Módulo 3
MODERNIDAD 2: EL HOMB RE COMO SUJETO
Introducción
5. EL HOMB RE COMO SUJETO QUE CONOCE
5.1 El idealismo trascendental
6. ÉTICA DEL DEB ER
6.1 Conciencia moral y deber
6.2 El imperativo categórico
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Lección 1 de 5
Introducción
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EaD Kennedy
01:00
En este módulo veremos el pensamiento de Immanuel Kant, filósofo central para la cultura occidental. Con
él, el pensamiento moderno llegó a su culminación y su influencia sigue presente hasta nuestros días.
Veremos, en primera instancia, su teoría del conocimiento, que constituye uno de los hitos fundamentales,
porque rompe con todas las posturas realistas y se instaura el idealismo como corriente fundamental de
pensamiento. Con ello se instituye a la subjetividad como fundamento de toda reflexión acerca del mundo
humano. Como contrapartida, veremos en segunda instancia la cuestión ética y la consideración del hombre
como ser libre y racional, por ende, moral. Entenderemos la ética kantiana como una moral basada en la
responsabilidad e intencionalidad de los actos morales. Es por ello que, al momento de estudiar estos temas,
es necesario que tengan en cuenta la disputa que está presente en toda persona a la hora de decidir cómo
debe actuar.
Objetivos del módulo
Comprender la concepción de “sujeto” que caracteriza a la modernidad.
Reconocer los alcances que el idealismo tiene hasta nuestros días.
Analizar los alcances de la noción de “subjetividad” hasta nuestros días.
Determinar las cuestiones fundamentales de la ética kantiana.
UNIDAD 5
El hombre como sujeto que 5.1 El idealismo trascendental
conoce
UNIDAD 6 6.1 Conciencia moral y deber
Ética del deber 6.2 El imperativo categórico
C O N T IN U AR
Lección 2 de 5
5.1 El idealismo trascendental
En esta unidad, veremos uno de los dos ejes fundamentales del pensamiento de Immanuel Kant, que
consiste en el problema del conocimiento, también llamado, en filosofía, problema gnoseológico. Con
la figura de Kant, el pensamiento moderno llega a su punto culminante. Cabe aclarar que, si bien la
modernidad filosófica comienza con la Edad Moderna, es una etapa del pensamiento que se extiende
más allá de este período histórico y llega hasta el siglo XX. Es por ello que el estudio de la filosofía
kantiana es importante, ya que tiene influencia en muchas cuestiones importantes de nuestro
tiempo.
El problema del conocimiento es clave porque marca una manera particular de relacionarse el hombre
con el mundo o realidad. Con Kant, se instala definitivamente la noción de “sujeto”, el ser humano es
entendido a partir de él y el idealismo (corriente filosófica que Kant inauguró) como fundamento y
creador de la realidad. En otras palabras, el mundo humano es una creación humana. Este ‘giro
copernicano’, que cambia el eje de toda la realidad, va a ser el punto de partida de una visión del
mundo que va a marcar la cultura occidental de forma indeleble y cuyos frutos aún estamos
observando.
Ruptura con el realismo
Kant nace en Köenigsberg, Alemania, en 1724. Hijo de una familia pietista de origen escocés, fue
educado con un fuerte espíritu religioso. Conocía todo el saber de su tiempo y sentía una profunda
admiración por la física de Newton. Fue profesor de matemática, física y metafísica, que eran las
ciencias propias de su época.
Dedicó su vida entera al estudio y a la reflexión y publicó numerosos trabajos de física, de cosmología
y de otros temas variados. Sin embargo, su nombre se hizo inmortal por las tres grandes obras del
llamado “período crítico”. Estas obras son: “Crítica de la Razón Pura” (1781), “Crítica de la Razón
Práctica” (1787) y “Crítica del Juicio” (1790), en las que trata, respectivamente, los problemas del
conocimiento, de la moral y de lo estético.
Falleció en 1804, luego de una penosa y larga decadencia física y mental, sin haber salido nunca de su
ciudad natal.
Con la figura de Kant, se inaugura una corriente filosófica, cuyos influjos determinaron todas las
ramas del pensamiento humanístico y político durante el siglo XX; denominada “idealismo”. Ante todo,
entendemos por idealista a todo pensamiento que afirma que, en el acto de conocer, el objeto
conocido es una construcción del sujeto. Dicho en otros términos, siempre que se produce un acto de
conocer, hay dos componentes indispensables, un ser humano (sujeto) que conoce algo (objeto).
