C YNTHIA WIL A
LA
CRUELDAD
El origen de lo humano
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L A C RU E L DA D
DI V I NA
Padre: ¿por qué me has abandonado?
Jesús de Nazaret
LOS DIOSES
Para hablar de la crueldad divina debemos remontarnos a la mi-
tología. Porque la maldad de los dioses es mitológica. Y además,
porque esa maldad fue imaginada y relatada por personas a través
de las distintas formas de transmitir la historia, por tradición oral
o escrita. Antes de la maldad de los dioses, el ser humano. Siempre
lo humano.
Los pueblos imaginaron a distintos dioses –y luego a un solo
Dios– que los creó como seres imperfectos, agresivos, celosos, cons-
piradores, traicioneros, asesinos. Crueles.
“Serán crueles”, parece devenir un susurro desde las alturas del
universo o desde el mismo centro de la Tierra, donde está el núcleo
incendiado de nuestro planeta. Tal vez, el infierno tan temido.
“Serán crueles”. Casi una orden ineludible que planta su semi-
lla desde el nacimiento y que provocará contradicciones humanas
eternas en una psiquis asaltada por la desesperación. La crueldad de
Jehová al condenar a Adán, a Eva y a toda su descendencia, al dolor
y a la muerte. O la crueldad de Caín al matar a su propio hermano.
Desde entonces, desde siempre, hombres y mujeres están ator-
mentados por la crueldad con la que tratan a su cuerpo y sus
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CYNTHIA WILA
emociones. Incluso por su manera de amar y de sufrir. Porque
también se puede ser indulgente o cruel cuando se sufre. Con
uno y con los demás.
La mayoría de las veces, las personas clavan puñales en las heri-
das abiertas de quienes más quieren. Y de sí mismos. Es decir: son
crueles para querer y crueles para quererse. O simplemente no se
quieren.
“Le escupí la cara, le dije que era una puta, igual que su mamá,
y que me iba a encargar de que termine como ella”, me cuenta en-
furecido el Señor M., un paciente de mediana edad que acaba de
enterarse de que la esposa tiene una relación paralela hace más
de dos años.
La suegra del Señor M. había sido prostituta y alcohólica. Y
su marido, tras iniciar un juicio por incapacidad, la internó en un
psiquiátrico y se la sacó de encima. La hija había crecido con una
mamá enferma, no loca, y un papá que la dejó al cuidado de su tía
una vez que logró deshacerse de su mujer.
“¿Ahora yo soy el maldito? ¿Cómo pretendés que maneje todo
lo que siento?”, me pregunta el Señor M. cuando le señalo que lo
que hizo –escupirla, insultarla, compararla con su madre, amena-
zarla con que terminaría enjuiciada e internada como ella– había
sido muy cruel.
Mi paciente tiene derecho a sentirse herido, incluso a sentir
furia porque la esposa lo traicionó. Pero la violencia de su reac-
ción, las palabras humillantes al referirse a la parte más traumá-
tica de la historia de la mujer y encarnar el lugar de aquel padre
amenazante con la intención de lastimarla son actos excesivos.
Y crueles.
Como dice la psicoanalista Silvia Bleichmar: “Nosotros (los
psicoanalistas) no podemos analizar por qué alguien sufre cuando
mata un bicho, nuestro problema es saber si goza cuando lo hace”.
Y el Señor M. parecía gozar con lo que hizo. Un goce que no tiene
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LA CRUELDAD
que ver con el placer, sino con la destrucción. Un concepto que
desarrollaremos más adelante.
Por otra parte, mi paciente tenía el consultorio para descargar
su emoción. Toda persona que está en un tratamiento psicológico
tiene un espacio donde puede escupir su furia. Justamente, para no
hacerlo en la cara de otros. De cualquier modo, no tenerlo, tam-
poco es excusa para explotar.
Hay distintas formas de procesar el enojo o el dolor. Esto no
significa ceder a la ley del Talión (ojo por ojo) ni seguir el mandato
religioso que nos conmina a “poner la otra mejilla”. No. En todo
caso, hacer lo posible para no herir al otro a pesar de estar heridos,
para no abrir al medio las llagas más antiguas de los demás aunque
ellos hayan abierto las nuestras.
Se trata de contener la crueldad de nuestro origen, que puja por
salir en cualquier momento. Y esto es lo más difícil.
