ABORDAJE D
EL
DUELO Y
CUIDADOS
PALIATIVOS
CERTIFICACIÓN
EN TANATOLOGÍA
16 DE
MARZO
2024
PSIC. CLI. LORENA RODAS,MGST.
FALTA DE FORMACIÓN PROFESIONAL
Está en gran medida basada en
conocimientos técnicos y objetivos de
una práctica biomédica fuertemente
estructurada en este tipo de entidad,
debido a que, con la tecnología venida
de la modernidad, éstos se ven ante la
necesidad de buscar salidas para las
patologías y encontrar un camino para
acabar con las enfermedades.
SEGÚN KOVÁCS (2003)
La evolución de la tecnología médica, a
partir del siglo XX, torna esta ciencia
cada vez más imparcial y hace difícil el
surgimiento de un pensamiento
dirigido a la comprensión del ser
humano como un todo. En esta época,
el conocimiento médico que estaba en
proceso de desarrollo y ampliación,
hizo que hubiese una alteración de las
trayectorias de la enfermedad.
El profesional se vio ante la necesidad de
profundizar en determinadas patologías,
que dio lugar a las especialidades cada vez
que un solo médico no podía con todo el
conocimiento que se descubría. Esto ha
marcado el desarrollo de la técnica médica,
a la prolongación de la vida y del proceso de
morir. El médico se volvió especialista en
apenas una rama de la medicina, lo que
acarreó así, un mayor distanciamiento con
la totalidad del hombre.
El médico pasó a tener una mirada más
centrada, sin preocuparse con el todo y de
forma a fortalecer el modelo biomédico de
comprensión del hombre a partir de su
estado físico, su función biológica y su
patología.
Ante tal situación, este
profesional oscila entre la
mentalidad de omnipotencia generada
por su formación y por el
desarrollo tecnológico que
posibilita la prolongación de la
vida y del proceso de muerte. De
esta forma, hace con que el mismo,
cada vez más, tenga que convivir
con pacientes muy enfermos y el
sentimiento de impotencia por la
imposibilidad de cura.
Según Torres y Guedes 1984, lidiar con
dolor y sufrimiento hiere la
omnipotencia, abre una herida
narcisista, y pone al profesional
delante de la imposibilidad de dominar
plenamente la naturaleza y de percibir
lo finito. Todo esto acarrea
dificultades al lidiar con su
sufrimiento, debido a que percibe que
él mismo es poseedor de la misma
vulnerabilidad de muerte y de adolecer,
de forma que provoca así su alejamiento
de los pacientes.
Por otra parte, Carvalho et al. (2006),
al referirse a la visión de los
estudiantes de enfermería sobre la
muerte y el morir, señalan que al
aproximarse la muerte en el proceso de
cuidar, se hace evidente que tal
situación puede ser experimentada por
el estudiante como una posibilidad de
no haber desarrollado intervenciones
eficaces para la mejora de la salud de
los individuos a su cuidado, de su
impotencia ante la muerte y de su
fracaso como cuidador del otro.
En palabras de los autores Carvalho
et al. (2006), “en su cotidiano de
prácticas curriculares cuando
necesitan lidiar con la muerte, en
general, no se sienten preparados y
tienden a alejarse del enfermo”.
La presencia de un modelo que ya viene
desde la graduación, revelan que,
inclusive, los profesionales que tienen
poco tiempo de práctica suelen basarse
en el modelo biomédico.
Los enfermeros y auxiliares de
enfermería, que son parte del grupo de
profesionales de la salud, también
poseen una formación con énfasis en la
objetividad de los procedimientos que
orientan las patologías.
En lo que se refiere a los papeles
profesionales, se verifica que el carácter
curativo de las entidades hospitalarias hace
que el médico sea la principal imagen del
hospital.
El tratamiento del paciente se considera
responsabilidad médica, pero quien
desempeña el papel de cuidador es el
enfermero.
El enfermero tiene una gran
responsabilidad en la realización de
procedimientos invasivos y dolorosos y son
ellos quienes reciben las reclamos a este
nivel por parte de pacientes y familiares.
