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Bajo La Noche Eterna - Veronica Rossi

Aria y Perry, tras meses de separación, se reencuentran en un mundo lleno de peligros y tormentas de éter. Perry, ahora Señor de la Sangre, lucha por mantener el control de su tribu mientras buscan el legendario Azul Perpetuo, su única esperanza de supervivencia. A medida que enfrentan desafíos y tentaciones, deben descubrir si su amor puede resistir la adversidad que les rodea.

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Bajo La Noche Eterna - Veronica Rossi

Aria y Perry, tras meses de separación, se reencuentran en un mundo lleno de peligros y tormentas de éter. Perry, ahora Señor de la Sangre, lucha por mantener el control de su tribu mientras buscan el legendario Azul Perpetuo, su única esperanza de supervivencia. A medida que enfrentan desafíos y tentaciones, deben descubrir si su amor puede resistir la adversidad que les rodea.

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Han pasado muchos meses desde que Aria y Perry se vieron por última vez.

La madre
de Aria ha muerto. Perry se ha consolidado como Señor de la Sangre de los Mareas.
Durante largo tiempo han soñado con el reencuentro. Creen que todo está bajo su
control. Pero a los Mareas no les gustan los que vienen del exterior y poco a poco Perry
pierde el control de su tribu. Nada va de acuerdo con lo esperado. Para completar, las
tormentas de éter son cada día peores y la única esperanza que tienen para poder
sobrevivir es llegar al Azul Perpetuo. Pero ¿acaso existe de verdad este lugar?
Amenazados por falsos amigos y enfrentándose a diversas tentaciones, Aria y Perry
tendrán que descubrir si su amor es capaz de sobrevivir a esta noche eterna.
Veronica Rossi

Bajo la noche eterna


Bajo el cielo eterno - 2

ePub r1.0
Titivillus 23.01.2018
Título original: Through the Ever Night
Veronica Rossi, 2013
Traducción: Juanjo Estrella

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
1
Peregrino

PERRY siguió el rastro de su olor, moviéndose ágilmente en la oscuridad. No reducía el paso ni


para escrutar el bosque en penumbra, a pesar de que el corazón le martilleaba en el pecho.
Rugido le había contado que ella había vuelto al exterior, le había entregado incluso una violeta a
modo de prueba, pero Perry se negaba creerlo hasta que la viera.
Llegó a un montículo formado por rocas y soltó el arco, las flechas y el macuto. Empezó a
ascender saltando de piedra en piedra, hasta llegar a lo más alto. El cielo estaba encapotado: un
espeso manto de nubes resplandecía suavemente a la luz del éter. Oteó las colinas onduladas, y
su mirada se posó en una lengua de tierra desierta. Calcinada, gris, era una cicatriz dejada por las
tormentas de invierno. Gran parte de su territorio, a dos días de viaje hacia el oeste, presentaba el
mismo aspecto.
Perry sintió que se le agarrotaban los músculos cuando divisó el penacho de una hoguera en
la distancia. Aspiró hondo, y traído por una ráfaga de viento frío llegó hasta él el aroma del
humo. Tenía que ser ella. Estaba cerca.
—¿Ves algo? —preguntó Arrecife.
Su acompañante se encontraba abajo, a unos cinco metros. El sudor le resbalaba por la piel
morena, recorría la cicatriz que, desde la base de la nariz, ascendía hasta encima de una oreja,
dividiendo en dos su mejilla. Respiraba pesadamente. Hacía apenas unos meses eran unos
perfectos desconocidos. Ahora, Arrecife era el jefe de su guardia, y casi nunca se separaba de su
lado.
Perry descendió y se plantó junto a él de un salto, posándose sobre una placa de nieve medio
derretida, que crujió bajo su peso.
—Al este. Está a una milla. Tal vez menos.
Arrecife se pasó la manga por la cara, retirándose las trenzas y secándose el sudor.
Normalmente no le costaba seguirle el ritmo, pero aquellos dos días a paso ligero habían puesto
en evidencia los diez años que los separaban.
—Y dices que ella puede ayudarnos a encontrar el Azul Perpetuo.
—Nos ayudará —dijo Perry—. Te lo dije, sí. Ella necesita encontrarlo tanto como nosotros.
Arrecife se acercó mucho a Perry, y entrecerró los ojos.
—Sí, eso es lo que me dijiste. —Ladeó la cabeza y aspiró hondo, en un gesto descarado,
animal. Él no disimulaba su Sentido, como sí hacía Perry—. Pero no es por eso por lo que hemos
venido a buscarla —dijo.
Perry no era capaz de leer sus propios estados de ánimo, pero imaginaba cuáles eran los
aromas que Arrecife había captado. Un ansia verde, afilada, viva. Un deseo denso, primario.
Arrecife también era esciro. Sabía exactamente cómo se sentía Perry en ese instante, muy poco
antes de ver a Aria. Los olores no engañaban nunca.
—Es una de las razones —replicó, a la defensiva. Recogió sus cosas y se las cargó al hombro
con un gesto brusco, impaciente—. Acampa aquí, con los demás. Yo estaré de vuelta al
amanecer. —Se volvió para irse.
—¿Al amanecer, Perry? ¿Crees que los Mareas quieren perder a otro Señor de la Sangre?
Perry se detuvo en seco y lo miró fijamente una vez más.
—He estado solo por aquí fuera cientos de veces.
Arrecife asintió.
—Claro. Como cazador. —Sacó el pellejo con el agua de su macuto, parsimoniosamente, sin
darle importancia, a pesar de que todavía le faltaba el aire—. Pero ahora eres algo más que un
simple cazador.
Perry clavó la vista en el bosque. Brizna y Tallo estaban ahí fuera, escuchando, anticipándose
al peligro. Llevaban protegiéndolo desde que había salido de su territorio. Arrecife tenía razón.
Allí, en las tierras fronterizas, la única regla era la supervivencia. Sin su guardia, su vida podía
correr peligro. Perry soltó el aire despacio, al tiempo que se desvanecía su esperanza de pasar
una noche a solas con Aria.
Arrecife tapó el pellejo con el tapón de corcho.
—¿Y bien? ¿Qué es lo que ordena mi señor?
Perry meneó la cabeza al oír aquella solicitud formal, que era la manera que tenía Arrecife de
recordarle cuáles eran sus responsabilidades. Como si fuera tan fácil olvidarlas.
—Tu señor se ausentará solo una hora —dijo, poniéndose en marcha.
—Peregrino. Espera. Tienes que…
—Una hora —repitió, sin volverse a mirarlo. Fuera lo que fuese lo que Arrecife quería,
tendría que esperar.
Cuando estuvo seguro de que Arrecife no le seguía, agarró con fuerza el carcaj y echó a
correr. Percibía destellos fugaces de olores a medida que se abría paso entre los árboles. El olor
denso, prometedor, a tierra mojada. El humo de la hoguera de Aria. Y su perfume a violeta,
dulce, único.
Perry se recreaba en el dolor que sentía en las piernas, en el aire frío que penetraba en sus
pulmones. El invierno era tiempo de permanecer en un lugar, pues las tormentas de éter
sembraban la destrucción, y él llevaba demasiados meses sin salir a campo abierto, desde que
había llevado a Aria a la Cápsula de los Residentes en busca de su madre. No había dejado de
decirse que ella había vuelto al lugar que le correspondía, con su gente, y que él debía ocuparse
de su propia tribu. Pero entonces, hacía unos días, Rugido se había presentado en el recinto con
Tizón y le había revelado que Aria estaba fuera. Desde aquel momento solo había pensado en
volver a estar con ella.
Perry descendió por una pendiente mullida de hierba nueva y lluvia reciente, peinando el
bosque. Bajo los árboles, la oscuridad era mayor, la luz del éter se filtraba con suavidad bajo su
manto, pero sus ojos con visión nocturna perfilaban con gran detalle cada hoja y cada rama. A
cada paso, el olor del fuego de campo de Aria se intensificaba. A su mente regresó un instante el
recuerdo de cuando ella, silenciosa como una sombra, se acercó a él y le besó en la mejilla. No
consiguió evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios.
Más adelante descubrió algo que se movía, un borrón entre los árboles. Aria apareció en su
campo de visión. Ágil. Silenciosa. Concentrada en la observación de la zona. Al descubrirlo,
abrió mucho los ojos, sorprendida, pero siguió andando al mismo ritmo, lo mismo que él, que
soltó la cosas que llevaba, sin importarle dónde pudieran caer, y siguió corriendo. No supo bien
cómo, pero al instante Aria estaba pegada contra su pecho y él la rodeaba con los brazos.
La estrechó con fuerza.
—Te he echado de menos —le susurró al oído. No la soltaba—. No debería haberte dejado
marchar. Te he añorado tanto…
Las palabras brotaban de él a trompicones. Dijo más de diez cosas que no debería haber
dicho, hasta que ella se retiró un poco y le sonrió. Y entonces Perry ya no pudo seguir hablando.
Se fijó en los arcos de sus cejas, negras como sus cabellos, y en la inteligencia dibujada en sus
ojos grises. De piel blanca y líneas bien perfiladas, era hermosa. Más incluso de lo que
recordaba.
—Estás aquí —dijo ella—. No estaba segura de si vendrías.
—Salí hacia aquí tan pronto como…
Sin darle tiempo a terminar la frase, Aria le rodeó el cuello con los brazos, y se dieron un
beso torpe, apresurado. A los dos les faltaba el aire. Y sonreían demasiado. Perry quería ir más
despacio, saborearlo todo, pero no encontraba en sí mismo ni un atisbo de paciencia. Y no se dio
cuenta de si fue él el primero en echarse a reír, o si fue ella.
—Lo sé hacer mucho mejor —se justificó, casi al tiempo que ella le decía:
—Estás más alto. Te juro que has crecido.
—¿Más alto? Espero que no.
—Sí —insistió ella, estudiando su rostro, como si quisiera saberlo todo de él. Y ya casi lo
sabía. Durante el tiempo que habían pasado juntos, le había contado cosas que nunca había dicho
a nadie. La sonrisa de Aria se esfumó cuando le vio la cadena que llevaba al cuello.
—Ya he oído lo que ocurrió. —Acercó la mano, y Perry movió un poco la clavícula—.
Ahora eres Señor de la Sangre. —Hablaba en susurros, más para sus adentros que con él—. Es…
es asombroso.
Él bajó la mirada y vio que sus dedos recorrían los eslabones de plata.
—Pesa bastante —le explicó. Ese era el mejor momento que vivía desde que había aceptado
aquella cadena, hacía meses.
Aria lo miró a los ojos, más sosegada.
—Siento lo de Valle.
Perry fijó la mirada en el bosque en penumbra y tragó saliva para deshacer el nudo que le
oprimía la garganta. El recuerdo de la muerte de su hermano lo mantenía despierto por las
noches. A veces, cuando estaba solo, casi no podía respirar. Con gran delicadeza, separó la mano
de Aria de la cadena y entrelazaron los dedos.
—Más tarde —dijo. Tenían que ponerse al día por los meses que habían pasado separados. Él
quería que le hablara de su madre. Quería consolarla, porque Rugido le había contado la noticia.
Pero ahora acababa de recuperarla. Todavía no—. Más tarde, ¿de acuerdo?
Ella asintió, y la calidez de su mirada le hizo saber que lo comprendía.
—Más tarde. —Le giró la mano para ver las cicatrices de las heridas que Tizón le había
causado. Blancas y gruesas como regueros de cera, dibujaban una telaraña que iba desde los
nudillos hasta la muñeca—. ¿Todavía te duelen? —le preguntó, resiguiéndolas con los dedos.
—No. Me recuerdan a ti… a cuando me las vendaste. —Bajó la cabeza y acercó su mejilla a
la de ella—. Esa fue la primera vez que me tocaste sin que te resultara insoportable. —Tan cerca
de ella, su perfume lo invadía todo, lo recorría, lo despertaba y lo sosegaba a la vez.
—¿Te ha contado Rugido adónde me dirijo?
—Sí. —Perry se incorporó y alzó la vista. No veía corrientes de éter, pero sabía que estaban
ahí, fluyendo sobre las nubes. Cada invierno las tormentas eran más violentas, y llevaban el
fuego y la destrucción. Perry sabía que no harían sino empeorar. La supervivencia de su tribu
dependía de que encontraran la tierra que, según se rumoreaba, estaba libre de éter, que era la
misma que buscaba Aria—. Me contó que estás buscando el Azul Perpetuo.
—Tú ya viste Alegría.
Él asintió. Habían ido juntos a la Cápsula en busca de su madre, y la habían encontrado
destruida por el éter. Unas cúpulas del tamaño de colinas se habían desplomado. Unos muros de
tres metros de espesor habían quedado aplastados como cáscaras de huevo.
—Que ocurra también en Ensoñación es solo cuestión de tiempo —prosiguió ella—. El Azul
Perpetuo es nuestra única esperanza. Todo lo que he oído apunta a Los Cuernos. A Visón.
A Perry se le aceleró el pulso al oír aquel nombre. Su hermana, Liv, debería haberse casado
con el Señor de la Sangre de Los Cuernos la primavera pasada, pero se había asustado y había
huido. Todavía no la habían encontrado. Y dentro de poco Perry tendría que vérselas con Visón.
—La ciudad de Los Cuernos sigue inaccesible por el hielo —dijo—. Cornisa seguirá aislada
hasta que el paso hacia el norte se deshiele. Todavía podrían faltar unas semanas.
—Lo sé —dijo ella—. Creía que el tiempo ya habría mejorado. En cuanto así sea, me dirigiré
al norte.
Aria se apartó de él súbitamente y escrutó los bosques, moviendo la cabeza a izquierda y
derecha con gestos rápidos. Él estaba con ella cuando supo que era «audil». Cada sonido era un
descubrimiento. Ahora Perry la observaba mientras ella dirigía su atención de manera natural a
los sonidos de la noche.
—Viene alguien —dijo al fin.
—Es Arrecife —le informó Perry—. Uno de mis hombres. —No podía ser que ya hubiera
transcurrido una hora. Imposible—. Y hay otros cerca.
Perry captó que el humor de Aria caía en picado, que se enfriaba y se alejaba. Y a él le dio un
vuelco el corazón. Llevaba meses sin sentirse atado a las emociones de nadie. Desde la última
vez que había estado con ella.
—¿Cuándo regresas? —preguntó Aria.
—Pronto. Por la mañana.
—Entiendo. —Le miró la cadena que llevaba colgada al cuello, y su expresión se volvió más
distante—. Los Mareas te necesitan.
Perry negó con la cabeza. No, ella no lo entendía.
—No he venido hasta aquí para verte solo una noche, Aria. Vente conmigo y volvamos junto
con mi tribu. Aquí fuera no estamos a salvo, y…
—No necesito ayuda, Perry.
—No me refería a eso. —Estaba demasiado nervioso para poner en orden sus pensamientos.
Sin darle tiempo a añadir nada más, ella se alejó un paso, con las manos suspendidas sobre el
cinturón. Segundos después, Arrecife apareció entre los árboles, y avanzó hacia ellos con los
anchos hombros algo hundidos. Perry soltó una maldición entre dientes. Necesitaba más tiempo
para estar con ella. A solas.
Arrecife detuvo los pasos al ver a Aria alerta y armada. Seguramente no era aquello lo que
esperaba de una residente. Perry también se fijó en su gesto de desconfianza. Con la cicatriz del
rostro y su mirada altiva, Arrecife parecía alguien que evitar.
Perry carraspeó.
—Aria, este es Arrecife, el jefe de mi guardia. —Se le hacía raro presentar a dos personas
que significaban tanto para él. Era como si ya hubieran tenido que conocerse.
Arrecife saludó con un breve movimiento de cabeza que no parecía ir dirigido a nadie en
concreto, y acto seguido dedicó a Perry una mirada penetrante.
—Tengo que contarte algo —dijo, parco, antes de alejarse.
A Perry le indignó que le hablara de ese modo. Pero confiaba en él. Miró a Aria.
—Vuelvo enseguida.
No había caminado mucho cuando su jefe de la guardia se volvió para mirarlo. Sus trenzas
oscilaron.
—No hace falta que te cuente cómo te sientes en este momento. Hueles a tonto. Nos has
hecho salir para ir tras una chica que te tiene tan…
—Esa chica es una audil —le interrumpió Perry—. Te está oyendo perfectamente.
Arrecife levantó un índice y lo agitó.
—A mí lo que me interesa es que me oigas tú, Peregrino. Debes pensar en tu tribu. No
puedes permitirte perder la cabeza por una chica… y menos por una residente. ¿Es que has
olvidado lo que ocurrió? Porque te aseguro que la tribu no lo ha olvidado.
—Los secuestros no fueron culpa suya. Ella no tuvo nada que ver con ellos. Además, solo es
medio residente.
—¡Es una topo, Perry! Es una de ellos. Eso es todo lo que verá la gente.
—La gente hará lo que yo diga.
—O quizá te critique a tus espaldas. ¿Cómo crees que se lo tomarán si te ven con ella? Tal
vez Valle negociara con residentes, pero nunca metió a una en su cama.
Perry dio un paso al frente y agarró a Arrecife por la túnica. Permanecieron así unos
instantes, trabados, separados por unos pocos centímetros. Hasta la lengua de Perry llegó un
sabor a la vez gélido y ardiente, reflejo del humor de Arrecife.
—Ya has dicho lo que piensas —le dijo, soltándolo, y el jefe de su guardia dio un paso atrás,
jadeante.
El silencio se alzó entre ellos, estridente, después de la discusión que acababan de mantener.
Perry entendía el problema de llevar a Aria con los Mareas. La tribu la culparía de la
desaparición de los niños, a pesar de su inocencia, simplemente por ser residente. Él sabía que no
resultaría fácil, al menos al principio, pero ya se le ocurriría algo para que las cosas salieran bien.
Fuera lo que fuese lo que tuviera que hacer a continuación, quería a Aria a su lado, y como Señor
de la Sangre esa era su decisión.
Perry observó a Aria, que seguía esperando, y después volvió a clavar la vista en Arrecife.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Que no tienes ni idea de calcular el tiempo.
Arrecife sonrió fugazmente. Se pasó una mano por la nuca y suspiró.
—Pues sí. —Su voz ya había perdido la aspereza de hacía un momento—. Perry, no quiero
verte cometer ese error. —Señaló la cadena con un gesto de cabeza—. Sé lo que te ha costado.
Por eso no quiero que la pierdas.
—Sé lo que hago. —Agarró el metal frío con fuerza—. Tengo esto.
2
Aria

ARIA contemplaba los árboles, oía los pasos de Perry cada vez más cercanos. Primero vio el
destello de la cadena que llevaba al cuello, y después sus ojos, centelleando en la oscuridad.
Antes habían corrido mucho para darse alcance. Pero ahora que se acercaba más despacio, ella
pudo fijarse bien en él por primera vez.
Su aspecto impresionaba. Mucho más de lo que recordaba. Había crecido, en efecto, como ya
había notado hacía un momento, y se veía más musculoso, sobre todo en los hombros, que
habían ensanchado y compensaban su altura. A la luz tenue vio un abrigo oscuro y unos
pantalones ajustados, de líneas perfiladas, y no aquellas ropas gastadas y llenas de parches del
cazador al que había conocido en otoño. Llevaba el pelo rubio más corto, desbastado en capas
que le enmarcaban el rostro, tan distinto de los rizos largos y ondulantes que recordaba.
Tenía diecinueve años, pero parecía mayor que sus amigos de Ensoñación. ¿Cuántos de ellos
habían pasado por lo que había pasado él? ¿Cuántos tenían a cientos de personas a su cargo?
Ninguno. Provenían de mundos totalmente distintos. El éter, pensó. Aquello era lo único que los
residentes y los forasteros tenían en común. El éter suponía una amenaza para todos ellos.
Perry se detuvo a dos pasos de ella. Una luz muy pálida caía sobre los ángulos marcados de
aquel rostro, y Aria se fijó en las sombras que se dibujaban bajo sus ojos. Él se pasó la mano por
la barba de dos días. Aquel sonido le resultaba tan familiar que a Aria le pareció sentir casi el
vello dorado bajo sus propios dedos.
—Siento lo de Arrecife.
—No importa —dijo ella. Pero sí importaba. Sus palabras todavía resonaban en su mente. La
había llamado «residente». «Topo». Insultos duros. Palabras que llevaba meses sin oír. En el
recinto de Castaño había sentido que encajaba, que era una más.
Bajó la mirada hasta clavarla en el suelo, entre los dos. Estaban separados por tres pasos. O
por dos, en el caso de Perry. Hacía un momento se habían abrazado y habían permanecido muy
juntos. Ahora se mantenían a distancia, como dos desconocidos. Como si todo acabara de
cambiar.
Un error. Arrecife también había dicho eso. ¿Tenía razón?
—Tal vez debería irme.
—No… quédate. —Perry dio un paso al frente y la cogió de la mano—. Olvida lo que ha
dicho. Es muy impetuoso… más que yo.
Ella alzó la vista para mirarlo.
—¿Más?
Perry esbozó aquella media sonrisa suya que ella había echado tanto de menos.
—Casi más. —Se acercó a ella, poniéndose serio de nuevo—. No he venido hasta aquí para
verte solo una noche, ni para ofrecerte mi ayuda. Estoy aquí porque quiero estar contigo. El
deshielo puede tardar semanas en llegar al paso del norte. Esperaremos hasta entonces, y
entonces iremos juntos en busca del Azul Perpetuo. —Hizo una pausa, absolutamente
concentrado en ella—. Vuelve conmigo, Aria. Quédate conmigo.
Algo luminoso se desplegó en el interior de Aria al oír aquellas palabras. Las memorizó al
instante, como habría memorizado una canción: cada nota sosegada, pronunciada en su timbre
profundo, cálido. Sucediera lo que sucediese, conservaría aquellas palabras. Nada le habría
gustado más que decirle que sí, pero no podía ignorar la angustia que se arremolinaba en su
estómago.
—Quiero hacerlo —dijo—. Pero ahora ya no se trata solo de nosotros dos. —Él tenía su
responsabilidad con los Mareas, y ella también estaba sometida a sus propias presiones. El
cónsul Hess, director de seguridad de Ensoñación, había amenazado al sobrino de Perry, Garra,
si Aria no le informaba de la ubicación exacta del Azul Perpetuo. Ese era el motivo, uno de los
motivos, por el que había vuelto a salir al exterior.
Aria lo miró a los ojos, y no se vio capaz de contarle lo del chantaje de Hess. De todos
modos, él no podía hacer nada. Si se lo decía, solo conseguiría que se preocupara.
—Arrecife ha dicho que tu tribu te lo recriminará. —Optó por decir.
—Arrecife se equivoca. —Perry, enojado, clavó la vista en el bosque—. Tal vez tarden un
tiempo en acostumbrarse, pero harán lo que yo les diga. —Le apretó la mano y una sonrisa
iluminó sus ojos—. Dime que sí. Sé que lo quieres. Rugido me pegará si me presento sin ti, y
además tienes otro motivo para venir. Tal vez te ayude a decidirte.
Le subió la mano por el brazo, rozándoselo con el pulgar. El tacto de aquella mano callosa de
arquero, áspera y suave a la vez, hizo que se estremeciera. Oyó la brisa entre los árboles, y al
momento sintió su frescor en las mejillas. Nadie como él la hacía sentirse tan a gusto en su piel.
Perry seguía hablando. Ella tuvo que detener el curso de sus pensamientos para seguirlo.
—Tendrás que tatuarte unas marcas. Es peligroso no llevarlas. Ocultar un sentido es engañar,
Aria. A la gente la matan por lo pintárselas.
—Sí, Rugido me lo dijo —admitió ella. Desde que había salido del recinto de Castaño había
estado ocultándose, por lo que su falta de marcas no le había supuesto un problema. Pero una vez
que se dirigiera al norte se encontraría con otras gentes. No podía negar que estaría mucho más a
salvo tatuada como audil.
—Las marcas solo puede autorizarlas un Señor de la Sangre —dijo Perry—. Y casualmente
yo conozco a uno.
—¿Tú apoyarías que me las tatuaran? ¿A pesar de que solo soy medio forastera?
Él ladeó la cabeza, y unos mechones ondulados cayeron sobre sus ojos.
—Sí. Quiero que las lleves.
—Perry… ¿Y qué…? —Aria se interrumpió, sin saber bien si quería formular la pregunta
que llevaba meses inquietándola. Pero sí, tenía que saberlo. Incluso si la respuesta la destrozaba
—. Tú me dijiste un día que solo estarías con otra escira, y yo no lo soy…
Se mordió el labio inferior y se refugió en sus pensamientos.
«Yo no soy como tú. Yo no soy lo que dijiste que querías».
Perry la miró, y ella suavizó el gesto. Por más que ella dijera o dejara de decir, él percibía su
profunda inseguridad.
Se acercó más a ella, y resiguió con un dedo la línea de su mandíbula.
—Tú me has hecho cambiar mi manera de pensar sobre muchas cosas. Y esa es solo una de
ellas.
De pronto, ella se vio incapaz de imaginar que volvía a alejarse de él. Debía encontrar la
manera de hacer que lo suyo funcionara. La tribu la odiaría por ser residente, de eso estaba
segura. Y si ella y Perry llegaban al recinto cogidos de la mano, los Mareas perderían la fe en la
sensatez de su Señor. Pero ¿y si Perry desplazaba su foco de atención hacia otra cosa? ¿Hacia
algo que los dos necesitaran? En su mente había ido cobrando forma una idea.
—¿Les has contado algo sobre mí a los Mareas? —le preguntó.
Perry frunció el ceño. La pregunta pareció tomarlo por sorpresa.
—Les he contado a unas pocas personas que me ayudarías a encontrar el Azul Perpetuo.
—¿Y nada más?
—No he hablado de «lo nuestro» con nadie, si es a eso a lo que te refieres. —Se encogió de
hombros—. Es un asunto privado… Entre nosotros.
—Pues así debería seguir siendo. Iré contigo como aliada, y no diremos nada sobre «lo
nuestro».
Él soltó una carcajada grave y desprovista de humor.
—¿Hablas en serio? ¿Quieres que mintamos?
—No sería mentir. No es tan distinto de lo que acabas de decir tú mismo: se trata de
mantenerlo entre nosotros. No hablemos de ello hasta que tengamos una idea más clara de cómo
reaccionarán. Rugido no dirá nada si se lo pedimos. ¿Y Arrecife?
Perry asintió, apretando los dientes.
—Me ha jurado fidelidad. Hará todo lo que le pida.
El sonido de una rama al partirse hizo que Aria desviara la atención al bosque en penumbra.
Captó tres pasos distintos aproximándose, uno más fuerte que los demás. El resto de la guardia
de Perry iba de camino. Hablaban en voz muy baja, pero a sus oídos las tres voces llegaban
nítidas, tan únicas como los rasgos de los rostros.
—Se acercan los demás.
—Que vengan —dijo Perry—. Son mis hombres, Aria. No tengo por qué ocultarles nada.
Ella quería creerle, pero debían actuar con cautela. En tanto que su nuevo jefe, Perry
necesitaba contar con el apoyo de su tribu. Pero ella no podía negar que llevar las marcas de
audil le sería útil para llegar hasta el Azul Perpetuo, por no hablar de la ventaja que le
proporcionaría Perry en su viaje hasta Cornisa. Él era cazador, guerrero. Un superviviente. Se
sentía más a gusto en las tierras fronterizas que ninguna otra persona de las que ella conocía.
Todas ellas eran buenas razones para pasar unas semanas con los Mareas antes de partir en busca
del Azul Perpetuo. Perry y ella obtendrían todo lo que querían, con tal de que se mostraran algo
cautos.
Los guardias de Perry estaban cada vez más cerca, sus pasos resonaban con más fuerza a
cada segundo. Aria se puso de puntillas y apoyó las manos en su pecho.
—Será mejor así… estaremos más a salvo —le susurró—. Confía en mí.
Apretó fugazmente los labios contra los suyos, pero no le bastó. Le sujetó la cara entre las
manos, y al hacerlo sintió el vello de aquella barba que tanto había echado de menos, y le besó
de nuevo, con más fuerza, con fiereza, antes de retirarse.
Cuando Arrecife y otros dos hombres aparecieron, a Perry y a Aria ya los separaban varios
pasos, estaban situados a la distancia normal entre desconocidos.
3
Peregrino

DOS días después, Perry atravesó un robledal y el recinto de los Mareas apareció ante él,
coronando la cima de una ladera, recortándose contra un cielo encapotado. Los campos se
extendían a ambos lados del camino de tierra, y llegaban hasta las colinas que enmarcaban el
valle.
Cuando era niño, había imaginado muchas veces que era Señor de la Sangre, pero nada podía
compararse al sentimiento que experimentaba en ese momento. Esa era la primera vez que
regresaba a su casa, a su territorio. Entre el cielo y la tierra, todas las personas, los árboles y las
rocas le pertenecían.
Aria apareció a su lado.
—¿Es ese el recinto?
Perry se cambió de lado el arco y las flechas que llevaba a la espalda para disimular su
sorpresa. Durante el viaje de regreso, ella no le había prestado más atención de la que había
prestado a Arrecife, que se negaba a mirarla, o a Tallo, que, en cambio, no le quitaba la vista de
encima. Por las noches habían dormido en extremos opuestos de la hoguera, y llevaban días sin
apenas hablarse. Cuando lo habían hecho, sus conversaciones habían sido breves y frías. Él no
soportaba tener que fingir con ella, pero como sabía que a ella le ayudaba a sentirse más cómoda
durante el regreso, lo había aceptado. De momento.
—Está ahí —dijo, señalando con la cabeza. La lluvia había amenazado durante todo el día, y
al fin empezaba a caer débilmente. Él habría querido que las nubes se retiraran y dieran paso al
sol, o al éter, alguna luz, la que fuera, pero el cielo estaba cubierto desde hacía días—. Mi padre
lo construyó en círculo para que resultara más fácil de defender. Disponemos de planchas de
madera que se colocan entre las casas y cierran los pasos durante los ataques. La estructura más
alta… ¿ves ese tejado de ahí? —Señaló—. Ese es el pabellón de las cocinas. El corazón de la
tribu.
Perry dejó de hablar al ver que Brizna y Tallo pasaban junto a ellos. Había enviado a Arrecife
aquella mañana para que anunciara su llegada a los Mareas, y para que todos supieran que Aria
iba como aliada y se encontraba bajo su protección. Deseaba que su aparición fuera lo más
tranquila posible. Una vez que los integrantes de su guardia se hubieron alejado, se acercó más a
ella y apuntó con la cabeza en dirección a una extensión de tierra quemada que quedaba al sur.
—Una tormenta de éter arrasó esos bosques en invierno. Se llevó parte de nuestras mejores
tierras de cultivo. —Un breve escalofrío recorrió sus hombros al captar el humor de Aria. Un
verde brillante, y un olor que recordaba a la menta. Estaba alerta y algo agitada, nerviosa. Había
olvidado qué era eso de estar entregado a alguien: no se trataba solo de oler sus humores, sino
también se sentirlos en sus carnes. Aria no sabía que entre ellos existía ese vínculo. No se lo
había dicho en otoño, pues pensó que no volvería a verla. Pero se lo diría pronto, en cuanto
estuvieran a solas.
»De todos modos, los daños habrían podido ser peores —prosiguió—. Controlamos el
incendio, y el recinto no se vio afectado.
La observó mientras ella oteaba el horizonte. El Valle de la Marea no era un territorio
extenso, pero sí fértil. Se encontraba cerca del mar, y bien situado para la defensa. ¿Se percataba
Aria de todo aquello? Eran unas buenas tierras cuando el éter las dejaba tranquilas. Y él no sabía
durante cuánto tiempo más las dejaría tranquilas. ¿Un año más? ¿Dos, en el mejor de los casos,
antes de que se convirtieran en tierra calcinada?
—Es mucho más bonito de lo que había imaginado —dijo ella.
Él soltó el aire, aliviado.
—¿Sí?
Aria lo miró con ojos risueños.
—Sí.
Se separó de él, y Perry se preguntó si habrían estado demasiado juntos. ¿Acaso no podían
hablar, si se suponía que eran aliados? ¿Era excesivo dedicarle una sonrisa? Pero entonces vio lo
que ella ya había oído.
Sauce avanzaba hacia ellos a toda velocidad por el camino de tierra, y Pulga corría a su lado.
El perro fue el primero en llegar. Echó las orejas hacia atrás y le mostró los dientes a Aria.
—No pasa nada —dijo Perry—. Es un animal cariñoso.
Aria permaneció en su sitio y plantó firmemente los talones en el suelo, dispuesta a moverse
deprisa si hacía falta.
—Pues no lo parece —dijo.
Rugido le había contado a Perry que ella se había convertido en una luchadora experimentada
en los últimos meses. Él empezaba a darse cuenta de los cambios: la veía más fuerte, más ágil.
Más acostumbrada al miedo.
Obligándose a apartar la vista de ella, se arrodilló.
—Mira, Pulga, déjale un poco de sitio.
El perro se echó hacia delante y olisqueó las botas de Aria, moviendo la cola despacio, antes
de erguirse sobre dos patas. Perry le acarició el pelaje hirsuto, un mosaico negro y marrón.
—Es el perro de Sauce. Jamás los verás separados.
—Entonces supongo que esa es Sauce —dijo ella.
Perry se incorporó a tiempo de ver que Sauce pasaba junto a Brizna y Tallo y los saludaba
apresuradamente, sin detenerse. Y casi inmediatamente después se le echó a los brazos, igual que
hacía desde los tres años. Ahora ya tenía trece, y empezaba a estar demasiado crecida para
aquellas cosas, pero cuando lo hacía Perry se echaba a reír, y ella seguía arrojándose de ese
modo sobre él.
—Me dijiste que solo estarías fuera unos días —le regañó apenas él la dejó en el suelo. La
joven llevaba sus ropas de siempre: pantalones polvorientos, botas polvorientas, camisa
polvorienta, y unas tiras de tela entrelazadas en sus cabellos negros, retales sobrantes de una
falda que su madre le había cosido en invierno pero que ella no se ponía.
Perry sonrió.
—Y han sido solo unos días.
—Pues a mí me han parecido una eternidad —insistió ella, antes de fijarse en Aria y
observarla con sus ojos castaños, desconfiados.
La primera vez que la expulsaron de Ensoñación, Aria era claramente una residente. Hablaba
con voz aguda, a trompicones, su piel era blanca como la leche, y olía a rancio y a cerrado.
Aquellas diferencias se habían difuminado. Ahora llamaba la atención por otro motivo, por el
mismo motivo por el que Brizna y Tallo llevaban dos días observándola cuando ella no los veía.
—Rugido me ha dicho que venía una residente. —Soltó Sauce al fin—. Y me ha dicho que
me caerías bien.
—Espero que acierte —dijo Aria, dando unas palmaditas en la cabeza a Pulga. El perro le
arrimó la cabeza a la pierna, jadeando, feliz.
Sauce alzó la barbilla.
—A Pulga le gustas —dijo—. Así que a lo mejor también me gustas a mí. —Observó a
Perry, frunciendo el ceño, y él captó su olor. Por lo general era fresco, cítrico, pero en ese
momento un aroma oscuro y penetrante nubló los bordes de su visión y le advirtió de que algo no
iba bien.
—¿Qué ha ocurrido, Sauce? —le preguntó.
—Yo solo sé que Oso y Wylan te están esperando, y no parecen muy contentos. He pensado
que querrías saberlo.
Sauce encogió sus hombros estrechos, y acto seguido se alejó corriendo, seguida por Pulga.
Perry se dirigió al recinto, sin saber bien con qué se encontraría. Oso, un hombre corpulento
de corazón amable y las manos siempre manchadas de la tierra que trabajaba, sabía de todo lo
que tuviera que ver con los oficios del campo. Flaco y hosco, Wylan era el jefe de los pescadores
de los Mareas. Los dos discutían constantemente sobre la importancia de los recursos de los
Mareas, en una lucha continua entre la tierra y el mar. Perry esperaba que no se tratara de nada
más.
Aria caminaba a su lado, con paso firme, y así cruzaron las puertas principales y llegaron a la
explanada situada en el centro del recinto. Aun así, Perry olía el tono frío de su miedo. Ahora él
veía su hogar a través de los ojos de ella —un círculo de casas hechas de madera y piedra,
desgastadas por el aire salado—, y volvió a preguntarse qué pensaría. No era, ni mucho menos,
tan cómodo como el recinto de Castaño, y no tenía nada que ver con aquello a lo que estaba
acostumbrada en las cápsulas.
Habían llegado justo antes de la cena: mal momento. Decenas de personas iban de un lado a
otro, esperando a que las llamaran para comer. Otros estaban de pie junto a las ventanas, o
atestaban las puertas, observando con los ojos muy abiertos. Uno de los muchachos de Gris los
apuntaba con el dedo, mientras el otro se reía a su lado. Arroyo se levantó del banco instalado
frente a su casa, sin dejar de mirar, primero a él, después a ella. Perry recordó fugazmente una
conversación que había mantenido con ella en invierno, y se sintió culpable. Le había dicho que
no podían estar juntos porque él tenía demasiadas cosas en la cabeza. Y aquellas «cosas» eran
Aria, la chica a la que, por aquel entonces, él creía que no volvería a ver nunca.
Cerca de allí, Oso y Wylan hablaban con Arrecife. Al verlos guardaron silencio. Algo
instintivo impedía a Perry acercarse a aquella casa. Muy pronto hablaría con ellos. No veía por
ninguna parte a la única persona que le habría sido de ayuda: a Rugido.
Perry se detuvo junto a su puerta y apartó con el pie una cesta con leña menuda. Miró a Aria,
que seguía a su lado, y le pareció que debía decir algo: «¿Bienvenida?». «¿Aquí estarás a
salvo?». Pero todo le parecía demasiado formal.
—Es pequeño —declaró, finalmente.
Entró, y se le encogió el alma al ver mantas esparcidas por el suelo y tazas sucias en la mesa.
Había ropa amontonada en un rincón, y en la pared más alejada se veía una librería volcada.
El mar se encontraba a casi un kilómetro, pero bajo los pies, sobre los tablones de madera,
notaba una capa de arena fina. Suponía que tratándose, como se trataba, de una vivienda
compartida por seis hombres, podría haber encontrado las cosas en peor estado.
—Aquí duermen Los Seis —le explicó—. Los conocí después de que tú te… —No se veía
capaz de pronunciar la palabra «fueras». No sabía por qué, pero no le salía—. Ahora forman mi
guardia. Todos ellos están marcados. A Arrecife ya lo conoces, y a Brizna y a Tallo, también.
Los otros tres son hermanos: Escondido, Escondite y Rezagado. Son videntes. De hecho,
Rezagado se llama Refugio, pero… bueno, ya lo entenderás. El nombre le encaja a la perfección.
—Se frotó la barbilla, obligándose a callar.
—¿Tenéis velas o alguna lámpara? —preguntó ella.
Solo entonces se percató Perry de la penumbra. Para él, los perfiles de la estancia estaban
claramente definidos. Pero Aria —o cualquier otra persona— debía sentir que andaba a ciegas.
Él tenía siempre presente su condición de esciro, pero solo en momentos como aquel recordaba
que también poseía una gran agudeza de visión. Era vidente, pero el auténtico poder de sus ojos
estaba en su gran capacidad de penetración en la oscuridad. En una ocasión, Aria lo había
descrito como una «mutación», un efecto del éter que había desarrollado su sentido más que el
de otros. Aunque él lo veía más como una maldición, un recordatorio de la madre vidente que
había muerto en el momento de traerlo a él al mundo.
Perry abrió los postigos y dejó que penetrara la luz turbia de la tarde. Fuera, la explanada
central bullía de comentarios sobre la llegada de Aria, que se propagaban rápidamente. Él no
podía hacer nada por evitarlo. Se cruzó de brazos, y se le encogió el estómago al verla
observándolo todo. Todavía no terminaba de creerse que estuviera allí, en su casa.
Aria se acercó a la ventana y permaneció junto a él estudiando la colección de halcones
tallados de Garra, alineados sobre el alféizar. Perry sabía que debía ir a reunirse con Oso y
Wylan, pero no se sentía capaz de moverse de allí.
Carraspeó.
—Los hemos hecho Garra y yo. Los suyos son los buenos. El mío es el que parece una
tortuga.
Ella lo levantó y le dio la vuelta en la mano. Alzó la vista y lo miró con sus ojos grises,
afectuosa.
—Pues es el que a mí me gusta más.
Perry se fijó entonces en sus labios. Al fin se habían quedado a solas. Desde la última vez
que se habían abrazado en el bosque, no habían vuelto a estar tan cerca.
Ella dejó la talla en su sitio y dio un paso atrás.
—¿Estás seguro de que puedo quedarme aquí?
—Sí. Puedes quedarte con el cuarto. —Desde donde se encontraba, veía el borde de la cama
de su hermano, cubierta con una manta de un rojo desgastado. Habría preferido que Aria no
tuviera que dormir allí, pero no tenía ninguna alternativa mejor—. Yo duermo ahí —dijo,
señalando el altillo con la cabeza.
Aria soltó su macuto, lo apoyó contra la pared y miró en dirección a la puerta principal,
sonriendo al oír algo que quedaba fuera del alcance de los oídos de Perry. Un segundo después,
Rugido irrumpió en la casa como un destello oscuro.
—¡Por fin! —exclamó. Envolvió a Aria en un abrazo y la levantó del suelo—. ¿Por qué
habéis tardado tanto? No, no me contestes. —Miró a Perry—. Creo que ya lo sé. —La bajó al
suelo y estrechó la mano de su amigo—. Me alegro de que estés de nuevo en casa.
—¿Qué es lo que me he perdido durante mi ausencia? —preguntó Perry sonriendo.
Pero Rugido no tuvo tiempo de responderle porque en ese momento llegaron Wylan, Oso y
Arrecife, y la casa se impregnó de un espeso silencio. Permanecieron así un largo instante, todas
las miradas fijas en la única desconocida. Los humores, en la habitación, se afilaron,
calentándose y enrojeciéndose ante la visión de Perry. No la querían ahí. Él ya sabía que
reaccionarían de ese modo, pero aun así, instintivamente, cerró los puños.
—Esta es Aria —dijo, resistiendo la tentación de dar un paso hacia ella—. Es medio
residente, como ya os ha dicho Arrecife. Nos ayudará a encontrar el Azul Perpetuo, y a cambio
nosotros le ofreceremos cobijo. Mientras esté aquí, será marcada como audil.
Aquellas palabras le pesaban en la boca como piedras. Eran verdad, pero no toda la verdad, y
por eso las sentía más como mentiras. Se fijó en la expresión interrogante dibujada en los ojos de
Rugido.
Oso dio un paso al frente, agitando sus manazas.
—Disculpa la pregunta, Perry, pero ¿cómo va a ayudarnos una topo?
Wylan murmuró algo entre dientes. Aria le clavó la mirada, y Rugido se agarrotó. Los dos
eran audiles, y lo habían oído perfectamente.
Perry sintió un destello de calor, y el impulso de abofetear a Wylan. Se dio cuenta de que lo
que sentía —lo que lo poseía— era el humor de Aria. Aspiró hondo, imponiéndose control.
—¿Tienes algo que decir, Wylan?
—No —respondió—. Nada que decir. Solo comprobaba que le funcionaran bien las orejas.
—Esbozó una sonrisa—. Y le funcionan.
Arrecife apoyó una mano en el hombro de Wylan, y lo hizo con tal fuerza que este, de menor
estatura, torció el gesto de dolor.
—Oso y Wylan me estaban explicando, precisamente, lo que ha ocurrido por aquí mientras
nosotros estábamos fuera.
Perry se preparó para su penúltima discusión.
—Pues oigámoslo.
Oso cruzó los brazos sobre su ancho pecho y frunció el ceño hasta que sus pobladas cejas
casi se unieron.
—Anoche se declaró un incendio en las despensas. Creemos que lo causó el muchacho que
vino con Rugido, Tizón.
Perry miró a Rugido y a Aria, invadido por la alarma. Ellos eran los únicos que conocían la
habilidad única de Tizón de canalizar el éter. Y protegían aquel secreto mediante un pacto tácito.
—Nadie le vio hacerlo —intervino Rugido leyéndole los pensamientos—. Huyó antes de que
nadie pudiera darle alcance.
—¿Y se ha ido? —preguntó Perry.
Rugido resopló.
—Ya sabes cómo es. Volverá. Siempre vuelve.
Perry dobló la mano de la cicatriz. Si no hubiera visto con sus propios ojos a Tizón destruir a
una banda de cuervajos, ni él lo creería.
—¿Y qué daños se han causado?
Oso señaló la puerta con un gesto de cabeza.
—Será mejor que te lo muestre —dijo, encaminándose al exterior.
Perry se detuvo en el umbral y miró a Aria. Ella, comprensiva, se encogió de hombros casi
imperceptiblemente. Llevaban allí menos de diez minutos, y ya tenía que dejarla sola. No le
gustaba nada, pero no había más remedio.

•••
Las despensas situadas al fondo de las cocinas ocupaban una gran habitación construida en
piedra en la que, sobre estantes de madera, se almacenaban cubos de cereales, tarros de especias
y hierbas aromáticas, cestas con las verduras más tempranas de la primavera. Por lo general el
aire fresco se impregnaba de los perfumes de los alimentos, pero cuando Perry entró esa tarde, el
olor a madera quemada era intenso. Camuflado en él captó también un rastro de olor a éter, un
olor que también era el de Tizón.
Los daños se concentraban en un extremo de la habitación. Había una parte de un estante que
había desaparecido, calcinado del todo.
—Debe de habérsele caído una lámpara, o algo así —aventuró Oso, rascándose la espesa
barba negra—. Llegamos deprisa, pero aun así hemos perdido bastante. Tuvimos que
deshacernos de dos cubos de cereales.
Perry asintió. No podían permitirse el lujo de perder alimentos. Los Mareas ya vivían en un
régimen de estricto racionamiento.
—Ese niño os roba —intervino Wylan—. Nos roba. La próxima vez que lo vea, lo expulsaré
de nuestro territorio.
—No —dijo Perry—. Envíamelo a mí.
4
Aria

—¿ ESTÁS bien? —le susurró Rugido cuando la casa quedó vacía.


Aria soltó el aire y asintió, aunque no estaba del todo segura. Exceptuándolos a él y a Perry,
todos los que hasta hacía un momento se encontraban en aquella estancia la despreciaban por ser
quien era. Por lo que era.
Una residente. Una chica que vivía en una ciudad encapsulada. Un topo errante, como había
susurrado Wylan entre dientes. Ella llevaba tiempo preparándose para aquel recibimiento, sobre
todo después de aquellos días de frías miradas de Arrecife, pero aun así se sentía afectada. Era
consciente de que si fuera al revés, si fuera Perry quien accediera a Ensoñación, ocurriría lo
mismo. O peor. Los guardianes de la cápsula matarían a un forastero al instante.
Se alejó un poco de la puerta y recorrió con la mirada aquel hogar acogedor y lleno de cosas.
Una mesa con sillas pintadas a un lado. Tras ella, cuencos y cazos de todos los colores, alineados
en estantes. Dos sillas de cuero frente a la chimenea, gastadas pero de aspecto cómodo. Junto a la
pared del fondo vio cestas con libros y juguetes de madera. El ambiente era fresco y tranquilo, y
olía levemente a humo y a madera antigua.
—Este es su hogar, Rugido.
—Sí, lo es.
—No acabo de creerme que esté aquí. Es más cálido de lo que imaginaba.
—Antes lo era más.
Hacía un año, aquella casa habría estado llena de miembros de la familia de Perry. Ahora él
era el único que quedaba. Aria se preguntaba si aquella era la razón por la que Los Seis dormían
allí. Sin duda había otras casas que podían ocupar. Pero tal vez, con la suya llena, Perry no
echara tanto de menos a su familia. Lo dudaba. Nadie podía llenar el vacío que su madre había
dejado. La gente no era reemplazable.
Le vino al recuerdo su propio cuarto en Ensoñación. Un espacio pequeño, austero, limpio, de
paredes grises y vestidor empotrado. En otro tiempo ese dormitorio había sido su hogar. Pero
ahora ya no lo echaba de menos. Ahora le resultaba tan acogedor como el interior de una caja de
acero. Lo que sí añoraba era cómo se sentía cuando estaba allí. Segura. Querida. Rodeada de
personas que la aceptaban. Que no le susurraban «topo errante».
Ya no tenía un lugar propio, eso lo sabía. Carecía de cosas como aquellos halcones del
alféizar, tallados en madera. De objetos que demostraran que existía. Todas sus pertenencias eran
virtuales, las mantenía en los Reinos. No eran reales. Por no tener, ya ni siquiera tenía madre.
Una sensación de levedad se apoderó de ella. Como un globo que se hubiera liberado de su
enganche, flotaba, hecha solo de aire.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Rugido, que estaba detrás de ella, en su tono
despreocupado y alegre de siempre—. Normalmente comemos en las cocinas, pero podría traer
algo para que cenáramos aquí.
Ella se volvió a mirarlo. Rugido tenía una cadera apoyada en la mesa, y los brazos cruzados.
Iba vestido de negro de la cabeza a los pies, igual que ella.
El joven sonrió.
—No es tan cómodo como el recinto de Castaño, ¿verdad?
Habían pasado allí varios meses juntos, mientras él sanaba de una herida en la pierna. Y
mientras ella se curaba de heridas más profundas. Poco a poco, día tras día, se habían dado
ánimos mutuamente.
Rugido seguía sonriendo.
—Lo sé, me has echado de menos.
Ella puso los ojos en blanco.
—Pero si apenas hace tres semanas que nos vimos.
—Poquísimo tiempo, sí —dijo él—. Entonces ¿qué? ¿Comemos?
Aria miró hacia la puerta. No podía ocultarse si lo que pretendía era que los Mareas la
aceptaran. Debía hacerles frente de manera directa. Asintió.
—Tú primero.
—Tiene la piel demasiado suave… como la de las anguilas.
La voz, llena de malicia, llegó a oídos de Aria.
La tribu había empezado a murmurar sobre ella antes incluso de que se sentara a una de las
mesas junto a Rugido. Ella agarró la pesada cuchara y removió el guiso que tenía delante,
intentando concentrarse en otras cosas.
Las cocinas ocupaban una estructura más o menos ovalada que recordaba un poco a un salón
medieval y un poco a un pabellón de caza. Estaba llena de mesas largas apoyadas en caballetes, y
de velas. A ambos lados rugían los fuegos encendidos en dos inmensas chimeneas. Había niños
que se perseguían corriendo por todas partes, y sus voces se mezclaban con los borboteos del
agua hirviendo y el chisporroteo de los fuegos, el clamor de cucharas y los ruidos que hacía la
gente al sorber, comer, beber y hablar a la vez. Un eructo. Risas. El ladrido de un perro. Todo
ello amplificado por los muros de piedra. A pesar del estrépito, no podía evitar aislar las voces
crueles que la criticaban en susurros.
Dos mujeres jóvenes mantenían una conversación en la mesa contigua. Una era una rubia
guapa de resplandecientes ojos azules. La misma que había visto a Aria entrar en casa de Perry.
Tenía que ser Arroyo. Su hermana menor, Clara, también se encontraba en Ensoñación. Valle la
había vendido, igual que a Garra, a cambio de alimento para los Mareas.
—Yo creía que los residentes morían si respiraban el aire del exterior.
—Y así es —dijo la otra chica—. Pero he oído que ella solo es medio topo.
—¿O sea, que alguien llegó a aparearse con un residente?
Aria agarró la cuchara con más fuerza. Estaban insultando a su madre, que estaba muerta, y a
su padre, que era un misterio. Y entonces cayó en la cuenta. Los Mareas dirían lo mismo de
Perry y de ella si supieran la verdad. Recurrirían al término «aparearse».
—Perry ha dicho que la marcarán.
—Una topo con un sentido —dijo Arroyo—. Increíble. ¿Y qué es?
—Audil, creo.
—Eso significa que puede oírnos.
Risotadas.
Aria apretó mucho los dientes al oírlas. Rugido, que llevaba un rato sentado a su lado sin
decir nada, se arrimó más a ella.
—Escucha atentamente —le susurró al oído—. Esto es lo más importante que debes saber
mientras estés aquí.
Ella clavó la vista en el cuenco de guiso que tenía delante, con el corazón encogido.
—No te comas el abadejo. Lo cuecen tanto que sabe fatal.
Ella le dio un codazo.
—¡Rugido!
—Te lo digo en serio. Está más duro que la suela de un zapato. —Rugido miró a quien tenía
enfrente—. ¿No es cierto, viejo Will? —le preguntó a un hombre envejecido de barba
blanquísima.
Aunque Aria llevaba ya varios meses en el exterior, aún le maravillaban las arrugas, las
cicatrices y los signos de la edad. En otro tiempo los había considerado desagradables. Ahora, el
rostro curtido de aquel hombre casi la llevó a sonreír. Los cuerpos del exterior mostraban
experiencias, como los recuerdos de viajes.
Sauce, la niña a la que había conocido antes, estaba sentada a su lado. Aria notó un peso
sobre una de sus botas y al bajar la mirada descubrió a Pulga.
—Abuelo, Rugido te ha preguntado algo —dijo Sauce.
El anciano orientó la oreja hacia su interlocutor.
—¿Qué has dicho, bonito?
Rugido alzó más la voz para responder.
—Le estaba diciendo a Aria que no se comiera el abadejo.
El viejo Will se fijó en ella, y juntó los labios con expresión de desagrado. Aria sintió que se
sonrojaba esperando su reacción. Una cosa era oír los murmullos de los demás, y otra que te
criticaran a la cara.
—Tengo setenta años —dijo al fin—. Setenta años, y cada vez más fuerte.
—El viejo Will no es audil —susurró Rugido.
—De eso ya me he dado cuenta, gracias. ¿Acaba de llamarte «bonito»?
Rugido asintió mientras masticaba.
—¿Por qué? ¿No estás de acuerdo?
Ella se fijó mejor en sus rasgos simétricos.
—Sí, sí —dijo al fin, aunque el adjetivo no encajaba con su aspecto sombrío.
—Así que te van a tatuar marcas —comentó él—. ¿Quieres que lo haga yo?
—Creía que eso correspondía a Perry.
—Perry lo autoriza, y preside la ceremonia, pero eso es solo una parte. La parte que solo
puede ejecutar un Señor de la Sangre.
La mujer corpulenta sentada al otro lado de Rugido se echó hacia delante.
—Alguien con el mismo sentido que tú debe pronunciar un juramento asegurando que tienes
tan buen oído como dices. Si eres audil, eso solo lo puede garantizar otro audil.
Aria sonrió, pues no le había pasado por alto el énfasis que había puesto aquella mujer en el
condicional «si».
—En efecto, lo soy, de modo que así será.
La mujer la observó con sus ojos color miel. Parecía estar decidiendo algo, porque la mueca
que se dibujaba en su rostro se suavizó.
—Me llamo Molly.
—Molly es nuestra sanadora, y la esposa de Oso —le aclaró Rugido—. Y mucho más fiera
que el grandullón, ¿verdad, Molly? —Se volvió hacia Aria—. Así que yo debería ser tu
intercesor, ¿no crees? Soy el candidato perfecto. Te lo he enseñado todo.
Aria meneó la cabeza, haciendo esfuerzos por no sonreír. Era cierto: Rugido era la elección
más acertada. En efecto, le había enseñado todo lo que sabía sobre sonidos… y sobre puñales.
—Todo menos modestia.
El joven hizo una mueca.
—¿Y a quién le sirve de algo la modestia?
—Ah, no sé. Tal vez a ti, bonito.
—Tonterías —zanjó él, concentrándose de nuevo en la comida.
Aria se obligó a hacer lo mismo. El guiso era una combinación sabrosa de cebada y un
pescado blanco muy fresco, pero no fue capaz de dar más que un par de bocados. Los miembros
de la tribu no solo murmuraban sobre ella, sino que los sentía acechantes, observando fijamente
todos sus movimientos.
Dejó la cuchara junto al cuenco y, bajando la mano por debajo de la mesa, le dio una
palmadita a Pulga. El animal parpadeó varias veces y se acercó más a ella. Su expresión
denotaba inteligencia, y era muy distinta de la de los perros de los Reinos. Había sido para ella
una sorpresa constatar que los animales tenían unas personalidades tan diferenciadas. Aquella era
una más en la interminable lista de diferencias entre su vida de antes y la nueva. No sabía si los
Mareas cambiarían de opinión sobre ella, como ya había hecho Pulga.
Aria alzó la vista al oír que el rumor de las voces cesaba. En ese momento Perry franqueaba
la puerta en compañía de tres jóvenes. Rubios y altos, dos de ellos se parecían a Perry en su
complexión muscular. Supuso que serían Escondido y Escondite. El tercero, que iba unos pasos
por detrás y era dos palmos más bajo, tenía que ser Rezagado. Los tres se presentaban como
videntes: los arcos a la espalda, el porte erguido, los ojos escrutadores.
Perry la divisó al momento. La saludó con un movimiento de cabeza, un reconocimiento
discreto entre aliados que a ella, de todos modos, la dejó sin aliento y le supo a poco. Acto
seguido, tomó asiento junto a la puerta, como los hermanos, y desapareció en un mar de cabezas.
Momentos después, las voces crueles regresaron a sus oídos.
—No parece de verdad. Seguro que si se corta ni sangra.
—Hagamos la prueba. Un rasguño de nada, para ver si es verdad.
Aria siguió el rastro de la voz. Los ojos azules de Arroyo se clavaron en los suyos. Aria
apoyó la mano en la muñeca de Rugido, agradecida por aquel don único que él tenía: era capaz
de leer los pensamientos a través del tacto. No le asombró demasiado descubrirlo, pues se
parecía bastante al Smarteye que ella había llevado toda la vida, y que funcionaba según un
proceso similar: oyendo patrones de pensamiento a través del contacto físico.
«Esa es la chica de Perry —le transmitió por el tacto—, ¿verdad?».
Rugido quedó paralizado con la cuchara a medio camino entre el cuenco y la boca.
—No, estoy bastante seguro de que esa eres tú.
«Es mala. Quizá me apetezca hacerle daño».
Rugido sonrió.
—Eso me gustaría verlo.
—Mírala. —Era la voz de Arroyo una vez más—. Se está arrimando a Rugido. Sé que
puedes oírme, Topo. Estás perdiendo el tiempo con él. Es de Liv.
Aria le retiró la mano de la muñeca. Rugido suspiró, y volvió los ojos para mirarla. Dejó la
cuchara sobre la mesa y apartó el cuenco.
—Venga, salgamos de aquí. Quiero mostrarte algo.
Ella se puso en pie y le siguió, sin apartar la vista de su espalda. Al pasar junto a Perry
aminoró el paso y se permitió mirarlo fugazmente. Estaba escuchando a Rugido, al que tenía
delante, pero volvió un poco la vista y sus ojos se encontraron.
Habría querido decirle lo mucho que lo añoraba. Lo mucho que le habría gustado ser ella
quien estuviera sentada frente a él. Y entonces cayó en la cuenta de que, con su humor, acababa
de decírselo.
Rugido la guio por un camino que serpenteaba a través de unas dunas de arena. La luz del
éter se filtraba a través de las nubes, y proyectaba su resplandor sobre el sendero y las altas
hierbas. A medida que avanzaban, un sonido intermitente se mezclaba con el silbido del viento.
Se acercaba cada vez más a ella: un susurro, una llamada, un rugido más intenso y más nítido a
cada paso que daba.
Aria se detuvo cuando llegaron a la última duna. El océano se extendía ante ella, vivo,
ocupándolo todo hasta el final. Oía millones de olas, cada una de ellas distinta, feroz, pero juntas
un coro que era sereno y más imponente que cualquier cosa que hubiera oído hasta ese momento.
Había visto el mar muchas veces en los Reinos, pero nada la había preparado para el de verdad.
—Si la belleza tuviera un sonido, sería este.
—Sabía que te ayudaría —dijo Rugido, esbozando una sonrisa fugaz que brilló como un
destello en la noche—. Los audiles decimos que el mar contiene todos los sonidos que se han
oído en algún momento. Lo único que hay que hacer es escucharlos.
—Eso no lo sabía —dijo Aria cerrando los ojos y dejando que el sonido se apoderara de ella.
Buscó la voz de su madre. ¿Dónde estaban las sosegadas palabras de ánimo de Lumina, sus
consejos que le decían que la paciencia y la lógica lo resolvían todo? No los oía, pero sí creía que
estaban ahí. Miró a Rugido, ahuyentando el dolor.
»¿Lo ves? No me lo habías enseñado todo.
—Es cierto —admitió él—. No puedo correr el riesgo de aburrirte.
Juntos, se acercaron más al agua. Rugido se sentó y se apoyó en los codos.
—¿A qué viene toda esa pantomima? —le preguntó.
—Es por el bien de todos —respondió Aria, hundiendo los dedos en la arena. La capa más
superficial todavía retenía el calor de la jornada, pero por debajo estaba fresca y húmeda. Cogió
un puñado y lo fue soltando despacio sobre la rodilla de Rugido—. Ya has oído cómo me odian.
Imagina que supieran que Perry y yo estamos juntos. —Negó con la cabeza—. No sé.
—¿Qué es lo que no sabes? —Rugido sonrió como si estuviera a punto de tomarle el pelo.
Aria sintió que ese era un momento absolutamente familiar entre los dos, aunque jamás hubieran
estado allí juntos antes.
Soltó otro puñado de arena sobre su rodilla, despacio, y se concentró en el sonido de aquella
delicada llovizna que se mezclaba con el romper de las olas.
—Fue idea mía. Así es mejor… pero me resulta raro fingir que somos lo que no somos. Es
como si hubiera un cristal entre nosotros. Como si no pudiera tocarlo… llegar hasta él. Es una
sensación que no me gusta.
Rugido movió la rodilla y destruyó el montículo que había creado Aria.
—¿Y su voz todavía te suena a humo y a fuego?
Aria puso los ojos en blanco.
—No sé por qué se me ocurrió decirte eso.
Él ladeó la cabeza en un gesto que también era muy de Perry, y se llevó una mano al corazón,
en un gesto que no lo era en absoluto.
—Aria… tu olor… es como de una flor al abrirse. —Moduló la voz para imitar la de Perry,
grave, profunda—. Ven aquí, mi dulce rosa.
Aria le dio un manotazo en el hombro, pero él se echó a reír.
—Es violeta. Y cuando conozca a Liv se lo contaré todo y lo vas a pagar muy caro.
La sonrisa de Rugido se esfumó al instante. Se pasó la mano por el pelo oscuro, y clavó la
vista en las olas, en silencio.
—¿Seguís sin saber nada? —le preguntó ella en voz baja. Cuando la hermana de Perry
desapareció la primavera anterior, a Rugido se le partió el corazón.
Él negó con la cabeza.
—Nada.
Aria se incorporó y se sacudió las manos.
—Pronto habrá noticias. Aparecerá. —Ojalá no hubiera mencionado a Liv. Rugido debía
sentir su ausencia más que nunca allí, donde los dos habían crecido.
Miró a lo lejos, mar adentro. En la distancia, las nubes parpadeaban con luz resplandeciente.
Descendían torbellinos de éter. Aria no imaginaba cómo sería encontrarse allí. Perry le había
contado en una ocasión que aquellas tormentas eran siempre un peligro en el mar. Ella no
entendía que los pescadores de los Mareas tuvieran el valor de salir todos los días.
—Ya sabes, el cristal se rompe con facilidad, Aria. —Rugido la observaba, pensativo.
—Tienes razón. —¿De qué podía quejarse ella? Lo tenía más fácil que él. Al menos Perry y
ella estaban en el mismo sitio—. Me has convencido. Pienso romper ese cristal, Rugido. En
cuanto tenga la ocasión.
—Bien. Destrózalo.
—Lo haré. Y tú también lo harás, cuando encuentres a Liv.
Habría querido que Rugido le diera la razón, pero él cambió de tema.
—¿Sabe Hess que has venido hasta aquí?
—No —respondió ella, recuperando el Smarteye que llevaba escondido en un bolsillo del
forro de su macuto de piel—. Pero tengo que ponerme en contacto con él. —Debería haberlo
hecho un día antes, que era cuando habían acordado comunicarse, pero ella no había tenido
ocasión durante su viaje con los Mareas—. Lo haré ahora.
El parche suave, transparente como una gota de agua y casi tan dúctil, le parecía ahora algo
de otro mundo después de haber visto aquel recinto quemado por el sol y desgastado por el
viento. De hecho, era de otro mundo, del suyo. Lo había usado casi toda su vida sin planteárselo
siquiera. Como hacían los residentes. Así era como se movían en los Reinos. Hacía poco tiempo
ella había empezado a temerlo. Y la culpa la tenía el cónsul Hess.
Aria se aplicó el Smarteye en el ojo izquierdo. El dispositivo se pegó a la piel que lo rodeaba
con una firmeza que le resultaba familiar, y acto seguido el plástico biotecnológico del centro se
ablandó y se volvió líquido. Parpadeó varias veces, para adaptar su vista a la interfaz. Cuando el
Ojo se conectó, sobre el mar aparecieron flotando unas letras rojas.
«¡BIENVENIDA A LOS REINOS! ¡MEJORES QUE LA REALIDAD!».
Se difuminaron hasta desaparecer, y a continuación apareció la secuencia de autentificación.
Ella ladeó la cabeza, y constató que las letras seguían el movimiento.
La palabra «ACEPTADO» parpadeó en el aire, y una sensación de hormigueo se extendió por
su cabeza y su columna vertebral. Solo un icono genérico, etiquetado como HESS, flotaba en la
oscuridad. Antes, cuando el Smarteye era suyo, la pantalla estaba llena de iconos con sus Reinos
favoritos, boletines de noticias y mensajes de amigos. Pero Hess había programado ese Ojo para
que solo pudiera contactar con él.
—¿Estás conectada? —le preguntó Rugido.
—Sí.
El joven se tumbó sobre la arena, apoyando la cabeza en un brazo.
—Despiértame cuando vuelvas.
A partir de entonces él la vería, simplemente, sentada sobre la arena, porque no contaba con
la ventana a los Reinos que el Smarteye le proporcionaba a ella.
—Todavía estoy aquí, ya lo sabes.
Rugido cerró los ojos.
—No, en realidad no.
Con su pensamiento, Aria seleccionó el icono para hacer saber a Hess que estaba allí.
Transcurridos unos momentos se escindió, dividiendo su conciencia. La sensación era
desagradable, pero no dolorosa, como la de despertar en un lugar desconocido. En un instante
pasó a existir en dos lugares a la vez: en la playa, junto a Rugido, y en la recreación virtual del
Reino al que Hess la había llevado. Se concentró en el Reino y permaneció inmóvil,
momentáneamente deslumbrada por el brillo. Miró a su alrededor, adaptándose a un mundo que
se había vuelto rosa.
Los cerezos la rodeaban por todas partes. Sus flores eran tantas que las ramas se inclinaban, y
el suelo estaba cubierto de un manto de nieve rosada. A sus oídos llegaba un crujido impreciso, y
una lluvia de pétalos descendió hasta ella, impulsada por una ráfaga de viento.
Experimentó una emoción profunda, hasta que se dio cuenta de la simetría de las ramas y de
la separación idéntica entre todos los árboles. Comprendió que no había oído caer ningún pétalo,
ni crujir ninguna rama. La brisa llevaba el sonido de una sola nota. Demasiado agresiva para ser
real, ahora lo sabía. «Mejores que la realidad», decían de los Reinos. En otro tiempo a ella
también se lo parecían. Durante años había recorrido espacios como ese a salvo, sin salir de
Ensoñación, porque no conocía nada más. Porque no sabía que no había nada mejor que la
realidad.
Ni peor, pensó, recordando de repente a Cachemira. Su mejor amiga solo había visto las
partes más horribles del mundo real. El fuego. El dolor. La violencia. Aria seguía sin creer del
todo que ella ya no estuviera. Casi todos los recuerdos que conservaba de su amiga incluían
también a su hermano mayor. Los tres iban siempre juntos.
¿Cómo le iría a Caleb en Ensoñación? ¿Todavía viajaba por los Reinos artísticos? ¿Se habría
pasado a otros? Tragó saliva para deshacer el nudo que oprimía su garganta; lo echaba de menos.
Echaba de menos a sus otros amigos, Runa y Pixie, y la vida tan fácil que llevaban. Conciertos
bajo el agua y fiestas en las nubes. Reinos ridículos, como el de Cazar con Láser a un
Dinosaurio, el de Surfear en las Nubes y el de Salir con un Dios Griego. Su vida había cambiado
tanto… Ahora, cuando dormía, siempre lo hacía con un puñal a mano.
Aria alzó la vista y contuvo la respiración. A través de las ramas rosadas vio un cielo azul sin
estrías de éter, sin capas de nubes resplandecientes. Así era el cielo hacía trescientos años, antes
de la Unidad. Antes de que un inmenso fogonazo solar hubiera corrompido la magnetosfera de la
tierra, abriendo la puerta a las tormentas cósmicas. A una atmósfera ajena que resultaba
devastadora hasta extremos inimaginables. Al éter. Era el cielo que Aria imaginaba que existiría
en el Azul Perpetuo, radiante, despejado y sereno.
Bajó la mirada y encontró al cónsul Hess sentado a una mesa, a veinte pasos de allí. La mesa
era pequeña, de mármol y con dos sillas de hierro, una a cada lado. En realidad pertenecía al
restaurante de alguna plazoleta europea. Fuera cual fuera el Reino que Hess escogiera, aquel
detalle no cambiaba nunca.
Aria se miró a sí misma. Un quimono había sustituido sus pantalones, su camisa y sus botas
negras. Aquellos ropajes estaban hechos con brocados de color crema sobre estampados de flores
rojas y rosadas. Era una prenda preciosa, aunque le apretaba demasiado.
—¿Es necesario todo esto? —preguntó, como siempre.
Hess la observaba en silencio mientras ella se aproximaba. Su rostro era severo, anguloso,
como esculpido con cincel. Tenía los ojos separados, y unos labios delgados que le daban
aspecto de lagarto.
—Encaja bien con el Reino —respondió, recorriendo el cuerpo de Aria con la mirada—.
Además, tu ropa del exterior me resulta ofensiva.
Aria se sentó frente a él, y se revolvió, incómoda, en su silla. Con aquel vestido apenas podía
cruzar las piernas. ¿Y qué era aquella capa pegajosa que cubría sus labios? Se los rozó con un
dedo y notó que era carmín. Aquello era ya demasiado.
—Pues sus ropas no encajan bien con este reino —replicó ella. Hess iba vestido con su traje
gris, como de costumbre, una vestimenta parecida a la que ella misma llevaba en Ensoñación,
con la única diferencia de que la de él mostraba unas rayas azules en las solapas y las mangas,
que indicaban su cargo de cónsul—. Ni esta mesa ni el café.
Hess la ignoró y sirvió la bebida en dos delicadas tazas, mientras una lluvia de pétalos
rosados salpicaba la mesa. Aria se fijó en el sonido, que era claro y agudo, pero extrañamente
amorfo. El aroma fragante, denso, hizo que se le hiciera la boca agua. Todo era igual que hacía
unos meses. Un Reino de fantasía. Aquella mesa y aquellas sillas. Un café fuerte, negro. La
diferencia era que las manos de Hess parecían temblorosas.
El cónsul dio un sorbo. Cuando dejó la taza, esta chocó contra el platillo. Alzó la vista y la
miró.
—Estoy decepcionado, Aria. Llegas tarde. Creía que te había hecho comprender la urgencia
de la tarea que ha recaído sobre ti. Ahora me pregunto si no habrá que recordarte lo que está en
juego, si fracasas.
—Sé lo que está en juego —respondió ella secamente. «Garra. Ensoñación. Todo».
—Y aun así has tomado un pequeño desvío. ¿Crees que no sé dónde estás? Has ido a ver al
tío del niño, ¿verdad? A Peregrino.
Hess seguía sus movimientos a través del Smarteye. Aquello no sorprendió a Aria, pero de
todos modos notó que se le aceleraba el pulso. No quería que supiera nada sobre Perry.
—Todavía no puedo dirigirme hacia el norte, Hess. El paso de Los Cuernos está helado.
Él se echó hacia delante.
—Yo podría hacer que te llevaran mañana mismo en un deslizador.
—Nos odian —dijo ella—. No han olvidado lo de la Unidad. No puedo llegar allí como
residente.
—Son salvajes —insistió él, moviendo una mano con gesto despectivo—. No me importa lo
que piensen.
Aria se dio cuenta de que su respiración se aceleraba por momentos. Rugido se sentó y la
observó con atención en el mundo real, percibiendo su creciente tensión. «Salvajes». En otro
tiempo ella también los consideraba así. La presencia de Rugido la anclaba al suelo, la
apaciguaba.
—Tiene que dejarme hacer las cosas a mi manera —le dijo a Hess.
—Tu manera no me gusta. Llegas tarde a nuestro encuentro. Pierdes el tiempo con un
forastero. Quiero información, Aria. Dame coordenadas. Una dirección. Un mapa. Lo que sea.
Mientras el cónsul hablaba, Aria se fijó en que movía mucho aquellos ojos pequeños, y en
que su cuello estaba cada vez más rojo. En ninguno de los encuentros que habían mantenido
durante el invierno se había mostrado así de nervioso ni combativo. Algo le preocupaba.
—Quiero ver a Garra —solicitó ella.
—No hasta que me des lo que necesito.
—No, tengo que verle…
En ese momento todo se detuvo.
Los cerezos en flor quedaron paralizados, suspendidos en el aire, a su alrededor. El sonido
del viento cesó, y un silencio súbito, de muerte, cayó sobre el Reino. Tras un instante, los pétalos
se alzaron marcha atrás, y después parecieron pegarse a los árboles y volver a caer con
normalidad, planeando en dirección al suelo, mientras regresaban los sonidos.
Aria se percató de la expresión de asombro de Hess.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella—. ¿Qué acaba de ocurrir?
—Regresa dentro de tres días —zanjó él—. No te retrases, y será mejor que para entonces ya
vayas de camino hacia el norte.
Y dicho esto, se desconectó y desapareció.
—¡Hess! —le llamó Aria.
—¡Aria! ¿Qué sucede?
Era la voz de Rugido. Se concentró en él. Tenía las cejas fruncidas por la preocupación.
—Estoy bien —le tranquilizó ella, activando deprisa las órdenes en su mente para poder
quitarse el Smarteye. Cuando estuvo desconectado, lo depositó en su mano. La rabia le nublaba
la visión.
Rugido se acercó más a ella.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Ella meneó la cabeza. Ni ella misma lo sabía bien. Algo había salido mal. Ella nunca había
visto que un Reino quedara congelado. ¿Lo habría hecho Hess a propósito para asustarla? Pero él
también parecía nervioso. ¿Qué le ocultaba? ¿Por qué esa urgencia súbita para que se dirigiera a
Los Cuernos?
—Aria —insistió Rugido—, habla conmigo.
—Hess sabe que estoy aquí. Y quiere que me dirija al norte de inmediato —dijo, escogiendo
con cuidado sus palabras, evitando en todo momento referirse a Garra—. Le trae sin cuidado que
el paso esté helado.
—Ese Hess es un cabrón. —Rugido desplazó la mirada hasta la playa—. Pero tengo buenas
noticias para ti. Esta es tu oportunidad para romper el cristal.
5
Peregrino

