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Marcapasos

El libro 'Marcapasos' de Carlos Alberto Costa explora las complejidades de las relaciones familiares y el paso del tiempo a través de la agonía de la tía Amanda, quien se encuentra en su lecho de muerte. Los primos se reúnen en la estancia familiar, donde las tensiones del pasado emergen mientras reflexionan sobre la historia familiar y las disputas que han marcado sus vidas. A medida que enfrentan la inminente pérdida, se revelan secretos y resentimientos que han perdurado a lo largo de los años.

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Marcapasos

El libro 'Marcapasos' de Carlos Alberto Costa explora las complejidades de las relaciones familiares y el paso del tiempo a través de la agonía de la tía Amanda, quien se encuentra en su lecho de muerte. Los primos se reúnen en la estancia familiar, donde las tensiones del pasado emergen mientras reflexionan sobre la historia familiar y las disputas que han marcado sus vidas. A medida que enfrentan la inminente pérdida, se revelan secretos y resentimientos que han perdurado a lo largo de los años.

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1

2
Carlos Costa

Marcapasos

eBook
Buenos Aires

3
Costa, Carlos Alberto
Marcapasos / Carlos Alberto Costa. - 2a edición
especial - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
Ex Libris Editorial, 2019.
Libro digital, eBook

Archivo Digital: descarga


Edición para Ex Libris SRL
ISBN 978-987-46544-0-3

1. Narrativa Argentina. I. Título.


CDD A863

© Carlos Costa, 2012


Edición en papel (ISBN #: 9789875542075):
© Ediciones Sigmurg
Jerónimo Salguero 33 6 D
1177 Buenos Aires - Argentina
edicionessigmurg.com
[email protected]

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

4
A Julia y Sebastián

5
Me pregunté, no por qué
vivía, sino por qué había vivido.
Supuse que por la espera y quise
saber si aún esperaba algo. Me
pareció que sí.
Siempre se espera más.
Antonio Di Benedetto, Zama

6
Hace calor. Suficiente como para que
hayamos decidido instalarnos en la galería.
La tía Amanda sigue viva. La puerta de su
cuarto está abierta, desde donde estamos la
puedo ver: apenas una leve protuberancia
en la cama que le queda enorme. Greta, la
mujer que la cuida, está atenta a cualquier
mínimo cambio en el ritmo de su
respiración. Se ha venido ocupando de
todo en los últimos años y seguirá a su lado
hasta el final. Debe tener cuarenta y algo.
Es joven. Me quedo pensando cuanto más
joven habrá sido cuando empezó este
trabajo y se enterró en el campo con
Amanda. Debe tener una historia, le
debería preguntar a mis primos que la
conocen. Cuando esto se termine ya no
tendrá a quien cuidar, se quedará sin
trabajo.
Es ella la que nos ha alcanzado el
repelente, hace un rato. Ahora el pomo
pasa de mano en mano sin que sea

7
necesario romper el silencio, nuestro
silencio, porque el campo está poblado de
estridencias: gritan los teros, las chicharras
aturden, de algún lote lejano nos llega un
mugido. Somos hombres, no estamos
obligados a realizar ninguna tarea
samaritana, ni a mostrar sentimientos. Si
cualquiera de nosotros dijera “no puedo soportar
verla así”, todos asentiríamos solidarios. Porque
todos debemos estar pensando si no nos aguarda
el mismo destino, más tarde o temprano; tenemos
la misma sangre. Pero ninguno es capaz de decirlo
en un momento como este.
Hubo un error de cálculo cuando el médico le
aseguró a Greta que ayer sería la última noche y,
por eso, viajamos, y estamos todavía hoy
soportando el calor, los mosquitos y las
incomodidades de la casona. ¿Cómo pudo haber
vivido la tía Amanda todos estos años sin tan
siquiera un ventilador? No es posible entender que
hubiera prescindido de todo en la vida. Se está
yendo sin quejarse, sin dar gastos, sin pedir
compañía. Aquí, en el casco viejo de lo que fue la
estancia, en este pedazo de tierra en medio del

8
campo ahora ajeno. Casi olvidada de nosotros,
hasta que Greta lo llamó a Mario, nuestro primo
mayor. Él se comunicó con Daniel y Germán. A
mí me avisó Daniel, casi sobre la hora. “Vamos en
el auto de Mario, si querés te pasamos a buscar”.
No ha sido una buena idea, ahora tengo la
impresión de que estamos todos sujetos al día y
hora en que Mario quiera volver. Hasta que él no
diga basta, ya está, nadie se va a ir, y no solo por el
tema del auto. De alguna manera sigue siendo el
mayor.
–Tendríamos que ir arreglando algo con la
funeraria –dice Mario–, mañana es sábado, si
nos descuidamos no la vamos a poder inhumar
hasta el lunes.
–Si querés te acompaño –suelta Germán.
–Vamos –determina Mario.
Se van rápido, sin darnos tiempo a ofrecerles
nuestra compañía. Me parece hasta cierto punto
ridículo contratar el servicio antes del fallecimiento,
pero cualquier cosa que los aleje por un rato de la
casa les debe haber resultado una bendición. Nos
quedamos Daniel y yo. Siempre fuimos los más
lentos, los más chicos, o los más boludos de entre

9
los cuatro primos. A Daniel eso nunca le ha
molestado; está, podría decirse, acostumbrado a ser
el hermano menor de Mario y Germán. A mí,
siempre me fastidió ser el más chico, el último.

–Se fueron nomás –digo abriendo los brazos


en un gesto de resignación.
Daniel asiente con la cabeza y da una pitada al
cigarrillo. No me está mirando, tiene los ojos
clavados en las cuchillas. Todavía se ve a lo lejos
cómo el auto levanta polvareda, ya casi están
llegando al vado, para después tomar la ruta al
pueblo.
–Deberían haberla internado. No sé por qué la
tenemos que tener acá, donde no hay ni un médico
cerca –agrego para romper el silencio de Daniel.
–Estuvo internada. La mandaron a la casa
porque ya no hay nada que hacer.
–Y por qué no la llevaron a la casa del
pueblo.
Daniel me mira condescendiente.

10
–La casa no era de ella. Era del tío
Enrique. La heredaron los hijos de él,
ahora vive la mayor.
–No sabía. La última vez que vinimos a
la estancia yo tenía doce años. Cuando
murió el tío ya mi viejo se había peleado
con ellos.
–Tu viejo era insoportable. Pobre
Amanda, las que le hizo pasar.
Me descoloca. Nunca pensé a mi viejo
como un tipo insoportable, era mi viejo.
Desde qué lugar me puede decir Daniel
eso. Con todos los favores que mi papá le
hizo mientras vivió. Realmente esta es una
familia de desagradecidos. Debería
alegrarme de que nos tratemos tan poco.
Pero me queda haciendo ruido lo que dijo,
no puedo dejarlo ahí.
–La verdad es que no sé por qué se
pelearon.
–¿No sabés?
–No, era muy chico. En casa no se
hablaba del asunto.

11
–La culpa fue de tu viejo. Amanda y tu
mamá no tuvieron nada que ver.
–¿Qué pasó?
–Tus viejos venían siempre. Todos los
veranos. Como si no pudiesen ir a veranear
a otra parte.
–Era mi viejo que siempre quería venir,
le gustaba cazar.
–Me supongo, debe haber sido así. El
tío Enrique y Amanda los esperaban con la
mejor disposición. Me imagino que
Amanda lo convencería al tío Enrique, le
rogaría que le tuviera paciencia a tu viejo,
que no hablaran de política. Pero, un mes
los dos aquí, en el medio del campo, sin
nada para hacer, era pedir un imposible.
Terminaban siempre discutiendo, siempre
ofendidos, eran como River y Boca, dos
pasiones irreconciliables.
Se detiene. Giro la cabeza. Mis ojos
abandonan la contemplación del campo,
mientras sigo con la mente en aquel último
verano. Daniel me mira como esperando
que diga algo.

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–Seguí –le reclamo.
Da una pitada al cigarrillo y continua.
–Las cosas nunca habían llegado a
mayores porque el tío Enrique se las dejaba
pasar. No lo hacía de bueno, ni de
tranquilo, lo hacía por Amanda y por tu
mamá. Las dos hermanas se querían
demasiado como para que dejaran de verse
por la política y eso Enrique lo entendía, tu
viejo no, estoy seguro.
Bajo la cabeza como asintiendo, pero es
solo una cortesía, porque en mis recuerdos,
el que golpeaba la mesa con el puño, el que
puteaba, era el tío Enrique. Mi viejo
siempre tranquilo, como sobrando. Primero
tiraba la piedra, después escondía la mano,
se me ocurre.
–La cosa se pudrió definitivamente, el
día que lo “chuparon” a Rodolfo. ¿Te
acordás de Rodolfo?
La imagen de un Rodolfo alto,
desgarbado, que en esa época andaría por
los veinte años, se me cruza. Estábamos en
el arroyo; nosotros, los más chicos,

13
cazando lagartos; ellos, Mario y Rodolfo,
fumaban y hablaban, a la sombra de los
talas, como si fueran adultos, como si ya
pudieran con el mundo.
–Si, cómo no me voy a acordar. Tenía
la edad de Mario. Eran amigos –le digo.
–Eran muy amigos –aclara Daniel,
enfatizando el “muy”. Mario ha cambiado
mucho, pero en esa época, si te acordás,
compartía las ideas de Rodolfo.
El sol está al ras del horizonte, la
sombra de los eucaliptos se estira hacia
nosotros. Daniel está detenido, espera que
yo diga algo más para seguir.
–¿Y eso qué tuvo que ver? –lo animo.
–Los viejos de Rodolfo sabían del cargo
en el ministerio que tenía tu viejo durante
la dictadura. Creyeron que si lo hablaban al
tío Enrique y él a su vez hablaba con tu
papá, algo se iba a poder hacer. Y a mí me
parece que al menos lo podría haber
intentado. Pero estaba envenenado, odiaba
demasiado a esos “zurdos de mierda”,
como siempre decía, pienso yo. El asunto

14
es que cuando el tío lo llamó, se negó.
Después hubo una discusión terrible, me
supongo que debió ser por eso y desde ese
momento se acabó toda relación entre
ellos. Me extraña que nunca les hayas
preguntado.
–Mi vieja me contó otra cosa. Algo de
un negocio, de que papá había puesto plata
para comprar hacienda y que esa plata
desapareció. ¿Vos creés que lo de Rodolfo
sea realmente la causa?
–Nosotros vivimos acá hasta el ochenta;
lo que te acabo de contar lo sabe todo el
mundo.
–Pero, concretamente, ¿a quién se lo
escuchaste?
–A mi mamá, a mis hermanos, a los
padres de Rodolfo. ¿Necesitás algún otro
testigo?
–No, pero a lo mejor mi viejo no pudo
hacer nada, él era civil.
–Capaz que no. Pero lo que los jodió es
que se negara por principio.

15
Pienso: ¿por qué iba a mentirnos
mamá?, ¿por qué atribuyó el quilombo a un
asunto comercial y no político? Aunque lo
que dice Daniel podría cerrar. Muy de mi
viejo, sí, los principios por sobre todas las
cosas. Nunca se dejó convencer por las
medias tintas, no iba a ceder ni un
milímetro, costara lo que costara. Pero
vaya uno a saber.
–Del asunto del negocio, ¿escuchaste
algún comentario? –digo, incapaz de
renunciar, de aceptar la versión de Daniel.
–Nunca, y me parece raro, porque tu
viejo no tenía un mango en esa época; ¿de
dónde iba a sacar plata? La plata la hizo
después y no me preguntés cómo.
–¿Qué me querés decir? –Me altera esa
forma insidiosa, como si fuera quién, para
hablar así.
–Nada, Diego. La verdad no tengo
idea. No te lo tomes a mal.
–Sabes qué. –Me paro, es un
movimiento casi involuntario–. Estoy
podrido de estas cosas. De las indirectas,

16
de que me hagan el vacío. Si tenés algo que
decir, decilo de una vez. Mi viejo hizo
guita importando neumáticos y a vos te
consta porque te dio trabajo cuando estabas
en la lona.
–Tu viejo ya tenía la guita cuando se
dedicó a la importación, o vos te creés que
se hubiera podido mover sin un capital.
Me quedo sin palabras. Es cierto, las
actividades comerciales de mi viejo habían
ocupado sólo los últimos años de su vida;
hacia atrás, cuando yo todavía era chico,
únicamente puedo recordar el puesto en el
Ministerio de Economía y más atrás tengo
una nebulosa. Lástima que ya no quede
nadie a quien preguntarle. Elisa, mi
hermana, hace diez años que vive en
Miami, nunca hablamos de eso y estoy
seguro de que sabe menos que yo, porque
es más chica. A Amanda no se le puede
preguntar, llegué tarde, una pena. Me
siento humillado, como si tuviera puesta
una ropa incómoda, que no me pudiera
sacar de encima.

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–A ver –lo apuro–, vos qué suponés que
pasó.
–Te digo de verdad: no sé. Pero fue
notorio que en un par de años le cambió la
vida.
–Entonces te voy a pedir dos cosas:
primero que si no sabés, no digas nada, y
segundo, que me dejés de joder con lo que
haya hecho mi viejo. Yo no soy mi viejo y
no tengo nada que ver –casi le estoy
gritando, pero no puedo evitarlo.
–Disculpame, Diego. Tenés razón. Pero
hay mucha bronca en mi familia, a tu viejo
lo odian. Yo sé que no es justo que te
pasemos la factura a vos, pero tanto me
machacaron de chico, que a veces…
–Es difícil para todos –lo interrumpo–.
Imaginate que hace treinta años que no me
trato con nadie. Salvo con vos, y eso sólo
porque trabajaste con papá, con el resto ni
siquiera me había visto. Y con vos hasta
ahí, prácticamente estabas siempre de
viaje.

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Es justo que le haya remarcado el
“trabajaste”. Debería haberle dicho: “Te
dio de comer”. Si tanto lo odiaban, ¿por
qué le fue a pedir ayuda? Terminó
llenándose los bolsillos con la venta de las
cubiertas importadas por mi viejo y ahora
me confiesa que siempre creyó que era un
cretino. Es un ventajero, un miserable. No
se lo digo, no vale la pena caer tan bajo.
–Sí, lo más lejos posible de ustedes.
Pero le tengo que estar agradecido.
Y no lo estás –por eso es capaz de decir
lo que dice.
–Señor –la voz de Greta ha llegado
desde la pieza.
Nos volvemos los dos pensando que el
desenlace llegó. Greta está en el vano de la
puerta agarrándose los brazos uno con otro,
como si abrazarse a sí misma la
reconfortara.
–¿Qué pasa, Greta?
–Necesita más suero. ¿Por qué no los
llama a sus primos, que lo compren antes
de volver?

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Más suero, más tiempo. Me siento mal
de pensarlo, ¿pero es lógico prolongarle la
agonía? ¿Qué sentido tiene que siga allí en
ese estado de vida suspendida?
Daniel se me adelanta, los llama. Casi
grita por el celular.
Trato de imaginarme a Mario y
Germán. Ellos estarán pensando lo mismo
que yo. ¿Para qué?
–Y, comprá dos o tres, no sé que
decirte. Mejor preguntale al farmacéutico –
después se dirige a Greta–: ¿Necesita algo
más, algún calmante?
–No, tiene todo. –Hace una pausa–:
¿Van a cenar?
Es inevitable, si vamos a pasar otra
noche tenemos que cenar. La primera
noche nos arreglamos con algunos
sandwiches. Al mediodía Greta nos hizo un
poco de arroz hervido con huevos fritos,
ahora aparentemente se han acabado los
recursos.

20
–Decile que traigan unas pizzas y algo
para tomar –le indico a Daniel, asumiendo
la decisión.

Vuelven cuando ya se ha puesto el sol.


El pedido que le habíamos hecho los
sorprendió en la funeraria, nos dicen.
Como supuse, no pudieron contratar el
servicio sin un certificado de defunción y
sin el documento de la fallecida. Mario
deja las pizzas en la cocina y se va al
comedor para ver el partido. Lo sigue
Germán que se saca de encima los sachets
de suero y se los entrega a Greta.
Daniel y Greta están disponiendo los
platos para tres, Mario y Germán ya
cenaron en el pueblo. Yo me demoro en
entrar, no tengo hambre, sobre las ceibas
del patio vuelan algunas luciérnagas. Había
muchas, muchísimas, aquel último verano.
Ahora solo quedan unas pocas.

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Comemos en silencio. Daniel casi con
desagrado, va separando los morrones y las
aceitunas. Estoy a punto de pedírselos,
pero no me decido. Greta inicia una
conversación, quizás porque tiene una
noción provinciana de la cortesía, quizás
por simple necesidad.
–¿Y usted? –se está dirigiendo a mí–.
¿Cuántos chicos tiene?
–Con Claudia no tuvimos hijos –lo digo
en un tiempo pasado, que, me doy cuenta,
empiezo a asumir como definitivo. Me
pregunto desde cuándo pero no tengo
respuesta. Greta sigue.
–¿Y usted, Daniel?
–Tres, dos nenas y un varón. –Lo dice
sin énfasis. Pienso que tener hijos tampoco
agrega nada a un matrimonio gastado.
Si no vamos a hablar de nosotros
deberíamos hablar de Amanda, debe
suponer Greta, vuelve entonces a contar,
por enésima vez, las últimas vicisitudes de
la enfermedad, la sobrecarga de trabajo, la
renuncia de la otra muchacha, el deterioro.

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Es desagradable, deprimente, quizás lo
merezcamos por no aceptar una
conversación normal sobre temas banales.
–¿Desde cuándo la está cuidando? –la
interrogo tratando de desviar la
conversación.
–Desde hace diez años. Antes de que
falleciera el señor Enrique.
Diez años. Se necesitan solamente diez
años para convertirse en eso, un cuerpo
tieso como la madera, tirado en una cama a
la espera de la muerte. Desde que llegamos
apenas la vi un momento. No pude
soportarlo por más tiempo. Después
siempre que entré a la habitación, dirigí la
mirada al entorno, ignorándola. Pobre tía
Amanda. Tan fresca, tan amable que era
conmigo en aquellos veranos. Le pregunto
a Greta por los hijos del tío Enrique, si se
ocuparon de ella.
–Desde que se murió el señor Enrique
la vieron una sola vez, fue cuando le
pidieron la casa. Del pueblo. Después nos

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vinimos aquí, a la estancia chica, y nunca
nos visitó nadie.
Diez años, las dos mujeres, quizás tres
cuando todavía tenían otra muchacha que
las ayudaba. Solas en este casco. Que se
hizo cada vez más chico a medida que
vendía algunas hectáreas para vivir.
¿Cuántos se habrán aprovechado?
–¿Quién se va a quedar esta noche a
cuidarla? –dice Greta como si preguntara
una tontería.
Nos miramos en silencio. Hemos
asumido que Greta la cuidaba. De hecho
tiene una cama al lado de la de ella. Pero
no puede estar día y noche de manera
permanente. Necesita descansar. Sus
argumentos son irrebatibles. Sólo
podríamos anteponer que mejor es dejarla
morir, que cuanto antes suceda menos
sufrirá. Tendríamos que hablar entre todos.
Pero nadie se anima.
–Esta noche me quedo yo. Explíqueme
lo que tengo que hacer –lo digo sin
voluntad. No me ofrezco por Amanda, no

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lo hago por Greta, no sé por qué lo hago.
Tal vez porque soy el más débil, el más
pelotudo, porque espero algún
reconocimiento de ellos. Porque me atreví
a pensar en que mejor se tendría que morir
y no me gusta sentirme un cretino. Me da
bronca. Daniel me mira, me parece que él
también se pregunta por qué lo hago.
–Hay que controlarle el suero y ponerle
una inyección, yo le enseño.
–No sé poner inyecciones –aduzco con
esperanza.
–Hay que ponérsela en el suero, no me
va a decir que no puede. –Se ríe.
–Por cómo me lo dijo, pensé que había
que dársela a ella –aclaro, un poco
molesto.
Me levanto y voy para la sala. Mario y
Germán están tirados en el sofá mirando la
televisión. El aparato es viejo, de a ratos
pierde el color, pero no hay otra cosa.
Daniel se queda en el patio fumando. En la
propaganda les informo que hay que
quedarse a cuidarla. Digo que yo me ofrecí

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para el primer turno. Estoy inventando lo
de los turnos. Que alguno tiene que
reemplazarme, agrego.
–¿Por qué tenemos que quedarnos? –
dice Mario.
–Hay que controlarle el suero y ponerle
una inyección –explico no muy
convencido.
–Quedate vos esta noche, después
vemos quién se queda mañana –dice
Mario. Indudablemente espera que no haya
una segunda noche. Jodete vos, acaba de
decir.
–Una noche completa es mucho. De día
no se puede dormir por el calor. Qué tal si
nos quedamos un par de horas cada uno.
–¿Vos me estás cargando? ¿Te creés
que estamos en la colimba que nos vas a
estar despertando a la madrugada? Si te
quedás, te quedás toda la noche. Si no, que
se quede otro –dice Mario irreductible.
–Sí, mejor hagamos así. Una noche
cada uno -se suma Germán.

26
No voy a seguir discutiendo, es inútil.
Deseo con todas mis fuerzas que la tía viva
cuatro días más. Que haya tres noches para
cubrir. En la tele comienza el segundo
tiempo.
–Pero este Capa es un pelotudo, cómo
va a poner un delantero y lo saca a
Mancuso –protesta Mario.
–Es que el pibe no respeta a nadie. Si no
se pone firme ahora lo pasa por encima. –
explica Germán.
Hago la representación de que me
intereso en el partido, espero un rato,
pienso en qué momento debo ir a la
habitación para iniciar mi guardia. Amanda
está sola ahora, por qué no puede quedarse
así. En todo caso levantarse para echar un
vistazo y ponerle la inyección. Es lo que
debe hacer Greta, para eso está la cama de
al lado.

–Señor Diego –Greta me llama desde la


puerta ventana que da al patio.

27
–¿Sí, Greta?
–Lo necesito, venga.
La sigo a la habitación de Amanda.
Greta la destapa. Estoy obligado a mirar.
El cuerpo casi no tiene carne. Los brazos
están negros por los derrames del suero.
Greta me está indicando, me pide ayuda
para darla vuelta. “Por las escaras”. Un
rosario de llagas supurantes quedan
expuestas. Las higieniza mientras yo
contengo la náusea. Hay un cierto deleite
en esta mujer mientras me obliga a ver ese
cuerpo enfermo, en humillarme con su
manipulación. Tengo ganas de salir; me
contengo.
Ahora vuelve a estar tapada. Greta está
explicando la medida del calmante, los
horarios, me deja todo preparado.
–No se pase de la hora, porque se queja.
–¿Cómo, está conciente?
–Sí, escucha todo. A veces habla un
poquito.
Lo dice con naturalidad, sin reparar en
el espanto que me genera. Ese cuerpo

28
todavía siente, no es solo carne
muriéndose.
–¿No le pueden dar algo más fuerte,
para que no sufra?
–El médico dijo que no sufre, con el
calmante no sufre nada. Hay que dárselo
cada cuatro horas. Si se queja, media dosis
más suplementaria.
–¿Entonces sabe que estamos acá?
–Claro. Ella me pidió que los llamara.
Está en todo. Cuando se fueron al pueblo
me preguntó si se iban los cuatro.
La cara de Greta es inexpresiva. O me
está mintiendo para hacerme sentir mal, o
todo eso es verdad y ha sido tanto el hábito
de lidiar con ello que ha perdido la
percepción de lo horrible.
–¿Dónde va a dormir usted? –le
pregunto por si la tengo que llamar.
–En mi cuarto, dónde quiere que
duerma.
–Disculpe, pero es que casi no me
acuerdo –me excuso tontamente.

29
El cuarto de la muchacha siempre fue el
que lindaba con la cocina. Un cuarto
pequeño, el único al que estaba prohibido
entrar cuando yo era chico. La cama
adicional en el cuarto de la enferma me
hizo suponer que ahora compartían
habitación. No hay tal cosa. Amanda puede
haber dejado que Greta se ocupe de su
cuerpo, que se ocupe de todo lo necesario,
pero Greta seguiría siendo la doméstica y
ella la señora, hasta el último aliento.

No quise recostarme. Estoy sentado en


el silloncito. Es bastante cómodo, salvo el
trenzado de mimbre del asiento que me
molesta un poco. Mis manos han estado
cerradas sobre el apoyabrazos desde que
Greta se fue. Va a ser una noche larga. No
me atrevo a apagar el velador, por temor a
quedarme dormido. Hay pequeños sonidos
que llegan desde el campo. Intento
diferenciarlos para mantenerme despierto.
Lo último que se acaba de oír es el lamento

30
de un búho. Animal predador, caza de
noche, pienso mientras me esfuerzo por
abrir los ojos. Trato de hacer un inventario
de la habitación para mantenerme atento.
Fuera de la cama de Amanda hay: una
mesa de luz, una sola -pienso que debería
haber otra, la del tío Enrique, pero no está-,
un ropero, una cómoda; en la pared, sobre
la cómoda cuelga un espejo de bordes
dorados, a su lado la escopeta del tío, más
hacia el centro de la habitación, sobre el
respaldar de la cama, un crucifijo. No hay
nada más, es como si Amanda hubiera
traído apenas lo imprescindible, como si no
hubiera necesitado llenar los espacios
vacíos de esta habitación inmensa. Ella
emite un mínimo quejido. Miro la hora,
faltan dos para suministrarle el calmante.
El quejido se repite un poquito más alto.
Parece que dijera Greta. Me acerco a sus
labios. Respiro involuntariamente su
aliento con olor a cetona cuando repite
“Greta”.

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–No está. Estoy yo, soy Diego –digo sin
pensar si me puede estar escuchando.
–¿Quién sos?
–Diego.
–Viniste –dice bastante claro.
–Sí, tía, vinimos a verte.
Hay un silencio, pero no es definitivo.
–Quién más está.
–Mario, Germán y Daniel –enumero de
mayor a menor.
Hace un pequeño siseo, como un
intento fallido de decir algo; después, nada.
Siento que me laten las venas. Estoy
conteniendo la respiración. Respiro
profundo, el aire es húmedo, desagradable,
tengo ganas de irme afuera.
–Los escuché. A vos no. Hablás muy
bajo –el murmullo me ha detenido.
–No me doy cuenta –digo levantando la
voz–. ¿Necesitás algo?
–Hablar.
No encuentro la respuesta adecuada.
Casi estoy dispuesto a decir “No te
fatigues”, pero no lo digo. Por suerte es

32
ella quien continúa como un pequeño
aliento entrecortado.
–¿Qué dijiste? –la hago repetir
acercándome más.
–¿Cómo está tu familia?
–Bien, Elisa y yo estamos bien. Ella no
pudo venir, vive en Miami.
–¿Cuántos chicos tiene? –ahora tengo
mi cara casi pegada a la de ella.
–Tres, todos varones –digo alejándome
un poco.
–Es una familia de varones. –Habla
lentamente, sin modular, pero puedo
entender lo que dice.
–Ella es la única mujer –agrego por
decir algo más.
Me empieza a doler la espalda. Tengo
escoliosis, no puedo seguir en esta
posición. Me enderezo.
–Nos hubiera gustado tener una nena.
Pero no pudimos –dice Amanda
lentamente.
El tío Enrique era viudo y tenía los
suyos, cuando se casó con Amanda,

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siempre pensé que no había querido tener
más porque ya era grande. No se me
ocurrió que no pudieran. Tal vez ella fue
la que no pudo.
–Nos tenés a nosotros, somos como tus
hijos.
No dice nada. No tiene gestos. Es solo
la voz que sale trabajosamente de su
interior como un manantial intermitente, a
punto de secarse.
–Te queremos mucho –afirmo sin la
convicción que desearía.
–No vienen nunca.
–Es el trabajo, las obligaciones. Vos
sabés cómo se vive ahora.
–Antes venían siempre. –Hace una
pausa-. A tu papá le gustaba el campo.
–Es una lástima que no viniéramos más
–digo sin pensar. O tal vez pensando que
con esto se termina el diálogo.
–Tu mamá no quiso. Yo la entiendo, era
difícil que me perdonara.
–Qué tenía que perdonarte mamá.
Siempre fuiste una santa.

