieza.
Nos quedamos horas ahí. El silencio era tan espeso que llegué a preguntarme
si me había quedado sorda. No había viento pero el frío nos atravesaba la ropa,
así que en algún momento de la noche tuvimos que refugiarnos en las jaimas.
Nunca supe a qué hora me fui a dormir, pero tampoco me importó mucho. En el
desierto, los relojes y los calendarios no tienen demasiada utilidad. Ahí el tiempo
adquiere otra consistencia y el reloj que se obedece es el interno.
Al día siguiente dejamos mochilas y dromedarios en las jaimas y nos fuimos
caminando a conocer otro sector: la hamada o desierto negro, un paisaje
pedregoso, árido, polvoriento, con muchas rocas y sin arena (se calcula que el
setenta por ciento del Sahara está conformado por hamadas). En verano, me
explicó Moha, esas zonas pueden alcanzar temperaturas de hasta sesenta grados
centígrados: son lo más cercano al infierno en la Tierra. En el desierto negro de
Marruecos viven varias familias nómadas y Moha, alguna vez, también vivió
ahí.
“La vida en el desierto es muy dura pero muy feliz”, nos aseguró mientras
descansábamos bajo la sombra de un árbol y compartíamos otro té. “Aquí no hay
prisa, vivimos tranquilos, sin problemas en la cabeza, sin estrés. Nos saludamos
unos a otros. Cuando comemos sentimos qué comemos, no pensamos en otras
cosas. Aquí el que quiere trabaja y el que no, no”, nos explicó. Sin embargo, la
concepción de trabajo en el desierto es distinta a la de la ciudad. Ahí, aunque
Moha nos dijera que no, todos trabajan, lo que pasa es que el objetivo es otro:
adaptarse a un medio hostil y sobrevivir día a día con pocos recursos. En el
desierto todo ocurre ahora, sólo importa el hoy.
Moha nos contó acerca de su infancia nómada. Él y su familia se quedaban
varias semanas —a veces meses, pero nunca años— en el mismo sitio, en oasis o
llanuras donde hubiese agua y comida para los animales. Hubo épocas en las que
solamente tenían dátiles, leche de dromedario y pan, no había verduras, carnes,
ni té. Las mujeres caminaban cinco kilómetros todos los días en busca de agua,
los niños cuidaban a los animales (un trabajo no menor, ya que una familia
puede llegar a tener doscientos dromedarios, trescientas cabras y varias ovejas y
burros) y los hombres recolectaban la madera. Cuando el lugar ya no tenía
recursos para darles, Moha y su familia desarmaban las jaimas, levantaban
campamento y se iban en caravana hacia otro sector del desierto. “Nunca
estamos tristes ni aburridos”, me aseguró. “Vivimos a otro ritmo”.
Volvimos del desierto negro a las jaimas antes de que se hiciera de noche.
Cenamos cous cous y pasamos —otra vez— horas mirando las estrellas. A la
mañana siguiente vimos el amanecer y regresamos al pueblo en los dromedarios.
Si bien Hassi Labiad y Merzouga son lugares muy tranquilos en comparación
con cualquier gran ciudad, salir de la lentitud y la tranquilidad del desierto y
regresar a “la civilización” implicó volver a la velocidad de los relojes, las
fechas, las computadoras, internet, las redes sociales… Moha, en cambio,
continuó con su vida de siempre: cuidar a los dromedarios, conocer extranjeros,
aprender idiomas, trabajar en el albergue, pasar momentos con su familia y sus
amigos.
Después de las dos noches que pasamos en el desierto nos quedamos otras
siete en Merzouga, ya que nos surgió la posibilidad de trabajar de extras en una
película de Hollywood que se estaba rodando ahí mismo. Cada vez que nos
cruzábamos con Mohamed y le preguntábamos cómo estaba, él nos respondía:
“Muy bien, ¡como siempre!”. Cada vez que nos veía apurados nos recordaba el
lema del desierto: “Despacio, amigos. La prisa mata”. Y esa frase generó algo en
mí, me sacudió, me puso en pausa, me hizo darme cuenta de que la vida no
siempre tiene que ser atravesada con tanta velocidad y urgencia, que la lentitud
también es válida, que ser capaz de vivir al ritmo de la naturaleza, con menos
necesidades, es algo admirable.
Y después de aquellos días en el desierto no pude dejar de pensar en esa
palabra, no pude evitar la comparación. Nómada conoce a nómada. Estamos bajo
la misma entrada del diccionario y somos muy distintos, pero compartimos una
misma esencia: la del movimiento, la de la búsqueda, la de la adaptación. Él
(ellos: los bereberes del desierto, los nómadas) se mueve(n) de un lugar a otro en
busca de alimento, de agua, de refugio, de sombra. Yo (nosotros: los viajeros)
me muevo (nos movemos) de un lugar a otro en busca de paisajes, de historias,
de experiencias, de conocimiento, pero también en busca de comida, de techo, de
hogares. Y yo me muevo, más que nada, en busca de personas. En este
movimiento constante conozco a muchos otros nómadas (viajeros) en el camino,
y a veces tengo tanta suerte que llego a un lugar mágico, como Erg Chebbi, y
también me encuentro con nómadas (pero los del desierto) y aprendo, gracias a
ellos, que no existe una manera de vivir que sea la correcta, sino que todas son
válidas y que la lentitud también es necesaria para ser felices.

Nómada digital

Perdí la cuenta de las veces que me dijeron: “No podés ser nómada, vivimos
en otra época, el ser humano se hizo sedentario hace tiempo”. Cada vez que me
repetían esa supuesta certeza yo pensaba, por ejemplo, en países como
Mongolia, donde un tercio de la población sigue siendo nómada, y me
preguntaba qué diría esa misma gente si un día se le ocurría viajar a Mongolia y
le tocaba vivir unos días con una familia nómada. ¿Le diría, al igual que a mí:
“No podés ser nómada, eso ya pasó de moda”? Probablemente no. Y a veces mi
cuestionamiento iba más lejos y me preguntaba qué pasaría si, por ejemplo, un
mongol de mi edad decidiera volverse sedentario. ¿Le dirían lo mismo que a mí:
“No se puede ser sedentario”?
Elegir los viajes como estilo de vida es algo que para muchos equivale a ser
alguna de estas tres cosas: millonario, vago o loco. Para muchos, vivir viajando
suena tan irreal (y tan caro) que en vez de investigar cómo es posible, prefieren
dedicarse a criticarlo. “Tu vida es muy linda pero seguro que hay un truco por
detrás”, me escribió una vez alguien con desconfianza; “dejá de vender algo que
no existe”, me escribió otro con bronca. Vivir de lo que a uno le gusta genera
polémica (“seguro que le pagan todo”, “seguro que no necesita trabajar”) y si
resulta que lo que a uno le gusta es viajar, peor. Cada vez que me decían “ponete
a trabajar” o “¿vas a seguir de vacaciones mucho más?” o “a ver cuándo volvés
al mundo real”, yo pensaba: si el mundo real consiste en estar dentro de una
oficina ocho horas al día, no poder usar mi tiempo con libertad y trabajar
solamente para ganar un sueldo a fin de mes, prefiero seguir viviendo en mi
mundo de fantasía y trabajar sin horarios por otras cosas además de dinero.
De chica soñaba (y aún sueño) con vivir en una casa rodante y poder dormir
cada noche en un paisaje distinto. También quería ser escritora y trabajar frente a
una ventana con vista al mar (soy más del agua que de la tierra y la playa es el
paisaje que más me inspira). Pero en esa época no existía internet y lo de vivir en
una casa rodante era algo que pasaba en las películas, no en la vida real. La
escritura (creía yo) se hacía en lugares inmóviles y cerrados, y el trabajo era una
actividad que transcurría en un horario delimitado y con el único fin de ganar
dinero. Todo me indicaba que por un lado estaba el trabajo y por otro la
felicidad, por un lado el sacrificio y por otro la vida. Cuando empecé a viajar
cambié varias concepciones que tenía como verdaderas: entendí que era posible
llevar la casa (y el oficio) a cuestas y pude darle otro significado a la palabra
trabajar.
Durante mi época de estudiante, mi “futuro trabajo” era algo que me
preocupaba. Tenía miedo de no servir, de no ser productiva, de no poder ganar
dinero. ¿Cómo iba a hacer para afrontar los enormes gastos que suponía la vida?
¿Cómo iba a hacer para ganar dinero haciendo lo que me gustaba? El mundo
adulto no me resultaba prometedor y no quería entrar en un sistema que parecía
hacer infelices a varios. En mi casa me habían enseñado que tenía que dedicarme
a aquello que más amara y no a lo que me prometiera riquezas, entonces no sabía
cómo haría para sobrevivir (o viajar) en un mundo donde el dinero parecía ser la
clave de la felicidad. A la vez, muchos me hacían creer que si no me amoldaba
terminaría en la calle, muerta de hambre. “Si te tomás un año sabático, cuando
vuelvas ninguna empresa va a querer contratarte, ya va a ser muy tarde para que
te insertes al mercado laboral”, me aseguraban. “Pero yo no quiero que una
empresa me contrate. Yo no quiero insertarme al mercado laboral”, pensaba. Sin
embargo, parecía que no había otra opción.
Recién cuando hice mi primer viaje entendí que recorrer el mundo no era tan
caro como muchos suponían y que trabajar no tenía por qué ser sinónimo de
estar quieto en una oficina. Me fui a conocer América Latina con mis ahorros de
toda la vida: durante esos nueve meses dormí en casas de familia, me alimenté a
base de arroz, me moví en transportes locales, no hice excursiones y logré que
cada dólar ahorrado se convirtiera en más días de viaje. Así descubrí que los
costos de un viaje dependen de lo que cada uno entienda por viajar. Irse de
vacaciones con todo incluido e intentar ver cinco países en dos semanas hace
que viajar sea carísimo y, además, agotador. Vivir viajando, en cambio, es más
barato que vivir en un lugar fijo.
Los grandes gastos del viajero son tres: el alojamiento, la comida y el
transporte, y todos se pueden reducir a lo esencial. Los hostels son una opción de
alojamiento barato, aunque existen muchas maneras de alojarse sin dinero de por
medio: quedarse en casas de familia (couchsurfing), cuidar una casa mientras el
dueño está de vacaciones (housesitting), trabajar en una granja orgánica a
cambio de techo y comida (WWOOFing), acampar. La comida también puede
abaratarse: hay que huir de los restaurantes turísticos e ir a donde come la gente
local o a los supermercados (en Asia, por ejemplo, la comida de los puestos
callejeros es la más barata, la más rica y la más consumida por los asiáticos; en
Europa, donde comer afuera puede ser caro, habrá que comprar los ingredientes
en el supermercado y cocinar en el hostel o en la casa). En cuanto al transporte,
existen aerolíneas de bajo costo, aunque casi siempre es más barato (y más
interesante) ir por tierra o en barco. Hacer autostop, barcostop o carpooling
(compartir coche) son excelentes formas de reducir los costos, conocer gente
local y proteger el medio ambiente (porque es mejor que haya un auto con tres
personas que tres autos con una persona cada uno).
Durante aquel primer viaje, mi trabajo consistió en observar, llenar cuadernos
de textos y escribir artículos para un blog y para revistas. Si bien no me pagaron
por observar (ni por viajar en sí), toda esa investigación de campo me sirvió para
futuras publicaciones. Cuando me fui a Asia abrí un blog y me convertí, sin que
fuese mi objetivo, en bloguera. Si bien la etiqueta no me gusta —prefiero ser una
escritora o fotógrafa o viajera con blog—, tener un blog fue el primer paso para
convertirme en una nómada digital. Con mis herramientas a cuestas (mi
computadora y mi cámara) y la ayuda de internet, logré hacer de cualquier
paisaje mi espacio de trabajo y generar ingresos desde cualquier lugar del
mundo.
No tengo horarios, no tengo jefe (a veces tengo varios, aunque la que dirige
mis tiempos sigo siendo yo), tampoco tengo un salario fijo, pero trabajo frente al
mar, en un café, en una casa, en medio de un bosque o en el lugar que se me
ocurra visitar. “¿Un blog te da de comer?”, me preguntaron con incredulidad.
No, no vivo de mi blog, pero vivo gracias a él. Ese espacio que creé para
compartir información e historias y para practicar mi escritura y mi fotografía se
terminó convirtiendo en mi tarjeta de presentación y fuente de trabajo.
Durante estos cinco años aprendí que es muy común que aquel que vive
viajando combine ese movimiento con algún tipo de proyecto (no sólo con el
objetivo de generar ingresos y poder seguir viajando, sino también para aportar
algo positivo al mundo). Así como yo viajo con el fin de escribir libros y sacar
fotos, hay otros que van por ahí realizando documentales, llevando música o
cine, haciendo shows de magia, produciendo programas de radio, llevando
donaciones, enseñando idiomas, vendiendo sus productos... Todos ellos
utilizaron su creatividad e idearon un trabajo que pudiese ser realizado en
movimiento.
Hay algo de viajar que nos pone muy en contacto con nosotros y que hace
que nuestra misión aflore de manera natural. Y el dinero, más que ayudarnos,
muchas veces nos traba en el descubrimiento de nuestro talento: porque todos
tenemos uno, pero cuando obtenemos dinero a fin de mes por hacer algo que no
nos gusta demasiado pero que nos permite sobrevivir, no nos animamos a dejar
esa supuesta estabilidad para perseguir eso a lo que realmente queremos
dedicarnos. Conocí muchos viajeros que descubrieron sus habilidades cuando se
quedaron sin dinero: al verse en una situación límite (y no querer dejar de viajar
por falta de fondos) fueron capaces de generar algo y seguir camino.
Y viajando aprendí, ante todo, que trabajar es algo que va mucho más allá de
tener un empleo. Nuestro trabajo es eso que hacemos con pasión y amor, es
nuestro talento aplicado a la vida, es ese aporte único y positivo que le damos al
mundo. No tenemos que concebir el trabajo como algo que estamos obligados a
hacer para obtener dinero sino como una misión que surge de nuestro interior y
que es capaz de hacernos felices a nosotros y a quienes nos rodean. No tiene
sentido trabajar sólo por dinero si con nuestro aporte no ayudamos a otros.
Trabajar únicamente por dinero es someterse a un sistema que no se preocupa
por nuestra felicidad sino por su supervivencia, es caer es un círculo vicioso en
el que nos olvidamos de nuestra misión y de nosotros mismos. Do what you love
and the rest will come (“Haz lo que amas y el resto vendrá solo”). Estoy
convencida de que cuando hacemos lo que realmente nos apasiona, el universo
conspira a nuestro favor. Si confiamos en nosotros mismos y apostamos por
nuestras habilidades, el mundo se va a encargar de ayudarnos a seguir nuestro
camino.
Cartas desde Laponia
(días surrealistas)

En marzo de 2012 viajé cinco días a Laponia sueca. Lo de “viajé” es una


suposición, ya que sospecho que me quedé dormida en el avión que me llevó de
Barcelona a Skellefteå y nunca me desperté. Todo lo que viví y escribí durante
aquel viaje lo hice desde un estado onírico: estoy convencida de que mi paso por
esa región del mundo no fue más que un lindísimo sueño. ¿Qué hacía en
Laponia? Eso mismo me preguntaba yo: cómo había llegado, siendo tan joven, a
un lugar del mundo al que creía que solamente podría viajar a través de la
imaginación y de las películas. Pero ahí estaba, en la región con mayor
naturaleza salvaje de Europa, en el hogar de la única comunidad indígena
europea aún existente, en lo más al norte del mundo que llegué en mi vida.
En Laponia sueca escribí cartas. No por elección, sino porque fue lo único
que me salió: estar en un lugar tan lejano me hacía sentir que la mejor manera de
contar lo que estaba viviendo era a través de la correspondencia personal. Y
apenas escribí la primera línea supe que el destinatario más indicado para mis
palabras era mi tan querido blog de viajes, ese diario virtual que me acompañaba
por el mundo hacía dos años. Me sentía tan alejada del mundo conocido que me
parecía que incluso él, mi compañero fiel, se había quedado esperándome en el
aeropuerto. Nos despedimos en Barcelona y durante cinco días le escribí cartas
desde algún rincón remoto de mis sueños.
*
Piteå, Laponia sueca, 27 de marzo de 2012
Querido Blog:

