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BIS - EXTRA-316 Rodolfo Bellani (1961) La Muerte Aulla

En medio de una tormenta en el rancho 'Texas', el ranchero King Biok y su hijo Tom discuten sobre la naturaleza y los peligros de los forajidos en la región. Un hombre herido, Rey Grey, llega al rancho tras ser atacado por una pandilla, lo que genera preocupación sobre la seguridad del ganado. Al día siguiente, el capataz Tex Boy informa a Biok sobre el robo de ganado, lo que sugiere la presencia de cuatreros en la zona, específicamente Jack Gris.

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BIS - EXTRA-316 Rodolfo Bellani (1961) La Muerte Aulla

En medio de una tormenta en el rancho 'Texas', el ranchero King Biok y su hijo Tom discuten sobre la naturaleza y los peligros de los forajidos en la región. Un hombre herido, Rey Grey, llega al rancho tras ser atacado por una pandilla, lo que genera preocupación sobre la seguridad del ganado. Al día siguiente, el capataz Tex Boy informa a Biok sobre el robo de ganado, lo que sugiere la presencia de cuatreros en la zona, específicamente Jack Gris.

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Capítulo

Primero
LO TRAJO LA
TORMENTA
La lluvia gorgoriteaba
maravillosamente sobre
el tejado del rancho “Texas”, enclavado en el Estado de ese nombre,
apenas sobre el río que los mexicanos llaman Bravo y que los
yanquis denominan Grande.
Desde tres horas antes la tormenta abatía vegetales en proporción
a la resistencia que le ofrecieran. De cuando en cuando un
relámpago surcaba el negro cielo, y el trueno dejaba escuchar su
bronca voz que empavorecía a los conejos y alimañas menores en
sus madrigueras.
En el cubil de la montaña tres pumas se adormilaban
entrecerrando los ojos. También disimulaban el temor que les
producía la fuerza de los elementos desatados sobre la pradera.
A las once de la noche, el ranchero King Biok apartó la cortina del
salón para mirar al exterior.
—¡Charcas... y más charcas! —gruñó atusando el bigote moreno
con que adornaba su labio superior—. ¿Es que no se alejará nunca la
tormenta?
Tom, su hijo de veintiún años, tan rubio como su padre era lo
contrario, soltó la risa, pero se encogió en son de broma al estallar
otro retumbo en el cielo.
—¡Demonios, padre! Has pedido agua durante dos semanas... para
tus pastos secos, para tu tierra sedienta, para que el Grande aumente
su caudal, y ahora...
—¡Todo harta, muchacho! Las cosas en su justa medida... vienen al
pelo.
—Puede ser. Pero nadie con pies y manos, con ojos y orejas, puede
controlar a los elementos. Eso es cosa de Dios. ¡Intocable! Por lo
demás, también cesará la tormenta... nos dejará un grato olor en la
mañana y los sapos y las ranas croarán de lo lindo en todas las
charcas.
—Y el sol se alzará... y el vapor lo humedecerá todo... y nos pegará
la ropa al cuerpo...
Tom alzó los brazos al techo, permaneció en esa actitud mientras
el trueno retumbaba haciendo rodar inmensos peñones montaña
abajo, y al final expresó: —¿Nunca estás conforme, padre?
—Si lo estuviera... sí me hubiera conformado con quinientas vacas,
no tendría ahora quince mil... ni un equipo de cuarenta hombres... ni
serías el heredero del establecimiento ganadero más importante de
Texas.
—Gracias, padre. Nací en tu casa... eres mi progenitor ... pero no
“saqué” todas tus bondades.
—Porque en lo rubio te pareces a tu madre... y porque ya
encontraste muchas cosas hechas. En cambio, yo... tuve que luchar
con malandrines de toda especie... cuatreros, asesinos...
—¿Marcaste ganado ajeno alguna vez?
—¡Ja! Todos los hicimos. En los rodeos inmensos, era cuestión de
velocidad. Después se apartaban de acuerdo al hierro... y cada
mochuelo a su olivo.
—Bien. Ahora impera la ley...
—¡A medias!
—¡Bah! Vivimos en paz... comemos lo nuestro...
—¿Olvidas a Jack H. Gris con su equipo de comedores de carne
robada?
—El cuatrero sólo ha mordisqueado en tus rebaños, padre.
—Porque los tenemos bien vigilados... pero en cualquier momento
se atreve y entonces... Pienso que esta prolongada tormenta se le
prestaría al juego. Manotón, huida... y ¿quién encuentra el rastro con
el agua cubriendo la pradera?
g p
—El agua cubrirá el terreno, pero las pezuñas de las vacas dejarán
sus huellas...
—Cuando se evaporen... o se las chupe el terreno. De todas
maneras, esperemos que no ocurra...
Tom se acercó a su padre, alzó la cortina y miró afuera.
—¿Le temes a Jack Gris, ranchero?
—No temo a nadie. Soy fuerte en cualquier terreno y más fuerte en
mi reducto. Pero... me inquieta saberle por la comarca...
—¿Por qué no lo cuelgan?
—Porque... no hay de qué acusarle. Y además... una vez, hace
años, tomé en mis manos la justicia. Aquel hombre dijo, aún en el
lomo del caballo, que era inocente... que yo pagaría caro el pecado...
—¡Diablos! ¿Lo colgaste sin estar seguro?
—Lo encontramos en el rastro de los fugitivos... Se entregó
mansamente. Yo tenía rabia en el pecho... Mi gente era díscola y
voluntariosa. ¡Mi Dios! He visto la escena cien veces en sueños...
—¡Escucha, padre!
Y Tom corrió hacia la puerta, saliendo a la galería alumbrada
todavía por un farol chico.
—¿Qué has oído?
—Un grito... o tal vez el chapotear de los cascos de una bestia...
Y quedaron tensos.
Del lado de la maestranza volvió el ruido. ¡Clip-clop! Y con la
cabeza baja, las crines chorreando apareció el corcel. Sobre el mismo
un hombre se mantenía a duras penas en la silla. Llegó frente a la
galería... y se deslizó al suelo. El ranchero quiso sujetar a Tom, pero
el muchacho salió a la intemperie, alzó al caído y lo trasladó a lugar
seco.
Oyeron toser al desamparado... y entre ambos lo llevaron a la
cocina, donde otro farol chico iluminaba suficientemente.
Del otro lado y cubierto con un encerado llegó el cocinero, hombre
alto y seco de piel cetrina, que respondía al nombre de “Bigotes” por
el adorno que llenaba buena parte de su rostro.
—Lo oí llegar, patrón... Yo tampoco dormía... —revolvió dentro
del hornillo en tanto continuaba—: Necesita ropa seca... un cordial
que lo anime... y tal vez comida de la buena.
q y
—¡No hagas novelas, “Bigotes”! —expresó el amo—. El muchacho
está herido en lo alto del pecho.
Y se activaron. Para lavarle la herida de cuchillo, vendarle y
enfundarlo en ropa de Tom. Tendría unos veintitrés años y era rubio
de cabello dorado oscuro. Al fin alzó los párpados y vieron que tenía
los iris verdes que clavó en el ranchero. Una sombra lejana volvió
revoloteando a la mente de Ring Biok.
—¿Dónde estoy, señores? —preguntó el herido con voz clara y
acento texano.
—En el rancho “Texas” —contestó el hijo del ganadero—. Llegó
hace un rato en medio de la tor...
El resto de la palabra se lo llevó el trueno que sacudió la
construcción hasta los cimientos. Sonrió el herido y expresó: —Me
llamo Rey Grey... Tuve un mal encuentro en la tarde. Me dejaron por
muerto, pero se llevaron todo lo que tenía... ¡hasta las armas!
—Es verdad. Su cinturón no tenía revólveres... y su ropa, mojada,
será tratada mañana por las mujeres del rancho.
King Biok apretó los labios. La sombra afirmó los colores en su
cerebro. Hizo un esfuerzo por sonreír.
—¿Quiénes te atacaron, muchacho?
—Una pandilla de forajidos.,. Mi caballo huyó... y regresó
después, en tanto me desangraba —se llevó una mano al hombro
herido—. Un cuchillo volador... que me llegó entre los árboles... ¿Por
qué no acabarían conmigo, ranchero?
—Misterio, Rey.
Callaron un momento y el cocinero le presentó un tazón de café
con brandy.
—¿Algo de comer?
—Lo haría con ganas... La herida me molesta poco y tal vez en la
mañana pueda seguir viaje...
—¿Llevas un fin determinado, King? —preguntó el ranchero
convirtiendo al inglés el vocablo español de Rey.
—Ahora no, señor. Había logrado juntar dos mil quinientos y... y
tenía un antojo. Quedará para mejor oportunidad. La mala suerte es
mi almohada, señores.
Recostado contra la pared pudo comer alguna cosa. Masticó a
conciencia y bebió el resto de la negra infusión.
—¿Te sientes mejor? —quiso saber “Bigotes”.
—¡Muy mejor! Una grata sensación en el estómago y... ¡Mi caballo!
—Está en el corral. Gris... de cinco años... buena estampa.
—Hace dos que está conmigo, y sólo elogios puedo endosarle.
—Dormirás... y mañana seguiremos hablando —estableció el
ranchero—. ¿Quieres darle lugar en tu cuarto, hijo?
Tom miró al ranchero. En cualquier otra circunstancia lo habría
mandado al dormitorio general. Pero, en su alcoba había otro lecho y
sonrió al contestar: —Con gusto, padre. ¡Para mañana es tarde!
Vamos, Rey Grey...
Y lo sostuvo para los primeros pasos. Después el viajero herido se
afirmó en el piso. Y al llegar al dormitorio, se miró al espejo,
comentando: —Eres de mi talla, Tom. Gracias por tus prendas...
—Ahora son tuyas...
—Eres generoso. ¿Por qué me traería mi caballo a este rancho?
—Porque estaría más cerca... porque ventearía el heno seco... ¡Vaya
a saber qué caprichos tiene un caballo de cinco años!
Le ayudó hasta verlo bien arropado en la cama.
Y se desnudó a su vez. Nada preguntaría, pero el herido habló con
los ojos cerrados:
—Eran cinco... todos con el pañuelo alto... Me fijé en algunos
detalles. Lo que me gustaría saber es: ¿me aguardaban... o llegué
como pajarito a la trampa? ¿Tenéis forajidos en la comarca?
—Un cuatrero... y atracador en descampado. Jack Gris.
Un estremecimiento recorrió al viajero. Y se arropó mejor.
—¿Les molesta ese cuatrero?
—No tanto porque en el rancho “Texas” todo está bien controlado
y vigilado. Pero hace buena cosecha en otras partes...
—¿Lo has visto alguna vez?
—Muchas, en los pueblos vecinos. Tiene bella planta, rubio, de
ojos verdes como los tuyos, camina fachendosamente. Dicen por ahí
que galantea a todas las mujeres...
—¿Edad?
—Unos treinta años aproximadamente. Tiene fama de guapo y de
manos muy ligeras...
—¿El “sheriff”!
—Lo deja tranquilo. Llega con dos o tres amigos, come... bebe y se
marcha.
—¿Por qué no lo cuelgan? —preguntó en voz alta el herido.
—La ley necesita pruebas... Si lo cazamos dentro de nuestras
tierras lo pasará mal. Nuestro capataz, Tex Boy, es de pocas pulgas...
—¿Tex Boy? ¡Vaya nombre raro! Creo haber conocido a un hombre
con tales apelativos... hace tiempo... lejos... ¿Es moreno y delgado?
—No. Tex tiene veintisiete años, rubio, gigantón, usa dos pistolas...
—¡No es el mismo!
Callaron.
Y desde su lecho preguntó el hijo del ranchero:
—¿Qué piensa hacer?
—¡Dios lo sabe! Me encuentro en el dilema de vender el caballo
para seguir adelante...
—Tal vez mi padre te dé trabajo... ¿Te agradaría?
—No lo sé. Ustedes se han mostrado generosos y no voy a
cargarles con mi presencia obligada.
—¡No hables de tal manera, Rey! Mi padre parece haber
simpatizado contigo, y no es frecuente tal cosa... Una plaza te
permitiría ir recobrando las cosas más necesarias. Armas cortas... el
rifle... que tampoco estaba en la funda larga de la silla...
—Ni ropa... ni comida... ni nada. Huérfano allá junto al Grande.
—¿Alimentas la esperanza de volver a verles?
—¿Por qué no?
—¿Eres texano de nacimiento?
—Sí.
—Entonces no podrás olvidar. ¡Los texanos nunca olvidan ofensas
y favores! Si te quedas por aquí tendrás mayores posibilidades de
encontrarles. Y ahora, trata de dormir. Rey. Tu herida puede darte
sorpresas desagradables.
—¡Bah! El cuchillo pasó bajo la clavícula... Cuando yo arrojo el
cuchillo...
Y pareció dormirse. Tom permaneció despierten un rato. ¿Quién
era en realidad el herido?

