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Torquemaso 4

Las disputas en Cataluña sobre la Inquisición culminaron en 1585 con la exclusión de sus familiares de cargos públicos, lo que debilitó su influencia. A pesar de los privilegios que ofrecía, el número de familiares disminuyó drásticamente, indicando una falta de interés y un escaso control social por parte de la Inquisición. Los comisarios, que debían ayudar a la Inquisición en áreas rurales, también enfrentaron dificultades para cumplir su función, reflejando la fragilidad del sistema inquisitorial en España.

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Torquemaso 4

Las disputas en Cataluña sobre la Inquisición culminaron en 1585 con la exclusión de sus familiares de cargos públicos, lo que debilitó su influencia. A pesar de los privilegios que ofrecía, el número de familiares disminuyó drásticamente, indicando una falta de interés y un escaso control social por parte de la Inquisición. Los comisarios, que debían ayudar a la Inquisición en áreas rurales, también enfrentaron dificultades para cumplir su función, reflejando la fragilidad del sistema inquisitorial en España.

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Cataluña.

Las disputas suscitadas posteriormente acabaron en


1568 con la propuesta de un acuerdo por parte de la Inquisición. Los
catalanes se opusieron violentamente a ella. El virrey comunicó que
«todos los tribunales, Consellers, Diputados y otras justicias, están
determinados a perder vida, hijos y haziendas» antes que aceptarlo. No
es de extrañar que los inquisidores de Barcelona informaran de que los
catalanes «no se verán contentos hasta que haya hechado la Inquisición
de este Reyno».43 Por fin, en 1585, la Inquisición reconoció en Monzón
que en Cataluña «los familiares, oficiales y ministros del Santo Oficio no
pudiesen ser admitidos a los oficios assí jurisdiccionales como a la
administración pública». Fue una concesión singularísima, en
detrimento de los intereses de la Inquisición catalana, que en 1609
comunicaba que «mucho tiempo a que no piden familiaturas por no
inhabilitarse para obtener los cargos [públicos]». 44 Aquel año había sólo
quince familiares en todo el territorio de Cataluña. En el Valle de Arán,
perteneciente técnicamente a Cataluña y gobernado por el rey, aunque
formara parte de una diócesis francesa, «no ay quien quiera ser familiar
aunque les rueguen en sus casas con las familiaturas».45

La interminable historia de disputas en torno al número de


familiares y de problemas de jurisdicción ha solido ensombrecer la
historia de los familiares propiamente dichos. Creando una red de
contactos en el distrito de cada tribunal, el Santo Oficio esperaba
asociar a sus intereses a un sector de la población local que permitiera
a los dos o tres inquisidores residentes llevar a cabo adecuadamente su
tarea. El rango social de los familiares tenía, por consiguiente, una
importancia primordial, y se intentó reclutarlos entre los círculos más
elevados y las personas de sangre más limpia. En Galicia parece que
esta política salió bien en una o dos ciudades, pues los veinticinco
familiares de Santiago eran mercaderes prósperos de la ciudad, que
formaban una especie de club de hombres de negocios. Del mismo
modo, en una ciudad portuaria de Cataluña, Mataró, había en 1628 dos
familiares que eran socios comerciales y formaban el núcleo de una
floreciente red mercantil.46 Por regla general, muchos estaban
encantados de aceptar el puesto si los protegía de la jurisdicción
secular y les daba privilegios y exenciones de ciertos tipos de
impuestos. Tanto en Andalucía como en Valencia la pequeña nobleza
rural constituiría una proporción menor, pero significativa, de los
familiares.47 En la sociedad mayoritariamente rural de la época, sin
embargo, resultaría inevitable que los familiares de la Corona de
Aragón fueran principalmente labradores.48 En Cataluña, fuera de las
ciudades, prácticamente todos los familiares eran labradores,
constituyendo los mercaderes una proporción significativa sólo en los
puertos.49

Aunque esta red afirmaba la presencia de la Inquisición, no


consiguió gran cosa. No actuaba ni mucho menos como una forma de
control social, pues los familiares rarísimamente figuran como los
encargados de proporcionar información, y no es probable que en una
comunidad rural hubiera habido alguien dispuesto a arriesgar su vida
para convertirse en delator profesional. En algunas zonas los familiares
eran abiertamente objeto de discriminación, si hemos de creer a los
inquisidores de la localidad extremeña de Llerena, que en 1597 se
quejaban de «los agravios que los corregidores i pesquisidores i
alcaldes ordinarios i concejos an hecho y hazen a los familiares deste
Santo Oficio solamente porque son ministros dél. Lo cual se ve porque
un hombre vive en su lugar 20 o 30 años sin que las justicias ni
concejos le hagan agravio ninguno, i en haziéndose familiares se
comueben contra él, especialmente aviendo confesos en el cabildo». 50

La disminución constante del número de familiares indica que no


siempre había muchos que pretendieran el cargo, a pesar de los
privilegios que comportaba. Entre 1611 y 1641 en Galicia el número de
familiares disminuyó en un 44 por ciento; si previamente los había
habido en 226 localidades, ahora los había sólo en 108. 51 No obstante,
los escritores de la época seguirían ofreciendo cifras completamente
equivocadas del número de familiares existentes en España. En un
famoso libro publicado en 1675, su autor, Alonso Núñez de Castro,
afirmaba que «hay más de veinte mil familiares en España». 52 Un
contemporáneo suyo, el embajador francés, tomó de él esa cifra
absolutamente inexacta y la repitió en sus memorias. Su testimonio
contribuyó a mantener la leyenda de una España invadida por oficiales
de la Inquisición. En realidad, las cifras habían empezado a disminuir.
Una relación elaborada por el Santo Oficio en 1748 demuestra que la
provincia de Toledo tenía menos de cien familiares en vez de los
ochocientos a los que tenía derecho, y en todo el reino de Aragón había
sólo treinta y cinco en lugar de los mil o más que estaban permitidos. 53
Los documentos indican que el aparato organizativo creado por la
Inquisición era muy frágil, no ejercía control social alguno, y tuvo sólo
una repercusión marginal en la vida cotidiana de la mayoría de los
españoles.

Una conclusión similar cabe aplicar al papel de los comisarios,


creados en la década de 1560.54 Normalmente eran párrocos que
actuaban al servicio de la Inquisición en ocasiones especiales y le
proporcionaban datos sobre bodas y nacimientos. A menudo se
encargaban asimismo de trasladar las denuncias de sus feligreses a los
inquisidores regionales, como habían hecho en el Languedoc en
tiempos de la Inquisición medieval. 55 Sin esta ayuda trascendental, los
inquisidores habrían sido totalmente incapaces de llevar a cabo su
cometido en las zonas rurales de España. En algunas regiones, y en
concomitancia con la tarea que debían realizar, los comisarios podían
ser hombres cultivados.56 En otras, su nivel cultural no llegaba ni a los
mínimos exigidos. En 1553 el obispo de Pamplona se quejaba de que los
de su diócesis eran «idiotas» y que habían decidido hacerse comisarios
sólo para escapar a su jurisdicción. 57 En Cataluña los inquisidores
informaban en 1570 de que nadie quería el puesto, y a mediados del
siglo XVII casi no había comisarios en la región.

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