Cuando al fin accedí a su contenido, las primeras líneas me hicieron saber que alguien más
sabía de mí, que esa persona me conocía tanto como yo decía conocer a esa chica que
minutos antes creí desconocer por completo. Me dispuse a leer aquel misterioso correo.
Sorpresa y desconfianza se deslizaban conmigo de una margen a otra, pero en un giro
inesperado del destino, quizás como una respuesta inconsciente hacia lo imposible o, tal vez,
retomando la lógica de la vida donde los sueños escritos son simples historias re-creadas para
satisfacer nuestras carencias internas, un corte de energía sacudió la cuadra entera dejándome
apenas con la introducción de la nota tartamudeando un nombre en la punta de mi lengua,
nombre que repetí hasta el amanecer procurando recordar a la mujer cautiva en ese secreto
despertándome somnoliento de amor en un lunes olvidado, roto, irremediablemente
fragmentado en la caneca del desencuentro.
PROPÓSITOS 2015 (2/01/2015)
Lectura y escritura son mis propósitos para este nuevo año. Si “leer es sin por qué” y es “una
experiencia interminable” como dice Larrosa, quiero sumergirme hasta el fondo. Deseo
alcanzar el “centro vivaz” de la vida para comprender de alguna manera su “afuera
imposible”. Y desde allí, al exterior del mundo que bien podría ser un rincón interior nunca
antes visitado, empezaré a escribir “con un lápiz en la mano, sobre un escritorio lleno de
libros”, aun cuando el lápiz sea este teclear incesante y carezca de escritorio y libros, de
cualquier forma… escribiré.
Entre una palabra y otra entenderé que la escritura se hace lectura y viceversa. Tendré días,
semanas y meses a mi entera disposición para entretejer nuevos textos, distintos lenguajes
llegarán al cuarto comunicándome un algo indescifrable al inicio de la noche, quizás un
secreto ajeno pronunciando la voz que persigo hace años o, tal vez, ese suspiro entrecortado
emergiendo libre a través de mi garganta mientras intento escribirlo al leerme en un recuerdo
pasado. Sin duda, me veré envuelto en la disyuntiva de siempre: ser o estar, vivir o
permanecer suspendido en un instante de otro tiempo, gastar la hora siguiente o disfrutar cada
segundo postergando un encuentro conmigo mismo. Entonces decidiré una de dos opciones
posibles, pero cualquiera sea la decisión, escribir será inevitable.
Y esa escritura –nueva, vieja, algo nueva o no tan vieja– necesitará de “otras voces, otros
sonidos”, señales acaso idénticas al llamado que aún escucho en mi mente o semejante a la
huella quebradiza en medio de la hojarasca procurando alcanzarme, aunque si me concentro
un poco en los ruidos dispersos en el ambiente es posible hallar matices en las voces,
tonalidades bifurcando los sonidos, quizás una especie de melodía conjuntando voz y sonido
en la partitura de lo imposible. Leeré notas en las hojas, acordes multiplicándose con la brisa
del ocaso, pianos cabalgando las aguas de un río cercano y bombos luminosos redoblando a
cielo abierto. Luego escribiré la inusual sinfonía en el tronco de un árbol rasgado de ausencia,
pues mis canciones favoritas son aquellas donde los instrumentos tocan solos, esas tonadas
que me hacen cantante, guitarrista y percusionista sin la mediación de un selecto público
observando el “pobre espectáculo”.
Caminaré al sur tarareando el estribillo. Me deslizaré de orilla a orilla viendo como el sol se
viste de luna antes de la noche, como tras bambalinas el astro rey se rinde ante los coqueteos
de la dama nocturna eclipsando el horizonte. Y aunque lea oscuridad por doquier, sombras
yendo y viniendo con alguna proposición de fantasmas recientes y cuerpos eternos, haré luz
con las palabras escribiendo un imperceptible destello entre líneas, un tímido brillo invisible
al ojo que lee mientras escribo, pero cegador –y enceguecido– a causa del reflejo
alumbrándome sorprendido con una sonrisa traspasando la mía, re-construyendo aquella
primavera perdida en el invierno cotidiano. Así pues, congelado escribiré lo que veo aun
cuando no vea nada, sin importar la aparente contradicción demarcando el rumbo de las
frases, pese a la evidente incoherencia de mis palabras confrontándome –de principio a fin–
con las verdades desbordando un mundo apenas nítido a la luz de la sabiduría, acaso borroso
en ese parpadeo ofrendado a perpetuidad por un sueño moribundo mucho antes de ser
soñado, desapareciendo irremediablemente bajo la almohada del vacío diario.
Me desvaneceré con un anhelo aleteando en algún punto de mi transparencia, el cual yacerá
hibernando por tiempo indefinido en este cuerpo mío habitado de casualidad, sirviéndome
como pre-texto para regresar conmigo siguiendo los pasos de una versión pasada o
presente –jamás futura– hasta provocar un incontenible alud de palabras sobre el papel:
trozos de hielo cediendo ante el influjo de una inesperada flama, acaso una pizca –quizás la
última– de mi fuego interior derritiendo las frías paredes de esta alma replegando corazón y
recuerdos en la nieve de los años. Tal vez luego, cuando despierte de cara a un martes
cualquiera o cuando decida dormirme nuevamente buscando recuperar el sueño, pueda leer
rostros, momentos y sensaciones como solía hacerlo en otra época. Entonces me veré
escribiendo acerca del rostro soñado, evocando aquel momento alojado en el umbral sensible
de la memoria.
Solo así, entre palabras, lecturas y escrituras, habré cumplido con mi propósito para este año.
Además, sin planearlo, retornarán las escenas soñadas y esas otras sucedidas hace un tiempo,
así mismo la canción olvidada se replicará con nitidez a través del cuarto, y en medio de
suspiros y lentos estremecimientos al lado sur de mi pecho, emergerá el nombre siempre
presente ahogado con un grito de exaltación al abrigar la esperanza que Larrosa me hubiese
filtrado por debajo de la puerta imaginariamente descolgada sobre un escritorio lleno de
libros, con su mano sosteniendo mis dedos y su pluma tecleando incansablemente hasta el
amanecer: “Es primavera, el aire está lleno de sonrisas y en el interior de la cápsula del
estudiante, protegida por la noche y por la lluvia, hubo también muchos momentos de vida”.