Donde El Sol Nos Lleve
Donde El Sol Nos Lleve
Rating: Explicit
Archive Warning: No Archive Warnings Apply
Category: M/M
Fandom: Haikyuu!!
Relationship: Hinata Shouyou/Kageyama Tobio
Characters: Kageyama Tobio, Hinata Shouyou, Pedro (Haikyuu!!), Heitor Santana,
Nice Rodrigues
Additional Tags: Canon Compliant, Brazil Arc (Haikyuu!!), Volleyball Dorks in Love,
Vacation, Domestic Fluff, Long-Distance Relationship, Slice of Life,
Explicit Sexual Content, Vanilla, Oblivious Kageyama Tobio, Pro
Volleyball Player Kageyama Tobio, Hinata Shouyou is Sunshine, Beach
Volleyball, Feelings Realization, First Time, Hinata es el sol y Kageyama
es la luna y muchos otros clichés más, Alcohol
Language: Español
Stats: Published: 2022-05-25 Words: 12,742 Chapters: 1/1
donde el sol nos lleve
by valyazucena
Summary
Tobio se sentía como un idiota parado en medio del aeropuerto de Río de Janeiro. Por un
momento, olvidó por qué había aceptado la invitación de Hinata de quedarse una
semana más en Brasil, luego de que terminaran los Juegos Olímpicos.
“Hey, Kageyama,” la voz de Hinata al otro lado del teléfono le sonaba cálida como las
playas del atlántico. “Ya que estás aquí, ¿por qué no te quedas unos días a jugar
vóleibol? Así verás cómo barro el piso contigo.”
No se necesitaba mucho para convencer a Tobio, sobre todo si la oferta incluía vóleibol.
—o, Kageyama de vacaciones en Brasil se da cuenta de que lleva todo este tiempo
enamorado de su mejor amigo.
Notes
Día 1.
Tobio se sentía como un idiota parado en medio del aeropuerto de Río de Janeiro mientras el
caos se desenvolvía a su espaldas—el rugido distante de aviones despegando, el murmullo de
maletas circulando por todas partes, el cóctel de voces en todos los idiomas y todos los tonos
flotando en el aire.
Por un momento, olvidó por qué había aceptado la invitación de Hinata de quedarse una
semana más en Brasil, luego de que terminaran los Juegos Olímpicos.
“Hey, Kageyama,” la voz de Hinata al otro lado del teléfono le sonaba cálida como las playas
del atlántico. “Ya que estás aquí, ¿por qué no te quedas unos días a jugar vóleibol? Así verás
cómo barro el piso contigo.”
No se necesitaba mucho para convencer a Tobio, sobre todo si la oferta incluía vóleibol. Pero
ahora. Ahora que sus compañeros de equipo se habían ido, ahora que esperaba a que Hinata
lo viniese a recoger al aeropuerto, ahora que estaba completamente solo, al otro lado del
mundo, sin hablar más de tres palabras en portugués, decidió que ésta era la peor idea que
había tenido en su vida.
(Excepto esa vez en que Hinata lo desafió a ver quién podía comer más panecillos de carne.
Esa también había sido una mala idea.)
Pero Hinata siempre había despertado el lado competitivo de Tobio. Y si el idiota creía que
podía superarlo sólo por irse a entrenar dos años en las playas de Copacabana, bueno, Tobio
necesitaba ver lo que estaba aprendiendo. Evaluar la competencia. Estudiar sus técnicas.
Diseñar un plan acorde. Si pensaba en eso, sus nervios se disipaban poco a poco,
reemplazados por entusiasmo puro y duro. El deseo de subir corriendo de dos en dos por esta
escalera en caracol que era la vida, lo que Hinata siempre le hacía sentir—vigor, arrebato,
ganas de vivir.
–¡KAGEYAMAA!–una voz conocida le llamó desde algún lado y Tobio levantó los ojos del
equipaje a sus pies.
Un torbellino anaranjado, aplastante y avasallador, se abría paso entre la multitud. Era
Hinata.
Hinata, cuya sonrisa brillaba como el día, caminando hacia Tobio con entusiasmo, agitando
una mano en el aire, como si los años no hubiesen pasado entre ellos.
(Como si no estuviesen al otro lado del mundo, en otro hemisferio, con las estaciones
invertidas. Agosto era invierno en Brasil, pero qué más daba si nunca hacía frío en Río.)
Nunca hacía frío en las facciones de Hinata tampoco, ni en sus brazos cuando se alargaban
hacia Tobio y lo envolvían en un apretado y enérgico abrazo, una que otra palmada en la
espalda incluida.
–¡Kageyama, qué bueno verte!– exclamó, enganchando el mentón en el hombro ajeno. Tobio
sentía que sus brazos eran dos tablas rígidas mientras devolvía el abrazo a Hinata. –Bueno,
no es como que no te haya visto– continuó, alejándose un par de centímetros, su sonrisa aún
amplia y cálida en su rostro. –Vi todos tus partidos.
Una mueca malvada tironeó los labios de Tobio. –Obvio que viste todos mis partidos –
comentó con suficiencia. –Te apuesto que te moriste de envidia viéndome jugar en las
Olimpiadas antes que tú.
Hinata le dio un codazo en las costillas. –Mira, mejor cállate o te dejaré durmiendo en el
sillón– dijo después de tomar el equipaje de mano del otro y echárselo sobre el hombro.
La sonrisa murió pronto en los labios sus labios. ¿Donde más se suponía que iba a dormir si
no era el sillón?
Tobio respiró aliviado al darse cuenta de que no tendría que compartir el mismo colchón con
el idiota, aunque sí las mismas cuatro paredes y lidiar con sus sonoros ronquidos. Nada que
no haya hecho antes en sus incontables campamentos de verano, o en sus torneos escolares
fuera de Miyagi.
Apenas habían pasado dos años desde que se graduaron de la secundaria, pero el recuerdo de
aquellos días más simples, de interminables entrenamientos en el gimnasio de la escuela, de
viajes eternos en la pequeña van manejada por Takeda-sensei, de Hinata quedándose dormido
en el hombro de Tobio y babeándole toda la chaqueta, de cómo el idiota siempre estaba en el
lugar y el momento correcto para recibir la pelota que Tobio armaba específicamente para él
(de cómo Hinata estuvo en el lugar y el momento correcto cuando Tobio más lo necesitaba)
le trajo a su abdomen una sensación incierta, sin contornos. Cálida.
El.
Qué.
Todavía era extraño escucharlo hablar en portugués. Hinata lo había ido a buscar al
aeropuerto acompañado de Pedro (probablemente arrastrado en el proceso) y durante todo el
trayecto habían hablado en una mezcla extraña entre inglés, japonés, y portugués. O al menos
Hinata lo hacía. Pedro parecía ser el tipo de persona que no hablaba mucho a menos que
fuese necesario—el tipo de persona que Tobio también era.
Hinata, en cambio, hablaba hasta por los codos, mirando por encima de su hombro a Tobio,
quien iba sentado en la parte trasera del auto, asegurándose de que el invitado reconociera y
recordara cada uno de los edificios e hitos históricos de la ciudad que señalaba con un dedo
entusiasta.
–Você está saindo agora?– Pedro continuó, y Tobio se puso de cuclillas, rebuscando en su
bolso para mantener las manos ocupadas en algo. No podía evitar sentir que estaba
interrumpiendo algo, la domesticidad, el mundo en común de dos compañeros de piso, ese
mundo al que Tobio no pertenecía.
Quizá habría sido mejor quedarse en un hostal, pero, por supuesto, Hinata no lo habría
permitido.
De pronto, sintió alguien acuclillado a su lado y unos ojos color almendra mirándolo con
intensidad. –¿Quieres descansar primero o vamos a jugar vóleibol?– preguntó Hinata, sus
labios curvados hacia arriba.
Tobio hizo una mohín, ofendido de que le tuviese que preguntar si quiera. –Vóleibol–
masculló.
La arena tiene su maña, pensó Tobio, mientras sus pies se hundían en la superficie caliente y
movediza. No era fácil jugar de armador en un suelo de parquet, mucho menos en un suelo
inestable. A eso habría que sumarle el viento, la humedad endémica en el aire, el cansancio
acumulado de las Olimpiadas y de estar hace un mes lejos de casa. El pão de queijo había
sido una agradable novedad la primera semana, pero Tobio habría dado cualquier cosa por
desayunar un sartén completo de Tamagoyaki en la tranquilidad de su casa…
Hinata lo había traído a uno de sus rincones favoritos para jugar voleibol playa en Río. Al
fondo, macizos edificios se cernían sobre la primera línea del mar, y una que otra palmera
teñía de verde el gris panorama de la ciudad. Focos de luz iluminaban el lugar a medida que
el sol se moría en el horizonte, pero las canchas estaban llenas como si fuese mediodía.
Gritos, risas, instrucciones en portugués, y el murmullo de alguna canción brotando de algún
parlante portátil. Hinata no tardó en encontrar una pareja que quisiera jugar con ellos—dos
tipos que medían por lo menos dos metros y parecían conocer a Hinata de antes, por la
manera en que se sonrieron y soltaron una carcajada, dándole una palmada en la espalda al
más pequeño que casi lo tiró de bruces en la arena.
