DDV
DDV
De chica, Aniko soñaba con viajar por el mundo y escribir libros. En el 2008,
cuando terminó la carrera de Comunicación Social, se compró un pasaje de ida a
Bolivia, armó la mochila y se fue por América latina con el plan de probar suerte
como escritora de viajes. Desde que salió de Buenos Aires hasta hoy pasó más
de 1500 días de viaje y recorrió más de treinta países de América, Asia, Europa
y África. Publica sus textos y fotografías en medios impresos y digitales de
Argentina y en su blog Viajando por ahí.
Aniko hace viajes largos y de bajo presupuesto. Se aloja en casas de familia,
come en puestos callejeros y trabaja desde cualquier lugar del mundo a través de
internet. Confía en la hospitalidad del ser humano y cree que la mejor manera de
conocer un lugar es caminándolo.
Días de viaje es su primer libro.
Días de viaje.
Relatos en primera persona
Lado A: la viajera
La primera vez que me fui tenía seis meses. Mi mamá me llevó en auto de
Buenos Aires a Chapadmalal (una localidad de la costa atlántica argentina) y ahí,
sospecho, empezó mi historia de amor con los viajes y con el mar. Durante mi
infancia viajamos bastante y, si bien no recuerdo cada travesía con detalle, sé que
cada uno de esos días fui feliz. Como nací en julio, época de vacaciones de
invierno, pasé varios cumpleaños fuera de casa, entre olas y peces de colores.
Mi mamá, mi papá y yo viajábamos de manera independiente, aunque en ese
entonces yo no tenía idea de todas las maneras de viajar que existían. Nos
íbamos por nuestra cuenta, buscábamos un lugar donde hacer base, alquilábamos
un auto (o llevábamos el nuestro) y salíamos a recorrer. Esa manera de viajar,
para mí, era la normal. Con ellos conocí el mar, las ciudades, el río, los
atardeceres. Nunca me llevaron a la nieve ni a Europa. África era demasiado
exótico, Asia demasiado lejano y Oceanía no figuraba en nuestro mapa de
destinos posibles.
Viajamos por el continente americano —a veces en auto, a veces en avión, a
veces en barco— y nos hicimos amigos de familias locales en casi todas partes.
Tuve una amiga por carta de Ohio, vi por primera vez una estrella de mar con
Miguel y su familia dominicana en Santo Domingo, conocí Cabo Polonio a los
tres años con una familia uruguaya, pasé varios años nuevos en las playas de
Brasil. Nos íbamos una semana, quince días, a veces un mes; cuando no
estábamos de viaje pasábamos los fines de semana en el Delta del Paraná, un
conjunto de islas a una hora de la Ciudad de Buenos Aires. Mi infancia estuvo
atravesada por esos viajes y por mis días en el río, y eso despertó mi interés por
lo lejano, lo exótico y lo distinto.
Lo de viajar por el mundo fue algo que comencé a soñar en la adolescencia.
Al principio era un secreto: me parecía el sueño más común y, a la vez, el más
imposible. ¿Quién no soñaba con dejar todo y salir a dar la vuelta al mundo cual
explorador? Pero con el tiempo me lo fui tomando más en serio. Cuando alguien
me preguntaba qué quería ser de grande, respondía que quería dedicarme a viajar
y a escribir. La reacción casi siempre era la misma: “Para eso vas a tener que
trabajar mucho durante toda tu vida. Cuando te jubiles vas a poder viajar todo lo
que quieras”. Pero esa idea no me convencía.
Cuando terminé el secundario llegó el momento de elegir qué carrera
universitaria seguir: me inclinaba por Filosofía, Letras o Diseño Gráfico, pero
ninguna me enamoraba del todo. Tenía interés por lo artístico y humanista y no
quería encerrarme en una sola disciplina, así que me metí en un curso de
orientación vocacional para ver si encontraba respuestas. Entre pruebas, tests de
dibujos y entrevistas me hicieron una pregunta decisiva: “¿Qué harías si tuvieses
muchísimo dinero y no tuvieses que preocuparte por eso?”. Y yo respondí, sin
dudarlo: “Lo usaría para viajar por el mundo”. ¿El resultado del curso? Me
mandaron a estudiar Comunicación Social. Esa carrera no me enseñó a viajar ni
a vivir sin preocupaciones monetarias, pero me permitió desarrollar herramientas
y capacidades que luego utilizaría para trabajar en el camino.
Una noche me reuní con amigas y, en algún momento de la charla, hablamos
acerca de cómo imaginábamos nuestra vida antes de los treinta. Todavía
estábamos en los primeros años de la universidad y, según los parámetros de la
sociedad, nuestra licencia para soñar aún no había expirado. Yo les confesé:
“Quiero viajar y ver cómo vive la gente en otras partes del mundo, quiero
conocer culturas y que me paguen por escribir acerca de eso”. La palabra
‘culturas’ era un término que me fascinaba. ¿Qué me respondieron? Lo de
siempre: “Es muy caro” y “obvio, ¿quién no quiere viajar por el mundo?”. Y
pasaron a otro tema.
A mediados de la carrera empecé a escribir artículos periodísticos y a diseñar
sitios web. Tuve trabajos independientes y otros con horario y oficina. Ambas
experiencias fueron positivas, pero la rutina del trabajo fijo se me hizo
insostenible: no necesité mucho tiempo para darme cuenta de que no iba a poder
soportar toda una vida así. Quería ver con mis propios ojos la realidad acerca de
la que iba a escribir después. Quería salir a la calle, al mundo, hacer el trabajo de
investigación afuera y contar todo desde mi experiencia. No quería que el resto
de mis días estuviese cortado por el mismo molde. Pero, ¿cómo iba a hacer para
salir de un sistema que estaba tan consolidado? ¿Cómo iba a hacer para
adaptarme a un proyecto de vida que no me hacía feliz? Durante aquella época
abrí mi primer blog y usé ese espacio virtual anónimo como zona de catarsis.
Quería viajar y no podía pensar en otra cosa.
Un año después, a principios de 2007, tuve la experiencia del tren en Bolivia
y todo ese tablero de supuesta estabilidad que había estado sosteniendo se
derrumbó. La experiencia me había dado empuje, esperanza, claridad. ¿Cómo
iba a quedarme toda la vida en un solo lugar, con tanto mundo para conocer?
¿Cómo seguir creyendo en las malas noticias que circulaban en los medios,
cuando había vivido la hospitalidad en primera persona? Fue un año de cambios,
de planteos, de preguntas y de tristeza: sentía que no encajaba en ningún lado,
que mis intereses eran otros, que buscaba algo que para muchos era una utopía,
que anhelaba un estilo de vida irreal e inaccesible.
Anuncié mi decisión durante el cuarto y último año de mi carrera: apenas
terminara de rendir los exámenes finales me iría a recorrer América Latina.
Quería viajar de mochilera, por tiempo indefinido, por tierra, sin una ruta
planificada y con mis pocos ahorros. Me gustaba la idea de viajar liviana, a un
ritmo lento y sin excursiones prearmadas de por medio, y América Latina era un
continente que me llamaba a gritos. Sentía que el fin de la universidad marcaba
también el de las obligaciones sociales que había tenido que cumplir durante
veintidós años: después de rendir el último final sería libre de decidir cómo
seguir, y no encontraba mejor opción que viajar. Tenía ahorros, tenía ganas, tenía
tiempo. Si me iba mal, estaba a tiempo de volver a Buenos Aires y hacer una
“vida normal”. El único problema —para el resto de la gente, no para mí— era
que no tenía con quién irme. Así que decidí irme sola.
“¡¿Sola?! ¡Estás loca! ¡Te va a pasar de todo! ¡Es un peligro! ¡Te van a
secuestrar, robar y matar!”, me dijeron las personas que me conocían. Supongo
que si hubiese dicho que cuando terminara la universidad iba a buscarme un
trabajo fijo con horario de oficina y un sueldo a fin de mes nadie hubiese
opinado demasiado, pero ante la decisión de viajar todos parecían tener algo para
acotar. “No podés irte sola: sos mujer. No podés irte por América Latina: es
peligroso, la gente en otros países es mala. Sos demasiado joven para viajar: sos
muy ingenua y te van a engañar en todos lados. No podés irte sin rumbo: tenés
que tener un plan. No podés irte sin límite de tiempo: seguro que volvés a los
diez días. Hay que tener mucha plata para viajar por el mundo: seguro que tu
familia te va a mantener. Cuando vuelvas ninguna empresa te va a contratar:
estás desperdiciando tu tiempo y tu talento. La bohemia terminó en los años
sesenta: no podés vivir como una nómada”. Y las preguntas nunca se agotaban:
“¿Pero vos no ves en las noticias lo mal que está el mundo? ¿No te da miedo
mezclarte entre toda esa gente mala? ¿Y si te enfermás allá qué vas a hacer? ¿Y
de dónde vas a sacar la plata? ¿Te vas a tomar un año sabático y después te vas a
buscar un trabajo de verdad? ¿Y qué vas a hacer cuando vuelvas? ¿Por qué no te
conformás con los quince días de vacaciones que nos tocan a todos y te dedicás a
viajar cuando ya no tengas que trabajar?”.
La crítica, en el fondo, era la misma: todos los que me conocían querían que
tomara el camino socialmente esperado, ese que nos señalizan desde que
nacemos y que consiste en: (1) estudiar una carrera, (2) conseguir un trabajo
estable para (a) pagar las cuentas, (b) comprarse un auto, (c) comprarse una casa,
(d) irse de vacaciones, (3) buscar pareja para (a) casarse y (b) tener hijos y (4)
jubilarse y empezar a disfrutar. Ese camino que dice, en conclusión, que viajar es
lo mismo que irse de vacaciones y que eso es algo que podemos hacer durante
quince míseros días al año. Pero esos, por más que fuesen los sueños de la
sociedad, no eran los míos. Ese camino no me llevaba a la felicidad.
Así que una tarde de diciembre, después de rendir el último final de mi
carrera, me fui a Retiro (la terminal de buses de Buenos Aires) y me compré un
pasaje de ida a La Quiaca (la frontera entre Argentina y Bolivia). Pocos días
antes de irme caí en la cuenta de lo que estaba por hacer y lloré durante horas.
Tenía miedo. ¿Y si todo lo que me decían era cierto? ¿Si tenía que volverme a
casa a los pocos días de haber salido? ¿Si me pasaba algo terrible? ¿Y si el
mundo era un lugar horrible?
La mañana del veintiocho de enero de 2008 partí rumbo a La Quiaca. Fue tan
simple como eso: armé la mochila y salí de mi casa. Sabía que si no tomaba la
iniciativa nadie iba a hacerlo por mí. Así que después de veintidós años de
soñarlo, di el primer paso. Y todo lo que ocurrió en mi vida desde aquel
momento me demostró que había elegido el camino correcto. No el más fácil ni
el mejor señalizado, pero sí el que me hacía feliz.
Lado B: la escritora
Viajar a una ciudad desconocida es como asistir a una cita a ciegas. Por más
que veamos fotos de antemano, que nuestros amigos y conocidos nos cuenten
todo al respecto, que nos sepamos su historia, que alguien nos asegure que nos
va a encantar o que es muy agradable, el momento de la verdad ocurre cuando el
viajero y la ciudad se encuentran cara a cara. No hay suposiciones, promesas ni
afirmaciones previas que valgan: la química solamente se puede dar en vivo y en
directo.
Mi viaje por América Latina empezó oficialmente en Lima, al mes y medio
de haberme ido de Buenos Aires, cuando quedé sola con mi alma, mi mochila y
todo el continente por delante. Había salido de Argentina con mi amiga Vicky y
habíamos recorrido los pueblos del Altiplano, las yungas de Bolivia y algunas
ciudades del sur de Perú. Empezar el viaje con ella hizo que la aventura fuese
más fácil y menos solitaria. Una mañana, mientras subíamos los escalones del
Wayna Picchu (el cerro que se ve de fondo en todas las postales de Machu
Picchu), la chica que iba caminando adelante frenó y me dijo: “Pasá, pasá, yo
necesito descansar”. Era argentina. Como yo también estaba cansada me quedé
con ella y nos pusimos a charlar: así pasa en los viajes, esa enseñanza materna de
“no hables con extraños” parece mutar en “hablá con todos los extraños que
puedas”. Seguimos subiendo juntas y en la cima me presentó a su hermana Pau y
a su amiga Vero —la misma que ilustró este libro—. En pocos días nos hicimos
amigas y decidimos seguir camino juntas hasta Lima: casualmente, Vicky y ellas
tres volaban de la capital peruana a Buenos Aires el mismo día.
Antes de viajar me habían dicho muchas cosas acerca de Lima, pero la
opinión generalizada parecía ser que la ciudad no me iba a gustar y que no valía
la pena quedarse más de dos noches. Era mi primer viaje y yo tomaba como
ciertas las opiniones ajenas; después entendí que cada cual habla desde su
experiencia y que no todos los lugares interpelan a las personas de la misma
manera. Viajar por un lugar es como conocer a alguien: el viajero (con toda su
personalidad, su carga emotiva, su historia, sus gustos, sus expectativas)
atraviesa un lugar que también tiene su personalidad, su carga emotiva y sus
historias. Por eso es imposible que existan dos experiencias iguales.
Yo amé Lima y, entre los tres viajes que hice a Perú, pasé más de tres meses
de mi vida en ella (o con ella, ya que la ciudad fue como una amiga que me
acompañó). Lima fue el punto de partida y de retorno de mi primer gran viaje.
Fue en Lima donde me fui a dormir como viajera grupal y me desperté como
viajera solitaria, cuando mis cuatro compañeras de viaje se volvieron a
Argentina. Fue en Lima donde sentí vértigo al mirar el mapa de América y ver
que me esperaba tanto continente por delante para recorrer sola. Fue Lima la que
me cobijó durante aquel momento de soledad e inseguridad y me impulsó a
seguir caminando un mes después, cuando me vio lista para hacerlo. Fue Lima la
que volvió a recibirme medio año después, cuando ya había recorrido nueve
países y sentía que era momento de volver a Buenos Aires.
De Lima recuerdo, ante todo, sus ventanas. Me recuerdo a mí misma mirando
la ciudad a través de distintos vidrios. La primera vez que llegué, la inspeccioné
desde la ventana del bus y pasé tardes sentada a una mesa de madera del hostal,
mirando hacia Miraflores y escribiendo textos repletos de alegría, emoción y
ansiedad. Cuando volví, antes de regresar a Buenos Aires, me senté frente a la
misma ventana del mismo hostal, sentí que todo era gris y me pregunté dónde
estaba el sol en aquella ciudad. Su cielo color panza de burro me hizo darme
cuenta de que ya no se me abrían cientos de caminos hacia el norte, sino que me
esperaba uno, el más difícil: el de vuelta a mi país.
Dos años después, a mi regreso de Asia, volví a viajar a Perú. Lima me dio la
bienvenida y me demostró que, al igual que entre buenas amigas, el tiempo entre
nosotras no había pasado. Y me enseñó, también, que la mirada se transforma
según nuestro momento emocional. En ese tercer viaje descubrí dónde se
escondía el sol en la capital peruana: estaba arriba de las nubes, en un lugar que
solamente podía ver si volaba muy alto y cambiaba de perspectiva.
*
Mirando por la misma ventana, seis meses después, siento cómo cambió
una ciudad, o tal vez la que cambió fui yo. Ahora todo es gris, ya no sale el
sol, ya estoy de vuelta y no de ida, ya no se me abre un laberinto de
posibilidades, ahora solamente me queda seguir una línea recta que me
devolverá al inicio de todo.
(escrito en mi cuaderno en Lima, días antes de volver a Argentina)
Mientras subíamos por el cráter del volcán descubrimos que el camino seguía
un patrón. Primero teníamos que esquivar las ovejas, después caminar por la
arena, acto seguido atravesar un pasadizo de rocas gigantes con caras y por
último trepar por escalones de barro. Una vez en la cima, la niebla volvía a
cubrir todo, dando la impresión de que abajo no había nada. Desde allá arriba, la
laguna del Quilotoa no era más que un espejismo oculto en algún rincón de
Ecuador. Pero nosotros, que la habíamos visto de cerca, sabíamos que era real.
Viajé a Quilotoa con Mark, un estadounidense que estaba viviendo en
Guayaquil, y Pepe, un ecuatoriano que lo estaba alojando. Había conocido a
Mark en un hostel en Cuenca y él me había dicho que su familia ecuatoriana
podría recibirme en Guayaquil. Acepté: no era la primera vez que me invitaban a
quedarme en una casa de familia. Estaba al tanto de la existencia de
Couchsurfing, sabía que era una red social de hospitalidad en la que la gente
local ofrecía alojamiento gratuito a los viajeros, pero me parecía un sistema tan
idílico que nunca me había animado a enviar una solicitud para que me
recibieran. Sin embargo, hice couchsurfing no oficial en casi todos los países.
Un fin de semana, Mark nos propuso ir a Quilotoa, un lugar minúsculo que
casi no aparecía en los mapas, y yo acepté sin hacer demasiadas preguntas.
Tomamos dos buses e hicimos el final del trayecto a dedo en un camión lechero.
Cuando llegamos al pequeñísimo pueblo, todo lo que se veía era un camino de
tierra con pocas casitas dispersas a los costados. Los hombres caminaban
despacio con sus caballos, las mujeres iban cargando a sus bebés en la espalda y
el silencio cubría todo. Avanzamos por ese camino y llegamos hasta una escalera
que descendía hacia un paisaje tapado por la niebla.
Mientras bajábamos, las nubes se disiparon y el misterio se develó:
estábamos descendiendo por el cráter del volcán Quilotoa, ya extinto, hacia una
laguna verdeazul que se había formado en su interior. Caminamos durante media
hora en bajada constante y llegamos a la orilla. Pasamos toda la tarde
escuchando el silencio y sintiéndonos ínfimos ante la inmensidad de la
naturaleza. Si bien compartíamos la misma vista, cada uno de nosotros hizo su
visita personal a aquel paisaje. Lo más difícil fue volver a subir. Tardamos una
hora y media: los casi 4000 metros de altura, el frío y la falta de oxígeno se
sentían a cada paso. Al día siguiente, sin embargo, no dudamos en volver a bajar.
Los días que pasamos en Quilotoa fueron acordes al lugar: mágicos. Ahí
sentí, por primera vez, que conocía a alguien de otra vida. Lo supe, sin ningún
misticismo de por medio: Pepe y yo ya nos conocíamos. Punto. Esa seguridad no
tenía ninguna connotación religiosa, esotérica ni sexual. Por alguna razón nos
habíamos vuelto a encontrar después de mucho tiempo, aunque ninguno de los
dos sabía por qué ni para qué. Ese día hablamos acerca de las cadenas de causa y
efecto, de cómo cada acto y cada decisión nos llevaba hacia cierta dirección, de
cómo todo lo que hacíamos sería la causa de un hecho futuro. Nuestro
reencuentro iba a tener algún efecto en los dos, aunque nos daríamos cuenta en
los meses o años siguientes.
Unos días después, mientras volvíamos en bus desde Quilotoa a Lacatunga,
Pepe me agarró la mano izquierda y pasó las dos horas del trayecto así, con los
ojos cerrados y sin hablarme. En algún momento del viaje sentí algo muy raro,
como si mi mano izquierda y su mano derecha fuesen una sola cosa, como si
alguien las hubiese atado y ajustado con hilos invisibles. A la vez sentí una
fuerza que me subía por el brazo izquierdo, avanzaba por mis venas y, al llegar al
hombro, se me desparramaba por todo el cuerpo. Abrí los ojos pensando que
alguien me estaba pasando las uñas por el brazo, pero cuando miré vi que Pepe
seguía inmóvil y que nadie se nos había acercado. Concluí que estaba
imaginando cosas y volví a cerrar los ojos. Más tarde, cuando íbamos en otro
bus, de Lacatunga a Ambato, Pepe me explicó sin que le pregunte: “En el viaje
anterior, cuando íbamos de la mano, te estuve pasando energía”.
En alguna de nuestras tantas charlas, Pepe —a quien hoy considero uno de
mis amigos más sabios— me contó que cada alma, al morir el cuerpo, se divide
en mil y se dispersa por el mundo. Cuando dos partecitas de esa alma se
encuentran lo saben porque sienten que se conocen desde siempre. Y yo quiero
agregar a eso que cada alma, al viajar, también se divide en miles de almas que
quedan dispersas en distintos rincones del mundo. Y cuando esas partecitas de
alma de viajero se encuentran, ocurre eso que pasa cada vez que nos hacemos un
buen amigo viajando: sentimos que nos conocemos de toda la vida. O, tal vez, de
otra.
*
Afuera llueve, adentro nadie parece notarlo. Escucho música sentada en
un rincón, paso desapercibida, pienso en cómo cada ciudad tiene su
personalidad, cómo los paisajes pueden alterar nuestro estado de ánimo,
aunque tal vez no sean más que escenografía. ¿Y qué función cumplen?
¿Cómo sería el mundo si todos los fondos fuesen iguales, si todo fuese un
gran bosque, un gran desierto, una gran playa? ¿Seríamos todos más
parecidos entre nosotros? ¿Existirían las divisiones políticas? ¿O seríamos
todos un gran país? ¿Cómo nos comunicaríamos? ¿Habría un idioma
universal? Quiero inventar un nuevo lenguaje: desde ahora, “blanco” quiere
decir “negro” y “hombre” se dice “mujer”, “guerra” se pronuncia “paz” y
“odio” se cambia por “amor”. Todos los opuestos cambian de lugar. El
lenguaje es tan fuerte que puede generar guerras y destrucción, yo quiero
que mi lenguaje construya paz. ¿Cuándo vamos a dejar las armas y darnos
cuenta de que no sirve de nada matarnos entre todos? Una bala no va a
borrar el egoísmo, un tanque no puede asesinar la codicia, una granada no
hará que la corrupción vuele en pedazos. La sangre derramada solamente
aumenta los males. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cuándo dejamos de
considerarnos hermanos? Si al fin y al cabo todos somos hijos de la
naturaleza. ¿Cuándo pasamos a ser extraños, a no considerar a quien está
del otro lado de una frontera como uno más de nosotros? Quiero luchar
contra los prejuicios, mostrar que somos más parecidos de lo que pensamos,
que a pesar de pertenecer a distintos países, tenemos más similitudes que nos
unen que diferencias que nos separan.
(Escrito en mi cuaderno, un domingo lluvioso en Ecuador)
*
“No puedo creer que me hayas convencido de hacer esto”, me dijo Mirla, mi
amiga peruana, mientras subíamos con esfuerzo una de las dunas que envolvían
al oasis de Huacachina. “Ya falta poco”, le respondí, intentando consolarla tanto
como a mí. Pero no faltaba poco. Los pies se me hundían hasta los tobillos, el
corazón me latía aceleradísimo y sentía que los músculos de las piernas me iban
a explotar. Cada vez que frenábamos para recuperar la respiración, contaba las
huellas que habíamos dejado en la arena: como mucho, habíamos dado siete
pasos.
No es nada fácil caminar por la arena, mucho menos si esa arena pertenece a
una duna, mucho menos si esa duna forma parte de un desierto y mucho menos
si tu estado físico —como el mío de aquel entonces— no es de lo mejor.
Caminábamos diez pasos y frenábamos, caminábamos otros diez y volvíamos a
frenar. Miré hacia arriba y me dio envidia ver que había gente que ya estaba
sentada en la cima de la montaña de arena, lista para contemplar el atardecer
sobre el desierto. Hice el último tramo corriendo, no quería darle tiempo de
descanso a mis piernas, no quería ni pensar en que estaba cansada.
Llegué y me tiré boca arriba en la arena. Recuperé de a poco la respiración y
miré a nuestro alrededor. Desde ahí podíamos ver la ciudad de Ica de un lado y
el oasis del otro. Había extranjeros haciendo sandboard en la duna de enfrente,
algunos buggies repletos de turistas dando vueltas, parejas sentadas en la arena y
gente que seguía subiendo. Pasó un peruano empujando su bicicleta, cruzó frente
a nosotras y siguió hacia otra duna más alta; más tarde lo vimos bajar: hizo todo
el camino de vuelta en su bici a toda velocidad, con las ruedas semihundidas en
la arena, como si se estuviese deslizando por una barra gigante de manteca.
Mientras Mirla y yo mirábamos el desierto, decidí contarle la historia de uno de
los días más surrealistas de mi vida.
Había sido en el 2008, tres años atrás, durante mi primer viaje a Perú, cuando
Huacachina era un lugar más vacío, menos turístico. Estaba con Vicky y con las
tres argentinas, y un chico que vivía en el oasis nos contó que a cuarenta minutos
de ahí existía otro oasis mucho más chiquito e inhabitado. Huacachina tenía
hostales, bares y bastantes mochileros, y el otro oasis, según él, tenía una laguna
y árboles con frutas exóticas, pero ni una sola casa. Nos creímos las grandes
exploradoras y decidimos ir a buscarlo.
Nos paramos en la esquina de donde salían los buggies turísticos a dar
vueltas por las dunas e hicimos dedo. Le pedimos al conductor que nos levantó
que nos dejara lo más cerca posible del otro oasis. Unos quince minutos después
frenó en medio del desierto, nos dijo que cruzáramos la duna más cercana, nos
aseguró que el oasis iba a estar del otro lado y se fue. Quedamos solas en medio
de la nada. No se veía Ica ni Huacachina, solamente arena por todos lados.
Empezamos a caminar, logramos cruzar la duna y nos encontramos con más
arena. No había ningún oasis a la vista. No había más que kilómetros de nada a
la vista. Nos empezamos a preocupar. ¿Cómo íbamos a salir de ahí? Estábamos
perdidas en el desierto, sin agua, sin comida, sin abrigo. Y se venía la noche.
Caminamos durante un rato más —ni recuerdo cuánto, en el desierto se
pierde la noción del tiempo— pero seguíamos en medio de la nada. Una de mis
amigas se desesperó y se largó a llorar. Vimos un buggy que se acercaba a lo
lejos y le hicimos señas para que frenara. Tenía capacidad para cuatro personas y
tres de sus asientos estaban ocupados. Le pedimos al conductor que por favor
nos acercara a Huacachina o a Ica. “Bueno, las llevo pero son treinta soles (diez
dólares) cada una”, nos dijo. Y nos salió de adentro: “¡Ah no! ¡Treinta soles ni
locas!”. Estábamos perdidas en medio del desierto, pero íbamos a regatear
nuestro rescate. Finalmente nos hizo precio y nos alcanzó hasta una de las dunas
que rodeaba a Huacachina.
Agotadas tras la aventura, nos acostamos en la arena a descansar. Una de las
chicas dijo: “Lo único que falta para que este día sea aún más irreal es que haya
fuegos artificiales”. Claro, fuegos artificiales en medio del desierto. Nos
quedamos semi dormidas, era de noche pero no hacía tanto frío. Cuarenta
minutos después escuchamos, a lo lejos, un “PUM”. Ninguna se movió. Yo
pensé que alguien había disparado un arma, hasta que volvimos a escuchar el
sonido y una de mis amigas dijo: “¡No lo puedo creer! ¡Miren!”. Miramos hacia
arriba y sí: fuegos artificiales de todos los colores envolvían el oasis.
¿Estaríamos teniendo una alucinación colectiva? ¿O era que nuestro día había
sido coronado por luces de colores? Más tarde nos enteramos de que las luces
provenían de una feria callejera de Ica.
Terminé de contarle la historia a Mirla y le dije que Huacachina me había
decepcionado un poco: habían pasado tres años desde aquella primera visita y el
oasis se había convertido en un lugar más turístico y menos oculto. Como estaba
empezando a refrescar, decidimos volver al hostel. El camino de vuelta fue
rapidísimo: bajamos las dunas corriendo, dando saltos enormes. La arena era
blandita, no ofrecía resistencia y no lastimaba. Yo sentía que estaba caminando
sobre nubes y en mi cabeza sonaba el tema Walking on the moon de The Police.
“Las dunas cambiaron de forma, ya no son las mismas”, pensé. Y me di cuenta
de que después de haber vivido aquel día bizarro ya no había nada de
Huacachina que pudiera sorprenderme. Ni siquiera el hecho de que fuera un
oasis oculto en medio del desierto.
*
El tiempo pasa, las agujas no esperan a nadie, la vida sigue, y ¿qué estoy
haciendo con la mía? Viajar... ¿y? ¿con eso qué? Escribir. Ah... pero tanta
gente hace lo mismo, ¿por qué voy a destacarme en lo que hago si miles
hacen lo mismo? Y mientras estoy acá, la vida de los demás avanza y yo me
voy quedando atrás, me pierdo de muchísimas cosas. ¿Cómo hago para
recuperar eso? ¿Cómo hago para estar en dos lugares al mismo tiempo?
¿Cómo hago para vivir dos vidas? Tal vez cuando vuelva ya nadie recuerde
mi nombre, tal vez esté irreconocible, tal vez ya no me importe nada, tal vez
el tiempo me haya envejecido más que al resto.
¿Qué busco con este viaje? Todos me preguntan lo mismo: el motivo de mi
viaje. Bueno, ¿cuál quieren saber? El superficial: escribo para un blog de un
diario bla bla bla. El profundo, el que pocos comprenden, el que no todos
saben:
viajo para conocer otras culturas, para conocer al ser humano, para
conocerme a mí misma;
viajo para huir de la rutina, para escaparme del sistema, para alejarme de
la gente falsa y nociva;
viajo porque no podría hacer otra cosa;
viajo para canalizar mis ansias de libertad, para fortalecer mi
independencia;
viajo para ganar perspectiva y poder ver las cosas con más distancia;
viajo para comprobar con mis propios ojos que existen otras formas de
vida, que es posible encontrar la felicidad y que no está en lo material;
viajo para conectarme con la naturaleza, para conocer a mis antepasados,
para fundirme con el todo;
viajo porque algo adentro mío me dice que no podría no estar viajando en
este momento de mi vida;
viajo porque tengo que hacerlo;
viajo porque estoy cumpliendo mi sueño;
viajo porque ya nada importa, sólo seguir caminando, sólo llegar hasta el
final.
(Escrito en mi cuaderno en Ecuador, en uno de esos días en los que mi viaje
parecía no tener sentido)
Máscaras y tormentas
(cada uno viaja como es)
1.
2.
3.
4.
El barro me llegaba por encima de las rodillas. Tuve que caminar descalza
por las piedras para no patinarme. Crucé sin comida en el estómago, sin energía
y con ganas de llorar. Como no tenía fuerzas para cargar las dos mochilas, se las
di a dos nenes que me ofrecieron ayuda. No sé cómo hubiese hecho sin ellos.
Había tenido la genial idea de ir de Chichicastenango a Cobán por la ruta de
atrás: no quería tomar la ruta vía Ciudad de Guatemala porque eso implicaba
hacer más kilómetros y gastar más dinero. En el mapa, la ruta de atrás parecía la
más directa, pero el camino fue largo, sucio y agotador. Un derrumbe impidió
que la combi en la que viajábamos pudiera seguir así que tuvimos que bajarnos,
atravesar un kilómetro de barro con el equipaje a cuestas y subirnos al bus que
nos esperaba en la otra orilla de ese lago marrón.
Llegué a Cobán, entré al primer hostal que encontré y me metí en la cama.
No tenía fuerzas para hacer otra cosa: dormir me tentaba más que la posibilidad
de salir a recorrer el pueblo.
5.
6.
El viaje a Flores —en combi turística “VIP”— fue peor que el anterior. O tal
vez era que mi salud caía en picada. Fueron seis horas de calor aplastante en un
minibús desbordado de gente y sin ventilación. El sol selvático incineraba el
techo y la fiebre me quemaba la frente. Culpé al clima, a la ruta, a los pasajeros,
al conductor, a los árboles, al sol. No comí nada en todo el trayecto.
Lo primero que hice al llegar al hostal fue abalanzarme sobre la cama. Y ahí,
una semana después de haber llegado a Guatemala, decidí aceptarlo: mi salud no
estaba bien. Le pedí a la dueña del hostal que me recomendara una clínica, salí a
la calle y me subí al primer taxi que pasó. El viaje no duró ni cinco minutos.
“Aquí es”, me dijo el conductor. Bajé y se fue. Quedé sola frente a una casa de
paredes blancas. En letras negras, decía: Centro Médico Maya.
7.
La reja estaba abierta así que entré con timidez. Me quedé parada en la puerta
y me recibió Sandra, una chica joven que después se convertiría en mi
enfermera. Me hizo sentar mientras llamaba a la doctora. Miré el reloj: las siete
de la tarde. Era sábado.
Sonia, la doctora y dueña del establecimiento, me hizo pasar a su despacho y
me examinó. Diagnóstico inicial: 38.5 de fiebre, infección intestinal y
deshidratación. “Me parece que lo mejor es internarla y darle suero al menos por
veinticuatro horas para que no se me desmaye, no sé usted qué opina”, me
sugirió y me ordenó a la vez. Así que en pocos segundos pasé del consultorio a
la camilla, de la ropa de calle a la bata blanca, de ser viajera a ser paciente, de
recorrer Guatemala a tener que quedarme en reposo dentro de la pequeña
habitación de una clínica maya.
8.
10.
11.
Estoy en las afueras del lago de Atitlán, parada sobre una calle de tierra
con mi mochila en los hombros. Estiro la mano y lo freno. Acostumbrado a
parar sin aviso, el ‘chicken bus’ (mote cariñoso que se ganó el transporte
público en varios países de Centroamérica) se detiene a pocos metros. Subo
los tres escalones, atravieso la puerta —siempre abierta, porque los ‘chicken
bus’ siempre invitan a subir— y le pregunto al cobrador de boletos si van a
Chichicastenango. Van.
Como ya no hay asientos vacíos el conductor me indica que me siente al
lado de él, de espalda al parabrisas y de frente a los pasajeros. Dejo mi
mochila a un costado, me acomodo y miro hacia adelante. Me choco con
cincuenta pares de ojos que me miran de frente. Acabo de ingresar a un
micromundo, a una realidad en la que soy un elemento muy extraño. Mujeres
con sus bebés en brazos y en compañía de sus amigas, grupos de niños
recién salidos de la escuela, ancianos con sus sombreros de paja y
expresiones semi-dormidas. Todos me atraviesan con curiosidad y en
silencio. Están inmóviles, no hablan. Por más que estoy en una posición que
me permite mirar a todos los pasajeros a la vez, sus miradas combinadas son
mucho más fuertes que la mía. ¿Qué pensarán de mí? Que soy una loca que
anda sola con su mochila por ahí, que dónde estará mi marido, que si
hablaré español, inglés o algún otro idioma desconocido, que cómo es
posible que una mujer tan joven viaje sola por Guatemala.
Tras unos segundos de silencio e inmovilidad, la banda sonora y la vida se
reanudan: la cumbia parece encenderse de golpe, la bocina vuelve a sonar
cada vez que aparece otro bus de frente, los pasajeros siguen anunciando
con un grito que quieren bajarse en la siguiente esquina, las mujeres siguen
charlando, algunos hombres prosiguen con sus ronquidos. Una vez que mi
presencia deja de ser un elemento extraordinario en la rutina de aquel bus,
el viaje y la vida de cada pasajero siguen como si nada.
