0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas29 páginas

Act Tecnicas

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) busca aumentar la flexibilidad psicológica del individuo, permitiendo la conexión con el presente y la observación de eventos privados para actuar conforme a valores establecidos. La intervención se estructura en varias fases, desde la desesperanza creativa hasta la acción comprometida, utilizando recursos como metáforas y ejercicios experienciales para facilitar la aceptación del dolor y la identificación de valores. La ACT enfatiza la diferencia entre elección y decisión, promoviendo la acción basada en valores incluso en presencia de malestar.

Cargado por

masolorzanon66
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas29 páginas

Act Tecnicas

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) busca aumentar la flexibilidad psicológica del individuo, permitiendo la conexión con el presente y la observación de eventos privados para actuar conforme a valores establecidos. La intervención se estructura en varias fases, desde la desesperanza creativa hasta la acción comprometida, utilizando recursos como metáforas y ejercicios experienciales para facilitar la aceptación del dolor y la identificación de valores. La ACT enfatiza la diferencia entre elección y decisión, promoviendo la acción basada en valores incluso en presencia de malestar.

Cargado por

masolorzanon66
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ACT COMO UN TRATAMIENTO ORIENTADO HACIA VALORES

Estructura y procedimientos de intervención de la ACT

ACT se orienta a promover la una mayor flexibilidad psicológica en el individuo con el propósito
dar paso a los eventos privados. Esta es la facultad que permite a la persona conectarse con el
presente y observar el contenido de la mente para modificar lo que se está haciendo, pero
siempre encaminándolos a los valores previamente establecidos (Harris, 2019).

Según Barraca (2007) para iniciar con la intervención terapéutica se parte desde el análisis

funcional de conducta del paciente. Debido a esto se debe fijar los objetivos terapéuticos los

cuales deben ser específicos para cada caso, a partir de esto se utilizan diferentes recursos

que pueden ser empleados sin una estructura especifica. Lo que nos indica que las etapas de

esta terapia no debe seguirse necesariamente en la secuencia en la que se las va a exponer

a continuación:

- Desesperanza creativa:

Esta fase impulsa al individuo, dentro del proceso terapéutico a buscar nuevas formas de

relacionamiento con el sufrimiento. Igualmente, se pretende que el sujeto este abierto a

nuevas estrategias; es decir, que con esta fase se busca que el paciente sea consciente de que

todos los intentos previos de solucionar su problemática han sido ineficaces y que, más bien,

han exacerbado el malestar. Es fundamental como terapeutas lograr que el paciente

comprenda que no es él, el que no tiene solución, sino que más bien los recursos empleados

hasta el momento no han sido idóneos y que en compañía mutua se generan alternativas

funcionales (Ruiz et al., 2012).

- El control como problema:

En este punto, se le muestra al paciente que sus intentos de control son el problema, ya que

las herramientas que ha estado utilizando han sido infructuosas. Según Ruiz et al., (2012) una

persona que siente ansiedad en un lugar específico puede optar por evitar ese lugar

nuevamente, pensando que al no ir se sentirá mejor. Relaciona que el quedarse en casa hace

que se sienta mejor evitando sus eventos privados, por lo tanto, decide quedarse allí para

evitar la incomodidad. Aunque estas estrategias a corto plazo pueden parecer lógicas, en
realidad no solucionarán el problema, por el contrario, incrementarán en gran medida los

lugares que evitará y empeorará la situación. Ante esto se propone estar abierto y exponerse

a sentir las experiencias privadas (Ruiz et al., 2012).

- Aceptación:

Aquí se busca ayudar al individuo a que pueda estar receptivo a sus eventos privados, sin

intentar suprimirlos o desaparecerlos, simplemente aceptándolos como son. Es decir, durante

este proceso no se busca extinguir los estímulos temidos. Este no es un proceso inactivo; al

contrario, supone exponerse al malestar mientras que se persiguen los valores que se

consideran importantes, siendo conscientes que las experiencias privadas son lo que son y no

lo que dicen ser (Barraca, 2007).

Defusión cognitiva:

Este proceso consiste en inculcar al paciente a que observe los pensamientos, las emociones

y los recuerdos como lo que son, dejando de interactuar con el medio como si estuvieran

fusionados con el malestar. Este proceso facilita el incremento de la probabilidad de la

aceptación en un paciente ya que modifica la percepción de los eventos internos y ayuda a

desvincularse de ellos (Ruiz et al., 2012). Es necesario que el terapeuta deje en claro al

paciente que él puede sentirse libre de pensar muchas cosas, pero que no necesariamente

deben ser ciertas.

- El yo como contexto:

Dentro de esta etapa se pretende que el paciente tome conciencia de sus eventos privados

tomando distancia de ellos y permitiéndole jugar un papel de observador. Por lo tanto, el yo

contexto permite que el paciente contextualice los eventos privados como una parte de la

persona y no la persona. Para esto Barraca, (2007) hace referencia a que como terapeutas se

les debe enseñar a los pacientes que su “yo” es un aliado no un enemigo.

- Orientación hacia los valores:

En esta fase se procura que el paciente esclarezca sus y actúe en relación con los valores con

el propósito de conseguir una mejoría en su calidad de vida. Es decir, se pretende que el

paciente comprenda la importancia de una vida basada en estos y que establezca acciones
específicas para avanzar hacia esa meta. Esta etapa debe culminar cuando se evidencie que el

sujeto ha conseguido comprometerse y tiene la intención de actuar, para este punto tanto los

valores, las acciones y las limitaciones están claras (Ruiz et al., 2012).

- Acción comprometida:

En esta última fase, la persona puede ser capaz de establecer objetivos y tomar medidas para

realizar los cambios, estas acciones serán personales y guiadas por los valores ya establecidos

previamente (Luciano & Valdivia y 2006).

Recursos clínicos terapéuticos

Es elemental recalcar que la ACT no tiene un protocolo estandarizado, el terapeuta será el

encargado de realizar el análisis funcional y deberá ajustar la intervención y seleccionar los

recursos clínicos terapéuticos que se van a utilizar para alcanzar los objetivos planteados.

- Metáforas

Es el recurso clínico más comúnmente utilizado en este enfoque, ya sea narradas por el

terapeuta o representadas en la sesión, pueden emplearse en muchos contextos. Según

Vargas (2006) las metáforas deben ser fáciles de recordar, deben trasmitir al paciente una

experiencia que empate con su problemática y que presente una posible solución alternativa.

Existen metáforas que se establecen para cada fase lo cual ayuda al terapeuta a lograr los

objetivos de la fase que está trabajando.

- Las paradojas

Este recurso utiliza las expresiones verbales para resaltar la contradicción de las propiedades

literales y funcionales de las reglas de evitación. De esta manera, se busca que el paciente

reflexione como las acciones que realiza para solucionar o abordar un problema (evitación),

en realidad, producen mayor malestar (Barraca, 2007).

- Ejercicios experienciales

Este recurso está diseñado para ayudar al paciente a que entre en contacto con sus eventos

privados desagradables o sensaciones físicas que causen malestar. De esta manera con la

ayuda del terapeuta, el individuo tendrá la oportunidad de vivenciar personalmente la

aceptación de estos eventos y así aprender a percibirlos de forma menos amenazadora.


Con el fin de enlazar esta perspectiva sobre evaluación, de carácter más bien general, con el tema
de los valores, a menudo usamos un ejercicio llamado «Nada tiene importancia». Para el propósito
de este ejercicio el terapeuta adopta la postura de que nada importa.

Ejercicio de nada importa

El terapeuta sugiere al cliente que el fanatismo no tiene importancia, la pobreza no tiene


importancia, la guerra no tiene importancia. Cada cierto tiempo, el terapeuta resume esta postura
afirmando «nada tiene importancia». Cuando el cliente comienza a hacer objeciones, el terapeuta
le pregunta acerca de las razones por las que algo importa. Cuando el cliente aporta razones (por
ejemplo, porque mucha gente sufre en la guerra), el terapeuta pregunta por qué eso importa. De
este modo, el terapeuta continúa rebatiendo cualquier razón con la respuesta: «¿Y por qué
importa eso?». Por lo general, si el terapeuta persiste, el cliente llega finalmente a la razón última:
«Bueno, a mí me importa». En ese momento, el terapeuta pregunta al cliente dónde quedaría esa
importancia si ellos dejaran de existir.

Este ejercicio puede ayudar a clarificar el hecho de que dar importancia a algo (o valorarlo)
siempre implica dos cosas: algo a lo que se da importancia y la persona que le da importancia.

Ejercicio de los calcetines Perigó

Instrucciones para el cliente:

a) El terapeuta solicita al cliente que considere si tiene sentimientos profundos o relevantes


acerca de los calcetines de punto Perigó. Es probable que el cliente responda
negativamente, indicando que no le importan.
b) El terapeuta pide al cliente que intente generar sentimientos profundos e importantes
hacia los calcetines Perigó. Es común que el cliente no pueda hacerlo, lo que ilustra que los
sentimientos no siempre preceden a las acciones.
c) A pesar de no sentir nada especial por los calcetines, el terapeuta invita al cliente a
imaginar que va a actuar de manera que haga de los calcetines algo muy importante. Se le
pide que piense en acciones que podría realizar para promover la importancia de los
calcetines Perigó.
d) El terapeuta anima al cliente a considerar cómo sería recordado por sus compañeros de
trabajo, familia o amigos después de implicarse en tales acciones durante meses. Es
probable que el cliente imagine ser recordado como alguien que valora profundamente
los calcetines Perigó.
e) El terapeuta señala que, a pesar de no tener sentimientos especiales hacia los calcetines,
al comportarse de esa manera, los demás verían sus acciones como una manifestación de
sus valores. Se enfatiza que lo que realmente importa son las acciones realizadas, ya que
son las que dejan huellas y producen cambios.