Toda la filosofía prekantiana había considerado que, en la relación del conocimiento, el objeto es dado a
un sujeto pasivo, que solo debe recibir la información, como si fuera un espejo que refleja las
características del ser.
Para ser más claros, para un realista, cuando conocemos algo, es decir, cuando tenemos el concepto
de algo, por ejemplo, “caballo”, nuestra representación mental de dicho animal se corresponde con los
caballos concretos, que están en el mundo, fuera de nosotros; hay una correspondencia entre lo que
pensamos (conceptos) y lo que es (cosas). Desde esta perspectiva, entonces, entendemos por
realismo a la corriente que sostiene que, cuando el sujeto conoce, accede a las cosas como son en
realidad. En el realismo, como afirma Carpio (2004):
El sujeto cognoscente (…) es comparable a un espejo donde las cosas simplemente se reflejan. Tal “espejo”
puede reflejar las cosas mediante la razón (racionalismo) o mediante los sentidos (empirismo); pero en
cualquiera de los dos casos el esquema es exactamente el mismo: conocer quiere decir reflejar, reproducir
las cosas. (p. 230)
Tenemos entonces que, tanto racionalismo como empirismo son posturas realistas, la discusión entre
ellos era acerca de cuál era la verdadera realidad, la que me da la razón (racionalismo) o la que me
brindan los sentidos (empirismo). Podríamos ubicar en principio al racionalismo de Descartes y el
empirismo de Hume dentro del realismo. Como afirma Carpio (2004):
El racionalismo sostiene que puede conocerse con ayuda de la sola razón, gracias a la cual se enuncian
proposiciones del tipo: “la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a dos rectos”. Estos juicios
se caracterizan por ser necesarios y universales, es decir, que valen para todos los casos (universales) y que
no pueden ser de otra manera (necesarios). Un saber, pues, que realmente merezca el nombre de
conocimiento -dice el racionalismo- tiene que ser necesario y universal. (p. 229)
Por su parte, el empirismo acusa de dogmático al racionalismo, pues considera que la razón es una
facultad limitada que nos brinda conocimientos abstractos. En este sentido, Carpio (2004) indica lo
siguiente:
El empirismo, en cambio, sostiene la tesis contraria: el único conocimiento legítimo, y el fundamento en
general de todo conocimiento, es la experiencia, vale decir, los datos que proporcionan los sentidos. Hume
admite, hasta cierto punto, el valor de la razón, pero enseña que los conocimientos que ella suministra son
simplemente análisis de nuestras ideas, se refieren a las relaciones entre ideas que nosotros mismos hemos
formado de manera relativamente arbitraria, ignorando si en el mundo empírico hay algo que les
corresponda (…). Según el empirismo, no puede conocerse absolutamente nada acerca de las cosas en sí, sino
sólo los fenómenos que se dan en la experiencia. (p. 229)
Sin embargo, tanto el racionalismo como el empirismo pertenecen al realismo, lo que significa que
ambas posturas sostienen que el conocimiento humano se refiere a una realidad que va más allá del
propio sujeto que conoce. En el caso de Descartes, la razón nos conduce a una serie de verdades que
no pueden ser ni creadas ni modificadas por el hombre. En el caso de Hume, los sentidos nos
proporcionan datos de una realidad concreta que tiene una existencia autónoma, más allá del sujeto,
conocer significa acceder a esos datos tal y como son en realidad.
Lo que se refleja será en cada caso diferente, porque para el racionalismo se tratará de copiar las cosas en sí
mismas, el fundamento último de ellas y, para el empirismo, se mostrará en el espejo solamente el
fenómeno, la apariencia de las cosas; pero, en los dos casos, repetimos, el conocimiento se concibe como
actitud fundamentalmente pasiva. (Carpio, 2004, p. 230)
Es decir, que, según el realismo, conocer es una actitud completamente contemplativa y pasiva. Sin
embargo, como veremos, Kant va a proponer una nueva forma de concebir el proceso de
conocimiento, donde el sujeto no va a ser pasivo, si no activo: Es el sujeto quien constituye al objeto.
Contraponiéndolo al realismo, Kant llama a su postura idealismo trascendental, realizando un cambio
total en la concepción del conocimiento.