Aquel momento efímero ya pasó a formar parte del pasado, pero siento
que ese encuentro de cincuenta pares de ojos con los míos se seguirá
repitiendo infinitamente en algún bus que nunca más dejará de circular por
las calles de tierra de Guatemala…
De la nada, un “¡hola!” extraño me hizo volver a la habitación de la clínica.
Angélica, una guatemalteca de doce años, había entrado a mi cuarto sin pedir
permiso y me estaba mirando con curiosidad desde el pie de la cama.
12.
Agarraba su carterita con las dos manos y tenía un aire de mujer adulta y
preocupada. Caminaba de un lado a otro, se apoyaba en el borde de mi cama,
después se sentaba sobre la sábana, al rato se bajaba y espiaba hacia afuera por la
puerta. Finalmente me contó que su mamá estaba por dar a luz y que los médicos
habían dicho que la vida de su futura hermanita estaba en peligro. Angélica
había viajado con su mamá tres horas para llegar al centro médico, ella era la
única que la acompañaba: su papá estaba trabajando en Estados Unidos y sus
hermanitos se habían quedado en casa.
Durante media hora, Angélica, con sus doce años, me habló de la muerte.
“Aquí en Guatemala hay un río con lagartos que se lo comen vivo a uno”; y:
“Existe una araña que pica y lo deja seco a uno”; y también: “A mi tío lo pararon
en la ruta para robarle y casi lo matan, pero lo dejaron ir”; e incluso: “El otro día
violaron y mataron a tres niñas en una casa”. Sin que yo le pidiera, me contó
decenas de historias y probables mitos urbanos de su país, además de
preguntarme si en el mío pasaban las mismas cosas.
Casi cuarenta minutos después escuchamos, por fin, el llanto de su
hermanita. Angélica respiró, se tranquilizó y me dijo, sonriendo: “Qué bonita,
¡cómo chilla!”. Acto seguido me habló de embarazos, de nacimientos, de
bebés... En fin, de la vida. Un rato más tarde, Sandra entró con la recién nacida
en brazos y nos la presentó. Antes de irse de mi habitación, Angélica me
prometió que volvería a la mañana siguiente para despedirse. Le dije,
haciéndome la seria: “Mire que me voy al aeropuerto a las siete” (el trato entre
nosotras siempre fue formal), y ella me respondió: “No se preocupe, seis y
media estoy aquí”.
13.
14.
Cuando vi Buenos Aires desde la ventanilla del avión, lloré. El dengue había
hecho más que debilitarme: me había dejado una tristeza muy profunda, casi
existencial. En esa clínica me había dado cuenta de que no era inmortal y de que
los seres humanos nos necesitábamos los unos a los otros para sobrevivir. ¿Qué
hubiese sido de mí sin la doctora y las enfermeras? ¿Qué sería de nosotros sin
otras personas que se dedicaran a cuidarnos? Lloré, también, pensando que no
iba a poder volver a viajar. Creía que si me picaba otro mosquito sería mi fin y
sentía que no iba a tener fuerzas ni ganas de seguir viajando por ahí. El tiempo,
por suerte, me demostró lo contrario.
15.
Más de un año después, cuando el dengue ya no era más que una anécdota,
tuve este sueño:
No sé dónde estoy. Entro a un lugar cerrado, de techo alto, donde un
hombre (parece un profesor) está dando una clase de enfermedades
gastrointestinales de viajeros. Dice: “Levanten la mano los que hayan tenido
cólera”. Yo pienso: “Es ridículo, ¿quién va a tener cólera en esta época?”. Y
toda la clase levanta la mano. Después se pone a hablar acerca de la fiebre
tifoidea y dice que va a explicar cómo es su estructura molecular. Justo
aparece mi amiga Maru y me dice: “No me importa haber dormido poco y
no tener marido, yo me voy a caminar”. Le digo que no puedo acompañarla
porque no quiero perderme la clase. Se va. Yo quiero que el profesor
pregunte quién tuvo dengue así puedo levantar la mano.
Desetiquetar
(El factor humano)
Querido F.:
Si lo tuyo son los corazones en los asientos de los buses, lo mío, al
parecer, son las etiquetas.
Como te conté viajo con dos mochilas: una grande, roja, con capacidad de
sesenta litros, y una más chica, gris, de mano. El problema está en la
mochila de mano. No es que no sea funcional o que esté rota, para nada,
tiene el espacio perfecto para guardar mis cuadernos, mis libros, mi cámara
de fotos y algunas cosas más. El problema es algo más pequeño, un detalle
tal vez, una nimiedad: tiene una etiqueta escondida. Es tan chiquita y pasa
tan desapercibida que cada vez que la veo me sobresalto como si fuese la
primera vez que la descubro. La leí mil veces, pero siempre, siempre, me
hace pensar.
¿Sabés lo que dice? Es una sola palabra, siete letritas insignificantes que
nada tienen que ver con la marca, con el material o con las instrucciones de
lavado. En la maldita etiqueta dice CORDURA. Sólo eso, así, en mayúsculas.
Que yo sepa, cordura no es una marca, cordura no quiere decir algodón ni
plástico ni poliéster, cordura no es sinónimo de lávese a mano y con agua
fría. ¿Entonces qué función cumple esa mísera etiqueta ahí? Supongo que
solamente complicarme la vida, traerme a la cabeza todas las preguntas que
me vengo haciendo desde que salí de Argentina.
¿Estoy loca por no querer pertenecer al sistema? ¿Por intentar vivir de la
escritura mientras recorro el mundo? ¿Será que es necesaria una cuota de
cordura, incluso en casos perdidos como el mío? ¿No te parece que es más
absurdo aceptar la rutina que nos imponen y no hacer nada para ser felices?
¿Quiénes son los verdaderos locos?
A.
(desvelada, sentada bajo un ventilador de techo, escuchando cómo llueve
en Ciudad de Panamá)
El tiempo de viaje (o por qué todo pasa más rápido cuando uno se
va a dar vueltas por ahí)
Una de las cosas que más me llamó la atención durante mi viaje iniciático por
América Latina fue lo rápido que lograba relacionarme con las personas: me
hacía amiga de alguien y en pocos días sentía que nos conocíamos de toda la
vida. Establecía una conexión mucho más profunda, rápida y sincera que con
mis amigos de siempre, y eso no era algo normal para mí. De chica era tímida,
pero cuando empecé a viajar me sentí distinta: lograba abrir mi alma desde el
principio. ¿Por qué? ¿Qué era lo que se activaba adentro mío? Con el tiempo me
di cuenta de que esas relaciones rápidas e intensas eran propias de los viajes.
Creo que existe algo así como el tiempo de viaje, opuesto al tiempo de no-
viaje. Si bien es una diferencia mental —porque la realidad, al fin y al cabo,
sigue y seguirá avanzando al ritmo de siempre durante siglos—, los viajes hacen
que todo ocurra más rápido y que los días avancen a otro ritmo. La falta de
rutina (o esa rutina de la no-rutina, en la que los hechos no se repiten
mecánicamente sino que cada día viene con algo nuevo) hace que el viaje sea un
eterno presente donde todo ocurre ahora y donde las fechas y los nombres de los
días no sirven de nada. Durante un viaje no tenemos que esperar a que sea
viernes para ver a alguien, no necesitamos poner días de relleno entre un
encuentro y otro, no tenemos que seguir las pautas preestablecidas para
relacionarnos con alguien que acabamos de conocer. Todo ocurre aquí y ahora y
no hay tiempo que perder: mañana estaremos en otra latitud y todo esto quedará
atrás, por eso lo importante es vivir el presente lo más plenamente posible.
Cuando viajamos (o cuando hacemos lo que realmente nos apasiona) nos
involucramos con el lugar y en la situación desde la mente hasta el alma y eso
hace que nuestra esencia esté a flor de piel. Yo, por lo menos, me siento mucho
más yo cuando estoy en la ruta. Si bien en Buenos Aires sigo siendo la misma
persona, hay algo de ese yo que queda en pausa, a la espera de volver a salir a la
superficie. Cuando estoy viajando me entrego a lo que me rodea, me dejo llevar
por el camino y me siento más auténtica. El que me conoce viajando, entonces,
conoce lo mejor y lo peor de mí mucho más rápido que alguien que me conoce
en Buenos Aires o de toda la vida.
Viajar sola me ayudó muchísimo a generar amistades nuevas. Al ir sin
compañía no me quedó otra opción que darme a conocer al mundo y hablar con
extraños, y eso me permitió entrar en contacto con personas que hoy son
indispensables. Viajar en solitario hace que no tengamos nada estable más que
nuestra propia persona: todo a nuestro alrededor cambia (la comida, la ropa, el
idioma, la cultura, la organización, el paisaje) y no nos queda otra que
adaptarnos y descubrir cómo somos en cada uno de esos escenarios. No hay nada
más cierto que la frase que dice: “Si querés conocer a alguien, viajá con él”. Yo
agregaría: “Y si querés conocerte a vos mismo, viajá solo”.
Si mi primer viaje fue como mi primer amor, mi primer regreso fue como mi
primera ruptura: dramático. Apenas volví a Buenos Aires creí que iba a morirme
de tristeza. O de inmovilidad. Sí, lo que iba a matarme por dentro iba a ser ese
paso abrupto a la quietud total. ¿Cómo iba a hacer para quedarme en un mismo
lugar después de haberme trasladado sin parar durante nueve meses? Y más
importante aún, ¿qué haría de ahora en más? ¿Ese gran viaje había sido el
principio de un estilo de vida o el paréntesis dentro de una rutina de la que no
podría escapar nunca?
Durante mis primeros días en Buenos Aires me sentí una zombi. Nadie, ni
mis amigos ni mi familia, entendía qué me pasaba. ¿Acaso no estaba feliz de
verlos después de tanto tiempo? ¿Acaso no había extrañado mi ciudad, mi cama,
mi baño? Era muy difícil confesarle a todas esas personas que me estaban
recibiendo con tanta alegría que, en el fondo, no me sentía feliz de haber vuelto.
Era más difícil aún explicarles por qué. Sentía que ni aunque me sentara a
relatarles el día a día y los pormenores de mi viaje iba a poder transmitirles todo
lo que me había ocurrido —externa e internamente— durante aquellos nueve
meses.
Pasé de dormir cada noche en un lugar distinto a despertarme en mi cama de
siempre, de conocer gente nueva todos los días a estar quieta en una ciudad que
ya no me sorprendía, de ser la extranjera a ser una porteña más, de ver un paisaje
distinto desde cada ventana a tener la misma vista de edificios todas las
mañanas, de ser la viajera a ser un enigma otra vez. Muchos etiquetaron mi viaje
como “un año sabático” (algo que seguía siendo aceptable dentro de los
parámetros de la sociedad) y me preguntaron cosas como: “Ahora que terminaste
de divertirte te vas a poner a trabajar, ¿no?”. Y yo pensaba: “¿Acaso viajar y
escribir no es un trabajo?”. O me dijeron: “Bienvenida a la realidad”, y yo
pensaba: “¿A la realidad de quién?”. Y mientras todos me preguntaban: “¿Y
ahora qué vas a hacer con tu vida?”, yo me preguntaba: “¿Y ahora qué puedo
hacer con todo este viaje? ¿En qué lo puedo convertir?”.
Mi cuerpo había vuelto pero mi alma seguía dando vueltas por otras latitudes.
Estaba sufriendo lo que después bauticé como depresión post viaje. Me castigaba
a mí misma por no haber llegado a México y no entendía por qué en algún
momento me había parecido buena idea volver a Argentina. Anhelaba seguir
dando vueltas por el mundo pero no tenía ahorros y no sabía cómo seguir con mi
vida. La incertidumbre de no saber si volvería a viajar me iba hundiendo de a
poco, así que por un tiempo opté por la inercia: decidí quedarme en Buenos
Aires y dejar que las cosas fluyan.
Empecé a soñar más de lo normal y, como cuando me despertaba recordaba
todo con mucha claridad, decidí guardar un cuaderno en mi mesa de luz y
escribir todas las mañanas. Era mi manera de seguir viajando a mundos
desconocidos sin moverme de mi cama. Con los meses, mi vida fue tomando
forma y se me empezaron a abrir ventanas: todo comenzaba a encajar. Gracias a
mi viaje por América empecé a publicar artículos en una revista argentina. A la
vez me dediqué por un tiempo al diseño web y trabajé en el área de
comunicación de un museo y de una institución. Comencé a tener trabajos
independientes y pude volver a ahorrar.
Una tarde de 2009 recibí un mail con una propuesta insólita: Sebastián, el
dueño de una agencia de viajes, me decía que había leído mi blog (el que había
escrito para el periódico argentino), que le gustaba mucho cómo escribía y que
quería “colaborar con mis viajes”. Al principio no pensé que fuera cierto, pero
como su propuesta me intrigó, le respondí. Me ofreció un pasaje aéreo para volar
al lugar del mundo que yo eligiera: me estaba diciendo, en otras palabras, que
quería ayudarme a seguir. La frase “si hacés lo que amás, el universo conspirará
a tu favor” me parecía cada vez más cierta. Cuando elegimos el camino que nos
hace felices (y que, por eso mismo, hará felices a otros) todo a nuestro alrededor
se va amoldando para facilitar nuestra travesía.
Cuando supe que disponía de un billete de avión a donde quisiera, el primer
continente que se me vino a la mente fue Asia. Toda mi vida había soñado con
viajar a Asia, pero me parecía un lugar tan lejano que jamás me lo había
propuesto seriamente. Sabía que iba a ser un viaje muy distinto al primero: no
tendría la ventaja del idioma, tampoco sabía si la comida me iba a gustar, no
conocía a nadie que viviera allá y que pudiera recibirme. Pero estaba convencida
de que así como América Latina me había llamado, ahora era Asia la que lo
hacía. Y apenas tomé la decisión de ir para allá, empezaron a ocurrirme cosas
que me demostraron que, otra vez, estaba yendo por el camino correcto.
Pocas semanas antes de viajar, Andrea, la editora de la revista para la que
había empezado a escribir, me propuso que entrevistara a Steve McCurry, el
fotógrafo de La niña afgana. McCurry iba a estar tres días en Buenos Aires para
inaugurar su muestra en el Centro Cultural Borges; Andrea sabía acerca de mi
viaje y sospechaba que me interesaría conocer a aquel fotógrafo especialista en
Asia. Acepté enseguida y pocos días después aparecí en la conferencia de prensa
con otros treinta periodistas. Cuando la parte ordenada de preguntas y respuestas
terminó, empezó el caos: todos se abalanzaron para entrevistar a McCurry en
privado y sacarle la mayor cantidad de fotos posible. Decidí ser paciente y no
acosarlo cual mujer desesperada. Pensé: “En algún momento el resto de los
periodistas se va a ir y ahí aprovecharé para hacerle la entrevista con
tranquilidad”. Entre varios se lo llevaron a la calle al pedido de “una foto al aire
libre, Estiv” y lo retrataron mirando al vacío, con la cámara acá, con la cámara
allá, de frente, de espaldas. Él, muy tranquilo, se dejó fotografiar.
Cuando las sesiones de fotos terminaron, Steve quedó solo. Por primera vez
en cuatro horas no había nadie intentando hacerle preguntas. Era mi oportunidad.
Volvimos a entrar al centro cultural y mientras subíamos por la escalera
mecánica decidí dejar mi rol de periodista entrevistadora de lado y hablarle de
ser humano a ser humano.
—Hi, Steve. ¿Todavía tenés energía como para una entrevista más? [Toda la
charla fue en inglés]
—Sí, claro.
—¿Es tu primera vez en Argentina?
—Sí.
—¿Y cuál es tu próximo destino?
—El sábado me voy a la India.
Y ahí, en pocos segundos, pensé: “Será muy ridículo si… qué hago… le digo
o no le digo, le digo o no le di…”.
—¡Qué bueno! Yo me voy de viaje a Asia dentro de un mes y probablemente
me quede un año por allá.
Por primera vez durante nuestra conversación me miró a los ojos y sonrió.
—¡¿En serio?!
—Sí, yo escribo e intento sacar fotos y quiero vivir de eso.
—Wow, impresionante.
Entramos a la sala de exposiciones y Steve me invitó a sentarnos entre medio
de sus fotos para hacer la entrevista. Saqué el grabador y empecé con las
preguntas.
—Comenzaste estudiando cine... ¿Qué te hizo elegir la fotografía como
profesión?
—Bueno…
Empezó a explicarme y se interrumpió a sí mismo: “Mejor contame acerca de
tu viaje. ¿Cuándo te vas? ¿Por dónde vas a estar? ¿Vas sola? ¿Viajás por placer?
¿Cuál es tu plan?”. No podía creerlo. Steve McCurry me estaba entrevistando a
mí. Le conté acerca de mi viaje anterior, del blog, de la escritura, de mis ganas
de seguir viajando, de mi atracción por Asia. Le pregunté cómo hacía para
sacarle fotos tan íntimas a la gente, para entrar a sus casas y retratarlos en
situaciones tan cotidianas. Me explicó que en Asia eso era muy normal, que la
gente veía a un extranjero y enseguida lo invitaba a pasar, y me aseguró, con
tono premonitorio: “Para vos va a ser mucho más fácil porque sos mujer. Todo el
mundo confía en las mujeres. Vas a ver”. Antes de despedirnos me pidió mi
contacto para, si coincidían las fechas, encontrarnos en Asia. No supe más de él,
pero haber compartido aquella charla fue más que suficiente para sentir que iba
por el buen camino. Si él había logrado vivir de lo que le apasionaba, ¿por qué
yo no iba a poder?
Unos días antes de volar a Asia decidí abrir un blog de viajes propio. En
aquel momento tenía una página de internet alojada en un servidor argentino,
pero el plan que estaba pagando no me permitía usar Wordpress (la plataforma
para crear un blog profesional), sino que me daba la opción de instalar un blog
mucho más básico en mi página. Sentí que para empezar estaría bien. Mientras
lo configuraba me conecté al servicio de chat de la empresa de hosting para que
me ayuden a cambiar la foto del encabezado. El chico que me respondió me
pidió el enlace a mi página (en aquel momento tenía una web personal con todas
mis notas y fotos de viajes subidas ahí) y mi número de teléfono. Cuando llamó
eran como las tres de la mañana. Habló con mi mamá: “El plan de hosting que
tienen ustedes no incluye Wordpress, pero estuve viendo las cosas que escribe
Aniko y decidí instalárselo igual, sin que tengan que cambiarse de plan. Me
parece muy humano lo que hace, se merece tener un buen blog”. Ese fue el
nacimiento (cuasi ilegal) de Viajando por ahí (meses después, cuando los del
hosting se enteraron del hecho quisieron darme de baja la página y me acusaron
de hacker).
Y el dos de abril de 2010, casi un año y medio después de haber vuelto de mi
primer viaje, me tomé un avión y aparecí del otro lado del mundo.
Segunda parte:
Asia en ascensor
(acerca de cómo caí de la nada
a un continente que nunca dejó de sorprenderme)
En paracaídas a Bangkok
Afuera hacía tanto calor que decidí volver al hostal y refugiarme sin culpa.
No me gustaba caminar a la una del mediodía bajo el sol asiático ecuatorial y la
luz no era buena para sacar fotos, así que me pareció un momento ideal para
descansar sin remordimiento. Me senté en una de las diez camas del dormitorio
compartido y me puse a trabajar en la computadora como si el mundo exterior no
existiera (tengo ese problema: cuando me pongo a escribir, todo a mi alrededor
desaparece). Estaba sumergida en lo mío cuando alguien rompió la burbuja con
el clásico “where are you from?” (“¿de dónde sos?”), la pregunta que, al viajar,
es necesaria, inevitable y perfecta para iniciar cualquier tipo de conversación
entre dos desconocidos que, claramente, son extranjeros.
Era una mochilera suiza que estaba viajando con su novio por Asia por
primera vez. Cuando le dije que era argentina vi que me miró con cara de “¿qué
hacés frente a la computadora en este lugar del mundo y a esta hora del día?”,
pero no dijo nada y yo tampoco me justifiqué. Y así empezó el interrogatorio
simpático de cada día: “¿Hace mucho que estás viajando? ¿A qué te dedicás en
Argentina? ¿Viajás sola? ¿Y cuándo volvés a tu país? ¿Y qué vas a hacer cuando
vuelvas? ¡Ah! Sos escritora de viajes, ¡qué buen trabajo!”. Las preguntas eran
casi siempre las mismas y eran fáciles de responder, pero en el fondo eran armas
de doble filo. La persona que preguntaba se iba feliz con su colección de
respuestas y con la versión simplificada que se llevaba de la persona a la que
acababa de conocer, pero la que era preguntada (en ese caso, yo) podía sentirse
un poco confundida durante el resto del día. Ese “¿y qué hacés de tu vida?”, una
pregunta disfrazada de simpleza, era mucho más compleja de lo que parecía, y si
me la hacían en uno de esos días en los que me planteaba mi objetivo en este
mundo, chau: cuestionamiento interno, dudas y miedos por una semana, mínimo.
Cuando el sol empezó a bajar salí a caminar por ahí. Los fines de semana,
Melaka se llena de gente: es una ciudad colonial a menos de dos horas de Kuala
Lumpur, se puede recorrer a pie en el día, tiene un mercado nocturno interesante,
la comida es rica y barata y los conductores de rickshaw esperan en cada esquina
en sus bicicletas cubiertas de flores para llevarte a pasear entre iglesias y ríos.
Un pueblito de esos que llaman pintorescos.
Me alejé un poco de la calle principal y no vi ningún turista. Encontré, en
cambio, una ciudad vacía, adormecida y repleta de detalles. Me hice amiga de un
gato callejero que se me colgó de las zapatillas y me suplicó que jugara con él;
me crucé con un chino que iba en bicicleta y que me preguntó de dónde era
(cuando le respondí me dijo, muy seguro de sí mismo: “No, you American, you
have American accent”); espié a un señor que se quedó dormido frente a su
negocio y a una mujer india que estaba cocinando en la entrada de su casa.
Encontré altares silenciosos en las esquinas, observé rituales religiosos en los
templos y mezquitas y vi cómo un chino apretaba los noodles con una mano
antes de cocinarlos. Caminé, anónima, entre gente a la que jamás volvería a ver.
Esa noche, mientras leía El Gran Bazar del Ferrocarril, de Paul Theroux, me
encontré con el siguiente fragmento: “Rashid, el conductor del coche-cama, me
ayudó a encontrar mi compartimento y tras dudar unos segundos, me pidió que
revisara su diente. Le estaba causando mucho dolor, dijo. La solicitud no era
impertinente. Yo le había dicho que era dentista. Me estaba cansando de la
inquisición asiática: ¿De dónde vienes? ¿Qué haces? ¿Casado o soltero?
¿Hijos?”. Y sentí, como muchas veces nos pasa a los lectores, que Theroux había
escrito esas palabras para que yo las leyera casi cuarenta años después, sentada
sobre la cama en un hostal de Malasia, tras cuestionar mi identidad, mi misión y
el sentido de mi vida. Y pensé: “Theroux estuvo bien. De ahora en más voy a
decir que soy dentista y me estoy tomando un año sabático en Asia. ¿Alguien
necesita que le revise la muela?”.
Unos setenta días después del robo, Alex recibió una carta de la comisaría
central de Purworejo citándolo a declarar ante el juez como testigo. Yo no recibí
ningún tipo de notificación: la policía debía pensar que ya no estaba en el país,
así que decidí ir con Alex para hacer presencia y dar mi declaración. Me
intrigaba saber qué había sido de la vida del dinero que había dejado “como
evidencia” y qué había pasado con el ladrón.
Mientras esperábamos nuestro turno en la comisaría, apareció “el jefe”, el
policía que supuestamente hablaba inglés, el mismo que se había sacado varias
autofotos conmigo —“para mostrarle a su mujer”— y que me había asegurado
que los indonesios eran grandes amantes. Cuando me vio sentada al lado de Alex
se quedó petrificado. Me asusté. ¿Qué habré hecho? ¿Rompí alguna ley por estar
de vuelta acá? ¿Me olvidé de extender alguna visa? ¿Qué le pasa a este hombre?
—¡¿Qué estás haciendo acá?!
—Volví...
—¡Me prometiste que te ibas a volver de inmediato a Argentina y que no ibas
a venir más a Indonesia!
“¿Eh? ¿Cuándo prometí semejante mentira?”, pensé.
—No, no, no tengo miedo por lo del robo, fue una vez, no me va a volver a
pasar.
Ahí aflojó la cara, sonrió y, casi con lujuria, me preguntó: —¿Y dónde está tu
hermana?
A las doce nos llamaron a la sala de declaración. Apenas entré y vi la
situación, deseé (más que nunca) tener una cámara instalada en cada ojo para
poder sacar fotos al parpadear y guardar esa escena en un disco duro mental para
siempre. Como jamás había presenciado un juicio no sabía qué era lo normal y
qué era de película, ya que todas las imágenes previas que tenía de una corte
provenían de Hollywood.
Atravesamos una puerta doble, caminamos por un pasillo formado por tres
filas de bancos a cada costado y nos sentamos adelante. En el frente, sobre una
tarima, había un escritorio de madera de cuatro metros de largo con tres sillas
vacías y una bandera a cada costado (la de Indonesia y la de Purworejo). A mi
izquierda había un hombre sentado en un escritorio y a mi derecha estaba el
ladrón —a quien ya había conocido en la comisaría el día del robo— vestido con
una camisa y un gorro blanco. Entraron tres jueces (dos hombres y una mujer) y
todos nos pusimos de pie: el juez principal se sentó en el medio e inauguró la
sesión con su martillo. Me puse un poco nerviosa.
Me llamaron a declarar, así que fui con Alex y el policía que supuestamente
hablaba inglés. Me preguntaron de qué religión era para hacer el juramento sobre
el libro correspondiente. ¿Cómo explicarles que fui bautizada católica pero que
no era practicante, que creía en “algo” pero que todavía estaba en busca de mi
religión? Para simplificar dije que era católica e inmediatamente entró un
indonesio con una Biblia y me hizo poner la mano izquierda encima y levantar la
mano derecha haciendo la doble ve con tres dedos. Uno de los jueces leyó el
juramento en indonesio y el policía me lo fue traduciendo para que yo lo
repitiera en inglés. Esa parte fue muy cómica. El policía, que además de
balbucear no hablaba buen inglés, me tradujo cualquier cosa: “I promise to tell
the truth… and, ehh, the truth… yes… all... ehh… the truth! (palabras
inentendibles, balbuceos), yes yes the truth”. Varias veces tuve que pedirle que
me repitiera porque no entendía qué estaba intentando decirme. A esa altura,
todas las personas que estaban dentro de la comisaría se habían amontonado en
las puertas y ventanas de la sala para ver la película del día: una bule en la corte
suprema.
El juez me pidió que relatara cómo había sido el robo. Mientras yo hablaba,
el policía traducía al indonesio, aunque Alex tuvo que interrumpirlo varias veces
para decirle que estaba traduciendo cualquier cosa. Después interrogaron al
ladrón, quien, al parecer, estaba preso desde el día del robo. Confesó todo: dijo
que me había estado observando en el tren desde temprano, que me había robado
a mí porque “los extranjeros tienen mucha plata”, que un amigo le había
enseñado a robar pero que aquella había sido su primera vez, que estaba
arrepentido y que necesitaba plata para su familia. Los jueces se enojaron:
“¿Cómo puede ser que necesites plata y viajes en la clase ejecutiva del tren?”.
Silencio. “Este caso hace quedar mal a la empresa de trenes y a nuestro país
frente a la Argentina”, le dijeron con rabia.
Para terminar, el juez me mostró la foto que me habían sacado aquella
mañana en la comisaría (con mis cosas y con el ladrón) y me preguntó si todo lo
que aparecía ahí me pertenecía. Le dije que sí y estuve a punto de agregar: “Pero
la que sale en la foto con cara de muerta no soy yo, es una que se me parece”,
aunque supuse que hubiese complicado el proceso judicial. Antes de cerrar la
sesión y golpear el martillo, el juez me aseguró que iban a devolverme la
evidencia antes de que me fuera de Indonesia. Un rato después, el policía que
(no) hablaba inglés me dio un sobre con mis veinte dólares. Jamás pensé que
volvería a verlos con vida. Nunca supe cuál fue la sentencia del ladrón. Y lo que
nunca voy a dejar de preguntarme es si esta historia hubiese tenido el mismo
desenlace si yo no hubiese sido una bule que andaba dando vueltas por ahí.
Apuntes de un road-trip por Filipinas
1. Enumerar los pasos necesarios para terminar de road trip con un grupo de
curas filipinos que hablan castellano.
2. Diferencias entre Filipinas y el resto del sudeste asiático.
3. Instrucciones para asistir a una inauguración presidencial.
4. Descripción de una ciudad colonial española en Filipinas.
5. Realizar una lista de todos los regalos que son capaces de hacer los
filipinos a una viajera durante tres semanas de estadía en su país. Sacar la
cuenta en kilos y en decilitros.
6. Analizar las letras de todos los hits de karaoke que cantan los filipinos en
las sobremesas. ¿Cuál es la canción más popular?
7. Texto breve con reflexión acerca de la importancia del arroz en las culturas
asiáticas.
8. Identificar las preguntas más frecuentes que suelen hacerle los filipinos a
una mujer que viaja sola.
Respuestas: a desarrollar.
Apenas aterricé en Manila, capital de Filipinas, sentí que me había caído del
continente asiático y había entrado a una realidad paralela ubicada en algún
rincón desconocido de América Latina. Ahí había algo raro: el aire no era tan
sofocante como el de Malasia o Indonesia, los taxistas no se me abalanzaban
para ofrecerme transporte, las calles no estaban abarrotadas de gente, nadie me
señalaba con entusiasmo, nadie me rogaba que le sacara fotos, nadie me trataba
como a una estrella de cine. Desde el auto vi calles como Juan Luna, José Abad
Santos y Andalucía. Divisé decenas de iglesias y ninguna mezquita ni templo.
Las primeras personas que conocí se llamaban Julio, Rogelio y Jaime. El
periódico y los carteles estaban en inglés, pero en las conversaciones de la gente
—en tagalog, idioma oficial de Filipinas— escuchaba palabras como ‘cuatro’,
‘visita’, ‘bienvenida’, ‘longaniza’. Y, para coronar esa sensación de confusión
latitudinaria, dos días después me fui a vivir al cuarto de huéspedes de una
parroquia habitada por curas que hablaban castellano.
El mapa indicaba que seguía estando en Asia, pero yo me sentía en algún
extraño país latino. ¿Qué estaba pasando? ¿En qué tipo de sueño estaba metida?
¿Cómo había hecho para terminar ahí? Gran parte de la culpa la había tenido
internet, esa herramienta que tanto nos facilita la vida a los viajeros modernos.
En primer lugar, la web nos permite viajar sin movernos de nuestra silla: en
pocos clics podemos leer blogs con historias de lugares lejanos y desconocidos,
podemos mirar videos de lugares lejanos y desconocidos, podemos ver fotos de
lugares lejanos y desconocidos… En segundo lugar, nos facilita el armado del
viaje: podemos descargar mapas e itinerarios sugeridos, comprar pasajes y
reservar alojamiento, entrar en contacto con familias que desean recibir viajeros,
buscar compañeros de viaje y, más importante aún, hacernos amigos extranjeros
incluso antes de haber viajado a su país. Eso fue lo que me pasó con Judy, el
cura filipino que me recibió en Manila.
La cadena había empezado dos años atrás gracias a Nico, un argentino que
conocí a través de mi primer blog. Cuando le conté que me iba a Filipinas,
enseguida me puso en contacto con Judy, un cura que había conocido durante
uno de sus viajes solidarios al Chaco (Argentina). Así que le escribí a Judy y nos
hicimos amigos por e-mail. El día que aterricé en Filipinas, casi cuatro meses
después de haber llegado a Asia, Judy se tomó un bus de cuatro horas de
Dagupán a Manila y me fue a recibir. Pasamos un día en Manila, nos fuimos a su
ciudad y me convertí en una habitante más de su parroquia, como si fuese lo más
normal del mundo.
El road trip por Filipinas empezó ahí mismo, en Dagupán, una ciudad
ubicada en la península de Luzón, en el norte del país. El cartel que me esperaba
en la puerta de la que sería mi habitación por los días siguientes decía:
“¡Bienvenida, Ani!”. El día que llegué, Judy me invitó a presenciar su misa y le
contó a los asistentes que entre ellos había “una visitante muy especial de
Argentina”. Me dedicó la ceremonia y dijo unas palabras en castellano. Esa
misma tarde me di cuenta de que en Filipinas me esperaba una vida social
ajetreada: mi agenda de actividades había sido programada mucho antes de que
yo llegara, así que durante los veintiún días que pasé en Filipinas fui a
cumpleaños, velorios y varias misas, comí pizza y empanadas, tuve almuerzos y
cenas con nuevos amigos, hice picnics en la playa, visité colegios, fui a la
peluquería, asistí a la asunción del presidente del país y me fui de videoke todas
las noches. Todo aquello con road trip y sacerdotes de por medio.
Si bien fui bautizada católica, no soy practicante. La religión, para mí, es una
búsqueda muy personal, un camino que voy transitando de a poco. Me gusta
tomar elementos de cada creencia (que, a mi entender, son distintas respuestas a
las mismas preguntas esenciales) y aplicarlos a mi vida, pero no soy fiel a
ninguna religión en particular. Nunca estuvo entre mi lista de prioridades
alojarme en una parroquia o pasar tiempo con curas, siempre los vi como
personas muy alejadas de mi realidad cotidiana, de mi forma de pensar y de
vivir. Además, ¿de qué íbamos a hablar? Yo no sé nada de la Biblia y
seguramente tengo varios pecados mortales encima. Pero en Filipinas tuve que
tragarme mis palabras y aceptar que mi estadía fue memorable gracias a ellos,
los curas que me recibieron y me trataron como a una invitada de lujo. Pasar
tiempo en una parroquia me ayudó a entender un poco mejor la elección de ese
estilo de vida y a derribar algunos prejuicios que llevaba encima.
Con quienes más conecté fue con Judy y Edwin, los dos curas que hablaban
español: Judy había vivido dos años en Argentina y Edwin, doce años en Chile.
Nuestro lugar de encuentro siempre era la cocina, sitio donde compartíamos
desayuno, almuerzo y cena. Durante la sobremesa nos sentábamos en ronda —
cuatro o cinco curas y yo, la única mujer del lugar— y escuchaba sus historias.
Edwin me confesó que escribía poesía y que le gustaba mucho la música, Judy
me contó acerca de sus viajes por el Chaco y de una amiga argentina. Al
principio me generaba sorpresa verlos vestidos de civil (en bermuda y
musculosa) y tomando cerveza, pero cuando me explicaron que solamente tenían
que vestirse de curas para dar la misa, me pareció muy sensato.