Capítulo II
EMPEZARE UNA NUEVA VIDA
En la mañana siguiente, como suele suceder, el cielo apareció
cargado de nubes, dejando resquicios al sol para que se mirara en
millones de charcas de aguas claras. En algunas partes el ganado,
con las patas dentro, trataba de pescar los hierbajos más altos.
En el rancho, el capataz Tex Boy fue en busca del amo a su oficina,
previo limpiarse el barro de las botas en el patio.
—¿Ordenes, patrón?
—¿Has recorrido los rebaños, Tex?
—No, jefe. Recién termino mi desayuno... y además pensé que
usted querría salir a la pradera...
—¡Humm! Tengo un mal presentimiento... y ojalá se hayan llevado
pocas.
Tex Boy soltó la risa.
—¿Es que soñó despierto, patrón? No creo que robaran nada... si
bien las noches de tormenta se prestan para esas cosas.
—Iré al momento. Harás que alisten a mi caballo bayo... el
grandote.
—Bien. He visto allí un gris que anoche no estaba.
—Me lo trajo la tormenta.
—¿Con la silla?
—También... el jinete, muchacho. Un herido a quien asaltaron
junto al río Grande. Lo conocerás más tarde...
Salieron, hicieron una recorrida casi completa, ya que el rancho era
Inmenso, y al final dieron con lo que el ranchero barruntara. Un
vaquero amarrado al árbol más próximo a la hoguera... y ausencia de
rebaño.
—¡Malditos cuatreros! —estalló Tex Boy—. ¿Es que no sienten el
agua, el frío y el viento?
—¡Toda ocasión es buena... sí conduce al éxito, Tex! De esto
hablábamos anoche con Tom... y él reía de mis presunciones. Ahora
se llevaron el ganado... No habrá manera de perseguirlo y...
¡Cuernos!
Sin bajar del caballo gigantesco fue por entre los árboles y sacó un
pedazo de madera que colgaba del respectivo cordel.
—¿Un mensaje, patrón?
—Exactamente... Escucha: “Saludos del muerto”. ¿Qué me dices?
—Algún guasón existe siempre entre los cuatreros, jefe. ¿Qué
hacemos con ello?
—¿Podrías seguir el rastro en tanta agua?
—Intentarlo al menos... Pasarán a México, sabrás dónde se las
comieron o comerán...
—¡Vaya consuelo, patrón!
—Sabrás quiénes las llevaron... y vendieron. Nunca fui blando... y
tampoco me robaron ganado en los últimos diez años. Ahora...
p g
Se miraron a la cara y el capataz dijo:
—¿Jack Gris?
—¿Tenemos otros cuatreros en la zona?
—No. Pero pudieron llegar de lejos... o tratarse de un equipo
volante que se desplaza. Son los más peligrosos...
—¿Cómo opera, Tex?
—Usted lo sabe de sobra. Un viaje largo, entran a los ranchos o a
las villas y se llevan lo que encuentran. Ganado, dinero de un banco,
atracan la diligencia al paso... o roban en cualquier rancho,
ocupándose en dejar marca a las mujeres.
—¡Asqueroso ese asunto! En Texas el que se mete con las
hembras...
—¡Humm! No todos somos texanos, patrón.
—Eso es verdad. Puedes salir al momento, Boy.
—¿Cuántos hombres?
—Cuatro. No te mando a librar batallas, sino a saber por dónde se
fueron las vacas... ¡Mis vacas! Volvamos al rancho...
Mientras tanto, en la casa principal, las dos mujeres de la familia
discurrían con Tom en el saloncito bien alhajado.
—¿Dices que la herida no es de cuidado, hijo? —preguntó Tere, su
madre.
—No, vieja...
—¿Vieja? ¿Olvidas que por dentro siempre es primavera?
—Lo digo en broma, madre. Además, si me escucha el jefe de la
familia me regañará de lo lindo. En cuanto a ti, Mary, apronta tu
mejor sonrisa. Rey Grey es un muchacho buen mozo... rubio-cobrizo
de ojos verdes.
—No soy casadera aún... A ti te toca el primer turno.
—Entonces vestirás santos... porque no veo en las cercanías la
mujer que haga palpitar mi corazón...
—Cuando menos se piensa...
—Salta la liebre. Ya lo sé... pero todavía no ha ocurrido. ¿Vamos?
Y las llevó a la galería. Después fue a su cuarto. Rey hacía
esfuerzos con una mano, para calzarse las botas.
—Están mojadas, Grey —explicó el hijo del ranchero—. Ponte esos
mocasines indianos... Te sentarán mejor... ¡Espera! Has abrochado
j ¡ p
mal la camisa. Y ahora vamos al exterior...
—¿Sin lavarme?
—Te lavarás en seguida... Mi madre se muestra curiosa... he
intrigada mi hermana.
—¿Tienes hermana? ¿Rubia como tú?
—Morena como el jefe familiar —le volcó agua en la jofaina—.
¡Apura!
Y salieron cinco minutos más tarde. Rey Grey demostró tener
buena educación. Se inclinó dos veces, mirando primero a la mayor.
—Me siento honrado en vuestra presencia, señora... señorita...
Como sabrán, me llamo Rey Grey... a quien trajo el viento...
—¿Una hoja en la tormenta? —preguntó Mary, sonriente.
—La figura literaria es hermosa, señorita. Una hoja en la tormenta.
Apenas llegué al patio caí del caballo... porque ya venía cayendo de
antes.
—Mi hermano Tom lo ha socorrido...
—Con su padre... Tenía yo una idea fija en tanto me aproximaba a
la luz de la galería, que brillaba en la noche como faro en el mar...
¡Llegar! De otra manera moriría en algún charco... porque mis
fuerzas se habían marchado al...
Iba a decir “al diablo”, pero calló. Tere lo señaló con la mano:
—¿No siente la necesidad de un buen desayuno?
—Sí, señora.
—Acompáñalo, Tom...
Y el herido leve pudo mirar a la joven en la cocina. Mary era una
linda muchacha, saludable, fuerte, con los brazos llenos y los ojos
brillantes.
Ella también observó a hurtadillas y se dijo que los iris verdosos
del forastero harían juego con una camisa al tono.
Su ropa...
—La única ropa que me dejaron, señorita. Estará secándose...
—Ya está seca y planchada. ¿Por qué viste de negro, Grey?
—Una promesa, señorita... que hice hará... unos doce años... Yo no
tenía ni esos siquiera. Quedé huérfano de padre —miró al cocinero
—. ¡Gracias, amigo! Pero usted quiere cebarme... o indigestarme. El
estómago tiene una capacidad limitada.
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—Has perdido sangre y debes reponerla, Grey. Come y calla...
—Humm! Esa misma frase la escuchaba en la mesa de mi madre
y... ¡Llega el ranchero!
Pareció preocupado al notar que el amo venía al galope con un
desconocido. Eso lo estaba mirando por la ventana que daba sobre
los corrales. Y al momento hicieron su entrada.
—¡Nos robaron seiscientas, Tom! —expresó el patrón—. ¡Hola,
Grey! ¿Cómo te sientes?
—Muy bien, gracias a las gentilezas de todos... ¿Cuántos jinetes?
—No hemos podido saberlo. El vaquero amarrado... como
salame... viene detrás.
—Por suerte, padre... —empezó a decir Tom.
—¡Justamente! Lo dejaron con vida... Tex Boy saldrá con unos
cuantos muchachos en la rastrillada...
El capataz clavó los ojos azules en el viajero que trajera la
tormenta:
—¿Dónde te asaltaron, Grey?
Ya conocía la historia completa.
—Junto al río Grande, señor... al filo de las siete y media... ¿A qué
hora llegué, ranchero?
—Las once y cuarto... minuto más o menos.
—Cuando esté restablecido... o esta misma tarde...
—¡No exageres! —cortó el ranchero—. Te repondrás del todo...
¿Cómo andas de fondos?
—Cero. Fuera del caballo, la silla y una muda, no tengo nada.
—¿Quieres un empleo en mi equipo?
—No puedo aceptar lo que a la vez no puedo cumplir. Necesitaré
varios días para poder cabalgar... y sentirme fuerte otra vez...
—Acepta... y espera. Tú, Boy, busca los cuatro muchachos del
dormitorio y partes... ¡Bigotes!
—¿Jefe?
—Un saco de provisiones para tres jornadas. ¡Tom!
—¿Padre?
—Quedas como capataz interino. Vigila bien que a lo mejor nos
dan dos golpes seguidos...
—Esta noche no habrá tormenta...
—Eso les importa poco a los cuatreros. Y ahora vuelto a ti, Rey
Grey. Estás empleado. Cincuenta dólares por mes, casa y comida.
Tendrás un anticipo de cien para comprarte ropa.
—Gracias, patrón.
—Te prestaré un arma...
—Las uso gemelas.
Todos quedaron tensos. Y el amo calló porque el capataz salía,
diciendo:
—Usted contrata un vaquero, patrón, y a lo mejor tiene un
pistolero de regalo.
—¿Usas dos armas, Rey?
—Por costumbre. Pero aquí no usaré ni una... hasta tener el dinero
o recobrar las mías. Todavía está usted a tiempo de volverse atrás...
—¡Un cuerno! Yo juzgo a la gente a la primera ojeada, muchacho.
Tienes una vieja pena... pero eres de ley y nunca morderás la mano
que te haya curado o dado de comer. ¡No se hable más de ello!
A media tarde, el nuevo empleado apareció con sus prendas
negras. Incluso las botas, sobadas y secadas por el cocinero. Todo era
tétrico en el joven. Pantalones, camisa... el chaleco de piel de vaca y
el sombrero. No usaba pañuelo al cuello.
Mary lo encontró apoyado en la valla del corral
—¿En qué está pensando, Rey?
—En cientos de cosas, señorita.
—¿Señorita? Si le escuchan los demás del equipo... me gastarán
bromas a granel. Yo creo ser buena compañera y...
—¡No siga, señorita! Decía que había pensado en cientos de cosas,
en general desagradables. Creo que aquí empezaré una nueva vida.
¡Ojalá consiga ahuyentar al pasado que a veces me molesta!
—¿Ha sido malo?
—No.
—¿Entonces?
—Entonces quiero vivir como un hombre corriente... sin
preocupaciones mayores... sin andar a la caza de una sombra
fugitiva... y haciendo amigos por docenas... todos los días. ¿Qué le
parece mi caballo?
—Es hermoso, pero está muy golpeado. Necesita una semana
comiendo grano a discreción.
—Llenará sus huecos.
—¿Cómo se llama?
—¡Venganza!
Mary se llevó ambas manos al rostro y clavó los ojos negros en
aquel muchacho que pretendía ser viejo.
—¡No me gusta!
—¿Quiere bautizarlo de nuevo?
—¡Quiero! —alzó la mano seriamente, diciendo—: De hoy en
adelante te llamarás “Aurora”. ¿Conforme?
—Sí, señorita. Lo elegí de ese color, por corresponder a mi
apellido.
—¡Es verdad! Gris en español, grey en inglés... ¡Ojalá encuentre
aquí el puerto de paz que necesita su atribulado espíritu, King!
—Eso espero, señorita...
Mary lo miró de frente. ¿Iba a decirle por años “señorita”?
—¿Podrá usted cambiar esa forma de trato, Grey?
—Sí. A su tiempo... sí ocurren las cosas que he soñado anoche.
Ahora debo reponerme... volver a ser fuerte, elástico, ágil...
—Tenía el rostro muy serio, al punto de parecer mucho mayor de
lo que era.
—“El trabajo ennoblece y dignifica”, Grey —dijo ella suavemente.
—Eso dicen los mayores... que huelgan apenas se les presenta
ocasión, señorita.
—¿Nunca trabajó?
—Mucho. Teníamos un ranchito, iba viento en popa, trabajábamos
de sol a sol, hasta que ocurrieron cosas feas... Desapareció nuestro
padre y quedamos a la deriva. Después fui por el mundo... conocí a
los matones, a los aporreadores, a los aprovechadores, jugadores
fulleros, mujeres que engañaban con la boca, con los ojos y con el
cuerpo. Poco a poco aprendí a distinguir a los brillantes del cristal de
roca. ¡Nunca más volví a confundir pirita de hierro con oro!
A la hora del almuerzo, Tom fue en busca de Rey Grey.
—¿Vamos a la mesa, muchacho?
—Vamos.
—¿Quieres un revólver o un par de ellos... mientras puedas
conseguir los que te agraden?
—¡No usaré revólveres!
—En el oeste, eso es difícil, Rey.
—¡No tanto! A veces se disuelve una reunión turbulenta con una
sola palabra...
—¿Lo hiciste tú?
—Más de una vez... Y supe que lo hacía Billy “el niño”, el tan
mentado pistolero de Missouri. Aquél decía; ¡Cuidado! Y era
suficiente para que las manos se apartaran de las armas... En cierta
ocasión... ¡Bah!
—¿No quieres contarme?
—Soy un vaquero de tu marca, señor capataz.
—No lo digas de esa manera. Todos comprendemos que estás bajo
una tremenda presión moral... ¡No te apartes de la gente! También
existen las buenas personas...
—¡Claro! Si no creyera que los buenos son más que los malos, me
echaba de cabeza en un pozo, remolcando un piedrón de cien kilos.
—¡Bárbaro!
Llegaron al comedor general. Había allí no menos de quince
vaqueros. Tom presentó al herido, diciendo que lo había traído la
tormenta y que revistaría en el equipo tan pronto se sintiera con
fuerzas.
Muchos ojos se dirigieron a su cintura sin pistoleras.
Habló con los demás, del trabajo, demostrando saber cómo se
hacían las cosas en la pradera.
A media tarde dio otro paseo y se confesó fatigado, ganando el
refugio del cuarto que seguía compartiendo con el capataz interino.
A la hora de cenar lo llamaron. Debió hacer un tremendo esfuerzo
para completar el trayecto de ida y vuelta. AI despedirse, preguntó
al patrón; —¿Puedo ocupar un camastro en el dormitorio de todos,
jefe?
—Cuando te hayas recobrado. Ahora necesitas estar más cerca de
la casa y los medicamentos. Aquí tienes los cien para tus cositas.
—Gracias, señor. Apenas me sienta fuerte... como para montar a
caballo...
Tom llegó tarde, previo efectuar la última ronda.
—No creo que nos roben de nuevo —dijo en voz baja en tanto se
quitaba las botas.
—¡Cuídate el próximo domingo, Tom! —expresó el herido que
dormitaba—. Los cuatreros son muy guasones, siempre listos para
gastar bromas pesadas a los pobres rancheros.
—Eso hacen. Nos dejaron un letrero. Rey.
—¿Qué decía?
—“Saludos del muerto”.
—¡Hola! ¿Le encuentras significado, Tom?
—Ninguno. Pero... vaya uno a saber de qué cosas se trata. Estoy
rendido. Pero no puedo manifestarlo, porque el jefe de la marca me
retiraría su confianza.
—Todos los padres creen que el retoño debe parecerse a él.
—¿Necesitas alguna cosa, Rey?
—Un poco de agua... y, por favor, la jarrita en el velador. De esa
manera no voy a molestarte en la noche...
A los dos días apareció Tex Boy con sus muchachos, derrengados
y con los caballos oliendo el suelo. Desmontaron poco después de
almuerzo y se dirigieron a la cocina. “Bigotes” les puso delante
sendos platos de oloroso guiso y el patrón les dejó terminar.
—¿Qué ocurrió, Tex? —preguntó al final.
—Como era de suponerse fueron a México, jefe. Vimos el ganado
repartido en unas cuantas aldeas. Siempre vendió la misma persona.
Un tipo menudo, moreno, con dos armas grandes a los costados.
Dijo llamarse Killer.
—¿Quién lo conoce? —preguntó en voz alta el jefe del equipo.
Rey Grey estaba apoyado en la jamba de la puerta. Parpadeó dos
veces y continuó escuchando.
—¿A cuánto se vendieron esas vacas?
—¡Ocho dólares, jefe!
—¡Malditos cuatreros! Vender por ocho lo que vale diecinueve.
—Es la única manera de vender pronto y sin papeles, patrón —
intervino uno de los muchachos que fueran a México—. Seiscientas
por ocho, hacen casi cinco mil. No eran más que seis...
—Estás mirando el asunto desde el ángulo de los holgazanes,
Polo. Cualquiera comprendería que el ganado fue robado... sí lo
venden tan barato.
—Allá necesitan carne, señor.
—Eso es verdad. Siempre hay alguna revuelta y los generalotes
pagan con el producto de las alhajas logradas en asaltos de toda
índole. Esas seiscientas ya están perdidas... Esperemos que se hagan
colgar en otra parte.
—Para hacerlo debemos pillarlos con las manos, en la masa, jefe.
—¡Bah!
Intervino el herido.
—He sabido de algunos hombres honestos, colgados por
equivocación, amigos... Los cuatreros tienen más suerte. Si los
castigan... era merecido. Caso contrario, se ríen de la ley y sus
mantenedores...
—De todas maneras os doy las gracias, muchachos, por el viaje.
Aquí todo ha seguido su curso normal. Tex se hace cargo de la
jefatura del equipo. Tom vuelve a la oficina.
Más tarde, el herido pudo hablar un momento con Mary. La
muchacha no lograba descifrar a ese joven de ojos verdes, tan
silencioso y tan quieto.
—¿Habrá más robos, Rey?
—Tal vez... aunque no es seguro. Los pillos cuidan el cuello. Y su
padre parece hombre drástico.
—También cuida lo suyo. Grey. ¿No le parece correcto?
—Sí. Al que delinque... no han de valerle excusas. ¡Duro con él!
Capítulo III
UNO MAS EN EL EQUIPO
Siete jornadas después de aquella noche de tormenta, el hijo del
amo invitó al convaleciente:
—¿Vamos al pueblo, Grey? Podrás hacer las compras ... y si el
dinero no te alcanza, cuenta con otros cien de mi bolsillo.
—Gracias, Tom. Me alcanzarán. Iré... porque necesito fatigarme un
poco endureciendo los músculos.
Preparó al gris que relucía de bien cuidado. Hasta el cocinero
“Bigotes” le administró algunos morrales de grano extras.
Cuando estuvo en la silla, miró en torno. Y se quitó el sombrero
viendo a las dos mujeres.
—¿Algún encargo, patrona? ¿Desea algo especialmente, señorita
Mary?
La más joven se aproximó y mostró el puño que abrió lentamente:
—¿Sería usted capaz..., quiero decir, si tendría valor para pedir
unos cuantos botones iguales? Los venden en casa del turco Selím.
No los encargo a mi hermano Tom, porque es... es un antipático.
—¿Cuántos quiere, señorita?
—Ocho.
—Será usted complacida. Aprendí hace tiempo, en otras partes,
que para afrontar a lo que se llama ridículo… se necesita mucho
coraje. Nunca he comprado botones. Hare de cuenta de que son
proyectiles. ¡Hasta luego señoras!
AI llegar al camino, Tom reía de lo lindo.
—Te ha fastidiado mi hermanita, Rey.
—¡Ni con mucho! Me ha honrado más bien... atreviéndose a
pedirme lo que ningún vaquero de la marca le traería. ¡Yo lo haré!
—Me parece bien...
—¿Por qué no se ha casado tu hermana, Tom? Es agradable de ver
y de escuchar. A esa edad, alrededor de los veinte, tu madre ya te
acunaba.
—Los tiempos cambian... dicen los mayores. Mary dijo siempre
que no se casaría con un vaquero. ¡Ni con el capataz! Esto me hace
reír, porque Tex Boy nunca le hizo la corte. Algunos “cowboys”
cantaron a la luna, sin resultado. ¿Cómo te sientes de salud?
—Bien, aunque este brazo se halla un tanto resentido de su
inmovilidad y me abstengo de usarlo.
—Cuestión de días... ¿Qué vas a comprar?
—Ropa.
—¿Te ofrecí las armas, Rey?
—Sí. Lo hiciste. También tu padre. No llevaré revólveres ... por
ahora.
—Mira que cualquier fastidioso...
—¿Qué hacerle? Nadie gatilla sobre un hombre desarmado. Yo
tenía un par de “Colt” hermosos, suaves de gatillo, de “mira
pequeña”, aunque maldito para lo que uno usa la mira... cuando se
encuentra apurado. ¡Los recobraré!
—¿Conoces a ese Killer que nos robó el ganado, aunque sólo sea
de oídas?
—Algunas veces aparecen hombres que se titulan “killer” 1(1)
aunque disparen a espaldas de los enemigos.
—Igual le vendría “al pelo” el nombrecito... ¡Vamos a galopar un
rato, Grey! De otra manera no llegaremos nunca...
Lo hicieron. El gris que Mary bautizara “Aurora” pedía rienda sin
cesar, y al colorado de Tom le costaba seguirlo.
—Mi caballo ha juntado fuerzas de sobra, Tom.
—¿Dónde lo compraste?
—Me lo regaló cierto ganadero... después que tuve la suerte de
ayudarle a recobrar una partida de lindos corceles... todos grises
como éste.
—Lástima que estuvieras herido... cuando se llevaron el ganado,
Rey.
—¡Bah! Tu capataz fue en el rastro y trajo los detalles... Tal vez...
—¡Dilo!
—Hubiera hecho por hallar a los cuatreros... y quitarles el dinero,
Una vez en Nebraska... —¿Cuántos años tienes que arriesgaste
tanto?
—Nada más que veintitrés, amigo. Y olvidemos lo que iba a decir.
¿Cómo se llama ese pueblo?
—Caballo Salvaje... A su izquierda se halla Aguila y a la derecha
Plateaux, todos chicos, pero con lo necesario para la existencia. Verás
su calle principal... algunos huertos... holgazanes por docenas,
vaqueros que van y que vienen... algunos pistoleros mirando de
soslayo...
—¿Los distingues?
—Por su seriedad aprendí a respetarles. Por lo demás, supongo
que entre ellos también habrá faroleros.
—Los hay.
Frenaron a las bestias y al paso de las mismas entraron al villorrio
llamado Caballo Salvaje.
—El negocio más importante, para comprar la ropa...
—Primero quiero realizar el encargo de tu hermanita.
—¿El turco Selím? ¡Allí tienes la muestra!: “Vendo barato, bueno y
bonito”. Te espero en la calle siguiente. El comercio es “Toro
Blanco”.
Rey Grey desmontó del gris, paseó los ojos verdes por las
vecindades y entró al comercio haciendo sonar las espuelas de chicas
rodelas. Sonrió a la mujer, una morena de grandes ojos rasgados.
—¿No se ha equivocado de tienda, vaquero? —preguntó ella
mostrando la bella y fuerte dentadura.
—Usted juzgará, señora... —le puso la mano delante—. Quiero
ocho botones iguales...
—¡Hola! ¿Qué mujer tiene tanta influencia como para mandarle a
una tienda de trapos?
—Una amiga. No haga preguntas, para que me lleve buena
impresión de usted y de su comercio. ¿Tiene o no tiene?
—Los vendimos nosotros... y por selección podría decir de dónde
partió el encargo.
—¿A qué tanto esfuerzo? Trabajo en el “Texas”.
—¡Justamente! Mary Biok. Aquí tiene los botones... Un dólar con
sesenta, vaquero.
—Gracias, señora.
Pagó, recogió la vuelta y salió de la tienda, en el momento en que
pasaban cuatro hombres fuertemente armados. Uno de ellos miró la
muestra del Turco Selím y soltó la risa: —¿Has comprado cintas,
vaquero?
—Botones...
—¡Humm! Ahora comprendo por qué no llevas armas al costado.
¿Te dedicas a la costura?
Todo eso fue dicho mientras Rey bajaba a la calle y el grupo
continuaba andando.
Rey Grey nada respondió, pero tomó al gris de las riendas y siguió
en la misma dirección de los jaraneros. En la calle siguiente buscó y
encontró el “Toro Blanco”. Fue atajado por el que se burlara de él.
—Aquí no venden botones para mujeres, vaquero.
—No vengo a eso, sino a otra cosa.
Ingresaron todos juntos. Tom vino al encuentro del herido,
preguntando:
—¿Encontraste, Rey?
—Sí. Ocho botones colorados con centro blanco...
El que gastara las bromas en la acera, preguntó a Tom:
—¿Para qué son esos botones, muchacho?
—Para arrojarlos al aire... y acertar con el “Colt” en la parte blanca.
Si no es así... se considera errado el tiro.
—¡Hola, pollitos! No creo tal mentira, y además...
Del fondo del comercio llegó una voz profunda, y sonora, que dijo
una sola palabra:
—¡Cuidado!
Y el bromista se apartó de la pareja. Rey fue al mostrador de las
prendas y empezó a comprar metódicamente para que le alcanzaran
los cien dólares recibidos del ranchero. Mientras lo hacía con Tom,
los cuatro de la calle se juntaban con un hombre rubión, que tenía el
sombrero bajo y que estaba eligiendo cuchillos de hoja fina y mango
largo.
—¿Por qué me has llamado la atención, jefe? —inquirió el
bromista—. Me divertía con un tipejo que compró botones para
vestidos femeninos.
—¡Hijo travieso! No aprendes a distinguir gordura de hinchazón.
¿Tienes cien dólares para perder?
—Los tengo para ganar una suma igual...
—Desafía al que te aguantó las bromas... tirándole a la moneda en
el aire...
—¡Bah! Es tan flojo que ni lleva armas al costado.
—Ven conmigo —caminaron hasta donde estaba la pareja—. ¿Me
permites, vaquero?
Rey Grey miró al otro hombre con el ceño fruncido.
—¿Se te ofrece...?
—He jugado quinientos dólares con este muchachón descreído,
suponiendo que tengas mejor puntería que él...
—No llevo armas, señor. ¡Me repele la violencia! Por eso compro
botones para trajes femeninos... y me dedico a la costura.
Todos rieron menos el interrogante, que volvió" a la carga. Miró la
ropa que estaba comprando Rey Grey. Y continuó: —Hunter dice
que a su vez tiene cien para jugar…
—Yo no llevo dinero.
—Va por mi cuenta el centenar. Si vences, son tuyos, y míos los
quinientos restantes.
Rey Grey observó los cuchillitos que el otra tenía en las manos.
—Con el “Colt” sé pocas cosas, señor... Tal vez lanzando el
cuchillo... y eso por no desairarle en público.
—Igual apuesto los seiscientos, Hunter —le guiñó un ojo al que le
llamara jefe, y agregó—: Ese vaquero de quien te has burlado es
capaz de vencerte cuchillo en mano... ¡Allí tenemos un buen blanco!
Esa tabla con letras...
Hunter sacó dos cuchillos que tenía en las botas.
Y sin vacilar, expresó:
—Puedo acertar en las letras O de la primera palabra.
Los lanzó con veloces movimientos... Acertó uno en el centro. El
otro a dos centímetros, tocando la pintura.
Rey Grey se vio con dos armas en las manos. Las palpó y dijo a
Tom:
—¿Te parecerá tonto esto, muchacho?
—Sí. Pero vas jugando el dinero de otro. Si ganas... tendrás cien en
tu poder... de regalo. ¡Adelante el rancho “Texas”!
—Si no te parece mal, amigo mío...
Observó el blanco de madera, buscó otras palabras con la letra O
de igual tamaño y arrojó las armas. Pareció despreocuparse de ellas
una vez lanzadas. Pero la cara de todos los presentes, que ya eran
como veinte, reflejó el resultado. Ambos centros.
El desafiante recibió los cien dólares de Hunter y los alcanzó al
nuevo vaquero del “Texas”.
—Has ganado como supuse. Tu mano es buena... “sigue” siendo
buena.
—Gracias. Tenía una deuda por esta cantidad...
—Te regalo los cuchillos... ¿Cómo te llamas, muchacho?
—Rey Grey, señor.
—Grey... ¡Hummm!
Y se alejó seguido por el cuarteto que ya no pensaba en bromear.
Grey terminó las compras, hasta liquidar sus cien dólares. El
vendedor dijo algo al recibir el dinero.
—¿Me haces una demostración particular, Grey?
—¿Qué demonios pretende usted?
—Saber... tener la certeza que no fue casualidad... Toma otros dos
cuchillos iguales... y plántalos sobre las dos I de la segunda palabra
del letrero.
Rey parecía molesto. Tenía el ceño fruncido y los labios formaban
una apretada línea. Arrojó las armas con la misma despreocupación
de la vez anterior.
—¡Complacido, señor comerciante!
—Gracias. Son tuyas las armas, y así tienes cuatro iguales.
—Gracias. ¿Vamos, Tom?
—Vamos. Todo el espectáculo ha sido un regalo para mis ojos.
¿Conoces al que apastó en tu favor?
—No... no lo conozco. ¿Quién es?
—Jack Gris... de quien se dice que es el cuatrero más importante
del Estado.
—¿Cuatrero y anda suelto?
—¡Cosas de la ley! Necesitan pruebas... Él fue quien frenó a los
demás. ¿Escuchaste su palabra?
—¡Cuidado! Eso mismo decía “Billy el niño”. De Todas maneras,
he complacido a un desconocido indeseable... y tengo los cien
dólares que me prestó tu padre...
—Podrías comprar dos revólveres...
—¡No! Conseguiré los míos. Y empezaré a trabajar en tu casa sin
otras deudas que el agradecimiento.
—¡Rara mercadería!
—Más motivo para no dejarla en el olvido.
Regresaron al rancho.
Mary estaba en la galería cuando aparecieron los jinetes. El viajero
herido desmontó, y presentó los botones colorados en la palma de la
mano.
—¡Perfecto! —exclamó ella—. Le debo un dólar con sesenta que...
—¿Me permite usted hacerle un obsequio tan insignificante,
señorita?
—¡No, señor! Usted fue gentil y tolerante conjugo al aceptar el
encargo. Pero el dinero...
—¡Venga el dinero, ya que no hay otra manera terminar con el
asunto!
El ranchero llegó del corral, miró al caballo gris y reparó en el
bolso lleno.
—¿Comprado a placer, Grey?
—Sí, patrón. Y ya que le veo, hágame el favor de aceptar en
devolución los cien dólares que tuvo la deferencia de prestarme.
Hablaba con suavidad, mantenía el rostro levantado y los ojos fijos
en su interlocutor. Tom reía socarronamente, echado sobre el cuello
del caballo de pelo rojizo.
—¡Demontres! ¿Has comprado o no?
—Compré.
—¿Pagaste?
—¡Pagué...! noventa y ocho dólares con cuarenta centavos. Pero
después ocurrieron algunas cosas que me permiten reintegrarle su
dinero.
—¡Era un regalo!
¡ g
—No puedo aceptarlo. Yo soy el deudor de ustedes. Y además los
gané muy fácilmente... ¡Tome!
Y le alargaba el dinero, que King terminó aceptando, y
acercándose a su hijo que seguía en el caballo.
—¿Qué ocurrió?
—Ya lo dijo Grey, padre. Ocurrieron cosas...
El ranchero prendió a su hijo por un brazo y lo bajó de mala
manera de la silla.
—¡Larga la noticia, que me revientan las charadas y adivinanzas!
—¡Bien, padre! Te lo contaré andando hacia el corral...
Grey quedóse allí para recibir el dinero de Mary. Tom narró
apuradamente lo acontecido dentro del comercio “Toro Blanco”.
—¿Era en verdad el cuatrero, Tom?
—Sí, papá. Lo he visto en otras ocasiones y otros pueblos. El frenó
a los guasones... pero lo que yo me pregunto es: ¿De dónde conocía
la habilidad de tu nuevo vaquero? El pidió una demostración con el
“Colt”. De todas maneras, creo que tienes un buen muchacho en tu
equipo. Quiero decir, uno más... Y calla que llega.
Apareció, contorneando el caserón, con el gris de las riendas. Le
quitó la silla, lo cepilló y dio de beber.
A la hora de la cena, casi todo el equipo conocía aquel asunto.
No podía ser de otro modo. La pasión de los barulleros “cowboys”
de la época eran las armas, los tiros, las cuchilladas... Las novelitas
con las aventuras de Búfalo Bill ganaban el oeste, y las portadas de
varios colores impresionaban a los lectores de ocho a ochenta años,
al decir de la propaganda.
Uno de los caballistas del rancho, llamado Palance, se dirigió al
joven herido, preguntando;
—¿Puedes lanzar los cuchillos sin mirar, Grey?
El otro abrió la boca.
—¿Puedes hacerlo tú?
—No. Pero dicen...
Grey miró a Tom que se hallaba a la cabecera de la mesa. Su padre
y las mujeres estaban comiendo en la galería.
—¿Has contado?
—Nada me dijiste en contrario, Grey. Te ruego perdonarme si
cometí una irreverencia...
—¡Oh, señor! No tiene mayor importancia. Y ahora con la
pregunta de... ¿Cómo te llamas, vaquero? —Palance y me ocupo de
los caballos.
—Bien, Palance. La mano se torna sabia con el ejercicio. Primero
nos mostramos contentos al acertar en un zapallo, después en la
naranja y más tarde en una moneda de medio dólar, pero si
continuaría practicando por distracción, en las guardias diurnas y
nocturnas, durante la cena a solas, aburrido y sin tener qué hacer,
llegarías a plantar el cuchillo en la hormiga que baja del árbol
cercano.
—¿Cuántos años? —preguntó con cierta irreverencia.
—Cinco... seis... Tal vez siete.
—¿Eres tan viejo, Grey?
—No... ni digo que yo pueda hacer... eso de la hormiga. ¿Por qué
no hablamos de otras cosas, muchachos? El rancho es grande, yo no
lo conozco y agradaría tener en ustedes a buenos compañeros y
mejores maestros.
Los otros cambiaron gestos de aprobación.
—Tal vez no has lanzado siete años el cuchillo —dijo otro vaquero
llamado Polo—. Pero a buen seguro fuiste mucho al colegio...
—Perdí el tiempo. La pradera es vida de hombres… movimiento,
acción de toda clase... agilidad y habilidad para la supervivencia de
los más capaces... y los más cobardes.
—¡Bien lo has dicho! —exclamo Tom—. Yo me preguntaba por qué
vivía el conejo en el mismo escenario que el puma y el lince. ¡De algo
tienen que alimentarse! Pero hay miles de orejudos por cada felino...
—¿Te gustaría que fuera a la inversa?
—¡Vade retro, Satanás!
Y todos rieron a un tiempo.
Esa noche Rey Grey trasladó sus cosas al dormitorio general y
acomodó las prendas en el armario número veintisiete, junto al
camastro de Palance.
—¿Te echaron de la casa principal? —preguntó el hombre.
—¿Por qué hablas de tal manera, Palance? El amo es “buena
gente”. Su familia también...
—Especialmente Mary.
—Todos me parecen de igual madera.
—Pero ella... ¡Ah, la riqueza! Si tuviera doscientos mil dólares la
pedía en matrimonio.
Nada respondió el convaleciente. Pero se dijo que Palance no era
de su agrado. Tal vez el único que le caía mal en aquel equipo.