El enfermero, así como el médico, también
se enfrenta a situaciones ambiguas, se
siente agredido o desvalorizado cuando se
encuentra ante un reclamo del paciente,
hecho que puede ser muchas veces
responsabilizado por el dolor.
El PS también desarrolla un modo de
actuación más reservado, preocupado en
cumplir los procedimientos, se
resguarda en ellos para conseguir
actuar frente a cuestiones como el
sufrimiento y la muerte con un mínimo
de comprometimiento (Kovács, 2003).
Ante el contacto con los sentimientos
del paciente en situaciones de muerte,
el PS se ve delante de un conflicto
donde debe lidiar con el dolor y el
sufrimiento, pero al mismo tiempo debe
cumplir su papel de cuidador y aliviar
el sufrimiento del paciente.
Para Jiménez (2021), las interacciones
entre profesionales de la salud y
paciente terminal tienden a ser, por lo
general, más breves y puntuales, visto
que estos profesionales están
profundamente afectados por la difícil
situación del enfermo terminal.
En estas circunstancias, el modelo biomédico
de comprensión del hombre se torna
determinante, y acarrea una postura técnica y
objetiva por parte de ellos.
“En el contexto del modelo biomédico, todavía
predominante en nuestro sistema sanitario, la
muerte es considerada como una desagradable
frustración, como una situación de derrota en la
que pocos PS desean encontrarse” (Jiménez,
2021, p.679).
Después de establecerse una comprensión
de la formación del médico y del
enfermero es posible comprender el
modelo biomédico. Ante esto, al
relacionarse el profesional sanitario
con el paciente, se preocupará
básicamente con la evolución del mismo,
pensándola a partir de su diagnóstico,
desconsiderando, en cierto modo, los
aspectos que contextualizan los
procesos de sufrimiento y de muerte, la
subjetividad del paciente, y al ser
biopsicosocial.
En los estudios de Gómez Sancho (2019)
ilustra de manera sintetizada las principales
razones por las que los profesionales
sanitarios dan poca atención a sus enfermos.
En primer lugar, señala que existe un “déficit
de formación”, ya que a ellos se les enseña a
salvar vidas y no a tratar enfermos incurables
o a desarrollar el bien morir.
En segundo lugar, porque considera que
cuestiones como muerte y morir
constituyen “una sensación de fracaso
profesional” por la imposibilidad de
salvar vidas.
Y por último, relata que la
“confrontación con la muerte del
paciente genera en los profesionales
sanitarios angustia ante la propia
muerte”, puesto que el frecuente
contacto con situaciones de muerte
provoca cuestionamientos sobre su
propia existencia y finitud, de modo a
generar temores.
ROLE
PLAYING
1. Formar grupos y analizar un caso clínico.
2. Realizar un libreto de cómo abordarán el caso clínico de
un paciente terminal (Enviar PDF).
3. Los roles o personajes son: paciente, médico, enfermera,
trabajador social, psicólogo y familiar (agregarían algún
rol más).
4. Exposición/actuación de cómo darían el diagnóstico,
quién sería la persona o las personas en informar la
situación actual del paciente, teniendo en cuenta el
papel que cumple cada personaje.
5. Debatir.
Preparación 30-45 minutos.
Exposición 5-10 minutos por grupo.
Debatir 10-15 minutos.
Tipos de muertes
y sus
interpretaciones
Según el tipo de muerte o el estado de
salud del paciente, los profesionales
suelen diferenciar su significado. Afrontar una muerte súbita es más
Cuando el paciente presenta difícil que afrontar la muerte de un
situaciones de sufrimiento, sin calidad paciente crónico que, con el tiempo,
de vida, los profesionales aceptan la experimenta un empeoramiento de su
muerte con mayor indulgencia. estado general.
Sin embargo, cuando niños sanos Debido a la falta de tiempo para la
mueren abruptamente, el sufrimiento asimilación, los profesionales de la
que se genera en los profesionales es
salud desarrollan un mayor sufrimiento,
sumamente excesivo y les provoca
dificultando el manejo de la situación
sentimientos de angustia e
que viven.
impotencia ante la situación.