Me quedé dormida en el avión y creo que nunca me desperté, así que lo más
probable es que te esté escribiendo desde un sueño. Como verás en el
encabezado de esta carta, el sueño en el que estoy inmersa transcurre en un lugar
del mundo conocido como Laponia, en Suecia. Sí, Laponia, como los helados
que comía de chica y como la tierra de Papá Noel (aunque dicen que vive por
encima del Círculo Polar Ártico, en la parte finlandesa). ¿Que qué hago en
Laponia? Eso me pregunto yo. Cuando te empecé a escribir, hace ya casi dos
años, nunca me imaginé que te enviaría noticias desde este destino. Me veía en
China, en India, en Marruecos, hasta en Oceanía, pero nunca en Laponia. Vos
sabés por qué: es un destino inimaginado para una viajera con poco presupuesto
como yo. Y sin embargo acá estoy, protagonizando un sueño. Así que por estos
cinco días serás una especie de cuaderno onírico. Un cuaderno onírico online,
porque sos un diario moderno.
En este momento estoy sentada en la mesa de mi habitación, dentro de una
casita como de cuento, con techo a dos aguas, mucha madera, balconcito blanco
y cortinas de tonos pasteles. Estoy al lado de una ventana y todo lo que veo es la
nieve y el bosque. Tres colores: blanco, marrón y verde. Son las seis de la tarde,
el sol está bajando y le está dando una luz dorada a los árboles y a las casas de
Piteå, el pueblo en el que estoy ahora. Es mágico. Creo que esta luz —a la que
por su calidez los fotógrafos llaman “la hora dorada”— es mi momento preferido
del día. ¿Escuchás eso? Son las gotitas de nieve derretida que caen contra el
marco de la ventana.
Hace poco te conté acerca de mis cinco encuentros con la nieve, ¿te acordás?
Bueno, si tuviera que hacer un Top Seis, Laponia estaría en el primer puesto.
Nunca vi tanta nieve como acá. Además es de verdad, de esa que se nota que es
blandita, de esa que la pisás y te hundís hasta las rodillas. Ya sé que te estarás
preguntando qué ropa traje, si sabés que me fui de Buenos Aires casi sin abrigo y
que no tengo nada que se parezca ni remotamente a la ropa de esquí. Es que soy
una improvisada total y acepté venir a este viaje sin tener la vestimenta
adecuada, sabiendo que de alguna manera lo iba a solucionar. Por suerte Tensi y
Xavi, mis amigos españoles, me prestaron todo lo que necesitaba y me salvaron
de morir congelada, así que si te los cruzás por alguna de esas redes sociales que
frecuentás, agradecéles de mi parte.
Bueno, te cuento: vine a Laponia sueca de blogtrip, invitada por la Secretaría
de Turismo de Suecia. O sea, estoy acá gracias a vos: si no existieras yo no
estaría en esta parte del mundo en este momento de mi vida. Para que tengas una
idea más clara de dónde estoy, dejame que te cuente un poco más. Laponia es
una región geográfica y cultural de Europa del Norte: ocupa unos 388 000 km2,
está atravesada por el Círculo Polar Ártico y dividida entre Noruega, Finlandia,
Suecia y la península de Kola (Rusia). Su nombre correcto es área Sápmi, ya que
la zona está habitada por los sami o pueblo lapón (la población aborigen de
Escandinavia y el único pueblo indígena europeo aún existente). La región de
Laponia que está dentro de las fronteras de Suecia se conoce como la Laponia
sueca, ocupa casi un cuarto del país y tiene una densidad de dos habitantes por
kilómetro cuadrado: es un lugar donde los espacios naturales siguen
prevaleciendo por encima del ser humano. La palabra Laponia de por sí ya
denota misterio, inmensidad, silencio… ¿no?
Es una lástima que no puedas estar acá conmigo. Lo bueno es que como
tengo ganas de contarte todo, me la voy a pasar escribiendo. El paisaje ayuda
muchísimo: ya estoy pensando en quedarme acá una temporada y convertirte en
libro. Tendría que venir en invierno (entre diciembre y febrero), cuando
solamente hay cuatro o cinco horas de luz por día, y aprovechar la falta de
distracciones para recluirme en una cabaña y escribir sin parar. Dicen que en
Suecia hay muchos escritores. Debe ser difícil soportar tantos meses de
oscuridad, ¿no? Por eso los suecos me cuentan que cuando es verano todos se
sienten felices, salen de sus casas, viven al aire libre. Y cuando llega el sol de
medianoche (alrededor de junio) se quedan despiertos toda la noche charlando o
haciendo cosas tan cotidianas como cortar el pasto y jugar al fútbol. Pierden
noción del tiempo. Es que, imagináte: un día entero de sol, veinticuatro horas
seguidas de luz. ¡Como para no perder noción! Me gustaría experimentar algo
así. Me la pasaría escribiéndote sin descanso, mientras el sol estuviera brillando,
así fuesen cinco días seguidos de tecleo.
Perdón, me estoy yendo por las ramas. Es que pasaron tantas cosas en estas
48 horas que no sé por dónde empezar. Dicen que lo mejor es por el principio.
Pero el problema de los sueños es que no son cronológicos, son desordenados,
son irreales. Para que te des una idea: mi primer día en Laponia —ayer—
incluyó trineos en la nieve, perros siberianos, partidos de hockey sobre hielo,
hamburgueserías, salmón, samis, artesanías, hoteles cinco estrellas… Por eso te
digo: irreal.
Ayer, lunes, tomé el vuelo de las siete de la mañana de Girona (Catalunya) a
Skellefteå. En el avión conocí a mis compañeros de viaje: David, un fotógrafo
catalán, Miguel, un fotógrafo madrileño, y Florent, un periodista catalán. Como
casi todos los asientos estaban vacíos aproveché para estirarme y dormí las
cuatro horas como una reina. Creo que de tanto viajar en buses destartalados
adquirí esa capacidad de dormirme donde sea. Cuando me desperté ya estábamos
por aterrizar. En el aeropuerto de Skellefteå (se pronuncia shelefteo) nos
recibieron con jugo de arándanos, queso, fruta, agua y chocolate. La temperatura
era de unos seis grados. Bien: pensé que me iba a tener que enfrentar a veinte
grados bajo cero. ¿Cómo será sentir tanto frío? Creo que nunca estuve a menos
de cinco bajo cero. ¿Qué diferencia se sentirá entre estar a menos diez y estar a
menos veinte? ¿Será que a menos diez se te congelan las palabras y a menos
veinte se te congelan los pensamientos?
Salimos del aeropuerto y a que no sabés quiénes nos esperaban. Ocho perros
huskies y un trineo. Cuando nos vieron empezaron a saltar y a llorar de emoción,
estaban alborotadísimos. Uno de ellos tenía un ojo marrón y otro azul. Miguel y
yo nos subimos y los perros empezaron a correr como locos. Fue la bienvenida
perfecta al sueño laponiano. El trineo se deslizaba sobre la nieve en silencio, a
través de un sendero de árboles, mientras el viento frío me daba en la cara.
Nunca imaginé que iba a experimentar algo así en mi vida, y no me refiero
solamente a los perros, sino a todo esto: estar en Laponia, haber sido invitada por
Suecia. Siento que nada de esto está pasando.
Después del paseo nos fuimos al centro de la ciudad, dejamos las cosas en el
hotel (cinco estrellas) (¿vos sabés cuándo fue la última vez que me quedé en un
hotel así? ¡vos ni habías nacido!) y nos fuimos a almorzar comida típica. ¿Sabías
que acá comen a las once y media de la mañana y cenan a eso de las seis de la
tarde? Si estoy en Suecia, actuaré como los suecos. Viene bien cenar temprano,
se duerme mejor. Después de comer una sopa con carne de reno —acá se come
reno como allá se comen vacas, así que no me pongas esa cara—, y un filete de
salmón con verduras, nos fuimos a caminar y a conocer a Jonas, un sami que se
dedica a hacer artesanías. Un artista con una casa de ensueño y una vida
tranquila.
Me encanta cómo en cualquier lugar del mundo la gente se adapta al clima y
a la geografía. Acá muchas actividades tienen que ver con la nieve y el frío,
como el partido de hockey sobre hielo que fuimos a ver más tarde. Cuando
llegamos al estadio todavía era de día, y eso que ya eran las siete de la tarde.
Fuimos a ver las semifinales del torneo: Skellefteå Aik vs. Aik. Lo curioso es
que son equipos rivales y ambos tienen el mismo color de camiseta (y de
bandera) y casi el mismo nombre. Estábamos en primera fila. Fue emocionante.
Creo que ver cualquier deporte en vivo es emocionante.
El hockey sobre hielo se juega con seis jugadores de cada equipo en la pista y
en tres tiempos de veinte minutos cada uno. La velocidad de juego es rapidísima,
así que hay que estar muy atento, porque un segundo están de un lado y medio
segundo después ya están del otro. Además los jugadores se dan unos golpes que
madre mía (¡joder, de tanto hablar con españoles se me pegan sus expresiones,
tío!). Si el partido termina empatado, se agrega otro tiempo de veinte minutos
para desempatar. Y si vuelve a pasar lo mismo, se agrega otro y otro y otro hasta
el infinito. O sea que nunca se sabe a qué hora va a terminar. ¿Habrá habido
algún enfrentamiento donde se quedaran días enteros? Me imagino, por ejemplo,
que en algún pueblito de Suecia se está jugando un partido eterno desde 1976 y a
medida que los jugadores envejecen van siendo sucedidos por sus hijos. Ya
deben ir por el tiempo número 940 000 pero, como siempre empatan, nunca se
termina. El partido que fuimos a ver terminó a tiempo: Skellefteå Aik perdió
cuatro a uno.
Para cerrar el día nos fuimos a un lugar típico: una hamburguesería (es que a
esa hora ya no había ningún restaurante abierto, porque la gente cena temprano).
¿Sabías que acá McDonald’s intentó establecerse y no tuvo éxito? Lo local tiene
más fuerza. Me encanta, así debería ser en todas partes. Tuvimos una sobremesa
muy agradable, charlando con Tova y Bob (una pareja sueca que será nuestra
anfitriona mañana) acerca de cómo viajar te ayuda a conocer los distintos modos
de vida que existen en el mundo y a darte cuenta de que el tuyo no es el único ni
el correcto. Lo que te digo siempre: todas las formas de vida son válidas. Es
lindo conocer a más personas que piensen así. Un detalle: acá la mayoría de la
gente es rubia de ojos celestes. Paso medianamente camuflada, ya me hablaron
en sueco y todo, aunque los ojos marrones me delatan. “Esta chica no es de acá”,
susurran cuando me ven de cerca.
Y hoy… Si te cuento todo lo que hice y lo que vi hoy no me lo vas a creer…
Mejor lo dejo para mañana, que ya son más de las tres y tengo que madrugar. Me
voy a dormir. Ah, ¿pero cómo? ¿Estaba despierta? Me parece que no, que todo
esto es un sueño. No sé cómo despedirme de un blog, así que te mando un saludo
y espero que todo ande bien por la estratósfera virtual.
Cuidate y descansá,
Aniko
*
Piteå, 28 de marzo de 2012
Querido blog:

