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El Viento

En un pueblo remoto, un hombre solitario se enfrenta a sus pensamientos y emociones mientras camina hacia una casa, donde tiene un encuentro significativo con su madre. Tras entregarle una carta, reflexiona sobre su conexión con la naturaleza y su propio ser, antes de regresar a casa y escribir sobre su experiencia. El relato culmina con su muerte, dejando una sensación de anhelo y esperanza por lo que podría haber sido.

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El Viento

En un pueblo remoto, un hombre solitario se enfrenta a sus pensamientos y emociones mientras camina hacia una casa, donde tiene un encuentro significativo con su madre. Tras entregarle una carta, reflexiona sobre su conexión con la naturaleza y su propio ser, antes de regresar a casa y escribir sobre su experiencia. El relato culmina con su muerte, dejando una sensación de anhelo y esperanza por lo que podría haber sido.

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En un pueblo muy lejano, en medio de un frondoso e interminable paisaje de alguna

llanura, yacían humildemente cuatro paredes formadas de adobe y piedras,


firmemente acomodadas y apiladas.
El paisaje constante —y cortante— era el viento: tan invariable como un manantial y
tan filoso como el canto de una hoja. Pero él… él amaba eso.

Una tarde ventosa se dispuso sin novedad, como tantas otras, pero a diferencia de
aquellas, esta traía consigo algo más.
¿Quizá algo de lluvia? ¿Algo de frío? Sí, es probable. Pero con un plus de eso que aún
no podría decirse.

Él salió de su casa vestido de invierno… pero no tanto. Apenas una camperita


rompevientos, unos jeans algo gastados, unas zapatillas blancas y una boina que
remataba la decoración de un modo tan desalentador que ningún ser humano —sin
importar género, raza o religión— se animaría siquiera a mantener un mínimo
contacto visual.
No era algo que le quitara el sueño, ni mucho menos. De hecho, podríamos decir que
no sobraba gente en ese lugar, y eso lo convertía en el sitio perfecto para él.

El sol apenas acariciaba de a ratos, mientras las hojas y ramas de los árboles se
blandían ante el viento, que lo seguía con paso firme y constante. Su destino era fijo

Con cada paso que daba, se permitía hablar de una forma algo particular, como si
conversara con un amigo imaginario.
Sus preguntas eran claras, precisas y desconcertantes:

—¿Y si alguien me ve?


—¿Y si le preguntamos qué se siente?
—¿Qué pasa si la miro a los ojos?

Y sus respuestas… algo perturbadoras:

—Sabés lo que tenés que hacer si te ven.


—No te olvides que merecen lo que les pasa, no importa lo que sientan.
—Si la mirás a los ojos, no olvides sonreír.

Había llegado a su destino. El camino, la tarde y la noche parecían fundirse en un solo


paisaje, y él, con la mirada fría, permanecía inmóvil en medio del camino de tierra,
como si estuviera meditando en una suerte de trance profundo.
Como cuando nos miramos fijamente al espejo, sin pestañar por unos cuantos
segundos, y vemos cómo, de a poco, nuestro rostro comienza a deformarse… Así
empezaba a percibir lo que tenía por delante.
Pero con la diferencia de que él sí pestañeaba.

Había generado una suerte de microcápsula espacio-temporal imaginaria, en la que


solo oía sus voces y sonidos armónicos flotando por ahí, no era consciente de su
alrededor, solo de esa casa que tenía delante.

Su pestañeo y su respiración interactuaban cada vez más atropellados entre si. Sus
conversaciones eran cada vez más exasperantes y sin lógica; de hecho, hasta parecía
hablar en otra lengua, y el volumen apenas era audible.
De repente, una luz muy intensa, junto a un ruido ensordecedor, se empalmaron para
dar aviso de peligro, que algo podía sucederle.
Él dejó de pestañar por unos segundos.
No miró hacia la fuente de luz.
Ni siquiera se movió un centímetro.
Fue como si nunca hubiese escuchado ni visto nada de eso que se le vino encima y lo
pasó a toda velocidad por la espalda.
Alejándose de él, se escucharon insultos del chofer de una camioneta que —de no ser
por sus reflejos— lo hubiese atropellado
La estela de polvo se disipó. El viento se encargó de llevarla por ahí.
Solo quedaban la joven noche, los árboles inquietos… y esa casa frente a él,
acercándose cada vez más.

