Parte 1
Parte 1
de la furia
PRIMERA PARTE
Rupén Berberian
Y, sin embargo, aquí me hallo, rodeado por fantasmas e historias lacrimógenas, vivo,
tomado por las riendas del diablo, rebelándome en la medida de mis fuerzas contra los
causantes, involucrados o no, de nuestra desgracia.
Con tan sólo el perdón jamás se derrotó, que yo sepa, a un criminal.
Aquí me hallo; ¡Dios sabe hasta cuándo!, enclausurado en este reducto mundano,
aguardando resultados de batallas psicológicas en las que no podré participar, y
acusaciones de las que no lograré despojarme. Parecería que no tuviera opinión, al igual
que un muerto.
Hace ya tiempo que no se resuelve mi caso. Debería inquietarme y, sin embargo,
considero que no debo seguir reprochando mi destino. Soy responsable por lo que
pudiera sucederme, y no me arrepiento. Sigo los acontecimientos con calma y sabiduría,
aunque sin resignación; con la misma calma que antecede a las tormentas. Sólo me
preocupa y me culpo por Diana, mi joven y bella esposa, al pensar que la he
abandonado en lo mejor de su vida.
«Si no puedes alcanzar el cielo, asóciate al diablo, llegarás más pronto», me dijo un
amigo una vez, y nunca quise creerlo.
Apenas instalados, mamá Areck fue empleada para enseñar nuestro idioma a los
refugiados, igual que otras madres que hicieron lo mismo por los caminos del exilio.
Bedrós y yo éramos bien vistos y mejor atendidos, deduzco que habría sido un poco
para honrar la memoria de Barón Hagop y otro poco, como reconocimiento por los
esfuerzos de mamá Areck.
Nuestra madre, después de los sacerdotes, aconsejaba y orientaba a las mujeres; además,
siendo secundada por un grupo de voluntarias, tenía a su cargo computar los
sobrevivientes, juntar a los desafortunados e informar sobre los desaparecidos. Aunque
resultaba agotador, mamá Areck afrontó siempre su humanitaria tarea con dignidad y
valentía.
Según nuestra tradición, se nos debía enseñar una profesión artesanal como lo fue a lo
largo de nuestra historia. Tal vez éste sea el motivo que nos permitió sobrevivir a otros
pueblos ya desaparecidos.
Bedrós tuvo un maestro que tallaba cruces, fabricaba rosarios de nácar y otros
ornamentos religiosos, y yo ingresé como ayudante en una repostería oriental.
Y el tiempo fue transcurriendo y llegó la mocedad. Mi hermano, encendido de pasión,
se juntaba con otros de su edad a fin de proseguir la lucha, como él decía: «Hasta
alcanzar el reconocimiento mundial por nuestros derechos de sobrevivir como nación y
permitir regresar y abrazar a nuestro suelo». Yo, mientras tanto, soñaba con el occidente,
quería disfrutar de los adelantos de la civilización, conocer Italia, Francia, cunas del
arte, descubrir nuestras raíces que se hundieron en aquellas lejanas latitudes.
Un buen día, a punto de rayar el alba, Bedrós atravesaba clandestinamente la frontera de
nuestra patria usurpada por los turcos, de regreso al pueblo que lo vio nacer.
Recién a los seis meses, uno de los integrantes del grupo guerrillero al que perteneció
mi hermano regresaba con el rostro deformado por el miedo para informarnos de tristes
y dolorosas nuevas. Bedrós había caído en una emboscada, golpeado, encarcelado y
torturado brutalmente y, según informes de un preso que lo conoció, dijo que le habían
cortado la lengua, arrancado las uñas y, por último, anulado como hombre.
Le señalé la puerta que estaba en el extremo del pasillo y le pedí que me disculpara...
Ese día lloré desconsoladamente, lo hice por mis padres, por mis hermanos, por Barón
Hagop, golpeando.
Pienso que sería muy triste para aquel que carezca de recuerdos, amores o rencores y no
tenga cómo trasladarse sobre una alfombra mágica por los dominios de la meditación y
la fantasía, soportar esa soledad de paredes. Creo que en eso también soy un
privilegiado.
Un hermano murió al poco tiempo por ingerir agua contaminada, mamá Areck se
ausentaba de día para conseguirnos pan, grupos de refugiados enfermos y desnutridos
seguían debatiéndose entre la vida y la muerte por los laberintos de calles oscuras. Se
habló de cosas tristes y estremecedoras, de aquellas interminables caravanas similares a
las que vimos pasar. Las enfermedades ya estaban haciendo estragos. Una mañana se
vio merodear un grupo de mujeres que nos preguntaron por nuestro apellido y
procedencia; en ese momento estábamos solos. Las mismas también repartían alimentos
y estudiaban la delicada situación de los enfermos.