Capítulo IV
LA MUERTE IBA VOLANDO
En la jornada siguiente, Rey Grey se presentó en la cocina,
diciendo al capataz que desayunaba con varios otros: —Ya me siento
fuerte... como para hacer guardias, Jefe.
—¡Humm! ¿Podrás pechar novillos?
—Los pechará el gris, capataz.
—¿Si aparecieran los malos que se llevan rebaños enteros?
—¿Qué hizo el otro muchacho, armado hasta los dientes?
La lógica salía a torrentes por su boca y mantenía los ojos fijos en
su interlocutor.
—Sabes qué cosas quiero decir, Grey.
—Por eso mismo le repito que me creo apto para llenar la función
de guardián.
—Bien. Hablaré con el patrón y...
—¡Aquí está el patrón! —expresó King Biok apareciendo—. ¿De
qué se trata, capataz?
—Grey se ofrece para montar guardia en los rebaños.
—¡Acéptalo!
—Gracias, patrón —intervino el interesado—. ¿Dónde y cuándo?
—Estás apurado por trabajar?
—Usted me ofreció una paga, patrón.
—¡Mentiras son esas! Quieres estar a solas, tienes historia antigua
y necesitas poner los pensamientos en orden. ¿Es así?
—Sí —contestó sencillamente—. Pero igualmente cumpliré mi
cometido.
—¡No lo dudo! Mándalo al rebaño once, que está sobre la línea del
ferrocarril.
—Te lo mostraré en el mapa. Grey. ¿Tienes armas?
—El jefe me prestará un rifle... ¿Verdad, míster Biok?
—Sí, Tom, tráele un “Winchester”; aquel que tiene funda de cuero
verde. Y cincuenta proyectiles.
—¿Tantos, papá? Le pesarán...
—El muchacho gastará unos cuantos practicando. Hace tiempo
que no lo hace...
Grey dio un paso al frente.
—¿Por qué supone usted señor, que hago un culto de las armas?
El patrón alzó las cejas y soltó la risa:
—No, amiguito, no pienso tal cosa. Pero desde hace diez días no
sabes qué cosa es disparar contra un pavito... ¿Es así?
—Exacto.
—¿Entonces? ¡Tom!
—¿Padre? Te estoy escuchando...
—Que sean cien los proyectiles. Si Grey caza algo bueno, lo
comeremos entre todos...
—¡Ja! —exclamó el capataz divertido—. Para todos los que aquí
comemos se necesitarían ocho pavos grandes... o dos venados
cuando menos.
—Yo sé lo que digo y a quien lo digo. ¡Obedece, Tommy!
Y cuando Grey alistaba a su montura iba asomando el sol. El hijo
del amo llegó con el arma en la funda de cuero verde.
—Aquí lo tienes. Grey. Aprende a comprender a mi padre. Parece
brusco y entrometido, pero sabe ver bajo el agua. Este “Winchester”
en funda verde no me lo ha querido prestar a mí.
—Gracias por la distinción. Te dije que sería uno más en el equipo
del “Texas”.
—¿Y a mi hermanita, qué le dijiste en la mañana siguiente de tu
llegada?
—Si lo sabes, ¿a qué preguntas?
Partió saludando con la mano. Llegó treinta y cinco minutos más
tarde al lugar designado para que cuidara el rebaño once.
—Vengo a relevarte —expresó con simpleza en el tono—. Yo soy
Grey. ¿Y tú, cómo te llamas?
—Croe. Richard Croe.
—¿Novedades?
—Esto es muy solitario y aburrido. Llega el capataz una vez por
día. El patrón suele aparecer antes de la caída del sol.
—Gracias. ¿Hay pavitos o venados?
—Pavos en manadas, al otro lado de la vía férrea. No puedes
cazarlos.
—¿Por qué?
—Para hacerlo debes ir allá... y luego el capataz Tex Boy diría que
abandonaste la guardia.
—¡Humm! Los capataces se creen siempre los más picaros. Croe.
¿Por qué será?
—Ganan treinta dólares más.
—¡Buena respuesta!
—¿Trajiste alimentos, Grey?
—Se me olvidó el detalle, pero me gustan los pavitos asados...
—¡Ojo, no te indigesten! ¿Quieres que te deje la cafetera?
—Sí, gracias.
Partió Croe, un hombre de casi cuarenta años, rubión, con un
revólver muy abajo, en la izquierda. Y Rey Grey circuló en torno al
ganado para conocer su posición. Después trepó a un alto paredón
rocalloso, para mirar los alrededores.
p
A las once apareció Tex Boy. Lo encontró a caballo, erguido, con el
sombrero en la nuca.
—¿Cómo te sientes, Grey?
—Mejor, capataz.
El jefe del equipo lo semblanteó, preguntando en voz baja:
—¿Qué sabes hacer con el rifle?
Algunas veces cacé pavitos a sesenta metros.
—¿Nada más?
—Nunca apunté sobre caballos o vacas; por tanto, no conozco mi
puntería.
Alimentaba su fastidio porque todos querían hablarle del mismo
asunto.
—El amo está esperando que aparezcas allá mañana... con ocho o
diez pavitos...
—¿Y tú?
—También, para rezongarte. No debes pasar la línea del
ferrocarril. No estás aquí para hacer deporte, sino para vigilar el
ganado. Si llegaran los cuatreros, disparas dos veces el rifle. Vendrá
ayuda de otros rebaños que no están muy alejados.
—Bien, jefe.
Se marchó el capataz. Y sonrió el muchacho que llegara herido
como una hoja en la tormenta. Buscó en los alrededores y encontró
un matorral de cañas huecas. Cortó varias, se afanó y al final
consiguió fabricar un pito que producía la llamada de la hembra del
pavo silvestre. Y se aproximó a la línea del ferrocarril, mirando al
otro lado. Mucho pajonal, algunas aguadas que dejara la lluvia, y
pocos árboles. Hizo sonar el pito con insistencia, oculto entre unos
enebros. Su caballo quedó al lado de las vacas, trescientos metros
más lejos.
Llegó el primer macho volando... y el segundo... y una docena.
Grey los vigiló y contó. La gente del rancho quería cosas
extraordinarias, y él se las daría en la medida de sus conocimientos.
Cuando vio unos cuantos, reunidos, se alejó hacia el rebaño
repitiendo el grito... aquel llamado de amor... que quería engaño y
tragedia.
Así, a la una de la tarde había conseguido tener a la vista una
manada de sesenta o setenta piezas. Evolucionó para ponerse entre
los volátiles y el ferrocarril, vale decir, que estaba en el camino a los
pajonales.
Alzó el rifle y comprendió que tenía un arma bien calibrada entre
manos. Comprobó la carga. Y casi sin apuntar disparó doce tiros
seguidos.
El revoloteo fue espantoso.
Y en seguida rumor de cascos de varios caballos. Apareciendo el
capataz con dos vaqueros. El jefe del equipo se quedó en las
cercanías, comiendo con uno de los muchachos.
—¿Qué ha ocurrido, Grey? —preguntó ansioso y mirando a la
distancia, previo comprobar que el ganado se hallaba en el sitio.
—He cazado los pavos que deseaba el amo, capataz. ¿Quieres
mandar buscarlos?
—¿Dónde están?
—Allí en esas zarzas.
—¿Cruzaste la línea?
—Soy obediente de las órdenes... Los pavos vinieron aquí. Y aquí
los he cazado...
—¡Tengo que comprobarlo!
Fueron los tres que llegaran. Y abrieron un palmo la boca al ver
doce piezas grandes y gordas.
—¡Bien lo hiciste! —expresó uno de los “cowboys”—. Doce piezas
con doce plomos...
—¿Te gustan los pavitos asados, amigo?
—¡Mucho! No se pueden cazar por aquí, ya que las órdenes...
—Lo comprendo. Estos están dentro de la ley. Elige uno a tu
gusto. Igual cosa puede hacer tu compañero... Uno para mí...
quedando nueve para el rancho. ¡Ojalá alcancen!
No había ironía en sus palabras. Sólo un poquitín de amargura.
El capataz lo miró a los ojos.
—Los pavos nunca cruzan, Grey.
—Esta vez lo hicieron. Cada cual está donde cayó, manchando el
pasto con su sangre.
—¡Humm!
¡
Nada dijo el viajero del pito-reclamo.
Los dos vaqueros agradecieron el regalo. Y los tres partieron del
lugar. El capataz, cruzando la pradera fue a dar en el rancho. Buscó
y encontró al patrón.
—¿Cuántos pavitos deseaba usted, jefe?
—¿Ehhh? ¿De qué demonios hablas, Boy?
—El muchacho nuevo le hace decir por mi intermedio que tiene
nueve pavitos gordos a su disposición. ¿Mando un muchacho con un
bolso?
El patrón abrió la boca. Y soltó la carcajada. Fue al interior y gritó
cosas. Al momento salió por el otro lado y ordenó que ensillaran su
caballo preferido y una yegua para Mary.
—Lamento que Tom esté ausente, muchachita... ¡Vamos a ver eso!
Me ha lavado la cabeza en poco tiempo. Lo dijimos en broma... y él
se lo tomó muy a pecho.
Fueron. Lo encontraron junto a la hoguera, haciendo girar el palo
donde atravesara su presa.
—Buenas tardes, señorita. Buenas, patrón... ¡Lástima que ustedes
hayan comido!
—Si nos convidas... ¡Me gustan los muslos...!
—Y a mí los alones, Grey —intervino Mary sonriente—. ¿Dónde
cazó tantos pavitos juntos?
—Llegaron volando... yo estaba aquí... ¡Su rifle muy bien
calibrado, patrón!
—Gracias. Es un arma... como para un artista del rifle. ¿Dónde
tienes esas piezas?
—Allí... ¿Por qué no mandaron buscarlas?
—Las llevaremos nosotros, después de comer... en tu compañía, si
no lo tomas a mal.
—¡Soy muy honrado, jefe!
Hablaron de otras cosas. Comieron. Mary, sabedora que el viajero
nada tenía en su campamento, había llevado un pote de sal y otro de
salsa. Cuchillo y dedos. Y dientes. ¡Muy sabroso!
Después, con unos cordeles, colgaron las presas de ambos arzones.
Y partieron cuando el sol se inclinaba hacia el ocaso.
—¡Buena guardia, Grey!
¡ g y
—Haré por lo mejor, patrón...
Los vio alejarse. Y sonrió melancólicamente. Limpióse las manos
en un matojo de hierba y después montó en el gris para dar dos
vueltas en torno al rebaño. Echó sus cálculos... sobre las
posibilidades que tenía si aparecieran los cuatreros.
Vio la puesta de sol con el sombrero en la nuca. Se dejó bañar en
luz y pensó en muchas cosas familiares.
Cayeron las sombras. Apagó el fuego después de beber el último
café y acomodó al corcel en un lugar abrigado, a cien metros de las
vacas.
Después paseó los alrededores con la manta al hombro.
Y se quedó inmóvil por largos minutos. Todos los ruidos de la
pradera le eran familiares. De pronto se arrojó al suelo. Y les vio
llegar andando como sombras. Eran siete jinetes que habían
acolchado las patas de sus caballos. Una voz llamó; —¡Vaquero!
Venimos de lejos... y queremos cruzar estas tierras...
Nadie respondió.
Y se oyeron más voces.
—¿Qué ocurrió?
—Que no hay guardián...
—¿Acaso pudo hacerlo nuestro amigo?
—No hay hoguera...
—¡Es verdad! ¡Y vamos a levantar el ganado en un momento! ¡Al
paso, amigos!
—¡Al paso!
Y lo hicieron, golpeando a las bestias con el lazo. Ni silbidos ni
gritos.
Y se dirigieron hacia el ferrocarril. Muchas pezuñas chocaron en
los rieles, enviando extrañas sonoridades hacia la distancia.
El guardián corría muy inclinado sobre el flanco derecho del
rebaño. Su mano derecha se alzó en cierto momento. Algo partió
volando sin alas. Un estertor... una caída y nada más.
Un poco más lejos se repitió el gesto. Otra caída... Entonces Rey
Grey se metió entre las vacas que seguían marchando sin apuro,
táctica maravillosa de los cuatreros que no querían hacer temblar el
suelo con el repiqueteo furibundo de una fuga.
pq g
El joven sonreía ferozmente. Y en cierto momento expresó:
—¡La sorpresa será para él!
Oyó la voz de un jinete que llamaba.
Y la respuesta;
—¡No contesta, Murdock!
—¿Se ha retrasado ese holgazán?
—No lo sé... Tampoco veo a Johnny...
—¡Otro borracho del demonio! ¡Apurad... apurad… un poco!
Cuando el jinete pasó junto a un macizo de granadillos, otra cosa
brillante cruzó el espacio breve… Y aquel sonido inarticulado, para
terminar en caída sorda del caballo.
La muerte iba volando... silenciosamente. ¡La muerte en el aire!
Todavía hubo un cuarto ataque, pero esta vez el jinete lanzó un
tremendo alarido.
Y Rey Grey huyó para lanzarse en una zanja que encontró al paso.
Desde allí, bien cubierto por el pasto y las zarzas que laceraron su
rostro y sus manos firmes, oyó: —¿Qué ocurre, Clamy? He
escuchado un alarido...
—Vamos a ver... ¡Eh, Timmy! ¿Dónde estás Johnny? ¡Contestad,
demonios!
Y en seguida:
—¡Aquí hay un cadáver, jefe!
—El caballo aguarda oliéndole.
—¡Johnny con un cuchillo en el pecho!
—¡Achispa! ¿Cuántos somos ahora?
—Tres, patrón...
Y sin decir palabra el trío emprendió la huida vertiginosa hacia el
oeste. El retumbo de los cascos quedó por largo rato en las orejas del
vencedor, que aguardó aún más de una hora. Después fue en busca
de su caballo. Y al aclarear el alba se encontraba todo en su lugar.
Rey Grey limpiaba junto al fuego, aprovechando la ceniza, los cuatro
cuchillos que obtuviera en el comercio “Toro Blanco”.
Y monologaba:
—¿Vinieron por fastidiarme sabiendo que trabajo en el “Texas”?
¿O el “caballero” que de buscador se convirtió en ladrón... quería
hacer una nueva cosecha? ¿Qué dirán los guasones de este equipo
¿ g q p
gigante? Puedo ocultar los muertos... o amarrarlos a los caballos...
¡Eso será lo mejor! Si tengo tiempo iré tras ellos para saber qué más
pretenden hacer los cuatreros.
Se volvió para cruzar un bosquecillo y llegar más ligero al lugar de
las muertes, que en total no ocupaba más de media milla, cuando
encontró el letrero. Hecho en un cartón de caja de galletas: “Saludos
del muerto”.
—¿Qué quieren decir? Estando allá el “caballero” a lo mejor
significa que el ranchero es el culpable de aquel feo asunto; pero, si
así fuera, ¿a qué esperar? ¿O pretende cambiar una vida querida por
quince mil vacas gordas? ¡Vaya manera de vengarse!
Dejó el letrero en la rama baja del árbol y siguió adelante.
Encontró al primer muerto, Y su caballo a poca distancia. Las bestias
eran bien tratadas y cualquiera de ellas guardaba cariño por su amo.
Lo amarró usando el lazo del individuo a quien no conocía. Hizo
lo mismo con el segundo y el tercero... Cuando efectuaba la
operación con el último, al otro lado de la vía férrea, escuchó el
rumor de cascos. Y de nuevo apareció el capataz, en compañía de
Tom Biok.
El joven ocultó su fastidio por ser sorprendido en la tarea.
Respondió al saludo y escuchó:
—¿Qué ha ocurrido, vaquero? —inquirió Tex Boy.
—Ocurrió que llegaron, señor... y éstos resolvieron quedarse...
Tom partió al galope haciendo un breve recorrido.
—¿Te robaron el hato, Grey?
—Sí, señor.
—¡Un cuerno! Creo ser tu amigo...
—Gracias. Los dejé hacer... De frente no hubiera podido con ellos.
Eran siete...
—¿Por qué no disparaste el rifle? —quiso saber el capataz con el
semblante muy serio—. Esa era la orden.
—Es verdad, señor. Era la orden.
—Estoy esperando tu disculpa.
—No tengo ninguna.
Se miraron a la cara.
—En este equipo se obedece. Rey Grey.
q p y y
—Lo comprendo.
¿Había mansedumbre en su voz? Tal vez. Pero continuaba
erguido, con las manos a los costados y sin desviar los ojos.
—Pudieron eliminarte y seguir adelante sin ruido...
—¡Pudieron! Si yo gatillaba, me hubieran buscado para matarme
antes de huir. Era mi vida la que estaba en peligro, señor.
—¡Un diablo! Al aceptar el cargo...
—Para cuidar ganado.
—Es tarea inherente al cuidado, defenderlas.
—Mucho riesgo por tan poco dinero, capataz.
Tex Boy lanzó un bufido.
—Lamento que no tengas armas al costado, Grey.
—Las razones no se matan a tiros, capataz. ¿A qué tanto discutir si
el ganado está donde debía estar? Si no sirvo para esto, me despide y
me marcho con viento fresco.
Tom escuchaba intrigado. Observó que el muchacho, herido en su
amor propio no daba trato familiar al capataz.
—Vamos al rancho, Boy —propuso en el silencio del lugar—. Mi
padre dirá la última palabra.
—Me carga este vaquero con su aire de superioridad.
—No es superior quien quiere, señor, sino quien puede. Yo, con
cuatro cuchillos he detenido a los ladrones. ¿Qué hicieron antes con
rifles y revólveres?
Eso estaba bien dicho. Le gustara o no le gustara al capataz.
Tom y Boy tomaron las riendas de las cuatro monturas macabras y
partieron hacia el rancho. El hijo del amo, gritó: —¡En seguida llega
tu relevo, Rey!
—Gracias...
Aguardó paseando por los alrededores. Y de pronto una idea vino
a su cerebro. Sonrió irónicamente, hizo sonar aquel pito —reclamo
de hembra, esperó y abatió seis piezas en un parpadeo.
Llegó su relevo y partió previo dejar un pavito al muchacho
desconocido. Se presentó en el rancho y desmontó en la puerta de la
cocina, diciendo a “Bigotes”: —A lo mejor no alcanzan los anteriores,
amigo. ¿Quiere usted agregar estos cinco...?
—¡Cuernitos que te despachas con habilidad! Anda a la galería
que hay reunión de directorio.

Capítulo V
SIGUIENDO AL PUMA...
La presencia del joven no atemperó los ánimos.
El amo se hallaba sentado en su sillón grande. El capataz discurría
de pie, accionando con alguna violencia.
El patrón vio a Rey, pero continuó preguntando:
—¿Por qué te parece mal que arregle esos problemas por su
cuenta, Boy?
—Porque nos deja mal a todos, señor. Su orden era llana y
terminante. Hacer dos disparos de rifle en caso de peligro...
—Bien. Supongamos que obedecía... ¿Qué debía suceder, Tex?
—Acudirían los muchachos de aquellos rebaños más cercanos al
suyo.
—¿Te gustaría que ahora tuviéramos allí un muerto... o dos
heridos?
—No es eso —se volvió hacia el patio y vio a Rey Grey con los
brazos cruzados, aguardando—: Un mozalbete no puede mojar la
oreja a todo el equipo.
Del interior de la casa llegaron las mujeres que se quedaron de
piedra, oyendo la historia. Tom sonreía apoyado en la pared de la
galería. Para él todo se reducía a una pregunta: ¿Qué haría el zorro
que tenía por padre?
King Biok alzó una mano:
—¡Acércate, Grey! Cuenta eso para mí... con detalles... con los que
hayas ocultado por fastidio. Yo soy el patrón, te estoy muy
reconocido por lo hecho. ¿Por qué no has revisado el cinturón de los
muertos?
Se encogió de hombros el convaleciente.
—Se me ocurrió que estando en vuestras tierras ... todo pertenecía
al patrón...
—¡Linda razón! —exclamó Tex Boy enojado—. El amo hizo la
requisa y aparecieron como dos mil... ¿Qué dices de eso?
—Que la profesión de cuatrero... es muy beneficiosa para los que
conservan el aliento, capataz.
—¡Vaya respuesta!
—No se me ocurre otra.
King Biok ocultaba su risa. Alzó la mano otra vez para llamar la
atención de la gente. Ya había allí no menos de quince vaqueros,
algunos con zahones, que se preguntaban entre ellos qué demonios
ocurría.
—¿Qué hacemos con el dinero, Rey Grey? —preguntó el patrón.
—¿Cuál es la suma exacta, jefe?
—Dos mil ciento setenta,
—Bien... si fueran míos... como para hacer con ellos cualquier cosa,
regalaba cincuenta a cada muchacho del equipo. Y cien al señor
capataz.
Tex se congestionó. Fue a responder con violencia, pero se
encontró con los ojos serenos y el frío continente del matador.
Los vaqueros aguardaban. King preguntó, aunque lo sabía de
memoria:
—¿Cuántos hombres tenemos, capataz?
—Treinta y nueve... en la pradera. En la casa, el cocinero y tres
muchachones.
—Entonces podrás darte ese gusto, Grey. Aquí tienes el dinero...
Lo tendía en la mano derecha. Rey se vio acorralado en su propia
trampa. Pero oyó las risas y comentarios a su espalda. Recogió los
billetes, miró en torno y vio a Croe. Tal vez fuera el mayor de todo el
equipo: —¿Quieres honrarme, compañero? Tú los conoces ... y yo no
distingo a uno de otro. Cincuenta a cada uno... —miró al capataz y
avanzó con resolución—: ¿A qué pelear, señor? Es dinero dulce... de
los que llegaron entre sombras para aporrear a un vaquero de los
q g p p q
nuestros y llevarse el ganado que nos da vida... mientras exista.
¿Acepta los cien para comprar... cualquier recuerdo?
—¡No!
—Lo lamento... y dejará usted feo... a los que dice dejo yo mal
parados. ¿Cómo aceptarán los demás si usted da el mal ejemplo?
El ranchero hacía esfuerzos tremendos para no reventar de risa. Él
no se había engañado en modo alguno. Aquel muchacho vestido de
negro que lucía lindos ojos verdes, estaba haciendo acto de
contrición, inclinándose ante todos, cuando en su fuero íntimo debía
sentirse superior.
Croe habló a espaldas del viajero herido:
—¿A qué tantos remilgos, jefe? Todos nos sentiremos felices con
ese aguinaldo que llega a medio año... Cincuenta dólares representa
un mes de trabajo y...
—¡Está bien, Croe! Aceptaré mi ración, masticaré callado... para
que este joven se haga el gusto. Vengan los cien. ¡Gracias, Grey!
—Soy yo el agradecido, capataz. Toma, Croe. Haz el reparto. Del
saldo distribuyes al cocinero y los muchachos.
Se agolparon los que allí estaban, con las manos tendidas. Los
billetes eran grandes. De cincuenta y cien. Muchas parejas se
conformaron “a repartir en el pueblo”.
Después el patrón llamó al vaquero que salvara su rebaño.
—No voy a ofrecerte premio, ya que estás despreciando el dinero
por millares. ¡Nadie pudo saber que lo recogías en la pradera!
—Lo sabría yo, señor ranchero.
—¡Claro, claro! ¿No quieres aceptar las armas cortas... que
necesitas?
—No, señor. Usaré las mías... cuando las encuentre. ¿Quiere usted
concederme unas horas de licencia?
—Tienes permiso, Grey. ¿De qué se trata?
—Me gustaría seguir a esos caballos, señor.
—¡Buena idea! Podemos hacerlo con un pelotón y acabar con los
cuatreros de la zona. Cuando los vi llegar, busqué una cara
conocida...
—¿Tiene usted
amistades entre los
cuatreros, señor?
Lo dijo en broma, pero
con serio talante.
—Hay un tipo que
fastidia a todo el mundo
en la comarca, muchacho.
Se llama Jack Gris. ¿Lo
has visto alguna vez?
—Una sola... y fue Tom
quien me dijo su nombre. ¿Cómo sabe que integra el equipo?
—No hay otros sospechosos en los pueblos de la línea férrea. Y
dicen que Jack Gris los maneja a todos, los hace andar “de cabeza” y
gobierna con mano firme. Incluso que mata a los remisos y díscolos.
—¿Cree usted tales cosas, señor?
—¿Por qué no?
—¿Entonces... por qué no lo cuelga usted?
—¡Redemonios! ¿Se puede hacer eso con tanta facilidad?
—¿Nunca lo hizo?
Aquel tono tranquilo, aquella voz suave tenían la propiedad de
molestar a los hombres mayores. —Una sola vez... y me arrepentí
para siempre. No he podido dormir, porque, dijeron más tarde, que
el hombre era inocente.
—¿Cuándo ocurrió tal cosa, ranchero?
Ahora el tono se hizo incisivo y la figura del joven pareció
convertirse en ave de presa, pronta al ataque.
—Hace tiempo, Grey... ¡mucho tiempo! Tú tendrías ... unos catorce
años...
—¿Por qué no doce, señor?
—Lo creo difícil... y nos desviamos del tema. ¿Vamos tras los
caballos?
—En grupo, jamás los veríamos, señor. Yo iré solo... como una
avanzada... y si los encuentro, diré que hallé eso que está en el patio
y que voy empujándolo hacia el pueblo... ¡cualquier pueblo!
—¡Humm! Puede que te fusilen.
¡ q
Se encogió de hombros.
—Sólo se muere una vez, señor. Y eso cuando Dios así lo dispone.
¿Puedo partir?
—No has dormido anoche.
—Tiene poca importancia...
—Me dijeron que has traído nuevos pavos.
—Unos pocos, por si no alcanzaban para todo el equipo, patrón.
Gracias por el permiso... ¡Alistaré al gris!
Lo hizo a toda velocidad. Tom lo esperaba en la puerta del corral:
—¿Me llevas, Rey?
—Ya dijo tu padre que puede haber peligro...
—Seremos dos... y podrás usar mis armas cortas ...
—Todo no se consigue gatillando, Tom. Eres el heredero del
“Texas”, y posible sostén de la familia si algo le ocurriera a tu padre.
—¿Está en peligro?
—Puede aquel letrero mandando o dejando saludos del muerto
debe tener su explicación. El ranchero ha confesado haber colgado a
un inocente. Suponte que... Gris sea descendiente de aquel hombre y
ambicione las vacas como recompensa.
—Un texano derramaría sangre... pero no procedería de esa otra
manera.
—Entonces no está seguro... ¡todavía!
Tom se estremeció. Su padre era fuerte, saludable. ¿Podía
imaginarlo inerte... con manchas de sangre en el pecho o la espalda?
¡No!
Siguió a Rey Grey, que fue en busca de los caballos con la carga
macabra. Pidió permiso a su padre para acompañarle. Y el ranchero
expuso: —Rey Grey ha explicado bien su punto de vista, hijo mío.
Dirá que halló los cuerpos, que los lleva al pueblo... Realmente, creo
que procede con inteligencia.
—Pero entre muchos podríamos copar a los cuatreros...
—Si fuéramos muchos... ellos se ocultarían. Los cuatreros y gente
de mal vivir tienen siempre esa ventaja. Conocer el terreno palmo a
palmo. De día y de noche. ¡Déjalo ir!
Mary corrió a su alcoba y por la ventana vio a Grey que se alejaba
llevando a las bestias a remolque. Las dejaría en libertad en el lugar
q j g
de los hechos.
Mientras los brutos pudieron oler, en el suelo, a sus patrones, no
pensaron alejarse del sitio. Ahora era diferente. Volverían a la
querencia o por lo menos a un sitio conocido.
Cabalgó durante unas horas, se adentró en los carros... y se dijo si
en esa dirección habría pueblos. Miró atrás muchas veces y en cierto
momento trepó a un “cedro azul”, para ver más lejos. ¡Nadie le
seguía!
Ahora tenía una idea definida.
Quería hablar con el jefe de los cuatreros.
Se oyó el “clip-clop” de los cascos herrados en la dura piedra.
Atravesaron una corta garganta y desde cierta distancia llegó la voz:
—¡Alto la música, vaquero! ¿A dónde vas tan apurado?
—Quiero hablar con tu jefe.
—¿Me conoces?
—A ti no. Pero a él... bastante.
—Sigue adelante... dobla a la derecha... y no cometas tonterías
porque seguiré vigilándote.
—Iré.
Cuando llegó a un sitio más abierto, los caballos desaparecían en
una oquedad, sobre la derecha.
Rey Grey encontró varios hombres en torno al fuego. Comían,
usando el cuchillo y los dedos por todo implemento, la carne del
venado que se doraba sobre las llamas y brasas.
Todos quedaron expectantes.
Con la mano derecha en el revólver. Una voz conocida los aquietó:
—¡Cuidado!
Y de una cabaña vecina surgió aquel ojiverde que hiciera ganar los
cien dólares a Rey en el comercio “Toro Blanco”.
Rey lo esperaba al pie del estribo.
—Vine a traerte el saldo de tu último ataque, Jack.
—Bien, hermano. El riflero de arriba tenía orden de fusilar a los
que llegaran en grupo. ¿Quieres comer?
—Gracias. Ya lo hice —mintió con toda frescura—. Desde hace
unos días trabajo en el “Texas”. ¿Quieres apuntar a otro lado?
—No puedo. Es nuestro mejor candidato... ¿Trabajas para King
Biok?
—Sí.
—¿Por cincuenta dólares, casa y comida?
—Exacto!
—¡Demonios! Mucho has cambiado, hermano... ¿Cómo te llamas
allí?
—Rey Grey.
—¡Claro! Llevaste al inglés nuestro apellido. Yo te conocí hace
muchos años como Rey Gris.
—¿Qué más da? Dejas de molestar al ranchero...
—¿Vas a casarte con su hija?
—No puedo predecir el futuro, más que en lo inmediato. Los
hombres que vayan allí a comer la carne ajena, dejarán el pellejo.
¿Cuántos mandaste anoche?
—Siete.
—Ahí tienes cuatro.
Jack Gris los revisó uno a uno, después que sus hombres los
libraran de las cuerdas.
—¡Cuchillada! ¿Tu mano, hermanito?
—Mi mano. Yo era el guardia de aquel rebaño.
—¿Y lo dices? —gritó Hunter dando un paso al frente—. ¡Vamos a
darle su merecido, jefe!
Jack lo miró sonriente.
—Si le pongo un “Colt” en la mano... te matará, Hunter. Con la
misma facilidad que te venció, en el “Toro Blanco”. Rey es mi
hermano menor. Se apartó de mí hace tiempo, para buscar por su
cuenta... ¿No comprendes, Rey, que King Biok es quien colgó a
nuestro padre hace doce años?
—No lo creo.
—¿Por qué?
—Porque le oí hablar del asunto. Su “negocio” tiene fecha
posterior. No fueron sus hombres quienes mataron a nuestro padre.
—¿Y eres su empleado? ¿Por qué dejaste de buscar... cómo nos
prometimos hace años?
—Llegué herido al rancho, una noche de tormenta, Jack. Me
cuidaron y atendieron como si fuera de su sangre.
—¿Agradecimiento?
—¿Sabes qué cosa es eso, Jack?
—Creo que sí. ¿Encontraste el letrero que dejaron mis hombres?
—Lo encontré... y empecé a oler... Llevé al ranchero el asunto y me
confesó, lo dijo en público, que no podía olvidar la falta cometida.
¿Quién no las comete, Jack?
—No se trata de eso. Merece castigo y lo tendrá.
—¿Sin estar seguro?
—¡Ja, ja, ja, ja! Si estuviera seguro, ya lo habría colgado con estas
manos, hermanito —se aproximó a Rey para ponerle las garras en
los hombros y preguntarle—: ¿No recuerdas a nuestro buen padre?
¿Aquellas lindas carabinas que nos regaló cuando tú cumplías once
y yo dieciocho? Eran de distinto calibre... Un seis para ti, un cuarenta
y cuatro para mí. Salimos a cazar...
—Yo abatí siete palomas con otros tantos plomos chicos...
—Y yo cacé mi primer venado a doscientos metros... ¡Lo colgaron
los asesinos!
—No estamos seguros...
—¡Él fue! Ahora estás dentro de la fortaleza... Puedes traerlo aquí,
o cerca de aquí con el cuento de la persecución... le quemamos los
pies y hacemos confesar. Si es culpable como yo supongo...
—¿Y si fuera inocente? ¿Se marcharía con los pies quemados?
—¡No aguantará gran cosa, muchacho! Todos los ricos son
blandos... y King Biok tiene quince mil vacas...
—Catorce mil cuatrocientas, Jack. Y ahora me marcho... dejándote
una advertencia. ¡No vuelvas a las andadas! Allá todos están listos...
y tal vez te mate en la noche un plomo anónimo.
—¡Dios no lo quiera!
—¿Invocas a Dios, Jack Gris? Creo que lo has olvidado hace
tiempo. Tú no eres un vengador... ni te has endurecido, sino
corrompido y ahora te place la vida fácil. Cinco mil dólares
conseguidos con un arreo de ganado ajeno. ¿Cuál fue tu parte, Jack,
hermano mío?
—Dos mil... apenas.
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—Tendré que trabajar cuarenta meses para reunirlos.
—Te ofrezco un lugar en mi banda. Como socio, hermano. Y poco
a poco le quitaremos el ganado... Compraré un poco de tierras,
seremos rancheros ricos, poderosos...
—¿Para que luego te roben hombres como ésos? —los señaló con
el mentón, y Hunter volvió a replicar:
—¿Por qué no me acuerdas el desquite, jefe? Cuchillo en mano...
Revólver en la funda...
—¡Calla, mentecato! Rey hará fuego dos veces antes que saques el
“Colt” de la pistolera.
—Si es tan bravo, ¿por qué no lleva sus armas? Lo vimos
comprando botones en una tienda de trapos...
Jack no se fijó en los detalles.
—¿Quién te hirió y quitó las armas cortas, Rey?
—Una pandilla... la encontraré a su tiempo. Me dejaron por
muerto... y de no haber encontrado la luz del “Texas” en mi camino,
me hubiera ahogado en las charcas de la lluvia. Me marcho, Jack...
Recuerda que soy del otro bando.
—Yo recordaré, más bien, que somos hermanos.
—Gracias.
Y montó en el gris, en tanto otro del grupo gruñía:
—Tendremos que cambiar de apostadero, Jack. Si el vaquero nos
vende al ranchero,
—¡Calla, Murdock! Tú salvaste la vida anoche. Ahora come...
digiere mientras puedes hacerlo. Rey Grey es de confianza. Nos
atacará, implacablemente, si nos sorprende en sus tierras... ¡Hasta la
vista, hermano!
—¡Ojalá cambies de vida, Jack! “Nunca es tarde...”
—“Si la dicha llega”. Tengo treinta años. Veremos... —y cuando lo
vio alejarse, agregó en voz alta—: ¡Trata de obtener la confirmación,
Rey!
—Lo haré.
Salió por aquella apretada garganta y el riflero le gritó:
—¿Arreglaste?
—¡Arreglé!
—Puedes seguir viaje...
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A espaldas del vaquero, los hombres revisaron los bolsillos de sus
compañeros muertos.
—¡Ni un cobre, jefe!
—¿Y qué esperaban ustedes, pipiolos?
—¡Es un ladrón!
—No habléis de tal manera... Recordad que solito, con cuatro
cuchillitos eliminó a estos que se creían leones... y os hizo fugar del
campo, sin vacas.
—La muerte estaba en el aire, patrón.
—¡Claro! Os comprendo y disculpo. Disculpad al otro si hizo su
cosecha... aunque no lo creo. Rey tiene principios rígidos.
—¿Por qué no los tienes tú?
—Nuestra madre lo destinaba al sacerdocio. Pero el muchacho es
mano ligera...
—Le robaron e hirieron...
—Cosa que puede ocurriría a cualquiera. ¡Y basta ya de charla
idiota!
Rey Grey cabalgaba por la pradera. Estaba junto a unos árboles
cuando vio surgir al jinete sobre su izquierda. Y alzó las cejas
exclamando; —Persiguiendo al puma encontró al zorro. Yo conozco
a ese tipejo... que trabaja en el rancho de los Biok.
Lo dejó alejar siguiéndolo con los ojos. Y no le extrañó que
desapareciera en aquella garganta, al final de la cual encontrara a su
hermano Jack Gris.
Sus pensamientos volvieron a la infancia. Aquel hermano había
representado al ideal. Por mejor, por más fuerte y ágil. Cuando
colgaron a su padre por equivocación, Jack se lanzó al camino en
busca de los culpables. Nadie conocía detalles. Sólo el cadáver con
un letrero en el pecho y la infamante leyenda: “Por cuatrero”.
Ahora, después de mucho deambular lo encontraba de nuevo. Se
trataron esporádicamente. Cada cual buscaba por su lado. Cuando
se vieron en el “Toro Blanco”, Rey sabía que su hermano se dedicaba
al cuatrerismo, tal vez en desquite del padre muerto por ese
pecado... sin haberlo comido o bebido. Representaron la comedia.
Jack quiso hacerle ganar cien... en son de broma. Y Rey los aceptó
para empezar sus tareas sin deudas, burlando de paso al cuchillero
del equipo de su pariente.
Puso en orden sus pensamientos. ¿Qué diría al ranchero? Desde
luego... cualquier cosa, pero no la verdad total. ¡Sería monstruoso!
Presentarse en la galería y ante las mujeres, decirle: —Encontré el
campamento de los cuatreros, ranchero. El jefe resultó ser mi
hermano Jack.
Sonrió con fiereza.
—Inventaré una historia. Ojalá mi hermano mayor levante el
campo. Lo hará sabiendo que tengo que decir alguna cosa allá... No
pude dejar los muertos en cualquier lugar. ¡Eso no era lo pactado!

