La Triste Historia de Ana
Por
Militza Antonia Jiménez Duarte
Capítulo 1
Las alas rotas de una mariposa.
“Ana” “escuchó su nombre entre los vapores del calor y el alcohol, se dejó
colar hacia el mugriento chinchorro donde un abrazo mezquino la esperaba.
Sintió las garras hurgando y profanando su cuerpo, desgarrando su alma.
Abrió los ojos y apretó los dientes y dirigió la mirada hacia el techo de
láminas de zinc para no ver como un gallinazo putrefacto se posaba sobre sus
labios. Solo se oía en el cuarto el sonido del mecate en la alcayata.
La resolana la despertó, se extendió a todo lo largo de su cuerpo, luego
huyo del catre para dejar de espaldas al cliente de turno. El mal recuerdo se
filtró por aquella luz que entraba por la ventana.
Una mañana su abuelo arrastrando sus maltrechos pies la envió al pueblo a
comprar veneno para colocar en los rincones. La plaga de ratas lo había
preocupado, se comían el pan, ruñían los plátanos, destruían la madera de la
alacena. Un día después empezó a colocarlo en el café, luego en la sopa y en la
totuma con agua.
Poco a poco lo vio encorvarse de dolor, ponerse amarillo mientras ella lo
contemplaba sin ningún átomo de compasión. El animal ponzoñoso de la
venganza crecía en su corazón.
Después de una noche de ignominia, cansada dejo caer la dosis final sobre
la mazamorra de la cena. Al otro día al llevarle el guayoyo lo encontró frio,
con los ojos entornados hacia la ventana y el gallinazo de su barba llena de
una espuma blanca y nauseabunda. Todo formando un cuadro dantesco donde
una lengua amoratada sobresalía hacia un lado.
Nadie en el pueblo preguntó, nadie lloró, siempre miraron hacia un lado
para no ver lo evidente.
Solo la acompañaron su vecina y sus hijos. Josué el mayor rondada los
dieciocho años, siempre la consolaba cuando la encontraba llorando en
cuclillas sobre la empalizada, en aquellos momentos le susurraba
— vente conmigo —
Después del entierro la ayudó a recoger sus escasas pertenencias. Regaló el
ranchejo y se marchó con él, tenía quince años no quiso quedarse en aquel
pueblo, demasiados recuerdos amargos.
De allí empezó su peregrinar, Josué fue bueno con ella los cinco primeros
años, luego el alcohol y la miseria lo fueron esculpiendo en un ser odioso, que
la vejaba cruelmente.
A sus veinte años se había transformado en una mujer hermosa, morena de
pelo negro y rizado, boca perfectamente dibujada, ojos lánguidos y dulces.
Cuando bajaba por las escaleras del barrio a donde fue a parar, una orquesta de
piropos y silbidos la hacían sonreír.
Una madrugada después de una borrachera y una paliza se marchó. Viajó a
la ciudad y logró colocarse como sirvienta en una casa de personas adineradas,
a los pocos meses se dio cuenta de su embarazo. A los siete meses tuvo una
niña hermosa que se convirtió en su vida y la alegría de aquella familia que no
tenía hijos, en aquellos años se sintió protegida por primera vez.
Una noche lluviosa, al pasar por la puerta de la biblioteca observó que
estaban reunidos sus benefactores con el abogado de la familia. Al llevarles
café escuchó la horrible verdad, planeaban marcharse al extranjero y quitarle a
su hija. Con el corazón cabalgando en su pecho espantada corrió hasta su
cuarto y esperó que escampara. Recogió sus ropas y huyó sin mirar atrás, de
nuevo la fatalidad y la adversidad la perseguían, por varios días viajó de
pueblo en pueblo.
A los pocos meses sintió a su niña afiebrada, se fue poniendo delgada. Los
medicamentos y las consultas médicas acabaron con lo poco ahorrado, así se
vio obligada a vender su dignidad para buscar inútilmente la salud de su hija.
Un día el doctor le confirmó lo sospechado, no había solución oyó la
comprensiva voz del médico
— Dejémosla descansar en paz—
A veces la asaltaba la idea ¿si la hubiera entregado? tal vez no hubiera
muerto. Ellos tenían dinero, pero luego se llenaba de resentimiento al recordar
como querían robársela.
En aquel camastro mientras tomaba un café, miraba a su alrededor las
paredes manchadas, la miseria rodeándola. Recordó la noche cuando entendió
que nunca iba a volver a confiar en nadie, habían pasado diez años desde la
muerte de su abuelo
Ahora a sus veinticinco años estaba allí en la misma inmundicia sin salida.
Siendo pisoteada, había momentos que le llegaban ramalazos de su
adolescencia. Aquello le permitía sobreponerse a cualquier sentimiento
inoportuno que se quisiera infiltrar en su corazón. Se llenaba de rabia y le
destruía los sueños al Romeo que pretendía enamorarla. No podía pedírseles
nada más a aquel ser que había sido esculpido en la lujuria.
Su madre al morir creyó dejarla en buenas manos. En su lecho de muerte
no pudo ver los ojillos entrecerrados y vidriosos observando aquel cuerpecito
pequeño donde sobresalían unos inmensos ojos negros.
Aborrecía cada caricia, cada gemido, del amor había conocido tan poco.
Por eso sabía que aún estaba a tiempo de salvarse caminando sobre los
cadáveres vivos que iban cada noche en su búsqueda. Y que para su desgracia
quedaban adictos a su cuerpo y malditos, porque nada los encaprichaba más
que saber que no eran capaces de despertar en ella nada que no fuera el interés
por el dinero dejado en la mesa de noche.
Se colocó cerca de la ventana y sintió la noche pasar mientras un cigarrillo
se deshacía en la comisura de sus labios. Después de la muerte de su niña no
se permitió ningún sentimiento.
Lo había decidido se marcharía y empezaría una nueva vida. Con astucia e
inteligencia lograría sus objetivos. Cuando entregó las llaves de cuartucho
sucio y mal oliente se juró que nunca más volvería a estar entre tanta miseria.
Cerrando aquella puerta cerraba otra parte de su vida.
Al llegar a la cuidad logró ubicarse en un prostíbulo de cierta categoría,
donde fue bien recibida, era joven y hermosa. Allí se dedicó a pulirse como un
diamante. Convirtió el oficio en un inmenso juego de ajedrez donde cada
hombre cumplía un propósito. Al poco tiempo dejó de ser la prostituta común
para ser una cortesana, ahora sus clientes eran hombre de buena posición
económica y con cierta educación, que no solo dejaban dinero en la mesa de
noche, si no modales y refinamiento.
Después de una noche de lujuria recostada sobre su pecho les hacía
preguntas. Les pedía que la llevaran a sitios elegantes donde a base de
observación, aprendía como las mujeres de la alta sociedad se comportaban.
Como caminaban, hablaban, todo aquello era absorbido por aquellos ojos
negros donde el brillo de la malicia y la avaricia habían hecho nido.
Ya nada quedaba de aquella niña que a los quince años había ayudado a
bien morir a su abuelo. Ahora era hermosa y refinada, uno de los tantos
amantes la instaló en un lujoso apartamento donde ahora era dueña y señora.
Allí seguía planificando fríamente lo que creía que se merecía. La vida la
había endurecido cuando se observaba en el espejo fingía reír, pero solo una
mueca se asomaba a su rostro.
Los brutales hechos de su niñez la habían formado en ese ser reflejado en
las vidrieras de los aparadores. Cuando con el amante de turno buscaba una
joya caprichosamente regalada, “fría como un tempano de hielo”.
De vez en cuando recordaba a Josué y a su hija, el único sentimiento
bonito que había sentido. Cuando unas lágrimas se atrevían a salir, se las
quitaba rabiosa con la palma de la mano.
Capítulo 2
Fernando Arboleda.
Una mañana leyendo el periódico fijó su mirada en un importante hombre
de negocios que aparecía reseñado en la página social. Femando Arboleda así
aparecía su nombre en el encabezado del artículo. Tenía dos hijos, su esposa
había muerto hacía dos años, y lo principal era inmensamente rico
Así empezó su siniestro plan desde ese día comenzó a estudiarlo, era
amante del teatro, la ópera, del arte en general y filántropo. Se contempló en el
espejo tenía que cambiar algunas cosas. Se había refinado pero se le notaba
esa sensualidad que le servía para otras cosas, sin embargo aquel hombre era
diferente, intrigada veía su fotografía.
Un día coincidió con él en un restaurante, se apresuró a salir en el preciso
instante que lo vio retirarse. Fingió llamar un taxi en la entrada, sabía que su
presencia no pasaba desapercibida. Y así fue, un chofer se acercó y le preguntó
si permitía que la llevaran señalando hacia un lujoso auto.
En ese momento un taxi se estacionó junto a ella, le dio las gracias con un
gesto y se marchó ya el anzuelo había sido lanzado.
Una noche sentada en un balcón del teatro privilegio conseguido por uno
de sus admiradores se sintió observada. Fue saludada con un ligero
movimiento de cabeza, correspondió al gesto. Al terminar la función unos
amigos se acercaron y la invitaron a una velada, aceptó porque el anfitrión le
susurró al oído que querían conocerla mientras miraba hacia donde un hombre
esperaba.
Durante la noche se dedicó a conversar animadamente. Luego por fin fue
presentada. Sintió su nerviosismo cuando estrechó su mano. Tendría unos
setenta y tantos años pero de semblante muy agradable, y de modales
delicados. Logró ver en su mirada un destello de algo que le recordó a Josué,
¡pero no! era un hombre como todos. Luego aceptó su invitación a bailar.
La noche era calurosa por lo que lo que salieron al jardín. El cielo estaba
oscuro y despoblado de estrellas. Allí charlaron de la obra de teatro, desplegó
lo aprendido con maestría. Observó la admiración en sus ojos, calculando todo
fríamente decidió marcharse. Fingió sentirse cansada y él se ofreció a llevarla
su casa.
Cuando llegaron se despidió de ella besándole la mano. Sintió su mirada
mientras subía las escalinatas del edificio. Cuando entró a su apartamento fue
hasta su cuarto y se recostó sobre su lecho, encendió un cigarrillo, reflexionó
lo extraño de su conducta. Pensó que le haría insinuaciones en el interior del
auto. Sin embargo no fue así, además sí quiso conocerla sabía de antemano
quien era ella.
Con aquellos pensamientos se fue quedando dormida. Se levantó tarde con
un ligero dolor de cabeza, se lo atribuyó a unas cuantas copas de vino de la
noche anterior. Se dirigió a la cocina y preparó un desayuno frugal, era sábado
y era el día libre de la mucama. Se sintió con ganas de salir, se vistió sencillo,
unos pantalones de mezclilla, una blusa de lino blanca y unos zapatos
deportivos.
Al bajar compró el periódico y se dispuso a caminar. El día estaba brillante
y muchas personas caminaban presurosas. Caminó hasta una plaza, allí
observó parejas de la mano, niños corriendo, ancianos reposados, esa era la
vida que siempre había querido para ella. Ahora sabía que eso no era su
realidad, había conocido la parte cruel y oscura desde muy niña.
Cuando regresó eran casi las doce. Encontró dos hermosos ramos de flores
esperándola apenas franqueó la puerta del edificio. Leyó las tarjetas, uno era
un ramo de rosas rojas de uno de sus mecenas, con el que había aprendido a
invertir su dinero. Tenía con él una deuda de agradecimiento por eso
esporádicamente aceptaba sus visitas. Luego observó el otro ramo, rosas
blancas. Un número de teléfono al pie de la tarjeta y un nombre ya conocido.
Se preparó un café y sentada en un sofá meditó. Tomó el teléfono y marcó
lentamente. Sintió su corazón latiendo con fuerza cuando pronunció su
nombre, luego escuchó su voz nerviosa. Le agradeció las flores, después la
invitó a una recepción esa misma noche en una embajada.
En los últimos años, había tenido de amantes a hombre importante
económicamente y con apellido de abolengo, por lo que se le abrían las
puertas de lugares que jamás pensó en visitar. Se vistió con un exquisito
vestido negro, el escote era delicadamente revelador, el cabello recogido en
alto, se colocó pocas joyas, un maquillaje tenue. Se miró al espejo y lanzo una
ráfaga del más fino perfume. El sonido del intercomunicador la hizo volver,
tomó su bolso de mano y mientras bajaba en el ascensor pensaba en lo
diferente que era su vida.