La relación entre las respuestas emocionales y la historia personal


Los ejercicios ¿cuáles son los números? y ¿cómo se llama tu madre? son ejemplos que permiten
experimentar lo que decimos de un modo significativo a través de sesiones.

Esto es, permiten experimentar al cliente el aspecto aditivo de la historia y el efecto de la historia
en el presente cuando se dan las condiciones apropiadas para ello.

Ejercicio ¿cuáles son los números?

Instrucciones para el ejercicio:

a) Solicite al cliente que se siente cómodamente en una silla o sillón, asegurándose de que
esté relajado y en una postura que le permita estar atento y presente.
b) Explique al cliente que se realizará un ejercicio para explorar cómo la mente maneja los
intentos de olvidar o rechazar pensamientos.
c) Indique que, durante el ejercicio, se le pedirá que se enfoque en ciertos números y luego
intente olvidarlos.
d) Pida al cliente que se concentre en los números 1, 2 y 3.
e) Solicite que repita mentalmente estos números varias veces, permitiendo que su atención
se centre completamente en ellos.
f) Indique al cliente que intente olvidar por completo los números 1, 2 y 3, como si nunca
hubieran existido.
g) Pida que observe qué sucede en su mente al intentar este olvido.
h) Anime al cliente a notar cualquier pensamiento, sensación o resistencia que surja al
intentar olvidar los números.
i) Explique que, a menudo, el esfuerzo por evitar o rechazar algo puede fortalecer su
presencia en la mente.
j) Después de unos minutos, invite al cliente a compartir sus experiencias y observaciones
durante el ejercicio.

Ejercicio ¿cómo se llama tu madre?

Sigue la misma lógica que el anterior para ejemplificar que el nombre de su madre forma parte de
su historia y —aunque no quiera decirlo— si alguien le preguntase cómo se llama su madre, el
nombre de su madre y las reacciones asociadas al nombre estarían presentes de un modo u otro.

Elegir versus decidir

Se distingue entre "elección" y "decisión" para comprender cómo las personas se relacionan con
sus valores y actúan en consecuencia.

Decisión: Se refiere a una selección entre alternativas basada en razones. Es un proceso


deliberado en el que se ponderan las opciones y se elige aquella que se considera más adecuada
según criterios específicos.

Elección: Implica seleccionar entre alternativas con razones, pero no necesariamente por razones.
Es una selección que se hace con razones, pero no por ellas.
Esta distinción es crucial en ACT, ya que se busca que las personas actúen de acuerdo con sus
valores, incluso en presencia de malestar o pensamientos contradictorios. La clave está en
aprender a encarar nuestras reacciones sin tener que evitarlas o minimizarlas, siendo flexibles
psicológicamente. De esta manera, entramos en disposición de elegir lo que valoramos
activamente. Se trata de hacer relevante que se puede elegir "porque sí", es decir, porque uno
quiere, sin necesidad de argumentar o incluso con razones de peso distintas y contrarias a lo que
uno ha decidido, relativizando así el valor de las razones que damos como producto de nuestra
reflexión.

Por ejemplo, al elegir un mueble, una persona podría decir que lo hace porque le gusta, sin
necesidad de justificarlo con razones adicionales. Esta elección puede estar influenciada por
valores personales, como la estética o el confort, y no necesariamente por una decisión racional
basada en razones específicas.

En resumen, mientras que una decisión se basa en razones específicas, una elección puede
hacerse con razones, pero no por ellas. En ACT, se busca que las personas reconozcan y actúen
según sus valores, incluso cuando las razones no sean claras o estén en conflicto.

Dolor versus trauma

El dolor es una experiencia natural e inevitable. El trauma es el dolor que se queda atrapado,
porque ha sido rechazado o reprimido.

El dolor es una cosa. El trauma es dolor que está combinado con la negativa a experimentar ese
dolor.

Muchos clientes intentan protegerse del dolor cerrándose a sentirlo. Este impulso es
completamente humano. Sin embargo, esa defensa, aunque parezca necesaria en el momento,
termina causando más daño. En lugar de aliviar el sufrimiento, lo cronifica. Lo que comenzó como
una herida concreta se convierte en una carga persistente.

Podemos decir al cliente: La forma de hacer hueco al dolor es echarse directamente encima de él,
aun cuando todo su ser le está diciendo que se eche para atrás. No tiene control sobre el dolor
que existe en su vida; es una parte de la existencia de cada uno que nadie puede evitar. Sobre lo
que sí tiene control es en permitir o no que el dolor se convierta en trauma.

Metáfora del esquiador

Suponga que va a esquiar. Toma un transporte hasta la cima de una montaña y está presto para
deslizarse en descenso, cuando una persona se acerca y le pregunta a dónde va. “Voy a la cabaña
en la base”, le dice usted. Él dice “Puedo ayudarle con eso”, súbitamente le agarra y le sube a un
helicóptero que vuela hacia la cabaña y luego desaparece. Así que usted mira alrededor medio
desorientado, toma un transporte a la cima de la montaña y está listo para descender de nuevo
cuando la misma persona lo agarra, lo mete al helicóptero y este vuela hacia la cabaña ¿usted
estaría molesto, no? Esquiar no tiene como meta llegar a la cabaña, pues hay varias maneras de
lograr eso. Esquiar es la forma en que queremos llegar ahí. Así que reconozcamos que llegar a la
cabaña es importante pues nos da una dirección para esquiar. Si quisiéramos esquiar en ascenso y
no en descenso, no se podría. Valorar el descenso sobre el ascenso es necesario para esquiar una
pendiente. Hay una forma de decir esto: El resultado es el proceso mediante el cual el proceso se
vuelve el resultado. Necesitamos metas, pero necesitamos mantenerlas con claridad para que el
verdadero sentido de vivir y tener metas pueda emerge

Metáfora del dentista

“¿A ti te gusta lo que te hacen en el dentista? A menudo duele, ¿verdad? Pero aun así vas. ¿Por
qué? Porque sabes que es necesario para tu salud dental, y que, aunque moleste en el momento,
a la larga lo agradecerás. Con la psicoterapia pasa algo muy parecido: hay sesiones en las que se
abordan temas duros, experiencias difíciles, emociones que uno ha evitado durante mucho
tiempo. Puede doler. Pero ese dolor, vivido con acompañamiento y sentido, es precisamente lo
que permite sanar.”

Ir al dentista proporciona un ejemplo potente: el impulso natural frente al torno es apartarse, huir,
cerrarse. Pero si usted hace eso, el daño podría ser peor o, como mínimo, no se soluciona el
problema. Entonces, ¿por qué nos quedamos quietos en la silla? No es porque disfrutemos del
torno, sino porque sabemos que quedarnos ahí funciona. Lo mismo ocurre en terapia: cuando
elegimos quedarnos presentes ante el dolor, sin resistirnos ni huir, algo comienza a transformarse.

Cuando trabajamos la diferencia entre dolor y trauma, conviene que el cliente no se quede solo
con la explicación teórica. Podemos ayudarle a aterrizar estos conceptos en su propia experiencia,
pidiéndole que traiga a la memoria un momento difícil:

 ¿Qué pasó?
 ¿Cómo lo vivió?
 ¿Qué intentó hacer con ese dolor?
 ¿Cómo lo ve ahora?
 ¿Cree que habría habido otra forma de reaccionar?
 ¿Cómo sería esa situación si la enfrentara hoy?

Ejercicio de múltiples puertas ante un hecho

Podemos pedir al cliente que nos diga cuántas formas se le ocurren para diferentes desenlaces al
cabo de dos años ante la pérdida de un hijo muy querido al que una persona estaba muy unida.
Por ejemplo, al cabo de dos años puede haber muerto de pena; también haber cambiado su vida y
dedicarse a ayudar a otros niños; también podría estar en un hospital psiquiátrico aquejado de
una gran depresión con alucinaciones; también podría seguir la vida de antes, aunque dedicando
más tiempo a sus familiares. Preguntamos, entonces, por la diferencia entre el dolor y la
conversión del dolor en trauma. El dolor, le decimos, es lo que cada uno siente cuando ocurre algo
que la vida da y no puedes cambiar. El trauma es no admitir ese dolor. Hacemos lo mismo con
otros ejemplos para presentar un contexto de flexibilidad o de múltiples puertas ante un hecho al
que reaccionamos con dolor, en vez de una única puerta o una única forma de reaccionar, por
ejemplo, la de no admitir el evento que vivimos con dolor.

Explorar el dolor desde la posibilidad: múltiples caminos ante una misma pérdida

Una herramienta valiosa en el trabajo terapéutico consiste en mostrar al cliente que ante el dolor
no hay una única reacción posible, sino múltiples formas de procesar, integrar y vivir una
experiencia dolorosa. Esta apertura es clave para diferenciar entre dolor y trauma.