Capítulo VI
EL ZORRO SIEMPRE SERA ZORRO
Llegó a media tarde. Y empezó a sentir el cansancio de la mala
noche y los galopes posteriores. Buscó al patrón y acompañado por
Tom fue a la oficina.
—Vienes cansado, Rey. Siéntate y cuenta despacio. Veo que una
pena te atosiga. ¿No podemos ayudarte aquí?
—Gracias, señor. Como el perro, lameré mis propias heridas... a
menos que haya tormenta y encuentre un puerto de paz en el
camino, como me ocurrió aquella noche de aguas grandes.
—¿Te has desahogado con esa parrafada?
—Tal vez.
—¿Cuál es la sensación dominante en el momento?
—¡Hambre!
El ranchero soltó la risa. Fue hasta el vaquero, lo tomó de un brazo
y le dijo con voz confidencial:
—En la cocina te espera una grata sorpresa. —Llegaron y
“Bigotes” abrió el horno de la cocina de hierro, sacando una fuente
con un cuarto de pavo asado y una docena de patatas doradas…
todo caliente. Agregó en la mesa un tazón de café azucarado.
—Esperamos la historia... ¿O quieres comer antes?
—Dejad que mastique el primero y el segundo bocado. Si logro
que la voluntad derrote a la gula, entonces...
Y entre varios lo contemplaron. Tom, “Bigotes” y el ranchero. A
último momento se agregó Groe, que entrón diciendo; —Estoy sin
guardia, jefe. ¿Puedo escuchar?
—Puedes, zurdo. Seguro que es interesante.
Rey Grey acomodaba la historia en su cabeza. Qué cosas debía
contar y cuáles callar. Empezó por el final:
—Salvé el cuero, amigos, porque los otros creyeron que era
inocente de todo pecado... Los caballos vacilaron al principio.
Después tomaron franca dirección a los cerros...
—¡Malditos cuatreros! —barbotó el amo—. Siempre tienen
madrigueras en las montañas. ¿Por qué?
—Tú lo sabes, padre —respondió su hijo—. Allí hay cientos de
vericuetos y escondrijos, cavernas, valles chicos y grandes... y la
posibilidad de hallar alimentos en caso de sitio. ¿Por qué no dejamos
contar la historia al protagonista?
—Es verdad. ¡Adelante, Rey Grey!
—Gracias, señor. Llegamos a las montañas, atravesamos una
garganta y de pronto me detuvo un riflero estratégicamente
apostado en lo alto. Me dio paso franco... Yo sabía que, aun fugando
el individuo me cazaría con el rifle.
—¡Verdad! —afirmó Croe—. Siempre ponen de guardia al mejor
tirador. Y un tipo apostado arriba, puede cazar un venado saltando a
quinientos metros, si le dejas disparar tres veces. ¡Perdona, Grey!
—Bueno; llegué al refugio. No menos de quince hombres estaban
comiendo ese venado del que habló Croe. Me miraron extrañados...
yo dije que había hallado los corceles y la carga a poco trecho... y que
los seguí por curiosidad... Me contestaron que ellos se harían cargo;
luego, muchas preguntas... y al final el permiso de alejarme, sobre
todo habiendo dicho que iba hacia el norte para no volver.
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—¿Quién era el jefe, Grey? —quiso saber el patrón.
—Apareció como tal un individuo moreno, delgado, al que
llamaron Murdock.
—¡Lo conozco! —expresó Croe—. Es lugarteniente de Jack Gris.
—No he visto al otro... y deseaba tenerlo delante para confirmar el
comentario de Tom, patrón. Saber si en realidad el jefe de los
cuatreros es el tipo que se pasea, feliz y contento, por el pueblo.
—¡El mismo, Grey! —afirmó Tom—. Todos lo conocemos. Tiene tu
parar, aunque es un poco más robusto. Ojos verdes, como los tuyos,
y usa armas gemelas de cachas negras.
—¡Lástima no haberle echado la vista encima! Le hubiera
preguntado el porqué de aquel desafío...
—El debió de conocerte de antes y saber de tu habilidad con los
cuchillitos... ¿Qué te parece que hagamos, Rey?
Se encogió de hombros el joven. No podía hacer nada disparatado.
Ni aconsejar violencia inmediata, ni dejar de lado el asunto.
—Si vamos allá... no estarán, patrón. Y si están, el riflero nos hará
la vida imposible... antes de llegar al refugio.
—¿Entonces?
Grey miró por la ventana que daba al corral y vio a Palance que
demostraba y hacía entrar al caballo.
—Dejemos las cosas como están, patrón. Tienen mucha gente.
Pueden molestar, incluso matar a los vaqueros antes de llevarse las
vacas... Pero, también es de esperar que se llamen a sosiego.
—Perdieron cuatro hombres —afirmó Tom.
—¡Cuatro ratas de la pradera! —agregó Croe con firmeza. Y
cambió el tono de voz, para decir a Grey—: Hice circular el dinero,
amigo. Cada uno de los muchachos te lo agradecerá en persona.
—No he dudado de ti, Croe. ¡Está bien... cómo está! Y ahora, si el
patrón lo permite, quiero descansar... hasta el alba, en que estaré a
las órdenes del capataz. ¡Buenas tardes, señores!
—Que descanses bien, muchacho —contestó el amo. Y luego,
cuando hubo salido—: Creo la tormenta nos hizo un regalo en
aquella noche hijo mío.
—En eso estaba pensando, papá. Con cuatro cuchillos eliminó a
cuatro ladrones... y lo curioso es que los primeros dos se los puso en
y q p p
las manos el mismo Jack Gris.
Croe fue detrás de Rey. Sentóse frente a él cuando se quitaba las
botas.
—¿Cuál es la verdad, Grey?
—Ya la escuchaste.
—Esa está buena para el amo y su gente. Puedes confiar en mí,
amigo. Y cuando las papas quemen te cuidaré la espalda...
Grey le clavó los ojos verdes.
—¿Qué intuyes, Croe?
—Otras cosas. Tengo treinta y ocho años bien vividos y golpeados.
saliste tras los caballos sabiendo que tu vida no corría peligro. No se
puede afrontar a las fieras en su cubil sin armas al costado.
—Tenía los cuchillitos...
—De noche, o emboscado, están bien. De día...
—Bien, Creo. Algo oculté. Los otros volverán al ataque. Y tenemos
un traidor en el equipo. ¡Uno, cuando menos!
Croe sonrió y armó un cigarrillo con manos ágiles que observó el
más joven en tanto se quitaba el cinturón y aflojaba los pantalones
negros.
—¿Puedo tirar una piedra, Grey?
—Puedes... hasta dos veces.
—¡Palance!
—No has necesitado más que una, amigo. A Palance lo vi ir al
refugio de los cuatreros... ¡Llevaba apuro! Tal vez quiso encontrarme
allí.
—Ha regresado. ¿Por qué? ¿No debe suponer que... que vas a
quitarle la máscara?
—No lo haré.
—¿Lo cazamos con las manos en el pecado?
—Eso debemos hacer.
—Entonces trata que el capataz te destine a uno de los rebaños
peligrosos, de esos que están junto al ferrocarril... o el río Bravo.
—Bien, Croe... Veremos qué cosas ocurren mañana en la noche...
Ahora quisiera dormir...
—¿No te levantarás para la cena?
—No lo creo...
Y se durmió allí, delante del zurdo Croe, que salió de puntillas.
Rey Grey despertó cuando los vaqueros fueron a dormir. Giró el
cuerpo hacia el otro lado y continuó hasta el alba. Se lavó con los
demás... y desayunó con ellos.
El capataz le preguntó de improviso:
—Como eres un caso especial, me gustaría digas dónde quieres
hacer tu guardia de este día y la noche siguiente.
—Junto al ferrocarril... en el mismo rebaño de la vez pasada.
—Concedido. Junta tus cosas... ¿O piensas vivir comiendo pavitos?
—Fatiga siempre la misma comida, capataz, Pero si usted necesita
ocho, diez o veinte volátiles, se los puedo conseguir en un rato y...
—¡Alto ahí! —cortó el ranchero entrando en el largo comedor-
cocina—. Todos dicen que los pavos no vienen a mis pastos, sino que
permanecen en los pajonales. ¿Cuál es el secreto, Rey Grey?
—Un pito-reclamo... que hace venir a los machos solamente.
—¡Al diablo, con la idea! A nadie se le ocurrió antes...
Pero se abstuvo de pedir otra carga de pavitos. Y el joven partió
sin ver a ninguna de las mujeres de la casa, rumbo a su destino.
Llegó, charló con el otro vaquero... y diez minutos más tarde
estaba arrojando los cuchillitos contra el tronco suave y liso de un
sauce llorón. Desde luego que no le preocupaba acertar en el árbol,
sino en dibujos que trazaba previamente.
Infatigablemente los lanzaba desde el hombro, la cadera y aún de
la rodilla. Después de espaldas al blanco... y al fin estando de pecho
en tierra.
Cazó y comió otro pavito, pese a sus comentarios, guardando un
trozo para la noche. El rifle fue tratado como si fuera la mujer
amada. Y trazó un plan de contraataque.
—Mi hermano vendrá... se llevará el ganado y me cazarán a lazo
para ponerme al otro lado de la, frontera. ¡Mil rayos! No se puede
atentar contra la propia sangre... ¡Caín me repele como un vomitivo!
Pero imagino más cosas aún. ¿Qué haría Jack? Conocía su
inventiva, sus argucias, pero habría aprendido muchas y buenas en
aquellos últimos años., A media tarde llegó el capataz.
—¿Novedades, Grey?
—Ninguna.
g
—Si aparecieran los cuatreros...
—¿Por qué habrían de insistir, señor? Ya les fue mal, además, hay
otros rebaños donde espigar.
—¿Prometes usar el rifle?
—Prometido, jefe.
—Y todo estamos conformes. Piensa en los demás vaqueros.
Recibieron un regalo por el trabajo que tú hiciste a solas. ¡No seas
egoísta!
—Trataré de complacerle, jefe.
—¿Por qué me has quitado el trato familiar?
—Ni me di cuenta. Seguiré de la misma manera. ¡No somos
amigos!
—¡Un demonio! ¿Te crees el mejor del oeste?
—Sí.
—¡Vaya con el joven! —desmontó el capataz—. ¿Qué sabes hacer
con el revólver... que yo no pueda imitar?
—Todo.
—¿Una demostración privada?
—¿Para qué, señor? Usted no se convencerá nunca y al final tendré
que matarle... ¡Me revientan los antojados!
Tex Boy lanzó una maldición, montó y partió al galope furioso. En
el aire quedó una palabra:
—¡Farolero!
—Mejor que lo crea... y que me deje de fastidiar. ¿Cómo haré
entender a esta gente que sólo deseo descansar, juntar algún dinero
y marcharme sin enamorar a la hija del patrón?
Cayó la tarde, los pájaros se refugiaron en los árboles, y un
aguilucho fue a posarse en la punta, del cedro más alto del lugar.
Algunas charcas de agua se convirtieron en fuentes de plata bruñida.
El aire cambió de temperatura. Y apareció otro jinete al galope, del
lado del rancho. Rey Grey lo conoció al desmontar.
—¿Qué buscas, Palance?
—Me manda el capataz. Dice que haremos guardia conjunta, y que
teme un nuevo ataque de los cuatreros y que... ¡Quietas las manos,
idiota!
Tenía el “Colt” en la derecha y los ojos brillantes.
y j
—¿Qué diablo te has propuesto, Palance? ¿No somos del mismo
equipo?
—Aparentemente. Y no te hagas el tonto. Me viste camino al
refugio de tu hermano Jack Gris. Allá me contaron la historia
completa. —Los muchachos llegarán en seguida. He visto la señal de
humo...
La vigilaba de cerca. Y para mayor seguridad se aproximó al
caballo gris, sacando el “Winchester” de la funda larga. Guardó el
“Colt”.
—Los traidores siempre tienen castigo al final, Palance. Y ahora
mismo tienes a tu penitencia atrás...
Señaló con la mano izquierda, en tanto la derecha entraba en el
hueco de la camisa. Así quedó. Palance alzó el rifle.
—No quiero que te encuentren herido. Grey. ¡Deja en paz los
cuchillitos con que mataste a cuatro de los nuestros!...
—¡Los nuestros! Cochino...
—Como vaquero se gana poco, Grey —escuchó sin apartar los ojos
del cautivo y agregó—: ¡Vienen!
Rey miró en tono, desesperado. ¿Iban a quitarle el rebaño de tan
sencilla manera? ¿Le creería más tarde el ranchero?
Aparecieron al trote largo. Nueve en total. Jack al frente y riendo a
más no poder.
—¿Ha resistido, Palance?
—No, jefe. Pero tiene los cuchillos dentro de la camisa.
—Juntad el rebaño... Obtendremos diez horas de ventaja, y, a decir
verdad, no necesitamos tantas. ¡Dame las hojas de acero, Rey!
Las sacó una a una.
—Aquí las tienes, cuatrero. Te perseguirán hasta México capital en
esta oportunidad...
—Lo creo. Y tú vendrás conmigo para comprobarlo.
—¿Yooo? ¡Nada tengo que hacer con tu banda de lobos menores!
—No los insultes, que todos se tienen en mucho.
—¡Bah! Morralla de la pradera...
—Monta en el gris. Rey.
—¿A qué molestarte en cuidar tu cuello, Jack? Te llevas el rebaño
que me confiaron; quedaré feo...
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—Quiero comprometerte para que sigas viviendo con nosotros...
—¡Puajj!
—Llevamos una vida fácil.
—¿Y tu camino de la venganza, en qué quedó, Jack?
—Estoy en él. Mi hombre es King Biok. Pero, liquidarlo lisa y
llanamente sería estúpido. Prefiero empobrecerlo... ¿Qué tal la
muchacha?
—No sé de quién hablas...
—Lo sabes muy bien. Me refiero a la morena Mary. En un tiempo
estuve tentado de casarme con ella y después... ¡Oscurece pronto,
Rey! ¡Vamos! ¿O prefieres que te remolque en el lazo?
—¡Hombre! De esa manera demostrarías tu cariño fraternal... pero
no hará falta llegar a esos extremos. Iré con ustedes. ¿Cuál es tu
destino, jefe de los cuatreros?
—México, haciendo un rodeo de dos horas y media, Venderé a
ocho, pero será sencilla operación. ¿Qué dijo el ranchero del robo
anterior?
—Que solamente los desocupados y ladrones podían vender a tal
precio lo que vale normal y corriente diecinueve dólares.
—¡Ranchero burgués!
Arrearon el rebaño poco a poco, al paso, como en la vez anterior. Y
se dirigieron al oriente, para luego tomar franco rumbo sud.
Jack estuvo siempre cerca de su hermano menor. Casi no intervino
en la operación. Pero gozó recordándole que tal vez el ranchero lo
imaginaria compinche de los ladrones.
—¡No ocurrirá tal cosa, Jack! Biok sabe distinguir a los hombres.
Le basta una mirada para catalogarlos.
—Pero no cuentas con tus huellas. Las vas dejando al lado de las
nuestras... Tu caballo es de lejos... ¡Seguro que tiene un tipo de
herradura diferente!
—Eso es verdad... ¿Quieres que yo pase por ladrón? ¿Y Palance?
—Palance ha regresado al rancho. Seguirá siendo allá el zorro... y
ya sabes qué de mañas está lleno ese animalito del hocico
puntiagudo y plumosa cola.
—El juego parece perfecto.
—Es perfecto, hermanito.
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—¡Humm!
—¿No se te ocurre otra cosa?
—Por el momento, no. Desde luego soy tu prisionero...
—Dame palabra de permanecer en mi campo y no te hago vigilar.
—Prefiero lo contrario, Jack. Las circunstancias de la vida nos han
colocado en bandos antagónicos. Sigamos así...
—¡Lástima grande!
Y continuaron circulando hasta la frontera. La atravesaron al
clarear el día por un paso conocido. Un piquete de soldados pidió
papeles. Jack trató con el oficial y se le oyó decir en voz alta: —Es
carne para los buenos mexicanos, amigo.
¡Claro es que los gringos no están conformes con nuestra manera
de hacer negocios!...
Terminaron riendo.
Y a poco trecho, en un poblado de tantos, se realizó la operación
entre un coronel y el hermano de Rey. Cobraron ocho por cabeza y
todavía fue menester regalar cien dólares al oficial... y diez a cada
soldado. Jack dijo que eso saldría de su parte.
Regresaron a Texas por otro lugar bastante más lejos. Y allí
aguardaron...
Pasó el día. Y el siguiente. Pese a su aparente indiferencia, el
hermano del jefe se roía las uñas. ¿Qué estaría ocurriendo en el
rancho “Texas”? ¿Cuál sería la reacción de la encantadora Mary a la
que él seguiría llamando señorita?
Al llegar la noche apareció uno de los soldados mexicanos. Y
rindió su informe:
—Llegaron los gringos, señor; rezongaron. Les dijimos que
ustedes siguieron rumbo a Torreón. El coronel prometió no comprar
más ganado sin el correspondiente recibo.
—¡Eso está bien!
—Yo diría que está mal, señor. Mi coronel te manda decir que en el
próximo negocio sigas de largo... hasta que te atajen. Nosotros nos
encargaremos de ello...
—¡Estos mexicanos picaros! ¡Viva México!
Jack no tiró el sombrero al aire en su comedia, porque sintió
clavadas en él las pupilas de su hermano Rey.
Cuando se marchó el emisario, el grupo del cuatrero se puso una
vez en marcha, siempre hacia el norte. Y en dos jornadas estuvo en
las montañas conocidas.
—¿Vamos al refugio de la quebrada, jefe? —preguntó Murdock.
—No. Tal vez Rey dio las señas del lugar al ranchero y al rato no
más tendríamos complicaciones. Iremos a la cascada. Nos
quedaremos quietos unos días; después trasladaremos ganado con
buenos papeles hasta Caballo Salvaje o Llanura del Aguila. Me gusta
vivir en libertad, amigos.
Killer, el hombrecito de las dos grandes pistolas, soltó la risa:
—Es que te atraen las mujeres, jefe. Y en los pueblos siempre hay
alguna de buen ver...
—Y mesas de póquer con juego grande...
A primeras horas de la
mañana estuvieron en el
campamento que Jack llamó
de la cascada. En aquel
incesante deambular, en
medio de la existencia
tormentosa, no podían
alejarse del agua, vital para
humanos y animales. El
lugar era abrupto, pero no
desprovisto de belleza. Una caída de agua de treinta metros... que a
veces agitaba el viento como tenue cortina de gasa. Pedrones, un
arroyuelo de riberas arenosas, árboles secos que proveerían de leña...
y un saledizo en la pared más cercana, bajo el cual, tenderían las
mantas en la, noche o se refugiarían allí de la posible lluvia.
—¿Pasto para los caballos? —preguntó el cautivo.
—A poco trecho, muchacho. Claro que hay que cortarlo
diariamente. Tenemos dos hoces y la tarea se realiza por turno.
Uno de los forajidos preguntó a Rey:
—¿Sabes cocinar?
—Sí.
—Entonces diremos que es tu turno.
—Gracias. ¿Qué platos prefieres para este mediodía?
Había ironía en las palabras, pero el otro no pudo notarla y se
restregó las manos con fruición:
—Un pernil de venado... una tortilla de puntas de espárragos... y
una sopa con aceite. ¿Qué sabor tenían las sopas, señores?
—Ajo tostado hasta el año... después sémola hasta los ocho... —
contestó el segundo gracioso del equipo. Y el asunto terminó en
ruidosas carcajadas.
Rey Grey observó el panorama. Sería difícil huir sin que lo cazaran
con el rifle. Pero... lo intentaría apenas se pudiera.