Cada vez que salimos a comer a casas de amigos hicimos sobremesa a-la-
filipina: cantando. El videoke (versión filipina del karaoke) es uno de los
deportes nacionales del país junto con el básquet. Todas las reuniones
terminaban en una sesión y cualquier excusa era buena para juntarse a cantar.
Amigos y familiares se sentaban frente al televisor, encendían el aparato de
videoke (una mezcla de reproductor de dvd con videojuego) y elegían temas del
menú. My heart will go on, What a wonderful world, Top of the world, Don’t cry
for me Argentina, Bésame mucho, She bangs y La bamba eran algunos de los
grandes éxitos. Los filipinos aman la música y tienen una voz prodigiosa: no
escuché a uno que cantara mal. Tal vez por eso no me animé a demostrar mis
dotes de perro desafinado.
Durante los días siguientes Judy me llevó a pasear en jeepney, el transporte
icónico del país. Son colectivos enanos —si fuesen caballos, serían ponis—,
antiguos jeeps estadounidenses que quedaron en el país tras la Segunda Guerra
Mundial y que los pinoys (filipinos) reciclaron y convirtieron en transportes
públicos. Lo pintoresco, además de su tamaño pocket, son los colores y frases
con los que están intervenidos: tienen nombres como “Capricornio”, “The
Savior” o “Manuel Antonio” y en los costados despliegan retratos de las Spice
Girls, Jesús y la Virgen y personajes de animé. Adentro hay espacio para unas
quince personas y el sistema de pago es de mano en mano: las monedas van de
un pasajero a otro hasta que llegan al chofer, quien también oficia de cobrador.
Cuando un pasajero quiere bajarse da unos golpes en el techo para que el
conductor frene.
Unos días después, entremedio de sesiones de videoke, misas y jeepneys,
Judy tomó prestada la combi de la parroquia y decretó que nos íbamos a recorrer
la península de Luzón. Tripulación: nosotros dos y siete de las mujeres que
asistían cada fin de semana a la misa de la parroquia.
Los filipinos deben estar entre la gente más hospitalaria y preguntona del
sudeste asiático. Después de varias charlas con los amigos de Judy pude armar
un compendio de preguntas frecuentes filipinas. Estas eran, en orden de
aparición: (1) “¿Cuántos años tenés, Ani? Parecés tan joven, no te doy más de
dieciocho…”. En inglés, para saber la edad de alguien, la pregunta que se hace
es “How old are you?” (literalmente, ¿qué tan viejo sos?); en Filipinas, en
cambio, todos me preguntaban: “How young are you?” (¿Qué tan joven sos?).
Cada vez que les respondía que estaba por llegar a los veinticinco quedaban en
estado de shock y me hacían la siguiente pregunta: (2) “¿Y estás de vacaciones
por cuánto tiempo?”. Suponían, apenas me veían, que llevaba un estilo de vida
“normal” y que me había tomado unos días para veranear en Filipinas. Ahí era
cuando les respondía, con una sonrisa, que no estaba de vacaciones sino que era
escritora de viajes. (3) “¡Ah! ¡Periodista!”, me respondían felices, como si
hubiesen logrado encasillar mi vida bajo una etiqueta más o menos
comprensible. Les explicaba que no era periodista sino escritora, que no escribía
guías de viaje sino textos personales basados en mi experiencia. Para ir dando
por terminado el interrogatorio y poder pasar a la charla informal, me
preguntaban: (4) “¿Y cuándo volvés a tu país?”. Y yo siempre respondía lo
mismo: “Tal vez el año que viene, pero quién sabe, puede que me quede en Asia
para siempre…”. Para dar por cerrada la entrevista me decían: (5) “Wow, debés
ser millonaria...”. Sí, me hubiese gustado decirles, millonaria en historias, en
paisajes, en atardeceres, en encuentros, en momentos. Pero, en cambio, les
explicaba que con lo poco que gastaba en alojamiento, transporte y comida me
era más barato vivir viajando que en mi propio país. El bonus track, la pregunta
que nunca podía faltar, era: “¿Estás casada?”. El casamiento, un tema central en
varias culturas asiáticas, siempre hacía su aparición estelar. Una mujer, al
escuchar que tenía veinticuatro y aún no estaba casada, me aseguró: “¡Ah! ¡No te
preocupes! Yo me casé a los treinta”.
A las filipinas les preocupaba mucho que viajara sola. Tenían miedo de que
me pasara algo, de que me perdiera, de que alguien me lastimara. Yo les
expliqué, una y otra vez, que viajar sola siendo mujer podía parecer más
peligroso que viajar solo siendo hombre, pero que después de varios meses había
descubierto que era fácil y seguro. Las mujeres, por el solo hecho de ser mujeres
y de sentirnos más vulnerables y débiles, tendemos a cuidarnos entre nosotras.
Tenemos un instinto maternal que no se materializa únicamente con nuestros
hijos, sino también con las mujeres que nos rodean, sean amigas o no. Una mujer
que viaja sola es vista —por la gente local— como una persona más indefensa y
que, como tal, debe ser protegida. Generamos más confianza y somos ayudadas
por otras mujeres, cosa que no a muchos hombres les pasa. Por eso, cada vez que
viajé sola fui muy bien cuidada por mujeres desconocidas y madres sustitutas.
Las filipinas se encargaron de convertir mi mochila en el bolso de Papá Noel.
Me llenaron de regalos: buzos, carteras, collares, libros, postales, zapatos. Cada
vez que intentaban darme un regalo nuevo, les agradecía y les explicaba que
estaba viajando con poco equipaje y que no tenía espacio ni fuerza para cargar
con tantas cosas, pero no había caso. “Lleválo, por favor, para tu familia”,
“lleválo, así una parte de nosotras se va con vos”, “lleválo, así no te olvidás de
nosotros”, “lleválo, lo vas a necesitar en el próximo país”, “lleválo, es para vos”.
Así que me fui con la mochila cargadísima y en los países siguientes hice lo que
me pareció más apropiado: le di todos esos regalos tan llenos de buena energía a
otras personas que los necesitaban más que yo.
En Bolinao, una de las playas que visitamos durante nuestro road trip, los
filipinos me demostraron su hospitalidad a través de la comida. Cada mujer
cocinó algo en su casa y lo llevó para compartirlo en un picnic frente al mar.
Había camarones, fideos, pan, pescado, papas fritas, arroz, cangrejo, ensalada
agridulce (ananá, manzana, apio), banana e incluso mi tan adorado flan (postre
que había visto por última vez en Argentina). Ahí entendí que hospitalidad y
comida son dos caras de una misma moneda: comer juntos nos une, es una
actividad que se practica en todas partes del mundo y que hace sentir bienvenido
a cualquiera que venga de lejos. La comida es un idioma universal.
Pasamos el día frente a un mar turquesa. Todos nadaron con ropa, algo que
me sorprendió porque estábamos en un país católico. Cuando les pregunté por
qué se cubrían me dijeron que les daba vergüenza mostrarle su cuerpo a
cualquiera. No era tanto un tema de religión sino de pudor. Esa fue una de las
grandes diferencias que encontré entre Occidente y Oriente: la de mostrar versus
tapar. Una diferencia tan abismal que entendí por qué en cada sector del mundo
una de ambas caras era tomada como normal. En Argentina, por ejemplo, sería
muy raro ver a alguien nadando en jean y remera; en Filipinas, en cambio, es
impensable nadar en bikini. Por eso, más allá de juzgar, me parece importante
entender que en otras partes del mundo la normalidad puede ser justamente lo
opuesto de lo que conocemos y aceptamos bajo esa misma etiqueta.
Nuestro road trip duró varios días pero fue fragmentado: volvíamos a la
parroquia a dormir y retomábamos al día siguiente. Las rutas de Luzón eran de
un verde espeso y me hacían acordar a los caminos de Nicaragua, Costa Rica o
Colombia. Los camiones que se nos adelantaban cargaban animales y tenían
carteles con publicidades de gaseosa o cerveza y afiches con mujeres en bikini
(algo que había dejado de ver en los países musulmanes). Para ser un país en el
que la mayoría de las mujeres nadaban vestidas, me parecía ver demasiadas fotos
de mujeres en bikini. Pero lo que más se repetía eran las iglesias: las había de
todas las formas, colores y tamaños.
La mañana que frenamos en Vigan, una ciudad colonial española, volví a
preguntarme por enésima vez: “¿Estaremos realmente en Asia? ¿O será que esta
camioneta tiene acceso directo a alguna ruta manejada por Dios y caímos al
continente católico sin que me diera cuenta?”. Jesús, por lo menos, parecía estar
en todas partes: vi su cara tallada en madera, vi su retrato en varias paredes, vi
una ilustración de Él jugando al tenis (“Jesus serves”, era el epígrafe). En Vigan
entramos a iglesias y tiendas de artículos religiosos para saludar a los amigos de
Judy. Unos días después asistí a una misa en Manila con una amiga de Judy y
concluí que se parecía más a un recital de rock que a una ceremonia religiosa: la
gente cantaba, había pantallas gigantes, la iglesia desbordaba de fieles y el cura
era ovacionado. Mirando hacia atrás, haber pasado mis días en Filipinas con un
grupo de curas me parece muy acertado (es como si hubiese pasado mis días en
Laos con monjes budistas).
Vigan me recordaba a todas las ciudades coloniales españolas que había
conocido en América Latina: paredes descascaradas, carretas tiradas por
caballos, nombres de calles en castellano, colores pasteles, farolitos y veredas
empedradas. La diferencia era que no veía ningún turista. ¿Tal vez no era la
época? ¿O era que la ciudad no tenía tanta fama? ¿O era que estábamos dentro
de una realidad paralela donde el resto de la gente era invisible para nosotros y
nosotros para ellos? Filipinas me generaba muchas preguntas. ¿Qué es lo que
moldea a una cultura? ¿Qué es lo que hace que un grupo de gente que vive en
determinada región del mundo sea como es? ¿Su historia, su geografía, sus
recursos naturales? ¿Por qué en ciertas culturas las personas prefieren cantar que
hablar? ¿Por qué deciden jugar a la pelota con las manos en vez de con los pies?
¿Por qué en un país formado por cientos de islas paradisíacas y mar transparente
la gente no se anima a mostrar su cuerpo y usa ropa para meterse al agua?
Vigan fue la última parada del road trip con el Padre Judy. De ahí en más
seguí camino por mi cuenta.
Unos días antes de irme de Filipinas volví a Dagupán, me subí a una limusina
y me senté al lado de attourney (abogado) Gonzalo. Acabábamos de salir de una
reunión en el Rotary Club de Dagupán a la que había caído también gracias a esa
cadena de contactos que se formaba en cada lugar de Filipinas al que iba. El
eslabón había sido, una vez más, Judy. Todo había empezado cuando me llevó a
desayunar a un restaurante mexicano para que conociera a sus compañeros de
tenis. Entre ellos estaba el abogado —ex vicegobernador de Dagupán—, un
hombre al que le caí bien y a quien se me ocurrió comentarle que tenía ganas de
asistir a la asunción de Noynoy Aquino, el nuevo presidente de Filipinas, en
Manila. “Vamos a mandar al grupo oficial de Dagupán en transporte privado a la
inauguración, así que ya mismo te anoto para que viajes con ellos”, me prometió.
El martes siguiente aparecí dentro de la limusina —era la primera vez que me
subía a una— y Gonzalo me llevó al restaurante de donde saldría el colectivo a
Manila. Me despedí de Judy: también era su último día en Dagupán, en pocas
horas sería transferido a la parroquia de otro pueblo. El autobús salió a las cuatro
de la mañana del miércoles 30 de junio de 2010, el mismo día que Noynoy
asumiría la presidencia del país. En aquel caso, por más que estuviera viajando,
la fecha sí importaba.
En algún momento sentí que el colectivo frenó de golpe y me desperté.
“¡¿Qué?! ¿Ya llegamos a Manila? ¿Tan rápido? Pero si son como seis horas de
viaje y acabamos de salir”, pensé. Estaba hecha un bollito en dos asientos del
fondo, tapada hasta la cabeza para evitar que me diera el aire acondicionado. En
el bus estaban todos alborotados. La mayoría de los pasajeros tenía veinte años y,
al parecer, la consigna era usar algo amarillo, el color que representaba a
Noynoy. Todos tenían remeras amarillas con leyendas en tagalog, pañuelos
amarillos en la cabeza y anteojos de marco amarillo. A cada rato pegaban
calcomanías en las ventanas y le hacían la señal de la ele (con el dedo índice y
pulgar) a la gente que veían en la calle con banderas de Aquino.
Llegamos a la Luneta, el lugar donde se haría el cambio de mando, a las ocho
de la mañana. Bajamos del colectivo y nos sumamos a la marea de gente. Parecía
la entrada a un recital. Lourdes, una de las mujeres del grupo, se me acercó,
preocupada porque me vio sola, y me ofreció caminar con ella y su hija. Me hizo
las preguntas de rigor: “¿Venís como periodista de un medio argentino? ¿Vas a
entrevistar a Noynoy? ¿Sos embajadora de tu país?”. “No, no, soy una curiosa
nomás”, le respondí sonriendo. Nunca había ido a una asunción presidencial y
era un acto social que me intrigaba.
Caminamos juntas por la avenida que llevaba al predio. El lugar estaba
cerrado al tráfico y atestado de gente; había mujeres cocinando en la calle y
hombres vendiendo pulseras, prendedores, paraguas y todo tipo de memorabilia
amarilla con la cara de quien estaba a punto de convertirse en el decimoquinto
presidente de las islas. El calor era agobiante, como si estuviese a punto de
llover. Encontramos un hueco en el pasto, bastante lejos del escenario principal,
y nos sentamos a descansar. Mila, la hija de Lourdes, me propuso acercarnos al
escenario para ver mejor, así que nos abrimos paso entre la gente, esquivando
banderas, codazos y sombrillas.
En el camino vi personas de todas las edades: padres con sus hijas en
hombros, parejas sentadas en el pasto, mujeres comiendo de recipientes de
cartón, colegialas posando para las fotos, chicos sosteniendo banderas y
pancartas. Todos estaban vestidos de amarillo. En medio de la marea humana, un
grupo de hombres y mujeres me llamó la atención: tenían taparrabos y sostenían
instrumentos musicales. Mila me explicó que eran habitantes originarios de
Filipinas y me contó que muchos habían perdido sus hogares por las
inundaciones y habían tenido que mudarse a Manila. Apoyaban al nuevo
presidente porque sentían que los tenía en cuenta. Uno de esos hombres estaba
sosteniendo una guitarra de madera. Lo miré y me miró. Mantuvimos la
conexión durante unos segundos. Estábamos a pocos metros de distancia. Me
sonrió con tanta calidez que me dieron ganas de abrazarlo. Vio mi cámara,
levantó la mano, hizo la señal de la ele y se quedó quieto. Me estaba pidiendo,
en silencio, que le sacara una foto. Estaba en medio de una multitud y quería dar
a conocer su sonrisa (y tal vez su causa) al mundo. Le saqué la foto, le agradecí
con otra sonrisa y seguí caminando hacia el escenario.
Después de un rato, Mila y yo volvimos a donde estaba su mamá. Los
helicópteros sobrevolaban la zona, los músicos hacían sus shows y la gente
cantaba. Los presentadores anunciaron que los líderes de Dubai y de Timor
Oriental estaban en el predio. En la pantalla apareció Gloria, quien en pocos
minutos se convertiría en la expresidente de Filipinas, y los aplausos se
mezclaron con los abucheos. Todos estaban ansiosos por ver a su nuevo líder.
Finalmente apareció Noynoy y Manila se llenó de gritos de alegría. Hubo
discursos en tagalog, ovaciones y más números musicales.
Cuando sentí que había visto suficiente me despedí y me fui del predio.
Caminé entremedio de la marea amarilla, en dirección contraria al flujo de gente.
Me iba con muchas más preguntas que respuestas, pero sabía que todo lo que me
había ocurrido en Filipinas tenía su origen en un mismo punto de partida: una
mañana, en Buenos Aires, me había animado a salir de mi casa y había decretado
que, de aquel momento en adelante, dejaría que el camino me llevara hacia los
lugares y personas que se le antojara.
Deconstrucción de Hong Kong
Los viajes, al igual que los sueños, solamente pueden ser interpretados desde
la persona que los vive. Es imposible comprender (en el sentido más profundo de
la palabra) un sueño o un viaje si no sabemos nada acerca de quien lo soñó o de
quien lo realizó: los fragmentos oníricos y las impresiones de un lugar necesitan
ser puestas en un contexto muy personal para ser entendidas. Los viajes y los
sueños ocurren en ámbitos íntimos y hablar de ambos implica hablar acerca de
nosotros mismos, de nuestra historia, creencias, valores, alegrías y tristezas. Por
eso creo que no existen dos viajes iguales. Por más que copiemos la ruta que
transitó otro, jamás podremos realizar el mismo viaje. Las interacciones serán
otras. Los sentimientos serán otros. Las sensaciones serán distintas. Nuestros
ojos, ante todo, no serán los mismos. Nuestra mente nunca procesará la
información de la misma manera. Nuestra alma no se sacudirá de la misma
forma. Cada vez que realizamos un viaje creemos que somos nosotros los que
atravesamos una región del mundo, cuando en realidad es esa región la que viaja
por nosotros. Viajar es dejarse atravesar por un lugar, por su gente y su cultura.
Y aunque imitemos el recorrido de otro —o realicemos un mismo trayecto por
segunda vez—, ese viaje no será igual.
Hong Kong es uno de los tantos lugares de Asia que visité dos veces. La idea
de repetir un destino me genera contradicciones: por un lado, si es un lugar en el
que pasé momentos felices, siento muchas ganas de volver, y a la vez me
pregunto si debería hacerlo (“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de
volver”, canta Joaquín Sabina). Por otro lado, pienso, con cierta ansiedad: si
tengo tanto mundo por conocer y tan poco tiempo de vida para recorrerlo, ¿por
qué gastar mi tiempo en repetir lo que ya vi? ¿Por qué no usar mis días para
conocer lugares nuevos? Sin embargo, cada vez que repito un destino descubro
rincones nuevos —del lugar y de mi ser— y me doy cuenta de que cada re-visita
tiene sus razones.
La velocidad
La primera vez que viajé a Hong Kong era verano. Venía de una experiencia
cuasi religiosa en Filipinas y aterrizar en Hong Kong fue como llegar a la gran
ciudad por primera vez. Si bien crecí y viví mi etapa pre-viajera en Buenos Aires
—una de las capitales más grandes del mundo, bien apodada Ciudad de la Furia
—, cuando me enfrenté a las luces y edificios de Hong Kong me sentí una
principiante. Era como si hubiese pasado toda mi vida en un pueblo en medio de
la nada y estuviese visitando una metrópoli por primera vez. Nunca había visto
una ciudad tan acelerada, narcisista, pretenciosa y sofisticada como Hong Kong.
Nunca había encontrado tanto edificio y tanto movimiento en medio de tanta
naturaleza.
Haber crecido en una gran ciudad me moldeó: siento amor y odio hacia las
metrópolis, me atraen y a la vez me agobian. Ser urbana me generó una
necesidad constante de naturaleza y, a la vez, de vida cultural. Siento aversión
hacia los espacios repletos de gente pero también me encanta mirar toda esa vida
que transcurre en las veredas de los lugares más densamente poblados. Amo de
igual manera la naturaleza y el arte callejero, la quietud de los paisajes y la
movida de los centros culturales. A veces me pregunto si mis ganas de viajar no
existirán gracias a que crecí en Buenos Aires, ya que es ella la que me echa y a
la vez me retiene, la que me hace desear dejarla para siempre y la que me genera
esas ganas intermitentes de volver a verla. Soy la viajera que soy porque nací y
crecí en Buenos Aires.
Conozco a muchos viajeros que se saltean las grandes ciudades bajo la
justificación de que son todas iguales (léase: enormes, alienantes, peligrosas,
grises, vacías de contenido y de sentimiento) y de que la cultura y la hospitalidad
de un país nunca están ocultas en las junglas de cemento. En mi opinión,
perdérselas es como no ver el cincuenta por ciento del país. Las ciudades —y
sobre todo las capitales— condensan como ningún otro lugar la idiosincrasia del
país, con todo lo bueno y lo malo que lo caracteriza. Son la exacerbación del
modo de ser de una nación. Por eso me fascina visitarlas tanto como me encanta
llegar a pueblitos perdidos.
Hong Kong me impactó desde el avión. La sobrevolé de noche y puedo
afirmar que nunca volví a ver un paisaje urbano como ese. No sé qué me
sorprendía más: la vida que parecía haber a toda hora o el espacio natural
(demasiado natural) que la rodeaba. Millones de luces salían de cada uno de los
miles de rascacielos que convivían amontonados en esa pequeña isla en medio
de las montañas. Digo ‘pequeña’ porque la Isla de Hong Kong (la principal de
las 236 que conforman la Región Administrativa Especial de Hong Kong) tiene
la mitad de la superficie de Buenos Aires y es una de las regiones más
densamente pobladas del planeta: tiene 7650 rascacielos (36 de ellos están entre
los cien más altos del mundo) y 16 400 habitantes por kilómetro cuadrado. Esto
hace que sea la ciudad más vertical del mundo, con más personas viviendo o
trabajando por encima del piso catorce que en cualquier otro lugar.
Aterrizamos. Cuando logré atravesar el pasadizo aeroportuario de carteles,
cintas magnéticas y negocios, me encontré con Nora, una filipina (amiga de la
infancia de Judy) que me estaba esperando para llevarme a su casa. Cuando me
dijo que teníamos que tomar un colectivo para ‘subir’ hasta su ‘casa’ no fui
capaz de captar todos los significados que esas palabras —tan simples y
conocidas— escondían en aquel contexto. El trayecto desde el aeropuerto nos
llevó dos horas. Hicimos el tramo final (el ascenso a The Peak, la montaña más
alta de la Isla de Hong Kong) en un minibús hasta que llegamos, por fin, a una
casa de cuatro pisos ubicada en un barrio privado, sobre la ladera de la montaña.
Cuando me acompañó al cuarto de huéspedes, Nora me comentó, casi al
pasar, que ella no era la dueña de casa sino el ama de llaves: el dueño, gerente de
una multinacional, estaba de vacaciones en Suiza. Y de repente todo me cerró:
en Hong Kong, las palabras ‘subir’ y ‘casa’ eran sinónimo de estatus, de clase
alta, de dinero. Ningún hongkonés de clase media podía costearse una casa así,
en una isla donde todos vivían amontonados en departamentos minúsculos y
donde el espacio (el bien más codiciado) estaba entre los diez más caros del
mundo.
Me senté en la cama de mi habitación, abrí las cortinas del ventanal y apagué
las luces. Tenía Hong Kong a mis pies. Desde allá arriba podía ver, cual
maqueta, la extrañísima geografía del lugar: veía la cima de los miles de
edificios que brotaban como plantas de la Isla de Hong Kong, veía la bahía y la
actividad del puerto, veía las luces de la península de Kowloon (la segunda
región más grande del archipiélago) y más allá, lejos de mi vista, sabía que se
extendían los Nuevos Territorios y las 234 Islas Circundantes, el resto (casi
inhabitado) de la región. Los siete millones de habitantes de Hong Kong ocupan
el veinticinco por ciento del territorio: el resto son áreas naturales y protegidas.
Durante 150 años, Hong Kong perteneció a Inglaterra. Volvió a manos de
China en 1997 y, si bien depende del país asiático en asuntos de relaciones
exteriores y defensa militar, es una región políticamente autónoma y mantiene un
sistema económico capitalista. El 95 por ciento de la población es de
ascendencia china y el resto es de origen extranjero, pero Hong Kong es
considerada una ciudad alfa —a la altura de Londres, Nueva York, París y Tokio
— por su alto nivel de globalización y su importancia en el sistema económico
mundial. Sus bajas tasas impositivas y su libertad de comercio la hacen uno de
los centros financieros líderes del mundo. Y eso, en una ciudad, casi siempre es
sinónimo de apuro y velocidad.
Durante la semana que pasé en Hong Kong me dediqué a caminar, mi
actividad preferida para conocer las grandes ciudades. Los idiomas oficiales son
el cantonés y el inglés, así que no tuve dificultades para hacerme entender.
Descubrí, sin embargo, que en Hong Kong abundaban los lenguajes no verbales:
en la ciudad todo pasaba por la mirada. Más que calles, había pasarelas y la
gente desfilaba mientras realizaba su rutina. Entre los edificios se mezclaban
empresarios con trajes caros, mujeres vestidas según las tendencias de París y
Roma, adolescentes de look neoyorquino. Vi muchos sombreros, anteojos de
marco grueso, zapatillas de colores estridentes, remeras con frases y dibujos,
cortes de pelo modernos, tacos altos, hombres animándose al rosa. Me sentía
dentro de una revista de moda.
Fui tomando nota mental de los elementos que se repetían en todos los
barrios, y en mi lista siempre aparecían tres: tiendas con carteles que decían on
sale (“ofertas”), sitios en construcción y destrucción (siempre había un edificio a
punto de ser demolido y otro a punto de ser construido) y espejos. Encontré
cientos de espejos y superficies reflejantes desparramadas por la ciudad, y si
bien había una explicación lógica para ese exceso, yo tenía mi teoría. Hong
Kong es una ciudad que se rige por los preceptos del feng shui, una disciplina
que busca la armonía entre el hombre y la naturaleza: los edificios se orientan de
manera auspiciosa para bloquear las energías negativas o dañinas y los espejos
se utilizan para repeler a los espíritus malos. Estaba convencida, sin embargo, de
que en realidad estaban puestos para que la gente pudiera mirarse a toda hora y
en cualquier lugar.
Lo malo de caminar por Hong Kong en verano era que el calor me obligaba a
entrar a los centros comerciales, por lo menos una vez por hora, para usar el aire
acondicionado. Con los días me di cuenta de que por más que no tuviese calor,
no entrar a un shopping en Hong Kong era misión imposible. Por momentos me
preguntaba si en realidad no estaba dentro de un gran centro comercial
disfrazado de ciudad. Mi amiga Journey, que vivía a una hora de la isla y viajaba
seguido, me lo había anticipado: “En Hong Kong podés hacer compras en todos
lados”. La ciudad parecía estar diseñada para que hubiese que pasar
obligatoriamente por una tienda, cual peaje, para ir del punto A al punto B.
Así como ‘subir’ y ‘casa’ eran palabras que habían adquirido otro significado,
la palabra ‘caminar’ se convirtió en sinónimo de perderse. Así que cuando digo
que caminé en Hong Kong más bien quiero decir que me perdí en Hong Kong.
Mi sentido de la orientación es muy malo, tan malo que a veces no entiendo
cómo soy capaz de viajar sola por el mundo y no aparecer en el país equivocado.
Soy, además, extremadamente distraída y como todo me sorprende, lo más
normal es que me olvide del lugar al que estaba intentando ir y me deje llevar
por los estímulos de otras calles y por la magia de otros recovecos. Hong Kong,
entonces, fue el lugar ideal para mí: una ciudad-laberinto en la que uno no puede
encontrar lo que busca más que perdiéndose.
Para llegar de A a B, el trayecto más corto jamás era una línea recta. Las
líneas rectas no formaron parte del dibujo que trazaron mis pies al recorrer Hong
Kong. Para ir de un punto a otro había que subir una escalera mecánica,
atravesar un centro comercial, subir otra escalera, bajar por un ascensor,
preguntar y llegar a destino con compras que uno nunca había planeado hacer.
La manera correcta de cruzar la calle no era caminar de una vereda hacia la de
enfrente sino subir un puente, atravesarlo por encima del tráfico, doblar a la
derecha, pasar por un cajero automático, bajar la escalera y llegar al otro lado.
Las remeras de I’m lost in Hong Kong deben ser el souvenir más sincero que
encontré en esa gran ciudad.
Pasé siete días de exaltación constante. Todo lo que veía me asombraba: la
cantidad de gente, los sonidos, la sobrepoblación de carteles, la infinidad de
estímulos. Si miraba hacia arriba, me chocaba con un cielo tapado de
rascacielos; si miraba hacia abajo, descubría calzados de todas las formas; si
miraba las paredes, encontraba grafitis y colores. Cada vez que subía a un punto
alto de la Isla veía los edificios saliendo como un ramo de flores de una misma
base. Nunca había estado en Nueva York, pero Hong Kong aparecía en mi
imaginario como la Nueva York de Asia. Dos ojos no me alcanzaban para
apreciarla desde todos sus ángulos. Y una de las cosas que más me impactó
durante esa visita fue la velocidad de la gente: todos parecían estar llegando
tarde a algún lado.
Si bien estuve rodeada de personas, durante aquellos días me sentí
existencialmente sola. Viajé en subtes de última generación, con aire
acondicionado y una puntualidad envidiable, pero sin conductores humanos.
Durante los trayectos en transporte público casi no vi caras de frente: todos iban
con la vista pegada a las pantallas de sus teléfonos o tabletas. A pesar de que
todos hablaban inglés nadie me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar una
calle en ese laberinto de asfalto, nadie se ofreció a acompañarme cuando me
veían perdida con el mapa en la mano, nadie me alertó que cada estación de
subte tenía como diez salidas y que si me equivocaba tendría que dar la vuelta al
mundo para encontrar el lugar al que quería llegar, nadie me informó que en los
colectivos y minibuses había que pagar con cambio exacto porque ni el
conductor ni la máquina daban vuelto, nadie ofreció ayudarme con las monedas
que me faltaban para completar mi boleto.
En una de las ciudades más alocadas y narcisistas de Asia, fui una más de la
multitud. Mi presencia no afectó la vida de la gente en nada y la presencia de
ellos tampoco cambió en mucho la mía. Cada noche, después de un día
acelerado en la gran ciudad, volvía a mi habitación en el techo de Hong Kong y
miraba por la ventana. Me sentaba a oscuras y dejaba que las luces y el silencio
se proyectaran, como si aquel rectángulo de vidrio fuese una pantalla y yo la
única espectadora de una película muda. Ahí, desde lo alto, la miraba moverse
despacio y, a la vez, me miraba a mí misma. Y en ese momento me daba cuenta
de que estaba frente a una de las vistas más caras e impactantes de Hong Kong y
no tenía con quién compartirla.
La lentitud
La segunda vez que viajé a Hong Kong era invierno y habían pasado nueve
meses desde mi primera visita. En ese tiempo había recorrido otros países
asiáticos y había viajado durante un mes por el centro y el sur de China. Estaba
mentalmente agotada: viajar por China de manera independiente y sin saber una
palabra de mandarín había sido una experiencia tan gratificante como cansadora.
Tener que estar apelando a lenguajes no basados en la palabra para hacer todo —
desde pedir comida o indicaciones hasta intentar entablar una mínima
conversación— me había sacado muchísima energía. Estaba cansada y
necesitaba reactivar la comunicación verbal, necesitaba ser capaz de entender un
cartel y hablar con la gente. Así que llegar a Hong Kong fue un respiro: era un
lugar que conocía, se hablaba inglés y mi amiga Journey me esperaba para salir a
recorrer juntas.
Durante aquel segundo viaje cambié la mansión de la montaña por
Chungking Mansions, uno de los edificios más polémicos e injustamente
infames de Hong Kong. Ubicado en la península de Kowloon, está conformado
por cinco bloques de diecisiete pisos cada uno: en esa mole de cemento viven
más de 4000 personas de todas partes del mundo. Si Hong Kong es la ciudad
más globalizada del mundo, Chungking es el edificio más globalizado de Hong
Kong. Ahí, entre hostales baratos, restaurantes de comida étnica, casas de
cambio, puestos de ropa y ofertas de electrónica conviven todos los grupos
étnicos minoritarios del sur de Asia, Medio Oriente, África y América Latina.
Chungking, además, es famosa por tener las habitaciones de hotel más baratas y
diminutas de Hong Kong.
El cuartito en el que Journey y yo nos alojamos era tan grande como el baño
de huéspedes de la mansión de la montaña. Las camas individuales no eran de
media plaza sino de un cuarto de plaza y ocupaban todo el espacio libre de la
habitación, las paredes de azulejos blancos le daban aspecto de hospital, había
una mezcla de olor a viejo con olor a pescado y la única ventana de la habitación
—por la que pagamos extra— tenía vista a los edificios de enfrente. Pagamos
una módica suma de diez dólares cada una e hicimos de aquella caja de zapatos
nuestro hogar dulce hogar por una semana.
Como la vez anterior, Journey y yo nos dedicamos a caminar. Pero algo en
mí había cambiado: llevaba un año viajando por Asia y mi capacidad de
asombro había disminuido. Mi mente procesaba la información de la siguiente
manera: “Ah, otro Buda; ah, otro templo; ah mirá, otro río”. Creo que después de
unos meses o años ininterrumpidos en la ruta de un mismo país o continente es
normal que todo empiece a sorprendernos menos. Pero este mal —lo llamo el
cansancio de los viajes largos— tiene, por suerte, un antídoto altamente efectivo
y potente: basta con quedarse quieto en un lugar durante un tiempo o, en casos
extremos, regresar a casa para que el síndrome de abstinencia nos haga volver a
soñar con budas, templos y ríos.
Hong Kong seguía siendo la misma: la que había cambiado era yo. Mientras
intentaba redescubrir todos esos elementos que me habían fascinado durante mi
primera visita, sentía que la ciudad se había pintado de blanco y negro. ¿Dónde
estaba el color? ¿Dónde estaban la euforia y el encantamiento de la primera vez?
Le echaba la culpa al invierno, pero no: mi cansancio, mi melancolía y mi
situación emocional me habían teñido los ojos de gris. El color seguía estando
ahí, pero ya no podía encontrarlo.
Durante aquella visita, nos dedicamos a recorrer algunas de las islitas
olvidadas: todas esas que forman parte de la Región Administrativa Especial de
Hong Kong pero que no tienen ni el frenetismo, ni el acelere, ni el
abarrotamiento de la Isla de Hong Kong ni de la península de Kowloon. Fue tan
simple como tomarnos un barco (que ahí es un tipo de transporte público más) y
pasar de un mundo a otro. Cambiamos edificios por casas, asfalto por pasto,
restaurantes por comida callejera, ruido por silencio, velocidad por lentitud. Y
todo sin alejarnos más que unos kilómetros de nuestra habitación de Chungking.
No sé qué hubiese hecho sin Journey durante aquel cambio de realidad. Ella
fue mi traductora lingüística y, ante todo, mi traductora cultural, la que se
encargó de deconstruir todos esos elementos que para los chinos eran normales y
para nosotros, habitantes de las antípodas, eran muy extraños. Si bien Hong
Kong es una región muy occidentalizada, su alma sigue siendo asiática. Así que
mientras hay características que entran en nuestros parámetros occidentales, hay
otras que pueden resultarnos desconocidas.