Si bien los textos mitológicos muestran de manera descarnada la
maldad de los dioses, allí también podemos reconocer las emocio-
nes humanas más controvertidas: la traición, la venganza, la ira, los
celos, el desamor, la desmesura, la desconfianza, la desesperación,
la falta de piedad o de indulgencia.
Según la mitología griega, Cronos era un dios atormentado.
Como no podía olvidar la profecía de sus padres, Urano y Gea, que
le advertían que sería destronado por sus hijos, Cronos se deglutió
a los primeros tres. Cuando nació Zeus, su hijo más pequeño, la
madre lo escondió en un lugar seguro donde fue criado por tres
ninfas. El niño creció y quiso vengar a sus hermanos. Así, ingresó
al servicio del padre como copero de su confianza y le convidó un
brebaje que lo hizo vomitar a los tres hijos que se había devorado.
Los hermanos resucitaron. Durante diez años los hijos lucharon
para terminar con su padre hasta que lograron vencerlo. Cumplida
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CYNTHIA WILA
la venganza contra Cronos, Zeus repartió la gloria y el poder con
ellos. A él le quedó el reino de los cielos, a Poseidón el mar, y a
Hades el mundo subterráneo: el infierno.
Es notoria la similitud entre este relato clásico con Tótem y
tabú, el texto que Freud escribió para hablar del surgimiento de
las dos leyes que sostienen la cultura: la prohibición del incesto y
el parricidio.
Según Freud, en un tiempo hubo un padre todopoderoso y
déspota que lideraba su tribu. Imponía la ley y a la vez se ubica-
ba por fuera de ella. Decidía cómo castigar a sus hijos y cuándo
disfrutar de las mujeres de la comunidad. Un padre que gozaba
sin freno. Hasta que los hijos acordaron matarlo y devorar su
cadáver. Todos debían participar del acto y de ese modo, todos
serían responsables. Cuando lo asesinaron, prometieron que na-
die volvería a matar y que se repartirían las mujeres para que
cada uno pudiera disfrutar de la sexualidad. Pero con límites.
Algunas estarían prohibidas. Así, nadie volvería a ocupar el lugar
del padre muerto.
Freud sostiene que este acto inaugura la ley que todos debemos
cumplir para vivir en la cultura. Y que con el tabú aparece el con-
cepto de conciencia moral: la percepción interior de desestimar los
impulsos (deseos prohibidos) que existen en nosotros, la parte del
Superyó que juzga la relación del sujeto con el bien y el mal. Esa
instancia crítica vigila lo que alguien pueda desear sabiendo que está
prohibido. Frena la acción, la desestima y condena el pensamiento
mismo de desearla.
Lo paradójico es que, lejos de impedir el placer, esas prohibicio-
nes lo permiten. Es decir que la ley, en lugar de prohibir el deseo,
lo habilita. Al haber algunas mujeres prohibidas, las demás están
permitidas. Porque en realidad lo que se busca prohibir no es el
placer, sino el goce. La locura de poder todo.
Para Jacques Lacan, la prohibición funda el deseo.
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LA CRUELDAD
Más adelante hablaremos de esto al desarrollar el concepto de
Superyó.
Volviendo al mito griego, en el museo del Prado de Madrid se
exhibe una de las pinturas negras de Goya que muestra cómo el
dios Cronos (Saturno para los romanos), padre de Zeus (Júpiter),
se devora a su hijo por temor a que lo destrone. En el cuadro pue-
den verse los ojos desorbitados de un padre que abre la boca para
tragarse la cabeza de su hijo. Es decir: se ve –y se siente– el horror.
Con su pincel, Goya le puso imagen a una de las tantas es-
cenas mitológicas crueles. Escenas donde encontramos todo tipo
de espantos: hijos que se vengan de sus padres, padres que se los
engullen, hermanos que se descuartizan y conjuros maliciosos que
castigan a otros en nombre del amor, los celos o la revancha.
Pero Zeus no se contentó con destronar a su padre y ocupar
su lugar. Al igual que Cronos, también él dio rienda suelta a su
crueldad.