Capítulo VII
NO PUEDO NI DEBO CREERLO
¿Qué había ocurrido en el “Texas” durante todo ese tiempo?
El lector tendrá curiosidad por saberlo y conocer los detalles de los
acontecimientos.
La noticia la trajo el vaquero Timoty que fue a relevar a Rey Grey
en aquel rebaño número once. El joven, primero siguió la rastrillada,
comprobando que cruzaba las vías del ferrocarril.
Llegó sofocando al caballo. Mary lo vio desde su dormitorio y dijo
a su madre:
—¡Ahí llega una mala noticia, mamá! Voy a enterarme... —y
regresó dos minutos más tarde—: ¡Robaron otro rebaño, madre! El
que custodiaba Rey Grey...
Fueron juntas. Y escucharon los detalles. Timoty fue explícito y
contundente:
—Llegaron nueve jinetes, patrón. Y empujando al rebaño partieron
diez. ¿Qué te indica tal cosa?
—Algo todavía nebuloso. ¿Qué supones?
—Que el nuevo vaquero... era “gancho” de los otros y...
—¡Alto ahí! Razona para no perderte, muchacho. Rey mató a
cuatro de los cuatreros en la anterior ocasión. Todavía los gusanos
no empezaron su obra destructora.
Contestó el capataz que se hallaba de pie en la galería, con los
pulgares enganchados en el cinturón.
—A lo mejor los otros no eran de su grupo, jefe. ¡Todo puede
ocurrir con los desconocidos!
—Me resisto a creer en una traición de Rey Grey. Mira de frente...
y además no tenía por qué hacerlo. Llegó herido, lo curamos —
observó en torno y vio a su esposa—: ¿Qué te parece, Tere?
—Que el humano es barro, querido mío.
—¿Y tú, Mary?
—No puedo ni debo creerlo... hasta que se presenten pruebas
mejores que las traídos por Timoty.
—Fue con ellos, Mary —se defendió el vaquero.
—Lo llevaron cautivo.
—Eso es probable —afirmó el ranchero—. ¡Capataz!
—Aquí estoy, amo.
—Vuelve a salir tras ellos... y si han vendido en pueblos mexicanos
donde existe guarnición militar, presenta el reclamo en forma. Dile a
los de uniforme que, en la próxima ocasión, la tercera, me quejaré al
gobernador del Estado. Y que vayan poniendo las barbas en remojo.
—¿Cuántos hombres llevo?
—Cinco.
Ya conocemos el resultado de esa gestión. Pero en cambio
ignoramos la angustia que asaltó a la bella Mary. Desolada se
refugió en su cuarto, a donde la fue a consolar su madre: —¡No
hagamos novelas, chica! Acertaste en primera. Se llevaron cautivo al
buen muchacho...
—Me causa pena, madre, que aparezca como culpable. Es bueno y
leal, aunque también misterioso. Tiene alguna pena profunda... y
anda en procura de olvido.
p
Su madre le acarició el cabello.
—¿Lo quieres, Mary?
—No lo sé. Me sorprende pensando en él... y en mis oídos resuena
aquel “señorita” repetido sin ironía alguna. Cuando le vuelva a ver,
consultaré a mi corazón... Ahora sólo deseo que esté con vida...
Mientras tanto, allá junto a la cascada los hombres de Jack Gris
dejaban transcurrir el tiempo en inacabables partidas de póquer. El
dinero, como suele ocurrir en las sesiones prolongadas, iba de una
mano a otra... y retornaba a su propietario.
Jack no intervenía. Y dejaba que se formaran dos mesas de a
cuatro jugadores. En cambio, dedicaba buen tiempo a la tarea de
catequizar a su hermano menor.
—¿Qué ganas entre esos burgueses, Rey? Vienes con nosotros.
Sabes que tengo un lindo sueño. Reconstruir nuestra casa, hacer más
grande el ranchito que fuera nuestro hace años...
—¿Con dinero logrado en el robo?
—No lo digas de esa manera, maldita sea. Nos alejamos de este
escenario llevando cincuenta o sesenta mil dólares...
—¡No sigas! Morirás con las botas puestas.
—¡Bah! No hay mano más ligera que la mía.
—Te matará un cualquiera... por la espalda como a Jesse James.
—¡No lo permita Dios!
—Vuelves a mencionar a Dios. Todo no está perdido, hermano
Jack. Reconsidera la situación. Te afanas en ver a Biok asesino...
—¿No lo es?
—Tengo que hablar claro con él, refrescar las fechas. Nuestro
padre fue muerto hace doce años.
—El diecinueve de febrero de mil ochocientos ochenta y tres.
—¡Exacto! ¿Me dejas partir?
—¿Para qué? Te colgarán allá... como hicieron con George Grey,
sin darte tiempo a defensa alguna.
—Prefiero morir colgando de la cumbrera de la maestranza, que
agonizar en la ausencia.
—¿Estás enamorando a Mary, hermano?
—Juzga tú. Le llamo “señorita” sin olvidarlo una vez.
—Pero te mandó a comprar botones.
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—Para probarme. Yo era nuevo allá. ¿Has desempeñado esa tarea
alguna vez, Jack Gris?
—¡Nunca!
—Te falta valor, entonces. Y ahora... ¡Tienes visitas, jefe!
En lo alto del cerro vecino aparecieron varios jinetes. Y Killer los
fue contando.
—¡Son nueve, patrón!
—¡No cuentes conmigo, Jack! Soy tu cautivo.
—Nosotros somos diez.
—¡Bah! Cuando clamé la voz de la sangre usarás los cuchillitos
que te devolví y llevas dentro de la camisa. ¿Quiénes son, Murdock?
Este tenía un anteojo enfocado.
—La banda del rojo Dufor, patrón. Es un fastidioso que todo lo
embarulla...
—Tendremos pleitos, amigos —comentó el jefe—. Lo mejor será
ocultar buena parte del dinero. Dejad doscientos... como para jugar
si resuelven pernoctar aquí...
—¡Ya estamos nosotros!
—Pero... bien reza la sentencia: “entre bueyes no hay cornadas”.
Y estaban todos juntos a la hoguera cuando llegaron los otros
jinetes. El rojo Dufor era alto y fuerte. Su melena rojiza le llegaba a
los hombros. Fue él quien habló, alzando la mano derecha con la
palma hacia adelante: —La paz sea contigo, Gris. ¿Podemos acampar
aquí?
—Puedes... y que la paz sea duradera.
Desmontó Dufor. Y lo hicieron sus hombres. Algunos de ellos se
conocían con los de Jack Gris. Rey Grey los miró uno a uno. Y de
pronto se fijó en las armas de un tipo alto, flaco y rubio. Llevaba las
pistolas casi en las rodillas.
—¡Mis lindos revólveres! —monologó el joven de los ojos verdes
—. ¿Son éstos... o parte de éstos, mis ladrones casi asesinos?
Se les puso delante, hasta encontrarse junto al rubio. Y sonriente le
preguntó:
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Noel.
—¡Hermosas pistolas! ¿Dónde las compraste?
¡ p ¿ p
—Las gané... jugando a los dados. ¿Te placen?
—Como que eran mías. Me las robaron hace quince días junto al
Grande.
—Nada sé de eso... ¿Qué marcas tienen?
—R. G. grabadas las letras a cuchillo en las cachas internas.
¿Quieres comprobarlo?
—¿Para qué? Están bien donde están.
—¿Qué ocurre, Rey? —inquirió Jack desde su lugar junto al fuego.
—Que encontré mis armas, Jack. Las tiene Noel... Intervino Dufor,
riendo:
—¿Dónde las encontraste, Noel? Me hablaron ustedes de haber
atracado a un tonto junto al río Grande...
—¡Calla, jefe!
—¡Ya está todo dicho! —cortó al punto el damnificado—. Tú y
otros cuatro me atacasteis pañuelo al rostro... ¡Cinco a uno! ¡Qué
porquería!...
—¡Calla, idiota! No mereces el plomo que ha de gastarse en
mandarte a la Eternidad.
—¿Te atreverías si yo tuviera un revólver al cinto?
—Me atrevo de cualquier manera.
Rey se dirigió a los dos jefes que estaban un poco aparte.
—¡Jack Gris, pido justicia en tu campamento!
—¿Quieres las armas?
—Las quiero... por las buenas o las malas. Prefiero verme muerto a
desarmado...
Gris sonrió por un costado de la boca.
—¿Qué te parece, Dufor?
—¿Qué tal es tu pollo, Jack?
—No ha de ser manco... ¿Y el otro?
—Se tiene por bueno... pero es muy molesto. Si el muchacho
puede prestarme un favor a la par de recobrar sus armas...
Avanzaron juntos.
—Habrá justicia dijo Jack en voz alta—. ¿Son tus armas Rey?
—Sí jefe.
Evitaba llamarle hermano para no crearlo conflictos.
—Entonces... te prestaré una de mis armas... y el cinturón
correspondiente. ¿Hace, Noel?
—Hace, pero que sepan todos que la culpa de su sangre no es mía.
Habrá un hombre menos en tu equipo, Gris.
—¡Qué hacerle! El muchacho reclama su propiedad. ¿Qué más te
robaron, Rey?
—Dos mil quinientos dólares.
—Eso será más difícil, muchacho, pero, con el consentimiento de
Dufor, cada cual podrá revisar el cinturón del otro. ¿Qué te parece,
Dufor?
—¡Correcto! Préstale el cinturón con las dos armas...
—¡Bastará una, Jack! —repitió Rey que no quería dejar inerme a su
hermano en medio tantos enemigos.
Ciñó el cinto, recogió el “Colt”, le revisó la carga y comprobó su
peso. Jack espiaba sus reacciones.
—¿Qué te parece, Rey?
—Los míos son mejores. Si muero, Jack, recuerda mis consejos.
¡No te expongas a morir a manos de un Palance cualquiera!
—Recordaré tus palabras. ¡Adelante!
—Que Dufor haga la señal —expresó Noel frotándose las manos y
guiñando un ojo a sus compañeros de aquel asalto junto al Grande
—. ¿Cuánto tienes en el cinturón, pollito?
—Te asombras al contar la suma que abriga mi cinturón, ¿Y tú?
—Un buen pico... ¿Cuándo será la señal, jefe?
—¡Un disparo al aire! ¡Atención! Yo estaré al costado... y fuera de
la vista de ustedes. ¿Quieres un duelo a muerte, Rey?
—Quiero... mis armas, señor.
—¡Bien! Entonces lo dejo todo librado a vuestra imaginación.
—¡Muchas palabras! —dijo Killer seriamente.
Los adversarios se colocaron a ocho metros escasos de distancia.
Dufor al costado, con el arma a la espalda, para que no se viera ni el
fuego.
—¿Listos, muchachos?
El silencio todo lo invadió. Ni siquiera una tos de esas que
retumban en el templo a la hora de los rezos.
Explotó el arma del pelirrojo. Rey enganchó, disparó dos veces y
miró al jefe del grupo visitante.
Se desentendió de su enemigo, que caminó unos pasos... y cayó de
cara junto a la hoguera.
En su camisa doble flor encarnada pregonaba el paso de los
proyectiles. Rey no pensó hacerse fuerte con el arma en el puño. Los
otros eran muchos y se reirían de él, pretendiendo fugar con tres o
cuatro plomos en el tambor del “Colt”.
—Ha triunfado el mejor—. —expresó Jack alegre—. —Y ahora
puedes recobrar tu propiedad...
Aceptó el “Colt” en devolución, pero tal vez por distracción quedó
con él en la mano.
Rey recogió el cinturón de Noel. Luego revisó los bolsillos y fue
contando hasta mil quinientos dólares.
—Todavía me falta un buen pico, Jack. Pero bien dicen que “del
ave una pluma debe conformar”.
—Has hecho una buena faena. Rey —acotó el pelirrojo—. ¿Cuánto
tenías en el cinturón... en caso de perder?
El joven sonrió apenas. Y recordó el dinero que le entregara Mary
Biok, en pago de los ocho botones colorados.
—Un dólar con sesenta centavos, Dufor.
—¡No!
—Sí, señor. Es toda mi fortuna...
La carcajada empezó en Dufor, siguió en Jack y terminó en el
último hombre de aquel campamento. Repercutió en las oquedades
vecinas y el rumor de la cascada palideció.
Jack se aproximó a su hermano.
—Tienes las armas. Rey. ¡No cometas imprudencias! Caso
contrario voy a denunciarte.
—No escaparé... todavía. Este equipo te dará trabajo.
—¿Por qué causa?
—Cualquier cuestión será buena. Juego... rivalidad... envidia...
—¡Nosotros somos los mejores... y, en caso especial, diez contra
ocho!
—¿Por qué me cuentas en tu equipo, Jack?
El otro se le acercó más, y mirándolo a los ojos, dejó caer
lentamente:
—En momentos de peligro... la sangre tira mucho, Rey. ¡No lo
olvides hasta la comprobación!
—¡Bah! Mañana, o pasado, no estaré aquí.
Jack soltó la risa. Y se juntó con Dufor, en tanto cuatro de sus
hombres cavaban, casi al pie de la cascada, una fosa para el
equivocado Noel. Buscaron aquel sitio, no por hermoso, sino por
más blando el terreno.
Rey se acercó a ellos cuando estaban poniendo piedras sobre el
hueco y preguntó:
—¿Ustedes son los que me asaltaron e hirieron junto al Grande?
—¡Nosotros! —respondió el de más edad—. Lamentamos ahora
haberte dejado un hálito de vida.
—¡Maldito! me dejaron por muerto... pero mi caballo retornó...
pude trepar... y dejar que fuera a su gusto... Cuando entreví un farol,
que me pareció estrella en la noche, me sentí salvado. ¿Mi dinero?
—No tiene marca tu dinero, muchacho. Nosotros no somos
apurados como Noel, pero podemos vengarlo en cualquier
momento.
—¿Por qué no lo intentáis ahora?
—El jefe no quiere guerra, habiendo equipo de ladrones.
Rey Grey atemperó su furia. Acababan de llamarle ladrón. ¿Qué
otra cosa podía ser estando en tal compañía? Les volvió la espalda
para dirigirse al grupo de caballos. Y encontró allí a Clamy,
vigilando...
—No trates de fugar ahora, muchacho—, —dijo el forajido—.
Podemos necesitar tus armas.
—¿Las empuñaré para defender a ustedes?
—Tal vez no. Pero lo harás para defender “tu” vida. Dufor es de
mala entraña, —pendenciero cuando está bebido, jugador que no se
resigna a perder. Sus hombres no serán mejores... y tienen la sangre
de Noel bien presente.
—¿Habrá pelea?
—Nadie puede asegurar... Quédate cerca del jefe. ¡Es tu hermano!
¡Linda cosa le recordaban! Que el jefe de los cuatreros era su
hermano. Pero, lentamente fue hasta la hoguera. Dufor charlaba con
Jack, Otros hombres de los dos equipos estaban cerca. El pelirrojo
insistía en un negocio de proporciones.
—Juntos podemos hacer un arreo de dos mil cabezas, Jack. ¿Por
qué no te resuelves? Iríamos partes iguales; la tajada del león y
después el resto para los demás.
—¿Dónde están esas dos mil?
—Y más de diez mil también... si tuviéramos gente. Me refiero al
rancho de King Biok.
—¡Hola! Ya espigué allí dos veces, Dufor. Es mi cliente obligado.
—¿Lo hacemos?
—¿A qué ligarme y comprometen si eso puedo hacerlo solo,
Dufor? No lo tomes a mal... pero un viejo resentimiento contra el
ranchero y me prometí dejarlo en la calle y en paños menores.
—¿Empobrecerlo?
—Eso quise decir... y lo dije bien claro.
—Entonces yo también espigaré en ese trigal...
—¡No lo hagas si no quieres chocar con mi equipo!
¡Ya estaba la reyerta en el aire!
Ambos se pusieron de pie a un tiempo y la gente se alertó. El
pelirrojo alzó la voz;
—¿Acaso son tuyas las vacas del “Texas”?
—Como si lo fueran. Biok colgó a mi padre hace doce años... y con
matarlo no tengo suficiente.
—¿Tu padre también era ladrón de vacas, Jack? La pregunta fue
hecha con mordacidad y Rey sintió que la sangre le coloreaba el
rostro. Dio tres pasos veloces y enfrentó al jefe del grupo enemigo:
—Habla de lo que quieras, Dufor, pero no metas a los muertos en
vuestras cosas...
—¡Hola, pollito!
—Este pollito es gallo hace mucho tiempo, señor mío.
—¿Se te subió la soberbia a la cabeza? Yo no soy Noel, muchacho.
—Pero no se atrevió con él... y me dejó la tarea de limpiarle el
camino. Vuelvo a lo de antes. Deje en paz a los muertos.
Dufor miró a Jack.
—¿Quién es este energúmeno?
—Mi hermano, Dufor.
—¡Hola! Bien, dejemos eso de lado y volvamos a lo que estábamos
tratando. Nos comemos las vacas del “Texas” en compañía... o cada
cual espiga por su cuenta.
Jack echó una ojeada en torno. Todos estaban listos para la acción.
Hizo un gesto circular con el brazo izquierdo y comentó: —Los lobos
tienen dientes agudos, Dufor. Discutir eso me parece una tontería. Si
aquí disparamos el primer tiro, pocos saldrán de la cascada. Cada
cual, por su lado, Y ahuecas el ala... que ya no podremos vivir en paz
en este lugar.
Dufor también calculó sus posibilidades. Allí quedarían muchos
muertos. Y él podía ser uno de ellos. Alzó un brazo.
—¡Nos vamos, muchachos! Jack se ha puesto imposible... y no le
veo tragaderas para diez mil cabezas.
—¡No te engañes, Dufor! Allá quedan trece mil ochocientas. Tengo
mi propio contable en el terreno.
Le trajeron el caballo al pelirrojo. Montó y acarició la culata del
rifle. Pero todos estaban prevenidos. Y varios ocultos tras los
peñones con las armas largas. Rey a un lado de Jack, con las manos
bajas.
—Dejamos un muerto de nuestro equipo, Gris.
—Tú diste la señal para que lo mataran, Dufor.
Y murió de frente... teniendo delante a otro mejor.
Un hombre del equipo Dufor gritó:
—¡Que se cuide el matador!
—Puedes desmontar... y te daré la oportunidad que buscan los
hombres valientes, —contestó Rey fastidiado.
Pero se marcharon sin que la sangre llegara al río. Jack hizo un
gesto y aquel centinela de la quebrada corrió ladera arriba, para
conocer el rumbo del equipo rival.
Y lo comunicó a gritos.
—Rectos hacia el río, patrón.
—¡Que se ahoguen todos! Nosotros vamos a trazar el plan de
operaciones para el golpe siguiente. Somos diez...
—¡Nueve! —corrigió Rey.
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—Buenos... diez en materia... y nueve en esencia. Podemos bien
arrear un millar...
—¿A dónde las llevamos?
—Siempre a México... Ya conocemos la solución.
—¿Cuándo?
Jack meditó un instante y respondió;
—Estamos a jueves... esperaremos el domingo. ¿A qué horas hace
rondas tu capataz, Rey?
—A toda hora.
—¡Mal hermano!
—Gracias.
Killer miró al joven y se aproximó a él.
—Deja de atormentarte. No quieres ser de los nuestros y lo
comprendo. Allá existe una linda muchacha ...
—¡No menciones a Mary Biok de ninguna manera, Killer!
—¿Vas a matarme por eso?
—No. Pero está muy por encima de todos nosotros.
—¡Tú puedes conquistarla... casarte con ella... ¡Oye, Jack! ¿A qué
molestar al ranchero cuando tu hermano puede hacerse con la mitad
del rancho?
—¿Aguardarías tanto, Killer?
—Con la promesa formal de recibir diez mil dólares, sí.
Los demás soltaron la risa.
Y al caer la noche estaban comiendo un venado que cazaron en la
jornada anterior. Tendieron las mantas... y Rey no se preocupó
mucho por alejarse. ¡No lo perderían de vista un momento!
Durmieron turnándose los componentes de la banda para hacer
guardias. Jack dijo que debían precaver toda intentona del rojo
Dufor.
—Es capaz de matarnos a todos por juntar cien dólares... y, la
verdad sea dicha, tenemos más de esa cantidad. No hubo partidas de
naipes.
En su manta, Rey siguió pensando en el rancho. En pocos días
llegó a simpatizar con la gente... y ¿por qué no decirlo? le pareció
recobrar a su familia. El ranchero era rudo pero noblote. La ranchera
siempre afable... Tom un muchacho gentil y servicial... y Mary una
p g y y y
deliciosa compañera, que se molestaba al oír que la llamaban
“señorita”. Con el alba estuvo en pie.
Comió con los demás. Y después escuchó una charla entre Jack,
Killer y Murdock. El nombre del traidor Palance surgió varias veces.
El escucha comprendió que tratarían de ponerse en contacto con el
vaquero del “Texas” para dar el manotón sobre seguro.
¿Cómo volver la tortilla a esa gente? Murdock partió antes del
mediodía, estableciendo otro punto de reunión.
Y Jack informó a los demás:
—Partiremos esta tardecita, muchachos. Nos apostaremos en lugar
estratégico... esperando la hora propicia. Un rebaño de mil a mil
doscientas. ¿Hay tales cosas, Rey?
—No soy ranchero, sino acompañante forzoso de cuatreros,
hermano.
—¡Diablos que tienes espinas, muchacho! Te “sacaremos” bueno a
pesar de tu rebeldía.
—Moriré en la huella, Jack.
—¿Quién habla de morir? Casi, casi me hubiera gustado verte
frente al pelirrojo... Lo mandabas al hoyo y todos tranquilos. Tal vez
yo heredara a sus hombres...
—¿Hombres? ¡Porquería! Me asaltaron... No olvidaré que me
cazaron con un cuchillo volador, lanzado a traición... ¡Y eran cinco!
¡Qué basura!
Dejó de hablar, con el ceño fruncido y un gesto de asco en la boca.
Partieron a la hora fijada. Y estaban llegando a la ribera del río
Grande cuando retumbaron varios rifles... ¡y llegaron los plomos!