En la entrada del edificio la esperaba. Extendió su mano y el
caballerosamente se la beso, el camino fue largo hablaron de cosas sin
importancias. Por un momento guardaron silencio. Luego le manifestó su
admiración. Al llegar fueron recibidos por el anfitrión, quien al darle un beso
en la mejilla le susurró:
— Estás hermosa.
En el transcurso de la noche compartió, bromeó con los demás invitados.
Era una perfecta anfitriona, elegante, bella y culta, sabia por experiencia que
los hombres adinerados veían a las mujeres como un trofeo y ella se sabía muy
codiciada, su ego no les permitía llevar de su brazo a una mujer que no fuera
deseada. Por eso derrochando su personalidad lo hizo reír en varias
oportunidades
En un momento de la noche se vio rodeada de otros invitados. Lo buscó
con la mirada pidiendo ser rescatada él llegó a salvarla y escaparon hacia el
jardín. La miró detenidamente, tomó una de sus manos, la acerco hacia él y la
besó suavemente, luego se retiró de su cuerpo, volvió sus ojos hacia él
dramáticamente le expresó.
— Lo siento quiero marcharme —
Se despidieron del anfitrión que protestó porque se marchaban apenas
pasada la media noche. Le manifestó sentirse cansada por un día muy
ajetreado, cuando estuvieron en el interior del auto se mantuvo callada, él la
tomó de las manos y las sintió frías, bajó su mirada y miró por la ventana, y le
ofreció una disculpa por lo que había pasado en el jardín. Lo observó
fijamente mientras buscaba en el interior de su cartera un cigarrillo, lo
encendió, y le dirigió una mirada de aprobación. Ya llegaban así que lo invitó
a tomarse la última copa de la noche.
En el interior del ascensor se sintió ligeramente mareada y en un
movimiento brusco fue aparar a sus brazos lo que hizo que bromearan.
Cuando llegaron orgullosas lo hizo pasar, era un lugar elegante con una
decoración sobria y de buen gusto. La siguió hasta la sala, luego se dirigió
hacia el bar, le preguntó que le gustaría beber y le preparó una copa. Se
acomodó en un sofá desplegando su escultural cuerpo como si fuera un gato
sobre una almohada. Se sintió observada por encima de cristal.
Desde su postura, como si fuera un hermoso depredador. Fue soltando todo
lo que sabía que tenía que decir, una pregunta quedó en el aire
— ¿Qué sabes de mí?
— ¿Tendría que saber algo? — le respondió sorprendido.
Sonrió con una suave mueca y preguntó.
— ¿Tienes tiempo?
La miró fijamente.
— Para ti tengo todo el tiempo del mundo — mientras la recorría con su
mirada.
Eran las cuatro de la mañana cuando terminaron de charlar, fue hasta la
cocina y preparó dos tazas de café. Salieron al balcón, la mañana apenas
dibujaba su llegada con unas nubes rosáceas diluyéndose en el horizonte. El
sol se descubría tímidamente, la tomó de la mano le dio un beso suave y se
despidió.
Cuando quedó sola se recargó un rato sobre la puerta mientras sorbía
lentamente su taza de café. Todo había sido contado y escuchado con una
expresión de asombro, lo sintió huérfano de palabras jamás imagino que ella
lo invitaría a su apartamento para contarle su vida. Ni que esta fuera tan
terrible, nada había quedado oculto por sórdido que fuera. Lo único que no fue
contado fue la causa de la muerte de su abuelo, ese era su “secreto,”
Decidió tomar un baño, mientras sentía el agua caer por su piel planeaba la
próxima jugada. Si volvía sabía a qué atenerse, le había dejado muy claro que
ya no tenía ninguna intención de ser la amante de nadie, quería una vida
sosegada y tranquila y ser valorada.
Ahora solo quedaba esperar el resultado de esa conversación. Dependía de
la respuesta dada por él. Solo tenía que esperar su llamada. Con ese último
pensamiento se fue quedando dormida.
Desde aquel día se enfocó más que nunca en su objetivo. Los últimos años
había sido así. Lograr su independencia económica le había costado muchas
noches de insomnio, de soportar a amantes que la asqueaban pero a quienes
recibía allí en su apartamento con su mejor sonrisa.
Todo esto lo pensaba sentada en la oficina de su administrador. Había sido
muy cuidadosa en invertir su dinero, al recordar sus tiempos de miseria
entraba en estado de pánico. Cuando el hombre le enseñó sus últimas
acertadas inversiones, sus ojos se abrieron de satisfacción y una sonrisa de
codicia salió a su rostro. Se marchó de allí satisfecha.
Era sábado así que decidió consentirse en el lujoso spa donde era un
considerada un cliente especial por el prestigio dado por su belleza.
Efectivamente fue recibida, con beneplácito tratada como una reina. Al salir
contempló el cielo infinitamente azul, un sol chispeante la segó y saco sus
lentes de sol, buscó con la mirada un restaurante y se dirigió hasta allí. Sentada
ojeando el menú pensó que algo que no había aprendido era a conducir autos,
era una tarea pendiente. Las veces que lo intentó, los nervios le impidieron
aprender, ahora tal vez fuera el momento preciso.
Ensimismada recordó que habían pasado quince días desde la conversación
en su apartamento, sonrió y pensó en un dicho popular “al mejor cazador se le
va la liebre”. Almorzó y luego se tomó un café. En el momento que se retiraba
lo vio llegar acompañado de una mujer madura de aspecto aristocrático, pensó
en tratar de no ser vista, pero luego se acercó a la pareja. Cuando estuvo frente
a él, la miro sorprendido para luego saludarla efusivamente. La invitó a
acompañarlos, le manifestó que ya había almorzado y se marchaba.
Todo era observado por su acompañante que sonriente la observaba. Le
pareció extraño, hasta que él se disculpó y la presentó, era su hermana. Le
ofreció su mano la sintió cálida al saludarla después de la presentación se
despidió.
Se marchó sintiendo sus miradas, le pareció buena señal que la presentara.
Había momentos que se arrepentía de haberle contado de su vida, pero en su
maquiavélica mente sabía que aquel hombre con tanto poder y dinero la había
investigado. Por eso aquella noche decido contarle “su verdad”. Al recordar su
rostro de satisfacción al verla se dio cuenta que no la había olvidado.
Ese mismo día recibió su llamada. La invitó a cenar y se disculpó con ella
por no haberse comunicado en tantos días. Le manifestó que había efectuado
varios viajes fuera de la ciudad, en un momento de la conversación le
manifestó.
— No he olvidado nuestra última cita.
Guardó silencio hasta que lo escuchó susurrarle.
— No he podido sacarte de mi cabeza.
Sonrió y le dijo pensando el efecto que sus palabras podían causarle
— Entiendo tu postura y la respeto no te preocupes.
Después guardaron silencio, ella para romper el momento incomodo le
preguntó:
— ¿A qué hora pasas por mí?
Se esmeró en su arreglo, esa noche quería ser el centro de la atención.
Apelar a su ego a saberse deseada, los hombres como él siempre habían tenido
lo mejor, por eso no se conformaban con poco. Había sido la perdición de los
hombres desde tiempo inmemoriales la arrogancia de tener la mujer más
hermosa así estuviera desprovista de sentimientos. Las exponían como un
trofeo de caza, o es que ella hubiera podido ser tan exitosa en su ofició si
tuviera una joroba o fuera bizca. Sonrió ante tan verdadera apreciación, había
aprendido que los hombres no se hacen más sabio con la edad sino más necios.
La historia de su vida no le había impactado como ella creyó. Ahora sería
cazado con saña y crueldad desnudando a sus bajos instintos. En cierta forma
quiso ser honesta con él pero vio que era inútil. Era tomar la presa deseada en
aquella jungla de cemento.
Cuando llegaron al restaurante, sintió todas las miradas sobre ella. Al
mirarlo de soslayo observó su rostro de satisfacción, había acertado el
movimiento, la noche fue esplendida., bromearon y platicaron de negocios. Le
hizo preguntas inteligentemente pensadas sobre cómo invertir su dinero.
Luego fueron a bailar, en un momento de la noche estrechadas entre sus
brazos lo sintió respirar profundo como si quisiera recobrar en ella toda la
vitalidad de su juventud. La miró a los ojos mientras le acariciaba suavemente
el rostro y le susurró
— Eres tan joven— lo besó suavemente y ella le respondió.
— Para mí solo eres un hombre y nada más —
Luego se fundieron en un fuerte abrazo cargado de pasión retenida, entre el
calor del momento le dijo.
— No deseo escapar de ti— — con la mirada puesta en una luna cómplice
y discreta.
Sonrió, si había querido escapar de ella. Tal vez guiado por los prejuicios,
pero ahora estaba allí doblegado ante los instintos que lo avasallaban.
Aquella noche había sido un éxito, ya sabía sobre que terreno caminaba.
Le gustaba como mujer pero sabía que era demasiado joven por eso su cautela,
pero como convencer aquel hombre que ella no era una vulgar caza fortuna.
Cuando regresaron al apartamento lo despidió con un suave beso, sintió su
respiración fuerte y cargada de deseo.
Capítulo 3
El recuerdo de su abuelo.
El primer sonido escuchado en aquella mañana fue su teléfono. Se espabiló
y lo buscó en su mesa de noche, reconoció el número, decidió no contestar la
llamada. Fue a la cocina y con una taza de café en la mano miró por la
ventana, era un día soleado. Su reloj marcaba las nueve, recordó que era
domingo y se dirigió hacia su cuarto, se vistió con un vestido de algodón
estampado con margaritas, un sobrero y sus lentes oscuros. Se detalló por
última vez en el espejo y se dispuso a salir. Mientras esperaba se preguntó ¿si
eso era lo que quería ser la esposa de un anciano, perder tal vez los mejores
años de su vida? Pero sabía que aquel hombre era la puerta para una vida
diferente, ser una respetada esposa y además inmensamente rica. Era ahora o
nunca, su belleza se iría tarde o temprano
Cuando el taxi llegó, le dio instrucciones al chofer y se dirigió a la playa.
Era uno de los pocos lugares donde era feliz, le recordaba su niñez cuando
vivía con su madre allá en su pueblo. Salían caminar a recoger caracolas y
piedras de colores, se sentaban en la arena a mirar el mar o corrían por la
orilla. Era tan joven casi una niña, a su padre no llegó a conocerlo, solo
recordaba lo que ella le contaba de él. Un amor de adolescentes truncado por
una tragedia, era pescador un día salió al mar y nunca regresó.
Era un hermoso día, el sol se manifestaba en su máxima expresión cálida e
incandescente. Sentada sobre una duna recordó a su niña, tenía apenas tres
años cuando murió, fue tan de repente, se llamaba Lorena. Era hermosa tenía
los ojos grandes y dulces, la gente al verla bromeaba y decían que era una
versión suya en miniatura. Iban los domingos, se introducían en el mar y reían.
Había pensado trabajar duro y comprar una casita. Enviarla a la escuela y
darle lo que ella nunca tuvo, si tan solo todo hubiera sido diferente, si Josué no
hubiera sido consumido por la miseria y la desesperanza. A él lo recordaba
como una víctima más de su trágico destino. Mirando al horizonte despejó los
recuerdos ya nada podía hacer, el pasado era solo eso, “pasado,”
Regresó al atardecer a su apartamento. Al llegar revisó su contestadora
tenía varios mensajes no contestó ninguno no estaba de ánimo. Tomó un baño,
luego escuchó música, ese era su mundo aquella soledad entre cuatro paredes
lujosas pero que no dejaban de ser lo que eran. Se retiró temprano el sol le
había producido un ligero dolor de cabeza.
Eran las dos de la mañana cuando encendió su lámpara de noche y observó
su reloj. Se había despertado atormentada por un mal sueño, la frente
sudorosa, el corazón latiendo con fuerza. Allí estaba como un fantasma su
abuelo mirándola, como siempre. Oculto en un rincón de su inconsciente
esperando saltar hacia ella como la primera vez.