En este sentido, la mayoría de los
Por lo tanto, cuantas más
profesionales de la salud tienden a
posibilidades de inversión y de vida,
comprender con mayor eficacia el
mayores son las expectativas de los
profesionales que, ante la muerte de proceso de morir y morir cuando el
sus pacientes, se decepcionan de sí paciente es anciano y se encuentra en
mismos. una fase considerada como el final de
la vida.
Sin embargo, en etapas tempranas, como la infancia y la
adolescencia, la dificultad de afrontamiento es más
evidente, ya que este evento refiere la interrupción del
proceso natural de la vida, generando malestar y
sufrimiento en los profesionales.
La mayoría de profesionales tienen
muchos recuerdos sobre la muerte de
los pacientes, especialmente la
primera muerte que vivieron, haciendo
de esta una muerte memorable, de la
cual muchos recordarán los detalles,
como el nombre del paciente, la edad,
el diagnóstico, entre otras
particularidades que pueden quedar
profundamente marcadas en el
interior.
Existe una cultura de silencio por parte de los
profesionales de la salud frente a la muerte
materna, impulsada por el miedo a las
responsabilidades individuales de cada persona
ante el evento.
El sentimiento de culpa muchas veces puede
aflorar, provocando un impacto en el proceso de
trabajo, con posibles cambios de comportamiento
y actitudes en el trabajo diario (Báyes, 2015).
Los profesionales de la
salud y sus aspectos
personales ante la
muerte.
La mayoría de los profesionales se
refieren a la muerte en función de
sus creencias religiosas, cada una
con un significado diferente según su
doctrina. Así, para algunos, la
muerte se acepta más fácilmente que
para otros, si se interpreta desde
una perspectiva religiosa. En este
sentido, la religión se convierte en
una estrategia para afrontar e
incluso comprender el proceso de
muerte del paciente y morir desde el
punto de vista personal de cada
profesional.
La muerte de un niño tiene un mayor
impacto en los profesionales de la
salud, especialmente cuando son
padres, ya que comienzan a
proyectarse en la vida de los
pacientes y sus familias, aumentando
su sufrimiento. Los profesionales
suelen quedar impactados ante este
tipo de muerte, ya que la situación
adquiere un significado personal para
ellos, debido a las similitudes e
identificaciones con su vida fuera
del trabajo.
Para los oncólogos pediátricos,
regular las emociones cobra
importancia tras la muerte de un
paciente, por lo que es necesario
buscar apoyo social o incluso
religioso. Además, la práctica grupal
con compañeros de trabajo ha
demostrado ser una buena estrategia
de afrontamiento para afrontar el
proceso de muerte y morir en los
pacientes, ya que esto reduce su
propio sentido de responsabilidad
individual.
Estos sentimientos personales que se
desencadenan junto con el proceso
de final de vida del paciente
fortalecen la dificultad del profesional
de la salud para cambiar el enfoque
del tratamiento debido a su propia no
aceptación de la muerte, provocando
que tenga problemas para ofrecer los
cuidados necesarios ante la situación.
proceso de muerte y morir
Experimentar el proceso de muerte y
morir del paciente se vuelve más
difícil cuando el evento desencadena
recuerdos de la muerte de sus
propios seres queridos. Como
resultado, los estudiantes de
medicina tienden a mantenerse
alejados de los pacientes al final de
su vida para evitar el sufrimiento
relacionado con su pérdida personal.
Las experiencias personales pueden
traer recuerdos nítidos al área de
trabajo, provocando que el profesional
asocie el proceso de muerte y morir
del paciente con seres queridos que
están enfermos. Así, se debilitan ante
la exposición a la muerte del
paciente, ya que pueden surgir
sentimientos de sufrimiento que
dificultan la gestión de sus
emociones.