Capítulo VIII
LA SANGRE TIRA, HERMANO
Rey Grey vio caer a dos del equipo, en seguida a un tercero y se
largó de la silla, para abrigarse entre los árboles. Oyó el impacto de
los gruesos proyectiles en los troncos, astillando o cortando ramas
inocentes.
Jack también logró refugiarse, pero no sin llevarse una herida en lo
alto del brazo derecho.
—¡Malditos traidores!...
—¡Los hombres de Dufor!
—¡Nos matan sin podernos defender!
Quedaron cuatro hombres útiles. Killer se escurrió por entre la
fronda y se escuchó el crepitar de sus revólveres.
—¡No todas van a ser flores en el campo enemigo! —expresó Jack
en tanto su hermano vendaba la herida del brazo—. ¡La sangre tira,
muchacho!
—¡Calla, que tienes menos de lo que mereces por la vida que
elegiste!
—¡Hola! ¿Quién es el hermano mayor?
—Tú, por desdicha. Siempre te admiré... Ahora comprendo que el
ídolo tenía pies de barro.
—¡No gruñas y trae mi rifle!
—Está en tierra prohibida, hermano. Iré a ver si...
Llevaba los revólveres empuñados. No pensaba, en el momento,
en fugar. Todo su potencial había sufrido una transformación, al
reclamo de su habilidad con las armas... y la sangre de su hermano.
Viboreó por los troncos, vio al individuo que alzaba el “Winchester”
y le plantó un proyectil en la cabeza... sin apuntar.
Encontró a Killer muerto. Y a Hunter, el de la apuesta, con un
balazo en el pecho, respirando sin fuerzas.
Permaneció quieto... muchos minutos.
Y escuchó el roce de unas botas entre las zarzas. Las vio moverse,
esperó y disparó, girando después sobre sí mismo para ir a
guarecerse en otro árbol.
—¿Dufor?
—¿Qué quieres, Trimble?
—Quedan pocos... ¿Vamos sobre ellos?
—¡Ja!
¡
Y aparecieron cinco corriendo, dando saltos... para encontrarse con
las rojas flores que brotaban de los revólveres de Rey.
Dos cayeron, tres se ocultaron... y al momento se oía el rumor de
cascos alejándose.
Rey permaneció todavía emboscado. Para regresar poco a poco
junto a su hermano.
—¿Los venciste, Rey?
—Diremos mejor... que se marcharon. Pero ha quedado el tendal.
¿Cómo estás de tu herida?
—Me duele mucho... Dame un poco de agua de la cantimplora.
Bebió ansiosamente.
Después pidió a su hermano que efectuara una recorrida.
—Me escama el silencio, Jack... ¿Qué ha sido de tus hombres?
—La sorpresa fue bien aprovechada. Killer gatilló mucho... pero
tal vez no acertó... ¿Y tú?
—Tres por lo menos. Iré a ver eso... ¡Quédate atento y toma el rifle!
Oyó que su hermano hacía correr el cerrojo para cerciorarse que el
proyectil se hallaba en el cañón. Rey encontró los muertos. Ni un
herido. Regresó, —¿Cuántos, hermano?
—Muchos. No podré darles entierro... ni trabajando hasta la
mañana.
—No lo hagas. Me ayudas a montar y seguimos hacia el punto de
reunión. Pero antes, revisa los cinturones. Tú tienes mil a recobrar...
y el resto como premio a tu valor...
—¿Valor? Defendí mi vida y ahora recobro mi libertad...
—¿Me dejarás herido, hermano?
Rey vaciló.
—Hasta ponerte en buenas manos te haré compañía...
Provisto de una antorcha fabricada de apuro con pasto seco, fue de
uno a otro cadáver, revisando el cinturón como quería su hermano.
No podía decir de “amigos y enemigos”. Porque él se consideraba
neutral en aquella batalla tipo Oeste.
Metió todos los billetes, también el oro, en sus alforjas. Y buscó los
caballos. ¿Qué sería de ellos? Algunos que le permitieran acercar
fueron arreglados de manera que las riendas no se engancharan por
ahí dejándoles a merced de los pumas.
j p
Partieron con las estrellas titilando en la bóveda azul.
Siempre hacia el oeste, acercándose a las tierras del “Texas”.
—Puedo seguir hasta Caballo Salvaje, Jack. Y dejarte en manos
amigas
—No tengo amigos allí; es decir, amigos que me atiendan...
—¿Y en Llanura del Aguila?
—No puedo confiarme a los conocidos, Rey. Es gente afable
mientras me ven con las manos bajas, pero en estas condiciones...
—Vas recogiendo lo que sembraste, hermanito.
—Debes ser generoso y no recordármelo en esta circunstancia. Nos
veremos con Murdock y Palance.
—¡Palance! Ese me debe la revancha...
—¡Cuídate, Rey! Me dijiste que los traidores...
—Gatillan por la espalda. Tú debiste darte, que eres su jefe, y a lo
mejor un buen día te asesina para quitarte la parte del león.
—¡Ratas infectas!
—¡No desprecies al enemigo posible, Jack!
Anduvieron toda la noche. Jack se quejó algunas veces.
—Parece que tuviera el hueso tocado. Rey.
—Te llevaré a un médico.
—¡Ja, ja!
Y quieras que no, a la hora del desayuno estaban frente a la puerta
del doctor Frankie, en Caballo Salvaje. Rey bajó a su hermano. Y el
médico miró la herida, movió la cabeza y comentó: —Presenta feo
aspecto... porque fue tocado por un proyectil en cruz...
—¿Eso no más? —renegó mordiéndose los labios—. ¡Haga por lo
mejor, doc!
Fue curado, vendado apretadamente y aconsejado:
—Necesita venir todos los días, señor.
—No sé si podré, doctor. Tengo negocios en ganado...
—Vendrás quieras o no quieras —cortó el menor de los herma-
nos—. ¡Yo lo traeré, doctor! ¿Cuánto le debo?
—De su voluntad, joven.
Y abrió los ojos al recibir cincuenta dólares.
—Es mucho por tan poca cosa...
—No vacile en aceptar, doctor. Este dinero es de quien hirió a mi
hermano.
—¿Se lo cargó la trampa?
—Suponemos tal cosa... ¡Hasta mañana!
Pero Jack no quiso permanecer en el pueblo.
—Tengo que verme con Murdock y Palance...
—No estás para “operaciones comerciales”, Jack. Ni tienes gente.
—Pero a los compañeros no se les falla, muchacho. Acompáñame,
me dejas con ellos...
Y fueron a un campamento hermoso, orlado de sauces llorones,
junto a un recodo del río Grande. Un gran fogón de piedras invitaba
al descanso. Murdock estaba allí y se asombró de ver a su jefe
herido. La ausencia de los compañeros le hizo imaginar lo peor.
—¿Se pelearon entre compinches, jefe? —fue su primera pregunta.
—¡No! Nos atacaron traidoramente los de Dufor. Todos
murieron... de los nuestros. De los otros fugaron algunos...
—¡Maldito pelirrojo! He hablado con Palance, patrón. Vendrá esta
tarde a las cinco...
—Bien. Ahora puedes marcharte, hermano...
—¿Te llevará Murdock al médico?
—¿Dónde está ese médico? —preguntó el interesado.
—En Caballo Salvaje.
—Allí no puede ir, Rey, El “sheriff” y yo tenemos opiniones
diferentes sobre los mismos asuntos.
—Me quedaré unos días...
—En el rancho te necesitan. Rey —apuró su hermano,
—Ustedes no pueden robar... Los otros ya me habrán crucificado...
Cortó paja seca en cantidad, hizo un lecho muelle para el mayor,
en tanto Murdock encendía la hoguera en el fogón.
—Sólo tenemos un poco de tocino para comer, señores.
—Nos conformaremos por ahora... Pero Jack necesitará carne
fresca. Cazaré unos pavitos...
Y los trajo antes de la noche. A las diez estaban comiendo. Y de
pronto inquirió:
—¿Llegó el traidor, Jack?
—Llegó, se enteró de todo... y sonrió cuando le dije que me habías
llevado al médico.
—¿Trajo... noticias?
—Buenas noticias... pero quedarán en suspenso hasta mejor
oportunidad. ¡Muy rica y sabrosa la carne de esta pavita, Rey! ¡Eres
un buen muchacho, pese a tus amistades burguesas!
—Los otros no muerden y te dan la mano cordialmente... No
necesitas estar constantemente preparado...
—Pero no reparten contigo las ganancias...
—¡A propósito de ganancias, aquí tienes el dinero de los muertos!
Después de cenar, Jack fue sacando los billetes con la mano sana. Y
lanzó un silbido de admiración.
—¿Sabes cuánto hay aquí?
—Tú dirás...
—Más de veintidós mil dólares, muchacho. Dufor y los suyos
tenían las tragaderas muy grandes ...
—¿Qué harás con ese dinero, jefe? —preguntó Murdock, de pie,
con las piernas abiertas y los pulgares enganchados en el cinturón.
—Repartir entre nosotros, Murdock. La parte mejor será para mi
hermano...
—¿Por qué?
—Porque me salvó la vida. Los otros iban a rematarme ... y porque
él conquistó este dinero. ¿Te parece poco?
—No. Tienes razón...
Intervino Rey:
—Sólo quiero mil dólares que me robaron los caballistas del
pelirrojo. Lo demás es vuestro...
—¿Rechazas miles, Rey? —preguntó asombrado Murdock.
—Dinero ajeno, manchado de sangre. Es vuestro; es decir, es
vuestro por la fuerza. Por lo demás el dinero lo fabricó el ranchero
con sus vacas...
En la mañana siguiente. Rey llevó a su hermano al médico. Pero
Jack cargó las alforjas con el dinero. Murdock permaneció allí a
cargo del almuerzo, otro pavito tierno.
Y mientras los dos Grey..., o Gris, iban a Caballo Salvaje, el
hombre quedó meditando... y estaba en sus elucubraciones cuando
q y
apareció Palance.
—¿Dónde están, Murdock?
—Fueron al médico...
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué bueno sería que los del rancho vieran al defensor
de las vacas en esa compañía!...
—¡Son hermanos!
—Nadie lo sabe en el “Texas” sino yo.
—Tampoco saben en el rancho lo que sabe Rey. Que eres traidor a
la marca.
—¡Idiota! ¿Qué ha sido de mi parte por señalar el rebaño propicio
y dejar inmóvil a Grey?
—La tiene el jefe. He visto un paco de muchos miles...
—¿Quién los tiene?
—Jack.
—Está herido. ¿Qué te parece... si... sí repartimos?
—¿Te atreves?
—¡Bah! Un herido y un muchachón...
—¡No tan muchachón! Es bravo de verdad. Lo vi liquidar a Noel,
el lugarteniente del pelirrojo Dufor.
—De todas maneras... Hacemos el primer movimiento y todo
listo...
—¡Hummm!
—¿Cuántos miles?
—Con lo que debe tener Jack, casi treinta mil.
—¡Qué bárbaro! ¿Y vacilas? Quince y quince... y nos perdemos en
el oeste...
—¿Matarlos?
—Podemos hacer otra cosa... Yo traigo a la gente del rancho, que
les da pasaporte al punto, sin escuchar sus protestas... Tú arrebatas
las alforjas y nos vamos juntos.
—¿Podrás traer al ranchero?
—¿Por qué no? Mañana temprano... y lo cazamos a Jack en su
lecho. Cuando el ranchero compruebe que su empleado está con el
tipo del ganado, lo colgará también. Sobre todo, que hemos afirmado
que se marchó con los cuatreros por voluntad.
—Tal vez la muchacha... encandilada por su “noble” proceder.
Palance machacó largo.
Y al fin consiguió que Murdock aceptara el plan. El estaría listo
para fugar con el dinero, sabiendo que Rey no podría perseguirlo.
Cuando regresaron los hermanos, Murdock tarareaba junto al
fogón de piedras.
—¿Cómo te sientes, Jack?
—Mejor, pero todo envarado. El maldito riflero usó balas en cruz...
—Si esa costumbre se generaliza, jefe, nadie escaparé de un
blanco. Gracias que no te acertó en el pecho...
—¡Brrrr! Tendría un boquete grande como un plato en la espalda.
¿Vino Palance?
—Nada más que unos segundos, jefe. Estaba dejando su guardia y
temía que regresara el capataz. Dice que hay mil trescientas a menos
de una milla de este lugar.
—¡Mil trescientas sería un golpe ideal! —miró a Rey—. A lo mejor
es mi último trabajo, muchacho.
—Estando yo libre... dudo que puedas dar cima con él...
—¡No seas intransigente, caramba! Te prometo esfumarme...
¡Lamento que no quieras acompañarnos!
—No.
—Entonces puedes partir.
Murdock habló desde su sitio;
—¿Podremos estar seguros, jefe, con tu hermano en campo
enemigo?
—Sí. Es de buena ley. Además, el pobre tendrá problemas apenas
pise el patio del ranchero... ¿No quieres comprender que ya estás
fuera de la ley, hermanito?
—Prefiero que me cuelguen inocente...
—¡Bárbaro!
—Me quedaré hasta mañana, Jack. Te llevaré una vez más al
médico. Después... será lo que Dios quiera y no otra cosa.
—Yo puedo hacer esa tarea, amigos —se ofreció Murdock—
siempre y cuando cambiemos Caballo Salvaje por Llanura del
Aguila.
—Gracias, Murdock —replicó el joven —pero ya tiene un médico
bueno y que conoce el caso. Tal vez mañana... lo cure por última vez.
Murdock ocultó un gesto de fastidio. Si Jack quedaba solo, él
podría eliminarlo y fugar con las maravillosas alforjas antes que
apareciera Palance con la gente del rancho.
La tarde transcurrió en calma. Rey dio algunas vueltas por los
alrededores. Y regresó con docena y media de palomas coloradas,
cazadas con varios cartuchos de perdigones de aquellos que
proporcionara Tom Biok días antes.
Las comieron ensartadas en las baquetas de las armas largas. Jack
dijo que de tiempo atrás no se estaba alimentando tan bien y en tanta
cantidad.
—Tal vez porque he dejado el tabaco, hermanito...
—O por la sangre perdida, Jack.
Los hermanos se quedaron solos un momento, en tanto
desaparecía Murdock para usar la arboleda como retrete.
—Ese hombre está nervioso, Rey.
—Tú lo conoces mejor...
—No sabe apartar la mente del dinero. Puede darnos trabajo...
—¡Ja! No quieres quedarte solo, ¿verdad, Jack?
—Verdad pura.
—También podría asesinarnos en pareja.
—¿Se atreverá?
—¡Humm! Los traidores...
—¿Esta noche?...
Después de un momento de pausa, Rey se dijo que él debía hacer
la primera guardia... aunque luego la prolongara por su cuenta hasta
el alba.
Y lo comentó:
—Has trajinado mucho, Murdock. Yo velaré...
—¡Un diablo! Me siento fresco y sano como lechuga en el pozo.
—De todas maneras...
—¿Quieres fugar, Rey?
—¿Para qué habría de hacerlo? —preguntó Jack que jugaba con su
revólver, haciéndolo girar en el dedo índice—. ¡Ya es libre!
—De todas maneras, Jack...
—¡Basta, Murdock! Tú harás el segundo turno...
Y Rey Grey paseó fuera de la esfera del fuego, adentrándose
muchas veces entre los árboles. Vigilaba a todas partes, pero también
miraba hacia el campamento. Murdock demostró ser “flojo de
nervios”, y tal vez la causa fuera, como imaginaban, producida por
aquel dinero en cantidad pocas veces vista.
Rey también se estaba trazando un plan. Realmente pudo
cumplirlo antes, amarrando tanto forajido muerto a su caballo, para
hacer entrada triunfal en Caballo Salvaje.
—Ese dinero puede pagar las mil doscientas vacas robadas en el
“Texas”. ¡Sería una compensación justa para el ranchero! Pero... ¿qué
hará mi hermano a continuación? El pícaro repite una y otra vez que
la sangre tira. ¡Y es verdad!
Murdock se durmió... esperando siempre su oportunidad. No era
cobarde, pero sí acostumbrado a obedecer a otros con más fuerte
personalidad. Y despertó con un poco de frío.
—¿Qué hora es, Rey? —preguntó desde las mantas.
—Las cuatro y diez minutos —respondió Jack mirando su reloj de
plata a la luz de unas cortas llamas.
—¡Demonios! ¿Has pasado la noche en blanco, Grey?
—¡Bah! Una más...
—¿Por qué no me has despertado?
—Dormías muy profundamente. Estuve dos veces a tu lado para
hacerlo y me causó pena...
—Si quieres descansar ahora...
—¡Ya es tarde! Beberemos café caliente... ¿Qué hay para el
desayuno, Rey?
—Otro pavito pelado y limpio, que cuelga de aquella rama, ¡Todo
fácil!