En la isla Lantau, la más grande y la menos densamente poblada de Hong
Kong, conocimos a Buda. Caminamos hasta el monasterio Po Lin, subimos 240
escalones y nos encontramos con Tian Tan, una estatua de bronce de 36 metros
de altura y 250 toneladas: “el Buda sentado al aire libre más grande del mundo”
(porque lo que hacen los chinos es así: el más grande, el más alto, el más
poblado, el más…). Estaba, como todo atractivo que se denomina a sí mismo
turístico, lleno de gente, así que nos alejamos de la muchedumbre y nos fuimos
por el Camino de la Sabiduría, un sendero oculto entre las montañas, un lugar sin
pretensiones de grandeza que me pareció mucho más sorprendente que el
anterior. En el medio del sendero había un valle con 38 pilares de madera de tres
metros de altura clavados en la tierra. Vistos desde arriba formaban el símbolo
del infinito y vistos de frente tenían inscripciones talladas en caracteres chinos.
Journey me tradujo algunas y me explicó que eran fragmentos del Sutra del
Corazón, una escritura muy antigua, venerada por budistas, taoístas y
confucionistas. El sendero estaba casi vacío.
Después visitamos Tai O, una aldea de pescadores ubicada en otro sector de
la isla. Si bien el lugar también era turístico —muchos iban a ver las casas
sostenidas en zancos sobre el agua—, el tiempo fluía a otro ritmo. La realidad de
Tai O estaba muy alejada de los calendarios, las agendas, las reuniones y el
apuro de la isla de Hong Kong. Los movimientos se realizaban con paciencia y
lentitud: un hombre tendía pescados como ropa recién lavada para secarlos al
sol, una mujer cocinaba caracoles con salsa roja en un wok y asaba mariscos en
una parrilla sobre la vereda, una señora se abanicaba mientras esperaba que
alguien le comprara un pulpo seco, un señor cocinaba panqueques y los
anunciaba a través del aroma. La marea estaba baja y los botes estaban
encallados en el barro, pero a nadie parecía importarle: ahí, a diferencia de Hong
Kong, no había apuro por llegar a ningún lugar.
Durante toda la tarde caminamos entre casitas de madera y containers
cuadrados de chapa. Journey me explicó que aquellos cubos metálicos —que
parecían recipientes salidos de algún puerto— también oficiaban de vivienda. En
Tai O no había ninguna construcción de más de tres pisos y muchas familias
vivían en esos cubos de chapa. Me llamó la atención que todas las ventanas
estuvieran abiertas, así que no pude evitar asomarme y espiar cómo se disponían
los muebles en el interior de cada casa, cómo era la decoración, de qué color
eran las alfombras. Hice lo mismo en muchas ciudades de Asia: durante el
mediodía casi nunca me encontraba con nadie (hacía mucho calor como para
estar dentro de una vivienda de metal), pero en otros horarios me choqué con
ojos que miraban curiosamente hacia afuera.
Unos días después descubrimos una isla de Hong Kong donde los autos no
existían. Era difícil creerlo, sobre todo estando tan cerca de las redes de metro,
los taxis y el aceleradísimo transporte público de Hong Kong, pero en Cheung
Chau los habitantes circulaban a pie y en bicicleta. Y al igual que en la isla
anterior, nadie parecía tener apuro. El tráfico y los relojes, sospechaba, aún no
habían sido inventados. En esa aldea nos recibió un gato que dormía, inmutable,
encima de los frascos de semillas de un puesto de venta. Durante nuestra
caminata nos encontramos con dos hombres que barrían la arena en una de las
playas, una nena que corría detrás de las burbujas que soplaba su papá, una
pareja que miraba el mar desde una montaña y los barcos pesqueros de colores
que se mecían tranquilamente sobre el agua. Mientras tanto, en la isla de Hong
Kong, todos corrían una carrera desenfrenada para llegar a algún lugar.
Yin y yang
Hay un concepto en la filosofía oriental que dice que todo lo que existe en el
universo está conformado por el yin y el yang, dos fuerzas aparentemente
opuestas que son, en realidad, complementarias. El yin es el principio femenino,
la tierra, la oscuridad, la pasividad, lo bajo, el invierno; el yang es el principio
masculino, el cielo, la luz, la actividad, lo alto, el verano. Ambos definen la
dualidad de todo y, a la vez, existen uno dentro del otro; la interacción entre esas
dos fuerzas produce los cambios que mantienen al mundo —y en este caso a
Hong Kong— en movimiento.
Si no hubiese visitado la región dos veces y si mi estado de ánimo no hubiese
sido distinto en cada visita, tal vez no me hubiese percatado de esa dualidad.
Hong Kong (al igual que todas las ciudades del mundo) vive dentro de un yin
yang porque nosotros, seres humanos, también vivimos dentro de una dualidad
constante. Hong Kong necesita de ambas realidades para definirse y formar el
todo que es: sin el caos de las islas principales, el silencio de las otras no tendría
tanto valor; sin la velocidad de la ciudad, no habría lentitud en la cual refugiarse.
Si nunca sintiéramos tristeza, tampoco sabríamos lo que es sentir alegría.
A la vez, todas estas dualidades no están separadas sino que conviven una
dentro de la otra. Todo está presente a todo momento: lo gris y el color, la
multitud y la soledad, el frío y el calor, la velocidad y la lentitud, la fascinación y
el aburrimiento. Pero ver una o la otra ya depende de cada viajero, de su mirada,
de su estado de ánimo. Por eso nunca habrá un acuerdo acerca de los espejos: lo
que para unos es un elemento para repeler las energías negativas, para otros es
una superficie puesta para mirar su propio reflejo. Y mientras algunos se pasarán
la vida corriendo para no llegar tarde a alguna parte, otros vivirán sin apuro y sin
necesidad de llegar a ningún lugar.
China sin hablar
Dicen que si uno cava un pozo en línea recta desde algún lugar de Argentina
en dirección hacia el centro de la Tierra, después de mucho cavar aparecerá en
algún rincón de China. Lo que no dicen es que antes de intentar semejante
hazaña no viene mal aprender algo de chino básico, como para hacerse entender
del otro lado. Yo cavé ese pozo hacia las antípodas sin planearlo, casi de
casualidad. Llevaba diez meses de viaje por Asia y mi plan original —por no
decir mi gran objetivo— era viajar a la India y quedarme varios meses allá. Pero
al no poder obtener la visa india desde Malasia decidí cambiar el destino e irme
a China. Tomé la decisión en una tarde: si la India no quería recibirme, probaría
suerte en el otro gran país de Asia. Apliqué para la visa y tres días después la
tenía en mi pasaporte.
Elegí el primer destino de China al azar. Compré el pasaje por internet desde
Penang (Malasia) con mi amiga Tippi (china) sentada al lado. Ella me sugirió —
y por sugirió digo: convenció— que viajara a Chengdú, una de las ciudades más
importantes de China Central, para que nos encontráramos una semana después
en Lijiang, en la provincia de al lado. Así que compré el pasaje sin tener mucha
idea del lugar en el que iba a aterrizar. Como China no había estado en mi mente
hasta hacía pocos días, no caía en que me estaba por ir de viaje al país gigante.
Días antes de tomar el vuelo me fui percatando de algunos datos y empecé a
darme cuenta de lo que implicaba viajar a China. Durante una charla con una
estadounidense que acababa de volver de Chengdú me enteré, por ejemplo, de
que la temperatura en aquel momento era de cinco grados. Después de un año
ininterrumpido de verano y humedad, un poco de frío no vendría mal, aunque
pasar de treinta a cinco grados en pocas horas iba a ser duro. También me dijo,
como si nada, que Chengdú era una ciudad de más de catorce millones de
habitantes, y ahí quedé muda. ¡¿Catorce millones?! ¿No será mucho? Tenía que
ir acostumbrándome: en China todo vendría en grandes cantidades.
Compartí las cuatro horas de avión con cuatrocientos chinos que hablaban
todos a la vez y se reían muy fuerte de cosas que no entendía. El viaje a China
había empezado. Cuando aterrizamos eran las doce de la noche, hacía cero
grados y tenía una única misión: llegar a la casa de Susie, la china que iba a
alojarme junto a su familia. Me subí a un taxi a la salida del aeropuerto y, al no
ser capaz de dar indicaciones habladas, busqué la dirección escrita en caracteres
chinos en mi teléfono, apoyé el aparato contra la reja que me separaba del
asiento del conductor y le señalé la pantalla. Él asintió entusiasmado, me hizo
una pregunta en mandarín, yo asentí sin tener ni idea a qué asentía y arrancamos.
Durante el trayecto observé China a través de la ventana por primera vez. Ya
era casi la una de la mañana y las calles estaban oscuras y desiertas. Los códigos
de esa ciudad de catorce millones de habitantes aún me eran desconocidos.
¿Sería peligroso andar sola de noche? ¿Las calles estaban vacías por el frío o por
miedo? ¿Cómo sería el ritmo de la ciudad de día? ¿El taxista me estaría
paseando? ¿Era seguro tomarse un taxi en China? ¿Lograría comunicarme con la
gente sin saber su idioma? La respuesta a esa última pregunta llegó unos minutos
después.
El conductor estacionó en la entrada principal de la Universidad Tecnológica
de Chengdú y me hizo un gesto de que habíamos llegado, pero no me quise
bajar. La situación era la siguiente: Susie y su familia vivían dentro de uno de los
tantos bloques de edificios del campus, pero como le había parecido complicado
darme las indicaciones por escrito me había pedido que la llamara cuando
estuviera en la puerta así me iba a buscar. Le hice señas al conductor de que
esperara, agarré mi teléfono e intenté llamarla usando mi número malayo. Una
operadora me informó, primero en mandarín y luego en inglés, que no tenía
saldo suficiente.
¿Cómo explicarle al conductor que necesitaba comprar una tarjeta SIM china
o ir al teléfono público más cercano? Y por más que me entendiera, ¿cómo se
usaría un teléfono chino? ¿con fichas, con tarjeta? Ni siquiera estaba segura de
que existieran. ¿Cómo decirle, entonces, que no pensaba bajarme del auto hasta
no haberme comunicado con mi anfitriona? ¿O cómo pedirle, sino, que me
llevara a un hostal? Señalé su celular y le dije, en inglés, que necesitaba “call my
friend”. Me miró. Si se lo hubiese dicho en castellano daba igual. Me di cuenta
de que se estaba poniendo impaciente y, en la desesperación, se me ocurrió algo.
Intenté hacer la llamada otra vez, puse mi teléfono en altavoz y le hice escuchar
la grabación que decía que no tenía saldo. Me entendió y enseguida me ofreció
su teléfono. Llamé a Susie y, diez minutos después, ya estaba con ella en su casa.
A la mañana siguiente, después de una noche fría (en China lo común es no
tener calefacción), Susie me presentó a su mamá y a su papá. Ella, como casi
todos los chinos de mi edad, era hija única. Sus padres no hablaban inglés pero
me recibieron con sonrisas y un desayuno típico de la región: pan al vapor
relleno de carne y ají, un huevo que parecía estar cocido y un bol con un líquido
que parecía ser leche. Me senté a la mesa sin saber muy bien qué hacer: estaba
en una casa tradicional y no quería cometer errores, pero mi shock cultural
culinario me confundía. ¿Tenía que meter el huevo en la leche? ¿Eso era leche,
no? ¿Sería de vaca o de cabra? ¿El huevo estaría duro? ¿Y si me ponía a pelarlo
y resultaba estar crudo? ¿Y si era de mala educación agarrar la comida con la
mano? ¿Y qué hacer con la leche, ponerle café? ¿Me animaba a pedir azúcar?
En China sentí, por primera vez en mi vida, que había llegado a un lugar en
el que todo lo que había aprendido acerca del mundo no me serviría de nada.
Supuse que si estábamos en las antípodas de Argentina lo más lógico era que
todo se hiciera de manera opuesta, aunque en aquella ocasión no fue tan así.
Esperé a que el padre de Susie se sentara a la mesa, observé cómo comía e imité
cada uno de sus movimientos. Así que le puse café a la leche, me comí el pan
con la mano, pelé el huevo duro y me lo comí. Más simple y parecido de lo que
pensaba.
Antes de irse a la universidad, Susie me escribió expresiones básicas en
caracteres chinos —“sí, no, ¿dónde queda?, ¿cómo llego?”— para que le
mostrase a la gente si necesitaba ayuda. Después me dejó a solas con su papá,
quien amablemente me dibujó un mapa de la ciudad con todos los lugares que
podía visitar y me escribió el número de bus que me llevaría de un sitio a otro.
De a ratos me decía cosas en mandarín y se reía, yo le respondía en castellano y
me reía de la situación. ¿A quién se le ocurría viajar de manera independiente
por China sin hablar ni un poquito de chino? Salimos del departamento y el
padre me depositó en la parada de bus correspondiente. A partir de ese momento
era yo contra China, y la aventura empezaba en una de las ciudades más
inmensas que pisé en mi vida.
En Chengdú todo era extra-large. Las cuadras tenían entre doscientos y
cuatrocientos metros de largo, las calles eran diez veces más anchas que en
cualquier otro lugar del mundo, las veredas eran amplias como salones de baile.
Los edificios no solamente eran altos, sino cuadrados y grandotes. Al igual que
en otras partes de Asia, las actividades se realizaban en las veredas: las mujeres
se sentaban a cocinar y a comer, los hombres se reunían a jugar a las cartas y a
fumar, los monjes budistas se sentaban a descansar y los vendedores circulaban
en bicicleta con sus productos. La ciudad me pareció gris y, a pesar de tanto
movimiento, silenciosa. Los espacios eran tan amplios que los sonidos se
perdían en la nada antes de chocar contra un edificio. Las motos —que en otras
partes de Asia eran las culpables del ruido— eran eléctricas y, por ende,
silenciosas (varias veces estuve a punto de ser atropellada por alguna). Los
templos me parecieron descomunales y las estatuas de Mao, gigantescas. Todo
tenía tamaños fuera de mis proporciones conocidas.
Los primeros días fueron difíciles: me sentía como en otra dimensión. Todo a
mi alrededor ocurría en un idioma que yo desconocía y que ni siquiera podía leer
o inferir. Los carteles, los horarios de los colectivos, los menús de los
restaurantes, los mapas y los nombres de las calles estaban en caracteres chinos.
Por más que hiciera una comparación minuciosa de dibujos, no era capaz de
encontrar el nombre que veía en el mapa replicado en un cartel de la calle. Todas
me parecían la misma calle infinita. Me perdí varias veces y nunca pude pedir
indicaciones ya que no encontré a nadie que hable inglés y tampoco fui capaz de
preguntar por señas qué bus tenía que tomarme para llegar a una dirección que
no podía ni pronunciar. Siempre tenía el último recurso de subirme a un taxi y
mostrar la dirección de Susie, pero había algo de estar perdida entre caracteres
que me divertía.
China era mi primer desafío real. Era el desafío de sumergirme en lo que
parecía ser una realidad paralela, de entrar en esa dimensión con reglas y sonidos
que yo desconocía y de comunicarme a través de un lenguaje que no fuesen las
palabras. China era un universo alternativo que no se asemejaba al mundo que
conocía. Y yo era una loca que había decidido ir sola y sin saber el idioma,
creyendo que sería fácil.
Desde el autobús
Tres chinas y yo
Las tres chinas me adoptaron como amiga arriba del autobús. Después de
ocho horas de viaje habíamos llegado al lago Lugu, un conjunto de veinte aldeas
habitadas por los mosuo (otro de los 55 grupos étnicos minoritarios de China). El
conductor había decidido finalizar su recorrido en la entrada del lago y, por más
que intenté decirle (por señas) que necesitaba llegar al otro extremo, apagó el
motor y se bajó. Quedé sola y confundida entre los pasajeros, y tres chinas de mi
edad me agarraron del brazo y me hicieron señas de que me quedara con ellas.
Me habían adoptado de compañera justamente en una de las últimas
comunidades matrilineales del mundo.
En la cultura mosuo las mujeres son la cabeza de la familia y de la sociedad:
ellas son las dueñas del dinero, de la tierra y de las viviendas; el prestigio social,
las propiedades y el apellido se heredan por vía materna. El matrimonio no
existe como institución sino que se concibe como una unión libre que puede ser
finalizada en cualquier momento, sin división de bienes ni juicios de por medio.
El rol de padre y marido es inexistente: hombres y mujeres se enamoran y tienen
hijos pero no asumen compromisos legales, no comparten propiedades y
tampoco abandonan sus hogares para irse a vivir juntos. Los hijos son criados
por su madre, su abuela y sus tíos. La familia materna es el núcleo más
importante y los mosuo no conciben abandonar el hogar de la madre para formar
uno nuevo, ya que creen que eso causaría inestabilidad en la sociedad. Así que
en una misma casa conviven varias generaciones, con la mujer mayor como
cabeza de la familia. Hay antropólogos que afirman que la de los mosuo es una
de las sociedades más pacíficas del mundo.
El lago Lugu me pareció un lugar inmenso y silencioso. Ubicado a 2600
metros de altura, aquel valle se mantuvo aislado del mundo exterior durante
siglos, lo que le permitió a los mosuo desarrollar y mantener sus costumbres y
tradiciones ancestrales sin influencia de las sucesivas dinastías chinas ni de las
sociedades modernas. En 1982 se construyó la primera ruta de acceso al lago y
la región comenzó a abrirse al turismo nacional e internacional. Y así, parte de la
autenticidad del lago se perdió y el llamado Reino de las Mujeres pasó a ser otro
atractivo turístico de China.
En la entrada de la aldea principal nos esperaban mujeres vestidas de manera
tradicional y un peaje de diez dólares por persona. Viajar con las tres chinas, sin
embargo, le devolvió su toque de autenticidad al lugar. Jamás supe su edad, sus
nombres, ni de qué parte de China provenían. Eran tres, parecían tener entre
veinte y treinta años y estaban acompañadas por un hombre de unos cincuenta.
¿Quién era y qué hacía con ellas? ¿Sería el padre? ¿La pareja de una de ellas?
Nunca me enteré.
Durante tres días hicimos todo juntas, excepto hablar. Salimos a caminar del
brazo, nos sacamos fotos como amigas de la vida, nos colamos en un hotel para
ver una celebración, compartimos desayunos, almuerzos y cenas. Una mañana
alquilamos una combi y recorrimos el lago. En una de las paradas, dos de las
chicas y el hombre se subieron a un teleférico y yo me quedé abajo con la tercera
china, que me agarró del brazo y me llevó a caminar por la aldea. Charlamos,
cada una en su idioma: ella me señalaba un paisaje y me hablaba efusivamente
en mandarín, yo la miraba, me reía y le respondía en castellano. Era nuestra
forma de relacionarnos. La única expresión que fue capaz de traducirme fue piào
liàng, que significa beautiful, y que era lo que siempre me repetía frente a las
vistas del lago.
Caminando llegamos a una casa. En la entrada había un cerezo en flor y una
mujer que sacaba pescados de una red para secarlos al sol. La china la saludó y
la mujer nos hizo señas de que nos sentáramos con ella. Nos ofreció galletas de
cereal y un vasito de licor elaborado por las mujeres del pueblo. Como es mala
educación rechazar una ofrenda de comida, aceptamos. Después nos invitó a
conocer el interior de su casa. Las viviendas mosuo tienen una estructura fija: la
planta baja funciona de cocina, comedor, área de visita y área de descanso de los
animales. En el piso de arriba están los dormitorios y el depósito de comida: los
hombres duermen en espacios comunales, y las matriarcas —las mayores de la
familia— son las únicas que pueden tener una habitación privada.
Antes de irnos, la mujer me dio una bolsita con más galletas; yo miré a mi
amiga china como preguntándole si tenía que darle algo a cambio, ella agarró mi
celular —en el que tenía un traductor bastante básico de inglés/chino— y me
mostró la traducción de la palabra que había escrito: gift (regalo). Al día
siguiente viajamos juntas a Lijiang y nos despedimos al igual que con Eva: de
lejos y con la mano, como si nada de aquello hubiese merecido un abrazo.
Llueve en China
Cuando Tippi se volvió a Malasia fue difícil seguir camino sola. Tenía
planeado viajar dos meses por China pero me quedé uno: eso de no poder hablar
me había agotado. Además, cuando la lluvia empezó a perseguirme supe que era
una señal. El primer lugar donde me alcanzó fue en Kunming: en la llamada
Ciudad de la Eterna Primavera no sólo llovió, sino que nevó. Y Kunming era,
según investigué, un lugar en el que la nieve caía con la misma frecuencia que en
Buenos Aires: una vez al siglo. A partir de ese momento, lugar al que iba, lugar
en el que llovía. Si bien el agua en sí no era tan terrible, la lluvia invernal de
China traía dos acompañantes: frío y niebla.
Viajé, durante casi una semana, por pueblitos fuera del mapa turístico.
Cuando llegué a Guilín, uno de los destinos más visitados del sur de China, volví
a escuchar esa banda sonora callejera tan odiosa y reconfortante: “Hey, lady!
Motorbike! Lady, here, lady! Bamboo boat! Cheap tour, lady!”. Había llegado a
un lugar donde no tendría problemas de comunicación pero donde tampoco
tendría mucha oportunidad de hablar de temas que me interesaran. Volví a sentir,
como en gran parte de la Asia turística, que cada vez que salía a la calle había
alguien al acecho para venderme algo. Y empecé a sentirme cansada.
Visto de afuera, vivir viajando puede parecer una vida perfecta. Es ideal (por
lo menos para mí), pero está lejos de ser perfecta. A mí, personalmente, me
encantan los viajes largos (de varios meses o años) porque la relación con el
camino es otra: viajar sin pasaje de vuelta me permite dejarme llevar por rutas
inesperadas sin miedo a romper itinerarios o quedarme sin días. El tiempo parece
infinito: no hay apuro, no hay fechas de vencimiento, no hay angustia por la
vuelta inminente. Pero un viaje largo, a la vez, es como la vida misma: deja de
ser una suspensión de la rutina (como puede ser una vacación o una escapada)
para convertirse en la rutina de la no-rutina, pero rutina al fin: lo de “todos los
días algo nuevo” pasa a ser lo cotidiano. Y eso implica permitirnos sentimientos
que en una vacación no tienen tiempo de aparecer: nostalgia, tristeza, angustia,
indiferencia, depresión, cansancio. En un viaje largo, además, las opciones son
interminables: al no tener fechas ni planes fijos, cualquier camino es posible, y
eso también puede ser desesperante. ¿A dónde ir, con tanto mundo para ver?
Decidí pasar mis últimos días en Yangshuo, otro de los destinos más
visitados de China. Necesitaba una dosis de facilidad. Si bien Yangshuo estaba
repleto de turistas de todas partes del mundo, para mí seguíamos siendo China,
la lluvia y yo. Nadie más. El día que paró de llover me alquilé una bici y salí a
pedalear sin rumbo. Seguí el río, me metí entre plantaciones de arroz y llegué a
aldeas vacías. Me embarré y, por supuesto, me perdí. “Viajar es perderse por el
mundo”, decreté. Solamente al no preocuparnos demasiado por llegar a destino
somos capaces de fluir con el camino y de dar lugar al azar.
Estaba perdida en el campo chino —al igual que lo había estado en el país
durante un mes— pero no me preocupaba demasiado: sabía que alguien me
indicaría el camino. Buscando el río Yulong llegué a una bifurcación y me quedé
ahí parada sin saber qué ruta tomar. Unos minutos después apareció una mujer
en bicicleta con su bebé en la espalda. La frené y le mostré un papelito que decía
“río Yulong” en caracteres chinos. Me hizo señas de que la siguiera, así que
durante diez minutos pedaleé detrás de ella en silencio. Atravesamos paisajes
irreales, repletos de árboles otoñales, plantaciones amarillas de arroz y hojitas
secas en el piso. Me dejó a orillas del río, me sonrió y siguió su camino. Y ahí
comprendí que en ese instante, en esos diez minutos de trayecto en bicicleta, se
resumía mi viaje por China.
Naipes laosianos
Dos de trébol
Laos fue uno de los lugares más especiales que visité. Mi plan era entrar al
país desde Sapa (en el norte de Vietnam), atravesar Dien Bien Phu (la última
ciudad vietnamita antes de la frontera), cruzar por la frontera de Tay Trang y
llegar a Muang Khua (una aldea laosiana a orillas del río Nam Ou). Era un
trayecto que, con suerte, se hacía por tierra en dos días, pero que muchos
viajeros habían bautizado la “Ruta del Infierno” porque era un camino largo,
polvoriento y rocoso. La otra opción era tomarme el infame “Autobús de la
Muerte” que iba de Hanói (capital de Vietnam) a Vientiane (capital de Laos) en
veinticuatro horas sin frenar ni para ir al baño. Elegí la “Ruta del Infierno”.
¿Cuándo un viaje no había sido largo, polvoriento y rocoso? Era eso lo que más
me gustaba de ir por tierra.
La primera parte del trayecto fue en una combi repleta. Divisé, entre decenas
de vietnamitas, a cinco viajeros y enseguida me hice amiga. Supongo que eso
pasa cuando uno sabe que está a punto de compartir una experiencia larga y
cansadora: nada mejor que hacerlo en compañía. Doy fe que viajar solo no es lo
mismo que estar solo: uno nunca está más abierto a conocer gente que cuando
viaja por su cuenta. Y en Asia siempre había gente, local o visitante, dispuesta a
entablar conversación. Así que gracias a mis nuevos compañeros —una pareja
suiza, un alemán, dos ingleses—, la “Ruta del Infierno” se convirtió en la “Ruta
del Cielo”.
Pasamos la primera noche en Dien Bien Phu y cruzamos a Laos la mañana
siguiente. El cambio de paisaje y de aire fue rotundo. Si bien Laos y Vietnam
son vecinos y tienen una superficie similar, Vietnam tiene casi noventa millones
de habitantes y Laos poco más de seis millones. El ambiente rural, los pueblitos
con casas de madera, el silencio y la tranquilidad de Laos me enamoraron a
primera vista. Cuando llegamos a la orilla del Nam Ou cambiamos la combi por
una balsa muy angosta, cruzamos y bajamos en la aldea de Muang Khua. Como
ninguno de nosotros tenía planes, decidimos quedarnos unos días ahí.
Había un problema: no teníamos kips (la moneda local), era sábado y la casa
de cambio estaba cerrada hasta el lunes. El dueño de las cabañas donde nos
alojamos nos dejó quedarnos sin pagar por adelantado y ofreció llevarnos a la
ciudad más cercana para que sacáramos plata del cajero. Así que el día siguiente
viajamos tres horas en la parte de atrás de su camión, sobre bolsas de semillas,
para ir a un banco. Y en una de las tantas paradas que hicimos al costado de la
ruta, los vi: dos naipes.
Estaban tirados boca arriba sobre la tierra, olvidados. Después de mucho
tiempo de querer hacerlo y no animarme, decidí levantarlos. Los rescaté, los
limpié un poco y se los llevé a Paul, uno de los chicos con los que estaba
viajando. En alguna de nuestras charlas, Paul me había contado que
coleccionaba naipes abandonados y su comentario me había quedado dando
vueltas en la cabeza. Hacía tiempo que los veía por todas partes y, si bien tenía
ganas de llevármelos, algo me lo impedía: sentía que no era el momento, que
necesitaba un permiso (de quién, no sabía) para empezar a hacerlo. Pero ese día
los levanté sin pensarlo y se los di a Paul con complicidad, feliz de haber
contribuido a su baraja asiática. Y tras esa acción pensé: “El próximo naipe que
encuentre es mío”. Esa había sido la señal que buscaba: era el momento de armar
mi propia colección.
Levanté el primero de mi baraja unos días después en Luang Prabang, una de
las ciudades más visitadas y encantadoras de Laos. Estaba caminando y lo vi
boca abajo, al costado de una calle de tierra. Era un dos de trébol. Lo limpié y le
escribí los datos de su adopción en el frente: #1, Luang Prabang, Laos,
03/12/2010. Intenté imaginarme cómo había llegado hasta aquel sector de la
ciudad, cómo había pasado de formar parte indispensable de un grupo a
convertirse en un individuo solitario. Tal vez había sido el ganador de un partido
—tirado al suelo con fuerza para mostrar superioridad y luego olvidado sobre el
pasto cual monumento a la victoria— o, al contrario, el perdedor —pisoteado
con rencor para luego ser olvidado sobre el pasto cual tumba de la derrota—.
Aunque estando ahí, solo, su pasado daba igual. Esa es la gran cualidad de los
naipes: no existen ganadores ni perdedores natos. Todo depende de a qué juego
se esté jugando.
Lo que más me intrigaba de encontrar naipes solitarios era saber qué había
ocurrido con el resto del grupo. ¿Qué habría sido de su baraja? ¿Habrían
reemplazado el naipe faltante por uno nuevo? ¿O sería omitido en partidos
futuros? ¿Se inventarían nuevas reglas para que su falta no fuese perjudicial? ¿O
sus compañeros también estarían desparramados por ahí, en 52 rincones de la
ciudad, en 52 países del mundo, jugando un partido silencioso a miles de
kilómetros de distancia?
Decidí jugar conmigo misma. Delineé las reglas esa mañana, mientras
caminaba por Luang Prabang con mi dos de trébol en el bolsillo. Levantaría un
naipe por ciudad, sólo uno, sin importar cuántos encontrara en el mismo lugar; el
naipe tendría que estar abandonado en el piso, olvidado y separado del resto del
grupo; cada naipe tendría que ser encontrado por mí, no valdrían los regalos; y el
juego no terminaría hasta no haber encontrado una baraja entera, con comodines
incluidos. ¿Existirían los comodines en las barajas asiáticas? ¿Los jugadores los
tirarían al piso como al resto de los naipes? ¿Encontraría todos los naipes en
Asia o la búsqueda seguiría en otros continentes? ¿Y qué pasaría cuando
completara la baraja? ¿Empezaría otra? Y ahora que estaba dispuesta a
levantarlos, ¿los seguiría encontrando como antes? ¿O no volvería a ver
ninguno?
Reina de diamantes
Laos, uno de los países olvidados por quienes viajan al sudeste asiático, se
convirtió en pocos días en uno de mis preferidos. Cada vez que salía a la calle,
hombres y mujeres me saludaban y los niños me gritaban “sabaidee!” (“¡hola!”),
emocionados de ver a una fahlang (extranjera) caminando por su pueblo. Nunca
recibí tantas sonrisas desinteresadas como en aquel país. Y, si bien mis días no
estuvieron cargados de actividades, en Laos disfruté el silencio, visité templos
budistas, conversé en inglés con los monjes, saludé a las mujeres que pasaban en
bicicleta, miré atardeceres, probé comidas y sonreí mucho.
En Laos decidí volver a viajar a la manera local. Si bien había logrado
desviarme del circuito turístico tradicional, en ciertas partes del sudeste asiático
se me hizo difícil escapar de la ruta pre-armada y, por comodidad, varias veces
opté por el sistema hop-on hop-off (con paradas preestablecidas) de los buses
turísticos de larga distancia. Lo bueno de Laos era que había un circuito
incipiente pero las rutas de viaje no estaban tan marcadas: cada cual podía ir a
donde le diera la gana y en el orden que se le antojara. Así que después de visitar
Vientiane (que debe ser la capital más tranquila del mundo) decidí ir a Tha
Khaek, una ciudad de 60 000 habitantes que había sido colonia francesa y que no
recibía demasiados turistas por la misma razón que Laos, en sí, no recibía tanto
turismo como sus vecinos: porque ahí, según la opinión generalizada, “no había
nada para hacer”.
Cuando pregunté, en la posada en la que me estaba alojando, el precio de un
pasaje de bus a Tha Khaek me informaron que costaba 130 000 kip por un
servicio puerta a puerta, es decir dieciséis dólares por un viaje de cinco horas. En
casi todos los países del sudeste asiático parecía haber un acuerdo silencioso de
cobrar un dólar por cada hora de viaje en bus local de media o larga distancia, y
aquel era mi parámetro para saber si el precio era razonable. Así que cuando
saqué la cuenta y vi que querían cobrarme casi tres dólares la hora concluí que
ningún laosiano pagaría eso para hacer el mismo recorrido. Me propuse combatir
mi pereza, olvidarme de la comodidad del puerta a puerta y volver a viajar a la
antigua. Caminé las doce cuadras desde el guesthouse hasta la estación de
transporte público, tomé el colectivo que iba a la terminal sur por 2000 kip
(veinticinco centavos de dólar) y llegué justo a tiempo para subirme al autobús
local que iba hacia Tha Khaek. Precio total del boleto: 50 000 kip (seis dólares,
diez menos que el de la posada).
Cuando el bus arrancó volví a sentir esa adrenalina de estar en un medio de
transporte en el que nadie hablaba inglés. Eso de no saber dónde tenía que
bajarme ni a qué hora llegaría me hacía estar mucho más alerta y en sintonía con
la situación. Después de haber tomado cientos de transportes locales puedo
sentirme orgullosa de jamás haberme pasado de estación: tengo un radar que
funciona mejor en lugares donde no hablo el idioma y que siempre me avisa
cuándo me tengo que bajar. Durante el trayecto a Tha Khaek, además, pude
volver a interactuar con la gente local de formas cómicas e inesperadas. Un
laosiano de unos setenta años se me acercó y me preguntó, varias veces: “Fren?
Fren?”. Pensé que quería ser mi friend y me reí cuando me di cuenta de que me
estaba preguntando si era french y si hablaba francés. Le respondí: “No,
argentina”, y me respondió: “Biutiful, biutiful”.
Seis horas después salí caminando de la terminal de buses de Tha Khaek y
ningún conductor de tuk-tuk (el mototaxi típico del sudeste asiático) me
persiguió para ofrecerme sus servicios. Todos estaban demasiado ocupados
durmiendo la siesta o descansando como para mirarme (algo que en Indonesia,
Vietnam o Camboya jamás hubiese pasado). Tenía el nombre del alojamiento al
que quería ir pero ningún mapa o dirección. Entré a un restaurante y me encontré
con una mujer que miraba televisión acostada en un sillón. Le pregunté por el
guesthouse en cuestión y me respondió, con señas, que caminara por la calle
siguiente y doblara a la derecha. El movimiento de sus brazos fue amplio y su
mirada fue de preocupación, así que interpreté que era una distancia demasiado
larga como para ir caminando. Como me vio con cara de perdida me indicó que
esperara e hizo una llamada (de la cual entendí lo siguiente: “Bla bla bla fahlang
fahlang bla bla bla guesthouse”). Mientras esperábamos (a quién, no sabía), me
regaló una botella de agua y me charló en laosiano. Al rato apareció su amiga
con un holandés que hablaba español y que ofreció llevarme al famoso
guesthouse en su moto. Antes de irme, la mujer me dijo que me invitaba al
cumpleaños de su hijo aquella misma noche.
Más tarde salí a caminar por la calle principal y recibí los saludos “sabaidee”
y “hello” de rigor de los nenes que jugaban en la calle, algo que no pasaba con
tanta espontaneidad en los pueblos más acostumbrados a recibir turistas. De
repente, algo me impulsó a mirar hacia atrás y ahí la vi, boca abajo, llena de
tierra y de hormigas: la reina de diamantes, otra vez. La había encontrado hacía
unos días en Vientiane y de repente había vuelto a aparecer frente a mis pies.