Aunque era su posición favorita, jugar de armador no era lo único que Tobio sabía hacer.
Siempre pudo rematar tan bien como un central o un opuesto, y salvar cualquier pelota difícil
como un líbero—pero sólo lo hacía en modo supervivencia, cuando no lograba armar al
segundo toque, o cuando Nishinoya no llegaba al balón. No estaba acostumbrado a ser sólo
dos en el equipo y jugar en todas las posiciones.
(Pero hubo un tiempo en que habría dado cualquier cosa por tener un equipo de seis Tobios y
servir, armar, rematar, defender, todo por sí mismo.
Sumido en sus pensamientos, la pelota se le escurrió de la punta de los dedos cuando intentó
bloquear un remate. Con su metro-ochenta, siempre había sido un buen central, pero no sabía
cómo saltar en la arena para conservar el impulso y no perder el equilibrio.
Tampoco sabía cómo caer, y antes de que se diera cuenta, su pie cedió bajo la inestable
superficie y Tobio se fue de espaldas en la arena.
Qué humillante.
Pensó que Hinata haría un banquete burlándose de Tobio forcejeando con su nuevo enemigo:
la arena. Pero el muchacho le tendió una mano, mirándolo con ojos grandes y divertidos.
–Quizá deberíamos dejarlo por hoy— dijo, mientras Tobio aceptaba la mano del otro y se
incorporaba del suelo. Arena en sus palmas, en el espacio entre sus dedos, en las piernas, y
dentro de la ropa. Arena por todas partes. Hinata continuó: –Debes estar cansado del viaje.
Podemos seguir mañana.
Tobio hizo un mohín mientras intentaba sacudirse la arena de encima. Era extraño sentirse
fuera de su elemento, y no lo decía sólo porque extrañaba la cancha de parquet. Tras vivir en
la prefectura de Miyagi toda su vida, se sentía más cercano a las montañas que a la playa. Lo
suyo era el frío, los cerros empinados, la nieve. Siempre confinado en las cuatro paredes de
un gimnasio, no le importaba si los días eran más cortos durante el invierno—estaba
acostumbrado a jugar bajo las luces artificiales. Además, el verano en Miyagi siempre era
sofocante y bochornoso, la mezcla perfecta para cansarlo más rápido. El pelo se le pegaba a
la frente, la camiseta a su espalda y pequeños charcos de sudor esparcidos por la cancha lo
hacían tropezar.
No le gustaba el verano.
No es como si fuese verano ahora, pero lo parecía. La noche había caído hace un par de
horas, pero Tobio igual se habría dado un chapuzón en el mar. Hinata parecía en las mismas
condiciones—sus mechones de pelo naranjo se volvían rizos bajo su sudor interminable, y
sus ojos brillaban iridiscentes como la luz reflejándose en el agua.
–¿Kageyama?– Hinata agitó una mano frente a sus ojos. –¿Todo bien?
Tobio mordió el interior de su mejilla y trajo la pelota de vóleibol contra su pecho. –Quiero
seguir jugando— masculló.
Al otro lado de la cancha, los tipos que habían accedido jugar con ellos hicieron un gesto de
cansancio e intercambiaron con Hinata una conversación que Tobio no entendió.
Aunque no necesitaba saber portugués para entender qué pretendían cuando abrieron una
hielera situada en el borde de la cancha y les ofrecieron un par de cervezas. Hinata aceptó una
botella helada mientras espurreaba otro tanto de portugués y se secaba el sudor con el revés
de la mano.
Tobio le tironeó la holgada camiseta cuando Hinata se volvió hacia él. –No tienes edad para
tomar— masculló.
Su amigo lo miró confundido, con la botella destapada, a medio camino de sus labios: —
Tengo veinte, Kageyama— dijo con una sonrisa desorientada. —Los cumplí en Junio—.
Probablemente no.
Nunca había sido bueno con la tecnología, y tener al idiota al otro lado del océano pacífico,
con doce horas de diferencia no era de mucha ayuda tampoco.
Pero Hinata no parecía estar pensando en eso ni guardarle rencor alguno. Tomó un sorbo de
su cerveza en un gesto casual, como si lo hiciera todos los días, y le ofreció una botella a
Tobio.
Las palabras se sentían amargas en su boca. No le gustaba perder ante Hinata, aun cuando se
tratara de algo estúpido que no podía cambiar, cómo quién había nacido primero.
(Nacido seis meses antes, viviendo doce horas adelante, siempre persiguiéndose el uno al
otro como el sol persigue la luna.)
Hinata rió, tomando otro trago. –Bueno, mientras estés aquí, es legal– dijo, encogiéndose de
hombros y guiñándole un ojo.
Y eso.
Tobio sintió un calor treparle por las mejillas mientras apretaba la pelota contra su pecho,
como si pudiese protegerlo de algo.
Día 2.
Tobio despertó a la mañana siguiente con el distintivo aroma del Tamagoyaki y una sonrisa
floreció en sus labios. Había pasado las últimas semanas añorando el sabor del omelette y
habría reconocido el aroma en cualquier parte. Su estómago parecía coincidir, rugiendo con
violencia.
Hinata no estaba en su cama, sólo una montaña de sábanas arrugadas yacía en su lugar. Desde
la cocina le llegaba el chisporroteo del aceite, el murmullo de unas manos trajinando entre los
muebles y la voz de Hinata tarareando alguna canción en la radio.
Y si el estómago de Tobio dio un vuelco en ese momento era sólo por el hambre. Por
supuesto.
–¿Debería confiar en algo que hayas cocinado tú?– preguntó más rato, asomándose detrás de
Hinata.
El pobre dio un respingo y casi bota la sartén en el proceso. –¡Mierda, Kageyama! – maldijo,
amenazándolo con sus palillos de cocina. Tobio reprimió una risotada fea. –¿No ves que
estoy cocinando aquí?
La cocina era pequeña, llena de electrodomésticos y utensilios por aquí y por allá que no
parecían seguir ningún sentido estético, pero en su estrechez, mantenía el orden. Tobio enarcó
una ceja. A él le gustaba el orden, pero sabía que no era algo usual para dos hombres
jóvenes.
En un rincón la arrocera pitaba. Hinata había puesto la mesa en la pequeña tabla con dos
sillas.
Hinata lo pellizcó con los palillos de cocina. –No comas si no quieres, imbécil.
Tobio volvió a reír, esta vez más suave. Muchas cosas habían cambiado desde que Hinata se
había ido a Brasil, pero otras no tanto: todavía era divertido tomarle el pelo.
Aunque a decir verdad, no sabía qué esperar cuando Hinata le llamó preguntándole si no
quería quedarse un par de días más con él. Sabía que el idiota estaba más bronceado y
musculoso (a Tobio nunca se le había dado bien la tecnología, pero tan ignorante no era y
sabía cómo se ocupaba instagram). También sabía que vivía con un compañero de piso
brasileño, pero no había esperado encontrarse con un Hinata tan adulto, tan doméstico, tan
independiente, despertándose primero para preparar el desayuno.
Barrió con los ojos la cocina. Tampoco esperaba encontrarse con el orden. Hinata siempre
había sido un desastre.
–Pensé que ibas a estar alimentándote a base de ramen instantáneo– Tobio comentó,
apoyándose contra la encimera y cruzándose de brazos.
Hinata resopló, las manos ocupadas enrollando la nueva capa de huevo cocido –Uf,
Kageyama. ¿Tan poca fe tienes en mí?
Y.
Oh.
Lo bueno es que los dos ignoraron el comentario olímpicamente y tomaron desayuno sin
decir una palabra al respecto.
Tobio quería jugar vóleibol, no hacer turismo. Pero, para su desgracia, Hinata tenía una
opinión muy distinta.
–¡Tienes que abrir los brazos como el Cristo redentor!– le decía, acuclillado unos metros más
allá, buscando el mejor ángulo para sacarle una foto desde abajo.
Si hubiese menos gente visitando el monumento, Tobio lo habría tirado por las escaleras.
Sin embargo, tenía que reconocer que Hinata sabía dónde comer. En la calle, básicamente.
Después de unas horas caminando entre escaleras y calles decoradas con mosaicos, Hinata lo
llevó a probar los batidos de Açai (que Tobio tragó de un sorbo. Estaba sediento), para luego
mordisquear un par de bolitas de pescado sentados en la playa y probar una que otra fruta que
Tobio no conocía. Nunca había sido bueno para probar cosas nuevas pero nada parecía tan
intimidante si tenía a Hinata allí al lado.
–Estaba pensando que podríamos ir a Buzios– mencionó Hinata como quien no quiere la
cosa.
Tobio frunció el ceño mientras recibía la pelota que Hinata la había tirado. –¿Qué es Buzios?
La noche había caído hace unos minutos y, después de todo un día dándole en el gusto a
Hinata en su rol de guía turístico, Tobio pensó que al fin había llegado el momento de jugar y
de darse pases de aquí para allá sin interrupciones.
No quería que su vergonzosa caída en la playa fuese lo único que Hinata recordara de su
estancia en Río.