Ejercicio: múltiples desenlaces posibles

Podemos plantear al cliente un ejercicio guiado para ayudarle a observar la variedad de respuestas
que pueden surgir frente a una misma situación difícil. Por ejemplo, proponemos el siguiente caso:

Imagina a una persona que ha perdido a un hijo muy querido, con quien tenía un vínculo muy
estrecho. ¿Qué diferentes caminos podrían darse dos años después de esa pérdida?

Pedimos al cliente que nombre todas las opciones que se le ocurran, sin juzgarlas, solo
observándolas. Algunas respuestas pueden incluir:

 Haber muerto de pena, completamente devastada por el dolor.


 Haber transformado su vida y empezar a trabajar con niños en situación vulnerable.
 Estar ingresada en un hospital psiquiátrico, afectada por una gran depresión y síntomas
psicóticos.
 Continuar con su vida anterior, aunque valorando más a su familia y dándole otro sentido
a sus relaciones.
 Haberse distanciado emocionalmente y funcionar en “piloto automático”.
 Haberse vuelto más espiritual o haber creado una fundación en nombre del hijo fallecido.

El objetivo no es elegir una respuesta correcta, sino mostrar que existen muchas formas de
responder a un mismo dolor. A través de este ejercicio, ayudamos al cliente a reconocer que no
todo dolor deriva necesariamente en trauma, y que hay caminos posibles de transformación,
aunque duelan.

VALORES A TRAVÉS DE LA CLARIFICACIÓN «FORMAL»

Ejercicio ¿qué quieres hacer en tu vida?

(¿Qué significado le quieres dar a tu vida? —ejercicio del funeral—)

Uno de los ejercicios más poderoso de «establecimiento de horizontes» es éste. El diálogo que
sigue fue con una cliente que se sentía mal por la falta de sentido de su vida.

Con este ejercicio se trata de dejar constancia de que, al comportarse incluso «sin horizonte», uno
se comporta al servicio de algo.

TERAPEUTA: Si estás dispuesta, me gustaría que hiciéramos un ejercicio. Quizá sirva para darte
información que no conoces o puede que simplemente te dé lo que ya sabes. Vamos a ver qué
sucede, ¿preparado?

CLIENTE: Vale.

TERAPEUTA: Quiero que cierres los ojos y te centres en mi voz... trata de relajarte durante unos
minutos y deja al margen las cosas de las que hemos estado hablando... (El terapeuta hace
relajación durante dos o tres minutos.) Ahora quiero que imagines que has muerto y que eres
capaz de asistir a tu funeral en espíritu... Quiero que te veas yaciendo y que mires y escuches los
elogios hechos por tu mujer, tus hijos, tus amigos, la gente con la que has trabajado... Imagina que
estás en esa situación... Ahora quiero que visualices lo que te gustaría que estas personas que
fueron parte de tu vida recordaran de ti.

¿Qué te gustaría que tu mujer dijera de ti, como su marido, su compañero?... Deja que ella hable
sobre eso. Sé valiente. Deja que ella diga exactamente lo que realmente a ti más te gustaría que
ella dijese sobre ti si tuvieras total libertad sobre lo que eso podría ser... (Permita que el cliente
hable.) Ahora, ¿qué te gustaría que tus hijos recordaran de ti, como padre? De nuevo, sé valiente.
Si pudieras hacerles decir algo, ¿qué sería? Incluso si actualmente no has cumplido con lo que
quisieras, deja que ellos digan lo que a ti más te gustaría... (Permita que el cliente hable.) Ahora
qué te gustaría que tus amigos dijeran sobre ti, como un amigo. Déjalos decir todas esas cosas que
a ti te gustaría que dijeran y no retengas nada. Deja que digan lo que más te gustaría que dijeran.
Haz una nota mental de estas cosas cuando los oigas hablar...

(El terapeuta puede continuar con esto, hasta que sea claro que el cliente ha entrado en el
ejercicio. Entonces el terapeuta ayuda al cliente a volver a la sesión y comentan sobre el camino
que la cliente tiene y el camino que quisiera tener. El objetivo es clarificar valores y situar las
barreras.

Escribir un epitafio

Introducción al contexto

El terapeuta ofrece una reflexión inicial sobre el legado humano:

TERAPEUTA: “Cuando una persona muere, lo que deja atrás no son sus bienes materiales, sino lo
que representó para los demás: las huellas que dejó. Por ejemplo, ¿has oído hablar alguna vez de
la madre Teresa de Calcuta?”

El cliente suele responder afirmativamente:

CLIENTE: “Claro. Una monja que ayudaba a los demás.”

Se refuerza el concepto:

TERAPEUTA: “Exacto. Sabemos de ella por lo que significó, no por lo que poseía. En ese sentido, te
propongo lo siguiente...”
Invitación a escribir el epitafio

El terapeuta propone el ejercicio imaginativo:

TERAPEUTA: “Imagina que tú puedes escribir tu propio epitafio. Algo breve, como lo que alguien
pondría en una lápida para resumir lo que tú representaste en tu vida. ¿Qué quisieras que dijera tu
epitafio? Tómate un minuto para pensarlo.”

Recepción de la respuesta del cliente

CLIENTE (ejemplo): “No sé, es difícil… Quizá: ‘Quise y ayudé a mi familia y a mis compañeros,
cumplí en mi trabajo’.”

Confrontación empática

El terapeuta devuelve la respuesta al presente:

TERAPEUTA: “Gracias por compartir eso. Ahora déjame preguntarte: cuando miras lo que haces
actualmente, ¿dirías que estás dejando esas huellas? ¿Estás ayudando a tu familia y a tus
compañeros? ¿Estás cumpliendo en tu trabajo?”

CLIENTE: “No, no lo creo… O sea, otros tal vez sí podrían, pero yo no estoy seguro de que pueda
hacerlo.”

Devolución reflexiva con humor y realismo

El terapeuta hace una devolución que resalta la contradicción de forma clara, pero sin juicio:

TERAPEUTA: “Vale, entonces si seguimos ese razonamiento, el epitafio podría decir algo así como:
‘Gastó su vida entera diciendo que quería ayudar a su familia y cumplir en su trabajo, y finalmente
murió preguntándose si alguna vez podría hacerlo’.”

Clarificando los valores

Las siguientes metáforas ejemplifican el costo de la elección que siempre tiene dos lados

El ejemplo de la pera y el bono

Imagina que te ofrecen una pera muy especial. Es tu fruta favorita. La has elegido tú. Esta pera
representa algo profundamente importante para ti: tus relaciones personales, tu vocación, ser
madre o padre, tu deseo de ayudar a otros, tu libertad, tu crecimiento... algo que realmente
valoras en tu vida.

Pero esta pera no está pelada. No viene cortada en trozos. Tiene partes dulces y jugosas, pero
también tiene partes que raspan, zonas duras o algo pasadas, incluso semillas que no disfrutas. Y
aquí viene el dilema: si quieres comer esta pera, tienes que tomarla entera. No puedes escoger
solo lo dulce y dejar el resto sin que eso afecte al conjunto.

Puedes decidir no comerla, claro. Pero si eliges comerla, eliges también todo lo que viene con ella:
el placer y el malestar, lo fácil y lo incómodo, el miedo, el conflicto, la incertidumbre.
Metáfora de la tortuga

«... Imagínate una tortuga que se dirige hacia su cueva, donde están sus crías, el resto de
tortugas... Pero la tortuga, cada vez que llueve, cuando sopla el viento, cuando se topa con
piedras, se mete en su caparazón. A veces sale del caparazón, avanza un poco, pero en cuanto
ocurre a su alrededor algo inesperado (aparece una mariposa, ve un relámpago...) se mete dentro
del caparazón... ¿Crees que de esta forma puede alcanzar lo que pretende? A lo mejor la
alternativa es avanzar con todo el cuerpo fuera, en pleno contacto con el suelo, abierta a todo lo
que pueda surgir en ese camino, notando todo lo que surja mientras avanza en dirección a sus
crías, el resto de tortugas... Probablemente no le gusten muchas de las cosas que estén en ese
camino, o tal vez sí, pero eso es absolutamente distinto de su compromiso de avanzar por el
sendero...

El siguiente ejemplo muestra la importancia de la práctica, de los «pasos», o el pedaleo, ya que a


pesar del malestar que eso conlleve, es un malestar «con vida». Ese malestar que produce la
práctica que voluntariamente uno ejercita tiene un significado o, lo que es igual, está al servicio de
lo que uno quiere. El ejemplo de la bicicleta es muy flexible y sirve para diferentes propósitos.

Aprender a ser un experto en manejar la bicicleta

Imagina que tu vida es como aprender a andar en bicicleta. Pero no cualquier bicicleta, sino una
que solo avanza si la conduces en dirección a lo que realmente te importa. Tus valores están allá
delante, al final del camino: relaciones significativas, crecimiento, cuidado, aprendizaje, libertad,
contribución, lo que tú elijas. El pedaleo representa tus acciones comprometidas. El problema es
que pedalear no siempre es fácil.

Si decides convertirte en un ciclista competente, tendrás que practicar en todo tipo de


condiciones. Habrá sol, pero también lluvia. Viento a favor y en contra. Subidas empinadas.
Terreno inestable. A veces dolerán las piernas. A veces no tendrás ganas. A veces tendrás miedo
de caer. Y te caerás. Lo importante no es evitar estas condiciones, sino aprender a pedalear con
ellas presentes. La incomodidad no es señal de que algo va mal. Es señal de que estás avanzando.