Aquí, una de las condenas divinas:
Tántalo era amigo íntimo del dios Zeus, que solía invitarlo a
los banquetes olímpicos. Cierto día, Tántalo delató sus secretos y
le robó alimentos divinos para compartirlos con sus amigos. Pero
como eran insuficientes para sus invitados olímpicos, hizo algo
peor: cortó en pedazos a Pélope, su propio hijo –para algunos
considerado un bastardo–, lo cocinó y lo agregó al banquete que
organizó en el monte Sípilo. Los dioses reconocieron de inmedia-
to lo que les había servido y se retiraron del lugar horrorizados.
Tántalo fue castigado con la ruina de su reino. Y tras su muerte
a manos de Zeus, se lo castigó con el tormento eterno. Debía
estar suspendido de la rama de un árbol frutal que se inclinaba
sobre un lago pantanoso y pasar eternamente consumido por el
hambre y la sed. Si bien las olas del lago le tocaban la cintura y
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CYNTHIA WILA
a veces llegaban hasta su boca, cada vez que Tántalo se inclinaba
para beber, el agua retrocedía y quedaba el fango. Si alguna vez
lograba sacar un poco de agua con sus manos, se le escurría entre
los dedos y solo conseguía mojarse los labios, lo que le provocaba
aún más sed. El árbol estaba siempre lleno de higos, peras y frutos
relucientes, pero cada vez que Tántalo intentaba tomar una fruta,
una ráfaga de viento la dejaba fuera de su alcance. Además, una
piedra enorme que sobresalía por encima del árbol, amenazaba
con aplastarle el cráneo de manera permanente.
Luego de propiciar a Tántalo un castigo sin fin, Zeus hizo revivir
a Pélope.
¿Acaso ese castigo divino no se asemeja a la crucifixión que
utilizaban los romanos o sus antecesores griegos, macedonios, asi-
rios y persas, para la condena a muerte? La incitación de las olas a
calmar la sed de Tántalo para dejarlo más sediento todavía, ¿no es
similar a la que provocó el oficial romano con su trapo empapado
en vinagre sobre la boca de Jesús? Los frutos relucientes del árbol a
los que Tántalo quiere acceder y no puede aunque esté hambriento,
¿no son como los platos llenos de comida que sirven en esos restau-
rantes de la calle Corrientes y que el chico que pide una limosna
bajo la lluvia ve pasar a través de los ventanales mientras siente que
el hambre le parte el cuerpo?
¿Cuál es la diferencia?
Lo que sucede en los mitos sucede en la vida. Y si miramos al
costado, podremos ver réplicas de las atrocidades míticas en cual-
quier parte.
Hay muchos ejemplos de madres/padres que desprecian a sus
hijos por distintos motivos, tanto en los cuentos de la mitología
como en la realidad que nos circunda. Una madre que rechaza a su
hijo es una madre cruel.
Cuenta Robert Graves que Hefesto, el hijo de Hera, era feo,
malhumorado y sufría una discapacidad física. Al nacer, su madre
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LA CRUELDAD
lo dejó caer desde el Olimpo para librarse de su vergüenza. Hefesto
se precipitó al mar. Dos diosas lo rescataron y lo cuidaron en una
gruta subterránea. El niño instaló allí su primera herrería y premió
a sus salvadoras con objetos ornamentales. Luego de nueve años,
Hera se encontró con Tetis (una de las diosas que lo había rescata-
do) y le preguntó de dónde había sacado un broche hermoso que
llevaba puesto. La diosa vaciló, pero enseguida le dijo la verdad.
De inmediato, Hera fue en busca de su hijo, lo hizo regresar al
Olimpo, le instaló una herrería mucho más grande y arregló para
que se casara con Afrodita. Hefesto se reconcilió con su madre y
le reprochó a Zeus por haberla colgado de las muñecas desde el
firmamento cuando ella se rebeló contra él. Zeus, furioso, lo tiró de
nuevo del Olimpo. Cuando Hefesto dio contra la tierra, en la isla
de Lemnos se rompió las piernas. Tiempo después fue perdonado
y regresó al Olimpo. Pero ya solo podía caminar con la ayuda de
unos soportes de oro.
En este mito encontramos varios hechos perturbadores: por un
lado el desprecio de una madre por un hijo imperfecto a los ojos
de la hermosura olímpica; por otro, la recompensa que la misma
madre otorga cuando descubre una cualidad del hijo que también
tiene que ver con la belleza. El hijo devenido en artesano confec-
ciona joyas hermosas y de esa forma obtiene la aprobación para
volver con ella al hogar. A su vez, Zeus se enoja con él por haberlo
enfrentado, por eso lo destierra hasta quebrarle las piernas.
