DICASTERIO PARA LA EVANGELIZACIÓN
APUNTES SOBRE
LA ORACIÓN
8
La oración que
Jesús nos enseñó:
«Padrenuestro»
POR
UGO VANNI
INTRODUCCIÓN DEL PAPA FRANCISCO
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS
MADRID • 2024
Título original: Appunti sulla preghiera, vol. 8: La preghiera che Gesù
ci ha insegnato: «Padre Nostro»
Traducido del original italiano por SOL CORCUERA URANDURRAGA
Textos bíblicos tomados de Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia
Episcopal Española.
Damos las gracias a la Fundación Terzo Piastro por su contribución a la
publicación de los volúmenes.
© Dicasterio para la Evangelización - Sección para las cuestiones fundamentales
de la evangelización en el mundo - Libreria Editrice Vaticana, 2024
00120 Ciudad del Vaticano
© de esta edición: Biblioteca de Autores Cristianos, 2024
Manuel Uribe, 4. 28033 Madrid
www.bac-editorial.es
Depósito legal: M-14174-2024
ISBN: 978-84-220-2351-7
Preimpresión: M.ª Teresa Millán Fernández
Impresión: Anebri, S.A., Pinto (Madrid)
Impreso en España. Printed in Spain
Diseño de cubierta: BAC
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transforma-
ción de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo
excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Re-
prográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.
cedro.org).
ÍNDICE GENERAL
Nota del editor ................................................................... IX
Introducción del Santo Padre............................................. XI
LA ORACIÓN QUE JESÚS NOS ENSEÑÓ:
«PADRENUESTRO»
INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3
PREFACIO.................................... 7
CAPÍTULO I. Los antecedentes de Marcos . . . . . . . 9
CAPÍTULO II. La formulación completa de Mateo . 13
El contexto ....................................................................13
El padrenuestro.............................................................14
CAPÍTULO III. El «padrenuestro» en san Pablo ................27
Hágase tu voluntad........................................................29
Danos hoy nuestro pan ..................................................30
Líbranos del mal ...........................................................31
No nos abandones en las tentaciones ............................32
CAPÍTULO IV. El «padrenuestro» en Lucas ......................35
Algunas características de Lucas ..................................38
CAPÍTULO V. El «padrenuestro» en Juan........................41
Jesús ora al Padre ..........................................................41
Un padrenuestro omnipotente .......................................44
La primera comunidad cristiana....................................48
CONCLUSIÓN .......................................................................55
NOTA DEL EDITOR
La Biblioteca de Autores Cristianos asume gustosa-
mente el encargo de la Conferencia Episcopal Española
de publicar los Apuntes sobre la oración preparados por
el Dicasterio para la Evangelización con motivo del
Jubileo 2025, tal como hizo el año anterior con los
Cuadernos del Concilio.
Estos Apuntes se presentan en forma de pequeños li-
bros, un total de ocho, que irán apareciendo progresiva-
mente durante los primeros meses del año, desde enero a
mayo de 2024. La colección Popular de la BAC ya aco-
gió en diversas ocasiones los subsidios y materiales para
las grandes celebraciones de la Iglesia universal y una
vez más colabora en la preparación espiritual y pastoral
para este gozoso acontecimiento del Jubileo Ordinario
2025.
Como propone la oficina del Jubileo, «las diócesis
están invitadas a promover la centralidad de la oración
individual y comunitaria». También nosotros, deseamos
contribuir editorialmente a «poner en el centro la relación
profunda con el Señor, a través de las múltiples formas
de oración contempladas en la rica tradición católica».
INTRODUCCIÓN DEL SANTO PADRE
La oración es el respiro de la fe, es su expresión más
profunda. Como un grito silencioso que sale del corazón
de quien cree y se confía a Dios. No es fácil encontrar
palabras para expresar este misterio. ¡Cuántas definicio-
nes de oración podemos recoger de los santos y de los
maestros de espiritualidad, así como de las reflexiones de
los teólogos! Sin embargo, ella se deja describir siempre
y sólo en la sencillez de quienes la viven. Por otro lado,
el Señor nos advirtió que cuando oremos no debemos
desperdiciar palabras, creyendo que seremos escuchados
por esto. Nos enseñó a preferir más bien el silencio y a
confiarnos al Padre, el cual sabe qué cosas necesitamos
aun antes de que se las pidamos (cf. Mt 6,7-8).
El Jubileo Ordinario del 2025 está ya a la puerta.
¿Cómo prepararse a este evento tan importante para la
vida de la Iglesia si no a través de la oración? El año 2023
estuvo destinado al redescubrimiento de las enseñanzas
conciliares, contenidas sobre todo en las cuatro constitu-
ciones del Vaticano II. Es un modo para mantener viva la
encomienda que los Padres reunidos en el Concilio han
querido poner en nuestras manos, para que, a través de su
puesta en práctica, la Iglesia pudiera rejuvenecer su pro-
pio rostro y anunciar con un lenguaje adecuado la belleza
de la fe a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Ahora es el momento de preparar el año 2024, que esta-
rá dedicado íntegramente a la oración. En efecto, en nues-
tro tiempo se revela cada vez con más fuerza la necesidad
de una verdadera espiritualidad, capaz de responder a las
XII La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
grandes interrogantes que cada día se presentan en nuestra
vida, provocadas también por un escenario mundial cier-
tamente no sereno. La crisis ecológica-económica-social
agravada por la reciente pandemia; las guerras, especial-
mente la de Ucrania, que siembran muerte, destrucción y
pobreza; la cultura de la indiferencia y del descarte, tiende
a sofocar las aspiraciones de paz y solidaridad y a margi-
nar a Dios de la vida personal y social… Estos fenómenos
contribuyen a generar un clima adverso, que impide a tan-
ta gente vivir con alegría y serenidad. Por eso, necesita-
mos que nuestra oración se eleve con mayor insistencia al
Padre, para que escuche la voz de cuantos se dirigen a Él
con la confianza de ser atendidos.
Este año dedicado a la oración de ninguna manera pre-
tende interferir con las iniciativas que cada Iglesia particular
considere proyectar para su cotidiana dedicación pastoral.
Al contrario, nos remite al fundamento sobre el cual deben
elaborarse y encontrar consistencia los distintos planes pas-
torales. Es un tiempo para poder reencontrar la alegría de
orar en su variedad de formas y expresiones, ya sea perso-
nalmente o en forma comunitaria. Un tiempo significativo
para incrementar la certeza de nuestra fe y la confianza en la
intercesión de la Virgen María y de los Santos. En definiti-
va, un año para hacer experiencia casi de una «escuela de la
oración», sin dar nada por obvio o por sentado, sobre todo
en relación a nuestro modo de orar, pero haciendo nuestras
cada día las palabras de los discípulos cuando le pidieron a
Jesús: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1).
En este año estamos invitados a hacernos más humil-
des y a dejar espacio a la oración que surja del Espíritu
Santo. Es Él quien sabe poner en nuestros corazones y en
nuestros labios las palabras justas para ser escuchados por
el Padre. La oración en el Espíritu Santo es aquella que
Introducción del Santo Padre XIII
nos une a Jesús y nos permite adherirnos a la voluntad
del Padre. El Espíritu es el Maestro interior que indica el
camino a recorrer; gracias a Él, la oración aun de uno
solo, se puede convertir en oración de la Iglesia entera, y
viceversa. Nada como la oración según el Espíritu Santo
hace que los cristianos se sientan unidos como familia de
Dios, el cual sabe reconocer las exigencias de cada uno
para convertirlas en invocación e intercesión de todos.
Estoy seguro de que los obispos, sacerdotes, diáco-
nos y catequistas encontrarán en este año las modalida-
des más adecuadas para poner la oración en la base del
anuncio de esperanza que el Jubileo 2025 quiere hacer
resonar en este tiempo turbulento. Para esto, será muy
valiosa la contribución de las personas consagradas,
en especial de las comunidades de vida contemplativa.
Deseo que, en todos los Santuarios del mundo, lugares
privilegiados para la oración, se incrementen las iniciati-
vas para que cada peregrino pueda encontrar un oasis de
serenidad y regrese con el corazón lleno de consolación.
Que la oración personal y comunitaria sea incesante, sin
interrupción, según la voluntad del Señor Jesús (cf. Lc
18,1), para que el reino de Dios se extienda y el Evange-
lio llegue a cada persona que pide amor y perdón.
Para favorecer este Año de la Oración se han rea-
lizado algunos breves textos que, en la sencillez de su
lenguaje, ayudarán a entrar en las diversas dimensiones
de la oración. Agradezco a los Autores por su colabora-
ción y pongo con gusto en vuestras manos estos «Apun-
tes», para que cada uno pueda redescubrir la belleza de
confiarse al Señor con humildad y con alegría. Y no se
olviden de orar también por mí.
La oración que Jesús nos enseñó
«Padrenuestro»
INTRODUCCIÓN
«Todas las demás palabras que podamos decir, bien
sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para
adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien
sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad,
no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración
dominical, si hacemos la oración de modo conveniente.
Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a
esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo
menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aun-
que no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal
oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les
conviene orar con una oración espiritual».
La expresión de san Agustín permite captar el senti-
do profundo de la oración del padrenuestro. Solo Jesús
podía transmitir a sus discípulos esta oración, síntesis de
todo su Evangelio. La Iglesia la ha señalado en el trans-
curso de los siglos de modos diversos: «Oración domini-
cal», «Oración del Señor». […] Para los cristianos sigue
siendo simplemente el padrenuestro, la oración que Je-
sús mismo nos enseñó. Lejos de cualquier fórmula, aquí
se encuentra el corazón de la relación con Dios, todo lo
que el cristiano experimenta en lo profundo de su cora-
zón. Esta es la oración de cada creyente y de toda la Igle-
sia que experimenta de este modo la presencia perenne
del Espíritu que da vida.
No es casualidad que la Didajé, el primer texto des-
pués de los escritos del Nuevo Testamento, se detiene
4 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
en el padrenuestro para indicar a los primeros creyentes
que esta oración ha de ser recitada «tres veces al día»
(VIII, 2). En su sencillez catequética, el libro pone de
manifiesto que en los momentos cruciales que jalonan la
jornada del cristiano, el padrenuestro sigue siendo el
punto de referencia indispensable.
Como ya es sabido, el papa Francisco ha pedido que
el año inmediatamente anterior al Jubileo Ordinario de
2025 esté dedicado a la oración. De este modo se ha dado
vida entre otras iniciativas a una sencilla Colec- ción
denominada «Apuntes sobre la oración» para se- ñalar
que, cuando se habla o se escribe sobre la oración, solo
se pueden delinear algunos aspectos. El misterio de la
oración permanece con una carga de profundidad que
resulta insondable. Por otra parte, quién podría permi-
tirse agotar la esencia de la oración que sigue siendo la
acción privilegiada del Espíritu Santo que viene al auxi-
lio de la fragilidad de cada uno, como bien recuerda el
apóstol (cf. Rom 8,26).
Entre estos «Apuntes» no podía faltar un texto que
introdujera el padrenuestro. Son muchísimos los co-
mentarios a la oración del Señor que atraviesan los dos
mil años de nuestra historia. Desde Tertuliano hasta el
papa Francisco es posible llevar a cabo una numerosa
reseña que pone de manifiesto el interés permanente por
esta oración que persiste en su aspecto único. He elegi-
do el texto que en su momento había pedido a un amigo
y colega, el padre Ugo Vanni. Recuerdo perfectamente
las circunstancias en que sucedió. Se me había dado el
encargo de preparar un Comentario al Catecismo de la
Iglesia Católica que se publicaría pocos meses más tar-
de. Desde Doctrina de la Fe se me entregaron los bo-
cetos del texto en su primera edición francesa. En pocos
Introducción 5
días conseguí reunir a un equipo de docentes, en su ma-
yoría compañeros de la Gregoriana, que se pusieron de
inmediato manos a la obra.
Llamé a la puerta del profesor Vanni que me acogió
con su afable y sincera sonrisa. El Padre Ugo era un au-
téntico hombre de Dios. Un docente profundo y un sacer-
dote de una gran paternidad. Sabía transmitir simpatía y
confianza de manera natural, sin ficciones o actitudes
clericales. Poseía una humanidad que dejaba percibir su
bondad y vivía una espiritualidad que abría el corazón de
todos los que se dirigían a él para una guía segura.