Su mirada, fija, fría.


Su balbuceo, constante.
Sus manos, en los bolsillos de la campera, como buscando algo.

Y de repente, un sonido detrás suyo: una voz de mujer, cálida, serena:

—Hijo… ¿qué hacés ahí parado?

Al escucharla, dió media vuelta y con una sonrisa ligera y sin mediar palabra, sacó del
bolsillo izquierdo de la campera un papel escrito a mano y se lo entregó.
Sorprendida, ella dejó las bolsas de compras en el piso por un momento, se limpió las
manos con la ropa —para no manchar el papel— lo miró fijamente a los ojos y tomó la
carta sin dejar de observarlo.
Le preguntó qué era eso, pero no obtuvo más que una sonrisa como respuesta…y un
beso en su mejilla derecha.
Se alejó lentamente, bajo la atenta y preocupada mirada de su madre, quien sostuvo
la carta con una mano y con la otra se recogió el pelo para que no le invadiera el
rostro.

Su andar era constante y mientras se alejaba de esa casa por el mismo camino que
llegó, se daba espacio para tomar unas pausas y observar el movimiento de los
árboles -uno en particular- un ejemplar de Ñires típico de la zona patagónica. Este
árbol movía sus ramas de una manera encantadora, casi hipnótica, como intentando
seducir con su danza a cualquier curioso que pasase por ahí y él, cayó en la trampa.
Por unos segundos lo observó con detalle en todo su esplendor, toda esa pieza
majestuosa creada por vaya a saber quién, y el destino caprichoso decretó que ese
sería su lugar en este mundo y que ese día, en ese momento y en ese lugar alguien
seria testigo de su exótico movimiento, de su expresión, de su suspiro, de su lenguaje
universal.
Ese Ñires, con el pecho inflado de orgullo y extasiado por tanta atención, detuvo el
movimiento de sus ramas por completo, casi como una estatua sin vida, pausado en el
mundo; pero no así el viento, el viento no cesó, solo Él lo había hecho. En ese mismo
instante en el que ambos se paralizaron por completo se escuchó un grito tan fuerte,
tan agónico, tan estremecedor que hubiese puesto en cuclillas al mismísimo diablo, un
grito que resonó en el viento por unos larguísimos segundos.
Sonriendo y agradeciendo, se puso de rodillas ante el árbol, besó a la tierra y siguió su
camino mientras este retomaba el movimiento normal de sus ramas al ritmo del
viento, pero esta vez, con movimientos totalmente ordinarios y poco atractivos, como
si no le interesara llamar la atención.

Al llegar a su casa abrió la puerta empujándola con el hombro, como era costumbre. El
crujido habitual le dió la bienvenida y el olor a humo estancado endurecía aún más el
interno aire frio. Recogió algunos leños del leñero, los colocó cuidadosamente en la
salamandra y les dió fuego. Se quitó la campera con un movimiento brusco, la dejó
caer sobre una silla y se acercó a la cocina.
Puso a calentar el agua, preparó un café —sin azúcar, como siempre— y sacó un pan
casero del canasto de mimbre de la mesita -previamente amasado por él- dispuesto a
dividirlo por la mitad.
Mientras bebía un sorbo de su café, apoyó su pan con manteca, tomó un cuaderno de
tapa negra; lo abrió justo por la mitad y con una lapicera azul escribió solo una línea:

— “Hoy volvió a aparecer. Me vió. Me habló. Esta vez, tomó la carta.”

Cerró el cuaderno de un movimiento, apoyo la lapicera a un costado, le dió un


mordisco a su pan y se quedó observando como el fuego ganaba territorio en la
salamandra por unos largos minutos. Con una sonrisa comparable con nada en este
mundo, derramó una lagrima de cada ojo y acto seguido, recitando las siguientes
palabras…

—“Espero que esta vez valga la pena, haz que valga la pena”

Murió.

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