Tapones de oído. Eso es lo que nos dieron de souvenir cuando entramos a la


oficina de turismo de Piteå (la a con circulito se pronuncia como una o), el
pueblito al que viajamos ayer desde Skellefteå. “If you ever miss the sound of
the Swedish Lapland, just use this” (“Si extrañan el sonido de la Laponia sueca,
usen esto”) nos dijeron con picardía mientras nos daban la bolsita. El sonido del
silencio. Buen marketing. Además, es totalmente verídico: acá el silencio se
escucha. Y creo que la nieve ayuda mucho. El blanco, descubrí, es un color muy
silencioso.
A la mañana caminamos por una zona del centro de Piteå donde se conservan
las construcciones típicas del siglo xix. Son casitas de ensueño. Cuando era chica
y dibujaba casitas de colores con techitos, chimeneas y arbolitos —intentando
imitar las pinturas de mi mamá—, lo que estaba dibujando eran casas suecas,
pero en ese momento no lo sabía. Es que acá todo es de ensueño: las calles
nevadas, los árboles pelados, las ramas que forman dibujos contra el cielo, las
construcciones de colores, los atardeceres. No entiendo nada. ¿Esto es la vida
real? Estoy en un lugar donde, por decirte algo, las bicicletas no se atan. Las
dejan ahí y cuando vuelven siguen ahí. Si yo la dejara suelta en Buenos Aires,
cinco minutos después estaría desarmada, empaquetada y vendida. Estoy en un
lugar ubicado muy al norte del mundo pero que también tiene verano, playa y —
pocos días al año— veinticuatro horas seguidas de sol. Un sol desenfrenado.
Voy a hacer de cuenta que estoy despierta, pero como te dije ayer, sé que sigo
soñando y que en cualquier momento me voy a despertar en alguna oficina del
aeropuerto, en el sector de objetos perdidos clasificada como pasajero/a no
reclamado/a. Bueno, sigamos. Exactamente a las doce del mediodía (¿o fue más
tarde? Es que no uso reloj y ni me molesté en prender el celular), Miguel —uno
de los fotógrafos que viaja conmigo—, Mikael —un sueco que nos mostró su
ciudad— y yo nos fuimos en auto a una granja en las afueras de Piteå, donde nos
alojamos por una noche (desde ahí fue que te escribí ayer, sentada al lado de la
ventana mirando el bosque). Nos recibieron Caroline y Gunnar, la pareja dueña
de la posada, su hija María, su perro Mile y su gato.
Siento envidia, Blog. Siento envidia ante esta gente que vive tan en contacto
con la naturaleza, que es capaz de autoabastecerse y que tiene tan pocas
necesidades. ¿Lograré vivir así algún día? Sueño con tener mis cultivos, una
bicicleta, un paisaje en mi ventana, una mesa a la que sentarme a escribir y una
conexión a internet (fundamental, sin ella no podría comunicarme con vos y eso
me haría sentir muy sola). Esto de viajar tanto tiene sus cosas buenas y malas:
por un lado, a medida que conozco distintos modos de vida me voy dando cuenta
de en qué tipo de lugares me siento mejor y en qué países me quiero quedar. El
problema es que mis ganas de seguir viajando son más fuertes que cualquier
paisaje, entonces no logro establecerme en ningún lado. Por ahora. Pero cada vez
tengo una idea más clara de cuál es mi lugar en el mundo (que, creo yo, es un
estado de ánimo geográfico, por así decirlo, que puede existir en varios puntos
del planeta y no solamente en una ciudad específica).
Escucháte esta: hoy anduve en moto de nieve. La manejé yo solita. ¡Una
adrenalina que te cagas! (ya te dije que estoy pasando mucho tiempo con
españoles y se me pegan sus expresiones). La sensación es casi como andar en
moto de agua. La nieve estaba blanda y la moto se hundía bastante, entonces
había que ir rápido sí o sí (igual no fui a más de cuarenta porque seguro me
estrellaba contra algún árbol y te dejaba huérfano, y la verdad que sos muy joven
para que te adopten, quiero verte crecer unos años más).
A la noche, a eso de las nueve, salimos a andar a caballo por el bosque con
María. Estábamos dando una vuelta cuando miramos el cielo y lo vimos (o por
lo menos quisimos verlo): el principio, casi imperceptible, de una aurora boreal.
Era una nube gris, muy larga, que se extendía en diagonal por el cielo estrellado.
María nos dijo que no estaba segura de que fuera una aurora, ya que la época
terminó hace unas semanas y hacía un tiempo que no veían ninguna, pero yo no
perdía las esperanzas. Cuando volvimos a la casa, Gunnar nos dijo: “¡Se viene
una aurora! Vayan ya mismo a un lugar despejado para verla”. Así que nos
abrigamos bien, agarramos cámaras y trípodes y nos fuimos cuesta arriba por la
nieve en busca de un claro en el bosque.
Nunca te lo conté, pero uno de los grandes sueños de mi vida, una de esas
diez cosas que tenía que hacer antes de morir, era ver una aurora boreal. La única
que vi fue en la cocina de Skinner, en aquel capítulo de Los Simpson que —estoy
casi segura— cualquier argentino de mi edad recuerda:
—¡Skinnerrr! ¿Qué son esas luces?
—Es la aurora boreal.
—¿Aurora boreal? ¿En esta época del año, en esta parte del mundo y ubicada
justamente en su cocina?
—Ehhh, sí.
—¿Puedo verla?
—No.
Pero la verdad es que nunca jamás te expresé mi deseo de verla porque pensé
que era algo inalcanzable, algo que (con mucha suerte) iba a cumplir después de
los setenta, cuando me ganara la lotería, viajara a algún país nórdico y me
instalara en una silla día y noche a mirar el cielo.
Subimos por la ladera de un monte con Mile, el perro de la familia, un collie
muy simpático, durante unos treinta minutos. Miguel se la pasó enterrándose en
la nieve, yo no tanto, pero a veces pisaba partes blandas y quedaba atascada
hasta la rodilla. Por suerte no hacía tanto frío (¿cero grados, tal vez?).
Caminamos por la oscuridad del bosque con dos linternitas sujetas a la cabeza,
cual protagonistas del Proyecto de la Bruja de Blair, y le conté a Miguel que en
los países nórdicos existe la leyenda del perro que se convierte en lobo cuando
aparece la aurora boreal. Mentira, pero estaría bueno que existieran historias así,
como la del lobizón o el chupacabras escandinavo.
Llegamos a un claro y cuando miramos para arriba casi nos caemos de
espaldas. Una luz verde cruzaba el cielo formando un arco inmenso. Ese haz
avanzaba, tomaba tintes violetas y a los pocos minutos se desintegraba.
Enseguida aparecía otro, formaba otro dibujo y hacía un recorrido distinto.
Saqué algunas fotos, pero la mejor imagen que me llevo es la que me quedó
grabada para siempre en la cabeza. Era como si el cielo fuese un lienzo negro y
alguien (el dios que más te guste) hubiese sacado un pincel y se hubiese puesto a
dibujar trazos verdes y violetas a su antojo. Ver la aurora boreal y ver el cielo
estrellado en el desierto son las dos experiencias que me hicieron sentir ínfima
ante el universo.
Alguien me dijo que la aurora emite un ruido y que hay personas que lo
pueden oír. No escuché nada, pero el perro no paró de ladrarle al cielo durante la
hora y media que estuvimos ahí. Estoy convencida de que escuchaba el ruido o
sentía algo distinto y por eso ladraba. Los animales son mucho más sabios que
nosotros cuando se trata de comprender a la naturaleza. Miguel estaba medio
harto del perro, así que puso música: aurora boreal musicalizada por Manu Chao.
Mientras hacía las fotos me senté en la nieve, me olvidé del frío y me quedé
mirando el cielo. Nunca vi algo así en mi vida. Nunca. Nada se compara a la
sensación de estar sentada en medio de un bosque nevado mirando un cielo lleno
de estrellas que de repente se llena de luces verdes y violetas. Podrían haber
aparecido diez renos bailando salsa, cinco osos vestidos de mujer y cuatro zorros
cantando temas de Los Beatles que igualmente no les hubiese hecho caso. La
aurora le gana a todo. Cuando volvimos a la casa nos dijeron que fue una de las
más grandes y lindas que habían visto en mucho tiempo. La palabra clave de
Miguel para definirla fue “brutal”. La mía no sé. Creo que en aquel momento mi
cabeza dejó de funcionar.
Todavía no puedo creer lo afortunada que fui. Estuve en el momento justo en
el lugar perfecto, contra todas las probabilidades. Cuando pregunté en Facebook
si vería la aurora boreal en este viaje hubo personas que me llegaron a decir
cosas como: “No es época, Aniko, seguí participando”. Pero ves que si uno
sueña las cosas con fuerza, los deseos se cumplen. Decime la verdad, Blog: ¿a
quién le pagaste? ¿Qué contactos moviste para que apareciera una aurora?
¿Quién te pasó la localización del botón secreto que prende y apaga la aurora
boreal? Porque dicen que está muy bien escondido… Fuiste vos, ¿no? Porque si
no, no me lo creo. Todavía no creo nada de todo esto. Es un sueño, ¿no? A ver,
pellizcáme. Sí, estoy soñando.
Me voy a dormir (¿o tendría que decir a seguir durmiendo?). Mañana te
escribo más. Que duermas bien (¿los blogs duermen?) y no te mueras nunca.
A.
*
Skellefteå, 29 de marzo de 2012
Querido Blog:
Dormí menos de cuatro horas pero no me importa nada. Ayer vi la A-U-R-O-
R-A B-O-R-E-A-L. ¿Qué asunto mundano me puede importar después de eso?
La naturaleza es el mejor desestresante que existe, a mí no me vendan otra cosa
porque no la compro.
Hoy tuvimos que dejar la casita del bosque para volver al centro de Piteå.
Eso de despertarse con los árboles silenciosos al lado, la nieve y la luz del sol
entrando por la ventana no tiene precio. ¿Sabías que esta zona de Suecia es el
lugar con más bosques de todo el norte de Europa? El bosque de acá, a
diferencia del de, por ejemplo, Sudamérica, crece muy lentamente: pueden pasar
cien años desde que los árboles son plantados hasta que se conforma. Por eso
tenemos que cuidarlo. Creo que si todos tuviésemos la posibilidad de
despertarnos por lo menos una vez en medio de un bosque y sentir la paz que
transmiten, la naturaleza estaría mucho más cuidada. Porque nadie quiere hacerle
daño a aquello que lo hace feliz, ¿no te parece? A veces buscamos la felicidad
durante toda la vida y no nos damos cuenta de que la naturaleza que nos rodea es
suficiente para hacernos sentir bien. Cómo me gustaría tener un pedacito de
bosque… Gunnar y Caroline (la pareja que nos alojó anoche) nos contaron que
la mitad pertenece a pequeños propietarios, un cuarto pertenece al Estado y otro
cuarto a grandes empresas. Pero todos los habitantes de Suecia son libres de
caminar por todo el bosque. El problema al que se enfrentan ahora es que hay
mucho bosque y poca gente, necesitan personas que estén dispuestas a trabajar
ahí. ¿Vos te sumás? Yo me quedaría.
Hoy almorzamos en un hotel en Piteå con vista al mar (o mejor dicho, al mar
congelado). ¿Te hablé de la comida sueca ya? No me acuerdo, te conté tantas
cosas... Acá se come muy sano. De desayuno, muesli con yogur (que debe ser
una de las cosas que más me gusta comer en este mundo), jugo de frutas, té o
café, fiambres, panes y mermeladas de todas las berrys: rasberry, cranberry,
cloudberry, blueberry. Los frutos del bosque, bah. Esta vez almorcé pescado con
brócoli, tomate, choclo, morrón, queso y salsa de champignones. También probé
el pitapalt, una comida de supervivencia que apareció después de la Segunda
Guerra Mundial para alimentar a la población: un pan hecho a base de harina,
papas y sal, relleno de carne. Se come con mermelada y manteca y llena
muchísimo (yo no pude terminar ni la mitad). Lo mantienen como una tradición
gastronómica. Comí, también, una caritas felices con un sabor muy particular:
regaliz y sal. Raras. Un sabor de esos que te generan muecas involuntarias.
Después Miguel y yo tomamos un bus y nos fuimos de vuelta a Skellefteå (la
ciudad a la que llegamos en avión) para ir en coche hasta lo de Tova y Bob, la
pareja sueca que conocimos en el partido de hockey el día que llegamos. Tienen
una posada lindísima en medio del bosque. Tengo un problema: cada lugar al
que llego me gusta más que el anterior. Soy terriblemente enamoradiza de los
paisajes y de los lugares, tengo que admitirlo. El otro día te contaba que mi
paisaje preferido es el mar, ¿te acordás? Bueno, creo que ahora puedo decir que
otro de los que más me inspiran son los bosques nevados. Son mágicos, de
cuento. Me hacen sentir como adentro de una postal. Estando acá me dan ganas
de encerrarme en una cabaña y escribir durante meses sin parar.
Tova y Bob son una pareja muy cálida y agradable, personas con las que
quisiera compartir más tiempo. Ya les pedí que me adopten y que me dejen vivir
en la casita de las gallinas: ya lo veo, me pongo un colchoncito ahí, una
conexión a internet y listo, no me voy más. Siempre digo lo mismo, ¿no? Una de
mis frases célebres debe ser “acá me quedo”, es que viajando conozco tantos
lugares que me atrapan… Como el bosque donde viven Tova y Bob, por
ejemplo. Hoy comprobé que hay bosques encantados, salidos de los cuentos que
leía de chica y en los que no me sorprendería encontrarme hadas y seres
viviendo en casitas en los árboles. Cuando estaba bajando el sol nos pusimos los
esquíes y nos fuimos a hacer una caminata por la nieve hasta el lago congelado.
Imagináte tener un lago así a tres cuadras de tu casa. No habría razón para no ser
feliz. Tova y Bob no cierran su casa con llave. Impensado, ¿no? La tranquilidad
de que podés salir y nadie va a entrar a desvalijarte no tiene precio.
Acabo de volver del sauna. Acá la mayoría de las familias tiene sauna en su
casa. Se calienta con fuego y tiene ventanas para disfrutar del paisaje mientras
transpirás. Me contaron que en invierno es muy común usar el hot tub (la bañera
de agua caliente) y después tirarte sobre la nieve (cuasidesnudo) para enfriar el
cuerpo. Yo no sé si me animo a tanto.
Bueno, ya es tarde, me voy a dormir. Sigo mañana.
A.
*
Skellefteå, 30 de marzo de 2012
Querido Blog:

¡No sabés lo bien que dormí! El colchón de mi cama era muy mullido, tanto
que cuando me acosté sentí que me hundía y que me iba directo al mundo de los
sueños, como cuando Alicia cae por el hueco y llega al País de las Maravillas.
Estoy pensando en rebautizarte, me parece que lo de Viajando por ahí ya fue,
tendrías que llamarte Aniko en el País de las Maravillas. O Aniko en el Planeta
de las Maravillas. Ese va a ser tu seudónimo de ahora en más, así que cuando
completes un formulario, acordate:
Apellido y nombre: Por ahí, Viajando
Seudónimo: Aniko en el País de las Maravillas
Edad: dos años
¡Ya cumplís dos años, Blog! Qué grande que estás…
Bueno, eso: te decía que me acosté en la cama y viajé a un nivel de sueño
más profundo (a un meta-sueño), porque aunque me haya despertado, todavía
sigo soñando. Creo que una de las sensaciones más lindas al despertarse en
invierno es mirar la naturaleza por la ventana, apoyar los pies sobre el piso de
madera, ponerse las pantuflas y bajar las escaleras para ir a comer algo calentito.
Y si hay pan casero, jugo de frutas y yogur con cereales, mejor aún. El desayuno
es uno de mis momentos preferidos del día.
Hoy almorzamos waffles. Después —no sé cómo no se me ocurrió antes—
me senté a jugar en la nieve. Quise hacer un muñeco (nunca hice uno en mi vida,
no tuve infancia en la nieve), pero fracasé, así que hice algo mejor: una gallina
de nieve, con sus huevos y todo. ¡Los hombres de nieve ya pasaron de moda! Lo
que se vienen son las gallinas. La mía empolló cinco huevos en pocos minutos,
es una genia. Y encima no sé cómo hizo, pero los puso en exposición en un
nidito, por si alguien los quería comprar. Bob me preguntó si la quería envolver
para llevármela a Barcelona. Lo pensé pero tenía miedo de que no me dejaran
subir al avión con animales (si hubiese estado en Marruecos la metía en el baúl y
listo). Además mirá si justo empezaban a nacer los pollitos en pleno vuelo, iba a
ser un lío. Así que la dejé ahí con sus amigos: un conejo y un hombrecito muy
simpático, ambos hechos por Tova. Estoy segura de que ahí va a ser muy feliz.
A las cuatro de la tarde, Tova y Bob nos llevaron en auto de vuelta a
Skellefteå. En el trayecto, Tova me dio su receta para hacer scons: veremos si me
salen. Nos despedimos con un abrazo. Qué lindo que es conocer gente así. Para
mí viajar es esto: conocer personas y aprender algo de cada una. Por más
mínimo que sea, creo que todos pueden enseñarnos algo valioso. La verdad que
admiro el estilo de vida de esta pareja. Se ve que son felices y, a la vez, simples,
que no necesitan más de lo que tienen.
Te dejo por hoy. Mañana ya volvemos a Barcelona, pero no te preocupes que
te voy a mandar una carta más desde este estado onírico en el que estoy flotando
hace unos días.
Cuidate y sé feliz,
A.
*
Barcelona, 3 de abril de 2012
Querido Blog:
Para qué te voy a mentir. Podría hacer de cuenta que te escribo desde una
ventana que da a algún bosque nevado de Suecia. Podría decirte que los renos
pasean por enfrente de mi casa y que siento el olor de los árboles. Pero no. Te
escribo sentada frente a una ventana que da a la antigua plaza de toros de
Barcelona, con la lluvia que no para de caer. Llegué hace unos días y la ciudad
me atrapó otra vez (sigo tan enamorada de Barcelona como antes). Este regreso,
sin embargo, fue distinto al anterior: volver de Marruecos fue raro, fue gris. No
sé si hablar de esto en esta carta... ¿o sí? Bueno, brevemente.
Te voy a contar un secreto: existe algo conocido como la depresión post
viaje. Bah, no sé si existe, pero a mí me pasa y por eso le puse ese nombre.
Volver de un viaje implica pasar del movimiento constante a la quietud, de la
incertidumbre a lo seguro, de ser el elemento novedoso en una realidad
desconocida a ser una más en un lugar conocido. Volver de un viaje implica
pasar de no saber dónde vas a dormir, dónde vas a comer, a quién vas a conocer,
por dónde te va a llevar el camino, a tener todo más o menos ordenado y sin
mucho lugar para la espontaneidad. Volver de un lugar tan intenso, colorido,
bullicioso y acelerado como Marruecos acarrea una depresión (llamémosla
tristeza, sensación de vacío, miedo a la inmovilidad) segura. ¿Sabés por qué? Yo
creo que en cada viaje, en cada paisaje y en cada persona voy dejando un
pedacito mío, entonces, cuando me voy, siento que parte de mí queda en un lugar
al que nunca volveré. Porque si bien puedo regresar al mismo sitio, la
experiencia será distinta, la gente que voy a conocer va a ser otra, mi estado va a
ser diferente (es imposible que un ser humano esté siempre igual). Por eso volver
es tan difícil.
Si bien mi regreso de Marruecos a Barcelona duró solamente cinco días
(porque después de eso me fui a Suecia) y no fue el regreso tradicional (no volví
a Buenos Aires sino a mi Carcelona), igualmente sufrí esa depresión. Y Suecia,
ay Suecia… Ese viajecito fue la cura perfecta. Un viaje para curar la depresión
post viaje. ¿Quién lo hubiese dicho? Es como lo de tomar cerveza para curar la
resaca. Volví de Suecia mucho más tranquila y, pequeño detalle, enferma.
Apenas me subí al avión empecé a estornudar y a sentirme mal. Mi cuerpo dijo
basta. Eso de estar casi dos meses girando por Marruecos, volver a Barcelona,
irme a Suecia, dormir cuatro horas por día y pasar de los cero grados de Suecia a
los veinticinco de España me mató. Así que estuve todo el fin de semana en
cama y recién hoy me siento un poco mejor. Pero como te decía, este regreso fue
distinto. A pesar de estar enferma, volví de muy buen humor y con el alma
contenta.
¿Dónde nos habíamos quedado en la carta anterior? Ah, sí, el anteúltimo día
de viaje, Miguel y yo volvimos en el auto de Tova y Bob a Skellefteå para tomar
el vuelo a Girona al día siguiente. A las ocho de la noche nos reencontramos con
David y Florent (nuestros otros compañeros de blogtrip, que hicieron una ruta
distinta) y hablamos eufóricos acerca de la aurora boreal, los renos (que nosotros
no vimos pero ellos sí), la aurora boreal, su visita a los sami, la aurora boreal, la
experiencia de la moto de nieve, la aurora boreal, la comida y la aurora boreal
otra vez. En algún momento la charla se puso muy divertida y a los cuatro nos
agarró un ataque de risa. Y no era solamente risa, eran carcajadas de esas que no
podés contener y que te hacen llorar. Estuvimos diez minutos llorando de risa
como cuatro tarados, tratando de no hacer mucho ruido para no molestar al resto
de los huéspedes. Otra gran medicina, la risa.
Cuando terminamos de cenar decidimos salir a caminar un poco por la ciudad
y adiviná qué: empezó a nevar. Para mí, que soy una principiante en esto de la
nieve, ver cómo caen los copos del cielo es algo mágico. Nos llevamos cuatro
paraguas y nos fuimos por ahí. Te juro que fue como si nos hubiésemos metido
adentro de una novela policial. Imagináte este ambiente: noche oscura, casas con
puertas y ventanas cerradas, faroles empañados en las veredas, la nieve que cae y
se acumula, bicicletas estacionadas, silencio, ni un alma en la calle, cuatro
extranjeros y cuatro paraguas, huellas misteriosas, un cementerio. Sí, había un
cementerio al lado del hotel, con las lápidas hundidas en la nieve y todo.
También vimos unas huellas rarísimas, de un par de zapatos estilo Aladino (y de
número, por lo menos, 45) y pisadas de un animal (¿un zorro tal vez? ¿un yeti de
pies pequeños?). Subí a una montaña de nieve para sacar una foto y quedé
enterrada casi hasta la cadera.
Y la mañana siguiente, después de cinco días en Laponia sueca, tomamos el
vuelo de vuelta. Se me pasó rapidísimo y cuando me di cuenta ya estaba en
Barcelona otra vez. Así que eso es todo, Blog. Como cantaba una de mis
personas preferidas: the dream is over. Se terminó este pequeño e intenso viaje
onírico y próximamente vendrán otros. Si bien vi muy poco de Suecia, puedo
decirte que en este viaje aprendí varias cosas:
1. Que la naturaleza es un gran desestresante. A mí, por lo menos, me da
muchísima paz y felicidad.
2. Que la risa es una de las mejores medicinas. Imagináte si todos nos
dedicáramos a reírnos a carcajadas (de esas que te sacan las lágrimas) por lo
menos una vez al día… El mundo sería un lugar mucho más relajado y alegre. Y
si todos nos riéramos de nosotros mismos, aún mejor.
3. Que desde que te creé (o te conocí) empecé a cruzarme a gente muy afín a
mí, con los mismos sueños e ideales, con la misma pasión por viajar y vivir feliz.
Así que gracias. Creo que no hubiese sido posible sin vos.
4. Que, como leí alguna vez, el mundo necesita gente que ame lo que hace.
Las personas apasionadas por su trabajo no aportan más que cosas positivas, más
allá de que se equivoquen y tropiecen de vez en cuando. Todos nacemos con un
talento y creo que una de las misiones más importantes que tenemos es
descubrirlo y aprovecharlo. Si ofrecemos nuestro talento al mundo estaremos
haciendo algo para mejorarle la existencia a los demás y a nosotros mismos.
5. Que cada persona que me voy cruzando en el camino me enseña algo, ya
sea acerca del mundo, de sí misma o de mí. De todos y de todo se aprende.
6. Que cuanto más viajo, siento que menos conozco. Es como el “sólo sé que
no sé nada”. Cuanto más mundo conozco, más cuenta me doy de que me queda
mucho más por descubrir y que no me dará la vida para verlo todo.
7. Que volver de un viaje es como despertar de un sueño. A veces podemos
volver con una sensación de felicidad, a veces con melancolía, a veces con
tristeza, a veces con tranquilidad. Todo depende de cómo fue el sueño y de
dónde nos despertemos.
Bueno Blog, me voy a pasear bajo la lluvia y a aprovechar mis últimas dos
semanas acá. No creas que me olvidé: feliz cumple. Felices dos años de vida.
Nos vemos por ahí,
A.
PD: Viste, te dije que algún día iba a convertirte en libro.
Vecinos
(días mágicos)