Pregunté al profesor Vanni si podía escribir un comenta-
rio al padrenuestro, el último capítulo del Catecismo. La
mirada con que me respondió fue sobre todo de sorpresa.
A continuación, dijo: «Don Rino, si me lo pides tú, no
puedo decirte que no […] además, te confieso que es un
bonito reto».
Así escribió el profesor Vanni su hermoso comenta-
rio sobre el padrenuestro. Consiguió conjugar la exege-
sis con una interpretación original de tal modo que aún
hoy sigue siendo actual. Como editor me he permitido
poner la mano en el texto para adaptarlo a la colección y
he hecho que la primera edición original sea más breve,
ligera y fluida. No se ha modificado nada del pensamien-
to y el escrito del profesor Vanni a quien dirijo ahora un
recuerdo amigable en la oración. El publicar este texto
suyo pretende ser ante todo un signo de reconocimiento
por su fecundo ministerio pastoral junto con el deseo de
mantener viva la memoria de su enseñanza.
El padrenuestro, como enseña el Catecismo de la
Iglesia Católica: «Abre a dimensiones de su Amor ma-
nifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por to-
dos los que no le conocen aún para que “estén reunidos
6 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
en la unidad” […]. Esta solicitud divina por todos los
hombres y por toda la creación debe ensanchar nuestra
oración en un amor sin límites» (CIC 2793). Es realmen-
te así. La oración que Jesús nos ha enseñado abre el co-
razón para que ponga su confianza en el Padre y en la
búsqueda constante de hacer su voluntad.
En su sabiduría, el obispo persa Afraate pudo escribir
alrededor del año 340 en sus Exposiciones: «Mira, ami-
go mío, cuando recaiga sobre ti una tarea que sea grata a
la voluntad de Dios, no digas: “Pronto es ya la hora de
la oración, rezaré y luego efectuaré la tarea”. Porque así,
mientras intentas completar tu oración, has quitado la
tarea que era grata a Dios y has defraudado su volun- tad
y lo que le era grato. Con tu oración te haces deudor de
un pecado. Realiza más bien lo que es grato a Dios y eso
será tu oración» (4,14). Es como decir: la oración del
padrenuestro pide cumplir la voluntad de Dios, pero esta
ha de ser buscada en la oración que se transforma en ac-
ción. Retomando la idea del obispo Afraate: «El hombre
cumple la voluntad de Dios y esta será oración» (IV,16).
En resumen, la oración no nos exime de las obligaciones
de la vida cotidiana, sino que las respalda y señala el ca-
mino que hay que seguir.
+ RINO FISICHELLA
PREFACIO
El padrenuestro nació y se formó en la experiencia
de la Iglesia primitiva. Por consiguiente, podrá resultar
iluminador volver a visitar su origen y su primer desa-
rrollo. Es lo que nos proponemos no sin antes precisar
mejor nuestra intención.
A principios del siglo II encontramos que «la oración
del Señor» ya se utilizaba en la liturgia de la Iglesia pri-
mitiva en una formulación correspondiente a la actual
(cf. Didajé, 8, 3), al igual que ya se empezaba a leer
el Evangelio «cuadriforme», es decir, el Evangelio se-
gún Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Resulta significativa
la simultaneidad del uso de la oración del Señor y de la
lectura de los cuatro Evangelios. Constituye el punto de
llegada del camino de una múltiple tradición desarrolla-
da entre varios acontecimientos y tensiones —baste con
pensar en las tensiones dentro de la Iglesia paulina y la
joánica— y que desemboca en la progresión del siglo II
en la que fue llamada «la gran Iglesia»
¿Cuál es el viaje que realiza la oración del Señor en
la tradición y que confluyó en la gran Iglesia? Y de ma-
nera particular, dado que la oración del Señor ha sido
vista como la síntesis de todo el Evangelio (Tertuliano),
¿cuál es su relación específica con el «Evangelio cuadri-
forme»?
Una respuesta a esta pregunta nos permitirá identifi-
car la estructura teológico-bíblica de la oración del Señor
y colocarla en el ambiente vivo de la Iglesia primitiva.
8 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
Extraeremos de ello un marco de referencia y veremos
principalmente como resultado sus antecedentes en Mar-
cos, su presentación sistemática en Mateo, su impulso
hacia delante en Pablo, su énfasis en Lucas y, por último,
la síntesis madura que se encuentra en Juan.
CAPÍTULO I
LOS ANTECEDENTES DE MARCOS
Empezamos con el Evangelio de Marcos, llamado
también «el Evangelio del catecúmeno» porque se adap-
ta en particular a la iniciación cristiana. Los «doce» rea-
lizan en este Evangelio un itinerario de fe cuyas etapas
principales coinciden con las etapas de desarrollo del
texto del Evangelio.
¿Qué encontramos en el Evangelio de Marcos sobre
el padrenuestro?
Como es ya sabido, su fórmula litúrgica solo se en-
cuentra en Mateo y en Lucas. Sin embargo, en Marcos se
pueden identificar algunas sugerencias importantes que
la preparan abiertamente.
Los discípulos son introducidos en la oración de for-
ma progresiva, son animados a dirigirse a Dios con la
máxima confianza y confidencia (cf. Mc 11,22-24). Se
les recomienda esperar todo de Dios como si ya lo hu-
bieran obtenido al pedirlo (cf. Mc 11,24). La conviven-
cia con Jesús, el «estar con Él», típico del Evangelio de
Marcos hace surgir de forma gradual en los discípulos la
necesidad del Padre y prepara por decirlo de algún modo,
el espacio de acogida.
Este espacio está constituido ante todo por el per- dón
que, antes de orar, deben de otorgar a los demás:
«Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis
contra otros, para que también vuestro Padre del cie-
lo os perdone vuestras culpas» (Mc 11,25). Es la úni-
10 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
ca vez en el Evangelio de Marcos en la que se habla
explícitamente de Dios como Padre de los discípulos.
Constituye el punto de llegada de un camino en el cual,
al estar en contacto directo con Jesús, han aprendido a
tener una relación más profunda con Dios y solo al fi-
nal del camino comprenden que Dios es su Padre. La
paternidad de Dios no es nunca un elemento que se da
por descontado.
En lo que respecta a la relación de Jesús con el Pa-
dre, también se nota en el Evangelio de Marcos una
manifestación gradual. En dos ocasiones se hace refe-
rencia explícita a ella, pero se hace utilizando la tercera
persona: Jesús, al hablar del «hijo del hombre» y seña-
larse con esta expresión a sí mismo, menciona la «gloria
de su Padre» (Mc 8,38). En lo que respecta al día y la
hora de la conclusión de esta historia, nadie sabe nada,
«solo el Padre» (Mc 13,32).
Los discípulos debieron conmoverse de manera par-
ticular cuando Jesús, en el culmen de su pasión interior
en Getsemaní, pidió a Dios el cumplimiento de su vo-
luntad como don supremo, alcanzando así la cima de la
oración de todos los tiempos. En este momento especial-
mente dramático, los discípulos notan con sorpresa que
Jesús se dirige a Dios llamándolo Padre y utilizando la
terminología de la ternura familiar: se les quedó impreso
el termino arameo de Abba: es la invocación, hecha de
confianza y de conexión, con la que los niños se dirigen
a su padre en la esfera familiar. Y es la única vez que
encontramos el término en el ámbito de los Evangelios.
Viviendo con Jesús y oyéndole hablar así, los dis-
cípulos aprenden progresivamente que hay un ofreci-
miento de Dios que les atañe: este se concreta en un Jesús
siempre sorprendente y que aparece como portador de
I. Los antecedentes de Marcos 11
un reino que, en última instancia, coincide con Él. Es el
«reino de Dios».
En su contacto con Jesús, los discípulos están invi-
tados repetidamente a confiarle a Él y a Dios sus pre-
ocupaciones terrestres. Estas preocupaciones están
concentradas en el pan, símbolo de lo que sirve para el
desempeño de la vida. Hay en Marcos una sección de-
nominada del pan (cf. Mc 6,30–8,29) en la cual los dis-
cípulos, tras la multiplicación de los panes realizada por
Jesús, son invitados a profundizar y entender: «¿Aún no
entendéis ni comprendéis? […] ¿Y no acabáis de com-
prender?» (Mc 8,17.21). El objeto de esta comprensión
que les pide con insistencia es la plena disponibilidad, la
entrega confiada al Padre que, por medio de Jesús, da a
su vez y en gran abundancia el pan que sirve para la vida.
Se tendrá que entender progresivamente que Jesús es in-
dispensable no solo para una vida entendida en sentido
religioso, sino simplemente para la vida en cuanto tal.
No se entiende adecuadamente a Jesús si no se le relacio-
na con la vida y esta, sin la presencia nutriente de Jesús,
resulta deficiente, arriesgada, incierta.
La familiaridad con Jesús que adquieren los discípulos
poco a poco les pone asimismo en un contacto particular
entre ellos. Deberán comprenderse, amarse, perdonarse
recíprocamente como hace Jesús con ellos (cf. Mc 11,25).
Por último, desde los inicios del ministerio de Jesús en
Cafarnaúm, los discípulos están en contacto con el mal
(cf. Mc 1,23-26.34.39, etc.). El mal tiene una raíz en
cierto sentido trascendente, demoniaca, y se manifiesta
en todas las formas de sufrimiento que afectan la integri-
dad de la vida física y llegan a alcanzar incluso una pre-
sencia especialmente desconcertante de lo demoniaco en
el ámbito del hombre. Jesús reprende con dureza a los
12 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
espíritus inmundos que revelan su identidad porque le
corresponde a Jesús mismo declarar progresivamente y ha-
cer entender su verdadera realidad. Es típica la reacción
del mal —realmente podríamos decir aquí del «malig-
no»— ante Él: no es posible una coexistencia con Jesús,
el mal y el maligno no pueden soportar su presencia. Los
discípulos aprenden, abandonándose totalmente en Je-
sús, a superar estas fuerzas misteriosas que amenazan
negativamente la vida del hombre.
Las constataciones que estamos haciendo están dis-
tribuidas a lo largo del Evangelio de Marcos. Cuando los
discípulos se impregnen de todos estos valores, su ora-
ción será su expresión espontánea. Entonces aprenderán
a dirigirse a Dios como Padre, a desear la realización del
reino, a abandonarse como Jesús a su voluntad, a con-
fiar en Él para todas y cada una de las situaciones de la
vida, a amarse recíprocamente, a superar la negatividad
del maligno. De este modo, se tiene un cuadro comple-
to de los elementos esenciales de la vida cristiana que
surgen del Evangelio de Marcos. Estos elementos se re-
flejan puntualmente en la fórmula del padrenuestro. Por
este motivo, podemos decir que la preparan y ayudan a
entender su significado y su función.
CAPÍTULO II
LA FORMULACIÓN COMPLETA DE MATEO
El texto litúrgico en uso del padrenuestro retoma la
formulación propuesta por el Evangelio de Mateo (Mt
6,9-13) y que encontramos dentro del Sermón de la
Montaña (Mt 5-7). Para una comprensión de la fórmula
se impone antes de nada prestar atención al contexto y a
continuación al texto que la expresa.
El contexto
El contexto del padrenuestro es el sermón de la mon-
taña. Y este hecho es ya significativo. El sermón repre-
senta un programa relativamente completo de la práctica
cristiana basada en las bienaventuranzas iniciales (Mt
5,3-11). Estas representan los juicios de valor que hace
Jesús sobre las elecciones fundamentales del hombre,
sobre los aspectos válidos o no de su vida. Durante tres
capítulos, estas elecciones de fondo son a continuación
desarrolladas, detalladas y aplicadas a las diversas si-
tuaciones. Encontramos la oración típicamente cristia-
na entre las situaciones concretas que son objeto de una
aplicación más puntual. Esta no tendrá esta actitud ex-
trovertida y horizontal que a veces constituía una dege-
neración de la oración judía —y no solo— del tiempo.