Tenía nueve años y un desarrollo hormonal evidente, ya se le asomaban
debajo de los andrajos los pechos incipientes. Un día la llevó a la playa a
comprar pescado, ella en su inocencia se bañó en el mar, el agua le
transparentó lo que apenas nacía en su cuerpo.
Por el camino de regreso solo hubo silencio. Cuanto llegaron buscó en la
vieja lacena una botella de cocuy. Bebió hasta la madrugada como queriendo
sacar la fuerza maligna que le permitiera cometer la bestialidad que lo
atormentaba, aquel amanecer fue sacada de su chinchorro y mancillada. Trató
de luchar pero fue inútil, más nunca volvió a ir a la playa, la fue aislando de
los vecinos. Cuando quería revelarse la golpeaba sin misericordia, así fue
domando su espíritu. Los años fueron pasando, su refugio era la empalizada
donde en cuclillas lloraba de rabia,
Capítulo 4
Su cumpleaños.
Una noche se había fugado con Josué a contar estrellas y escucharon
música en una casa vecina. Era el cumpleaños de la señorita de la casa. Desde
un árbol contemplaron la fiesta. Con ojos de ensoñación vio bailar, cantar feliz
y cortar el pastel a la quinceañera. Ella tenía catorce años y en pocos días
cumpliría los quince.
El día de su de cumpleaños quedarían en su memoria como un recuerdo
dantesco. Su vecina le preparó un pastel y le avisó que se lo llevarían al
rancho, quiso persuadirlos que no era buena idea. Después se engañó
pensando que nada podía pasar. A las siete de la noche llegaron, su amigo le
trajo un ramo de flores silvestres. No pudo ver ni sentir como lo ojos de su
abuelo. Desde un rincón del cuarto observaba todo en silencio apurando una
botella de licor.
Ella encendió la radio y colocó música. Fue sacada a bailar por Josué, su
abuelo saltó como una serpiente enrollada y la estrechó entre sus brazos. Bajó
la mirada al suelo su cercanía la enfermaba, luego le cantaron el cumpleaños
feliz y se cortó el pastel. Eran las diez de la noche cuando prudentemente los
despidió. Observó preocupada su mirada extraviada.
Apenas cerró la puerta y recogió los trastes, se acercó a ella y le dijo con su
voz gutural y su aliento concentrado en licor
— Ahora te voy a dar tu regalo—
Lo que vino después, fue tan terrible, que desató en ella la determinación
final cuando al otro día la envió por más veneno para ratas a la tienda.
Mientras caminaba tratando de ocultar su rostro de la gente para que no vieran
los moretones y el ojo casi cerrado. Le parecía que pudieran adivinar lo que
había pasado. Un eco odioso le llegaba lejano y recordaba sus últimas
palabras.
— Al manganzón ese no le hablas más, si no quieres que te mate y lo mate
a él —
Jamás pensó que aquellas palabras pronunciadas fueran su sentencia de
muerte. Se cubrió el rostro para ahogar un sollozo, amanecía cuando se fue
quedando dormida.
Capítulo 5
El cumpleaños de su hija y los malos recuerdos.
Cuando despertó recordó el sueño, fue hasta la cocina se preparó un jugo
de frutas, observo un almanaque colocado en la pared. Un círculo rojo le
recordó una fecha, era el cumpleaños de su niña, se dirigió a su cuarto y buscó
en una de sus gavetas el álbum y contempló las fotografías. Acarició las
imágenes lentamente, se quedó pensativa unos momentos y decidió ir al
cementerio como todos los años.
Cuando salió a la calle entre el rumor de la gente se sintió agobiada. Tomó
un taxi y le dio la dirección, contempló las formas pasando vertiginosamente
por el cristal del auto. Recordó que cuando murió su hija solo la acompañaron
las mujeres que se habían hecho sus amigas en aquel burdel de mala muerte,
donde fue a trabajar apremiada por la enfermedad de su niña. Aquel día llovía
a cantaros como si el cielo también llorara con ella.
El cementerio estaba solo. Después recordó que era lunes por lo general la
gente visitaba sus muertos los domingos. Por el camino había comprado flores
a una viejita a la que siempre se las compraba por caridad. Al llegar a la tumba
todo un remolino de recuerdos y de sentimientos la agobió, lloró en silencio
arrodillada sobre la alfombra verde. Se quedó largo rato hasta que algo atrajo
su atención, era un cortejo fúnebre. Miró su reloj eran casi las doce y decidió
marcharse.
En el entierro de su abuelo nadie del pueblo asistió, se sentían culpables de
haber mirado hacia un lado para no ver lo que pasaba en aquel rancho. No
soltó ni una lagrima, sintió un alivio cuando vio las ultimas palas de tierra que
cayeron sobre el féretro. Después recogió sus pocas partencias y se marchó
con Josué. Su madrina les dio su bendición, los ayudo con dinero y llenos de
ilusión y enamorados se marcharon.
Cuando llegaron a la ciudad alquilaron un cuartucho y se dispusieron a
buscar trabajo. Al principio todo funcionó, pero el alcohol y los juegos de azar
lo fueron envolviendo de una manera grotesca, luego las deudas, el alquiler del
cuarto, el hambre y las palizas, acabaron con el único sentimiento bonito que
sentiría en su vida. Y el colmo fue cuando pretendió pagar una deuda de juego
con ella, un día mientras la acariciaba le susurró maléficamente
— Tengo una deuda de juego y si no pago me matan.
Horrorizada rompió a llorar, no logró conmoverlo, la agarró por el cuello y
le gritó lleno de ira
— Te mato yo o nos matan ellos.
Después la golpeo salvajemente y se fue dejándola ensangrentada. Las
palizas por lo general eran escuchadas por su vecina Mercedes, desde que
había llegado la había ayudado. Aquella madrugada esperó que Josué saliera
de la pensión, cuando lo vio lejos entró auxiliarla, al verla en aquel estado,
espantada exclamó
— ¡Anita mija por qué no te vas, ese marido tuyo te va a matar!
Llorosa le respondió.
— No tengo dinero para irme, ni a donde.
La mujer atribulada le aconsejó.
— Pero si te quedas aquí, un día vas amanecer muerta.
Luego como si una idea pasara por su mente
— Espérame aquí.
Fue hasta su humilde vivienda, de regreso extrajo del escote de su vestido
unos cuantos billetes y se los entregó.
— Mi marido está borracho y mañana ni se acuerda.
Tomó el dinero, la abrazó. Recogió su ropa y se marchó, fue la última vez
que lo vio. Por eso se había endurecido, todas las personas en las que confió la
habían defraudado.
Todo lo veía pasar como una película sentada en una banca del parque.
Capítulo 6
Un momento de debilidad.
Cuando regresó pasaba del mediodía divisó el lujoso auto en la entrada del
edificio, se acercó, él bajo el vidrio, la saludo y la invitó a almorzar, sonrió con
tristeza y le susurró
— Hoy no soy buena compañía—
Luego le refirió de donde venía y lo invitó a tomar un café en el
apartamento. Al bajarse presuroso le dio un beso en la mejilla y con ella del
brazo subieron, apenas franqueo la puerta, se sintió estrechada y besada con
pasión.
Recostada sobre su pecho horas después lo observaba, se había fallado así
misma, tal vez era en aquel momento cuando se sintió vulnerable. Sin
embargo no podía negar que se había sentido plena con aquel hombre que bien
podía ser su padre, la amó con pasión, con ternura, con desesperación. Si tan
solo con él pudiera ser diferente su vida, si pudiera confiar otra vez.
Ensimismada no se dio cuenta que era observada, la beso en la frente y le dijo.
— Mi reino por un solo pensamiento tuyo, —
Sonrió y luego la abrazó y se fue quedando dormida, cuando despertó ya se
había marchado eran las ocho de la noche.
Se levantó tomó un baño, fue a la cocina se preparó un té, se dirigió hasta
el balcón y en la penumbra de la noche recordó lo ocurrido, no solo había sido
el desahogo del hombre que vio la oportunidad de convertirla en su amante.
Con él se sintió protegida, pensó ¿si alguien la amara sin que le cruzara la idea
de usarla?
Capítulo 7
Fernando arboleda y su vida
Cuando regresó a su mansión sentado en su biblioteca con una copa de
Brandy en la mano meditó lo ocurrido y se sintió feliz, jamás pensó en volver
a sentir la pasión de sus años de juventud. Más algo le inquietaba sabía que
por su inmensa fortuna las mujeres se acercaban a él con otras intenciones.
Había vivido cincuenta años de felicidad al lado de su esposa. Volvió la
mirada hacia el cuadro que engalanaba la parte superior de la chimenea. Allí
estaba ella con su mirada dulce, con esa presencia que le había acompañado
durante tantos años. Sus dos hijos se habían marchado y formado su hogar,
ocasionalmente en las fechas festivas compartía con ellos y sus nietos. Sin
embargo durante todo el año sentía una soledad abrumadora rodeada de
sirvientes, que se desvivían en atenderlo. En las noches era cuando aquella
casa se le hacía demasiado grande y vacía. Recordó a Ana y lo que le había
relatado de su vida, tal vez aquella conversación fue lo que hizo que la viera
con otros ojos.
Sin embargo no pudo evitar pensar en las críticas de la gente, su familia,
sus hijos se opondrían, no era cualquier mujer tenía un pasado y él lo sabía
mucho antes que ella se lo contara. ¿Y si este fuera su última oportunidad de
ser feliz? al recordarla la respiración se le hizo densa, rememoró cada minuto
pasado. Pensó como aquella hermosa mujer que llamaba poderosamente la
atención, rodeada de hombres jóvenes ¿sería capaz de llevar una vida con él?
Tenía setenta y cinco años, se veía bien para su edad, ¿pero hasta cuándo?, en
diez años a más tardar sería un anciano, decrepito con una joven esposa
deseosa de vivir.
Movió la cabeza la vida era complicada si tan solo pudiera tomar lo que le
ofrecía, si tan solo ella aceptara ser su amante y nada más. Recordó que la
única vez que le fue infiel a su esposa fue con una joven secretaria de su
empresa. Respiró profundo al rememorar como aquella aventura terminó
cuando los sentimientos de aquella se hicieron más profundos y quiso que él
se divorciara, al negarse a su exigencia se marchó.
Un día al regresar a la oficina le informaron que había renunciado. Trató de
encontrarla, pero fue inútil nunca más volvió a saber de ella. De aquello
habían pasado veinticinco años.
Recordó cuando una mañana apenas franqueó la puerta de su oficina, su
secretaria le informó que lo estaban esperando, al preguntarle quien lo
requería, le señaló hacia la sala de estar. Allí observó una anciana que le
dirigió una mirada suplicante, molesto le respondió, que “nadie podía acceder
hasta sus oficinas, sin previa cita”. Notó el azoramiento de la joven quien
inmediatamente se acercó a la visitante para darle una respuesta, mientras él se
alejaba, lo esperaba un día ajetreado de reuniones e inversionistas.
Cuando regresó a su oficina le fue entregado un sobre amarillo. Así reposó
sobre su escritorio por varios días, hasta que una tarde su secretaria le
preguntó que si quería que lo archivara, le expresó que deseaba estar solo. Al
tomarlo en sus manos no imagino como aquello le cambiaría la vida hasta
ahora tranquila.
Cuando leyó el nombre delicadamente escrito, le resonó a recuerdos
“Isabel Fuentes“. Era aquella mujer con la que estuvo relacionada y por la que
casi pierde la cabeza y su matrimonio. Lentamente empezó leer aquellas
páginas, sus ojos no pudieron separarse ni de una sola línea. Solo la presencia
de su secretaria lo hizo volver, le ofreció un café le indicó la hora y le
preguntó si la necesitaba. Le respondió con un ligero movimiento, miró su
reloj habían pasado dos horas desde el momento que llegó y el sobre fue
abierto.
Le indicó que cerrara todo y apagara las luces, y le comunicara a su chofer
que pronto bajaría. Luego se quedó en penumbras desde ese día había pasado
un mes.
Ahora estaba allí pensando su futuro con Ana. Que ahora se perfilaba
diferente. Desde ese momento había contratado, a detectives que se encargarán
de llegar a la verdad escrita en esas páginas.
Capítulo 8
Isabel fuentes y su historia.