Soy una chica de edificio. Viví toda mi vida en un piso dieciocho con vista a
Buenos Aires, en un edificio donde hay cuatro departamentos por piso (el A, el
B, el C, el D); en un edificio donde hay veinticinco pisos y, por ende, hay cien
espacios iguales ocupados por cien familias distintas (o por personas solas,
parejas, amigos, extraños). Crecer en un edificio me generó una obsesión algo
extraña: me encanta entrar a los departamentos de mis vecinos. Me intriga ver
cómo dos espacios iguales cambian al ser habitados por personas distintas. Qué
bien me sentía cuando entraba, por ejemplo, al noveno D o al diecisiete C (con la
excusa de acompañar a mi mamá a decirle algo al vecino) y veía que donde yo
tenía mi cuarto ellos tenían una sala de estar y que donde yo tenía alfombra ellos
tenían piso de madera y que donde yo tenía un espejo ellos tenían una pared
vacía y que donde yo tenía una cocina blanca ellos tenían una cocina plateada y
que donde yo tenía juguetes de nena ellos tenían juguetes de nene y que donde
mi mamá tenía su taller de pintura ellos tenían un balcón grande. Qué gran
descubrimiento fue entrar al departamento donde vivía una pareja filipina y ver
mi casa en versión asiática. O entrar a cualquier A y B y ver que tenían vista a
una parte de la ciudad que yo desconocía. O entrar a uno en el primer piso y ver
lo cerca que estaba la calle de la ventana. Cómo me gustaba meterme en
departamentos ajenos y espiar ese espacio tan parecido al mío pero decorado tan
distinto. Era como viajar a una realidad paralela, como entrar a las otras 99
posibilidades de lo que podría haber sido mi casa.
Si bien este afán de espiar departamentos ajenos es algo que tengo desde
chica, recién me di cuenta de que existía como tal durante mi último viaje a
Uruguay. Mientras iba en auto de Colonia a Montevideo, la palabra ‘vecinos’ se
me apareció en la cabeza. Uruguay y Argentina son vecinos. Uruguayos y
argentinos somos vecinos. Vecinos muy cercanos, muy parecidos y muy distintos
a la vez, pero vecinos al fin. Estamos al lado. Si fuésemos edificios podríamos
espiarnos de ventana a ventana de tan cerca que estamos. Con Uruguay, como
buenos vecinos que somos, nos miramos constantemente, estamos atentos a lo
que hace el otro y nos conocemos, por lo menos en base a lo que vemos a través
de esas ventanas que nos separan.
Entré al departamento llamado Uruguay varias veces en mi vida. Cuando era
chica, al igual que cuando entraba a los departamentos de mis vecinos de
edificio, lo hice de la mano de mi mamá, con bastante timidez pero con la
mirada atenta, intentando que no se me escapara ningún detalle. Pasamos varios
veranos en Punta del Diablo y en La Paloma y nos hicimos amigos de una
familia uruguaya. A los quince estuve algunos días en la movida veraniega de
Punta del Este y me sentí fuera de lugar. Cuando cumplí veinte volví con dos
amigas del colegio y conocí, por fin, Montevideo. A los veinticuatro regresé con
Maru, una de mis mejores amigas, y tuve uno de los viajes más mágicos de mi
vida: alquilamos una moto y nos apropiamos de las calles de Colonia del
Sacramento, festejamos Año Nuevo en un camping de Piriápolis con mis amigos
uruguayos y pasamos varios días inmersas en la tranquilidad de la capital.
Fue en ese último viaje que Montevideo quedó en mi recuerdo como un lugar
muy especial. Me sorprendió la vida de barrio, la paz que se respiraba, la buena
onda de su gente. Montevideo me demostró que es posible ser capital y no ser
alocada como Buenos Aires (me las imagino como dos amigas muy cercanas
pero muy diferentes: mientras Buenos Aires se arregla para salir de noche y
habla sin parar, Montevideo se ceba un mate y la escucha con paciencia). A
veces pienso que el día que decida establecerme en algún lugar del mundo,
puede que elija Montevideo, cerca de Buenos Aires pero sin su velocidad.
Durante los dos años siguientes, mientras viajaba por América Latina y por
Asia, sentí muchas ganas de volver a la capital uruguaya. Lo malo de tener a una
ciudad tan cerca es que nos justificamos con eso de que “está acá nomás, puedo
ir en cualquier momento” y nunca vamos. En julio de 2012 apareció la excusa
perfecta para volver: me invitaron a un blogtrip en Colonia y decidí aprovechar
el viaje y quedarme dos semanas en Montevideo por mi cuenta. Así que, una vez
más, pasé de ser espía a ser huésped en ese departamento del que sabía tanto y
tan poco a la vez. Lo malo fue que era invierno y a mí el invierno me anula el
setenta por ciento de mis capacidades motrices y mentales, así que pocas horas
después de llegar muté de ser humano a marmota en estado de hibernación. Lo
lindo fue que Montevideo me recibió con un abrazo cálido y me inspiró a
escribir todos los días. Y lo bueno de todo esto fue que los textos me salieron en
uno de mis formatos preferidos (además de las cartas): el diario íntimo.
Copio algunos fragmentos.

Magia montevideana: el diario íntimo de una marmota en el invierno


uruguayo. Preludio.

En Montevideo se respira un aire distinto. Literalmente. Creo que hay más


oxígeno que en Buenos Aires porque desde que llegué no paro de bostezar. No
sé qué me pasa, es como si hubiera un somnífero flotando en el aire, algo que me
relaja, me baja a tierra y me desacelera. Es como si me hubiese ido a un spa en
medio del campo. Mejor incluso, porque cuando uno va a un spa, va con la
intención de desestresarse. Yo ni me lo propuse, pero pasó igual. El frío y el aire
oxigenado de Montevideo hicieron que mutara de ser humano a marmota y que
bajara las revoluciones que traía conmigo del otro lado del charco. Sin planearlo
ni buscarlo me terminé tomando vacaciones de la capital argentina (tan alocada
ella) en la capital uruguaya (tan relajada ella).
De los diez días que estuve en Montevideo pasé seis sin Paula y cuatro con
Paula. Y en todos el aire estuvo cargado de esa magia tan montevideana.
Parte 1: Montevideo sin Paula

Día 1. Domingo. Llegada de la marmota a Montevideo.

Llegamos a Montevideo después de una visita fugaz a Punta del Este. Las
calles están vacías, casi no hay tráfico, todo parece tranquilo, como siempre.
Estamos en auto. Frenamos en alguna calle y le pedimos a una señora que nos
indique cómo llegar al Mercado del Puerto. “Están lejísimos”, decreta. “Yo les
puedo indicar, pero están re lejos, RE-LEJOS, no saben lo lejos que están”,
repite con mucho énfasis, como si le estuviésemos pidiendo indicaciones para
llegar a Alaska. Le insistimos y finalmente le dice a Santi, el conductor: “Andá
por esta derecho, metele con fritas y vas a llegar”. Unos quince minutos después,
llegamos (lo de las fritas parece que ayudó bastante, aunque me pregunto si en
vez de fritas podemos meterle con boniato glaseado). Lección uno: lo que para
un montevideano es re lejos, para un porteño es cerca. Por eso siempre digo que
las distancias dentro de las ciudades son relativas.
A la noche me encuentro con Fosse, Charly y Chucho, mis amigos
uruguayos. Pasaron dos años y medio desde la última vez que los vi, pero es
como si hubiese sido ayer, la charla continúa donde la dejamos la vez anterior.
Sacamos cuentas: ya pasaron cinco años desde que los conocí (gracias a dos
amigas en común que me llevaron a Montevideo a ver al No Te Va Gustar). Nos
vamos todos al Living, un bar de Parque Rodó. Hay funk (género musical que
nos persigue desde que llegamos a Uruguay), gente bailando, grapamiel y muy
buena onda. Charly saca el saxo e improvisa sobre la música que está sonando.
Es su forma de darme la bienvenida (o la rebienvenida) a su ciudad, a esta
ciudad en la que siempre quise quedarme más de cuatro días.
Me despido de mis amigos argentinos (con los que fui a Punta del Este), ellos
se vuelven a Buenos Aires así que mañana empieza la parte del viaje en la que
quedo sola (con mis amigos uruguayos). Qué frío que hace en Montevideo de
noche, la pucha. Duermo tapada hasta la cabeza y con varias capas de frazadas.
Mañana será otro día.

Día 2. Lunes. La marmota comienza su hibernación.


Me despierto con la frazada cubierta de estalactitas. Me abrigo con todo lo
que tengo y salgo a caminar por las calles de Montevideo. Voy lento, me
empieza a pegar el efecto relax de la ciudad. Acá todo es slow. Me encanta.
Llego a la esquina y automáticamente freno para dejar pasar a los autos. Uno me
toca bocina, creo que es el primer bocinazo que escucho desde que llegué. El
conductor frenó y me está haciendo señas para que cruce. No lo puedo creer,
pensé que esto pasaba solamente en Europa. Tanta cortesía me descoloca.
Me tomo un colectivo que vaya por 18 de Julio y voy para la Ciudad Vieja.
Me acuerdo de la última vez que estuve en este barrio: era un domingo de enero
y no había un alma, parecía un pueblo fantasma. Esta vez hay más gente, aunque
nada que ver con el caos del Microcentro porteño. Camino sin rumbo y empiezo
a recordar: “Ahí es donde encontré la máquina de escribir abandonada, ahí había
un árbol al que le saqué una foto, ahí fue donde le saqué las fotos a las dos nenas
con el bodegón de fondo, ese es el mismo mural frente al que posé hace dos
años, no está más la frase escrita en aquella pared…”.
Cosas que me llaman la atención durante mi caminata: en la Ciudad Vieja
casi no hay semáforos pero los autos frenan igual. Las paredes están llenas de
dos cosas: superficies reflejantes y mensajes políticos o sociales: Las corbatas
son un nudo en tu cuello. Rompé con tu rol de ciudadanx. Vos elegís qué querés
plantar. Meterme en cana no es la solución. Pasate al verde. Aborto legal para
no morir. ¿Y si antes de empezar por lo que hay que hacer, empezamos por lo
que tendríamos que haber hecho? El rebaño se desvía cuando el dinero brilla.
El arte callejero es un buen termómetro del momento social que se está viviendo
en un lugar. Acá veo que se está diciendo (o queriendo decir) mucho.
Sigo caminando y llego a la Rambla. Está bajando el sol y todo se pone
dorado. Cómo cambia una ciudad con agua. Qué poca bola que le damos a
nuestro río en Buenos Aires. Montevideo mira al río, Buenos Aires le da la
espalda. Son las seis y ya es casi de noche, el invierno definitivamente no es mi
estación preferida. Vuelvo a la cueva y retomo mi estado de hibernación.

Día 3. Martes. La marmota odia el invierno.

Son como las once de la mañana y me cuesta mucho salir de la cama. Lo


decreto y lo acepto: este viaje se parece más a vacaciones que a un viaje. Hace
demasiado frío. Saco cuentas: hace casi ocho meses ininterrumpidos que estoy
en invierno. Tuve algunos enclaves soleados en el medio, pero en general hace
ocho meses que no me saco las calzas ni la bufanda. Es demasiado. Antes de eso
estuve como dos años y medio en verano. Daría todo por vivir en un ciclo
compuesto solamente por otoño y primavera.
Salgo a caminar por el barrio en dirección a Reus. Vi en internet que hay
unas casitas de colores y me intriga conocerlas. En el camino voy jugando:
cuento cuántas personas van caminando por la misma cuadra que yo (de
cualquiera de las dos veredas). Una. Tres. Cinco. Cero. Cero. Dos. Una. Cero.
Cuatro. La ciudad me parece vacía y con poco tráfico. Me encanta. Cuento
también cuántas personas van con el termo bajo el brazo y qué están haciendo
mientras se ceban un mate. Hay uno en la parada de colectivo. Otro sentado en
un escalón. Una pareja que camina abrazada. Otro que anda en bici. Todos van
con el termo. Para mí que la ropa viene con un velcro en el sobaco, para unirlo
con otro velcro que viene en el termo, por eso no se les cae nunca.
A la noche salgo a tomar grapamiel (el único paliativo eficaz que encontré
para el frío) con mis amigos y con Emilia, una brasilera que conocí de
casualidad la vez anterior que estuve en Montevideo. Lo que es la vida: nos
volvemos a encontrar acá, casi de casualidad dos años y medio después, sin
planearlo y, al igual que con mis amigos uruguayos, es como si nos hubiésemos
visto ayer.
El sábado llega Pau. Faltan años.

Día 4. Miércoles. A la marmota le cuesta salir de la cueva.

Son las doce del mediodía y sigo en la cama. No puedo salir, se me congela
la respiración si asomo la nariz fuera de las sábanas. Me pongo a mirar una
película en la computadora. Veo la situación de afuera, me levanto haciendo todo
el esfuerzo del mundo, voy a la cocina y le digo a mi amigo Fosse (quien
gentilmente accedió a alojarme en su casa):
—Te pido perdón. Tenés una marmota viviendo en tu casa. Te juro que en
verano no haría esto, pero Montevideo y el frío me tienen como sedada.
Más tarde voy a la verdulería, como para sentirme útil y decir que salí un
rato. El verdulero, muy simpático, me pregunta:
—¿De dónde sos vos? Porque hablás igual pero distinto.
— Soy de Argentina, de Buenos Aires.
—Ahhh, ahí va. ¿Y estás de vacaciones?
—Estem… digamos que sí.
—¡Y te viniste con este frío!
Ni me lo digas.
A la noche voy a cenar a lo de mi amigo Charly, ahí cerquita. Mientras los
chicos hacen la comida me quedo dormida en el sillón, al lado de la estufa. Soy
impresentable. Pido perdón por enésima vez: no sé qué me pasa, es como si el
aire de Montevideo tuviera un somnífero. Esto es mejor que cualquier spa.

Día 5. Jueves. La marmota tiene un día emocionante.