Dos seguidas, demasiada casualidad. ¿Qué hacer? La tentación fue tan grande
que rompí una de mis propias reglas (no repetir naipes) y me la llevé igual. Y en
la misma caminata, en la misma calle, encontré dos (y un cuarto más): el rey de
picas, el dos de trébol (otra vez) y un pedacito de corazón. Me quedé con el rey y
con el corazón roto.
Esa noche no fui al cumpleaños del nene y lo lamenté, hasta el día de hoy me
pregunto si me habrán estado esperando.
Diez de corazones
Amo viajar en autobús, cuanto más desvencijado esté y más lento vaya
mejor. Soy feliz yendo por tierra de un lugar a otro, con la ventana abierta y la
vida cotidiana que entra junto con el viento. No me gusta viajar en avión: cuando
vuelo lo único que veo es el lugar de salida, las nubes y el lugar de llegada.
Cuando voy por tierra (ya sea en bus o en tren, otro de mis transportes
preferidos) descubro todo lo que hay entremedio, veo cómo cambia el paisaje de
ciudad a pueblo, de mar a río, de verde a marrón, de gris a amarillo, de llano a
montañoso. Los trayectos en bus, además, son momentos perfectos para estar
conmigo misma en silencio, pensar en lo que viví, hablar con mi conciencia,
leer, escuchar música y escucharme. Muchas ideas se me ocurren mientras voy
en movimiento.
Viajé de Tha Khaek a Savannakhet en un bus local de esos que tanto me
gustan: con asientos descosidos e irreclinables, con ventanas abiertas, sin aire
acondicionado (odio el aire acondicionado), con laosianos que me miraban con
curiosidad y vacas que se cruzaban en la ruta. Iba leyendo cuando el bus frenó de
golpe y el conductor anunció, a los gritos: “¡Savannakhet!”. ¿Tan rápido? Creía
que faltaban varias horas… Fui la única extranjera que se bajó: los otros tres
occidentales con quienes compartí silenciosamente el trayecto siguieron su
camino.
Si bien el calendario marcaba invierno, en Laos seguía haciendo calor, así
que apenas me puse la mochila empecé a transpirar. Me quedé parada en la
estación, esperando a que algún taxista se me acercara, pero todos me hicieron
señas de que yo caminara hacia ellos. Ninguno quería interrumpir su relajación.
Le dije a uno que quería ir al centro de la ciudad y ofreció llevarme por tres
dólares. Nada de regateo. Como no quería pagar lo mismo que había pagado
para viajar tres horas, decidí irme caminando. Pregunté para qué lado estaba el
río Mekong y salí de la estación de mal humor. Tenía mucho calor, no tenía ni
idea qué tan lejos estaba del centro y me negaba a descontar tres dólares de mi
presupuesto por un viaje en taxi.
Mientras caminaba pensaba en eso que siento cada vez que llego a una
ciudad nueva. Mi primera impresión es que no tengo idea de cuál es la lógica del
lugar. Por más que tenga un mapa todavía no sé cómo se piensa, cómo se actúa,
cuáles son las reglas implícitas. Me da cierto vértigo pensar que las ciudades
tienen una rutina que desconozco, que ya existe desde mucho antes de que yo
llegara y que seguirá funcionando de la misma manera cuando me vaya.
Seguramente los locales, que me ven medio perdida, deben pensar que es muy
fácil orientarse: “Para allá está el río, para allá está el centro, acá a la vuelta hay
un restaurante muy bueno, mi casa queda a dos cuadras, el colegio está por allá”.
La desencajada en el paisaje siempre soy yo, no ellos. Para mí todo es nuevo y
desconocido, y mi aspecto enseguida indica que no pertenezco. Lo que más
impresión me da es cuando las miradas se chocan: yo —persona ajena, extraña
— miro a una persona local —pieza indispensable del lugar— a los ojos y por
un momento nuestros mundos se fusionan. Estamos en un aquí y ahora
compartido, en el mismo lugar al mismo tiempo, realizando la misma acción,
uniendo dos espacios remotos a través de una mirada, tendiendo un puente con
los ojos. ¿Le cambiará en algo mi presencia? ¿O seguirá inmutable como su
ciudad?
Caminé un kilómetro envuelta en esos pensamientos. Pedí indicaciones
varias veces pero nadie supo decirme qué calle tomar. ¿Dónde estaban los tuk-
tuk cuando uno los necesitaba? Era sábado, pero Laos parecía vivir en un
interminable domingo. El calor, el cansancio y la desorientación me hicieron
insultarme mentalmente, como cada vez que me perdía: quién me manda a viajar
acá, quién me manda a andar con poco presupuesto, quién me manda a nacer en
un país donde la moneda vale menos. Y de repente lo vi boca arriba: un diez de
corazones. Lo levanté, feliz de no haberme tomado un tuk-tuk de tres dólares,
feliz de haber caminado por aquella calle, feliz de ser una loca que se ponía feliz
cuando encontraba un naipe abandonado en Asia.
Cinco minutos después pasó un tuk-tuk que aceptó llevarme al centro por un
dólar. Fue como el último vaso de agua del desierto: lo hubiese tomado por el
precio que fuera. Mientras iba en la parte de atrás del vehículo vi, por fin, el
centro de Savannakhet y me enamoré de esa ciudad colonial venida abajo. Dejé
mis cosas en una posada y alquilé una bicicleta para salir a recorrer. Mientras
pedaleaba sentía que la ciudad era mía, que existía solamente para mí. No podía
creer que un lugar así fuese tan poco turístico; era como si hubiese descubierto
un secreto, un punto fuera del mapa. Savannakhet me recordaba a todas las
ciudades coloniales que había conocido antes, pero con mucha menos gente y no
muy bien preservada. Paredes descascaradas, ladrillos a la vista, pintura
empalidecida por el sol, techos rotos, ventanas cerradas con maderas… Era
perfecta.
¿Existe el amor entre una persona y una ciudad? Creo que sí. Pasa cuando
uno menos lo espera, en el lugar menos pensado, en el momento menos
predecible. Y también creo que pasa con esos lugares de los que la gente se
pregunta: “¿Pero qué le ve?”. Sin embargo, si bien sentía que Savannakhet
estaba hecha para mí y yo para ella, supe desde el principio que nuestro romance
sería fugaz: su encanto me atrapaba, pero sabía que tarde o temprano su
tranquilidad me aburriría. Es el karma que cargo por haber crecido en una ciudad
tan dinámica, alocada y llena de opciones.
Esa noche me fui a dormir, feliz de haber conversado con un monje que me
preguntó por qué me gustaba tanto Laos y al que le respondí que por las sonrisas
de su gente. “¿Pero en tu país la gente no sonríe?”, me había preguntado
extrañado. “Sí, pero a veces se olvidan y es difícil que te regalen una sonrisa
gratis en la calle”. Feliz de haber sido la única espectadora de dos nenas que
remontaban un barrilete mientras andaban en bicicleta, de seis nenes que
transformaron una callecita en cancha de fútbol y de tres nenas que convirtieron
la vereda en un salón de té. Feliz de haber presenciado la cultura callejera
asiática auténtica, sin tours ni agencias de viaje de por medio.
En Oriente, el espacio público se utiliza para realizar acciones que en
Occidente se hacen puertas para adentro: las personas cocinan, comen y
conversan en sillitas de plástico en las veredas; los chicos juegan afuera mientras
los vendedores deambulan por las calles; los ancianos se sientan en la entrada de
sus casas a mirar la vida pasar. Las casas asiáticas no tienen paredes frontales
sino que siempre están abiertas a la mirada de sus vecinos. En Asia la vida
cotidiana transcurre en las veredas, y eso fue lo que más me enamoró del
continente.
A la mañana siguiente salí en bicicleta otra vez, sin rumbo, a disfrutar de la
ciudad. Llegué al río y vi, a lo lejos, algo que revoloteaba a la altura del suelo.
Parecían mariposas. Me acerqué y me encontré con un as de corazones y un rey
de trébol y un dos y un ocho y una reina y un tres y un siete y… Una baraja
completa, desparramada frente al río. La ciudad me estaba regalando una
colección entera, pero yo decidí no levantarla: mi juego iba a terminar
demasiado rápido si lo hacía. Savannakhet, el lugar que más amé de uno de los
países que más amé, me estaba dando todo. Cerré los ojos, levanté el diez de
corazones al azar y dejé el resto de los naipes ahí.
Buenos Aires con ojos de jet-lag
Durante mis dieciséis meses de viaje por Asia tuve una pesadilla recurrente.
Aparezco en Buenos Aires sin haberme despedido de mis amigos asiáticos;
pierdo el vuelo a Argentina y quedo atrapada para siempre en un aeropuerto;
vuelvo a Buenos Aires y la ciudad está gris, con caños rotos, niebla y charcos de
agua, parece Ciudad Gótica; vuelvo a Buenos Aires y no tengo conexión de
internet ni señal de celular, no puedo comunicarme con nadie. Me veía a mí
misma abriendo la puerta de casa y, en mi sueño, me preguntaba: “¿Pero cuándo
me tomé un avión? ¿Cómo fue que llegué hasta acá? ¡No tenía planeado volver
tan rápido!”. En algunos casos lo único que hacía era cambiarme de ropa y
volvía a aparecer en Asia, pero en otras ocasiones me desesperaba y no podía
salir: quedaba atrapada en Buenos Aires para siempre.
¿Por qué será que volver a casa nos genera tantos sentimientos? A mí, por lo
menos, me llena de contradicciones, me da alegría y tristeza a la vez. ¿Será que
todos los viajeros sienten lo mismo al volver a su lugar de origen? Mis regresos
siempre fueron y serán a Buenos Aires por una cuestión de azar: no elegí dónde
nacer, pero mi país de nacimiento determinó la ciudad a la que siempre volveré.
Dudo, sin embargo, que un viajero que visite Buenos Aires por primera vez se
sienta así: para él, viajar a la capital argentina significará llegar a un lugar nuevo,
con todas las expectativas, adrenalina, preguntas y deseos que eso conlleva. Lo
que me angustia, entonces, no es volver a Buenos Aires en sí, sino volver, a
secas. Volver a lo cotidiano, a lo que se conoce desde hace años, a lo que ya no
sorprende, al único lugar del mundo donde no soy extranjera y donde no necesito
aprender códigos desconocidos para sobrevivir.
Lo más paradójico es que, a lo largo de mis viajes, mis ganas de volver
llegaron a ser tan fuertes como las de viajar. La necesidad de un regreso es algo
que se siente y, cuando la idea de volver a casa empieza a tomar forma en
nuestra cabeza, ya no hay vuelta atrás. Cuando sentí que quería volver, mi
mirada cambió: todo me empezó a sorprender un poco menos y, de golpe, ansié
regresar a ese lugar que ya conocía bien. Los días previos fueron los peores: mi
cuerpo estaba en una parte del mundo pero mi cabeza, que no necesita pasajes ni
vuelos, ya estaba en otra. Mi ser, misteriosamente, se dividió en tres: el cuerpo
que seguía viajando, la cabeza que ya había vuelto y el alma que, como siempre,
tardó un poco más en enterarse de todo.
Cuando regresé de Asia a Buenos Aires experimenté, durante una semana,
una de las sensaciones más raras de mi vida: el jet-lag, síndrome que aparece
cuando se atraviesan tres husos horarios o más en avión. Los viajes de larga
distancia de este a oeste (y viceversa) producen un desequilibrio entre nuestro
reloj interno (el ciclo biológico que nos marca las horas de sueño y vigilia) y el
horario del país al que se arriba, y eso puede causar insomnio, problemas
digestivos, ansiedad, dolores de cabeza, deshidratación, confusión en la toma de
decisiones, problemas de coordinación, falta de memoria, irritabilidad y apatía.
Todo junto. Dicen que al cuerpo le lleva un día por huso horario adaptarse, es
decir que si atravesamos diez husos horarios en un día, nos llevará diez volver a
la normalidad. A mí me costó una semana volver a despertar.
La primera noche que pasé en Buenos Aires (después de haber estado casi
quinientas noches viviendo al ritmo de Asia) no pude dormir más de cuatro
horas seguidas: me desperté a las cinco de la mañana, me fui al sillón del living
y, mientras miraba el amanecer sobre la ciudad, pensé con tristeza que en Asia
ya era de día y que la vida seguía transcurriendo como siempre. Mi cuerpo
estaba en Buenos Aires pero mi alma seguía del otro lado del mundo.
Una tarde me acosté a dormir la siesta y me desperté con el cerebro
funcionando en inglés y con el impulso de hablar en ese idioma. Las palabras me
salían en castellano pero me sonaban raras, artificiales, como si no me
pertenecieran. Durante esa semana me costó tomar cualquier tipo de decisión y
cada vez que alguien me hablaba rápido o fuerte me sentía abrumada. Todo lo
que ocurría a mi alrededor parecía pasar en otro plano, en una realidad lejana,
como si mi cuerpo estuviese ahí pero mi mente se hubiese ido a volar por las
nubes. Estaba como dentro de un sueño.
La primera vez que salí a la calle para tomarme el colectivo me pasó algo que
aumentó ese estado de ensoñación y llevó la situación a un nivel bizarro y
existencial. Mientras caminaba por mi barrio, algo desorientada, en busca de la
parada del 39, un argentino de unos cuarenta años me frenó y me preguntó, en
inglés: “Where are you from?”. Lo miré en silencio durante unos largos
segundos, sin saber qué responder. Estoy muy acostumbrada a que me hagan esa
pregunta cuando viajo, pero recibir ese cuestionamiento de otro argentino —en
mi propia ciudad, en inglés y con jet-lag— me hizo sentir muy confundida. Le
respondí: “De Argentina”, y seguí caminando. Pero después pensé: “¿Será que
ya no pertenezco a Buenos Aires? ¿O será que mi cara de jet-lag me hace
parecer una turista perdida? ¿De dónde soy? ¿Pasé a ser ciudadana del mundo
más que de un país? ¿Dónde estoy?”.
Durante aquellos días jetlaguianos, caminar por Buenos Aires fue como
pasear por el escenario de algún sueño lejano. Todas esas cosas que, a lo largo de
mis veintidós años de vivir en mi ciudad, jamás me habían llamado demasiado la
atención (porque eran elementos intrínsecos del paisaje urbano porteño), me
sorprendían. Todo me parecía armado para mí: los paseadores con veinte perros
alborotados a su alrededor, los puestos de diarios y revistas con las tapas en
exposición, las florerías en todas las esquinas, los mozos que salían de los
restaurantes y caminaban por la vereda llevando tazas de café sobre bandejas
plateadas, las mujeres con sus perros vestidos con ropita de lana a medida, los
carteles verdes con afiches de los últimos estrenos de cine, el amarillo y negro de
los taxis, el ruido del subte al avanzar sobre las vías, los repartidores de pizza en
patines, los espacios públicos en refacción, las canchas de fútbol, los
estacionamientos encajados entre dos edificios en pleno Microcentro, el olor de
las facturas que emanaba de las panaderías, los maxikioscos desbordados de
golosinas, los supermercados chinos en cada cuadra, los baches en el asfalto, las
paradas de colectivo, la gente reunida en algún parque, el arte callejero, los
centros culturales, las librerías, el Obelisco.
La pregunta más frecuente que recibía era: “¿Buenos Aires está igual o
cambió?”. Y yo pensaba que si bien algunos lugares habían abierto, otros habían
cerrado y otros estaban en venta, la ciudad seguía siendo la misma. Ciertos
rincones podían haber mutado, pero su esencia era la de siempre (tal vez un poco
más loca y estresada que antes). La que se sentía distinta era yo: estaba
estrenando un par de ojos nuevos en la misma ciudad que creía conocer de toda
la vida. Había recuperado mi estatus de residente porteña, pero mi mirada viajera
seguía prendida y la ciudad, esa que había visto tantas veces, se me presentaba
bajo otra óptica.
Buenos Aires, de repente, me pareció un lugar gris, solitario y deprimente.
No entendía por qué las calles estaban tan vacías. ¿Siempre había sido así? Era
lógico que siendo invierno la gente no saliera tanto, ¿pero a nadie se le ocurría
vivir un poco puertas para afuera? ¿A nadie le daba ganas de estar más en las
veredas? ¿Por qué tanta reclusión? El vacío callejero era el mismo de siempre,
pero a mí me parecía exagerado en comparación con Asia, donde la vida
transcurría afuera. Salir a caminar por las calles de Asia era una promesa de
conocer gente, de entablar conversaciones espontáneas, de sacar fotos. Salir a
caminar por Buenos Aires, en cambio, no escondía promesas de nada.
Ese vacío porteño, sin embargo, estaba repleto de contenido, aunque no en
forma de personas, sino de palabras y símbolos. En Asia me había acostumbrado
a no entender ningún cartel y ninguna conversación que no fuera en inglés. Las
palabras en otros idiomas eran sonidos que podían resultarme lindos o feos pero
que no me decían nada. Leía los carteles porque me era imposible apagar la
vista, pero no los llenaba con ningún significado más que el sugerido por mi
imaginación. Durante casi un año y medio me acostumbré a no entender el
lenguaje escrito y eso me hizo tener menos información que procesar. Cuando
volví a Buenos Aires, en cambio, todas las palabras de todos los carteles
volvieron a tener sentido. Eso hizo que mi cerebro se reactivara y volviera a ser
capaz de comprender cada combinación de letras que veía. Esa sobreoferta de
información me abrumó. Mi cabeza, de repente, no podía filtrar: todo lo que leía
y escuchaba, lo procesaba. Era como una esponja que absorbía todos los
estímulos que me rodeaban. Me descubría escuchando —involuntariamente—
charlas en el colectivo, conversaciones de celular y diálogos entre vecinos como
una voyeur cualquiera.
Eso de que la palabra hablada y escrita volviese a tener sentido era algo que
no había experimentado nunca. Aquello me demostró que cuando viajé por Asia
utilicé sentidos y habilidades que en Buenos Aires jamás se habían activado. Mi
mente se había concentrado en lo no verbal y se había dedicado a interpretar
gestos, miradas, movimientos, tonos y sonrisas. En Argentina, en cambio, lo
verbal volvía a ser primordial. Mi cabeza, concluí, se comportaba de manera
muy distinta según el lugar del mundo en el que estuviera.
Y así, sin darme cuenta, los días comenzaron a acelerarse y volví a
sumergirme en la velocidad de la ciudad. Iba, venía, observaba, conversaba, me
reunía, caminaba, escribía, visitaba, me reencontraba. La tristeza de haber vuelto
comenzó a ser reemplazada por una euforia inexplicable: ese regreso sirvió para
que me amigara con Buenos Aires y para que la aceptara como un lugar
importante en mi vida. Menos de tres meses después, volví a viajar. No estaba en
mis planes, pero de repente todos los caminos parecían conducir a un continente
que conocía y desconocía: Europa. Así que me dejé llevar.
Tercera parte: Piñata
(popurrí de días de viaje por
Europa, África y América Latina)
Lotería
(días familiares)
La bauticé así en la Rambla del Raval. Había salido a caminar con mi amigo
Xavi, catalán, por el Raval (el barrio más multiétnico de Barcelona) y nos
habíamos sentado en un banco a descansar. Se nos acercó un chico, catalán
también, a pedirnos tabaco. Mi amigo le convidó del suyo —ahí todos andan con
su paquetito de tabaco para armar— y el catalán me preguntó hacía cuánto
estaba viviendo en Barcelona. Cuando le dije que estaba de paso por dos
semanas, me advirtió: “Si te quedas más de un mes no vas a poder dejarla nunca
más: la ciudad se va a convertir en tu Carcelona”. Cuánta razón que tuvo. Lo
mío con Barcelona fue como los mejores romances: inesperado, intenso y a
primera vista. No tenía planeado conocerla —así como tampoco tenía planeado
viajar a España—, pero me dejé llevar y pasó: me enamoré de una ciudad de la
que no sabía más que el nombre.
Nuestra historia empezó en diciembre de 2011. Estaba en Calella, una ciudad
catalana a 58 kilómetros de Barcelona, pasando días tranquilos con Dafne, mi
hermana. Estábamos felices de estar ahí: no crecimos juntas, así que esa era la
primera vez que nos encontrábamos en otro país y la primera vez que mirábamos
el Mediterráneo de frente. Una mañana, dos semanas antes de Año Nuevo, se me
ocurrió ir a Barcelona. Me habían hablado tanto de ella que sentía que no podía
no conocerla. “Después de Barcelona ya no te gusta más nada”, “Barcelona es
mi lugar en el mundo”, “Barcelona es una de las ciudades más lindas de
Europa”, había escuchado decir por ahí. Así que Dafne y yo nos subimos al tren,
ese medio de transporte que quedó tan ligado a mis recuerdos de España, y
viajamos bordeando el mar. Una hora después aparecimos en la estación Plaça
Catalunya, en el corazón subterráneo de Barcelona.
Hay algo de llegar a una ciudad desconocida en metro que me encanta: tal
vez sea eso de no saber qué me espera afuera de la estación, un piso más arriba,
eso de no haber tenido ninguna vista previa, ningún adelanto del lugar. Dafne y
yo estábamos en el primer subsuelo de Barcelona, en su playa de
estacionamiento, y nuestra puerta de entrada iba a ser una escalera mecánica. Mi
primera impresión no sería desde el cielo ni desde la ventana de un bus, sino
desde una escalera que iría emergiendo de a poco a la superficie. Subí con el
cuello estirado hacia atrás y ni siquiera tuve que terminar el recorrido para saber
que ya me había enamorado. Con sólo ver el color de sus fachadas, su sol de
invierno, sus terminaciones onduladas y su arte supe que había encontrado a mi
media ciudad. Ni tuvimos que hablar: Barcelona me miró y sentí que era ella a la
que había estado buscando todo ese tiempo. Era ella la que me había incitado a
viajar: todos mis caminos terminaban ahí, en una ciudad europea frente al mar.
Pasamos el día caminando y volvimos a Calella cuando se hizo de noche.
Unos días después, la noche del 31 de diciembre, volvimos a tomar el tren a
Barcelona. Faltaban pocos minutos para las doce y nosotras íbamos sin plan y
sin rumbo: nuestro único objetivo era dejarnos llevar por la ciudad, celebrar Año
Nuevo como a Barcelona le pareciera. Emergimos otra vez en Plaça Catalunya, y
nos sumamos a la marea de gente que caminaba hacia el mar. Era difícil
encontrar una calle que no estuviese repleta, un espacio vacío: si bien era
invierno, todos estaban festejando afuera. Como no teníamos mapa ni mucho
sentido de la ubicación, decidimos dejar que la ciudad nos guiara.
Caminamos —supe después— de Plaça Catalunya al puerto, del puerto a la
Barceloneta, de la Barceloneta al Barrio Gótico, del Barrio Gótico al Raval. Esa
Barcelona que celebraba el nuevo año parecía un circo repleto de personajes que
nos distraían en cada esquina. Nosotras íbamos tan en sintonía con la ciudad que
a cada paso se nos sumaba un nuevo integrante y nos acompañaba en parte del
trayecto. Yo sentía que había un director detrás de escena que nos iba mandando,
por turnos, personajes típicos de la ciudad: “A ver, tú, el marroquí, ¡sal ahora y
pregúntales algo!”, “Tú, estudiante de intercambio, espera unos minutos e
intercéptalas cuando estén en el puerto”, “Pakistaní, ofréceles una cerveza en
3… 2… 1….”, “Ustedes, los de la casa okupa, invítenlas a una fiesta”.
Así fue como miramos los fuegos artificiales desde el puerto con un grupo de
marroquíes que intentaron seducirnos en árabe, caminamos sin rumbo con dos
estudiantes de intercambio (un italiano y un japonés-brasilero), esquivamos a los
pakistaníes que constantemente se nos acercaban para intentar vendernos latas de
cerveza, nos unimos a las canciones que cantaban grupos de amigos mientras
caminaban, compartimos un kebab en un puesto de comida rápida, llegamos a
una fiesta en una casa okupa y bailamos hasta las seis de la mañana entre
paredes llenas de murales y gente con pelucas de colores.
Dos días después Dafne se volvió a Buenos Aires y yo me quedé en
Barcelona sin ella. No estaba en mis planes, pensaba seguir camino por España,
pero la ciudad me retuvo y terminé viviendo dos meses ahí. Nadie es capaz de
planear un enamoramiento: si ocurre y todo indica que el momento es adecuado,
no veo razones para huir. Así que decidí apostar por ese sentimiento y me quedé
hasta que algo me dijo que tenía que seguir camino. Durante esos sesenta días no
hubo uno en el que no practicara una de mis actividades preferidas: caminar.
Creo que las ciudades —y el mundo en general— se conocen mejor a pie.
Caminar nos permite desacelerar nuestro ritmo interno, frenar donde queramos,
observar detalles, escuchar conversaciones, entablar vínculos con la gente, sentir
los ruidos, absorber la atmósfera. Caminar, para mí, es casi como meditar, es
fluir con el mundo y con todo lo que pasa a mi alrededor y es la mejor manera
que encontré de sentirle el pulso a una ciudad.
Lo que más me llamó la atención de Barcelona, esa amante a la que iba
conociendo paso a paso, fueron sus palabras. La ciudad vivía en un diálogo
constante consigo misma, se la pasaba hablando a través de cada uno de sus
habitantes. Cada vez que escuchaba fragmentos de conversaciones, que alguien
me hablaba en la calle, que leía los mensajes pintados en las paredes o las
banderas colgadas en los balcones, sentía que todo formaba parte de una misma
obra colectiva, de un cadáver exquisito en el que participaba toda la ciudad y que
se iba construyendo a cada momento. Sentía que los diálogos empezaban por el
medio, que todos eran participantes de un juego, de una misma conversación en
la que los interlocutores rotaban, como si cada cual hubiese llegado a la charla
en un momento distinto.
Ninguna de las personas que conocí en Barcelona me hizo las preguntas
típicas: no hablamos acerca de qué había hecho ayer ni de qué haría mañana.
Aparecía un desconocido y en vez de decirme hola me decía que Barcelona iba a
ser mi cárcel y que nunca más iba a poder huir de ella; aparecía otro y me
hablaba acerca de esa necesidad que tenemos todos los seres humanos de
abrirnos y de conectar con las personas; aparecía otro y me hablaba de lo que
soñaba para su vida y de cómo quería alejarse de ciertos estereotipos; aparecía
otro y me decía que los argentinos pensábamos demasiado; aparecía otro y
proponía el juego como vínculo; aparecía otro y me hablaba de poesía, de
música, de cine, de escritura, de viajes. Compartíamos un rato de charla y
después cada cual se iba por su lado y encontraba a otra persona con la que
seguir esa conversación interminable.
Fue difícil que un lugar así no me hipnotizara. Durante aquellas semanas me
sentí como en París. No conozco París, pero las películas me hacen pensar que
existe una sensación de estar en París —con toda la bohemia, el romanticismo y
la vida nocturna que eso implica—, y eso era lo que sentía en Barcelona. Era mi
París. Era mi amor de película. Todo lo que me ocurría era poesía. Cada
sentimiento me parecía drama y literatura a la vez. Mi escritura brotaba en todas
las direcciones. Barcelona, por el solo hecho de existir, me [Link] en la
parte de atrás de una moto, recorriendo las calles de una ciudad europea de
noche mientras hablaba de cine y literatura, me parecía lo más bohemio que
podía pasarme en la vida. Observaba Barcelona desde el asiento trasero y
pensaba en las ciudades como casas:
La casa es el lugar más íntimo de una persona, uno de los espacios que
más hablan acerca del modo de ser de un sujeto. La casa es el lugar que
preparamos para refugiarnos del mundo, nuestra guarida ante la realidad,
ese espacio en el que nos sentimos cómodos. Ver el interior de la casa de
alguien es como ver el interior de esa persona. Qué colores le gustan. Cómo
los combina. Si le gustan los colores. Qué objetos tiene. Cuántos. Qué
relación tiene con ellos. Cómo ocupa los espacios vacíos. Cómo ordena los
muebles. Si utiliza el baño de baño y la cocina de cocina o tal vez el baño de
escritorio y la cocina de depósito. Si rompe con las reglas y con los
esquemas o si los sigue. Si tiene estilo propio o copia el de otro. Si fue
tomando algo de cada estilo y creó algo nuevo. Si es minimalista,
supersticioso, espiritual, despojado, barroco. Los objetos hablan de sus
dueños. Las casas y las ciudades también. Una ciudad, entonces, es como la
casa de una sociedad, es un lugar que refleja el modo de ser de todo un
grupo humano, aunque vaya mutando constantemente.
Barcelona era la casa que había construido en algún sueño y que ahora quería
habitar. Así que durante los sesenta días que viví en ella llené cada rincón de
historias, como quien completa un álbum de figuritas. Cada esquina pasó a tener
un recuerdo. Cambié el nombre de las calles por el de las personas con quienes
las caminé. Armé un mapa de diálogos, detalles y sensaciones. Empecé a
entender lo que significaba vivir en un lugar que sentía propio pero que no era el
mío. Sentí que Barcelona era el primer lugar, además de Buenos Aires, que
habitaba de verdad. Tuve días muertos, en los que no me salía escribir ni viajar,
y aprendí a aceptarlos como parte de los viajes largos y de la vida.
Tiempo después, durante un reencuentro con Barcelona, escribí en uno de
mis cuadernos:
Para decir que hemos habitado un lugar tenemos que haber sentido en él.
Las ciudades que nos recuerdan historias son las que más nos marcan, los
lugares que forman parte de mí son aquellos en los que sufrí y fui feliz. Ese
es el secreto de las ciudades oníricas: si aparecen como parte importante de
mis sueños o de mis recuerdos es porque fueron más que un mero escenario.
Fue ahí, en Barcelona, donde me hicieron la misma pregunta por vez número
mil: “¿Y cómo hacés con el amor?”. Esa parecía ser una de las mayores
preocupaciones que tenía la gente al conocer mi estilo de vida. La pregunta
aparecía siempre, después de las clásicas: “¿Cómo te financiás una vida así?
¿Trabajás durante tus viajes? ¿Cuando tengas hijos qué vas a hacer?”. La
cuestión que los desvelaba era saber cómo lograba (si es que lograba) combinar
una vida nómada con la vida de pareja. ¿Planeaba ser una viajera soltera para
siempre o, al contrario, me gustaba la idea de tener un amor en cada puerto?
¿Dejaría de viajar cuando quisiera formar familia o me resignaría a no tener
hijos ni un vínculo estable? ¿Vivir viajando era sinónimo de estar sola para
siempre?
Cuando empecé a viajar, muchos me aseguraron que el día que quisiera
formar pareja iba a tener que frenar y establecerme en un lugar. Al igual que me
habían dicho de los viajes (“no se puede vivir viajando”) y de la escritura (“no se
puede vivir de la escritura”), las frases de cabecera con respecto al amor eran:
“Así nunca vas a poder tener pareja” y “olvidáte de formar familia”. ¿Por qué les
preocupaba tanto algo que, al fin y al cabo, era mi elección? ¿Y si no quería
tener familia, qué? ¿Y si quería estar sola, qué? ¿Estaba mal? ¿Acaso no era más
valioso apostar por mí misma, por un estilo de vida que me hacía feliz? Pero
vivimos en un mundo en el que el amor es central, así que esas preocupaciones,
además de predecibles, me parecían lógicas.
Nunca soñé con casarme pero siempre quise tener hijos. Cuando empecé a
viajar sentí que, tal vez, lo que me decían era cierto: tarde o temprano iba a tener
que elegir los viajes o el amor, un estilo de vida nómade o una familia
sedentaria. Me fui de Argentina resignada: como dejar de viajar no era una
opción, concluí que tendría que aprender a conformarme con ser una viajera
solitaria, vivir historias de amor efímeras y no formar familia. Pero a medida que
viajaba, esa idea comenzó a sonarme tan ridícula como la afirmación de que para
tener un trabajo de verdad tenía que estar en un lugar fijo.
A lo largo de mis viajes tuve historias de amor: algunas grandes, otras
chiquitas, historias como las de cualquier ser humano con sentimientos, porque
ser viajera no implica no enamorarse. Tuve amores que no pudieron ser porque
yo quería seguir viajando y ellos preferían una vida sin traslados. Tuve una
relación a distancia que se derrumbó por los kilómetros y las diferencias de
proyectos. Tuve historias que me rompieron el corazón y otras que me ayudaron
a crecer. Sentí tristeza y felicidad como cualquier persona. Cada vez que dije
chau y seguí mi camino sentí que, pasara lo que pasara, tener la ruta por delante
siempre me ayudaría a seguir. Cada historia que fallaba era la promesa de un
nuevo destino y nunca me importó estar sola porque sabía que siempre habría
mundo a la espera de ser viajado. Y si bien mis amores de viaje no perduraron,
quedarme en un lugar fijo no era la solución.
Lo bueno de dedicarse a lo que uno ama es que empieza a atraer a otras
personas que también hacen lo que aman. Así que cuanto más viajaba, más
viajeros conocía. Cuanto más escribía en mi blog, más mails de viajeros (activos,
potenciales) recibía. Al meterme en este estilo de vida me di cuenta de que en el
mundo hay muchísima gente que viaja y de que hay viajeros de todo tipo: los
que van solos, en pareja, en familia, con sus padres, con sus hermanos, con sus
primos, con amigos; los que van a dedo, en casa rodante, a pie, en barco, en
combi, en bus; los que viajan con proyectos solidarios a cuestas, con arte, con
oficios, con vocaciones de todo tipo. Me di cuenta de que somos muchos los que
compartimos el viaje como estilo de vida, más allá de que nuestros trabajos y
pensamientos sean distintos. Y gracias a todos los viajeros que conocí en la ruta
aprendí que viajar de a dos también es posible —siempre y cuando ambos
compartan el viajar como proyecto de vida— y que la pareja no es un freno sino
un incentivo para seguir camino. De todos los que me crucé, los que más me
inspiraron fueron los que iban en familia: gracias a ellos aprendí que también se
puede viajar con hijos, que existen métodos de educación alternativa y que los
niños tampoco son un freno para cumplir nuestros sueños. Así como en el
mundo existen miles de modos de vivir, también existen miles de modos de
viajar.
Gracias a que me fui de Buenos Aires, gracias a las historias que viví en el
camino y gracias a los viajeros que conocí aprendí algo valioso: eso de “los
viajes o el amor” es algo tan ficticio como el “viajás o trabajás”. Es otra excusa
más para no animarse a salir, para quedarse en la comodidad de un modo de vida
que ya está consolidado pero que no por eso es el único o el correcto. Así que,
cuando por fin entendí que podía tener ambas cosas, pude responder a esa
pregunta que tanto me hacía(n).
Despedidas
Viajar como estilo de vida también tiene su lado oscuro. O más que oscuro,
triste. Durante estos cinco años me hice amigos muy especiales en distintas
partes del mundo y tuve que aceptar que tal vez no volveré a verlos. Llegué a
pueblos y ciudades en los que deseé quedarme para siempre y tuve que aceptar
que quizá no volveré a pisarlos. Cada vez que me voy de algún sitio que me
gusta o me despido de alguien que quiero, un pedacito mío se queda ahí, en ese
lugar y con esa persona. Y a veces me pregunto: ¿y si de tanto dejar pedacitos de
alma termino perdiéndola por completo? En esos momentos, viajar me parece
una de las cosas más difíciles del mundo.
