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La historia de las bibliotecas en la España visigoda muestra un renacimiento cultural tras la invasión de pueblos germánicos, con la creación de escuelas episcopales y monasterios que fomentaron la enseñanza y la preservación de libros. Las bibliotecas, aunque no públicas, eran centros de conocimiento donde se recopilaban obras religiosas y se promovía la lectura silenciosa y la copia de textos. A pesar de la escasez de libros y la dificultad de su producción, los obispos y monasterios jugaron un papel crucial en la conservación del saber durante la Alta Edad Media.

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La historia de las bibliotecas en la España visigoda muestra un renacimiento cultural tras la invasión de pueblos germánicos, con la creación de escuelas episcopales y monasterios que fomentaron la enseñanza y la preservación de libros. Las bibliotecas, aunque no públicas, eran centros de conocimiento donde se recopilaban obras religiosas y se promovía la lectura silenciosa y la copia de textos. A pesar de la escasez de libros y la dificultad de su producción, los obispos y monasterios jugaron un papel crucial en la conservación del saber durante la Alta Edad Media.

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HISTORIA DE LAS BIBLIOTECAS

Hipólito Escolar

La Alta Edad Media

La España visigoda

Sobre la decadencia persistente en que venían deslizándose las tierras y las gentes integradas
en el Imperio Romano, y entre ellas las de la Península Ibérica, pareció que iba a tener los
efectos de un tiro de gracia la terrible invasión de suevos, vándalos y alanos que en el año 409
arrasó todo lo que encontraba a su paso y de la que sólo se salvó lo que pudo ponerse a
resguardo tras las murallas de las ciudades bien defendidas.
En estas ciudades, que sobresalían como islas en el mar de la destrucción general, se
pudieron mantener la enseñanza y el libro, aunque su estado decrépito distaba mucho de la
brillantez que habían alcanzado en los siglos anteriores. Pero no se extinguió el rescoldo, que
pudo avivarse cuando las circunstancias fueron propicias, tras la consolidación del gobierno
visigodo, y se alcanzaron la unidad política, la religiosa y la cultural por la simbiosis entre los
invasores dominantes y las clases superiores de la sociedad hispanorromana, que, a cambio de
su sometimiento político, impusieron su lengua, el latín, y su credo religioso, el catolicismo.
Todo ello propició un desarrollo cultural de la España visigoda muy superior al conseguido en
las otras tierras europeas en aquellos tiempos, hasta el punto de haberse denominado al siglo
VII el primer Siglo de Oro español.
El renacimiento cultural que vivió la España visigoda se debió en gran parte a la influencia
externa, procedente de Italia, con la que la Iglesia mantuvo estrecho contacto a causa del papa, y
del Norte de África, desde donde acudió, entre otros, Donato, huyendo de los vándalos, que
llegó en barco con setenta monjes y muchos códices. Se estableció cerca de Valencia, donde
fundó el monasterio de Servitum o Servitano, quizá el primero de España. Igualmente llegó la
influencia de la lejana Constantinopla, de donde vinieron religiosos, como San Martín
Dumiense, y a donde fueron a estudiar hispanorromanos, como San Leandro.
Pero también influyó en este renacimiento el desarrollo de elementos autóctonos propiciados
por el de la enseñanza. Poco sabemos de la enseñanza secular, que debió de continuar
ininterrumpidamente desde la época romana, como lo muestran la existencia de laicos que
dominaban la escritura, incluso de profesionales de la escritura, y con buena formación cultural,
amor al libro y a las bibliotecas.
Fue preciso crear escuelas episcopales, bajo la directa supervisión de los prelados, para atajar
la incultura de parte del clero, motivo de preocupación de los concilios, que se vieron en la
precisión de dictar disposiciones en este sentido. También fueron importantes en la renovación
religiosa las escuelas de los monasterios, algunas con tanta fama que recibían alumnos de
tierras lejanas, y otras, como las de los monasterios Agaliense, próximo a Toledo, y de Santa
Engracia, en Zaragoza, donde se formaron varios de los más ilustres obispos de ambas diócesis.
Tenemos información sobre el libro en la España visigoda. No faltan cartas entre autores
que aluden a libros que poseen, a los que precisan o a los que están escribiendo. Hay biografías
de varones ilustres donde se da cuenta de las obras que escribieron, se han conservado reglas
monásticas en las que se alude a la lectura de los monjes y, por último, en las Etimologías de
San Isidoro hay un apartado sobre el libro y las bibliotecas.
Si éstas florecen naturalmente en los centros de enseñanza, es comprensible la existencia de
bibliotecas privadas de ex alumnos, que se aficionaron a los libros durante sus estudios y
dispusieron posteriormente de medios económicos abundantes, pues los libros eran carísimos.
Hay referencias que nos permiten suponer la existencia de una biblioteca real en Toledo,
aunque resulte difícil saber si era propiedad particular de los monarcas o un bien de la corona.
Libros tuvieron, por ejemplo, Sisebuto y Wamba, que fueron escritores, y Chindasvinto, que
encargó a San Braulio que corrigiera algunos de los suyos que contenían errores. También los
nobles debieron de poseer bibliotecas, como la tenía un tal conde Lorenzo, a cuya biblioteca se
refiere en una de sus cartas San Braulio, el cual también hace alusión a bibliotecas privadas de
varias personas cuyas circunstancias ignoramos.
Quizá las bibliotecas más importantes fueron las episcopales. Se supone que sería
importante la de Mérida, aunque no hay noticias de ella. Se sabe del afán por reunir libros, por
ejemplo, de varios obispos, como Quirico de Barcelona y Licinio de Cartagena, que murió en
Constantinopla, y fue amigo de San Gregorio y de San Leandro. Tenemos más información de
las de Toledo, Zaragoza y Sevilla. De la importancia de la toledana podemos darnos idea por
las citas numerosas que hace su prelado San Julián, fundamentalmente de escritores cristianos.