34
–Era joven.
La voz se ha hecho más clara, tiene un
pequeño temblor en los labios.
–Joven y linda –digo mientras recuerdo
a esa otra mujer, delgada, alegre, que se
metía en el agua del tanque australiano a
chapotear con nosotros. Mi primer objeto
del deseo.
–¿Más linda que tu mamá?
–Sí, más linda –digo sin remordimiento.
Dice algo entrecortado, no le entiendo.
–¿Qué dijiste?
–Eso tampoco me lo perdonó.
–¿Qué te tendría que perdonar? –digo
mientras me alejo un poco de la cama. La
espalda me sigue doliendo.
–Dame el calmante.
Miro el reloj. Todavía falta mucho.
–Me duele.
–Te va hacer mal, esperá un poquito.
Se calla. Los ruidos sutiles del campo
invaden la habitación. Un canto de grillo
insistente se superpone a todos los demás.
Si presto atención puedo escuchar a uno de

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mis primos roncando en la habitación
contigua, el ruido atraviesa una puerta
clausurada que une las habitaciones. Es un
ronquido profundo, suena como un estertor
intermitente.
–Hablame –pide claro, con esa voz que
le viene de adentro, de alguien encerrado
en un cuerpo maltrecho.
–De qué querés que te hable.
–De vos.
Comienzo a contar mi vida. De manera
escueta sumo datos biográficos. Diecisiete
años de casado, mi mujer se llama Claudia,
es dentista. Yo, arquitecto, pero sólo
trabajo en inspecciones municipales. Es
buen trabajo, pocas horas (muchos ingresos
extras, omito decir), después explico que
no podemos tener hijos, ella no puede y yo
no quiero adoptar, que nos llevamos mal.
Que llevo años obsesionado con el
proyecto de construir nuestra casa, una
casa normal, para una familia tipo, que
nunca tendremos. No es algo que debería

36
contarle, pero lo hago, aunque la pueda
preocupar.
–¿Me estás escuchando?
–Hablame de tu padre.
–¿Qué querés que te diga?
–¿Que pasó con tu mamá?
–¿Qué pasó?
–¿Se reconciliaron?
No estoy seguro de que sepa con quién
está hablando. Puede que me confunda con
alguno de los hijos de Enrique. Que esté
mezclando la historia con la ex mujer de su
marido. Hasta donde yo recuerdo mis
viejos no tenían problemas entre ellos.
–Nunca los vi pelearse –digo para
desalentarla en su delirio.
Nos quedamos en silencio. Cuando no
habla, la respiración es imperceptible. Por
un momento creo que está dormida. Pero
escucho nuevamente el murmullo.
–¿Ya es la hora?
–Falta un poco.
–Dámelo ahora.

37
Decido dárselo. Es lo más rápido, a esta
altura es ridículo preocuparse si le va a
producir algún daño. Busco la jeringa.
Extraigo el líquido transparente y lo
introduzco en el suero.
–Ya está –le aviso.
–Me voy a dormir.
Hace una pausa.
–Despertáme cuando amanezca. Quiero
ver el sol.
Me siento nuevamente en el sillón a
esperar que se duerma. No puedo saber
cuándo lo hace, porque no vuelve a hablar.
Estoy confundido. Despabilado. Será una
noche larga, hasta que amanezca.

Cabeceo. Me quedé dormido. Miro el


reloj, son las cinco, ya empieza a clarear
por la puerta ventana que da al este. Apago
el velador. La luz del día espanta un poco
el sabor de la muerte. Amanda tiene que
haberse levantado todos los días con la
salida del sol, se me ocurre. Me paro. Me

38
duele todo. Camino un poco dentro de la
habitación para desentumecerme. Está
fresco a esta hora. Me pregunto si tendrá
frío. Por las dudas la tapo con el
cubrecama.
–¿Salió el sol? –dice y me impresiona la
voz clara con la que habla.
–Está empezando, apenas se lo ve un
poquito.
–Abrime los ojos.
Me acerco, le tomo la cabeza, me
sorprende lo liviana que es, se la inclino
hacia adelante, le levanto los párpados
suavemente con los dedos. Un ojo parece
estrábico, pero el otro mira hacia adelante.
–¿Podés ver?
–Hermoso.
La sostengo un rato esperando que me
pida que la vuelva a recostar. Estoy
incómodo así agachado, me duele la
cintura, el sol ya está asomado.
–¿Estás bien? –digo para sugerir que ya
es tiempo.
–Sí –dice.

39
Escucho mugidos lejanos. Ella sigue
mirando el amanecer. Estoy buscando la
forma de decirle que ya es suficiente,
cuando la escucho.
–Bajame. Pero no me cerrés los ojos.
Quiero verte.
Lo hago y me pongo delante de ella.
–Te parecés a tu padre- dice después de
un momento.
La dejo y le cierro los ojos, aunque no
me lo haya pedido.

Greta entra. Se ha cambiado de ropa.


Trae un mate recién cebado. Me lo entrega
al momento de saludarme.
–Le dejé la pava en la cocina. –me
indica.
Dudo si debo despedirme de Amanda.
No sé cómo decirle “tal vez no me veas
más”. Opto por lo más simple, digo lo que
voy a hacer, que sepa que todavía estoy
allí.
–Voy a desayunar, más tarde vengo.

40
Greta me mira, como si mi declaración
fuera una ridícula explicación sin
destinatario.

La pava está sobre la vieja cocina de


hierro. Por la puertita abierta se ven las
brasas encendidas. Al lado está la cocina a
gas totalmente inútil después de que los
tubos de gas se agotaran, hace tal vez diez
años. Me cebo otro mate. Sobre la mesa
hay un poco de pan y manteca. Unto una
rodaja, la salpico con azúcar y me la llevo
a la boca. Siento el mismo disfrute que
cuando era adolescente. La misma preciosa
alegría de los días del verano. El sol ya está
en el cielo, algunas garzas vuelan sobre
nosotros.

Germán se levantó primero. Lo vi pasar


por la galería rumbo al baño. Se demoró un
rato. Ahora está entrando. Viste la misma
ropa de los últimos dos días, como todos

41
nosotros, no se ha bañado desde que llegó.
Tendría que poner leña en el termotanque y
calentar agua. Tal vez no sea necesario: si
espero a la tarde, puede ser que el sol haya
calentado el tanque del molino. De todos
modos sólo me queda una muda. Debería
lavarme la remera de ayer y el calzoncillo.
–¿Cómo está? –es el saludo de Germán.
–Igual, creo. Anoche estuvo hablando.
–¿Cómo? ¿No está en coma?
–Está paralizada. Pero consciente.
–¿Y qué hacemos acá? ¿Para qué nos
llamó Greta?
–Se está por morir en cualquier
momento.
–Espero que no pase de hoy. No sé qué
me voy a poner, no traje ropa para
cambiarme.
–Yo traje dos mudas. Me voy a poner a
lavar. Te puedo prestar una.
–¿Te parece que va a hacer falta?
–Creo que sí. Un par de días tal vez. –le
alcanzo un mate.

42
–Qué cagada, yo tengo que estar de
vuelta el lunes sí o sí.
–¿Por qué no te volvés?
–Depende de Mario. Si él se quiere ir,
me voy. –Duda un poco y después dice–:
¿Vos te vas a quedar?
–Sí, no la puedo dejar sola.
–¿Cómo te vas a volver si nos vamos? –
es una pregunta estúpida, o pretende que
yo también me vaya.
–Si se van, me tomaré el micro. El
problema es cómo resolver las cosas desde
aquí sin un auto.
–Tendrías que llamar un remís.
Preguntale a Greta.
–Desde el pueblo hasta acá son sesenta
kilómetros, me va a salir una fortuna. Andá
a saber cuántas veces voy a tener que ir y
volver. No traje mucha guita.
–Hablá con Mario, él trajo.
–Y con el sepelio ¿cómo hacemos?
–Mario lo arregla, después descontamos
cuando se venda la chacra. Eso es lo que
dijimos.

43
Para algo son hermanos. Creo que me
llamaron por el solo hecho de que también
yo y mi hermana somos herederos. Ya
están pensando en vender, ni siquiera se ha
muerto. Me pregunto si además de ir a la
funeraria no habrán pasado por una
inmobiliaria para saber cuánto vale esto.
Traerme debe haber sido un gesto para
prevenir cualquier problema que yo o mi
hermana les pudiéramos ocasionar.
–Como quieran. Te dejo el mate,
cambiale la yerba, ya está medio lavado.
Ahí tenés pan y manteca, es todo lo que
hay. Yo me voy a acostar, si pueden vayan
al almacén y compren algo para el
almuerzo.
–Le voy a decir a Mario de hacer un
asado. Está lindo para el asado.
–Lo que ustedes quieran. –digo sin
preocuparme si se nota o no mi disgusto
por su actitud rapiñera.
–Si podés, conseguime algo de ropa. –
dice ignorando mi tono.

44
–La lavo antes de acostarme, te la dejo
secándose en el alambre. Llamame cuando
esté la comida.
–Te llamo.

Hay un pan de jabón en un plato roto


debajo de la pileta, eso me evita tener que
pedirle a Greta. El agua sale fría, es un
agua dura, apenas ablanda el jabón. Friego
la ropa contra la pared rugosa de la pileta,
me cuesta sacar los rastros blanquecinos.
Enjuago varias veces. Estoy cansado,
sumamente cansado. Estrujo la ropa, la
estiro, la cuelgo. Va a quedar arrugada,
pero necesito dormir.

No puedo entrar en el sueño, pese a que


estoy molido. Tengo que desacelerar. Dejar
de pensar en todo lo que me pasó hoy. El
resentimiento de la familia con mi viejo
¿Qué me tiene que importar a mí? ¿En qué
me afecta? Son cosas de ellos, que tal vez

45
ni siquiera son ciertas. Como la cuestión de
Amanda, ¿de donde sacó que mis viejos
estaban peleados? Tiene que ser un delirio.
Sigo dando vueltas, pensando en esto no
me voy a relajar.
Me traslado mentalmente a mi divagar
preferido, me hace bien, me ayuda a
dormir, un sueño para propiciar el sueño.
Estoy frente a la casa, poco a poco los
albañiles van dando forma a mis ideas. Los
veo poner las tejas, son blancas. Será la
única casa de tejas blancas del barrio.
Disminuyen el calor del verano, ahorran
energía. Ya estoy plantando los árboles del
fondo. Los planto en el lado norte, que les
dé bien el sol en invierno, que hagan
sombra en el verano. Un limonero, un
naranjo, un níspero. Árboles medianos, con
frutas. Una pequeña huerta, para la mesa
familiar. Detrás del quincho una pérgola
que sostenga la parra, sobre el horno de
barro. Sombra en verano, sol en invierno,
frutos a fines del verano.
Tengo una molestia, me enredé en algo.

46
–Diego. Está el asado.
Germán está al costado de la cama y me
sacude el pie.
–Ya voy. ¿Qué hora es? –pregunto para
ganar tiempo.
–Como las tres –dice sin mirar el reloj.
–Ahora voy –digo y me siento en la
cama. Me doy cuenta de que me acosté
vestido, ni siquiera me saqué las zapatillas.
Tengo ganas de orinar. Me levanto.

Están todos bajo las ceibas. Han sacado


la mesa de la cocina. Mario está con el
asado en una parrilla improvisada a unos
metros, me llega el olor. Me da hambre.
Daniel ya está sentado, me siento al lado,
Germán me ofrece vino, acepto.
Mario sirve los chorizos sin preguntar si
quiero. Daniel toma la ensaladera y se
sirve, me la pasa. Lechuga, tomate,
cebolla. No me gusta la cebolla, me sirvo
un poco de la ensalada y trato de separarla.

47
–¿Qué vamos a hacer? –dice Germán
llevando el último pedazo de chorizo a la
boca.
–Nos quedamos hasta mañana. No
puede aguantar más –dice Mario mirándolo
fijo, como si lo estuviera retando.
–Yo necesito estar el lunes a la mañana
en Buenos Aires –insiste Germán.
–Qué carajo tenés que hacer. ¿No te
podés tomar un día?
–Tengo que ver a un cliente a las once.
–Pasálo para otro día. O te tomás el
micro mañana.
Germán mira el plato. Ha dejado el
pedazo de chorizo pinchado en el tenedor.
–Llevame al pueblo, me voy a tomar el
micro esta noche.
–Pedite un remís. Yo estoy cansado –
dice Mario.

Greta llega. Acaba de abandonarla, se


sienta y se sirve la ensalada, Mario va

48
hasta la parrilla y le trae en un plato dos
chorizos y un trozo de carne.
–¿Cómo está?
–Igual –me dice–. ¿Me puede pasar el
pan?
Nadie agrega nada ¿Para qué? Ni
vamos a verla. No sé para qué estamos
aquí realmente. Ni por qué hizo falta que
me quedara durante la noche, mientras que
ahora la podemos dejar sola. No digo nada.
No encuentro una razón para decirlo. Se
van levantando y se tiran en las reposeras a
la sombra. No tardan en quedarse
dormidos. Greta termina de comer y recoge
los platos para que no se junten las moscas.
Después se va a su cuarto.
Hay un poco de brisa, viene del este.
Trae algunas nubes oscuras. Es probable
que llueva y alivie el calor. Me levanto y
voy a ver a mi tía. Nadie se da cuenta de
que me alejo.
Tardo en acostumbrarme a la oscuridad.
Está destapada, apenas tiene un camisón.
Me acerco, le hablo. No obtengo respuesta.

49
Tal vez las de anoche fueron sus últimas
palabras. Me quedo un rato. Doy vueltas
por la habitación. Los muebles tienen una
fina capa de polvo. Hay algunas fotos
sobre la cómoda. Están el tío Enrique, unos
cincuenta años, con ella, estamos nosotros,
los cuatro. Está mamá. Amanda, mi
hermanita que gatea. No veo ninguna foto
de papá. Supongo que al tío Enrique no le
hubiera gustado. Todos somos tan jóvenes,
tan distintos, parecemos otros. Tal vez
éramos otros. Me cuesta recordar, solo
tengo memoria de algunas cosas, de
algunos momentos, el resto se ha perdido.
Para eso están las fotos, para que no se
pierda todo. Sobre la pared está colgada
una escopeta. Me acuerdo de la escopeta.
Me acuerdo de papá y el tío Enrique
saliendo a cazar en el sulqui. Volvían con
liebres, perdices, vizcachas, martinetas.
Una bolsa de cadáveres que tiraban en el
patio. Todos salíamos a ver. Me daba pena
por los animalitos. Era una matanza inútil,
sólo por diversión, casi no se aprovechaba

50
nada, terminaban dándoselas a los perros.
Ahora no tienen perros. El último murió
hace dos años, me dijo Greta. La tía no
quiso tener más. ”Hay que darles de
comer”.
Busco en los cajones de la cómoda.
Aunque no concientemente, sé dónde
buscar. En el segundo cajón está la caja
con balas. Quedan seis cartuchos del doce.
Quizás no sirvan por viejos. Pienso en
tomar el arma y probarlos. Son justo seis
balas. Una para cada uno, si quisiera.
Puedo pensarlo porque sé que no lo haré.
Si estuviera dispuesto a hacerlo no lo
pensaría. No sé por qué se me ocurren
estas cosas. De chico también se me
ocurrían. Pero no se lo decía a nadie, era
pecado.
Escucho que alguien entra. Es Mario.
–Todavía tiene la escopeta –digo
mostrándosela como si necesitara
justificarme.
–Esa me la quiero quedar yo –dice, lo
miro–. Si no te parece mal –agrega un poco

51
tarde. ¿Para qué la quiere? Ahora que se le
dio por el campo, no le alcanza con la
tierra, quiere los objetos. La escopeta, los
muebles y el caballo, si hubiera uno. Ya no
es más ni el estudiante frustrado, ni el
simpático productor de seguros que me
contaron, ahora es un cincuentón
malhumorado, que no sabe qué hacer de su
vida, ni cómo lograr una salida estable a
su vejez. Es patético ver cómo trata de
volver al origen, al campo que era del
padre, al comienzo, como si todo lo que
hizo en la vida hubiera sido un desperdicio.
Al menos yo no me desespero todavía.
¿Todavía? ¿O me conformo fácil? Puede
ser que yo ni siquiera tenga adónde volver.
–Tendríamos que hablar de cómo
vamos a hacer con las cosas. ¿No te
parece?
–Y también de la venta de la chacra –
dice él.
–Hablemos ya si querés –lo digo
secamente, marcándole la cancha. No sé

52
por qué Mario nunca me cayó bien y
menos ahora.
–Vamos a la galería –dice
acompañando la indicación con un gesto de
su cabeza.

Los sillones de mimbre estaban


dispuestos en ángulo, cuando nos
sentamos, ninguno de los dos lo modificó,
de modo que nos quedamos hablando
medio de costado, viéndonos casi de reojo.
Mario actúa como si lo hubiesen designado
albacea. Me molesta.
–¿Cuántas hectáreas quedan? –digo para
facilitar las cosas.
–Siete acá y cuarenta en Las Mercedes.
–¿Qué es lo que vale la hectárea?
–Entre cuatro y cinco mil dólares.
–Pensar que tenían doscientas.
–Las fue vendiendo. Desde que murió
Enrique el campo quedó abandonado.
–¿Quién se las compró?

53
–Hizo varias ventas. Yo le compré el
lote del arroyo.
El arroyo de los lagartos. El lugar
preferido para rajarnos cuando éramos
chicos, a la hora de la siesta. Donde Mario
y Rodolfo hablaban de política mientras
nosotros buscábamos lagartos. Esa es la
última imagen que me queda del arroyo.
De ese último verano, que también lo fue
para Rodolfo, en ese año lo secuestraron.
Un pequeño riacho entre dos barrancas
cubiertas de espinillo. Visto desde un avión
será apenas una zigzagueante serpiente
verde oscuro deslizándose entre la
inmensidad de los cultivos de soja. Me
hubiera gustado heredar ese pedazo pero
Mario se lo quedó.
–¿Cuántas hectáreas le compraste?
–Si no se las compraba yo, se las
compraba cualquiera.
–¿Cuántas compraste?
–Veinte.
–¿Cuánto se las pagaste?
–Lo que valían.

54
–Cuánto.
–¿Qué carajo te importa? ¿O acaso vos
no se las hubieras comprado teniendo la
posibilidad?
–¿Cuándo se las compraste?
Se tira hacia atrás en la silla, respira
hondo, un botón de la camisa se le
desprende sobre el abdomen. Parece
mentira que haya engordado tanto. Era
alto, musculoso, usaba el pelo largo, ahora
está casi calvo. Sólo conserva el gesto, tan
propio de él, de llevarse a todos por
delante.
–Cuatro años. Más o menos –dice
terminado en un más o menos, que suena a
suspiro.
–Y te pudo firmar, hace cuatro años te
pudo firmar.
–Todavía podía, estaba bastante bien.
¿Estaría? Tal vez se pueda anular la
venta. Trato de no pensar en la plata, yo no
la necesito. Me indigna que le hayan
sacado todo.

55
–Se las pagué bien –afirma Mario,
como si leyera mi silencio.
–Dónde está la guita.
–Te juro que no sé. La habrá usado para
vivir. A lo mejor se la robaron. O la tiene
escondida por ahí.
–¿Cuánto le pagaste?
–Cuarenta mil dólares.
–La mitad de lo que valen. –Si es que
me dice la verdad.
–Se las estaban comprando por mucho
menos. Estaba fundida. Debía impuestos.
–Germán y Daniel… qué piensan de la
compra.
–Están de acuerdo.
Si por lo menos la hubiesen internado.
La hubiesen cuidado. Pero solo se
acercaron para currarla. Son unos hijos de
puta.
–-¿Por qué no la internaste? Hay
institutos especializados, le hubieran
ahorrado sufrimientos.
–Ella no quería irse de acá. Esta era su
vida. –Su voz se ha vuelto más suave, casi

56
plañidera. Abre las manos, pone las palmas
hacia arriba, como si estuviera sosteniendo
una verdad invisible, que yo debería
entender.
–¿Y éstas? ¿Qué pasó que no te las
vendió? –Hago un gesto de señalar el suelo
que pisamos y algo más allá del horizonte,
donde, los dos sabemos, queda Mercedes.
Debería decir Las Mercedes, apenas un
almacén abandonado junto a un ombú
centenario y dos casas separadas por un
camino de tierra. Un lugar que iba a ser y
no fue, apenas una referencia de nombre
para la llanura dormida, promisoria de
siembras y cosechas.
–No quiso. Nunca me dijo por qué.
Greta dice que una vez le dijo que no le
pertenecían. Que eran de tu mamá.
–¿De mamá? –digo auténticamente
sorprendido. Mario levanta las cejas y me
mira, como si quisiera leer en mis ojos
alguna verdad oculta. Me asalta la duda.
Pienso que no puede ser. Mamá le vendió

57
su parte a la tía Amanda cuando se casó
con papá, es lo que siempre supe.
–Dijo que eran de ella, que había
papeles firmados, y se lo dijo mucho antes
de enfermarse. –Mario vuelve a insistir,
parece que mi cara no le ha dicho nada.
Siento el deseo imperioso de mentirle.
–Es cierto. Mi vieja dejó unos papeles,
nunca los revisé –miento bien, lo veo
tragar saliva, ya no me mira a los ojos.
–Te das cuenta del quilombo que nos
deja. Nos tenemos que juntar y hablar, a
ver cómo lo solucionamos.
¿Por qué le mentí? Lo hice sin pensar,
como un reflejo. Repasando mis recuerdos,
la veo a mamá, acomodando las fotos en la
caja redonda que había sido de un
sombrero. Ella cada dos o tres años sacaba
las fotos a la luz, siempre tenía el propósito
de armar un álbum, pero su voluntad
llegaba hasta disponerlas según un orden
cronológico que cambiaba apenas cada
vez, el álbum nunca se concretó. Se ponía
especialmente locuaz en esas ocasiones y

58
volvía a contar siempre las mismas
historias sin cambiarles una coma: antes de
casarse le vendió a Amanda su parte,
porque Amanda se haría cargo de mi
abuela y se quedaba a vivir en el campo.
Con esa plata mamá y papá compraron el
primer departamento, creo. Roberto, el
papá de Mario, Germán y Daniel, también
le vendió la suya unos años después,
cuando Amanda se estaba por casar con
Enrique. A nadie le interesaba el campo en
esa época, no era negocio, los pequeños
chacareros se estaban fundiendo. Ahora la
tierra vale oro, por eso mis primos quieren
recuperarla. Si algo no estaba claro de por
qué me trajeron, ahora lo está. Quieren
repartir la herencia ignorando la voluntad
de Amanda. Necesitaban constatar si
realmente yo tengo alguna documentación
que diga que todas las hectáreas que aún
quedan, nos corresponden por cesión a
Eliana y a mí. Si hay algún papel firmado
en nuestro favor debería estar en esta casa,
pero supongo que ya habrán buscado, o tal

59
vez no. Ellos deben haber pensado que yo
tenía esos papeles, lo que acabo de
confirmarles con mi mentira. Es necesario
que los busque, que los encuentre y haga
valer nuestros derechos. Debería hacerlo
sin que me vean, sin que sospechen que los
estoy buscando.
–Tengo ganas de una cerveza –dice
Mario.
Lo miro. En la casa no hay cerveza, su
comentario encierra una invitación para ir
hasta el almacén, dudo en aceptar.
–¿Me acompañás? –dice parándose.
–Vamos. –digo, más por despejarme
que por otra cosa.
Salimos. Mario omite preguntar si
alguien quiere alguna cosa más del
almacén. Lo veo a Germán que se para y
hace señas cuando escucha el auto, pero
Mario acelera y lo ignora. Avanzamos a los
tumbos por el camino de tierra, detrás
queda la polvareda. El coche derrapa
cuando llegamos al vado, está casi seco, si
tuviera un poco más de agua este coche no

60
pasa. Miro las nubes oscuras, que ya
cubren la mitad del cielo.
Mario maneja rápido, vamos
sacudiéndonos sobre las huellas resecas,
nos rodean campos con distintos tonos de
verdor, arboledas espaciadas, y cada tanto,
algunos galpones plateados que brillan al
sol.
–Es zona de pollos –digo, señalando
con la cabeza las estructuras de chapas que
alteran la planicie, mientras recuerdo
cómo, en los primeros veranos que íbamos
a la estancia, me escapaba al criadero del
tío Enrique para jugar con los pollitos.
–Ya no, ahora todos hacen soja, no hay
gente para trabajar. Los pollos dan mucho
trabajo.
Debe tener razón. No hay gente, todos
se van al pueblo, los del pueblo a la ciudad.
Cuando era chico veía gente en el campo.
Arreaban vacas, los veía arando, dando
vueltas alrededor de las casas. Ahora, está
todo igual, pero vacío. No he visto a nadie
desde que salimos de la estancia. Y apenas

61
hay unas pocas vacas. Amanda es la única
que se volvió del pueblo al campo. Las
máquinas hacen todo. La tecnología echó a
la gente. La soja sustituyó a las vacas.
El almacén de los Cardozo está igual a
como yo lo recuerdo. Los estantes llenos
de mercadería; de todo un poco por lo que
puedan pedirle. A un costado del salón el
despacho de bebidas. Piso de ladrillos,
mostrador de estaño, mesas de madera,
sillas de paja. Todo igual, pero más
gastado. Solamente le han agregado unas
heladeras modernas, la vieja que
funcionaba a kerosene sigue ahí. Está
vacía. Pienso que no se animaron a tirarla
por si alguna vez les cortan el suministro
eléctrico, aquí todo es muy precario.
Saludamos, el hombre gordo que está
detrás del mostrador me reconoce. Debe
tener mi edad. Hago como que lo recuerdo,
mientras repaso las pocas imágenes que
guardo de un pequeño grupo de chicos
flacos y sucios con los que jugábamos al
fútbol.

62
–¿Otra vez por acá? –dice Cardozo,
aludiendo seguramente al viaje que deben
haber hecho a la mañana para buscar la
carne.
–Nos quedamos sin cerveza, ¿nos ponés
unas? –dice Mario llevándome hasta una
de las mesas.
Lo sigo, no tengo nada que decir.
Espero. Hay un par de paisanos en un
rincón tomándose unas copas. Ya no usan
bombachas, ahora visten jeans. No hay
caballos en el palenque, en su lugar dos
camionetas viejas estacionadas. Unas cajas
con diversos productos están sobre la punta
del mostrador esperando que los paisanos
terminen sus copas y se las lleven.
–¿Quieren algo para picar? –pregunta el
gordo poniendo las botellas y los vasos
sobre la mesa.
–No, gracias –digo, sin consultar a
Mario–, recién comimos.
–Parece que se viene la lluvia –dice el
gordo.