–Es un balneario que queda a tres horas de Río en bus– dijo Hinata, dándole vuelta la pelota
en sus manos, como si eso lo ayudara a pensar. No miraba a Tobio a los ojos. Su pelo largo
caía desordenado sobre su frente. –Hace tiempo quiero ir y pensé que, huh, que podíamos ir
juntos.
Ese día no habían alcanzado a ocupar las canchas de vóleibol, así que sólo se estaban dando
pases mecánicos y distraídos, como solían hacerlo en el patio de la secundaria de Karasuno,
entre recreos, antes de la práctica, después de la práctica, en cualquier momento. Darse pasos
con Hinata era algo enraizado dentro de él, como lavarse los dientes antes de acostarse, como
su trote matutino en la mañana, cómo escribir en su diario de voleibol.
Si no lo hacía a menudo, su cuerpo comenzaba a dar señales de que algo estaba mal, y hace
varios meses ya que no se daba pases con Hinata.
El otro tiró la pelota al aire y la empujó con la curva de los dedos, pero Tobio no dio el pase
de vuelta y atrapó la pelota entre sus manos.
–Hum, ¿y se puede jugar vóleibol allá? – preguntó, indeciso. A decir verdad, no había
planeado mucho estás vacaciones. No le importaba tanto la ciudad, la playa, el turismo, ni los
balnearios tanto como estar con Hinata y jugar voleibol con Hinata. Por eso estaba ahí. Por
eso no había vuelto a Japón apenas terminaron los juegos olímpicos.
Por Hinata.
–¡Pues claro!– respondió él, con una sonrisa tan amplia y luminosa como si el sol hubiese
despuntado en su cara.
(A quién engañaba. Nunca le había dicho nada. Tampoco iba a empezar ahora. Mucho menos
cuando el gesto lo devolvía a sus años de escuela. Siempre juntos. En la última hilera de la
van.
Tobio sonrió para sus adentros y rozó con su meñique el meñique de Hinata.)
Ambos despertaron unas horas más tarde, con el conductor del bus regañándolos. Tobio no
necesitaba saber portugués para entender que los estaba echando del bus.
Al poner un pie bajo el vehículo, Tobio hizo pantalla con una mano para protegerse del sol.
Era un día azul y despejado, y el rocío del mar le llegaba desde alguna parte. Buzios parecía
un pueblo pequeño al lado de la desmesurada y arrolladora Río de Janeiro—calles
empedradas, paredes encaladas, techos de ladrillo color terracota, y vegetación frondosa por
donde quiera que mirara.
Tobio apenas había buscado la ciudad en Google la noche anterior. Confiaba en que Hinata
conocía mejor que él el país en el que llevaba viviendo casi un año.
No se había equivocado.
Hinata también parecía sorprendido de sí mismo, echando un vistazo a su alrededor con ojos
grandes y brillantes.
—¡Wow! Kageyama! ¡Esto es genial!—exclamó antes de echarse a correr por las calles de
piedra. Tobio lo siguió con su bolso de viaje en una mano y la malla que guardaba la pelota
de voleibol sobre el hombro.
Se registraron en un bed & breakfast que Pedro les había recomendado y echaron una carrera
hasta la playa más cercana (Tobio ganó, por supuesto). Era temporada baja, y con las playas
más bien vacías, fácilmente pudieron hacerse con una cancha de vóleibol sin tener que
forcejear con otros jugadores. Eran sólo ellos dos y el tiempo que parecía estirarse
infinitamente mientras pasaban la pelota de un lado de la cancha al otro.
Tobio parpadeó. La ropa que él traía (una visera azul y una camiseta blanca holgada de
mangas largas) hacía más esfuerzo para protegerse del sol que Hinata (quien llevaba una
visera blanca y un top negro sin mangas), así que frunció el ceño, ofendido ante la acusación.
–Tú tampoco te pusiste bloqueador– gruñó, pero era demasiado tarde, Hinata ya estaba
rebuscando entre los bolsos que dejaron al lado de la cancha.
–Me puse en el hostal– canturreó, sacando una botella de bloqueador solar y haciéndole un
gesto a Tobio para que se acercara.
Supuso que no había escapatoria, pero puso los ojos en blanco de todas formas y arrastró los
pies por la arena, antes de sentarse junto a Hinata, dándole la espalda.
Los dedos fríos de Hinata contrastaban con la piel abochornada de su nuca. El tacto se sentía
extraño—íntimo, meticuloso, como si Hinata quisiera abarcar cada centímetro de piel al
descubierto. Tobio río entre dientes y se llevó una mano hacia atrás, cogiendo la tela de su
camiseta y tirando de ella, hasta despegarla completamente de su cuerpo.
–Ya que estás, ¿Me echas en la espalda también?– preguntó sin volverse a mirar a Hinata.
Escuchó a su amigo tragando saliva a sus espaldas antes de que respondiera con voz
estrangulada –E-está bien…
Hinata presionó dos palmas untadas en bloqueador bajo la curva de sus omóplatos y Tobio no
pudo evitar el escalofrío que le recorrió de pies a cabeza. El día era azul, azul también era el
mar, el graznido de las gaviotas les llegaba de algún lado, así como el murmullo de la gente
que yacía en la playa a medio día, pero era difícil concentrarse en cualquier cosa que no
fueran las manos de Hinata recorriendo todas las curvas y depresiones, todos los picos y
valles de su espalda. Sus hombros redondeados, sus costados cosquillosos, el revés de sus
antebrazos, arriba, abajo, por todos lados, Hinata parecía pintar con sus dedos.
–Espero que no me estés dibujando nada que después quede marcado… ¡Ouch!
–Ponte tú el resto.
Un rato después, pasó un vendedor en carrito ofreciendo agua de coco y los dos descansaron
bajo un quitasol, sorbiendo la bebida con entusiasmo. Cualquier cosa que vendían para
comer, Hinata lo compraba y Tobio comía—queso fundido, choclo cocido, pinchos de
camarones, empanadillas.
–No he pagado nada– se dio cuenta de pronto, a medio comer un pão de queixo. Los reales
que había cambiado antes de venir seguían abultando su billetera, porque antes de que se
diera cuenta, Hinata ya había pagado todo. Hizo un mohín. Eso no estaba bien.
Hinata, a su lado, las piernas recogidas contra el pecho, agitó las manos en el aire con
desenfado. –Está bien. Está bien. Me basta con que estés acá, huh, conmigo.
El rostro de Tobio se sentía afiebrado como si tuviera una quemadura por el sol. Quizá
necesitaba replicarse otra capa de bloqueador.
Lo único que se ocurrió para pasar el momento incómodo, fue taclear a Hinata en la arena y
tomarlo de la cintura, arrastrándolo hasta la orilla de la playa con intenciones de arrojarlo al
agua. Hinata opuso resistencia, chillando, gritando “¡Kageyama, idiotaa!” y pataleando en el
aire (pero de los dos, Tobio siempre había sido el más fuerte). Justo en el momento en que lo
iba a soltar, Hinata lo agarró de la camiseta y se fueron los dos contra el mar, salpicando con
un fuerte ¡splash!, rodando en la orilla poco profunda, tragando arena y agua salada, riéndose
como idiotas.
–El último que llega a las boyas paga la cena del otro– lo desafió Hinata, con aquel brillo en
los ojos que Tobio tanto adoraba.
Él iba a pagar de todas maneras, pero Hinata no podía pretender tirar de su fibra competitiva
y que Tobio no reaccionara, así que fue el primero en comenzar a bracear mar adentro.
Por la noche iban caminando por Rua das Pedras, una calle adoquinada con una activa vida
nocturna, llena de bares, restaurantes, y luces de colores. Después de un día de playa, Tobio
sentía su cabeza ligera y los músculos agarrotados, y aunque el sol había caído hace un par de
horas, no podía evitar sentirlo aún cosquilleándole en la piel. O quizá era la manera en que
Hinata zumbaba a su lado como el sol mismo, charlando, apuntando casas bonitas o
restaurantes tentadores, riendo.
Las veredas eran estrechas, así que caminaban hombro con hombro, tan cerca que Tobio
podría alargar su mano y tomar la de Hinata. Cuando venía un grupo de personas del otro
lado, Hinata se arrimaba a su pecho para dejarlos pasar, y entonces las mejillas de Tobio se
encendían como un incendio. Debía de estar insolado. Sí. Eso era.
—¡Shouyo!— llamaron a Hinata. Tobio arrugó la nariz. ¿Quién era tan amigo de Hinata en
Brasil para llamarlo por su primer nombre? ¿Y sin honorífico? —¡Ninja Shouyo! É você?—
Desde una mesa, un joven de grueso pelo rizado y piel morena agitaba un brazo en el aire.
Sentado junto a él, una mujer de cabello claro también les hacía gestos con las manos. —
¡Ninja Shouyo!— gritaba ella.
Hinata esbozó una gran sonrisa y ahuecó las manos alrededor de su boca para gritar de
vuelta: —¡Heitor! ¡Nice!— y luego agarró a Tobio del brazo. —¡Ven, vamos! Son mis
amigos—.
Tobio tenía muchas preguntas, pero la más importante de todas era: ¿Quién diablos era Ninja
Shouyo?
