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Articulo Msantander2019

El artículo explora la relación entre la astronomía y la literatura a lo largo de la historia, destacando cómo el conocimiento del firmamento ha influido en diversas obras literarias desde la Epopeya de Gilgamesh hasta el Don Quijote de Cervantes. Se analizan ejemplos de cómo autores como Kepler y Cyrano de Bergerac han incorporado conceptos astronómicos en sus narrativas, reflejando la fascinación humana por los astros. Además, se discute la evolución de la astronomía y la astrología y su impacto en la percepción del destino en la literatura, especialmente en las obras de Shakespeare.

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Articulo Msantander2019

El artículo explora la relación entre la astronomía y la literatura a lo largo de la historia, destacando cómo el conocimiento del firmamento ha influido en diversas obras literarias desde la Epopeya de Gilgamesh hasta el Don Quijote de Cervantes. Se analizan ejemplos de cómo autores como Kepler y Cyrano de Bergerac han incorporado conceptos astronómicos en sus narrativas, reflejando la fascinación humana por los astros. Además, se discute la evolución de la astronomía y la astrología y su impacto en la percepción del destino en la literatura, especialmente en las obras de Shakespeare.

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Este artículo aparecerá publicado en el Anuario del Observatorio Astronó-

mico de Madrid para el año 2019.


375

ASTRONOMÍA Y LITERATURA

Miguel Santander
Observatorio Astronómico Nacional
Instituto Geográfico Nacional - Ministerio de Fomento

Introducción
La astronomía es, sin lugar a dudas, la rama del saber más antigua de
todas. Con muchos miles de años a sus espaldas, el conocimiento del
firmamento ha permeado a todos los grupos humanos, desde las tribus
paleolíticas de cazadores-recolectores que lo usaban para orientarse en la
noche, hasta las modernas sociedades de agricultores que necesitaban (y
necesitan) un registro adecuado del paso del tiempo y de las estaciones
para llevar a buen término sus cosechas. Y, por encima de todo, el cielo
estrellado ha servido a los humanos de lienzo en blanco sobre el que
explicar su realidad y narrar sus historias mucho tiempo antes de que
alguien hiciera las primeras muescas en una tablilla de arcilla, dando origen
a la escritura.
La astronomía es tan antigüa, y ha estado siempre tan ligada a nosotros,
que no es de extrañar que se haya visto plasmada en todo tipo de disciplinas
y manifestaciones artísticas a lo largo de nuestra historia. Una mirada lo
bastante amplia a la literatura en prosa nos revela un sinfín de ejemplos
de cómo se ha representado no solo la fascinación por los cielos, sino
también la mentalidad y los conocimientos astronómicos propios de cada
época. A lo largo de este artículo realizaremos un recorrido a grandes
rasgos cronológico por una serie (muy incompleta) de ejemplos literarios
de diferentes fenómenos astronómicos, desde que aprendimos a leer el
cielo, en los albores de la civilización, hasta el lugar adonde la curiosidad
y el conocimiento sean capaces de llevarnos.
376 M. Santander

El Sol y la ficción en los albores de la Historia


El primer ejemplo que nos ocupa es también la narración escrita más
antigua que se conoce, la Epopeya de Gilgamesh. Grabada por manos
sumerias hace nada más y nada menos que 4.500 años, este poema de
reyes y dioses y luchas furiosas y épicas nos habla de uno de los miedos
que nos acompañan desde que aprendimos a mirarnos a nosotros mismos,
y que no es otro que el miedo a la propia muerte. Adornan el poema
unas cuantas pinceladas de la sociedad de la época que dan cuenta de
que, además de inventar el torno, la rueda, la escritura, las matemáticas,
las clases sociales (¡y hasta la cerveza!), los antiguos sumerios poseían
también conocimientos de astronomía:

«—Padre mío, ¡hazme el Toro del Cielo para que castigue a


Gilgamesh,. . . Si tú no me haces el Toro del Cielo, quebraré
las puertas del mundo inferior,. . . levantaré los muertos roídos
y vivos ¡para que los muertos superen a los vivos!
Anu cede a los reclamos; el Toro del Cielo baja a la Tierra y
mata centenares de hombres con sus dos primeros resoplidos.
Con su tercer resoplido salta sobre Enkidu, que lo detiene
asiéndolo por los cuernos, e hincando Gilgamesh su espada
entre el cuello y las astas le da muerte.
Cuando hubieron matado al Toro, arrancaron su corazón,
colocándolo ante Shamash. Retrocedieron y rindieron
homenaje a Shamash.»

Epopeya de Gilgamesh, c. 2500 a.C.

Shamash (Utu en el original sumerio), el destinatario de la ofrenda, es el


dios del Sol y el hermano gemelo de Ishtar (Inanna en el original sumerio),
diosa que, rechazada en sus insinuaciones sexuales por Gilgamesh, reclama
un duro castigo para él. No es en absoluto descabellado interpretar este
fragmento en clave astronómica: el Toro del Cielo se refiere con toda
probabilidad a la constelación de Tauro. Gilgamesh podría ser el Cazador,
Orión (situada frente a Tauro en el firmamento), y la ofrenda del corazón
del Toro al Sol bien podría simbolizar la llegada de nuestra estrella a la
región de Tauro, que en tiempos de los sumerios marcaba la importante
festividad del Año Nuevo, en el equinoccio de primavera (efeméride que
hoy sucede al paso del Sol por Piscis, debido al fenómeno de precesión de
los equinoccios, que tiene un periodo de unos 26.000 años).
Consideraciones astronómicas aparte, este fragmento tiene una especial
relevancia en la epopeya: poco después, Enkidu, primero rival y luego
amigo inseparable de Gilgamesh, caerá presa de una enfermedad que
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 377

acabará con su vida. Lleno de pesar por su muerte, Gilgamesh reparará


entonces en su propia mortalidad y en la angustia de no poder escapar de
ella. Y se embarcará en un viaje desesperado a la búsqueda de Utnapishtim
el inmortal (Ziusudra en el original sumerio), quien sobreviviera al diluvio
y en cuya figura se basó probablemente la del Noé bíblico.

Figura 1: Tablilla sobre el diluvio de la epopeya de Gilgamesh,


escrita en acadio y conservada en el Museo Británico. Fotografía de
Mike Peel.

La Luna
Nuestro satélite ha sido otra fuente inagotable de inspiración literaria.
Son muchos los autores que nos han llevado a la Luna en sus obras. El
primero del que tenemos constancia es Luciano de Samosata, escritor
griego originario de Egipto, quien en el s. II escribió Una historia
verdadera, en la que narra el improbable y fantástico viaje de unos marinos
a la Luna, viento mediante. Y de paso hace parodia de historiadores y
filósofos, a quienes desdeñaba, como puede deducirse de las palabras que
encabezan la obra, explicitando que se trata de una ficción: «[...] me orienté
a la ficción, pero mucho más honradamente que mis predecesores, pues al
378 M. Santander

menos diré una verdad al confesar que miento». Y habla luego, de nuevo,
de esos mismos filósofos, en boca de la propia Luna de la siguiente manera:
«...algunos [filósofos] dicen que estoy habitada, otros que
estoy suspendida sobre el mar como un espejo, y otros
dicen cualquier cosa que se les pase por la imaginación.
Recientemente, incluso han declarado que mi luz es robada
e ilícita, ya que proviene del Sol.»