El cambio realizado por Kant en la concepción del conocimiento se ha denominado “giro copernicano”,
nombre inspirado en la revolución científica que produjo el astrónomo polaco Nicolás Copérnico
(1473-1543), quien dio un viraje radical para la cultura y la ciencia occidentales. Según la visión de
Aristóteles (384-322 a.C.), la Tierra estaba en el centro del universo y el Sol giraba alrededor de ella;
Copérnico formuló lo contrario: Es el Sol el que está en el centro y es la Tierra la que gira a su
alrededor (esta teoría se terminó de demostrar un siglo después por Galileo Galilei). Del mismo
modo, Kant invirtió la relación entre el sujeto y el objeto en el ámbito del conocimiento. Según el
realismo, el objeto era dado con sus propiedades desde afuera y el sujeto debía limitarse a
reproducirlas en una actitud pasiva. Esto determina que para determinar si nuestro conocimiento es
válido o no, debemos referirnos necesariamente al objeto. Para ser más claros, conocer algo implica
poder pensarlo, pero nuestro pensamiento sobre algo es verdadero cuando coincide con el objeto
pensado. Por lo cual, es el objeto el que determina si el saber es verdadero o no. Según el idealismo
que propone Kant, por el contrario, el objeto no es dado, sino que es constituido por el sujeto, quien
mantiene una actitud activa en el momento de conocer. Ahora bien, es necesario aclarar que el sujeto
no crea al objeto “a partir de la nada” (en ese caso, podríamos llegar a suponer que el mundo exterior
es en realidad una alucinación nuestra). El sujeto constituye al objeto aplicándole una especie de
“moldes” que ya trae consigo, al material dado por las sensaciones. Esto significa que, sin una
experiencia inicial, no puede haber conocimiento. En esto, el idealismo kantiano se acerca al
empirismo: El conocimiento comienza con la experiencia. Sin un material dado por las sensaciones, el
sujeto no tendría a qué aplicarle sus moldes y no podría confeccionar un objeto. Ahora bien, según el
empirismo, la mente del sujeto está vacía cuando nace y se va “llenando” de ideas a partir de que va
teniendo impresiones (experiencia). Sin embargo, y en esto la posición kantiana se acerca al
racionalismo, según Kant, la mente del sujeto no está vacía. Si bien es cierto que no hay ideas ni
conocimientos innatos, lo que sí tiene el sujeto es una especie de moldes que carecen de contenidos
y que son estructuras de la razón constitutivas del hombre desde que nace. Estas estructuras o
moldes racionales son, en lenguaje kantiano, a priori, es decir, independientes de toda experiencia.
Kant hace una distinción entre conocimientos a priori y conocimientos a posteriori. Los
conocimientos a priori son aquellos que no provienen de experiencia alguna, vale decir, conocimientos
que no se pueden adquirir por los sentidos. El ejemplo más claro de esto son las matemáticas. Los
conocimientos a posteriori, por el contrario, son los que provienen de la experiencia observable, o
sea, sensible. Ejemplos de este conocimiento son los colores, los sabores, etc. Retomando lo que
veníamos diciendo, el sujeto está constituido por estos moldes racionales y a priori, los que, sin el
material dado por la experiencia, permanecerían siempre vacíos y no sería posible el conocimiento.
Pero, por otra parte, si solo tuviéramos datos sensibles, es decir, a posteriori, tampoco podríamos
conocer, porque no es directamente de la experiencia de donde surge el conocimiento, ya que la
experiencia no nos da el objeto acabado, sino que nos da sensaciones desordenadas, que el sujeto
ordena gracias a los moldes que trae consigo.
En resumen, para que haya conocimiento, según el idealismo kantiano, es necesario que, por un lado,
los sentidos nos proporcionen las impresiones, que son los datos sensibles, pero estos datos deben
ser ordenados y unificados por las estructuras o moldes de la razón. A modo de ejemplo, supongamos
que queremos hacer una torta, si solo tenemos los ingredientes sueltos, no podríamos hacerla,
puesto que es necesario ponerlos en un molde para darle forma. Si solo tenemos los moldes vacíos,
tampoco podemos realizar una torta, ya que necesitaríamos el material para llenar los moldes. Ahora
bien, la analogía es la siguiente: Imaginando que la torta del ejemplo es en realidad el objeto, el sujeto
tiene a priori los moldes y las sensaciones que vienen de la experiencia le otorgan el material. Por eso
es que, según Kant, son necesarias ambas cosas para confeccionar el objeto y así tener conocimiento:
La experiencia, que nos da el material a través de las sensaciones, y el entendimiento, que nos da los
moldes para darle forma a ese material.