Los desprecios o enojos de las madres y los padres siempre dejarán
marcas. A veces, esas señales nos sirven de guía para elegir –y vi-
vir– mejor. Pero otras, se convierten en golpes letales para nuestra
psiquis y nuestro cuerpo. Puntapiés que nos definirán un camino
de vacilación permanente, donde deberemos encontrar algunos bas-
tones –como Hefesto– para seguir de pie.
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CYNTHIA WILA
Por su parte, la belleza de los hijos a la que aspira la diosa Hera
no es más que una de las aspiraciones –¿crueles?– sobre la cual se
define la humanidad. Y de esto, hablaremos más adelante.
Si los dioses fueron capaces de tanta atrocidad: ¿cómo no sería
capaz el ser humano, que está hecho a su imagen y semejanza?
Los dioses mitológicos han sido crueles.
El Dios judeocristiano, también.
MUEREN LOS DIOSES. NACE DIOS
Durante la época clásica de Occidente, los griegos y los romanos
adoraban a múltiples dioses y diosas que personificaban distintos
aspectos de la vida y la naturaleza. Platón y Aristóteles comenzaron
a desarrollar conceptos de una divinidad única y suprema, aunque
esto no reemplazó el panteón olímpico de la religión popular.
La llegada del monoteísmo no se dio a partir de un evento
único; fue un proceso gradual que se desarrolló a lo largo de varios
siglos, influenciado por sucesos históricos, líderes religiosos, hechos
culturales y conveniencias políticas. Este cambio marcó no solo la
religión y la cultura judías, sino también la evolución de las religio-
nes posteriores, como el cristianismo y el islam.
Las tribus israelitas originales, al igual que sus vecinos cananeos,
eran politeístas y adoraban a múltiples dioses: Baal, El y Asherah,
entre otros. Yahvé era uno de ellos y posiblemente comenzó como
un dios de tormentas o un dios tribal de los israelitas. Con el tiem-
po, las tribus de Israel empezaron a centrarse en Yahvé como su
dios principal, aunque todavía reconocían a otros. Este período es
conocido como henoteísmo, donde se adoraba a un dios sin negar
la existencia de los demás.
Durante el Éxodo, cuando Moisés lideraba a su pueblo fuera
de Egipto, los israelitas hicieron un pacto con Yahvé en el Monte
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LA CRUELDAD
Sinaí, comprometiéndose a adorarlo solo a Él. Los Diez Manda-
mientos reforzaron este compromiso. Profetas como Isaías, Jeremías
y Ezequiel jugaron un papel clave. Ellos predicaban que Yahvé era
no solo el Dios de Israel, sino el único Dios de todo el universo, e
introdujeron un componente ético de justicia, misericordia y rec-
titud moral.
La destrucción del Primer Templo de Jerusalén en el año
587-586 a.C. y el exilio babilónico fueron eventos cruciales que
consolidaron el monoteísmo. Lejos de su tierra y de su templo,
los israelitas se aferraron a la idea de un único Dios omnipresente.
Tras el regreso del exilio se implementaron reformas religiosas que
reforzaron la adoración exclusiva de Yahvé.
El cristianismo surgió como herencia del judaísmo y, por ende,
también heredó su monoteísmo. Aunque los cristianos creen en
un solo Dios, este es entendido como una Trinidad (Padre, Hijo
y Espíritu Santo), lo que añadió una característica particular al
monoteísmo cristiano.
Antes del islam, la Península Arábiga tenía una diversidad de
prácticas religiosas, muchas de las cuales eran politeístas. Mahoma
predicó el monoteísmo estricto, enfatizando la adoración de un
solo Dios, Alá.
La transición desde el politeísmo indoiranio comenzó con Zo-
roastro (o Zaratustra), que reformó la antigua religión iraní, que era
politeísta, promoviendo la adoración de un solo dios, Ahura Mazda,
mientras que otros espíritus (dioses menores) se convirtieron en
deidades benévolas o demonios (druj). Aunque el zoroastrismo es
monoteísta, también incorpora elementos dualistas con la lucha
entre el bien (Ahura Mazda) y el mal (Angra Mainyu).