PERRY descendía hacia la playa, en dirección a Aria, consciente de cada paso que daba. Solo
podrían estar juntos unos minutos, en el mejor de los casos, y estaba impaciente por llegar junto
a ella.
Se encontró con Rugido a mitad de camino.
—¿Podrías vigilar por si viene alguien? —le preguntó.
—Sí, claro —le respondió él, dándole una palmada en el hombro cuando se cruzaron.
Aria se puso en pie cuando él llegó a su lado. Se retiró el pelo negro por detrás de un hombro.
—¿Estás seguro de que hacemos bien? —le preguntó, mirando más allá de Perry.
—Solo será un momento. Rugido está vigilando. Y Arrecife está más allá, en el camino. —
No le gustaba que hubiera dos hombres de su propia tribu protegiéndolo, pero se moría de ganas
por pasar un rato a solas con ella.
—¿Has encontrado a Tizón?
Perry negó con la cabeza.
—Todavía no. Pero lo encontraré. —Habría querido acercarse y abrazarla, pero olía su
humor y notaba que estaba nerviosa por algo. Intuía de qué se trataba—. Brizna, que también es
audil, me ha contado lo que ha ocurrido en las cocinas. Lo que la gente decía.
—No pasa nada, Perry. Solo son habladurías.
—Dales una semana —dijo él—. Ya verás que todo será más fácil.
Ella apartó la mirada y no respondió.
Perry se pasó una mano por la cara, sin saber bien por qué seguían fingiendo cuando estaban
juntos.
—Aria, ¿qué está pasando? —le preguntó.
Ella se cruzó de brazos, y su humor se fue enfriando cada vez más, hasta convertirse en hielo.
Perry luchaba contra el peso de aquel frío, que también se apoderaba de él.
—Hess sabe que estoy aquí —le confió ella al fin—. Me exige que me ponga en marcha. En
pocos días tendré que irme.
Perry recordó aquel nombre. Hess era el residente que la había echado de la Cápsula.
—¿Acaso no sabe que todavía es peligroso viajar hacia el norte?
—Sí. Pero no le importa.
El temor lo invadió de pronto.
—¿Te ha amenazado? —le preguntó Perry, atormentándose.
Aria negó con la cabeza.
Y entonces él comprendió qué ocurría.
—Tiene a Garra. Está usando a Garra, ¿verdad?
Ella asintió.
—Lo siento. En este momento me encantaría poder mentirte. No quería añadir un peso más a
los que ya tienes.
Perry cerró los puños y apretó tanto que le dolieron los nudillos. Había sido Valle el que
había planeado el secuestro, pero aun así él se sentía responsable. Y ese sentimiento no
desaparecería hasta que Garra volviera a casa sano y salvo. Su mirada se desplazó hasta el mar.
—Fue aquí donde se lo llevaron. —Le contó—. Aquí mismo. Vi a los residentes darle
patadas en el estómago, y luego arrastrarlo hasta el deslizador, en lo alto de esa duna.
Aria se acercó a él y le cogió las manos. Las tenía frías y suaves, pero agarró las de ella con
pulso firme.
—Hess no le hará daño. Quiere encontrar el Azul Perpetuo. Nos dará a Garra a cambio.
Perry no terminaba de creerse que tuviera que «comprar» a su sobrino. Se daba cuenta de que
no era muy distinto a lo que tendría que hacer para llevar a Liv de vuelta a casa. Valle los había
cambiado a los dos por comida. Todo indicaba que Perry tendría que dirigirse a Los Cuernos.
Necesitaba el Azul Perpetuo: por su tribu, y por Garra. Y tenía una deuda que saldar con Visón,
porque Liv no se había presentado cuando se la esperaba. Tal vez entonces su hermana volviera
finalmente a casa.
—Yo creía que tardaríamos un poco más, pero de todos modos iré contigo. Saldremos en
unos días, y espero que para entonces el paso esté despejado.
—¿Y si no lo está?
Perry se encogió de hombros.
—Lucharemos contra el hielo. Seguramente nos llevaría el doble de tiempo, pero podríamos
hacerlo. Yo te llevaré.
Aria sonrió al oír aquellas palabras. Él no sabía por qué, pero no importaba. Estaba
sonriendo.
—Está bien —dijo ella. Lo rodeó con sus brazos, y apoyó la cabeza en su pecho. Perry le
retiró el pelo del hombro y aspiró el aire de su cuello, dejando que su humor lo invadiera.
Respiró varias veces de ese modo, hasta que su ira se convirtió en deseo.
Con el dedo pulgar resiguió la línea de su espalda. Todo en ella era grácil y fuerte. Ella se
apartó un poco y lo miró a los ojos.
—Así… —Él estaba a punto de decirle que así era como deberían haberse encontrado hacía
días, en el bosque. Así era como lo había imaginado durante todo el invierno, eso era lo que
había echado de menos. Pero no fue capaz de pasar por alto lo que ella sentía, su manera de
mirarlo.
—Sí —repitió ella—. Así.
Perry se echó hacia delante y le besó los labios. Aria se pegó más a él, que sintió su aliento
en la mejilla. Después ya no existió nada más allá de su boca y su piel, del tacto de su cuerpo
contra el suyo. No disponían de mucho tiempo. Había gente cerca. Él apenas lograba retener sus
pensamientos en su mente. Ella lo era todo, y quería más.
Al oír el silbido de advertencia de Rugido, se detuvo en seco, con los labios aún pegados al
cuello de Aria.
—Dime que tú no lo has oído.
—Lo he oído.
Oyeron el aviso de Rugido una vez más, más agudo esta vez, más insistente. Perry torció el
gesto, se enderezó y la cogió de las manos. Estaba envuelto en su aroma. Lo que menos le
apetecía en ese momento era separarse de ella.
—Te tatuaremos las Marcas antes de partir. Y olvidémonos de lo de fingir que no hay nada
entre nosotros. Me está matando eso de no poder tocarte.
Aria le dedicó otra sonrisa.
—Pronto nos iremos de aquí. ¿No podemos esperar solo hasta entonces?
—¿Te gusta verme sufrir?
A ella se le escapó una risita.
—La espera merecerá la pena. Te lo prometo. Y ahora, vete.
Perry la besó una vez más, antes de alejarse corriendo por la playa, como si no pesara nada.
Rugido lo observaba desde lo alto de la duna, con una sonrisa en los labios.
—Ha sido precioso, Per. A mí también me estaba matando.
Perry se echó a reír, y le dio un manotazo en la cabeza mientras corría.
—No todo lo que digo está pensado para que lo oigas tú.
Encontró a Arrecife en el camino, bloqueando el paso a Oso y a Wylan, que habían acudido
en su busca. Cuando regresaban al recinto, Oso le habló del problema que tenía con un par de
granjeros. Gris y Rowan. Wylan intervenía también cada pocos pasos para transmitirle quejas
menores con voz airada y seca, como siempre. Por más que Perry hiciera o dijera, nunca era
suficiente para Wylan, que había sido uno de los más devotos seguidores de Valle.
Perry escuchaba solo a medias, haciendo esfuerzos por no sonreír.
Una hora después se encontraba en el tejado de su casa, solo por primera vez en varios días,
disfrutando de la neblina fresca en su piel. Cuando la brisa amainaba y él aspiraba hondo,
percibía rastros de Aria. Ella se encontraba en la habitación de Valle, en aquella misma casa. Las
risas se colaban a través de una rendija del techo, a su lado. Los Seis estaban jugando una partida
de dados. Oía perfectamente las discusiones de siempre entre Brizna y Tallo. Audiles ambos,
hablaban sin parar, discutían y competían por todo.
Las lámparas parpadeaban por todo el recinto, y el humo salía de las chimeneas y se
mezclaba con el aire salado. Perry se tumbó boca arriba y contempló la luz del éter filtrándose a
través de las capas más finas de las nubes, mientras escuchaba las voces que resonaban en la
explanada.
—¿Cómo está el bebé de su fiebre? —le preguntaba Molly a alguien.
—Ya le está bajando, gracias al cielo —le respondieron—. Ahora duerme.
—Bien, dejemos que descanse. Mañana a primera hora lo bajaré hasta el mar. Eso le abrirá
los pulmones.
Perry aspiró hondo una vez más, para que el aire de mar le abriera los pulmones a él también.
Él había crecido al cuidado de muchos miembros de la tribu, lo mismo que el bebé del que
hablaban. De niño, se subía al primer regazo que encontraba para dormir. Cuando tenía fiebre, o
se cortaba y tenían que darle puntos, Molly lo había cuidado muchas veces hasta que sanaba. Los
Mareas eran una tribu pequeña, pero también una gran familia.
Perry se preguntaba dónde estaría Tizón, aunque sabía que regresaría por su propio pie, como
había dicho Rugido. Cuando lo viera, lo regañaría por haber escapado, y después averiguaría qué
había ocurrido en las cocinas.
—¡Perry!
Se incorporó a tiempo para agarrar una manta acolchada que alguien le lanzaba desde abajo.
—Gracias, Molly.
—No entiendo por qué estás ahí arriba y todos los demás calentitos en tu casa —dijo ella
antes de alejarse.
Pero Molly lo sabía muy bien. Había pocos secretos en aquella tribu tan pequeña. Todos
sabían de sus pesadillas. Ahí arriba, al menos, podía pasar sus insomnios oliendo los aromas que
llevaba la brisa y contemplando el juego de la luz en las sombras. Qué primavera tan rara, con
aquel manto de nubes siempre en el cielo. Aunque el éter le inspiraba temor, una parte de él se
habría sentido mejor si lo hubiera visto en ese momento.

•••
Arroyo, con su arco y sus flechas al hombro, fue a su encuentro cuando él abandonaba el recinto
al amanecer siguiente.
—¿Hacia dónde te diriges?
—Al mismo sitio que tú —respondió él.
Arroyo era vidente, y una de las mejores arqueras de la tribu, por lo que Perry le había
asignado la misión de enseñar a todos los Mareas a tirar con arco. Sus lecciones tenían lugar
cerca del mismo campo en el que él había quedado para reunirse con Oso.
Su paseo fue algo incómodo, y silencioso. Él se dio cuenta de que Arroyo todavía llevaba al
cuello una de las puntas de lanza que él le había dado, colgada de una tira de cuero, e intentó no
pensar en el día en que se la había regalado, ni en lo que había significado para los dos. Era una
persona importante para él, y aquello no cambiaría nunca. Pero lo suyo había terminado. Se lo
había comunicado durante el invierno, con la mayor delicadeza posible, y esperaba que ella
también se diera cuenta pronto.
Cuando llegaron al campo situado al este, se encontró con una discusión en su punto álgido:
eran dos campesinos, Rowan y Gris, que querían más ayuda en sus campos de la que Perry podía
proporcionarles. Oso se había interpuesto entre ellos, imponente y a la vez amable como un
gatito.
—Mira esto —dijo Rowan, el joven granjero cuyo hijo había tenido fiebre la noche anterior
—. Me hace falta un muro de contención. Algo que detenga los corrimientos de tierras que se
producen en la ladera de la montaña. Y necesito más drenaje.
La mirada de Perry se desplazó hasta la colina, situada a menos de dos kilómetros de allí. Las
tormentas de éter habían convertido su parte inferior en prácticamente ceniza. Cuando las lluvias
de la primavera habían empezado, oleadas de barro y desperdicios descendieron por la ladera. La
forma entera de la montaña estaba cambiando, y no había árboles que mantuvieran la tierra en su
lugar.
—Pues esto no es nada —intervino Gris, una cabeza por debajo de Oso y Perry—. La mitad
de mis tierras se encuentra bajo el agua. Necesito a gente. Necesito el buey. Y los necesito más
que él.
Gris tenía un rostro dulce y unos modales educados, pero Perry olía a menudo ira en él. Gris
no destacaba por ningún sentido, no estaba «marcado», como la mayoría de las personas de su
tribu, pero no soportaba no estarlo. De joven quiso ser centinela, o guardián, pero aquellos
puestos estaban reservados a los audiles y los videntes, cuyos sentidos les proporcionaban una
ventaja clara. Viendo sus opciones limitadas, no le quedó prácticamente más remedio que
dedicarse a la agricultura.
No era la primera vez que Perry oía aquella discusión entre Gris y Rowan, pero a él le hacían
falta los recursos que reclamaban —hombres, caballos, bueyes— para tareas más importantes.
Había ordenado construir una trinchera alrededor del recinto, y cavar un segundo pozo junto a las
cocinas. También se estaban fortificando los muros, y reforzando el arsenal de armamento.
Además, había pedido a todos los Mareas —de entre seis y sesenta años— que aprendieran al
menos los rudimentos básicos en el uso del arco y el puñal.
A sus diecinueve años, Perry era joven para ser Señor de la Sangre. Sabía que lo veían como
a alguien poco experimentado. Un blanco fácil. Estaba seguro de que los Mareas serían atacados
en primavera por bandas y tribus que habían perdido sus hogares por culpa del éter.
Mientras Rowan y Gris seguían con sus quejas, Perry arqueó la espalda, que le dolía por lo
mal que había dormido. ¿Para eso se había convertido en Señor de la Sangre? ¿Para caminar por
campos empapados y oír críticas? Cerca de allí, Arroyo daba una clase de tiro con arco a los
hijos de Gris, de siete y nueve años. Mucho más entretenido que tener que oír aquellos lamentos.
Él no había deseado nunca asumir aquella parte de ser Señor de la Sangre. Nunca había
pensado en cómo hacer para alimentar a casi cuatrocientas personas cuando las reservas para el
invierno se agotaban antes de que llegara la primavera. Jamás había imaginado que debería
autorizar el matrimonio de una pareja de más edad de la que tenía él. Ni que la madre de un niño
con fiebre le clavaría los ojos en busca de alguna respuesta. Cuando las curas de Molly fallaban,
acudían a él. Siempre acudían a él cuando las cosas iban mal.
La voz de Oso lo sacó de sus pensamientos.
—¿Qué dices tú, Perry?
—Los dos necesitáis ayuda, eso ya lo sé. Pero vais a tener que esperar.
—Yo soy granjero, Perry —dijo Rowan—. No saco nada de disparar con arco.
—Aprende de todos modos —replicó él—. Podría salvarte la vida, y no solo la tuya.
—Valle nunca nos hizo aprender, y no tuvimos problemas.
Perry meneó la cabeza. No daba crédito a lo que oía.
—Ahora las cosas son distintas, Rowan.
Gris dio un paso al frente.
—Si no sembramos pronto, el próximo invierno moriremos de hambre.
El tono de su voz —seguro de sí mismo, exigente— sorprendió a Perry.
—Tal vez no estemos aquí el próximo invierno.
Rowan vaciló y frunció el ceño.
—¿Y dónde estaremos? —preguntó, alzando la voz. Gris y él se miraron.
—Supongo que no pensarás en serio en trasladarnos al Azul Perpetuo, ¿no? —preguntó Gris.
—Es posible que no tengamos otra opción —insistió Perry. Recordó a su hermano dando
órdenes a aquellos mismos hombres. Sin razonar con ellos. Sin tener que convencerlos de nada.
Cuando Valle hablaba, ellos obedecían.
—El viaje a Los Cuernos durará semanas —intervino Oso—. ¿Vas a dejar solos a los Mareas
tanto tiempo?
Arroyo se acercó, secándose el sudor del rostro.
—Perry, ¿qué sucede? —preguntó.
Él se dio cuenta de que llevaba un rato sujetándose el puente de la nariz. Había algo que le
quemaba las fosas nasales. Alzó la vista, y no pudo evitar pronunciar una maldición.
Las nubes se habían abierto al fin. Muy arriba vio el éter. No fluía en corrientes lentas y
radiantes, como era normal en esa época del año. Sobre sus cabezas, circulaba en ríos espesos,
encendido, cegador. En algunos puntos el éter se retorcía creando remolinos, que alcanzarían la
tierra y desencadenarían incendios.
—Eso es un cielo de invierno —dijo Rowan, la confusión asomando a su voz.
—Papá, ¿qué está ocurriendo? —preguntó uno de los hijos de Gris.
Perry sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. No podía negar lo que veía, ni la
sensación de ardor al fondo de su nariz.
—¡Meteos en casa ahora mismo! —les ordenó, antes de dirigirse corriendo hasta el recinto.
¿Dónde descargaría la tormenta? ¿Al oeste, sobre el mar? ¿O directamente sobre ellos? Oyó el
sonido de un cuerno que alertaba de lo que estaba a punto de ocurrir, y después otros más lejanos
que indicaban a los granjeros que debían ponerse a cubierto. Debía avisar a los pescadores, que
se encontrarían más lejos y a los que costaría más advertir y devolver sanos y salvos a sus casas.
Franqueó a toda prisa la verja del recinto y entró en la explanada. La gente se apresuraba a
entrar en sus viviendas y, presas del pánico, se gritaban los unos a los otros.
Rugido llegó corriendo.
—¿Qué necesitas?
—Encontrar a Aria.
6
Aria

EMPEZÓ a llover de pronto, en una ráfaga que azotó a Aria como un manotazo frío. Ella corrió
hacia el recinto por el camino que llevaba toda la mañana recorriendo, perdida en unos
pensamientos sobre los Reinos que de pronto quedaron detenidos y desaparecieron. Sus puñales
golpeaban sus muslos con un ritmo que la tranquilizaba, y ella seguía el sendero a través del
bosque. El viento silbaba a su alrededor.
Al oír el sonido del cuerno, se detuvo y alzó la vista al cielo. A través de las brechas en las
nubes de lluvia vio densos flujos de éter. Segundos después oyó el chillido inequívoco de un
torbellino, un alarido agudo, desgarrador, que le heló la sangre. ¿Una tormenta? ¿A aquellas
alturas del año? Las tormentas ya deberían haber terminado.
Se puso en marcha de nuevo, retomando el ritmo. Hacía meses se había visto atrapada por
una tormenta en compañía de Perry. Jamás olvidaría el calor en su piel cuando los remolinos
pasaron cerca, ni cómo crepitó su cuerpo.
—¡Río! —gritó una voz lejana—. ¿Dónde estás?
Ella quedó petrificada y escuchó atentamente los sonidos que llegaban mezclados con la
lluvia. Más voces. Todo el mundo gritando lo mismo, sus gritos desesperados agolpándose en
sus oídos. Cerró las manos entumecidas. ¿A quién iba a ayudar ella? Los Mareas la odiaban.
Pero entonces oyó otra voz, más cercana esta vez, tan desesperada y temerosa que se dirigió
hacia ella sin pensarlo. Ella sabía bien qué se sentía buscando a alguien que se había ido. Tal vez
no aceptaran su ayuda, pero debía intentarlo.
Sin dejar de correr, abandonó el camino y se adentró en el bosque embarrado y resbaladizo,
guiada por los sonidos de unas diez personas. Pero sus rodillas dejaron de responderle cuando,
entre ellas, reconoció a Arroyo.
—¿Qué estás haciendo aquí, topo? —Empapada, Arroyo se veía más cruel que de costumbre.
El pelo rubio se le pegaba mucho a la cabeza, liso, oscuro, y sus ojos eran fríos como canicas—.
Te lo has llevado tú, ¿verdad, ladrona de niños?
Aria negó con la cabeza.
—¡No! ¿Por qué habría hecho yo algo así? —Se fijó en el arma que Arroyo llevaba al
hombro.
Molly, la mujer mayor a la que Aria había conocido en las cocinas, se acercó a ellas a toda
prisa.
—Estás perdiendo el tiempo, Arroyo. ¡Sigue buscando! —Esperó a que la joven se hubiera
ido. Entonces agarró a Aria por el brazo y le habló en voz baja, desde muy cerca, mientras la
lluvia le resbalaba por las mejillas—. Nos ha pillado por sorpresa. Ninguno de nosotros esperaba
una tormenta.
—¿Quién falta? —preguntó Aria.
—Mi nieto. Solo tiene dos años. Se llama Río.
Aria asintió.
—Lo encontraré.
Los demás se habían apartado del camino y buscaban en el bosque, pero a Aria su instinto le
decía que debía rastrear en las inmediaciones. Moviéndose despacio, se mantenía cerca del
camino. No gritaba aquel nombre. Lo que hacía era prestar mucha atención por si oía el sonido
más leve entre el viento y la lluvia. El tiempo pasaba, y no se oía nada más que el chapoteo de
pasos y el rumor del agua que descendía colina abajo. Los gritos del éter se intensificaban, y Aria
tenía la cabeza a punto de estallar, pues el estrépito de la tormenta invadía sus oídos. Un
murmullo constante la llevó a detenerse en seco.
Avanzó hacia él, resbalando a medida que descendía por la pendiente. Se acuclilló al llegar
junto a un arbusto frondoso. Despacio, retiró las ramas y no vio más que hojas. Se le erizó el
vello de la nuca. Se revolvió y echó mano de los puñales. Se encontraba sola entre los árboles
oscilantes.
—Tranquila —se dijo a sí misma, desenvainando las armas.
Volvió a oír el murmullo, débil pero inequívoco. Rodeó el arbusto y miró en su interior.
Unos ojos la observaban a poco más de un palmo de distancia. El niño se veía tan pequeño,
arrodillado y sentado sobre sus talones… Se cubría las orejas con las manos, y canturreaba una
melodía, perdido en su propio mundo. Aria se dio cuenta de que tenía las mismas mejillas
redondeadas de su abuela, y sus mismos ojos color miel. Volvió la cabeza. Desde allí se veía el
camino que conducía al recinto, y que se encontraba a menos de veinte pasos. El niño no estaba
perdido, sino aterrado.
—Hola, Río —dijo, sonriendo—. Me llamo Aria. Estoy segura de que eres un audil, como
yo. Cantar ayuda a alejar los sonidos del éter, ¿verdad?
El niño la miró fijamente y siguió cantando.
—Esa es una canción muy buena. Es la Canción del Cazador, ¿verdad? —le preguntó,
aunque la había reconocido inmediatamente: era la favorita de Perry, que se la había cantado una
vez en otoño, tras mucha insistencia por su parte, y muerto de vergüenza.
Río seguía callado. El labio inferior le temblaba, y parecía a punto de echarse a llorar.
—A mí también me duelen los oídos cuando el ruido es tan fuerte. —Aria se acordó de su
gorra de audil, y abrió el macuto para buscarla—. ¿Quieres ponértelo?
Río cerró los diminutos puños. Despacio, los apartó de los oídos y asintió. Ella le colocó la
gorra sobre la cabeza y bajó las orejeras, atándoselas bajo la barbilla. Le iba demasiado grande,
pero amortiguaría el estruendo de la tormenta.
—Ahora tenemos que ponernos a cubierto, ¿de acuerdo? Te llevaré a casa sano y salvo.
Le tendió la mano para sacarlo de allí. Él se la agarró y un instante después saltó a sus brazos
y se pegó a ella como una lapa. Apretando mucho su cuerpecillo tembloroso, Aria salió
corriendo en busca de Molly y los demás. Al verla en el camino, todos se arremolinaron a su
alrededor, empapados, furiosos.
—¡No lo toques! —exclamó Arroyo, arrancándole a Río de los brazos.
El frío caló en el pecho de Aria, y la súbita ausencia de su peso le hizo perder el equilibrio.
Arroyo le quitó al niño la gorra que llevaba y la arrojó al suelo.
—¡Aléjate de él! —gritó—. ¡No vuelvas a tocarlo!
—¡Os lo estaba trayendo! —replicó Aria en voz muy alta, pero Arroyo ya se dirigía a toda
prisa hacia el recinto con Río, que había empezado a llorar. Los demás los siguieron tras dedicar
a Aria miradas acusadoras, como si fuera culpa suya que el pequeño se hubiera perdido.
—¿Cómo lo has encontrado, residente? —preguntó un hombre corpulento que había
permanecido en su sitio. A sus ojos asomaba la sospecha. Los dos muchachos que debían de ser
sus hijos estaban a su lado, con los hombros hundidos. A los dos les castañeteaban los dientes.
—Es audil, Gris —le explicó Molly, que acababa de aparecer a su lado—. Y ahora, sigue
adelante. Llévate a tus hijos a casa.
Tras dedicar una última mirada a Aria, el hombre se fue, impaciente por poner a sus hijos a
buen recaudo.
Aria recogió del suelo su gorra de audil y le sacudió el barro.
—No eres pariente de Arroyo, ¿verdad?
Molly negó con la cabeza y sonrió.
—No, no lo soy.
Aria se guardó la gorra en el macuto.
—Bien.
Cuando volvían, juntas, al recinto, Aria se fijó en que Molly se tambaleaba.
—Son mis articulaciones —dijo, alzando la voz para hacerse oír. Los sonidos agudos de los
remolinos de éter eran cada vez más estridentes—. Me duelen más cuando llueve y hace frío.
—Apóyate en mí —le ofreció Aria, cargando con parte del peso de la anciana. De ese modo
avanzaron más deprisa en dirección al recinto.
Durante un largo instante, ninguna de las dos habló.
—Gracias —dijo al fin Molly—. Por encontrar a Río.
—De nada.
A pesar de sentir el cuerpo entumecido y calado hasta los huesos, a pesar de que le dolían los
oídos, Aria sintió una rara alegría por estar caminando junto a su primera amiga marea,
descontando a Pulga.
7
Peregrino

DESPUÉS de dejar a Rugido, Perry recorrió el camino hasta el muelle más deprisa de lo que lo
había hecho nunca. Allí, Wylan y Tallo se llamaban el uno al otro mientras amarraban el bote de
pesca, sus ropas ondeando al viento. El pequeño esquife golpeó el embarcadero, agitado por las
aguas embravecidas, y el impacto hizo que vibraran sus planchas bajo los pies de Perry. Al
constatar que allí había solo dos barcas, el corazón le dio un vuelco. La mayoría de sus
pescadores todavía estaban en el mar.
—¿Los demás están cerca? —preguntó alzando la voz.
Wylan le dedicó una mirada sombría.
—El vidente eres tú, ¿no?
Perry corrió hasta el gran saliente de piedras que se adentraba en el mar como un gran brazo
y protegía el puerto. Saltó sobre una primera roca de granito volcada, y fue pasando de una a
otra. Por entre los huecos ascendían chorros de agua marina que le empapaban las piernas. Al
llegar al punto más elevado del espigón, se detuvo y observó el mar abierto: unas olas inmensas
avanzaban, irguiéndose, rematadas por un hilo de espuma blanca. Una visión terrorífica. Pero
también distinguió lo que esperaba: cinco botes que se acercaban al puerto, cabeceando como
corchos a merced de las brutales aguas.
—¡Perry, para!
Arrecife avanzaba como podía sobre las rocas, seguido de Tallo y Wylan, que cargaban a los
hombros unas cuerdas largas.
—¡Ya vuelven! —anunció Perry.
¿Quién quedaba en el mar? La neblina que levantaban las olas le nublaba la visión. A pesar
de ser vidente, no logró distinguir a los pescadores hasta que la primera barca se aproximó más y
pasó junto al rompeolas. Perry se fijó en las expresiones de terror de los hombres cuyas vidas él
había jurado proteger. Todavía no estaban a salvo, pero las olas no eran tan altas a resguardo del
puerto como en mar abierto. Cuando el segundo y el tercer bote llegaron a la orilla, casi pudo
respirar de nuevo. Casi pudo convencerse de que no había perdido a nadie.
Y entonces entró el cuarto esquife. Ya solo quedaba el último. Perry esperó, y no pudo
reprimir una maldición al verlo con claridad. Sauce y su abuelo iban sentados en él, muy pálidos,
aferrados al mástil. Entre ellos, con las orejas gachas, se acurrucaba Pulga.
Perry descendió por las rocas, del lado del espigón, acercándose más al rompiente de las olas,
mientras unos destellos iluminaban el horizonte y congelaban el instante con su luz cegadora. La
tormenta había estallado. Varios torbellinos descendieron hasta la tierra, trazando líneas azules,
resplandecientes, en el cielo encapotado. Estaba bastante lejos, pero él sintió que se agarrotaba
instintivamente. Resbaló, y al hacerlo se arañó una espinilla.
—¡Perry! ¡Vuelve! —gritaba Arrecife.
Las olas golpeaban las rocas a su alrededor, en un violento asalto que le llegaba en todas
direcciones.
—¡Todavía no! —Perry apenas se oía a sí mismo entre el rugido atronador del mar
enfurecido.
La barca de Sauce había variado su rumbo, y parecía avanzar directamente hacia el
rompeolas. Ella gritaba algo, rodeándose la boca con las manos extendidas.
En ese momento apareció Tallo, que intentaba mantener el equilibrio junto a Perry.
—Han perdido el timón. No manejan la barca.
Perry sabía muy bien lo que iba a suceder, y los demás también.
—¡Abandonad el bote! —gritó Wylan, algo más retrasado—. ¡Salid de ahí!
El viejo Will ya había obligado a Sauce a ponerse en pie. Le sujetó la cara entre las manos,
transmitiéndole un mensaje desesperado que Perry no consiguió oír. Después, la agarró a toda
prisa y la ayudó a saltar por la borda. Pulga la siguió de inmediato, y el anciano fue el último en
hacerlo, con expresión sorprendentemente serena.
En un instante transcurrieron varios segundos. Una ola levantó el esquife y lo impulsó con la
corriente. Este se ladeó, se levantó en el último momento y la proa se estrelló contra las rocas a
pocos pasos de Perry. Al hacerlo se rompió en pedazos, que salieron disparados. Él levantó las
manos para protegerse, y unos trozos de madera, mezclados con agua de mar, se las rozaron.
Parpadeó varias veces para aclarar su visión y divisó a Sauce, que avanzaba hacia las
planchas rotas de madera que flotaban entre la espuma del mar.
—¡Agárrate a la soga ahora mismo! —le gritó Arrecife.
Cerca de él, Wylan lanzó la cuerda con la pericia de un pescador experimentado. Sin ella,
Sauce se estrellaría contra las rocas una y otra vez, hasta deshacerse en la espuma. Pero si se
sujetaba al extremo del cabo, tendrían una posibilidad de rescatarla.
—¡Sauce, agarra la soga! —le gritó Perry.
La vio buscar a su abuelo con movimientos sincopados, frenéticos, y observó su cara de
espanto al encontrarlo más allá. Una ola pasó por encima de ella, y a Perry se le paró el corazón.
Pero la joven volvió a salir a la superficie, escupiendo agua y boqueando para tomar aire. Nadó
desesperadamente en dirección a la soga, y finalmente se agarró a ella.
Perry bajó por las rocas tanto como su valor le permitió, anclando las piernas para tener más
fuerza en el momento de tirar de ella.
Cuando la ola se retiró, Wylan y Tallo tiraron de la cuerda, y Sauce salió disparada hacia
Perry como una flecha y le hizo caer al suelo, mientras ella se aferraba a él, la frente en su
barbilla. Él sintió un dolor intenso en el costado al darse contra las rocas. Permaneció abrazado a
ella un instante, antes de que Arrecife la arrancara de sus brazos.
—¡Sal de ahí, Peregrino! —le gritó, mientras arrastraba a Sauce a una zona más elevada del
rompeolas.
Perry no le respondió en esa ocasión. No podía salir de allí hasta que hubieran rescatado al
viejo Will.
Wylan lanzó otra soga, que fue a caer cerca del anciano. Pero el pescador hacía esfuerzos por
llegar hasta ella, nadando sin avanzar, con la cabeza apenas visible sobre el agua.
—¡Muévete, Will! ¡Nada! —le gritaba Perry.
Descendían los torbellinos, cada vez más cerca, y las olas que hasta hacía un momento
alcanzaban un metro y medio duplicaban su altura y se convertían en elevaciones monstruosas
que superaban el espigón.
—¡Abuelo! —gritó de pronto Sauce, como si ya lo supiera, como si ya presintiera lo que
ocurría a continuación.
El viejo Will desapareció bajo las aguas.
Perry cubrió la distancia que lo separaba de Wylan en cuatro zancadas. Se agarró a la cuerda.
Tras él, las voces de Tallo y Arrecife le gritaban que no lo hiciera. Pero él se lanzó al mar y se
zambulló.
El silencio que reinaba bajo las olas le sorprendió. Perry se agarró con más fuerza a la cuerda
y nadó alejándose del espigón. Sus pies se toparon con algo duro —¿un tablón?, ¿una roca?—
cuando ascendía. Las olas se elevaban formando muros inmensos y ondulantes a su alrededor.
Solo veía agua, hasta que una ola lo elevó por los aires. Se le removió el estómago al alzarse y
entonces, cuando estaba en la cresta de la ola, pudo ver las rocas sobre las que, en efecto,
acababa de posarse. Fueron solo unos segundos, pero ya se había alejado mucho de donde creía
estar.
Perry nadó hacia donde había visto a Will por última vez. La corriente era fortísima, y lo
llevaba de nuevo hacia el rompeolas. Creyó ver unos movimientos en el agua. Pulga nadaba a
unos veinte metros de él. Cerca, el viejo Will manoteaba sin moverse, y sus cabellos plateados se
confundían con la espuma del mar.
El pescador estaba lívido cuando Perry llegó hasta él.
—¡Aguanta, Will! —Le lanzó la soga y lo rodeó con ella—. ¡Tirad! —Gritó, en dirección al
espigón, agitando los brazos.
Transcurrieron unos segundos hasta que las fibras de la cuerda se tensaron bajo sus manos.
Sintió que tiraban de él, pero apenas se movió. Notó otro tirón, pero resultaba evidente que los
dos juntos pesaban demasiado para que Wylan pudiera arrastrarlos. Durante un instante, divisó
una vez más el rompeolas, sus oscuras rocas de granito. La tormenta de éter estaba ya muy cerca.
Perry soltó la cuerda, y el viejo Will se alejó de él. Empezó a nadar tras el anciano, exigiendo
más y más a sus fatigados músculos. Cada brazada le costaba tanto como si levantara su propio
peso. Oía los gritos de Arrecife y Tallo a medida que se acercaba al espigón. Se esforzó un poco
más, mirando a través de la espuma. Ya solo le quedaban unos pocos metros.
Una corriente súbita lo paralizó, como si lo hubiera atrapado un garfio, y tiró de él
haciéndolo retroceder de nuevo hasta las agitadas aguas. Con la misma celeridad, la marea
cambió, y vio que las rocas de granito se acercaban en un segundo. Se cubrió la cabeza y levantó
las piernas. Sus pies impactaron en algo duro. Después se dio la vuelta y chocó contra las rocas.
El dolor recorrió su cuerpo. Sintió un crujido en la columna vertebral. Por todas partes. El
dolor se solidificó en el hombro derecho. Se incorporó, sin reconocer su propia forma. El hombro
estaba dispuesto de una manera rara, separado de su encaje.
Aquello no podía estar sucediendo. Nadó con el brazo bueno y suplicó un último esfuerzo a
sus piernas, pero cada movimiento era una puñalada que se le clavaba en el hombro. A través de
una ola creyó ver de nuevo el espigón. Oso y Wylan tiraban de la soga sin descanso, acercando al
viejo Will. Sauce y Pulga se encontraban cerca, empapados, temblorosos. Arrecife y Tallo lo
observaban todo desde arriba, llamándolo, preparados para sacarlo del agua. Perry intentó seguir
nadando, pero las piernas no le respondían. No se movían como él quería. Había empezado a
tragar agua, y apenas podía respirar.
Solo había una manera de salir de aquello. Dejó de nadar y se sumergió bajo el agua. Se
agarró una muñeca y tardó un segundo en armarse de valor. Entonces tiró con fuerza de ella
hacia el lado opuesto. Unas luces rojas parpadearon delante de sus ojos. Sintió como si se le
desgarraran los músculos, y un dolor y una explosión dentro del hombro. Aun así, la articulación
no regresó a su lugar. Se soltó el brazo. No podía volver a intentarlo. Estaba seguro de que, si lo
hacía, perdería el conocimiento.
Subió hacia la superficie, surcando el mar embravecido, casi sin aliento. Se propulsó con las
piernas, buscando el aire. Buscando.
Buscando.
De pronto, ya no distinguía qué era arriba y qué era abajo. El miedo amenazaba con
apoderarse de él por completo, pero se obligó a nadar con brazadas sosegadas. Ser presa del
pánico equivalía a morir. Transcurridos unos segundos que se le hicieron eternos, con los
pulmones faltos de oxígeno, el pánico, finalmente, lo invadió, y sintió que pataleaba
descontroladamente en el agua, que su cuerpo se movía más allá de su control.
Sabía que no podía respirar. Que no podría aspirar más aire. Por más que luchara contra ello,
no podría evitarlo. El dolor en los pulmones y en la cabeza era mayor que el que sentía en el
hombro. Mayor que cualquier otra cosa. Abrió la boca y aspiró. Una explosión de frío descendió
por su garganta. Un instante después la expulsó. Los puntos rojos, parpadeantes, se volvieron
negros, y empezaron las convulsiones en el pecho. Necesitaba respirar, pero su cuerpo rechazaba
lo que entraba en él.
Fue sumergiéndose en un agua cada vez más fría, donde la oscuridad era mayor y donde
también era mayor el silencio. Sintió que sus miembros se relajaban, y lo invadió una tristeza
inmensa que sustituyó al dolor.
Aria. Acababa de recuperarla. No quería irse. No quería hacerle daño. No quería.
Algo le golpeó el cuello. Su cadena de Señor de la Sangre… que lo estrangulaba. Acercó la
mano, y entonces se dio cuenta de que tenía a alguien encima, tirando de él hacia arriba. La
cadena se soltó, y él sintió un brazo sobre el pecho, y notó que se movía, que lo arrastraban.
Llegó a la superficie y vomitó agua salada. Todo su cuerpo se estremecía en convulsiones.
Notó que le ataban una soga alrededor de las costillas, y Tallo y Wylan lo subían hacia las rocas
mientras alguien lo empujaba desde abajo. Solo podía tratarse de Arrecife.
Oso se echó hacia delante para agarrarlo por el brazo, resbaló, estuvo a punto de caerse y
soltó una maldición.
—¡Mi hombro! —masculló Perry entre dientes.
Oso lo entendió, le pasó el brazo por la cintura y lo llevó fuera del alcance de las olas. Perry
siguió avanzando cuando lo depositaron en el suelo, gateando por entre las rocas hasta que
alcanzó la arena. Entonces se desplomó y se encogió en torno al dolor que sentía en las entrañas,
en el hombro, en la garganta. Era como si alguien le hubiera golpeado los pulmones hasta
dejárselos morados.
A su alrededor se formó un corrillo, pero él seguía tosiendo, luchando por respirar.
Finalmente se secó el agua salada de los ojos.
La vergüenza lo invadió por completo. Estaba boca arriba, desvalido frente a su pueblo.
Tallo meneaba la cabeza, como si no diera crédito a lo que acababa de ocurrir. El viejo Will
estaba de pie, y Sauce se acurrucaba a su lado. A Arrecife le faltaba el aliento, y la cicatriz que le
atravesaba el rostro se veía muy roja. Sobre ellos, el éter giraba en remolinos inmensos,
amenazadores.
—Se le ha dislocado el hombro —informó Oso.
—Tira primero hacia arriba y después hacia el otro lado —sugirió Arrecife—. Despacio y
con firmeza, y sobre todo no pares, pase lo que pase. Y enseguida. Debemos ponernos a cubierto.
Perry cerró los ojos. Unas manos inmensas le aferraron las muñecas. Después oyó la voz
profunda de Oso por encima de él.
—Esto no te va a gustar, Perry.
Y no le gustó.

•••
Con el cuerpo tembloroso por los nervios y el frío, Perry trepó hasta su altillo, sin despegar el
brazo del costado. Con dificultad, quejándose entre dientes a causa del dolor que sentía en el
hombro, se quitó la camisa empapada por encima de la cabeza y la lanzó a la habitación de abajo.
Fue a aterrizar sordamente sobre la repisa de la chimenea, y allí quedó colgada. Se recostó y
aspiró hondo varias veces, mientras, por entre la rendija del techo, contemplaba el éter. La lluvia
se colaba por ella, y le golpeaba el pecho, desde donde resbalaba hasta caer en el colchón que
tenía debajo.
Unos minutos nada más. Necesitaba un tiempo a solas antes de enfrentarse a la tribu.
Cerró los ojos. Solo veía a Valle pronunciando sus discursos. A Valle sentado a la cabecera
de la mesa de las cocinas, observándolo todo con calma. Su hermano no había ni tropezado
siquiera en presencia de los miembros de su tribu. Y en cambio, él, ¿qué acababa de hacer?
«Has hecho bien acudiendo al rescate del viejo Will». Entonces, ¿por qué no conseguía
calmar su respiración? ¿Por qué sentía deseos de dar puñetazos a las cosas?
La puerta se abrió de par en par y golpeó la pared de piedra con estruendo. Una ráfaga de
viento frío se coló en la habitación.
—¿Perry? —dijo alguien desde abajo.
Él torció el gesto, decepcionado. Aquella no era la voz que quería oír. La única a la que haría
caso en ese momento. ¿La habría encontrado Rugido?
—Ahora no, Tizón. —Perry escuchó atentamente para oír si se cerraba la puerta. Pasaron
varios segundos sin que sucediera. Volvió a intentarlo, con voz más decidida—. Tizón, vete.
—Quería explicarte lo que sucedió.
Perry se incorporó. Tizón estaba de pie, empapado. Sostenía entre las manos su gorra negra.
Parecía decidido y sosegado.
—¿Quieres hablar ahora? —Perry oyó en su propia voz el tono airado de su padre. Sabía que
debía controlarse, pero no podía—. Te presentas cuando quieres, y huyes cuando no quieres.
¿Cuál de las dos cosas va a ser ahora? Si te quedas, te agradecería que no nos quemaras la
comida.
—Estaba intentando ayudar…
—¿Tú quieres ayudar? —Perry bajó del altillo de un salto, reprimiendo una maldición al
sentir el dolor que le paralizaba el brazo. Se acercó al niño, que lo miraba con los ojos muy
abiertos, fijos. Le señaló la puerta abierta—. Entonces ¿por qué no haces algo con eso?
Tizón miró hacia fuera, y volvió a clavar la vista en Perry.
—¿Por eso me quieres aquí? ¿Crees que soy capaz de detener el éter?
Perry se detuvo al instante. No estaba pensando con claridad. No sabía lo que decía. Negó
con la cabeza.
—No, no es por eso.
—¡Olvídalo! —Tizón retrocedió, dirigiéndose hacia la puerta. Las venas de su cuello habían
empezado a ponerse azules, como el éter. Eran como ramas que se esparcían bajo su piel,
alcanzaban la mandíbula, atravesaban las mejillas y llegaban a la frente.
Perry lo había visto así en dos ocasiones: el día en que Tizón le quemó la mano, y cuando
destrozó a aquella tribu de cuervajos. Pero verlo una vez más volvió a llenarlo de asombro.
—¡Nunca debí confiar en ti! —gritó el niño.
—Espera —intervino Perry—. No debería haber dicho eso.
Pero ya era demasiado tarde. Tizón se dio la vuelta y salió disparado de allí.
8
Aria

RUGIDO apareció poco después, cuando Aria llegaba al recinto en compañía de Molly.
—Te he estado buscando por todas partes —dijo, abrazándola brevemente—. Estaba
preocupado.
—Lo siento, bonito.
—Eso espero, que lo sientas, porque no soporto preocuparme.
Se agarró del brazo que le quedaba libre a Molly, y juntos la ayudaron a recorrer algo más
deprisa la distancia que los separaba de las cocinas.
En su interior, la tribu atestaba el espacio, llenaba las mesas y se agolpaba frente a las
paredes. Molly se fue a ver cómo se encontraba Río, y Rugido se fue con Oso. Aria vio a Brizna,
el audil larguirucho que había viajado con ella hasta allí. Se sentó en el banco, a su lado, y
observó la sala, invadida por los murmullos. La gente estaba asustada por la tormenta, hablaba
atropelladamente con voz alterada, y en los rostros se dibujaba el miedo.
No le sorprendió encontrar a Arroyo unas mesas más allá, con Wylan, el pescador de ojos
negros y esquivos que la había maldecido entre dientes en casa de Perry. Vio a Sauce acurrucada
entre sus padres, y al viejo Will y a Pulga cerca. Allí también estaba el resto de Los Seis, que
nunca se alejaban del lado de Peregrino. Mientras desplazaba la mirada sobre los presentes, una
sensación de temor la invadía, y empezaron a temblarle los dedos: a él, en cambio, no lo veía por
ninguna parte.
Rugido se acercó a ella y le cubrió los hombros con una manta. Apartó un poco a Brizna y se
sentó junto a ella.
—¿Dónde está? —le preguntó sin disimulo, pues estaba demasiado inquieta para actuar con
cautela.
—En su casa. Oso me ha contado que se le ha dislocado un hombro. Pero ya está bien. —
Rugido la miró fijamente con sus ojos negros—. Aunque por poco no lo cuenta.
A Aria se le encogió el estómago. A sus oídos llegaba, en oleadas, el nombre de Perry
pronunciado en susurros por todas las mesas. Cribó entre el estruendo hasta distinguir el tono
despectivo de Wylan, y volvió a concentrarse en él. Un grupo de personas se había congregado a
su alrededor.
«… y saltó como un idiota. Arrecife ha tenido que rescatarlo. Casi no llega a tiempo de
salvarlo».
—He oído que salvó al viejo Will —dijo alguien.
Wylan intervino de nuevo.
—¡El viejo Will no se habría ahogado! Conoce el mar mejor que todos nosotros. Yo pensaba
lanzarle la soga en mi siguiente intento. En este momento, y tal como están las cosas, preferiría
que fuese Pulga el que llevara al cuello esa maldita cadena.
Aria le plantó la mano en el brazo a Rugido.
«¿Oyes a Wylan? Es horrible».
Rugido asintió.
—Es un fanfarrón, nada más. Créeme, tú eres la única que lo está escuchando.
Aria no estaba convencida de ello. Juntó las manos mientras, bajo la mesa, sus piernas se
movían sin cesar. Las dos chimeneas estaban encendidas y proporcionaban calor a la estancia.
Olía a lana mojada y a barro, y al sudor de demasiados cuerpos en un espacio reducido. La gente
se había llevado consigo sus pertenencias más valiosas. Vio una muñeca. Una colcha. Varias
cestas llenas de objetos de menor tamaño. A su mente regresó la imagen de las tallas de los
cuervos que reposaban en el alféizar de la ventana. Y de inmediato pensó en Perry, allí solo.
Debería estar con él.
Los torbellinos de éter azotaban el exterior, y sus gritos distantes llegaban a sus oídos. Unos
débiles temblores ascendían desde las suelas de sus botas. Se preguntaba si Tizón estaría a la
intemperie, bajo la tormenta, aunque sabía que él, precisamente, era el que más a salvo se
encontraría.
—¿Y hemos de quedarnos aquí sentados sin hacer nada? —preguntó ella.
Rugido se pasó una mano por el pelo húmedo, que le quedó de punta. Asintió.
—Cuando una tormenta se acerca tanto, este es el lugar más seguro para estar.
En el recinto de Castaño, las tormentas no resultaban en absoluto tan amenazadoras. Todo el
mundo se refugiaba bajo tierra, en las viejas minas de oro de Delfos. Allí, Castaño contaba con
gran cantidad de provisiones. Incluso con distracciones como música y juegos.
Otro temblor grave sacudió los tablones del suelo. Aria alzó la mirada y vio que se
desprendía polvo de las vigas y caía sobre la mesa, frente a ella. En la zona de los fogones, las
cacerolas entrechocaron. Cerca, Sauce abrazó a Pulga con los ojos muy cerrados. Ahora ya casi
nadie hablaba.
Aria volvió a contactar en silencio con Rugido.
«Tienes que hacer algo. Están petrificados».
Rugido arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Yo?
«Sí, tú. Perry no está aquí, y yo no puedo. Soy una topo, ¿recuerdas? No, espera, soy un topo
vagabundo».
Rugido la miró, sopesando sus opciones.
—Está bien, pero me debes una.
Atravesó la habitación y se dirigió hacia un hombre que llevaba una cobra tatuada alrededor
del cuello. Con un movimiento de cabeza le señaló una guitarra que había colgada en la pared.
—¿Puedes prestármela?
Tras unos instantes de sorpresa, el joven le alargó el instrumento. Rugido regresó y se sentó
sobre la mesa, apoyando los pies en el banco. Empezó a afinarla, muy concentrado,
entrecerrando los ojos mientras tensaba las cuerdas. Era meticuloso con el sonido, como lo
habría sido ella. Los dos percibían los tonos con una exactitud absoluta. Si la afinación no era
total, les chirriaban los oídos.
—Muy bien —dijo él al fin—. ¿Qué cantamos?
—¿Cómo que «cantamos», Rugido? Cantas tú solo.
Él sonrió.
—Pero es que es un dueto.
Tocó las primeras notas de una canción de su grupo favorito, los Tilted Green Bottles. Aquel
invierno, nunca se cansaba de escucharla. Gatita ártica, una balada, debía cantarse en un tono
romántico exagerado, lo que hacía que la letra sonara más ridícula de lo que era.
Rugido suprimió la parte romántica. Tocó los primeros compases, mirándola fijamente con
sus ojos oscuros, dibujando una sonrisa sutil y seductora con los labios. Bromeaba, pero de todos
modos ella estaba a punto de sonrojarse. Aria sentía que todas las miradas se concentraban en
ella.
Cuando Rugido empezó a cantar, lo hizo con voz suave y algo guasona.
—«Ven a deshelar mi corazón congelado, mi gatita ártica».
Incapaz de resistirse, Aria se sumó a la actuación y cantó el siguiente verso.
—«Ni hablar, mi yeti, prefiero helarme yo».
—«Déjame ser tu muñeco de nieve. Ven a vivir a mi iglú».
—«Prefiero congelarme que hibernar contigo».
Aria no terminaba de creerse que estuvieran cantando aquella canción tan tonta a unas
personas empapadas y agarrotadas de miedo, mientras unos torbellinos de éter azotaban los
alrededores. Rugido había entrado del todo en su papel, seguía con las manos el ritmo alegre de
las cuerdas. Ella se obligaba a estar a la altura de su entusiasmo, y seguían cantando juntos, un
verso cada uno.
Temía que los Mareas empezaran a lanzarle tazas o zapatos de un momento a otro. Pero lo
que oyó fue una especie de resoplido amortiguado, y gradualmente, por el rabillo del ojo, fue
viendo algunas sonrisas. Cuando cantaron juntos el estribillo —en el que había unos cuantos
ronroneos melódicos—, algunos de los presentes llegaron a reírse abiertamente, y al fin la gente
se relajó y le permitió disfrutar de algo que había hecho bien. Muy bien. Ella llevaba toda la vida
cantando. Nada le parecía tan natural.
Después de que Rugido tocara las últimas notas, hubo un instante de silencio perfecto antes
de que los sonidos de la tormenta se colaran de nuevo en las cocinas y regresara el rumor de las
voces. Aria observaba los rostros de las personas que tenía a su alrededor, escuchando retazos de
conversación.
—¡Es la canción más tonta que he oído en mi vida!
—Pero es divertida.
—¿Qué es un yeti?
—No tengo ni idea, pero esa topo canta como los ángeles.
—Me han dicho que ha sido ella la que ha encontrado a Río.
—¿Crees que va a cantarnos algo más?
Rugido le dio un codazo. Ella arqueó una ceja.
—¿Y bien? ¿Va a cantarnos algo más?
Aria se enderezó y llenó de aire sus pulmones. ¿Creían que Gatita ártica era especial? Pues
todavía no habían oído nada.
—Sí, lo hará.
9
Peregrino

POR primera vez en meses, nadie se fijó en Perry cuando este entró en las cocinas. Todas las
miradas estaban clavadas en Aria y en Rugido. Se agazapó entre las sombras y se apoyó en la
pared. El dolor que le recorría el brazo le obligaba a apretar mucho los dientes.
Rugido estaba sentado sobre uno de los tablones apoyados en caballetes que ocupaban el
centro de la sala, y tocaba la guitarra. A su lado, Aria cantaba, sonriente, relajada, con la cabeza
algo ladeada. Su pelo negro colgaba en mechones húmedos que se derramaban sobre un hombro.
Perry no reconoció la canción, pero se dio cuenta de que no era la primera vez que la
interpretaban, por la manera en que a veces lo hacían con una sola voz, y a veces con dos, como
dos pájaros entrelazándose en pleno vuelo. No le sorprendió que cantaran juntos. Cuando era
pequeño, Rugido siempre convertía las cosas más raras en canciones para que Liv se riera. Los
sonidos conectaban a Rugido y a Aria, lo mismo que los olores conectaban a los esciros. Aun así,
había algo en su interior que no soportaba verlos divertirse, y menos después de que él hubiera
estado a punto de ahogarse.
Al otro lado del comedor, Arrecife y Tallo lo vieron y se acercaron a él. Aria se dio cuenta y
se le quebró la voz. Miró a Rugido y le dedicó una sonrisa vacilante. Las manos de Rugido se
detuvieron sobre la guitarra, y una expresión angustiada cruzó su rostro. Todos los presentes se
fijaron en él, y un murmullo recorrió las mesas atestadas.
A Perry se le aceleró el pulso, y sintió que se le calentaban las mejillas. No le cabía duda de
que sabían lo que había sucedido en el rompeolas. Que todos lo sabían. Veía decepción y
preocupación en sus miradas. Las olía en los humores que llenaban el salón. Los Mareas siempre
le decían que se precipitaba. Su intento de rescate del viejo Will no haría más que reafirmarlos en
su opinión.
Se cruzó de brazos y sintió una punzada de dolor agudo en el hombro.
—No tenéis por qué parar. —No soportaba lo áspero de su voz, ronca por haber tosido tanto
y haber vomitado agua de mar—. ¿Por qué no cantáis otra?
Aria respondió de inmediato, sin apartar los ojos de los suyos.
—Sí.
En esa ocasión sí cantó una canción que él conocía, una canción que le había cantado cuando
estaban juntos en el recinto de Castaño. Era un mensaje que ella le enviaba. Un recordatorio —
allí, entre centenares de personas— de un momento que había sido solo suyo.
Apoyó la cabeza en la pared. Cerró los ojos y escuchó, resistiendo la tentación de ir hacia
ella. De abrazarla. La imaginó acurrucándose justo por debajo de su hombro. Imaginó que sus
dolores desaparecían, junto con la vergüenza que sentía por haber tenido que ser rescatado del
mar, por haberse mostrado indefenso ante su tribu. Imaginó que volvían a estar los dos solos en
el terrado una vez más.
Horas después, Perry se levantó del lugar que ocupaba en las cocinas. Se desperezó y movió
un poco el hombro, para comprobar su evolución. Tragó saliva: todavía le dolía todo el cuerpo.
El sol de la mañana se filtraba ya por las puertas abiertas y las ventanas, y descendía en haces
dorados que atravesaban la sala. Había gente tendida por todas partes: algunos apoyados sobre
otros, a lo largo de las paredes, otros bajo las mesas, en los pasillos. Parecía imposible que
hubiera tanto silencio en medio de tanta gente. Por enésima vez volvió a fijarse en Aria. Ella se
había quedado dormida junto a Sauce, y Pulga se acurrucaba, hecho un ovillo, entre las dos.
Rugido despertó, se frotó los ojos, y poco después Arrecife se puso en pie a su lado,
echándose las trenzas hacia atrás. El resto de Los Seis iba volviendo a la vida, al presentir que
Perry los necesitaba. Brizna le dio un codazo a Tallo, que se lo devolvió medio adormilado.
Escondido y Escondite se levantaron, se cargaron los arcos a la espalda al unísono y dejaron solo
a Rezagado, que todavía se estaba poniendo las botas. En silencio, dejaron al resto de la tribu,
que aún dormía, y siguieron a Perry al exterior.
Además de los charcos, de las ramas arrancadas y de algunas tejas rotas esparcidas por la
explanada, el recinto no parecía haber sufrido daños importantes. Perry observó las colinas. No
divisaba ningún incendio, pero el olor intenso del humo impregnaba el aire húmedo. Había
perdido más tierras, estaba seguro de ello. Solo esperaba que no fueran de cultivo, ni pastos, y
que la lluvia hubiera restringido los daños.
Rezagado apareció arrugando la nariz.
—¿Lo de anoche lo he soñado?
El éter fluía despacio, mantos azules entre nubes finas. Un cielo normal de primavera. Sin
nubarrones resplandecientes. Sin remolinos de éter girando en las alturas.
—¿Has soñado con Arroyo? —le preguntó Tallo—. Porque entonces la respuesta es sí. Y yo
también.
Rezagado le dio un codazo en el hombro.
—Idiota. Arroyo es la chica de Perry.
Tallo negó con la cabeza.
—Lo siento, Per. No lo sabía.
Perry carraspeó.
—No pasa nada. Ya no lo es.
—Parad los dos —intervino Arrecife, fulminando con la mirada a Rezagado y a Tallo—.
¿Por dónde quieres que empecemos, Perry?
Había más gente que había empezado a salir de las cocinas. Gris y Wylan. Rowan, Molly y
Oso. Mientras miraban a su alrededor y observaban el recinto, Perry se fijaba en sus rostros de
preocupación. ¿Ya estaban a salvo o pronto vivirían otra tormenta? ¿Había empezado el éter a
actuar todo el año? Sabía que aquellas preguntas estaban en la mente de todos.
Perry les hizo recorrer primero el recinto, para que evaluaran los desperfectos en los tejados y
comprobaran si el ganado estaba sano y salvo en los corrales, y para que vieran en qué estado se
encontraban los cultivos. Pidió a Sauce y a Pulga que fueran en busca de Tizón. Lamentaba lo
que le había dicho la noche anterior. Estaba fuera de sí, y ahora quería que lo encontraran para
poder disculparse con él. Después se dirigió hacia el noroeste en compañía de Rugido. Una hora
después, se encontraban ante un campo calcinado.
—Esto no nos ayudará, precisamente —comentó Rugido.
—Solo es terreno de caza. Y no es el mejor que tenemos.
—Me alegro de que lo veas con optimismo, Per.
Perry asintió.
—Gracias. Lo intento.
Rugido se fijó entonces en el margen del campo.
—Mira, por ahí viene la alegría personificada.
Perry divisó a Arrecife y sonrió. Solo Rugido era capaz de animarlo en momentos como ese.
Arrecife le informó del resto de los daños. Habían perdido masa forestal al sur, junto a otras
áreas ya arrasadas por el fuego durante el invierno.
—Ahora todo aquello parece una gran extensión de cenizas —comentó. Los panales de
abejas de los Mareas habían sido destruidos, y el agua de los dos pozos del recinto estaba sucia y
sabía a ceniza.
Cuando hubo terminado de informarle, Perry comprendió que no podía obviar por más
tiempo lo que había sucedido en el espigón la noche anterior. Rugido daba vueltas a su puñal en
una mano, algo que hacía siempre que estaba aburrido. Perry sabía que podía decir cualquier
cosa en su presencia, pero aun así tuvo que obligarse a pronunciar aquellas palabras.
—Me salvaste la vida, Arrecife. Te debo…
—No me debes nada —le interrumpió él—. Un juramento es un juramento. Algo que a ti no
te vendría mal aprender.
Rugido envainó el puñal.
—¿Y qué se supone que significa eso?
Arrecife lo ignoró.
—Juraste proteger a los Mareas.
Perry meneó la cabeza. ¿Acaso no era el viejo Will parte de los Mareas?
—Eso fue lo que hice.
—No. Lo que hiciste fue casi matarte.
—¿Debería haber dejado que se ahogara?
—Sí —replicó Arrecife secamente—. O dejar que fuera yo en su rescate.
—Pero si no ibas…
—¡Porque era un suicidio! Intenta comprender una cosa, Peregrino. Tu vida vale más que la
de un anciano. Y también más que la mía. No puedes zambullirte en el agua así sin más, como
hiciste ayer.
Rugido se echó a reír.
—No lo conoces en absoluto, ¿verdad?
Arrecife se dio la vuelta y lo apuntó con el dedo.
—Y tú deberías intentar inculcarle algo de sensatez.
—Yo sigo esperando a ver si alguna vez te callas. —Soltó Rugido.
Perry se interpuso entre ellos, y echó hacia atrás a Arrecife.
—Vete. —La furia de Arrecife brillaba en tonos rojos en el límite de su visión—. Da un
paseo. Serénate.
Perry lo vio alejarse. A su lado, Rugido maldecía entre dientes.
Si aquello ocurría entre dos personas que le eran leales, ¿qué no ocurriría con el resto de los
Mareas?