Isabel Fuentes tenía dieciocho cuando se presentó por primera vez aquellas
oficinas, apenas había dejado las coletas y la falda de tablones de la escuela.
Llegó de pasante a la empresa con excelentes calificaciones, por eso fue
elegida para realizarlas allí. Después de terminadas le ofrecieron trabajo.
Primero fue asistente de su secretaria, luego cuando esta enfermó ella
ocupó su lugar, era una oportunidad que no iba a desaprovechar. Procedía de
una familia muy humilde, recientemente había conseguido entrar a una
universidad pública a la que asistía en las noches. Las circunstancias la
llevaron a ser su mano derecha a pesar de su juventud.
Cuando lo conoció la primera impresión fue intimidante. Era un jefe
estricto había trabajado veinte años con la antigua secretaria, esta lo conocía
muy bien y manejaba el carácter fuerte de su jefe. Se encargaba no solo de lo
laboral si no de lo personal. Cumpleaños de su familia, aniversarios,
almuerzos, forma de tomar el café, saber cuándo le esperaba un mal día por el
tono de su voz, era un jefe considerado y respetuoso pero demandante y
perfeccionista.
Durante el tiempo que estuvo de asistente embebió todas las enseñanzas.
Aprendió que debía tener un café caliente apenas ponía los pies en la oficina.
Hacerle un itinerario de todas las actividades del día. Que tomaba
medicamentos para su gastritis y analgésico para sus dolores de cabeza, que le
gustaba quedarse en penumbras en las noches cuando todo terminaba. Amén
de ser exigente con el trabajo.
Los primeros días con lágrimas represadas en los ojos aguantó los regaños
y las impaciencias, pero ya a los dos meses vio con satisfacción como todo
fluía. Empezó a acompañarlo a los almuerzos de trabajo, anticipar cualquier
problema que se pudiera presentar. Una tarde después de terminado el trabajo
sin mirarla a la cara le preguntó que hacia aparte de trabajar allí.
Le conto de sus estudios en la universidad y el deseo de titularse en
finanzas. Esta vez la observó con detenimiento al ver su nerviosismo, la invitó
a sentarse. Eran las seis y ya anochecía se sintió abrumada por la mirada de
aquel hombre por el que sentía una gran admiración. La escuchó en silencio,
luego se mostró preocupada por la hora y él se ofreció a llevarla hasta su casa.
Durante el trayecto hablaron poco, le pareció tan diferente al jefe austero de la
oficina.
Capítulo 9
Una ilusión naciente
Al llegar a su casa fue recibido por su esposa, tenía días enferma. Los
últimos años una enfermedad del corazón la mantenía retirada de casi toda
actividad. Durante la cena la oía lejana, recordaba la conversación con Isabel,
nunca la había detallado, mantenía una distancia con el personal femenino de
la empresa. Era una mujer hermosa casi una niña, pero vio en ella una
madurez que le agradó.
Aquella conversación había tenido lugar para informarle que necesitaba
una secretaria más experimentada para algunas actividades como viajar y que
prescindiría de sus servicios. Pero que sería asignada a otro lugar de la
empresa, sin embargo al verla tan aplomada y segura había cambiado de
opinión. No pudo evitar pensar en el rostro redondo, los cabellos largos, el
flequillo rebelde sobre la frente, las manos delicadas y aquel aire de juventud y
la admiración que vio en sus ojos.
Cuando regresó el lunes se sintió inquieto, se observó colocándose más
perfume. Algo había cambiado, varias veces durante el día se encontró
pensando en Isabel, ¡no podía, ser, él ilusionado con una mujer que podía ser
su hija!
Al llegar a la oficina inmediatamente fue seguido con café en mano y su
libreta de anotaciones por ella, no pudo dejar de ver un hermoso arreglo floral
en su escritorio. Sin levantar la mirada escuchó el itinerario pautado, luego
bromeó por las flores, ella sonrió y le dijo que era su cumpleaños y se lo
habían regalado sus compañeros de trabajo. Después se dedicaron a realizar
las actividades del día.
Al mediodía se sorprendió así mismo invitándola almorzar a un lujoso
restaurante. Allí compartieron animadamente. La observó sonriente le relató
anécdotas familiares, de sus estudios, cuando les toco regresar le dio la tarde
libre y la dejó en su casa. Le agradeció con un beso tímido, al verla alejarse
respiró profundo. Tenía tanto tiempo viviendo como un autómata se sintió
joven, ¿sería posible que aquella muchachita viniera trastocar su planificada
vida? con esos pensamientos regresó a la oficina y en toda la tarde no dejó de
pensar en Isabel.
Desde aquel día todo cambió, las largas jornadas de trabajo, los viajes
juntos, la admiración de ella. Tenía cincuenta años y se veía muy apuesto, todo
se prestó, para que se desencadenara una relación pasional. Jamás pensó que
aquello tendría consecuencias y menos enterarse después de tantos años,
¿porque ahora? Tenía tanto tiempo solo.
Ahora todo se agolpaba en su mente, pensó en Ana apenas, la relación
empezaba, no sentía tanta confianza para contarle del nuevo giro que había
tomado su vida. Además debía corroborar si todo era verdad, no podía
exponerse públicamente sin estar seguro y ¿si era un chantaje, como lo
tomaría su familia, sus hijos sabrían que engañó a su madre? Siempre había
sido un hombre recto, sin embargo no dudó en investigar. El recuerdo que
tenia de Isabel fuentes no era de una caza fortuna, sino de una mujer
maravillosa que llegó tarde a su vida.
Capítulo 10
El pasado vuelve
Sentada en la sala de estar de la clínica sostenía impaciente los exámenes
médicos que le habían realizado. Hacia aproximadamente un año atrás se
había empezado a sentirse mal de salud, mareos, cansancio, dolores
musculares, así fue perdiendo peso. Siempre había sido muy sana por lo que
pensó que podían ser cambios hormonales propios de su edad, estaba próxima
a cumplir los cincuenta años.
Hasta que una mañana estando caminando por el parque se desmayó.
Cuando despertó se encontraba recluida, una enfermera le pasaba una
solución, a su lado se encontraba su madre angustiada. Al rato se presentó un
médico que le realizó unas preguntas, luego le indicó a una enfermera que
necesitaba que le realizarán algunos exámenes. Al principio trató de no
preocuparse pero luego al ver como su rostro se desencajaba más cada día,
tomó cartas en el asunto.
Por eso estaba allí en aquella mañana esperando entrar a la consulta. No
podía evitar sentirse abrumada, no quiso contarle a su familia ¿para qué
preocuparlos? Cuando estuvo hospitalizada le hicieron algunos exámenes de
rutina, luego el médico de la emergencia se mostró preocupado y la envió con
aquel especialista, el doctor Riobueno Oncólogo, su solo nombre inspiraba
temor.
La enfermera pronunció su nombre señora “Isabel Fuentes”. Entró al
consultorio, al estar frente a él, sintió una escalofrió recorriéndole la espalda,
inmediatamente le entregó el sobre con los resultados. Poco a poco el médico
los empezó examinar y realizarle más preguntas, a medida que las contestaba
veía la expresión de seriedad en su rostro.
Cuando salió del consultorio habían pasado casi una hora. Caminó sin
rumbo fijo, ¿porque ahora que creía tener una vida tranquila? Hacía dos años
que había enviudado, en un accidente de tránsito había perdido a su esposo,
habían estado juntos veinte años, le había criado a su hija, y la había amado y
protegido. Poco a poco había logrado salir adelante en la adversidad, ¿cómo
comunicarle a su familia su enfermedad? pensó en su madre tan ancianita, le
quedaba tan poco tiempo.
Buscó donde tomarse un café. Sentada allí vio su vida pasar delante de
ella, recordó el día que decidió marcharse hacia veinticinco años atrás. Nunca
regresó ni quiso que él supiera más de ella, nunca la engañó siempre le habló
de su esposa, ¿porque recordaba aquello en aquel momento tan difícil de su
vida? Pensó en Beatriz su hija, sabía que algún día tendría que decirle la
verdad ¿por qué ahora cuando sus días estaban contados? Además revelarle
quien era su verdadero padre. Un hombre importante de negocios que
desconocía de su existencia. Parecía increíble pero en aquel momento solo era
capaz de pensar en su pasado, como un gigante monstruo sentado allí
inquisidoramente pidiéndole contar la verdad.
Su enfermedad fue dolorosa e irremediable. Sus familiares se unieron en
torno a ella, su hija regreso del extranjero para estar en sus últimos días.
Pospuso por varias semanas contarle su secreto pero un día vio como teñía de
sangre el lavamanos y supo que tenía poco tiempo. Una mañana buscó en su
gaveta una libreta y empezó a escribir una carta que iba dedicada aquel
hombre que había sido el amor de su vida, Fernando Arboleda. Quería pedirle
perdón por haberle ocultado la existencia de Beatriz, necesitaba también
contarle a ella que no estaba sola en el mundo que tenía familia, que se le diera
su lugar.
Había estado al tanto de él por las páginas sociales donde ocasionalmente
lo veía salir con su familia. Rompió muchísimas hojas de papel, las escribió de
nuevo, era tan difícil contar veinticinco años de silencio. Cuando terminó las
leyó por última vez, su madre a su lado con los ojos llenos de grimas fue la
depositaria de aquel secreto. Se sintió cansada, mañana sería el día que
contaría su verdad. Así se fue quedando dormida con los recuerdos de su
juventud.
Era una mañana calmadita de las que se asoman tímidamente con una
llovizna, con un cielo gris claro sin ningún asomo de sol. Así fue el día que
partió, cuando fueron a despertarla para administrarle los medicamentos la
encontraron dormida. Con esa placidez que siempre la había acompañado,
todos los que la habían conocido lloraron su partida, había sido una
maravillosa esposa, mujer e hija. Solo su madre sabia cuanto dolor derramó en
esa carta que con la premura de la muerte había escrito. Su hija a su lado
desconsoladamente lloraba habían sido muy unidas, se fue como había vivido
tranquila y en silencio.
Capítulo 11
La depositaria de un secreto.
Después de los servicios funerarios, Julia Fuentes regresó a guardar todas
las pertenencias de Isabel. Sintió el inmenso vacío de su ausencia, ella se iría a
vivir con Beatriz a otro país.
Sentada en borde de la cama contemplaba unas fotografías que había
conseguido en una gaveta, allí estaba su vida y la de su hija. Recordó cuando
le confesó que estaba embarazada de su jefe, también de su firme
determinación de alejarse, él no la había engañado, siempre le dijo que jamás
dejaría su esposa.
No destruiría la vida de una buena mujer, conocía a Prudencia de Arboleda
y sus hijos, llegó a compartir con ellos. Se sintió culpable a pesar de su edad
era muy madura. Así se fueron a vivir a otra ciudad. Después a los dos años
conoció al que sería su esposo durante veintidós.
Allí también estaba aquel sobre amarillo que Isabel le entregó una noche
antes de morir, lo había olvidado por completo. Recordó la desesperación de
ella al confiárselo sabiendo la cercanía de su muerte. Ensimismada en sus
pensamientos no sintió llegar a Beatriz, la abrazó, nerviosamente lo guardó y
le explicó que eran documentos sin importancia. Desde aquel día no dejó de
pensar en la tarea pendiente, entregarle a Fernando Arboleda la carta dejada
por Isabel.
Una mañana decidió cumplir lo prometido viajando en el tren y oyendo
todo lejano a su alrededor volvió a ver a su hija, revivió aquel viaje cuando se
marcharon. Había decidido empezar una nueva vida, ella siempre fue su apoyo
al quedar viuda, sus hijos principalmente Isabel la habían ayudado. Era una
excelente hija, cuando le confesó su embarazo cabizbaja le pidió perdón, la
abrazó y le dio consuelo. Por dentro sintió rencor por aquel hombre que
aprovechándose de su posición y madurez la había hecho caer. Isabel siempre
lo defendió, ella nunca tuvo malicia para ver lo que pasaba.
Al llegar ante el imponente edificio pensó en Beatriz, en las estrecheces
económicas que había vivido, si saber que era heredera de un imperio
económico. El hombre con quien Isabel contrajo matrimonio la rodeó de amor,
protegió y amo a su hija como si fuera suya, la hizo inmensamente feliz. Esos
años a su lado la hizo olvidar aparentemente su pasado.