Habrá momentos en los que aparezcan pensamientos como: “No puedo”, “Esto no sirve de nada”,
“Soy un fracaso”, “No vale la pena seguir”. Estos pensamientos no tienen el poder de detener la
bicicleta… a menos que les entregues el manillar. En lugar de luchar con ellos o esperar que
desaparezcan, puedes reconocerlos como lo que son: solo palabras en tu mente. Puedes decir:
“Gracias, mente”, y seguir pedaleando.

La pregunta clave es: ¿Por qué estás en esta bicicleta? ¿Qué dirección es valiosa para ti? Quizá
quieras ser un padre presente, una persona compasiva, alguien que contribuye o que se cuida a sí
mismo. Ese “norte” personal es lo que da sentido a seguir pedaleando, incluso cuando es difícil.
Sin ese significado, la bicicleta se siente inútil. Con él, cualquier tramo —por duro que sea— puede
volverse significativo.

Convertirse en un buen ciclista no ocurre en un solo día. Requiere práctica regular. Y no solo en
condiciones ideales, sino en todas. El compromiso no se demuestra cuando todo está a favor, sino
cuando decides subirte a la bicicleta también en los días grises. Practicar es elegir avanzar en la
dirección elegida, una pedalada a la vez, incluso con dudas, cansancio o dolor. Eso es la acción
comprometida: hacer lo que importa, aunque no siempre se sienta bien.

Eres mucho más que la persona que se cae o que duda. Eres el que observa, el que elige, el que
decide seguir montando la bici. Tus pensamientos, emociones y recuerdos son pasajeros. Tú eres
el ciclista completo, el que sigue ahí mientras todo lo demás cambia.

Ahora dime: si quisieras avanzar en tu vida, en una dirección que realmente importe, ¿estarías
dispuesto a practicar el pedaleo incluso cuando no sea cómodo? ¿Estás dispuesto a caerte y
levantarte, no porque disfrutes caer, sino porque tu camino lo vale?

Apostar entre dos caballos

No querer establecer compromiso por miedo al fracaso, por ejemplo, es como apostar en una
carrera de caballos en la que puede elegir únicamente entre dos caballos, sólo que uno de ellos
está muerto y el otro vivo. Hacer un compromiso es apostar por el caballo vivo: puede que gane o
puede que no gane. No hacer un compromiso es como apostar al caballo muerto.

Metáforas de viajes y ejercicios para el trabajo en valores y el compromiso con ellos

Metáfora general del viaje

Imagina que te ofrecen la oportunidad de hacer el viaje de tu vida. Ese lugar al que siempre has
querido ir. No es solo un destino turístico: representa un modo de vivir que realmente te importa.
Una vida con sentido. Una relación que valoras. Un proyecto personal. El tipo de persona que
deseas llegar a ser.

Pero hay una condición: no puedes elegir los detalles del viaje. La única forma de hacerlo es
comprando un bono completo. Este bono incluye los paisajes hermosos, los momentos de
descubrimiento y plenitud... pero también los vuelos retrasados, las colas largas, la comida que no
te gusta, el cansancio, el mal tiempo, el aburrimiento, los cambios de planes y las incomodidades
inesperadas.

Puedes elegir no ir. Nadie te obliga. Quedarte donde estás es una opción válida si eso es lo que
eliges conscientemente. Pero si decides comprar el bono, no puedes hacer selecciones. No puedes
decir “quiero este paisaje, pero sin la caminata”, o “quiero esta experiencia sin la incomodidad”. Si
vas, vas con todo. Porque así es como funciona un viaje real. Y así es también como funciona una
vida significativa.

El punto en el horizonte. Imagina que estás emprendiendo un viaje largo. Has elegido una
dirección hacia la cual quieres caminar —por ejemplo, hacia el Este. No se trata de llegar a un
lugar exacto, sino de moverte en una dirección que te importa. Puede ser la dirección de tener una
relación íntima y amorosa, de vivir con autenticidad, de ser una persona compasiva, o de
contribuir con los demás.
Ahora bien, cuando eliges una dirección —como el Este—, puedes caminar toda tu vida en esa
dirección, y siempre habrá más Este. Nunca se termina. Lo mismo pasa con los valores: no son
metas que se alcanzan y ya está, sino formas de vivir que pueden guiarte durante toda la vida.

En ese camino, puedes elegir un “punto en el horizonte” para ayudarte a orientarte. Ese punto
puede ser una meta concreta, como casarte, iniciar una relación, escribir un libro o cambiar de
trabajo. Estos puntos no son el fin del viaje: son referencias útiles que te ayudan a no perder el
rumbo.

Ahora bien, si solo miras al horizonte, puedes tropezar con una piedra justo delante de ti. Por eso,
también es importante mirar a tus pies, al paso que estás dando ahora mismo. A veces tendrás
que sortear barro, escalar, desviarte un poco o detenerte a descansar. Lo importante es que cada
paso que des esté alineado con la dirección elegida, aunque no siempre sea recto ni fácil.

Y al mismo tiempo, si solo te concentras en el paso que estás dando, sin levantar la vista de vez en
cuando, puedes perder la orientación y caminar en círculos. Vivir de forma valiosa requiere un
equilibrio: mirar al horizonte para recordar hacia dónde vas, y mirar al suelo para ver por dónde
pisas.

El punto en el horizonte y las olas: Imagina que estás nadando en el mar hacia un punto en la
costa que has elegido, un lugar que te importa alcanzar. Ese punto es tu dirección, tu valor, tu
sentido en la vida.

Cada brazada que das tiene que acercarte a ese punto, pero el mar no está quieto. Las olas te
empujan, te hacen tambalear, a veces te llevan un poco hacia un lado o incluso hacia atrás.

Aquí tienes dos opciones:

 Puedes dejar que las olas dicten hacia dónde nadas, adaptando tu dirección a cada
movimiento del mar. Así, quizás te muevas mucho, pero pierdes de vista el punto en la
costa y te alejas de tu objetivo.
 bien puedes mantener tu vista fija en ese punto en la costa, mientras adaptas tus brazadas
para aprovechar las olas y sortearlas, sin dejar que ellas cambien la dirección que has
decidido seguir.

Nadar hacia tu meta no significa luchar contra todo lo que aparece, sino ser lo suficientemente
flexible para ajustar el movimiento y lo suficientemente firme para no perder el rumbo.

El conductor de autobús y los pasajeros

Ésta es una metáfora muy utilizada que puede hacer que emerja el sentido de orientación en la
dirección que uno ha elegido. Le decimos al cliente:

Imagínate que tú eres el conductor de un autobús. Dentro del autobús viajan muchos pasajeros:
tus pensamientos, sentimientos, recuerdos, y todo aquello que llevas contigo en la vida. Este
autobús tiene una única puerta, y sólo pueden subir pasajeros, no bajar.
Algunos de esos pasajeros son realmente molestos o amenazantes: llevan chaquetas de cuero
negro y navajas, y te gritan todo el tiempo diciéndote qué hacer y hacia dónde tienes que
conducir. Te ordenan: “¡Gira a la derecha!”, “¡Ahora a la izquierda!”, y amenazan con ponerse a tu
lado si no haces lo que ellos quieren. Lo que realmente quieren es no quedarse sentados al fondo
del autobús, que es donde tú los quieres, lejos de tu vista y molestia.

Al principio, haces un trato con ellos: “Si os quedáis sentados al fondo y no me molestáis
demasiado, haré lo que me pidáis”. Y ellos aceptan, se agachan y parecen quedarse tranquilos.
Pero llega un día en que te cansas, dices: “¡Ya no quiero esto! ¡Voy a echar a esos pasajeros fuera
del autobús!”. Entonces, paras el autobús para enfrentarte a ellos.

Pero la realidad es que esos pasajeros son fuertes y no tienen intención de irse. Comienzas a
forcejear con ellos, y te das cuenta de que mientras te enfrentas a ellos, el autobús no avanza:
estás detenido. Al final, te rindes un poco y vuelves a tu asiento, tratando de calmarlos y hacer que
vuelvan al fondo. Y para lograrlo, empiezas a conducir por donde ellos te dicen.

El problema es que, para calmarlos, haces lo que quieren. Y con el tiempo, ni siquiera te lo dicen:
tú ya sabes que, si no giras a la izquierda, ellos te atacarán, y antes de que te lo pidan, tú ya giras.
Así, sin darte cuenta, has perdido la sensación de que tú decides hacia dónde ir. Piensas que la
única forma posible es la que ellos te imponen, y te dices: “La izquierda es la única dirección que
puedo tomar”.

Cada vez que los pasajeros vuelven, traen con ellos el poder que les has dado en tus luchas
anteriores. Entonces, te preguntamos: ¿Crees que esta historia tiene que ver con lo que te está
pasando? ¿Quiénes son esos pasajeros que te molestan? ¿Hacia dónde te están empujando a
conducir tu vida?

Pero aquí está la clave: el poder que esos pasajeros tienen sobre ti depende completamente de
una cosa: te amenazan con molestarte si no haces lo que te piden, pero sólo pueden molestarte si
tú les prestas atención. Aunque parezca que pueden hacerte mucho daño con sus navajas y
cadenas, no son ellos los que conducen el volante, ni el acelerador ni el freno. Tú eres el
conductor.