No tuvo tiempo de preguntar. En menos de un suspiro, Hinata los había arrastrado a la terraza
donde comían sus amigos, deshaciéndose en abrazos, risas, y portugués champurreado,
mezclado con algo de inglés. Para variar, Tobio sólo entendió trozos y fragmentos de la
conversación, el resto sacándolo sólo por contexto—eran amigos de Río de Janeiro, estaban
tomando unas pequeñas vacaciones en Buzios, probablemente Hinata jugaba con el tal Heitor
(con lo alto que era, y por cómo señalaba la pelota de voleibol que Tobio llevaba al hombro,
en su malla amarilla). Hinata le dio unas palmaditas a Tobio en la espalda y lo presentó como
un amigo de la secundaria, y en ese momento, tres pares de ojos cayeron sobre él.
Tobio sintió su rostro en llamas y la necesidad de decir algo. —Uh, eh… Eu… no fala
português— farfulló mirando sus pies.
Heitor le dio una palmada en su espalda que casi lo bota al suelo. –No worries. Nice to meet
you, Tobio!– dijo en inglés con fuerte acento y una amplia sonrisa.
La pareja insistió en que se quedaran a comer con ellos y, aunque Hinata intentó declinar la
invitación diciendo que no querían molestarlos, los meseros trajeron dos sillas extra de todas
maneras. Tobio no se dio cuenta de en qué momento pequeños platos con carnes y
guarniciones comenzaron a desfilar frente a ellos. El restaurante se especializaba en un buffet
libre que llevaban a la mesa, y la presentación de los platos junto a los aromas le abrieron el
apetito.
–Algo para beber? – ofreció Heitor. –Cerveja? Beer? Como se diz em japonês?
–Biiru– rió Hinata. Abriendo la carta de bebestibles, se dirigió a Tobio: –Si no quieres beber
alcohol, puedes pedir una Ipanema. Es como un jugo de limón y…
En Japón, la edad legal para tomar es a los veinte, y con diecinueve años y ocho meses, Tobio
aún no había probado ni una gota de alcohol. Nunca le había llamado mucho la atención
antes, de todas maneras. Siendo un atleta profesional, tenía que cuidar su alimentación. Pero
ahora. Ahora estaba de vacaciones. Y cuatro meses más, cuatro meses menos, qué importaba.
En algún momento lo tendría que probar. Y hasta donde sabía, beber una botella de cerveza
no era motivo para quedar tirado en una zanja.
Y sobre todo, estaba con Hinata. Nada lo hacía sentir más a salvo que estar con Hinata.
Pero su amigo lo miró con sorpresa –Uh, es que el otro día… Está bien si no quieres tomar.
No te sientas obligado.
Tobio esperaba una botella, no la jarra de medio litro que le pusieron por delante. Hinata, sin
embargo, no pareció escandalizarse, tomando un trago con naturalidad, mientras se reía de
una anécdota de Heitor y, por supuesto, Tobio no iba a perder contra Hinata. Incluso si se
trataba de algo que nunca había hecho, como tomar cerveza.
Un par de horas más tarde, volvían al hostal caminando no precisamente en línea recta. O al
menos no Tobio. Hinata parecía poco afectado por el alcohol, sólo un poco más animado y
achispado, si eso era posible. Tobio, en cambio, arrastraba los pies y sentía la cabeza
abombada.
Era tarde, pero no podía ser tan tarde si todavía había gente llenando los bares y los
restaurantes de alrededor. Pero qué sabía Tobio. La gente en Brasil era muy distinta a la gente
en Japón. Bebiendo alcohol desde los dieciocho años, o incluso antes, como le había dicho
Heitor entre risas al enterarse que era la primera vez que Tobio probaba la cerveza (un poco
amarga a su gusto, pero con una agradable sensación efervescente al final), cenando después
de las ocho, llamándose por el primer nombre con naturalidad…
–Por cierto, ¿Quién es Ninja Shouyo?– Tobio preguntó de pronto, las palabras saliendo de su
boca antes de que pudiera procesarlas. Su cerebro no procesaba mucho en el estado en el que
estaba.
Hinata dio un respingo y se llevó una mano a la nuca. Las farolas iluminaban el tono rosado
de sus mejillas. –Uh. La gente que juega vóleibol en Copacabana me llama así.
Una risotada fea se le escapó a Tobio entre los labios. –Me pregunto cuál sería tu
sobrenombre si supieran que antes de cada partido en la secundaria te ibas por el baño.
–¡Kageyama!
–¡KAGEYAMAA!
Hinata lo salió persiguiendo por las calles de piedra, pero Tobio, con los quince centímetros
que le sacaba de altura, podía escapar fácilmente sin que lo atrapara.
Entraron de puntillas al hostal, riéndose por lo bajo, tratando de meter el menor ruido posible
mientras seguían persiguiéndose por los pasillos y las escaleras. Hinata sólo lo atrapó cuando
llegaron a la habitación, empuñando su mano alrededor de la camiseta del otro, como si
quisiera arrancársela, y si Hinata quería jugar a la lucha libre, bien iban a jugar, y Tobio
ganaría, como siempre.
Tomándolo por las muñecas, Tobio lo arrojó contra una de las dos camas y se alzó sobre el
cuerpo inquieto de Hinata, inmovilizándolo contra el colchón.
–Escoge tus peleas, Ninja Shouyo– murmuró con un gesto triunfante, mientras Hinata
reprimía una risita y pataleaba al vacío, sin darle a Tobio.
(Aunque tampoco es como si hubieran negociado el arreglo de las camas con anticipación—
esta podía ser su cama, hasta donde él sabía, y Hinata era el que tenía que cambiarse a la
cama vecina.)
–Estoy feliz de que estés aquí– susurró Hinata, su sonrisa haciendo cosquillas en el cuello de
Tobio. –Tan feliz.
Tobio enredó una mano en la nuca contraria, sus dedos desapareciendo entre los mechones de
pelo naranjo. –Yo también estoy feliz.
Día 4.
Habían dos camas, pero aún así se las habían arreglado para dormir sólo en una de alguna
forma—sobre la colcha, sin cambiarse de ropa, sin lavarse los dientes, dejando rastros de
arena por todos lados.
Tobio no estaba seguro de qué hora era cuando despertó, pero el joven amanecer se filtraba
por las cortinas. Sus piernas estaban enlazadas con las de Hinata, todas pegoteadas con sudor,
restos de bloqueador, y más arena. Y sus manos…
Una seguía hundida en el cabello de Hinata, mientras la otra estaba casualmente posada en
una cadera.
Bajo la camiseta.
Mmm.
Tobio intentó alejarse despacio, pero el brazo enganchado en su cintura se crispó, impidiendo
que se moviera.
Y si Hinata no había despertado antes, de seguro lo haría ahora, al escuchar cómo retumbaba
el pecho de Tobio.
Nunca habían dormido así antes. Muchas veces en la misma pieza, sí. Futón con futón, otras
tantas, pero nunca así—nunca en una cama de una plaza, manos y pies enredados, sin saber
bien dónde empezaba uno y dónde terminaba el otro. No se sentía raro, sin embargo. Era un
gesto natural, familiar, íntimo, enraizado en lo más profundo de su ser donde también
guardaba los recuerdos de su abuelo, su primer partido de voleibol, todos y cada uno de los
partidos que jugó junto al equipo de Karasuno.
Apoyó los labios contra la frente de Hinata. Estar así se sentía bien… pero, a decir verdad,
también tenía calor.
Rascó levemente la cabeza el otro. –Hinata, eh– dijo, su voz ajena y rasposa. –Creo que
deberíamos cambiarnos de cama.
Un quejido escapó de los labios de Hinata. –Esta es mi cama– protestó, hundiendo su rostro
en los hombros abultados de Tobio. –Tú anda a la tuya.
Una sonrisa apacible floreció en su cara. Quizá podía dejar que Hinata ganara por un día. No
es como si fuese a hacer mucha diferencia en el marcador cuando Tobio llevaba la delantera
por mucho.
Flotando en aquella burbuja privada e íntima, Tobio jugaba con el suave pelo de Hinata,
haciendo girar un largo mechón en un dedo. –De nuevo te lo estás dejando crecer– observó.
Hinata escondió una risita en el cuello de Tobio. –Me estoy rebelando– dijo. –Aquí no estás
todo el día persiguiéndome para que me lo corte.
–¿De qué estás hablando? – río Tobio. –Tú siempre has hecho lo que has querido.
Desafiar a todos los jugadores de voleibol que se le cruzaran por delante, colarse a un
campamento de vóleibol al que no lo habían invitado, ir a entrenar al otro lado del mundo por
dos años—Hinata era arrojado e incansable como una tormenta de verano. Nada podía
ponerle freno a su determinación.
Determinación que ahora también brillaba en sus ojos de almendra, mientras se separaba de
Tobio un par de centímetros, apoyándose en un codo y clavando su mirada castaña en los ojos
azules frente suyo. Tobio tragó saliva, pero no dejó de mirarlo. Y si a Hinata le molestaba que
una mano ajena se posara en su cadera bajo la ropa, pues, no había dicho nada.
–Hay, uh, hay una cosa que nunca he hecho– dijo en un susurro.