Una historia verdadera


Luciano de Samosata, s. II

Un viaje muy diferente a la Luna, y uno mucho menos conocido,


es el que narra el astrónomo Johannes Kepler en su única incursión
en la literatura de ficción con el cuento Somnium. Concebido hacia
1608, describe cómo se vería la Tierra desde la Luna según el modelo
Copernicano del Sistema Solar, del cual era un firme convencido. Y lo hace
de un modo que hoy no dudaríamos en calificar de ciencia-ficción dura
(aquella que trata de ser rigurosa con el conocimiento científico/técnico
del momento): los días en la Luna duran alrededor de dos semanas, por lo
que las diferencias de temperatura entre la cara iluminada y la oscura son
extremas (unos 270◦ C, tal y como sabemos hoy en día):
«El Sol se mueve lentamente entre las estrellas fijas y no hay
vientos. Así, el calor se hace intolerable [. . . ] quince veces
más que en nuestra África, y el frío, insoportable.»

Somnium
Johannes Kepler, c. 1609

Kepler imagina un ecosistema en movimiento constante, con corrientes


de agua que transportan la vida lejos del calor y del frío extremos, tal
y como atestigua el protagonista de este viaje increíble. Mención aparte
merecen los artificios que Kepler usa para protegerse del largo brazo de la
Inquisición, que poco después incluiría las teorías de Copérnico y las suyas
propias en el Índice de Libros Prohibidos: al comienzo de la narración cae
presa de un sueño en el que repara en un extraño libro de su biblioteca,
donde se narra la historia de un joven, Duracotus, cuya madre, curandera
y herbalista, lo envía a trabajar con el gran astrónomo Tycho Brahe, para
terminar viajando, a lomos de una especie de espíritu, hasta nuestro satélite.
Las similitudes entre Duracotus y el propio Kepler, que trabajó con Tycho
y cuya madre fue acusada de brujería, son tan estrechas que no cabe duda
alguna de que uno es un trasunto del otro.
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 379

Figura 2: Portada de la edición en inglés de Historia cómica de los


estados e imperios de la Luna de Cyrano Bergerac.

Y de la aproximación seria y rigurosa de Kepler pasamos a la sátira más


ácida y desenfadada de nuestro último ejemplo, el de la Historia cómica
de los estados e imperios de la Luna, de Cyrano de Bergerac. Aquí, el
decorado de la obra es una mera excusa para no dejar títere con cabeza. Y
es que, para los selenitas, nuestra Tierra es la Luna, como defiende en vano
el narrador al principio de la obra, cuando sus amigos y él disfrutan de una
agradable velada, comiendo, bebiendo y contemplando nuestro satélite:

«—Y yo —dije—, que deseo mezclar mis entusiasmos con


los vuestros [. . . ], creo que la Luna es un mundo como éste al
que el nuestro sirve de luna.
Mis compañeros soltaron grandes carcajadas [. . . ] En vano
alegué que Pitágoras, Epicuro, Demócrito y, en nuestra época,
Copérnico y Kepler eran de este parecer; solo conseguí que se
troncharan de risa.»

Historia cómica de los estados e imperios de la Luna


Cyrano de Bergerac, 1657
380 M. Santander

A lo largo de la obra, en la que el protagonista visita exhaustivamente


la sociedad selenita, Cyrano viene a decir que somos nosotros, quizás, los
auténticos lunáticos, y para demostrarlo, le da la vuelta a todo, desde la
sexualidad y los ritos funerarios, hasta las instituciones sociales, el ejército
y la religión. Pues nada hay para darse cuenta de los propios absurdos,
como contemplarse en un espejo adecuado, en este caso el que proporciona
la propia Luna.

El conocimiento y la influencia de los astros


En sus comienzos, Astronomía y Astrología se hallaban íntimamente
ligadas, tanto que los términos eran totalmente intercambiables. O casi,
pues escarbando lo suficiente, se distinguía entre «Astronomía Natural», la
que daba cuenta del movimiento de los astros, y «Astronomía Judiciaria»,
la que hablaba del horóscopo y el destino basándose en la superstición.
Lo cierto es que muchos astrónomos fundamentales en la historia del
pensamiento científico (Kepler, Tycho Brahe y Galileo, por ejemplo)
dedicaron largas horas a realizar estudios astrológicos. No fue hasta los
siglos XVII y XVIII cuando ambas disciplinas experimentaron una clara
divergencia, tanto en capacidad predictiva como en relevancia, hasta el
punto de que una de ellas ha quedado relegada a mera curiosidad en las
páginas de los periódicos y en las consultas de personajes estrafalarios.
Cabe preguntarse, no obstante, cuál era la actitud respecto a la influencia
de los astros, tanto en la calle como en las mentes de los autores más
relevantes del s. XVII. A este respecto cabe destacar el siguiente fragmento
de El Rey Lear, de William Shakespeare:

«¡He aquí la excelente estupidez del mundo; que, cuando


nos hallamos a mal con la Fortuna, lo cual acontece con
frecuencia por nuestra propia falta, hacemos culpables de
nuestras desgracias al sol, a la luna y a las estrellas; como
si fuésemos villanos por necesidad, locos por compulsión
celeste; pícaros, ladrones y traidores por el predominio de
las esferas; beodos, embusteros y adúlteros por la obediencia
forzosa al influjo planetario, y como si siempre que somos
malvados fuese por empeño de la voluntad divina! ¡Admirable
subterfugio del hombre putañero, cargar a cuenta de un astro
su caprina condición! Mi padre se unió con mi madre bajo la
cola del Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento; de lo
que se sigue que yo sea taimado y lujurioso. ¡Bah! Hubiera
sido lo que soy, aunque la estrella más virginal hubiese
parpadeado en el firmamento cuando me bastardearon.»

El Rey Lear
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 381

William Shakespeare, 1606

Por muy tentador que sea a tenor de tan sabias palabras, sería injusto
decir que Shakespeare era de talante «racionalista» en cuanto al destino.
Después de todo, quien así habla es Edmundo, el hijo bastardo y amoral
del conde de Gloucester, y a la sazón villano de la obra. Personajes
menos malvados (y con los que el público se identificaría mejor) creen en
cambio en la influencia de los astros en nuestro destino. Tal como revela
el propio conde de Gloucester, poco antes, al decirle a su hijo bastardo:
«Los recientes eclipses de sol y de luna no nos auguran nada bueno.
Aunque la razón natural lo explique de uno u otro modo, el afecto sufre las
consecuencias: el cariño se enfría, la amistad se quebranta, los hermanos
se desunen». Que es justamente lo que ocurre al final de la obra.
Shakespeare quizá no, pero quien sin duda sí era bien consciente de
la importancia de las ciencias y el conocimiento era su contemporáneo
Cervantes, quien deja clara su opinión al respecto en la segunda parte de
Don Quijote de la Mancha, poniéndola en boca de su caballero andante en
varias ocasiones, en una obra en la que la Astronomía se halla muy bien
representada. Por ejemplo:

«[...] porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni


su amo ni él alzan ni saben alzar estas figuras que llaman
«judiciarias», que tanto ahora se usan en España, que no hay
mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no presuma de
alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo,
echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad
maravillosa de la ciencia.»

«El caballero andante [...] ha de ser astrólogo, para conocer


por las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche y en
qué parte y en qué clima del mundo se halla; ha de saber
las matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener
necesidad dellas.»