Un día muy emocionante en la vida de la marmota. Después de almorzar me


encuentro con tres viajeros argentinos que están recorriendo América Latina en
combi. Salieron hace dos meses y planean llegar a México, pero no tienen fechas
ni itinerarios. Les hago muchas preguntas. Estoy con ganas de comprarme una
combi, pintarla toda y viajar por ahí. Es un sueño que tengo hace tiempo
también: el de la combi hippie o la casa rodante.
Más tarde me tomo el colectivo D11 para ir a Carrasco, un barrio residencial
de Montevideo. Es raro: este es un viaje de reencuentros y esta vez voy a tener
uno muy especial, después de veintidós años sin vernos. De chica pasé varios
veranos en Uruguay con mis padres y con una familia uruguaya. Yo tendría unos
tres o cuatro años cuando veraneábamos juntos en La Paloma y en Punta del
Diablo. Después de eso nunca más los vi, solamente me quedaron las fotos y los
recuerdos. A mi mamá se le ocurrió, hace unos días, buscarlos en Facebook y en
pocos clics retomó el contacto. Los llamé por teléfono y arreglamos para vernos.
Los milagros de la tecnología.
Camino a Carrasco voy sentada en el anteúltimo asiento del colectivo. De
repente escucho una voz detrás mío que dice, casi en un susurro y con timidez:
“Aniko”. Me doy vuelta y quedo cara a cara con un chico que no conozco. Le
digo que sí, que soy yo y espero su respuesta. “No lo puedo creer. Esta mañana
estuve leyendo tu blog. Te reconocí por las zapatillas, en el post de Colonia hay
una foto de tus zapatillas y son las mismas que tenés puestas ahora”. Já. Se está
por bajar. “¿Esta es Avenida Bolivia?”, le pregunto. Es. “Bajo con vos,
entonces”, le digo. Me pregunta adónde voy y le cuento del reencuentro. Se
ofrece a ayudarme a encontrar la casa porque en Carrasco es medio complicado
ubicarse y lo más probable es que me pierda. Momento surrealista: voy
caminando con un lector uruguayo que conocí de casualidad en el colectivo y
que me guía por su ciudad en el momento justo. Llegamos a la dirección que
buscaba y me despido. Un gusto, che.
Me reencuentro con Rosario, con Agustina (una de sus hijas), con Delfi (la
hija de Agustina) y, más tarde, con Pol (marido de Rosario, reconocido escritor
uruguayo). Charlamos y nos reímos durante horas. Pensar que la última vez que
los vi yo tenía muy pocos años de vida, ni siquiera era un proyecto de viajera. ¿O
sí? Rosario me cuenta que durante aquellos veranos mis papás se iban a pasar el
día al Chuy y me dejaban sola con ellos, y yo, al parecer, me quedaba ahí
jugando, sin extrañarlos ni un poco. Me adaptaba a todo de chica ya. Me entero,
además, de que conozco Cabo Polonio. Fuimos varias veces, pero de eso sí que
ni me acuerdo. Hablamos de mis viajes, de la vida en Uruguay, de los recuerdos.
Hablo con Pol acerca de literatura y mis ganas de terminar (o empezar) mi
primer libro se multiplican. Es el momento: basta de procrastinar. Se hace de
noche. Vuelvo a casa. Fue un lindísimo día.
Faltan menos de 48 horas para que llegue Pau. Alegría.

Día 6. Viernes. La marmota observa.

Salgo a caminar por ahí y veo muchas escenas urbanas. Parejas abrazadas
esperando el colectivo con el viento frío que les da en la cara. Dos besándose
contra la pared de lo que parece ser un edificio público. Pintadas políticas y arte
en las paredes. Amigos caminando con el termo bajo el brazo. Vendedores y
músicos callejeros. Una botella de Pilsen rota. Un hombre que duerme en la
calle. Baldosas pintadas con tizas de colores. Un grupo de pibes fumando en una
esquina.
En mitad de una vereda me choco con un bosque de gomaespuma. Freno sin
saber qué hacer. Hay varios árboles de gomaespuma cortando la vereda en dos,
como si fuese una barrera. Alguien me dice, desde el otro lado, que pase
tranquila, así que me meto entre los árboles. Son blanditos. Uno de los que está
ahí me cuenta que forman parte de una obra infantil que se está por estrenar
—Caperucita Roja— y me invita a verla. Nunca voy porque no tengo idea
dónde quedaba el lugar.
Se hace de noche. Entro a un minimercado a comprar agua y la cajera me
dice, riéndose, que afuera hace mucho calor y que me cuide del sol. Mientras
tanto, a pocas cuadras de donde estoy viviendo se está haciendo una Chuponeada
Masiva para protestar de manera pacífica contra la discriminación. Una
chuponeada masiva es eso: gente que va en masa a un parque a darse besos.
Alguien lo dijo en Facebook: “En Montevideo sobran plazas y besos”. Quiero ir
a sacar fotos pero siento que sería demasiado voyeur lo mío. Finalmente el frío
me gana y me quedo adentro, guardada en mi cueva.
Mañana llega Pau. Estoy feliz. Qué lindo que es Montevideo.

Parte 2: Montevideo con Paula

Día P. Sábado. Llega Pau. La marmota se despierta. Empiezan a pasar cosas


insólitas.

Hoy es el día P (P de Pau, obvio). Estoy feliz, mi amiga llega a eso de las seis
de la tarde. Paso el día en el jardín botánico y en el jardín japonés con gente de
Couchsurfing: Andrea y Fer (una pareja uruguaya muy simpática que se está por
ir de viaje a Guatemala y Belice), Gustavo (un chico de Tenerife que está
viviendo en Uruguay), Andrés (el chico que me reconoció ayer en el colectivo y
que resulta que también es couchsurfer), Emilia (mi amiga brasilera), Alexandre
(un amigo brasilero de Emilia) y Rebecca (su hija). Vamos al súper, compramos
comida y hacemos un picnic al solcito.
A las seis me voy a Tres Cruces (la terminal terrestre de Montevideo) para
recibir a Pau. Vino con su valijita tamaño pocket. Ella es pocket y es genial. A
Pau la conocí en uno de los mejores lugares del mundo: en las escaleras del
Wayna Picchu (el cerro ubicado al lado de las ruinas de Machu Picchu), junto
con Vero y Flor (hermana de Pau). Pau es una genia, aunque no me deja hablar
mucho de ella, así que me acotaré a relatar los cuatro días espectaculares
(término que le robé) que vivimos juntas en Montevideo. Si los seis días que
estuve sola fui una marmota en estado de hibernación, los cuatro que pasé con
ella estuvieron cargados de magia.
La noche de la llegada de Pau nos encontramos con Eduardo, un couchsurfer
uruguayo, en Isla de Flores y Santiago de Chile (Barrio Sur) para ver los
tambores, una de las tradiciones montevideanas que más me gustan. El
candombe es una expresión cultural de origen africano que surgió durante la
época colonial y tomó forma en conventillos como Medio Mundo y Ansina. Esta
vez nos toca ver a Cuareim. Hace frío, así que nos paramos cerca de las llamas;
antes de empezar el toque, los instrumentos se calientan al lado del fuego.
Espero, paciente e impaciente a la vez. La última vez que estuve en los tambores
fue hace más de dos años; era verano, era la misma hora y era de día. Ahora hace
frío. Mucho.
Empieza el toque. Van por el medio de la calle y nosotras caminamos al lado,
los acompañamos desde la vereda con una botella de grapamiel bajo el brazo. Al
rato frenan a descansar. Tengo tanto frío en los pies que no puedo caminar más.
Estamos por irnos cuando un amigo de Eduardo, músico de la banda La Tabaré,
nos dice que tiene dos entradas gratis para la ópera: en este mismo momento
están presentando Turandot (de Giacomo Puccini) a pocas cuadras de donde
estamos, así que aceptamos el regalo y nos vamos los cuatro a ver la ópera. La
ópera. O sea: pasamos de los tambores a la ópera en pocos minutos. Llegamos al
teatro, tenemos solamente dos entradas pero nos dejan pasar a todos igual. Esos
milagros montevideanos.

Día F. Domingo. Feria. Rock. Oda al fuego.

Nos despertamos. El frío no tiene piedad. Hago un gran esfuerzo por no re-
marmotearme. Salimos a pasear con Fosse a Tristán Narvaja, una feria callejera
que se realiza todos los domingos en Montevideo desde hace más de cien años.
Como en todo mercado de pulgas, acá se ve y se consigue de todo: libros,
antigüedades, lámparas, pipas, cuadros, ropa, animales, tambores, frutas,
verduras y un larguísimo etcétera. Nos perdemos un rato entre los puestitos. Me
compro mi primera planta, un cactus. Nunca tuve una (cuya existencia dependa
solamente de mí) en toda mi vida. Viajar hace que no pueda tener gatos ni
plantas. Espero que esta sobreviva.
Pau está con que quiere comer mejillones, así que nos vamos a Punta
Carretas, el punto más austral de la costa de Montevideo, a comer pescado
fresco. Mejillones no hay, pero pedimos rabas, papas fritas con cebolla,
pedacitos de pescado rebozado y provoleta. Todo en la gama del amarillo. Una
delicia. Salimos a caminar pero el frío es torturador. Esa misma tarde nos
mudamos a lo de Andrea y Fer, los chicos de Couchsurfing que conocí ayer en el
jardín botánico y que ofrecieron alojarnos.
Cuando llegamos a su casa nos encontramos cara a cara con lo que parece ser
el paraíso: un living calentito con dos sillones enormes, una alfombra suavecita,
muchos gatos y una estufa a leña (prendida). Nos la pasamos los siguientes diez
o quince minutos gritando: “¡Qué buena estufa! ¡Espectacular! ¡Qué lindo que
está acá!”. Casi hacemos una danza tribal de agradecimiento frente al fuego,
pero no sabemos los pasos así que desistimos. Después de haber pasado varias
noches sin calefacción, el calor del fuego es una bendición.
A la noche nos vamos a ver el recital de Rockadictos (la banda de mis
amigos) y de Buenos Muchachos en un bar de Ciudad Vieja. Volvemos a la casa
y nos vamos a dormir felices por el fuego y las estufas. Nos despertamos en
medio de la noche con mucho calor y un ataque de risa incontrolable. Nos la
pasamos quince minutos riéndonos irónicamente: “¡Ah no, pero acá no se puede
estar, hace demasiado calor! ¡Mañana nos mudamos, eh!”. Qué lindo que es
reírse estando de viaje. Qué lindo que es viajar con amigas con las que compartís
tantos códigos y cosas en común. Qué buen invento que es el fuego.

Día C. Lunes. Tu pasaje no sirve. Le jugué al treinta y ganamos.

Desde que llegué a Uruguay estoy muy desconectada de internet. Estoy como
de vacaciones. Antes de salir a pasear se me ocurre chequear mis mails y me
desayuno con una grata noticia de la empresa de barcos que hace el trayecto
Buenos Aires-Colonia y por la que tengo planeado volver en tres días. Dice, en
resumen, que el pasaje que compré con más de un mes y medio de anticipación
no sirve ya que el barco no saldrá ese día. Pero te lo decimos ahora, tres días
antes de la fecha, para que ya no puedas conseguir nada a buen precio y tengas
que pasar los últimos días de tu viaje preocupándote por comprar un pasaje
nuevo para poder volver en la fecha planeada. Me indigno ante la situación.
Generalmente viajo sin fechas, pero esta vez compré la vuelta para el jueves
diecinueve por un solo motivo: el cumpleaños de Dafne. Así que necesito volver
ese día sí o sí. Nos vamos a Tres Cruces a reclamar. Cuando el tema está
solucionado, seguimos el paseo.
Preguntamos cómo llegar a Parque Rodó: “Ah, no chicas, ¡están muy lejos!
¡Como a quince cuadras!”. Ya sabemos, pero queremos caminar. “¡Pero es muy
lejos!”, nos repite una mujer muy simpática que se preocupa por nuestra
seguridad. Son casi las tres de la tarde, quedamos en encontrarnos con chicos de
Couchsurfing a eso de las cuatro y todavía no almorzamos. Estamos antojadas de
pastas. Le digo a Pau que seguro en el camino vamos a encontrar algún barcito,
pero no vemos nada abierto. Entramos a un quiosco y le preguntamos al dueño si
sabe de algún bodegón o lugar para comer. Nos dice que por esa zona no hay
nada. De repente se ilumina: “Miren, acá cerca hay un restaurantito donde se
come muy bien y es barato. Está adentro de una clínica, en la próxima cuadra”.
Así que terminamos comiendo vermicelli al pesto en el café de una clínica de
barrio. Después nos hacemos un par de radiografías, ya que estamos, y nos
vamos al Parque Rodó para encontrarnos con los chicos. Pasamos una linda
aunque breve tarde (el sol baja muy rápido en invierno) y nos despedimos.
Caminamos hacia la Rambla. Hace mucho frío y tenemos ganas de ir al baño.
Lo más cercano que vemos es el casino, así que entramos con el plan de usar el
baño y huir. Apenas cruzamos la puerta, el de seguridad nos mira y yo me río
con un poco de nervios. “Seguro que se dio cuenta de que entramos sólo para ir
al baño”, pienso.
—Chicas, ¿cuántos años tienen?
—¿De verdad nos preguntás? ¡No lo puedo creer! ¡Qué halago! Yo tengo
veintisiete —le digo.
—A ver, muéstrenme el documento.
—Bueno, pero en realidad te mentí. Tengo veintiséis, cumplo veintisiete en
doce días.
—Está bien, pasen, chicas, pero tienen que dejar la mochila en el
guardarropas.
—Venimos a usar el baño nada más, ¿igual tenemos que dejarla? Son cinco
minutos.
—Sí. Si fuera una cartera podrían llevarla, pero como es una mochila…
Ahí me pongo medio tarada (ya venía muy tentada por lo de que nos pidieran
documento), agarro mi mini mochila y le digo al guardia, con buena onda: “O
sea que si uso la mochila de mochila no puedo entrar… pero… ¿y si la uso de
cartera?” (y me pongo la dos tiras en un brazo y la acomodo como si fuese una
canasta). Se ríe. No, igual hay que guardarla. Vamos al baño y, cuando salimos,
Pau me dice: “Ani, juguemos. Siento que tenemos que jugar un número”.
Compramos el mínimo: una ficha de doscientos uruguayos (diez dólares) y
nos paramos al lado de la ruleta. ¿Alguna vez vieron a dos chicas inexpertas que
no tienen ni idea de cómo comportarse en un casino? Se lo perdieron, entonces.
Esas éramos nosotras. Jamás jugué a la ruleta y no sé ni cómo es que se hacen
las apuestas. El tipo (no sé cómo se le dice al que te da las fichas) nos cambia la
de doscientos por diez de veinte. Agarramos cinco cada una y empezamos a
apostarle a distintos números. Primero le juego al veintisiete (ya que le dije al
guardia que yo tenía esa edad) y Pau le juega a otro número. No sale ninguno.
En la segunda o tercera vuelta decido jugarle al treinta.
Como entre que hacemos la apuesta y giran la ruleta pasan varios minutos,
me olvido de que le jugué a ese número y me pongo a charlar con Pau de otras
cosas. De repente escucho: “Neeegro el treinta”. Me quedo dura. La miro a Pau.
Miro el tablero con las apuestas. Vuelvo a mirar a Pau. “Pará, Pau, ¡yo le jugué
al treinta!”, grito. Pau me pone una de las mejores caras que le vi en mi vida y se
empieza a reír tanto que llora. No aguanto la risa y estallo. Somos dos locas
riéndonos como gallinas en medio de la seriedad del casino. Lloramos de risa.
Suerte que fui al baño recién porque sino me hacía encima. Nos ganamos
setecientos pesos uruguayos, recuperamos nuestra pequeña inversión y encima
nos quedamos con algo. No lo podemos creer: entramos al casino para ir al baño,
le jugamos a la ruleta y ganamos.

Día M. Martes. Momentos mágicos. Ahí va.

Hoy es nuestro último día en Montevideo. Mañana nos vamos a Colonia y el


jueves nos volvemos a Buenos Aires. Pero la magia no cesa. Nos pasan cosas
como estas: salimos a caminar y me encuentro un naipe (un tres de espadas), el
primero desde que llegué a Uruguay. Vamos a almorzar chivitos y nos atiende la
moza con más buena onda del mundo. Es muy simpática y pareciera que con
nosotras dos, más. ¿Será que emanamos algún tipo de energía positiva? Yo creo
que sí. Queremos ir para Ciudad Vieja y, sin saberlo, nos tomamos el colectivo
que más vueltas debe dar: el 191. Si el camino era recto, este colectivo dibuja
todo tipo de figuras geométricas para llegar de A a B. Nos encanta: es como un
city tour gratuito.
Caminamos por Ciudad Vieja y nos encontramos, de casualidad, con mi
amigo Fosse (el que me alojó durante mi etapa marmota). Él está trabajando pero
se toma un descanso largo y nos acompaña a pasear por ahí. Y en medio de esto
nos reímos, revivimos el momento del casino, sacamos fotos, charlamos, nos
relajamos, nos olvidamos de todas las preocupaciones y respiramos ese aire
montevideano tan cargado de tranquilidad, de buena vibra y de magia.

Al borde de la ruta. Epílogo de un diario íntimo.