Jesús insiste en que la oración es dirigida al «Padre que
ve en lo secreto» (Mt 6,1: vid. en particular 6,5-6). La
14 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
oración cristiana aparece como un diálogo marcado por
una intensa intimidad filial que se desarrolla entre el cris-
tiano y Dios. Se entiende de inmediato precisamente por
ser un diálogo entre sujetos. No es necesario multiplicar
las palabras como «hacen los paganos» (Mt 6,7). Proba-
blemente había en la comunidad eclesial de Mateo una
tendencia a la verborrea que se tenía que reflejar también
en la oración. En cambio, la relación del cristiano con su
Padre es escueta, esencial, de gran profundidad.
El padrenuestro está colocado en este contexto espe-
cífico y es calificado como una oración exquisitamente
cristiana que parte del corazón del hombre y tiende a al-
canzar, por decirlo de algún modo, el corazón de Dios.
Con la esencialidad, la profundidad, la apertura que no
siempre se pueden conceptualizar y que caracterizan la
relación madura con el Padre.
El padrenuestro
Veamos más de cerca cómo está articulada la ora-
ción característica del cristiano. Es necesario empezar
con una observación: la oración del padrenuestro no es
enseñada como una fórmula fija. Aunque luego se con-
vertirá en fija en el uso litúrgico de la comunidad de Ma-
teo y más tarde de la comunidad cristiana primitiva, el
padrenuestro constituye una cuadrícula estimulante y de
referencia que ilumina y guía el desarrollo de la oración
y de la vida. Reducirlo a una fórmula significaría rebajar y
quizás desnaturalizar su valor.
La oración suscitada por el padrenuestro se dirige a
Dios llamándolo Padre, la resonancia de este término en
el ambiente de Jesús y de los primeros discípulos es ante
II. La formulación completa de Mateo 15
todo de carácter social. El padre es quien, con sentido de
responsabilidad y de bondad, organiza la vida de la fami-
lia y provee a cada uno de lo que necesita (cf. Mt 13,52).
Toda la familia gravita así alrededor del padre, de su di-
ligencia, sus capacidades, su habilidad, su sabiduría. Se
dirige a Dios y por ello se siente en familia, unido, sa-
biendo que Dios como Padre se preocupa por nosotros y
lo hace de manera adecuada. En esta perspectiva, el pa-
dre es también aquel a quien se someten sus hijos, aquel
cuya voluntad ha de cumplirse.
Junto a esta fenomenología que ve al padre colocado
en el ámbito colectivo de la familia, merece subrayar asi-
mismo la relación estrechamente intersubjetiva. El pa-
dre, en esta nueva perspectiva que no se contrapone con
la primera, sino que simplemente especifica un aspecto,
es quien comprende y educa como persona, quien en-
tiende al hijo y hacia quien el hijo tiene plena confianza.
La figura del padre —entendida en esta doble dimen-
sión sugerida por el entorno de Jesús y de la comunidad
judeocristiana primitiva— es referida a Dios. Por este
motivo, el cristiano, al llamar Padre a Dios, se siente uni-
do a Él con el vínculo de una misma situación familiar
y además se siente amado y comprendido hasta el fon-
do. Dios es de verdad el «Padre que ve en lo secreto»
(Mt 6,6).
De estos dos aspectos se subraya el colectivo: se dice
Padre nuestro, con una referencia a la dimensión socio-
familiar que los cristianos están asumiendo. Se pone de
relieve el hecho de que los cristianos viven juntos, no
solo como un agregado social, sino en virtud de un hilo
que los une atravesando sus valores más íntimos y per-
sonales. El Padre que «ve en lo secreto» es asimismo el
Padre que ve a todos unitariamente.
16 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
Dios pensado y sentido en las categorías del Padre
del que se tiene experiencia en la tierra, permanece en su
nivel trascendente: no disminuye su paternidad. Al
contrario, podríamos incluso decir que Dios multipli- ca
su divinidad por la paternidad y su paternidad por la
divinidad: se tiene así a un Dios infinitamente Padre que
es tal hasta el infinito. Todo esto es indicado en la
expresión «que estás en el cielo». El «cielo» señala el
nivel propio de Dios, subrayando su realidad inalcan-
zable. Es asimismo una llamada para evitar cualquier
banalización: era el riesgo, al considerar a Dios como
Padre, no tanto de sentirlo demasiado cercano —esto no
sucede nunca—, sino de considerarlo por decirlo de
algún modo, en formato reducido, proyectando en Dios
las categorías de la experiencia —inevitablemente li-
mitada— de la paternidad terrena. Mateo advierte de este
riesgo y pone en guardia al contrastar el nivel del hombre
con el nivel del «padre celestial», una expre- sión típica
de Mateo.
La primera pregunta que es dirigida al Padre celes-
tial es sobre su nombre: se pide que sea santificado. Una
precisión podrá aclarar de inmediato la línea de esta pe-
tición. En el ambiente cultural bíblico, el nombre es para
la persona y nunca se puede reducir a una pura denomi-
nación, a un título cualquiera dado desde el exterior. La
imposición, el cambio de nombre, señala un cambio del
sujeto, una calificación con el fin de cumplir una misión,
una capacidad nueva que le es conferida. El nombre ma-
nifiesta y expresa lo que es la persona, es solo compren-
sible si se piensa en el ámbito de esa misma persona.
Cuando pedimos al Padre que sea santificado su nombre
le pedimos por consiguiente que sea santificado Él mis-
mo precisamente como persona.
II. La formulación completa de Mateo 17
En este momento se plantea el problema del signi-
ficado de «santificación». El campo semántico al que
pertenece el término se refiere estrechamente a la divi-
nidad: indica lo que es propio, típico de Dios. Entonces
nos podemos preguntar cómo se puede pensar en cual-
quier santificación con respecto a Dios. El riesgo de un
discurso que dé vueltas en círculo o que incluso carezca
de sentido, ha sugerido la alternativa de interpretar la
santificación en el sentido de un reconocimiento. En ese
caso, podríamos decir que una interpretación extendida
de «tu nombre» es que tú mismo seas reconocido como
santo. Pero el verbo «santificar» no comporta nunca en
el uso bíblico una relación exclusivamente cognosciti- va
que desemboque en un reconocimiento. Se refiere a una
acción, es utilizado en su forma activa: «santificar»
significa hacer santo, hacer divino, hacer afín a Dios; y
cuando es usado en su forma pasiva, subraya el efecto de
esta homogeneización con respecto a Dios producida y
realizada. Vuelve así el problema que parece no tener
salida: ¿cómo es posible una santificación del Santo, una
divinización de Dios? Un conocido pasaje del profeta
Ezequiel nos aporta una sólida base de respuesta: «Ma-
nifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado en-
tre los gentiles, porque vosotros lo habéis profanado en
medio de ellos. Reconocerán las naciones que yo soy el
Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de
vosotros les haga ver mi santidad» (Ez 36,23). Resulta
iluminador el texto de Ezequiel que muestra asimismo la
estrecha relación entre Mateo y todo el Antiguo Testa-
mento. La santificación de la que se habla es real y es re-
ferida en un paralelismo, primero al nombre de Dios que
habla y a continuación a Dios mismo como sujeto. Esta
se actualiza no por medio de una inclusión impensable
18 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
a la santidad de Dios, sino mediante una participación
cada vez más extensa de esta santidad compartida por el
pueblo. Según esta interpretación —que ya fue propues-
ta por san Cipriano— se le pide a Dios Padre que su san-
tidad se realice y se extienda en su gran familia cristiana.
La siguiente petición es sobre el reino de Dios, reino
del Padre que está en el cielo. Para comprender esta ex-
presión es necesario referirse a la línea teológico-bíblica
en lo relativo al reino que ya encontramos en el Anti-
guo Testamento y que confluye a continuación en el
Nuevo. El «reino de Dios» no se limita al dominio sobre
todo lo creado que le corresponde a Dios, sino que im-
plica una serie de iniciativas que corresponden a Dios y
al hombre y que podemos sintetizar del siguiente modo.
Se da ante todo un movimiento descendiente: Dios
sale en cierto sentido de su inaccesibilidad y va al en-
cuentro del hombre llevándole una iniciativa. Es el
acuerdo entre Dios y el hombre, la «alianza» —como se
la ha llamado de manera explícita— que comporta una
proposición bilateral: Dios se comprometerá a favor del
hombre, pero a cambio pide al hombre que observe sus
mandamientos. Y es aquí donde surge un movimiento
ascendiente: el hombre sale de su nivel profano y se atre-
ve a ir al encuentro de Dios en una actitud de reciproci-
dad disponible. Tomando nota de la oferta que le llega de
parte de Dios, el hombre dice su sí. Del encuentro de las
dos líneas, la descendiente y la ascendiente, se determina
una situación nueva que comportará la adhesión a com-
partir de cerca casi una simbiosis entre Dios y el hombre:
esta nueva realidad se llama reino y se pone en práctica y
en el Antiguo Testamento, al menos a partir de la Alian-
za de Sinaí. En lo que respecta al Nuevo Testamento, en
la línea descendiente de Dios que se ha revelado como
II. La formulación completa de Mateo 19
Padre, ofrece al hombre la riqueza de Cristo y, en la línea
ascendiente, el hombre, al constatar esta nueva oferta
aumentada, se abre completamente a ella mediante el sí
de la fe. La nueva situación que se determina así es el rei-
no de Dios en la acepción típica del Nuevo Testamento.
Como se ve, hay un desarrollo, un paso del Anti- guo
Testamento al Nuevo. Al alcanzar el nivel del Nuevo
Testamento se da un impulso ulterior: el «reino» traerá
consigo una presencia de Cristo cada vez más penetrante
en toda la realidad creada, en los hombres y en las cosas
y, a través de Cristo, una presencia cada vez más cercana
por parte de Dios. El término último de este movimiento
en marcha será la meta escatológica en la cual, como re-
cuerda Pablo, Dios será «todo en todos» (1 Cor 15,28).
El reino, visto en esta fase concluyente, pertenece al fu-
turo: es estrictamente escatológico.
Regresemos ahora a nuestro texto. El cristiano se in-
troduce en este desarrollo hacia adelante cuando pide
que «venga» el reino del Padre. Lo que exige es una ma-
yor presencia de la riqueza de Cristo entre los hombres,
en su vida, en sus estructuras y en el mundo en el que
habitan. La petición atañe tanto a Dios como al hombre
precisamente porque Dios ha querido interactuar con el
hombre por medio de la oferta que le hace.
Otra petición presentada al Padre es la relativa al
cumplimiento de su voluntad. La voluntad del Padre es
entendida en un sentido objetivo. Se trata de todo lo que
Dios ha diseñado para el hombre: en primer lugar, los
mandamientos, todas las indicaciones que se derivan en el
hombre por la palabra de Dios encarnada en Cristo e inter-
pretada por el Espíritu. Además, dado que Dios, creador
de todo, organiza asimismo el movimiento de la historia
y hace todo en función del hombre, podemos decir que
20 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
un mensaje que expresa su voluntad se encuentra incluso
también en la historia de cada individuo. Hacer la volun-
tad de Dios comporta una plena docilidad ejecutiva con
respecto al amplio abanico que la manifiesta. No es una
resignación pasiva, comporta una participación cordial:
el cristiano toma conciencia de que lo mejor de él está
precisamente en lo que Dios le propone. Consecuencia
de ello es entonces el deseo —no existe verdadera ora-
ción sin deseo— de hacer su voluntad.
Esta concepción implica por una parte a Dios mismo
ya que ama al hombre, lo proyecta y desea ardientemen-
te su plena realización; por la otra implica al hombre, que
reconoce con expectación y alegría que Dios Padre lo
sigue en cada instante, se ocupa de él y le manifiesta su
voluntad en virtud del amor que tiene por él.
Consecuencia de ello, en el cristiano se da el ideal de
una ejecución adecuada que, partiendo del nivel del
hombre alcance el nivel de Dios y aporte a la tierra, la
zona propia del hombre, la totalidad propia del cielo, que
es la zona de Dios. En este sentido, es necesario que el
cumplimiento de la voluntad de Dios se realice en la tie-
rra, pero llevándolo a un nivel óptimo de perfección tras-
cendente, algo de Dios, una relación con el cielo.