Don Quijote de la Mancha (2a parte)


Miguel de Cervantes Saavedra, 1615

Cabe muy poca duda de que, si Miguel de Cervantes hubiera escrito


Don Quijote en nuestros días en lugar de hacerlo cuatro siglos atrás, el
ingenioso hidalgo habría mirado a su alrededor y se habría reafirmado en
sus palabras, cada vez más ciertas en un mundo que cambia a velocidad
382 M. Santander

vertiginosa. Y se habría alegrado de que, desde 2015 y gracias a una


inciativa del Planetario de Pamplona, la Sociedad Española de Astronomía
y el Instituto Cervantes, el nombre oficial de la estrella µ Arae, a cincuenta
años-luz del Sol, sea Cervantes, y el de sus cuatro planetas confirmados
sean Dulcinea, Rocinante, Quijote y Sancho (Shakespeare, en cambio, ya se
hallaba inmortalizado a través de varios de sus personajes que dan nombre
a un puñado de lunas de Urano, como Titania, Oberón, Miranda o Ariel).

Figura 3: Imagen de Almudena M. Castro para la campaña dirigida


a que la estrella µ Arae se rebautizara como Estrella Cervantes.

Los eclipses
Los eclipses de sol y de luna, capaces de subvertir por unas horas el
orden «natural» de luz y oscuridad, nos han fascinado desde siempre (y
también atemorizado, hasta que aprendimos lo que eran y a predecirlos).
Esa fascinación se ha llevado en multitud de ocasiones a la literatura.
Hay muchos ejemplos de obras en las que el conocimiento previo de
que un eclipse de Sol tendría lugar supone una ventaja definitiva para los
protagonistas. El de Un yanki en la corte del Rey Arturo, de Mark Twain,
se salva de ser quemado vivo por por sus captores bretones gracias a que
«predice» un eclipse total de sol en el año 528 de nuestra era. En Faraón,
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 383

de Bolesław Prus, el alto sacerdote de Amon y principal rival de Ramsés,


Herhor, usa a su favor un eclipse de sol en el clímax de la novela. Y en
El secreto de la montaña, de Enid Blyton, un grupo de niños y un adulto
escapan de la tribu africana que los tenía capturados cuando amenazan con
matar al Sol, gracias a que sabían cuándo tendría lugar un eclipse.
Por fantástico que suene este recurso literario a nuestros ojos modernos,
lo cierto es que hay indicios de que se ha utilizado al menos una vez en la
vida real, por parte de Cristobal Colón. Al parecer, durante su cuarto viaje,
la expedición que comandaba quedó varada durante meses en Jamaica. Tras
intentar en vano apelar a Nicolás de Ovando, gobernador de Española, a
donde lograron llegar unos pocos mensajeros, Colón no tuvo más remedio
que volverse hacia la tribu de los arahuacos en busca de víveres. Al negarles
estos todo auxilio, el navegante genovés aprovechó la proximidad de un
eclipse de luna, el 29 de febrero de 1504, del que sabía gracias a que llevaba
consigo el Almanach Perpetuum, de Abraham Zacuco. De modo que se
reunió con los nativos y les hizo saber que, de no prestarles auxilio, el dios
cristiano borraría la Luna del cielo aquella misma noche. Los arahuacos
habrían visto multitud de eclipses (que probablemente reverenciarían cada
vez que tenían lugar), pero ni se les pasaba por la cabeza que alguien
pudiese llegar a predecirlos. Así que no creyeron las palabras de Colón...
hasta que el eclipse tuvo lugar y el miedo les impelió a ayudarle.

Figura 4: Cristobal Colón aprovecha un eclipse de luna para obtener


la ayuda de los arahuacos. Grabado de Camille Flammarion.
384 M. Santander

En cualquier caso y volviendo de esta disgresión, no podemos terminar


esta sección sin citar la obra literaria que lleva los eclipses a su máximo
exponente: el relato Anochecer, de Isaac Asimov, publicado en 1941, y
votado por miembros de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia
Ficción y Fantasía como el mejor relato corto publicado antes de la creación
de los premios Nebula (junto con el premio Hugo, el más prestigioso del
sector). Asimov imagina una sociedad en un planeta que orbita seis soles,
ubicado en el interior de un cúmulo globular, donde cientos de miles o
millones de estrellas se hallan arracimadas en una pequeña región del
espacio. Un planeta con seis soles no conocería la oscuridad de la noche
ni sabría lo que son las estrellas... salvo cuando, debido a una alineación
adecuada, se produjera un eclipse total, cosa que en el relato ocurre una
vez cada 2059 años, provocando el miedo, la locura y el colapso de la
civilización, cada vez.

«—Ni más ni menos —respondió el psicólogo–. El principio


del eclipse comenzará dentro de tres cuartos de hora.
Primero el eclipse, luego la Tiniebla universal y, quizás, esas
misteriosas Estrellas. . . después la locura y el final del ciclo.»

Anochecer
Isaac Asimov, 1941

El Real Observatorio
La sede histórica del Observatorio Astronómico Nacional, en el Parque
de El Retiro, también está presente en alguna que otra obra literaria, como
es el caso de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, donde hace
una breve aparición en el Madrid de 1821:

«Más tarde pasó por la parte baja de la calle de Atocha.


Detúvose de repente porque un objeto lejano llamó su
atención: era el Observatorio astronómico. Singular trastorno
debió de producir en las ideas del joven la vista del her-
moso edificio, porque apresuró el paso como quien huye de
un fantasma temible.»

Episodios Nacionales. El Grande Oriente


Benito Pérez Galdós, 1876
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 385

Figura 5: Grabado del s. XIX del Real Observatorio, cuya fachada


mira hacia Atocha, desde donde se podía subir por una empinada
cuesta.

En otra novela, El doctor Centeno, el mismo Galdós describe la subida


al Observatorio desde Atocha (hoy día impracticable) como «empinada»,
«a trozos escalera, a trozos mal empedrada y herbosa senda». Allí trabaja
uno de los protagonistas, Federico Ruiz, músico que consiguió una plaza
en el observatorio y que sirve a Galdós para hacer una ácida radiografía de
la España de la época.

«Concluida la observación, Ruiz echó la llave a la sala de


la ecuatorial y bajó a su habitación. Miquis y Cienfuegos le
oyeron leer su comedia, y la encontraron muy buena, como
pasa siempre en estas lecturas de familia. Parecerá extraño
que un astrónomo haga comedias; pero ya se sabe que aquí
servimos para todo. ¿No fue director del Observatorio un
célebre poeta? Anda con Dios, que por algo son hermanas las
Musas. Ruiz tenía imaginación, y volvía sus ojos, cansados de
escudriñar el Cielo, hacia el aparatoso arte del teatro, único
que da fama y provecho. Creía él que se puede sobresalir
igualmente en labores tan distintas; su espíritu fluctuaba entre
el Arte y la Ciencia, víctima de esa perplejidad puramente
española, cuyo origen hay que buscar en las condiciones
indecisas de nuestro organismo social, que es un organismo
vacilante y como interino. El escaso sueldo, la inseguridad, el
poco estímulo, entibiaban el ardor científico de Federico Ruiz.
¿Para qué se metía a descubrir asteroides, si nadie se lo había
de agradecer como no fuera el asteroide mismo?... España es
386 M. Santander

un país de romance. Todo sale conforme a la savia versificante


que corre por las venas del cuerpo social. Se pone un hombre
a cualquier trabajo duro y prosaico, y sin saber cómo, le sale
una comedia.»