Viajando tuve que aprender a enfrentarme a algo tan doloroso como
inevitable: las despedidas. Al viajar logro conectar más con las personas que
conozco en el camino y me siento mucho más yo que estando quieta: eso me
ayuda a formar vínculos fuertes más rápido. En Barcelona me empezó a pesar,
como hacía tiempo no me pesaba, lo de tener que separarme de esas personas
que habían generado cambios profundos en mi vida. En esa ciudad sentí que no
iba a poder tolerarlo más, que eso sería lo que me haría dejar de viajar. Así que
no me quedó otra que cambiar la manera de ver las cosas.
Asumí que si uno quiere vivir viajando tiene que aceptar que el movimiento
siempre será parte de la rutina. Asumí que ser viajero implica establecer
relaciones (algunas más profundas que otras), aprender algo de cada vínculo,
saber despedirse y ser capaz de guardar cada momento como un buen recuerdo.
La vida misma está llena de despedidas, la única diferencia es que al viajar
ocurren con mucha más frecuencia. Y lo bueno de ser viajero es que las
despedidas son un reencuentro en potencia.
Me costó aceptarlo, pero cambiar la perspectiva me ayudó a fortalecerme y a
soportar tantas separaciones. Y fueron Barcelona y todas las personas que conocí
ahí las que me dieron esta certeza: no tenía que evitar conectar con alguien por
temor a perderlo después, tenía que estar dispuesta a poner el alma en cada
nuevo vínculo, sabiendo que ese pedacito mío quedaría en buenas manos.
Despedirme de Barcelona no fue fácil, pero si quería seguir viajando tenía que
aprender a decirle hasta pronto. Así que dos meses después de haberla conocido,
seguí camino hacia el sur de España y Marruecos.
Reencuentros
Volví a Barcelona tres veces. Una, después de mi viaje de dos meses por
Marruecos. Otra, después de mi escapada de cinco días a Laponia. Y otra, ocho
meses después, con un regreso a Argentina de por medio.
Mi primer regreso fue raro. Volver a Barcelona fue como volver a casa.
¿Cómo lo supe? Porque todo me parecía gris. Había pasado casi dos meses en
Marruecos, un país a puro color y, en contraste, Barcelona me parecía tan gris
como Buenos Aires. Igual que cuando había vuelto de Asia a Argentina, las
calles me parecían vacías y sentía que nadie me miraba. El colectivo que me
llevó del aeropuerto a lo de mis amigos era demasiado predecible. No tenía que
regatear ningún precio. Nadie se subió a venderme nada. No había cabras
metidas en el baúl. Todo funcionaba bien. Demasiado bien. Y afuera había una
llovizna que no se terminaba de decidir: “¡Convertite en lluvia y listo!”. Pero no,
la llovizna quería ser llovizna y cubrir todo de melancolía.
Pasé un mes en la ciudad y, de a poco, volví a recorrerla como si fuese la
primera vez. Fue un reencuentro de amantes en el que nos recordamos y nos
redescubrimos, aunque fue imposible no sentir que todo era conocido. Yo la
caminaba y ella me hablaba a través de cada pared y de cada persona, con ansias
de reconquistarme del todo. Una noche, mientras bailaba música pop ochentosa
en un antro de la Plaza Real con mis amigas, me pareció ver al chico Carcelona.
Dispuesta a equivocarme y quedar como una loca me acerqué y le dije: “Creo
que te conozco, una vez le pediste tabaco a un amigo mío en la Rambla del
Raval y me dijiste que esta ciudad iba a convertirse en mi Carcelona”. Era él.
“Sólo quería decirte que tenías razón”.
Unos días después fui a la casa de un amigo y la ciudad volvió a mandarme
una señal. En una silla había un periódico de hacía más de un año y en la tapa
decía, en letras grandes, Carcelona. De fondo había un dibujo de un corazón
roto, y en el artículo el autor reflexionaba por qué amaba y odiaba Barcelona con
la misma intensidad. Un tiempo después, en una de mis tantas caminatas, lo vi:
un naipe. Hacía bastante que no encontraba uno. En la única ciudad de Europa
en la que había visto uno había sido en Madrid. El de Barcelona era un ocho de
trébol, carta que, según las lecturas poco fiables de internet, tenía que ver con los
celos. La que estaba celosa, me di cuenta después, era Buenos Aires. Celosa de
mi romance con Barcelona, me tentó con su canto de sirena y sus promesas. Y
así de fácil me volví a Argentina, aunque con el plan de algún día establecerme
en un pueblito catalán frente al mar, a un tren de distancia de mi Carcelona.
Mi segundo regreso a Barcelona no llegó a ser un regreso. Fue demasiado
breve, algo de una noche. Durante los cinco días que estuve ahí, sin embargo,
sentí que se me oprimía el pecho y se me estrujaba el alma. Era como si la
mezcla de emociones que sentía por estar de vuelta en mi ciudad en el mundo no
me dejase respirar. Ella estaba tan encantadora como siempre, la que estaba en
otra sintonía era yo. Sentía que volver a Barcelona era como reencontrarme con
el amor de mi vida sabiendo que no era el momento de estar juntos. Estar ahí era
familiar y desgarrador. A medida que caminaba por sus calles, los recuerdos
reaparecían como fantasmas. Cada esquina me contaba una historia, cada detalle
escondía un significado, cada calle me recordaba un sentimiento. Entendí por
qué estaba tan atada a Barcelona: porque en ella no solamente había sido feliz,
también había sentido tristeza.
Barcelona fue la primera ciudad que bauticé onírica. Aparecía, en mi cabeza,
mezclada con los recuerdos y con la fantasía. Cada vez que una esquina me
disparaba un recuerdo, me preguntaba: “¿Pero eso fue real? ¿Ocurrió o lo
soñé?”. No sabía cuánto de lo que había vivido diez meses atrás había sido cierto
y cuánto imaginado o deseado. Sentía que durante mi primera visita había estado
envuelta en un enamoramiento tal que, al reencontrarnos, todas aquellas
vivencias me parecían parte de un sueño lejano. Y ahí me di cuenta de lo
parecidos que eran los viajes y los sueños, de lo oníricas que eran mis
experiencias, de esa mezcla de lo real y lo mágico que convivía en mi cabeza y
en el mundo que me rodeaba. Y ahí, durante un viaje en metro, fui capaz de unir
puntos y de empezar a escribir las primeras frases sueltas de este libro.
Horas antes de irme por tercera vez, me reencontré con mi amigo Xavi y nos
sentamos en la Rambla de Catalunya a tomar un té de menta. Cuando le conté
acerca de mi futuro libro, me dijo: “Tienes que escribir acerca de las habilidades
sociales que necesitas como viajero para fluir por el mundo y explicar por qué
para ti hay puertas abiertas donde para otros hay muros, cómo logras que la
gente te lleve, te invite y te cuide…”. No sé si existen “habilidades sociales de
viajeros”, creo que, ante todo, hay que entregarse al lugar, a las personas y a las
circunstancias. Para mí hay puertas abiertas porque yo las veo así y no hay
muros porque intento no construirlos. Para poder fluir por el mundo hay que
caminar con seguridad, creyendo en la bondad del ser humano, y con
precaución, confiando en nuestro instinto e intuición. Y hay que ir, ante todo,
con el alma al aire, por más Alejandro Sanz que suene. Porque si uno no se
muestra como es ante las ciudades y personas que ama, ¿entonces ante quién va
a hacerlo?
Otra realidad
(días coloridos)
Hay algo que ocurre, de vez en cuando, entre el viajero y la ciudad a la que
llega. Existe un momento —a veces efímero, a veces perdurable— en el que el
ritmo vital de ambos —opuesto, distinto, desincronizado— se funde, se combina
en un mismo fluir. El viajero —extraño— pasa a formar parte de esa nueva
realidad —extraña— y se sumerge tanto en lo que sucede a su alrededor que se
convierte en un elemento más del paisaje. Y cuando sucede, el viajero
experimenta eso que tanto ansía cada vez que entra en contacto con una cultura
nueva: la autenticidad.
Todo empezó cuando nos sentamos a descansar en un banco a unas diez
cuadras de la estación de buses de Tetuán y se nos acercó un tal Mohamed para
ofrecernos lo de siempre: alojamiento, comida, tours, kif (cannabis) o todo lo
anterior combinado. Después de una noche en Tánger habíamos decidido seguir
camino, así que nos tomamos el bus local y, una hora después, aparecimos en
una ciudad de la que sabíamos muy poco. La medina de Tetuán había sido
declarada Patrimonio de la Humanidad por su buena conservación y su mezcla
arquitectónica árabe y andaluza pero, a pesar de eso, recibía poco turismo.
Parecía interesante.
Mohamed se nos sentó al lado, nos ofreció galletitas y nos hizo el
cuestionamiento de siempre —“de dónde son, de qué parte de Argentina, hace
cuánto están en Marruecos, primera vez que vienen a Tetuán”—, seguido del
clásico: “Mi abuela tiene una pensión en la medina. Muy limpia, muy barata.
Los llevo. Cien dirhams por los dos”. Le dijimos que si nos la dejaba por
cuarenta dirhams (cuatro euros) cada uno, iríamos, pero dijo que no y nos hizo
una contraoferta: “Si se quedan en lo de mi abuela yo les hago un tour gratis por
la medina”. Repitió varias veces la palabra gratis para convencernos y, como no
teníamos alojamiento reservado y no sabíamos llegar a la medina, decidimos
seguirlo para ver “la pensión de su abuela”. Caminamos cuesta arriba hasta la
Plaza Real, cruzamos uno de los arcos de entrada a la medina y llegamos a una
típica casa árabe-andaluza del año 1600, con balcones en torno a un cuadrado
central. El lugar era limpio, tranquilo y agradable, así que nos quedamos.
Habíamos llegado justo a la hora de almorzar. Nordim (el dueño del lugar, a
quien luego apodaríamos Bravo por su efusividad y su repetición y elongación
de “bravooo” cada vez que hacíamos o decíamos algo) nos invitó a comer. Nos
sentamos en ronda y compartimos una fuente de cous cous de pollo con el resto
de los integrantes de la casa: Canario, un hombre de unos setenta años que había
dedicado su vida a preparar café y que era reconocido por su canto; Fátima, la
mujer y cocinera de la casa; y Jafar, el hijo de Fátima. Durante aquel almuerzo
aprendimos que, en Marruecos, comer es un acto comunitario y una muestra de
hospitalidad. El almuerzo terminó con un ritual que repetiríamos varias veces
durante los siguientes días: una ronda de té de hierbas preparado por Nordim.
A la tarde salimos con Mohamed a recorrer el laberinto blanco: la medina,
esa ciudad dentro de la ciudad. Para dos recién llegados con poca experiencia en
medinas, orientarse era casi imposible. Las calles formaban letras curvas y
sinuosas —eses, ces, jotas— que ayudaban a cualquiera a perderse; dentro del
laberinto había escaleras, arcos, pasadizos, cuadrados centrales, rincones y
recovecos que no aparecían en ningún mapa. Las calles, además de ser muy
angostas, nunca estaban despejadas: había puestos de venta, personas apoyadas
en las paredes, trabajadores sentados en el frente de sus locales, hombres
cortando madera o pintando cuero, mujeres vendiendo frutas, chicos jugando a la
pelota, musulmanes caminando hacia las mezquitas, gatos buscando comida,
gallos sueltos. Las fachadas de las casas estaban pintadas con tonos pasteles y
contrastaban con los colores estridentes de la ropa. La banda sonora era la
música que salía de los puestos, los gritos de los niños que jugaban, las
conversaciones entre vecinas, los anuncios de los vendedores, el llamado a rezar
de las mezquitas. El lugar rebalsaba de estímulos.
Según nos explicó Mohamed, la medina de Tetuán estaba subdividida en
barrios, cada cual con su propia mezquita, su fuente de agua, su madraza
(escuela coránica), su hammam (baño común), su panadería y sus mercados. Los
mercados, a su vez, estaban organizados por rubro y cada uno estaba en un
barrio distinto. Así que recorriendo la medina nos encontramos con el mercado
de cuero, el de productos de cocina, el de animales, el de frutas y verduras, el de
aperitivos y dulces, el de ropa y alfombras, el de especias… La disposición de
los mercados nos sirvió para aprender a orientarnos. Lo que me llamó la atención
fue que el ritmo de las personas parecía estar marcado por la vida callejera y por
el funcionamiento de los mercados. En esa medina sentí un ambiente
comunitario donde todos trabajaban para mantener a esa pequeña sociedad en
pie. Cada cual tenía su oficio y lo realizaba —hacía siglos— en beneficio de la
comunidad.
Cuando el sol empezó a bajar, Mohamed nos llevó cuesta arriba para tener
una vista panorámica de la ciudad. Frenamos cerca del cementerio, en una zona
donde había poca gente, y ahí fue cuando se puso pesado: “Amigos, ya que perdí
tres horas con ustedes, denme diez euros cada uno”. Como habíamos quedado en
que el paseo por la medina era gratis, la actitud nos molestó. Le dijimos que no y
seguimos caminando, tratando de alejarnos de él. Nos siguió: “Ya veo lo que
quieren hacer... Si no me dan nada los dejo acá, esta zona es peligrosa y ustedes
no saben cómo volver a la medina. Denme diez euros cada uno, yo les doy buen
hash a cambio”. Volvimos a decirle que no íbamos a darle nada y seguimos
caminando cuesta abajo. Pero no se rindió. Nos presionó tanto que le dimos
cinco euros entre los dos para que se fuera. Su presencia se había convertido en
algo desagradable e incómodo, y aquel suceso había empañado el día.
Pero los viajes siempre logran su equilibrio, y todo lo que ocurrió los días
siguientes borró el mal momento. Durante los tres días que pasamos en Tetuán
estuvimos más tiempo en la posada que recorriendo la medina. La culpa la tuvo
Nordim, que nos esperaba a toda hora con sus tés de hierbas, su sonrisa y sus
historias. Nos dio clases de homeopatía, su especialidad, y nos enseñó las
propiedades curativas de las ocho plantas con las que preparaba su té. Nos invitó
a comer tajine y cous cous con él, Fátima, Canario y Jafar, del mismo plato,
“como hermanos”. Nos transmitió enseñanzas acerca de la vida con frases como:
“Mi tierra es donde me siento bien”, “sin esperanza la vida será corta” y “si no
tienes nada que dar al pobre, dale una sonrisa”. Nos demostró lo arraigado que
estaba en su cultura la hospitalidad y el compartir (ya sea con la familia o con
extraños). Nos mostró fotos de su país y nos pidió ver imágenes de nuestros
viajes. Nos sorprendió con su conocimiento de varios idiomas (muchos de los
marroquíes que conocí hablaban árabe, español, francés e inglés) y de otras
culturas. Nos enseñó palabras y expresiones en árabe. Nos festejó todo lo que
decíamos con una sonrisa y un “¡bravooo!”. Me apodó Reina Ani y, cada vez que
tomamos un té, brindamos con un: “¡Larga vida a la Reina! ¡Bravooo!”.
Durante nuestra breve estadía en su casa, Nordim nos dio la bienvenida a su
mundo, uno muy distinto a cualquiera que hubiese conocido antes. Mirando
hacia atrás entiendo que caímos, de la nada, a una ciudad que tiene una misma
realidad hace siglos, a un lugar donde la vida incluye tés de hierba, platos que se
comen con la mano y entre todos, pipas que se fuman en cada esquina, mercados
que se arman y se desarman todos los días y Mohameds que buscan ganarse la
vida como sea. Y si aquel Mohamed me hizo preguntarme hasta qué punto
confiar en los marroquíes, Nordim me demostró que para muchas personas el
intercambio más ansiado con el viajero no es el monetario sino el humano, el de
la experiencia, el de la transmisión de conocimientos. Así como el viajero busca
entrar en contacto con la cultura a la que llega, el local también busca hacerlo
con el que viene de lejos. No siempre ocurre, pero cuando ambos mundos se
conectan de manera sincera, nace lo auténtico. Y yo, personalmente, no puedo
pedir nada más.
Viajar
(días acelerados)
Nómada:
1. Que va de un lugar a otro sin establecer una residencia fija
2. Que está en constante viaje o desplazamiento
Cuando lo conocí, Mohamed tenía veintidós años y vivía en Merzouga, un
pueblo en la entrada del desierto, en una casa de adobe construida por su familia.
Vestía un djellaba azul que le había hecho su abuela —y que había pertenecido a
su papá—, usaba un turbante —a veces negro, a veces azul, a veces blanco— de
siete metros de largo y hablaba castellano perfecto. Tan perfecto, que si se le
hubiese ocurrido decirme que en realidad era un español vestido de marroquí, le
hubiese creído. Pero no, Moha era bereber (una etnia autóctona del Magreb) y
había nacido en Erg Chebbi, uno de los erg (región arenosa) del Sahara en
Marruecos, una zona de dunas que ocupa veintidós kilómetros de norte a sur y
cinco kilómetros de este a oeste. Moha nació en el desierto y vivió como nómada
hasta los diez años, cuando su familia —madre, padre, abuela y dos hermanas—
decidió vender sus cien dromedarios y establecerse en Merzouga, sobre la tierra
marrón, a pocos metros de las montañas de arena que fueron de hogar durante la
infancia.
Moha trabaja con turistas desde los catorce años. Y es que Erg Chebbi es una
de las regiones más visitadas del país, y en Merzouga y Hassi Labiad —los dos
pueblitos más cercanos, donde están los lugares para alojarse— casi todos viven
de eso. En aquel entonces, Moha trabajaba en un albergue y tenía a su cargo el
cuidado de tres dromedarios. Cuando algún viajero quería aventurarse a las
dunas, él hacía de guía: no había sector del desierto que no conociera. Además
de bereber, árabe y español, hablaba francés e inglés y algunas palabras de
japonés, alemán e italiano. Mientras vivió en el desierto no fue a la escuela: todo
lo que necesitaba saber para sobrevivir se lo enseñaron en su casa. De niño
aprendió a cuidar a los dromedarios y a las cabras, aprendió dónde encontrar
agua, aprendió a orientarse mirando las formas de las dunas, aprendió todas las
constelaciones que se ven en el cielo, aprendió a predecir tormentas de arena y a
sobrevivir a ellas, aprendió a tocar los tambores y a hacer música. Luego, cuando
su familia dejó de ser nómada y se estableció en un lugar definitivo, fue cuatro
años al colegio, pero sintió que no le enseñaban nada y lo dejó.
Todos los idiomas los aprendió gracias a los turistas. No usó libros ni
audioguías: el contacto humano fue su mejor escuela. “Tú no sabes las ganas que
tenía de aprender español. Es un idioma que me gusta muchísimo. Cada vez que
conocía a alguien que hablara le pedía que me enseñara palabras y las
recordaba”, me contaba mientras yo sentía admiración por su facilidad. Empezó
a aprender español a los catorce y su memoria infalible lo ayudó mucho. Cada
vez que él me enseñaba una palabra en bereber —como por ejemplo tafuid, que
significa sol, o itran, que significa estrellas—, yo la escribía en mi cuaderno y
me la olvidaba a los pocos minutos. Cada vez que yo le enseñaba una palabra en
español, él la guardaba en su cabeza y la utilizaba pocos minutos después.
Andi (mi compañero de viaje por Marruecos) y yo pasamos once noches en
Merzouga y Hassi Labiad, dos de ellas en casa de Moha. Y por casa me refiero al
desierto. Él estaba feliz de ser nuestro guía: “Yo prefiero dormir en el desierto
que quedarme en el pueblo”, me dijo un domingo, mientras preparaba los
dromedarios para salir por la tarde. Partimos a las tres y media, cuando el sol
estaba alto y las dunas, a lo lejos, todavía se veían amarillas. Éramos seis: dos
viajeros eslovenos, Moha, otro Moha —el guía de los eslovenos, un bereber de
dieciocho años—, Andi y yo. Nos subimos uno a cada dromedario —que, a
diferencia del camello, solamente tiene una joroba y es oriundo del norte de
África — y formamos dos caravanas.
Durante dos horas los dromedarios caminaron despacio, como es regla en el
desierto. Mientras sus patas se hundían en la suavidad de la arena, me dedicaba a
leer todo lo que aparecía escrito en ella. Con observarla era posible saber quién
había estado antes por ahí: las huellas de zapatos con suelas enrevesadas
indicaban que un grupo de turistas había pasado caminando, las marcas de
llantas gritaban que una 4x4 había hecho su recorrido por esa zona, las patitas
pequeñas eran de los zorros del desierto y las rayitas las dejaban los escarabajos.
Nuestros guías caminaron siguiendo las huellas redondas de dromedarios que ya
habían marcado el sendero.
Unas horas después llegamos a un oasis, sin agua pero con vegetación,
refugiado entre las dunas. Ahí nos esperaban las jaimas (las carpas típicas de los
nómadas, construidas con maderas y telas) que serían nuestro hogar durante dos
noches. Aprovechamos los últimos minutos de luz, esos en los que las dunas
mutan de amarillo a naranja a rojo en pocos instantes, para sacar fotos y mirar el
atardecer en la inmensidad del desierto. A esa hora, por la posición del sol, el
desierto se convierte en una sábana arrugada, con pliegues y claroscuros, y uno
se da cuenta de que está en medio de uno de los paisajes más irreales del planeta.
Una montaña de arena de 150 metros de altura no es algo que se vea todos los
días. Cuando se hizo de noche repetimos el ritual más extendido de Marruecos:
tomamos el té (al que los marroquíes llaman con orgullo whisky bereber, si bien
no contiene alcohol). Después compartimos un tajine de verduras y nos
acostamos boca arriba en colchones a la intemperie a mirar, durante horas, la
televisión bereber: las estrellas.
El cielo nocturno del desierto es envolvente. No es que uno está abajo y el
cielo arriba. No: el horizonte está tan repleto de estrellas que el cielo también
está a los costados, como un domo que cubre la tierra. Nunca me sentí tan ínfima
como en ese colchón en medio de la arena. Mientras observaba las miles —
porque en el desierto son miles— de estrellas sentí que por primera vez estaba
mirando al universo cara a cara. Esas estrellas —las fugaces, las rojas, las más
brillantes, las más débiles, las que formaban cruces y carretas— me estaban
diciendo: “Acá afuera hay mucho más, el mundo no termina en la Tierra”. En la
Tierra, más que terminar, el universo recién empieza.
Nos quedamos horas ahí. El silencio era tan espeso que llegué a preguntarme
si me había quedado sorda. No había viento pero el frío nos atravesaba la ropa,
así que en algún momento de la noche tuvimos que refugiarnos en las jaimas.
Nunca supe a qué hora me fui a dormir, pero tampoco me importó mucho. En el
desierto, los relojes y los calendarios no tienen demasiada utilidad. Ahí el tiempo
adquiere otra consistencia y el reloj que se obedece es el interno.
Al día siguiente dejamos mochilas y dromedarios en las jaimas y nos fuimos
caminando a conocer otro sector: la hamada o desierto negro, un paisaje
pedregoso, árido, polvoriento, con muchas rocas y sin arena (se calcula que el
setenta por ciento del Sahara está conformado por hamadas). En verano, me
explicó Moha, esas zonas pueden alcanzar temperaturas de hasta sesenta grados
centígrados: son lo más cercano al infierno en la Tierra. En el desierto negro de
Marruecos viven varias familias nómadas y Moha, alguna vez, también vivió
ahí.
“La vida en el desierto es muy dura pero muy feliz”, nos aseguró mientras
descansábamos bajo la sombra de un árbol y compartíamos otro té. “Aquí no hay
prisa, vivimos tranquilos, sin problemas en la cabeza, sin estrés. Nos saludamos
unos a otros. Cuando comemos sentimos qué comemos, no pensamos en otras
cosas. Aquí el que quiere trabaja y el que no, no”, nos explicó. Sin embargo, la
concepción de trabajo en el desierto es distinta a la de la ciudad. Ahí, aunque
Moha nos dijera que no, todos trabajan, lo que pasa es que el objetivo es otro:
adaptarse a un medio hostil y sobrevivir día a día con pocos recursos. En el
desierto todo ocurre ahora, sólo importa el hoy.
Moha nos contó acerca de su infancia nómada. Él y su familia se quedaban
varias semanas —a veces meses, pero nunca años— en el mismo sitio, en oasis o
llanuras donde hubiese agua y comida para los animales. Hubo épocas en las que
solamente tenían dátiles, leche de dromedario y pan, no había verduras, carnes,
ni té. Las mujeres caminaban cinco kilómetros todos los días en busca de agua,
los niños cuidaban a los animales (un trabajo no menor, ya que una familia
puede llegar a tener doscientos dromedarios, trescientas cabras y varias ovejas y
burros) y los hombres recolectaban la madera. Cuando el lugar ya no tenía
recursos para darles, Moha y su familia desarmaban las jaimas, levantaban
campamento y se iban en caravana hacia otro sector del desierto. “Nunca
estamos tristes ni aburridos”, me aseguró. “Vivimos a otro ritmo”.
Volvimos del desierto negro a las jaimas antes de que se hiciera de noche.
Cenamos cous cous y pasamos —otra vez— horas mirando las estrellas. A la
mañana siguiente vimos el amanecer y regresamos al pueblo en los dromedarios.
Si bien Hassi Labiad y Merzouga son lugares muy tranquilos en comparación
con cualquier gran ciudad, salir de la lentitud y la tranquilidad del desierto y
regresar a “la civilización” implicó volver a la velocidad de los relojes, las
fechas, las computadoras, internet, las redes sociales… Moha, en cambio,
continuó con su vida de siempre: cuidar a los dromedarios, conocer extranjeros,
aprender idiomas, trabajar en el albergue, pasar momentos con su familia y sus
amigos.
Después de las dos noches que pasamos en el desierto nos quedamos otras
siete en Merzouga, ya que nos surgió la posibilidad de trabajar de extras en una
película de Hollywood que se estaba rodando ahí mismo. Cada vez que nos
cruzábamos con Mohamed y le preguntábamos cómo estaba, él nos respondía:
“Muy bien, ¡como siempre!”. Cada vez que nos veía apurados nos recordaba el
lema del desierto: “Despacio, amigos. La prisa mata”. Y esa frase generó algo en
mí, me sacudió, me puso en pausa, me hizo darme cuenta de que la vida no
siempre tiene que ser atravesada con tanta velocidad y urgencia, que la lentitud
también es válida, que ser capaz de vivir al ritmo de la naturaleza, con menos
necesidades, es algo admirable.
Y después de aquellos días en el desierto no pude dejar de pensar en esa
palabra, no pude evitar la comparación. Nómada conoce a nómada. Estamos bajo
la misma entrada del diccionario y somos muy distintos, pero compartimos una
misma esencia: la del movimiento, la de la búsqueda, la de la adaptación. Él
(ellos: los bereberes del desierto, los nómadas) se mueve(n) de un lugar a otro en
busca de alimento, de agua, de refugio, de sombra. Yo (nosotros: los viajeros)
me muevo (nos movemos) de un lugar a otro en busca de paisajes, de historias,
de experiencias, de conocimiento, pero también en busca de comida, de techo, de
hogares. Y yo me muevo, más que nada, en busca de personas. En este
movimiento constante conozco a muchos otros nómadas (viajeros) en el camino,
y a veces tengo tanta suerte que llego a un lugar mágico, como Erg Chebbi, y
también me encuentro con nómadas (pero los del desierto) y aprendo, gracias a
ellos, que no existe una manera de vivir que sea la correcta, sino que todas son
válidas y que la lentitud también es necesaria para ser felices.
Nómada digital
Perdí la cuenta de las veces que me dijeron: “No podés ser nómada, vivimos
en otra época, el ser humano se hizo sedentario hace tiempo”. Cada vez que me
repetían esa supuesta certeza yo pensaba, por ejemplo, en países como
Mongolia, donde un tercio de la población sigue siendo nómada, y me
preguntaba qué diría esa misma gente si un día se le ocurría viajar a Mongolia y
le tocaba vivir unos días con una familia nómada. ¿Le diría, al igual que a mí:
“No podés ser nómada, eso ya pasó de moda”? Probablemente no. Y a veces mi
cuestionamiento iba más lejos y me preguntaba qué pasaría si, por ejemplo, un
mongol de mi edad decidiera volverse sedentario. ¿Le dirían lo mismo que a mí:
“No se puede ser sedentario”?
Elegir los viajes como estilo de vida es algo que para muchos equivale a ser
alguna de estas tres cosas: millonario, vago o loco. Para muchos, vivir viajando
suena tan irreal (y tan caro) que en vez de investigar cómo es posible, prefieren
dedicarse a criticarlo. “Tu vida es muy linda pero seguro que hay un truco por
detrás”, me escribió una vez alguien con desconfianza; “dejá de vender algo que
no existe”, me escribió otro con bronca. Vivir de lo que a uno le gusta genera
polémica (“seguro que le pagan todo”, “seguro que no necesita trabajar”) y si
resulta que lo que a uno le gusta es viajar, peor. Cada vez que me decían “ponete
a trabajar” o “¿vas a seguir de vacaciones mucho más?” o “a ver cuándo volvés
al mundo real”, yo pensaba: si el mundo real consiste en estar dentro de una
oficina ocho horas al día, no poder usar mi tiempo con libertad y trabajar
solamente para ganar un sueldo a fin de mes, prefiero seguir viviendo en mi
mundo de fantasía y trabajar sin horarios por otras cosas además de dinero.
De chica soñaba (y aún sueño) con vivir en una casa rodante y poder dormir
cada noche en un paisaje distinto. También quería ser escritora y trabajar frente a
una ventana con vista al mar (soy más del agua que de la tierra y la playa es el
paisaje que más me inspira). Pero en esa época no existía internet y lo de vivir en
una casa rodante era algo que pasaba en las películas, no en la vida real. La
escritura (creía yo) se hacía en lugares inmóviles y cerrados, y el trabajo era una
actividad que transcurría en un horario delimitado y con el único fin de ganar
dinero. Todo me indicaba que por un lado estaba el trabajo y por otro la
felicidad, por un lado el sacrificio y por otro la vida. Cuando empecé a viajar
cambié varias concepciones que tenía como verdaderas: entendí que era posible
llevar la casa (y el oficio) a cuestas y pude darle otro significado a la palabra
trabajar.
Durante mi época de estudiante, mi “futuro trabajo” era algo que me
preocupaba. Tenía miedo de no servir, de no ser productiva, de no poder ganar
dinero. ¿Cómo iba a hacer para afrontar los enormes gastos que suponía la vida?
¿Cómo iba a hacer para ganar dinero haciendo lo que me gustaba? El mundo
adulto no me resultaba prometedor y no quería entrar en un sistema que parecía
hacer infelices a varios. En mi casa me habían enseñado que tenía que dedicarme
a aquello que más amara y no a lo que me prometiera riquezas, entonces no sabía
cómo haría para sobrevivir (o viajar) en un mundo donde el dinero parecía ser la
clave de la felicidad. A la vez, muchos me hacían creer que si no me amoldaba
terminaría en la calle, muerta de hambre. “Si te tomás un año sabático, cuando
vuelvas ninguna empresa va a querer contratarte, ya va a ser muy tarde para que
te insertes al mercado laboral”, me aseguraban. “Pero yo no quiero que una
empresa me contrate. Yo no quiero insertarme al mercado laboral”, pensaba. Sin
embargo, parecía que no había otra opción.
Recién cuando hice mi primer viaje entendí que recorrer el mundo no era tan
caro como muchos suponían y que trabajar no tenía por qué ser sinónimo de
estar quieto en una oficina. Me fui a conocer América Latina con mis ahorros de
toda la vida: durante esos nueve meses dormí en casas de familia, me alimenté a
base de arroz, me moví en transportes locales, no hice excursiones y logré que
cada dólar ahorrado se convirtiera en más días de viaje. Así descubrí que los
costos de un viaje dependen de lo que cada uno entienda por viajar. Irse de
vacaciones con todo incluido e intentar ver cinco países en dos semanas hace
que viajar sea carísimo y, además, agotador. Vivir viajando, en cambio, es más
barato que vivir en un lugar fijo.
Los grandes gastos del viajero son tres: el alojamiento, la comida y el
transporte, y todos se pueden reducir a lo esencial. Los hostels son una opción de
alojamiento barato, aunque existen muchas maneras de alojarse sin dinero de por
medio: quedarse en casas de familia (couchsurfing), cuidar una casa mientras el
dueño está de vacaciones (housesitting), trabajar en una granja orgánica a
cambio de techo y comida (WWOOFing), acampar. La comida también puede
abaratarse: hay que huir de los restaurantes turísticos e ir a donde come la gente
local o a los supermercados (en Asia, por ejemplo, la comida de los puestos
callejeros es la más barata, la más rica y la más consumida por los asiáticos; en
Europa, donde comer afuera puede ser caro, habrá que comprar los ingredientes
en el supermercado y cocinar en el hostel o en la casa). En cuanto al transporte,
existen aerolíneas de bajo costo, aunque casi siempre es más barato (y más
interesante) ir por tierra o en barco. Hacer autostop, barcostop o carpooling
(compartir coche) son excelentes formas de reducir los costos, conocer gente
local y proteger el medio ambiente (porque es mejor que haya un auto con tres
personas que tres autos con una persona cada uno).
Durante aquel primer viaje, mi trabajo consistió en observar, llenar cuadernos
de textos y escribir artículos para un blog y para revistas. Si bien no me pagaron
por observar (ni por viajar en sí), toda esa investigación de campo me sirvió para
futuras publicaciones. Cuando me fui a Asia abrí un blog y me convertí, sin que
fuese mi objetivo, en bloguera. Si bien la etiqueta no me gusta —prefiero ser una
escritora o fotógrafa o viajera con blog—, tener un blog fue el primer paso para
convertirme en una nómada digital. Con mis herramientas a cuestas (mi
computadora y mi cámara) y la ayuda de internet, logré hacer de cualquier
paisaje mi espacio de trabajo y generar ingresos desde cualquier lugar del
mundo.
No tengo horarios, no tengo jefe (a veces tengo varios, aunque la que dirige
mis tiempos sigo siendo yo), tampoco tengo un salario fijo, pero trabajo frente al
mar, en un café, en una casa, en medio de un bosque o en el lugar que se me
ocurra visitar. “¿Un blog te da de comer?”, me preguntaron con incredulidad.
No, no vivo de mi blog, pero vivo gracias a él. Ese espacio que creé para
compartir información e historias y para practicar mi escritura y mi fotografía se
terminó convirtiendo en mi tarjeta de presentación y fuente de trabajo.
Durante estos cinco años aprendí que es muy común que aquel que vive
viajando combine ese movimiento con algún tipo de proyecto (no sólo con el
objetivo de generar ingresos y poder seguir viajando, sino también para aportar
algo positivo al mundo). Así como yo viajo con el fin de escribir libros y sacar
fotos, hay otros que van por ahí realizando documentales, llevando música o
cine, haciendo shows de magia, produciendo programas de radio, llevando
donaciones, enseñando idiomas, vendiendo sus productos... Todos ellos
utilizaron su creatividad e idearon un trabajo que pudiese ser realizado en
movimiento.