Uruguay es un país que siempre me deja con ganas de más. Es como ese
vecino que vive en el departamento de enfrente, justo en el mismo piso, y al que
le tocamos timbre bastante seguido para hacerle alguna consulta, pedirle algo o
simplemente saludarlo, y cada vez que abre su puerta aprovechamos para espiar
el interior, para ver cómo vive, qué hace, cómo tiene decorado su departamento...
Volví a pasar por Uruguay medio año después, en enero de 2013, cuando
regresaba de Florianópolis (Brasil) a Buenos Aires en auto con una amiga y su
familia. Atravesamos Uruguay poco antes de que se hiciera de noche; yo iba
mirando por la ventana y me llamó la atención la cantidad de autos que habían
frenado al costado de la ruta. No estaban todos juntos sino que había uno o dos
cada mil metros, lo cual quería decir que no había habido ningún accidente. Casi
todos tenían patente uruguaya. Cuando vi que uno de los conductores sacó una
sillita del baúl, la puso sobre el pasto y agarró el mate, me di cuenta de lo que
estaban haciendo: habían frenado para mirar el atardecer.
Las familias uruguayas estaban sentadas al borde de la ruta tomando mate y
mirando el cielo, mientras nosotros, familia argentina, manejábamos a 140 km/h
para llegar a Buenos Aires cuanto antes. En ese momento sentí nostalgia del
presente: esa era una imagen que quería enmarcar y colgar en mi pared para
siempre. Pensé, con algo de resignación, en cómo me hubiese gustado nacer en
un lugar donde la gente se sentara al borde de la ruta a mirar el atardecer. Y
mientras esa escena ocurría en silencio, el resto de los coches aumentó la
velocidad para llegar a destino antes de que se hiciera de noche.
Viajes oníricos
(días duplicados)

Viajar me genera estados mentales distintos. Cuando me sumerjo por


completo en el fluir del viaje siento cosas como nostalgia del presente (ese
estado que Borges definió en una de sus poesías como la sensación de añorar lo
que está ocurriendo en ese mismo momento), déjà vu (la sensación de ya haber
vivido algo) y saudade (un tipo de nostalgia muy portuguesa). Y muchas veces
me pasa, además, que me meto en una especie de trance onírico y siento: (a) que
ya soñé lo que estoy a punto de vivir o (b) que no sé si viví un viaje o si fue parte
de un sueño. Es que ambas cosas, en realidad, se parecen mucho.
Me di cuenta de lo oníricos que son los viajes el día que volé de Buenos
Aires a Praga (República Checa). Esa mañana pude, por fin, ponerle un nombre
a esa sensación de irrealidad que sentía cada vez que viajaba. Mis viajes eran
imprevisibles y raros, al igual que los sueños que recordaba cada mañana y
escribía hacía años en mis cuadernos. Pero tuve que quedarme dormida y tener
un sueño revelador para poder llegar a esa conclusión.
La invitación para visitar República Checa me había caído del cielo. Estaba
en Buenos Aires y recibí un mail de la oficina de turismo de República Checa
preguntándome si estaba interesada en hacer un blogtrip a su país. Lo primero
que pensé fue que era una joda. ¿A República Checa? Sí, y ya que estamos
también tengo ganas de ir a Fiji. Pero cuando me di cuenta de que era una
propuesta seria, me emocioné. Sabía que iba a quedar muy desesperada si les
decía que conocer esa parte de Europa era uno de mis deseos más grandes y que
había estado a punto de viajar para allá en el 2010 pero había desistido porque
no me daba el presupuesto y que si bien había cambiado el destino por Asia me
había quedado con ganas de Europa del Este porque mi mamá nació allá y mis
raíces están ahí y que además me encanta Milan Kundera y Kafka también
aunque no leí tanto de Kafka pero de Kundera sí y quiero conocer esa ciudad-
escenario que tanto menciona en sus obras... Así que simplemente les respondí
que sí, que estaba interesada.
Dos semanas después me subí a un avión que me depositó en Praga en la
módica suma de veinte horas (con escala y espera de por medio). Durante el
primer tramo (Buenos Aires - Madrid) no dormí: como viajé de día (desde las
doce del mediodía hasta las doce de la noche) leí y miré películas. El problema
fue que cuando llegué a España eran las cinco de la mañana (hora local) y mi
vuelo a Praga salía a las diez y veinte, así que no sólo se me había acortado la
noche sino que aunque durmiera en el avión no iba a poder completar mis ocho
horas necesarias de sueño. Como en Praga me esperaba un itinerario ajetreado (y
no iba a poder descansar cuando llegara) no me quedó otra que dormir una siesta
en el aeropuerto, algo que me da pánico porque cada vez que lo hago temo
perder el vuelo.
Los asientos de la sala de espera de Barajas no eran muy adecuados para
descansar (estaban separados por apoyabrazos que no permitían que me acostara
y me estirara como la gente), así tuve que hacerme contorsionista: ocupé una fila
de cinco asientos, puse la mochila de mano como almohada y apoyé la cabeza en
el primer asiento, doblé el torso hacia afuera para esquivar el primer
apoyabrazos, apoyé las rodillas en el segundo asiento, pasé una pierna por
encima del siguiente apoyabrazos y la otra por debajo, configuré la alarma del
teléfono para las nueve, puse el aparato debajo de mi oreja y me dormí. A partir
de ese momento ya no puedo distinguir qué fue real y qué no.
Mientras dormía se me sentaron cinco deportistas argentinos al lado, venían
de jugar al tenis, estaban vestidos de blanco y bastante transpirados. “¿Por qué se
sientan justo acá? ¿No ven que quedan dos asientos y ustedes son como cinco?
¿No ven todo el espacio libre que hay en el resto del aeropuerto? Estos son como
los que se te sientan al lado en el colectivo vacío, ¿qué necesidad?”, pensé. Me
miraron y empezaron a hablar: “¡Esta sí que sabe contorsionarse! Mirá, está toda
enroscada en el asiento”, dijo uno mientras los otros se reían. Me moví para
darles a entender que escuchaba todo y desaparecieron. Me desperté de golpe,
quise mirar la hora pero los ojos me pesaban tanto que no pude abrirlos, así que
empecé a caminar dormida en busca de la puerta J. Cuando llegué, el avión ya se
había ido.
Al rato sonó la alarma y me desperté. Eran las nueve, estaba a tiempo. Decidí
ir a embarcar temprano, por las dudas. En el pasillo de la manga, mientras subía
con el resto de los pasajeros al avión, escuché la conversación de tres españoles.
Uno de ellos decía algo así: “Esta es la quinta vez que voy a Praga. Tú sabes que
nosotros comemos como bestias, bueno, pues una vez fui a comprar jamón y la
chica me preguntó cuántas lonjas quería y yo le dije ‘cariño, no quiero lonjas,
dámelo todo’. (…) No sé decir mucho en checo excepto cariño, cerveza y buen
día. (…) Ah, hola, yo ya viajé contigo en otro vuelo —le dijo a la azafata—
aunque no recuerdo en cuál porque en lo que va del año ya me tomé 68 aviones”.
¡68! ¿No será mucho?
Llegué a mi asiento y me quedé dormida antes de despegar. El vuelo de
Madrid a Praga duró tres horas que para mí fueron diez minutos. Me despertó
una voz: “Les habla su comandante, nos estamos acercando al aeropuerto de
Praga. Afuera hace veintiocho grados, es un día espectacular. No hay lluvias
como anunciaron. Les deseo buen viaje y que sean muy felices”. ¿De verdad dijo
día espectacular? ¿De verdad nos deseó que seamos muy felices? Mi problema
con los sueños es que hay ciertos detalles o diálogos que no sé en qué mundo
tuvieron lugar, y si ocurren cuando estoy semi despierta, peor: jamás sabré si los
imaginé o si fueron reales.
Vi las primeras imágenes del país desde la ventana: casitas de techos rojos en
medio del campo y mucho verde. Mientras descendíamos, una mujer empezó a
emitir un ruido raro: decía algo así como “aaayyy mitíaaa, aymitíaaa” seguido de
algo que podía ser carcajada o llanto. Me emocionó pensar en lo cerca que
estaba de Hungría, de la historia de mi familia, de mis raíces. Cuando bajé del
avión, el estado de ensoñación se agravó: mi cansancio y la irrealidad del lugar
me hacían sentir que alguien me había transformado en personaje y me había
insertado en un escenario que sólo existía en la imaginación de un cuentista.
Mientras iba en auto del aeropuerto al centro de la ciudad, miraba por la
ventana y pensaba: “Ah, mirá, tienen tranvía, qué lindo, qué romántica es una
ciudad con tranvía; esas casitas, que simpáticas; hay empedrado, me gusta eso;
ah, esos chicos están caminando con los jeans arremangados, qué lindo volver al
verano después de tantos meses de frío; siento nostalgia del momento que estoy
viviendo exactamente ahora, esa sensación de que ni llegué pero ya sé que
quiero volver, eso de nunca estuve acá pero ya extraño, como si hubiese
caminado por estas calles en otra vida”.
Pavel, uno de los checos que nos acompañó durante el viaje, me esperaba en
el hotel. Fuimos a encontrarnos con el resto de los blogueros para realizar la
primera actividad del día: un recorrido por Praga en segway. Jamás me había
subido a uno de esos palos con ruedas y cada vez que los veía en alguna ciudad
me preguntaba cómo podía funcionar algo que no parecía tener motor ni pedales.
Así que si hasta ese momento no entendía nada de lo que estaba pasando a mi
alrededor, cuando me subí al segway pensé: “Ya está, tengo que aceptar que todo
esto es un sueño y listo, que sea lo que tenga que ser, porque ya no controlo nada
de lo que está pasando. ¡En todos los blogtrips me pasa lo mismo! Me quedo
dormida en el avión y empiezo a imaginar cosas, como cuando me fui a
Laponia”.
Anduvimos tres horas en segway por Praga y me sentí no sólo dentro de un
sueño sino también dentro de una película. Y en una esquina, mientras
esperábamos que pasara el tranvía, miré una maceta que colgaba de un farol y
tuve un déjà vu, como si ya hubiese estado ahí. Y me acordé: hacía un mes había
soñado que andaba en segway por una ciudad que parecía una maqueta. Y yo
nunca me había subido a un segway en mi vida.

Carta abierta a una ciudad


Creo que hay muchos estados de la mente que nos ponen en un trance
parecido al de los sueños: la fiebre, los raptos de inspiración, los instantes
creativos… Praga fue una ciudad que me generó, ante todo, inspiración. Hay
lugares del mundo donde la escritura me fluye y lugares donde no soy capaz de
escribir nada. Praga, con toda su belleza y su arte, me puso en un estado sensible
y me hizo entrar en sintonía con todo lo que a ella le ocurría. Y en una noche de
insomnio, de las tantas que tuve ahí, le escribí la siguiente carta.
Praga:
No te digo “querida” —si bien está más que claro que sos una mujer con
todas las letras— porque todavía no te conozco tanto (aunque no creo que
sea difícil quererte, viendo que emanás amor por todos los rincones). Podría
llamarte “estimada”, pero me parece demasiado formal para la pequeña
relación que ya entablamos en estos poquitos días que pasamos juntas. No te
digo “adorada” porque me parece cursi; “distinguida” es demasiado
aristocrático; “honorable” es muy gubernamental. Podría decirte “bella” o
“encantadora”, pero por el momento te digo, simplemente: Praga. Creo que
a las mujeres con nombres lindos hay que llamarlas sin apodos ni adornos, y
vos, Praga, tenés uno de los nombres más lindos que escuché.
Me hablaron muy bien de vos. Cuando conté que te venía a conocer, todos
me dijeron que me ibas a encantar. Hubo consenso absoluto. ¿Cómo hacés?
¿Qué generarás en la gente para que te amen tanto? Todos los que te
conocen sueñan con volver a verte. Yo te conocí mientras soñaba despierta,
después de un largo viaje en avión desde el sur del mundo. Cuando te vi por
primera vez, te voy a ser sincera, me sentí un poco abrumada: demasiada
belleza, demasiada gente, demasiado movimiento, demasiados estímulos
para digerir a la vez. Para empezar a descubrirte te recorrí en segway, ese
monopatín posmoderno que avanza, frena y retrocede obedeciendo los
movimientos de nuestro cuerpo. ¿Qué sentirás cuando esas dos ruedas
avanzan por tus empedrados? ¿Te hará cosquillas? ¿Te molestará? ¿Lo
notarás? ¿O seguirás regia e imperturbable como siempre?
En tres horas te atravesé y pude ver tus esculturas raras, tu arte callejero,
tu exceso de puentes, tus paredes pintadas, tus mensajes de amor y paz, tus
castillos medievales, tus construcciones llenas de grandeza, tus fachadas
góticas, barrocas y renacentistas, tus relojes, tus santos, tus cúpulas, tu río.
Fue demasiada información en una sola mirada, pero pude, de a poco,
empezar a asimilarte y desmenuzarte. Pude hacerte menos complicada y más
cercana. Cuando casi al final del recorrido en segway frené en una esquina y
miré unas flores que colgaban de un farol, me acordé de que ya me había
encontrado con vos en un sueño, tiempo antes de que nos viéramos en
persona por primera vez. Será que estábamos destinadas a conocernos…
Al día siguiente te vi desde lo alto, desde esa torre que te enorgullecés en
proclamar “la segunda construcción más fea del mundo”. Te miré desde el
piso 66 de la Torre de Televisión, acompañada por los bebés gigantes de
David Černý, uno de tus tantos artistas (y amantes, seguramente). Te observé
boquiabierta, hipnotizada, mientras me soplabas, indiferente, tu aire tibio en
la cara. Más tarde te volví a mirar de arriba, desde otro ángulo, y me
cautivaste aún más. Me hiciste preguntarme si tanta belleza era posible o si
eras solamente un espejismo, un escenario de algún cuento. No me lo olvido,
fue en el parque Letna. Era domingo, estabas sin maquillaje y me
demostraste que las mujeres más bellas son las que no necesitan pintarse,
como vos, porque ya brillan con luz propia.
Si por la mañana te conocí por fuera, esa tarde viajé por tu corazón: el río
Vltava. Te navegué en un barquito, pasé por debajo de uno de tus dieciocho
puentes, entré a tus canales y saludé a los patos que hicieron de tus orillas su
hogar. Ahí, en ese barco, vi fotos tuyas de joven, cuando todavía estabas en
blanco y negro, y me enteré de que a lo largo de tu historia sufriste: sin ir
más lejos, hace diez años te inundaste. ¿Habrás tenido alguna pena que te
desbordó el corazón? ¿Qué te pasó, Praga? ¿Por qué llorabas? Me hace
feliz saber que sos una mujer fuerte y que sobreviviste a las adversidades de
la vida.
Y por fin, el tercer día pude hacer lo que más deseaba desde que te
conocí: te caminé todo lo que me dieron los pies, recorrí un poco de tu alma.
Salí con mapa porque no quería perderme nada, pero después de un rato lo
guardé y dejé que me fueras llevando, que tus curvas me invitaran a doblar y
tus arcos me invitaran a cruzarte. Y así fui explorando cada parte del
rompecabezas de tu ser: empecé en Nové město, la zona de vos que llaman
Ciudad Nueva, si bien fue establecida en el siglo xiv. Miré tus vidrieras en la
Plaza de Wenceslao y, cuando me di cuenta, ya estaba en tu centro histórico,
en pleno Staré město, tu zona más antigua, admirada y concurrida.
Caminé, me perdí entre las construcciones y las callecitas empedradas.
Me di cuenta, con algo de alegría, de que cada vez que me desviaba de los
recorridos sugeridos por el mapa casi no encontraba turistas, te tenía para
mí por un ratito, éramos solamente vos y yo. Y así, caminando sin rumbo,
aparecí en Josefov, el antiguo barrio judío. Crucé Karlův most, tu puente-
monumento más famoso, ese por el que caminan todos los que te visitan, y
llegué a Malá strana. Caminé hacia arriba para ver tu costado más
vanidoso: tu castillo. Después bajé y en algún momento me tomé el tranvía:
no podía conocerte y no trasladarme sobre vos en tu vehículo más
romántico. No sé dónde aparecí, pero por un rato estuve perdida en una zona
más auténtica de vos, de esas donde los turistas ni se asoman.
Praga, te conocí poco y, como estabas distraída, te robé muchas fotos,
aunque sé que estás muy acostumbrada a ser fotografiada. ¿No te cansás?
¿No desearías que estuviera prohibido retratarte, aunque sea por unas
horas? Y en estos pocos días que te conocí saqué conclusiones,
probablemente apresuradas, lo sé, porque no soy quién para definirte ni para
decir quién sos, eso lo sabrás solamente vos. Pero mientras te miraba no
pude evitar pensar en varias cosas.
Sos la ciudad del amor, Praga. Inspirás a las parejas a abrazarse y a
besarse en los parques y contra cualquier pared. Muchos llegan a vos para
sellar su amor, por eso estás llena de candados en las barandas y repleta de
llaves en tu río. ¿Qué promesa le harás a los amantes, para que muchos
viajen para casarse en tus iglesias? Sos romántica y tal vez por eso te buscan
tanto, porque sos una mujer que seduce y que se deja seducir. Tu sensualidad
se deja ver de noche en tus bares subterráneos, en tus conciertos de jazz, en
tus vasos de absenta, en tu zona roja. Cada año, cuatro millones de extraños
de todas partes del mundo duermen con vos, ¿a cuántos dejarás
enamorados? Pero más importante: ¿vos de quién estarás enamorada?
Sos arte, Praga, exudás arte por todos tus poros. Usás a tus artistas para
expresar tu música, tu poesía, tus bailes, tus obras, tu literatura. ¿Te das
cuenta de que en algún momento de tu vida tuviste a Kafka sentado en un
café? ¿Te das cuenta de que Kundera escribió historias donde sos tan
protagonista como el resto de sus personajes? Fuiste, sos y serás la madre de
grandes artistas. Madre Praga, ¿alguna vez lo habías pensado?
Sos historia, Praga, historia viva. Tenés más de mil años y se nota.
Parecés joven pero tu alma es muy antigua. Viviste muchas cosas, fuiste
capital de un imperio, tuviste reyes —y por más que sus mujeres se pongan
celosas, la reina siempre fuiste vos—, fuiste testigo de guerras, tuviste
primaveras y revoluciones, te sometieron y te liberaron. Pero sobreviviste a
todo, nadie logró destruirte. Parecés sacada de una película, Praga, ¿sos
real? Te miro y me dejo llevar, hago de cuenta que existís y que estás a mi
alrededor, pero por momentos me pregunto si no serás más que un set de cine
o el escenario de una obra de teatro que se está presentando hace diez
siglos. Te vi desde arriba, desde abajo, desde los costados, pero sé que no te
vi toda, que sos una mujer que muestra mucho pero revela poco y que es muy
difícil conocerte del todo.
Me das insomnio. Cada noche, cuando me quiero ir a dormir, no puedo:
estás en mi cabeza, me inspirás, me hacés pensar, me impulsás a prender la
luz, a agarrar mi cuaderno y a anotar frases e ideas que se me vienen a la
mente. Dejo siempre la ventana abierta, para seguir mirándote en sueños.
Ahora sí, me despido. Y esta vez sí te digo querida Praga, ojalá que
volvamos a encontrarnos cuando ambas seamos un poco más viejas. Confío
en que vos me llamarás cuando sea el momento.
Aniko