En cambio, San Braulio de Zaragoza cita a escritores paganos como Terencio, Virgilio, Horacio
y Ovidio, al tiempo que a los cristianos más famosos, y en su correspondencia solicita
préstamos de libros, reclama otros prestados por él, encarga copias, anima a San Isidoro a
terminar las Etimologías y se lamenta del extravío durante algún tiempo de un libro de su
abundante biblioteca, que le impedía continuar una obra que estaba escribiendo.
Parece que la más voluminosa de todas fue la que en Sevilla acrecentaron primero San
Leandro y después su hermano y sucesor en la silla episcopal, San Isidoro, pues
comprensiblemente no quedan restos materiales de ella. Este santo varón debió de poseer una
gran biblioteca, ya que, sin la lectura de un número elevado de obras, hubiera sido imposible
escribir tanto sobre temas tan distintos. La biblioteca estaría instalada en un local de hermosa y
noble apariencia, con el suelo y el techo recubiertos de verde mármol, como el de Caristo
(Etimologías XI), para que la mirada descansara; con armarios de madera adosados a las
paredes. Los armarios se habían impuesto por ser más convenientes para los códices que las
alacenas con estanterías adosadas a las paredes que se usaron en Roma para los rollos. En ellos,
tumbados sobre las baldas, reposaban los códices de pergamino. Encima probablemente había
unos murales con las efigies de escritores cristianos: Orígenes, Hilario, Ambrosio, Agustín,
Jerónimo, Juan Crisóstomo, Cipriano, Prudencio, Avito, Juvenco, Sedulio, Eusebio, Orosio,
Gregorio y Leandro; de juristas: Teodosio, Aulo y Gaio, y de médicos: Cosme, Damián,
Hipócrates y Galeno.
A todos ellos estaban dedicados unos versos, Vetustissimi versus, qui olim in Bibliotheca S.
Isidori Hispatensis Episcopi legebantur, cuya autenticidad hoy se reconoce, aunque de ella se
dudó en los últimos siglos.
Hay unos versos referentes a aspectos varios de la biblioteca. Por de pronto, unos
invitando al visitante a la lectura, incluso de los escritores paganos, en los que se dice: «Hay
aquí muchas obras sagradas y muchas profanas. Toma y lee las que te agraden». El poema
sigue: «Puedes ver prados llenos de espinos y abundantes de flores. Si no quieres tomar las
espinas, toma las rosas. Aquí brillan los venerados volúmenes de la ley (religiosa) como
perlas».
Estos pensamientos, parecen estar en aparente contradicción con las ideas de San Isidoro
que había recomendado a los monjes que se liberaran de la esclavitud de los poetas paganos
por ser preferible ignorar sus perniciosas doctrinas a caer en la trampa del error. Aun
reconociendo que las sentencias de los gentiles brillan en su forma exterior por la elocuencia
de las palabras, aconseja al cristiano huir de ellas porque, a través del deleite de inútiles
fábulas, provocan la lujuria y carecen de la sabiduría propia de la virtud. En cambio, el
lenguaje sagrado, a pesar de su expresión desaliñada, resplandece por la sabiduría de su
contenido.
Otros versos son de interés al parecer mostrar un cambio en la finalidad del local de la
biblioteca, que en la Antigüedad se limitó a su función etimológica de guardar libros, porque
la lectura, como hemos visto, se hacía en voz alta y en espacios abiertos (pórticos y paseos),
mientras que en Sevilla la lectura era silenciosa y dentro de la sala, por costumbre debida
quizá a San Ambrosio, que leía en silencio según hemos dicho. San Isidoro afirma que es más
agradable a los sentidos la lectura silenciosa que la hecha en voz alta, y así podemos afirmar
que en la biblioteca isidoriana habla nacido la sala de lectura: «El bibliotecario no permite que
se hable delante de él. No es éste lugar para hacerlo, márchate fuera, charlatán».
A la biblioteca se puede ir a leer, pero también a trabajar, a copiar los textos o a redactar
otros, como muestra otra invitación: «Quien sepa de la lucha del cálamo con la piel,
venga aquí, si le place, para hacer su propia guerra».
Estos versos nos han definido lo que van a ser las bibliotecas en los tiempos posteriores: una
sala con armarios para los códices, con pocos asientos y alguna mesa, principalmente para la
copia y redacción de textos, pero también para la lectura silenciosa. La silla, la cátedra
magistral de los clásicos, es sustituida por la mesa, que resulta tan cómoda para el códice como
molesta para el rollo, que no se podía dejar abierto en ella y que había que sostener con las
manos. En cambio, el códice puede permanecer abierto tanto para su lectura como para su
copia. Incluso se podían tener a la vista simultáneamente varios códices si se deseaba
colacionarlos.
Estas bibliotecas no estaban al servicio de toda la población capaz de leer, sino al de los
clérigos de la institución propietaria y al de algún que otro colega al que se le pueden prestar
libros. Por tanto, no se pueden considerar públicas, sino especiales por la especialización de
sus fondos y por el poco número de lectores a los que sirven.
San Leandro recomendó a las monjas que ininterrumpidamente alternaran la lectura con la
oración y que cuando estuvieran comiendo o haciendo algún trabajo manual, procuraran que
alguien les leyera en voz alta, evitando así que el corazón se deslizara por la pendiente de los
vicios. No hace falta advertir que el santo se refería exclusivamente a la lectura religiosa.