Hay algo de viajar que nos pone muy en contacto con nosotros y que hace
que nuestra misión aflore de manera natural. Y el dinero, más que ayudarnos,
muchas veces nos traba en el descubrimiento de nuestro talento: porque todos
tenemos uno, pero cuando obtenemos dinero a fin de mes por hacer algo que no
nos gusta demasiado pero que nos permite sobrevivir, no nos animamos a dejar
esa supuesta estabilidad para perseguir eso a lo que realmente queremos
dedicarnos. Conocí muchos viajeros que descubrieron sus habilidades cuando se
quedaron sin dinero: al verse en una situación límite (y no querer dejar de viajar
por falta de fondos) fueron capaces de generar algo y seguir camino.
Y viajando aprendí, ante todo, que trabajar es algo que va mucho más allá de
tener un empleo. Nuestro trabajo es eso que hacemos con pasión y amor, es
nuestro talento aplicado a la vida, es ese aporte único y positivo que le damos al
mundo. No tenemos que concebir el trabajo como algo que estamos obligados a
hacer para obtener dinero sino como una misión que surge de nuestro interior y
que es capaz de hacernos felices a nosotros y a quienes nos rodean. No tiene
sentido trabajar sólo por dinero si con nuestro aporte no ayudamos a otros.
Trabajar únicamente por dinero es someterse a un sistema que no se preocupa
por nuestra felicidad sino por su supervivencia, es caer es un círculo vicioso en
el que nos olvidamos de nuestra misión y de nosotros mismos. Do what you love
and the rest will come (“Haz lo que amas y el resto vendrá solo”). Estoy
convencida de que cuando hacemos lo que realmente nos apasiona, el universo
conspira a nuestro favor. Si confiamos en nosotros mismos y apostamos por
nuestras habilidades, el mundo se va a encargar de ayudarnos a seguir nuestro
camino.
Cartas desde Laponia
(días surrealistas)
Me quedé dormida en el avión y creo que nunca me desperté, así que lo más
probable es que te esté escribiendo desde un sueño. Como verás en el
encabezado de esta carta, el sueño en el que estoy inmersa transcurre en un lugar
del mundo conocido como Laponia, en Suecia. Sí, Laponia, como los helados
que comía de chica y como la tierra de Papá Noel (aunque dicen que vive por
encima del Círculo Polar Ártico, en la parte finlandesa). ¿Que qué hago en
Laponia? Eso me pregunto yo. Cuando te empecé a escribir, hace ya casi dos
años, nunca me imaginé que te enviaría noticias desde este destino. Me veía en
China, en India, en Marruecos, hasta en Oceanía, pero nunca en Laponia. Vos
sabés por qué: es un destino inimaginado para una viajera con poco presupuesto
como yo. Y sin embargo acá estoy, protagonizando un sueño. Así que por estos
cinco días serás una especie de cuaderno onírico. Un cuaderno onírico online,
porque sos un diario moderno.
En este momento estoy sentada en la mesa de mi habitación, dentro de una
casita como de cuento, con techo a dos aguas, mucha madera, balconcito blanco
y cortinas de tonos pasteles. Estoy al lado de una ventana y todo lo que veo es la
nieve y el bosque. Tres colores: blanco, marrón y verde. Son las seis de la tarde,
el sol está bajando y le está dando una luz dorada a los árboles y a las casas de
Piteå, el pueblo en el que estoy ahora. Es mágico. Creo que esta luz —a la que
por su calidez los fotógrafos llaman “la hora dorada”— es mi momento preferido
del día. ¿Escuchás eso? Son las gotitas de nieve derretida que caen contra el
marco de la ventana.
Hace poco te conté acerca de mis cinco encuentros con la nieve, ¿te acordás?
Bueno, si tuviera que hacer un Top Seis, Laponia estaría en el primer puesto.
Nunca vi tanta nieve como acá. Además es de verdad, de esa que se nota que es
blandita, de esa que la pisás y te hundís hasta las rodillas. Ya sé que te estarás
preguntando qué ropa traje, si sabés que me fui de Buenos Aires casi sin abrigo y
que no tengo nada que se parezca ni remotamente a la ropa de esquí. Es que soy
una improvisada total y acepté venir a este viaje sin tener la vestimenta
adecuada, sabiendo que de alguna manera lo iba a solucionar. Por suerte Tensi y
Xavi, mis amigos españoles, me prestaron todo lo que necesitaba y me salvaron
de morir congelada, así que si te los cruzás por alguna de esas redes sociales que
frecuentás, agradecéles de mi parte.
Bueno, te cuento: vine a Laponia sueca de blogtrip, invitada por la Secretaría
de Turismo de Suecia. O sea, estoy acá gracias a vos: si no existieras yo no
estaría en esta parte del mundo en este momento de mi vida. Para que tengas una
idea más clara de dónde estoy, dejame que te cuente un poco más. Laponia es
una región geográfica y cultural de Europa del Norte: ocupa unos 388 000 km2,
está atravesada por el Círculo Polar Ártico y dividida entre Noruega, Finlandia,
Suecia y la península de Kola (Rusia). Su nombre correcto es área Sápmi, ya que
la zona está habitada por los sami o pueblo lapón (la población aborigen de
Escandinavia y el único pueblo indígena europeo aún existente). La región de
Laponia que está dentro de las fronteras de Suecia se conoce como la Laponia
sueca, ocupa casi un cuarto del país y tiene una densidad de dos habitantes por
kilómetro cuadrado: es un lugar donde los espacios naturales siguen
prevaleciendo por encima del ser humano. La palabra Laponia de por sí ya
denota misterio, inmensidad, silencio… ¿no?
Es una lástima que no puedas estar acá conmigo. Lo bueno es que como
tengo ganas de contarte todo, me la voy a pasar escribiendo. El paisaje ayuda
muchísimo: ya estoy pensando en quedarme acá una temporada y convertirte en
libro. Tendría que venir en invierno (entre diciembre y febrero), cuando
solamente hay cuatro o cinco horas de luz por día, y aprovechar la falta de
distracciones para recluirme en una cabaña y escribir sin parar. Dicen que en
Suecia hay muchos escritores. Debe ser difícil soportar tantos meses de
oscuridad, ¿no? Por eso los suecos me cuentan que cuando es verano todos se
sienten felices, salen de sus casas, viven al aire libre. Y cuando llega el sol de
medianoche (alrededor de junio) se quedan despiertos toda la noche charlando o
haciendo cosas tan cotidianas como cortar el pasto y jugar al fútbol. Pierden
noción del tiempo. Es que, imagináte: un día entero de sol, veinticuatro horas
seguidas de luz. ¡Como para no perder noción! Me gustaría experimentar algo
así. Me la pasaría escribiéndote sin descanso, mientras el sol estuviera brillando,
así fuesen cinco días seguidos de tecleo.
Perdón, me estoy yendo por las ramas. Es que pasaron tantas cosas en estas
48 horas que no sé por dónde empezar. Dicen que lo mejor es por el principio.
Pero el problema de los sueños es que no son cronológicos, son desordenados,
son irreales. Para que te des una idea: mi primer día en Laponia —ayer—
incluyó trineos en la nieve, perros siberianos, partidos de hockey sobre hielo,
hamburgueserías, salmón, samis, artesanías, hoteles cinco estrellas… Por eso te
digo: irreal.
Ayer, lunes, tomé el vuelo de las siete de la mañana de Girona (Catalunya) a
Skellefteå. En el avión conocí a mis compañeros de viaje: David, un fotógrafo
catalán, Miguel, un fotógrafo madrileño, y Florent, un periodista catalán. Como
casi todos los asientos estaban vacíos aproveché para estirarme y dormí las
cuatro horas como una reina. Creo que de tanto viajar en buses destartalados
adquirí esa capacidad de dormirme donde sea. Cuando me desperté ya estábamos
por aterrizar. En el aeropuerto de Skellefteå (se pronuncia shelefteo) nos
recibieron con jugo de arándanos, queso, fruta, agua y chocolate. La temperatura
era de unos seis grados. Bien: pensé que me iba a tener que enfrentar a veinte
grados bajo cero. ¿Cómo será sentir tanto frío? Creo que nunca estuve a menos
de cinco bajo cero. ¿Qué diferencia se sentirá entre estar a menos diez y estar a
menos veinte? ¿Será que a menos diez se te congelan las palabras y a menos
veinte se te congelan los pensamientos?
Salimos del aeropuerto y a que no sabés quiénes nos esperaban. Ocho perros
huskies y un trineo. Cuando nos vieron empezaron a saltar y a llorar de emoción,
estaban alborotadísimos. Uno de ellos tenía un ojo marrón y otro azul. Miguel y
yo nos subimos y los perros empezaron a correr como locos. Fue la bienvenida
perfecta al sueño laponiano. El trineo se deslizaba sobre la nieve en silencio, a
través de un sendero de árboles, mientras el viento frío me daba en la cara.
Nunca imaginé que iba a experimentar algo así en mi vida, y no me refiero
solamente a los perros, sino a todo esto: estar en Laponia, haber sido invitada por
Suecia. Siento que nada de esto está pasando.
Después del paseo nos fuimos al centro de la ciudad, dejamos las cosas en el
hotel (cinco estrellas) (¿vos sabés cuándo fue la última vez que me quedé en un
hotel así? ¡vos ni habías nacido!) y nos fuimos a almorzar comida típica. ¿Sabías
que acá comen a las once y media de la mañana y cenan a eso de las seis de la
tarde? Si estoy en Suecia, actuaré como los suecos. Viene bien cenar temprano,
se duerme mejor. Después de comer una sopa con carne de reno —acá se come
reno como allá se comen vacas, así que no me pongas esa cara—, y un filete de
salmón con verduras, nos fuimos a caminar y a conocer a Jonas, un sami que se
dedica a hacer artesanías. Un artista con una casa de ensueño y una vida
tranquila.
Me encanta cómo en cualquier lugar del mundo la gente se adapta al clima y
a la geografía. Acá muchas actividades tienen que ver con la nieve y el frío,
como el partido de hockey sobre hielo que fuimos a ver más tarde. Cuando
llegamos al estadio todavía era de día, y eso que ya eran las siete de la tarde.
Fuimos a ver las semifinales del torneo: Skellefteå Aik vs. Aik. Lo curioso es
que son equipos rivales y ambos tienen el mismo color de camiseta (y de
bandera) y casi el mismo nombre. Estábamos en primera fila. Fue emocionante.
Creo que ver cualquier deporte en vivo es emocionante.
El hockey sobre hielo se juega con seis jugadores de cada equipo en la pista y
en tres tiempos de veinte minutos cada uno. La velocidad de juego es rapidísima,
así que hay que estar muy atento, porque un segundo están de un lado y medio
segundo después ya están del otro. Además los jugadores se dan unos golpes que
madre mía (¡joder, de tanto hablar con españoles se me pegan sus expresiones,
tío!). Si el partido termina empatado, se agrega otro tiempo de veinte minutos
para desempatar. Y si vuelve a pasar lo mismo, se agrega otro y otro y otro hasta
el infinito. O sea que nunca se sabe a qué hora va a terminar. ¿Habrá habido
algún enfrentamiento donde se quedaran días enteros? Me imagino, por ejemplo,
que en algún pueblito de Suecia se está jugando un partido eterno desde 1976 y a
medida que los jugadores envejecen van siendo sucedidos por sus hijos. Ya
deben ir por el tiempo número 940 000 pero, como siempre empatan, nunca se
termina. El partido que fuimos a ver terminó a tiempo: Skellefteå Aik perdió
cuatro a uno.
Para cerrar el día nos fuimos a un lugar típico: una hamburguesería (es que a
esa hora ya no había ningún restaurante abierto, porque la gente cena temprano).
¿Sabías que acá McDonald’s intentó establecerse y no tuvo éxito? Lo local tiene
más fuerza. Me encanta, así debería ser en todas partes. Tuvimos una sobremesa
muy agradable, charlando con Tova y Bob (una pareja sueca que será nuestra
anfitriona mañana) acerca de cómo viajar te ayuda a conocer los distintos modos
de vida que existen en el mundo y a darte cuenta de que el tuyo no es el único ni
el correcto. Lo que te digo siempre: todas las formas de vida son válidas. Es
lindo conocer a más personas que piensen así. Un detalle: acá la mayoría de la
gente es rubia de ojos celestes. Paso medianamente camuflada, ya me hablaron
en sueco y todo, aunque los ojos marrones me delatan. “Esta chica no es de acá”,
susurran cuando me ven de cerca.
Y hoy… Si te cuento todo lo que hice y lo que vi hoy no me lo vas a creer…
Mejor lo dejo para mañana, que ya son más de las tres y tengo que madrugar. Me
voy a dormir. Ah, ¿pero cómo? ¿Estaba despierta? Me parece que no, que todo
esto es un sueño. No sé cómo despedirme de un blog, así que te mando un saludo
y espero que todo ande bien por la estratósfera virtual.
Cuidate y descansá,
Aniko
*
Piteå, 28 de marzo de 2012
Querido blog:
¡No sabés lo bien que dormí! El colchón de mi cama era muy mullido, tanto
que cuando me acosté sentí que me hundía y que me iba directo al mundo de los
sueños, como cuando Alicia cae por el hueco y llega al País de las Maravillas.
Estoy pensando en rebautizarte, me parece que lo de Viajando por ahí ya fue,
tendrías que llamarte Aniko en el País de las Maravillas. O Aniko en el Planeta
de las Maravillas. Ese va a ser tu seudónimo de ahora en más, así que cuando
completes un formulario, acordate:
Apellido y nombre: Por ahí, Viajando
Seudónimo: Aniko en el País de las Maravillas
Edad: dos años
¡Ya cumplís dos años, Blog! Qué grande que estás…
Bueno, eso: te decía que me acosté en la cama y viajé a un nivel de sueño
más profundo (a un meta-sueño), porque aunque me haya despertado, todavía
sigo soñando. Creo que una de las sensaciones más lindas al despertarse en
invierno es mirar la naturaleza por la ventana, apoyar los pies sobre el piso de
madera, ponerse las pantuflas y bajar las escaleras para ir a comer algo calentito.
Y si hay pan casero, jugo de frutas y yogur con cereales, mejor aún. El desayuno
es uno de mis momentos preferidos del día.
Hoy almorzamos waffles. Después —no sé cómo no se me ocurrió antes—
me senté a jugar en la nieve. Quise hacer un muñeco (nunca hice uno en mi vida,
no tuve infancia en la nieve), pero fracasé, así que hice algo mejor: una gallina
de nieve, con sus huevos y todo. ¡Los hombres de nieve ya pasaron de moda! Lo
que se vienen son las gallinas. La mía empolló cinco huevos en pocos minutos,
es una genia. Y encima no sé cómo hizo, pero los puso en exposición en un
nidito, por si alguien los quería comprar. Bob me preguntó si la quería envolver
para llevármela a Barcelona. Lo pensé pero tenía miedo de que no me dejaran
subir al avión con animales (si hubiese estado en Marruecos la metía en el baúl y
listo). Además mirá si justo empezaban a nacer los pollitos en pleno vuelo, iba a
ser un lío. Así que la dejé ahí con sus amigos: un conejo y un hombrecito muy
simpático, ambos hechos por Tova. Estoy segura de que ahí va a ser muy feliz.
A las cuatro de la tarde, Tova y Bob nos llevaron en auto de vuelta a
Skellefteå. En el trayecto, Tova me dio su receta para hacer scons: veremos si me
salen. Nos despedimos con un abrazo. Qué lindo que es conocer gente así. Para
mí viajar es esto: conocer personas y aprender algo de cada una. Por más
mínimo que sea, creo que todos pueden enseñarnos algo valioso. La verdad que
admiro el estilo de vida de esta pareja. Se ve que son felices y, a la vez, simples,
que no necesitan más de lo que tienen.
Te dejo por hoy. Mañana ya volvemos a Barcelona, pero no te preocupes que
te voy a mandar una carta más desde este estado onírico en el que estoy flotando
hace unos días.
Cuidate y sé feliz,
A.
*
Barcelona, 3 de abril de 2012
Querido Blog:
Para qué te voy a mentir. Podría hacer de cuenta que te escribo desde una
ventana que da a algún bosque nevado de Suecia. Podría decirte que los renos
pasean por enfrente de mi casa y que siento el olor de los árboles. Pero no. Te
escribo sentada frente a una ventana que da a la antigua plaza de toros de
Barcelona, con la lluvia que no para de caer. Llegué hace unos días y la ciudad
me atrapó otra vez (sigo tan enamorada de Barcelona como antes). Este regreso,
sin embargo, fue distinto al anterior: volver de Marruecos fue raro, fue gris. No
sé si hablar de esto en esta carta... ¿o sí? Bueno, brevemente.
Te voy a contar un secreto: existe algo conocido como la depresión post
viaje. Bah, no sé si existe, pero a mí me pasa y por eso le puse ese nombre.
Volver de un viaje implica pasar del movimiento constante a la quietud, de la
incertidumbre a lo seguro, de ser el elemento novedoso en una realidad
desconocida a ser una más en un lugar conocido. Volver de un viaje implica
pasar de no saber dónde vas a dormir, dónde vas a comer, a quién vas a conocer,
por dónde te va a llevar el camino, a tener todo más o menos ordenado y sin
mucho lugar para la espontaneidad. Volver de un lugar tan intenso, colorido,
bullicioso y acelerado como Marruecos acarrea una depresión (llamémosla
tristeza, sensación de vacío, miedo a la inmovilidad) segura. ¿Sabés por qué? Yo
creo que en cada viaje, en cada paisaje y en cada persona voy dejando un
pedacito mío, entonces, cuando me voy, siento que parte de mí queda en un lugar
al que nunca volveré. Porque si bien puedo regresar al mismo sitio, la
experiencia será distinta, la gente que voy a conocer va a ser otra, mi estado va a
ser diferente (es imposible que un ser humano esté siempre igual). Por eso volver
es tan difícil.
Si bien mi regreso de Marruecos a Barcelona duró solamente cinco días
(porque después de eso me fui a Suecia) y no fue el regreso tradicional (no volví
a Buenos Aires sino a mi Carcelona), igualmente sufrí esa depresión. Y Suecia,
ay Suecia… Ese viajecito fue la cura perfecta. Un viaje para curar la depresión
post viaje. ¿Quién lo hubiese dicho? Es como lo de tomar cerveza para curar la
resaca. Volví de Suecia mucho más tranquila y, pequeño detalle, enferma.
Apenas me subí al avión empecé a estornudar y a sentirme mal. Mi cuerpo dijo
basta. Eso de estar casi dos meses girando por Marruecos, volver a Barcelona,
irme a Suecia, dormir cuatro horas por día y pasar de los cero grados de Suecia a
los veinticinco de España me mató. Así que estuve todo el fin de semana en
cama y recién hoy me siento un poco mejor. Pero como te decía, este regreso fue
distinto. A pesar de estar enferma, volví de muy buen humor y con el alma
contenta.
¿Dónde nos habíamos quedado en la carta anterior? Ah, sí, el anteúltimo día
de viaje, Miguel y yo volvimos en el auto de Tova y Bob a Skellefteå para tomar
el vuelo a Girona al día siguiente. A las ocho de la noche nos reencontramos con
David y Florent (nuestros otros compañeros de blogtrip, que hicieron una ruta
distinta) y hablamos eufóricos acerca de la aurora boreal, los renos (que nosotros
no vimos pero ellos sí), la aurora boreal, su visita a los sami, la aurora boreal, la
experiencia de la moto de nieve, la aurora boreal, la comida y la aurora boreal
otra vez. En algún momento la charla se puso muy divertida y a los cuatro nos
agarró un ataque de risa. Y no era solamente risa, eran carcajadas de esas que no
podés contener y que te hacen llorar. Estuvimos diez minutos llorando de risa
como cuatro tarados, tratando de no hacer mucho ruido para no molestar al resto
de los huéspedes. Otra gran medicina, la risa.
Cuando terminamos de cenar decidimos salir a caminar un poco por la ciudad
y adiviná qué: empezó a nevar. Para mí, que soy una principiante en esto de la
nieve, ver cómo caen los copos del cielo es algo mágico. Nos llevamos cuatro
paraguas y nos fuimos por ahí. Te juro que fue como si nos hubiésemos metido
adentro de una novela policial. Imagináte este ambiente: noche oscura, casas con
puertas y ventanas cerradas, faroles empañados en las veredas, la nieve que cae y
se acumula, bicicletas estacionadas, silencio, ni un alma en la calle, cuatro
extranjeros y cuatro paraguas, huellas misteriosas, un cementerio. Sí, había un
cementerio al lado del hotel, con las lápidas hundidas en la nieve y todo.
También vimos unas huellas rarísimas, de un par de zapatos estilo Aladino (y de
número, por lo menos, 45) y pisadas de un animal (¿un zorro tal vez? ¿un yeti de
pies pequeños?). Subí a una montaña de nieve para sacar una foto y quedé
enterrada casi hasta la cadera.
Y la mañana siguiente, después de cinco días en Laponia sueca, tomamos el
vuelo de vuelta. Se me pasó rapidísimo y cuando me di cuenta ya estaba en
Barcelona otra vez. Así que eso es todo, Blog. Como cantaba una de mis
personas preferidas: the dream is over. Se terminó este pequeño e intenso viaje
onírico y próximamente vendrán otros. Si bien vi muy poco de Suecia, puedo
decirte que en este viaje aprendí varias cosas:
1. Que la naturaleza es un gran desestresante. A mí, por lo menos, me da
muchísima paz y felicidad.
2. Que la risa es una de las mejores medicinas. Imagináte si todos nos
dedicáramos a reírnos a carcajadas (de esas que te sacan las lágrimas) por lo
menos una vez al día… El mundo sería un lugar mucho más relajado y alegre. Y
si todos nos riéramos de nosotros mismos, aún mejor.
3. Que desde que te creé (o te conocí) empecé a cruzarme a gente muy afín a
mí, con los mismos sueños e ideales, con la misma pasión por viajar y vivir feliz.
Así que gracias. Creo que no hubiese sido posible sin vos.
4. Que, como leí alguna vez, el mundo necesita gente que ame lo que hace.
Las personas apasionadas por su trabajo no aportan más que cosas positivas, más
allá de que se equivoquen y tropiecen de vez en cuando. Todos nacemos con un
talento y creo que una de las misiones más importantes que tenemos es
descubrirlo y aprovecharlo. Si ofrecemos nuestro talento al mundo estaremos
haciendo algo para mejorarle la existencia a los demás y a nosotros mismos.
5. Que cada persona que me voy cruzando en el camino me enseña algo, ya
sea acerca del mundo, de sí misma o de mí. De todos y de todo se aprende.
6. Que cuanto más viajo, siento que menos conozco. Es como el “sólo sé que
no sé nada”. Cuanto más mundo conozco, más cuenta me doy de que me queda
mucho más por descubrir y que no me dará la vida para verlo todo.
7. Que volver de un viaje es como despertar de un sueño. A veces podemos
volver con una sensación de felicidad, a veces con melancolía, a veces con
tristeza, a veces con tranquilidad. Todo depende de cómo fue el sueño y de
dónde nos despertemos.
Bueno Blog, me voy a pasear bajo la lluvia y a aprovechar mis últimas dos
semanas acá. No creas que me olvidé: feliz cumple. Felices dos años de vida.
Nos vemos por ahí,
A.
PD: Viste, te dije que algún día iba a convertirte en libro.
Vecinos
(días mágicos)
Soy una chica de edificio. Viví toda mi vida en un piso dieciocho con vista a
Buenos Aires, en un edificio donde hay cuatro departamentos por piso (el A, el
B, el C, el D); en un edificio donde hay veinticinco pisos y, por ende, hay cien
espacios iguales ocupados por cien familias distintas (o por personas solas,
parejas, amigos, extraños). Crecer en un edificio me generó una obsesión algo
extraña: me encanta entrar a los departamentos de mis vecinos. Me intriga ver
cómo dos espacios iguales cambian al ser habitados por personas distintas. Qué
bien me sentía cuando entraba, por ejemplo, al noveno D o al diecisiete C (con la
excusa de acompañar a mi mamá a decirle algo al vecino) y veía que donde yo
tenía mi cuarto ellos tenían una sala de estar y que donde yo tenía alfombra ellos
tenían piso de madera y que donde yo tenía un espejo ellos tenían una pared
vacía y que donde yo tenía una cocina blanca ellos tenían una cocina plateada y
que donde yo tenía juguetes de nena ellos tenían juguetes de nene y que donde
mi mamá tenía su taller de pintura ellos tenían un balcón grande. Qué gran
descubrimiento fue entrar al departamento donde vivía una pareja filipina y ver
mi casa en versión asiática. O entrar a cualquier A y B y ver que tenían vista a
una parte de la ciudad que yo desconocía. O entrar a uno en el primer piso y ver
lo cerca que estaba la calle de la ventana. Cómo me gustaba meterme en
departamentos ajenos y espiar ese espacio tan parecido al mío pero decorado tan
distinto. Era como viajar a una realidad paralela, como entrar a las otras 99
posibilidades de lo que podría haber sido mi casa.
Si bien este afán de espiar departamentos ajenos es algo que tengo desde
chica, recién me di cuenta de que existía como tal durante mi último viaje a
Uruguay. Mientras iba en auto de Colonia a Montevideo, la palabra ‘vecinos’ se
me apareció en la cabeza. Uruguay y Argentina son vecinos. Uruguayos y
argentinos somos vecinos. Vecinos muy cercanos, muy parecidos y muy distintos
a la vez, pero vecinos al fin. Estamos al lado. Si fuésemos edificios podríamos
espiarnos de ventana a ventana de tan cerca que estamos. Con Uruguay, como
buenos vecinos que somos, nos miramos constantemente, estamos atentos a lo
que hace el otro y nos conocemos, por lo menos en base a lo que vemos a través
de esas ventanas que nos separan.
Entré al departamento llamado Uruguay varias veces en mi vida. Cuando era
chica, al igual que cuando entraba a los departamentos de mis vecinos de
edificio, lo hice de la mano de mi mamá, con bastante timidez pero con la
mirada atenta, intentando que no se me escapara ningún detalle. Pasamos varios
veranos en Punta del Diablo y en La Paloma y nos hicimos amigos de una
familia uruguaya. A los quince estuve algunos días en la movida veraniega de
Punta del Este y me sentí fuera de lugar. Cuando cumplí veinte volví con dos
amigas del colegio y conocí, por fin, Montevideo. A los veinticuatro regresé con
Maru, una de mis mejores amigas, y tuve uno de los viajes más mágicos de mi
vida: alquilamos una moto y nos apropiamos de las calles de Colonia del
Sacramento, festejamos Año Nuevo en un camping de Piriápolis con mis amigos
uruguayos y pasamos varios días inmersas en la tranquilidad de la capital.
Fue en ese último viaje que Montevideo quedó en mi recuerdo como un lugar
muy especial. Me sorprendió la vida de barrio, la paz que se respiraba, la buena
onda de su gente. Montevideo me demostró que es posible ser capital y no ser
alocada como Buenos Aires (me las imagino como dos amigas muy cercanas
pero muy diferentes: mientras Buenos Aires se arregla para salir de noche y
habla sin parar, Montevideo se ceba un mate y la escucha con paciencia). A
veces pienso que el día que decida establecerme en algún lugar del mundo,
puede que elija Montevideo, cerca de Buenos Aires pero sin su velocidad.
Durante los dos años siguientes, mientras viajaba por América Latina y por
Asia, sentí muchas ganas de volver a la capital uruguaya. Lo malo de tener a una
ciudad tan cerca es que nos justificamos con eso de que “está acá nomás, puedo
ir en cualquier momento” y nunca vamos. En julio de 2012 apareció la excusa
perfecta para volver: me invitaron a un blogtrip en Colonia y decidí aprovechar
el viaje y quedarme dos semanas en Montevideo por mi cuenta. Así que, una vez
más, pasé de ser espía a ser huésped en ese departamento del que sabía tanto y
tan poco a la vez. Lo malo fue que era invierno y a mí el invierno me anula el
setenta por ciento de mis capacidades motrices y mentales, así que pocas horas
después de llegar muté de ser humano a marmota en estado de hibernación. Lo
lindo fue que Montevideo me recibió con un abrazo cálido y me inspiró a
escribir todos los días. Y lo bueno de todo esto fue que los textos me salieron en
uno de mis formatos preferidos (además de las cartas): el diario íntimo.
Copio algunos fragmentos.
Llegamos a Montevideo después de una visita fugaz a Punta del Este. Las
calles están vacías, casi no hay tráfico, todo parece tranquilo, como siempre.
Estamos en auto. Frenamos en alguna calle y le pedimos a una señora que nos
indique cómo llegar al Mercado del Puerto. “Están lejísimos”, decreta. “Yo les
puedo indicar, pero están re lejos, RE-LEJOS, no saben lo lejos que están”,
repite con mucho énfasis, como si le estuviésemos pidiendo indicaciones para
llegar a Alaska. Le insistimos y finalmente le dice a Santi, el conductor: “Andá
por esta derecho, metele con fritas y vas a llegar”. Unos quince minutos después,
llegamos (lo de las fritas parece que ayudó bastante, aunque me pregunto si en
vez de fritas podemos meterle con boniato glaseado). Lección uno: lo que para
un montevideano es re lejos, para un porteño es cerca. Por eso siempre digo que
las distancias dentro de las ciudades son relativas.
A la noche me encuentro con Fosse, Charly y Chucho, mis amigos
uruguayos. Pasaron dos años y medio desde la última vez que los vi, pero es
como si hubiese sido ayer, la charla continúa donde la dejamos la vez anterior.
Sacamos cuentas: ya pasaron cinco años desde que los conocí (gracias a dos
amigas en común que me llevaron a Montevideo a ver al No Te Va Gustar). Nos
vamos todos al Living, un bar de Parque Rodó. Hay funk (género musical que
nos persigue desde que llegamos a Uruguay), gente bailando, grapamiel y muy
buena onda. Charly saca el saxo e improvisa sobre la música que está sonando.
Es su forma de darme la bienvenida (o la rebienvenida) a su ciudad, a esta
ciudad en la que siempre quise quedarme más de cuatro días.
Me despido de mis amigos argentinos (con los que fui a Punta del Este), ellos
se vuelven a Buenos Aires así que mañana empieza la parte del viaje en la que
quedo sola (con mis amigos uruguayos). Qué frío que hace en Montevideo de
noche, la pucha. Duermo tapada hasta la cabeza y con varias capas de frazadas.
Mañana será otro día.
Son las doce del mediodía y sigo en la cama. No puedo salir, se me congela
la respiración si asomo la nariz fuera de las sábanas. Me pongo a mirar una
película en la computadora. Veo la situación de afuera, me levanto haciendo todo
el esfuerzo del mundo, voy a la cocina y le digo a mi amigo Fosse (quien
gentilmente accedió a alojarme en su casa):
—Te pido perdón. Tenés una marmota viviendo en tu casa. Te juro que en
verano no haría esto, pero Montevideo y el frío me tienen como sedada.
Más tarde voy a la verdulería, como para sentirme útil y decir que salí un
rato. El verdulero, muy simpático, me pregunta:
—¿De dónde sos vos? Porque hablás igual pero distinto.
— Soy de Argentina, de Buenos Aires.
—Ahhh, ahí va. ¿Y estás de vacaciones?
—Estem… digamos que sí.
—¡Y te viniste con este frío!
Ni me lo digas.
A la noche voy a cenar a lo de mi amigo Charly, ahí cerquita. Mientras los
chicos hacen la comida me quedo dormida en el sillón, al lado de la estufa. Soy
impresentable. Pido perdón por enésima vez: no sé qué me pasa, es como si el
aire de Montevideo tuviera un somnífero. Esto es mejor que cualquier spa.
Salgo a caminar por ahí y veo muchas escenas urbanas. Parejas abrazadas
esperando el colectivo con el viento frío que les da en la cara. Dos besándose
contra la pared de lo que parece ser un edificio público. Pintadas políticas y arte
en las paredes. Amigos caminando con el termo bajo el brazo. Vendedores y
músicos callejeros. Una botella de Pilsen rota. Un hombre que duerme en la
calle. Baldosas pintadas con tizas de colores. Un grupo de pibes fumando en una
esquina.
En mitad de una vereda me choco con un bosque de gomaespuma. Freno sin
saber qué hacer. Hay varios árboles de gomaespuma cortando la vereda en dos,
como si fuese una barrera. Alguien me dice, desde el otro lado, que pase
tranquila, así que me meto entre los árboles. Son blanditos. Uno de los que está
ahí me cuenta que forman parte de una obra infantil que se está por estrenar
—Caperucita Roja— y me invita a verla. Nunca voy porque no tengo idea
dónde quedaba el lugar.
Se hace de noche. Entro a un minimercado a comprar agua y la cajera me
dice, riéndose, que afuera hace mucho calor y que me cuide del sol. Mientras
tanto, a pocas cuadras de donde estoy viviendo se está haciendo una Chuponeada
Masiva para protestar de manera pacífica contra la discriminación. Una
chuponeada masiva es eso: gente que va en masa a un parque a darse besos.
Alguien lo dijo en Facebook: “En Montevideo sobran plazas y besos”. Quiero ir
a sacar fotos pero siento que sería demasiado voyeur lo mío. Finalmente el frío
me gana y me quedo adentro, guardada en mi cueva.
Mañana llega Pau. Estoy feliz. Qué lindo que es Montevideo.
Hoy es el día P (P de Pau, obvio). Estoy feliz, mi amiga llega a eso de las seis
de la tarde. Paso el día en el jardín botánico y en el jardín japonés con gente de
Couchsurfing: Andrea y Fer (una pareja uruguaya muy simpática que se está por
ir de viaje a Guatemala y Belice), Gustavo (un chico de Tenerife que está
viviendo en Uruguay), Andrés (el chico que me reconoció ayer en el colectivo y
que resulta que también es couchsurfer), Emilia (mi amiga brasilera), Alexandre
(un amigo brasilero de Emilia) y Rebecca (su hija). Vamos al súper, compramos
comida y hacemos un picnic al solcito.
A las seis me voy a Tres Cruces (la terminal terrestre de Montevideo) para
recibir a Pau. Vino con su valijita tamaño pocket. Ella es pocket y es genial. A
Pau la conocí en uno de los mejores lugares del mundo: en las escaleras del
Wayna Picchu (el cerro ubicado al lado de las ruinas de Machu Picchu), junto
con Vero y Flor (hermana de Pau). Pau es una genia, aunque no me deja hablar
mucho de ella, así que me acotaré a relatar los cuatro días espectaculares
(término que le robé) que vivimos juntas en Montevideo. Si los seis días que
estuve sola fui una marmota en estado de hibernación, los cuatro que pasé con
ella estuvieron cargados de magia.