•••
De regreso, Perry divisó a Tizón junto al bosque. Estaba esperando al lado del camino, haciendo
girar nerviosamente su gorra, que sostenía en la mano.
Rugido puso los ojos en blanco en cuanto lo vio.
—Nos vemos luego, Per. Yo ya he tenido bastante —dijo, y se alejó corriendo.
Cuando Perry se acercó, Tizón empezó a mover el pie de un lado a otro sobre la hierba.
—Me alegro de que hayas vuelto —le dijo.
—¿En serio? —replicó Tizón con amargura y sin alzar la vista.
Perry no se molestó en responder. Se cruzó de brazos, y al hacerlo constató que el hombro no
le dolía tanto como a primera hora.
—No debería haberte gritado. No volverá a ocurrir.
Tizón se encogió de hombros. Tras algunos momentos, finalmente alzó la vista.
—¿Está mejor tu homb…?
—Está bien —le cortó Perry.
Tizón asintió.
—No sabía lo que había ocurrido cuando fui a verte. La chica, Sauce, me lo ha explicado esta
mañana. Estaba muy asustada. Por ella y por su abuelo. Y por ti.
—Yo también estaba asustado. —Ahora todo aquello le parecía casi increíble. Hacía un día
estaba bajo el agua, a segundos de morir ahogado—. No fue mi mejor día. Pero todavía estoy
aquí, o sea que tampoco fue el peor.
Tizón le dedicó una sonrisa fugaz.
—Es verdad.
Al ver que el niño, finalmente, se tranquilizaba, Perry decidió aprovechar la oportunidad.
—¿Qué ocurrió en la despensa?
—Me dio hambre, nada más.
—¿En plena noche?
—No me gusta comer durante la cena. No conozco a nadie.
—Pasaste el invierno con Rugido —replicó Perry.
Tizón torció el gesto.
—A Rugido solo le importa Aria.
«Y Liv», pensó Perry. Era cierto que Rugido se comprometía a muy pocas lealtades. Pero
esas pocas eran inquebrantables para él.
—De modo que te colaste en la despensa.
Tizón asintió.
—Estaba oscuro, y no se oía nada. Y entonces, de pronto, vi a esa bestia de ojos amarillos.
Me asusté tanto que solté la lámpara que sostenía y, sin darme cuenta de nada, de pronto vi que
el suelo se estaba incendiando. Intenté apagar el fuego, pero lo único que conseguía era empeorar
las cosas, y por eso me fui.
A Perry le había asombrado el inicio del relato.
—¿Viste a una bestia?
—Bueno, eso me pareció. Pero era solo ese perro tonto, Pulga. A oscuras parece un demonio.
Perry no daba crédito.
—Viste a Pulga.
—No te burles de mí —dijo, aunque él también hacía esfuerzos por reprimir la risa.
—De modo que Pulga, el perro diabólico, te asustó, y fue la lámpara la que causó el
incendio… ¿No fue… lo que haces tú con el éter?
Tizón negó con la cabeza.
—No.
Perry le dio la oportunidad de seguir hablando. Había muchas cosas que quería saber sobre
aquella habilidad de Tizón. Sobre quién era. Pero el niño hablaría cuando estuviera listo.
—¿Vas a ordenar que me vaya?
Perry negó con la cabeza.
—No. Quiero que estés aquí. Pero si vas a participar en algunas de nuestras cosas, quiero que
participes en todas. No puedes salir huyendo cada vez que algo va mal, ni ir a por comida en
plena noche. Y, además, tienes que aprender a colaborar, como todos los demás.
—No sé cómo —replicó Tizón.
—¿No sabes cómo qué?
—Cómo colaborar. Yo no sé hacer nada.
Perry lo observó. ¿No sabía hacer nada? No era la primera vez que Tizón le había dicho algo
tan raro.
—Entonces nos queda mucho camino por recorrer. Ordenaré a Arroyo que te consiga un arco
y que empiece a darte clases. Y mañana hablaré con Oso. Él necesita toda la ayuda posible. Y
una última cosa, Tizón. Cuando te sientas preparado, quiero que me cuentes todo lo que
consideres oportuno.
El niño frunció el ceño.
—¿Todo lo que considere oportuno sobre qué?
—Sobre ti —respondió Perry.
10
Aria

— TIENES buena mano para el dolor —dijo Molly.


Aria alzó la vista del vendaje.
—Gracias. Mantequilla es buena paciente.
La yegua parpadeó, dócil, al oír su nombre. La tormenta de la noche anterior le había hecho
querer huir instintivamente. Mantequilla había empezado a dar coces a su establo, presa del
pánico, y se había abierto una brecha en una de las patas delanteras. Para ayudar a Molly, a la
que le dolían un poco las articulaciones, Aria ya había limpiado la herida y aplicado un
antiséptico en pomada que olía a menta.
Aria siguió enrollando el vendaje alrededor de la pata de la yegua.
—Mi madre era doctora. Investigadora, en realidad. No solía trabajar con personas. Ni con
caballos… eso nunca.
Molly acarició, con unos dedos retorcidos como raíces, la mancha blanca en forma de estrella
que Mantequilla tenía en la testuz. Aria no pudo evitar pensar en Ensoñación, donde
enfermedades como la artritis habían empezado a curarse genéticamente hacía mucho tiempo. Le
habría gustado poder hacer algo.
—¿Era?
—Sí… Murió hace cinco meses.
Molly asintió, pensativa, observándola afectuosamente con aquellos ojos tristes, del mismo
color castaño que Mantequilla.
—Y ahora tú estás aquí, lejos de tu casa.
Aria miró a su alrededor y vio barro y paja por todas partes. El aire estaba impregnado de un
olor a estiércol. Sentía frío en las manos, que le olían a caballo y menta. La yegua, por décima
vez, apretó el hocico contra su pelo. Todo aquello no podía ser más distinto a Ensoñación.
—Estoy aquí. Pero ya no sé dónde está mi casa.
—¿Y tu padre?
—Mi padre era audil. —Se encogió de hombros—. Es todo lo que sé de él.
Esperó a que Molly dijera algo extraordinario, como por ejemplo: «Sé exactamente quién es
tu padre, y ahí lo tienes, detrás de ese cubículo». Meneó la cabeza, disgustada ante su propia
estupidez. ¿Acaso le ayudaría algo así? ¿Encontrar a su padre haría que desapareciera aquella
sensación etérea, como de gasa, que tenía dentro?
—Pues es una pena que no tengas familia que pueda asistir a tu ceremonia de Marcado de
esta noche —comentó Molly.
—¿Esta noche? —Aria alzó la vista, extrañada. Le sorprendía que Perry la hubiera
programado a pesar de la reciente tormenta.
Mantequilla soltó un ronquido airado cuando Wylan entró en el establo.
—Vaya, vaya —dijo, apoyándose en el cubículo—. Molly y la topo. Nos ofreciste un buen
espectáculo anoche, residente.
—¿Qué necesitas, Wylan? —intervino Molly.
Él la ignoró, y siguió dirigiéndose a Aria.
—Pierdes el tiempo viajando hacia el norte, residente. El Azul Perpetuo no es más que un
rumor propagado por gentes desesperadas. De todos modos, será mejor que te andes con
cuidado. Visón es un cabrón y un mezquino. Astuto como un zorro. No va a compartir el Azul
Perpetuo con nadie, y mucho menos con una topo. Odia a los topos.
Aria se puso en pie.
—¿Y eso cómo lo sabes? ¿Por los rumores que propagan las gentes desesperadas?
Wylan dio un paso hacia ella.
—De hecho, sí. Dicen que la cosa viene de los tiempos de la Unidad. Los antepasados de
Visón fueron de los Elegidos. Los llamaron a una de las cápsulas, pero los engañaron y los
dejaron fuera.
En la escuela, Aria había estudiado la historia de la Unidad, el período posterior al inmenso
destello solar que había erosionado la magnetosfera protectora de la tierra y había esparcido el
éter por todo el planeta. La devastación de los primeros años había sido catastrófica. La polaridad
de la tierra había cambiado de signo una y otra vez. El mundo se consumía en incendios.
Inundaciones, disturbios, enfermedades. Los gobiernos se apresuraron a construir las cápsulas a
medida que las tormentas de éter se intensificaban y descargaban constantemente. «Lo otro»,
llamaron los científicos a aquella atmósfera ajena cuando apareció por primera vez, porque
desafiaba toda explicación científica: un campo electromagnético de composición química
desconocida que se comportaba y tenía el aspecto de agua, y que se abatía con una potencia
jamás vista hasta entonces. El término fue evolucionando hasta convertirse en «éter», palabra
tomada en préstamo de los antiguos filósofos que, en su tiempo, se habían referido a un elemento
similar.
Aria había visto grabaciones antiguas de familias sonrientes que caminaban por cápsulas
como Ensoñación, admirando la belleza de sus nuevos hogares. Había visto sus expresiones
alucinadas cuando se ponían por primera vez sus Smarteyes y experimentaban lo que eran los
Reinos. Pero nunca había visto ninguna grabación de lo que ocurría en el exterior. Hasta hacía
unos meses, el éter era algo ajeno para ella: algo tan lejano como el mundo que se extendía más
allá de la seguridad que le proporcionaban los muros de Ensoñación.
—¿Dices que Visón odia a los topos por algo que pasó hace trescientos años? —dijo—. En
las cápsulas no cabía todo el mundo. La única manera de elegir de manera justa era la Lotería.
Wylan ahogó una risotada.
—No fue nada justa. Abandonaron a la gente a una muerte segura, topo. ¿Crees de verdad en
la justicia cuando el mundo se está acabando?
Aria vaciló. A aquellas alturas ya sabía de la existencia del instinto de supervivencia, y lo
había sentido en sus propias carnes. Una fuerza que la había impulsado a matar, algo de lo que
jamás se creyó capaz. Recordó a Hess expulsándola de la cápsula para proteger a Soren, su hijo.
No le costaba imaginar que, durante la Unidad, la justicia no hubiera valido gran cosa. Lo que
había ocurrido no era justo, de eso se daba cuenta, pero aun así seguía creyendo en la justicia.
Seguía creyendo que la justicia era algo por lo que merecía la pena luchar.
—¿Has venido aquí a ser un incordio, Wylan? —preguntó Molly.
Él se pasó la lengua por los labios.
—Solo intentaba advertir a la topo…
—Gracias —le cortó Aria—. Intentaré no preguntarle a Visón por sus
tatara-tatara-tatarabuelos.
Wylan se fue esbozando una sonrisa siniestra y repelente. Molly acarició la estrella blanca de
la yegua.
—A mí esta chica me cae bien. ¿Y a ti?

•••
Aquella misma tarde Aria fue a casa de Perry, pues quería estar unos minutos a solas con él antes
de la ceremonia del Marcado. La habitación de Valle —en la que había pasado la primera noche
— se veía mucho más ordenada que el resto de la casa. Una manta roja estaba extendida a los
pies de la cama, y había una cómoda y un armario, pero nada más. No había llegado a conocer al
hermano de Perry, pero notaba su presencia en aquel cuarto. La intensidad que, según imaginaba,
había poseído, la incomodaba.
Cogió, en la habitación contigua, el halcón-tortuga de Perry del alféizar y se lo llevó a su
mesilla de noche, sonriendo al pensar en lo fácil de la solución. Después se quitó la ropa que
llevaba y se puso una camisola con cintas finas, se sentó al borde de la cama y se miró los
brazos. En ciertos aspectos, obtener las Marcas suponía una especie de aceptación —oficial— de
sí misma como forastera. Como audil. Como hija de su padre. ¿Le habría roto aquel hombre el
corazón a su madre? ¿O los habían separado por algún otro motivo? ¿Conocería alguna vez la
respuesta?
Fuera, la gente empezaba a congregarse en la explanada. Sus voces animadas se colaban por
la ventana. Un tambor tocaba un ritmo grave, que era como el latido de un corazón. Ella ya
llevaba dos noches en el recinto. La primera, había proporcionado a la tribu motivo de
chismorreo. La última, los había entretenido. ¿Qué depararía la noche siguiente?
Aria encontró el Smarteye en su macuto y lo sostuvo en la palma de la mano. Ojalá pudiera
usarlo para contactar con sus amigos. ¿Qué pensaría Caleb si supiera que iban a marcarle la piel?
La puerta principal se abrió e inmediatamente se cerró con un sonido contundente. Aria
guardó de nuevo el Smarteye donde estaba y se puso en pie. Por el crujido de los tablones de
madera sabía que alguien se acercaba. Perry apareció en el quicio de la puerta, serio y con la
mirada fija. Permanecieron unos instantes observándose, y a él se le suavizó el gesto, y a ella el
corazón le latió con más fuerza.
Perry se fijó en la figura que reposaba en la mesilla de noche, sin pasar por alto su cambio de
ubicación.
—Lo devolveré a su sitio —dijo ella.
Él entró en el dormitorio y lo levantó.
—No, quédatelo. Es tuyo.
—Gracias.
Aria observó la puerta que, tras él, daba a la habitación contigua. Sintió que entre los dos
volvía a existir una distancia incómoda, aquella pared de cristal que los separaba, y que estaba
allí por si alguien entraba de pronto en la casa.
Perry dejó el halcón en su sitio y señaló el macuto con un movimiento de cabeza.
—Creía que nos íbamos mañana con las primeras luces del día.
—¿Estás seguro de que debes irte? ¿Después de lo que ha ocurrido?
—Sí, estoy seguro —respondió él secamente. Torció el gesto, respiró hondo y se pasó una
mano por la cara—. Lo siento, Arrecife ha sido… No importa. Lo siento.
Las ojeras que ensombrecían sus ojos parecían más marcadas, y sus poderosos hombros se
veían más hundidos por la fatiga.
—¿Has podido dormir un poco?
—No… no puedo.
—¿Quieres decir que no has podido?
—No. —Esbozó una sonrisa fugaz, sombría—. Quiero decir que no puedo.
—¿Desde hace cuánto tiempo?
—¿Cuándo dormí de un tirón una noche entera? —Se encogió de hombros—. Desde lo de
Valle.
Ella no daba crédito. ¿Llevaba meses sin dormir bien?
—Aria, esta habitación… —Perry se interrumpió bruscamente. Se volvió y cerró bien la
puerta. Se apoyó en ella, pasándose los pulgares por el cinturón, y la observó, a la expectativa,
como si esperara que ella tuviera algo que objetar.
Y lo cierto era que ella debería haber dicho algo. Llevaba todo el día captando retazos de
conversaciones, habladurías, rumores. Los Mareas estaban muy inquietos por la tormenta, y por
lo que había estado a punto de ocurrirle a Perry.
Ella no quería suponer para él otra fuente de preocupación. No le costaba imaginarse a
Wylan o a Arroyo refiriéndose a ella como la topo vagabundo que había seducido a su Señor de
la Sangre. Pero nada de todo aquello le importaba lo más mínimo en ese momento. Lo único que
quería era estar con él.
—¿Esta habitación? —repitió ella para instarlo a seguir.
Él se relajó un poco más, apoyado en la puerta, pero su mirada seguía fija, y los ojos le
brillaban como la cadena que llevaba al cuello. Fuera, la noche empezaba a caer, y una luz
azulada y tenue se colaba por los postigos medio abiertos.
—Era la de mi padre —dijo él al fin, retomando la conversación allí donde la había dejado—.
Aunque casi nunca estaba aquí. Se iba antes del amanecer, y pasaba el día en los campos o en el
puerto. A veces, cuando podía, salía a cazar. Le gustaba estar siempre en movimiento. Supongo
que en eso nos parecemos.
»Durante las cenas, hablaba con la tribu. Siempre tenía muy presente asignar los mismos
tiempos de palabra a todos. A mí me gustaba que lo hiciera… Es algo que Valle no hizo nunca.
Después, venía a casa con nosotros, y aquí ya no era Jodan, el Rey de la Sangre. Aquí era
nuestro. Nos escuchaba, nos leía, y jugábamos a luchar y a otras cosas. —Esbozó una sonrisa
triste—. Era inmenso. Tan alto como yo, pero fuerte como un toro. Incluso si lo intentábamos los
tres a la vez, nunca conseguíamos abatirlo. —Su sonrisa se esfumó—. Pero también había otras
veces… otras veces en que se presentaba con una botella en la mano. —Señaló con la cabeza—.
Ya conoces parte de la historia.
Aria asintió. Apenas podía respirar. El padre de Perry lo culpaba de la muerte de su madre
durante el parto. Perry solo le había hablado de ello en una ocasión, con lágrimas en los ojos.
Ahora se encontraba en la misma casa en la que le habían pegado por algo que no era culpa suya.
—En aquellas noches, empezaba a gritar enseguida. Y a partir de ahí las cosas empeoraban.
Valle se escondía en el altillo. Liv se metía debajo de la cama. Y el que lo aguantaba era yo. Las
cosas eran así. Todo el mundo lo sabía, pero nadie hacía nada. Cuando yo ya estaba magullado,
morado, lo aceptaban. Yo mismo lo aceptaba. Me decía a mí mismo que no había nada que
hacer. Necesitábamos que fuera nuestro Señor de la Sangre. Y además no teníamos madre. Sin
él, no habríamos tenido nada.
Ella sabía muy bien qué era aquello. Todos los días, desde que su madre había muerto, se
enfrentaba a la idea de que ella ya no tenía nada.
Perry negó con la cabeza.
—Tal vez esto no tenga sentido, pero siento lo mismo acerca del éter. Nos parece que
necesitamos esta… esta tierra. Esta casa. Este dormitorio… Pero esta no es manera de vivir.
Anoche perdimos una gran extensión a causa de un incendio, y un hombre al que conozco desde
siempre estuvo a punto de morir. Yo mismo estuve a punto de morir.
En dos pasos, ella cubrió la distancia que los separaba y le agarró las manos, apretándoselas
con fuerza. Tan fuerte como se las habría apretado si se hubiera encontrado en el espigón. Él
soltó el aire despacio, mirándola a los ojos, apretando también él con fuerza las manos de Aria.
—Perdemos cada vez más cosas, pero seguimos aquí, temblando, sin movernos, temerosos
de hacer algo. Estoy cansado de aceptar todo esto solo porque no sé si hay algo mejor. Tiene que
existir. ¿Qué sentido tiene, si no? Ahora puedo hacer algo para cambiar las cosas. Y pienso
hacerlo.
Parpadeó, y la intensidad de su mirada desapareció al tiempo que regresaba al presente. Se
rio de sí mismo.
—He hablado mucho… Da igual… —Arqueó una ceja—. En cambio tú estás muy callada.
Aria le rodeó la cintura con los brazos.
—Eso es porque no hay palabras para describir lo perfecto que ha sido lo que has dicho.
Perry la atrajo más hacia sí, echando los hombros hacia delante para adaptarse a su cuerpo.
Permanecieron así, juntos, su pecho sólido, cálido, apretado contra el de ella. Tras un instante,
bajó la cabeza y le susurró al oído:
—¿Ha sido «genial»?
Aquella era una palabra que se usaba en su mundo, y Aria notó que Perry estaba sonriendo.
—Sí, genial. —Se apartó un poco y lo miró a los ojos. Aunque se mostrara introvertido, se
preocupaba mucho por los demás. Era fuerte. Era bueno.
—Me asombras.
—No veo por qué. Tú quieres recuperar a Garra. Y estás ayudando a nuestra gente. No es
distinto de lo que hago yo.
—Sí es distinto. Hess está…
Perry negó con la cabeza.
—Harías lo mismo aunque Hess no te estuviera chantajeando. Tú tal vez no estés segura de
ello ahora, pero yo sí. —Le acarició una mejilla y le pasó la mano por el pelo—. Somos iguales,
Aria.
—Eso es lo mejor que nadie me ha dicho nunca.
Él volvió a sonreír, bajó la cabeza y la besó suavemente, con ternura. Aria sabía que debía
dar un paso atrás. Era demasiado arriesgado, pero en ese instante solo le importaba él. Le rodeó
el cuello con los brazos y le separó los labios con los suyos para robarle un poco de su sabor. La
ternura podía esperar.
Perry permaneció inmóvil un instante, antes de ceñirla con ímpetu. El impulso le hizo
apoyarse en la puerta. Se apretó con fuerza contra ella, se encogió para adaptarse a su altura,
besándola con una repentina impaciencia. Con un hambre que ella compartía. Sus labios se
desplazaron hasta el cuello, ascendieron hasta la oreja, y el mundo entero desapareció. Aria
ahogó un grito y le clavó los dedos en los hombros, atrayéndolo más…
El hombro…
Recordó lo que había sucedido, y dejó de apretárselos.
—¿En qué hombro te lo hiciste, Perry?
Él le dedicó una sonrisa pícara.
—En este momento no tengo ni idea.
En sus ojos anidaba el deseo, pero en ellos Aria vio algo más. Un brillo que le hizo
desconfiar.
—¿En qué piensas?
Él le plantó las manos en las caderas.
—En que eres increíble.
—No. No es eso en lo que pensabas.
—Sí lo era. Siempre lo pienso. —Volvió a inclinarse sobre ella, le agarró un mechón de pelo
y se lo envolvió en un dedo mientras le besaba el labio inferior—. Pero también me preguntaba
qué estabas haciendo con Mantequilla hoy.
Aria se echó a reír. Aquello era interesante. Olía a caballo.
—¿Echas de menos algo alguna vez?
—Sí. A ti. Siempre.
11
Peregrino

PERRY se acercó el puñal a la palma de la mano y se rasgó la piel. Cerrando el puño sobre el
pequeño cuenco de cobre que había sobre la mesa, dejó caer en él unas gotas de su sangre.
—Sobre mi sangre de Señor de los Mareas, te reconozco como audil, y apruebo que te
conviertas en una Marcada.
A Perry le sonaba rara su propia voz —formal, llena de aplomo—, y las palabras que
pronunciaba, y que siempre habían pertenecido a Valle o a su padre. Alzó la mirada y la paseó
por el salón atestado. Desoyendo el consejo de Arrecife, había ordenado que se llevaran a cabo
todos los procedimientos habituales de la Ceremonia de Marcado. Del incienso que quemaba en
cada mesa brotaba un fragante aroma a cedro que representaba a los esciros. Había antorchas y
velas encendidas que iluminaban las cocinas en honor a los videntes. Para los audiles, unos
tambores tocaban un ritmo monótono al fondo de la sala. A diferencia del frío, la humedad y el
temor de la noche anterior, el aposento se presentaba acogedor y lleno de tradición. Había
acertado ordenando que lo dispusieran de ese modo: los Mareas lo necesitaban tanto como Aria y
él.
Ella estaba de pie, a pocos metros de él. Se había recogido los cabellos negros encima de la
cabeza, y su cuello se veía esbelto y delicado. Tenía las mejillas coloradas, ya fuera por los
nervios o por el calor del lugar.
¿Le parecía que aquel ritual era salvaje? ¿Quería en realidad convertirse en una Marcada, o
para ella se trataba de un trámite necesario para llegar a conocer la ubicación del Azul Perpetuo?
No había tenido la oportunidad de preguntárselo antes, y ahora ya era demasiado tarde. No sabía
cómo se sentía. El aroma del cedro, el humo, los centenares de personas, le impedían captar su
olor.
Perry le entregó el puñal a Rugido, que, exhibiéndose, dio al filo un giro rápido antes de
pronunciar su propio juramento reconociendo a Aria como audil. Como una de los suyos.
—Que los sonidos te guíen hasta tu casa —concluyó, añadiendo su sangre al cuenco.
A continuación añadirían tinta de tatuar. Cuando Aria recibiera sus Marcas, recibiría también
una parte de Perry y de Rugido, y su sangre sellaría sus promesas de refugio y protección por si
alguna vez llegaba a necesitarlas. La ceremonia concluiría con el juramento que pronunciarían
ellos dos en ese sentido. Perry estaba impaciente por decírselo. Lo sentía así, y quería que ella lo
supiera.
—Ahora Oso te dibujará las Marcas —anunció él.
Durante años ese había sido el cometido de Mila. Su cuñada le había grabado a él el halcón
que llevaba a la espalda, además de sus dos marcas, la de esciro y la de vidente. Pensaron en
Molly para que la reemplazara, pero a la mujer le preocupaban sus manos. De los demás, el
único que había realizado aquella operación con anterioridad era Oso.
Perry permaneció inmóvil otro instante, resistiendo el impulso de besarle la mejilla. Por más
que deseara mostrarse abierto sobre la naturaleza de su relación ante la tribu, una demostración
de sus sentimientos no le parecía adecuada en ese momento. Tras admirar por última vez la piel
inmaculada de sus brazos, se dirigió a la mesa principal, situada al fondo de la sala. Tardarían
varias horas en dibujarle las marcas, y él no quería demorarse más. Recibir unos tatuajes no era
nada horrible, pero sabía que cualquier malestar que pudiera causarle a ella le dolería también a
él.
Ocupó el que había sido asiento de Valle, a la cabecera de la mesa, sobre una plataforma
instalada al fondo de los comedores. Rugido y Tizón estaban cada uno a un lado, flanqueados por
Los Seis. En ese momento le pareció que se parecía demasiado al Señor de la Sangre que había
sido su hermano, dado a los formalismos y a las apariencias. Con todo, aquella era una noche
para la ceremonia.
Frente a él, al otro lado de la mesa, un hombre de pelo ralo le sonrió, y al hacerlo mostró más
huecos que dientes.
—Bueno, bueno… Qué aspecto imponente el tuyo, Peregrino.
El comerciante, que había llegado aquella misma tarde, hacía acto de presencia todas las
primaveras para vender sus baratijas. Monedas, cucharas, anillos y brazaletes colgaban de sus
collares y su abrigo harapiento. Debían de pesar tanto como él. Pero aquellos objetos eran una
mera excusa, una tapadera de lo que realmente vendía: chismes.
Perry asintió.
—Sombra. —Como el tatuado estaba a punto de comenzar, y él disponía de un tiempo libre,
aquella era una buena ocasión de ponerse al día antes de partir junto a Aria a la mañana
siguiente.
—Te has convertido en un Señor joven y radiante —dijo Sombra, pronunciando con énfasis
las palabras, extrayendo de ellas toda su sonoridad, como quien extrae el tuétano de un hueso.
Por el rabillo del ojo, Perry captó la sonrisa que esbozaba Rugido. Seguro que su mejor amigo no
tardaría mucho en regalarle una imitación perfecta de aquel personaje—. Cuánto te pareces a tu
hermano y a tu padre —prosiguió Sombra—. Jodan era un gran hombre.
Perry meneó la cabeza. ¿Su padre, un gran hombre? Para algunos, tal vez. En ciertos
aspectos.
Desplazó la mirada hacia la chimenea. Oso estaba sentado a una mesa, junto a Aria. Con un
pedazo de carbón de sauce le dibujaba en el bíceps las líneas curvas que identificaban a los
audiles, preparándola para tatuárselas en la piel. Aria tenía los ojos fijos en el fuego, y la
expresión distante. Perry suspiró con la boca entrecerrada, sin saber bien por qué estaba
preocupado. Había asistido a muchas ceremonias de tatuado.
—Empieza ya, Sombra —dijo—. Cuéntanos tus noticias.
—Parece que la paciencia no forma parte de tu extensísima lista de virtudes. —Soltó el
comerciante.
—Es cierto —admitió Perry—. Y también me falta control sobre mí mismo.
El chismoso esbozó una sonrisa. Tenía uno de los dientes delanteros torcido, como una
puerta abierta.
—Entiendo. Ya sabes que te admiro tremendamente, y no soy el único. Las noticias de tus
desafíos han llegado muy lejos. Qué difícil debe de haberte resultado derramar la sangre de tu
hermano. Pocos hombres poseen la fuerza para cometer una acción tan despiadada, perdón, tan
fría. Y según he oído, lo hiciste todo por tu sobrino. Un muchacho encantador, Garra. Un niño
adorable, adorable. Se dice que también te cargaste a una banda de sesenta cuervajos. Un señor
tan joven y ya has dejado huella, Peregrino de los Mareas.
Perry sintió deseos de asestarle un puñetazo, pero Arrecife se le adelantó y plantó
sonoramente un pie sobre el banco en el que estaba sentado Sombra. Acercándose mucho a aquel
hombrecillo repugnante, le dijo:
—Yo que tú iría al grano.
Sombra torció el gesto y se fijó en la cicatriz de Arrecife.
—Sí, por supuesto. Perdóname. No era mi intención ofenderte. Tu tiempo ha de ser muy
valioso, sobre todo tras la tormenta de anoche. No sé si lo sabéis, pero no sois los únicos que
recibís la visita del éter a estas alturas del año. Los territorios del sur también lo están sufriendo.
Hay incendios por todas partes, y las tierras fronterizas están atestadas de dispersados. Las tribus
de la Rosa y de la Noche se han visto obligadas a abandonar sus recintos. Se dice que se han
unido y que van en busca de una fortaleza.
Perry miró a Arrecife, que asintió, en consonancia con sus pensamientos. Las tribus de la
Rosa y de la Noche eran de las más populosas, y estaban formadas por miles de personas. Los
Mareas apenas alcanzaban los cuatrocientos, contando a los niños. Los recién nacidos. Los
ancianos. Perry había estado preparando a los Mareas ante posibles ataques, pero en aquellas
circunstancias no tendrían nada que hacer.
Respiró hondo, y al hacerlo aspiró un aire caliente, cargado de olores. Allí, al fondo de la
sala, el ambiente estaba enrarecido.
—¿Y se sabe adónde se dirigen?
—No —respondió Sombra con una sonrisa en los labios—. No se sabe nada.
Perry elevó la mirada sobre el mar de cabezas y distinguió a Aria una vez más. Oso extrajo
una aguja fina de cobre de una caja de madera que contenía el material necesario para tatuar las
Marcas. La sostuvo sobre una vela para calentar su punta afilada. En cuestión de segundos
penetraría en la piel de Aria para dibujarle las Marcas. Si no se usaba bien, el instrumento podía
resultar letal. Perry meneó la cabeza, ahuyentando aquel pensamiento.
—¿Qué más? —preguntó. Una sensación de náusea había empezado a ascender por su
garganta, y una gota de sudor le resbaló por la espalda—. ¿Qué hay del azul Perpetuo?
—Ah… ahí fuera se habla mucho de él, Peregrino. Las tribus parten en su busca. Algunos se
dirigen hacia el norte, cruzando el Valle del Escudo. Otros van al este, más allá del Monte
Flecha. La tribu del Membrillo fue hacia el norte, más allá de Los Cuernos, y solo regresó con el
estómago vacío. Se habla mucho, pero nadie encuentra nada.
—Me han dicho que Visón sabe dónde está —intervino Perry.
Sombra se echó hacia atrás, y toda su ropa tintineó.
—Eso dice, sí, pero yo no soy esciro como tú, Peregrino. No puedo saber si dice la verdad. Si
lo sabe, no se lo dice a nadie. También se comenta que hay un niño con el poder de controlar el
éter, quizá te interese saberlo. Un niño así tiene que valer mucho en un momento como este.
Perry no dijo nada, aunque el corazón le dio un vuelco. ¿Cuánto sabía Sombra? Por el rabillo
del ojo vio que Tizón se quitaba la gorra.
—Eso no es posible.
—Sí, bueno, cuesta creerlo. —Sombra parecía decepcionado por no haber atraído interés con
sus novedades, porque no tardó nada en revelar su siguiente información—. El deshielo ha
llegado pronto al norte esta primavera. El paso hacia Cornisa está despejado. Ya podrás ir a ver a
Olivia.
Liv. La mención a su hermana le pilló desprevenido.
—Ella no fue a Los Cuernos. No llegó.
Sombra arqueó las cejas.
—¿Ah no?
Perry estaba petrificado.
—¿Qué sabes de Liv?
Sombra sonrió.
—Más que tú, según parece.
Parecía feliz de tener alguna información con la que negociar. Pero no había contado con
Rugido.
Perry se volvió a tiempo de ver que su amigo saltaba sobre la mesa. Se oyó un golpetazo
sonoro y un entrechocar de metales. Arrecife y Tallo desenvainaron sus puñales, pero
súbitamente todo quedó detenido. Perry se subió a la mesa y vio que Rugido había inmovilizado
a Sombra.
—Fue a Los Cuernos. ¡Eso es todo lo que sé! —Sombra miró a Perry, aterrorizado—. ¡Díselo
tú, esciro! Es la verdad. A ti nunca te mentiría.
El comedor se sumió en el silencio, y todos los ojos se volvieron hacia él, conmocionados. A
Perry le temblaban las piernas cuando se bajó de la mesa. Obligó a Rugido a ponerse en pie, y
percibió con claridad el humor de su amigo, de un color rojo encendido.
—Camina —le dijo, empujándolo hacia la puerta. Aire. A los dos les iría bien un poco de
aire antes de volver a enfrentarse a Sombra. No debía haber derramamiento de sangre esa noche.
—Visón la encontró. —Los ojos de Rugido se movían de un lado a otro mientras Perry lo
conducía por la sala—. Tuvo que ser así. El cabrón la encontró y se la llevó consigo. Tengo que
ir allí. Tengo que…
—Fuera, Rugido.
Dejaban tras de sí una estela de miradas interrogantes a medida que avanzaban hacia el
exterior. Perry se concentraba en la puerta, imaginando ya el aire fresco de la noche.
Rugido se detuvo y se volvió tan abruptamente que Perry estuvo a punto de chocar con él.
—Perry… mira.
Él siguió la dirección de su mirada hasta encontrarse con Aria. Oso le hundía la aguja en el
brazo con punzadas breves, rápidas, marcándola con la tinta. Aria sudaba, y el pelo le cubría el
cuello. En ese momento alzó la vista y sus ojos se encontraron. Algo iba mal.
En una fracción de segundo Perry se plantó a su lado. Al verlo, Oso, desconcertado, retiró la
aguja. Un reguero de sangre se deslizó por su brazo. Demasiada sangre. Demasiada. Parte de las
Marcas ya estaba terminada, y las líneas ondulantes del tatuaje de audil llegaban ya a medio
bíceps. La piel que rodeaba el dibujo se veía roja e hinchada.
—¿Qué es esto? —exigió saber Perry.
—Tiene la piel muy fina —respondió Oso a la defensiva—. Lo estoy haciendo lo mejor que
sé.
Aria estaba muy pálida y apagada.
—Puedo soportarlo —dijo con un hilo de voz. No quería mirarlo. Mantenía la vista clavada
en el fuego.
Perry se concentró en el tintero, porque acababa de llegarle un olor muy claro. Recogió el
pequeño cuenco de cobre y se lo acercó a la nariz. Aspiró hondo. Bajo la tinta distinguió un
aroma rancio. Era cicuta.
Tardó un instante en procesar la información. Pero de pronto se dio cuenta.
«Veneno».
La tinta estaba envenenada.
El recipiente se estrelló contra la chimenea con gran estruendo, y solo entonces fue
consciente de que lo había arrojado él. La tinta se esparció por la repisa, por la pared, por el
suelo.
—¿Qué has hecho? —gritó Perry.
Los tambores dejaron de sonar. Todo se detuvo.
Los ojos de Oso se desplazaron de la aguja al brazo de Aria.
—¿Qué quieres decir?
Aria se echó hacia delante. Perry se arrodilló ante ella y la sujetó justo antes de que se cayera
del banco. Al tocarle la piel comprobó que estaba ardiendo. Había caído como un peso muerto
entre sus brazos, inerte. Aquello no podía estar ocurriendo. No sabía qué hacer. No podía tomar
ninguna decisión. La náusea y el miedo recorrían su cuerpo y lo paralizaban.
La levantó y la sostuvo entre sus brazos. Sin saber bien cómo, de pronto ya estaban en casa.
La arrastró hasta la habitación de Valle y la tendió en la cama. Acto seguido se quitó el cinturón,
y el puñal cayó al suelo con estrépito. Perry le ató el cinturón por encima del bíceps, apretando
con fuerza. Debía evitar que el veneno siguiera su curso hasta el corazón.
Entonces le sujetó el rostro con las dos manos.
—¿Aria?
Tenía las pupilas tan dilatadas que apenas distinguía el gris de sus iris.
—No te veo, Perry —susurró ella.
—Estoy aquí. A tu lado. —Se arrodilló junto a la cama y le tomó la mano. Si la sostenía con
fuerza, ella se pondría bien. Tenía que ser así.
»Te pondrás bien.
En ese momento apareció Rugido con una lámpara, que dejó sobre la mesilla.
—Molly viene de camino. Y trae todo lo que necesita.
Perry se fijó de nuevo en el brazo de Aria.
Las venas que rodeaban el tatuaje se veían hinchadas, amoratadas. Y la palidez de su rostro
era cada vez mayor. Le pasó una mano temblorosa por la frente y pensó en las instalaciones
médicas del recinto de Castaño. En cambio, él, allí, no tenía nada. Nunca hasta ese momento se
había sentido primitivo.
—Perry —balbució ella entre dientes.
Él le apretó la mano.
—Estoy aquí, Aria. Aquí, contigo. No me muevo.
Sus ojos se cerraron, y él sintió que volvía a encontrarse bajo las aguas, en la fría oscuridad,
y que no podía subir a la superficie. El aire no le llegaba a los pulmones.
—Todavía respira —dijo Rugido tras él—. La oigo. Ha perdido el conocimiento.
Entonces llegó Molly con un tarro que contenía una pasta blanca y espesa que se usaba para
las erupciones cutáneas.
—No funcionará —dijo Perry—. Lo tiene debajo de la piel.
—Lo sé —admitió Molly sin perder la calma—. Todavía no le había visto la herida.
»¿Qué hacemos? ¿Le corto la piel? —Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, a Perry se
le revolvió el estómago.
Rugido se llevó la mano al puñal.
—Puedo hacerlo yo.
Él lo miró y vio que parpadeaba mucho, que estaba lívido. No terminaba de creerse que
estuvieran allí, hablando de cortarle la piel del brazo a Aria.
—No servirá de nada —dijo Molly—. Ya ha entrado en su torrente sanguíneo. —Dejó otro
tarro sobre la mesilla de noche. En su interior, unas sanguijuelas se revolvían velozmente en el
agua, agitadas, ávidas—. Tal vez esto funcione, si le chupan la sangre envenenada.
Perry reprimió otra arcada. Un cinturón en su brazo. Sanguijuelas. ¿Era eso todo lo que podía
hacer por ella?
—Hazlo. Inténtalo.
Molly extrajo una sanguijuela del tarro y la colocó sobre la Marca de Aria. Cuando se aferró
a su piel, Rugido soltó un sonoro suspiro, pero Perry seguía sin atreverse casi a respirar. Molly
sacó una segunda sanguijuela, y después una tercera, y los segundos parecían una eternidad. En
un momento, había seis gusanos pegados al brazo de Aria. Sobre la piel perfecta que él había
acariciado con sus dedos hacía apenas unas horas.
Perry entrelazó su mano con la de ella y apretó con fuerza. Sintió que la de Aria apretaba
débilmente la suya, apenas una ligera contracción antes de relajarse de nuevo. Aunque estuviera
inconsciente, le estaba diciendo que pensaba seguir luchando.
Veía que las sanguijuelas adquirían una tonalidad granate, a medida que se llenaban de
sangre. Tenían que servir. Tenían que extraer el veneno de su cuerpo. Pero al cabo de un
momento no pudo seguir observando. Apoyó la cabeza en la cama. Le dolían las rodillas, que
llevaban mucho rato flexionadas, y notaba que el tiempo pasaba a trompicones. Desde el exterior
llegaba la voz grave de Oso, que juraba su inocencia. También estaba Tizón, que le suplicaba
desesperadamente a Arrecife que le dejara entrar. Silencio. Después Molly, que se movió a su
lado, cubrió a Aria con una manta y le posó un instante su mano en la frente. Después, otra vez
silencio.
Finalmente, Perry alzó la vista. Aunque Aria todavía no se había movido, él presintió que
regresaba a la vida. Se puso en pie, tambaleante, con las piernas agarrotadas. Lo invadió una
sensación de alivio que le nubló la vista, pero que pasó enseguida.
Observó a Rugido, que sostenía el puñal por el filo.
—Ve —le dijo, entregándoselo—. Yo me quedaré con ella.
Perry lo aceptó y se dirigió a las cocinas.
12
Aria

ARIA se escindió y llegó a una cúpula inmensa. Se sentía débil, mareada. Unas hileras blancas,
esterilizadas, se extendían centenares de metros. De ellas brotaban verduras y frutas, estallidos de
color perfectos, ordenados.
El corazón empezó a latirle con fuerza. Aquello era Ag 6, una de las cápsulas de cultivo de
Ensoñación. Ya había estado allí en una ocasión, en busca de su madre. Soren la había atacado
desde un punto no muy lejano al que ocupaba ella ahora.
Y allí había muerto Cachemira.
Aria alzó la vista. Muy arriba, un humo negro manaba de los tubos de riego, descendía y la
rodeaba. Ella intentaba correr para dirigirse a la cámara estanca. Pero sus piernas no respondían.
Una voz rasgó el silencio.
—No puedes salir. ¿Te acuerdas?
Era Soren. Ella no lo veía, pero reconocía su voz.
—¿Dónde estás?
El humo empezaba a alcanzarla, le irritaba los ojos y le hacía toser, pero no veía a nadie más
bajo la bóveda.
—¿Dónde estás, Aria?
—Aquí dentro no puedes hacerme daño, Soren.
—¿Quieres decir aquí, en el Reino? ¿Es donde crees que estás? Pues te equivocas. Sí puedo
hacerte daño.
Una nueva sensación de mareo le hizo tambalearse. Las rodillas no le respondieron, y se dejó
caer, agarrándose la cabeza. ¿Por qué le dolía de ese modo? ¿Qué le ocurría?
El calor, la presión, iban a más, se concentraban en su bíceps. Bajó la mirada. El humo
brotaba de su propia piel e impregnaba el aire. Allí dentro había fuego. Su sangre estaba
ardiendo. Ella tiraba de su piel y se la arrancaba, pero unas manos invisibles la atrapaban.
—¡Ya basta, Molly! ¡Quítaselas del brazo!
Era la voz de Rugido, pero ¿dónde estaba?
La forma musculosa de Soren apareció ante ella.
—Esta vez no escaparás.
Ella forcejeaba para liberar sus brazos. Tenía que enfrentarse a él, pero no conseguía soltarse.
—¡No te tengo miedo!
—¿Estás segura?
Soren corrió hacia ella y la agarró por la cintura.
—¡Soy yo, Aria! No pasa nada. Soy yo.
La voz de Rugido. El rostro de Soren. Las manos de Soren reteniéndola.
Aria luchaba por liberarse. No sabía de qué tener miedo. No tenía ni idea de qué era cierto, ni
de por qué sentía que la sangre le hervía en las venas. Se echó hacia atrás y se apoyó en las
plataformas de cultivo, pataleando, forcejeando, al tiempo que su visión se volvía gris, y después
negra.
13
Peregrino

PERRY entró en las cocinas y encontró a Wylan de pie sobre una mesa, dirigiéndose a una
pequeña multitud. Era tarde —solo quedaban unas pocas lámparas encendidas en la penumbra
del salón—, y casi todos los miembros de la tribu se habían retirado a sus casas a pasar la noche.
—Es un imprudente y un impulsivo, y siempre lo ha sido —decía Wylan—. Está con esa
residente. Pretendía ocultárnoslo. Ahora dice que se va al norte en busca del Azul Perpetuo, pero
yo tampoco me lo creo. No me sorprendería que no volviera.
—Pues ya he vuelto. —Soltó Perry. Se sentía frío. Completamente concentrado. Tan afilado
como el puñal que sostenía en la mano.
Wylan se volvió a mirarlo y estuvo a punto de caerse de la mesa. Alrededor de Perry la gente
ahogaba gritos de sorpresa, y todas las miradas se clavaban en el arma que llevaba a un costado.
Oso levantó las manos.
—Yo no tenía ni idea, Perry. Ni idea. Yo jamás haría…
—Lo sé. —El humor de Oso corroboraba su inocencia. En aquel primer momento, su
asombro había sido el mismo que el suyo. Perry aspiró hondo, y unas pinceladas azules nublaron
su visión—. ¿Quién ha sido?
Escrutó los rostros que lo observaban. Nadie respondió.
—¿Creéis que el silencio os protegerá?
Se puso en movimiento, pasó junto a Rowan y el viejo Will, avanzando entre los
congregados, llenándose los pulmones de humo. Aspirando, oliendo.
Descartando.
Buscando.
—¿Tenéis la menor idea de lo mucho que percibo la culpa?
Ahí estaba. El hedor rancio del miedo. Se agarró a aquel olor como si fuera una cuerda y lo
siguió. La tribu retrocedió, aterrada, tropezando con bancos y mesas. Todos menos Gris, que
permanecía plantado en su lugar, como un árbol. Perry concentró su visión en él. En el
agricultor, que meneaba la cabeza y mantenía el gesto rígido de terror.
—¡Es una topo! ¡Ni siquiera es uno de los nuestros! ¡No tiene derecho a ser Marcada!
Perry lo embistió y se agarró a él. Cayeron al suelo juntos, golpeándose con las piernas de la
gente. Alguien le dio un puntapié en la mano, y soltó el puñal. Unas manos le aferraron los
hombros, pero aquello no lo detuvo. Era determinación pura. Fuerza y concentración pura. Todo
el miedo que se agolpaba en su interior lo liberaba a través de los puños…
Uno…
Dos…
Tres veces antes de que Arrecife y Oso los separaran. Perry intentó volver hasta Gris,
maldiciendo, forcejeando. Había oído el crujido de huesos, pero no era bastante. No era
suficiente, porque aquel hombre seguía vivo. Seguía moviéndose en el suelo.
Oso lo levantó en el aire y lo lanzó hacia atrás.
—¡Para! ¡Tiene hijos!
Perry aterrizó sobre una mesa. Arrecife apareció frente a él, le pasó un antebrazo por el
cuello y lo inmovilizó.
—¡Mírame, Peregrino!
Él se obligó a alzar la vista hasta encontrar los ojos de Arrecife.
—Deja que se ausente —le dijo—. Deja que se vaya.
Perry miró entonces a los dos niños que lo observaban todo protegidos entre la gente. El día
anterior, en los campos, los había visto reír, disparar con el arco de Arroyo. Ahora lloraban,
abrazados.
Arrecife lo soltó y dio un paso atrás.
Gris estaba tendido, de lado, a pocos pasos de él. Una sangre oscura le brotaba de la nariz y
se encharcaba sobre los tablones de madera.
—Levantadlo —ordenó Perry.
Escondido y Rezagado empezaron a arrastrarlo. Él bajó la cabeza y escupió en el charco tibio
de sangre que se había formado en su boca. En algún momento le habían propinado un buen
puñetazo. Con el rabillo del ojo vio el destello fugaz del abrigo sucio y tintineante de Sombra. El
negocio del chisme había triunfado aquella noche.
—Eres un mentiroso, Peregrino.
Perry alzó la vista y siguió la dirección de la voz amarga que había pronunciado aquellas
palabras. Encontró a Wylan escudado en la multitud.
—¿Quieres venir hasta aquí y repetirlo, Wylan?
—Si lo hago, ¿me pegarás? —Negó con la cabeza—. Eres peor que Valle —dijo entre
dientes, antes de retirarse.
Brizna le dio un empujón cuando se iba. Una acción indigna que sorprendía en alguien tan
honorable como él. Perry dirigió la mirada al otro extremo del salón. Escondido se preparaba
para algo, y Rama tenía su puñal en la mano. Arrecife observaba a la multitud como un guerrero
que valorara la fuerza del enemigo.
Pero los presentes no eran el enemigo. Eran su gente. Perry miró a su alrededor, oliendo a
pena y a temor y a rabia.
Finalmente, Arrecife habló.
—Marchaos. Ya ha terminado todo.
Pero Perry sabía que se equivocaba.
14
Aria

EL intenso dolor que sentía en el brazo la despertó. Parpadeó en la oscuridad. Tenía la lengua
pegada al velo del paladar, y la cabeza le dolía tanto que le daba miedo moverse. Estaba en la
cama del dormitorio de Valle. Un resplandor de éter se filtraba por una pequeña rendija entre los
postigos, azul, fría, como la luz de la luna llena.
Bajó la mirada y movió despacio la cabeza. Tenía un retal de tela atado con fuerza al bíceps.
Sabía que las manchas negras eran de sangre. La mano le temblaba mucho cuando la levantó
para tocarla. Se sentía quemada. No solo en la piel, sino también por dentro.
Empezaba a recordar la ceremonia. A Oso punzándole el brazo con la aguja. El intenso
aguijonazo que sintió extendiéndose por el músculo. Y después los sonidos, que se
amortiguaban, las voces y los tambores, y un salón que se inclinaba, se inclinaba.
La habían envenenado.
Cerró los ojos y apretó mucho los párpados. Todo le resultaba tan medieval, tan increíble,
que de haber podido se habría echado a reír, pero al momento, en su interior, una mezcla de rabia
y temor se apoderó de ella. El temblor de sus manos se extendió a todo su cuerpo, y fue
consciente de que lo que acababa de ocurrirle era muy real. No entendía que sintiera tanto frío y
que a la vez le hirviera la sangre en las venas. Se colocó de lado, hecha un ovillo, y tensó todos
los músculos, sintiendo escalofríos.
¿Quién se lo había hecho? ¿Arroyo? ¿Wylan? ¿Había sido Molly? ¿Podría haber sido la
única persona en la que había empezado a confiar? A Aria le vino a la mente la noche en que
había cantado, acompañando a Rugido, en las cocinas. Mucha gente le había sonreído. ¿Habrían
sonreído también cuando la envenenaban?
Se pasó la lengua por los labios resecos. El gusto amargo que desprendían… ¿era veneno? Se
fijó entonces en el halcón tallado que reposaba en la mesilla de noche, en sus formas toscas
bañadas por la luz azul del éter. Siguió observándolo mientras el sopor se apoderaba de ella y el
sueño la vencía una vez más.

•••
Cuando despertó por segunda vez, alguien había encendido una vela junto a la cama. Entrecerró
los ojos, pues el brillo de la llama la cegaba. Perry estaba hablando en el cuarto contiguo, con
voz ronca e inquieta. A Aria se le aceleró el corazón de inmediato.
—Sabía que algo iba mal —dijo—. Me sentía mal allí. Pero no sabía que era por ella.
Arrecife intervino sin el menor rastro de asombro en la voz.
—¡Estás atado a ella! —Aria oyó un crujido en los tablones del suelo, y una maldición
amortiguada—. Ya me lo había parecido. Pero rezaba por estar equivocado.
Aria miró hacia la puerta, haciendo esfuerzos por comprender. ¿Perry se había entregado a
ella?
—¿Crees que es la última vez que sus humores van a afectarte? —prosiguió Arrecife—. Pues
quítatelo de la cabeza. Estás atado a una chica a la que nadie quiere por aquí. No se me ocurre
nada peor que eso. Te está nublando el buen juicio…
—Eso no es…
—Sí, Perry. No puede quedarse. Eso tienes que comprenderlo. Después de lo que acabas de
hacer, los Mareas no la aceptarán, eso es seguro. La has escogido a ella, y no a ellos.
—Eso no es lo que he hecho. Pero no puedo permitir que se asesine a nadie delante de mis
narices. No importa quién esté implicado.
—Por supuesto que no —admitió Arrecife—. Pero la gente ve lo que quiere ver. Irán a por
ella otra vez. O, peor aún, irán a por ti. Y no me digas que te vas al norte. Los Mareas te
necesitan aquí.
Ella esperó a que Perry se mostrara en desacuerdo. Pero no lo hizo.
Un instante después la puerta se abrió, y él entró en el dormitorio, cubriéndose los ojos con
los dedos. Alzó la cabeza y quedó petrificado al ver que estaba despierta. Entonces cerró la
puerta y se acercó a la cama. La tomó de la mano, y sus ojos verdes se inundaron de lágrimas.
—Aria… Lo siento mucho. Mucho. No sé cómo expresar lo mucho que lo siento.
Ella negó con la cabeza.
—No lo sientas. No es culpa tuya. —Apenas tenía fuerzas para hablar. Vio que Perry tenía
un moratón a un lado de la cara, y el labio inferior hinchado—. Estás herido.
—No es nada. No tiene importancia.
Pero sí la tenía. Lo habían herido por su culpa. Claro que tenía importancia.
—¿Qué hora es? —No tenía ni idea de si había transcurrido una hora, un día o una semana.
Cada vez que despertaba, la habitación estaba a oscuras. Fuera era de noche. Eso era todo lo que
sabía.
—Está a punto de amanecer.
—¿Has dormido? —le preguntó ella.
Perry arqueó las cejas.
—¿Dormir? —Negó con la cabeza—. No, ni siquiera lo he intentado.
Ella estaba demasiado cansada. Demasiado débil para decir lo que quería. Pero entonces se
dio cuenta de que solo le hacía falta una palabra. Dio una palmada a la cama.
—Tú.
Perry se tendió a su lado y se pegó mucho a ella. Aria se acurrucó junto a él y pegó una oreja
a su pecho. Oía los latidos de su corazón —un sonido fuerte, acompasado—, y sentía que su
calor se fundía con el suyo. Hasta hacía poco había vivido en la neblina. Entre alucinaciones, en
busca de lo real. Y ahora lo había encontrado. Él era real.
—Ahora estamos juntos —susurró él con los labios pegados a su frente—. Como debe ser.
Aria cerró los ojos y su respiración se calmó. Él estaba entregado a ella, atado a ella. Así
pues, tal vez también sintiera su calma.
—Duerme, Perry.
—Dormiré —dijo él—. Si tú estás aquí, dormiré.
15
Peregrino

—¡ PERRY, despierta!
Abrió los ojos. Estaba en la habitación de Valle. Nunca en su vida había pasado una noche
allí. Aria dormía profundamente, acurrucada contra su pecho. Él la estrechó con fuerza entre sus
brazos, al tiempo que los olores a sudor y sangre le devolvían el recuerdo de la noche anterior.
Rugido se encontraba junto a la puerta.
—Será mejor que salgas. Ahora mismo.
Con cuidado para no despertarla, Perry se bajó de la cama y siguió a Rugido al exterior.
Se encontró a toda la tribu concentrada en la explanada; una multitud de centenares de
personas. La gente gritaba, se insultaba. Vio que Escondite y Escondido estaban instalados sobre
el techo de las cocinas con los arcos tensados, listos para tirar. Arrecife apareció junto a Perry,
con el puñal desenvainado. Y Brizna hizo lo mismo un segundo después.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Tizón.
Perry no lo sabía. No lo entendió hasta que Gris avanzó abriéndose paso entre la multitud.
Tenía la cara tan hinchada que resultaba irreconocible. Llevaba una pesada bolsa al hombro.
—Escogiste mal —se limitó a decir, e inmediatamente después abandonó el recinto. Le
seguían sus hijos, llorando, secándose la cara.
Después se adelantó Wylan, también con su macuto al hombro.
—Mataste a Valle por tratar con los residentes. ¿En qué se diferencia lo que ahora haces tú?
Perry negó con la cabeza.
—Garra y Clara ya no están entre nosotros por culpa de lo que hizo Valle. Traicionó a la
tribu. Y yo eso no lo haré nunca.
—Y lo de anoche, ¿qué fue? Te puedo jurar que los puños que le desgraciaron la cara a Gris
eran los tuyos. Estás loco, Peregrino. Pero nosotros hemos estado más locos todavía por pensar
que tú podías dirigirnos.
Escupió en dirección a Perry y se alejó. Su madre fue tras él, mirando hacia delante con la
cabeza muy erguida, el paso lento y renqueante. Perry habría querido disuadirla. Siendo coja, no
sobreviviría mucho tiempo en las tierras fronterizas.
El primo de Wylan se abrió paso entre los congregados. Se trataba de un audil fuerte, de
catorce años, y a Perry le caía muy bien. Le seguía uno de los tíos de Wylan. Y, algo más
rezagado, el resto de la familia.
Uno tras otro, todos se iban. Diez, veinte, y seguían abandonando el recinto. Tantos que
Perry empezó a imaginar que se quedaba solo allí de pie, plantado en medio de aquella
explanada. La idea le infundió una sensación embriagadora de alivio, que se esfumó casi al
instante. Su lugar era ese. A él le correspondía dirigir a los Mareas.
Cuando los que habían decidido irse terminaron de abandonar la explanada y esta quedó de
nuevo en calma, Perry miró a su alrededor, aguardando unos instantes para asegurarse de que lo
que acababa de ocurrir era cierto, de que no lo había imaginado. La multitud se veía menos
compacta, como si la hubieran podado.
Al menos una cuarta parte de su tribu lo había abandonado.
Observó los rostros de las personas que le eran leales, y que se habían quedado. Entre ellos
distinguió el de Molly, el de Oso, el de Arroyo. Los de Rowan y el viejo Will. Se esforzaba por
encontrar las palabras justas, y envidió la facilidad de palabra de Valle. No. Definitivamente, no
le salía nada.
Si les agradecía su lealtad, quedaría como un jefe débil, aunque era cierto que les estaba
agradecido. Tampoco pensaba disculparse por lo que había hecho. Aquella era su tierra, y era su
deber proteger a todos los que habitaban en ella, ya fueran residentes, forasteros o cualquier otra
cosa.

•••
Cuando la tribu —o lo que quedaba de ella— regresó a sus tareas cotidianas, Perry se fue a las
cocinas a encontrarse con Oso y Arrecife. Los vio sentados a la mesa más cercana a la puerta,
confeccionando una lista con los nombres de todos los que se habían ido y con las tareas que
estos realizaban en la tribu. Oso lo anotaba todo despacio; la pluma parecía una brizna de paja en
sus manos inmensas a medida que se desplazaba por la página. Cada nombre parecía una nueva
traición.
Perry no sabía en qué se había equivocado. ¿En rescatar al viejo Will durante la tormenta?
¿En pelearse con Gris la noche anterior? ¿En su plan de dirigirse al norte junto a Aria en busca
del Azul Perpetuo? A él le parecía que todo aquello estaba justificado. Que había actuado
correctamente. No entendía en qué les había fallado.
Cuando terminaron la lista, permanecieron un momento sentados sin decir nada. Oso había
escrito los nombres de sesenta y dos personas, pero aquella cifra no revelaba toda la verdad.
Como Perry sospechaba, muchos de ellos —la mayoría— eran Marcados. Incluso los que no lo
eran poseían habilidades físicas especiales, eran avezados guerreros. Los jóvenes, los viejos y los
débiles rara vez abandonaban la tribu por voluntad propia.
Arrecife suspiró y se cruzó de brazos.
—Hemos identificado a los disidentes. Yo me alegro mucho de haberme librado de algunos
de ellos. A largo plazo su ausencia nos hará más fuertes.
Oso dejó la pluma sobre la mesa y se pasó una mano por la barba.
—A mí lo que me preocupa es el corto plazo.
Perry lo miró. ¿Qué podía decir? Tenía razón.
—Seremos más vulnerable a los ataques una vez que la noticia de lo ocurrido se propague.
Seguro que Sombra va por ahí explicando a todo el que se encuentra lo que sucedió.
—Deberíamos duplicar el número de guardias nocturnos —intervino Arrecife.
Perry asintió.
—Hazlo. —Clavó la vista en el otro extremo del salón. En dos días, los Mareas habían
sufrido una tormenta de éter durísima, un atentado contra la vida de Aria y una rebelión. ¿Qué
sería lo siguiente? ¿Un ataque? Él sabía muy bien que era una posibilidad real. Reforzaran o no
las guardias nocturnas, seguían siendo demasiado vulnerables. No le sorprendería nada ver a
Wylan regresar para apoderarse del recinto.
La explanada le pareció silenciosa y vacía cuando la atravesó camino de casa. Estaba
impaciente por regresar junto a Aria para ver cómo seguía. ¿Se encontraría lo bastante
recuperada para emprender el viaje al norte? Las palabras que Arrecife había pronunciado la
noche anterior resonaban en su mente. «Los Mareas te necesitan aquí». ¿Cómo iba a poder
abandonarlos ahora? Pero ¿cómo podía quedarse ahí, cuando la respuesta a su seguridad podía
encontrarse en el exterior?
Entró en casa y se encontró a Tallo y a Brizna gritándose delante el dormitorio de Valle. Los
dos callaron a la vez al verlo aparecer.
—Perr… —balbució Brizna con cara de culpabilidad—. Hemos buscado por todas partes…
Perry los apartó y entró como un rayo en el cuarto. Vio la cama. La manta arrugada. Se fijó
en la mesilla de noche y no vio el halcón tallado. No vio el macuto de Aria. No vio a Aria.
—Rugido también se ha ido —siguió informando Brizna, que permanecía junto a la puerta, al
lado de Tallo. Los dos lo miraban fijamente.
Tizón se escurrió entre ellos y se le cayó la gorra al suelo.
—Yo los he visto irse. Me han pedido que te diga que se ocuparían de Liv y del Azul
Perpetuo.
Perry permanecía inmóvil, asimilando la verdad. En sus oídos atronaba con fuerza la sangre
que corría veloz por sus venas.
Aria lo había abandonado.
Podía seguirles el rastro. Solo tenían horas de ventaja. Si corría, les daría alcance. Pero no se
decidía a ponerse en marcha.
Arrecife se abrió paso entre ellos y se coló en la habitación. Miró a su alrededor y soltó una
maldición.
—Lo siento, Perry.
Inesperadas y sinceras, aquellas palabras sacaron a Perry de su trance. El dolor penetraba en
el entumecimiento. Perry hacía esfuerzos por reprimirlo. Intentó reprimirlo con todas sus fuerzas,
hasta que logró enterrarlo. Hasta que el entumecimiento regresó.
Caminó en dirección a la puerta y recogió la gorra de Tizón.
—Se te ha caído esto —dijo, entregándosela.
Y salió al exterior y avanzó por la explanada, sin rumbo.
16
Aria

— TOMA. Bebe un poco de agua.