Por su parte, San Isidoro sostenía que el monje debía dedicar unas horas determinadas al día
al trabajo, porque la ociosidad es combustible de liviandad y engendra malos pensamientos, y
otras, a la lectura, que nos instruye, y a la oración, que nos purifica. Llegó a fijar en su regla las
horas que había que dedicar a la lectura por la mañana y la tarde, de acuerdo con las estaciones.
Durante las comidas todos los monjes debían guardar silencio, menos uno que, sentado en el
centro del comedor, leería en voz alta algún pasaje de las Escrituras y los demás escucharían
con la máxima atención.
La lectura, según él, precisa de la constancia, pues el ingenio, aun en los casos en que es
débil por naturaleza, se desarrolla por la lectura constante, que acrece la inteligencia. De todas
formas, la lectura se perfecciona con el coloquio, con el comentario de una persona más sabia.
Lo que se ha aprendido con la lectura ha de utilizarse para la mayor gloria de Dios y no para
engreírse y pecar por vanidad, aparte de que los presuntuosos jamás consiguen con la lectura la
perfecta sabiduría porque se lo impide la nube de la soberbia: leen sin cesar, buscan y no
encuentran.
De acuerdo con la regla isidoriana, en los monasterios debía haber un monje encargado de
guardar los libros, normalmente el sacristán. Su nombramiento se hacía en una ceremonia
solemne, lo que muestra el interés por los libros. El abad le entregaba la llave de los armarios y
le advertía: «Sé guardián de los libros y jefe de los copistas». A primera hora de la mañana
deberá entregar un libro a cada monje que se lo pida, quien, después de leerlo, lo devolverá por
la noche.
Los monasterios visigodos, que solían tener una escuela aneja, contaron con una pequeña
colección de libros o biblioteca desde los primeros momentos. Donato, como hemos visto, vino
de África con sus monjes y sus libros, y San Martín, el apóstol de los suevos, fundó en Dumio,
con el monasterio de este nombre, una biblioteca, formada con los libros que trajo de Oriente y
que él y un discípulo tradujeron, aparte de los libros usuales en la Iglesia latina. San Fructuoso,
de origen godo, viajó con libros para las incipientes bibliotecas que estableció en los numerosos
monasterios fundados por él en el Occidente español. Su discípulo San Valerio se afanó
copiando libros para los monasterios que iba creando y suponemos que Juan de Biclara dispuso
de libros en su monasterio para redactar su Historia.
Las bibliotecas visigodas se centraban alrededor de la Biblia y los comentarios más
autorizados sobre ella. La colección se completaba con sermones, homilías y tratados de los
Santos Padres, vidas de santos y una colección de cánones. En las bibliotecas monásticas no
faltaban reglas, ni vidas de monjes famosos, ni dichos de los padres del desierto, ni obras
referentes a la vida cenobítica.
Los libros resultaban carísimos. Un ejemplar del Forum Judicutm valía 400 sueldos,
mientras que este código fijaba en un sueldo lo que podía cobrar al año el encargado de la
educación de un niño. La fuente suministradora del papiro, Egipto, estaba muy lejos y en el
siglo VII se cerró por completo por la conquista árabe; el pergamino no podía ser barato, pues
las pieles de los animales, que no debían de abundar, se usaban para varios menesteres, entre
ellos el vestido. Finalmente, aunque la Iglesia y el gobierno tenían secretarios (notarii) para la
redacción de documentos, habían casi desaparecido, desde los últimos tiempos del Imperio
Romano, los escribientes profesionales, los librorum scriptores, y eran pocos los civiles que
sabían escribir. Por ello no había realmente editores, aunque sí comerciantes de libros, se
copiaban pocos y los ejemplares cada vez resultaban más raros. Dentro de esta penuria general,
los obispos pudieron tener copistas propios y los monasterios atender a sus necesidades
dedicando algunos monjes a esta tarea, e incluso San Valerio, después de proveer con los libros
copiados a las bibliotecas de sus monasterios, vendía algunos ejemplares para atender a sus
necesidades temporales. También San Braulio, aunque disponía en el obispado de una oficina
para la copia de libros, encargó a varios monasterios que le copiaran algunos, y les enviaba el
pergamino necesario o el dinero para comprarlo.
Si bien los monasterios ocuparon durante la Alta Edad Media un primer puesto en el
campo educativo y en el del libro y de las bibliotecas, no faltaron en las ciudades ni centros de
enseñanza, ni libros, ni bibliotecas. En al-Andalus o zona musulmana de España, donde
estaban las ciudades más populosas de la península (Córdoba, Sevilla, Toledo, Mérida,
Zaragoza, Granada, Málaga, etcétera) los mozárabes, es decir, los hispanorromanos que no se
habían convertido al islamismo, mantuvieron su cultura, la de los tiempos visigodos, durante
varias centurias.
En varias basílicas cordobesas, como debió de suceder en el resto de las ciudades de al-
Andalus, se impartían enseñanzas sobre la doctrina religiosa, pero también sobre gramática y
retórica y se comentaban los clásicos latinos. Famoso fue el cordobés abad Esperaindeo,
maestro, entre otros muchos, de San Eulogio y Álvaro, que a mediados del siglo IX
defendieron con su palabra y con sus escritos la doctrina cristiana frente a la musulmana, que
avanzaba de manera incontenible, y a los mozárabes sometidos contra el poder de muladíes o
hispanorromanos convertidos al Islam y de los invasores y conquistadores, árabes y
berberiscos.