En este sentido, podría considerarse a la posición de Kant como una
síntesis del racionalismo y el empirismo.
Marque la opción correcta.
¿En qué período se dice que Kant escribió las tres grandes
obras que lo hicieron inmortal?
Período crítico
Período de la razón
Período práctico
Período del idealismo
Período ético
SUBMIT
El giro copernicano
Ahora bien, ya sabemos por qué dice Kant que el objeto es una creación del sujeto. Pero aquí
reaparece otro punto que ya hemos mencionado, el tema del giro copernicano y la carga de la verdad.
Habíamos dicho que, para el realismo, la verdad de un conocimiento estaba dada por su coincidencia
con el objeto; esto cambia rotundamente con el idealismo. Como decíamos, el sujeto conoce a partir
de la experiencia sensible, es decir, lo que nos muestran los sentidos. Pero, Descartes sostiene que,
los sentidos son engañosos, no captan las cosas como verdaderamente son, sino que su posibilidad de
captación es limitada; por otra parte, las estructuras de la razón dan forma a estas impresiones, por lo
cual, el objeto de conocimiento construido por el sujeto jamás va a coincidir con la cosa como es en sí
misma.
Supóngase que todos los seres humanos naciesen con gafas de cristales azules; que esos anteojos
formasen parte de nuestro órgano visual, de tal manera que quitárnoslos equivaldría a arrancarnos a
la vez los ojos. Y supongamos, además, que no nos diésemos cuenta de que tenemos puestos tales
anteojos.
Entonces, ocurriría que todo lo que viésemos se nos aparecería azul, lo cual nos llevaría a suponer, no
que las cosas, las “vemos” azules, sino que realmente “son” azules, aunque la verdad fuese que en sí
mismas no son azules, sino que nosotros, en la medida en que las miramos, es decir, conocemos,
estaríamos contribuyendo a otorgarles un cierto carácter, las estaríamos “azulando”. De este modo,
conocer no sería ya mero reflejar las cosas, sino operar sobre ellas, transformándolas. Para Kant,
según esto, conocer es ante todo “elaborar” las cosas para que estén en condiciones de constituir
objetos. (Carpio, 2004, p. 231)
Tenemos, entonces, que si el objeto es creado por nosotros de la manera descrita en el punto
anterior, eso significa que no conocemos las cosas “tal cual son” (como en el ejemplo de los anteojos
de colores). Kant no niega que exista un mundo exterior a la mente del sujeto, lo que llamaríamos el
mundo “real”; pero la cuestión es que no tenemos un acceso directo al mismo.
Sujeto, objeto, fenómeno y noúmeno
En este punto, cabe explicar algunos términos utilizados por Kant. Dijimos que nosotros no tenemos
acceso al mundo concreto tal cual es. El mundo real está compuesto de las “cosas en sí”. Kant
entiende por “cosa en sí” a la cosa tal cual es, pero a la que nosotros no podemos conocer. Nosotros
conocemos el “fenómeno” que es el producto del material sensible que nos llega por los sentidos y el
orden que nuestras estructuras racionales le imprimen; por lo cual, para Kant, fenómeno y objeto son
sinónimos. Aquí, aparece otra gran diferencia con el realismo para esta corriente, cuando conocemos,
accedemos a las cosas tal cuales son, por ello, la cosa en sí misma es el objeto de conocimiento. Para
Kant, en cambio, el objeto y la cosa en sí, difieren absolutamente; pues el objeto es un pensamiento
producido por el sujeto y la “cosa en sí” es una realidad externa al hombre a la cual no se puede
acceder.
En resumen, según el idealismo de Kant, para que haya conocimiento tenemos que partir del material
que nos proveen los sentidos, es decir, las impresiones; pero estas impresiones, para que tengan
algún sentido, deben ser ordenadas por la razón. Por ejemplo, cuando comemos una manzana,
sentimos un sabor dulce, un color rojo, una textura crujiente; pero para que podamos representarnos
la manzana como una cosa unificada, tienen que operar nuestra razón para ordenar esas sensaciones.
Ahora bien, esta representación mental construida por nosotros, es lo que Kant llama “fenómeno”
(término que viene de la palabra griega phainon y que significa “fantasma”). El fenómeno es lo único
que podemos conocer, por ello, es nuestro objeto de conocimiento. Existen también una serie de
pensamientos que el sujeto tiene que no contienen ningún material sensible. Un ejemplo de esto es
la idea de Dios. Estas ideas vacías son lo que Kant denomina noúmenos (término que también viene
del griego y alude a entidades que no tienen existencia concreta). Los noúmenos son las ideas
especulativas, carentes de contenido material; por lo cual, no nos proporcionan conocimiento alguno.
