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Casos Boehmer

El documento presenta una biotipología que relaciona tipos de personalidad con comportamientos criminales, a través de tres casos estudiados por Boehmer. Cada caso ilustra diferentes características temperamentales y su relación con el crimen: el asténico asesino, el atlético asesino y el pícnico asesino, mostrando cómo sus constituciones influyen en sus acciones. La investigación sugiere que la naturaleza de los delitos y la respuesta emocional de los perpetradores varían según su biotipo.

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Casos Boehmer

El documento presenta una biotipología que relaciona tipos de personalidad con comportamientos criminales, a través de tres casos estudiados por Boehmer. Cada caso ilustra diferentes características temperamentales y su relación con el crimen: el asténico asesino, el atlético asesino y el pícnico asesino, mostrando cómo sus constituciones influyen en sus acciones. La investigación sugiere que la naturaleza de los delitos y la respuesta emocional de los perpetradores varían según su biotipo.

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formas, mesomorfos y ectomorfos que, equivalen, aproximadamen­

te, a los pícnicos, atléticos y leptosomos de Kretschmer, con los


que guardan también afinidades temperamentales (:6). Han sido
especialmente los esposos Glueck los que han aplicado esta Bi¿-
tipología en sus estudios (27).

LOS CASOS DE BOEHMER

Boehmer ha realizado investigaciones sobre algunos casos es­


pecialmente ilustrativos en relación con la constitución y el tem­
peramento. Dadas sus peculiaridades, reproducimos tres casos, tal
como se hallan transcritos por M ezger(28).

CASO I

EL CIRCULO LEPTOSOMICO: EL ASTENICO ASESINO

“El 24 de diciembre de 1925, alrededor de las 11 de la ma­


ñana, fue encontrado el rentista S., de ochenta y dos años de edad,
muerto en su cama, con señales manifiestas de haber sido estran­
gulado. S. vivía solo. Una pequeña cajahucha que contenía 260
marcos, y que por las noches guardaba S. en su misma cama, ha­
bía desaparecido. El hecho se había llevado a cabo con precau­
ción extraordinaria y faltaban huellas manifiestas del autor. Las
sospechas recayeron de un modo puramente fortuito sobre el fu
turo yerno de la hija de S. Dicho individuo, E., fue detenido, peí o
puesto en libertad por falta de indicios suficientes. Interrogado
de nuevo sin éxito positivo, sólo se le detuvo por segunda vez .i
los cinco días de cometido el crimen. También ahora negó al prin­
cipio de manera obstinada que tuviera »participación alguna en el
hecho. .Sólo después de advertencias y reconvenciones se desmo­
ronó su resistencia a confesar, pero pidió hablar con su madre an­
tes de hacer nuevas declaraciones. Esta le exhortó a que dijera la
verdad de todo lo ocurrido; pero después que salió la madre ma­
nifestó el inculpado que no podía decir nada más, rogando se le
concediera comunicar de nuevo con ella. Después de esta seguti-

(26) Es uñ hecho muy significativo el que, pese a discrepancias, la


mayoría de las biotipologías estén de acuerdo en puntos funda­
mentales.
(27) V. especialmente. Sheldon y Eleanor T. Glueck, Physiqne and
deUnqnency, en que aplican los tipos de Sheldon.
(28) Ob. cit., pp. 136 -141; Kretschmer, ob. cit., pp. 295 - 300.