Aria negó con la cabeza, apartando el pellejo. Aspiró hondo varias veces hasta que las ganas
de vomitar remitieron. La hierba se ondulaba rítmicamente ante sus ojos. Parpadeó hasta que el
movimiento cesó. No entendía por qué se sentía peor que hacía unas horas, pero así era. El
veneno seguía fluyendo por sus venas, y su cuerpo se rebelaba contra él a cada paso que daba.
—Pronto te encontrarás mejor —le aseguró Rugido—. Lo expulsarás de tu organismo.
—Perry me va a odiar.
—No.
Aria se incorporó, sin separar el brazo del costado. Habían llegado a lo alto de una colina
desde la que se divisaba el Valle de la Marea. Lo que más deseaba en el mundo era ver a Perry
aparecer en su busca.
Aquella mañana, había despertado con los gritos de los miembros de la tribu en la explanada.
Los Mareas se dividían. La gente se iba, le gritaba. Gritaba obscenidades sobre ella. Ella había
abandonado el dormitorio de Valle, aterrada y con la única idea de salir de allí como fuera, antes
de que Perry lo perdiera todo. Había encontrado a Rugido con el macuto preparado. Liv estaba
en Los Cuernos. Y él también se iba. Había sido fácil escapar sin que los descubrieran. Con tanta
gente abandonando el recinto, Rugido y ella, simplemente, se habían ido sigilosos en otra
dirección.
Le habría gustado ver a Perry antes de irse, pero lo conocía muy bien. No le habría dejado
irse sin él. Y habría tenido que pagar un precio muy alto por aquella decisión: perder a los
Mareas. Ella no podía consentir que ocurriera algo así.
—Deberíamos volver a ponernos en marcha, Rugido —dijo Aria.
Si no seguían viaje, temía cambiar de opinión.
Durante la tarde, avanzó aturdida. Le temblaban las piernas, y bajo el vendaje sentía que el
brazo le quemaba. «Es lo mejor para los dos —no dejaba de repetirse—. Perry lo entenderá».
De noche, encontraron refugio bajo un roble, y una lluvia constante creó un manto de sonido
a su alrededor.
Rugido le ofreció alimento, pero no le apetecía comer. Aria vio que él tampoco lo hacía.
Se acercó más a ella.
—Déjame que vea cómo tienes eso.
La piel del bíceps estaba hinchada y roja, y tenía pegadas costras de sangre. Estaba manchada
de tinta. La marca dibujada en ella era la más fea que había visto en su vida.
—¿Quién lo hizo? —preguntó con voz temblorosa de rabia.
—Un hombre llamado Gris. No es marcado y siempre nos ha tenido envidia.
La memoria de Aria rescató un rostro: Gris era aquel hombre corpulento al que había visto en
el bosque durante la tormenta de éter, cuando encontró a Río.
—A una topo iban a tatuarle marcas, y él no pudo soportarlo —dijo Aria—. No podía
consentir algo así.
Rugido se pasó la mano por la nuca, asintiendo.
—Sí, supongo que fue algo así.
Aria se rozó la piel del brazo.
—Una marca a medias para una forastera a medias.
Lo dijo para quitar hierro al asunto, pero pronunció las palabras con voz temblorosa.
Rugido la observó en silencio durante unos instantes.
—Se curará, Aria. Y podemos hacer que te completen el tatuaje.
Ella se lo cubrió con la manga.
—No… —Ni siquiera estaba segura de querer ser una marcada.
No tenía ni idea de dónde estaba su lugar. ¿Ahí fuera? ¿En Ensoñación? Hess la había
desterrado en otoño, y ahora la estaba usando. Los Mareas habían intentado matarla la noche
anterior. No encajaba en ningún lugar.
Se acercó más a la hoguera, se tendió en el suelo y se cubrió los hombros con una manta.
Había sentido frío durante todo el día, estremecimientos constantes. Con el tiempo, las cosas
mejorarían, se decía a sí misma. Su cuerpo acabaría expulsando los restos de veneno, y se le
curaría la piel. Ahora debía centrarse en su objetivo. Debía dirigirse al norte y encontrar el Azul
Perpetuo. Por Perry y por Garra. Por ella misma.
A pesar del cansancio que sentía, no podía dejar de pensar en el cuerpo de Perry acurrucado
junto al suyo aquella misma mañana, cálido, tranquilizador. ¿Dormiría en el tejado esa noche?
¿Estaría pensando en ella? Transcurrida una hora se incorporó, renunciando a dormir. Aunque
Rugido tenía los ojos cerrados, ella se dio cuenta de que tampoco dormía. Su gesto era de
tensión.
—Rugido, ¿qué tienes?
Él la miró, parpadeando con ojos fatigados.
—Para mí es como un hermano… y sé cómo se siente en este momento.
Aria ahogó un grito al caer en la cuenta: al huir sin darle la menor explicación, le había hecho
a Perry lo mismo que Liv le había hecho a Rugido.
—Es distinto… ¿verdad? Perry sabrá que lo he hecho para protegerlo, ¿no? Tú ya has visto la
cantidad de gente que ha abandonado la tribu por mi culpa. Nada de eso habría ocurrido si yo no
hubiera estado ahí. Tenía que irme.
Rugido asintió.
—Aun así, va a dolerle mucho.
Aria se cubrió los ojos con las palmas de las manos y se los apretó con fuerza para reprimir
las lágrimas. Rugido tenía razón: cuando se trataba de dolor, las razones no importaban. Apartó
las manos.
—He hecho lo que tenía que hacer.
Ojalá lograra convencerse a sí misma.
—Así es —dijo Rugido—. Perry tiene que estar ahí. No puede irse ahora. Los Mareas no
pueden permitírselo. —Aspiró hondo y soltó el aire despacio, apoyando la cabeza en el brazo—.
Y tú estás más a salvo aquí fuera, conmigo. No podría soportar verte de nuevo tan cerca de la
muerte.

•••

La lluvia había cesado cuando Rugido despertó al amanecer de un nuevo día, que deberían
dedicar también a caminar. El éter, tras la tormenta, les había dado una tregua, pero ahora Aria
veía sus franjas gruesas recorriendo el cielo, tras las nubes grises. La luz azulada que se filtraba
por ellas daba al día un carácter líquido.
—Lo iremos vigilando —dijo Rugido, plantándose a su lado. Viajaban a la intemperie. Si
descargaba otra tormenta, deberían encontrar refugio a toda prisa.
Exceptuando el dolor que todavía sentía en el brazo, Aria había amanecido muy recuperada.
Pronto dejarían atrás el territorio de Perry, y ella debía estar alerta por si acechaba cualquier
peligro. Con cada paso que daba se acercaba más a la ciudad de Cornisa. A lo que necesitaba.
A media tarde, se detuvo al llegar al repecho de un valle y miró hacia el sur, hacia las colinas
ondulantes que se perdían en el horizonte. En otoño había acampado con Perry en algún lugar
cercano. Entonces llevaba cubiertas de libro a modo de suelas de zapato. Había perdido a su
mejor amiga. Y, aunque en ese momento no lo sabía, también había perdido a su madre.
Aria metió la mano en el macuto y extrajo de él el halcón tallado. Lo había cogido antes de
abandonar la casa de Perry, porque necesitaba algo físico, real, que le recordara a él.
—Yo estaba delante cuando lo talló —comentó Rugido, que estaba sentado con la espalda
apoyada en un árbol y la observaba con ojos enrojecidos.
—¿Ah, sí?
Rugido asintió.
—Garra y Liv también. Habíamos empezado a fabricarle una colección a Garra, y cada uno
le talló uno distinto. Liv se cortó un dedo cuando todavía no habían transcurrido ni cinco
minutos. —Sonrió fugazmente al recordarlo—. Era una bruta con el cuchillo. No tenía la menor
idea. Ella y yo lo dejamos enseguida. Pero Perry siguió tallando el suyo. Lo hizo por Garra.
Aria pasó el dedo por la superficie lisa. Todos ellos, en un momento u otro, habían tenido
entre sus manos aquel halcón. ¿Volverían a estar juntos algún día?
Pasó la hora siguiente adaptándose a los sonidos del bosque, contemplando la talla que
sostenía en la mano, vigilando mientras Rugido dormía, en aquel primer turno de guardia
nocturna. Ahí fuera había lobos. Bandas errantes, caníbales. Distinguía sus patrones en el viento,
y el crujido de los animales al moverse. Siguió escuchando hasta cerciorarse de que no corrían
peligro. Entonces guardó el halcón y, al hacerlo, tocó el Smarteye.
Habían transcurrido tres días desde su último contacto con Hess en la playa. Observó a
Rugido, que seguía dormido, y se colocó el dispositivo. Apenas se activó la biotecnología, el Ojo
se le pegó a la piel, y apareció la pantalla.
Escogió el icono de Hess y sintió el tirón conocido que indicaba que se estaba produciendo la
escisión, ese momento en que su mente se adaptaba al hecho de estar, a la vez, «aquí y allí».
Había aparecido en un café de un Reino Veneciano. Unas góndolas resplandecían en el Gran
Canal, a escasos pasos; unas rosas flotaban sobre las aguas claras y centelleantes. El día era
hermoso y soleado, dorado y cálido. De algún lugar provenían los sonidos de un cuarteto de
cuerda, que reverberaban con notas limpias, finas.
Hess apareció al otro lado de una mesa pequeña. Para esa ocasión había modificado su
vestuario, y llevaba un traje de color marfil con rayas finas, celestes, y una corbata roja. También
estaba más bronceado, pero el efecto resultaba raro. Se veía extrañamente más viejo —o, mejor
dicho, más acorde con su verdadera edad, bastante más de cien años—, y su piel había adquirido
un tono anaranjado. Tan distinto del de Perry, que recordaba al bronce.
Hess frunció el ceño al fijarse en su ropa. No había tenido tiempo de pronunciar una sola
palabra cuando sintió un tirón, como si todo su cuerpo acabara de parpadear. Bajó la mirada: un
vestido de seda azul ultramar se pegaba a su cuerpo como una segunda piel.
Hess sonrió.
—Así está mejor.
El corazón de Aria había empezado a latir con fuerza. Llegó un camarero con dos cafés en
una bandeja. De ojos oscuros, apuesto, podría haber sido el hermano de Rugido. Sonrió al dejar
las bebidas sobre la mesa. Soplaba una suave brisa que se llevó a otra parte el aroma especiado
de una colonia y agitó los cabellos de Aria, que cubrían parte de su espalda desnuda. Allí todo
era tan normal, seguro, encantador… Un año atrás, Cachemira habría estado dándole patadas por
debajo de la mesa para que se fijara en la sonrisa el camarero. Caleb habría apartado la vista de
su cuaderno y habría puesto los ojos en blanco, resignado. Se sintió furiosa de pronto al constatar
lo difícil que era la vida ahora.
Hess dio un sorbo a su café.
—¿Estás bien, Aria?
¿Acaso sabía que la habían envenenado? ¿Podía saberlo a través del Ojo? ¿A través de su
química corporal?
—Estoy estupenda —respondió—. ¿Y usted?
—Estupendo —soltó él, imitando su sarcasmo—. Vas de camino. ¿Viajas sola?
—¿Y a usted qué más le da?
Hess entrecerró los ojos.
—Detectamos una tormenta cerca de donde te encuentras.
Aria sonrió fugazmente.
—Sí, yo también la detecté.
—Me lo imagino.
—No, en realidad no puede ni imaginarlo. Hess, necesito saber si en Ensoñación está
ocurriendo algo. ¿Les afectó la tormenta? ¿Ha habido daños?
Hess parpadeó.
—Eres una niña muy lista. ¿Qué crees tú?
—Lo que yo crea no importa. Necesito saberlo. Necesito pruebas de que Garra está bien.
Quiero ver a mis amigos. Y quiero saber qué hará usted cuando le comunique la ubicación del
Azul Perpetuo. ¿Va a trasladar a todos los habitantes de la cápsula? ¿Eso hará? —Aria se apoyó
en la mesa—. Yo sé lo que voy a hacer yo. Pero ¿y usted? ¿Y todo lo demás?
Hess tamborileó con los dedos en la mesa de mármol.
—Te has convertido en un ser fascinante. La vida entre salvajes te sienta bien.
De pronto el Reino se sumió en el silencio. Aria se fijó en el canal. La góndola se había
congelado en un agua que parecía inmóvil, de cristal. Una bandada de palomas había quedado
suspendida en el cielo, en pleno vuelo. La gente miraba a su alrededor, el pánico dibujado en su
rostro. Entonces, en un instante, todo regresó al movimiento, y recobró el sonido.
—¿Qué ha sido eso? —exigió saber—. Respóndame, o doy por terminado nuestro encuentro.
Hess dio otro sorbo al café y contempló el tráfico de embarcaciones en el Gran Canal como
si nada hubiera ocurrido.
—¿Crees que podrías escindirte si yo no lo quisiera? —Le devolvió la mirada—.
Terminaremos cuando yo lo diga.
Aria levantó su taza y se la arrojó. El líquido oscuro le manchó la cara y el traje. Hess se echó
hacia atrás, ahogando un grito, a pesar de que no había sentido dolor. En los Reinos, nada podía
infligir dolor. Lo máximo que habría sentido era un ligero calorcillo. Aun así, debía reconocer
que su acción le había sorprendido. Ahora contaba con su atención plena.
—¿Todavía quiere que me quede?
Hess desapareció antes de que ella terminara de formular la pregunta. Aria se quedó unos
instantes observando la silla vacía. Aunque sabía que era inútil, intentó desconectar el Ojo.
Estaba lista para regresar —definitivamente— al mundo real.
En la pantalla apareció: ORDEN NO AUTORIZADA.
¿Y ahora qué? El camarero observaba a través de la ventana del café, con un brillo de interés
en la mirada. Aria apartó la suya y la posó en el Canal. Había una pareja abrazándose en lo alto
de un puente de piedra muy ornamentado, observando el tráfico de barcas que iba y venía debajo.
Intentó imaginar que era ella la que apoyaba su cuerpo en la barandilla. Que era Perry quien le
retiraba el pelo y le susurraba cosas al oído. Perry odiaba los Reinos. Ella no lograba invocar su
imagen mentalmente.
En la parte superior de la pantalla del Smarteye apareció un cronómetro en cuenta atrás, que
marcaba treinta minutos. Aria desconfió: Hess estaba tramando algo.
Al cabo de un momento, volvió a escindirse y apareció en otro Reino, concretamente en un
embarcadero de madera. El mar lamía suavemente los tablones, las gaviotas graznaban en las
alturas, aunque sus sonidos eran parodias estridentes de los que emitían las aves auténticas.
Había un niño sentado al final del embarcadero. Miraba el mar, pero Aria supo al instante de
quién se trataba.
Era Garra.
Sintió náuseas. Habría querido saber que el sobrino de Perry estaba bien, pero no estaba
segura de querer conocerlo. No le convenía involucrarse emocionalmente más de lo que ya
estaba involucrada, sufrir por él más de lo que ya sufría. Bajó la mirada y echó un vistazo. Al
menos ya volvía a llevar su ropa negra de antes.
El cronómetro indicaba que faltaban veintiocho minutos. Es decir, que llevaba dos ahí de pie.
Meneó la cabeza, molesta consigo misma, y se dirigió hacia él.
—¿Garra?
El niño se puso en pie de un salto y la miró, abriendo mucho los ojos por la sorpresa. No se
conocían, aunque ella lo había visto una vez. Hacía meses, cuando Perry se había encontrado con
él en los Reinos, ella lo había visto todo en una pantalla de pared. Se trataba de un niño
excepcional, de pelo castaño, rizado, y unos ojos verdes muy serios, de un tono más oscuro y
denso que los de Perry.
—¿Quién eres? —le preguntó.
—Una amiga de tu tío.
Él la miró fijamente, con desconfianza.
—¿Y entonces por qué no te conozco?
—Lo conocí después de que a ti te llevaran a Ensoñación. Soy Aria. Estaba con Perry cuando
vino a verte en los Reinos el otoño pasado… Estuve ayudándole desde fuera.
Garra movió un poco la caña de pescar entre dos tablones del embarcadero.
—O sea, que eres una residente.
—Sí… Y también soy una forastera. Tengo una mitad de cada.
—Ah… ¿Dónde estás? ¿Fuera o en Ensoñación?
—Fuera. De hecho… estoy sentada junto a Rugido.
A Garra se le iluminaron los ojos.
—¿Rugido está ahí?
—Está dormido, pero cuando despierte le diré que le envías saludos. —Había otra caña de
pescar apoyada en el embarcadero. Garra las usaba las dos. Aria se dio cuenta de que, en efecto,
el niño era un marea. Seguramente llevaba pescando toda la vida.
»¿Puedo pescar contigo?
El niño no pareció entusiasmado con la idea, pero dijo:
—Sí, claro.
Aria levantó la otra caña y se sentó a su lado. No terminaba de creerse que, tras varios días en
un asentamiento de pescadores, ahora estuviera pescando en los Reinos. Observó con detalle la
caña de madera que sostenía entre las manos, y se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo se
usaba. Había pescado en otro Reino. Un Reino de Pesca Espacial, en el que lanzabas anzuelos a
peces a medida que flotaban por el cosmos. Pero aquello era pescar como hacían los antiguos.
—Eh… así —le dijo Garra, quitándole la caña. Lanzó el sedal muy despacio, para que ella
viera cómo se hacía, y después volvió a pasársela.
—Gracias —contestó ella.
El niño se encogió de hombros sin mirarla, y empezó a balancear las piernas, que le colgaban
del embarcadero. A un lado y a otro, una y otra vez. «Cuando estoy quieto me canso», le había
comentado Perry en una ocasión. Al parecer, era cosa de familia.
—En casa usamos más las redes —dijo Garra al cabo de un rato.
—¿Ah, sí? —Aria quería mantener viva la conversación. Según el cronómetro, le quedaban
veintitrés minutos—. ¿Te gusta más pescar, o prefieres la caza?
Él la miró como si estuviera loca.
—Las dos cosas me encantan.
—Debería haberlo supuesto. Se nota que se te dan bien las dos.
Lo notaba más fuerte, más sano que cuando lo había visto en otoño.
Garra se rascó la nariz.
—Los pesco y los vuelvo a pescar, pero en este Reino no te dejan cocinarlos. Lo he intentado
varias veces. He recogido algo de leña para encender una hoguera, pero no funciona. En los
Reinos no hay fuego. Bueno, sí lo hay, pero es como de mentira.
Aria se mordió el labio inferior, asintiendo. Lo sabía muy bien.
—Para poder cocinar el pescado tienes que trasladarte a algún Reino de cocina, pero son
ridículos. E incluso cuando te lo comes y sales del Reino, no sientes el estómago lleno. No es tan
divertido pescar cuando no existe un motivo.
Aria sonrió. Cuando hablaba el niño, dejaba de mover las piernas, y se le formaba una arruga
en el entrecejo.
—Estoy segura de que hay lugares en los que se puede competir —sugirió ella.
—¿En qué?
—Bueno, ya sabes, para quedar el primero.
—¿Ser el primero te da derecho a cocinar y comerte lo que pescas?
Aria se echó a reír.
—Seguramente, no.
—Bueno, tal vez los pruebe de todos modos. —Clavó la vista en el mar y movió las piernas
un rato antes de volver a hablar.
»Quiero volver a casa. Quiero ver a mi tío.
Ella sintió que se le formaba un nudo en la garganta. No había preguntado por su padre. Se
preguntaba si el niño habría deducido lo que había sucedido entre Valle y Perry, pero ese no era
lugar para preguntárselo. Hasta ese momento no se le ocurrió que Garra no tenía ni padre ni
madre. Era huérfano, como ella.
—¿Eres desgraciado en Ensoñación? —le preguntó ella.
Garra negó con la cabeza.
—No. Pero quiero irme a casa. Ahora ya estoy mejor. Los médicos me han puesto mejor.
—Eso es bueno, Garra. —Recordó que Perry le había contado que su sobrino había estado
enfermo fuera—. Yo te sacaré de ahí y te llevaré con los Mareas. Te lo prometo.
El niño se rascó una rodilla, pero no dijo nada.
—¿Pescas alguna vez con amigos?
—Antes Clara venía conmigo. Es la hermana de Arroyo. ¿Conoces a Arroyo?
Aria reprimió una risa.
—Sí, la conozco. ¿Y por qué dejó de acompañarte Clara?
—Se aburría. A ella le parece que, ahora, este Reino es muy lento. A nadie le gusta pescar
así.
—Pues a mí me gusta. Quizá podríamos volver a probarlo alguna vez.
Garra la miró de reojo y sonrió.
—De acuerdo.
En el resto del tiempo que pasaron juntos, Garra le habló con gran detalle sobre los peces que
había pescado allí. Con qué cebo. A qué hora del día. Bajo qué condiciones atmosféricas.
Cuando bajaba la voz, ladeaba la cabeza. Sus piernas nunca dejaban de mecerse sobre el
borde del embarcadero. A veces, cuando sonreía, Aria tenía que mirar al mar y respirar hondo: se
parecía muchísimo a su tío. Cuando el cronómetro llegó a cero, lo abrazó, y le prometió que
volvería pronto a visitarlo.
Aria se escindió de nuevo y apareció en otro Reino: un despacho. Hess estaba sentado a un
escritorio moderno, gris. Tras él se adivinaba una cristalera. A través de ella vio la bóveda de
Ensoñación: su hogar durante toda su vida, con sus niveles circulares que ascendían en espiral.
Al contemplarlo se quedó unos instantes sin aliento, y sin querer se echó hacia delante. Había
estado muchas veces en los Reinos con Hess desde que este la había desterrado, pero nunca hasta
ese momento había visto la cápsula, su hogar físico.
Hess habló antes de que ella pudiera dar el primer paso.
—Una visita agradable —dijo—. Como has visto, el niño no sufre. Espero que consigamos
que las cosas sigan así.
17
Peregrino

J
— ÚRAME fidelidad, Valle —decía Perry, acercándole el puñal al cuello a su hermano. Su voz
sonaba ronca, como la de su padre, y las manos le temblaban tanto que no conseguía mantener
quieto el filo. Tenía a su hermano inmovilizado sobre la hierba, en medio de un prado desierto.
—¿Fidelidad a ti? Estás de broma. No tienes ni idea de lo que estás haciendo, Perry.
Admítelo.
—¡Sé lo que hago!
Valle empezaba a reírse.
—¿Y entonces? ¿Por qué te han abandonado? ¿Por qué te ha abandonado ella?
—¡Cállate!
Perry apretaba más el filo del puñal contra el pescuezo de su hermano, pero este se reía más
aún.
Entonces ya no era Valle, sino Aria. Hermosa. Tan hermosa debajo de él, en la cama de
Valle. Ella también se reía con el filo del puñal pegado a la piel suave del cuello, y él no
conseguía reprimirse, y a ella no le importaba y seguía riendo.
Perry consiguió despertar de la pesadilla y se incorporó en su altillo. Maldijo sonoramente,
incapaz de ahuyentar aquellos pensamientos. El sudor le resbalaba por la espalda, y le faltaba el
aire.
—Tranquilo, tranquilo, Perry —le dijo Arrecife. Se había encaramado a la escalera de mano
y lo miraba preocupado, con el ceño fruncido.
La casa estaba en penumbra, sumida en un silencio mortal. Perry no oía los habituales
ronquidos de Los Seis. Él los había despertado a todos.
—¿Estás bien? —le preguntó Arrecife.
Perry se volvió hacia las sombras, ocultando el rostro. Dos días. Ella se había ido hacía dos
días. Alargó la mano para recoger su camisa y se la puso.
—Estoy bien.

•••
Oso lo estaba esperando cuando salió.
—Somos menos que nunca, Perry, ya lo sé. Pero necesito a mi gente descansada. Pedirles
que monten guardia nocturna después de un día entero de trabajo en los campos es demasiado. A
algunos de nosotros sí nos hace falta dormir.
Perry se agarrotó. Él, últimamente, dormía menos que de costumbre, y todos lo sabían.
—No podemos permitirnos que nos ataquen. Necesito gente que vigile.
—Y yo necesito ayuda en la limpieza de las zanjas de drenaje, Perry. Necesito ayuda arando
y sembrando. Lo que no necesito es a gente que se quede dormida cuando debería estar
trabajando.
—Apáñate con lo que tienes, Oso, como hacemos todos.
—Lo haré, pero no llegaremos ni a la mitad de lo que deberíamos hacer.
—¡Pues entonces haz esa mitad! Pero no reduzcas los efectivos de las guardias nocturnas.
Oso no dijo nada, y tampoco hablaron las personas que en ese momento se encontraban en la
explanada. Perry no comprendía que no lo entendieran. Casi una cuarta parte de la tribu se había
dispersado. Era lógico que no pudieran hacer frente a todo el trabajo. En un principio su
intención había sido que hicieran acopio de la mayor cantidad de comida posible para que la
tribu emprendiera con garantías el viaje al Azul Perpetuo, pero tras los daños causados por la
tormenta de éter, y con la pérdida de tantos efectivos, ya era mucho que comieran todos los días.
Trabajaban más de la cuenta y se alimentaban mal, y él tenía que encontrar una solución al
problema.
A lo largo del día, mientras limpiaba zanjas para Oso y comprobaba las medidas de defensa
de los Mareas, iba considerando las opciones a su alcance. Arrecife trabajaba a su lado, pegado a
él como su sombra. Cuando por algún motivo debía ausentarse, algún otro de Los Seis ocupaba
su lugar. No lo dejaban solo en ningún momento. Incluso Tizón parecía formar parte de aquel
plan, y acompañaba a Perry si este se alejaba para pasar unos minutos a solas.
No sabía qué esperaban de él. El impacto inicial se había disipado, y ahora veía la situación
tal como era: Rugido y Aria se habían ido. Se dirigirían a Los Cuernos a encontrar a Liv y el
Azul Perpetuo. Regresarían pronto, y eso era todo. Tenía que ser así. No se permitía a sí mismo
pensar otra cosa.
La cena se sirvió tarde aquella noche —habían perdido a tres cocineras, que se habían
integrado en el grupo de Wylan—, y las cocinas estaban extrañamente vacías y silenciosas. Perry
no tenía hambre, sin embargo comió porque la gente no le quitaba ojo de encima. Porque tenía
que demostrarles que tal vez las cosas hubieran cambiado, pero que el día siguiente sería otro
día.
Arrecife le dio alcance cuando abandonaba las cocinas y se disponía a realizar la ronda por el
oeste. Perry presentía que su amigo se estaba armando de valor para decirle algo mientras
caminaban. Apretando mucho los puños, se preparó para oír que debía dormir más, o tener más
paciencia, o las dos cosas.
—Una cena malísima —comentó Arrecife al fin.
Perry aspiró hondo, soltó el aire y abrió los puños.
—Podría haber sido mejor.
Arrecife alzó la vista al cielo.
—¿Tú lo notas?
Perry asintió. Una especie de escozor al fondo de sus fosas nasales le advertía de que no
faltaba mucho para que se desencadenara otra tormenta de éter.
—Últimamente lo noto casi siempre.
El éter fluía, retorciéndose, furioso, y daba a la noche azul un brillo de mármol. Tras la
tormenta, el cielo solo se había mantenido en calma unas veinticuatro horas. Ahora ya era poca la
diferencia entre días y noches. Las nubes y las sombras azuladas del éter oscurecían las mañanas,
y sus destellos iluminaban las noches. La claridad y la oscuridad se fundían, y sus límites se
difuminaban y convertían el tiempo en un día interminable. En una noche eterna.
Miró a Arrecife.
—Necesito que envíes un mensaje.
—¿A quién?
—A Castaño.
Perry no quería volver a pedirle ayuda —ya lo había hecho hacía apenas unos meses, cuando
había buscado refugio allí en compañía de Rugido y de Aria—, pero la posición de los Mareas
era demasiado débil. Necesitaba alimentos y gente. Le pediría el favor antes de que su tribu
muriera de hambre o perdiera el recinto como consecuencia de un ataque.
Arrecife se mostró de acuerdo.
—Es buena idea. Enviaré a Tallo mañana temprano.
Aunque Arrecife y él se presentaron para relevarlos, Brizna y Tallo permanecieron en su
puesto de vigía, acurrucados al borde de un repecho rocoso. Los cuatro sentados, inmersos en un
silencio lleno de camaradería, vieron cómo una neblina húmeda se posaba sobre el paisaje
nocturno, empapándolo.
Escondite y Escondido llegaron poco después. Rezagado lo hizo transcurrido un rato.
Aquella noche ninguno de los tres tenía guardia. Perry había visto a Escondite bostezar media
docena de veces durante la cena. Ellos también tomaron posiciones en el repecho, vigilantes,
mientras la neblina, gradualmente, iba convirtiéndose en lluvia. Aun así, nadie hablaba, y nadie
se retiraba.
—Una noche tranquila —dijo Brizna al fin—. Quiero decir que estamos muy callados. La
lluvia, en cambio, no. —Tras el prolongado silencio, su voz sonó ronca, áspera.
—Estás afónico. ¿Te has tragado un sapo? —le preguntó Escondido.
—No sé si había sapos en la sopa esta noche —intervino Tallo.
Escondite masculló algo.
—Los sapos no sabrían peor que esos callos que nos han dado.
Brizna carraspeó para aclararse la voz.
—Pues no sé si sabéis que una vez estuve a punto de comerme una rana viva.
—Brizna, es que tú pareces una rana. Tienes ojos de rana.
—Enséñanos cómo saltas, Brizna.
—Cállate y déjale que termine de contar su historia.
La historia en sí no era gran cosa. De niño, una vez, Brizna estaba a punto de besar a una
rana, para ganarle una apuesta a su hermano, cuando esta se le resbaló de entre los dedos, dio un
salto y se le metió en la boca. Era una anécdota que más le valdría no haber contado: a sus
veintitrés años, no había besado nunca a una chica, y Los Seis lo sabían, como sabían
prácticamente todo los unos de los otros. En efecto, lo acribillaron sin piedad a comentarios
ofensivos: que si tal vez creía que, después de besar a una rana, las chicas le sabrían a poco, que
si lo que quería era encontrar a un príncipe azul, ellos lo apoyarían, entre otras barbaridades.
Perry escuchaba, sonriendo al oír las más graciosas, sintiéndose más en su sitio que durante
los dos días anteriores. Finalmente todos volvieron a quedar en silencio, y al poco ya solo se oían
algunos ronquidos aislados. Miró a su alrededor. La lluvia había cesado. Algunos dormían. Otros
respiraban acompasadamente, concentrados en la noche. Nadie hablaba, pero Perry los oía con
claridad. Sabía por qué no lo habían dejado a sol ni a sombra, y por qué ahora estaban todos con
él, ahí sentados, aun cuando no era su obligación.
Ni aun teniendo la ocasión lo abandonarían. Se quedarían con él.
18
Aria

H
— OY hemos avanzado más. —Aria se retorció el pelo para secárselo, acercándose más al
fuego. La primavera había llegado con fuerza, y había días de lluvia constante. Hacía tres que
habían abandonado a los Mareas, y por fin sentía que había recobrado sus fuerzas—. ¿No crees
que hemos cubierto una distancia considerable?
Rugido estaba tendido, apoyado en el macuto, con las piernas cruzadas a la altura de los
tobillos. Con el pie seguía un ritmo que ella no oía.
—Sí.
—Y además hemos encendido un buen fuego. Qué suerte encontrar leña seca…
Rugido la miró, arqueando una ceja. Aria se dio cuenta de que no había estado mirándolo,
sino más bien mirando a través de él.
—No sé si lo sabes, pero hay una cosa peor que una Aria muda, y es una Aria que habla por
hablar.
Ella recogió un palo y avivó el fuego.
—Lo hago por tu bien.
Habían viajado casi en silencio la mayor parte del día, a pesar de los intentos de Rugido por
iniciar conversaciones. Pretendía hablar de lo que debían hacer cuando llegaran a Los Cuernos.
¿Cómo obtendrían información sobre el Azul Perpetuo? ¿Cómo negociarían el regreso de Liv?
Pero a Aria no le apetecía hablar de nada. Necesitaba permanecer centrada en seguir avanzando.
En seguir adelante cada vez que sentía el impulso de dar media vuelta y regresar. Si empezaba a
hablar, tal vez ya no parara.
Le preocupaba Garra. Echaba de menos a Perry. No podía hacer nada al respecto, salvo llegar
lo antes posible a Los Cuernos. Pero ahora se sentía algo culpable e intentaba —torpemente, era
cierto—, compensarlo.
Rugido frunció el ceño.
—¿Lo haces por mi bien?
—Sí, por tu bien. En este momento estoy nerviosa y solo diría tonterías. Estoy agotada, pero
no consigo estarme quieta. Y siento que deberíamos seguir viaje.
—Podemos viajar de noche —dijo él.
—No, debemos descansar. ¿Lo ves? Digo cosas contradictorias.
Rugido la observó sin decir nada, y alzó la vista hasta las ramas de los árboles, pensativo.
—¿Te he contado cómo fue la primera vez que Perry probó la Luster?
—No —respondió ella. Llevaba todo el invierno oyendo anécdotas sobre Perry, Rugido y
Liv, pero aquella no la conocía.
—Estábamos los tres en la playa. Y ya sabes cómo es la Luster, que te pone contento. En fin,
que Perry se entusiasmó más de la cuenta y decidió desnudarse e ir a darse un baño. Era en pleno
día, por cierto.
Aria sonrió.
—No fue capaz.
—Sí. Y mientras estaba en el agua, revolcándose en las olas, Liv le escondió la ropa y
decidió que era el momento de que todas las chicas de la tribu bajaran a la playa.
Aria se echó a reír.
—¡Rugido, esa chica es peor que tú!
—Mejor, querrás decir.
—Qué miedo me dará veros a los dos juntos. ¿Y qué hizo Perry?
—Resiguió la costa a nado, y no volvimos a verlo hasta la mañana siguiente. —Rugido se
rascó la barbilla, sonriendo—. Nos contó que se había colado discretamente en el recinto en
plena noche, cubierto con algas.
—¿Me estás diciendo que se hizo una falda de algas? —Aria soltó una carcajada—. Habría
dado lo que fuera por verlo.
Rugido fingió un escalofrío.
—Pues yo me alegro de no haberlo visto.
—No entiendo por qué no me lo habías contado hasta ahora.
—Lo reservaba para el momento oportuno.
Aria sonrió.
—Gracias, Rugido.
Por un momento, aquella historia la había alejado de sus preocupaciones, pero ahora
regresaban deprisa.
Se levantó la manga con cuidado. La piel, alrededor de las Marcas, todavía estaba enrojecida
y algo levantada, pero la hinchazón había remitido. En algunos lugares parecía que la tinta se
hubiera corrido en el interior de su piel. Era un desastre.
Alargó la mano y la posó sobre el antebrazo de Rugido. No sabía por qué, pero le resultaba
más fácil. Tal vez le hacía falta menos valor para pensar y transmitirle sus pensamientos que para
convertirlos en palabras y pronunciarlos en voz alta.
«¿Y si esto ha sido una señal? Tal vez no debo empeñarme en convertirme en forastera».
Él la sorprendió tomándola de la mano y acariciándole los dedos con los suyos.
—Pero es que ya eres una forastera. Encajas en todos los sentidos. Lo que ocurre es que
todavía no lo ves.
Ella clavó la vista en las manos entrelazadas. Era la primera vez que Rugido hacía algo así.
Rugido le dedicó una mirada graciosa.
—Es que se me hace raro que me plantes la mano en el brazo a cada rato —dijo él, en
respuesta a sus pensamientos.
«Sí, pero esto me parece muy íntimo. ¿A ti no te lo parece? No estoy diciendo que estemos
intimando demasiado, que supongo que sí. Rugido, a veces se me hace muy duro acostumbrarme
a todo esto».
Él le dedicó una sonrisa fugaz.
—Aria, esto no es íntimo. Si estuviera intimando contigo, créeme, te darías cuenta.
Ella resopló.
«La próxima vez que digas algo así, deberías regalarme una rosa roja y después retirarte con
una floritura de tu capa».
Él permaneció unos instantes pensativo, como imaginando la escena.
—Podría hacerlo, sí.
Quedaron los dos en silencio, y ella fue consciente de lo reconfortante que había sido sentirse
conectada con él de ese modo.
—Bien —dijo Rugido—. Esa era la idea.
Su sonrisa le daba ánimos para seguir hablándole a través del pensamiento.
«La última vez que vi a mi madre fue horrible —admitió, al cabo de un rato—. Discutimos.
Yo le dije cosas que no debí haberle dicho, y no he dejado de lamentarme por ello desde
entonces. Creo que lo lamentaré siempre. En todo caso, no quería que me ocurriera lo mismo con
Perry. Pensé que sería mejor irme sin despedirme».
—Y supongo que ahora crees que te equivocaste.
Ella asintió.
Rugido la observó un largo momento, con un atisbo de sonrisa en la mirada.
—Pues no, no eran tonterías, Aria. Todo esto te está ocurriendo. Es verdad. —Le apretó la
mano y se la soltó—. Y, por favor, no me ahorres nada por mi bien.

•••
Cuando Rugido se durmió, ella extrajo el Smarteye del macuto. Ya era hora de volver a contactar
con Hess. Llevaba días imaginando a Garra con los pies colgando en el embarcadero. Se le
encogió el corazón al recordar la amenaza del cónsul. Escogió su icono en la pantalla y se
escindió. Cuando vio dónde se encontraba, todos los músculos de su cuerpo se agarrotaron.
Aquello era la Ópera de París.
Desde el lugar que ocupaba en el centro del escenario, permanecía en un silencio sepulcral,
llena de asombro, asimilando la opulencia de aquel patio de butacas que ya conocía. Hileras de
palcos dorados envueltos en un mar de butacas de terciopelo rojo. Alzó la vista y se fijó en el
fresco de vivos colores que decoraba la bóveda, iluminado por una gigantesca lámpara de araña.
Había acudido allí con frecuencia desde que era niña. Ese Reino, más que cualquier otro, era para
ella como su casa.
Miró más allá del foso de la orquesta, en dirección al asiento que quedaba exactamente frente
a ella.
Vacío.
Cerró los ojos. Ese había sido su sitio con Lumina. No le costaba imaginar ahí a su madre,
con su vestido negro, sencillo, el pelo negro recogido en un moño, la sonrisa amable en los
labios. Aria no conocía otra sonrisa más tranquilizadora que la suya. Una sonrisa que decía:
«Todo saldrá bien, y creo en ti». En ese momento volvía a sentir lo mismo. Una calma. Una
certeza. Todo se resolvería. Se aferró a esa sensación y la guardó en su alma. Después, despacio,
abrió los ojos, y la sensación desapareció, dejando tras de sí preguntas que le oprimían la
garganta.
«¿Cómo pudiste abandonarme, mamá? ¿Quién fue mi padre? ¿Significó algo para ti?».
Pero nunca obtendría respuestas. Solo experimentaría aquel dolor que se extendía en todas
direcciones y que, por lo que veía, no tenía final.
Primero se apagaron las luces del escenario, y después las del patio de butacas. De pronto
quedó sumida en una oscuridad tan completa que estuvo a punto de perder el equilibrio. Aguzó
el oído, dispuesta a captar hasta el sonido más mínimo.
—¿Qué es esto, Hess? —dijo, enojada—. No veo nada.
Un foco rasgó la oscuridad, cegándola. Aria levantó una mano y se cubrió los ojos para
protegérselos de la luz, mientras se aclimataban. Apenas distinguía el hueco oscuro del foso de la
orquesta, más abajo, y las filas de asientos más allá. En las alturas titilaban los miles de prismas
de la araña.
—Demasiado teatral para usted, ¿no le parece, Hess? ¿Va a cantarme El fantasma de la
ópera? —Sin pensarlo, entonó algunos versos de All I Ask of You. Lo hizo en broma, pero la letra
de la canción la arrastró de inmediato. Y, sin saber bien por qué, se puso a pensar en Perry, y en
el canto.
Había echado de menos el modo en que aquel auditorio amplificaba su control y su poder.
Ese escenario no había sido nunca solo unos tablones en los que sostenerse. Estaba vivo, era
como unos hombros que la sostenían y la elevaban. Al terminar, tuvo que ocultar su emoción con
una sonrisa.
—¿No hay aplausos? Es difícil de complacer.
Su silencio duraba ya demasiado. Imaginó la pequeña mesa de mármol, las delicadas tazas
llenas de café —todo ello ausente por primera vez—, y en ese momento una voz arrogante
rompió el silencio.
—Me alegro de volver a verte, Aria. Cuánto tiempo.
Soren.
Frente a ella, a unas cuatro filas del escenario, vio una sombra recortada contra la oscuridad.
Aria se balanceó sobre sus pies y respiró hondo mientras las imágenes se sucedían rápidamente
ante sus ojos. Soren persiguiéndola mientras el fuego crepitaba a su alrededor. Soren sobre ella,
apretándole el cuello con las manos.
Pero aquello eran los Reinos, se recordó a sí misma. «Mejores que la realidad». Sin dolor.
Sin peligro. Allí no podía hacerle daño.
—¿Dónde está tu padre? —le preguntó.
—Está ocupado —respondió Soren.
—¿Y te ha enviado a ti?
—No.
—Tú te has colado.
—Para colarse hay que abrirse paso con un machete. Esto ha sido más como usar un bisturí.
A tu madre le habría gustado la analogía. Es aquí donde te gustaba venir con ella, ¿verdad? Me
ha parecido que te gustaría volver.
Su tono de voz le repugnaba y le enfurecía.
—¿Qué quieres, Soren?
—Muchas cosas. Pero en este momento lo que quiero es verte.
¿Verla? Lo dudaba. Era más probable que deseara vengarse de ella. Seguramente la culpaba
por lo que había ocurrido aquella noche en Ag 6. Pero no pensaba quedarse allí para
comprobarlo. Aria intentó salir del Reino.
—No te funcionará —le advirtió Soren, en el momento mismo en que en la pantalla le
aparecía un mensaje que le anunciaba lo mismo—. Pero buen intento. Por cierto, la canción me
ha gustado. Conmovedora. Siempre has sido asombrosa, Aria. En serio. Canta un poco más. Esa
historia me gusta. Existe un Reino entero dedicado a ella.
—A ti no pienso cantarte —dijo ella—. Vuelve a encender las luces.
—Está deformado, ¿verdad? ¿El fantasma? —prosiguió Soren, ignorándola—. ¿No lleva una
máscara para que no se vea lo desagradable que es?
Había otra forma de salir de los Reinos. Aria se concentró en el mundo real y metió los dedos
bajo los bordes del Smarteye. Sabía que arrancarse el dispositivo era doloroso. Un dolor súbito
que le causaría escozor en los ojos y que descendería como un fuego por su columna vertebral.
Sí, quería salir de allí, pero no se decidía a arrancárselo.
La voz de Soren la devolvió al Reino.
—Por cierto, ese vestido azul que te pusiste en Venecia te quedaba de muerte. Muy sexy. Y
qué genial tu lanzamiento de café. Mi padre no daba crédito.
—¿Has estado vigilándome? Eres repugnante.
Él ahogó una risotada.
—Si tú supieras…
Soren seguiría vacilándola mientras ella se lo permitiera. Aria se alejó algunos pasos, para
quedar más allá del alcance del foco. La oscuridad la bañó, algo que, en ese caso, era un alivio.
Ahora estaban en paz.
—¿Qué estás haciendo? ¿Adónde vas?
La voz de Soren denotaba un pánico creciente, lo que la espoleó.
—Tú quédate ahí, Soren. Voy a por ti.
No era cierto. En realidad, Aria no veía más allá de la punta de la nariz. Pero quería que él la
imaginara ahí, acechando en la oscuridad un rato más.
—¿Qué? ¡Para! ¡Quédate donde estás!
Entonces ella oyó unos sonidos amortiguados, como de brazos, o piernas, extendiéndose. Las
luces se encendieron —todas— e iluminaron el lujoso teatro.
Soren había llegado a trompicones hasta el pasillo central. Estaba ahí de pie, dándole la
espalda. Respiraba entrecortadamente, y la camisa negra se le pegaba mucho a los hombros.
Siempre había sido muy musculoso.
—¿Soren? —Transcurrió un segundo. Transcurrieron dos—. ¿Por qué no me miras a la cara?
Él se agarró a la butaca más cercana para no perder el equilibrio.
—Ya sé que mi padre te lo contó. No hagas como que no sabes lo que me pasó en la
mandíbula.
Solo entonces Aria se acordó, y comprendió al fin.
—Me dijo que te la habían reconstruido.
—¿Reconstruido? —dijo, sin volverse a mirarla—. Una manera delicada de describir las
cinco fracturas y quemaduras que tuvieron que arreglarme.
Aria se fijó en él, resistiendo el impulso de acercársele. Finalmente se maldijo por ser tan
curiosa y, sin poder más, bajó la escalera. El corazón le latía con fuerza cuando dejó atrás el foso
y enfiló el pasillo. Se obligó a seguir hasta que estuvo ante él.
Soren la miró con aquellos ojos azules suyos, llenos de rabia, los labios apretados en una
sonrisa tensa, forzada. Contenía el aliento, lo mismo que ella.
Estaba igual. Bronceado. Huesudo. Guapo a su manera informal, dura, los ángulos del rostro
algo excesivos. Mantenía la barbilla levantada, en un gesto condescendiente. Aria no pudo evitar
compararlo con Perry, que nunca parecía mirar a nadie por encima del hombro, a pesar de ser
bastante más alto.
Soren no había cambiado, salvo por una diferencia significativa. Sus dos mandíbulas estaban
algo desencajadas, y una cicatriz surcaba su piel bronceada, desde la comisura izquierda de su
boca hasta casi el cuello.
Perry había sido el causante de aquella cicatriz. Aquella noche en Ag 6 había impedido que
Soren la estrangulara. Estaría muerta si él no tuviera aquella cicatriz. Pero ella sabía ahora que en
ese momento él no estaba en sus cabales, sino afectado por el Síndrome Límbico Degenerativo,
una enfermedad mental que debilitaba los instintos básicos de supervivencia. Era la misma
enfermedad que estudiaba su madre.
—No te ves tan mal —dijo ella. Sabía bien qué significaba aquello en Ensoñación. Allí nadie
tenía cicatrices. Ni siquiera rasguños. En todo caso, no daba crédito a lo que estaba haciendo.
¿Estaba consolando a Soren?
Él tragó saliva, y al hacerlo la nuez se le movió ostensiblemente.
—¿Que no se me ve tan mal? ¿Desde cuándo te has vuelto tan graciosa, Aria?
—Desde hace poco, supongo. Ya sabes, aquí fuera todo el mundo tiene cicatrices. Deberías
ver a uno que se llama Arrecife. Tiene una muy profunda en la mejilla. Es como si llevara una
cremallera en la piel. La tuya es… bueno, apenas se te ve.
Soren entrecerró los ojos.
—¿Cómo se la hizo?
—¿Arrecife? Él es esciro. De esos forasteros que… no importa. No lo sé exactamente, pero
diría que alguien intentó arrancarle la nariz.
Lo dijo elevando la voz al final de la frase, como en tono interrogativo. Intentaba sonar
indiferente, pero la brutalidad del mundo exterior le resultaba aún más descarnada en un lugar
tan elegante como ese. Aria estudió la cicatriz con más detalle.
—¿Y no puedes hacer que tu padre la disimule cuando estás en los Reinos? ¿No sería
cuestión de aplicar un programa fácil?
—Podría hacerlo yo, Aria, no necesito que mi padre haga nada. —Soren lo dijo con voz
aguda, gritando, casi. Y a continuación se encogió de hombros—. De todos modos, ¿para qué
molestarse? En la vida real no puedo ocultarla. Todo el mundo sabe que mi aspecto es este. Lo
saben, y nunca dejarán de saberlo.
Aria iba dándose cuenta de que Soren no era el mismo. Su habitual gesto fanfarrón parecía
forzado, deliberado. Se acordó de que Ruina y Eco, sus mejores amigos, habían muerto en Ag 6
la misma noche que Cachemira.
—No puedo hablar de lo que ocurrió aquella noche, con nadie —dijo él—. Mi padre asegura
que pondría en peligro la seguridad de la cápsula. —Soren negó con la cabeza, y el dolor asomó
a su rostro—. Me culpa a mí de lo que ocurrió. Él no lo entiende. —Se miró la mano, que todavía
se aferraba a la butaca—. Pero tú sí. Tú sabes que no hice nada a propósito… ¿verdad?
Aria se cruzó de brazos. Por más que quisiera culparlo de lo que le había hecho, no podía. Se
había informado de la enfermedad en los archivos de investigación de su madre. Tras cientos de
años en los Reinos, protegidas por la seguridad de las cápsulas, algunas personas, como Soren,
habían perdido la capacidad de enfrentarse al dolor y al estrés reales. Él se había comportado de
aquel modo en Ag 6 a causa del SLD. Ella lo comprendía, sí, pero no le resultaba fácil
perdonarlo.
—Tengo la impresión de que eso ha sido una disculpa muy bien disimulada.
Soren asintió.
—Tal vez —dijo—. Bien, sí, lo ha sido.
—Disculpa aceptada. Pero no vuelvas a tocarme en tu vida, Soren.
Él alzó la vista y la miró, aliviado, vulnerable.
—No lo haré. —Se enderezó y se pasó una mano por el pelo. La ternura que ella había
vislumbrado se desvaneció, y fue sustituida por una sonrisa pícara—. ¿Sabías que no todo el
mundo sufre el SLD? Yo formo parte del grupo de los locos. Menuda suerte, ¿verdad? No
importa. Ya me están dando las medicinas. Y en un par de semanas estaré listo.
—¿Las medicinas? ¿Listo para qué?
—Son unos tratamientos experimentales para que no vuelva a enloquecer. Y una
inmunización contra enfermedades del exterior. Se las dan a los guardianes que trabajan
realizando reparaciones externas, por si se les rompen los trajes especiales. Una vez me vacunen,
saldré. Ya estoy harto de todo esto.
Aria lo miró, incrédula.
—¿Saldrás? ¿Aquí? Soren, no tienes ni idea de lo peligroso que es esto. No tiene nada que
ver con irse al Reino del Safari.
—Ensoñación se está rompiendo, Aria —replicó él—. Tarde o temprano todos acabaremos
teniendo que salir.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué está ocurriendo en Ensoñación?
—Si me prometes ayudarme en el mundo exterior, te lo cuento.
Aria negó con la cabeza.
—No voy a ayudar…
—Podría enseñarte a Caleb y a Runa. Incluso a ese niño salvaje por el que siempre preguntas.
—Se puso tieso de pronto—. Tengo que irme. Se me termina el tiempo.
—Espera. ¿Qué le pasa a Ensoñación?
Él sonrió, levantando mucho la barbilla.
—Si quieres saberlo, vuelve —respondió él, y se desconectó.
Aria parpadeó frente al espacio en el que seguía plantada, y después ante el teatro de la ópera.
En la pantalla de su Smarteye apareció un icono, que se situó junto al de Hess.
Era la máscara blanca del Fantasma de la Ópera.
19
Peregrino

— HACE una semana —dijo Arrecife—. ¿Piensas hablar de ello alguna vez?
Perry apoyó los codos en la mesa. El resto de la tribu había abandonado las cocinas hacía
horas, después de la cena, y estaban los dos solos. El canto de los grillos, que poblaba la noche,
llegaba a sus oídos, y algunos fríos haces de luz del éter se colaban hasta la sala en penumbra.
Perry pasaba un dedo sobre la vela encendida que reposaba en la mesa, entre los dos, jugando
con la llama. Si lo hacía demasiado despacio, le dolía. El secreto estaba en hacerlo deprisa. En no
detenerse.
—No, no pienso hacerlo —respondió Perry, sin apartar la vista de la llama.
Durante los días anteriores, se había dedicado a limpiar pescado hasta que su olor le
impregnaba los dedos. Había pasado noches en vela, montando guardia, hasta que se le nublaba
la vista. Había reparado una verja, una escalera, un tejado… No podía exigir a los Mareas que
trabajaran día y noche si él no lo hacía.
Arrecife cruzó los brazos.
—La tribu se habría vuelto contra ti si te hubieras ido con ella. Y habría hecho lo mismo si
ella se hubiera quedado aquí contigo. Ella es una chica lista y lo comprendió. No puede haber
sido una decisión fácil para ella. Hizo lo que tenía que hacer.
Perry alzó la vista. Arrecife lo miraba de frente. A la luz de la vela, la cicatriz que surcaba su
rostro parecía más profunda y le daba un aspecto cruel.
—¿Qué pretendes, Arrecife?
—Intento extraer el veneno. Lo tienes dentro, lo mismo que ella aquella noche. No puedes
seguir adelante con todo eso dentro, Perry.
—Sí, puedo —replicó él—. No me importa lo que hizo, ni por qué lo hizo, ni si estuvo bien o
mal. ¿Lo comprendes?
Arrecife asintió.
—Lo entiendo.
—Pues no hay nada más que decir.
¿De qué servía quedarse ahí sentado, hablando del tema? De todos modos, nada iba a
cambiar.
—De acuerdo —concedió Arrecife.
Perry se incorporó en su asiento. Dio un sorbo al agua y torció el gesto. El pozo no había
vuelto a ser el de antes desde la tormenta: el agua todavía sabía a ceniza. El éter lo invadía todo.
Destruía sus alimentos y quemaba su leña antes de que esta llegara a sus chimeneas. Incluso se
filtraba en su agua.
Había hecho lo que había podido enviando aviso a Castaño. Ahora ya no podía hacer nada
más. No podía sacar a Garra de Ensoñación. No había nada que hacer, salvo esperar a que Aria y
Rugido regresaran, e intentar que su gente no muriera de hambre. Tanta inactividad no iba con
él.
Perry se pasó una mano por la nuca y suspiró.
—¿Quieres saber una cosa?
Arrecife asintió.
—Sí, claro.
—Me siento como un viejo. Me siento como debes sentirte tú.
Arrecife sonrió.
—No es fácil, ¿verdad, cachorro?
—Podría ser más fácil.
Perry se fijó en su arco, que tenía apoyado en la pared. ¿Cuándo lo había usado por última
vez? Ya se le había curado el hombro, y disponía de tiempo. Podría ir en busca de alimento,
como había hecho siempre.
—¿Quieres ir de caza? —le preguntó a Arrecife, y al hacerlo sintió una inyección de energía
que le corría por las venas. En ese momento, ninguna otra idea le parecía mejor.
—¿Ahora? —preguntó Arrecife, sorprendido. Era tarde, casi medianoche—. Creía que
estabas cansado.
—Ya no. —Perry se quitó la cadena de Señor de la Sangre y la metió en el macuto. Suponía
que a Arrecife le parecería mal, y ya tenía preparada la réplica. Si llegaban a perseguir a una
presa, la cadena haría demasiado ruido, y si debían agazaparse y aguardar sin ser vistos,
resultaría demasiado brillante. Pero Arrecife se quedó ahí quieto, sin decir nada, y esbozó una
sonrisa.
—Pues entonces cacemos.

•••

Cargaron sus carcajes de flechas y abandonaron el recinto. Tras informar a Escondite, Escondido
y Brizna, que montaban guardia en el puesto oriental, empezaron a caminar más despacio y,
abandonando los caminos, se adentraron en los densos bosques vírgenes. Guardaban entre ellos
una distancia de cien pies, y de ese modo comenzaron a buscar presas.
Los miembros de Perry se destensaban por momentos a medida que se alejaban del recinto.
Aspiró hondo, y le llegó el olor punzante del éter. Alzó la vista y vio las mismas ondulaciones
resplandecientes que llevaban toda la semana acechando amenazadoras. Bañaban el bosque con
su luz fría. Una brisa marina soplaba en su dirección, ideal para traerle los olores de las posibles
presas y para mantener el suyo oculto. Avanzaba lentamente, olisqueando, escrutando los
bosques, sintiendo mucha más energía que en las últimas semanas.
El viento remitió, y entonces fue consciente de la quietud de la noche, y de lo mucho que
destacaba el ruido de sus pasos. Volvió a mirar hacia arriba, esperando encontrarse con los
signos de una tormenta inminente, pero las corrientes no habían cambiado. Vio a Arrecife, que
avanzaba meneando la cabeza.
—No he visto nada. Ardillas. Un zorro, pero era viejo. Nada que mereciera la pena… Perry,
¿qué es eso?
—No lo sé. —El viento había vuelto a arreciar, y se movía entre los árboles emitiendo su
débil silbido. El aire fresco le trajo olores humanos. Sintió miedo, un miedo automático que le
recorrió las venas—. Arrecife…
Este, a su lado, soltó una maldición.
—Sí, a mí también me ha llegado.
Regresaron corriendo al puesto oriental. El repecho rocoso les ofrecería una visión elevada.
Brizna fue a su encuentro antes de que llegaran. Tenía los ojos muy abiertos.
—Ahora iba a buscaros. Escondite ha ido a dar la voz de alarma al recinto.
—¿Los oyes? —preguntó Perry.
Brizna asintió.
—Tienen caballos, y vienen al galope. Ni los truenos hacen tanto ruido.
Perry se descolgó el arco del hombro.
—Los recibiremos aquí, y ralentizaremos su avance. —Una aproximación rápida en plena
noche no podía sino implicar un ataque. Debía ganar tiempo por el bien de su tribu—. Vosotros
dispararéis al corto alcance —ordenó—. Yo dispararé al largo.
Era el arquero más potente de todos los presentes. Sus ojos estaban acostumbrados a la
penumbra.
Se dispersaron, ocultándose entre los árboles y las rocas del saliente. Perry sentía que tenía el
corazón en un puño, y que latía con fuerza en su pecho. El prado verde que se extendía abajo
parecía tan tranquilo y sereno como un lago iluminado por la luna.
¿Estaría regresando Wylan con más hombres para luchar con la intención de apoderarse del
recinto? ¿Estarían las tribus de la Rosa y la Noche a punto de atacar, con sus miles de miembros?
En ese instante pensó en Aria, tendida en la cama del dormitorio de Valle, y después en Garra,
secuestrado y metido en el deslizador. A ellos no había podido protegerlos del peligro. Ahora no
podía fallar a los Mareas.
Sus pensamientos se disiparon en el momento mismo en que sintió que el suelo atronaba bajo
sus pies. Perry cogió una flecha y el instinto le llevó a tensar el arco. Transcurridos escasos
segundos, los primeros jinetes aparecieron entre los árboles. Apuntó al hombre que iba en el
centro de la carga y soltó la cuerda. La flecha se le clavó en el pecho. Cuando el atacante se
ladeó y se cayó del caballo, Perry ya estaba cargando su segunda flecha. Apuntó y disparó de
nuevo, y abatió a otro jinete.
Los gritos de los atacantes rasgaban el silencio, y Perry sintió erizársele el vello de los
brazos. Vio a unos treinta jinetes ahí abajo, y empezó a oír el silbido de las flechas que pasaban
rozándolo. Ignorándolas, seguía concentrado en detectar cuál era el enemigo más cercano y en
dispararle. Uno tras otro, hasta que terminó con todas las flechas, y después con las de Arrecife.
Solo una se desvió demasiado hacia la izquierda y erró el blanco. Estaba seguro de que estaba
mal calibrada.
Bajó el arco y miró a Escondido, que en aquel momento apuntaba hacia abajo con una flecha,
mientras rastreaba el campo con la mirada en busca de jinetes. No apareció nadie más, solo los
caballos, que galopaban sin jinete.
Pero el ataque no había terminado. Segundos después una marea de personas emergió del
bosque e inició una carga a pie.
—Intentad retenerlos lo más que podáis —ordenó Perry a Escondite y a Brizna, antes de salir
corriendo hacia casa acompañado por Arrecife.
Se pusieron en marcha a la carrera, pisando apenas la tierra, en un intento de llegar lo antes
posible. El recinto apareció ante su vista, y constataron que ya bullía de actividad, pues la gente
trepaba hasta los tejados y cerraba las verjas que separaban las casas.
Perry llegó a la explanada a grandes zancadas y vio a Arroyo en lo alto de las cocinas, con el
arco en la mano.
—¡Que suban los arqueros! —gritaba—. ¡Que suban los arqueros ahora mismo!
La gente bombeaba agua del pozo y la subía en cubos, en previsión de incendios. Habían
metido a animales dentro del recinto, a resguardo de las murallas. Todo el mundo actuaba como
debía, según lo ensayado.
Perry se subió al tejado de las cocinas. Recortado contra el pálido resplandor del alba vio el
enjambre de jinetes que ascendían por la ladera. Calculó que se encontraban a un kilómetro de
allí, y que eran unos doscientos. Los Mareas contaban con una posición fortificada, sí, pero al ver
a las hordas de personas que se aproximaban al recinto, dudó de que su tribu fuera a ser capaz de
repelerlas.
Las primeras flechas viajaron hacia ellos. Alrededor de Perry algunas tejas se partían
emitiendo un chasquido sordo. Brizna apareció a su lado con un carcaj lleno de flechas y un
escudo, prestándole protección. Perry empuñó el arco y se dispuso a defender su hogar. Lo había
hecho muchas veces antes, pero nunca como jefe. Al caer en la cuenta de ese detalle sintió que
una especie de locura silenciosa se apoderaba de él, ralentizando el tiempo, completando todos y
cada uno de sus movimientos, haciéndolos precisos, eficientes.
El fuego encendía puntos de luz que se dibujaban contra el amanecer. Una flecha en llamas
pasó rozándolo y fue a aterrizar sobre los cajones que se apilaban junto a las cocinas. Perry
decidió ocuparse de los arqueros que intentaban prender fuego al recinto. Sus flechas —y las de
Arroyo, y las de los demás arqueros mareas— volaban hacia los atacantes. Algunos jinetes caían
a las trampas que ellos habían cavado y camuflado, pero aun así otros seguían llegando, y eran
demasiado numerosos. Perry los observaba dividirse en grupos menores, abrirse para rodear el
recinto.
Había hombres que trepaban por las puertas, clavando sus hachas en la madera para
encaramarse a ellas. Perry disparó su última flecha y ensartó a uno. Pero no fue suficiente. Era
demasiado tarde. Oyó un crujido sonoro y vio que los portones se abrían de par en par. Habían
sido tomados, y además estaban en llamas. Había empezado a salir humo de los establos y de las
cajas apiladas junto a las cocinas.
Perry descendió del tejado, desenvainando el puñal mientras bajaba por la escalera de mano.
Se lo clavó a un hombre en el vientre sin dejar de correr. A su alrededor oía los gritos de
personas a las que reconocía. Las oía débilmente, y su mente estaba vacía de pensamientos,
concentrada solo en encontrar al siguiente atacante, el instante de vacilación, el paso en falso,
para abatirlo.
De manera intermitente, fugaz, veía a Arrecife, que luchaba cerca de él, las trenzas
meciéndose al aire borroso. Vio también a Tallo y a Oso. A Rowan, que siempre se había
resistido a aprender a usar un arma. A Molly, que se había pasado la vida curando las heridas de
los demás.
Perry entrevió el movimiento de una gorra negra que avanzaba por la explanada: Tizón. Un
hombre de pelo trenzado como el de Arrecife lo agarró por el hombro y lo derribó. Perry vio al
niño acobardarse, impotente, aunque en realidad no lo fuera. Allí no había nadie con tanto poder
como él. Pero Tizón se arredraba y no se defendía. Sauce se adelantó de pronto y le clavó una
daga al hombre en la pierna. Acto seguido, tomó a Tizón de la mano, se lo llevó de allí y lo metió
en la casa más cercana.
Un jinete con tachuelas metálicas alrededor de los ojos vio a Perry y avanzó hacia él con su
hacha en alto. Cuando se encontraba ya a pocos pasos, una flecha se le clavó en la cabeza y lo
abatió. El ruido que emitió al caer fue como el de las tejas al partirse. El cuerpo del hombre y el
hacha cayeron sobre la tierra. Al alzar la vista, Perry vio a Escondido en un tejado cercano, la
cuerda del arco vibrando todavía.
Se dio media vuelta y regresó a la batalla, perdiendo tiempo hasta que alguien gritó:
«¡Retirada!». Por toda la explanada, otros repetían la orden. Entonces, gradualmente, vio que los
atacantes se dispersaban y que ya no eran la masa estridente y compacta de hacía un momento.
Asombrado, vio a los jinetes retirarse por el campo por el que habían llegado hacía menos de
una hora. Algunos lo hacían cargando sacos, alimentos u otras provisiones. Desde los tejados,
Escondido y Escondite les disparaban, obligándolos a soltar los productos robados para poder
echar a correr.
Cuando los últimos se hubieron ido, Perry inspeccionó el recinto. Había incendios que
apagar. Las cajas que ardían junto a las cocinas eran lo que más le preocupaba. Encomendó a
Arrecife la misión de sofocar aquel fuego, y pidió a Brizna que siguiera a los atacantes y se
asegurara de que no regresaban. Se fijó en la explanada. Había cuerpos esparcidos por todas
partes.
Perry recorría el lugar en busca de heridos. Llamaba a Molly para que acudiera a asistir a los
más graves. Contó a veintinueve muertos. Todos jinetes. No había ninguno de los suyos. Entre
las dieciséis personas heridas, diez eran Mareas. Oso tenía un corte en un brazo, pero se salvaría.
A Rowan tendrían que darle unos puntos en la frente. Había más heridas —una pierna rota, unos
dedos aplastados, moratones, quemaduras—, pero ninguna de ellas mortal.
Una vez que constató que todos habían sobrevivido, franqueó los portones rotos y abandonó
el recinto. Siguió andando hasta que una oleada de alivio le obligó a caer de rodillas. Hundió las
manos en el polvo y sintió que el latido de la tierra recorría su cuerpo, apaciguándolo.
Cuando volvía a ponerse en pie, vio un destello de luz hacia el este, y a continuación otro al
norte. Eran torbellinos resplandecientes de éter que impactaban en la tierra. Durante unos
instantes se dedicó a contemplar las tormentas distantes, asimilando que era su tierra la que se
estaba quemando. Había logrado proteger el recinto del ataque humano, pero el éter era un
enemigo demasiado poderoso para combatirlo. En todo caso, no podía permitir que aquello lo
desmoralizara ese día. No. Acababa de vencer. Y nada podía arrebatarle aquella sensación.
Regresó a la explanada y organizó la manipulación de los jinetes abatidos. Primero
despojaron a los muertos de sus objetos de valor. La tribu reutilizaría armas, cinturones y
calzado. Después cargaron los cadáveres en carros tirados por caballos, realizando viajes de ida y
vuelta por el camino arenoso. Una vez en la playa, apilaron troncos y ramas y crearon con ellos
una pira. Cuando estuvo lista, él fue el encargado de aplicar la antorcha encendida para encender
la hoguera, y de pronunciar las palabras que librarían las almas de los difuntos al éter. Lo hizo
algo sorprendido de sí mismo: allí, tras la batalla, y mientras esta tenía lugar, ni su voz ni sus
manos le habían flaqueado.
La tarde ya estaba bastante avanzada cuando emprendió el camino de regreso al recinto a
través de las dunas. Las piernas le temblaban de cansancio. Perry aminoró el paso, y Arrecife lo
imitó, dejando que los demás se adelantaran.
Tenía la camisa manchada de sangre, los nudillos llenos de rozaduras, y estaba bastante
seguro de que había vuelto a romperse la nariz. Arrecife, por su parte, había salido sin un
rasguño de la batalla. Perry no sabía cómo lo había conseguido. Él lo había visto pelear con tanta
dureza como él, si no más.
—¿Qué hacías esta mañana? —le preguntó.
Arrecife le dedicó una sonrisa.
—Dormir hasta tarde. ¿Y tú?
—Leer un libro.
Arrecife negó con la cabeza.
—No te creo. Cuando lees se te pone peor cara. —Permaneció unos instantes en silencio,
regresando a la seriedad—. Hoy hemos sido muy afortunados. La mayoría de los nuestros no
tenía ni idea de combatir.
Tenía razón. Aquellos jinetes se habían mostrado desesperados, desorganizados. Los Mareas
no volverían a tener la misma suerte.
—¿Tienes alguna idea de dónde eran? —preguntó Perry.
—Del sur. Perdieron su recinto hace unas semanas. Rezagado se lo sonsacó a uno de los
heridos antes de expulsarlo de la tierra de los Mareas. Venían buscando refugio. Supongo que
tendrían conocimiento de que ahora éramos menos, y decidirían intentarlo. No serán los últimos
en hacerlo. —Arrecife la dio una palmadita en la barbilla a Perry—. ¿Ya sabes que, seguramente,
no estarías aquí conmigo si hubieras llevado la cadena? Te habrían identificado. Si te cargas al
jefe, el resto es fácil.
Perry se detuvo. Se tocó el cuello y notó la ausencia de peso. Solo entonces se dio cuenta de
que Arrecife le estaba llevando el macuto.
—Está aquí —dijo él, entregándoselo—. Tienes cosas raras, Perry. A veces parece que sepas
lo que va a ocurrir antes de que ocurra.
—No —replicó Perry—. Si pudiera predecir el futuro, habría evitado un montón de cosas. —
Extrajo la cadena. Durante un instante la sostuvo en la mano y, al hacerlo, se sintió conectado
con Valle y con su padre.
—Han empezado a decir que eres un héroe por lo que has hecho —dijo Arrecife—. Ya lo he
oído varias veces.
—Ah, ¿sí? —Perry se puso la cadena pasándosela por encima de la cabeza—. Siempre hay
una vez para todo, supongo —comentó, en broma, aunque no acababa de comprender todo
aquello. Lo que había hecho ese día no le parecía distinto de su intento de rescate del viejo Will
durante la tormenta.
Al llegar al recinto, descubrieron que la tribu los esperaba. Apenas lo vieron, crearon un
corro a su alrededor. Habían limpiado la explanada con cubos de agua, pero el barro, bajo sus
pies, mostraba rastros de cenizas y sangre. Arrecife, a su lado, reprimió un gruñido, en reacción
al olor que impregnaba el aire de la tarde. Sentía en la nariz que allí había puro miedo.
Perry sabía que todos necesitaban que los tranquilizara, que les dijera que ya estaban a salvo,
que lo peor ya había pasado. Pero él no podía hacerlo: otra tribu los atacaría; se produciría otra
tormenta. No pensaba mentirles y decirles que todo iba bien. Además, a él los discursos se le
daban fatal. Si había algo importante y real que había que comunicar, él necesitaba mirar a los
ojos de la gente y decirlo.
Carraspeó.
—Todavía podemos ponernos manos a la obra y completar gran parte del trabajo de hoy.
Los Mareas se miraron unos a otros, indecisos, pero tras unos segundos se dispersaron y
empezaron a reparar los muros y los tejados, y a realizar las reparaciones más urgentes.
A su lado, Arrecife le habló en voz baja.
—Bien hecho.
Perry asintió. Aquellos trabajos los ayudarían a tranquilizarse. Reparar los desperfectos del
recinto los calmaría más que cualquier discurso que pudiera pronunciar.
Él también debía hacer su trabajo. Se dirigió al extremo occidental de su territorio y, una vez
allí, puso rumbo al este. Encontró a todos los Mareas en los establos, en los campos, en el puerto
y, uno por uno, mirándolos a los ojos, fue diciéndoles que estaba orgulloso de lo que habían
hecho ese día.
Cuando ya era de noche y el recinto se encontraba sumido en el silencio, Perry subió al
tejado de su casa. Agarró con una mano los pesados eslabones de la cadena que llevaba al cuello
hasta que el frío metal se calentó entre sus dedos. Por primera vez sintió que era el Señor de la
Sangre.
20
Aria

—¿ ESTÁS listo?
Habían acampado junto al Río de la Serpiente, que a partir de entonces los guiaría en su
avance hacia Los Cuernos. Había ramas esparcidas sobre las dos orillas cubiertas de guijarros y
maleza, y las aguas serpenteaban, mansas como un espejo, y en ellas se reflejaban los remolinos
del éter. Habían avanzado deprisa aquella tarde, adelantándose a la tormenta. El chillido distante
de los torbellinos llegaba a sus oídos, y el vello de la nuca se le erizaba.
Rugido apoyó la cabeza en su macuto y cruzó los brazos.
—Estoy listo desde el día en que desperté y vi que Liv no estaba allí. ¿Y tú?
Llevaban toda la semana ascendiendo por el Collado de la Frontera, un gélido paso de
montaña rodeado de picos afilados y altísimos que parecían de metal recortado. Entre sus oídos y
los de Rugido, habían logrado mantenerse al margen de encuentros con otras personas y con
lobos, pero lo que no habían logrado era escapar de los vientos constantes que se colaban por el
congosto y lo mantenían en lo que parecía ser un invierno permanente. Aria tenía los labios
cuarteados e irritados, ampollas en los pies y las manos entumecidas, pero a la mañana siguiente,
dos semanas después de abandonar a los Mareas, llegarían por fin a Cornisa.
—Sí. Lista —respondió, intentando sonar más segura de sí misma de lo que en realidad se
sentía. Empezaba a darse cuenta de la magnitud de la tarea que se había impuesto. ¿Cómo iba a
obtener de Visón una información reservada, si era un esciro que despreciaba a los residentes?
¿Si era un Señor de la Sangre que no confiaba a nadie el secreto que guardaba?
Le vinieron a la mente las piernecillas de Garra meciéndose en el embarcadero. Si no
conseguía su propósito, ¿cómo haría para sacarlo de allí? ¿Sería ese el fin de Ensoñación? Aria
meneó la cabeza, ahuyentando aquellas preocupaciones. No podía permitirse el lujo de pensar
así.
—¿Crees que Visón querrá negociar? —le preguntó a Rugido. Pensaban decirle que iban en
nombre de Perry, que, en tanto que Señor de los Mareas, quería cancelar el compromiso nupcial
que Valle había cerrado con él un año antes. Y también intentarían comprar información sobre la
ubicación del Azul Perpetuo.
—Los Mareas ya han aceptado la primera mitad de la dote. La única manera que tiene Perry
de devolver lo que les debe es con tierras, pero como las tormentas de éter son cada vez peores,
tal vez ni con ellas le alcance. ¿Quién aceptaría territorios nuevos para ver cómo se van
quemando? —Se encogió de hombros—. Es una apuesta arriesgada, pero tal vez funcione. Por lo
que sé, Visón es avaricioso. Así que eso será lo que intentaremos primero.
Su segunda táctica pasaba por fisgar un poco y averiguar dónde se encontraba el Azul
Perpetuo, encontrar a Liv y salir corriendo de allí.
Cuando finalmente quedaron en silencio, Aria rebuscó en su macuto y sacó de él la talla del
halcón. Pasó los dedos sobre la madera oscura, recordando la sonrisa de Perry cuando le dijo: «El
mío es el que parece una tortuga».
—Si le está haciendo daño, o la fuerza del modo que sea… —Aria alzó la vista. Rugido
mantenía la suya clavada en la hoguera. Posó brevemente los ojos en los suyos, antes de
concentrarse de nuevo en las llamas. Rugido se cubrió mejor con el abrigo. La luz parpadeante
del fuego jugaba con su atractivo rostro—. Olvida lo que acabo de decir.
—Rugido… Todo irá bien. —Dijo ella, aunque sabía que poco consuelo podía transmitirle.
Su amigo estaba atrapado en el dolor de no saber. Recordó que ella se había sentido igual cuando
buscaba a su madre. Un ciclo formado por la esperanza, el miedo a esperar y el miedo a secas.
No había manera de escapar de él, excepto sabiendo la verdad. Y al menos eso sí sucedería al día
siguiente.
Volvieron a quedar un buen rato en silencio, antes de que Rugido hablara de nuevo.
—Aria, ándate con cuidado cuando estés con Visón. Si huele que estás nerviosa, te
preguntará una y otra vez hasta que le digas por qué.
—Soy capaz de ocultar mi nerviosismo superficialmente, pero no podré dejar de sentirlo. No
es algo que pueda encenderse y apagarse.
—Por eso debes mantenerte alejada de él todo lo que puedas. Ya encontraremos maneras de
indagar discretamente sobre el paradero del Azul Perpetuo.
Ella acercó más los pies al fuego, y sintió que el calor se le hundía en los dedos.
—Así que ¿se supone que debo mantenerme alejada de la persona a la que he de intentar
acercarme?
—Esciros —sentenció Rugido, como si con aquello lo explicara todo.
Y, en cierto modo, así era.