Los profesionales de la salud no están preparados
eficazmente para afrontar la muerte y el proceso de morir de
los pacientes, principalmente por la falta de apoyo durante la
graduación y, posteriormente, por la falta de apoyo en las
instituciones de servicio. La mayoría de los estudios
abordaron la cuestión de que los profesionales sienten la
falta de una mejor atención al tema, especialmente en
relación a las estrategias de afrontamiento, ya que se sienten
impotentes para afrontar directamente el proceso del final de
la vida.
Oportuno poner de manifiesto algunas de las reflexiones que
hizo un grupo de expertos en el prestigioso Hastings Center
de Nueva York y que se plasmaron en un documento llamado
“Los Fines de la Medicina”.
Así, por ejemplo, se apunta que a los estudiantes se les
debería familiarizar desde el comienzo de su formación con
el amplio espectro y con la complejidad de la salud, la
enfermedad, la dolencia y el malestar.
Recibir formación que les hiciese conscientes
de los problemas ocasionados por las
condiciones psicológicas y sociales bajo las
cuales viven las personas; condiciones que
cada vez más desempeñan un papel de
enorme importancia en la enfermedad y la
ansiedad que esta supone. Los factores
multicausales que las enfermedades
manifiestan y la reveladora información
obtenida merced a la perspectiva de la salud
poblacional son de una importancia vital.
A muchos pacientes, aunque se les pueda
realizar un diagnóstico correcto, no se les
podrá ayudar desde la Medicina con ninguna
eficacia real.
Esto es así en numerosas enfermedades
crónicas; en esos casos, lo que de verdad se
espera de los médicos, y de los pacientes, es
que sobrelleven, traten y soporten la
enfermedad por muchos años hasta que la
muerte ponga término a la lucha.
En algún momento, el diagnóstico y el
tratamiento para episodios agudos tendrán
obviamente un destacado papel que
desempeñar, pero la mayor parte de las
necesidades a largo plazo serán mantener un
nivel de salud tolerable, educar a los paciente y
coordinar el apoyo familiar y socioeconómico,
así como la atención sanitaria y los Cuidados
Paliativos y la rehabilitación.
Dado que es una realidad que las sociedades
envejecen, con el consecuente aumento de la
carga que las enfermedades crónicas
suponen, una formación médica que no
sumerja a los estudiantes de manera profunda
en la complejidad de este tipo de situaciones,
quedará con toda seguridad muy lejos de
cumplir sus propios objetivos docentes, al
tiempo que hará peligrar la asistencia médica
de los futuros pacientes.
Aquellos programas que desde el principio
familiarizan a los estudiantes con las
residencias y la asistencia domiciliaria, con los
centros de ancianos y de rehabilitación y para
enfermos desahuciados avanzan por una
senda muy fecunda. Los estudiantes necesitan
ver que la muerte, tarde o temprano, les llega a
todos los pacientes, y que el tránsito hacia la
muerte se realiza, con toda seguridad, a través
de la puerta del envejecimiento y las
enfermedades crónicas.
Sensación de fracaso
profesional
En la Universidad, les enseñan a salvar vidas.
Así, aunque sea inconscientemente, la muerte
de un enfermo la van a interpretar como un
fracaso profesional.
Por ilógico que sea, ya que la muerte es
inevitable (la mortalidad del ser humano
continúa siendo del cien por cien: una muerte
por persona), el médico tiende en lo más íntimo
a sentirse culpable de no ser capaz de curar a
su enfermo.
El personal sanitario, en general, y una vez
desahuciado el enfermo, tiende a retirarle el trato
social aunque eso si, siempre manteniendo el
adecuado cuidado físico para diferenciar así el
cumplimiento de la obligación. Cuando se
exploran las causas de esta modificación de las
conductas –que llevaban incluso a abreviar,
objetivamente, el tiempo de estancia al pie de la
cama por parte de los médicos en los pases de
sala–, los motivos aducidos eran nuevamente
causas que encubrían el rechazo del paciente.