Ahora esperando a Fernando Arboleda se sintió intimidada. Cuando lo vio
llegar lo reconoció, guardaba aquel aire de distinción que solo daba el dinero.
Observó cuando anunciaron su presencia luego la secretaria se acercó y le
informó que no podían atenderla, tal vez en dos semanas seria recibida con
una cita previa. Le imploró que era urgente que hablara con él, ante la negativa
entregó el sobre. Esa misma semana se marcharía a vivir con Beatriz al país
donde ella trabajaba y realizaba una especialidad en su profesión como
médico. Resignada lo vio alejarse presuroso y fue la última vez que lo vio.
Capitulo12
Un nuevo comienzo
Cuando se despertó aquella mañana se sintió distinta. Nada de la sensación
que sentía muchas veces después de una noche de sexo con el amante de
turno. Su primer pensamiento fue hacia él. Sonrió al recordó lo ocurrido,
jamás pensó que un hombre a su edad la hiciera sentir a como una
quinceañera. Fue tan especial con ella, hubo tanta ternura, tanta pasión
contenida, conocedora de los hombres sabía que era difícil que un hombre a su
edad se mantuviera así tan viril y con la capacidad de complacer a una mujer
tan joven como ella.
El teléfono repicó y oyó su voz, le dio los buenos días y la invitó a
almorzar, sintió en sus palabras emoción y calidez. Se estiró y se enrolló sobre
su cuerpo y se quedó pensativa hacía muchos años que no sentía esa sensación
esa felicidad arropada por el miedo. Observo por la ventana el sol entraba
como invitándola a salir a la vida con una nueva esperanza y así lo hizo.
Mientras se duchaba cantó, talló su cuerpo mientras sentía lo cálido del agua
en su piel.
En aquella mañana se decidiría su destino, al entrar al restaurante vio su
cara de felicidad. La recibió con un beso, mantuvo su mano y en sus ojos vio
devoción, se sintió intimidada nunca había sentido sobre ella esa mirada
cargada de admiración y amor. Solo había recibido miradas de lascivia.
Cuando les ofrecieron el menú caballerosamente lo pidió por ella. Mientras
esperaban no dejaba de besar sus manos, una sonrisa afloró a su rostro, una
pregunta en una súplica llena de esperanza.
— Ana quieres ser mi esposa —
Extrajo de su bolsillo un pequeño cofre de terciopelo negro, un maravilloso
diamante relucía y se lo ofreció. Lo escuchó distante como si sus oídos se
negaran a creer lo pronunciado. Se acercó hacia ella y le colocó la joya y la
beso suavemente, luego le expresó.
— no tienes que contestarme ahora—
Luego ordenó una botella de champaña.
Todo lo observaba como si viviera un sueño. Era lo que esperaba pero todo
estaba pasando tan rápido. La felicidad en su vida había sido escurridiza no
estaba acostumbrada a sentir aquel sentimiento reflejado en los ojos de un
hombre y sintió un miedo. Como si él lo presintiera la tomó de las manos y le
infundió esa serenidad que ella había observado producto de su madurez,
luego bromeó al verla tan callada.
Abrumada fue un momento fue al tocador de señoras, cuando se vio
reflejada en el espejo creyó ver a la niña de ojos grandes y dulces que la
miraba llena de esperanza, luego una imagen también conocida por ella, la
mujer en la que se había convertido en estos años producto de la maldad de
quienes debieron protegerla. Se colocó labial se arregló el cabello, y se miró
por última vez.
Capítulo 13
La decisión
El viejo mayordomo Octavio Luna tenía treinta años a su servicio, aquella
noche cuando llegó después de estar con Ana, le pidió que le llevara un
refrigerio al despacho, le había manifestado que no quería cenar en aquel
inmenso comedor. Más que su empleado se había convertido en su confidente,
le sirvió una porción de pastel de vainilla que era su preferido, y en la
intimidad de su biblioteca lo invitó a tomarse una copa con él.
Había sido su fiel compañero en sus ratos de soledad, aquel día le había
hablado de ella, cuando le pidió su opinión sonriente y sabiamente le contestó.
— Señor la felicidad es pasajera y a nuestra edad, no la podemos dejar
pasar —
Lanzó una mirada alrededor de la estancia, era lujosa y cómoda pero
infinitamente vacía. En varias oportunidades lo había acompañado en una
noche como aquella, siempre había prestado oído a los consejos de su fiel
mayordomo.
Por eso buscó su compañía, y le confió lo que le atormentaba, lo observó
un momento y luego bromeó de lo afortunado que era de haberse enamorado
de una mujer tan joven, de saberse correspondido. Solo que recomendó cautela
con su patrimonio, luego lo felicitó y aquellas palabras bastaron para que
como un adolescente tomara aquella decisión de pedirle matrimonio. Cuando
quedó solo lo decidió, sería o intentaría ser feliz sus últimos años de vida.
Aquella mujer lo hacía sentir vivo, pleno, ya su dinero no podía comprar esa
sensación de virilidad, de ser hombre que ella despertaba.
Todo era recordado mientras esperaba a Ana sentado en el restaurante.
Cuando terminaron de almorzar la invitó a conocer su mansión.
Al poco tiempo contrajeron matrimonio, la llevo durante seis meses a
recorrer el mundo. Su familia se mantuvo cautelosa a ver su juventud. Sin
embargo al pasar del tiempo ella se fue ganando la confianza de sus hijos, solo
guardaba para ella aquel secreto.
La agencia de detectives no había podido dar con el paradero de Beatriz
Valderrama fuentes su hija, y eran pocos los informes que le habían entregado.
Capítulo 14
El regreso
Beatriz Valderrama había regresado a la casa de su niñez. Después de un
año de estar en el extranjero, al asomarse a la ventana que daba al patio
recordó a su abuela paseándose allí. Ella corriendo a su lado, su infancia fue
feliz, su padre había sido un extraordinario hombre, su madre una mujer
tierna, cariñosa y callada, siempre estuvo rodeada de afectos. Ahora al
recorrerla sintió nostalgia. Doña Julia recientemente había muerto, unos días
antes le había rogado que regresara que no se quedara sola en aquel país
extraño aquí todavía tenía familia. Por eso había retornado cuando terminó su
especialización.
Cuando ingresó a la habitación que había sido de su madre, casi pudo verla
en el tocador. Allí estaba ella presente en cada detalle del lugar. La recordaba
llenándola de cariño sonriente, tejiéndole la clineja en las mañanas antes de ir
a la escuela. Existían tantos recuerdos, reviso en las gavetas, estaban vacías,
todo había sido guardado unos días después de su muerte. Ahora regresaba y
no sabía qué hacer, en la casa de su tía mayor le habían dado hospedaje. Había
recibido una invitación de un importante hospital para entrar a trabajar como
especialista en el área Cardiología. A pesar de su juventud ya era reconocida.
Una idea le cruzo de repente ¿y si se quedaba allí a vivir? tenía planes de
matrimonio, postergados por sus estudios. Ricardo Duarte su pareja desde
hacía cinco años atrás se lo había pedido. Ahora al regresar al país quería que
formaran una familia. Habían cumplido muchas de sus metas, ahora podían
trabajar juntos, realizaron la misma especialidad, tenían planes de construir
una clínica para ayudar a personas de escasos recursos económicos.
Presenciaron niños morir por falta de oportunidades, por eso se habían
prometido que cuando terminaran sus estudios que dedicarían una parte de su
tiempo a esa causa.
Ricardo Duarte al recordarlo sintió una maravillosa sensación, era su
amigo su compañero de estudios de sueños, su amante, había sido lo mejor
que le había pasado. Ahora regresaban con un futuro que se auguraba brillante,
se verían en la tarde le hablaría de la idea que se le acababa de ocurrir.
Observó detenidamente la casa, era grande y espaciosa se podía construir otros
espacios en la planta alta. De pronto se llenó de ilusiones, que razón tuvo su
abuela cuando de pidió que regresara, tan sabia como siempre.
Cuando en la tarde en el hospital se encontró con Ricardo él le vio el brillo
en la mirada. Lo abrazó y le contó los planes, al otro día fueron a ver la casa
juntos. Contentos empezaron a soñar. Sabía que no sería fácil, pero ella se
había hecho a pulso, nada se lo habían regalado. Con todas esas ideas y
preñados de felicidad comenzaron a planear su boda y a organizarse en su
nuevo trabajo.
Transcurridos seis meses contrajeron matrimonio en una boda sencilla con
sus familiares, en un momento de la recepción recordó a su abuela y a Isabel y
se sintió triste. Como si Ricardo lo intuyera la abrazó y al mirarlo a los ojos
supo que todo estaría bien. Luego se mudaron a la casa materna, y allí felices
empezaron a remodelarla con los pocos recursos que obtenían de su trabajo en
el hospital y de la práctica privada, una vida llena de esperanzas se avizoraba
ante ellos,
Capítulo 15
Su nueva vida
“Sra. Ana “cuando escuchó su nombre pronunciado por la secretaria la
trajo al presente, allí estaba dueña y señora, tratada con respeto esperando a su
esposo para ir almorzar. Sonrió y aceptó un café, la escuchó lejana
— El sr Fernando viene en minutos, desea algo más—
Le respondió con un gesto y se quedó sola de nuevo. Al mirarse en los
ventanales de la oficina se vio reflejada, todavía le costaba creerse lo que era
su vida. Él se desvivía por complacerla, sentía un cariño muy especial, tal vez
era el padre que nunca conoció. No sentía otro sentimiento. Era su pasado
oscuro, las sombras que la hacían despertarse en las madrugadas bañada en
sudor, el recuerdo de su abuelo. En aquellos momentos era abrazada y
reconfortada por él.
De pronto sintió sus manos fuertes sobre sus hombros, se volvió hacia él
para recibir el beso cariñoso y protector, una disculpa por hacerla esperar.
Después sonriente le entregó un cheque, sorprendida al ver la cantidad, pidió
una explicación, exclamó satisfecho
— Son los fondos de mis socios para tu fundación—
Una mañana fue invitada por el grupo de amigas a las que ahora
frecuentaba a visitar un hospital infantil. Allí vio las caritas sonrientes, al
investigar las enfermedades que aquejaban a los niños, un médico joven le
explicó que lo más triste era que aquellas enfermedades eran difíciles de tratar
por el costo de su tratamiento. Llegó a su mente Lorena y una lagrima nació en
sus ojos, pensó si ella hubiera tenido más oportunidades no habría muerto su
niña. El doctor le pidió disculpas por haberle conmovido, lo tomó de la mano,
lo miró a los ojos y le prometió
— Cuente conmigo Doctor—
Desde ese día su tiempo libre lo dedicaba a ayudar en el hospital. No lo
hacía por salir en las páginas sociales, sino porque de cerca conocía el dolor de
la miseria y la pobreza.
Así era su vida, sin embargo, había momentos que la niña mancillada se
escondía en un rincón de su corazón y aparecía la otra la otra la de las palizas,
la utilizada por los hombres de turno, los que no tuvieron compasión, y la
codicia salía a pasear, y se miraba en el espejo y se decía “tú te mereces todo
esto y más “. Ella misma se asustaba al ver como existían en ella aquellos dos
seres tan distintos, era como si aquella noche de su cumpleaños. La niña se
hubiera fracturado y solo saliera a hurtadillas de vez en cuando y temerosa del
mundo volviera a su rincón. Nada ni nadie podía sanar aquel Ángel destruido
en pedazos con las alas sangrantes en el mugriento chichorro.
— Te compro un pensamiento —
Era él observándola como si adivinara sus pensamientos. Volvió su mirada
hacia el cielo azul intenso con nubes impresionadas como un cuadro de
Monet, pero dentro de si había una tormenta desatada, luchando para no dejar
escapar los demonios de su niñez. Siempre creyó que al tener todo lo material
que le había faltado, las nubes oscuras que ensombrecían su vida
desaparecerían pero no había sido así.
Capítulo 16
El encuentro
Una mañana al llegar a su oficina lo esperaba el detective que había
contratado para conseguir a su hija, sonriente lo saludó y estrechó su mano, el
hombre satisfecho respondió
— Le tengo buenas noticias.
Así empezó a escuchar los informes, también le entregó una carpeta.