•••

Tras unas horas de sueño poco reparador, Aria despertó cuando despuntaba el día y extrajo el
Smarteye del macuto. Había visto a Hess en dos ocasiones aquella semana, pero apenas habían
intercambiado unos breves mensajes. Él quería noticias frescas y, al parecer, saber que se
pasaban el día y la noche caminando no era suficiente. Se había negado a que volviera a ver a
Garra. Se había negado a decirle nada sobre el estado de Ensoñación. Cada vez que ella se lo
preguntaba, él interrumpía la conexión y la dejaba sola bruscamente. Pero ella acababa de decidir
que no quería que continuara manteniéndola en la inopia.
Rugido seguía dormido junto a la hoguera. Aria se colocó el Smarteye y llamó al Fantasma.
Segundos después de seleccionar la máscara blanca, Arias se escindió. El corazón le dio un
vuelco cuando reconoció el Reino. Era uno de sus favoritos, y se inspiraba en una pintura antigua
de una reunión de gente junto al río Sena. Por todas partes había personas ataviadas con ropas del
siglo XIX que paseaban, descansaban o disfrutaban el sol mientras las barcas se deslizaban por
las calmadas aguas. Los pájaros piaban alegremente, y una suave brisa mecía los árboles.
—Sabía que no podrías mantenerte alejada de mí.
—¿Soren? —preguntó Aria, observando a los hombres que se encontraban a su alrededor.
Todos llevaban sombreros de copa y chaquetas de frac, y las mujeres, faldas abombadas y
sombrillas de colores. Ella buscaba unos hombros fornidos. Una barbilla levantada, agresiva.
—Estoy aquí, pero tú no puedes verme. Nosotros somos invisibles. La gente cree que estás
muerta. Si alguien te viera, no podría ocultárselo a mi padre. Incluso yo tengo limitaciones.
Aria se miró las manos. No las veía, ni veía una sola parte de su cuerpo. El pánico se apoderó
de ella momentáneamente. Sentía que no era más que unos ojos flotantes. En la vida real, movió
los dedos para ahuyentar aquella sensación.
Y entonces oyó la voz que conocía desde siempre.
—Pixie, me estás tapando la luz.
Siguió el origen del sonido. El corazón le latía con fuerza. Caleb estaba sentado sobre una
manta roja a pocos pasos de él, dibujando algo en un cuaderno. La lengua le asomaba entre la
comisura de los labios, en un gesto característico que adoptaba cuando quedaba inmerso en sus
creaciones. Aria se fijó en sus miembros alargados y en su pelo rojo mientras él seguía pasando
el lápiz por la página. Se parecía tanto a Cachemira… Hasta ese momento no había reparado en
lo asombroso de su semejanza…
—¿Y él me oye a mí? —susurró ella en tono agudo.
—No —respondió Soren—. No tiene ni idea de que estamos aquí. Pero como llevas tiempo
diciendo que quieres verlo…
Quería mucho más que eso. Aria quería horas, días para pasarlos con Caleb. Tiempo para
decirle lo mucho que lamentaba lo de Cachemira y lo mucho que añoraba pasar con él todos los
días. Caleb estaba ahí con otras personas. Pixie estaba sentado junto a él, en silencio, viéndolo
dibujar, con su pelo negro azabache más corto de lo que Aria recordaba. Se preguntó qué sentiría
Soren al verla. Hacía menos de un año, habían salido juntos. Runa también estaba ahí con
Júpiter, el batería de los Tilted Green Bottles. En ese momento se estaban dando un beso
apasionado, ajenos a todos.
Había algo en ellos, en todos ellos, que parecía distante y desesperado.
—Felicidades —dijo Soren—. Ahora ya eres oficialmente nada.
Aria palpó el espacio vacío junto a ella. Era raro oír su voz y no poder verle.
—Soren, esto es muy irreal.
—Pues pruébalo cinco meses seguidos y ya me dirás cómo te sientes.
—¿Es así… como pasáis de verdad el tiempo?
—¿A ti te parece que a mí me gusta pulular por aquí? Mi padre me desterró, Aria. ¿Tú te
crees que fuiste la única que salió perdiendo después de aquella noche? —Ahogó una especie de
risotada, como si se arrepintiera de haber pronunciado aquellas últimas palabras—. En fin… da
igual. Compruébalo, Júpiter y Runa están… ya ves, supercolgados el uno del otro. Se veía venir.
Júpiter es un buen chico. Y un buen piloto, por cierto. Antes lo pasábamos muy bien pilotando
D-Wings. Sí, antes, ya sabes. Y Pixie… Ella y yo éramos… No lo sé. No sé lo que éramos. Pero
Caleb, Aria… ¿Qué ves en él?
Ella veía mil cosas. Mil recuerdos. Caleb usaba palabras como «audaz» y «letárgico» para
describir colores. Le encantaba el sushi porque era bonito. Cuando se reía, se cubría la boca con
la mano, pero cuando bostezaba no lo hacía. Fue el primer chico al que besó, y fue un desastre,
nada que ver con la emoción desbocada de besar a Perry. Se habían montado en un tiovivo en un
Reino de carnaval. Caleb había mantenido los ojos abiertos, lo que a Aria no le había gustado.
Ella le había besado el labio inferior, lo que a Caleb no le había gustado. Pero los dos llegaron a
la conclusión de que el problema principal había sido que a aquel beso le había faltado sentido. O
«gravitas», como había dicho él.
Ahora, cuando ella volvía a mirarlo, lo único que veía era, precisamente, sentido. Todo lo
que sentía era tristeza. Por él. Por lo que habían sido. Las cosas no volverían a ser como antes.
Aria se fijó entonces en lo que estaba dibujando, pues sentía curiosidad por ver qué lo tenía
tan absorto. El boceto era una visión lateral de una figura esquelética muy encorvada, con las
rodillas y los brazos doblados y la cabeza gacha. La imagen ocupaba la página hasta su borde
superior, con lo que parecía estar atrapada en una caja. El dibujo era siniestro, amenazador, y no
recordaba nada a sus apuntes habituales.
De pronto se hizo el silencio en el Reino. Aria alzó la vista. Los árboles no se movían. Del
río no ascendía ningún sonido. El Reino había quedado tan inmóvil como la pintura en que se
inspiraba, salvo por los movimientos nerviosos y sutiles de la gente. Caleb alzó la vista de su
cuaderno de bocetos. Pixie entrecerró los ojos y se fijó primero en el cielo y después en el río,
como si no diera crédito a lo que veía. Runa y Júpiter se separaron y se miraron, confusos.
—Soren… —dijo Aria.
—Normalmente vuelve enseguida.
Y así fue. Un segundo después, el canto de los pájaros regresó, y la brisa agitó las hojas sobre
sus cabezas. En el lago, las barcas de vela reanudaron su avance sobre las aguas.
El Reino había dejado de estar colgado, pero no había vuelto a la normalidad. Caleb cerró el
cuaderno de notas y se puso el lápiz detrás de la oreja. Cerca de él, un hombre carraspeó y se
colocó bien el nudo de la corbata, antes de retomar su paseo por el sendero. Lentamente, las
conversaciones se iban retomando, pero se notaban forzadas, animadas en exceso.
Aria nunca había soñado hasta que fue expulsada de Ensoñación. Ahora entendía lo
parecidos que eran los Reinos entre sí. Un buen sueño era algo a lo que te aferrabas hasta el
último momento antes de despertar. Caleb se estaba aferrando. Todos se aferraban. Todo en
aquel lugar era bueno, y no querían ni pensar en que pudiera terminar.
—Soren, ¿podemos salir de aquí? No quiero seguir viendo…
Antes de que terminara de pronunciar la frase, ya se habían trasladado al teatro de la ópera.
Aria bajó la mirada y constató con alivio que ahora sí podía verse.
Soren estaba junto a ella en el escenario. Cruzó los brazos y arqueó una ceja.
—¿Qué opinas de tu antigua vida? Distinta, ¿verdad?
—Por decirlo suave. Y cuando se ha colgado… ¿Está pasando eso muy a menudo?
—Varias veces al día. Lo he investigado. Son subidas de tensión. Una de las cúpulas que
alberga el generador resultó dañada este invierno, y las cosas, bueno, se cuelgan.
Aria sintió que se entumecía por momentos. Aquello era lo mismo que había ocurrido en
Alegría, la cápsula en la que había muerto su madre.
—¿Y no pueden repararlo?
—Lo están intentando. Es lo que han hecho siempre. Pero como las tormentas de éter son
cada vez peores, siempre se les escapa algo.
—Por eso tu padre me presiona para que encuentre el Azul Perpetuo.
—Está desesperado. Y con motivo. Tenemos que salir de aquí. Es solo cuestión de tiempo.
—Le dedicó una sonrisa triste—. Y ahí es donde entras tú. Tú querías verlos, y yo te conté lo que
estaba ocurriendo en Ensoñación. Ahora tú tienes que ayudarme a mí cuando yo salga.
Ella lo observó atentamente.
—¿De verdad estás listo para dejarlo todo?
—¿Qué es «todo», Aria? —Clavó la vista en las butacas vacías—. ¿Quieres saber qué es lo
que dejo atrás? A un padre que me ignora, que ni siquiera confía en mí. A unos amigos a los que
no puedo ver. Y una cápsula que quedará en ruinas cuando descargue sobre ella la próxima
tormenta. ¿Crees que echaré de menos algo de todo eso? En realidad ya estoy fuera. —Aspiró
hondo, cerró los ojos y soltó el aire despacio. Para calmarse—. ¿Cerramos el trato o no?
Ya no se parecía en nada al Soren arrogante y controlador que ella recordaba. Aquella noche,
en Ag 6, los dos se habían transformado.
—Las cosas no son más fáciles aquí fuera.
—¿Eso significa que sí?
Aria asintió.
—Pero solo si cuidas de alguien hasta que salgas.
Soren quedó petrificado.
—¿De Caleb? Hecho. Aunque es un pedazo de…
—No me refería a Caleb.
Él parpadeó, sin dejar de mirarla.
—Entonces, ¿te refieres al sobrino del Salvaje? ¿Del forastero que me rompió la mandíbula?
—Lo hizo porque tú me estabas atacando —replicó ella—. No te olvides de ese detalle. Y si
lo que quieres es salir para vengarte, será mejor que lo pienses mejor. Perry te destruiría.
Soren levantó las manos.
—Tranquila, tigresa. Te lo pregunto por saberlo, nada más. O sea, que lo que quieres es que
haga de niñera del pequeño.
Ella negó con la cabeza.
—Asegúrate de que Garra esté a salvo… pase lo que pase. Y quiero verlo.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
Soren movió la mandíbula a un lado y a otro sin dejar de mirarla.
—Está bien —dijo—. Siento curiosidad. Vámonos a ver al pequeño salvaje.
Diez minutos después, Aria estaba sentada en el embarcadero y observaba cómo Garra le
enseñaba a tirar el sedal a Soren, que, atlético y competitivo, se tomaba en serio cualquier cosa
que pudiera aprenderse. A Garra no se le pasaba por alto. Mientras los veía charlar sobre
anzuelos y cebos, Aria se sintió de pronto optimista. No sabía por qué, pero aquellos dos
desterrados se llevaban bien.
Cuando los dejó y dio las órdenes para desconectarse del Ojo, Soren ya había pescado un
pez. Aria volvió a guardárselo en el macuto y despertó a Rugido.
Había llegado la hora de ir al encuentro de Visón.
21
Peregrino

UNA semana después del ataque, Perry despertó cuando todo estaba a oscuras. El silencio era
absoluto en la casa, sus hombres estaban echados en el suelo, dormidos los unos apoyados sobre
los otros. A través de las rendijas de los postigos se colaban las primeras luces del día.
Había soñado con Aria. Con aquella vez, hacía meses, en que ella lo había convencido para
que le cantara. Su voz, ronca y grave, había pronunciado las palabras de la Canción del Cazador,
mientras ella escuchaba acurrucada en sus brazos.
Perry se frotó los ojos con fuerza, hasta que dejó de ver su rostro y pasó a ver estrellitas.
Había sido tan ingenuo…
Se levantó y, pasando junto a Los Seis, se dirigió al altillo. Tallo no había regresado aún de
su viaje al recinto de Castaño y, como Perry temía, los Mareas empezaban a pasar hambre. Lo
notaba en el rostro de Sauce, más anguloso. Lo oía en las voces de Los Seis, más agudas e
imperiosas. A él se le había instalado un dolor constante en las entrañas, y el día anterior había
tenido que añadir un nuevo agujero al cinturón. Aunque todavía no la sentía, temía que la
debilidad no tardara en hacer acto de presencia.
Perry no podía dedicar más esfuerzo a unos campos que tal vez acabaran ardiendo. Entre el
exceso de caza y las tormentas de éter, conseguir venados y otras piezas se estaba convirtiendo
en una tarea prácticamente imposible. Así pues, más que nunca, dependían del mar, y casi
siempre conseguían llenar las cacerolas al concluir la jornada. Ya nadie se quejaba por el sabor
de la comida. El hambre había acabado con aquella costumbre.
Su posición junto a la costa suponía una ventaja que las demás tribus codiciaban. Todos los
días sus patrullas informaban de la presencia de bandas que merodeaban por los límites de su
territorio. Perry sabía que ya no podía contar con la ayuda de Castaño. Y tampoco podía esperar
a que descargara la siguiente tormenta de éter, a que se produjera el siguiente ataque. Tenía que
hacer algo.
Subió unos peldaños hasta que a la altura de sus ojos apareció el suelo del altillo. Tizón
estaba atravesado en el colchón, roncando débilmente. Había subido la noche del ataque,
aterrado, lloroso, y desde entonces no se había movido de allí. Tenía los ojos muy cerrados, y
una gota de baba escapaba de la comisura de sus labios. Apretaba con fuerza, entre los dedos, su
gorra negra de lana.
Perry se acordó de Garra al instante, aunque no sabía bien por qué. Suponía que Tizón era
unos cinco años mayor que su sobrino, y eran de temperamentos muy distintos. Perry había
compartido con Garra todos los días desde su nacimiento hasta que lo secuestraron. Lo había
sostenido en sus brazos y lo había visto quedarse dormido. Había asistido, día tras día, a su
crecimiento, al proceso que lo había llevado a convertirse en un niño amable y sensato.
De Tizón, en cambio, apenas sabía nada. El niño no había dicho palabra sobre su pasado, ni
sobre su poder. Cuando hablaba, era, con frecuencia, para criticar o replicar. Era reservado y
desconfiado, pero aun así Perry se sentía identificado con él. Tal vez no lo conociera, pero lo
comprendía.
Lo zarandeó con suavidad.
—Despierta. Necesito que vengas conmigo.
Tizón abrió los ojos al momento, y se bajó de la cama todavía adormecido, con movimientos
torpes.
Arrecife y Brizna también despertaron. Después lo hicieron Escondido y Escondite. Incluso
Rezagado abrió los ojos. Todos se miraron, hasta que Arrecife dijo:
—Yo también voy.
Y se puso en pie para seguir a Perry.
Menos mal, porque él había pensado pedirle que lo acompañara.
Desde el ataque, Los Seis se mostraban tan protectores con él como siempre. Perry se lo
permitía. Recogió su arco, que guardaba junto a la puerta principal, y al hacerlo se fijó en las
cicatrices de su mano, causadas por Tizón. Como todos los demás, él también era de carne y
hueso. Se quemaba y sangraba. Había sobrevivido al ataque y a la tormenta de éter, pero
¿cuántas veces lograría dar esquinazo a la muerte? Había momentos para el riesgo y momentos
para la cautela. A él siempre le costaba mucho decidirse entre ellos, pero empezaba a aprenderlo.
El éter se extendía por el cielo en oleadas azules, resplandecientes. Más espesas que nunca,
más incluso que en los inviernos más duros. Saldría el sol y el día se aclararía un poco, pero la
luz seguiría siendo azulada, pétrea.
Con Tizón y Arrecife, uno a cada lado, Perry enfiló el sendero que abandonaba el recinto en
dirección norte, pasando por un bosque incendiado que impregnó su nariz de ceniza fina e hizo
que Arrecife estornudara. Ninguno de los dos preguntó adónde los llevaba Perry, algo que él les
agradecía. Con cada nuevo paso, se le aceleraba el pulso.
Miró a Tizón, que estaba nervioso, su humor vibrante y verde. No habían hablado de lo que
había ocurrido durante el ataque. Perry se lo había estado llevando aparte unos minutos cada día
para enseñarle a disparar con arco. Al niño se le daba fatal, porque era impaciente y no se
concentraba, pero lo cierto era que lo intentaba. Y parecía haber intimado algo con Sauce, que,
supuestamente, le había salvado la vida. Últimamente se sentaban juntos en las cocinas, y hacía
unos días Perry los había encontrado en el sendero que conducía al puerto, y había visto que
Sauce llevaba la gorra de Tizón.
El camino se estrechaba a medida que se alejaba del recinto. Allí la tierra era irregular y
rocosa, lo que la hacía poco adecuada para el cultivo, aunque sí era buena para la caza (o lo había
sido, cuando él pasaba así sus días). Tras una hora de ruta, se desviaba hacia el oeste, y al poco
los llevó hasta un acantilado desde el que veía el mar. Abajo, las paredes morían en una pequeña
cala. Rocas negras de todos los tamaños sobresalían en la arena y en el agua.
Perry se volvió para mirar a Arrecife y a Tizón.
—Ahí abajo hay una cueva y quiero que la veáis.
Arrecife se echó las trenzas hacia atrás y lo miró con gesto inescrutable. Perry podría haber
buscado percibir su humor, pero decidió no hacerlo. Inició el descenso por la escarpada
pendiente, pasando por encima de piedras y arena apelmazada de la que brotaban penachos de
hierba. Había bajado hasta ahí cientos de veces acompañado de Rugido, Liv y Arroyo. En
aquella época, llegar hasta la cueva significaba para ellos la libertad. Una huida de las tareas
interminables del recinto, y de las estrecheces de la vida en la tribu. Ahora, en lugar de
impaciencia por llegar a su escondite, lo que sentía era que se dirigía a una trampa.
Inquieto, nervioso, se dio cuenta de que avanzaba demasiado deprisa, y tuvo que obligarse a
aminorar la marcha y a esperar a Tizón y a Arrecife, que en su avance provocaban pequeños
desprendimientos que caían sobre él.
Cuando llegaron a la arena sintió que le faltaba el aliento, pero no por el descenso. Las
pronunciadas paredes del acantilado se curvaban a su alrededor formando una herradura, y ya
sentía el peso de la roca en el interior de la cueva empujándolo hacia abajo. Las olas rompían en
la orilla, y a él le parecía que aquel vaivén atronaba en su pecho. No daba crédito a lo que estaba
haciendo. A lo que estaba a punto de decir… y de mostrarles.
—Por aquí.
Los condujo hasta una grieta estrecha que se abría en la superficie de la roca —la entrada a la
cueva—, y se coló por ella enseguida, para no darse tiempo a sí mismo de cambiar de opinión.
Tuvo que ponerse de perfil para entrar por el resquicio, y avanzar así hasta que el paso se
ensanchaba y se convertía, propiamente, en la cavidad principal. Una vez allí se irguió un poco y
respiró hondo, aspirando y espirando varias veces, convenciéndose de que las paredes no se
desplomarían sobre él. Que no lo aplastarían bajo toneladas de un peso desconocido.
El interior de la cueva oscura era frío y húmedo, pero él sentía que el sudor le resbalaba por
la espalda y el torso. Un olor acre le inundaba las fosas nasales, y un silencio atronador le
golpeaba los oídos. Tenía una opresión en el pecho que le recordaba a la que había sentido el día
de la tormenta de éter, cuando había estado sumergido bajo las olas. Aunque había estado allí
muchas veces, al principio siempre experimentaba la misma sensación.
Finalmente recobró el aliento y miró a su alrededor.
La luz del sol se filtraba a sus espaldas y le permitía abarcar la amplitud del espacio. Su
mirada se desplazó hasta una estalagmita que se alzaba a lo lejos: una formación parecida a una
medusa de cuerpo chorreante, medio deshecho. Desde donde se encontraba, se veía pequeña, y
parecía encontrarse a apenas cincuenta metros de allí, pero en realidad era muchas veces más alta
que él y se encontraba al doble de distancia. Lo sabía bien, pues le había disparado flechas desde
ese mismo punto. Arroyo y él lo habían hecho. Hacía un año habían estado en ese mismo sitio,
mientras Rugido daba saltos y gritaba, riéndose al escuchar el eco de su propia voz, y mientras
Liv iba de un lado a otro, explorando los brazos más lejanos de la cueva.
Arrecife y Tizón estaban a su lado, en silencio, con los ojos muy abiertos, observándolo todo
en la penumbra. Perry no sabía si lo veían todo tan bien como él.
Carraspeó. Había llegado el momento de dar explicaciones. De justificar algo que odiaba y
no quería admitir.
—Necesitamos un lugar al que ir si perdemos el recinto. No pienso vagar por las tierras
fronterizas con toda la tribu, en busca de alimento y de protección contra las tormentas de éter.
Esto es lo bastante grande para todos… hay túneles que conducen a otras cavernas. Y es
defendible. No se incendia. Desde la cala se puede pescar, y en el interior hay una fuente de agua
dulce.
Todo lo que decía le costaba un gran esfuerzo. Habría preferido no tener que pronunciar
aquellas palabras. No quería llevar a su gente bajo tierra, a ese lugar tan oscuro. Vivir como
criaturas fantasmales salidas de las profundidades marinas.
Arrecife lo observó un largo instante.
—Crees que las cosas se pondrán tan mal…
Perry asintió.
—Tú conoces las tierras fronterizas mejor que yo. ¿Crees que quiero llevar a Río y a Sauce
ahí fuera?
Intentó imaginarlo. Trescientas personas a la intemperie, bajo un cielo amenazador, rodeados
de incendios y de bandas de dispersados. Imaginó a los cuervajos —caníbales ataviados con
capas negras y máscaras de cuervo— rodeándolos como si fueran un rebaño, escogiéndolos uno
a uno. No. No permitiría que aquello ocurriera.
Tizón se agitó un poco mientras los observaba.
—Tenemos que estar preparados para lo peor —prosiguió Perry, y su voz reverberó en la
caverna. Se preguntaba cómo sonaría el eco de tantas voces ahí dentro.
Arrecife meneó la cabeza.
—No veo cómo vas a conseguirlo. Esto es… una cueva.
—Encontraré la manera.
—Esta no es una solución, Perry.
—Lo sé. —Era un último recurso. Confinarse allí sería como permanecer de pie en la proa de
un barco mientras se hundía. La respuesta debería llegarles con Rugido y Aria. Pero al menos de
ese modo ganarían tiempo mientras las aguas crecían.
—Yo llevé cadena una vez —dijo de pronto Arrecife—. Muy parecida a la tuya.
A Perry le sorprendió el comentario. ¿Arrecife había sido Señor de la Sangre? Nunca hasta
ese momento había dicho nada, aunque él debería haberlo supuesto. Arrecife siempre se
mostraba dispuesto a enseñarle, a impedir que fracasara.
—Fue hace años, en una época distinta a esta. Pero entiendo un poco a qué te enfrentas. Y
estoy contigo, Peregrino. Lo estaría aunque no te hubiera jurado fidelidad. Pero la tribu lo
superará.
Perry también lo sabía. Esa era la razón por la que se había hecho acompañar por Tizón.
—Déjanos solos un momento —le pidió a Arrecife.
Este asintió.
—Os espero fuera.
—¿He hecho algo mal? —preguntó Tizón cuando se quedaron solos.
—No.
Solo entonces el niño dejó de fruncir el ceño.
—Sé que no te gusta hablar de ti —dijo Perry—. Lo entiendo. Lo entiendo bastante bien, de
hecho. Y no te preguntaría nada si no tuviera que hacerlo. Pero tengo que hacerlo. —Se agitó un
poco, inquieto. No le gustaba nada presionarlo—. Tizón, necesito saber qué eres capaz de hacer
con el éter. ¿Puedes decirme qué puedo esperar de ti? ¿Sabes ahuyentarlo? Tengo que saber si
existe alguna alternativa… alguna manera, la que sea, de evitar esto.
Tizón permaneció inmóvil unos instantes. A continuación se quitó la gorra y se la metió por
debajo del cinturón. Avanzó unos pasos hacia el interior de la cueva, dio media vuelta y se
encaró hacia Perry. Las venas del cuello adoptaron el brillo del éter, que fue apoderándose de su
rostro como agua que serpenteara por un río seco. Sus manos cobraron vida. Sus ojos se
convirtieron en puntos de un azul brillante que resplandecían en la oscuridad.
Perry sintió el olor del éter en sus fosas nasales, y se le aceleró el corazón. Entonces, tan
gradualmente como se habían iluminado, las venas de Tizón regresaron a su estado anterior. El
olor punzante remitió, y allí de pie solo quedó el mismo niño de antes.
Volvió a ponerse la gorra, se la caló y se apartó de los ojos unos mechones de su pelo rubio.
Siguió callado, y observó a Perry unos instantes con ojos sinceros, directos, antes de abrir la boca
al fin.
—Aquí dentro me resulta difícil llegar a él —dijo—. No me es tan fácil llamarlo como
cuando estoy fuera, justo por debajo.
Perry se acercó más a él, con ganas de descubrir lo que llevaba meses preguntándose.
—¿Y qué se siente?
—Casi siempre, como ahora mismo, me siento vacío y cansado. Pero cuando lo llamo me
siento fuerte y ligero. Me siento como el fuego. Como si formara parte de todo. —Se rascó la
barbilla—. Solo puedo aguantarlo un poco, y después tengo que soltarlo. Lo único que sé hacer
es atraerlo hacia mí y después soltarlo. Pero no se me da muy bien. En el lugar del que vengo,
Rapsodia, había niños que lo hacían mejor que yo.
A Perry le dio un vuelco el corazón. Rapsodia era una cápsula que se encontraba a pocos
kilómetros de distancia, un poco más allá de Ensoñación.
—¡Eres residente!
Tizón negó con la cabeza.
—No lo sé. No recuerdo gran cosa de antes de salir de allí. Pero supongo… supongo que
podría serlo. Cuando te conocí en el bosque y tú estabas con Aria… No me pareció que la
odiaras. Por eso os seguí. Me pareció que tal vez también estuvieras bien conmigo.
—Y acertaste —dijo Perry.
—Sí. —Tizón sonrió, un destello en la penumbra que se apagó deprisa.
A Perry le bullían cientos de preguntas en la mente sobre cómo aquel niño había escapado de
Rapsodia. Sobre los otros niños que eran como él. Pero sabía que debía avanzar con cautela.
Sabía que debía dejar que fuera Tizón quien se acercara a él.
—Si pudiera ayudarte con el éter, lo haría —dijo de pronto, en un tono sincero—. Pero no
puedo, no puedo…
—¿Porque después te sientes débil? —le preguntó Perry, recordando que el niño había
sufrido mucho tras su encuentro con los cuervajos. Al invocar el éter, Tizón había destruido a la
banda de criminales. Le había salvado la vida a Perry, y también a Rugido y Aria, pero aquella
acción lo había dejado frío como el témpano, y exhausto hasta el punto de perder la conciencia.
Tizón miró hacia la entrada, como si le preocupara que Arrecife estuviera ahí.
—No te preocupes —dijo Perry. Podía confiarle sus secretos a Arrecife, seguramente, el olor
del niño ya debía de haberlo puesto en alerta, pero él sabía que Tizón solo se sentiría cómodo
con él—. Arrecife está fuera, y no se moverá de ahí. Solo estamos nosotros.
Más tranquilo, Tizón asintió y replicó:
—Cada vez que lo hago, después me siento peor. Es como si el éter se llevara una parte de
mí. Siento que casi no puedo respirar, me duele mucho. Un día se lo llevará todo, lo sé. —Con
gesto rápido y disgustado, se secó una lágrima que resbalaba por su mejilla—. Es todo lo que
tengo —añadió—. Es lo único que sé hacer, y me da miedo hacerlo.
Perry soltó el aire despacio, asimilando toda aquella información. Cada vez que Tizón usaba
su poder, ponía su vida en peligro. No podía pedirle tanto. Una cosa era que él pusiera en peligro
su vida, y otra que decidiera arriesgar la de un niño inocente. Eso jamás.
—¿Y si no lo usas te sientes bien?
Tizón asintió, bajando la vista.
—Entonces no lo hagas. No invoques el éter. Bajo ningún concepto.
Tizón lo miró.
—¿Significa eso que no estás enfadado conmigo?
—¿Por no poder salvar a los Mareas para mí? —Perry negó con la cabeza—. No. En
absoluto, Tizón. Pero es que además te equivocas en otras cosas: el éter no es lo único que tienes.
Ahora formas parte de esta tribu, y no eres distinto a los demás. Y me tienes a mí. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió él niño, obligándose a sonreír—. Gracias.
Perry le dio una palmada en el hombro.
—Tal vez algún día podrías prestarme tu gorra, si a Sauce no le importa.
Tizón resopló.
—Eso fue… eso no fue…
Perry se echó a reír. Sabía exactamente lo que era.

•••
Brizna vino corriendo hacia ellos por el camino cuando regresaban al recinto.
—Tallo ha vuelto —dijo, sin aliento—. Y ha traído a Castaño.
¿Castaño estaba ahí? Aquello no tenía sentido. Perry había enviado a Tallo en busca de
provisiones. No esperaba que su amigo se las trajera personalmente.
Al llegar a la explanada vio a un grupo de unas treinta personas de aspecto cansado y sucio.
Molly y Sauce les ofrecían agua, y Tallo se encontraba junto a ellos y miraba con gesto de
preocupación.
Perry le apretó la mano.
—Me alegro de que estés de vuelta.
—Me los encontré cuando iba de camino —dijo—. Y me los he traído conmigo. Sabía que es
lo que tú habrías querido.
Perry se fijó en los recién llegados y le costó reconocer a Castaño. Parecía otro. El polvo
cubría su chaqueta entallada, y la camisa de seda de color crudo estaba arrugada y manchada de
sudor. Su pelo, rubio y por lo general impecable, se veía despeinado y oscurecido por la grasa y
la suciedad. Tenía el rostro curtido por el viento, y había perdido sus formas redondeadas. Era
una cara ajada.
—Nos vencieron —le explicó Castaño—. Eran miles. —Aspiró hondo, reprimiendo la
emoción—. Eran demasiados.
A Perry le dio un vuelco el corazón.
—¿Eran cuervajos?
Castaño negó con la cabeza.
—No, eran las tribus de la Rosa y de la Noche. Asaltaron Delfos.
Perry observó a la gente que venía con él. Hombres y mujeres que permanecían muy juntos.
La mitad de ellos eran niños, tan cansados que apenas se sostenían en pie.
—¿Y los demás? —Castaño había gobernado a un grupo de centenares de personas.
—A algunos los han obligado a quedarse. Otros lo han escogido. No les culpo. Yo partí con
el doble de personas, pero muchos regresaron. No hemos comido…
Los ojos azules de Castaño se llenaron de lágrimas. Se sacó un pañuelo del bolsillo. Lo
llevaba perfectamente doblado, pero la tela estaba tan arrugada y sucia como el resto de su ropa.
Frunció el ceño al verlo, como si le sorprendiera verlo manchado, y volvió a guardárselo.
Los demás los observaban en silencio. Tenían la expresión apagada, el humor amortiguado e
inerte. Perry fue consciente de que a los Mareas podía ocurrirles lo mismo si perdían el recinto y
se veían obligados a vagar por las tierras fronterizas. Sus dudas sobre la cueva empezaban a
disiparse.
—No tenemos otro sitio adónde ir —se justificó Castaño.
—Ni tenéis que ir a ninguna otra parte. Podéis quedaros aquí.
—¿Los acogemos? —preguntó Brizna—. ¿Y cómo vamos a alimentarlos?
—Los alimentaremos —replicó Perry, aunque no sabía cómo iban a hacerlo. Apenas disponía
de alimento para los Mareas. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? No podía echar a Castaño.
»Búscales sitio —le pidió a Arrecife.
Él se llevó a Castaño a su casa. Una vez allí, el humor del recién llegado fue haciéndose cada
vez más profundo, convirtiéndose en algo inmenso, hasta que finalmente se echó a llorar. Perry
estaba sentado junto a él, a la mesa, profundamente conmovido también. En Delfos, Castaño
tenía camas mullidas y los mejores alimentos siempre que quería. Tenía un muro a su alrededor,
con arqueros montando guardia día y noche. Y lo había perdido todo.
Más tarde, mientras cenaban —una sopa de pescado aguada—, Perry, que estaba sentado
junto a Castaño en la mesa alta, se dedicó a contemplar el salón. Los Mareas no querían saber
nada de la gente de su amigo. Se habían sentado en mesas separadas, y miraban con recelo a los
recién llegados. Perry apenas reconocía ya a su tribu. Había gente que se iba y gente que llegaba.
Y ambas cosas perturbaban a los Mareas.
—Gracias —le dijo Castaño en voz baja, consciente de la presión que había impuesto a Perry
con su llegada.
—No me las des. Mañana os pondré a trabajar a todos.
Castaño asintió, y sus ojos azules centellearon, bañados en una curiosidad que Perry
recordaba bien.
—Claro, pídenos lo que quieras.
22
Aria

NO sabía bien qué esperaba encontrar cuando llegara a Los Cuernos, pero desde luego no era
eso. Contempló su emplazamiento con una mezcla de admiración y temor cuando Rugido y ella
los tuvieron delante, desde un camino agrícola. Había imaginado que Cornisa sería un recinto,
como el de los Mareas. Pero aquello era mucho más.
El camino los conducía por un valle mucho mayor que el de los Mareas. Las tierras de
cultivo ascendían por las laderas que se alzaban hasta picos altísimos, cubiertos de nieve. Aquí y
allí se apreciaban las cicatrices plateadas causadas por el éter. Visón se enfrentaba a los mismos
desafíos que Perry en cuanto a la obtención de alimentos. Darse cuenta de ello proporcionó a
Aria una perversa satisfacción.
A lo lejos se divisaba la ciudad: un conjunto de torres de distintas alturas acurrucadas junto a
la pronunciada ladera de una montaña. Balcones y pasarelas las conectaban creando una red
caótica, que daba a Cornisa un aspecto de dispersión y a la vez de amontonamiento, y que
recordaba a un arrecife de coral. Una estructura se alzaba por encima de las demás, con su tejado
apuntado semejante a una lanza. El río Serpiente pasaba cerca de la ciudad, proporcionándole
una especie de foso natural, y junto a sus orillas se extendían construcciones y casas de menor
tamaño.
Las corrientes de éter recorrían veloces y brillantes el cielo de la mañana, y potenciaban el
aspecto severo de Cornisa. La tormenta de la que llevaban tiempo huyendo los había seguido
hasta allí.
Aria arqueó una ceja.
—No es como el recinto de los Mareas, ¿verdad?
Rugido negó con la cabeza, con los ojos fijos en la ciudad.
—No, no lo es.
A medida que se acercaban a la ciudad, el camino se iba llenando de personas que iban y
venían cargando bolsas y carritos. Se fijó en que los Marcados llevaban unas ropas especiales
que dejaban sus brazos al descubierto y permitían que los sentidos en los que destacaban fueran
conocidos por los demás, chalecos para los hombres, y unas blusas con ranuras en las mangas
para las mujeres. Aria se pasó la mano sobre su camisa, visualizó su marca mal terminada bajo la
suya y sintió que la adrenalina circulaba por sus venas.
Rugido se acercó más a ella cuando llegaron a un ancho puente empedrado y se unieron a los
demás caminantes. A oídos de Aria llegaban fragmentos de conversaciones.
—… hace unos días hubo tormenta…
—… a buscar a tu hermano y dile que vuelva a casa ya…
—… la cosecha ha sido peor que el año pasado…
El puente los condujo a unas calles estrechas flanqueadas por casas de piedra de varias
plantas de altura. Aria iba delante, y siguió por la vía principal, sombreada como un túnel, llena
de gentes cuyas voces reverberaban en las piedras. Las cloacas estaban llenas de desperdicios, y
hasta su nariz llegaba un olor fétido. Cornisa era grande, pero ella no había tardado mucho en
darse cuenta de que no era tan moderna como el recinto de Castaño.
Las calles ascendían y serpenteaban para morir abruptamente junto a la torre. Unos inmensos
portones de madera daban acceso a una cámara de piedra iluminada por la luz de unas antorchas.
Los guardias, vestidos con uniformes negros en los que había bordados unos cuernos de ciervo
rojos, controlaban el movimiento de personas que accedían a ella.
Cuando Rugido y ella se acercaron, un guardia corpulento de barba negra y muy poblada les
impidió el paso.
—¿A qué venís?
—Venimos de la tribu de los Mareas para ver a Visón —dijo ella.
—Quedaos aquí.
El guardia desapareció en el interior del edificio.
La espera se les hizo eterna, pero al fin se presentó otro guardia que dedicó a Rugido una
mirada severa.
—¿Tú eres Marcado? —le preguntó.
Llevaba el pelo cortado a cepillo, casi rapado, y su gesto era de impaciencia. Los cuernos de
ciervo, en su caso, los llevaba bordados en el pecho con hilos plateados.
Rugido asintió.
—Soy audil.
El uniformado la miró entonces a ella, y su impaciencia se esfumó.
—¿Y tú?
—Yo no soy marcada —respondió. Era cierto, en parte. No estaba marcada de un lado.
El guardia arqueó ligeramente las cejas, y después le recorrió el cuerpo con la mirada,
deteniéndose en el cinturón.
—Un buen par de puñales —comentó en tono seductor, burlón.
—Gracias —dijo ella—. Los tengo siempre afilados.
Él le dedicó una sonrisa.
—Seguidme.
Aria intercambió una mirada con Rugido cuando entraban. Había llegado el momento. Ya no
había marcha atrás.
Una vez en el interior encontraron una pared que olía débilmente a moho y a vino rancio.
Hacía frío y el ambiente era húmedo. A pesar de que los postigos estaban abiertos de par en par,
y las lámparas, encendidas, el pasillo de piedra se veía fantasmal, oscuro. Un ligero murmullo de
voces llegaba a sus oídos, y crecía por momentos.
Rugido se colocó junto a ella, escrutando a todas las personas que veía en todas las
habitaciones por las que pasaban, con avidez en los ojos. Aria no podía imaginar cómo se sentía.
Tras tantos meses de búsqueda, al fin iba a poder ver a Liv.
Franquearon un amplio umbral y accedieron a un salón de dimensiones parecidas a las
cocinas del recinto de los Mareas, pero con techos altos y apuntados que recordaban a los de una
catedral gótica. En aquel momento los presentes estaban almorzando. Docenas de guardias se
agolpaban alrededor de las mesas, creando un mar rojo y negro que se extendía ante ella. Visón
mantenía cerca a su fuerza militar.
«Un golpe de suerte», pensó.
Le preocupaba que Visón pudiera olerle el humor. Tal vez, en medio de tanta gente, no
percibiera el miedo que se arremolinaba en su interior.
Vio que en la otra punta de la sala se alzaba una tarima en la que varios hombres y mujeres
estaban sentados por encima del resto. Ninguno de ellos llevaba cadena alguna que lo
identificara como Señor de la Sangre.
—Yo no lo veo —dijo el guardia—. Pero quizá tú sí. Tiene el pelo corto. Los ojos azules. Es
más o menos de mi altura. De hecho, de mi misma altura, exactamente.
Lo dijo en un tono jocoso que a Aria le heló la sangre. Miró al guardia —a Visón—, que
estaba justo a su lado.
Era mayor de lo que esperaba. Supuso que tendría algo más de treinta años. De altura y
complexión normales, y unos rasgos que eran refinados y bien proporcionados, aunque algo
anodinos. Lo habría considerado soso de no ser por la mirada de aquellos ojos del color del
acero. Aquella mirada —confiada, burlona, divertida—, le hacía pasar de insignificante a
atractivo.
Visón sonrió, sin duda complacido por la bromita que acababa de gastarle.
—Sé que sois de los Mareas, pero no me he quedado con vuestros nombres.
Ella carraspeó.
—Aria y Rugido.
—¿Dónde está Liv? —preguntó Rugido.
Visón se concentró entonces en él y entrecerró los ojos.
—Olivia ha hablado de ti.
Transcurrieron varios segundos. El bullicio del salón los engullía. A Aria, el corazón le latía
cada vez con más fuerza. Veía que el pecho de Visón subía y bajaba, que respiraba
profundamente y que, al hacerlo, olía la rabia contenida de Rugido. Sus celos. Un año entero de
preocupación por Liv.
—Este reencuentro va a ser sonado —dijo Visón al fin—. Ven. Ahora mismo te llevo a verla.
Salieron de la sala y regresaron a los pasadizos oscuros. Aria intentaba memorizar el camino,
pero las estancias estaban dispuestas en ángulos, doblaban esquinas, y después subieron un tramo
de escaleras estrechas y volvieron a girar. Había puertas y apliques en los muros, pero no
ventanas ni otras marcas que la ayudaran a recordar por dónde iban. La sensación de estar
atrapada se apoderó de ella, y se acordó del laberinto de un Reino que había visitado en una
ocasión. En su mente se formó la imagen de una mazmorra, y se le erizó el vello de la nuca.
¿Dónde tenía Visón metida a Liv?
—¿Cómo le va al joven Señor de la Sangre? —preguntó Visón volviendo la cabeza.
Ella no pudo ver su expresión, pero había hablado en tono ligero y despreocupado. Aria
intuyó que ya sabía que Perry había perdido a parte de su tribu. Así, más que querer obtener
información, con su pregunta parecía estar poniéndolos a prueba.
—Le va —respondió Rugido secamente.
En la penumbra, Visón soltó una carcajada discreta y atractiva.
—Por decirlo finamente. —Se detuvo al llegar a una pesada puerta de madera—. Ya
estamos.
Accedieron a un patio grande, enlosado, en el que una multitud gritaba y vitoreaba. A su
alrededor, el castillo —a Aria no se le ocurría otra palabra mejor para describir la laberíntica
fortaleza de Visón— se alzaba varias decenas de metros en la misma sucesión arbitraria de
balcones y pasarelas que había visto desde la distancia. La ladera imponente y gris de la montaña
se elevaba más aún, y compartía con el cielo la madeja turbia del éter.
Siguió a Visón hacia la multitud que se congregaba en el centro. El corazón le latía con
fuerza, y notaba que Rugido avanzaba a su lado. Por encima de los vítores oía los chasquidos del
acero al entrechocar. Los espectadores se apartaron cuando vieron a Visón, y se hicieron a un
lado para permitirle el paso. Aria adivinaba, más adelante, destellos de pelo rubio.
Y entonces la vio.
Liv blandía una espada corta y atacaba con ella a un soldado de su misma estatura, un metro
ochenta. Su pelo, oscuro y con mechones rubios, le llegaba a media espalda. Tenía los ojos
bastante separados, una mandíbula poderosa y pómulos prominentes. Llevaba unas botas de
cuero, unos pantalones ajustados y una camisa sin mangas que dejaba al descubierto sus
músculos definidos.
Era fuerte. Su rostro. Su cuerpo. Todo en ella lo era.
Su manera de luchar era todo fuerza, no existía la vacilación. Combatía como si con cada
movimiento estuviera lanzándose al mar. «Se parecen», le había comentado en una ocasión
Rugido en referencia a Perry y a Liv. Aria, ahora, entendía por qué.
Liv parecía sentirse a gusto y controlar la situación, y no tenía nada que ver con la imagen de
persona cautiva e indefensa que Rugido había temido encontrar. Aria lo miró y vio que estaba
lívido. Instintivamente, sintió el impulso de protegerlo.
Liv se agachó para esquivar un golpe alto y lateral de su oponente, pero con el impulso este
acabó golpeándole la cara con el antebrazo. Ella echó la cabeza a un lado. Se repuso al momento,
y aunque la mayoría, en su lugar, hubiera retrocedido, ella se acercó más a su rival, que,
asombrado, recibió un puñetazo en el vientre. Cuando estaba retorciéndose de dolor, Liv
aprovechó para, implacable, clavarle un codazo en la nuca, lo que lo hizo caer de rodillas.
Permaneció en esa posición tosiendo, tambaleándose por la fuerza de los golpes de su
contrincante.
Sonriendo, Liv le rozó el hombro con la punta del pie.
—Vamos, Loran, levántate. Es imposible que no puedas hacerlo mejor.
—No puedo. Me has roto una costilla. Estoy seguro. —El soldado alzó la cabeza y miró
hacia ellos—. Habla con ella, Visón. No muestra la menor compasión. Esta no es manera de
enseñar.
Visón se echó a reír, la misma risa suave y seductora que Aria había oído en los pasadizos.
—Te equivocas, Loran. Es la única manera de enseñar.
Liv se volvió y vio a Visón. Su sonrisa se ensanchó un instante. Pero entonces se percató de
la presencia de Rugido. Pasaron varios segundos, pero ella seguía sin moverse. No apartaba la
mirada. Sin parpadear, dio unos primeros pasos al frente, mientras envainaba la espada.
Mientras se acercaba a ellos, Aria no podía dejar de mirar a la chica de la que llevaba oyendo
hablar tantos meses. Una chica que dominaba el corazón de su mejor amigo. Una chica por cuyas
venas corría la misma sangre que por las de Perry.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó. El golpe que había recibido en la mejilla le había
dejado una marca roja, pero tenía el resto de la cara muy blanco. Estaba tan pálida como Rugido.
—Eso mismo podría preguntarte yo. —Rugido había respondido en tono frío, pero su voz
estaba tomada por la emoción, y tenía las venas del cuello muy hinchadas. Se notaba que hacía
grandes esfuerzos por controlarse.
Visón los miró a los dos y sonrió.
—Tus amigos han venido a la boda, Liv.
A Aria se le heló la sangre, y a su anfitrión no le pasó por alto su sorpresa.
—¿No lo sabíais? —preguntó, arqueando las cejas—. He enviado aviso a los Mareas. Habéis
llegado justo a tiempo. Liv y yo nos casaremos dentro de tres días.
«Casada». Liv iba a casarse. Aria no sabía por qué le extrañaba tanto. Ese era el trato que
habían sellado Valle y Visón: la mano de Liv a cambio de alimentos. Pero allí había algo que le
parecía muy mal.
Entonces se fijó en que Liv y Visón estaban muy juntos. En que estaban juntos.
Visón se acercó más a ella y le pasó el pulgar por la mejilla hinchada. La caricia fue
prolongada, y descendió por el cuello en gesto lento y sensual.
—Para entonces habrá adquirido un tono morado perfecto —añadió, pasándole un brazo por
la cintura—. Castigaría a Loran, pero ya lo has hecho tú por mí.
Liv no le quitaba la vista de encima a Rugido.
—No tenías por qué venir —dijo, aunque el significado real de sus palabras estaba más que
claro: no quería verlo ahí. Liv deseaba casarse con Visón.
Aria se sintió invadida por un sentimiento de rabia. Se mordió el labio inferior por dentro
hasta que le salió sangre. Rugido, junto a ella, parecía petrificado. Debía sacarlo de allí como
fuera.
—¿Hay algún lugar en el que podamos descansar? El viaje ha sido largo.
Liv parpadeó, y por primera vez se fijó en ella. Los miraba alternativamente, y su respiración
recobraba despacio el ritmo normal.
—¿Quién eres?
—Disculpad mis modales —intervino Visón—. Creía que ya os conocíais. Liv, esta es Aria.
—Con un movimiento de cabeza, llamó a uno de sus hombres—. Llévalos a las habitaciones de
invitados de mis aposentos —dijo, esbozando una amplia sonrisa—. Dispondré que nos preparen
una cena para los cuatro, más tarde. Esta noche estamos de celebración.

•••

La habitación de Aria era fría y austera: un simple camastro y una silla con un respaldo retorcido,
hecho con cuernos de ciervo. La única iluminación provenía de un ventanuco abierto en las
profundidades del muro de piedra.
A Rugido lo instalaron en el dormitorio contiguo, pero él la siguió hasta el suyo. Aria cerró la
puerta y lo abrazó. Tenía los músculos agarrotados, temblorosos.
—No lo entiendo. Liv permite que la toque.
Ella torció el gesto al oír el dolor que había en su voz.
—Lo sé. Y lo siento.
No sabía qué otra cosa decirle. Recordó la conversación que habían mantenido unos días
después de abandonar el recinto de los Mareas. En aquel momento ella todavía sentía los efectos
del veneno en su organismo, y le dolía mucho dejar solo a Perry. Rugido le había hablado de la
verdad. Él, en ese momento, acababa de perder una verdad, del mismo modo que ella había
perdido otra cuando supo que era medio forastera. Su vida se había apoyado en un pilar que de
pronto se había esfumado, y ella no había vuelto a encontrar el equilibrio, todavía. Nada de lo
que le dijera podría ayudarlo, por lo que se limitó a permanecer a su lado, abrazándolo, hasta que
él se sintió con fuerzas para quedarse solo.
Cuando Rugido se apartó, la ira que asomaba a sus ojos marrones la dejó helada. Le agarró la
mano. «Rugido, no le hagas nada a Visón. Seguro que ya se lo espera. No le des motivos para
que te haga daño».
Él no respondió nada. Por una vez en la vida, a Aria le habría gustado ser capaz de oírle los
pensamientos.
Rugido negó con la cabeza.
—No, mejor que no los oigas.
Se alejó de ella y se sentó apoyándose en la puerta.
Ella lo hizo en la cama, y recorrió el pequeño dormitorio con la mirada. No sabía qué hacer.
Durante las últimas dos semanas, su objetivo había sido llegar allí lo antes posible. Ahora ya
estaba allí, y se sentía atrapada.
Rugido levantó las rodillas y apoyó la cabeza en las manos. Tenía los antebrazos doblados, y
los dedos se la sujetaban con fuerza. En cuestión de horas cenarían con Liv y con Visón. ¿Cómo
sería tener delante a Perry y a otra chica? ¿Verle acariciarle la mejilla como Visón había
acariciado la de Liv? ¿Lo aguantaría Rugido? Cuando, durante el viaje, hacían planes, no se
habían planteado en ningún momento salir de allí sin Liv. Ni una sola vez había imaginado que
la hermana de Perry preferiría quedarse allí.
Aria se puso el macuto sobre las piernas y palpó el pequeño bulto dentro del forro. Antes,
había envuelto el Smarteye en un paño, y lo había cubierto todo con pinaza para camuflar el olor
a sintético, por si a Visón se le ocurría inspeccionar sus cosas. Oyó pasos de guardias que se
movían por los pasillos, y constató que su puerta no tenía cerradura. Mientras estuviera allí,
contactar con Hess —o con Soren— le resultaría casi imposible.
Rebuscó un poco más hasta que encontró la talla del halcón. Al sacarla, sintió una nostalgia
profunda, inmediata. Imaginó a Perry en la posición en que lo había visto la noche de las Marcas,
apoyado en la puerta del dormitorio de Valle, con los dedos metidos en el cinturón. Imaginó sus
caderas estrechas, sus hombros anchos, su cabeza algo ladeada. Absolutamente concentrado en
ella. Cada vez que Perry posaba sus ojos en Aria, ella se sentía «vista» por completo.
«Ya estamos aquí, pero todo es un lío, Perry. Tu hermana… de verdad que quería que me
cayera bien, pero no puedo. Lo siento, pero no puedo. Tal vez fuera un error partir sin ti. Tal vez,
si tú estuvieras aquí, podrías quitarle de la cabeza ese matrimonio con Visón, y ayudarnos a
nosotros a encontrar el Azul Perpetuo. Pero te prometo que encontraré la manera de solucionarlo
todo».
«Te echo de menos».
«Te echo de menos. Te echo de menos. Te echo de menos».
«Prepárate, porque cuando te vea, ya no te soltaré más».
23
Peregrino

H
— AZME caso, Peregrino —dijo Castaño. Maravillado, había echado el cuello hacia atrás
para admirar la altura y la amplitud de la caverna—. Menudo sitio.
Perry se lo había llevado hasta allí a primera hora de la mañana siguiente, y mientras
recorrían el camino le fue exponiendo la situación de los Mareas. En el descenso por el
acantilado, se agarraba al brazo de su amigo. Ahora intentaba respirar acompasadamente, y
seguir a Castaño, que se había adelantado y avanzaba hacia el interior de la cueva.
—No es ideal —dijo Perry, levantando un poco más la antorcha.
—Los ideales pertenecen a un mundo solo al alcance de los hombres sabios —le replicó
Castaño en voz baja.
—Pues tú lo eres.
Castaño lo miró y le sonrió con afecto.
—No, sabio era Sócrates. Pero tú también lo eres, Perry. Yo no tenía ningún plan si perdía
Delfos. Y ahora lo lamento mucho.
Quedaron en silencio. Perry sabía que Castaño pensaba en su casa y en la gente a la que
había perdido. Hacía meses, Perry había visto a Rugido y a Aria en su tejado, con sus puñales.
Allí la había besado por primera vez.
Perry carraspeó. Sus pensamientos lo estaban llevando a donde no quería ir.
—Quiero traer aquí a mi tribu antes de que nos echen. Deberíamos poder abandonar el
recinto según nuestras propias condiciones.
—Sí. —Coincidió Castaño—. Debemos empezar a prepararnos desde hoy mismo. Nos hará
falta agua potable, luz y ventilación. Una fuente de calor y lugar para almacenar alimentos. El
acceso es pequeño, pero podemos mejorarlo. Yo podría diseñar una polea para bajar los
suministros más pesados.
Castaño prosiguió con su lista. Perry lo escuchaba, y lentamente constataba que ese volvía a
ser el hombre al que él conocía: amable, meticuloso, brillante. No entendía que en algún
momento pudiera considerarse una carga para nadie.

•••
Cuando regresó al recinto, Perry convocó una reunión en las cocinas para exponer a la gente su
plan de trasladarlos a la cueva. Como esperaba, se mostraron vacilantes y reacios ante la noticia.
—No veo que podamos sobrevivir ahí mucho tiempo —comentó Oso. Tenía la cara muy
colorada, y la frente sudorosa. Perry no lo había visto nunca tan molesto—. Hemos sobrevivido
al éter durante los inviernos —prosiguió—. Es como si te temieras lo peor. Como si ya te
hubieras rendido.
—No es que me tema lo peor —replicó Perry—. Es que lo peor ya está ocurriendo. Si quieres
pruebas, sal y échale un vistazo al cielo, o a las hectáreas de tierra que se han quemado en el
último mes. Y no estamos en invierno. No vamos a ser capaces de resistirlo. Antes o después
tendremos que enfrentarnos a otra tribu, a otra tormenta que nos arrasará. Debemos dar nosotros
el primer paso, anticiparnos a lo que va a ocurrir. Debemos actuar mientras todavía podemos.
—Tú dijiste que nos llevarías al Azul Perpetuo —le reclamó Rowan.
—Lo haré cuando sepa dónde está —se defendió Perry.
Rowan meneó la cabeza, desesperado.
—¿Y si nos expulsan de la cueva?
—Entonces ya se me ocurrirá algo.
Tras una hora oyendo las mismas quejas, Perry dio por terminada la reunión. Ordenó a parte
de la fuerza de trabajo de Oso que ayudara a Castaño en la cueva. Después vio a Oso salir hecho
una furia de las cocinas, y al poco estas quedaron desiertas. Aturdido, Perry atravesó la
explanada y se dirigió a su casa. Necesitaba estar un momento a solas para pensar sobre su
decisión.
Se acercó a la ventana, donde reposaban las tallas de los halcones, y se apoyó en el alféizar.
Allí había siete figuras. Siete, alineadas en la misma dirección. Giró la del centro para que
quedara mirando hacia fuera. En tanto que Señor de la Sangre, ¿era su responsabilidad seguir la
voluntad de la mayoría? ¿O lo era guiarlos hacia lo que sabía —lo que creía— que era mejor
para ellos? Él había optado por esa segunda opción. Rezaba por haber acertado.