Esto explica por qué, para Kant, la metafísica no constituye ningún saber, es solo especulación.
Aclaremos un poco más cómo se da este proceso y en qué consisten estos moldes vacíos. Según
Kant, en el proceso del conocimiento intervienen dos facultades, la sensibilidad y el entendimiento,
que contienen representaciones, es decir, intuiciones y conceptos. La sensibilidad representa el
aspecto pasivo del conocer, puesto que en ella, están las intuiciones, que reciben las sensaciones
dadas por la cosa en sí, que se encuentra en el exterior. Estas sensaciones son recibidas, en primer
lugar, por las intuiciones puras (a priori), que serían los primeros tipos de moldes que tiene el sujeto.
Estas intuiciones puras son dos:
Espacio.
Tiempo.
Es decir, que el espacio y el tiempo no están en la realidad, sino que el sujeto ordena las sensaciones
espacio temporalmente para poder comprenderlas. También, existen intuiciones empíricas que no
son a priori, sino que dependen de la experiencia, ya que son las sensaciones causadas por la cosa en
sí (lo que Hume llamaba impresiones de sensación).
Por otra parte, el entendimiento representa el aspecto activo del conocimiento. Así como en la
sensibilidad residen las intuiciones, en el entendimiento hay conceptos y estos también pueden ser
puros o empíricos. Los conceptos puros (a priori) son el otro tipo de moldes (además del espacio y el
tiempo), que permiten no solo recibir las sensaciones, sino terminar de darles forma. De este modo,
con las formas puras espacio-tiempo el sujeto conforma los fenómenos y con las formas puras del
entendimiento (conceptos puros) puede pensar los fenómenos y armar las proposiciones a las que
Kant llama juicios.
Hasta aquí, hemos realizado un breve desarrollo de la teoría del conocimiento kantiana y nos hemos
detenido en algunas cuestiones básicas. Cabe aclarar que el pensamiento de Kant acerca del
conocimiento y cómo se produce es mucho más arduo y extenso. Por lo tanto, lo abordado aquí
podríamos decir que es una mera introducción.
El idealismo trascendental de Kant
En este video se puede ver brevemente una sencilla explicación del idealismo
de Kant que parte de un ejemplo cotidiano, lo que permite ver los alcances
de la teoría en nuestra vida diaria.
11:37
BMonitor fantasma (26 de agosto de 2019). El idealismo trascendental de Kant explicado [Video].
YouTube.
Bibliografía de referencia
García Morente, M. (1980). Lecciones preliminares de filosofía. México D.F.: Porrúa.
Heidegger, M. (2010). Caminos de bosque. Madrid: Alianza.
Kant, I. (2018). Crítica de la razón pura. México D.F.: Porrúa.
Bibliografía obligatoria
Carpio, A.(2004). Capítulo X: El idealismo trascendental. Kant. En Principios de filosofía: una
introducción a su problemática. Buenos Aires: Glauco.
Como, M. (2010). Fundamentos de la filosofía occidental, pp. 101-109. Buenos Aires: Leuka.
C O N T IN U AR
Lección 3 de 5
6.1 Conciencia moral y deber
En esta unidad, veremos los aspectos fundamentales de la ética kantiana. Entendemos por ética a la
rama de la filosofía que se ocupa de la reflexión acerca de los valores morales. En este caso, Kant
plantea una moral rigurosa sostenida en el control y resistencia que puede lograr la razón humana
para controlar las pasiones o inclinaciones. Según nuestro pensador, el hombre es un ciudadano de
dos mundos, por un lado, es un ser natural, dotado de un cuerpo con las mismas necesidades e
inclinaciones que todos los demás seres de la naturaleza; pero, por el otro, el ser humano está dotado
de una conciencia moral que marca la presencia del absoluto en su alma. El hombre es un ser racional
y entre una de las manifestaciones más importantes de la razón está la buena voluntad sostenida en
la conciencia moral. Evidentemente, estas dos naturalezas entran en conflicto dentro del ser humano,
en el marco de esta disputa entre razón e inclinaciones, se dirime el accionar moral del hombre.