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–En cualquier momento se larga –la
sigue Mario.
–Nos va a venir bien. Estaba haciendo
falta.

Tomamos unos tragos. La cerveza pasa


fresca, deliciosa, por mi garganta reseca.
–Decime, estás seguro que no revisaste
los papeles que te dejó tu vieja –inicia
Mario.
–Te juro que no. Mi vieja me dejó un
sobre con documentación, pero no me
explicó nada. Ella hablaba con Eliana, casi
seguro ella lo tiene –vuelvo a mentir.
–Les tiene que haber hecho una cesión
en vida, otra cosa no puede ser. Vos sabés
que no es válida, que por ley, no puede
ceder más del veinticinco por ciento de lo
que tenía. –Mario parece saber de lo que
habla. Una cesión en vida, una práctica
habitual para evitar los engorrosos trámites
de una herencia, o para favorecer a un
heredero. Solo nos faltaría aceptarla a mi

64
hermana y a mí, para que estas hectáreas
restantes nos pertenecieran. Se me ocurre
que finalmente Amanda actuó de manera
inteligente. Para atender a sus necesidades,
les fue vendiendo a ellos la parte que de
todos modos a la larga iban a heredar y
preservó las que tendríamos que recibir
nosotros. Ellos la estafaban con el precio, y
ella les cobraba lo que hubieran recibido
gratis a su muerte. No puedo menos que
sonreír por la astucia de mi tía.
–No sé, ya te digo que no revisé los
papeles –continúo con mi farsa. Está tan
seguro de que fue burlado por Amanda,
que ni siquiera se da cuenta de que es
ridículo lo que le digo. Mirar los papeles es
lo primero que hace todo el mundo cuando
muere un familiar. Pero más lo pienso,
tengo la certeza de que, entre lo que nos
dejó mamá, no había ningún documento
referido a estas tierras.
–Yo te lo quiero aclarar, para que no
terminemos en un juicio y que se lleven

65
todo los abogados. Es mejor que
arreglemos entre nosotros.
–¿Arreglar qué? –No me gusta el tono
de amenaza.
–Esa cesión no es válida, tenemos que
hacer la sucesión.
–No sé si nos hizo una cesión o no,
tengo que buscar los papeles. Y por otra
parte, vos te estás olvidando de Eliana. Yo
no puedo decidir solo.
–Ya sé pero con vos se puede hablar,
las mujeres siempre complican todo.
Además está en Miami.
–¿Qué me querés decir?
–Mejor arreglamos entre nosotros,
después vos le explicás o no le explicás
nada, total no tiene por qué enterarse.
–No te entiendo. ¿Cuál sería el arreglo?
¿Cómo que no se tiene que enterar? ¿De
qué me estás hablando?
–Mirá. Vos no te dedicás al campo.
Eliana está en Miami. –Gira la cabeza, su
mirada va hacia un norte lejano,
impreciso–. Además ese campo fue

66
siempre de nuestra familia, todavía no sé
por qué papá lo vendió. –Abre la mano
para que yo pueda ver en su palma callosa
el derecho a poseer la tierra. Termina
cerrando el puño, como si pudiera con eso
sublevarse contra la injusticia–. Lo que te
quiero decir es que hagamos un arreglo. Te
puede convenir a vos y a nosotros. –Veo
cómo la mano queda abierta invitándome a
la negociación.
–Qué apuro tenés.
–No tengo ninguno. Lo que pasa es que
ahora estamos todos juntos, es la ocasión
de hablar, después vaya a saber cuándo nos
vemos.
–Amanda se va a morir una sola vez –
digo sin saber por qué.

Hay polvo en el aire. Olor a tierra


mojada. En algún lugar ya debe estar
lloviendo. Termino mi segundo vaso de
cerveza.
–¿Pedimos otra? –dice Mario.

67
–Pedí cuatro. Y las llevamos, se está
por largar a llover.
Salimos con las primeras gotas.
Rápidamente la lluvia nos envuelve, está
oscuro, a pesar de los faros encendidos,
apenas si podemos ver el camino bajo el
diluvio. Me preocupa si podremos pasar el
vado. Ya casi llegamos. El hilo de agua se
ha convertido en un arroyo que corre con
fuerza. Mario lanza el coche en segunda
con el acelerador a fondo. Llegamos a la
mitad del arroyo, las ruedas patinan sobre
el fondo barroso, el coche se ladea por el
empuje del agua. Mario putea.
–Bajate y empujá –ordena.
El agua fría me golpea el cuerpo, es una
sensación desagradable, siento que me falta
el aire. Chapoteo, entierro los pies en el
barro hasta la pantorrilla, empujo. El coche
apenas se desplaza. Lo hace en diagonal,
un poco por mi esfuerzo, un poco por el
agua, casi nada por las ruedas. Se acerca a
la orilla, hago un último esfuerzo. Las
ruedas se afirman en un borde de pastos

68
duros. El auto trepa un metro sobre la
orilla. Queda mitad sobre el pasto mitad en
el agua. Ahora las ruedas no hacen fuerza,
el auto se está sosteniendo sobre el piso
que apoya en el borde del barranco. Tengo
que levantar la parte de atrás para que las
ruedas de adelante traccionen. Me doy
vuelta, me agarro del paragolpe, apoyo los
talones en el barro hasta encontrar algo
firme, flexiono las piernas y produzco un
envión. El coche se afirma, pega un salto,
yo caigo sentado en el agua, me revuelco,
la corriente no me deja parar, finalmente lo
hago unos metros más allá. Vuelvo hasta el
coche. Estoy cubierto de barro, abro, me
tiro sobre el asiento temblando.
Mario arranca. No dice nada. Podría
agradecerme, pero seguramente está
sufriendo por el tapizado. Es un hijo de
puta.

Corremos bajo el agua hasta la galería.


Necesito un baño caliente, cambiarme. La

69
muda que lavé sigue en el alambre
mojándose. Germán solo descolgó lo que
tiene puesto. Puteo. Greta se acerca.
–Le pongo unos marlos al termotanque,
para que se dé un baño caliente.
–No tengo qué ponerme –digo
desesperado.
Los tres primos me miran. Ninguno
arrima una solución. A ninguno le importa.
–Tengo ropa de su tío. –dice Greta-.
Algo le voy a conseguir. Vaya al baño y
sáquese eso que si no se va a enfermar.
Obedezco. Greta es mi única ayuda. Es
la única que ayudó a Amanda durante todo
este tiempo. La lluvia continúa, el campo
está envuelto en un gris tétrico. Me
encierro en el baño.

La ropa está vieja. Gastada. Me queda


grande. Peor es nada. Lo que no tengo es
zapatillas. No se ha conservado ningún
calzado del tío Enrique. Tendré que esperar
a que se sequen las mías. Greta me las

70
lavó. Mientras tanto soy un monje descalzo
con bombachas arremangadas. Asumo mi
ridiculez con estoicismo y entro al
comedor.
No hay cargadas. Al menos me respetan
un poco. Deben haber estado hablando
entre ellos, están demasiado serios. Me
siento. Ninguno dice nada. Daniel intenta
encender el televisor. La imagen circula en
el sentido vertical con rapidez. Lo golpea
en la parte superior, pero es inútil, la
imagen no se estabiliza. Bruscamente
quedamos a oscuras.
–¡Greta! Se cortó la luz –grita Germán,
como si fuera necesario aclararlo.
–¡Greta! –grita Mario.
–Sí, ya voy –la voz llega desde la
cocina.
–¿Dónde están las lámparas? –vuelve a
gritar Mario.
–Sobre el bargueño –dice Greta desde la
puerta, sin levantar la voz.
Daniel activa un encendedor, sobre el
bargueño hay dos lámparas. Hay un torpe

71
trajinar, antes de que las dos queden
encendidas. Tengo una sensación de alivio
pasajera, inmediatamente me angustia la
idea de que tendremos que pasar la noche
en esas condiciones.

Pasa un rato. Ellos traen los restos del


asado y comenzamos a cenar. Ha quedado
poco, no hay casi pan. Me quedo con
hambre. Greta no cena con nosotros, está
con ella. Tampoco le dejamos nada. Me
molesta hacerlo, pero hay poca comida.
Terminamos las cervezas que ya dejaron de
estar frías y seguimos con el vino.
Demasiado alcohol y poca comida, se me
revuelve el estómago.
Las caras entran y salen del círculo de
luz, difícil verles los gestos. Por sugerencia
de Germán nos hemos puesto a jugar al
truco. Parece que fuera muy tarde pero
apenas son las diez. Afuera esta
amainando, por la ventana se pueden ver
sobre el horizonte los relámpagos de la

72
tormenta que se aleja, se escucha croar a
las ranas.
–¿Por qué jugamos? –dice Mario antes
de empezar.
–Por la noche –dice Daniel–. La pareja
que pierde se queda esta noche.
Debería protestar, yo ya la cuidé, pero
no digo nada. Se me ocurre que puedo
sacar ventaja de la avivada de mi primo,
pero no me conviene mostrar mi intención.
–¿No habíamos quedado que la cuidaba
uno solo? –pregunta Germán mirándome a
los ojos, requiriendo mi apoyo.
Pidiéndome descaradamente que no cuente
con que cubrí la noche anterior.
–Entre ellos se sortean –sugiere Daniel.
Me da bronca que descarte su inclusión
entre los perdedores, aunque esto me
beneficie. Juega bien lo reconozco,
también hace trampas, si lo dejan, pero por
sobre todas las cosas es un mandaparte.
Terminamos aceptando. Yo hago pareja
con Daniel. Los más chicos contra los más

73
grandes, como siempre. Jugamos al mejor
de tres.

Ganamos el primer partido. Daniel es


hábil con las mentiras, cambia siempre, no
lo pueden pescar. Yo tuve buenas cartas.
Percibo la molestia de Mario, el enojo de
Germán. No la van a cuidar. Al que le
toque, a lo sumo, se tirará a dormir en la
cama de al lado. Ganan el segundo partido.
–Ahora el desempate y nos vamos a
dormir –nos sobra Mario.
–Ustedes con la tía –retruca Daniel.
Tal vez sea estúpido lo que hago, pero
estoy buscando que perdamos. Que me
toque a mí cuidarla, que no necesite
ofrecerme. Tengo la esperanza de
compartir otro momento de lucidez. De
poder preguntarle por los papeles.
–Treinta y tres de mano –dice Germán,
acabamos de perder.

74
–Sos un pelotudo, por qué aceptaste la
falta envido si íbamos ganando -me acusa
Daniel.
–Estaba cansado –digo, como si el
premio fuera descansar.
–Te quedas vos -dice, enojado. No
puedo dejar de pensar que se enoja para
zafar. El aceptó la falta en el primero con
menos puntos que yo. Mario y Germán se
ríen, no hay nada mejor que gozar al otro,
en especial a nosotros, los más chicos. La
tengo que cortar, dejarlos sin argumentos.
–No hay problema, no me voy a morir
por cuidarla otra noche –asumo fingiendo
resignación.

Ayudo a Greta para reemplazarle los


pañales. No ha habido cambios desde el día
anterior. Ha refrescado, no mucho, pero
tengo los pies fríos. Greta me acerca un
cobertor, me lo pongo como si fuera una
alfombra.

75
Espero que se vaya Greta y comienzo a
hablarle. Amanda no contesta. Ya es
demasiado tarde. Me levanto, acerco la
lámpara y la miro. No hay ningún gesto,
nada. Instintivamente le pongo la mano
sobre la frente. Está caliente. Podría tener
fiebre. Miro el suero, cuento las gotas.
Estoy abrumado, ahora que me enfrié me
duele la espalda. No debí hacer el esfuerzo
que hice con el coche de Mario. Me
recuesto en la cama de al lado. Un ratito,
pienso. Me relajo inmediatamente, no
tengo necesidad de pensar en la casa. Ni
siquiera me doy cuenta cuando me duermo.
Siento un quejido. Trato de
despertarme. Pienso que apenas han pasado
unos minutos. El lamento no cesa. No me
puedo despertar. Es una nota aguda,
prolongada, interminable, Amanda.
Me incorporo en la cama. El cuerpo me
pesa. Amanda tiene la boca apenas
entreabierta, el sonido brota de allí. Me
quedo un momento idiotizado mirando el
orificio de su boca, como si esperara que

76
algo más saliera por ella. Miro la hora. Ya
se pasaron dos del momento en que había
que ponerle el calmante. No debería
haberla hecho sufrir.
Trato de abrir la ampolla. Se me
resbala, se cae, queda reducida a unos
pocos vidrios rotos y un charquito
insignificante.
–¿Quién sos? –dice casi en mitad de un
quejido.
–¿Estás despierta? –No entiendo por
qué dudo de que está conciente.
–Duele –parece que fuera a llorar.
Trato de ganar tiempo mientras busco
otra ampolla en la caja de los remedios.
–¿Querés hablar? –Mi voz es suave,
cordial-. Soy Diego.
Se queda callada.
–¿Te acordás de mí? –insisto mientras
abro el cajón de la mesa de luz por si Greta
ha guardado allí otra caja de ampollas.
–El calmante –la voz es opaca,
destemplada, sin expresión.

77
–Estuve ayer a la noche. ¿Te acordás?
Hoy vimos salir el sol.
–Me duele.
–No es la hora –miento, mientras busco
otra vez en la caja de zapatos llena de
remedios que hay sobre la cómoda. No
encuentro ninguna. Tengo que despertar a
Greta.
–Voy a buscar a Greta para que te dé el
calmante –lo digo claro, para que me
entienda.
–No me dejés sola –ruega con voz
apagada.
–Ahora vuelvo, con el calmante. –Estoy
como atrapado entre irme y quedarme,
entre verla sufrir y no tener el calmante
para darle.
–Quedáte –me pide, la voz se
entrecorta. No puede moverse, no puede
ver, ni siquiera llorar.
Decido quedarme un momento,
tranquilizarla. Me siento en la cama. Tengo
que hablarle. No sé de qué. Aparte del
tema de los papeles no encuentro otra cosa,

78
tal vez sea la única oportunidad. Después
voy a buscar a Greta.
–Mamá me dijo que tenías unos papeles
para ella, te acordás dónde los guardaste.
Me quedo en silencio. El canto de los
grillos se instala en la penumbra. Hay un
afuera extenso de campo nocturno, una
vaguedad de sombras, aquí adentro está
ella, en la oscuridad, ignorada, ignorante
de todo, salvo del dolor o el canto de los
grillos.
–Raquel murió –murmura.
Me sorprendo al escucharla. No
entiendo cómo de a ratos tiene tanta
lucidez. Tal vez hasta se dé cuenta de que
la estoy engañando. La miro, espero que
diga algo más. Ahora el rostro rígido
parece más oscuro, más ausente, cómo si el
sufrimiento lo devorase.
–Fue antes de morir, me lo dijo antes –
digo desconociendo su dolor.
Apenas gira la cabeza, no creía que aún
pudiera hacerlo. Sus ojos me están
mirando, de alguna manera, a través de los

79
párpados cerrados. Balbucea un no me
acuerdo que casi se pierde en los sonidos
de la noche.
–Era por el campo.
–Enrique…–hay un pequeño temblor en
su cara rígida, el esfuerzo y el dolor se
funden–, él manejaba el campo.
Es inútil. No sé cómo seguir
preguntando. Tengo que ir ahora. Lo que
estoy haciendo es una crueldad. Doy unos
pasos hacia la puerta.
–¿Me perdonó? –dice antes de que
alcance a salir.
–¿Qué me decís? –Vuelvo sobre mis
pasos. Acerco la lámpara a su cara. Hay
una pequeña lágrima deslizándose por la
mejilla.
–¿Raquel? –dice.
–¿Qué tenía que perdonarte mamá?
Se queda callada. Tal vez piense. Tal
vez no quiera seguir hablando. Otra
lágrima corre lenta por su cara rígida.
Estoy parado en el medio de la habitación
sin saber qué hacer.

80
–Me acosté con tu papá –dice de forma
súbitamente clara.
–¿En serio? –digo como un estúpido.
Escucho y no entiendo, es decir no puedo
entender que me lo esté diciendo en este
momento. Que haya pasado. Como si las
palabras se deslizaran sobre mí sin
tocarme.
–¿Te voy a mentir? –hay algo
aguardentoso en su voz, que se ha
enronquecido, algo que viene de un
recuerdo largamente atesorado. Como un
disfrute tardío, una venganza póstuma.
–¿Por qué? –No le estoy preguntando a
ella, me lo estoy preguntando yo incapaz,
de tragarme el sapo.
Emite un pequeño quejido. Otra vez la
supera el dolor.
Sigue rígida, inerme, como si esas
palabras hubieran consumido lo que le
restaba de vida. Pasa el tiempo. No me
animo a irme en busca de Greta y que sea
justo el instante en que Amanda diga algo.

81
Me atrapa en su agonía, en su llevarse las
cosas para siempre.
–Éramos jóvenes –ahora la voz suena
natural, incomprensiblemente distendida,
como si su mente fuera a otra parte, a otro
lugar, a otro momento más feliz, lejos de
esta noche amarga.
–¿El tío Enrique lo sabía?
Vuelvo a la espera, mientras ella va y
viene de ese lugar, mientras por un rato
suspende la certeza de la muerte para
revivir un momento feliz. Ya no tengo
preocupación por buscar el calmante, tengo
ansiedad por saber, por exprimir hasta lo
último esa garganta oscura.
–Nos descubrió. –La última lágrima ha
desaparecido, apenas deja un pequeño
rastro brillante dibujado hacia la sien.
–¿Cuándo pasó? –No debí preguntarle
eso, ella está en un tiempo sin medida–. El
último verano que estuvimos acá –deduzco
en voz alta.
Y es algo estúpido. Ahora que está bien
despierta, debería aprovechar para volver a

82
preguntarle por los papeles, por el campo.
Pero no puedo, me quedo enganchado con
lo que me acaba de contar. Trato de
recordar ese verano del 76. Cuándo
ocurrió. Me viene a la cabeza una noche
parecida a esta, con lluvia, el camino
cortado. El tío Enrique nos había llevado al
cine; él, mamá y todos los primos
terminamos durmiendo en la casa del
pueblo. Debe haber ocurrido ahí, cuando se
quedaron solos. ¿Por qué no vinieron con
nosotros? Papá no quiso venir. En el auto
del tío no cabíamos todos, si recuerdo bien.
Vayan ustedes dijo, Amanda, a mí me
duele la cabeza. ¿Lo dijo? O lo estoy
inventando. Qué importa, algo así pudo
haber pasado. Abandono la idea de ir a
buscar a Greta. Si Amanda es capaz de
hablar de la encamada que se mandó con
mi viejo, no veo por qué no podemos
hablar también de esto. Me siento, apoyo
los pies en el cobertor.
–Mamá me dijo que vos querías que el
campo de ella quedara para nosotros –

83
invento a ver si así le saco algo. No me
responde.
–¿Me estás escuchando? –digo
levantando la voz.
Pienso por un momento si mis primos
me habrán escuchado desde la habitación
de al lado, pero inmediatamente me
tranquilizo al escuchar unos ronquidos.
–Ella nunca supo… quería que fuera de
ustedes.
–¿Firmaste algún papel para dejarnos el
campo?
–Tengo frío.
Recojo el acolchado del suelo donde
apoyaba los pies y la cubro.
–¿Así?
No responde. El acolchado no la puede
haber calentado todavía.
–¿Te acordás si firmaste algo, para
dejarnos el campo? –insisto.
–Enrique sabía, él sabía –entiendo que
equivale a un sí.
–Sabés dónde lo guardó.

84
No responde, otra vez está en el cono
de sombras que se la va tragando. Ya nada
le importa, ni siquiera la muerte, salvo el
dolor, el dolor sí, a eso no se puede negar.
Necesita el calmante, yo soy el calmante,
merezco una respuesta.
–No me dejaron viajar. Fui una cobarde
–creo escuchar, deducir, de ese hilo ronco
que sale de su boca entreabierta.
–Lo dejé solo. Se murió solo –sigue
diciendo. Tiene que estar hablando de mi
viejo, porque a Enrique lo cuidó ella los
tres meses que duró después del ACV. Mi
viejo estuvo como un año luchando contra
el cáncer, ella nunca lo vino a ver.
Algo se derrumba dentro de mí. Toda la
pelea familiar fue por Amanda. Mi vieja
cuidándolo hasta el final, llorando junto a
la cama, y él, mi viejo, estaría pensando en
Amanda, esperándola. ¿Cuantas veces se
habrán visto en secreto? ¿Viajaría ella?
¿Quién le pudo prohibir que viajara?,
Enrique ya había muerto. Debe haber
hablado con mamá. “Ni se te ocurra venir”,

85
le habrá dicho. Estoy enojado, no puedo
evitarlo, aunque no debería, es un asunto
de ellos, un tema viejo. Tengo que pensar
en el ahora. El ahora son los papeles. Pero
tampoco tengo eso. La esperanza que había
crecido se derrumba sin ruido. Otra vez
nada. Debería pensar que no vine aquí a
buscar una herencia, que ni siquiera lo tuve
en cuenta cuando tomé la decisión de
venir, pero no es así. Ahora me estoy
pareciendo a mis primos, me he vuelto
ambicioso. Me molesta eso. Trato de
pensar que en realidad no me interesa el
dinero, que lo que necesito es hacer
justicia, que Amanda me debe algo, se lo
debe a mi familia. Y también, por qué no,
poner límite a la avaricia de mis primos. Si
hay un juicio, mejor, que los abogados se
lleven todo, que no les quede nada, es lo
que se merecen después de haberla dejado
abandonada. No toda la culpa es de ellos,
Amanda fue la que se alejó, quiso esta
vida. Seguro nunca pensó en que nos iba a
necesitar. Es como un castigo. Demasiado

86
duro tal vez. Demasiado por tan poco. El
de arriba es cruel. Si es que existe. No
tiene piedad por esta pobre mujer
moribunda. Yo tampoco la estoy teniendo.
También soy cruel. Siento como si hubiera
roto algo, como si acabara de quitarle el
huevo del nido a un pájaro.
–Te tengo que dejar para ir a buscarlo.
Es un ratito. Ya vengo.
–Solo, pobrecito. Como yo.
Pienso en mi viejo agonizando, también
hablaba incoherencias, son las drogas. Pero
nunca estuvo solo. ¿Tanto se habrán
amado?
Escucho un leve quejido. No es un
ruego, apenas un quejido. Otra vez. Se me
cierra la garganta, como si fuera yo el que
está abandonado, sufriendo. Tomo la
lámpara, la resguardo con la mano, para
que no se apague con el viento de afuera.
Me alejo lo más rápido posible. El aire
fresco de la galería me eriza la piel. Se
desvanece un poco la sensación de la
garganta.

87
Greta se asoma a la puerta de su cuarto
en camisón. Todavía es una mujer
atractiva, no debería exhibirse de esa
manera delante de mí.
–Se me cayó la ampolla del calmante y
se rompió. ¿Tiene otro?
–Era el último –dice como si fuera
cualquier cosa, una aspirina, un pedazo de
pan.
–Por qué no pidió. Usted dijo que había.
–Hasta mañana alcanzaba.
–¿Pero cómo no pidió más?
–No tenía receta. El médico tiene que
venir hoy a la mañana.
–Usted cree que va a venir con esta
lluvia.
–Van a tener que ir ustedes a buscarle la
receta. De paso acuérdense de comprar
algo para comer, no hay nada.
Me está pasando la factura de que la
dejamos sin comer. Me da bronca.

88
–Y ahora qué hacemos. Se va a quedar
sufriendo hasta que le traigamos los
calmantes. Es inhumano –digo enojado,
como si ella tuviera la solución.
–¿Qué quiere que haga? –levanta la voz.
La cara se le pone roja-. Estoy harta de
luchar sola. –Casi parece que va a llorar–.
Ustedes vinieron hace dos días, yo estuve
sola siempre. ¿Se cree que es fácil? Su tía
está postrada hace más de un año. ¿Sabe lo
que es cambiarla, moverla, llamar al
médico, conseguir los remedios? Ahora ya
no come, pero hasta hace una semana le
tenía que dar de comer en la boca. Todo yo
sola. ¿Quién me va a pagar todos estos
años de sufrimiento?
Imposible argumentar. Recién me doy
cuenta del estado de abandono al que había
llegado. Me pregunto, además, quién
manejaría el dinero, cómo se arreglaría con
los viajes, con el médico, con todo.
–Yo no tengo descanso, no hay
domingo, no hay feriado, no hay horarios.

89
Los llamé para que se hicieran cargo. No
doy más.
–Está bien, Greta. Está bien.
Tranquilícese. Lo voy a despertar a Mario
y nos vamos al pueblo a buscarle los
calmantes.
Me voy por la galería a la habitación de
Mario. Tengo los pies fríos de andar
descalzo. Estoy cansado, entumecido.
Golpeo la puerta. No pasa nada. Escucho
los ronquidos pausados, rotundos, como
quien duerme despreocupado. Estoy solo
en la galería, en una noche de lluvia,
sosteniendo una lámpara. Al menos me
puedo mover, Amanda ni eso. Golpeo de
nuevo. Los ronquidos cesan, Mario era el
que roncaba. Me responde.
–¿Qué pasa? –la voz resuena, al otro
lado de la puerta, un poco pastosa, debe
estar hablándome desde la cama.
–Tenemos que ir al pueblo a buscarle
calmantes –digo atropellando las palabras.
–¿A esta hora? –El hijo de puta ni se
levanta.

90
–Se le terminó el calmante. Está en un
grito.
Escucho los pasos que se acercan.
Sacude la puerta con fuerza hasta
destrabarla, se ha hinchado con la
humedad, abre. Está en calzoncillos. Tengo
la lámpara cerca de su cara. Le molesta la
luz, se corre.
–¿Cómo querés que vayamos? –dice
dirigiendo su mirada a la lluvia que cae
mansamente sobre la planicie.
–Tenemos que ir. No puede quedarse
así. Está sufriendo mucho –digo
imperativo.
–El vado está crecido, no vamos a poder
pasar, hay que esperar que pare y que baje
–razona con esa lógica desubicada que
tienen los tipos a los que no les importa
nada del sufrimiento ajeno.
–Y la vamos a dejar así –pelotudo, me
falta decir.
–Se hubieran acordado antes, cuando
fuimos a buscar el suero –levanta la voz–.

91
Tenemos que esperar –otra vez el mayor, el
que decide.
–Dame las llaves, si no vas vos, voy yo.
–Estás loco. Me vas a hacer mierda el
auto.
Reviento de impotencia. Quiero
trompearlo pero es más grande. Necesito
las llaves. Lo dejo parado en la puerta de la
habitación y me voy a buscar la escopeta.
Va a darme las llaves o le vuelo la cabeza.
Amanda se queja en la cama.
Descuelgo la escopeta, apoyo la lámpara
sobre la cómoda, abro el cajón. Cargo dos
cartuchos. La cierro. Vuelvo a salir.
Avanzo decidido. Empiezo a gritar desde
la galería.
–Mario. Salí.
La puerta se vuelve a abrir. No traje la
lámpara esta vez. Estamos a oscuras,
apenas distingo un bulto ocupando casi
toda la puerta. Amartillo la escopeta para
que sepa que estoy armado y decidido.
–Dame las llaves ya –le ordeno.
–¿Que hacés con esa escopeta?