Observó detenidamente unas fotografías, una sonrisa afloró a su rostro al ver
la información. Isabel le había dado su mejor regalo, que ¡hermosa era su hija!
y por lo escrito allí, una buena persona y excelente profesional. Le relataban
que acababa de llegar al país y el hospital donde había comenzado a trabajar.
Sintió una gran alegría, ahora debería buscar un acercamiento y explicarle las
circunstancias de su nacimiento y que él desconocía su existencia.
El hombre termino de darle la información y se despidió. Al quedarse solo,
llamó a su secretaria y le informó que suspendiera todas sus citas, también le
pidió un café con su medicación, era hipertenso desde los cincuenta años, de
pronto se sintió “viejo “, tenía setenta y seis años, siempre había gozado de
buena salud. Sin embargo ahora tenía ciertos detalles propios de su edad, por
eso quería resolver lo más pronto posible aquel asunto, y decidió ir a conocerla
aquel mismo día. En el interior de su auto le dio instrucciones a su chofer a
donde ir, por el camino pensaba la excusa para justificar su visita.
Al llegar al hospital donde le habían referido que trabajaba observó que era
una estructura antigua de esas edificaciones que se niegan a morir. Al entrar
vio el movimiento, las enfermeras, los médicos, en un frenesí tratando de
atender a los enfermos en la emergencia. Se sintió intimidado además su
presencia no pasaba desapercibida. Al llegar a la recepción una joven mujer lo
miró extrañada, le dio los buenos días, le pidió hablar con el director y le
entregó una tarjeta. Esperó solo unos minutos, una enfermera se acercó y le
indicó seguirla, al entrar fue recibido con beneplácito, su nombre era
conocido. Siempre había hecho importantes aportes a labores sociales.
Le explicó el motivo de su visita: su esposa dirigía una fundación que
hacia importantes donaciones principalmente en el área infantil y les hablaron
de una excelente doctora recién llegada al país especialista en cardiología. El
hombre lo miró entre extrañado y feliz al oír el nombre de Beatriz Valderrama,
nunca pensó que su ingreso allí le aportara tan rápidos beneficios al hospital.
Lo invitó a recorrer las instalaciones, sintió su corazón latir con fuerza al
saber que en pocos minutos la conocería. El doctor tocó la puerta de un
consultorio, escucho una voz
— Pase—
Su primera impresión fue como si el tiempo no hubiera pasado. Allí estaba
Isabel como la primera vez que la vio hacia veintiséis años atrás. Al ser
presentado se vio reflejado en sus ojos. Al estrechar su mano la sintió cálida,
luego los invitó a sentarse.
El director le indicó el motivo de su vista. Observó cómo se iluminaba su
mirada y les empezó a hablar de los proyectos que tenía para la sala de
cardiología infantil. Sonriente la miraba satisfecho en silencio. Hablaron un
largo rato, luego los despidió, la esperaban sus pacientes. Al salir respiró
profundo y se sintió feliz ya el primer paso había sido dado.
Ese mismo día al regresar a su oficina le dio instrucciones a la persona
encargada de las donaciones para que se pusieran en comunicación con ella lo
más pronto posible. Al llegar a su casa fue recibida por Ana, la abrazó feliz y
se dispusieron a almorzar, en un momento de la conversación es sintió tentado
a contarle su secreto, después pensó en decirle cuando su hija estuviera
enterada de todo.
Solo le refirió su visita al hospital, asombrada lo observó, él siempre se
había mantenido distante de las actividades caritativas. Le explicó que era la
hija de una secretaria que había tenido había muchos años atrás y que quería
ayudarla. Notó la alegría en su rostro, el sabía de la historia de Lorena y como
la conmovían y le gustaba colaborar con los niños.
A los pocos días le llegaron informes de los proyectos, quería fundar una
clínica donde atender a los niños de escasos recursos. Le pareció la
oportunidad perfecta para citarla en la oficina, su secretaria pidió su llamada,
cuando escuchó su voz no pudo contener su emoción.
Ese mismo día la vio entrar presurosa a su oficina cargada de papeles y de
sueños. Cuando le mostraba la fotografía de la vieja casa y los proyectos de
construcción la observó ruborizarse.
— Señor Fernando, perdone mi atrevimiento —
La tomó de la mano y le dijo.
— Doctora. Valderrama tengo tanto dinero que no sé qué hacer con él,
como vera soy viejo son pocos los años que me quedan, me gustaría ver esa
casa, poseo otras propiedades, que podrían ser útiles para su clínica —
Ella aceptó, canceló todo lo pautado y se marcharon.
La casa se encontraba a las afueras de la ciudad a una hora de viaje.
Durante el trayecto hablaron de sus planes, de su familia, al observarla pensó
como por cobarde no buscó lo suficientemente a Isabel cuando se marchó.
Al llegar y mirar la amplia fechada no pudo evitar recordarla. La vio
subiendo las escalinatas enviándole un beso, fueron tiempos turbulentos y
hermosos.
La casa era espaciosa, con un bonito jardín con suficiente espacio para
construir, le mostraba todo entusiasmada, y así fueron recorriéndola, en esos
momentos sintieron unos pasos, era un hombre joven sonriente que se les
acercaba.
— Buenas tardes — pronunció.
Se acercó hasta ellos y luego la abrazó y le dio un beso, ella se volvió hacia
él y le dijo.
— Señor Fernando él es mi esposo —
Sintió un fuerte estrechón de manos luego una voz fuerte.
— Ricardo Duarte —
En ese momento recordó su rostro en las fotos que le entregó el detective.
Sonrió para sí, resulta que allí estaba su yerno ante él, pensó la vida era un
circulo, comenzaba y terminaba en la misma línea.
Así siguieron recorriendo el lugar, al ver el entusiasmo de la pareja, los
invito almorzar. Beatriz le sugirió comer allí en el patio, debajo de un frondoso
árbol, y así lo hicieron. Jamás pensó pasar momentos tan cálidos con su hija,
en un momento de la conversación les hablo de Ana, de cómo su esposa
participaba en actividades caritativas y como las disfrutaba.
Al final de la tarde se despidió y les dio su opinión. La casa era ideal para
lo que ella quería, así que les manifestó que contaran con todo su apoyo.
Beatriz miró a su esposo luego se acercó a él y le dio un beso agradecida.
Cuando se despedía su corazón latía con fuerza, en el interior de auto unas
lágrimas de felicidad, salieron a su rostro. Cuando llegó a su mansión era
esperado por Ana y pensó que no le podía pedir nada más a la vida
Capítulo 17.
Un sueño realizado.
Al transcurrir de los meses, el proyecto de la clínica fue tomando cuerpo.
Él era visitado por la pareja regularmente para conversar como iban las
remodelaciones, en una de esas visitas hablo con ellos sobre un tema que lo
tenía preocupado.
A raíz de las remodelaciones en la casa, Beatriz y Fernando vivían
alquilados en un pequeño apartamento en una zona bastante retirada de su
lugar de trabajo, no poseían automóvil por lo que tenían que viajar en metro.
Un día fue invitado a almorzar a su humilde hogar y pudo constatar que el
lugar era acogedor, pero no era lo que se merecía su hija. Él era poseedor de
propiedades en todo el mundo, así que después que terminaron, tomándose un
café, les propuso mudarse a un apartamento de su propiedad. Asombrado
Ricardo lo miró y le contestó
— Sr Femando le agradecemos su ofrecimiento, pero no podemos aceptar,
usted ya ha hecho bastante por nosotros.
Beatriz también intervino.
— Si es verdad, no parece que estamos abusando de su buena fe.
Apenado les comento que él tenía muchísimas propiedades desocupadas y
por qué no ofrecérsela a ellos que la necesitaban, que pensaran lo que les
ofrecía. Además pagarían un arriendo módico. Se miraron a los ojos como
buscando aprobación mutua, luego ella se acercó lo tomo de la mano, y le
susurró
— Usted es nuestro Ángel de la guarda—
Luego se despidió y se marchó con una idea fija en la mente. ¿De qué
manera podía proteger a su hija?, en su última consulta médica el doctor se
mostró preocupado por salud, por eso se había reunido con su administrador
para darle instrucciones.
Previamente había hablado con su abogado al que le había contado la
verdad. Era de su entera confianza, durante muchos años había trabajado en
sus empresas. Le planteó la posibilidad de incluirla en su testamento, pero este
le había sugerido reconocerla legalmente. Él tenía hijos que podían impugnar
el documento, así que era mejor hacer todo con la ley como soporte.
A su administrador también le ordenó colocar a nombre de Beatriz alguna
de sus propiedades. El hombre lo miró sorprendido pero igual tomó cartas en
el asunto. Ese mismo día se comunicó con ellos para saber la respuesta, si
aceptaban o no su propuesta.
Ricardo y Beatriz habían hablado de la idea de aceptar el ofrecimiento de
Fernando Arboleda. Ella se sentía apenada y él se mostró receloso ante la
ayuda que aquel hombre tan adinerado les ofrecía. Un destello de malicia se
había sembrado en su mente desde ese día, percibió como aquel anciano se
desvivía por su joven esposa. En varias oportunidades lo observó
contemplándola, sin embargo desechó la idea de algo turbio. Al principio el
proyecto de la clínica lo deslumbró, pero ahora algo le hizo dudar de sus
buenas intenciones.
Capítulo 18.
El secreto es desvelado.
Un día recibió la visita de Ricardo Duarte. No se asombró generalmente lo
recibía y compartía con él cualquier detalle sobre el proyecto, había dado
instrucciones a su secretaria, para los doctores Valderrama siempre estaba
disponible. Solo quedaba pendiente que conocieran a su esposa, por eso iba a
aprovechar la oportunidad de invitarlos a conocerla.
Cuando entró y estrechó su mano, de inmediato se dio cuenta de que su
visita era por otro motivo al ver la seriedad de su rostro, le ofreció un café y le
preguntó.
— ¿Hay algún problema?
El joven médico, le fue soltando lo que lo inquietaba, ¿porque tanto interés
en su esposa, había algo más detrás de tanta generosidad? esbozó una sonrisa y
de inmediato le respondió.
— Entiendo tu preocupación y me alegro que su esposa tenga a su lado un
hombre que la ame y quiera protegerla, pero creo que este es el momento
preciso para que sepas la verdad.
Cuando terminó de contarle a su yerno la historia de Isabel y su pasado.
Este lo observaba entre asombrado y preocupado por la reacción de Beatriz al
saber aquella verdad, cuando se despidió y estrechó su mano le dijo
— Cuente conmigo.
Todo había sido contado, ahora tenía un aliado para ayudarlo a llegar a su
hija. Se sintió más aliviado y esperanzado, cuando ya se retiraba su secretaria
le entregó unos documentos para revisarlos y firmarlos. Decidió guardarlos en
su maletín y llevárselos a casa, se sintió cansado, así que se marchó temprano.
Al llegar fue recibido por Ana, entre ellos se había entretejido una bonita
relación nunca espero que lo amara con pasión, pero sí que fuera su
compañera en sus últimos años. Y así fue, era cariñosa, atenta, se había ganado
el cariño de sus hijos. En varias oportunidades pensó en contarle sobre Beatriz,
pero quería decírselo cuando todo fuera revelado.
Luego de cenar le dijo que lo esperara en la alcoba, y se dirigió hacia el
estudio. Allí abrió maletín y tomó el sobre y vio que eran los documentos de
propiedad de un edificio que sería puesto a nombre de Beatriz, los estudio
detenidamente y sonrió satisfecho. Los guardo en una gaveta de su escritorio,
cuando entró a su habitación Ana se encontraba todavía despierta.
En la intimidad de la alcoba abrazada a él, le relataba sus últimas
actividades. Tenía una fundación para ayudar a niños como Lorena con una
afección cardiaca. Nunca olvidaría como por falta de dinero su niña murió.
Su vida había cambiado, su alma atormentada había logrado un respiro.
Con él se sentía segura, por momentos la asaltaban las dudas, los hombres que
habían pasado por su vida solo la habían utilizado, en cambio su esposo la
hacía sentir segura y amada. Cuando se miraba en sus ojos solo veía bondad,
era verdad se había casado para obtener lo que siempre le falto materialmente,
pero ahora un sentimiento inexplicable nacía en ella. De pronto escucho su vos
cálida preguntándole lo de siempre.