Al atardecer, mamá Areck regresó acompañada por una mujer vestida casi como un
hombre, tenía los cabellos cortos y canosos y sus facciones eran duras. Por debajo de su
saco se observaban dos revólveres y una cartuchera ceñida a su cintura. La mujer nos
sonrió, nos abrazó por turno con ternura, dijo que se llamaba Shafica, que venía de
Jerusalén y que era nuestra tía por parte de Barón Hagop.
Más tarde, supimos que era una guerrillera armenia y que había salvado muchas vidas y
rescatado a muchas niñas de la perdición y la vergüenza.
Una suave y pálida sonrisa se dibujó por primera vez desde la desaparición de Barón
Hagop en el rostro tan dulce y bello de mamá Areck, y no era para menos. La presencia
de esa mujer significaba para nosotros seguridad, comida y protección.
Si me dejara llevar por mi primera impresión, por su aspecto duro y su vestimenta
agresiva y poco fe... Menina, no hubiese sospechado jamás que debajo de esa apariencia
estaría oculta una de las almas más humanitarias, valientes y piadosas de aquella difícil
época.
Rupén Berberian
Desaparecer patria más allá de todo convencionalismo. Muchos connacionales
perecieron en las cárceles o cayeron por ser contrarios a la política impuesta, sea por los
opresores o por el invasor. Los idealistas —héroes y cazadores de estrellas— son los
desconocidos de toda la vida, y su pecado radica en su autenticidad. Errados o no,
prefieren arriesgar la vida antes que convertirse en un camaleón o diplomarse en la
universidad de la hipocresía, para luego postularse como amantes de la paz.
—Carcelero.
—¿Qué desea?
—Necesito papel y lápiz para escribir.
—Está prohibido.
—Le pagaré por su molestia.
—Hasta que no salga la sentencia no se le permitirá mandar cartas a nadie —contestó,
siguiendo con la mirada la trayectoria de mi mano, añadiendo—: Usted comprende las
cosas, parece buen hombre —se estiró para alcanzar lo que le ofrecía—. Veré lo que
puedo hacer. ¿Le gusta mi país?
—¿Teme que le conteste negativamente, o quiere que le confirme lo que ya bien sabe?
Mi opinión, la que podría manifestar en este momento ante su presencia, tal vez no sea
totalmente satisfactoria. A un extranjero, como a un invitado, no se le debe preguntar
por su parecer. La respuesta que busca la hallará en su tierra. Asimismo, mi contestación
no podrá modificar su opinión, supongo.
—Usted es un hombre raro. Todos los extranjeros lo son. Si no les gusta mi país, ¿por
qué no se van? Todo el mundo habla mal de aquí con los bolsillos repletos de oro y la
panza llena.
—Callarse ante una respuesta que compromete no significa afirmarla.
Como rematando nuestra conversación, me dio la espalda, protestando cínicamente, y se
esfumó.
No obstante eso, al día siguiente deslizó por entre los barrotes un paquete que contenía
sobres, bolígrafos y una resma de papel. Me miró largamente a los ojos y, sin decir
nada, movió la cabeza perezosamente, culpándome de una torpeza singular. Luego se
marchó.
«La gente de este mundo es sorprendente —me dije—. Al primer impacto demuestran
resentimiento, hasta agresividad, pero después son un pan de Dios...»
Aquel día me sentí en paz conmigo mismo y me pareció oír campanas atronando el aire.
Una vez alguien dijo ser una margarita a la que debían colocar pétalos. Entonces no lo
comprendí. ¿Acaso alguien se interesaría por una margarita sin pétalos?
Comenzaré diciendo que, hasta la fecha, van seis las declaraciones que presté ante los
jueces. Repetir lo mismo durante horas resulta harto fatigoso y aburrido. Mis abogados,
astutamente, utilizaron todos los recursos a fin de influir sobre el jurado y hacer más
comprensible mi actitud. Mencionaron y realzaron detalles del drama sufrido por mis
padres, de cómo la misma vida me instó a la rebelión, de cómo el destino me jugó una
carta poniendo a mi alcance a aquel hombre. Alguien sugirió que tomasen en cuenta la
posibilidad de que, en el momento del atentado, fuese poseído por una circunstancial
crisis pasional; algo así como demencia momentánea y pasajera.
Ante una desgracia colectiva, poco importan las ideologías ni los modales. El que se
ahoga se agarra sin contemplaciones a quien tiene al lado, lo empuja hacia abajo; es la
ley de la jungla. El hambre y la miseria aniquilan la dignidad de cualquiera.
Pronto tuvimos que emprender viaje hacia el Líbano y, enseguida y sin descansar, hacia
Jerusalén (Palestina). Allí, junto a otros inmigrantes, nos hospedamos en el convento
armenio. Tía Shafica, al igual que un ángel guardián, estaba junto a nosotros en todo
momento y, sin embargo, nada pudo hacer para salvar a Boghós, mi otro hermano, de la
fiebre tifoidea. El velo de la muerte se extendía en todas partes. En el silencio de la
noche y con la luna de testigo, lo enterramos entre los olivares en las inmediaciones de
la ciudad. Supongo que él ya venía enfermo, se lo veía demacrado y débil, transpiraba
de un modo inusual.