La petición del pan está en el centro de las siete peti-
ciones de la formulación de Mateo. Y también la que pa-
rece más característica del cristiano que se dirige a Dios
como Padre: es propio del padre dar el pan a los hijos.
En efecto, la petición del pan lleva al cuadro de vida fa-
miliar donde se inscribe la figura del padre. El pan en el
entorno cultural de la Biblia indica el alimento base de
la vida. Dios Padre, al preocuparse del desarrollo de la
vida del hombre en lo concreto de su historia, también se
toma a pecho por consiguiente la alimentación que lo
II. La formulación completa de Mateo 21
hace posible. Esta consideración es reinterpretada aquí
en una óptica familiar. El alimento que se pide a Dios no
es ya la hierba, como encontramos en el Génesis (cf. Gen
1,29), sino el pan, el alimento hecho por el hom- bre para
el hombre y que es compartido en la familia por cada uno
de sus integrantes. Dirigiéndose entonces a Dios
específicamente como Padre, el cristiano, al tocar
precisamente la paternidad familiar de Dios, le pide apa-
sionadamente ese alimento que le sirve para vivir.
Pero el pan es también un símbolo. Evoca todo lo que
tiende a hacer que la vida familiar no sea solo posible,
sino también agradable. Se trata de la ropa, de la vivien-
da, en resumen, se trata de todo lo que está alrededor,
aunque sea secundario con respecto al alimento y que
contribuye a hacer que la vida pueda ser de verdad vivi-
da con serenidad y dignidad.
Se pide el pan hoy y para hoy. Se insiste en la coti-
dianidad duplicándola. Y esto es importante: de hecho,
se supone que Dios como Padre sigue con una atención
digna de Él y digna de los hijos el desarrollo de su vida
que se realiza en el espacio y en el tiempo: el cuidado del
Padre seguirá entonces a los hijos siempre y por todas
partes, sin ninguna mínima fisura. Es precisamente esta
relación viva, simultánea con el Padre que lleva a sus
hijos a pedir a cada momento, en cada ocasión, en cada
lugar, lo que es necesario y útil para su existencia. No
buscan amasar tesoros en la tierra, ni tampoco proveerse
encerrándose en un cálculo humano contra las circuns-
tancias imprevisibles del futuro. El cristiano sabe vivir al
día porque es seguido, amado, guiado y protegido por el
Padre, sin anticipaciones ni retrasos.
Por último, el cuadro familiar en el cual es colocada
la petición comporta la totalidad de la familia. El pan
22 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
pedido es «nuestro», no «mío»: es el pan de todos que
llega a todos. Lo pedimos los unos para los otros. El
espíritu de familia que es sugerido por la figura bíbli- ca
de la paternidad comporta asimismo una reciproci- dad
horizontal entre los hermanos cristianos. Estos han de
sentirse conjuntamente hijos del Padre. Esta toma de
conciencia les llevará entonces a un comportamiento que
refleje en su reciprocidad el comportamiento verti- cal
que el Padre tiene con respecto a ellos. Los cristianos son
conscientes de que tienen unas «deudas» que saldar en
relación con Dios Padre. Es una imagen simbólica para
expresar una triste realidad: se trata de ese vacío, de esa
insuficiencia incompleta que también pueden rea- lizar
los cristianos en el ámbito de su existencia, a tra- vés de
sus decisiones erróneas, los «pecados». Un vacío con
respecto al contexto de realidad-valor diseñado por Dios
se convierte por consiguiente en una deuda, según la
imagen simbólica usada que el hombre contrae prin-
cipalmente consigo mismo. Pero como Dios es Padre y
Padre al infinito, por una apropiación de amor, considera
que el mal que el hombre se hace a sí mismo es como si
se le hubiera hecho daño a Él. Este proceso de apropia-
ción en el amor asume contornos más precisos cuando,
por ejemplo, se habla de alianza, mandamientos, ley, que
provienen siempre de Dios y son expresión de su volun-
tad de amor. Dios Padre se toma en serio al hombre y
quiere que también este le tome en serio. Si no es reali-
zado lo que Dios le pide al hombre se forma entonces un
vacío que le afecta a Él mismo, se produce una fractura
en la relación. Dios-Padre sigue al hombre con un caudal
ininterrumpido de bondad, el encuentro con él supera las
fracturas y colma en él esos vacíos. Permaneciendo en la
metáfora utilizada, Dios perdona las deudas. Quiere que
II. La formulación completa de Mateo 23
el hombre se lo pida para que tome conciencia de lo que
está en juego.
Veamos cómo se realiza la relación con Dios Padre
en lo concreto de una familia. El cristiano tiene a su lado
a otros hijos de Dios que son sus hermanos. Y como el
acuerdo de Dios con respecto a cada uno es paradigmáti-
co, el cristiano deberá aportar en la relación horizontal lo
que recibe en la vertical. Por consiguiente, los «vacíos» que
se abren en las relaciones recíprocas, las fracturas, todo
lo que resulta de un compromiso no mantenido, lo que
constituye una laguna, una falta de bondad, de atención,
de ayuda, de amor de los unos con los otros, constituye
una lista de «deudas» horizontales que han de ser elimi-
nadas del mismo modo que se quiere eliminar la «deuda»
con respecto a Dios. De otro modo, quedaría bloqueado
el caudal de bondad que parte de Dios y quiere atravesar
a los hombres para regresar a Dios.
Cuando se trata del plano horizontal, el hombre se
mueve en su propio campo: impotente para cubrir los
vacíos que lo dividen de Dios, para «pagar sus deudas»
con Él, el cristiano puede hacerlo en su relación con los
demás hombres que se encuentran a su mismo nivel. Y
tendrá que hacerlo. Hay una exigencia de «familia» por
parte de Dios Padre, que quiere ser imitado en esta bon-
dad constructiva a ultranza. En consecuencia, para poder
invocar a Dios como Padre, el cristiano tendrá primero
que tender la mano a sus hermanos. Se diría que Dios
rechaza ser invocado fuera de este ámbito colectivo de
familia y rechaza a quien pretendiera alcanzarlo en soli-
tario excluyendo a los demás.
Haciendo por los demás lo que se desearía para sí
mismo y —en lo que respecta a las «deudas» contraí-
das— perdonando, remediando, reconstruyendo tenaz-
24 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
mente todas las malformaciones que se realizan en la
relación horizontal, el cristiano estará seguro de ser aco-
gido por el Padre.
Las últimas dos peticiones del padrenuestro en san
Mateo siguen hablando del misterio del pecado visto en
esos elementos que lo condicionan con facilidad: la ten-
tación y el maligno. El concepto bíblico de tentación es
particular y más que un concepto en sentido estricto es
un conglomerado de conceptos. Una tentación se produ-
ce cuando ciertos valores previamente realizados, indi-
vidual o colectivamente, se ven sometidos a presión. Se
puede tratar de una presión individual o colectiva, mo-
mentánea o prolongada en el tiempo.
La ejemplificación más clara es la travesía por el de-
sierto que se da desde la salida de Egipto hasta la entra-
da en la Tierra Prometida. Son los cuarenta años de la
«tentación en el desierto» (Sal 95,8). Los valores de la
alianza, propuestos y aceptados por el pueblo, son so-
metidos a una presión múltiple: la cotidianidad, la falta
de acontecimientos clamorosos, sobre todo la madu-
ración soterrada del grupo del pueblo de Dios que se
amalgama de forma gradual y aprende a ser libre y, por
último, la presión de las circunstancias incómodas. La
tentación puede tener un resultado positivo. De ello sur-
ge una consolidación de los valores precedentes como
fruto de la prueba pasada. Así, por ejemplo, se subraya
que Abrahán «demostró su fidelidad en la prueba» pre-
cisamente (1 Mac 2,52; cf. Eclo 27,5.7). sin embargo,
dada la debilidad del hombre, la tentación puede tener un
resultado negativo: si la presión de la prueba excede la
capacidad de resistencia por parte del hombre, la ten-
tación se convierte en la ocasión irreversible de una elec-
ción equivocada (cf. Mt 26,41; Mc 14,38; Lc 22,40.46).
II. La formulación completa de Mateo 25
La tentación-prueba se suma al misterio del mal con el
que el hombre siempre está en contacto. Esto también
significa el misterio de su debilidad incoherente. Se pide
entonces a Dios Padre que intervenga en su defensa: que
nos evite entrar en las arenas movedizas de esas tenta-
ciones cuyo resultado sería negativo.
La experiencia del pueblo de Dios en el desierto su-
giere otra interpretación posible, de por sí más ceñida a
la terminología utilizada. «Tentación» en griego tiene de
por sí un significado activo: más que la tentación padeci-
da, indicaría la tentación de la que se hace protagonista
el hombre. En varias ocasiones, en el ámbito de la expe-
riencia en el desierto, el pueblo es llevado a «tentar» a
Dios, a ponerlo a prueba (cf. Ex 17,27; Dt 6,16; 9,22; Sal
95,8). Es una actitud negativa porque se opone al aban-
dono confiado y sin reservas que merece el cuidado con
que Dios se ocupa de los suyos. Pero es sobre todo una
falta de filialidad: significa no fiarse; equivale a preten-
der una garantía que tranquilice al hombre en su mismo
entorno.
Si la tentación pone ya en contacto con el misterio
del mal, se da un incremento cuando es personificado en
el «maligno»: se trata del demonio, de Satanás. La expe-
riencia que el cristiano ha podido hacerse de él tanto a
través de sus observaciones personales, como escuchan-
do el Antiguo Testamento, le indica que existe una red
compleja de insidias, de negatividad que, concretándose
en su historia, tienden a envolverlo. El cristiano sabe que
tiene en su interior unos puntos débiles sobre los cuales
el demonio podría agarrarse y de los que incluso le es di-
fícil darse cuenta. Esta situación —que podría desembo-
car en una tensión dramática— no incide en la serenidad
de fondo de los hijos de Dios. Dios Padre ha superado
26 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
el mal de la historia desde el principio y lo ha derrotado
por medio de la muerte de Jesucristo. Por lo tanto, puede
defender apropiadamente a sus hijos de él, no solo po-
niéndolos en guardia, sino de manera objetiva, arreba-
tándolos prácticamente de las garras del «maligno».
Esta última petición constituye en el fondo una lla-
mada al realismo de la situación precaria del cristiano.
No se puede creer —aunque se sea de verdad hijo de
Dios— haber alcanzado ya un nivel de seguridad más
allá de todo riesgo. Se está en camino. Por tanto, pide al
Padre proteger su camino, liberarlo también de sí mis-
mo, de esas zonas de ataque del «maligno» del que es
portador.
De las siete menciones de «celestial» referidas al
Padre, dos están relacionadas con Jesús: «Mi Padre ce-
lestial» (Mt 15,13; 18,45); y cinco son transmitidas por
Jesús a los cristianos: «Vuestro Padre celestial» (Mt
5,48; 6,14; 6, 26.32; 23,9).
Cuando los cristianos acogen el mensaje de Jesús y
en la medida en la que lo hacen, se da como un paso des-
de Jesús hacia los cristianos.
Somos capaces de decir: «Padrenuestro que estás en
el cielo» si «mi Padre celestial» se ha convertido en
«vuestro Padre celestial».
CAPÍTULO III
EL «PADRENUESTRO» EN SAN PABLO
No encontramos en Pablo una formulación del pa-
drenuestro que corresponda íntegramente a la de Mateo.
Pero son perceptibles y significativos algunos elemen-
tos de correspondencia. Sobre todo merece ser estudiado
uno de cerca: se insiste dos veces en que nosotros, como
cristianos guiados por el Espíritu, nos dirigimos a Dios
y «clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8,15; Gal 4,5-6).
Se trata de una invocación que tiene lugar en el
ámbito de la liturgia, como indica el verbo caracterís-
tico utilizado: «clamamos». La asamblea siente la ne-
cesidad de expresar en voz alta una invocación que la
conecta directamente con el Padre. Según algunos ex-
pertos, se trataría precisamente del rezo en voz alta del
padrenuestro. Tendríamos así una estrecha conexión
con las tradiciones sinópticas, principalmente con la de
Lucas. Prescindiendo del padrenuestro como fórmula
también aproximativa, aún improbable en los primeros
años de la fase primitiva, se da un audaz impulso hacia
Dios-Padre que se realiza de manera colectiva: «Cla-
mamos» en la asamblea litúrgica. Aunque no tengamos
todavía la fórmula, encontramos sin embargo un inicio
de ella.