La buena voluntad
Un aspecto importante de la ética de Kant es que, de alguna manera, viene a
solucionar el problema de su concepción gnoseológica. Desde el idealismo
trascendental, no es posible tener conocimiento de la realidad tal cual es (es
decir, de algo absoluto) sino que todo conocimiento es siempre sobre los
fenómenos (o sea, todo conocimiento es relativo al sujeto). Lo que mantiene
la objetividad del conocimiento es que todos los sujetos moldeamos al
fenómeno de la misma manera, ya que tenemos las mismas intuiciones y
conceptos a priori.
Sin embargo, desde la ética, sí sería posible entrar en contacto con algo
absoluto. Como afirma Carpio (2004):
En efecto, no conocemos lo absoluto; pero, sin embargo, tenemos un cierto acceso, una especie de
“contacto”, por así decirlo, con lo absoluto o, mejor, con algo absoluto. Este contacto se da en la conciencia
moral, es decir, la conciencia del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, de lo que debemos hacer y de lo
que no debemos hacer. La conciencia moral significa, según Kant, algo así como la presencia de lo absoluto o
de algo absoluto en el hombre. (p. 278)
La conciencia moral es absoluta porque ella es la conciencia del deber, de lo que se debe hacer. Y el
deber es universal, no hace referencia a lo que conviene hacer en determinado caso particular (por
ejemplo, “conviene hacerse amigo de tal persona para que me ayude a solucionar tal problema”), sino
a lo que se debe hacer en todos los casos, sin excepción (por ejemplo, “se debe decir siempre la
verdad”).
Ahora bien, que todos tengamos de manera absoluta y universal la conciencia de lo que se debe hacer,
no quiere decir que siempre sigamos esta conciencia moral. Como seres humanos que somos,
podemos elegir seguirla o no. Aquí, Kant hace una diferencia entre el reino de la naturaleza y la
condición humana.
El reino de la naturaleza es el reino del ser. Allí, todo está determinado. Por ejemplo, los leones
comen cebras. Pero su acto no puede juzgarse como bueno o malo, ya que el león no puede elegir no
comer a otros seres vivos por el hecho de que como parte del reino natural, el león está determinado
a actuar de esa manera. Aquí no hay conciencia moral. Por otra parte, la condición humana es el
ámbito del deber ser. Los seres humanos, según Kant, no estamos determinados a actuar de cierta
manera, sino que somos libres porque si bien la conciencia moral nos indica lo que se debe hacer,
podemos elegir no seguirla. Por eso, los actos humanos sí pueden juzgarse moralmente, es decir,
clasificarse en bueno o malos, y para esto es necesario comprender su relación con el deber.
El deber
Como veníamos diciendo, la voluntad es siempre buena. Es más, es lo único que es absolutamente
bueno. Otras cosas, como la inteligencia, por ejemplo, no son absolutamente buenas, ya que pueden
ser utilizadas para el bien o para el mal. La buena voluntad, por el contrario, es buena de manera
absoluta. Como afirma Kant (2015):
Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse
como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad. Y más la buena voluntad no es buena por lo
que efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto; es
buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma. (p. 28)
La clasificación moral de los actos
Según explica Kant, como los seres humanos no solo tenemos la buena voluntad, sino también ciertas
inclinaciones, se producen en nosotros ciertas tensiones. Cuando la buena voluntad lucha contra las
inclinaciones, aparece como una exigencia, es decir, un deber. Como no estamos determinados a
seguir la buena voluntad, ya que somos libres, nuestros actos se clasificarán moralmente en buenos,
malos o neutros, según la relación que tengan con el deber.
Los tipos de actos, según su relación entre el deber y las inclinaciones, pueden clasificarse. Veamos
un ejemplo de cada uno, tal como aparecen en Carpio (2004):
Acto contrario al deber
Supóngase (…) que alguien se está ahogando y que dispongo de todos los medios para salvarlo; pero se trata
de una persona a quien debo dinero, y entonces dejo que se ahogue. Está claro que se trata de un acto
moralmente malo, contrario al deber, porque el deber mandaba salvarlo. El motivo que me ha llevado a obrar
–a abstenerme de cualquier acto que pudiera salvar a quien se ahogaba– es evitar pagar lo que debo: he
obrado por inclinación y la inclinación es aquí mi deseo de no desprenderme del dinero, es mi avaricia. (pp.