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da entrevista, confesó plenamente. Dijo aue había entrado por es­
calamiento, a eso de las ocho de la tarde, en la habitación de S
esperando en el vestíbulo hasta que se apagó la luz del corredor.
Después penetró en la alcoba. Primeramente se dirigió a la cómo­
da, y al no hallar en ella la caja, la buscó en el propio lecho de S.,
en cuyo momento se despertó este último. Entonces le metió un
chal en la boca para impedir que gritara, a la par que le cogía la
garganta con la mano izquierda. El anciano S. se desplomó priva­
do de conocimiento. E. tomó una toalla, con la que le ató las me­
nos y le ligó las piernas con un chal de lana. A continuación se
apoderó de 260 marcos, aproximadamente, que había en la hucha.
Al salir de la alcoba, puso de nuevo el oído en el pecho de S. com­
probando que vivía aún. Desde allí se fue a su casa, donde com­
partía la habitación con un huésped, a quien dio 40 marcos. Se
acostó con toda tranquilidad y durmió hasta la mañana del sP
guiente día. Después se compró un sombrero y un abrigo e hizo
un viaje de recreo a Lubeck, y al regresar de allí fue detenido.
Durante todo el proceso negó con gran habilidad haber com etidi
un homicidio doloso, y por ello sólo se le condenó, con arreg1o
al párrafo 214 del Código Penal del Reich, a la pena de reclusión
perpetua. Oyó la lectura del fallo con indiferencia cínica, confor­
mándose al instante, y en los últimos meses, hasta su traslado al
establecimiento penitenciario, no ha mostrado señal alguna de
arrepentimiento.
“Boehmer observa respecto a este caso (p. 207): En tal gé­
nero de comisión de un homicidio sorprende el hecho de que c-1
autor trabaje con el mayor cuidado, que no comprometa en ni.v
gún instante, su propia seguridad, que combine todo de una ma­
nera perfecta en la preparación y ejecución del delito, que no de­
je tras sí huella alguna, que después de cometido el delito atienda
en todo momento a su seguridad y se defienda de un modo en ex­
tremo hábil. Este caso, estudiado por Boehmer, muestra de hech j
rasgos esquizoides totalmente genuinos, en lo que respecta a la
frialdad y escisión de su cálculo”.

C A S O II

EL CIRCULO ATLETICO: EL ATLETICO ASESINO

“ El marinero H., una vez cumplido el tiempo de la condena,


fue puesto en libertad. Durante algunos días erró de un lado pa­
ra otro sin ocupación alguna. Después, y a pesar de no tener din >
ro, se presentó una tarde en un punto de automóviles, pretendien­

— 133 —
do aiquuar uno. Intentó atraer con engaños al chófer a un lugar
apartado, sin conseguir su propósito. En la tarde siguiente, acech i
en la carretera a un motorista, le mandó parar y, sin más expli­
caciones, disparó sobre él dos tiros. En la mañana del siguiente
día. fue localizado por un guarda rural que iba acompañado do
su perro, y huyendo de ellos, saltó detrás de un seto, donde fue
detenido por un labrador. H. hizo fuego sobre éste, causándole
una herida mortal en el cuello, y s&dio a la fuga. Toda la policía
rural del contorno se puso en movimiento, y empezó la persecu­
ción de H. que a consecuencia de la participación en ella de los
habitantes, tomó los caracteres de una caza del jabalí. Por último,
fue señalada la presencia de H. en una granja. Un funcionario de
la policía, pistola en mano, se destacó, conminándole a que &e
entregara. H., en lugar de hacerlo, se avalan7Ó sobre él, entablán­
dose una lucha a brazo partido, en la que H. cayó a tierra; pero
pudo desasirse, y con la propia pistola del funcionario hizo fuego,
atravesándole el corazón con una bala; hirió en el vientre a un
campesino, y en la pierna a otro. Después huyó; pero fue cercado
de nuevo al cabo de unas horas, entregándose, por fin, no sin
haber hecho antes algunos disparos contra sus perseguidores, re­
cibiendo varias heridas por arma de fuego en la lucha y perdien­
do un ojo. También en el curso del proceso y después de la con­
dena a reclusión perpetua (párrafo 214 del Código Penal del
Reich) no mostró arrepentimiento alguno.
“Boehmer observa respecto al caso (p. 208): Este autor pro­
cede de modo totalmente diverso que el asténico. También prepa­
ra al principio su acto de manera cuidadosa; pero pronto es arras­
trado por su temperamento. Comete un asalto absurdo (contra la
persona del motorista); en la persecución de que después es ob­
jeto, arriesga sin consideración su propia persona y vida; ni un
sólo instante demuestra temor; sólo se entrega cuando se halla
gravemente herido, y confiesa sonriendo los hechos punibles re.v
tizados. Su delito es la cumbre de la brutalidad y de la violencia;
el modo de ejecución, con desprecio absoluto de todas las con­
sideraciones para la vida de sus prójimos, sin precedentes. La ac­
titud de H. no es ya casi la de un ser humano. De hecho falta en
este caso, expuesto por Boehmer, de modo absoluto, la capacida 1
de empatia humana, que es característica de la conducta del píc­
nico - cicloide; en verdad no muestra este caso, como el antes ex­
puesto (I) del círculo leptosómico, la estilización fría del tipo es­
quizoide extremo; pero, en cambio, tanto más claramente la monj-
truosa explosividad afectiva y la falta de dominio sobre sí mismo,
como se observa con frecuencia en la base atlética, y acaso evoca
ciertos rasgos del círculo epileptiforme”.