En este impulso hacia el Padre, hay que resaltar el
recurso al término arameo de Abba, «papá», que hemos
encontrado en el Evangelio de Marcos y es utilizado ex-
clusivamente por Jesús. Según este testimonio de Pablo,
28 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
los cristianos se atreven a dirigirse a Dios haciendo suya
la intimidad familiar señalada por Abba que Jesús, ba-
sándonos en la documentación que tenemos, se había
reservado a Él mismo. La comunidad eclesial toma con-
ciencia gradual del alcance del Espíritu que la anima, le
anuncia la verdad de Jesús, le formula la ley dándole
también la energía para poder realizarla. El Espíritu de
Dios y de Jesús que, «derramado» en el corazón del cris-
tiano (Rom 5,5), le organiza toda la vida. Ya que el Es-
píritu transmite el contenido de Cristo, se produce una
afinidad con Cristo mismo que, entrando poco a poco en
la vida del cristiano, penetra también su conciencia. En
el ámbito de la concienciación nueva que se realiza así, el
Espíritu da testimonio al cristiano de su realidad, de su
filiación (cf. Rom 8,16). Se entiende entonces que la co-
munidad pueda atreverse a dirigirse al Padre con la mis-
ma familiaridad de Cristo.
Si este es el aspecto más cercano al padrenuestro que
encontramos en el ámbito paulino, no faltan otros
contactos de cierto interés. Nos vamos a limitar a algu-
nos ejemplos. Pablo muestra una particular sensibilidad
por la paternidad de Dios. Dios es llamado normalmente
«Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Rom 1,7; 1
Cor 1,23; 2 Cor 1,2.3; Gal 1,3, etc.). Pablo combina
regularmente la paternidad de Dios con nosotros con la
paternidad de Dios con respecto a Jesucristo. Nuestra
filiación no solo es puesta al lado de la del Hijo, sino que
depende del «primogénito entre muchos hermanos»
(Rom 8,29). En relación con Cristo, estando en contacto
con Él, el cristiano se da cuenta de que tiene un camino
abierto, incluso un impulso hacia el Padre (cf. Rom 5,1;
1 Cor 8,6). Se mueve constantemente al nivel del «Abba-
Padre». Hay que destacar que Pablo no utiliza nunca el
III. El «Padrenuestro» en san Pablo 29
término «celestial» en referencia a Dios Padre ni lo rela-
ciona explícitamente con «el cielo».
La participación en la santidad de Dios en la comu-
nidad cristiana se da para el apóstol a través de la in-
fluencia determinante del Espíritu llamado de manera
explícita «espíritu de santidad» (Rom 1,4). Comenzando
por el bautismo, en base al cual los cristianos son llama-
dos «santos» y «santificados».
Precisamente por proceder del bautismo, la santi- dad
del cristiano está totalmente relacionada con Cristo. Una
de las afirmaciones más densas sobre ello la encon-
tramos en 1 Cor 1,30: «Cristo Jesús se ha hecho para no-
sotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación
y redención». Resulta claro que la santificación que nos
trae Cristo procediendo «de parte de Dios», es realmente
una participación en la santidad de Dios que se realiza y
se difunde en el ámbito del «nosotros» comunitario.
El reino de Dios en Pablo, a diferencia de los Evan-
gelios sinópticos, es futuro con una validez escatológica.
Por consiguiente, el reino del que se dice que «venga»,
se constituirá de la participación de todos y de todo en la
resurrección de Cristo como se realizará cuando el Hijo
«entregue el reino a Dios Padre» (1 Cor 15,24) y Dios
será «todo en todos» (1 Cor 15,28).
Hágase tu voluntad
Pablo desarrolla de manera particular el tema de
la voluntad de Dios. Por una parte, «Dios que quiere»
siempre está presente y en primer plano. Se comprende
la voluntad de Dios si antes de mirar el contenido obje-
tivo que esta expresa se establece un contacto cálido con
30 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
Dios como Padre: su voluntad es el «designio de Dios,
nuestro Padre» (Gal 1,4) como Él se revela a lo largo de
la historia de la salvación desde el Antiguo hasta el
Nuevo Testamento. La voluntad de Dios pasa a través de
una implicación personal y en paralelo con su «sa-
tisfacción» (cf. Ef 1,9). El otro «polo» de la voluntad de
Dios en Pablo es su contenido objetivo. En resumen, po-
dríamos decir que la voluntad de Dios como contenido
objetivo está totalmente condensada en Cristo. Lo que
Dios quiere lo encontramos expresado en Cristo, en sus
enseñanzas, en su comportamiento, en su per- sona. El
Espíritu tomará este «material en bruto» con- centrado
en Cristo y se preocupará de «anunciarlo» al cristiano en
cada momento y en cada situación.
Danos hoy nuestro pan
Pablo no insiste en la petición del pan. Pero diversas
referencias muestran que este aspecto también está pre-
sente en sus escritos.
En las diez menciones que hacen referencia al «pan»,
siete tienen relación con el pan eucarístico y tres se re-
fieren al pan en el sentido común, con un énfasis en el
desempeño del trabajo (2 Tes 3,8.12) y, sobre todo, en la
confianza en Dios que «proporciona pan para comer» (2
Cor 9,10). Estamos en el lugar de la petición filial del pan
que hemos encontrado en Mateo. Pablo se preocupa
sobre todo de enmarcar el alimento en el gran contexto
de la liturgia de la vida a partir de la cual todo es referi-
do a Dios: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis,
hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor 10,31).
III. El «Padrenuestro» en san Pablo 31
Líbranos del mal
Pablo profundiza en lo que respecta a la superación
del mal expresado por Mateo con la metáfora de la remi-
sión de las deudas. Muestra haber entendido plenamente
el sentido del sermón de la montaña (cf. Mt 5,38-48) y lo
reelabora con la capacidad de concentración y de esen-
cialidad que le son características. Con una referencia
directa al sermón de la montaña, el apóstol afirma que el
cristiano deberá tener frente a quien le hace mal una acti-
tud constructiva, hasta dar de comer y de beber a su pro-
pio enemigo (cf. Rom 12,20). «No te dejes vencer por el
mal —dice Pablo al cristiano—, antes bien vence al mal
con el bien» (Rom 12,21).
Es ya mucho, pero Pablo no se contenta con ello. De-
sarrollando de forma original y en una perspectiva po-
sitiva la metáfora de la deuda, afirma con decisión que el
cristiano es siempre y solo deudor de amor: «A nadie le
debáis nada, más que el amor mutuo» (Rom 13,8). El
desarrollo con respecto al nivel indicado por Mateo es
realmente notable. No se trata ya de superar las punzadas
de hostilidad que vienen de los demás, dejándolas senci-
llamente caer, sin considerarlas, perdonando «la deuda».
Se va al contraataque. Si la única deuda es realmente el
amor, este será la actitud a la que se sentirá obligado el
cristiano con respecto a sus hermanos y de manera más
general a todos los hombres.
Cualquier forma de mal no lo pillará desprevenido en
una situación de ingenuidad ensoñadora, ni tampo- co
dispuesto sencillamente a ignorar de forma sistemá- tica
el mal que se le hace. El cristiano tendrá una actitud
constructiva. No se dejará derrotar por el mal, no solo en
el sentido de no utilizar las mismas armas, sino sobre
32 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
todo en el sentido de no padecer la extorsión de su pesi-
mismo. El mal podrá ser y será superado mediante una
inundación de bien.
No nos abandones en las tentaciones
En lo que respecta a la tentación, en Pablo encontra-
mos una casuística compleja y elaborada. Pablo ha vivi-
do personalmente la experiencia, incluso dolorosa, de la
prueba, se ha sentido «abofeteado» por Satanás (2 Cor
12,7-10). Por este motivo, habla de ello con ese compro-
miso personal que es su comportamiento típico: lo que él
vive personalmente, Pablo lo presenta como paradigmá-
tico para los demás. Insiste en dos aspectos que conside-
ra fundamentales: la tentación-prueba ha de ser aceptada
por el cristiano, el cual tendrá asimismo que prepararse
para su propia defensa. Se trata de una verdadera batalla
que por tanto ha de ser afrontada como tal (cf. Ef 6; 10;
17). Dios la permite para que el cristiano se consolide y
vela sobre ellos para que no sean tentados más allá de su
capacidad de resistencia (cf. 1 Cor 10,13).
Pero la buena voluntad, traducida asimismo en un
esfuerzo realista de defensa, no es suficiente: hace falta
recurrir a Dios en la oración para evitar que las tentacio-
nes se resuelvan según la intencionalidad insidiosa del
tentador Satanás (cf. 2 Cor 2,11; 11,14; 2 Tes 2,9). En el
contexto de la tentación confluyen por una parte el
misterio del mal y del maligno y por otra las incógnitas
del corazón humano, con su capacidad de resistencia y
sus claudicaciones imprevistas. Se necesita la fuerza de
Dios y de Cristo para que el cristiano pueda «salir» de la
tentación sin quedarse atrapado en ella (cf. 1 Cor 10,13).
III. El «Padrenuestro» en san Pablo 33
Un discurso paralelo puede hacerse a propósito del «ma-
ligno». Pablo constata su presencia en la historia, con un
poder arrogante e insidioso. Satanás puede insinuarse en
todos los aspectos de la vida concreta, puede esperar al
cristiano en cualquier punto de inflexión de su cami- no
y actúa convirtiéndose en tentación. Sin embargo, el
cristiano no debe vivir bajo la pesadilla del demonio. La
seriedad del reto permanece, pero su adhesión a Cristo,
alimentada por la oración, le permitirá superar al demo-
nio y vivir con alegría su filiación.
En resumen, los elementos del padrenuestro también
pueden reconocerse. Se encuentran en un estado fluido
que sin embargo podríamos llamar incandescente. La di-
mensión inequívocamente litúrgica en la cual se sitúa la
invocación de «Abba-Padre» nos lleva también, si no ne-
cesariamente a la fórmula del padrenuestro, sí a un frag-
mento de oración equivalente, notable por su intensidad
y por la presión del Espíritu. Pero el «estado fluido» es
determinado por la experiencia múltiple de la vida en la
cual aparecen introducidos los elementos correspondien-
tes a la fórmula. Podríamos decir que se da una especie
de desplazamiento: de la formulación litúrgica a la vida
cristiana, de la vida cristiana a la formulación. Se pone
así en marcha un mecanismo de profundización que lle-
va también a una esencialidad. Es lo que encontramos en
la presentación de Lucas.
CAPÍTULO IV
EL «PADRENUESTRO» EN LUCAS
Como ya hemos observado al principio, también en-
contramos una fórmula del padrenuestro en Lucas. Vale
la pena mirarla de cerca. Para comprenderla debemos te-
ner presente un hecho general: el estrecho contacto entre
Lucas y Pablo, como aparece en el libro de los Hechos
de los Apóstoles, escrito precisamente por Lucas que
también ha dejado su impronta en el Evangelio. Por tan-
to, esperamos reencontrar también en Lucas todo lo que
ya hemos destacado en Pablo.
Vayamos a la fórmula del padrenuestro.
Mientras Mateo la coloca en el Sermón de la Monta-
ña, en el contexto de una oración que evite la palabrería
pagana, Lucas da algunas referencias más concretas re-
lacionadas con la actitud de Jesús. Jesús ora. Para ha-
cerlo, a menudo se retira a lugares solitarios aislándose
también de sus discípulos. Estos se dan cuenta de ello,
aprecian el comportamiento del Maestro y son impulsa-
dos a imitarlo. Así, le piden: «Señor, enséñanos a orar»
(Lc 11,1). La respuesta de Jesús les involucra. Les dice:
«Cuando oréis, decid» (Lc 11,2). Se presupone una vo-
luntad de oración decidida, seria y comprometida por
parte de los discípulos. La fórmula que Jesús sugiere es
por tanto la expresión perceptible de una oración que en
primer lugar se mueve desde el interior. A continuación,
viene la formulación típica de Lucas. La oración está di-
rigida al «Padre». No se añade la precisión de Mateo
36 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
«que estás en el cielo». Nos hemos preguntado por qué.