Sus obras muestran profundos conocimientos de las letras cristianas y de las paganas, lo
cual sólo era posible disponiendo de buenas y surtidas bibliotecas. Es más, sabemos de la
preocupación de San Eulogio por mejorar la suya, y de cómo aprovechó un viaje al norte de
España en busca de sus hermanos, que eran comerciantes y habían alargado su ausencia más
de lo esperado, para consultar y adquirir libros. Visitó a los obispos de Pamplona, Zaragoza y
Toledo, así como varios monasterios. De Pamplona y de los monasterios navarros se trajo
ejemplares de obras que no había en Córdoba, como la Ciudad de Dios, de San Agustín, la
Eneida, de Virgilio, las Sátiras, de Juvenal y de Horacio, los Tratados, de Porfirio, las
Fábulas, de Avieno, varios tratados gramaticales y una colección de himnos.
Es muy probable que hayan llegado hasta nosotros algunos de los códices que tuvieron en
sus manos San Eulogio y Álvaro. Eso se piensa, por ejemplo, de uno que contiene las
Etimologías, de San Isidoro, que pudo pertenecer al propio Álvaro, y del Codex miscellaneus
ovetensis, que se conservan en la Biblioteca de El Escorial. También pudieron tener en sus
manos ambos, o al menos algunos amigos más jóvenes, el códice con las obras de Álvaro y
otros opúsculos, que se guarda en el Archivo de la catedral de Córdoba, y otro Codex
miscellaneus, del Archivo de la catedral de León. Entre los más de 240 códices escritos con
letra visigoda que conocemos, algunos debieron de pertenecer a bibliotecas de otras ciudades
de al-Andalus, aunque resulta difícil fijar con precisión las procedencias. Limitándonos a
unas muestras mencionaremos dos códices de la Biblioteca Nacional. Uno, con las
Etimologías, que perteneció a la iglesia toledana, y otro, la llamada Biblia Hispalense, que
debió de figurar en alguna biblioteca sevillana.
Ambos, además, se caracterizan por las glosas en árabe escritas al margen y que indican
que los mozárabes fueron perdiendo sus conocimientos de la lengua latina en beneficio de la
árabe. Fenómeno que había denunciado Álvaro cuando se quejaba de que los jóvenes
cordobeses ignoraban su lengua, el latín, y sólo uno entre mil era capaz de escribir una carta
con una redacción aceptable, pues se afanaban por conseguir los libros árabes, los leían con
avidez y los comentaban con entusiasmo.

La época dorada del monacato

La Alta Edad Media es la época dorada del monacato. En el remanso de los monasterios la
vida espiritual encuentra fácil acomodo y las letras y el libro tienen un ambiente propicio, si no
para brillar fulgurantemente, al menos para mantenerse en espera de mejores tiempos.
En la Europa Occidental no abundaron las ciudades, fuera de Roma, capital de la cristiandad
y a la que, por esta razón, nunca faltaron ni centros de enseñanza, ni libros, ni bibliotecas, la
principal de las cuales fue la establecida en Letrán en el siglo V por el papa Hilario. Hay
noticias de bibliotecas en otras ciudades italianas, como Ravenna, Lucca, Capua, Nápoles y
Verona, y de francesas, como Lyon y Orleans. También hay rastros de bibliotecas privadas
italianas de estos primeros siglos medievales.
Tampoco faltaron libros en las poderosas cortes imperiales, iniciadas con la de Carlomagno,
que, en el paso de los siglos VIII al IX, promovió un movimiento cultural, llamado en su honor,
renacimiento carolingio. Mejoró la escuela palatina, de la que nombró director a Alcuino, el
más representativo de la cultura inglesa de aquellos tiempos, y a la que, junto con los niños,
acudió el propio emperador tratando de dar ejemplo y de mejorar su latín.
A Alcuino, que se había formado en la escuela catedralicia de York, creada por el obispo
Egberto, discípulo de Beda, se le atribuye un catálogo en verso de la biblioteca de York, en el
que se citan, aparte de los escritores eclesiásticos, a Pompeyo Trogo, Plinio, Aristóteles,
Cicerón, Virgilio, Lucano, Sedulio, Juvenco, Fortunato, Lactancio y Estacio. Alcuino, además,
escribió a los monjes de Jarrow recomendándoles la utilización de la biblioteca. Carlomagno
también recibió y protegió al poeta español Teodulfo, representante de la tradición visigoda, al
gramático Pedro de Pisa y al historiador Paulo Diácono, entre otros. Para su biblioteca se
copiaron e ilustraron notables códices, lo mismo que para la de los Otones, emperadores
alemanes que promovieron en el siglo X otro renacimiento cultural. Los manuscritos que
pertenecieron a las cortes carolingia y otoniana son ejemplares de lujo, más para la exhibición
que para la lectura.
Alcuino mejoró la biblioteca del monasterio de San Martín de Tours, trayendo libros
principalmente de Inglaterra. Repetía a los monjes: fodere quam vites melius est scribere
libros, «es mejor copiar libros que cultivar las viñas».
En Aquisgrán Carlomagno tuvo una biblioteca privada, que a su muerte mandó vender y
destinar el dinero conseguido a limosnas. Su bibliotecario se llamaba Gerhoh. En ella, al
parecer, había obras de bastantes autores clásicos: Lucano, Estacio, Terencio, Juvenal, Tibulo,
Horacio, Marcial y Cicerón entre otros. También tuvo una biblioteca privada su hijo Ludovico
Pío, de la que estuvo encargado Ebbo, y es muy probable que fuera importante la de su hijo,
Carlos el Calvo, quizá el más culto de los tres. Independiente de éstas debió de haber otra
biblioteca de la corte, en cuya formación tomó parte activa Alcuino.
No es sorprendente que los monasterios españoles tuvieran libros, pues era lo habitual desde
los momentos iniciales del monacato. San Pacomio (292-345) recogió este hecho, ya
generalizado, en la regla que dio para su monasterio en el Alto Egipto, en Tabennisi. Los libros
debían guardarse en alacenas excavadas en las paredes y los monjes, siempre que lo desearan,
podían retirar un libro a la semana, al final de la cual, tenían que devolverlo. No se permitía a
los monjes dejar el libro abierto, al ir a la iglesia o al refectorio. Por la tarde el ayudante del
superior debía hacerse cargo de los libros, contarlos y guardarlos.