Shafica nos había cedido su pequeña y única habitación, poco iluminada y menos
ventilada, por cierto, diría que hasta algo deprimente, pero... no podíamos pretender
nada mejor.
Sabíamos que estaba prohibido dejar la madera o el carbón prendido hasta la mañana
con la habitación cerrada casi por completo, por la peligrosidad que aquello
representaba, pero el frío era tremendo, mordía nuestra carne con sus dientes de hielo y
no había otra manera de combatirlo.
Los lobos del viento aullaban y gemían toda la noche en la pequeña ventanilla, por
donde, y desde mi posición —tendido sobre un precario colchón junto a la puerta o
recostándome en la pared que tenía a mi espalda—, espiaba cómo cobraban magnitud
hasta los insignificantes relámpagos.
De mañana, al abrir la puerta, una niebla con olor a incienso flotaba lentamente en el
vacío, recorría las paredes del cuarto, se paseaba por el patio y se alejaba
enigmáticamente como una voz misteriosa hecha de silencios.
Cuando sobra tiempo, la mente se recrea revisando sus archivos, porque en realidad
nada se olvida, ningún recuerdo se incinera en nuestro cerebro. Todo está eternamente
formando parte. Con sólo escarbar un poco, vuelve a aflorar a burbujones.
Nada podrá hacerme olvidar con qué valentía se jugó la vida Barón Hagop por nosotros.
Cómo y con qué maestría iba sorteando peligros y esquivando obstáculos y ciudades ya
en llamas. Tengo presente aún aquellas columnas de humo que subían hacia el cielo
oscureciéndolo, y el clamor de mamá Areck, impresionada, señalando una iglesia en
llamas.
Se oían griteríos, niños llorando a cada momento. Se nos cruzaba gente suplicando que
los lleváramos. Otros caminaban sin rumbo como sombras pálidas. Algún que otro
jinete (gamavor: guerrillero armenio) hacía su aparición esporádica, ayudando e
indicando el rumbo a seguir.
Al borde del camino, desangrándose, un moribundo al que quisimos auxiliar nos
informó que soldados turcos lo obligaron a él y a otros hombres de su pueblo a cavar un
pozo, luego a arrojar en él a los niños y enterrarlos vivos. Las mujeres embarazadas
fueron clavadas con bayonetas o abiertas de punta a punta, a la vista de todos, con arma
blanca. Las más bellas fueron conducidas a los harenes y a los prostíbulos; las demás,
junto con los hombres, fueron degolladas.
El hambre y el frío nos obligaron a abandonar la carreta, a ocultarnos entre las rocas y a
sacrificar la mula a fin de seguir con vida.
Una semana después, ya estábamos casi rendidos, cuando, de golpe, percibimos una
columna de sobrevivientes que se dirigía a lo lejos, a paso lento y forzado, sembrando la
muerte por ambos costados del camino, siendo golpeados despiadadamente por jinetes
armados.
—Son armenios —balbuceó Barón Hagop—. Ese camino conduce a Deir Ezzor. Se
dirigen hacia su exterminio... si no los sorprende la muerte antes. No hagan ruido.
Vengan, aquí pasaremos la noche —dijo, envolviéndonos en sus brazos y cubriéndonos
con una manta.
Aquella noche nos abrazamos todos y juntos aguardamos la madrugada. Las primeras
luces del alba nos revelaron escenas desgarradoras y escalofriantes. Barón Hagop ya no
sabía qué decir, parecía acabado. Sólo le quedaba un consejo más, el que aguardábamos
todos impacientes, y ese era: «Sálvese quien pueda.»
Y, no obstante, con serenidad y sacando fuerzas de flaqueza, ideó una salida a nuestra
tan comprometedora situación. Planeó el recorrido que nos llevaría a caminar por las
noches, unidos de las manos a fin de no perdernos, en silencio, paso tras paso hacia la
salvación.
Casi tocando la frontera, un centinela detectó nuestra presencia y se nos enfrentó solo,
creyendo poder hacerse con un botín.
No lo tengo muy bien presente, quizá por el hambre, la sed y el cansancio. Sólo sé que
intercambió algunas palabras con Barón Hagop y que pretendía manosear a mamá
Areck a fin de arrebatarle el oro que traía entre su ropa. Barón Hagop se abalanzó sobre
él, lo arrojó al suelo obligándolo a soltar el arma. Vi que extrajo el viejo revólver, lo
apuntó contra el hombre y apretó el gatillo, pero la bala no respondió, humedecida por
los años de entierro. En seguida, y sin soltar su presa, le aplicó con la culata del revólver
un golpe seco entre los ojos que repercutió con un sonido lúgubre que hizo
estremecernos a todos. Se reincorporó del suelo, le arrancó la cartuchera, tomó el fusil y
nos ordenó que corriéramos sin mirar atrás, por el sendero señalado con piedritas
blancas.