Descartada la hipótesis fantasiosa de una doble fórmu-
la enseñada por Jesús, se ha pensado con fundamento
que esta aparente simplificación de Lucas constituye
en realidad una profundización. Es lo que sostiene W.
Marchel. Y la profundización sería la siguiente: «Padre»
evoca desde cerca el término arameo de Abba y constitu-
ye su traducción más inmediata y espontánea. Se puede
así decir que volvemos a encontrar en Lucas lo que en
Pablo aparecía como un grito hacia el Padre, expresado
con la intimidad familiar utilizada por Jesús en su vida
terrena y que es sugerida a los cristianos por el Espíritu.
Por este motivo, tendríamos el nivel de Pablo elabo-
rado en una fórmula. Este nivel profundizado de una ora-
ción que se sabe y se siente animada por el Espíritu de
Jesús y que lleva por tanto a dirigirse a Dios llamándolo
simplemente Padre, hace que sea superflua la incorpora-
ción de la parte «que estás en el cielo», en el sentido de
que la engloba. Precisemos. Tampoco se trata en Mateo
de una advertencia, como si se les dijera que no olvida-
ran mientras invocaban a Dios como Padre que está en
el cielo y no a disposición inmediata en la tierra. El sen-
tido es más profundo porque implica la trascendencia de
Dios. Es precisamente la acción del Espíritu el que lle-
va en cierto modo la trascendencia a un contacto directo
con el hombre. Si es de verdad el Espíritu quien anima
la oración del cristiano y lo empuja a dirigirse al Padre,
se tiene una presión de la trascendencia que se dirige
desde el interior del hombre. Se puede afirmar sin exa-
gerar que el «cielo» se encuentra en el corazón del hom-
bre, en el sentido de que es precisamente en el corazón
donde actúa el Espíritu, donde este ha sido «derramado»
(Rom 5,5).
IV. El «Padrenuestro» en Lucas 37
La santificación del nombre de Dios y la venida de
su reino adquieren una nitidez particular. La santifica-
ción del nombre es también aquí la difusión de la san-
tidad personal propia de Dios dentro de la comunidad
cristiana. El reino cuya presencia se desea cerca es el que
ya se ha vislumbrado en Mateo, quizá con un énfa- sis en
su movimiento hacia la conclusión escatológica. La
venida del reino se refiere siempre por consiguiente a esa
realidad que nace cuando se encuentra la línea des-
cendiente con la ascendiente. La recuperación literal de
estas dos peticiones como también la variación de la in-
vocación de fondo hace pensar en un contacto común de
la tradición de Lucas y de Mateo con la fuente Q, que en
cualquier caso se resuelve en una elaboración original de
Lucas que aparece ante todo en sus omisiones. Por ejem-
plo, no encontramos la petición —como se subrayaba
explícitamente en Mateo— del cumplimiento de la vo-
luntad de Dios. También aquí, más que una ausencia, se
trata de una profundización. Hemos visto en Pablo —del
que probablemente depende Lucas— que la voluntad de
Dios condensada en Cristo es transmitida y propuesta en
concreto al hombre por la acción del Espíritu. Entonces
el problema se desplaza. No se pide a Dios que su vo-
luntad sea ejecutada con una perfección que implique la
trascendencia, porque todo esto ya está en marcha: la
iluminación y el impulso del Espíritu lleva a identificar
y a realizar en cada momento la voluntad de Dios. Por
consiguiente, el problema actual del cristiano es la doci-
lidad al Espíritu. La voluntad del Padre se realiza así, en
vivo, con una naturaleza orgánica que penetra todos los
aspectos de la vida, sin vacíos y sin fisuras.
38 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
Algunas características de Lucas
Encontramos en cambio una insistencia particular en
la petición del pan: Lucas subraya la cotidianidad. Mien-
tras Mateo insiste en el pan que es pedido «hoy» (Mt 6,11),
Lucas explicita añadiendo «danos cada día nuestro pan
cotidiano». Se trata de un matiz importante. Es decir, se
pide que Dios nos conceda el pan según el plan estableci-
do por Él mismo, con respecto a la continuidad de la vida
que se desarrolla día a día. Está claro que el pan que sirve
hoy es pedido ahora, con esa actitud de simultaneidad con
respecto al Padre que ya hemos considerado. Pero, asi-
mismo, y es el sentido del matiz de Lucas, está claro que
no se pide una reserva al infinito ni tampoco una reserva
que dure más de un día. Del mismo modo que Dios daba
el maná en el desierto cada día (cf. Ex 16,1-20; Sab 16,20-
21), el pan es pedido con su ritmo cotidiano según el plan
de Dios. Con esto, por una parte, pedimos con insistencia
y, por la otra, nos abandonamos completamente en Dios.
Se pide a continuación: «Perdónanos nuestros peca-
dos, porque también nosotros perdonamos a todo el que
nos debe» (Lc 11,4). Con respecto a la formulación de
Mateo, conviene destacar una doble variación que sirve
para precisar. Lo que en Mateo son llamadas «deudas»,
aquí son llamados «pecados». Y una interpretación que
tiende a ampliar el sentido de la metáfora de las «deudas»
interpretándolo como si Lucas quisiera decirnos que no
pensáramos solamente en esas «deudas» contraídas con
Dios mediante unos incumplimientos formales que en la
práctica del Antiguo Testamento podían ser superadas a
través de una ofrenda ritual bien determinada y propor-
cionada a la entidad de la transgresión. Las deudas son
los pecados: es decir, cada vez que el hombre se equivo-
IV. El «Padrenuestro» en Lucas 39
ca, yendo fuera de lo que es su contexto ideado precisa-
mente por Dios, se tiene un pecado. El pecado concierne
siempre a Dios, no solo cuando la acción equivocada es
dirigida directamente a Él —como en la blasfemia—, sino
también cuando la decisión pecaminosa incide solo en el
hombre. Dios ama al hombre como Padre y no tolera,
dada la fuerza irresistible de su amor, que su hijo se haga
daño. Pero cuando la decisión pecaminosa ha sido toma-
da y el mal se ha realizado, solo Dios puede remediarlo a
través de esa nueva creación que es su modo de perdonar.
Al pedir al Padre que nos perdone los pecados, le pedimos
una restauración total, incluso una acción creativa en lo
que respecta a ese vacío, a esa «nada» que se ha determi-
nado en nuestro sistema a través del pecado.
La reparación restauradora con respecto al vacío del
pecado es pedida a Dios en proporción directa con una ac-
titud constructiva con respecto a los demás. Lucas cambia
el término de «deudas» con el de «pecados» con respecto
a Dios, pero deja la metáfora de las «deudas» que hay que
perdonar cuando se trata del comportamiento del cristiano
hacia sus hermanos. También esto es significativo. La vo-
rágine abierta por el pecado es más amplia que las «deu-
das» que se contraen recíprocamente en la vida de cada
día. Su remisión comporta la exigencia constante de res-
tablecer un equilibrio turbado, no de reconstruir un vacío.
Un último matiz puesto de relieve a propósito de la
remisión continua de las «deudas» que los demás con-
traen con nosotros es su universalidad. Evidentemente,
también en Mateo sería inadmisible cualquier tipo de ex-
cepción a esta disposición de remisión. Pero Lucas la
explicita. Pedimos la remisión de los pecados añadiendo:
«También nosotros perdonamos a todo el que nos debe»
(Lc 11,4). Es como si fuera un reto: siempre podrá haber
40 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
hermanos u hombres en general que incidan en sentido
negativo sobre el cristiano, vulnerando sus derechos y
convirtiéndose en «deudores». Ante cualquier acción de
este tipo, sobre todo ante cualquier persona que se com-
porte así, el cristiano tendrá siempre una sola respuesta:
remitir la deuda con la alegría de imitar la bondad del
Padre —«también nosotros»— y la bondad de Jesús que
decía en la cruz: «Padre, perdónalos …» (Lc 23,34).
Por último, en Lucas encontramos una simplificación
de la última pregunta que atañe a la tentación y al malig-
no. La parte de «líbranos del maligno» cae y solo perma-
nece la petición de «no nos dejes caer en tentación». El
motivo de esta omisión se encuentra con toda probabili-
dad en la línea de una profundización que tiende asimis-
mo a simplificar el discurso. Hemos visto que el demonio
en la reflexión que hace Pablo de él no actúa solo, sino que
se infiltra en las estructuras humanas presionando sobre
el hombre a través de ellas. La presión hacia la elección
equivocada del pecado es la tentación que no permanece
aislada: si hay una tentación, hay asimismo un tentador
que la activa. Teniendo presente este hecho, la liberación
del maligno está ya contenida en la petición de no quedar-
se atrapados en la tentación. Es como decir: la tentación
se dará y podrá también tener, siempre que se salga de
ella, una finalidad positiva. Pero se necesitará un apoyo
especial de Dios que se obtiene con la oración, para que
esta tentación, inevitable de hecho, no se convierta en una
trampa mortal. La superación de la tentación comporta
la neutralización del efecto del demonio y, por tanto, una
plena liberación de su influencia negativa. Una tentación
que provenga solamente del hombre difícilmente podría
tener un impacto tan fuerte y preocupante como para tener
que recurrir al Padre para salir de ella indemnes.
CAPÍTULO V
EL «PADRENUESTRO» EN JUAN
En el ámbito del Nuevo Testamento, el movimien- to
joánico representa una experiencia eclesial particular-
mente avanzada. Lo podemos situar, en lo que respecta
a su expresión más madura, entre los años 80 y 120 en el
área de Éfeso. Representantes típicos son sin duda el
cuarto Evangelio y las cartas de Juan y probablemen- te
también el Apocalipsis. Nos preguntamos entonces si
—y de qué modo— la oración del Señor se refleja como
una formulación o sobre todo como contenido en este es-
trato de la Iglesia primitiva.
Un primer enfoque corre el riesgo de desilusionar:
una fórmula de oración que haga pensar directamente en
la del padrenuestro no aparece documentada en el cam-
po de los escritos joánicos. Se habla indudablemente de
oración, se insiste en la oración de dirigirse al Padre en
el nombre de Jesús (cf. Jn 15,16; 16,23-24), se subraya
asimismo la oración que se dirige a Jesús mismo y pide
en su nombre, pero no encontramos una oración dirigida
directamente por los cristianos al Padre, identificable en
cualquier tipo de fórmula o esquematización.
Jesús ora al Padre
En cambio, sí encontramos una oración dirigida pre-
cisamente al Padre y expresada directamente por Jesús:
42 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
es el capítulo 17 del cuarto Evangelio. ¿Es una especie
de relación entre esta oración del evangelista, puesta de
relieve de forma enfática y la oración del Señor que nos
es presentada en los sinópticos y a la cual Pablo pro-
bablemente hace esa alusión parcial que ya hemos exa-
minado? Para responder a esta pregunta se necesita una
atenta contextualización. Hemos de aclarar que cual es
la relación entre Jesús y el Padre que se resalta de mane-
ra totalmente particular en esta oración, pero que empie-
za antes y está documentada en todo el cuarto Evangelio.
Desde el inicio, Jesús es presentado como el «Uni-
génito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).
Como Hijo Unigénito tiene una relación completa con el
Padre, y el cuarto Evangelio se esmera en explicitarlo.
Basten algunas menciones, dado que se trata de un as-
pecto conocido.
Toda la vida de Jesús está regulada por el Padre. Po-
dríamos decir que se dirige en la luz del Padre en cada
momento, en cada hora (cf. Jn 11,9-10), en una continua
situación dialógica. Y esto comporta que Jesús siempre
está en acción, al igual que el Padre lo está (cf. Jn 5,17).