92
–Dame las llaves.
–¿Cómo vas a pasar?
–Mario, ¿Qué pasa? –es la voz de
Germán, duermen juntos.
–Es asunto mío, no te metas. Dame las
llaves –digo con la seguridad de haberlo
intimidado.
La sombra se retira sin decir nada.
Espero que haya ido a buscar las llaves.
Oigo que murmuran. Tarda demasiado.
Greta aparece con una lámpara. Daniel
abre la puerta de al lado. Los dos se quedan
atónitos, nunca me vieron así. Vuelvo a
gritar.
–Apurate, no tengo toda la noche.
–Ya voy –dice Mario–. No las
encuentro –agrega y siento que habla bajo
con Germán.
–Greta –grito–, llévele la lámpara y
tráigame la llave.
–Calmate Diego, calmate. Bajá la
escopeta. –Daniel, ha salido a la galería y
se me acerca.
Lo encañono.

93
–Quedate donde estás. Y usted Greta,
apúrese.
Daniel se queda donde está. Greta no
me hace caso. Mario no sale. Escucho el
chorrear del agua por los pluviales. Estoy
haciendo el ridículo con una escopeta en la
mano. Apunto a la banderola de la puerta,
aprieto el gatillo. El disparo estalla, los
vidrios también. Daniel corre a su cuarto.
Mario grita.
–Pará, loco, pará, Vas a matar a alguien.
–A vos te voy a matar. Dame las llaves.
Mario sale con las llaves en la mano.
Me las tira. Caen a mis pies. Me agacho
despacio apuntándolo todo el tiempo. Me
alejo caminando hacia atrás unos pasos, en
dirección a donde está Greta.
–Traiga la caja y venga conmigo,
tráigame las zapatillas –le ordeno.
–Están mojadas.
–Tráigamelas, le dije, no puedo manejar
descalzo.
Greta se aleja, yo la sigo. Me meto en la
cocina. Estoy aferrado a la escopeta,

94
temblando. Ya no tengo la energía de hace
un momento. Empiezo a preocuparme por
las consecuencias de mis acciones. Si por
lo menos no hubiera disparado. Pero está
hecho. Ahora a ver cómo llegamos al
pueblo. Greta reaparece vestida, trae mis
zapatillas y un par de capas de campaña.
Nos calzamos las capas y salimos a buscar
el auto. Nos subimos. Tiro la escopeta en el
asiento de atrás. Arranco.
–Por dónde va a ir –dice Greta.
–Por la ruta.
–No vamos a poder pasar, agarre para el
lado de Las Mercedes, después salimos a la
23. Son cuarenta kilómetros más, pero no
hay vados.
El camino está dificilísimo. Este coche
no sirve para andar en el barro. Patinamos,
damos tumbos. Si nos vamos a una zanja
no tengo cómo sacarlo, Greta no sabe
manejar. Mientras peleo con el camino no
pienso lo que hice, apenas existo.

95
Llegamos a la 23. Ya pasaron dos
horas. Estoy reventado, a punto de
dormirme. Acelero. Le pregunto a Greta
cómo supone que tenemos que hacer.
Hablo para mantenerme despierto.
–Vamos primero a la guardia del
hospital, que nos hagan la receta, después a
la farmacia de turno.
Cumplo con las instrucciones. No me
bajo, dejo que haga el trámite. Pasa el
tiempo, el umbral iluminado del hospital
continúa vacío. La lluvia cae, mansa,
monótona, abrumadora. Greta no vuelve.
Me desespera saber que tengo que manejar
de vuelta. Que Amanda está sola, sufriendo
por mi culpa. Las calles están desiertas, el
único portal iluminado es el del hospital.
Tengo los pies fríos, el estómago revuelto.
Cierro un momento los ojos para
descansar. Golpean. Alguien golpea el
vidrio. Estoy en el auto de Mario.
–Ábrame –dice Greta. Le abro. Me
quedé dormido. Miro el reloj. Pasó más de
una hora.

96
–Vamos a la farmacia de turno -dice
Greta.
Me bajo yo. El fresco termina de
despertarme. Me duele la espalda. Toco el
timbre. Por la pequeña ventanita aparece
una mujer. Toma la receta. Le pido que
agregue un calmante para el dolor de
espalda. Vuelve con la caja de ampollas.
Ocho ampollas, dos días. Le pido que me
dé otra, me dice que no tiene y que la
receta indica una caja. Ruego, le digo que
estamos en el campo, que no podemos
venir todos los días. Pero es inútil, tiene
una sola caja.

Volvemos. Está amaneciendo. Ya no


tengo sueño, pero estoy como embotado.
Vamos a llegar de día. Empiezo a
preocuparme: ¿qué va a pasar cuando
lleguemos?
–Tenemos que internarla, esto no puede
seguir así –digo.

97
–En el hospital no hay camas. No se la
van a aceptar.

Estoy despierto, el sueño se ha ido pero


me dejó un cansancio brutal. Me doy
cuenta de que estoy lento, que manejo
despacio, que tengo una cierta
insensibilidad general sobre lo que pasa a
mi alrededor. No tengo la misma urgencia,
una vez conseguido el calmante, en volver
a colocárselo. Es como si todo me diera lo
mismo. Ya no sé qué pienso respecto de
Amanda, es cómo un vacío, vuelvo a sentir
que soy el más chico, al que nada le
cuentan, al que no es necesario considerar.
Greta viaja callada a mi lado. No tengo la
menor idea de lo que pueda estar pensando.
Es probable que para ella todo sea tan
irreal, tan absurdo como para mí. Lleva
años pegada a la tía Amanda, pendiente de
su enfermedad, de sus necesidades,
cargando con ese cuerpo sobre sus
espaldas. Atrapada debe ser la palabra

98
justa. Amanda nos atrapa como la luz que
atrae a los insectos durante la noche. Se
quedan pegados al foco, consumen la vida
en un inútil revoloteo.
–No sé cómo puede seguir viviendo –
digo, pensando quizás en que sería mejor
encontrarla muerta cuando lleguemos.
–Por el marcapasos.
–¿Qué?
–A su tía le pusieron un marcapasos
hace cinco años, cuando le empezó a fallar
el corazón.
–¿Quien decidió eso?
–El médico. Su tía se desmayaba. Se
cayó varias veces. Con el marcapasos no se
desmayó más.
–Son unos animales los médicos aquí.
¿Cómo le van a prolongar la vida en estas
condiciones?
–Su tía también quiso que se lo
pusieran. Ella quería seguir viviendo.
–¿Pero el médico no le explicó lo que le
iba a pasar? ¿La agonía a la que iba a estar
sometida?

99
–No sé. Nunca lo hablaron estando yo
presente. Pero no sé qué le pudo haber
dicho cuando estaban solos. Su tía no me
dejaba opinar, me mandaba afuera, siempre
había que hacer lo que ella decía. Tenía
mucho carácter. No se guíe por cómo está
ahora, hasta el año pasado estaba bastante
bien, se manejaba con la silla de ruedas.
Un año más, un día más. Amanda no
había querido morir. Tal vez nada más que
para poder ver el sol cada mañana. La vida
es hermosa, siempre puede ser hermosa,
salvo cuando el dolor se vuelve
insoportable. Para eso están los calmantes,
para olvidar el dolor, para sumergirse en el
sueño, en los recuerdos, para revivir otra
vez en ese mundo onírico que nos creamos.
Puede que esté soñando con mi viejo. ¿Por
qué no? No me pareció que estuviera
arrepentida, ni nada de eso. Deben haber
sido los calmantes los que le aflojaron la
lengua. Con las drogas ella sueña, viaja.
Ella está en el paraíso, nosotros en el
purgatorio.

100
Falta poco para llegar. Ya alcanzo a ver
el casco. Ha parado de llover, ya amaneció.
No se ve nadie afuera, pero pueden estar en
cualquier parte. Los voy a tener que
enfrentar, eso me inquieta, porque ya no
tengo la adrenalina corriendo por la sangre.
Ahora veo la dimensión de mis actos.
Tengo los calmantes, fui al pueblo. Fue un
acto solidario, una buena acción. Pero no
creo que eso importe si Amanda ya se ha
muerto. Aunque algo me dice que no, que
todavía la voy a encontrar viva.
Bajamos. Sigo sin ver a nadie, me
apuro por llegar a la habitación de ella.
Está sola, quieta, ni siquiera la escucho
quejarse. No le han hecho compañía. Tenía
la esperanza de que alguno se apiadara, que
se hiciera cargo de ella aunque sea un rato,
pero no les importa, son unos crápulas. El
suero sigue goteando, es una señal de vida,
si la sangre no circula el suero se detiene.
Me apresuro a colocarle el calmante. Greta

101
le apoya su mano en la frente. Amanda
emite un pequeño quejido. Se me eriza la
piel de solo pensar lo que debe haber
sufrido estas horas.
–Tengo que cambiarla –dice Greta–. El
orín ya pasó el pañal.
Inicia el procedimiento. Trato de
ayudar. El olor a orín no es todo, hay olor a
podrido, a carne podrida. Son las escaras,
contra lo que nada podemos hacer. Por la
puerta ventana veo cómo mis primos se
acercan al auto. Lo miran, dan vueltas a su
alrededor. Mario abre la puerta de atrás.
¡Me dejé la escopeta! Soy un pelotudo.
Ahora qué hago. Hablan entre ellos.
Vienen hacia aquí. Mario trae la escopeta
en su mano izquierda. Camina con paso
enérgico, me viene a buscar, a saldar
cuentas se me ocurre; las de anoche y las
otras, las de mi viejo. Las que motivan su
rencor. El corazón me late apurado, tengo
un ligero temblor en las piernas.
Los tres se quedan parados en la puerta.
Greta y yo seguimos con la tarea de

102
cambiarle los pañales y curarle las escaras.
Siento el silencio de los tres a mis
espaldas. En algún momento tendré que
darme vuelta. Tal vez me convenga
disculparme, argumentar que me
desesperaba verla sufrir.
Greta le acomoda las sábanas nuevas y
recoge las sucias, manchadas de sangre y
orín. Me doy vuelta. Ella va hacia la
puerta. Los tres se corren y la dejan pasar,
después vuelven a cerrar el paso. Voy a
hacia ellos.
–Le conseguí el calmante –digo, es lo
primero que se me ocurre.
No lo vi venir, el sopapo de Mario me
dio cerca del oído. Pierdo el equilibrio, no
puedo evitar caer. Estoy en cuatro patas.
–Pendejo hijo de puta –grita Mario.
La patada me da en las costillas, ruedo
y me hago un ovillo. Las patadas que
siguen me dan en las piernas.
–Pará Mario. Dejálo –es la voz de
Germán. Por el rabillo veo que lo está
agarrando, siento alivio. Daniel grita, me

103
acusa de imbécil, de loco, cómo hice lo que
hice, y no hace falta que lo aclare, se
refiere a que me animé a desafiarlo a
Mario. Se me cruza la imagen de la
infancia, las palizas de la infancia. La cosa
era conmigo, a Daniel no lo jodía, era el
hermano. Y él, que supuestamente era mi
amigo, se ponía de su lado, dejaba que me
fajara. Yo quedaba solo a merced de este
energúmeno. Igual que ahora. Andá,
contale a tu viejo, y yo no le podía contar.
Me tengo que defender, ya no soy un
chico. Me paro. Levanto los puños. Mario
se suelta. Levanta la escopeta con las dos
manos, me lanza un golpe con la culata.
Me voy para atrás. El golpe queda en el
aire, se me viene encima. Daniel trata de
agarrarlo, yo me desplazo por la
habitación. Busco algo con qué
defenderme, pero no encuentro nada. La
puerta está abierta. Corro hacia el patio.
Me alejo unos metros. Mario sigue con la
escopeta en la mano. Gira la escopeta, me
apunta. Germán lo agarra. Ahora interviene

104
Daniel. Todos gritan. El tiro sale para
cualquier lado.
Daniel le saca la escopeta. Entre los dos
lo alejan.
–Te voy a matar, hijo de puta. Te voy a
matar –repite jadeando Mario.
Me quedo solo en el medio del patio,
sin palabras, sin nada. Me da vergüenza
pensar que siento alivio de que se lo lleven,
de que no me haya matado, de que tengo
miedo que vuelva en algún momento.
Entro en la habitación de Amanda, cierro
detrás de mí la puerta, pongo la llave.
Me siento en la cama de acompañante.
Estoy temblando todavía. Me empieza a
doler el golpe en las costillas, me paso la
mano. Duele, pero me parece que no hay
nada roto. Me siento más seguro aquí
encerrado, a pesar del olor a podrido que
tiene el aire que respiro. Pero en algún
momento voy a tener que salir. Pienso en
irme de la estancia, aunque más no sea,
caminando, en irme definitivamente. Pero
no lo voy a hacer. No puedo dejarla, así

105
como está, en medio de estos locos. No
puedo seguir huyendo. No sé cómo
enfrentarlos. Me tiro sobre la cama a
descansar. Tengo que pensar.
El dolor de las costillas es más intenso
acostado, me acomodo, giro el cuerpo, hay
una posición donde me duele menos, me
quedo quieto. Repaso mi situación. Estoy
aislado, solo, no tengo cómo defenderme
de estos tres. Estamos sin comida, con
Amanda que agoniza. Calmantes para un
día. Tengo que llamar a alguien. Necesito
testigos. Mi celular está descargado, no
traje el cargador. Greta tiene uno, se lo
tengo que pedir. Pero no puedo salir, no
puedo exponerme. Mejor espero que venga
y se lo pido. ¿A quién llamo? A papá. ¿Por
qué pienso eso? Tengo cuarenta y dos
años. Repito la historia de la infancia.
¿Cómo puede ser? La policía, tengo que
llamar a la policía. Estamos en un país
civilizado, ya no somos chicos. No
podemos andar a los tiros. Yo también tiré
un tiro. No puedo llamar a la policía. Al

106
médico, le tengo que pedir a Greta que
llame al médico, conseguir que la trasladen
al pueblo. Si hay que pagar, pago. Que esté
atendida, yo me voy. No tendría que haber
venido. Ojalá encuentre los papeles. Con
eso los puedo cagar. Quedarme con el
campo. Joderlos. Los voy a joder bien
jodidos, les grito y alguien se ríe y me pasa
la mano por el pelo. Es Amanda la que se
ríe. Tiene esa risa fácil, escandalosa, que se
escucha de lejos, que anticipa su presencia.
Nosotros llegamos embarrados, con los
lagartos que acabamos de cazar en el
arroyo. Mamá se impresiona, no sé si por
nuestro aspecto, o por los lagartos.
Amanda, toma el lagarto mío por la cola y
lo levanta. Mañana irá a la parrilla, dice.
Mamá no se divierte en el campo, ella se
adaptó a la ciudad. Le gusta el parquet
lustrado. Yo sé eso, pero aquí no cuenta su
opinión, aquí es el reino de Amanda que
ríe. Ya no soy un chico, ¿por qué me trata
como un chico? Quiero decirle que soy un
hombre, que le estoy mirando las tetas, que

107
ya no se las miro de abajo cuando se
inclina, que se las veo desde donde estoy.
¿Por qué está mamá, si mamá está muerta?
El tío Enrique está golpeando con un
martillo la puerta de la cocina que se
hinchó con la humedad.
Los golpes me sobresaltan. No sé bien
dónde estoy. Me quedé dormido. Por el
vidrio veo que es Greta. Me incorporo.
Recuerdo el sueño, trato de memorizarlo,
no quiero perderlo del todo. El dolor en las
costillas me paraliza. Me voy levantando
despacio. Tengo muchas ganas de orinar.
–Ya voy –digo para que deje de
golpear.
Abro, me asomo para ver dónde andan
mis primos. No hay nadie.
–¿Dónde están?
–Se fueron al almacén de Cardozo a
buscar comida.
–¿Cómo van a pasar el vado?
–Ya bajó, en cuanto para de llover, baja.

108
Es mi oportunidad. Salgo, voy hacia el
baño. Ya ha pasado el mediodía. Estoy
dolorido.

Cuando vuelvo a la habitación Greta ya


le ha cambiado el suero.
–¿A qué hora va a venir el médico?
–Todavía no apareció.
–Ya sé, Greta. ¿A qué hora va a venir?
–No sé. Aparece a la hora que quiere. A
lo mejor viene mañana, no le gusta
ensuciar el coche.
–¿Usted lo llamó? ¿Le dijo que estaba
mal?
–Él ya sabe. Igual aunque le diga, va a
venir cuando pueda.
–¿Me presta el celular para que lo llame
yo?
–Yo se lo presto, pero no le aseguro que
lo vaya a atender.
Greta vuelve con el celular. Marca el
número del médico que tiene grabado y me
lo entrega. El celular llama varias veces,

109
luego cae en la casilla de mensajes. Dejo
un mensaje de urgencia, de desesperación.
Termino rogando que me devuelva la
llamada.
–Vio, le dije. No atiende –me remarca
mientras le entrego el celular.
–¿Y ahora qué hacemos?
–Esperar. ¿Quiere que le traiga un
mate?
–Sí –digo y me doy cuenta de que tengo
hambre.
Cuánto tardarán en volver con la
comida. No puedo pensar eso después de lo
que pasó. Tengo que resolver cómo voy a
resguardarme.
–¿Hay alguna otra escopeta en la casa?
–No, es la única. ¿Para qué la quiere?
¿Se van a andar a los tiros de vuelta usted y
sus primos?
–Tengo que defenderme. ¿No le parece?
–Vaya si quiere, agarrelá, está en el
comedor.
–¿No se la llevaron?
–No. Recién la vi.

110
Voy hasta el comedor. Si dejaron la
escopeta es que ya no me quieren matar.
Tampoco les preocupa que yo la tenga.
Puede ser una señal de paz. La escopeta
está sobre la mesa. Está abierta. Sin
cartuchos. Tan tontos no son. No me van a
dejar las balas. En el cajón de la cómoda
están las que sobraron. Voy a buscarlas.
Abro el cajón. No hay balas. Estoy
seguro de que había. Ni siquiera está la
caja. No puede ser. Nadie entró, yo cerré
con llave. No se me ocurre que las hayan
sacado mientras nos fuimos al pueblo. No
tiene sentido, yo tenía la escopeta. Greta.
Greta las puede haber sacado mientras fui
al baño. Greta está con ellos.
–Greta –grito-, ¿dónde están los
cartuchos?
–No sé –se acerca–. Yo no los he visto.
–Estaban en la cómoda –señalo con el
dedo.
–Los habrán sacado sus primos.
Es inútil. Indudablemente sigo en
desventaja. Tengo que aceptar su paz. No

111
hay escopeta. Ellos son los dueños del
terreno. Decido buscar los papeles.
Aprovechar ahora que no están. Después
seré yo el dueño del terreno. Literalmente
del terreno. Me río para adentro con la
ocurrencia.

Vuelvo a la habitación y comienzo por


lo obvio. Reviso el ropero, la parte del tío
Enrique. Su ropa sigue estando allí, mi
padre le puede haber quitado el amor de
Amanda, pero no su lugar en la habitación,
en la cama, en la vida cotidiana. Todavía,
diez años después, su ropa cuelga en el
lado izquierdo del ropero. Es ropa vieja, ya
sería vieja cuando el tío murió. La camisa a
cuadros que tengo puesta me parece que se
la vi usar en vida, hace treinta años. Está
gastada, como casi todo, pero todavía
usable. Los trajes están cubiertos de un
fino moho que le opaca los hombros. No
hay nada entre la ropa, solamente ese olor
a viejo y a naftalina, a tiempo transcurrido.

112
Sigo con los cajones. Hay medias,
calzoncillos, ropa de Amanda, una carpeta
con papeles. Reviso, son las boletas de
impuestos, algunos recibos por venta de
ganado, una hipoteca cancelada.
En el estante de abajo hay una caja con
fotos. Me detengo un rato a mirarlas.
–¿Qué anda buscando? –es la voz de
Greta detrás de mí.
Me sobresalto.
–Estaba con las fotos. En algunas estoy
yo –me justifico, como si ella pudiera
percibir mi verdadera intención.
–Déjeme todo ordenado, a su tía no le
gusta que le anden revolviendo.
–¿Le parece que se va a dar cuenta? –
digo mirando hacia la cama.
–No importa, son cosas de ella.
Ténganle un poco de respeto. –generaliza
como si yo fuera parte de una banda de
saqueadores. ¿O lo somos? Quiero creer
que no. Guardo las fotos en la caja y la
pongo en el estante. Cuando estoy cerrando

113
la puerta del ropero Greta se acerca y me
toma el brazo.
–Disculpemé. Haga lo que quiera, yo no
soy nadie para decirle nada.
No entiendo el cambio de actitud. Digo
algo como “no importa”, mientras mido el
tiempo que su mano permanece apoyada en
mi antebrazo. Percibo algo indefinido en
su interés. Tenemos la misma edad, o tal
vez ella tenga unos pocos años más.
Perfectamente puede que yo le interese.
Me doy cuenta de que, pese a estar en el
medio del campo, se ha tomado el tiempo
para pintarse los labios. Su mano abandona
mi antebrazo. Quedo confuso, no sé bien
qué hacer. Debería preguntarme si yo
tengo interés en ella. No especialmente.
Pero no podría negarme. Cómo no ceder al
deseo de una mujer. Me siento mal de que
sea así. No tengo obligación, nada que
demostrar, no es el momento, pero me
siento obligado. ¿Y si no es interés? ¿Si
estoy confundiendo las cosas? No hago

114
nada, mejor espero la próxima ocasión para
decidir.
–Están llegando –dice Greta mirando
hacia afuera.
–Vaya usted, si quiere, yo me quedo
aquí.
–Si es por lo de esta madrugada –lo dice
como si fuera un incidente menor, como
una peleíta más entre primos-, no se
preocupe. Mario ya se calmó. No va a
pasar nada.
–¿Cómo sabe?
–Yo lo conozco bien. Ya está, ya se le
pasó.
–A mí no –digo con bronca.
–No sea chiquilín. Vaya y déle la mano.
La pelea se acabó.
De qué la juega esta mujer. Ahora me
dice lo que tengo que hacer. Hace un rato
me estuvo retando como un chico, después
me acarició el brazo. Parece saber qué
piensa o puede hacer Mario.

115
–Vaya usted. Yo voy en un rato –digo,
incapaz de dar una respuesta correcta a una
situación incierta.
La veo irse. Tiene lindas caderas, el
jean le resalta la cola. Vuelvo a lo mío.
Abro los cajones de la cómoda. Amanda
sigue quieta, girada sobre su lado
izquierdo, como la dejó Greta. Puede que
haya muerto. Miro el goteo del suero, una
gota cae. Todavía no ha llegado el
momento. Hay ropa revuelta. Cajas con
collares, la mayoría rotos o descascarados,
que parecen bijouterie barata, como si el
uso los hubiera dejado así. Me vuelve a la
mente el delgado cuello de Amanda
erguido entre los brillos de perlas que caían
delicadas sobre el vestido negro. Fue para
la misa del gallo, estoy seguro. Ese año
llegamos antes de navidad. Un espejo de
mano, en los cajones de abajo, sábanas
bordadas con las iniciales de los tíos. No
tengo dónde más buscar. Tal vez en el
comedor, en el bargueño o en la base de la
vitrina de la cristalería. No hay otro lugar.

116
Esta casa está casi desprovista de muebles,
siempre fue un lugar de veraneo. La
verdadera casa era la del pueblo. La
documentación debe haberse perdido en la
mudanza. Ya no hay nada más que hacer.
Puede que Greta sepa algo, pero mis
mentiras me impiden preguntarle. Si lo
hago corro el riesgo de estar confesando
que no tengo los papeles. Creo, casi con
certeza, que no debo confiar en ella,
después de todo con mis primos tuvo más
contacto que conmigo. Ni siquiera sabía de
su existencia hasta hace un par de días. No
me queda otra opción que esperar la
oportunidad de revisar los muebles del
comedor. Después, chau. Igual me
conviene seguir sosteniendo la historia, de
alguna manera se van a cuidar más en lo
que hacen, si piensan que tengo la sartén
por el mango.

Hay ruido de platos y cubiertos, un


apenas perceptible olor a comida, tengo

117
que salir. Voy hacia el comedor. Están
todos reunidos alrededor de la mesa, en el
centro una gran fuente de loza. Hay un
lugar libre con plato y cubiertos. Me siento
sin decir nada.
–¿Querés un poco de vino? –Daniel me
ofrece levantando la botella de tinto.
Echo una rápida mirada hacia Germán
que me está mirando y a Mario que se
concentra en su almuerzo.
–Poneme –digo finalmente.
La paz de los silencios, debería
llamarse este almuerzo de pastas
malcosidas y fiambre. Como. Lo hago con
ganas, con la seguridad de que es lo único
que tengo para hacer. Después de los
primeros bocados ya me siento mejor.
Cuando se llena el estómago todo lo demás
no importa.
–Se cayó un poste, esta noche tampoco
vamos a tener luz –Germán lo dice
mirándome, como si fuera una información
vital, y tal vez lo sea.

118
–¿Vos no te ibas a ir hoy? –digo,
sorprendido de que le ponga el pecho a
tanta calamidad,
–Pude llamar y dejé todo arreglado.
Hasta que no se termine esto me quedo.
–Después devolveme la ropa. Que ya no
me banco más con estas pilchas ridículas.
–Ya se las lavé. Las suyas también –
interviene Greta–, en cuanto se sequen se
las plancho.
Caramba. Ahora tenemos una Greta
servicial. Me pregunto si también a
Germán le acarició el brazo. Si todos los
servicios están incluidos. Me arrepiento de
pensar mal. Pero no puedo evitarlo. ¿Qué
motivo puede tener esta mujer para
ocuparse de nosotros? En unas horas, en
unos días a más tardar, Amanda se habrá
muerto y ella tendrá que irse. Mis primos
tomarán posesión de la estancia. Yo tendré
que resignarme a un tortuoso trámite
sucesorio. Qué puede querer de nosotros.
Una propina, una recomendación. Al
menos de mí no debería esperar nada. ¿O

119
sí? ¿De mis primos? Tiene que ser ciega
para no darse cuenta de que son unos
miserables.
Pero no es una mujer tonta. De ninguna
manera. Si trata de ganarse nuestra
confianza debe tener un objetivo.
–Le sirvo más. –La mano de Greta
retira mi plato vacío.
–Sí, Greta. Gracias –sonrío.
Germán me mira. Mario levanta la vista
de su tercer plato. Creo que he captado
algo. Ellos y Greta saben algo que yo no
sé. Me sirvo un poco más de vino.