No había necesidad de decir qué cosa en voz alta. Estaba claramente dibujado en sus pupilas.
Absorto en los ojos de Hinata, Tobio trepó una mano por su espalda, explorando bajo la
camiseta. Hinata vibró al tacto, un ruidito de satisfacción escapando de su garganta,
murmullo que se enterró directamente en el abdomen bajo (y más abajo) de Tobio.
Posando su mano libre por el pómulo de Tobio, el pulgar de Hinata recorrió la línea de la
mandíbula opuesta. Tobio no supo bien en qué momento sus labios se abrieron, pero a
estrechos centímetros el uno del otro, podía sentir la respiración agitada de Hinata en su boca,
y la manera en cómo su corazón vibraba contra sus costillas.
Tobio se sentía demasiado intoxicado como para responder otra cosa que no fuese un poco
elocuente: –Mhm?
Pestañas naranjas y curvas tiritaban en los párpados de Hinata y, a esa distancia, Tobio hasta
podía contar cuántas pecas florecían en aquellas mejillas.
Suspirando en la boca de Hinata, tan cerca que podían rozar sus narices con un pequeño
movimiento, la otra mano de Tobio subió hasta la mejilla contraria, y fijó su rostro contra el
suyo.
En su vida, Tobio no había salido con mucha gente. Un par de citas con una chica de su clase
en tercer año, otro par de salidas con una amiga de su hermana. Fueron ellas las que lo
dejaron, sin embargo, argumentando que la relación no tenía futuro si Tobio sólo tenía una
cosa en su cabeza, eso era, una pelota de voleibol girando. Lo que no era mentira. Tobio
siempre hubiese elegido el vóleibol por sobre una cena o una salida al cine. ¿Era un aburrido?
Quizás. ¿No sabía besar? Probablemente. A sus diecinueve años sólo había dado unos
cuantos topones torpes a estas dos chicas y su intento de usar la lengua había sido más bien
lamentable.
Pero ahora.
Ahora que Hinata se posaba suavemente sobre sus labios (el perfume salado del mar
enredado en su pelo y escondido en los pliegues de su cuello, porque Hinata pertenecía al
mar, y a la playa, y al verano) ahora entendía un poco por qué la gente prefería besarse que
ver vóleibol todo el día.
Hinata se apretaba contra su cuerpo, zumbando contra su boca, y Tobio lo asía de la nuca
como si Hinata tuviese intenciones de escurrirse de sus manos. Algo difícil de que ocurriera,
cuando los dos se aferraban el uno al otro, como si la vida se les fuese en ello.
Hinata era un huracán avasallador, pero también era suave como la garúa, y húmedo como el
rocío. Abriendo levemente su boca, capturó el labio inferior de Tobio entre los suyos, y Tobio
no sabía muy bien lo que estaba haciendo, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del
agua, derritiéndose entre los dedos de Hinata como un helado bajo el sol de verano. Lo único
que sabía es que se sentía bien.
En algún momento, Hinata pasó una pierna por sobre Tobio y se sentó a horcajadas sobre él,
sin romper el beso en ningún momento. Mechones de pelo naranjo caían sobre los ojos de
Tobio, haciéndole cosquillas, y a Tobio nunca le había importado menos el pelo largo de
Hinata como en ese momento.
–¿Kageyama?– murmuró Hinata contra su boca, casi sin aliento. Tobio estaba muy ocupado
chupándole la cara como para contestar, así que hizo un ruidito con la garganta de que lo
estaba escuchando. –¿Estamos arruinando todo?
–Todo, huh, nosotros…– su respiración se entrecortó cuando Tobio estiró el cuello y besó su
clavícula.
–¿Me ves quejándome? – gruñó, mientras hincaba suavemente los dientes en el hueso
prominente y hundía los dedos en las caderas de Hinata.
No supo qué magia hizo, pero Hinata gimió en voz baja, frotando su cuerpo contra el de
Tobio—entrepierna contra entrepierna.
Y.
Mierda.
Inclinándose para besarlo de nuevo, Hinata tomó una de las manos de Tobio entre las suyas, y
la dirigió hacia el elástico de su ropa interior, asomándose por encima de sus shorts. –
Kageyama– arrulló, rozando la punta de sus narices. –Tócame.
Tobio pestañeó, confundido. No era propio de él rechazar ningún desafío, pero si no sabía
cómo tocar a una mujer, mucho menos iba a saber cómo tocar a un hombre.
Las yemas de sus dedos quedaron enganchadas bajo el elástico, pero no avanzó más allá. –
Huh, no sé qué hacer– masculló con un leve mohín.
Hinata rió entre besos, guiando la mano de Tobio dentro de su ropa interior. –Te aseguro que
agarrarme el culo no tiene ninguna ciencia.
Y la manera en cómo todo el cuerpo de Hinata volvió a crisparse cuando Tobio hundió los
dedos en su carne, de cómo su boca zumbó contra la suya, de cómo sus caderas presionaban
el cuerpo contrario, sus piernas enganchadas a los costados de Tobio sin dejarle escapatoria
(como si Tobio quisiera escapar—es más, no había otro lugar en el que quisiera estar más que
bajo el cuerpo de Hinata)… Tobio nunca se habría imaginado que besar a Hinata se sentiría
tan bien. Aunque debió habérselo esperado. Estar junto a Hinata siempre se sentía bien.
Sin embargo, no esperó que Hinata diera un respingo cuando un dedo se deslizó en el surco
que separaba la espalda de los glúteos.
—Espera, espera, espera— río nervioso empujando a Tobio contra la cama. —Es muy pronto
para eso. Yo, eh, nosotros… huh… no tenemos las… cosas.
Un silencio incómodo se cernió sobre ellos antes de que Hinata gimiera, de frustración esta
vez, y enterrara su rostro en el hombro de Tobio. —Tú… eres muy idiota.
Quizá Hinata tenía algo de razón cuando preguntó si lo estaban arruinando todo, porque
Tobio ya no podía volver al momento en que no sabía cómo se sentía besar a su amigo.
Hinata tuvo que forcejear un buen rato antes de que Tobio lo dejara abandonar la cama, y
cuando salió de la ducha, Tobio lo estampó contra la pared, buscando su boca como si
estuviese sediento y Hinata fuese la única fuente de agua en varios kilómetros a la redonda.
–Dijo quién– protestó Tobio, alzando a Hinata en brazos y cargándolo hasta la cama que no
habían usado. Se encaramó sobre él y se dedicó a mirarlo—su pelo húmedo desparramado en
la almohada, su torso desnudo y tostado después de meses jugando bajo el inclemente sol de
Brasil, los músculos definidos de sus brazos y de su abdomen, y la estela de pelo naranjo que
nacía bajo su ombligo y continuaba bajo la toalla.
Una mano decidida agarró su muñeca cuando los dedos de Tobio pretendían aflojar la toalla.
–Digo yo– dijo Hinata con el ceño fruncido. –Arrendamos un buggy por el día, ¿no te
acuerdas?
Cuando decían que sólo tenía una pelota de voleibol girando en la cabeza, bueno, tenían
razón.
Media hora más tarde, Tobio estaba sentado en el asiento del copiloto mientras Hinata
caminaba hacia él y hacía girar las llaves del auto entre sus dedos. Llevaba una sonrisa de
suficiencia estampada en la cara que Tobio se moría de ganas de borrar con un beso.
–¿Desde cuándo sabes manejar?– preguntó con una ceja enarcada. Hinata echó su bolso en la
parte trasera junto con el bolso de Tobio y la pelota de voleibol, antes de abrir la puerta del
piloto y sentarse frente al manubrio.
La sonrisa que le dedicó no podía venir de este mundo. –¿Qué? – preguntó en tono de burla.
–¿Tú no sabes manejar acaso?
Hinata condujo tranquilo por las calles adoquinadas de Búzios. Sin ventanas, el viento les
revolvía el cabello y, sin techo, el sol llegaba directamente en sus cabezas.
–Pedro me dijo que esta playa es genial– mencionó, tomando una curva. –Está un poco más
lejos de la ciudad, pero por lo mismo, hay menos gente.
Hinata lo podría haber llevado a un McDonald y Tobio habría estado igual de encantado.
Unos minutos después, Hinata estacionó en el borde de una playa que se extendía largamente
por el horizonte. Al fondo, la arena iba a parar en un acantilado coronado de un tupido
bosque.
A todas luces, esto era mejor que un McDonald. Tobio tendría que agradecérselo después a
Pedro.
Mientras caminaban, el brazo libre de Hinata rozó el de Tobio y, ya que estaban en esto, el
último alargó la mano y enroscó sus dedos alrededor de los de Hinata.
Hinata le sonrió, cegador y deslumbrante como el alba, y quizá si lo miraba fijo el tiempo
suficiente, la curva exacta de sus labios podría quedarse grabada en la retina de Tobio para
siempre. Así, cada vez que necesitara ver a Hinata sonreír, solo le bastaría con cerrar los ojos.
Tobio no dijo nada. Solo le apretó los dedos antes de reanudar la marcha.