En esa aventura temeraria, todos corrimos con las últimas fuerzas que nos quedaban. A
nuestras espaldas se oyeron disparos, pero nadie se atrevió a mirar ni tampoco a
desobedecer a Barón Hagop. De momento mis piernas flaqueaban, me dolían las
rodillas, y era mamá Areck la que retrocedía para impulsarme y dar...
Como estaba previsto, fui conducido a la cárcel central, donde se me permitió recibir a
Diana, ¡mi Diana! Dulce y tierna Diana, en cuyos ojos rasgados, abismales como dos
diamantes negros sometidos a los caprichos de los rayos del sol, siempre hallé mi faro
de navegante solitario.
Sus trenzas de ébano y su cuerpo delgado, fuerte, flexible como el bambú, su sonrisa
cambiante y colorida; ora romántica, ora alegre, igual que el crepúsculo de los pájaros;
me inspiraban libertad, firmeza y convicción de que, a su lado, yo, sin duda alguna, era
un afortunado.
Nuestra cultura y civilización diferían y, sin embargo, lo ponderable era que el amor a la
tierra y la fe en el mañana nos unían de una manera extraña, como si fuésemos
ramificaciones caprichosas o expresiones de raíces inseparables, enlazadas por debajo
de continentes desconocidos.
Como cualquier armenio arrojado a este vasto mundo, manejaba varios idiomas,
incluyendo el del enemigo de mi raza. Por consejo de Barón Hagop, era imprescindible
que aprendiera las costumbres, manías e incluso el habla del enemigo, a fin de
reconocer y evitar su ponzoña.
Cuando sobra tiempo, la mente se recrea revisando sus archivos, porque en realidad
nada se olvida, ningún recuerdo se incinera en nuestro cerebro. Todo está eternamente
formando parte. Con solo escarbar un poco, vuelve a aflorar a burbujones.
Nada podrá hacerme olvidar con qué valentía se jugó la vida Barón Hagop por nosotros.
Cómo y con qué maestría iba sorteando peligros y esquivando obstáculos y ciudades ya
en llamas. Tengo presente aún aquellas columnas de humo que subían hacia el cielo
oscureciéndolo, y el clamor de mamá Areck, impresionada, señalando una iglesia en
llamas.
Se oían griteríos, niños llorando a cada momento. Se nos cruzaba gente suplicando que
los lleváramos. Otros caminaban sin rumbo como sombras pálidas. Algún que otro
jinete (gamavor: guerrillero armenio) hacía su aparición esporádica, ayudando e
indicando el rumbo a seguir.
El hambre y el frío nos obligaron a abandonar la carreta, a ocultarnos entre las rocas y a
sacrificar la mula a fin de seguir con vida.
Una semana después, ya estábamos casi rendidos, cuando, de golpe, percibimos una
columna de sobrevivientes que se dirigía a lo lejos, a paso lento y forzado, sembrando la
muerte por ambos costados del camino, siendo golpeados despiadadamente por jinetes
armados.
—Son armenios —balbuceó Barón Hagop—. Ese camino conduce a Deir Ezzor. Se
dirigen hacia su exterminio..., si no los sorprende la muerte antes. No hagan ruido.
Vengan, aquí pasaremos la noche —dijo, envolviéndonos en sus brazos y cubriéndonos
con una manta.
Aquella noche nos abrazamos todos y juntos aguardamos la madrugada. Las primeras
luces del alba nos revelaron escenas desgarradoras y escalofriantes. Barón Hagop ya no
sabía qué decir, parecía acabado. Solo le quedaba un consejo más, el que aguardábamos
todos impacientes, y ese era: «Sálvese quien pueda.»
Y, no obstante, con serenidad y sacando fuerzas de flaqueza, ideó una salida a nuestra
tan comprometedora situación. Planeó el recorrido que nos llevaría a caminar por las
noches, unidos de las manos a fin de no perdernos, en silencio, paso tras paso hacia la
salvación.
Casi tocando la frontera, un centinela detectó nuestra presencia y se nos enfrentó solo,
creyendo poder hacerse con un botín.
No lo tengo muy bien presente, quizá por el hambre, la sed y el cansancio. Solo sé que
intercambió algunas palabras con Barón Hagop y que pretendía manosear a mamá
Areck a fin de arrebatarle el oro que traía entre su ropa. Barón Hagop se abalanzó sobre
él, lo arrojó al suelo obligándolo a soltar el arma. Vi que extrajo el viejo revólver, lo
apuntó contra el hombre y apretó el gatillo, pero la bala no respondió, humedecida por
los años de entierro. En seguida, y sin soltar su presa, le aplicó con la culata del revólver
un golpe seco entre los ojos que repercutió con un sonido lúgubre que hizo
estremecernos a todos. Se reincorporó del suelo, le arrancó la cartuchera, tomó el fusil y
nos ordenó que corriéramos sin mirar atrás, por el sendero señalado con piedritas
blancas.