281-282)
Acto de acuerdo con el deber, por inclinación mediata
Ahora el que se está ahogando en el río es una persona que me debe dinero a mí y sé que si muere nunca
podré recuperar ese dinero; entonces me arrojo al agua y lo salvo. En este caso, mi acto coincide con lo que
manda el deber y por eso decimos que se trata de un acto “de acuerdo” con el deber. Pero se trata de un acto
realizado por inclinación, porque lo que me ha llevado a efectuarlo es mi deseo de recuperar el dinero que se
me debe. Esa inclinación, además, es mediata, porque no tengo tendencia espontánea a salvar a esa persona,
sino que la salvo solo porque el acto de salvarla es un “medio” para recuperar el dinero que me debe. Por
tanto, no puede decirse que este acto sea moralmente malo, pero tampoco que sea bueno; propiamente es
neutro desde el punto de vista ético, es decir, ni bueno ni malo. (pp. 281-282)
Acto de acuerdo con el deber, por inclinación inmediata
Supóngase que ahora quien se está ahogando y trato de salvar es alguien a quien amo. Se trata,
evidentemente, de un acto que coincide con lo que el deber manda, es un acto “de acuerdo” con el deber.
Pero como lo que me lleva a ejecutarlo es el amor, el acto está hecho por inclinación, que aquí es una
inclinación inmediata, porque es directamente esa persona como tal (no como medio) lo que deseo salvar.
Según Kant, también este es un acto moralmente neutro. (pp. 281-282)
Acto por deber
Quien ahora se está ahogando es alguien a quien no conozco en absoluto, ni me debe dinero, ni lo amo, y mi
inclinación es la de no molestarme por un desconocido; o, peor aún, imagínese que se trata de un aborrecido
enemigo y que mi inclinación es la de desear su muerte. Sin embargo, el deber me dice que debo salvarlo,
como a cualquier ser humano, y entonces doblego mi inclinación, y con repugnancia inclusive, pero por deber,
me esfuerzo por salvarlo. (p. 281-282)
Según Kant, el único acto moralmente bueno es el que se realiza exclusivamente por deber, sin que
medie ningún tipo de inclinación.
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Lección 4 de 5
6.2 El imperativo categórico
El valor moral de la acción no reside en su resultado, sino en el principio por el cual se la realiza. A este
principio, Kant lo llama la máxima de la acción, es decir, la razón que me lleva a obrar de cierta forma.
En esto consiste el imperativo categórico, que Kant presenta en tres formulaciones:
La primera es: “Obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo
tiempo que se torne ley universal” (Kant, 2015, p. 70). Esto significa que en
cada acto que realizamos, debemos proceder de acuerdo a cómo pensamos
que deberían actuar todas las personas que estuvieran en nuestra misma
situación. Es decir que nuestro acto nunca debe ser una excepción, no
debemos buscar justificativos para nuestras acciones. Como afirma Carpio
(2004):
Esta fórmula, que puede parecer muy abstracta, coincide en el fondo con la siguiente: “no nos convirtamos
jamás en excepciones”; con lo cual se quiere significar que lo decisivo para determinar el valor moral del acto
es saber si la máxima de mi acción (aquello por lo que obro) es meramente un principio sobre la base del cual
yo - circunstancialmente- decido obrar, o bien es una máxima que al mismo tiempo la consideramos válida
para cualquier otra persona. Supóngase que me encuentro en una dificultad, y que, para escapar de ella,
decido hacer una falsa promesa, una promesa mentirosa. Entonces nos preguntamos: ¿podemos convertir
en universal este principio, el de mentir cuando uno se encuentra en dificultades? Y en cuanto pensamos qué
sería esta máxima convertida en ley universal, nos damos cuenta de que es imposible, que se anula a sí
misma: porque si todos los hombres obrasen según esta máxima, nadie creería en la palabra de los demás,
nadie creería en las promesas, y, por tanto, se anularía toda promesa y toda palabra. (p. 284)
La segunda formulación del imperativo categórico que da Kant es muy similar a la primera y no
agrega demasiado a lo ya visto: “Obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por la
voluntad, ley universal de la naturaleza” (Kant, 2015, p. 70).
Es en la tercera formulación donde aparece una novedad. Para presentarla, primero debemos hacer
una diferenciación entre medios y fines:
Toda acción humana se orienta hacia un fin, es decir, hacia
una meta u objetivo que se quiere lograr. Y, para
conseguirlo, se hace uso de diferentes medios.