Ayudo a levantar los platos y voy hacia


la cocina detrás de Greta. Germán y Daniel
nos siguen con todo aquello que no alcancé
a recoger. Me pongo a lavar.
–Usted seque si quiere, lavar lavo yo –
Greta dirige nuestras operaciones.
Germán se va a fumar a la galería,
Daniel ordena en los estantes la vajilla que
yo voy secando. Mario puede que

120
permanezca en el comedor. Me doy cuenta
de que no quieren que esté a solas con
Greta. Algo ha pasado a mis espaldas, no
puedo saber qué, pero ahora me vigilan.
Estoy paranoico. Hace una hora me
dejaron solo con ella. Si hubiera algo que
no quisieran que hablara con Greta, no lo
hubiesen hecho. Tengo que probarlos.
–Daniel, ¿por qué no te das una vuelta?
Hace rato que la dejamos sola. Andá, mirá
si le pasa bien el suero, yo termino con
esto.
–Andá vos si querés, yo sigo acá.
–Alguna vez aunque sea, ocupate vos.
Lo veo dudar. Después se asoma a la
galería.
–Germán, fijate como está la tía
Amanda. Mirale el suero.
Escucho “voy” o algo así, que dice
Germán sin ninguna convicción.
Indudablemente hubo un cambio en el
corto tiempo que va desde que Greta salió
de la pieza de Amanda y yo entré en el
comedor. Lo vi a Germán que hablaba algo

121
en la galería. Hablaban en voz baja, eso es
raro, acá todos gritan. ¿Tenían un arreglo y
se rompió? ¿Arreglo de qué? O estoy cada
vez más loco, o ellos se han vuelto locos.
Puedo imaginar a Greta diciéndoles que
sabe dónde están los papeles, pidiéndoles
una suma de dinero. Ellos que deciden
hablar tranquilos y se van a comprar
comida al almacén de Correa. Greta que se
me acerca, que testea mi permeabilidad,
mientras espera una respuesta. Ellos que
vuelven con una contraoferta, Greta que no
acepta. Se muestra solícita conmigo
delante de ellos. Caen en la cuenta de que
me puede hacer la oferta a mí. Después de
todo, mi hermana y yo tendríamos el cien
por cien, ellos -y yendo a sucesión- el
sesenta por ciento a repartir entre los tres.
Yo tengo más que ganar, puedo pagar más.
Deciden no darle la oportunidad de estar a
solas conmigo. Decido poner la teoría
nuevamente a prueba.
–Greta, tengo que hablar con usted a
solas –digo.

122
Germán se petrifica. Después sale
precipitadamente a la galería.
–¿De qué me quiere hablar?
–Ya debe saberlo –digo prudente.
–No sé. Dígame.
–Me preocupa usted. No creo que
Amanda llegue a mañana. Me imagino su
situación. No debe ser fácil conseguir otro
trabajo aquí.
–No, para nada.
–A mí me parece que deberíamos
compensarla de alguna manera después de
tantos años.
Greta no dice nada. Espera.
–Tendríamos que pagarle una
indemnización. Algo que le sirva.
–Le dije a sus primos. Yo de acá no me
voy sin nada.
–Ya estuvo hablando con ellos este
tema.
–Ya les dije.
–¿Qué le contestaron?
–Que iban a hablar y después me
decían.

123
Los tres aparecen en la puerta.
–Esto lo vamos a arreglar nosotros,
Greta –dice Mario-. Con él no tiene nada
que hablar.
–¿Por qué no tengo nada que hablar? –
salto yo.
–Porque lo va a arreglar con nosotros.
Vos no sabés nada. No te metás.
–¿Cómo que no me meta?, yo también
soy parte en este asunto.
–Basta. –Greta se para en el medio-. No
quiero más peleas. Su tía no se murió
todavía. Cuando se muera hablamos –
cuando dice: hablamos, mira primero a
Mario y después a mí. Es evidente que
hablamos me incluye. Hablaremos antes,
seguramente, pero por separado, no así, a
los gritos, dejándola afuera. No es tonta.
Me contengo, no estoy dispuesto a
recibir otra paliza, Greta tiene el poder de
disuadirlos, tal vez de manejarnos a todos.
Decido salir. Me dirijo a la puerta, Germán
y Daniel se corren, Mario no se hubiera
corrido, él hubiese esperado que le pidiera

124
que me deje pasar, pero por suerte está en
la otra punta de la cocina; dejan un espacio
angosto, nuestros cuerpos se rozan.

Estoy en el patio. No sé a dónde ir. Me


alejo. Mis pasos me llevan hacia el
bosquecillo de frutales que está cerca de la
tranquera. Me detengo bajo los naranjos.
Hay algunos mandarinos, un par de
limoneros, un ciruelo, una higuera,
membrillos. Veníamos a comer fruta,
jugábamos guerra de mandarinazos. Un
despilfarro de frutos. Despreciábamos la
generosidad de aquellos árboles con la
inconciencia propia de niños mal criados.
Y no era pecado, porque abundaban,
porque nadie iba a comer esas frutas de
todos modos. Ahora está todo descuidado,
algunos árboles se han secado. Arranco
una bergamota y la pelo. Es dulce,
deliciosamente dulce. Miro hacia la casa.
Ellos se han ubicado debajo de las ceibas.
No habrá guerra de mandarinazos.

125
Seguramente Greta está encerrada en su
cuarto, ¿durmiendo la siesta?, o
espiándonos por el visillo. No importa, en
algún momento voy a hablar a calzón
quitado con ella. Puedo ser generoso,
pagarle una suma importante, puedo
cagarlos sin que me duela. Yo voy a ser el
ganador. El elegido de Amanda, como fue
mi padre. Volveré por las frutas, se
podarán los árboles, tal vez plante otros.
Este será mi lugar, tengo derecho a que lo
sea.

Amanda está sola. Miro la hora, debería


darle el calmante. Puedo olvidarme, puedo
dejarla sufrir, total a ninguno le importa.
Pero no lo voy a hacer. No soy como ellos.
Me siento súbitamente bien, cuando inicio
el camino hacia la habitación de mi tía.

El suero se ha agotado. Hay que


cambiárselo. Tomo un sachet, el último.

126
No seré yo quien se lo vaya a comprar.
Hago el procedimiento para reemplazar el
viejo, le coloco el calmante. Habría que
cambiarla. Que lo haga Greta, también
habrá que comprar pañales. Cuántos,
cuánto suero. Me sorprendo pensando en si
debemos comprar para un día, para dos,
para más. Deberíamos comprar justo, que
no sobren. Es un pensamiento miserable,
no entiendo por qué lo tengo. Ya no es
pecado pensar así, pero igual me molesta.
Es un resabio, un reflejo de mi educación
católica. Los jesuitas fueron persistentes en
la formación de sus alumnos. Es, y será
siempre, su virtud. No podían saber que yo
era un alma sensible, literal.
Espantosamente literal.
Le hablo. No obtengo respuesta, ya
debe estar en la etapa final.
Salgo, voy hacia las ceibas.
–Hay que comprar pañales, suero,
calmantes –digo sin preámbulos.
Tres caras mudas me miran.

127
–Que vaya alguien, yo no voy –digo,
como si supusiera que Mario estaría
dispuesto a prestarme el auto.
–Tomá las llaves y andá vos –dice
Mario dirigiéndose a Daniel.
–Que Germán me acompañe, yo solo no
puedo.
–¿Qué no podés?
–No sé, hay que conseguir una receta
para el calmante.
–Preguntale a este. Si él pudo, vos
también.
Mario es sarcástico, provocativo.
–Germán. ¿Me podés acompañar?
–Andá solo. Estoy cansado.
Daniel se resigna. Se para y se me
acerca.
–¿Cómo es el asunto de la receta?
–Andá al hospital. ¿Sabés dónde queda?
–Sí, boludo, yo me crié acá. ¿Pero no es
mejor el médico que la atiende?
–Si lo encontrás, pedísela. Si no, vas a
la guardia y se la pedís al que esté de turno.
Es lo que sé, la que se bajó fue Greta.

128
–Andá y preguntale a Greta. O mejor te
la llevás. Vos sos capaz de volver sin nada
–sugiere Mario. Lo dice mientras se va.
Nos da la espalda, harto de dar
indicaciones al pedo, diría yo. Porque al
final todo es al pedo, capaz que se muere
antes de que vuelvan.
Daniel se aleja en busca de Greta. Lo
vemos pararse indeciso delante de la
puerta. Golpea. No hay respuesta. Vuelve a
golpear. Sigue sin tener respuesta. Lo veo
que trata de abrir. Está cerrada con llave.
–¡Greta! –grita Daniel. Su voz suena
pequeña en la inmensidad del campo que la
absorbe.
Greta no le debe haber contestado.
Ahora estamos todos mirando lo que
ocurre. Daniel vuelve hasta nosotros. Lo
veo venir, camina con cierta parsimonia,
como si verse contrariado le quitara
fuerzas.
–¿La vieron salir? –pregunta.
No. Nadie la vio salir de su cuarto,
tampoco nadie la vio entrar.

129
–Hay que buscarla –dice Mario
imperioso desde la puerta de su cuarto.
Piensen un poco, me digo. Adónde
puede haber ido. No hay muchos lugares,
los galpones que están a cincuenta metros.
Si hubiera ido allí, tendríamos que haberla
visto pasar. En la habitación de Amanda no
está, de allí vengo yo. Quedan la cocina, el
comedor, las dos habitaciones de
huéspedes, el baño, un cuarto de
cachivaches, los galpones del criadero y el
bosquecito de frutales. No entiendo la
preocupación. De todos modos,
comenzamos a buscarla. Nos separamos,
yo voy hacia los frutales, Germán hacia los
galpones, Mario y Germán van hacia la
casa. Nos alternamos llamándola, Greta,
Greta, la brisa dispersa nuestras voces
hacia el campo vacío. Greta no está por
ninguna parte, ni su figura se alcanza a ver
sobre la llanura soleada.
–Tiene que estar –dice Germán, cuando
volvemos a encontrarnos delante de la
puerta de su cuarto.

130
Ahora estamos todos golpeando y
gritando. Seguros de que está adentro
atrincherada. Mario nos hace retroceder.
Toma envión y descarga una patada sobre
la puerta. Salta la hoja izquierda, se abre.
Sobre la cama está Greta tirada, en
bombacha y corpiño. Está atravesada sobre
el cubrecama, boca arriba, una de las
piernas colgando. Somos cuatro hombres
frente a una mujer semidesnuda. Tirada en
la cama, inerme, para que nos la cojamos
entre todos, para usarla como una muñeca.
Suspendo lo que se me acaba de ocurrir, lo
sustituyo por la preocupación de si está
viva. Creo que todos deben haber hecho lo
mismo.
Nos abalanzamos, la sacudimos. Se
queja, abre los ojos.
–Greta, ¿qué le pasa? –digo, decimos.
Se sienta trabajosamente en la cama.
Prescinde de cubrirse. Ninguno le acerca
nada para que lo haga. La desnudez de los
cuerpos es secundaria. La muerte le quita
importancia. Greta no está muerta, pero

131
podría haberlo estado, creo que esa
sensación todavía flota entre nosotros.
–Estoy durmiendo –dice. Con los ojos
perdidos, sin lograr despertarse del todo.
–¿No escuchó que la llamábamos?
Creímos que le pasaba algo.
–Me tomé una pastilla.
–¿Cuántas? –digo yo.
–Dos. Siempre tomo dos.
–Tenemos que ir a buscar pañales y
suero. Necesito que me acompañe –dice
Daniel.
–Bueno, más tarde. Después de la siesta
–dice cerrando los ojos.
Seguimos todos alrededor de ella, con
la puerta desvencijada detrás, dudando
acerca de si está bien, si tenemos que
obligarla a salir, si nos la podemos coger o
la dejamos dormir.
–Mejor que descanse un rato –sugiero,
antes de que alguno proponga algo peor.
Todos me miran. Terminamos saliendo.
Mario acomoda la puerta como puede.

132
–Yo voy con vos –le dice Germán a
Daniel–. Conozco a casi todos los médicos,
alguno nos va a dar la receta. -Es mentira,
lo sé, Germán también, pero me da igual.
Se quiere tomar un recreo, una vuelta por
la ciudad, un poco de vida normal. Todos
la necesitamos.
Me quedo solo con Mario. Me siento lo
más lejos que puedo de él bajo la sombra
de las ceibas. Pienso en qué hubiera pasado
si Greta en vez de dos se hubiese tomado
diez. Greta muere, los papeles que tiene en
su poder, o sabe dónde están, no aparecen,
es inevitable hacer la sucesión, ellos
administran el campo hasta que se termine,
ellos quedan ganadores. De alguna manera
debo cuidarla, que no le pase nada. Lo que
acaba de suceder es un mal antecedente.
Otra vez estoy tenso. Miro a Mario, ya está
dormido. Está tranquilo, confiado, eso me
confirma que tengo razón en estar
preocupado. Greta dijo que fueron solo dos
pastillas, ¿pero y si fueron más? ¿Acaso no
pudo Mario meterle alguna en la bebida?

133
Todo es posible. Estamos en el campo,
cualquier cosa que pase aquí seguramente
no tendría consecuencias. ¿A quién le
puede preocupar un muerto más, uno
menos? La muerte y la vida se suceden
todo el tiempo, es la naturaleza. Solo en la
ciudad importa, en la ciudad, donde la
muerte no existe, está oculta,
desnaturalizada. Como la carne que
compramos en el mercado.

Dormito, me doy cuenta cuando me


despierto. Una bocina me avisa que alguien
ha llegado. Está abriendo la tranquera. Es
demasiado pronto para que sea Germán.
Me levanto, desconozco el coche. Mario se
ha levantado también.
–Es el médico –dice.
El médico me estrecha la mano. Es un
hombre bajito, delgado. Bastante joven. Le
cuento que tuvimos que ir de urgencia, que
nos dieron una receta en el hospital. Hago
todo precipitadamente mientras caminamos

134
hacia la habitación de Amanda. El escucha
sin hacerse cargo de mi reproche implícito,
como si mis palabras sobraran. Se acerca, a
la cama y la mira.
–¿Cuánto hace que está así?
–¿Así?
–En coma –lo dice de la manera que lo
dicen los médicos. Esa forma natural de
llamar las cosas por su nombre, que tanto
puede molestar.
–Desde ayer que no habla –digo, para
decir que no estaba así.
–Bueno hay que esperar.
–¿Cuánto tiempo, doctor?
–Es difícil saberlo. Ya tendría que haber
muerto, si no fuera por el marcapasos.
–¿Está sufriendo?
El médico me mira y levanta las cejas.
–No podemos saber. Pero imagínese, ya
nada le funciona bien.
–¿No le podemos dar algo más para que
no sufra?

135
–Lo que le estamos dando es casi
morfina pura. Incluso eso le acelera el
proceso, porque debilita la fibra cardíaca.
No hay mucho más que nos pudiera
decir. Tal vez veinticuatro horas, tal vez
menos, o increíblemente más. Ninguna
sugerencia de aumentar la dosis del
calmante para definir el proceso, su
juramento no se lo permite. Tampoco
nosotros seríamos capaces de tomar una
determinación.
–No habría que haberle puesto ese
marcapasos. Es una crueldad –digo
provocador.
–Nosotros estamos para asistir, no para
decidir. El que decide es el paciente. Su tía
quiso que le pusieran el marcapasos. Todos
se aferran a la vida hasta el final -agrega
con superioridad.
No tengo respuesta. Es cierto, el deseo
de vivir es tirano, como cualquier otro
deseo. Necesito aire fresco. El médico se
va. Camina hacia su auto con el maletín
colgando de su mano izquierda. ¿Será

136
zurdo? Qué pensamiento estúpido. Los
pensamientos estúpidos me ocupan el
cerebro. Se sube al auto. Vino al pedo. Lo
llamo.
–Doctor. Doctor.
–¿Sí? –se da vuelta a medias.
–La receta de los calmantes –digo,
aunque puede que ya no la necesitemos.
Duda un momento, como si le costara
volver sobre sus pasos. Él sabe que se la
pido por joder. Después apoya el
portafolios en el capot del auto.
–Ahora se la hago –dice con desgano
mientras abre el portafolios.
Escribe con la mano izquierda: es
zurdo.

Vuelven casi al atardecer. Traen todo lo


que se necesita. Greta ya está levantada.
Nos ponemos a tomar mate. Estamos todos
en ronda. El mate pasa de mano en mano,
las rodajas de pan con manteca y azúcar
también. Hay cierta paz. Una especie de

137
reconciliación tácita. Un velorio en vida.
Greta se ofrece a cuidarla esta noche, todos
asentimos.
Algún recuerdo casual, alguna
anécdota, de a poco nos encontramos
hablando de los tiempos de la infancia. Me
doy cuenta de que se omiten los asuntos
desagradables, como las palizas a los más
chicos, o las referencias a mi padre, solo se
habla de los buenos momentos,
ensalzándolos, mejorándolos, con esa
maravillosa capacidad de la imaginación.
–Amanda fue reina de la primavera en
quinto año –nos cuenta Mario a raíz de que
yo menciono mi enamoramiento de niño.
–Era la más linda de las dos. Sin
ofender a tu vieja –agrega Germán
dirigiéndose a mí.
Acepto que mi mamá no era tan linda,
después de todo sólo era mi mamá, no
importaba que fuera linda. Pero qué raro,
se me ocurre, y sin darme cuenta lo digo;
que siendo Amanda tan hermosa se casara
tan tarde. Pienso en mi viejo con ella ahí,

138
dispuesta, irresistible. Hubiera querido ser
yo, pero apenas llegaba a los doce años, a
esa edad tenía que conformarme con
mirarle las tetas. Amanda con ese vestido
rojo escotado que todos recordamos,
Amanda en bikini metiéndose con nosotros
al tanque australiano. Era una mujer
ardiente, ninguno puede creer que no lo
fuera, aunque sea por el deseo que nos
motivaba. Una mujer para ser gozada por
un hombre experimentado como mi padre
y deseada por todos. Mucha hembra para
permanecer célibe en medio del campo. No
fue raro, me dicen ellos sin embargo, yo no
debo recordar porque era muy chico, pero
la madre, mi abuela, era una arpía. Mala,
posesiva, la dejó para vestir santos, o mejor
dicho para vestirla a ella, para atenderla.
Fina. Mi abuela se llamaba Josefina, pero
todos en la familia la llamaban Fina. Ella
fue la responsable, la que la indujo a perder
el tiempo. Aquí en este pueblo donde, o te
casabas a los veinte, o no te casabas. A
menos que te agarraras un viudo o un

139
separado. Un viudo como Enrique,
bastante mayor y bastante tarde como para
tener hijos. Parece estúpido, pero era así,
tratan de convencerme. Y cómo salvarse
cuando todos creen que las cosas son así,
que es la ley de la vida. Me pregunto por
mí mismo, por mi matrimonio, también
creo que a veces las cosas pueden ser así.
Llevo aquí tres días, no he hecho ninguna
llamada, ni la voy a hacer. Después,
cuando todo ocurra, cuando vuelva, nada
habrá cambiado, o sí. Podría venir acá,
cada tanto, a seguir los trámites, si todo
sale bien. Viviría aquí y allá, dos vidas, tal
vez dos mujeres. Como ella, que se las
arregló para tener dos hombres.

Vuelve la electricidad. Germán logra


sintonizar el televisor, cenamos en familia,
es decir, viendo la tele. Me voy a acostar
temprano, antes que los demás. Tengo un
primer sueño profundo, algo así como una
muerte transitoria, después me despierto.

140
Por un momento me siento casi paralizado.
Me esfuerzo en volver mi cuerpo a la vida.
Lucho, me desespero, Amanda tirada en la
cama soy yo. Muevo mi brazo derecho.
Ahora estoy mirando el techo, dando
vueltas en el incómodo colchón de lana,
tengo miedo de volver a dormirme. La casa
está en silencio, no sé qué hora es, no
puedo prender la luz porque molestaría a
Daniel. Pienso en levantarme, ir al baño,
tomar algo. Podría pasar por el comedor,
buscar los papeles. No creo que estén allí,
pero es el único momento que tengo para
hacerlo sin que me vean. Decido
levantarme. Salgo a la galería en
calzoncillos. No tiene importancia, nadie
me va a ver. Voy al baño. Cuando vuelvo a
la galería pienso en la boca seca, en la sed.
Cambio de rumbo, voy a la cocina. Lo
hago despacio, a oscuras. Hay luna llena,
su resplandor alcanza. Abro la heladera,
retiro una botella de agua, bebo del pico.
Cierro la puerta para que no se escape el
frío. Escucho unos pasos tenues que se

141
acercan. Una figura aparece recortada en la
puerta de la cocina. Es Greta.
–No prenda la luz –le digo.
–¿Por qué?
–Estoy en calzoncillos.
Se ríe, y me hace caso. Va hacia la
heladera y la abre. La luz la ilumina. Está
vestida con un baby doll, nunca hubiera
imaginado que se vistiera así para dormir
aquí en el campo. Cuando la despertamos a
la siesta tenía puestos nada más que la
bombacha y el corpiño. Tampoco ella
prende la luz. Busca algo, no lo encuentra,
se da vuelta.
–La tiene usted –dice–. ¿Me convida? –
cierra la heladera y estira su mano hacia la
botella.
Se la entrego, toma del pico igual que
yo. Baja la botella, tengo la impresión de
que se ríe. Recuerdo su mano en mi brazo.
Estamos cerca. Siento que comienza una
erección. Me acerco un poco. Me pone la
mano libre en el pecho, no es un rechazo,
es una caricia. Avanzo. La beso. Sucede

142
todo muy rápido, muy urgente. La llevo
sobre la mesa, la apoyo, está a la altura
adecuada, la penetro.
Me siento raro, es un cuerpo
desconocido, que me devuelve caricias y
sensaciones que no cuadran con lo que
estoy acostumbrado. No tengo tiempo ni
intención de comparar con los veinte años
de sexo con mi mujer. Por instinto creo,
busco maximizar el placer, me doy cuenta
de que estoy solo en eso. Me sobreviene el
orgasmo.
Estamos sentados. Tengo cierta
confusión. Ni siquiera es muy linda. Ha
sido sólo la oportunidad, la circunstancia.
Siempre termino arrepintiéndome de todo.
No puede ser. La gente adulta hace esas
cosas. Es simple: tenía ganas.
Me pregunto si Greta también tenía
ganas, si lo hace siempre, si lo ha hecho
con alguno de mis primos, si está incluido
en los “servicios de la casa”. La miro en la
oscuridad sentada a mi lado. Está como si
nada, con las piernas sobre otra silla. Toma

143
agua de la botella. Tengo que hablar, este
puede ser el momento.
–¿Que va a hacer después de que se
muera?
–No sé. Qué quiere que haga –lo dice
como si mi pregunta fuera inoportuna,
como si interrumpiera su momento de
relax.
–Arregló algo con mis primos –insisto,
desconociendo cualquier sentimiento,
después de todo yo no tengo por qué darle
ninguna importancia a lo que acabamos de
hacer.
Apoya la botella de agua sobre la mesa.
–Me ofrecieron que me quede a
cuidarles la casa. Pero se imagina, ¿Qué
voy a hacer sola aquí? Además, lo que me
quieren pagar es una miseria.
–Yo la podría ayudar.
–Usted se va a ir cuando se muera su
tía. ¿Cómo me va a ayudar?
Decido sincerarme. Algo me dice que el
juego se acabó, que ella sabe todo.

144
–Le puedo ofrecer algo mejor. Si
encuentro los papeles que me dejó mi tía.
–¿Eso es lo que estaba buscando en el
ropero? –se inclina levemente hacia mí,
como si buscara leer algo en mi cara. No
debería sorprenderle, al fin de cuentas ella
sabe de qué le estoy hablando.
–Sí. Eso. Pero no les comente nada a
mis primos ¿Usted tiene idea de dónde
pueden estar?
–Su tía me dio una carpeta para que le
guardara. Pero no me dijo nada de qué eran
–no fue una respuesta rápida como hubiera
deseado, no debe estar decidida a
mostrarme el juego, pero me entusiasmo,
siento que estoy pisando suelo firme. Sin
embargo inmediatamente me asalta la
duda; es lo mismo que le dije yo a Mario.
Tengo que andar con cuidado.
–Yo los necesito. Dónde están.
–Me los llevé, están en mi casa.
–¿Cuándo podemos buscarlos?
–Y… ahora no. ¿Cómo vamos a ir?
Es cierto. No tengo coche.

145
–¿Se los puede hacer traer con alguien?
–Le puedo decir a mi hijo que los
traiga, le digo que se tome un remís. Si
usted se lo paga.
–Llamelo mañana temprano, que se los
traiga, yo le pago el remís. Que se los dé a
usted, que no los vean mis primos.
–Me van a ver. ¿Cómo quiere que haga?
–-Dígale que arme una bolsa con ropa y
lo ponga adentro.
–-Y todo eso para qué.
Algo no sabe o se está haciendo la
estúpida, pongamos las cosas en claro.
–Mi tía me hizo una donación en vida.
Eso creo, según me dijeron. Si es así, tiene
que estar en esos papeles. Con esa
donación yo sería el dueño de todo esto. –
Omito mencionar a mi hermana, para
simplificar la explicación-. Si no aparecen
los papeles, todo se divide entre los primos
y como son mayoría seguramente me van a
dejar sin nada –exagero–. Si usted me
consigue los papeles podemos llegar a un
arreglo.

146
Hago una pausa. Ella sigue callada.
Mantengo el silencio, ya dije demasiado.
–¿Qué me va a proponer?
–No sé, dígame. La que tiene los
papeles es usted.
–Puede que no sean los que usted busca.
–Tienen que ser. ¿Si no por qué se los
iba a dar a que se los guardara?
–Usted no conoce a su tía. Ella tenía
muchas cosas raras. Una vez me hizo subir
al entretecho para buscar unas cartas que
había escondido.
–¿Cartas de qué?
–No sé, no me las dejó leer. Las
encontré escondidas ahí.
–¿Y qué hizo con las cartas?
–Me las hizo guardar en una caja y las
llevamos al cementerio.
–¿Cómo?
–Las llevó al panteón de la familia.
–¿Al panteón?
–Si. ¿No sabe? La tenemos que dejar
allí cuando se muera. Sus primos ya saben.

147
Nunca supe que tuvieran un panteón.
Nunca me imaginé el después. A mis
viejos los cremamos, una decisión práctica,
higiénica. Fue una idea de Eliana, que yo
no tuve ninguna voluntad de cambiar. No
se me ocurre la funcionalidad, el sentido de
un panteón, un lugar para después de la
muerte.
–Y qué hizo con las cartas, no entiendo.
–Las pusimos en el nicho del señor
Enrique, detrás del cajón. Era una caja,
tenía unas fotos y otras cosas.
Greta no sabe, pero yo sí. Esas cartas
eran de mi viejo. Amanda quiso llevarse
con ella los pedazos de vida que sí le
importaron. Quién sabe cuántas cosas
tendrá esa caja, ese pequeño arcón. Podría
haberlos quemado, incinerado. Pero no.
Decidió llevarlos al lugar donde dejarían
sus restos. Siento la tentación de leerlas, de
enterarme de la historia de mi viejo y
Amanda, ojalá las hubiera dejado aquí.
–No creo que haya puesto los papeles
que le dije allí. Tienen que estar en la

148
carpeta que le dio a usted. ¿No le dijo que
me la tenía que entregar a mí?
–Me dijo que la guardara, que después
me iba a decir. Pero nunca llegó el
momento. Puede que se haya olvidado, los
últimos tiempos solía olvidarse de todo.
No creo que se haya olvidado, lo fue
dejando para el final. El asunto es que
nunca supo cuál era su final. Ni siquiera
cuando habló conmigo, esa era su última
carta para tener mi atención, para
conseguir una dosis más de calmante.
Después ya no pudo. Es triste. Tengo a
Greta a mi lado, esperando que diga algo.
–Puede ser –atino a decir, con un cierto
destiempo, que denuncia mi rumiar
interior–. Haga venir a su hijo, que haga
como le dije. Mis primos no se tienen que
enterar. –Apuro la decisión, para terminar
de hablar.
Greta se pone dura, siento, como si le
costara tomarme en serio. Tiene un tiempo
distinto, piensa mucho más cada paso,
desconfía. Yo estoy acostumbrado a

149
resolver, a no dar vueltas, soy un tipo de
ciudad. Ella está jugándose más que yo,
debo reconocer, su vida, su familia. Lo mío
es capricho, venganza, codicia, estoy
afuera de esto. Tiene razón en desconfiar.
–No me dijo cuál es el arreglo. –No es
tonta, sabe que debe negociar ahora, que
entregados los papeles ya no tiene nada
que canjear. Es mejor así, me hace sentir
menos hijo de puta, estamos mano a mano.
–Cincuenta mil pesos –digo–. Y se
queda a cuidar esto con el mismo sueldo
que le paga mi tía.
–Mi hijo tiene que terminar la casa. Con
eso no me va a alcanzar. Además yo no
tengo dónde ir si un día usted se arrepiente,
tendría que hacerme algo en el fondo.
–¿Por qué no lo trae a vivir con usted a
la estancia? -Siento que estoy dispuesto a
cualquier cosa, a cualquier costo, cebado
por el deseo de ganarle a mis primos.
–Y de qué va a trabajar.
–¿Qué hace su hijo?
–Es albañil.