En esa aventura temeraria, todos corrimos con las últimas fuerzas que nos quedaban. A
nuestras espaldas se oyeron disparos, pero nadie se atrevió a mirar ni tampoco a
desobedecer a Barón Hagop. De momento mis piernas flaqueaban, me dolían las
rodillas, y era mamá Areck la que retrocedía para impulsarme y dar…
conocerlo personalmente. Ella siempre hablaba de usted con tanto cariño, con tanto
respeto... Me costó reconocerlo; han pasado los años y, bueno, aquí no se envejece con
elegancia precisamente.
Se quedó mirándome un instante más, luego añadió:
—Ella me pidió que le trajera esto —y deslizó entre los barrotes un pequeño
envoltorio—. No diga nada. No quiero problemas, pero sentí que debía hacerlo.
Con manos temblorosas lo tomé. Dentro había una carta. Reconocí la caligrafía de
Diana. Su letra era como su voz: clara, firme y cálida. Me costó abrirla. Algo en mí se
negaba a enfrentarse con aquellas palabras. Finalmente, lo hice.
"Amado mío:
No sé si este papel llegará a tus manos, ni si mis palabras serán suficientes para
atravesar los muros que nos separan. Pero sé que te amo, y eso me da fuerza.
Pienso en ti cada día. A veces me parece que voy a enloquecer con tanta ausencia, pero
entonces me aferro a tus recuerdos, a nuestra historia, y encuentro sentido.
No importa lo que digan ni lo que intenten hacerte. Para mí sigues siendo el hombre
justo, valiente, el que nunca temió al dolor si era por defender lo correcto.
Resiste. No cedas. Estoy contigo.
Siempre tuya,
Diana."
Leí esas líneas una y otra vez, como quien no se sacia con el agua en medio del desierto.
El carcelero me observaba en silencio.
—Gracias —le dije con la voz quebrada—. Esto vale más que cualquier sentencia.
Esa noche dormí con la carta bajo la almohada. Por primera vez en mucho tiempo, mis
sueños fueron luminosos.
El día siguiente amaneció gris, como todos en ese lugar, pero yo estaba distinto. Algo en
mí se había encendido. Recordé las palabras de mamá Areck, la lucha de Barón Hagop,
los rostros pálidos en los caminos, el frío en los huesos, la sangre derramada. No podía
darme el lujo de rendirme.
Mi causa no era solo mía, era la de los que ya no estaban, de los que aún resistían, de los
que nacerían algún día y necesitarían saber que un hombre se levantó cuando debía
hacerlo.
A lo lejos, una campana marcó el inicio del nuevo día. Me puse de pie, alisé mi ropa y
esperé.
El juicio se acercaba.
Y yo estaba listo.
—Eso es cierto —respondí con serenidad—. Estamos en el siglo XX, pero la maldad
del hombre sigue siendo la misma, sólo que ahora se disfraza mejor. En la edad de
piedra los asesinos blandían garrotes; hoy usan trajes y decretos.
Me miró en silencio, con una mezcla de desconcierto y cierta incomodidad. No era la
respuesta que esperaba.
El ambiente se volvió denso. El carcelero carraspeó como quien desea terminar la charla
sin quedar mal.
—Veré si puedo hacer algo por usted —dijo finalmente, y se marchó.
Quedé solo, otra vez. Solo como tantas otras veces, pero con una diferencia: esta
soledad era elegida. No necesitaba compañía para justificar mis actos, ni testigos para
limpiar mi conciencia.
Me acosté sobre la dura cama de piedra. En el techo húmedo y sucio imaginé estrellas, y
en el murmullo de la noche, escuché voces queridas.
Diana. Mamá Areck. Barón Hagop. Shafica. Todos seguían vivos dentro de mí, como
antorchas encendidas en la oscuridad.
Al día siguiente me llevaron a declarar nuevamente. El juez me miró con ojos fríos,
mecánicos. No veía a un hombre, sino a un expediente.
—¿Tiene algo que agregar a su testimonio? —preguntó.
—Sí —respondí con voz firme—. Tengo que decir que no me arrepiento.
Un murmullo recorrió la sala.
—¿No se arrepiente de haber matado?
—Me arrepiento del mundo que hizo que fuera necesario hacerlo.
Silencio. El juez anotó algo y me indicó con la mano que regresara a mi celda.
Me oculté entre unos arbustos. El olor a carne quemada me perseguía como un mal
espíritu, se me pegaba al alma. Cerré los ojos, pero era peor: en la oscuridad interna, el
rostro de mi madre se repetía una y otra vez. No supe si grité. Tal vez fue un aullido del
alma, algo que se escapa sin pedir permiso, como la cordura cuando ya no puede
sostener el peso de tanto horror.
Pasé la noche allí, tiritando no sólo de frío, sino de un miedo antiguo que se instala en la
sangre. Cuando amaneció, me sentí como un árbol caído al que los pájaros ya no
visitan. Estaba solo. Por fuera… y por dentro.