Capítulo IX
p
CON LA CUERDA AL CUELLO
Mientras tanto, Palance había tendido la red en el rancho “Texas”.
Llevó el cuento al capataz sabiendo que Tex Boy no simpatizaba
con el herido de la tormenta.
—¿Te gustaría cazar a Jack Gris, capataz?
—¿Con las manos en el pecado?
—Por lo menos con la certeza de saberle ladrón del último hato.
—¿Sabes dónde encontrarle?
—Sí, jefe. Y lo acompaña el ladrón maldito que se enquistó en
nuestro equipo.
—¿Te refieres a Rey Grey?
—Justamente.
—Sería un día feliz, muchacho. Si quieres, reúno un grupo, aviso
al patrón y...
—¡Alto ahí! Si avisas al amo no habrá colgamiento. El tipo chochea
por Grey...
—¡Verdad pura!
—¿Vamos?
Tex lo miró con desconfianza.
—¿Cómo sabes el lugar de reunión?
—¡Ja! Las casualidades hacen cosas raras. Yo estaba hoy de
guardia en el rebaño que se halla junto al río, en la curva. Aburrido,
fui por entre los árboles con el antojo de cazar media docena de
palomas coloradas...
—¡Abrevia!
—Vi un nido con pichones grandes... trepé y estaba arriba cuando
oí que se aproximaban caballos... Reconocí al gris del maldito ladrón.
Y en seguida apareció Jack... ¿Sabes una cosa, capataz?
—Tú las sabes todas, Palance.
—Me fijé que los individuos se parecen... como hermanos. El
mismo color de cabellos y los mismos ojos. O me lo pareció. Uno se
llama Grey en inglés, el otro Gris, que quiere decir Grey... en
español.
—¡Buena deducción! ¿Dónde están?
—¿Reunirás a los muchachos?
—Una media docena, de apuro y en secreto... ¿Cuándo?
—Mañana temprano. Yo te espero en el rebaño si, quieres...
—Pueden haberse marchado.
—Jack está herido y les vi usar el campamento del fogón de
piedras... Tal vez lleven muchos miles encima...
—Tendrás tu recompensa, Palance.
—Me basta con tu palabra, jefe.
Tex Boy conjuró a varios hombres, diciendo que era una misión
secreta y que debían guardarla como tal.
Y en la mañana, después del temprano desayuno, partieron como
a cumplir su cometido de la jornada. Tom había escuchado los
palabreos del capataz con unos cuantos. No simpatizaba con
Palance. Y llevó el chisme a su padre.
El grupo se reunió en el rebaño cuidado por el traidor. El sol
apenas dejaba su lecho de sombras y la escoba dorada barría todo lo
plano que tenía delante, pintando de amarillo las cumbres, las copas
de los árboles...
—Contigo seremos ocho, Palance —expresó el capataz—. ¡Ojalá no
hayamos perdido el tiempo!
—Yo espero una gorda tajada, patrón...
—La tendrás, si la conseguimos para todos. ¿Dónde es la cosa?
—En aquella dirección. Podemos formar dos grupos de cuatro...
—¡No! Todos juntos. Tú eres el guía.
Partieron al trote corto. Y bajo los árboles la marcha se hizo aún
más lenta.
En cierto momento, Palance echó pie a tierra, indicando a sus
compañeros que hicieran lo mismo. Oyeron voces. Varias... y con las
manos en las armas recorrieron el último tramo.
Palance apareció gritando que se rindieran. Murdock manoteó las
famosas alforjas para perderse en la umbría. Jack alzó el arma que
empuñaba... y Palance gatilló sobre él dos veces seguidas... Rey se
contuvo a duras penas y volvió la espalda al grupo para ocuparse de
su hermano.
Le alzó la cabeza en tanto le rodeaban los captores. Y Jack boqueó
dos veces, abrió los ojos y sonrió. La sangre manchó sus labios, pero
j y g p
alcanzó a decir en un gorgoteo espeluznante: —¡Tenías... razón... Los
traidores...
Cayó hacia atrás. Rey se puso de pie muy serio.
—¿Qué quiere usted, capataz?
—-¡Remontarte muy alto! ¡Desarmadlo!
Obedecieron. Rey nada dijo sobre Murdock que huyó llevándose
el dinero que él pensaba rescatar para el ranchero.
—¿Por qué hiciste fuego, Palance? —preguntó con voz que no
tenía color y que parecía brotar de un muñeco de barro.
—¡Le gané de mano! Siempre fui bueno, capataz. ¡Que los revisen!
En Rey hallaron los dos mil quinientos recobrados. Y el capataz
apuntó:
—Robando ganado se enriquece pronto.
—Es dinero que rescaté de quienes me hirieron, capataz.
Boy abrió el cinturón de Jack Gris y encontró casi seis mil dólares.
—¡Buena rebanada para todos! —expresó uno de los vaqueros.
—Eso lo hará el patrón, amigo —contestó Tex—. Recordad que ha
perdido mil doscientas vacas...
—Tiene muchas.
—Pero querrá recobrar del ave una pluma.
—¡Nosotros cazamos a Jack Gris!
—¡Bah! Lo mató Palance como si fuera una paloma.
—Estaba herido
Intervino Rey, siempre con los brazos cruzados:
—Ustedes no son más que ocho. Y todos hubieran temblado
delante de ese hombre en circunstancias normales. ¡Muerta el águila,
cualquier ratón hace nido en su plumaje!
—¿Lo defiendes?
—Merece tal cosa. Palance lo asesinó.
—¡Bien muerto está! ¿Era tu jefe?
—Era mi hermano. Me retuvo a la fuerza con él... y con él debí ir
llevando el ganado.
—¡Lindo cuento!
Todos rieron a un tiempo. Se sentían valientes. De los dos leones,
uno estaba muerto. Cautivo el otro.
Palance pensaba en Murdock. ¿Lo esperaría con el dinero? Nadie
pareció haber reparado en el tipo, hasta que uno de los vaqueros
preguntó a Rey: —El hombre que fugó... ¿era compañero de ustedes?
—No. Un viajero cualquiera... que huyó al verles...
Palance apuró al capataz.
—¡Todo ha sido consumado, jefe! Colgamos al tipo ese… Después
llevamos a los hermanos amarrados a sus corceles. Quisiera el gris
como recuerdo de nuestra hazaña.
—Veremos, veremos. Prefiero llevar el vivo al rancho y que lo
cuelgue el patrón por ladrón...
—¡No seas tonto, jefe! El amo dudará, intervendrá Tom, que es su
amigo, y al final hasta Mary se pondrá de su parte. ¡Ya la veo!
Llorosa, —gimiendo, hipando para que nadie “jale” de la cuerda
nueva. Los hechos consumados son los mejores... ¡Ganarás honores!
El hombre que eliminó a los dos Grey... o Gris... o como se llamaran
esos farsantes, traidores y, por sobre todas las cosas, ladrones de
ganado.
—¡Me has convencido! ¡Traed una cuerda!
—Aquí la tienes, jefe...
Rey Grey alzó el rostro. Parecía sumido en profundas reflexiones,
y despertaba en mal momento y con malas noticias. Avanzó hacia el
capataz: —¡No cometas una tontería, Tex Boy! Nunca simpatizaste
conmigo, pero debes tener el alma íntegra de un verdadero
individuo de la pradera. No oigas a míster Palance... que te llevará a
la trampa. Puedes colgarme. Tienes fuerzas para ello... pero no
podrás conciliar el sueño jamás. Mi figura danzará delante de tus
ojos, cuando estés despierto, y en tu cerebro por las noches,
durmiendo. ¡Pregunta a tu patrón! Le ocurrió lo mismo, hace doce
años...
—¡Diez nomás! Pero él cree haber condenado a un inocente. Tú te
marchaste con los cuatreros...
—Me llevaron por la fuerza. ¡Comprende la verdad! Jack era mi
hermano y pretendía, en vano, hacerme a su manera.
—¡No puedo creerte, Rey! Tenías armas gemelas al costado cuando
te encontramos...
—¡Es verdad! Sufrimos hace días un choque... con el grupo del
pelirrojo Dufor... Murieron muchos de nuestro... del equipo de Jack.
Lo he cuidado como correspondía. Y también lo llevé al médico...
—¿Dónde?
—En Caballo Salvaje...
—¿Vas a dejarte convencer por este tipejo? —inquirió Palance con
furia y temiendo que se le escapara la presa. No entendía que el otro
guardara silencio sobre su actuación como traidor. ¡Eso debía
aprovecharlo! —Si le dejas hablar... si te ablandas, todo se ha
perdido. Y habremos perdido el tiempo. ¡Aquí está la cuerda! ¡Arriba
con el traidor ladrón!
Rey dio otro paso al frente, para acercarse al capataz irresoluto y
dijo:
—¿Vas a colgarme?
—Sí.
—¿Me concedes una gracia?
—Pide Y veremos.
—Dame un revólver con un solo proyectil y deja que me bata a
doce pasos con Palance. Su odio es personal...
Varios estuvieron conformes. Palance gritó, poseído del miedo y
recordando que aquel joven era hermano de Jack Gris.
—¡No lo hagas, capataz! No quiere batirse... ¡El cobardón! Quiere
meterse un plomo en la cabeza.
—Eso mismo pienso. ¡Veamos la cuerda!
Rey saltó hacia Palance, lo abatió de un solo golpe, se deshizo de
otra pareja y cuando se dirigía a los árboles fue detenido por el lazo
sabiamente lanzado.
Cayó de espaldas y se revolvió, golpeando a diestra y siniestra. No
iba a dejarse acogotar sin lucha. Pero fue reducido al fin. Y con las
manos amarradas a la espalda, lo subieron al caballo gris.
Dejó de resistir.
Con el dogal al cuello, expresó en voz alta:
—Que el recuerdo de esta escena persiga a todos ustedes hasta el
fin de sus días. Mi padre murió de esta misma manera. ¡Inocente
como yo! Lo colgó un ranchero cegado de rabia por las pérdidas. A
ese lo comprendo. A ti, no, Tex Boy. Tú eres un flojo que obedeces
p y j q
sugestiones interesadas. Palance fugará esta noche del rancho
“Texas”. ¡Tenlo presente!
Los vaqueros bajaron la cabeza. El joven hablaba con calor, pero
también con una dignidad que desconocen los culpables. Después
miró al frente y esperó.
Tex Boy vaciló. Palance, héroe del hecho, se adelantó con la mano
en alto. Y antes que golpeara el anca del caballo, retumbó un arma
corta. La cuerda recibió el impacto contra la rama gruesa donde se
apoyaba. Un segundo y un tercer disparo terminaron la obra
destructiva, al tiempo que Palance golpeaba al caballo y “Aurora”
saltaba hacia adelante.
Fue detenido antes de salir de los árboles.
Y apareció el ranchero con su hijo y un grupo de vaqueros. El
zurdo Croe recargaba su arma. Refunfuñaba algo como: —¡Con el
tiempo y el trabajo se pierde la mano! ¡Tres disparos para cercenar
un lazo!... ¡Soy un chambón!
El patrón se hizo cargo de todo.
—¿Qué estabas por hacer, Tex Boy?
—Colgar al cuatrero. Lo encontramos con Jack Gris, que resultó
ser su hermano. Hemos recobrado seis mil dólares...
—Está bien, capataz. Creo, sin embargo, que trabajas para mí
marca. Me debes obediencia mientras cobres el sueldo que te pago, y
que debías llevarme el asunto para que yo resolviera. ¿Quién mató a
Gris?
—¡Yo, patrón! —saltó Palance orgulloso, pero molesto por la
interrupción—. ¡Le gané de mano!...
—¡Calla mentiroso! —gritó Rey Grey—. Jack estaba herido, patrón.
Todo puedo aclararlo si usted me hace la merced de una tregua.
—¡Desligadlo!
—¡Es un cuatrero! —estalló Palance bajando la mano al “Colt”.
—¡No cometas tonterías, Palance! El patrón manda... porque
puede y porque yo estoy junto a él...
—¡Farolero!
—Tú eres una cosa peor. Palance. No lo digo... porque hasta me
repugna el sonido de la palabra.
El patrón ordenó de huevo:
p
—¡Desligad al cautivo, muchachos! Vamos al rancho... ¡Llevad a
Jack en su caballo!
Y fueron en grupo.
Tom preguntó a Tex Boy cómo localizó a la pareja.
—Palance me pasó el chisme, quise cerciorarme... después
empezaron a ocurrir cosas y me encontré embarullado.
—¡Eres bárbaro, Tex!
—Voy a renunciar al cargo.
Nadie respondió. Llegaron al patio del rancho. Y el ganadero
invitó al joven:
—¡Pasa a la galería, Rey! Me contarás la aventura completa. ¡No he
dudado de ti! Tampoco ha dudado mi familia.
—¡Gracias, a todos, señor! En la vida de los hombres ocurren
muchas cosas... a veces hechos imponderables... que no tienen
solución, de momento. Yo tuve una contra feroz en esta ocasión. Jack
Gris era mi hermano, señor. Lo encontré cuando el asunto de los
cuchillitos con Tom.
—¿El rebaño?
—Se lo llevaron ellos... Eran nueve. Me derrotaron sin luchar, por
algo especial. ¿Cree usted en mí, señor Biok?
—Plenamente, y por eso te pido que me cuentes la historia
completa.
Rey aguzó el oído y oyó la voz de Palance contando aquel lance. El
heredaría la fama de Jack Gris, por haberle matado... aunque de
mala manera.
—Me llevaron con ellos a México, señor. Después a las montañas
para esperar... Allí he conocido a otro cuatrero con banda propia. El
pelirrojo Dufor.
—Opera más al norte y hasta el momento nos dejó en paz.
—Hubo fricciones... ¡Ríase usted! Por cuestiones de prioridad...
—¿En qué asunto?
—Los dos querían ser únicos con sus vacas, ranchero...
—¡Ja, ja, ja! ¡Eso sí que está lindo! ¿Qué más?
—Yo encontré mis armas, ranchero. Mi hermano me prestó un
“Colt”. Recobré las antiguas... y mil quinientos dólares de los dos mil
quinientos que me robaron... Los otros se marcharon, pero tendieron
q q p
una trampa y nos cazaron en ella. Jack, herido en el brazo... Varios
muertos... Quedé para contar la historia. Llevé a Jack al médico de
Caballo Salvaje varias veces.
—¿Dónde vive el médico? No me acuerdo.
—Se acuerda usted muy bien. Tiene un llamador con figura de
sombrero en punta. ¿Prosigo o duda usted de lo que está oyendo?
—Te escucho como al oráculo. ¿Qué más?
—Apareció el capataz con su gente cuando yo había recobrado mi
libertad, con las pistolas y el lo ocurrido.
—¡Ya lo hiciste! —se volvió hacia el patio—. ¿Tex Boy?
—¡Presente, jefe!
—¿Cuánto dinero le quitaron a Rey?
—Dos mil quinientos.
—¿Las pistolas?
—Están por ahí...
—¡Las traes en seguida, con su carga completa!
Cuando las recibió de manos del capataz, las miró por todas
partes. No tenían muescas. Mary se hallaba a su lado y ella respiró
aliviada.
—¿Se las devolverás, padre? —preguntó en voz baja.
El ranchero se puso de pie, tendiendo armas y dinero:
—Una vez me equivoqué feo, muchacho...
—¿Cuándo?
—Hace años...
—Necesito conocer la fecha, ranchero.
—La tendrás... Está grabada a fuego, con todo lo demás, en mi
cerebro. Fue el once de septiembre de mil ochocientos ochenta y
cinco.
—Gracias, Biok. Usted es un hombre de verdad. Puede
equivocarse ahora...
—Te haré el beneficio de la duda. Prefiero eso. Ayudaste a tu
hermano como correspondía, en el momento de las malas. ¡Sigues
teniendo el empleo!
Rey se asomó al patio. Los vaqueros iban hacia el dormitorio
general. Por eso pudo hablar con claridad y en voz baja: —Usted me
ha empleado de nuevo y obliga a mi agradecimiento de varón,
p y g g
ranchero. Comprendo que no fue usted quien colgara a mi padre.
Jack llegó a creerlo… pero nuestro progenitor murió el diecinueve dé
febrero del año mil ochocientos ochenta y tres. Y ahora, al grano.
Necesito licencia... dos, tres, cuatro días... cosa entre nosotros.
—Concedido el permiso. ¿Qué te propones?
Mary que se había retirado un poco de los hombres, señaló al
forastero y dijo:
—Rey Grey se propone recobrar el dinero de tus vacas, padre...
—¡Hola! ¿Podrás?
—¡Podré! —aseguró con energía suma—. Tengo la punta del hilo.
Palance.
—¿Palance? ¿Dónde entra?
—Es el traidor... Él me apoyaba un revólver en el cuerpo cuando
aparecieron los cuatreros... y fue quien me denunció... y quien espera
juntarse con una cantidad que pasa de los veinte mil.
—Si lo haces...
—A eso concurriré con todas mis energías, ranchero.
Biok exclamó, emocionado:
—¡Así me gustaría ver reaccionar a mi hijo, muchacho!
—Tom es joven. Cuestión de tiempo... o de vida agitada, señor.
Ahora usted y la señorita Mary guardarán secreto. Yo diré que voy al
pueblo... para dar sepultura a mi hermano. Vigilaré. Deje a Palance
sin ocupación en este día. Desaparecerá y yo seguiré sus huellas.
—Bien, amiguito. ¡Veremos eso de cerca! ¿Escuchaste, Mary?
—Escuché que sigue llamándome “señorita”, padre. Es casi
ofensivo...
—No lo tome a mal, señorita... Es promesa formal. Mis
sentimientos me empujan a otra cosa. Primero, debo merecer el
cambio de trato. Después Dios dispondrá de las cosas.
—¡Apúrese!
Gritó esa palabra y partió a la carrera al interior.
Los hombres se miraron y el mayor expresó:
—¡Todo lo ha perturbado tu presencia, muchacho!
—Lo lamento mucho, señor.
—No lamentes nada. Dios así lo quiso y así debe ser. Te hirieron y
robaron junto al Grande, llegaste a mi casa desfalleciente... En
j g
alguna parte ya estaba escrito todo eso. Procede con calma... ¡Ya
conoces la fuerza terrible de los traidores!
—¡La conozco! Yo previne a mi hermano que lo mataría un
cobarde cualquiera. El reía... reía, pero comprendía mis razones. ¡Ya
no está entre nosotros! No hará otro daño... Era un equivocado, pero
bravo como el que más y leal con sus compañeros. ¡Hasta la vista,
ranchero!
Caminó apurado hacia el corral, volvió a ensillar al gris y puso el
pie en el estribo. Oía la voz de Palance en el dormitorio general,
rodeado de bobalicones seguramente.
Tom estaba apoyado en el vallado del corral.
—¿Me llevas, Rey?
—¡Humm! Casi estoy tentado de hacerlo...
—Siempre vas solo... y solo haces las cosas...
Hablaban en voz baja.
—No sé a dónde me llevará este nuevo negocio, amigo.
—¿Por qué no te quedas para el almuerzo?
—Tengo” que “levantar a un echado”, amigo. Si consigues
permiso, te aguardo junto al río...
—¡Magnífico! Llevaré algo de comer... y partiré en otro rumbo...
¡La vida no es tal como la pintan!