150
–¿Qué explotación hacían cuando vivía
Enrique?
–Tenía animales. Hacía sembrar maíz.
Soja. Criaban pollos.
–¿Y después que se murió qué hicieron?
–Se la alquilaban para la soja unos
amigos de Mario.
–¿Podíamos volver a criar pollos?
–Los galpones están destruidos.
–No importa, se arreglan. Su hijo se
ocupa, y repartimos mitad y mitad. Eso le
va a convenir más –me doy cuenta de que,
por apurado, no explico todo, salteé un
paso, primero se arreglan los galpones,
después se crían los pollos, hasta que
lleguen a término no hay nada que repartir.
De qué va a vivir el hijo de Greta. Estoy
por explicar el punto, pero ella es la que
habla.
–¿Y qué hacemos con la casa de mi
hijo? Si la dejamos vacía, me la van a
ocupar –lo dice con vehemencia, agitando
las manos, sacudiéndose, molesta porque
no entiendo lo complejo de su realidad.

151
Molesta por que dispongo de ella, de su
familia, de su vida, como si fueran parte de
la hacienda.
–Alquílela, van a ser unos pesos más –
insisto, para demostrarle su cortedad de
imaginación, su limitación intelectual.
–Pero así como está es imposible. Así
como está no se puede vivir.
–¿Cuánto necesita para terminarla?
–No sé. –Hace una pausa para calcular-.
¿Cien mil? -no me está preguntando como
arquitecto, no es una consulta profesional,
quiere saber hasta cuánto estoy dispuesto.
–Usted sabrá.
–Le tengo que consultar a mi hijo.
–Si tengo los papeles le puedo ofrecer
cien mil pesos, los dejo vivir aquí. Y
ponemos una explotación avícola, su hijo
la atiende y vamos mitad y mitad.
El proyecto no me parece descabellado.
Sumar y no restar. Yo me quedo con la
renta de la soja y el maíz, me cuidan la
casa, con lo que saque de los pollos, que no
tengo la menor idea cuánto puede ser, le

152
pago a Greta. Los galpones ya están
hechos, sólo tengo que acondicionarlos, un
poco de membrana, limpieza. No debe ser
mucha plata. Ninguno de mis primos me va
a poder superar con la oferta. A Greta le
conviene darme los papeles. Me doy
cuenta de que acabo de justificar todo lo
que dije, darle forma de plan, a algo que en
definitiva me surgió espontáneamente.
Ojalá todo resulte bien.
–Tengo que hablar con mi hijo. A ver si
quiere, él va a pedir que le dé alguna
garantía. –Inteligente, pienso–. Mi hijo
quiere garantías. –Ella también pero no lo
dice. Es lógico.
–Está bien –le digo–. Cuando venga
hablamos.
Me levanto y me voy, me quedan
muchas preguntas, ganas de saber cómo
son los papeles, si tiene folios notariales.
Alguna pista de su autenticidad. Pero
prefiero la prudencia de irme, de no
agregar dudas a una propuesta interesante.
También pienso en dormir, y en Amanda,

153
que está sola. Aunque ahora ya no tenga
conciencia. Paso delante de la puerta del
comedor. Estoy tentado de entrar a buscar,
pero no le encuentro sentido, Greta es la
clave. Mario ya debe haber dado vuelta
todo, sería tonto que no lo hubiese hecho.
No tengo que dudar. La carpeta que tiene
Greta es la donación.

Apenas dormí unas horas. Me levanto


con los retazos de un sueño, tienen que ver
con las cartas de Amanda. No recuerdo los
detalles, pero sé que soñé con las cartas.
¿Qué le escribiría mi viejo? Un tipo tan
severo como él, que nos tenía cortitos, a mi
vieja, a nosotros. Un tipo así, escribiendo
cartas de amor. Un tipo como él con un
romance. Ni puedo creerlo. El calor es
intenso, son las ocho de la mañana. Voy a
la cocina. Germán y Daniel están
desayunando sobre la mesa donde me la
cogí a Greta. Me pregunto si habrán
repasado la madera antes de apoyar los

154
platos con el pan y la manteca. Pregunta
inútil porque ya sé que no lo hicieron. Los
varones no hacemos esas cosas.

Me entero de que en lo que respecta a


mi tía todo sigue igual. Mis primos hablan
del calor, como si eso los aliviara,
vaticinan lo que vamos a tener que soportar
el resto del día; coincido con ellos,
imposible no hacerlo. Se me ocurre
proponer que vayamos al arroyo a darnos
un chapuzón. Nadie trajo ropa adecuada
para el campo, ni mucho menos una malla,
pero la idea prende. Nos vamos apenas
terminamos de desayunar. Le avisamos a
Greta. Mario sigue metido en la pieza, no
nos preocupamos en invitarlo. Tengo un
momento de duda, sobre la conveniencia
de dejarlo solo con ella. Quizá intente
negociar algún acuerdo mejor. Pero
concluyo que no puedo estar todo el
tiempo vigilando. Si Greta se me da vuelta,

155
se me da vuelta. El arroyo me tienta más
que cualquier cosa.

Es poco profundo, pero en un recodo


tiene un poco más de un metro de hondo
Nos metemos desnudos.
–Hay palometas –dice Germán. Me
llevo la mano a las bolas, antes de darme
cuenta de que está jodiendo. Vacilo un
momento, después me zambullo en el agua
amarronada. Tenemos los pies apoyados
sobre el barro, es una sensación
desagradable, pero pasado un rato lo siento
como una caricia.
Permanecemos en cuclillas, con el
agua hasta los hombros, debajo de la
sombra de un sauce. Vuelvo a pensar en las
cartas de Amanda. ¿Se habrán amado
tanto, como para escribirse en secreto?
¿Desde cuándo tenían una historia? Mi
viejo las había conocido juntas, a mi mamá
y a su hermana, eso es lo que sé, eso es lo
que siempre contaron. Un baile de pueblo,

156
un muchacho joven en viaje de negocios
(mi padre era viajante para una fábrica de
camisas). Lo habrían invitado al club
porque faltaban muchachos y porque era
pintón. Eso lo contaba mi madre, debió ser
así. Habrá bailado con una, tal vez con las
dos. ¿Por qué se quedó con mi vieja, que
era la menos bonita? ¿Un acto de calentura,
una cuestión circunstancial? Tal vez ella se
interesó más y la hermana le dejó el campo
libre. Esas cosas pasan, me pasó a mí con
mi mujer; me gustaba más la amiga, pero
las cosas se dieron para que terminara con
Claudia. Todavía hoy pienso cuánto mejor
hubiera estado con Graciela. Habría, un
condicional que no tendría que existir. Ni
hubiera, ni hubiese, la vida está construida
con hechos concretos y no supuestos.
Deseos inconclusos, materias pendientes.
¿Sería Amanda una materia pendiente de
mi viejo? Las vacaciones en el campo,
cada año, podrían haber sido solo un
pretexto para verse, para dar rienda suelta
al deseo, para burlar el error sin pagar el

157
precio. Es obvio que las discusiones con el
tío Enrique tenían otro motivo. Un motivo
que no parece haber trascendido al resto de
la familia, un motivo que muy bien
supieron guardar los tres, porque si no, no
se explica la ignorancia de mis primos.
Aunque puede ser que Mario lo sepa, pero
en todo caso, no se lo ha dicho a los otros.
Ellos están convencidos de que lo que
terminó con la relación entre mis padres y
los tíos fue el asunto de Rodolfo, a mi
hermana y a mí nos metieron en la cabeza
que hubo una estafa. Y a lo mejor, lo de
Rodolfo fue por la corneada que se
descubrió y la estafa una represalia por lo
de Rodolfo. Cualquier cosa parece posible.
Me doy cuenta de que Amanda era más
que la dueña de casa: era la reina del
campo, la que disponía, daba, negaba,
mostraba, la que cogía con los dos machos
de la casa, la que todos deseábamos. La
Amanda cadáver, o casi cadáver, que
dejamos en la estancia, es nada más que un
recordatorio de la mujer que me importa.

158
Que me fascina, junto a ese tiempo perdido
al que de algún modo puedo volver la
imaginación.
Siento que algo me roza, un leve
cosquilleo debajo del agua amarronada, me
sobresalto. Una pequeña estela se aleja
sobre la superficie, después desaparece.
Alcanzo a distinguir un cuerpo sinuoso: es
una anguila, tan sorprendida como yo.
Solíamos pescar anguilas, me alegra que
aún queden algunas, que el arroyo siga
estando aquí, como antes.
Pienso que es totalmente lógico que
Amanda haya conservado el panteón
familiar. Un lugar para convocar a la
memoria, para extender por un tiempo -tal
vez apenas unos años, hasta que nadie
pague más por ese lugar en el cementerio y
venga la piqueta a demolerlo- las vidas de
todos los que fueron. Dejar algo, una
huella en la arena, una piedra fuera de
lugar, tal vez un nombre grabado en un
árbol, o unas cartas guardadas. El culto de
los muertos es el culto de los vivos. De las

159
vidas pasadas, de las vidas que continúan.
Pienso en las dos pequeñas urnas con
cenizas que guardo en algún lugar de mi
casa. No hay nada que recuerde a mis
viejos. Ni siquiera, ahora que pienso, sé
dónde están. Sin embargo Amanda se lleva
a mi padre a la tumba con ella y con
Enrique, para seguir el triángulo perfecto.
Allí, en el panteón, juntos para siempre.
Me pregunto si realmente vale la pena
tener una tumba, un mausoleo; si eso
anula, aunque sea parcialmente, los efectos
de la muerte. Si es el recuerdo la negación
del fin o es solo un retraso, un delay, entre
la vida y la nada. ¿Qué otra cosa puede
haber entre la nada y la otra nada que es
nuestra vida?
Me concentro en la conversación de
Daniel y Germán, que se están burlando de
algunos personajes del pueblo. No me
causa gracia, no son gente que yo haya
conocido.
La conversación termina por recaer en
temas familiares, que para mí tampoco

160
resultan interesantes, hasta que una
anécdota la menciona a Amanda. Es la
oportunidad de intercalar una pregunta.
–¿Amanda tuvo algún otro novio, aparte
del tío Enrique? –pregunto sin énfasis,
fingiendo desinterés.
–¿Amanda? –Se miran entre ellos,
después Germán dice–: Me parece, creo
que tuvo uno, cuando era joven, una
historia complicada. Algo de lo que nadie
quería hablar. -Germán entrecierra los ojos
como si necesitara fijar una imagen-. Una
vez se le escapó a mi viejo un comentario y
la abuela lo hizo callar. Debe haber sido un
asunto gordo, pero yo era chico, te
imaginás que no podía preguntar.
–¿Alguien conocido? –arriesgo.
–No. Creo que no era de aquí, o que era,
pero se fue.
–¿Sabés por lo menos el nombre?
Germán se queda pensando. Nunca
debe haber puesto mucho interés en
asuntos familiares, si no, hubiera
encontrado la forma de preguntar. Ahora,

161
responde a mis preguntas por el solo hecho
de que lo hago sentir importante, que
encuentro alguna virtud en su mayor
proximidad a la familia de mi madre. Pero
todo tiene un límite y ese puede ser la
intrascendencia que parece haberlo
acompañado toda su vida. Una forma de
estupidez casi congénita de mis primos.
–¿No se llamaba Ramírez? –la pregunta
está dirigida a Daniel.
–No sé. Yo no tenía ni idea de esa
historia –lo dice con cierta molestia, propia
de los más chicos, de los malcriados, los
que no saben la respuesta.
–La verdad no me acuerdo –dice
dirigiéndose a mí.
–Y qué pasó.
–Se murió o se fue, la verdad que no sé.
Se murió o se fue, es lo mismo. Ya
nada les importa ni en esta conversación ni
en esta historia. Ni Amanda, ni otra cosa
que nuestra mezquindad. Tal vez ni
siquiera eso. Solo borrar todo lo que

162
interfiera con un reparto de bienes, de
rencores que anteceden al olvido.

Nos quedamos hasta pasado el


mediodía. Volvemos con el sol quemando
la piel.
Sin una gota del fresco que habíamos
conseguido en el arroyo. Comemos poco,
frío y mal, debajo de las ceibas. Greta
apenas hace algo para servirnos, tenemos
que autoabastecernos. Ya no es la mujer de
la casa, ya no somos los amos, ni siquiera
los parientes de su ama, es una más. Está
en otra posición: la cogida, la promesa de
un futuro la ha despojado de todo
servilismo, de todo respeto. Me pregunto
cuánto tiempo falta para que empiece a
tutearme. Mis primos no parecen reparar
en nada. Apenas hacen algo más que sufrir
el calor, despatarrados en las reposeras.
Estoy seguro de que a ellos también les
arrancó promesas. Se les entregó. Cuando
nos metimos en su pieza, ella no se cubrió,

163
tuve que ser yo el que les dijera de salir. A
lo mejor no fueron todos, a lo mejor no le
hicieron buenas promesas. Si al menos
aflojara el calor para poder dormir la siesta.

Un punto luminoso se desplaza por el


camino. Polvo subiendo al cielo, cayendo
lento sobre el campo sembrado. El auto se
desvía, se detiene en la tranquera, alguien
se baja, la abre, el auto ingresa en el
camino de las casuarinas.
–¿Quién es? –interroga Mario sin
dirigirse a nadie en especial.
–Mi hijo –dice Greta–, me viene a traer
ropa.
Ha seguido mis instrucciones, eso es
positivo.
El auto se detiene. Baja el hombre que
venía de acompañante, el otro se queda
adentro.
–Gastón. Mi hijo –dice Greta
presentándolo al grupo.

164
Uno a uno estrechamos la mano del
muchacho. Es un tipo flaco, morocho,
serio. Le pido que haga bajar al remisero,
le ofrezco tomar algo fresco. El muchacho
mira al auto, a su madre, al grupo.
–Déles algo fresco –insisto,
dirigiéndome a Greta, mostrando mi
autoridad en algo a lo que no puede
negarse.
Hay una cierta extrañeza en mis primos.
Seguro empiezan a sentir que algo se les va
de las manos. Los dos muchachos pasan a
la cocina para que Greta les dé algo fresco,
mientras se hace cargo de la bolsa de nylon
que abulta, llena de cosas. Yo espero un
ratito antes de ir hacia allí. Llevo la
intención de cambiar algunas palabras con
Gastón, para darle las seguridades del caso.
Cuando entro en la cocina se hace el
silencio. Voy al grano, antes de que
alguien más se sume a la conversación.
–¿Le dijo Greta lo que proyectamos?

165
–Tengo que hablar con mi mujer, no sé
si va a querer traer los chicos al campo.
Tienen que ir a la escuela.
–Puede ir y venir, ¿usted tiene un auto,
no?
–Y quién paga la nafta.
–Se la pago yo, si hace falta –además
me pide la nafta. Me fastidia.
–Déjeme que lo piense.
–No hay apuro. Pensalo –le digo,
tuteándolo como se trata a un peón.
Mario ingresa en la cocina. Debe haber
escuchado el final de la conversación. No
dice nada, se dirige a la heladera, saca una
cerveza, me mira. Cierra y se va.

Gastón sube al remís. Me doy cuenta de


que casi no me queda efectivo después de
darle el dinero para pagarlo. El auto se
aleja. No va a decidir sin la venia de su
mujer. Está claro, cualquiera haría lo
mismo. Mi propuesta, por ser buena, lo
debe haber puesto en duda. Suele pasar así.

166
Demasiado generoso, conjuga con
peligroso. Por eso suelen fracasar los
santos, por eso siempre gana el diablo, que
es egoísta, tramposo, previsible.
No es importante lo que piense Gastón.
Yo no soy un santo. Lo que vale está en
esa bolsa de nylon. Junto a una ropa que
Greta no necesita, hay una carpeta. Lo sé
porque la veo transparentarse. Allí debe
estar la cesión. Es todo lo que necesito.
Greta va hacia su pieza con la bolsa. Estoy
tentado de seguirla. Pero siento las miradas
de mis primos. No me veo enfrentándolos,
peleando por la carpeta. Me hago el tonto y
voy hacia ellos, como si los movimientos
de Greta no me interesaran. Mentalmente
pienso en una explicación, algo racional
que justifique lo que pueda haber pescado
Mario de mi conversación.
–¿A qué vino el hijo de Greta? –
pregunta.
–A traerle una ropa, dijo. –Soy escueto,
cualquier información que deslice jugará
en mi contra.

167
–¿Qué le estabas proponiendo en la
cocina? –continúa, mientras Daniel y
Germán me miran, solidarios con el
interrogatorio.
–Estaba pensando que esto no puede
quedar solo, que nos convendría tener un
casero y que nos vendría bien contratarlo.
Greta no se va a quedar sola en el campo.
–¿Y a vos quién te dio autoridad para
plantear esas cosas?
–Estaba sondeando la posibilidad.
Después les iba a consultar.
–¿No te parece que tiene que ser al
revés? ¿Que nos tenés que consultar
primero?
–Puede ser. Tenés razón. Ahora que lo
saben, ¿qué opinan?
–Que es una pelotudez meter gente,
pagarles. Después no te la sacas más de
encima. Ya bastante tenemos con Greta.
Que algo vamos a tener que darle para que
se vaya contenta.
–¿En que habían pensado?

168
–En darle unos mangos y que se lleve la
ropa de Amanda.
–¿Con eso se va a ir contenta?
–¿Qué más querés que le demos? –
Germán asume la respuesta–. Ya bastante
se llevó todos estos años.
–¿Qué se llevó?
–No queda ninguna joya de las que
tenía Amanda. No sabemos dónde está la
plata que cobró por la venta de los lotes.
Ella le manejaba todo. Amanda hacía lo
que ella le decía.
Otra versión de la misma cosa. Greta es
una ladrona, o al menos una
aprovechadora. De a poco se ha ido
apoderando de lo que pudo, quizás con el
consentimiento de Amanda, sumida en la
incapacidad y el abandono. Ahora se
estaba por acabar, y yo, el pelotudo de la
familia, le abro las puertas para que siga
medrando de lo que nos queda. Aunque
hijos de puta, no dejan de tener razones.
Pienso en el baby doll, en la cogida, en el
sobre. ¿Estaré cayendo en las manos de esa

169
mujer? Una mujer dura, aguerrida en las
artes de la supervivencia. Capaz de
manipular a un tipo ingenuo. De dónde
habían sacado la idea de la donación en
vida mis primos. No hay otra fuente de
información que no fuera la propia Greta.
Ella les ha contado lo de la donación. Les
ha dicho que se lo escuchó a Amanda. Que
fue antes, cuando estaba relativamente
bien. Era su carta para desautorizarlos, para
restarles poder, para que no avanzaran
sobre Amanda indefensa, y sobre ella, que
se aprovechaba de la generosidad forzada
de su ama.
Greta debe haber pensado que, mientras
yo no supiera lo de los papeles, o no los
encontrara, o no aparecieran
milagrosamente en algún lugar
insospechado (como podía ser la propia
casa de su hijo), ellos podían jugar a ser
dueños, pero no la podían tocar. Pero si
esos papeles aparecían, como seguramente
acaban de hacerlo, ya no eran nadie, y yo,
un sobrino distante, manejable, podía

170
reestablecer el vínculo de sustento que la
muerte estaba por cortar.
Por eso hacían falta las garantías para
su hijo. Para ella. La garantía de que todo
seguiría igual.
Me solidarizo con mis primos. Aseguro
que estaré en guardia ante cualquier avance
de Greta. Que lo conversado con Gastón
quedará en eso, en una conversación. No sé
si los convenzo, pero al menos zafo de
nuevos interrogatorios. Por dentro me
propongo obtener ya esos papeles. Ni un
día más, ni una noche más. También sé que
voy a incumplir mi promesa en cuanto los
tenga. Estiro los pies y me recuesto,
intento relajarme, puede que dormir,
entrecierro los ojos, apenas dejo una ranura
por donde miro el horizonte. Mis primos
han sido eliminados de mi vista.
Pasa el tiempo, no logro distenderme, la
vista vaga por la llanura verde, pacífica,
que termina en el cielo azul. Hay una que
otra nube, son nubes altas que encierran un
potencial de lluvias. Para hoy, tal vez a la

171
noche, o será mañana. Todavía son pocas,
habrá que esperar la caída del sol; tarde
gris, mañana roja, seguro uno se moja.
Tarde roja, mañana gris, signo seguro de
un día feliz. Como Amanda decía y no se
equivocaba nunca, aunque no puedo, ni por
asomo, pensar en que si hay buen clima
mañana pueda sentirme feliz.
Greta atraviesa casi corriendo el
pequeño umbral que mis párpados han
formado. Hay una sola cosa que puede
alterar el ritmo cansino del campo, una sola
noticia que puede conmovernos a todos.
–Está muerta –dice parada en medio del
semicírculo que formamos nosotros,
despatarrados en las reposeras. Greta tiene
el gesto de la aflicción, la voz aguda, ya
derrama alguna lágrima. No sé si creerle.
Todos nos paramos, Daniel pregunta:
“¿Está segura?”. Greta dice que sí, que se
dio cuenta cuando fue a ponerle el
calmante, porque el suero no corría más.
“Vamos a ver”, dice Mario y nos arrastra

172
en una pequeña procesión hacia la
habitación de Amanda.

Estamos rodeando el cadáver. Es difícil


darse cuenta de si está muerta. Tal vez
hace rato que lo está. Por las dudas Daniel
le toma el pulso y Germán acerca un espejo
a su boca abierta. Decidimos que sí, que ya
terminó. No siento nada, ni alivio, ni
tristeza. Nada. Mario asume el mando. Le
ordena a Greta que llame al médico para
avisarle y que nos haga el certificado de
defunción. Greta actúa torpe, se equivoca
dos veces en seleccionar el número
grabado en su celular. No puedo saber si es
que está angustiada por la muerte de
Amanda, o por lo que viene ahora. Para
ella es todo o nada.
El médico dice, a través de lo que Greta
repite, que lo va a tener preparado, que lo
pasemos a buscar. Rápidamente se
organiza una avanzada que componemos
los cuatro primos para ir al pueblo a

173
contratar la funeraria y conseguir las llaves
del panteón en poder de los hijos de
Enrique. Greta me toma del brazo en un
descuido, me mira, hay un ruego en sus
ojos.
–Usted no se va, ¿no?
-–Tengo que ir –digo, con las miradas
de mis primos clavadas en la espalda. No
puedo esgrimir una razón para quedarme
solo en la chacra. Le guiño el ojo, y digo
despacio:
–Después hablamos.
Ella asiente.
Soy el último en subir, me ubico en el
asiento de atrás. Mario conduce. Pasa un
rato antes de que se diga una palabra;
después, como si fuera imprescindible, la
conversación nos desborda. No
mencionamos a la muerta, hablamos de los
trámites. Hablan diría, porque yo me he
quedado callado. Charlan de cualquier
cosa, como para matar el tiempo, o para
olvidar que el tiempo nos está matando.
Hablan de los dueños de los campos

174
vecinos, del rinde de la cosecha que han
tenido, de unos y otros, de la ruta, más al
norte la están ensanchando, ya llegaron
hasta el kilómetro 141, del sol rojo que
anuncia lluvias, y yo me sumerjo en los
mejores recuerdos de la infancia, cuando el
campo eran las vacas, el arroyo, andar a
caballo o cazar un lagarto.

Bajamos en la funeraria. Germán


golpea varias veces. Un hombre calvo de
unos setenta años abre la puerta de vidrio.
Tiene los ojos entrecerrados y se mueve
parsimoniosamente, como si le hubiésemos
interrumpido la siesta. Nos hace pasar. Hay
dos sillas delante del escritorio, Daniel y
yo nos quedamos parados.
El hombre saca unos formularios y
comienza a explicarnos que necesita el
documento de Amanda, el certificado de
defunción. No tenemos ninguna de las dos
cosas. Mario explica que estamos yendo a
buscarlos, promete traérselos y le pide

175
discutir el costo del sepelio. Un entierro
simple, sin velorio, sin flores. Escucho con
poco interés esa negociación, esa suma de
detalles que incluyen el traslado del cuerpo
al pueblo, el depósito, la inhumación al día
siguiente a las diez. Solo intervengo para
aceptar mi parte de los costos, que prometo
pagar cuando regrese a Buenos Aires.
Cuando estamos saliendo el hombre de
la funeraria nos dice:
–No se olviden de traerme la llave del
panteón.
–No se preocupe –dice Mario y nos
vamos.

–Hay que pedirle la llave a la hija de


Enrique –me aclara Germán cuando ya el
auto arrancó. Germán gira la cabeza y
dirigiéndose a los que estamos sentados en
el asiento de atrás, da una somera
explicación, innecesaria, sobre por qué
Amanda no tiene en su poder la llave del
panteón. Es de los Lizarreta, Enrique les

176
dejó claro a los hijos que quería que ella
yaciese con él, pero a ellos no les gustó,
porque en el mismo panteón está su madre,
así que le negaron la llave. Cada vez que
ella quería ir al cementerio para ponerle
flores a Enrique, debía mandarla a Greta a
que se las pidiera prestadas–. La hija mayor
de Enrique es una arpía –puntualiza al
final, por si no nos hubiéramos dado
cuenta.
Pienso inmediatamente en las cartas. En
qué momento Amanda decidió ponerlas a
escondidas junto al féretro de Enrique.
Poner las pruebas de que lo había hecho
cornudo pudo haber sido una especie de
venganza hacia los hijos de Enrique.
Amanda no era ninguna santa.