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CASO III

EL CIRCULO PICNICO: EL PICNICO ASESINO

" xVi. es un trabajador, infatigable; las horas que su oficio le


deja libre (trabaja en ia conieccion üe zapatillas), y en los domin­
gos, sirve como camarero auxiliar en un café. Es persona de hu­
mor generalmente alegre y un buen padre de fam ilia,‘y profesa un
amor entrañable por sus dos hijos de corta edad. En los prime­
ros tiempos, su matrimonio transcurrió felizmente; pero, en los
últimos anos, el carácter algo brusco de la mujer ha contribuido a
enturbiar la alegría de ames. En ocasiones manifestó M. a su cu­
nada el propósito de divorciarse, pero este pensamiento fue só­
lo de carácter pasajero. A pesar de todo, las relaciones entre los
cónyuges volvieron a ser cordiales. En los últimos tiempos, se
inostro en el taller más silencioso de ¡o que era su costumbre;
con frecuencia aparecía con los ojos llenos de lágrimas, pero no
confeso a nadie sus pesares. Como quiera que por las noches te­
nía que atravesar lugares solitarios en pleno campo, creyó opor­
tuna adquirir una pistola. Un domingo por la mañana, fue, como
era su costumbre, a dar un paseo por el bosque en compañía d i
sus hijos, ilevando la pistola con el objeto de probarla. Indudu-
biemente no era oirá su intención, puesto que antes del paseo s?
había comprometido a prestar servicio por la tarde en el café, sus­
tituyendo a uno de los camareros. Una vez en el bosque jugó du­
rante algún tiempo con los niños y después se sentó en un banco.
De pronto, le vino a la conciencia la miseria de su situación pre­
sente, que hasta ahora nunca se le había aparecido de tintes tan
sombríos, recordando los frecuentes disgustos con su mujer. Re-
pentinaménte, surgió en él el pensamiento de que tenía ia pistola
en el bolsillo y asoció con ello la idea de quitarse la vida. Al prin­
cipio no pensó siquiera en los niños, hasta que su mirada recayó
en eilos. Sin deliberar un soio instante, se sentó en el suelo al la­
do de sus hijos y les dio muerte de modo sucesivo con dos dispa­
ros que les atravesaron la cabeza. Después volvió el arma sobre
sí mismo, produciéndose una herida en el cerebro que le privó
largo rato de la conciencia; cuando volvió en sí, se encontró con
los dos cuerpos de los niños a su lado y le saltó el pensamiento de
que no podía dejar así a sus hijos en el bosque. Con afecto, arrav
tró sucesivamente los cuerpos hasta una cabana próxima, en cu­
ya operación invirtió más de una hora debido al estado de debi­
lidad en que se encontraba a causa de la grave lesión sufrida. Des­
pués se colocó al ledo de los cadáveres, pensando que él también

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moriría pronto. De nuevo perdió el sentido y sólo al cabo de unís
dieciséis horas fue descubierto y conducido al hospital, donde se
consiguió que salvara la vida. Fue condenado con arreglo al pá­
rrafo 213 del Código Penal del Reich (homicidio cometido en es­
tado de arrebato) a una pena de prisión de duración corta.
"Boehmer observa respecto il caso (p. 209): Este autor, que
aparece en la categoría de los asesinos, no lo es en el sentido d¿
los dos casos anteriores (1 y II). Su acto aparece determinado por
la pasión. También puede considerarse este hecho, como de índo­
le brutal, pero no a la manera de los dos casos precedentes. Este
acto ha surgido de la com pleta y total posición pasiva del autor
frente a la vida. Los autores de los dos casos anteriores intentaban
configurar, a su modo, la vida misma; M., en cambio, ha sucum­
bido bajo el peso de ella. Verdad es que este caso estudiado por
Boehmer no reproduce todos los rasgos característicos del pícnico
cicloide, pero de un modo nítido resalta en él la conexión pasiva,
no escindida, con la vida y con el destino”.

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