Un rechazo que era consecuencia
desagradable de la molesta sensación de
haber perdido el control sobre él; pero, por
otro lado, de la percepción y vivencia de la
pérdida de ese paciente, tal y como si fuera
un fracaso propio (amen de los propios y
personales miedos a la muerte).
No podemos olvidar aquí que el médico
asume ese rol omnipotente que le solicita la
sociedad al dejar en sus manos la vida y el
bienestar de los que se encuentran en
situación precaria.
Por ello, la muerte del paciente supone
simultáneamente el fracaso más absoluto de
su función médica y el derrumbamiento
completo de su Ego personal.
J. Gazola, 1716.
“Las enfermedades se reducen a estos tres géneros, esto es, curables, incurables e
indiferentes:
En las curables, la naturaleza no necesita del médico; porque teniendo ella toda la fuerza
suficiente, podrá por sí misma superarlas.
En la incurables, siendo el mal superior a las fuerzas de la naturaleza, aunque a estas se unan
todos los Médicos del mundo, es preciso que ella sea dominada. Y en semejante caso, debe
la prudencia humana doblar la cerviz al formidable decreto: Todos tenemos que morir.
En las indiferentes, pues, es muy probable que sin médico se curen la mitad porque, teniendo
la naturaleza tanta fuerza para superar el mal como tiene el mal por sí para oprimir la
naturaleza, hace creer que entre ambos quedarán igualmente vencedores y vencidos en la
palestra.
J. Gazola, 1716.
De donde se ve claro que todo el beneficio que puede
conseguir el humano individuo en la elección y asistencia de un
buen Médico es en las enfermedades curables, o en las
indiferentes: en aquellas, haciéndolas menos molestas y más
breves; en estas, asegurándolas del peligro de muerte”.
Esta sensación de fracaso es una consecuencia indirecta
del presupuesto según el cual la Medicina tendría un
remedio contra todo. Profesionales y profanos parecen
haberse confabulado en las últimas decenas de años en
alimentar la ilusión de que todo mal puede curarse. Y
bajo esta ilusión aparece en filigrana el carácter
inevitable de la muerte. Quizás pasivamente, el médico
se deja engalanar de la aureola de omnipotencia.
Cuando el cirujano que realizó el primer
trasplante de corazón, Christian Barnard,
dijo que:
“La muerte es un enemigo, cederle sin
lucha equivale cometer la mayor de las
traiciones...”, estaba expresando esta
misma idea.
Si consideramos a la muerte como un
enemigo, es comprensible que cuando la
muerte –el enemigo– vence (lo que antes o
después sucede siempre), los médicos nos
sintamos vencidos y fracasados.
Las facultades de Medicina y las escuelas de Enfermería
refuerzan esta ilusión, aunque sea de forma involuntaria.
La enseñanza que allí se recibe se dirige a colocar al
futuro profesional en situación de hacer frente a esta
miríada de condiciones curables y, sobre todo, a
reconocerlas, ya sean frecuentes o raras.
De esto se deduce que quien no consigue
diagnosticarlas y curarlas es culpable. Los programas de
estudios consagran todo el tiempo a estas condiciones y
el problema de la impotencia terapéutica no se aborda
jamás
Los profesionales tenemos miedo a confesar nuestra
ignorancia. “Yo no sé”: el
estudiante de Medicina o de Enfermería que pronuncie
esta frase sabe que no recibirá
precisamente elogios. Desde el primer día de curso
hasta los exámenes de fin de año,
aprenden a evitar una respuesta de este tipo, prueba, se
asegura, de incompetencia.
La muerte siempre estuvo excluida del saber médico
(salvo en Medicina Legal); así pues, los médicos no están,
por lo general, preparados para ayudar a los enfermos en
el final de sus vidas.
En cuanto a los que no trabajan en el hospital, se
encuentran muy poco con la muerte y su refugio en el
silencio es a menudo idéntico al de sus
colegas de institución. La muerte del paciente es el
fracaso del médico y su primera reacción inconsciente es
malquistarse con él o emprender la fuga.
Para quien ha elegido una profesión sanitaria hay mucho
sufrimiento cuando se siente vencido, cuando comprueba
la derrota en la pelea.