El médico no está o no nos atiende,


pero una muchacha, que por su aspecto es
la sirvienta, nos entrega el certificado.
Damos varias vueltas en unas pocas
cuadras, tratando de que Germán ubique la

177
nueva casa de la hija de Enrique. “Está
enfrente de lo de Sosa, me dijeron que la
hicieron a nuevo”. Finalmente paramos
delante de una casa antigua, a la que se le
han hecho algunas modificaciones para
reciclarla. Lo único que la diferencia de las
linderas es un sobretecho de tejas, la
pintura recién aplicada y las rejas del
jardincito, que se nota que son agregadas
porque no tienen nada que ver con el estilo
anterior. Han hecho una chapucería de mal
gusto, bien de pueblo.
–La señora Ana Lizarreta –ha dicho
Germán inclinando un poco la cabeza
delante de la puerta.
–Sí, soy yo –responde una mujer mayor,
que lo atiende por la ventana lateral.
–Soy Germán Posse, sobrino de
Amanda, la viuda de Enrique. Amanda
falleció, necesitamos las llaves del panteón
para el sepelio.
–Cuándo murió –pregunta la mujer
como un acto reflejo, pienso, porque no
tiene sentido el cuándo, ni el de qué. Murió

178
y basta. Ya no tendrá que volver a prestar
la llave. Tal vez sea eso lo que le preocupe,
que se acabó lo de prestar la llave.
–Hoy a la tarde –dice Germán-. Mañana
a las diez la llevamos.
–De ninguna manera. Esa no va a estar
en el panteón de mi familia.
Germán se da vuelta y nos mira. Mario
y yo nos bajamos. Ninguno sabe qué hacer,
pero vamos hacia la reja que nos separa de
la mujer.
–Escúcheme –dice Mario a la mujer que
ya empieza a cerrar la ventana.
La ventana vuelve al punto inicial.
–Su papá dispuso que la dejáramos allí
–sigue Mario, en un tono duro, que no me
parece para nada adecuado.
–Ah, sí. ¿Y dónde está escrito eso? La
que paga el panteón soy yo –sacude la
mano golpeando con los nudillos el tablero
de una mesa invisible–, así que yo decido.
Y a esa no la ponen con mi papá. Ni ahora,
ni nunca.

179
Nos quedamos sin argumentos. La
ventana se cierra con un golpe. Nos
miramos. Mario no sabe qué hacer,
Germán encoge los hombros, Daniel sigue
en el auto. Vamos hacia él. Nos subimos.
–Escuchaste –dice Germán a Daniel.
–¿Y ahora qué hacemos? –dice Daniel
con un gesto marcadamente molesto.
–Volvamos a la funeraria a ver si se
puede conseguir un nicho –dice Mario, que
ya ha recuperado la iniciativa.
–¿Pero por qué? El tío Enrique dejó
claro que la tenían que poner con él –llega
la intervención tardía de Germán.
–¿Qué querés que hagamos con esta
loca? Vamos a pedir un nicho y
terminamos de una vez, te lo está diciendo
Mario, boludo –dice Daniel.
Mario arranca el auto.
–Yo sé que Enrique dejó algo escrito, la
tía me lo mostró –insiste Germán.
–¿Lo tenés? –lo corta Mario.
–¿Que si tengo qué?

180
–El papel ese que decís. Porque si no lo
tenés, no existe –lo dice mirándome, como
queriendo sacarme la verdad, como si
hablara de la donación.
–Lo tiene que tener Amanda. Greta
debe saber dónde está. Llamala.
–Dejáte de pelotudeces. Yo revisé todo.
No hay nada –asegura Mario.
Saltó la liebre, revisó todo, estuvo
buscando la donación. Ya lo sabía. Por eso
pensó que la tenía yo. Piedra libre; te gané.
La tiene Greta, estoy tentado de decirle,
pero me callo. Sin embargo, se me ocurre,
¿no estará también con la donación algún
papel con la voluntad del tío Enrique para
que Amanda sea enterrada junto a él?
Puede ser, pero no es el caso que lo diga.
Me siento mal de pensar que por no
ventilar mi acuerdo con Greta, al final, la
tía termine enterrada en cualquier lado.
–¿Por qué no insistimos? ¿No habrá
algún otro familiar que tenga la llave, o
que se la pida? –digo.
Mario cancela toda esperanza:

181
–Los otros hermanos ya no viven en el
pueblo, la única que quedó es esta vieja
amarga.

Estamos llegando a la funeraria, de las


tres cosas comprometidas le traemos una.
–No se preocupe por el documento –le
dice Mario al de la funeraria–, la voy a
llamar a la señora que la cuidaba para que
se venga con la ambulancia y se lo traiga.
El hombre acepta y también se ofrece a
gestionar una tumba para la difunta.
¿Nichos? Imposible, no bien los
construyen ya los venden. Es el boom
inmobiliario del pueblo, pienso. Solo una
tumba en tierra, es por dos años, después
hay que volver a pagar o reducir el cuerpo.
¿Si nadie lo hace? Lo ponen en el osario
común. Un preámbulo para que los
gusanos se encarguen de la carne, y todos
nos demos por cumplidos. El único
inconveniente es que la inhumación no
podrá llevarse a cabo durante la mañana,

182
tendrá que ser por la tarde. Todos nos
resignamos, horas más horas menos, ya
hemos perdido varios días.
Salimos, Mario la llama a Greta para
trasmitirle las indicaciones. Mientras habla
lo interrumpo.
–¿No vamos a volver a la chacra?
–Nos quedamos acá –indica el piso con
la mano.
–¿Dónde nos quedamos?
–En el hotel –dice y sigue hablando.
–Esperá, no cortes –le digo–, dame con
Greta.
Mario duda, después me extiende el
celular.
–Greta. ¿Le puedo pedir un favor?
–Sí –dice una voz distinta, que suena
cascada, como si el teléfono le agregara
años.
–¿Me puede traer mi bolso? Tráigame
todo, no se olvide de nada. Porque me
tomo el micro esta noche.
Traiga todo, ahora, le digo
nuevamente. Espero sea claro para ella. Se

183
tiene que dar cuenta de que me refiero a los
papeles. No estoy seguro de irme esta
noche, depende de la hora en que llegue
Greta con la ambulancia, pero de ser
posible lo voy a hacer. No puedo volver
con mis primos a la estancia, no puedo
enfrentarlos en la soledad del campo, con o
sin los papeles. En cuanto me los dé, reviso
si está la voluntad del tío de que Amanda
sea enterrada en el nicho, se la doy al de la
funeraria para que se haga cargo y me voy
a la mierda. Después que hablen los
abogados. A Greta se la tengo que cortar
ahora. Es sí o no. Final del juego. Ya no
tengo nada que hacer aquí. Recién me doy
cuenta de lo molesto que estoy, llevado de
acá para allá por mis primos, sometido a
todo tipo de presiones. Con Amanda
muerta ya no tengo que soportar esto, ni
hay nada por hacer: En realidad me
quedaría algo: rescatar las cartas de mi
viejo, pero no creo que eso sea posible.
Estuvimos cuatro días velándola en vida,

184
ya no quiero más. Se acabó. Me quiero ir.
Que la entierren donde quieran.
Tengo una discusión con Mario y con
Daniel, que siempre está de acuerdo con lo
que dice el mandamás, por mi voluntad de
irme no bien me traigan mis cosas. No
sirve de nada que yo también me quede,
pero no quieren ser los últimos en joderse
un día más. Me surge un súbito aliado,
Germán, que decide hacer lo mismo que yo
y llama a Greta para pedirle que además
traiga sus cosas. Mario y Daniel terminan
aceptando lo inevitable, ellos se quedan
con el muerto. La muerta, debería decir.
Nos vamos todos al bar que está
enfrente de la funeraria a tomar algo y
dejar pasar el tiempo para que Greta llegue
con Amanda y nuestras cosas. Germán le
pide a Mario prestado unos pesos, con eso
podremos llegar bien a Buenos Aires. Yo
dejo hacer. Hay poco de que hablar.
Estamos cansados de estar juntos. Decido
caminar, estirar las piernas. Que hablen lo
que quieran, cuando les llegue la carta

185
documento se van a meter la lengua en el
culo.
Vuelvo cuando está oscureciendo. Me
duelen las piernas de dar vueltas por
cualquier calle de un pueblo que no me
importa. De pensar en cualquier cosa,
porque no se puede dejar de pensar y eso
me agota. Estoy abandonado en territorio
desconocido, caminando como un
autómata, esperando que pase el tiempo.
Daniel y Mario se han ido al hotel, me
explica Germán, que se quedó
esperándome. Me ofrece la mitad del
dinero que le queda después de pagar la
consumición. Lo acepto, me siento
indefenso al andar sin efectivo. Tengo la
tarjeta, pero voy a necesitar algo de billetes
para tomar un taxi y quizás comer.

La ambulancia llega. Miro el reloj,


faltan doce minutos para las once de la
noche. Sin darnos cuenta, nos ponemos
uno frente a otro para recibirla en la puerta

186
de la funeraria. El conductor de la
ambulancia y un empleado bajan la
camilla, pasan entre nosotros. Amanda es
un bulto cubierto por sábanas blancas.
Todavía así, la sigo considerando Amanda.
Tal vez en unos días, en unos meses, serán
solo unos pocos restos humanos. Eliana
tuvo razón. La ceniza de mis padres en las
pequeñas urnitas no se siente como mis
padres. Limpio y rápido.

Posiblemente avisados por la funeraria,


Mario y Daniel vienen caminando hacia
nosotros. Greta camina unos pasos detrás
de la camilla. Se mueve rápido, como si
estuviera nerviosa, no entiendo qué le pasa.
Trato de retenerla, pero sigue. Le pregunto
por el bolso.
–Está en el asiento de la ambulancia –
en la mano lleva la bolsa de nylon, donde
se transparenta la carpeta. Sube los
escalones, imposible hacer nada.
Mario llega junto a mí.

187
–¿Trajo todo? –dice.
–Sí, trajo el documento y mis cosas.
Mario se queda a mi lado, los dos
estamos esperando a Greta que se demora.
Cuando por fin sale, me adelanto.
–Necesito hablar con usted –digo y la
tomo del brazo para alejarla. Caminamos
unos metros, de reojo miro que Mario ha
permanecido en el lugar donde estaba, le
doy la espalda para cubrir lo que digo.
–Deme la carpeta ahora –suelto con
autoridad.
–Primero tenemos que hablar –lleva la
bolsa junto a su cuerpo y la toma con las
dos manos.
–¿Qué quiere?
–Mi hijo quiere ochenta mil pesos.
–Dígale que bueno, que se los voy a
pagar.
–Quiere que le deje algo firmado.
–¿Qué quiere que le firme? –elevo el
tono, molesto.
–Me dijo que le haga un documento. Un
pagaré.

188
–¿De dónde quiere que saque un pagaré
ahora?
–Yo traje uno –mete la mano en la bolsa
y saca un papelito.
Siento el manotazo que pasa delante de
mí. El sacudón del cuerpo de Greta que
trastabilla y casi se cae. Veo desaparecer la
bolsa que se rompe. Detrás el corpachón de
Mario que se aleja a paso rápido en
dirección a la funeraria. Entra. Greta
recupera el equilibrio y lo sigue unos
pasos, pero bruscamente se detiene y me
mira. Tardo unos segundos en reaccionar.
Me lanzo detrás de Mario y lo alcanzo.
Mario me enfrenta. Me detengo. El
recuerdo de los golpes anteriores puede
más que mi voluntad.
–Dame eso –digo con un tono menos
violento del que hubiera deseado.
–Esperá un poco –dice Mario
anteponiendo su mano derecha entre
nosotros–, quiero ver qué se está robando.
Robando. Un término exacto. El
argumento de Greta robándose algo le da

189
derecho a ver de qué se trata. Que mire. No
se va a poder llevar la carpeta por la fuerza.
Que mire si quiere, después empiezo a los
gritos.
Mario mira la carpeta. Un folio notarial
y algunos papeles más. Lee. Pasa un
minuto. Hojea los papeles. Después levanta
la vista y me mira.
–Tomá –dice y me la entrega casi
golpeándome con la carpeta y se aleja.
Abro la carpeta. Comienzo a leer. El
señor Enrique Lizarreta… No es lo que
pensaba. El escrito expresa la voluntad
formal del tío Enrique para que Amanda
sea depositada en el panteón familiar. Me
abstengo de continuar la lectura, reviso los
otros papeles que hay en la carpeta,
encuentro la escritura del panteón, y nada
más.
Cierro la carpeta, salgo de la funeraria,
Greta está en la puerta. Me mira, la miro a
los ojos, después la eludo y me voy sin
decir nada. Ella tampoco dice nada.

190
El primer micro sale a la una de la
mañana. Nos queda más de una hora de
espera. Germán saca los boletos, le pago
mi parte con algo del dinero que antes me
prestó. Nos sentamos en el bar de la
estación. Pedimos milanesas y papas fritas,
tengo ganas de comer papas fritas.
La donación no existe. Ahora todos lo
sabemos. Era una fábula de Greta, un
engaño que le funcionó para presionar a
mis primos. Después yo le di la letra para
que intentara estafarme. No puedo creer
que llegara tan lejos. Me siento mal de
haber caído tan bajo. No sé qué hacer. Qué
decir. Tengo la carpeta en la mano, me
jode. Es una carga. Como si yo, por
retorcido, tuviera que ser el único
responsable de que Amanda vaya a parar a
un pozo en la tierra y que se la coman los
gusanos. Se la entrego a Germán. Insisto
en que la mire. Mientras la lee observo el
reloj de la estación: 0.23.En unos minutos
tenderemos que subir al micro.

191
Germán cierra la carpeta. Sacude
levemente la cabeza y aprieta los labios
asintiendo.
–¿Qué te parece? –le digo.
–Yo le decía a Mario, que hablara con
vos. Que no podía ser. Que aclarara el
tema. Pero no me hizo caso.
–¿Qué tema? –digo porque no entiendo,
¿Qué tenía que hablar Mario conmigo, si
ahora está todo resuelto, desde que Mario
miró la carpeta? Pero Germán habla de
antes, de cuando no sabíamos que no
existían los papeles de la cesión.
–La donación –lo dice con un gesto de
sorpresa, como si le hubiera preguntado
una obviedad. Como si no hubiera otra
cosa en qué pensar. Como si el juego
debiera continuar hasta que haya un
perdedor. Dos vueltas. Las reglas del
juego. ¿Qué reglas? Las del truco que
jugábamos de chicos y que volvimos a
jugar en estos días. Especular, mentir,
engañar. A eso jugamos, esas son las reglas
entre nosotros.

192
–Pensé que hablabas de otra cosa.
Mario habló conmigo, pero te imaginás
que si Amanda me hubiera hecho una
donación, yo no tenía por qué compartirla,
después de todo lo que les malvendió a
ustedes.
–No sé quién te llenó la cabeza. Las
únicas hectáreas que recuperamos son las
que le compró Mario. El resto las vendió
por su cuenta.
–A los amigos de ustedes.
–No, quién te dijo eso. A un vecino del
campo de al lado. Iglesias. Se conocían de
toda la vida.
–Mario no me aclaró. Te pido disculpas,
yo creí otra cosa.
Germán se sirve lo que queda de la
cerveza.
–¿Qué hacemos con este asunto del
panteón? Es una cretinada la actitud de la
hija de Enrique.
–¿Pero qué podemos hacer?
–Ahora tenemos esto –digo, levantando
la carpeta.

193
–Si la hubiéramos tenido antes, se
habría podido hacer algo. Pero ahora. Ya
nos estamos yendo. ¿Querés que se lo
dejemos a Mario?
Sobre el espigón se ha estacionado el
micro que debemos tomar.
–Ya lo vio –digo.
–No se puede hacer nada.
–Hablar con el de la funeraria.
–Se nos va el micro.
Siento que debo poner las cosas en su
lugar. Que no me aguantaría irme sin hacer
nada. Dejar que las circunstancias me
superen como siempre me pasa.
–Yo me quedo, no sé vos –digo, con
absoluta firmeza.
Germán me mira a los ojos, después
gira un poco la cabeza hacia el micro, se
demora unos segundos hasta que vuelve a
mirarme.
–Hacé lo que puedas, yo tengo que
irme.
Agradezco de alguna manera que no
trate de convencerme, que pueda entender

194
que vale la pena hacer algo. Nos paramos,
él toma su bolso, me abraza. Después nos
chocamos las manos, el mismo gesto con
que nos despedíamos al final de las
vacaciones.

La funeraria tiene las puertas cerradas,


pero hay luz. Después de un rato de espera
me abren. No es la misma persona que me
atendió antes, me escucha sin dejarme
pasar, seguramente porque no he traído
ningún muerto. Doy una somera
explicación, como si la impaciencia de mi
interlocutor me apurara.
–Si no tenemos el acceso al panteón, no
hay nada que se pueda hacer –dice
abriendo las manos en señal de
indefensión. Insisto con el derecho de
Amanda a yacer junto a su marido, con el
poder de los papeles que le muestro y no
lee. Termina por asegurarme, pienso que
para sacarme de encima, que él no puede
hacer nada, que venga mañana a las ocho,

195
que el señor Fransolini, el hombre que nos
atendió antes, va a resolver.

Cuando la puerta del micro se cierra me


quedo solo, con el bolso en una mano y la
carpeta en la otra. Hacé lo que puedas, me
dijo Germán, antes de irse, creo que tenía
más claro que yo lo difícil que es hacer
cualquier cosa en este pueblo. Decido ir al
hotel a dormir un par de horas, ni siquiera
voy a poder desayunar, tengo que estar a
las ocho. Es difícil sostener una causa sin
sacrificio. Una causa, la causa de Amanda,
la mujer que se acostó con mi viejo, la que
le complicó la vida a mi mamá. Tal vez
debería preguntarme si no estoy haciendo
el ridículo. Pero para qué preguntármelo.
Ya lo estoy haciendo, dejar de hacerlo es
aún más ridículo.

El tipo llega como a las nueve. Hubiera


podido desayunar tranquilo. Le explico, lo

196
hago despacio, logro que lea el escrito.
Espero.
–Sí, está claro –dice al fin-, tiene que ir
al panteón. Muéstrele esto a la señora
Lizarreta y consiga la llave.
–No me la va a dar. Está loca.
–¿Y entonces qué hacemos?
–Eso es lo que le venía a preguntar a
usted.
–Tendría que poner un abogado y
exigirle la llave. Esto es un asunto de
abogados.
–Imposible, la tenemos que enterrar
hoy. Tiene que haber otra solución.
–Qué quiere que haga. ¿Cómo abro el
panteón?
–¿No hay otra llave?
–Puede ser que el cuidador tenga una,
hay gente que se la deja.
–¿Si consigo que nos abra, la puede
poner ahí?
–Si está abierto la ponemos.
–¿Cómo se llama el cuidador?

197
–Hay cuatro o cinco, tiene que
preguntar en la administración del
cementerio.
–Espéreme, que ya vuelvo. –Me paro–
¿Dónde consigo un remís?
–Yo se lo llamo. Pero tenga en cuenta
que hay que solucionar esto antes de las
once, porque si no consigue la llave,
debería gestionar lo de la tumba.

El remís atraviesa el pueblo, toma por


un boulevard ancho, cuidado, con canteros
en el medio, las casas se van espaciando,
predominan los baldíos, vamos hacia una
pequeña loma arbolada. Llegamos a la
cima. Una amplia explanada de adoquines
antecede a la muralla que rodea el
cementerio, en el centro de la cara oeste
hay una entrada con columnas dóricas y
frontispicio. El chofer me deja frente a las
escalinatas. Un viento cálido me golpea la
cara. Viento norte, seco, implacable. Subo
unos diez escalones, del otro lado del

198
portal se extiende una ciudadela de
panteones y calles. A la izquierda una
puerta interrumpe el muro lateral, a su lado
hay un pizarrón, tiene escritos con tiza los
próximos servicios. No hay otra cosa, ni
persona alguna en los alrededores. Lo
único vivo son siete u ocho perros que
duermen al fresco. Golpeo la puerta.
Alguien dice que pase.
Abro. Lo hago lentamente como si de
otra manera ofendiese el decoro.
–¿Es la administración?
–Sí –contesta un hombre gordo, con la
camisa desabotonada. Tiene algunos
papeles sobre el escritorio, están sujetos
con dos pequeños pedazos de mármol
blanco, para que el aire del ventilador de
pie, que le apunta directo, no se los vuele.
–Necesito ubicar al cuidador del
panteón de la familia –digo, de una corrida.
Es la frase que vine preparando en el
remís.
–¿Qué familia?
–Lizarreta. Enrique Lizarreta.

199
El hombre por toda respuesta extiende
las manos y toma un libro enorme de tapas
negras que está a su derecha sobre el
escritorio. En la tapa, con letras doradas a
las que se le han saltado algunos pedacitos,
dice: REGISTROS.
Hace pasar las hojas con cuidado, hasta
encontrar la página que busca, después se
concentra en la lectura mientras pasa el
dedo índice renglón por renglón. El dedo
se detiene.
–Manzana ocho, lote cuatro. Lo tiene a
cargo Martínez –me mira, el libro no dice
cómo buscar a Martínez. Afuera hace
mucho calor y tampoco debe ser su trabajo
salir a buscar al encargado de las tumbas–.
Vaya para el panteón, lo va a encontrar por
ahí cerca. Es un muchacho alto, rubio, lo
va a reconocer fácil.
–¿Cómo hago?
–Siga la calle de la entrada hasta la
rotonda –levanta el brazo izquierdo y
señala la pared del mismo lado, como si yo
pudiera ver a través de ella–, donde está la

200
virgen, después doble a la derecha, el
tercero, de este lado –sacude la mano hacia
la otra pared–, es el panteón de los
Lizarreta.
Salgo antes de que se pregunte por qué
desconozco el panteón de mi familia. Pero
supongo que tampoco le pagan para
averiguar eso.
Camino bajo la pérgola de la avenida
central del cementerio. El viento norte
agita las enredaderas que la cubren en
parte. Trae un sonido, como un aleteo
rápido que rebota entre los pasillos vacíos.
Trato de ubicar el origen del sonido.
Avanzo un poco más, mirando a los
costados. Por entre dos filas de panteones
descubro una palmera altísima que crece en
un rincón del piso embaldosado. Tiene
como cuarenta metros, el viento inclina su
copa. Las hojas flamean como flecos. El
ruido que hace me resulta familiar. ¿De
dónde? Me quedo escuchando con los ojos
cerrados hasta que recuerdo. Los barriletes.
En los veranos que pasé en la estancia, los

201
elevábamos al cielo hasta que se acababa el
piolín. Si el viento era bueno, nos
tirábamos a la sombra a verlos desde el
piso, coleando allá arriba, sacudiendo los
flecos.
Nunca pensé en que todo eso se podía
volver recuerdo. Eso era así, en ese día, y
los días son eternos cuando uno es chico.
¿Cuándo me di cuenta de que el día se
acababa, que un día más era un día menos?
¿A los veinticinco, a los treinta? En algún
momento ocurrió. Ese pequeño cosquilleo
en el pecho, esa preocupación indefinida
por las cosas que se acaban, o por sufrir un
accidente, o enfermarme. Son cosas que
me pasan ahora, cosas que de chico no me
ocurrían. Y esto, enterrar a mi tía, ponerle
final a su historia. Antes fueron mis viejos,
ahora ella. Después, alguna vez, seré yo.

El tercer panteón. Tiene estilo gótico,


con tres torrecillas terminadas en cruz.
Pruebo el picaporte de la puerta, está

202
cerrada, miro alrededor, Martínez no está.
Comienzo a buscarlo en círculos, esa sería
la forma correcta, un círculo que se
agranda. Avanzo unas calles, tal vez
cincuenta metros, doy la vuelta, me interno
por los pasillos laterales, giro nuevamente.
Me distraigo un poco contemplando la
arquitectura monumental de los panteones.
Pequeñas pagodas, un templo hindú,
templete griego, palacete románico, hay
mucha dedicación, mucha libertad
imaginativa, como si la muerte los
eximiera de cualquier corsé social, como si
se hubiesen permitido hacerse un lugar
para soñar el último sueño. El arte por
sobre la nada.
Avanzo en cualquier dirección,
Martínez debe estar en algún lugar. Casi
termino de pasar un cruce de pasillos, por
mi izquierda a treinta metros quizás, pasa
en sentido contrario un hombre vestido con
overol. Giro en esa dirección, el hombre ha
desaparecido de mi vista. Corro hacia el
pasillo por donde creo que fue. Llego, no

203
hay nadie por ningún lado. Debería
ponerme a gritar, Martínez, Martínez, pero
no me animo. Corro nuevamente, doy
vuelta a la izquierda, a la derecha, estoy
persiguiendo la sombra de Martínez entre
los panteones. Me detengo. Doy una vuelta
en redondo. Alguien me está mirando
desde una esquina. Me acerco.
–¿Martínez? –pregunto.
–Sí señor –dice con voz baja, serena.
–Lo estaba buscando –digo y lanzo mi
explicación previamente pensada.
Martínez es accesible, tiene la llave, se
disculpa diciendo que justo esta semana no
pudo repasar el panteón, pero que para la
tarde va a estar listo. No pregunta nada, a
él no le pagan por preguntar y necesita de
las propinas, que anticipo en un importe
que seguramente lo sorprende. Me abre la
puerta del panteón. Huele a humedad, a
muerto pudriéndose. Hay flores secas, telas
de arañas, hormigas. Hace meses, tal vez
años, que nadie entra, de ninguna manera
una semana. Pienso en la hija de Enrique.

204
No debe haber visitado el panteón en años,
ni siquiera se ocupó de que lo limpiaran.
Le debe importar un carajo, nos negó la
llave de pura hija de puta que es. No hago
comentarios, solo verifico que aún quede
un nicho libre. Hay dos. Después leo los
nombres de los yacentes. Pequeñas
plaquitas de bronce. No conozco a nadie;
solo a Enrique, y –deduzco por el apellido
de casada– el de su anterior mujer, que está
frente a él. Para Amanda queda un lugar
debajo del suyo, me parece el lugar
adecuado. Martínez se aleja, dice que va en
busca de los elementos de limpieza, que
quiere adelantar antes de que sea la una. La
hora de ir a comer, después siesta hasta las
cuatro, la inhumación es a las cinco. Tiene
que apurarse, deduzco. Le digo que vaya
nomás, que me quedo un momento. Un
momento de recogimiento, ante el nicho de
Enrique. Martínez se va. Deja la puerta
abierta. Entra aire y el reflejo de la luz del
sol. Del otro lado hay un vitreaux con una
imagen de barquero cruzando el río, lleva

205
en la proa a un hombre ataviado con un
lienzo blanco. La imagen es triste, llena de
colores opacos, sobre la otra orilla se pone
el sol, rojo, como si fuera sangre. Me
asomo a la puerta. Martínez no se ve. La
entorno. Estoy trepando al nicho de
Enrique. Miro por arriba del cajón. No hay
nada, ni adelante, ni al costado. ¿Otra
fábula de Greta? Demasiado complicada
para una persona como ella. En algún lado
deben estar. Me tomo del cajón y subo un
poco más, miro detrás de él. Veo una caja
chica, atada con cinta celeste. Debe ser eso.
Extiendo la mano, no alcanzo. Me monto
sobre el cajón, mi pecho contra la madera,
las piernas en el aire, recojo la caja. Me
deslizo hasta el piso. Tengo toda la ropa
sucia de polvo. Por más que me sacudo no
sale, tiene algo de pringoso que me da
asco. Me voy así como estoy, desesperado
por lavarme y ponerme aunque más no sea
la muda sucia que tengo en el bolso.
Escapo también de tener que enfrentar a
Martínez así como me veo y con la caja en

206
la mano. Camino rápido, mientras trato de
superponer en mi cerebro la idea de que al
final mi tozudez tuvo premio, la tía va a ser
puesta donde corresponde y yo tengo las
cartas de mi padre. Logro entusiasmarme
con la perspectiva de su lectura.