El hinduismo es ampliamente conocido por la adoración a va-
rios dioses, pero también tiene un concepto monoteísta en la forma
de Brahma, la realidad suprema e impersonal que subyace a todas
las deidades y el universo. Los otros miembros de la tríada hinduista
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CYNTHIA WILA
(Vishnú y Shiva) solo son máscaras de Brahma. Vishnú es el de las
“vicisitudes” (de ahí viene la palabra), que hace que nosotros viva-
mos lo que creemos que son nuestros deseos, sufrimientos, nuestra
propia vida, mientras Brahma duerme y nos sueña. Shiva, en cam-
bio, es el destructor. El que destroza el mundo. Cuando termina su
tiempo (porque se van alternando) se retira y al darse vuelta puede
verse en su espalda el rostro de Brahma, que despierta de su sueño
para comenzar un nuevo período. La crueldad queda del lado de
Shiva. Aunque también es Brahma.
En su texto Moisés y la religión monoteísta, Freud analiza el pasaje
del politeísmo a un Dios universal y relaciona la vida anímica de
los pueblos con la psiquis de los individuos.
Dice: “La solución de los creyentes contiene la verdad, pero
no la verdad material sino la verdad histórico-vivencial […]. No
creemos que hoy exista un único gran dios, sino que en tiempos pri-
mordiales hubo una única persona que entonces debió de aparecer
hipergrande, y que luego ha retornado en el recuerdo de los seres
humanos enaltecida a la condición divina […]. Cuando Moisés
aportó al pueblo la idea del dios único, ella no era nada nuevo, sino
que significaba la reanimación de una vivencia de las épocas pri-
mordiales de la familia humana, desaparecida desde largo tiempo de
la memoria consciente de los hombres […]. Por los psicoanálisis
de personas individuales hemos averiguado que sus tempranísimas
impresiones, recibidas en una época en que el niño era apenas capaz
de lenguaje, exteriorizan en algún momento efectos de carácter
compulsivo sin que se tenga de ellas un recuerdo consciente […].
Nos consideramos con derecho a suponer lo mismo respecto de
las tempranísimas vivencias de la humanidad entera. Uno de esos
efectos sería el afloramiento de la idea de un único gran dios […] un
recuerdo, sin duda que desfigurado […]. Una idea así tiene carácter
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LA CRUELDAD
compulsivo, es forzoso que halle creencia. Hasta donde alcanza su
desfiguración, es lícito llamarla delirio; y en la medida en que trae
el retorno de lo pasado es preciso llamarla verdad”.
En el mismo texto, Freud sostiene: “Lo que los niños han vi-
venciado a la edad de dos años, sin entenderlo entonces, pueden no
recordarlo nunca, salvo en sueños; solo mediante un tratamiento
psicoanalítico puede volvérseles consabido. Pero en algún momen-
to posterior irrumpe en su vida con impulsos obsesivos, dirige sus
acciones, les impone simpatías y antipatías, y con harta frecuencia
decide sobre su elección amorosa […]. Debido a la vivencia se eleva
una demanda pulsional (energía) que pide satisfacción […]. El yo se
defiende del peligro mediante el proceso de la represión. La moción
(exigencia) pulsional es inhibida de algún modo, y es olvidada la
ocasión […]. Sin embargo, el proceso no concluye con esto; o la
pulsión ha conservado su intensidad, o rehace sus fuerzas, o es
despertada por una nueva ocasión. Renueva entonces su demanda,
y como aquello que podemos llamar la cicatriz de represión le man-
tiene cerrado el camino hacia la satisfacción normal, se facilita en
alguna parte, por un lugar débil, otro camino hacia una satisfacción
llamada “sustitutiva”, que ahora sale a la luz como un síntoma […].
Todos los fenómenos de la formación de síntoma pueden describir-
se con buen derecho como un ‘retorno de lo reprimido’”.
En otras palabras, Freud señala que las vivencias de los primeros
años, aunque sean olvidadas, resultan fundamentales para la vida
adulta. De allí, surgirá nuestra forma de amar, nuestra manera de
sufrir y muchos de los síntomas a los que no les encontramos razón.
¿Por qué no puedo dejar de hacer algo que sé que me hace daño?
¿Siempre voy a elegir relaciones que me lastiman? ¿Por qué no pue-
do disfrutar de mis logros? Y tantos interrogantes que encuentran
su origen en una experiencia antigua que no recordamos.