De Egipto la vida cenobítica se extendió al resto de la cristiandad, donde fueron surgiendo,
como en España, monasterios con vida económica autárquico, capaces de producir todo lo que
precisaba la comunidad para su sostenimiento, incluidos los libros.
Durante bastantes siglos, los monasterios se rigieron por las reglas establecidas por sus
respectivos fundadores, pero terminó imponiéndose en la Edad Media la dada por San Benito
de Nursia al monasterio que fundó en el siglo VI en Montecasino, al sur de Roma. En ella se
establecía la división de la jornada entre el trabajo manual, la oración y la lectura, pues había
que huir de la ociosidad, enemiga del alma. Fijaba igualmente los diversos horarios de lectura
para el verano, desde Pascua a octubre, y para el invierno, desde octubre a la Cuaresma, y
obligaba a todos los monjes a la retirada de un libro de la biblioteca para su lectura en la
Cuaresma. Esta decisión, que obligó a los monasterios a disponer de libros para las funciones
religiosas y para la lectura de los monjes, hizo imprescindible, desde los momentos iniciales del
monacato, la existencia de una colección, normalmente muy menguada, de libros, o biblioteca,
que facilitó la conservación de las obras de la Antigüedad, fundamentalmente de las cristianas,
pero también de algunas paganas, que se mantuvieron como modelos de expresión.
Al tiempo que San Benito fundaba su monasterio, otro italiano, Casiodoro, preocupado por
el abandono de los estudios y temiendo por la desaparición de la cultura clásica, fundó en el sur
de Italia un monasterio, Vivarium, donde reunió libros y personas que compartían sus
intenciones de crear un orden nuevo, la civilitas, mejorando la calidad de la educación que
debía mantener un equilibrio entre las letras religiosas y las seglares. Tenía gran fe en el libro,
que podía facilitar la difusión geográfica de sus ideas y su pervivencia en los tiempos venideros.
El monasterio dejó de existir poco después de la muerte de su fundador y los valiosos libros que
componían la biblioteca debieron de pasar, en gran parte, a la biblioteca romana de Letrán;
otros probablemente terminaron en Inglaterra y Francia.
Para la propagación del cristianismo y para el mantenimiento de un cierto nivel cultural
durante los siglos VII y VIII fue decisiva la intervención de Irlanda y Gran Bretaña, pues en
ellas florecieron los estudios gracias a religiosos venidos de Italia y de las tierras ocupadas por
los árabes, y al celo de algunos nativos, como San Columbano, que consideraba imprescindible
el escritorio en las labores evangelizadoras y fundó el monasterio de Iona, el más influyente en
las islas en el siglo VII, y como Benito Biscop (u Obispo), que trajo abundantes libros de sus
viajes a Italia y fundó monasterios tan importantes posteriormente como Wearmouth (674) y
Jarrow. No conocemos los catálogos de sus bibliotecas, pero una idea de su contenido la
proporciona el hecho de que en Jarrow se educó Beda, cuya figura se asemeja a la de San
Isidoro por la amplitud de sus conocimientos y por la influencia que ejercieron sus obras, que
no hubiera podido escribir sin consultar una bien nutrida biblioteca.
Aunque la vida monacal se caracteriza por el deseo de alejamiento del mundo, hubo monjes
que se creyeron obligados a la predicación y conversión de los infieles en tierras a las que no
había llegado el evangelio o a la recuperación de las gentes que vivían en las del antiguo
Imperio y que habían continuado en su paganismo o habían vuelto a él como consecuencia de la
incultura que trajeron la anarquía y el consiguiente aislamiento.
Este afán de proselitismo lo sintieron con la fuerza de los neófitos los monjes de Irlanda,
cuyos habitantes habían sido convertidos al cristianismo por San Patricio en el siglo V. Primero
recristianizaron Gran Bretaña, porque sus antiguos habitantes habían vuelto al paganismo, en el
que estaban los bárbaros invasores anglos y sajones, y fundaron monasterios con sus escuelas y
bibliotecas, como los famosos Iona y Lindisfarne, para que la religión no corriera de nuevo el
peligro de desaparecer. Después, llevando sus libros, saltaron al continente y siguieron con sus
fundaciones en Francia, Italia, Suiza, Holanda y Alemania, con tal éxito que algunos de los
monasterios por ellos creados o por los ingleses que les siguieron, fueron famosos centros
intelectuales y dispusieron de las bibliotecas altomedievales más ricas.
San Columbano, el más famoso de los misioneros irlandeses, emprendió su aventura a los
cuarenta y cinco años desembarcando en las Galias en el año 585 con doce compañeros para
construir casas religiosas como bases de sus actividades misioneras. Entre otros fundó los
monasterios de Luxeuil, en Borgoña, y Bobbio, en el norte de Italia, donde murió en 615. Para
incrementar el escaso bagaje librario con que iniciaban sus actividades los monasterios, San
Columbano establecía un escritorio. Su sucesor en Bobbio, Attal, buscó y trajo libros, cuyo
número fue creciendo por copia, legados y donaciones hasta alcanzar los 666 que reseña un
catálogo del siglo X. Una cifra tan elevada justifica la existencia de un bibliotecario, que tenía a
su cargo, además, y como en otro monasterios, el coro. Han sobrevivido bastantes de las obras
de su biblioteca pero dispersas en Milán, Roma, Turín, Nápoles, Nancy, París, Wolfenbüttel y
Madrid. La mayoría estaba constituida por obras de carácter religioso (entre ellas el misal más
antiguo y un códice, también muy antiguo, con textos evangélicos) pero algunas eran
palimpsestos cuyos pergaminos con obras de Cicerón, Lucano, Galeno y Discórides, habían
sido borrado para volver a escribir en ellos obras religiosas.