–Estuvieron sus primos –dice


Fransolini.
–No tengo la llave, pero el panteón está
abierto. Usted arregle lo de los papeles –lo
corto, antes de que me haga cualquier otro
comentario.
Fransolini se queda protestando, porque
tiene poco tiempo, yo me voy al hotel, las
protestas no van a impedir que la tía logre
su deseo. Ni bien llego, le aviso al conserje
que voy a hacer uso de la habitación hasta
las cuatro y que me prepare la cuenta
porque me voy.
–¿Quiere que lo despierte?
–Sí, por favor. A las cinco es la
inhumación –digo, pero sé que no será

207
necesario, que no voy a dormir, que tengo
mucho que leer.
Dejo además instrucciones para que se
lo diga a mis primos, “que está todo
arreglado” por las dudas no estén al tanto,
aunque supongo les dará lo mismo. No
quiero que me interrumpan mi siesta, mi
sueño, mi lectura.

Me quito la ropa, me ducho, rápido para


sacarme el olor a muerto. Desato la caja
con delicadeza, con placer. Retiro el
envoltorio de papel manila, lleno de polvo.
Me detengo a mirar los muñequitos de
colores de la tapa. Se nota que ha sido una
caja de juguetes. Tal vez de una pequeña
muñeca. La abro.
Hay varios sobres blancos y uno
marrón, un pequeño cuaderno. Un souvenir
de florcitas rococó. Un pañuelo de hombre.
Cuento las cartas. Son siete. Seis están
dirigidas a la “Señorita Amanda Elena
Posse”, tienen estampillas y el sobre

208
rasgado, la otra no ha sido despachada aún,
el sobre no está cerrado, no está dirigida a
nadie. Vuelvo a los blancos, están escritos
con letra de imprenta. Me sorprende.
Hubiera esperado que mi padre utilizara su
elegante letra cursiva. El pulso suave del
arquitecto frustrado, volcado a la severa
caligrafía del funcionario. Ojalá yo hubiera
heredado ese pulso, a mí siempre me costó
el dibujo y sin embargo soy arquitecto.
Pongo las cartas sobre la cama. Las
ordeno por fecha. Abarcan un período que
va desde fines de febrero hasta el 2 de
junio de 1955. Dejo para el final la del
sobre en blanco. Abro la primera, “Querida
Amanda” comienza, no es letra de mi
padre, es más pequeña, cerrada, ingenua, él
no escribiría así, por más calentura que
tuviera. ¿O sí? Pero estas cartas están
escritas con palabras estiradas, él era breve,
preciso, seco, como la firma en un boletín
escolar. Voy hasta el final de la carilla,
“Agustín” se despide.

209
Me quedo con la carta en la mano. Se
me ocurre que mi padre pudo fingir todo
aquello, que era capaz de fraguar unas
cartas, como fraguaba un amor o un
matrimonio, pero la idea se disipa
enseguida. Hay algo que no me cierra. Él
no puede haber llegado a tanto. Son cartas
de otro. Este Agustín no es mi padre, por
mucho que me pese. Vuelvo a mirar los
sobres buscando alguno que sea diferente.
Es inútil.
Ahora sí que me embromaron. Porque
todo lo que tenga que ver con mi padre se
puede decir que me concierne, pero si leo
estas cartas estoy cometiendo un delito, un
sacrilegio, destruyendo la intimidad de
Amanda, robándole sus secretos. Dejo todo
sobre la cama y me alejo. Camino hasta la
ventana. Apoyo la cabeza en el vidrio. Lo
mejor es sentarme a pensar. Pero he
quedado desarmado, incapaz de aceptar
que realmente no sean las cartas de mi
padre. Me pasé días imaginando el
contenido, esperando descubrir el secreto

210
de la relación entre ellos, y ahora esto. Un
fiasco. Debería envolver todo y reponer la
caja en su lugar. Ya averigüé lo que quería.
De alguna manera está claro. Amanda se
acostaba con cualquiera. Lo de mi padre
fue una encamada más. Me resulta
asqueroso, porque era el marido de la
hermana. Y también porque era mi padre.
Pero ya están todos muertos, incluso mi
madre, la cornuda. Es un asunto viejo. Ya
está, se terminó. No tengo derecho a
juzgarlos, después de todo no incidió para
nada en mi vida, si no me hubiera enterado,
habría sido lo mismo. Es necesario que
guarde los sobres en la caja, que vuelva a
atar la cinta. Esta tarde, cuando la
depositemos en el panteón, la voy a poner
detrás de su ataúd. Tal vez convendría que
la pusiera dentro. Es más seguro, nadie
podría tocarla. ¿Habrán cerrado ya el
ataúd? No hubo velatorio, así que
seguramente lo deben haber cerrado.
Tengo que llamar a la funeraria. Pero a esta
hora Fransolini debe estar durmiendo.

211
Mejor llamo, si me atienden, pregunto si
está solucionado lo del panteón, y de paso,
comento que hay un sobre para poner en el
cajón. Eso, mejor le digo un sobre, es
menos espacio, es algo lógico. Diré que es
voluntad de la muerta, que si no lo
cerraron. En fin, qué se puede perder.
El conserje me consigue la llamada. El
teléfono suena. Espero, no estoy
impaciente, sé que debo dejarlo sonar. Es
inútil, Fransolini no está, o ha bajado el
tono del teléfono para que no lo molesten.
Tendré que poner la caja fuera del ataúd.

Sigo sentado, aplastado por el peso de


mi cuerpo en la silla de madera, incapaz de
hacer nada. Sobre el cubrecama están los
sobres, el cuaderno. El alma de Amanda
desnuda frente a mí. Busco una razón para
leerlas, para violar su intimidad, como si
fuera su carne suave y blanca, indefensa;
no encuentro otra razón que no sea su
encamada con mi viejo, la corneada a

212
Enrique, Amanda no merece que se le
preserven sus secretos. Sobre una puta
cualquier hombre tiene derecho. Quiero
saber todo de esta mujer, me corresponde
saberlo.

Tomo la primera carta, me concentro en


su lectura:

Amor.
No hago otra cosa que pensar en vos.
En la última noche en lo de Lucía. Fue
maravilloso, tengo tu perfume guardado en
mi corazón. Me temblaron las piernas
cuando ella dijo, “me voy, chicos, no
hagan macanas” y me di cuenta de que se
iba, para que hiciéramos macanas. Es muy
buena amiga. Cuando nos casemos le
vamos a encargar tu vestido. Ojo, porque
yo termino la colimba y nos casamos. No
quiero estar ni un ratito más lejos de vos.
De aquí no tengo mucho para contarte.
Nos trasladaron en camiones a los

213
cuarteles de Campo de Mayo. Tuve que
entregar la valija así como estaba, me
dieron la ropa de fajina, que me queda
chica, parezco un matambre. Quise
cambiar aunque sea la camisa, pero me
dijeron; “no se preocupe, soldado, que lo
vamos a poner flaco”. Y seguro que eso va
a ser así, porque nos tienen todo el día
corriendo, salto de rana, cuerpo a tierra.
En el fondo no me molesta, porque el
cansancio me hace dormir y así no te
extraño.

Un tipo que hacía el servicio militar, “la


colimba”, es extraño pensar en eso ahora
que ya no existe. Yo zafé, tengo pie plano,
un defecto hereditario por parte de mi
madre. A veces me duele la cintura, tengo
que usar plantillas, pero a los veinte fue
una bendición. La carta sigue, el tal
Agustín espera que terminen con la
instrucción para tener un franco. Era como
estar preso, un año preso, sometido a la

214
disciplina militar. A vos te hubiera hecho
falta, me decía mi viejo que tenía hecho el
Liceo Militar. Me da pena este Agustín,
sufre esperando meses para volver a ver a
su novia, escribiendo a escondidas. Extraña
a su madre, una mujer enferma y que
parece no tenía otro familiar para ocuparse
de ella.
Un beso, beso, beso, beso.

Entonces Amanda tuvo un primer


novio. Uno que ninguno de mis primos
recuerda. Una página escondida en la
tradición familiar. El muchacho era hijo de
una mujer sola, ¿Madre soltera? ¿Viuda,
separada? Elijo madre soltera, no sé por
qué. Se encamaron. ¿Era la primera vez?
Parecería que sí. El muchacho se fue al
servicio militar. Habrá sido la despedida,
una cuota de amor para compensar la
ausencia. Una película de cine retro, la
chica se entrega cuando él se va a la
guerra. Retiro la segunda carta del sobre.

215
Recibí tus tres cartas. No te escribí
antes porque no pude. No nos dejan. Unos
soldados se robaron unos borceguíes y
dejaron los viejos. Ninguno dijo fui yo, así
que nos tuvieron tres días bailándonos.
Nadie habló, ni los que fueron, ni nosotros.
Un soldado se desmayó y lo llevaron a
la enfermería. Pararon con eso, pero
seguimos castigados todo el tiempo, sin
cartas ni visitas.
Te cuento todo esto para que sepas por
qué no te volví a escribir. Y para
anticiparte que los de esta compañía no
vamos a tener franco por lo que te acabo
de contar: hasta después de la jura de la
bandera que es el nueve de julio no salgo.
Leí cinco veces tus cartas. Las llevo
conmigo en el bolsillo de la camisa,
porque no quiero que me las saquen. Aquí
les hacen esa broma a todos. Después las
leen y se las pasan unos a otros. Vos no
sabés lo que es esto. No te podés imaginar.

216
Me hizo feliz que hayas roto con el
Pirincho, ahora tenemos que decirle a tus
padres y a mi mamá de lo nuestro. Tu
mamá tiene que entender que vos nunca lo
quisiste. Que tus padres sean amigos de los
padres de él…
¿Quién es Pirincho? ¿De dónde salió?
Me pregunto. Sigo…que tus padres sean
amigos no te obliga a quererlo. Él no tiene
derecho a seguir buscándote por muy
enamorado que esté. Un tipo baboso,
abusivo, como mi padre. Casi diría que
habla de él. Aunque tal vez no,
seguramente no. Si ya le hubiésemos dicho
a todos lo nuestro no te estaría
persiguiendo. Me gusta que me cuentes
que no fuiste al baile para no encontrarte
con él. Y que lo hacés por mí, me siento
vivo. Aquí hace meses que nadie ve una
mujer, todos piensan en eso. Yo solo
pienso en vos. Tendríamos que haber
hablado con tus padres antes de que me
viniera. Ahora, no tiene sentido que lo

217
tengamos en secreto. En cuanto tenga
franco voy y se lo decimos.
Decime que estás de acuerdo.
Te amo.
Agustín.

Una mujer joven, mucho más joven de


la que yo conocí. Una chica. Un amor
fresco, rebelde, luchando contra una
familia que no quiere al chico que ella ama
y un tipo, jodido, que la acosa. Una
Amanda ya vieja que decide guardar todo
en estas cartas, más allá de la muerte.
Pienso que tiene que haber significado
mucho para ella, que todo esto habrá
seguido presente como un momento de
felicidad, un momento para recordar y que
lo demás no importe. Que no importe la
soledad que viene o el cuerpo que se
deteriora. Allí están las cartas, tal vez un
diario, al solo efecto de recordar, mientras
se pueda, de revivir, sin dolor, con ternura,
aquello que la hizo feliz. Y tal vez, por qué

218
no, también la noche con mi viejo,
mientras afuera corría el viento y la
tormenta inundaba el camino. La tormenta
que altera la rutina, que revive la pradera y
también el cuerpo, que provoca el sexo. Y
los tiempos de Enrique, del amanecer
juntos y atardecer lento. Por qué no. Qué
hay más allá de los afectos, del placer, del
sexo, de la alegría de vivir.
Siento que me apresuré a juzgarla. Que
todo lo que gira alrededor de Amanda no
es lo que parece. Que soy yo el retorcido
que le busca el pelo al huevo.

Miro el reloj. Las agujitas dibujan un


ángulo recto. Son las tres, todavía falta una
hora para que me llamen. Hace calor,
pongo en funcionamiento el ventilador de
techo, busco con la perilla la velocidad
más baja para que no se vuelen los papeles.

219
¿Con qué propósito Amanda guardó
estas cartas? ¿Habrá esperado que alguien
las leyera? Pienso que habría querido eso,
que leyéramos su diario, sería su forma de
seguir viva, de amar aún estando muerta.
Por eso guardó la caja en el cementerio,
para que alguno de nosotros la encontrara,
que alguno la buscara, para que no la
pasáramos por alto. Como el viejo juego
del tesoro que nos hacía para reyes, cuando
escondía los regalos y nos dejaba pistas.
Hizo eso, nos dejó pistas, se aseguró así
nuestro interés. Quizás no el interés de
todos, pero cabía la posibilidad de que
alguno, quiero pensar que creyó que podía
ser yo, fuera lo suficientemente sensible
como para merecer este legado.

Guardo las dos cartas anteriores en sus


sobres. Sigo pensando que es muy extraño
que nadie sepa de este asunto. Leyendo las
cartas la historia parece tan presente, tan
inmediata, son los dos tan jóvenes, que

220
tengo que hacer un esfuerzo para situarme
en la época y me siento además, un poco
traidor, de saber que no prosperó, que algo
se interpuso entre ellos dos. ¿Pirincho
quizás? ¿Puede haber ganado su porfía?

Amor/Amanda
Seguro que te quiero. Lo de las otras
mujeres fue una broma, solo para que
supieras cuánto te deseo. Y no sufras tanto,
dentro de poco estaremos juntos. Esta
espera debe tener algún propósito. Tal vez
para que nos queramos más, para que sea
mayor la felicidad. Te escribo
cómodamente desde mi cama en el
hospital. Ya ves, alguna ventaja tiene estar
enfermo. Ahora te puedo escribir todos los
días, no tengo nada para hacer y pasan
por las cartas cada mañana después de la
ronda de los médicos. Me dijeron que en
un mes estaré bien y que después de que
me den el alta voy a tener una licencia
larga. Entre nosotros, así me dijo, le

221
vamos a pedir la baja, soldado. Te
imaginás, la baja en dos meses. Y ni
siquiera voy a tener que esperar la jura.
Me dijeron que seguramente lo había
tenido desde chico, que lo del golpe lo
único que hizo es inflamarlo y que fue una
suerte, porque así me lo sacaban y ya no
me va a molestar más. Eso sí, vamos a
tener que andar con cuidado los primeros
tiempos, no te olvides que voy a estar
convaleciente.
Algo está mal. Apenas tiene veinte
años. Esto no le puede estar pasando.
Bueno, mañana es el día, cuando la
recibas ya voy a estar bien. Aquí hay
teléfono pero no dejan que los soldados lo
usen para llamadas a larga distancia. Pero
el enfermero de la noche me prometió que
me iba a pedir la llamada en cuanto
estuviera bien. Por supuesto que le mentí,
le dije que iba a llamar a mi mamá, que se
llamaba como vos, Amanda. A ella no le
avisé nada, porque se iba a preocupar y

222
está sola, mejor que se entere después,
cuando esté volviendo.
Bueno amorcito. Te dejo. Un beso
enorme. Esperame.

Tomo la cuarta carta sin guardar la


primera. Estoy ansioso, contrariado, tengo
una incomprensible expectativa: el deseo
de que todo salga bien. Que Agustín vuelva
convaleciente a los brazos de Amanda.
Demoro la lectura, me acerco a la ventana
y corro la cortina, necesito que el sol de la
calle inunde la habitación, que disipe la
imagen del hospital, que atenúe lo que la
carta pueda decir.

Amanda.
No pude llamarte, porque todavía no
dejan que me levante de la cama. Yo pensé
que me iban a traer de vuelta a la sala
común, pero estuve no sé si cuatro o cinco
días en tratamientos intensivos. Vino a

223
visitarme mi madre. Tengo que
reprocharte que le hayas avisado, en su
condición no le hace bien. Menos mal que
llegó el día que me habían trasladado a la
sala, si no menudo susto se hubiese dado.
Yo estoy bien, el médico dice que el tumor
era más grande de lo que pensaba, pero
que lo sacó todo, que voy a quedar bien,
que solamente me van a retener acá un
tiempo más para que cicatrice todo y no
me queden secuelas. Con un riñón se
puede vivir igual, que hay mucha gente que
nace con uno solo. Te mando esta con mi
mamá, te lo digo porque la vas a recibir
abierta, vos me entendés.
Un beso. Disculpame la letra, pero no
me puedo sentar.

Amanda.
Recibí tu carta, eso me hace feliz, como
si todo lo que hubiera en el mundo para
pedir fuera estar con vos. Y es lo que hago
cada noche, cada mañana. Lo único que

224
me importa. Te recuerdo, coqueteándome
con tu blusita escotada y la pollera de
flores, escucho tu risa en la tardecita que
escapamos al parque. Te siento como la
luz, el aire tibio, la arboleda que se mece,
los pájaros.
Hoy me han dicho que tienen que
hacerme un retoque, sacarme un pequeño
coágulo, no tiene que ver con el tumor. Me
van a venir a buscar en cualquier
momento. Creo que ya escucho que bajan
la camilla. Te mando un beso.
Te amo.
Agustín

Tomo la sexta carta conociendo que


será la última. Se me cierra el pecho por lo
que voy a leer.

Seguramente desconocerás la letra. Es


la del enfermero del que te hablé, el me
cuida de noche. Nos cuida a todos en esta
sala, pero a mí más que a los otros. Yo no

225
puedo escribirte porque estoy todo
entubado y además un poco débil. Debe
ser por la sangre que perdí. Me están
haciendo transfusiones. Horacio, el
enfermero se llama Horacio, me dice que
es normal, que no me preocupe, que soy
joven y me voy a recuperar. Le creo más a
él que a los médicos, yo sé que me dice la
verdad. Si no tenés noticias mías en los
próximos días no te preocupes,
seguramente Horacio habrá estado muy
ocupado para escribirte. Me dice, que en
vez de escribirte, te va a llamar para
decirte cómo estoy. Le digo que es mejor
así, para que estés tranquila. Dale un beso
a mi mamá y pensá en la tarde en el
parque, en la casa de Lucía, yo no hago
más que pensar en eso.
Un beso
Agustín.

Amanda y yo hemos recibido al mismo


tiempo, salvando las distancias, las últimas

226
palabras de Agustín. Tomo la carta sin
nombre, la abro, inmediatamente
reconozco la letra prolija, que avanza como
olitas y remolino sobre la blancura del
papel. Es la letra de ella. Más fresca, más
decididamente joven que la que vi en otros
documentos, pero definitivamente la letra
de Amanda.

Amor.
Horacio me ha llamado, para decirme
que no hay esperanzas, que le avise a tu
madre para que vaya a verte por última
vez, ¿por qué nos pasa esto? Pienso que
debería haberme escapado no bien supe
que estabas enfermo y presentarme en el
hospital como tu novia, tu mujer. Pero me
faltó valor, o tal vez tuve miedo de darme
cuenta de lo que estaba pasando. No es
justo, no es justo que todo termine ya.
Tengo ganas de salir a gritarles que fui tu
mujer, que por un ratito fui tu mujer, que
sos lo más hermoso que pudo pasarme.

227
Odio no hacerlo, aunque todos ya lo
saben, porque el Pirincho lo anduvo
ventilando. También dijo que me dejó, me
da igual. Es un cobarde, no pudo
aguantárselas. Te lo digo ahora que ya no
podrás saberlo, te lo digo ahora que ya es
tarde, pero tengo que decírtelo.
Todo parece gris, seco, sin pájaros,
como el otoño. Quisiera irme, ya no tengo
nada que hacer aquí, ni a quién ver que no
me trate como si estuviera sobrellevando
un castigo. Un castigo ¿por qué? Por
quererte. Por anhelar tu cuerpo dentro del
mío, por adorar tu sonrisa, por esperar tu
mano sobre la piel. Me gustaba tu forma
de mirarme, me hacía sentir linda,
especial. Ahora nadie tiene ojos para mí.
Todos miran como diciendo, ahí va la que
se le murió el amante. Lo traicionó al
novio y se le murió el otro. Como si bien
muerto debieras estar por haberte querido.
Los odio, los odio, y los seguiré odiando
hasta el día que me muera.

228
Y vos apagándote solo, en el medio de
extraños, sin que te fuera a ver. Tenés que
perdonarme, entenderme. No pude.

La carta no concluye, ni creo que


pudiera tener un final. Dejo suavemente las
hojas sobre la cama y tomo el sobre
marrón. Hay unas fotos. Amanda es joven,
Agustín también. Están en el parque, la
foto es blanco y negro con un filete blanco
alrededor y un borde de puntitas. Hay una
sombra delante de ellos, es la sombra de la
máquina, del cajón y el trípode y un bulto
que debe ser el fotógrafo. Ella es
levemente más alta que él. Es linda, muy
linda, la habían elegido reina del carnaval
el año anterior. Él es rubio, robusto, como
los alemanes de las colonias. Ella le pasa la
mano por sobre el hombro, él la toma por
la cintura, las caras están próximas, los
cuerpos también. Hay flores en su vestido.
Hay dos fotos más, son de él, una con
traje, tres cuarto de perfil, y otra con

229
pantalón de baño junto a un bote. Abro el
cuaderno. Es un cuaderno escolar de pocas
hojas, la mitad está en blanco, el resto tiene
versos, poemas simples, casi ingenuos,
están escritos con la letra de él, no tienen
pretensiones literarias.
No hay nada más, era un amor joven,
despojado. Me quedo mirando, un poco
aturdido, sin voluntad. Suena el teléfono.
Las dieciséis horas, cero minutos, veinte
segundos, dice la grabación.

Partimos de la funeraria siguiendo al


coche que lleva el cajón. Detrás un auto
vacío, que nadie quiso usar en carácter de
deudo, pero que debe ir porque está
incluido en el servicio. Un coche sin nadie
en estas circunstancias, no sé por qué
siento que señala un vacío que nadie se
atreve a llenar. El vacío que dejó Agustín
en la vida de Amanda, un vacío que la
acompaña hasta el final. Los seguimos
nosotros, en el auto de Mario.

230
–¿Qué llevás ahí? –me pregunta Daniel.
–Unas cosas de Amanda, dejó dicho
que se las pongamos junto a ella.
–¿Lo abriste?
–Sí, son unos poemas y unas fotos,
nada más –digo, pensando que mejor
calmar la curiosidad, que promover el
robo. Aunque no estoy seguro de si ese
será el resultado.
–No sabía que escribía –dice Daniel,
buscando que le diga algo más sobre el
sospechoso paquete.
–Yo tampoco. A propósito ¿Quién es
Pirincho?
–El tío Enrique, le decían así de chico –
dice Mario.
Me quedo en silencio.
–¿Por qué preguntás? –dice Daniel
tozudo, insoportable.
–Por unos versos, no sabía que le
decían así.
Pasaron los años, él se casó, con otra,
no fue para nada feliz, la sombra de
Amanda siempre estuvo ahí. Y después, ya

231
grande, ellos se encuentran, se perdonan, y
tal vez se aman como deberían haberlo
hecho. Los hijos del primer matrimonio la
odian, porque Amanda fue la causa de la
infelicidad de su madre. Ella enviuda, los
hijos la despojan, la humillan, y ella una
vez más perdona, porque tal vez aprendió a
ser generosa, porque el amor es generoso y
porque tal vez estaba satisfecha. Es una
historia posible, verosímil, deseable.

Llegamos al cementerio. El auto entra


por una puerta lateral, avanza por un
camino angosto entre las tumbas. Lo
seguimos. Se detiene a unos cincuenta
metros del panteón, los hombres de la
funeraria bajan. Hay un pequeño grupo de
gente. Martínez, una mujer que no
conozco, Greta y su hijo. No entiendo
cómo puede ser tan caradura, cómo se
animó a venir. Se mantienen a cierta
distancia. Busco los ojos de Greta, pero

232
ella no me está mirando, clava la vista en el
cajón.
Nos acercamos al ataúd. Lo levantamos
entre cinco, los dos choferes y nosotros, yo
sostengo la última manija de la derecha,
bajo el otro brazo llevo el paquete. Daniel
va delante de mí, también usa su mano
izquierda, pero ha dejado el anular y el
meñique libres, todo el peso recae sobre
nosotros. Entramos con dificultad por la
puerta estrecha del panteón. El ataúd se
inclina hacia nuestro lado, Daniel no hace
fuerza, una ofrenda floral que llevaba
arriba cae al piso. No la podemos levantar.
Tendría que haber tomado la otra manija,
con el brazo izquierdo soy un inútil.
Encima estoy apretando la caja con el
derecho y ya la deformé toda. Hacemos un
esfuerzo complicado, casi una danza, a
Daniel no le queda otro remedio que
ayudar, hasta que logramos colocar el
cajón en el nicho. La madera golpea
groseramente contra la base, Amanda no se
merecía esto. Deposito el paquete,

233
inmediatamente junto con el cajón, procuro
que quede bien atrás, fuera de la vista, es
todo lo que puedo hacer.
Nos quedamos en silencio. Miro de
reojo, afuera siguen Greta, Martínez y los
otros. Ninguno dice ya está, vamos. Los de
la funeraria se retiran discretamente,
seguidos por Daniel que enciende un
cigarrillo. Permanecemos un rato. Ninguno
de los dos reza, ninguno habla, ni siquiera
pienso. Mario me mira a los ojos. Tiene la
mirada vacía como si lo sorprendiera que
hayamos terminado, que no quede más
nada por hacer o discutir. Siento que me
está preguntando si podemos irnos de una
vez, si podemos abandonar el panteón,
dejar atrás este olor marchito cargado de
humedad y respirar un poco de aire fresco.
Ha puesto la decisión en mis manos. Ya no
quiere ser el mayor, ya no decide por
todos, ahora me está pidiendo permiso, es
sólo un tipo asustado que ha visto la orilla
del río oscuro, que percibe el chapoteo del
barquero que se acerca en busca de

234
Amanda. Muevo la cabeza hacia un lado.
Él asiente, respira aliviado. Salimos.
Martínez se adelanta y cierra el panteón.

Caminamos hacia el auto. Mario acelera


al salir del cementerio, nos dirigimos hacia
la ruta. Finjo dormir. Me sumerjo en el
plano de la casa. En las tejas blancas, en el
jardín. Repaso la vista que tendremos
desde el bow window de la sala y el balcón
de nuestra habitación en el primer piso, con
enredaderas sobre la baranda, la vista que
sobrevuela el jardín y abajo la pileta con el
agua azul. Tengo ganas de hacerla. No
quiero soñar más. Llevar el proyecto
adelante. Un chalet suburbano, con living
comedor para reunirnos por las noches
frente al televisor, un quincho para recibir
a los amigos y tres habitaciones, como para
una familia tipo.

235
Carlos Costa
(Gualeguaychú, 1948)

Es licenciado en Sociología. Sus


cuentos integran varias antologías de habla
hispana. Fue seleccionado en el Certamen
Literario “Juan Manuel Portela” (2007) y
recibió mención del “Concurso
Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar”
por “Un lunes cualquiera” (Instituto
Cubano del Libro, 2008). Ha publicado dos
volúmenes de cuentos, En saco ajeno
(Secretaria de Cultura, Municipalidad de
Gualeguaychú, 2007) y El otro jardín
(Simurg, 2008). Con la novela Marcapasos

236
(Simurg, 2012), reeditada en 2017, fue
finalista del “Premio Internacional Letras
Sur” organizado por El Ateneo en 2011.
Dos novelas más completan, por ahora, su
labor en el género: Al margen del cielo
(Simurg, 2015) y Sobrevida (Simurg,
2017). En 2011 fundó con Alejandra
Laurencich la revista La Balandra. Es
autor de Tal vez por tus ojos verdes, libro
de cuentos aun inédito. Actualmente
escribe una nueva novela.

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