A veces, esta idea puede resultar nueva o extraña: ver tus pensamientos y sentimientos como
pasajeros que viajan contigo, que pueden molestarte, pero que no tienen el control del autobús.
Puedes decidir escucharlos o no, pero siempre eres tú quien conduce.

Metáforas de huerto

Los ejemplos de horticultura también pueden ser fuente de metáforas útiles a la hora de examinar
valores. Son especialmente útiles con el cliente que no puede decidir por dónde empezar o que
cambia de un objetivo a otro sin esperar lo suficiente. Por ejemplo:

Imagine que usted selecciona un lugar para plantar un pequeño huerto. Prepara la tierra, planta
las semillas y espera a que broten. Mientras tanto, empieza a fijarse en un lugar justo al otro lado
de la carretera, el cual también parece un buen sitio, incluso puede que un sitio mejor. Así pues,
arranca sus vegetales, cruza la calle y planta allí otro huerto. Los valores son como huertos: puedes
cultivar algunas cosas muy rápidamente, pero otras requieren tiempo y dedicación. De modo que
la cuestión es «¿Quiere usted alimentarse tan sólo de lechugas o quiere alimentarse de algo más
sustancial, patatas, remolachas y similares?». Algunas veces es mejor trabajar en el huerto que ya
tiene que arrancar los rodrigones una y otra vez. Ahora bien, por supuesto, si usted se queda en el
mismo sitio empezará a notar las imperfecciones. Puede que la tierra no esté al nivel que parecía
estar cuando usted empezó, o tal vez el agua tenga que traerse desde muy lejos. Algunas cosas
que plantó parecen tomarse una eternidad para brotar. A veces, la planta que cuidó con más
esmero no ha dado las flores que esperaba. En ocasiones como éstas su mente le aconseja que
«debería haber plantado en otra parte», «que probablemente esto nunca funcionará», «que fue
una de sus estupideces pensar que podría hacer crecer algo aquí», «que no merece la pena
seguir», etc. La cuestión es, ¿puede continuar regando, desbrozando y cavando, incluso si
aparecen esos pensamientos y sentimientos? También le pedimos al cliente que piense en grandes
jardines, jardines al estilo inglés, jardines japoneses. Algunos requieren varias generaciones de
jardineros para madurar.

Pero sea el tipo de jardín que sea, todos contienen el cariño, el esfuerzo y la persistencia de todos
esos jardineros. Algunos de los valores que un cliente tiene tal vez no sean realizables en un
momento dado. Le decimos, entonces: el buen hortelano sabe que hay tareas para todo el año. La
parte más evidente de la horticultura es plantar y cosechar, pero incluso durante el invierno hay
faenas que hacer. Si los árboles frutales tienen que producir el próximo verano, deben podarse en
el invierno. Está la planificación y la preparación del suelo y todas las cosas que hacen posible la
horticultura. Si un cliente tiene algún valor que no puede realizarse inmediatamente, pregúntesele
si hay alguna forma en que él pudiera preparar el terreno para cuando sea el tiempo adecuado.

YO CONTEXTO

Fomentando un yo-contexto: alterando la literalidad y distinguiendo entre contexto y contenido


del yo

La metáfora del tablero

Imagina un tablero de ajedrez muy especial. Este tablero no está quieto: se mueve en todas
direcciones, cambia de forma y se extiende por toda tu vida. En él hay dos tipos de piezas: las
blancas y las negras, como en cualquier ajedrez. Pero en este tablero, esas piezas no son simples
figuras: representan tus pensamientos, emociones, recuerdos y sensaciones.

Por ejemplo, las piezas negras podrían estar formadas por la ansiedad, la tristeza, el miedo, la
rabia, o recuerdos dolorosos del pasado —(en este punto se puede invitar al cliente a identificar
sus propias “piezas negras”). Las piezas blancas, en cambio, podrían ser pensamientos de
seguridad, calma, control, autoestima, claridad o confianza.

Ahora, imagina que tú te has subido al caballo blanco. Es decir, te colocas del lado de las piezas
blancas y te lanzas a luchar contra las negras. El objetivo de este “juego” parece claro: hacer
desaparecer a las piezas negras del tablero. Luchar contra la ansiedad, eliminar los recuerdos
dolorosos, vencer la tristeza, el resentimiento o el miedo. Puede que incluso lo hayas intentado de
muchas formas: racionalizando, evitando, suprimiendo o distrayéndote.

Pero fíjate en lo que pasa. Cuantas más luchas contra esas piezas negras, más fuertes parecen
hacerse. Crecen, se multiplican, se colocan en el centro del tablero, justo donde más afectan tu
vida. La lógica dice que, si luchas lo suficiente, conseguirás echarlas fuera del tablero. Pero tu
experiencia probablemente te dice otra cosa: que no solo no desaparecen, sino que se vuelven
más persistentes y ocupan más espacio.

Así, el tablero se convierte en una zona de guerra constante. Cada vez hay más tensión, más
esfuerzo, más agotamiento... y lo peor es que comienza a aparecer una sensación de
desesperanza: “Esto no tiene salida”, “No puedo ganar”, “No puedo dejar de luchar”. Te ves
atrapado entre dos opciones: pelear o rendirte.

Pero aquí viene una observación importante: para luchar, tienes que estar dentro del tablero, ser
una pieza más del juego. Y en ese lugar, lo único que puedes hacer es combatir. No hay espacio
para moverse en otra dirección. Y lo curioso es que esas piezas que intentas eliminar... son parte
de ti. Son tus propias experiencias internas.

Entonces, ¿y si el problema no está en las piezas negras, sino en la guerra misma?

¿Y si el sufrimiento no viene tanto de tener esas fichas en el tablero, sino de estar atrapado en la
batalla contra ellas?

¿Y si, en lugar de seguir luchando, pudieras dar un paso atrás, bajarte del caballo, y mirar el
tablero con otra perspectiva?

Porque tú no eres una ficha, no eres el caballo, ni una pieza blanca ni una negra: tú eres el jugador,
el observador del tablero. Y como jugador, puedes elegir no seguir atrapado en esa guerra
interminable.

Metáfora del cielo y el clima

Imagina que eres el cielo y tus pensamientos y emociones son el clima que cambia
constantemente. El cielo permanece intacto, sin importar cuán tormentoso sea el clima. De
manera similar, tú eres el observador constante de tus experiencias internas, independientemente
de su naturaleza.

Estas metáforas ayudan a desarrollar la flexibilidad psicológica al fomentar una relación más
saludable con los pensamientos y emociones, permitiendo que las personas se identifiquen como
el observador consciente que puede elegir cómo responder a sus experiencias internas.

Ejercicio del observador

Vamos a explorar diferentes aspectos de su vida. Comencemos observando las múltiples facetas
que lo componen.
No soy mis roles

Piense en usted mismo en su entorno laboral. Visualícese interactuando con colegas, cumpliendo
tareas, resolviendo problemas. Ahí, usted desempeña el papel de trabajador.

Ahora, trasládese mentalmente a su hogar. Observe cómo actúa como pareja, madre o padre.
Notará que esos papeles son distintos, aunque puedan superponerse a veces.

Recuerde su infancia. En aquel entonces, asumía el papel de hijo o hija: algunas veces el hijo
ejemplar, otras, el rebelde. En la escuela, era el estudiante. En este momento, está aquí
asumiendo el papel de cliente o paciente.

A lo largo del día y de los años, sus roles cambian. Sin embargo, detrás de todos ellos, hay un "yo"
que ha estado siempre presente. Ese mismo "usted" que fue hijo, trabajador o estudiante, es el
mismo que está aquí, ahora.

Solo por un momento, reconozca esta verdad sencilla pero profunda: aunque tengo roles, no soy
mis roles.

No soy mi cuerpo

Ahora, lleve su atención a su cuerpo tal como está en este instante. Luego, imagínese cuando era
adolescente. Vuelva a habitar ese cuerpo por un momento y obsérvese desde allí. Después,
recuerde su cuerpo infantil: esas manos pequeñas, esos pies diminutos. Imagine mover esas
manos frente a sus ojos.

Reviva una ocasión en la que estuvo enfermo. Sienta ese cuerpo débil, tal vez con fiebre, dolor o
náuseas. Ahora, evoque una situación en la que realizó actividad física intensa: perciba la fuerza, la
respiración acelerada, el latido del corazón.

Note cómo su cuerpo ha sido muchas cosas: pequeño, grande, sano, enfermo, ágil o cansado.

Pero algo no ha cambiado: usted. El "yo" que habitaba el cuerpo de niño, adolescente o adulto
enfermo es el mismo "yo" que está aquí.

Aunque tengo un cuerpo, no soy mi cuerpo.

No soy mis emociones

Piense en la vez que estuvo más triste que nunca. Sumérjase en ese recuerdo por un instante.
Luego, evoque un momento de máxima felicidad. Sienta esa emoción nuevamente.

Ahora, recuerde una ocasión de aburrimiento, de enojo, de amor. Permítase sentir de nuevo esas
emociones.

A través de todas esas experiencias emocionales, hay un hilo conductor: un "usted" que estaba ahí
sintiendo, observando, viviendo.

Ese mismo "yo" estuvo presente en cada una de esas emociones, aunque ellas hayan cambiado.
Aunque tengo emociones, no soy mis emociones.