— Mi reino por uno de tus pensamientos —
Le dio un beso y así se fueron quedando dormidos.
Cuando se despertó ya se había marchado, una nota sobre la mesa de noche
invitándola almorzar en su restaurante preferido.
A los pocos días se realizó el esperado encuentro donde se conocerían los
doctores Valderrama y Ana, cuando fueron presentados le causaron una buena
impresión. Durante la cena platicaron de sus proyectos, ella los escuchaba
entusiasmada. Eran tan bonitos ver una pareja tan joven preñada de buenas
intenciones, además su esposo se veía feliz.
Al terminar de almorzar, los hombres se dirigieron al estudio y ellas
salieron hacia el jardín. Orgullosa le mostró las plantas que amorosamente
cuidaba. En un momento volvieron a tocar el tema de los niños enfermos del
corazón, ella la invito a recorrer un vivero donde cultivaba plantas más
delicadas. Y allí rodeadas de aquel lugar tan especial Ana empezó a relatarle la
triste historia de Lorena y como ella por falta de recursos, no pudo salvarla.
Beatriz la tomó de la mano y comprensiva le refirió.
— Ahora comprendo su interés en ayudar a los niños, tiene usted un gran
corazón igual que su esposo.
Ana la miró y le respondió.
— Ustedes me han inspirado confianza, los ayudaremos en todo lo que
necesiten para la clínica.
Beatriz agradecida le dio las gracias.
Al salir del lugar, Ana contempló un cielo rezagado de nubes y un sol
maravilloso como presagio de tiempos mejores. Se sintió cómoda con la
amistad que le ofrecía la Beatriz, había sido de pocas amigas, todas las
mujeres en su vida se habían marchado o no las había vuelto a ver. El círculo
social donde ahora se movía, no le permitía confiar en nadie, a veces la
soledad la asaltaba así que se sintió feliz con aquella nueva amiga que la vida
le ofrecía.
Capítulo 19
Un pensamiento extraño.
Con el paso del tiempo se fue tejiendo una hermosa amistad entre las dos
parejas. El proyecto de la clínica estaba casi terminado, por lo general se
reunían en la vieja casona ahora totalmente cambiada. En varias oportunidades
las contempló sonreír, comprometidas con aquel sueño. Sabía que el momento
de contarle a su hija la verdad, se acercaba.
Las navidades era la época cuando él y sus hijos compartían, sus nietos lo
llenaban de felicidad. Ana en esa época disfrutaba de regalar un poco de
felicidad a los niños de los hospitales, de sentirla lejana y triste por más que
trataba de complacerla sabía que en aquel corazón existía un vacío profundo
tal vez nunca seria llenado.
Una mañana al salir presuroso dejó olvidado unos documentos muy
importantes en su estudio. Al llegar a su oficina y procurarlos en su maletín,
no los encontró, entonces llamó a su chofer para que fuera a buscarlos.
Después la llamó y le indico donde estaban y de paso la invitó almorzar con
Beatriz y Ricardo.
Ana se acababa de levantar, solo tomó café y frutas, recordó que pronto el
chofer vendría por los documentos y se dirigió hacia el estudio. Allí busco en
una gaveta un sobre cerrado, pero al tenerlo en sus manos algo llamó su
atención, tenía un nombre “Dra Valderrama” un pensamiento extraño pasó por
su mente pero recordó lo de la clínica, así que se marchó y al llegar a la oficina
olvido el incidente. Así pasaron una agradable tarde en compañía de la pareja.
Capítulo 20
Carlos y Antonio Arboleda
Fernando arboleda al mirar por el ventanal de su oficina cavilaba sobre
aquel secreto, sabía que tarde o temprano tenía contarles a sus hijos la verdad
sobre Beatriz. Las dudas lo asaltaban pero confiaba en la excelente relación
que llevaba con ellos.
Carlos y Antonio eran unos hombres de buenos sentimientos y tenían unas
hermosas familias. Por eso un día decidió no darle más largas al asunto, así
que aprovechó la oportunidad que habían llegado de visita por su fiesta de
cumpleaños, para hablar con ellos. Cuando todos los invitados se marcharon,
les adelantó lo de sus planes de retirarse, también que tenía que comunicarles
algo muy importante, así que sentado en un restaurante los espero un sábado.
Al principio molestos le recriminaron el engaño, y el sin querer justificarse
les habló de la enfermedad de su madre en esa época y que todo había sido sin
el proponérselo. Les habló de la maravillosa persona que era la hermana que la
vida les regalaba en aquellas circunstancias imprevistas. Les mostró unas fotos
de ella, Carlos lo tomó de la mano en señal de compresión, luego Antonio lo
acompañó en el gesto. Luego les pidió perdón, y planearon el encuentro con
Beatriz, ya quedaban pocas cosas que solucionar. Ahora el último paso y el
más importante era revelarle la verdad a ella. Aliviado recibió la satisfacción y
el apoyo de aquellos hombres bien formados y de un buen corazón e hicieron
planes para conocerla.
En una mesa cercana eran observados por unos ojos que con malicia
miraban la escena, Lucia Andrade, había sido amiga de Prudencia de
Arboleda. En aquella época al ver a Fernando viudo pretendió entrar en su
vida, hermosa pero calculadora y fría jamás pudo perdonarle que la hubiera
ignorado. Odiaba a Ana, socializaba con ella en las reuniones, la detestaba por
juventud y por haber logrado el amor de él. Secretamente conspiraba para
destruir aquella relación pero nada había conseguido, pero eso no significaba
que quitara el dedo del renglón, encendió un cigarrillo pidió un café y se
marchó.
Capítulo 21
La verdad es develada.
Cuando en aquella mañana abrió sus ojos su primer pensamiento fue para
pensar en la cita pautada. Recibió un beso cariñoso de su mujer, se dirigió al
baño y al mirarse al espejo pensó con alivio que el momento había llegado.
Desayunando en el amplio comedor, escuchaba a Ana lejano. Solo trataba de
encontrar las palabras para poder explicarle a su hija aquel secreto. Había
considerado entregarle las cartas dejadas por Isabel, así ella entendería que él
no sabía de su existencia.
De pronto se sintió observado por Ana que sonriente y extrañada le tendió
una mano para llamar su atención. Cuando terminaron de desayunar se
despidió de ella con un beso. Su chofer lo esperaba, por el camino pensaba en
como iniciar la conversación. Su secretaria la había citado a las diez en su
restaurante, después que todo fuera aclarado, había decidido retirarse. Muchas
veces quiso hacerlo, pero tuvo temor de que la inactividad lo hiciera sentirse
inútil, pero ahora era el momento. Su hijo Carlos se haría cargo de sus
empresas en compañía de Ana cuando el ya tuviera más anciano. Su edad
avanzada lo hizo reflexionar sobre el tiempo que le quedaba de vida, quería
disfrutar con su esposa lo que había logrado
Las horas se le hicieron eternas esperándola. Cuando la vio llegar fue
saludado afectuosamente con un beso. La invito a sentarse, al tenerla allí se
sintió pequeño, el momento había llegado la tomó de mano y le dijo.
— Beatriz espero que sepas comprender lo que voy a relatarte, conocí a tu
madre hace muchos años atrás, — mientras bajaba la mirada.
Luego empezó a contarle su relación con Isabel. A medida que hablaba,
veía como su rostro iba cambiando y unas lágrimas se asomaban a su rostro
cuando él se refería la maravillosa mujer sembrada en sus recuerdos. Luego le
entregó las cartas de Isabel, ellas las tomó y la fue leyendo, un sollozo
ahogado brotó y en ese momento él se levantó y la abrazó y le expresó.
— Sé que es un momento difícil para ti, y no espero tu cariño pero si tu
comprensión.
Ella se abrazó a él, al levantar la mirada se buscó en el rostro de ese
anciano que se había convertido en su Ángel protector. Ahora si entendía, por
qué era tan generoso. En un momento ella quiso que le hablara de su madre,
de aquellos años cuando él la conoció.
— Sr Fernando cuénteme de mi madre, por favor.
Él sonrió y extrajo de su bolsillo una vieja foto y se la entregó
— Así era cuando llego a trabajar en mis empresas, era muy hermosa y
dulce.
— Así le recuerdo — le refirió ella.
— Me gustaría visitar su tumba, para decirle que puede descansar
tranquila.
Sonriente le manifestó que estaba hambriento, y se dispusieron almorzar
cada cierto tiempo se miraban los ojos y bajaban la mirada. En la conversación
les hablo de sus hermanos, le mostro las imágenes de Carlos y Antonio y de
sus sobrinos.
— Es una bendición, después de la muerte de mis padres y mi abuela, creía
estar sola, perdón pero mi padre fue maravilloso.
— Y yo le estaré eternamente agradecido— pronunció.
Cuando terminaron de comer, hicieron planes para que los conociera, ella
quiso saber.
— ¿La Sra. Ana lo sabe? — preguntó.
— No, primero quería contártelo y ganarme tu cariño, para ella tengo el
momento perfecto, pronto voy a retirarme, cumpliremos aniversario de boda y
quiero marcharme por un largo tiempo de viaje.
Al terminar de almorzar se ofreció a llevarla a su trabajo en el hospital. La
clínica estaba casi lista para su inauguración, se sintió inmensamente feliz
cuando se despidió. Reposó tranquilo en el interior de su auto, su viejo
corazón había soportado tantas emociones juntas en aquel día.
Nunca cedieron cuenta que una mirada maliciosa los observaba cerca de la
mesa ocupada por ellos y con su celular en mano, tomaba fotografías, al
contemplarlas una sonrisa de satisfacción y de maldad salió a aquel rostro.
Capítulo 22
Una intriga nefasta
Se levantó temprano iría a una agencia de festejo a organizar su próximo
aniversario de bodas. Quería que todo fuera perfecto, estos dos años de
felicidad habían pasado rápidamente. Había momentos que el temor y los
recuerdos la asaltaban y sentía dentro de si aquel monstruo que vivía dentro de
ella.
En lugar se esmeraron en atenderla, estuvo allí toda la mañana
planificando el agasajo. Luego pasó por el salón de belleza y ya en la tarde el
cansancio la hizo buscar el regreso a su casa. En el interior de auto recibió una
llamada de una de las damas de la fundación.
Cuando escuchó la voz de Lucia Andrade, sintió un gesto de desagrado
salir a su rostro. Aquella mujer le causaba escalofrío, aunque se esmeraba en
ser amable con ella, sentía que su amistad no era sincera.
La invitaban al otro día a un almuerzo para hablar de las próximas
actividades, aceptó gustosa. No era de considerarlas sus amigas, pero eran de
gran ayuda por las relaciones sociales y por el dinero que poseían. Ella era
tolerada, sin embargo sabía que más de una de aquellas mujeres no
perdonaban su procedencia. También existían personas agradables con las que
compartía y llevaban una buena amistad.
Al regresar a su casa, planificó su día, por lo general aquellas reuniones
con las Damas de la Caridad eran agotadoras, así que se fue a dormir
temprano, después de conversar con él en el estudio le dio un beso y se retiró.
Apenas abrió los ojos cegados por la luz entrando por la ventana, lo sintió
observándola con aquella mirada de amor, le regalo un beso y se dispusieron a
bajar a desayunar. Su chofer la llevó a la lujosa casa de Lucia Andrade, la
reunión se había pautado allí. Aprovecharía aquella ocasión para invitarlas su
fiesta de aniversario de bodas, todas fueron llegando. Ana había sido una de
las fundadoras, por lo general llevaba la voz campante y sus ideas eran
acogidas con beneplácito.
Por la tarde todas se fueron despidiendo, solo quedaron Lucia y ella, no
sentía bien en su presencia, siempre trataba de indagar sobre su matrimonio,
sin embargo esta vez fue distinto se comportó amable y se ofreció ayudarla
con lo de su recepción.
Capítulo 23
Su pasado se hacía presente.
Camino a su casa al mirar por la ventana presenció la noche que se
asomaba tímidamente con unas pinceladas azafranadas en la lejanía, decidió
bajar el vidrio del auto y sentir el fresco de la tarde. A veces la asustaba tanta
tranquilidad en su vida. En esos momentos no lograba entender esa sensación
de tristeza y vacío que siempre la acompañaba. Ella trataba de disimular
aquellos sentimientos, sin embargo seguía despertándose en la madrugada
bañada en sudor atormentada por los recuerdos de su niñez.