El doctor Centeno
Benito Pérez Galdós, 1883

El nacimiento de la cosmología
Edgar Allan Poe es mundialmente conocido por sus cuentos de misterio
y terror, así como por ser una prominente figura del Romanticismo del s.
XIX en el mundo anglosajón. Sin embargo, su última gran obra, Eureka,
una extraña y curiosa disertación sobre el Universo en forma de ensayo,
ha pasado casi desapercibida para el gran público. Poe, según su biógrafo
Hervey Allen, amaba las estrellas desde pequeño y seguía con entusiasmo
las frecuentes noticias del progreso de la Astronomía. Las obras de Kepler,
Laplace o Newton no le eran en absoluto desconocidas.
En Eureka, Poe se lanza a enunciar una nueva cosmología con
intenciones más artísticas que científicas (como él mismo argumenta, es
una poesía en forma de prosa que dedica «a aquellos que sienten, más
que a los que piensan»). En ella se atreve a imaginar, por primera, vez un
Universo dinámico que se expande, en lugar de uno estático que siempre
había estado ahí funcionando como el complejo ingenio de un relojero, tal y
como asumía la comunidad científica de la época al completo. Lo que, entre
otras cosas, le sirve para aportar una solución a la conocida como paradoja
de Olbers: si el Universo es infinito, la acumulación de infinitas estrellas
en cada punto del cielo debería resultar en un cielo nocturno permanente y
completamente iluminado, cosa que no sucede. ¿Cómo explicarlo?
«Si la sucesión de estrellas fuera infinita, el fondo del cielo nos
presentaría una luminosidad uniforme, como la desplegada
por la Galaxia, pues no podría haber en todo ese fondo
ningún punto en el cual no existiera una estrella. En tal estado
de cosas, la única manera de comprender los vacíos que
nuestros telescopios encuentran en innumerables direcciones
sería suponiendo tan inmensa la distancia entre el fondo
invisible y nosotros, que ningún rayo de éste hubiera podido
alcanzarnos todavía.»

Eureka
Edgar Allan Poe, 1847
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 387

En efecto, si el Universo tuvo un origen hace un tiempo determinado,


entonces la luz de las estrellas más lejanas aún no ha podido llegar a
nosotros, y la paradoja desaparece por completo.
En el momento de su publicación, el Eureka de Poe no encontró mucho
eco en la comunidad astronómica, de hecho fue duramente criticado tras su
publicación en Estados Unidos. No obstante, los originales conceptos que
planteaba, con un Universo en expansión que tuvo un origen, sí que calaron
en Europa, donde se publicó una década tras la muerte de su autor. Así, no
es de extrañar que, más de cincuenta años después, ya en pleno s. XX, fuera
en el viejo continente donde se gestó la Cosmología moderna, basada en
la semilla de las ideas de Poe: y es que hay mucho de este autor en los
trabajos seminales del matemático ruso Alexander Friedmann (del que se
sabe que era lector empedernido de Poe) y del astrónomo y sacerdote belga
Georges Lemaître, quien sugirió la existencia de «un día sin ayer», que hoy
conocemos como «Big Bang» o «Gran Explosión».
Poe, sin embargo, jamás recibió crédito alguno por sus innovadoras
ideas.

Monstruos relativistas
El rápido desarrollo científico y tecnológico alcanzado a finales del
s. XIX y principios del s. XX supuso la cristalización del pensamiento
científico en la mentalidad social. Y a medida que ocurrió tal cosa, a medida
que nuestro conocimiento del cosmos ha aumentado, hemos incorporado
su reflejo, como no podía ser de otro modo, a la literatura. A este respecto,
el género de la ciencia-ficción es el más prolijo, pero no es ni mucho menos
el único. De hecho, uno de los autores que mejor han plasmado las grandes
revoluciones de la Física y la Astronomía de principios del s. XX ha sido
Howard Phillips Lovecraft, un auténtico maestro del relato de terror.
Lovecraft era, además de un racionalista convencido, un apasionado de
la astronomía. Escribió diversos artículos para diferentes revistas y seguía
con atención todos los nuevos descubrimientos, incorporándolos al vasto
Universo que habitaba su imaginación: tanto el descubrimiento por parte
de Einstein de que lo que llamamos «fuerza de gravedad» no es más que la
curvatura del espacio-tiempo que habitamos, como el hallazgo, por parte
de Hubble y otros, de que la Vía Láctea no es sino una más en un vasto
océano cósmico plagado de islas-universo, o galaxias como la nuestra.
Así, Lovecraft tejió toda una mitología de historias de terror plagadas,
no solo de referencias astronómicas, sino de una tangible sensación de
«Horror Cósmico», donde no deja de recordarnos que somos una minúscula
mota de polvo en la inmensidad de un cosmos sometido a terribles fuerzas
que escapan a nuestra comprensión y a nuestro control, como en este
ejemplo de Los sueños en la casa de la bruja:
388 M. Santander

Figura 6: Primera parte de la serie


de artículos divulgativos sobre astronomía escritos por
H. P. Lovecraft para el diario Asheville Gazette-News.
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 389

«Estaba adquiriendo una habilidad intuitiva para resolver


ecuaciones riemannianas, y asombró al profesor Upham con
su comprensión de la cuarta dimensión [. . . ] Una tarde se
discutió la posible existencia de curvaturas caprichosas en
el espacio y de puntos teóricos de aproximación, o incluso
de contacto, entre nuestra parte del cosmos y otras regiones
diversas tan remotas como las estrellas más lejanas o los
mismos vacíos transgalácticos [. . . ] más allá del continuo
tiempo-espacio einsteniano.»

«Unos segundos después se hallaba fuera del abismo


tembloroso, de pie en una rocosa ladera bañada por una
intensa y difusa luz de color verde. Estaba descalzo y en ropa
de dormir, y cuando trató de andar encontró que apenas podía
levantar los pies.»

Los sueños en la casa de la bruja


Howard Phillips Lovecraft, 1933

Otra buena muestra de la diligencia de Lovecraft para incluir


descubrimientos en sus obras la encontramos en El que susurra en la
oscuridad, escrita en el año en que se descubrió Plutón, planeta que, tal y
como le dijo a un amigo suyo en una carta, era «probablemente» el mismo
que Yuggoth, oscuro planeta donde mora un horror primigenio, el dios
exterior Cxaxukluth, y donde transcurre parte de la acción:

«Yuggoth [. . . ] es una extraña y oscura esfera en el límite


mismo de nuestro sistema solar, aún desconocido para los
astrónomos de la Tierra.»

El que susurra en la oscuridad


Howard Phillips Lovecraft, 1931

Otra persona a la que la publicación de la Teoría de la Relatividad


General de Albert Einstein en 1915 inspiró de manera determinante en
la historia de la Ciencia, fue el físico, matemático y astrónomo alemán
Karl Schwarzschild, que se hallaba luchando en el frente ruso cuando
tuvo noticia del descubrimiento. Allí mismo, poco antes de enfermar y
morir de pénfigo, con la piel llena de ampollas, Schwarzschild logró
describir el espacio-tiempo alrededor de un cuerpo como una estrella... o un
390 M. Santander

agujero negro, una de esas minúsculas regiones, provenientes del colapso


de estrellas masivas, tan densas que ni siquiera la luz puede escapar de su
superficie.
Precisamente sobre Karl Schwarzschild tiene un relato Connie Willis,
escritora que acumula una importante cantidad de premios literarios,
entre ellos 10 Hugos y 7 Nebulas. En Radio de Schwarzschild, cuento
nominado al Nebula y al Locus, Willis establece paralelismos entre las
circunstancias del trabajo de Schwarzschild en el frente ruso, el colapso
gravitatorio de una estrella en su camino hacia la singularidad y el colapso
mental del veterano de guerra que narra la historia, atrapado entre dos
tiempos, obligado a caer hacia el mismo instante de su pasado, tal y
como cae, irremisiblemente, la materia a un agujero negro. Ya sea en su
correspondencia con Einstein hacia el comienzo, o en el derrumbe de la
trinchera de los protagonistas en el clímax del relato, Willis hace un trabajo
impecable, respetuoso y cariñoso con la figura del físico alemán.