Y el sufrimiento es mayor si raramente se consigue subir
al podio, si la imagen de curador omnipotente se rompe,
siempre y únicamente te quedan entre las manos unos
restos que te hacen sufrir.
Solo te queda “huir”. Y algunos lo hacen. Otros se limitan a
no querer ver ni oír el lamento de su enfermo, quizás para
no sufrir ellos mismos.
Podría valernos como imagen el
poema de Salvador Espriu:
[(Canción de la muerte callada)]
Y siento cómo la muda
muerte de los hombres se lleva
mi don de palabras:
ya solo puro silencio
es mi dolor.
Para los médicos que consideran su trabajo
como la lucha por todos los medios
contra la muerte, habría dos maneras de evitar
la hora de la muerte: una consistente
en intentar retrasarla más o menos
obstinadamente; otra, en resignarse y
adelantarla;
obstinación terapéutica y eutanasia son las
tentativas simétricas para evitar la
confrontación con la hora de la muerte.
Cuando se desea a toda costa evitar la
decisión sobre la muerte de alguien, si se
tiene tendencia activista, se obstinará en
mantenerlo vivo; en caso contrario, se estará
tentado de recurrir a la eutanasia. Pero,
hágase lo que se hiciere, lo que no se soporta
es “no hacer nada”.
Últimos momentos de la vida del escritor (y médico) Chejov.
Padeció de lo que entonces era una enfermedad terrible, la
tuberculosis. Chejov estaba entonces acompañado de su
mujer, la joven actriz Olga Knipper, descansando en un hotel
de Alemania, en Badenweiler, cuando una noche su mujer
pidió que trajeran un médico; Chejov deliraba.
A su llegada, el médico vio las pupilas dilatadas del escritor,
oyó su jadeo. Pensó que ya era tarde para todo, pero, médico
al fin, le dio una inyección de alcanfor, que no surtió efecto.
Entonces, dijo a Olga, la esposa, que haría que le enviaran
oxígeno. Pero se oyó la voz de Chejov: “¿Para qué? antes que
llegue esto habrá terminado...”.
El doctor lo miró, recorrió con los ojos la habitación y fue hasta
el teléfono, por el que pidió una botella de Champagne del
mejor, y tres copas. “Y de prisa, por favor”, agregó.
Cuando el mozo vino, el doctor sirvió las tres copas, alcanzó
dos a Chejov y a su mujer, y levantó la suya.
Chejov comentó susurrando: “Hace tanto tiempo que no bebo
champaña.. ” y la bebió. También Olga y el doctor. Chejov se
reclinó sobre la almohada.
Al minuto dejó de respirar.
En toda vida humana llegará un momento en que un
tratamiento de soporte vital será inútil; se llegará al límite
absoluto de las capacidades de la Medicina. Por tanto, la
gestión humanitaria de la muerte es la responsabilidad final, y
probablemente la más exigente desde el punto de vista
humano del médico, que está obligado a reconocer en su
paciente tanto su propio destino como las limitaciones
inherentes a la ciencia yarte de la Medicina, cuyos objetos son
seres mortales, no inmortales. La Medicina moderna, en vez de
simplificarla, ha convertido la muerte en un problema más
complejo.
El fin de la Medicina en estos casos debe ser fomentar el
bienestar del paciente, mantener la vida cuando sea posible y
razonable, pero reconocer que, debido a su lugar necesario en
el ciclo de la vida humana, la muerte como tal no ha de
tratarse como enemiga. Es la muerte en el momento
equivocado (demasiado pronto en la vida), por las razones
equivocadas (cuando se puede evitar o tratar médicamente a
un coste razonable) y la que llega al paciente de una forma
equivocada (cuando se prolonga demasiado o se sufre
pudiéndose aliviar) la que constituye propiamente un enemigo.