El anciano no respondió. Solo me abrazó. Fue el primer contacto humano que no dolió
después de aquella noche.
Y así, lentamente, comenzó mi exilio interior.
—
retorcía en el suelo, no por el dolor físico, sino por la impotencia. Sus ojos, desorbitados
y anegados de lágrimas, me hablaban desde la distancia como si pudieran verme
escondido entre los matorrales. No gritaban ayuda: suplicaban perdón. Perdón por no
poder protegernos, por no poder salvarnos de aquella desgracia. Era la mirada de un
hombre vencido, pero no por cobardía, sino por la brutalidad de una injusticia
despiadada.
El asesino de mi hermano se puso de pie, escupió hacia un costado y se limpió la sangre
en el pantalón como quien limpia el cuchillo de una caza reciente. Después miró con
desdén a mi madre, que seguía gritando, deshecha, pero viva. A ella no la mataron. No
aún. Querían que sufriera.
Prendieron fuego a la casa. Uno de ellos, con una sonrisa, dejó caer una antorcha
improvisada en un rincón de la cocina. En cuestión de segundos, las llamas lamieron las
paredes, se treparon a los estantes, devoraron los cortinados. Era como si todo lo que
representaba nuestra vida —las cartas de mi abuelo, el tejido de mi madre, los libros de
mi padre— fuera pasto de un fuego ritual.
Corrí. Corrí sin pensar, sin mirar atrás. Subí la loma sin sentir las espinas que
desgarraban mis piernas. Golpeé la puerta de Hagop con una fuerza que no sabía que
tenía. Balbuceé, lloré, me desplomé. Y él… él no dijo nada. Me abrazó. Apretado. Con
fuerza. Como si supiera que acababa de recibir un alma rota.
—Eso es lo que viví —dije, con la voz ya ronca, de vuelta en la celda—. Y si hoy estoy
aquí, es porque no pienso dejar que esa historia muera con mis padres.
Meguerdich y Zavén no hablaron por unos segundos. No hacían falta palabras. En sus
rostros estaba escrita la comprensión, la solidaridad, pero también una promesa
silenciosa.
—Vamos a defenderte, Estepán. No como mártir. Sino como hombre justo —dijo
Zavén, abrochando su portafolio.
—Creo en que las heridas del alma se curan haciendo memoria con dignidad —
respondió.
Y en ese momento entendí que mi guerra, lejos de haber terminado, apenas comenzaba.
Estaba aún temblando de rabia cuando Zavén me miró con ojos penetrantes. Por un
momento, me sentí como si estuviera desnudo ante ellos, mis pensamientos y
emociones al descubierto. Era difícil contener el dolor y la furia que se acumulaban en
mi pecho, pero entendí que no debía perder el control. Había llegado un punto donde
cualquier descuido podría ser fatal.
—Lo sé, lo sé. Es algo que no tiene justificación —dijo Zavén en tono bajo—. Pero
ahora, lo que importa es lo que puedes hacer con todo eso. No se trata de venganza, ni
de odio. Se trata de sobrevivir y de mantener la dignidad de los que ya no pueden
hacerlo.
Miré a ambos, buscando algo que me diera paz. Pero la paz parecía tan lejana como la
estrella más distante. ¿Cómo olvidar lo que había vivido? ¿Cómo podría seguir adelante
con un mundo que no había reaccionado ante el genocidio que arrasó mi tierra, mi
gente? ¿Qué esperanza podía haber en un lugar donde la indiferencia gobernaba?
—¿Y qué se supone que debo hacer? —pregunté con amargura—. ¿Sonreír y olvidar?
¿Dejar de lado todo lo que he sufrido por "salvar mi honor"?
Meguerdich me miró con calma, y aunque sus palabras sonaban a consuelo, podía ver
en su mirada que él también entendía el peso de la culpa que cargaba el mundo entero
por no haber intervenido.
—No te pido que olvides —dijo, con suavidad—. Pero sí te pido que uses lo que te
queda para hacer algo más grande que el odio. No estás solo. Esta lucha, por pequeña
que sea, puede tener el poder de restaurar lo que te fue arrebatado. Tienes la oportunidad
de darle una voz a los que ya no pueden hablar.
Miré a ambos hombres, mis defensores, pero también mis salvadores, aunque en ese
momento aún no lo entendía completamente. Sabía que lo que me pedían no era algo
fácil de aceptar, ni de cumplir. Pero, en algún rincón de mi alma, algo comenzó a
despertar. Quizás había algo en sus palabras que podía ofrecerme un refugio. Quizás
había una forma de transformar todo el dolor en algo que tuviera sentido. Algo que me
permitiera, al final, honrar a los que ya no estaban.