•••
Pasó el resto de la tarde ayudando en la cueva. Castaño era una persona organizada, eficiente,
que sabía abordar proyectos de envergadura. Oso no se presentó, pero la gente a la que Perry
había escogido para que trabajara con Castaño encajó enseguida con él. Durante el trayecto de
regreso al recinto, que duraba una hora, Perry se lo comentó a su amigo.
—Si han colaborado conmigo es porque tú lo has hecho antes. Tú eres quien les ha mostrado
el camino. Tú llevas la voz cantante en todo lo que haces, Peregrino.
La conversación se centró entonces en las personas que habían servido a Castaño en Delfos.
Pizarra y Rosa habían sido hechos prisioneros. Si Perry y Marrón lograban encontrar la manera
de llevarlos, a ellos y a otros, con los Mareas, lo harían. Siguieron conversando hasta que Perry
vio que Arrecife iba corriendo hacia él por el camino, cerca ya del recinto.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Arrecife se rascó la barbilla. Parecía hacer esfuerzos por no sonreír.
—Espera a ver quién acaba de aparecer —dijo cuando llegó junto a ellos.
Perry recorrió la explanada con la vista al entrar en el recinto. Una chica con el pelo de color
cobrizo estaba de pie junto al acceso oriental. Con las últimas luces del día, vio que una caravana
de carros se extendía tras ella. Perry calculó que, sumando las personas que venían a pie y a
caballo, debían de ser unas cuarenta. Tenían aspecto de guerreros: parecían fuertes e iban
armados.
—Es la segunda mitad del pago de Visón por su matrimonio con Liv —informó Arrecife, que
seguía a su lado.
Brizna fue hasta ellos corriendo, y les habló en un tono agudo que era casi una risa.
—¡Perry! ¡Mira cuánta comida!
Sin dejar de avanzar, Perry desplazó la mirada hasta la caravana. Incrédulo, contó ocho
carros tirados por caballos, y diez cabezas de ganado. Oyó el balido de unas cabras. Una ráfaga
de viento le llevó el olor a hierbas aromáticas, a pollo, a cereales. Sintió que se le hacía la boca
agua, y solo entonces fue consciente de la punzada de un hambre contra la que se había
acostumbrado a combatir.
—Soy Kirra —se presentó la joven pelirroja—. Y estoy segura de que te alegras de verme.
Visón te envía un mensaje. Le complace cumplir con el acuerdo que selló con Valle para obtener
la mano de Olivia y casarse con ella, a pesar de no estar obligado a hacerlo. Esto último no me lo
dijo, pero debería haberlo hecho.
Perry apenas la escuchaba. El corazón le latía cada vez con más fuerza a medida que
constataba que todo lo que veía era para los Mareas.
Marrón apareció a su lado. Tenía las mejillas coloradas por la emoción.
—Dios mío, Peregrino, esto nos ayudará mucho.
Oso y Molly aparecieron entonces con Sauce y el viejo Will. Otros más habían empezado a
abandonar las cocinas y formaban un corrillo. El aire se llenaba de humores alegres, de jirones de
colores vivos que reverberaban en los límites de su visión. El alivio era tan grande —el suyo, el
de su tribu—, que se le hizo un nudo en la garganta de la emoción.
La chica arqueó una ceja. Su mata de pelo rojo se agitó al viento y brilló como un fuego a la
luz del atardecer.
—Todavía estamos a tiempo de preparar algo de cena si descargamos las cosas ahora mismo.
Perry se fijó entonces en la marca que llevaba tatuada en el brazo. Parpadeó una vez, dos
veces, asimilando la información. Una escira. Era como él. La miró, sintiendo una mayor
curiosidad. Exceptuando a su hermana, no había conocido nunca a una mujer escira. El suyo era
el sentido menos frecuente. Y ese había sido uno de los motivos por el que habían tenido que
entregar a Liv a un matrimonio concertado.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Kirra. Ya te lo he dicho.
—Tienes razón, pero es que antes me ha pasado por alto.
La joven tenía un rostro rotundo, redondeado, que le daba un aspecto inocente que las curvas
de su cuerpo se encargaban de desmentir. Tampoco era de inocencia el brillo burlón de sus ojos.
A Perry le pareció que debía de ser unos años mayor que él, y el olor que desprendía era dulce y
algo fresco, y le recordó a las hojas de otoño.
—¿Has dicho que mi hermana se ha casado con Visón? —le preguntó.
—Estoy segura de que a estas alturas así habrá sido.
Perry se volvió hacia los carros. Liv siempre había sido «suya». Por ser el hermano mayor,
Valle siempre había sido educado por su padre para convertirse en Señor de la Sangre. Pero Liv
y él siempre habían hecho lo que habían querido. Perry no daba crédito. Ahora ella pertenecía a
otro. Liv, la de risa fácil, la que se enfadaba enseguida pero perdonaba deprisa. Liv, la que no
hacía nada a medias, la que llegaba hasta el final en todo, se había casado.
Por más que creía que su hermana debía cumplir con su deber para con los Mareas casándose
con Visón, en realidad nunca creyó que aquel matrimonio llegara a celebrarse. Su hermana había
sido siempre impredecible, pero aquella era la mayor sorpresa que le tenía preparada. Había
huido, había desaparecido, y al final había acabado haciendo lo que le habían pedido que hiciera
desde el principio.
Entonces pensó en Rugido y se le formó un nudo en la boca del estómago. ¿Cómo
reaccionaría cuando lo descubriera?
—¿Y bien? —dijo Kirra, sacándolo de sus pensamientos—. Se hace tarde. ¿Descargamos o
no?
Perry se pasó una mano por la mandíbula y asintió.
Ya estaba. Liv se había casado. Y él ya no podía cambiarlo.
24
Aria

AQUELLA noche condujeron a Aria y a Rugido a un espacioso comedor. La luz de las velas y
la cubertería de plata brillaban sobre la mesa. Había un jarrón en el centro, y de él sobresalían
unas zarzas retorcidas que proyectaban sombras puntiagudas en el techo. A un lado de la
estancia, unas puertas acristaladas daban a un balcón. Unas cortinas de color óxido ondeaban al
viento, y dejaban entrever retazos de cielo ondulante, impregnado de éter.
Rugido observó aquel espacio.
—¿Dónde está Liv? —preguntó al entrar.
Visón se levantó. Ahora sí llevaba su cadena de Señor de la Sangre, un collar magnífico
salpicado de zafiros que centellaban contra su camisa, de un tono gris oscuro. Aquella cadena lo
transformaba, potenciaba sus ojos azules y el aplomo de su sonrisa. Aria no entendía que antes
hubiera podido parecerle una persona anodina. Se veía a gusto con su cadena. Cómodo con el
poder que ejercía. Ella se dio cuenta de que nunca había pensado lo mismo en el caso de Perry.
—Liv llega tarde —respondió Visón—. Parece que quiere hacerme esperar.
—Tal vez te está evitando —dijo Rugido.
Visón sonrió fugazmente.
—Me alegro de que estéis aquí. A Liv le hará bien tener un amigo de la infancia en su boda.
—¿Ella te contó que éramos amigos? —preguntó Rugido, esbozando una sonrisa que parecía
no poder evitar.
Visón respondió con voz sosegada, pero con crueldad en la mirada.
—Liv me contó lo que erais. Pero me dijo que eso es lo que sois ahora.
Una ráfaga de viento se coló en el comedor, levantó un pico del mantel y volcó una copa de
peltre, que cayó al suelo de piedra con estrépito. Ni Visón ni Rugido se inmutaron.
Aria se interpuso entre ellos.
—Parece que pronto habrá tormenta —dijo, dirigiéndose al balcón. Su intento por cambiar de
tema fue demasiado descarado, pero funcionó. Visón se fue tras ella.
El viento le levantó el pelo de los hombros cuando pasó entre las cortinas. Se acercó al
murito bajo de piedra que rodeaba la terraza, y se rodeó el cuerpo con los brazos para protegerse
del frío. El exterior árido de la fortaleza caía a pico varias plantas hasta el río Serpiente, que
pasaba justo por debajo. La luz del éter brillaba en su superficie oscura.
Sable se plantó junto a ella.
—Desde lejos se ve bonito, ¿verdad? —le preguntó, contemplando el éter. Sus remolinos
adoptaban formas redondeadas, espirales. Pronto descenderían los torbellinos—. Es muy distinto
cuando uno está justo debajo. —La miró—. ¿Has vivido alguna vez el azote de una tormenta?
—Sí.
—Ya me parecía a mí. He olido tu miedo, pero, claro, podía equivocarme. Tal vez temas
alguna otra cosa. ¿Te dan miedo las alturas, Aria? La caída desde aquí es considerable.
Aria sintió un escalofrío, pero respondió con voz sosegada.
—No, no tengo problema con las alturas.
Visón sonrió.
—No me sorprende. ¿Dices que vienes del recinto de los Mareas?
La estaba acosando con preguntas. Para oler sus humores y encontrar sus puntos débiles.
—De ahí vengo, sí.
—Pero no conocías a Liv.
—No.
Volvió a observarla, más intensamente, en silencio. Ella notaba que le daba vueltas a las
cosas en su mente, que su curiosidad sobre ella crecía. Cuando pensaba que ya no podría
soportarlo más, oyeron la voz de Liv, y Visón se desconcentró y se agitó un poco, pero no entró a
recibirla.
—¿Dónde está Visón? —le preguntó Liv a Rugido.
Aria la vio entre una abertura de las cortinas. Parecía una persona distinta de la chica a la que
había conocido horas antes. Llevaba un vestido-túnica de inspiración griega de color teja que
realzaba sus tonos rojizos. De su cintura colgaba un cordón verde, y se había recogido la gruesa
mata de pelo rubio por encima de los hombros.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó Rugido.
—No sabía qué cinturón ponerme —respondió Liv, frívola.
—No me refería al vestido.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué vas a…?
—Rugido, ya basta —le cortó secamente antes de dirigirse a la mesa y tomar asiento.
Él la siguió y se sentó muy pegado a ella.
—¿Vas a ignorarme? ¿Vas a actuar como si no existiera nada entre nosotros? —Bajó la voz,
pero Aria siguió oyendo todo lo que decía. El comedor, forrado de piedra, era como un escenario
que amplificara los sonidos y los proyectara hacia el exterior, donde Visón y ella lo observaban
todo, a oscuras. Ella no sabía si él también podía oírlos.
»Olivia —susurró Rugido con impaciencia en la voz, apasionadamente—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
—Esperar a que traigan la cena —respondió ella mirando al frente—. Y a Visón.
Rugido masculló una maldición y se apartó de ella como si alguien lo hubiera empujado.
Visón, junto a Aria, se rio en voz baja.
—¿Entramos? —le propuso, tomando la iniciativa. Se dirigió hacia Liv y le besó los labios.
»Estás preciosa —le susurró, antes de incorporarse.
Liv se sonrojó.
—Me avergüenzas.
—¿Por qué? —preguntó Visón, sentándose a su lado. Observó a Rugido con expresión
divertida—. Dudo que aquí alguien discrepe.
A Aria se le revolvieron las tripas. Rugido parecía a punto de dar un salto y destrozar a su
anfitrión. Con el pulso acelerado, miró a los guardias que flanqueaban la puerta. Los dos
hombres la miraron fijamente a los ojos. Lo observaban todo.
Cuando Rugido se sentó a su lado, ella le rozó el brazo con el suyo y le envió una rápida
advertencia: «Rugido, quédate conmigo. Estate tranquilo, por favor».
Frente a ellos, Visón y Liv captaron el gesto. En aquella estancia no había secretos. Los
susurros eran audibles. Los cambios más mínimos en las emociones eran olidos.
Los ojos verdes de Liv se oscurecieron de pronto. ¿Serían celos? ¿Cómo podía atreverse a
sentirlos? Estaba a punto de casarse con Visón. No tenía ningún derecho a sentirse posesiva con
Rugido.
Unos sirvientes les trajeron bandejas con jamón asado y verduras. Aria se sentía a la vez
hambrienta y asqueada. Tomó un pedazo de pan.
Comieron en un silencio incómodo durante unos momentos. Aria no dejaba de mirar la mano
de Rugido con la que, a su lado, sostenía el cuchillo. Él y Liv no se miraban a los ojos. Visón lo
observaba todo.
—¿Se puso contento Perry al recibir los alimentos que le enviamos? —preguntó Liv
finalmente.
—¿La otra mitad del pago? —preguntó Rugido sin ocultar su sorpresa.
—Se llama «dote» —intervino Liv secamente—. Tú la enviaste, ¿verdad, Visón?
—El día en que prometí hacerlo —respondió él—. Los Mareas la han recibido, estoy seguro.
Debió de llegar después de que tus amigos partieran. También envié a cuarenta de mis mejores
guerreros. Se quedarán allí y ayudarán a tu hermano en lo que necesite.
Liv lo miró.
—¿En serio?
Visón sonrió.
—Sé que te preocupas por él.
Aria sintió que se esfumaba el último rastro de esperanza para Rugido. El trato estaba
sellado. Liv pertenecía a Visón. Ahora ya solo quedaba la ceremonia del matrimonio, que, de
hecho, parecía una mera formalidad.
—¿Perry me envía algún mensaje? —preguntó Liv.
Rugido negó con la cabeza.
—Debimos salir deprisa, y no tuvo ocasión. Aun así, dudo de que te hubiera dicho nada.
—¿Por qué? —preguntó Liv—. ¿Ha perdido la lengua?
—Se culpa por lo que le ocurrió a Valle.
Ella resopló, indignada.
—Ya sé lo que hizo Valle. Ya sé quién era mi hermano. ¿Tan difícil es enviar un mensaje?
—Esa es una buena pregunta —le cortó Rugido—. ¿Tan difícil es enviar un mensaje? Perry
no ha sabido nada de ti desde hace un año. Tal vez teme haberte perdido. Tal vez cree que ya no
te importa. ¿Te importa tu hermano, Liv?
Ella y Rugido se quedaron mirándose fijamente, sin parpadear. Era evidente que ya no
estaban hablando de Perry. Aria sintió que Visón y ella desaparecían del comedor.
—Pues claro que le quiero —dijo Liv al fin—. Es mi hermano. Haría cualquier cosa por él.
—Conmovedor, Liv. —Rugido se echó un poco hacia atrás y se levantó de la mesa—. Estoy
seguro de que a Perry le alegrará oírlo.
Salió de la estancia con pasos amortiguados.
Sola con Liv y Visón, Aria se sintió de pronto como una intrusa. El viento había apagado las
velas que ardían en un extremo de la mesa. A aquella luz más tenue, el vestido de Olivia parecía
más frío, como de arcilla roja. Todo tenía un aspecto grisáceo y gélido.
—Haré que traigan a tu hermano hasta aquí —declaró Visón, tomando a Liv de la mano—.
Podemos posponer la boda hasta entonces. Dime qué quieres, y lo haré.
Liv le dedicó una sonrisa vacilante, fugaz.
—Lo siento… no tengo hambre —dijo, y abandonó el comedor.
Aria supuso que Visón la seguiría, pero no lo hizo. Escogió un higo de una bandeja y se lo
comió, mirándola fijamente mientras lo hacía.
—Ahora ya sé por qué está aquí Rugido —dijo—. ¿Y tú? ¿Por qué has venido?
Pronunció aquellas preguntas casi con desinterés, pero la expresión de sus ojos era
penetrante. Aria miró hacia la puerta, calculando la distancia. El instinto le decía que debía salir
de allí ya mismo.
Visón alargó la mano y le agarró la muñeca. Con la mano que le quedaba libre, ella cogió un
cuchillo de la mesa. Lo sostuvo con el filo hacia abajo, dispuesta a cortarle el cuello con él. Un
solo corte mortal. A alguien como él, la muerte solo podía causársela un único golpe. Pero no.
No le convenía. Aria necesitaba que hablara.
Visón sonrió y meneó ligeramente la cabeza. Sus ojos eran de un azul tan pálido como el
hielo en su centro, y se oscurecía en los bordes.
—Eso no te hará falta. No pienso hacerte daño a menos que me des motivos.
Subió la mano por su brazo y le levantó la manga. Le pasó el pulgar por la piel, firme y
lentamente, como estudiando la marca fallida y sin terminar. Un escalofrío recorrió la espalda de
Aria al notar su tacto tan frío.
Visón le clavó aún más la mirada.
—Eres todo un misterio, ¿verdad?
Aria tenía un nudo en la garganta que le impedía respirar. Los sonidos se agudizaban. El
chasquido de las cortinas, movidas por el viento, el rumor del río Serpiente. Pasos que se
acercaban en la sala. ¿Captaba él su desarrollado sentido del oído? ¿Su vida en Ensoñación y
todas las otras cosas que ocultaba?
Llegó un guardia de pelo rubio, lacio.
—La tormenta se acerca. Ya ha llegado al Collado de la Frontera.
Visón no le hizo el menor caso.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó en voz baja, amenazadora.
Ella no pudo mentirle. No pudo.
—El Azul Perpetuo.
Visón la soltó, soltó despacio el aire y se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo.
—Y yo que creía que eras única —se limitó a decir. Y, acto seguido, se levantó de la silla y
abandonó la estancia.
Aria permaneció allí unos minutos más, incapaz de moverse. Hacía meses que no sentía asco
por que alguien la tocara, desde que había sido expulsada de Ensoñación. Sintió el brazo
dolorido. Visón se lo había apretado con más fuerza de la que ella había notado en un principio.
Finalmente, dejó el cuchillo sobre la mesa, junto al plato vacío, y retiró la mano con los dedos
doloridos por haberlo sujetado durante tanto tiempo.
Y ahora, ¿qué? Visón desconfiaba de ella. No pararía hasta descubrir quién era en realidad.
Su vida estaba en peligro. Su misión estaba en peligro. Aspiró hondo y se puso en pie. No se
permitiría un fracaso.
Pasó entre los guardias que flanqueaban la puerta y regresó a su dormitorio. Se fijó en que
había soldados apostados en distintos puntos de vigilancia, y más guardias recorriendo los
pasillos. Moverse sin ser vista sería difícil, pero no imposible. Se quedó helada al oír la voz de
Visón. Sonaba cerca, pero no estaba del todo segura. En aquellos corredores laberínticos, los
sonidos rebotaban de maneras extrañas. El corazón empezó a latirle con más fuerza cuando oyó
que ordenaba que evacuaran las afueras de Cornisa. Tal vez la tormenta lo animara a hablarle al
fin del Azul Perpetuo.
«Más tarde», se dijo a sí misma. Más tarde saldría a escondidas a averiguar lo que pudiera.
No le sorprendió encontrar a alguien esperándola cuando entró en su aposento. Pero sí le
asombró constatar que no se trataba de Rugido, sino de Liv.
25
Peregrino

AQUELLA noche, Perry se sentó a la mesa alta, impresionado cada vez que veía los alimentos
que asaban ante él. Jamón servido con unas uvas pasas doradas como el sol. Pan de nueces con
queso de cabra. Zanahorias guisadas con miel y mantequilla. Fresas. Cerezas. Una bandeja con
seis clases de queso. Vino o Luster para quienes lo quisieran. Los aromas inundaban las cocinas.
Al día siguiente la tribu regresaría al racionamiento, pero esa noche se darían un festín.
Él comió hasta que los calambres del hambre se convirtieron en el dolor de una barriga llena.
Cada bocado le recordaba el sacrificio que Liv había aceptado por el bien de los Mareas. Al
terminar, se apoyó en el respaldo y observó a la gente que lo rodeaba: Castaño untaba una
rebanada de pan con mantequilla con la misma precisión con que lo hacía todo. Oso atacaba la
montaña de comida que tenía delante, mientras Molly mecía a Río en sus rodillas. Escondido y
Tallo competían por obtener la atención de Arroyo, y Brizna apenas conseguía introducir alguna
palabra en su conversación.
Hacía tan solo unas horas él se encontraba en el mismo lugar y los oía a todos quejarse y
manifestarle su enfado.
Al otro lado de la mesa, Sauce le dio un codazo a Tizón.
—Mira, no hay ni un solo pedazo de pescado en todo el comedor.
—Gracias al cielo —replicó el niño—. Creía que me iban a salir agallas.
Sauce se echó a reír. Perry, al ver que a Tizón se le ponían coloradas las orejas bajo la gorra,
no pudo reprimir una risotada.
En el otro extremo del salón, Kirra cenaba con su gente. Se trataba de un grupo bullanguero
con tendencia a la gesticulación exagerada. Todos parecían tener risas explosivas. Pero los ojos
de Perry regresaban una y otra vez a Kirra. Habían quedado en reunirse más tarde, para
intercambiar noticias de sus respectivos territorios. Al proceder de Los Cuernos, tal vez ella
también supiera algo del Azul Perpetuo.
Cuando terminó de comer, el grupo de Kirra retiró algunas mesas para hacer espacio.
Empezó entonces a sonar una música de guitarras y tambores que interpretaban melodías alegres.
Su buen humor prendió como la tea. Los Mareas se unieron al baile con entusiasmo, y el salón
no tardó en llenarse de danzas y cantos.
—¿Te ha contado algo Tizón sobre su cumpleaños? —le preguntó Sauce.
El niño negó con la cabeza.
—Sauce, no. Solo estaba bromeando.
—Pues yo no —replicó Sauce—. Tizón no sabe qué día es su cumpleaños, por lo que, de
hecho, podría ser cualquier día. Y como podría ser cualquier día, ¿por qué no celebrarlo hoy? Ya
estamos de celebración, ¿no?
Perry se cruzó de brazos e intentó reprimir la risa.
—A mí hoy me parece un día perfecto.
—Tal vez podrías decir algo, ya sabes, para hacerlo más oficial.
—Sí, podría decir algo. —Miró a Tizón—. ¿Cuántos años quieres tener?
El niño abrió mucho los ojos.
—No lo sé.
—¿Qué tal trece?
—Está bien. —Tizón se encogió de hombros, pero volvió a sonrojarse y su humor se calentó
de la emoción. Aquello significaba más para él de lo que dejaba traslucir. ¿Cómo iba a ser de
otro modo? Merecía conocer su edad. Contar con un día por el que medir su vida. Perry solo
lamentaba no haber pensado antes en algo así.
—Como Señor de los Mareas, nombro este día tu cumpleaños. Felicidades.
Tizón esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Gracias.
—Y ahora tienes que bailar —declaró Sauce, tirando de él, ignorando sus objeciones, que
solo lo eran a medias, y arrastrándolo hasta la multitud.
Perry se acomodó en su asiento y rascó a Pulga bajo el morro. Se dedicó a observarlo todo
con el corazón liviano. Kirra no solo les había entregado alimento: había traído consigo un
recordatorio de tiempos mejores. Así deberían ser siempre las cocinas. Así habría querido ver
siempre a los Mareas.

•••

Ya era tarde cuando la tribu se dispersó y cada quién regresó a su casa. Nadie quería que la
velada terminara. Arrecife se llevó a Perry a un aparte en la explanada en penumbra. Había
lamparillas encendidas a su alrededor, meciéndose a la fresca brisa marina.
—Veintisiete hombres y once mujeres —dijo—. Diez videntes y cinco audiles entre ellos, y
lo de Kirra ya lo sabes. Todos saben manejar armas, o eso creo.
Perry ya sospechaba lo mismo.
—¿Te preocupa?
Arrecife negó con la cabeza.
—No, pero de todos modos esta noche montaré guardia.
Perry asintió, confiando en que Arrecife echara un vistazo a los recién llegados. Cuando se
volvía para irse casi tropezó con Molly, que acudía a decirle que Castaño había caído enfermo.
Solo se trataba de una indigestión, pero pasaría la noche descansando.
Así pues, como Arrecife estaba ocupado, y Castaño, indispuesto, acudiría solo al encuentro
con Kirra. Perry cruzó la explanada para dirigirse a su casa, sin saber bien por qué se sentía
nervioso.
Poco después la joven llamó a la puerta y entró. Perry se levantó de la silla junto al fuego.
Kirra, sin moverse, escrutó la habitación vacía. Pareció sorprenderse al constatar que no había
nadie más.
—He dado a mi gente la noche libre. Ha sido un viaje muy largo.
Perry se acercó a la mesa, sirvió dos tazas de Luster y le ofreció una a ella.
—Un descanso merecido, estoy seguro.
Kirra aceptó la bebida y se sentó en el otro extremo de la mesa con una sonrisa dibujada en
los ojos, sin dejar de observarlo. Llevaba una camisa ajustada de color trigo, con más botones
desabrochados en el escote que durante la cena.
—Hemos llegado en el momento oportuno —comentó ella—. Tu tribu tenía hambre.
—Así es. —Coincidió Perry. No podía negar que su situación era comprometida, pero no le
gustaba que una desconocida se lo recalcara.
»¿Cuándo volveréis a Cornisa? —preguntó. Sabía que Kirra era del sur por su acento, y por
su descaro al hablar. Aquello era todo lo que quería saber sobre ella. Lo que le hacía falta eran
informaciones prácticas. Deseaba enviarle un mensaje a su hermana. ¿Cómo estaba Liv? Tenía
que saber que estaba bien.
Kirra se echó a reír.
—¿Acabo de llegar y ya quieres que me vaya? Eso me ha dolido —dijo, fingiendo un mohín
—. Visón quiere que me quede. Estamos aquí para ayudaros el tiempo que nos necesites.
Aquello lo pilló con la guardia baja. Dio un sorbo para ganar tiempo, y al instante notó que la
Luster le calentaba la garganta. Se decía que Visón era despiadado, y aquellos no eran tiempos
para la generosidad. ¿Lo habría presionado Liv para que les ofreciera más ayuda? Él no le
llevaría la contraria a su hermana. Liv también podía ser despiadada.
Perry dejó la taza en la mesa.
—Tal vez Visón quiera que te quedes, pero no es él quien toma las decisiones aquí.
—No, por supuesto que no —dijo Kirra—. Aunque no veo dónde está el problema. Hemos
traído nuestra propia comida, y a ti te sobra espacio para alojarnos. Ahora Visón es tu hermano.
Considera su ayuda como un regalo por su parte.
«¿Un regalo? ¿Ayuda?».
Perry sujetó la taza con fuerza.
—Visón no es mi hermano.
Kirra dio un sorbo de Luster, y una sonrisa divertida asomó a sus ojos.
—Entiendo que no lo sientas así, puesto que no lo has visto nunca. Sin embargo, las ventajas
de lo que te propongo deberían resultarte evidentes. Tengo a los luchadores más fuertes que
pudieras desear, y mis caballos están entrenados para mantener la calma durante tormentas y
ataques. Podríamos ayudarte a proteger tu recinto. De ese modo no haría falta que os refugiarais
en la cueva.
Lo había oído. Aunque se trataba de una decisión suya, y era lo mejor para los Mareas, sintió
que la vergüenza se apoderaba de él, y se sonrojó. Kirra se echó hacia delante y aspiró hondo,
clavándole la mirada. Tenía los ojos de color del ámbar, el mismo color fiero que él captaba a
través de su olor. Ella, por su parte, también lo estaba captando a él.
—He oído hablar de ti —dijo la joven—. Dicen que entraste en la cápsula de los residentes, y
que derrotaste a una tribu de cuervajos. Dicen que estás doblemente marcado, que eres vidente
pero que, además, ves en la oscuridad.
—La gente habla mucho. Y con todas las habladurías que has oído, ¿alguien te ha comentado
algo sobre el Azul Perpetuo? ¿Ese hermano mío, Visón, te ha dicho dónde está?
—¿La tierra del sol y las mariposas? —dijo ella, sentándose de nuevo—. No me digas que
vas en su busca. Esa es la esperanza del tonto.
—¿Me estás llamando tonto, Kirra?
Ella sonrió. Era la primera vez que la llamaba por su nombre. Ella se había dado cuenta, y él,
a su vez, se dio cuenta de que se había dado cuenta.
—Tonto esperanzado.
Perry no pudo reprimir una risita.
—Esos son los peores. —Empezaba a preguntarse si todo, absolutamente todo lo que decía
aquella chica iba a sorprenderle—. ¿Tú no crees que el Azul Perpetuo exista? ¿No tienes el
menor deseo de vivir?
—Estoy viviendo —respondió ella—. A mí el cielo no me perseguirá.
Permanecieron en silencio, observándose. Ella olía a emoción. No apartaba la mirada, y él se
dio cuenta de que él tampoco podía hacerlo.
—Estás en una posición vulnerable —dijo Kirra al fin—. Aceptar un poco de ayuda no tiene
nada de malo.
«Ayuda». De nuevo aquella palabra. Ya estaba harto. No soportaría oírla una vez más.
—Consideraré tu oferta —replicó él, poniéndose en pie—. ¿Hay algo más?
Kirra parpadeó, sin dejar de mirarlo.
—¿Tú quieres que lo haya?
Lo que quería decir no podía estar más claro.
Perry se dirigió a la puerta y la abrió, dejando que entrara el aire de la noche.
—Buenas noches, Kirra.
Ella se puso en pie y se acercó a él. Se detuvo al llegar a su lado, aspiró hondo y le clavó la
mirada.
Perry sintió un nudo en la boca del estómago. Aquella chica había sido capaz de acelerarle el
pulso, una sensación que no experimentaba desde hacía semanas. Seguro que ella lo notaba, pero
no podía hacer nada por impedirlo.
—Que duermas bien, Peregrino de los Mareas —dijo, antes de desaparecer en la oscuridad.
26
Aria

Q
—¿ UÉ estás haciendo aquí, Liv? —le preguntó, entrando en el dormitorio. No lograba
disimular la indignación que asomaba a su voz.
Liv se levantó de la cama.
—Estaba buscando a Rugido. No estaba en su cuarto. —La túnica griega se veía arrugada, le
colgaba de un hombro, y se había soltado el pelo, pero se veía más fuerte y más a gusto que
durante la cena.
Aria se cruzó de brazos. Junto a la cama parpadeaba una luz que iluminaba aquel dormitorio
gélido y estrecho.
—Pues aquí no está, como puedes ver.
—Dale este mensaje de mi parte…
—De ti no pienso darle nada.
Liv sonrió.
—¿Quién eres tú exactamente?
—Una amiga de Rugido y de Perry. —Aria se mordió el labio inferior por dentro apenas
pronunció aquellas palabras. «Amiga» era una palabra que no la describía con la fuerza
suficiente. Era mucho más que eso… para los dos.
En el rostro de Liv se dibujó una sonrisa.
—Ah, eres amiga de Perry. Debería haberlo adivinado. Sí, pareces la clase de persona de la
que mi hermano se haría «amigo».
—Ha llegado el momento de que salgas de aquí.
Liv soltó una risita burlona, sin hacer el menor ademán de ausentarse.
—¿Te sorprenden mis palabras? Supongo que no pensarás que eres la única chica que se ha
enamorado de él.
Aria sintió que enrojecía de ira.
—Lo que sé es que soy la única a la que está entregado.
Liv se quedó absolutamente inmóvil unos momentos, antes de dar un paso más hacia ella,
mientras la miraba fijamente a los ojos. El moratón de antes quedaba oculto tras el rubor de sus
mejillas.
—Si le haces daño, te mato —dijo con voz serena, fría. No era una amenaza. Era una
información. Una consecuencia.
—Eso mismo pensaba yo antes.
—Tú no sabes nada —dijo Liv—. Dile a Rugido que tiene que irse. Inmediatamente. Antes
de la boda. No puede quedarse aquí.
—¿Cómo puedes actuar como si fuera una molestia para ti? —soltó Aria pensando en todas
las noches que había pasado conversando sobre ella con su amigo. Oyéndole decir lo maravillosa
que era. Aquella chica era horrible. Egoísta. Maleducada—. ¡Tú escapaste! ¡Lo abandonaste!
Lleva un año buscándote.
Liv le señaló el dormitorio con un movimiento de mano.
—¿Y tú te crees que fui yo la que escogió esto? ¿Crees que yo quiero estar aquí? ¡Mi
hermano me vendió! Me alejó de todo lo que yo quería. —Miró en dirección a la puerta y se
acercó más a ella—. ¿Quieres saber qué he hecho este último año? Me he esforzado todos los
días por olvidar a Rugido. He borrado todas las sonrisas, todos los besos, todas las tonterías
geniales que decía para hacerme reír. Lo enterré todo. Me ha llevado un año dejar de pensar en
él. Un año dejar de echarlo de menos antes de ser capaz de venir hasta aquí y enfrentarme a
Visón.
»Rugido lo ha echado todo a perder presentándose aquí —prosiguió—. No soy lo bastante
fuerte. ¿Cómo voy a poder olvidarlo si lo tengo delante de mí? ¿Cómo voy a poder casarme con
Visón si solo pienso en Rugido?
Unas lágrimas asomaron a sus ojos, y reprimió un sollozo. Aria no quería sentir compasión
por ella, no después de que hubiera hecho tanto daño a Rugido.
—Él ha venido a llevarte con él, Liv. Tiene que haber alguna manera de que puedas regresar
con los Mareas.
—¿Regresar? —repitió Liv soltando una carcajada—. Perry no puede devolver el importe de
la dote. Y yo no puedo seguir huyendo de esto. Sé cómo son las cosas ahí fuera. Sé que los
Mareas necesitan ayuda, y que Visón puede proporcionársela. Y si nos casamos seguirá
ofreciéndosela. ¿Cómo puedo ignorar ese hecho? ¿Cómo puedo escapar si eso significa que mi
familia podría pasar hambre, o morir?
Aria no lo sabía. Resopló y se sentó en la cama, sintiendo que una oleada súbita de cansancio
se apoderaba de ella. El éter iluminó el ventanuco, y el dormitorio parpadeó con destellos
azulados.
Los problemas de Liv le resultaban desagradablemente conocidos. Aria se había empeñado
tanto en encontrar el Azul Perpetuo para informar a Hess de su paradero y, de ese modo,
recuperar a Garra, que no se había planteado qué ocurriría luego. ¿Habría alguna manera de que
Perry y ella volvieran a estar juntos? Los Mareas la habían rechazado, y Ensoñación no era
siquiera una posibilidad. Todos y todo estaban en su contra.
Aria ahuyentó aquellos pensamientos. Preocuparse no le serviría de nada. Alzó la vista y
miró a Liv.
—¿Y Visón? —preguntó, frotándose la muñeca, sintiendo el eco de su mano.
Liv se encogió de hombros.
—No es horrible. Ya lo sé… No es mucho decir del hombre con el que voy a casarme, pero
es mejor de lo que esperaba. Creía que lo odiaría, y no lo odio.
Se mordió el labio inferior, vacilante, como si no se decidiera a decir lo que estaba pensando.
A continuación se acercó a la cama y se sentó junto a Aria.
—Cuando llegué aquí a principios de primavera, él se mostró dispuesto a dejar que me fuera.
Me dijo que podía ir a donde quisiera pero que, ya que finalmente había aparecido, por qué no
nos dábamos un poco de tiempo para conocernos. Cuando me lo dijo, no me sentí tan atrapada.
Aquello me ayudó a sentirme menos como un objeto que se pasaban de mano en mano.
Aria pensó que tal vez Visón lo hubiera dicho a propósito. Se sabía que los esciros
manipulaban a la gente. Pero ¿no debería haber sido capaz Liv de notarlo?
—No le hago la pelota —prosiguió Liv—, y eso le gusta. Creo que me ve como un reto. —
Jugueteó un poco con el cordón verde de su vestido—. Y se siente atraído por mí. Su olor lo
delata cuando entra en una estancia. Es algo que no puede disimularse.
Aria miró hacia la puerta, escuchando, fuera, unos pasos que se alejaban.
—¿Y tú sientes lo mismo por él? —le preguntó cuando volvió a hacerse el silencio.
—No, lo mismo no. —Liv ató los extremos de su cinturón formando un nudo elaborado,
mientras pensaba en la respuesta—. Cuando me besa me pongo nerviosa, pero creo que es
porque no siento lo mismo. —Miró a Aria a los ojos—. Yo solo he besado a Rugido, y eso… —
Cerró los ojos, entristecida—. Y eso es lo que no puedo permitirme. No puedo quedarme aquí
sentada recordando qué se siente al besar a Rugido cuando dentro de unos días voy a casarme
con otro. Tiene que irse. Si no, va a ser demasiado difícil para mí, y no puedo soportar verlo
sufrir. —Negó con la cabeza—. No soporto que me haga sentir débil.
Aria se apoyó en el cabecero de hierro y se acordó de Perry y de la última noche que habían
pasado juntos, cuando él había aparecido magullado y con moratones por la pelea que había
tenido por defenderla a ella. Al día siguiente, él había perdido a la mitad de su tribu. Ella se
sentía débil por su culpa. Se sentía demasiado poderosa, como si todas las decisiones que tomara
pudieran lastimarlo, y eso era lo último que quería en este mundo.
—Rugido lo superará —dijo Liv en voz baja. La expresión de sus ojos se había suavizado, y
Aria sabía que le había captado el humor—. Se olvidará de mí.
—Eso ni tú misma te lo crees.
Liv se mordió el labio inferior.
—No —admitió—. No me lo creo.
—¿Le dirás la verdad? Rugido necesita saber lo que estás haciendo. Necesita comprender el
porqué.
—¿Crees que le ayudará?
—No. Pero se lo debes.
Liv se quedó mirándola un largo instante.
—Está bien. Mañana hablaré con él. —Se instaló un poco más cómodamente en la cama, y se
cubrió las piernas con la manta. Los sonidos de la tormenta se colaban en el dormitorio, y una
ráfaga de aire frío entraba por debajo de la puerta—. ¿Cómo le va a mi hermano en realidad?
Hacía apenas un momento, aquella joven había amenazado a Aria. Ahora se mostraba
cercana y relajada. Perdida en sus pensamientos. «Calor y frío», pensó Aria. Se preguntaba si, en
su caso, existiría algún punto intermedio.
Aria se cubrió con su parte de la manta. La última vez que lo había visto, estaba todo
amoratado y mucha gente acababa de abandonarlo. Ella misma lo había abandonado. No
soportaba saber que le había causado más dolor del que ya sentía.
—No ha sido fácil para él.
—Hay tantas cosas que hacer… Tantas cosas de las que ocuparse… —dijo Liv—. Debe
echar muchísimo de menos a Garra.
—Sí, pero pronto lo llevaremos de vuelta al recinto —dijo Aria sin poder reprimirse.
Liv frunció el ceño, y sus ojos verdes escrutaron el rostro de su interlocutora.
—¿De dónde eres?
Aria vaciló. Tenía el presentimiento de que su respuesta modelaría su relación a partir de ese
momento. ¿Debía arriesgarse a contarle la verdad a Liv? Quería que entre ellas reinara la
confianza, y allí, a aquella hora de la noche, en la calma del dormitorio, lo que le apetecía era ser
ella misma, mostrarse tal como era. Aspiró hondo y dijo:
—Soy de Ensoñación.
Liv la miró, incrédula.
—¿Eres residente?
—Sí, bueno, medio residente.
Liv sonrió y se le escapó una risita.
—¿Y eso cómo pasó?
Aria se dio media vuelta y apoyó la cabeza en un brazo, para quedar frente a Liv. Entonces le
contó que la habían expulsado de la cápsula en otoño, y que había conocido a Perry. Le contó a
Liv todo lo que había ocurrido en el recinto de los Mareas, y que necesitaba encontrar el Azul
Perpetuo para recuperar a Garra. Cuando terminó su relato, Liv guardó silencio. Los gritos de los
torbellinos de éter habían cesado. Lo peor de la tormenta había pasado en Cornisa.
—He oído a Visón hablar algunas veces del Azul Perpetuo —dijo Liv, con los párpados
pesados de sueño—. Él sabe dónde está. Lo averiguaremos y conseguiremos que nos devuelvan a
Garra.
Había usado la primera persona del plural. Un detalle insignificante, y a la vez
importantísimo. Aria sintió una especie de emoción interior profunda. Liv los ayudaría.
La joven siguió observándola largo rato.
—Entonces ¿no te importa lo que te ocurrió con los Mareas? ¿No te importa que te
envenenaran? ¿Piensas volver con mi hermano?
Aria asintió.
—Me importa, pero no me imagino sin él. —A su mente acudió la letra de una canción, una
canción muy gastada en su memoria de cantante—. El amor es un pájaro rebelde que nadie
puede dominar —dijo—. Es de una ópera que se llama Carmen.
Liv entrecerró los ojos.
—¿Y quién es el pájaro? ¿Tú o mi hermano?
Aria sonrió.
—Creo que el pájaro es la conexión entre los dos… Yo haría cualquier cosa por él —añadió,
y al decirlo comprendió que, realmente, las cosas eran así de sencillas.
La mirada de Liv se perdió en el vacío.
—Es un buen dicho —sentenció al cabo de mucho rato. Bostezó—. Voy a dormir aquí. Si
ronco, te pido perdón por adelantado.
—Sí, claro, quédate. Hay sitio de sobra para las dos, si ninguna de las dos se mueve.
—Eso no será un problema. Además, no podría moverme ni queriendo. El vestido que llevo
es como un torniquete.
—Te has atado mal el cinturón. Yo, en los Reinos, llevé algunas veces vestidos parecidos.
Podría enseñarte a anudarlo bien.
—No hace falta. Es un vestido absurdo.
Aria se echó a reír.
—No es absurdo. Estás guapísima. Como Atenea.
—¿Ah sí? —Liv volvió a bostezar y cerró los ojos—. Me ha parecido que a Rugido le
gustaría. De acuerdo, mañana me enseñas a anudarme bien este vestido absurdo.
Tal como había anunciado, Liv no tardó mucho en ponerse a roncar. Era más bien un
ronroneo suave que se fundía con el sonido del viento, y que acunó a Aria hasta adormecerla.
27
Peregrino

—¿ QUÉ está haciendo aquí? —preguntó Perry.


Se había detenido en la explanada y observaba el tejado de la casa. Le llamó la atención el
pelo de Kirra, que, como una bandera roja, ondeaba al viento. Hasta él llegaba el sonido
machacón de unos martillos.
Había pasado la mañana con Castaño en la caverna, revisando los planes para ensanchar el
acceso. Si lograban abrir un camino serpenteante en la ladera de la montaña, podrían hacer que
por allí bajaran carros y caballos. Sería mucho mejor que construir escaleras, por lo que merecía
la pena intentarlo, aunque para ello iban a necesitar más ayuda.
—¿Tú no sabes nada? —le preguntó Arrecife, a su lado.
—No, no sé nada.
Perry subió al terrado trepando por la escalera de mano. Kirra se encontraba a unos diez
pasos de él, y observaba a dos de sus hombres, Bosque y Alondra, que se dedicaban a arrancar
baldosas. A medida que se acercaba a ellos, la indignación de Perry iba en aumento. Se sentía
más protector de aquel espacio que del resto de la casa. Aquella era su atalaya.
Kirra se volvió a mirarlo, sonriente. Apoyó las manos en las caderas y ladeó la cabeza.
—Buenos días —dijo—. Anoche vi la grieta del techo. Y me ha parecido que podría
ocuparme de ella.
Hablaba en un tono más alto del necesario, llena de entusiasmo. Sus hombres lo miraron,
calibrándolo. Habían levantado una parte de las losas de piedra, dejando al descubierto los
listones que había debajo. Perry sabía que al menos una docena de audiles en la explanada
también la habían oído. Y no había que ser muy listo para saber qué pensarían.
Todo el mundo sabía que aquella rendija quedaba justo por encima de su altillo.
Aspiró hondo para aplacar la rabia que sentía. Aquella joven estaba cambiando algo que no
había que cambiar. Desde que tenía uso de razón había contemplado el éter por aquella rendija.
Pero ya no podía detener las obras. La abertura, que antes era estrechísima, se había convertido
en un hueco de más de un pie, y permitía ver las vigas que se alineaban en el interior. Entre ellas
se adivinaban las mantas del altillo.
—Oso me ha hablado de algunas otras cosas de las que podríamos ocuparnos mientras
estemos aquí —añadió Kirra.
—Ven a dar un paseo conmigo, Kirra. —Fue su respuesta.
—Me encantaría. —El sonido de su voz, dulce como la miel, le atacaba los nervios.
Perry notaba que los ojos de la gente se clavaban en él cuando bajaron por la escalera y
cruzaron juntos la explanada. Decidió tomar el sendero del puerto, porque sabía que lo
encontraría vacío. Era demasiado pronto para que los pescadores hubieran emprendido el camino
de regreso.
—Me ha parecido que debíamos ser útiles —comentó Kirra cuando se detuvieron.
A Perry le asombró que fuera ella la que hablara primero.
—Si queréis trabajar, venid a verme a mí, no a Oso.
—Lo he intentado, pero no te encontraba. —Kirra arqueó una ceja—. ¿Significa eso que
quieres que nos quedemos?
Perry había estado planteándoselo toda la mañana, mientras escuchaba a Castaño describirle
los trabajos que habría que emprender en la cueva. No veía motivo para rechazar la ayuda de
unas personas capaces. Si su percepción sobre el éter era acertada, estaban viviendo de prestado.
—Sí —dijo—. Quiero que os quedéis.
Kirra, sorprendida, abrió mucho los ojos, pero se controló al momento.
—Esperaba que me lo pusieras un poco más difícil, que te hicieras rogar más. De hecho, me
habría encantado.
Lo dijo con voz seductora, pero a Perry le costaba interpretar su humor, pues era una mezcla
rara de calor y de frío. De dulce y amargo.
Kirra se echó a reír, y se pasó un mechón de pelo rebelde por detrás de la oreja.
—Cuando me miras con esos ojos, me pones nerviosa.
—Son los únicos que tengo.
—No he dicho que no me gusten.
—Ya sé a qué te referías.
Ella se agitó un poco, y su olor se calentó.
—De acuerdo —dijo, desplazando su mirada hasta el pecho, y hasta la cadena que llevaba al
cuello.
La atracción que sentía por él era auténtica —aquellas cosas no podían ocultarse—, pero
Perry no lograba ahuyentar la sensación de que intentaba hacerle morder algún anzuelo.
—¿Entonces? ¿Dónde quieres que trabajemos? —preguntó Kirra.
—Terminad el terrado. Mañana os mostraré la cueva.
Hizo ademán de irse.
Ella le rozó el brazo y lo dejó petrificado en el sitio. Perry sintió la descarga de adrenalina en
todo su cuerpo.
—Perry, será más fácil para los dos que encontremos la manera de llevarnos bien.
—Nos llevamos bien —sentenció él antes de alejarse.

•••

A la hora de la cena, el grupo de Kirra se mostró tan escandaloso como la noche anterior. Los
dos hombres que habían reparado el tejado de Perry, Bosque y Alondra, procedían del sur
profundo, como Kirra. Eran bullangueros, contaban chistes y anécdotas sin parar, en una especie
de concurso de ingenios. Cuando la cena terminó, los Mareas empezaron a corear para que los
entretuvieran más.
Kirra encajaba a la perfección con los Mareas. Perry la vio reírse con Tallo y Brizna, y
después con Arroyo. Pasó incluso un buen rato charlando con el viejo Will, y a Perry no le pasó
por alto que, bajo su barba blanca, el anciano se sonrojaba.
No le sorprendía que se hubiera ganado tan deprisa la aceptación de los Mareas. Comprendía
lo aliviados que se sentían al tenerla allí, y le habría gustado sentir lo mismo que ellos, pero todo
lo que aquella chica decía y hacía le empujaba a sentirse como el blanco de algo.
Oso se acercó a él cuando ya casi todo el mundo había abandonado las cocinas. Se sentó
frente a él y entrelazó sus manazas.
—¿Podemos hablar, Peregrino?
Perry se enderezó al oír que le hablaba en un tono muy serio.
—Claro, ¿qué ocurre?
Oso suspiró y juntó los dedos.
—Algunos de nosotros hemos estado hablando, y no queremos trasladarnos a la cueva. Por el
momento no hay motivo para hacerlo. Tenemos comida, bastante para reponer las fuerzas
perdidas, y la gente de Kirra nos ayudará a defendernos. Es todo lo que necesitamos.
A Perry se le cerró el estómago. Oso había cuestionado sus decisiones con anterioridad, pero
aquello era distinto. Aquello era algo más. Carraspeó.
—No pienso cambiar de planes. Juré hacer lo más conveniente para la tribu. Y eso es lo que
estoy haciendo.
—Lo comprendo —dijo Oso—. Y no es mi intención ir en tu contra. Nadie quiere
enfrentarse a ti. —Se puso en pie, frunció el ceño y juntó mucho sus espesas cejas—. Lo siento,
Perry. Pero quería que lo supieras.

•••

Más tarde, en su casa, Perry charlaba con Castaño en torno a la mesa, mientras Los Seis jugaban
a los dados. Estaban alegres, pues habían vivido otra velada de música y diversiones, y habían
visto saciado su apetito por segundo día consecutivo.
Perry los oía, ausente, pasarse la botella de Luster y bromear entre ellos. La conversación con
Oso le había inquietado. Si la marcha de Wylan le había dolido, que Oso le diera la espalda le
afectaría más aún. Sentía un gran aprecio por él. Era mucho más duro fallar a alguien a quien
respetabas especialmente.
Perry hizo girar la cadena que llevaba al cuello. De pronto, la lealtad le pareció algo muy
frágil. Nunca pensó que debería ganársela un día sí y otro no. Aunque no perdonaba a su
hermano por lo que había hecho, empezaba a comprender la presión que lo había llevado a
vender a Garra y a Clara. Había sacrificado a unos pocos por el bien de todos. Perry intentó
imaginar qué sentiría entregando a Sauce a los residentes para solucionar sus problemas. La mera
idea le daba náuseas.
—Otra vez los «ojos de serpiente» —dijo Rezagado al levantar el cubilete y ver el uno doble
sobre la mesa.
Escondido sonrió.
—Rezagado, creía que era imposible tener tan mala suerte.
—Tiene tan mala suerte que casi tiene suerte —intervino Tallo—. Es como si tuviera suerte
al revés.
—Sí, y también es guapo al revés. —Soltó Escondido.
—Pues a ver si te doy un puñetazo al revés —amenazó Rezagado a su hermano.
—Tú sí que eres listo, pero al revés. Lo que acabas de decir es que vas a darte el puñetazo a ti
mismo.
Junto a Perry, Castaño sonreía tímidamente mientras tomaba notas en el cuaderno de Valle.
Estaba diseñando unos hornos portátiles que les proporcionarían calor e iluminación en la cueva.
Ese era solo uno de los inventos que tanto impresionaban a Perry.
Arrecife seguía sentado en su silla, con los brazos cruzados y los ojos soñolientos.
Prescindiendo de la partida, Perry le explicó lo que Oso le había dicho.
Arrecife se rascó al cabeza y se echó las trenzas hacia atrás.
—Eso es por Kirra. Ella ha hecho que las cosas cambien por aquí.
Perry pensó que no era solo por Kirra. Era por Liv. Al casarse con Visón, había dado a los
Mareas una posibilidad de sobrevivir. ¿Sabría ella lo mucho que la necesitaban? Sintió un dolor
agudo en el pecho, una añoranza profunda de su hermana. También agradecimiento. Y pena por
el sacrificio que había tenido que hacer. Ahora Liv había emprendido una nueva vida. Su hogar
era otro. ¿Cuándo volvería a verla? Ahuyentó aquellos pensamientos de su mente.
—¿De modo que estás de acuerdo con Oso? —le preguntó a Arrecife—. ¿Crees que
deberíamos quedarnos aquí?
—Estoy de acuerdo con Oso, pero te seguiré a ti. —Arrecife señaló a los demás con la
barbilla—. Lo haremos todos.
A Perry se le cayó el alma a los pies. Contaba con su apoyo, pero se trataba de un apoyo
basado en la lealtad. En algo que habían jurado hacía meses, con una rodilla hincada en el suelo.
Lo seguían ciegamente, sin ver la menor sensatez en sus ideas, y aquello no le parecía bien.
—Yo sí estoy de acuerdo contigo —intervino Castaño—. Por si te sirve de algo.
Perry asintió, dándole las gracias. En ese momento le servía de mucho.
—¿Y tú, Perry? —preguntó Rezagado—. ¿Sigues creyendo que deberíamos trasladarnos?
—Sí —respondió Perry apoyando los brazos en la mesa—. Kirra nos ha traído alimentos y
luchadores, pero no ha paralizado el éter. Y debemos estar preparados. La experiencia me dice
que ella podría recoger sus cosas e irse mañana mismo.
Lamentó sus palabras apenas las hubo pronunciado. La partida de dados se interrumpió al
momento, y se hizo un silencio incómodo en la sala. Parecía un paranoico que creyera que todo
el mundo huía de él.
Le alivió oír que Tizón decía algo desde el altillo, rompiendo el silencio.
—A mí tampoco me gusta Kirra.
—¿Porque ha reparado el tejado?
Tizón miraba desde el borde, sujetándose la gorra para que no se le cayera.
—No, no sé por qué, pero no me gusta.
Perry ya lo había intuido. Tizón sabía que los esciros eran capaces de oler el éter que él
llevaba dentro. Pero ahora el olor a éter estaba por todas partes, y el niño no tenía por qué
preocuparse por Kirra.
Brizna resopló y agitó los dados en el cubilete.
—A este niño no le gusta nadie.
Tallo le dio un codazo.
—Eso no es cierto. Le gusta Sauce, ¿verdad, Tizón? Y tú mejor que no hables, que te dedicas
a besar a las ranas.
Cuando la casa había vuelto a llenarse de las voces de los seis hombres —y del niño—, que
gritaban a pleno pulmón, Castaño cerró el cuaderno. Antes de irse, se arrimó más a Perry y le
dijo:
—Los jefes tienen que saber ver claro en la oscuridad, Peregrino. Y tú lo haces.

•••
Una hora después, Perry se levantó de la mesa y se rascó la espalda. La casa estaba en silencio,
pero fuera había empezado a soplar el viento. Oía sus silbidos, y veía que las brasas de la
chimenea refulgían, luchando por reavivarse.
Alzó la vista hacia el altillo, y buscó en vano la rendija de luz que siempre había estado ahí.
Los pies de Tizón colgaban del borde y se retorcían en sueños. Pasó junto a Escondite y
Rezagado, abrió la puerta del dormitorio de Valle y se metió en él.
Allí el aire era más fresco, y la oscuridad, mayor. El suelo de la otra sala estaba atestado, y no
tenía sentido dejar ese cuarto sin usar, pero él no se veía capaz de dormir ahí. Nunca había
soportado encontrarse entre aquellas cuatro paredes. Su madre había muerto allí, y Mila también.
Del dormitorio de su hermano solo conservaba un buen recuerdo.
Se tendió en la cama y expulsó el aire muy despacio, contemplando las vigas de madera del
techo. Estaba acostumbrado a luchar contra el impulso, pero aquella noche no lo hizo y se
permitió recordar la sensación de estrechar a Aria entre sus brazos justo antes de la ceremonia de
marcado, su sonrisa cuando le preguntó si alguna vez echaba algo de menos.
Su respuesta no había cambiado. La verdad era que, por más que intentara reprimírselo, la
echaba de menos a ella. Siempre.
28
Aria

LIV se alisó con las manos la seda color marfil de su vestido de novia.
—¿Qué te parece? —preguntó. El pelo le caía en ondas rubias sobre los hombros, y tenía los
ojos hinchados de sueño—. ¿No está mal?
Se encontraban en la habitación de Liv, un cuarto espacioso con una terraza como la del
comedor en el que habían cenado la noche anterior, y que se encontraba unas puertas más allá, en
el mismo pasillo. El fuego crepitaba en una gran chimenea de piedra, a un lado, y el suelo, de
tablones de madera, estaba cubierto por gruesas pieles.
Aria se había sentado en la lujosa cama, y observaba a una mujer corpulenta coserle el
dobladillo al vestido de Liv. Estaba cansada, y, ahora que la había visto, pensaba que habría sido
mejor que hubieran pasado la noche en aquella cama, y no en la suya. Desde el exterior se colaba
la fría brisa matutina, que le llevaba olor a humo, un recordatorio de la tormenta de ayer.
—Está más que bien —respondió. Las líneas sencillas del vestido combinaban bien con el
cuerpo esbelto y musculoso de Liv, y potenciaban su belleza natural. Estaba espectacular. Y
nerviosa. Desde que se lo había puesto, hacía media hora, no dejaba de darse palmaditas en la
pierna con los dedos abiertos.
—Quédate quieta o te pincharé —protestó la modista, que sujetaba varios alfileres entre los
labios y hablaba con voz amortiguada.
—Menuda amenaza, Rena. Pero si ya me has pinchado más de diez veces.
—Eso es porque no te estás quieta, te mueves como un pez. ¡Quieta!
Liv puso los ojos en blanco.
—Una vez terminemos, te echaré al río.
Rena resopló.
—A lo mejor me tiro yo sola mucho antes.
Liv bromeaba, claro, pero su palidez iba en aumento. A Aria no le extrañaba: le faltaban dos
días para casarse, para unirse para siempre a alguien a quien no amaba. A Visón.
Aria miró en dirección a la puerta, cada vez más nerviosa. Rugido no había vuelto a aparecer
desde que había abandonado la cena la noche anterior.
El sonido de voces que provenían del salón atravesó las gruesas maderas. Ella empezaba a
orientarse entre aquella maraña de pasadizos. La cámara de Visón estaba cerca. Ahora que él
sabía que iba en busca del Azul Perpetuo, a Aria le resultaría más difícil salir a obtener
información. Aun así, lo intentaría más tarde.
—Aquello que dijiste anoche sobre un pájaro rebelde… —comentó Liv de pronto—. Estoy
de acuerdo.
Aria se incorporó.
—¿En serio?
Liv asintió.
—No hay manera de dominarlo… ¿Crees que ya es demasiado tarde para mí?
¿Demasiado tarde para decirle a Rugido que lo amaba? Aria estuvo a punto de soltar una
carcajada de pura felicidad.
—No, no creo que pueda ser nunca demasiado tarde para eso. —Los diez minutos siguientes,
mientras la modista terminaba, ella los pasó moviéndose de un lado a otro, tan inquieta como
Liv, haciendo esfuerzos por reprimir la sonrisa que a cada momento asomaba a sus labios.
Cuando Rena se fue y, finalmente, se quedaron solas, ella saltó de la cama y acudió junto a Liv
—. ¿Estás segura?
—Sí. Él es la única cosa de la que siempre he estado segura. Ayúdame a quitarme esto.
Tengo que encontrarlo.
En cuestión de segundos volvió a ponerse sus pantalones marrones desgastados, sus botas de
cuero y una camisa blanca de manga larga. Se recogió el pelo y se echó al hombro la vaina de su
espada corta.
Buscaron primero en el dormitorio de Rugido, y después en el de Aria, pero los encontraron
vacíos. Discretamente, Liv preguntó a algunos guardias por él. Pero nadie lo había visto.
—¿Dónde crees que puede estar? —le preguntó Aria mientras Liv la conducía por los
pasillos.
Liv sonrió.
—Se me ocurren algunas ideas.
A Aria le retumbaron los oídos cuando salieron al exterior y se adentraron en las calles
sombrías de la ciudad. Mientras buscaban a Rugido, ella podría ir recabando información.
La gente, mientras caminaban, se fijaba en Liv, la reconocía, la saludaba moviendo la cabeza.
Era tan alta que no pasaba fácilmente desapercibida. En cuestión de unos días sería una mujer
poderosa, una jefe, junto a Visón, y la admiraban por ello. Aria se preguntaba qué se sentiría. A
ella también le gustaría estar al lado de Perry, fuerte por derecho propio, aceptada por lo que era.
Todo el mundo parecía estar hablando de la tormenta de la noche anterior. Los campos
situados al sur de Cornisa seguían ardiendo, y todos se preguntaban qué pensaba hacer Visón.
Aria también se hacía las mismas preguntas. Si su tierra se incendiaba, si el éter lo perjudicaba
como a todos los demás, ¿por qué no había partido todavía en busca del Azul Perpetuo? ¿Por qué
esperaba?
—¿Qué tamaño tiene la tribu de Los Cuernos? —le preguntó a Liv mientras recorrían un
mercado atestado de gente.
—En la ciudad son miles, y en las afueras hay bastantes más. Y cuenta con colonias. A Visón
le gusta tener lo mejor y la mayor cantidad de todo. Por eso no le gustan los residentes. —Miró a
Aria, y encogió un poco los hombros a modo de disculpa—. No puede comprar vuestras
ciudades, y no lo soporta. Desprecia todo aquello que no consigue.
Aquella versión de las cosas tenía más sentido que la de Wylan sobre un resentimiento
transmitido desde hacía siglos.
Las ideas se sucedían en la mente de Aria mientras seguía a Liv. ¿Cómo iba a trasladar Visón
a miles de personas al Azul Perpetuo? Y no solo a las personas, sino las provisiones que
necesitarían, sin perder la agilidad que se requería para evitar las tormentas de éter. No entendía
cómo pensaba lograrlo. Tal vez por eso no lo hubiera hecho todavía.
Liv se detuvo frente a una puerta entreabierta pintada de rojo y algo desconchada. El
murmullo de una conversación llegó a los oídos de Aria.
—Si Rugido está en alguna parte, está aquí.
Al entrar, Aria se fijó en unas mesas largas ocupadas completamente por hombres y mujeres.
El olor dulzón, como a miel, de Luster impregnaba el aire húmedo.
—Un bar.
Meneó la cabeza, admitiendo que era un buen lugar para iniciar la búsqueda. La primera vez
que había visto a Rugido, él sostenía una botella de Luster en la mano. Y desde entonces lo había
visto beber muchas veces.
Rugido no estaba en ese, pero lo encontraron dos bares más allá. Sentado a una mesa en
penumbra, solo. Cuando las vio torció el gesto y bajó la cabeza.
Aria se acercó a él y vio que tenía los puños cerrados con fuerza. Parecía destrozado.
Se sentó frente a él.
—Has conseguido que me preocupara —dijo, intentando quitar hierro al asunto—. Y no
soporto preocuparme.
Él alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos y le dedicó una sonrisa fatigada, fugaz.
—Lo siento. —Miró con odio a Liv, que se había sentado a su lado—. ¿Y tú? ¿No se supone
que tienes que casarte?
Liv hacía esfuerzos por no sonreír. Se acercó más y posó su mano en la de él. Rugido dio un
respingo y quiso apartarla, pero ella se la agarró con fuerza. Transcurrieron unos segundos. Él
miraba aquella mano, y después clavaba los ojos en los suyos, alternativamente. Su gesto pasó de
la desesperación a la alegría, de la destrucción al renacimiento.
Aria sintió que se le formaba un nudo en la garganta, y no pudo seguir mirándolo. Desde el
otro lado del bar tenuemente iluminado, un hombre de piel cetrina la miró a los ojos, y mantuvo
la mirada más tiempo de lo que podía considerarse normal.
—Liv —le advirtió ella en voz muy baja. Los estaban vigilando.
Ella retiró la mano, pero Rugido no se movió. Tenía las venas del cuello muy hinchadas, y
los ojos llenos de lágrimas. Hacía esfuerzos por no sollozar. Por mantener el control.
—Has estado a punto de matarme —susurró, enfurecido—. Te odio, Liv, te odio.
Aquello era una gran mentira. Aquellas eran las palabras más alejadas de la realidad que
pudieran pronunciarse. Pero allí, entre las gentes de Visón, no podía decir nada más.
—Lo sé —replicó Liv.
Una mujer mayor, de rostro severo, dedicó a Aria una mirada asesina. De pronto todo el
mundo parecía estar observándolos, escuchando.
—Tenemos que salir de aquí —susurró.
—Liv, tienes que irte de aquí —dijo Rugido en voz baja—. Ahora mismo corres un riesgo
demasiado alto si te quedas. Él sabrá lo que sientes.
Liv negó con la cabeza.
—No importa. Eso no cambiará nada. Lo ha sabido desde el momento en que apareciste ante
mi vista.
Aria se acercó más a ellos.
—Vámonos —dijo en el preciso instante en que los guardias de Visón irrumpían en el local.

•••
A Aria y a Rugido los despojaron de sus puñales y fueron escoltados por las calles de la ciudad.
Al ver que los trataban como a cautivos, Liv empezó a gritar y se puso tan furiosa que estuvo a
punto de desenvainar su espada corta, pero los guardias no cedieron. Eran órdenes de Visón, le
informaron.
Aria intercambió un gesto de preocupación con Rugido cuando ya estaban cerca de la
imponente fortaleza de Visón. Liv les había dicho que él ya conocía la verdad de sus
sentimientos hacia Rugido. No parecía preocupada por ello. Su matrimonio era concertado.
Nunca había intervenido el amor. Aun así, Aria sentía una profunda preocupación alojada en la
boca de su estómago.
Los llevaron más allá de la gran sala —ahora desierta y silenciosa—, y los condujeron por
los laberínticos pasillos hasta el comedor con el centro de espinas y las cortinas color óxido.
Visón estaba sentado a la mesa, conversando con un hombre al que Aria reconoció. Se veía
fatigado, y llevaba cucharas y alhajas colgando de sus ropas. Estaba medio desdentado y algo
jorobado.
En efecto, le resultaba vagamente familiar, como una figura que hubiera visto en sueños, o en
alguna pesadilla. Entonces lo recordó. Lo había visto fugazmente durante su ceremonia de
marcado. Era el chismoso que estaba allí la noche en que la envenenaron y en que Perry perdió a
parte de su tribu.
A partir de ese momento, en su mente solo hubo sitio para una idea.
Ese hombre sabía que ella era residente.
Cuando los vio llegar, Visón retiró su silla y se puso en pie. Los miró brevemente a los dos
sin alterar en absoluto la expresión de su rostro, antes de concentrarse en ella.
—Siento fastidiarte la diversión esta tarde, Aria —dijo, acercándose a ella—, pero Sombra
acaba de compartir conmigo algunos datos interesantes sobre ti. Parece que sí, que yo tenía
razón. Eres única.
Se detuvo frente a ella, y Aria creyó que el corazón iba a salírsele por la boca. No conseguía
apartar la vista de sus ojos azules, penetrantes. Cuando le habló de nuevo, el tono cortante de su
voz le dio escalofríos.
—¿Has venido hasta aquí a robar lo que yo me sé, residente?
Ella entendió que solo podía hacer una cosa. Que solo contaba con una posibilidad. Debía
intentarlo.
—No —respondió—. He venido para proponerte un trato.
29
Peregrino

— LA odio —dijo Kirra.