Rodríguez (2016), un entorno altamente medicalizado y
tecnificado como el nuestro, a menudo, se tiende a presentar
la muerte como un mero conjunto de patologías que siguen un
curso previsible hasta desembocar en una situación en la que
“la ciencia médica ya no puede hacer nada más”... y el
paciente se muere; pero la deformación, o perversión, del
concepto de la muerte, así como la prepotencia que
caracteriza a no pocos médicos, acaba por presentar una
imagen absurda: la ciencia médica todavía tenía instrumentos
para mantener la vida, pero el paciente no fue capaz de resistir
más.
Parece que la muerte es consecuencia de nuestra propia fragilidad o,
peor aún, de nuestra incapacidad para reaccionar tal como la ciencia
médica necesita; parece que quien se muere no ha colaborado lo
suficiente con sus médicos y, en suma, en él ha fracasado la Medicina,
cuando, en realidad, lo único que ha pasado es que la biología ha
cumplido con su deber.
“Se nos ha ido”, suelen decir los médicos ante el fallecido, y el resto
pensamos que tal vez dentro de unos años esa muerte no se hubiera
producido, la Medicina adelanta año tras año... nos hemos llegado a
creer que nos morimos por falta de una adecuada tecnología
biomédica, perdiendo de vista que nos extinguimos, simplemente,
porque en la naturaleza intrínseca de la vida anida la muerte.
Pero no solamente los profesionales
interpretan la muerte como un fracaso. La
sociedad, en general, también percibe la
muerte como un evidente fracaso de la
ciencia.
Es la constatación dolorosa y continua de la
derrota de un progreso científico tan
admirado y promovido. La sociedad, decimos,
asigna un papel de omnipotencia al médico
que, garantizado por la tecnología actual,
cada vez mayor, y el médico
inconscientemente, trata de cumplir su papel,
comportándose como el señor de la
vida y de la muerte, como si realmente tales
cuestiones estuvieran en sus manos.
Dice Santo Domingo: que la vivencia de
fracaso que impone la muerte supone
una herida narcisista, de la que el
propio médico trata de defenderse
generalmente en forma inconsciente.
En último extremo, las maniobras desesperadas,
variables según el medio, desde la inyección
intracardiaca de adrenalina, hasta las técnicas
de reanimación más perfectas mecánicamente, a
veces, no son sino intentos de paliar
desesperadamente una sensación de fracaso y,
paradójicamente, dejan sin atender a la persona
que muere entre los aparatos.
En el hospital actual, gran parte de estos
procesos ya están institucionalizados, y así,
por ejemplo, el reanimador perfecto de una UCI
es aquel que no admite la muerte y lucha contra
ella por encima de todo, sin preguntarse si a
aquella persona destrozada por la enfermedad y
su tratamiento le ha llegado ya el momento de
descansar.
El deber principal de los sistemas
de asistencia sanitaria será, en
términos generales, ayudar a los
jóvenes a llegar a viejos y, una vez
logrado esto, ayudar a los ancianos
a vivir el resto de sus vidas cómoda
y dignamente.
Dado que la muerte nos llega a todos
(los pacientes de todo médico habrán
de morir algún día, al igual que el
propio médico), la Medicina ha de
considerar una prioridad la creación
de unas circunstancias clínicas que
favorezcan una muerte tranquila.
Una muerte tranquila puede definirse como una en la que
el dolor y el sufrimiento se reduzcan mediante unos CP
adecuados, en la que al paciente nunca se le abandone ni
descuide y en la que los cuidados se consideren igual de
importantes para los que no vayan a sobrevivir como para
los que sí. Por supuesto que la Medicina no puede
garantizar una muerte tranquila ni responsabilizarse por
lo que las personas traen consigo a su lecho de muerte.
Pero lo que sí puede evitar la Medicina es considerar la
muerte como un accidente biológico evitable o un fracaso
médico. Más tarde o más temprano, la muerte es, como ha
sido siempre, el resultado inevitable incluso del mejor
tratamiento médico.
La humanización en salud
Se hace presente con la mirada
del todo, una mirada centrada en
la persona enferma y en su
contexto. Cuando se habla de
humanización en el entorno
sanitario, no se refiere
simplemente a una práctica
humanista asistencial y
estructural, sino que va más
allá.