No soy mis pensamientos

Ahora, pensemos en sus pensamientos. Recuerde qué pensaba cuando era estudiante, lo que creía
acerca del mundo, de usted mismo o de sus amigos.

Tal vez haya cosas que pensaba entonces y ahora ya no cree. Quizás de niño creyó en Santa Claus.
Quizá alguna vez pensó que su vida seguiría un rumbo que luego cambió. Puede que hoy piense
cosas que nunca imaginó antes.

Piense en lo que estaba pensando ayer a esta misma hora… ¿Lo recuerda? ¿Y hace una semana?

Observe cómo sus pensamientos vienen y van. Algunos cambian, otros se repiten, muchos
desaparecen.

Sin embargo, hay un "usted" que ha estado ahí todo el tiempo, observándolos, teniéndolos.

Aunque tengo pensamientos, no soy mis pensamientos.

Entonces, ¿quién soy?

Ahora que ha observado sus roles, su cuerpo, sus emociones y pensamientos, note algo
fundamental:

Todo eso ha cambiado y seguirá cambiando.

Pero en medio de ese cambio constante, hay algo en usted que permanece: un observador, una
conciencia, un testigo silencioso que ha estado presente en cada etapa, en cada emoción, en cada
pensamiento.

Ese "yo" que observa no ha estado nunca realmente amenazado, aunque sus experiencias internas
sí lo hayan parecido.

Ese "yo" puede ver sin pelear, contener sin controlar, permitir sin perderse.

Ese observador que está aquí y ahora, advirtiendo todo esto… ese es usted.

El ejercicio de observación del flujo de experiencia privada

Le pedimos al cliente que:

a) Se coloque confortablemente en el sillón.

b) Cierre los ojos y se centre en él mismo. Le decimos: «Céntrese en usted mismo y véase en esta
habitación, véase sentado en el sillón de esta habitación... Note la posición de sus brazos..., de sus
piernas..., la posición de sus pies..., la posición de sus manos. Note sus glúteos presionando la
silla..., y los músculos de su cara..., note los músculos alrededor de sus ojos cerrados».

c) Le decimos «note su respiración, cómo el aire entra y sale por su nariz..., note los músculos de
su vientre al respirar..., el ritmo de su respiración sin alterarlo..., sólo ponga atención a lo que
ocurre...».

d) Ahora, le decimos, «no haga sino observar lo que venga. Observe las sensaciones que se dan
ahora mismo en su cuerpo... Dese cuenta de los pensamientos que vienen como si los viera
reflejados en una pantalla de cine. Note cómo surgen y cómo se van..., no agarre nada y no
empuje nada..., déjelos estar como vienen y déjelos ir cuando se vayan...».

e) «Ahora, aprecie su estado de ánimo..., nótelo y no haga nada por empujarlo o por retenerlo,
sólo nótelo...».

f) «Ahora, note su mente juiciosa, analítica, crítica, note lo que dice sin más..., quizá le diga que lo
está haciendo mal o bien, nótelo simplemente..., su trabajo aquí y ahora es sólo notar lo que
venga...».

g) «Permítase a sí mismo vivenciar sus sensaciones y pensamientos en este momento. Si tiene


sensaciones o pensamientos que no le gustan, no intente alejarlos, empujarlos o atraerlos. Si nota
que no aprecia nada y que no le viene ningún pensamiento, note ese pensamiento y esa sensación
de no notar nada. Simplemente adopte la posición de estar abierto a cualquier sensación y
pensamiento que le venga en este preciso momento... Trate lo que venga gentilmente, con cariño,
sin pasión, como si se tratara de observar abiertamente el cielo desde la ladera de la montaña...».

h) «Quédese ahora por unos minutos vivenciando lo que venga...».

i) (Al cabo de unos minutos) ... «y ahora, vuelva a darse cuenta de su posición en esta habitación...,
de su posición en la silla, de los músculos alrededor de sus ojos..., y cuando quiera, abra los ojos».
Al acabar el ejercicio, pregunte al cliente por esta experiencia a fin de situar el grado de
distanciamiento del contenido de los pensamientos, sensaciones, emociones y recuerdos.

El ejercicio de llevar la mente a pasear

Le pedimos al cliente que:

a) Se coloque cómodamente en el sillón.

b) «Cierre los ojos y llévese la atención a usted mismo. Véase aquí, en esta habitación, sentado en
este sillón... Note la posición de sus brazos, de sus piernas, de sus pies..., de sus manos... Sienta el
peso de su cuerpo sobre la silla, el contacto de sus glúteos con el asiento... Sienta los músculos de
su rostro..., y los músculos alrededor de sus ojos cerrados...»
c) «Ahora, dirija su atención a su respiración... Observe cómo el aire entra y sale por su nariz...
Note el movimiento suave de su abdomen al inhalar y exhalar... No intente cambiar su respiración,
solo obsérvela tal como es...»

d) Le decimos: «Permítase ahora observar lo que venga. Tal vez haya sensaciones en su cuerpo...,
tal vez pensamientos o imágenes mentales..., emociones... Imagine que todo lo que aparezca lo
puede ver en una gran pantalla frente a usted... Mire cómo todo aparece y desaparece, sin
necesidad de aferrarse ni rechazar nada... Sólo observe… como si fuera el cielo mirando pasar las
nubes…»

e) «Aprecie su estado de ánimo actual. ¿Qué emoción está presente? No intente cambiarla ni
controlarla... Solo reconózcala, como un visitante que entra y luego se va…»

f) «Note si su mente le dice algo. Quizá le dice que esto es raro..., que no lo está haciendo bien..., o
que lo está haciendo muy bien. Quizá comenta lo que siente o lo que debería sentir. Sea lo que
sea, escúchela, y déjela estar. Su único trabajo aquí es notar lo que venga…»

g) «Permítase sentir lo que sienta y pensar lo que piense. Si lo que aparece no le gusta, no tiene
que alejarlo. Si no aparece nada, note eso también: ese pensamiento, esa sensación de “no notar
nada”. Su tarea es simplemente observar, con curiosidad, sin juicio. Imagine que está sentado en
una ladera de la montaña, viendo pasar el paisaje del cielo: pensamientos, emociones,
sensaciones... Usted los ve, pero no es ellos...»

h) Le decimos: «Quédese unos minutos vivenciando lo que venga. Sólo observe, respire y
permanezca en contacto con la experiencia del momento...»

(Esperamos unos minutos)

i) Luego decimos: «Y ahora, poco a poco, vuelva a tomar conciencia de este lugar. Note su posición
en la silla..., el peso de su cuerpo..., los músculos de su cara..., y cuando esté listo, puede abrir los
ojos.»

Preguntámos:

 ¿Cómo ha sido esta experiencia?


 ¿Ha podido notar pensamientos, sensaciones, emociones sin quedar atrapado en ellos?
 ¿Ha sentido ese “usted” que estaba ahí observando todo, constante, incluso cuando todo
lo demás cambiaba?

Le explicamos: «A lo largo de su vida, sus roles han cambiado —de hijo a padre, de estudiante a
profesional—. Su cuerpo ha cambiado. Sus emociones, sus pensamientos también. Y, sin embargo,
hay un “usted” que ha estado ahí todo el tiempo. Un testigo constante de lo que ocurre. Ese
“usted” no necesita defenderse, porque no está amenazado. Está en el centro de su experiencia.
Puede notar su mente, sus juicios, sus emociones, sin identificarse completamente con ellos.»

El otoño y las hojas

Quiero que cierres los ojos y lleves tu atención a mi voz. Si en algún momento tu mente se distrae
con otros ruidos o pensamientos, simplemente date cuenta de ello y vuelve a escuchar mi voz con
calma.

Ahora, imagina un árbol de hoja caduca en otoño. Observa cómo sus ramas se van quedando
desnudas, y cómo una a una sus hojas comienzan a soltarse y caer suavemente al suelo.

Siéntate tranquilo junto a ese árbol. Siente el aire, el sonido de las hojas al caer.

Ahora, quiero que tomes el pensamiento o sensación que tengas justo en este momento —lo que
sea que esté pasando por tu mente— y lo deposites en una de esas hojas que están empezando a
caer.

Mira cómo esa hoja, con tu pensamiento cargado, se desprende del árbol y cae lentamente hacia
el suelo.

Respira y nota que tú no eres esa hoja, ni el pensamiento que lleva. Tú eres quien observa desde
aquí y ahora.

Deja que la hoja toque el suelo, y obsérvala sin prisa.

Ahora, toma otro pensamiento o emoción que esté presente y colócalo en otra hoja que se está
desprendiendo.

Obsérvala caer también, despacio y sin esfuerzo.

Siente cómo poco a poco el árbol se va liberando de todas esas hojas que contienen tus
pensamientos, emociones, recuerdos.

Si un pensamiento doloroso o difícil aparece —por ejemplo, aquel recuerdo o juicio que te pesa—
toma esa experiencia y ponla también en una hoja que está por caer.

Obsérvala caer.

Cuando sientas que una hoja cargada con esos pensamientos o emociones ha tocado el suelo,
simplemente hazme una señal con la mano.

(Pausa para que el cliente haga la señal)

Muy bien. Ahora, si otro pensamiento o sentimiento viene a tu mente, colócalo en una hoja y
déjala caer también.