Perry, mientras bebía agua de su pellejo, la observaba sacudirse arena de las manos.
—¿Odias la arena? Nunca había oído a nadie decir algo así.
—O sea, que te parece ridículo.
Perry negó con la cabeza.
—No, más bien imposible. Algo así como odiar los árboles.
Kirra sonrió.
—A mí los árboles me dejan indiferente.
Entre las dunas, los caballos arrancaban con la boca la hierba baja que crecía en ella.
Habían pasado casi todo el día con Castaño, asignando a distintas tareas a la gente de Kirra.
Después, Perry le había mostrado a ella los confines septentrionales de sus tierras: también
podría recurrir a la ayuda de sus hombres en misiones de vigilancia. Ahora se habían detenido a
descansar un rato junto a la costa, antes de regresar al recinto.
No podrían demorarse mucho: por el norte se estaba formando una tormenta. Aun así, Perry
necesitaba unos minutos más de calma, liberado del peso de ser Señor de la Sangre.
Aquella mañana Kirra le había resultado menos insoportable. Como había mucho trabajo que
hacer, era lógico que intentaran llevarse bien. Había decidido darle una oportunidad.
Ella se apoyó en los codos.
—En mi tierra tenemos lagos. Son más tranquilos. Más limpios. Y como no hay tanta sal en
el aire, resulta más fácil oler las cosas.
A él, en cambio, le ocurría lo contrario. Prefería el aire marino, más húmedo, y su manera
característica de transportar los olores. Pero, claro, él se había criado allí.
—¿Por qué os fuisteis?
—Cuando era joven, otra tribu nos expulsó. Crecí en las tierras fronterizas hasta que nos
llevaron a Los Cuernos. Visón se ha portado bien conmigo. Soy su favorita para misiones como
esta. No me quejo. Prefiero moverme que quedarme siempre encerrada en Cornisa. —Sonrió—.
Pero ya basta de hablar de mí. —Bajó la mirada y la posó en su mano—. Llevo tiempo
preguntándome cómo te hiciste esas cicatrices.
Perry dobló los dedos.
—Me quemé el año pasado.
—Debió de ser grave.
—Lo fue.
No quería hablar de su mano. Se la había chamuscado Tizón. Se la había vendado Aria. Eran
cosas de las que no le apetecía hablar con Kirra. Se hizo el silencio entre ellos. Perry clavó la
vista en el océano, sobre el que el éter centelleaba. Desde hacía un tiempo, mar adentro
descargaban tormentas constantemente.
—No sabía nada de la chica… de la residente, cuando llegué aquí —comentó Kirra
transcurrido un tiempo.
Él resistió el impulso de cambiar de tema una vez más.
—O sea, que había algo de mí que no conocías.
Ella ladeó la cabeza, imitándolo.
—Supongo que me pasó por alto —dijo—. ¿Y si fuéramos la misma persona? A lo mejor soy
ella disfrazada.
Aquel comentario le sorprendió, y se echó a reír.
—No lo eres.
—¿No? Te apuesto lo que quieras a que sé más sobre ti que ella.
—No lo creo, Kirra.
Ella arqueó las cejas.
—¿En serio? Veamos… A ti te preocupa tu gente, es una preocupación profunda, más
profunda de lo que marca la responsabilidad de llevar la cadena. Es como si ocuparte de los
demás fuera algo que necesitaras hacer. No lo sé, pero adivino que protección y seguridad son
cosas que tú nunca tuviste.
Perry se obligó a no apartar la mirada. No podía culparla por saber lo que sabía. Era como él.
Así captaban los dos a las personas. Hasta lo más íntimo de sus emociones. Hasta sus verdades
más profundas.
—Tienes un vínculo muy profundo con Castaño y Arrecife —prosiguió ella—. Pero tu
relación con uno de ellos te pesa más que la otra.
También aquello era cierto. Castaño era su mentor, y un igual. Pero a Arrecife, a veces, lo
sentía como un padre, relación que nunca le había resultado sencilla.
—Y después está Tizón —añadió Kirra—. Que yo sepa, no estás entregado a él, pero hay
algo muy poderoso entre los dos. —Hizo una pausa, esperando a que él dijera algo, pero al
constatar que no lo hacía, prosiguió—: Lo que me resulta muy interesante es tu humor cuando
estás en presencia de mujeres. Es evidente que…
Perry ahogó una carcajada.
—Está bien, está bien, ya es suficiente. Puedes parar. ¿Y tú, Kirra?
—¿Yo qué? —Sonaba calmada, pero hasta él llegó la reverberación de un tono y un olor
verdosos que transmitían ansiedad.
—Te has pasado dos días intentando seducirme, y hoy ya no lo haces.
—Seguiría intentando seducirte si creyera que tengo alguna posibilidad. —Soltó ella con
franqueza, sin atisbo de vergüenza—. En todo caso, lamento por lo que estás pasando.
Perry sabía que aquello era una trampa, pero no pudo resistirse.
—¿Por lo que estoy pasando?
Ella se encogió de hombros.
—Que te traicione tu mejor amigo.
Perry la miró fijamente. ¿Según ella, Aria y Rugido estaban juntos? Meneó la cabeza.
—No, debes de haberlo oído mal. Solo son amigos, Kirra. Los dos tenían que ir hacia el
norte.
—Oh… supongo que lo di por sentado… Como los dos son audiles y se fueron sin decirte
nada… —Alzó la vista al cielo—. Tiene mala pinta. —Se puso en pie, sacudiéndose la arena de
las manos—. Vamos, tenemos que salir de aquí.

•••

Mientras regresaban al recinto, Perry no lograba ahuyentar las imágenes de su mente.


Rugido abrazando a Aria y levantándola por los aires aquel primer día, en su casa.
Rugido de pie en lo alto de la playa, bromeando al ver que él la besaba. «A mí también me
estaba matando».
Una broma. Tenía que ser una broma.
Aria y Rugido cantando en las cocinas la noche de la tormenta de éter. Cantando
perfectamente acompasados, como si ya lo hubieran hecho mil veces.
Perry meneó la cabeza. Sabía lo que Aria sentía por él, y lo que sentía por Rugido. Cuando
estaban juntos, olía la diferencia.
Kirra se lo había dicho sabiendo bien lo que decía. Le había plantado aquella idea en la
mente para sembrar la duda, pero Aria no lo había engañado. Eso ella no lo haría, y Rugido,
tampoco. No era por eso por lo que se había ido.
Prefería no pensar en los verdaderos motivos. Borró aquel pensamiento de su mente, o lo
encerró en el rincón oscuro en el que llevaba semanas. Pero ya no quería seguir ahí. Y no quería
borrarse. Ya no lo dejaba en paz.
Aria se había ido porque la habían envenenado. Se había ido porque allí, en su casa, ante sus
propias narices, habían estado a punto de matarla. Se había ido porque él le había prometido que
la protegería, y no lo había hecho. Por eso se había ido.
Porque él le había fallado.
30
Aria

S
— E llama Smarteye —dijo Aria, sosteniendo el dispositivo entre sus manos temblorosas.
Estaba sentada a la mesa del comedor con Visón, mientras una lluvia constante repicaba en la
terraza de piedra. Anochecía, y hasta ellos llegaba el rugido del río Serpiente, crecido por las
lluvias.
—Había oído hablar de ellos —dijo Visón.
Aria recordó la expresión de sus ojos la primera vez que se sentaron juntos a aquella mesa.
Le había agarrado la muñeca con fuerza. Le había hecho daño sin dudarlo siquiera.
Liv estaba sentada en silencio, junto a él, el rostro inexpresivo. En el otro extremo de la
estancia, Rugido se veía calmado y se apoyaba en la pared, pero su mirada se desplazaba de
Visón a los guardianes que custodiaban la puerta, calculadora, penetrante.
Aria tragó saliva. Tenía la boca muy seca, y un nudo en la garganta.
—Voy a ponerme en contacto con el cónsul Hess.
Jamás en su vida se había sentido tan observada como cuando conectó el dispositivo. Incluso
los guardias la miraban. Al menos Visón había despachado a aquel viejo chismoso.
Cuando se escindió, apareció una vez más en el despacho de Hess, que estaba de pie junto a
las ventanas, tras su escritorio. Como otras veces, al ver el panóptico sintió una punzada de
nostalgia.
—¿Sí? —preguntó él, impaciente.
—Estoy aquí con Visón.
—Ya sé dónde estás —replicó Hess, sin hacer nada por disimular su irritación.
—Lo que quiero decir es que en este momento está aquí, a mi lado.
Hess se acercó al escritorio, concentrado de pronto. Alerta. Aria prosiguió:
—Sabe dónde está el Azul Perpetuo, pero necesita medios de transporte. Dice que está
abierto a negociar.
Aria se oía hablar a sí misma, y el sonido de su propia voz le resultaba extrañamente lejano.
En el mundo real, notaba el respaldo de madera pegado a la columna vertebral, una sensación
apagada y distante. Estaba en el comedor de Visón y en el despacho de Hess, pero las dos cosas
le parecían igual de irreales. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo.
—¿Visón se ha ofrecido a negociar?
Aria negó con la cabeza.
—No. Ha sido idea mía. He intuido lo que necesitaba y sé con lo que contamos nosotros. —
Meses atrás, Aria había visto el hangar lleno de deslizadores, en Ensoñación, el día en que la
habían dejado fuera—. Seguí mi corazonada —dijo—. No tenía otro remedio… y acerté.
Hess permaneció un largo instante observándola, con los ojos entrecerrados.
—¿Transporte? ¿Adónde y para cuántos?
—Eso no lo sé —respondió Aria—. Visón quiere hablar contigo directamente.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Hess asintió.
—Pásale el Ojo. Yo me encargo del resto.
Aria interrumpió su escisión, pero todavía no se retiró el Smarteye. En el mundo real, Visón
no le quitaba la vista de encima. Ella, haciendo esfuerzos por no alterarse, escogió la máscara del
Fantasma.
Soren le dirigió la palabra tan pronto como se unió a él en el teatro de la ópera.
—Estoy ahí.
—¿Grabarás su encuentro? Quiero enterarme de todo lo que digan, Soren. Quiero verlo con
mis propios ojos.
—Ya te dije que lo haría. —Esbozó una sonrisa maliciosa—. No está mal, Aria. Nada mal.
Aria volvió a escindirse, se quitó el Smarteye y lo sostuvo en la palma de su mano. Le
temblaban los dedos, y no lograba tranquilizarse.
—Ya está arreglado —le dijo a Visón—. Hess te está esperando.
Visón extendió la mano, pero Aria vaciló, posesiva de pronto con su dispositivo. Había
ayudado a Perry a entrar en los Reinos el pasado otoño, y lo había hecho de buena gana. Pero eso
era muy distinto. Era como si invitara a un desconocido a entrar en algo privado. No tenía
alternativa. Visón informaría a Hess de la ubicación del Azul Perpetuo a cambio de transporte.
De ese modo ella cumpliría con su parte del trato. Lograría liberar a Garra del cautiverio al que
lo sometía Hess.
Finalmente le entregó el dispositivo a Visón.
—Colócatelo sobre el ojo izquierdo, como he hecho yo. Se te pegará mucho a la piel. No te
alteres, respira despacio, y te adaptarás. Hess te llevará al Reino una vez que el Ojo se conecte.
Visón examinó el Smarteye, en el que se reflejaban las llamas de las velas. Satisfecho, se lo
acercó al ojo. Aria notó que se le agarrotaban los hombros, y supo que la biotecnología
funcionaba. Acto seguido se relajó, adaptándose a la suave presión. Instantes después emitió una
especie de gruñido y su concentración fue alejándose. Aria supo entonces que se había escindido
y que se encontraba en los Reinos. Estaba con Hess. Ya no podía hacer nada: solo esperar.
Aria se tranquilizó un poco, se echó hacia atrás en la silla y se dedicó a imaginar la
negociación que tenía lugar en ese momento entre Visón y Hess. ¿Quién llevaría mejores cartas?
Después lo visionaría todo, gracias a Soren. Jamás imaginó que lo tendría de aliado interior.
Pasaron varios minutos en silencio, antes de que Visón diera un respingo. Miró a su
alrededor y se quitó el Smarteye.
—Increíble —dijo, sin poder apartar la vista del dispositivo que sostenía en la mano.
—¿Qué ha dicho Hess? —le preguntó ella.
Visón respiró hondo varias veces.
—Le he comunicado lo que necesitamos. Dice que verá si puede conseguirlo.
—¿De modo que tenemos que esperar? —preguntó Aria—. ¿Cuánto tiempo?
—Unas horas.
Ella ahogó una gritito de sorpresa.
Era poco tiempo. No terminaba de creerse que su plan estuviera funcionando. Sentía que
acababa de dar el primer paso de su viaje de regreso hacia el recinto de los Mareas. Hacia Perry.
Visón se levantó de la mesa.
—Vamos, Olivia —dijo, dirigiéndose a la puerta.
Aria se puso en pie al momento.
—Espera —dijo—. El Smarteye. Volveré a dejártelo cuando llegue el momento.
Visón se volvió hacia ella.
—No hace falta. Ya me lo quedo yo.
Liv se adelantó un poco y se colocó junto a Aria.
—Visón, es suyo.
—Ya no —replicó él, que, dirigiéndose a los guardias que custodiaban la puerta, añadió—:
Que pasen la noche aquí. Tal vez necesite a la residente. Después, cuando amanezca, echadlos.
—Los ojos de Visón, azules como el acero, se desplazaron hasta Liv—. Lo entenderás, supongo.
Por qué tus amigos no pueden quedarse.
Liv miró fugazmente a Rugido, que estaba petrificado a unos pasos de ella.
—Lo entiendo —dijo. Y, sin mirar atrás, siguió a Visón y salió del comedor.

•••
Horas después, Aria continuaba sentada a la misma mesa, en compañía de Rugido, observando
las cortinas de color óxido que se agitaban al viento. El comedor estaba sumido en la oscuridad,
y la única luz era la que se filtraba a través de las puertas abiertas de la terraza. De vez en cuando
oía las voces amortiguadas de los guardias apostados en el pasillo.
Entumecida, se frotó los brazos. Seguramente, Visón ya habría vuelto a reunirse con Hess. La
había usado y después se había deshecho ella. Negó con la cabeza. Aquellos dos hombres eran
más parecidos de lo que ella había supuesto.
Fuera, la lluvia había cesado, dejando las losas de la terraza brillantes. En ellas se reflejaba el
resplandor del éter. Desde donde estaba sentada, veía sus corrientes. Ríos brillantes que fluían
hacia la oscuridad. No tardarían en vivir otra tormenta. Aquello ya no le asombraba. Tarde o
temprano las habría todos los días, y todo sería igual que durante la Unidad. Decenios de
torbellinos constantes arrasando la tierra, cubriéndola de destrucción. Pero no lo alcanzaría todo.
En su mente, imaginaba un oasis. Un lugar dorado que resplandecía al sol. Imaginaba un
largo embarcadero, unas gaviotas planeando en el cielo azul. Imaginaba a Perry y a Garra juntos,
pescando al fin, contentos y relajados. Tizón también estaría allí, observándolos, sujetándose la
gorra para que el viento no se la llevara volando. Imaginaba a Liv y a Rugido cerca de allí,
susurrándose cosas al oído, planeando alguna travesura que, indefectiblemente, acabaría con
alguien lanzado al agua. Y ella también estaría allí. Cantaría algo bonito, tranquilo. Una canción
que se acompasaría con el ritmo de las olas. Una canción que captaría lo que sentía por todos.
Eso era lo que quería. Ese era su Azul Perpetuo, y cada vez que respiraba, con cada segundo
que pasaba, estaba en su mano luchar por él o no hacerlo.
Se dio cuenta de que no tenía alternativa. Siempre lucharía.
Aria permaneció inmóvil y le hizo una seña a Rugido para que la siguiera hasta la terraza. Al
salir, el aullido fantasmagórico del viento le puso la piel de gallina. Más abajo vio el río
Serpiente, sus aguas negras que se ondulaban a la luz del éter. Penachos de humo se elevaban
desde las chimeneas de las casas que se sucedían a lo largo de las dos orillas, y a lo lejos se
adivinaba el puente que Rugido y ella habían cruzado el día anterior. En la oscuridad, se alzaba
como un arco salpicado de puntos de luz.
Rugido se encontraba a su lado, la mandíbula apretada, los ojos marrones llenos de ira.
Le estrechó la mano con fuerza.
«Recuperaremos el Ojo, aunque tengamos que robarlo. Pasaremos por el saliente hasta el
siguiente balcón, y nos colaremos. Llegaremos al cuarto de Visón. Necesito encontrar el Azul
Perpetuo por Garra. Por Perry. Si está en el Ojo, entonces conseguiremos lo que hemos venido a
buscar. Vamos a buscar a Liv y larguémonos de aquí».
Se trataba de un plan desesperado; precipitado y peligroso. Pero sus posibilidades de actuar
disminuían por momentos. En cuestión de horas los expulsarían de Cornisa. El momento de
correr riesgos era ese y no otro.
—Sí —susurró Rugido con impaciencia en la voz—. Vamos.
Aria miró al otro lado del muro bajo que rodeaba la terraza. Había un pequeño saliente que
conectaba con la siguiente, situada a unos seis metros de donde se encontraban. Era apenas un
voladizo de un palmo de anchura. Miró hacia abajo. No sufría de vértigo, pero el estómago se le
cerró como si le hubieran dado un puñetazo. La caída hasta el río Serpiente era de casi veinte
metros, según sus cálculos y, por tanto, muy probablemente mortal.
Se subió a horcajadas sobre la baranda y se plantó sobre la repisa. Una ráfaga de viento hizo
ondear su camisa. Ahogó un grito y se estremeció. Hundió los dedos en los surcos de las piedras,
aspiró hondo y dio los primeros pasos que la alejaron del balcón. Y después otro. Y otro más.
Pasaba las manos por los bloques de piedra, en busca de ranuras y resquicios, sin apartar la
mirada de sus pies. Oyó el roce leve de los pies de Rugido tras ella, y las risas de una mujer que
llegaban desde más arriba.
Alzó la vista. Había llegado a la mitad del camino.
Una bota le resbaló y se dio con la espinilla en la repisa. Apretó mucho la mejilla al muro de
piedra, agarrotando mucho todos sus músculos. Pero a pesar de ello, no era suficiente. Respiró
hondo, obligando a ahuyentar de su mente la sensación de que caía hacia atrás.
—Estoy aquí, a tu lado —susurró Rugido. Le apoyó una mano en la espalda, firme, tibia—.
No dejaré que te caigas.
Ella apenas asintió con un leve movimiento de cabeza. Y, casi sin fuerzas, siguió avanzando.
Paso a paso, fue acercándose al otro balcón. A medida que lo hacía, iba viendo unas puertas
azules. Estaban abiertas, pero más allá solo había oscuridad. Esperó, venciendo su impaciencia
por abandonar aquella cornisa resbaladiza, y aguzó el oído para saber qué la aguardaba allí
dentro.
No oyó nada. Ni un solo sonido.
Aria pasó por encima del muro de piedra y quedó agazapada. Bajó la mano hasta tocar el
suelo. Después de aquella travesía, necesitaba establecer contacto con él. Rugido aterrizó sin
ruido a su lado.
Juntos, cruzaron la terraza. Una rápida comprobación ocular les confirmó que, al otro lado de
las puertas, la habitación oscura estaba vacía. Entraron en silencio, desarmados. Solo la luz del
éter que se colaba a través de las puertas iluminaba la estancia, pero les bastó para ver que se
trataba de un lugar sin muebles, con solo algunas sillas dispuestas en un rincón. Rugido avanzó
deprisa hacia ellas. Aria oyó unos chasquidos breves. Regresó y le entregó algo. El asta rota de
una cornamenta. Ella calibró su tacto en la mano. Su longitud era aproximadamente la misma
que la de sus puñales. No tan afilada, pero serviría como arma.
Acercándose a la puerta, escucharon por si oían algún ruido proveniente del salón. Silencio.
Salieron y se dirigieron a toda prisa al cuarto de Visón. En los pasillos parpadeaba la luz de
algunas lámparas, que creaban charcos de luces y de sombras. Aria apretó con más fuerza el
cuerno. Se había pasado el invierno practicando lucha con Rugido. Adquiriendo velocidad.
Impulso. Discreción. Se sentía preparada. El corazón le latía, y sentía una mezcla de impaciencia
y de temor.
El dormitorio de Liv estaba cerca, y el de Visón no estaría lejos.
Aria oyó pasos. Se quedó petrificada. Delante de ella, Rugido se puso tenso. Dos pasos
distintos resonaron en sus oídos. Los dos eran pesados, y los talones se clavaban con decisión en
las losas de piedra. El sonido parecía cambiar de procedencia: delante de ella en un instante,
detrás al instante siguiente. A los ojos de Rugido asomaba el mismo desconcierto. ¿De dónde
provenían? No había tiempo para averiguarlo.
Siguieron avanzando, deslizando los pies sobre las losas para no hacer ruido, muy pegados a
la pared. O bien esquivarían a los guardias, o bien se toparían con ellos.
Llegaron al final del pasadizo cuando una pareja de guardias doblaba la esquina, y en ese
preciso instante los dos actuaron como si lo tuvieran ensayado. Rugido se lanzó sobre el más
alto, que además le quedaba más cerca. Aria saltó sobre el segundo.
Le clavó el asta en la sien. El golpe fue certero, poderoso, y lo sintió en todo el brazo. El
hombre se echó hacia atrás, aturdido. Ella echó mano del puñal que llevaba al cinto y lo
desenvainó, dispuesta a atacarlo por segunda vez. Dispuesta a clavárselo. Pero él puso los ojos en
blanco y se desvaneció. Le acercó la empuñadura del arma a la mandíbula y lo golpeó con ella.
El guardia cayó al suelo, aunque ella tuvo tiempo de agarrarle la manga del uniforme para
amortiguar el ruido de su caída.
Durante un instante contempló a aquel hombre —su rostro rubicundo, su boca sin tensión—,
claramente derrotado en el suelo, y sintió una fe en sí misma que un tatuaje nunca le
proporcionaría. Se volvió y vio a Rugido, que se alzaba por encima del cuerpo del otro guardia.
Se guardó su puñal al cinto y la observó fijamente con sus ojos oscuros, fríos, concentrados. Con
un movimiento de mandíbula le señaló el vestíbulo, y se cargó al hombro al guardia que acababa
de matar.
Aria no podía ella sola con el otro, y no había tiempo para aventurarse. Corrió hacia el
dormitorio de Liv, se detuvo al llegar a la puerta, agarró el tirador de hierro y entró.
La luz del pasillo iluminó el cuarto en penumbra. Liv estaba tendida en la cama, despierta,
sobre la colcha. Al ver a Aria se puso en pie de un salto, y posó los pies en el suelo emitiendo un
ruido sordo. Llevaba su ropa de día, e incluso tenía puestas las botas.
Liv dejó de mirar a Aria y se fijó en la puerta. Inmediatamente después salió al pasillo sin
pronunciar una sola palabra. Aria la siguió. Se cruzaron con Rugido, que llevaba al guardia sobre
el hombro. Liv levantó al hombre al que Aria había abatido y lo agarró por debajo de los brazos.
Aria lo cogió de los pies. Juntas lo metieron en el dormitorio de Olivia y lo apoyaron contra la
pared, donde Rugido también había dejado al otro. Aria regresó corriendo junto a la puerta
abierta. Con gran cuidado la cerró. El mecanismo emitió un ligero chasquido.
Se volvió y vio que Rugido y Liv estaban fundidos en un abrazo.
31
Peregrino

PERRY se encontraba sentado en las cocinas, tras la cena, perdido en sus pensamientos, sin
poder apartar a Aria de su mente. No, no lo había engañado. No estaba con Rugido. No la había
perdido. Las ideas se repetían en su cabeza una y otra vez, en un círculo sin fin.
El éter había ido creciendo a lo largo de todo el día, enervándolos a todos, que seguían a la
espera de saber dónde descargaría en esa ocasión. Arrecife y Castaño estaban sentados a su lado,
y se mantenían en silencio. Cerca, Kirra hablaba con sus hombres Alondra y Bosque, que le
respondían en voz baja.
Solo Sauce se comportaba con normalidad. Estaba sentada frente a Perry, y le contaba a
Tizón cómo había encontrado a Pulga.
—Fue hace cuatro años —dijo—, y tenía el pelo más enmarañado que ahora.
—Pues sí que debía de tenerlo enmarañado —replicó Tizón, haciendo esfuerzos por no
sonreír.
—Lo sé. Perry, Garra y yo volvíamos del puerto cuando Garra lo vio. Pulga estaba tendido a
un lado del camino. ¿Verdad, Perry?
Él oyó que alguien pronunciaba su nombre, abandonó las profundidades de sus pensamientos
y subió a la superficie a responder.
—Sí.
—Así que nos acercamos y nos dimos cuenta de que tenía un clavo en la pezuña. Ya sabes,
en la parte blanda que tiene entre los dedos. —Sauce se separó los suyos y se los señaló—. Ahí
estaba el clavo. A mí me daba miedo que pudiera mordernos, pero Perry se acercó enseguida y
dijo: «Tranquilo, saco de pulgas. Solo quiero echarle un vistazo a tu pezuña».
Perry sonrió al oír que Sauce lo imitaba. No creía que tuviera la voz tan grave. Mientras la
niña seguía parloteando, él se miró la mano y la dobló. Recordó el roce de los dedos de Aria
entre los suyos.
¿Lo odiaba? ¿Se había olvidado de él?
—¿Qué ocurre? —preguntó Arrecife en voz baja.
Perry negó con la cabeza.
—Nada.
Arrecife lo observó un buen rato.
—Está bien —dijo, irritado, pero cuando se levantaba para irse posó una mano en el hombro
de Perry, en un gesto fugaz, tranquilizador.
Perry reprimió las ganas de apartársela. A él no le ocurría nada. Estaba bien.
Al otro lado, Castaño fingía no darse cuenta. Tenía abierto sobre la mesa el viejo cuaderno de
Valle, por la página en la que había realizado un dibujo de la cueva. Cuando volvió la página,
Perry se fijó en un listado de alimentos de hacía un año, escrito de puño y letra de su hermano.
Entonces ya le parecía que disponían de una cantidad insuficiente de comida. Ahora tenían
todavía menos. El cargamento que les había llevado Kirra no duraría eternamente, y Perry no
sabía cómo iban a reponerlo.
Castaño notó que lo observaba y alzó la vista, esbozando una sonrisa comprensiva.
—Qué buen momento para ser Señor de la Sangre, ¿verdad?
Perry tragó saliva. No se estaba compadeciendo de él. No era compasión. Asintió.
—Sería peor si tú no estuvieras aquí.
La sonrisa de Castaño se volvió más cálida.
—Has reunido a un buen equipo, Perry.
Regresó al cuaderno, dibujó tres líneas, las estudió durante un rato y, soltando un largo
suspiro, volvió a cerrarlo.
Será mejor que me vaya a descansar.
Se guardó el cuaderno bajo el brazo y se ausentó.
Cuando finalmente salió al exterior, el aire estaba impregnado de ceniza y transportaba el
olor penetrante del éter. Olía a ruinas. En el cielo se alternaba la oscuridad con el resplandor.
Nubes y remolinos. En cuestión de horas, la tormenta estallaría, y la tribu acudiría a guarecerse
en las cocinas.
Pulga apareció por la explanada. En su trote, sus orejas subían y bajaban acompasadamente.
Perry se arrodilló y le rascó el cuello.
—Eh, saco de pulgas. ¿Ya vienes de inspeccionarlo todo por mí?
El perro jadeaba. Perry recordó de pronto el día en que, hacía unas semanas, se había
plantado ante Aria, jadeante también, y le había arrimado el hocico a la pierna. De pronto se vio
invadido por el deseo imperioso de sentirse de nuevo alerta, con las ideas claras. De sacársela de
la cabeza.
Se dirigió al camino que conducía a la playa y, al ver que Pulga lo adelantaba, convirtió el
trayecto en carrera. Perry llegó corriendo a la última duna y dio un salto, pensando solo en
sumergirse en el mar.
Aterrizó sobre la arena blanda, y se quedó petrificado.
Pulga trotaba hacia una joven que se encontraba junto a la orilla, mirando el mar. Perry vio
que era más alta que Sauce, con cuerpo de mujer, y un pelo que, aun en aquella noche azulada, se
notaba que era rojo.
Kirra se percató de la presencia de Pulga. Y entonces se volvió y lo vio. Levantó la mano y
la agitó suavemente.
Perry vaciló, pues sabía que lo que tenía que hacer era decirle adiós desde donde se
encontraba y regresar al recinto. Pero, sin saber bien por qué, de pronto ya estaba frente a ella,
sin conciencia de haber recorrido la distancia que los separaba ni de haber decidido quedarse allí.
—Tenía la esperanza de que vendrías —dijo ella, sonriendo.
—Creía que no te gustaba la playa. —La voz de Perry sonaba áspera, enronquecida.
—No está tan mal cuando estás tú en ella. ¿No podías dormir?
—Eh… no. —Perry se cruzó de brazos y cerró los puños—. Iba a nadar.
—¿Y ahora ya no?
Él negó con la cabeza. Las olas eran demasiado altas. Golpeaban la orilla. Tenía que estar
allí. En el agua. O en casa, en su cama. Donde fuera menos allí.
—En cuanto a lo que he dicho antes… —dijo ella—, debería ocuparme de mis asuntos.
—No importa.
Kirra arqueó una ceja.
—¿En serio?
Perry habría querido responder que sí. No quería pasar por el tonto que había entregado su
corazón a una chica que lo había abandonado. No quería seguir sintiéndose débil.
Pero no dijo nada. Kirra se acercó más a él de todos modos. Más de lo que debía. Él ya no
podía seguir ignorando la forma de su cuerpo, la sonrisa que se dibujaba en sus labios.
Contrajo los músculos cuando ella le acarició el brazo, a pesar de que era algo que esperaba.
Kirra bajó la mano hasta la muñeca. Tirando suavemente, le descruzó los brazos. Después se los
pasó por la espalda y dio un paso al frente, borrando el poco espacio que aún quedaba entre ellos.
32
Aria

O
— LIVIA, ¿qué me estás haciendo? —Rugido hablaba en susurros graves, y miraba a Liv a
los ojos—. ¿Cómo pudiste venir aquí?
—Lo siento, Rugido. Creía que así ayudaría a los Mareas. Creí que podría soportarlo. Creí
que podría vivir sin ti.
A medida que hablaba, Rugido le besaba las mejillas, la frente. Aria se acercó corriendo al
balcón, pasando al lado del vestido de novia de Liv, que estaba colgado junto a las puertas
azules. Siguió avanzando hasta que sus piernas se tropezaron con el muro, y se agarró con fuerza
a las piedras frías y miró hacia abajo. Hacia el agua oscura, tan lejana.
No quería escuchar, no quería oírlos, pero tenía el oído tan fino… y se le afinaba más aún
cuando sentía una descarga de adrenalina.
La voz de Liv.
—Me equivocaba. Qué equivocada estaba.
Y la de Rugido.
—No importa, Liv. Te quiero. Pase lo que pase. Siempre te querré.
Después, silencio, y Aria solo oía el viento que se colaba por el balcón, y las respiraciones de
los dos, la de Liv y la de Rugido, acompasándose lentamente. Aria cerró los ojos, y sintió que se
le retorcía el alma. Casi sentía los brazos de Perry rodeándola. ¿Dónde estaba él ahora? ¿Pensaba
en ella él también?
Segundos después, Rugido y Liv aparecieron en el balcón juntos, los ojos centelleantes. La
espada corta de ella al hombro, en bandolera. En el otro cargaba con su macuto, y con el de Aria.
—Pensaba ir a buscarte esta misma noche —dijo Liv, y le entregó el macuto. Mientras lo
hacía, lo abrió y rebuscó en él hasta encontrar el Smarteye—. Visón lo ha escondido en su
habitación. Yo se lo he quitado mientras dormía. Antes había captado un olor a pino, de modo
que no me ha costado nada encontrarlo. —Se lo entregó a Aria—. Vamos, úsalo rápido.
Aria negó con la cabeza.
—¿Ahora? —¿Cuánto tiempo pasaría hasta que alguien se diera cuenta de que había dos
guardias desaparecidos?—. Tenemos que salir de aquí.
—Tienes que hacerlo ahora —insistió Liv—. Si nos lo llevamos, nos seguirá.
—Nos seguirá de todos modos, Olivia —intervino Rugido—. Tenemos que irnos.
—No nos seguirá —repitió Liv—. Consigue el Azul Perpetuo. Si no lo conseguimos, no nos
devolverán a Garra.
No había tiempo para discusiones. Aria se colocó el dispositivo, y casi al momento apareció
la pantalla. Escogió el icono del fantasma. Soren sabría si Visón y Hess habían hablado del Azul
Perpetuo. Esperó a que llegara el momento de la escisión que la llevaría al teatro de la ópera.
Pero no se escindió. En cambio, aparecieron unos nuevos iconos, genéricos, tras los que solo
había indicadores de duración. Soren le había dejado las grabaciones.
Escogió el más breve, cada vez más nerviosa. Rugido había entrado de nuevo en el
dormitorio de Liv, y permanecía escuchando junto a la puerta por si se acercaba alguien.
La imagen se expandió en su pantalla. Veía un Reino Rayado. Un espacio vacío en el que no
había más que oscuridad, rota por un foco que iluminaba desde arriba. Visón estaba a un lado, y
Hess al otro. Los planos de sus rostros se recortaban, angulosos, según los juegos de luces y de
sombras.
Hess llevaba su uniforme habitual de cónsul. Azul marino, con sus franjas reflectantes en
mangas y cuello. Estaba de pie, muy tieso, con las manos a los lados. Visón llevaba una camisa
negra entallada y pantalones del mismo color, y su cadena de Señor de la Sangre brillaba sobre
su pecho. Su pose era relajada, y, divertido, entrecerraba los ojos. El uno parecía peligroso; el
otro, mortífero.
Visón fue quien habló primero.
—Su mundo me resulta encantador. ¿Siempre es tan atractivo?
Hess esbozó una sonrisa burlona.
—Antes no había querido impresionarlo.
Aria se dio cuenta de que había escogido la grabación de su segundo encuentro. No había
tiempo para pasar al primero. Dejó que siguiera reproduciéndose.
—¿Preferiría este? —preguntó Hess.
Sin que se oyera el menor sonido, el Reino cambió. Ahora estaban en una choza con techo de
paja, de laterales abiertos, que parecía erigirse sobre altos pilones. Un paisaje dorado de sabana
se extendía hasta el horizonte, y la hierba se mecía en oleadas, movida por una brisa tibia.
Hess no entendía nada; había cambiado de Reino para insultar a su interlocutor. Un guiño al
hombre primitivo que, según él, era Visón. Pero durante un largo instante Aria no pudo hacer
más —y Visón tampoco— que observar, maravillada, aquel paisaje inundado de sol. Aquellos
animales. Aquel cielo despejado, inmóvil. Aquella tierra que aparecía suavemente dorada, y no
cruelmente abrasada por el éter.
Visón volvió a concentrarse en Hess.
—Sí, lo prefiero así, gracias. ¿Qué ha averiguado?
Hess suspiró.
—Mis ingenieros me aseguran que el deslizador puede viajar por toda clase de terrenos.
Cuentan con escudos, pero su eficacia es limitada. Cualquier concentración excesiva de éter
puede desactivarlo.
Visón asintió.
—Yo tengo otra solución en mente. ¿Cuánta gente cabría, Hess?
—Ochocientas personas. Y eso ya es forzar al máximo su capacidad.
—No es suficiente —dijo Visón.
—Nunca pensamos que tendríamos que abandonar Ensoñación —replicó Hess en tono de
impotencia—. No estamos preparados para un éxodo de semejante magnitud. ¿Vosotros sí?
Visón sonrió.
—Si lo estuviéramos, usted y yo no mantendríamos esta conversación en este momento.
Hess aspiró hondo y soltó el aire despacio.
—O repartimos el número de manera equitativa, o no hay trato.
—Sí. —Coincidió Visón, impaciente—. Ya hemos hablado de las condiciones.
En el mundo real, Rugido volvió a salir al balcón.
—Tenemos que irnos —le susurró, tirándole del brazo. Aria negó con la cabeza. Ahora no
podía dejar de escuchar.
—¿Cuándo podrían estar listos? —preguntó Hess.
—Una semana para cargar la nave y llenarla de combustible, y para organizar a los…
supervivientes. A los elegidos.
Visón asintió, mientras, pensativo, recorría con la mirada la verde llanura.
—Ochocientos —repitió en voz baja, para sus adentros, antes de mirar de nuevo a Hess—.
¿Y qué hará con el resto de sus ciudadanos?
Hess se puso pálido de pronto.
—¿Y qué puedo hacer con ellos? Les dirán que esperen al segundo operativo.
Visón esbozó una sonrisa.
—Usted sabe que no habrá segundo operativo. Ese río solo se cruza una vez.
—Sí, yo ya lo sé —admitió el cónsul parcamente—. Pero ellos no.
Aria sintió que le fallaban las piernas. Con su hombro rozó el de Liv. Visón y Hess iban a
seleccionar, a escoger quién iba al Azul Perpetuo. Quién vivía y quién moría. Le faltaba el
aliento, empezaba a tener náuseas. Le asqueaba lo fríamente que hablaban de dejar a su gente
abandonada a su suerte.
Rugido le apretó el brazo con más fuerza.
—Aria, ¡tienes que parar ya!
En el vestíbulo se oyeron unos ruidos. Ella se agarrotó y activó las órdenes para desconectar
el ojo.
—¡Aquí! —gritó alguien.
Rugido desenvainó su puñal. Aria oyó el golpetazo de un hombro al impactar contra la puerta
para forzarla, y después el crujido de la madera sobre la piedra. En la oscuridad del dormitorio de
Liv, entrevió un destello de movimiento. Una marea negra que se abalanzaba sobre ellos. Ella
retrocedió, intentando colocarse bien el macuto, hasta tocar el muro bajo el balcón con las
pantorrillas mientras guardaba el Ojo en lo más hondo del bolsillo de cuero. Los pasos resonaban
cada vez más cerca, y entonces aparecieron los guardias y les gritaron que se rindieran. Destellos
de acero iluminaban la penumbra.
Liv desenvainó su espada corta y dio un paso en dirección a Rugido.
—¡Liv! —exclamó él.
El guardia al mando levantó una ballesta y detuvo su acción. Ella se encontraba ya unos
pasos por delante de Aria y Rugido, dispuesta a atacar. Los guardias de Visón iban entrando y
formaban una pared roja y negra frente a la puerta. Ellos tres estaban atrapados en el balcón.
Todo permanecía inmóvil y en silencio, salvo por el avance lento y constante de unos pasos.
Los hombres de Visón se echaron a un lado y él hizo su aparición. Aria no vio el menor atisbo de
sorpresa en su rostro.
—La chica tiene el dispositivo ocular —le informó uno de los guardias—. He visto cómo se
lo guardaba en su bolsa.
Visón la miró con ojos fríos, concentrados. Aria agarró el macuto con más fuerza.
—Lo he cogido yo. —Se delató Liv, que no había abandonado su pose de lucha.
—Lo sé. —Visón dio un paso al frente, olisqueando sin disimulo para captar olores—. Me he
dado cuenta de que algo en tu corazón ha cambiado, Olivia. Pero albergaba la esperanza de que
no hicieras nada.
—Deja que se vayan —le dijo Liv—. Deja que se vayan ellos, y yo me quedaré.
Rugido, que seguía junto a Aria, tensó todos los músculos de su cuerpo.
—¡No, Liv!
Visón lo ignoró.
—¿Y qué te hace creer que quiero que te quedes? Me has robado. Y has escogido a otro. —
En ese momento sí miró a Rugido—. Pero tal vez sí exista una solución. Tal vez tengáis
demasiadas opciones.
Visón le quitó la ballesta al guardia que tenía a su lado y apuntó con ella a Rugido.
—¿Crees que eso va a cambiar algo? —le soltó él en tono duro—. Lo que tú hagas no
importa. Ella nunca será tuya.
—¿Eso crees? —preguntó Visón, sujetando el arma con más fuerza, dispuesto a dispararla.
—¡No! —Aria levantó el macuto, lo pasó al otro lado de la barandilla y lo sostuvo
suspendido en el vacío—. Si quieres que te devuelva el Smarteye, tienes que jurarme que no le
harás daño. Júramelo delante de tus hombres o lo suelto.
—Si haces eso, residente, os mataré a los dos.
Liv se adelantó, blandiendo su espada. Visón apuntó y disparó. La flecha abandonó la
ballesta. Liv se echó hacia atrás y cayó al suelo.
Su cuerpo golpeó las losas emitiendo un sonido terrible, como si un pesado saco de cereales
hubiera sido arrojado al suelo. Y después quedó inmóvil.
El mundo real se había estropeado. Tenía un defecto, como el de los Reinos. Liv no se
movía. Seguía tendida a un paso de los pies de Aria. De los pies de Rugido. Sus cabellos largos
se derramaban sobre su pecho. Por entre los mechones rubios, Aria vio la flecha que se le había
clavado, la sangre que brotaba y teñía de rojo su camisa color marfil.
Oyó que Rugido exhalaba. Un sonido raro, como un último estertor de vida.
Y entonces comprendió qué era lo que sucedería a continuación.
Rugido atacaría a Visón, por más que ello no fuera a resucitar a Liv. Aunque hubiera media
docena de hombres armados junto a su Señor de la Sangre, Rugido intentaría matar a Visón.
Pero, a menos que ella hiciera algo en ese mismo momento, el que moriría sería él.
Aria se echó hacia delante. Rodeó a Rugido con los brazos y retrocedió, haciendo que los dos
saltaran por encima del muro de piedra del balcón. Los dos etéreos, cayendo, cayendo, cayendo
en la oscuridad.
33
Peregrino

— OLVÍDATE de ella —susurró Kirra—. Se ha ido.


Su olor penetró en las fosas nasales de Perry. Un perfume otoñal muy intenso. A hojas secas
que se partían y se rompían en pedazos. Era un olor equivocado, pero Perry sintió que se le
abrían los puños. Sus dedos recorrieron la parte baja de su espalda. Una carne que no sentía
como él habría querido. ¿Notaba ella que sus dedos temblaban cuando le acariciaba la espalda?
Unas ganas voraces se apoderaron de él. El corazón le palpitaba dolorosamente en el pecho,
como si los latidos fueran olas rompiendo en una orilla.
—Perry… —le susurró Kirra, el perfume de su cuerpo cada vez más cálido. Se pasó la
lengua por los labios y lo miró con un brillo intenso en los ojos—. Yo tampoco esperaba que
sucediera esto.
—Sí, tú sí lo esperabas.
Ella negó con la cabeza.
—No vine aquí para esto. Juntos podría irnos muy bien —prosiguió. Y entonces posó las
manos en él. Manos rápidas, frías, que corrían sobre su pecho. Le rozaban el vientre. Se acercaba
más a él, apretujaba su cuerpo contra el suyo, y se puso de puntillas para besarlo.
—Kirra.
—No digas nada, Perry.
Él la sujetó por las muñecas y le apartó las manos.
—No.
Ella volvió a apoyarse en sus talones y clavó la vista en su pecho. Permanecieron así un buen
rato, sin moverse. Sin hablar. El humor de Kirra estaba encendido como un fuego de tonalidades
ardientes, carmesíes. Perry olía también su determinación, su control a medida que se iba
enfriando más y más, helándose.
Oyó un ladrido en el camino de la playa. Se había olvidado de Pulga. Se había olvidado de la
tormenta que crecía sobre sus cabezas. Había olvidado, por un segundo, qué se sentía cuando a
uno lo dejaban atrás.
Curiosamente, se sentía sosegado. No importaba que Aria se encontrara a centenares de
kilómetros de allí, ni que le hiciera daño, ni que lo abandonara, ni cualquier otra cosa. Nada
cambiaría lo que sentía. Ni ignorar lo que pensaba de ella, ni estar con Kirra. Desde el momento
en que Aria le tomó la mano en la terraza de Castaño, lo cambió todo. Pasara lo que pasara,
siempre, siempre sería su único amor.
—Lo siento, Kirra —dijo—. No debería haber venido.
Ella se encogió de hombros.
—Sobreviviré. —Se volvió para alejarse de allí, pero cambió de opinión y se detuvo. Miró
hacia atrás, sonriendo—. Aunque has de saber que yo consigo siempre lo que me propongo.
34
Aria

ARIA ya había volado otras veces, pero siempre en los Reinos. Se trataba de una sensación
gloriosa, flotar sin peso ni preocupaciones. Volar era como convertirse en viento. Pero aquello
no se parecía en nada. Aquello era horrible, terrorífico, generaba pánico. A medida que el río
Serpiente aparecía más claramente ante sus ojos, su único pensamiento era no separarse de
Rugido.
El agua la abofeteó, dura como una piedra, y después todo ocurrió a la vez. Todos los huesos
de su cuerpo se descoyuntaron. Rugido la soltó, y la oscuridad la engulló, arrancando todo
pensamiento de su mente. No sabía si seguía allí —si seguía viva—, y no lo supo hasta que vio la
luz intermitente del éter llamándola para que subiera a la superficie.
Sus extremidades se pusieron en movimiento, y pataleó, abriéndose paso en el agua. El frío
se le clavaba en los músculos y en los ojos. Pesaba demasiado, y avanzaba demasiado despacio.
La ropa, empapada, la arrastraba hacia abajo, y notaba que la cinta del macuto le oprimía la
cintura. Aria la agarró con fuerza y nadó, cada brazada un esfuerzo comparable al de surcar el
barro. Finalmente, llegó a la superficie y aspiró hondo.
—¡Rugido! —gritó, recorriendo las aguas con la mirada. El río parecía calmado desde la
superficie, pero la corriente era brutal.
Se llenó de aire los pulmones y volvió a sumergirse, buscándolo desesperadamente. Apenas
veía nada más allá, pero aun así lo descubrió flotando cerca, de espaldas a ella.
Él no nadaba.
El pánico se apoderó de ella. Lo había arrojado por el balcón.
Si lo había matado…
Si se iba para siempre…
Llegó hasta él, lo agarró por debajo de los brazos y tiró. Salieron a la superficie, pero ahora
ella debía patalear con más fuerza. Pesaba muchísimo, no se movía; era un peso muerto que la
arrastraba hacia las profundidades una vez más.
—¡Rugido! —gritó de nuevo, haciendo un gran esfuerzo por mantenerlo a flote. Aria no
había experimentado jamás un frío tan intenso, que le clavaba mil agujas en los músculos—.
¡Rugido! ¡Ayúdame!
Tragó agua y empezó a toser. Seguían hundiéndose. Seguían cayendo los dos juntos.
Aria no podía hablar. Alargó las manos, agitándolas, y encontró la piel desnuda de su cuello.
«Rugido, por favor, sin ti no voy a poder hacer esto».
Él dio un respingo al momento, como si acabara de despertar de una pesadilla, y se soltó de
sus brazos.
Aria alcanzó una vez más la superficie y vomitó agua del río, intentando respirar
desesperadamente.
Rugido nadaba, alejándose de ella. Debía de estar volviéndose loca. Él no la abandonaría
jamás. Entonces vio una forma oscura flotando hacia ellos en la distancia. Durante una fracción
de segundo se le ocurrió que Visón se había arrojado al agua, hasta que su visión se aclaró algo
más y distinguió un tronco caído. Rugido se aferró a él.
—¡Aria! —gritó, nadando hacia ella y agarrándola.
Finalmente ella también logró sujetarse al tronco. Notó que unas ramas tronchadas se le
clavaban en las manos entumecidas. No podía dejar de tiritar, de tiritar desde lo más profundo de
su ser. Pasaron bajo el puente y siguieron deslizándose, deprisa, más allá de las casas que
flanqueaban las orillas. Todo estaba oscuro e inmóvil, en la noche cerrada.
—¡Hace demasiado frío! —dijo—. Tenemos que salir de aquí. —Le temblaba tanto la
barbilla que sus palabras resultaban incomprensibles.
Nadaron juntos hacia la orilla y, sin saber bien cómo, Aria la alcanzó. Apenas sentía las
piernas. Solo cuando notaron que hacían pie en el lecho arenoso soltaron el tronco. Rugido le
pasó un brazo por el hombro y así, apoyándose el uno en el otro, siguieron vadeando. La realidad
regresaba a ellos con cada nuevo paso que daban.
Liv.
Liv.
«Liv».
Aria no se había atrevido aún a mirar a Rugido a la cara. Le daba miedo lo que pudiera
encontrar.
Al salir del río y empezar a caminar sobre la tierra, de pronto sintió que pesaba mil kilos.
Aun así Rugido y ella ascendieron por la orilla, sujetándose, a trompicones. Pasaron entre dos
casas, atravesaron un campo y se internaron en el bosque que se extendía más allá.
Aria no sabía hacia dónde avanzaba. No era capaz de andar en línea recta. Tenía la mente en
blanco.
—Caminar no nos más frío.
Era su voz, pero amortiguada, y lo que decía no parecía tener sentido. Poco después se
encontraba tendida de lado, entre altas hierbas. No recordaba haberse caído. Se acurrucó, hecha
un ovillo, intentando detener el dolor que se le clavaba en los músculos, en el corazón.
Rugido apareció sobre ella. Permaneció allí un segundo, y después se fue, y todo lo que veía
Aria era éter, éter que fluía en remolinos sobre su cabeza.
Habría querido ir tras él. No quería estar sola, pero lo único que sentía era soledad.
Necesitaba un lugar con halcones tallados sobre el alféizar. Necesitaba pertenecer a un lugar.

•••
Cuando abrió los ojos, unas ramas finas se mecían sobre ella, y la primera luz del alba coloreaba
el cielo. Tenía la cabeza apoyada en el pecho de Rugido. Los cubría una manta gruesa, cálida,
que olía a caballo.
Se incorporó y al hacerlo sintió que le dolía todo el cuerpo, y que temblaba de debilidad.
Todavía tenía el pelo húmedo del río. Se encontraban en el pliegue de una quebrada. Rugido
debía de haberla trasladado hasta allí mientras dormía. O mientras estaba inconsciente. Cerca
ardía una hoguera. Sus botas y sus chaquetas estaban puestas a secar.
Rugido dormía con una media sonrisa dibujada en los labios. Estaba muy pálido. Aria grabó
en su mente el aspecto que tenía en ese preciso instante. No estaba segura de cuándo volvería a
verlo sonreír.
Estaba muy guapo, y no era justo.
Aria aspiró hondo, temblorosa.
—Rugido —dijo en voz baja.
Él se puso en pie sin decir nada. Lo súbito de sus movimientos la asustó, y se preguntó si en
realidad había llegado a dormirse.
La miró con ojos turbios. Como si no la viera. Ella recordó que cuando su madre había
muerto, también se había sentido así. Distanciada de todo. Como si nada de lo que veía le
pareciera igual. Todo —desde el mundo que la rodeaba hasta lo que sentía en su interior— se
había vuelto irreconocible.
Aria se levantó. Habría querido abrazarlo y llorar con él. «Dámelo a mí —habría querido
gritar—. Dame tu dolor. Déjame que te lo quite».
Rugido se volvió. Recogió su chaqueta, apagó el fuego y empezó a caminar.
Mientras se apresuraban por dejar atrás el río Serpiente, las nubes avanzaban y proyectaban
sus sombras moteadas sobre el bosque. A Aria le dolía la rodilla derecha —debía de habérsela
torcido al caer del balcón—, pero tenían que seguir avanzando. Visón iría tras ellos. Debían
alejarse de Cornisa y buscar refugio. No se permitía a sí misma pensar en nada más. No podía.
Avanzaron por el repecho y se detuvieron, al llegar la tarde, en un bosque espeso de pinos. El
Serpiente formaba meandros al fondo del valle, y sus aguas brillaban como escamas. A lo lejos
vio una columna de humo negro. Otra porción de tierra arrasada por una tormenta. El éter
actuaba cada vez con más fuerza. Nadie podía ponerlo en duda.
Rugido soltó el macuto y se sentó. No había dicho nada en todo el día. Ni una sola palabra.
—Voy a investigar un poco —le dijo ella—. No me alejaré mucho. —Se fue a ver cuál era su
posición. Estaban protegidos, a un lado, por una ladera de esquisto y, al otro, por un despeñadero
infranqueable. Si alguien iba tras ellos, contarían con bastante ventaja.
A su regreso, encontró a Rugido arrodillado y con la cabeza entre las manos. Las lágrimas le
resbalaban por las mejillas y la barbilla, pero no se movía. Aria nunca había visto a nadie llorar
así. Tan quieto. Como si no se diera cuenta siquiera de lo que hacía.
—Estoy aquí, Rugido —susurró ella, sentándose a su lado—. Aquí, contigo.
Él cerró los ojos y no respondió nada.
Verlo así le dolía. Le hacía querer gritar hasta enronquecer, pero no podía obligarlo a hablar.
Cuando estuviera preparado para hacerlo, la hallaría allí, a su lado.
Aria encontró una camisa usada en el macuto y la cortó en tiras. Se vendó con ellas la rodilla
y guardó sus cosas. Ya no tenía nada más que hacer, salvo presenciar cómo el corazón de Rugido
se desangraba ante sus propios ojos.
A su mente regresó de pronto la imagen de Liv sonriendo, soñolienta, y preguntándole: «¿Y
quién es el pájaro? ¿Tú o mi hermano?».
Aria se cubrió la boca con la mano y se alejó como pudo. Dejó atrás arbustos y árboles.
Necesitaba alejarse un poco, porque ella no sabía llorar en silencio, y no quería ponerle las cosas
más difíciles a Rugido.
Liv debería haberse casado al día siguiente, o debería haber huido con Rugido. Debería haber
visto a Perry convertido en Señor de la Sangre, y debería haberse hecho amiga de Aria. En un
segundo, todo aquello se había esfumado.
Aria recordó el momento en que estuvo en el comedor a solas con Visón. Había tenido un
cuchillo en la mano, y su cuello a tiro. Se odió a sí misma por no habérselo clavado.
Con los ojos hinchados y el corazón dolorido, regresó, cojeando, junto a Rugido, que dormía
con la cabeza apoyada en el macuto. Encontró el Smarteye y reprimió un nuevo ataque de llanto.
Si Liv no lo hubiera robado, ¿todavía estaría viva? ¿Estaría viva si Aria le hubiera entregado el
Smarteye a Visón en la terraza?
Le repugnaba pensar en aquel encuentro entre Hess y Visón. Su acuerdo para desplazarse
juntos al Azul Perpetuo implicaba dar la espalda a miles de personas inocentes. Pensó en Garra y
en Caleb, en el resto de sus amigos de Ensoñación. ¿Formarían ellos parte de los elegidos para
irse? ¿Y Perry, y Tizón, y el resto de los Mareas? ¿Y todos los demás? La Unidad se repetía, y
era más horrible de lo que había imaginado.
La idea de ver a Hess le revolvía el estómago, pero tenía que hacerlo. Ella lo había puesto en
contacto con Visón. Le había ayudado, en parte, a encontrar el Azul Perpetuo. Ahora él debía
cumplir con su parte del trato, y si la traicionaba, tendría que ponerse en contacto con Soren. Le
daba igual cómo, pero debía recuperar a Garra.
Con el pulso acelerado, se colocó el Smarteye. Enseguida constató que la conexión
biotecnológica funcionaba. Descubrió que los iconos habían desaparecido. En su pantalla solo
permanecían los relacionados con Hess y con Soren. Intentó contactar con el cónsul y esperó.
Pero Hess no se presentó.
Después lo intentó con Soren. Pero Soren tampoco apareció.
35
Peregrino

MÁS tarde, Perry se subió al tejado de su casa y observó el éter retorciéndose en el cielo. Se
había sumergido en el mar después de que Kirra lo dejara solo, porque necesitaba desprenderse
de su aroma. Surcó las olas hasta que le dolieron los hombros, y después regresó al recinto,
cansado y entumecido, pero con la mente despejada.
Cuando apoyó la cabeza en las baldosas del terrado, volvió a sentir el vaivén del mar. Cerró
los ojos y se dejó arrastrar hasta los límites borrosos de su recuerdo.
Recordó la vez que su padre se lo llevó de caza, los dos solos, la tarde en que nació Garra.
Perry tenía once años. El día era soleado y soplaba una brisa suave como un aliento. Recordaba
el sonido de los pasos de su padre, seguros, contundentes, mientras avanzaban por el bosque.
Transcurrieron horas hasta que Perry se dio cuenta de que su padre no perseguía presas, no
prestaba atención a los olores. Se detuvo abruptamente, se arrodilló, miró a Perry a los ojos como
casi nunca hacía. La luz que se filtraba entre los árboles moteaba su frente. Y entonces le contó a
Perry que el amor era como las olas del mar, suaves y buenas a veces, embravecidas y terribles
en otras ocasiones, pero que era infinito y más fuerte que el cielo y la tierra, y más que todo lo
que había entre ambos.
—Espero que algún día lo entiendas —le dijo su padre—. Y espero que me perdones.
Perry sabía cómo se sentía uno cuando un error lo perseguía cada vez que se acostaba. No
había nada más doloroso que lastimar a alguien a quien se amaba. Se dio cuenta de que ya lo
entendía, de que lo que le había ocurrido con Valle le permitía entenderlo. Por más que lo
intentara, habría momentos en los que no podría evitar las olas embravecidas y terribles. No
podría evitárselas a su tribu. A Aria. A su hermano.
Se revolvió un poco en el terrado, y llegó a la conclusión de que ese día del que le había
hablado su padre era hoy. Era esa noche. Era ahora. Y le perdonó.

•••

La tormenta descargó antes del amanecer, y lo sacó de un sueño profundo y reparador. El éter se
revolvía en espirales, más luminoso que nunca. Perry se puso en pie, sintió la piel eléctrica y
aquel olor acre, poderoso, asfixiante. Hacia el oeste, un torbellino se descolgaba del cielo y se
dirigía a la tierra. El chirrido que lo acompañaba atronaba en sus oídos. Divisó otro tornado hacia
el sur, y otro más. De pronto la noche estaba viva, parpadeante de luz.
—¡Perry! ¡Sal de ahí inmediatamente! —le gritó Tallo desde la explanada. La gente
abandonaba sus casas, aterrada, y corría hacia las cocinas.
Perry lo hizo hacia la escalera de mano. Cuando bajaba por ella, todo se volvió de un blanco
cegador, y el aire se estremeció. Se le agarrotaron las piernas. No puso bien el pie en el travesaño
y cayó al suelo.
Al otro lado de la explanada, un torbellino de éter descendió y alcanzó la casa de Oso. El
suelo bajo sus pies retumbó. Perry lo observaba todo incapaz de moverse, mientras oía que las
tejas y las baldosas estallaban y se partían. El torbellino ascendió de nuevo, y el tejado se
resquebrajó y se ladeó. Él se puso en pie y echó a correr de nuevo, apartando a la gente que se
encontraba en el camino.
—¡Oso! —gritó—. ¡Molly!
Solo vio un montón de piedras allí donde hasta hacía un momento se alzaban la puerta de
entrada y una ventana. De las ruinas salía humo. Se había declarado un incendio en alguna parte
de la casa.
Brizna apareció a su lado.
—¡Están dentro! ¡Oigo a Oso!
La gente empezaba a congregarse, y observaba horrorizada las llamas que se elevaban por
entre las rendijas del tejado inclinado. Perry miró a Arrecife a los ojos.
—¡Que todo el mundo se refugie en las cocinas!
Escondido bombeaba agua del pozo. Los hombres y las mujeres de Kirra permanecían tras
ella, y sus ropas se agitaban al viento caliente y arremolinado.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó, dejando al margen lo que había sucedido en la
playa.
—Necesitamos más agua —respondió él—. Y que ayudéis a retirar los cascotes.
—Si apartamos estas piedras, el resto del tejado podría venirse abajo —intervino Tallo.
—¡No tenemos elección! —gritó Perry. El fuego se propagaba por momentos.
Empezó a levantar las piedras del muro derruido, apartándolas una por una, cada vez más
alterado al constatar que el calor del fuego se colaba entre las ruinas y alcanzaba sus manos.
Percibía que, tras él, sus hombres y los de Kirra lo imitaban.
Los segundos parecían horas. Alzó la vista y vio que un torbellino de éter descendía hasta las
cocinas. El impacto lo lanzó de costado y logró ponerse de rodillas. Cuando el tornado volvió a
ascender al cielo, Perry permaneció en silencio unos instantes, aturdido, resituándose. Brizna lo
observaba con la mirada perdida, y un reguero de sangre le brotaba de la oreja.
—¡Perry! ¡Por aquí! —gritó Rezagado a tres metros de él. Escondido y Escondite estaban
sacando a Molly de entre un montón de escombros.
Perry corrió hacia ella. Tenía un corte en la frente que le sangraba bastante, pero estaba viva.
—Él sigue dentro —dijo.
—Lo sacaré de ahí, Molly —le prometió.
Los hermanos la llevaron hasta las cocinas, donde la atenderían. Allí donde mirara, Perry
veía torbellinos arrasando el suelo.
Kirra pidió a su gente que se refugiara en las cocinas.
—Lo hemos intentado —dijo, encogiéndose de hombros y alejándose. ¿Tan pronto se rendía
cuando había alguien que necesitaba su ayuda? ¿Cuándo su vida corría peligro?
Perry regresó a la casa en el momento en que el resto del techo se hundía. Al verlo se quedó
sin aliento, y unos gritos de espanto resonaron a su alrededor.
—Ya no hay nada que hacer, Perry. —Brizna lo agarró por el brazo, tirando de él para
llevarlo a las cocinas.
Perry se libró de él.
—¡No pienso dejarlo aquí! —Vio a Arrecife en la explanada, corriendo junto a Escondido.
Sabía que ellos también querrían llevárselo de allí.
En ese momento Tizón llegó acompañado de Sauce. Pulga ladraba, muy pegado a sus
piernas. El niño miró a Perry con ojos fieros.
—¡Por favor, déjame ayudarte!
—¡No! —Perry no pensaba poner en peligro también la vida de Tizón—. ¡Entra en las
cocinas!
Tizón negó con la cabeza.
—¡Podría hacer algo!
—¡Tizón, no! Sauce, sácalo de aquí.
Pero era demasiado tarde. Tizón ya se encontraba en otra parte. Tenía la mirada perdida,
indiferente al caos que lo rodeaba. Al retirarse un poco y plantarse en medio de la explanada, sus
ojos empezaron a brillar, y unas venas de éter se marcaron en su rostro y sus manos. Perry oyó
que a su alrededor resonaban gritos de asombro y maldiciones, pues la gente se había percatado
de la presencia de Tizón, y de lo que ocurría en el cielo.
Sobre sus cabezas, el éter se estaba condensando en un único e inmenso remolino. Un
torbellino descendió entonces, formando un muro resplandeciente, denso, que rodeó al niño y se
lo tragó. Perry se quedó mudo. Inmóvil. No sabía cómo detener a Tizón.
Un estallido de luz le cegó los ojos momentáneamente. Cayó de lado en el suelo y se cubrió
la cabeza con un brazo. Estaba seguro de que se le quemaría la piel. Una lengua de calor pasó
sobre él y le impidió moverse durante unos segundos que se le hicieron eternos. Entonces, un
silencio súbito descendió sobre el recinto. Alzó la mirada y no vio ni rastro del éter. El cielo
estaba azul y sereno hasta el horizonte.
Se fijó entonces en el centro de la explanada. Una pequeña figura yacía acurrucada en un
círculo de brasas encendidas. Perry se puso en pie como pudo y corrió hacia él. Tizón seguía
mortalmente quieto, sin su gorra y sin pelo. Y parecía que no respiraba.
36
Aria

D
— EBO encontrar otra manera de ponerme en contacto con los Mareas —dijo Aria
acariciándose el estómago, que gruñía de hambre. En la trampa que había preparado la noche
anterior no había caído ningún animal—. Me lastimé la rodilla al caer.
Rugido apartó la vista de la hoguera con ojos inexpresivos. Todavía no había pronunciado
una sola palabra. Aria no lo recordaba bien: ¿había dicho su nombre cuando estaban en el río
Serpiente? En aquel momento ella estaba tan al límite, por culpa del frío, que ahora se
preguntaba si lo habría imaginado.
—Podríamos hacer parte del camino en barca, siguiendo el curso del Serpiente —prosiguió
—. Sería un riesgo, pero también lo es seguir aquí. Y al menos de ese modo avanzaríamos más
deprisa.
Hablaba en voz baja, pero a ella misma su voz le resultaba estridente.
—Rugido, por favor, di algo. —Se acercó más a él y le cogió la mano—. «Estoy aquí, estoy
aquí contigo. Siento mucho lo de Liv. Por favor, dime que al menos me oyes».
Él la miró con afecto durante un segundo, antes de retirar la mano.
Regresaron al río Serpiente en dirección oeste, alejándose de Cornisa. Aquella tarde llegaron
a un pueblo de pescadores, donde ella consiguió puesto en una barcaza que seguía viaje río
abajo. Las bodegas estaban llenas de cajas y sacos de provisiones. Ella estaba dispuesta a luchar,
dispuesta a cualquier cosa en caso de que Visón hubiera dado orden de capturarlos, pero el
capitán, un hombre de rostro curtido que se llamaba Maverick, no hizo preguntas. Y el viaje lo
pagó entregándole uno de sus puñales.
—Un buen filo, sí, gusanita —dijo Maverick, y a continuación posó la vista en Rugido—.
Ahora tú me das el otro, y yo os doy un camarote.
Aria estaba nerviosa, dolorida e impaciente.
—Si vuelve a llamarme «gusanita» el otro puñal se lo «daré» yo.
Maverick sonrió, y al hacerlo mostró una hilera de dientes de plata.
—Bienvenidos a bordo.
Antes de zarpar, Aria se dedicó a escuchar con atención los chismes que intercambiaba la
gente en el muelle. Visón había reunido a una legión de hombres y estaba preparándose para
dirigirse al sur. Oyó distintos motivos: quería conquistar un nuevo territorio; iba en busca del
Azul Perpetuo; perseguía vengarse de un audil que había asesinado a su prometida días antes de
la boda.
Aria imaginó a Visón propagando personalmente ese último rumor. Creía que no era posible
odiar más a alguien, pero después de oír aquello, el odio que sentía por él creció.
Una vez a bordo, Rugido y ella se instalaron entre sacos llenos de lana, rollos de piel y
productos usados y recuperados, como ruedas y tuberías de plástico de la época anterior a la
Unidad. A ella le causaba asombro que el comercio siguiera realizándose como de costumbre. El
mundo se dirigía de nuevo hacia la ruina, y aquellas transacciones le parecían inútiles.
Se sentía en posesión de un secreto espantoso. El mundo se acercaba a su fin, y si Hess y
Visón se salían con la suya, solo sobrevivirían ochocientas personas. Una parte de ella quería
gritar a pleno pulmón una advertencia. Pero ¿de qué serviría eso? ¿Qué podía hacer la gente, si
no sabía dónde se encontraba el Azul Perpetuo? La otra parte de ella seguía sin creer que lo que
había visto —lo que había oído planear a Visón y a Hess— fuera cierto.
Cerró los ojos cuando la barcaza se movió al centro del río, y se dedicó a escuchar las voces
de los tripulantes, y los crujidos de la madera. Todos aquellos sonidos le hacían sentirse peor por
Rugido.
Cuando todo quedó en silencio, Aria se cubrió la cabeza con su abrigo e intentó conectar el
Smarteye una vez más. No había perdido del todo la esperanza de ponerse en contacto con Hess
o con Soren. No podía renunciar a llevar a Garra junto a Perry.
Pero ni Hess ni Soren respondieron. Volvió a guardarse el dispositivo en el macuto. ¿La
estaban ignorando o tal vez había ocurrido algo en Ensoñación? No dejaba de pensar en aquellos
fallos constantes que se producían en los Reinos, en aquellas interrupciones. ¿Y si había perdido
el contacto porque los daños en Ensoñación habían ido a peor? ¿Y si se estaba desmoronando?
No podía descartar aquella posibilidad. Ella misma había visto lo que había ocurrido en Alegría
en otoño, cuando encontró a su madre.
Inquieta, Aria apoyó la cabeza en el hombro de Rugido y observó el éter retorciéndose en el
cielo. Un viento helado soplaba en el río, y le entumecía la nariz y las orejas. Rugido le pasó el
brazo por encima del hombro. Ella se pegó más a él, sintiéndose protegida al constatar, gracias a
ese pequeño gesto, que él seguía ahí, en alguna parte, bajo aquella coraza de silencio y dolor.
Buscó su mano, se agarró a ella y le habló sin palabras, con la esperanza de que al menos de ese
modo la oyera.
Le dijo que haría lo que fuera para que su dolor no fuera tan profundo, y pensó que él
retiraría la mano. Pero no lo hizo. Sus dedos se entrelazaron con los de ella, apretó con su fuerza
habitual, y ella se sintió aceptada y le «habló» un poco más.
Allí, flotando sobre el río Serpiente, le habló del acuerdo al que habían llegado Hess y Visón,
y de sus temores sobre el estado de Ensoñación. Le habló de los Reinos, de los que le gustaban
más y los que le gustaban menos, y de todos los que, según ella, le gustarían a él. Le habló de sus
experiencias más terribles: cuando creyó que Perry había sido capturado por los cuervajos en
otoño, y cuando lo buscaba a él en el río Serpiente y no lo encontraba. Y de su experiencia más
triste: cuando encontró a su madre en Ensoñación. Le habló de Perry. Hasta entonces nunca le
había contado cosas tan íntimas. «No me ahorres nada», le había pedido Rugido en una ocasión.
Y ella ya no se lo ahorraba. Ni queriendo habría podido. Perry estaba siempre en su recuerdo.
Le decía tantas cosas a Rugido con el pensamiento que al final aquello se había convertido en
algo natural, y ella había dejado de pensar en qué debía pensar y en qué no en su presencia, y se
limitaba a pensar. Rugido lo oía todo. Conocía su mente con detalle, abiertamente, igual que
Perry conocía sus humores. Se le ocurrió que entre los dos la conocían completamente.
Llevaba tiempo añorando la comodidad de un lugar estable. De unas paredes, de un techo. De
una almohada en la que apoyar la cabeza. Ahora se daba cuenta de que era la gente a la que
amaba la que daba forma a su vida, y comodidad, y sentido. Perry y Rugido eran su hogar.
Dos días después, concluyeron su travesía por el río. El Serpiente los había acercado bastante
a su destino, y había dado a su rodilla tiempo para curarse, pero a partir de ese punto su curso se
desviaba hacia el oeste, y debían recorrer a pie el último tramo que los separaba del recinto de los
Mareas.
—Está a un día y medio en dirección sur —le informó Maverick—. Tal vez dos si eso se
interpone en vuestro camino —añadió, apuntando con la cabeza a una inmensa tormenta de éter
que crecía a lo lejos. Después observó a Rugido, que ya la esperaba en el muelle. Maverick no lo
había oído pronunciar una sola palabra. Solo lo había visto mirar, ausente, el agua del río o el
cielo—. No sé si lo sabes, pero podrías conseguirte a otro mucho mejor, gusanita.
Aria negó con la cabeza.
—No, no podría.