«Se me acerca para tomar la carta, los músculos de la


mandíbula tensos, y pienso horrorizado que también debe de
tener llagas en las piernas.
—¿De quién es? —pregunta—. Ah, Herr Professor Einstein.
Bien. —Y la examina. Intenta abrir la carta con el dedo y grita
de dolor. Suelta la carta— ¿Puede usted leerla?»

«Oigo el crujido de la madera cuando ceden las patas de la


mesa.
—¿Schwarzschild? —pregunto.
No responde, pero sé que no está muerto. [. . . ] Tengo la mano
bajo su cuerpo, e intento moverla, pero no puedo. La tierra cae
como nieve, apilándose alrededor de nosotros. La oscuridad es
roja por un instante, y luego ni siquiera veo eso.
—Tengo una teoría —dice Muller—. Es el fin del mundo.»

Radio de Schwarzschild
Connie Willis, 1987

Y si los agujeros negros han logrado pasar de las páginas de las


publicaciones científicas a las de la literatura de ficción, sus primos los
agujeros de gusano, esos hipotéticos atajos para viajar a voluntad por el
espacio-tiempo, no iban a ser menos. He aquí un ejemplo, en la faceta
menos conocida del famoso astrónomo y divulgador Carl Sagan, aquella de
novelista. En Contact, que trata de las repercusiones sociales de un primer
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 391

contacto con una civilización extraterrestre, Sagan construye una máquina


plausible (es decir, que respeta las leyes de la física que conocemos) para
viajar enormes distancias a través de agujeros de gusano, para lo cual
recibió la ayuda del también famoso físico teórico Kip Thorne.
«Agujeros de gusanos. En el argot de la física teórica, el
universo era una manzana en cuyo interior se entrecruzaban
innumerables pasadizos. Para un bacilo que habitaba en la
superficie, se trataba de un milagro, pero un ser instalado
fuera de la manzana, quizá no se impresionaría tanto. Desde
esa perspectiva, los fabricantes del Túnel eran tan sólo algo
molesto, incómodo. Pero si ellos son gusanos, ¿qué somos
nosotros?»

Contact
Carl Sagan, 1985

El origen, el destino, las Grandes Preguntas


Como hemos visto, nuestra visión del Universo ha cambiado
enormemente en los últimos cien años. Ahora sabemos que hubo un origen,
que el Universo está en continuo cambio, evoluciona, se expande, sabemos
que el tiempo cósmico transcurre en unas escalas inabarcables para nuestra
mente y que la mota de polvo que habitamos se halla en mitad de ningún
lugar especial, que la estrella que orbitamos no es más que una entre
billones de billones. Cabe preguntarse cuál es nuestro papel en un Universo
así, cada vez más desanclado del ombliguismo antropocentrista que nos ha
acompañado a lo largo de tantos siglos.
Sí, miramos arriba y nos preguntamos: ¿quiénes somos, de dónde
venimos, adónde vamos? Y lo hacemos, también, en las páginas de la
ficción, como en este fragmento de La piel del cielo, de Elena Poniatowska,
merecedora del Premio Alfaguara a la mejor novela en 2001:
«. . . en la noche levantaba la cabeza para ver ese universo en
expansión donde todo se aleja de todo y nadie ni nada es el
centro. ¡Qué asombro le causaba esta bóveda celeste sin fin,
sin fondo, ilimitada, que lo lanzaba al abismo! Si la Tierra en
la que estaba parado apenas era un puntito, ¿qué era él, con
sus vueltas y revueltas y sus absurdas congojas?»

La piel del cielo


Elena Poniatowska, 2001
392 M. Santander

Amigo de hacerse grandes preguntas, el protagonista de La piel del cielo


se convierte en astrónomo y vive una vida basada en la del astrónomo
mexicano Guillermo Haro, codescubridor de los objetos Herbig-Haro
(descomunales chorros de gas expulsados por las estrellas en formación)
y fundador del INAOE (Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y
Electrónica). En suma, toda una celebridad en México, aunque la autora,
Elena Poniatowska —que se alzó con el Premio Cervantes en 2013—
demuestra conocerlo y plasmarlo mejor que nadie, ya que además de todo
lo anterior, Guillermo Haro también era su marido.
El origen del Universo también es susceptible de ser abarcado mediante
el prisma de la sátira y el humor. El siguiente fragmento, perteneciente al
relato Todo en un punto incluido en las divertidísimas Cosmicómicas de
Italo Calvino, constituye una de estas aproximaciones, con su particular
explicación de los motivos de que el Universo, donde todos vivían
apretujados al principio, se expandiese de repente:

«Estábamos tan bien todos juntos, tan bien, que algo


extraordinario tenía que suceder. Bastó que en cierto momento
ella dijese:
—¡Muchachos, si tuviera un poco de espacio, cómo me
gustaría amasarles unos tallarines! [. . . ] y en el mismo
momento de pensarlo ese espacio infatigablemente se
formaba. . . »

Todo en un punto (Las Cosmicómicas)


Italo Calvino, 1965

Y si podemos tratar literariamente el principio del Universo, ¿por qué


no tratar de abarcar la historia en del Universo entero en toda su magnitud?
A nadie que haya mirado cinco minutos al cielo en una noche lo bastante
tranquila y oscura se le escapa la profunda sensación de grandeza y de
vértigo que tal actividad comporta. No son pocos los escritores que han
tratado la profundidad espiritual de la contemplación de un Universo tan
descomunal, pero si alguien la ha plasmado como nadie, ese es sin duda
William Olaf Stapledon, quien en 1937 publicaba Hacedor de estrellas.
Esta original novela narra el viaje mental del protagonista por todo el
espacio y el tiempo en busca de las cuestiones filosóficas últimas, desde
el origen hasta el destino y el propósito, pasando por toda una serie de
sociedades extraterrestres que sirven de guía y contrapunto al protagonista,
en un viaje que eleva la imaginación a la categoría de espiritual.

«En todos los mundos encontramos una convicción muy


profunda: la de la pequeñez e impotencia de los seres finitos,
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 393

cualquiera fuese su nivel. En cierto mundo había una criatura


que podríamos llamar un poeta. Le hablamos de nuestra
concepción de la meta cósmica, y él nos dijo:
—Cuando el cosmos despierte, si despierta, descubrirá que no
es la criatura amada de su creador, sino una mera burbuja que
flota a la deriva en el ilimitado e insondable océano del ser.»