Pero no podía hacerlo solo. Necesitaba entender más. Necesitaba comprender cómo
podían ayudarme, cómo podía yo, de alguna manera, encontrar justicia en este mundo
tan roto.
el nombre del hijo que habían perdido. Yeraír, mi hermano perdido, el niño que nunca
conocí pero cuya ausencia pesaba tanto como si lo hubiera tenido a mi lado toda la vida.
Pensé que su muerte, tan temprana y dolorosa, había dejado un vacío en su familia que
nunca podría ser llenado. Sin embargo, la oferta de Areck me alcanzó como un rayo de
luz en medio de la tormenta.
Era extraño cómo el dolor de la pérdida podía convertirse en un lazo tan fuerte entre
extraños. Aceptar su oferta era también aceptar el amor de una familia que no era la mía
por sangre, pero que lo era en espíritu, en la lucha por sobrevivir, por encontrar
consuelo en medio de la tragedia. Me sentí honrado por su propuesta, aunque, al mismo
tiempo, una voz en mi interior me susurraba que nada podría devolverles lo que habían
perdido, ni siquiera yo.
—Lo pensaré, Areck —respondí, con la voz más serena que pude reunir, aunque por
dentro sentía una marea de emociones enfrentándose unas contra otras. No era fácil
aceptar la calidez de alguien cuando el mundo entero te había dado la espalda, pero al
mismo tiempo, el peso de la soledad me había vuelto tan pesado que la idea de estar
rodeado de gente que me aceptaba me parecía casi un sueño.
Me quedé mirando el techo, escuchando el murmullo distante del viento que golpeaba
las ventanas. Algo dentro de mí quería creer que el futuro podía ser mejor, que podía
encontrar paz en medio de tanta oscuridad. Pero el peso de lo perdido seguía siendo tan
grande como la montaña más alta.
Al despertar, la luz del día se filtraba tímidamente a través de la ventana. Los recuerdos
de la noche se desvanecían, pero la sensación de que algo importante estaba por venir
permaneció.
no han visto lo que yo vi, ni han vivido lo que yo viví. Ustedes no saben lo que es
perderlo todo, lo que es ser testigo de la violencia más brutal y la injusticia más
despiadada. No saben lo que es estar al borde del abismo, donde la vida y la muerte se
cruzan, y en ese cruce, uno debe tomar decisiones que no tienen retorno. No me pidan
explicaciones, porque no puedo darles ninguna que ustedes puedan comprender.
"Entienden que no todo se resuelve con palabras, ¿verdad? Las palabras, al final, se las
lleva el viento. Lo que se queda, lo que realmente importa, es lo que uno es capaz de
hacer cuando las circunstancias se vuelven insoportables. La acción es el reflejo de la
verdad, y la verdad no siempre es fácil de aceptar".
Los periodistas, aunque evidentemente impactados por mis palabras, no dijeron nada
más. La tensión en la habitación era palpable, el aire pesado, como si todos
estuviéramos esperando que algo ocurriera, algo que cambiaría el curso de los
acontecimientos.
Me dejé caer en la silla, agotado, y un silencio profundo llenó la celda, mientras los
pensamientos y las emociones seguían girando en mi mente. A pesar de las preguntas y
de los intentos de los periodistas por encontrar respuestas, sabía que la verdad era algo
que nunca podrían captar por completo. Sólo aquellos que habían vivido la violencia, el
exilio, la pérdida, podían entender el dolor y las decisiones que se toman en esas
circunstancias extremas.
Por un momento, me pregunté si alguna vez encontraría paz. Si alguna vez lograría
dejar atrás el peso de la culpa y el remordimiento. Pero sabía que las respuestas a esas
preguntas no las tendría en ese momento.
recreará en la memoria colectiva, en cada rincón donde haya un corazón que guarde la
verdad de lo acontecido. No hay fronteras que puedan detener el renacer de un pueblo
que lleva en su alma el eco de su historia, por mucho que la violencia intente sofocarlo.
La resistencia no se mide en batallas ganadas, sino en el alma inmortal de quienes
persisten a pesar de todo."
Al llegar a la oficina del oficial, me encontré con los periodistas que me esperaban, sus
miradas llenas de expectativas, como si estuvieran por descubrir algo monumental. Me
senté frente a ellos, y uno de ellos comenzó a hablar, el tono de su voz era serio, casi
respetuoso.
—¿Cómo te sientes después de lo sucedido? —preguntó el primero.
—El dolor de nuestra gente no tiene nombre —seguí, más calmado, sintiendo una
necesidad interna de que alguien lo escuchara, de que alguien finalmente entendiera lo
que había vivido—. Pero nadie ha pagado por lo que nos hicieron, por lo que nos
arrebataron. Muchos de los que hoy se hacen llamar defensores de los derechos
humanos no conocen ni una fracción de lo que ha sufrido nuestro pueblo, y menos aún
lo que implica vivir bajo esa sombra de muerte y traición.
—¿Crees que algún día, tus acciones tendrán algún impacto real en el futuro de tu
pueblo? —preguntó uno de ellos con cautela.
No lo dudé ni un segundo.