•••
Pasaron todo el día caminando, y se detuvieron de noche a descansar. A la mañana siguiente,
Aria apenas podía creer que, tras casi un mes de ausencia, esa misma tarde se encontraría de
nuevo en el recinto de los Mareas.
Sentía que había fracasado. No había descubierto la ubicación del Azul Perpetuo, y no
regresaban con Liv. Tenía el corazón dividido: la emoción de ver de nuevo a Perry chocaba con
el temor a lo que tendría que contarle.
Aria metió la mano en el macuto, encontró el Smarteye y se lo puso. El Ojo apenas se agarró
a su piel cuando se escindió y apareció en el teatro de la ópera. Al momento supo que algo iba
mal. Las filas de butacas y los palcos se ondulaban, como si los viera a través de una lámina de
agua. Soren se encontraba de pie, unos pasos más allá, con gesto de pánico y la cara muy
colorada.
—Solo dispongo de unos pocos segundos antes de que mi padre me localice. Esto es el fin,
Aria. Todo se acaba. Hemos sido atacados por una tormenta y hemos perdido otro generador.
Todos los sistemas de la cápsula están fallando. Ahora todos se limitan a contener los daños.
Aria aspiró hondo. Se sentía como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—¿Dónde está Garra? —preguntó. A su lado, en el mundo real, Rugido se agarrotó.
—Está conmigo. Mi padre ha estado en contacto con Visón.
—¿Cómo ha podido…?
—Rastreando tu Smarteye, supo que te lo habías llevado, de modo que mandó a unos
hombres a que enviaran otro dispositivo a Cornisa. Hess y Visón se están preparando para partir
en busca del Azul Perpetuo. Mi padre ha escogido a quién se lleva, y ha separado a esos elegidos
en una de las cúpulas de servicio. No permiten ir a nadie que sufra SLD. Al resto nos ha
encerrado en el Panóptico.
Aria hacía esfuerzos por asimilar sus palabras.
—¿Tu padre te ha abandonado?
Soren negó con la cabeza.
—No, él quería que yo los acompañara, pero yo no puedo irme. No puedo permitir que toda
esta gente se quede aquí y muera. Creía que podría abrir la puerta desde dentro, pero no lo
consigo. Garra está aquí, Caleb y Runa también. Todos. Tienes que sacarnos de aquí. Estamos
viviendo con un sistema eléctrico de emergencia. No durará más que unos días. Después, se
acabó: nos quedaremos sin aire.
—Iré —dijo ella—. Estaré ahí. Mantén a salvo a Garra.
—Lo haré, pero date prisa. Ah… y ya sé adónde van. He estado viendo las grabaciones de las
conversaciones entre mi padre y Hess…
Una luz repentina cegó a Aria, y justo por debajo del ojo sintió una explosión de dolor que
luego descendió por su columna vertebral. Gritando se arrancó de un tirón el Smarteye, y se
retorció hasta que logró apartarlo de su mano.
Rugido se arrodilló frente a ella y la sujetó por los brazos. Tenía la mirada más profunda que
durante aquellos últimos días. Aria movía la cabeza a un lado y a otro, y unas lágrimas
resbalaban por sus mejillas, pero se puso en pie.
—¡Tenemos que irnos, Rugido! —dijo—. Garra está en peligro. Debemos reunirnos con
Perry cuanto antes.
37
Peregrino

PERRY retiró los halcones tallados del alféizar y los guardó en una bolsa de tela. Ya habían
trasladado sus cosas a la caverna, pero ahora estaba recogiendo la ropa de Garra, sus juguetes y
sus libros. Tal vez fuera una tontería llevarse las pertenencias de su sobrino, pero no podía
dejarlas allí.
Recogió el arco pequeño de la mesa y no pudo evitar una sonrisa. Garra y él se pasaban horas
disparándose calcetines el uno al otro por todo el cuarto. Tensó la cuerda, comprobando su
estado. ¿Todavía le valdría, o habría crecido tanto que le habría quedado pequeño? Llevaba
medio año ausente. Perry seguía añorándolo tanto como el primer día.
Brizna apareció junto a la puerta.
—La tormenta avanza —dijo, llevándose la bolsa llena de cosas—. ¿Esto ya está listo?
Perry asintió.
—Ahora mismo salgo.
Habían pasado solo unos días desde la última tormenta, pero hacia el sur ya se estaba
formando otra, una tormenta inmensa que amenazaba con resultar todavía peor. Los Mareas
habían tenido que estar a punto de perder a Oso y a Molly para convencerse de que debían
abandonar el recinto. A Tizón casi le había costado la vida, pero finalmente iban a trasladarse
todos a la cueva.
Perry se metió en la habitación de Valle, cruzó los brazos y se apoyó en el quicio de la
puerta. Molly estaba sentada en una silla, junto a la cama, y observaba a Tizón. Su sacrificio
había dado a los Mareas el tiempo necesario para llegar a la caverna. Gracias a él habían podido
desenterrar con vida a Oso de entre los escombros. Ahora el niño era tan protegido de Molly
como de Perry.
—¿Cómo está? —preguntó.
Molly lo miró a los ojos y sonrió.
—Mejor. Está despierto.
Perry entró en el cuarto. Tizón entreabrió los párpados. Tenía la piel cetrina y el cuerpo
lánguido. Respiraba con dificultad, entrecortadamente. Llevaba la gorra de siempre, pero debajo
ya no había pelo.
—Me adelantaré a ver si ya se lo han preparado todo —dijo Molly, y salió del dormitorio.
—¿Estás listo para el traslado? —le preguntó Perry a Tizón—. Debo hacer otro viaje, y
después ya vendré a por ti.
Tizón se pasó la lengua por los labios.
—No quiero ir.
Perry se rascó la barbilla y recordó que lo único que Tizón le dijo cuando acudió en su ayuda
la noche de la tormenta fue: «No permitas que nadie me vea».
—Sauce estará allí. Te está esperando para verte.
A Tizón se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Ya sabe lo que soy.
—¿Crees que a ella le importa saber que eres distinto? Le has salvado la vida, Tizón. Has
salvado a los Mareas. Hoy por hoy, creo que le gustas más que Pulga.
Tizón parpadeó. Unas lágrimas resbalaron por su rostro y cayeron a la almohada.
—Pero me verá así.
—No creo que tu aspecto le importe lo más mínimo. No pienso obligarte, pero creo que
deberías venir. Castaño te ha buscado un lugar especial, y Sauce necesita contar con un amigo.
—Sonrió—. Está volviéndolos locos a todos.
Tizón esbozó una especie de sonrisa.
—Está bien, iré.
—Perfecto. —Perry apoyó una mano en la gorra del niño—. Te estoy muy agradecido. Todos
lo estamos.
Tallo lo esperaba fuera con un caballo.
—Yo me encargo de vigilarle, no te preocupes —dijo, entregándole las riendas.
El recinto estaba en silencio, pero Perry vio que, al otro lado de la explanada, Bosque y
Alondra cargaban también sus monturas. Miraron en su dirección y lo saludaron con un
movimiento de cabeza.
Desde la noche de la tormenta, Kirra no había vuelto a coquetear con él ni a presionarlo. En
el transcurso de una semana había pasado de estar interesada en él a mostrarse indiferente, y él la
prefería así. Se arrepentía de todos y cada uno de los segundos que había pasado con ella en la
playa. Se arrepentía de todos y cada uno de los segundos que había pasado con ella.
Perry se montó en el caballo.
—Volveré en una hora —informó a Tallo.

•••

Castaño había transformado la cueva. Las hogueras proyectaban su luz dorada en el inmenso
espacio, y un olor a salvia flotaba en el ambiente y amortiguaba la humedad y la sal. Había
organizado las zonas destinadas a dormir a base de tiendas de campaña dispuestas alrededor del
perímetro, lo que evocaba la distribución de recinto. En su interior había lámparas encendidas, y
la tela blanca resplandecía. Para que sirviera de lugar de encuentro, el amplio espacio que
quedaba en el centro se había dejado vacío, salvo por una pequeña tarima de madera. En
cavernas adyacentes había instalado las zonas para cocinar, lavar, e incluso para el ganado y para
la despensa. La gente iba de un lado a otro, con los ojos muy abiertos, intentando orientarse en su
nuevo hogar.
Lo cierto era que se veía muchísimo más acogedora de lo que nadie habría imaginado. Era
fácil olvidar que se encontraba bajo una montaña.
Vio a Castaño junto a un pequeño estrado en compañía de Arrecife y Oso, y fue hacia ellos.
Oso se apoyaba en un bastón, y tenía los dos ojos morados.
—¿Qué te parece? —le preguntó Castaño.
Perry se rascó la nuca. Por más que Castaño hubiera hecho, seguía siendo un refugio
temporal. Seguía siendo una cueva.
—Me parece que soy muy afortunado por conocerte —respondió finalmente.
Castaño sonrió.
—Lo mismo digo.
Oso se revolvió un poco mientras lo miraba.
—Me equivoqué dudando de ti.
Perry negó con la cabeza.
—No. No conozco a nadie que no dude. Y a mí me gusta conocer tus opiniones. Sobre todo
cuando crees que me equivoco. Pero necesito que confíes en mí. Yo siempre quiero lo mejor para
Molly y para ti. Para todos los Mareas.
Oso asintió.
—Eso ya lo sé, Perry. Todos lo sabemos.
Alargó la mano y se la ofreció a Perry, que la estrechó con fuerza.
Oso no era el único que había cambiado su opinión sobre Perry desde la tormenta. Ya no
discutían con él. Cuando hablaba, notaba que lo escuchaban, y sentía el poder de su atención. Se
había ido convirtiendo en Señor de la Sangre día a día, con cada uno de sus actos, con sus éxitos
e incluso con sus fracasos. No heredando la cadena de Valle.
Perry miró a su alrededor, y al momento un atisbo de desconfianza se asentó en él. Resultaba
difícil asegurarlo, porque se trataba de un espacio nuevo, pero parecían ser menos. Allí faltaba
gente.
—¿Dónde está Kirra? —preguntó. No la veía, ni veía a nadie de los suyos.
—¿No te lo ha dicho? —le preguntó Castaño—. Se ha ido esta mañana. Me ha explicado que
volvía con Visón.
—¿Cuándo? —quiso saber Perry—. ¿Cuándo se ha ido?
—Hace unas horas —intervino Oso—. A primera hora de la mañana.
Allí había algo raro. Perry acababa de ver a Alondra y a Bosque. ¿Por qué habrían tenido
ellos que salir más tarde?
Sintió miedo. Se volvió y corrió hacia el caballo que había dejado fuera, custodiado por
Brizna. Diez minutos después entraba de nuevo en su casa a toda prisa. La puerta se abrió de par
en par. Allí no había ni un alma.
Perry la franqueó. El corazón le latía con fuerza. Tallo estaba tendido en el suelo, atado de
pies y manos. Le salía sangre de la nariz, y tenía un ojo hinchado.
—Se han llevado a Tizón —dijo—. No he podido impedírselo.
Media hora después, Perry se encontraba de nuevo en la playa, ante la entrada de la cueva,
con Castaño y Arrecife. Se quitó la cadena de Señor de la Sangre y la sujetó con la mano cerrada.
Castaño abrió mucho sus ojos azules.
—¿Perry?
A su lado, Arrecife miraba al mar, con los brazos cruzados, inmóvil.
—No puedo llevármela. —A Perry no le hizo falta explicar por qué. Con el azote constante
de las tormentas, y con las tierras fronterizas llenas de dispersados, salir al exterior sería más
peligroso que nunca—. Y los Mareas confían en ti —prosiguió—. Además, a ti las joyas te
gustan más que a mí.
—La custodiaré —dijo Castaño—. Pero es tuya. Volverás a llevarla.
Perry intentó sonreír, pero solo consiguió dibujar una mueca con los labios. Era consciente de
que deseaba más que nunca llevar aquella cadena. Él no era Señor de la Sangre como lo habían
sido Valle o su padre, pero tenía sus propios méritos. Ahora era el jefe de los Mareas por derecho
propio. Y sabía que podía cargar con ese peso, pero a su manera.
Le entregó la cadena a Castaño y fue al encuentro de Arrecife, que seguía de pie junto a la
orilla. Brizna esperaba en el camino con dos caballos. Los únicos que Kirra no se había llevado.
—Deja que vaya yo —le pidió Arrecife.
Perry negó con la cabeza.
—Tengo que ir yo. Cuando alguien me necesita, me tiro al agua. Así soy yo.
Un instante después, Arrecife asintió.
—Lo sé —dijo—. Ahora lo sé. —Se pasó la mano por la cara—. Si en una semana no has
regresado, iré a buscarte.
Perry se acordó del día en que fue en busca de Aria. Arrecife le había dado una hora que al
final acabó convertida en diez minutos. Sonrió.
—Conociéndote, será un día —dijo, estrechándole la mano. Se cargó el macuto al hombro y
recogió el arco y las flechas. Se montó en el caballo y partió en compañía de Brizna.
A medida que se alejaban, a Perry se le formaba un nudo en la garganta. Semanas atrás había
planeado irse y dejar sola a su tribu, pero ahora que lo estaba haciendo le resultaba mucho más
difícil de lo que había supuesto. Más difícil que nunca.
A medida que la tarde avanzaba, sus pensamientos regresaron a Kirra. Desde el principio su
objetivo había sido apoderarse de Tizón. Sus preguntas sobre los cuervajos y las cicatrices de su
mano no significaban que se interesara por él. Había intentado sonsacarle información,
aguardando el momento oportuno —el modo oportuno— para llevarse al niño. Había engañado a
Perry, lo mismo que Valle.
Visón estaba detrás de todo aquello. Él prefería no pensar en qué uso tenía previsto darle a
Tizón. Debería haber confiado en sus instintos. Debería haber echado a Kirra el día en que
apareció por el recinto.

•••

Las huellas de Kirra indicaban que se dirigía al norte por una ruta comercial muy transitada.
Llevaban varias horas cabalgando cuando Perry divisó movimiento en la distancia. Al instante
sintió una descarga de adrenalina. Espoleó a su caballo y galopó con la esperanza de dar alcance
a Alondra y Bosque.
Pero el corazón le dio un vuelco al ver que no se trataba de los hombres de Kirra.
Brizna se plantó a su lado.
—¿Qué ves?
Una oleada de aturdimiento recorrió el cuerpo de Perry. No daba crédito a sus ojos.
—Es Rugido —dijo—. Y Aria.
Brizna soltó una maldición.
—¿Lo dices en serio?
El primer impulso de Perry fue llamarlos a gritos. Los dos eran audiles, y si pronunciaba sus
nombres en voz un poco alta, lo oirían. Eso es lo que habría hecho en otro tiempo. Rugido era su
mejor amigo. Y Aria era…
¿Qué era ella para él? ¿Qué eran el uno para el otro?
—¿Qué quieres hacer? —le preguntó Brizna.
Perry habría querido salir corriendo hacia ella, porque había vuelto. Y también habría
querido castigarla, porque se había ido.
—¿Perry? —insistió Brizna, tirando de él.
Espoleó una vez más el caballo. Se acercaron más, y llegó el momento en que Aria oyó el
repicar de las pezuñas. Volvió la cabeza en su dirección, pero sus ojos seguían sin enfocar bien,
sin ver en la penumbra. Él contempló sus labios, que formaban unas palabras que él no oyó, y
oyó la respuesta de Brizna tras él.
—Soy yo, Brizna. —Hizo una pausa y miró a Perry con preocupación en la mirada—. Perry
está aquí conmigo.
Los audiles se intercambiaban mensajes, unos mensajes que solo podían oír ellos.
Perry vio que Aria miraba a Rugido, que su rostro se tensaba en un gesto de dolor manifiesto.
No; era algo más que dolor: era miedo. Tras un mes separados, ella temía verlo.
Aria alargó la mano y agarró la de Rugido, y al verlos así supo que se estaban comunicando
un mensaje. Perry no creía lo que veían sus ojos. Creían que no los veía nadie, pero él los veía.
Lo veía todo.
Cuando finalmente se encontraron, él sentía un gran desconcierto. Desmontó del caballo y
creyó estar flotando. Le parecía que lo veía todo desde una cierta distancia.
No sabía qué estaba ocurriendo. Por qué Aria no estaba entre sus brazos. Por qué Rugido no
lo saludaba ni le dedicaba una sonrisa. Entonces le impactó percibir el humor de Aria, tan oscuro
y tan denso que se apoderó de él por completo y le hizo tambalearse.
—Perry… —Aria miró a Rugido con ojos llorosos.
—¿Qué ocurre? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta. Era increíble. Todo lo que Kirra
le había dicho, todo lo que había intentado no creer sobre Rugido y ella… era cierto.
Miró a Rugido.
—¿Qué has hecho?
Rugido no lo miraba a los ojos, y estaba muy pálido.
La rabia ascendía por todo su ser. Se abalanzó sobre él y embistió a Rugido, maldiciendo sin
parar.
Aria se echó hacia delante.
—¡Perry, para!
Rugido actuó rápidamente. Se echó al suelo y agarró a Perry por los brazos.
—Es Liv… —balbució—. Perry… es Liv.
38
Aria

FINALMENTE Rugido habló, y a Aria se le rompió el corazón al oír sus palabras.


—No pude hacer nada, no pude detener a Visón. Lo siento, Perry, todo sucedió tan deprisa…
Ella ya no está. La he perdido, Perry. Se nos ha ido.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Perry apartándolo de un manotazo. Miró a Aria, y la
confusión asomó a sus ojos verdes—. ¿Por qué dice eso?
Aria no quería responder. No quería confirmárselo, pero tenía que hacerlo.
—Es verdad —dijo—. Lo siento.
Perry parpadeó.
—¿Estás hablando de… mi hermana? —La ternura, la vulnerabilidad de su voz la destrozó
—. ¿Qué ha ocurrido?
Le contó, lo más resumidamente que pudo, que Hess y Visón habían llegado a un acuerdo
para llegar juntos al Azul Perpetuo, y también le habló de Garra. No soportaba tener que
decírselo, pero él debía saber que la vida de su sobrino corría peligro. A medida que hablaba
sentía que la cabeza le daba vueltas, le faltaba el aire y experimentaba una extraña sensación de
desapego, como cuando, en los Reinos, se volvía invisible.
No habló durante mucho rato, pero, al terminar, el bosque parecía más oscuro, y se fundía
con la noche. Perry los miraba a los dos, con lágrimas en los ojos. Aria notaba que luchaba por
no llorar, por mantener la compostura y la concentración.
—¿Garra está atrapado en Ensoñación? —preguntó.
—Garra y miles de personas —respondió ella—. Si no los sacamos de allí se quedarán sin
oxígeno. Somos su única posibilidad.
Antes de que ella terminara la frase, Perry ya estaba dirigiéndose a su caballo.
—Ve tú a buscar a Tizón —le ordenó a Brizna.
Aria había olvidado que el niño estaba allí.
—¿Qué le ha pasado a Tizón?
Perry se subió a la silla.
—Se lo han llevado a Los Cuernos. —Se acercó a ella al paso y bajó la mano para dársela—.
¡Vámonos!
Aria miró a Rugido. No había imaginado que el día le depararía todo aquello, pero dejar solo
a Rugido no entraba en sus planes.
—Yo iré con Brizna. —Se adelantó él. La tensión entre Perry y Rugido seguía viva.
Lo abrazó fugazmente. Se agarró de la mano de Perry. Él tiró de ella para subirla a la grupa
del caballo, pero el animal empezó a moverse cuando todavía no habían completado la
operación.
Aria se sujetó instintivamente, rodeando a Perry con los brazos al tiempo que el caballo
iniciaba un galope en dirección al bosque. Allí ya no había tiempo para pensar en Liv. Ni en
Rugido, ni en Tizón. Allí solo se pensaba en Garra.
Aria le notaba las costillas a través de la tela de la camisa. El movimiento de los músculos.
Era real, y estaba cerca, como llevaba semanas, meses, deseando. Pero nada había cambiado.
Todavía lo sentía muy lejos.
39
Peregrino

PERRY espoleaba al caballo y galopaban hacia Ensoñación bajo la noche oscurecida por el
éter. Por entre los árboles se adivinaban retazos de horizonte, iluminado por los destellos de los
torbellinos. Se dirigían hacia el sur, y al hacerlo se internaban en el corazón de la tormenta, pero
no tenían más opciones. Garra estaba atrapado.
Ante sus ojos pasaban imágenes fugaces de su hermana. Cosas absurdas. Liv
inmovilizándolo en el suelo, cuando eran jóvenes, para pasarle un cepillo por el pelo. Liv
abrazada a Rugido en la playa, riéndose; Liv discutiendo con Valle por el acuerdo al que había
llegado con Visón, a punto de pegarle. No. No podía aceptar que ya no volvería a verla.
Ahora ya solo le quedaba Garra. Era la única familia que tenía. Se fijó en los brazos de Aria,
que se enroscaban con fuerza a su pecho. Tal vez se equivocara. Tal vez tuviera más familia.
A medida que se acercaban a Ensoñación, las ráfagas de viento cálido transportaban entre los
árboles un olor penetrante. El sabor que le llegaba a la boca era de algo químico, que le
recordaba a la noche en que se había colado en la cápsula el otoño anterior. Aunque todavía no
veía Ensoñación, sabía que estaba en llamas.
Poco después, el caballo se detuvo en seco al llegar a lo alto de una colina y, presa del
pánico, retrocedió unos pasos. El ancho valle que se extendía ante él era una visión como jamás
había visto otra. Habían cabalgado durante horas —ya eran más de las doce de la noche—, pero
el éter iluminaba toda la llanura. Cientos de tornados descendían desde el cielo y dejaban rastros
de un rojo brillante sobre la tierra yerma. Perry sujetó las riendas con más fuerza al ver que el
caballo se encabritaba y agitaba la testuz. No había adiestramiento capaz de reprimir aquellos
instintos.
Le invadió una oleada de terror al distinguir la forma redondeada de la Cápsula. Se
encontraba situada directamente bajo la espesa tormenta, y de ella se elevaban nubes de un humo
negro como el carbón. En gran parte quedaba oculta, pero recordaba su forma de visitas
anteriores. Una inmensa cúpula central, alta como un monte, rodeada de otras más pequeñas que
partían de ella como rayos de sol. Allí, en alguna parte, encontraría a Garra.
El caballo no dejaba de moverse. Perry se volvió en la silla.
—No podemos seguir a caballo.
Aria bajó al suelo de un salto sin vacilar.
—¡Vamos!
Perry cogió el arco y corrió tras ella. Después de tantas horas sentado, sentía que le pesaban
las piernas. Mientras atravesaban aquel desierto, intentaba no pensar en sus posibilidades de salir
con vida, pues debían recorrer varios kilómetros en plena tormenta y sin refugio, sin un solo
lugar donde guarecerse.
Los torbellinos descendían cada vez con más fuerza, y sus oleadas ardientes alcanzaban su
piel; un chillido súbito explotó en sus oídos; inmediatamente después un destello de luz le cegó.
A cuarenta pasos de donde se encontraba, un torbellino de éter tocó tierra y empezó a recorrerla.
Tensó todos los músculos de su cuerpo, y notó que el dolor lo recorría de arriba abajo. Incapaz
de suavizar su caída, se desplomó como un peso muerto, sin aire en los pulmones.
Aria estaba acurrucada a unos metros de él, hecha un ovillo, y se cubría los oídos con las
manos. Gritaba. El sonido de su dolor traspasaba el del éter y llegaba hasta él. Perry no podía
evitárselo. No podía llegar hasta ella. ¿Cómo había sido capaz de llevarla hasta allí?
El resplandor remitió de pronto cuando el tornado volvió a elevarse por los aires en espiral.
El silencio rugió en sus oídos. Con gran esfuerzo, Perry logró incorporarse y, tambaleante, fue
hacia ella. Aria, al mismo tiempo, corrió en su dirección. Chocaron y se agarraron el uno del otro
para no perder el equilibrio. Se miraron a los ojos, y él vio su propio terror reflejado en el rostro
de ella.
En un segundo pasó una hora entera. A Perry le parecía que no pesaba nada. Cuando
caminaba, no oía sus propios pasos. Los rodeaban destellos de luz radiante, y el rugido
ensordecedor de la tormenta era constante.
Siguieron aproximándose a la mole inmensa de la Cápsula, pero hicieron un alto en el
camino cuando se encontraban a poco menos de un kilómetro. El humo los rodeaba. A Perry le
escocían los ojos y le dolían los pulmones. Ya no olía nada. Desde donde se encontraba, veía que
gran parte de Ag 6, la cúpula en la que se había colado hacía unos meses, se había derrumbado.
Las llamas ascendían más de veinte metros de altura. Él había planeado acceder por allí a
Ensoñación. Ahora veía que no iba a ser posible.
—¡Perry! ¡Mira!
Una ráfaga de viento desplazó el humo, que se retiró como un velo. Vio otra cúpula borrosa,
inundada de luz azul, y distinguió en ella una gran apertura. Mientras observaba, dos
deslizadores salieron por ella. Comparados con la inmensidad de la construcción, se veían
diminutos como dos gorriones. En su vuelo, dibujaron una costura en el desierto, y sus luces se
perdieron entre el humo y aquella oscuridad salpicada de destellos.
—Ese tiene que ser Hess —dijo Aria—. Está abandonando Ensoñación.
—Pues por ahí entraremos —replicó él.
Acelerando el paso, se acercaron más. Al llegar a la abertura, que se elevaba muchos metros
sobre el suelo, se apretujaron más el uno contra el otro. Dentro, Perry vio más naves de los
residentes dispuestas en fila. Reconoció una de menor tamaño, igual que la que habían usado
para llevarse a Garra: formas redondeadas como lágrimas, aerodinámicas, brillantes como
caparazones. Más allá de ellas se alzaba un deslizador que empequeñecía a todos los demás.
Estaba compuesto de segmentos, como un ciempiés. Soldados armados se movían en un caos
aparente, cargando cajas de suministros, controlando el despegue de las naves, que se
apresuraban a abandonar la Cápsula.
Mientras observaba, una de las más cercanas cobró vida. Desplegó las cuatro alas que
incorporaba bajo la panza, como una libélula. Encendió unas luces y el aire empezó vibrar
mientras se elevaba del suelo. Pasó junto a ellos emitiendo un estruendo ensordecedor, y Perry se
echó hacia atrás instintivamente.
Aria lo miró a los ojos.
—La cámara estanca de Ensoñación se encuentra al fondo.
Perry la vio. La entrada estaba, en efecto, a centenares de metros de allí. Se fijó en que se
acercaba un grupo de hombres, y no le pasaron por alto las pistolas compactas que llevaban al
cinto.
—Podemos colarnos sin que nos vean —susurró Aria—. Están concentrados en salir de aquí,
no en defender la Cápsula.
Perry asintió. Era su única posibilidad. Señaló en dirección a un montón de cajas de
suministros que se apoyaban en palés a medio camino del hangar. Entre aquellas cajas y la pared
quedaba un espacio vacío.
—Cuando se ponga en marcha el siguiente deslizador, corre hacia ellas. Nos ocultaremos
detrás.
Aria salió corriendo tan pronto como el deslizador se levantó del suelo. Perry hizo lo mismo
y se mantuvo a su lado. Ya casi habían llegado a las cajas cuando un grupo de soldados los
vieron. Una ráfaga de balas impactó en la pared, detrás de Perry, silenciosa en comparación con
el estruendo de los motores. Finalmente llegó a las cajas y cogió el arco que llevaba a la espalda.
—¡Tenemos que seguir! —gritó. No podía dar a los soldados la oportunidad de organizarse.
Aria desenvainó el puñal y siguió corriendo por el estrecho corredor.
Cuando llegaron al otro extremo, Perry vio a un grupo de soldados apostados entre él y la
entrada. Tres hombres. Dos sostenían ya sus armas en la mano. El otro miraba a su alrededor,
confundido. La única manera de encontrar a Garra era franquear esa puerta.
Perry disparó la flecha mientras corrían. Dio al primer hombre en el pecho, y este cayó de
espaldas al suelo. Unos destellos rojos le pasaron de largo cuando los guardianes empezaron a
repeler el ataque. Oyó que las cajas de acero resonaban estruendosamente a medida que recibían
los impactos. Perry disparó otra flecha al segundo hombre. Pero no iba a ser bastante. Aria se
lanzó hacia delante. Le clavó el puñal al tercero en el estómago. El guardia retrocedió,
tambaleante, y disparó su arma.
—¡Aria!
A Perry le dio un vuelco el corazón al verla caer al suelo. Disparó una tercera flecha al
hombre que le había disparado. Inmediatamente se abalanzó sobre ella, la cogió por la cintura la
levantó del suelo. Mientras corrían, ella mantenía un brazo doblado, y la sangre le resbalaba
entre los dedos. Perry la atrajo hacia sí, y se agachó para recoger la pistola que se le había caído a
un guardia. Al otro lado del hangar había gente que gritaba, confundida, mientras sonaba una
alarma.
Más soldados abrieron fuego contra ellos, pero Perry constató que la mayoría se limitaba a
detener sus procedimientos de evacuación y los observaba. Palpó hasta encontrar el gatillo de la
pistola. Disparó una y otra vez, y en algún rincón de su mente sintió asombro por la facilidad y la
rapidez con que funcionaba aquella arma.
Siguieron avanzando, aunque Aria debía apoyarse cada vez más en él. Llegaron a una rampa
y accedieron a la cámara estanca mientras algunas personas gritaban tras ellos. Sus voces
resonaban, intermitentes, abriéndose paso entre los alaridos de las sirenas. Pulsó varios mandos
de la puerta y esta se abrió lateralmente. Los soldados que aparecieron al otro lado pusieron cara
de asombro. Perry se abrió paso entre ellos y accedió a un pasillo ancho, que se curvaba. Los
gritos y las alarmas les llegaban ya más amortiguados. No sabía adónde debía dirigirse. Solo
sabía que tenía que encontrar un lugar seguro. Cuidar de Aria. Encontrar a Garra.
Aria se detuvo de pronto.
—¡Por aquí!
Acercó los dedos al mando instalado junto a la puerta, pulsó varias teclas y, cuando esta se
abrió, entraron rápidamente.
40
Aria

ARIA se apoyó en la pared. La cabeza le daba vueltas, le faltaba el aire y el corazón le latía
muy deprisa. Debía descansar.
Perry seguía de pie junto a la puerta, escuchando los sonidos que llegaban del vestíbulo. A
ella le pasó fugazmente por la cabeza que se veía cómodo con aquella arma en la mano, como si
llevara usándola toda la vida, y no solo unos pocos minutos. Los gritos de los guardianes subían
de tono.
—¡Olvídalo! —Aria oyó que decía uno de ellos—. Se han ido.
Sus pasos se perdieron en la distancia.
Perry bajó el arma y miró preocupado, frunciendo el ceño.
—No te muevas de aquí —le ordenó.
Ella cerró los ojos. Sentía un dolor intenso en el brazo, pero tenía la mente despejada, a
diferencia de lo que le había ocurrido cuando la habían envenenado. Curiosamente, lo que más le
molestaba era la sensación de la sangre resbalándole hasta las puntas de los dedos. El dolor lo
conocía, y sabía qué esperar de él, pero la pérdida de sangre la debilitaría y la obligaría a avanzar
más despacio.
Aquella habitación era un depósito de suministros para evacuaciones de emergencia. Ella
sabía de la existencia de aquellos almacenes porque, cuando vivía en la Cápsula participaba en
ejercicios obligatorios de seguridad. Había unas taquillas metálicas alineadas que ocupaban la
totalidad de las paredes. En ellas se guardaban trajes especiales, máscaras de oxígeno, extintores,
botiquines de primeros auxilios… Perry se acercó corriendo al más cercano y regresó junto a ella
con una de aquellas cajas metálicas. Se arrodilló y lo abrió.
—Tendría que haber un tubo azul —dijo ella ahogando un grito de dolor—. Para parar la
hemorragia.
Perry rebuscó hasta encontrarlo, y extrajo también una venda.
—Mírame —le dijo, incorporándose—. Mírame a los ojos.
Le retiró la mano de herida.
Aria ahogó otro grito al sentir la cuchillada de dolor que le recorría el brazo. Había recibido
el impacto en el bíceps, pero, curiosamente, donde lo sentía más era en las puntas de los dedos.
Empezaron a temblarle las piernas.
—Tranquila —dijo Perry—. Tú respira despacio, respira.
—¿El brazo sigue en su sitio? —preguntó ella.
—Sigue en su sitio. —Él esbozó una sonrisa fugaz, pero Aria se dio cuenta de que tras ella se
ocultaba la preocupación—. Cuando se te cure, hará juego con mi mano.
Con movimientos firmes y eficaces, aplicó el coagulante y le envolvió el brazo con la venda,
apretando un poco para que se mantuviera firme. Aria seguía mirándolo fijamente. Clavando la
mirada en su barba de tres días. En la barbilla. En la curvatura de su nariz. Podría haber seguido
contemplándolo eternamente. Podría haberse pasado la vida viéndolo parpadear y respirar tan
cerca de ella.
Sintió que se le nublaba la vista, y no supo si era por el dolor o por el alivio de estar con él
una vez más. Él le transmitía la sensación de ir por el buen camino. La sentía siempre que estaba
con él. Incluso cuando las cosas no iban bien. Incluso cuando sentía dolor, como ahora.
Las manos de Perry se detuvieron. Alzó la vista, la miró, y sus ojos se lo dijeron todo. Él
también lo sentía.
Notó un temblor en las suelas de los zapatos, y a continuación vio que las taquillas se
agitaban. Aquella especie de rugido sordo iba haciéndose más perceptible, y no paraba. Las luces
se apagaron. Aria giraba la cabeza a un lado y otro en la oscuridad, presa del pánico. Una luz de
emergencia roja, instalada sobre la puerta, parpadeó varias veces hasta que permaneció
encendida. Lentamente, el ruido fue remitiendo.
—Este sitio se está desmoronando —dijo Perry, anudándole el vendaje.
Aria asintió.
—Los pasillos circulares del Panóptico. Si no salimos de ellos, deberíamos encontrar una
puerta de acceso. —Se separó de la pared. La hemorragia casi se había interrumpido, pero seguía
mareada.
Perry abrió la puerta y sacó la cabeza para inspeccionar. El pasillo estaba en penumbra,
iluminado solo por las luces de emergencia, encendidas cada veinte pasos.
—No te separes de mí.
Avanzaron por el pasillo en curva, juntos, mientras el aullido de las sirenas rebotaba en las
paredes de cemento e inundaba sus oídos. Hasta Aria llegaba el olor a humo, y notaba que la
temperatura subía por momentos. Los incendios afectaban ya al interior de la Cápsula. Como se
temía, se estaba quedando sin fuerzas muy deprisa. Se sentía como si estuviera corriendo debajo
del agua.
—Por aquí —dijo, deteniéndose ante un portón de doble hoja sobre el que estaba escrito:
«PANÓPTICO».
—Aquí es donde los ha encerrado Hess.
Pulsó unas teclas en el panel de control encajado en la pared. En la pantalla aparecieron las
palabras «ACCESO DENEGADO». Volvió a intentarlo, presionando panel con fuerza, desesperada.
No podía ser que hubieran llegado hasta allí y no pudieran entrar.
No oyó a los soldados de Ensoñación, que habían doblado la esquina y se dirigían hacia ellos.
Las alarmas habían camuflado el sonido de sus pasos. Pero Perry sí los había visto. Una ráfaga
de luces brillantes se reflejó a su lado cuando él disparó. En el pasillo, los guardias cayeron,
abatidos. Perry salió corriendo y cubrió la distancia que lo separaba de ellos con asombrosa
rapidez. Levantó a uno de los hombres del suelo, agarrándolo del cuello de su traje. Regresó
arrastrándolo, pues había disparado al guardia en la pierna y no podía andar.
—¡Abre la puerta! —le ordenó, sosteniéndolo frente a la puerta.
—¡No! —El hombre forcejeaba para zafarse. Un destello de memoria devolvió a Aria el
rostro de su madre. Sin vida. Como la había visto por última vez. No podía volver a fallar. Garra
estaba allí. Miles de personas morirían si no conseguían entrar.
Con el brazo sano desenvainó el puñal y lo acercó a rostro del guardián. Se lo hundió en la
barbilla y notó que pinchaba el hueso.
—¡Déjanos entrar ahí dentro!
El hombre gritó y se echó hacia atrás. Al momento pulsó un código, mientras suplicaba que
lo dejaran irse.
Las puertas se abrieron y, al hacerlo, les mostraron un corredor espacioso.
Aria echó a correr con todas sus fuerzas y se detuvo en seco al llegar al Panóptico. A su casa.
Lo recordó todo al momento y, al momento, también, se sintió como una extraña. Elevándose
en un espiral perfecto sobre el atrio central, como si se tratara de un sacacorchos gigantesco,
aparecían los cuarenta niveles en los que ella había dormido, comido y asistido a clase, y desde
los que se había escindido para entrar en los Reinos.
Le pareció más grande, más desolado de lo que recordaba. El color gris, que en otro tiempo
ella apenas percibía, le resultaba ahora mortecino, asfixiante y frío. ¿Cómo había podido ser feliz
allí?
Inmediatamente después dejó de fijarse en lo conocido y empezó a darse cuenta de todo lo
que se salía de la norma. Del humo que cubría los niveles superiores; de los fragmentos de
cemento que se desmoronaban y caían cerca de donde ellos dos se encontraban. Destellos de
gente corriendo o chocando unos contra otros. Los gritos espeluznantes de horror, que se fundían
intermitentemente con el alarido de las sirenas que alertaban del incendio. Lo más difícil de
asimilar eran los grupos de personas que, sentadas en el atrio, seguían socializando con total
normalidad, como si no ocurriera nada raro.
Aria distinguió a Pixie por su pelo negro muy corto, y corrió hacia ella.
Pixie se asustó al verla llegar, y parpadeó, confusa.
—¿Aria? —Esbozó una sonrisa—. ¡Qué alegría verte! Soren nos contó que estabas viva, pero
creía que volvía a hacerse el raro una vez más.
—¡Ensoñación se está rompiendo! Tenéis que salir de aquí, Pixie. ¡Tenéis que iros!
—¿Ir adónde?
—¡Al exterior!
Pixie meneó la cabeza, y el miedo se dibujó en su rostro.
—No, no, yo no voy a ninguna parte. Hess nos dijo que nos quedáramos y disfrutáramos de
los Reinos. Él lo está arreglando todo. —Sonrió—. Ven, siéntate, Aria. ¿Has visto el Reino de la
Atlántida? Los jardines de algas están espectaculares en esta época del año.
—Se acaba el tiempo, Aria —dijo Perry, a su lado.
Pixie pareció percatarse solo entonces de su presencia.
—¿Quién es este?
—Tenemos que encontrar a Soren —insistió Aria con premura—. ¿Puedes enviarle un
mensaje de mi parte?
—Sí, claro, ahora mismo. Pero no está lejos. Está en el salón sur.
Aria se volvió hacia Perry.
—¡Por ahí!
Cuando empezaba a correr hacia el otro extremo del atrio, una explosión hizo temblar el aire
y la zarandeó. A su alrededor caían cascotes de cemento, que se desintegraban al impactar con
los suelos lisos. Aria se cubrió la cabeza mientras el miedo la atenazaba. La única solución, su
única esperanza de sobrevivir, era salir de allí.
Más arriba vio a un grupo que iba hacia ella. Distinguió un rostro familiar primero, y después
otros. Sintió ganas de llorar al verlos. Allí estaba Caleb, con los ojos muy abiertos, incrédulo.
Runa y Júpiter, corriendo juntos. Vio a Soren en el centro, y al niño a su lado.
Perry se apartó de su lado. Cubrió la distancia a grandes zancadas, levantó a Garra del suelo
y lo abrazó. Por encima de su hombro, Aria entrevió la sonrisa el niño antes de que enterrara la
cara en el cuello de su tío.
Había esperado meses para ser testigo de ese momento. Habría querido saborearlo, aunque
solo fuera un instante, pero Soren se interpuso entre ellos, y la miró fijamente.
—Cuánto has tardado —dijo—. Yo he cumplido con mi parte del trato. Ahora te toca a ti
cumplir con la tuya.
41
Peregrino

E
— STOY bien, en serio, estoy bien —dijo Garra. Perry lo abrazaba todo lo fuerte que podía
sin hacerle daño—. Tío Perry, tenemos que irnos.
Perry lo dejó en el suelo y lo cogió de la manita. Miró largo rato el rostro de su sobrino. Se
veía saludable. Y estaba ahí.
La hermana menor de Arroyo, Clara, fue corriendo y se agarró a su pierna. Tenía la cara
colorada, y estaba llorando. Perry se arrodilló.
—Tranquila, Clara, voy a llevaros a los dos de vuelta a casa. Ahora tenéis que ir cogidos de
la mano. No os soltéis en ningún momento, y permaneced muy juntos. Siempre a mi lado.
Clara se pasó una manga por la cara, se secó las lágrimas y asintió. Perry se incorporó un
poco. Aria seguía junto a Soren, el residente contra el que había luchado hacía unos meses.
Había mucha gente que se les sumaba. Todos estaban aterrados, alerta, y no se parecían en nada
a la gente adormecida que había visto hacía un momento. Se dio cuenta de que no llevaban
puestos sus Smarteyes.
—¿Has traído al Salvaje? —preguntó Soren.
Al otro lado del atrio, una explosión repentina de llamaradas penetró por el pasillo. Un
segundo después a Perry le llegó la oleada de calor.
—¡Tenemos que irnos, Aria! ¡Ahora!
—¡Al hangar de transporte! —dijo ella—. ¡Por aquí!
Regresaron corriendo hasta la puerta del Panóptico, seguidos de Soren y su grupo. Aria, en su
carrera, iba gritando a todo el mundo que abandonara Ensoñación, pero su voz se perdía entre el
estruendo de las sirenas y los cascotes de cemento que caían. La gente que estaba sentada,
formando corrillos, en el suelo, no se movía. Permanecían impávidos, ajenos al caos que les
rodeaba. Aria se detuvo frente a la chica con la que había hablado antes, la agarró por los
hombros y la zarandeó.
—¡Pixie, tienes que salir de aquí ahora mismo! —le gritó. Pero en esa ocasión la chica no le
respondió siquiera y, temeraria, siguió mirando hacia delante. Aria se volvió hacia Soren.
»¿Qué es? ¿El SLD?
—Exacto. Es el miedo a salir al exterior. Es todo.
—¿Y no puedes desconectarles los Smarteyes? —preguntó ella, desesperada.
—¡Ya lo he intentado! —respondió Soren—. Tienen que hacerlo ellos mismos. No podemos
comunicarnos con ellos. Están asustados. Esto de aquí dentro es lo único que conocen. Yo he
hecho todo lo que he podido.
Una explosión inundó los oídos de Perry.
—Aria, tenemos que irnos.
Ella negó con la cabeza, y los ojos se le inundaron de lágrimas.
—No puedo hacerlo. No puedo dejarlos aquí.
Perry se plantó frente a ella y le sujetó la cara entre las manos.
—Tienes que hacerlo. No me iré de aquí sin ti.
Sintió que la verdad de sus palabras se posaba sobre él como una losa fría. Habría hecho lo
que fuera por cambiar las cosas. Habría dado lo que fuera. Pero, hicieran lo que hiciesen, no
podrían salvar a todo el mundo.
—Ven conmigo —insistió—. Por favor, Aria. Es hora de irse.
Ella alzó la mirada y fue posándola lentamente en distintos lugares de aquella Cápsula que se
desmoronaba.
—Lo siento… —balbució—. Lo siento.
Él la rodeó con un brazo. Le dolía en el alma verla así. Se le partía el corazón al ver a tanta
gente inocente que merecía vivir pero que iba a morir. Juntos, corrieron hacia la salida, dejando
atrás el Panóptico.
Deshicieron sus pasos a toda velocidad, recorriendo pasillos, encabezando el grupo de
residentes. De los conductos de aire salía un humo negro, y las luces de emergencia parpadeaban
lentamente, fallaban durante unos instantes y volvían a encenderse. Perry no perdía de vista a
Garra y a Clara, pero Aria era la que le preocupaba más. Se sujetaba el brazo y le costaba seguir
el ritmo.
Llegaron al hangar de transporte y se metieron en él al momento. Parecía abandonado, muy
distinto del enjambre de actividad que Perry había visto hacía un rato. No vio a ningún soldado.
Allí solo quedaban algunos deslizadores.
—¿Sabes pilotar alguno de ellos? —le preguntó Aria a Soren. Estaba muy pálida.
—En los Reinos, sí. Pero estos son de verdad.
La gente se arremolinaba a su alrededor. A través de la gran abertura del otro extremo, el
desierto seguía iluminándose con la fuerza de la tormenta.
—Hazlo —le conminó Perry. Aria y él apenas habían sobrevivido en el viaje de ida hasta allí.
Le parecía del todo imposible conducir a docenas de personas aterradas —residentes que en su
vida habían puesto un pie en el exterior— al corazón de una violenta tormenta éter.
Soren se encaró a él.
—¡No recibo órdenes de ti!
—¡Entonces acéptalas de mí! —le gritó Aria—. ¡Ponte en marcha, Soren! No hay tiempo que
perder.
—Esto no va a funcionar —replicó él, pero de todos modos se acercó corriendo a uno de los
deslizadores.
La nave, vista de cerca, era inmensa, de un color azul pálido, con un tornasolado perla, y
parecía fabricada de una sola pieza. Perry agarró con fuerza las manos de Garra y Clara, y subió
con ellos la rampa.
Una vez dentro, descubrió que el fuselaje era un tubo ancho, sin ventanas. Al otro lado de
una portezuela encontró la cabina de mandos. El otro extremo estaba lleno de cajas de metal. Se
dio cuenta de que se trataba de un deslizador de suministros, pero que solo lo habían cargado
parcialmente. La zona central, donde él se encontraba, estaba vacía, pero se iba llenando
rápidamente de gente.
—Seguid hasta el fondo y sentaos —les pidió Aria—. Si podéis, agarraos a alguna parte.
Perry se dio cuenta de que todos los residentes tenían puesta la misma ropa gris que Aria
llevaba el día que la conoció. Eran de piel clara y ojos grandes, y aunque no lograba oler sus
humores por culpa del humo, sus reacciones hacia él eran descaradas, y asomaban sin disimulo a
sus rostros asombrados.
Bajó la vista y se miró. Sus ropas estaban manchadas de sangre y hollín, y llevaba un arma en
la mano. Además, sabía que a sus ojos él era un ser duro y primitivo, al igual que a los suyos
ellos eran seres blandos y aterrorizados.
Que estuviera allí, entre ellos, no debía de tranquilizarlos precisamente.
—Por aquí —indicó a Garra y a Clara, conduciéndolos hasta la cabina de vuelo.
Al entrar se dio un cabezazo con el marco, y durante un segundo se acordó de Rugido, que en
un caso así habría soltado algún comentario burlón. De Rugido, que debería estar ahí, y a quien
Perry había tratado muy mal horas antes. No podía creer que hubiera puesto en duda su lealtad.
De pronto, se acordó de Liv. Sintió que le faltaba el aire, y se le retorcieron las tripas. Sabía que,
más adelante, pensaría en su hermana y acabaría arrodillado, llorando, pero ahora no. Ahora no
podía permitírselo.
La cabina era pequeña, del tamaño de cuarto de Valle, y tenía un cristal redondeado que se
curvaba en la parte frontal. Desde allí, Perry vio la salida del hangar, en el otro extremo. Fuera,
un humo negro y espeso se iluminaba con los destellos del éter y ocultaba el desierto.
Soren se había sentado en uno de los dos asientos de los pilotos, y maldecía aporreando un
panel de control liso. Debió de notar que Perry lo miraba, porque volvió la cabeza y le clavó
unos ojos llenos de odio.
—No lo he olvidado, Salvaje.
Perry se fijó en la cicatriz de la barbilla.
—Pues entonces te acordarás también de cómo terminó la cosa.
—No te tengo miedo.
Una voz de niño habló a su lado.
—Soren, este es mi tío.
Soren miró a Perry y su expresión se suavizó al momento. Volvió a concentrarse en los
mandos.
Perry observó entonces a su sobrino, asombrado de la influencia que ejercía sobre aquel
residente. ¿Cómo había podido producirse aquel cambio? Dejó el arma en un estante, junto a
otras varias, y pidió a Garra y a Clara que se sentaran apoyando la espalda en la pared trasera. Él
se acuclilló y se fijó en el rostro de Garra.
—¿Estás bien?
El niño asintió, sonriendo, cansado. Perry vio rasgos de Valle en sus ojos de un verde
intenso, y se fijó en que le habían crecido los dientes delanteros. De pronto se le hicieron
presentes todos los meses que habían perdido, y todo el peso de su responsabilidad. Ahora Garra
era suyo.
Se enderezó al notar que los motores se ponían en marcha. El panel que Soren tenía delante
se iluminó, y el resto de la cabina quedó a oscuras.
—¡Agarraos! —gritó el piloto.
De la zona de pasajeros se elevó un murmullo de alarma. Aria se coló en silencio en la cabina
de vuelo y se situó frente a Perry justo cuando el deslizador se despegaba del suelo con
brusquedad. La nave inició el avance, y ella se echó hacia atrás y rebotó en su pecho. Él la
abrazó con fuerza, y vio que las puertas del hangar quedaban atrás. La nave ganaba velocidad
segundo a segundo. Salieron al exterior y se internaron en la humareda. Perry no veía nada por la
ventana, pero se dio cuenta de que Soren se guiaba gracias a la pantalla encajada en la consola
que tenía delante.
Muy poco después alcanzaron el aire despejado y, lleno de asombro, vio la tierra que iba
quedando atrás. Él había tomado su nombre de un halcón, pero jamás en su vida se le ocurrió que
algún día volaría. Los torbellinos azotaban el desierto, pero cada vez eran menos. La pálida luz el
amanecer se extendía por el cielo, y suavizaba el brillo cegador del éter. Sintió que Aria se
relajaba un poco, apoyada en su pecho. Él apoyó la barbilla en su cabeza.
El deslizador viró al oeste, reorientando el rumbo, y en ese momento Perry creyó ver la flota
de Hess, una ristra de luces que avanzaban a lo lejos, en el otro extremo del valle. Reconoció la
forma de la nave gigantesca que había visto antes. Después, ante ellos apareció Ensoñación,
desmoronándose, calcinada.
Aria, entre sus brazos, lo observaba todo en silencio. Perry se fijó en la curva de su hombro,
en la pendiente de su mejilla. En el fleco oscuro de sus pestañas cuando parpadeaba. Sentía el
corazón lleno de dolor. De su propio dolor y del dolor de ella. Comprendía exactamente cómo se
sentía. Él también había perdido su hogar.
—Cuando lo consideres oportuno, Aria, tal vez tengas a bien decirme adónde nos dirigimos.
Perry cerró los puños, indignado con el tono de Soren. Aria se volvió y le clavó los ojos a él,
interrogándolo con la mirada. El vendaje empezaba a mancharse de sangre. Necesitaba asistencia
médica. Y pronto.
—Con los Mareas —dijo él, no tanto sugiriéndolo como diciendo lo que sentía que era lo
correcto. Disponía de un lugar seguro y espacioso que ofrecer. Y, después de lo que acababa de
ver, presentía que los residentes se adaptarían a la cueva más deprisa que los miembros de su
tribu.
Los ojos grises de Aria brillaron en la penumbra de la cabina de vuelo.
—Las cajas que viajan atrás van llenas de suministros. Comida. Armas. Medicinas.
Perry asintió. Era una decisión fácil. Una alianza obvia. Juntos serían más fuertes. Y le
pareció que, en esa ocasión, los residentes serían bienvenidos. Miró a Soren. Bueno, casi todos.
—Dirígete hacia el noroeste —dijo Aria—. Más allá de esas montañas.
Soren modificó algo en el panel de mandos y la nave puso rumbo al Valle de la Marea. Perry
miró hacia abajo, impaciente por llevar por fin a Garra de vuelta a la tribu. Su sobrino tenía los
ojos cerrados. Junto a él, Clara dormía. Aria le tomó la mano y lo condujo al asiento vacío del
copiloto. Perry se sentó y la sentó en su regazo. Ella se volvió y se acurrucó contra él, apoyando
la frente en su mejilla, y por un momento él tuvo todo lo que necesitaba.
42
Aria

Q
—¿ UIERES que nos estrellemos? —Soren la miró desde el otro asiento. La luz del panel de
control daba a su rostro un aspecto más anguloso. Más cruel. Más parecido al de su padre. Su
mirada se posó en Perry—. Porque eso que hacéis es asqueroso.
A Aria le dolía mucho el brazo, y tenía los ojos enrojecidos por el humo y el agotamiento.
Pero pronto llegarían junto a los Mareas. Debía mantener la concentración.
Tras ella, oía los murmullos de los demás. Caleb estaba allí. No había tenido ocasión de
conversar con él. Runa y Júpiter también iban a bordo, y muchos otros. Todos estaban asustados.
La necesitaban. Ella los había sacado de Ensoñación. Ella sabía cómo sobrevivir en el
exterior. Necesitaban su guía. Ahora era responsabilidad suya cuidar de ellos.
Perry le retiró el pelo de los hombros y le susurró al oído.
—Descansa, no le hagas caso.
El sonido de su voz, profunda, serena, penetró en su interior y sintió un cosquilleo en el
estómago. Alzó la cabeza. Perry la observaba con gesto preocupado. Le pasó los dedos por la
barba de tres días, y después los hundió en su pelo. Deseaba sentir todas sus texturas.
—Si no te gusta lo que ves, Soren, no mires.
Vio el destello de la sonrisa de Perry justo antes de que sus labios se encontraran. Su beso fue
dulce y lento, y lleno de significado. Desde que se habían encontrado en el bosque no habían
parado ni un instante. Todo habían sido prisas durante su estancia con los Mareas, o durante su
carrera hacia Ensoñación. Ahora, finalmente, disponían de un momento para estar juntos sin
tener que ocultarse ni apresurarse. Eran tantas las cosas que habría querido decirle… Tantas las
cosas que quería que supiera…
Perry apoyó una mano en su cadera y la agarró con firmeza. Sintió que su beso se
transformaba en algo más profundo cuando su boca empezó a moverse con más impaciencia
sobre la suya. De pronto entre los dos aumentó el calor, y tuvo que obligarse a sí misma a dar un
paso atrás.
Cuando lo hizo, Perry soltó una maldición en voz muy baja. Tenía los ojos entrecerrados, y la
mirada perdida. Parecía tan abrumado como ella.
Aria acercó mucho la boca a su oído.
—Ya nos pondremos al día cuando estemos solos.
Él se echó a reír.
—Pues que sea pronto. —Le tomó la cara entre las manos y la acercó más a la suya, hasta
que sus frentes se tocaron. El pelo se Aria cayó hacia delante, creando un muro, un espacio que
era solo suyo. Estando tan cerca, ella solo veía los ojos de Perry. Brillantes, resplandecientes
como monedas bajo el agua—. Me partiste en dos cuando te fuiste —le susurró.
Ella ya lo sabía. Ya lo supo entonces, cuando lo hizo.
—Intentaba protegerte.
—Lo sé. —Perry soltó el aire despacio y su aliento le rozó la cara—. Sé que lo intentabas. —
Le acarició la mejilla con los dedos—. Quiero decirte algo. —Sonrió, pero en sus ojos había algo
cálido y tentador.
—Ah, ¿sí?
Él asintió.
—Llevo tiempo queriendo decírtelo. Pero voy a esperar hasta más tarde. Hasta que estemos
solos.
Aria se echó a reír.
—Pues que sea pronto. —Se apoyó en su pecho, y le pareció que nunca se había sentido tan a
salvo en la vida.
Fuera, las montañas pasaban de largo, borrosas. Le sorprendió constatar la gran distancia que
habían recorrido. Pronto llegarían al Valle de la Marea.
—Juro que he estado a punto de vomitar —musitó Soren.
Aria recordó su última comunicación apresurada a través del Smarteye.
—¿Qué? —preguntó Soren—. ¿Por qué me miras así?
—Tú me dijiste que sabías dónde estaba el Azul Perpetuo.
Se les había cortado la comunicación justo antes de que se lo explicara.
Soren esbozó una sonrisa.
—Es cierto. Lo sé. Vi y oí todo lo que mi padre y Visón dijeron. Pero no pienso revelar ni
una palabra en presencia del Salvaje.
Perry tensó los brazos.
—Vuelve a llamarme así, residente, y será lo último que digas en tu vida. —Torció un poco
la espalda y se relajó—. Y a mí no hace falta que me cuentes nada. Yo ya sé dónde está.
Aria alzó la vista para mirarlo. Lo hizo tan deprisa que sintió una punzada de dolor en todo el
brazo. Se mordió el labio inferior, esperando a que remitiera.
—¿Tú sabes dónde está el Azul Perpetuo?
Perry asintió.
—Esa flota se desplazaba hacia el oeste. Y en esa dirección solo hay una cosa.
Ella supo a qué se refería cuando Perry todavía no había terminado la frase.
—Está en el mar —dijo.
Perry gruñó algo, asintiendo.
—Nunca estuve tan cerca de él como cuando vivía en mis tierras.
Soren torció el gesto, decepcionado.
—Está bien, pero no lo sabes todo.
Aria meneó la cabeza. No estaba de humor para los jueguecitos de Soren.
—Dilo sin más, hombre. ¿Qué has averiguado?
Soren movió los labios, como si estuviera a punto de realizar algún comentario sarcástico,
pero no dijo nada, y relajó el rostro. Cuando finalmente habló, lo hizo en tono sosegado, y sin su
habitual antipatía.
—Visón dice que debe pasar a través de un sólido muro de éter antes de llegar a cielo abierto.
—Chasqueó la lengua, descreído—. Dice que puede hacerlo, pero es mentira. Ninguna nave es
capaz de tanto.
Las naves no podían, pensó Aria, pero había otra manera. Aria y Perry lo dijeron a la vez.
—¡Tizón!
43
Peregrino

EL deslizador dejó atrás el recinto de los Mareas y puso rumbo al norte, bordeando la costa.
Soren tuvo que llevarlos hasta mar abierto para poder llegar a la pequeña ensenada que daba
acceso a la cueva, porque el acantilado era demasiado vertical y estaba demasiado cerca de la
orilla, y no podía maniobrar desde tierra. A Perry no le pasó por alto que, sobre el océano, el
desplazamiento de la nave no era tan suave. Mientras Aria se adormilaba entre sus brazos, él
miró hacia el horizonte y sintió una inyección de esperanza. No tenían a Tizón, ni la fuerza que
Hess y Visón ejercerían juntos, pero el Azul Perpetuo estaba allí, en ese mar. Y nadie conocía el
mar tan bien como los Mareas. El mar era su territorio.
Garra y Clara despertaron cuando el deslizador se posó sobre la playa. Perry había preparado
una explicación para justificar por qué había tenido que abandonar el recinto, pero al ver sus
sonrisas de oreja a oreja decidió que ya se lo contaría cuando lo preguntaran.
—Decidme que no acabo de aterrizar delante de una cueva. —Soltó Soren.
Aria se revolvió entre sus brazos. Despacio, separó las piernas y se levantó de su regazo.
—Podemos librarnos de él cuando queramos.
—Ojalá no lo dijeras en broma —comentó Perry, que ya echaba de menos el peso de ella
sobre sus piernas.
Soren apartó de sí el panel de mandos y se puso en pie.
—Eso, eso, así me gusta, que me deis las gracias por haberos salvado la vida. De nada, de
nada, por cierto.
Aria sonrió.
Alargó la mano para ayudar a Perry a levantarse, sin separar el brazo herido del costado.
—¿Quién ha dicho que hablaba en broma?
Perry se levantó y la siguió atrás, ignorando las exclamaciones de asombro de los residentes.
Apoyando la mano en el hombro de Garra, se situó junto a Aria, que apretaba un botón de la
puerta. La escotilla se abrió con un chasquido, y al hacerlo dejó entrar el rumor de las olas que
llegaban hasta la orilla.
A la luz de la mañana, Perry vio que los Mareas abandonaban la cueva e iban ocupando la
playa. El asombro, o una mezcla de incredulidad y pánico, asomaba a sus rostros cuando
descubrían la nave. Tras él, muchos residentes contemplaban el mundo exterior, y su temor era
palpable, tan fuerte que podía olerlo, a pesar de tener las fosas nasales embotadas por el humo.
Vio a Castaño y a Rugido. A Oso y a Molly. Su mirada se tropezó con los hermanos,
Escondido, Escondite y Rezagado. Con Sauce y Arroyo. Buscó a Rugido y a Brizna. Se lamentó
al darse cuenta de que no estaban allí. Debía ir a buscarlos —a ellos y a Tizón—, pero antes Aria
y él tendrían que instalar a los residentes en su hogar temporal. Juntos formarían una tribu nueva.
Pulga llegó trotando a la rampa, y gimoteó y meneó la cola al descubrir a Garra. Al poco
meneaba ya todo su cuerpo. El niño alzó la vista, y sus ojos verdes brillaron de impaciencia.
—¿Puedo ir con él?
—Sí, claro —respondió Perry.
Garra bajó por la rampa acompañado de Clara.
Aria le sonrió. En sus ojos, Perry vio un sentimiento que era infinito y más fuerte que
cualquier otra cosa.
—¿Volvemos intentarlo?
Perry la cogió de la mano. Entrelazaron los dedos con fuerza y, juntos, descendieron a la
arena.
VERÓNICA ROSSI nació en Río de Janeiro, Brasil. Al crecer, ella vivió en varios países y
ciudades de todo el mundo, estableciéndose finalmente en el norte de California con su esposo y
sus dos hijos. Realizó estudios de licenciatura en UCLA y luego se fue a estudiar Bellas Artes en
el California College of the Arts en San Francisco.
Comenzó a escribir ficción juvenil hasta que completó Bajo el Cielo Eterno, consiguiendo que lo
publicaran en más de veinte países y que Warner Bross lo llevara al cine.

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