Hacedor de estrellas
Olaf Stapledon, 1937

Escrita en los albores de la Segunda Guerra Mundial, en un momento


en el que el futuro del mundo se antojaba ominoso, Hacedor de estrellas
supuso todo un revulsivo en el mundo de las letras. El físico y maestro de la
ciencia-ficción Arthur C. Clarke dijo de esta novela que es «probablemente,
la más poderosa obra de la imaginación de todos los tiempos». Fascinó
también a Jorge Luis Borges, que escribió un halagador prefacio para
ella en una edición posterior, y a Virginia Woolf, autora de marcadas
convicciones feministas (suya es la frase «Una mujer debe tener dinero
y una habitación propia si va a escribir ficción»), y una de las mayores
figuras de la literatura del s. XX.
A raíz de esta novela, Woolf y Stapledon mantuvieron cierta
correspondencia marcada por el respeto y la admiración mutuos. La propia
Woolf estaba muy interesada en la astronomía, como hizo patente en su
cuento corto El foco, publicado tres años después de su muerte. Este relato
atravesó varias versiones en las que exploró técnicas narrativas a partir del
telescopio, y estableció paralelismos entre éste y el foco de luz, la paz y
la guerra. En la versión final, una mujer cuenta a sus amistades, en una
velada tranquila en los albores de un conflicto bélico, cómo se conocieron
sus bisabuelos, y lo hace con un lenguaje (la repetición de «lo enfocó», el
modo en que usa los puntos suspensivos) que recuerda mucho al uso de un
telescopio:

«—[. . . ] todas las noches, cuando los viejos ya se habían


acostado, se sentaba ante la ventana, para mirar las estrellas
con el telescopio. Júpiter, Aldebarán, Casiopeya. [..] Y allí
estaban, las estrellas. Y se preguntó, mi bisabuelo, aquel
muchacho: ¿Qué son? ¿Para qué están? ¿Quién soy yo? Como
solemos hacer cuando estamos solos, sin nadie con quien
hablar, mirando las estrellas.»

«Efectuó otro rápido y leve movimiento con los dedos, como


si diera la vuelta a algo.
394 M. Santander

—Lo enfocó —dijo—. Lo enfocó hacia la tierra. Lo enfocó


en la oscura masa de un bosque, en el horizonte. Lo
enfocó de manera que pudiera ver... cada árbol... cada árbol
aisladamente... y los pájaros... alzándose y descendiendo... y
la columna de humo... allá... entre los árboles... Y después...
más bajo... más bajo... (la señora Ivimey bajó la vista)... allí
había una casa...»

El foco (La casa encantada y otros cuentos)


Virginia Woolf, 1944

Y si bien las cosas han cambiado bastante para las mujeres desde
tiempos de Virginia Woolf, autoras más recientes atestiguan, algunas de
ellas en clave también astronómica, que aún nos queda camino por recorrer.
Es el caso de Alice Munro, premio Nobel de Literatura en 2013, que en
relato Las lunas de Júpiter presenta a las mujeres como meros satélites
de los hombres, atrapadas y aisladas, aunque dejando espacio para la
esperanza:

«—Las lunas de Júpiter fueron los primeros cuerpos celestes


descubiertos con el telescopio —dijo con gravedad, como si
pudiera ver la frase en un libro antiguo—. No fue Galileo
quien les dio los nombres, tampoco; era un alemán. Io,
Europa, Ganimedes, Calisto. Ahí las tienes.
—Sí.
—Io y Europa eran novias de Júpiter, ¿verdad? Ganimedes era
un chico. ¿Un pastor? No sé quién era Calisto.
—Creo que también era una novia —le dije—. La mujer de
Júpiter —la mujer de Jove— la convirtió en un oso y la colocó
en el cielo. La Osa Mayor y la Osa Menor. La Osa Menor era
su niña.
El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.
—Te veré cuando salgas de la anestesia —le dije.
—Sí.
Cuando llegué a la puerta me llamó.
—Ganimedes no era ningún pastor. Era el copero de Júpiter.»

Las lunas de Júpiter


Alice Munro, 1982
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 395

La era espacial. De la Luna a las estrellas


Cambiamos ahora de tercio para explorar las estrellas y lo que
literariamente puedan ofrecernos, pero antes realizamos una última visita
a la Luna para ver la aproximación más realista que la ficción ha realizado
jamás a los entresijos y dificultades del viaje espacial, mucho tiempo antes
de que este fuese posible en la realidad. Nos referimos, claro, a De la Tierra
a la Luna, de Julio Verne.
Influido por La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, un relato-
broma de Edgar Allan Poe en la que un supuesto viajero a la Luna describía
su increíble aventura, Verne, que era muy dado a trasladar el rigor científico
y tecnológico de la época a su producción literaria, se preguntó cómo
podría realizarse un viaje realista a nuestro satélite. Así, fue el primero
que tuvo en cuenta que para salir de la Tierra sería necesario alcanzar la
llamada velocidad de escape, de unos once kilómetros por segundo en el
caso de nuestro planeta. Y el primero que tuvo en cuenta la importancia de
la trayectoria de los viajeros, para cuyos cálculos tuvo la inestimable ayuda
de su primo, profesor de matemáticas.
El resultado fue De la Tierra a la Luna, novela a lo largo de la cual
Verne cubre todos los aspectos y problemas que enfrentarán los aventureros
durante un viaje semejante. Y que es, a la vez, una divertida sátira sobre el
estereotipo americano de la época (sin ir más lejos, la agencia que haría las
veces de la NASA en la ficción se llama Gun-Club, y el método que eligen
para llegar a nuestro satélite consiste en un cañón gigantesco excavado en
una montaña). La obra pone además de relieve la hermandad entre países,
con una expedición formada por dos estadounidenses y un francés, y la
maravilla del descubrimiento y la exploración. No hay más que ver la
auténtica declaración de intenciones que guía el espíritu de la obra, en
boca de Michel Ardan, uno de los protagonistas:

«No sé si los mundos están habitados, y como no lo sé, voy a


verlo.»

De la Tierra a la Luna
Julio Verne, 1865

De la Tierra a la Luna fue un éxito internacional, pero su trascendencia


iría mucho más allá. Un puñado de décadas después, esta novela inspiraría
a los «padres» de la astronáutica, cuyo trabajo, a la postre, llevaría a
la humanidad a dejar huella en nuestro satélite: de pequeño, Konstantín
Tsiolkovski devoraba las novelas de Verne y escribía relatos de ciencia-
ficción en los que se planteaba las dificultades del viaje espacial, como
el control y el empuje de una nave espacial (y no se olvidó de citarlo
396 M. Santander

más adelante como fuente de inspiración); Robert Goddard, por su parte,


leía a Verne con avidez y realizaba anotaciones en los márgenes cuando
encontraba alguna incorrección; a Hermann Oberth le fascinaba tanto De la
Tierra a la Luna que se la sabía de memoria y siempre reconoció que Verne
había «guiado su pensamiento»; Wernher von Braun, padre del cohete
Saturno V que usó el programa Apollo, manifestó en cierto momento que
«la deuda de los astronautas modernos con Verne es evidente».

Figura 7: Grabado de la casula del proyectil en una edición del s.


XIX de De la Tierra a la Luna, y diseño esquemático del cañón
Columbiad, excavado en la montaña (Fuente desconocida).
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 397

La influencia de autores como Verne (o su contemporáneo H. G. Wells)


fue también patente en el escritor y científico Arthur C. Clarke, conocido
por ser, junto a Stanley Kubrik, el padre de 2001: Una odisea del espacio.
Este auténtico visionario —Isaac Asimov y él son las únicas personas de
quienes tenemos constancia que vislumbraran, allá por los años 70, lo
que terminaría siendo internet— propuso los satélites geoestacionarios de
comunicaciones en 1945, y llevó la precisión y el rigor de las ciencias del
espacio a la literatura de manera sobresaliente.
Clarke utilizó un enigma científico real de su época, el problema de
los neutrinos solares, como detonante de una carrera para salvar a la
humanidad mediante la colonización de otras estrellas en Cánticos de la
lejana Tierra. La dificilísima detección de neutrinos solares, producidos
como residuo de la fusión del hidrógeno en helio que tiene lugar en el
núcleo del Sol, arrojaba un número de estas esquivas partículas tres veces
inferior a lo que predecían los modelos.