Un discípulo de San Columbano, San Galo, fundó en el año 614 el monasterio que en su
honor se llama de Saint Gall, junto al lago Constanza, que al principio llevó una vida
mortecina, pero que en el siglo IX, contando ya con un escritorio, reunió 400 obras. Al siglo
siguiente la biblioteca se salvó milagrosamente de un saqueo llevado a cabo por los húngaros y
de un incendio que destruyó el monasterio. En el siglo XV fue descubierto por Poggio
Bracciolini y otros cazadores de manuscritos durante un descanso en el Concilio de Constanza,
y quedaron sorprendidos por el estado de abandono en que se encontraban los manuscritos,
muchos venerables y rarísimos. Tuvo en la Edad Moderna una vida accidentada, como
consecuencia de la lucha entre católicos y protestantes, pero en el siglo XVIII se construyó para
él una hermosa biblioteca de estilo barroco, diseñada por Peter Thumb. El monasterio fue
secularizado en 1805 y la biblioteca abierta al público.
Otro discípulo de San Columbano, el irlandés Riquier, fundó, cerca de Amiens, en la
primera mitad del siglo VII el monasterio denominado en su honor Saint Riquier. Uno de sus
abades, Angilberto, fue familiar de Carlomagno e intervino activamente en la política al
servicio del emperador. Llegó a tener 100 monjes trabajando en el escritorio y se conoce un
catálogo del año 831 con la descripción de 256 códices, que suponen medio millar de obras:
Textos bíblicos, Padres de la Iglesia, grandes escritores medievales como Boecio, San isidoro
y Beda, historiadores como Eusebio y Sócrates, clásicos como Cicerón, Virgilio y Plinio el
Joven y la Historia de los godos, de Jordanes. Otro monasterio de origen irlandés, próximo a
Saint Riquier, fue Corbie, fundado por Bathilde, viuda de Clovis II, muy protegido primero
por los merovingios y luego por los carolingios. Disponía de un pergaminero para el
escritorio y el afán expansionista de sus monjes les llevó a fundar Nova Corbeia o Corbie en
Sajonia (822) y a adentrarse en tierras suecas. Un tercer monasterio de origen irlandés
próximo a los dos anteriores, en el valle del Somme, como ellos, fue el de Péronne.
Los monjes ingleses compartieron el celo misionero irlandés y marcharon al continente a
convertir a los infieles y especialmente a los frigios, sajones y otros alemanes. Entre todos
destaca San Bonifacio, el apóstol de los germanos, que restauró los obispados de Maguncia y
Salzburgo y fundó, entre otros, el de Wurzburgo. Intervino en la política merovingia y ayudó
a la entronización de los carolingios. De su afición a los libros hay pruebas en sus cartas, en
las que muestra su preocupación por recogerlos y sus lecturas favoritas, naturalmente los
escritores cristianos. De los paganos sólo cita a Virgilio.
Una de sus más importantes fundaciones fue el monasterio de Fulda, en el corazón de
Alemania, en cuyo escritorio trabajaban en el siglo VIII cuarenta monjes copiando libros. Su
catálogo es el más antiguo de los conservados y entre sus libros más venerables está el Codex
Fuldensis, con textos del Nuevo Testamento, escrito en el sur de Italia a mediados del siglo
VI, llevado a Inglaterra y de allí a Fulda. Predominaban, como es natural, las obras cristianas,
pero había un códice con las Bucólicas y otro con el Tratado de Arquitectura, de Vitruvio, de
finales del siglo VIII. En la primera mitad del siglo IX su abad Rabano Mauro, famoso autor,
engrandeció la biblioteca. Consideraba que la lectura de los clásicos era buena para la
comprensión de las Sagradas Escrituras y se enorgullecía de que en Fulda hubiera libros
paganos al lado de los cristianos. En los siglos IX y X el escritorio se hizo famoso por sus
códices iluminados, muchos de los cuales se destinaron a obsequios a reyes, papas y grandes
personalidades. Hoy se conservan códices de su biblioteca en Basilea, Gotinga, Wolfenbüttel
y Roma.
Reichenau fue fundado, no lejos de Saint Gall, en el lago Constanza, por Pirminio, que no
se sabe si fue un visigodo o un irlandés, que constituyó la biblioteca con 50 libros traídos por
él. Su sucesor creó nuevos monasterios con sus respectivas bibliotecas, y un centro de
estudios que atrajo a muchos alumnos, lo que supuso un gran movimiento de libros, pues los
estudiantes venían con libros y con libros se marchaban. El abad Waldo fue confesor de
Carlomagno y obispo de Basilea y Pavía, ciudad ésta de la que se trajo bastantes códices.
Otro abad, Heito, fue enviado por Carlomagno a Constantinopla y vino con manuscritos
griegos que ingresaron en la biblioteca. No faltaron grandes aficionados a los libros entre los
abades sucesores, ni entre los monjes, como el bibliotecario Reginberto, autor, por otra parte,
de obras poéticas y en prosa en alemán. En 822 la biblioteca tenía 415 códices, con pocas
obras clásicas, pero no faltaban las escritas en los dialectos suavo y sajón ni de materias
variadas: medicina, arquitectura, astronomía, historia, gramática, retórica, etc.