La noche de la llegada de Pau nos encontramos con Eduardo, un couchsurfer
uruguayo, en Isla de Flores y Santiago de Chile (Barrio Sur) para ver los
tambores, una de las tradiciones montevideanas que más me gustan. El
candombe es una expresión cultural de origen africano que surgió durante la
época colonial y tomó forma en conventillos como Medio Mundo y Ansina. Esta
vez nos toca ver a Cuareim. Hace frío, así que nos paramos cerca de las llamas;
antes de empezar el toque, los instrumentos se calientan al lado del fuego.
Espero, paciente e impaciente a la vez. La última vez que estuve en los tambores
fue hace más de dos años; era verano, era la misma hora y era de día. Ahora hace
frío. Mucho.
Empieza el toque. Van por el medio de la calle y nosotras caminamos al lado,
los acompañamos desde la vereda con una botella de grapamiel bajo el brazo. Al
rato frenan a descansar. Tengo tanto frío en los pies que no puedo caminar más.
Estamos por irnos cuando un amigo de Eduardo, músico de la banda La Tabaré,
nos dice que tiene dos entradas gratis para la ópera: en este mismo momento
están presentando Turandot (de Giacomo Puccini) a pocas cuadras de donde
estamos, así que aceptamos el regalo y nos vamos los cuatro a ver la ópera. La
ópera. O sea: pasamos de los tambores a la ópera en pocos minutos. Llegamos al
teatro, tenemos solamente dos entradas pero nos dejan pasar a todos igual. Esos
milagros montevideanos.
Nos despertamos. El frío no tiene piedad. Hago un gran esfuerzo por no re-
marmotearme. Salimos a pasear con Fosse a Tristán Narvaja, una feria callejera
que se realiza todos los domingos en Montevideo desde hace más de cien años.
Como en todo mercado de pulgas, acá se ve y se consigue de todo: libros,
antigüedades, lámparas, pipas, cuadros, ropa, animales, tambores, frutas,
verduras y un larguísimo etcétera. Nos perdemos un rato entre los puestitos. Me
compro mi primera planta, un cactus. Nunca tuve una (cuya existencia dependa
solamente de mí) en toda mi vida. Viajar hace que no pueda tener gatos ni
plantas. Espero que esta sobreviva.
Pau está con que quiere comer mejillones, así que nos vamos a Punta
Carretas, el punto más austral de la costa de Montevideo, a comer pescado
fresco. Mejillones no hay, pero pedimos rabas, papas fritas con cebolla,
pedacitos de pescado rebozado y provoleta. Todo en la gama del amarillo. Una
delicia. Salimos a caminar pero el frío es torturador. Esa misma tarde nos
mudamos a lo de Andrea y Fer, los chicos de Couchsurfing que conocí ayer en el
jardín botánico y que ofrecieron alojarnos.
Cuando llegamos a su casa nos encontramos cara a cara con lo que parece ser
el paraíso: un living calentito con dos sillones enormes, una alfombra suavecita,
muchos gatos y una estufa a leña (prendida). Nos la pasamos los siguientes diez
o quince minutos gritando: “¡Qué buena estufa! ¡Espectacular! ¡Qué lindo que
está acá!”. Casi hacemos una danza tribal de agradecimiento frente al fuego,
pero no sabemos los pasos así que desistimos. Después de haber pasado varias
noches sin calefacción, el calor del fuego es una bendición.
A la noche nos vamos a ver el recital de Rockadictos (la banda de mis
amigos) y de Buenos Muchachos en un bar de Ciudad Vieja. Volvemos a la casa
y nos vamos a dormir felices por el fuego y las estufas. Nos despertamos en
medio de la noche con mucho calor y un ataque de risa incontrolable. Nos la
pasamos quince minutos riéndonos irónicamente: “¡Ah no, pero acá no se puede
estar, hace demasiado calor! ¡Mañana nos mudamos, eh!”. Qué lindo que es
reírse estando de viaje. Qué lindo que es viajar con amigas con las que compartís
tantos códigos y cosas en común. Qué buen invento que es el fuego.
Desde que llegué a Uruguay estoy muy desconectada de internet. Estoy como
de vacaciones. Antes de salir a pasear se me ocurre chequear mis mails y me
desayuno con una grata noticia de la empresa de barcos que hace el trayecto
Buenos Aires-Colonia y por la que tengo planeado volver en tres días. Dice, en
resumen, que el pasaje que compré con más de un mes y medio de anticipación
no sirve ya que el barco no saldrá ese día. Pero te lo decimos ahora, tres días
antes de la fecha, para que ya no puedas conseguir nada a buen precio y tengas
que pasar los últimos días de tu viaje preocupándote por comprar un pasaje
nuevo para poder volver en la fecha planeada. Me indigno ante la situación.
Generalmente viajo sin fechas, pero esta vez compré la vuelta para el jueves
diecinueve por un solo motivo: el cumpleaños de Dafne. Así que necesito volver
ese día sí o sí. Nos vamos a Tres Cruces a reclamar. Cuando el tema está
solucionado, seguimos el paseo.
Preguntamos cómo llegar a Parque Rodó: “Ah, no chicas, ¡están muy lejos!
¡Como a quince cuadras!”. Ya sabemos, pero queremos caminar. “¡Pero es muy
lejos!”, nos repite una mujer muy simpática que se preocupa por nuestra
seguridad. Son casi las tres de la tarde, quedamos en encontrarnos con chicos de
Couchsurfing a eso de las cuatro y todavía no almorzamos. Estamos antojadas de
pastas. Le digo a Pau que seguro en el camino vamos a encontrar algún barcito,
pero no vemos nada abierto. Entramos a un quiosco y le preguntamos al dueño si
sabe de algún bodegón o lugar para comer. Nos dice que por esa zona no hay
nada. De repente se ilumina: “Miren, acá cerca hay un restaurantito donde se
come muy bien y es barato. Está adentro de una clínica, en la próxima cuadra”.
Así que terminamos comiendo vermicelli al pesto en el café de una clínica de
barrio. Después nos hacemos un par de radiografías, ya que estamos, y nos
vamos al Parque Rodó para encontrarnos con los chicos. Pasamos una linda
aunque breve tarde (el sol baja muy rápido en invierno) y nos despedimos.
Caminamos hacia la Rambla. Hace mucho frío y tenemos ganas de ir al baño.
Lo más cercano que vemos es el casino, así que entramos con el plan de usar el
baño y huir. Apenas cruzamos la puerta, el de seguridad nos mira y yo me río
con un poco de nervios. “Seguro que se dio cuenta de que entramos sólo para ir
al baño”, pienso.
—Chicas, ¿cuántos años tienen?
—¿De verdad nos preguntás? ¡No lo puedo creer! ¡Qué halago! Yo tengo
veintisiete —le digo.
—A ver, muéstrenme el documento.
—Bueno, pero en realidad te mentí. Tengo veintiséis, cumplo veintisiete en
doce días.
—Está bien, pasen, chicas, pero tienen que dejar la mochila en el
guardarropas.
—Venimos a usar el baño nada más, ¿igual tenemos que dejarla? Son cinco
minutos.
—Sí. Si fuera una cartera podrían llevarla, pero como es una mochila…
Ahí me pongo medio tarada (ya venía muy tentada por lo de que nos pidieran
documento), agarro mi mini mochila y le digo al guardia, con buena onda: “O
sea que si uso la mochila de mochila no puedo entrar… pero… ¿y si la uso de
cartera?” (y me pongo la dos tiras en un brazo y la acomodo como si fuese una
canasta). Se ríe. No, igual hay que guardarla. Vamos al baño y, cuando salimos,
Pau me dice: “Ani, juguemos. Siento que tenemos que jugar un número”.
Compramos el mínimo: una ficha de doscientos uruguayos (diez dólares) y
nos paramos al lado de la ruleta. ¿Alguna vez vieron a dos chicas inexpertas que
no tienen ni idea de cómo comportarse en un casino? Se lo perdieron, entonces.
Esas éramos nosotras. Jamás jugué a la ruleta y no sé ni cómo es que se hacen
las apuestas. El tipo (no sé cómo se le dice al que te da las fichas) nos cambia la
de doscientos por diez de veinte. Agarramos cinco cada una y empezamos a
apostarle a distintos números. Primero le juego al veintisiete (ya que le dije al
guardia que yo tenía esa edad) y Pau le juega a otro número. No sale ninguno.
En la segunda o tercera vuelta decido jugarle al treinta.
Como entre que hacemos la apuesta y giran la ruleta pasan varios minutos,
me olvido de que le jugué a ese número y me pongo a charlar con Pau de otras
cosas. De repente escucho: “Neeegro el treinta”. Me quedo dura. La miro a Pau.
Miro el tablero con las apuestas. Vuelvo a mirar a Pau. “Pará, Pau, ¡yo le jugué
al treinta!”, grito. Pau me pone una de las mejores caras que le vi en mi vida y se
empieza a reír tanto que llora. No aguanto la risa y estallo. Somos dos locas
riéndonos como gallinas en medio de la seriedad del casino. Lloramos de risa.
Suerte que fui al baño recién porque sino me hacía encima. Nos ganamos
setecientos pesos uruguayos, recuperamos nuestra pequeña inversión y encima
nos quedamos con algo. No lo podemos creer: entramos al casino para ir al baño,
le jugamos a la ruleta y ganamos.
Uruguay es un país que siempre me deja con ganas de más. Es como ese
vecino que vive en el departamento de enfrente, justo en el mismo piso, y al que
le tocamos timbre bastante seguido para hacerle alguna consulta, pedirle algo o
simplemente saludarlo, y cada vez que abre su puerta aprovechamos para espiar
el interior, para ver cómo vive, qué hace, cómo tiene decorado su departamento...
Volví a pasar por Uruguay medio año después, en enero de 2013, cuando
regresaba de Florianópolis (Brasil) a Buenos Aires en auto con una amiga y su
familia. Atravesamos Uruguay poco antes de que se hiciera de noche; yo iba
mirando por la ventana y me llamó la atención la cantidad de autos que habían
frenado al costado de la ruta. No estaban todos juntos sino que había uno o dos
cada mil metros, lo cual quería decir que no había habido ningún accidente. Casi
todos tenían patente uruguaya. Cuando vi que uno de los conductores sacó una
sillita del baúl, la puso sobre el pasto y agarró el mate, me di cuenta de lo que
estaban haciendo: habían frenado para mirar el atardecer.
Las familias uruguayas estaban sentadas al borde de la ruta tomando mate y
mirando el cielo, mientras nosotros, familia argentina, manejábamos a 140 km/h
para llegar a Buenos Aires cuanto antes. En ese momento sentí nostalgia del
presente: esa era una imagen que quería enmarcar y colgar en mi pared para
siempre. Pensé, con algo de resignación, en cómo me hubiese gustado nacer en
un lugar donde la gente se sentara al borde de la ruta a mirar el atardecer. Y
mientras esa escena ocurría en silencio, el resto de los coches aumentó la
velocidad para llegar a destino antes de que se hiciera de noche.
Viajes oníricos
(días duplicados)
Saudade de Lisboa
Durante mi viaje por Asia extrañé América Latina. Durante mi paso por
Europa no pude evitar sentir nostalgia de Asia. En Marruecos me hicieron falta
ciertas costumbres europeas. Cada vez que vuelvo a Argentina extraño cualquier
lugar del mundo que no sea Buenos Aires. Y mi ciudad, a pesar de todo, siempre
tiene un espacio entre mis nostalgias. Supongo que esto es así: uno nunca puede
tener el corazón, la cabeza y el alma alineados en un mismo lugar. Si bien
siempre intento sumergirme en el presente y disfrutar el sitio en el que estoy,
muchas veces me es difícil no pensar en el viaje anterior o en el próximo. Hay
veces, incluso, que siento ganas de volver al lugar en el que estoy parada en ese
mismo momento. Como me pasó en Lisboa.
Siempre quise conocer Lisboa. No sé por qué, era uno de esos lugares que me
atraía sin una razón específica, tal vez por algo tan simple como la musicalidad
de su nombre (Lishboa, me encanta cómo suena). Lo mismo me pasaba con
Cartagena de Indias: me llamaba sin un por qué, por el mero hecho de existir
sentía que ella estaba ahí, esperándome. En el caso de Lisboa, sentía (o
presentía) que era una ciudad que generaba saudade incluso antes de conocerla.
Saudade es ese sentimiento de extrañamiento, de melancolía, que ocurre cuando
uno se separa de algo/alguien amado y siente la necesidad de volver a verlo. El
escritor portugués Manuel de Melo dijo que es “un bien que se padece y un mal
que se disfruta”. Una tristeza feliz. Y sentía que Lisboa iba a ser algo así, como
la saudade hecha ciudad.
A fines de 2012, en un viaje corto por España, el camino nos llevó a Laura —
mi compañera en aquel trayecto—y a mí a Lisboa. Fuimos por tierra desde
Nazaré, un pueblo de la costa portuguesa, con una lista que habíamos ido
construyendo los días previos con ayuda de Sofía (una lectora de mi blog que
nos alojó en Aveiro).
Lisboa: cosas para hacer. Caminar por Mouraria y Alfama, los antiguos
barrios árabes. Comer pastel de nata en Belém. Tomar el tranvía 28. Subir a
Barrio Alto. Ir al mirador en Príncipe Real. Visitar el castillo. Buscar las
estatuas del marqués de Pombal. Mirar a los artistas callejeros en Baixa.
Caminar la Avenida Liberdade de punta a punta. Sentir la multiculturalidad en
Martin Moniz, el barrio de inmigrantes. Estar atenta a los elevadores. Visitar la
estación de tren de Rossio. Ir a la casa museo de Fernando Pessoa. Comprar el
libro ‘Viaje a Portugal’ de Saramago.
Iba con ciertas imágenes en mi cabeza, con retazos de una Lisboa que había
visto en postales y había oído en historias. Quería encontrarme gatos en las
ventanas, mujeres mirando la vida pasar desde su balcón, músicos callejeros,
callecitas empedradas, subidas y bajadas, tranvías amarillos, paredes
despintadas, mosaicos y restos árabes. Pero no sabía cuántos de aquellos íconos
seguirían existiendo y cuántos serían parte de una saudade colectiva que sentían
los portugueses por la capital de su país.
Cuando uno viaja por tierra, la relación con las ciudades capitales es otra.
Los vuelos internacionales suelen aterrizar en la capital del país de destino y eso
casi siempre obliga a empezar el viaje ahí. Cuando uno va por tierra, en cambio,
no tiene por qué empezar a conocer el país por su gran ciudad, sino que puede
armar la ruta de otra manera: el recorrido deja de ser impuesto y pasa a ser
intuitivo. Cuando es así, hay que esperar a que la capital nos llame, es ella la que
nos tiene que decir: “Llegó la hora de venir”. Hay viajeros que no se sienten
atraídos por las capitales: a mí me gustan tanto como los pueblitos perdidos y
creo que hay que conocer ambos para entender un país. Llegar a una gran ciudad
me genera esa sensación (excitante y desesperante a la vez) de que los días no
me van a alcanzar para ver y hacer todo lo que quiero. Lo bueno de eso es que
siempre quedarán excusas para volver.
Mi primera imagen de Lisboa fue el movimiento de la estación de autobuses.
La gente subía y bajaba de los transportes con un destino claro: algunos se
estarían yendo de visita a otro pueblo, otros estarían volviendo a casa. Nada
parecía al azar. Nosotras, en cambio, estábamos a la deriva, esperando que nos
respondieran la solicitud de Couchsurfing que habíamos enviado el día anterior.
Hicimos tiempo en la terminal y, apenas recibimos un mensaje de texto con la
confirmación, fuimos en busca del metro para ir a la casa de nuestro anfitrión.
Cuando salimos a la superficie pensé: “Esta ciudad es el escenario perfecto para
una película de Woody Allen. ¿Cómo puede ser que todavía no haya filmado
nada acá?”.
La casa en la que nos quedamos las primeras noches no era una casa
cualquiera, era una de esas que se conocen como la casa del pueblo: antigua y
con muchas habitaciones, con gente de todas partes (y por todas partes), con
talleres gratuitos de yoga y de danza, con cacerolas del tamaño de palanganas (y
llenas de arroz), con vecinos que entraban y salían a cualquier hora, con
multitudes que iban de visita para ver la proyección de películas los martes a la
noche, con colchones en el piso y fotos en las paredes, con un baño más grande
que una habitación y un suelo de madera que crujía cada vez que alguien
caminaba. Entrar ahí fue como ingresar a Lisboa por una puerta grande muy
local.
Al día siguiente salimos a perdernos por sus callecitas y ocurrió eso que pasa
de vez en cuando, cuando los planetas se alinean en favor de los viajeros: la
ciudad estaba vacía, Lisboa era mágica y existía solamente para nosotras.
Caminamos, caminamos, caminamos todo el día. Subimos, bajamos, doblamos
por una y otra curva, frenamos a descansar en algún banquito, usamos escaleras,
dimos vueltas por ahí. Y ella seguía siendo nuestra: vacía, silenciosa, tan antigua
y tan romántica. Por momentos me recordaba a Praga, por momentos me
recordaba a todas las ciudades coloniales que había conocido en mi vida, por
momentos me recordaba a un lugar en el que nunca había estado pero al que
siempre había querido volver.
Lisboa es una de las ciudades más antiguas del mundo y toda su historia está
impregnada en sus paredes. Es una mujer incapaz de ocultar su edad. Algunos
dicen que es de origen griego, otros dicen que es de origen fenicio. Su nombre
en latín era Ulyssippo y, según la mitología, los griegos se referían a ella como
Olissipo, un nombre que derivaba de Ulises (a quien conocían como Odiseo), ya
que creían que la ciudad había sido fundada por él tras huir de Troya. Alrededor
del siglo ii a.C. el territorio pasó a formar parte de Lusitania, una provincia del
imperio romano, y su nombre mutó a Felicitas Julia. Siglos más tarde, durante
las invasiones bárbaras, fue ocupada por distintas tribus y, en el 585 d.C., recibió
el nombre Ulishbona.
En el 711 fue ocupada por fuerzas árabes del norte de África y del Cercano
Oriente y pasó a llamarse al-Lixbûnâ. Los musulmanes construyeron mezquitas,
casas y muros, el árabe se impuso como idioma oficial y el islam como religión,
aunque cristianos y judíos podían mantener sus creencias. Esta es la parte de la
historia que me fascina: siento una atracción inexplicable hacia todo lo árabe (su
arquitectura, su idioma, su caligrafía, su arte, su literatura, su comida, sus
mercados, sus medinas, sus leyendas) y me encanta llegar a lugares donde puedo
ver las huellas árabes que dejó la historia.
Luego de aquel paréntesis, la historia siguió: Lisboa sufrió invasiones
vikingas, fue reconquistada por los católicos en 1147 durante las cruzadas, se
convirtió en la capital de Portugal en 1255, vivió una guerra civil, fue el punto
de partida de las expediciones portuguesas a América, fue un centro comercial
estratégico y puerto de esclavos, formó parte de la monarquía hispánica de
Felipe II y obtuvo su independencia (junto con Portugal) en 1640. En 1755, un
terremoto mató a entre 60 y 100 000 personas; tras el desastre, la ciudad fue
reconstruida por el marqués de Pombal, quien en vez de recuperar su aspecto
medieval decidió destruir lo que había sobrevivido al terremoto y la reconstruyó
siguiendo las normas urbanísticas de la época.
Me produce respeto caminar por lugares donde hay tanta historia
concentrada. En esos momentos quisiera tener una máquina del tiempo y poder
trasladarme a cada época para ver y entender cuáles eran los deseos, las
pasiones, las vivencias, los sentimientos de la gente que caminaba por esas calles
y habitaba ese espacio.
Unos días después cambiamos de couch y nos fuimos a la casa de Marina y
Patricia, dos chicas portuguesas. La casualidad (o no) hizo que Marina nos
comentara que la tienda Lomo de Lisboa estaba alquilando cámaras analógicas
para usar durante unos días. Esa misma noche agarré (de casualidad otra vez) un
libro de la biblioteca de las chicas y me encontré con un texto titulado Las diez
profecías del futuro analógico. Y lo que leí me cayó en el momento justo.
Hablaba de volver al mundo analógico, de abrazar lo incierto y dejarse llevar, de
valorar lo real y lo auténtico, de usar los cinco sentidos constantemente, de
aceptar que las mejores cosas en la vida ocurren por sorpresa. Una frase, en
particular, me quedó grabada: Live offline but share online (algo así como: “Viví
desconectado pero conectáte —a internet, a la tecnología— para compartir”).
En aquel momento estaba cansada —harta— de las redes sociales. Cansada
de ver el mundo y de comunicarme a través de una pantalla. Cansada de la
velocidad de internet. Cansada de la velocidad en sí. Quería conectarme
únicamente al mundo real y olvidarme de la vida digital. Pero tenía un dilema:
¿podía hacer un blog sin difundirlo por Facebook? ¿Tenía sentido sacar fotos y
no compartirlas? ¿Alguien me leería si desaparecía de la red? ¿Podía escribir
pensando en que nadie nunca iba a leerme? Ahí en Lisboa empecé a sentir, cada
vez con más fuerza, que quería dedicarme a escribir libros y no blogs. Quería
volver a lo analógico, a la lentitud, a la desconexión. Ese texto me generó
nostalgia, me provocó saudade de lo offline y ganas de volver a la época en que
internet no existía y las relaciones (con otras personas, con uno mismo, con el
mundo) se establecían de forma más directa y real. Sentí ganas de quedarme en
los cuadernos, en las postales, en los álbums de figuritas, en las notitas escritas
en papeles, en las charlas sin teclados, en los encuentros espontáneos, en el rollo
de fotos, en las cartas y los naipes, en lo hecho a mano, en todo eso que hoy
quedó encasillado como retro.
Los días siguientes caminamos sin rumbo, tomamos el tranvía, comimos
pastel de nata, escribimos en nuestros cuadernos, disparamos fotos sin pensarlas
demasiado. Decidimos quedarnos en Lisboa un poco más de lo planeado, pero la
lluvia no nos dejó hacer mucho. Llovió dos días seguidos, llovió tanto que mis
zapatillas se convirtieron en piletas de natación, llovió tanto que se me mojó
todo lo que llevaba en la mochila, llovió tanto que tuvimos que apropiarnos de
un paraguas roto que encontramos abandonado en el metro, llovió tanto que no
pudimos ver todo lo que queríamos. Y Lisboa nos despidió así, en ese estado
lluvioso, gris, melancólico, pero real. Real porque la lluvia fue algo que cayó,
que existió, que pude sentir, y no algo que escuché en un noticiero o que vi en
una foto. Fue la despedida adecuada de una ciudad que me generó nostalgia de
otras épocas y que me ayudó a reconectarme con mi parte offline.
Ese día supe que hasta que no volviera a visitarla (a ella y a tantas otras
ciudades que amo) seguiría teniendo saudade. Pero ahora también sé que no me
queda otra que esperar y que eso es lo lindo de la vida analógica (y de la vida
viajera): que la espera también se disfruta.
Viajera duplicada
En enero de 2013 hice algo que no hacía desde que empecé a viajar: me fui
de vacaciones. No lo tenía planeado, pero surgió: mi amiga Belén me llamó un
jueves para preguntarme si quería irme a Brasil con ella y su familia el lunes
siguiente, “con auto y cabaña incluida”. ¿Cómo decirle que no a una oferta así?
El viaje no prometía couchsurfing, ni autostop, ni trekkings, ni bazares, ni
regateo sino otras cosas que en aquel momento me parecieron más tentadoras:
arena, mar y descanso. Mi cabeza y mi cuerpo me pedían una dosis de olas
despreocupadas, así que acepté irme de vacaciones con ella, como tantas otras
veces me había ido con mi familia.
Durante casi toda mi infancia y parte de mi adolescencia, verano y Brasil
fueron sinónimos: debo haber pasado unas diez vacaciones familiares en las
playas del país vecino. Nos íbamos en auto, buscábamos dónde dormir y
pasábamos quince días jugando en el mar. Esas dos semanas anuales formaban
parte de un limbo, estaban separadas de la rutina y parecían ocurrir en otro plano
de mi vida. Durante veinte años supuse que eso que hacíamos en Brasil era lo
normal, que viajar e irse de vacaciones era lo mismo.
Los días que pasé con Belén en Brasil me recordaron a mis vacaciones de
toda la vida. Los elementos eran los mismos: reposeras en la playa, milhos y
sucos de maracuyá, sándwiches a la espera en la heladerita, partidos
interminables de paleta, paseos por el centro y horas bien invertidas en el mar.
Durante esos quince días no me moví de Florianópolis, casi no saqué fotos y no
hice couchsurfing, sino que me dediqué a nadar, a comer, a descansar en la
hamaca paraguaya, a leer y a escribir. La escritura invisible (la que no publiqué
de manera inmediata en mi blog) me fluyó sin que me lo propusiera. Ahí, en una
terraza frente al mar, todas las tardes me senté a escribir bocetos deshilvanados y
empecé a darle forma a este libro.
Pero, dentro mío, algo había cambiado.
En la playa de Florianópolis sentí que si siete años atrás una vidente me
hubiese leído la mano y me hubiese contado cómo iba a ser mi vida hoy, no le
habría creído. El viaje a Brasil fue, sin que me lo propusiera, un regreso al
pasado, un flashback que me ayudó a comprender y valorar mi presente y a
sentirme orgullosa del camino que había transitado.
Cuando, con veinte años, decreté que quería quedarme 15 días al año en
Buenos Aires y usar los otros 350 para viajar me dijeron que estaba loca. Claro,
ahora que lo pienso, mi deseo iba totalmente en contra de lo establecido: para la
sociedad, viajar durante 350 días era sinónimo de no trabajar durante 350 días.
Cuando expliqué que no quería viajar por viajar, sino viajar para escribir,
fotografiar, compartir y comunicar, no hubo nadie que me dijera “ah, lo que vos
querés es trabajar desde cualquier lugar del mundo, eso se puede hacer”. Casi
todos lo tomaron como una idea ridícula, como si hubiese dicho que quería ser
escritora de viajes intergalácticos y estuviese a punto de subirme a un cohete e
irme a la Luna sin licencia para conducir cohetes ni entrenamiento previo para
sobrevivir. Y si bien me fui igual, durante mi primer año fue difícil romper ese
prejuicio de que yo estaba de vacaciones.
Tuve que volver a Brasil para darme cuenta de que desde que empecé a
dedicarme a viajar (y a trabajar de escritora y de fotógrafa en el camino) nunca
más volví a irme de vacaciones. Desde que empecé a vivir viajando, ese estilo de
vida pasó a ser el normal para mí. Fui creando una rutina basada en la no-rutina:
mis días se llenaron de movimiento, de viajes en bus, de comidas nuevas, de
conversaciones con extraños, de textos para blogs y artículos para revistas, de
salidas fotográficas, de caminatas por ciudades desconocidas, de mercados y
regateo, de solicitudes de Couchsurfing, de despedidas y reencuentros. Mi
realidad empezó a estar puntuada por viajes más que por fechas, pero tuvieron
que pasar cinco años (y un viaje a Florianópolis) para darme cuenta de cuán
extra-ordinaria (en el sentido de “fuera de lo considerado normal”) había pasado
a ser mi vida.
Durante esos días en la playa brasilera volví, como en un círculo, al inicio de
mi sueño y me reencontré con mi versión pre-viajera. Vi a esa chica que de vez
en cuando se iba de vacaciones a Brasil y que soñaba con viajar y vivir de eso
pero no se animaba porque no creía que fuera posible. Vi la realidad que me
rodeó durante muchos años y que me hizo creer que una vida como la que
soñaba demandaba demasiado dinero. Vi a toda esa gente que me encontraba en
enero, durante cada vacación, en la misma playa todos los años. Me vi a mí
misma con ganas de extender esos 15 días a 365, con el enorme anhelo de ser
escritora y de dar a conocer culturas y lugares. Me vi a mí misma fingiendo tener
un sueño más común, como casarme o tener hijos, cuando en realidad ansiaba
ser viajera y dar la vuelta al mundo. Me vi a mí misma incomprendida, rodeada
de personas que me trataban de loca, de vaga, de mantenida. Me vi sola, con
miedo y a la vez con determinación.
Pero lo más lindo de ese despertar en Florianópolis fue darme cuenta de que
ya no pertenecía a esa playa, ni a esos quince días, ni a ese modo de viajar, ni a
esa manera de pensar y de vivir. Por eso sentí como si hubiese vuelto a mis
veinte (a todas mis ansias de viajar y de romper con ese modo de vida
prefabricado que me parecía absurdo) y una vidente brasilera me hubiese leído la
mano en la playa y me hubiese dicho: “Querida, no sufras, dentro de unos años
tu vida va a ser distinta, te lo aseguro”.
Ahí, en la playa de Florianópolis, comprendí por qué muchos me habían
tratado de loca cuando recién empezaba: porque hay gente que no entiende que
viajar pueda ser distinto a irse de vacaciones. No lo entiende porque tal vez
nunca se lo preguntó. O no lo entiende porque tal vez un día se lo preguntó y,
como todos le aseguraron que no era posible, lo creyó imposible. O no lo
entiende porque es lo que nos hacen creer desde que nacemos. O no lo entiende
porque es feliz así, viajando dos semanas al año, y eso es respetable.
Para muchos, irse de vacaciones implica separar nuestro tiempo y nuestra
vida en dos planos: el del trabajo (ocho horas por día, cinco días por semana,
cincuenta semanas al año) por un lado, y el del ocio (fines de semanas y quince o
treinta días anuales de vacaciones) por otro. Y si nuestro tiempo está tan
claramente separado entre trabajo y no-trabajo es lógico que muchos supongan
que durante un viaje (léase vacación) lo normal sea no trabajar.
En mi paso por las playas de Florianópolis me di cuenta de algo más: cuando
uno elige cómo vivir se le abren muchísimas más posibilidades que cuando sigue
el camino socialmente esperado. Las rutas que somos capaces de imaginar para
nuestra vida son infinitas y depende de nosotros cuál tomar.
Ojalá a los veinte me hubiese cruzado a esa vidente —que, estoy segura,
anda rondando las playas de Brasil— y la hubiese dejado leerme la mano.
Seguramente me hubiese dicho algo así: “Menina, en unos años tu vida va a
cambiar. Tu existencia va a ser distinta porque nunca más vas a poder separar la
escritura de los viajes, ni los viajes de la vida, ni la vida del trabajo. Trabajarás
constantemente de aquello que te hace feliz y tu vida se convertirá en un gran
sueño donde la realidad y la fantasía serán una sola cosa. Y tus días jamás serán
iguales: tendrás miles de días de viaje, cada uno completamente distinto al
anterior. Te lo aseguro”.
Igualmente, conociéndome, sé que no le hubiese creído ni una palabra.
¡Gracias!
Al igual que Martin Luther King, vos también tenés un sueño. Puede que sea
un sueñito o Un Sueño. No importa, es lo que deseás para tu vida, lo que harías
si pudieras dejar todo atrás y elegir cómo vivir. Pero te sentís atado a un
mecanismo del cual ya no podés escapar. O eso creés.
Tu sueño es viajar por el mundo. (O poner un bar en la playa. O ser un
artesano en Indonesia. O ser un surfer en Ecuador. O ser un músico itinerante. O
ser acróbata de circo. O ser un dios en la India. O ser un comerciante en China.
O ser un astronauta en la Luna. O ser lo que más quieras. Vamos, todos tienen un
ideal, no me digas que vos no.)
No se lo contás a mucha gente. Creés que todos te van a responder: “Pff,
obvio, ¿quién no quiere viajar por el mundo/poner un bar en la playa/ser
astronauta?”. Tenés miedo de que te tilden de nómada, vago, rebelde, idealista
(una cualidad que se tiende a descalificar), hippie o loco. Pensás que viajar por el
mundo implica demasiada plata, demasiados riesgos, demasiadas preguntas y
ninguna certeza. Dejar todo para viajar es un camino de ida sin carteles de
señalización, un interrogante que solamente se responde mientras se lo vive. No
sabés si estás preparado.
No le decís a nadie, pero soñás despierto. Cada vez que te tomás el mismo
colectivo, subís el mismo ascensor, bajás por las mismas escaleras, te mirás al
mismo espejo, apoyás la cabeza sobre la misma almohada, pensás: “Esta no es la
vida que quiero. Un día de estos largo todo y me voy. Pero de verdad eh, yo me
voy. Ya van a ver”. Pero los días siguen. Seguís creciendo, conseguís mejores
puestos, un mejor sueldo, y tus sueños te parecen cada vez más infantiles e
inconcretables: “¿Vivir viajando? Es imposible. ¿Cómo hago? ¿De dónde saco la
plata? ¿De qué vivo?”.
Sin embargo, cada vez que ves fotos de pescadores que viven en islas
remotas y paradisíacas, de orientales que se ganan la vida cocinando en un
carrito, de parejas que venden todo y se van de gira en un auto viejo, de todos los
que se animaron y pusieron un bar en la playa, te sentís afectado, pensás. Te das
cuenta de que allá afuera existen miles de maneras de vivir. Tu rutina no es la
misma rutina de los seis mil millones de habitantes de este planeta. Es posible
vivir de otra manera, fuera de la vorágine, con más lentitud, en un escenario que
vaya más con tu persona.
Sacás cuentas y te iluminás. Es más barato vivir viajando que vivir en un
mismo lugar. Es más caro viajar como turista que vivir en un mismo lugar. Pero
al viajar como un viajero gastás mucho menos, lo necesario, lo que consumís en
el momento. Te emocionás. Ya está, yo saco el pasaje sin escalas a Micronesia y
me voy. Chau. Ya van a ver.
Y otra vez aparecen los miedos, las dudas, las preguntas. No, mejor no... Me
voy a quedar sin trabajo, y ¿qué hago allá? Mirá si me pierdo, me raptan o si
tengo que dormir en la calle. No, mejor me quedo acá.
Gana una vez más la seguridad sobre los sueños.
Y la vida sigue. Y muchos años después, pensás: “Ay, me acuerdo cuando era
joven, quería viajar por el mundo. Qué ingenuidad, qué irreal”. Y suspirás.
Nada ni nadie te impide vender todas tus pertenencias, comprarte un pasaje
para el primer avión o colectivo que salga a donde sea, e irte. Aunque creas que
existe un sistema que te lo impide, ese sistema no está más que en tu cabeza.
Aunque digas “pero yo no tengo un peso partido al medio”, si tenés manos podés
trabajar, si tenés cabeza podés pensar, si tenés humanidad podés crear. Si dedicás
todas tus energías a hacer eso que te hace feliz, por más ridículo, irreal o
aburrido que le parezca al resto del mundo, vas a encontrar la manera de
sobrevivir.
¿Te hace feliz viajar? Viajá. ¿Te hace feliz pintar? Pintá. ¿Te hace feliz
cantar? Cantá. ¿Te hace feliz hacer nado sincronizado en el canal de Panamá?
Hacelo.
Seré idealista (que para mí es algo positivo), pero esta vida es demasiado
corta para desperdiciarla dedicándote a algo que no te hace feliz.
No pongas más excusas: si querés viajar, viajá.
(Publicado en Viajando por ahí el 23 de enero de 2011. Hasta hoy, sigue siendo
el post más compartido del blog.)
Viajar
(según Aniko)