«Los astrónomos estaban convencidos de que entendían las


reacciones que accionaban el horno solar, del cual dependía
enteramente la vida de la Tierra. En el núcleo del sol,
a unas presiones y temperaturas enormes, el hidrógeno se
fusionaba en helio produciendo una serie de reacciones que
liberaban grandes cantidades de energía. Y, como subproducto
accidental, se producían neutrinos.
[...] Ocho minutos después que hubieran abandonado el sol,
una pequeña fracción de torrente solar barrió la Tierra, y
una fracción aún menor fue interceptada por los científicos
del Colorado. Habían enterrado su material a un kilómetro
bajo tierra de forma que las radiaciones menos penetrantes
serían filtradas hacia fuera y podrían captar los raros
y auténticos mensajeros del núcleo solar. Contando los
neutrinos capturados, esperaban estudiar con detalle sus
propiedades y llegar a un punto tal que, como podría
comprobar cualquier filósofo, estaba hasta entonces excluido
del conocimiento humano o de la observación.
El experimento funcionó, los neutrinos solares fueron
detectados. Pero había demasiado pocos. Debería haber
habido una cantidad tres o cuatro veces mayor que la
que había conseguido capturar la instrumentación masiva.
Realmente algo iba mal, y durante los años setenta, el caso
de los neutrinos perdidos alcanzó una gran resonancia a nivel
científico. El equipo fue revisado una y otra vez, las teorías
reexaminadas, y el experimento fue llevado a cabo cientos de
veces, siempre con el mismo frustrante resultado.
398 M. Santander

A finales del siglo XX, los astrofísicos se vieron obligados


a aceptar una conclusión preocupante, aunque ninguno se
percató de sus consecuencias.
No fallaba ni la teoría ni el equipo. El problema residía en el
interior del sol.»

Cánticos de la lejana Tierra


Arthur C. Clarke, 1986

Figura 8: Imagen de Manchu para la portada de una edición de


Cánticos de la lejana Tierra, en la que la nave Magallanes arriba
a su destino, el planeta oceánico Thalassa.

La solución real a este problema vino ya en el s. XXI con la idea de que


los neutrinos, que pueden ser de tres tipos diferentes, pueden «oscilar»,
cambiando de uno a otro gracias a que serían partículas con masa no nula.
Pero en la novela le sirve a Clarke como excusa, plausible a ojos del lector,
para plantear una inevitable sentencia de muerte al Sol, que obliga a la
humanidad a emprender una carrera para salvarse a sí misma buscando
nuevos hogares en torno a otras estrellas.
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 399

Lo cual, a su vez, plantea un problema de muy difícil solución, y es


que las estrellas están lejos, muy lejos de nosotros: si a la luz le lleva ocho
minutos recorrer la distancia entre el Sol y la Tierra, que es de unos 150
millones de kilómetros, la distancia entre las estrellas se mide en años-luz.
La barrera de la luz no es algo que pueda romperse, por lo que cualquier
viaje interestelar llevaría miles de años en el mejor de los casos. Y esto, en
la práctica, lo hace inviable... a no ser que las estrellas estén muy cerca unas
de otras, como ocurre en esos racimos de estrellas que llamamos cúmulos
globulares y de los que hemos hablado antes. En un cúmulo globular, las
distancias entre estrellas se miden en meses-luz, o incluso en semanas-luz.
Eso es justo lo que tenemos en Mundos en el abismo, de Juan Miguel
Aguilera y Javier Redal, joya de la corona de la ciencia-ficción dura en
español e inicio de una saga que ha ganado diversos premios, entre ellos el
Ignotus en España y el Prix Imaginales y el Bob Morane en Francia. En esta
novela encontramos un futuro muy lejano en el que la humanidad habita
el cúmulo globular de Akasa-Puspa, a las afueras de la Vía Láctea. Las
babeles, colosales ascensores que se pierden en el cielo y que nadie sabe
quién construyó, comunican la superficie de cada planeta con su órbita
geoestacionaria, posibilitando, en suma, el acceso al espacio. Y el hecho
de que las estrellas estén tan cerca unas de otras causa efectos curiosos,
como el de la ausencia de oscuridad total en las regiones más interiores del
cúmulo:

«Recordó las farolas de diseño barroco. En algunas épocas


del año Martyaloka gozaba de noches oscuras. Noches sólo
iluminadas por la tenue luz de la lejana Galaxia. Pero en
Vaikunthaloka, y en casi todos los planetas de aquel cúmulo
globular, la noche era un fenómeno desconocido, y cuando el
sol se ocultaba, las estrellas seguían iluminando el cielo con
casi igual intensidad.»

Mundos en el Abismo
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, 1988

Otra aproximación al viaje interestelar y a la colonización de la Galaxia


es la que toma Ursula K. Le Guin en el Ciclo Hainita, un puñado de cuentos
y varias novelas, entre ellas El mundo de Rocannon, Los desposeídos,
El nombre del mundo es bosque y La mano izquierda de la oscuridad.
Aquí los viajes tienen lugar a velocidades relativistas, lo cual resulta en
que, a pesar de que lleva años realizarlos, a bordo de la nave tan solo
pasan unas cuantas semanas, debido a la dilatación del tiempo predicha
por la Teoría de la Relatividad Especial. En el Ciclo Hainita asistimos
a los intentos de restaurar y consolidar una federación de mundos, el
400 M. Santander

Ekumen, en la que conviven distintas variantes de humanos, que en su


momento fueron «sembradas» mediante ingenería genética por los hainitas,
una antiquísima civilización, con el fin de adaptarlos a los entornos hostiles
que encontrarían a lo largo y ancho de la Galaxia.
En La mano izquierda de la oscuridad, merecedora de los premios
Hugo y Nebula, el emisario Genly Ai es enviado por el Ekumen en una
misión diplomática para conseguir que el planeta helado Gueden olvide
sus rencillas internas y se una a la federación. Los guedenianos poseen
una característica muy peculiar: son andróginos y asexuados la mayor
parte del tiempo, salvo una semana de cada mes, en la que adquieren
caracteres sexuales de uno u otro sexo, a veces de hombre, a veces de
mujer, lo que les permite, entre otras cosas, ser padres y madres al mismo
tiempo. Este original recurso le sirve a Le Guin, cuya ciencia-ficción
tenía un marcado corte antropológico y social, para plantearse qué era lo
fundamental de la naturaleza humana que quedaría si el sexo biológico
dejara de ser una constante. El resultado es una historia preciosa sobre
la unidad en la diferencia, de la que extraemos aquí dos fragmentos: el
primero de Genly Ai, el enviado del Ekumen —y único varón en un mundo
de géneros cambiantes— que acaba trabando una profunda amistad con
Derem Estraven, primer ministro de un rey loco; el segundo una reflexión
del propio Estraven.

«Un amigo. ¿Qué es un amigo en un mundo donde cualquier


amigo puede ser un amante en la próxima fase de la luna? No
yo, prisionero de mi virilidad; no un amigo de Derem Har, o
cualquier otro de esa raza. Ni hombre ni mujer, y los dos a la
vez, cíclicos, lunares, metamorfoseándose al contacto del otro
variable de la estirpe humana.»

«¿Cómo odia uno a un país, o lo ama? Yo no soy capaz.


Conozco gente, conozco ciudades, granjas, montañas y ríos
y piedras, conozco cómo se pone el sol en otoño del lado
de un cierto campo arado en las colinas; pero ¿qué sentido
tiene encerrar todo en una frontera, darle un nombre y dejar
de amarlo donde el nombre cambia? ¿Qué es el amor al propio
país? ¿El odio a lo que no es el propio país?»