Lo que hace el Padre es paradigmático para Jesús de
la forma más absoluta: basta con que lo haga el Padre
para que Jesús lo quiera y casi tenga que hacerlo Él tam-
bién. Entre Jesús y el Padre existe una sintonía operativa
perfecta (cf. Jn 5,19). Pero no se trata de un paralelis- mo
mecánico. Esta reciprocidad perfecta es fruto de un amor
radical que se da entre los dos, Jesús lo reconoce y lo
expresa casi con asombro y, sin duda, con alegría:
«El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace»
(Jn 5,20). Y el amor mueve al Padre a mostrar al Hijo lo
que hace y que el Hijo aceptará como voluntad del Padre
(cf. Jn 5,30).
V. El «Padrenuestro» en Juan 43
El Hijo muestra una pasión entusiasta por la voluntad
del Padre que constituye «su alimento» (cf. Jn 4,34), su
ideal es hacer «siempre lo que le agrada» (Jn 8,29). Esta
altísima reciprocidad lleva a Jesús al don de sí mismo.
Cuando se acerca la «hora» —de la muerte y de la resu-
rrección— Jesús siente un escalofrío: es la reacción hu-
mana ante el sufrimiento y la muerte (Jn 12,27).
Después de haber pedido al Padre librarlo de la
«hora», se recupera inmediatamente y se recuerda a sí
mismo que ha venido al mundo precisamente para vi- vir
esa «hora», expresando al Padre lo que es el deseo más
ardiente que siente: «Padre, glorifica tu nombre» (Jn
12,28). La respuesta que viene del Padre —ya se ha
realizado en la existencia concreta de Jesús antes de la
«hora» y encontrará en la «hora» misma su expresión
culminante (cf. Jn 12,28b): «Y cuando yo sea elevado
sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Es
una referencia inequívoca a la muerte en la cruz que re-
presenta precisamente el punto máximo de la obra de Je-
sús y de su relación con el Padre.
Al iniciar la «hora» con su pasión, Jesús declarará
solemnemente a sus discípulos: «Es necesario que
el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el
Padre me ha ordenado, así actúo» (Jn 14,31). Esta rela-
ción de máxima apertura recíproca con las implicaciones
que hemos visto entre Jesús y el Padre le da el toque a la
«oración de la hora» de la que hemos partido y que
podríamos llamar el padrenuestro de Jesús. Jesús se di-
rige al Padre alzando «sus ojos al cielo» (Jn 17,1). La
trascendencia, evocada por el término de «cielo», está en
cualquier caso en Él mismo: «Yo estoy en el Padre, y el
Padre en mí» (Jn 14,10). Son «uno» (Jn 10,20). La
oración de la «hora» se desarrolla en tres círculos
44 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
concéntricos. En el primero, Jesús habla al Padre de sí
mismo, pide su glorificación para poder a su vez glo-
rificar al Padre entregando así a los hombres lo que el
Padre le ha dado: la vida eterna (cf. Jn 17,1-5). En el se-
gundo círculo concéntrico, Jesús habla al Padre de sus
discípulos (Jn 17,6-19): estos han recibido del Padre la
manifestación del «hombre». Jesús pide al Padre que se
ocupe siempre en relación con «tu nombre, a los que me
has dado» (Jn 17,11), de manera que ellos, compartiendo
la realidad del Padre y de Jesús, «sean uno, como noso-
tros» (Jn 17,11). Esta situación maravillosa tendrá que
ser defendida y Jesús ruega al Padre que los mantenga
lejos «del maligno» (Jn 17,15). En el tercer círculo (Jn
17,2-20), la oración de Jesús al Padre abarca a todos los
que creerán en Él. Jesús transfiere en ellos su «gloria»
(Jn 17,22), su realidad-valor. Por consiguiente, serán to-
dos, al igual que los discípulos, «uno, como tú, Padre, en
mí, y yo en ti» (Jn 17,21). Y todo esto es llevado al nivel
escatológico, según la categoría de la escatología
realizada precisamente por Juan: «Padre, este es mi de-
seo: que ... estén conmigo donde yo estoy y contemplen
mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de
la fundación del mundo» (Jn 17,24).
Un padrenuestro omnipotente
Los puntos de contacto entre la oración de la hora y
el padrenuestro son numerosos y sugerentes. La invo-
cación de Dios como Padre, puesta en labios de Jesús,
recupera y supera la intimidad testimoniada por el Pa-
dre y retomada por Lucas. La referencia al cielo es re-
interpretada. Se habla repetidamente del «nombre» del
V. El «Padrenuestro» en Juan 45
Padre, entendiendo con ello la persona. La santidad que
se realiza en la participación por parte de la comunidad
cristiana es la gloria (Jn 17), en el sentido mencionado
de realidad-valor que pasa del Padre a Jesús y de Jesús a
los suyos, empezando por los discípulos, con el resulta-
do final de una unidad trascendente entre el Padre, Jesús
y ellos que es así realizada.
La comunidad eclesial vista desde esta perspectiva
como «una» tanto recíprocamente como con respecto al
Padre y a Jesús constituye una interpretación especial-
mente estimulante del reino en el sentido mencionado
más arriba: es la situación que se determina del encuen-
tro de la línea descendiente donde el Padre ama tanto al
mundo que le ofrece y entrega a su Hijo (Jn 3,16) con la
línea ascendente constituida por la aceptación de la fe
por parte del hombre. Si más tarde los discípulos y
los cristianos son de verdad uno en sentido vertical y
horizontal, ejecutarán plenamente la voluntad del Padre
y se amarán al máximo entre ellos. Su presencia en el
mundo les expondrá a las tentaciones. Jesús no quiere
sustraerles de ellas, sino que ruega al Padre para que los
«mantenga lejos del maligno», como encontramos en la
formulación de Mateo. En resumen: la ausencia del pa-
drenuestro es solo aparente.
En realidad, en la oración de la hora encontra- mos
una reformulación aumentada de las mociones de
fondo que la constituyen: tenemos el padrenuestro de
Jesús.
Juan enseña ante todo que los discípulos oran apren-
diendo de Jesús. ¿Es posible entonces comprobar, en la
línea del padrenuestro, los puntos de interés sobre los
cuales debió latir de manera particular la Iglesia joánica,
en continuidad con los primeros discípulos?
46 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
Partamos de una consideración a primera vista evi-
dente: la oración de Jesús con la que el cristiano se dirige
al Padre lo presupone hijo de Dios. En el ámbito del mo-
vimiento joánico, la filiación con respecto a Dios es muy
sentida: se afirma desde el principio la «capacidad» dada
a los que creen en Jesús «de ser hijos de Dios» (Jn 1,13).
Entre aquellos que, habiendo creído, tienen esta capa-
cidad están sin duda los discípulos. Pero mientras en el
desarrollo del cuarto Evangelio se habla muy a menudo de
la relación de filiación entre el Padre y Jesús, la filia-
ción de los discípulos no es subrayada. Se habla de ella
solamente como un hecho ocurrido en el contexto de la
«hora», cuando Jesús resucitado, hablando de ellos, los
califica explícitamente como sus «hermanos» y afirma:
«Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios
vuestro» (Jn 20,17). La capacidad de ser hijos de Dios
parece que ya se ha realizado en este punto. Ha consti-
tuido un camino que se ha desempeñado en el ámbito del
«libro de los signos» (Jn 1,19-12.50): los discípu- los,
estando en contacto directo con Jesús, han dilatado y
consolidado gradualmente su capacidad de acogerlo. Se
han embebido de su palabra y de su verdad, expresando
su apreciación sobre este tema también en momentos de
crisis (cf. por ejemplo, la profesión de Pedro: «Tú tienes
palabras de vida eterna», después del discurso eucarísti-
co, Jn 6,68).
Madurados en esta acogida progresiva de Jesús, los
discípulos dan un salto cualitativo en el libro de la «hora»,
precisamente en su filiación: Jesús, de quien ellos han
admirado su realidad, su valor y su «gloria» —«hemos
contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del
Padre»—les comunica precisamente esta clasificación
suya. Lo afirma en la oración de la hora que ya hemos
V. El «Padrenuestro» en Juan 47
visto: «Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que
sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). Es la
participación en la «gloria», en la realidad-valor propia
del Hijo que actúa en los discípulos y en todos los que
creerán por medio de su palabra en la «capacidad» de ser
hijos de Dios en una relación de unión estrechísima con
Jesús, con el Padre (cf. Jn 17,23) y entre ellos.
Partiendo de esta altísima realización de la filiación
siguen como consecuencia la alegría (cf. Jn 17,13), la
paz, la santificación (cf. Jn 17,19), todo relacionado con
una influencia de Jesús y con una participación que hace
de sí mismo.
Y la consecuencia más característica es la oración.
Jesús, comenzando por el «libro de los signos», practi-
ca una oración dialógica continua con respecto al Padre,
que de vez en cuando se hace también explícita en su
contenido (cf. Jn 6,11: «Dijo la acción de gracias»; so-
bre todo, Jn 11,41). Sin embargo, no se habla nunca de
una oración dirigida al Padre por parte de sus discípulos.
Pero ahora que participan en la «gloria» de Jesús y se
han convertido también ellos en hijos, son estimulados
de manera expresa por Jesús a orar en su nombre: «Si pe-
dís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora
no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis,
para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,23-24).
A modo de conclusión, podemos decir que los dis-
cípulos, en cuanto alcanzan gradualmente el nivel ple-
no de su filiación, son capaces de expresar, en sintonía
perfecta con Jesús, su oración al Padre. Jesús les invo-
lucra en su relación con el Padre. Como consecuencia, la
oración de los discípulos y de todos los cristianos será
siempre una oración realizada al nivel de Jesús, en sin-
tonía con el cual los discípulos se dirigen al Padre, y
48 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
tenderá a asumir elaborándolos los rasgos típicos de su
verdad.
La primera comunidad cristiana
Siguiendo el esquema del padrenuestro se pueden
presentar algunas precisiones. Podemos hacerlo legíti-
mamente porque es altamente probable que al final del
siglo I se conociera ya en la Iglesia joánica que gravitaba
sobre Éfeso y que se usara en la liturgia la fórmula ma-
teo-lucana del padrenuestro. Sugieren esta probabilidad
la estrecha relación de Pablo y Lucas con Éfeso; también
Mateo, mencionado explícitamente por Papías de Hierá-
polis que se encuentra en la zona de Éfeso unos años más
tarde tenía que ser leído y conocido. Se estaba formando
el «Evangelio cuadriforme».
Los discípulos, y de manera más general los cristia-
nos de la escuela de Juan, como los encontramos en su
primera carta, se preocupan de la glorificación del nom-
bre del Padre como había hecho Jesús. Encontramos
explicitado este aspecto que corresponde a la primera
petición del padrenuestro. Los discípulos oyen decir de
Jesús: «Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que
el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14,13). La glo-
rificación-santificación del Padre, en el sentido de parti-
cipación por parte de la comunidad eclesial mencionado
anteriormente, se realiza como consecuencia de la ora-
ción de los discípulos.
Como ya hemos visto, la glorificación-santificación
de la gloria del Padre se realiza «en el Hijo» y, concre-
tamente, en la «exaltación» de Jesús. Es su situación de
crucificado, vista como una realeza de alcance universal
V. El «Padrenuestro» en Juan 49
(Jn 19,19-22), como una unidad indivisible (Jn 19,23-
24), en una nueva relación que se establece entre María
y los nuevos hermanos de Jesús (Jn 19,25-27). Esta se
vuelve visible a partir de la muerte de Jesús que repre-
senta como el último espasmo de amor hacia el Padre
y hacia los hombres y que lleva a Jesús a su perfección
suprema (Jn 19,28-30) y, por último, es especialmen- te
sugerente en esa profusión de dones entre los que se
encuentra el Espíritu, que a continuación realiza la sa-
cramentalidad de la Iglesia, simbolizados por el agua
y la sangre que salen del costado abierto de Jesús (Jn
19,31-37). Este contexto de la santificación-glorificación
muestra al cristiano el horizonte amplísimo en el que se
mueve cuando pide al Padre, utilizando la fórmula de
Mateo, probablemente ya extendida también en las co-
munidades joánicas, «sea santificado su nombre».