La playa quedaba alejada del centro de la ciudad y era lo suficientemente larga como para
que los pequeños grupos de bañistas pululando la costa se situaran a varios metros de
distancia unos con otros. Era casi como tener la playa para ellos solos.
Después de caminar un tramo más, pusieron sus toallas en el sitio elegido, pero cuando Tobio
se tumbó en su lado, Hinata rodó encima tuyo.
–No puedo respirar– se quejó mientras Hinata hundía su rostro en el pecho contrario.
–Kageyama, yo, huh, nosotros…– balbuceó contra la tela de la camiseta. –¿Estás bien con
esto?
–Si me dejas de aplastar, estaré mejor– dijo, depositando a Hinata en su toalla, quien se quejó
con un mohín.
Tobio se puso de lado, cara a cara con Hinata, mientras un brazo hacía de almohada bajo el
peso de su cabeza.
Hinata continuó: –Quiero decir, si no te vas a arrepentir después de todo esto–. Sus ojos no lo
miraban directamente, perdidos en algún lugar más allá de su hombro.
Tobio frunció el entrecejo: –¿Y qué hay de ti? ¿Te vas a arrepentir?
–Entonces yo tampoco.
Hinata hizo un ruidito de frustración y hundió sus palmas en sus ojos. –Uggh, esto no es una
competencia, Kageyama. Estoy hablando en serio.
Pero un brazo firme alejó las manos que Hinata se había llevado al rostro. Sus ojos de nuez
brillaban como un atardecer anaranjado en un día de verano.
–¿Alguna vez no he ido en serio contigo?– preguntó, rozando la mejilla dorada con el revés
de sus dedos.
Hinata se congeló por un momento, ni siquiera movió una pestaña, antes de derretirse contra
el pecho de Tobio.
Durmieron un rato bajo el sol—un brazo de Tobio bajo el cuello de Hinata, quien se
acurrucaba a su lado y tiraba un brazo sobre el estómago contrario. El sonido del agua lo
mecía como un barco a la deriva y Tobio no supo cuánto tiempo pasó hasta que Hinata lo
despertó con un beso en la mejilla. Aún medio aturdido por la improvisada siesta de
mediodía, Tobio le respondió presionando los labios contra su frente. Entonces rieron
despacio, como si se hubiesen acordado de un chiste íntimo y privado, y Hinata inclinó el
cuello hacia atrás, buscando la boca de Tobio.
Hinata sabía igual que aquella mañana, dulce y ligero, algunos tintes con sabor a coco
mojando su lengua, y no podía ser de otra forma. Hinata era una tormenta tropical de pies a
cabeza, desde el torbellino de su pelo naranja, hasta la punta de sus pies que saltaban como
los granizos que rebotan contra la piedra lisa y dura de la selva, dejando una imprenta en la
superficie.
Así mismo Hinata se había hecho un hueco en el corazón de Tobio. Poco a poco, paso a paso,
tan sutil, tan natural, tan cotidiano, que no se dio cuenta cuándo terminó al otro lado del
mundo, rodando en las playas de una ciudad cuyo nombre ya había olvidado, besando a su
mejor amigo, riéndose en su boca y llenándose el pelo de arena.
–Estoy tan feliz de que estés ahí– repetía Hinata como un mantra. Como si al decirlo lo
suficiente, podría evitar que el avión de Tobio despegara en dos días más con destino a Japón.
No lo haría.
Vóleibol siempre era una buena opción para apagar su cerebro e ignorar los pensamientos
que caían sobre su cabeza como una cascada.
Como que su mejor amigo quizá siempre había sido algo más que su mejor amigo.
Tobio lanzaba la pelota al aire y se la pasaba a Hinata golpeándola con la punta de sus dedos,
sus brazos por encima de la cabeza.
Que durante años algo había estado latente, dormido entre ellos.
Hinata hundía una rodilla en la arena y respondía el pase golpeando la pelota con sus
antebrazos.
Que bastó un pequeño desliz para abrir aquella puerta que Tobio ni siquiera se había
percatado de que estaba allí. Silenciosa. Quieta. Paciente.
Que Tobio no quería volver a un mundo donde aquella puerta estuviese cerrada.
Hinata dio unos pasos hacia atrás, la lengua asomándose entre sus labios, antes de saltar
impulsado por la fuerza de sus muslos y de su incansable determinación, rematando la pelota
hacia Tobio.
Que si la vida sólo fuera este juego de pases con Hinata a la orilla de la playa, bien valía la
pena vivirla.
Se les fue el día jugando voleibol, dormitando en la arena tibia, y comiendo los snacks que
habían traído consigo. Si pasaba algún vendedor ambulante con algún bocadillo que Tobio no
había probado aún, también lo compraba. Flotando en la quietud de las vacaciones, el único
apremio era devolver el buggy antes de las siete de la tarde, y en algún momento antes de las
seis, recogieron sus cosas y se echaron sus bolsos al hombre. Mano en mano, caminaron
hasta el estacionamiento.
Tobio no quería nunca dejarlo ir, pero Hinata necesitaba las dos manos en el manubrio para
manejar. Mordiéndose el interior de la mejilla, Tobio gruñó todo el viaje de vuelta al hostal,
aunque de vez en cuando le echaba una mirada de reojo a Hinata, cuyo cabello flameaba en el
viento, como el sol contra el crepúsculo amoratado.
Luego de devolver el auto, luego de cenar, luego de los trámites mundanos que a Tobio no le
podían importar menos, al fin tuvo lo que esperaba—a Hinata sentado en su regazo, pasando
sus dedos por su pelo negro, balanceándose levemente contra su cuerpo mientras Tobio metía
los dedos bajo su camiseta y lo agarraba por la cintura.
Si su pulgar bajaba poco a poco por el costado de su abdomen hasta la hendidura de su
oblicuo, Hinata soltaba un gritito contra su boca y Tobio sonreía con satisfacción. Podía estar
así horas, explorando el cuerpo de Hinata, descubriendo nuevos lugares secretos en intactos.
–Hinata– le llamó entre un beso y otro. –Tú, huh, sabes cómo se hace esto.
No era una pregunta, aunque Hinata parecía no escucharlo por la manera en que seguía
restregándose contra él.
–¿Qué cosa?– respondió al fin, sus besos viajando por las mejillas de Tobio hasta el lugar
donde nacía su mandíbula.
Hinata, todo caderas y fricción apenas unos segundos antes, se quedó de piedra. Una mano en
la nuca de Tobio, la otra aferrándose de la camiseta ajena como si eso le ayudara a mantener
el equilibrio.
Cuando hundió el rostro en el hombro ajeno, Tobio frunció el entrecejo, preguntándose qué
había hecho para desinflar la dulce tensión del deseo.
Tobio levantó una ceja. –¿Y por qué va a estar mal?– preguntó de vuelta. –Si al menos uno de
los dos sabe qué hacer, no vamos a dejar un desastre…
–Fue un poco después de llegar a Brasil– soltó Hinata sin que Tobio le preguntara. Todavía
sin despegar el rostro del hombro ajeno, sus nudillos se hacían blancos. –Yo… necesitaba
olvidarme de ti.
Tobio era rápido para algunas cosas (estudiar jugadas de voleyball, memorizar los puntos
débiles del equipo rival, aprender cómo armar para cada uno de los jugadores en la cancha).
Sin embargo, era muy lento para otras.
Si Hinata no se lo hubiese puesto así—crudo, honesto, sin pulir, frente a sus ojos para que no
lo pudiese pasar por alto, a Tobio jamás se le hubiese ocurrido que esta tensión no resuelta
entre ellos no era algo espontáneo de aquella mañana, sino un peso que Hinata llevaba
arrastrado años consigo.
–¿Funcionó?– preguntó apenas en un susurro. Su voz era una pequeña brisa que hacía tiritar
los mechones de Hinata que caían por su frente como las ramas de un árbol.
Si no estaba inventando cosas, podría haber jurado que Hinata también tembló contra su
cuerpo.
La mano que envolvía la cadera de Hinata se deslizó dentro de su traje de baño, apretándole
un glúteo firme y redondo. Hinata gimió contra su oído, y las cosas que Tobio hubiese dado
por escuchar ese jugoso sonido una y otra vez, contra su boca, contra su piel.
Antes de que pudiese darse cuenta, Hinata lo había empujado contra el colchón, cerniéndose
sobre su cuerpo como el amanecer despunta tras las montañas.
La habitación estaba oscura, pero sus ojos brillaban como el alba, sofocantes como el verano.
–¿Y a ti qué te parece?
Y a Tobio le parecía que se derretía bajo los besos de Hinata, bajo sus manos que descartaban
con habilidad la ropa entre ellos, bajo el tacto que descendía lentamente por su pecho—
labios, lengua, la almohadilla de sus dedos. Su cabeza estaba demasiado abombada por el
deseo para preguntarse dónde Hinata había aprendido todo eso.
Mientras su tronco superior yacía en el colchón, sus piernas colgaban por el borde de la
cama, dejando un pequeño espacio entre sus muslos levemente separados donde ahora Hinata
hundía su rostro, arrodillado en el suelo. Tobio pensó que debía ser incómodo para Hinata
quedarse en aquella posición, pero cuando intentó moverse, una mano firme lo agarró de la
cadera y lo inmovilizó contra el colchón.