Por ejemplo, si mi fin es irme de vacaciones el próximo verano, un medio para conseguirlo puede ser
ahorrar dinero trabajando. Ahora bien, según Kant, hay dos tipos de fines, los que son subjetivos,
relativos y condicionados. Estos son los que se refieren a las inclinaciones que tenemos y sobre ellos
se fundan los imperativos hipotéticos. Los imperativos hipotéticos se formulan para llegar a alguno
de estos fines subjetivos, como en el ejemplo dado anteriormente: “Si quiero irme de vacaciones (fin),
debo ahorrar dinero (medio)”.
Existen otro tipo de fines que son objetivos, absolutos e incondicionados. Y, sobre estos, se funda el
imperativo categórico. Son fines absolutamente buenos (no buenos para tal o cual cosa). Ahora bien,
como dijimos más arriba, lo único absolutamente bueno es la buena voluntad y como esta solamente
se encuentra en los seres humanos, afirma Kant que el ser humano es un fin en sí mismo.
Por ello, la tercera formulación del imperativo categórico afirma:
Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre
como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio (Kant, 2015, p. 81).
Es decir, que un acto es moralmente malo cuando a una persona se la considera meramente como un
medio o instrumento para conseguir algo, en lugar de como un fin en sí mismo. La prostitución y la
esclavitud son ejemplos de estos actos.
Ahora bien, en el reino de la naturaleza rige el determinismo. Por lo tanto, si una roca se desprende
de una montaña y causa la muerte de una persona, a nadie se le ocurriría decir que la roca actuó
moralmente mal, puesto que sin elección no hay moralidad en los actos. De igual manera, si el ser
humano también estuviera determinado, entonces la conciencia moral carecería de sentido. Pero,
según Kant, la conciencia moral es un hecho indisputable de la razón. Como explica Carpio (2004):
(…) el hecho del deber señala que el hombre no se agota en su aspecto natural, sensible; por el contrario, la
conciencia moral, incompatible con el determinismo, exige suponer que en el hombre hay, además del
fenoménico, un aspecto inteligible o nouménico, donde no rige el determinismo natural, sino la libertad. Esta
es la única manera de comprender la presencia en nosotros del deber, pues solo tiene sentido hablar de actos
morales (buenos o malos) si se supone que el hombre es libre. (p. 286)
Es decir que es preciso postular que somos libres para poder comprender el hecho de la conciencia
moral, puesto que si bien no podemos conocer la libertad, sí podemos pensarla, ya que los seres
humanos somos capaces de actuar iniciando nuevas cadenas causales, sin estar determinados a
hacerlo. No obstante, si bien una acción surge libremente de nosotros, luego tendrá sus
consecuencias en el mundo natural determinista. Por ejemplo, puedo elegir libremente darle a una
persona enferma un medicamento. El efecto que le haga, dependerá de las cadenas causales del reino
natural.
Por lo tanto, la libertad, según Kant, es un supuesto necesario para reflexionar sobre el hecho de la
conciencia moral y es el único contacto con algo absoluto, nouménico (es decir, no fenoménico),
contacto que no había sido posible desde su posición gnoseológica, pero sí desde su ética.
Marque la opción correcta.
¿Cuántas formulaciones presenta el imperativo categórico de
Kant?
4
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Kant y el imperativo categórico
A continuación, les compartimos una breve clase dada por el filósofo español
Fernando Savater en la que explica de un modo muy didáctico el concepto
de “imperativo categórico”, que es el precepto fundamental de la moral de
Kant.
03:36
fjjriosja (12 de diciembre de 2010). Kant Imperativo categórico [Video]. YouTube.
Fundamentación de la metafísica de las costumbres
Les compartimos el video de una clase en la calle en la que se desarrollan algunos de los temas que
venimos trabajando sobre Kant, poniendo el acento en cuestiones que tienen que ver con nuestra
vida cotidiana.
26:33
Canal Encuentro (09 de septiembre de 2016). Mentira la verdad IV: Kant, Fundamentación de la
metafísica de las costumbres I - Canal Encuentro HD [Video]. YouTube.
Bibliografía de referencia
García Morente, M. (1980). Lecciones preliminares de filosofía. México D.F.: Porrúa.
Kant, I. (2015). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Buenos Aires: Losada.
Bibliografía obligatoria
Carpio, A.(2004). Capítulo X: El idealismo trascendental. Kant. En Principios de filosofía: una
introducción a su problemática. Buenos Aires: Glauco.
C O N T IN U AR
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