Pensando en el reino de Dios, los discípulos lo
ven vinculado a Jesús «Hijo de Dios y rey de Israel» (Jn
1,49). Actuando en su situación de crucificado (cf. Jn
19,19-22), su «reino no de este mundo» (Jn 18,36), Jesús
hace «reino» a los cristianos (Ap 1,5), comprometién-
dolos, mediante el ejercicio de su mediación sacerdotal,
en la realización del «reino del mundo» como «reino de
nuestro Señor y de su Cristo». Por este motivo, el cris-
tiano que pide al Padre la venida del reino pide de hecho
una presencia especial de Jesús con el poder de su situa-
ción de crucificado, con la capacidad de atraer todo y a
todos hacia Él, primero dentro de la comunidad cristiana
y a continuación en todo el mundo.
Viendo cómo Jesús ama apasionadamente y realiza
la voluntad del Padre, la Iglesia joánica intuye lo que
significa pedir hacer la voluntad del Padre «en el cielo
como en la tierra»: la voluntad del Padre realizada por
50 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
Jesús expresa a nivel terrestre la trascendencia —«como
en el cielo»— de la realización de la voluntad del Padre.
Esa voluntad que el cristiano encuentra en la verdad de
Jesús realizada bajo la influencia del Espíritu que se la
interpreta (cf. Jn 16,13). La petición de hacer la voluntad
del Padre estará por ello en plena sintonía con la actitud
con respecto al «hacer» la verdad y orientada concreta-
mente hacia su realización (cf. Jn 3,21; 1 Jn 1,6).
En Juan adquiere una importancia particular la peti-
ción al Padre del pan cotidiano. Todo el capítulo 6 está
dedicado a una profundización de lo que representa el
pan para los cristianos.
En este capítulo encontramos que Jesús, poniendo su
divinidad al servicio del hombre, les da de comer (cf. Jn
6,1-13). Al día siguiente, en la sinagoga de Cafarnaúm,
Él mismo explica el alcance de este «signo» que deja
entrever los diversos niveles según los cuales Jesús se
realiza como pan. El pan en un sentido realista, comido
el día anterior junto con el pez está en continuidad con el
pan en sentido simbólico. El grupo es invitado a enten-
derlo hasta el fondo: Jesús es el «pan vivo bajado del
cielo» (Jn 6,51) y dado por el Padre (cf. Jn 6,32). El ali-
mento que hay que buscar y pedir al Padre es por tanto
Jesús mismo, «pan de vida» (Jn 6,48), con la polivalen-
cia del alimento que comporta: alimenta con su palabra,
con su ejemplo, con el Espíritu; alimenta en particular con
la eucaristía (cf. Jn 6,52-59), sobre la que se insiste hasta
el punto de provocar malestar en los oyentes que solo la
fe de vértigo que Jesús pide permitirá superarlo luego (Jn
6,60-69). De este modo, se vislumbra el resul- tado de las
implicaciones contenidas en la petición del pan que
dejaban entrever tanto el texto de Mateo como el de
Lucas.
V. El «Padrenuestro» en Juan 51
En resumen, en la reelaboración de Juan, el Padre
entrega a Jesús como pan y este desempeña su función
preocupándose de las exigencias de una existencia física
que hay que llevar en esta tierra y entregándose plena-
mente. De este modo, Jesús es entendido y sentido por la
Iglesia de Juan como el que es capaz de alimentar ple-
namente la vida de hijos que permite a los cristianos rea-
lizar una relación con el Padre celestial especialmente
estrecha y temerosa y alegre al mismo tiempo: «Mirad
qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de
Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).
La petición del perdón es reinterpretada y profun-
dizada. El perdón llega a través de Jesús, mediante el
cual el cristiano pasa de la muerte a la vida y es liberado
completamente del pecado. Este paso que se da aporta el
tono a toda la vida eclesial: el cristiano, por una par- te,
en cuanto hijo de Dios y conforme a Él, «no peca» (1 Jn
3,6). Y por encima del riesgo de esta elección de
trasfondo negativo, el pecado entendido como rechazo
de la ley del Espíritu que ahora lo guía (cf. 1 Jn 3,4). De
cualquier modo, podrán darse insuficiencias parciales,
riesgos, miedos: el recurso a Jesús que mantiene perma-
nentemente su función de liberador del pecado (1 Jn 2,1)
y una confianza incondicional en Dios «mayor que nues-
tro corazón» (1 Jn 3,20), permitirá a los cristianos vivir
apropiadamente en la situación de hijos de Dios. Hijos
de Dios y hermanos entre ellos. Juan insiste muchísimo
en esta dimensión. No habla explícitamente del per- dón
de las ofensas, pero lo engloba claramente en una visión
más amplia y más comprometida.
El amor hacia los hermanos, practicado adecua-
damente, constituye un criterio diagnóstico de la su-
peración de la situación de muerte propia del pecado:
52 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
«Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la
vida porque amamos a los hermanos. El que no ama
permanece en la muerte» (1 Jn 3,14). Positivamente, la
relación filial que se establece con Dios —que en el vo-
cabulario joánico es siempre el Padre— es amor y se
derrama de inmediato sobre los hermanos: «Queridos
hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de
Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a
Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios
es amor» (1 Jn 4,7-8). Mientras en Mateo y en Lucas se
subraya una imitación del Padre en la remisión de las
«deudas» y de los «pecados», Juan extiende con audacia
la emulación del Padre en una perspectiva constructi- va
e ilimitada. Ya está el compromiso asumido de amar
como ama Él, que es amor, con la misma intensidad
y con el mismo estilo: «Si Dios (el Padre) nos amó de
esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a
otros» (1 Jn 4,11). Este tipo de amor realizado en la
Iglesia conseguirá hacer perceptibles los rasgos del Pa-
dre (cf. 1 Jn 4,12).
En lo que respecta a la última petición del padre-
nuestro —la defensa ante la tentación y el maligno—,
tenemos de nuevo un énfasis cristológico. Jesús pide ex-
plícitamente al Padre que defienda a los discípulos del
mal o del «maligno» (Jn 17,15). Habiendo vencido al
mundo (cf. Jn 16,33), siendo superior al «príncipe de este
mundo» (Jn 16,11), está en condiciones de garan- tizar
al cristiano la superación de todas las insidias del
demonio. Estas insidias se harán sentir: lo subraya de
manera particular el libro del Apocalipsis, que muestra
cómo actúa el demonio infiltrándose en las estructuras
de la historia. Los cristianos podrán vencer siempre por-
que participan de la «sangre del Cordero» (Ap 12,11), es
V. El «Padrenuestro» en Juan 53
decir, de la vitalidad simbolizada en la sangre que Cristo
como «Cordero» (cf. Ap 5,6) ha obtenido para los suyos
y da a su vez a partir de las fuentes de su muerte y de su
resurrección.
Como se puede ver en el término de esta breve pros-
pección, encontramos sin duda en Juan un optimismo
evanescente que ignora el mal. Sorprende asimismo el
énfasis, típico del cuarto Evangelio, de la fuerza de las
tinieblas (cf. Jn 1,5; 8,12; 12,35; etc.). Pero el cristiano,
que está unido a Cristo y «permanece en» Él, se sien- te
superior a esta fuerza. Su oración podrá y deberá ser
dirigida al Padre también para superar las insidias del
mal, pero su preocupación principal será la de mantener
el contacto con Cristo, la de ser y de permanecer «sar-
miento unido» a la vid (cf. Jn 15,2), en resumen, la de
ser invadido siempre por la vitalidad de Cristo. En esta
situación, el cristiano podrá superar el mal en todas sus
formas, también las más amenazadoras.
En Juan encontramos un desarrollo sugerente del
núcleo de fondo expresado y detallado en el padrenues-
tro. Ningún aspecto está ausente. Sin embargo, junto con
esta presencia que se puede percibir en los detalles, en
Juan aparece la síntesis que la comunidad cristiana ha
elaborado y sigue elaborando, caminando hacia de-
lante, madurando, realizando cada vez más y mejor los
grandes valores de los que es portadora. Y los valores
que la comunidad cristiana realiza tienen un único nom-
bre: Cristo. Y Cristo, con su verdad y su vida, entrega-
do continuamente a la comunidad por la mediación del
Espíritu. Y así santifica y glorifica el Padre su nombre,
involucra en una situación de reino que se realiza día
a día, establece una reciprocidad de amor que lleva a
desear apasionadamente la realización de su voluntad.
54 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
Dando a Cristo como alimento, el Padre da lo que es
mejor para el hombre, para su vida presente y futura,
empujándolo a amar con su mismo tipo de amor y de-
fendiéndolo de cualquier insidia. Moviéndose en la ór-
bita de Cristo, el cristiano se convertirá plenamente en
hijo del Padre.
CONCLUSIÓN
El examen sumario llevado a cabo dentro de los tex-
tos principales del Nuevo Testamento que le conciernen
y cuya ramificación es todavía más extensa si se piensa
por ejemplo en la concepción de la voluntad del Padre en
la Carta a los Hebreos nos presenta el padrenuestro en
movimiento. Se parte de Marcos, donde los elementos
constitutivos no están aún relacionados entre ellos en una
fórmula de oración. Se añade la fórmula que es presenta-
da en Mateo y Lucas, pero los valores que esta expresa,
lejos de ser aislables por el contexto de los Evangelios
respectivos, se encuentran reinterpretados y profundiza-
dos. Pablo, mediante su énfasis en la ley del Espíritu, ha
dado un impulso en profundidad: ha hecho reflexio- nar
a la comunidad sobre lo que significa la paternidad de
Dios y las implicaciones que comporta. Por último, Juan
ha ofrecido una reelaboración madurada de los nú- cleos
de fondo del padrenuestro totalmente centrada en Cristo.
Vemos entonces —es una conclusión que se impo-
ne— que la fórmula del padrenuestro no está estereotipa-
da, sino que se convierte como en la punta de un iceberg:
viaja dentro de la Iglesia, provocando reverberaciones en
extensión y profundidad; anima a la Iglesia a madurar y al
mismo tiempo consigue condensar y expresar de nuevo la
maduración conseguida.
El esquema de desarrollo que hemos notado desde el
Jesús de Marcos hasta la fórmula de Mateo y de Lucas,
56 La oración que Jesús nos enseñó: «Padrenuestro»
de la fórmula al Jesús activo en la Iglesia mediante el
Espíritu característico de Juan, corresponde a lo que en-
contramos condensado en la fórmula de introducción del
Catecismo de la Iglesia Católica, lo ilumina y le confie-
re profundidad. Como «síntesis de todo el Evangelio», el
padrenuestro se condensa en Jesús que es el «corazón de
todas las Escrituras», se explicita en la fórmula de la
«oración del Señor» y se convierte en la «oración de la
Iglesia» (CIC 2759-2772).
El padrenuestro es una fórmula. La Iglesia ha privi-
legiado la forma de Mateo que es la más articulada y se
ha impuesto en el uso litúrgico. Esta fórmula es analiza-
da y resumida en sus siete peticiones: se hace constante-
mente referencia a ellas. En la oración de la Iglesia, cada
una de las siete peticiones es esencial, aunque no sea
necesaria presentarlas todas simultáneamente. Esta fór-
mula es una condensado de vida. Confluyen en ella los
valores de fondo que la experiencia de la Iglesia ha ma-
durado y ha desarrollado en su historia, de manera aná-
loga a lo que encontramos en las comunidades paulinas
y en las correspondientes a los Evangelios.
Es esencial recordar un hecho fundamental: el padre-
nuestro sigue viajando en la Iglesia de hoy como lo hizo
en la primitiva. Los numerosísimos comentarios que se
han dado a lo largo de la historia de la Iglesia reflejan
regularmente la problemática de las diversas situaciones
históricas, la sintetizan y la interpretan. Todas estas si-
guen una etapa de este largo viaje del padrenuestro en la
vida de la Iglesia. Una etapa, no la última. La oración del
Señor continuará su función de síntesis y de inspiración
como un movimiento de sístole y diástole con respecto
al Evangelio hasta el final de los siglos.
SE TERMINÓ DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN DE
«APUNTES SOBRE LA ORACIÓN, 8», DE LA
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS,
EL DÍA 30 DE MAYO DE 2024, FESTI-
VIDAD DE SAN FERNANDO,
EN LOS TALLERES
DE A N E B R I .
MADRID
L A U S D E O V I R G I N I Q U E M A TRI