Observa cómo el árbol sigue soltando hojas, y tú sigues siendo el observador que está aquí,
presente y tranquilo, viendo cómo todo pasa.
No tienes que hacer nada con esos pensamientos o emociones. Sólo observa cómo llegan, se
posan en las hojas, y cómo esas hojas se desprenden y caen.

Siente cómo hay un espacio entre tú y esos pensamientos, como si te observaras a ti mismo desde
la distancia, desde un lugar seguro.

Ahora, poco a poco, permite que la imagen del árbol se disuelva y toma conciencia otra vez de
esta habitación, de tu cuerpo sentado en el sillón, de tu respiración, de los sonidos que te rodean.

Cuando estés listo, abre los ojos.

TERAPEUTA (después de la visualización):

¿Cómo ha sido para ti esta experiencia de observar tus pensamientos y emociones como hojas que
caen?

¿Has podido notar ese “tú” que observa, más allá de lo que la mente dice o las emociones sienten?

Recuerda que, aunque esos pensamientos y emociones vengan y vayan, tú eres quien permanece,
quien observa.

Y esa es la parte de ti que siempre estará disponible para acompañarte, aunque el contenido
cambie.

Diferenciando lo que está verbalmente presente y lo que se hace presente por el lenguaje:
minimizando el valor de las palabras

Ejercicio del limón

a) Le pedimos al cliente que se coloque confortablemente en el sillón, adoptando una postura


relajada.

b) Le indicamos que cierre los ojos y se centre en sí mismo. Le decimos: «Céntrese en usted mismo
y en esta habitación. Note cómo está sentado en el sillón, la posición de sus brazos, piernas, pies y
manos. Sienta el contacto de su cuerpo con la silla, y los músculos de su cara, especialmente
alrededor de sus ojos cerrados.»

c) Le pedimos que note su respiración, cómo el aire entra y sale por su nariz, los movimientos de
su vientre al respirar, el ritmo natural de su respiración, sin alterarlo, sólo prestando atención a lo
que ocurre.

d) Ahora, le pedimos que imagine un limón delante de él. Le decimos:


«Observe el color amarillo del limón, su forma ovalada, y la textura rugosa de su piel. Visualice
cómo lo toma con la mano, y cómo se siente su superficie al tacto.»

e) Continuamos con la visualización:


«Ahora imagine que parte el limón por la mitad y puede ver la pulpa brillante y jugosa. Lleve el
limón a la boca y pase la lengua por la pulpa. Luego, muerda el limón y note el sabor ácido, la
saliva que se acumula, la sensación en su boca y garganta.»

f) Le invitamos a explorar esas sensaciones: «Observe esas sensaciones físicas y pregúntese:


¿Dónde están ahora? ¿Qué siente exactamente?»

g) Le preguntamos: «¿No es curioso que todas estas sensaciones estén presentes a pesar de que
aquí no hay ningún limón real?»

h) A continuación, le pedimos que durante dos minutos repita en voz alta la palabra “limón” con
diferentes tonos, velocidades y acentos (a veces en “lí”, otras en “món”). Le decimos:
«Aunque parezca extraño, le invito a estar abierto a cualquier sensación o pensamiento que surja,
incluso si siente que es raro o tonto. Lo haremos juntos.» (El terapeuta repite la palabra con el
cliente durante dos minutos.)

i) Luego, le pedimos que observe qué ha ocurrido con las sensaciones previas (ácido, saliva, ganas
de beber agua).
«¿Dónde están ahora esas sensaciones? ¿Sigue sintiendo el sabor ácido o la saliva?»

j) Finalmente, le guiamos para que tome conciencia de la experiencia:


«Fíjese en cómo una simple repetición y la atención diferente a la palabra pueden cambiar las
sensaciones que su mente evoca. Ahora imagine que los pensamientos angustiosos o dolorosos
pueden ser tratados de manera similar, como palabras o sonidos que vienen y van, sin necesidad
de aferrarse a ellos o dejarse dominar.»

k) Le invitamos a permanecer unos momentos más en esta observación abierta, sin juzgar lo que
venga, solo notándolo.

l) Para concluir, le pedimos que vuelva a sentir su cuerpo en el sillón, la respiración, los músculos
de su cara y, cuando quiera, abra los ojos.

Ejercicio del chocolate y el hígado

Imagina que tu mente es una gran cocina donde se preparan sabores y sensaciones. En esta
cocina, colocamos primero un pedazo de chocolate: dulce, suave, familiar. Lo puedes oler, tocar y
casi saborear, aunque no esté realmente ahí.

Ahora, traemos un ingrediente inesperado y extraño para ti: un hígado fresco, recién extraído. A
primera vista, esta mezcla puede parecer desagradable o chocante. Pero en nuestra cocina
mental, tú tienes el poder de mezclar el chocolate y el hígado, observar esa combinación sin
necesidad de decidir si es buena o mala.
En este banquete imaginario, las sensaciones que te provoque la mezcla —quizá repulsión,
curiosidad, sorpresa— son solo invitados que aparecen y se van. No tienen que dictar tu reacción
inmediata. Puedes preguntarte: ¿cómo sería este plato si en otra cultura fuera un manjar
exquisito? ¿Cambiaría tu sensación? ¿Y si te dijeran que este manjar cura todos tus males, seguiría
siendo igual para ti?

Así, este ejercicio es un juego en el que aprendes que los sabores (pensamientos y sensaciones) no
vienen atados a una receta fija. Tienes la opción de elegir qué probar, qué aceptar y qué dejar a un
lado. La cocina de tu mente está siempre abierta para experimentar, para dar espacio y para
descubrir que no estás obligado a seguir siempre el mismo menú.

La metáfora de la burbuja azul (ver a través versus ver desde)

Imagina que tu mente está rodeada por una burbuja azul, como un velo que tiñe todo lo que ves.
Esta burbuja azul hace que el mundo entero se vea con ese mismo tono, como si todo estuviera
bajo una luz azulada, densa, que no te deja distinguir con claridad. Cuando la burbuja está justo
alrededor de tu cabeza, no puedes ver otra cosa que el color azul: todo se vuelve opaco, confuso,
oscuro.

Ahora imagina que, en lugar de tener esa burbuja pegada a tu cabeza, la tomas con tus manos y la
colocas a tu lado. No desaparece, no la eliminas, solo la apartas un poco, la pones a distancia.
Desde este nuevo lugar, puedes mirarla con atención: observar su forma, su color, su textura. Ya
no estás atrapado dentro de ella; ahora la ves como algo separado de ti, un objeto más en la
habitación.

Esto cambia completamente la experiencia: antes veías todo a través de la burbuja, y todo estaba
teñido por ese azul pesado. Ahora, al verla desde afuera, puedes notar que no eres la burbuja, sino
quien la observa. Desde esta posición segura y privilegiada, tienes espacio para decidir qué hacer
con ella: si dejarla estar, estudiarla, o simplemente dejarla pasar.

Esta metáfora invita a entender que no siempre tenemos que ser arrastrados por la oscuridad que
sentimos o pensamos; podemos crear distancia, tomar un lugar desde donde ver y comprender
esos pensamientos y emociones sin quedar atrapados en ellos.

Metáfora física de estar «pegado» o fundido y la metáfora de las gafas

Imagina que tienes un objeto justo frente a tu nariz, tan cerca que apenas puedes distinguir sus
formas ni sus colores, y que se confunde con lo que hay detrás. Esta cercanía extrema es como
mirar la vida a través de lo que te preocupa o molesta: todo se mezcla, todo parece uno solo, y no
logras ver nada con claridad.

Ahora, imagina que te alejas unos pasos de ese objeto. Desde más lejos, puedes observarlo mejor:
ves su forma, sus colores, y, además, el espacio que lo rodea. Al mirar desde diferentes ángulos —
desde arriba, desde abajo, por delante o por detrás— descubrirás que ese mismo objeto parece
diferente, dependiendo de la luz y la perspectiva, pero sigue siendo el mismo objeto. Puedes ver
detalles que antes no notabas, y también puedes observar lo que está alrededor sin confundirlo
con el objeto.

Otra forma de pensar en esto es imaginar que llevas puestas unas gafas oscuras durante años. A
fuerza de ver todo a través de esos cristales, ni siquiera te das cuenta de que las llevas puestas;
todo está teñido por ese color oscuro. Intentar ignorar lo que ves y sientes es como tratar de
quitarte esas gafas sin éxito, haciendo que se vuelvan aún más oscuras y pegadas a tus ojos, hasta
que ocupan todo tu campo visual.

Ahora, piensa en la opción de quitarte esas gafas y colocarlas a tu lado. No desaparecen, siguen
ahí, porque forman parte de ti y de tu historia, pero desde ese lugar fuera de tus ojos, puedes
mirarlas como un objeto más, junto con todo lo demás que te rodea. Puedes elegir cuándo usarlas
y cuándo no, y observar todo desde una perspectiva más amplia.

De manera similar, colocar las preocupaciones o pensamientos difíciles a tu lado —en vez de
pegados a ti— te permite verlos con más claridad, entenderlos mejor y elegir cómo relacionarte
con ellos, en lugar de quedar atrapado dentro de ellos.