Capítulo X
COBARDE Y HABILIDOSO
Palance aguardaba la noche con una impaciencia que lo tenía “de
punta”. Había tratado todo con Murdock, pero después no le pudo
seguir porque los acontecimientos se precipitaron. Verdad es que
habló con él sobre lugares de reunión posible. ¿Lo aguardaría o
pondría tierra por medio con los billetes?
Al oscurecer fue a la cocina para comer con los demás.
Y debió contar de nuevo su parte, para aquellos vaqueros que
recién llegaban de la pradera.
—¿Mataste a Jack Gris?
—¿Tenía el “Colt” en la mano y lo aventajaste?
—¡Eres bárbaro, Palance! Bien puedes ahora pavonearte por ahí
con semejante galardón...
El capataz masticaba un tanto distraído. No estaba conforme con
lo ocurrido. Se dejó influenciar por Palance y... Escuchó lo que se
decía y habló en voz alta; —¡Dejad de molestar, muchachos! Palance
es un honrado vaquero que nunca llegará a pistolero. El otro tenía
un “Colt” en la mano, pero no pensó en hacer fuego sobre nadie...
Este muchacho de nuestro equipo procedió por impulso. Tal vez sea
mejor para todos. ¡Total, el cuatrero iba a ser colgado!
—Si no lo salvaban algunos... entremetidos —respondió Palance
en voz baja. Y creyendo que era un momento propicio, agregó—.
Hay gente que me mira como si yo fuera un sapo, capataz. Creo que
mañana voy a renunciar a mi empleo... ¡Procedí por lo mejor! ¿Me
equivoqué con Rey Grey? Bueno... eso no es culpa mía.
—¿Quieres que te liquiden ahora, Palance? —inquirió el jefe del
equipo.
—Tal vez sea lo mejor, capataz.
Mientras tanto, Mary y su madre charlaban en el saloncito donde
solían reunirse todas las noches antes o después de cenar.
—Vamos a la mesa, Mary. Tu padre está en la oficina...
—¡Déjalo en paz un rato, madre! Tiene problemas emocionales...
—¿El ahorcado de hace diez años? ¿Quién sino Dios podría
volverlo a la tierra?
—Verdad es. ¿Has visto a mi hermano Tom?
—No.
—¿Sabes a dónde fue?
—Tal vez a una recorrida vespertina por los rebaños. ¡Ha
terminado la pesadilla de Jack Gris!
—¡Ja! Y empieza otra que se llama Dufor. Yo estaba con mi padre
cuando se habló del tipo. Parece que es pelirrojo, pecoso... y
desfachatado.
—¡Humm! Me preocupa Rey Grey, muchacha. Ha salido
temprano... y anda en procura de arreglar muchas cosas que ya no
tienen arreglo.
—¡Quien sabe!
La madre echó una mirada especulativa sobre su hija y presunto;
—¿Sabes algo más... y lo ocultas?
—Sé lo que sabe el jefe.
—¿Confabulación familiar?
—Que te lo cuente tu marido, mamá...
Y partió a la carrera. De la oficina regresó con King del brazo.
Y los tres se reunieron en el comedorcito. Teresa señaló el asiento
vacío.
—¿Lo has mandado en comisión, King?
—El muchacho quiere hacerse hombre... definitivamente,
mujercita mía. Ha salido para intervenir en el último acto de la
historia.
—Espero que no lo traigan herido.
—Espero.
Y no dijo más el ranchero.
A pocas millas del lugar. Rey y Tom comían carne fría en
rebanadas junto al agua, en medio de un macizo de granadinos. La
hoguera era pequeña y alimentada con leña seca. Bebieron café y
charlaron.
—Puede salir por cualquier lado, Rey...
—Vendrá al campamento... con luz de día. Necesita orientarse...
—¿Crees que él y Murdock?...
—Sí, amigo. Planearon todo... Murdock no tenía reacciones tan
veloces. Arrebató las alforjas con el dinero y desapareció en un
santiamén...
—¿Por qué no fue tras él?
—Le quedó pendiente el pleito del muerto y se vio frenado. Ahora
tiene que buscarlo. Nosotros seremos su sombra hasta que encuentre
al ladrón. Con ese dinero pagaremos las vacas robadas... y en cierta
medida disculparé a mi hermano.
—¡Los muertos siempre tienen disculpas, Rey!
—¡Verdad!
—¿Tienes mantas?
—Las dos del caballo... Gracia por haber venido en mi compañía.
—Yo debo darlas. Pedí permiso a mi padre. Fue a negarse, pero me
miró a los ojos y adivinó que fugaría sin su licencia. ¡Es un gran
hombre el ranchero King Biok!
—¡Dichoso el padre que suscita la admiración de su hijo... a tu
edad!
—Aprenderás a conocerlo y estimarlo, Rey. Te casarás con Mary...
Rey abrió la boca. El otro soltó la risa.
—¿De dónde sacas tales cosas, Tom Biok?
—Uno aprende mirando. Se enamoraron ustedes al verse en la
galería el primer día. A Mary gustan los ojos verdes y el cabello
dorado... lo demás lo hizo esa compasión que la mujer lleva en el
corazón para volverla en el momento oportuno. ¿Le has dicho algo?
—Poco. Y la palabra “señorita”... muy repetida.
—¡Claro! Resistencia al cariño naciente. Antes de un mes
tendremos boda y ocuparás la plaza de Tex Boy.
—¿Se la quito arma al puño?
—¡No seas exagerado! Tex va a renunciar. Se siente incómodo por
lo ocurrido esta mañana en las vecindades. ¡Conozco el paño! Yo seré
el administrador y mi padre... el que hará jugar a los nietos.
—¡Panorama completo! Yo tenía otras ideas, pero en la oscuridad
se da un tropezón... se ven estrellas... y todo se lo lleva el diablo.
—¿A dónde ibas cuando te cazaron los delincuentes?
—¿La verdad? A una Misión franciscana para pedir un hábito,
asqueado de haber alimentado la idea de la venganza durante tantos
años.
Ahora fue Tom quien abrió la boca y los ojos. Señaló a su amigo y
soltó la risa prontamente reprimida.
—¡No me digas! que nadie se entere... o te faltarán el respeto...
—¿Faltarme vistiendo hábito de San Francisco de Asís? ¡Nadie lo
haría! Fue un sueño como otro cualquiera... y ahora vamos a dormir
q y
por turno, amigo. El hombre puede fugar temprano de allá...
Alboreaba cuando apareció Palance bien montado en caballo zaino
oscuro. Miró en torno... buscó y encontró el campamento del fogón
de piedras. Desmontó, observó las huellas y siguió, con el caballo de
las riendas por debajo de los árboles. Monologaba: —Por aquí vino
Murdock... Montó en el caballo y lo llevó al paso un trecho. ¡Es un
pillo! Pero cuando yo lo encuentre, ¡ja, ja, ja, ja! Esos veintitantos
serán para mí... ¡Idiota que no quiso o no se atrevió a terminar con
los hermanos... ¡Nos alzábamos con treinta mil!... Ahora el dinero del
cuatrero está en poder del ranchero... ¡Otro que bien baila!
Partió al trote hacia las montañas. Ni una sola vez se volvió en la
silla, aunque dos o tres veces alzó la mano izquierda hasta la altura
de los ojos.
A cierta distancia, los amigos estaban emboscados.
—¿Nos lleva a los cerros, Rey?
—Sabrá dónde buscar al otro.
—¿Le aguardará?
—Ya lo has preguntado cinco veces. Esa es la incógnita que hace
más atrayente el juego.
—¿Volverías con las manos vacías, Rey?
Los ojos verdes se clavaron en los azules.
—¡Volveremos vivos... con el dinero... dejando atrás dos
sepulturas! Tú quedas encargado de fabricar las cruces.
—¡Cuernos! ¿No puedes darme una tarea mejor?
—Serás mi guardaespaldas, pero no te duermas en momentos de
peligro.
—Seré ojos y oídos... pero contesta a esta pregunta; ¿Te atreves con
la pareja?
—Sí. Palance es un vanidoso. Murdock un tipo ligero, pero sin
nervios. Si llega el momento verás que un doble tirador puede
realizar dos combates, independiente uno de otro.
—¿Pum, pum?
—No lo digas de tal manera...
Aguardaron a que caballo y jinete desaparecieran en los vericuetos
serranos, para salir a la descubierta. Buscaron y encontraron el rastro
en un tramo de arena rojiza.
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—¿Sabes a dónde se dirige, Rey?
—Al campamento de la cascada. Un lugar hermoso... con una
tumba junto al agua...
—¿Vieja tumba? —preguntó el más joven como al descuido,
—La tierra está fresca... las piedras se habrán hundido un tanto en
ella. ¡Cosas de Dios!
Rey hizo trepar al caballo hasta la cumbre de un cerrito y miró a lo
lejos.
—De haber sabido que veníamos a las montañas. Rey, habría
traído un anteojo...
—Gracias, pero tenemos buenos ojos...
Llegaron y observaron. Palance estaba al lado del agua dejando
abrevar al corcel. También bebió él y se arregló el sombrero varias
veces en la frente.
Después se dirigió a un costado y por un caminito de venados
trepó la pared.
—¿Vamos, Rey?
—No bajaremos, sino que vamos a contornear por aquí arriba...
¡Algo se le ha ocurrido al tipo aquel!
Lo vieron de lejos. Se perdió en una hondonada y cuando bajaban
lado a lado, oyeron una carcajada sarcástica. Y la voz del perseguido:
—¡Arriba las manos, idiotas!
Palance tenía el rifle en línea, sobre la montura.
La pareja levantó los brazos lentamente. Y quedaron expectantes.
—¿Qué te has propuesto, vaquero? —preguntó el hijo de King
Biok.
—Liquidar cuentas. Me vienen siguiendo desde el campamento
donde maté a Jack Gris...
—Lo mataste acostado, asesino —respondió Rey fríamente.
—¡Lo aventajé!
—¿Quieres probar fortuna conmigo, Palance? Nos ponemos a doce
pasos uno de otro, revólver al costado.
—¡No tengo tiempo para perder!... Estoy apurado y voy a dejarlos
atrás.
—¿Esperas que Murdock te aguarde con las alforjas? ¡Qué tonto!
—Sé dónde encontrarlo...
—¡Qué vas a saber nada! Anda de un lado a otro...
—Porque existían varias posibilidades... pero en Llanura del
Aguila... ¡Quiero el dinero que llevas encima, Grey! Dos mil
quinientos... o más.
—¡No hay más!
—¡Lárgalos pronto! Me siento algo nervioso.
—¿Será miedo, Palance?
—No sé con qué se come tal cosa, pero puedo asegurar que no me-
gustaría revisar a los muertos... ¡Pronto!
Gatillo alto, hizo jugar el cerrojo a toda velocidad y permaneció
inmóvil en la silla.
Rey abrió el bolsillo de su cinturón y sacó el rollo de billetes.
—Aquí los tienes.
—¡Pásalos por el aire!
El joven de los ojos verdes arrojó el rollo, que golpeó la mano
izquierda del individuo y cayó entre las piedras.
—¡Lamento mi mala puntería, Palance! Si quieres...
—Que desmonte el muchacho... ¡Vivo, Tom! ¿Cuánto tienes
encima?
—Doscientos setenta y cinco dólares con quince centavos —
respondió el rancherito, sonriente, al tiempo de echar pie a tierra.
—Deja primero caer el cinturón del revólver... ¡Eso! Acércate poco
a poco, levantas el dinero y me lo entregas por el lado derecho...
Tom se inclinó, recogió el rollito y al pasar bajo el cuello del
caballo zaino le dio una palmada en el pecho. Se encabritó, Palance
disparó, errando, y cuando volvía el rifle a su posición, tenía dos
balas de revólver en el cuerpo.
Lanzó un alarido... se deslizó poco a poco de la silla y quedó
mirando al cielo del mediodía.
—Gracias, Tom. Como ayudante eres bueno...
—La única duda que tenía. Rey, era sobre tus reacciones, pero
aprovechaste el segundo... o la fracción de segundo. ¿Qué hacemos
con este cobarde habilidoso? ¿Cómo supo que le seguíamos si nunca
volvía el rostro?
Rey sonrió melancólicamente.
—Desde que lo dijo, parte de mi cerebro estuvo pensando en ello,
Tom. Se me ocurre que cuando alzaba la mano, miraba atrás con un
espejuelo de los que usan los vaqueros para peinarse en la pradera.
Sin vacilar, Tom revisó al cadáver. Y encontró cuatrocientos
ochenta dólares... más un cortaplumas... un retrato de mujer algo
borroso y el espejuelo anunciado.
—¡Correcto! ¿El dinero?
—Guárdalo para juntarlo a lo demás, Tom.
—Pero el cadáver...
El mayor miró al cielo y suspiró largo. Desmontó y sacó el cuchillo
de trabajo que tenía en la bota derecha, regalo de Croe.
—Ya que te carga la conciencia, Tom, le daremos sepultura en ese
pedazo de arena, bajo el árbol de espinillos.
Cavaron lado a lado, previo marcar en el suelo el largo necesario.
Tom tenía el ceño fruncido. Y de pronto miró al compañero: —¿Se
muere con tanta facilidad?
—Si te pones al paso de un plomo invisible... Pero también puedes
caer del caballo, golpear la cabeza en una peña... o simplemente
morir de un síncope cardíaco. Cuando recuerdes a Palance, piensa
que nosotros no lo quisimos... Iba a matarnos en frío, riendo tal vez...
Pero, como dijo, no le gustaba revisar muertos. ¡Eso le pasa a los
cobardes!
—¿Entonces yo no lo soy?
—Tienes buenos nervios, Tom. Lo demostraste al hablar con voz
entera en el primer momento. A otros le sale la palabra temblorosa...
o ronca... o se les seca la boca, fruto del miedo.
—¿Tanto sabes en tan corta vida?
—Viví apurado, como muchos miles de hombres en el Oeste.
Cuando terminaron el entierro, Tom cortó dos ramas del espinillo,
diciendo:
—Es parte de la tarea que me encomendaste. Rey. Lamento no
tener con qué dejar su nombre grabado para mucho tiempo.
—¡Bah! Será una tumba anónima... ¡como tantas otras!
A Tom le pareció que estaba conociendo a un hombre nuevo. No
al joven que filosofaba sobre las cosas de la existencia, sino a un
viajero apurado, duro, mortífero.
j p
—¿Qué hacer ahora, Rey?
—Vamos a Llanura del Aguila. La nombró antes de morir.
Esperaba encontrar allá a Murdock.
—¿Les unirían lazos mejores que la amistad y el delito, Rey?
—No lo sé, aunque... ¡Tal vez tengas razón! De otra manera no
habría confiado en el cuatrero. En el pueblo veremos... esta misma
noche. Ya conoces de oídas la vida de los que ganan el dinero fácil.
—¡Juego, mujeres, licores!
—No lo digas de tal manera, muchacho. ¡A lo mejor somos
nosotros los equivocados!...
—No lo digas tú ni en broma. Rey —pensó en algo que le
preocupaba y fue sobre la pregunta—: ¿Cuál es tu verdadero
apellido?
—Rey Gris Barlow me llamo en realidad. Mis ojos son de mestizo.
Mi sangre tira para España o Inglaterra según sea el momento.
—Bien. ¿Qué hacemos?
Rey miró la borrosa fotografía de aquella mujer. Hizo un gesto,
grabó los pocos detalles ostensibles ... Tenía la frente elevada y los
labios gruesos. La rompió, arrojando los trozos ante las zarzas.
—¡Vamos a Llanura del Aguila, Tom!
Cabalgaron unas horas saliendo de las montañas, comieron el
resto de la carne fría y al tenderse el manto negro de la noche
estaban ingresando en la pequeña villa.
Rey se encontró con un pueblo de tantos.
Calle principal sinuosa, de acuerdo al capricho de los
constructores... Varios edificios de dos y aún de tres plantas... La
oficina del “sheriff” con buena luz. Muchos faroles colgando en las
galerías. Rumor de música...
—¿Por qué tiene que ser el “saloon” siempre el más ruidoso, Rey?
—Porque se supone que la gente no puede divertirse sin ruidos.
Vendremos después de cenar. ¡Tengo hambre!
—¿Hambre?... —no dijo más, pero pensó en el hombre muerto de
la montaña. Realmente, su amigo tenía nervios de acero.
Capítulo XI
RELAMPAGO DE ACERO
Desmontaron ante una cantina, ingresaron y se ubicaron en el
rincón más apartado de la entrada.
—¿Realmente quieres comer, Rey?
—Sí. Pero no te engañes del todo... Haremos averiguaciones, y si
no las conseguimos aquí, iremos al otro receptáculo de chismes.
—¿El pesebre público?
—Sí. Lo que no sepa aquel hombre... o este cantinero... —sonrió al
individuo y preguntó—: ¿Qué tal es su comida, señor?
—Como que me sirvo porción doble, vaquero...
—Me ha convencido. Traiga lo mejor que tenga —miró en torno y
agregó—:
Ya debió llegar mi buen compañero Murdock y...
—¿Murdock? Lo he visto... en compañía del pelirrojo Dufor.
¡Malos vientos soplarán esta noche en el casino! El colorado tiene
entrañas de tiburón...
—Gracias, señor. Esperamos la comida...
Sirvió varios platos fuertemente condimentados. Entraron otros
muchos hombres... Todo un equipo con zahones de cuero, que habló
a los gritos de mesa a mesa, tirándose con panecillos... e inclusive
una botella que fue aprisionada en el aire.
Rey pagó la comida, invitó a su compañero y salieron a la luz de la
galería. Despaciosamente y con los caballos de las riendas,
recorrieron esa calle y la siguiente.
—¿Qué supones, Grey?
—Que Murdock ocultó las alforjas y buscó compañía como para
sentirse más seguro. Si el pelirrojo se enterara del dinero... lo cocina
a fuego lento para hacerle soltar la noticia.
Llegaron al pesebre, sitio infaltable en todo poblado del Oeste.
Como puede ser de necesario en esta época un garaje o surtidor de
gasolina.
—Un morral de grano para las bestias, amigo —pidió Tom.
Y empezó el interrogatorio disimulado. El individuo. al que le
faltaban dos dientes, se prendó del caballo gris.
—¿Quieres venderlo, vaquero? ¿Trescientos?...
—Vale más, buen hombre... Por lo menos así dicen los que saben.
Murdock quiso pagarme seiscientos en cierta ocasión que salimos de
un mal paso.
—¿Murdock? Lo he visto en la tarde con el equipo del pelirrojo.
Precisamente Dufor está antojado de un caballo de este pelo. ¿Lo
venderías por quinientos?
—Ni por mil.
—¡Lástima grande!
—A menos que yo vea a Dufor... ¿Dónde lo encontraré?
—¿Me reservarás una comisión de veinte... por lo menos?
—Prometido. Si lo vendo al cuatrero, te regalaré veinte... y pediré
tus consejos para adquirir otro caballo.
—Encontrarás al francés al final de la calle, acera del frente, yendo
hacia la línea del ferrocarril. ¡Ojo que es un pillo!
—¿Está en un garito?
—Más que garito... es otra cosa. Casa de mujeres.
—¿Tiene muchos hombres consigo?
—Una media docena. Murdock puede ayudarte, ya que él quería
comprar al gris en seiscientos. Si haces el negocio, tengo un colorado
muy bueno en doscientos cincuenta...
Esperaron que las bestias consumieran el grano y salieron lado a
lado. Debían tener las monturas cerca para cualquier peligro que
apareciera.
Llegaron y no necesitaron preguntar.
El ruido era más que regular. La luz salía de los grandes
ventanales. Los jóvenes miraron a través de los cristales un tanto
empañados por el vapor de la diferente temperatura.
—¿Lo ves, Rey?
—No está a la vista... Tampoco Dufor. Entremos.
—¿Y los caballos?
—Los dejaremos a la mano... pero no con todos esos... ¡Allí atrás!
Amarradas las riendas, ingresaron en el local. Muchas mesas, el
consabido mostrador, hombres bailando con pareja femenina...
Charla, gritos... humo de tabaco quemado...
Se aproximaron al mostrador y sorteando parejas pudieron llegar
sin contratiempo.
—¿Qué van a tomar, vaqueros? —preguntó el “barman”.
—Cerveza para dos...
—¿Vinieron a divertirse?
—Más bien a mirar... y si hay posibilidad de hacer una partidita.
Hemos vendido ganado...
Rió el hombre de blanco delantal.
—¿Se jugarán la plata del amo?
Rey señaló a Tom que vestía ricas prendas del Oeste.
—Es el amo, “barman”.
—¡Hola! Hay algunos reservados pasando el corredor...
—¿Llegó el pelirrojo Dufor?
—Hace rato, con varios amigos. Ocupa siempre el saloncito
último. ¡Le oirán gritar!
—Gracias, amigo... —pagó la bebida que apenas probaron y
siguieron adelante. El corredor que dijera el informante, estaba
compuesto por reservado en ambas alas. Pero la pareja fue hasta el
fondo con el oído atento. Y oyeron la voz del pelirrojo que gritaba:
—¡Maldición! Recibo un póker de reyes... y el pozo es de setenta
dólares...
Tom apretó el brazo de su compañero.
—¿Es ese, Rey?
—El mismo,
—¿Cómo vamos a proceder?
—Necesitamos sacar a Murdock de tal compañía...
—¡Yo lo llamo! Le digo que lo espera un tipo llamado Palance.
¿Hace?
—Si te atreves... Pero no arriesgues nada. Pasas el chisme y sales...
—¡Aparta!... O espera en la calle. Sería lo ideal separarlo del resto...
—Prueba. Yo aguardaré en la acera.
Caminó hacia el exterior. Tom se restregó las manos y pasó la
lengua por los labios. ¡Nunca había intervenido en aventuras! Y
g p ¡
ahora estaba en medio de una bastante peligrosa.
Golpeó la puerta y entró. Para encontrarse con seis pares de ojos
inquisidores.
—¿Cuál de ustedes se llama Murdock?
—¡Yo soy!
—Palance ha llegado y te espera en la calle...
—¡Palance! Iré en seguida. ¡Gracias, vaquero! Tom salió y Dufor
preguntó a Murdock:
—¿Qué negocios tienes, muchacho?
—Uno que puede ser de primera. Palance trabaja en el “Texas” y
era el “pasador de chismes” de Jack Gris.
—Tráelo a este reservado, Murdock. ¡Haremos negocios!
Murdock salió apurado. No había querido engañar a Palance por
una sencilla razón. Una hermana del traidor era su mujer. Pasó por
el salón grande, abrió los batientes y miró hacia la calle. Caminó
unos pasos y desde la acera fronteriza lo llamó una voz: —¡Aquí,
Murdock!
Cruzó la calle a buen paso y al llegar se encontró con un revólver
del “45”.
—¡Demonios!
—¿Me recuerdas, Murdock? Vengo por el “paco”.
—¡Ja! Ya no lo tengo...
—¡No importa! Iremos juntos a buscarlo...
—¿Por qué? No era tuyo el dinero, sino de los muertos...
—El dinero debe compensar a King de las vacas que ustedes le
robaron. ¿Vienes o te llevo con un agujero en el hombro?
Murdock tragó saliva, pero con dificultad. Se bajaba en situación
peligrosa. Se unió al pelirrojo para continuar cuatrereando un
tiempo y evitar que se sospechara que disponía de tanto dinero.
Volvió un poco el rostro, vio a Dufor en la puerta le la casa de
diversión, y lanzó un grito:
—¡Auxilio, Dufor!
La mano derecha de King pasó el revólver y en seguida apantalló
el aire. Dufor recibió el cuchillito en la tetilla izquierda y se dobló
como navaja sevillana. Tres vaqueros que en ese momento llegaban
quisieron intervenir.
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Rey aferró a Murdock por el pañuelo del cuello y le propinó un
golpe en la cabeza con la empuñadura del “Colt”. Lo cargó, en tanto
su amigo Tom decía en voz alta: —¡Huye, Rey! ¡Yo los atajaré!
Corrió Grey hacia los caballos. Escuchó las explosiones de los
revólveres. Gritos, llamadas de advertencia ... y mucha gente salió a
la calle, como salen las hormigas cuando revienta el hormiguero
porque le cayó encima un casco herrado.
Rey atravesó el cuerpo de su presa en el corcel. Gatilló apurado y
alto la carga de un arma... y con Tom salieron huyendo. Notando
que se formalizaba la persecución, gritó haciendo bocina con las
manos: —¡Alto, vaqueros! ¡Regaremos el camino con plomos de rifle!
Y aconsejó a Tom cabalgar al galope, para tener tiempo de
escuchar. Se perdieron en un monte, obligando a las bestias a
cobijarse en la sombra del follaje, pese a su aversión por tal cosa.
Los otros, especialmente los amigos de Dufor no se conformaban
con haber perdido al jefe. Y buscaron por horas. Recién con el alba
regresaron a Llanura del Aguila.
Entre tanto los amigos aprovecharon la cuenca de un barranco
seco, para alejarse cinco millas. Murdock despertó del desmayo para
encontrarse sin armas y con las manos ligadas. Pretendió deslizarse
del bruto para huir... y lo consiguió a medias, pero fue alcanzado
setenta metros más lejos.
Al final. Rey dijo que ya estaban suficientemente ocultos. Y Tom
encendió una hoguera entre los peñones, diciendo: —¡Nada tenemos
para comer, amigo!
—Nos desayunaremos con las buenas noticias del camarada
Murdock, viejo.
—¡No hablaré! —gritó el cautivo.
—¡Hablarás! Pero veremos cómo es de grande o chica tu
inteligencia. Te regalo un millar a cambio de las alforjas y te dejo tu
dinero. O te hago cantar como a un sinsonte... y te quedas sin nada.
Como agregado irás a la cuerda del “sheriff” por cuatrero...
—¿Tú escaparás?
—Escaparé... Ese muchacho que enciende el fuego, es hijo de King
Biok. Y me está ayudando a conseguir el dinero de las vacas robadas.
Elige... y elige pronto.
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—¡No cantaré!
—¡Veremos!
A una señal de Rey, Tom le arrojó el lazo con certera mano. Y lo
amarraron a una peña alta y no muy gruesa.
—¿Qué piensas hacer, maldito?
—Nada, nada más que dejarte amarrado todo el día... sin
sombrero. Y veremos si el sol recalienta o no tus sesos de pajarito.
—¿Con eso piensas hacerme hablar, idiota?
Tom y Rey se apartaron del lugar.
—¿Hablará, Grey?
—¿No conoces la fuerza del sol en la pradera? Necesitamos
alimentos. Un venado, pavos, palomas... o hacer un viaje hasta el
rancho para proveernos.
—Iré a Caballo Salvaje, Rey. No quiero regresar al rancho hasta
tener el triunfo pleno. Bueno, quiero decir que gozaré con mi
partecita.
Y el joven partió en su caballo. Rey volvió hasta el lugar donde se
hallaba el cautivo.
—¿A qué te expones a la locura, Murdock?
—¡Un diablo! El dinero es mío... y de Palance.
—Yo diría que es todo tuyo. Palance murió.
El otro abrió la boca.
—¡Lo colgó el ranchero?
—Lo mató esta mano, cuatrero.
—¡Asesino!
—¡Linda cosa! Cuando yo disparé, Palance había errado con el
rifle a cinco metros, porque se encabritó su montura. Y estaba
recogiendo mi dinero... ganado por él, “Winchester” al brazo. Vale
decir que nos tendió una trampita, caímos… y salimos de ella.
—Era hermano de mi mujer...
—¿Tu mujer tiene labios abultados y frente espaciosa?
Encontramos un retrato borroso, una mala fotografía, en su cinturón.
—¿Lo robaron?
—Rescatamos dinero para quien perdió las vacas.
—¡No hablaré!
—Yo tengo tiempo. Tom goza con la aventura... Aquí estarás hoy,
mañana y pasado... Sólo que en el momento sería fácil desligarte...
regalarte los mil... y no despojarte del dinero que atesoras. Mañana
... será de otra manera.
Tom regresó pasado el mediodía. Dejó caer el bolsón de cosas y
miró al cautivo.
—¿Tienes calor? Yo lo siento... y con el sombrero lleno de pasto
fresco.
—¡Tengo sed!
—Aguanta...
Y el muchacho, muchacho al fin, bebió de su cantimplora haciendo
chasquear la lengua.
—Que el agua se vuelva veneno, ¡maldito ranchero!
—Gracias. ¿Preparo la comida, Rey?
—Allí en la sombra tengo otra hoguera encendida ...
Y se alejaron unos treinta pasos del cautivo. Tom había comprado
lo que entonces era corriente. Tocino, judías en lata, ciruelas, café,
harina de trigo... más los platos, tazones, cubiertos...
Comieron con excelente apetito. Pero de pronto el más joven
preguntó:
—¿No te dio pena aquel cuchillito?
—¿El que se quedó con Dufor? ¡Esa limpieza bien vale un cuchillo!
Por lo demás, sé dónde hay otros iguales... y me los habían regalado.
—Lo sé. Yo estaba delante cuando ocurrieron las cosas... Los
secuaces del pelirrojo van a perseguirte.
—Puede ser. Y lo deseo. Así la limpieza será total.
—¿Y tú querías ser sacerdote?
—No pretendía tanto... Me bastaba con estar allá adentro, para
ocuparme de otra limpieza, menos cruel, menos maligna… y nada
reñida con los sagrados mandamientos de la ley de Dios.
Continuaron charlando. Hasta escuchar que el cautivo gritaba:
—¡Tengo sed y hambre!
—Tendrás comida y bebida, Murdock... ¿Eres tonto o lo pareces?
¿Esperas auxilio en esta soledad?
—Dufor tenía un buen rastreador... En cualquier momento...
—Me dices dónde ocultaste las alforjas...
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—¡No!
Tom se aproximó a él y le revisó el cinturón, sacando mil
cuatrocientos dólares.
—Ahora pierdes este dinero también...
—¡Ladrón!
—Tú me robaste antes... Es pobre compensación por los sinsabores
que causaste...
Murdock se encerró en un absoluto mutismo. Y la pareja paseó por
los alrededores hasta llegar la noche. El cautivo halló alivio en la
oscuridad. Pero la sed lo mortificaba... y el hambre le atenazaba las
vísceras constantemente.
Les vio cenar... y tragó saliva unas pocas veces. Sus glándulas
pronto no funcionarían.
—¡Tengo necesidad de evacuar el estómago! —gritó indignado.
—Hazlo en el sitio, muchacho...
—¡Eso no es de hombres!
—¿Quieres un combate mano a mano?
—Con el cuchillo no temo a nadie...
—¡Justo! Has elegido aquello en lo cual te iría mejor, muchacho...
Con la hoja de acero te haría diez cortes en minuto y medio... ¡Te
necesitamos sano! Entero... y con la voz clara. ¿Dónde has ocultado
el dinero?
—¡No lo diré!
—Entonces cerramos las tratativas hasta mañana a la hora de
nuestro desayuno...
Y no le atendió más. Tom se hallaba preocupado.
—No me gusta el sistema, Rey.
—A mí tampoco. Pero en esta lucha de voluntades triunfa quien
conserva los nervios bien templados. ¿Qué cosa salí a buscar?
—¡Salimos!
—Tú te agregaste por tu cuenta, Tom. No has respondido a mi
pregunta.
—¿El dinero de las vacas?
—Exacto. Y estamos a pocos metros de conseguirlo. No volveré al
rancho sin el importe de las mil doscientas vacas... a diecinueve
dólares.
—Tenemos muchas vacas... de varios colores.
Rey lanzó el aire con alguna violencia, hinchando los carrillos. Y
miró seriamente a su compañero:
—Si te sientes misericordioso con quien no lo merece, puedes
partir de retorno, amigo Tom.
—¡No seas exagerado, Rey! Me quedaré hasta el final.
—Agradecido y honrado.
Hicieron turnos en la noche. Tom debió disparar el rifle contra un
puma que llegó al olor de la comida. El carnicero rugió fuerte y se
alejó hacia la vecina montaña.
En la mañana, el ánimo de Murdock estaba ya por el suelo.
—¿Quieres confesar? —inquirió Rey.
—¡Nunca!
—Bien seguiremos de la misma y única manera...
Pero, algo iba a cambiar el curso de los acontecimientos. A las diez
oyeron rumor de cascos. Tom subió al más alto de los pedrones e
informó: —¡Cinco jinetes en fila india!
—¿Qué hace el de punta?
—Mira el suelo…
—¡Ya está aquí el rastreador! —gritó Murdock con la lengua un
tanto estropajosa—. Demoró... pero ha cumplido como bueno...
A todo escape desligaron al cautivo, lo amarraron al caballo de
Tom y lo sujetaron por las riendas. Salieron corriendo por entre las
peñas. Murdock quiso gritar. Lo consiguió a medias.
Pero fueron vistos en la huida. Llegaron los plomos de rifles, y un
grito de advertencia:
—¡Si escapan, morirán!
Se guarecieron en lo alto de un pequeño cerrito. Rey temía por
Tom. No quería volver al "Texas” con el muchacho herido. O
muerto.
—¡Échate allí!
—¡Un diablo! Soy combatiente...
—Quiero decirte que te eches... y vigiles aquel lado. Menudea bala
al que aparezca... ¡No olvides que ellos tirarán a matar, Tom!
—Lo tendré presente, jefe.
Rey usó aquel rifle de la funda verde. Siguió por entre dos
pedrones a un combatiente que cambiaba de sitio velozmente... dos...
tres y hasta cuatro veces. Cuando asomó por encima de una peña, se
marchó a la Eternidad sin saberlo.
Rey Grey también cambió de apostadero. Gatilló tres veces
consecutivas... corrió inclinado... y vio al enemigo que trataba de
contornear el cerrito. Lo tumbó con un tiro bajo... y lo remató al
volverse el individuo disparando furiosamente.
—¡Dos, Rey! ¿Me dejas alguno?
—Allá va tu presa... tiene camisa roja... ¡Ojo, muchacho!
El corazón de Tom Biok galopaba en el pecho. Vio al cuatrero, se
asomó un poco y un plomo caliente le llevo el sombrero. Alcanzó a
gatillar... y se persignó con el rostro casi en tierra.
—¡Dios me perdone el pecado a la hora de mi muerte!
Faltaban dos individuos. Uno empezó a disparar cadenciosamente
un revólver, siguió con el otro...
Y en seguida usando el rifle... Rey contaba los disparos. Al pasar
de doce espió... y su mano derecha se bajó castigando al aire. Un
relámpago de acero cruzó el breve trecho y el hombre que llegaba
corriendo, y aprovechando aquella cortina de plomo, se llevó su
asombro al otro mundo. Terminó el tableteo del “Winchester”.
—¿Lo liquidaste, Ranulfo? —preguntaron desde abajo.
Y contestó Rey:
—Ranulfo está muerto, cuatrero. Quedas solito... para una
empresa demasiado grande...
—¿Quién eres tú?
—Rey Grey. ¿Y tú?
—Uno de los que te asaltaron junto al Grande. Para ser más exacto,
el que lanzó el cuchillo.
—¡Erraste como un principiante!
—¿Tú lo haces mejor?
—¡Mucho mejor!
—¿Por qué no sales... y lo comprobaremos?
—Deja el rifle y el revólver, cuatrero. ¡No me fio de ti!
—¿Tengo que fiarme de la víctima?
—¡Claro! Tú eres lobo. Yo, nada más que cordero.
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Y ante su sorpresa, apareció el individuo, en cabeza con un
cuchillo en la mano izquierda.
—Estoy dispuesto, Rey. Tengo que desquitar a mis compañeros
muertos. Y al pelirrojo Dufor a quien asesinaste en la calleja del
pueblo.
—Venía sobre mí con el “Colt” en el puño. ¡Ahí voy!
Dejó las armas cortas —y el rifle sobre una peña, en tanto el
rancherito le decía:
—¡Ten cuidado... con los traidores!
—Lo tendré. Vigila. No pierdas ojo a Murdock.
Se encontraron en un limpión de unos quince metros de lado.
—Pincharé tu corazón, Grey.
—¡Veremos!
Rey tenía el sombrero en la mano izquierda. El otro amagó, hasta
tres veces, y al fin arrojó el cuchillo, bajo, como para atravesar sus
intestinos y no su corazón. La mano del sombrero apantalló el aire y
el arma fue despedida a un costado.
—¡Tramposo!
Rey avanzó sonriendo. Y Tom gritó desde más arriba:
—¡Tiene un revólver, Rey!
El individuo soltó la risa... sacó del chaleco una pistolita
“Derringer”. Apuntó... se le doblaron las piernas... y antes que
cayera recibía un plomo enviado por Tom.
El rancherito bajó corriendo. Y lo miró:
—¡Demonios! Le acerté... pero ya tenía un cuchillo en el corazón.
¡La muerte estuvo en el aire!
Rey trajo a Murdock... y acompañado por él fueron revisando los
cadáveres. Juntaron tres mil seiscientos dólares. El espectáculo tuvo
la virtud de deprimir el ánimo del individuo.
—¿Está en pie tu oferta, Grey?
—¿Cuál de ellas?
—Dejarme partir... con el dinero.
—Con tu dinero...
—¿Y los mil de premio?
—Ese tiempo ya pasó. Salvas el pellejo, el caballo, las armas... y el
dinero que tenías. ¡Apura, que tengo algo que hacer en otra parte!
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*

La pareja llegó al “Texas” cuando el sol declinaba y sus rayos


perdían intensidad. Había no menos de una docena de vaqueros,
que se agolparon para conocer novedades. El desmontar, Rey
entregó las alforjas a King Biok.
—El importe de sus vacas, ranchero... Las vendimos a diecinueve...
Tal vez haya un excedente.
—El excedente es tuyo...
—Sobran como ocho mil dólares, padre —dijo Tom, —si contamos
los seis mil que trajo el capataz. ¿Dónde está Tex Boy?
—Renunció ayer, fastidiado por el asunto Palance El vaquero
traidor también se marchó en la mañana siguiente a vuestra partida.
—¡Ya lo sé, padre! Palance se fue... definitivamente. ¡Tengo muchas
cosas para contar!
Apareció Mary.
Y tendió las manos a Rey Grey, que se inclinó, las besó y dijo con
llaneza:
—Creo haberme reencontrado, muchachita linda. ¿Quieres casarte
conmigo?
—¡Quiero... si mi padre está conforme!
El ranchero puso fiero semblante... después se encogió de hombros
y al final expresó:
—¿Acaso va a casarse conmigo? Le ofrezco la plaza de capataz... y
futuro coheredero... a cambio de siete retoños.
—¿Ni uno menos, papá?
—Pueden ser más. Me han dicho, Rey que el pelirrojo Dufor está
constituyendo una nueva banda y...
—¡No sigas, viejo! —cortó el hijo irreverentemente—. A Dufor ya
lo enterraron...
—¿También?
—¿No te dije que tengo muchas cosas para contar? Esta noche,
Rey... ¿Dónde se ha metido el dueño del caballo gris?
—Se marchó hacia el corral con tu hermana —contestó Croe—. Si
pretendes ir allá... tendrás que pasar sobre mi cadáver.
—¿Para qué? Se estarán besando... y haciendo promesas para el
futuro. ¡Bah, bah! Prefiero una buena cena...

FIN
Notes
[←1]
(1) Killer en inglés, igual a matador en español.

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