El monasterio de Lorsch, también en el corazón de Alemania, en Hesse, fundado en 763 fue
muy protegido por los carolingios y en un catálogo del siglo IX se reseñan 590 títulos,
clasificados en 63 grupos. Se inicia con los libros para el servicio religioso escritos con letras
de oro y artísticamente encuadernados con oro, plata y gemas, y siguen homilías, medicina,
historia, Padres de la Iglesia, algunos autores clásicos, una buena colección de gramáticas y
algunos códigos.
En España, la invasión musulmana afectó a la distribución de la población y naturalmente a
la vida religiosa. En el Norte, desde fecha temprana, los monasterios desempeñaron un papel
importante en la colonización de los territorios que habían quedado abandonados y en la
restauración cultural, realizada esta última gracias a los monjes mozárabes, que vinieron desde
al-Andalus con sus libros y con su formación religiosa y lingüística, muy superior a la que
reinaba en los pequeños reinos de Asturias y León.
A finales del siglo VIII un grupo de mozárabes restauró el monasterio de Samos, en Lugo, y
un siglo después el mozárabe Cixila construyó cerca de León el de San Cosme, donde existió
un escritorio y una biblioteca, algunos de cuyos códices han llegado hasta nosotros. Mozárabes
fueron también los fundadores de Sahagún y, ya en el siglo X, los de San Cebrián de Mazote,
San Miguel de Escalada y San Pedro de Eslonza, entre otros.
Las fundaciones a veces fueron espontáneas, de grupos familiares; otras se debieron a la
iniciativa de obispos y nobles guiados por miras religiosas y políticas. Los condes de Castilla,
por ejemplo, patrocinaron la fundación de un buen número de monasterios, como San Pedro de
Arlanza, Cardeña, Valeránica, Silos y Oña, en el siglo X, centuria en que se fundaron los
famosos cenobios riojanos de San Millán de la Cogolla y de San Martín de Albelda. Hay que
recordar también las bibliotecas monacales de la Marca hispánica, especialmente las de los
monasterios de Ripoll y San Cugat, cuyo engrandecimiento se debió al abad Oliva, de la familia
de los condes de Barcelona, y en las que se podían estudiar la ciencia y el pensamiento de los
musulmanes. Con este fin parece que las utilizó el monje Gerberto de Aurillac.
La de Ripoll fue la más importante de la España de su tiempo y parece que en Europa no la
superaban más que las de Bobbio, Saint Gall, Lorsch y Reichenau.
En el siglo XI decayó la tradición cultural española - rito mozárabe, letra visigoda y reglas
monásticas independientes- bajo la influencia de Cluny, cuya reforma, apoyada primero por
Sancho el Mayor de Navarra y después por otros soberanos, como su nieto Alfonso VI en
Castilla y León, facilitó la acumulación de riqueza en los monasterios, con sus secuelas en la
vida religiosa, en la cultural y en la artística, pues a ellos se debe la influencia europea y con
ella la difusión del arte románico.
Cultivando la tierra y cultivando el espíritu, los monjes dieron de comer a mucha gente que
se estableció a su alrededor y dieron formación intelectual, aparte de a los futuros monjes y
sacerdotes, a los infantes y a los hijos de la nobleza.
En estos monasterios había un escritorio o lugar destinado a la copia de los escritos, que eran
de doble naturaleza, administrativos y literarios, incluidos en estos últimos los religiosos, claro
está. Los primeros tenían por objeto justificar las propiedades del monasterio en las acciones
que había que ejercer a causa de los pleitos que se suscitaban. Estos documentos, que son más
propios de un archivo que de una biblioteca, y de los que han llegado a nosotros en España más
de 100.000 escritos en pergamino, terminaron, para evitar su pérdida o extravío, copiándose en
grandes libros llamados cartularios y libros de testamentos, por su contenido, libros becerros,
por la piel que se utilizó como materia escritorio, y tumbos, porque, dadas sus dimensiones,
tenían que guardarse tumbados.
Esta documentación, de cuya guarda, al principio, debió de ocuparse el encargado del
escritorio, constituyó el fondo inicial del archivo-biblioteca, escaso, pues se llamó armarium,
quizá porque todos los escritos cabían en uno sólo. También se llamó secretarium, archivum,
chartularium, scrinium, nombres que recuerdan los fondos documentales más que los literarios,
tabularium, que también se usó para archivo en Roma, y librarium. La persona responsable de
los libros y documentos recibió nombres muy variados: antiquarius, bibliothecarius,
chartigraphus, chartularius, scrinarius, notarius, custos, secretarius y armarius, entre otros
varios. Los que trabajaban a sus órdenes se llamaron scribae, librarii, notarii y bibliatores, en
los monasterios y en la vida seglar capellani, graphiarii, scribones, etc.
La colección de libros de una biblioteca, que en España generalmente no sobrepasó mucho el
cuarto del millar en las bibliotecas más nutridas, ni en Europa el medio millar, estaba integrada
por libros de mayor o menor necesidad. En primer lugar, los que podríamos llamar libros
fundacionales, que, por ser necesarios para el culto, estaban desde los primeros momentos,
como el liber ordinum o ritual, el liber sacramentorum o misal, el liber comicus o leccionario,
que contenía los trozos de la Biblia que se leían en la misa, el liber orationum, el liber
passionum o pasionario con las vidas de los mártires, el antifonario y el salterio. Los cuatro
últimos constituyen lo que ahora se llama Breviario.
Junto a ellos estaban los libros esenciales, como la Biblia, acompañada de algunos
comentarios, que solía llamarse Bibliotheca por antonomasia, y el libro de la regla por la que se
regía la comunidad. Dentro del mismo carácter tenemos que incluir una colección de cánones y
el Fuero Juzgo, es decir, el derecho canónico y el seglar.