Ejercicio de contemplar el cuadro

Le pedimos al cliente que:

a) Se coloque confortablemente frente a un cuadro que está a cierta distancia.

b) Le preguntamos: «¿Qué hace con este cuadro, o con cualquier cuadro, por ejemplo, si vas a una
exposición de pintura o a un museo?» (Su respuesta habitual suele ser «No hago nada especial»).
Le decimos: «No hacer nada especial es hacer algo».

c) Le preguntamos: «¿Cómo podría llamar a eso que haces, a lo que llamamos ‘no hacer nada
especial’?». Generalmente contestan que «lo miran» o «lo contemplan».

d) Cuando cliente y terapeuta ponen un nombre a ese comportamiento, por ejemplo


«contemplar», lo relacionamos con otras actividades equivalentes que impliquen otros sentidos
para generalizar la actividad de contemplar:

 ¿Qué haces si vas a un concierto de música clásica?


 ¿Qué haces si vas al cine a ver una película?
 ¿Qué haces si te asomas por la ventana para mirar a los niños jugar en la plaza?

e) Le preguntamos: «¿Y si todo lo que tienes que hacer con tus sensaciones de malestar, con tus
pensamientos de culpabilidad (o la experiencia privada que le afecte), es simplemente
contemplarlos como podrías contemplar un cuadro que no te gusta, o un programa en la
televisión que, aunque no te guste, sabes que te aporta algo?»

f) Retomamos la metáfora y le preguntamos: «¿Y si estar con la nariz pegada al cuadro es como
dar la espalda a esas sensaciones, como no querer mirarlas? ¿Qué puedes ver cuando estás
pegado al cuadro?» (Aquí se retoma la metáfora que haya conectado más con el cliente, por
ejemplo, el dique con agujeros o cualquier otra).

g) Le planteamos: «Por tu experiencia sabes que no puedes hacer tu vida si estás pegado al
cuadro. Entonces, ¿qué tienes que hacer cuando te des cuenta que estás otra vez con la nariz
pegada al cuadro?»

h) Guiamos a que responda que no parece haber otra opción que dar dos pasos atrás y retomar la
posición desde la cual pueda ver el cuadro completo, y desde ahí elegir el siguiente paso que le
ayude a avanzar en la dirección que valore.

Metáfora de la radio siempre encendida

Imagina que tu mente es como una radio que nunca se apaga. Está siempre encendida y
sintonizada en la misma emisora. A veces, esa emisora transmite mensajes agradables, palabras
tranquilizadoras o música suave que te acompaña. Otras veces, esa emisora emite sonidos
molestos, críticas, órdenes o voces amenazantes que perturban y hacen difícil concentrarte.

Ahora pregúntate: ¿qué está diciendo esa radio en este preciso momento? Puede ser que estés
escuchando voces que juzgan, que ordenan o que amenazan. Pero recuerda, la radio está ahí para
ser escuchada, no necesariamente para ser obedecida o tomada en serio.

¿No estás cansado ya de dejar que esa radio controle tu vida, deteniéndote o paralizándote según
lo que transmite? ¿Y si lo que hay que aprender es a tener siempre la radio encendida y, aun así,
seguir haciendo lo que realmente te importa? La radio seguirá emitiendo sus mensajes, pero tú
decides qué hacer con ellos.

Incluso si la radio ahora dice algo duro o amenazante, puedes elegir escucharla sin dejar que te
controle, mientras sigues avanzando hacia tus metas y valores.

Ejercicio de las tarjetas

(los contenidos son contenidos: «tú eres mucho más que eso»)

Le pedimos al cliente que:

a) Se coloque confortablemente en el sillón.


b) Cierre los ojos y se centre en sí mismo. Le decimos: «Céntrese en usted mismo y véase en esta
habitación, véase sentado en el sillón de esta habitación... Note la posición de sus brazos..., de sus
piernas..., la posición de sus pies..., la posición de sus manos. Note sus glúteos presionando la
silla..., y los músculos de su cara..., note los músculos alrededor de sus ojos cerrados».

c) Le decimos: «Note su respiración, cómo el aire entra y sale por su nariz..., note los músculos de
su vientre al respirar..., el ritmo de su respiración sin alterarlo..., sólo ponga atención a lo que
ocurre».

d) «No haga sino observar lo que venga. Observe las sensaciones que se dan ahora mismo en su
cuerpo... Dese cuenta de los pensamientos que vienen como si los viera reflejados en una pantalla
de cine. Note cómo surgen y cómo se van..., no agarre nada y no empuje nada..., déjelos estar
como vienen y déjelos ir cuando se vayan».

e) «Ahora, aprecie su estado de ánimo..., nótelo y no haga nada por empujarlo o por retenerlo,
sólo nótelo».

f) «Ahora, note su mente juiciosa, analítica, crítica, note lo que dice sin más..., quizá le diga que lo
está haciendo mal o bien, nótelo simplemente..., su trabajo aquí y ahora es sólo notar lo que
venga».

g) «Permítase a sí mismo vivenciar sus sensaciones y pensamientos en este momento. Si tiene


sensaciones o pensamientos que no le gustan, no intente alejarlos, empujarlos o atraerlos. Si nota
que no aprecia nada y que no le viene ningún pensamiento, note ese pensamiento y esa sensación
de no notar nada. Simplemente adopte la posición de estar abierto a cualquier sensación y
pensamiento que le venga en este preciso momento... Trate lo que venga gentilmente, con cariño,
sin pasión, como si se tratara de observar abiertamente el cielo desde la ladera de la montaña».

h) «Quédese ahora por unos minutos vivenciando lo que venga».

i) (Al cabo de unos minutos) … «y ahora, vuelva a darse cuenta de su posición en esta habitación...,
de su posición en la silla, de los músculos alrededor de sus ojos..., y cuando quiera, abra los ojos».

Ejercicio fisicalizante de decir no y hacer sí y decir sí y hacer no

Le pedimos al cliente que:

a) Se coloque confortablemente en el sillón y observe un objeto que le generará cierto conflicto o


molestia (puede ser un pequeño objeto simbólico, colocado frente a él).

b) Le decimos: «Imagine que sus pensamientos y emociones son como nubes en el cielo de su
mente. Algunas nubes pueden ser oscuras, densas, y a veces intentamos que no aparezcan, pero
no podemos controlar su llegada.»
c) Le invitamos a decir en voz alta: «Quiero tocar este objeto», mientras intenta mover la mano
hacia él, pero sin tocarlo.

d) Después, le pedimos que diga repetidamente: «No quiero tocar este objeto», mientras intenta
acercar la mano y finalmente tocarlo, observando cómo la mente puede decir muchas cosas
contradictorias, pero la acción es lo que decide hacer.

e) Le explicamos: «Así como no puedes evitar que las nubes aparezcan en el cielo, tampoco
puedes controlar todos tus pensamientos o sensaciones. Pero puedes elegir qué hacer a pesar de
ellas. Imagínate que las nubes están ahí, pero tú tienes el poder de apartarlas un poco y seguir
cuidando tu jardín, haciendo lo que es importante para ti.»

f) Le invitamos a notar cómo se siente al actuar a pesar de los pensamientos o sensaciones que
surgen, sin tratar de controlarlos o pelear con ellos.

g) «Recuerda que las nubes siempre estarán en el cielo, pero tú decides si permaneces atrapado
dentro de ellas o si las dejas pasar mientras sigues tu camino.»

h) Quédese unos minutos con esa sensación, observando sus pensamientos y emociones como
nubes, mientras él mismo elige sus acciones, sin forzar nada.

i) (Al cabo de unos minutos) Le decimos: «Ahora vuelve a sentir tu cuerpo en el sillón, tus manos,
tus pies, y cuando quiera, abre los ojos».

Finalmente, se pregunta al cliente sobre su experiencia para ayudar a distinguir la separación


entre el contenido mental y la acción, y cómo esto puede conectar con lo que realmente quiere en
su vida.

Ejercicio de contenidos vividos negativamente

Metáfora de las nubes grises

La lucha que tienes con el sufrimiento que provocan los pensamientos dolorosos del pasado es
como tratar de impedir que nubes oscuras aparezcan en el cielo. Imagina tu mente como un vasto
cielo azul y claro. A veces, sin que puedas controlarlo, surgen nubes grises que se extienden y
cubren todo lo que está debajo, como las plantas de tu jardín.

Intentar evitar que esas nubes aparezcan es un esfuerzo constante que, en realidad, no funciona.
Así como no puedes evitar que las nubes lleguen, tampoco puedes evitar que los recuerdos y
pensamientos dolorosos afloren en tu mente. Cuando intentas pelear con ellos, como si te
quedaras atrapado dentro de la nube, pierdes de vista no solo la nube, sino también el cielo que la
sostiene y la tierra que está bajo ella.
Estar "pegado" a la nube te deja a merced de ella, y mientras peleas para que se vaya, la nube
crece y oscurece más tu vida, descuidando el jardín que tanto quieres cuidar. Pero hay otra forma:
permitir que las nubes estén ahí, saludarlas cuando lleguen, y observar cómo a veces oscurecen lo
que tienes enfrente, pero también cómo pasan, y el sol vuelve a brillar.

Las nubes, como los pensamientos difíciles, vienen y van, a su tiempo, como los números en la
lotería de la vida. ¿Qué pasaría si dejaras que esas nubes sigan su curso en el cielo de tu vida,
mientras tú continúas caminando por el camino que quieres recorrer?

También podría gustarte