En varias oportunidades Fernando le había sugerido que fuera a un
psicólogo, sin embargo le había dado largas al asunto. Sabía que su
enfermedad iba más allá, era aquel secreto espantoso lo que hacía que no
tuviera descanso. También recordaba llena de rencor que todos los hombres
que había conocido se habían burlado de ella, que ¡la habían utilizado!
Fernando arboleda había llegado a su vida de una forma premeditada, a
veces se sentía culpable por haber planificado su relación, sin embargo al ver
como él se desvivía por hacerla feliz había empezado a confiar y a dejarse
llevar por e paz que se le entregaba sin mezquindad a manos llenas.
Sería muy dolorosa ser defraudada de nuevo. Aquellos pensamientos le
causaron un temor terrible, una punzada en el estómago, una sensación de
pánico y como un rayo de luz comprendió que había empezado amarlo, que
había más un sentimiento, que todo lo material que le ofrecía.
Capítulo 24
La mentira es sembrada.
Dos semanas después la mansión se vistió de fiestas, los jardines, estaban
rebosantes de arreglos florales, por su posición social acudieron personas
importantes, una orquesta amenizaba la fiesta. Toda la familia estaba reunida,
sus hijos habían llegado unos días antes, lo que había llenado de felicidad el
hogar, los niños corriendo, un torbellino de personas atendiendo a los
invitados.
Fernando Arboleda había ocultado una de las razones de la fiesta. Se
retiraba del mundo financiero siempre había querido hacerlo sin embargo la
soledad lo hacía refugiarse en sus empresas. Ahora era distinto Ana lo llenaba
de esperanza y quería disfrutar sus últimos, años con ella.
Beatriz y Ricardo estaban también presentes, unos días antes sus hermanos
la habían conocido en un encuentro muy emotivo, solo quedaban Ana por
conocer el secreto. Aquella noche toda sería desvelado.
Las horas fueron pasando. Compartieron con todos los invitados tomados
de la mano. En un momento de la noche el anfitrión pidió la palabra y expresó
su agradecimiento a todas las personas presentes. Llamó a sus hijos Carlos y
Antonio para que lo acompañara para dar la noticia de su retiro.
Luego se dedicó a disfrutar de la fiesta. Ana fue un momento a su
habitación refrescar su maquillaje. Cuando cruzaba por la sala una de las
mucamas le entregó una caja pequeña. Subió, fue al baño se retocó un poco, se
sintió cansada y se recostó sobre su cama, y observo la caja, solo tenía unas
palabras escritas, “de parte de un amigo”.
Sonrió, pensó en alguna broma de su marido, la abrió, allí estaban unas
fotografías que no le parecieron fuera de lo común. Fernando y Beatriz se
veían sentados en un restaurante, las observó extrañada, de pronto su mirada
se detuvo en una imagen donde la pareja se observaba en un abrazo muy
íntimo, en otra se miraban a los ojos y estaban tomados de la mano, luego unas
palabras infames escritas en un papel “la nueva amante de Fernando
Arboleda”.
Aquello tenía que tener una explicación, pero en ese momento la fatalidad
de su destino le cubrió el razonamiento, y como una fiera enjaulada empezó a
dar vueltas alrededor de la habitación, ¿qué haría pedirle una explicación? u
observar el comportamiento de ellos durante la fiesta, y así lo hizo.
Cuando bajó los observó platicando, les sonrió y Fernando la invitó a
bailar, al estar en sus brazos, sintió otro perfume diferente al suyo. Durante el
resto de la noche se dedicó a observarlos y así pudo darse cuenta de la forma
tan especial que Fernando miraba a Beatriz. El demonio de la desconfianza le
hincaba fuertemente su garra en su corazón y le removía los demonios
anidados en lo profundo de su ser, aquellos dormidos, los que ella ocultaba,
los más terrible.
Salió al jardín buscando un respiro. Tratando de acallar la batalla librada
en ella, fuera de toda lógica.
Tenía rato que no lo veía compartiendo con los invitados. Decidió salir a
tomar un poco de aire fresco, horrorizada observó que en un lugar apartado del
jardín estaban los dos tomados de la mano. En un momento Fernando le dio un
beso en la frente a Beatriz y la abrazó, se acercó lentamente para no ser
descubierta, quiso sorprenderlos. Pero no, su lógica le decía que tenía que
tener las suficientes pruebas, se retiró para no ser notada. Cuando regresó a la
sala mostró su mejor sonrisa mientras un efervescente odio crecía en su
interior. A las tres de la madrugada, los invitados empezaron a marcharse.
Si tan solo hubiera detenido a escuchar la conversación que se desarrollaba
ante sus ojos.
— ¿Papá cuando le dirás Ana que soy tu hija?— preguntó Beatriz.
— esta noche hablare con Ana, y todo quedara aclarado, espero que
comprenda mi silencio— afirmo Fernando.
Capítulo 25
El pasado vuelve sobre sus propios pasos.
Cuando regresó a la sala acalló sus demonios y mostró su mejor sonrisa,
cuando los invitados se fueron marchando lo esperó en la alcoba.
Antes de ir a su habitación Fernando Arboleda meditó lo que estaba a
punto de acontecer. Y si esperaba para mañana, estaban cansados y un temor
extraño lo embargo. Entonces una idea pasó por su mente, revelarle la verdad
al otro día en una cena íntima solo para los dos.
En el momento que entró a la alcoba la encontró dormida, le deposito un
beso en la frente. La luna iluminó su rostro, y pudo contemplar a su hermosa y
bella mujer. Luego se fue quedando profundamente dormido. A su lado ella
solo fingía dormir.
Carlos y Antonio pasaron a despedirse, luego su padre los llevó al
aeropuerto, durante el día un solo pensamiento la atormentaba, como
relámpago en una noche oscura recordó el incidente del sobre donde aparecía
el nombre de Beatriz.
Buscó su teléfono y llamó al abogado y al administrador de la empresa y,
el primero le participó que ignoraba la información requerida por ella.
Solo quedaba preguntarle al licenciado Pérez uno de las tantas personas de
confianza en la empresa y con quien guardaba una amistad, así lo hizo lo cito
por la tarde en un café. Con astucia logró saber lo que buscaba, el hombre le
fue contando como Fernando Arboleda había puesto nombre de la Dra
Valderrama varias propiedades. Escuchó cada palabra con una sonrisa, que
ocultaba una rabia que crecía en su corazón como dragón destruyéndolo todo.
El hombre le pidió discreción. Ella le manifestó que no se preocupara aquel
asunto quedaría entre ellos.
Cuando regresó eran casi las cuatro. Fernando no había regresado del
aeropuerto, se sintió cansada y se recostó en su cama y con lágrimas
represadas en sus ojos se fue quedando dormida.
Eran las siete de la noche cuando sintió un beso suave y cálido, y unas
palabras susurradas por él.
— Te espero para cenar—
Luego se marchó, dejándola sola con la tormenta que se desarrollaba en su
interior, la rabia la hizo recordar como en una película, lo triste de su pasado,
la venganza salió a pasear a sus ojos, si se hubiera detenido tan solo un minuto
analizar las circunstancias. No se hubiera incubado el plan siniestro que ahora
sin freno, sin lógica y sin sentimientos estaba por marcar para siempre su
destino. Unas palabras cargadas de hiel susurradas en aquella noche aciaga.
— nunca más—
Aquella noche le ordenó al fiel mayordomo, que planificara una cena
íntima y que se retiraran porque querían estar solos. Se vistió elegante y
seductora durante la velada sonrió mientras lo observaba detallando cada gesto
cada expresión de él, grabándola en subconsciente, cuando terminaron sugirió
tomarse unas copas en el estudio, allí donde tantas veces platicaron hasta el
amanecer.
Allí ella preparó dos copas, al ofrecerle la bebida, él extendió sus manos
para acercarla al sofá donde se encontraba sentado, en ese momento un sonido
lejano llamó su atención era el repique del teléfono, se dirigió hasta el
escritorio y atendió la llamada, le sonrió y le informó.
— Es Amalia, tiene un problema —
Con una señal le indicó que iba a la otra habitación para hablar en privado,
pero antes colocó su copa sobre el escritorio. Él le envió un beso mientras la
veía alejarse y situó su bebida en el apoyabrazos del sillón para esperar su
regreso.
Al quedar solo, extrajo de su bolsillo un cofre de terciopelo púrpura lo
abrió. Allí relucía un anillo con un zafiro azul, maravillosamente engarzado.
Esa era una de las sorpresas de la noche, la otra era un viaje hacia donde ella
deseara. Meditó, este tiempo a su lado habían sido maravillosos, aprovecharía
aquella noche para contarle la verdad sobre su hija.
Lo embargaba un sentimiento de felicidad. La amistad que se había tejido
entre las dos lo tranquilizaba, tenía la certeza de que Ana comprendería su
silencio. Sus dos hijos habían aceptado la llegada de Beatriz a sus vidas de
buena manera. Respiró profundamente, hoy todo sería dicho su corazón lo
necesitaba. En estos meses llegó a sentirse culpable por no contarle la verdad,
pero aquel momento había llegado.
Al querer apagar la lámpara de una mesa cercana, para hacer más íntimo el
ambiente, por accidente tropezó con la copa dejada en el escritorio y derramó
su contenido. Preocupado sacó un pañuelo y limpio la superficie, y en su lugar
colocó la suya. Después llenó la copa vacía y la tomó para él y volvió al sofá.
Al rato escuchó sus pasos, llegó sonriente y fijó su mirada hacia la bebida que
minutos antes había dejado en el escritorio para atender la llamada telefónica y
la tomó.
Se acomodó a su lado, su mirada estaba fija en la bebida sostenida por él.
Sus ojos seguían fríamente cada sorbo tomado por su esposo, ella también
saboreaba lentamente su copa, cuando por fin observó que él había tomado
todo su contenido, apuro el de suya, le supo extraño, pensó que había perdido
su temperatura y eso le había cambiado el sabor.
Sintió un ligero mareo, una punzada breve y laxa en el corazón, una
sensación álgida recorriéndole su cuerpo, no quiso preocuparse aquella noche
hacia frio, se levantó buscando distraerse del aquella extraña sensación,
escuchó su nombre y recordó otra noche distante pero nunca olvidada de su
mente.
— Ana.
Allí estaba él con su mirada de amor, con el pequeño cofre purpura, lo
tomó y al abrirlo sus ojos brillaron con el destello de la codicia. Le sujetó sus
manos y le colocó el anillo y le susurró
— Estás helada.
Se las calentó con las suyas, luego la atrajo hacia su pecho, lo besó
sensualmente y lo abrazó, una sonrisa cruel se dibujó en su rostro. Comenzó a
escuchar sus palabras lejanas y sin sentido. Todo envuelto en un remolino
oscuro, donde empezó a sentirse perdida.
Volvió a sentir la punzada pero esta vez más fuerte. Un frio helándole la
piel, un temor le llegó en la lejanía.
Recordó unos minutos antes cuando preparaba las bebidas, unas gotas
colocadas discretamente en la copa derecha. Su copa colocada por apuro en el
escritorio, el repique del teléfono. Todo le llego de golpe cuando sus piernas le
empezaron a flaquear, se abrazó más fuerte para no caer.
Un estante de cristal la reflejó, su rostro lívido. Espantada vio el reflejo
encorvado y siniestro de su abuelo, su figura adolescente, colocando el veneno
para ratas. Josué mirándola burlonamente, rostros desconocidos que se reían
de ella, se aferró más él. Sus ojos se abrieron, su boca pidió una bocanada de
aire, se sintió desfallecer.
Su cuerpo empezó a caer apenas sostenida por su abrazo, ya un color
purpura pintaba sus labios.
Cuando su conciencia se esfumaba en una niebla dispersa y sus ojos
empezaron a cerrarse, solo pudo escuchar y distinguir las láminas de zinc, el
crujir de la alcayata, el vaho del mugriento del chichorro, el licor, las garras
desnudándola y el gallinazo de la muerte posándose sobre sus labios y el
sonido de su nombre lejano y perdido.
“Ana”