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CYNTHIA WILA
Luego, Freud remarca la existencia de una energía psíquica,
pulsional, que nos recorre y exige una respuesta que la calme. Y
se definen los síntomas como el modo equivocado en el que cada
persona intenta satisfacer la demanda de esa energía.
Todos los días en el consultorio escucho los síntomas de mis
pacientes, que de un modo claro manifiestan, por ejemplo, su
deseo de no parecerse a sus padres o madres. “Vengo porque no
quiero ser igual a mi mamá”, fue la frase de una joven en nuestra
primera entrevista. Y, sin advertirlo, sus acciones generaban lo
opuesto.
En cualquier caso, muchas personas intentan escapar de esas
identificaciones primarias, pero en sus actos y en sus síntomas
percibo las voces de esos padres y madres que los marcaron en la
infancia.
Es decir que, tal como las vivencias infantiles olvidadas produ-
cen manifestaciones en los adultos, Freud deduce que las vivencias
tempranas de toda la humanidad influyen en las creencias de los
seres humanos de hoy.
Así, supone la existencia originaria de un gran hombre –un
cacique, un guerrero o el chamán de una tribu–, considerado un
padre todopoderoso que, con el tiempo, las generaciones venideras
elevaron a la categoría de Dios único.
Siendo entonces que el origen de ese Dios no fue más que un
ser humano, no extraña que esa deidad haya heredado sus caracte-
rísticas y, por ende, esté llena de actos inexplicables y crueles.
Es decir: un Dios creado a imagen y semejanza del hombre.
No al revés.
Para seguir, nos centraremos en la religión judeocristiana.
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LA CRUELDAD
D I O S . E L Ú N I C O. L A V E N G A N Z A
Llueve.
Desde que soy una niña la lluvia me trae algo de nostalgia. Nos-
talgia por los que se fueron pronto de mi mesa, como mi abuela Sara,
que me dejó cuando apenas cumplía quince. Aunque algunas cosas
se fueron antes, mucho antes. A los diez años, por ejemplo, perdí
un mundo en un pueblo de ojos buenos. Y también perdí un hogar
donde crecían hortensias. Nunca más vi las hortensias ni las estrellas
en noches frías. Para mí, las estrellas también se murieron pronto.
La lluvia siempre me trae recuerdos infantiles. Tal vez por eso,
cuando llueve fuerte como hoy, suelo deambular por la biblioteca
buscando algo nuevo para distraerme. Hay algunos libros que están
en los estantes desde hace tiempo y que no suelo ver, como si fueran
parte del decorado. En este caso, me topé con Los mitos hebreos, de
Robert Graves y Raphael Patai. Azar, destino o alguna intención
inconsciente me habrá guiado hasta ahí. Porque en medio de esta
lluvia yo quería escribir sobre el diluvio universal.
Según cuenta Graves, cuando nació Noé, hecho que coincidió con
la muerte de Adán, el mundo mejoró. Hasta entonces, la mitad de
las cosechas de trigo eran de espinos y abrojos, pero Dios levantó
su maldición. Noé le enseñó a los hombres a hacer arados, hoces,
hachas y otras herramientas para sustituir las manos. Y fue el único
varón justo de toda su generación. Los demás estaban sumidos en el
pecado. Y por culpa de ellos la Tierra “se hallaba llena de violencia”.
Dios le adelantó a Noé que desataría una venganza y que había
decidido destruir a todas las criaturas, excepto a las que obedecie-
ran Su voluntad. Noé difundió la noticia y se dedicó a predicar el
arrepentimiento. Aunque sus palabras quemaban como antorchas,
la gente se burlaba de él.
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CYNTHIA WILA
Entonces Dios le ordenó que hiciera un arca de madera para
llevarse a su familia y a un macho y una hembra de cada especie
animal. Así, pasó cincuenta y dos años construyendo el arca lenta-
mente, con la esperanza de demorar la revancha divina. Pero Dios
no cambió de opinión.
Párrafo interesante que deja la crueldad del lado de Dios y la
bondad del lado de Noé. En este episodio el hombre muestra su
diferencia. Ya no está hecho a imagen y semejanza del Creador.
Se distingue por su ambivalencia, esa contradicción en la que a
veces también se juega la bondad. Aunque, como veremos, no
pueda dejar de ser cruel.