Los ojos de almendra de Hinata se habían reducido a dos rendijas brillantes mientras la punta
de sus dedos se introducía levemente bajo el elástico de su ropa interior. Kageyama tragó
saliva.
–¿Puedo?– preguntó y Tobio hizo un pequeño gesto afirmativo con la cabeza, sintiendo como
la sangre abandonaba su cuerpo para acumularse con énfasis en su entrepierna, alzando su
longitud dura y caliente dentro de sus pantalones.
Hinata despegó con delicadeza la tela que aprisionaba la erección de Tobio, frotándolo
suavemente entre sus dedos, como si el otro fuese de cristal y pudiera romperse con cualquier
movimiento. Lo que no estaba muy lejos de la realidad por la manera en que tiritaba bajo las
caricias de Hinata.
–Si esto es, hum, mucho para ti, podemos parar aho—
Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo cuando Hinata besó la cabeza rosada e hinchada de
su miembro, mientras seguía frotando el resto de la longitud, dando pequeños golpecitos a la
base que parecían reverberar en la oscuridad.
–No tienes que preocuparte de nada– lo escuchó decir, sus labios rozando la cosquillosa piel
de Tobio. –Te voy a cuidar bien.
En ese momento, Tobio sintió su pene envuelto en un calor tropical, ardiente y húmedo, y no
pudo evitar arquear su espalda bajo el cóctel de sensaciones—Hinata meciendo su cuello de
arriba a abajo, su respiración trabajosa, su lengua paséandose contra su piel tirante y caliente,
sus besos acompañados de pequeños gorjeos y apagados zumbidos alojados en su garganta, y
la manera en cómo la punta de su miembro parecía dar con la tráquea de Hinata, con golpes
secos y constantes.
Su mente apenas podía registrar aquella lista de nuevas experiencias como para además
concentrarse en el sonido: piel mojada contra piel mojada, y Hinata murmurando ‘Tobio,
Tobio’ contra su parte más íntima.
Hinata dio un respingo cuando Tobio hundió sus dedos en su pelo naranja. –Hinata…yo…
El otro pareció entender su indirecta, retirándose justo a tiempo antes de que Tobio eyaculara
en su propio estómago, alentado por la suave fricción que los dedos de Hinata aún trabajaban
contra la base de su pene.
Su cuerpo vibraba como las réplicas de un temblor mientras sus ojos cerrados con fuerza se
asemejaban a un pergamino arrugado. No recordaba la última vez que se había masturbado si
quiera, pero esto. Esto estaba a otro nivel.
Su cerebro apenas pudo registrar a Hinata levantándose de sus cuclillas y dar tumbos por la
habitación oscura hasta dar con el baño para traerle un rollo de papel higiénico.
Todavía con la mente disuelta, flotando en el aire viciado y espeso de la habitación, Tobio se
limpió el desastre que dejó en su abdomen con movimientos torpes y descoordinados.
Hinata se recostó a su lado, apoyando su mejilla en una mano. Su sonrisa torcida no podía
augurar nada bueno. –No duraste ni tres minutos, Rapiyama. ¿Acaso nuevo récord olímpico?
Sólo cuando Hinata despegó los ojos para echar un vistazo a la hora, los dos se levantaron de
un respingo, ordenando sus bolsos y corriendo al terminal de buses en los treinta minutos que
faltaban para que saliera el bus de vuelta a Río de Janeiro.
Aún jadeando por el esfuerzo y con el cabello pegado a las sienes, Hinata giró sobre su
hombro y estiró el cuello para darle un breve beso a Tobio en los labios.
Tobio pestañeó confundido por unos momentos, antes de que el día anterior pasara por sus
ojos como la brocha de un pincel. Entonces, una sonrisa floreció en sus labios y se inclinó
para profundizar el beso con una mano sosteniendo la mejilla contraria.
Luego de tres horas de viaje donde dormitaron a ratos, comieron de los snacks que aún
quedaban y revisaron sus redes sociales en el celular, Hinata sugirió que podían pasar a su
departamento antes de recorrer la ciudad una última vez, a lo que Tobio se negó con su mohín
característico. Tomándolo del brazo, lo arrastró a la playa.
Se ducharon en una de las duchas abiertas de la playa—torso desnudo, traje de baño. Tobio
no fue muy disimulado cuando miró a Hinata de reojo, pero el aire abandonó sus pulmones al
observar dos moretones color burdeo floreciendo en sus rodillas.
Ojos color miel lo miraron de vuelta cuando a Tobio le dio un ataque de tos. –¿Todo bien?
Tobio asintió con la cabeza mientras se cubría el rostro afiebrado con el reverso de la mano y
esperó que el agua fría le calmara.
Su último día en Río fue como todos los días—chapotear en la orilla del mar, competir por
quién llegaba primero a las boyas, siestas bajo el sol, comer de lo que fuese que ofrecían los
vendedores ambulantes, jugar voleibol playa hasta que no hubiesen rincones de su cuerpo sin
estar cubiertos de arena.
Hinata se llevó las manos a la costura de la camiseta y cruzó los brazos sobre su cabeza,
descascarando la tela de su torso. Con las cortinas echadas, sólo los iluminaba la pequeña luz
de la lámpara del velador, pero era suficiente cuando la piel desnuda de Hinata brillaba como
el sol. Tobio alzó una mano para rozarle un pezón oscuro, y algo se apretó en su bajo
abdomen al sentir que se endurecía contra su la almohadilla de su pulgar. Un zumbido se
escapó entonces de la garganta de Hinata y Tobio se tragó sus suspiros con un beso. Se
basaron así, lento y viscoso, como jarabe cayendo libre de una botella, mientras Hinata se
frotaba ligeramente contra su entrepierna, el ritmo perfecto para que la erección de Tobio
tomara forma poco a poco entre sus muslos.
–Hinata– lo llamó Tobio, respirando entre un beso y otro. Hinata le tironeaba los labios con
los dientes, pero hizo un ruidito de que estaba escuchando. –Eso que dijiste… que
necesitábamos, ehm, ¿lo tienes?
El otro se separó de su boca con un húmedo ‘pop’ y asintió. Sus mejillas estaban enrojecidas
y sus labios hinchados. –Ahí en el velador– indicó con un dedo antes de arrojarse
nuevamente contra Tobio.
Pero el otro lo detuvo con un firme agarre en su mejilla, mientras hundía los dedos de su otra
mano en la cadera de Hinata. -¿Ya estabas pensando en esto de antes?- preguntó con una
sonrisa entre divertida y acusadora.
Hinata no supo qué decir por un segundo, abriendo y cerrando la boca a intervalos. Luego,
frunció el entrecejo. –Dios, Kageyama. No todo el mundo es como tú. Puedo pensar en más
de dos cosas a la vez. Además, no tenemos que hacer nada si no q—aaa—
Sus palabras se disolvieron como un terrón de azúcar en el agua cuando Tobio plantó un beso
en su hombro desnudo. –Si quiero– murmuró contra su piel caliente. –Te quiero– añadió.
Bajo la tenue luz de la lámpara, podía ver la piel dorada de Hinata erizarse y los vellos de sus
brazos erguirse. Su mirada parecía extraviada en un mar inmenso cuando Tobio se movió
hasta sus labios para besarlo de nuevo.
–Tobio– dijo, sosteniendo su rostro con ambas manos. El pulso se le aceleró como si Hinata
hubiese tirado de todos los hilos correctos. Su amigo nunca le llamaba por su primer nombre.
–Yo también te quiero– murmuró contra su boca.
Sin dejar de besarlo, Tobio palmoteó el cajón del velador en la oscuridad, sacando una botella
de lubricante y una caja de condones. Respiró aliviado cuando Hinata tomó la iniciativa,
aplicando el líquido entre sus dedos, pero entonces ojos marrones saltaron a los suyos azules.
Tobio negó con la cabeza, mientras rozaba las puntas de sus narices, cambiando de posición
para que fuese Hinata quien quedara bajo su cuerpo. –Quiero verte– murmuró en sus labios.
Hinata gimió con fuerza, echando su mano libre sobre su rostro. –No digas cosas así con una
cara tan seria.
–¿Por qué no?– preguntó mientras le mordía el lóbulo de la oreja, sin ignorar como la otra
mano de Hinata viajaba hasta su entrada posterior. Tobio se apoyó en sus codos para una
mejor panorámica, lo que no funcionaba bien si Hinata escondía su rostro sonrojado en el
reverso de su mano, sólo sus labios temblorosos asomándose tras sus dedos.
El ruido de nudillos chocando contra los muslos de Hinata y de los adorables quejidos
alojados en su garganta viajaban directo a la entrepierna de Tobio. No miró a otro lado
cuando introdujo una mano dentro de sus propios bóxers, lo único que sus ojos veían era el
brillo de las pupilas de Hinata frente a sí.
–¿Hmh?
–¿Has hecho esto, eh… pensando en mí?– Hinata intentó esconderse detrás de su mano libre
nuevamente, pero Tobio inmovilizó su muñeca contra la cama, apretando sus dedos en la
carne de su antebrazo. –Quiero saber… Shoyo…
El otro arqueó su espalda al escuchar su primer nombre, dejando escapar un gemido ahogado.