La mano izquierda de la oscuridad


Ursula K. Le Guin, 1969
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 401

Vida extraterrestre
¿Y qué hay de la vida extraterrestre? ¿Estamos solos? ¿Cómo serían
los alienígenas, de existir? De seguro, mucho más diferentes de nosotros
que los que solemos encontrar en las páginas dadas a las teorías de la
conspiración y los hombres de negro. Veamos un par de ejemplos notables
de cómo ha abordado la literatura esta cuestión.
En Solaris, Stanisław Lem nos habla acerca de la dificultad (o más
bien de la imposibilidad), de comunicarse con una inteligencia alienígena
que no podría ser más diferente a la humana (¡si es que es inteligente en
absoluto!). Solaris es un planeta que orbita dos estrellas. En su superficie
mora un «organismo», a falta de una palabra mejor, enorme, una especie
de océano orgánico capaz de responder a los pensamientos de los humanos
que lo investigan moldeando formas en su superficie o respondiendo a
sus recuerdos mediante extraños «fantasmas» cuyo origen y propósito son
todo un misterio (si es que lo tienen). El protagonista, Kris Kelvin, es un
psicólogo enviado a la plataforma de observación de Solaris para tratar los
problemas de conducta de la tripulación. A lo largo de la novela se describe
en detalle el campo de la solarística, una rama de la ciencia dedicada a
estudiar Solaris, que, pese a todo, se limita a clasificar fenómenos, como
una suerte de botánica, pero que es incapaz de llegar más allá.

«Encontré otro volumen más, encuadernado en piel, perdido


entre los anales del Almanaque [. . . ] Era un viejo libro, la
Introducción a la solarística de Muntius [. . . ] La solarística,
decía Muntius, es un sucedáneo de religión de la era cósmica,
fe disfrazada de ciencia; el Contacto, el objetivo que pretende,
no es menos vago y oscuro que el trato con los santos o
el sacrificio del Mesías. Empleando fórmulas metodológicas,
la exploración equivale a liturgia, el humilde trabajo de los
investigadores se traduce en espera de una epifanía, de una
Anunciación, ya que no existen, ni deben existir puentes entre
Solaris y la Tierra.»

Solaris
Stanisław Lem, 1961

Y por último, un ejemplo muy extraño, en el que James Tiptree


Jr. —seudónimo con el que Alice Bradley Sheldon evitaba «manchar»
su reputación como psicóloga experimental— consigue que nos
identifiquemos con el protagonista, un alienígena monstruoso parecido
a una araña, y sus esfuerzos por resistirse al Plan. Moggadeet trata por
todos los medios de seguir siendo él mismo y no entregarse ciegamente al
402 M. Santander

horrendo y caníbal ciclo reproductivo de su especie. Pero Moggadeet solo


piensa con claridad durante la estación del calor, y para colmo de males,
su mundo enfrenta un lento pero inexorable cambio climático, donde «el
invierno avanza» hacia una nueva era glacial. Sheldon plantea la salvación
a través de la cultura, de la transmisión a la siguiente generación del
conocimiento de que el invierno avanza, y del peligro que ello conlleva,
lo que resuena de un modo muy claro con nuestra propia situación y el
cambio climático que experimentamos actualmente.

«—Pero el calor es vida. El calor es Yo Mismo.


—Sí. Cuando hace calor pensamos, aprendemos. Cuando hace
frío sólo existe el Plan. Cuando hace frío somos ciegos...
Esperando aquí, pensé, ¿hubo un tiempo en que aquí hacía
calor? ¿Hemos venido aquí los negros para hablar y compartir
cuando hacía calor? Oh, joven, un terrible pensamiento. ¿Es
cada vez más corto nuestro tiempo de aprendizaje? ¿Cuándo
terminará? ¿Avanzará el invierno hasta que ya nada podamos
aprender sino sólo vivir ciegamente dentro del Plan, como los
tontos trepagordos que cantan pero no hablan?
[. . . ] —¡No! ¡No será así! Debemos... ¡aferrar el calor!
—¿Aferrar el
calor? —se vuelve penosamente para mirarme—. Aferrar el
calor... un gran pensamiento. Sí. ¿Pero cómo? ¿Cómo? Pronto
hará demasiado frío para pensar, incluso aquí.»

Amor es el plan, el plan es la muerte


James Tiptree Jr. (Alice Bradley Sheldon), 1973

Palabras finales
A lo largo de este artículo hemos visto una serie de ejemplos que
atestiguan cómo, a medida que hemos ido conociendo mejor el cielo
sobre nuestras cabezas, hemos plasmado esos conocimientos en la ficción.
Pero no solo eso. Podríamos decir, resumiéndolo en pocas palabras, que
astronomía y literatura son un matrimonio bien avenido. Por un lado, la
astronomía ofrece perspectiva, permite alejarse de los árboles y contemplar
el bosque en su conjunto. Por el otro, la literatura abona el terreno para la
metáfora, para contemplarnos a través de un espejo en el que reflejarnos.
Juntas, son capaces de explotar sin parangón el sentido de la maravilla, de
resaltar el poder del conocimiento frente a la ignorancia, de reclamar la
razón y la hermandad frente a la barbarie... y de hacernos pasar un rato
fantástico por el camino.
ASTRONOMÍA Y LITERATURA 403

Referencias
Alice Munro, Las lunas de Júpiter, Debolsillo, 2018
Anónimo, Epopeya de Gilgamesh o Poema de Gilgamesh, Biblioteca
Digital ILCE
Arthur C. Clarke, Cánticos de la lejana Tierra, Plaza y Janés editores,
1989
Benito Pérez Galdós, El doctor Centeno, Alianza Editorial, 2012
Benito Pérez Galdós, Episodios nacionales. El grande Oriente, Alianza
Editorial, 2015
Bolesław Prus, Faraón, Edhasa, 1995
Carl Sagan, Contact, Plaza y Janés, 1985
Connie Willis, Radio de Schwarzschild, incluido en Premios Nebula
1987, Ediciones B, 1990
Cyrano de Bergerac, Historia cómica de los estados e imperios de la
Luna, Akal, 2011
Edgar Allan Poe, Eureka, Alianza Editorial, 2003
Elena Poniatowska, La piel del cielo, Alfaguara, 2001
Enid Blyton, El secreto de la montaña, Juventud, 1989
Howard Phillips Lovecraft, El que susurra en la oscuridad, Valdemar,
2018
Howard Phillips Lovecraft, Los sueños en la casa de la bruja, EDAF,
2016
Italo Calvino, Todo en un punto, incluido en Las cosmicómicas, Siruela,
2007
Isaac Asimov, Anochecer, Ediciones B, 1994
James Tiptree Jr., Amor es el plan, el plan es la muerte, incluido en
Mundos cálidos y otros, Edhasa, 1985
Johannes Kepler, Somnium, Editorial 120 Pies, 2015
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, Mundos en el abismo, Ultramar,
1988
404 M. Santander

Julio Verne, De la Tierra a la Luna, Anaya, 2014


Luciano de Samosata, Una historia verdadera, Libros Mablaz, 2015
Mark Twain, Un yanki en la corte del Rey Arturo, Cátedra, 2011
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Alfaguara, 2015
Olaf Stapledon, Hacedor de estrellas, Minotauro, 1965
Stanisław Lem, Solaris, Minotauro, 2003
Ursula K. Le Guin, La mano izquierda de la oscuridad, Minotauro, 1980
Virginia Woolf, El foco, incluido en La casa encantada y otros cuentos,
Lumen, 1983
William Shakespeare, El Rey Lear, Letras Universales, 2005
405

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