El Diluvio comenzó el decimoséptimo día del segundo mes,
cuando Noé tenía seiscientos años. Él y su prole entraron en el arca
y Dios mismo cerró la puerta tras ellos. De inmediato, las aguas
cubrieron todo y arrasaron con la vida en la tierra.
Cuando pasaron 150 días –según algunos autores fueron cua-
renta–, Dios clausuró las compuertas del Cielo con dos estrellas
tomadas de la Osa Mayor. Y el día 27 del segundo mes, la Tierra
ya estaba seca.
Todos estamos enterados de estos hechos bíblicos. Y vemos en
Noé a un hombre sacrificado que salvó muchas especies y pugnó
por la preservación de lo animal y de lo humano. Pero si recorremos
las Escrituras, encontramos destellos de violencia, misoginia, discri-
minación, arbitrariedad y venganza. De crueldad. Con y sin sangre.
Esto que parece tan lejano o tan ficticio, un mito bíblico que
acompaña la historia de la humanidad, también ocurre en nuestros
días, en la vida de cada uno de nosotros. Muchas veces, sin que nos
demos cuenta.
El Señor P. me llama desesperado. Hace un año dejó de venir a
sesión. Hoy, me pide un horario urgente. Acepto verlo al otro día.
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LA CRUELDAD
“Mi esposa me pidió que me fuera de casa”, dice apenas se sienta.
Y se pone a llorar. Luego de unos minutos, continúa: “Me quedé
helado. No supe qué decir”. Le pregunto qué paso y responde que
no tiene idea, que no se lo esperaba, que de un día para el otro la
mujer vino con ese planteo y él no sabe adónde ir. “Tengo que dejar
mi casa, mis hijos, los asados de los domingos con la familia, todo
por lo que luché desde hace años. ¡Entendés que solo puedo agarrar
un bolso y ni siquiera sé qué llevarme!”
Claro que lo entiendo. Mi paciente habla de sus pérdidas. Está
angustiado. Cree que ya no tiene rumbo y piensa que nada queda
por delante.
Cierto es que hay cosas que no podemos llevar. Yo no pude
llevarme las hortensias ni las estrellas de aquel pueblo, pero me
traje los ojos buenos de su gente y una forma de mirar que me
acompaña hasta hoy. Y que agradezco. Cosas que uno se da cuenta
con los años.
Intervengo para que el Señor P. pueda ver su realidad de otro
modo. Y le digo: “En este momento te sentís solo en medio de un
diluvio. Tu mundo se desmorona. Lo que amás está amenazado y
tenés miedo de perder todo. Pero estás confundido. El hecho de
que pierdas algo trascendente, como tu casa o tu esposa, no significa
que debas perderlo todo. Hay otras cosas importantes que no tenés
por qué perder. Ni dejar ir. No solo vas a llevarte lo que quepa en
ese bolso, además está el amor de tus hijos, el cariño de tus amigos
y futuros asados con tu familia en un hogar distinto. Un hogar que
ahora tenés el desafío de construir”.
El marcapasos del destino se llama destrucción. Todos hemos per-
dido un mundo en algún momento. La ingenuidad de la niñez,
la potencia de la juventud, relaciones importantes, buenos traba-
jos u hogares donde fuimos felices han quedado lejos. Incluso las
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CYNTHIA WILA
ilusiones se desvanecen a cada rato, porque el porvenir de una ilu-
sión es la desilusión. Y, al igual que Noé, debimos enfrentar la tarea
de subir a nuestra arca las cosas, las personas o los sueños que de
alguna manera quisimos conservar. Y armar una balsa para seguir.
Es decir, construimos sobre el barro del pasado para enfrentar el
dolor de esas pérdidas.
El problema es que muchos suben a su barca formas de ser en
el mundo que deberían haber dejado atrás: desconfianza, actitudes
vengativas, críticas constantes a los otros, maltratos, soberbia, co-
bardía o desvergüenzas.
Tal vez, el reto más audaz de la vida sea evitar perder todo, en
especial en esos momentos en que creemos haber perdido todo. Y
construir las bases de algo distinto para desechar eso que nos hizo
arruinar aquel mundo que hoy extrañamos. Y que tiene que ver con
algo de nosotros. Responsabilizarnos.
Un reto que no siempre tenemos el valor de asumir.
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