Saudade de Lisboa

Durante mi viaje por Asia extrañé América Latina. Durante mi paso por
Europa no pude evitar sentir nostalgia de Asia. En Marruecos me hicieron falta
ciertas costumbres europeas. Cada vez que vuelvo a Argentina extraño cualquier
lugar del mundo que no sea Buenos Aires. Y mi ciudad, a pesar de todo, siempre
tiene un espacio entre mis nostalgias. Supongo que esto es así: uno nunca puede
tener el corazón, la cabeza y el alma alineados en un mismo lugar. Si bien
siempre intento sumergirme en el presente y disfrutar el sitio en el que estoy,
muchas veces me es difícil no pensar en el viaje anterior o en el próximo. Hay
veces, incluso, que siento ganas de volver al lugar en el que estoy parada en ese
mismo momento. Como me pasó en Lisboa.
Siempre quise conocer Lisboa. No sé por qué, era uno de esos lugares que me
atraía sin una razón específica, tal vez por algo tan simple como la musicalidad
de su nombre (Lishboa, me encanta cómo suena). Lo mismo me pasaba con
Cartagena de Indias: me llamaba sin un por qué, por el mero hecho de existir
sentía que ella estaba ahí, esperándome. En el caso de Lisboa, sentía (o
presentía) que era una ciudad que generaba saudade incluso antes de conocerla.
Saudade es ese sentimiento de extrañamiento, de melancolía, que ocurre cuando
uno se separa de algo/alguien amado y siente la necesidad de volver a verlo. El
escritor portugués Manuel de Melo dijo que es “un bien que se padece y un mal
que se disfruta”. Una tristeza feliz. Y sentía que Lisboa iba a ser algo así, como
la saudade hecha ciudad.
A fines de 2012, en un viaje corto por España, el camino nos llevó a Laura —
mi compañera en aquel trayecto—y a mí a Lisboa. Fuimos por tierra desde
Nazaré, un pueblo de la costa portuguesa, con una lista que habíamos ido
construyendo los días previos con ayuda de Sofía (una lectora de mi blog que
nos alojó en Aveiro).
Lisboa: cosas para hacer. Caminar por Mouraria y Alfama, los antiguos
barrios árabes. Comer pastel de nata en Belém. Tomar el tranvía 28. Subir a
Barrio Alto. Ir al mirador en Príncipe Real. Visitar el castillo. Buscar las
estatuas del marqués de Pombal. Mirar a los artistas callejeros en Baixa.
Caminar la Avenida Liberdade de punta a punta. Sentir la multiculturalidad en
Martin Moniz, el barrio de inmigrantes. Estar atenta a los elevadores. Visitar la
estación de tren de Rossio. Ir a la casa museo de Fernando Pessoa. Comprar el
libro ‘Viaje a Portugal’ de Saramago.
Iba con ciertas imágenes en mi cabeza, con retazos de una Lisboa que había
visto en postales y había oído en historias. Quería encontrarme gatos en las
ventanas, mujeres mirando la vida pasar desde su balcón, músicos callejeros,
callecitas empedradas, subidas y bajadas, tranvías amarillos, paredes
despintadas, mosaicos y restos árabes. Pero no sabía cuántos de aquellos íconos
seguirían existiendo y cuántos serían parte de una saudade colectiva que sentían
los portugueses por la capital de su país.
Cuando uno viaja por tierra, la relación con las ciudades capitales es otra.
Los vuelos internacionales suelen aterrizar en la capital del país de destino y eso
casi siempre obliga a empezar el viaje ahí. Cuando uno va por tierra, en cambio,
no tiene por qué empezar a conocer el país por su gran ciudad, sino que puede
armar la ruta de otra manera: el recorrido deja de ser impuesto y pasa a ser
intuitivo. Cuando es así, hay que esperar a que la capital nos llame, es ella la que
nos tiene que decir: “Llegó la hora de venir”. Hay viajeros que no se sienten
atraídos por las capitales: a mí me gustan tanto como los pueblitos perdidos y
creo que hay que conocer ambos para entender un país. Llegar a una gran ciudad
me genera esa sensación (excitante y desesperante a la vez) de que los días no
me van a alcanzar para ver y hacer todo lo que quiero. Lo bueno de eso es que
siempre quedarán excusas para volver.
Mi primera imagen de Lisboa fue el movimiento de la estación de autobuses.
La gente subía y bajaba de los transportes con un destino claro: algunos se
estarían yendo de visita a otro pueblo, otros estarían volviendo a casa. Nada
parecía al azar. Nosotras, en cambio, estábamos a la deriva, esperando que nos
respondieran la solicitud de Couchsurfing que habíamos enviado el día anterior.
Hicimos tiempo en la terminal y, apenas recibimos un mensaje de texto con la
confirmación, fuimos en busca del metro para ir a la casa de nuestro anfitrión.
Cuando salimos a la superficie pensé: “Esta ciudad es el escenario perfecto para
una película de Woody Allen. ¿Cómo puede ser que todavía no haya filmado
nada acá?”.
La casa en la que nos quedamos las primeras noches no era una casa
cualquiera, era una de esas que se conocen como la casa del pueblo: antigua y
con muchas habitaciones, con gente de todas partes (y por todas partes), con
talleres gratuitos de yoga y de danza, con cacerolas del tamaño de palanganas (y
llenas de arroz), con vecinos que entraban y salían a cualquier hora, con
multitudes que iban de visita para ver la proyección de películas los martes a la
noche, con colchones en el piso y fotos en las paredes, con un baño más grande
que una habitación y un suelo de madera que crujía cada vez que alguien
caminaba. Entrar ahí fue como ingresar a Lisboa por una puerta grande muy
local.
Al día siguiente salimos a perdernos por sus callecitas y ocurrió eso que pasa
de vez en cuando, cuando los planetas se alinean en favor de los viajeros: la
ciudad estaba vacía, Lisboa era mágica y existía solamente para nosotras.
Caminamos, caminamos, caminamos todo el día. Subimos, bajamos, doblamos
por una y otra curva, frenamos a descansar en algún banquito, usamos escaleras,
dimos vueltas por ahí. Y ella seguía siendo nuestra: vacía, silenciosa, tan antigua
y tan romántica. Por momentos me recordaba a Praga, por momentos me
recordaba a todas las ciudades coloniales que había conocido en mi vida, por
momentos me recordaba a un lugar en el que nunca había estado pero al que
siempre había querido volver.
Lisboa es una de las ciudades más antiguas del mundo y toda su historia está
impregnada en sus paredes. Es una mujer incapaz de ocultar su edad. Algunos
dicen que es de origen griego, otros dicen que es de origen fenicio. Su nombre
en latín era Ulyssippo y, según la mitología, los griegos se referían a ella como
Olissipo, un nombre que derivaba de Ulises (a quien conocían como Odiseo), ya
que creían que la ciudad había sido fundada por él tras huir de Troya. Alrededor
del siglo ii a.C. el territorio pasó a formar parte de Lusitania, una provincia del
imperio romano, y su nombre mutó a Felicitas Julia. Siglos más tarde, durante
las invasiones bárbaras, fue ocupada por distintas tribus y, en el 585 d.C., recibió
el nombre Ulishbona.
En el 711 fue ocupada por fuerzas árabes del norte de África y del Cercano
Oriente y pasó a llamarse al-Lixbûnâ. Los musulmanes construyeron mezquitas,
casas y muros, el árabe se impuso como idioma oficial y el islam como religión,
aunque cristianos y judíos podían mantener sus creencias. Esta es la parte de la
historia que me fascina: siento una atracción inexplicable hacia todo lo árabe (su
arquitectura, su idioma, su caligrafía, su arte, su literatura, su comida, sus
mercados, sus medinas, sus leyendas) y me encanta llegar a lugares donde puedo
ver las huellas árabes que dejó la historia.
Luego de aquel paréntesis, la historia siguió: Lisboa sufrió invasiones
vikingas, fue reconquistada por los católicos en 1147 durante las cruzadas, se
convirtió en la capital de Portugal en 1255, vivió una guerra civil, fue el punto
de partida de las expediciones portuguesas a América, fue un centro comercial
estratégico y puerto de esclavos, formó parte de la monarquía hispánica de
Felipe II y obtuvo su independencia (junto con Portugal) en 1640. En 1755, un
terremoto mató a entre 60 y 100 000 personas; tras el desastre, la ciudad fue
reconstruida por el marqués de Pombal, quien en vez de recuperar su aspecto
medieval decidió destruir lo que había sobrevivido al terremoto y la reconstruyó
siguiendo las normas urbanísticas de la época.
Me produce respeto caminar por lugares donde hay tanta historia
concentrada. En esos momentos quisiera tener una máquina del tiempo y poder
trasladarme a cada época para ver y entender cuáles eran los deseos, las
pasiones, las vivencias, los sentimientos de la gente que caminaba por esas calles
y habitaba ese espacio.
Unos días después cambiamos de couch y nos fuimos a la casa de Marina y
Patricia, dos chicas portuguesas. La casualidad (o no) hizo que Marina nos
comentara que la tienda Lomo de Lisboa estaba alquilando cámaras analógicas
para usar durante unos días. Esa misma noche agarré (de casualidad otra vez) un
libro de la biblioteca de las chicas y me encontré con un texto titulado Las diez
profecías del futuro analógico. Y lo que leí me cayó en el momento justo.
Hablaba de volver al mundo analógico, de abrazar lo incierto y dejarse llevar, de
valorar lo real y lo auténtico, de usar los cinco sentidos constantemente, de
aceptar que las mejores cosas en la vida ocurren por sorpresa. Una frase, en
particular, me quedó grabada: Live offline but share online (algo así como: “Viví
desconectado pero conectáte —a internet, a la tecnología— para compartir”).
En aquel momento estaba cansada —harta— de las redes sociales. Cansada
de ver el mundo y de comunicarme a través de una pantalla. Cansada de la
velocidad de internet. Cansada de la velocidad en sí. Quería conectarme
únicamente al mundo real y olvidarme de la vida digital. Pero tenía un dilema:
¿podía hacer un blog sin difundirlo por Facebook? ¿Tenía sentido sacar fotos y
no compartirlas? ¿Alguien me leería si desaparecía de la red? ¿Podía escribir
pensando en que nadie nunca iba a leerme? Ahí en Lisboa empecé a sentir, cada
vez con más fuerza, que quería dedicarme a escribir libros y no blogs. Quería
volver a lo analógico, a la lentitud, a la desconexión. Ese texto me generó
nostalgia, me provocó saudade de lo offline y ganas de volver a la época en que
internet no existía y las relaciones (con otras personas, con uno mismo, con el
mundo) se establecían de forma más directa y real. Sentí ganas de quedarme en
los cuadernos, en las postales, en los álbums de figuritas, en las notitas escritas
en papeles, en las charlas sin teclados, en los encuentros espontáneos, en el rollo
de fotos, en las cartas y los naipes, en lo hecho a mano, en todo eso que hoy
quedó encasillado como retro.
Los días siguientes caminamos sin rumbo, tomamos el tranvía, comimos
pastel de nata, escribimos en nuestros cuadernos, disparamos fotos sin pensarlas
demasiado. Decidimos quedarnos en Lisboa un poco más de lo planeado, pero la
lluvia no nos dejó hacer mucho. Llovió dos días seguidos, llovió tanto que mis
zapatillas se convirtieron en piletas de natación, llovió tanto que se me mojó
todo lo que llevaba en la mochila, llovió tanto que tuvimos que apropiarnos de
un paraguas roto que encontramos abandonado en el metro, llovió tanto que no
pudimos ver todo lo que queríamos. Y Lisboa nos despidió así, en ese estado
lluvioso, gris, melancólico, pero real. Real porque la lluvia fue algo que cayó,
que existió, que pude sentir, y no algo que escuché en un noticiero o que vi en
una foto. Fue la despedida adecuada de una ciudad que me generó nostalgia de
otras épocas y que me ayudó a reconectarme con mi parte offline.
Ese día supe que hasta que no volviera a visitarla (a ella y a tantas otras
ciudades que amo) seguiría teniendo saudade. Pero ahora también sé que no me
queda otra que esperar y que eso es lo lindo de la vida analógica (y de la vida
viajera): que la espera también se disfruta.

Viajera duplicada

Durante estos cinco años me la pasé llenando incógnitas. Antes de salir de


Buenos Aires, los treinta países que visité no eran más que dibujos y etiquetas en
el mapa. Si bien leí y pregunté acerca de cada destino, sólo despejé la incógnita
—y llené cada nombre de paisajes, caras, momentos, comidas e historias— al
viajar. Aprendí que si bien hay varias figuritas predecibles a la hora de completar
el álbum que es un país, cada cual le va dando sentido a la incógnita a través de
sus propias experiencias.
Además de escribir, fotografiar, observar, conocer, perderme y encontrarme,
descubrí algunos síndromes que me parecieron propios del viajero. En mi primer
regreso aprendí que existe la depresión post viaje; en varios lugares del mundo
sufrí la nostalgia del presente, el cansancio de los viajes largos y el mal del
próximo viaje (eso de pensar en el destino siguiente sin haberme ido del actual).
Pero uno de los que más me marcó y el que siento aún más cuando escribo estas
líneas es el síndrome de viajera duplicada, ese que me hace desconfiar de todo y
preguntarme: ¿de verdad fui yo la que vivió todo esto? ¿O fue otra que se hace
pasar por mí?
Por momentos siento que vivo dos vidas: una, la de viajera que se va sola por
el mundo; otra, la de chica que reside en Buenos Aires. Cada vez que vuelvo y
me reincorporo a la Ciudad de la Furia me cuesta reconocerme como “la
viajera”. Voy, por ejemplo, en la línea B del subte, observo a la gente a mi
alrededor y pienso que hace varios meses las personas que veía en los trenes
tenían rasgos asiáticos, hablaban otros idiomas y me traspasaban con esa mirada
curiosa y penetrante. Y ahí, mientras recuerdo eso, me pregunto: ¿pero esa era
yo? ¿Era yo la que viajaba sola por China sin saber una palabra? ¿Era yo la que
usaba gestos para comunicarse? ¿Era yo la que andaba caminando sin rumbo por
calles de pueblitos perdidos? Y a la vez, pienso: ¿esta persona que ahora está
sentada en el asiento de enfrente se imaginará que soy viajera? ¿Se dará cuenta
por mi cara? ¿O seré una porteña más que usa el transporte público para ir hacia
algún lugar de su rutina? Porque en Asia es obvio que soy viajera, pero en
Buenos Aires puedo ser cualquier cosa.
Cada vez que vuelvo de un viaje y cuento una anécdota siento que estoy
hablando de otra persona, que estoy repitiendo un cuentito que leí en algún blog,
protagonizado por una chica que se llama Aniko pero no soy yo. Porque no hay
manera de que yo, esta chica tímida y tranquila que vivió toda su vida en un
rincón de Buenos Aires, haya pasado por todo eso que estoy relatando. Me causa
gracia decir: “Porque cuando estuve en Laos hice tal cosa” o “en Vietnam conocí
a tal persona” o “en España me pasó algo así”. ¿Cuándo estuve yo en Laos?, ¿y
encima sola? También me pasa cuando expongo fotos y alguien que no me
conoce se acerca y me pregunta: “¿Vos estuviste en todos esos lugares?”.
Automáticamente sonrío y digo sí, y por dentro pienso: “¿Yo estuve en todos
esos lugares? ¿Realmente fui yo la que estuvo frente a esa imagen?”.
Me pasa, también, que la gente me escribe mails y mensajes y a veces me
cuesta entender por qué me los mandan. Cuando estoy de viaje es lógico: en ese
momento soy la viajera y todos me escriben hablándome de viajes,
preguntándome cosas o felicitándome por lo que hago. Pero cuando recibo esos
mensajes tan lindos estando en Buenos Aires —cuando no soy más que una
chica sedentaria que escribe— me siento rara: ¿qué verán en esa viajera a la que
le escriben? Me encanta pero a la vez siento que la destinataria de esas palabras
no soy yo sino otra Aniko que se quedó dando vueltas por ahí. A veces me
imagino que hay una Aniko en cada camino que no tomé: una Aniko quedó en
África (estaba en Marruecos y se le ocurrió seguir viajando por ese continente),
otra quedó en Barcelona (esa ciudad que tanto ama), otra quedó en Asia (tal vez
decidió instalarse en Penang, ese rinconcito de Malasia que le gusta), otra está en
Buenos Aires (y nunca viajó, nunca se animó a dar el primer paso).
Esto que me pasa es difícil de explicar y puede dar a pensar que sufro algún
tipo de esquizofrenia, pero juro que no. Para tratar de entenderme piensen en
esto: ¿alguna vez hicieron algo que jamás creyeron que se animarían a hacer?
¿Alguna vez hicieron algo que les parecía enorme, lejano, imposible? Lo que
sea: saltar en paracaídas, decirle a alguien lo que sentían, irse solos a algún lugar
desconocido. Si piensan en eso ahora, ¿no se les cruza por la cabeza la frase “no
puedo creer que yo hice eso”? Algo así me pasa. Es como si viviera entre dos
mundos (viajes/no-viajes, el mundo/Buenos Aires, viajera/soñadora,
nómada/sedentaria) y cada vez que me meto de lleno en uno, el otro me resulta
desconocido. Porque cuando estoy viajando, Buenos Aires me parece un lugar
muy lejano en el que viví durante alguna otra vida, y cuando estoy en Buenos
Aires siento que nunca me fui de viaje. Y sin embargo (para aumentar el grado
de complejidad del asunto), en ambos me siento en mi estado natural, ninguno
me cuesta.
Cada mundo se maneja con sus propias reglas, en cada uno tengo una rutina
(o no-rutina), pero a veces esos mundos se mezclan y vivo Buenos Aires como si
estuviera viajando y vivo un viaje como si estuviera en Buenos Aires: estoy en
una ciudad lejana y desconocida y es como si estuviera en casa, hago una vida
tranquila, escribo, me veo con amigos (amigos que tal vez conocí ayer y ya no
veré mañana); estoy en Buenos Aires y observo todo como si fuese extranjera,
miro con sorpresa, quedo cautivada con las luces de la avenida Corrientes, con
las construcciones antiguas, con las ferias callejeras.
Me imagino el día que tenga nietos y les cuente: “Porque cuando yo tenía
veinte años viajé por todos lados sola, me puse la mochila y me fui por Asia, y
en esa época no era como ahora”. Mis nietos van a decir: “Uy, la abuela tiene
que tomar la medicación, está desvariando de nuevo y se pone a inventar
historias”. Menos mal que escribo y que tengo fotos de todo, porque sin esa
evidencia, un día empezaría a preguntarme si realmente lo viví o simplemente lo
soñé.
Epílogo: Una vidente brasilera