Un tercer escalón estaba ocupado por obras de los Padres de la Iglesia latina y de la griega,
traducidos al latín, entre los que abundaban las obras de San Agustín, San Jerónimo, San
Ambrosio, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Magno, San Martín Dumiense, San
Leandro, San Isidoro, San Braulio, Tajón, San Eugenio, San Ildefonso, San Julián, Apringio,
San Valerio y Beato de Liébana.
Finalmente, estaban los libros dedicados a la enseñanza, gramáticas y geometrías, e incluso
obras, no muchas, de los escritores paganos, cuya finalidad era exclusivamente mejorar la
expresión y el estilo. Faltaban, y por eso se han perdido, los escritos de herejes, como los
arrianos.
No había comercio del libro y consecuentemente la compra no era el procedimiento normal
para la formación de las bibliotecas. Los libros fundacionales solían ser entregados por el
fundador en el momento inicial. A veces, algún mecenas generoso donaba unos libros por
razones piadosas, a veces unos fieles, también por motivos piadosos, legaban libros en sus
testamentos, y a veces un monje conseguía en sus viajes libros para el convento. Hubo
monasterios que pidieron la entrega de un libro a los que deseaban ser alumnos. Pero lo
corriente era la solicitud en préstamo de un libro que no tuviera la biblioteca a cualquier
monasterio para poderlo copiar en el escritorio.
Facilitaron la difusión de los libros esenciales en la cultura medieval europea los préstamos
que en todo tiempo se hicieron los monasterios entre sí y de manera especial con ocasión de
viajes de peregrinación o evangelización. Para los préstamos al exterior se tomaban medidas
cautelares. El bibliotecario sólo estaba autorizado a hacerlo a las iglesias próximas o a personas
de reconocida riqueza. Debía exigir una fianza igual o superior al valor del libro y anotarlo en
un registro, generalmente en unas tabletas enceradas. Naturalmente al bibliotecario le estaba
prohibido vender, regalar o empeñar los libros, y hacer determinados préstamos sin la
autorización del abad.
Los libros, como hemos dicho, se guardaban en armarios, que podían estar en el escritorio,
en la iglesia, en un pasillo o en el claustro, pero hasta el siglo XII, con el desarrollo del Císter,
no se dedicó un lugar determinado para guardarlos, es decir, no apareció el depósito de la
biblioteca. Tampoco había sala común de lectura. Cada monje leía en su celda o paseando y la
entrega de los libros la hacía el bibliotecario de acuerdo con la regla y en ocasiones con un
cierto ritual, especialmente en las solemnidades de Cuaresma, época en que la lectura y
meditación eran muy recomendadas.
Por ejemplo, la regla de Cluny establece que el segundo día de la Cuaresma, después de la
lectura de la parte de la regla que se refiere a la observancia de aquélla, se lea en voz alta, ante
la comunidad reunida en la sala capitular, la relación de los libros que fueron retirados
anteriormente en préstamo por los monjes. Al oír su nombre cada monje se levantará y
entregará su libro, que será colocado en una estera que se habrá puesto en el suelo de la sala. Si
el monje no lo había leído por completo, debería disculparse ante la comunidad. Después los
libros se volverán a distribuir y el bibliotecario tomará nota del nombre del monje y del título
de cada obra en una tableta algo mayor de las normales.
Los cartujos, además de la obligación de la lectura, tenían la de copiar libros y en las celdas
individuales disponían de materiales para escribir y de dos libros. Se les recomendaba que
tuvieran mucho cuidado para evitar que sufrieran por causa de la humedad, insectos o
suciedad y se les encarecía que para los miembros de su orden los libros eran el único medio
de predicación, pues, por el voto de silencio, estaban obligados a predicar con las manos en
vez de con los labios.
Por su parte los agustinos recomendaban que los armarios fueran de madera para evitar la
humedad y que por dentro estuvieran divididos por tablas verticales y horizontales con el fin
de que los libros no sufrieran por el roce y se pudieran localizar fácilmente. Las tablas se
distinguían con letras y se exigía que el encargado de los libros supiera los títulos de todos y
los revisara para prevenir daños. No se permitía que el que hubiera retirado un libro en
préstamo, lo prestara, a su vez, sin autorización del bibliotecario. Los libros de uso diario
debían estar en un lugar accesible a todos y de ninguna manera se permitía que se los llevaran
a las habitaciones particulares o los dejaran en lugares apartados. Se advertía que nadie, sin
permiso del bibliotecario, podía corregir o borrar algo de los libros.
En España hay un caso curioso de lo que hoy llamaríamos sistema bibliotecario. San
Genadio, restaurador del monasterio de San Pedro de los Montes y de otros tres más en el
Bierzo, dotó a cada uno de una colección de libros litúrgicos esenciales y formó otra de una
veintena de libros (Etimologías, Morales, Vidas de los Padres, Historia de Varones Ilustres,
etc.) para que circulara periódicamente entre los cuatro.
El libro y la lectura fueron esenciales en la vida monástico altomedieval y en el
mantenimiento de la unidad religiosa europea, pues eran raros los contactos personales, a
pesar de las peregrinaciones, y la formación se habla de realizar con la lectura y la meditación
sobre unos mismos textos. De ahí la propaganda de la lectura: la ignorancia es madre de
muchos males; la biblioteca (armarium) es el arsenal (armamentarium) del monje, y la
afirmación de San Jerónimo de que el amor a las Escrituras ayuda a superar las debilidades de
la carne.
En los monasterios se sentía un gran cariño por los libros no sólo por ser imprescindibles
para la vida religiosa, sino porque habían sido producidos con gran esfuerzo en el propio
monasterio y habían ido envejeciendo al servicio de la comunidad. Eran, al ser pocos, viejos y
entrañables conocidos, o, mejor, miembros de la familia.

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