—No se trata de si tendrá impacto o no. Lo hice porque era necesario. Tal vez no lo vea
con mis propios ojos, tal vez mis descendientes no entiendan del todo la razón detrás de
lo que hice, pero lo que importa es que las voces que han sido silenciadas, de alguna
manera, siguen hablando a través de este acto. Y esa es la única verdad que importa.
Los periodistas quedaron en silencio, sabiendo que no obtendrían más de mí por ese día.
Había dicho lo que necesitaba decir, y algo en el ambiente se había transformado. Quizá
la historia nunca sería contada como yo la viví, pero al menos esa parte de mi alma
estaba ahora un poco más libre.
Por supuesto, en aquel hogar se habló y se opinó del atentado que conmovió, por lo
menos, a la opinión de los que se hospedaban en el "Gran Hotel". Él, repudiando el
hecho, había contestado textualmente: «Hablaremos de paz, únicamente ahogando en
nuestra garganta una lágrima de impotencia.»
Encendido de pasión y patriotismo, años atrás, intentó con su mujer ir a Ereván, actual
capital de Armenia, queriendo así brindar su aporte a la causa de la gran patria. Pero,
debido a su inadaptación, había optado por regresar a América que lo vio nacer, ya en
compañía de su mujer y de sus dos hijas.
Habiendo ejercido en su vida varios oficios sin éxito monetario, debatiéndose en una
constante e imperiosa necesidad, tuvo que sacrificar parte de su conducta bohemia y
aceptar emplearse en un comercio cuyo dueño era un acaudalado y astuto comerciante
armenio; tras haberlo conocido, se sintió atraído y sorprendido por su honradez, y le
había otorgado la limosna de un trabajo que le permitía vivir sin lujos, pero sin pasar
penurias. Don Román, que así se hacía llamar, era un hombre sencillo, cordial, y me
atrevería a agregar: demostrativamente generoso; especialmente con su pariente y
protegido, un busca-fortunas, pseudo-artista y ególatra. Ese hombre, vendiendo una
imagen soberbiamente falsa y poco conocida entre los armenios de la diáspora, había
logrado introducirse e impresionar a ciertos comerciantes; erigiendo para él mismo una
aureola de fama y atribuyéndose conocimientos y reconocimientos internacionales más
que fantásticos. Sin embargo, su producción seriada que él difundía como arte, apenas
engañaba a determinadas mentalidades y producía lástima y solidaridad a otras.
Armén llenó con whisky su copa hasta el borde, sin dejar espacio para el hielo, hojeó
unas páginas de un libro ilustrado sobre cocina francesa, expuesto para tal fin y lo que
dirán, junto a otros libros costosos que había en un mueble antiguo, y dijo:
• Vamos Vahram, nos están esperando para el póker. Me ofrecieron la quinta que
está junto a la mía por una bagatela, piden un millón y medio de los verdes. Está
muy bien cuidada. Hoy tengo intención de recuperar los diez mil que perdí la
semana pasada -dijo desafiante, dibujada en su boca una sonrisa, empujando con
un pie la puerta que conduce a un cuarto donde dos compañeros lo aguardaban,
instalados alrededor de la mesa redonda, altar de las frustraciones.
• ¡Vahram, Vahram!, ¿qué esperas? -gritó Armén desde adentro, con su acento
inconfundible.
Ella era el eje sobre el cual giraba ese reducido grupo humano. Su palabra encandilaba,
precedida de fama y prestigio. El mundo femenino la disputaba, halagaba su buen gusto
pidiéndole consejos, un poco por quedar bien y otro poco, por no saber cómo y en qué
derrochar tanto dinero. «La opinión era unánime: Tina es magnífica. ¡Es muy buena! La
conozco desde hace años. Somos grandes amigas.» Ese era el refrán, más bien, el ritual,
el «Ábrete, oh sésamo» de las habitués que frecuentaban aquella célebre quinta de fin de
semana.
Se dice que, «Semiramis, la legendaria reina asiria, famosa por haber hecho construir
los jardines colgantes de Babilonia, mató a todos sus hijos menos al más joven, para que
recibiera toda su herencia. Vivía cerca de Van, en el corazón de Armenia, casi en el
mismo sitio donde Tigran II el Grande, Rey de reyes, un hombre rubio y de ojos azules,
puso los cimientos de Tigranaguerte». Esto relataba su padre a sus dos hijas mozas,
orgulloso de sus bonitos ojos oscuros y soñadores y por haber nacido en la lejana patria
de sus ancestros. Era un hombre pequeño, humilde y trabajador, terco pero honesto,
amante de su tierra y estudioso de su tradición e historia. Una de sus hijas le había
preguntado, a cuál de las banderas pertenecía, puesto que en el colegio reconocían a
otra, diferente a la que recordaba flamear en Ereván, su ciudad natal. Y él le había
contestado: «Mantener el odio encendido es amar, el drama comienza cuando no se
siente nada.»