En enero de 2013 hice algo que no hacía desde que empecé a viajar: me fui
de vacaciones. No lo tenía planeado, pero surgió: mi amiga Belén me llamó un
jueves para preguntarme si quería irme a Brasil con ella y su familia el lunes
siguiente, “con auto y cabaña incluida”. ¿Cómo decirle que no a una oferta así?
El viaje no prometía couchsurfing, ni autostop, ni trekkings, ni bazares, ni
regateo sino otras cosas que en aquel momento me parecieron más tentadoras:
arena, mar y descanso. Mi cabeza y mi cuerpo me pedían una dosis de olas
despreocupadas, así que acepté irme de vacaciones con ella, como tantas otras
veces me había ido con mi familia.
Durante casi toda mi infancia y parte de mi adolescencia, verano y Brasil
fueron sinónimos: debo haber pasado unas diez vacaciones familiares en las
playas del país vecino. Nos íbamos en auto, buscábamos dónde dormir y
pasábamos quince días jugando en el mar. Esas dos semanas anuales formaban
parte de un limbo, estaban separadas de la rutina y parecían ocurrir en otro plano
de mi vida. Durante veinte años supuse que eso que hacíamos en Brasil era lo
normal, que viajar e irse de vacaciones era lo mismo.
Los días que pasé con Belén en Brasil me recordaron a mis vacaciones de
toda la vida. Los elementos eran los mismos: reposeras en la playa, milhos y
sucos de maracuyá, sándwiches a la espera en la heladerita, partidos
interminables de paleta, paseos por el centro y horas bien invertidas en el mar.
Durante esos quince días no me moví de Florianópolis, casi no saqué fotos y no
hice couchsurfing, sino que me dediqué a nadar, a comer, a descansar en la
hamaca paraguaya, a leer y a escribir. La escritura invisible (la que no publiqué
de manera inmediata en mi blog) me fluyó sin que me lo propusiera. Ahí, en una
terraza frente al mar, todas las tardes me senté a escribir bocetos deshilvanados y
empecé a darle forma a este libro.
Pero, dentro mío, algo había cambiado.
En la playa de Florianópolis sentí que si siete años atrás una vidente me
hubiese leído la mano y me hubiese contado cómo iba a ser mi vida hoy, no le
habría creído. El viaje a Brasil fue, sin que me lo propusiera, un regreso al
pasado, un flashback que me ayudó a comprender y valorar mi presente y a
sentirme orgullosa del camino que había transitado.
Cuando, con veinte años, decreté que quería quedarme 15 días al año en
Buenos Aires y usar los otros 350 para viajar me dijeron que estaba loca. Claro,
ahora que lo pienso, mi deseo iba totalmente en contra de lo establecido: para la
sociedad, viajar durante 350 días era sinónimo de no trabajar durante 350 días.
Cuando expliqué que no quería viajar por viajar, sino viajar para escribir,
fotografiar, compartir y comunicar, no hubo nadie que me dijera “ah, lo que vos
querés es trabajar desde cualquier lugar del mundo, eso se puede hacer”. Casi
todos lo tomaron como una idea ridícula, como si hubiese dicho que quería ser
escritora de viajes intergalácticos y estuviese a punto de subirme a un cohete e
irme a la Luna sin licencia para conducir cohetes ni entrenamiento previo para
sobrevivir. Y si bien me fui igual, durante mi primer año fue difícil romper ese
prejuicio de que yo estaba de vacaciones.
Tuve que volver a Brasil para darme cuenta de que desde que empecé a
dedicarme a viajar (y a trabajar de escritora y de fotógrafa en el camino) nunca
más volví a irme de vacaciones. Desde que empecé a vivir viajando, ese estilo de
vida pasó a ser el normal para mí. Fui creando una rutina basada en la no-rutina:
mis días se llenaron de movimiento, de viajes en bus, de comidas nuevas, de
conversaciones con extraños, de textos para blogs y artículos para revistas, de
salidas fotográficas, de caminatas por ciudades desconocidas, de mercados y
regateo, de solicitudes de Couchsurfing, de despedidas y reencuentros. Mi
realidad empezó a estar puntuada por viajes más que por fechas, pero tuvieron
que pasar cinco años (y un viaje a Florianópolis) para darme cuenta de cuán
extra-ordinaria (en el sentido de “fuera de lo considerado normal”) había pasado
a ser mi vida.
Durante esos días en la playa brasilera volví, como en un círculo, al inicio de
mi sueño y me reencontré con mi versión pre-viajera. Vi a esa chica que de vez
en cuando se iba de vacaciones a Brasil y que soñaba con viajar y vivir de eso
pero no se animaba porque no creía que fuera posible. Vi la realidad que me
rodeó durante muchos años y que me hizo creer que una vida como la que
soñaba demandaba demasiado dinero. Vi a toda esa gente que me encontraba en
enero, durante cada vacación, en la misma playa todos los años. Me vi a mí
misma con ganas de extender esos 15 días a 365, con el enorme anhelo de ser
escritora y de dar a conocer culturas y lugares. Me vi a mí misma fingiendo tener
un sueño más común, como casarme o tener hijos, cuando en realidad ansiaba
ser viajera y dar la vuelta al mundo. Me vi a mí misma incomprendida, rodeada
de personas que me trataban de loca, de vaga, de mantenida. Me vi sola, con
miedo y a la vez con determinación.
Pero lo más lindo de ese despertar en Florianópolis fue darme cuenta de que
ya no pertenecía a esa playa, ni a esos quince días, ni a ese modo de viajar, ni a
esa manera de pensar y de vivir. Por eso sentí como si hubiese vuelto a mis
veinte (a todas mis ansias de viajar y de romper con ese modo de vida
prefabricado que me parecía absurdo) y una vidente brasilera me hubiese leído la
mano en la playa y me hubiese dicho: “Querida, no sufras, dentro de unos años
tu vida va a ser distinta, te lo aseguro”.
Ahí, en la playa de Florianópolis, comprendí por qué muchos me habían
tratado de loca cuando recién empezaba: porque hay gente que no entiende que
viajar pueda ser distinto a irse de vacaciones. No lo entiende porque tal vez
nunca se lo preguntó. O no lo entiende porque tal vez un día se lo preguntó y,
como todos le aseguraron que no era posible, lo creyó imposible. O no lo
entiende porque es lo que nos hacen creer desde que nacemos. O no lo entiende
porque es feliz así, viajando dos semanas al año, y eso es respetable.
Para muchos, irse de vacaciones implica separar nuestro tiempo y nuestra
vida en dos planos: el del trabajo (ocho horas por día, cinco días por semana,
cincuenta semanas al año) por un lado, y el del ocio (fines de semanas y quince o
treinta días anuales de vacaciones) por otro. Y si nuestro tiempo está tan
claramente separado entre trabajo y no-trabajo es lógico que muchos supongan
que durante un viaje (léase vacación) lo normal sea no trabajar.
En mi paso por las playas de Florianópolis me di cuenta de algo más: cuando
uno elige cómo vivir se le abren muchísimas más posibilidades que cuando sigue
el camino socialmente esperado. Las rutas que somos capaces de imaginar para
nuestra vida son infinitas y depende de nosotros cuál tomar.
Ojalá a los veinte me hubiese cruzado a esa vidente —que, estoy segura,
anda rondando las playas de Brasil— y la hubiese dejado leerme la mano.
Seguramente me hubiese dicho algo así: “Menina, en unos años tu vida va a
cambiar. Tu existencia va a ser distinta porque nunca más vas a poder separar la
escritura de los viajes, ni los viajes de la vida, ni la vida del trabajo. Trabajarás
constantemente de aquello que te hace feliz y tu vida se convertirá en un gran
sueño donde la realidad y la fantasía serán una sola cosa. Y tus días jamás serán
iguales: tendrás miles de días de viaje, cada uno completamente distinto al
anterior. Te lo aseguro”.
Igualmente, conociéndome, sé que no le hubiese creído ni una palabra.
¡Gracias!

A todos los que me ayudaron


a escribir este libro y a vivir esta vida

Nos vemos en el próximo libro. O en el próximo viaje.


Bis
(si querés viajar, viajá)

Al igual que Martin Luther King, vos también tenés un sueño. Puede que sea
un sueñito o Un Sueño. No importa, es lo que deseás para tu vida, lo que harías
si pudieras dejar todo atrás y elegir cómo vivir. Pero te sentís atado a un
mecanismo del cual ya no podés escapar. O eso creés.
Tu sueño es viajar por el mundo. (O poner un bar en la playa. O ser un
artesano en Indonesia. O ser un surfer en Ecuador. O ser un músico itinerante. O
ser acróbata de circo. O ser un dios en la India. O ser un comerciante en China.
O ser un astronauta en la Luna. O ser lo que más quieras. Vamos, todos tienen un
ideal, no me digas que vos no.)
No se lo contás a mucha gente. Creés que todos te van a responder: “Pff,
obvio, ¿quién no quiere viajar por el mundo/poner un bar en la playa/ser
astronauta?”. Tenés miedo de que te tilden de nómada, vago, rebelde, idealista
(una cualidad que se tiende a descalificar), hippie o loco. Pensás que viajar por el
mundo implica demasiada plata, demasiados riesgos, demasiadas preguntas y
ninguna certeza. Dejar todo para viajar es un camino de ida sin carteles de
señalización, un interrogante que solamente se responde mientras se lo vive. No
sabés si estás preparado.
No le decís a nadie, pero soñás despierto. Cada vez que te tomás el mismo
colectivo, subís el mismo ascensor, bajás por las mismas escaleras, te mirás al
mismo espejo, apoyás la cabeza sobre la misma almohada, pensás: “Esta no es la
vida que quiero. Un día de estos largo todo y me voy. Pero de verdad eh, yo me
voy. Ya van a ver”. Pero los días siguen. Seguís creciendo, conseguís mejores
puestos, un mejor sueldo, y tus sueños te parecen cada vez más infantiles e
inconcretables: “¿Vivir viajando? Es imposible. ¿Cómo hago? ¿De dónde saco la
plata? ¿De qué vivo?”.
Sin embargo, cada vez que ves fotos de pescadores que viven en islas
remotas y paradisíacas, de orientales que se ganan la vida cocinando en un
carrito, de parejas que venden todo y se van de gira en un auto viejo, de todos los
que se animaron y pusieron un bar en la playa, te sentís afectado, pensás. Te das
cuenta de que allá afuera existen miles de maneras de vivir. Tu rutina no es la
misma rutina de los seis mil millones de habitantes de este planeta. Es posible
vivir de otra manera, fuera de la vorágine, con más lentitud, en un escenario que
vaya más con tu persona.
Sacás cuentas y te iluminás. Es más barato vivir viajando que vivir en un
mismo lugar. Es más caro viajar como turista que vivir en un mismo lugar. Pero
al viajar como un viajero gastás mucho menos, lo necesario, lo que consumís en
el momento. Te emocionás. Ya está, yo saco el pasaje sin escalas a Micronesia y
me voy. Chau. Ya van a ver.
Y otra vez aparecen los miedos, las dudas, las preguntas. No, mejor no... Me
voy a quedar sin trabajo, y ¿qué hago allá? Mirá si me pierdo, me raptan o si
tengo que dormir en la calle. No, mejor me quedo acá.
Gana una vez más la seguridad sobre los sueños.
Y la vida sigue. Y muchos años después, pensás: “Ay, me acuerdo cuando era
joven, quería viajar por el mundo. Qué ingenuidad, qué irreal”. Y suspirás.
Nada ni nadie te impide vender todas tus pertenencias, comprarte un pasaje
para el primer avión o colectivo que salga a donde sea, e irte. Aunque creas que
existe un sistema que te lo impide, ese sistema no está más que en tu cabeza.
Aunque digas “pero yo no tengo un peso partido al medio”, si tenés manos podés
trabajar, si tenés cabeza podés pensar, si tenés humanidad podés crear. Si dedicás
todas tus energías a hacer eso que te hace feliz, por más ridículo, irreal o
aburrido que le parezca al resto del mundo, vas a encontrar la manera de
sobrevivir.
¿Te hace feliz viajar? Viajá. ¿Te hace feliz pintar? Pintá. ¿Te hace feliz
cantar? Cantá. ¿Te hace feliz hacer nado sincronizado en el canal de Panamá?
Hacelo.
Seré idealista (que para mí es algo positivo), pero esta vida es demasiado
corta para desperdiciarla dedicándote a algo que no te hace feliz.
No pongas más excusas: si querés viajar, viajá.
(Publicado en Viajando por ahí el 23 de enero de 2011. Hasta hoy, sigue siendo
el post más compartido del blog.)
Viajar
(según Aniko)

Es cambiar de realidad, abrir la mente, conocer, ir en busca de,


encontrar, extraambientarse, mirarse bien de lejos, mirarse bien de
cerca, caminar, correr, navegar, flotar, volar, subir, caer, odiar, amar,
llorar, romper, reconstruir, armar y desarmar, escribir, leer,
conectarse con, conectarse a, llegar, no llegar, desear nunca llegar,
desear nunca volver.
No es escaparse: es buscarse.
*
Todos los textos de este libro salieron del blog, los cuadernos y
los viajes de la autora. Ella no se hace responsable si, después de
leerlos, armás la mochila y te vas por ahí. Eso sí, cuando estés
viajando no te olvides de sonreír, de asombrarte, de respetar cómo
viven otros, de confiar en las personas y de aprender a devolver la
hospitalidad que vas a recibir en todas partes del mundo.
De eso se tratan los viajes.
Seguime

Blog de viajes: [Link]


Blog de escritura: [Link]
Fotografía: [Link]
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Instagram: anikovillalba
Contacto: aniko@[Link]
*

Los ebook son lindos, pero no se pueden oler ni abrazar.


La versión impresa de este libro se vende por internet y llega a tu
casa por correo.
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