Es decir, se trata de realizar
cuidados y cuidar las relaciones
en sintonía con la dignidad de
todo el ser humano, una atención
holística. Para una intervención
holística se requiere rescatar
la visión integral, un camino en
contracorriente en relación con
la mentalidad contemporánea, que
va dirigida a la fragmentación y
la super-especialización
(Bermejo, 2003).
El término humanización ha sido
ampliamente utilizado en el
último siglo, dado el creciente
interés por examinar de manera
crítica el sector salud, a fin de
contrarrestar los efectos
adversos que ha traído el
abordaje positivista de la
práctica médica (Díaz, 2017).
La humanización es un imperativo
ético que contribuye a salvaguardar
la dignidad humana en armonía con
la ética, la moral, los valores, los
principios y la reglamentación
deontológica que regulan las
prácticas en un contexto de salud,
entendiendo la dignidad como el
valor único, insustituible e
intransferible de toda persona
humana (Betinelli, 2015).
Humanizar constituye el compromiso
ético de reconocer la integralidad del
ser humano, por tanto, humanizar los
servicios de salud implica mantener
una mirada holística del ser humano,
sin desconocer la responsabilidad de
cada sujeto; así, el usuario deberá
ser copartícipe del mejoramiento de
su salud, como sujeto autónomo y
responsable de este proceso
(Betinelli, 2015).
La bioética surge, como puente entre el
conocimiento biológico (bíos) y el
conocimiento de los valores humanos
(ethos) en búsqueda de salvaguardar la
dignidad, aportando a la construcción de un
modelo de desarrollo desde una perspectiva
integral del ser humano, de manera que
pensar la salud desde la bioética implica
establecer un vínculo entre los servicios de
salud y su humanización, integrando los
valores humanos a los valores científicos
(Hottois, 2007).
Hipócrates La principal virtud
que puede tener el
lenguaje es la
claridad, y nada le
Cura a veces, trata Es mucho más resta tanto como el
con frecuencia, importante saber qué uso de palabras
consuela siempre. persona tiene la desconocidas
enfermedad que qué
enfermedad tiene la
persona.
Donde quiera que se
ama el arte de la
Medicina se ama
también a la
humanidad.
HAZ UN HÁBITO DE DOS COSAS: AYUDAR; O AL MENOS NO
HACER DAÑO.
El trabajo de los profesionales de la salud muchas
veces resulta agotador desde el punto de vista
emocional y también de estrés. Pero también es
verdad que es mucho lo que aprendemos de
nuestros enfermos. No hay duda de que si
hacemos un acompañamiento cercano y sincero a
nuestro enfermo, es mucho lo que
podemos aprender del proceso de morir, antes de
ser nosotros mismos los que estemos pasando
por el lugar en el que él se encuentra. Este
aprendizaje, sin lugar a dudas, nos va a ayudar
mucho a vivir de otra manera, a ser más
conscientes de los límites de la vida humana, a
reordenar, en suma, nuestras escalas de valores.
El pensamiento sobre la muerte, en general, y sobre la
propia muerte permite valorar la vida de manera
profunda e intensa y le da a los individuos una posesión
de su libertad que los preserva de la cosificación en la
sociedad de consumo y les permite comprender que el
instante presente es lo único real que poseemos los
seres humanos.
Igualmente, el pensamiento sobre la propia muerte
despierta en las personas un sentimiento de fraternidad
con el otro y de respeto hacia todas las formas de vida.
Silos moribundos pudieran volver a su estado de
individuos sanos, luego de su gran autoaprendizaje en
las fases de la agonía, fundarían una sociedad distinta
donde las palabras y las acciones estarían unidas por el
amor y el respeto a la vida.
“SI PUEDES CURAR, CURA. SI
NO PUEDES CURAR, ALIVIA. SI
NO PUEDES ALIVIAR, CONSUELA.
Y SI NO PUEDES CONSOLAR,
ACOMPAÑA”.
VIRGINIA HENDERSON.