–Yo… aaa… sí. Muchas veces.
–En ti… en ti encima de mí. En que estábamos los dos solos, con poca luz, así como ahora–
Tobio sentía sus huesos derretirse al escuchar la voz estrangulada de Hinata, y el golpeteo de
sus dedos contra la base de su entrada. –Quería sentirte dentro mío y estar así, horas-. Tobio
buscó desesperado su boca y una mano de Hinata se enredó en sus pelo negro, manteniéndolo
cerca, hablando entre el espacio libre que dejaban sus besos. -Te quiero tanto, Tobio. Tanto,
tanto. No tienes idea.
Su erección ansiosa se aplastaba contra la palma de su mano y Tobio no creía poder aguantar
ni un minuto más así como estaban.
Con un gesto de la cabeza, Hinata sacó sus dedos de su entrada y alargó un brazo para
alcanzar la caja de condones. Mientras abría un paquete, Tobio deslizó su ropa interior por
sus piernas y echó una mano detrás de su cuello para quitarse su camiseta de un tirón.
Hinata deslizó el látex por su longitud con expertiz y delicadeza antes de acurrucarse de
nuevo en la cama. Por cómo se abrieron sus ojos, probablemente no esperaba que Tobio
agarrara una de sus piernas y ajustara la pantorrilla en su hombro, dándole un beso al firme
músculo de su gemelo.
–Tobio…– exhaló, su pelo anaranjado desparramado en la almohada, sus manos sueltas sobre
su cabeza.
Tobio no sabía muy bien lo que estaba haciendo, pero supuso que mucho no se podía
equivocar si alineaba su miembro contra la entrada de Hinata y empujaba suavemente, una
mano apretando la cadera contraria, manteniéndolo en su lugar.
Un baño de vapor pareció invadirlo de pies a cabeza a medida que su longitud desaparecía
dentro del cuerpo de Hinata. Centímetro a centímetro sus paredes se abrían a su paso y Tobio
apenas podía registrar otra cosa que no fuesen los ojos de Hinata clavados en los suyos, o en
los brazos que se enredaban en su cuello, atrayéndolo más cerca, o en el miembro de Hinata,
palpitando, expectante, atrapado entre sus dos abdómenes.
–¿Está bien?– preguntó Tobio en un susurro. Hinata asintió levemente con la cabeza antes de
hacer rodar sus caderas hacia abajo y el idiota bien podría haberle sacado el aire de los
pulmones con una patada. –Mierda, Hinata– masculló, sin aliento. –Cálmate un segundo.
–Tobio, por favor…– decía Hinata, pegándose al cuerpo contrario. –Esto es todo lo que
quiero. Todo lo que quiero en la vida.
Tobio le besó la frente con una sonrisita antes de que sus caderas comenzaran a apretarse
contra el cuerpo de Hinata, una y otra vez, como un vaivén rítmico y pausado, como un
músculo que se crispa y se ensancha, sus dos cuerpos como un todo orgánico, como dos
piezas que encajan con naturalidad—todo era natural y orgánico con Hinata. Esto también
tenía que serlo.
Se apoyó en un codo y con el nuevo ángulo pareció alcanzar un punto especial dentro de
Hinata. El otro soltó un gritito y se arrimó a su espalda, enterrando sus uñas en los músculos
de sus hombros
Tobio no dijo nada mientras aumentaba el ritmo de sus avances, hundiendo el rostro en un
hombro de Hinata. Una mano se enredaba en su pelo entonces y tiraba de él, no lo suficiente
para hacerle daño, pero sí lo suficiente como para enviar una sensación cálida por todo su
cuerpo.
–Tobio, Tobio, Tobio…– sollozaba Hinata, hinchando sus dedos en su cuero cabelludo. –No
pares…
Y era más fácil decirlo que hacerlo. Las paredes de Hinata se apretaban contra su erección
abultada, y su cuerpo se agolpaba contra el suyo, la distancia no era una opción entre ellos.
Tobio se movía como podía, enterrándose cada vez con más firmeza dentro de Hinata,
perdiendo el ritmo acompasado que habían dictado en un principio. En cambio, Hinata se
movía cómo si supiera exactamente lo que estaba haciendo. El maldito.
Tobio tragó saliva, admirando la curva de sus glúteos, la depresión en su espalda baja, los
músculos trepando por su espalda, marcándose en sus dorsales y en sus abultados deltoides.
Su columna se hundía larga y poco profunda hasta desaparecer en la última vertebra, como
una ruta que le indicaba a Tobio qué camino seguir.
Sólo cuando Hinata miró ansioso por encima de su hombro, Tobio sintió que se había
enamorado irreversiblemente de su amigo.
-Shoyo…- murmuró, mientras se inclinaba sobre su cuerpo para darle un último beso. –
Shoyo. Te quiero.
Arqueando la espalda y apoyándose solo en un brazo, Hinata llevó una mano contra la mejilla
de Tobio mientras le devolvía el beso, lento y caótico, casi sin energía, como los dos estaban.
–Tobio…
Hundiendo las manos en sus caderas, Tobio se deslizó dentro de Hinata nuevamente, fácil y
sin esfuerzo. El cuerpo bajo suyo se crispó por un momento, antes de esconder su rostro en la
almohada y agarrarse de las sábanas hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Una de las
manos de Hinata estaba perdida en su entrepierna, masturbando su propia erección, cerca del
fin, como lo estaba Tobio.
Tirando un par de maldiciones al aire, Tobio enterró su rostro entre los omóplatos de Hinata,
sintiendo todo su cuerpo disolverse, desgarrarse, derretirse, desvanecerse, todos sus huesos
temblando mientras navegaba como un inexperto las olas del orgasmo.
Sus caderas siguieron avanzando por inercia contra Hinata, disminuyendo de a poco el ritmo
hasta no ser más que muslos rozando los glúteos contrarios. Atontado como estaba, pegado al
cuerpo de Hinata como si fuera lo único que lo mantuviera atado a la tierra, apenas sintió al
otro tensarse y soltar un quejido ronco que se alargó hasta convertirse en un alegre suspiro.
Sin entender mucho, Hinata lo empujó para que se saliera de él y le quitó el condón, tirándolo
en algún rincón de la pieza. Sus ojos se rehusaban a abrirse y su cuerpo a moverse un
centímetro más, pero una sonrisa subió a sus labios cuando Hinata se acurrucó a su lado,
tirando una mano por su cintura y besándole la mejilla. Un brazo de Tobio lo atrajo en un
abrazo y durmieron así, la cama nido olvidada.
Día 6.
Parado en medio del aeropuerto de Río de Janeiro despidiéndose de la persona que más
quería en todo el mundo, Tobio se sentía como un idiota. Primero, porque tenía que irse
después de haber descubierto que estaba enamorado de su mejor amigo. Segundo, por
haberse tardado tanto en descubrirlo.
Las cosas no habrían sido distintas si se hubiese dado cuenta antes. O quizá sí. Quién sabe.
Lo que estaba seguro era que Hinata no habría dejado tirada su carrera por él y tampoco
Tobio se lo hubiese pedido.
No había nada que le gustaba más en la vida que verlo brillar bajo la luz de los focos de un
gimnasio de vóleibol. Saltando. Volando. Como siempre.
(Excepto quizá, ver su cuerpo dorado brillar bajo el suyo. Pero eso sólo lo había descubierto
recientemente.
Ayer, para ser exactos, mientras los dos olvidaban el paso de las horas para grabar el cuerpo
del otro en su memoria. Los lunares en sus piernas, las pecas en sus mejillas, las arrugas en
su nariz cuando sonreía, el tacto de su lengua contra la suya, los pliegues en su cuello cuando
echaba la cabeza para atrás y cómo su columna se hundía cuando arqueaba la espalda.)
–Hinata– Tobio lo llamó por sobre el caos del aeropuerto. Sus manos eran dos puños firmes a
sus costados mientras su mirada permanecía clavada a sus pies. –Sé que no puedo pedirte
nada pero…
–Espérame– lo interrumpió Hinata. Su sonrisa era radiante como el sol cuando Tobio levantó
los ojos para encontrarlo. –Espérame– repitió, dando un paso adelante, desenredando la mano
de Tobio hecha puño y entrelazando sus dedos. A Tobio no le hubiese sorprendido si lo que
mantenía al mundo unido eran sus dos manos entretejidas. –Espérame, Tobio. No tardaré
mucho.
Unos metros más allá, Pedro miró a otro lado, dándoles un poco de privacidad. Sólo
entonces, Tobio se inclinó levemente, salvando los varios centímetros que los separaban para
imprimir un beso en sus labios.
Un abrazo profundo, respirando su aroma a playa, a sol, a bloqueador, y a brisa marina, algún
que otra beso, unas palabras de amor susurradas en voz baja fueron sus últimos recuerdos
antes de mirar por sobre su hombro y desaparecer tras la mampara de vuelos internacionales
del aeropuerto, agitando una mano en el aire.
Hinata era un borrón naranja mientras también agitaba sus brazos en el aire y ahuecaba sus
manos en los costados de su boca, gritando algo como “¡Buen viaje!”
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